Nueva edición italiana de ‘Vidas escritas’

VITE ESCRITTE
JAVIER MARÍAS
Traducción de Glauco Felici
Einaudi, 2019

Javier Marías: miei pazzi, adorati scrittori
MARCO CICALA
La Repubblica, 4 dicembre 2019

Conrad


Sordos
IGNACIO ECHEVARRÍA
El Cultural, 6 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2019. ‘Dos décadas de antipatía’

Dejemos a los gobernantes de hace cuatro domingos y volvamos, pues, al costumbrismo. Miremos un poco más, con los ojos de mañana, las dos primeras décadas del siglo XXI, aquel tiempo en el que la gente solía estar muy satisfecha de sí misma, se consideraba “supersolidaria”, “empática” a más no poder, y se afanaba en buscar “causas” (eso tan propio de las personas tristes), y, si no las hallaba, se las inventaba. Se decidió que había que poner fin a toda injusticia, discriminación e “invisibilidad”, que al pasado había que castigarlo y la historia modificarla, es decir, falsearla. Lo que ocurrió y no nos gusta, o nos parece condenable, neguemos que ocurrió o cambiémoslo, los hechos no importan y la verdad aún menos. El resultado de todo esto fueron nuevas o viejas injusticias, discriminaciones e “invisibilidades”, una absoluta falta de entendimiento de lo que había sido avanzado y beneficioso en cada época (según aquellos soberbios, todo el pasado había sido un error repugnante), y, en consecuencia, un desmedido aumento de la intolerancia. Nadie estaba a salvo: a los individuos se los censuraba por utilizar plástico, por viajar en avión, por ir en coche, por comer carne, por beber, por fumar, por follar y sobre todo por intentarlo, por ser madrileño o parisino o extremeño, por oponerse y por no oponerse a algo, por defenderlo y por no defenderlo. No había manera de acertar, uno siempre se la cargaba. Todo era criticable y casi nadie estaba nunca contento con nada.

A toda actitud se le veían defectos espantosos y no había sujeto que no cometiera pecado: si uno se disfrazaba de mariachi se estaba burlando de los mexicanos; si de torero, de los españoles; si se ponía un kilt, de los escoceses. Si un actor blanco interpretaba un papel que no fuera de blanco, incurría en indignante “apropiación cultural”. Nadie se quejaba, en cambio, de que legiones de asiáticos tocaran piezas de Haydn, Mozart o Beethoven, ni de que un negro hiciera de Duque de Gloucester en una obra de Shakespeare. Las prohibiciones solían ser unidireccionales. El humor se perdió totalmente: la mayoría se tomaba todo al pie de la letra y como ofensa, ya no se reconocían las bromas y los hermanos Marx habrían resultado repulsivos. Las personas andaban cabreadas permanentemente. Muchas se levantaban planeando a quién podrían destruir durante su jornada, como si ese fuera su único aliciente. Se les entregó una herramienta de la que se hicieron esclavas: las redes sociales. Se les hizo creer que con ellas tenían poder, que sus denuestos ya no se quedarían en la esfera de lo privado, sino que el mundo entero sabría de sus malignidades. Ignoraban que la mayoría de las “campañas” estaban orquestadas y eran ficticias; que incontables “usuarios” en realidad no existían, eran bots de Rusia, China o de multinacionales, o bien un grupo de machacas encerrados en una granja o un garaje, que multiplicaban sus consignas y así engañaban a los pardillos: “las redes arden” y demás sandeces, cuando lo único que echaba humo eran los dedos de los machacas atrincherados. Fuera como fuese, esa herramienta dio a los individuos dos sensaciones: de potencia y de impunidad, ya que nadie utilizaba su nombre. El anonimato y la masa son infalibles pruebas para medir la calaña de cada uno: si alguien sabe que no habrá represalias y que ni siquiera deberá encararse con quien está calumniando o insultando, nada le impide ser cruel —si su índole es cruel—. Así que una porción de la población se sintió libre de soltar veneno a raudales contra sus semejantes. Con frecuencia los más ponzoñosos eran quienes se consideraban más rectos, benefactores y “empáticos”. Si un torero era herido, los animalistas se apresuraban a desearle la muerte con terrible agonía, y si se moría un niño que había manifestado su afición a los ruedos, los empáticos aplaudían. Si un policía estaba gravísimo en el hospital, había independentistas muy rectos cruzando los dedos por que la palmara. Si alguien ganaba un premio o tenía éxito, ya podía prepararse para una lluvia de improperios. Y si no ganaba nada y fracasaba, los mismos millares de amargados lo celebraban y le deseaban que jamás se recuperara. La sociedad (no toda, claro) desarrolló una vocación de turba perseguidora, apenas distinta de la que inspiraba los linchamientos, ya saben: si el crimen es colectivo y se ampara en la multitud que lo comete, no hacen falta pruebas ni juicio, es un crimen “del pueblo”, esto es, de nadie. Lo peor fue que en la cabeza de muchos se aposentó la idea de que todo el mundo era culpable “de algo” (aunque fuera retroactivamente) y merecía ser castigado. Con la excepción, claro está, de cada turba perseguidora. Pero como no se recordaba nada de lo acontecido, o se lo había falseado, se ignoraba que las turbas furiosas necesitan alimentar su persecución, y que los siguientes en la lista de perseguibles siempre son los perseguidores primeros. No por otro motivo (basta un solo ejemplo reciente) el perseguidor Gabriel Rufián fue tachado de “traidor” por sus propios correligionarios hace unas semanas. Pero descuiden, porque quienes se lo llamaron acabarán también perseguidos.

Lo más suave que puede decirse de aquellas décadas iniciales del XXI es que fueron tan idiotas como ceñudas, y tan retrógradas como antipáticas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2019

Reseñas francesas

“L’écart” et “Berta Isla” : les coups de cœur littéraires de la semaine
Europe 1, 6 octobre 2019

« Berta Isla » : un mariage de lumière et d’ombres
FREDERIQUE HUMBLOT
Les Echos, 27 octobre 2019

“Berta Isla” : le magnifique portrait de femme de Javier Marias
JEAN PIERRE TIROUFLET
Atlantico, 1 novembre 2019

« Berta Isla » de Javier Marías aux éditions Gallimard : une performance de haute volée
BÉATRICE ARVET
La Semaine, 4 décembre 2019

Javier Marías, agent secret
DIDIER JACOB
Bibli Obs, 5 décembre 2019

LA ZONA FANTASMA. 1 de diciembre de 2019. ‘El factor aversión’

Cuando esto se publique, es posible que esté cerca la formación de nuevo Gobierno o que el preacuerdo entre el PSOE y Podemos se haya ido al traste por falta de apoyos. Sea como sea, el paso dado por el primero de estos partidos ya es irreversible y quizá lo condene, a medio plazo, a seguir la triste senda que recorrió Ciudadanos el 10 de noviembre, cuando pasó de 57 a 10 diputados.

Confieso que no entiendo a los políticos actuales. No ya por sus ideas o ideologías o propósitos (que a menudo tampoco), sino por su incapacidad de visión larga y sus estrategias. Todos parecen haber prescindido de un factor hoy determinante, en mi opinión profana. Hace ya tanto tiempo que, salvo a los militantes e incondicionales de cada formación, nos resulta imposible sentir estima o simpatía por quienes se ofrecen para gobernarnos; hace tantos años que la mayoría votamos lo que nos resulta menos insoportable entre una galería de males; que la tentación de abstenernos nos va en aumento a cada convocatoria; que a los electores oscilantes (que son los más, los que en su momento otorgaron mayorías claras al PP o al PSOE) se dedican no a elegir, sino a descartar escrupulosamente a quienes en modo alguno desearían ver en La Moncloa, que ya no cabe duda de que la aversión se ha convertido en el factor predominante. Mucha gente no sabe lo que prefiere, pero sí lo que detesta por encima de todo. Hasta el punto de que las propias bases de los partidos, nada representativas del total de los votantes, han tomado por costumbre congregarse ante sus respectivas sedes para gritar negaciones: “¡Con Fulano no!”, es decir, con cualquiera menos con ese o esos, manifestando no lo que quieren, sino solamente lo que no consienten. Si eso no es un síntoma de la importancia del factor aversión, no sé qué puede serlo.

Pues bien, siendo esto tan evidente, nuestros partidos han resuelto ignorarlo y así, uno tras otro, se van granjeando la antipatía invencible de quienes a la postre determinan los resultados: los votantes no fanáticos ni inmutables, los que se lo piensan mucho cada vez y se guían por sus descartes, los vacilantes, los poco fieles, los cambiantes, los que sólo optan por lo menos nefasto y nunca por lo más beneficioso (ya no ven beneficios en ningún lado). El descalabro de Ciudadanos se debe a varios motivos, pero a buen seguro uno de ellos es este: por mucho que intentara disimularlo, entre abril y noviembre sus votantes más convencidos percibieron la transigencia con Vox y la cogobernación con Vox en muchos sitios. A los inamovibles del PP eso no les provocaba demasiado rechazo, porque el partido de extrema derecha los representaba en parte. Pero la animadversión que suscita Abascal queda patente en las encuestas, y era natural que los electores más centristas y moderados de Ciudadanos vieran a éste irremisiblemente invalidado y contaminado por su connivencia hipócrita con los nostálgicos de una dictadura.

Me temo que lo mismo le va a suceder antes o después al PSOE con la contaminación que para él supone Podemos. En esas encuestas Pablo Iglesias (al menos hasta que apareció Abascal) es invariablemente el líder peor valorado por el conjunto de los opinantes. Es obvio que, tras esa alianza, nadie de derechas votará de nuevo a los socialistas; ni nadie de centro, sea eso lo que sea, y todo partido necesita papeletas “ajenas” para ganar con claridad suficiente. Pero es que tampoco lo votarán en el futuro numerosos socialistas, véase ya el ejemplo del antiguo Presidente de Extremadura. Tampoco arañará votos entre los podemitas, que seguirán leales a su favorito; ni entre los independentistas, que continuarán con sus sectas; ni entre los peneuvistas y proetarras monolíticos. Sánchez, político soso y adusto, ha desestimado el factor aversión y no compensará las pérdidas que éste trae. Con su coalición súbita y cínica se ha enajenado para largo tiempo a millones de españoles, sin conquistar a ninguno nuevo.

He dicho “cínica” y me quedo corto, pero es que no hay palabra de mayor envergadura. No quisiera repetir lo ya escrito, pero no está de más subrayar lo siguiente: antes de las elecciones de abril Podemos contaba con 71 diputados. Ahora, cuando ha perdido más de la mitad y tan sólo le restan 35 —cuando es un partido en retroceso, a la baja—, se recurre a él y se lo premia frívolamente con una vicepresidencia y tres ministerios, a cambio de formar un Gobierno (si se forma) impopular, precario, lleno de tiranteces y de adversarios acérrimos. Y a cambio de recibir el PSOE el rencor profundo, y quizá definitivo, de la mayoría de los ciudadanos. Lo que Sánchez ha olvidado es que siempre hay “otra vez”, y que todos vuelven a votar en la próxima, incluidos los que buscarán siglas distintas y colocarán al PSOE en lugar destacado de su lista de descartes. Sólo puedo añadir que lo lamento personalmente. Nunca es grato ver cómo alguien con historia se perjudica, o se suicida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de noviembre de 2019. ‘Cuando uno ya no sabe por qué’

Viajé a Cataluña el día después de la sentencia del procés, y allí permanecí las siguientes tres semanas. Me acerqué a Barcelona sólo una vez, en medio de los fragores pero a horas de tregua, así que nada más vi sus efectos. Los incendios, las barricadas, las batallas campales, por televisión, como la mayoría de ustedes. Donde me encontraba había calma, aunque una especie de contaminación de enfado y enemistades se notaba en el aire. Una mañana bajé a echar basura a los contenedores, y una señora de normalísimo aspecto me reconoció y me dijo: “¿Por qué no escribe un artículo diciendo que en Cataluña no nos estamos matando los unos a los otros, ni nos comemos a los niños?” Le contesté que lo haría con gusto de darse el caso, pero que no había leído ni oído que nadie afirmara semejantes cosas. Sin apenas transición, me preguntó: “¿Ha visto los vídeos de la policía saqueando las tiendas durante los disturbios?” Le dije que no y que me parecía improbable: “Los policías y los mossos están muy controlados”. Se empeñó en mostrarme las imágenes. Sacó su móvil y me enseñó a unos policías (creo, hacía sol y estábamos en la calle) en el interior de un comercio, trajinando. “Yo no veo que estén saqueando”, apunté; “pueden estar recogiendo, o verificando desperfectos, quién sabe”. Su respuesta fue tan tajante que el diálogo resultaba imposible, como si me hubiera espetado: “¿Va a dar más crédito a sus ojos que a los míos?” “Pues yo los veo saqueando”, concluyó. Me limité a añadir: “Qué quiere que le diga. Pero insisto en que me parece improbable; están muy controlados y ellos mismos graban con cámaras sus intervenciones”.

Me quedé muy pensativo. Si esa señora (educada y tratable) había recibido el vídeo en su móvil con la falsedad de que los agentes estaban robando, no sólo la daba por buena y cierta, sino que veía lo que le habían indicado que viera, por más que no se viera y que las imágenes fueran neutras y nada elocuentes. Que corran por las redes todo tipo de montajes, falsificaciones, escenas sacadas de contexto y “explicadas” con mala fe, bueno, es lo propio de las redes, y con ocasión del referéndum del 1-O ya circularon fotos y vídeos que, para exagerar la bruta reacción del Ministro del Interior Zoido, no se correspondían con el lugar ni la fecha. Lo que me dejó meditabundo fue que la señora se creyera la consigna a pie juntillas y viera lo que le habían sugerido que viera. Estamos en un punto, pensé, en el que demasiados catalanes han perdido de vista por qué sucede lo que allí sucede. Hace pocos años era un sitio en el que se vivía comparativamente de maravilla (aún es así, pese a los denodados esfuerzos de los independentistas para arruinarlo): una de las regiones más prósperas de Europa, es decir, del mundo; dinámica y llena de atractivos, con el único peligro de morir de excesivo éxito a manos de los turistas; con un autogobierno que ni siquiera disfrutan los Länder de un país federal como Alemania; con sus propios Parlament y Govern y docenas de competencias transferidas; con su lengua y su cultura cuidadas y mimadas; un lugar plenamente libre, en el que se vota sin cortapisas desde hace cuarenta años y cuyos principales partidos han participado en la gobernación del Estado. La idea demente de que en realidad los catalanes viven oprimidos y expoliados ha sido inoculada por una cuadrilla de políticos sin escrúpulos y por sus medios serviles, que —eso dicen muchos catalanes— no tenían otra intención que crear una gigantesca cortina de humo que tapara la famosa corrupción conocida como “comisiones del 3%” (la cual, según esos catalanes, sería más bien del 4% o el 5%). Lo asombroso es que, si esa era la cuestión, lo hayan conseguido con creces: hace años que ya no se habla del 3%. Ni siquiera se habla de la monstruosa fortuna amasada y confesada por Jordi Pujol y su progenie. Ante la maniobra de diversión del procés, es como si nada de eso hubiera ocurrido, o como si no importara.

Yo no creo que los catalanes decentes sean tan indiferentes al latrocinio institucionalizado de sus líderes señoritiles. A veces pienso que, si hoy se preguntara a algunos de dónde viene el odio que expresaban los rostros de quienes insultaron, escupieron y golpearon a los invitados a los Premios Princesa de Girona; de dónde viene la furia de los que queman Barcelona y cortan el ferrocarril y las carreteras; de dónde la imperiosa necesidad de crear un Estado propio abocado a ser un Estado-paria, yéndoles las cosas tan objetivamente bien como les iban, esas personas no sabrían contestar, o no con coherencia y verosimilitud. Nadie en el mundo se siente afrentado por lo que pasó en 1714, sería tan ridículo como si los madrileños aún odiáramos a los franceses por la carga de los mamelucos y los fusilamientos de 1808, casi un siglo más cercanos. Cuando uno ya no sabe el porqué de sus odios, pasiones y acciones, cuando uno es incapaz de pararse a pensar si hay para tanto y si en verdad está esclavizado, o si solamente lo han persuadido de que lo está unos políticos egoístas, codiciosos y culpables de un fraude masivo… Si uno no es capaz de desenmascararlos y de salir del engaño y del ensalmo, sólo cabe que otros insistamos cuando haga falta y les digamos, al menos, que la mayoría de sus compatriotas no vemos lo que se los ha inducido a ver, desde hace ya siete largos años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de noviembre de 2019

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Juego de espera’ de Michael Powell

JUEGO DE ESPERA

MICHAEL POWELL

Prólogo de Miguel Marías

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, noviembre de 2019

Distribuye Penguin Random House S.A.U.


ÍNDICE
La novela del cineasta Michael Powell (Prólogo) por Miguel Marías

JUEGO DE ESPERA
Del autor al lector

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2019)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2019)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2019)

 

La única novela del director de obras maestras inolvidables como El coronel Blimp, El fotógrafo del pánico [Peeping Tom], Narciso negro, A vida o muerte, Las zapatillas rojas

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 17 de noviembre de 2019. ‘Legumbres’

A veces se trata sólo de recapitular unos cuantos dichos y hechos que, tras un breve revuelo, se olvidan rápidamente. Por ejemplo: durante varias noches seguidas la Jefatura Superior de Policía de Barcelona fue acosada, con la intención de asaltarla, por hordas vandálicas y embozadas que buscaban el cuerpo a cuerpo con los agentes y dejaron malheridos a muchos de ellos. Como esa Jefatura se encuentra en pleno centro de la ciudad, y los vecinos estaban desesperados de no poder transitar, de verse hostigados en sus casas ahumadas por los contenedores en llamas, de no atreverse a salir mientras se libraban abajo batallas campales, al Ayuntamiento que preside Ada Colau se le ocurrió una idea propia de quien tiene por cerebro un garbanzo, a saber: que la Jefatura se mude, se traslade a otro sitio, para no perturbar más al vecindario. Es decir,decir, según ese cerebro de legumbre, la culpa de los disturbios no es de quienes los provocan, lanzan piedras, bolas de acero, botellas, cócteles Molotov, adoquines y cuanto les parece arrojadizo y muy dañino, sino de quienes los padecen y son atacados con violencia extrema. El problema no son los matones, son sus víctimas. Si éstas no estuvieran donde están, en Via Laietana, la zona no se convertiría cada noche en un remedo menor del peor Beirut. Lo que no se le ocurrió en ningún momento al cerebro garbancil fue desalojar a los alborotadores. ¿Cómo iba a actuar el Ayuntamiento colauita contra unos chicos justamente indignados por La Sentencia? ¿Que condenaban a la población a atrincherarse y le impedían llevar su vida normal? Bueno, siempre podría largarse, ella también, si la Policía persistía en ocupar el edificio desde el que causaba tantas molestias. Además, ¿con qué fuerzas iba a intervenir la alcaldía, si la propia Colau desmanteló hace tiempo la unidad antidisturbios de la Guardia Urbana y menguó los efectivos de ésta?

En relación con estos violentísimos altercados (cuando escribo todavía hay un Policía Nacional cuya vida corre peligro, y no son pocos los Mossos d’Esquadra con huesos rotos y los atacantes maltrechos), la Presidenta de la Assemblea Nacional Catalana, Elisenda Paluzie, dio indicios de tener por cerebro una lenteja cuando declaró complacida que la violencia desatada ofrecía ventajas y un lado positivo, a saber: merced a ella, Barcelona y el procés (o “el conflicto”, eufemismo siniestro empleado por ETA y sus acólitos durante sus décadas de tiros en la nuca, secuestros y bombas indiscriminadas) estaban en toda la prensa internacional y resultaban más visibles. De acuerdo con ese razonamiento (por darle nombre inmerecido), más presente aún estaría “el conflicto” si los encapuchados se dedicaran a cortar cabezas en las plazas con hacha o con guillotina; o si colgaran de farolas y árboles a los “desafectos” y “traidores”, o si lincharan a los mossos, a los policías y a los escasos municipales que osaran detener su destrucción. Si la violencia tiene esa ventaja y ese lado positivo, lo que en realidad recomendaba la lentejil Paluzie era imitar —por qué no— los métodos de ETA o del Daesh, que, como ustedes saben, ha estado, está y estará muy presente en los medios del mundo entero.

Por su parte, el President de la Generalitat y otros muchos políticos y ciudadanos se han enfurecido con el conseller de Interior, Buch, porque ha cumplido con su cometido de proteger a todos los habitantes y velar por que Barcelona no sea arrasada por los chicos indignados, entre los cuales había profesionales italianos, griegos, holandeses, alemanes, de la guerrilla urbana internacional, no tan chicos y llamados ex profeso a organizar y dirigir las nada espontáneas acciones. No han condenado a los destructores, sino a las fuerzas del orden que, con gran sentido del deber, obstaculizaban la destrucción, y les han puesto una lupa encima a ver cómo las pueden empapelar. Todo esto lo hemos visto a menudo en los westerns: los facinerosos que asuelan un pueblo están a las órdenes del cacique o terrateniente, que monta en cólera cuando un sheriff honrado mete en el calabozo a quienes aterrorizan el lugar. Si puede, lo destituye, como está a punto de pasar con Buch, y si no, le dice que huya, como propuso Colau, y, si no, hace reducir la cárcel a escombros y tirotear al sheriff por su indocilidad. Pero también esto se ha visto en la realidad, y aunque ya lo recordé aquí hace un año, a raíz del famoso “Apretad” de Torra a los CDR, toca repetirlo, y con más motivo y más alarma: en 1933, poco después del incendio del Reichstag en Berlín y poco antes de las elecciones generales, la policía que debía impedir desmanes y abusos estaba al mando… de Göring, fundador de la Gestapo, quien permitió a los desalmados de camisa parda reventar violentamente los mítines de todos los partidos menos el suyo, claro está. En Cataluña los Mossos están a las órdenes de un independentista convencido, pero honrado, cumplidor y con sentido del cargo. Pero quienes están por encima de él, Torra y su amo Puigdemont, son cómplices de los facinerosos que destrozan y agreden y se saltan las leyes y la voluntad de sus compatriotas; como lo son, asimismo, los cerebros al frente de la ANC y del Ayuntamiento, una lenteja y un garbanzo. Eso sí, con mucha malignidad los dos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de noviembre de 2019. ‘Buenísimas personas’

Sí, es curioso: basta con hablar del presente en pretérito indefinido o imperfecto, como si ya hubiera pasado y fuera historia, para ver con más nitidez nuestras imbecilidades, nuestra irracionalidad y nuestras abrumadoras contradicciones. Hace dos semanas terminé diciendo que las gentes de 2019 solían ser inclementes y sin embargo se creían todas buenísimas personas. Se lo creían al mismo tiempo que ensalzaban y votaban a individuos inequívocamente antipáticos, ruines, rastreros y que exhibían como un gran mérito su falta de compasión. Los estadounidenses eligieron como Presidente a un sujeto así, que añadía, a su inmoralidad connatural, ser un patán que jamás leía. Su elección se debió, en parte, a una extraña reacción contra las personas ilustradas, contra los expertos en algo y también contra los intelectuales, como si en América se hubiera producido una repentina “maoización” (hay que recordar que en los inicios de la revolución de Mao se ejecutó a muchos chinos solamente por llevar gafas, lo cual los hacía sospechosos de leer). Todos ellos fueron englobados en un término que se convirtió en uno de los mayores insultos de la segunda década del siglo XXI: “élites”, con su correspondiente adjetivo “elitistas”. Cualquiera que hubiera estudiado en serio, que hubiera adquirido conocimientos útiles (para salvar vidas o la Tierra, daba lo mismo), cualquiera que pensara más allá de los simplistas y cómodos lugares comunes de la época, se vio anatematizado como “élite”. Así que mucha gente decidió que era mejor ser gobernada por tontos y locos, eso sí, megalómanos, autoritarios y antidemocráticos todos. No sólo se hizo con el poder un ignorante como Trump, sino que alguien con saberes fingió no tenerlos, o quizá abjuró de ellos, para ser aclamado en Gran Bretaña. Ese país astuto, pragmático, civilizado, encumbró a Boris Johnson cuando éste se “trumpificó”, empezó a comportarse como un chulo majadero, a hablar como un fantoche y a prometer con malos modos conducir a su nación a la ruina. Entonces, insospechadamente, fue vitoreado.

Italia hizo algo parecido, sólo que los saberes de Salvini eran mucho más dudosos. Los que poseyera, en todo caso, los abandonó, y se dedicó a pasearse por su península sembrando el odio con la camisa abierta y una cruz bailándole en el seboso pecho (a veces manoseaba un rosario), a colgar en las redes vídeos de sus relaciones semisexuales y a lanzar diatribas contra los muertos de hambre del planeta. La grosería deliberada y el ánimo despiadado causaban furor entre sus compatriotas, que lo idolatraban, y a la vez, como he dicho, se creían buenísimas personas. Ignoro lo que se creían los turcos (me pillan lejos), pero votaban una y otra vez a un tiranuelo llamado Erdogan que detenía, encarcelaba y quizá torturaba a millares, y que en 2019 inició una repugnante ofensiva contra los kurdos, con el beneplácito de Trump. Esos kurdos acababan de ayudar decisivamente al mundo (y por lo tanto a Trump) a desmantelar el Daesh, una de las organizaciones más crueles de la historia y una amenaza gravísima para todos, árabes y no árabes. Con ese beneplácito, los Estados Unidos de hoy pasaron a engrosar la lista de países traicioneros, infames y desagradecidos, esos de los que cualquiera deberá apartarse para no sufrir su veneno, como enemigo o como aliado.

Las excelentes personas votaron en el Brasil a otro sujeto zafio e inmisericorde, Bolsonaro, que tenía a gala despreciar a los negros, a las mujeres y a los homosexuales, así como deforestar la Amazonia. También era un cristiano fanático, lo cual no le impedía recomendar a la población que se armara hasta los dientes. Muy cristianos eran asimismo (de boquilla al menos) los gobernantes de Hungría y Polonia, Orbán y Kaczynski, pero se comportaban exactamente igual que Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Putin en Rusia, anulando las libertades, la independencia de la justicia y emitiendo leyes antidemocráticas. Claro que Maduro, Ortega y Putin además daban órdenes para la desaparición de disidentes. En las Filipinas mandaba un homicida confeso (se jactaba de haberse cargado a dos o tres hombres) apellidado Duterte. Una vez al mando, ya no tuvo que mancharse: le bastó con dar carta blanca a sus policías para matar sin detención, juicio ni zarandajas latosas no sólo a los narcotraficantes, sino a los drogadictos.

Lo peor y más contradictorio es que ninguno de estos cabestros (salvo Ortega en su día) tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos por quienes se consideraban buenísimas personas, justas, rectas, “correctas”, compasivas y plagadas de virtudes. Y se consideraban, sobre todo, grandes patriotas, lo mismo que los independentistas catalanes, los post-etarras vascos y los dirigentes profranquistas de Vox. En aquella época fue asombroso que los mastuerzos más manifiestamente dañinos para sus respectivos conciudadanos fueran adorados por éstos. Huelga decir que no fue, ni de lejos, la primera vez en la historia que tuvo lugar tan espantoso fenómeno. Pero la gente de 2019 no solía acordarse de nada.

Quizá otro domingo retornaré al costumbrismo de estos tiempos, que, con ser temible, da menos miedo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de noviembre de 2019. ‘Para que no voten sólo los incondicionales’

Así que aquí estamos de vuelta, a los seis meses de las últimas elecciones, que, gracias a la incompetencia y la mala fe de nuestros políticos, no sirvieron para lo que debían: tener algún Gobierno que durara lo previsto, unos cuatro años. Lo insólito es que, tras el fracaso, el elenco sea el mismo sin apenas variación. Se ha añadido un peronista convencido, Errejón, al que aún no se le alcanza que todos los largos males de la Argentina tienen su origen en el General Perón, amigo y protegido de Franco, quien lo obsequió hasta con una calle en Madrid. En este 10 de noviembre nada, absolutamente nada, nos puede incitar a votar. Si ya en abril se hacía casi imposible optar por un partido, ahora todavía más. ¿Qué se hace en este caso?

El PSOE sigue tan entontecido y fofo como en la última década, exhibiendo como mayor hazaña desde la moción de censura de 2018 el traslado de una momia cuyo destino le trae al fresco a la mayoría de la población. Por lo demás, pende sobre él la amenaza de la corrupción de los ERE. Mayores y más numerosas son las causas por corrupción que aún se ciernen sobre el PP. Ya fue condenado en una de ellas y eso le costó la gobernación. Las bases —es incomprensible que las bases de todos los partidos escojan a menudo lo peor— otorgaron la jefatura a Casado, un discípulo y entusiasta de Aznar que se hizo más derechista de lo que ya lo era Rajoy, y en consecuencia obtuvo para su partido los resultados más escuálidos de su historia. Da lo mismo: ahí permanece Casado, que ahora intenta parecer más centrista que entonces, con poco éxito de momento. Claro que en la tarea lo ha ayudado enormemente el que se tenía por partido “moderado” o “bisagra”, Ciudadanos. El caso de esta formación será estudiado: con unos votos considerables hace seis meses, ha hecho lo indecible para perderlos, cabrear a sus electores (no muy firmes ni incondicionales) y de paso a una gran cantidad de españoles, que desearon con claridad lo siguiente: que Ciudadanos pactara con el PSOE, poniendo freno a sus tonterías mayores. Hasta el Financial Times se lo aconsejó. De haber eso ocurrido, nos habríamos ahorrado insoportables meses de toma y daca entre Podemos y el PSOE y esta nueva convocatoria. Habríamos tenido un Gobierno lleno de defectos y dificultades, desde luego, pero más o menos equilibrado y “normal”, como el de tantos países europeos. Tras su obcecación y su viraje furioso a la derecha, Rivera quedará como uno de los políticos más tontos del siglo, en la innoble compañía de Artur Mas y David Cameron. Los tres han sido magistrales a la hora de torpedearse a sí mismos. Como Rivera no gobernaba, las consecuencias de su cazurrería serán menos graves, eso sí.

Traer a colación a Artur Mas es oportuno, aunque ahora no compita. Convocó elecciones autonómicas anticipadas para fortalecerse, y se debilitó hasta tal punto que, al poco, una formación lunática y marginal como la CUP lo obligó a renunciar a su cargo de President. Entonces nombró a dedo a Puigdemont para sustituirlo, el cual, a su vez, nombró a dedo a Torra cuando se fugó. Es decir, un bobo nocivo nombró a un bobo dañino mayor, y éste a otro bobo perjudicial aún mayor. A los dos últimos Presidents de la Generalitat no los ha elegido nadie, son el títere de un calamitoso y el títere del títere. Pero como los cargos tienen más peso que las personas que los ocupan —como si estuviéramos en tiempos de los emperadores romanos más trastornados, de Calígula a Nerón—, el títere mandó y el títere del títere manda, o se deja mandar a distancia por el primer títere desquiciado y mantenido por el erario. Aunque sea sabido que los títeres se desmadejan y caen al primer manotazo de los matones, una parte de los catalanes, que siempre fueron astutos y laboriosos, realistas y excelente jugadores de póker, aplauden hechizados a sus peleles parasitarios y han roto la baraja, instalándose en el territorio de las hadas (maléficas), con la gran complicidad de Esquerra RC.

De Podemos y de Vox poco hay que hablar. El primer partido está en manos de una pareja narcisista, como lo era la que formaron Juan Domingo y Evita Perón. Ya sólo cabe observar, con curiosidad, la magnitud de la ambición de sus dirigentes. En cuanto al segundo, es sólo una caricatura acartonada del franquismo que conocimos en persona quienes contamos cierta edad. Yo lo padecí durante veinticuatro años, suficientes para reconocer al instante el tufo y las arengas lerdas de aquella dictadura. Habrá gente que quiera volver a ella, porque masoquistas existen en todas partes. Pero la mayoría de los españoles, por suerte, no parecen dispuestos a someterse de nuevo a ningún Sade grotesco, iletrado y barato.

Salvo los incondicionales de cada formación, ninguno queremos ir a votar otra vez a una galería de inútiles y avariciosos, de megalómanos y enajenados. He ahí el problema: si no votan más que los incondicionales, serán ellos los que decidan por nosotros. Ellos auparon a estos candidatos y nos los impusieron. Y lo cierto es que, aunque luego presuman, los políticos, cuando sacan buenos resultados, saben que los votos son prestados y no gobiernan sólo para los suyos. Eso ya sería un enorme avance en estos tiempos tribales, tanto si lo ven ustedes ahora como si no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de noviembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de octubre de 2019. ‘Con ojos futuros’

Esta idea se la debo a Bill Maher, que la esbozó en uno de sus programas. Si hay algo antipático del presente —de cualquier presente—, es que mira el pasado cercano con desdén y con aires de superioridad. Desde que tengo memoria, el actual se lleva la palma. La revolución tecnológica de las últimas décadas ha imbuido a la mayoría de los individuos de una soberbia injustificada, como si hubieran sido ellos, los usuarios, quienes inventaron Internet, Twitter, Instagram, los smartphones, Netflix y YouTube. En el mejor de los casos, se compadecen de sus padres y abuelos; en el peor (y más frecuente), se burlan de ellos despiadadamente: pobres sujetos ignorantes y atrasados. Los llamados millennials se consideran cuasi perfectos y dignos de admiración, y, como corresponde, se tronchan al ver imágenes de los años setenta y ochenta del siglo XX. Los pantalones acampanados, los cardados, los pelos fritos, las chaquetas de pana, las hombreras, los pijamas tipo ABBA, todo es objeto de justa mofa, que compartimos con buen humor quienes en su día sucumbimos a las modas de turno. (Durante un periodo de mi juventud llevé una larga melena estilo apache, y lo peor es que existe una fotografía en la edición original de mi segunda novela, de 1973.)

Pero no está de más imaginar qué se dirá de nuestra época “extraordinaria” dentro de veinte o treinta años, cuando le toque ser pasado. Me temo que la hilaridad de nuestros hijos y nietos será inmisericorde. Cuando vean vídeos de ahora se troncharán y exclamarán: Fíjate, la gente andaba aferrada al móvil y no cesaba de mirarlo o teclearlo compulsivamente, sin atender a lo que sucedía a su alrededor. Se tropezaba, algunos eran atropellados por coches que no veían ni oían venir, y otros sufrieron accidentes mortales por hacerse un selfie idiota. Con el aparato lo fotografiaban todo, aunque no fuera bonito ni tuviera el menor interés. Martirizaban a sus conocidos enviándoles la incomprensible foto (platos de comida, baldosas, un mimo callejero), que jamás volvían a mirar. Muchos hombres se colocaban en la coronilla unos moñitos a lo samurái, o peinaban complicadas rastas difíciles de lavar. Había futbolistas que se ponían una mopa en la cabeza y así salían ufanos al campo. No escaseaban las mujeres que se pelaban al uno como hospicianas de Dickens o represaliadas tras las guerras. Tanto ellas como los varones lucían tatuajes con ahínco, hasta el punto de ir en camiseta por la calle para exhibirlos. Abundaban los gordos fenomenales, que decidieron estar orgullosos de serlo, pese a que los médicos recomendaban eliminar grasas para mejorar la salud. Se generalizó el uso de pantalones justo por debajo de la rodilla, lo cual “cortaba” las piernas en dos. Se vestían horrorosas camisetas flojas y holgadas (y con lemas) que acentuaban las barrigas, al fin y al cabo eran motivo de inexplicable orgullo. Las deportivas eran ubicuas, y se conjuntaban estrafalariamente con smokings y fracs en las galas, o las mujeres con vestidos largos de fiesta. Había un gusto pésimo, en suma, pero las gentes creían ir de maravilla.

Se sometían gustosamente a las sevicias y humillaciones de las compañías aéreas y de los aeropuertos, se pasaban allí horas y horas, con el inútil propósito no de viajar, sino de desplazarse como locos de un sitio a otro. En realidad, a la mayoría, no les interesaba ningún lugar. Los recorrían rutinariamente según las instrucciones de alguna guía o web y se hacían retratos allí donde se les indicaba que había algo “importante”. Ni siquiera lo miraban, ese algo, o sólo con la cámara del móvil. Se agolpaban en rebaño delante del feo retrato de La Gioconda, dándose codazos para lograr tenerlo de fondo y taparlo luego con sus caras. Andaban por las calles en destructivos grupos de ochenta o más personas, comportándose como ganado al mando de un vaquero o pastor que los guiaban con una sombrilla de colores o una banderita. Se desplazaban por las aceras en patinetes que solían dejar tirados tras usarlos, para que alguien se desnucase luego. También en bicis y en unos aparatos de ruedas gordas y horrendas llamados segways, para perezosos. Las ciudades eran un caos y un peligro para las personas de edad, ya sin apenas reflejos para esquivar los vehículos pueriles. Los domingos se disfrazaban de atletas y corrían en masa por cualquier motivo “solidario”, eso decían. No lo hacían en espacios verdes, como habría sido normal, sino que se empeñaban en hollar el duro asfalto de los centros más céntricos, para imposibilitarles la vida y el tránsito a cuantos no participaban de sus maratones y “perrotones”, que consistían en correr igualmente, pero con perro. Enloquecieron por estos animales, hasta el punto de que en 2019 había en España unos ocho millones de ellos. Se creían que eran niños y los mimaban como a tales, pero a menudo se cansaban y los abandonaban de mala manera, tras haberlos adorado durante un año o dos. Eran inclementes, aunque solían creerse, todos, buenísimas personas.

Da un poco de miedo mirarnos con ojos futuros. Pero más miedo dará un domingo próximo, cuando esos ojos se fijen en algunos asuntos más serios, y no sólo en aspectos costumbristas, que tampoco han de faltar, porque son tan inagotables como agotadores.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de octubre de 2019. ‘Sin interpelar’

Me ocupé hace  no mucho del deterioro de nuestros informativos de televisión, medio por el cual, pese a todos los móviles habidos, muchísima gente sigue la actualidad. Por conveniencia de horarios alterno sobre todo los de TVE y la Sexta. Y es en esta última cadena donde asisto a un fenómeno que hace unos años habría resultado insólito e inadmisible, a saber: la mayoría de los locutores y (principalmente) locutoras no se limitan a dar las noticias con desapasionamiento y neutralidad, dejando al espectador que extraiga sus conclusiones, como solía suceder y es obligado en el buen periodismo, sino que con su tono y sus gestos nos dicen lo que opinan ellos y por tanto lo que debemos opinar. Es como si hubieran incorporado a sus rostros y voces los emoticonos, emojis o como se llamen. Así, informan de que tal político ha hecho una declaración determinada, y al hacerlo ponen cara de estupor, o de reprobación, o de asco, o utilizan el sarcasmo tonal. Es como si añadieran: “Puaff”. Hay ocasiones en las que sólo les falta apuntar con el pulgar hacia abajo. Es decir, lejos de contar lo que sucede, lo comentan, lo descalifican, lo condenan, rara vez lo aplauden, con muecas y entonaciones de censura o de condescendencia. Algo en verdad llamativo y contrario a la más elemental profesionalidad. Los presentadores de esta cadena no son los únicos en “dirigir” la reacción del espectador, desde luego. Hasta en TVE he visto atisbos de emoticonos faciales.

En este canal, que debería cuidar al máximo el lenguaje, casi no hay cartel que no esté mal escrito o contenga erratas. ¿Tan difícil es escribir dos líneas como es debido? El uso de nuestra maltratada lengua es un puro disparate. Hace poco oí esto: “… durante el minuto de silencio para condenar la última víctima de la violencia de género”. A esa pobre víctima, así pues, no sólo la habían matado, sino que además se la condenaba en todas partes con un mudo minuto de desaprobación. Una presentadora de la Sexta afirmó que un político había dedicado “palabras gruesas” a otro, como “arrogancia y desprecio”. Ignoraba yo que, en la exageración tremendista de nuestros medios, dichos vocablos hubieran pasado a ser palabrotas o tacos, porque no otra cosa significa “palabras gruesas”.

Tampoco las televisiones escogen bien a sus “expertos” y entrevistados. Un cineasta al que preguntaban por su nueva película soltó la siguiente “explicación”: “Hay muchas cosas que las puedes sentir de alguna forma, ¿no?” Pues sí, nadie le contradiría: hay en efecto “muchas cosas”, y si uno las siente, será “de alguna forma”, una gran verdad. Un comentarista deportivo me dejó boquiabierto: “Con este cabezazo de cabeza se adelantó el Madrid”. Menos mal que precisó que el cabezazo era de cabeza, porque, si no, cualquiera podría haber entendido que era “de empeine” o “de tacón”. Otro retransmisor se descolgó con esta maravilla en Movistar: “No ha ganado el Barça todavía fuera de casa… Pero cada partido es un mundo, y cada partido está rodeado de unas circunstancias determinadas en el contexto del juego y también en el contexto de la competición. Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto…” (¿todo el qué, santo cielo?). Pero lo mejor que he oído en los últimos meses lo aseveró una “autoridad pedagógica” especializada en el aprendizaje de los críos según su proveniencia económica y social: “Está probado” (cito de memoria, pues su deslumbrante intervención fue en junio o julio) “que los niños de familias con más poder adquisitivo conocen y manejan tres millones más de palabras que los de clases desfavorecidas”. Considerando que la lengua española consta de unos 90.000 vocablos (y les puedo jurar que nadie se los sabe todos), los niños ricos de ese pedagogo han de ser por fuerza extraterrestres de una civilización muy inventiva y muy superior, para haber “descubierto” tres millones más que los humildes y 2.910.000 más que el mayor memorizador del Diccionario. Si ya es inaudito que llevaran a semejante sabio al telediario, más asombroso es que tenga un empleo de responsabilidad.

No crean que la prensa escrita está mucho mejor. Leo en un artículo de alguien muy elogiado que “la democracia española adolece de madurez”. Es decir que a la autora eso le parece un defecto, ya que “adolecer” significa eso, estar aquejado de un vicio, una enfermedad o un defecto. Después están las expresiones misteriosas de moda. He oído y leído varias veces el neoadjetivo “aspiracional”, en contextos como este: “Esa película ni siquiera es aspiracional”. Confieso mi ignorancia, no tengo ni idea de lo que eso quiere decir, si es que algo dice. Hoy no me cabe más, pero terminaré con un ruego estrictamente personal: procuren, cuantos escriben, dejar de decir a todas horas que un libro, una película, una pintura, “interpelan” al lector o espectador. Si miran en el Diccionario la primera y principal acepción de ese verbo, comprenderán por qué esa expresión me parece una de las más pretenciosas, huecas y cursis jamás oídas o leídas. Al menos por quien esto firma, a quien nunca ha “interpelado” ninguna cosa inanimada, la verdad. Por artística que fuera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de octubre de 2019. ‘Contra la susceptibilidad’

Leo una reseña y una columna de Andrés Ibáñez sobre una novela recientemente publicada aquí, El amigo, de Sigrid Nunez. Al parecer la autora es, como su protagonista, profesora de “escritura creativa” en una Universidad, y es probable que la primera le haya prestado a la segunda sus experiencias reales. Pero tanto da: al fin y al cabo Fahrenheit 451 de Bradbury era ciencia-ficción en su día y hoy casi resulta una obra costumbrista. Cuenta Ibáñez que cuenta Nunez que sus aspirantes a escritor son antojadizos, maniáticos, mimados… y tremendamente puritanos.

Consideran que los temas sexuales no deben abordarse en absoluto “porque son ofensivos”. Con este criterio, la mayor parte de la literatura universal estaría desaparecida. Se niegan a leer a Kafka y a Melville por ser “autores fracasados” (se entiende que en vida, ya que son clásicos indiscutibles desde hace muchas décadas), y a ellos sólo les interesan los de éxito. Rilke les da cien patadas y a Nabokov no lo quieren ver ni en retrato, porque “era un hombre perverso” y sólo pueden leer a escritores que sean “modelos de conducta moral” (mejor que se hubieran matriculado en una escuela de misioneros y no de literatura; pero ahí no hay dinero, claro). Han decidido que los problemas de los varones blancos “no interesan”, lo cual, como apunta Ibáñez, proscribe a Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare… Y a Proust, Flaubert, Pushkin, Conrad, Henry James, Dickens, Hölderlin, Eliot, Faulkner y Sterne, por añadir unos cuantos más.

No sé hasta qué punto la novela de Nunez refleja lo que está pasando, pero suena verosímil, y esta frase que cita Ibáñez es creíble en su pesimismo: “Ni los estudiantes de las mejores Universidades distinguen una frase buena de una mala, a nadie en el sector editorial parece ya importarle cómo hay que escribir, la literatura está muriendo…” Para mí es exagerada la última afirmación, ya que nunca he creído que alguien pasado por un taller de escritura pudiera hacer nada de inmenso valor, y no me he equivocado hasta la fecha —hablo de mi gusto personal, claro está—. La gran literatura no suele salir de ahí.

Pero la cuestión trasciende las letras. Llevamos años prestando atención y “obedeciendo” a cuantos aseguran “sentirse ofendidos” por algo, como esos alumnos por el sexo, hasta el punto de querer desterrarlo como asunto o descripción (ya hubo un pasado con gente que se ofendía por un tobillo femenino al descubierto). Es decir, llevamos años haciendo caso a la subjetividad de cada cual, algo que, a la larga, nos impediría hacer ni decir nada. El mundo está plagado de personas quisquillosas y tiquismiquis, de finísima piel. De este otro caso no me he enterado bien, porque nada me podía interesar menos, pero al parecer varias cofradías andaluzas han montado en cólera porque se han publicado o colgado fotos de sus adoradas efigies mientras eran restauradas, y juzgaban tales imágenes “hirientes”, no me pregunten por qué. Y ha sucedido lo que sucede siempre en esta época pusilánime: las fotos se han retirado (lo que a su vez ha “ofendido” a otros) y las disculpas no se han hecho esperar. También, hace poco, un político del PP expresó su natural deseo de que los españoles ganaran a los argentinos en el Mundial de Baloncesto. Con susceptibilidad y megalomanía, la portavoz de ese partido, Cayetana Álvarez de Toledo, dio por sentado que el “xenófobo” comentario iba por ella, como si fuera la única hija de argentina existente en España, y mostrándose a la altura de la estudiante de la que oí hablar semanas atrás a Christina Hoff Sommers, feminista clásica que ahora, por rechazar los despropósitos actuales, debe ir protegida por guardaespaldas a sus charlas en las Universidades de su país. Contó que una alumna decía sufrir varias “miniviolaciones” diarias. Al preguntarle qué le había ocurrido hoy, la respuesta fue: “Un chico me ha dicho que tenía bonitas piernas”, y otros “ataques” por el estilo.

Cualquiera se puede sentir ofendido, herido o ultrajado por cualquiera y por cualquier cosa. Porque respiremos cerca, porque existamos, no digamos por una opinión contraria y por lo tanto “perturbadora”. Si hacemos caso, si nos tomamos en serio la subjetividad de cada individuo ególatra, o mojigato, o hipersensible y frágil, o directamente demente, no sólo morirá la literatura, como vaticina el personaje de Nunez, sino el cine y todas las artes, la filosofía y el pensamiento, la discrepancia y el contraste de pareceres, por supuesto la discusión y la argumentación. Hay políticos y una buena parte de la población que buscan eso, supongo que se han percatado, y no debemos dejarlos salirse con la suya si no queremos una vida uniforme y plana. Entre la ristra de “derechos” infundados y absurdos que muchos se están sacando de la manga, figura “el derecho a no sentirse ofendido”, como si los sentimientos fueran objetivables. No lo son, y en el reino de la susceptibilidad nada es factible. Es hora de que ante tantos “vejámenes” y “heridas”, dejemos de asustarnos y acobardarnos y contestemos alguna vez: “Por favor, absténganse de tonterías y ridiculeces. Así sólo vamos hacia atrás”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de octubre de 2019