Javier Marías en el Lousiana Literature 2018

Louisana Literature

Javier Marías participará, los días 24 y 25 de agosto, en el Louisiana’s International Literature Festival que se celebra en el Louisiana Museum of Modern Art, Gammel Strandvej 13, Humlebæk, Dinamarca.

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LA ZONA FANTASMA. 29 de julio de 2018. ‘Suyo es el reino’

Desde que hace años se desató, entre muchos hombres, una desaforada carrera por adular a las mujeres (y entre muchas mujeres por adularse a sí mismas), son frecuentes las versiones periodísticas, críticas, literarias y cinematográficas según las cuales el mérito de las obras de los varones notables correspondía en realidad a sus mujeres, amantes, amigas o secretarias. A veces fue así, sin duda: en España es conocido que María Lejárraga hacía de “negra” de su marido, el dramaturgo Martínez Sierra, si bien éste nunca fue notable, la verdad. Pero toda fabulación es admisible, sobre todo en la ficción, y así, nada hay que oponer a que se presente a Zenobia Camprubí como la fautora de los versos de Juan Ramón Jiménez, a Alma Reville como el genio tras las películas de Hitchcock, a una joven como fuente de las imágenes de Shakespeare, a Gala como poseedora del talento de Dalí (yo a éste no le veo ninguno, pero en fin), a la copista de Beethoven como alma de su Novena, y así hasta el infinito. Que por ilusión no quede, todo puede ser.

Pero en los últimos tiempos se ha dado un paso más. La operación consiste no ya en atribuirles o restituirles los méritos a las mujeres que quedaron en sombra, sino en presentar a todo varón notable como a un redomado imbécil. Es en el cine donde esto se percibe mejor. Hará un lustro le tocó el turno a Hitchcock, creo que algo escribí ya en su día, discúlpenme. Hubo al menos dos películas sobre él. En una lo encarnaba el gnómico actor Toby Jones (que ya había hecho de Truman Capote) y en la otra Anthony Hopkins en una de las peores interpretaciones de su muy decadente carrera. Por supuesto su mujer, Alma Reville, aparecía como la lista y sabia de la pareja, pero eso es lo de menos. Sin duda trabajaron juntos. Lo llamativo es que en esos retratos Hitchcock no sólo era un sádico, un histérico, un déspota, un engreído y un acosador, sino un completo idiota. Tal vez fuera todo lo anterior, pero idiota es seguro que no. Basta con leer su célebre libro de conversaciones con Truffaut para comprobar que sabía lo que se hacía, y por qué, en mayor medida que casi ningún otro artista. Hopkins lo representaba, en cambio, como si hubiera sido deficiente, y ni siquiera imitaba bien su forma de hablar.

Ahora le ha tocado a Churchill, al que en poco tiempo he visto deformado en tres ocasiones. En la serie The Crown, le daba caricatura John Lithgow, que no se parece nada al Premier británico y lo hacía fatal, en vista de lo cual fue elogiado y premiado. En la película Churchill, el actor era Brian Cox, que tampoco se parece nada y ofrecía escenas grotescas sin parar. (La abandoné tras ver a Churchill arrodillado a los pies de su cama y rogándole histriónicamente a Dios unos cuantos disparates.) En El instante más oscuro, la tarea se había encomendado a Gary Oldman, que merece ser ahorcado —metafóricamente, todo hay que advertirlo— y en cambio se llevó el Óscar de este año. Como aún se parece menos a Churchill, le colocaron prótesis y maquillaje a raudales, y el resultado es una fofa figura de cera que recuerda más a Umbral (esos labios finos y cuasi paralíticos, esas gafas) que al pobre Sir Winston. Pero, más allá de eso, en las tres versiones Churchill resulta ser un memo integral. Su mujer, Lady Clementine, es más inteligente, pero eso nada tiene de particular y acaso fuera verdad. Por supuesto es un borracho constante, un grosero, un iracundo, un balbuciente, un confuso, un dementoide, alguien que se equivoca en casi todo, otro histérico feroz. Yo no conocí a Churchill, claro está, pero he oído sus discursos, lo he visto en imágenes, lo he leído e incluso seleccioné y traduje un excelente relato suyo de miedo en mi antología Cuentos únicos. De la bonhomía irónica de su expresión no queda rastro. Tampoco de su contrastado ingenio (y puede que fuera la persona más ingeniosa de su tiempo). De su magnífica oratoria, poco, o la estropean. De su visión política y bélica, más bien nada. Ya he dicho: un bobo insoportable y zafio.

Mi impresión es que, una de dos: o hay una campaña antiChurchill en su país (váyase a saber por qué), o todo esto responde a la necesidad de nuestro siglo de no admirar nunca a nadie. No se trata ya de las vetustas “desmitificaciones” de moda en los años setenta, sino de convertir en mamarrachos a cuantos llevaron a cabo algo sobresaliente. Es como si nuestra época se hubiera contagiado del mal humor y el resentimiento, presentes y retrospectivos, que dominan las redes sociales. Nadie ha sido nunca digno de respeto, y aún menos de admiración. Todo el mundo ha sido un farsante y el genio no existe ni ha existido jamás. Así que ya no basta con “descubrir” que tal individuo insigne fue un racista, el otro un imperialista, el otro un adúltero sexista, tiránico el de más allá. No, es que todos eran unos cretinos sin excepción. Es como si la sociedad actual no soportara su propia atonía o inanidad general y, para consolarse, tuviera que negarles el talento, la perspicacia, el valor, a todo bicho viviente y a todo predecesor bien muerto. Siempre he estado convencido de que la incapacidad de admirar (o sólo aquello que se sabe que es malo y que por lo tanto “no amenaza” de verdad) es lo que más delata a los acomplejados y a los mediocres. Suyo es, por desgracia, el reino en el que vivimos hoy.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de julio de 2018

[Javier Marías se toma un descanso pero regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 22 de julio de 2018. ‘El verdadero mausoleo’

Habría preferido no añadir una miga más al empacho de fútbol, tras un mes entero de Mundial. Pero lo sucedido con la selección española ha sido tan prototípico, tan revelador del carácter aún dominante en nuestro país, que quizá vale la pena echarle un vistazo a esta luz. Más de una vez he mencionado el asombro y el escándalo que me produce con frecuencia el ejercicio del poder en España. Cómo es que, por ejemplo, los alcaldes y alcaldesas tienen capacidad ilimitada para transformar las ciudades que temporalmente gobiernan de manera irreversible, y con total impunidad. Cómo es que no hay —o si lo hay, no se hace notar— algún organismo complementario o superior que ponga freno a sus arbitrariedades, sobre todo cuando afectan irremediablemente al paisaje, a la estructura y al carácter del lugar. Por mucho que estemos en una democracia desde hace cuarenta años, la manera de mandar de muchos sigue siendo la propia de los largos años dictatoriales. No pocos individuos que acceden a un cargo se sienten no sólo omnipotentes, sino facultados para realizar sus caprichos y ocurrencias sin atender al daño que causan, a veces definitivo. No se sabe por qué, tanto Ana Botella como Manuela Carmena se han dedicado a complacer al colectivo ciclista en un espacio más bien contraindicado para la bici, por las largas distancias y las pronunciadas cuestas. La prueba del disparate la tengo cerca: Botella acometió una obra de meses para crear un inútil carril-bici en la calle Mayor, transitado, a lo sumo, por una docena diaria de pedaleantes. Lo mismo ha hecho Carmena con Santa Engracia, hoy destruida e intransitable, Alcalá y otras vías. El cierre de la Gran Vía al tráfico es ya y va a ser un descalabro monumental para comerciantes, hoteleros y la ciudadanía en general. En este caso, además, como en el de la Plaza de España, la alcaldesa y su cínico equipo organizaron referéndums-farsa para “quedar bien”, cuando ya estaba todo decidido antes de que votaran los cuatro partidistas que se prestaron a la pantomima. Y no olvidemos que Gallardón quiso pulverizar uno de los más armónicos espacios urbanísticos de Europa, Recoletos y el Paseo del Prado. Baronesa Thyssen aparte, sólo lo impidió la crisis, la falta de dinero para consumar la tropelía. Y ahora a Carmena no se le ocurre otra majadería que crear una “playa” —sí, con arena a raudales— en plena Plaza de Colón. Aún no sé si nos hemos salvado de tal porquería, porque la señora y sus palmeros están… eso, batiendo palmas ante el estropicio que preparan junto con unos desaprensivos.

Así que también resulta incomprensible y escandaloso que un solo individuo, recién llegado al poder, tenga la potestad de cargarse en un solo día de fatuidad el trabajo de cuatro años y la ilusión de muchos millones de españoles. Sí, claro, aquí hay que contar con el egoísmo, y nunca con el interés de los demás: Florentino Pérez es un constructor, y me imagino que suele ir a lo suyo. Era natural que, al fichar a Lopetegui como entrenador del Real Madrid, le trajera sin cuidado el perjuicio que nos podía ocasionar a todos. Lopetegui ha ido asimismo a lo suyo sin importarle su compromiso previo, aunque no le arriendo la ganancia: ojalá me equivoque, pero no lo veo terminando la temporada en el puesto en que la iniciará. Inoportuno, feo y desconsiderado lo hecho por el Madrid y el exseleccionador. Pero mucho peor todavía la reacción autoritaria, chulesca, engreída del novísimo Presidente de la Federación, Rubiales. Dos fechas antes del comienzo del Mundial, lo sensato y generoso habría sido encajar con flema el desmán ajeno y esperar al término del campeonato, poniendo por delante los mencionados trabajo e ilusión. No podía ser tan ingenuo como para creer que semejante rabieta no iba a desconcertar, desestabilizar y desalentar a los jugadores, como sucedió. Tuvimos que soportar partidos narcotizantes, en los que el balón iba de un lado a otro sin propósito, como si se hubieran olvidado de que el fútbol consiste en meter goles para ganar. Infinitos pases horizontales y hacia atrás, un equipo deprimido y sin la menor incisividad, con un portero estático que contagiaba al resto. Era fácil prever que ocurriría algo así. El cabreo del ofendido Rubiales se impuso sin cortafuegos, sin consultar ni escuchar. Como a menudo acontece en España, en cuanto a alguien se lo elige o nombra algo, se inviste de autoritarismo; es como si se dijera en el acto: “Se van a enterar de que ahora mando yo. A mí nadie se me sube a las barbas, y decapito a quien ose hacerlo, aunque con ello destroce el trabajo de cuatro años y la ilusión de millones”. Así funciona todo aquí, por fortuna con bastantes excepciones. Ese es el máximo legado silencioso franquista, la verdadera pervivencia del dictador. El egoísmo de cada parte, que se ha de dar por descontado, y la destemplanza y engreimiento de muchos al alcanzar el poder, cualquier poder. Más alarmante que la permanencia de los restos de Franco en su tenebroso mausoleo es el estilo de mando que de él han heredado numerosos cargos democráticos de derechas e izquierdas, llámense Gallardón, Botella, Carmena, Torra/Puigdemont, Villar, Rubiales o Colau. Por no hacer la lista más larga.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 15 de julio de 2018. ‘Tiempo sin transcurso’

En una vieja novela hay un personaje llamado Mateu, guardián del Museo del Prado, al que el padre del narrador, Ranz, con un cargo en dicha pinacoteca, sorprende una noche chamuscando con un mechero el marco del único Rembrandt de la colección, que no se sabe —o no estaba claro cuando se escribió la novela— si representa a Artemisa o a Sofonisba. Mateu va acercando su llama peligrosamente al lienzo. Ranz descuelga un extintor de la pared y lo sujeta oculto a su espalda, considerable peso. Como cualquier movimiento en falso puede dar al traste rápidamente con la obra maestra de 1634, se aproxima con cautela e intenta distraer a Mateu, que lleva veinticinco años en el museo. “¿Qué hay, Mateu? ¿Viendo mejor el cuadro?”, le pregunta con calma. “No, estoy pensando en quemarlo”, responde éste desapasionadamente. “Pero, hombre, ¿tan poco le gusta?” Contesta el guardián: “No me gusta esa gorda con perlas, estoy harto. Parece más guapa la criadita que le sirve la copa, pero no hay manera de verle bien la cara”. El cuadro muestra a tres mujeres, a Sofonisba iluminada y de frente (que en efecto es gruesa y luce perlas), a la criadita joven de espaldas, que le ofrece una copa quizá con veneno (según sea Artemisa o Sofonisba), y a una vieja en sombras. “Ya”, dice Ranz, “fue pintado así, claro, la gorda de frente y la sirvienta de espaldas”, a lo que Mateu responde, cargándose de razón: “Eso es lo malo, que fue pintado así para siempre, y ahora nos quedamos sin saber lo que pasa; no hay forma de verle la cara a la chica ni de saber qué pinta la vieja del fondo, lo único que se ve es a la gorda con sus dos collares que no acaba nunca de coger la copa. A ver si se la bebe de una puta vez y puedo ver a la chica si se da la vuelta”. Ranz le razona: “Pero comprenda que eso no es posible, Mateu, las tres están pintadas, ¿no lo ve usted?, pintadas. Usted ha visto mucho cine, esto no es una película. Comprenda que no hay manera de verlas de otro modo, esto es un cuadro. Un cuadro”. “Por eso me lo cargo”, reitera Mateu con gran fastidio.

No contaré el desenlace, no vayan a acusarme de destripar, pese a los veintiséis años transcurridos desde que se publicó este episodio. Lo cierto es que no he podido por menos de acordarme de él al ver la reciente película Loving Vincent, de Dorota Kubiela y Hugh Welchman. En ella sucede justamente lo que anhelaba el guardián Mateu: los muy famosos cuadros de Van Gogh, sus paisajes, sus retratos, cobran vida, se independizan y continúan. Las personas que pintó, el jefe de correos Roulin, su hijo Armand, el Père Tanguy, el célebre Doctor Gachet, su hermano Theo, Marguerite Roulin a la que inmortalizó tocando el piano, el gendarme, el zuavo, el barquero, todos hablan y se mueven y se los ve desde diferentes ángulos. Los cuervos sobrevuelan los campos de paja, el tren avanza por el puente que atraviesa el río, las farolas y las estrellas titilan, la tormenta se abre paso y se arremolina. Si mal no he entendido, cada escena se rodó con actores (destaca el excelente Jerome Flynn, de Juego de tronos) y después cada fotograma (más de 65.000) fue pintado a mano “a la Van Gogh”. El efecto es sorprendente y sin duda grato de contemplar. Los movimientos de los personajes son pastosos y espasmódicos como sus pinceladas, las perspectivas distorsionadas como las de sus cuadros, pero bien reconocibles; los colores son fieles, sobre todo los amarillos (los de los campos, el de la chaqueta de Armand Roulin). El parecido de los actores con sus modelos pictóricos resulta extraordinario (salvo Van Gogh), aunque eso tal vez no sea lo más difícil, la pincelada posterior puede cambiarlos a gusto.

El problema es que lo que la película cuenta (una mínima indagación sobre el suicidio del pintor, con insinuaciones muy débiles de que pudiera haber sido asesinado) carece de interés. Quizá eso es lo que nos ocurriría las más de las veces si los instantes de los cuadros tuvieran un antes y un después; si fuera posible complacer al Mateu que todos albergamos. Hasta hace no muchos años, bastantes espectadores de pintura sabían ese antes y ese después, cuando se trataba de escenas bíblicas o mitológicas griegas. Reconocían el momento que el artista había decidido aislar y detener en el tiempo, estaban familiarizados con el relato del que estaba sacado. Ahora demasiados no tienen ni idea de nada, y no es raro que un estudiante de Historia del Arte identifique a un Cristo simplemente como “hombre crucificado”. Y cuando las escenas son inventadas, o costumbristas, o retratos, quizá lo que nos fascina y debe fascinarnos es su falta de referentes y de antecedentes, de antes y después, de historia. “Esto es un cuadro”, le decía Ranz a Mateu en aquel viejo episodio. Hay pinturas ante las que quisiéramos ver más de lo que se nos enseña: el rostro de alguien que estará de espaldas hasta la eternidad, para entendernos. Pero esa extraña y a ratos hipnótica película, Loving Vincent, nos muestra por qué un pintor debe ser sólo un pintor, jamás un novelista ni un cineasta. La pintura no es narrativa, sino acaso lo contrario: tiempo sin transcurso, elegido y congelado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 8 de julio de 2018. ‘Hacia Bizancio’

Foto. Hattie Miles

El pasado 1 de junio, a los ochenta y ocho años, murió John Julius Norwich, con quien había tenido leve contacto a raíz de la publicación de su libro Los Papas. Una historia en mi diminuta editorial Reino de Redonda. Como era uno de los poquísimos autores vivos de la colección, y mi admiración por él venía de antiguo, en seguida le ofrecí la posibilidad de convertirse en Duke del Reino fantasmal. Aunque ya poseía un verdadero título, el de Vizconde Norwich, heredado de su muy singular padre Duff Cooper, mi propuesta le hizo aparente ilusión, sobre todo porque le sugerí ser Duke of Bizancio, a cuyo imperio había dedicado tres gruesos volúmenes entre 1988 y 1995. También es enorme su Historia de Venecia en dos tomos, y son varias sus obras sobre un asunto que, cuando él lo abordó por primera vez en 1967, se había estudiado poco o nada, a saber, la larga dominación de Sicilia por los normandos, que ha dejado en esa isla varias maravillas arquitectónicas y un extraño bagaje cultural que se mezcla con el de tantos otros dominadores, incluidos los españoles. Pero, además de sus numerosos libros (el más reciente, sobre Francia, apareció poco antes de su muerte), durante años dirigió y condujo programas de radio y televisión en la BBC, sobre cuestiones tan variadas como la caída de Constantinopla, Napoleón, Cortés y Moctezuma, Maximiliano de México, los Caballeros de Malta, la Guerra Zulú, Turquía y Toussaint l’Ouverture. Fue un hombre modesto, que reconoció no haber “descubierto” un solo hecho histórico en su vida, y haberse limitado a contarlos de forma clara, ordenada, amena y también ingeniosa —pero en todo caso rigurosa—. Tituló sus memorias Trying to Please, o Intentando agradar, haciendo suya la frase que le dedicó su niñera: “Este bebé trata de agradar”. Según me cuentan ahora su hija y su yerno, los distinguidos escritores Artemis Cooper y Antony Beevor, se ha despedido procurando no molestar: “Ha sido lo bastante listo”, decían, “para cesar justo antes de entrar en el mundo de las sillas de ruedas y los cuidadores permanentes”.

Siempre que se muere alguien con inmensos saberes, me pregunto por la extraña cesación de esos saberes, que, por mucho que hayan quedado plasmados en tinta, desaparecen con la persona que los fue acumulando a lo largo de toda una vida. La idea me causa tanta desazón como la de la desaparición de los recuerdos de cada individuo, que, sean anodinos o llamativos, espectaculares o vulgares, son los suyos, y como tales únicos y queridos. Haberlos contado en memorias o en diarios o en una autobiografía no sirve de mucho desde mi punto de vista, porque los recuerdos ajenos, por sobresalientes que sean, suelen dejar indiferentes a los demás. Nadie es capaz de apreciar nuestros recuerdos como nosotros mismos: lo que para nosotros tiene un sentido o es relevante, o nos conmueve de manera poco explicable, suele dejar frío al resto de la humanidad, que, en el mejor de los casos, lo escucha o lo lee con una combinación de impaciencia e intermitente curiosidad.

Esa desaparición final de los saberes —la difusa conciencia de que eso sucederá tarde o temprano— creo que es lo que lleva a muchos miembros de la sociedad actual a no intentar ni siquiera adquirirlos. Para qué tanto esfuerzo, debe de pensar hoy la mayoría de la gente, cuando los “datos” están ahí, al alcance de unos pocos clics, en caso de necesidad. Para qué asumir o asimilar, como hicieron Norwich y tantos otros, la complicadísima y entera historia de Bizancio, o de Venecia, o del Papado. Ya se ve que las personas pueden atravesar tranquilamente la tierra ignorándolo todo, desde lo ocurrido en el mundo antes de su llegada hasta lo pensado por los filósofos y los escritores; desde quién fue Newton hasta qué fue Lo que el viento se llevó; qué enseñó Platón y cómo cantó Elvis Presley, hoy se borra todo con suma facilidad. A los gobernantes no parece importarles un planeta lleno de analfa­betos virtuales y de ignorantes profundos. Al contrario, lo propician por todos los medios, con unos planes de educación cada vez más “lúdicos” y más lelos, en los que se prima lo estrictamente contemporáneo, es decir, lo efímero y fugaz, lo obligatoriamente sin peso ni poso, lo forzosamente necio y superficial. Hace ya décadas que se crean sujetos para los que el mundo empieza con su nacimiento, a los que les trae sin cuidado saber por qué somos como somos y qué nos ha traído hasta aquí; qué hicieron nuestros antepasados y qué pensaron las mejores mentes que nos precedieron. Para colmo, se ha convencido a estos cerebros de conejo de que son “la generación mejor preparada de la historia”, cuando probablemente constituyan la peor, con frecuencia primitivos atiborrados de información superflua y sólo práctica. Pero ochenta y ocho años son muchos, y no todos pueden pasarse en la inopia, la autocomplacencia y el desconocimiento, si queremos abrirnos paso y enterarnos de algo. Pensar que total para qué, si un día todo desaparecerá, es tan absurdo como no afanarse en ganar dinero (y bien que se afana la gente en eso), dado que tampoco nos lo podremos llevar a la tumba, o que tan sólo necesitaremos una moneda para remunerar al barquero, cuando tal vez zarpemos hacia Bizancio en la travesía final.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 1 de julio de 2018. ‘Líbranos de los puros, Señor’

Me fui dos días de viaje. Al partir había un Presidente del Gobierno con sus ministros y al volver había otro, todavía sin gabinete. Unas fechas más tarde, cambió el director de este diario (suerte al saliente y suerte a la entrante, y a sus respectivos equipos). Al poco había nuevos ministros, saludados con cierto respeto (con alguna excepción), cosa rara en España. El siguiente miércoles ya se había hecho dimitir a uno de ellos, y también se había destituido al seleccionador de fútbol, la víspera de comenzar el Mundial. (Había un Presidente de la Federación reciente, así que dio un martillazo en la mesa para que se le notara personalidad.) El cesante llevaba dos años en su cargo y no había recibido más que parabienes, pero inoportunamente se había anunciado que al término del campeonato pasaría a dirigir al Real Madrid, del cual, unas semanas antes, se había despedido Zidane tras ganar tres Copas de Europa consecutivas y gozar de la devoción de sus jugadores. Por cambiar, ha cambiado de pronto hasta el jefe de El Corte Inglés, que en su campo es una institución.

Sin duda cada relevo es distinto y obedece a distintas circunstancias. Pero, sea como sea, en estas semanas se ha comprobado que este es un país de vaivenes y extremos, y de éstos no se sabe nunca cuál es peor. Uno de los más perniciosos efectos de la insoportable y prolongadísima corrupción de políticos, constructores y empresarios es que —en apariencia— se ha pasado a lo opuesto. De boquilla, claro está; sin entrenamiento previo; sin tradición de honradez; con los aspavientos y la ira inquisitorial de los conversos, es decir, de los hipócritas. Es como si se hubiera iniciado una competición por demostrar quién está más limpio, quién es más puro e incontaminado, quién más intransigente con los podridos, quién defenestra mejor a los sospechosos. Y claro, no nos engañemos: este, como Italia, es un país secularmente indulgente con los hurtos, las picardías, la transgresión leve, los pecados veniales, las pillerías. Es más, ha admirado todo eso, tácita o abiertamente. Ha envidiado a quienes osaban cometerlos y se salían con la suya y rehuían el castigo. No es esta una actitud de siglos remotos. Hace pocos años causaba incredulidad que, sabiéndose cuanto se sabía de la corrupción del PP de Valencia, este partido siguiera ganando allí elecciones generales, autonómicas, municipales, una y otra vez. Por no hablar del consentimiento catalán de décadas a los Pujol y al 3%. En casi todas las comunidades encontraríamos el mismo panorama, de Galicia a Baleares a Andalucía a Madrid.

Esto era lamentable (¿era?), pero era nuestra historia y la verdad. Ahora, de repente, el país se ha llenado de virtuosos que miran con lupa hasta el más insignificante curriculum de cualquiera, para ver si ha mentido o lo ha inflado, algo que probablemente hace o ha hecho el 80% de la población con curriculum. Se escudriñan las declaraciones de la renta, como si hubiera algún español (¿el 5% quizá?) que jamás hubiera intentado mejorar su tributación con algún recurso legal o semilegal. En esto, además, es difícil que nadie esté limpio, porque Hacienda se encargó de que todos metiéramos la pata: lo que un año admitía, al año siguiente o dos ya no, y a veces la falta era retroactiva. Uno ve clamar al cielo a políticos de lo más dudoso (ver a Monedero o Hernando con el manto de la Inmaculada produce irrisión), acusando con el dedo al individuo caído en desgracia o víctima de una cacería. Lo mismo a periodistas y tertulianos, muchos de los cuales habrán incurrido exactamente en lo mismo que el linchado de turno: lejos de mostrarle comprensión o solidaridad, se ensañan con él, sin caer en la cuenta de que ellos pueden ser los próximos. El resultado de esta falsa furia purificadora es el habitual en casos así: todo se agiganta y no hay matices; cualquier pequeña omisión es presentada como un grave crimen; alguien con una multa por haber aparcado mal corre el riesgo de acabar inhabilitado para cualquier cargo público, o docente, o empresarial; se confunde una infracción con un delito; se considera corrupto a quien meramente fue mal aconsejado o cometió un error; la buena fe está descartada y se presupone siempre la mala.

Pero, como nuestra tradición es la que es (y éstas no cambian en un lustro ni dos), todo este espíritu flamígero es impostado, farisaico, artificial, suena a fanfarria y a farsa. Después de hacer la infinita vista gorda ante la corrupción más descarada, ahora toca no pasar una, con razón o sin ella. Darse golpes de pecho y exigir a los demás (eso es invariable: a los demás) una trayectoria sin tacha en todos los aspectos. Y aquí ya no apuntaré porcentajes: niños aparte, no hay en España un solo ciudadano con una trayectoria impoluta en todos los ámbitos de la vida. Lo peor es que quienes mejor lo saben son los políticos, los periodistas y los tertulianos que (con la honrosa excepción, que yo sepa, de Nativel Preciado y Carmelo Encinas, justo es reconocérselo) se han puesto últimamente el disfraz de la Purísima, sin pecado concebida. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 24 de junio de 2018. ‘Los insistentes’

Fue una conversación hace cuarenta años, yo vivía en Barcelona entonces. Mi muy querida amiga de allí Montse Mateu y yo expresábamos nuestra sorpresa de que una mujer que conocíamos, francamente tonta e incapaz (lo mismo podía haberse tratado de un hombre: en estos tiempos susceptibles hay que avisarlo todo), consiguiera no sólo publicar, sino cargos y prebendas con inverosímil facilidad, mientras otras personas de más valía apenas lograban nada. Mi perplejidad era mayor que la de Montse, porque recuerdo su contestación, y además he visto, a lo largo de las décadas, cuánta razón tenía. Esto vino a decir, más o menos: “En realidad no es muy extraño. Yo estoy convencida de que si alguien dedica toda su voluntad, todo su empeño y su esfuerzo a un fin determinado; si pone en ello los cinco sentidos y centra sus energías en un objetivo, acaba casi siempre alcanzándolo, independientemente de su ineptitud, sus limitaciones, su absoluta falta de talento y de perspicacia. No importa cuán obtusa sea esa persona: si posee cierta habilidad social, pero sobre todo una voluntad que jamás se distrae ni desvía, antes o después conseguirá sus propósitos. Todo es cuestión de tesón y de poner el ojo en una meta”.

No me quedé muy conforme, pero sí callado. Andaría por los veinticinco años, y todavía creía en una vaga justicia universal, que situaba a cada uno en el lugar que merecía. Pero, como resulta evidente, registré aquella opinión de Montse, y desde que se la escuché he detestado y temido, a partes iguales, a los insistentes, acaso los individuos más peligrosos de la tierra. Y quien dice los insistentes dice los tercos, los voluntariosos, los empecinados, los que antiguamente se llamaban “inasequibles al desaliento”. Los detesto y me guardo de ellos. Son esa gente que nunca admite un “No” por respuesta. Pretenden que uno vaya a un sitio al que no tiene interés en ir, o que escriba un artículo insulso, o que lea un libro, o que dé una entrevista reiterativa (hablo de las peticiones que suelen llegar a los escritores; según el oficio de cada cual, serán de otra índole). Uno responde civilizadamente que no le es posible, evita decir la pura verdad (“No me apetece o no me compensa”) porque eso se considera una grosería, y aduce excusas aceptables, verdaderas o aproximadas (“Estoy escribiendo una novela, me espera un periodo de viajes y compromisos, estoy de trabajo hasta las cejas” —esta es la fórmula que le oí a mi padre mil veces—, “le ruego que me disculpe”). Pero el insistente no se da por vencido, insiste y persiste. Si no de inmediato, al cabo de unos meses. Jamás se olvida de sus presas, no renuncia a ellas y vuelve a la carga. Y, claro está, consigue a menudo derribar las resistencias. A uno le acaba dando apuro negarse tantas veces, o bien cree ingenuamente que, cediendo, se quitará al pesado de encima. “Me dejará en paz si me avengo a lo que quiere. Cualquier cosa con tal de perderlo de vista”, piensa. Así que acaba aceptando algo que le viene fatal, o que le sienta como un tiro, o que es solamente un engorro, por hartazgo. Conviene señalar rápidamente lo erróneo de esta creencia, porque el insistente nunca se da por satisfecho con lo arrebatado. Todo lo contrario: una vez obtenido un botín, una vez comprobada la eficacia de su táctica, retorna al cabo del tiempo con una nueva solicitud abusiva y con su terquedad a prueba de bombas.

Trasladen estos ejemplos menores a asuntos políticos y por lo tanto más graves y colectivos. ¿Cuántas veces no han sentido el impulso de desistir ante la obstinación de los independentistas catalanes, pongo por caso, que llegan a negar la realidad y a falsearla? ¿Cuántas veces no han pensado, por saturación y agotamiento, “Pues que se vayan y nos dejen en paz”, olvidando que con esa postura abandonaríamos a su negra suerte a más de la mitad de la población catalana, que no quiere verse bajo el yugo y las flechas de Torra, Puigdemont y compañía, los cuales no rendirían cuentas a nadie y harían lo que les viniera en gana? La política está plagada de sujetos así, que no cejan, fuerzan e imponen, y no son pocas las ocasiones históricas en que gentes tan ineptas como aquella mujer de mi conversación con Montse Mateu consiguen hacerse con el poder y regir naciones, a veces durante interminables decenios. Esto no anda muy lejos de la famosa frase de Burke (cito de memoria): “Para que el mal triunfe, solamente se precisa que los hombres buenos no hagan nada”. Es decir, que desistan por extenuación o indiferencia, que admitan su carencia de tozudez para oponerse a la inagotable de los individuos-apisonadora. Y éstos, hoy en día, son millares. Ya han triunfado en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, en Rusia, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia e Italia, por supuesto en Egipto y las Filipinas. Si no queremos ser arrasados por ellos en todas partes, empiecen a resistirse —a ejercitarse— también en lo personal, en la vida cotidiana. En cuanto alguien les insista en que se presten a algo que no quieren, y a lo que pueden negarse, aléjense de ese alguien y manténganse en sus trece; en su “No”, contra viento y marea.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de junio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 17 de junio de 2018. ‘Exasperación inducida’

Cierto que la situación de nuestro país no invita al optimismo ni a la tranquilidad. Tampoco la del mundo, con individuos ególatras como el lunático Trump, el artero Putin y el ya vitalicio Xi como máximos acumuladores de poder. Pero todavía (cuando esto escribo) no hay nada demasiado trágico ni absolutamente irremediable. No existen guerras de entidad, y eso ya es mucho teniendo en cuenta cuál es la empecinada historia de la humanidad. Numerosas familias viven en la pobreza o están a punto de caer en ella, pero tampoco hay una hambruna generalizada (hablo sólo de nuestros países occidentales, claro está). Por suerte, ninguna de las plagas con que la OMS nos alarma cada año se han convertido en tales. En cuanto a España, dentro de la gravedad, a lo largo de casi seis años de procés no se ha producido un solo muerto, y no era difícil que cayera alguno. ETA paró de matar y se ha disuelto, y nunca está de más recordar cuántos asesinatos cometía al mes durante los ochenta y los noventa del pasado siglo.

Y sin embargo, desde hace por lo menos un lustro percibo en la gente un estado de exasperación al que personalmente no veo mucha justificación. Lo percibo a nivel colectivo y a nivel individual. He hablado aquí de esos sujetos que no pasan una; que, si cometen una infracción y alguien se atreve a afeársela, son capaces de agredir a ese alguien o de pegarle un tiro. Hay demasiados sulfurosos que saltan por cualquier cosa, y a la primera. Lo mismo sucede con las masas: en seguida se encolerizan, no vacilan en echarse a la calle para protestar o maldecir, unas veces con razón y otras con exageración. Están de moda —extraña y desagradable moda— la ira, la indignación, el furor. Todo es “intolerable” e “histórico” y “cataclísmico”, cualquier abuso es tildado de “genocidio” (hubo quien así calificó las estúpidas cargas policiales del 1 de octubre en Cataluña), las multitudes deciden qué es punible, y lo que opinen jurados o jueces les trae sin cuidado. El asunto más baladí se convierte en cuestión de Estado o por lo menos de referéndum. Yo supongo que parte de la culpa de la exasperación continua y en el fondo inmotivada la tienen las redes sociales, que por suerte no he frecuentado jamás. Muchos ingenuos se informan sólo a través de ellas, y así tienen una visión permanentemente distorsionada, falseada y melodramática de la realidad. Pero no son sólo ellas, o bien es que ellas han contagiado e infectado a los periódicos y a los telediarios.

Estos últimos (sean los parciales y torpísimos de TVE o los parciales y bufonescos de la Sexta) no sólo disparan sus decibelios para tratar cualquier tontada, sino que exprimen la tontada en cuestión hasta convertir sus informativos en extenuantes monográficos. Si hay nevadas, se anuncian catástrofes varias durante veinte minutos; si se cae un árbol que mata o no mata, logran que la población entera mire todos los árboles con pavor y no ose entrar en un parque; si un par de políticos han falseado o inflado sus curricula (algo que seguramente hace el 80% de la ciudadanía), eso ocupa horas y horas de noticias y tertulias a lo largo de jornadas sin fin; si una pareja de líderes se compra un chalet, corren ríos de tinta y palabra al respecto y se organiza un megalómano plebiscito para ver si puede seguir en el cargo (en este sentido estoy muy decepcionado de que en su momento Pablo Iglesias no consultara a las bases podemitas si podía ponerse corbata o no; se le ha visto llevar sin permiso tan sospechosa prenda más de una vez). Los sucesos, que hasta hace unos años eran noticias secundarias, se han adueñado de los informativos, trasladándole al espectador una sensación de que se delinque sin parar, de que estamos amenazados por mafias internacionales sin cuento, de que millares de ciudadanos son asaltados o violados, de que vivimos acogotados: cuando lo cierto es que España es, por fortuna, uno de los países con más bajos índices de criminalidad del planeta (no quiero ni pensar que nuestra situación fuera la de Venezuela, México, Honduras o Estados Unidos, con sus demenciales matanzas en las escuelas y por doquier). Este alarmismo perpetuo, esta exageración deliberada, esta alerta inducida en la que nos sumergen los medios, va minando nuestro ánimo y nuestra templanza. La gente vive en vilo e innecesariamente sobresaltada, va de susto en susto y de irritación en irritación. Yo mismo he comprobado este histerismo, tras escribir opiniones tan inocuas como que cierto tipo de teatro no me gustaba o que me era imposible suscribir la grandeza de una poeta santificada por decreto municipal. Se ha conseguido no sólo que muchas personas estén exasperadas, sino que busquen más motivos de exasperación, que se nutran de ella y se regodeen en ella; y que, si no los hallan, se los inventen. Hace demasiado tiempo que nada se vive con sosiego, que la existencia cotidiana está contaminada de desquiciamiento, que casi todo es objeto de desmesura y exageración. Francamente, no creo que sea la mejor manera de pasar de un día a otro, y eso, nos guste o no, es lo que nos toca a los vivos, pasar serena y modestamente de un día a otro y atravesar las noches sin angustias extremas. Inclementes políticos, periodistas y tuiteros: déjennos intentarlo, por favor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de junio 2018

LA ZONA FANTASMA. 10 de junio de 2018. ‘Lengua hiriente y superior’

Los independentistas catalanes llevan ya tantos años alejados del raciocinio, inventándose agravios imaginarios y negando la realidad, que poco les importa caer una y otra vez en la contradicción. Si se les señala alguna, hacen caso omiso, como si no hubieran oído, o bien incurren en una nueva para intentar enmendar la denunciada. El resultado es un embrollo sin ton ni son, un magma pegajoso en el que nada es discernible, una acumulación de grumos. Se han hecho impermeables a la crítica (les trae sin cuidado), al ridículo y al razonamiento. Ni los dirigentes ni los fieles sabrían responder a casi ninguna pregunta sensata: “¿Cómo vivirían en una Cataluña aislada, con qué economía y qué medios? ¿Con qué reconocimiento internacional (Putin y Maduro aparte)? ¿Qué harían con más de la mitad de la población catalana contraria a su decisión? ¿Iniciarían purgas y expulsiones (mejor no hablar por ahora de limpieza étnica)?” La mayoría de la gente no se leyó o ha olvidado la llamada Ley de Transitoriedad, según la cual los jueces serían nombrados por el Govern (acabando así con la separación de poderes propia de los Estados democráticos), y los medios de comunicación estarían controlados por la Generalitat (acabando, de facto, con la libertad de prensa y de opinión). Para los que llevamos tiempo sosteniendo que el actual proyecto independentista —tal como lo planean quienes lo propugnan— es de extrema derecha, clasista, racista, de ricos contra pobres, insolidario y totalitario, el nombramiento de Quim Torra como President ha venido a confirmar nuestro pronóstico, ay, con meridiana claridad.

Ya Vidal-Folch, Cercas y otros se han molestado en mirar sus libros, artículos y tuits anteriores a su entronización (que son los que cuentan: lo que los individuos declaran una vez bajo los focos ya no es creíble): una ristra de insultos, expresiones de odio y desprecio hacia los españoles y los catalanes “impuros”, es decir, que no piensan como él. De éstos ha afirmado que son “bestias con forma humana, carroñeras, víboras, hienas”, esto es, los ha animalizado, que es lo primero que han hecho todos los exterminadores que en el mundo han sido, de los nazis a los hutus de Ruanda a los serbios de la Guerra de los Balcanes. Es asombroso que personas supuestamente de izquierdas no hayan montado en cólera ante semejante suciedad y no hayan exigido su inmediata destitución. Torra es idéntico a Le Pen (al padre, que no disimulaba como la hija), a Orbán, al gemelo polaco superviviente, a Salvini de La Liga italiana, a los Auténticos Finlandeses, a la Aurora Dorada griega, a los supremacistas noruegos (uno de ellos llevó a cabo una matanza de críos en una isla, ¿recuerdan?). Admira a pistoleros fascistas de los años treinta, los equivalentes independentistas de Falange. Lo bueno de este nombramiento tan inequívoco es que alguien como Torra contamina a quien lo aupó, Puigdemont, y a Mas, y por ende a todo el movimiento independentista actual, incluidas las falsamente izquierdistas Esquerra y CUP, que con sus votos o su abstención le han dado el cargo máximo. Ya nadie que lo apoye puede reclamarse ignorante ni inocente ni “de buena fe”. Se ha visto que las “sonrisas” eran muecas y que la “democracia” sólo interesaba para enarbolarla un rato en vano y después pisotearla.

En las aseveraciones megalómanas de Torra hay una flagrante contradicción a la que nadie, de nuevo, hará caso, pero que vale la pena destacar. Según él o sus maestros, los catalanes son más “blancos” que el resto de España y por lo tanto superiores. Los españoles son inmundicia, exportadores de miseria material y espiritual, creadores de discriminaciones raciales (!) y subdesarrollo. Puede ser. Como saben mis lectores, no soy un gran entusiasta de mi país. Ahora bien, ¿cómo puede una nación “superior” llevar tres o cinco siglos sojuzgada, según él y sus compinches, por una “inferior”? Las colonizaciones, conquistas y sometimientos siempre han sido de los “superiores” sobre los “inferiores”, nunca al revés. Así, el de Cataluña sería un caso inexplicable, sin parangón en la historia de la humanidad. Un caso único de opresión y “ensañamiento” perpetuos por parte de los tontos a los listos, de los desgraciados a los sobresalientes. Sería como si el Congo hubiera sojuzgado a Bélgica, Argelia y Marruecos a Francia, los indios americanos a los pioneros, los indios de la India al Imperio Británico. Un caso digno de estudio, en verdad insólito: ¿cómo unos “superiores” han aguantado cinco o tres siglos de “dominación”? Sólo cabe concluir lo evidente para cualquiera salvo para Torra y sus secuaces: nunca ha habido tal sometimiento (excepto bajo el franquismo, pero los sometidos fuimos todos), y aún menos lo hay ahora, pese a estas palabras del flamante President: “Nos tienen acorralados en el gueto, sin medios de comunicación, ni poder económico, ni influencia política”. Qué paraíso sería tal “gueto” para los verdaderamente oprimidos, palestinos, rohingyas, venezolanos y cuantos ejemplos se les ocurran. Torra se deleita ofendiendo a los españoles y a más de la mitad de los catalanes. Pero además no le importa ofender también a los auténticos desheredados, perseguidos y masacrados del mundo. Que Mussolini le conserve la lengua, tan hiriente y superior.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de junio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 3 de junio de 2018. ‘Nostalgias del primitivismo’

Paloma Varela Ortega, que siendo ella muy joven y yo adolescente me dio clases en el colegio, me envía unas cuantas postales escritas por mi madre a la suya a lo largo de varios veranos. La más antigua (destinada a su abuelo Don José, de hecho) es de 1955, la más reciente de 1960. Son postales de pequeño tamaño y en blanco y negro, casi siempre con motivo de felicitarle mi madre el santo a la suya, así que cuentan poco. En 1956, sin embargo, le dice Lolita a Soledad: “Pensamos con pena en tu día de la Virgen y en el otro que pasaste aquí sin la niña ya, pero con tu padre. Deseo que Palomita tenga alegría y que eso te ayude a ti. Nos dan mucha tristeza los rincones sorianos llenos de recuerdos”. Las dos mujeres habían perdido, respectivamente, un hijo y una hija pequeños. Un año más tarde le dice: “Te deseamos mañana un día con felicidad, junto a las penas”. Los textos son tan breves que lo más destacable sea quizá la mención, un par de veces, de un collar que al parecer mi padre le había traído a Soledad de Nueva York. En un post scriptum él le anuncia: “Tu collar va de camino; como verás, te da tres vueltas. Pendientes que igualaran no encontré”. Y más adelante Lolita y Julián insisten en que se trata de un mínimo, modestísimo regalo; supongo que Soledad se ofrecía a pagarlo, o que acaso era un encargo suyo. En esos años mis padres no tenían una perra, así que me imagino que en efecto era modesto.

En una cartita, fechada el 3 de agosto de 1958, mi madre explica: “No me cogieron aquí los fríos: la temperatura y una leve varicela de Álvaro” (mi hermano pequeño) “me retuvieron en Madrid hasta el día 13. Pronto me metí en la varicela doble —fuerte y muy fuerte— de Fernando y Xavier” (mi hermano inmediatamente mayor y yo mismo, que me llamé con X largos años). “Ya están completamente bien y Julián de vuelta”. Y aquí, claro, me ha acudido el recuerdo. Me he visto guardando cama durante un montón de días, o a mí se me hicieron eternos, en la habitación que compartíamos en los veranos de Soria. En efecto, Fernando y yo la padecimos al mismo tiempo, él con menos de nueve años y yo con menos de siete (más aguda, me entero ahora). El picor era insoportable, pero estábamos bien advertidos de que no podíamos rascarnos, ni siquiera tocarnos, las feas vesículas repartidas por el cuerpo. Algo debí de tocármelas, porque, aunque feas, sé que eran lisas y suaves al tacto. Supongo que por entonces no había aún vacuna. Sí la habría para la mucho más peligrosa viruela, pariente suya, porque no sentíamos su amenaza. No mucho antes no la habría para la poliomielitis, porque durante el curso 1954-55, que pasamos en New Haven (mi padre iba de un lado a otro para ganar lo que el régimen de Franco le había prohibido ganar en España), mi madre no quiso que fuéramos allí al colegio, por temor al contagio.

Es asombroso que ahora haya tantas personas —una corriente de irresponsables que rayan en la criminalidad— dedicadas a poner en cuestión las vacunas, y resueltas, en muchos casos, a no administrárselas a sus criaturas. Sin el menor fundamento, hay individuos “influyentes” — actores y gente por el estilo, sin ninguna autoridad en la materia— que han lanzado una campaña aseverando no sólo la inutilidad de las vacunas, sino denunciando sus perjuicios… para la salud, santo cielo. Y como toda necedad y toda superstición tienen hoy eco y prosperan, hay una legión de tontos “naturales” que les hacen caso. El resultado de esta moda no puede ser más desastroso, porque esos padres no sólo desprotegen a sus hijos contra buena cantidad de enfermedades para las que hoy hay prevención y remedio, sino que ponen en peligro a los demás críos (a los demás no vacunados, pero el mundo es ancho). Y aún es más: están reapareciendo dolencias que se daban ya por casi extinguidas. Hace nada ha habido en Europa un brote de sarampión incomparable con el de anteriores años. Los niños de mi época contábamos, si la memoria no me falla, con que debíamos “pasar” casi por fuerza (y cuanto antes mejor) tres o cuatro enfermedades no graves: el sarampión, la rubeola, las paperas y la comentada varicela. Pero ya éramos inmunes a la mayoría de las más graves. Las muertes por viruela (que no era de las obligadamente funestas) se cuentan por millares a lo largo de la historia, no digamos las causadas por las más malignas. Mi abuela, de la que hablé aquí hace poco, dio a luz a once vástagos, de los que dos murieron pequeños y otros dos muy jóvenes (bien es verdad que a uno de éstos le pegaron un tiro en la sien, por nada, los chequistas madrileños del asesino Agapito García Atadell, a los dieciocho años). Durante siglos y siglos las proles eran diezmadas, la mortandad era espantosa entre niños y jóvenes. Hoy está espectacularmente reducida, pero como cada vez hay más sujetos deseosos de regresar al medievo en todos los aspectos, y proliferan las imbecilizadas nostalgias del primitivismo más aciago, se ataca uno de los mejores inventos de la humanidad y se prescinde de sus beneficios. Quienes rechazan las vacunas propagan y resucitan las enfermedades, lo cual no debería estarles permitido en nuestra sociedad tan sanitaria.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de junio de 2018