LA ZONA FANTASMA. 22 de enero de 2017. ‘Ese idiota de Shakespeare’

Si hace años que no voy al teatro, es porque no deseo exponerme a sobresaltos. No me refiero ya a esas obras “modernas” en las que se obliga a “participar” al público lanzándole agua o pintura o bengalas, o a “interactuar” con los intérpretes que bajan al patio de butacas para restregarse contra él y vejarlo. Eso me lo tengo prohibido desde que empezó a suceder hace tiempo. Pero tampoco está uno a salvo de riesgos de otra índole si va a la representación de un clásico. El teatro –más que el cine y las series– ha caído rendido a casi todas las tontunas contemporáneas. Se permite lo “simbólico” y lo inverosímil en mucho mayor grado, y ahí caben todas las supuestas genialidades de muchos adaptadores y directores, convertidos en las verdaderas estrellas, usurpadores de los buenos nombres de Lope, Calderón, Molière o Shakespeare. Con este último está uno en constante peligro. Es ya un tópico que sus personajes aparezcan vestidos de nazis o de decimonónicos, o transmutados en gangsters, o que la acción de las obras se sitúe en cualquier sitio: Romeo y Julieta en la discoteca, Macbeth en Chicago, Próspero y Miranda abandonados en el espacio intergaláctico. En 2012 Phyllida Lloyd tuvo al parecer éxito con su versión de Julio César ambientada en una cárcel de mujeres y con reparto femenino al completo, consiguientemente. La verdad, para mí no, gracias.

Pero este último caso forma parte de un movimiento deliberado. Como sabemos, las actrices se quejan de que sus salarios son inferiores a los de sus colegas varones, pero me imagino que eso estará en función de lo taquilleros y rentables que sean, independientemente del sexo. Es como si la mejor futbolista protestara por ganar menos que Messi: se da el caso de que éste convoca a millones de espectadores y genera dinerales. También se quejan de que no haya tantos ni tan buenos papeles para ellas como para los hombres, y presionan a los creadores para que se enmienden, sin tener en cuenta que los que escribimos nos interesamos por lo que nos interesa y no estamos para adular a tal o cual colectivo. Shakespeare tiene muchos personajes femeninos importantes, pero la actriz Harriet Walter ha hecho el cómputo: de media, uno por cada cuatro masculinos, y además son éstos “quienes encaran las cuestiones políticas y filosóficas que nos atañen a todos”. Es decir, suelen estar a su cargo los soliloquios más profundos, y más lucidos para los actores. La respuesta natural sería: “¿Y qué quieren, si en época de Shakespeare eso era más creíble o él decidió poner sus parlamentos en boca de Hamlet, Macbeth o Ricardo III?” Como hoy hay licencia para falsearlo todo, se corrige al idiota de Shakespeare y ahora está de moda que a todas esas figuras las interpreten mujeres. No importa que eso se contradiga con otra de las reivindicaciones recientes de actores y actrices (hablé de ello hace algún tiempo): se enfurecen si a un personaje indio no lo encarna un intérprete indio, a uno japonés un japonés, etc. Eso no obsta, sin embargo, para que en la célebre serie televisiva The Hollow Crown, con los dramas históricos de Shakespeare, la Reina Margarita (antes Margarita de Anjou, francesa) sea una actriz mulata, o el Duque de York de Enrique V un negro. Aquí no se considera que haya usurpación ni robo, sino que se aplaude. Hoy hay tanta gente ignorante que quien vea esa serie puede dar por sentado que en la Francia del siglo XV la población era mestiza y que en Inglaterra había nobles negros. Y quien sólo viera el Hamlet de Kenneth Branagh (completo en sus cuatro horas, muchos no querrán revisitarlo) podrá creer que esa es una historia del XIX, con gente vestida “a lo zarista” o “a lo austrohúngaro”, y no del XVI, cuando Shakespeare situó la leyenda.

“La ignorancia de los jóvenes, o de la gente, no es asunto nuestro”, dirán con razón adaptadores y directores. Y las actrices aducirán: “¿Acaso se nos permitía subir a los escenarios en tiempos del Bardo?” No, en efecto, había una prohibición lamentada por todos, así que a Desdémona, Lady Macbeth y Ofelia las representaban, por desgracia, actores lampiños. Y sin embargo ahora se vuelve a lo mismo, sólo que a la inversa y por militancia o revancha sexista. ¿Qué sentido tiene que Glenda Jackson haga de Rey Lear? ¿Que un espectador como yo, que pide cierta verosimilitud, no se crea una palabra? Lo mismo cuando otras actrices se hacen pasar por Bruto, Cimbelino, Enrique V, Enrique IV o Malvolio, convertido además en “Malvolia”. Tampoco lo contrario me convence: siento admiración por José Luis Gómez, pero me he abstenido de ir a verlo hacer de la Celestina, por muchos justos elogios que haya merecido. Y desde luego no me tentó ver a Blanca Portillo en el papel de Segismundo, de La vida es sueño. Lo lamento, pero si uno va al teatro hoy en día está expuesto a cualquier sobresalto. Y a cualquier sandez de no pocos directores. Con todos mis respetos para los buenos actores y actrices, que al fin y al cabo cumplen órdenes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de enero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 15 de enero de 2017. ‘El servicio y la señorita’

Mi generación, nacida durante el franquismo, sintió gran aversión hacia el Ejército y la Policía. Ambos cuerpos eran esbirros de la dictadura, y había que tenerles miedo. Todavía en 1981, el intento de golpe de Tejero, Armada y Milans del Bosch lo protagonizaron ellos, Ejército y Guardia Civil. Costó, por tanto, mucho tiempo que esos cuerpos se democratizaran plenamente y aceptaran estar a las órdenes de los Gobiernos elegidos y de la sociedad civil. Desde que se consiguió, sin embargo, y con las inevitables excepciones de abuso, brutalidad, desproporción y corrupción, las fuerzas de seguridad han tenido una actitud irreprochable en términos generales. Si en el franquismo se las percibía como un peligro para la ciudadanía, como autoridades arbitrarias y despóticas que podían detenerlo a uno sin ningún motivo, hace ya decenios que se cuentan entre las instituciones mejor valoradas y que inspiran mayor confianza. Uno no da un respingo, no se asusta, si se cruza con un policía o un guardia o (más infrecuentemente) un militar. Si uno es un individuo normal, y no un delincuente, no tendrá inconveniente en acercarse a uno de ellos para preguntarle algo o requerir su ayuda y su protección. Claro que en todos los gremios hay sujetos indeseables, y uno puede llevarse de vez en cuando una desagradable sorpresa, o sufrir un trato despectivo, vejatorio o chulesco. Pero lo mismo puede ocurrirnos ante un juez, un político o un conductor de autobús.

Cobran poco los soldados y los policías, bastante menos de lo que deberían considerando los riesgos que a menudo corren y los muchísimos servicios que prestan. Son sin duda necesarios, más aún en una época en la que los delitos se multiplican y están más diversificados que nunca. Combaten a los terroristas, vigilan para impedir sus atentados y frustran no pocos de éstos; persiguen las redes de pederastia infantil y la trata de mujeres; se enfrentan a los narcos y a los sicarios; investigan los crímenes y amparan a las mujeres víctimas de sus parejas o ex-parejas; reciben a los inmigrantes que llegan exhaustos por mar; patrullan los aeropuertos y las estaciones, y las grandes aglomeraciones como las recientes de Nochevieja. La población cuenta con ellos, da por supuesto que puede recurrir a ellos, y sabe, en su fuero interno, que nada funcionaría sin su concurso. ¿Que algunos miembros incurren en excesos u olvidan su neutralidad para complacer a un partido político determinado? Claro está, como sucede en cualquier colectivo con influencia y poder. Pero no cabe duda de que son parte de nosotros, de la sociedad, que merecen tanto respeto como los demás y seguramente más gratitud que la mayoría.

Ahora, las pasadas fechas navideñas, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el Parlament catalán y la Fira de Barcelona han decidido expulsarlos del Salón o Festival de la Infancia, habitual en esa época: han vetado los stands de la Guardia Urbana, de los Mossos d’Esquadra, de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y del Ejército. Al parecer los críos se lo pasaban en grande montándose en los coches patrulla y demás. Da lo mismo. La señora Colau quiere una ciudad “desmilitarizada”, no quiere ver en las ocasiones festivas y pedagógicas un solo uniforme (¿tampoco los de los bomberos, que también son de gran utilidad?). Es un comportamiento teñido de señoritismo, vicio que al parecer se contagia en seguida a cuantos acceden a algún poder. La alcaldesa y la Generalitat han tratado a los cuerpos de seguridad como los más rancios señoritos trataban antaño al servicio, es decir, a los criados, a las tatas, más antiguamente a los siervos. “Ustedes están a nuestro servicio. Sí, son los que hacen que la casa funcione y esté limpia y en orden, los que lavan la ropa y cocinan, quienes cuidan de nuestros niños cuando estamos ocupados. Pero en las celebraciones y en las fiestas ustedes deben desaparecer. Las posibilitan con su trabajo, pero no les toca disfrutar de ellas. Es más, su presencia las afearía y desluciría. Que asistieran nos produciría vergüenza, estaría mal visto por nuestros invitados. Ustedes las preparan pero no pueden participar. Han de hacerse invisibles, inexistentes. Precisamos sus tareas, pero nos abochornan”.

No sé si hay algo más despreciativo, más clasista y más ruin. La alcaldesa y los miembros del Parlament se benefician personalmente, además, de la protección que por sus cargos les brindan policías, mossos y guardias urbanos. Recurren a ellos cada vez que hay un problema, una amenaza, un tumulto. Recurrirían al Ejército si se produjeran un ataque o una invasión, pongamos por caso, del Daesh, que no iba a diferenciar entre Colau y su antecesor Xavier Trias, ni entre el bronco concejal Garganté, de la CUP, y Artur Mas. A todos los decapitarían por igual. Sin embargo, el servicio no es digno de confraternizar en público con nuestros hijos, a los que por lo demás cuidan y protegen con especial celo, o rescatan cuando se han perdido. El mensaje es el del señorito: “Hagan su trabajo en la sombra. Y ni se les ocurra asomar”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de enero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 8 de enero de 2017. ‘Las tías solteras’

Cuando yo era niño, había cierta conmiseración hacia las mujeres sin hijos. A las que estaban casadas y carecían de ellos se las miraba con abierta lástima, y aún se oían frases como “Dios no ha querido bendecirlas con esa alegría”, o “Pobrecilla, mira que lo ha intentado y no hay manera”. En numerosos ambientes y capas de la sociedad se creía a pie juntillas en la absurda doctrina de la Iglesia Católica imperante en España, a saber: que la función del matrimonio era la procreación; que debían recibirse con gozo o estoicismo (según el caso) cuantas criaturas llegaran; que la misión de las madres era dedicarse en exclusiva a su cuidado; que era no sólo normal, sino recomendable, que cualquier mujer, una vez con descendencia, dejara de lado su carrera y su trabajo, si los tenía, y se entregara a la crianza en cuerpo y alma. Qué mayor servicio a la sociedad.

A las mujeres solteras (“solteronas” se las llamaba, desde demasiado pronto) ya no eran conmiseración ni lástima lo que se les brindaba, sino que a menudo recibían una mezcla de reproche y menosprecio. Lo deprimente es que, en esta época de tantas regresiones (de derechas y de supuestas izquierdas), algo de eso está retornando. Se vuelve a reivindicar que las mujeres se consagren a los hijos y abandonen sus demás intereses, con la agravante de que ya no es una presión externa (ni la Iglesia tiene el poder de antes ni el Estado facilita la maternidad: al contrario), sino que proviene de numerosas mujeres que, creyéndose “progresistas” (!!!), defienden “lo natural” a ultranza, ignorantes de que lo natural siempre es primitivo, cuando no meramente irracional y animalesco. Hoy proliferan las llamadas “mamás enloquecidas”, que deciden vivir esclavas de sus pequeños vástagos tiranuelos y no hablan de otra cosa que de ellos.

Y claro, adoptan un aire de superioridad –también “moral”– respecto a las desgraciadas o egoístas que no siguen su obsesivo ejemplo, como si éstas fueran seres inútiles e insolidarios, casi marginales, y por supuesto “incompletos”. Las más conspicuas entre ellas son las tías solteras, pero no sólo: también las amigas, compañeras y madrinas solteras, que las mamás chifladas acaban por ver como apéndices de sus vidas. Yo las vengo observando y disfrutando, a esas solteras o sin hijos, desde mi infancia, y creo, por el contrario, que son esenciales, hasta el punto de que quienes merecen lástima son los niños que no tienen ninguna cerca. La mayoría de las que he conocido y conozco son de una generosidad sin límites, y quieren a esos niños próximos de un modo absolutamente desinteresado. Como no son sus madres, no se atreven a esperar reciprocidad, ni tienen sentimiento alguno de posesión. Se muestran dispuestas a ayudar económicamente, a echar una mano en lo que se tercie, a descargar de quehaceres y responsabilidades a sus hermanas o amigas. Con frecuencia disponen de más tiempo que los padres para dedicárselo a los críos; con frecuencia de más curiosidades y estudios, que les transmiten con paciencia y gusto: en buena medida son ellas quienes los educan, quienes les cuentan las viejas historias familiares, quienes contribuyen decisivamente a que los niños se sientan amparados. Muchas de las de mi vida son además risueñas y despreocupadas o misteriosas, más liberales que los padres, e invitan por tanto a mayor confianza. Mis padres tenían bastantes allegadas sin hijos: mi tía Gloria o Tina (ella sí casada) era una fuente de diversión constante, y aún lo es a sus noventa años. María Rosa Alonso, Mercedes y Carmen Carpintero, María Antonia Rodulfo, Luisa Elena del Portillo, Maruja Riaza, Mariana Dorta, Olga Navarro, todas ellas nos encantaba que llegaran y verlas, a mí y a mis hermanos. Traían un aire de menor severidad, de benevolencia, nos hacían caso sin agobiarnos, nos enseñaban.

Y también estaban algunas figuras “ancilares”, aún más modestas en sus pretensiones. Leo (Leonides su nombre) fue nuestra niñera durante años. Era una mujer sonriente y de espíritu infantil, en el mejor sentido de la palabra. Nos contaba cuentos disparatados, nos engañaba para divertirnos o ilusionarnos, jugaba con nosotros en igualdad de condiciones, reía mucho con risa que se le escapaba. Le dediqué un artículo a su muerte, en 1997. Tuvo que irse para atender a un hermano que la sometía un poco. Pero cuando los míos tuvieron hijos, volvió por casa los domingos. En un segundo plano, como sin atreverse del todo a manifestar el afecto inmediato que les profesó a mis sobrinos (“los niños de sus niños”), pocas miradas he visto tan amorosas e ilusionadas, con un elemento de involuntaria pena en sus ojos. No la de la envidia, ni la de sentirse de más, en absoluto. Desde su espíritu ingenuo y cariñoso, disfrutaba de nuevo de la compañía de sus iguales, niños traviesos y graciosos. Pero quizá sabía que el hermano exigente acabaría apartándola de nuevo, y que en la memoria de sus adorados ella sería sólo un personaje anecdótico. Para mí no lo es, como no lo es ninguna de las “tías solteras” que he mencionado. Sé lo importantes que fueron y les guardo profundo agradecimiento. No les tengan conmiseración, no las subestimen nunca, ni las den por descontadas. Las echarán de menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de enero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 1 de enero de 2017. ‘No nos asfixien’

Sirva como un ejemplo entre mil. Hace unos meses, con vistas a una pequeña exposición, la Biblioteca Pública de Nueva York me solicitó el préstamo de los borradores de una novela. Mis borradores están escritos a máquina y llenos de tachaduras, flechas, añadidos y correcciones a mano, por lo que hoy parecen casi tan exóticos como papiros egipcios. Se trataba de una novela de 2002, unos 1.500 folios. Se me indicó que los metiera en una caja, que describiera dicha caja, que la midiera y comunicara sus dimensiones exactas, que detallara su contenido y le pusiera título en una etiqueta especial. Fui obediente, y allí estaba yo con una cinta métrica, traduciendo de centímetros a pulgadas. Entonces se me dijo que, para el seguro y la aduana, especificara el precio de lo que enviaba. “Ni idea”, le confesé a mi agente María Lynch, que me hacía parcialmente de intermediaria. “Nunca he vendido esta clase de material. Que lo calcule la Biblioteca, que estará más acostumbrada a tasar manuscritos y demás”. Ah no, la Biblioteca no podía hacerlo, al ser parte interesada y una hipotética compradora futura (muy hipotética, la verdad). Tenía que ser yo quien lo valorara. “¿Ponemos $10.000, por poner algo, y no hacerme mucho de menos?”, le pregunté a María. “Ya puestos”, me contestó ella muy audaz, “vamos a decir $20.000”. “Más quisiera yo”, respondí, “pero sea, con tal de acabar con tanto trámite”. Estaba ya todo más o menos listo cuando surgió otro problema: la Biblioteca sólo podía asegurar mis folios una vez estuvieran en suelo estadounidense, no durante el trayecto. A mí me daba lo mismo, pero María se negó en redondo: “El mayor riesgo está en el viaje, ¿qué sentido tiene que no los cubra el seguro hasta que hayan llegado a salvo?” Qué hacer, pues. Intervino entonces mi amiga Mercedes López-Ballesteros, que me echa una mano con un ordenador y otras tareas, e hizo lo que le sugirieron: escaneó los tres primeros borradores de los 1.500, los envío por mail a la Biblioteca y ésta colocó debajo unos 1.497 folios en blanco. Ese fue el montón que se expuso al final: tres hojas no auténticas, sino escaneadas, sobre unas 1.497 no escritas, un simulacro en realidad. Por suerte las expusieron en una vitrina, por lo que ningún curioso podía descubrir la farsa. Hubo buena voluntad por parte de todos, pero ya ven, se hizo imposible algo tan inocuo como enviar una caja llena de folios.

b-y-sEste es el mundo que nos han construido. Ríanse de la burocracia del siglo XIX, famosa en las obras de Dickens, Balzac y Larra. La que padecemos hoy ha dejado aquélla convertida en un paraíso de facilidades y libertad. Ustedes lo saben como yo: para cualquier imbecilidad, antaño sencilla, hay que solicitar todo tipo de permisos y documentos. Para cualquier gestión, oficial o no, hay que cruzar innumerables mails, sms, llamadas, y firmar docenas de veces. Para establecer una empresa o negocio, los trámites son inacabables y los obstáculos casi insalvables (y luego los políticos se permiten alentar a los “emprendedores”, a quienes por lo general se impide emprender nada). Para tratar con la Administración, todo el mundo está obligado a poseer ordenador, pero esa misma Administración hace laberíntico y arcano el proceso de presentación de lo que sea, o le falla “el sistema” cada dos por tres, o da instrucciones contradictorias e imposibles. El resultado apetecido –parece– es que todos nos paralicemos, que desistamos, que no hagamos nada. Por tanto, que no creemos riqueza ni empleo. La misión de nuestros políticos es disuadirnos. Ponen tal cúmulo de trabas que a uno le dan ganas de cruzarse de brazos y sumirse en la pasividad.

Todo está demasiado controlado, regulado, burocratizado. Están prohibidas acciones que ni imaginamos. Los requisitos e impedimentos son interminables, todo invita al abandono de cualquier actividad. En Europa tenemos en Bruselas a una monstruosa legión de burócratas que viven de eso, de urdir normas y dificultades sin fin, que oprimen a los ciudadanos y no les dejan vivir. De alguna manera han de justificar su sueldo. He aquí mi propuesta y mi ruego: “Señores burócratas de Bruselas y España: No se preocupen por sus empleos. Los tienen asegurados. Seguiremos pagándoles de buen grado aunque se pasen la jornada mano sobre mano. Por favor, háganlo. Jueguen al ajedrez, al dominó, a los naipes o con el smartphone. Vean estúpidos vídeos de youtubers en sus horas laborables. Envíen chistes a sus colegas de Estrasburgo, Ginebra o La Haya. Lean algún libro de tarde en tarde, si recuerdan cómo hacerlo. Hártense de series de televisión, que duran y ocupan muchas horas. Nadie se lo va a reprochar. Insisto, se les seguirá pagando religiosamente aunque sean ustedes meros parásitos. Pero, se lo suplico, estense quietos. No piensen. No imaginen nuevas prohibiciones y obstáculos demenciales. No inventen nada. No rastreen con lupa la realidad a ver si se les ha escapado algún resquicio sin reglamentar. Por favor, no nos asfixien, déjennos vivir. Déjennos un mínimo de espontaneidad, iniciativa y libertad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de enero de 2017

LA ZONA FANTASMA.25 de diciembre de 2016. ‘Se supone que estudió’

Desdichados los tiempos en los que frases aberrantes no se tienen por tales y caen en la indiferencia porque ya forman parte de la anómala “normalidad”. Trump dijo que, si uno es una celebridad, puede hacer lo que quiera con las mujeres –lo que quiera– y “agarrarlas por el coño” (eso es lo que significa “pussy”, o a lo sumo “conejo”, y no los eufemismos absurdos de los que se ha valido la prensa española, faltando así a la verdad). Y eso no lo descalificó para ocupar el más alto puesto de su país. Aseguró que los mexicanos, sin distinción, eran criminales y violadores, lo cual no impidió que al poco lo recibiera y le estrechara la mano el Presidente Peña Nieto, que no se vio obligado a dimitir al instante por ello. Los ejemplos abundan en todas partes, por lo que quizá no es extraño que las declaraciones de nuestro Ministro de Justicia a EL PAÍS, Rafael Catalá, el 28 de noviembre, no hayan causado estupefacción a casi nadie y que nadie –que yo sepa– haya pedido su destitución. No leo toda la prensa ni veo ni oigo las infinitas tertulias (eso sería un castigo excesivo hasta para el mayor asesino), pero leo y veo y oigo bastante, y, aparte de una impecable columna de Julio Llamazares en este diario, no he detectado la menor reacción.

Una cosa es que lo que declaró Catalá lo digan (como han hecho) tertulianos o periodistas al servicio del PP; incluso que lo digan otros miembros del Gobierno (como también han hecho). Es algo que en realidad venimos soportando desde hace años. Pero lo que es imposible es que sea el Ministro de Justicia –él no es cualquier miembro del Gobierno, no lo puede ser– y que eso no acarree consecuencias; que permanezca en su cargo como si nada; que los jueces y magistrados no se hayan negado a seguir bajo su autoridad; que a casi ningún articulista ni editorialista le haya parecido mal. Veamos. A la pregunta “La responsabilidad política por la corrupción, ¿está saldada?”, el Ministro contestó: “En nuestro sistema se salda con las elecciones. Cuando vamos a votar hacemos balance y valoramos qué nos parece la gestión de un Gobierno o las propuestas de la oposición, y en los últimos dos años y medio ha habido todo tipo de elecciones y ha habido ocasión para que los ciudadanos hayan emitido su veredicto”. Se entiende que ese veredicto ha sido, según él, de absolución del PP, o ni siquiera: los ciudadanos no han considerado, siempre según él, que al PP debiera juzgárselo por corrupción. Esto, soltado por un Ministro de Justicia –de Justicia–, es una aberración. Para él, de repente, las leyes no cuentan, no existen. Por encima de ellas está lo que podríamos llamar el “afecto popular”, que exime de responsabilidad. Siguiendo el razonamiento hasta la exageración, a los jerarcas nazis no debería ni habérseles iniciado proceso porque es innegable que contaron, durante sus años de poder, con el beneplácito y el entusiasmo de los alemanes; porque estuvieron arropados y legitimados por ese “afecto popular”. Otro tanto habría que decir de Milosevic, Karadzic y Mladic, principales carniceros de la Guerra de los Balcanes. ¿Por qué se los juzgó o juzga en La Haya, si cuando cometieron sus crímenes eran jaleados por su pueblo, y el primero ganaba elecciones sin discusión? ¿Por qué se debería haber juzgado a Franco o a Hugo Chávez, de haber sido posible, cuando las masas de sus respectivos países los adoraban, y el segundo fue votado hasta la saciedad?

¿Cómo puede un Ministro de Justicia sostener que las elecciones sustituyen a los tribunales y están por encima de la ley? ¿Para qué diablos tenemos leyes, entonces, si los políticos no están sometidos a ellas y ventilan sus delitos fuera de los juzgados, las investigaciones, los procesos y los sumarios? No es que estén aforados, que además lo están (en España hay 280.000 individuos aforados, reconoce Catalá; léanlo de nuevo: 280.000); es que, en tanto que partido, no están sujetos a la ley, sino al capricho o a la adhesión de sus votantes. Son éstos quienes los condenan o exoneran, según el Ministro. Lo más alucinante, con todo, es que éste no tiene empacho en contradecirse de manera flagrante, en la misma entrevista. Hablando ya no del PP al que sirve, sino del “problema de Cataluña”, afirma: “En un Estado de derecho quien incumple la ley debe tener la respuesta de la Justicia … Si un Presidente de la Generalitat, un consejero o una Presidenta del Parlament han incumplido una ley, deben responder ante los tribunales”. Me parece bien, pero ¿no habíamos quedado en que quien es elegido o reelegido salda su responsabilidad política? Se supone que el señor Catalá estudió Derecho para llegar a su importantísimo cargo. Uno no tiene más remedio que preguntarse cómo logró aprobar las asignaturas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de diciembre de 2016

Por alusiones

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Xavi Ayén: “La verdad no está en la realidad, está en las novelas”
NÚRIA ESCUR
La Vanguardia, 17 de diciembre de 2016

Eduardo Mendoza: “Me considero un gamberro y un delincuente común que aun no ha sido atrapado”
ANA OLIVEIRA LIZARRIBAR
Noticias de Álava, 17 de diciembre de 2016

De la posmodernidad a un realismo diverso
PEDRO M. DOMENE
Diario Córdoba, Cuadernos del Sur, 18 de diciembre de 2016

Luisa Orlando…
VICKY VILCHES
Expansión, 16 de diciembre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 18 de diciembre de 2016. ‘Multitud’

Siempre he sentido antipatía por las campañas y los proselitismos; siempre me ha desagradado la gente que no se conforma con tener una opinión y obrar en consecuencia, sino que necesita atraer a su causa a otros, verse arropada por las masas más manipulables y gregarias y deseosas de infectarse; la que organiza castigos colectivos, difamación y linchamientos verbales. La que ansía “dar su merecido” a quien le lleva la contraria o emite un parecer que la fastidia. Hay una diferencia entre la postura personal de alguien y la cacería que ese alguien desata. Hace muchos años, el dramaturgo Sastre dijo algo –la memoria no me alcanza para recordar qué– en claro apoyo del mundo etarrófilo. ETA aún asesinaba y secuestraba, por supuesto, y la cosa sonó a vileza. Puede que yo mismo pensara: “Si alguna vez coincido con ese hombre, no lo saludaré”. Era una decisión –si lo fue– mía particular. Otros escritores, sin embargo, llevaron su reacción más lejos, y propusieron que todos nos negáramos a participar en actos a los que Sastre estuviera invitado, a compartir con él una mesa redonda o lo que se terciara; en suma, que lo vetáramos. Y esto me pareció mal, un exceso, y sobre todo me provocó desprecio la “organización”, la campaña, la posible coacción a quienes no secundaran la consigna, el anhelo de castigo colectivo, como he dicho antes. Cada uno es dueño de hacer lo que se le antoje. Pero para mí va un gran trecho entre eso y desencadenar un hostigamiento o una persecución, sean gremiales o nacionales. Dicho sea de paso, eso no impidió que el dramaturgo recibiera premios oficiales españoles remunerados y los aceptara con sans-façon, no mucho después del episodio, creo recordar.

416947Huelga añadir que quienes pensamos así, quienes sentimos aversión hacia el “muchos contra uno”, somos unos raros, una especie en vías de extinción. No ya este país, sino el mundo entero, sobre todo desde que descubrió el mejor instrumento de propaganda e intoxicación que ha existido –las redes sociales–, está dedicado sin cesar, y en masa, a escarmentar desproporcionadamente a los individuos que caen en desgracia por el motivo que sea, o que no se someten a las creencias “blindadas” y sacrosantas de hoy; o a las empresas catalanas en su momento, o a la marca que según los “virtuosos” actuales ha incumplido algún precepto de cumplimiento obligado. El caso más reciente es el de Fernando Trueba, pero ha habido muchos más. Será imposible saber si la parva recaudación inicial de su última película se ha debido a que no gusta, a que a los espectadores no les ha dado la gana de ir a verla en su primer fin de semana, o al boicot puesto en marcha contra ella por españoles desaforados, que no toleran que un español no se sienta español. (Entre paréntesis, lo de “sentirse” es un tanto absurdo: uno suele ser lo que le toca ser y lo que sabe que es, le guste o no, y el “sentimiento” no entra mucho en la cuestión. A mí, como algunos no ignoran, me habría resultado más cómodo ser italiano o inglés, pero no lo soy ni por lo tanto me lo puedo “sentir”.) Pero el mero hecho de que se haya dado este ánimo saboteador es ya tan lamentable como indicativo. Si cada “españolísimo” decide no ir a ver esa película, bueno, está en su derecho, faltaría más. Lo que ya me parece ruin es procurar, instigar a que los demás hagan lo propio: el deseo de no quedarse solo con su responsabilidad, la necesidad de envolverse en una muchedumbre, el proselitismo activo, el montaje de un auto de fe que dé calor.

La actitud no se diferencia de la de los linchadores o cazadores de brujas reales. La misma palabra “linchamiento” lo indica: es algo hecho en grupo, sin condena imparcial, sin pruebas, amparándose en el tumulto y tan anónimamente como resulte posible. Algo cobarde en esencia. Nada más fácil que enardecer, nada más contagioso que la indignación, nada más placentero que buscar chivos expiatorios y castigar a “culpables”, verdaderos o imaginarios. La historia está plagada de casos, la vileza es una constante, como lo es la voluntad de joder al prójimo, lo merezca o no. Siempre se encuentran causas a posteriori, el mezquino inventa su justificación. Hoy prolifera esa clase de vileza, y su ira puede caer sobre alguien famoso o desconocido. John Galliano fue desterrado por unos comentarios que hizo borracho. Una joven que inició tan tranquila un viaje a Sudáfrica, descubrió al llegar que las redes “ardían” en contra de ella y que había sido despedida de su empleo, por una observación inoportuna –“incorrecta”– que había hecho al embarcar. El mundo se ha llenado de “virtuosos” afanosos por castigar en manada. Nunca a solas, nunca a título individual. Se ha llenado de policías y sacerdotes vocacionales, cada uno con su lista particular de “delitos” y “pecados”. Por recurrir a una comparación popular –Juego de tronos lo es–, el mundo está dominado por los llamados “Gorriones” de esa serie: puritanos, intransigentes, fanáticos, inquisidores, represores, punitivos, arbitrarios. Enemigos de la libertad. Siempre los ha habido. Lo grave es que sean, como ahora, multitud.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de diciembre de 2016

Qué lee Javier Marías

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Las lecturas de Eduardo Mendoza, Fernández Cubas, Javier Marías…
El País, Babelia, 17 de diciembre de 2016
Javier Marías.
Escritor y académico de la Lengua

La doble militancia de Javier Marías (novelista y editor literario al frente de Reino de Redonda) se ha manifestado este 2016: escribe una novela y no tuvo tiempo para novedades, aunque las guarda para cuando acabe el libro. Y lee; como editor está obligado. De las novedades que aguardan turno para cuando termine la novela, entre otros, Falcó, de Pérez-Reverte; Patria, de Aramburu, y un libro, Diario de una vida breve, de Juan Manuel Silvela Sangro, que ahora publica Pre-Textos y que él recuerda haber leído a los 15 años. Para Reino de Redonda ha leído libros, de los que ha contratado dos: El juicio de Sören Qvist, de Janet Lewis, y Los papas, “una historia casi exhaustiva de los pontífices” escrita por el historiador británico John Julius Norwich. Y, como siempre hace cuando escribe, ha leído literatura que le sirve de argamasa: Moby Dick, Enrique V, Cuatro cuartetos…

LA ZONA FANTASMA. 11 de diciembre de 2016. ‘Las pausas’

Hacía siete años que no viajaba a los Estados Unidos y me fue a pillar en Nueva York su segundo peor día del siglo, el del triunfo de Trump. Por la tarde tomé un café con Wendy Lesser, directora de una revista californiana que exagera su gentileza al publicarme artículos antediluvianos. Estaba de los nervios pese a que las últimas encuestas aún eran tranquilizadoras. No mucho, pero algo. Su marido se hallaba en Sicilia, y ella no se atrevía a seguir el recuento a solas, iba a reunirse con amigos para encajar en compañía el golpe, si se producía. Conocía a mucha gente que no pensaba levantarse de la cama al día siguiente, en ese caso. Por la noche fui a casa de mi editor Sonny Mehta, al que no conocía, y luego a cenar con él, su mujer Gita, mi agente María Lynch y algunas personas más. Me extrañó que propusieran ese plan en fecha tan crucial, pero bueno, era un placer. Sonny y Gita Mehta me inspiraron confianza en seguida, al ver que a sus más de setenta años fumaban con naturalidad en un país para el que eso –que estimuló y exportó como nadie– parece ser peor que la pederastia. Inteligentes y cálidos, ella también estaba de los nervios y pensaba aguantar hasta la hora que fuera pegada a la televisión. Él, más tranquilo, restaba importancia al posible drama. A lo largo de la cena algún comensal miró su iPhone para comprobar cómo iba la cosa, y al saberse que Florida caía del lado de Trump empezó a cundir la angustia. Llegó un momento en que nuestra mesa era la única ocupada en el restaurante. Los camareros se mostraban tan impacientes como aún confiados: “Obama iba perdiendo a estas horas, hace cuatro años; puede cambiar”, dijo uno de ellos. Así que nos levantamos y yo me fui al hotel, que –oh desdicha– estaba a dos pasos del Hilton, donde Trump tenía su cuartel general, y de la Trump Tower, ante la que las masas idiotizadas se hacen selfies sin parar, y lo que te rondaré morena a partir de ahora.

Mi estancia quedó amargada por el resultado. Estando en Nueva York, muy demócrata, con escritores, editores y periodistas, ante mí desfiló un cortejo fúnebre, mis interlocutores desolados o en estado de incredulidad. Lo mismo en Filadelfia, por cierto; en todas las ciudades grandes. Como es natural, les costaba prestar atención a mi novela recién publicada allí. Pero no eran sólo los neoyorquinos “literarios”. Tampoco la conductora que me llevó al aeropuerto al marcharme salía de su asombro, y vaticinaba lo mucho que se iba a añorar a Obama: “Su corazón está siempre donde debe estar”.

Fue otro taxista (americano, blanco, de unos cincuenta años) el único que, sin estar complacido, tampoco parecía muy disgustado por la victoria de Trump. Durante el trayecto hasta el Museo Frick discurseó sin parar, como si fuera madrileño: “Yo lo había visto venir desde nueve millas de distancia”, se jactó. Lo fui escuchando bastante en silencio, hasta que dijo lo de las armas: “La gente no quiere políticos que le limiten su uso. Si ellos las llevan, o sus guardaespaldas, ¿por qué nosotros no?” “Bueno”, le contesté, “en Europa tenemos asumido que ante un problema la policía se encarga, o el Estado, y lo cierto es que padecemos un número de homicidios por arma de fuego infinitamente inferior al de ustedes aquí”. Como si la idea le resultara novedosa, respondió: “Ah, eso es interesante. ¿Infinitamente menor?” “Ya lo creo, sin comparación”. Cambió de tercio: “Así que es usted europeo, ¿de dónde?” Se lo dije. “¿A qué se dedica, si puedo preguntar?” Se lo dije. “Dígame de qué va una de sus novelas”. Le conté el arranque de la última, más no sabía decirle. Y entonces vino lo insólito: “¿Conoció usted a Ortega, por casualidad?”, me preguntó. Mi sorpresa fue mayúscula: “¿A Ortega y Gasset, el filósofo?” “Sí”. “De hecho, sí”, le dije, “cuando yo era pequeño. Él murió en los años cincuenta. Un vago recuerdo. Pero mi padre era muy amigo suyo y su principal discípulo”. Llegábamos ya a destino y no me dio tiempo a averiguar cómo diablos conocía a Ortega un taxista neoyorquino al que no fastidiaba en exceso Trump. Paró el coche ante el museo, se volvió, me estrechó efusivamente la mano y exclamó: “Pues ha sido un honor conocerlo. Y además voy a comprar su libro”. Al pagarle, con generosa propina (un colega asiático suyo me había afeado que no le dejara “al menos el 20%”), me devolvió cinco dólares, y añadió: “A alguien que ha conocido a Ortega le hago descuento. Todo un placer”.

En el Frick me esperaba un joven y culto periodista, tan deprimido (era la mañana siguiente a la elección) que había estado a punto de cancelar la cita, me confesó. Le relaté la inverosímil anécdota y lo animaron la curiosidad y el estupor. “¿Y cómo era? ¿De qué origen? ¿De qué edad?”, me preguntaba con sumo interés. Luego los cuadros del Frick y nuestra conversación sobre otros asuntos lo llevaron a decir: “Me alegro de no haber cancelado la cita. Todo esto ha sido una bendita pausa”. También en lo más ominoso, en lo peor, se producen pausas. Nos salva que casi nada es nunca sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de diciembre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 4 de diciembre de 2016. ‘Contrarrealidad’

El Oxford English Dictionary ha elegido como palabra del año el término “post-truth” o “postverdad”, que, aunque no del todo nuevo, hemos venido utilizando con cada vez mayor frecuencia, llevados por la necesidad de nombrar lo insólito o innombrable, lo que escapa a nuestra comprensión. Al decir “nuestra” me refiero al conjunto de la humanidad durante siglos, más o menos desde que se abandonó el pensamiento mágico o supersticioso. Ha habido excepciones, claro. Lo que hoy se llama postverdad o podría llamarse contrarrealidad tiene precedentes en tiempos modernos, pero sólo en sociedades totalitarias sin libertad de prensa ni de expresión, en las que la información era controlada por una sola voz, la del dictador o tirano. Lo hemos conocido en España a lo largo de décadas; aunque a los jóvenes de hoy les suene casi a ciencia-ficción, sólo existía la versión oficial, franquista, y lo que ésta ocultaba no había tenido lugar. Tan lejos llegó la censura que no sólo nadie se enteró de los atentados que sufrió el propio Franco, ni de las huelgas que había de vez en cuando, ni de los asesinados a manos de la policía (los detenidos siempre se habían caído o arrojado por una ventana, pese a estar esposados y custodiados por guardias). La España de la dictadura era tan “feliz” y “pacífica” que aquí no se producían homicidios ni suicidios, y hasta las obras de ficción (novelas, películas) podían verse en dificultades si los intentaban reflejar. Cabe imaginar la visión de la realidad que se tuvo en la Alemania nazi y en la Unión Soviética, en la China de Mao (bueno, y en la actual), en la Cuba de Castro, en la Argentina de Videla y Galtieri y en el Chile de Pinochet.

Pero la postverdad de hoy es distinta, y se da voluntariamente, en países con abundancia y variedad de información. Según el OED, su significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Nada mal como definición, pero por fuerza incompleta y sin matices. Si he apuntado la posibilidad de llamar al fenómeno “contrarrealidad”, es porque en las actitudes que han conducido al Brexit y al triunfo de Trump hay negación tozuda de la realidad, para lo cual, desde luego, es preciso creerse antes las evidentes mentiras, a sabiendas de que lo son, y no creerse las verdades. ¿Quién puede creer que Trump levantará un muro en la larguísima frontera con México y, sobre todo, que este país sufragará su construcción? ¿Quién que Obama y Hillary Clinton han sido los fundadores del Daesh, como afirmó repetidamente en su campaña Trump? ¿Quién que un multimillonario clasista, ostentoso, despectivo y chulesco se preocupa por los desfavorecidos o los representa? ¿Quién que lucha contra el establishment, cuando él es uno de sus emblemas? (Pocas interpretaciones más ridículas que las que ven en su victoria una “rebelión contra las élites”. ¿Acaso no es la personificación de la élite un individuo con centenares de posesiones y negocios turbios, varios al parecer fracasados, y cuyo mayor activo es la marca de su propio apellido?) Lo mismo puede decirse de Inglaterra: ¿quién era capaz de creerse las manifiestas falsedades de los brexiters? ¿Quién al grotesco Boris Johnson, que poco antes del referéndum estaba a favor de la permanencia? O de Cataluña: ¿quién puede creer que, una vez independiente, seguiría perteneciendo a la Unión Europea y conservaría su riqueza y no vería mermadas sus exportaciones? ¿Quién que un 48% de votos equivale a una “mayoría clara”? Y sin embargo se ha obrado como si todos los palmarios embustes pudieran transformar la realidad.

Llevo treinta años hablando de la progresiva infantilización del mundo, pero no creí que alcanzara tamaña culminación. La actitud de demasiada gente es exactamente la de los niños –muy pequeños, por cierto–, que, por ejemplo, creen que cerrando los ojos o tapándose la cabeza con una sábana ya no van a ser vistos. Confunden no ver con resultar invisibles: si yo no veo a esta persona desagradable o que me da miedo, ella tampoco me verá a mí. También es fácil engañarlos, adecuar la realidad a sus necesidades, convencerlos de que no hay amenazas cuando sí las hay. Los adultos nos prestamos: ¿para qué van a sufrir, y a crecer con temores? Mientras no se den cuenta, engañémoslos y que sean felices, ya les llegará el día de no serlo tanto. El problema es que ahora hay muchos individuos que no consienten que ese día llegue. Están dispuestos a creerse las mayores trolas, y si hay que negar la realidad y la verdad, se niegan y ya está. Como si pudieran mantenerse a raya por arte de magia y por la fuerza de nuestra voluntad. Son gentes que han perdido la capacidad de sumar dos y dos, de prever ninguna consecuencia. Es como si ya no supieran que si están a la orilla del mar y dan cuatro pasos, sus pies se mojarán, y pensaran: “Qué tontería: ahora están secos, ¿por qué se van a mojar?” Y como si ignoraran que si dan cincuenta más, seguramente se ahogarán. Pero el océano y la realidad son obstinados, y lo cierto es que continúan ahí, cuando nos abren los ojos por fin.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de diciembre de 2016