LA ZONA FANTASMA. 17 de marzo de 2013. Descrédito y deserción

Al lado de todo lo demás que está pasando, puede parecer secundario, anecdótico, poca cosa. Y sin embargo no lo es: la televisión sigue siendo el principal medio por el que la gente se informa, pese a Internet y sus redes sociales, y aquí está muy arraigada la costumbre de mirar los telediarios de la 1 de TVE. Herencia lejana, supongo, de los tiempos de la dictadura en los que sólo había una cadena. Pero también hay otro factor: los ciudadanos son conscientes de que dicho “ente”, como se lo llamaba antaño con comicidad involuntaria, es de todos, es el “nuestro”. No en balde está y siempre estuvo sufragado por dinero público, procedente de los impuestos que pagamos. En sus informativos hay una figura de continuidad que da cuerpo a esa sensación y a esa idea: no sé cuántos años lleva la excelente Ana Blanco dándonos las noticias de las tres, pero sin duda son muchísimos. Es el rostro de ellas, hasta el punto de que ningún Gobierno ha osado descabalgarla de su puesto, como sí han hecho unos u otros con los demás presentadores. Su grata y continuada presencia nos transmite estabilidad, y aun inmutabilidad, y estamos acostumbrados a que lo dicho por ella parezca de fiar. No siempre ha sido así, claro (Urdaci, Urdaci); al fin y al cabo sus palabras no son suyas, ni ella ha sido nunca jefa de informativos. Desde hace un año, quienes llevamos lustros viéndola y escuchándola creemos percibir que está levemente a disgusto, y si digo “levemente” y “creemos” es porque ella, profesional impecable, no se permite dejar traslucir sus sentimientos. Pero hay tantos fallos hoy en día que resulta imposible no notarle cierto mínimo sonrojo, cierto bochorno, cierto apuro, ante las imágenes que no coinciden con lo explicado, los rótulos equivocados o llenos de faltas de ortografía, las entradas en falso de los corresponsales, lo mal que hablan y se explican muchos de éstos. Los telediarios de la 1 de TVE se han convertido en una muestra constante de incompetencia, y eso debe de herir su orgullo.

No es esto lo peor, no obstante. Los del equipo anterior llegaron a ser bastante buenos y objetivos. Al menos daban todas las noticias que lo eran de veras, y en consecuencia fueron profusamente premiados, tanto aquí como en el extranjero, donde se llegó a considerarlos mejores y más completos que los muy afamados de la BBC. Por eso clama al cielo lo que han logrado, en tiempo récord, los actuales presidente de RTVE, González Echenique, y director de informativos, Somoano, el cual procedía de un canal tan “clandestino” y ruinoso como la TeleMadrid de Esperanza Aguirre, cuyos noticiarios fueron nulos porque casi nadie se fiaba de ellos ni se molestaba en verlos. Estos dos individuos –y el PP, que los ha nombrado– no parecen estar enterados de que la censura es anticonstitucional en España desde hace más de tres decenios, así que ocultan y escamotean o minimizan, de manera escandalosa, cuanto no conviene o agrada al Gobierno. Manifestaciones, protestas, brutales cargas policiales ante el Parlamento, declaraciones contrarias a su política, datos económicos negativos para su gestión, meteduras de pata o palabras inconexas –tan frecuentísimas– de sus dirigentes… Su parcialidad resulta grotesca, y el descrédito de los telediarios aumenta de día en día, como la masiva deserción de espectadores. Su audiencia registró un mínimo histórico en la última semana de febrero.

Justo en esa semana vi algunos de ellos: pese a los recortes presupuestarios, TVE desplazó un equipo de por lo menos cuatro personas (incluida la sufrida Ana Blanco) a Roma, durante dos jornadas, para cubrir in situ algo que no tenía mucha historia ni misterio: el adiós ya anunciado de Benedicto XVI. Los informativos de esos días fueron monográficos, publirreportajes del Vaticano, del que se ocuparon durante cerca de media hora en cada ocasión, con conexiones varias. Como era eso, propaganda, se nos relató no sólo lo poquísimo que estaba ocurriendo, sino la historia apasionante de los zapatitos rojos de Ratzinger y de los futuros marrones, la de sus cocineros y guardias suizos, se hizo un largo repaso de sus visitas a España (“momentos placenteros de su pontificado”), contaron intrascendentes anécdotas un montón de prelados, hablaron sus jóvenes groupies, por supuesto no hubo una sola palabra crítica –ni siquiera interesante– de nadie. Parecían los tiempos de la cadena única franquista, cuando la televisión se ponía a los pies de la Iglesia (franquista) cada vez que a ésta se le antojaba. Mientras tanto, de la noticia que abría todos los periódicos de una de esas jornadas (el ex-tesorero del PP Bárcenas había demandado a su partido por “despido improcedente”), ni rastro, o tal vez uno muy tenue y breve, ni me acuerdo ni importa: el efecto fue de que lo único que sucedía en el mundo durante dos días enteros era la marcha del Papa, la cual de incierto tenía ya poco.

Echenique y Somoano no serán recordados por nadie, pero deberían serlo como los más veloces destructores de los telediarios tradicionalmente más vistos por los españoles. No se sabe si les trae sin cuidado que la gente huya de ellos como de la peste o si es lo que buscan, para luego poder decir su Gobierno que la televisión pública no es rentable ni “viable”, y así fabricarse una coartada para privatizarla. En todo caso están llevando a cabo un monumental hurto a los ciudadanos, que son quienes han edificado, posibilitado y financiado ese “ente” desde hace más de medio siglo. No es aceptable que nos lo secuestren dos tipos desconocidos, ni ningún Gobierno conocido y temeroso de las verdades.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,  17 de marzo de 2013