LA ZONA FANTASMA. 31 de marzo de 2013. Delaciones muy cristianas

Hace unas semanas me refería de pasada a las portadas –nada menos– y reportajes y artículos que les habían caído, en la prensa más secuaz del Gobierno, a Maribel Verdú y a la demás gente de cine que en la gala de los premios Goya se atrevieron a hacer alguna crítica a la innegablemente desastrosa situación económica, en la que sobre todo están padeciendo las clases pobres y medias y de la que es muy responsable ese Gobierno. Con una puerilidad ridícula, sólo comparable a su mala fe –sólo que ésta casi nunca es ridícula–, dicha prensa vino a defender esta tesis anticuada y grotesca: “Si ganas dinero y posees alguna propiedad, si te va bien y vives bien, no tienes derecho a meterte con el capitalismo; menos aún a censurar las injusticias de los políticos al servicio de ese sistema; ni siquiera a afearles que hayan incumplido todas sus promesas electorales, favorecido los desahucios a menudo abusivos e inmisericordes, subido todos los impuestos y bajado los sueldos de los funcionarios, recortado brutalmente en educación, investigación, sanidad y cultura, y además se nieguen a dar explicaciones sobre los graves indicios de corrupción y financiación ilegal que pesan sobre su partido; ni siquiera tienes derecho a llamar la atención sobre la desgracia a que están abocadas muchas personas”.

Esta prensa, mucha de ella “profundamente religiosa y católica”, se delata a sí misma con el anterior razonamiento, ya que lo que viene a decir es también esto: “Hay que ahondar la separación entre ricos y pobres. Si uno es lo primero, tiene que desentenderse de los segundos, ahí se pudran, y cerrar filas con todos los ricos, a los que pertenece. Está obligado a apoyar la exclusión de los desfavorecidos y torpes, o su marginación, o su hundimiento. Ha de estar a favor de la banca, de los grandes empresarios y de los políticos que los protegen”. Para esos periodistas, no existen diferencias respecto a la forma de haber hecho fortuna. Y sin embargo no es lo mismo haberla hecho con el propio trabajo o con la propia suerte, sin robar, engañar, estafar, explotar ni corromper a nadie, que haberla conseguido gracias al esfuerzo ajeno, a la especulación, a la usura, al aprovechamiento de los apuros de otros, al latrocinio, al enchufe o al amiguismo. Con esto no quiero decir que todos los bancos y los grandes empresarios se hayan dedicado a eso. En absoluto. Pero sí que difícilmente los actores, músicos, escritores, pintores y artistas en general han podido incurrir en nada de ello. No es tan improbable en el caso de productores, editores, etc. Pero lo que son los “creadores” –como se los llama cursimente–, lo tienen casi imposible. Si a una actriz se le paga un gran sueldo, es porque los espectadores han decidido que les gusta ir a verla en masa, y no les quepa duda de que quien le ofrece ese salario sabe que va a enjugar el gasto y además a obtener beneficios. Lo mismo ocurre con el cantante cuyas canciones se escuchan o con el escritor cuyas novelas se leen. Estos últimos suelen percibir sólo el 10% de lo que al comprador le cuesta su libro, y el resto va al editor (que ha arriesgado su dinero), al distribuidor y al librero. Es mucha la gente que depende de que un “creador” de éxito “cree” algo nuevo… y le vuelva a sonreír la suerte, que jamás está garantizada.

En el diario católico por excelencia, veo un reportaje titulado “El capitalismo sienta bien a los actores más críticos”, en el que, a lo largo de tres páginas enteras, se detalla, en plan denuncia McCarthista, lo que éstos poseen, con algunos datos que deben de ser privados y provenir, por tanto, de un informante de Hacienda. ¡Y vean qué escándalo! La actriz A tiene un apartamento de 50 metros en su localidad natal y un piso de 90 en Madrid, cómo osa criticar nada. La actriz B, que se refirió a los desahucios, hizo hace años un anuncio de hipotecas (¿es que todas son engañosas?) y es propietaria de tres o cuatro pisos, alguno junto con sus hermanas, qué canallada. Y su marido es productor de éxito, menuda infamia. El cómico C, “que todo lo critica”, se compró “un unifamiliar” con una hipoteca de La Caixa, como si no hubieran recurrido a ellas todos los españoles –incluso los banqueros más acaudalados– que han adquirido una casa. Y así uno por uno de los que se atrevieron a alzar la voz en los Goya. El lector manipulable, e ingenuo, el fanático o el meramente idiota, exclamará: “Qué pandilla de cínicos”. Y el reportaje-delación contribuirá a que quien las está pasando canutas se cabree con los actores por tener éstos dinero… todavía. No se parará a pensar en que lo han ganado honradamente y sin abusar de nadie.

Vivimos en un sistema capitalista (ahora muy salvaje y despiadado), lo hemos elegido o nos lo han servido, tanto da. No nos queda más remedio que adecuarnos a él, pero eso no nos impide preocuparnos por los demás, procurar que no se los esquilme ni engañe, que no se los saquee ni se los arroje a la indigencia, independientemente de nuestra particular fortuna. Es lo que el catolicismo ha dicho predicar siempre. Algunos de los periódicos más beatos y papistas, sin embargo, se indignan porque los agraciados no se olviden de los desdichados y despojados, y presentan a aquéllos como poco menos que a bandidos. ¡Tienen pisos y empresas, fíjense, qué sinvergüenzas! Eso se llama, en efecto, espíritu cristiano.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de marzo de 2013

LE Debolsillo GLos enamoramientos, el libro de bolsillo más vendido