LA ZONA FANTASMA. 25 de septiembre de 2016. ‘Engreídas estatuas’

Seguramente han conocido, padecido a alguien así en su vida. No es difícil, ya que en España un buen número de jefes o “superiores” responden a esas características. Se trata de personas que por el motivo que sea adquieren poder o ascendiente sobre otros. No han de ser más inteligentes ni perspicaces, ni poseer más talento, ni desde luego ser más sabios. Ni siquiera más prácticos. A menudo son una nulidad completa en todo, pero ay, la suerte los ha bendecido con desenvoltura o abierta desfachatez. Tanta, que desarma a los demás. Estos se quedan perplejos, no dan crédito, y el desconcierto los lleva a no reaccionar, a la paralización incluso. Si el individuo en cuestión es un jefe, no les queda más remedio que acatar y tragar los desafueros, sin rechistar con frecuencia. Pero, ya digo, no es necesario el poder real: hay gente que, sin tenerlo, se abre paso a codazos y con sus malos modales acaba acoquinando al resto. Ese resto, acomplejado, se hace a un lado para evitar choques frontales. La educación lo pierde.

Llamémoslos “avasalladores”. Son desconsiderados y despectivos, no escuchan a quienes les señalan (pocos se atreven) sus abusos y defectos, no admiten consejos que los contraríen o amenacen con limitar su voluntad. Cualquier objeción los irrita, por razonable que sea, por mucho que vaya encaminada a ahorrarles un futuro disgusto o una catástrofe. De eso no suelen tener visión, de futuro. Creen, como los niños, que cada presente es inmutable. Así, no se privan de ofender, imponer, sojuzgar y humillar: no piensan jamás que quien está debajo de ellos pueda estar un día encima, o a su nivel por lo menos. Que puedan necesitarlo o hayan de solicitarle un favor. Su soberbia se lo impide. Ignoran lo que todo el mundo sabe instintivamente: que la vida da vueltas y que, por alto que se sienta uno en la cumbre, conviene establecer vínculos para el porvenir, o no agraviar demasiado, por si acaso. No se molestan en conservar algunos puentes porque otro de sus rasgos es la ufanía: pretenden que sus vejaciones no se les tengan en cuenta. Ni sus insultos, ni sus cacicadas, ni sus injusticias, ni sus putadas. Es raro, pero es así: hay muchos sujetos en España que se portan reiteradamente mal con uno, que le hacen incontables faenas, que lo tratan con despotismo y grosería. O que lo atacan sin piedad ni disimulo. Y después, inverosímilmente, si cambian un poco las tornas, aspiran a que nada de eso les pase factura: su frase favorita en estos casos es “Pero si aquí no ha pasado nada”. Es más, si quienes los sufrieron durante tiempo les niegan el saludo, o una prebenda, o les responden con justificado despecho, entonces se soliviantan y escandalizan, y acusan a sus antiguas víctimas de “intratables” y “rencorosas”, “frívolas” y “egoístas”. Bien, a todos nos pasa que olvidamos más fácilmente las ofensas en que incurrimos que aquellas de las que somos objeto. Pero no hasta ese punto. Los avasalladores no es que olviden exactamente las por ellos infligidas, es que les restan toda importancia porque en el fondo creen que tenían derecho; y aunque su poder ya no sea el de antes, están convencidos de que se debe a un equívoco y regresará naturalmente. Se siguen sintiendo acreedores a él, y por tanto esperan que los viejos siervos, si bien ahora emancipados o con la sartén por el mango, continúen plegándose a sus deseos. Niegan la realidad, no saben verla, están enfermos. Se cruzan de brazos y aguardan a que los demás les rindan pleitesía por sus inexistentes carisma y gracia. A menudo sólo despiertan cuando se ven echados a patadas, rebajados o destituidos. En 1789 algunos tuvieron despertares peores.

Esta clase de delirio, de imprevisión absoluta, parecería difícil que se diera colectivamente. Y sin embargo asistimos a uno de estos extraños casos clínicos. Rajoy y su Gobierno han sido estos avasalladores durante cuatro años de mayoría absolutísima. Han despreciado a todo el mundo y no han atendido a las razones de nadie. Ni de los otros partidos ni de la ciudadanía. Ni de los médicos y enfermeros ni de profesores y estudiantes. Ni de los jueces y fiscales ni de los parados y pobres. Ni de los comerciantes ni de las clases medias. Han impuesto leyes injustas y recortado derechos y abusado fiscalmente, han desahuciado a mansalva mientras inyectaban dinero a los bancos. Su partido ha practicado la corrupción enfermizamente. No han dado explicaciones de nada y han menospreciado al Congreso. No digo que, contra toda cordura, no les toque seguir gobernando si no hay otro remedio. Lo que no pueden hacer es cruzarse de brazos, no pedir disculpas ni rectificar mil medidas, no hacer concesiones infinitas a cambio de unos votos o abstenciones. Y el PSOE, dicho sea de paso, tampoco puede cruzarse de brazos y no aplicarse con los cinco sentidos a exigírselas: me refiero a las disculpas, las rectificaciones y las concesiones. Así da la impresión de que estemos, los ciudadanos, en manos de engreídas, estúpidas estatuas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de septiembre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 18 de septiembre de 2016. ‘Grosería nacional impostada’

Hace poco me escribió un señor de noventa y ocho años, que, entre otras cosas interesantes, llamaba mi atención sobre el hecho, para él desazonante, de que en EL PAÍS aparecieran cada vez más tacos y expresiones soeces. Y me adjuntaba tres recortes en los que se podía leer la más bien inocua fórmula “de puta madre”. Pensé que el señor era quisquilloso debido a su edad avanzada, aunque por el resto de su carta no parecía mojigato en modo alguno y se confesaba antiguo republicano durante la Guerra y la dictadura. No era de derechas ni beato, en suma, de los que se escandalizan al oír “cabrón” o “mierda”. Su comentario, sin embargo, me ha llevado a fijarme más, no sólo en este periódico; y lo cierto es que, si atendemos a su cine, a sus programas de televisión y radio, a su prensa escrita, España es el país peor hablado de cuantos conozco. Tanto, y con tanta diferencia sobre Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia (cuyas lenguas entiendo, y puedo juzgar en consecuencia), que acaba por dar la impresión de ser algo más bien artificial e impostado, casi forzado. Como si quienes están cara al público quisieran dárselas de “duros” mediante el abuso de lo que antes se conocía como palabras “malsonantes”. Y no debe de ser azaroso que éstas se oigan y lean más en boca y letra de mujeres que de hombres. Quizá porque hoy hay bastantes mujeres afanosas por mostrarse así, “duras”, tanto o más que los varones.

El recurso es tan vetusto como Camilo José Cela (de cuyo nacimiento se cumple el centenario), quien ya en los años cincuenta del siglo XX se dedicó, para hacerse el “transgresor” y como gracia de la que carecía, a soltar groserías en toda ocasión y circunstancia, exhibicionismo puro. Recuerdo la risa que eso le daba a mi madre, que lo había conocido de jovencito atildado, cursi y florido, casi siempre con guantes aunque la estación no los pidiera. No cabe duda de que fue un pionero de la zafiedad que hoy impera en España, y en eso (ya que no en su literatura) en verdad creó escuela. Una escuela rara, anómala, y –no hace falta decirlo– de ingenio escaso y pobreza léxica. Se ha sabido que la pareja de un líder político se pasó la última sesión de investidura lanzando tuits a mansalva, según se desarrollaba. Al parecer la señora es persona instruida, médica de profesión, pero obviamente se apuntaba a la competición de “dureza” mencionada: “Se están pasando por los cojones lo que nos pase”; “Peleítas de nabos, básicamente”; “Jódanse ustedes y dejen de jodernos a nosotras”, son algunos de sus breves análisis de lo que ocurría en el Congreso. Y sí, en este periódico he leído cosas parecidas, sobre todo entre columnistas. Yo mismo he recurrido ocasionalmente a ellas, creo que de muy tarde en tarde. Todos soltamos algún taco en privado; y en público, aunque menos. No hay que ser puritano ni cabe escandalizarse a estas alturas, pero la insistencia y la profusión causan hartazgo y suenan voluntaristas, ya digo, todo menos espontáneas. En la vida real las personas no hablan así (bueno, quizá políticos y empresarios chanchulleros sí), no todo el rato. No hablan como en la mayoría de películas y series españolas, con su superabundancia de tacos, ni como en los reality shows, cuyos personajes, sabedores de que tienen público, lo acribillan a bastezas y mal gusto.

Ni siquiera se libran de ello quienes hoy se consideran los individuos más beatíficos del mundo, a saber, los animalistas. Entre ellos, dicho sea de paso, hay pésimas personas que celebran con jolgorio y violencia verbal la muerte de un torero o un cazador, y de paso se la desean a toda su parentela. Ignoran una de las reglas básicas de los “bien nacidos”, por utilizar una expresión anticuada y sin apenas sentido: a los muertos se los deja en paz, sobre todo cuando están recién muertos, por mucho que en vida se los haya odiado o que nos hayan dañado a propósito. Semanas atrás, un cazador se mató al caer por un barranco. Nunca he tenido simpatía a quienes practican la caza superflua, aunque tampoco me olvido de que esa fue una de las primeras actividades “naturales” de los humanos –y de todos los animales carnívoros e insectívoros, y de éstos lo sigue siendo, qué remedio–. Algunos animalistas se han despachado de este modo: “Ojalá todos los cazadores se mueran”, “Un hijo de puta menos”, “Que se joda, así de claro”; en seguida la zafiedad, en seguida el taco para que se vea lo “duros” que somos, a la vez que bondadosos, compasivos, tiernos y virtuosos. Ha dicho Savater que los animalistas se creen que los animales son personas disfrazadas. No me parece, porque por éstas, por las personas, demasiados de aquéllos sólo demuestran inclemencia y odio, si hacen algo que ellos condenan o les llevan la contraria. En algo sí aciertan: los animales, en efecto, son mucho mejores que sus defensores fanáticos. No suelen tener mala sangre ni están capacitados para ser soeces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de septiembre de 2016

Edición americana de ‘Thus Bad Begins’

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THUS BAD BEGINS
JAVIER MARÍAS
Translator. Margaret Jull Costa
Knopf/Penguin Random House, November 1, 2016

Thus Bad Begins
ÁLVARO ENRIGUE
Publishers Weekly, August 8, 2016
Thus Bad Begins
Kirkus Reviews, September 1, 2016
Most Anticipated: The Great Second-Half 2016 Book Preview. Thus Bad Begins
The Millions, July 6, 2016
P.D. James, Javier Marias, the Gelbs on O’Neill, & Pulitzer Prize Winner Wood | Barbara’s Picks, Nov. 2016, Pt. 2
BARBARA HOFFERT
Library Journal, May 9, 2016

LA ZONA FANTASMA. 11 de septiembre de 2016. ‘Los conocidos olvidados’

El pasado mayo escribí aquí un artículo, “Las amistades desaparecidas”, sobre la perplejidad y la nostalgia que nos produce a veces darnos cuenta de que ya no están en nuestra vida personas que hace tiempo fueron parte de ella, incluso de nuestra cotidianidad, personas de cena semanal o de llamada diaria. Este de hoy es su complemento, me parece. También se cruzan con nosotros muchas que ni siquiera alcanzan el rango de “amistades”. A menudo aparecen no por elección, ni nuestra ni de ellas, sino por azar y por las circunstancias. A menudo hay en ese trato un elemento de conformismo, como si nos dijéramos: “A falta de algo mejor …”, o “A falta de los titulares …” Nunca debemos olvidar que nosotros somos lo mismo para ellas, sucedáneos, sustitutivos, suplentes.

He leído con retraso un par de reportajes sobre la posible identidad de la joven que inspiró a Antonio Vega y a Nacha Pop su famosa canción “La chica de ayer”, que al cabo de tres décadas largas sigue oyéndose y apareciendo en la banda sonora de no pocas películas. Se la tiene por una especie de himno generacional de la llamada “movida”, cada vez más alejada en el tiempo y más susceptible, por tanto, de mitificaciones. Decían esos artículos que la periodista Paloma Concejero, responsable de un programa televisivo sobre los ochenta, había rastreado por fin a esa joven: con toda probabilidad se trataba de una diseñadora bilbaína que vivía en Madrid, con la que Vega mantuvo quizá un breve idilio a los veinte años, cuando ella tenía tres menos. Concejero había concertado un encuentro para hablar con quien ya no era joven, pero la cita no tuvo lugar porque el pasado verano un infarto causó la muerte de esa mujer misteriosa y discreta. Tenía cincuenta y cuatro años y se llamaba Maite Echanojáuregui. O así se llamó para mí, con la tilde que se le suprimía en estas noticias. Así está escrito su nombre en mi vieja libreta telefónica con tapas de hule negro, de la que asimismo hablé aquí hace largo tiempo.

La verdad es que me había olvidado de aquella joven que vivía en Londres cuando yo en Oxford; como ella de mí, seguramente. Cuando uno está en el extranjero entabla relaciones con compatriotas extraños. Quiero decir que son individuos con los que en el propio país, en circunstancias normales, quizá no habría visto las suficientes afinidades. No recuerdo quién me sugirió llamarla y me dio su número. Lo que sí sé es que durante un par de años, de 1983 a 1985, nos veíamos en Inglaterra de vez en cuando, y que Maite pasó algún fin de semana en mi casa de Oxford, sobrada de habitaciones. Sé que en una o dos ocasiones visité con ella a Cabrera Infante y a su mujer Miriam Gómez, que la encontraron “muy linda muchacha”. No era rubia, como apuntan esos reportajes, sino castaña clara y con unos ojos pequeños azules y unos dientes también pequeños. Era muy sonriente y muy agradable, con cara de niña. Por aquel entonces estudiaba Moda en Londres y tendría veintitrés o veinticuatro años, yo nueve más, calculo. Veo con nitidez, curiosamente, sus pantorrillas fuertes (no gruesas), que contrastaban un poco con lo menudo del conjunto. Me la encontré una sola vez fuera de Inglaterra, ya en los noventa. Nos paramos en la calle, nos saludamos con simpatía y afecto, charlamos un rato, quedamos en vernos y no nos vimos.

La recuperación de ese rostro y ese nombre pone en marcha la memoria. Por aquella casa de Oxford pasaron otras personas cuyos nombres figuran en mi vieja libreta y apenas si son más que eso: una bangladesí, Tazeen Murshid, que mi predecesor en el puesto de lector de español me pidió que albergara unas semanas. Una actriz de cuyo nombre prefiero no acordarme, a la que, mientras estudiaba inglés, alojé allí dos o tres meses. Me acude a la memoria Luis Abiega, que trabajaba en el consulado de Boston, creo, durante una estancia mía por allí cerca. Quedábamos a cenar a veces, era un hombre acogedor y simpático, que me introdujo en el fútbol americano y que aún, a mi regreso, se molestaba en escribirme una crónica de la final de finales, la Superbowl hoy célebre universalmente. Estas personas no llegan a ser amistades, son conocidos transitorios. Pero hay periodos de la vida de cada uno en los que depende bastante de su compañía, de su presencia cercana. Sabe que están ahí, a mano, y que en un momento de soledad aguda o de dificultad en un entorno que no domina, puede recurrir a ellas. Mientras dura la relación, uno descubre que se puede sentir a gusto con quienes en la propia ciudad habría pasado por alto (o ellos lo habrían pasado por alto a uno). Raramente se mantiene el trato después de lo circunstancial o azaroso, de esa temporada en el extranjero, por ejemplo. Quedan sus nombres en la libreta y uno se olvida, de la misma forma que nos olvidan ellos. Ahí están el número londinense y el nombre de Maite Echanojáuregui, con cuya presencia distante y vecina conté un par de años. Lamento saber que ya no está en el mundo, que ahora está ausente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de septiembre de 2016

Javier Marías y la Eurocopa

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ALFREDO DI STÉFANO
JAVIER MARÍAS
Junio de 2016
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Con motivo de la Eurocopa 2016 el Ayuntamiento de París organizó una exposición, en la plaza principal de la Ciudad Luz, de imágenes de grandes futbolistas europeos pintadas por grafiteros.

Además de esta exposición, el Ayuntamiento parisino colgó en la valla metálica que rodea su edificio histórico, sede de la presidencia municipal, otra exposición de leyendas del balompié europeo, con textos de reconocidos escritores.

LA ZONA FANTASMA. 4 de septiembre de 2016. ‘Deterioro cognitivo’

Uno se pregunta qué se está deteriorando cuando ve, cada vez más a menudo, que personas en principio instruidas y que se reclaman de izquierdas o “progresistas” (valga el anticuado término) adoptan actitudes intolerantes y “reaccionarias” y además se muestran incapaces de percibir su propia contradicción. O que, al criticar algo virulentamente, no hacen sino dar la razón a lo criticado. Meses atrás publiqué una columna en la que terminaba anunciando que me traería muchos enemigos. Lejos de demostrarme lo equivocado que estaba con silencio o con argumentos, quienes se sintieron en desacuerdo se lanzaron al insulto y a la tergiversación, confirmando así mi vaticinio. Justamente lo que cualquier mediano estratega nunca haría. Uno bueno, de hecho, habría reaccionado de manera opuesta a la por mí pronosticada. Parece que ya no haya tiempo ni pesquis para esta clase de duelos: se lleva la embestida, aunque eso le suponga al embestidor acabar ensartado a las primeras de cambio.

En julio este diario publicó un artículo de la ruso-americana Cathy Young, colaboradora del Washington Post, el New York Times, el Boston Globe y otros medios, titulado “Las feministas tratan mal a los hombres”. Era una pieza moderada y razonable, en modo alguno antifeminista, que en esencia decía que “ridiculizar y criticar a los varones no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos”, o, como rezaba su frase final, “el feminismo debe incluir a los hombres, no sólo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad”. Pues bien, según la Defensora del Lector, “nada comparable a la ola de indignación” que provocó dicha tribuna. Lo más llamativo de las protestas que citaba no era que discreparan de su contenido –de lo cual eran muy dueñas–, sino que condenaban su publicación. La más explícita en este sentido era una escritora: “Nos parece alarmante que cuando miles de mujeres en todo el mundo son asesinadas y violadas por hombres …, EL PAÍS publique un artículo que ataca no a los responsables …, sino a las feministas que lo denuncian. Dar voz a tan pocas mujeres, pero hacerlo con una que defiende tesis antifeministas, es una vieja y burda estrategia patriarcal … en la que un periódico como EL PAÍS, tradicional referente del lectorado progresista y democrático, no debería caer”. Pasemos por alto el palabro “lectorado” (palabro en este contexto). Lo que esta queja argüía y solicitaba es lo siguiente: a) si hay tantas mujeres violadas y asesinadas (y por desdicha las hay), se debe atacar a los responsables sin cesar (como si no se hiciera); b) eso convierte a su vez en inobjetables a las feministas que lo denuncian (como si fueran las únicas), y las blinda contra cualquier crítica (justo lo que Cathy Young veía como un error contraproducente); c) los lectores progresistas y democráticos de EL PAÍS sólo deben leer aquello que los complazca o halague, no las opiniones que los contraríen; luego, d) este periódico debería ejercer la censura y no publicar nada que no aplauda ese “lectorado”, que por suerte no es monolítico ni uniforme, como les gustaría a quienes protestaron. La discrepancia y la crítica a un texto son respetables y por lo general fructíferas. Lo que no es respetable, ni democrático, ni progresista, es exigir que no existan las voces que nos desagradan. O que, si las hay, se queden en el Washington Post y no se den a conocer aquí, y menos en EL PAÍS, del que por lo visto hay lectoras que se sienten custodias y depositarias.

Por las mismas fechas leo la columna de un prestigioso crítico en la que manifiesta su inconmensurable desprecio por las que publicamos en prensa “los escritores”, es decir, novelistas y demás indocumentados, aunque no sé si más indocumentados que el despectivo crítico. Nos tacha de “tertulianos”, “ilustradores de la línea ideológica” de nuestros respectivos diarios, representantes de “una desdichada tradición intelectual”, “llamativos envoltorios” y “comparsas”. No lo discuto, así será en muchos casos, y el prestigioso está en su derecho a despreciarnos ad nauseam. Lo preocupante y contradictorio (se trata de un prestigioso “progresista”) es que al final haga suyas las palabras de otro autor que en un libro reciente lamentaba “la impunidad reinante en el mundo de las letras”, que a los escritores no nos “pase factura” incurrir en “según qué excesos lamentables” (se supone que a su infalible juicio) y “la falta de filtros en la publicación de opiniones”. Ah, se piden castigos y “filtros” para las opiniones, exactamente lo mismo que llevaba a cabo el franquismo a través de sus quisquillosos y celebérrimos censores. En la presentación de ese mismo libro se pidió que los “escritores” fuéramos “expulsados, despedidos, eliminados”. Me imagino que para que ocupen nuestro lugar el autor de dicho libro y otros expertos afines y soporíferos, a los que ya no habría que “filtrar” nada porque serían aún más obedientes y serviles. Así como las feministas escandalizadas por encontrarse en “su” periódico una tribuna que no las adula ni les baila el agua.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de septiembre de 2016

Miguel Marías, VIII Premio a la Cinematografía de la UIMP

Eldiario.es

Eldiario.es

La UIMP reconoce la labor de Miguel Marías, “uno de los profetas del cine español”, con el VIII Premio a la Cinematografía
UIMP, 10 de agosto de 2016

Miguel Marías, al recibir el VIII Premio a la Cinematografía: “La crítica es una actividad inútil pero necesaria”
Europa Press / El Diario.es, 10 de agosto de 2016

Miguel Marías recibe el VIII Premio a la Cinematografía de la UIMP alzándose como “defensor de las causas perdidas”
ANA CABANILLAS
El Mundo, 11 de agosto de 2016

LA ZONA FANTASMA. 31 de julio de 2016. ‘Fui alegre al morir’

Hace dos sábados el suplemento Babelia dedicaba un reportaje a un sueño que a mí me parece del pasado remoto: la lectura pausada y por placer durante el verano. Incluso se preguntaba a un montón de editores (gente que el resto del año lee por obligación) en qué se iban a sumergir durante el mes de asueto, a lo cual más de uno respondía lo que otras veces he respondido yo mismo: “A ver si me pongo por fin con todo Proust”. Proust –En busca del tiempo perdido– ocupa cuatro gruesos tomos de letra apretada y papel biblia en la edición de La Pléïade, unas cuatro mil páginas sin contar notas, variantes y esbozos. En español, en la única traducción digna del nombre pese a su antigüedad y sus defectos, la de Pedro Salinas y Consuelo Berges, de Alianza, los volúmenes eran siete, uno por título. ¿Alguien cree que eso se puede leer en el transcurso de un mes escaso, de lo que hoy disponen los más afortunados para “veranear”? (El propio verbo ha caído ya en desuso, si se piensa bien.) Es cierto que los lectores empedernidos somos irracionalmente optimistas, y cada vez que emprendemos un viaje –incluso si es de trabajo– echamos a la maleta más libros de los que seríamos capaces de abarcar. Me imagino que quienes tengan e-book se llevarán un cargamento aún mayor. Mi experiencia me ha enseñado que en esas salidas breves suelo regresar, a lo sumo, con dos o tres capítulos leídos en la incomodidad de un aeropuerto. En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas, y eso que no me veo distraído por Internet (no uso ordenador), ni por teléfonos inteligentes (no tengo), ni por videojuegos (jamás me he asomado a uno), ni por ninguno de los mil artilugios que atarean hoy a las personas para que no se sientan “solas”, pese a estar rodeadas la mayoría, velis nolis, por familias numerosas y vecinos cargantes.

Si a esto añadimos que en las vacaciones hay un montón de deberes (pasarse horas en la playa, comer como energúmenos, dormir la siesta, salir de farra, entretener a los niños, visitar ciudades a la carrera), no sé cuándo vamos a leer a Proust, a Conrad, a Cervantes o a Montaigne. Menos aún este mes, con nuestros políticos dando la tabarra haya por fin Gobierno o no, con los posibles atentados del Daesh y las inundaciones o terremotos en algún punto del globo, los refugiados, las guerras en curso y la siniestra sombra de Trump, que nos obligarán a atender a las pantallas durante más horas de las saludables. Comprendo a José María Guelbenzu (autor de ese reportaje de Babelia) y a otros como él y como yo: nos resistimos a aceptar que los veranos de lectura plácida y prolongada han sido aniquilados, que la sociedad y el estruendo conspiran contra ellos y casi los han barrido de la faz de la tierra. Para mantenerlos hay que forcejear, tener una enorme fuerza de voluntad. En vez de dejarnos invadir pasivamente por los libros, que se imponían de forma natural, hemos de ser activos, y obstinados, y luchar por hacerles sitio contra todos los elementos.

En vista de las perspectivas, hoy, último día de julio, me permito ofrecerles el sencillo y sereno poema de un clásico, que traduje hace décadas, para que por lo menos lean una pieza entera (bien que breve y con estribillo) en las inaguantables esperas de los aeropuertos o en los trayectos de ferrocarril. Ya incluí uno del siglo VIII hace unos meses, y al parecer no cayó mal. El de hoy es de Stevenson, y sin duda fue un esbozo para su famoso y escueto “Réquiem”, inscrito en su tumba en lo alto del Monte Vaea, en Samoa, a cuatro mil metros. Murió con sólo cuarenta y cuatro años, y esta variante dice así:

“Ahora que la cuenta de mis años
ya se ha cumplido, y yo
la vida sedentaria
dejo para morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.

DVDMClara fue mi alma, libres mis actos,
honor era mi nombre,
no huí nunca ante el miedo
ni perseguí la fama.
Cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.

Cavad bien hondo en algún valle verde
donde la brisa suave
sople fresca en el río
y en los árboles cante …
Cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de julio de 2016

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 24 de julio de 2016. ‘Ya no los quiero ni ver’

Ha durado poco la novedad, ¿verdad? Bueno, esa sensación tengo, y como me considero una persona corriente tiendo a pensar que lo que a mí me pasa le pasa a mucha gente más. ¿Recuerdan cuando, en tiempos de Aznar, cada vez que éste salía en pantalla muchos cambiábamos automáticamente de canal porque su mera visión nos resultaba insoportable, más que nada (aunque no sólo) por hartazgo y saturación? Daba lo mismo lo que dijera, si su intervención era debida a su cuota diaria de televisión o a un anuncio crucial para el país: si se trataba de lo segundo, ya nos enteraríamos por el periódico, sin necesidad de sufrir su rostro desdeñoso, su cadencia pseudopija, sus acentos de importación, su gesticulación ni por supuesto sus permanentes cinismo y vacuidad. Lo padecimos ocho años, en gran medida por culpa de Anguita, uno de los mayores ídolos de Podemos junto con Perón, aquel dictador que se refugió en la España de Franco, como tantos otros antes que él.

Pues bien, aquella saturación superior a nuestras fuerzas, ¿no la sienten ya ustedes respecto a casi todos los políticos nuevos, los que llevan tan sólo dos años ejerciendo como tales? De los más veteranos no hablemos, eso se da por descontado: ver aparecer a Rajoy, a Cospedal, a Aguirre, a Soraya Sáenz, a Montoro, a Fernández Díaz, a Báñez, equivale a bostezar y a buscar cualquier otro espectáculo, por caridad. Lo mismo sucede con los tertulianos “políticos”, que no por ponerse estolas de fantasía y chaquetas rojas o añiles (o rizos de peluquería) dejan de tener el aspecto de señores y señoras de su casa que sueltan obviedades y lo llevan a uno a preguntarse por qué diablos están ahí, contratados para opinar con engolamiento. (Dan ganas de acordarse de lo que dijo Stendhal sobre su zapatero, pero la cita sería considerada elitista y clasista; y lo era, aunque no le faltase algo de razón.)

Pero los nuevos no han tenido medida. Como si fueran concursantes de Gran Hermano, y aupados por uno de esos periodistas enloquecidos (hay decenas) que pretenden ser a la vez moderadores, directores de informativos, tertulianos, entrevistadores y entrevistados, no han desaprovechado ocasión y han salido hasta en la sopa, provocando la náusea del espectador. Cada vez que veo en pantalla a Iglesias, Errejón, Monedero, Bescansa, Echenique, Montero y correligionarios, me asalta un gran sopor. Parece que tengan teléfono rojo con ese periodista monomaniaco, García Ferreras, y que estén en todo momento disponibles para él (y para otros), noche y día, hasta el punto de que no se sabe cuándo les queda tiempo para estudiar, debatir o simplemente pensar. Se han prodigado menos Pedro Sánchez y Albert Rivera, pero lo suficiente para suscitar asimismo un bostezo pavloviano difícil de reprimir. Si uno va a menudo a Cataluña, lo mismo le ocurre con el nuevo político inoportunamente llamado Rufián (inoportunamente para él), con la avinagrada Anna Gabriel, la ufanísima Colau y la estricta Forcadell; no digamos con Mas y Homs, el lloriqueante Junqueras y el atropellador Tardà. Todo es como un círculo viciosísimo del que resulta imposible escapar. Uno oye las mismas sandeces repetidas hasta la saciedad, los mismos disparates y provocaciones, asiste atónito a la fatuidad de varios (Iglesias habla con desparpajo y sin sonrojo de su propio “carisma” o de su “lucidez”: no tiene abuela), a la sosería infinita de muchos, a las salidas de pata de banco de la mayoría, al pésimo castellano de casi todos.

Tengo para mí que, si producen tanto y tan rápido hartazgo, es porque pocos de nuestros políticos son demócratas, y fuera del sistema democrático sólo hay propaganda y consignas, que aburren pronto. No lo son los del PP, como se comprobó con Aznar y se ha vuelto a comprobar con Rajoy. No basta con ganar elecciones para serlo. Esto es una condición necesaria pero insuficiente. Si no se gobierna democráticamente a diario … Esto significa sin despreciar a la oposición, sin imponer leyes injustas o parciales gracias a una mayoría absoluta, sin utilizar Hacienda e Interior para los propios fines y para represaliar a críticos y adversarios. No son demócratas los del actual Unidos Podemos, se ve a la legua, o lo son a la manera de Putin, Berlusconi, Maduro, Orbán; ni los de la CUP, ERC y CDC, como se vio cuando negaron hasta la aritmética para proclamar su “triunfo” independentista. Sí lo son por ahora el PSOE, Ciudadanos y el PNV (con sus mil defectos), justamente partidos mal parados en las últimas elecciones. Supongo que todo es en efecto como Gran Hermano: se premia a los corruptos y a los que arman bulla, a los que sueltan necedades mayores o muestran desfachatez más llamativa. A los que dan espectáculo superficial. Pero nadie cuenta con que eso, lo superficial, lo que carece de verdadero interés y no hace pensar nunca, se agota pronto, y harta y satura hasta decir: “Basta, no puedo oírlos más, ya no los quiero ni ver”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de julio de 2016

Nuevo estudio sobre la obra de Javier Marías

TFWOJM

THE FICTIONAL WORLD OF JAVIER MARÍAS.
LANGUAGE AND UNCERTAINTY

MARTA PÉREZ-CARBONELL
Foro Hispánico, book 53
Brill/Rodopi, Bilingual Edition, june 2016

The Fictional World of Javier Marias offers a fresh perspective on the narrative universe of one of Spain’s most distinguished contemporary authors. In order to establish the origin and meaning of uncertainty in his fiction, this book presents interpretations of a range of issues inherent to Marías’s canon, in particular those related to the nature of language. With the relationship between language and uncertainty at its heart, this study considers the use of foreign languages, translation, and the effect of silence through an analysis of: Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1992), Mañana en la batalla piensa en mí  (1994) and Tu rostro mañana (2002-2007).

LA ZONA FANTASMA. 17 de julio de 2016. ‘Ataques de frivolidad’

Los españoles nacidos en el franquismo, los que pertenecíamos a familias perdedoras de la Guerra Civil, tuvimos siempre presente que podíamos vernos obligados a abandonar nuestro país. Mi padre solía recomendar tener el pasaporte en regla y algo de dinero fuera, si era posible, para aguantar los primeros días de un posible exilio. (Tras cuarenta años de democracia, me temo que ese peligro sigue existiendo: de España nunca se sabe quién te va a echar, suele haber demasiados candidatos a “hacer limpieza” y a perseguir.) Por razones personales, no me imaginaba huyendo a Latinoamérica, ni a la vecina Francia, ni a los Estados Unidos en los que había pasado algún año muy temprano de mi vida, sino al Reino Unido, al que entonces se llamaba Inglaterra sin más. De niño poseía ya rudimentos de inglés, pero leía en traducción. En gran medida me formé con las andanzas de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y las series “Aventura” y “Misterio” de Enid Blyton, anteriores y mejores que las que le dieron mayor fama; con Stevenson y Conan Doyle y Defoe, con Dickens y Agatha Christie, con Walter Scott, John Meade Falkner y Anthony Hope, con Kipling y Chesterton y Wilde algo después. El cine británico llegaba con regularidad, y muchos de mis héroes de infancia tenían el rostro de John Mills, Trevor Howard, Jack Hawkins, Stewart Granger o David Niven, más tarde de Sean Connery. Mi primer amor platónico fue Hayley Mills, la protagonista niña de Tú a Boston y yo a California y Cuando el viento silba. Tampoco me fueron indiferentes las ya crecidas Kay Kendall, Jean Simmons y Vivien Leigh, más adelante la incomparable Julie Christie. Inglaterra era para mí un lugar tan europeo y casi tan familiar como mi natal Madrid. Allí tendría cabida y se me acogería, como fueron acogidos los escritores Blanco White (en el siglo XVIII), Cernuda, Barea y Chaves Nogales, o mi amigo Cabrera Infante, expulsado de la Cuba castrista en la que tantas esperanzas había puesto, y al que visité infinidad de veces en su casa de Gloucester Road.

Inglaterra ofrecía, además, innegables ventajas respecto a España. Sus gentes parecían educadas y razonables, con un patriotismo algo irónico y no histérico y chillón como el de aquí; era un país indudablemente democrático, garante de las libertades individuales, entre ellas la menos conocida aquí, la de expresión. Su famosa o tópica flema evitaba la exageración, el desgarro, el dramatismo demagógico y la propensión a la tragedia. Había resistido al nazismo a solas durante años, con entereza y templanza, sin perder los papeles que tantos motivos había para perder. Así pues, el reciente referéndum para el Brexit me supone un cataclismo. Por razones biográficas, desde luego, pero éstas son lo de menos. Lo alarmante y sintomático es ver a esa nación, básicamente pragmática y más decente que muchas, envilecida e idiotizada, subyugada y arrastrada por personajes grotescos como Boris Johnson y Nigel Farage y por sibilinos como Michael Gove, quizá el más dañino de todos. Dejándose engañar como bananeros por las mentiras flagrantes en las que los defensores de la salida de la UE en seguida reconocieron haber incurrido (nada más conseguir su criminal propósito). Un país tradicionalmente escéptico y sereno se ha comportado con un patriotismo histérico digno de españoles (o de alemanes de antaño). En un referéndum ridículo, para el que no había necesidad ni urgencia, un gran número de votantes se ha permitido una rabieta contra “Bruselas” y el Continente, sin apenas pararse a pensar y confiando en que “otros” serían más sensatos que ellos y les impedirían consumar lo que en el fondo no deseaban. Es lo mismo que uno oye en todas partes, aquí por ejemplo: “Voy a votar a Podemos o a Falange para darles en las narices a los demás, y a sabiendas de que no van a gobernar. Si tuvieran alguna posibilidad, ni loco los votaría”. Lo malo de estas “travesuras” es que a veces no quedan suficientes “otros” para sacarnos del atolladero en que nos metemos con absoluta irresponsabilidad, como ha sucedido en Inglaterra para alegría de Trump, Putin, Marine Le Pen y Alberto Garzón. Semanas después del Brexit no se ven sus beneficios, o han resultado falaces, y sí se ven sus perjuicios: para Europa sin duda, pero aún más para el Reino Unido. Muchos jóvenes partidarios de quedarse no se molestaron en ir a votar, confiando asimismo en la “sensatez” de los que fueran. Nunca se puede confiar más que en uno mismo, ni se debe delegar, ni se puede votar “en caliente” o en broma por aquello que nos horrorizaría ver cumplido. Quizá sirva para algo este malhadado Brexit: para que el resto nos demos cuenta de cuán fácilmente puede uno arruinarse la vida, no por delicadeza como en el verso de Rimbaud, sino por prolongado embrutecimiento y un ataque de frivolidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de julio de 2016