Reseña de ‘Juego de espera’

La Irlanda de Powell
CÉSAR PÉREZ GRACIA
20 Minutos, 15 de enero de 2010, p. 13

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2020. ‘El amigo extraviado’

Confío en su benevolencia para que hoy me permitan utilizar esta página como mensaje personal, a ver si así consigo comunicarme con un viejo amigo extraviado, o más bien elusivo. Del todo extraviado no está, ya que viene de su mano la única alegría que cada año me traen las abominables fiestas navideñas, que en este país jaranero duran los cuarenta días que ningún otro sitio puede consentirse, ya que dañan a la economía (apenas se trabaja durante el periodo, y en cambio se gasta lo que no hay) y sobre todo a la salud mental: entre los que se deprimen, los que se pelean en las cenas familiares o de empresa, los que se sienten muy solos y los que intentan ser productivos sin éxito, asediados por estridentes músicas en las calles y masas enloquecidas sin motivo, casi todo el mundo termina exhausto, arruinado, gordo, con el estómago hecho trizas y con amistades echadas a perder. El 8 de enero se cuentan las bajas, el dinero volatilizado y los días desperdiciados por una u otra perturbación.

Pues bien, lo único que me compensa de estas fechas es que me llega puntualmente un sobre del amigo extraviado, Nacho Amado Díaz-Varela, cuyo segundo apellido le adjudiqué al principal personaje masculino de mi novela Los enamoramientos. Me contenta saber que al cabo de los siglos se sigue acordando de mí, aunque tiene la mala y deliberada costumbre de no poner nunca remite, y hace años que no le puedo contestar. También ignoro su teléfono, y las últimas y turbias señas de que dispuse resultaron ya inservibles —mi carta me fue devuelta con un tajante “Desconocido”— hace no menos de un decenio. Era amigo de la primera juventud y lo conocí a través de mi primo el pintor Carlos Franco, cuya obra más vista es hoy casi anónima, los frescos de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. Ni siquiera él sabe cómo contactar con Nacho Amado, de cuya vida sé sólo retazos desde que nuestros caminos se separaron. Hubo un tiempo, hacia nuestros dieciocho años, en que se presentaba a menudo sin avisar en casa de Carlos o en la mía.

Pero era tan simpático y su compañía tan grata que, aunque uno estuviera ocupadísimo, abandonaba con gusto cualquier quehacer y le dedicaba la tarde a su inesperada visita. Poseía algo infrecuente y muy de agradecer: una extraordinaria capacidad para ver la comicidad de las cosas, de las frases, de las situaciones, de las escenas de las películas y de cuanto llegara a sus ojos y oídos. Lo que le hacía gracia se le quedaba grabado (compruebo en sus sobres navideños que aún es así, y que guarda memoria de episodios mínimos que, cuando me los recuerda, todavía me hacen reír). Al principio era atleta, lanzaba la jabalina; después se hizo bombero, creo que forestal; durante una época se dedicó a criar perros en algún lugar cercano a Madrid; más tarde, tengo la vaga idea de que se casó y separó de una estadounidense que curiosamente había sido alumna mía en un curso de los primeros años ochenta, impartido en mi ciudad; con ella o por ella viajó largo tiempo por su país; sé que más adelante viajaba a África a menudo, y sobre todo al Extremo Oriente, donde deduzco que aún pasa temporadas. Nunca tuve ni idea de qué lo reclamaba en esos lugares, y la fantasía es libre: me figuro al atlético Nacho como mercenario, como traficante de algo o como a Christopher Walken abducido por la ruleta rusa en Saigón, en la película El cazador. Todo esto es imposible, claro, pero, como nada sé, cualquier disparate cabe en mi imaginación.

En sus largos mensajes navideños no cuenta, no da noticias, no me pone al día. Se limita a enumerar aquellas frases o situaciones que nos hacían reír en la primera juventud. Luego pasa a lo que llama “hit parade”, y destaca, fuera de contexto, fragmentos de artículos míos que le han parecido chuscos o le han arrancado una carcajada. Así aislados, me cuesta identificarlos, pero veo que conserva intacta su capacidad para captar la comicidad, voluntaria o involuntaria. Ya en los tiempos remotos su ídolo en cine era Polanski, y en literatura Modiano. Supongo que estará satisfecho de que el primero aún haga películas y al segundo le cayera el Nobel. Sin embargo, no los menciona ahora. Sus falsas cartas están llenas de citas, no de escritores, sino de conocidos. Siempre le hicieron especial gracia los adustos comentarios de mi tío Ricardo, padre de Carlos, médico que había estado en la División Azul y que lo reprobaba todo con sorna. En la de este año recupera lo que dijo cuando me vio con las largas melenas que hace poco confesé haber lucido entre 1972 y 1974, algo así. Mirándome de reojo con indescriptible desdén, preguntó a su alrededor: “Y este, ¿por qué se viste de Gerónimo?”, y prosiguió con su cena. También se le cuela esto, en broma seguramente: “Aunque permanecerás en silencio, siempre me digo: Este año tendrás carta de Javier”. Llevo una década intentando romper mi silencio, en vano. Alguien que todavía es capaz de provocarme las sonrisas y risas de antaño, alguien que parece no haber cambiado de carácter ni haberse desengañado a lo largo de tantísimo tiempo, no merece estar extraviado. O, mejor dicho, no me lo merezco yo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2020

Por alusiones


Rebecca West retrata a «La familia Aubrey»
MERCEDES MONMANY
Abc Cultural, 10 de enero de 2020


‘Letra Global’ presenta su segundo número con un debate sobre Barcelona como capital editorial
ANNA MARÍA IGLESIA
Crónica Global, 15 enero 2020

Peter Kaldheim: «Glorificar el síndrome de abstinencia es como el porno de la adicción»
MARTA AILOUTI
El Cultural, 15 de enero de 2020

“Todas las lenguas discriminan a la mujer”
MARIOLA RIERA
El Día (Tenerife), 22 de diciembre de 2019

El autor de entrevistas inventadas que se ha atribuido tres bulos de fallecimientos en una semana
PABLO CANTÓ
El País, Verne, 15 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 12 de enero de 2020. ‘Sobre los límites del engaño’

Por lo menos llevo veinticinco años reflexionando sobre el engaño, y eso me ha hecho desarrollar hacia él cierta tolerancia. Ya en una novela de 1994 hice decir al narrador lo siguiente: “Vivir en el engaño es fácil y nuestra condición natural, y en realidad eso no debería dolernos tanto”.

Y sí, suscribo esa frase: los engaños que padecemos o descubrimos no tendrían por qué sorprendernos. La vida consiste en gran medida en una sucesión de ellos, deberíamos estar acostumbrados y no sentirlos como decepción o disgusto insuperables. Años más tarde titulé una recopilación de artículos A veces un caballero, que en realidad era una especie de lema mío incompleto: “A veces un caballero debe dejarse engañar”, inspirado, supongo, por unos versos de Stevenson: “Corazón Grande fue engañado. ‘Muy bien’, dijo Corazón Grande”. Y aunque ya no esté en tiempo de lemas, aún me vale el mencionado, se sea o no un caballero (de hecho han dejado de existir definitivamente). Hay ocasiones en que uno se percata de que se lo intenta engañar, y le toca permitirlo. Por poner un ejemplo sencillo que todos hemos probado: si alguien nos pide dinero por la calle y nos cuenta una fábula evidente (un día tras otro, sin recordar nuestro rostro, nos dice que le han robado la cartera y que ha de tomar el autobús interurbano porque tiene a los niños solos), puede que la actitud más noble no sea desenmascararlo, sino fingir que le creemos y darle algo, para que lo gaste en lo que quiera. Y así a menudo con la gente necesitada o desesperada, que, por así decir, tiene cierto derecho a mentir y a engañarnos. Eso es lo que yo opino, al menos.

Con los políticos damos también por descontado que nos tocará sufrir buenas dosis de engaño, porque en eso consiste su profesión. Prometen e incumplen, anuncian y postergan, ocultan sus intenciones y juran en falso. Pero, claro, todo tiene su límite, del mismo modo que a la quinta vez que el pedigüeño nos suelta la misma trola, es probable que le neguemos la ayuda y le pidamos que haga por inventarse otra historia. El límite también depende de la magnitud del engaño, de la reiteración, de cuán innecesario sea y de que se ofrezcan o no explicaciones, aunque éstas no sean convincentes. El Partido Popular rebasó el límite con creces tras los atentados del 11 de marzo de 2004. Ya había engañado a lo bestia un año antes, con la Guerra de Irak; sin embargo, el cinismo del Ministro del Interior, Acebes, al afirmar con rotundidad que la salvajada había sido obra de ETA, sabiendo ya que se había tratado de un ataque yihadista, resultó intolerable. Mucha gente, como yo, nos juramos no votar nunca a ese partido (no que tuviera la menor tentación; pero nos entendemos).

Ahora el PSOE ha rebasado la línea, y en virtud de eso se convierte en otro partido al que no me será posible votar en el futuro, como no se lo será a muchos otros. La dimensión del engaño no es comparable, obviamente, a la del PP en 2004, entonces estábamos llorando a doscientos cadáveres. Pero es inaceptable que el pasado julio Pedro Sánchez declarara (por no insistir en lo del insomnio): “Necesito un Vicepresidente que defienda la democracia española, que diga que este país tiene un Estado social y democrático de derecho, que el poder judicial es independiente del ejecutivo y que aquí no se persigue a nadie por sus ideas”, y que el 12 de noviembre se abrazara en público a Pablo Iglesias y anunciara su propósito de nombrarlo Vicepresidente. Que sepamos los ciudadanos, Iglesias no se ha retractado de sus antiguas afirmaciones; es más, después del poco sentido abrazo, aseguró que la monarquía constitucional que refrendamos es responsable de la corrupción, de que los jueces no sean independientes y de elecciones amañadas, si mal no recuerdo.

Tampoco es admisible ni coherente que al PSOE le horrorizara tanto la condena por corrupción del PP como para impulsar y ganar una moción de censura —bien—, y que en cambio le parezca baladí la condena del líder de Esquerra Republicana de Catalunya por el más grave delito de sedición. Este partido en pleno, junto con otros, suprimió ilegalmente el Estatut el 6 y el 7 de septiembre de 2017, y puso en marcha una espeluznante Ley de Transitoriedad que privaba a los catalanes de algunos derechos y discriminaba a una parte. Por ese motivo sus dirigentes fueron juzgados, no por el referéndum-farsa del 1 de octubre del mismo año. Cierto que en política mucho puede cambiar, pero el cambio ha de verse y explicarse, mal que bien o mal que mal. Cuando escribo esto, han transcurrido seis largas semanas desde las elecciones del 10 de noviembre, y Sánchez, con un desprecio comparable al de Acebes en su momento, no se ha dignado balbucear unas palabras para justificar que quiera como Vicepresidente a quien en julio le parecía totalmente inadecuado, o que la condena en firme a Junqueras y compañía la juzgue una nimiedad que en modo alguno le impide negociar con su contumaz partido y mendigarle una abstención retribuida que le permita continuar en La Moncloa. A veces un caballero, una dama y quienes nunca han querido serlo deben dejarse engañar; y a veces no pueden pasarlo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 5 de enero de 2020. ‘Sobriedad y carnavalada’

Con muy raras excepciones, casi todas las obras de arte que me han conmovido tenían un elemento común: la sobriedad. O cierta contención, o que no fueran muy explícitas ni desde luego desgarradas, histéricas ni altisonantes. Una pieza de Bach o de Schubert me emociona mucho más que el celebérrimo concierto romántico de Rachmaninov o que el Brahms más desatado. Un cuadro de Velázquez o Rem­brandt más que una sobrecargada escena de Rubens o El Bosco o Delacroix. Una película de Ford o Hitchcock o Renoir más que el mayor melodrama (y los hay maravillosos, eso aparte). ‘Los muertos’, de Joyce, infinitamente más que su narcisista Ulises; Conrad siempre más que Dostoyevsky. En numerosas películas mediterráneas, cuando veo a la gente llorar y gritar desconsoladamente ante la muerte de un ser amado, me cuesta creerme su dolor, por muy auténtico que sea. Lo mismo al ver las noticias: las personas que lloriquean con motivo o sin él, por cualquier cosa; las que se indignan aspaventosamente ante las cámaras, las que repiten sin cesar cuánta pena les da tal situación o cuánto quieren a los suyos o a las focas, las que braman contra las injusticias sobreactuando…; seguramente sean sinceras, pero suenan a mentira y farsa, y en seguida me entran dudas de si lo que más les importa es que se admire su rabia o su desesperación, y no tanto que se condene el origen. Con su exhibicionismo anulan los problemas, que pasan a segundo término. Parecen estarnos diciendo: “Miradme cómo padezco, cómo me emociono, cómo me sublevo, cómo me apiado”.

Por desgracia, la sobriedad ha sido expulsada del mundo, incluso en los países más sobrios y flemáticos: un mal augurio fue la muerte de Lady Di, que llevó de pronto a los ingleses a comportarse como rocieros ante su Virgen o como napolitanos en un entierro. Si Inglaterra se pone a gimotear y pierde las formas en el duelo, poca esperanza nos queda, pensé. Esta es la razón por la que hoy en día sospecho hasta de las mejores causas, las más nobles. Todos estamos de acuerdo (salvo Trump y otros desalmados) en la gravedad del calentamiento global. Pero cuando a la cumbre celebrada en Madrid la invaden las carnavaladas; cuando hay jóvenes que actúan ante la adolescente sueca como las novicias más ñoñas de antaño al avistar al Papa de turno; cuando se escenifican performances con musculosos indígenas y demás patochadas, a uno le es casi imposible seguir tomándose la cuestión en serio. No se calibra el daño que hacen a las buenas causas la falta de sobriedad y el auge del folklorismo. Ya no hay manifestación sin batucadas, disfraces y bailoteos. Da la impresión de que mucha gente está pasándoselo en grande con su protesta, de que ésta es en el fondo un pretexto para apiñarse en las calles y sentirse rebaño. Las quejas se confunden con los festejos populares típicos del verano. Y así no hay forma de captar la trascendencia de las reivindicaciones. Todos se han vuelto cursis: los políticos clausuran sus mítines cogidos de la mano y meciéndose al son de una cancioncilla; también bailan la suya, insultante para la mitad de la población, ciertas mujeres airadas. Los animalistas puede que lleven razón en algún punto, pero cada vez que se desnudan en una plaza, se untan de simulada sangre y se tiran por el suelo teatreramente, el escepticismo se instala en el ánimo del espectador y le dan ganas de mandarlos a paseo con sus mamarrachadas.

Los llamados “sin techo” están en situación angustiosa, y la vemos a diario en nuestros barrios. Pero cuando unos frívolos “solidarios” deciden pasar una noche al raso para “visibilizar” el problema, me provocan repugnancia. Calman sus conciencias y “juegan”, durante unas horas, a ser individuos sin hogar, y el rechazo que suscitan consigue insolidaridad: habrá otros que piensen: “No quiero tener nada que ver con estos irrespetuosos y falsos”. Durante años los independentistas catalanes se han dedicado a montar coreografías y a venderles camisetas varias a las familias y a los jubilados, que en cada ocasión han acudido y comprado con espíritu de merienda o de picnic, llenando su tedio y sintiéndose “útiles” en su obediencia, o en la estafa prolongada de la que son víctimas. Inconcebible tomarse en serio sus aspiraciones, como también el pavoneo de los señoritos encapuchados, pendencieros y violentos, que luego exigían que se les aprobara el curso, por patriotismo. (Inconcebible, salvo por las reminiscencias alemanas de todo ello.)

Mientras todo esté distorsionado por las carnavaladas, difícil será que nadie preste atención a las reclamaciones. Lo mismo que esas carreras “por el cáncer de mama, por las enfermedades raras” o por cualquier pretexto incongruente para salir a sudar en masa. Hoy abundan los libros en los que se afirma que esto o aquello “es hermoso”, que “sólo el amor nos salva” o que “me sentí devastado” (con el anglicismo inevitable). Cuando se escriben ufanamente tales bobadas sonrojantes, uno arroja el volumen bien lejos. Idéntico riesgo corren las luchas más justificadas y acuciantes, mientras todo sea histriónico y exhibicionista, y la sobriedad no regrese

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 29 de diciembre de 2019. ‘Mis vecinos de otro tiempo’

Se cumplen veinticinco años de vivir donde vivo la mayor parte del tiempo, en el Madrid de los Austrias, así que llevo ya largo rato paseando por sus calles. Esta capital y sus nefastos Ayuntamientos (pronto tocará un repaso al actual, a la bajura de los anteriores) se han caracterizado por destruir y demoler cuanto había, luego poco queda con antigüedad. Uno de sus escasos aciertos fue la colocación de placas conmemorativas en los muros, a la manera londinense. La mayoría (no todos, ay) son romboidales y de color crema, y se distinguen bien. Pero, como poco no fue arrasado, lo más frecuente es que recen: “Aquí estuvo la casa en la que se alojó Alexandre Dumas en 1846” (poco después de sus Tres mosqueteros), o “Junto a este lugar se erigió la Casa del Tesoro, donde vivió Velázquez de 1652 a 1660 y tenía el obrador en el que pintó Las Meninas”, o “… el Palacio del Conde de Lemos, editor de la Segunda Parte del Quijote”. Bien está que se recuerden los edificios fantasmas, que habitaron mis vecinos de otro tiempo, admirables y dignos de remembranza. Así sabemos algo de ellos, y nos cabe imaginar que vieron cielos parecidos a los que vemos y respiraron los mismos aires (más puros pero más hediondos). La gente que pasa por estas zonas apenas se fija y les trae sin cuidado: no sólo las hordas turísticas, que no saben quién fue nadie, sino los propios españoles, cada día más voluntariamente ignorantes. Y sin embargo aquí, en estas calles y plazas, anduvieron algunos de los mejores individuos que han pasado por nuestra historia.

En la Plaza de Oriente no sólo vivió Velázquez, sino también Verdi en 1863, cuando vino a presentar La forza del destino, y Giovanni Battista Sacchetti, principal arquitecto del Palacio Real, muerto en 1764, y Herrera Barnuevo, arquitecto y pintor de Felipe IV, muerto un siglo antes, en 1671. Mucho más tarde, en 1918, el notable poeta uruguayo Vicente Huidobro, y también el mítico tenor Gayarre, sobre cuya vida vi de niño una película interpretada por Alfredo Kraus, y siempre que pienso en uno u otro me acuerdo de una deliberada metedura de pata de mi abuelo Emilio, médico tan simpático como impertinente, que tras una actuación del segundo fue a felicitarlo con este comentario demente: “Qué bárbaro, Kraus, cómo canta; de lejos parece una gallina”. Muy cerca, en la calle de Santa Clara, vivió y se mató el joven Larra en 1837, y algo más acá, en la del Espejo, tuvo Goya su casa en 1777, que también la tuvo en el 6 de la calle Santiago, al lado, aunque ahí no hay placa. Sí la hay, en cambio, de George Borrow, “Don Jorgito el inglés” en el barrio entre 1836 y 1840, al que hoy casi nadie lee, pero que escribió un divertidísimo libro viajero, La Biblia en España. En la prolongación, en Milaneses, tuvo sus juegos callejeros de infancia Lope de Vega, junto a otra iglesia desaparecida, San Miguel de los Octoes. Y casi enfrente, ya en Mayor, vivió y murió Calderón de la Barca, y paseó Boccherini. En Mayor esquina a Coloreros fue asesinado en 1622 Juan de Tassis, Conde de Villamediana, de vida audaz y pendenciera y poesía que merece ser leída, y en la esquina con Almudena emboscaron y despacharon a Juan Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, el hermano bastardo de Felipe II, el Lunes de Pascua de 1578. Muy cerca estuvieron las mansiones de la Princesa de Éboli, conocida tal vez por las masas como “la del parche en el ojo”, y en ellas fue arrestada por orden del mismo Rey en 1579.

En la recóndita Plaza del Biombo, en la iglesia de San Nicolás, fue bautizado Ercilla en 1533. Tampoco él es hoy muy leído, pero fue autor del célebre poema épico La Araucana, quizá menos olvidado en Chile; y si uno cruza Mayor hasta Pretil de los Consejos, verá el lugar que albergó el Estudio de Humanidades que dirigió López de Hoyos y del que fue discípulo el joven Cervantes. En Arenal se encuentra la iglesia de San Ginés, que considera hijos suyos a Quevedo, Lope de Vega y al gran músico Tomás Luis de Victoria, al primero por haber sido bautizado, al segundo por haber casado allí, y al tercero porque en 1611 falleció “cabe su muro”. Al subir una bocacalle, Fuentes, uno se entera de que en una pensión se hospedó, en 1862 y 1863, un Pérez Galdós veinteañero. Me parece bien que, pese a los tiempos que corren, se recuerde al torero “Frascuelo”, muerto en 1898, y en otro lugar el sitio donde estuvo el Gran Oriente, sede de los masones mucho antes de que los persiguiera Franco. También me gusta la placa de alguien cuyo nombre desconocía, en memoria del maestro José Cubiles, cuyo piano sonó en la Plaza de Oriente entre 1928 y 1971: cuarenta y tres años de melodías bien merecen un homenaje. En la Costanilla de San Andrés se erigieron las casas de Ruy González de Clavijo, justamente recordado por haber sido embajador del Rey Enrique el Doliente en la Corte de Tamerlán el Grande, en la remota Transoxiana, entre 1403 y 1405. Y también anduvo por aquí mi madre: vivió en Mayor 11 y 13 cuando era muy jovencita.

Ya que los edificios no perviven apenas, que al menos se sepa que aún rondan por estas plazas y calles las sombras de mis vecinos más distinguidos de los últimos cinco o seis siglos. Extrañamente, hacen compañía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 22 de diciembre de 2019. ‘Destructores del fútbol’

Los responsables de la Federación Española de Fútbol y de La Liga, Rubiales y Tebas, se detestan sin disimulo y se combaten en todos los frentes menos en uno: actúan mancomunadamente para destruir el fútbol. Eso sí, con la criminal colaboración de presidentes de clubs, insaciables marcas deportivas, millonarios árabes, rusos o asiáticos convertidos en groseros propietarios de equipos antaño nobles, televisiones enloquecidas, codiciosas casas de apuestas y parte de las hinchadas, dedicadas a arrasar las ciudades que visitan. Sin olvidar a modistas de gusto pésimo ni a Mourinho.

Hace un mes le confesé a mi amigo y editor Juan Díaz, culé fanático (y por tanto antimadridista a ultranza), que ya no seguía el campeonato de Primera División. No me dio crédito y le expliqué: “Lo han convertido en una competición sin interés y, sobre todo, indescifrable. Cada poco se interrumpe para que se juegue un apasionante España-Malta, o, en otras áreas, un Chipre-Alemania, un Inglaterra-Islas Feroe y un Liechtenstein-Italia. Eso cuando el enfrentamiento no es entre Moldavia y Estonia. O amistosos ociosos. A la siguiente jornada de Liga, uno ha perdido comba, no recuerda quién la encabezaba ni quiénes estaban en descenso. Para compensar, a veces se juegan partidos en martes, miércoles y jueves, de los que pocos se enteran y que contribuyen al desconcierto.

Cuando por fin hay encuentros en fin de semana, los horarios son descabellados: a las 12, a las 13, en viernes, sábado, en domingo a las 21, cuando los lunes suelen ser laborables. Quieren robarnos partidos para entregárselos a Arabia Saudí o a Miami, dos lugares sin tradición y un Estado delictivo el primero. Añádele a todo eso que es casi imposible adivinar qué equipo es cuál. Saltan al césped vestidos de fucsia irisado o de rosa palo, de verde limón o de orina, la mayoría de las veces sin necesidad (el cambio de uniforme se justificaba sólo por la posible confusión de colores). Esta temporada tu equipo, el Barça, va como el Sabadell, a cuadros ‘arlequinados’, o más frecuentemente de amarillo nada neutral”. No es el caso de Juan Díaz, que será culé inquebrantable por lo menos hasta que se retire Messi, pero conozco a bastantes barcelonistas que este año se han declarado en huelga contra el club de sus amores por considerarlo colaboracionista —ay, ese amarillo no es casual en Cataluña— del Régimen de Vichy que pretenden imponer Puigdemont, Mas, Junqueras, Torra y compañía. Como lo juzgan totalitario y una calamidad para su país, ya no pueden ir con el Barça como toda la vida. (Los jóvenes que ignoren Vichy lo encontrarán fácilmente en sus móviles.)

Juan me reconoció que algo de razón llevaba: “Pero no me creo que ya no veas fútbol”. Contesté: “Sí lo veo. Como el juego aún me gusta, sigo Segunda División, A y B, competiciones mucho más dignas. No se interrumpen por un ridícu­lo Macedonia del Norte-España y no se pierde el hilo, y en cada grupo tengo mis favoritos y también mis ‘enemigos’, como en Primera antes de que la mataran. Y los árbitros son menos medrosos y necios. Los de Primera no han caído en la cuenta de que, si un delantero apunta adrede a la mano de un defensa, con la precisión que tienen el balón dará en efecto en la mano, y eso nunca puede ser penalty. Tampoco entienden que a veces los jugadores no son derribados ni fingen haberlo sido, sino que se caen (es fácil a toda carrera) o resbalan. Los de Segunda no se paran tanto a mirar el VAR, que compensa sus ventajas con enormes incordios: la gente debe aguardar minutos para cantar un gol hoy en día”. Juan seguía sin creerme: “¿Me vas a decir que te traen sin cuidado el Barça, el Madrid, el Atleti, la Real, y que sólo te importa el Numancia?” “Al Numancia lo sigo desde la infancia por mis veraneos en Soria, mucho antes que Handke; y también voy con el Cádiz, porque la ciudad y el equipo me encantan. De Segunda B, mis preferidos son el Castilla (filial del Madrid) y el Rayo Majadahonda (por vivir allí un hermano mío) en el grupo I; en el II, la Cultural Leonesa, porque siempre admiré su nombre y la ciudad a la que pertenece, y el Arenas de Guecho, porque es un club histórico que ganó algo importante hace mil años; en el III, el Cornellá; y en el IV el San Fernando, por mi debilidad gaditana. Lástima que no los televisen, no me perdería un partido de la Cultural, como no me lo pierdo del Numancia. Admito que los futbolistas son menos diestros que los de Primera, pero los hay muy buenos. El público es más entusiasta y se alegra más cuando gana su equipo. Las pasiones son las mismas, y aun acentuadas: ya se sabe que la momentánea felicidad del modesto es incomparable con la rutinaria del acaudalado”. No, no logré convencer a Juan Díaz. Se quedó mirándome como a un loco o maliciándose que le hablaba en broma. Lo segundo no lo hacía. Lo primero no lo descarto, pero la culpa no sería mía, sino de Rubiales y Tebas y el resto de enumerados al principio. Él, mientras Messi siga en activo, seguirá besando la camiseta amarilla o arlequinada. Yo sigo todavía al Madrid, en la medida de lo posible, de lejos, y mientras esté Zidane a su frente. Mi Vichy particular, no lo oculto, sería el regreso de Mourinho.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 15 de diciembre de 2019. ‘Un olvido recordado’

En el suplemento Ideas de hace unos domingos, un artículo de Sara Mesa conmemoraba los cuarenta años de la defunción de la pionera revista Vindicación feminista, que duró de 1976 a 1979, sacó 29 números y llegó a tener unas ventas de 25.000 ejemplares. Como se consignaba, la fundaron Lidia Falcón y Carmen Alcalde y en ella sólo escribían mujeres, entre las cuales estuvieron Ana María Moix, Nativel Preciado, Maruja Torres, ­Marta ­Pessarrodona, Cristina Alberdi, Anna Estany y Rosa Montero, además de otras de nombre más olvidado. Una de ellas se llamaba Luisa Viella y en realidad nunca existió, porque ese fue el pseudónimo que las directoras me eligieron para una crónica o reportaje, ignorando que yo lo había escrito. Así que debo de ser el único varón que, clandestinamente, colaboró en aquella revista, al parecer hoy venerada por las feministas nuevas.

Yo mismo lo había olvidado, hasta leer el mencionado artículo. No hubo por mi parte ánimo de engaño, todo lo contrario: deseo de ayudar a una conocida que sufría el permanente acoso de su marido, con alguna agresión incluida (estaba separada de él, pero no hubo divorcio en España hasta 1981). Vivía yo entonces en Barcelona, donde nació Vindicación. La mujer en cuestión era amiga de la mujer con la que yo convivía. La acosada se llamaba Nati Lorenzo, y supe tiempo más tarde que había muerto en un accidente (eso me dijeron) al resbalar desde un tejado. Estaba tan desesperada, y tan desprotegida por la ley, que decidió contar su historia a la revista, con la esperanza de que la airearan las responsables. Éstas dieron su visto bueno y le encomendaron un texto con el relato de su caso en tercera persona. Pero Nati no sabía hacer eso, darle orden ni expresión ni escribirlo “desde fuera”. Así que su amiga me pidió a mí que le echara una mano (había ya publicado mis dos primeras y juveniles novelas). Nati me contó, tomé notas, y le entregué una pieza que se publicó en número y fecha que desconozco, pues en el recorte que guardo en mis viejas carpetas no figuran ni lo uno ni lo otro. Pero sí conservo el texto, debió de formar parte de una sección fija, “El hecho flagrante”. Se tituló “Una mujer al desamparo de la ley” y comienza así: “El hecho flagrante nos viene relatado hoy por Natividad Lorenzo, de 36 años. Nati es madre de tres hijos y lleva año y medio separada provisionalmente de su marido Antonio, tras doce años de matrimonio, más que de vida en común, con él”. La crónica es bastante extensa, ocupa dos páginas impresas en letra apretada y lleva dos ilustraciones: una foto en la que se ve (poco) a Nati y a sus tres hijos, dos niños y una niña, y un fragmento de una “Providencia” del juez Castro y Ancós, por la cual, entre otras cosas, se prohíbe la entrada al domicilio conyugal de cualquier persona “extraña al mismo”.

Recuerdo que cuando Nati presentó el escrito a las directoras de Vindicación feminista, éstas le preguntaron quién se lo había hecho. Dado que mi abuelo se apellidó Marías de Sistac, le sugerí que dijera: “Una amiga, Maria Sistac”, que sonaba suficientemente catalán. Así lo hizo, y la respuesta fue: “Bueno, deja que el nombre lo elijamos nosotras”. El texto de Luisa Viella, pues, termina con estos párrafos, según veo: “Y, sin embargo, el padre y el hermano de Nati se han presentado en su casa: tuvieron ese atrevimiento, y la osadía le ha costado a Nati que se siga contra ella proceso criminal por desacato a la autoridad. Esto quiere decir que Nati puede acabar con sus huesos en la cárcel durante una temporada (pues a lo mejor para cuando tenga lugar el juicio Antonio se ha retrasado varios meses en el pago de las mensualidades y Nati no tiene con qué abonar una fianza) por haber sido visitada por su padre y su hermano en el domicilio en el que habita. ¿Y por qué se prohibió la entrada de cualquier persona ajena al domicilio conyugal? El juez, por el mero hecho de ser Nati mujer, da esa orden. ¿Dónde están las pruebas que demuestren que Nati lleva una vida desordenada? No las hay, pero no importa: Nati es mujer y, por lo tanto, siempre será culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Pero nada de esto es desacostumbrado…, porque estas leyes son así para todas las mujeres, la ley es moral y la moral es costumbre… Nati vive encerrada, sin poder pasar una noche fuera o recibir a su propio padre; vive en una especie de libertad provisional, casi en un régimen de prisión atenuada, merced a las resoluciones judiciales de un juez y unas leyes que, una vez más, atentan descaradamente contra la mujer”.

Sería 1976 y tendría yo 24 o 25 años, calculo. En mucho he cambiado, pero podría suscribir las viejas palabras de Luisa Viella, a quien había olvidado. Entonces sí que eran aún atroces la desprotección y el sometimiento de las españolas. Sería de agradecer que no se fingiera que nada ha variado desde aquellos días. Y que no llamen machista, “machirulo” y otros idiotas vocablos a quien fue colaborador oculto de la mítica Vindicación feminista, en tiempos mucho más difíciles que estos para las mujeres.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2019. ‘Dos décadas de antipatía’

Dejemos a los gobernantes de hace cuatro domingos y volvamos, pues, al costumbrismo. Miremos un poco más, con los ojos de mañana, las dos primeras décadas del siglo XXI, aquel tiempo en el que la gente solía estar muy satisfecha de sí misma, se consideraba “supersolidaria”, “empática” a más no poder, y se afanaba en buscar “causas” (eso tan propio de las personas tristes), y, si no las hallaba, se las inventaba. Se decidió que había que poner fin a toda injusticia, discriminación e “invisibilidad”, que al pasado había que castigarlo y la historia modificarla, es decir, falsearla. Lo que ocurrió y no nos gusta, o nos parece condenable, neguemos que ocurrió o cambiémoslo, los hechos no importan y la verdad aún menos. El resultado de todo esto fueron nuevas o viejas injusticias, discriminaciones e “invisibilidades”, una absoluta falta de entendimiento de lo que había sido avanzado y beneficioso en cada época (según aquellos soberbios, todo el pasado había sido un error repugnante), y, en consecuencia, un desmedido aumento de la intolerancia. Nadie estaba a salvo: a los individuos se los censuraba por utilizar plástico, por viajar en avión, por ir en coche, por comer carne, por beber, por fumar, por follar y sobre todo por intentarlo, por ser madrileño o parisino o extremeño, por oponerse y por no oponerse a algo, por defenderlo y por no defenderlo. No había manera de acertar, uno siempre se la cargaba. Todo era criticable y casi nadie estaba nunca contento con nada.

A toda actitud se le veían defectos espantosos y no había sujeto que no cometiera pecado: si uno se disfrazaba de mariachi se estaba burlando de los mexicanos; si de torero, de los españoles; si se ponía un kilt, de los escoceses. Si un actor blanco interpretaba un papel que no fuera de blanco, incurría en indignante “apropiación cultural”. Nadie se quejaba, en cambio, de que legiones de asiáticos tocaran piezas de Haydn, Mozart o Beethoven, ni de que un negro hiciera de Duque de Gloucester en una obra de Shakespeare. Las prohibiciones solían ser unidireccionales. El humor se perdió totalmente: la mayoría se tomaba todo al pie de la letra y como ofensa, ya no se reconocían las bromas y los hermanos Marx habrían resultado repulsivos. Las personas andaban cabreadas permanentemente. Muchas se levantaban planeando a quién podrían destruir durante su jornada, como si ese fuera su único aliciente. Se les entregó una herramienta de la que se hicieron esclavas: las redes sociales. Se les hizo creer que con ellas tenían poder, que sus denuestos ya no se quedarían en la esfera de lo privado, sino que el mundo entero sabría de sus malignidades. Ignoraban que la mayoría de las “campañas” estaban orquestadas y eran ficticias; que incontables “usuarios” en realidad no existían, eran bots de Rusia, China o de multinacionales, o bien un grupo de machacas encerrados en una granja o un garaje, que multiplicaban sus consignas y así engañaban a los pardillos: “las redes arden” y demás sandeces, cuando lo único que echaba humo eran los dedos de los machacas atrincherados. Fuera como fuese, esa herramienta dio a los individuos dos sensaciones: de potencia y de impunidad, ya que nadie utilizaba su nombre. El anonimato y la masa son infalibles pruebas para medir la calaña de cada uno: si alguien sabe que no habrá represalias y que ni siquiera deberá encararse con quien está calumniando o insultando, nada le impide ser cruel —si su índole es cruel—. Así que una porción de la población se sintió libre de soltar veneno a raudales contra sus semejantes. Con frecuencia los más ponzoñosos eran quienes se consideraban más rectos, benefactores y “empáticos”. Si un torero era herido, los animalistas se apresuraban a desearle la muerte con terrible agonía, y si se moría un niño que había manifestado su afición a los ruedos, los empáticos aplaudían. Si un policía estaba gravísimo en el hospital, había independentistas muy rectos cruzando los dedos por que la palmara. Si alguien ganaba un premio o tenía éxito, ya podía prepararse para una lluvia de improperios. Y si no ganaba nada y fracasaba, los mismos millares de amargados lo celebraban y le deseaban que jamás se recuperara. La sociedad (no toda, claro) desarrolló una vocación de turba perseguidora, apenas distinta de la que inspiraba los linchamientos, ya saben: si el crimen es colectivo y se ampara en la multitud que lo comete, no hacen falta pruebas ni juicio, es un crimen “del pueblo”, esto es, de nadie. Lo peor fue que en la cabeza de muchos se aposentó la idea de que todo el mundo era culpable “de algo” (aunque fuera retroactivamente) y merecía ser castigado. Con la excepción, claro está, de cada turba perseguidora. Pero como no se recordaba nada de lo acontecido, o se lo había falseado, se ignoraba que las turbas furiosas necesitan alimentar su persecución, y que los siguientes en la lista de perseguibles siempre son los perseguidores primeros. No por otro motivo (basta un solo ejemplo reciente) el perseguidor Gabriel Rufián fue tachado de “traidor” por sus propios correligionarios hace unas semanas. Pero descuiden, porque quienes se lo llamaron acabarán también perseguidos.

Lo más suave que puede decirse de aquellas décadas iniciales del XXI es que fueron tan idiotas como ceñudas, y tan retrógradas como antipáticas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2019

Reseñas francesas

“L’écart” et “Berta Isla” : les coups de cœur littéraires de la semaine
Europe 1, 6 octobre 2019

« Berta Isla » : un mariage de lumière et d’ombres
FREDERIQUE HUMBLOT
Les Echos, 27 octobre 2019

“Berta Isla” : le magnifique portrait de femme de Javier Marias
JEAN PIERRE TIROUFLET
Atlantico, 1 novembre 2019

« Berta Isla » de Javier Marías aux éditions Gallimard : une performance de haute volée
BÉATRICE ARVET
La Semaine, 4 décembre 2019

Javier Marías, agent secret
DIDIER JACOB
Bibli Obs, 5 décembre 2019

LA ZONA FANTASMA. 1 de diciembre de 2019. ‘El factor aversión’

Cuando esto se publique, es posible que esté cerca la formación de nuevo Gobierno o que el preacuerdo entre el PSOE y Podemos se haya ido al traste por falta de apoyos. Sea como sea, el paso dado por el primero de estos partidos ya es irreversible y quizá lo condene, a medio plazo, a seguir la triste senda que recorrió Ciudadanos el 10 de noviembre, cuando pasó de 57 a 10 diputados.

Confieso que no entiendo a los políticos actuales. No ya por sus ideas o ideologías o propósitos (que a menudo tampoco), sino por su incapacidad de visión larga y sus estrategias. Todos parecen haber prescindido de un factor hoy determinante, en mi opinión profana. Hace ya tanto tiempo que, salvo a los militantes e incondicionales de cada formación, nos resulta imposible sentir estima o simpatía por quienes se ofrecen para gobernarnos; hace tantos años que la mayoría votamos lo que nos resulta menos insoportable entre una galería de males; que la tentación de abstenernos nos va en aumento a cada convocatoria; que a los electores oscilantes (que son los más, los que en su momento otorgaron mayorías claras al PP o al PSOE) se dedican no a elegir, sino a descartar escrupulosamente a quienes en modo alguno desearían ver en La Moncloa, que ya no cabe duda de que la aversión se ha convertido en el factor predominante. Mucha gente no sabe lo que prefiere, pero sí lo que detesta por encima de todo. Hasta el punto de que las propias bases de los partidos, nada representativas del total de los votantes, han tomado por costumbre congregarse ante sus respectivas sedes para gritar negaciones: “¡Con Fulano no!”, es decir, con cualquiera menos con ese o esos, manifestando no lo que quieren, sino solamente lo que no consienten. Si eso no es un síntoma de la importancia del factor aversión, no sé qué puede serlo.

Pues bien, siendo esto tan evidente, nuestros partidos han resuelto ignorarlo y así, uno tras otro, se van granjeando la antipatía invencible de quienes a la postre determinan los resultados: los votantes no fanáticos ni inmutables, los que se lo piensan mucho cada vez y se guían por sus descartes, los vacilantes, los poco fieles, los cambiantes, los que sólo optan por lo menos nefasto y nunca por lo más beneficioso (ya no ven beneficios en ningún lado). El descalabro de Ciudadanos se debe a varios motivos, pero a buen seguro uno de ellos es este: por mucho que intentara disimularlo, entre abril y noviembre sus votantes más convencidos percibieron la transigencia con Vox y la cogobernación con Vox en muchos sitios. A los inamovibles del PP eso no les provocaba demasiado rechazo, porque el partido de extrema derecha los representaba en parte. Pero la animadversión que suscita Abascal queda patente en las encuestas, y era natural que los electores más centristas y moderados de Ciudadanos vieran a éste irremisiblemente invalidado y contaminado por su connivencia hipócrita con los nostálgicos de una dictadura.

Me temo que lo mismo le va a suceder antes o después al PSOE con la contaminación que para él supone Podemos. En esas encuestas Pablo Iglesias (al menos hasta que apareció Abascal) es invariablemente el líder peor valorado por el conjunto de los opinantes. Es obvio que, tras esa alianza, nadie de derechas votará de nuevo a los socialistas; ni nadie de centro, sea eso lo que sea, y todo partido necesita papeletas “ajenas” para ganar con claridad suficiente. Pero es que tampoco lo votarán en el futuro numerosos socialistas, véase ya el ejemplo del antiguo Presidente de Extremadura. Tampoco arañará votos entre los podemitas, que seguirán leales a su favorito; ni entre los independentistas, que continuarán con sus sectas; ni entre los peneuvistas y proetarras monolíticos. Sánchez, político soso y adusto, ha desestimado el factor aversión y no compensará las pérdidas que éste trae. Con su coalición súbita y cínica se ha enajenado para largo tiempo a millones de españoles, sin conquistar a ninguno nuevo.

He dicho “cínica” y me quedo corto, pero es que no hay palabra de mayor envergadura. No quisiera repetir lo ya escrito, pero no está de más subrayar lo siguiente: antes de las elecciones de abril Podemos contaba con 71 diputados. Ahora, cuando ha perdido más de la mitad y tan sólo le restan 35 —cuando es un partido en retroceso, a la baja—, se recurre a él y se lo premia frívolamente con una vicepresidencia y tres ministerios, a cambio de formar un Gobierno (si se forma) impopular, precario, lleno de tiranteces y de adversarios acérrimos. Y a cambio de recibir el PSOE el rencor profundo, y quizá definitivo, de la mayoría de los ciudadanos. Lo que Sánchez ha olvidado es que siempre hay “otra vez”, y que todos vuelven a votar en la próxima, incluidos los que buscarán siglas distintas y colocarán al PSOE en lugar destacado de su lista de descartes. Sólo puedo añadir que lo lamento personalmente. Nunca es grato ver cómo alguien con historia se perjudica, o se suicida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de noviembre de 2019. ‘Cuando uno ya no sabe por qué’

Viajé a Cataluña el día después de la sentencia del procés, y allí permanecí las siguientes tres semanas. Me acerqué a Barcelona sólo una vez, en medio de los fragores pero a horas de tregua, así que nada más vi sus efectos. Los incendios, las barricadas, las batallas campales, por televisión, como la mayoría de ustedes. Donde me encontraba había calma, aunque una especie de contaminación de enfado y enemistades se notaba en el aire. Una mañana bajé a echar basura a los contenedores, y una señora de normalísimo aspecto me reconoció y me dijo: “¿Por qué no escribe un artículo diciendo que en Cataluña no nos estamos matando los unos a los otros, ni nos comemos a los niños?” Le contesté que lo haría con gusto de darse el caso, pero que no había leído ni oído que nadie afirmara semejantes cosas. Sin apenas transición, me preguntó: “¿Ha visto los vídeos de la policía saqueando las tiendas durante los disturbios?” Le dije que no y que me parecía improbable: “Los policías y los mossos están muy controlados”. Se empeñó en mostrarme las imágenes. Sacó su móvil y me enseñó a unos policías (creo, hacía sol y estábamos en la calle) en el interior de un comercio, trajinando. “Yo no veo que estén saqueando”, apunté; “pueden estar recogiendo, o verificando desperfectos, quién sabe”. Su respuesta fue tan tajante que el diálogo resultaba imposible, como si me hubiera espetado: “¿Va a dar más crédito a sus ojos que a los míos?” “Pues yo los veo saqueando”, concluyó. Me limité a añadir: “Qué quiere que le diga. Pero insisto en que me parece improbable; están muy controlados y ellos mismos graban con cámaras sus intervenciones”.

Me quedé muy pensativo. Si esa señora (educada y tratable) había recibido el vídeo en su móvil con la falsedad de que los agentes estaban robando, no sólo la daba por buena y cierta, sino que veía lo que le habían indicado que viera, por más que no se viera y que las imágenes fueran neutras y nada elocuentes. Que corran por las redes todo tipo de montajes, falsificaciones, escenas sacadas de contexto y “explicadas” con mala fe, bueno, es lo propio de las redes, y con ocasión del referéndum del 1-O ya circularon fotos y vídeos que, para exagerar la bruta reacción del Ministro del Interior Zoido, no se correspondían con el lugar ni la fecha. Lo que me dejó meditabundo fue que la señora se creyera la consigna a pie juntillas y viera lo que le habían sugerido que viera. Estamos en un punto, pensé, en el que demasiados catalanes han perdido de vista por qué sucede lo que allí sucede. Hace pocos años era un sitio en el que se vivía comparativamente de maravilla (aún es así, pese a los denodados esfuerzos de los independentistas para arruinarlo): una de las regiones más prósperas de Europa, es decir, del mundo; dinámica y llena de atractivos, con el único peligro de morir de excesivo éxito a manos de los turistas; con un autogobierno que ni siquiera disfrutan los Länder de un país federal como Alemania; con sus propios Parlament y Govern y docenas de competencias transferidas; con su lengua y su cultura cuidadas y mimadas; un lugar plenamente libre, en el que se vota sin cortapisas desde hace cuarenta años y cuyos principales partidos han participado en la gobernación del Estado. La idea demente de que en realidad los catalanes viven oprimidos y expoliados ha sido inoculada por una cuadrilla de políticos sin escrúpulos y por sus medios serviles, que —eso dicen muchos catalanes— no tenían otra intención que crear una gigantesca cortina de humo que tapara la famosa corrupción conocida como “comisiones del 3%” (la cual, según esos catalanes, sería más bien del 4% o el 5%). Lo asombroso es que, si esa era la cuestión, lo hayan conseguido con creces: hace años que ya no se habla del 3%. Ni siquiera se habla de la monstruosa fortuna amasada y confesada por Jordi Pujol y su progenie. Ante la maniobra de diversión del procés, es como si nada de eso hubiera ocurrido, o como si no importara.

Yo no creo que los catalanes decentes sean tan indiferentes al latrocinio institucionalizado de sus líderes señoritiles. A veces pienso que, si hoy se preguntara a algunos de dónde viene el odio que expresaban los rostros de quienes insultaron, escupieron y golpearon a los invitados a los Premios Princesa de Girona; de dónde viene la furia de los que queman Barcelona y cortan el ferrocarril y las carreteras; de dónde la imperiosa necesidad de crear un Estado propio abocado a ser un Estado-paria, yéndoles las cosas tan objetivamente bien como les iban, esas personas no sabrían contestar, o no con coherencia y verosimilitud. Nadie en el mundo se siente afrentado por lo que pasó en 1714, sería tan ridículo como si los madrileños aún odiáramos a los franceses por la carga de los mamelucos y los fusilamientos de 1808, casi un siglo más cercanos. Cuando uno ya no sabe el porqué de sus odios, pasiones y acciones, cuando uno es incapaz de pararse a pensar si hay para tanto y si en verdad está esclavizado, o si solamente lo han persuadido de que lo está unos políticos egoístas, codiciosos y culpables de un fraude masivo… Si uno no es capaz de desenmascararlos y de salir del engaño y del ensalmo, sólo cabe que otros insistamos cuando haga falta y les digamos, al menos, que la mayoría de sus compatriotas no vemos lo que se los ha inducido a ver, desde hace ya siete largos años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de noviembre de 2019

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Juego de espera’ de Michael Powell

JUEGO DE ESPERA

MICHAEL POWELL

Prólogo de Miguel Marías

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, noviembre de 2019

Distribuye Penguin Random House S.A.U.


ÍNDICE
La novela del cineasta Michael Powell (Prólogo) por Miguel Marías

JUEGO DE ESPERA
Del autor al lector

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2019)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2019)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2019)

 

La única novela del director de obras maestras inolvidables como El coronel Blimp, El fotógrafo del pánico [Peeping Tom], Narciso negro, A vida o muerte, Las zapatillas rojas

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 17 de noviembre de 2019. ‘Legumbres’

A veces se trata sólo de recapitular unos cuantos dichos y hechos que, tras un breve revuelo, se olvidan rápidamente. Por ejemplo: durante varias noches seguidas la Jefatura Superior de Policía de Barcelona fue acosada, con la intención de asaltarla, por hordas vandálicas y embozadas que buscaban el cuerpo a cuerpo con los agentes y dejaron malheridos a muchos de ellos. Como esa Jefatura se encuentra en pleno centro de la ciudad, y los vecinos estaban desesperados de no poder transitar, de verse hostigados en sus casas ahumadas por los contenedores en llamas, de no atreverse a salir mientras se libraban abajo batallas campales, al Ayuntamiento que preside Ada Colau se le ocurrió una idea propia de quien tiene por cerebro un garbanzo, a saber: que la Jefatura se mude, se traslade a otro sitio, para no perturbar más al vecindario. Es decir,decir, según ese cerebro de legumbre, la culpa de los disturbios no es de quienes los provocan, lanzan piedras, bolas de acero, botellas, cócteles Molotov, adoquines y cuanto les parece arrojadizo y muy dañino, sino de quienes los padecen y son atacados con violencia extrema. El problema no son los matones, son sus víctimas. Si éstas no estuvieran donde están, en Via Laietana, la zona no se convertiría cada noche en un remedo menor del peor Beirut. Lo que no se le ocurrió en ningún momento al cerebro garbancil fue desalojar a los alborotadores. ¿Cómo iba a actuar el Ayuntamiento colauita contra unos chicos justamente indignados por La Sentencia? ¿Que condenaban a la población a atrincherarse y le impedían llevar su vida normal? Bueno, siempre podría largarse, ella también, si la Policía persistía en ocupar el edificio desde el que causaba tantas molestias. Además, ¿con qué fuerzas iba a intervenir la alcaldía, si la propia Colau desmanteló hace tiempo la unidad antidisturbios de la Guardia Urbana y menguó los efectivos de ésta?

En relación con estos violentísimos altercados (cuando escribo todavía hay un Policía Nacional cuya vida corre peligro, y no son pocos los Mossos d’Esquadra con huesos rotos y los atacantes maltrechos), la Presidenta de la Assemblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzie, dio indicios de tener por cerebro una lenteja cuando declaró complacida que la violencia desatada ofrecía ventajas y un lado positivo, a saber: merced a ella, Barcelona y el procés (o “el conflicto”, eufemismo siniestro empleado por ETA y sus acólitos durante sus décadas de tiros en la nuca, secuestros y bombas indiscriminadas) estaban en toda la prensa internacional y resultaban más visibles. De acuerdo con ese razonamiento (por darle nombre inmerecido), más presente aún estaría “el conflicto” si los encapuchados se dedicaran a cortar cabezas en las plazas con hacha o con guillotina; o si colgaran de farolas y árboles a los “desafectos” y “traidores”, o si lincharan a los mossos, a los policías y a los escasos municipales que osaran detener su destrucción. Si la violencia tiene esa ventaja y ese lado positivo, lo que en realidad recomendaba la lentejil Paluzie era imitar —por qué no— los métodos de ETA o del Daesh, que, como ustedes saben, ha estado, está y estará muy presente en los medios del mundo entero.

Por su parte, el President de la Generalitat y otros muchos políticos y ciudadanos se han enfurecido con el conseller de Interior, Buch, porque ha cumplido con su cometido de proteger a todos los habitantes y velar por que Barcelona no sea arrasada por los chicos indignados, entre los cuales había profesionales italianos, griegos, holandeses, alemanes, de la guerrilla urbana internacional, no tan chicos y llamados ex profeso a organizar y dirigir las nada espontáneas acciones. No han condenado a los destructores, sino a las fuerzas del orden que, con gran sentido del deber, obstaculizaban la destrucción, y les han puesto una lupa encima a ver cómo las pueden empapelar. Todo esto lo hemos visto a menudo en los westerns: los facinerosos que asuelan un pueblo están a las órdenes del cacique o terrateniente, que monta en cólera cuando un sheriff honrado mete en el calabozo a quienes aterrorizan el lugar. Si puede, lo destituye, como está a punto de pasar con Buch, y si no, le dice que huya, como propuso Colau, y, si no, hace reducir la cárcel a escombros y tirotear al sheriff por su indocilidad. Pero también esto se ha visto en la realidad, y aunque ya lo recordé aquí hace un año, a raíz del famoso “Apretad” de Torra a los CDR, toca repetirlo, y con más motivo y más alarma: en 1933, poco después del incendio del Reichstag en Berlín y poco antes de las elecciones generales, la policía que debía impedir desmanes y abusos estaba al mando… de Göring, fundador de la Gestapo, quien permitió a los desalmados de camisa parda reventar violentamente los mítines de todos los partidos menos el suyo, claro está. En Cataluña los Mossos están a las órdenes de un independentista convencido, pero honrado, cumplidor y con sentido del cargo. Pero quienes están por encima de él, Torra y su amo Puigdemont, son cómplices de los facinerosos que destrozan y agreden y se saltan las leyes y la voluntad de sus compatriotas; como lo son, asimismo, los cerebros al frente de la ANC y del Ayuntamiento, una lenteja y un garbanzo. Eso sí, con mucha malignidad los dos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de noviembre de 2019. ‘Buenísimas personas’

Sí, es curioso: basta con hablar del presente en pretérito indefinido o imperfecto, como si ya hubiera pasado y fuera historia, para ver con más nitidez nuestras imbecilidades, nuestra irracionalidad y nuestras abrumadoras contradicciones. Hace dos semanas terminé diciendo que las gentes de 2019 solían ser inclementes y sin embargo se creían todas buenísimas personas. Se lo creían al mismo tiempo que ensalzaban y votaban a individuos inequívocamente antipáticos, ruines, rastreros y que exhibían como un gran mérito su falta de compasión. Los estadounidenses eligieron como Presidente a un sujeto así, que añadía, a su inmoralidad connatural, ser un patán que jamás leía. Su elección se debió, en parte, a una extraña reacción contra las personas ilustradas, contra los expertos en algo y también contra los intelectuales, como si en América se hubiera producido una repentina “maoización” (hay que recordar que en los inicios de la revolución de Mao se ejecutó a muchos chinos solamente por llevar gafas, lo cual los hacía sospechosos de leer). Todos ellos fueron englobados en un término que se convirtió en uno de los mayores insultos de la segunda década del siglo XXI: “élites”, con su correspondiente adjetivo “elitistas”. Cualquiera que hubiera estudiado en serio, que hubiera adquirido conocimientos útiles (para salvar vidas o la Tierra, daba lo mismo), cualquiera que pensara más allá de los simplistas y cómodos lugares comunes de la época, se vio anatematizado como “élite”. Así que mucha gente decidió que era mejor ser gobernada por tontos y locos, eso sí, megalómanos, autoritarios y antidemocráticos todos. No sólo se hizo con el poder un ignorante como Trump, sino que alguien con saberes fingió no tenerlos, o quizá abjuró de ellos, para ser aclamado en Gran Bretaña. Ese país astuto, pragmático, civilizado, encumbró a Boris Johnson cuando éste se “trumpificó”, empezó a comportarse como un chulo majadero, a hablar como un fantoche y a prometer con malos modos conducir a su nación a la ruina. Entonces, insospechadamente, fue vitoreado.

Italia hizo algo parecido, sólo que los saberes de Salvini eran mucho más dudosos. Los que poseyera, en todo caso, los abandonó, y se dedicó a pasearse por su península sembrando el odio con la camisa abierta y una cruz bailándole en el seboso pecho (a veces manoseaba un rosario), a colgar en las redes vídeos de sus relaciones semisexuales y a lanzar diatribas contra los muertos de hambre del planeta. La grosería deliberada y el ánimo despiadado causaban furor entre sus compatriotas, que lo idolatraban, y a la vez, como he dicho, se creían buenísimas personas. Ignoro lo que se creían los turcos (me pillan lejos), pero votaban una y otra vez a un tiranuelo llamado Erdogan que detenía, encarcelaba y quizá torturaba a millares, y que en 2019 inició una repugnante ofensiva contra los kurdos, con el beneplácito de Trump. Esos kurdos acababan de ayudar decisivamente al mundo (y por lo tanto a Trump) a desmantelar el Daesh, una de las organizaciones más crueles de la historia y una amenaza gravísima para todos, árabes y no árabes. Con ese beneplácito, los Estados Unidos de hoy pasaron a engrosar la lista de países traicioneros, infames y desagradecidos, esos de los que cualquiera deberá apartarse para no sufrir su veneno, como enemigo o como aliado.

Las excelentes personas votaron en el Brasil a otro sujeto zafio e inmisericorde, Bolsonaro, que tenía a gala despreciar a los negros, a las mujeres y a los homosexuales, así como deforestar la Amazonia. También era un cristiano fanático, lo cual no le impedía recomendar a la población que se armara hasta los dientes. Muy cristianos eran asimismo (de boquilla al menos) los gobernantes de Hungría y Polonia, Orbán y Kaczynski, pero se comportaban exactamente igual que Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Putin en Rusia, anulando las libertades, la independencia de la justicia y emitiendo leyes antidemocráticas. Claro que Maduro, Ortega y Putin además daban órdenes para la desaparición de disidentes. En las Filipinas mandaba un homicida confeso (se jactaba de haberse cargado a dos o tres hombres) apellidado Duterte. Una vez al mando, ya no tuvo que mancharse: le bastó con dar carta blanca a sus policías para matar sin detención, juicio ni zarandajas latosas no sólo a los narcotraficantes, sino a los drogadictos.

Lo peor y más contradictorio es que ninguno de estos cabestros (salvo Ortega en su día) tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos por quienes se consideraban buenísimas personas, justas, rectas, “correctas”, compasivas y plagadas de virtudes. Y se consideraban, sobre todo, grandes patriotas, lo mismo que los independentistas catalanes, los post-etarras vascos y los dirigentes profranquistas de Vox. En aquella época fue asombroso que los mastuerzos más manifiestamente dañinos para sus respectivos conciudadanos fueran adorados por éstos. Huelga decir que no fue, ni de lejos, la primera vez en la historia que tuvo lugar tan espantoso fenómeno. Pero la gente de 2019 no solía acordarse de nada.

Quizá otro domingo retornaré al costumbrismo de estos tiempos, que, con ser temible, da menos miedo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de noviembre de 2019