LA ZONA FANTASMA. 23 de julio de 2017. ‘Mangas cortadas’

Leo en el Times que la máxima preocupación de los estudiantes de Oxford en los exámenes finales se centra en la toga tradicional de esa Universidad. Lo preceptivo es que la mayoría de los alumnos vistan una sin mangas o con unas cortas que no les cubran los codos (no estoy seguro). Sin embargo, los pocos que se hayan ganado becas o se hayan distinguido en los exámenes del curso anterior tienen derecho a presentarse a los nuevos con togas de mangas largas. Quienes protestan por esta diferenciación arguyen que les resulta “estresante” el “recordatorio visual” de que hubo otros que sacaron mejores notas, y que se ponen “nerviosos” al ver así manifestada su “inferioridad académica”. Consideran la permisión de las mangas largas algo “jerárquico” y “elitista”, que “entra en conflicto con los ideales de igualdad”. Por supuesto, no les sirve de acicate para ganárselas este año, sino que piden que se les prohíban a quienes se hayan hecho acreedores de ellas. A éstos, claro, no les hace gracia perderlas por decreto tras haberlas conseguido con esfuerzo. En octubre el sindicato de estudiantes tomará una decisión. Una antigua alumna se ha atrevido a señalar: “Por si lo han olvidado, Oxford es una institución académica, que reconoce la excelencia académica. Todo el mundo es igual antes de un examen, pero no después”.

Más allá de la pintoresca anécdota, esta cuestión de las togas es sintomática de los actuales y contradictorios tiempos. Recordarán que hace pocos años sufrimos hasta lo indecible aquella máxima estúpida de “Todas las opiniones son respetables”, cuando salta a la vista que no lo es que los judíos deban ser exterminados, por poner un ejemplo extremo. Lo deseable, en principio, es que todas las opiniones puedan expresarse, incluso las abominables. Lo inexplicable es que en poco tiempo hayamos ­pasado de eso a juzgar intolerable cualquier opinión contraria a la nuestra, a la vez que sí resultan tolerables, y hasta dignos de encomio, los insultos más brutales contra quienes emiten esas opiniones que nos desagradan. Bajo pretextos diversos (“discriminación”, “falta de igualdad”, “jerarquización”), muchas personas que someten su trabajo a la consideración pública han decidido “blindarse” contra las críticas y los juicios. Si un estudiante va a la Universidad, sabe de antemano que, si no se aplica, otros sacarán mejores notas, y conviene que se vaya acostumbrando a la competitividad del mundo. Igualmente, si alguien elige ser escritor, o periodista, o actor, o director de teatro o de cine, o pianista, o cantante, o político y desempeñar un cargo, sabe o debería saber que su quehacer será enjuiciado, y le tocaría asumir que, ante las críticas o los denuestos, no le cabe sino encajarlos y callar. Cualquiera puede opinar lo que se le antoje sobre nuestras novelas, poemas, películ­as, canciones, programas de televisión, montajes teatrales, gestiones políticas y demás. Ante la reprobación no nos corresponde quejarnos ni replicar. (Otra cosa es cuando los críticos no se limitan a nuestras obras, sino que entran en lo personal o falsean lo que hemos dicho, o nos difaman: ahí sí es lícita la intervención.)

Pues bien, de la misma forma que hay estudiantes universitarios —ojo, no párvulos— que consideran una “microagresión” que el profesor les devuelva sus deberes o exámenes corregidos —sobre todo si es en rojo—, cada vez abundan más los artistas y políticos a los que parece inadmisible que se juzguen sus obras y sus desempeños. ¿Quién es nadie para opinar?, aducen. ¿Quién es nadie para asegurar que esto es mejor que aquello, que tal novela es buena y tal otra mediocre? Es más, ¿quién es nadie para decir que algo le gusta o le desagrada (justo en una época en que demasiados individuos son incapaces de articular más opinión que un like)? Hace unas semanas escribí educadamente (tanto que mi frase empezaba con “Quizá yo sea el equivocado …”) que me resultaba imposible suscribir la grandeza de una escritora. Según me cuentan (nunca me asomo a un ordenador ni a las redes), algo tan subjetivo y leve desató furias. Me he enterado poco, ya digo. Pero un señor cuya carta se publicó en EPS me basta como muestra (un señor que se definía como “nosotros, el pueblo”, nada menos). Decía que “no podía estar de acuerdo” conmigo. Uno se pregunta: ¿en qué? ¿En que me resulte imposible suscribir lo mencionado? Si yo hubiera soltado un juicio de valor, como “Es mala”, pase el desacuerdo. Pero no fue así. Meses atrás dije también que cierto tipo de teatro, “para mí no, gracias”, y media profesión teatral montó en cólera, incluidos los monologuistas palmeros. Aquí algo no cuadra. Se ha sabido siempre que quien aspira al aplauso se expone al abucheo, y el que se examina a ser suspendido. Parece que ahora se exige el aplauso incondicional o, si no lo hay, el silencio; y las mangas largas o cortas para todo el mundo. Demasiada gente quiere blindarse y no asumir ningún riesgo. Para eso lo mejor es no salir a escena ni pisar un aula. Vaya (ustedes perdonen), creo yo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de julio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 16 de julio de 2017. ‘Sospechosas unanimidades’

No,casi nada es nuevo. Hace treinta años, en noviembre de 1987, publiqué en Diario 16 un artículo (“Monoteísmo literario”, recogido en mi libro Literatura y fantasma) en el que me atrevía a cuestionar que Cela fuera el mejor escritor español vivo y el único merecedor del Nobel. Era una pieza educada, y lo más “ofensivo” que decía en ella era que hacía décadas que Cela no entregaba una “obra maestra”, por mucho que cada novela suya fuera saludada por la prensa y la crítica, obligadamente, como tal. Por entonces nadie osaba ponerle el menor pero a Cela, y aunque no existían las redes, un buen puñado de escritores y estudiosos afines (espontáneamente o instigados por él) me dedicaron respuestas airadas en la prensa, cuando no insultantes. (Ahora algunos me tienen por un cascarrabias, pero me temo que siempre fui un impertinente y un aguafiestas.) Ese artículo me ganó enemistades que aún perduran, vetos en suplementos y en programas de TVE, antipatías inamovibles. Pero bueno. De haber existido en 1987 la Guardia Revolucionaria de las Buenas Costumbres y los Dogmas Correctos que hoy patrulla las redes incansablemente, no sé qué habría sido de mí.

En 1989, cuando por fin le otorgaron el Nobel a Cela (tras haber hecho lo indecible para conseguirlo, según ha contado con honrada candidez su hijo), fui más faltón, y declaré que era la peor noticia posible para la literatura española, al entronizar el folklórico “tremendismo” contra el que veníamos luchando las generaciones posteriores. También se animaron a ponerle reparos al Escritor Único otros novelistas como Llamazares, Azúa y Muñoz Molina. Ante tanta insubordinación, Cela se guardó de mencionar nuestros nombres, pero lanzó y orquestó ataques contra los “jóvenes novelistas subvencionados”. Nunca entendí a qué se refería con esto último, pero en todo caso era de gran cinismo que lanzara esa acusación quien: a) se había ofrecido como delator, en plena Guerra, a la policía franquista; b) había ejercido como censor; c) había hecho giras propagandísticas del régimen por Latinoamérica; d) había procurado y logrado el encargo de escribir una novela excelentemente pagada por el golpista y dictador venezolano Pérez Jiménez; e) había sido sufragado por empresarios de la construcción; f) más adelante pidió y obtuvo dinero público para su Casa-Museo o como se llame eso que se cae a pedazos en su villa natal; g) aceptó el estatal Premio Cervantes tras haberlo tildado de “lleno de mierda” cuando aún no se le concedía a él.

En España siempre comete sacrilegio quien disiente de la Guardia de las Esencias y los Lugares Comunes de cada época; quien lleva la contraria, quien expresa una opinión disonante del absolutismo biempensante. Hoy cualquiera puede decir lo que le parezca de Cela sin que pase nada; pero, si se cuestionan otras personalidades, “valores”, costumbres, tótems, creencias, o se defiende lo anatematizado por la Guardia actual (qué sé yo, los toros o el tabaco o la circulación de coches), se levantan pelotones de fusilamiento verbal, por lo general en forma de tuits. De la degradación intelectual de nuestro tiempo da cuenta que, si en 1987 me enfilaban críticos y escritores, hoy mi más obsesivo detractor sea el nuevo Paco Martínez Soria (tan gracioso como el genuino, y de su escuela), y que el más voluntariosamente ofensivo sea el líder de Podemos, quien al parecer me llamó “pollavieja” en un meditado y estiloso tuit, emulando con éxito a Trump. (Imagínenlo llamando “coñoviejo” a una columnista.)

A la gente más o menos segura de sí misma y de sus opiniones no le molesta en absoluto ser cuestionada. Es más, prefiere serlo, porque nada más alarmante que gustar o caer bien a todo el mundo. Siempre pensé que la reacción agraviada de Cela y de sus acólitos denotaba un fondo de terrible inseguridad más allá de sus méritos, incluso de conciencia de su exageración. Sólo el exagerado teme la disidencia, como si una sola pusiera en tela de juicio y pinchara el enorme globo inflado artificialmente a lo largo de décadas. “Si alguien señala que no todo cuanto escribo son obras maestras”, debe de decirse, “quién sabe en qué pararemos”. El que tiene cierta seguridad en lo que hace puede equivocarse, sin duda, pero no se solivianta porque lo pongan a caldo, ni uno ni muchos (sabe que eso va en el oficio). No se le resquebraja el edificio entero porque no haya unanimidad en la admiración y el aprecio. Me temo que Cela la necesitaba; es más, a menudo su actitud transmitía una exigencia de pleitesía, como si advirtiera a cualquier recién llegado: “Primero reconozca que soy el mejor escritor español vivo; luego veremos”. Cada vez que hoy se arma un gran y efímero revuelo por una tontería, me acuerdo de aquello y lo achaco a la inseguridad y fragilidad últimas de las posturas y opiniones aceptadas como intocables e indiscutibles. Si en verdad estuvieran arraigadas, si quienes las sostienen estuvieran seguros de llevar razón, no se descompondrían ni vociferarían tanto ante la más mínima objeción.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de julio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 9 de julio de 2017. ‘Timos democráticos’

Hemos llegado al punto en el que debe desconfiarse de quienes se proclaman “demócratas” con excesivo y sospechoso ahínco. O de quienes compiten denodadamente por parecerlo más que el resto. Porque entre ellos se esconden precisamente los individuos más autoritarios —por no decir dictatoriales— de nuestras sociedades. Maduro apela a la democracia para cargarse la poca que queda en su país, ya desde Chávez. Los políticos independentistas catalanes la invocan para instaurar, si pudieran, un régimen monocolor, con control de los jueces y la prensa, e incluso con la figura del “traidor” o “anticatalán” para todo el que no aplaudiera y bendijera sus planes. Y van en aumento las formaciones políticas que practican o defienden la llamada “democracia directa” o “asamblearia” en detrimento de la representativa, alegando que sólo la primera es verdadera. Lo curioso de estos partidos es que, al mismo tiempo, no prescinden de secretarios generales, presidentes, líderes y ejecutivas. Si todas las decisiones las van a tomar los militantes, no se ve qué falta hacen los próceres y dirigentes, por qué luchan entre sí y ansían hacerse con el poder y el mando.

Todo esto es un timo, como ya se ha comprobado en las “consultas populares” que ha organizado el inefable Ayuntamiento de Madrid, dominado por Ahora Madrid y encabezado por Carmena. Recordarán que una de estas votaciones fue respecto a la reforma de la Plaza de España. Se dio a elegir a los ciudadanos entre setenta proyectos —­setenta—. Como era de esperar, sólo 7.000 residentes se molestaron en pronunciarse, probablemente los partidarios de Ahora Madrid y unos cuantos ociosos (la gente ya tiene bastante con ocuparse de sus problemas y ganarse la vida). 7.000 madrileños debe de ser algo así como el 0,3% de la totalidad, lo cual invalidaría per se cualquier resultado. En todo caso, ese 0,3% mostró su preferencia por los proyectos Pradera urbana (903 aplastantes votos) y The Fool on the Hill (784 abrumadores). Pero entonces intervino un jurado, que decidió que los ciudadanos no tenían ni puta idea y declaró finalistas los proyectos que habían quedado en tercera y décima posición. La organización de la ridícula consulta pudo costar 600.000€ (no sé la cuantía final), sólo para que Ahora Madrid fingiera burdamente ser más democrático que nadie y luego pasarse por el forro la elección de los consultados. Poco después vino otra consulta, por el mismo precio barato, sobre la peatonalización de la Gran Vía, la cual, sin embargo, estaba ya decidida por el autoritario Ayuntamiento. Pero como “la ciudadanía de Madrid es soberana”, según dijo con gran cinismo el concejal Calvo, se llevó a cabo la farsa de preguntarle acerca de detalles menores y estúpidos como el número de pasos peatonales, o “¿Consideras necesario mejorar las condiciones de las plazas traseras vincu­ladas a Gran Vía para que puedan ser utilizadas como espacio de descanso y/o estancia?” No obstante, y según reconoció ese edil experto en cinismo, el Ayuntamiento ya había convocado el concurso de jóvenes arquitectos para remodelar dichas “traseras”. Lo que por supuesto no se consultó fue lo principal del asunto, a saber: “¿Desea la peatonalización de la Gran Vía o lo considera un disparate?” No, eso los demócratas preferían no preguntarlo, por si su brutal imposición a la capital entera se les torcía e iba al traste. La palabra que he empleado no es exagerada: todo es un timo. Los autoritarios no se conforman con serlo (como lo es el PP, sin escrúpulos), sino que además quieren presumir de ser los más democráticos de todos.

La cuestión no acaba aquí, ahora que también el PSOE anuncia toda clase de consultas y votaciones de sus militantes para resolver cualquier asunto … que seguramente sus líderes se pasarán por el forro si no les conviene el resultado. En estas apelaciones a la opinión continua de las “bases” hay un elemento de cobardía. Un afán de guardarse las espaldas, de declararse irresponsable cuando vienen mal dadas. Cuando algo es un manifiesto error, o una injusticia, o una metedura de pata con consecuencias graves, los dirigentes pueden escaquearse: “Ah, no fuimos nosotros, lo quiso la gente y nosotros estamos a su servicio”. Pero, como se hizo patente en los “referéndums” de Carmena, los que se molestan en votar esas cosas son cuatro gatos —los activistas, los fieles, y éstos son fácilmente manipulables por los convocantes, o más bien suelen estar a sus órdenes—. Estos dirigentes son unos vivos: si destrozan una ciudad o un partido, pretenderán no ser castigados, como sucedería si se hicieran responsables de sus decisiones. Así que lo mejor es tomarlas (para qué, si no, quieren mandar) y echarles luego la culpa de los ­desaguisados a la ciudadanía o a la militancia. Dejen de tomar el pelo: si han sido elegidos, hagan su trabajo y gobiernen, no mareen al personal continuamente, expónganse y asuman sus equivocaciones y aciertos, si es que alguno hay de estos últimos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de julio de 2017

‘Berta Isla’, la nueva novela de Javier Marías se publicará el 5 de septiembre

BERTA ISLA
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, 5 de septiembre de 2017

«Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.»

Este otoño llega a las librerías la decimoquinta novela de Javier Marías, una obra que concentra la esencia de su universo literario desde libros que le consagraron como Corazón tan blanco, que ha cumplido este año su 25º aniversario, hasta los más recientes Los enamoramientos y Así empieza lo malo.

Berta Isla es la envolvente y apasionante historia de una espera y de una evolución, la de su protagonista. También de la fragilidad y la tenacidad de una relación amorosa condenada al secreto y a la ocultación, al fingimiento y a la conjetura, y en última instancia al resentimiento mezclado con la lealtad. O, como dice una cita de Dickens hacia el final del libro, es la muestra de que «cada corazón palpitante es un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a su lado». Y es también la historia de quienes quieren parar desgracias e intervenir en el universo, para acabar encontrándose desterrados de él.

La historia de Berta Isla

Muy jóvenes se conocieron Berta Isla y Tomás Nevinson en Madrid, y muy pronta fue su determinación de pasar la vida juntos, sin sospechar que los aguardaba una convivencia intermitente y después una desaparición. Tomás, medio español y medio inglés, es un superdotado para las lenguas y los acentos, y eso hace que, durante sus estudios en Oxford, la Corona ponga sus ojos en él. Un día cualquiera, «un día estúpido» que se podría haber ahorrado, condicionará el resto de su existencia, así como la de su mujer.

Berta Isla se publicará de manera simultánea en España, Latinoamérica y Estados Unidos.

LA ZONA FANTASMA. 2 de julio de 2017. ‘Cuidado con lo diabólico’

Insisto mucho mucho en cuestiones de la lengua, y con razón me considerarán un pesado. Pero es que quien adultera y controla la lengua acaba por adulterar y controlar el pensamiento, y soy acérrimo defensor de la libertad de ambas cosas, la expresión y el pensamiento. Creo que el riquísimo acervo del castellano debe estar, completo, a disposición de cada hablante, y que no ha lugar a vocablos prohibidos ni desterrados del Diccionario, como expliqué hace unas semanas. Cada cual es responsable de los términos que elige y emplea, lo cual nos brinda a todos inestimables pistas para saber con quiénes tratamos. Si un día se lograra imponer a toda la sociedad un habla neutra, descafeinada, “políticamente correcta”, habríamos perdido un elemento fundamental para orientarnos. Sin duda soy maniático en ese terreno, pero me va bien así, como creo que le iría a cualquiera: según el léxico y las imágenes de un autor, abandono su texto o lo sigo leyendo. Hace poco me encontré con una breve cita de un escritor, que decía en una necrológica de Chavela Vargas: “Sigue eterna bolereando la trizadura lésbica de su canto”. Seré injusto probablemente, pero semejante cursilería pseudopoética me disuadirá de acercarme a ninguna obra de ese escritor.

También recuerdo haber exclamado “Vade retro!”, como el exorcista de la niña de El exorcista, al toparme con una columnista que, en su estreno, anunció que hablaría, entre otras cosas, “del tamaño de la aridez de nuestros corazones”. “Santo cielo”, pensé, “no me pillará tan melodramática señora”. No me digan que no es útil que cada uno pueda decir lo que quiera abiertamente y sin cortapisas, porque lo que alguien dice y cómo lo dice nos proporciona una información valiosísima para huir o acercarnos, para aficionarnos o salir pitando.

Pero hay ocasiones en las que se deslizan subrepticiamente expresiones que conllevan peligro, porque acaban habituándonos a ideas falsas que pervierten o distorsionan la realidad gravemente. De manera insidiosa e imperceptible se cuelan en el habla coloquial, y por tanto en el pensamiento “normal”, siendo como son a veces aberraciones. El ejemplo más alarmante detectado es este, oído en las noticias recientemente: “El Real Madrid ha emitido un comunicado de apoyo a Cristiano Ronaldo, ante la acusación de fraude al fisco de que ha sido objeto. El club está seguro de que el jugador demostrará su inocencia”, algo así. Ni de lejos es la primera vez que oigo o leo eso: la frase aparece en series, en películas, en la prensa, en el habla de la gente y hasta en boca de los detenidos, pese a tratarse de un imposible, en primer lugar, y, en segundo, de algo que no procede. Procedía, eso sí, durante la Guerra Civil y bajo la dictadura franquista, como ha procedido en todas las tiranías del pasado y aún procede en las del presente. Una persona era acusada, por ejemplo, de haber asesinado a un falangista durante la contienda. Esa acusación, aunque viniera de un particular (que a lo mejor quería librarse de un rival, o vengarse), se daba por verdadera y buena, y entonces le tocaba al acusado demostrar lo imposible: que era inocente. Eso nunca puede demostrarse, a menos que haya una manifiesta incompatibilidad geográfica o física: si el falangista había sido asesinado en Madrid, y el acusado se hallaba en Galicia en la fecha del crimen, no había caso. Pero si yo acuso mañana, qué sé yo, a la Ministra Báñez de haberse cargado con sus propias manos a un indigente en el Retiro, y la Ministra carece de coartada sólida, y mi acusación se da por verídica, la pobre Báñez, con todo su poder, no estaría capacitada para demostrar que no cometió ese homicidio.

Al introducirse con frivolidad esa frase en el habla, se está deslizando en nuestro pensamiento la mayor perversión imaginable de la justicia, a saber: que corresponda al acusado probar algo, y no al acusador, que es a quien toca siempre demostrar que un reo es culpable. Que la carga de la prueba recaiga en el acusado es lo que se ha llamado, con latinajo, probatio diabolica, algo propio de la Inquisición y nunca de los Estados de Derecho. Aquélla consideraba que si un reo confesaba, era evidentemente culpable; y si no lo hacía ni bajo tortura, también, porque significaba que el diablo le había dado fuerzas para aguantarla. Hace años me encontré con una versión moderna de ese “razonamiento”, en el caso de un librero juzgado por pederastia en Francia. “Lo propio de todo pederasta”, arguyó el juez, “es negar los cargos en primera instancia”. “Y lo propio de los no pederastas también”, le escribí a ese juez. “¿O es que pretende usted que un inocente no niegue tamaña acusación, siendo falsa?” Soy contrario a prohibir nada, pero ruego a todo el mundo (periodistas, guionistas, escritores, locutores, abogados y hasta incriminados) que evite siempre la expresión “demostrar su inocencia”. Porque si no, poco a poco, acabaremos creyendo que eso es lo que nos toca hacer a todos y que además es factible. Y no lo es, es imposible.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de julio de 2017

Javier Marías, Premio Liber 2017 al autor hispanoamericano más destacado

Nota de prensa

El escritor y académico Javier Marías recibirá el Premio Liber 2017 al autor hispanoamericano más destacado. Con este galardón, la Junta Directiva de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) quiere reconocer “su aportación a la modernización de la novela en español y la naturaleza cosmopolita de su obra literaria, como así lo demuestran las numerosas traducciones a las principales lenguas del mundo”.

Marías recibirá el galardón el próximo jueves 5 de octubre en la Real Fábrica de Tapices de Madrid, en el marco de las actividades de la Feria LIBER, que este año organiza IFEMA en el recinto ferial de la capital.

Con este premio, el sector del libro quiere reconocer una obra que ha adquirido un gran reconocimiento más allá de nuestras fronteras gracias a un estilo que acerca a los lectores a una forma de ver el mundo. De hecho, sus obras han sido publicadas en cuarenta y cuatro lenguas y en cincuenta y siete países, con más de ocho millones de ejemplares vendidos.

Javier Marías, Premio LIBER 2017 al autor hispanoamericano más destacado
El País/Efe, 30 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 25 de junio de 2017. ‘Mas daño que beneficio’

Si mucha gente desconfía del cine español no es por la persecución que el PP y sus Gobiernos desataron contra él en venganza por las críticas y protestas de la mayoría de los miembros del gremio ante la indecente Guerra de Irak apoyada por Aznar, Rajoy y sus huestes en 2003. Los políticos, y en particular los de ese partido, carecen de crédito respecto a sus juicios artísticos. Por desgracia influyen en demasiadas cosas, pero no, por suerte, en lo que sus compatriotas leen o van a ver. La razón principal para esa desconfianza es que durante muchos años los críticos cinematográficos y la prensa decidieron que había que promover el cine nacional, hasta el punto de que casi todas las películas españolas que se estrenaban eran invariablemente “obras maestras”, “necesarias” (el adjetivo más ridículo imaginable) o (cómo detesto ese tipo de expresiones) “puñetazos en el estómago del espectador”. Hay muchas personas ingenuas y de buena fe. Acudían obedientemente a ver los “portentos” y cómo “se incendiaba la pantalla”, al decir de esos críticos paternalistas, y frecuentemente —no siempre, claro está— se encontraban con bodrios y mediocridades y pantallas llenas de pavesas. Ningún puñetazo, sino más bien tedio o irritación.

A veces no hay nada tan dañino para una profesión, un colectivo o un sexo entero que sus defensores a ultranza, y me temo que un daño parecido al que se infligió hace décadas al cine español está a punto de infligírsele al arte hecho por mujeres. En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto. Y claro, no siempre es así, porque no lo puede ser. Como no puede serlo cuanto hagan los catalanes, vascos o extremeños, o los zurdos o los gordos o los discapacitados. O los negros estadounidenses, ni aún menos los blancos, que son más. Todos sabemos de las injusticias históricas cometidas contra las mujeres. Hoy lamentamos que durante siglos no se las dejara ni siquiera estudiar, ni ejercer más oficios que los manuales. Que se las confinara al hogar y a la maternidad, sometidas a la voluntad de padres y maridos. Es sin duda el principal motivo por el que a lo largo de esos siglos ha habido pocas pintoras, compositoras, arquitectas, científicas, cineastas y escritoras (más de estas últimas, a menudo camufladas bajo pseudónimos masculinos). Las que hubo tienen enorme mérito, por luchar contra las circunstancias y las convenciones de sus épocas. Gran mérito, sí, pero eso no las convierte a todas en artistas de primera fila, que es lo que esa corriente actual pretende que sean. Es más, sostiene esa corriente que todas esas artistas geniales fueron deliberadamente silenciadas por la “conspiración patriarcal”. No se les reconoció el talento por pura misoginia. Se quejan, por ejemplo, de que a Monteverdi se lo tenga por un genio y en cambio no a Francesca Caccini. No sé, yo soy aficionadísimo a la música, pero el único Caccini que me suena es Guido, un pigmeo al lado de Monteverdi. Así, cada vez que se descubre o redescubre a alguna pionera de algún arte, pasa a ser al instante una estrella del firmamento, a la altura de los mejores, sólo que eclipsada tozudamente por los opresores del otro sexo.

En contra de esa supuesta y maligna “conspiración”, tenemos el pleno reconocimiento (desde hace ya mucho) de las artistas en verdad valiosas: por ceñirnos a las letras, Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot, Gaskell, Staël, Sévigné, Dickinson, Dinesen, Rebecca West, Vernon Lee, Jean Rhys, Flannery O’Connor, Janet Lewis, Ajmátova, Arendt, Penelope Fitzgerald, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, en el plano del entretenimiento Agatha Christie y la Baronesa Orczy, Crompton y Blyton y centenares más; en España Pardo Bazán, Rosalía, Chacel, Laforet, Fortún, Rodoreda y tantas más. En realidad son legión las mujeres llenas de inteligencia y talento, a las cuales ninguna “conspiración” de varones ha estado interesada en ningunear. ¿Por qué, si nos proporcionan tanto saber y placer como los mejores hombres? Lo que no es cierto, lo siento, es que cualquier mujer oscura o recóndita sea por fuerza genial, como se pretende ahora. Las decepciones pueden ser y son mayúsculas, tanto como las de los espectadores al asomarse a la enésima “obra maestra” del cine patrio. También la gente bienintencionada se cansa de que le tomen el pelo, y acaba por desertar y recelar. Hoy, con ocasión de su centenario, sufrimos una campaña orquestada según la cual Gloria Fuertes era una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio. Quizá yo sea el equivocado (a lo largo de mi ya larga vida), pero francamente, me resulta imposible suscribir tal mandato. Es más, es la clase de mandato que indefectiblemente me lleva a desconfiar de las reivindicaciones y redescubrimientos feministas de hoy, que acabarán por hacerle más daño que beneficio al arte hecho por mujeres. Lean, por caridad, a las que he enumerado antes: con ellas, yo creo, no hay temor a la decepción.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 18 de junio de 2017. ‘Los vejestorios cabrones’

En una cena reciente con Tano Díaz Yanes y Antonio Gasset, el primero, al que divierte asomarse a las redes para ver las barbaridades que sueltan los usuarios —hasta si son contra él—, comentó que a los miembros de nuestra generación se nos llama allí con frecuencia “los vejestorios cabrones”, independientemente de a qué nos dediquemos cada cual. Andamos todos por los sesenta, o casi, o más, así que la primera parte del apelativo se comprende y no es objetable, aunque me pregunto cómo serán llamados entonces gente como Vargas Llosa, que ya ha cumplido los ochenta, o Ferlosio y Lledó, que rondan los noventa. “¿Cabrones por qué?”, pregunté por curiosidad. En España es inevitable que cualquiera sea considerado un cabrón, incluidos Vicente del Bosque, Iniesta y Nadal, por mencionar a tres individuos rayanos en lo beatífico. Pero quería saber si había algún motivo en particular. “Porque seguimos activos, no nos quitamos de en medio y, según los que nos lo llaman, obramos como un tapón para las nuevas generaciones”. Y me aclaró que el reproche lo suscriben desde verdaderos jóvenes hasta cuarentones y aun cincuentones, es decir, personajes que están a punto de convertirse, a su vez, en “vejestorios” y en “tapones” para los que vienen a continuación.

España es un país gracioso. Como algunos lectores saben, yo tuve la fortuna de publicar mi primera novela a los diecinueve. Sin duda eso contribuyó a que se me considerara “joven autor” durante mucho más tiempo del que me correspondía, y en 1989, con treinta y ocho, escribí un artículo titulado “La dificultad de perder la juventud”. Claro que entonces no me imaginaba que el sambenito me duraría —“jovenzuelo”, “promesa” y cosas por el estilo— hasta rondar los cincuenta. Es una manera típicamente española de desmerecer: uno es eso, “prometedor”, cuando ya empieza a peinar canas. Molina Foix contó la anécdota de un Premio de las Letras en el que el jurado desestimó a Gil de Biedma, que andaba por los sesenta y moriría poco después, a la voz de “No estamos aquí para juvenilismos”. Y fui testigo de cómo se pretirió a Benet en favor de Jiménez Lozano, arguyendo que aquél tenía menos edad (de hecho era tres años mayor). Benet murió meses más tarde y Jiménez Lozano continúa vivo, creo, y que Dios lo guarde mucho tiempo más. Lo cierto es que aquí se pasa en un soplo de ser un jovencito inmaduro a ser un vejestorio cabrón. Yo diría (mi caso es el que mejor conozco) que no he sido lo uno ni lo otro durante un decenio de mi vida, con suerte. (No se olvide que a la palabra “vejestorio” la acompañan indefectiblemente otras como “caduco”, “anticuado”, “rancio”, “trasnochado”, “prehistórico” y demás).

Comprendo bastante a esos jóvenes y menos jóvenes encabronados. En la sociedad en general, hace siglos que se les abre paso por decreto, jubilando a gente de cincuenta años o menos (como sucedió en RTVE). Algo extraño cuando la vejez se ha atrasado enormemente y alguien de esa edad suele estar en plenitud de facultades. Pero todo sea por hacer sitio a los siguientes, sacrifiquemos a los maduros. El problema es que hay profesiones —las artísticas— en las que no se jubila a sus practicantes, o no por las bravas, depende del público. Lo ridículo es creer que la actividad prolongada de cualquier escritor, cineasta, músico o pintor impide el éxito de los que vienen después. En esos campos hay lugar ilimitado, y que Bob Dylan y los Rolling Stones den aún conciertos no perjudica a ­Arctic Monkeys ni a Rihanna. O que Polanski, Eastwood y Scorsese rueden películas no afecta a Assayas ni a James Gray. Durante décadas de mi larguísima y falsa juventud estaban activos Delibes, Cela, Matute, Chacel, Torrente, Borges y Bioy Casares; también Benet, Hortelano, Marsé, Martín Gaite, Ferlosio, Cabrera Infante, Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, Mutis, los Goytisolo, Fuentes y muchos más. Jamás se me ocurrió pensar que constituyeran un “tapón” para Mendoza, Vila-Matas, Azúa, Pérez-Reverte, Montalbán, Savater, Moix, Muñoz Molina, Bolaño, Landero, Chirbes, Luis Mateo Díez, Guelbenzu, Pombo, Puértolas y tantos “vejestorios” o muertos actuales más. Ahora hay —en consonancia con la puerilidad reinante, y lo propio de los niños es engañarse y fantasear— una tendencia a creer que si uno no triunfa debidamente es por culpa de los demás, sobre todo de los que “obstruyen” el escalafón, como si las artes fueran cuestión de eso y no de una mezcla de talento y suerte, o sin mezcla. (Bien es verdad que aquí se ha procurado premiar tradicionalmente la edad.) A Almodóvar, por recurrir a un caso de éxito indiscutible, en sus inicios y no tan inicios, no lo “taponaron” las ­películas de Berlanga, Saura o Bardem. Las cosas no son tan simples y automáticas como quieren creer los quejosos y los enfurecidos: el día que por fin desaparezcamos —seguramente por cansancio— los “vejestorios cabrones” de hoy, no se producirán “vacantes” ni “ascensos” inmediatos. Esto no es como el Ejército, con rangos, ni como el fútbol, con goles y puntuación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 11 de junio de 2017. ‘Andanadas contra el Diccionario’

En la Real Academia Española hay de vez en cuando algún pleno soporífero, pero en las comisiones —divididas en grupos de ocho o nueve académicos, y donde más se trabaja con las palabras—nos divertimos mucho, en contra de lo que cree la mayoría de la gente. Ahí se encuentra uno con la tarea y la dificultad de definir un término, de mejorar o matizar esa definición, de añadir algo nuevo o que extrañamente se nos había escapado; de calibrar si un vocablo está lo bastante arraigado para incorporarlo al Diccionario, por supuesto de atender las peticiones de instituciones y particulares, hay legión de ellas. Pero he de confesar que la mayor fuente de diversión (y de desesperación también) son las quejas y protestas, que rebasan todo lo imaginable. Lo curioso —y de esto ya he hablado en otras ocasiones— es el carácter intolerante y censor de la mayoría: su objetivo final suele ser que el DLE (ahora se llama así lo que se llamaba DRAE) suprima sin más, por las bravas, tal acepción o término, como si con eso fuera a desaparecer su uso. Lo he explicado en esta columna, pero mucha gente no se entera o no se quiere enterar o hace caso omiso, así que hay que insistir infatigablemente: la RAE carece de potestad para prohibir nada. Es un mero registro neutral de lo que los hablantes dicen y escriben, o han dicho y escrito en el pasado. En época de Franco sí había censura (impuesta), y no figuraban en el Diccionario los tacos ni las palabras malsonantes u “obscenas”. Por fortuna esa época pasó a la historia, y hoy nos parecería inaceptable no encontrar en el DLE “follar”, “felación”, “polla” y cosas por el estilo.

Sin embargo nuestra sociedad está llena de franquistoides, sólo que su pretensión es la cancelación de lo que a cada cual le molesta u ofende. Ya he hablado aquí de las quejas contra acepciones de uso corriente como “autista”, “cáncer”, etc. Me ocupé de la expresión “sexo débil”, que recientemente millares de firmas han querido extirpar del Diccionario. Se le puede poner una marca de “despectiva”, “peyorativa” o “desusada”, pero no puede ni debe extirparse, porque se halla en numerosos textos, incluidos los de feministas pioneras como Emilia Pardo Bazán, y un lector o un traductor a otra lengua han de encontrar su significado en el DLE, lo mismo que el de “judiada” —que está en Quevedo, entre otros—, por mencionar una palabra especialmente desagradable y “condenable”. Qué quieren, si los hablantes —cuya libertad siempre ha de respetarse— la han utilizado o la utilizan aún si les da la gana. Ya digo, la Academia no es quién para prohibir, expulsar, censurar ni suprimir nada. Pero lo cierto es que los inquisidores actuales desean versiones expurgadas del Diccionario. Imagínense si se les obedeciera: unos lo querrían limpio de obscenidades y palabrotas, otros de sacrilegios e irreverencias, otros de machismos y “sexismos”, otros de términos como “tullido” o “lisiado”. Otros de “gordo” y “chaparro”, no digamos de “enano” y “gigante”. Otros de “ciego”, “sordo” y “cojo”. Muy completo y muy útil iba a quedar el DLE si se hiciera caso a todas las exigencias quisquillosas.

Hace unas semanas me divertí, lo reconozco. “Ahora tenemos las protestas de los panaderos”, nos informó un compañero. “¿De los panaderos?”, pregunté estupefacto. “¿Qué les pasa?” “Quieren que se suprima el dicho ‘Pan con pan, comida de tontos’, que además, como la mayoría de refranes y dichos, ni siquiera aparece en el Diccionario”, me contestaron. “No entiendo”, repuse, “a no ser que eso sea lo que coman los panaderos, y lo dudo. Y si no figura, ¿qué piden, que lo metamos para enfadarse y exigir que lo quitemos?” (Ojo: digo “los panaderos” pero no sé si era una agrupación de ellos o unos cuantos, no se me vaya a soliviantar ahora el gremio entero, al que profeso agradecimiento y respeto.) Pero claro, si nos ponemos en este plan hipersusceptible, supongo que los fruteros querrán suprimir la expresión “manzana podrida”, los gaiteros “soplagaitas” (creo que ya ha habido intentonas), los bomberos “ideas de bombero”, los barqueros “verdades del barquero” (quedan como impertinentes), los porqueros la frase “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero” (la verán como el colmo del desprecio), los fabricantes de sopas “sopa boba”, las putas los derivados negativos (“hijoputa”, “putear”, “putada”), los labradores “más bruto que un arado”, los perros “hijo de perra” y “perrería”, los zorros una acepción de “zorra”, los noctámbulos el proverbio “A quien madruga Dios lo ayuda”, los curas “vivir como un cura” y así hasta el infinito.

¿Tan difícil es entender en qué consiste un diccionario? ¿Que lo más que se puede permitir es advertir, orientar y desaconsejar, pero nunca, nunca, suprimir ni censurar ni prohibir? ¿Tan difícil le resulta a la sociedad actual aceptar que los hablantes son libres y que son ellos quienes conforman la lengua? La Academia no juzga. Se limita a tomar nota.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de junio de 2017

Sobre Sir Thomas Browne


LAS AVENTURAS DE SIR THOMAS BROWNE EN EL SIGLO XXI
HUGH ALDERSEY -WILLIAMS
Traducción: Carlos Jiménez Arribas
Siruela, 2017

«Un maravilloso libro de errancia y de paseo en el que vemos lo diferentes, y a la vez lo parecidos, que somos todavía de ese serenísimo y enigmático pionero de la ciencia y forjador del estilo literario, cuya prosa es una de las cimas de la literatura inglesa, si se atiende a Borges y a mi humilde persona».
JAVIER MARÍAS

LA ZONA FANTASMA. 4 de junio de 2017. ‘Las noticias intranscendentes’

He aquí una noticia de hace unos meses, sin la menor transcendencia. Ocupaba una columnita de este diario, no tuvo continuación alguna y el titular rezaba, escandalosamente: “Defensa tendrá que pagar 243 millones por 13 aviones que ya no quiere”. El texto no añadía demasiado, sí lo suficiente para deducir que alguien había metido la pata hasta el fondo y que la broma nos iba a salir carísima. “España deberá abonar 243 millones de penalización a la empresa Airbus si finalmente no compra los 27 aviones de transporte A400M que se comprometió a adquirir, según reveló ayer en el Congreso el Secretario de Estado de Defensa, Agustín Conde. Su antecesor en el cargo, Pedro Argüelles, pactó con el gigante aeronáutico recibir 14 aparatos entre el año pasado y 2022 y postponer la recepción de los 13 restantes hasta 2025. Pero Defensa ya ha declarado estos 13 aviones como “no operables” —es decir, innecesarios— y ha aceptado pagar a Airbus 243 millones por la cancelación de este pedido. La única forma de evitar esta penalización es que España consiga vendérselos a otro país …” (A otro país idiota, se supone.)

Noticias de esta índole aparecen cada dos por tres en la prensa, y, a diferencia de lo que ocurre con las relativas a la corrupción, que acaparan portadas y exhaustivos análisis, nadie les otorga la menor importancia. Por supuesto, jamás nos enteramos de que se la haya cargado alguien por la ruinosa metedura de pata; de que haya perdido su puesto por ella; de que se lo haya obligado a reembolsar la cantidad que por su negligencia o mal cálculo hemos perdido todos. O por su frivolidad o megalomanía. ¿Alguien ha pagado por la construcción-abandono de la llamada Ciudad de la Justicia en Madrid? De diez edificios proyectados se concluyó malamente uno, que lleva años inoperante y cayéndose a pedazos, y cuyas vigilancia y mantenimiento cuestan un dineral anualmente. ¿Alguien ha sufrido las consecuencias de las inútiles radiales que nadie usa, de los Palacios de las Artes o las Ciencias diseminados por nuestro territorio y carentes de actividad y contenidos, de los varios aeropuertos sin aviones y de tantos despilfarros más? Añádanse las incontables sumas compensatorias por errores o abusos cometidos, sean plusvalías cobradas indebidamente por las ventas de pisos en las que el vendedor había perdido dinero, sean encarcelamientos injustificados o lo que ustedes quieran. Los cargos públicos derrochan a mansalva como si los fondos del erario “no fueran de nadie”, según dijo no recuerdo ya qué político, y luego se quejan de que las arcas están vacías. Hay unos muy vagos cálculos de lo que a este país le han sustraído los corruptos, los simples ladrones o los serviciales tesoreros que procuraban financiar a sus partidos. No creo que ni siquiera haya un vaguísimo cálculo de lo que cuestan las egolatrías improductivas, los proyectos superfluos, las infinitas meteduras de pata de nuestros representantes. E insisto: no parece que a ninguno se le pase factura, ni siquiera se lo destituya.

No es extraño que las arcas estén vacías. Las han vaciado sus propios custodios, insensata o alevosamente, según los casos. Y esos custodios, transformados en recaudadores, prosiguen su saqueo de la población a base de impuestos cada vez más feroces (recuérdese que Rajoy llevó a cabo la mayor subida de la historia). Cambian las reglas a su antojo: lo que antes era legal ya no lo es; lo que antes era desgravable ha dejado de serlo, sin más explicación que el arbitrario criterio de los inspectores. Y si un contribuyente decide recurrir, es posible que se vea “advertido” en forma de nuevas inspecciones y reclamaciones. Si uno se retrasa un solo día en el pago, recibe multa y se le cobran intereses, mientras que el Estado en modo alguno se aplica el mismo rasero.

Llevamos más de cinco años con un Gobierno al que los ciudadanos ya nunca perciben como una institución que los protege y defiende, sino todo lo contrario: se ha convertido en un ente amenazante, que por principio considera a la población defraudadora y enemiga, cuando los indeciblemente defraudados somos nosotros. ¿Cuántos son ya los cargos del PP que se han enriquecido a costa nuestra? ¿Cuántos los partidos que se han financiado de la misma manera? ¿Cuántas compras se han hecho de aviones “no operables” por los que nos vemos penalizados? ¿Cuántos edificios, carreteras, estaciones ferroviarias, aeropuertos inútiles se han construido? ¿Cuántos “eventos” deficitarios se han celebrado a mayor pompa de presidentes autonómicos y alcaldes? ¿Cuántos festejos “patronales” —el verano un hervidero de ellos— con fines estrictamente demagógicos en todas partes? ¿Y quién paga todo eso? ¿Los responsables, los frívolos, los derrochadores, los innumerables metepatas e ineptos? Nunca nos llega la noticia de que ninguno haya sido castigado ni destituido, ni siquiera reprendido. Esa impunidad sí que es absoluta. No les quepa duda de que lo pagamos todo nosotros, y además varias veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 28 de mayo de 2017. ‘La nueva burguesía biempensante’

Me escribe un señor de setenta y cinco años, desesperado porque las instituciones financieras recurran invariablemente al tuteo para dirigirse a sus clientes. Cuenta que las cartas de su banco empiezan con “un desenfadado ‘Hola’” y siguen con “un irrespetuoso tuteo”. Cuando el contacto es telefónico, ocurre lo mismo, y si el señor les afea las excesivas confianzas, los empleados le responden que ellos “sólo obedecen instrucciones”. De poco le sirve a Don Ezequiel advertirles de que, si persisten en lo que para él es una grosería, retirará sus fondos. Y se pregunta: “¿Cuál será el siguiente paso, tratarme de ‘tronco’, ‘tío’ o ‘colega’?”

Hace ya años que observo cómo completos desconocidos que me escriben para solicitarme algo no tienen ni idea de cómo deben obrar para conseguir lo que buscan. O al revés, deben de estar convencidos de que el desparpajo y la ausencia de las mínimas formalidades los va a beneficiar y a allanar el camino. Nadie parece haberles enseñado a escribir una carta o email en condiciones. No soy tan estirado como para ofenderme porque se me tutee de buenas a primeras (aunque yo trate de usted a todo el mundo de entrada, independientemente de su edad: así llamaba a mis alumnos, quince años más jóvenes que yo, cuando daba clases), ni porque se me encabece una misiva con “Querido Javier” a secas. Me da lo mismo. Lo que no encuentro aceptable es que ni siquiera haya encabezamiento. “Hola, ¿qué tal va todo?”, me dicen a veces a modo de preámbulo, para a continuación pedirme una entrevista o una intervención en un simposio o un texto para una revista. No sé qué se pretende con esa pregunta (porque es una pregunta): ¿que le cuente mi vida al remitente? ¿Que le conteste, en efecto, sobre “todo”? “Hola, soy Fulanito” no es manera de dirigirse a nadie, y eso es lo más frecuente hoy en día. Tiendo a dar la callada por respuesta en esos casos, no me molesto en afearle la conducta a nadie, a diferencia del irritado Don Ezequiel.

Lo que me llama la atención de su queja es que los empleados del banco aseguren limitarse a cumplir órdenes de los banqueros que han sido rescatados con dinero de los contribuyentes —que no han devuelto—, a los cuales cada vez cobran más comisiones y ofrecen menos beneficios o ninguno. Eso me indica que el tuteo indiscriminado forma ya parte de la actual ortodoxia burguesa biempensante, no menos feroz que la del siglo XIX, prolongado en España hasta 1975. Los biempensantes de cada época no se caracterizan sólo porque sus creencias y prácticas sean mayoritarias o dominantes, sino por la virulencia con que tratan de imponérselas al conjunto de la sociedad. Hoy ya no se exige —como en el XIX, y aquí hasta la muerte de Franco— religiosidad, respeto a los símbolos y a los padres, amor a la patria y cosas por el estilo. Hoy ha cambiado lo “sagrado”, pero la furia y la persecución contra quienes no se adscriben a los nuevos dogmas adolecen del mismo fanatismo que las del pasado. La burguesía biempensante exige, entre otros cultos, lo siguiente: hay que ser antitaurino en particular y defensor de los “derechos” de los animales en general (excepto de unos cuantos, como las ratas, los mosquitos y las garrapatas, que también fastidian a los animalistas y les transmiten enfermedades); hay que ser antitabaquista y probicis, velar puntillosa o maniáticamente por el medio ambiente, correr en rebaño, tener un perro o varios (a los cuales, sin embargo, se abandona como miserables al llegar el verano y resultar un engorro), poner a un discapacitado en la empresa (sea o no competente), ver machismo y sexismo por todas partes, lo haya o no. (A eso ha ayudado mucho la proliferación del prefijo “micro”: hay estudiantes que ven “microagresión” cuando un profesor les devuelve los exámenes con correcciones; asimismo hay mujeres que detectan “micromachismo” en el gesto deferente de un varón que les cede el paso, como si ese varón no pudiera hacerlo igualmente con un miembro de su propio sexo: cortesía universal, se llamaba.) Ver también por doquier racismo, y si no, colonialismo, y si no, paternalismo. Lo curioso es que la mayoría de estos nuevos preceptos o mandamientos de la actual burguesía biempensante los suscriben —cuando no los fomentan e imponen— quienes presumen de ser “antisistema” y de oponerse a todas las convenciones y doctrinas. No es cierto: tan sólo sustituyen unas por otras, y se muestran tan celosos de las vigentes —con un espíritu policial y censor inigualable— como podían serlo de las antiguas un cura, una monja, un general, un notario o un procurador en Cortes, por mencionar a gente tradicionalmente conservadora y “de orden”.

Y, francamente, si los bancos —nada menos— dan instrucciones de tutear a todo el mundo; si lo hacen obligatorio como en los hospitales y Universidades y en demasiados sitios “respetables”, hay que concluir que también ese tuteo impostado forma ya parte de lo más institucional, reaccionario y rancio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de mayo de 2017

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

Este fin de semana Javier Marías estará:
El sábado, 27 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en las casetas de la Librería Visor (nº. 356 y 357).
El domingo, 28 de mayo, por la mañana (12-14 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (nº. 180).

La próxima semana acudirá el viernes, 2 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Gaztambide (nº. 151).

Firmará ejemplares de sus obras y de su editorial Reino de Redonda.

LA ZONA FANTASMA. 21 DE MAYO DE 2017. ‘La peligrosa parodia’

Hace ya tiempo que temo echarle el primer vistazo al periódico de la mañana. Uno va de sobresalto en sobresalto, de noticia en noticia alarmante cuando no espantosa. Ya sé que siempre ha sido así; que las noticias buenas no son noticia y que lo que la gente desea por encima de todo es indignarse y escandalizarse. Y este deseo no ha hecho sino ir en aumento desde la aparición de las redes sociales y la dictadura de la exageración en el periodismo. Pero basta retroceder unos meses para recordar que la situación del mundo no era tan delirante con Obama en la Presidencia, con el Reino Unido integrado en la Unión Europea, con Venezuela sin golpe total de Estado ni tantos muertos en las calles (los golpes de Chávez eran graduales), con Francia sin elecciones deprimentes, con Turquía sin absolutismo y represión feroz, con Egipto sin lo mismo.

Miro la primera plana del diario, ya digo, y lo único que me reconforta (me imagino que no soy el único) es el aspecto paródico de cuanto acontece, y que me impide tomármelo del todo en serio. Todo tiene un aire tan grotesco que cuesta creer que sea cierto y no una representación, una pantomima, una sátira. Veamos. Hay un país, Corea del Norte, que amenaza con lanzar bombas nucleares cada semana, y puede que tenga capacidad para ello. Pero las escasas imágenes que de allí nos llegan son dignas de una historieta de Tintín, con un sátrapa pueril y orondo que aplaude como un loco sus propios lanzamientos de misiles fallidos y obliga a desfilar a sus súbditos como a soldaditos de plomo. El objeto de sus amenazas es un Presidente de los Estados Unidos igualmente pueril e idiota, además de antipatiquísimo y nepotista, capaz de decir ante la prensa que ha lanzado un ataque contra Irak cuando lo ha lanzado contra Siria, de invitar a su homólogo de Filipinas, Duterte, que desde que fue elegido –elegido– ha ejecutado extrajudicialmente a unos siete mil compatriotas –siete mil– y se jacta de haberse cargado él en persona a tres de ellos. Este Duterte, por cierto, le ha contestado a Trump que ya verá, que anda ocupado (se entiende: asesinar a millares desgasta, y si no que se lo pregunten a los nazis y a los jemeres rojos). Trump también declara que se sentiría “muy honrado” de charlar con el sátrapa orondo, y nada ocurre. Erdogan, en Turquía, con el pretexto de un golpe contra él, tan fallido como dudoso, ha encarcelado o destituido a ciento cincuenta mil ciudadanos –ciento cincuenta mil–, de militares a periodistas y profesores. No sé, de haber habido tantos partidarios del golpe, éste no habría fracasado tan rápida y rotundamente.

Luego está Putin, admirado por la extrema derecha y por la extrema izquierda, un megalómano propenso a fotografiarse con el torso desnudo o derribando a un tigre con sus propias manos, estilo paródico de trazo grueso. Y así nos acercamos a Europa, donde casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis (niega esa colaboración, luego el Gobierno de Vichy era intachable) y rechaza a los refugiados porque en seguida quieren robarle a uno la cartera y el papel pintado de las paredes (sic: hace falta estar sonado para creer que a alguien le interesa su papel pintado). A esa señora no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes. En Inglaterra gobierna una mujer desagradable, patriotera y cínica, que antes de la consulta del Brexit defendía la permanencia en la UE y ahora brama contra lo que le parecía de perlas hace menos de un año. Su Ministro de Exteriores es un histriónico clon de Trump con estudios, Boris Johnson. De Polonia y Hungría no hablemos, países en la senda de Turquía y Egipto, sólo que cristianos.

En cuanto a España, el ex-Presidente de Madrid –el ex-Presidente– saqueaba presuntamente empresas públicas, y su madrina Aguirre estaba in albis, como el jefe del Gobierno Rajoy, que nunca se cansa de soltar perogrulladas. En el PSOE parecen detestarse mucho más entre sí que a cualquier adversario político, y por último hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato. Y bueno, en Cataluña hay también una serie de personajes tintinescos que proclaman que sus sueños van a realizarse por las buenas o por las malas. Porque a ellos les hacen mucha ilusión y eso basta.

Sí, todo desprende tal aroma de sainete, de opereta bufa, de esperpento o de lo que quieran, que eso es lo único que a muchos nos salva de la desesperación cotidiana. El problema aparece cuando uno ve imágenes de las arengas de Hitler y de Mussolini. Porque ellos parecían aún más paródicos que los gobernantes actuales, y ya conocen la historia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de mayo de 2017

LA ZONA FANTASMA. 14 de mayo de 2017. ‘Recomendación del desprecio’

Todos sabemos que los sentimientos negativos, si no son obsesivos ni en gigantescas dosis, pueden resultar estimulantes. El odio da fuerza, el rencor agudiza el ingenio, la envidia se convierte en un motor, la ira sirve para desahogarse y quedarse momentáneamente satisfecho. El inconveniente de los mencionados es que difícilmente son sólo sentimientos. Casi nadie se los guarda para sí, sino que nos vemos impulsados a exteriorizarlos y a actuar en consecuencia. Quienes son presa de ellos necesitan o quieren dañar a la persona envidiada u odiada, hacerle llegar los efluvios de su ira o su rencor, con el consiguiente intercambio de golpes, la espiral inevitable y las heridas para ambas partes. Por eso, entre todos esos sentimientos, quizá mi favorito sea uno que suele callarse, que no precisa manifestación y del que, por tanto, a menudo su objeto ni siquiera se entera, a saber: el desprecio. Es algo que frecuentemente albergamos en nuestro fuero interno y que, curiosamente, no nos exige su proclamación a los cuatro vientos. Hay gente, claro está, que no le ve la gracia: “¿De qué me sirve despreciar a alguien si no se lo hago saber, si no sufre por ello, si ni siquiera está al tanto?” Yo lo aprecio justamente por eso: si me afano y desvivo por que un individuo note mi odio, mi ira, mi rencor o mi envidia, le estoy dando demasiada importancia. Con mi desprecio, silencioso las más de las veces o incluso oculto, se la niego. El individuo no se entera, cierto, pero me entero yo, que es lo que cuenta.

Así, debo confesar que profeso y fomento ese sentimiento, en muy diferentes grados (como me ocurre con todos los demás, cuando me asaltan). Y hoy, en España, es difícil no dedicárselo con particular intensidad a los políticos ladrones que día tras día llenan los periódicos y las televisiones. Nos ponen, además, casi imposible atemperarlo con otro que está en la naturaleza de las almas compasivas, y de éstas conozco a unas cuantas. A esas almas “casi” les dan lástima dichos políticos cuando por fin los ven acorralados, detenidos, esposados, ya en la cárcel o lloriqueando, como hemos visto a la incorruptible Esperanza Aguirre, que sin embargo posee un ojo clínico para rodearse de corrompidos, darles cargos, auparlos y cantar sus excelencias y su “intachabilidad”. Esa reacción compasiva (al ver a alguien caído en desgracia, por nocivo que haya sido) se ve frenada en estos casos por el recuerdo, aún reciente, de la chulería, el desdén y la altanería con que la mayoría de esos detenidos o defenestrados se han comportado cuando estaban “en la cima”, como dirían ellos. El ejemplo extremo es Rita Barberá, que a su ocaso político vio añadirse la muerte, motivo por el que la lástima podría abrirse paso sin apenas obstáculos. Y sin embargo, el recuerdo de su jactancia, de su desdén hacia los demás, de su bravuconería cada vez que ganaba elecciones y daba humillantes saltos en un balcón, entorpece la pena o la conmiseración. Otro tanto sucede con los que por fortuna continúan vivos: con Trillo, Ignacio González y Granados, Rato y Blesa, Fabra y Millet y Montull, Pujol y familia en pleno, los responsables del ERE de Andalucía y tantísimos más que no caben aquí.

Pero hay unas gentes a las que desprecio más que a esos sujetos. Son las que, una vez el político descubierto o caído o detenido o condenado, se ceban con él desde el anonimato o la confusión de la masa. Más desprecio aún que por los saqueadores siento por los individuos que se apuestan a las puertas de los juzgados para insultarlos –ojo– cuando ven que ya no hay que temerlos. Cuando aquéllos no pueden revolverse –a veces van esposados–, entonces surgen los “valientes” que los vituperan y execran a voz en cuello, sintiéndose virtuosos y superiores moralmente. Y el mismo profundo desprecio me merecen quienes hacen lo propio desde las redes sociales y lanzan tuits ofensivos contra quienes tal vez se hayan ganado afrentas con su comportamiento, pero ya no están en condiciones de defenderse, sino hundidos, cabizbajos (bueno, algunos no), temerosos de las penas severas –acaso justas– que les vayan a caer cuando se sienten en el banquillo. Si llegan a sentarse, desde luego: porque esa es otra, en este país la justicia no siempre es de fiar.

La mayor parte de los sentimientos negativos enumerados al principio, al requerir expresión y acción, dan lugar a actitudes hipócritas, histriónicas o delatoras (como la de ese autobús de Podemos, que es las tres cosas), en las que uno percibe a menudo, más que la indignación, la rabia o el resentimiento, su autocomplaciente exhibición, de cara a la galería: “Vean qué honrado y justiciero soy, vean cómo me enfurezco con los corruptos. Y qué bien me sienta, ¿no?” Fariseísmo, se llamaba eso en la antigüedad. Frente a todas esas sospechosas sobreactuaciones, recomiendo vivamente el discreto desprecio. Que además, a fin de cuentas, se va contagiando de unos a otros y tiene su efecto, sin necesidad de aspavientos ni de vociferación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de mayo de 2017