LA ZONA FANTASMA. 26 de julio de 2015. ‘¿Todo se repite tan pronto?’

Siempre se ha procurado decir que cumplir años traía algunas ventajas, y como éstas eran poco tangibles (sabiduría, serenidad y cosas así), parecía ser, más que nada, un vano intento de consolar al envejeciente. Yo, de momento, no veo grandes inconvenientes en la edad que he alcanzado, pero últimamente sí hay algo que me empieza a ­preocupar, o a fastidiar, o a decepcionar. Mis años ya son bastantes, pero están lejos de los noventa, los ochenta y aun los setenta que acumula tanta gente alrededor. Quiero decir que no ha pasado tantísimo tiempo desde que llegué al mundo, menos aún desde que me incorporé a él plenamente –eso se producía, en mi época, cuando uno entraba en la Universidad–. De eso hará unos cuarenta y seis años, lo cual, en términos globales, es apenas un soplo, un periodo bien breve que no justificaría mi sensación, cada vez más frecuente, de asistir a supuestas novedades que no son sino repeticiones de cosas ya vistas. Ojo, no vistas ni oídas de segunda mano, o estudiadas en los libros de Historia, sino vividas directamente por mí.

Me ocurre a menudo con la literatura, el cine y la música, las tres artes que más me acompañan. Leo novelas o poesía o ensayos que se me presentan como innovadores o vanguardistas o “postcontemporáneos” o “transmodernícolas”, elijan el término que prefieran; y, con alguna excepción, me encuentro con piezas que para mí son antiguallas, cosas ya probadas en los años cincuenta, sesenta o setenta del siglo XX (y luego arrumbadas en su mayoría, por tontainas, plomizas o huecas). Hoy vuelve a jalearse la novela “social” o “comprometida”, por ejemplo, de la cual en España tuvimos hasta morirnos de aburrimiento. Y no es que la actual coincida en sus intenciones con la del “realismo social” pero sea enormemente distinta: no, es casi idéntica a la más apesadumbrada y pedestre de los cincuenta y sesenta, cuando no una ínfima parodia de Galdós. Otro tanto sucede con los “experimentalismos”, que parecen imitaciones de los de los setenta, y con el mismo grado de pedantería. Como si no hubiera transcurrido el tiempo, hay ensayos que a su vez son remedos levemente aggiornati de Deleuze, Barthes, Foucault y hasta Sartre (sin quitarles a ninguno su mérito, nada tiene eso que ver). Hoy causa furor mundial el “filósofo” Zizek, al que no he leído ni oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo, todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud. Lo mismo en cine: la celebrada Ida, con su saco de premios, es la mera regresión a las producciones setenteras del Este que veíamos en cine-clubs. Hasta han vuelto la solemnidad y la unción con que solían contemplarse estas antigüedades.

Pero lo más curioso es que esa sensación de déjà vu se experimente también con las personas. Uno ve a la mayoría de los políticos del PP y piensa: “A este individuo, más joven que yo, lo conozco perfectamente, sé cómo es, lo he visto antes, probablemente en el franquismo que hube de soportar hasta los veinticuatro años. ¿Cómo puede ser, si el sujeto en cuestión sería un niño o una niña, o acaso no había nacido, al final de la dictadura?”, se pregunta uno con perplejidad. Ve uno a Pablo Iglesias y a no pocos correligionarios suyos y lo asalta la misma sensación: “Yo he conocido a estos tipos en el pasado lejano; es más, milité junto a ellos, breve tiempo y a desgana –más que nada, por oponerme al franquismo–, en mi primerísima juventud. Dicen las mismas cosas y tienen las mismas actitudes que los prochinos de mi primer curso de Facultad, con algún tic de los trostkos y algún otro de los miembros del PCE más cerriles y stalinistas, ya anticuados entonces. ¿Cómo es eso, si ellos no vivieron aquellos tiempos?”

La desazón va más allá. También con los particulares, gente nueva o joven a la que uno conoce, me es cada vez más frecuente pensar pronto: “Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto y padecido antes (o disfrutado, no crean); sé sus ambiciones, sus métodos, de qué van, qué es pose en ellos y qué no; si son o no de fiar, si son soberbios o angelicales; si son sinceros o falsos, aduladores y trepas o nobles y que van de frente; incluso si tienen buena o mala índole, si son unos farsantes y cantamañanas o gente que se esfuerza en pensar por sí misma; si son listos, tontos, listos-idiotas o aparentes bobos con arrebatos de brillantez”. Claro que uno no es infalible y puede equivocarse, pero eso no quita la sensación de saber, de “reconocer”. A eso se le debe de llamar “ser perro viejo”. A que resulta más difícil engañarlo a uno: ha visto y oído ya mucho, ha prestado atención, y quizá la variedad humana (o española), pese a su fama de infinita, en realidad no da mucho de sí. No hay duda de que hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos, son preexistentes a la fecha de nuestro nacimiento. Y uno tarda en aprendérselos, estamos todos condenados a una larga fase de ingenuidad, de ser pardillos. Pero, una vez dejada atrás, resulta descorazonador y decepcionante ver cómo vuelve todo lo antiguo una y otra vez, como si la capacidad de inventiva se agotara pronto. En menos de lo que dura una vida, que ya es decir, porque la vida siempre es corta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de julio de 2015

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

‘Mientras ellas duermen’, la película

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El japonés Takeshi Kitano encarnará a un personaje de Javier Marías
El País, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagoniza una película basada en un relato de Javier Marías
Europa Press, 21 de julio de 2015

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Wayne Wang, Takeshi Kitano wrap ‘While The Women Are Sleeping’
JEAN NOH
Screen International,  july 13, 2015

Takeshi Kitano Stars as Pervert in Wayne Wang’s ‘While The Women Are Sleeping’
MARK SCHILLING
Variety, July 12, 2015

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Wayne Wang adapta a Javier Marías
Hoyesarte.com, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagonizará un relato de Javier Marías
Fotogramas, 22 de julio de 2015

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LA ZONA FANTASMA. 19 de julio de 2015. ‘Si todo, todo’

En su libro El científico rebelde, en el capítulo “Generales”, el anciano físico y matemático inglés Freeman Dyson señala que el antiguo “carácter limitado del armamento” hacía que los objetivos militares fueran a su vez limitados, lo cual posibilitó que “el ejercicio del poder marítimo británico en el siglo XIX fuera peculiarmente benigno”. Cita a Robert Louis Stevenson, quien expresó en pocas palabras la filosofía que había permitido a Inglaterra adquirir un imperio sin perder el sentido de la proporción: “Casi todos los ciudadanos de nuestro país, salvo los humanitaristas y unas pocas personas que en su juventud han estado presionadas por un entorno excepcionalmente estético, pueden comprender a un almirante o a un boxeador profesional y simpatizar con él”. Y añade Dyson: “Este es el límite que la búsqueda de la gloria militar nunca debería sobrepasar. Un general o un almirante no han de recibir por sus éxitos ni más ni menos honores que un púgil triunfador”.

Todo eso, la limitación, la proporción, la falta de deseo y la imposibilidad de aniquilar a un país entero, ni siquiera a su ejército; la conformidad con las victorias parciales y suficientes, la creencia de que no se debe ni puede borrar del mapa a las poblaciones, de que no es conveniente dejar a una nación ni a una facción postradas indefinidamente, ni humillarlas hasta lo insoportable, se fue al traste con la Segunda Guerra Mundial, cuando el británico Sir Hugh Trenchard impuso su criterio de bombardeos aéreos indiscriminados, secundados al instante por los estadounidenses. “Una estrategia de bombardeos estratégicos garantiza que la guerra será total”, dice Dyson. Los generales se vieron poseídos por el culto a la destrucción que podían lograr con ellos, “y desde entonces, como resultado de sus actividades, nosotros mismos no hemos dejado de vivir bajo la amenaza de esa destrucción”.

Lo cierto es que esta ya no nueva mentalidad ha invadido casi todas las esferas. El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias ni fisuras ni reparos ni objeciones. Pero ese es también el sueño ideal de los partidos democráticos, que en el fondo aspiran a ganar por la mayor diferencia imaginable en las urnas, a ser posible por unanimidad. Si un sistema nos permite alcanzar en la teoría el 100% de los votos, ¿por qué no procurar obtenerlos para así gobernar sin trabas? Y lo mismo que ocurrió con los generales está sucediendo hoy con la tecnología y los servicios secretos. La capacidad de controlar y vigilar se ha hecho ya monstruosa; no digo “total” ni “omnipotente” porque todavía nos falta ver qué más se inventa en ese campo. Hace unas semanas apareció la noticia –una columnita lateral de este diario– de que tras la aprobación de la nueva ley francesa de servicios secretos, éstos podrán rastrear masivamente datos telefónicos y cibernéticos sin control judicial.

Las operadoras de telecomunicaciones, los buscadores y las redes sociales deberán instalar una especie de cajas negras para detectar cualquier conducta sospechosa. Los agentes franceses, a los que la ley no amparaba en muchas de sus prácticas, podrán ahora, a través de los sistemas Imsi Catcher, captar y registrar los datos de teléfonos y ordenadores de sospechosos y de cuantos estén a su alrededor. También utilizar micrófonos ocultos en lugares privados o balizas para seguir automóviles. Y entrar en domicilios particulares si lo consideran necesario, es decir, a su arbitrio. En sitios como Abu Dabi, Dubai, Qatar y similares, es ya perfectamente factible saber los movimientos de alguien desde que sale de su casa por la mañana hasta que regresa al atardecer, mediante las cámaras instaladas en las calles y establecimientos. También resulta que algunos de los aparatos llamados “inteligentes”, desde televisores hasta tabletas y smartphones, pueden llevar microcámaras incorporadas, por lo que ya nadie nos asegura que no estemos siendo espiados incluso en nuestros salones y alcobas, probablemente sin tener ni idea, sin duda sin nuestro consentimiento.

En Dinamarca y otros países se estudia abolir el dinero en efectivo y, so pretexto de luchar contra el fraude y el “negro”, obligar a todo el mundo a pagar cualquier servicio o chuchería con tarjeta o móvil, de manera que el Estado tenga conocimiento de en qué empleamos nuestros míseros céntimos. La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos. Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna. Sepamos hasta el último detalle de los pasos de cualquiera, sus compras, sus gustos, sus amistades, sus amoríos, sus prácticas sexuales, si se masturba o no en casa, qué escribe, qué conversaciones tiene, qué ve, qué escucha, qué lee, a qué juega, su historial médico, cómo vive y cómo muere. Pocos protestan por esta invasión y apropiación absolutas de la intimidad. Hace sólo un par de generaciones, el 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno. La versión real de eso, sólo que multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas. No sólo no se rebelan, sino que colaboran. Veremos cuánto les dura ese parecer. Claro que, si un día lo cambian, será ya demasiado tarde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de julio de 2015

 

LA ZONA FANTASMA. 12 de julio de 2015. ‘Pasatiempo 601’

escanear0001Desde que empecé esta columna de El País Semanal, hace más de doce años, pongo en el margen izquierdo de la primera página (sigo utilizando papel) ZF y el número correspondiente. Las iniciales son las del arbitrario nombre de la sección, que por pereza no he cambiado en todo este tiempo, y que era un homenaje al título mexicano de la serie de los años sesenta The Twilight Zone, de Rod Serling, y que en España creo que se llamó La dimensión desconocida: entonces no había televisión en mi casa y me conformaba con “leer” algunos episodios en los tebeos que publicaba la mítica Editorial Novaro, de México, que también sacaba Superman, Batman, La pequeña Lulú y centenares más. La semana pasada lo que escribí en ese margen fue ZF 600, y desde entonces esa cifra me ronda la cabeza, con una mezcla de estupor y preocupación. La cercanía de agosto, además, el mes en que me tomo un respiro de estas colaboraciones, supone otro motivo no tanto para hacer balance cuanto para preguntarme qué diablos estoy haciendo y por qué, todos los domingos desde 2003. De mis compañeros, creo que soy el único, desde la marcha de Maruja Torres, cuya columna no es quincenal, o así ha sido al menos hasta hace muy poco. Y, aunque ustedes no tienen por qué saberlo o recordarlo, antes de que EPS me brindara generosamente esta página, me había pasado ocho años más con artículos dominicales en otro lugar, del que me fui cuando se me censuró uno.

Cuatro lustros opinando son sin duda demasiados. Y doce años también, para los lectores de este suplemento y probablemente para mí. La respuesta de aquéllos –es decir, de ustedes– no ha podido ser más amable ni más paciente. No tengo sino agradecimiento para cuantos se dirigen a la sección de Cartas, y eso incluye a quienes lo hacen para expresar su desacuerdo o criticar lo que he dicho: su mera reacción significa que se han tomado la molestia de leer el artículo y que no los ha dejado indiferentes, lo peor que le puede ocurrir a cualquiera que escriba, tanto da el género. Siento particular lástima por los autores –hay no pocos en España– que van de provocadores o transgresores … y pasan inadvertidos, me parece uno de los destinos más tristes imaginables. Así que me considero afortunado y doy las gracias a cuantos no se saltan sin más esta última página, sino que se detienen en ella, aunque luego sea para indignarse. También la indignación merece gratitud.

Ahora bien, al ver ese número 600 no he podido por menos de preguntarme, como deben de hacer también de vez en cuando los demás columnistas, qué es lo que uno pretende, aparte –claro está– de ganarse un sueldo. ¿Influir? Habría que ser muy ingenuo para creer que dos folios y medio, aunque se reiteren cada domingo, estén facultados para cambiar nada ni a nadie. Bueno, uno piensa, en días optimistas, que a algunos lectores sueltos se les puede ofrecer una perspectiva o una argumentación que no se les había ocurrido antes, y que acaso las adopten momentáneamente y duden de sus posturas previas sobre determinada cuestión. En quienes tienen verdadero poder para cambiar las cosas –los políticos–, uno está seguro de que en modo alguno va a influir, porque los actuales, sean de los partidos “nuevos” o “antiguos”, tienen precisamente a gala no escuchar las críticas, no atender a consejos ni a razonamientos, o sólo de los aduladores que los van a reafirmar en sus actitudes y decisiones. Una de las frases favoritas de todos ellos es: “Nadie tiene que darme lecciones de …”, y complétenla con lo que les parezca, honradez, democracia, transparencia, lealtad, veracidad, dignidad, esto es, todas aquellas virtudes de las que la mayoría carece. La otra frase preferida y brutal –esta compartida por el grueso de la sociedad– es: “No tengo nada de lo que arrepentirme”, cuando lo normal para mí –y creo que para el conjunto de las personas– es arrepentirse de algo cada semana, o incluso a diario.

¿Entonces? ¿Consolar un poco, reconfortar? Algo, tal vez. Hay lectores que celebran ver en letra impresa una opinión que “nadie se atreve a expresar” o que ellos compartían en silencio. Más de uno me ha confesado que al descubrir la afinidad ha concluido, con alivio, que no estaba loco, en vez de incorporarme a mí a su club de bichos raros o sin sesera. Sea como sea, al cabo de 600 piezas en el mismo espacio, uno tiene la sensación de haber opinado sobre lo habido y por haber, y de haberse repetido mucho. Para lo último valga como disculpa que la realidad se repite todavía más, y las sandeces no digamos, poseen la perseverancia como característica principal. A veces hay que salir al paso de lo que ya creyó uno atajar con argumentos, años atrás. Mi padre, que también escribió mucho en prensa, solía asegurar que en España hay que decir las cosas por lo menos tres veces: la primera para avisar, la segunda para discutir y la tercera para convencer. A unos pocos, añadiría yo (él era un optimista irredento), por lo general sin ningún poder decisorio. ¿Qué nos queda, así pues? ¿Entretener? Seamos modestos y aceptémoslo: a fin de cuentas es una muy digna tarea que no daña a nadie. Y aunque hay algunos a los que uno quisiera hacer rabiar de vez en cuando, conformémonos y pongamos 601 a este pasatiempo dominical.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de julio de 2015. ‘Un prestigio infundado y dañino’

Gran parte de los ciudadanos aplaudió a los “indignados” de 2011, que acamparon en Sol en Madrid y en plazas de otros lugares. Muchos sinceramente, muchos por oportunismo y por “no quedarse atrás”. Entre estos últimos causó rubor ver a bregados políticos y a veteranos intelectuales arrimarse para salir en las fotos, el viejo truco de intentar ponerse delante de una avalancha que ya está en marcha. Claro que había motivos –y los hay– para indignarse; claro que no les faltaba razón a los manifestantes, asambleísmos y arcaísmos y puerilidades aparte. Pero lo que se aplaudió más todavía fue el término, “indignados”, hasta el punto de haber alcanzado un extraño prestigio en nuestra sociedad y de haberse convertido en un estado de ánimo en el que hay que vivir instalado. Hoy parece que el que no se indigna continuamente por algo –lleve o no razón, tenga o no importancia– sea un acomodaticio, un domesticado, un dócil, un sumiso y un tonto.

La reacción inmediata de demasiados españoles es poner el grito en el cielo por cualquier zarandaja. Da la impresión de que se asomen a las pantallas y a los diarios para encontrar motivos de cabreo descomunal, de furia. Y quien está predispuesto a eso los hallará siempre, o se los inventará en caso contrario. Poco hay que inventarse en política, con el Gobierno que padecemos. Poco ante los innumerables casos de corrupción descubiertos, y los que nos faltan. Poco ante la situación económica de las clases medias y bajas, a las que la “recuperación lograda” que proclaman Rajoy y sus huestes les debe sonar a tomadura de pelo y a recochineo. Poco hay que inventarse, asimismo, ante la galopante decepción de los “nuevos partidos”, que tal vez sean más honrados que los “viejos” –a la fuerza ahorcan–, pero cuyos dirigentes se muestran por el estilo de vainas, aunque en otra gama. De momento abrazan cuantas peregrinas ideas flotan por el globo, siempre que sean “ecológicas” o tópica y vulgarmente “correctas”, es decir, demagógicas y prohibidoras. Por no mencionar la vileza tuitera de cuatro ediles –cuatro– de Carmena en Madrid. Si esa es la “gente decente”, según una juez, este país está encanallado.

Hace poco hablé de los linchamientos masivos de las redes sociales, extrañado de que el comentario o la foto imbéciles de un cualquiera provocaran aludes de improperios, con consecuencias desproporcionadas para los metepatas. Quizá no es tan extraño, a la luz de ese absurdo y nocivo “prestigio” de la indignación. Hay que vivir airado, parece ser la consigna. Hay que saltar a la mínima y descargar nuestra cólera, no pasarle una a nadie. Y lo grave es que, poco a poco, ese estado de ánimo permanentemente erizado y adusto, agresivo, se adueña de todos los ámbitos. Algunos medios de comunicación azuzan sin cesar las llamas. La fábrica de manipulación que hoy es TVE anunció como cosa tremenda lo que había dicho el futbolista Piqué durante las celebraciones del Barça por sus triunfos. Sus locutores hubieron de explicarlo con minucia, porque para el común de los espectadores la frase de Piqué era incomprensible, se había limitado a dar las gracias a un cantante desconocido. Por lo visto encerraba una muy velada burla –más bien críptica– al Real Madrid, lo cual motivó que en el siguiente partido que jugó, con la selección, Piqué fuera pitado por los propios hinchas cada vez que intervenía. De lo cual se hicieron eco, falsamente escandalizados, los mismos locutores de TVE que habían prendido la cerilla para provocar el incendio. Así sucede con todo. Sin salirnos del terreno venial del fútbol, el “prestigio” de indignarse con Casillas, hecho dogma por los forofos del ­Madrid más cerriles, sandios, pendencieros y desagradecidos (es decir, más mourinhistas), ha dado como resultado la casi segura, anticipada y fea marcha del jugador más admirable que ha tenido ese club en muchos años. La cuestión es enfurecerse. Con quién, da lo mismo.

Me parece peligroso el estado de irritabilidad continua. Lleva a no distinguir qué merece nuestra indignación de veras y qué sólo nuestra desaprobación, o nuestro desprecio. Una población irascible y con malas pulgas está condenada al descontento, con el mundo entero y consigo misma. También lo está a confundirse y a no discernir, a dar importancia a lo que no la tiene y a restársela a lo que sí, ocasionalmente, aunque hoy se conceda a todo trascendencia desmesurada. Está condenada a ser injusta, a cargarse lo valioso y a defenestrar a sus conciudadanos mejores. Basta con que uno de éstos haga o diga algo que esa población no quiere ver u oír, basta con que ponga en tela de juicio sus convicciones (casi siempre pasajeras, casi siempre impuestas por “los tiempos que corren”), para que la persona notable o perspicaz “indigne” a los encolerizables y también caiga en desgracia. La gente indignada o predispuesta a estarlo es la que menos escucha y razona, y la más manipulable, y acaba por ser sólo intolerante. Sin duda va siendo hora de que se rebaje el “prestigio” de esa actitud más bien pétrea. Un prestigio infundado y dañino donde los haya. Además de idiota, dicho sea de paso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 28 de junio de 2015. ‘Tiranía de los pusilánimes’

Hace unas semanas, al hablar de los “linchamientos masivos” en las redes sociales, mencioné de pasada la pusilanimidad como uno de los mayores peligros de nuestro tiempo. La cosa viene ya de lejos, pero al parecer va en aumento, hasta el punto de que nos vamos deslizando insensiblemente, al menos en ciertos ámbitos, a lo que podría llamarse “tiranía de los pusilánimes”. El fenómeno original es conocido: en contra de la tendencia de la humanidad a lo largo de siglos y siglos, que consistía en educar a los niños con la seguridad de que un día serían adultos y tendrían que incorporarse a la sociedad plenamente, en las últimas décadas no sólo se ha abandonado ese objetivo y esa visión de futuro, sino que se ha procurado infantilizar a todo el mundo, incluidos ancianos; o, si se prefiere, prolongar la niñez de los individuos indefinidamente y convertirlos así en menores de edad permanentes.

El giro ha contado con escasa oposición porque resulta muy cómodo creer que se carece enteramente de responsabilidad y de culpa: que son la sociedad, o el Estado, o la familia, o los traumas y frustraciones padecidos en los primeros años, o el sadismo de los compañeros de colegio, o las condiciones económicas, o la raza, o el sexo, o la religión, los causantes de que seamos como somos y de nuestras acciones. Y no digamos los genes: “No lo puedo remediar, está en mis genes”, empieza a ser una excusa para cualquier tropelía. Debería bastar con echar un vistazo a los hermanos de un criminal, por ejemplo, y ver que ellos, pese a compartir con él raza, condición social, abusivos padres o incluso genes, no han optado por robar, violar o asesinar a otros. Pero no es así. Nuestra época no hace sino incrementar la infinita lista de motivos exculpatorios. La infancia es cómoda y nos exime de obligaciones. Bienvenida sea, hasta el último día.

Pero no es sólo esto. En el artículo “La nueva cruzada universitaria”, de David Brooks (El País, 3-6-15), se nos cuenta hasta dónde ha llegado la situación en muchos campus estadounidenses. Brooks se muestra comprensivo y moderado, y al hablar de las nuevas generaciones admite: “Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y el apoyo tácito al fanatismo. En cierto sentido, por supuesto, tienen razón”.

El problema estriba en que, continúa, “la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender. Emana de los sentimientos personales de cada individuo. En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente ‘insegura’, se ha cometido una infracción”. (Las cursivas son mías.) Y cita el caso de una estudiante de Brown que abandonó un debate en la Universidad y se resguardó en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.

Estamos criando personas, salvando las distancias, no muy distintas de los fanáticos de Daesh o de los talibanes. Si se erige la subjetividad de cada cual en baremo de lo que está bien o mal, de lo que es tolerable o intolerable, no les quepa duda de que dentro de poco todo estará mal y nada será tolerable, empezando por el mero intercambio de opiniones, porque siempre alguien “delicado” se dará por ofendido. Si se pone la “percepción” de cada cual como límite, estamos entregando la vara de mando a los pusilánimes (y el mundo está plagado de ellos, o de los que se lo fingen): a los que se escandalizan por cualquier motivo, a los que quieren suprimir las tentaciones, a los que encuentran “hiriente” toda discrepancia, a los que ven “agresión” en una mirada o en una ironía, a los que les “duele” que no se esté de acuerdo con ellos o se sienten “inseguros” ante la menor objeción o reparo.

Parece estarse olvidando que vivimos en colectividad; que las ideas de unos chocan con las de otros o las refutan; que existe la posibilidad de escuchar, de persuadir y ser persuadido, de atender a otra postura y acaso ser convencido. Del artículo de Brooks se deduce que, justamente en las Universidades –el lugar del debate y el contraste de pareceres, en la edad en que aún está todo indeciso– se considera que cada alumno es alguien cuyas convicciones, por lo general pueriles y heredadas, son ya inamovibles, intocables y sagradas. Hasta la variedad está mal vista. Añade Brooks de esos universitarios: “A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia”. Que muchos jóvenes sobreprotegidos estén incapacitados para razonar y piensen semejante ramplonería no anuncia nada bueno para el futuro (y no hay mayor contagio que el que viene de América). Es más, lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta; la persecución del pensamiento que contraviene nuestras creencias; la prohibición de lo que nos inquieta o fastidia; la imposición del silencio. De manera un tanto simple, sin duda, eso se viene resumiendo en una o dos o tres palabras: fanatismo, totalitarismo, fascismo. Elijan o busquen otra, da lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de junio de 2015

Reseñas blogueras de ‘Así empieza lo malo’

AELM libro

Blisstopic.com
Reseña de MARC GARCÍA
2014

De verdad TV.es
Reseña de JUANJO ALBACETE
19 de agosto de 2014

Cajón de historias.com
Reseña de ISMAEL CRUCETA
16 de marzo de 2015

El placer de la lectura.com
Reseña de RAFAEL MARTÍN
Octubre de 2014

Entre montones de libros.blogspot.com
2 de octubre de 2014

Encuentros de lecturas.blogspot.com
Reseña de SANTOS DOMÍNGUEZ
Octubre de 2014

AELM C de L
Retrato robot del lector español
WINSTON MANRIQUE SABOGAL
El País, 26 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 21 de junio de 2015. “Cara de pasajeros del ‘Titanic'”

Es bien sabido que a las personas les cuesta indeciblemente prever y adelantarse a los acontecimientos, incluso a los inminentes. Baste recordar como ejemplo popular, tantas veces recreado por el cine, la incredulidad de los pasajeros más acomodados del Titanic, que, cuando el barco se iba ya a pique, se negaban a admitir que eso estuviera pasando, tan interiorizada tenían la idea de que una catástrofe así era “imposible”, y aún más que les ocurriera a ellos. Es comprensible que la mayoría de la gente, de hecho, no quiera ponerse nunca en lo peor, y que, mientras le va bien, no le apetezca amargarse con medidas precautorias; que crea o ansíe creer que los estados favorables durarán siempre y se entregue a la euforia, como si el mañana no existiera o no tuviera posibilidades de volverse en su contra. Sí, es comprensible y todos incurrimos a veces en el optimismo sin freno, o en el carpe diem (pero en este último caso al menos sabemos que se trata de coger el día, ni siquiera en plural, y que con el nuevo amanecer todo puede haberse acabado: hay conciencia de la fugacidad de la suerte).

Lo que ya no resulta comprensible es que habiten en semejante inconsciencia quienes se pasan la vida con el ojo puesto en el futuro, los políticos. Ellos o sus consejeros no cesan de hacer estimaciones y cálculos, y, en la teoría, cuando los demás mortales chapoteamos en 2011, ellos ya están instalados en 2015, y así sucesivamente. No resulta ser así en la práctica, sin embargo, no desde luego en este país nuestro. La estupefacción dibujada en los rostros de muchos dirigentes del PP tras las elecciones municipales y autonómicas ha sido en verdad antológica. El Gobierno de su partido se ha pasado tres años y medio, desde las generales de 2011, actuando como si la mayoría absoluta obtenida entonces estuviera destinada a ser eterna. Como ya se le advirtió desde muchas páginas –también desde esta–, si algo no puede hacerse en un Estado democrático es gobernar contra los ciudadanos sin pausa. El descontento entre éstos ha sido masivo, explícito y ruidoso: los médicos y enfermeros, los profesores y alumnos, los rectores de Universidad, los jueces y abogados, los funcionarios, las clases medias y bajas, las pequeñas y medianas empresas, los comerciantes, los desempleados, los “dependientes”, los jóvenes que han debido emigrar, los científicos e investigadores, las bibliotecas sin presupuesto, los músicos, cineastas, actores y escritores, todos ellos se han visto tratados con desprecio y daño, sus protestas desatendidas y hasta “criminalizadas” por esos dirigentes. Ninguno de esos colectivos es “de izquierdas”, ni menos aún “antisistema”. Son tan sólo la sociedad, de la cual se ha hecho caso omiso y a la que se ha desdeñado. Llegan unas elecciones –ni siquiera generales– y el PP se queda perplejo ante la pérdida de dos millones y medio de votos y del poder en ciudades y regiones que creía adeptas para siempre. No cabe imaginar políticos peores, aquellos que no cuentan con el futuro y no perciben el hartazgo de la gente, o que sí lo perciben pero le restan toda importancia. Hasta que truena, claro.

La fuerza de persuasión del presente es descomunal, sin duda. El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar la celebridad o el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo. Por el mismo mecanismo, también se convence de que nunca dejará de serlo; de que, una vez llegada la culminación, ésta es irreversible. Nadie en una situación privilegiada está dispuesto a recordar los millares de ejemplos que nos brinda la historia: de personajes que, tras conocer la gloria, cayeron en la miseria y en el olvido o la abominación, y tuvieron tiempo de asistir a ello, a su caída en desgracia. El PP ya lo vivió hace no mucho, en 2004. Tanto da: de nuevo creyó que lo de 2011 era imperecedero, y se permitió comportarse despóticamente. Lo peor es que esta falta de previsión y esta megalomanía no son exclusivas de ese partido. Quienes ahora se ven aupados y favorecidos (sin verdadera base, sino en una suerte de carambola o espejismo), como el PSOE o Podemos (un Podemos híbrido y enmascarado), adoptan ya modos arrogantes e inflados. Es llamativo el engreimiento con que Ada Colau anuncia propósitos y desafíos, cuando hoy (el día en que escribo) aún no es seguro que vaya a ser alcaldesa de Barcelona. Bordea lo patético que Pedro Sánchez saque pecho, cuando su partido, hundido en 2011, ha perdido aún más votos. Es alarmante que Pablo Iglesias recuerde cada vez más, en soberbia, en tono autoritario, al Aznar más crecido; también en el infinito desprecio por sus rivales. Como el PP en 2011, parecen todos convencidos de que no hay vuelta de hoja; de que la ola que los eleva (moderadísimamente, por ahora) no va a descender ni a quebrarse; de que de aquí a seis meses serán ellos quienes manden, deroguen leyes e implanten otras, hagan reformas, suban impuestos, dicten arbitrariedades y “sepan” lo que conviene a la sociedad preconcebida por ellos. En verdad es un misterio, por qué a casi todos los políticos, del signo que sean, se les pone en seguida –en cuanto sopla a su favor una leve brisa– cara de pasajeros del Titanic al embarcar: faltaría más, de primera clase.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 14 de junio de 2015. ‘Invasión, conquista, expansión y aniquilación’

Empezamos a enterarnos hace un año de la existencia del mal llamado “Estado Islámico”, cuando éste proclamó su “califato”. A los musulmanes que lo detestan –la gran mayoría– les revienta que en la prensa se lo nombre de este modo: por mucho que se anteponga “el autoproclamado”, a la gente se le queda la idea de que esa organización es en efecto un Estado. El término recomendable es DAESH, acrónimo de “al-Dawla al-Islamiya fi Iraq wa al-Sham”, que, aunque en árabe signifique “Estado Islámico de Irak y Sham”, ofrece la ventaja de que los componentes de esa organización odian ser así conocidos, porque, leo, “Daesh” suena parecido al verbo “Daes” (apropiadamente, “aplastar, pisotear”), y a “Dahes” (“quien siembra la discordia” o algo semejante, mis conocimientos de esa lengua son nulos).

Resulta incomprensible la relativa pasividad con que se han tomado el auge y expansión de este movimiento tanto los países árabes, directamente amenazados por él, como los occidentales, indirectamente pero también. Se habla de los Daesh como de terroristas, y es cierto que no descartan los habituales métodos de éstos y que infunden terror allí donde se instalan. Pero los grupos terroristas de las últimas –muchas– décadas no contaban con un ejército en toda regla ni se dedicaban a conquistar territorio sin importarles lo más mínimo las fronteras establecidas. Aspiraban, a lo sumo, a hacerse con el poder en un territorio determinado y preexistente, que acaso podría ampliarse en el futuro (caso de ETA y el País Vasco-Francés), pero no a sangre y fuego, no al asalto. En consonancia con los propósitos declarados de Daesh, se trata de un fenómeno más parecido a las invasiones musulmanas del siglo VIII que a las prácticas de cualquier grupo terrorista convencional, incluido Al Qaeda. De hecho, Daesh quiere regresar a un siglo antes, el VII, el del profeta Mahoma, para que la gente vuelva a vivir como entonces y las leyes sean también las de entonces o peores. Los miembros de Daesh, por supuesto, son los primeros en contravenir la doctrina: según eso, no deberían utilizar vídeos, ni tecnología punta, ni siquiera armas de fuego, sino combatir a caballo con espadas, lanzas y flechas. Sus adeptos más brutos no reparan en la contradicción.

A lo que más recuerda esta política de expansión y conquista, en tiempos modernos, es al avance nazi por Europa a partir de 1939, que provocó la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Hitler había disimulado mucho más que los Daesh. Su partido se había presentado a elecciones y se había encaramado al poder a través de ellas, mediante pactos. No anunció desde el principio que pensaba exterminar a gran parte de la población mundial, incluidos los judíos todos, sino que fue tomando paulatinas medidas discriminatorias contra ellos, y de hecho ocultó, durante los seis años de guerra, la existencia de los campos de aniquilación. Hubo un periodo, es bien sabido, en que a la Alemania nazi se le aplicó la “política de apaciguamiento”, que se demostró un gran error: las democracias occidentales se avenían a concesiones a ver si así se calmaban y moderaban los nazis. Hay que saber distinguir qué individuos y colectivos toman eso siempre por debilidad: cuanto más se les concede, más se envalentonan y exigen.

Con los Daesh está claro que no se puede hablar; está claro que no son “apaciguables”, que no hay componendas ni razonamientos que valgan, están descartadas las palabras pacto o persuasión. No sé cómo estarán las cosas cuando se publique esta columna, pero cuando la escribo acaban de hacerse con el control de Ramadi, en Irak, y de Palmira, en Siria, cuyas extraordinarias ruinas romanas probablemente destruirán por “preislámicas”. Tienen ya bajo su bota la mitad de Siria y parte de Irak, y enclaves libios. Una coalición internacional los bombardea desde el aire hace meses, con escaso éxito. Los países cercanos hacen poco o no hacen nada. He leído a articulistas informados que los Daesh estarían encantados de recibir un ataque terrestre occidental; que es uno de sus objetivos, porque dispararía una reacción en cadena a su favor; y que por tanto no conviene caer en esa trampa. Puede ser. Pero la falta de una acción decidida contra ellos no está evitando su avance ni su crecimiento, y no se frenarán por sí solos. A diferencia también de los nazis, los Daesh tienen confeso un vasto programa de sojuzgamiento y aniquilación. Su plan es el exterminio de casi todo bicho viviente, y ya lo llevan a cabo en sus territorios y ciudades: de los chiíes y no sé si de otros “herejes” de su religión; de los yazidíes, kurdos, judíos, cristianos, agnósticos, de los que fuman u oyen música, de los demócratas (por no haberse atenido a las inmutables leyes del siglo VII). Si pudieran, nos eliminarían a todos. No es una mera fantasía enloquecida de improbable cumplimiento: se está ejecutando ya donde mandan, con especial crueldad hacia las mujeres, esclavizadas sin más. Que yo sepa, nunca se había pregonado un genocidio generalizado en un sitio, nunca se había empezado a llevar a efecto, y los países vecinos –y los lejanos, pero nada está ya lejano– se habían casi cruzado de brazos y se habían puesto a mirar el espantoso espectáculo por Internet.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de junio de 2015

Javier Marías en la Feria del Libro

Javier Marías  volverá este último fin de semana a la Feria del Libro de Madrid.

El sábado, 13 de junio, por la tarde (19-21 horas), firmará en la caseta de la FNAC (n. 201).

El domingo 14 de junio, a las 18,30 horas, en el Pabellón de actividades de la FLM, participará en el ciclo “Las edades de la lectura”, organizado por Babelia, el suplemento cultural de El País.

La edades de la lectura con Elvira Lindo, Landero y Marías

LA ZONA FANTASMA. 7 de junio de 2015. ‘Morse, Lewis y Hathaway’

Si hay dos cosas que llevan años de moda, son las novelas de crímenes y las series de televisión, por lo que me extraña doblemente que entre nosotros hayan pasado casi inadvertidas las obras de Colin Dexter, tanto las literarias como sus adaptaciones a la pantalla. De las primeras se tradujeron algunas hace tiempo, en una colección poco visible y casi sin eco, y en la actualidad son inencontrables. No las he leído (no soy aficionado a ese género), pero mi padre, de cuyo gusto solía fiarme (y en cambio era muy aficionado), así como otra persona muy cercana, las tenían o tienen en un altar, las ponen a la altura o por encima de Simenon y me aseguran que muchos de los detectives y policías que han venido después con multitudinaria admiración –incluido el famoso Wallander– son copias bastante descaradas del Inspector Morse, que opera en Oxford y alrededores. A partir de las novelas y relatos de Dexter se hizo una serie británica llamada Inspector Morse (1987-2000), que tal vez se emitió parcialmente en algún canal cuando empezó. El actor que lo interpretaba, John Thaw, murió al poco de su conclusión. Este inspector tenía un sargento llamado Lewis, y en años más recientes se ha hecho otra serie con su nombre, Lewis a secas (2005-2012), que ahora estoy viendo con gran placer.

Como no son estadounidenses nadie las ve, ni habla de ellas, ni las emite, ni existen los DVDs en nuestro mercado
Como no son estadounidenses (y en España sólo parece haber ojos para lo que viene de más allá del Atlántico, país papanatas y americanizado), nadie las ve, ni habla de ellas, ni las emite, ni existen los DVDs en nuestro mercado. Yo he comprado los ingleses, que, ay, sólo llevan subtítulos en esa lengua. Un doblaje sería criminal. Así, nadie hace caso de estas dos series, mientras los críticos y aficionados se extasían ante la inverosímil y monótona House of Cards, la amanerada y pretenciosa True Detective o Breaking Bad, la mayoría de cuyos personajes son tan pesados, inconsecuentes e idiotas que uno sólo está deseando que los maten de una vez. Supongo que este párrafo me valdrá otro furor del principal e iracundo opinador cinematográfico de este diario, que ya me conminó a pedir perdón por encontrar tostonífera y plana The Wire. Ahora me ha llamado también “repelente” en una columna. Lástima, porque en cambio yo le leo con enorme provecho su prosa-engrudo y sus topicazos (nunca faltan, hable de Welles, Coppola o Fitzgerald): corro a ver las películas y series que le repatean y evito escrupulosamente las que le “emocionan” y “llegan”. Infalible servicio el que me presta, por el que gracias mil.

Inspector-Morse-Sergeant-Lewis-and-the-Jag-inspector-morse-24400804-1024-768El inspector Morse ronda la sesentena, nunca se ha casado pese a ser enamoradizo, vive solo, es mandón e impaciente pero no despótico, bebe demasiadas cervezas; no pudo completar sus estudios en Oxford pero es un policía culto, y se ve que lo es de veras. En su casa oye música sin cesar, con debilidad por Wagner, pero también por Beethoven, Schubert y Haendel, y a veces son piezas de éstos las que completan con gran acierto la banda sonora de los episodios. A fuerza de tímido, resulta hosco a menudo, y con las mujeres tiene mala suerte: cuando se interesa por una (y parece que ella por él), la mujer acaba pringada en los crímenes o está vinculada en secreto a alguien poco recomendable. También es Morse gran lector (jamás confiesa su nombre de pila por lo espantoso que es), y en el último capítulo de la serie, “El día del remordimiento”, recita inmejorablemente el poema del mismo título de Housman, en una escena de contenidas melancolía y emoción. Es un hombre comprensivo, parecido en eso a Maigret, que persigue a quienes asesinan pero no juzga mucho. Trata de entender, evita la severidad. Se lo ve vulnerable e ingenuo pese a su veteranía, con esa ingenuidad que nunca pierden del todo las personas esencialmente buenas y que procuran no ser injustas. Su sargento, Lewis, es más sencillo y más feliz, pero perceptivo, tanto en lo referente a los casos con que lidian como para comprender a su jefe, al que llega a profesar profundo afecto. En la nueva serie, Lewis, han pasado unos años, éste ha ascendido a inspector y tiene su propio ayudante, Hathaway, estupendo personaje que ya no inventó Colin Dexter: ex-seminarista, antiguo estudiante de Teología, es un joven muy culto como Morse, al que se adivinan zonas complejas que todavía no me ha tocado descubrir. Muy alto, rubio, huesudo, mantiene con su superior Lewis una relación tan curiosa como la de éste con Morse.

Los casos son lo de menos, unos mejores, otros peores. Lo importante es contemplar a estos personajes de carne y hueso, creíbles, nunca pueriles ni demenciados, deambulando por las calles de Oxford, investigando, dialogando con estudiantes y dons y con otros, y asistir a sus comedidas penas. A diferencia de los de House of Cards, True Detective o Breaking Bad, jamás son histriónicos ni incurren en estupideces (así es muy fácil que “ocurran” desgracias), uno está a gusto en su compañía. Quizá su falta de pretensiones, su honradez y su sobriedad los condenan hoy al ostracismo en nuestro país deslumbrado por la pedantería y los ademanes de genialidad. A ver si alguien se anima a publicar los libros de Dexter y las series inspiradas por sus personajes inolvidables.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de junio de 2015

Javier Marías comenta el ‘Quijote’

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Lectura del Cap. XXXII de la Primera Parte del Quijote,
JAVIER MARÍAS

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
MIGUEL DE CERVANTES
Edición dirigida por FRANCISCO RICO
Biblioteca Clásica
RAE-Círculo de Lectores, 2015

Este texto inédito, a cargo de Javier Marías, forma parte del volumen complementario “Lecturas del Quijote” en la nueva edición de Don Quijote de la Mancha publicada por la Real Academia Española (Círculo de Lectores), y dirigida por Francisco Rico, con motivo del cuarto centenario de la aparición de la Segunda Parte del Quijote en 1615.