LA ZONA FANTASMA. 31 de marzo de 2013. Delaciones muy cristianas

Hace unas semanas me refería de pasada a las portadas –nada menos– y reportajes y artículos que les habían caído, en la prensa más secuaz del Gobierno, a Maribel Verdú y a la demás gente de cine que en la gala de los premios Goya se atrevieron a hacer alguna crítica a la innegablemente desastrosa situación económica, en la que sobre todo están padeciendo las clases pobres y medias y de la que es muy responsable ese Gobierno. Con una puerilidad ridícula, sólo comparable a su mala fe –sólo que ésta casi nunca es ridícula–, dicha prensa vino a defender esta tesis anticuada y grotesca: “Si ganas dinero y posees alguna propiedad, si te va bien y vives bien, no tienes derecho a meterte con el capitalismo; menos aún a censurar las injusticias de los políticos al servicio de ese sistema; ni siquiera a afearles que hayan incumplido todas sus promesas electorales, favorecido los desahucios a menudo abusivos e inmisericordes, subido todos los impuestos y bajado los sueldos de los funcionarios, recortado brutalmente en educación, investigación, sanidad y cultura, y además se nieguen a dar explicaciones sobre los graves indicios de corrupción y financiación ilegal que pesan sobre su partido; ni siquiera tienes derecho a llamar la atención sobre la desgracia a que están abocadas muchas personas”.

Esta prensa, mucha de ella “profundamente religiosa y católica”, se delata a sí misma con el anterior razonamiento, ya que lo que viene a decir es también esto: “Hay que ahondar la separación entre ricos y pobres. Si uno es lo primero, tiene que desentenderse de los segundos, ahí se pudran, y cerrar filas con todos los ricos, a los que pertenece. Está obligado a apoyar la exclusión de los desfavorecidos y torpes, o su marginación, o su hundimiento. Ha de estar a favor de la banca, de los grandes empresarios y de los políticos que los protegen”. Para esos periodistas, no existen diferencias respecto a la forma de haber hecho fortuna. Y sin embargo no es lo mismo haberla hecho con el propio trabajo o con la propia suerte, sin robar, engañar, estafar, explotar ni corromper a nadie, que haberla conseguido gracias al esfuerzo ajeno, a la especulación, a la usura, al aprovechamiento de los apuros de otros, al latrocinio, al enchufe o al amiguismo. Con esto no quiero decir que todos los bancos y los grandes empresarios se hayan dedicado a eso. En absoluto. Pero sí que difícilmente los actores, músicos, escritores, pintores y artistas en general han podido incurrir en nada de ello. No es tan improbable en el caso de productores, editores, etc. Pero lo que son los “creadores” –como se los llama cursimente–, lo tienen casi imposible. Si a una actriz se le paga un gran sueldo, es porque los espectadores han decidido que les gusta ir a verla en masa, y no les quepa duda de que quien le ofrece ese salario sabe que va a enjugar el gasto y además a obtener beneficios. Lo mismo ocurre con el cantante cuyas canciones se escuchan o con el escritor cuyas novelas se leen. Estos últimos suelen percibir sólo el 10% de lo que al comprador le cuesta su libro, y el resto va al editor (que ha arriesgado su dinero), al distribuidor y al librero. Es mucha la gente que depende de que un “creador” de éxito “cree” algo nuevo… y le vuelva a sonreír la suerte, que jamás está garantizada.

En el diario católico por excelencia, veo un reportaje titulado “El capitalismo sienta bien a los actores más críticos”, en el que, a lo largo de tres páginas enteras, se detalla, en plan denuncia McCarthista, lo que éstos poseen, con algunos datos que deben de ser privados y provenir, por tanto, de un informante de Hacienda. ¡Y vean qué escándalo! La actriz A tiene un apartamento de 50 metros en su localidad natal y un piso de 90 en Madrid, cómo osa criticar nada. La actriz B, que se refirió a los desahucios, hizo hace años un anuncio de hipotecas (¿es que todas son engañosas?) y es propietaria de tres o cuatro pisos, alguno junto con sus hermanas, qué canallada. Y su marido es productor de éxito, menuda infamia. El cómico C, “que todo lo critica”, se compró “un unifamiliar” con una hipoteca de La Caixa, como si no hubieran recurrido a ellas todos los españoles –incluso los banqueros más acaudalados– que han adquirido una casa. Y así uno por uno de los que se atrevieron a alzar la voz en los Goya. El lector manipulable, e ingenuo, el fanático o el meramente idiota, exclamará: “Qué pandilla de cínicos”. Y el reportaje-delación contribuirá a que quien las está pasando canutas se cabree con los actores por tener éstos dinero… todavía. No se parará a pensar en que lo han ganado honradamente y sin abusar de nadie.

Vivimos en un sistema capitalista (ahora muy salvaje y despiadado), lo hemos elegido o nos lo han servido, tanto da. No nos queda más remedio que adecuarnos a él, pero eso no nos impide preocuparnos por los demás, procurar que no se los esquilme ni engañe, que no se los saquee ni se los arroje a la indigencia, independientemente de nuestra particular fortuna. Es lo que el catolicismo ha dicho predicar siempre. Algunos de los periódicos más beatos y papistas, sin embargo, se indignan porque los agraciados no se olviden de los desdichados y despojados, y presentan a aquéllos como poco menos que a bandidos. ¡Tienen pisos y empresas, fíjense, qué sinvergüenzas! Eso se llama, en efecto, espíritu cristiano.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de marzo de 2013

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Nuevo estudio sobre la obra de Javier Marías

Rodopi

EL TIEMPO Y EL SER EN JAVIER MARÍAS.
EL CICLO DE OXFORD A LA LUZ DE BERGSON Y HEIDEGGER

HEIKE SCHARM

Foro hispánico, nº 45
Rodopi
Amsterdam/New York, NY, 2013

Aproximación al Ciclo de Oxford de Javier Marías; este libro ofrece una interpretación filosófica de su obra a la luz de Bergson y Heidegger, resaltando el gran valor del novelista como pensador literario y escritor universal.

Índice
Introducción. Escribir, leer para el siglo XXI
Una aproximación filosófica al Ciclo de Oxford
Marías y Bergson. La cuestión de influencias
El nuevo Bergson
Heidegger hoy día
Marías y Heidegger
El (doble) beneficio de un acercamiento interdisciplinario
Ediciones citadas y abreviaciones
Capítulo 1. De camino al tiempo
De la estética novísima hacia un pensamiento literario
Entre tradición y ruptura
El monarca del tiempo: hacia una filosofía del tiempo
Tu rostro mañana: hacia una literatura universal
Capítulo 2. Hacia una estructura del tiempo: durée, percepción, imagen-memoria
Introducción. Bergson y el pensamiento literario
El neo-bergsonismo en Marías
Percepción y memoria
Imagen-memoria
Conclusión
Capítulo 3. Hacia una filosofía del tiempo: el ser en el tiempo
Introducción
El ser en el tiempo
Travesía del horizonte: Heidegger y el pensamiento literario
Conclusión
Bibliografía

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LA ZONA FANTASMA. 24 de marzo de 2013. Hijo del Papa

Para cuando lean ustedes esto, es seguro que ya habrá nuevo Papa –no sé cómo a mis colegas de la RAE se les ha ocurrido que se debe escribir con minúscula, lo mismo que “papa frita”; ni caso– y estarán hartos de verlo y de oírles sus proezas previas a los infinitos vaticanistas, vaticanólogos, vaticanófilos y vaticanóglotas que de la noche a la mañana han brotado en los medios de comunicación españoles. Yo tecleo estas líneas un par de días antes de que comience el cónclave. La semana pasada me quejaba de la matraca de TVE con este asunto desde que a Ratzinger se le antojó volver a su ser primigenio. Sin tantísima pleitesía, el resto de la prensa ha dado también la suficiente murga –y la que dará con el inminente pontífice, señores– como para justificar la terrible pesadilla que tuve hace poco.

Vayan por delante mis disculpas: no soporto que en las novelas y películas, ni en los artículos, se cuenten sueños. “Si esto no ha pasado”, pienso, “está de sobra, es un pegote, vale todo, a quién le interesa”. Hasta la serie Los Soprano, que me parece a la altura de El Padrino en su género, incluía algunos episodios oníricos que la rebajaban y la hacían cansina mientras duraban. Y una de las novelas más celebradas de los últimos años, 2666, de Bolaño, no se ahorraba el relato pormenorizado, insulso y pesado, de un montón de sueños (ni de una conferencia íntegra) que la lastraban sobremanera. Así que no me perdono incurrir en eso que detesto, aunque sea sólo por segunda vez y brevemente.

Sufrí la pesadilla de que mi padre, muerto hace siete años, era el elegido como nuevo Papa. La cosa es descabellada, pero no tanto como pudiera parecer a primera vista si les recuerdo o comunico que Don Julián, pese a haber vestido el uniforme de la República y haberla defendido no con las armas (no le tocó combatir) pero sí en la radio y en la prensa escrita; pese a haber pasado por la cárcel franquista al final de la Guerra, haber sido represaliado por el régimen y haber sido atacado ferozmente por la Iglesia española en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, era y siempre fue católico y escribió más de un texto sobre el cristianismo. Lo recuerdo entusiasmado en su día con Juan XXIII y su Concilio, y más tarde con Tarancón, y, en sus últimos lustros, fue miembro del Consejo Pontificio de la Cultura, junto con otros intelectuales de diversos países, durante el papado de Wojtyla. A mí, que no compartía sus creencias, todo esto me desasosegaba, pero claro está que lo respetaba. Lo cual no me impedía –como a mis hermanos tampoco– tomarle un poco el pelo de vez en cuando, afectuosamente: “Ya que eres viudo desde hace mucho, ¿por qué no te ordenas?”, le decía. “No estoy muy enterado, pero creo que a los viudos los admiten. Quizá te daría tiempo a llegar a obispo”. Su respuesta era invariablemente: “Hay que ver, no perdéis ocasión de decir majaderías”.

El sueño me produjo un tremendo sobresalto seguido de espanto. Vi a mi padre disfrazado de Papa, de blanco, con el capelo o como se llame (perdonen los vaticanópodos sobrevenidos, ignoro estos detalles), sonriente con su mentón partido o hendido. “¿Y ahora qué hago, cómo llevo esto?”, pensaba yo alarmado. “Ahora resulta que soy hijo del Papa. Como César Borgia, sólo que hoy es mucho más chocante que en su época que los pontífices tengan vástagos conocidos. También soy menos malo, algo es algo”. En la pesadilla, con todo (ya saben cómo la duración se alarga en ellas), me dio tiempo a reponerme del susto y entrar en consideraciones prácticas. “Se le va a llenar la casa de curas y monjas”, me dije, refiriéndome a la de mi padre. “No se va a poder aparecer por allí, santo cielo”. Y a continuación, tras ponderar la difícil vida que me aguardaba, reflexioné: “Bueno, quizá pueda influir algo en él. Un Papa, sea quien sea, no va a cambiar muchas cosas, pero quizá lo convenza de que no condene el uso del condón en todos los casos, por ejemplo (eso vendría bien en África): que diga que si su empleo no tiene como fin impedir la creación de seres nuevos, sino la propagación de enfermedades, es aceptable según la conciencia de cada cual. Él, que ha estado casado, ha de saber que la castidad perpetua es imposible, e incluso contraproducente”. Y aún maquiné otro consejo que procuraría darle: “La Iglesia está en un error, y en el fondo se contradice, al oponerse tan furiosamente a los matrimonios homosexuales. Éstos son, en realidad, un triunfo suyo y de su concepto tradicional de la familia, que, lejos de verse amenazada, se ve fortalecida. Si los homosexuales quieren formarlas, es que también a ellos les parecen buena cosa, algo deseable. A diferencia de lo que ocurrió durante siglos, han comprendido las ventajas del contrato amoroso y ansían procrear, aunque sea con métodos por fuerza ‘heterodoxos’; a la postre muchos se han hecho gente convencional y de orden; y aunque sus matrimonios sean obligadamente civiles, en cierto sentido han acogido las enseñanzas de la Iglesia. Cuantas más personas quieran matrimoniar y fundar familias, más se robustecen las dos instituciones”. Y ya no me dio tiempo a ocuparme de más cuestiones. Desperté, por fortuna, y sentí tanto alivio de no verme más como hijo del Papa que inmediatamente me sobrevino un contento ataque de risa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de marzo de 2013

LE Debolsillo GLos enamoramientos, el libro de bolsillo más vendido

Nuevas reseñas de ‘The Infatuations’

Strangers and fiction

Amanda Hutt

Amanda Hutt

Javier Marías’s The Infatuations is, on one level, a traditional psychological thriller set in the aftermath of a seemingly random murder. It is also a love story and a meditation on life, fate and moral ambiguity – as well as being much concerned (as Marías often is) with the dead, who play a surprisingly active role in the lives of those they have left behind.

The narrator of Marías’s 13th novel is María Dolz, a single woman in her late thirties who works in a Madrid publishing house. María, who has to deal with the inflated egos and the (very funny) absurdities of a “megalomaniac boss and his horrible authors” is unflashy and underrated by the pompous men who surround her.

Her observer status, however, allows her to notice everything, especially the attractive and in-love “Perfect Couple” who breakfast every morning at the café she frequents. Nothing of their appearance and manner escapes her (or us): “he only wore suede towards the end of spring, when he started wearing lighter-coloured suits – and his hands were carefully manicured”. Although they never actually speak to María, we later learn that they knew her as “the Prudent Young Woman”, which pleases her.

This stylish husband, Miguel Deverne, is murdered by a deranged drifter and then referred to throughout the book by two surnames – Desvern or Deverne; in death, exact personhood is no longer fixed. (María notes drily: “His real surname was Desvern, and it occurred to me that perhaps his family had changed it at some point for business reasons.”)

The gradual revelation of how Deverne came to be killed forms the core psychological drama. We see everything as María does, and the novel bursts into life from the opening sentence – a perfect slice of Marías, writing as and through his almost-namesake narrator: “The last time I saw Miguel Desvern or Deverne was also the last time that his wife Luisa saw him, which seemed strange, perhaps unfair, given that she was his wife while I, on the other hand, was a person he had never met, a woman with whom he had never exchanged so much as a single word.”

Marías’s long-serving translator, Margaret Jull Costa, makes sure that English readers lose nothing from being one step removed from the author’s conversational, winding, and often bleakly funny Spanish prose.

Marías, 61, is tipped as a future winner of the Nobel Prize in Literature. In his native Spain he covers the cultural bases, from novels (like this one) strewn with literary references to a column in the newspaper El País, in which he discusses politics, football and other of-the-moment affairs. Fluent in English (Tristram Shandy is just one of the works he has rendered into Spanish), Marías has made translation a regular theme of his work.

María is not a translator-narrator, but inhabits the world of authors and their stories, although she sees nothing she wants to emulate: “I don’t want to be like those written voices that so often sound like muffled sighs, groans uttered in a world of corpses in the middle of which we all lie, if we drop our guard for a moment.”

Marías burrows deep inside the heads of his narrators, giving the reader a bumpy, brilliant ride through monologues in which it can be hard to tell what is said out loud between characters and what is internal stream of consciousness – or, at a further remove, what is merely conjecture, a narrator’s re-imagining of how the conversations or thoughts of others might play out. The prose requires attention and effort, and in return the author rewards us tenfold, allowing the verbal tricks of persuasion that we play on each other – and on ourselves – to be examined at length.

María gradually grows close to Deverne’s circle, and uncovers versions of the truth, although, as she admits: “The truth is never clear, it’s always a tangled mess. Even when you get to the bottom of it.” Even with imperfect knowledge, she has a moral choice to make and keeps us guessing until almost the last page. Yet what lingers in the reader’s mind is not the murder mystery, compelling though it is. Rather, it is the author’s examination of the ebb and flow of flawed relationships; the chances that bring us together and the fates (in this case, murderous intent) that pull us apart.

María’s narrative is by turns dreamlike and prosaic, confirming the author’s status as a brilliant modern incarnation of the ancient storyteller, bringing together the living and the dead, the real and the imagined. As the novel ends, having seen and heard so much, María suggests: “Everything becomes a story and ends up drifting in the same sphere, and then it’s hard to differentiate between what really happened and what is pure invention. Everything becomes a narrative and sounds fictitious even if it’s true.”

ISABEL BERWICK

The Financial Times, 22 March 2013

Agence Opale

Agence Opale

Brief encounters

Javier Marías, a Spanish novelist, is fond of taking genre fiction and playing games with it. In his engrossing Your Face Tomorrow trilogy, the spy novel became an existential inquiry. His new book, The Infatuations, is a murder mystery, but one less interested in whodunit than in moral and psychological conundrums: how the dead haunt the living, how the living move on and how friendship can shade into enmity.

The narrator is María Dolz, a 30-something living in Madrid. At the start of the book she sees a newspaper photograph of a man stabbed to death in the street. The victim is Miguel Desvern, one half of a couple who have breakfast every morning in the same café as María, and enchant her with their contentment. In the aftermath of the crime, María briefly befriends Miguel’s widow Luisa, starts a relationship with Miguel’s best friend Javier Díaz-Varela, and ends up being drawn into the dark story of Miguel’s murder.

For all the drama, Mr Marías is not much interested in plot. The book’s power lies in its long sentences, translated with great agility by Margaret Jull Costa. Mr Marías can take a word or gesture and turn it like a diamond in the light, letting every facet shine. From a single meeting between María and Luisa, he draws penetrating insights into the grieving mind, and how the effects of bereavement “far outlast the patience of those prepared to listen”. In one gripping scene he spends a whole page unpacking the persuasions contained in a single touch, “a wordless way of saying to him: ‘Nothing has changed, I’m still here, I still love you.’” He sets up echoes like a composer. Early in the book, Luisa’s daughter touches her cheek in an act of comfort. Later Díaz-Varela touches María’s in an act of intimidation. It’s a thrilling transposition.

But for all that’s dazzling in the book, its foundations are too flimsy. Díaz-Varela says at one point: “once you’ve finished a novel, what happened in it is of little importance and soon forgotten. What matters are the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us.” However, the weakness of the plot makes these ideas less forceful. Mr Marías takes the murder mystery’s denouement and replaces revelation with ignorance, guilt with reasonable doubt. “The truth is never clear,” says María, “it’s always a tangled mess.” But she was never intimate with Miguel and Luisa, her relationship with Díaz-Varela only fragile. Once you finish this novel, her confusion is less surprising, less moving, than it could have been.

S. W.

The Economist, 19 March 2013

Francis Tsang

Francis Tsang

Mystery man

This absorbing and unnerving new novel by the man hailed by Roberto Bolaño as “by far Spain’s best writer today” takes up once more a theme that he has pursued obsessively in ­previous novels: interpretation. He is fascinated by how we can “read” each other, and how we can extrapolate stories, Sherlock Holmes-like, from the smallest signs observed in others.

Jacques Deza, the cold-blooded protagonist of Marias’s acclaimed trilogy Your Face Tomorrow, has this natural gift for “seeing through” other people, for “reading” the tiniest detail of their appearance and behaviour. The female narrator of Marias’s latest novel, The Infatuations, has this gift, too, but where Deza’s gift was used for professional surveillance and investigation, hers is motivated by sexual obsession.

[Leer la reseña completa]

ADAM LIVELY

The Sunday Times, 17 March 2013

Javier Marías en Gran Bretaña

The infautatiosThe Infatuations

Javier Marías está en Londres para presentar la versión inglesa de Los enamoramientos.

Hoy, 18 de marzo, a las 18,30 h., estará en la librería WATERSTONE’S (Piccadilly. London).

Mañana, 19 de marzo, a las 20,00 h., presentará  The Infatuations en la librería TOPPINGS BATH (The Paragon. Bath).

El miércoles, 20 de marzo:  a las 14, 45 h., firmará ejemplares de sus obras en la librería BLACKWELL’S (100 Charing Cross Road. London), y a las 19,30 h., acudirá al SOUTHBANK CENTRE (The Purcell Room in the Queen Elizabeth Hall building. London).

El jueves, 21 de marzo, a las 12,00 h., participará en el OXFORD LITERARY FESTIVAL (Bodleian: Divinity School. Oxford).

Entrevistas en BBC RADIO

Hoy, !8 de marzo, a las 20,32 horas, en BBC World Service ‘The Strand’, y a las 22,00 horas, en BBC Radio 3 ‘Night Waves’.

LA ZONA FANTASMA. 17 de marzo de 2013. Descrédito y deserción

Al lado de todo lo demás que está pasando, puede parecer secundario, anecdótico, poca cosa. Y sin embargo no lo es: la televisión sigue siendo el principal medio por el que la gente se informa, pese a Internet y sus redes sociales, y aquí está muy arraigada la costumbre de mirar los telediarios de la 1 de TVE. Herencia lejana, supongo, de los tiempos de la dictadura en los que sólo había una cadena. Pero también hay otro factor: los ciudadanos son conscientes de que dicho “ente”, como se lo llamaba antaño con comicidad involuntaria, es de todos, es el “nuestro”. No en balde está y siempre estuvo sufragado por dinero público, procedente de los impuestos que pagamos. En sus informativos hay una figura de continuidad que da cuerpo a esa sensación y a esa idea: no sé cuántos años lleva la excelente Ana Blanco dándonos las noticias de las tres, pero sin duda son muchísimos. Es el rostro de ellas, hasta el punto de que ningún Gobierno ha osado descabalgarla de su puesto, como sí han hecho unos u otros con los demás presentadores. Su grata y continuada presencia nos transmite estabilidad, y aun inmutabilidad, y estamos acostumbrados a que lo dicho por ella parezca de fiar. No siempre ha sido así, claro (Urdaci, Urdaci); al fin y al cabo sus palabras no son suyas, ni ella ha sido nunca jefa de informativos. Desde hace un año, quienes llevamos lustros viéndola y escuchándola creemos percibir que está levemente a disgusto, y si digo “levemente” y “creemos” es porque ella, profesional impecable, no se permite dejar traslucir sus sentimientos. Pero hay tantos fallos hoy en día que resulta imposible no notarle cierto mínimo sonrojo, cierto bochorno, cierto apuro, ante las imágenes que no coinciden con lo explicado, los rótulos equivocados o llenos de faltas de ortografía, las entradas en falso de los corresponsales, lo mal que hablan y se explican muchos de éstos. Los telediarios de la 1 de TVE se han convertido en una muestra constante de incompetencia, y eso debe de herir su orgullo.

No es esto lo peor, no obstante. Los del equipo anterior llegaron a ser bastante buenos y objetivos. Al menos daban todas las noticias que lo eran de veras, y en consecuencia fueron profusamente premiados, tanto aquí como en el extranjero, donde se llegó a considerarlos mejores y más completos que los muy afamados de la BBC. Por eso clama al cielo lo que han logrado, en tiempo récord, los actuales presidente de RTVE, González Echenique, y director de informativos, Somoano, el cual procedía de un canal tan “clandestino” y ruinoso como la TeleMadrid de Esperanza Aguirre, cuyos noticiarios fueron nulos porque casi nadie se fiaba de ellos ni se molestaba en verlos. Estos dos individuos –y el PP, que los ha nombrado– no parecen estar enterados de que la censura es anticonstitucional en España desde hace más de tres decenios, así que ocultan y escamotean o minimizan, de manera escandalosa, cuanto no conviene o agrada al Gobierno. Manifestaciones, protestas, brutales cargas policiales ante el Parlamento, declaraciones contrarias a su política, datos económicos negativos para su gestión, meteduras de pata o palabras inconexas –tan frecuentísimas– de sus dirigentes… Su parcialidad resulta grotesca, y el descrédito de los telediarios aumenta de día en día, como la masiva deserción de espectadores. Su audiencia registró un mínimo histórico en la última semana de febrero.

Justo en esa semana vi algunos de ellos: pese a los recortes presupuestarios, TVE desplazó un equipo de por lo menos cuatro personas (incluida la sufrida Ana Blanco) a Roma, durante dos jornadas, para cubrir in situ algo que no tenía mucha historia ni misterio: el adiós ya anunciado de Benedicto XVI. Los informativos de esos días fueron monográficos, publirreportajes del Vaticano, del que se ocuparon durante cerca de media hora en cada ocasión, con conexiones varias. Como era eso, propaganda, se nos relató no sólo lo poquísimo que estaba ocurriendo, sino la historia apasionante de los zapatitos rojos de Ratzinger y de los futuros marrones, la de sus cocineros y guardias suizos, se hizo un largo repaso de sus visitas a España (“momentos placenteros de su pontificado”), contaron intrascendentes anécdotas un montón de prelados, hablaron sus jóvenes groupies, por supuesto no hubo una sola palabra crítica –ni siquiera interesante– de nadie. Parecían los tiempos de la cadena única franquista, cuando la televisión se ponía a los pies de la Iglesia (franquista) cada vez que a ésta se le antojaba. Mientras tanto, de la noticia que abría todos los periódicos de una de esas jornadas (el ex-tesorero del PP Bárcenas había demandado a su partido por “despido improcedente”), ni rastro, o tal vez uno muy tenue y breve, ni me acuerdo ni importa: el efecto fue de que lo único que sucedía en el mundo durante dos días enteros era la marcha del Papa, la cual de incierto tenía ya poco.

Echenique y Somoano no serán recordados por nadie, pero deberían serlo como los más veloces destructores de los telediarios tradicionalmente más vistos por los españoles. No se sabe si les trae sin cuidado que la gente huya de ellos como de la peste o si es lo que buscan, para luego poder decir su Gobierno que la televisión pública no es rentable ni “viable”, y así fabricarse una coartada para privatizarla. En todo caso están llevando a cabo un monumental hurto a los ciudadanos, que son quienes han edificado, posibilitado y financiado ese “ente” desde hace más de medio siglo. No es aceptable que nos lo secuestren dos tipos desconocidos, ni ningún Gobierno conocido y temeroso de las verdades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,  17 de marzo de 2013

Arthur Machen

thelifeofmachen
THE LIFE OF ARTHUR MACHEN

BLOG. PAPELES PERDIDOS

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

El memorable horror de Arthur Machen, el visionario

Jorge Luis Borges dedicó un par de textos a Arthur Machen –habló del “buen horror que sus fábulas comunican”— y Javier Marías, aparte de referirse a él en Todas las almas como “aquel raro escritor de estilo refinado y sutiles horrores”, y volver a mencionarlo en Negra espalda del tiempo, es miembro de la Arthur Machen society. Pese a esos defensores de peso, este autor galés (1863-1947) no es muy conocido entre los lectores hispanoamericanos.

Machen era uno de esos escritores británicos –otro nombre importante es el de Lord Dunsany- que en el período comprendido entre el fin de siglo XIX y el principio del XX practicaba lo que vino a conocerse luego como ficción “weird” –un subgénero en el que dialogaban la literatura fantástica y la de horror-. Luego vino Lovecraft y aprendió tan bien de ellos que los convirtió en sus precursores. Machen tenía entre sus influencias dispares a Stevenson, la literatura mística, el ocultismo y las tradiciones galesas. Era muy del fin de siglo en su desconfianza de la ciencia y en su convicción de que en medio de la vida civilizada se escondían horrores atávicos (cuentos como “La luz interior” dan fe de ello); en sus mejores páginas, sin embargo, era capaz de desprenderse de las ataduras de su época y convertirse en un visionario: “El pueblo blanco” (1904), en el que una jovencita nos muestra a través de su diario, en un tono inocente, su inquietante iniciación en un culto secreto de rituales y magia negra, es un cuento perfecto que revela un “país extraño” de hadas y ninfas debajo de las “colinas desnudas” del campo.

Había un Machen que lidiaba con problemas financieros todo el tiempo; había otro, más íntimo y solitario, que vivía en la “tierra encantada” de sus relatos. Para empezar a conocer ese mundo sobrenatural son muy recomendables El pueblo blanco y otros relatos del terror (Valdemar, 2004) y El gran dios Pan y otros relatos de terror (Valdemar, 2004).

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

El País, 16 de marzo de 2013

Javier Marías: the Spanish master of mystery

javier-marias-port_2503061bDavid Annand delights in The Infatuations, a pared-back, morally ambiguous study of a murder

Writers of crime fiction find themselves in the middle of an arms race. To compete in this new world today’s thriller must be equipped with multiple conspiracies that reveal ultimately, and always, pan-institutional corruption going all the way up to the President/the Pope/God himself. Into this world of massacres and media manipulation, drone strikes and biological weapons steps Spanish novelist Javier Marías with a simple blade with which he pares back the form to its essence: a single death and the attempt at its cover up.

Every morning Maria Dolz takes her breakfast at the same café. Across from her always sits the “Perfect Couple”. She watches them admiringly until one morning they don’t turn up. He has been killed, knifed to death by a vagrant. When the woman eventually reappears Maria approaches her and is invited to her house, where she meets Javier Diaz-Varela, with whom she begins an affair that pulls her into the orbit of the murder.

Steeped in the literature of his continent – the complex morality of Balzac’s Colonel Chabert, Dumas’s The Three Musketeers and Shakespeare’s Macbeth are minutely dissected – Marías’s novel is also a riposte to the relentless pacing of genre fiction. For as well as paring down the form he has extended it, telescoping time in such a way that he can articulate the moral and ethical assumptions that inform our seemingly intuitive decisions. Whole chapters are devoted to thought processes a few seconds long, and the characters communicate in epic meditations on love, death and enamoramientos, an emotional state far more urgent than the translation “infatuation” suggests. Unsurprisingly, these almost Kundera-like mini-essays impact on the verisimilitude of the narrative, but this matters not for they are beautifully written, and impish in their moral ambiguity.

By contenting himself with a single death Marías is able to cut through the fat of the modern murder mystery so that we might see homicide for what it is: the worst of crimes but also something commonplace, a cliché. As the musketeer Athos says enigmatically of one of his own crimes: “It was a murder, nothing more.”

DAVID ANNAND

The Telegraph, 14 March 2013

The infautatios

The Infatuations

Javier Marías does lots of things novelists aren’t meant to do. He tells, not shows. His sentences are long and flowery, with sub-clauses hanging off sub-clause like chains of tropical flowers. There is little action. He’s prone to lengthy philosophical detours. Yet he constructs some of Europe’s finest novels, and not just academics or highbrow critics celebrate him: he is popular, selling big in dozens of countries.

Marías published his first novel in Spain in 1971, aged 19. In the next two decades, he published four others, translated several from the English (winning a prize for Tristram Shandy – a clear influence) and taught in Spain, the US and at Oxford. Then, with the Oxford-set All Souls in 1989, he found his voice as a major novelist. It is the voice of a first-person narrator who observes intently, all the time doubting and speculating. His narrators’ elliptical meditations are rich in erudition and shifts of emotion, which can suddenly change pace into tense action scenes. Proust comes to mind as his stylistic forerunner.

All Souls was followed by three novels in the 1990s, including A Heart So White (winner of the 1997 IMPAC award). After 2000, the 1500-page trilogy Your Face Tomorrow raised his already substantial reputation. Marías reverted to the Oxford narrator of All Souls, but the themes darkened, embracing a public world of secret agencies spying and killing on behalf of the British state.

Marías expresses a left-wing view, in his books (implicitly) and in actions. In 2012 he refused Spain’s National Fiction Prize for The Infatuations. He wanted to maintain independence from the state; he complained too that his father, philosopher Julián Marías, a victim of the Franco dictatorship, never received recognition.

The Infatuations is confined to no more than half-a-dozen characters and settings in his native Madrid: a quiet street where a man is killed, a couple of flats, a cafeteria. Its air is claustrophobic. Overheard conversations are only half-understood.

For the first time, Marías sets himself the challenge of a female narrator, María Dolz, a publishing employee. She works well, but is little different from his other narrators: an observer, something of a voyeur. At breakfast, she watches a handsome, youngish couple in love. Marías readers know that such routine happiness cannot last and suddenly the “Perfect Couple, as she dubs them, is no longer seen at the café. Later, she sees in an old newspaper a photo of a man lying in the street: the husband, killed in a knife assault. The plot, the inquiry into what happened and why, is set. As usual, Marías makes unlikely situations feel plausible and creates a sense of sinister danger.

Marías barely suffers from the lack of authorial omniscience that the first-person entails. If he does want to tell you more than the narrator can see or overhear, his characters deliver a long monologue. The first person also enables Marías to indulge his pessimistic (and probably realistic) theme that other people’s lives are unknowable. The most delightful person may be a murderer. Can we ever know what our lover is thinking?

The book’s other themes are the fragility of normal life, whether love has any meaning and how easy it is to betray friends or lovers. Marías’s method is to set up parallel relationships, and explore them. María and Javier, another Marías charmer whose morals do not match up to his handsome face, are mismatched. She is infatuated – or “in love” as the Spanish title Los enamoramientos  suggests – while he is infatuated with Luisa. Though she’s no fool, she acts like a fool. Is this love? Or diseased infatuation? Or is love merely infatuation?

It is pleasing to see Marías’s fine translator, Margaret Jull Costa, given as much space inside the front flap as Marías himself. You do not notice her presence: when the translator vanishes, it means the translation’s good. The Infatuations is not Marías’s greatest novel: the tale is slighter than in others and the set-piece tours de force not so exciting. There is less humour, too, despite several fine scenes. The novel is pleasurable in its rhythm and in the voice, with its insights and doubts. Few writers catch so well the inner rhythms of a – neurotic – person’s mind.

MICHAEL EAUDE

The Independent, 15 March 2013

Allan Massie escribe sobre ‘The Infatuations’

The Infatuations recorteShe likes to watch a husband and wife who also breakfast there, and dubs them in her mind “the Perfect Couple”. One day they are missing, perhaps, she thinks, away on holiday. Then the man is murdered. She sees his photograph in the newspaper. There is apparently no mystery about the death. He has been stabbed by a deranged beggar apparently suffering from the delusion that the dead man had wronged him by making his daughters prostitutes.

A few weeks later, the widow is back at the café, with her young children. María impulsively approaches her to offer condolences. She learns that the Perfect Couple had a name for her in turn; they called her the “Prudent Young Woman”. The children are then collected and taken to school by a different man. The widow Luisa invites María to visit her. When she does so, they talk at length about the killing and bereavement. The other man, Javier, calls and is introduced as the dead husband’s best friend. Later María meets him again; they embark on an affair, even though it is clear that he really loves Luisa.

It sounds simple and straightforward enough, but nothing is simple in a Marías novel, partly because everything that is said and thought is subject to analysis and elaboration, and indeed much of the dialogue is not spoken, but consists of what the narrator supposes might have been said. This which is not said may be as revealing as what is said, may indeed be more truthful. On the other hand it may be quite mistaken and misleading. At the same time how much that is said is itself intended to mislead? María will discover that the circumstances of the murder were not as they appeared, but are they as she comes to suppose they may have been?

Marías is a remarkable novelist. You have to read him slowly, thinking about what he is saying, especially when his narrators goes off on a tangent which may last for many pages.

The Infatuations is, like all his books, very literary. The narrator broods on Macbeth’s response to the news of his wife’s death: “She should have died hereafter.” The best friend, Javier, draws her attention to Balzac’s novella, Le Colonel Chabert, the story of a French officer reputedly killed at the Battle of Eylau, who returns to France some years later and finds his wife married to another man. The dead shouldn’t come back, he says. Is he speaking about his murdered friend? Does he mean it’s a good thing he has gone? At the end of Balzac’s novella, the lawyer tells his clerk that “we lawyers see the same wicked feelings repeated over and over, and nothing can correct them, our offices are sewers that can never be washed clean.” But this too is ambiguous; after all, the function of a sewer is to carry the ordure away.

In the end an explanation of the murder may be offered to the narrator. But should she believe it? Should she question it? Should she, as it were, exhume the body? In doing so she would assume the responsibility of disturbing the new shape that the widow’s life has taken? She asks herself who she is to disturb the universe. Marías has written before about the power of the lie. But he also knows that the lie may make what would be insufferable tolerable. “Fiction,” one of his characters says, “has the ability to show us what we don’t know and what doesn’t happen”. Fiction is about revealing possibilities. Marías is less interested in telling a story – though there is always a story being told – than in extracting the significance of what is said, thought, supposed, imagined, and the relation of these things, of gestures also, to what is happening, has happened, or seems to have happened. He writes with restraint. “It is more horrifying,” he once said, “when something is insinuated” – rather than being thrown in your face. His novels are voyages of discovery – for himself first then for the reader. He finds out what he is writing about by writing it.

In one sense this book is a departure. In a Paris Review interview some six or seven years ago, he said that he found the idea of a male author using a female narrator “a little absurd” and implied that he didn’t think he could bring it off. Now he has. His “prudent young woman” rings true. That said, like his other narrators, she is more observer than actor; indeed her most important action may be the decision not to act – but then this is often the best course we can take.

The translation by Margaret Jull Costa, seems exemplary. By that, I mean that it reads naturally as English, yet retains a certain Spanish flavour.

ALLAN MASSIE

Scotsman, 2 March 2013

Retrato de grupo sin maestros

Sciammarella

Sciammarella

El 6 de enero se cumplieron veinte años de la muerte de Juan Benet y su amigo Javier Marías publicó una evocación en EL País Semanal sobre el maestro más influyente de su generación. Decía: “Mucho lo admiré como escritor, pero lo echo de menos como amigo y guía”. Marías señalaba: “Me llevaba veinticuatro y se detuvo a los sesenta y cinco, luego todavía sigue siendo mayor, en mi recuerdo, de lo que lo soy yo ahora”. Marías se preguntaba por las posiciones que su maestro hubiera tenido a lo largo de estas dos décadas. ¿Qué hubiera dicho, qué hubiera escrito? Muchos se juntan y lo añoran, decía Marías. “Y somos bastantes los que estamos en activo y hablamos de ti cuando hay ocasión”.

Con algunos de esos que citaba Marías como amigos “en activo” hemos hablado para dibujar un retrato de lo que pasa cuando una generación se queda súbitamente sin ese y otros maestros que fueron contemporáneos de Benet y que murieron en fechas más o menos parecidas: Gabriel Ferrater, Juan García Hortelano, Carmen Martín Gaite, Carlos Barral, Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo… Como si la generación de los hermanos mayores, o de los padres jóvenes, se hubiera ausentado casi en su totalidad.

Esto dice el escritor Manuel de Lope: “Benet murió el año en que yo vine a instalarme en Madrid. Carlos Barral y Hortelano habían muerto antes. Yo tuve la sensación íntima y muy clara de que se producía un vacío inesperado, sobre todo en el caso de Juan Benet”. El escritor veterano y su amigo joven habían quedado en hacer una excursión, a pesar de la enfermedad grave que aquejaba ya a Benet, pero “la muerte llegó antes”. “En lo que se refiere al mundo intelectual creo que la movida ya había hecho por entonces suficientes estragos, con perdón, y tanto Juan, como Barral y Hortelano, pertenecían a una especie cultural extinguida antes incluso de que murieran”.

El autor de Bella en las tinieblas no cree que “a Benet le agradara la idea de tener discípulos, es una palabra demasiado clerical. Sin embargo, ahora, cuando a veces apunto notas sueltas y recuerdos me gusta llamarle el magíster, no sé por qué. Eso sí, dentro de un par de años yo tendré la edad que él tenía cuando murió. Sin embargo, en el recuerdo me sigo sintiendo joven y Benet el hermano mayor. Yo discutía a menudo con Benet. Sobre asuntos de guerra, sobre si las novelas tenían o no tenían que tener argumento…, qué sé yo. Barral era un hombre de conversación pausada, con agradables silencios. Hortelano, al que traté menos, era un extraordinario conversador. Le pasaba como a Abraham Lincoln, siempre tenía alguna anécdota a mano”.

Fernando Savater suele decir que cuando alguien cuya opinión nos ha importado muere, el vacío que deja es el que se resume en esa pregunta: qué hubiera dicho ante lo que pasa. Dice Manuel de Lope: “Ahora vivimos cosas muy importantes en lo nacional y global. ¿Qué hubieran pensado ellos de la deriva que toma la guerra contra el terrorismo? Y mucho más que eso, ¿qué hubieran pensado del dueño del Banco Español de Crédito en la cárcel? ¿Qué hubieran pensado de un director de la Guardia Civil en fuga? La historia sigue siendo muy interesante, hubiera comentado Benet”. Pero, señala De Lope, “hemos de mirar el ahora con los ojos de ahora y el entonces con los ojos de entonces”.

Dice Vicente Molina-Foix, amigo de aquellos ya desaparecidos Barral, Benet, Biedma, Barral… “Hoy se enseña a escribir bien (o mejor) en las escuelas o talleres de escritura creativa, y nada tengo en contra de ellas. Pero por edad, y sobre todo, por suerte, pertenezco a una generación que buscó y encontró maestros fuera de las aulas. Alguno, más histórico aunque siempre cercano, como Vicente Aleixandre, nutrió con su ejemplo civil a varias generaciones de escritores de la posguerra. El contacto más inmediato fue, claro, con la generación anterior a la mía, y en mi caso concreto con novelistas como Cabrera Infante, Benet u Hortelano, y poetas como Barral, Jaime Gil de Biedma…”

Los cuatro últimos, indica el autor de El abrecartas, “murieron en la plenitud de su altísima capacidad literaria. Y aunque todos dejaron una obra que no cesa de estar vigente, la muerte interrumpió aquello que no puede sustituirse con los libros: la presencia humana, el humor irreverente, la osadía, el mirar a las cosas desde ángulos inesperados, originales. Y eso sí es una devastación, un cercenamiento. De Benet siempre estoy esperando una respuesta a incógnitas que tengo, y no me llega en la vida real. De todos los citados, y de otros escritores desaparecidos y admirados (Claudio Rodríguez, Carmen Martín Gaite, Ángel González, Manolo Vázquez Montalbán), añoro saber cómo responderían al agónico estado actual de las cosas. No tener tampoco sus respuestas obliga a quienes les quisimos a afinar más en nuestro papel, sin saber si nosotros, herederos forzosos, tendremos su lucidez”.

Le preguntamos a Félix de Azúa qué sucede cuando de golpe desaparecen esos hermanos mayores… “Por fortuna nos cogió ya mayores”, dice el escritor de Diario de un hombre humillado, “porque lo cierto es que nuestra dependencia de aquellos padres o tíos era grande, tanto por admiración y respeto, como por razones sociales. Era gente muy generosa y nos ayudaron mucho”. Hay supervivientes gloriosos de aquella generación, como Caballero Bonald, Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Rosa Regás o Marsé… Pero aquellos desaparecieron tan pronto. ¿Qué aprendió de ellos, Azúa? “Eran tipos muy distintos. De Benet (que fue mi maestro en el sentido más riguroso) aprendí sobre todo la moral de la literatura, es decir, las obligaciones que contrae quien se dedica a esa tarea inacabable y poco apreciada y que consiste no sólo en beber whisky sino también en aguzar la mirada hacia detalles casi imperceptibles, viajar con un propósito determinado, leer sólo lo imposible, no caer jamás en el ocio o llevar siempre puesta una máscara de yeso ante la opinión ajena. De otros, de Ferrater, por ejemplo, una concepción agresiva de la dignidad de la poesía y un desprecio olímpico por lo que él llamaba “los escarabajos”. De Gil de Biedma, la ironía, que era tanto más feroz cuanto más cerca de uno mismo se aplicaba. Creo que debería escribir un libro sobre aquellos famous old men. Escribían, intervenían. “Los pocos que aún intervenimos me parece que somos conscientes de que estamos trabajando en algo terminal. En la época de Biedma, de Salinas, de Benet, de Hortelano, había una franja de la población notablemente ilustrada y sobre todo respetuosa con quienes se dedicaban a la vida intelectual o artística. Les prestaban atención y les hacían caso. Los lectores de Benet o de Ferrater, aparte de los universitarios, eran médicos, notarios, ingenieros, empresarios, profesores, una burguesía poderosa, pero atada a las cuestiones artísticas o intelectuales. Ese conjunto social ha desaparecido o está en trances de desaparición. No en vano también están desapareciendo los periódicos”.

¿Qué piensa Savater de lo que dejó aquel vacío de hace más o menos veinte años? Dice el autor de La infancia recuperada: “Frecuentemente las desapariciones de gente conocida vienen por rachas de semejantes: ahora compañeros de colegio, luego colegas, más tarde admiradores, o amantes, o adversarios… No en vano a la muerte se la pinta manejando una guadaña, que es un instrumento para segar muchas espigas de golpe… Aquel puñado de figuras entrañables fueron para algunos de nosotros los primeros escritores que conocimos en persona… Para mí ejercieron como ideales de vida, más que como guías literarios. Ellos eran lo que yo quería llegar a ser, militaban en el ejército al que yo quería incorporarme. Los veía como venerablemente adultos frente a mi inmadurez. Ahora me sorprende comprobar que ya soy más viejo de lo que algunos de ellos eran al morir, pero mi inmadurez no ha mejorado…”.

Francisco Rico, académico, y a veces personaje de ficción de Javier Marías, destaca de aquella gente, y singularmente de Benet, “su mirada sobre la realidad; su impertinencia desde una absoluta seguridad, la capacidad para decir siempre la palabra oportuna, su humor… Sabía derivar cualquier situación hacia una alta comedia, hacía lo que a él le hacía gracia. Siempre representaba, y se adueñaba completamente de las situaciones. A mí me producía un deslumbramiento total. Siempre hubiera querido ser como Benet”.

Para Antonio Martínez Sarrión, poeta al que aquella generación llamaba “el moderno”, “la muerte de un maestro de las artes supone una gran catástrofe personal. A nosotros nos dejó sin esas referencias. En mi caso, Benet, Hortelano, Martín Gaite…, fueron amigos íntimos; Benet fue amigo y confidente, influía en lo que yo podía hacer, en mi manera de ver el mundo”. Ya no se encuentran los escritores en torno al maestro. “Mira, Caballero Bonald me dijo hace años que se había encontrado con unos escritores de ahora. Y halló que esos noveles ya sólo querían hablar de contratos. Y eso no ha hecho otra cosa que crecer”.

Le preguntamos a Azúa: ¿Fue una devastación? “Completa”. “Era un mundo coherente, valioso y esforzado. No había ni sombra de arrogancia. Podía haber vanidad o pedantería en algunos, pero la ejercían con gracia. En muy pocos años nos quedamos en cuadro. Fue una sensación de posguerra”.

JUAN CRUZ

El País, 12 de marzo de 2013

Camelot

Hubo una época, en el curso de los años sesenta y primera mitad de los setenta, en la que esa ciudad provinciana que hoy es Barcelona era, en el imaginario de todos los jóvenes escritores nacidos a partir de los cuarenta, una ciudad cosmopolita, europea y literaria, una versión local del mítico Camelot, una luz en la grisura mediocre del Reino de España. En ella, Carlos Barral ejercía de rey Arturo; el mestre Castellet era Merlín; Gabriel Ferrater, sir Gawain, Juan García Hortelano, sir Héctor; Jaime Gil bien podría ser el rey Pelles, y Juan Benet, sir Bertilak, el caballero del Lago, al que la Dama del Lago envió a Camelot para poner a prueba la fama de los caballeros del rey Arturo; y así podríamos seguir adjudicando figuras de leyenda a los demás que se sentaban a la Mesa Redonda de la calle Provenza, como Jaime Salinas, Ángel González, Joseagustín, Luis Goytisolo o Pepe Caballero, sir Bonald. Unos eran residentes y otros llegaban de la mesetaria Magerit atraídos por el irresistible fulgor de la corte. Y, en fin, ya metidos en fantasías improbables, hacia allí nos dirigimos muchos de los que por juventud y entusiasmo bien pudimos encarnar en la figura del joven Perceval y que fuimos bautizados con el sobrenombre de La Coqueluche.

A día de hoy, todos ellos, la mayoría de ellos ya se sentaron en la silla peligrosa, que los entregó a la muerte. Su legado, sin embargo, sigue siendo un espejo de la caballería literaria. El sonoro vacío de su ausencia en el tiempo presente lo llenan sus obras, pero su desaparición es literariamente dolorosa porque fueron algo que hoy se echa de menos: ellos eran un referente. Un referente de exigencia creadora, de vida entregada a la difusión de la cultura, de inteligencia y de sentido ético, de vocación y decisión. Coincidían en un apasionado amor a la literatura y las formas artísticas, de donde extrajeron su notable y diverso gusto literario. Cultivaron entre ellos la amistad, pero fueron capaces de extenderla a sus jóvenes admiradores (y a fe que los admirábamos y respetábamos, y también nos divertíamos) con voluntad y paciencia. Todos sus defectos palidecían a la luz de sus virtudes; nadie que los tratara con continuidad dejó de aprender de ellos.

La falta de referentes es en la actualidad una de las carencias más importantes de nuestro panorama literario, no porque no haya artistas de calidad sino porque nadie parece haber conseguido alzar ese estandarte. Aquellos caballeros tenían una autoridad y un prestigio que actualmente se da con cuentagotas, pues el becerro de oro de la popularidad ha llegado a confundirla con el éxito de tal modo que al escritor la sociedad ya no le exige autoridad sino popularidad. Ser popular es ser conocido por la mayor cantidad de gente posible, culta o inculta; tener éxito, en cambio, es conseguir lo que uno se propone en la vida y esto, llevado a la buena literatura, significa que es, sobre todo, cumplir con la ambición de excelsitud que cada uno se ha propuesto o morir en el empeño, independientemente del grado de reconocimiento que consiga: lo que en términos de vida se llama cumplir una vocación. El círculo de aquel Camelot eran personas de vocación que se debían a ella antes que a cualquier otra cosa y por eso fueron capaces de aglutinar una corte poderosa y crear un estilo. No quiere esto decir que la suya fuera la única manera de hacer literatura, porque el tiempo nos muestra cómo los gustos y los modos cambian, cómo la expresión cambia también de acuerdo con los gustos y los acontecimientos sociales, pero no por eso debemos de perder de vista lo que sigue siendo sustancial: esa vocación capaz de atravesar la actualidad tratando de encaminarse a la exigencia de bondad y belleza del arte perdurable, que es, finalmente, el referente mayor. Aquel grupo levantó una bandera que aún ondea en nuestro recuerdo.

Hoy en día seguimos leyendo, deleitándonos y aprendiendo de las historias de los Caballeros de la Mesa Redonda, de los anónimos cuentos populares de tradición oral o de las pinturas de las cuevas de Altamira, por citar tres ejemplos antiguos de la importancia y la necesidad de disponer de referentes en todas las generaciones. Recordarlo, enseñarlo y pasar el testigo fue la labor de Carlos Barral y sus nobles caballeros.

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

El País, 12 de marzo de 2013

Reseña de ‘The Infatuations’

The infautatiosA fine murder story is like a great love affair: an infinite catacomb of excitement, sorrow and desire. Apart from tales of love and death, what else matters to mankind’s stone-age brain? While we continue to push back the frontiers of knowledge, most recently in digital technology, our consciousness remains hard-wired with some very primitive storylines. The lasting challenge to literature is to achieve a satisfying marriage between high art and the low drives of a simple plot. The latter is usually much more demanding than the former. To find such a rapprochement in the pages of a novel is indeed a rare treat.

This is where Javier Marías, one of Spain’s greatest contemporary writers, steps into the picture. The son of a victim of Franco’s dictatorship, Marías is a characteristically European version of the literary man. He works as a distinguished translator, has a column in El País, and runs his own publishing house. He is also the author of two short story collections and 13 novels whose lyrical, conversational, and even errant, style has sponsored widespread literary admiration. There’s an irony here because, rather appealingly, Marías writes as if there were many other, better things to do. At his investiture into the Royal Spanish Academy in 2008, he confessed that the work of the novelist was “pretty childish”, a teasing line of thought derived from Robert Louis Stevenson. His other exemplars are Joseph Conrad and Laurence Sterne. So it’s no accident that he went on to argue that the writer “can only tell stories about what has never happened, the invented and the imagined”.

The Infatuations is just such a novel, a murder story of archetypal simplicity whose slow unravelling becomes a vehicle for all the big questions about life, love and death. There are passages on almost every page that cry out for quotation. This may be a literary and metaphysical fiction, but it’s never boring. Marías plays with perception, memory and guilt like a toreador. With every flourish of his literary cape, the enthralled reader is never allowed to forget that, in the end, the author will make a killing. Just as Macbeth is a thriller that’s also a great tragedy, The Infatuations is a murder story that’s also a profound study of fatal obsession.

A story that might have been torn from a crumpled page of Home News starts with el enamoramiento, a Spanish term for which there is no English equivalent – the state of falling or being in love, or perhaps infatuation. María Dolz, a publisher’s editor, has become fascinated by the glamorous couple she sees every day in the cafe where she takes breakfast on her way to work. “The nicest thing about them,” says María, “was seeing how much they enjoyed each other’s company.” Then, one day, they are no longer there, and María feels lost without them. Later, when she sees a newspaper photograph of the husband, lying stabbed in the street, she begins to learn more about this mysterious couple and to uncover their story.

She becomes infatuated by the infatuees. When her own romantic life, brilliantly imagined by Marías, links her to the murdered man’s widow, Luisa, an apparently random killing becomes, inexorably, a much darker tale of calculated homicide. In the process, María the narrator becomes an unwitting accomplice to a dreadful crime, a young woman trapped in a prison of guilt. “No one is going to judge me,” she says at the end with a doomed insouciance, “there are no witnesses to my thoughts.” It’s a terrifying conclusion to a haunting masterpiece of chilling exposition.

The Infatuations has already been showered with awards and acclaim. With this exemplary translation, Penguin adds a European master to its distinguished list of contemporary international fiction. Great Spanish novels don’t come along too often, but they sometimes find a place in the hearts of the British reading public. The full text of Don Quixote was first published as long ago as 1620. I wouldn’t be surprised if The Infatuations soon acquired an equally devoted following.

ROBERT McCRUM

The Observer, 10 March 2013

LA ZONA FANTASMA. 10 de marzo de 2013. En los años de la distracción

Leí hace unas semanas, en la revista Qué leer, una entrevista con Muñoz Molina a propósito de su nuevo libro, un ensayo de actualidad. “Es que no hemos estado a la altura de las circunstancias casi nadie”, decía sobre la catastrófica situación en que hemos venido a parar. “El único que ha estado a la altura ha sido El Roto”. Y más adelante añadía: “Cuando hablo de la pérdida del espíritu crítico pienso en gran medida en mis propios colegas”. Dado que Muñoz Molina suele ser persona sensata y no proclive a las declaraciones chillonas, imaginé que podría tratarse de una inexactitud en la transcripción. Pero días más tarde, en la entrevista que Soledad Gallego-Díaz le hacía en este dominical, vi que volvía a la carga y no había lugar al error: “Hablábamos antes de intelectuales. En ese sentido, el único intelectual comprometido que había en España en 2007 era El Roto”. Tales comentarios vienen después de que el autor, según cuenta, se haya zambullido en la hemeroteca de este periódico, con vistas a escribir su obra. Muñoz Molina se incluye, desde luego, entre esos intelectuales distraídos, y bueno, puede ser: fiándome sólo de mi memoria, tengo la sensación de que lleva años escribiendo en prensa, principalmente, sobre exposiciones neoyorquinas, fotógrafos, intérpretes de jazz. Lo cual me parece muy lícito y jamás se me ocurriría reprochárselo, menos aún teniendo en cuenta que pasa la mitad del año en Nueva York. Por eso me extraña que él se permita ofender al conjunto de sus “colegas” con unas afirmaciones que en el peor de los casos parecen una falsedad y una injusticia, y en el mejor una exageración a la ligera.

Muñoz Molina es enemigo de los tópicos sin fundamento, y en esas entrevistas se revuelve contra el de las dos Españas, o contra aquel otro que insiste en que la Guerra Civil fue inevitable. Eso hace aún más inexplicable que se apunte ahora a uno de los lugares comunes más llamativamente falsos que pululan por ahí y que oímos y leemos repetidos por doquier, tanto en voces y plumas de izquierda como en las de la extrema derecha: el supuesto “silencio de los intelectuales” en nuestros días y en nuestro país. Resulta desconcertante que la propia Gallego-Díaz, aguda periodista, asuma como cierto el tópico, cuando no es precisamente de quienes callan o rehúyen la confrontación. Y todos admiramos el talento y la capacidad de síntesis de El Roto, pero él hace viñetas tan sólo, a las cuales, por fuerza, y por certeras que sean, les falta la argumentación. Gallego-Díaz, en cambio, argumenta siempre, y con frecuente brillantez. Y no otra cosa suelen hacer, y vienen haciendo desde hace muchos años, por ceñirnos a colaboradores de este diario, Savater, Vargas Llosa y Pradera, Ramoneda y Julià, Azúa y Grandes y Millás, Torres y Rivas y Cruz, Montero y Lindo y Aguilar y otros que no caben aquí, y eso intenta también quien esto firma. Nos pueden gustar más o menos sus respectivos estilos, sus ideas, su forma de argumentar. A algunos los podemos encontrar detestables, demagógicos y a menudo errados, pero lo que en ningún caso cabe decir es que no hayan estado “comprometidos”. Los villanos de la nación. Cantando las cuarentaQue no hayamos alertado, cuando sucedían, de los abusos de las constructoras y de los alcaldes, de la especulación inmobiliaria y la destrucción del país, de la megalomanía de las comunidades autónomas, del despilfarro sin rendición de cuentas, de la corrupción, del deterioro de la política. No puedo tener memoria de lo que cada uno ha escrito como la puedo tener de lo mío, pido disculpas por poner un ejemplo que me concierne: pero, en 2010, publiqué una recopilación de ochenta y cuatro artículos de índole política y social (compuestos entre 1985 y 2009) titulada Los villanos de la nación, y ese título era el de una pieza en la que calificaba de tales justamente a los constructores, a los alcaldes y a los consejeros autonómicos. ¿Sólo ha existido “El Roto, como una isla en la que aparecía, un día tras otro, ladrillo, corrupción e injusticia”, según asegura Muñoz Molina?

Como si no hubiera en España demasiadas cosas que están mal, tendemos a decir que lo está todo, incluso lo que está bien. En las encuestas sobre la confianza que inspiran o la aprobación que merecen los distintos colectivos e instituciones, “los intelectuales”, cuando figuran (no siempre), obtienen bastante alta consideración. Otra cosa no, pero aquí la mayoría no estamos callados, por fortuna, aunque no siempre argumentemos con brillantez. Cada uno hace lo que puede, pero al menos valor no ha faltado. Ni falta ahora, cuando, con el actual Gobierno, los críticos nos exponemos cada vez más a represalias oficiales y a infundios e inquinas de sus secuaces periodísticos. A la actriz Maribel Verdú le han caído chuzos de punta –incluidas portadas de diarios nacionales– por condenar los desahucios en la gala de los Goya, como el 90% de la población, sólo que sin gala. Lo mismo a Candela Peña y a otros del gremio. Cuando hace meses rechacé el Premio de Narrativa del Ministerio de Cultura, pese a dejar bien claro que mi postura habría sido la misma de haber gobernado el PSOE, otro de esos diarios nacionales –en el sentido de ahora y en el de 1936– me dedicó nada menos que tres artículos tirando a afrentosos. También a Muñoz Molina le han llovido a veces injurias, de diarios de esos o no. Le rogaría que mirara un poco mejor la hemeroteca, quizá vería que sus “colegas” no lo hemos hecho tan mal ni hemos perdido del todo “el espíritu crítico” en los años de la distracción.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de marzo de 2013

‘The Infatuations’. Críticas

The infautatiosThe Infatuations

Javier Marías – welcome to the funhouse

One of the books I dream of but will never write is a history of private jokes in the novel, a guide to all those concealed birthdays and vendettas. The book would be gigantic, and also an exercise in proving its own irrelevance –for in the end the only true way to read a novel is to dismiss the question of provenance: fiction is its own oddly impervious reality. There would be chapters on embedded quotations, or the names of friends– and one chapter specially reserved for the fiction of Javier Marías.

In a series of novels that includes The Man of Feeling (1986), All Souls (1988), A Heart So White (1992), Tomorrow in the Battle Think on Me (1994), the three-volume giant Your Face Tomorrow (completed in 2007) and now The Infatuations (first published last year as Los enamoramientos), Marías has constructed a suite of first-person narratives that delight in tricks of perspective. Nearly all his narrators share elements of his biography – from his previous jobs to his first name. His most extensive exploration of this game is Dark Back of Time (1998), which Marías once described as a “false novel”. It was published between Tomorrow in the Battle Think on Meand the first volume of Your Face Tomorrow, and its inside-out form is like a mini funhouse mirror, splintering the novels before and after it into loopy refractions. It is the only one of his books explicitly narrated by “Javier Marías”, and its surface charm is the true story it tells – about how Marías came to “inherit” the minuscule kingdom of Redonda. But its deeper interest lies in the series of digressive stories he includes – many of which concern the strangely literal ways in which friends and strangers read his books, as systems of private messages and portraits. And the reason for this exploded experiment, I think, is very simple: the more the border between the fictional and the real is emphasized, the more its irrelevance is stressed. “What I present to the reader comes from my experience and from what I have invented, but it has all been filtered by literature”, Marías once told the Paris Review. “That is what matters: the filter.”

And Marías, of course, is right. So that when one of the recalcitrant readers in Dark Back of Time, Professor Francisco Rico, the distinguished scholar and editor of Cervantes –who was first disguised as Professor Del Diestro in All Souls, then as Professor Villalobos in A Heart So White– appears in The Infatuations in the guise of himself, his presence is another warning to the literal reader. As soon as you exist in a novel you are no longer yourself, not even if you keep your own name.

The Infatuations is narrated by a woman called María (even with a switch of gender, a Marías narrator is still an abbreviated pun on her inventor). She becomes attached to a couple who, like her, go every day to a café before work. She never talks to them, just observes. And the plot begins when the husband, Miguel Desvern, is found stabbed to death by a tramp in the street. The next time María sees Desvern’s wife, Luisa, she is moved to tell her how sad the news has made her: they always seemed, she says, the model couple. Luisa invites María home, where she meets Javier Díaz-Varela, a friend of the Desverns (and also, briefly, Professor Rico); some time later María encounters Díaz-Varela by chance again and they begin an affair, in the course of which she discovers –or does not discover, because nothing is ever quite certain– a plot behind the dead man’s murder.

It looks like both a love story and a murder mystery, but the surface plot is never the true plot. A plot is just a toy for thinking, and all of Marías’s narrators –so often experts in other people’s words, whether as ghost writer, translator, spy, singer or, like María, a publisher– are mavens of conjecture. María confidently describes imaginary conversations between characters she has just met, or never met, or ascribes imaginary motives to them. The author has often noted the influence of Henry James on his snaking sentences (which have been translated with gorgeous consistency across his oeuvre by Margaret Jull Costa) but the real larceny is much grander. He has borrowed James’s “supersubtle” narrators and observers, who “convert the very pulses of the air into revelations”. And he has also inherited James’s luminous belief in art, the belief he once famously explained to H. G. Wells: “It is art that makes life, makes interest, makes importance”. Even the most lurid events, according to this theory, achieve their true form through imagination, and this is the philosophy of Marías’s constructions. His plots are based on sensational desires – and these desires only exist through a web of recondite, elegant thinking. One of Marías’s discoveries has been to reveal the B-movie and the self-reflective novel as twin aspects of the same thing.

This makes for a reading experience that is sometimes urbanely sensual –one of María’s most brilliant riffs in the novel is an expanded meditation on the various implications of appearing with or without a bra in front of a stranger– and sometimes abstractly philosophical; or, maybe more precisely, sensual and philosophical, simultaneously. For the real pleasure is in the strange things his narrators do to the business of narration. Marías has discovered a unique form – even if he himself might deny the possibility of uniqueness in literature. He has a fastidious dislike of originality. In an essay he once wrote in praise of Giuseppe Tomasi di Lampedusa’s novel The Leopard, he admitted that he did not believe in the idea of literary progress. For everything in literature, he argued, exists in a state of timelessness: “Old and new texts breathe in unison, so much so that one wonders sometimes if everything that has ever been written is not simply the same drop of water falling on the same stone, and if, perhaps, the only thing that really changes is the language of each age”. But Marías is original; he cannot help it. And this originality derives from these ghostly first-person narrators, who possess an unusually double talent: for digression and transition. In a recent book of conversations, the composer Thomas Adès quoted Morton Feldman’s aphorism on Beethoven: “it’s not so much how he gets into things that’s interesting, it’s how he gets out of them”. And this is also true of Marías. Like Beethoven, he is a brilliant escape artist. His narrators can drift for giant lengths, and yet still re-emerge, calmly, on to the same stage, transformed by their reflections.

The problem is that –like so many novelistic techniques– Marías’s acrobatics between paragraphs or chapters can only be coarsely paraphrased. There is one swarming sequence inThe Infatuations in which María’s lover Díaz-Varela describes the plot of Balzac’s novella Colonel Chabert –the story of a man who is mistakenly buried after the Battle of Eylau. Years later, Chabert returns to Paris to reclaim his former life. But his wife does not want him back. She has moved on; her old self is dead. It is a realist story that is also a ghost story. Díaz-Varela tells this story at a length that seems entirely disproportionate within the novel, a disproportion made all the more exorbitant when María herself then reads the novella, and notices a mistranslation by Díaz-Varela– prompting a new cadenza, which lasts for several pages, about whether there is “a difference between preparing someone for their early ruin and death and killing them outright”. And yet, simultaneously, the reader is entering, unaware, one of the novel’s deep preoccupations.

Marías manages to convert the expectation that very little will ever happen in his novels into his own brand of suspense. The real meaning seeps through his narrator’s stalled hesitations and digressions. The melody emerges from the harmonies, and vice versa. He loves to let his plots hang suspended, the present moment of narration an absence, described through its anticipation and recollection. All his novels are experiments in time frames. Time is his basic subject. So many of his characters are “beings not made for time, for whom the very notion of time and its passing is a grievance”, as Marías wrote in All Souls. And this is true of his new protagonist, too.

Early in her affair with Díaz-Varela, María considers the humiliations a lover is happy to suffer when considering her beloved:

“When we get caught in the spider’s web, we fantasize endlessly and, at the same time, make do with the tiniest crumb, with hearing him, smelling him, glimpsing him, sensing his presence, knowing that he is still on our horizon, from which he has not entirely vanished, and that we cannot yet see, in the distance, the dust from his fleeing feet.”

Much later, after the affair is over, she meets Díaz-Varela again, and once again conjures the same image. But this time, her sentence is interrupted by two new phrases:

“It’s true that when we get caught in the spider’s web – between the first chance event and the second – we fantasize endlessly and are, at the same time, willing to make do with the tiniest crumb, with hearing him – as if he were the time itself that exists between those two chance events – smelling him, glimpsing him, sensing his presence …”

Her thinking about love has become contaminated or deepened by her thinking about death. Díaz-Varela once told her that Desvern had few qualms about dying –since both birth and death are random events: “We don’t object to our date of birth, so why object to our date of death, which is just as much a matter of chance”. This is the conversation she now distantly remembers, and it represents the final pattern of the novel. Everyone, in the end, will disappear– however lingeringly, or slowly. Not even memory will survive, not even love. That is what the murder plot investigates, through the intricacy of María’s thinking.

Even here there is a private joke. In his essay on The Leopard, which he admiringly described as a study in mortality, Marías quoted the novel’s famous ball scene, in which Don Fabrizio watches the couples dancing: “his disgust gave way to compassion for all these ephemeral beings out to enjoy the tiny ray of light granted them between two shades, before the cradle, after the last spasms”. María’s phrase about the time between “the first chance event and the second” is the author’s private homage –and therefore another test of the abstract reader. Only the filter matters, after all. In The Infatuations the phrase has multiple ramifications. Those “two chance events” are birth and death, or the birth of desire and the death of desire– but they are also, in the end, very simply, María’s two chance meetings with two separate couples that open and close the novel. All the clues the reader needs are already there, on this noirish novel’s uniquely luminous surface.

ADAM THIRLWELL

The Times Literary Supplement, 6 March 2013

elliot erwitt collettivowsp_files_wordpress_com‘The Infatuations’, by Javier Marías

A café in Madrid. From her table across the room a solitary woman watches an attractive couple share breakfast morning after morning and speculates pleasurably about their relationship. One day they fail to appear and as time passes she feels a deepening sense of loss. Later she learns that the man has been murdered, stabbed to death in the street — an apparently senseless crime.

The tragedy of the happy couple touches and disturbs her. Then, almost accidentally, she finds herself becoming involved with the widow and the dead man’s best friend. At first all is straightforward: loss, grieving, consolation. Gradually the relationship becomes more complex: she begins an affair with the friend, recognising that she is little more than a stopgap in his life. And so things continue, until, at a certain point a remark overheard, an ominous hint, sets up unease and leaves her floundering. Nothing is quite as it seems — but how could it be? We’re in Javier Marías territory. This is a novelist who doesn’t deal in the straightforward; his narratives are serpentine, his vocabulary one of ambiguity, his landscape a place of shadows.

The Infatuations is a metaphysical exploration masquerading as a murder mystery. The narrator, the widow and the best friend spend much of the book engaged in conversation, or imagined conversation, or recollected conversation, living simultaneously in a past both real and fantasy, tinged with nostalgia and regret, and a future imbued with suspicion and impossible hopes. The truth is slippery. There is action: but the killing will have taken place in the past, as will the love-making. Head-clutching stuff, but quietly addictive.

Marías is a wolf in sheep’s clothing: his ostensible subjects look seductively mainstream: his 1,600-page trilogy Your Face Tomorrow reads like Proust re-imagined by Le Carré — spying, adultery, betrayal, sex and violence. But these are devious means to other ends. Calm, labyrinthine sentences last for pages; an authorial pause button can freeze a violent act while an examination of treason or loyalty runs its course, and the action is resumed.

His novels (13 so far) have brought him prizes and an international following. There is talk of the Nobel. In Spain he spans the worlds of literature and academe, while writing a popular weekly column in El País.  He has translated Shakespeare, Nabokov and Faulkner, and his past includes a spell at Oxford, lecturing on translation, an experience which inspired his novel All Souls. He followed it with A Heart so White, which won the 1992 Dublin IMPAC prize.

While critics have invoked Proust and Henry James in reviews of previous books,  Marías himself claims Sterne as a major influence — he translated The Life and Opinions of Tristram Shandy into Spanish, and his own playfulness and tantalising side-trips are very Shandyesque, though the sinister, disturbing undertones and occasional casual violence are all his own.

At several points in The Infatuations, the male protagonist recounts snatches of a Balzac story. When the narrator asks how it ended; what happened? he replies:

It’s a novel, and once you’ve finished a novel, what happened in it is of little importance and soon forgotten. What matters are the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us… Fiction has the ability to show us what we don’t know and what doesn’t happen.

Between the interstices of the fragile plot of The Infatuations are disquisitions on life and death, freedom, the consequences of love, the impossibility of ever knowing another, and the role of fiction. Marías’s books generally feature a narrator who observes the scene without necessarily understanding everything. Translation enters repeatedly into his narratives, and Margaret Jull Costa, who has provided superb translations for most of his books, including this one, says he’s like Paul Klee who claimed he ‘took a line for a walk’: Marías, she says, ‘takes a thought for a walk. He makes us think.’

Along the way we get his immaculate prose and his sardonic view of the implacable nature of time — what Larkin called the long perspectives open at each instant of our lives.

LEE LANGLEY

The Spectator, 9 March 2013

The Infatuations

The only certainties in life are generally held to be death and taxes. But in this metafictional murder mystery by acclaimed Spanish author Javier Marias even the dead can’t be taken for granted.

The victim in this novel is wealthy businessman Miguel Desvern. For years, narrator Maria has taken pleasure in the sight of Miguel and his wife, Luisa, breakfasting together at the café that she too frequents. In her mind they are the perfect couple – but one day a deranged homeless man stabs Miguel to death in the street.

In the aftermath of this apparently random killing, Maria visits Miguel’s grief-stricken widow, subsequently meeting Javier, a friend of the murdered man, with whom she is instantly smitten. But Javier is infatuated with the mourning Luisa, and soon Maria is entangled in a plot so strange that even she finds it hard to credit.

‘Our convictions are transient and fragile,’ Maria imagines Javier saying. ‘It’s the same with our feelings. We shouldn’t trust ourselves.’ Wise words, it turns out.  As Maria attempts to reconstruct events, she realizes how hard it is to know the truth – as, increasingly, do we.

Plotted with tremendous skill and elegance, this cerebral tale is entirely absorbing.

STEPHANIE CROSS

Dailymail Online, 7 March 2013

The Infatuations

Even if your idea of a good time isn’t reading an emotionally complex and intellectually subtle novel that takes the tragic powers of love as its subject, and that nearly hums with latent erotic energy and mystery (and if that isn’t your idea of a good time, then you’re a miserable so-and-so), I would still recommend reading Javier Marias’s latest book, The Infatuations.

Before I try to back that up, a question: what is a romantic writer? Is it someone whose prose favours feeling over thought? Is it a writer unconcerned with theoretical questions, whose greatest ambition is to move the reader? I’m not sure. Probably the question requires hundreds, if not thousands, of pages of meticulous argumentation from a team of only the most prestigious and erudite of scholars to be answered. All the same, I’m going to go ahead and say that Marias is amongst the most romantic of contemporary novelists. Love and death, those evergreen sources of sublime literary material, are his bread and butter.

The Infatuations runs deep. The story –of a woman who falls in love with a man after an improbable and gruesome murder– is the sort of thing a more conventional writer might deal with in a novella. There are only a handful of characters, connected via a web of relationships that forms following the death of Miguel Desvern, a handsome and charming Madrileño. Marias probes leisurely and delicately at the thoughts and feelings of each. Never rushing, he teases out allusions and possibilities. Secrets abound. Marias knows how to cater for doubt and curiosity, and to engage the intelligence as well as the emotions of his readers.

The Infatuations is a holistic and atomic examination of the behaviour of those citizens that Marias takes to be the most dangerous members of society: people in love.

WILL HEYWARD

Readings, 21 February 2013

‘Gli innamoramenti’

le ItaliaCONSIGLI DI LETTURA:

Gli innamoramenti

Per quale ragione Maria Dolz, la protagonista, voce narrante,  dell’ultimo romanzo di Javier Marias, Gli innamoramenti (Einaudi, 2012) sente il bisogno di fermarsi in un bar ogni mattina prima di recarsi al lavoro  per osservare una coppia di perfetti sconosciuti, Luisa e Miguel Desvern, mentre fanno colazione? Certamente perché quell’uomo e quella donna così sereni le consentono una contemplazione concreta della felicità negata dalla letteratura: Maria che lavora in una casa editrice sa bene che se i due fossero personaggi di un romanzo qualcosa di brutto accadrebbe loro, qualcosa di storto a un certo punto devasterebbe la loro esistenza. Dunque di quell’ipotesi illusoria di bene  la donna è destinata ad “innamorarsi”.

Ma ben presto il quadro va in frantumi, l’incantesimo svanisce e la  tela di regno cui non è possibile sfuggire svela un volto equivoco: un parcheggiatore disperato uccide Miguel scambiandolo per un’altra persone, Luisa ne è sconvolta, Maria le si presenta e per qualche ora ha l’occasione di penetrare l’intimità domestica della coppia; proprio in casa di Luisa  conosce il miglior amico dei due coniugi Javier, se ne sente attratta, ne diventa l’amante, pur essendo perfettamente consapevole di non essere ricambiata e non pretendendolo neppure.

Il secondo innamoramento nella mente della protagonista non è che un pallido riflesso del primo: il triangolo ideale con lei al centro, giovane prudente,  non può ancora realizzarsi, Javier non ama lei, bensì Luisa, se non che questa è ancora legata al marito, e quindi i due sono ancora distanti. Ma in quale direzione porta la vera trama de Gli innamoramenti e cosa davvero cerca Maria e perché il cuore del dramma, l’omicidio di Miguel, non viene chiarito mai fino in fondo?

In realtà Marìas trova una chiave originale per riscrivere Il colonnello Chabert di Balzac e la parte meno nota de I tre moschettieri relativa alle vicende passate di Athos. Sia l’uno che l’altro, citati spesso dai protagonisti de Gli innamoramenti,   raccontano di come la resurrezione di persone credute morte non è mai la benvenuta. Lo scrittore spagnolo porta alla luce ciò che gli intrecci di Balzac e Dumas sottendevano: il modo con cui l’animo umano percepisce gli eventi, ne dilata o ne sminuisce le conseguenze, li deforma o li rimuove deve finire sotto la lente del microscopio, i fatti  nella loro nudità di circostanze accessorie sono irrecuperabili e in fondo trascurabili. Per questo  in Marìas lunghi monologhi e soliloqui interminabili costituiscono il nerbo di una prosa analiticamente lucida su ogni sfaccettatura del ragionamento.  La realtà ignora di se stessa ciò che la letteratura ha il coraggio di inventare e scoprire: come reagirei se…? E’ la verità su noi stessi a cui i libri ci consentono di rispondere. Ascoltando la voce di Maria Dolz veniamo a sapere che vivere significa sempre tradire, e che nessun innamoramento come nessun lutto  dura a lungo. Detto con parole più semplici: “ Chi muore giace e chi vive si dà pace”.

Javier Marías (Madrid, 20 settembre 1951) è uno scrittore spagnolo. Tradotto in tutto il mondo e vincitore dei più importanti Premi letterari, tra i quali il premio internazionale di letteratura Impac e il Nelly Sachs, Javier Marías è anche traduttore e saggista. Domani nella battaglia pensa a me ha vinto il premio Rómulo Gallegos e il Prix Femina Etranger].È nipote del regista Jesús Franco e figlio del filosofo Julián Marías (discepolo prediletto di José Ortega y Gasset). In Italia la maggior parte della sua opera è tradotta da Einaudi.

Il Recensore, 7 Marzo 2013

‘The Infatuations’

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Toward the end of last year, Javier Marías was awarded a prestigious Spanish literary prize and the €20,000 that came with it, both of which he had no hesitation in refusing. 

His reasons were simple. All his life, he said, he has avoided state institutions and refused to accept any income from the public purse. “I don’t want to be seen as an author who is favoured by any particular government.”

Noble – and unusual – as Marías’s sentiments surely are, he was nevertheless keen to point out that his views applied only to Spanish literary awards. Were the Nobel Committee to call him that would be another matter. And well it might, for Marías must one day be a prime contender if he is not already on the radar.

In his new novel, The Infatuations, the 14th to be translated into English and the first to feature a female narrator, mention is made of the Nobel laureateship. María Dolz works in a Madrid publishing house where she is obliged to stroke the egos of authors. One night, after returning from her lover’s apartment, she considers how the most unlikely things happen; how, for example, “the school dunce is made a minister and the layabout turns banker”. Then, muses María, there is the “most simple-minded student” who “becomes a venerated writer and a candidate for the Nobel Prize”. This is Marías at his most mischievous, content to have his croissant and eat it.

The first thing to say about The Infatuations is that it is a thriller, but not of the kind that routinely clogs the bestseller lists. On the contrary, it avoids cliche and cardboard characters and is written in a testing style that is reminiscent of Henry James or Virginia Woolf in stream of consciousness mode. Often several pages go by without paragraph breaks and sentences are allowed to run for hundreds of words.

The effect is mesmerising and, on occasion, bewildering. This is not a book to speed read. It was Raymond Chandler who said that “when in doubt, have a man come through a door with a gun in his hand”. Marías would never stoop to such unsubtle attention-grabbing. He works by stealth and an accumulation of detail, clarity emerging slowly and circuitously. There is nothing linear about a Marías novel and The Infatuations is no exception.

It begins as Marías means it to go on: “The last time I saw Miguel Desvern or Deverne was also the last time that his wife, Luisa, saw him, which seemed strange, perhaps unfair, given that she was his wife, while I, on the other hand, was a person he had never met, a woman with whom he had never exchanged so much as a single word.”

No-one in a creative writing class teaches students to open a novel in this manner. Immediately, though, questions clamour to be answered. Every morning, it transpires, María visits a restaurant for breakfast where she observes Luisa and Miguel, a seemingly happy, well-to-do couple with two young children.

She is fascinated by them, possibly more than that. Her interest seems to go beyond curiosity and veers toward stalking. “The nicest thing about them,” she writes, “was seeing how much they enjoyed each other’s company.”

Of course, in novels idylls are simply harbingers of disaster and it strikes soon enough when Miguel – dimple-chinned like Robert Mitchum or Kirk Douglas – is brutally murdered in broad daylight, apparently in a random act by one Madrid’s many unemployed.

Now Luisa is a widow  and is befriended by María, whom she and Miguel had nicknamed the “Prudent Young Woman”. Over several glasses of wine Luisa wallows in grief and tries to figure out how to tell her children what has happened. With such an abrupt death there is so much unfinished business, so many loose ends, such a feeling of incompletion, of raggedness and emptiness. and widow a is Luisa Now

Nevertheless, María suggests that Luisa will eventually get over her loss and remarry. Heading the list of suitors is a man called Díaz-Varela, with whom María is soon having an affair. But though she is in love with him, he refers to her as his “bird” and behaves in a manner that suggests any infatuation is not reciprocated. Could it be because Díaz-Varela has designs on Luisa? If so, did he conspire to have her husband killed in order to possess her?

As in his previous work, Marías is adroit in evoking tension. His prose is chillingly clear and hypnotically eerie. Like a film director who is content to allow the camera to linger on an actor’s face, registering every blink and tic and sniff, he lets his characters talk and talk, as if they were addressing a psychiatrist or a mirror. But at this very fine and disturbing novel’s core is a compelling meditation on love in all its ramifications.

ALAN TAYLOR

The Herald Scotland, 2 March 2013

LA ZONA FANTASMA. 3 de marzo de 2013. Que no dimitan

Si no fuera todo tan ultrajante y la gente no estuviera sufriendo tanto; si durante un año de Gobierno del PP no se hubieran creado más de medio millón de desempleos nuevos y no se estuviera asfixiando a los ciudadanos con subidas continuas de impuestos y bajadas de salarios; si no hubiera tantos desahucios legales pero ilegítimos e inmisericordes, y los bancos salvados por el dinero de la población no estuvieran negándole modestos créditos a esa misma población para salir adelante, habría que celebrar este periodo y agradecer a ese partido, el Popular, que nos obsequie días tras día (ayudado por las demás formaciones, justo es reconocerlo) con espectáculos de hilaridad incomparable.

Ya saben, uno se harta de lo malo, y hay jornadas en las que el ánimo se rebela contra el abatimiento. Si a la situación indignante y deprimente añadimos un espíritu alicaído incesante (no que no haya motivos), entonces no se puede vivir. Así que a ratos uno logra mirar el entorno con distanciamiento, como si la catástrofe no fuera con uno ni con sus allegados, y se descubre soltando carcajadas encadenadas. El Gobierno, su partido y sus portavoces recuerdan cada vez más al piloto de coches Carlos Sainz, que padece calamidades inverosímiles en las pruebas que dispu­­ta desde hace demasiados años. El hombre intenta explicárnoslas y maldice su mala suerte, pero ha llegado un momento en el que, lejos de dar lástima, su empeño se ha convertido en algo cómico. ¿Qué le puede acaecer ahora?, se preguntan sus seguidores, confiando, en el fondo, en que por una vez salga airoso de sus competiciones. Al fin y al cabo no hace ningún mal ni engaña, y nadie le desea el infortunio. Los políticos (los más) son otra cuestión: ellos sí dañan a incontables personas, y tratan de engañar a la mayoría.

Pero, con todo, no me digan que no tiene gracia que el mayor hazmerreír del momento, un tal Floriano, se ponga un día ante las cámaras, con sus espantosos corbatones de gangster secundario, y suelte que es imposible despedir legalmente a un tal Sepúlveda, ex-marido de ministra implicado en la trama Gürtel, y a la mañana siguiente sus jefes despidan a ese ex tan legal y tranquilamente. O que jure que el ex-tesorero Bárcenas está apartado del PP desde hace tiempo y acto seguido se descubra que hasta anteayer estaba cobrando de él no se sabe si un finiquito generoso o un generoso sueldo raro. O que el propio Bárcenas asegure que la letra de sus supuestas cuentas no es la suya, y a continuación un batallón de grafólogos expertos dictamine que le pertenece sin asomo de duda. O que Montoro grite (con su vocezuela) que nadie inmerso en un proceso se ha beneficiado de su amnistía fiscal y en seguida aparezca una lista de reos acogidos a su merced. O que Wert reduzca el número de profesores, incremente el de alumnos por aula, suba las tasas universitarias a lo bestia y al instante anuncie que con todo eso la educación va a mejorar un huevo. O que ese Ignacio que nos ha dejado en malhadada herencia Esperanza, se ponga hecho un basilisco con el obispo de Getafe por advertir éste de los peligros de Eurovegas y lo mande a ocuparse de sus competencias –es decir, a cerrar el pico– cuando a él y a su partido les ha parecido siempre de perlas que los obispos se manifestaran furiosos contra leyes aprobadas por el Parlamento y aceptadas por la sociedad en su conjunto. O que Rajoy reconozca carecer de palabra y haber incumplido todas sus promesas, tras haber pedido dos minutos antes que se le crea cuando niega haber cobrado jamás dinero negro. O cuando publica, muy ufano, sus declaraciones de la renta para “demostrar” que nada oculta, cuando a Hacienda, justamente, no se le va a enseñar ninguna irregularidad ni sobresueldo; es como si un sospechoso de tráfico de drogas invitara a la policía a registrar su domicilio, donde es evidente que ningún presunto narco guardaría sus alijos. O que se descubra que hay un restaurante barcelonés por el que pasaban todos los políticos de todas las formaciones –no sé cómo no se chocaban–, las cuales, al parecer, encargaban espiar a sus rivales y correligionarios, con micrófonos bajo las mesas clave, a la misma agencia de detectives, que no debía de dar abasto y que tal vez, armada un lío, entregaba las grabaciones a quien no correspondía. O que Gallardón, tras encarecer los trámites para apelar a la justicia, declare que así ésta estará más al alcance de todos, incluidos los pobres. O que Camps y Barberá, además de trajes y bolsos caros, hicieran honor a su españolidad recibiendo de una empresa regalos tan nuestros como jamones y vino. Jamones y vino.

Hay días en que uno se sobrepone al panorama tétrico, y entonces lo ve todo tan chistoso que, lejos de unirse a las voces que piden la dimisión de este Gobierno y de otros políticos de diferentes partidos, desea que duren, que no se vayan, que sigan haciendo el idiota y soltando memeces, provocando la irrisión de la ciudadanía, rizando el rizo de la majadería, justificando los desmanes y embustes con razonamientos ridículos (es un decir, lo de razonamientos); y que continúen exhibiendo en televisión a ese Floriano que, si no fuera tan atravesado, guardaría cierta semejanza con Chico Marx, el soso de los famosos hermanos; con sus corbatones. No me digan que, dentro del desastre, no es un detalle que nos diviertan tanto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de marzo de 2013

‘The Infatuations’, por Manguel

Review illo 03/03/13

The Infatuations

The strict sequence of events that makes up our lives seems to us, as it takes place, haphazard. A chance encounter, a sudden death, love at first sight, an overheard conversation, all belong, we imagine, not to a tightly plotted thriller but to the erratic jottings of a distracted dreamer. A woman might notice a couple meeting every day in the same cafe, discover later that the man has been stabbed to death by a demented beggar, and decide to speak to the widow the next time she sees her. Each of these events seems whimsical and arbitrary and yet, as Javier Marías shows in this masterly novel, chance is nothing but the result of our own negligent reading. Read in the proper order, from the first to the last chapter, everything we do and everything we witness, however unlikely or disconnected, fits into a story in which we are both narrators and protagonists.

Such is the case of María Dolz, a middle-aged woman who works for a Madrid publisher, who witnesses the couple’s meetings, and then their absence; who discovers in the papers the murder of the husband, a certain Miguel Desverne; and who seeks out the widow, Luisa Alday, to offer her condolences. As it happens, Dolz meets Alday’s new companion, a handsome man called Díaz Varela, who was Desverne’s best friend. Dolz becomes infatuated with Díaz Varela and, shortly afterwards, they begin an intermittent sexual relationship.

“Infatuations” is the only possible English translation for the “enamoramientos” of the original title. Margaret Jull Costa, with her habitual skill, has rendered Marías’s precise, somewhat laconic Spanish into graceful and equally laconic English, but the title necessarily defeats her. “Enamoramiento” is the act of falling in love, briefly but not less passionately; “infatuation” (the dictionary tells us) is to become inspired with intense fondness, admiration, even folly; unfortunately, in the English term, love is absent. As Dolz’s lovely last words have it, after the end of an “enamoramiento” we continue to sense the loved one’s presence, “knowing that he is still on our horizon, from which he has not entirely vanished, and that we cannot see, in the distance, the dust from his fleeting feet”.

Dolz’s narrative is studded with questions: What is her new lover’s involvement with the widow? What are his true feelings towards both women? Did he have a hand in the husband’s murder? And above all, what is her own role in the convoluted plot into which she seems to have fallen? Who, in fact, is she?

The classical themes of love, death and fate are explored with elegant intelligence by Marías in what is perhaps his best novel so far. The story’s literary underpinnings are Macbeth (as is usual in Marías), Balzac’s Colonel Chabert and, more surprisingly, Dumas’s The Three Musketeers, all glossed by Díaz Varela, who paternalistically instructs Dolz on the importance these three books have for him. Central to Marías’s novel is Balzac’s colonel, a man supposed dead who returns among the living, much like the dead Desverne returns to haunt the minds of the survivors. Over this literary chorus echoes a grisly observation quoted by Díaz Varela from the Musketeer saga: “A murder, nothing more.” For Dolz, the banality of murder implied in Dumas’s words becomes translated as murder’s monstrous immutability. “A thief can give back the thing he stole, a slanderer can acknowledge his calumny,” Dolz thinks to herself. “The trouble with murder is that it’s always too late and you cannot restore to the world the person you killed.” She adds: “And if, as they say, there is no forgiveness, then, whenever necessary, you must continue along the road taken.” Except that, eventually, the murderer will no longer think of his crime “as a monstrous exception or a tragic mistake, but, rather, as another resource that life offers to the boldest and toughest.” He will feel as if he has simply inherited the terrible action, or won it at a raffle “from which no one is exempt”. And this feeling will lead him to believe “that he didn’t wholly commit those acts, or not at least alone”. In these extraordinary words, Marías has defined the ethos of our time.

Marías is an old hand at hoodwinking the reader, layering his novels with plots that seem, each one, final, but then suddenly blossom into something unexpected. In The Infatuations, Marías may have been thinking of Macbeth’s address to the witches: “If you can look into the seeds of time,/ And say which grain will grow and which will not,/ Speak then to me.” Neither the reader nor the protagonists are capable of such foresight, but the clear knowledge that every event, however minuscule, might develop into a sprawling web of roots and branches, lends every detail in the novel (as it does in detective fiction) a possibly dangerous meaning. Over the events in the The Infatuations, this other, untold and latent story casts an ominous and uneasy shadow.

“Once you’ve finished a novel,” says Díaz Varela to Dolz, “what happened in it is of little importance and soon forgotten. What matters are the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us and infuses us with, a plot that we recall far more vividly than real events and to which we pay far more attention.”

ALBERTO MANGUEL

The Guardian, 1 March 2013