Firmas de Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

Este fin de semana estará:
El viernes, 25 de mayo, de 19 a 21 horas, en la caseta de la Librería Lé (nº. 363) y
el domingo, 27 de mayo, de 12 a 14 horas, en la de la Librería Alberti (nº. 121).

Anuncios

LA ZONA FANTASMA. 20 de mayo de 2018. ‘También por el pie de Cunningham’

Ya se sabe que la memoria es sólo a medias gobernable, y cualquier detalle convoca recuerdos desterrados hacía décadas. En el momento en que supe que la Final de la Copa de Europa de este año, el próximo sábado, iba a ser Real Madrid-Liverpool, me he visto transportado a 1981, que es cuando se disputó el mismo partido, con el mismo título en juego, en el Parque de los Príncipes parisino. Si lo tengo grabado no es porque esa fuera una de las tres finales perdidas por el Madrid, de las quince a que ha llegado (serán dieciséis ahora). Las derrotas dejan tanta huella como las victorias, si no más, de igual manera que duran más las tristezas que las alegrías, los fracasos que los éxitos, las ofensas que los halagos. Es, sobre todo, porque en los preliminares, si no me equivoco, hice la única entrevista de mi vida, y por eso me sentí aún más involucrado y concernido. A título muy personal, además de como madridista.

Tenía por entonces una novia estadounidense que llevaba años viviendo en Madrid. Había sido trapecista del circo Ringling Brothers en su país, y ahora ejercía de modelo y empezaba a hacerlo también de fotógrafa. La verdad es que no teníamos mucho que ver. Era una de esas personas que no le ven sentido a estarse quietas, por lo general condición indispensable para leer libros. También era bastante calamitosa en la vida cotidiana: siendo bondadosa y encantadora, atraía los problemas como un imán (y algún desastre de vez en cuando). Yo procuraba ayudarla a salir de ellos, en la medida de mis posibilidades. Vivía con una gata blanca contagiada del carácter de su dueña, y por su culpa (de la gata) estuve a punto de perder mi amistad con Don Álvaro Pombo. Pero esa es otra historia. Aquel verano CB (esas eran y son sus iniciales) lo iba a pasar en su ciudad natal, Seattle, y se le ocurrió hacer en España una serie de entrevistas con personajes de aquí que se pudieran ofrecer y vender allí. Apenas había entonces españoles conocidos en los Estados Unidos. Creo que consiguió un encuentro con Antonio Gades, y, aunque nuestro fútbol no es popular en América, le sugerí probar con el extremo del Real Madrid Laurie Cunningham. Si el equipo se coronaba campeón y Cunningham destacaba… Cunningham fue el segundo futbolista negro en jugar para la selección inglesa a cualquier nivel, y el primer británico que el Madrid había fichado en toda su historia. Ese tipo de detalles podrían hacerlo atractivo en los Estados Unidos. Pero CB no entendía nada de fútbol, así que pueden imaginarse a quién le tocaba hablar con el gran e intermitente extremo izquierda. No tengo ni idea de cómo, logré contactar con él y me citó, me parece, en el gimnasio en que se recuperaba de una lesión que lo había tenido de baja bastante tiempo. Al menos tenía todo el rato un pie descalzo; me suena que lo habían operado de la rotura de un dedo. Grabé sus declaraciones en inglés (como casi todos los jugadores británicos —véanse hoy Bale y antes Beckham—, era incapaz de aprender lenguas), luego las transcribí y se las entregué a CB, que ya partía en breve. Cunningham dejó, sobre todo, una actuación espectacular en el Camp Nou, que lo ovacionó pese a haber marcado un gol o dos y haber traído de cabeza a la defensa blaugrana. No fue tan memorable su participación en aquella Final, en la que saltó al campo con Camacho, Del Bosque, Stielike, Santillana, Juanito y unos cuantos más con menos poso.

Así que el Madrid-Liverpool lo vi deseando no sólo que el Madrid ganara, como he deseado siempre salvo en alguna ocasión con Mourinho al frente, sino que Cunningham triunfara a lo grande, por él y por mi novia, que en ese caso quizá podría vender la entrevista. No fue así. En el minuto 82 el Liverpool sacó de banda (¡de banda!), un defensa nuestro se despistó y el lateral izquierdo Alan Kennedy metió el gol único y definitivo, uno de los poquísimos de su carrera. El Madrid era el perdedor. Cunningham brilló a ratos, pero andaba mermado. En 1983 o quizá 1984 el club lo dejó ir, y en 1989, a los treinta y tres años, se mató en un accidente de coche en Madrid, adonde había vuelto para jugar en Segunda con el Rayo Vallecano.

Llevo aguardando el resarcimiento de aquella derrota aciaga desde 1981, me doy cuenta ahora con sorpresa. Lo más probable es que ningún futbolista actual del Madrid sepa quién fue Cunningham, ni siquiera Zidane seguramente. Pero tengo el pálpito —es puro deseo— de que el próximo sábado ganarán su tercera Final consecutiva, impulsados por otros motivos. Pero, si así sucede, yo se lo agradeceré doblemente, porque no podré evitar pensar en el pobre Laurie Cunningham, que me cayó bien, que no tuvo suerte con las lesiones y además murió muy joven dejando viuda y un hijo españoles. Y me acordaré vagamente de la mañana en que lo entrevisté en un gimnasio con su pie descalzo, para ayudar a la novia de entonces, algo calamitosa y encantadora.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de mayo de 2018

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid


Javier Marías estará en la Feria del Libro de Madrid:

El viernes, 25 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería LE
(nº. 363).

El domingo, 27 de mayo, por la mañana (12-14 horas), en la de la Librería Rafael Alberti (nº. 121).

El sábado, 2 de junio, por la tarde (19-21 horas), en las casetas de Visor (nº. 310-311).

El viernes, 8 de junio, por la tarde (19-21 horas), en las de la FNAC (nº. 297-298).

El sábado, 9 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Gaztambide (nº. 86).

Javier Marías en Turín


Salone del Libro, Javier Marías: “Il mio romanzo negli anni ’70 ma non ho nostalgia del passato”
ALESSANDRO CONTALDO
La Repubblica, 12 maggio 2018

Il presente e il passato, Javier Marìas racconta la magia dei suoi libri
SARA STRIPPOLI
La Repubblica, 12 maggio 2018

#SalTo18, Javier Marías “agente segreto” dell’oscurità nel cuore umano
MANUELA MARASCIO
Torinnoggi, 13 maggio 2018

Marías, mai svelare tutto di se stessi
MAURETTA CAPUANO
Ansa, 12 maggio

LA ZONA FANTASMA. 13 de mayo de 2018. ‘Cuando la sociedad es el tirano’

En 1859 no había teléfono ni radio ni televisión, no digamos redes sociales y móviles que expanden con alcance mundial, y en el acto, cualquier noticia; pero también cualquier consigna, bulo, mentira, calumnia y prejuicio. En esa fecha, sin embargo, John Stuart Mill, en su célebre ensayo “Sobre la libertad”, escribió lo siguiente (me disculpo por la larga cita, cuyas cursivas son mías): “Como las demás tiranías, esta de la mayoría fue al principio temida, y lo es todavía, cuando obra, sobre todo, por medio de actos de las autoridades. Pero las personas reflexivas se dieron cuenta de que cuando es la sociedad misma el tirano, sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que puede realizar mediante sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien no suele tener a su servicio penas tan graves, deja menos medios para escapar de ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma. Por eso no basta la protección contra la tiranía del magistrado. Se necesita también la protección contra la tiranía de la opinión y sentimiento prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de ellas; a ahogar el desenvolvimiento, a impedir la formación de individualidades originales y a obligar a todos los caracteres a moldearse sobre el suyo propio”.

Pese a lo levemente anticuado de léxico y sintaxis, parece que Stuart Mill esté hablando de nuestros días y alertando contra un tipo de tiranía que, por ser de la sociedad (vale decir “del pueblo”, “de la gente” o “de las creencias compartidas”), no es fácil percibir como tal tiranía. “Si nuestra época piensa así”, parece decirse a veces el mundo, “¿quién es nadie para llevarnos la contraria? ¿Quién los políticos, que han de obedecernos? ¿Quién los jueces, cuyos fallos están obligados a reflejarnos y complacernos? ¿Quién los periodistas y articulistas, cuyas opiniones deben amoldarse a las nuestras? ¿Quién los pensadores” (esas “personas reflexivas” de Mill), “que no nos son necesarios? ¿Quién los legisladores, que deben establecer las leyes según nuestros dictados?”

Esta imposición de dogmas y “climas”, evidentemente, era ya perceptible en 1859. Imagínense ahora, cuando existen unos medios fabulosos de adoctrinamiento, conminación e intimidación, sobre todo a través de las redes sociales. Pero ha llegado el momento de preguntarse si esas redes, que hoy se toman por lo que antes era el orácu­lo, o la ley de Dios, no son tan fantasmales y usurpables como la voz de este ser abstracto en cuyo nombre se han cometido injusticias y atrocidades. Es muy sospechoso que en cuanto se piden firmas para lo que sea (desde cambiar una ley hasta el nombre de una calle), aparezcan millares en un brevísimo lapso de tiempo. No hay nunca constancia de que quienes envían sus tuits no sean cuatrocientos gatos muy activos que los repiten hasta la saciedad, los reenvían, los esparcen, aparentando ser multitudes. Se sabe de la existencia de bots, es decir, de programas robóticos que simulan ser personas y que inundan las redes con una intoxicación o una consigna. Rusia es pródiga en su uso, así como partidos políticos, sobre todo los populistas. En suma, detrás de lo que hoy se considera la sacrosanta “opinión pública”, a menudo no hay casi nadie real ni reflexivo, sólo unos cuantos activistas que saben multiplicarse, invadir el espacio y arrastrar a masas acríticas y borreguiles.

Cualquier sociedad es por definición manipulable, y en muy poco tiempo se le crean e inoculan ideas inamovibles. Me quedé estupefacto el día de la famosa sentencia contra “La Manada”. No me cabe duda de que esos cinco sujetos son desalmados y bestiales. Pero no se los juzgaba por su catadura moral ni por su repugnante concepción de las mujeres, sino por unos hechos concretos. Y me asombró que, nada más conocerse la sentencia, millares de personas que no habían asistido al proceso ni habían visto el vídeo que se mostró en él parcialmente, que no eran duchas en distinciones jurídicas, supieran sin atisbo de duda cuáles eran el delito y la pena debida. No digo que no tuvieran razón, los jueces yerran, y cosas peores. Pero nadie contestaba lo más prudente: “Lo ignoro: carezco de datos, de conocimientos y de pruebas, y por tanto no oso opinar”. Vi en pantalla a políticos, tertulianos, ¡escritores y actores!, que afirmaban con rotundidad saber perfectamente qué había ocurrido en un sórdido portal de Pamplona en 2016. Vuelvo a la cita de Mill: “La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos”. Una sociedad que hace eso, que prescinde de la justicia o decide no hacerle caso, que pretende que prevalezca la de su fantasmagórica masa, tiene muchas papeletas para convertirse en una sociedad opresora, linchadora y tiránica.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de mayo de 2018

Javier Marías en el Salón Internacional del Libro de Turín

Foto. Jaime Villanueva

El 12 de mayo, en el Salón Internacional del Libro de Turín, Javier Marías presentará la edición italiana de su última novela  Berta Isla.

A las 16.00 horas, en la Sala Azzurra-Lingotto Fiere (Via Nizza, 280), tendrá un encuentro con Ernesto Franco bajo el título “Sentimento e segretto”.

A las 18.00 horas, en l’Arena Robinson-Lingotto Fiere(Via Nizza, 280), tendrá un encuentro con Simonetta Fiori bajo el título “L’amore al tempo dei segreti”.

Biglietti

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Ritual’ de Arthur Machen

RITUAL
Cuentos tardíos

ARTHUR MACHEN

Prólogo y traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, mayo de 2018

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE

Omnia exeunt in mysterium. Los últimos cuentos
de Arthur Machen (Prólogo)

por Antonio Iriarte

RITUAL. CUENTOS TARDÍOS
7B, Coney Court (1925)
El don de lenguas (1927)
El misterio de Islington (1927)
Johnny Doble (cuento infantil) (1928)
El cuarto acogedor (1929)
Despertar (cuento infantil) (1929)
Abrir la puerta (1931)
El camino de Dover (1930)
N (1935)
La omega enaltecida (1935)
Fuera del cuadro (1936)
Trueque (1936)
Ritual (1937)

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2018)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2018)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2018)

 

“Una despedida adecuadamente enigmática para un autor que dedicó la parte más inspirada de su obra a levantar el velo para atisbar el misterio que hay en todas las cosas y poder apreciar su hechizo, con independencia del riesgo”

ANTONIO IRIARTE

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 6 de mayo de 2018. ‘Mejor que nada mejore’

Hace bastantes años, una escritora feminista profesional —entiendo por tales a quienes han hallado una mina en la denuncia y el lamento continuos— le propuso a una editora participar en unas jornadas literarias y le pidió que elaborara un informe sobre la proporción de manuscritos de mujeres que llegaban espontáneamente a su editorial y cuántos de ellos eran aceptados y publicados, en comparación con los de los varones. La editora se tomó la molestia de hacer una reconstrucción histórica (hasta donde le fue posible) y le anunció el resultado a la escritora: acababan viendo la luz, proporcionalmente, más textos femeninos que masculinos. Su sorpresa fue grande cuando la feminista profesional, en vez de alegrarse del dato y suspirar aliviada al comprobar que no en todas partes se ninguneaba a las de su sexo, reaccionó con desagrado y le vino a decir: “Ah no, esto no puede ser, esto no me vale”. La editora comprendió que no se había tratado de saber la verdad, sino más bien de encontrar un motivo más para cargarse de razón, algo con lo que fortalecer sus tesis sobre la discriminación sistemática de la mujer, algo que contribuyera a enardecer su queja habitual, que le permitiera afianzarse y exclamar una vez más: “¿Lo veis, lo veis?” No recuerdo si al final la editora dio su ponencia o se cayó del cartel, al contradecir sus conclusiones la inamovible teoría.

Hoy abundan las personas que protestan —con justicia a menudo— de una u otra situación, pero que por nada del mundo quieren ver mejoradas esas situaciones. Es más, lamentan que mejoren (cuando lo hacen), porque, si eso sucede, se quedan sin objetivo en la vida, sin lucha ni función, sin Causa, a veces sin manera de ganarse la vida. La anécdota que acabo de relatar me vino a la memoria hace un par de meses, al ver la gran encuesta que EL PAÍS publicó con ocasión del Día de la Mujer. Las encuestas y las estadísticas son cualquier cosa menos fiables. Todas están desvirtuadas desde el inicio, por: a) las preguntas que se hacen; b) las que no se hacen; c) cómo están formuladas las que sí (son capciosas con frecuencia y “teledirigen” las respuestas); d) el tipo y el número de individuos interrogados; e) cómo son presentados los resultados. EL PAÍS tituló aquel día: “Una de cada tres españolas se ha sentido acosada sexualmente”, lo cual invitaba al lector a llevarse las manos a la cabeza y pensar: “Qué espanto, qué bochorno, ¡una de cada tres!” Pero cuando uno iba a mirar los diversos cuadros en detalle, veía que la pregunta rezaba, claro: “¿Se ha sentido acosada sexualmente en algún momento?”, dando entrada con ese verbo (“sentirse”) a la más estricta subjetividad (hay gente más sensible y susceptible que otra). Se ofrecían cuatro apartados para contestar: a) una vez; b) algunas veces; c) muchas veces; d) nunca. Las que respondían “Nunca” eran en total el 63%, porcentaje que entre las de 65 años o más (es decir, entre las que habían dispuesto de mayor tiempo para sentirse acosadas) ascendía al 74%.

Que en un país tan machista como ha sido España, el 63% de sus mujeres no se hayan sentido acosadas sexualmente nunca (nunca en la vida), a mí —ustedes perdonen—me parece una buena noticia. Y, de haber sido el encargado de brindarla a los lectores, es lo que habría destacado porque lo habría visto como lo más destacable, y no tanto el tercio de las acosadas, repartidas así: una vez, el 7%; algunas, el 23%; muchas, el 2%. Todas sumadas, el 32%. Había otra serie de preguntas subjetivas, relacionadas con “el hecho de ser mujer”. A “La han menospreciado por el desempeño de su trabajo”, contestaba “Nunca” el 69%. A “La han menospreciado por sus opiniones y comentarios”, “Nunca” el 54%. A “Se ha sentido juzgada por su físico o apariencia”, “Nunca” el 50% y “Muchas veces” el 17%. A “La han tratado de intimidar”, “Nunca” el 60%. A “Le han tratado de hacer o le han hecho tocamientos”, “Nunca” el 74% y “Muchas veces” sólo el 2%. Etc.

Sí, España fue un país brutal y legalmente machista. Hace poco más de cuarenta años, bajo la repugnante dictadura, una mujer casada o menor no podía sacarse el pasaporte, ni abrir una cuenta, ni montar una empresa, ni comprar bienes inmuebles, ni casi trabajar, sin el permiso expreso del marido o del padre. Su adulterio constituía un delito y podía ser denunciado, mientras que el del hombre no. Hoy hay todavía razones de queja: la brecha salarial es la más llamativa e intolerable, y resulta criminal que haya varones que aún se crean dueños de sus mujeres. Pero que precisamente aquí, con ese pasado, haya porcentajes tan altos de ellas que nunca se han sentido acosadas, ni menospreciadas, ni intimidadas, ni han sido toqueteadas, yo diría que es para congratularse y mirar el futuro con optimismo.

Me temo que quienes presentaron esta encuesta a los lectores se asemejan a la feminista profesional del principio. Si el resultado es esperanzador, si demuestra que ya se ha operado un enorme cambio de mentalidad para bien, “no me vale”. Es un ejemplo de lo que hoy se da en muchos campos, no sólo en este, en absoluto. Existe demasiada gente furiosa que no quiere que nada mejore, para así poder seguir enfurecida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de mayo de 2018

LA ZONA FANTASMA. 29 de abril de 2018. ‘La vuelta de mi abuela Lola’

Que me disculpen los memoriosos, porque sé que esto lo he contado, aunque no seguramente en esta página: mi abuela Lola era una mujer muy buena, dulce y risueña, lo cual no le impedía ser también extremadamente católica. Y recuerdo haberle oído de niño la siguiente afirmación, dirigida a mis hermanos y a mí: “A ustedes les hace mucha gracia” (era habanera), “y quizá la tenga, pero yo no voy a ver películas de Charlot porque se ha divorciado muchas veces”. Hasta hace cuatro días, este tipo de reservas pertenecían al pasado remoto. Mi abuela había nacido hacia 1890, y desde luego era muy libre de no ir a ver el cine de Chaplin por los motivos que se le antojaran, como cualquier otra persona. Lo insólito es que esta clase de argumentos extraartísticos y pacatos hayan regresado, y que los aduzcan individuos que se tienen por “modernos”, inverosímilmente de izquierdas, educados, aparentemente racionales y hasta críticos profesionales.

Leo en un artículo de Fernanda Solórzano un resumen de otro reciente de un conocido crítico cinematográfico británico, Mark Cousins, titulado “La edad del consentimiento”. Cuenta Solórzano que en él Cousins anuncia que a partir de ahora “dejará de habitar la imaginación de directores como Woody Allen y Polanski”, a los que “negará su consentimiento”. Compara ver películas de estos autores con visitar países con regímenes dictatoriales, o aún peor, con contemplar vídeos del Daesh con decapitaciones reales. “Aunque sus ficciones no muestren violencia, son imaginadas por sujetos perversos”, explica. Se deduce de esta frase que las películas que sí muestren violencia —ficticia, pero el hombre no distingue— serán aún más equiparables a los susodichos vídeos del Daesh, por lo que, me imagino, Cousins tampoco podrá ver la mayor parte del cine mundial de todos los tiempos, de Tarantino a Peckinpah a Coppola a Siegel a Ford a todos los thrillers, westerns y cintas bélicas. Lo absurdo es que no haya anunciado de inmediato, en el mismo texto, que renuncia a las salas oscuras y por lo tanto a su labor de crítico, para la que es evidente que queda incapacitado. Al contrario, entiendo que asegura, con descomunal cinismo, que su adhesión a “lo correcto” no afectará su juicio estético. Un disparate en quien se propone juzgar desde una perspectiva moralista, “edificante” y puritana. Ojo, no ya sólo las obras, sino la vida privada de sus responsables. Siempre según Solórzano, “en adelante Cousins sólo visitará la imaginación de artistas de comportamiento íntegro”.

Este Cousins es tan libre como mi abuela, y lo que haga me trae sin cuidado. Pero, claro, no es un caso aislado, ni el único primitivo que abraza esta visión retrógrada del arte. Constituye toda una corriente que amenaza no sólo el oficio de crítico, sino la libertad creadora. ¿Qué es un “comportamiento íntegro”, por otra parte? Dependerá del criterio subjetivo de cada cual. Para los cuatro ministros de nuestro Gobierno que hace poco cantaron “Soy el novio de la muerte” en una alegre concentración de encapuchados, el concepto de “integridad” será por fuerza muy distinto del mío. Y luego, ¿cómo se averigua eso? Antes de ir a ver una película —de “visitar la imaginación” de un director, como dice Cousins con imperdonable cursilería—, habrá que contratar a un detective que examine la vida entera de ese cineasta, a ver si podemos dignarnos contemplar su trabajo. En algunos casos ya sabemos algo, que nos reducirá drásticamente nuestra gama de lecturas, de sesiones de cine y de museos. Nada de “visitar” a Hitchcock ni a Picasso, de los que se cuentan abusos, ni a Kazan, que se portó mal durante la caza de brujas de McCarthy, ni a Caravaggio ni a Marlowe ni a Baretti, con homicidios a sus espaldas, ni a Welles ni a Ford, que eran despóticos en los rodajes, ni a Truffaut, que cambió mucho de mujeres y algunas sufrieron. Nada de leer a Faulkner ni a Fitzgerald ni a Lowry, que se emborrachaban, y el tercero estuvo a punto de matar a su mujer en un delirio; ni a Neruda ni a Alberti, que escribieron loas a Stalin, ni a García Márquez, que alabó hasta lo indecible a un tirano; no digamos a Céline, Drieu la Rochelle, Hamsun y Heidegger, pronazis; tampoco a Stevenson, que de joven anduvo con maleantes, ni a Genet, que pagaba a chaperos, ni a nadie que fuera de putas. Ojo con Flaubert, que fue juzgado, y con Cervantes y Wilde, que pasaron por la cárcel; Mann se portó mal con su mujer y espiaba a jovencitos, y no hablemos de los cantantes de rock, probablemente ninguno cumpliría con el “comportamiento íntegro” que exigen el pseudocrítico Cousins y las legiones de policías de la virtud que hoy lo azuzan y lo amparan.

Ya es hora de que toda esta corriente reconozca su verdadero rostro: se trata de gente que detesta el arte y a los artistas, que quisiera suprimirlos o dictarles obras dóciles y mansas, y además conductas personales sin tacha, según su moral particular y severa. Es exactamente lo que les exigieron el nazismo y el stalinismo, bajo los cuales toda la gente de valía acabó exiliada, en un gulag o asesinada, lo mismo que Machado y Lorca en España. No a otra cosa que a la represión y la persecución está dando su consentimiento esta corriente de inquisidores vocacionales. Al menos mi abuela Lola no ejercía el proselitismo, ni intentaba imponer nada a nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de abril de 2018

Javier Marías en Sant Jordi


El día 23 de abril, Sant Jordi, Día del libro, Javier Marías estará en Barcelona y firmará ejemplares de su última novela Berta Isla y del resto de su obra:
De 11.00 horas a 13.00 horas, en la caseta de la librería Laie (Passeig de Gràcia / Casp).
De 13.00 horas a 14.00 horas, en la de la librería Documenta (Pau Claris 11,entre Aragó y València).
De 17.00 horas a 19.00 horas, firmará en la caseta de La Central (Rambla de Catalunya / Mallorca).
De 19.00 horas a 20.00 horas, en la de Abacus Tram (Pl. Francesc Macià – Trambaix)

LA ZONA FANTASMA. 22 de abril de 2018. ‘Cosas que no se disuelven’

Tuvimos noticias de ETA hace poco. La banda terrorista anunció que, antes del Mundial de Rusia para que éste no le robara protagonismo “internacional”, se disolvería o “desmovilizaría”, término que al parecer prefiere para dignificarse y asimilarse a un ejército o a una guerrilla. Siempre fue su empeño: presentarse como gudaris, como bravos soldados contra un invasor, haciendo caso omiso de que el País Vasco jamás fue invadido por España, a la que se unió voluntariamente hace siglos (primero a Castilla), con enorme provecho económico prolongado hasta nuestros días. El único periodo en que estuvo oprimido —el franquismo—, lo estuvo como el resto de la nación, empezando por Madrid, donde teníamos instalada la dictadura y donde por tanto era más difícil sustraerse a sus tropelías, incluidas las urbanísticas, a su represión y a su vigilancia, más cercanas que en cualquier otro sitio.

Pero ETA, que empezó en el tardofranquismo, fue más activa que nunca después, durante la democracia, cuando el País Vasco estuvo tan oprimido como el resto, es decir: nada. Desde hace unos siete años, cuando ETA proclamó el cese de su “lucha” en la que los bravos soldados apenas corrían riesgo, la gente de ese territorio ha vivido con libertad plena, esto es, exactamente igual que desde 1978 —por poner una fecha—, aunque ETA y parte del PNV (que ganaba elecciones y mandaba) se empeñaran en asegurar lo contrario. Los derechos de los vascos son ahora los mismos que entonces, y ahora a pocos se les ocurre que haya que “liberarlos”. La riqueza, que no fue escasa ni en los llamados “años de plomo”, es más abundante que nunca, porque muchos españoles y extranjeros, que antes preferían evitar esas tierras, se aventuran allí sin sentir ya rechazo ni peligro. Florecen, así, el turismo y las inversiones, y no hay empresas que huyen despavoridas.

Así pues, hay que preguntarse ahora qué es lo que ha conseguido ETA y, sobre todo, por qué se dedicó a aterrorizar durante cuatro décadas a las poblaciones vasca y española. Hoy hay jóvenes que ya lo ignoran todo acerca de ese terrorismo, incluso en Euskadi. Bastan siete años para que todo lo anterior parezca antediluviano, así va el mundo. Pero algunos estamos acostumbrados a otro transcurrir del tiempo, y a recordar con nitidez. En Madrid ETA atentó muchísimo, y los madrileños sobrellevamos su terror, cotidianamente, a lo largo de cuarenta. Y qué decir de cómo lo sobrellevaban los vascos. Bueno, unos lo celebraban, y contribuían a extenderlo. Otros lo aplaudían desde sus casas y otros desde las calles, en las que actuaban como matones y chivatos. “Nos hemos quedado con tu cara”, “Sabemos dónde vives”, eran frases habituales dirigidas a los pocos que se oponían a los mafiosos abiertamente. Una forma de intimidación descarada, sobre todo cuando era notorio que no se trataba solamente de palabras. Una parte de los vascos se dedicó a acusar, a delatar, a pintar dianas, a señalarle a la banda cuáles debían ser sus objetivos. Y la banda no se sabe si obedecía o mandaba, pero lo frecuente era que quien se veía apuntado acabara recibiendo un tiro, o una carta exigiéndole dinero con el que “compensar sus delitos”, o que asistiera a la voladura de su negocio o al repugnante boicot de sus vecinos. Y otra parte de la población volvía la vista y callaba, por miedo o por ambigüedad. Las víctimas y sus familiares eran execrados después de muertos o enlutados, no bastaba con eliminar a alguien, además había que ensuciarlo.

Una porción de la sociedad vasca ha estado durante décadas envilecida (en el peor de los casos) o acobardada (en el mejor, y no es bueno). No estoy seguro de que el tiempo verbal que he empleado sea adecuado, porque todavía se homenajea a lo grande a los etarras excarcelados y se vitupera a los deudos de quienes fueron asesinados por ellos. Y todavía Podemos y los independentistas catalanes hacen excelentes migas con los políticos bendecidos por la banda (o a la inversa), a los que consideran “gente de paz”. ETA mató a 829 personas. Si se ponen a contar (una, dos, tres, cuatro…), el cómputo se les hará interminable, hasta llegar a 829. Además de los muertos, están los incontables heridos y mutilados, y los expulsados, y los amenazados, y los amedrentados, los que han vivido con el pavor permanente; los que han temido abrir el buzón y abrir la puerta, no digamos hablar en voz alta, hasta en el bar o en la taberna, imagínense en el periódico o en el púlpito o en el aula. Ha habido una telaraña de terror en todos los ámbitos, no muy distinta de la que tejieron el nazismo, el stalinismo, la Stasi de la RDA o el franquismo de los primeros quince años. ETA no tenía el poder oficial, pero actuó como si lo tuviera, ante la lenidad o connivencia de personajes como Arzalluz. Desde que se retiró, pocos se acuerdan de él y muchos ni siquiera saben quién es. Y sin embargo son su rostro y su voz iracunda y achulada lo que se me aparece cuando pienso en el País Vasco de todos esos años, la figura dominante del periodo. ETA se disolverá de aquí a un mes, dicen. Pero para quienes la padecimos no se disolverán sus injustificables crímenes; pertenecen a una clase que jamás puede disolverse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de abril de 2018

Javier Marías, Premio de la Crítica


Javier Marías, premio de la Crítica por la novela ‘Berta Isla
Efe/El País, 21 de abril de 2018

Javier Marías: “A lo mejor tengo más oficio del que yo mismo me creo”
JUAN CRUZ
El País, 21 de abril de 2018

Javier Marías gana con ‘Berta Isla’ su segundo premio de la Crítica
MIGUEL LORENCI
Diario Sur, 21 de abril de 2018

Javier Marías: “Un segundo Premio de la Crítica me dice que no he declinado”
Efe/El Diario.es, 21 de abril de 2018


Javier Marías y Luis Bagué Quílez, galardonados con los premios de la Crítica
Abc, 21 de abril de 2018

Javier Marías y Luis Bagué, Premios de la Crítica
La Vanguardia, 21 de abril de 2018

Críticas polacas

WIDMA MARÍASA
Szkice krytyczne

VARIOS AUTORES
Wydawnictwo Naukowe UAM, 2018

Recoge artículos y estudios sobre la obra de Javier Marías, así como entrevistas al escritor y a sus traductores polacos

LAZONA FANTASMA. 15 de abril de 2018. ‘Quitarse de la educación’

Desde niño me enseñaron a ser educado, y en este siglo eso se ha convertido en un desastre y una desgracia, hasta el punto de que llevo años intentando “quitarme”, con escaso éxito, como quien se quita del tabaco, el alcohol o la cocaína. Apenas avanzo en mi propósito. A cada escritor desconocido que me envía un libro le correspondo con uno mío dedicado, o con alguno de los que traduje o de los que publico en mi diminuta editorial Reino de Redonda; aunque el volumen que me haya mandado no me interese en absoluto y sólo vaya a ser un engorro en mis abarrotadas estanterías. Lo mismo hago con cada amable lector que por Navidad o por mi cumpleaños me hace llegar un pequeño obsequio. A menos que sea algo zafio o malintencionado: días atrás abrí un paquete que contenía unas bragas —santo cielo, a mi edad ya respetable—. No quise averiguar si por estrenar o usadas, las alcé con un largo abrecartas curvo de marfil y fueron directas a la basura. Supongo que de haber sido yo escritora y haberme llegado unos calzoncillos, habría denunciado al remitente por acoso sexual y lo habría empapelado. Cuando saco un libro nuevo, procuro regalar ejemplares no sólo a los amigos, sino a cuantos a lo largo del año son gentiles conmigo: a los de la papelería, la pastelería, la panadería, al fotocopista, al cartero. Si me dejan obras mías en portería para que las dedique (a veces bastantes), cumplo pacientemente y me molesto en empaquetarlas para devolverlas, aunque lo propio sería que esos lectores fueran pacientes y aprovecharan las sesiones de firmas estipuladas, en la Feria del Retiro o en Sant Jordi o en librerías. No dejo de contestar nunca a las cartas de personas de larga edad o de muy corta, pienso que para ellas es más importante obtener una respuesta. De hecho contesto a la mayoría, en la medida de mis posibilidades. Entre unas cosas y otras, se me va muchísimo tiempo en procurar ser cortés.

Cada vez me siento más anacrónico, también en esto. Tal vez sea influencia de los malos modos y la generalizada agresividad de las redes sociales, en las que cada cual suelta sin prolegómenos sus denuestos y exabruptos, quizá eso se esté trasladando al trato personal y a otras formas de comunicarse. Lo cierto es que ahora recibo a menudo, más que peticiones, exigencias. Desde el señor que no sólo me conmina a que lea su libro, sino a que además le envíe una frase elogiosa para ponerla en una fajilla o en la contracubierta, hasta quien pretende hacerle a un amigo o a un marido “un regalo especial” consistente en un encuentro conmigo, dando por descontado que me sobra el tiempo y sin pararse a considerar si a mí me compensa dedicar una hora a charlar con un desconocido. Hasta a esas solicitudes contesto algo, disculpándome. He descubierto que eso a veces no basta: si no se le concede a cada cual lo que quiere, no hay ni una palabra de agradecimiento por la respuesta rápida, ni un acuse de recibo. Hace no mucho se le antojó a alguien que acudiera a la boda de una amistad suya y que en la iglesia dijera una bendición o unas palabras. A través de Mercedes L-B (que es la que usa el email) aduje que me faltaban horas en la vida, que nunca asistía a bodas (ni siquiera de familiares) y que le deseaba lo mejor a mi lector en su matrimonio. Silencio administrativo hasta ahora. A la gente se le ocurren toda clase de caprichos que en el mejor de los casos representan una interrupción y emplear un buen rato. Por no mencionar más que un par recientes, una biblioteca turca ha decidido enviarme diez ejemplares de novelas mías en esa lengua para que se los dedique, uno tras otro. Mi educación me impele a complacerla, pese al incordio de remitírselos una vez firmados. Un festival alemán desea que escriba a mano la primera página de una de esas novelas y que la fotografíe con el móvil y se la pase, sin preguntarse si tengo cámara en mi “premóvil” ni si me aburre repetir una página antigua con pluma para darle gusto. Suerte que carezco de smartphone, porque si no, me temo, habría acabado obedeciendo como un idiota.

Hay personas que escriben y que, tras un somero y vago elogio, pasan a señalarle a uno, por extenso, lo que consideran “fallos” o “errores” de una novela. A veces me molesto en explicarles —qué sé yo— la diferencia entre el acusativo y el dativo, o en recordarles que el narrador en primera persona es un personaje como los demás, susceptible de desconocer datos y tener lagunas. Es más, conviene que así sea, porque si hablara como un ensayista o un historiador o una enciclopedia resultaría inverosímil. No es raro que el corresponsal replique airado y se empeñe en tener razón en sus objeciones, hasta el punto de incurrir en ofensa y grosería. Sé que estas cosas les ocurren a la mayoría de mis colegas y a los directores de cine, no me creo un caso especial de mala fortuna. Pero estoy convencido de que casi todos ellos, más listos y expeditivos, han sabido “quitarse” de la buena educación hace tiempo, en esta época que la va desterrando y en la que lo habitual es recibir a cambio bufidos, cabreos, solicitudes abusivas, desplantes e impertinencias, como mínimo recriminaciones y frases del tipo “Jo, cómo eres”. Definitivamente, hay que “quitarse”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de abril de 2018

LA ZONA FANTASMA. 8 de abril de 2018. ‘Vals’

He vuelto a escuchar el Vals Kupel­wieser, de Schubert, al cabo de unos cuantos años. En la Academia hay tres grandes melómanos: el sabio Ignacio Bosque, el Doctor García Barreno y Félix de Azúa. De vez en cuando nos intercambiamos información acerca de obras raras que puedan desconocer los otros. Mi saber musical es limitado, pero alguna pequeña noticia puedo aportarles de tarde en tarde, y hace unas semanas, hablando con Bosque de piezas breves y sencillas y extraordinarias, le mencioné ese Vals. A mí me lo descubrió Juan Benet en otra vida, hacia 1971 o 1972, no mucho después de conocerlo. Cuando aún no existía el CD y no era posible repetir un tema en el tocadiscos sin poner la aguja cada vez en el surco, se las ingenió (al fin y al cabo era ingeniero) para oír Kupelwieser sin cesar durante todo un verano, mientras escribía parte de su novela Un viaje de invierno, de título schubertiano y en la que —no recuerdo si explícitamente, no la releo desde su publicación en 1972— esa música ­desempeñaba algún papel. De hecho, en la guarda posterior de la primera edición, Benet hizo reproducir el inicio de la partitura. Es un vals para piano, brevísimo (no dura ni minuto y medio), aparentemente modesto, según quién lo interprete el piano suena casi como una pianola. A lo largo de tanto tiempo transcurrido, sólo he encontrado dos versiones en CD, una de Michel Dalberto y otra de Hans Kann, lo cual indica que se graba poco y es más bien pasado por alto. Y, que yo sepa, en este soporte no existe la versión que, en vinilo, escuchó Benet incansablemente, y también los que nos quedamos deslumbrados por su hallazgo. Se trataba de un disco barato, a cargo de la pianista venezolana Rosario Marciano. Esa será siempre para mí la versión original, por mucho que las otras no difieran en demasía, dadas la brevedad y sencillez de la maravillosa pieza.

Esa música, a la vez melancólica y confiada, la tengo por tanto asociada a la figura de Juan Benet, y ahora me doy cuenta de que el pasado 5 de enero se cumplieron veinticinco años de su muerte, a los sesenta y cinco, y de que el aniversario ha pasado bastante inadvertido, y de que ni siquiera reparé yo en él en su día. Su memoria, con todo, está más viva que la de la mayoría de sus coetáneos desaparecidos (con la excepción de Gil de Biedma), así que tampoco es cuestión de quejarse en este siglo olvidadizo, o es más, deliberadamente arrasador de todo recuerdo. Es como si los vivos reclamaran cada vez más espacio, lo necesitaran todo para que nada ni nadie les haga sombra ni los obligue a comparaciones engorrosas o desfavorables. La obra de Benet está en las librerías gracias a la colección Debolsillo, y han salido varios volúmenes de correspondencia y de escritos dispersos merced a la labor recopilatoria y crítica de Ignacio Echevarría. Algunos autores jóvenes todavía se asoman a lo que escribió, y lo “salvan” del desdén habitual con que todas las generaciones españolas de novelistas hemos tratado a nuestros predecesores. Así que algo es algo, y a fin de cuentas tampoco Benet contó en vida con muchos lectores, ni lo pretendió: al no vivir de su pluma, se permitió lo que quiso, ajeno a las modas y a los “gustos”; sólo al final intentó “complacer” levemente, cansado de que sus esfuerzos no obtuvieran más que la recompensa del prestigio. Quizá llega un momento en el que eso no basta.

En estos días de escuchar su Vals me acude con persistencia un recuerdo concreto. Poco después de los primerísimos síntomas de su enfermedad, cuando aún se ignoraba su gravedad, llegué a su casa de la calle Pisuerga. Se levantó de su otomana, en la que solía leer y escuchar música, y, desde su gran altura (medía 1,90 o así), en un gesto en él infrecuente (era reacio a la cursilería), me abrazó tímida y torpemente y me dijo, todavía en tono de guasa, o fingiéndolo: “Esto es el fin, joven Marías, esto es el fin”. “Pero qué dices”, le contesté, sin darle el menor crédito; “qué va, qué tontería”. No podía tomar la frase en serio, no me parecía posible. Si alguien vivía como si fuera eterno, ese era él: siempre con proyectos, siempre activo y despierto, disfrutando de lo que se trajera entre manos, siempre dispuesto a reír y a divertirse. No insistió, claro.

Cuando alguien muere, quienes le son cercanos tienden a consolarse y a reunirse, aunque no se conozcan previamente. Ese fue el caso de la hermana de Benet, Marisol, que ahora cumple noventa y cuatro años, creo. Durante los muchos que traté a Don Juan, nunca la vi. Un día, tras su muerte, una señora me saludó en la calle Juan Bravo y se presentó. Tenía un aire de familia, pero desprendía una dulzura que Benet, pese a ser un sentimental, no mostraba. Desde entonces, de una manera para mí conmovedora, Marisol aparecía en cuantas charlas o presentaciones tuviéramos en Madrid los amigos mucho más jóvenes de su hermano pequeño: Molina Foix, Azúa, Mendoza, yo mismo. Con una fidelidad infalible, pese a ir cumpliendo sus años; y aún lo hace. Como si con su presencia protectora y benévola, de apoyo a esos amigos, le estuviera rindiendo a él homenaje, y recordándolo por discípulos interpuestos. Si es que a estas alturas merecemos todavía ese título, y nos cuadra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de abril de 2018

`Lo que nunca se contará’


LO QUE NUNCA SE CONTARÁ
y dos relatos sobre el regreso y la espera

JAVIER MARÍAS · NATHANIEL HAWTHORNE
Alfaguara-El Corte Inglés, abril de 2018

“Este librito incluye dos cuentos, uno mío, “La canción de Lord Rendall”, de 1989, y otro de Nathaniel Hawthorne, el muy célebre “Wakefield”, de 1837 aproximadamente. De éste, sin mencionar su título, le habla el personaje Peter Wheeler a Tomás Nevinson al comienzo de Berta Isla, y de ahí procede la recurrente expresión “desterrado del universo”.

JAVIER MARÍAS


Edición no venal que se distribuye en El Corte Inglés junto con la última novela de Javier Marías, Berta Isla.

LA ZONA FANTASMA. 1 de abril de 2018. ‘Aspavientos de rectitud’

Un gravísimo ataque de rectitud recorre el mundo, y España en particular. Esto sería bueno en principio, dados los delirantes niveles de corrupción de nuestros políticos y de la sociedad, que hace cuatro días los reelegía a sabiendas, una y otra vez. Pero cuando la rectitud no es resultado de un convencimiento estrictamente personal, sino algo sobrevenido, impostado y narcisista, y además se da en forma de arrebatos o ataques, constituye uno de los mayores peligros que acechan a la humanidad. He dicho “narcisista” y es así, o así lo veo yo. Otros prefieren utilizar el neologismo “postureo”, viene a ser lo mismo. El exceso de rectitud afecta a todas las capas sociales y a todas las ideologías, derecha, centro, izquierda, populismo o demagogia; a los tertulianos, a muchos columnistas y actores y actrices, escritores, cantantes e historiadores, y sobre todo a individuos desconocidos que creen haber dejado de serlo gracias a las redes y a sus plataformas.

En la discusión de hace unas semanas sobre la “prisión permanente revisable” o más bien “cadena perpetua hasta nueva orden”, los partidos enfrentados en el Congreso escenificaron sus histriónicos alardes de rectitud. Los que defendían su mantenimiento se mostraban como dechados de compasión hacia las víctimas y sus familiares, a los que no tenían reparo en utilizar con obscenidad. Los que abogaban por derogarla representaban, con más exageración que convicción, la rectitud de quien cree en la redención de los pecadores por encima de cualquier cosa, de quien sostiene que nadie hay intrínsecamente malvado y que a todos se nos puede rehabilitar. Ambas posturas merecen tomarse en consideración, no digo que no. Lo que casi las invalidaba en ese debate era la forma aspaventosa y espúrea de presentarlas, la carrera por ver quién se alzaba con el trofeo a la rectitud.

No muy distinto es lo sucedido con la muerte del niño almeriense Gabriel Cruz. En las televisiones —repugnantes la mayoría— se libraba una competición para dilucidar qué presentador u opinador estaba más indignado, desolado y dolido. Y qué decir de las reacciones tuiteras de la gente: sus comentarios no iban a llegarle a la presunta asesina, así que el único verdadero sentido de los insultos, exabruptos y maldiciones era la recompensa y autocomplacencia de quienes los proferían. También similar ha sido la reacción de muchos ante la muerte de un mantero en Lavapiés, en Madrid. Incluso después de deshacerse el malentendido (no: malintencionada tergiversación) de que la policía le había provocado un infarto al perseguirlo, la “virtud” mimética se apoderó de políticos y tertulianos, que decidieron que lo que quedaba bien, lo más recto, era continuar atribuyendo su muerte a la xenofobia y al capitalismo, en abstracto. Sí, claro, cualquier persona pobre, excluida, desempleada, es, en sentido amplio, víctima del sistema. Pero no se organizan incendios y disturbios por cada una que fallece, y a fe mía que son millares.

¿Cuándo el noble afán de rectitud se convierte en exceso siniestro? En mi opinión es muy fácil detectar la frontera, y lo habitual de estos tiempos es que grandes porciones de la población la traspasen inmediatamente, casi por sistema. La rectitud —el concepto que cada cual tenga de ella— debería atañer tan sólo a nuestro comportamiento individual, es decir, a nuestro propósito de no hacer esto o lo otro, de regirnos por unos principios o normas más bien intransferibles y ceñirnos a ellos en la medida de lo posible. El exceso se da en cuanto alguien no aspira tan sólo a eso, sino a que los demás adopten su código particular y comulguen con él, por las buenas o por las malas. Entonces el recto se convierte en censor, en prohibicionista, en inquisidor y en dictador. Ese recto en exceso no se conforma con no fumar ni beber ni drogarse, no ir de putas ni a los toros, no ver porno y proteger a los animales, sino que pretende que nadie fume ni beba ni se drogue, etc, y que cada represión suya sea aplaudida y ensalzada. Lo mismo que quienes antaño pretendían que todo el mundo fuera a la iglesia y nadie pudiera fornicar ni ver porno, etc. Es probable que López, Marqués de Comillas, no mereciera la estatua que desde hace siglo y pico tenía en una plaza de Barcelona, pero la alcaldesa Colau fue incapaz de enviar a unos operarios para retirarla sobriamente, sin más: su exhibicionismo la llevó a organizar una kermés con juglares, bailarines, títeres y batucadas, lo cual delata que no le importaba tanto la injusticia a la que ponía fin cuanto cosechar una ovación, escenificar su rectitud chirriante, y con jactancia decirse: “Pero hay que ver qué bien quedo, mecachis en la mar”.

Hoy, no cabe duda, se encuentra un desmedido placer en escandalizarse y en indignarse, y cuando anda por medio el placer —en lo que sólo debería provocar consternación—, es preciso desconfiar. Lamento decirlo, pero, con las excepciones que quieran, veo una sociedad farisaica, encantada de sí misma y más preocupada por la figura que compone ante su propio espejo que por las infamias y calamidades del mundo ante las que se subleva supuestamente. Es como si, más que ocuparse y dolerse de ellas, en cada ocasión se preguntara: “¿Qué postura nos conviene ahora, para mejor presumir?”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de abril de 2018

Juan Gabriel Vásquez nuevo duque del Reino de Redonda


Juan Gabriel Vásquez nació en 1973 en Bogotá (Colombia).
Estudió Derecho en la Universidad del Rosario en Bogotá y se doctoró en Literatura Latinoamericana en la Sorbona.
Vivió en un pequeño pueblo de la región de las Ardenas (Bélgica) y en Barcelona, donde residió hasta 2012. Actualmente vive en Bogotá.
Aunque reconoce su deuda con Gabriel García Márquez, su obra es una reacción al realismo mágico.
Ha publicado las novelas Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007), El ruido de las cosas al caer (2011), Las reputaciones (2013) y La forma de las ruinas (2015); los ensayos El arte de la distorsión (2009) y Viajes con un mapa en blanco (2018); y una biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte.
Además, ha traducido obras de John Hersey, John Dos Passos, Victor Hugo y E. M. Forster.
Colabora en diversas revistas y suplementos culturales, y también es columnista semanal del periódico colombiano El Espectador. Ha sido galardonado en dos ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar.
Entre los premios recibidos, destacan los siguientes: Premio Alfaguara 2011, Premio Roger Caillois 2012, English Pen Award 2012, Premio Gregor von Rezzori 2013, IMPAC Dublin Literary Award 2014, Premio Arzobispo Juan de San Clemente 2014, Premio Real Academia Española 2014 y Prix Carbet des Lycéens 2016.
Sus obras se han publicado en 40 países y han sido traducidas a 26 idiomas.
Ha sido nombrado por Xavier I, Rey de Redonda, Duke of Ruinas.

LA ZONA FANTASMA. 25 de marzo de 2018. ‘Buen camino para el asesinato’

Los siete magníficos de 1960 no era un western muy bueno, pero sí simpático. Inferior a otros de su director, John Sturges, era una adaptación, trasladada a México, de Los siete samuráis de Kurosawa. Entre los siete, capitaneados por Yul Brynner vestido de negro, estaban algunos actores principiantes o secundarios que después alcanzaron la fama: Steve McQueen, James Coburn, Charles Bronson y Robert Vaughn (éste sobre todo en la serie El agente de CIPOL), todos más bien blancos. En 2016 se hizo un remake poco apetecible con Denzel Washington, pero una noche perezosa lo pillé en la tele y le eché un vistazo. En seguida me desinteresó, porque los siete de ahora eran totalmente inverosímiles, como un viejo mural de la ONU representando a las razas del globo. Aparte de Washington, negro, había un hispano o dos, un asiático, un indio o “nativo americano” y no recuerdo si alguien con turbante (puede que lo soñara luego). Esto, de manera artificial y forzada, sucede cada vez más en el cine y en las series estadounidenses, y va ocurriendo en las británicas. Si hay un equipo de policías, suelen componerlo un par de negros o negras (por lo general son los jefes), alguna asiática, un hawaiano, un inuit, varios hispanos. Si la banda es de criminales, la diversidad racial se relaja: pueden ser todos blancos, y además fumadores, puesto que son “los malos”.

Desde la penosa ceremonia de los últimos Óscars hemos sabido a qué se debe esa convención cuasi obligada. La sexista actriz Frances McDormand hizo ponerse en pie sólo a las mujeres nominadas (imagínense que un actor hubiera invitado a lo mismo sólo a sus colegas masculinos: se lo habría bombardeado por tierra, mar y aire), lanzó un discurso y concluyó reivindicando la “Inclusion Rider”. Como nadie sabía qué era eso, se multiplicaron las consultas en Internet y a continuación ha habido un aluvión de elogios tanto a la sexista McDormand como a esa cláusula opresiva que los artistas con poder pueden imponer en sus contratos para dictarles a los creadores (guionistas, adaptadores, directores) lo que tienen que crear. Porque esa cláusula exige que, tanto en el reparto como en el equipo de rodaje, haya al menos un 50% de mujeres, un 40% de diversidad étnica, un 20% de personas con discapacidad y un 5% de individuos LGTBI. Con ello se quiere “comprometer” a la industria a que muestre en sus producciones “una representación real de la sociedad”, y a que éstas “reflejen el mundo en que vivimos”. Uno se pregunta desde cuándo el arte está obligado a tal cosa. La exigencia recuerda a la de los retrógrados que reprochaban a Picasso no plasmar la realidad “tal como era”. O a los que criticaban a Tolkien por evadirse en ficciones fantásticas. Huelga decir que, con esos porcentajes, nunca se podría haber filmado El Padrino ni La ventana indiscreta ni Ciudadano Kane ni casi nada.

La iniciativa de la efímeramente famosa “Inclusion Rider” al parecer se debe a Stacy Smith, profesora de una Universidad californiana, la cual se molestó en mirar con lupa, lápiz y papel novecientas películas estadounidenses de entre 2007 y 2016, y en indignarse al computar que el 70,8% de los personajes eran blancos, frente a un 13,6% de negros —que, dicho sea de paso, es justamente la proporción de la población de esta raza en su país— y un 3,1% de hispanos. Más indignante aún: insuficientes personajes homosexuales y transgénero. También comprobó con espanto que en los guiones hablaba una mujer por cada 2,3 varones parlanchines. Y añadió furiosa: “Las películas no dan a todo el mundo la misma oportunidad de aparecer en ellas”. Uno se pregunta por qué habrían de hacerlo. El arte no es lo mismo que la vida real, en la que, en efecto, todos deberían tener la misma oportunidad de educarse, trabajar, ganar dinero y demás. El arte depende de cada individuo. Cada novelista o dramaturgo escribe sobre lo que lo inquieta o atrae o conoce, cada pintor pinta lo que le parece o le inspira; y, si bien el cine es una industria, su éxito depende en gran medida de los que inventan, y a éstos, desde la defunción de la Unión Soviética y otros sistemas totalitarios, se les ha garantizado plena libertad… hasta hoy. “Exigimos más personajes femeninos”, se oye con frecuencia en la actualidad, “y además que sean fuertes, inteligentes, positivos y de lucimiento”. ¿Y por qué no los escriben ustedes a ver qué pasa —dan ganas de contestar—, en vez de forzar a otros a que creen historias ortopédicas y falsas, de mera propaganda, tan increíbles como las hagiografías que propiciaba el franquismo en nuestro país? Mutatis mutandis, es como si se pidieran más Fray Escobas y Molokais, sólo que los santos de hoy han variado. Si en mis novelas se me impusieran semejantes porcentajes (dos de ellas cuentan con protagonista y narradora femenina, y en todas aparecen mujeres, pero no negros ni asiáticos ni personas transgénero, porque no están en mi mundo y sé poco de ellos), nunca habría escrito ninguna. Si de lo que se trata es de eso, de que se acabe el arte libre y personal, no cabe duda de que cuantos aplauden a la sexista McDormand están en el buen camino para asesinarlo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de marzo de 2018