Edición libanesa de ‘Todas las almas’


TODAS LAS ALMAS
JAVIER MARÍAS
Hashit Antoine, 2019

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LA ZONA FANTASMA. 17 de marzo de 2019. ‘No tienen suerte’

Está visto que las mujeres no tienen suerte. Durante siglos han estado sojuzgadas (si hablo en pasado es porque me refiero sólo a las occidentales), no se les ha permitido estudiar ni trabajar (con la inmensa excepción de las clases pobres, que se han deslomado desde la niñez), se les han puesto trabas para desarrollar actividades artísticas y científicas o no se las ha tomado en serio; han sufrido condescendencia y paternalismo, y lo que hacía una mujer se equiparaba con lo que hacía un crío avispado: mira qué gracioso, no está exento de mérito. En España fueron menores de edad, literalmente, hasta que Franco se fue a la tumba y los franquistas a sus casas. Necesitaban autorización del marido o del padre para las cosas más inverosímiles, abrir una cuenta corriente, sacarse un pasaporte, tener un empleo remunerado. Yo conocí a algunas que, una vez alcanzada la mayoría, prefirieron no casarse para gozar de libertad y autonomía. No estaban dispuestas a verse bajo la tutela de un individuo, por más que la mayoría de los maridos —justo es reconocerlo— no la ejercieran de facto. Entre personas civilizadas no existían esas prohibiciones conyugales. Pero el mero hecho de que existieran por ley bastaba para que algunas no quisieran correr riesgos y renunciaran conscientemente a hijos y familia propia. Elegían ser lo que entonces se llamaba “una solterona”. No había “sexismo” en el término, ya que también se utilizaba en masculino para los varones, a menudo acompañado del vocablo “empedernido”, lo cual transmitía la idea errónea de que los “solterones” lo eran por su voluntad y por aversión al compromiso, mientras que las “solteronas” se conformaban con su falta de éxito o su mala fortuna. Sin duda había casos así (como había hombres que sólo habían recibido calabazas a lo largo de sus vidas); pero ya digo que conocí, de niño, a no pocas jóvenes inteligentes, atractivas y solicitadas que lo último que deseaban era tener a su lado a alguien con autoridad sobre ellas, así fuese respetuoso y civilizado.

Todo esto fue cambiando desde el inicio de la democracia, y durante cuarenta años, con constancia, las cosas se fueron normalizando. Quedan todavía vestigios inadmisibles, como la menor paga de una mujer por el mismo trabajo que hace un hombre. Eso, según nuestras leyes, no puede darse, pero lo cierto es que se da en muchos lugares. La normalización consistía —y esa era la justa aspiración feminista— en que el sexo resultara indiferente. En que no se juzgara nada en función de él. Ni la capacidad, ni la competencia, ni el talento, ni el mérito o el demérito. Entre mis colegas escritoras, por ejemplo, lo que más las irritaba era que se las llamara a conversar con otras autoras sobre “literatura femenina” o “de mujeres”. Señalaban con razón que a los novelistas nadie nos reunía para que habláramos de “literatura de varones”. Eso indicaba que todavía, pese a todo —pese a Emily Brontë y Jane Austen, Madame de Sévigné, George Eliot y Pardo Bazán, unas pocas clásicas—, el que las mujeres escribieran se veía como algo cercano a una curiosidad, por no decir a una anomalía. Era como si se las confinara a un ghetto. Recuerdo que a Rosa Chacel, a la que traté desde la infancia, la sacaban de quicio estas distinciones. Ella no se sentía en la estela de esas autoras y de Charlotte Brontë, Virginia Woolf, Colette e Isak Dinesen —las supuestamente mejores—, o no sólo. Se sentía también en la de Conrad, Flaubert, Proust, Valle-Inclán, Dickens y Tolstoy.

Esa tendencia se ha ido al traste, y esta vez por imposición del último feminismo. Parece que hubiera una legión de “sexadores” mirándole el sexo a todo: a la literatura, al cine y a la televisión, a la música y al teatro, a los consejos de administración y a los ministerios, a la justicia y a la ciencia y a la enseñanza. Continuamente se señala el número de mujeres que intervienen en algo, y, casi por sistema, se subrayan y ensalzan sus contribuciones. Si antes había ninguneo —hasta cierto punto—, ahora se va a marchas forzadas hacia el enaltecimiento indiscriminado, lo cual constituye otra forma de ghetto. Si yo fuera una mujer a lo Rosa Chacel, por seguir con su ejemplo, creo que estaría cabreada con una parte de mis congéneres. Han hecho tanto hincapié en el sexo de las personas, destacando las bondades del suyo, que cuando uno lee el enésimo elogio, ya no sabe si es sincero o si responde sólo a una “política de elevación”, a una incesante campaña de veneración o llámenlo como quieran. En los últimos años se han saludado tantísimas obras maestras de escritoras —sobre todo estadounidenses y argentinas—, que, de creer a los críticos y a los colegas, no sabría por dónde empezar y tendría lectura obligada para varias décadas. Como mi tiempo es limitado y debo emplearlo con tiento, el resultado es que pongo entre paréntesis o en cuarentena todas esas enérgicas loas y aguardo a ver qué queda y se consolida. No es que yo sea índice de nada, pero me temo que no soy el único —ni la única— que contempla con justificable escepticismo la avalancha de maravillas por sexo. Y una vez más, me parece, son las mujeres las que salen perdiendo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de marzo de 2019. ‘Copiones todos’

España se ha convertido en uno de los países más ridículos del planeta. Quizá esto no sea una novedad para muchos, entre los que desde luego me cuento. Pero la ridiculez ha alcanzado su máximo (bueno, nunca se sabe) en los últimos años. Por un lado, todo el mundo anda proclamando a voces su “diferencia” respecto a los vecinos con los que llevan siglos mezclándose y de los que apenas se distinguen. Los vascos y los catalanes pretenden ser directamente “insondables” para cualquiera no nacido en sus territorios y sin una raigambre pura. Aspiran a ser “incomprensibles”, un arcano para el resto, cuando resultan muy simples. Por su parte, bastantes de los demás españoles vitorean a un par de partidos (el PP y Vox) que sueltan sandeces del tipo “España es lo más grande que hay” o “Ser español es cosa seria”. Estos individuos están tan trastornados que últimamente reivindican como el colmo de la españolidad… la caza, como si esa actividad no se hubiera practicado desde la noche de los tiempos en todos los puntos del globo. La absoluta ridiculez radica en que todas esas pretensiones son falsas, las de los catalanes, los vascos, los andaluces y los madrileños. Hace demasiados años que España es una mera colonia voluntaria y servil de los Estados Unidos, y que el anhelo de mis compatriotas es, ya que no serlo (de momento es imposible), sentirse americanos y vivir como ellos.

Viniendo esta aspiración ya de antiguo, nada debería haberme sorprendido, y sin embargo me quedé atónito hace unas semanas, al ver que TVE estaba retransmitiendo, íntegramente y en directo, el debate del Estado de la Unión. Bien es verdad que era por la noche tarde, pero eso se debía más al desfase horario con los Estados Unidos que a la necesidad de rellenar con “algo” la programación de madrugada. Si lo del Estado de la Unión hubiera coincidido con nuestro mediodía, se habría interrumpido lo habitual a esa hora para ofrecérnoslo. Esto bajo una TVE socialista. ¿Nos importa lo más mínimo ese soporífero debate de un país extranjero y lejano, cuyo protagonismo recae hoy en día en un perturbado profundo, Trump, que jamás ha dicho nada ni veraz ni interesante? ¿Nos habrían televisado el equivalente a esa sesión en Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia? ¿En nuestro propio Congreso o en el Parlament de Cataluña? Ah, no, que éste lleva toda la legislatura cerrado por decisión de los independentistas, que así demuestran lo democráticos que son y lo mucho que escuchan a todo su pueblo.

El papanatismo español hacia lo estadounidense es penoso, y, en vez de quererse independizar algunas regiones, deberíamos todos solicitar convertirnos —por favor, por favor— en el 51º Estado americano. Aquí la gente celebra miméticamente Halloween, y el Black Friday, y el Cyber Monday, y ya ha habido amagos de reunirse a comer pavo en Thanksgiving (todo se andará, y se obligará al Rey a indultar a un par de aves). Ya hay fanáticos del fútbol con casco, deporte poco menos complicado que el baseball, y no son pocos los que trasnochan para no perderse la Superbowl y hablar de ella como si llevaran décadas siguiéndola. Lo mismo ocurre con los Óscars, claro, que cada año que pasa premian más horrores: entre los actores y actrices, a alguien que ha engordado o enfeecido para su papel, o al que han echado toneladas de maquillaje y prótesis para que se parezca a un personaje real al que en nada se parece; si antes fue Oldman mal disfrazado de Churchill, ahora son Bale y Amy Adams con caretas de Cheney y su señora, y un tal Malek con bigote y pómulos de Freddie Mercury. Pero también vivimos pendientes de los Globos de Oro, los Grammy, los Tony, los MTV, los Flocky, los Flicky y hasta los Razzie al peor cine. Las embarazadas organizan las llamadas “baby showers”, estúpidas fiestas en las que se hacen regalos a los nonatos (y de la veneración por las mascotas, otra importación, mejor no hablemos). En las bodas y “rebodas” se pronuncian sonrojantes discursos como los vistos en las comedias cursis o zafias (todas sin gracia) que de ultramar nos llegan. En la televisión, todo el mundo finge emocionarse y lloriquea, también a la usanza estadounidense: salen una señora o un joven, dicen “Es que yo quiero mucho a mi nieto o a mi abuela”, y les caen lagrimones por eso. Del uso ignorante y continuo del inglés, qué decir. Recibo invitaciones tan catetas que ponen “Save the Date” y “Dress Code”, así, tal cual, en vez de los más sensatos y naturales “Reserve la fecha” y “Etiqueta”. Los horteras pretenciosos espolvorean sus diálogos o columnas de “targets”, “deadlines”, “mainstream”, “backstages” y “speechwriters”, creyendo —es lo más grave— que en castellano o catalán no hay forma de decir eso. Hace poco oí a una estulta hablar del “agregado” para referirse al marcador total o global de una eliminatoria futbolística. Una lastimosa traslación de “aggregate score”, que es como se dice en inglés lo que acabo de escribir en mi lengua. ¿Los catalanes, los vascos, los españoles en general son únicos y tan originales que la emoción de su singularidad los abruma? Por favor, todos copiones patéticos del país más bobo de nuestra era.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de marzo de 2019

Kaia Gerber lee ‘Mientras ellas duermen’


Este es el libro de Javier Marías que está leyendo Kaia Gerber
SANDRA CAÑEDO
Telva, 5 de marzo de 2019

La inesperada conexión entre la ‘it girl’ Kaia Gerber y el escritor Javier Marías
Hola, 8 de marzo de 2019

X17

GALERÍA DE FOTOS

Kaia Gerber Transforms For Givenchy & Valentino at Paris Fashion Week
Just Jared, 3 March 2019

Kaia Gerber rocks a chunky cable knit before taking to the runway in a jumper with HUGE shoulder pads alongside Gigi Hadid at Isabel Marant PFW show
CHARLOTTE DEAN
Daily Mail, 28 February 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de marzo de 2019. ‘Dejar de meter la pata sin cesar’

En los últimos cuarenta y dos años, desde las elecciones de 1977, he votado muy variadamente. Desde —en aquellas primeras— a un partido de larga izquierda y corta vida y cuyo nombre ni recuerdo —vivía yo entonces en Barcelona—, hasta al CDS de Adolfo Suárez, que tampoco duró nada, y del cual me atrajo en su día su propuesta pionera de suprimir la mili que tanto amargó a los jóvenes españoles. Es decir, hace ya mucho que no me he sentido encorsetado por mis convicciones “de izquierdas”. Hay quienes se tatúan la frente y al día siguiente de votar son incapaces de mirarse al espejo si la papeleta que depositaron no coincide con el tatuaje o se le aproxima mucho. No es mi caso: llevo demasiadas legislaturas en las que voto contra quien me parece peor o más dañino; o a favor de quien veo menos repugnante o nocivo; o, como escribí años atrás, a quien me da “sólo” noventa y ocho patadas, en vez de las cien de nuestra locución verbal. Ojo, noventa y ocho son un montón, pero siempre hay otras formaciones que nos dan esas cien de rigor, o incluso ciento diez. Es lo que me pasa con el Partido Popular, que jamás ha entrado en mis fluctuaciones ni entrará, menos aún tras haber colocado a su frente a Pablo Casado, un vetusto joven que tiene como ídolo… a Aznar. Ni a éste ni a su partido les perdonaré nuestra involucración en la embustera, ilegal y contraproducente Guerra de Irak ni sus desfachatadas mentiras tras los atentados del 11-M de 2004, con el Ministro del Interior Acebes jurando que habían sido obra de ETA. La primera vez que voté al PSOE fue de hecho aquel año. No porque me gustara Zapatero, sino porque lo urgente me parecía que nos quitásemos de encima la losa de Aznar. Era una de esas ocasiones en las que “cualquiera menos él”. (Y dicho sea de paso, la única y aterradora hipótesis en la que me vería escogiendo la papeleta del PP sería si un día la cosa se dirimiera entre ese partido y Vox; o tal vez Podemos, que tanto se asemeja a Vox, más o menos como en Francia suelen ir de la mano el “izquierdista” Mélenchon y la ultraderechista Le Pen, o en Italia el M5Stelle y La Lega, que gobiernan juntos. Todos admiradores de Putin, por cierto.)

De aquí a dos meses volveremos a tener elecciones, y una vez más habrá que buscar el partido que nos dé “sólo” noventa y ocho patadas, o incluso noventa y nueve. El PSOE lleva largo tiempo entontecido y en buena medida “podemizado”. De Podemos y sus confluencias ya está comprobado que sólo se pueden esperar megalomanía, caudillismo, antieuropeísmo, connivencia con los independentistas totalitarios y espíritu falangista-peronista. De los partidos nacionalistas, mezquindad sistemática y deslealtad hacia el conjunto. Pablo Casado no desaprovecha ocasión de soltar imbecilidades. Pero no imbecilidades inofensivas, sino dictadas por la mala fe. Un camorrista autosatisfecho, no se entiende satisfecho de qué. Y luego está Ciudadanos. Creo que nunca he hablado de ellos, quizá porque me parecía prudente no hacerlo hasta verlos más. Han tenido la suerte de no gobernar en casi ningún sitio hasta hoy. Y cuentan con quien es, en mi opinión, la política o político más inteligente y convincente de cuantos hay en España, Inés Arrimadas. Excelente parlamentaria, siempre con el tono adecuado (firme pero no prepotente), en absoluto engreída (algo insólito en su ámbito), casi nunca da la impresión de decir lo que no piensa (tal vez hasta hace poco, tal vez por “órdenes”). Ha sido lo bastante lista, además, para “perder un avión” de Barcelona a Madrid y no estar presente en la deprimente concentración de banderas de hace tres domingos en Colón. (Cuando veo muchas banderas, tanto me da cuáles sean, no puedo evitar acordarme de Núremberg en 1934.)

Rara vez la gente vota unánimemente, en contra de lo que cada partido desearía para sí. Hay que aceptarlo y tenerlo en cuenta, y en ese sentido no estaba mal que hubiera una formación de centroderecha, aunque demasiado liberal en lo económico. Hay electores a los que eso va bien: un partido moderado, laico, conservador, no intrusista, equiparable a los que tradicionalmente ha habido en los demás países europeos. Ciudadanos podía ser eso. Así que resulta decepcionante y penoso verlo meter la pata en los últimos tiempos y enajenarse a posibles votantes. Se ha asimilado a este “nuevo” PP chulesco, beligerante y rancio, exagerado hasta la histeria. C’s se mantuvo más a distancia del de Rajoy para no verse salpicado por la corrupción, pero esa corrupción no ha desaparecido por arte de magia, y en cambio han reaparecido el encono y la bravuconería de Aznar. Tampoco le ha dado la espalda a Vox, que es como no dársela en Francia a Le Pen o en Hungría a Jobbik (partido más racista que Orbán, que ya es decir). Buena parte de los españoles piensa que lo menos malo en el actual panorama sería un pacto entre el PSOE de Rubalcaba o Guerra, para entendernos, y el Ciudadanos de Arrimadas. Dos partidos constitucionalistas, europeístas y no furibundos; en estos tiempos difíciles poco más se puede pedir. Pero Rubalcaba y Guerra están arrumbados y Arrimadas no es cabeza de lista. Quizá estén todos a tiempo —aún faltan casi dos meses— de dejar de meter la pata sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2019. ‘Tamaño y tiempo’

Yo, que no he tenido hijos, me encuentro ahora con dos nietos. No de sangre, obviamente, pero tanto da: si a uno le tocan cerca unos niños, y le caen muy bien (no siempre sucede, los hay antipáticos o sosos), es fácil cobrarles afecto y hacerlos “suyos” en algún sentido, aunque sólo sea porque ellos cuentan con uno y así son quienes deciden el vínculo, al que no es posible sustraerse. Si un crío confía en nosotros, lo último es defraudar su confianza. Quizá por no haberlos tenido propios, por falta de acostumbramiento, los observo con gran interés. Es muy probable que los lectores padres y madres y abuelos, al leer estas líneas, piensen de mí: “Vaya, ha descubierto la pólvora”. Me disculpo con ellos, naturalmente. Pero también es posible que, por la misma falta de hábito, me fije en detalles extravagantes en los que acaso no reparen quienes se han pasado la vida entre criaturas.

La niña, Berta, es aún muy chica, tres meses recién cumplidos. Ya sonríe cuando se le dicen cosas afectuosas, y se agita de contento como un animalillo, a buen seguro sin saber por qué, ni lo que hace. Lo que me llama la atención es que, tan minúscula, responda ya a los estímulos del bien querer y del halago, que a su manera “comprenda” el habla cariñosa, ya que aún no las palabras. Pero, como me sucedía asimismo con una sobrina-nieta que ahora tiene cinco años, lo que más me intriga es la intensidad de su mirada cuando escruta a su alrededor, o a quien tiene delante, incluso a su propia madre. Mira con profundidad, como si quisiera desentrañar un enigma con el solo poder de su vista, supongo que es el principal medio con que cuenta para deducir, entender y reconocer. Cuando los niños son tan pequeños, no puedo evitar preguntarme qué diablos “piensan”. Ya sé que es un verbo excesivo, pero algo semejante al pensamiento debe rondarlos desde el primer instante. Y asocio su llegada al mundo con la de uno de nosotros a un planeta desconocido, sólo que ellos carecen de términos de comparación, encima. En verdad resultan misteriosos, quién sabe cómo interpretan.

El niño, su hermano, que se llama Unai y se llama Ernest, tiene dos años y tres meses. Como casi todos los de su edad, corre ya como loco y en todo se fija. Como también es frecuente, imagino, le encantan los trenes, las ambulancias, los furgones de policía, las grúas. Hace poco su juvenil abuela lo llevó a la Estación de Francia y unos amables ferroviarios le permitieron subirse a un tren que iba a partir, y fingir que lo conducía. Se quedó atónito primero, y después embelesado: un acontecimiento, en su vida todavía conformada por cosas mínimas. Algo que me extraña en los niños es que parecen encontrar normal su tamaño, y no poder alcanzar cuanto desean, y depender de los mayores para tantísimas actividades, para vestirse incluso. No parece molestarles que casi todo el mundo sea mucho más alto que ellos, y no sé cómo encajan esa particularidad. No creo que sean conscientes (no al menos a la edad de Unai o Ernest) de que los aguarda un crecimiento continuo, menos aún de que llegarán a la altura de sus padres y la sobrepasarán probablemente. Poco a poco aprenden lo que es el tiempo, pero les cuesta (también a los adultos, dicho sea de paso). “Mañana” no significa nada para ellos. “Dentro de unos días” les es inconcebible. Infiero que el tiempo presente es lo único que hay para ellos, y que se les aparece como infinito e inmutable. “Si mi madre o mi padre no están, eso significa que no estarán nunca; y si están, es que van a estar siempre”, deben de “pensar”, o intuir acaso. De ser así, el suyo me parece un mundo de extremos y de contrastes difícil de soportar, del cual seguramente los salva su capacidad para el fácil y rápido olvido. El olvido, supongo, es una bendición defensiva desde el principio.

Unai o Ernest es curioso hasta la aventura y a la vez cauteloso. Ante un bazar chino, repleto de objetos como todos, se iba acercando a la puerta con pasos cortos y paradas, como si esperara a que le dieran permiso para adentrarse, o simplemente a ver qué ocurría si persistía en su aproximación, como un explorador avezado y prudente. Nadie le dio indicación alguna, pero su curiosidad fue más fuerte. Por fin atravesó el umbral y, siempre con respeto o sigilo, empezó a mirar cosa por cosa; todo lo atrae, lo mismo que cuando va por la calle: ir con él es ir parándose y explicándole, porque quiere explicaciones; aunque no las entienda cabalmente, quiere palabras. El nacimiento de Berta lo ha desconcertado un poco, claro está. Alternaba besos y regalos (o por lo menos le enseñaba sus cuentos y juguetes) con momentos de recelo. Pero un mínimo episodio reciente da fe de que ya la ha “adoptado”. Unos niños de unos siete años se acercaron corriendo al cochecito para ver al bebé, con buenas intenciones. Pero como Unai o Ernest las desconocía, por si acaso se interpuso entre ellos y la hermana, para protegerla de cualquier peligro, como un pequeño soldado. Qué iba a poder un niño de dos años contra varios de siete. Quizá él no era consciente de que poco podría, y sin embargo le brotó el gesto, la voluntad, el afán. Era como si les dijera: “A ver qué queréis, que a esta nena yo la guardo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 17 de febrero de 2019. ‘Contra sus amigos más fieles’

Cuando esto escribo, los taxistas madrileños llevan en huelga dos semanas y además bloquean zonas de la ciudad a su antojo. Ya hicieron otra hace seis o siete meses, y uno se pregunta cómo es que un gremio que depende —­así lo cuentan sus miembros— de lo que trabajan y recaudan diariamente, con jornadas de más de doce horas para alcanzar lo presupuestado, se pueden permitir no ingresar nada durante tantísimos días. Hay “cajas de resistencia”, dicen; deben de estar repletas, para cubrir a quince mil conductores. No voy a entrar en el fondo de la cuestión porque ignoro demasiadas cosas sobre el litigio que los enfrenta con los VTC. Puede que los taxistas tengan toda la razón o ninguna, o —lo más probable— que la tengan en parte y en parte no.

Hace tiempo que muchas huelgas de nuestro país parecen haber perdido de vista dos factores primordiales: 1) a quién se presiona, contra quién se protesta; 2) a quién se perjudica con la suspensión de actividades. Los obreros de una fábrica lo tienen claro. Se presiona a los dueños o empresarios para que mejoren las condiciones de los trabajadores o humanicen los turnos, y asimismo se los perjudica a ellos, que no producen ni venden. Estas huelgas son nítidas e irreprochables. Hay otras en las que la relación directa está menos clara: una compañía extranjera decide sacar de España —o de tal o cual autonomía— sus fábricas, que son privadas; al instante se inicia una protesta contra el Gobierno, que las más de las veces no puede hacer nada al respecto; la compañía extranjera es libre de trasladar su negocio, por mucho que casi siempre lo haga sin tener en cuenta el daño que inflige a sus empleados de decenios y la pésima situación en que los deja. Y luego están las huelgas en las que se hace presión a las autoridades y se perjudica sólo a los ciudadanos, que no suelen tener culpa en el conflicto ni capacidad para remediarlo. Son las huelgas de trenes y aviones, metro y autobuses, basureros y barrenderos, enfermeros y médicos. Dado que todos dependemos de esos servicios, a todos nos afectan y fastidian, o nos ponen en peligro. La idea es que la sociedad, al verse privada de cosas fundamentales, presione a su vez a las autoridades para que cedan a las reclamaciones —justas, a menudo— de los huelguistas. Pero la sociedad no es homogénea, está dispersa, y sólo converge en su cabreo y su hartazgo, no está muy claro si contra esas autoridades inflexibles o contra los huelguistas también inflexibles. Lo cierto es que a quienes se toma como rehenes es a los ciudadanos sin arte ni parte.

Esta huelga es distinta, porque no va dirigida a fastidiar a la población entera, sino a los amigos de los taxistas. No castiga a quienes sólo cogen el autobús y el metro, ni a quienes tienen coche, ni a quienes ya les han dado la espalda hace tiempo y prefieren los VTC. Perjudica tan sólo a quienes, fielmente, nos subimos a los taxis con frecuencia. A los que carecemos de smartphones y por lo tanto de apps con las que contratar Cabify o Uber. A quienes seguimos siendo sus clientes y —no me gusta la frase, pero la aventuro— les procuramos el sustento, con nuestra lealtad a ese viejo medio de transporte. Esta huelga va exclusivamente contra nosotros, algo que los taxistas no se han parado a pensar o que les trae al fresco. En estos días ya he leído cuatro artículos de columnistas que, como yo, se confesaban usuarios del taxi, y se prometían no volver a cogerlos. Se comprarán un smart­phone y prescindirán de ellos. Este puede ser el resultado de su huelga desproporcionada, salvaje y desconsiderada hacia sus fieles. En estas dos semanas me he dado caminatas de ocho kilómetros, un poco excesivo. No he podido ir a ver a hermanos que viven en Majadahonda o en Torrelodones. Me he visto muy limitado en mis movimientos. Un buen amigo, que desde hace meses va con muletas y no puede ni llegarse a una boca de metro, lleva confinado en su casa todo este tiempo, con grave perjuicio para sus quehaceres. Miles de personas han debido arrastrar maletas o cochecitos de niño desde las estaciones o el aeropuerto, algunas ancianas o en mal estado físico. El segundo factor que he mencionado —a quién se perjudica— no se ha tenido en cuenta, de manera contraproducente: los únicos a los que se daña y se indigna son precisamente aquellos que no han “traicionado” al taxi. (Ojo, no eximo de culpa al incompetente y holgazán Ministro Ábalos ni al vengativo y haragán Presidente madrileño Garrido, pero esa es otra historia.)

Yo he recurrido al taxi incluso para viajes cortos a otras poblaciones, es decir, soy un gran entusiasta. No sé si, como esos colegas míos, me compraré un teléfono que me permita olvidarme de ellos. Puede que no, pese a todo. Lo que sí sé es que mi trato con los conductores ya no será nunca el mismo. Se acabaron las propinas o redondeos. Se acabó la charla que a veces es bienvenida y a veces en absoluto. Se acabó oír con paciencia la emisora que, a todo volumen, lo obligan a uno a padecer con frecuencia. Lo único que me saldrá decirles será “Buenas tardes”, la dirección y “Adiós, gracias”. No hay por qué ser cordial con quienes tratan a patadas, precisamente, a sus aliados más fieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de febrero de 2019

Congreso en Oxford sobre la obra de Javier Marías

Javier Marías
10–11 June 2019
Sub-Faculty of Spanish
Faculty of Medieval and Modern Languages
University of Oxford

CALL FOR PAPERS

The aim of this conference is to undertake an interdisciplinary evaluation and, possibly, a re-assessment, of the oeuvre of Spanish author Javier Marías.
Javier Marías scholarship has grown considerably since the publication of the first critical studies in the 1990s, reflecting the prolific scope and the increasingly international reputation of one of Europe’s foremost contemporary authors. Groundbreaking initial assessments have focused on questions of style, postmodernity, and the presence of the past, among other considerations of his work. More recently, a wide range of critical interests has emerged, from ethics and philosophy, to translation and cinema. At the same time, Marías has established himself as a leading intellectual figure both in Spain and around the world.
This bilingual conference aims to take a fresh look at all aspects of Marías’s oeuvre and its reception, including his newspaper columns and his translations, as well as his novels and stories, and to assess, as much as possible, his trajectory and contributions within the world republic of letters.

Confirmed speakers:

Elide Pittarello (Università Ca’ Foscari, Emeritus Professor)
José María Pozuelo Yvancos (Universidad de Murcia)
Margaret Jull-Costa (English translator of Javier Marías)
Maarten Steenmeijer (Radboud University Nijmegen)
Alexis Grohmann (University of Edinburgh)

Proposals for papers: Please email a 200-word abstract in English or Spanish to Santiago Bertrán santiago.bertran@exeter.ox.ac.uk by Friday 1st of March 2019. Note that the spaces for this conference are limited, although we will try to accommodate as many participants as possible.

LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2019. ‘Parte de nosotros’

Es feo reconocerlo, pero la mayoría de la gente no hace distingos y rechaza las matizaciones. Aún más feo y triste es admitir la excesiva influencia de los gobernantes en la percepción que tenemos de sus países y pueblos. No sirve de mucho que cuando Trump fue elegido Presidente hace un par de años, perdiera el voto popular por una diferencia de dos millones, si mal no recuerdo, y que sólo el injusto sistema electoral americano le permitiera ser investido. Desde entonces, nuestra idea de los Estados Unidos ha cambiado para mal, y esa pésima idea afecta a la totalidad de sus ciudadanos. Aunque sepamos que una gran parte de la nación detesta a Trump y lo padece en mayor medida que ningún extranjero, la mancha se extiende también sobre sus víctimas. Hace poco decliné una invitación de Harvard porque —le expliqué a quien me escribía— “no pisaré su país mientras Trump siga en el cargo”. El profesor en cuestión era tan contrario a su Presidente como yo o más, pero mi decisión —personal, insignificante— es irreversible, como lo fue la de no ir por allí durante los mandatos de Bush Jr, y la cumplí a rajatabla. Así que si yo, que procuro atender a los matices, reacciono de esta manera drástica, cómo no reaccionarán tantos que ni siquiera lo procuran. Por su parte, Gran Bretaña ha sido siempre uno de mis países favoritos, y mi declarada anglofilia me ha traído no pocos desprecios en España. Desde la votación del Brexit, sin embargo, mis simpatías han ido menguando. Sé que los partidarios de abandonar la Unión Europea fueron pocos más que los deseosos de quedarse, y que además muchos de éstos, confiados en que no se impondrían el despropósito y las mentiras flagrantes, se abstuvieron despreocupadamente. Tengo bastantes amigos ingleses y escoceses y están todos horrorizados o desesperados. No he tomado la misma decisión —personal, insignificante— que respecto a los Estados Unidos (me cuesta más, y el Brexit aún no se ha producido), pero tengo escasas ganas de visitar un lugar que siempre me alegró y me atrajo. Los gobernantes, en efecto, tienen más peso del deseable, y cuando son oprobiosos tiñen a todos con su oprobio.

Por eso es tan irresponsable y dañino lo que los dirigentes independentistas catalanes llevan haciendo seis años. Otras consideraciones aparte, han logrado que en el resto de España nazca y crezca una animadversión indiscriminada hacia “los catalanes”, cuando, de los seis o siete millones que son, sólo dos (según los cálculos más interesados) apoyan ese procés de tintes racistas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos, por mucho que sus promotores lleven cínicamente en los labios la palabra “democracia” y que el idiótico PEN los jalee a cambio de dádivas. Durante estos seis años han acumulado insultos, desdenes, calumnias y agravios sin fin hacia “los españoles”, con especial inquina hacia madrileños, andaluces y extremeños. Por fortuna, la reacción ha sido exigua, lenta y nada exaltada. Pero es obvio que la paciencia se erosiona y que el hartazgo va en aumento. A los Mas, Puigdemont, Junqueras, Torra, Rovira, Artadi, Rufián y compañía eso les trae sin cuidado; de hecho ansían más hartazgo. Lo cierto es que, incluso si un día su anhelada República fuera un hecho y Cataluña independiente, la geografía, tozuda, no variaría, y seguiríamos siendo vecinos. ¿Es aconsejable irritar deliberada y sistemáticamente al vecino, cuando además es nuestro mayor cliente? ¿Cuando es al que solicitaríamos ayuda en caso de catástrofe natural o de atentado terrorista masivo? ¿Cuando llevamos siglos de convivencia y solidaridad ininterrumpidas, pese a las fricciones innegables? ¿Cuánto tiempo va a costar restablecer la confianza perdida y la estima deteriorada?

Dado que nos consideramos compatriotas y que estamos muy mezclados, en este caso es más necesario no perder de vista los matices y hacer un continuo esfuerzo por recordar que los usurpadores mencionados no son en absoluto “los catalanes”, sino más bien —gracias a otro sistema electoral injusto— individuos que, merced a una mayoría artificial parlamentaria, han tomado como rehenes a todos sus conciudadanos. Hay cuatro o cinco millones que no hacen sino padecerlos, y a éstos no podemos darles la espalda ni abandonarlos a su suerte, son la mayoría. Conozco a muchos, catalanoparlantes. Paso parte del año en su tierra y, madrileño como soy, y habiéndome pronunciado públicamente en contra no del independentismo (defienda cada cual lo que quiera), sino de este independentismo totalitario y por las bravas, nunca me he sentido rechazado ni me he visto desairado, ni en privado ni por la calle. Más bien al contrario. Ahora que empieza el juicio a los políticos acusados de delitos, el ruido subirá aún más de tono. La difamación de la democracia española no conocerá límites ni escrúpulos. Las ofensas se multiplicarán. Se nos dirá que no pasó lo que hemos visto. Quienes fomentan el odio se aplicarán con ahínco. Justamente ahora es preciso no perder de vista que “los catalanes” no son los que vociferan, increpan y calumnian, en modo alguno. Siguen siendo parte de nosotros, como lo han sido siempre, aunque para los usurpadores y sus acólitos nosotros ya no seamos parte de ellos. Eso no debe importarnos. Son muchos, pero los menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2019. ‘Insaciabilidad’

No se preocupen los no aficionados al fútbol, que la referencia a este deporte será sólo un preámbulo. Es sabido que en él no hay paciencia ni, lo que es peor, mérito que se acumule. Lo estamos viendo una vez más esta temporada: el Real Madrid ganó la Copa de Europa del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, tres seguidas. Aún es más, ganó cuatro de las últimas cinco disputadas, hazaña que ni de lejos ha conseguido ningún otro equipo del continente. Hoy, sin embargo, juega pobremente, está casi descartado en la Liga y no promete llegar lejos en esa Copa de Europa (aunque, como se le ha dado tan bien siempre, nunca se sabe). La hinchada y la prensa están furiosas, desprecian al entrenador y a los jugadores. A mi modo de ver no pasa nada si un equipo padece una mala racha después de tantos triunfos. ¿Qué más se puede pedir? Es natural que el nivel no sea siempre el mismo, más aún tras la marcha del excelente entrenador Zidane y del máximo goleador del club en toda su historia, Cristiano. Lo angustioso del fútbol es que nada de lo logrado importa, que el pasado no existe aunque sea muy reciente, que las mayores gestas no bastan si no tienen continuidad inmediata ni se repiten indefinidamente. Si yo fuera futbolista, viviría desesperado y atemorizado: “El domingo metí tres goles, pero si hoy no meto ninguno, esos tres no servirán de nada y seré abucheado”. El difunto Luis Aragonés lo expresó sin ambages hace mucho tiempo: “Aquí sólo vale ganar y ganar y ganar y ganar. Y ganar y ganar y ganar y ganar…” Así hasta el infinito, una espantosa tarea de Sísifo, cuyo mito ya no sé si conoce mucha gente.

Lo que no era de esperar, sin embargo, es lo que podría llamarse la “futbolización” del mundo, en todos los ámbitos. Las personas tienen cada vez más la sensación de que cuanto hacen es inútil… a no ser que lo hagan una y otra vez, que lo sigan haciendo. Si uno presta un favor, por ejemplo, rara vez sucede lo de antes: ese favor no se olvidaba y uno atesoraba una dosis de agradecimiento por parte del favorecido. Ahora es más bien una trampa en la que uno cae o se mete. Si ha hecho un favor, debe hacer también el próximo, y el otro, y el siguiente. Los precedentes cuentan poco o no cuentan: están en el pasado, y del pasado quién se acuerda. Y si alguien se acuerda, es para exigir que uno esté a la altura, que vuelva a cumplir como si eso se hubiera convertido en una obligación adquirida. Alguna vez he relatado lo que a menudo me ocurre cuando se me pide una colaboración que no me interesa ni me apetece y a la que accedo por simpatía o por cortesía. Es frecuente que, al cabo de un tiempo, el solicitante al que complací vuelva a la carga. Y si mi respuesta es No a la segunda, no es raro que el insistente, lejos de mostrarse agradecido por la ocasión anterior y comprender que ha abusado, monte en cólera por mi negativa. “Si me escribió usted un texto, ¿cómo osa negarme otro? Si se plegó a la primera, le toca plegarse siempre”. Exagero, claro, pero esa es la actitud en el fondo.

Algo semejante ocurre en todas las actividades. El escritor George R. R. Martin acaba de publicar una gruesa novela, al parecer una “precuela” de su famosa serie. Desconozco la calidad de su prosa, pues no le he leído una línea; pero admiro sobremanera su capacidad imaginativa, tras ver por segunda vez, seguidas, las temporadas de la serie Juego de tronos, en previsión de la última. Ese hombre ha completado ya una obra ingente que, en sus versiones literaria o televisiva, nos ha proporcionado placer a millones. En una entrevista reciente, el pobre Martin se lamentaba de que, nada más sacar esta voluminosa novela que le había costado esfuerzo, no pararan de preguntarle: “¿Para cuándo la próxima entrega de Cantar de hielo y fuego?” (Que es como debería haberse traducido su ciclo, más conocido ya como Juego de tronos.) Muchos de sus lectores no le aprecian lo ya hecho, ni se lo agradecen. Lo consideran poco menos que un esclavo a sus órdenes, que no debería descansar. Sus Copas de Europa alzadas no sirven. Hasta tienen el mal gusto, esos lectores despóticos, de regañarlo por su gordura. No es que les preocupe su salud por afecto; simplemente temen quedarse sin la resolución de la historia si Martin palma antes de concluirla. Es puro egoísmo, sin un ápice de gratitud ni de estima. Esto es algo generalizado, el caso de este autor es tan sólo el más extremo, dada la repercusión planetaria de su obra. A nadie le computa haber ya cumplido con creces. Nadie puede pararse y decirse: “Es suficiente; y además, me he cansado”. Si tiene esa flaqueza, sus logros anteriores serán borrados al instante. Y lo vemos en todos los niveles: cuando alguien dimite o es destituido de un cargo, sea el de ministra o el de cajera del supermercado, se le agradecen someramente “los servicios prestados” y a lo sumo recibe una palmadita en la espalda poco sentida. Cuanto hizo no cuenta… desde el momento en que ya no lo sigue haciendo. He dicho que el fútbol y su insatisfacción permanente han teñido el mundo, pero quizá sea más bien el capitalismo más salvaje y demente, el que pide más y más y más, y más beneficios un año tras otro hasta que nos muramos… Es como para pararse y no hacer nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de enero de 2019. ‘Lo que nos hacen creer que nos pasa’

Trece años después de su muerte el 15 de diciembre de 2005, he releído un breve texto de mi padre, que fue Julián Marías. A diferencia de lo que hace mucha gente, que homenajea a un escritor recién desa­parecido leyendo o releyendo en el acto algunos de sus párrafos, yo me quedo tan triste —sobre todo si el escritor me era cercano— que tardo siglos en asomarme de nuevo a su obra, como si hasta cierto punto me pareciera una ofensa que ésta sobreviva a la persona. (Al autor esa posibilidad, en cambio, lo reconforta un poco en vida.) Son sólo cincuenta páginas, fechadas en 1980, cuando nuestra democracia era muy joven. En 2012 las reeditó en forma de librito la editorial Fórcola, bajo el título La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir? En su día me había gustado mucho —no todo lo de mi padre me gustaba cabalmente, como supongo que a él tampoco lo mío—, y si ahora he vuelto a él no ha sido porque vea el menor peligro de una situación parecida a la que desembocó en aquella Guerra, ni de lejos. Pese a que el panorama político y económico de nuestro país sea declinante desde hace un decenio o más, no hay que ser nunca agorero ni exagerado.

Precisamente con esta última palabra se inicia este texto. Mi padre tenía veintidós años cuando estalló la Guerra, y recuerda que su primer comentario cuando comprendió que se trataba de eso y no de un golpe de Estado o insurrección triunfantes o fallidos —es decir, de escasa duración en cualquiera de los casos— fue: “¡Señor, qué exageración!” A lo largo de las cincuenta concisas páginas va señalando cómo aquello no le pareció inevitable, en contra de lo que tantos han pensado, sino absolutamente evitable y desproporcionado; por mucho que la convivencia estuviera deteriorada y maltrecha, que los problemas fueran enormes y que casi todos los políticos se comportaran con frivolidad teñida de mala fe. Sostiene que la mayoría de los españoles no querían esa Guerra, sino si acaso su resultado, esto es, la derrota de una porción de sus compatriotas a los que unos y otros no podían ver. Pero sin pasar por una matanza desaforada como la que se produjo durante tres años. Mucho menor en los frentes que en las respectivas retaguardias. Menos sufrida por los combatientes reales que por la población civil. Si he releído este librito no es, como he dicho, por temor, sino por la extraña persistencia española (andaluza, madrileña, catalana o vasca, tanto da) en caer en las peores tentaciones cada cierto tiempo. Mi padre relata demasiadas actitudes reconocibles. Al hablar de la discordia, dice: “Entiendo por tal no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del ‘otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable”. Habla de la terrible consigna, tantas veces oída, “Cuanto peor, mejor”, y acuña una expresión para explicar el progresivo envilecimiento: “el temor y respeto a lo despreciable, clave de tantas conductas sucias en la historia”. Y en efecto, cuando los dichos y hechos despreciables empiezan a “pasarse”, a no condenarse con energía y a no ponérseles inmediato freno, uno puede estar seguro de que no van sino a crecer, a ir a más, hasta que llegue un punto en que se admita “todo (incluida la infamia), con tal de que sea ‘de un lado”. Y agrega: “Nadie quería quedarse corto, ser menos que los demás en la adulación de los que mandaban o en la execración de los adversarios”.

Advierte de “la necesidad de un pensamiento alerta, capaz de descubrir las manipulaciones, los sofismas, especialmente los que no consisten en un raciocinio falaz, sino en viciar todo raciocinio de antemano”. (Ay, hoy se ensalzan las “emociones”.) Hubo intelectuales que lo intentaron, pero “se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación…, y llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición”. Para él, el verdadero origen de la Guerra no fue la situación objetiva  de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás. Esto fue posible por algo que hoy, con las redes sociales, padecemos de manera más extrema: “una forma de sofisma consistente en la reiteración de algo que se da por supuesto”. Cuando se proporciona una interpretación de las cosas que ni se justifica ni se discute, y se parte de ella una vez y otra como de algo obvio que no requiere prueba, la pereza se adueña del escenario y se inocula fácilmente a “las personas sin influencia en la vida colectiva, con un mínimo de responsabilidad, sujetos pasivos de todas las manipulaciones”. A la mayoría, por tanto, que asume con holgazanería las conclusiones simplistas con que se la aturde. Todo esto, por desdicha, resulta hoy reconocible. Al menos nos zafamos de la peste de las tres o cuatro décadas siguientes, en las que se perpetuó el espíritu de la Guerra, para vivir literalmente de las rentas los vencedores, moralmente los perdedores supervivientes. Éstos no fueron muchos, porque millares de ellos fueron ejecutados por Franco cuando ya no había guerra, pero se siguió fomentando su interpretación. Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2019. ‘Destructores de las libertades ajenas’

Uno de los elementos para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2019