LA ZONA FANTASMA. 10 de noviembre de 2019. ‘Buenísimas personas’

Sí, es curioso: basta con hablar del presente en pretérito indefinido o imperfecto, como si ya hubiera pasado y fuera historia, para ver con más nitidez nuestras imbecilidades, nuestra irracionalidad y nuestras abrumadoras contradicciones. Hace dos semanas terminé diciendo que las gentes de 2019 solían ser inclementes y sin embargo se creían todas buenísimas personas. Se lo creían al mismo tiempo que ensalzaban y votaban a individuos inequívocamente antipáticos, ruines, rastreros y que exhibían como un gran mérito su falta de compasión. Los estadounidenses eligieron como Presidente a un sujeto así, que añadía, a su inmoralidad connatural, ser un patán que jamás leía. Su elección se debió, en parte, a una extraña reacción contra las personas ilustradas, contra los expertos en algo y también contra los intelectuales, como si en América se hubiera producido una repentina “maoización” (hay que recordar que en los inicios de la revolución de Mao se ejecutó a muchos chinos solamente por llevar gafas, lo cual los hacía sospechosos de leer). Todos ellos fueron englobados en un término que se convirtió en uno de los mayores insultos de la segunda década del siglo XXI: “élites”, con su correspondiente adjetivo “elitistas”. Cualquiera que hubiera estudiado en serio, que hubiera adquirido conocimientos útiles (para salvar vidas o la Tierra, daba lo mismo), cualquiera que pensara más allá de los simplistas y cómodos lugares comunes de la época, se vio anatematizado como “élite”. Así que mucha gente decidió que era mejor ser gobernada por tontos y locos, eso sí, megalómanos, autoritarios y antidemocráticos todos. No sólo se hizo con el poder un ignorante como Trump, sino que alguien con saberes fingió no tenerlos, o quizá abjuró de ellos, para ser aclamado en Gran Bretaña. Ese país astuto, pragmático, civilizado, encumbró a Boris Johnson cuando éste se “trumpificó”, empezó a comportarse como un chulo majadero, a hablar como un fantoche y a prometer con malos modos conducir a su nación a la ruina. Entonces, insospechadamente, fue vitoreado.

Italia hizo algo parecido, sólo que los saberes de Salvini eran mucho más dudosos. Los que poseyera, en todo caso, los abandonó, y se dedicó a pasearse por su península sembrando el odio con la camisa abierta y una cruz bailándole en el seboso pecho (a veces manoseaba un rosario), a colgar en las redes vídeos de sus relaciones semisexuales y a lanzar diatribas contra los muertos de hambre del planeta. La grosería deliberada y el ánimo despiadado causaban furor entre sus compatriotas, que lo idolatraban, y a la vez, como he dicho, se creían buenísimas personas. Ignoro lo que se creían los turcos (me pillan lejos), pero votaban una y otra vez a un tiranuelo llamado Erdogan que detenía, encarcelaba y quizá torturaba a millares, y que en 2019 inició una repugnante ofensiva contra los kurdos, con el beneplácito de Trump. Esos kurdos acababan de ayudar decisivamente al mundo (y por lo tanto a Trump) a desmantelar el Daesh, una de las organizaciones más crueles de la historia y una amenaza gravísima para todos, árabes y no árabes. Con ese beneplácito, los Estados Unidos de hoy pasaron a engrosar la lista de países traicioneros, infames y desagradecidos, esos de los que cualquiera deberá apartarse para no sufrir su veneno, como enemigo o como aliado.

Las excelentes personas votaron en el Brasil a otro sujeto zafio e inmisericorde, Bolsonaro, que tenía a gala despreciar a los negros, a las mujeres y a los homosexuales, así como deforestar la Amazonia. También era un cristiano fanático, lo cual no le impedía recomendar a la población que se armara hasta los dientes. Muy cristianos eran asimismo (de boquilla al menos) los gobernantes de Hungría y Polonia, Orbán y Kaczynski, pero se comportaban exactamente igual que Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Putin en Rusia, anulando las libertades, la independencia de la justicia y emitiendo leyes antidemocráticas. Claro que Maduro, Ortega y Putin además daban órdenes para la desaparición de disidentes. En las Filipinas mandaba un homicida confeso (se jactaba de haberse cargado a dos o tres hombres) apellidado Duterte. Una vez al mando, ya no tuvo que mancharse: le bastó con dar carta blanca a sus policías para matar sin detención, juicio ni zarandajas latosas no sólo a los narcotraficantes, sino a los drogadictos.

Lo peor y más contradictorio es que ninguno de estos cabestros (salvo Ortega en su día) tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos por quienes se consideraban buenísimas personas, justas, rectas, “correctas”, compasivas y plagadas de virtudes. Y se consideraban, sobre todo, grandes patriotas, lo mismo que los independentistas catalanes, los post-etarras vascos y los dirigentes profranquistas de Vox. En aquella época fue asombroso que los mastuerzos más manifiestamente dañinos para sus respectivos conciudadanos fueran adorados por éstos. Huelga decir que no fue, ni de lejos, la primera vez en la historia que tuvo lugar tan espantoso fenómeno. Pero la gente de 2019 no solía acordarse de nada.

Quizá otro domingo retornaré al costumbrismo de estos tiempos, que, con ser temible, da menos miedo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de noviembre de 2019. ‘Para que no voten sólo los incondicionales’

Así que aquí estamos de vuelta, a los seis meses de las últimas elecciones, que, gracias a la incompetencia y la mala fe de nuestros políticos, no sirvieron para lo que debían: tener algún Gobierno que durara lo previsto, unos cuatro años. Lo insólito es que, tras el fracaso, el elenco sea el mismo sin apenas variación. Se ha añadido un peronista convencido, Errejón, al que aún no se le alcanza que todos los largos males de la Argentina tienen su origen en el General Perón, amigo y protegido de Franco, quien lo obsequió hasta con una calle en Madrid. En este 10 de noviembre nada, absolutamente nada, nos puede incitar a votar. Si ya en abril se hacía casi imposible optar por un partido, ahora todavía más. ¿Qué se hace en este caso?

El PSOE sigue tan entontecido y fofo como en la última década, exhibiendo como mayor hazaña desde la moción de censura de 2018 el traslado de una momia cuyo destino le trae al fresco a la mayoría de la población. Por lo demás, pende sobre él la amenaza de la corrupción de los ERE. Mayores y más numerosas son las causas por corrupción que aún se ciernen sobre el PP. Ya fue condenado en una de ellas y eso le costó la gobernación. Las bases —es incomprensible que las bases de todos los partidos escojan a menudo lo peor— otorgaron la jefatura a Casado, un discípulo y entusiasta de Aznar que se hizo más derechista de lo que ya lo era Rajoy, y en consecuencia obtuvo para su partido los resultados más escuálidos de su historia. Da lo mismo: ahí permanece Casado, que ahora intenta parecer más centrista que entonces, con poco éxito de momento. Claro que en la tarea lo ha ayudado enormemente el que se tenía por partido “moderado” o “bisagra”, Ciudadanos. El caso de esta formación será estudiado: con unos votos considerables hace seis meses, ha hecho lo indecible para perderlos, cabrear a sus electores (no muy firmes ni incondicionales) y de paso a una gran cantidad de españoles, que desearon con claridad lo siguiente: que Ciudadanos pactara con el PSOE, poniendo freno a sus tonterías mayores. Hasta el Financial Times se lo aconsejó. De haber eso ocurrido, nos habríamos ahorrado insoportables meses de toma y daca entre Podemos y el PSOE y esta nueva convocatoria. Habríamos tenido un Gobierno lleno de defectos y dificultades, desde luego, pero más o menos equilibrado y “normal”, como el de tantos países europeos. Tras su obcecación y su viraje furioso a la derecha, Rivera quedará como uno de los políticos más tontos del siglo, en la innoble compañía de Artur Mas y David Cameron. Los tres han sido magistrales a la hora de torpedearse a sí mismos. Como Rivera no gobernaba, las consecuencias de su cazurrería serán menos graves, eso sí.

Traer a colación a Artur Mas es oportuno, aunque ahora no compita. Convocó elecciones autonómicas anticipadas para fortalecerse, y se debilitó hasta tal punto que, al poco, una formación lunática y marginal como la CUP lo obligó a renunciar a su cargo de President. Entonces nombró a dedo a Puigdemont para sustituirlo, el cual, a su vez, nombró a dedo a Torra cuando se fugó. Es decir, un bobo nocivo nombró a un bobo dañino mayor, y éste a otro bobo perjudicial aún mayor. A los dos últimos Presidents de la Generalitat no los ha elegido nadie, son el títere de un calamitoso y el títere del títere. Pero como los cargos tienen más peso que las personas que los ocupan —como si estuviéramos en tiempos de los emperadores romanos más trastornados, de Calígula a Nerón—, el títere mandó y el títere del títere manda, o se deja mandar a distancia por el primer títere desquiciado y mantenido por el erario. Aunque sea sabido que los títeres se desmadejan y caen al primer manotazo de los matones, una parte de los catalanes, que siempre fueron astutos y laboriosos, realistas y excelente jugadores de póker, aplauden hechizados a sus peleles parasitarios y han roto la baraja, instalándose en el territorio de las hadas (maléficas), con la gran complicidad de Esquerra RC.

De Podemos y de Vox poco hay que hablar. El primer partido está en manos de una pareja narcisista, como lo era la que formaron Juan Domingo y Evita Perón. Ya sólo cabe observar, con curiosidad, la magnitud de la ambición de sus dirigentes. En cuanto al segundo, es sólo una caricatura acartonada del franquismo que conocimos en persona quienes contamos cierta edad. Yo lo padecí durante veinticuatro años, suficientes para reconocer al instante el tufo y las arengas lerdas de aquella dictadura. Habrá gente que quiera volver a ella, porque masoquistas existen en todas partes. Pero la mayoría de los españoles, por suerte, no parecen dispuestos a someterse de nuevo a ningún Sade grotesco, iletrado y barato.

Salvo los incondicionales de cada formación, ninguno queremos ir a votar otra vez a una galería de inútiles y avariciosos, de megalómanos y enajenados. He ahí el problema: si no votan más que los incondicionales, serán ellos los que decidan por nosotros. Ellos auparon a estos candidatos y nos los impusieron. Y lo cierto es que, aunque luego presuman, los políticos, cuando sacan buenos resultados, saben que los votos son prestados y no gobiernan sólo para los suyos. Eso ya sería un enorme avance en estos tiempos tribales, tanto si lo ven ustedes ahora como si no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de octubre de 2019. ‘Con ojos futuros’

Esta idea se la debo a Bill Maher, que la esbozó en uno de sus programas. Si hay algo antipático del presente —de cualquier presente—, es que mira el pasado cercano con desdén y con aires de superioridad. Desde que tengo memoria, el actual se lleva la palma. La revolución tecnológica de las últimas décadas ha imbuido a la mayoría de los individuos de una soberbia injustificada, como si hubieran sido ellos, los usuarios, quienes inventaron Internet, Twitter, Instagram, los smartphones, Netflix y YouTube. En el mejor de los casos, se compadecen de sus padres y abuelos; en el peor (y más frecuente), se burlan de ellos despiadadamente: pobres sujetos ignorantes y atrasados. Los llamados millennials se consideran cuasi perfectos y dignos de admiración, y, como corresponde, se tronchan al ver imágenes de los años setenta y ochenta del siglo XX. Los pantalones acampanados, los cardados, los pelos fritos, las chaquetas de pana, las hombreras, los pijamas tipo ABBA, todo es objeto de justa mofa, que compartimos con buen humor quienes en su día sucumbimos a las modas de turno. (Durante un periodo de mi juventud llevé una larga melena estilo apache, y lo peor es que existe una fotografía en la edición original de mi segunda novela, de 1973.)

Pero no está de más imaginar qué se dirá de nuestra época “extraordinaria” dentro de veinte o treinta años, cuando le toque ser pasado. Me temo que la hilaridad de nuestros hijos y nietos será inmisericorde. Cuando vean vídeos de ahora se troncharán y exclamarán: Fíjate, la gente andaba aferrada al móvil y no cesaba de mirarlo o teclearlo compulsivamente, sin atender a lo que sucedía a su alrededor. Se tropezaba, algunos eran atropellados por coches que no veían ni oían venir, y otros sufrieron accidentes mortales por hacerse un selfie idiota. Con el aparato lo fotografiaban todo, aunque no fuera bonito ni tuviera el menor interés. Martirizaban a sus conocidos enviándoles la incomprensible foto (platos de comida, baldosas, un mimo callejero), que jamás volvían a mirar. Muchos hombres se colocaban en la coronilla unos moñitos a lo samurái, o peinaban complicadas rastas difíciles de lavar. Había futbolistas que se ponían una mopa en la cabeza y así salían ufanos al campo. No escaseaban las mujeres que se pelaban al uno como hospicianas de Dickens o represaliadas tras las guerras. Tanto ellas como los varones lucían tatuajes con ahínco, hasta el punto de ir en camiseta por la calle para exhibirlos. Abundaban los gordos fenomenales, que decidieron estar orgullosos de serlo, pese a que los médicos recomendaban eliminar grasas para mejorar la salud. Se generalizó el uso de pantalones justo por debajo de la rodilla, lo cual “cortaba” las piernas en dos. Se vestían horrorosas camisetas flojas y holgadas (y con lemas) que acentuaban las barrigas, al fin y al cabo eran motivo de inexplicable orgullo. Las deportivas eran ubicuas, y se conjuntaban estrafalariamente con smokings y fracs en las galas, o las mujeres con vestidos largos de fiesta. Había un gusto pésimo, en suma, pero las gentes creían ir de maravilla.

Se sometían gustosamente a las sevicias y humillaciones de las compañías aéreas y de los aeropuertos, se pasaban allí horas y horas, con el inútil propósito no de viajar, sino de desplazarse como locos de un sitio a otro. En realidad, a la mayoría, no les interesaba ningún lugar. Los recorrían rutinariamente según las instrucciones de alguna guía o web y se hacían retratos allí donde se les indicaba que había algo “importante”. Ni siquiera lo miraban, ese algo, o sólo con la cámara del móvil. Se agolpaban en rebaño delante del feo retrato de La Gioconda, dándose codazos para lograr tenerlo de fondo y taparlo luego con sus caras. Andaban por las calles en destructivos grupos de ochenta o más personas, comportándose como ganado al mando de un vaquero o pastor que los guiaban con una sombrilla de colores o una banderita. Se desplazaban por las aceras en patinetes que solían dejar tirados tras usarlos, para que alguien se desnucase luego. También en bicis y en unos aparatos de ruedas gordas y horrendas llamados segways, para perezosos. Las ciudades eran un caos y un peligro para las personas de edad, ya sin apenas reflejos para esquivar los vehículos pueriles. Los domingos se disfrazaban de atletas y corrían en masa por cualquier motivo “solidario”, eso decían. No lo hacían en espacios verdes, como habría sido normal, sino que se empeñaban en hollar el duro asfalto de los centros más céntricos, para imposibilitarles la vida y el tránsito a cuantos no participaban de sus maratones y “perrotones”, que consistían en correr igualmente, pero con perro. Enloquecieron por estos animales, hasta el punto de que en 2019 había en España unos ocho millones de ellos. Se creían que eran niños y los mimaban como a tales, pero a menudo se cansaban y los abandonaban de mala manera, tras haberlos adorado durante un año o dos. Eran inclementes, aunque solían creerse, todos, buenísimas personas.

Da un poco de miedo mirarnos con ojos futuros. Pero más miedo dará un domingo próximo, cuando esos ojos se fijen en algunos asuntos más serios, y no sólo en aspectos costumbristas, que tampoco han de faltar, porque son tan inagotables como agotadores.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de octubre de 2019. ‘Sin interpelar’

Me ocupé hace  no mucho del deterioro de nuestros informativos de televisión, medio por el cual, pese a todos los móviles habidos, muchísima gente sigue la actualidad. Por conveniencia de horarios alterno sobre todo los de TVE y la Sexta. Y es en esta última cadena donde asisto a un fenómeno que hace unos años habría resultado insólito e inadmisible, a saber: la mayoría de los locutores y (principalmente) locutoras no se limitan a dar las noticias con desapasionamiento y neutralidad, dejando al espectador que extraiga sus conclusiones, como solía suceder y es obligado en el buen periodismo, sino que con su tono y sus gestos nos dicen lo que opinan ellos y por tanto lo que debemos opinar. Es como si hubieran incorporado a sus rostros y voces los emoticonos, emojis o como se llamen. Así, informan de que tal político ha hecho una declaración determinada, y al hacerlo ponen cara de estupor, o de reprobación, o de asco, o utilizan el sarcasmo tonal. Es como si añadieran: “Puaff”. Hay ocasiones en las que sólo les falta apuntar con el pulgar hacia abajo. Es decir, lejos de contar lo que sucede, lo comentan, lo descalifican, lo condenan, rara vez lo aplauden, con muecas y entonaciones de censura o de condescendencia. Algo en verdad llamativo y contrario a la más elemental profesionalidad. Los presentadores de esta cadena no son los únicos en “dirigir” la reacción del espectador, desde luego. Hasta en TVE he visto atisbos de emoticonos faciales.

En este canal, que debería cuidar al máximo el lenguaje, casi no hay cartel que no esté mal escrito o contenga erratas. ¿Tan difícil es escribir dos líneas como es debido? El uso de nuestra maltratada lengua es un puro disparate. Hace poco oí esto: “… durante el minuto de silencio para condenar la última víctima de la violencia de género”. A esa pobre víctima, así pues, no sólo la habían matado, sino que además se la condenaba en todas partes con un mudo minuto de desaprobación. Una presentadora de la Sexta afirmó que un político había dedicado “palabras gruesas” a otro, como “arrogancia y desprecio”. Ignoraba yo que, en la exageración tremendista de nuestros medios, dichos vocablos hubieran pasado a ser palabrotas o tacos, porque no otra cosa significa “palabras gruesas”.

Tampoco las televisiones escogen bien a sus “expertos” y entrevistados. Un cineasta al que preguntaban por su nueva película soltó la siguiente “explicación”: “Hay muchas cosas que las puedes sentir de alguna forma, ¿no?” Pues sí, nadie le contradiría: hay en efecto “muchas cosas”, y si uno las siente, será “de alguna forma”, una gran verdad. Un comentarista deportivo me dejó boquiabierto: “Con este cabezazo de cabeza se adelantó el Madrid”. Menos mal que precisó que el cabezazo era de cabeza, porque, si no, cualquiera podría haber entendido que era “de empeine” o “de tacón”. Otro retransmisor se descolgó con esta maravilla en Movistar: “No ha ganado el Barça todavía fuera de casa… Pero cada partido es un mundo, y cada partido está rodeado de unas circunstancias determinadas en el contexto del juego y también en el contexto de la competición. Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto…” (¿todo el qué, santo cielo?). Pero lo mejor que he oído en los últimos meses lo aseveró una “autoridad pedagógica” especializada en el aprendizaje de los críos según su proveniencia económica y social: “Está probado” (cito de memoria, pues su deslumbrante intervención fue en junio o julio) “que los niños de familias con más poder adquisitivo conocen y manejan tres millones más de palabras que los de clases desfavorecidas”. Considerando que la lengua española consta de unos 90.000 vocablos (y les puedo jurar que nadie se los sabe todos), los niños ricos de ese pedagogo han de ser por fuerza extraterrestres de una civilización muy inventiva y muy superior, para haber “descubierto” tres millones más que los humildes y 2.910.000 más que el mayor memorizador del Diccionario. Si ya es inaudito que llevaran a semejante sabio al telediario, más asombroso es que tenga un empleo de responsabilidad.

No crean que la prensa escrita está mucho mejor. Leo en un artículo de alguien muy elogiado que “la democracia española adolece de madurez”. Es decir que a la autora eso le parece un defecto, ya que “adolecer” significa eso, estar aquejado de un vicio, una enfermedad o un defecto. Después están las expresiones misteriosas de moda. He oído y leído varias veces el neoadjetivo “aspiracional”, en contextos como este: “Esa película ni siquiera es aspiracional”. Confieso mi ignorancia, no tengo ni idea de lo que eso quiere decir, si es que algo dice. Hoy no me cabe más, pero terminaré con un ruego estrictamente personal: procuren, cuantos escriben, dejar de decir a todas horas que un libro, una película, una pintura, “interpelan” al lector o espectador. Si miran en el Diccionario la primera y principal acepción de ese verbo, comprenderán por qué esa expresión me parece una de las más pretenciosas, huecas y cursis jamás oídas o leídas. Al menos por quien esto firma, a quien nunca ha “interpelado” ninguna cosa inanimada, la verdad. Por artística que fuera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de octubre de 2019. ‘Contra la susceptibilidad’

Leo una reseña y una columna de Andrés Ibáñez sobre una novela recientemente publicada aquí, El amigo, de Sigrid Nunez. Al parecer la autora es, como su protagonista, profesora de “escritura creativa” en una Universidad, y es probable que la primera le haya prestado a la segunda sus experiencias reales. Pero tanto da: al fin y al cabo Fahrenheit 451 de Bradbury era ciencia-ficción en su día y hoy casi resulta una obra costumbrista. Cuenta Ibáñez que cuenta Nunez que sus aspirantes a escritor son antojadizos, maniáticos, mimados… y tremendamente puritanos.

Consideran que los temas sexuales no deben abordarse en absoluto “porque son ofensivos”. Con este criterio, la mayor parte de la literatura universal estaría desaparecida. Se niegan a leer a Kafka y a Melville por ser “autores fracasados” (se entiende que en vida, ya que son clásicos indiscutibles desde hace muchas décadas), y a ellos sólo les interesan los de éxito. Rilke les da cien patadas y a Nabokov no lo quieren ver ni en retrato, porque “era un hombre perverso” y sólo pueden leer a escritores que sean “modelos de conducta moral” (mejor que se hubieran matriculado en una escuela de misioneros y no de literatura; pero ahí no hay dinero, claro). Han decidido que los problemas de los varones blancos “no interesan”, lo cual, como apunta Ibáñez, proscribe a Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare… Y a Proust, Flaubert, Pushkin, Conrad, Henry James, Dickens, Hölderlin, Eliot, Faulkner y Sterne, por añadir unos cuantos más.

No sé hasta qué punto la novela de Nunez refleja lo que está pasando, pero suena verosímil, y esta frase que cita Ibáñez es creíble en su pesimismo: “Ni los estudiantes de las mejores Universidades distinguen una frase buena de una mala, a nadie en el sector editorial parece ya importarle cómo hay que escribir, la literatura está muriendo…” Para mí es exagerada la última afirmación, ya que nunca he creído que alguien pasado por un taller de escritura pudiera hacer nada de inmenso valor, y no me he equivocado hasta la fecha —hablo de mi gusto personal, claro está—. La gran literatura no suele salir de ahí.

Pero la cuestión trasciende las letras. Llevamos años prestando atención y “obedeciendo” a cuantos aseguran “sentirse ofendidos” por algo, como esos alumnos por el sexo, hasta el punto de querer desterrarlo como asunto o descripción (ya hubo un pasado con gente que se ofendía por un tobillo femenino al descubierto). Es decir, llevamos años haciendo caso a la subjetividad de cada cual, algo que, a la larga, nos impediría hacer ni decir nada. El mundo está plagado de personas quisquillosas y tiquismiquis, de finísima piel. De este otro caso no me he enterado bien, porque nada me podía interesar menos, pero al parecer varias cofradías andaluzas han montado en cólera porque se han publicado o colgado fotos de sus adoradas efigies mientras eran restauradas, y juzgaban tales imágenes “hirientes”, no me pregunten por qué. Y ha sucedido lo que sucede siempre en esta época pusilánime: las fotos se han retirado (lo que a su vez ha “ofendido” a otros) y las disculpas no se han hecho esperar. También, hace poco, un político del PP expresó su natural deseo de que los españoles ganaran a los argentinos en el Mundial de Baloncesto. Con susceptibilidad y megalomanía, la portavoz de ese partido, Cayetana Álvarez de Toledo, dio por sentado que el “xenófobo” comentario iba por ella, como si fuera la única hija de argentina existente en España, y mostrándose a la altura de la estudiante de la que oí hablar semanas atrás a Christina Hoff Sommers, feminista clásica que ahora, por rechazar los despropósitos actuales, debe ir protegida por guardaespaldas a sus charlas en las Universidades de su país. Contó que una alumna decía sufrir varias “miniviolaciones” diarias. Al preguntarle qué le había ocurrido hoy, la respuesta fue: “Un chico me ha dicho que tenía bonitas piernas”, y otros “ataques” por el estilo.

Cualquiera se puede sentir ofendido, herido o ultrajado por cualquiera y por cualquier cosa. Porque respiremos cerca, porque existamos, no digamos por una opinión contraria y por lo tanto “perturbadora”. Si hacemos caso, si nos tomamos en serio la subjetividad de cada individuo ególatra, o mojigato, o hipersensible y frágil, o directamente demente, no sólo morirá la literatura, como vaticina el personaje de Nunez, sino el cine y todas las artes, la filosofía y el pensamiento, la discrepancia y el contraste de pareceres, por supuesto la discusión y la argumentación. Hay políticos y una buena parte de la población que buscan eso, supongo que se han percatado, y no debemos dejarlos salirse con la suya si no queremos una vida uniforme y plana. Entre la ristra de “derechos” infundados y absurdos que muchos se están sacando de la manga, figura “el derecho a no sentirse ofendido”, como si los sentimientos fueran objetivables. No lo son, y en el reino de la susceptibilidad nada es factible. Es hora de que ante tantos “vejámenes” y “heridas”, dejemos de asustarnos y acobardarnos y contestemos alguna vez: “Por favor, absténganse de tonterías y ridiculeces. Así sólo vamos hacia atrás”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de octubre de 2019. ‘Prejuzgados’

Si no me equivoco, se espera para estas fechas la sentencia del famoso procés catalán. En contra de lo que debería ser no sólo aconsejable, sino obligado, se trata de un caso que casi todo el mundo ya ha prejuzgado. Es decir, los políticos, y buena parte de sus mayordomos periodistas, llevan meses o años actuando como si el fallo del tribunal se hubiera producido, o al menos estuviera cantado. Las derechas vaticinaron hace mucho que los acusados serían rápidamente indultados por el Gobierno socialista, dando así por descontado que serían condenados. Es obvio que no se puede indultar a quienes han sido absueltos, lo que indica que esas derechas no prevén ni conciben otra sentencia que la de “culpables”. Es más, indica que no aceptarán más que esa (otra cosa es “acatarla”, qué remedio les quedaría; pero imagínense las críticas furiosas contra los jueces si declararan “inocentes” a Junqueras, Romeva, Rull y compañía).

El mismo veredicto esperan, y aun dan por seguro, los líderes secesionistas y sus huestes mosqueadas. Han decidido que, como el Estado es represor y antidemocrático, y la justicia no es independiente y está servilmente a sus órdenes (justo lo que iba a suceder en la “República Catalana” por ellos diseñada), el fallo será contrario a sus “mártires”, que no han hecho nada punible. Con frecuencia se los califica de “gente de paz” que no ha tirado ni una piedra. Aquí se olvida que tampoco Rato y tantos otros, ni siquiera Mario Conde en su día, se habían manchado las manos. Se olvida deliberadamente que se puede delinquir sin violencia física, sin necesidad de puños ni pistolas.

Curiosamente, en este ámbito independentista, se da por cierto el “aberrante” fallo y a la vez se exige que éste sea absolutorio. Alguna energúmena con escasas luces (perdonen la redundancia) ha proclamado que todo lo que no sea absolución será “ignominioso”. Tanto las derechas como los secesionistas ya dan por sentenciado el caso. Los segundos, además, lo hacen contradictoriamente: ven muy claro que los reos son inocentes y con la misma claridad ven que los prevaricadores jueces los declararán culpables. Lo cual no es óbice, sin embargo, para presionarlos, amenazarlos e intentar torcer su veredicto aún no llegado. Todo racional y nítido.

En cuanto al indulto temido, pronosticado y previamente vilipendiado por las derechas, surge otro problema: al parecer, para que se otorgue, los condenados (si lo fueran) deberían solicitarlo, y ya hay unos cuantos que han anunciado que jamás se prestarían a eso: si lo pidieran, equivaldría a reconocer su culpa, y ellos no se considerarán culpables aunque resulten así declarados. Lo cual es otro absurdo: lo más probable es que la mayoría de los presos del mundo se vean a sí mismos inocentes, pero por desgracia poco importa lo que crean: les toca cumplir su pena si lo han determinado un juez o un jurado.

Las leyes son a menudo injustas, estúpidas, abusivas. Pero, mientras no haya otras o se cambien, hay que cumplirlas. No me cabe duda, por ejemplo, de que un altísimo porcentaje de los contribuyentes que han tenido problemas con Hacienda (que ahora gusta de llamarse a sí misma Agencia Tributaria), inspeccionados y multados por ella, consideran que obraron de buena fe y de acuerdo con la legalidad. De todos es conocida la veleidad de la Agencia Tributaria: primero dice (lo dijo el ex-Presidente Zapatero) que es lícito cobrar a través de sociedades, y más tarde dice que no, y que además serán castigados retroactivamente quienes se valieran de ellas cuando estaban permitidas. Como si mañana se decretara la Ley Seca y se multara retroactivamente a cuantos han bebido en el pasado. De la misma manera, lo que Hacienda juzgaba desgravable ahora lo juzga gravable, y los inspectores —si no estoy mal informado— perciben un bonus en función de lo que obtengan del contribuyente a su cargo. Se erigirían, de ser así, en juez y parte. Si todo esto fuera así, insisto, nos encontraríamos ante unas leyes cuando menos turbias. Pero son las existentes, y sé de muy pocos ciudadanos que hayan recurrido su aplicación ante Hacienda. La inmensa mayoría se aguanta, obedece y paga lo que se le exige.

Nuestra Constitución, como casi todas, prohíbe referendos de autodeterminación y defiende las autonomías, que no pueden ser abolidas, ni por Puigdemont y el Parlament (como lo hicieron con la catalana en septiembre de 2017) ni por Vox (que querría hacerlo con todas). Es posible discutir las leyes y modificar la Constitución, pero no contravenirlas por las bravas (que se lo pregunten a tantos contribuyentes damnificados). Personalmente no quisiera ver a Turull, Forcadell, Cuixart y compañía permanecer más tiempo en prisión; no les deseo ese mal, aunque hayan hecho enorme daño a Cataluña. Pero no soy quién para juzgar sus actos, o sólo con la opinión. Lo que no entiendo, y me parece sumamente nocivo, es que demasiados políticos, periodistas y ciudadanos se hayan erigido en jueces desde sus casas, hayan emitido su veredicto alegremente y los hayan prejuzgado. Culpables o inocentes, es lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 29 de septiembre de 2019. ‘Que no se libre nadie’

Desde que empecé a escribir en esta página, en febrero de 2003, tuve la costumbre de numerar los artículos, y, si no me he despistado, el de hoy es el 800. No es un número redondísimo (lo sería 1000), pero como ahora se conmemora todo cada año, para así no salir nunca de un bucle que simplemente se agranda hasta el infinito, estaré a tono con esta época si me detengo y miro atrás. Lo que más me asusta, tras dieciséis años y medio soltando parrafadas, es que habrá jóvenes de veinte, veinticinco o treinta que no habrán conocido otra firma en esta última página de EPS, por lo que podrán creer que llevo aquí siempre. Y no: tuve mucha vida antes de aterrizar aquí merced a la amable invitación del director Jesús Ceberio, y hasta había pasado ocho años con columnas dominicales en otro sitio. Cuando me incorporé a este suplemento lo hice con timidez, según mi recuerdo, pese a que mis colaboraciones en el periódico se habían iniciado en el remoto 1978. Aquella pieza inaugural se tituló “Delitos para todos”, y si la memoria no me falla (del primero a los de enero de 2019 están recopilados en volúmenes, pero me da pereza ponerme a buscarlo), hablaba de cómo se iba ampliando la lista de actividades ilegales para que todos pudiéramos ir a prisión por algún motivo. Me doy cuenta de que esa tendencia no ha hecho sino ir a más: cada vez hay más cosas prohibidas y no entiendo cómo no estamos la mayoría en las cárceles. A falta de espacio en ellas, se ha inventado la “pena de redes sociales”, gracias a la cual mucha gente no está entre rejas pero ha perdido su empleo, su carrera, su reputación, se ha convertido en apestada y ha sido objeto de insultos multitudinarios. Así que, en efecto, hoy no se libra de culpa casi nadie, sea famoso o desconocido.

Cuando ocupé este rincón todavía gobernaba Aznar, y hube de dedicar muchas columnas a la infame Guerra de Irak en la que nos involucró ese Presidente megalómano. Nadie sabía aún de la existencia de Zapatero, y los atentados del 11-M eran poco imaginables. Y ETA mataba gratuitamente, como lo había hecho durante los siete lustros anteriores. Vivía yo entonces donde sigo, en el centro de Madrid, que ha cambiado y se ha degradado espantosamente. Había tiendas útiles para los habitantes. Los comerciantes fueron expulsados por el brutal encarecimiento de los alquileres y los vecinos lo están siendo por la proliferación de los pisos turísticos. Se podía caminar con desahogo, sin verse arrollado o atascado por demenciales grupos de extranjeros con maleta y móvil pegado al ojo. La gente ya vestía canallescamente en verano, pero no era lo de ahora: cada vez que me cruzo con un varón con pantalones largos y sin espantosas deportivas (afean todos los andares), me dan ganas de abrazarlo; si veo a una mujer con gratas y finas sandalias, mi impulso es besarle no los pies (tendría que tirarme al suelo), pero sí la mano. Descuiden, jamás lo haría, no tanto porque se me considerara un cursi y porque nunca haya besado manos (que también), sino porque es muy probable que se me denunciara por asalto. Me he hecho mayor en esta esquina. Alguna ventaja ofrece: cuanto más lo soy, menos me importa agradar, caer bien, contentar a los lectores de este diario, que, si bien muy variados, comparten ciertos rasgos predominantes. No pretendo lo contrario, claro está: ni desagradar ni caer mal ni provocar el descontento. Pero sí decir lo que pienso, y si lo que pienso y digo no gusta a muchos, qué se le va a hacer, son gajes del oficio de los que no cabe quejarse: nadie me obliga a permanecer aquí ni yo me empeño. El día que la directora me comunique que ya está bien, desapareceré. De hecho me pregunto si 800 columnas no son ya un abuso por mi parte y por la de la revista que me acoge. Me resulta inevitable pensar cuántas sandeces habré escrito, en cuántas destemplanzas habré incurrido. Lo cual no obstará para que continúe soltando unas e incurriendo en otras, mientras no me apee o me apeen. A veces se le calientan a uno los dedos sobre el teclado, es irremediable.

En 2003 todavía se emitía Los Soprano, esa cumbre. Fue la principal causante de la adicción a las series y de su hiperinflación actual, con cientos de bodrios (salvo excepciones) que los “seriólogos” elogian sesudamente con papanatismo. Las películas aún no duraban dos horas y cuarto como mínimo, ni se copiaban entre sí con desfachatez absoluta. La literatura no estaba invadida por detectives e inspectoras “raros” (el que no padece Alzhéimer padece Asperger, o es enano, o se le han muerto los hijos, y casi todos son bordes) ni por relatos más o menos autobiográficos de sufrimiento y abuso: hoy no parece haber nadie con una vida y una infancia más o menos aceptables. El que mejor lo ha pasado se queja de su extremada pobreza, pero, según lee uno, descubre que se considera pobreza extrema haber tenido empleo, piso, coche y haber sacado adelante a una familia. Quienes más presumen de pobres desconocen lo que es la verdadera pobreza. Y es que el mundo se ha llenado de víctimas. Casi todos se afanan por serlo para alimentar su resentimiento, y por que de paso se condene a quienes consideran sus verdugos indirectos. Me temo que ya lo dije hace 800 artículos: vengan más delitos y agravios, y que no se libre nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de septiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 22 de septiembre de 2019. ‘La mirada sucia’

Hace decenios, cuando mi amigo Rafael Ruiz de la Cuesta trabajaba de traductor en Nueva York, en las Naciones Unidas, me contaba que, si se cruzaba en un pasillo con alguien, debía tener extremo cuidado para ni siquiera rozarlo, porque de lo contrario podía verse en un aprieto, según la susceptibilidad de la persona rozada. No recuerdo si había reglas al respecto o si todavía era sólo un riesgo que se corría. Ahora sí que hay Universidades y empresas estadounidenses en las que todo contacto físico está prohibido, incluido el de estrecharse la mano. En los últimos tiempos hemos sabido de denuncias contra personas que, al hacerse una foto de grupo, han apoyado levemente la mano en la cintura o el hombro de quien estaba a su lado, y esos gestos de cordialidad o amabilidad han sido calificados de “tocamientos inapropiados”, cuando no de “manoseo”. No sé, para mí ese gesto de “acompañar” al cruzar una calle, o de empujar suavemente el codo de alguien al atravesar una puerta, instándolo así a pasar primero, son parte de la normalidad más absoluta, y de la cortesía. Exactamente lo mismo que removerle el pelo a un chaval en muestra de pasajero afecto, o que acariciarle la cabeza a un bebé. A nadie que visite los Estados Unidos se le ocurra hoy hacer eso, porque lo más probable es que se encuentre, en el mejor de los casos, con un padre o una madre furibundos que le espeten: “¿Qué le está haciendo a mi hijo, o a mi hija? Ni se le ocurra ponerles un dedo encima”, y, en el peor, con una denuncia en regla por “abuso de menores”. Tampoco es aconsejable dirigirles la palabra a los críos, porque esos padres histéricos se alarmarán igualmente, pensarán que los está persuadiendo para cometer iniquidades y pervirtiéndolos.

Este comportamiento enloquecido es producto de algo muy sencillo: mirarlo todo siempre con malos ojos; pensar siempre lo peor; ver intenciones turbias, cuando no podridas, en cualquier acercamiento; contemplar el mundo siempre con ojos sucios y con suspicacia; inferir que nuestros semejantes son depravados y que siempre los guía el mal. Claro que hay gente ante la que conviene estar en guardia, pero extender la sospecha al conjunto de la humanidad es una triste y medrosa manera de existir. Es la que, al menos en los Estados Unidos, se ha elegido.

Y claro, acaba sucediendo lo grotesco. Como tocar, y aun rozarse, se ha convertido en algo pecaminoso y en una agresión, la gente debe organizarse y pagar para que el tacto no desaparezca enteramente de sus patéticas vidas. El pasado agosto EL PAÍS publicó un reportaje sobre la conversión de la “epidemia de soledad en un negocio”. Se ofrece “comprar abrazos, paseos en compañía o ‘actividades familiares’ a adultos solitarios”. Se celebran “encuentros para charlar” y —atención— “fiestas de abrazos”: por 20 dólares se pueden tocar unos a otros, eso sí, “sin intenciones sexuales”. Hay una plataforma, Rent a Friend, que, como su nombre indica, proporciona “amigos de alquiler” en varios países y cuenta con 600.000 abonados, que pagan entre 10 y 50 dólares por hora. Cómo no, han de observar un “protocolo”: reunirse en un lugar público, tener el móvil a mano, decirle a un conocido dónde van a estar y a qué hora planean regresar. (Todo como adolescentes de permiso.) Aquí el contacto físico está vedado, no como en las “fiestas de abrazos”, y hay “vigilantes” encargados de que las normas no se infrinjan. Pero no crean: en las mencionadas “fiestas”, frecuentadas sobre todo por individuos de entre 35 y 70 años, es preceptivo el pijama “para no potenciar el deseo sexual”, de lo cual deduzco —lo ignoraba— que esa prenda nocturna está considerada anafrodisiaca, o provoca repelús y anula toda lujuria, no tengo ni idea. Lo cierto es que, en una foto ridícula que ilustraba el reportaje, se veía a un grupito de mujeres y hombres, más bien jóvenes, sentados uno detrás de otro en el suelo y apoyando cada cual, castísimamente, las manos en los hombros de quien lo predecía. (Si eso son abrazos, que venga John Ford y lo vea.) Y, en efecto, todos vestían camisetas holgadas, pijamas e incluso skijamas de presidiarios con rayas horizontales, e iban descalzos (¿los pies también anafrodisiacos?). Al fondo se distinguía a un robusto varón boca arriba y a una mujer, roque, medio apoyada en su pecho. La autora del reportaje no parecía tomarse nada de esto con ironía. Si vive en los Estados Unidos, quizá lo encuentre normal. A mí, qué quieren, el texto y las fotos me provocaron una mezcla de hilaridad y vergüenza ajena.

Si hablo de ello es porque, como sabemos, todas las memeces de los Estados Unidos acaban por instalarse aquí: a mi modesto y arbitrario juicio, España es el tercer país más idiota de Occidente, y el más americanizado. Todavía, por suerte, nos parece natural darnos palmadas, tocarnos el codo, besarnos en la mejilla, ponernos la mano en la cintura o el hombro, pasarle el brazo por encima a alguien como espontáneo gesto de afecto. Les recomiendo encarecidamente que conserven estas costumbres, o pronto tendremos que organizar dichos gestos, pagar euros por ellos, y, lo que es más humillante y molesto, desplazarnos en pijama por la ciudad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de septiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 15 de septiembre de 2019. ‘Denuncias anónimas’

Me gustaría saber desde cuándo y por qué las denuncias anónimas tienen valor y merecen crédito, o la prensa “seria” se hace eco de ellas y las aumenta y acaba por elevarlas a la categoría de “verdad”. Una denuncia anónima ha sido siempre algo ruin y cobarde, a lo que se solía hacer caso omiso. Sin dar la cara ni el nombre, cualquiera puede atribuirle a otro una vileza, impunemente: no se arriesga a ser desmentido, a que se le afee el infundio, a que el calumniado lo demande por difamación. Hoy, lejos de condenarse, esas denuncias se fomentan, y los Estados, la prensa, la policía, alientan una sociedad de delatores, con todas las garantías para el delator. Se invita a la gente a que denuncie a sus parientes, vecinos y conocidos, y a la vez nos horrorizamos de esa misma práctica cuando la llevaba a cabo la Stasi. Lo que se mostraba en la película La vida de los otros es lo que hoy propician nuestras democracias. Hay quienes sostienen que esto está bien según el delito: abuso de menores, narcotráfico, terrorismo, fechorías eclesiásticas, medioambientales o de corrupción. Puede ser, pero es muy fácil que la justificación de unos casos lleve rápidamente a la de todos. La línea es tan delgada que más vale no intentar convertir a los ciudadanos en soplones anónimos y arbitrarios, porque, si todos lo son, entonces ninguno estamos a salvo. Cualquiera que nos tenga ojeriza o envidia, o se sienta ofendido por nuestra existencia, nos la puede arruinar con unas declaraciones a la prensa o unos tuits anónimos.

Hace poco este periódico dio una cobertura exagerada (dos páginas enteras el primer día) a los supuestos acosos de Plácido Domingo. Uno iba leyendo la prolija información y se encontraba con que: 1) de las nueve denunciantes sólo una daba su nombre; 2) ninguna había acudido a la policía ni a un juez; 3) los hechos hoy aireados se remontaban a veinte o treinta años atrás; 4) no se presentaban pruebas ni testimonios imparciales, sólo las afirmaciones anónimas y las de la cantante Patricia Wulf. La fuente era Associated Press. Que ésta sea una agencia fiable significa poco si no aporta pruebas. También el New York Times ha incurrido en pifias en más de una ocasión. Cualquier periódico debería saber que lo mal hecho, mal hecho está, venga de donde venga.

Miraba uno en qué consistían las acusaciones. No he visto a Domingo más que en televisión y no tengo ni idea de cómo es. Dando por buenas esas acusaciones (y ya es dar), sería lo que comúnmente se llama “un ligón”. “Que alguien te esté cogiendo la mano durante un almuerzo de negocios es raro, o que te ponga la suya en la rodilla”, dice una voz anónima. Bueno, yo no lo veo raro: indica que quien lo hace pretende ligar o es “tocón”, como Mercedes Milá, que no paraba de tocar a sus entrevistados sin aparente intención. Otra voz asegura que Domingo le pidió insistentemente salir con ella. Eso significa que le gustaba, pero no veo delito ni cerdada ahí. Siete de las mujeres aseveran que sus carreras se vieron afectadas “por los avances no consentidos de Domingo”. Me temo que eso no hay forma de saberlo a ciencia cierta, y ningún avance puede ser consentido hasta que la persona “avanzada” da o deniega su consentimiento. La gente “prueba”, tanto hombres como mujeres —muchas mujeres, sí—, y hasta anteayer era la forma natural y aceptada de ligar. Dos de las denunciantes “sucumbieron” a las proposiciones del tenor. “¿Cómo le dices no a Dios?”, se pregunta una de ellas. Dan ganas de contestarle: “Pues diciéndole que no. Y además, nadie ha visto nunca a Dios”. La otra alega: “Me quedé sin excusas”, lo cual es una alegación extraña, porque siempre se puede dejar una de excusas y decir: “Es que no quiero y ya está”. ¿Acaso Domingo las forzó o amenazó? No, al parecer sus felonías van de proponer tomar una copa a besar a una mujer en la cara y “apoyar una mano en un lado de su pecho” (luego no “en su pecho”); de coger a otra por la cintura cuando se cruzaban y besarla “muy cerca de la boca” (luego no “en la boca”) a preguntar reiteradamente: “¿Te tienes que ir a casa?” Wulf, víctima de esta ofensiva pregunta, reconoce que Domingo no llegó a tocarla, “pero no había duda de sus intenciones”. Uno se asombra de que ahora se juzguen las intenciones y además estén penadas. Domingo puede que fuera un pelmazo, pero no un depredador sexual.

¿Merecía todo esto dos páginas enteras y el linchamiento subsiguiente? Ya he leído aquí mismo un par de artículos en los que, oportunistamente, se juntaba a Domingo con el nunca condenado Woody Allen, Michael Jackson y el millonario Epstein, involucrado en una red de menores. ¿Es todo lo mismo? Para los inquisidores actuales, sí. EL PAÍS no podía silenciar la “noticia” de Associated Press, pero sí haberle dedicado una modesta columna, hasta ver si las acusaciones eran menos insustanciales. El daño ya está hecho, sin embargo, y Domingo no se quitará jamás el sambenito de “acosador sexual”. Por ocho denuncias despreciablemente anónimas y la de Wulf, a la que el cantante no llegó a tocar. Basta de juicios populares precipitados y condenatorios, por favor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de sepiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de septiembre de 2019. ‘La viuda del fantasma’

Siempre me llevé bien con los ancianos, y con las ancianas en particular, a las que he dedicado algún artículo. Amigas de mi madre que la sobrevivieron, como María Rosa Alonso y Mariana Dorta, las dos canarias, o Pilar Osés; mi antigua profesora del colegio Carmen García del Diestro, conocida como “la señorita Cuqui”; Rosa Chacel y más tarde su hermana Blanca. Con alguna de ellas sólo mantuve relación epistolar, apenas las vi en persona. Entre los varones, visité durante años a Vicente Aleixandre y también cruzamos unas pocas cartas, lo mismo que con otro poeta, John Ashbery, que vivía en Nueva York. Con el profesor de Oxford Sir Peter Russell tuve más relación, ya que he incluido a un personaje que se le parece sobremanera en dos o tres de mis novelas. Con mi propio padre, Julián Marías, que murió a los 91, he ampliado el trato después, al convertirlo en ficción bajo el nombre de “Juan Deza”. A todos estos ancianos y ancianas los echo mucho de menos, a cada uno en sí mismo y al “conjunto”: la gente de edad no suele decir tonterías, o no tiene tiempo para ellas. Cuenta cosas interesantes sin caer en “batallitas”, al menos los inteligentes, y cuantos he mencionado lo eran. Al igual que Ferlosio, no acostumbraban a darse pisto, por utilizar una expresión antigua, y además sabían escuchar las cuitas y perplejidades. Están Marisol Benet, hermana mayor de Juan, activa y despierta a sus 94 o 95 años, y mi divertidísima tía Tina o Gloria, que ya ha cumplido 93. Pocas son, en comparación con la abundancia de tiempos pasados.

Por eso me alegra enormemente haber hecho nueva amistad (aún tenue y solamente epistolar) con una anciana inglesa de 91, que resulta ser la viuda de uno de mis actores predilectos, Rex Harrison. Murió en 1990, así que, dada la desmemoria del mundo, no lo conocerán las generaciones jóvenes. O quizá sí, gracias a su papel más famoso, el del Profesor Henry Higgins de My Fair Lady. Puede que algunos lo recuerden como el Julio César de Cleopatra o como el Papa guerrero Julio II de El tormento y el éxtasis, con Charlton Heston enfrente interpretando a Miguel Ángel. Los cinéfilos no habrán olvidado su mirada sagaz en la extraordinaria Mujeres en Venecia, de Mankiewicz. Pero para mí es sobre todo el Capitán Daniel Gregg de otra pe­lícula de Mankiewicz, de 1947, que su director miraba con condescendencia y que a mí me parece una obra maestra, El fantasma y la señora Muir. Le dediqué un largo artículo hace mucho, es quizá la película por la que siento más debilidad, y cada vez que me piden listas de mis favoritas la incluyo, aunque reconozca que hay decenas de ellas objetivamente mejores.

Así que descubrir hace poco, por la amable mediación de Joana Maria Vives, que su viuda, Lady Mercia Harrison, no sólo me leía y preguntaba por alguno de mis personajes, sino que le hacía ilusión tener dedicado un libro mío, me supuso un regalo, si no del cielo, sí del viejo fantasma que me conmueve cada vez que lo veo, el Capitán Gregg. No pude por menos de enviarle a Ginebra, donde Lady Mercia vive, un ejemplar en inglés del volumen que contiene aquel antiquísimo artículo sobre El fantasma y la señora Muir, junto con unas letras. La viuda, que fue la sexta mujer de Rex Harrison y es grandísima lectora y apasionada de la ópera, me contestó con gracia y con un instantáneo cariño que no he hecho nada para merecer. Me correspondió con un librito de citas varias escogidas por Rex Harrison, me quiso hacer llegar una tarta de nueces y miel, y en una de sus notas manuscritas me contó lo siguiente: una tarde, estando ella y Rex Harrison de gira teatral, Lady Mercia (que aún no era Lady, puesto que su marido no fue nombrado Sir hasta un año antes de su muerte) entró en la habitación y se encontró a “RH” —así se refiere a él— con lágrimas en los ojos ante la televisión, que emitía en aquellos momentos El fantasma y la señora Muir. Rex Harrison le dijo: “Esta no estaba mal. De hecho, estaba muy bien”. Y añadía Lady Mercia: “RH era una persona extremadamente tímida y dolorosamente autocrítica, así que para mí fue inaudito que saliera este comentario de él. Pero, como era ambivalente respecto a los elogios, no sé cómo habría aceptado la generosa opinión que usted tiene de su talento”.

Rex Harrison, que había estado casado con la actriz Kay Kendall (elegante y graciosa, muerta joven de leucemia) y con la también actriz Lilli Palmer (protagonista de otra película por la que siento debilidad, Espía por mandato, con William Holden), se desposó con Mercia Tinker a los 70 años, luego hubo de ver la obra maestra de Mankiewicz en televisión con más edad. Quiero creer que lo que hizo que se le saltaran las lágrimas no fue verse en blanco y negro con treinta y tantos años menos y en una interpretación perfecta, sino que percibió, desde la distancia, cuán emotiva es en verdad esa película considerada “menor”. Yo soy incapaz de verla sin una permanente sonrisa en los labios y un permanente nudo en la garganta, y a medida que me hago mayor más me cuesta soportar el nudo. No saben cuán contento me pone tener entre mis amistades recientes a una nueva anciana, lectora, generosa, lista, afectuosa, y que además es la viuda de mi queridísimo fantasma el Capitán Daniel Gregg.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de septiembre de 2019