JM y el Real Madrid


Javier Marías: “Florentino se redimió nombrando a Zidane”

ATHOS DUMAS
La Galerna, 15 de diciembre de 2017

Anuncios

LA ZONA FANTASMA. 17 de diciembre de 2017. ‘¿Nunca culpables?’

Los pueblos o los ciudadanos nunca son culpables de nada, suele decirse. (También hay quienes aseguran que jamás se equivocan, pese a que el mundo y la historia estén llenos de gravísimos casos de meteduras de pata, el más reciente la elección de un patán racista para la Casa Blanca.) Pero ya lo creo que lo son, culpables. Otra cosa es que su culpabilidad carezca de consecuencias, o sólo les acarree el castigo de padecer durante cuatro años a los criminales o imbéciles —bueno, lo uno no excluye lo otro— a los que han votado. Claro que a veces, como en los actuales casos de Venezuela o Rusia, esos cuatro años se convierten en veinte y los que te rondaré: algunos políticos, una vez instalados y con mayoría parlamentaria, la aprovechan para suprimir o adulterar las elecciones o “abrir un proceso constituyente”, esto es, instaurar una nueva “legalidad” que los perpetúe en el poder y los beneficie. Pero en fin, a la primera, los pueblos pueden escaquearse de su responsabilidad arguyendo que fueron engañados por sus elegidos.

El pueblo o los ciudadanos catalanes no podrán esgrimir esta excusa dentro de cuatro días. Durante los dos años y pico transcurridos desde sus anteriores autonómicas han visto cómo ya el resultado de éstas fue falseado: los partidos independentistas alcanzaron el 47% o 48% de los votos, y sin embargo eso fue para ellos “una mayoría clara” que reclamaba la escisión de España, “un mandato” que se han limitado a obedecer, enviando a la inexistencia al 52% de los votantes. No sólo han borrado a éstos, sino que los han arrinconado y acosado, los han purgado de las instituciones y aun del Govern si se mostraban “tibios” (recuérdese al conseller Baiget, que se dijo dispuesto a ir a prisión pero no a perder su patrimonio, y eso ya bastó para que se lo considerara “desafecto”). Luego, todas sus actuaciones han sido y siguen siendo de un cinismo que ha superado al que hemos sufrido por parte del PP durante lustros, y que en verdad parecía imbatible, lo mismo que su nivel de falacia. ERC, PDeCat y CUP han mentido sin cesar en todo. Las empresas se pelearán por establecerse en la Cataluña independiente, y el mero amago ya ha llevado a casi tres mil (incluidas las principales) a cambiar la sede social o fiscal o ambas. Ni un minuto estaremos fuera de la Unión Europea, y todos los países miembros les han dado la espalda. Seremos más prósperos, y ese mero amago ha hecho descender el turismo y el comercio, ha llevado a los teatros y cines casi a la ruina, ha rebajado la producción, ha hecho salir dinero a espuertas y ha enviado al paro a los más pobres, camareros y “kelis” a la cabeza. Seremos como Dinamarca, y las perspectivas económicas de la república apuntan a convertirla en un gran Mónaco (es decir, un inmenso casino), una gran Andorra (es decir, un inmenso paraíso fiscal) o, para la CUP, una gran Albania de los tiempos de Hoxha (es decir, una inmensa cárcel con economatos).

Pero bueno, cada cual es libre de desear lo que quiera. El independentismo es tan legítimo como cualquier otra opción. El problema, desde mi punto de vista, es cómo se lleva a cabo la secesión y en manos de quiénes se pone el nuevo Estado. A estas elecciones se presentan los mismos individuos balcanizantes y totalitarios que han obrado sin escrúpulos desde 2015. Quienes los voten ya saben a qué se atienen, no podrán decir “Ah, yo no sabía” ni “Ah, es que me engañaron”. Quienes suelen abstenerse en las autonómicas, también, ya no podrán decir “Ah, yo me inhibo” ni “Ah, es que todos son iguales”. Estas elecciones vienen tras una emergencia. Los independentistas exigen que el Gobierno central se comprometa a aceptar los resultados si son contrarios a sus intereses, pero eso mismo habría que exigirles a ellos, y no parecen dispuestos: si pierden, las considerarán ilegítimas; si ganan, aducirán que han realizado una proeza, pese a las dificultades. Y ya hablan de posibles pucherazos, quienes cometieron uno flagrante el pasado 1-O, dando por válido un pseudorreferéndum controlado por ellos y sin la menor garantía.

Hay que reconocer que, si se eclipsaran, echaríamos de menos a sus líderes, que han resultado de lo más entretenidos. Oír los disparates y vilezas del lunático Puigdemont, de la difamatoria y melindrosa Rovira, del beato Junqueras, de la autoritaria y estólida Forcadell, del achulado Rufián y del aturullado Tardá ha sido como tener una entrega diaria de aquellas viñetas del gran F. Ibáñez, “13 rue del Percebe”. Y escuchar las verborreicas incoherencias malsanas de Colau (más que ambigüedades) ha sido como una ración de Cantinflas a diario, aunque los jóvenes ya no sepan quién era Cantinflas (un mexicano liante, lo encontrarán en YouTube, seguro). Pero la diversión tiene su límite cuando lleva aparejado el suicidio. No sólo el político. También el económico, el de la convivencia, el de la libertad democrática y el del decoro. Para convertirse en un país indecoroso no hay excusa. Que se lo pregunten a Austria cuando, recorriendo el camino inverso, perdió su nombre y pasó a llamarse Ostmark durante siete años. Fue por voluntad de su pueblo o de sus ciudadanos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de diciembre de 2017

‘Berta Isla’, libro del año

Berta Isla, libro del año
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
El País, Babelia, 16 de diciembre de 2017

Estilo
FERNANDO SAVATER
El País, 8 de diciembre de 2017

Los 20 mejores libros de 2017
El jurado de los libros del año 2017 de Babelia
El País, Babelia, 16 de diciembre de 2017

Lo mejor de 2017. Narrativa en español
2. Berta Isla, la trama del azar de Javier Marías
FERNANDO R. LAFUENTE
Abc Cultural, 16 de diciembre de 2017

Los 15 libros de 2017
ARIEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ
Milenio, 16 de diciembre de 2017

Los libros más destacados de 2017
El Independiente, 15 de diciembre de 2017

Diez libros imprescindibles de 2017
Heraldo de Aragón, 11 de diciembre de 2017

Diez libros destacados de 2017
Efe / El Diario, 9 de diciembre de 2017

‘La Vanguardia’ escoge los mejores libros del 2017
La Vanguardia, 16 de diciembre de 2017

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Los Papas. Una historia’ de John Julius Norwich

LOS PAPAS
UNA HISTORIA

JOHN JULIUS NORWICH

Prólogo de Antony Beevor

Traducción de Christian Martí-Menzel

Revisado por Panteleimón Zarín

Reino de Redonda, diciembre de 2017

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE

Los Papas (Una introducción)
por Antony Beevor

LOS PAPAS
Introducción
Capítulos
Bibliografía
Listado de Papas y Antipapas

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2017)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2017)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2017)


Los Papas. Una historia tiene todas las cualidades de una gran saga…
La elegante prosa de John Julius Norwich y su ironía ayudan a comprender tanto la magnificencia como los absurdos de una institución que ha dominado la historia de Europa y mucho más.

ANTONY BEEVOR

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 10 de diciembre de 2017. ‘Lo terrible de estos crímenes’

Cada vez hay más desesperación respecto a la llamada violencia machista (nunca emplearé la insensata expresión “de género”). Se suceden las protestas y las campañas en su contra, y se exigen “medidas” para atajarla y erradicarla. Todo ello con razón, pero, lamentablemente, con escaso sentido de la realidad. Lo terrible de estos crímenes, y la dificultad para combatirlos, estriba en que son individuales. No hay una conspiración de varones que prediquen el castigo a las mujeres que los abandonan. No hay proselitismo, a diferencia de lo que ocurre con el terrorismo, fuera el de ETA ayer o el del Daesh hoy. Tampoco, como con el actual independentismo, hay “evangelización”. No se intenta convencer a los hombres de que maten a mujeres, no se trata de una “causa” que busque “adeptos”. Por desgracia (bueno, no sé qué sería más trágico), cada bruto o sádico va por su cuenta y toma su decisión a solas. Lo más que puede concederse es que haya el factor mimético que suele acompañar a cualquier atrocidad, al instante imitadas todas. En ese aspecto, siempre cabe preguntarse hasta qué punto la sobreexposición en los medios de cada maltrato o asesinato de una mujer no trae consigo unos cuantos más, del mismo modo que los eternos minutos y enormes planas dedicados a cada atentado yihadista tal vez propicien su multiplicación. Pero poco puede hacerse al respecto: si ustedes recuerdan, durante los años más sangrientos de ETA, cuando ésta llegó a matar a unas ochenta personas cada doce meses, había ocasiones en que los asesinatos ocupaban tan sólo un “breve” del periódico, y eso no logró que disminuyeran. Por mucho que las noticias den malas ideas o estimulen la más nefasta emulación, es imposible dejar de informar de los hechos graves e indignantes.

Lo cierto es que cada crimen machista va por su cuenta, con su historia particular detrás. Cada asesino asesina sin confabularse con otros (salvo en casos tan irresueltos como los de Ciudad Juárez, donde sí pareció haber conjura), ninguno necesita el aliento, el beneplácito ni la propaganda de sus congéneres. Contra eso es muy difícil luchar. ¿Endurecer las penas? Desde luego, pero no es algo que importe a los asesinos de sus parejas o exparejas, los cuales se suicidan con frecuencia —o más bien lo intentan— después de cometido su crimen (uno se pregunta por qué diablos no lo hacen antes). ¿Educar desde la infancia? Sin duda, pero no parece que eso dé mucho resultado: un alto porcentaje de adolescentes españoles ve hoy “normal” el control de sus “chicas” y hasta cierta dosis de violencia hacia ellas. Es deprimente, y da la impresión de que, lejos de mejorar las mentalidades, las vamos empeorando. No sé, cuando yo era niño, nos pegábamos de vez en cuando en el patio o a la salida del colegio. Las niñas, rarísimamente, y no pasaban de tirarse del pelo, poco más. Conocíamos, sin embargo, una serie de normas inviolables: era inadmisible pegarse con un compañero de menor tamaño o edad; también ir dos contra uno (“mierda para cada uno”, era la frase infantil); y, sobre todo, a una chica no se le pegaba jamás, en ninguna circunstancia. Eso se consideraba una absoluta cobardía, algo ruin, algo vil. El que lo hacía quedaba manchado para siempre, por mucho perdón que pidiese luego. Pasaba a ser un apestado, un individuo despreciable, un desterrado de la comunidad. Y esas enseñanzas se prolongaban hasta la edad adulta. A una mujer no se le pone la mano encima, a no ser, supongo, que sea muy bestia y se nos abalance con un cuchillo en la mano, por ejemplo. Pero éramos conscientes de nuestra mayor fuerza física y de que era intolerable emplearla contra alguien en principio más débil (insisto, sólo en lo físico).

Obviamente, no todo el mundo cumplía esas reglas, porque, de haber sido así, no habría habido en el pasado palizas de maridos a sus mujeres, y ya lo creo que las ha habido, probablemente más que hoy. Al fin y al cabo, durante siglos se consideró que no había que entrometerse en la (mala) vida de los matrimonios, y que esas palizas y aun asesinatos pertenecían a la “esfera íntima o familiar”, una verdadera aberración.Lo que sí es relativamente nuevo, algo cada vez más extendido, es que los varones maltratadores maten también a los hijos de la mujer, para causarle el mayor dolor imaginable. Ha dejado de ser una rarísima excepción. Los niños de mi época nos creíamos bastante a salvo, precisamente por ser niños incapaces de infligirle el menor daño a un adulto. ¿Cómo iban éstos a hacerle nada a una criatura no ya indefensa, sino inofensiva? Dudo que los críos de hoy se puedan sentir seguros, a poco que se les permita ver o leer las noticias. Las mujeres llevan siglos viviendo con un suplemento de miedo, al ir por la calle y aun en sus casas. Los niños, no, y quizá ahora sí. Lo peor es que, como sociedad, poco podemos lograr contra todo esto, más allá de exigir jueces más severos y repudiar a los maltratadores hasta el infinito. Pero es ingenuo creer que eso les va a hacer efecto. Es lo que tienen los crímenes personales, que nada disuade a cada asesino individual.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de diciembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 3 de diciembre de 2017. ‘Y se juntan levemente’

Por azares de la vida, yo, que no he tenido hijos, me encuentro con que han adquirido bastante presencia en la mía dos niños pequeños. La niña tiene cuatro años y es madrileña, el niñito acaba de cumplir uno y es barcelonés. Hace unos días me senté en una butaca a escuchar música, y en ese rato de quietud y atención mi mirada fue a posarse en las fotos que tenía enfrente, delante de los libros de un estante. Allí está desde hace tiempo mi madre, Lolita, no sé exactamente con qué edad, cuarenta y tantos o algo así. Tiene la mirada algo perdida y melancólica, como no solía ser infrecuente en ella. Pese a su continuo despliegue de actividad, a veces se quedaba pensativa con sus pensamientos indescifrables, no sé si más dedicados a la rememoración, a la preocupación o a la fantasía. Era una madre aprensiva con los demás, no desde luego consigo misma. Allí está, desde hace menos tiempo, mi tío Odón Alonso, el director de orquesta, con su pelo blanco de músico y su acusado perfil y su media sonrisa de quien acostumbraba a estar en las nubes y tarareando. Y, desde hace obligadamente muy poco, está también la foto del niñito nuevo, ahí todavía con meses, claro está. Y así, mientras oía la música y miraba los retratos, se me hizo extraña la idea de que el nacimiento de mi madre y el de ese niñito —la una contó sobremanera en mi vida, el otro es probable que cuente, si es que no cuenta ya— estuvieran separados por ciento cuatro años. Sorprendido, me repetí los cálculos: mi madre nació el 31 de diciembre de 1912, el niñito el 22 de noviembre de 2016. Sí, casi ciento cuatro años. La niña que también está ahora en mi vida, y que es bisnieta de Lolita, nació el 19 de septiembre de 2013, casi ciento un años después.

Lo que me asaltó a continuación es una obviedad, pero una en la que no solemos caer: a lo largo de nuestras existencias, sobre todo si no son breves, ponemos el afecto en personas separadas por eternidades. Si pienso en mis propios abuelos, la diferencia aumenta. Mi abuela materna, por ejemplo (la única que conocí, hasta mis quince años o así), debió de nacer hacia 1890 en La Habana, y vino a Madrid en 1898, cuando España perdió Cuba. Aún pequeña, lo cual no le impidió conservar el acento de la isla hasta su fallecimiento. Y mi abuelo paterno, al que no conocí pero bien podría haber conocido (llegó a ver a mis tres hermanos mayores), había nacido en 1870, es decir, ciento cuarenta y seis años —casi siglo y medio— antes que el niñito de la fotografía. ¿Cómo es posible que en una misma vida y memoria (las mías) quepan y convivan personas tan distanciadas, tan de diferentes épocas, incapaces de concebir a quienes han venido tan detrás ni a quienes llegaron tan delante al mundo? La niña, la bisnieta de Lolita, se parece mucho a su madre, mi sobrina Laura, y tiene precisamente la edad que su madre contaba cuando la mía hubo de despedirse de ella y murió. Durante los cuatro años en que coincidieron se adoraron mutuamente. Laura apenas lo recuerda, pero yo sí: cómo la niña, cuando venía a ver a su abuela y la divisaba desde la entrada, echaba a correr por el largo pasillo hasta abrazarse a ella con risa y contento, y cómo Lolita la acogía, especialmente feliz de que por fin hubiera otro miembro de su sexo en la familia, tras haber dado a luz a cinco varones y haberse pasado la vida entre “chicos” un poco distraídos y un poco egoístas. Así que en este caso no me cuesta figurarme la relación que ella habría tenido con la actual niña de cuatro años. Tampoco, en realidad, la que habría tenido con el niñito de un año. Entre ellos no hay consanguinidad, pero tanto da. Seguro que le habría hecho el mismo caso y lo habría querido igual.

Los veo a los dos en las fotos, la una muy cerca del otro, caras que jamás se vieron ni se podrían ver, y que sin embargo, a través de mis ojos, a través de mi viejo afecto por la una y mi incipiente afecto por el otro, que sin duda irá a más, se encuentran extrañamente vinculados. A todos nos pasa, a cada uno de ustedes también, sobre todo si han alcanzado cierta edad. Nada tiene de particular, lo que señalo es algo de lo más común. Pero, si no me equivoco, rara vez nos paramos a pensar en ello, en el hecho misterioso de que quepan en nuestra memoria, en nuestros afectos y en nuestra imaginación personas de diferentes siglos y mundos, personas del XIX y del XXI y por supuesto del XX. No personas de las que meramente hayamos oído hablar o hayamos leído, sino que hemos visto y tratado, que de niños nos hicieron una caricia o a las que saludamos con un beso, tan naturales y reales como la caricia y el beso con que saludamos a la niña y al niñito de hoy. A través de nuestras mejillas transmisoras, esas personas condenadas a no saber unas de otras y a no verse jamás, a ignorarse por los siglos de los siglos, se juntan levemente y entran en fantasmagórico y tenue contacto, y mantienen el enigmático hilo de la continuidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de diciembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 26 de noviembre de 2017. ‘Poor devils’

Conozco a algunas personas compungidas por la ramplona interpretación que de la crisis catalana han hecho ciertos medios y opinadores anglosajones, a ambos lados del Atlántico. Desde mi punto de vista (y miren que soy anglófilo de toda la vida, y por ello he sido tildado en España de “autor inglés traducido” y otras etiquetas más groseras), esas personas van atrasadas de información, o bien son muy lentas a la hora de sacudirse los viejos prestigios, cuando éstos ya han caído. Las voces en inglés han aparecido más autorizadas que cualesquiera otras durante décadas, y con bastante justicia. Tanto los Estados Unidos como Gran Bretaña son ricos y fuertes todavía, han tenido y tienen científicos y artistas deslumbrantes y Universidades de enorme fama; han sido serios en el mejor sentido de la palabra, escrupulosos y racionales en sus análisis; han universalizado su cultura y su historia a través del cine y las series televisivas: no sé ahora, cuando ya casi nadie sabe nada, pero hasta hace poco no había europeo que ignorara quiénes fueron el General Custer o Jesse James, mientras que éramos incapaces de decir un solo nombre de general alemán, español, italiano o francés, incluidos los de Napoleón, o de un bandolero de las mismas nacionalidades. O bueno, mucha menos gente conocía al italiano Salvatore Giuliano que a los americanos Capone, Luciano o Billy el Niño. Con lo anglosajón, pero sobre todo con lo estadounidense, hay un papanatismo propio de países colonizados, con España a la cabeza. Todo lo que se inventa o se cree descubrir en América acaba abrazándose aquí con absoluto sentido acrítico, casi con idolatría.

Desde mi punto de vista, insisto, hace tiempo que lo que desde allí nos venden es mercancía dañada o barata, con las excepciones de rigor. La mayor parte de las novelas estadounidenses son repetitivas y carentes de interés, rara es la ocasión en que abro una y no empiezo a bostezar ante sus “frescos” de una época o de una ciudad, ante sus historias de familias (disfuncionales todas, por favor), ante sus artificiales prosas pretendidamente literarias y plagadas de tics de las llamadas “escuelas de escritura”, ante su voluntariosa sumisión a lo “edificante” o a lo “transgresor”. Del cine no hablemos: hace lustros que dejó de ser un arte que ofrecía un montón de obras maestras al año para brindarnos hoy productos sin brío y sin alma, películas desganadas, rutinarias y sin convicción, remakes y secuelas sin fin. De las costumbres que hemos importado, qué decir, desde Halloween hasta el Black Friday, todo contribuye a la infantilización y el gregarismo del mundo. En cuanto a los “razonamientos”, les debemos las siete plagas de lo políticamente correcto, el abandono de toda complejidad, matiz y ambigüedad, incluso de toda duda y de todo dilema, cuando el ser humano es esencialmente complejo, ambiguo, lleno de excepcionalidades, incertidumbres y encrucijadas morales.

Pero, aparte de todo esto, que es una generalización superficial, los prestigios de los países están irremediablemente unidos a sus gobernantes, quienes, nos guste o no, influyen mucho más de lo que deberían. En este sentido, un país capaz de elegir como Presidente a Trump para mí ya no cuenta, en conjunto. Tampoco uno capaz de votar alocadamente el Brexit para medio arrepentirse cuarenta y ocho horas después y, pese a ello, carecer de valor para rectificar su atolondrada decisión; de exhibir como Premier a la incompetente y confusa Theresa May y como Ministro de Exteriores al cínico, bufonesco y dañino Boris Johnson. Países capaces de dejarse engañar por mamarrachos como Nigel Farage y Donald Trump pasan a ser inmediatamente países sin prestigio alguno, temporalmente idiotizados, dignos de lástima. No es que en España ni en Europa estemos representados por gente mucho mejor, pero al menos nuestros gobernantes no resultan grotescos (al menos hasta que ganen Berlusconi o Grillo, tal para cual). Sosos y mediocres, sí; injustos y con escasa pesquis, la mayoría; inútiles, también. Pero no grotescos ni llamativamente lerdos. Por eso, la obtusa interpretación del conflicto catalán hecha por editoriales del New York Times y el Washington Post, el Guardian y el Times, carece de la importancia que habría tenido hace sólo dos años, y no debería llevar a nadie a la compunción ni al sonrojo. Que esos diarios (y algunos escritores de brutal ignorancia e inermes ante la manipulación) no sepan detectar que el Govern de Puigdemont y Junqueras ha encabezado un golpe retrógrado y decimonónico, antidemocrático, insolidario, totalitario, a la vez elitista y aldeano, y tan denodadamente embustero como el de los brexiteros y los trumpistas, no hace sino confirmar que los países a los que pertenecen están embotados y han dejado de contar intelectualmente, ojalá que por poco tiempo. Y no es que en el mundo anglosajón no haya voces inteligentes, claro que las sigue habiendo. Pero están en retirada, avasalladas y desconcertadas por la rebelión de los tontos y su toma del poder. Cuanto hoy venga de ese mundo ha de cogerse con pinzas y ponerse en cuarentena. Porque, después del Brexit y Trump, esos países han bajado provisionalmente a la categoría de “poor devils”, como dicen en inglés.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de noviembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 19 de noviembre de 2017. ‘Protocolo sexual preciso’

Hay asuntos que queman tanto que hasta opinar sobre ellos se convierte en un problema, en un riesgo para quien se atreve. Es lo que está sucediendo con el caso Harvey Weinstein y sus derivaciones. Claro que, al mismo tiempo, se exige que, en su ámbito cinematográfico, todo el mundo se pronuncie y lo llame “cerdo” como mínimo, porque quien se abstenga pasará a ser automáticamente sospechoso de connivencia con sus presuntas violaciones y abusos. (Obsérvese que lo de “presunto”, que anteponemos hasta al terrorista que ha matado a un montón de personas ante un montón de testigos, no suele brindársele a ese productor de cine.) Ya sé que la cara no es el espejo del alma y que a nadie debemos juzgarlo por su físico. Pero todos lo hacemos en nuestro fuero interno: nos sirve de protección y guía, aunque en modo alguno sea ésta infalible. Pero qué quieren: hay rostros y miradas que nos inspiran confianza o desconfianza, y los hay que intentan inspirar lo primero y no logran convencernos. Era imposible, por ejemplo, creerse una sola lágrima de las que vertió la diputada Marta Rovira hace un par de semanas, cuando repitió nada menos que cuatro veces —“hasta el final, hasta el final, hasta el final, aún no he acabado, aún no he acabado” (intercaló autoritaria al oír aplausos), “hasta el final”—… Eso, que lucharían hasta el final tras la encarcelación de los miembros de su Govern.

La cara de Weinstein siempre me ha resultado desagradable, cuando se la he visto en televisión o prensa. Personalmente, me habría fiado tan poco de él como de Correa o El Bigotes o Jordi Cuixart, por poner ejemplos nacionales. Con todos ellos, claro está, podría haberme equivocado. Todos podrían haber resultado ser individuos rectos y justos. Pero no habría hecho negocios con ellos. Y creo que, de haber sido mujer y actriz o aspirante a lo segundo, habría procurado no quedarme a solas con Weinstein, exactamente igual que con Trump. Weinstein además es muy feo, o así lo veo yo; y feo sin atractivo (hay algunos que lo tienen). Así que parece improbable que una mujer desee acostarse con él. Pero es o era un hombre muy poderoso, en un medio en el que abundan las muchachas lindas. No me extrañaría nada, así pues, que hubiera incurrido en una de las mayores vilezas (no por antigua y frecuente es menor) que se pueden cometer: valerse de una posición de dominio para obtener gratificaciones sexuales, por la fuerza o mediante el chantaje. Pero obviamente no me consta que lo haya hecho, por lo general en un sofá o en una habitación de hotel sólo suelen estar los implicados. Lo chirriante del asunto es la cascada de denuncias a partir de la primera. ¿Por qué callaron tantas víctimas durante años? Y, aún peor, ¿por qué amigos suyos como Tarantino se han visto impelidos a decir algo en su contra, aterrorizados por la marea? No sé, si yo descubriera algo indecente de un amigo, seguramente dejaría de tratarlo, pero me parecería ruin contribuir a su linchamiento público por temor al qué dirán.

Pero esa marea sigue creciendo. Kevin Spacey es ya un apestado por las acusaciones de varios supuestos damnificados (¿cuántas veces hay que recordar en estos tiempos que acusación no equivale a condena?). Al octogenario Dustin Hoffman le ha caído la de una mujer a la que gastó bromas procaces y pidió un masaje en los pies… en 1985. Y el Ministro de Defensa británico, Fallon, ha dimitido a raíz de que una periodista revelara ahora, aupada por la susodicha marea, que le tocó la rodilla varias veces… hace quince años. Al parecer no era esa la única falta de Fallon en ese campo, y quizá por eso ha dimitido. Pero, después de lo de la rodilla, creo llegado el momento de que hombres y mujeres establezcan un protocolo preciso de actuación entre mujer y hombre, hombre y hombre, mujer y mujer, para que la gente sepa a qué atenerse. Ante cualquier avance quizá deba pedirse permiso: “Me apetece besarte, ¿puedo?” Y, una vez concedido ese: “Ahora quisiera tocarte el pecho, ¿puedo?” Y así, paso a paso, hasta la última instancia: “Aunque ya estemos desnudos y abrazados, ¿puedo consumar?” Tal vez convendría firmar cláusulas sobre la marcha. Ojo, no hago burla ni parodia, lo digo en serio. Porque hasta ahora las cosas no han ido así. Por lo regular alguien tiene que hacer “el primer gesto”, sea acercar una boca a otra o rozar un muslo. Si la boca o el muslo se apartan, casi todos hemos solido entender el mensaje y nos hemos retirado y disculpado. Pero que alguien intente besarnos (y en mi experiencia he procurado no ser yo quien hiciese ese “primer gesto”, hasta el punto de habérseme reprochado mis “excesivos miramientos”) no ha sido nunca violencia ni acoso ni abuso. La insistencia tras el rechazo puede empezar a ser lo segundo, la aproximación y el tanteo no. Tampoco ese grave pecado actual, tirar los tejos o “intentar seducir”. La intimidación, el chantaje, la amenaza de una represalia, son intolerables, no digamos el uso de la fuerza. Pero urge redefinir todo esto, si ahora es hostigamiento y condenable tocar una rodilla, insinuarse con una broma o pedir un absurdo masaje en los pies.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de noviembre de 2017

PATENTE DE CORSO
‘Recogiendo el guante’
ARTURO PÉREZ-REVERTE
XL Semanal, 19 de noviembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 12 de noviembre de 2017. ‘Impaciencia y caso omiso’

He hablado muchas veces de la imparable infantilización del mundo y de cómo se están fabricando generaciones de adultos mimados que no toleran las frustraciones ni las negativas ni las imposibilidades. Lo más grave es que esta actitud se haya trasladado a la política y a las colectividades, y buena prueba de ello es la ya agotadora crisis de Cataluña: una parte de la población anhela una cosa (le “hace tanta ilusión”, como arguyó hace mil años una aspirante a escritora empeñada en obligarme a leer sus textos), y ha de conseguirla por encima de la voluntad de todos, mediante trampas infinitas si es menester, y en contra del principio de realidad. Cada vez hay más gente avasalladora e impaciente, dispuesta a tocar todas las teclas aunque sepa que la mayoría no van a surtir efecto.

Mi casa tiene dos puertas, una detrás de otra. La primera da a un pasillo que comparto con una vecina, largo y en forma de L. Junto a esa primera puerta hay dos timbres. En uno se lee “JM” y en el otro “CC”. Obviamente mi vecina no es JM ni yo soy CC, lo cual no impide que un buen porcentaje de los que la visitan a ella pulse el timbre de JM y otro notable de los que me visitan a mí pulse el de CC. Una y otra vez nos disculpamos recíprocamente por las molestias, y sólo nos explicamos el fenómeno así: muchos individuos son tan impacientes que, incapaces de esperar unos segundos a que ella o yo lleguemos a esa puerta primera, prueban a llamar al otro timbre creyendo que con eso lograrán su propósito (logran que se les franquee el primer paso, pero no el segundo, que es de lo que se trata). Bien, un señor al que no conozco de nada, y que por lo visto utiliza la misma máquina Olympia Carrera de Luxe a la que me he referido en varias columnas, telefonea a mi gran amiga Mercedes López-Ballesteros, que también me echa una mano en mis tareas, y la interroga implacablemente sobre cómo hacer para que tal o cual tecla lo obedezca, o cómo comprar cintas y demás, como si ella —o yo, por extensión— fuéramos un manual de instrucciones o unos proveedores, y además no tuviéramos otra cosa que hacer. Ella le contesta que no tiene idea, que quien usa la Olympia soy yo y no ella (que trabaja con ordenador), y que no lo puede ayudar. Al señor en cuestión eso le da igual: quiere ver su problema resuelto a toda costa y le insiste. “¿No entiende usted que yo no le sirvo?” No, no lo entiende y continúa explicándole, impertérrito, la función supuesta de la tecla rebelde. Está a lo suyo y nada más, engrosando las filas de los que en sentido figurado llamamos “autistas” (según el DLE: “Dicho de una persona: Encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”; esa definición que tanto indigna a los enfermos de autismo y que exigen prohibir, sin darse cuenta, una vez más, de que la gente dice lo que le parece y da a las palabras el sentido que quiere, y que el Diccionario está obligado a reflejarlas sin más).

A Mercedes, que atiende los mails y me imprime los que yo deba ver, a menudo se la llevan los demonios. No sé, a la petición de que vaya a un sitio a dar una charla, contesta, por ejemplo, que estoy terminando una novela y no me añadiré viajes hasta que la acabe, o que estoy en plena promoción de la novela recién publicada y sin tiempo para nada más, o que estaré fuera durante tal y cual meses. Con frecuencia recibe una respuesta que hace caso omiso de la suya y le dice, quizá: “Preferiríamos que el señor M viniese un jueves, porque ese día no hay Copa de Europa y acude más gente a este tipo de eventos” (la estúpida palabra “eventos” por doquier). Mercedes se desespera y se pregunta cómo leen y cómo funcionan las cabezas de sus interlocutores. Otras veces alguien pide algo (un bolo, una entrevista, lo que sea). Acepto, y propongo tal o tal fecha a tal hora. “Es que esos días no me vienen bien”, es con frecuencia la contestación. “Mejor el domingo a las ocho de la mañana”. La persona que pide algo olvida al instante que la interesada es ella y no yo. Que yo no le he solicitado nada, sino al revés, y que más le valdría coger pájaro en mano, si tanto es su interés. Así, no es nada raro que quien ruega algo, luego ponga trabas y lo dificulte. Hoy había reservado la tarde para contestar por escrito a una entrevista mexicana. Había accedido siempre y cuando tuviera las preguntas hoy como tarde, para poder cumplir durante el fin de semana. No han llegado, claro está, pero seguramente pretenderán que las conteste cuando ya no disponga de tiempo o me venga fatal, y se soliviantarán si no los complazco cuando decidan ellos. Mercedes “se venga” inconsciente y discretamente: al entregarme los mails impresos, a veces añade algo a mano: “Este es un pesado”, o “Este es un grosero”, o bien “Este me da pena” o “Este es encantador”. No voy a negar que esas observaciones me influyen, aunque ella no las haga con esa intención, sino sólo con la de “comentar”. Sea como sea, más vale que quien quiera algo de mí, no haga caso omiso de sus palabras y la trate con exquisitez.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de noviembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 5 de noviembre de 2017. ‘La gente es muy normal’

Cuando esto escribo, en el resto de España no percibo, de momento y por suerte, ninguna animadversión general contra los catalanes. Esa que, según los independentistas y sus corifeos extranjeros, ha existido siempre. Claro que hay y ha habido algunos españoles que “no los tragan”, pero son una minoría exigua. Los independentistas (no tanto los sobrevenidos y circunstanciales de los últimos años cuanto los de arraigado convencimiento) necesitan creer que su país es tan odiado como odiado es por ellos el resto de la nación. No es ni ha sido nunca así. En la perversa Madrid son acogidos de buen grado, entre otras razones porque aquí a nadie le importa la procedencia de nadie. Recuerdo a un amigo gerundense que, cuando yo vivía en Barcelona en mi juventud, se jactaba de no haber pisado nunca la capital y manifestaba su intención de seguir así hasta su muerte. Al cabo del tiempo, y ya perdido el contacto con él, me lo encontré en las inmediaciones de Chicote, en plena Gran Vía madrileña. Tras saludarlo con afecto, no pude por menos de expresarle mi extrañeza. “No”, me contestó sin más, “la verdad es que vengo con cierta frecuencia. La gente aquí es muy normal y me trata muy bien”. “Sí”, creo que le contesté. “La gente es normal en casi todas partes, sobre todo si se la trata de uno en uno y no se hacen abstracciones”.

Estamos cerca de que nos invada una de esas abstracciones. Como he dicho, no percibo aún animadversión general, pero sí hartazgo y saturación hacia los políticos catalanes y, en menor grado, hacia la masa que los sigue y se deja azuzar por ellos. Hacia sus mentiras y tergiversaciones, sus exageradas quejas, su carácter totalitario y cuasi racista. Puede que yo sólo trate a individuos civilizados, pero lo cierto es que no he oído ni una vez la frase “A los catalanes hay que meterlos en vereda” ni otras peores. Lo que sí he oído refleja ese hartazgo: “Que se vayan de una vez y dejen de dar la lata y de ponernos a todos en grave riesgo”. Si un día hubiera un referéndum legal y pactado, en el que —como debería ser— votásemos todos sobre la posible secesión, pienso que un resultado verosímil sería que en Cataluña ganara el No y en las demás comunidades el . Quién sabe.

Todo esto es muy injusto, como lo es lo ya producido, a saber: el secuestro de la mayoría por parte de la minoría. La minoría independentista es tan chillona, activa, frenética, teatrera y constante que parece que toda Cataluña sea así. Y miren, si se dieran por buenas —en absoluto se pueden dar— las cifras del referéndum del 1-O proclamadas por la Generalitat, aun así habría tres millones y pico de catalanes en desacuerdo con él. Dos millones largos a favor son muchas personas, pero, que yo sepa, son bastantes menos que tres y pico en contra. A estos últimos catalanes no se los puede echar, ni abandonarlos a su suerte, ni entregarlos a dirigentes autoritarios, dañinos y antidemocráticos, como han demostrado ser el curil Junqueras, Puigdemont, Forcadell y compañía, infinitamente más temibles y amenazantes que Rajoy, Sánchez y Rivera. Si en este conflicto hay alguien que se pudiera acabar asemejando a los serbios agoreramente traídos a colación, son esos políticos catalanes, no los del resto del país.

Es por tanto sumamente injusto, si no cruel, hablar de “los catalanes” como si estuvieran todos cortados por el mismo patrón que sus aciagos representantes actuales. Tampoco las multitudes independentistas merecerían ser asimiladas a ellos. Conozco a unos cuantos que lo son de buena fe y a los que no gustan las cacicadas como las del 6 y 7 de septiembre en el Parlament. Y son muy libres de querer poseer un pasaporte con el nombre de su país y verlo competir en los Juegos Olímpicos bajo su bandera. Y son libres de intentar convencer. Para lo que no lo son es para imponerle eso, velis nolis y con trampas, a la totalidad de sus conciudadanos. Para prescindir de todo escrúpulo y de toda ley, para clausurar el Parlament cada vez que les conviene, para abolir la democracia en el territorio e instaurar un régimen incontrolado y represor, lleno de “traidores”, “súbditos” (la palabra es de Turull) y “anticatalanes” señalados, denunciados y hostigados. Un régimen que tendría como un principio la delación de los disidentes y discrepantes. No, numerosos independentistas también desaprueban eso, o así lo quiero creer. En todo caso, da lo mismo lo que “se sientan” unos y otros, nadie está obligado a albergar sentimientos. ¿“Se sienten” europeos todos los españoles? Seguro que no, y qué más da. Lo somos política y administrativamente, y por eso en nuestro pasaporte pone “Unión Europea”. Dicho sea de paso, para nuestra gran ventaja. Esos tres millones y pico de catalanes (y quizá más) son y han sido amables y acogedores, pacíficos y civilizados, y han contribuido decisivamente a la modernidad de España. Lo último que merecen es que su nombre se vea usurpado, también en el resto del país, por una banda de gobernantes fanáticos y medievales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de noviembre de 2017