LA ZONA FANTASMA. 14 de febrero de 2016. ‘Esto no estuvo aquí siempre’

Si ha habido en tiempos recientes una engañifa injusta, despreciable y en el fondo muy burda, ha sido la autopropaganda de algunos partidos saltados hace poco a la palestra. La base de su publicidad ha sido presentarse como “nuevos” frente a las formaciones “viejas”, proclamarse “más representativos” pese a no haber pasado apenas por las urnas, vociferar que “la gente” (concepto vago y delicuescente) está con ellos, mientras que los demás son “una casta” (término no original, sino copiado del tonto italiano Grillo) al servicio de “los de arriba” (otro concepto tan demagógico y facilón como difuso), y brincar por el tablero con la misma facilidad que los caballos de ajedrez: ahora somos de extrema izquierda, ahora socialdemócratas, ahora de centro, ahora estamos con “los de abajo” como Perón, ahora creemos en la democracia, ahora en el asambleísmo, ahora queremos arrumbar la Constitución, ahora preservarla y reformarla, ahora defendemos el “derecho a decidir”, ahora a medias, ahora tenemos por modelo a Venezuela, o no, mejor a Dinamarca … Si algo parece claro, y sin embargo dista de estarlo para un gran número de votantes, es que ni Podemos ni la CUP, por mencionar a los más conspicuos, son de fiar en absoluto y nada tienen de “nuevos”. Al contrario, su oportunismo y su desfachatez se asemejan enormemente a los del PP, sobre todo cuando éste se siente acorralado; con la diferencia sustancial de que, hasta ahora, ninguno de esos dos partidos se ha sentido acorralado, lo cual equivale a decir que su oportunismo y su desfachatez son vocacionales. Están en su naturaleza, que en modo alguno desdeña engañar a la gente, ni tratarla como a idiota, si eso vale para sus propósitos.

Lo único en lo que no han variado su discurso es en la condena general de lo que han dado en llamar “el régimen del 78” (a la capciosa definición también se han apuntado ERC, IU y otros). La palabra “régimen” está muy connotada: así se calificaba a sí mismo el franquismo. Al aplicar el término al largo periodo democrático que hemos vivido, se intenta asimilarlo a la dictadura, lo cual, como he dicho antes, es injusto, burdo y despreciable, y supone ponerse en contra no sólo de los actuales políticos a menudo corruptos y sin escrúpulos, sino también de los que llevaron a cabo la Transición, todo lo imperfecta que se quiera, e instauraron la democracia sin apenas derramamiento de sangre. Es decir, se ponen del lado de quienes la combatieron en su día. ¿Y quiénes eran esos? Los residuos más recalcitrantes del franquismo, que detestaban al Rey, a Suárez, a su necesario colaborador Carrillo, al General Gutiérrez Mellado y a Felipe González; la extrema derecha terrorista, autora de la matanza de Atocha; una parte considerable del Ejército, muchos de cuyos mandos aún eran leales a Franco, y de ahí que en aquellos años se rumoreara cada poco que había “ruido de sables”, los cuales se convirtieron en estruendo con el golpe fallido de Tejero; la policía, que costó Dios y ayuda que se amoldara a los nuevos tiempos (aquellos sí que eran nuevos de verdad, y no de pacotilla) y comprendiera que su función era proteger a los ciudadanos y no controlarlos y amenazarlos; y ETA, claro, que incrementó su actividad y llegó a asesinar a ochenta personas en un solo año.

Se ha perdido de vista con qué se hubieron de enfrentar los políticos de la época, alegremente denostados ahora por muchos jóvenes y no jóvenes que reclaman para sí un heroísmo que, para su bendición, no está a su alcance. Se han encontrado un país plagado de defectos y carencias e injusticias, pero no intrínsecamente anómalo, como aún lo era el de 1976. Se han encontrado con un Ejército profesional y sometido al poder civil, del que nadie teme que se pueda levantar en armas contra sus políticos y su propia gente; con una policía que, como todas, comete excesos, pero que no representa un peligro para la población ni detiene a capricho; con un país sin censura, con libertad de expresión, en el que se admite cualquier postura (incluida la disgregación) siempre que no la acompañe violencia; con divorcio (no lo hubo hasta 1981), sin sumisión legal de la mujer, con libertad religiosa, con matrimonio homosexual, sin juicios de farsa, con sindicatos (¿o es que ignoran que estaban prohibidos en el franquismo, lo mismo que los partidos y las elecciones?). Quienes han nacido ya con esto no saben o no quieren saber que esto no estuvo aquí siempre; que costó mucho esfuerzo, mucha mano izquierda, mucha habilidad conseguirlo sin casi sangre, así como buenas dosis de renuncia y contemporización necesarias. La prueba del éxito de la operación en su conjunto es la propia existencia de esos partidos “nuevos” pero nada novedosos, dedicados a echar pestes de quienes la llevaron a cabo. Aquellos políticos y aquella sociedad civil sí que tuvieron dificultades, sí que inauguraron una era e hicieron una revolución en sordina, sí que se la jugaron de veras. Hasta la vida, algunos. Lo hicieron regular o mal en algunos aspectos, qué menos. Podría haberse hecho mejor, como toda empresa humana. Pero lo que desde luego no merecen es el vituperio a que se los lleva sometiendo algún tiempo, a ellos y a sus logros. Por parte, además, de ventajistas y megalómanos, de los que la política ha estado llena desde su prehistoria. Nada tan viejo como los caudillos “carismáticos” y con labia. Lo que hoy presume de “nuevo” es en realidad de una ancianidad, qué digo: de una decrepitud pavorosa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 7 de febrero de 2016. ¿Peccata minuta?

Justo antes de Navidad, una editorial extranjera que próximamente me publicará una novela me envió 1.055 portadillas del libro para que las firmara, con vistas a satisfacer a los clientes de su país que gustan de ejemplares autografiados por los autores. Y ante la inminencia de las vacaciones, además me metieron prisa. Lo interrumpí todo y dediqué un montón de horas a la tarea (una, dos, tres, y así hasta 1.055, aquello no se acababa nunca). Las tuve listas a tiempo y fueron enviadas, pero la persona que me había hecho la petición ni se dignó poner una línea diciendo “Recibidas, gracias”, con eso habría bastado. Ante la grosería, me dieron ganas de cancelar el viaje promocional previsto para dentro de poco. Pero claro, me abstuve de tomar tal medida, porque se habría considerado “desproporcionada”, o tal vez “divismo” o algo por el estilo. Hoy mismo veo que una actriz americana se permitió sugerirle a un periodista, en medio de la rueda de prensa que ella estaba ofreciendo, que dejara de teclear en su móvil y tuviera la delicadeza de atender a sus respuestas. El comentario de esa actriz ha sido calificado en seguida de “salida de tono” y de otras cosas peores. Bien, todo leve.

En otro sitio, y hace más de veinte años, escribí una columna defendiendo al futbolista Cantona, que había sido suspendido por su club, por la federación inglesa y no sé si por el Papa de Roma (amén de anatematizado por la prensa internacional en pleno), tras propinarle un puntapié a un hincha del equipo rival que se había pasado el partido soltándole barbaridades sin cuento. Sin duda la reacción de Cantona fue excesiva, pero moralmente –que era como más se le condenaba– yo argüía que la razón estaba de su parte. En contra de lo que se piensa, un jugador no tiene por qué soportar estoica o cristianamente los brutales insultos de la masa, o lo hace tan sólo porque los insultadores son eso, masa: es difícil individualizarlos e imposible enfrentarse a todos ellos. Ahora bien, si uno descuella, si uno se singulariza, ¿qué ley le impide a cualquiera plantarle cara y defenderse?

Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida. Parece normal y aceptable –la “libertad de expresión”, señor mío– que la gente injurie, provoque, zahiera y suelte atrocidades sin que pase nada. Y en cambio, si el injuriado, provocado o zaherido responde, o retira el saludo, o se niega a recibir a quien lo ha puesto o pone verde, caen sobre él todos los reproches. “Tampoco es para reaccionar así, hay que ver”, se dice. “Qué borde y qué resentido”, se añade. “Qué intolerancia la suya”, se continúa; “al fin y al cabo los otros ejercían su derecho a opinar y ahora le estaban tendiendo la mano”. Se ha extendido la extrañísima idea no ya de que se puede decir –e incluso hacer– lo que se quiera, sino de que eso no debe tener consecuencias. Y si el ofendido obra en consecuencia, entonces es un intransigente y un exagerado.

Si hay políticos catalanes que llevan años clamando contra la “opresión borbónica” o la “ladrona España”, y asegurando que nada tienen ni quieren tener que ver con este país (al que nunca llamarán por su nombre), esos mismos políticos se sorprenden y enfadan si un Borbón, o un español corriente, rehúsan estrecharles la mano. Fernando Savater y otros perseguidos de ETA lo han experimentado largos años. Savater ha vivido lustros amenazado y ultrajado, sin poder dar un paso sin escolta, insultado y vejado por los aliados políticos y simpatizantes de los terroristas. Y si ahora no le sale “perdonar” a sus aspirantes a verdugos y jaleadores, hay que ver, es él el rencoroso, el vengativo, el crispador y el desalmado. Se puede ser violento, se puede agraviar y ser grosero, se puede impedir hablar a alguien en una Universidad, se puede poner a caldo a cualquiera. Bueno. Lo que ya es inexplicable es que además se pretenda que todo eso se olvide cuando el ofensor cesa, o cuando a éste le interesa, y que carezca de toda repercusión y consecuencia. En una palabra, se exige impunidad para los propios dichos y hechos. Peccata minuta.

Yo he hablado aquí acerbamente de figuras como Aznar, Rajoy o Esperanza Aguirre. Bien, estoy en mi derecho. Pero lo que nunca se me ocurriría sería pedirles audiencia; si, llegado el caso (improbable), ellos me negaran el saludo o me respondieran con un bufido o desaire, me parecería lógico: desde su punto de vista, me los tendría bien ganados. Y si un día me arrepintiera de cuanto he vertido sobre ellos (aún más improbable), y quisiera “hacer las paces”, no me sorprendería que me contestaran de malos modos o con una impertinencia. Lo manifestado y lo sucedido no dejan de existir porque cesen a partir de un momento determinado; lo que ya no se prolonga no queda borrado por su mera interrupción. El sufrimiento padecido no se olvida porque “ahora esté en el pasado”. Los años de pena, de dolor, de miedo, de afrenta y hostilidad no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron. Sin embargo, nuestras absurdas sociedades pretenden no sólo eso, sino que además el aguante sea ilimitado y el “perdón” simultáneo al agravio. A Cantona o a cualquiera se les puede provocar y maldecir sin medida; se puede ser grosero o agresivo, o humillar hasta el infinito. Pero ay del que se lo tenga en cuenta a los agresores y a los humilladores. Será un intransigente, y su conducta la más censurable de todas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2016

La isla de Redonda

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MAPAMUNDI DE LUGARES INSÓLITOS, MÍTICOS Y VERÍDICOS
LUIS PANCORBO
Fondo de Cultura Económica, enero de 2016

Se propone con este libro dar cuenta de la nostalgia por los viejos mapamundis, y colmar el deseo de explorar viejas lagunas con una nueva experiencia. Luis Pancorbo traza este concienzudo y medular mapamundi desde la realidad geográfica más impensada y aporta numerosas pesquisas antropológicas y claves del imaginario mitológico del planeta. Mediante cientos de entradas se perfila una cierta idea del mundo conocido o por reconocer, tanto en sus parajes próximos como extremos, y se rastrean incitantes sitios del mito y del ahora.

LA ZONA FANTASMA. 31 de enero de 2016. ‘Sofistas de museo’

La noticia mereció portada en este diario: “La corrección política asalta el museo”, rezaba el titular, y el reportaje de Isabel Ferrer se iniciaba con una cita falseadora y sofista de la responsable del Departamento de Historia del célebre Rijksmuseum de Ámsterdam. “Imagínese un cuadro titulado Franchute vestido de gala. O, si no, Gabacho montado a caballo. Sonaría ofensivo, ¿no?”, decía Martine Gosselink, y añadía: “Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo, que ya no encajan en nuestra sociedad”. Gosselink y su equipo han decidido, por tanto, desterrar de los rótulos de los cuadros nada menos que veintitrés vocablos, entre ellos “negro”, “cafre”, “indio”, “enano”, “esquimal”, “moro” o “mahometano”, “considerados despectivos”. (¿Cuáles serán los otros dieciséis?)

La pregunta no se me hace esperar: ¿considerados por quiénes? Si he tachado de sofistas las declaraciones de esta señora es porque empieza por equiparar términos que sí tienen voluntad ofensiva por parte de quien los emplea con otros que son meramente descriptivos y que, si acaso, sirven a la economía del lenguaje y a la comprensión entre las personas. En todos los idiomas, supongo, existen acuñaciones hechas con ánimo denigratorio, como –en español– las mencionadas “franchute” y “gabacho”, o en francés “boche” para menospreciar a un alemán.

En el inglés de los Estados Unidos lo son “Polack” para referirse a un polaco (en vez de la neutra “Pole”) o “Spic” para denominar a un hispano, “Wop” y “Dago” para un italiano o “Limey” para un británico. “Nigger” para un negro tenía la misma intención, no así “Negro” en su origen, que no era sino la trasposición del vocablo español, por tanto un extranjerismo con función más bien eufemística. Quien utiliza esas expresiones lo suele hacer a mala idea, para provocar o humillar. Pero este no es el caso de las que Gosselink se dispone a suprimir. Se han usado siempre, como digo, para entenderse, porque no se puede pretender que el conjunto de la población sepa distinguir con precisión entre las distintas tribus nativas de América o entre los miembros de los diferentes países árabes, entre las etnias del África o entre los nacionales de lo que solía conocerse por “Lejano Oriente”.

Por eso, durante mucho tiempo, a estos últimos se los llamó “orientales” en Occidente y todo el mundo se entendía, hasta que en los Estados Unidos (pioneros de todas las quisquillosidades y bobadas) se dictaminó que eso era “ofensivo” y se sustituyó por “asiáticos”. Nunca he comprendido por qué esta denominación les parece mejor y aceptable, cuando tan asiáticos son, además, los indios de la India y los pakistaníes como los japoneses y los chinos, y me temo que los dos primeros grupos quedan excluidos del término, al menos en el habla normal y común a todos.

Uno de los ejemplos que aparecen en el reportaje da idea de la ­ridiculez del asunto. “Esquimal”, señala Isabel Ferrer, “es el nombre ­genérico para los distintos pueblos indígenas de zonas árticas y de Siberia. En cuanto se identifique el grupo étnico al que pertenecen” (los esquimales pintados en cuadros, deduzco), “se puede cambiar por inuit, yupik, kalaallit, inuvialuit, inupiat, aluutiq, chaplinos, naucanos o sireniki, sus diversas comunidades”. Y explica Gosselink muy ufana: “Primero hay que encontrar la rama concreta del poblador. No nos podemos equivocar …” Si mi entendimiento no me engaña, me imagino la surrealista y conmovedora escena: un grupo de expertos y fisonomistas escrutando el cuadro en el que aparece un esquimal y tratando de discernirlo (eso en el supuesto de que el pintor fuera bueno, y realista, y fidedigno, y no inventara ni adornada nada). “Yo me inclino por un aluutiq”, diría uno. “No sé yo”, respondería otro, “le veo rasgos de inuvialuit, aunque la zamarra es más propia de chaplino”. Jamás he oído como negativo el término “esquimal”, ni “moro” tiene nada malo en sí (otra cosa sería “moraco”), ni “enano”.

¿Quiénes han pasado a considerarlos despectivos? Tal vez los propios interesados, no sé. Es sabido que desde hace decenios hay gordos que exigen ser llamados cosas tan antieconómicas e incomprensibles como “personas de tamaño distinto”, entre las que cabrían también los gigantes, los niños, por supuesto los enanos y acaso los anoréxicos. Hay sordos que detestan ser conocidos por ese nombre y ciegos que por el suyo, y hace siglos que fueron condenados vocablos como “tullido”, “lisiado”, “paralítico” o “minusválido”. Supongo que “discapacitado” correrá la misma suerte, y que pronto serán desterrados “cojo”, “manco”, “miope” y “bizco”. Creo que quienes demonizan estas palabras son los verdaderos racistas, xenófobos y discriminadores, porque lo que en verdad demonizan es lo que significan (el significado y no el significante, dicho con pedantería). Si yo digo “ese negro” para referirme a alguien no tiene peor intención que si digo “ese rubio” o “ese con pecas”, es una manera de identificar, nada más. Y si se me habla del cuadro Cabeza de hombre, me será más difícil reconocer la pintura en cuestión que si se siguiera titulando

Cabeza de negro, como hasta hace poco. Si nos atenemos y plegamos a la subjetividad y el capricho de cada uno, y a la extrema susceptibilidad de nuestros días, pronto no habrá nombre que no esté estigmatizado y prohibido, y entonces no nos entenderemos. “Te veo con tamaño distinto”, me esforzaré en decirle al próximo amigo al que vea muy engordado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2016

Kristin Scott Thomas y Javier Marías

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¿Se arrepiente de alguna de sus películas?
Por supuesto. He hecho demasiadas, unas 70. Pero si Almodóvar me llamara mañana le diría que sí al instante. Hay gente con mucho talento en el cine español. También me gusta mucho un escritor español, Javier Marías. No es que ya no ame el cine, pero ya no quiero que mi trabajo sea hacer cine.

ISABEL NAVARRO

Mujer Hoy, 5 de diciembre de 2015

Cervantes y Marías

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“Que los ingleses se queden a Cervantes; lo tratarán mejor”

Javier Marías, escritor y miembro de la RAE:

“Hace algunas semanas escribí un artículo titulado En favor del pasado. En él denunciaba el olvido e ingratitud con el que en España hemos tratado a nuestras mejores figuras y particularmente a los que han muerto. No me extraña. En los últimos tiempos, a ninguno de los partidos políticos que han concurrido a las elecciones se les ha escuchado hablar de cultura. Este olvido respecto a Cervantes puede deberse a que en los últimos años se han celebrado sucesivas conmemoraciones, aunque hayan pasado sin pena ni gloria. Durante los años ochenta y los noventa pareció que íbamos a prestar más atención a estas cosas, pero compruebo que hemos vuelto al desdén, al olvido, a la injuria y en estos últimos cuatro años a una hostilidad equiparable a la que existió hacia el mundo de la cultura en la época del franquismo. No me lo acabo de explicar”.

JESÚS RUIZ MANTILLA

El País, 28 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 24 de enero de 2016. ‘La imparable mengua de mi reputación’

Quienes siguen estas columnas ya saben que suele haber una anual sobre la imparable escalada armamentística a que me somete con sus regalos de Reyes mi colega Pérez-Reverte. Ya conté que en los anteriores había ascendido un peldaño, y, tras varios de cuchillos, revólveres y pistolas, se había inclinado por un arma larga, un fusil desmontable o pistola ametralladora Sten, según los pedantes términos de mi amiga y colaboradora Mercedes, que por un azar se convirtió en experta y no perdona un vocablo inexacto. Tanto ella como Aurora como Carme, las personas que más me ven en mi casa, se mofaron de lo lindo y me anunciaron un bazuca o un cañón para los siguientes Reyes. Este año Pérez-Reverte, muy generoso, me amenazó con un incremento de potencia y tamaño, en efecto. (Como siempre, y para que los puritanos no pongan el grito en el cielo, conviene advertir que son réplicas perfectas, y que no disparan.) Le rogué que se abstuviera: los subfusiles y rifles ocupan un sitio del que carezco en mi casa, y además apelé a su ejemplo: hace unos meses AP-R me invitó por fin a su domicilio, junto con nuestro amigo Tano y el excelente periodista y poeta Antonio Lucas. Y, en contra de lo que yo suponía, descubrí que no le cuelgan de los techos aviones Messerschmidt ni vi la piscina invadida por submarinos. Es más, ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas. Eso sí, imponentes. Aparte de una vitrina con dagas y puñales varios, el Capitán Alatriste posee una fantástica colección de unos sesenta sables de caballería auténticos, en perfectos estado y orden. Como los tres convidados apreciamos los objetos que no callan enteramente su pasado, AP-R tuvo a bien mostrarnos unos cuantos. No sé por qué, insistía en que fuera yo quien desenvainara las piezas (quizá porque soy zurdo), y cada vez que sacaba una espada veía cómo Tano y Lucas retrocedían un par de pasos, temerosos de que mi brazo calculara mal las distancias y cometiera un estropicio. Una colección fantástica, ya digo.

Así que se avino a limitarse a las pistolas. Quedamos temprano en un restaurante que él frecuenta, para que no hubiera comensales que pudieran atragantarse cuando me entregara su joya, una pistola automática Colt M1911. Yo le correspondí, como siempre, con algo más civil, el libro The British Spy Manual, un facsímil de la guía que destinó el Ministerio de la Guerra a los comandos secretos de la Segunda Guerra Mundial, con fotos e ilustraciones de los ingeniosos utensilios de que se valían aquéllos en sus arriesgadas misiones, incluidas las herramientas mortales. Pero a la pistola de Reyes: fue un modelo inventado por el famoso diseñador mormón John Moses Browning, con un fin en verdad mortífero: tras la toma de las Filipinas a España en 1898, no pasaron demasiados años antes de que los líderes religiosos musulmanes del archipiélago declararan la guerra santa (la yihad, vamos) a sus “libertadores”, con la consiguiente y consabida promesa del paraíso inmediato para cuantos cayesen en combate. Y así surgieron los llamados “Moros de Filipinas” o “Juramentados”, guerreros tan feroces y suicidas que, armados sólo con machetes, se abalanzaban a la carrera contra los soldados estadounidenses. No sólo los animaba su fe, me explicó Arturo, sino sustancias alucinógenas que los hacían creerse invulnerables. Y en parte lo eran momentáneamente, en efecto. El revólver reglamentario que utilizaban las tropas americanas era del calibre .38 long colt, cuyo “poder de parada” era escaso. Por “poder de parada” se entiende capacidad para frenar en el acto y dejar seco al atacante. Aquellos “Juramentados” lograban llegar con sus machetazos hasta los soldados aunque éstos les hubieran descargado las seis balas de su revólver, tal era su ímpetu. El ejército observó que algunos afortunados que aún poseían el viejo Colt M1873 (el clásico del Oeste, también regalo de AP-R hace unos años), de calibre .45, conseguían parar al fanático al primer tiro. Así que el nuevo Colt M1911 adoptó dicho calibre. El arma resultó tan eficaz que no fue jubilada hasta 1985, y fue empleada en las dos Guerras Mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam, nada menos. Y, claro, también la usaron numerosos gangsters.

Llegó el momento de que Arturo me enseñara su funcionamiento, y el restaurante estaba a rebosar, no era cuestión de provocar una estampida. Nos acercamos hasta el portal de mi casa, y allí estábamos amartillando y apretando el gatillo como dos críos de antaño o quizá dos idiotas, cuando salió del ascensor una joven que nos miró aterrorizada (ya digo que las réplicas son perfectas: de haber sido ella un policía de Ferguson o Chicago nos habría acribillado allí mismo sin preguntar, a buen seguro). Nos apresuramos a apuntar hacia el suelo y decirle: “No se asuste, es de mentira, no dispara”. “Menos mal”, contestó ella con nerviosismo y apretando el paso hacia la salvadora calle, casi espantada. En fin, no hay año en que, gracias a la generosidad de mi colega AP-R, mi reputación no mengüe. Es fácil que la joven haya alertado a todo el vecindario de que vive un majadero belicista en la escalera. No sé si son imaginaciones mías, pero empiezo a notar que alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un apresurado “Buenos días, caballero” y pasa a toda velocidad a mi lado. (Lo de “caballero” debe de ser irónico.) Me preocuparé muy en serio cuando alguno me ofrezca su cartera y levante los brazos rindiéndose, antes de mediar palabra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 17 de enero de 2016. ‘Que no sigan hablándonos’

La cosa no es nueva en absoluto, pero nunca había adquirido las proporciones actuales en España, quizá el país que tiene más a gala la indiferencia por sus mejores hombres y mujeres, cuando no el desdén y la ingratitud hacia ellos. Pero el fenómeno va a más, y alcanza también a los regulares y malos: en realidad alcanza a cuantos no están vivos, y éstos son legión y siempre más numerosos que los que aún pisan la tierra. Los que nos dedicamos a actividades públicas deberíamos notarlo, y, lejos de sentirnos halagados por vernos solicitados o porque se nos otorguen ocasionales premios, nos tocaría preocuparnos por el hecho de que nuestra presencia –física las más de las veces, en todo caso incesante– se haya convertido en requisito indispensable para la visibilidad de nuestras obras. Como si éstas no se bastaran, ni tuvieran carta de existencia, a menos que las arrope con su rostro, sus declaraciones triviales, sus sesiones de firmas y sus apariciones en insoportables “festivales” literarios el desgraciado autor convertido en vendedor puerta a puerta, o por lo menos en viajante de comercio. Si uno no da entrevistas acerca de lo que ha escrito (o de lo que ha rodado: los cineastas emplean un año entero en promocionar su nueva película hasta en el último rincón en que se estrene), si no se desplaza a cada país al que se le traduce, no ocupa páginas de prensa ni se habla de él en las redes sociales, es casi como si no hubiera hecho nada. Hay excepciones meritorias, como Elena Ferrante, pseudónimo de alguien italiano cuyos rostro e identidad se desconocen, pero que no por ello renuncia a expresarse por email en público. Aún tiene la suerte de estar viva o vivo.

Los muertos no pueden resumir y banalizar sus escritos, no están en disposición de defenderlos ni de “venderlos”, y a fe mía que lo pagan caro en esta España a la que sólo interesa el presente. Dejemos la calidad de lado; centrémonos en la fama tan sólo. Pocos autores han vivido más dedicados a su autobombo y a la preparación de su posteridad que Cela; este año se volverá a hablar de él por cumplirse el centenario de su nacimiento, pero desde que murió, ¿cuán vigente está en la sociedad española, y cuánto es leído? Uno tiene la impresión de que poco, al no poder seguir dando espectáculo. Lo mismo sucede con Umbral, que cultivó su figura con enorme denuedo, o con Vázquez Montalbán, mucho más tímido y menos presumido, pero cuya presencia en los medios era continua, o con Terenci Moix, que además poseía el talento de un showman y caía en gracia. No soy quién para decir si las novelas de estos autores (popularísimos hace escasos años) merecen perdurar, pero lo que asombra es que los españoles parecen haber decidido: “El que no está vivo no nos concierne”. Estremece esta despiadada capacidad para sentirse ajenos a cuanto es pasado. Para mí es propia de desalmados, de gente que va tachando con despreocupación (con breves lágrimas de cocodrilo al principio, después probablemente con alivio, si es que no con alegría) a quienes dejan de “ocupar un sitio”, a quienes ya no pueden conseguir ni otorgar nada, a quienes ya carecen de poder e influencia. No en balde uno de nuestros dichos más característicos es “El muerto al hoyo …”

Lo grave y lo embrutecedor no es, sin embargo, lo que sucede con los muertos recientes, de los que se decía que atravesaban un purgatorio de olvido de unos diez años, y que hoy, me temo, se alarga indefinidamente. Si miramos a los muertos antiguos (y por seguir con los escritores, que son los más frecuentables), no creo que más de tres permanezcan “presentes” en nuestra imaginación colectiva: Lorca, pero tal vez en gran medida por su trágico asesinato y por la tabarra que sus devotos dan con el paradero de sus huesos; Cervantes, que quizá lo estaría menos de no haberse cumplido en estos años varios centenarios a él relativos y no haberse inventado una búsqueda de sus restos desmenuzados en la Iglesia de las Trinitarias; y Machado, que asoma a veces, me temo que en parte por su triste fin y el lugar extranjero en que reposa. Estudiosos aparte, ¿cree hoy algún español que debería leer a Lope de Vega, al magnífico Bernal Díaz del Castillo, a Quevedo más allá de un par de célebres sonetos, a Manrique, a Ausiàs March, a Garcilaso, a Aldana? ¿O a Baroja y Valle-Inclán y Clarín, a Aleixandre y Cernuda, a Blanco White y Jovellanos, ni siquiera a Galdós y Zorrilla, tan populares? Para qué, si hace mucho que no andan por aquí haciendo ni diciendo gracias. A mí me cuesta imaginar un Reino Unido que no mantuviera vivísimos a Shakespeare y Dickens, Austen y Stevenson y Lewis Carroll, Conan Doyle y Conrad. Una Francia que no conviviera permanentemente –y dialogara– con Montaigne y Flaubert y Baudelaire y Proust, con Balzac y Chateaubriand. Una Alemania en la que Hölderlin y Goethe, Rilke y Thomas Mann, fueran meros nombres. Una Austria que hubiera olvidado a Bernhard, y eso que éste se despidió de ella echando pestes. Unos Estados Unidos que no juzgaran contemporáneos a Melville y Dickinson y Twain, a James y Whitman y Faulkner. Aquí, en cambio, no hay plan de estudios que no procure borrar, suprimir, aniquilar el pasado, cercenarnos. En las elecciones recién celebradas, ¿algún político ha lamentado esta amputación, este empobrecimiento, esta ignorancia deliberada, este desprecio, la espalda vuelta hacia lo que, pese a morir, nunca muere y sigue hablándonos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 10 de enero de 2016. ‘Mandato y arrepentimiento’

Escribo esto cuando aún no ha transcurrido una semana desde las elecciones, por lo que no sé si cuando se lea el panorama se habrá aclarado; si los partidos habrán acordado algo para la gobernación o estaremos vislumbrando otra convocatoria a las urnas para dentro de unos meses. No obstante, en estos pocos días –bien pocos– he percibido un fenómeno no sorprendente pero sí inquietante: son numerosas las personas medio o totalmente arrepentidas del voto por el que se inclinaron. Si me parece esperable es por lo siguiente: según las encuestas, había un 40% de indecisos en vísperas del 20 de diciembre, y mucha gente oscilaba cada semana de una opción a otra y volvía atrás. Nada tiene de particular que, después de haber elegido, el día que no quedaba más remedio, se siga vacilando, se siga cambiando de opinión y se lamente el circunstancial impulso que nos llevó a coger una papeleta. Yo mismo me cuento entre los semiarrepentidos, sin por ello saber tampoco qué haría si pudiera retroceder. (Abstenerme o votar en blanco me ha parecido siempre la peor solución: que decidan otros por uno.)

Pero aparte de ese factor natural y esperable (la indecisión permanece tras decidir), creo que se ha producido una enorme decepción general. Se suponía que estas elecciones iban a ser distintas; que, por primera vez en décadas, habría más de dos partidos con posibilidad de triunfo, o al menos en condiciones de influir en la gobernación; que habría “maneras” frescas y jamás vistas. Sin embargo, la reacción de todos los partidos ha sido la consabida, sólo que agravada, y en eso no se han distinguido los tradicionales de los recién estrenados. Lo clásico era que casi nadie admitiera haber perdido, ni siquiera haber hecho un mal papel; que todos buscaran el ángulo más favorable, que les permitiera consolarse y salvar la cara, por ficticiamente que fuera. En esta ocasión los partidos han ido más allá: la mayoría se han conducido como si hubieran sido los vencedores incontestables y sus respectivas cabezas de lista pudieran ponerse a exigir. La paternidad de esta actitud hay que reconocérsela a la CUP catalana, que así lleva comportándose desde las autonómicas de septiembre (claro que con el servil beneplácito de Mas y Junqueras, Romeva y Forcadell). Con diez diputados, actúan como si tuvieran la sartén por el mango (en parte porque los susodichos se lo han entregado con abyección). Toda postura antidemocrática y chantajista prospera y encuentra imitadores, y en eso ha destacado Podemos, cuyo ensoberbecido Pablo Iglesias se ha apresurado a imponer condiciones a los demás cuando todavía nadie le había pedido su colaboración. Pero también Sánchez del PSOE, y en menor medida Rivera de Ciudadanos, y no digamos el más votado Rajoy. Quizá ver esa actitud engreída e irrealista es lo que ya lleva a muchos votantes al arrepentimiento. ¿No hay nadie capaz de saber cuál es su verdadera dimensión? Quizá el origen esté asimismo en esas autonómicas “plebiscitarias” de hace escasos meses: si quienes han obtenido un 47% proclaman con desfachatez su victoria, ¿por qué no proclamar lo mismo con un 20%? Si cuela, cuela, y lo asombroso es que aquí cuelan y convencen las mayores inverosimilitudes, las mayores negaciones de la aritmética y de la realidad.

También los políticos catalanes han sido pioneros en el uso y abuso de una palabra que solía estar ausente de la política de nuestro país y que delata como peligroso y autoritario a quien se vale de ella, del mismo modo que la fórmula “compañeros y compañeras”, “españoles y españolas”, etc, delata sin excepción a un farsante. La palabra es “mandato”. “Hemos recibido el mandato claro y democrático”, se han hartado de repetir Mas, Junqueras y compañía … para referirse a ese 47% que era todo menos claro y democrático. Pues bien, el detestable vocablo está ya en boca de todos, con notable predilección por parte de Iglesias y Sánchez. ¿Y quién emite ese “mandato”? El pueblo, claro está, que todo lo santifica. Precisamente en las elecciones democráticas no hay “mandatos” homogéneos, término dictador y temible donde los haya. La gente suele votar lo que le parece menos malo, nada más; con mediano o nulo entusiasmo, con el ánimo dividido y con fisuras, aprobando algunas medidas y desaprobando otras, dispuesta a vigilar a los gobernantes elegidos. La utilización de esa palabra es una burda forma de dotarse de manos libres y decir: “Lo que queremos hacer, el pueblo nos lo ha mandado; sólo somos el instrumento de una voluntad superior que, eso sí, nos toca a nosotros interpretar; luego haremos lo que nos venga en gana, porque en realidad nos limitamos a cumplir órdenes de la mayoría o de nuestra minoría particular (que es la que cuenta), tanto da”. En el caso de la CUP y de Podemos la cosa va aún más lejos: son asambleístas o proponen hacer referéndums continuos (bien teledirigidos, claro está), para reafirmar y reclamar ese “mandato” cada dos por tres. Uno se pregunta para qué quieren entonces gobernar, ya que esto siempre ha consistido en tomar decisiones, a veces impopulares si hace falta, y en tener mayor visión que el común de los ciudadanos, a los que no se puede “consultar” sin cesar. No les quepa duda: la apelación al “mandato” no es sino el anuncio de que quien emplea el término va a mandar “sin complejos”, como gustaba de decir Aznar por “sin escrúpulos”, con imposición y arbitrariedad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 3 de enero de 2016. ‘El éxito de la antipatía’

De vez en cuando ocurre. La mayoría de las personas con una dimensión pública, sobre todo políticos en campaña (pero no sólo), tratan de ser simpáticos y agradables por encima de todo. Sonríen forzadamente, procuran tener buenas palabras para todo el mundo, incluidos sus contrincantes y aquellos a quienes detestan; estrechan manos, acarician a los desheredados y a los niños, se prestan a hacer el imbécil en televisión y no osan rechazar un solo gorro o sombrero ridículos que les tienda alguien para vejarlos; intentan parecer “normales” y “buena gente”, uno como los demás, y su idea de eso es jugar al futbolín, berrear en público con una guitarra, tomarse unas cervezas o bailotear. Supongo que están en lo cierto, y que a las masas les caen bien esos gestos, o si no no serían una constante desde hace décadas, en casi todos los países conocidos. Y no veríamos a la pobre Michelle Obama cada dos por tres, canturreando un rap, haciendo flexiones o participando en una carrera de dueños de perros por los jardines de la Casa Blanca. Pero hay algo que no se compadece con estas manifestaciones de campechanía y “naturalidad”, que las más de las veces resultan todo menos naturales. (De hecho la simpatía verdadera no se suele percibir más que en alguna ocasión extraordinaria; en casi todos los personajes públicos se ve impostada, mero fingimiento, artificial.) Y la contradicción es esta: un número gigantesco de los tuits y mensajes que se lanzan a diario en las redes son todo lo contrario de esto. Comentarios bordes o insolentes, críticas despiadadas a lo que se tercie, denuestos e insultos sin cuento, maldiciones, deseos de que se muera este o aquel, linchamientos verbales de cualquiera –famoso o no– que haya dicho o hecho algo susceptible de irritar a los vigilantes del ciberespacio o como se llame el peligroso limbo.

Eso indica que hay millones de individuos que no profesan la menor simpatía a la simpatía, ni a los buenos sentimientos, ni a la tolerancia ni a la comprensión. Millones con mala uva, iracundos, frustrados, resentidos, en perpetua guerra con el universo. Millones de indignados con causa o sin ella, de sujetos belicosos a los que todo parece abominable y fatal por sistema: lo mismo execrarán a una cantante que a un torero (a éstos sin cesar), a un futbolista que a un escritor, a una estudiante desconocida objeto de su furia que al Presidente de la nación, tanto da. Cierto que la inmensa mayoría de estos airados vocacionales sueltan sus venenos o burradas sin dar la cara, anónima o pseudónimanente, lo cual es de una gran comodidad. Su indudable existencia explica tal vez, sin embargo, el “incomprensible” éxito que de vez en cuando tiene la antipatía, cuando alguien se decide a encarnarla.

Puede que al final el fenómeno quede en anécdota, pero ya han transcurrido muchos meses desde que el multimillonario Donald Trump inició su carrera para ser elegido candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, precisamente el país más devoto de la simpatía pública, posiblemente el que la inventó y exigió. Si se mira a Trump con un mínimo de desapasionamiento, no hay por dónde cogerlo. Su aspecto es grotesco, con su pelo inverosímil y unos ojos que denotan todo menos inteligencia, ni siquiera capacidad de entender. Su sonrisa es inexistente, y si la ensaya le sale una mueca de mala leche caballar (ay, esos incisivos inferiores). Sus maneras son displicentes sin más motivo que el de su dinero, pues no resulta ni distinguido ni culto ni “aristocrático”, sino hortera y tosco hasta asustar. En el pasado hizo el oso en un programa televisivo en el que su papel principal consistía en escupirles a los concursantes, con desprecio y malos modos: “¡Estás despedido!”, para regocijo de la canalla que lo contemplaba. El resto ya lo saben: como precandidato, ha denigrado a los hispanos sin distinción; a los musulmanes les quiere prohibir la entrada en su país, hasta como turistas; se ha mofado de un veterano de Vietnam por haber caído prisionero del enemigo; ha llamado fea a una rival, ha ofendido a la policía británica y ha lanzado groserías a una entrevistadora en televisión, y no cabe duda de que seguirá. Lejos de desinflarse y perder popularidad, ésta le va en aumento. Las nominaciones no están tan lejos, y hoy nadie puede jurar que el candidato republicano no será Trump. Si así ocurriera, y aunque después fuera barrido por Hillary Clinton o quien sea, la advertencia y el síntoma son para tomárselos en serio. Hay épocas en las que se venera lo desagradable, lo antipático, lo faltón y lo farruco, la zafiedad y la brutalidad, el desdén, el desabrimiento, el trazo grueso y la arbitrariedad. En las que el razonamiento está mal visto, no digamos la complejidad, la sutileza y el matiz. Hemos tenido ya prueba de ello en los duraderos éxitos de Berlusconi y Chávez, y aun del imitamonas Maduro en menor grado. También en el de Putin, aunque éste sea más disimulado. La penúltima vez que alguien no disimuló en el mundo occidental, que se permitió no ser hipócrita y esparcir ponzoña y anatemas contra quienes quería exterminar, bueno, casi los exterminó. El exceso de empalago trae a veces estas reacciones ásperas, y entonces los furibundos –son millones y ahí están, no haciéndose ver pero sí oír, y a diario– aplauden con fervor y votan al que se atreve a prestarles su rostro y a representarlos. Al energúmeno que por fin da la estulta cara por ellos.

JAVIER MARÍAS

EL País Semanal, 3 de enero de 2016

Félix de Azúa y ‘Mansura’

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Azúa reedita Mansura, la obra que dedica a la séptima cruzada
EFE
Diario de Cádiz, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
ANA MENDOZA
EFE, 18 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
EFE
El Diario.es, 18 de diciembre de 2015
El escritor Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
Huelva Información, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
ANA MENDOZA/EFE
Granada Hoy, 22 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 27 de diciembre de 2015. ‘Soldados sin riesgo’

Desde las matanzas de noviembre en París, en España ha habido una abundante ración de reacciones y declaraciones pintorescas por parte de políticos, tertulianos ramplones (si es que esto no es una redundancia) y particulares que envían sus mensajes a la prensa o a las redes sociales. Lo raro es que aquí alguien guarde silencio, por falta de opinión formada, por perplejidad, por prudencia, por dudas, por no tener nada que aportar. Lo habitual es que a todo el mundo se le llene la boca en seguida y, con gran contundencia, empiece así: “Lo que hay que hacer es …”, o bien: “Lo que en ningún caso hay que hacer es …” La ufanía con que los españoles dictaminan es aún más llamativa si uno escucha a los dirigentes extranjeros mejor informados o lee a los analistas (también casi siempre extranjeros) que parecen tener alguna idea fundamentada sobre el problema: no se ponen de acuerdo, no ven con claridad qué es conveniente y qué contraproducente, un día recomiendan una alianza y al siguiente se retractan, o proponen una estrategia que dos semanas después han ­de­sechado. Me imagino que los jefes del Daesh o Estado Islámico se deben de estar frotando las manos al contemplar el desconcierto.

No seré yo, por tanto, quien lance otra opinión. No tengo ni idea de qué es lo más adecuado para combatir y derrotar a esa organización terrorista que, a diferencia de las anteriormente conocidas, ha ocupado territorios, gobierna en ellos con puño de hierro, somete a millares de personas que no han podido huir de sus garras y les cobra impuestos, posee instalaciones petroleras con las que comercia, un ejército en regla y un aparato propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales y que sería la envidia de Goebbels si éste levantara cabeza para admirarlo. Si los nazis lograron lo que lograron en los años treinta, cuando no había ni televisión, da escalofríos pensar lo que pueden conseguir hoy las campañas de captación y persuasión eficaces y bien organizadas. Y si éstas, hace ochenta años, convirtieron en asesinos o en cómplices de asesinato a la gran mayoría de los pueblos alemán y austriaco, y a buenas porciones del húngaro, el croata, el italiano, el español, el polaco y demás, no cabe descartar que el Daesh siga reclutando militantes y simpatizantes: hay que aceptar que las atrocidades atraen y tientan a numerosos individuos y que así ha sido siempre, al menos durante los periodos de fanatismo, enloquecimiento e irracionalidad colectivos, muy difíciles de frenar. Las intenciones del Daesh están anunciadas desde el principio y son meridianas: si por sus miembros fuera, llevarían a cabo el mayor genocidio de la historia, y acabarían no sólo con los “cruzados” (es decir, todos los occidentales), sino con los judíos, los yazidíes, los kurdos, los chiíes, los ateos, los laicos, los variados cristianos, los demócratas, los que fuman, oyen música, juegan al fútbol … En fin, sobre la tierra sólo quedarían ellos, con los pocos que sobrevivieran a su carnicería como esclavos, las mujeres no digamos. Punto. Así que ignoro qué hay que hacer, y aún más cómo. Pero de lo que no me cabe duda es de que han de ser combatidos y derrotados, antes o después.

Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo, antigua enfermedad que misteriosamente, y desde hace ya lustros, se ha hecho epidémica entre la falsa izquierda que nos rodea. Hay quienes exigen a los occidentales que no entren en guerra, lo cual resulta imposible de cumplir cuando alguien nos la ha declarado y empezado ya. Otros proponen “diálogo y empatía” con los terroristas, como si éstos estuvieran dispuestos no ya a hablar de nada, sino ni tan siquiera a escuchar, o pudieran aceptar pactos de ningún tipo. El genocida declarado, se debería saber a estas alturas, sólo admite aniquilar. Finalmente Pablo Iglesias, ante la posibilidad de que España enviara más tropas a Malí para ayudar allí a Francia, lo ha desaconsejado con la siguiente y preclara advertencia: “Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera”. ¿Ah sí? Es como si el susodicho recomendara no llevar a los bomberos a sofocar un incendio porque pueden volver quemados; ni a los policías a impedir un atraco o un secuestro porque pueden ser tiroteados; ni a los pilotos a volar en helicópteros y aviones porque se pueden estrellar. Nadie desea que les ocurra nada a soldados, bomberos, policías y pilotos (y además merecerían mejor remuneración), pero la ­única manera de asegurarse de ello es que no existan, que no los haya. Lo que carece de sentido es tener un Ejército para que nunca intervenga ni corra riesgos, como disponer de una policía y unos bomberos que permanezcan acuartelados en las emergencias. En España ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Si así fuera, nada impediría que el Daesh desembarcara en la península como si estuviéramos en el siglo VIII. Me pregunto qué haría entonces Iglesias si fuera Presidente. Es probable que ordenara a los soldados no hacer frente a los invasores, no fuera a ser que regresaran de sus misiones en ataúdes. Claro que, en este caso, lo más seguro es que la población entera quedara decapitada y sin sepultura en los amenos campos de España. Porque desde antiguo es sabido que los ­sarracenos (nada peyorativo en este término: consúltese el diccionario) se han cuidado poco o nada de los cadáveres de sus enemigos infieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 20 de diciembre de 2015. ‘Pésimos madridistas’

Solía escribir un artículo futbolístico cada seis meses o así (más no, para no abusar), pero creo haber dejado pasar varios años desde el último. No estoy seguro, pero incluso puede que no haya reincidido desde febrero de 2012, con un título que era exagerado y que luego se ha convertido en exacto: “De cómo M y F me han quitado del fútbol”. No está de más recordar –han pasado casi cuatro años– que M era Mourinho y F Florentino Pérez. Sobre el primero aún me acaban de preguntar en una entrevista portuguesa: “Creo que no le gustó el paso de Mourinho por el Madrid. ¿Qué opina de lo que le está sucediendo ahora en el Chelsea?” Contesté más o menos: “Naturalmente no tengo pruebas, pero me da la impresión de que los jugadores del equipo londinense, que la temporada pasada ganaron la Premier League, están perdiendo a propósito para zafarse de su entrenador. Ningún futbolista puede soportar mucho tiempo a un jefe que se apropia de las victorias y en cambio culpa de las derrotas a sus jugadores, a los árbitros, a la prensa, al calendario, a la afición o al influjo de la luna”.

No sería tan extraño. Estoy convencido de que eso se ha dado en numerosas ocasiones. La única manera que tiene una plantilla para deshacerse de quien le amarga la vida o la aburre hasta la náusea es perder y perder y perder. Sabido es que los presidentes de los clubs, antes de que las protestas se vuelvan contra ellos, sacrifican al entrenador, no pueden echar de golpe a veintitantos jugadores, sobre todo a mitad de campeonato. Y no otra cosa explica el viejo dicho “A nuevo míster, victoria segura”.

A ese nuevo míster a menudo no le ha dado tiempo ni de decidir una alineación, luego lo más lógico es pensar que los futbolistas, una vez librados de su torturador, procuran de nuevo esmerarse y ganar. A nadie le cabría duda (a nadie menos a F) de que lo más beneficioso para un equipo es que los pueriles jugadores (la mayoría lo son) estén contentos con quien los dirige en el campo; es más, se afanen por complacerlo y recibir su felicitación. Esto, como nadie ignora, es muy difícil en el Real Madrid: casi todos sus integrantes son millonarios, muchos son caprichosos y están envanecidos, bastantes creen que no tienen nada que aprender ni mejorar, unos cuantos miran siempre por encima del hombro al desgraciado que la directiva les pone al frente. O bien lo detestan con motivo, como fue el caso de Mourinho.

Ancelotti, que vino justo después, obró un milagro: pacificó los encrespados ánimos del vestuario, hizo equilibrios para no despertar la cólera de F, intentó ser justo con sus pupilos y educado con los periodistas, resultó simpático y con sentido del humor. Los jugadores lo adoraban y deseaban su continuidad. Resultado: consiguieron la décima Copa de Europa en 2013, título que al club se le resistía desde 2002. Me costó, pero empezaba a congraciarme un poco con mi equipo de toda la vida. De nuevo quería que ganara, porque, al igual que los actuales jugadores del Chelsea según mi sospecha, recuerdo haber preferido que una Final de Copa se la llevara el Atleti (como así fue) antes que ver a Mourinho chulearse de haber logrado él un trofeo. Nunca llegué a cuestionarme si me había convertido en un “mal madridista”: tenía claro que no, que los pésimos madridistas eran F y M, dos traidores a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Velázquez, a Raúl, a Zidane, a Casillas y al espíritu tradicional.

Mourinho por fin se fue, pero Florentino sigue y seguirá: promovió unos cambios en los estatutos legales que, por injustos y abusivos que parezcan, acaban de ser ratificados por una avispada fiscal: sólo puede optar a la presidencia quien tenga veinte o más años de antigüedad como socio y aporte como aval personal el 15% del presupuesto, unos 86 millones de euros. ¿Y a quién le sobra ese dinero, aparte de a F? Salvando las distancias (el Madrid es una entidad privada), es como si sólo pudieran aspirar a La Moncloa registradores de la propiedad muy desabridos y que pronuncien la s como si fuera el sonido inglés sh, por ejemplo en “shit”. F expulsó a Ancelotti. Como recordaba hace poco Óscar Sanz, al preguntársele por qué, balbuceó inconexo: “Pues mire usted, realmente no lo sé”. Si no lo sabía él, ¿por qué diablos se empeña en presidir?

No se le ocurrió otra genialidad (a él o a su consejero Sánchez, una especie de Yago destructor) que sustituir al obrador del milagro por Benítez, entrenador espeso, soporífero y tosco. “No creo que dure la temporada entera”, le dije a mi amigo Alexis, escocés del Liverpool que le está agradecido por la vieja proeza de remontarle un 0-3 al Milán en una Final de Copa de Europa, tras lo cual sólo ha vulgarizado y amazacotado a los muchos equipos por los que ha pasado sin gloria. Los jugadores del Madrid se aburren con él, como era de prever, y no le quieren agradar. Ante el Barça (0-4) jugaron tan ridículamente que uno se malicia si no les pareció el día adecuado para hacer saltar por los aires a su entrenador. Quizá debieron dejarse meter dos o tres goles más, y a fe mía que el Barça los mereció. Acaso fue el Barça el que no quiso meterlos, justamente para que Benítez y Florentino no peligraran en exceso y permanecieran convenientemente en sus puestos (convenientemente para el Barça, claro está). Ese partido lo vi casi con indiferencia. Si M y F me quitaron del fútbol, desde luego F y B no me van a hacer volver.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 13 de diciembre de 2015. ‘Casi cualquier prueba’

Escribo esto cuando aún faltan varias semanas para las elecciones generales, pero ustedes lo leerán cuando ya sólo nos separe una del 20 de diciembre. Esa fecha ya delata la desesperación y la trapacería del Gobierno de Rajoy: cuando la gente está pensando más en la Navidad que en ninguna otra cosa, y algunos han iniciado viajes familiares o de vacaciones; cuando los que la cobren habrán percibido su paga extra y muchos estarán soñando con el gordo. Ignoro lo que habrá ocurrido en estas semanas que faltan, pero hoy no parece que estemos cerca de ocasión tan transcendental y señalada. Entre los atentados de París y la jaula de grillos catalana, la atención está desviada. Si uno lee los periódicos o ve los telediarios, las noticias relativas a esta votación no aparecen hasta la mitad, si no más tarde, y son bien escuetas. De momento no da la impresión de que nos estemos jugando lo que nos estamos jugando: nada menos que nuestra vida durante los próximos cuatro años, quién sabe si durante ocho. Todas estas amenazas (la descerebrada brutalidad yihadista, la tediosa y peligrosa tontuna catalana) me temo que puedan beneficiar al PP, más que perjudicarlo.

En épocas de fragilidad las personas tienden a quedarse quietas, a no cambiar de gobernantes, a no hacer probaturas. Si esto no sucedió en 2004, justo después de la mayor matanza terrorista de nuestro país y europea, fue por la aparatosa torpeza del gabinete de Aznar y por sus inauditas mentiras sobre una tragedia de la que quiso sacar provecho. Si hubiera contado la verdad desde el primer instante, tengo para mí que Zapatero jamás habría sido Presidente.

La mentira compulsiva es lo que pierde a ese partido, el PP, aunque no tantas veces como sería esperable. ¿Qué valor tiene hoy la palabra de Rajoy, tras haber incumplido todas sus promesas de 2011? El país fue rescatado a través de sus bancos, a los que no se puso ninguna condición ni control, y así éstos se permitieron denegar créditos vitales a la ciudadanía que los había salvado. La crisis económica sigue tan dañina como hace cuatro años. Si hay seis o siete parados menos no es porque se hayan creado numerosos empleos, sino porque muchos de aquéllos han emigrado o se han dado de baja en el INEM, han arrojado la toalla, y ya no computan como desempleados en busca de trabajo. El salario medio (unos 18.000 euros anuales) permanece a niveles de 2007, e incontables comercios y empresas han cerrado. Ha habido un incremento de los impuestos como jamás se había visto, lo cual no es por fuerza malo, pero Rajoy juró que lo último que haría sería subirlos. Los casos de corrupción en sus filas (también en las de otras formaciones, pero sin comparación posible) no han hecho sino crecer, hasta el punto de preguntarse si no es el entero organismo el que está putrefacto (el organismo pepero). La sanidad, la educación, la justicia, todo ha ido a peor o se nos ha obligado a pagar más por menos.

La cultura ha sido perseguida, con total desdén no ya por sus creadores, sino por los millares de trabajadores de un sector beneficioso en todos los sentidos. Hacienda ha cambiado las reglas y las ha hecho retroactivas, algo insólito y de feroz injusticia, y además ha utilizado su información confidencial para amedrentar a individuos y colectivos críticos con el Gobierno. Se ha impuesto una Ley de Seguridad que ha privado de derechos a los españoles, la llamada “Ley Mordaza”, que sólo proporciona seguridad y blinda contra las protestas a las autoridades y a las fuerzas a sus órdenes. Ha habido una “reforma laboral” que sobre todo ha consistido en facilitar el despido libre y dejar aún más a la intemperie a quienes pierden sus empleos. Se ha dejado infectar la herida catalana. Y en todo lo demás se ha titubeado, y se ha optado luego por la inoperancia: no sabemos qué postura tiene este Gobierno acerca de los refugiados ni qué propone para combatir –ni siquiera para contrarrestar– al Daesh o Estado Islámico. TVE se ha convertido en un bochorno sectario plagado de ineptos (¿a quién se le ocurre colocar al frente de los informativos del fin de semana a un incompetente, ignorante y rancio llamado Carreño?). Y la desigualdad siempre en aumento.

Han sido cuatro años de desastre absoluto en todos los frentes. Quienes pueden sustituir a este Gobierno no son muy de fiar, cierto, o resultan una incógnita. El PSOE no es seguro que haya abandonado la idiotez generalizada que lo dominó durante la época de Zapatero, y también lleva sus corrupciones a cuestas. Esa idiotez, pero agravada, la ha heredado IU (o como hoy se llame) bajo el liderazgo de Alberto Garzón; y en cuanto a Podemos, una necedad similar compite con resabios de autoritarismo temible. Los de Ciudadanos parecen algo más listos y mejor organizados, pero tan neoliberales en lo económico que podrían acabar apoyando un nuevo Gobierno del PP (deberían aclararlo, y así ganarían o perderían muchos votos). De la antigua Convergència no hablemos, convertida en ruina por sus propios jefes, y aún menos de ERC, un partido congénitamente taimado. Pues bien, yo no sé ustedes, pero para mí, con todo y con eso, casi cualquier prueba, casi cualquier riesgo, me parecen preferibles a continuar en la ciénaga de los últimos cuatro años. No se puede chapotear en ella indefinidamente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de diciembre de 2015