LA ZONA FANTASMA. 26 de mayo de 2019. ‘Presenciar el pasado’

Como tantos otros cambios para mal, creo que este se produjo con la llegada del obtuso siglo XXI, o quizá poco antes. Las televisiones tenían la grata costumbre de emitir películas clásicas o simplemente antiguas, muchas de ellas en blanco y negro. El odio a esta combinación llevó, durante una temporada, a la bárbara práctica de “colorear” Casablanca, Con faldas y a lo loco y puede que hasta Psicosis. La cosa no prosperó, por fortuna, pero muchos de los que apreciamos la maravillosa fotografía en blanco y negro nos vimos obligados a veces a quitar por completo el color de nuestros televisores, a fin de ver esas películas como habían sido concebidas y rodadas, y no convertidas en grotescos cromos. Hubo DVDs que hubieron de anunciar, en sus carátulas, “en glorioso blanco y negro”, para que los cinéfilos estuviéramos tranquilos cuando los comprábamos. Lo cierto es que ese cine desapareció de golpe de las programaciones, y así se perdió un importante factor de la educación de la gente. El resultado es que, como en otros ámbitos (el literario, el musical, el artístico), contamos ya con varias generaciones de analfabetos. Mis amigos cineastas Tano Díaz Yanes y Jaime Chávarri, o mi hermano el crítico Miguel Marías, me han contado cómo, en los cursos que daban a estudiantes, se encontraban con que para muchos de éstos el cine empezaba con El Padrino. Esa creencia fue de corta vida, porque poco después también ese clásico pasó a ser una “antigualla” y los jóvenes creían que se iniciaba todo con Tarantino. Me imagino que hoy Pulp Fiction les parecerá antediluviana y no sé dónde situarán el nacimiento de ese arte. Los hay cultos, claro, pero muchos no han oído hablar de Ciudadano Kane ni de La regla del juego ni de La noche del cazador, de Amanecer ni de Metrópolis (que encima son mudas), de Perdición ni de El hombre que mató a Liberty Valance ni de Sed de mal, por no salirnos del desterrado blanco y negro.

Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular. Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado que ya es lejano si pensamos que este año cumplen ochenta, por ejemplo, Lo que el viento se llevó y La diligencia. Hasta ahora la humanidad disponía de cuadros estáticos, crónicas, luego fotografías, y por supuesto novelas para hacerse una idea aproximada de cómo habían sido las personas de otros siglos y de cómo se vivía en ellos. Pero no podíamos verlas en movimiento, ni desde luego oír sus voces y saber cómo hablaban. Es decir, no podíamos asistir a los tiempos pasados, no podíamos presenciarlos. Ahora tenemos la inmensa suerte de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos no lejanísimos, pero que están ya caducados. No es que el material documental abunde (aunque más de lo que parece), pero cada vez que me surgen en una pantalla imágenes “reales”, siento una absoluta fascinación y una curiosidad ilimitada. Hoy mismo, en el telediario, he visto un fugaz plano de una calle de Barcelona hacia 1920. El motivo de que lo insertaran era la inauguración del Automobile en esa ciudad. Se veían coches de caballos, burros y mulas, unos cuantos automóviles en coexistencia con ellos, bicis que giraban veloz y ágilmente y, en medio de la calzada, transeúntes que esquivaban con naturalidad y pericia a la cámara: ésta, probablemente, viajaba a bordo de un tranvía, que era de lo que se apartaban. Las ganas de ver más, de que ese plano se prolongara, de seguir contemplando el espectáculo callejero de un día cualquiera de hace un siglo, se me han hecho irresistibles. Como no me considero raro, sino común y corriente, me pregunto cómo es que tantísima gente no siente esa curiosidad, esa fascinación, y da la espalda a “lo antiguo”.

Claro que las películas son ficciones, pero en ellas, hasta en las no “realistas” y endulzadas, se observa cómo era la vida en los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Cómo se vestían y se comportaban las personas, cómo se trataban y hablaban (aunque los diálogos sean siempre una estilización del habla, incluidos los “naturalistas”), qué aspecto tenían las ciudades y los pueblos; cuáles eran sus tribulaciones, cómo se organizaban, qué dificultades e ilusiones tenían, cuáles eran sus reglas y sus modales, cuál era la pasta de la que estaba hecha la mayoría. Los autollamados “millennials” (no recuerdo una generación tan ridículamente orgullosa de haber nacido en unas fechas tan azarosas como el resto de fechas) juzgan que cuanto los antecedió es “atrasado”, despreciable y erróneo, y carecen de interés por ello. Un síntoma más de ignorancia: la historia nunca progresa linealmente, y hay épocas remotas mucho más avanzadas, inteligentes, modernas y libres que la actual, cada día más puritana, autoritaria, boba y amedrentada. Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de nuevo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de mayo de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 19 de mayo de 2019. ‘Tachar y tachar’

Hace tiempo que las autoridades (con los alcaldes a la cabeza) decidieron que las ciudades ya no eran para sus habitantes, y la cosa va a más y más, a toda velocidad. Las han convertido en negocio, en decorado, en discoteca, en parque temático, en estadio para actividades “lúdicas” de una exigua e insaciable parte de la población, en terreno alquilable al codicioso sector hostelero, que invade las aceras sin freno y priva de espacio a los ciudadanos. Echan también de sus casas a los inquilinos, permitiendo la plaga de los pisos turísticos. Demasiados caseros poco previsores prefieren una barahúnda de cambiantes grupos etílicos y sin sentido de la conservación, antes que residentes fijos y cumplidores que cuidan los pisos como si fueran propios porque es en ellos donde viven. Digo “poco previsores” porque no creo que esta eclosión de hordas vaya a durar eternamente. Eso sí, si me equivoco, nuestras ciudades serán arrasadas y destruidas.

No me explico el fenómeno, por lo demás. Madrid (que no es Venecia ni Florencia, Roma ni Praga ni París, Barcelona ni hoy Lisboa) está lleno de masas en todas las épocas del año. Veo por el centro incontables grupos de veinte, cuarenta u ochenta turistas en enero, febrero, octubre o noviembre, no digamos en los meses de vacaciones tradicionales. Son alemanes, italianos, franceses, japoneses, chinos, rusos, americanos de toda edad (no sólo jubilados ni sólo estudiantes). Me pregunto si no trabajan, cómo es que tantos disponen de tantos días libres en cualquier estación. Porque hay que suponer, además, que si el desfile es constante por Madrid, más lo será por las capitales mencionadas. Y si uno va a otras menos famosas, se encuentra el mismo panorama, no hay rincón libre y a salvo. También se pregunta uno cómo es que, si las clases medias están empobrecidas (según todos los informes económicos), se desplazan éstas sin parar. Los vuelos no cuestan nada, ya sé, pero hay que sumarles las comidas y cenas y cervezas y tapas (las terrazas y los bares están a reventar), el alojamiento, el transporte y la compra de horrorosos souvenirs, cuyas tiendas proliferan en detrimento de los comercios útiles, esenciales para los habitantes. ¿De dónde salen el tiempo y el dinero? Y, sobre todo, ¿de dónde proviene este enloquecido afán por moverse de aquí para allá?

Sería estupendo que obedeciera al deseo de la gente de ver, conocer y “adquirir cultura”, por mal que suene esta expresión. Pero llevo mucho observando a estas termitas y no parece que sea el caso. Casi ninguna mira nada directamente y con sus limpios ojos, sino que lo observan todo unos segundos (exagerado, el verbo “observar”) a través de sus móviles, lo fotografían y ya está. En su momento comenté las penosas imágenes de huestes ciegas ante La Gioconda, haciéndole fotos y sin dignarse admirar el cuadro. Otro tanto sucede con Las Meninas y cualquier pintura medio célebre. Uno diría que lo único que desean estas marabuntas es tachar. Tachar de unas extrañas listas que se las ha persuadido de confeccionar: “Madrid, ya he estado; París, visto; Bali, me he bañado; Praga, fotografiado el puente y colgado en mi cuenta de Instagram; Venecia, pateada un rato y ensuciada por mis desperdicios…” Todas estas tachadas, ¿qué nos queda por hollar? La manía de presumir ante los conocidos colgando fotos en las cretinoides redes, “Mirad dónde estoy”, es una de las más absurdas que ha conocido el mundo, porque ahí donde está cada cual, ha estado o va a estar mañana media humanidad. Nada tiene ningún mérito, nada puede ya dar envidia, nada es raro ni insólito, todo es trillado. Viajar ha perdido su aura, es lo más vulgar que hoy se puede hacer. Y nada se libra. Los diarios, en sus versiones digitales, están plagados de imbecilidades del tipo: “Los diez pueblos de España que no se debe usted perder”. Los diez restaurantes o tascas, los diez libros, las diez iglesias, las diez cervezas, las diez playas, los diez puentes, las diez cascadas, y así hasta el infinito. Hay unas greyes (bovinas) que apuntan religiosamente todas estas arbitrariedades, y que luego las van tachando como posesos. “Bueno, ya hemos pisado Buñuelos de la Churrería, vamos al siguiente pueblo, que es Homilía de las Tortillas y está sólo a 200 km; nos faltarán nada más Batracios, Gorrinera y Retortijones, que al parecer son de fábula”. Buñuelos se ha convertido en un lugar imposible, como Batracios y Lupanar, lo mismo que la Playa de los Eunucos y la de Gozmendialarrainzar y la de L’Esgarrifat. La gente se agolpa al borde de precipicios “que no se puede usted perder”, se hace selfies a codazo limpio y algún turista se despeña en el intento. Debo de ser muy mala persona, porque cuando esto ocurre me cuesta que me dé lástima. Qué quieren, lo último que deseo es la destrucción de las ciudades y los pueblos y los paisajes, de las playas y los monumentos y los parques y los cuadros. Si por lo menos fuera para contemplarlos y disfrutar de ellos… Pero no, eso es lo que pocos hacen, fíjense bien. La mayoría tan sólo tacha mentalmente: una cosa menos en mi interminable lista de “obligaciones”. Y otra y otra y otra; y otra más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de mayo de 2019

Congreso en Oxford sobre la obra de Javier Marías

Erik Fisher. The Guardian

CONFERENCE ON JAVIER MARÍAS

Los días 10 y 11 de junio se celebrará, en el Keble College de Oxford y organizado por la Facultad de Lenguas Medievales y Modernas de esta Universidad, un congreso sobre la obra de Javier Marías.
Participarán entre otros especialistas: Santiago Bertrán, Alexis Grohmann, Elide Pittarello, José María Pozuelo Yvancos, Maarten Steenmeijer…
La entrada es abierta a todos los interesados en la obra del autor.


Programa

LA ZONA FANTASMA. 12 de mayo de 2019. ‘Defenderse del asedio’

Escribo esto el 28 de abril. No he tenido suerte con la “ardua tarea” de la que hablé aquí hace tres domingos. Es decir, cuando he llegado al colegio electoral, aún no había decidido mi voto. Pero he votado, como anuncié. Con preocupación, asco y arrepentimiento anticipado. Lo último irá en aumento, supongo, según vayan pasando las fechas y descubra a qué horror he contribuido. Me parece por el estilo de tenebroso que entren en el Gobierno Vox o Podemos, de lo que se nos avisó anteayer (anteayer para mí). Sólo me cabe el indecente consuelo de saber que, si hubiera optado por la otra posibilidad (en mi caso sólo disponía de dos), sentiría la misma preocupación, el mismo asco y el mismo arrepentimiento.

Pero ustedes ya están hoy en otra cosa, a catorce días de votar de nuevo, ahora municipales, autonómicas y europeas. Las primeras carecen de importancia, al menos donde estoy empadronado, Madrid. Soy lo bastante veterano para haber comprendido que todos los alcaldes y alcaldesas sufren de megalomanía y de fobia a los madrileños, pertenezcan a partidos de derecha o de supuesta izquierda. Todos albergan ideas peregrinas y se las copian entre sí, por mucho que los unos clamen estar en las antípodas de los otros. La delirante peatonalización de la Gran Vía ya fue un proyecto de Gallardón. La fiebre por los carriles-bici, que han convertido tantas vías en intransitables, la padeció Ana Botella con la misma intensidad que Carmena. Ésta es quizá más autoritaria (aquélla no se atrevió a prohibir la circulación de viandantes en ciertas calles en Navidad), pero se parecen enormemente en su gusto por la suciedad del centro. Nunca entenderé por qué un puñado de ciclistas impone sus exigencias al conjunto de la capital. Tampoco por qué diez mil corredores (los inscritos para la maratón de ayer, ayer para mí) tienen derecho a fastidiar al resto cortándolo todo durante horas cada vez que se les antoja. ¿Es que votan doce veces, a diferencia de los demás? Los domingos Madrid es secuestrado por las minorías “lúdicas” y recreativas en perjuicio de las mayorías mansas, y esto sucede con Manzano, Gallardón, Botella y Carmena, tanto da. Esta última es por añadidura la candidata del PSOE, además de la de su formación que ya no sé cómo nombrar. El PSOE le propuso que compitiera bajo sus siglas, y, como no pudo ser, le ha puesto de contrincante a un ex-seleccionador de baloncesto al que no veo por qué nadie iba a votar. Es indiferente quién salga elegido: el que sea enloquecerá y seguirá siendo rehén de las minorías despóticas. Así que quizá me incline por quien (por ahora) veo menos demente, Begoña Villacís. Sin apenas esperanza: en Madrid como en Barcelona (véase la inenarrable Colau) todos caen víctimas de los delirios de grandeza y de destrucción.

Las autonómicas importan aún menos en Madrid. Desde que dos absentistas ignominiosos le regalaron (¿vendieron?) la Presidencia a Esperanza Aguirre, el cargo no sólo está desprestigiado, sino maldito. Aquí el más sensato parece Gabilondo, que por lo menos no vocea mamarrachadas.

Así que las más transcendentales son las europeas, esas a las que en España no se hace ni caso. La Unión Europea está asediada por incontables enemigos. Quieren destrozarla los personajes más siniestros y sin escrúpulos del globo: desde Putin a Trump, que la detestan, hasta una pléyade de europeos que, desde dentro, pretenden acabar con ella: los brexiteros a la cabeza, pero también Orbán en Hungría, Le Pen y Mélenchon en Francia, Salvini y Di Maio en Italia, ­Kaczynski en Polonia, Wilders en Holanda, Alternativa por Alemania en este país, los Auténticos Finlandeses, Aurora Dorada en Grecia, Podemos y Vox y Bildu y Torra y compañía en España, checos, eslovacos, eslovenos, austriacos, todos orquestados por Steve Bannon, que aupó a Trump al poder. Los votantes de esta gente irán en masa a las urnas, razón suficiente para que los imitemos quienes consideramos la Unión Europea, pese a sus muchos defectos, el mejor invento de nuestra historia común. El que, por no decir más, ha logrado que en este continente no nos matemos desde 1945, tras siglos y siglos de guerras y escabechinas. A ellas parecen querer volver todas esas formaciones nacionalistas y antieuropeas. Anhelan que cada país se aísle con sus banderas y se crea superior a los demás; que el continente se debilite y no se pueda defender de los ataques brutales de Putin y Trump. El primero maniobra sin cesar a favor de esos antieuropeístas, lo mismo que Bannon. Después de la mayor matanza de la historia, la Segunda Guerra Mundial, todos estos sujetos ansían propiciar un clima de recelo y enfrentamiento entre nuestros países; y sabemos cómo suelen acabar esos climas en nuestro suelo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que ya son centurias de asesinarse unos a otros. Se prevé que el 60% de la población europea desdeñe estas elecciones y les dé la espalda. En el 40% restante figurarán los partidarios de esos políticos y partidos enumerados, suicidas o más bien criminales, si pensamos en lo que nos pueden traer. No las desdeñen ustedes, por favor. Absténganse en las municipales y autonómicas si quieren. En las europeas no. En ellas sí que nos va la vida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de mayo de 2019

Nuevo libro de Javier Marías. ‘Cuando la sociedad es el tirano’


CUANDO LA SOCIEDAD ES EL TIRANO
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, mayo de 2019

Marías se esfuerza incansablemente por reflexionar acerca de toda clase de asuntos y por que los lectores, a su vez, también lo hagan, como se comprueba en cada artículo de Cuando la sociedad es el tirano. Sin duda, es muy consciente de los males que nos acechan: la demagogia, los extremismos, el peligro siempre latente de los sistemas totalitarios y los tics dictatoriales; al revelarlos, nos previene de los «vientos de autoritarismo», por decirlo con sus palabras, y de su contagio.

[Nota del editor]

LA ZONA FANTASMA. 5 de mayo de 2019. ‘Señoritismo subido’

He conocido a gente así. Siempre ha habido gente así. Lo que es más nuevo es que haya tanta gente así. Que el mundo esté plagado de individuos insatisfechos a los que nunca nada les parece bien, y, sobre todo, nunca les parece bastante. Como nada les parece bastante, tampoco tienen nunca nada que agradecer. Lo que se les da, regala o concede, los favores que se les hacen y el buen trato que reciben, todo lo consideran minucias porque, según ellos, todo les es debido. Hace poco hemos visto una acabada encarnación de estos sujetos que hoy proliferan en uno de nuestros dirigentes, Pablo Iglesias. Durante la reciente campaña le dio por denunciar y atacar a los medios de comunicación, a los que acusó de estar sometidos a accionistas, empresarios, políticos y banqueros. Los medios privados suelen tener accionistas y dueños, como es natural: por eso son privados y no estatales. Cada uno es libre de contratar a los colaboradores que desee, por su calidad, por su afinidad ideológica o intelectual, también por su rentabilidad: si alguien es muy visto o leído y crea controversia, seguramente compensa contar con su presencia o su firma, independientemente de la afinidad. Durante todos los años de existencia de Podemos, esta formación ha tenido a su servicio, como caja de resonancia, como altavoz, a una cadena televisiva, la Sexta. Todavía es así. Da la impresión de que los responsables de sus informativos dispongan de teléfono rojo o línea permanente con Iglesias, su pareja y demás acólitos. Uno cae en esa cadena y es raro el momento en que no estén en pantalla uno o varios de ellos, con preferencia por el caudillo. Cada acto o declaración suyos son cubiertos generosamente. Se suceden larguísimas entrevistas con él o ella o los subalternos. Nunca TVE ha favorecido de manera tan descarada a ningún Presidente del Gobierno, ni del PSOE ni del PP. Que yo sepa, sólo se le aproxima TV3 con sus loas y monográficos sobre la Generalitat y su procés, sobre los presos y los “exiliados”, más bien emigrantes privilegiados, mantenidos por las asociaciones independentistas y quizá la propia Generalitat. ¿De qué, si no, viven en Suiza —país caro donde los haya— Marta Rovira y Anna Gabriel? ¿Quién paga mensualmente el palacete de Waterloo, más comidas, viajes, personal, luz, calefacción, teléfono, agua, wifi y demás?

Iglesias no se limitó a arremeter contra los medios, sino que señaló, entre otros, a Atresmedia, a la que pertenece precisamente la Sexta. Algunos profesionales de esta cadena se le revolvieron, con razón, y, con palabras más suaves, lo tildaron de ingrato. A lo que Iglesias respondió muy desaho­gado y crecido que él no tenía nada que agradecerles, que algún provecho habrían sacado ellos de su presencia —escandalosamente continua— en sus pantallas. Sí, he conocido a gente así. Si alguien se porta bien conmigo o me ayuda, es porque eso le beneficia, porque yo hago subir las audiencias. Hay estudios que demuestran que, al menos hoy, es al contrario: cuando aparece Iglesias en la Sexta, muchos espectadores se van a otro canal. Pero a la gente así no se la convence con la realidad. Una vez traté a un editor —quizá el personaje más egocéntrico y envanecido del mundo literario, y miren que los autores no solemos distinguirnos por nuestra humildad— que creía que, si un escritor triunfaba y gozaba de éxito crítico y comercial —y de paso le reportaba prestigio y dinero—, no era por su talento sino gracias a él: por haber recibido el honor de ser publicado en su sello mágico. Que esos mismos escritores siguieran cosechando éxitos en otras editoriales —o los aumentaran— nunca lo disuadió de su engreimiento y su folie des grandeurs.

Pocos días más tarde, Iglesias reiteró su falta de agradecimiento, esta vez al Gobierno, el cual había satisfecho con presteza su petición de que le pusieran vigilancia a las puertas de su famoso chalet, porque grupos de detractores merodeaban y armaban bulla. “Si el Gobierno cree que debo agradecerle que cumpla con su obligación y con la ley, no tiene ni idea de su función”, vino a decir. Ignoro lo que estipula la ley al respecto, pero en todo caso la solicitud de protección partió de él. Qué más da: él es tan importante que ni las gracias ha de dar, aún menos a los sufridos guardias que velan por la seguridad de su familia. Hoy es frecuente esta actitud, la comparte un porcentaje alto de la sociedad, aquejado de un señoritismo subido. Recientemente un colega y amigo se disculpó en público por haber declinado educadamente la petición de hacerse una foto en un momento en que le venía mal. Los peticionarios se lo habían reprochado por carta como si él debiera estar a su permanente disposición. Hace nada rechacé una invitación a dar charlas en dos ciudades francesas, explicando por qué no me era posible. Me respondieron con quejas y riñas veladas (“tenía la corazonada de que era usted un tipo de persona que…”), sin pararse a pensar que no tengo por qué aceptar nada, aún menos si embarcarme en compromisos y viajes me impide escribir lo que trato de escribir. Demasiada gente se cree única o que lo suyo merece prioridad. Y que jamás hay que dar las gracias por nada, claro está.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de mayo de 2019

Por alusiones

Javier Cercas, héroe de TBO
CARLOS ROBLES LUCENA
Crónica Global, 1 de mayo de 2019

Juan Villoro: “El mundo editorial latinoamericano aún depende de España”
ESTHER BALLESTEROS
Letra Global, 29 de abril de 2019

Óscar López (‘Página 2’): “Leo ciento y pico libros al año; está bien, pero tampoco tiene mérito”
JAVIER BLÁNQUEZ
El Mundo, 3 de mayo de 2019

Manuel Chaves Nogales (1): Un acto de justicia
MIGUEL OLID
La Razón, 2 de mayo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 28 de abril de 2019. ‘Señores antiguos’

Miércoles 10 de abril. Debo coger un AVE a las 4. Salgo con mis maletas, llenas de libros y demás, a las 3. Desde mi punto de partida hasta la estación suelo tardar un máximo de quince minutos en taxi, el cual me cuesta entre seis y siete euros. Si voy con tanta antelación es porque, en el Madrid de Carmena, ese trayecto se ha convertido en un suplicio. Uno no sabe cuánto le costará atravesar Sol y la Carrera de San Jerónimo, una calle estrecha que lleva ya dos años más angostada —un embudo— por culpa de las interminables obras de Canalejas. En vista de que esa calle es un atolladero, el Ayuntamiento la empeora permitiendo un incesante desfile de buses turísticos de dos pisos que taponan el único carril hábil, en vez de desviarlos por otra ruta mientras duran las obras (échenles un año más como mínimo). Como el tráfico es aquí un purgatorio, démosle la categoría de infierno, debe de haber pensado Carmena. Llego a Atocha tras treinta y tantos minutos de taxi, que me sale por trece euros. Como hay que pasar el equipaje y la gabardina por el escáner, bajo la rampa sin dilación. Delante de mí va una joven con un inmenso maletón sin ruedas, casi un baúl. Lo va arrastrando con penalidad y por supuesto no la puedo adelantar. Al llegar a la cola, veo que hay masas poco explicables. No es fin de semana y faltan días para la Semana Santa. Como hay un gentío con bultos grandes, Renfe ha inhabilitado uno de los tres escáneres, luego se avanza a paso de tortuga. La joven sigue tirando a duras penas de su maletón, se le desvía, se le tuerce, se golpea y me golpea con él, me mira con apuro, le digo que nada, sigo detrás.

Por fin alcanza el escáner, y entonces descubre que, si bien puede tirar de su baúl con esfuerzo, lo que no puede es levantarlo del suelo a pulso. Le pregunta a la escaneadora si le echa una mano. Ésta, con sequedad, le contesta que no puede abandonar su puesto. “Abandonarlo”, en este caso, significa levantarse, dar tres pasos, ayudarla y volver a su asiento. Ninguna otra maleta pasaría por la cinta mientras tanto, eso es obvio. “¿Y qué hago?”, dice la joven. “Que la ayude alguien”. La joven me mira implorante. Desde hace más de dos meses padezco un tirón o una tendinitis o una ciática (dejémoslo indeciso: contar dolencias me parece una falta de consideración) causados por las excesivas caminatas que me di durante los dieciséis días de huelga de los taxistas. Me duelen la pierna y la cadera, no estoy en condiciones de añadirme el esfuerzo de levantar un maletón. Pero claro, ya soy un señor antiguo, y estoy educado como lo estoy. Entre las masas de la cola (hombres y mujeres de toda edad) nadie mueve un dedo. Allí la famosa “sororidad” brilla por su ausencia, y en cuanto a los varones, quién sabe, lo mismo temen ser tachados de machistas si ayudan a la joven. Como yo no temo eso sino que lo doy por descontado —diga lo que diga y haga lo que haga—, echo mano al bulto, lo alzo a pulso (en efecto pesa un quintal) y se lo deposito en el escáner a la joven que calculó mal. Me da las gracias con expresión de alivio, luego subo mi equipaje y la cola tira adelante.

Esta minúscula anécdota sería sexista y no deberían leerla niños ni niñas según los responsables de la escuela Tàber (titularidad de la Generalitat) y de las también barcelonesas Montseny y Fort Pienc, que han considerado eso, sexista, una frase de Caperucita Roja en la cual se dice que “un cazador que pasaba por allí” —¡un hombre!— salvó del Lobo a Caperucita y a su abuela. Así que han retirado ese pecaminoso volumen de la biblioteca, lo mismo que La bella durmiente (porque el Príncipe la salva, y con un beso no consentido), y La leyenda de Sant Jordi, sustituido por La revolta de Santa Jordina, donde la chica es la heroína y el dragón no tiene por qué morir. Cómo va a matarse a un bicho, con lo buenos que son, incluidas las boas constrictor, las tarántulas y las hienas.

Que un hombre ayude o salve a una mujer es “tóxico”, luego los cuentos en que eso suceda, o en los que no haya “paridad” entre los personajes, se deben secuestrar, suprimir y prohibir. Los profesores y padres de la Tàber y demás han de ser por fuerza conscientes de su similitud con los censores franquistas y con los cabestros nazis que purgaban libros y los quemaban, pero les dará igual: todos ellos se creen sabedores de lo “pernicioso” y lo destierran sin contemplaciones. Esta gente estricta ha encontrado nada menos que 200 títulos “tóxicos, que reproducen patrones sexistas”, el 30% del fondo. Y todos son objetables en cierto grado a excepción del 10%, los que sí están escritos “desde una perspectiva de género”. La sociedad catalana se ha acostumbrado tanto a los modos totalitarios de la Generalitat que nada tiene de extraño que una escuela dependiente de ella se comporte como la Inquisición. Estas “virtuosas”, con sus sociólogas y pedagogas que las aplauden, sólo admiten que un varón ayude a otro y una mujer a otra mujer. Pero, como dije antes, en la vida real hay veces en que la tan cacareada “sororidad” no aparece y un señor antiguo con la pierna mala resulta ser el único dispuesto a echar una mano a quien tiene menos fuerza física. Por ejemplo, para levantar un peso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de abril de 2019

Por alusiones

Milena Busquets
El Cultural, 12 de abril de 2019

Novelistas de estreno
El Cultural, 23 de abril de 2019

Conrad, la grandeza de lo sencillo
TOMÁS SEGURA MARTÍN
Diario Sanitario, 23 de abril de 2019

Brindis a propósito de Juan Bonilla
A.CALA
Diario de Jerez, 21 de abril de 2019

La costumbre del poder: ¿Congreso o Fiscalía?
GREGORIO ORTEGA MOLINA
Almomento (México), 22 de abril de 2019

Fernando Iwasaki: “El mestizaje es el mejor antídoto contra los radicalismos”
JESÚS CENTENO
La Vanguardia, 22 de abril de 2019

“Tenemos más de Gades que de Gadir”
PILAR VERA
Diario de Cádiz, 23 de abril de 2019

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘El hombre que nunca existió’ de Ewen Montagu. ‘Operación Desengaño’ de Duff Cooper

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ

EWEN MONTAGU

OPERACIÓN DESENGAÑO

DUFF COOPER

Prólogo de John Julius Norwich

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, abril de 2019

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE
Prólogo, por John Julius Norwich

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ
Prólogo
por el muy honorable general lord Ismay, GCB,CH,DSO
Nota del autor
I. El nacimiento de una idea
II. Investigaciones preliminares
III. “Operación Carne Picada”
IV. El documento vital
V. El comandante Martin, de la Real Infantería de Marina
VI. La creación de una persona
VII. El comandante Martin se prepara para ir a la guerra
VIII. El viaje al norte
IX. El lanzamiento del cuerpo
X. El comandante Martin llega a España
XI. Atamos cabos sueltos en Inglaterra
XII. El Servicio de Inteligencia alemán desempeña su papel
XIII. El Alto Mando alemán se pone en marcha
Posdata
Apéndice I
Apéndice II

OPERACIÓN DESENGAÑO. UN RELATO DE DUFF COOPER
Prólogo
Operación desengaño
Epílogo

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2019)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2019)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2019)

La historia real y la historia novelada de una de las operaciones más audaces del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 21 de abril de 2019. ‘Ardua tarea’

Es paradójico que a muchos votantes les haya ocurrido lo contrario de lo esperable, al disponer de más opciones. Lo normal habría sido que la aparición de nuevos partidos en los últimos años nos hubiera hecho sentir más desahogados: ya no nos vemos abocados a un Gobierno del PSOE o del PP en cuasi solitario, o con el hoy añejo apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos para cualquiera de los dos, que nunca tuvieron empacho en hacer concesiones de las que ahora abominarían (si las hiciera el rival, claro está). Yo he sido siempre un defensor del voto: con guantes, con la nariz tapada o como lo quieran llamar. Abstenerse o depositar una papeleta en blanco me han parecido pobres alternativas: nadie computa eso (o, si se molesta alguien, nada importa), y al final otros deciden por uno. Inhibirse en política es a mi juicio la peor solución, o al menos la más pusilánime, y todavía lo creo así. Y sin embargo, ante las elecciones del próximo domingo mi temor al arrepentimiento es mayor que nunca, y uno sobrelleva mal arrepentirse gravemente. Lo llamativo del caso es que son los posibles socios de Gobierno de unos u otros los que me causan más aprensión o repelús.

La actual camada de políticos es espantosa en mi opinión. Mediocres, engreídos, miopes, falaces, locoides, insustanciales y cínicos, con alguna rarísima excepción. Quién nos iba a decir que en el PP echaríamos de menos a Rajoy (¡Rajoy!) y a Soraya Sáenz, que al lado de Casado y Teodoro Egea se antojan personas modestas, respetuosas y de mediana inteligencia. Quién que en el PSOE veríamos a Rubalcaba como a un Tocqueville o a un Adam Smith en comparación con sus dirigentes de hoy (y el peor no es ni siquiera Pedro Sánchez: miren hacia abajo, por favor). Quién que el inepto y destructivo Artur Mas (culpable primordial del desastre catalán) iba a resultarnos articulado y hábil si escuchamos a Puigdemont, Torra o la taimada Laura Borràs; o que Carod Rovira nos parecería más honesto que el melifluo Junqueras o el falsario vocacional Rufián… Lo más asombroso de la situación es que, si uno se pone en la piel de los líderes (no es fácil, pero para eso sirve la imaginación), no da crédito a que todos sean tan torpes, no cesen de equivocarse y de meter la pata, y lancen reiteradas lluvias de piedras contra sus propios tejados. No es sólo que anuncien alianzas con quienes más los perjudican ante buena parte del electorado: el PSOE abraza a Podemos (un partido cuyo fin transparente es laminar las instituciones, desde la Constitución hasta la democracia representativa, la única medio digna del nombre) y no se zafa de los secesionistas totalitarios ni de los herederos políticos de ETA. El PP se deja contagiar por los neo o paleofranquistas de Vox y cuenta sin disimulo con ellos, lo cual espeluzna y ahuyenta a muchísimos votantes tradicionales suyos, gente conservadora y moderada. Ciudadanos, que podría haber crecido si se hubiera mantenido en una posición liberal, se funde anticipadamente con este PP polvoriento, chulesco y contaminado, perdiendo incontables votos de centro o incluso de centroizquierda. Podemos se desmembra y muestra un rostro cada vez más desencajado, fiándolo todo a la figura autoritaria que más lo daña, la cual aumenta día a día sus dosis de majadería y malas artes: no por nada Abascal y esa figura —ésta desde hace años— son los dirigentes peor valorados en las encuestas de opinión. En cuanto a Vox, que se beneficia de su novedad y de la corriente suicida que ha llevado al poder a Trump, Bolsonaro, Duterte, Maduro, Orbán, Salvini y a los veteranísimos Netanyahu y Erdogan, se saca de la manga pistolas para todo el mundo, obviando que España es uno de los países con más bajos índices de criminalidad, y poniéndonos los pelos de punta a la mayoría: imagínense a los cabestros que abundan con armas de fuego. Por caridad.

Es notorio, asimismo, el ojo infalible de los partidos para colocar en los puestos señeros de sus listas a gente contraproducente, de antipatía antológica como Carmen Calvo, Cayetana Álvarez de Toledo, Ortega Smith, Rufián, Ione Belarra, Borràs o Iglesias. O bien a personajes a los que más les valdría no abrir la boca, como el pobre Suárez Illana, De Quinto, Adriana Lastra, Noelia Vera, Egea y tantos otros: cada vez que sueltan unas frases en público, privan de millares de votos a sus respectivos partidos. Bueno, eso creo yo, y me puedo equivocar. Pero si esos partidos ni siquiera saben velar por sus propios intereses y beneficio, uno se pregunta cómo podrían hacerlo por los del conjunto del país. Todos, por sus socios o por sus idearios (y esta palabra ya es mucho atribuirles), encierran un peligro ilimitado. Hace decenios que muchos votamos lo que juzgamos el mal menor entre un abanico de males muy malos. Esta vez cuesta especial trabajo identificar ese mal menor. En lo que a mí respecta, he de conseguirlo de aquí a una semana, porque no voy a votar en blanco ni a abstenerme, eso lo sé. Les deseo suerte en la ardua tarea. Un gran número de electores la vamos a necesitar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 14 de abril de 2019. ‘Disimulados actos de soberbia’

Ya no sé las veces que he escrito sobre la estúpida moda de los perdones vicarios y en diferido, pero creo que la primera fue en 1995, y por extenso. Es decir, como mínimo llevamos veinticuatro años de variadas tabarras, que, lejos de remitir, van en aumento. Como la realidad es repetitiva, machacona y pesadísima, en ocasiones no nos queda más remedio, a quienes publicamos en prensa, que imitarla y resultar reiterativos, aunque no nos guste. El asunto se ha puesto de actualidad de nuevo a raíz de la solicitud del Presidente de México, Obrador, de una petición de perdón formal a su país por parte del Rey Felipe VI y —se sobreentiende— de los españoles en general. Hace mucho contó Fernando Savater que, durante sus frecuentes estancias en México, cuando alguien le echaba en cara los “crímenes de sus antepasados”, él solía responder al acusador: “Serán de los antepasados de usted, porque los míos no se movieron de España ni pisaron este continente, así que difícilmente pudieron dañar a ningún indígena. Es en cambio probable que los suyos sí abusaran de ellos. Haga sus pesquisas y pídales cuentas en la tumba, si procede”. O algo por el estilo.

Obrador ha demostrado ser muy tonto o un demagogo o ambas cosas. No menos tontas y demagógicas han sido muchas de las histéricas reacciones habidas entre los políticos españoles, la mayoría individuos tan lacios y faltos de personalidad que han de recurrir a los chillidos para compensar (sin éxito) su grisura. “Una afrenta”, exclamó Casado el Torpe. “Un insulto”, agregó Abascal el Jinete Desequilibrado. “Gran Obrador, nosotros repararíamos a las incontables víctimas de España”, aplaudió Unidas Podemas o como se llame ahora ese partido. Todo muy melodramático, casi operístico, para lo que no deja de ser una bobada que quizá debería haberse dejado caer en el vacío.

A nadie se le ocurriría exigirle a un lejano descendiente de Jack el Destripador (si supiéramos quién fue) que pidiera perdón por los desventramientos de su tatarabuelo. Ni siquiera se les ha exigido tal cosa a los nietos de Franco, que andan por aquí a mano y no se han cambiado el apellido, y eso que su abuelo mató a mansalva. Todos estamos de acuerdo, cuando se trata de personas, en que los descendientes de un criminal no son ni pueden ser culpables de nada. (Tampoco los padres de un violador o un asesino, y dan mucha pena esos progenitores que de tanto en tanto aparecen en televisión abochornados por el delito cometido por un vástago suyo.) Todos aceptamos, por suerte, que uno sólo es responsable de sus propios actos y que, por recordar la cita bíblica, no es nunca “el guardián de su hermano”. Se entiende mal, así pues, que en cambio se siga considerando culpables a los países o a las razas de las atrocidades llevadas a cabo, hace siglos o decenios —tanto da—, por compatriotas remotos o gente antediluviana de color parecido, que nada tienen que ver con nosotros.

Pensar que las instituciones y las naciones no varían, que son eternas e idénticas a lo largo del tiempo, es tan elemental, tan rudimentario, que da miedo ver a buena parte de la población mundial creyendo esas supersticiones. Ni “España” ni “Francia” ni “México” ni “Rusia” son abstracciones inmutables. Tampoco “la Iglesia” ni “la Corona” ni “la República”. Lo que entendemos por “Francia” tiene mil caras: la del Rey Sol y la de Luis XVI (guillotinado), la de la Revolución y la del Reinado del Terror, la de Napoleón y la de la Comuna, la colaboracionista con los nazis y la de la Resistencia, la de Argelia y la actual. “Rusia” ha sido la de los zares durante siglos, la del bolchevismo, la de Stalin con sus matanzas, la soviética tiránica, la de Gorbachov y la del camarada Putin. ¿Habría de pedir perdón este último por los desmanes de los zares? ¿Macron por el despotismo de los Reyes o por las enloquecidas decapitaciones? No es ya que no deban, es que tampoco pueden.

Pedir perdón en nombre de otros es un disimulado acto de soberbia, por mucho que seamos sus “herederos”. Lo que alguien hizo, bueno o malo, sólo a él pertenece. Los vivos no somos quiénes para atribuírnoslo (lo bueno) ni para enmendarlo y penar por ello (lo malo). Aún menos para “repararlo”. Para los asesinados no hay reparación posible, ni para los esclavizados. Sus supuestos descendientes no han padecido lo mismo, o sólo muy indirectamente. A quienes se dañó ya no hay modo de compensarlos, ni a quienes sufrieron injusticia. Ocurrió (lleva ocurriendo la historia entera), y los únicos culpables también están muertos, ya no es posible castigarlos. Extender las culpas indefinidamente en el tiempo, a los individuos “similares”, a los países o a las instituciones, es una vacuidad oportunista y peligrosa. Y quienes se avienen a pedir perdón (sean la Iglesia, Alemania, Francia o España) demuestran ser unos arrogantes. Tan arrogantes como si el Estado español actual se atribuyera la grandeza de Cervantes y Velázquez o el italiano la de Leonardo y Dante. Cada cual hace lo que hace, y nadie más debe reclamar para sí el mérito o el demérito, la proeza o la tropelía. No son nuestros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de abril de 2019

Por alusiones

Antonio Soler gana el Premio Nacional de la Crítica por su libro Sur
JACINTO ANTÓN
El País, 6 de abril de 2019

La escritora Anny Peterson nos habla sobre el erotismo en la narrativa actual
Mundo diario, 21 de marzo de 2019

Muere el académico y poeta Gonzalo Sobejano a los 91 años
ANA CABALLÉ
El País, 12 de abril de 2019

Mercurio se despide del mundo literario tras veinte años de vida
PEPA LÓPEZ
La Opinión de Málaga, 7 de abril de 2019

“Zidane ha sido el gotelé de Florentino Pérez, le ha salvado”
MARCO RUIZ
As, 13 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 7 de abril de 2019. ‘¿Será buena persona el cocinero?’

La obra de Baretti, de cuyo crimen hablé la semana pasada, no es la de un grande de la literatura, y su nombre sólo aparece en los diccionarios italianos e ingleses. Pero el hecho de que matara a un hombre no ha impedido a nadie acercarse a su Viaje de Londres a Génova y disfrutarlo, desde 1770. Otro tanto sucede con los cuadros de Caravaggio o las esculturas de Cellini, quienes también se llevaron por delante a algún individuo. Se lee Vida de este capitán, de Alonso de Contreras, y eso que ahí él mismo relata su historia desaforada, con unos cuantos homicidios, el primero cometido a los once años, si mal no recuerdo. Claro que él no era un literato, sino un soldado que dio cuenta de sus andanzas por escrito. Christopher Marlowe, el coetáneo de Shakespeare y de casi igual talento, fue violento y delictivo hasta que lo acuchillaron a los veintinueve de edad. Sería penoso que, en función de su turbia biografía, sus extraordinarios dramas fueran proscritos, incluidos Tamerlán el Grande y Doctor Fausto. De todos estos fantasmas hace ya mucho tiempo.

A menudo se dice —una vieja superstición— que los artistas tienen un lado oscuro, y se los pinta como a seres más bien desagradables o pesadísimos: atormentados, iracundos, histéricos, engreídos, despóticos, abusivos. Se les suele achacar una vanidad excesiva que a veces los lleva a creerse por encima de las leyes y de las demás personas, y a permitirse actitudes y acciones que a cualquier otro se le reprobarían. Yo creo que los artistas no se diferencian apenas del resto, de los funcionarios, los zapateros y los relojeros, los profesores, los jueces y los médicos. El problema es que sobre ellos hay un foco y una lupa: hoy se estudian sus trayectorias de manera exhaustiva, por lo general en busca de aspectos y episodios escandalosos, condenables y feos. Y cuando se rasca se descubre, desde luego, porque no ha habido mujer ni hombre que hayan pasado por el mundo sin tacha, sin incurrir en alguna indignidad o bajeza a lo largo de sus días. Lo mismo el escritor que el zapatero, el pintor que el relojero, el juez que el músico. La cuestión es que nadie se dedica a indagar en la vida de un juez o un relojero. Durante siglos los artistas eran en realidad artesanos, cuando no menestrales, y hasta sus nombres eran desconocidos, no digamos sus actos. Plantearse, como pasa ahora, si debemos seguir admirando su arte cuando sabemos que algunos fueron todo menos ejemplares, es tan ridículo como preguntarnos si podemos visitar catedrales o palacios ignorando si fueron buenas personas quienes los planearon y construyeron. O si nos es lícito contemplar un fresco sin tener ni idea de si quien lo ejecutó fue un rufián o un ciudadano probo. Tampoco averiguamos las virtudes o vicios del artífice de nuestras ropas o nuestro calzado, ni del chef que ha preparado los platos del restaurante. Nos los comemos sin más, sin que nos importe nada si el cocinero trata bien a su mujer o es buen padre.

En cambio, con los artistas… Cada cual es muy dueño de reaccionar como le parezca ante lo que sabe. Hoy hay quienes han decidido no volver a ver películas de Woody Allen, por las sospechas que pesan sobre él —jamás probadas—. Hay emisoras que han desterrado de su programación cualquier canción de Michael Jackson, y admiradores que han destruido sus discos. Kevin Spacey aún no ha sido declarado culpable por ningún jurado, pero hace tiempo que se lo ha expulsado y vetado en las pantallas. Uno es libre de ver y oír lo que quiera, por los motivos que sean. Ya he contado otras veces que mi abuela Lola, muy católica, se negaba a ver nada de Chaplin porque se había divorciado muchas veces. Respeto esas decisiones, naturalmente, pero las entiendo mal. Una cosa es la persona y otra su obra, que no por fuerza está teñida por las peores pasiones de aquélla. Tengo una lista mental de individuos a los que nunca estrecharía la mano, por lo que sé de ellos, por lo que han dicho o hecho. Si viviera, no saludaría a Michael ­J­ackson, quizá, pero no me privo de escuchar sus magníficas canciones. No me abstengo de ver El pianista o La semilla del diablo, de Polanski, y eso que a él se lo condenó en un juicio. Rehuiría al antisemita Céline en un hipotético más allá en el que nos juntáramos todos, pero eso no me obliga a mantener cerrado su Viaje al fin de la noche. Que Heidegger tuviera tentaciones nazis me resultaría engorroso si hubiera de tratarlo, pero no por eso voy a perderme lo que expuso en El ser y el tiempo. Pero en fin, allá cada cual con sus manías y sus elecciones. Lo que no es admisible es que se intente borrar de la faz de la tierra —que se trate de impedir que otros elijan— la obra de quienes son o fueron “malos ciudadanos”. Llegará un día en que Amazon se avergonzará de haber secuestrado A Rainy Day in New York, la última película de Allen, de haberle impuesto la brutal censura de la inexistencia. No por su contenido, sino por su autoría. Y habrá quienes se avergüencen de haber prohibido a Spacey y a Jackson sin veredicto. Quizá haya que esperar a que haga tanto tiempo de ellos como de Baretti, Caravaggio, Contreras y Marlowe. Esta época tan “virtuosa” se verá entonces, me temo, como un baldón de intransigencia y precipitada injusticia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de abril de 2019

Próximo libro de Reino de Redonda. ‘El hombre que nunca existió’ de Ewen Montagu. ‘Operación Desengaño’ de Duff Cooper

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ
EWEN MONTAGU

OPERACIÓN DESENGAÑO
DUFF COOPER

Prólogo de John Julius Norwich
Traducción de Antonio Iriarte
Reino de Redonda, abril de 2019
Distribuye Penguin Random House S.A.U.

La historia real y la historia novelada de una de las operaciones más audaces del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial.

[A la venta el 23 de abril]

LA ZONA FANTASMA. 31 de marzo de 2019. ‘El muy antiguo crimen de un escritor’

Este es un episodio de hace doscientos cincuenta años, relativo a un hombre que nació hace justo trescientos (el 24 de abril de 1719) y que por tanto ya había cumplido cincuenta cuando los hechos tuvieron lugar. Era escritor turinés, Giuseppe Baretti, pero vivió más en Inglaterra, redactó algunos textos en la lengua de este país y a veces los firmó como Joseph Baretti. Poseía grandes dotes lingüísticas, fue autor de un Diccionario Anglo-Italiano y, lo que tiene más mérito, de otro Español-Inglés, ya que ninguno de estos dos idiomas era el suyo original. De esta rara obra de 1778 le conseguí un ejemplar a la Real Academia Española, que no contaba con él en su biblioteca. En 2005, en Reino de Redonda, publiqué su mejor libro, Viaje de Londres a Génova, que pese al título es sobre todo un largo periplo por España y quizá la mejor descripción de nuestro país en un periodo esperanzador, el del reinado de Carlos III. Apareció en inglés en 1770, y en él se percibe a un hombre lleno de curiosidad e interés, atento a todo (incluso al vascuence), excelente narrador de anécdotas y muy perspicaz observador. Parece alguien gentil y desde luego muy culto. La obra, aparte de interesantísima, resulta simpática a todas luces, benévola y con humor.

Sin embargo un año antes, en octubre de 1769, Baretti mató a un individuo en Londres e hirió a uno o dos más. Volvía de noche por Haymarket cuando una furcia le reclamó un vaso de vino con tan malos modos que acompañó la petición de un golpe que le causó gran dolor. Apenas había luz y Baretti era muy cegato, como se aprecia en el retrato que le pintó su amigo Reynolds y en otro: en ambos lee con una lente o a muy corta distancia de la página. Se revolvió, no se percató de que era una mujer y le soltó un bofetón. Ella y una colega empezaron a gritar y a insultarlo (“cabrón francés”, lo llamaron, tomándolo por tal), y al instante surgieron varios chulos o matones que iniciaron su persecución, lanzándole golpes que lo derribaron al suelo y le ocasionaron, según se comprobó, contusiones y magulladuras. Baretti se aterrorizó. No era joven y veía fatal. No portaba estoque ni bastón, tan sólo una navaja para fruta y dulces con hoja de plata, que nunca había usado más que para pelar y cortar. En su huida fue tirándoles tajos a sus atacantes. Hirió a uno llamado Patman, y a otro más pertinaz, Morgan, lo alcanzó cuando éste iba a asestarle un buen golpe, acuchillándolo en la axila y un par de veces más. De resultas de estas aventuradas o azarosas puñaladas, Morgan murió.

Baretti fue detenido y llevado a juicio. Al ser italiano, tenía derecho a que seis de los doce jurados que pronunciarían el veredicto fueran compatriotas suyos, pero renunció a él “por su honor” y permitió que todos fueran ingleses. Los testigos de la reyerta —“unos rufianes”— cargaron las tintas contra él. Pero Baretti era muy querido por las luminarias de la época. Entre sus amistades se contaban el famosísimo Doctor Samuel Johnson, el legendario actor Garrick, el mencionado pintor Reynolds, el popular novelista Goldsmith, el ensayista Edmund Burke y algunos Miembros del Parlamento. Todos testificaron a su favor, no porque hubieran presenciado la trifulca, claro está, sino porque lo conocían de antiguo y lo consideraban persona “humanitaria, pacífica, benigna, preocupada por las condiciones de los pobres, de carácter tan amable como estudioso”; incapaz de buscar camorra, nada dado al alcohol ni a frecuentar prostitutas. Si Baretti salía absuelto, todo habría terminado. Si culpable, sería ahorcado dos días después. En vista del aspecto inofensivo del hombre de letras, y de las declaraciones favorables de tantos talentos y eminencias, se dictaminó que había actuado en defensa propia y se lo absolvió. Pudo continuar con su vida veinte años más, hasta 1789, cuando murió a los setenta, en el Londres que lo acogió.

Obviamente, vayan ustedes a saber. El relato del incidente nos ha llegado sobre todo a través del interesado, que se lo contó por carta a sus hermanos de Turín, además de narrarlo durante la vista. Las versiones de los asaltantes andan más perdidas. No cabe duda de que el escritor gozaba de amistades influyentes, gente de peso en la sociedad londinense. También es cierto que cuesta imaginarlo metiéndose en broncas, con su talante afable del Viaje de Londres a Génova, su medio siglo de vida, su paupérrima vista y sus aficiones eruditas. Como él adujo, el “arma” con la que mató a aquel Morgan no estaba concebida como tal arma, ni ofensiva ni defensiva, simplemente era algo que mucha gente llevaba encima en Europa continental, pues en algunos países no estaba bien visto colocar cuchillos sobre la mesa. Eso sí, Baretti era al parecer pendenciero con la pluma. Se vio envuelto en polémicas, tanto en Inglaterra como en Italia. Y hasta acabó peleado con su gran amigo el Doctor Johnson, poco antes de la muerte de éste, porque el chinchoso Doctor se burló por haber perdido Baretti una partida de ajedrez contra un tahitiano que había traído a Londres, tras una de sus expediciones, el también celebérrimo Capitán Cook. Picajoso tenía que ser el turinés.

La conexión de todo esto con la actualidad, quizá un domingo próximo, si a ustedes les parece bien.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de marzo de 2019