Javier Marías. Manual de literatura

Hubo una temporada, hace años, en que la biblioteca de Javier Marías (Madrid, 1951) aparecía con frecuencia en las revistas y suplementos de decoración.

El encargado de la empresa que instaló las estanterías a medida en el salón de su casa, cuando las vio rebosando de clásicos ingleses -el lomo de los libros alineado con los estantes; el color sutil de las encuadernaciones; Thackeray, Quincey, Dickens, en naranja, en la edición de Penguin-, le propuso utilizarlas para la publicidad de la marca manteniendo, eso sí, un discreto silencio sobre su propietario.

Así que hicieron las fotos y, durante un tiempo, una de esas bibliotecas de las revistas, improbables y anónimas, era la suya. De ahí que resulte desde el primer momento vagamente familiar. Remotamente recordada o entrevista: un estante inferior para libros grandes, diseñado por él mismo, y un cuerpo que llega prácticamente hasta el techo: Pepis, Swift, Stevenson, y mucho Burton, el capitán. Entre otros, la traducción de Las mil y una noches sobre la que escribió Borges, en edición ilustrada, sólo para suscriptores, difícil, dice, de encontrar.

Entre ambos cuerpos, una repisa en la que forman decenas de soldados de plomo, infantería y caballería, más o menos marciales. Hay postales, una carta autógrafa de Conrad enmarcada, fotos -Faulkner, Stevenson, su muy admirado Benet, John Wayne, también muy admirado, algunas familiares-, y objetos de todo tipo.

«Me gusta que las estanterías sean buenas, el metal me resulta deprimente, propio de biblioteca pública inglesa -dice, en medio del salón, con un cigarrillo entre los dedos-. Así que las elegí de madera, natural aquí, y lacada en blanco en el piso de abajo, donde tengo la literatura española. Por lo demás, soy bastante ordenado. Detesto las dobles filas, porque al final nunca acabas sabiendo lo que tienes detrás, y los libros cruzados.» Y es cierto que sólo en los estantes más bajos, los que quedan más a mano, se ve algún papel encajado entre los libros, un poco al acaso: recortes de periódicos, correspondencia y originales.

El orden y el concierto

Recuerda, claro, la casa de sus padres: pilas de libros en permanente crecimiento caótico, sofás impracticables, y aquel curioso invento, una especie de bisagra lateral que se ponía en los cuadros, en lugar de la tradicional hembrilla, para poder atornillarlos a las estanterías. Así, cada cuadro era, al tiempo, una puerta secreta, inesperada, una trampilla que ocultaba las baldas.

La biblioteca invasora, escribió en un artículo, exagerando, pelín, aquella casa tomada por los libros (y dos sótanos) en la que los niños tenían que hacerse hueco entre ellos para jugar a las chapas.

En esta biblioteca hay algo, también, de la paterna, invasora. Ocupa toda la casa, se interrumpe en cada habitación y sigue por el resto de los cuartos, en los pasillos, por los rincones, en otro piso…

Dicen los expertos que, en lo sustancial, existen dos tipos de personas: los que ordenan los libros, y los que los dejan sueltos por la casa esperando que ellos mismos encuentren acomodo. Marías pertenece, desde luego, a los primeros. Sus libros -calcula que pueden rondar los veinte mil, algunos con su nombre, fecha y lugar de compra en la página de cortesía- están colocados según un orden estricto que empieza, en el salón, con la literatura inglesa.

«Quizá sea porque es la parte más cuantiosa -comenta-. Cuando empecé a comprar libros nunca compraba literatura española porque mi padre lo tenía prácticamente todo: lo último que se me ocurría era buscar a Valle-Inclán porque estaba en casa. Luego lo he ido completando y ahora tengo mi propia obra completa de Valle y de Baroja. Pero tengo mucha literatura inglesa, y norteamericana, que ocupa todo el salón, y el estudio donde habitualmente trabajo.»

Mirar los estantes de Marías es hojear un manual, casi ilustrado, de literatura, un mapa. Los autores, colocados por orden cronológico, están al lado de sus contemporáneos, mezclados poetas y ensayistas, filósofos y narradores, como en la vida misma: Locke antes que Fielding y Quincey junto a Byron.

Para ser riguroso en esa adjudicación -accidental- de vecindades tiene desde hace años un listado alfabético, escrito a máquina con decenas de añadidos manuscritos, en el que figura junto a cada escritor el año de nacimiento y eventual deceso, y al que echa mano en caso de duda.

A partir de ahí, la biblioteca se extiende por el resto de las habitaciones, con idéntica estructura. Literatura francesa, alemana, italiana: Simenon, Diderot, Proust, Apollinaire, Larbaud, Mann, Kafka, Benjamin, Leopardi, mucho Calvino, y mucho Zeri, Federico, el polémico crítico e historiador de arte italiano en el que basó lejanamente uno de los personajes de Corazón tan blanco.

Libros dedicados

En su habitación, destaca una balda completa dedicada a Ellery Queen -una afición, la de la novela policiaca, heredada de su padre-, las obras completas de Henry James y todo Faulkner, o casi todo, de quien tiene un ejemplar firmado. «Me gustan los libros que no ocultan enteramente su pasado. Los que contienen alguna foto, algún papel, los que cuentan algo. También guardo algunos con firma o dedicatoria autógrafa: Mallarmé, Radiguet, Gombrovicz, Chesterton, Isak Dinesen, Mann… Pero no me considero bibliófilo, nunca compraría un libro que no estuviera dispuesto a leer.»

Sobre el cabecero, nada casual, nada original, Cervantes y Shakespeare, para las noches de insomnio.

Entre sus manías confesables, la de guardar la correspondencia que recibe de los escritores con los que se cartea entre las páginas de sus propios libros: Mendoza, Aleixandre, Magris, o Sebald, de quien conserva no sólo alguna carta, sino también un trozo de lápiz, el final, que le ofreció la familia a su muerte, y que guarda, también, junto a su obra.

Faltan sus propios libros. Amontonados, o casi, en el recibidor, en torres, tal cual los mandan de las editoriales. Y un ejemplar de cada uno en cuatro o cinco mueblecitos giratorios, repartidos por toda la casa, discretos, invisibles.

En el piso de abajo, el de las estanterías blancas, por orden alfabético, autores españoles e hispanoamericanos, chinos, japoneses, rusos: Nabokov, Pasternak, Pushkin. «Me encanta Pushkin», dice.

Y allí, en uno de los estantes, un libro de Neruda, Canción de gesta, que apareció, dedicado a Cabrera Infante, hace años, en el catálogo de una librería de viejo.

El propio Cabrera le encargó a Marías que averiguara de dónde había salido, pero en lugar de hacerlo, lo compró. Cabrera, que sabía el precio, no quiso aceptarlo, y acordaron que, ya que se trataba de un ejemplar robado de su biblioteca en Cuba, una nueva firma lo haría legal. Así que el libro tiene ahora una dedicatoria doble: de Neruda a Cabrera, y de Cabrera a Marías. Dice: «Para Javier… de todas las sabias letras». En medio, hay una frase que no se entiende. Vaya.

TRISTRAM SHANDY
Laurence Sterne

«Es uno de los nueve volúmenes de la primera edición, y éste en particular está firmado por el propio Sterne. Los libros del XVIII tienen una impresión muy nítida, y un tacto especial del papel».

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS
Eduardo Mendoza

«Creo que es uno de los grandes libros españoles de la segunda mitad del siglo XX, y también uno de los que a mí más me han gustado. Y el que más me sigue gustando de Mendoza».

TRAVESÍA DEL HORIZONTE
Javier Marías

«Es la primera edición de mi segunda novela. Tiene la particularidad de que, en la guarda posterior, aparece un fragmento del principio del libro en inglés. La letra es de Juan Benet, fingiendo un estilo de escritor decimonónico».

[Fragmento del libro de Jesús Marchamalo, Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores, Siruela/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2011]

Fotos de Jesús Marchamalo

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