LA ZONA FANTASMA. 25 de junio de 2017. ‘Mas daño que beneficio’

Si mucha gente desconfía del cine español no es por la persecución que el PP y sus Gobiernos desataron contra él en venganza por las críticas y protestas de la mayoría de los miembros del gremio ante la indecente Guerra de Irak apoyada por Aznar, Rajoy y sus huestes en 2003. Los políticos, y en particular los de ese partido, carecen de crédito respecto a sus juicios artísticos. Por desgracia influyen en demasiadas cosas, pero no, por suerte, en lo que sus compatriotas leen o van a ver. La razón principal para esa desconfianza es que durante muchos años los críticos cinematográficos y la prensa decidieron que había que promover el cine nacional, hasta el punto de que casi todas las películas españolas que se estrenaban eran invariablemente “obras maestras”, “necesarias” (el adjetivo más ridículo imaginable) o (cómo detesto ese tipo de expresiones) “puñetazos en el estómago del espectador”. Hay muchas personas ingenuas y de buena fe. Acudían obedientemente a ver los “portentos” y cómo “se incendiaba la pantalla”, al decir de esos críticos paternalistas, y frecuentemente —no siempre, claro está— se encontraban con bodrios y mediocridades y pantallas llenas de pavesas. Ningún puñetazo, sino más bien tedio o irritación.

A veces no hay nada tan dañino para una profesión, un colectivo o un sexo entero que sus defensores a ultranza, y me temo que un daño parecido al que se infligió hace décadas al cine español está a punto de infligírsele al arte hecho por mujeres. En la actualidad hay una corriente feminista que ha optado por decir que cuanto las mujeres hacen o hicieron es extraordinario, por decreto. Y claro, no siempre es así, porque no lo puede ser. Como no puede serlo cuanto hagan los catalanes, vascos o extremeños, o los zurdos o los gordos o los discapacitados. O los negros estadounidenses, ni aún menos los blancos, que son más. Todos sabemos de las injusticias históricas cometidas contra las mujeres. Hoy lamentamos que durante siglos no se las dejara ni siquiera estudiar, ni ejercer más oficios que los manuales. Que se las confinara al hogar y a la maternidad, sometidas a la voluntad de padres y maridos. Es sin duda el principal motivo por el que a lo largo de esos siglos ha habido pocas pintoras, compositoras, arquitectas, científicas, cineastas y escritoras (más de estas últimas, a menudo camufladas bajo pseudónimos masculinos). Las que hubo tienen enorme mérito, por luchar contra las circunstancias y las convenciones de sus épocas. Gran mérito, sí, pero eso no las convierte a todas en artistas de primera fila, que es lo que esa corriente actual pretende que sean. Es más, sostiene esa corriente que todas esas artistas geniales fueron deliberadamente silenciadas por la “conspiración patriarcal”. No se les reconoció el talento por pura misoginia. Se quejan, por ejemplo, de que a Monteverdi se lo tenga por un genio y en cambio no a Francesca Caccini. No sé, yo soy aficionadísimo a la música, pero el único Caccini que me suena es Guido, un pigmeo al lado de Monteverdi. Así, cada vez que se descubre o redescubre a alguna pionera de algún arte, pasa a ser al instante una estrella del firmamento, a la altura de los mejores, sólo que eclipsada tozudamente por los opresores del otro sexo.

En contra de esa supuesta y maligna “conspiración”, tenemos el pleno reconocimiento (desde hace ya mucho) de las artistas en verdad valiosas: por ceñirnos a las letras, Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot, Gaskell, Staël, Sévigné, Dickinson, Dinesen, Rebecca West, Vernon Lee, Jean Rhys, Flannery O’Connor, Janet Lewis, Ajmátova, Arendt, Penelope Fitzgerald, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, en el plano del entretenimiento Agatha Christie y la Baronesa Orczy, Crompton y Blyton y centenares más; en España Pardo Bazán, Rosalía, Chacel, Laforet, Fortún, Rodoreda y tantas más. En realidad son legión las mujeres llenas de inteligencia y talento, a las cuales ninguna “conspiración” de varones ha estado interesada en ningunear. ¿Por qué, si nos proporcionan tanto saber y placer como los mejores hombres? Lo que no es cierto, lo siento, es que cualquier mujer oscura o recóndita sea por fuerza genial, como se pretende ahora. Las decepciones pueden ser y son mayúsculas, tanto como las de los espectadores al asomarse a la enésima “obra maestra” del cine patrio. También la gente bienintencionada se cansa de que le tomen el pelo, y acaba por desertar y recelar. Hoy, con ocasión de su centenario, sufrimos una campaña orquestada según la cual Gloria Fuertes era una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio. Quizá yo sea el equivocado (a lo largo de mi ya larga vida), pero francamente, me resulta imposible suscribir tal mandato. Es más, es la clase de mandato que indefectiblemente me lleva a desconfiar de las reivindicaciones y redescubrimientos feministas de hoy, que acabarán por hacerle más daño que beneficio al arte hecho por mujeres. Lean, por caridad, a las que he enumerado antes: con ellas, yo creo, no hay temor a la decepción.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 18 de junio de 2017. ‘Los vejestorios cabrones’

En una cena reciente con Tano Díaz Yanes y Antonio Gasset, el primero, al que divierte asomarse a las redes para ver las barbaridades que sueltan los usuarios —hasta si son contra él—, comentó que a los miembros de nuestra generación se nos llama allí con frecuencia “los vejestorios cabrones”, independientemente de a qué nos dediquemos cada cual. Andamos todos por los sesenta, o casi, o más, así que la primera parte del apelativo se comprende y no es objetable, aunque me pregunto cómo serán llamados entonces gente como Vargas Llosa, que ya ha cumplido los ochenta, o Ferlosio y Lledó, que rondan los noventa. “¿Cabrones por qué?”, pregunté por curiosidad. En España es inevitable que cualquiera sea considerado un cabrón, incluidos Vicente del Bosque, Iniesta y Nadal, por mencionar a tres individuos rayanos en lo beatífico. Pero quería saber si había algún motivo en particular. “Porque seguimos activos, no nos quitamos de en medio y, según los que nos lo llaman, obramos como un tapón para las nuevas generaciones”. Y me aclaró que el reproche lo suscriben desde verdaderos jóvenes hasta cuarentones y aun cincuentones, es decir, personajes que están a punto de convertirse, a su vez, en “vejestorios” y en “tapones” para los que vienen a continuación.

España es un país gracioso. Como algunos lectores saben, yo tuve la fortuna de publicar mi primera novela a los diecinueve. Sin duda eso contribuyó a que se me considerara “joven autor” durante mucho más tiempo del que me correspondía, y en 1989, con treinta y ocho, escribí un artículo titulado “La dificultad de perder la juventud”. Claro que entonces no me imaginaba que el sambenito me duraría —“jovenzuelo”, “promesa” y cosas por el estilo— hasta rondar los cincuenta. Es una manera típicamente española de desmerecer: uno es eso, “prometedor”, cuando ya empieza a peinar canas. Molina Foix contó la anécdota de un Premio de las Letras en el que el jurado desestimó a Gil de Biedma, que andaba por los sesenta y moriría poco después, a la voz de “No estamos aquí para juvenilismos”. Y fui testigo de cómo se pretirió a Benet en favor de Jiménez Lozano, arguyendo que aquél tenía menos edad (de hecho era tres años mayor). Benet murió meses más tarde y Jiménez Lozano continúa vivo, creo, y que Dios lo guarde mucho tiempo más. Lo cierto es que aquí se pasa en un soplo de ser un jovencito inmaduro a ser un vejestorio cabrón. Yo diría (mi caso es el que mejor conozco) que no he sido lo uno ni lo otro durante un decenio de mi vida, con suerte. (No se olvide que a la palabra “vejestorio” la acompañan indefectiblemente otras como “caduco”, “anticuado”, “rancio”, “trasnochado”, “prehistórico” y demás).

Comprendo bastante a esos jóvenes y menos jóvenes encabronados. En la sociedad en general, hace siglos que se les abre paso por decreto, jubilando a gente de cincuenta años o menos (como sucedió en RTVE). Algo extraño cuando la vejez se ha atrasado enormemente y alguien de esa edad suele estar en plenitud de facultades. Pero todo sea por hacer sitio a los siguientes, sacrifiquemos a los maduros. El problema es que hay profesiones —las artísticas— en las que no se jubila a sus practicantes, o no por las bravas, depende del público. Lo ridículo es creer que la actividad prolongada de cualquier escritor, cineasta, músico o pintor impide el éxito de los que vienen después. En esos campos hay lugar ilimitado, y que Bob Dylan y los Rolling Stones den aún conciertos no perjudica a ­Arctic Monkeys ni a Rihanna. O que Polanski, Eastwood y Scorsese rueden películas no afecta a Assayas ni a James Gray. Durante décadas de mi larguísima y falsa juventud estaban activos Delibes, Cela, Matute, Chacel, Torrente, Borges y Bioy Casares; también Benet, Hortelano, Marsé, Martín Gaite, Ferlosio, Cabrera Infante, Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, Mutis, los Goytisolo, Fuentes y muchos más. Jamás se me ocurrió pensar que constituyeran un “tapón” para Mendoza, Vila-Matas, Azúa, Pérez-Reverte, Montalbán, Savater, Moix, Muñoz Molina, Bolaño, Landero, Chirbes, Luis Mateo Díez, Guelbenzu, Pombo, Puértolas y tantos “vejestorios” o muertos actuales más. Ahora hay —en consonancia con la puerilidad reinante, y lo propio de los niños es engañarse y fantasear— una tendencia a creer que si uno no triunfa debidamente es por culpa de los demás, sobre todo de los que “obstruyen” el escalafón, como si las artes fueran cuestión de eso y no de una mezcla de talento y suerte, o sin mezcla. (Bien es verdad que aquí se ha procurado premiar tradicionalmente la edad.) A Almodóvar, por recurrir a un caso de éxito indiscutible, en sus inicios y no tan inicios, no lo “taponaron” las ­películas de Berlanga, Saura o Bardem. Las cosas no son tan simples y automáticas como quieren creer los quejosos y los enfurecidos: el día que por fin desaparezcamos —seguramente por cansancio— los “vejestorios cabrones” de hoy, no se producirán “vacantes” ni “ascensos” inmediatos. Esto no es como el Ejército, con rangos, ni como el fútbol, con goles y puntuación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 11 de junio de 2017. ‘Andanadas contra el Diccionario’

En la Real Academia Española hay de vez en cuando algún pleno soporífero, pero en las comisiones —divididas en grupos de ocho o nueve académicos, y donde más se trabaja con las palabras—nos divertimos mucho, en contra de lo que cree la mayoría de la gente. Ahí se encuentra uno con la tarea y la dificultad de definir un término, de mejorar o matizar esa definición, de añadir algo nuevo o que extrañamente se nos había escapado; de calibrar si un vocablo está lo bastante arraigado para incorporarlo al Diccionario, por supuesto de atender las peticiones de instituciones y particulares, hay legión de ellas. Pero he de confesar que la mayor fuente de diversión (y de desesperación también) son las quejas y protestas, que rebasan todo lo imaginable. Lo curioso —y de esto ya he hablado en otras ocasiones— es el carácter intolerante y censor de la mayoría: su objetivo final suele ser que el DLE (ahora se llama así lo que se llamaba DRAE) suprima sin más, por las bravas, tal acepción o término, como si con eso fuera a desaparecer su uso. Lo he explicado en esta columna, pero mucha gente no se entera o no se quiere enterar o hace caso omiso, así que hay que insistir infatigablemente: la RAE carece de potestad para prohibir nada. Es un mero registro neutral de lo que los hablantes dicen y escriben, o han dicho y escrito en el pasado. En época de Franco sí había censura (impuesta), y no figuraban en el Diccionario los tacos ni las palabras malsonantes u “obscenas”. Por fortuna esa época pasó a la historia, y hoy nos parecería inaceptable no encontrar en el DLE “follar”, “felación”, “polla” y cosas por el estilo.

Sin embargo nuestra sociedad está llena de franquistoides, sólo que su pretensión es la cancelación de lo que a cada cual le molesta u ofende. Ya he hablado aquí de las quejas contra acepciones de uso corriente como “autista”, “cáncer”, etc. Me ocupé de la expresión “sexo débil”, que recientemente millares de firmas han querido extirpar del Diccionario. Se le puede poner una marca de “despectiva”, “peyorativa” o “desusada”, pero no puede ni debe extirparse, porque se halla en numerosos textos, incluidos los de feministas pioneras como Emilia Pardo Bazán, y un lector o un traductor a otra lengua han de encontrar su significado en el DLE, lo mismo que el de “judiada” —que está en Quevedo, entre otros—, por mencionar una palabra especialmente desagradable y “condenable”. Qué quieren, si los hablantes —cuya libertad siempre ha de respetarse— la han utilizado o la utilizan aún si les da la gana. Ya digo, la Academia no es quién para prohibir, expulsar, censurar ni suprimir nada. Pero lo cierto es que los inquisidores actuales desean versiones expurgadas del Diccionario. Imagínense si se les obedeciera: unos lo querrían limpio de obscenidades y palabrotas, otros de sacrilegios e irreverencias, otros de machismos y “sexismos”, otros de términos como “tullido” o “lisiado”. Otros de “gordo” y “chaparro”, no digamos de “enano” y “gigante”. Otros de “ciego”, “sordo” y “cojo”. Muy completo y muy útil iba a quedar el DLE si se hiciera caso a todas las exigencias quisquillosas.

Hace unas semanas me divertí, lo reconozco. “Ahora tenemos las protestas de los panaderos”, nos informó un compañero. “¿De los panaderos?”, pregunté estupefacto. “¿Qué les pasa?” “Quieren que se suprima el dicho ‘Pan con pan, comida de tontos’, que además, como la mayoría de refranes y dichos, ni siquiera aparece en el Diccionario”, me contestaron. “No entiendo”, repuse, “a no ser que eso sea lo que coman los panaderos, y lo dudo. Y si no figura, ¿qué piden, que lo metamos para enfadarse y exigir que lo quitemos?” (Ojo: digo “los panaderos” pero no sé si era una agrupación de ellos o unos cuantos, no se me vaya a soliviantar ahora el gremio entero, al que profeso agradecimiento y respeto.) Pero claro, si nos ponemos en este plan hipersusceptible, supongo que los fruteros querrán suprimir la expresión “manzana podrida”, los gaiteros “soplagaitas” (creo que ya ha habido intentonas), los bomberos “ideas de bombero”, los barqueros “verdades del barquero” (quedan como impertinentes), los porqueros la frase “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero” (la verán como el colmo del desprecio), los fabricantes de sopas “sopa boba”, las putas los derivados negativos (“hijoputa”, “putear”, “putada”), los labradores “más bruto que un arado”, los perros “hijo de perra” y “perrería”, los zorros una acepción de “zorra”, los noctámbulos el proverbio “A quien madruga Dios lo ayuda”, los curas “vivir como un cura” y así hasta el infinito.

¿Tan difícil es entender en qué consiste un diccionario? ¿Que lo más que se puede permitir es advertir, orientar y desaconsejar, pero nunca, nunca, suprimir ni censurar ni prohibir? ¿Tan difícil le resulta a la sociedad actual aceptar que los hablantes son libres y que son ellos quienes conforman la lengua? La Academia no juzga. Se limita a tomar nota.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de junio de 2017

Sobre Sir Thomas Browne


LAS AVENTURAS DE SIR THOMAS BROWNE EN EL SIGLO XXI
HUGH ALDERSEY -WILLIAMS
Traducción: Carlos Jiménez Arribas
Siruela, 2017

«Un maravilloso libro de errancia y de paseo en el que vemos lo diferentes, y a la vez lo parecidos, que somos todavía de ese serenísimo y enigmático pionero de la ciencia y forjador del estilo literario, cuya prosa es una de las cimas de la literatura inglesa, si se atiende a Borges y a mi humilde persona».
JAVIER MARÍAS

LA ZONA FANTASMA. 4 de junio de 2017. ‘Las noticias intranscendentes’

He aquí una noticia de hace unos meses, sin la menor transcendencia. Ocupaba una columnita de este diario, no tuvo continuación alguna y el titular rezaba, escandalosamente: “Defensa tendrá que pagar 243 millones por 13 aviones que ya no quiere”. El texto no añadía demasiado, sí lo suficiente para deducir que alguien había metido la pata hasta el fondo y que la broma nos iba a salir carísima. “España deberá abonar 243 millones de penalización a la empresa Airbus si finalmente no compra los 27 aviones de transporte A400M que se comprometió a adquirir, según reveló ayer en el Congreso el Secretario de Estado de Defensa, Agustín Conde. Su antecesor en el cargo, Pedro Argüelles, pactó con el gigante aeronáutico recibir 14 aparatos entre el año pasado y 2022 y postponer la recepción de los 13 restantes hasta 2025. Pero Defensa ya ha declarado estos 13 aviones como “no operables” —es decir, innecesarios— y ha aceptado pagar a Airbus 243 millones por la cancelación de este pedido. La única forma de evitar esta penalización es que España consiga vendérselos a otro país …” (A otro país idiota, se supone.)

Noticias de esta índole aparecen cada dos por tres en la prensa, y, a diferencia de lo que ocurre con las relativas a la corrupción, que acaparan portadas y exhaustivos análisis, nadie les otorga la menor importancia. Por supuesto, jamás nos enteramos de que se la haya cargado alguien por la ruinosa metedura de pata; de que haya perdido su puesto por ella; de que se lo haya obligado a reembolsar la cantidad que por su negligencia o mal cálculo hemos perdido todos. O por su frivolidad o megalomanía. ¿Alguien ha pagado por la construcción-abandono de la llamada Ciudad de la Justicia en Madrid? De diez edificios proyectados se concluyó malamente uno, que lleva años inoperante y cayéndose a pedazos, y cuyas vigilancia y mantenimiento cuestan un dineral anualmente. ¿Alguien ha sufrido las consecuencias de las inútiles radiales que nadie usa, de los Palacios de las Artes o las Ciencias diseminados por nuestro territorio y carentes de actividad y contenidos, de los varios aeropuertos sin aviones y de tantos despilfarros más? Añádanse las incontables sumas compensatorias por errores o abusos cometidos, sean plusvalías cobradas indebidamente por las ventas de pisos en las que el vendedor había perdido dinero, sean encarcelamientos injustificados o lo que ustedes quieran. Los cargos públicos derrochan a mansalva como si los fondos del erario “no fueran de nadie”, según dijo no recuerdo ya qué político, y luego se quejan de que las arcas están vacías. Hay unos muy vagos cálculos de lo que a este país le han sustraído los corruptos, los simples ladrones o los serviciales tesoreros que procuraban financiar a sus partidos. No creo que ni siquiera haya un vaguísimo cálculo de lo que cuestan las egolatrías improductivas, los proyectos superfluos, las infinitas meteduras de pata de nuestros representantes. E insisto: no parece que a ninguno se le pase factura, ni siquiera se lo destituya.

No es extraño que las arcas estén vacías. Las han vaciado sus propios custodios, insensata o alevosamente, según los casos. Y esos custodios, transformados en recaudadores, prosiguen su saqueo de la población a base de impuestos cada vez más feroces (recuérdese que Rajoy llevó a cabo la mayor subida de la historia). Cambian las reglas a su antojo: lo que antes era legal ya no lo es; lo que antes era desgravable ha dejado de serlo, sin más explicación que el arbitrario criterio de los inspectores. Y si un contribuyente decide recurrir, es posible que se vea “advertido” en forma de nuevas inspecciones y reclamaciones. Si uno se retrasa un solo día en el pago, recibe multa y se le cobran intereses, mientras que el Estado en modo alguno se aplica el mismo rasero.

Llevamos más de cinco años con un Gobierno al que los ciudadanos ya nunca perciben como una institución que los protege y defiende, sino todo lo contrario: se ha convertido en un ente amenazante, que por principio considera a la población defraudadora y enemiga, cuando los indeciblemente defraudados somos nosotros. ¿Cuántos son ya los cargos del PP que se han enriquecido a costa nuestra? ¿Cuántos los partidos que se han financiado de la misma manera? ¿Cuántas compras se han hecho de aviones “no operables” por los que nos vemos penalizados? ¿Cuántos edificios, carreteras, estaciones ferroviarias, aeropuertos inútiles se han construido? ¿Cuántos “eventos” deficitarios se han celebrado a mayor pompa de presidentes autonómicos y alcaldes? ¿Cuántos festejos “patronales” —el verano un hervidero de ellos— con fines estrictamente demagógicos en todas partes? ¿Y quién paga todo eso? ¿Los responsables, los frívolos, los derrochadores, los innumerables metepatas e ineptos? Nunca nos llega la noticia de que ninguno haya sido castigado ni destituido, ni siquiera reprendido. Esa impunidad sí que es absoluta. No les quepa duda de que lo pagamos todo nosotros, y además varias veces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de junio de 2017

LA ZONA FANTASMA. 28 de mayo de 2017. ‘La nueva burguesía biempensante’

Me escribe un señor de setenta y cinco años, desesperado porque las instituciones financieras recurran invariablemente al tuteo para dirigirse a sus clientes. Cuenta que las cartas de su banco empiezan con “un desenfadado ‘Hola’” y siguen con “un irrespetuoso tuteo”. Cuando el contacto es telefónico, ocurre lo mismo, y si el señor les afea las excesivas confianzas, los empleados le responden que ellos “sólo obedecen instrucciones”. De poco le sirve a Don Ezequiel advertirles de que, si persisten en lo que para él es una grosería, retirará sus fondos. Y se pregunta: “¿Cuál será el siguiente paso, tratarme de ‘tronco’, ‘tío’ o ‘colega’?”

Hace ya años que observo cómo completos desconocidos que me escriben para solicitarme algo no tienen ni idea de cómo deben obrar para conseguir lo que buscan. O al revés, deben de estar convencidos de que el desparpajo y la ausencia de las mínimas formalidades los va a beneficiar y a allanar el camino. Nadie parece haberles enseñado a escribir una carta o email en condiciones. No soy tan estirado como para ofenderme porque se me tutee de buenas a primeras (aunque yo trate de usted a todo el mundo de entrada, independientemente de su edad: así llamaba a mis alumnos, quince años más jóvenes que yo, cuando daba clases), ni porque se me encabece una misiva con “Querido Javier” a secas. Me da lo mismo. Lo que no encuentro aceptable es que ni siquiera haya encabezamiento. “Hola, ¿qué tal va todo?”, me dicen a veces a modo de preámbulo, para a continuación pedirme una entrevista o una intervención en un simposio o un texto para una revista. No sé qué se pretende con esa pregunta (porque es una pregunta): ¿que le cuente mi vida al remitente? ¿Que le conteste, en efecto, sobre “todo”? “Hola, soy Fulanito” no es manera de dirigirse a nadie, y eso es lo más frecuente hoy en día. Tiendo a dar la callada por respuesta en esos casos, no me molesto en afearle la conducta a nadie, a diferencia del irritado Don Ezequiel.

Lo que me llama la atención de su queja es que los empleados del banco aseguren limitarse a cumplir órdenes de los banqueros que han sido rescatados con dinero de los contribuyentes —que no han devuelto—, a los cuales cada vez cobran más comisiones y ofrecen menos beneficios o ninguno. Eso me indica que el tuteo indiscriminado forma ya parte de la actual ortodoxia burguesa biempensante, no menos feroz que la del siglo XIX, prolongado en España hasta 1975. Los biempensantes de cada época no se caracterizan sólo porque sus creencias y prácticas sean mayoritarias o dominantes, sino por la virulencia con que tratan de imponérselas al conjunto de la sociedad. Hoy ya no se exige —como en el XIX, y aquí hasta la muerte de Franco— religiosidad, respeto a los símbolos y a los padres, amor a la patria y cosas por el estilo. Hoy ha cambiado lo “sagrado”, pero la furia y la persecución contra quienes no se adscriben a los nuevos dogmas adolecen del mismo fanatismo que las del pasado. La burguesía biempensante exige, entre otros cultos, lo siguiente: hay que ser antitaurino en particular y defensor de los “derechos” de los animales en general (excepto de unos cuantos, como las ratas, los mosquitos y las garrapatas, que también fastidian a los animalistas y les transmiten enfermedades); hay que ser antitabaquista y probicis, velar puntillosa o maniáticamente por el medio ambiente, correr en rebaño, tener un perro o varios (a los cuales, sin embargo, se abandona como miserables al llegar el verano y resultar un engorro), poner a un discapacitado en la empresa (sea o no competente), ver machismo y sexismo por todas partes, lo haya o no. (A eso ha ayudado mucho la proliferación del prefijo “micro”: hay estudiantes que ven “microagresión” cuando un profesor les devuelve los exámenes con correcciones; asimismo hay mujeres que detectan “micromachismo” en el gesto deferente de un varón que les cede el paso, como si ese varón no pudiera hacerlo igualmente con un miembro de su propio sexo: cortesía universal, se llamaba.) Ver también por doquier racismo, y si no, colonialismo, y si no, paternalismo. Lo curioso es que la mayoría de estos nuevos preceptos o mandamientos de la actual burguesía biempensante los suscriben —cuando no los fomentan e imponen— quienes presumen de ser “antisistema” y de oponerse a todas las convenciones y doctrinas. No es cierto: tan sólo sustituyen unas por otras, y se muestran tan celosos de las vigentes —con un espíritu policial y censor inigualable— como podían serlo de las antiguas un cura, una monja, un general, un notario o un procurador en Cortes, por mencionar a gente tradicionalmente conservadora y “de orden”.

Y, francamente, si los bancos —nada menos— dan instrucciones de tutear a todo el mundo; si lo hacen obligatorio como en los hospitales y Universidades y en demasiados sitios “respetables”, hay que concluir que también ese tuteo impostado forma ya parte de lo más institucional, reaccionario y rancio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de mayo de 2017

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

Este fin de semana Javier Marías estará:
El sábado, 27 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en las casetas de la Librería Visor (nº. 356 y 357).
El domingo, 28 de mayo, por la mañana (12-14 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (nº. 180).

La próxima semana acudirá el viernes, 2 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Gaztambide (nº. 151).

Firmará ejemplares de sus obras y de su editorial Reino de Redonda.

LA ZONA FANTASMA. 21 DE MAYO DE 2017. ‘La peligrosa parodia’

Hace ya tiempo que temo echarle el primer vistazo al periódico de la mañana. Uno va de sobresalto en sobresalto, de noticia en noticia alarmante cuando no espantosa. Ya sé que siempre ha sido así; que las noticias buenas no son noticia y que lo que la gente desea por encima de todo es indignarse y escandalizarse. Y este deseo no ha hecho sino ir en aumento desde la aparición de las redes sociales y la dictadura de la exageración en el periodismo. Pero basta retroceder unos meses para recordar que la situación del mundo no era tan delirante con Obama en la Presidencia, con el Reino Unido integrado en la Unión Europea, con Venezuela sin golpe total de Estado ni tantos muertos en las calles (los golpes de Chávez eran graduales), con Francia sin elecciones deprimentes, con Turquía sin absolutismo y represión feroz, con Egipto sin lo mismo.

Miro la primera plana del diario, ya digo, y lo único que me reconforta (me imagino que no soy el único) es el aspecto paródico de cuanto acontece, y que me impide tomármelo del todo en serio. Todo tiene un aire tan grotesco que cuesta creer que sea cierto y no una representación, una pantomima, una sátira. Veamos. Hay un país, Corea del Norte, que amenaza con lanzar bombas nucleares cada semana, y puede que tenga capacidad para ello. Pero las escasas imágenes que de allí nos llegan son dignas de una historieta de Tintín, con un sátrapa pueril y orondo que aplaude como un loco sus propios lanzamientos de misiles fallidos y obliga a desfilar a sus súbditos como a soldaditos de plomo. El objeto de sus amenazas es un Presidente de los Estados Unidos igualmente pueril e idiota, además de antipatiquísimo y nepotista, capaz de decir ante la prensa que ha lanzado un ataque contra Irak cuando lo ha lanzado contra Siria, de invitar a su homólogo de Filipinas, Duterte, que desde que fue elegido –elegido– ha ejecutado extrajudicialmente a unos siete mil compatriotas –siete mil– y se jacta de haberse cargado él en persona a tres de ellos. Este Duterte, por cierto, le ha contestado a Trump que ya verá, que anda ocupado (se entiende: asesinar a millares desgasta, y si no que se lo pregunten a los nazis y a los jemeres rojos). Trump también declara que se sentiría “muy honrado” de charlar con el sátrapa orondo, y nada ocurre. Erdogan, en Turquía, con el pretexto de un golpe contra él, tan fallido como dudoso, ha encarcelado o destituido a ciento cincuenta mil ciudadanos –ciento cincuenta mil–, de militares a periodistas y profesores. No sé, de haber habido tantos partidarios del golpe, éste no habría fracasado tan rápida y rotundamente.

Luego está Putin, admirado por la extrema derecha y por la extrema izquierda, un megalómano propenso a fotografiarse con el torso desnudo o derribando a un tigre con sus propias manos, estilo paródico de trazo grueso. Y así nos acercamos a Europa, donde casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis (niega esa colaboración, luego el Gobierno de Vichy era intachable) y rechaza a los refugiados porque en seguida quieren robarle a uno la cartera y el papel pintado de las paredes (sic: hace falta estar sonado para creer que a alguien le interesa su papel pintado). A esa señora no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes. En Inglaterra gobierna una mujer desagradable, patriotera y cínica, que antes de la consulta del Brexit defendía la permanencia en la UE y ahora brama contra lo que le parecía de perlas hace menos de un año. Su Ministro de Exteriores es un histriónico clon de Trump con estudios, Boris Johnson. De Polonia y Hungría no hablemos, países en la senda de Turquía y Egipto, sólo que cristianos.

En cuanto a España, el ex-Presidente de Madrid –el ex-Presidente– saqueaba presuntamente empresas públicas, y su madrina Aguirre estaba in albis, como el jefe del Gobierno Rajoy, que nunca se cansa de soltar perogrulladas. En el PSOE parecen detestarse mucho más entre sí que a cualquier adversario político, y por último hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato. Y bueno, en Cataluña hay también una serie de personajes tintinescos que proclaman que sus sueños van a realizarse por las buenas o por las malas. Porque a ellos les hacen mucha ilusión y eso basta.

Sí, todo desprende tal aroma de sainete, de opereta bufa, de esperpento o de lo que quieran, que eso es lo único que a muchos nos salva de la desesperación cotidiana. El problema aparece cuando uno ve imágenes de las arengas de Hitler y de Mussolini. Porque ellos parecían aún más paródicos que los gobernantes actuales, y ya conocen la historia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de mayo de 2017

LA ZONA FANTASMA. 14 de mayo de 2017. ‘Recomendación del desprecio’

Todos sabemos que los sentimientos negativos, si no son obsesivos ni en gigantescas dosis, pueden resultar estimulantes. El odio da fuerza, el rencor agudiza el ingenio, la envidia se convierte en un motor, la ira sirve para desahogarse y quedarse momentáneamente satisfecho. El inconveniente de los mencionados es que difícilmente son sólo sentimientos. Casi nadie se los guarda para sí, sino que nos vemos impulsados a exteriorizarlos y a actuar en consecuencia. Quienes son presa de ellos necesitan o quieren dañar a la persona envidiada u odiada, hacerle llegar los efluvios de su ira o su rencor, con el consiguiente intercambio de golpes, la espiral inevitable y las heridas para ambas partes. Por eso, entre todos esos sentimientos, quizá mi favorito sea uno que suele callarse, que no precisa manifestación y del que, por tanto, a menudo su objeto ni siquiera se entera, a saber: el desprecio. Es algo que frecuentemente albergamos en nuestro fuero interno y que, curiosamente, no nos exige su proclamación a los cuatro vientos. Hay gente, claro está, que no le ve la gracia: “¿De qué me sirve despreciar a alguien si no se lo hago saber, si no sufre por ello, si ni siquiera está al tanto?” Yo lo aprecio justamente por eso: si me afano y desvivo por que un individuo note mi odio, mi ira, mi rencor o mi envidia, le estoy dando demasiada importancia. Con mi desprecio, silencioso las más de las veces o incluso oculto, se la niego. El individuo no se entera, cierto, pero me entero yo, que es lo que cuenta.

Así, debo confesar que profeso y fomento ese sentimiento, en muy diferentes grados (como me ocurre con todos los demás, cuando me asaltan). Y hoy, en España, es difícil no dedicárselo con particular intensidad a los políticos ladrones que día tras día llenan los periódicos y las televisiones. Nos ponen, además, casi imposible atemperarlo con otro que está en la naturaleza de las almas compasivas, y de éstas conozco a unas cuantas. A esas almas “casi” les dan lástima dichos políticos cuando por fin los ven acorralados, detenidos, esposados, ya en la cárcel o lloriqueando, como hemos visto a la incorruptible Esperanza Aguirre, que sin embargo posee un ojo clínico para rodearse de corrompidos, darles cargos, auparlos y cantar sus excelencias y su “intachabilidad”. Esa reacción compasiva (al ver a alguien caído en desgracia, por nocivo que haya sido) se ve frenada en estos casos por el recuerdo, aún reciente, de la chulería, el desdén y la altanería con que la mayoría de esos detenidos o defenestrados se han comportado cuando estaban “en la cima”, como dirían ellos. El ejemplo extremo es Rita Barberá, que a su ocaso político vio añadirse la muerte, motivo por el que la lástima podría abrirse paso sin apenas obstáculos. Y sin embargo, el recuerdo de su jactancia, de su desdén hacia los demás, de su bravuconería cada vez que ganaba elecciones y daba humillantes saltos en un balcón, entorpece la pena o la conmiseración. Otro tanto sucede con los que por fortuna continúan vivos: con Trillo, Ignacio González y Granados, Rato y Blesa, Fabra y Millet y Montull, Pujol y familia en pleno, los responsables del ERE de Andalucía y tantísimos más que no caben aquí.

Pero hay unas gentes a las que desprecio más que a esos sujetos. Son las que, una vez el político descubierto o caído o detenido o condenado, se ceban con él desde el anonimato o la confusión de la masa. Más desprecio aún que por los saqueadores siento por los individuos que se apuestan a las puertas de los juzgados para insultarlos –ojo– cuando ven que ya no hay que temerlos. Cuando aquéllos no pueden revolverse –a veces van esposados–, entonces surgen los “valientes” que los vituperan y execran a voz en cuello, sintiéndose virtuosos y superiores moralmente. Y el mismo profundo desprecio me merecen quienes hacen lo propio desde las redes sociales y lanzan tuits ofensivos contra quienes tal vez se hayan ganado afrentas con su comportamiento, pero ya no están en condiciones de defenderse, sino hundidos, cabizbajos (bueno, algunos no), temerosos de las penas severas –acaso justas– que les vayan a caer cuando se sienten en el banquillo. Si llegan a sentarse, desde luego: porque esa es otra, en este país la justicia no siempre es de fiar.

La mayor parte de los sentimientos negativos enumerados al principio, al requerir expresión y acción, dan lugar a actitudes hipócritas, histriónicas o delatoras (como la de ese autobús de Podemos, que es las tres cosas), en las que uno percibe a menudo, más que la indignación, la rabia o el resentimiento, su autocomplaciente exhibición, de cara a la galería: “Vean qué honrado y justiciero soy, vean cómo me enfurezco con los corruptos. Y qué bien me sienta, ¿no?” Fariseísmo, se llamaba eso en la antigüedad. Frente a todas esas sospechosas sobreactuaciones, recomiendo vivamente el discreto desprecio. Que además, a fin de cuentas, se va contagiando de unos a otros y tiene su efecto, sin necesidad de aspavientos ni de vociferación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de mayo de 2017

Por alusiones

Jorge Fernández Díaz asumió en la Academia Argentina de Letras
Perfil (Argentina), 4 de mayo de 2017

Francisco Rico: «Se puede aprender a decir ‘nosotras y nosotros’ y luego pegar a la mujer»
EMILIA LANDALUCE
El Mundo, 22 de abril de 2017

Ahmed Magdi, el amante más puro que tiene el idioma español
FRANCISCO CARRIÓN
El Mundo, 4 de mayo de 2017

Así empieza lo malo
JUAN CRUZ
El País, 17 de abril de 2017

Regne de Redonda First
IVÁN DE LA NUEZ
El País, 12 de abril de 2017

LA ZONA FANTASMA. 7 de mayo de 2017. ‘Mejor no pensarlo’

Algunos catálogos de libreros anticuarios traen información sobre los autores de las obras que venden, y ésta es a menudo fuente de sorpresas y melancolía. Hace poco me llegó uno de Paul ­Rassam, de Charlbury, en Oxfordshire, y primero me encontré con un viejo conocido, al que hice aparecer en mi “falsa novela” de 1998 Negra espalda del tiempo. Es más, me dio la impresión de que parte de los datos expuestos podían provenir de lo que conté en ese libro, pero como de él hace ya mucho, y no fue de los más leídos, vale la pena recapitular aquí ahora. Hugh Oloff De Wet se formó con la RAF pero se estrenó como piloto y espía a las órdenes de Haile Selassie, el Emperador de Abisinia, hasta que se vio obligado a abandonar ese país por un duelo en el que se vio envuelto. A continuación ofreció sus servicios a Franco, que los rechazó, así que De Wet voló para el enemigo, la República, y escribió un libro relatando esa experiencia. El conflicto entre Alemania y Checoslovaquia lo llevó a ayudar a este segundo país, y en Praga espió para el Deuxième Bureau francés, lo cual tuvo como resultado su detención y la de su mujer por parte de la Gestapo en 1939. Se cree que ella se ahorcó en el transcurso de los interrogatorios, y De Wet fue torturado durante varios meses, como contó más tarde en The Valley of the Shadow. Finalmente se lo juzgó por traición en Berlín, se lo declaró culpable y se lo condenó a muerte. Desde el ventanuco de su celda vio guillotinar a centenares de hombres y mujeres, mientras aguardaba su turno, que no llegaba. Intentó colgarse, lo que hizo que pasara los dos años siguientes encadenado. Sobrevivió a un bombardeo de aviones aliados, y la destrucción de numerosas celdas de la prisión hizo que los nazis la compensaran con el ahorcamiento inmediato de ciento ochenta reclusos. De Wet escapó de nuevo a la muerte, y fue liberado en abril de 1945, al término de la contienda. Volvió a Londres e inició una carrera de escultor de bustos, entre los cuales hay varios de famosos poetas y prosistas como Pound, Dylan Thomas, MacNeice y Robert Graves. Hay que decir que fue De Wet el encargado de relatar tantas y tan truculentas peripecias, por lo que no cabe descartar que mintiera algo o exagerara. El volumen del catálogo era Cardboard Crucifix: The Story of a Pilot in Spain, y costaba 250 libras.

Después me encontré con Anna Wickham, pseudónimo de Edith Harper, nacida en Londres pero llevada a Australia a los seis años, donde permaneció hasta los veinte, para regresar a su ciudad natal en 1904. Allí se casó con el abogado y astrónomo Patrick Hepburn, convencional hasta la asfixia: desaprobaba cuanto ella hacía, sobre todo sus versos, más aún los que adoptaban una perspectiva feminista y exponían su desarmonía matrimonial. Uno de esos poemas decía: “Me casé con un hombre de Croydon / a los veintidós años, / y yo lo contrarío, y él me aburre / hasta no saber qué hacer ninguno”. En venganza, Hepburn la encerró en un manicomio en 1913, en el que ella permaneció sólo cuatro meses gracias a la insistencia del inspector que la visitaba. Una vez liberada, hizo amistad con escritores y artistas, entre ellos D. H. Lawrence y la notoria “amazona” Natalie Clifford Barney, de la que fue íntima. Y al morir su marido, abrió las puertas de su casa a toda clase de bohemios como Dylan Thomas, el también borracho Rey de Redonda John Gawsworth y el no menos bebedor Malcolm Lowry, mítico autor de Bajo el volcán, que en el acogedor hogar de ­Wickham reescribió su obra Ultramarina, cuyo primer original le habían robado, o eso decía. El catálogo añadía que Anna Wickham se ahorcó en 1947, a los sesenta y tres años. Sus seis libros de poesía se vendían a 250 libras cada uno, en Paul Rassam el erudito librero.

Y a continuación apareció el infinitamente más célebre Oscar Wilde, del que, a diferencia de lo que ocurre con los oscuros De Wet y Wickham, casi todo se sabe. De él se ofrecía una brevísima carta autógrafa, firmada con iniciales, de 1899, tras su salida de la cárcel, sin porvenir literario y arruinado. Al destinatario, su amigo y editor Smithers, le dice: “Muchas gracias por las 2 libras. Me han aplacado los nervios y me han dado algo de paz …” ¡2 libras! Incluso en 1899 no serían gran cosa. Claro que pocos días antes le había rogado: “¿Puedes enviarme mi paga por adelantado? 10 libras … No tengo un penique y mi estado es deplorable, ya que toda mi ropa está en el Hôtel Marsollier, retenida por impago. Estoy en verdad en el arroyo”. En el Hôtel d’Alsace en el que murió, el dueño fue más compasivo y le perdonó una factura de 190 libras. Poco antes de expirar, Wilde le dijo a un amigo: “El papel pintado de mi habitación y yo libramos un duelo a muerte. Uno de los dos ha de desaparecer”. Debía de ser lo único que veía, postrado, un hiriente papel pintado. La carta autógrafa del catálogo costaba 6.750 libras, unos 8.000 euros. Si el moribundo Wilde lo hubiera sabido … Pero es mejor no pensarlo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de mayo de 2017

LA ZONA FANTASMA. 30 de abril de 2017. ‘Generaciones de mastuerzos’

Tengo un vago recuerdo de una viñeta de Forges que quizá cuente veinte o más años. La escena era algo así: un niño, en una playa, se dispone a cortarle la mano a un bañista dormido con unas enormes tijeras; alguien avisa al padre de la criatura –“Pero mire, impídaselo, haga algo”–, a lo que éste responde con convencimiento: “No, que se me frustra”. Hace veinte o más años ya se había instalado esta manera de “educar” a los críos. De mimarlos hasta la náusea y nunca prohibirles nada; de no reñirlos siquiera para que no se sientan mal ni infelices; de sobreprotegerlos y dejarlos obrar a su antojo; de permitirles vivir en una burbuja en la que sus deseos se cumplen; de hacerles creer que su libertad es total y su voluntad omnipotente o casi; de alejarlos de todo miedo, hasta del instructivo y preparatorio de las ficciones, convenientemente expurgadas de lo amenazante y “desagradable”; de malacostumbrarlos a un mundo que nada tiene que ver con el que los aguarda en cuanto salgan del cascarón de la cada vez más prolongada infancia.

Sí, hace tanto de esta plaga pedagógica que muchos de aquellos niños son ya jóvenes o plenos adultos, y así nos vamos encontrando con generaciones de cabestros que además irán en aumento. Ya es vieja, de hecho, la actitud insólita de demasiados adolescentes, que, en cuanto se desarrollan y se convierten en tipos altos y fuertes (habrán observado por las calles cuántos muchachos tienen pinta de mastuerzos), pegan a sus profesores porque éstos los han echado de clase o los han suspendido; o pegan a sus propios padres porque no los complacen en todo o intentan ejercer algo de autoridad, tarde y en vano. Pero bueno, con los adolescentes cabe la esperanza. Es una edad difícil (y odiosa), es posible que una vez dejada atrás evolucionen y se atemperen. Lo grave y desesperante es que son ya muchos los adultos –hasta el punto de ser padres– que se comportan de la misma forma o peor incluso. También hace tiempo que leemos noticias o reportajes en los que se nos informa de padres y madres que pegan a los profesores porque éstos han castigado a su vástago tras recibir un puñetazo del angelito; o que agreden a médicos y enfermeras si consideran que no han sido atendidos como se merecen. Semanas atrás supimos de las reyertas de progenitores varios en los campos de fútbol infantil en los que sus hijos ensayan para convertirse en Messis y Cristianos: palizas a los pobres árbitros, peleas feroces entre estos pueriles padres-hinchas, amenazas a los entrenadores por no alinear a sus supuestos portentos. Por las mismas fechas salió en televisión el caso de un dueño de perro de presa (resultan una especie peligrosa, los dueños adoradores de sus animales) al que un señor reconvino por llevarlo suelto. La respuesta del tal dueño fue furibunda: noqueó al señor y, una vez éste caído, se hartó de darle patadas por doquier, cabeza incluida, y lo mandó al hospital, qué menos. Y hay diputados talludos que llevan estampado en su camiseta a un “mártir” correligionario que le dio una tunda a un socialista y está por ello condenado.

Se habrán percatado ustedes de que llamarle la atención a alguien por algo mal hecho o molesto para los demás, o por una infracción de tráfico, equivale hoy a jugarse el cuello. (No digamos defender a una mujer a la que se está maltratando o, dicho peor y a las claras, inflando a hostias.) Es frecuente que el infractor, el que comete una tropelía o impide dormir a sus vecinos, lejos de recapacitar y disculparse, monte en cólera y le saque una navaja o una llave inglesa al ciudadano cívico y quejoso. Mi sobrina Clara, hace meses, cometió el “error” de pedirle educadamente a una mujer que bajara un poco el volumen de la atronadora música que obligaba a padecer a los pasajeros de un autobús: le cayó una buena, no sólo por parte de la mujer, sino de otros viajeros igual de bestias. El conductor, por supuesto, se hizo al instante invisible, como se lo hacen asimismo los guardias municipales madrileños ante cualquier altercado del que prevén que pueden salir descalabrados. Todo el mundo se achanta ante el matonismo reinante. Es comprensible en los ciudadanos. No en los policías y guardias, porque se les paga para proteger a los pacíficos y cumplidores de los desmanes de los violentos y coléricos.

¿Cómo es que hay tantos hombres y mujeres hechos y derechos con esas actitudes cenútricas? Me temo que son los coetáneos, ya crecidos, de aquel niño de Forges. Gente a la que nunca, a lo largo de la larga infancia, se le ha llevado la contraria ni se le ha frenado el despotismo. “Hago lo que me da la gana y nadie es quién para pedirme a mí nada, ni que baje el volumen ni que lleve sujeto a mi perro-killer”. Como esa forma de “educar” sigue imperando y aun va a más (hay quienes propugnan que los niños han de ser “plenamente libres” desde el día de su nacimiento), prepárense para un país en el que todas las generaciones estén dominadas por mastuerzos iracundos y abusivos. La verdad, dan pocas ­ganas de llegar vivo a ese futuro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de abril de 2017

Nuevo duque del Reino de Redonda: John Julius Norwich

Andrew Crowley/The Telegraph

John Julius Cooper, segundo vizconde de Norwich, historiador, ha sido nombrado por Xavier I, Rey de Redonda, Duke of Bizancio.
Norwich nació el 15 de septiembre de 1929. Hijo de Alfred Duff Cooper, miembro del Partido Conservador y embajador de Gran Bretaña en Francia, y de Lady Diana Manners.
Estudió en el Upper Canada College de Toronto, en Eton, y en las universidades de Estrasburgo y Oxford, donde se tituló en francés y ruso.
Sirvió en la Marina Real Británica y en el Servicio de exteriores británico y fue miembro de la delegación británica en la Conferencia de Desarme en Ginebra.
También trabajó en radio y en televisión, medio para el que escribió y presentó cerca de 30 documentales.
A partir de 1964 se dedica a escribir. Entre sus obras destacan: Historia de Venecia, Breve historia de Bizancio, Los normandos en Sicilia, El Mediterráneo: un mar de encuentros y conflictos entre civilizaciones, Un reino al sol: Sicilia 1130-1194, Los papas…
Es editor de Christmas Crackers, selección de cartas, citas literarias, definiciones curiosas y palíndromos que ha enviado a sus amigos a lo largo de los años.
Colabora con varias organizaciones no lucrativas como la fundación Venecia en Peligro y la World Monuments Fund.
Fue nombrado Comendador de la Real Orden Victoriana.
Casado dos veces, es padre de tres hijos y suegro de Sir Antony Beevor, Duke of Slalingrado.

LA ZONA FANTASMA. 23 de abril de 2017. ‘Decimoquinta’

Cuando esto escribo, hace sólo cuatro días que terminé una nueva novela. 576 páginas de mi vieja máquina Olympia Carrera de Luxe, la cual, me temo, está a punto de fenecer tras el tute a que la he sometido (cada página tecleada tres veces como media). Empieza a fallar, y si no consigo reponerla dejaré de escribir, supongo: a estas alturas de mi vida no me veo capacitado para pasar a un ordenador, renunciar al papel y a las correcciones a mano y a pluma sobre cada versión de cada página. Con ese ya arcaico instrumento saco también adelante estas piezas dominicales, que sufren parecido proceso de revisión y enmiendas. Agradezco a mis empleadores que me permitan seguir entregando un producto que les da más tarea de la habitual. Seguro que si fuera un joven meritorio me mandarían a paseo y me dirían: “Niño, consíguete un ordenador. ¿Qué te crees, que aún vivimos en el siglo XX?”

No en otros, pero en este aspecto me cuesta vivir en el XXI. Mi primera novela se publicó en el remoto 1971, a mis diecinueve años. En el larguísimo periodo transcurrido desde entonces, no se puede decir que haya escrito muchas: la recién concluida es la decimoquinta, si cuento como tres los volúmenes de Tu rostro mañana, que aparecieron en 2002, 2004 y 2007. Forman una obra unitaria, pero para mí cada uno me supuso el esfuerzo de una novela distinta. En suma, salgo a una media de una cada tres años. Si me comparo con maestros del pasado y del presente (y por supuesto con muchos que no lo han sido ni lo son), soy un novelista tirando a escaso.

Quizá por eso, porque empleo mucho tiempo en ellas, y también porque nunca sé si habrá más en el futuro, la terminación de una me trae sentimientos encontrados. El inmediato y dominante es incredulidad: “¿He logrado poner fin a esto? Si todas estas hojas estaban vacías …” En el presente caso, han pasado veinticinco meses desde las dubitativas líneas iniciales. He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo.

Y ahí empieza el siguiente sentimiento ambiguo: mientras uno escribe (siempre hablo por mí, claro), no se plantea mucho lo que por lo demás resulta evidente: lo hace para ser leído. De tan evidente, uno puede hacer caso omiso. Sin embargo, una vez puesto el punto final, la idea reaparece con todas sus consecuencias. “No sólo me despido de estos amigos, sino que dentro de unos meses estas criaturas que mantenía encerradas y que nadie más conocía, se harán amigas de personas que ni siquiera he visto, de los gentiles lectores que tengan a bien molestarse en abrir este libro”. La perspectiva es extraña. Ahora mismo, mi primera y quizá mejor lectora lleva ya 200 páginas de esas 576. Va sabiendo qué me he traído entre manos durante los dos últimos años. Qué he concebido, qué he armado, qué me ha preocupado, me hace algún comentario sobre alguna situación o personaje; qué he pensado y con qué me he abstraído. Para quien ha guardado todo eso en secreto, es desasosegante. Pero también es una alegría. El sino más triste de una novela es que nadie tenga la menor curiosidad por leerla. Así que ojalá estas “criaturas del aire” (como acertadamente las llamó Savater hace mucho) consigan hacer incontables amistades nuevas, aunque yo no esté invitado a sus fiestas particulares con cada lector atento. Me queda el “consuelo” de que, lo mismo que ahora he recuperado personajes de Tu rostro mañana, acaso un día vuelva a encontrarme con Berta Isla. El título todavía no está decidido, pero podría ser este nombre, Berta Isla, para inscribirme en una larguísima y a menudo noble tradición: la de Jane Eyre, Anna Karenina, Oliver Twist, David Copperfield, Madame Bovary, Robinson Crusoe, Tess de los d’Urberville, Eugénie Grandet, Tom Jones, Tristram Shandy, Moll Flanders, Daisy Miller, Jean Santeuil y tantos otros títulos memorables. Ay, si con eso bastara para aproximarse un poco a ellos …

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de abril de 2017

Javier Marías en la Librería Méndez


En la víspera del Día del Libro, este sábado 22 de abril, a las 19 horas, en la Librería Méndez (C/ Mayor 18. Madrid) Javier Marías y Manuel Rodríguez Rivero hablarán del vigésimo quinto aniversario de la publicación de la novela Corazón tan blanco .

Javier Marías y Manuel Rodríguez Rivero, el 22 de abril de 2017, en la Librería Méndez

Marías y Tizón desafían la era de lo efímero y reeditan obras a los 25 años
FERNANDO GARCÍA
La Vanguardia, 16 de abril de 2017