Javier Marías en Barcelona

La Vanguaradia 22 4 2915

La fiesta de Sant Jordi de La Vanguardia abre un día del libro optimista
IGNACIO OROVIO
La Vanguardia, 23 de abril de 2015

Un Sant Jordi hora a hora
El País, 23 de abril de 2015

Sant Jordi muestra templanza
JACINTO ANTÓN
El País, 23 de abril de 2015

El vino de Ken Follett y los calzoncillos de James Ellroy
CRISTIAN SEGURA
El País, 23 de abril de 2015

La fiel infantería de la pluma
CARLES GELI
El País, 23 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 26 de abril de 2015. ‘Intolerancia a la tristeza’

Casi siempre que se produce una catástrofe natural o un accidente, sobre todo cuando las víctimas son numerosas, los deudos forman en seguida una asociación que se dedica, más que nada, a buscar y señalar culpables por acción o por omisión, por negligencia o falta de previsión, por no haber sabido adivinar el futuro e impedir el desastre. A eso siguen las denuncias, las demandas y la petición de indemnizaciones, y raro es hoy el caso en que alguien sin mala intención, desolado, no acaba en la cárcel. Si hay un tsunami, ¿cómo es que no se lo detectó con antelación y se previno a la población? Lo mismo si es un terremoto, un huracán, un tornado, si se derrumba un edificio por un atentado. Si una gran nevada deja intransitable una carretera y centenares de coches se quedan varados, la responsabilidad nunca será de sus imprudentes conductores (avisados del riesgo las más de las veces), sino de los meteorólogos, o de las autoridades que a punta de pistola no les prohibieron ponerse al volante. Cuando Ingrid Betancourt fue por fin liberada tras su secuestro de años a manos de la guerrilla colombiana, decidió demandar al Estado porque sus representantes no le impidieron adentrarse, en su día, en una zona peligrosa. Se lo habían desaconsejado con vehemencia, pero entonces ella reclamó su derecho a moverse con libertad y a hacer lo que le viniera en gana. Al cabo de su largo cautiverio, se quejó de que no se la hubiera tratado como a una menor de edad: de que las autoridades no hubieran sido lo bastante contundentes como para torcer su voluntad y cerrarle el paso. Es un ejemplo cabal de la actitud interesada de mucha gente en nuestros tiempos. A Betancourt no le sirvió retractarse al poco y retirar la demanda contra el Estado que la había rescatado. Quedó como ventajista y perdió todas las simpatías que su prolongado sufrimiento le había granjeado.

Tras la tragedia del avión de Germanwings estrellado por el copiloto contra los Alpes, la reacción dominante ha sido de indignación. En primer lugar contra el presunto suicida-asesino, como es lógico y razonable. Pero como éste pereció y no puede castigársele, se vuelve la vista hacia la compañía, hacia los psicólogos, hacia las deficiencias de los tests para tripulaciones, hacia las normas vigentes para abrir o cerrar la cabina. Se pone el grito en el cielo porque un individuo que había padecido depresión años antes pudiera volar y hubiera conseguido su empleo. Si a toda persona con un antecedente de depresión o desequilibrio leve (crisis de ansiedad, por ejemplo) se la vetara para ejercer sus tareas, apenas quedaría nadie apto para ningún trabajo. También es imposible controlar lo que cada sujeto piensa o maquina, o sus consultas internéticas: ¿cómo saber que ese copiloto había estudiado maneras de suicidarse en las fechas previas?

No puedo imaginarme el horror de perder a seres queridos en una de esas calamidades, pero tengo la impresión de que las reacciones furiosas y la búsqueda febril de culpables tienen algo que ver con la intolerancia actual a estar sólo tristes. Parece como si esto fuera lo más insoportable de todo, y que resultaran más llevaderos el enfado, la rabia, la indignación. Quizá eso consuele: pensar que el desastre pudo evitarse, que no se debió a la mala suerte; que si todo el mundo hubiera cumplido debidamente con su cometido, no habría pasado. Sí, uno ha de creer que eso consuela, pero no acabo de verlo, al contrario. Para mí el dolor sería mucho mayor si pensara eso. A la pena se me añadiría el furor, y ya lo primero me parece bastante. De entre todas las declaraciones de familiares de víctimas me llamó la atención, precisamente por infrecuente, la de un hombre que había perdido a su hijo, si mal no recuerdo. “Me da lo mismo lo que haya pasado”, venía a decir; “si ha sido un mero accidente, un atentado, un fallo humano u otra cosa” (entonces aún se ignoraba que la catástrofe había sido deliberada). “Nada cambia el hecho de que se me ha muerto mi hijo, y eso es lo único que cuenta ahora mismo. Ante eso, lo demás es secundario”. Fue la persona con la que me sentí más identificado, aquella a la que comprendí mejor, y también la que me inspiró más compasión (inspirándomela todas). Era un hombre que aceptaba estar triste y desconsolado, nada más (y nada menos). Cuyo dolor por la muerte era tan grande y abarcador que todo lo demás, al menos en el primer momento, le resultaba insignificante, prescindible, hasta superfluo. Al lado del hecho irreversible de la pérdida, el porqué y el cómo y el antes no le interesaban. Si me fijé tanto en él y me conmovió su postura fue porque se ha convertido en casi excepcional que la gente se abandone a la tristeza cuando tiene motivos, sólo a ella. Como si ésta fuera lo más intolerable de todo y se requiriera una especial entereza para encajarla. Como si ya no se supiera convivir con ella si no lleva mezcla, y no va acompañada de resentimiento o rencor hacia algún vivo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de abril de 2015

Javier Marías en el nacimiento de ‘Librújula’

Foto. Asís Ayerbe/Librújula

Foto. Asís Ayerbe/Librújula

El día 22 de abril, con motivo de la presentación de Librújula, proyecto cultural online y en papel, y el recuerdo de los 20 años de la revista Qué Leer, los escritores Rosa Montero y Javier Marías mantuvieron un encuentro en Barcelona moderado por Antonio Iturbe, director de este nuevo espacio literario.

Librújula reúne a Montero y Marías en el arranque de Sant Jordi
Librújula, 22 de abril de 2015

Rosa Montero y Javier Marías arropan Librújula
JACINTO ANTÓN
El País, 23 de abril de 2015

Javier Marías en Sant Jordi

AELM

El día 23 de abril, Sant Jordi, Día del libro, Javier Marías estará en Barcelona.

Firmará ejemplares de su última novela Así empieza lo malo y del resto de su obra.

De 12.00 horas a 13.00 horas, firmará en la caseta de La Central (Rambla de Catalunya / Mallorca).

De 13.00 horas a 14.00 horas, en la de la Casa del Libro (Rambla de Catalunya, 37).

De 17.00 horas a 18.00 horas, en la de Abacus (Plaça Catalunya / Banc d’Espanya).

De 18.00 horas a 19.00 horas, en la de la FNAC Triangle (Pl. Catalunya, 4).

De 19.00 horas a 20.00 horas, en la de Laie (Passeig de Gràcia / Casp).

 

LA ZONA FANTASMA. 19 de abril de 2015. ‘Cuán fresca figura’

Faltan cinco semanas para que se celebren elecciones municipales. Son las primeras de envergadura desde las generales de 2011. No sé si se acuerdan: aquellas en las que el PP juró en su programa que bajaría los impuestos; que no haría el menor recorte en sanidad, educación, pensiones, salarios ni ayudas a los dependientes; en que habló de regeneración democrática y de lucha contra la corrupción, y también de libertades. De estas últimas no estoy ya seguro de lo que dijo, pero a día de hoy, con la aprobación en solitario –sin el apoyo de un solo partido– de la reforma del Código Penal o “Ley Mordaza”, lo único que ha hecho ha sido restringirlas, “madurizarlas” o “putinizarlas”, venezuelizarlas o rusificarlas. Para lo que le conviene, el Gobierno no tiene empacho en imitar a sus “enemigos”. Hay medidas que, si las adoptan otros, conducen hacia una dictadura. En cambio, si las toma él parecidas, son una “garantía de democracia”.

Pero volvamos a las municipales. Como renovación, como propósito de limpieza y enmienda y borrón y cuenta a cero, como relevo generacional y aires frescos, el PP nos ofrece en Madrid la candidatura de Esperanza Aguirre. Está bien elegida: una figura emergente y no gastada, sin apenas pasado, sin ningún lastre de corrupción en su entorno; juvenil y descarada, llena de majeza, espontánea: nada más ser dedificada para regir la capital, y para demostrar que nada tenía que agradecer ni deuda alguna con nadie, empezó a soltar dardos contra sus correligionarios: contra la candidata a la Presidencia madrileña Cifuentes, contra la alcaldesa de rebote Botella, contra el anterior corregidor Gallardón, incluso contra Rajoy más veladamente. Ha debido de excitarla mucho la idea de poder dar órdenes a los guardias que osaron recriminarla por estacionar el coche en el carril bus de Gran Vía y luego la persiguieron hasta su domicilio, al darse ella a la fuga, espíritu rebelde. Se la nota exultante y exaltada.

Su trayectoria está libre de manchas y nubes: nada tuvo que ver con el proyecto de Eurovegas ni con el tenebroso multimillonario Adelson, cuyos casinos de Macao y otros sitios están bajo la lupa del FBI. Es más, se opuso a la construcción de un paraíso de garitos y a la proliferación de gangsters (de poca o mucha monta) que éstos traen siempre consigo. Ha sido invariablemente respetuosa y educada con sus subordinados, a los que no ha reprochado haber autorizado “esa puta mierda” ni les ha pedido sostenerle el espejo mientras ella se retocaba; y a nadie le ha puesto el mote de “el Hijoputa”. Ha sido de una coherencia absoluta y ha cumplido sus promesas: cuando, sin apenas explicaciones (bueno, quería disfrutar de sus nietos, creo), abandonó la Presidencia de la Comunidad, se abstuvo de anunciar que su retirada de la primera línea política era definitiva, así que no sé por qué nadie se extraña de que ahora aspire a la alcaldía. Aquella Presidencia la consiguió en su día de manera diáfana: no se le ocurrió aprovechar la sospechosísima ausencia de dos diputados socialistas (se me han quedado ya como Tamayo y Baus, lo siento) para ver abortada la investidura de su rival y repetidas las elecciones adversas a sus pretensiones. Lejos de una ventajista, la candidata inédita.

Tampoco fue demagógica ni se prestó a la farsa: no inauguró quirófanos inexistentes de cartón piedra (de hecho, que yo recuerde, nunca se exhibió inaugurando nada, real ni ficticio). Ni se le ocurrió perseguir a médicos honrados, ni desmantelar la sanidad madrileña para privatizarla. No consintió que sus colaboradores se montaran en las “puertas giratorias” para, una vez perdidos sus cargos, beneficiarse en el sector privado. Y sobre todo, sobre todo, ha contado con un ojo infalible para nombrar y rodearse de políticos intachables. No se entiende cómo tantos de ellos están en la cárcel (su mano izquierda Granados) o pendientes de acusaciones graves (López Viejo, Sepúlveda, alcaldes y concejales varios de la región).

Además ella ha sido solidaria con todos y los ha defendido hasta el último suspiro: no se le ha ocurrido llamarlos de pronto “ese señor” o “esa persona” como si no los conociera de nada; es patológicamente leal, se puede uno fiar siempre de ella, a nadie va a dejar en la estacada. Que todos esos individuos sin mácula estén a punto de sufrir procesos o amenazados con condenas es tan sólo una injusticia o un equívoco, de los que la vida está llena. No sé, por poner un ejemplo extremo, y salvando las insalvables distancias: es como si alguien hubiera contratado o nombrado en su día a Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Bugsy Siegel, John Dillinger, Bugs Moran y Baby Face Nelson, y a la gente se le pasara por la cabeza que ese alguien tuviera la menor culpa de ello. Menuda suspicacia, menuda tontería. Ya lo creo que está bien elegida: Esperanza Aguirre para alcaldesa de Madrid, un rostro nuevo, una regeneración en toda regla, un azote contra la corrupción, una persona modesta. Y además una señora nada despótica ni malhablada: leal, dulce, sexagenaria y jamás vengativa. Una mujer sin colmillos, ni rectos ni retorcidos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de abril de 2015

Javier Marías en Gutun Zuria

Gutun Zuria

Vídeo de la conversación con Mª Luisa Blanco

Foto. F Domingo Aldama

Foto. F Domingo Aldama

Javier Marías defiende que el erotismo “no da para mucho” en literatura
El País, 16 de abril de 2015

Foto. Patxi Corral

Foto. Patxi Corral

‘Hoy en día no puede haber queja de falta de novelas eróticas’
BEATRIZ RUCABADO
El Mundo, 16 de abril de 2015

Marías cree que el erotismo es “uno de los mayores retos” que se le plantea a un escritor
LEYRE EGUSKIZA
Deia, 17 de abril de 2015

Javier Marías: El erotismo “no da para mucho” en la literatura
La Vanguardia, 17 de abril de 2015

Javier Marías en Bilbao

8 al día
Mañana día 16, a las 20 h., Javier Marías conversará con la periodista Mª Luisa Blanco sobre el erotismo en la literatura, dentro del ciclo”Evocando a Eros”, en el ámbito del VIII Festival Internacional de las Letras de Bilbao.     El acto se desarrollará en el Auditorio de la Alhóndiga (Plaza Arriquibar n.4. Bilbao).

Ver el evento en diferido

El erotismo de las letras
BEATRIZ RUCABADO
El Mundo, 12 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 12 de abril de 2015. “A mí no me la dan con queso”

Decía Juan Benet que la actitud predominante entre los críticos –sobre todo españoles, pero no sólo– era semejante a la de los guardias urbanos o de la porra, como antaño se los llamaba. Aquellos individuos, con sus largos abrigos azul marino y sus cascos coloniales blancos, se encaramaban a un pedestal en medio de una plaza o de una encrucijada y, desde su elevación, estaban ojo avizor a ver quién cometía una infracción; luego andaban buscando infracciones y, por tanto, si no las había, se las sacaban de la manga a menudo, porque de otro modo, ¿cómo se justificaban su función y aun su existencia? Esa disposición de los críticos se podía resumir, según Benet, en esta frase: “A mí no me la dan con queso”. Es decir: “¿Que quiere usted circular con un libro, una película, una música que ha hecho? Le voy a demostrar yo que no puede, que su obra está llena de infracciones y que a mí no se me pasa una”. Esto significaba que los críticos poseían un rígido código, cada cual el suyo, y que con él iban a medir cuanto se ofreciera a sus ojos u oídos, por innovador que fuese. Este tipo de crítico no sólo no se ha extinguido, sino que ha proliferado con las nuevas generaciones: hay muchos que incluso nos cuentan su vida, sus reacciones viscerales, lo que experimentan ellos mientras leen una novela o ven una película, como si su personalidad y sus hábitos le interesaran al lector lo más mínimo. Sus reseñas pueden empezar así: “Cuando leo un libro de Fulano, me suele ocurrir que …”, o “El problema de esta película es que no me emociona …”, sin caer en la cuenta de que eso puede ser problema subjetivo suyo y no de la obra, y, sobre todo, de que a nadie le importan sus sentimientos (“Haga el favor de no relatarme lo que le pasa a su estómago, que ya tengo yo el mío”, dan ganas de espetarle).

Lo peor es que estas actitudes se han contagiado a buen número de lectores y espectadores y oyentes, los cuales, por principio, se asoman a cualquier manifestación artística con espíritu perdonavidas: “A ver qué nos quiere endilgar este”, se dicen con pésima predisposición y recelo, sea “este” un autor novel o consagrado. La cuestión es partir de la convicción de que quien se ha atrevido a hacer algo pretende estafarnos y “dárnosla con queso”, y ahí estamos nosotros con nuestro silbato para hacerlo sonar al instante y señalar las ilegalidades. No son muchos los lectores y espectadores que hoy se sientan en sus butacas de buena fe, o con ecuanimidad por lo menos. Me recuerdan a los alumnos señoritiles que hace ya 30 años me encontré en la Universidad de Oxford: repantingados, me miraban con condescendencia y escepticismo, como si estuvieran de vuelta de todo. Les podía leer el pensamiento: “A ver qué nos va a contar este español que no sepamos; o que nos interese; o que nos distraiga. Nada, probablemente”. Y entonces se dejaba uno el alma por conseguir que, sin percatarse, se quedaran absortos en lo que escuchaban.

Pero esta, extrañamente (no somos un país muy culto), es una actitud más española que extranjera. Es como si aquí nadie se tuviera en mucho si no se muestra exigente y difícil de seducir, y la cosa se ha propagado tanto que participan de ella hasta los “entregados” aficionados al fútbol, es el colmo. O al menos los de ciertos equipos, con el Real Madrid a la cabeza, que cada vez quieren parecerse más al taurino sobrevenido, es decir, al que no sabe nada de toros. Para disimular su ignorancia, no hace sino sacar defectos, abroncar, murmurar “Aquí no hay quien dé un pase”, manifestarse insatisfecho. Como si mostrarse complacido fuera un signo de debilidad, ingenuidad y desconocimiento. Al hincha le trae sin cuidado que el Madrid sea el vigente campeón de Europa, que Cristiano haya marcado más goles por partido que nadie, que Casillas lleve 17 años obrando milagros y salvando al equipo. A éste lo escruta cada jornada como si fuera un debutante sospechoso, y demasiados espectadores sostienen el silbato en los labios para soplarlo al primer fallo, deseándolo de hecho, inventándoselo si no se produce. No hay afecto ni gratitud hacia los jugadores, es como si éstos tuvieran la obligación de servirle y nada más, jamás hay reciprocidad, ni comprensión ni ánimos (de compasión ya ni hablemos). Y parece como si ese talante señoritil y severo haya contaminado a gran parte de la población, no se sabe por qué, pues no es que los españoles en su conjunto sean entendidísimos en nada. Si uno echa un vistazo a los mensajes que se dejan en las redes, hay una abrumadora mayoría de denuestos, con frecuencia anticipados: “Habrá que ver qué mierda ha hecho esta vez Fulano”, podría ser el resumen. En todo, no crean: “Menganita iba fatal vestida, y con más arrugas que un pergamino”. A veces da la impresión de que lo último a lo que el español medio está dispuesto es a admirar. Qué digo, ni siquiera a aprobar. Qué digo, ni siquiera a otorgarle a nadie el beneficio de la duda. Como si la mayor desgracia que pudiera ocurrirle es que alguien se la diera con queso y destacara. Pero para eso está él con su resabio, para evitarlo; para tocar el pito y agitar la porra, denunciando las infracciones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de abril de 2015. ‘Una muela’

Durante siglos la Iglesia Católica hizo un gran negocio de las reliquias. Allí donde se tenía una, la gente supersticiosa acudía a verla, daba generosas limosnas al templo que aseguraba albergarla y beneficiaba a la ciudad en cuestión con un incremento de visitantes, que hoy llamaríamos turistas. Así que llegó a ser asombrosa la cantidad de reliquias existentes en todas partes, algunas de ellas milagrosamente repetidas. Qué sé yo, cuatro o cinco lugares poseían el peroné de San Vicente, las tibias de Santa Justa se multiplicaron; había mantos que se habían echado a los hombros seis o siete apóstoles. Cada iglesia juraba guardar el vaso del que bebió Santiago, el anillo romano de San Eustaquio, la gorra de San Lorenzo o el mechero con que el Bautista encendió su último pitillo, antes de que lo decapitaran. Cualquier cosa valía para engañar a una población fervorosa, ingenua y atemorizada. Allí donde se ha permitido analizar los huesecillos, se ha demostrado a menudo que ni siquiera eran humanos, sino de liebres, perros o cabras; lo mismo con la mayoría de objetos, pertenecientes a épocas modernas, es decir, del siglo XVIII en adelante.

Hoy sólo los muy locos siguen creyéndose estas patrañas, y con todo son bastantes, o bien a la gente le divierte contemplar las antiguas estafas. Yo he visto largas colas en Turín para arrodillarse ante la Santa Sábana o como se llamen esos trazos tan feos y chuscos. Pero claro, la religiosidad ha ido en declive y ya no atrae a las masas como antaño, el número de fanáticos y crédulos ha descendido vertiginosamente. Pero la vieja lección de la Iglesia la han aprendido bien los políticos: hoy se puede sacar dinero de las sobras de un escritor admirado, o de un pintor, o hasta de un músico. No por otra razón se ha tratado de sacar de Collioure el esqueleto del pobre Machado, o se ha levantado media Granada (y lo que aún nos queda) en busca del de García Lorca. Suponen las autoridades que los cursis del mundo peregrinarían hasta sus sepulturas para dejarles mensajes, flores y versos. Y probablemente estén en lo cierto: casi todos tenemos una edad cursi, yo recuerdo haber depositado una rosa, a los veintidós años, sobre la tumba de Schubert en Viena. Al menos el compositor llevaba allí enterrado (creo) desde su temprano adiós al aire, y nadie había tenido la desvergüenza de exhumarlo, trasladarlo, marear y manosear sus huesos. Perturbar los restos de alguien me parece –además de una chorrada, como dijo bien Francisco Rico– una falta de respeto, aunque a la persona que fueron le dé evidentemente lo mismo.

Ahora un Ayuntamiento endeudado hasta las cejas ha gastado buen dinero en rebuscar los de Cervantes, con el único fin de hacer caja. Los responsables de la excavación han hallado una mandíbula y unas esquirlas que podrían haber sido del autor del Quijote, muerto hace 399 años: fragmentos mezclados con los de otros individuos que no interesan lo más mínimo porque no darían un céntimo. Cuando esto se publique no sé si los políticos habrán apremiado a los investigadores a certificar que por lo menos una muela es cervantina. Ignoro si a esa muela se le estará erigiendo un mausoleo para que lo inauguren la alcaldesa Botella, el Presidente de Madrid casi cesante, quién sabe si el del Gobierno con unos ministros, corregidores de Alcalá, Argamasilla y otros sitios que pelean por haber sido la verdadera cuna de Cervantes o el “lugar de La Mancha” de cuyo nombre nadie puede acordarse. Si todo eso sucede, no será sino dos cosas: un embaucamiento comparable a los de la antigua Iglesia y una desfachatada operación de maquillaje.

España presumirá de honrar a sus mejores artistas, cuando lo cierto es que los ha maltratado siempre y –lo que es peor– continúa haciéndolo. Los mismos individuos que saldrían en televisión con la muela colgada al cuello, o se harían fotos mordiéndola como los deportistas sus medallas, son los que envidian y detestan a los escritores actuales; los que han presupuestado cero euros para las bibliotecas públicas en 2012 (y no sé si en los años siguientes); los que han subido el IVA al 21% (el más alto de Europa) para el cine y el teatro; los que remolonean para atajar la piratería cultural que arruina a muchos artistas, por si pierden votos entre los incontables piratas; los que desde Hacienda amenazan y persiguen a cineastas y periodistas; los que rara vez leen un libro o asisten a una función de nada; los que suprimen la Filosofía de los estudios secundarios y restituyen la catequesis más rancia, contraria al saber y a la ciencia; los que reducen a lo bestia la ayuda a la Real Academia Española y jamás ponen pie en ella (casi preferible esto último, para que así no la mancillen); los que no mueven un dedo para que los ciudadanos sean más ilustrados y civilizados, o lo mueven sólo para que cada día lo sean menos y se vuelvan tan brutos como ellos. Estos son los que ahora celebran haber encontrado, quizá, unas cuantas astillas de una cadera de Cervantes. Alguien les habrá chivado que es un nombre venerado y que escribió unas obras maestras aún leídas por suficientes excéntrico.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de abril de 2015

Javier Marías en el Festival Internacional de las Letras de Bilbao

JM Meulenhoff

Javier Marías participará en el ciclo “Evocando a Eros”, en el ámbito del VIII Festival Internacional de las Letras de Bilbao, ‘Gutun Zuria’, que tendrá lugar entre los días 16 y 25 de abril de este año en la ciudad.
El día 16 de este mes, a las 20 h., Marías conversará con la periodista Mª Luisa Blanco sobre el erotismo en la literatura. El acto se desarrollará en el Auditorio de la Alhóndiga (Plaza Arriquibar n.4).

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LA ZONA FANTASMA. 29 de marzo de 2015. ‘Percebes o lechugas o taburetes’

El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.

Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.

A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.

Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 22 de marzo de 2015. ‘Transformismo’

Cada vez que se entregan los Óscars, me pregunto cuándo y por qué la mayoría de los críticos, buena parte de los espectadores y los propios profesionales del arte dejaron de entender de cine o lo confundieron con otra cosa. Sí, ya sé que sobre gustos hay mucho escrito, pero que no cuenta, y desde luego no pretendo tener razón en los míos: siempre estoy dispuesto a considerar que el idiota y el lerdo soy yo, cuando todo el mundo elogia y premia una película que a mí me parece una ridiculez grandilocuente, como El árbol de la vida de Malick hace unas temporadas, o cualquiera de los engolados folletines truculentos de Von Trier o de Haneke, o las solemnidades semirreligiosas de Iñárritu.

Admito que seré yo el que se equivoque, el que carezca de sensibilidad, el que sólo vea “ademanes de genialidad” donde en realidad sólo hay genio sublime (qué digo ademanes: aspavientos). Sí, debo de haberme convertido en un zoquete: este año me pongo a ver ­Boyhood, que ha fascinado y estremecido a las mentes más preclaras, y me aburro del primer al último fotograma, encuentro el conjunto de una inanidad desesperante, y al final sólo me explico tanta boca abierta por una cuestión extracinematográfica, a saber: que la cinta se rodara pacientemente a lo largo de doce años con los mismos actores, y que veamos al joven protagonista ir cambiando desde la infancia hasta la adolescencia tardía. No le veo mérito ni necesidad a la cosa: la película habría sido casi idéntica de haberse rodado en cinco meses con dos o tres actores de físico parecido para representar al muchacho y con un poco de maquillaje y rellenos, como se ha hecho toda la vida, para los personajes adultos. No creo que se me hubiera acentuado por ello la indiferencia rayana en el tedio con que contemplé la maravilla. Insisto en que seré yo el merluzo, pero no me cabe duda de que si esta obra del montón –similar a otras muchas– ha provocado babeos se debe únicamente a la virguería de su eterno rodaje, de hecho lo más comentado.

De lo que estoy igualmente seguro es de que, con mínimas excepciones, se ha olvidado lo que es la interpretación, relegada por el espectáculo circense, la imitación y el transformismo. Si se repasa la lista de actores y actrices nominados al Óscar en lo que va de siglo, se verá que la mayoría lo fueron por hacer de idiotas o de enfermos, de travestis o transexuales, por haber engordado o adelgazado treinta kilos para representar su papel, por haber encarnado a alguien real y lograr la semejanza adecuada, por disfrazarse una actriz guapa de fea, por ponerse una nariz postiza y además fingirse Virginia Woolf, por hablar con acento extranjero. A Meryl Streep se la alaba por parecer Margaret Thatcher, a Helen Mirren por convertirse en la Reina Isabel, a Russell Crowe por interpretar a un Premio Nobel aquejado de no recuerdo qué trastorno, a Daniel Day Lewis, en su día, por simular un pie izquierdo paralítico o torcido, a Matthew McConaughey por haberse quedado chupado como un sídico, a Hilary Swank por haberse metido en la piel de una chica-chico o algo por el estilo, lo mismo que a ese tenebroso Jared Leto. Es decir, por virguerías. Este año no podía fallar: la excelente Julianne Moore sólo se ha visto galardonada cuando ha hecho de enferma de alzheimer, y en cuanto al joven Redmayne, llevaba todas las papeletas en este concurso de fenómenos en que se ha convertido la interpretación cinematográfica: no sólo daba vida a un enfermo de ELA, sino que además se trataba de una celebridad mundial, Stephen Hawking: dos numeritos en uno.

La confusión viene de antiguo, no se crean: recuerdo que en 1968 un soso actor ­olvidado, Cliff Robertson, recibió el Óscar por Charly, en la que, si no me equivoco, interpretaba a un retrasado. Creo que a Dustin ­Hoffman lo premiaron por un papel de ­autista, y a Robert de Niro sólo le dieron la estatuilla de mejor actor principal cuando se avino a metamorfosearse para representar al boxeador Jake La Motta. Con todo, hace unos decenios no era imprescindible transformarse en otro (reconocible), o deteriorarse a lo bestia, o afearse indeciblemente, para alzarse con el premio. Los numeritos se alternaban con las actuaciones memorables. Tengo para mí que aquéllos son mucho más fáciles: basta con cogerle el truco, o el tonillo, o la expresión, o el acento, o lo que sea en cada ocasión, y aplicarlo durante todo el metraje. Los personajes desmedidos son los más sencillos. Hoy sería imposible ver nominado a Jack Lemmon por El apartamento, o a James Stewart por La ventana indiscreta, o a Gregory Peck como abogado o a Maggie Smith como profesora, a Henry Fonda como jornalero o a Walter Matthau como cuñado astuto; a Burt Lancaster como Gatopardo o a Cary Grant en cualquier papel: todos demasiado sanos y normales y con matices, sin el requerido histrionismo, simplemente en interpretaciones ­extraordinarias. Ni siquiera Vivien Leigh por Lo que el viento se llevó habría triunfado: tendría que haberse convertido en un monstruo de gordura o de ancianidad o de fealdad o de enfermedad para que sus compañeros de la Academia de Hollywood se hubieran dignado considerarla.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,22 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 15 de marzo de 2015. ‘Contra la superación’

Nos sirvieron las imágenes hasta en la sopa, una y otra vez, en todos los canales de televisión, y, con su habitual manía retrospectiva, las acompañaron de otras escenas similares del pasado, de archivo. Todo ello con grandes elogios hacia los pobres desgraciados que las protagonizaban. Una cosa es que haya individuos tercos y masoquistas, que atentan indefectiblemente contra su salud (son muy libres), que buscan procurarse un infarto o una ataxia, jaleados además por una multitud sádica que goza con su sufrimiento, que gusta de ver reventar a un semejante sobre una pista, en un estadio. Otra cosa es que todos los locutores y periodistas habidos y por haber ensalcen la “gesta” y fomenten que los espectadores se sometan a destrozos semejantes; que los inciten a imitar a los desdichados (tirando a descerebrados) y a echar en público los higadillos, eso en el más benigno de los casos.

Lo que provocaba la admiración de estos comentaristas daba verdaderas lástima y angustia, resultaba patético a más no poder. Una atleta groggy, que no podía con su alma ni con sus piernas ni con sus pulmones, se arrastraba desorientada, a cuatro patas y con lentitud de tortuga, para recorrer los últimos metros de una maratón o “media maratón” y alcanzar la meta por su propio pie (es un decir). Se la veía extenuada, deshecha, enajenada, con la mirada turbia e ida, los músculos sin respuesta alguna, parecía una paralítica que se hubiera caído de su silla de ruedas. Y, claro, no sólo nadie le aconsejaba lo lógico (“Déjalo ya, muchacha, que te va a dar algo serio, que estás fatal; túmbate, toma un poco de agua y al hospital”), sino que sus compañeras, los jueces, la masa –y a posteriori los locutores– miraban cómo manoteaba y gateaba penosamente y la animaban a prolongar su agonía, con gritos de “¡Vamos, machácate, tú puedes! ¡Déjate la vida ahí si hace falta, continúa reptando y temblando hasta el síncope, supérate!” Y ya digo, a continuación rescataban “proezas” equivalentes: corredores mareados, que no sabían ni dónde estaban, vomitando o con espumarajos, las rodillas castañeteándoles, el cuerpo entero hecho papilla, víctimas de insolación, sin sentido del equilibrio ni entendimiento ni control de su musculatura, desmadejados y lastimosos, todos haciendo un esfuerzo inhumano ¿para qué? Para avanzar un poco más y luego poder decir y decirse: “Llegué al final, crucé la meta, pude terminar la carrera”.

Y no, ni siquiera eso es verdad. Alguien que va a rastras no ha terminado una carrera, es obvio que no ha podido llegar, que no aguanta los kilómetros de que se trate en cada ocasión. Su “hazaña” es sólo producto del empecinamiento y la testarudez, como si completar la distancia a cuatro patas o dando tumbos tuviera algo de admirable o heroico. Y no, es sólo lastimoso y consecuencia de la estupidez que aqueja a estos tiempos. Como tantas otras necedades, la mística de la “superación” me temo que nos viene de los Estados Unidos, y ha incitado a demostrarse, cada uno a sí mismo –y si es posible, a los demás–, que se es capaz de majaderías sin cuento: que con noventa años se puede uno descolgar por un barranco aunque con ello se rompa unos cuantos huesos; que se puede batir el récord más peregrino, qué sé yo, de comerse ochocientas hamburguesas seguidas, o de permanecer seis minutos sin respirar (y palmar casi seguro), o de esquiar sin freno en zona de aludes, o de levantar monstruosos pesos que descuajeringarían a un campeón de halterofilia. Yo entiendo que alguien intente esos disparates en caso de extrema necesidad. Si uno es perseguido por asesinos y está a pocos metros de una frontera salvadora, me parece normal que, al límite de sus fuerzas, se arrastre para alcanzar una alambrada; o se sumerja en el agua seis minutos –o los que resista– para despistar a sus captores, ese tipo de situaciones que en el cine hemos visto mil veces. Pero ¿así porque sí? ¿Para “superarse”? ¿Para demostrarse algo a uno mismo? Francamente, no le veo el sentido, aún menos la utilidad. Ni siquiera la satisfacción.

Lo peor es que, mientras los médicos ordenan nuestra salud, los medios de comunicación mundiales se dediquen a alentar que la gente se ponga gratuitamente en peligro, se fuerce a hacer barbaridades, se someta a torturas innecesarias y desmedidas, sea deportista profesional o no. Y la gente se presta a toda suerte de riesgos con docilidad. “Vale, con noventa y cinco años ha atravesado a nado el Amazonas en su desembocadura y ha quedado hecho una piltrafa, está listo para estirar la pata. ¿Y? ¿Es usted mejor por eso? ¿Más machote o más hembrota?” Es más bien eso lo que habría que decirle a la muy mimética población. O bien: “De acuerdo, ha entrado en el Libro Guinness de los Récords por haberse bebido cien litros de cerveza en menos tiempo que nadie. ¿Y? ¿No se percató de que lo pasó fatal –si es que salió vivo de la prueba– y de que es una enorme gilipollez?” O bien: “Bueno, alcanzó usted la meta, pero como un reptil y con la primera papilla esparcida en la pista. ¿No le parece que sería mejor que no lo hubiéramos visto?”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de marzo de 2015

En recuerdo de un libro excepcional

REVOLUCIÓN

Por más que editores y lectores compitan en su desprecio por las narraciones cortas, Revolución en el jardín es un libro excelente. Con el agravante, para quienes tanto esperan de las historias largas y maldicen de las cortas, de que ni siquiera son cuentos sino crónicas de la vida cotidiana, encima contadas desde la perspectiva de un hombre sedentario y de provincias y, para acabarlo de arreglar, escritas hace medio siglo o más. Y sin embargo, insisto, esta cincuentena de escritos, unos ya publicados en otras antologías y en vida del autor y otros rescatados después de su muerte, es uno de los textos de calidad más amenos, divertidos y, sobre todo, inteligentes que se pueden encontrar hoy en las librerías.

Lo que aquí, por pura convención llamamos crónicas, es una variopinta sucesión de textos imposibles de catalogar porque casi siempre trascienden el planteamiento inicial (ensayo, narración, crítica de la vida cotidiana o lo que sea), y como un ave cuando gana altura, acaban cerniéndose sobre una realidad que ya no se reconoce a sí misma porque le han subvertido los valores y cambiado las señas de identidad, todo ello sin levantar la voz ni faltar a nadie. Al revés. El autor adopta la actitud del entusiasta dispuesto a ver el lado bueno de cualquier circunstancia pese a que, poco a poco, las cosas no acaban de responder a las expectativas depositadas en ellas. Y el mejor ejemplo de lo que digo es el relato que da título al libro, Revolución en el jardín.

A principios de los años sesenta, y después de un prolongado intento de hacerse un nombre como dramaturgo, Jorge Ibargüengoitia decidió probar suerte con la ficción. Y para ganarse la vida a la espera de la gran novela, accedió a colaborar con el Excelsior redactando unas crónicas semanales de las que se sentía muy satisfecho porque, decía, le permitían sobrevivir con una semana laboral reducida a un día de trabajo. Los otros seis los dedicaba a una novela que acabó llamándose Relámpagos de agosto en la que glosaba las peregrinas andanzas de un falso general de la revolución mexicana y que le valió ser galardonado con el Premio Casa de las Américas correspondiente al año 1964.

Revolución en el jardín es el relato de un hombre profundamente agradecido por haber recibido un premio de tanto prestigio y que vuela a La Habana para recogerlo. Como toda persona deseosa de que la justicia triunfe en el mundo, y convencido además de que la revolución castrista era una ventana que se abría a la esperanza, el premiado aterriza en Cuba convencido de estar entrando en una nueva etapa de la historia. El lector podrá comprobar que pocas veces ha leído una crítica más demoledora de la revolución cubana, ni una descripción tan exacta y premonitoria de la catástrofe que ya se cernía sobre esa isla. Y todo, como digo, sin levantar la voz ni faltar a nadie. Sólo a base de recopilar los pequeños detalles que la gran historia pone al alcance de un ciudadano que, casi como quien no quiere la cosa, a base de juntar detalles y retazos acaba dibujando un mural que dejaba sin habla a los Diego Rivera, Rufino Tamayo y compañía.

Ignoro si Carlos Saura leyó en su día el relato que hace Ibargüengoitia del día que fue al cine a ver la entonces tan alabada Elisa, vida mía, pero no cuesta nada imaginar cómo se le iría demudando la color a medida que el espectador entusiasta, y en principio entregado, va registrando una incongruencia aquí, una cursilada allá, un personaje que prometía mucho y luego no cumple. Demoledor. Pero lo mismo pasa si le da por contar una reunión de familia, la relación con unos vecinos, lo que pasa si la sirvienta se va de vacaciones o si a las autoridades provinciales les da por erigir un monumento al gran hombre. Ibargüengoitia tenía un don especial para, primero, percibir la comicidad inmersa en las situaciones más serias y solemnes, y, después, para subvertir la realidad desde un humor por lo general sosegado, pero en ocasiones con gran riesgo. Y aunque no sea un texto fácil de encontrar, quien sienta curiosidad por ver en qué consiste el riesgo al que me refiero le recomiendo que busque su novela Las muertas (RBA), repleta de humor pese a que el tema, el asesinato de mujeres (nada menos que ochenta) a manos de unas proxenetas en principio no parece propicio a muchas bromas.

Jorge Ibargüengoitia murió el 27 de noviembre de 1983 junto con otras 181 personas que viajaban con él en el 747 de Avianca que se estrelló en Mejorada del Campo cuando se disponía a aterrizar en Madrid. Yo no sabía que él iba a bordo de ese avión, pero leyendo en días posteriores crónicas de aquel accidente se dieron dos circunstancias que él, caso de haber tenido oportunidad de conocerlas (por ejemplo, con sólo haber perdido en París aquel fatídico vuelo) hubiera sabido apreciar. Una de ellas era el relato de un pasajero que estaba recogiendo sus cosas para bajar a estirar las piernas en Barajas antes de saltar el Atlántico y que sin transición se encontraba caminando aturdido en medio de un espantoso escenario de cuerpos y equipajes destrozados y pedazos ardiendo, pero que pronto veía entre las llamas una silueta familiar y, en efecto, era su mujer, a la que estaba abrazando cuando veían dos figurillas familiares y, en efecto, eran sus hijas. Todos estaban ilesos, sin un rasguño, los únicos supervivientes junto a otras siete personas más entre las 191 que viajaban con ellas.

La otra circunstancia, enérgicamente negada por Avianca y enérgicamente confirmada por quienes participaron en la investigación del accidente, era la grabación encontrada en la caja negra y correspondiente a las últimas palabras pronunciadas en la cabina de pilotaje. Tras escucharse reiteradas veces al dispositivo de seguridad avisar que el avión volaba demasiado bajo y que era necesario ganar altura, de pronto, y justo antes del silencio final, se escuchaba una voz diciendo: “¡Calla, gringa!”.

Qué le hubiera costado no ser por una vez tan educado y puntual y haberse dejado seducir por París hasta el extremo de perder el avión.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El País, Babelia, 14 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 8 de marzo de 2015. ‘Tiene dinero, es intolerable’

Hará unos meses escribí una columna (“Siempre tarde y con olvido”) en la que señalaba cómo en poco tiempo los españoles habían pasado de ser enormemente comprensivos con la corrupción, y aun defensores de ella (“El que no trinque es tonto”, sería el resumen de lo que opinaba una considerable parte de la población), a no tolerar el menor aprovechamiento o desvío de dinero público o privado. Ese artículo tuvo escaso eco, que yo sepa, así que una de dos: o era soso e inane –culpa mía–, o a los españoles no les gusta que se les refresque la memoria, se les hagan notar sus múltiples contradicciones y su permanente chaqueteo, se les exponga su cinismo. En una época en la que por culpa de Internet nada se borra y ya no hay que ir a las hemerotecas para saber lo que cada cual dijo en cada momento, España sigue obrando el milagro de que el pasado no exista, ni el más reciente. Han transcurrido unas semanas y observo que ese puritanismo de boquilla y sobrevenido va a más. Por poner un ejemplo, el cobro de 425.000 euros por parte de Monedero, dirigente de Podemos, y su posterior puesta al día con Hacienda, han hecho correr ríos de tinta y saliva escandalizadas, sin que apenas nadie reparara en lo más turbio de ese asunto, a saber: que al parecer dicho político dispusiera de despacho en el Palacio de Hugo Chávez, un militar golpista (es decir, como Franco, Videla y Pinochet), y que percibiera una porción de esos emolumentos sirviendo a un régimen cuasi dictatorial. No de todo el mundo se pueden aceptar encargos y retribuciones si se quiere luego presumir de ser “gente decente”. La cantidad es lo de menos.

Pero el paso de un extremo a otro se ha visto con aún más claridad al empezar a conocerse nombres de la llamada lista Falciani. De pronto parece que los españoles ya no entiendan nada ni sepan distinguir. He visto a reporteros preguntarles a individuos, en tono acusatorio: “¿Tiene o ha tenido dinero en el extranjero?”, como si eso fuera un grave delito y hubiéramos vuelto –también en eso– al patrioterismo franquista. Resulta inverosímil que a estas alturas haya que explicar que es perfectamente legal y lícito tener dinero fuera de España, siempre y cuando las cuentas no sean ocultas, estén declaradas y se tribute al fisco lo que corresponda. Sobre todo si dichas cuentas se encuentran en países de la Unión Europea. Muchos compatriotas parecen no haberse enterado de que la UE (antes Comunidad Económica Europea) no es ya “el extranjero”, ni de que para lo primero que cayeron las fronteras de nuestras naciones fue para la libre circulación de capitales. Ustedes pueden guardar sus ahorros en Alemania, Francia o Gran Bretaña si se les antoja (y quizá hagan bien, dado que de España lo pueden a uno “exiliar” en cualquier instante, según se ha comprobado históricamente), con tanta legitimidad como si los conservaran en Madrid, Barcelona o Bilbao.

Siempre que sea dinero ganado limpiamente, declarado y tributario a la Hacienda española, repito. Incluso tenerlo en Suiza (que no pertenece a la UE) es legítimo también, si se dan esas condiciones. No digamos en Irlanda, pese a que allí existan ventajas fiscales. Enfurecerse porque alguien no mantenga todo su capital en España es como indignarse porque un madrileño lo deposite en Gerona, un catalán en San Sebastián o un andaluz en Santander. A este paso acabaría estando mal visto que un señor de Tarazona ponga sus ahorros fuera de Tarazona, o una señora de Covarrubias fuera de Covarrubias. Una actitud semejante a la de muchos comerciantes de lugares que conozco, que lamentaban que el equipo de fútbol de la ciudad ascendiera a Primera, porque eso hacía que los hinchas se desplazaran a animar al equipo en sus visitas a clubs famosos y no gastaran en su propia localidad durante los fines de semana, sin apreciar que los aficionados de otros sitios también venían a su pequeña población cuando jugaban en ella esos clubs y sin duda gastaban más que los parroquianos habituales.

Y así, estamos a dos centímetros de que lo que empiece a escandalizar y soliviantar no sea ya dónde se guarde el dinero, sino que se lo posea. “Hay que ver”, he leído u oído hace poco, “¡Fulano tiene en sus cuentas 300.000 euros!”, como si eso fuera un pecado, o como si el mero hecho de haberlos reunido lo hiciera sospechoso de haberlos malganado, o de haber estafado o robado. ¿No habíamos quedado, hace cuatro días, en que enriquecerse era lo mejor que podía hacerse, y además sin escrúpulos, “pegando pelotazos”, cobrando comisiones, echando mano a la caja, tirando de tarjeta de empresa o valiéndose de un cargo para sacar tajada? Todo esto se ha aplaudido, y bien está que ya no sea así. Pero no que de pronto se alce un clamor contra cualquiera más o menos adinerado, aunque haya hecho su fortuna sin explotar ni engañar ni sisar ni defraudar a nadie, honradamente y gracias a su talento o a su suerte o a su mucho esfuerzo, tanto da. Seguimos siendo un país analfabeto e histérico, si todavía hay que explicar semejantes obviedades. Pero más vale insistir en ellas, pese a todo, antes de que se empiece a señalar con el dedo a ciudadanos íntegros y con fiereza se grite: “¡Está forrado, tiene dinero, es intolerable!”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 1 de marzo de 2015. ‘Un país adanista e idiota’

A veces tengo la sensación de que este es un país definitivamente idiota, en la escasa medida en que puede generalizarse, claro. Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal, aunque sea como parte de un colectivo. Rara es la generación que no tiene la imperiosa ambición de sentirse protagonista de “algo”, de un cambio, de una lucha, de una resistencia, de una innovación decisiva, de lo que sea. Y eso da pie a lo que se llama adanismo, es decir, según el DRAE, “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”, o, según el DEA, “tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros”. El resultado de esa actitud suele ser que los “originales” descubran sin cesar mediterráneos y por tanto caigan, sin saberlo, en lo más antiguo y aun decrépito. Presentan como “hallazgos” ideas, propuestas, políticas, formas artísticas mil veces probadas o experimentadas y a menudo arrumbadas por inservibles o nocivas o arcaicas. Pero como el adanista ha hecho todo lo posible por no enterarse, por desconocer cuanto ha habido antes de su trascendental “advenimiento” –por ser un ignorante, en suma, y a mucha honra–, se pasa la vida creyendo que “inaugura” todo: aburriendo a los de más edad y deslumbrando a los más idiotas e ignaros de la suya.

Los adanistas menos puros, los que encajan mejor en la segunda definición que en la primera, se ven en la obligación de echar un vistazo atrás para desmerecer el pasado reciente, para desprestigiarlo en su conjunto, para considerarlo enteramente inútil y equivocado. Han de demolerlo y declararlo nulo y dañino para así subrayar que “lo bueno” empieza ahora, con ellos y sólo con ellos. Es una de las modalidades de vanidad más radicales: antes de que llegáramos nosotros al mundo, todos vivieron en el error, sobre todo los más cercanos, los inmediatamente anteriores. “Mañana nos pertenece”, como cantaba aquel himno nazi que popularizó en su día la película Cabaret, y todo ayer es injusto, desdichado, erróneo, perjudicial y nefasto. Si eso fuera cierto e incontrovertible, tal vez no haría falta aplicarse a su destrucción. Tenemos aquí un precedente ilustrativo: tras casi cuarenta años de dictadura franquista, pocos fueron los que no estuvieron de acuerdo en la maldad, vulgaridad y esterilidad de ese periodo, y los que no lo estuvieron se convencieron pronto, sinceramente o por conveniencia (evolucionaron o se cambiaron de chaqueta aprisa y corriendo). El adanismo no careció ahí de sentido, aunque no fue tal propiamente, dado que, como tantas veces se ha dicho con razón, la sociedad española había “matado” a Franco en todos los ámbitos bastante antes de que éste muriera en su cama, aplastado no sé si por el manto del Pilar o por el brazo incorrupto de Santa Teresa.

Lo sorprendente y llamativo –lo idiota– es que ahora se pretenda ­llevar a cabo una operación semejante con la llamada Transición y cuanto ha venido a raíz de ella. Los idiotas de Podemos –con esto no quiero decir que sean idiotas todos los de ese partido, sino que en él abundan idiotas que sostienen lo que a continuación expongo– han dado en denominarlo “régimen” malintencionadamente, puesto que ese término se asoció siempre al franquismo. Es decir, intentan equiparar a éste con el periodo democrático, el de mayores libertades (y prosperidad, todo sumado) de la larguísima y entera historia de España. La gente más crítica y enemiga de la Transición nació acabado el franquismo y no tiene ni idea de lo que es vivir bajo una dictadura. Ha gozado de derechos y libertades desde el primer día, de lo que con anterioridad a este “régimen” estaba prohibido y no existía: de expresión y opinión sin trabas, de partidos políticos y elecciones, de Europa, de un Ejército despolitizado y jueces no títeres, de divorcio y matrimonio gay, de mayoría de edad a los dieciocho y no a los veintiuno (o aún más tarde para las mujeres), de pleno uso de las lenguas catalana, gallega y vasca, de amplia autonomía para cada territorio en vez de un brutal centralismo… Nada de eso es incontrovertiblemente malo, como se empeñan en sostener los idiotas.

Yo diría que, por el contrario, es bueno innegablemente. Que ahora, treinta y muchos años después de la Constitución que dio origen al periodo, haya desastres sin cuento, corrupción exagerada y multitud de injusticias sociales, políticos mediocres cuando no funestos, todo eso no puede ponerse en el debe de la Transición, sino de sus herederos ya lejanos, entre los cuales está esa misma gente que carga contra ella sin pausa. “Es que yo no voté la Constitución”, dicen estos individuos en el colmo del narcisismo, como si algún estadounidense vivo hubiera aprobado la de su país, o algún británico su Parlamento. Es como si los españoles actuales protestaran porque no se les consultó la expulsión de los judíos en 1492, o la de los jesuitas en 1767, o la expedición de Colón a las Indias. Tengo para mí que no hay nada más peligroso que el afán de protagonismo, y el de los españoles de hoy es desmesurado. Ni más idiota, no hace falta insistir en ello.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de marzo de 2015