Reseña de ‘Los Papas’

Pontificados comparados
CÉSAR PÉREZ GRACIA
Heraldo de Aragón, Artes & Letras, 11 de enero de 2017

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LA ZONA FANTASMA. 14 de enero de 2018. ‘Gratitud cada vez más tenue’

Llevo tiempo observando que una de las cosas que más han cambiado en este siglo es la noción de agradecimiento. Si alguien se portaba bien con uno, o le hacía un favor, o le prestaba dinero y lo sacaba de un apuro, o lo consolaba en el desánimo, eso solía quedar en nuestra memoria para siempre. Bastaba con una sola ocasión, un solo gesto de generosidad, para que nuestra gratitud fuera imperecedera. Yo, desde luego, he procurado llevar eso al extremo: he tenido en cuenta hasta deferencias mínimas. Durante años un viejo amigo me dio motivos para retraerle la amistad, y sin embargo tardé muchísimo en hacerlo porque un día de 1981 le pedí que, ya que vivía en la misma calle que una novia extranjera que tenía yo por entonces y que estaba enferma (no recuerdo por qué, yo no podía desplazarme), se acercara a verla y a llevarle unos medicamentos. No era un gran sacrificio ni nada extraordinario, pero que se mostrara dispuesto me bastó para guardarle agradecimiento imprescriptible. Si alguien hacía algo por uno una sola vez, eso ya no se borraba. También he contado en alguna entrevista que mi ya larga amistad con Pérez-Reverte no es ajena a lo siguiente: en 1995 abandoné una editorial de prestigio y poderosa. La ruptura no estuvo relacionada con la mejor oferta de otra ni nada por el estilo (de hecho no tuve una nueva novela hasta 1998), sino con mi descontento y mis sospechas. Me encontré con un vacío y una insolidaridad absolutos por parte de mis colegas novelistas. No es que yo les pidiera ni esperara que dijeran nada públicamente, claro (no involucro a los demás en mis litigios), pero es que ni siquiera en privado casi nadie me dio el menor ánimo (se teme enemistarse con el poderoso). Pérez-Reverte, al que entonces no conocía, tuvo el detalle de acercárseme en una presentación y decirme: “Ya sé de tus problemas. Si te puedo echar una mano, o necesitas un abogado, cuenta conmigo”. No tenía por qué, y en aquella época de soledad se lo agradecí muchísimo. Como también la solidaridad que me brindó Manuel Rodríguez Rivero. Son cosas que no se olvidan, o que yo no olvido. No necesitaba reiteración ni acumulación para tener a esas personas un miramiento (casi) eterno y a prueba de bombas.

Eso ya no existe mucho. Parece como si los favores no contaran a menos que se prolonguen indefinidamente. El que se rindió en el pasado es eso, pasado, y hay que renovarlo continuamente para mantener el agradecimiento. Es como si todo lo habido careciera de peso en cuanto los favores se interrumpen, por lo que sea. En lo personal y en lo público. Miren lo que le pasó a Puigdemont el día en que iba a renunciar a la DUI y a convocar elecciones. Quienes llevaban dos años jaleándolo y teniéndole gratitud se revolvieron al instante y lo llamaron traidor porque ya no hacía lo que ellos querían. Cuanto había hecho con anterioridad se había esfumado. Tanto pánico le dio que acabó por incurrir en la mayor sandez (bueno, una más de las suyas), y ahí lo tienen, con la chaveta perdida en Bruselas. En lo que a mí respecta, durante más de veinte años di un trato de amistad y privilegio a un matrimonio, con el que tuve incontables deferencias y al que ayudé a ganar dinero en tiempos difíciles, durante la crisis. Fue suficiente que en una ocasión no pudiera hacerles a marido y mujer el favor acostumbrado (o no quisiera del todo, tras un roce) para encontrarme con una actitud de insolencia y desprecio. Es más, precisamente por lo continuado de los favores, habían perdido de vista que se trataba de eso, de un favor entre amigos, pero favor al cabo, y se permitieron recriminarme que por una vez no se lo hiciera, o no a su gusto. Habían pasado a considerarlo una especie de obligación por mi parte, algo insólito. Y descubrí con amargura que nada de lo habido durante veinte años largos contaba: ni las molestias que me había tomado, ni las muchas horas dedicadas, ni el esfuerzo, ni el distanciamiento que me había ganado de otros por mi “favoritismo” hacia ellos. Se me quedó el alma helada, y no me cupo sino concluir que lo que para mí habían sido dos decenios de cordialidad y afecto, por el otro lado habían sido meros interés e hipocresía. Todo marchaba bien mientras el favor fuera permanente. Un solo “fallo” justificado bastaba para anular cuanto había acumulado.

Sí, el agradecimiento ha cambiado, se ha hecho tan tenue para muchos, que a uno a veces le dan ganas de no prestar más favores. ¿Para qué, si no se van a apreciar a menos que se perpetúen? ¿Y para qué va uno a perpetuarlos, si esa continuidad va a acabar convirtiéndolos en un “deber”, en una “deuda” para quien los hace, y le van a reprochar que los suspenda? No sé, es como si una Navidad no pudiera darles aguinaldo a mis sobrinos (por andar mal de fondos, por ejemplo), y ellos me lo reclamaran y me lo echaran en cara y dejaran de hablarme. No pasaría, mis sobrinos son muy buenos chicos, y considerados. Pero miren a su alrededor y díganme si no han sufrido sorpresas de este tipo. Atrévanse a decirme que la noción de gratitud no ha cambiado. Pero, con todo y con eso, quien conserva la antigua nunca dejará de hacer favores, no sólo porque siempre haya excepciones, sino porque tampoco suele esperar que se los devuelvan. Sólo que le den las gracias.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de enero de 2018

Nuevo libro de artículos de Javier Marías

CUANDO LOS TONTOS MANDAN
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, febrero de 2017

Cuando los tontos mandan recoge los artículos publicados por el autor en El País Semanal entre febrero de 2015 y febrero de 2017, y constituyen una especie de crónica política, cultural y social del período. Abordan la actualidad y plantean temas de reflexión lejos de convencionalismos y lugares comunes, y nos brindan las herramientas necesarias para pensar libremente.

LA ZONA FANTASMA. 7 de enero de 2018. ‘El último bastión’

Ningún hecho ha habido más épico en los últimos cien años que la resistencia de Inglaterra, sola, durante la Segunda Guerra Mundial. Lo sabe cualquiera que haya leído libros sobre el conflicto o haya visto unas cuantas películas: éstas empezaron a hacerse durante la contienda y el filón no se ha agotado, casi ocho decenios más tarde. Uno detrás de otro, los países europeos habían caído derrotados, invadidos (de Polonia a Francia), o se habían proclamado neutrales (Suecia, Suiza), o se habían aliado con Hitler (la Unión Soviética, hasta 1941, cuando los nazis rompieron el pacto de no agresión) o habían sido “convencidos” (Italia, España, Hungría, Croacia, la Noruega de Quisling). Los Estados Unidos sesteaban y se desentendían. E Inglaterra, durante un tiempo que se le debió hacer eterno, aguantó en solitario y con escasa esperanza. Lástima que ahora se haya convertido en uno de los detractores y desertores de la actual Inglaterra, salvando todas las distancias.

La Inglaterra actual es para mí la Unión Europea. Por fortuna, el dramatismo de la situación no es comparable, y no hay guerra abierta. Pero, si las nuevas generaciones están ansiosas de tener su épica, no hay mejor causa que defender el único bastión de las libertades que queda en nuestro mundo, atacado por casi todos los flancos sin que nos demos mucha cuenta de ello. Es más, quienes deberíamos defender ese bastión a ultranza lo criticamos y nos quejamos de él a menudo. No es que no haya motivos. La Unión Europea está llena de defectos, es burocrática, con frecuencia parece arbitraria y en ocasiones será injusta. Siempre se dice que es sólo un proyecto económico y que no resulta “ilusionante”. Pero nuestra visión debería mejorar si nos paramos a pensar que es lo único digno de conservación que tenemos, y que además fue un extraordinario invento del que no son conscientes muchos jóvenes. Han nacido ya con ella, y encuentran natural recorrer Europa con un DNI y sin cambiar de moneda, poderse trasladar a casi cualquier país manteniendo sus derechos y sin verse tratados como inmigrantes ni intrusos. Y más natural aún les parece que en ese territorio no haya guerras ni enemigos, sino lo contrario, solidaridad y colaboración y amigos. Si esos jóvenes (o demasiados viejos desmemoriados e ingratos) se molestaran en repasar un manual de Historia, sabrían que lo propio de nuestro continente, desde el inicio de los tiempos hasta fecha tan reciente como 1945, fue que los países se mataran entre sí y se mostraran beligerantes. La historia europea es una sucesión de escabechinas e invasiones, que sólo cesaron gracias a este proyecto hoy desdeñado, cuando no denostado. Esos jóvenes despreocupados y esos viejos irresponsables dan esa paz por descontada, y así nadie se afana por defender la mejor idea jamás alumbrada por nuestros antepasados.

Algo tendrá de buena y envidiable esa Unión cuando, si se fijan, hoy la ataca o la quiere debilitar casi todo el mundo. Trump la detesta y la boicotea, Putin procura disgregarla y romperla valiéndose de lo que sea, los yihadistas del Daesh y otros grupos intentan destruirla (¿cuántos atentados padecidos ya en nuestras tierras, incluido el de Barcelona que el ensimismamiento soberanista olvidó tras sus breves aspavientos? ¿Cuántos muertos?). La Venezuela de Maduro abomina de ella, y en nuestro propio seno es combatida con virulencia por los retrógrados de cada país: los xenófobos británicos ya han logrado abandonarla, y por consiguiente torpedearla; en Francia, la racista Le Pen propone acabar con ella, como las extremas derechas holandesa, escandinava, alemana, austriaca y flamenca. También los grupos de la falsa y reaccionaria extrema izquierda la odian y desearían que desapareciera, y a toda esta gente se le han unido ahora los independentistas catalanes. Para uno de los más conspicuos, el comisario político Llach, los europeos son “cerdos”, y para Puigdemont “una vergüenza”. Y un par de naciones o tres forman ya una especie de quinta columna dentro de la propia Unión: Polonia, Hungría, Eslovaquia, que pretenden convertirse en semidictaduras sin separación de poderes y con prensa amordazada. Es seguro que si pidieran ahora su ingreso en el club, bajo sus actuales leyes y mandatarios, los demás miembros se lo denegarían. Es más fácil impedir el paso que expulsar a los ya instalados. En la Unión Europea no hay pena de muerte, hay elecciones democráticas y libertad de expresión y de prensa, y asistencia sanitaria aceptable; los diferentes países no pueden hacer cuanto se les antoje sin ser amonestados (por mucho que los “pueblos” aprobaran referéndums para reestablecer la esclavitud, por ejemplo, eso no se consentiría). Con los Estados Unidos y Rusia convertidos en naciones autoritarias, por no hablar de la China, Turquía, las Filipinas, Egipto, Myanmar, Venezuela, Arabia Saudí y otros países musulmanes, y por supuesto Cuba, díganme si queda algún otro baluarte de las libertades a este lado del Atlántico. Cierto que no hay una figura con el carisma y la retórica de Churchill. Pero tanto da: para quienes anhelan su épica, aquí la tienen: la defensa de un puñado de democracias cabales contra el resto del globo, o casi.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de enero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 31 de diciembre de 2017. ‘Grafiteros, mendigo y académico’

Hay semanas llenas de pequeños sinsabores o incidentes que lo mueven a uno a la risa, más que al enfado. Ojalá fueran todos así. La que hoy termina ha sido una de esas. La cosa empezó en la presentación de la última novela de Pérez-Reverte. En el escenario, el autor y tres mujeres, entre ellas nuestra magnífica editora Pilar Reyes, afanándose por dialogar e interesarnos. A mi izquierda, un par de individuos, con calva moderna y media barba, que no paraban de cuchichear como posesos. Una incontinencia verbal fuera de serie. “¿Qué diablos hacen aquí”, me preguntaba, “en un sitio al que se viene a escuchar, no a rajar desenfrenadamente?” Claro que el panorama general del patio de butacas no era alentador: la mitad de los asistentes estaban a lo suyo, es decir, mandando y recibiendo whatsapps y chistes, haciendo fotos y vídeos con sus aparatos estúpidos, sin prestar la menor atención a lo que se hablaba arriba. La mala educación de mucha gente está alcanzando niveles disuasorios: ya no se puede ir al cine, ni a un concierto. Pero al menos los del móvil “interactuaban” en silencio, más o menos, mientras que los calvos modernos no descansaban: chucu-chucu, chucu-chucu, un bisbiseo inaguantable. Aun así aguanté cuarenta minutos, limitándome a mirar con estupor al que tenía al lado. Hasta que no pude más. Ya he escrito aquí sobre los peligros de llamarle hoy la atención a nadie. Poco después de hacerlo hubo dos víctimas más: un anciano le afeó a un coche, a distancia, haberse saltado un paso de cebra, y el conductor se detuvo, se bajó, le pegó un puñetazo al viejo y lo dejó seco en la calzada; y otro sujeto que meaba en la calle respondió a la recriminación de un vecino sacando una pistola y metiéndole un tiro. Así que me jugué la vida al decirles: “Oye, ¿vuestra tertulia la tenéis que tener aquí?” A lo que el de más allá me contestó altanero: “Es que podemos hacer las dos cosas, escuchar y hablar”. “Ya”, le respondí sin discutirle la falsedad, “pero molestáis a los demás, que no somos tan hábiles”. Pararon un poco, sólo un poco. Tres días después, Pérez-Reverte estaba informado: “Ya sé que casi te pegas con unos amigos míos”. “Pues vaya amigos, no sé por qué no escogieron la cafetería”. “Son dos grafiteros que me echaron una mano con una novela. Desde entonces van a todo lo mío, por lealtad personal, pero se aburren. Eso sí, me dijeron que eras chulo”. “¿Chulo yo? Para nada, fui muy modoso”. Comprendí que, en efecto, me había jugado la vida con tipos de acción, y encima amigos de un amigo.

A los dos días vino hacia mí un mendigo con la cara desnortada, en la calle de Bordadores. Y me gritó: “¡Padre, padre, deme algo, padre!” Él no podía saberlo, claro, pero que me confundan con un sacerdote —quizá un sacerdote chulo— es de lo peor que puede pasarme. Digamos que no es el gremio que mejor me cae, y como ahora van disfrazados de civiles (lo cual me parece fatal, un engaño a la gente), el mendigo no tenía por qué distinguir. Me detuve y le dije: “¿Por qué me llama ‘padre’? ¿Me ve usted a mí cara de cura? No me diga que sí, por favor”. Lo mismo se lo llamaba a todos. El hombre se disculpó, me dijo que no, que me veía cara “normal”. La cosa me divirtió como para deslizarle cinco euros.

Al día siguiente, reunión en la Academia con académicos latinoamericanos de visita. No tuve mucha ocasión de departir con ellos, sólo durante el recreo entre dos plenos severos. Un académico de Tegucigalpa me cuenta: “Invitamos a su padre para hacerlo honoris causa, pero no pudo venir y en seguida murió”. “Ya, qué lástima”, contesté, pero no pude por menos de pensar: “Pues sí que tardaron. Mi padre murió a los noventa y un años, así que se lo debieron de proponer a los noventa”. El tegucigálpico pasó a otra cosa: “Su mejor novela de usted”, me dijo, “es la primera”. Sí, me temo que se refería a la primera de verdad, Los dominios del lobo, publicada a mis diecinueve años. Como le tengo simpatía, no vi inconveniente: “Sí, estoy de acuerdo”. Pero al hombre no le bastó: “Todo lo que ha escrito luego, sí, muchas idas y venidas, un habilidoso artesano, pero sin la frescura de aquella”. Huelga decir que nadie le había preguntado su opinión, pero eso no le impidió soltar la palabra más hiriente para cualquier autor, “artesano”. La verdad es que encontré cómico lo gratuito y veloz del hundimiento, en dos minutos me había crucificado. “Pues nada”, contesté sonriente, “no he hecho sino empeorar a lo largo de cuarenta y pico años”. Mi compañero Manuel Gutiérrez Aragón asistió al breve diálogo, y para mí que se quedó helado (y admirado de mi templanza, espero). Sólo acertó a decir: “Caray, no hay nada como la sinceridad”. El hondureño se despidió con una amenaza: “No pudimos llevar a su padre, pero a usted sí, en breve”. “Gracias, pero no crea”, le contesté: “detesto los vuelos transoceánicos”. Bien es verdad que, aún muerto de risa (para mis adentros), acompañé la disculpa de este pensamiento: “Ni en pintura me van a ver en Tegucigalpa, visto lo visto”. Feliz año a todos, incluidos los grafiteros, el mendigo miope y el señor académico tegucigalpense.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de diciembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 24 de diciembre de 2017. ‘Paradoja’

Las mujeres, a mi juicio, están siendo víctimas de una paradoja creada por un elevado número de ellas. Durante bastantes años, su justa pretensión fue que no se tuviera en cuenta el sexo de quienes trabajaban, o escribían, o eran artistas, o políticas, lo que se quisiera. Que el hecho de que una mujer ganara un premio, o fuera elegida académica o Presidenta del Gobierno, no supusiera en sí una “noticia”. Que los libros escritos, las películas dirigidas, los cuadros pintados, las investigaciones científicas realizadas, los cargos ocupados por mujeres, no resultaran objeto de comentario (ni de loa ni de escarnio) por esa accidental circunstancia. Que se juzgaran con normalidad, exactamente igual que las obras y logros de los varones. Que no hubiera, en suma, distinción por sexo ni paternalismo, y que se valorara todo por un mismo rasero. Se caminó en esa dirección, no sin dificultades. Todavía clama al cielo que en casi todos los países y ámbitos los hombres perciban mejores sueldos por tareas idénticas. Las mujeres aún tienen, como han tenido históricamente, derecho a quejarse y a reclamar para sí condiciones laborales equitativas. Pero sí, poco a poco sus quehaceres se empezaron a juzgar exclusivamente por su calidad y su mérito. Lo que interesaba interesaba, y tanto daba que estuviera llevado a cabo por un varón o una mujer. Ese, recuerdo, era el objetivo de Rosa Chacel, por ejemplo, a la que traté bastante. No sentía ningún complejo ni se reivindicaba nunca en tanto que escritora (femenina). Se veía a sí misma como a cualquier otro autor, capaz de medirse con los más grandes. Y no le gustó que, cuando fue candidata a la Academia, tuviera que disputarse el sillón con otra mujer, precisamente. (Dicho sea de paso, salió elegida esa otra, que en mi opinión no le llegaba ni a la suela del zapato).

Muchas mujeres mantienen esa actitud en la actualidad. Hacen su trabajo, no esperan favores ni condescendencia ni privilegios, no se reivindican por su sexo. Eso, de hecho, les parecería una bajeza y un ataque a sus congéneres. Jamás se permitirían valerse de las ridículamente llamadas “armas femeninas”. Jamás lloriquearían como Marta Rovira, la cual, según un reportaje de este diario, prorrumpe en sollozos no sólo en público: “El truco resulta bastante eficaz, porque tras sus sonoras lágrimas todos suelen dejar la discusión por imposible, según cuentan en su entorno”. Este tipo de mujer impostadamente infantilizada hace un flaquísimo favor a la causa feminista.

La paradoja a que me he referido es la siguiente: de un tiempo a esta parte, un gran porcentaje de libros y artículos escritos por mujeres, y de noticias relativas a ellas, siguen, en cierto modo, el “modelo Rovira”. Tratan sólo sobre su sexo, y casi siempre en tono plañidero o furibundo u ofendido. Es cierto, ya digo, que han sido sometidas malamente a lo largo de los siglos, y que aún lo son en muchos aspectos y en demasiados países. Pero si las mujeres sólo se ocupan de señalarlo y denunciarlo insistente e interminablemente, el asunto se agota pronto e interesa poco. Yo procuro leer las columnas de opinión —y aún más los libros— sin atender al sexo de quien los firma, y así lo he hecho siempre. Desde hace unos años me resulta imposible no percatarme de él a las pocas líneas (con unas cuantas excepciones, como Soledad Gallego-Díaz, por mencionar un nombre). Son incontables los artículos dedicados a subrayar cuántas películas de directoras se exhiben en un festival, cuántos papeles importantes tienen las actrices, cuántos galardones literarios o cuántas calles han obtenido mujeres, cuántas diputadas en cada partido y cuántas ministras en cada Gobierno, etc. Recuerdo uno que enumeraba una larguísima lista de autoras (estaban ausentes, por cierto, casi todas las que a mí me parecen extraordinarias), y a continuación la articulista pedía o exigía que en enumeraciones semejantes se incluyeran siempre nombres de escritoras. ¿Esto es un artículo?, me pregunté.

De tal manera que no es fácil interesarse por lo que escriben hoy bastantes mujeres, si no hablan más que de algo ya aceptado por todos y consabido. No sé si a las lectoras les puede interesar ese “monotema”, si les sirve para cargarse de razón e indignarse a diario. A los hombres, feministas o no, me temo que escasamente. A cada una de esas autoras o columnistas dan ganas de suplicarle: “Por favor, cuénteme algo que ignore. Hábleme de lo que usted haya pensado sobre cualquier asunto, no sobre su condición y sus cómputos. Bien está un par de veces, pero no a diario. La considero lo bastante inteligente para inquietarme y obligarme a reflexionar, para poner en cuestión mis opiniones, para hacerme ver la realidad de otro modo y forzarme a reparar en lo que se me había escapado. Su indignación ya la conozco, y además la comparto. Pero el mundo no se acaba ahí, ayúdeme a mejor comprenderlo”. La paradoja es, pues, clara. Lo último que debería desear una mujer, se dedique a lo que se dedique, es que se la dé por “descontada” o “ya sabida”. Y eso es lo que, lamentablemente, están consiguiendo demasiadas contemporáneas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de diciembre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 17 de diciembre de 2017. ‘¿Nunca culpables?’

Los pueblos o los ciudadanos nunca son culpables de nada, suele decirse. (También hay quienes aseguran que jamás se equivocan, pese a que el mundo y la historia estén llenos de gravísimos casos de meteduras de pata, el más reciente la elección de un patán racista para la Casa Blanca.) Pero ya lo creo que lo son, culpables. Otra cosa es que su culpabilidad carezca de consecuencias, o sólo les acarree el castigo de padecer durante cuatro años a los criminales o imbéciles —bueno, lo uno no excluye lo otro— a los que han votado. Claro que a veces, como en los actuales casos de Venezuela o Rusia, esos cuatro años se convierten en veinte y los que te rondaré: algunos políticos, una vez instalados y con mayoría parlamentaria, la aprovechan para suprimir o adulterar las elecciones o “abrir un proceso constituyente”, esto es, instaurar una nueva “legalidad” que los perpetúe en el poder y los beneficie. Pero en fin, a la primera, los pueblos pueden escaquearse de su responsabilidad arguyendo que fueron engañados por sus elegidos.

El pueblo o los ciudadanos catalanes no podrán esgrimir esta excusa dentro de cuatro días. Durante los dos años y pico transcurridos desde sus anteriores autonómicas han visto cómo ya el resultado de éstas fue falseado: los partidos independentistas alcanzaron el 47% o 48% de los votos, y sin embargo eso fue para ellos “una mayoría clara” que reclamaba la escisión de España, “un mandato” que se han limitado a obedecer, enviando a la inexistencia al 52% de los votantes. No sólo han borrado a éstos, sino que los han arrinconado y acosado, los han purgado de las instituciones y aun del Govern si se mostraban “tibios” (recuérdese al conseller Baiget, que se dijo dispuesto a ir a prisión pero no a perder su patrimonio, y eso ya bastó para que se lo considerara “desafecto”). Luego, todas sus actuaciones han sido y siguen siendo de un cinismo que ha superado al que hemos sufrido por parte del PP durante lustros, y que en verdad parecía imbatible, lo mismo que su nivel de falacia. ERC, PDeCat y CUP han mentido sin cesar en todo. Las empresas se pelearán por establecerse en la Cataluña independiente, y el mero amago ya ha llevado a casi tres mil (incluidas las principales) a cambiar la sede social o fiscal o ambas. Ni un minuto estaremos fuera de la Unión Europea, y todos los países miembros les han dado la espalda. Seremos más prósperos, y ese mero amago ha hecho descender el turismo y el comercio, ha llevado a los teatros y cines casi a la ruina, ha rebajado la producción, ha hecho salir dinero a espuertas y ha enviado al paro a los más pobres, camareros y “kelis” a la cabeza. Seremos como Dinamarca, y las perspectivas económicas de la república apuntan a convertirla en un gran Mónaco (es decir, un inmenso casino), una gran Andorra (es decir, un inmenso paraíso fiscal) o, para la CUP, una gran Albania de los tiempos de Hoxha (es decir, una inmensa cárcel con economatos).

Pero bueno, cada cual es libre de desear lo que quiera. El independentismo es tan legítimo como cualquier otra opción. El problema, desde mi punto de vista, es cómo se lleva a cabo la secesión y en manos de quiénes se pone el nuevo Estado. A estas elecciones se presentan los mismos individuos balcanizantes y totalitarios que han obrado sin escrúpulos desde 2015. Quienes los voten ya saben a qué se atienen, no podrán decir “Ah, yo no sabía” ni “Ah, es que me engañaron”. Quienes suelen abstenerse en las autonómicas, también, ya no podrán decir “Ah, yo me inhibo” ni “Ah, es que todos son iguales”. Estas elecciones vienen tras una emergencia. Los independentistas exigen que el Gobierno central se comprometa a aceptar los resultados si son contrarios a sus intereses, pero eso mismo habría que exigirles a ellos, y no parecen dispuestos: si pierden, las considerarán ilegítimas; si ganan, aducirán que han realizado una proeza, pese a las dificultades. Y ya hablan de posibles pucherazos, quienes cometieron uno flagrante el pasado 1-O, dando por válido un pseudorreferéndum controlado por ellos y sin la menor garantía.

Hay que reconocer que, si se eclipsaran, echaríamos de menos a sus líderes, que han resultado de lo más entretenidos. Oír los disparates y vilezas del lunático Puigdemont, de la difamatoria y melindrosa Rovira, del beato Junqueras, de la autoritaria y estólida Forcadell, del achulado Rufián y del aturullado Tardá ha sido como tener una entrega diaria de aquellas viñetas del gran F. Ibáñez, “13 rue del Percebe”. Y escuchar las verborreicas incoherencias malsanas de Colau (más que ambigüedades) ha sido como una ración de Cantinflas a diario, aunque los jóvenes ya no sepan quién era Cantinflas (un mexicano liante, lo encontrarán en YouTube, seguro). Pero la diversión tiene su límite cuando lleva aparejado el suicidio. No sólo el político. También el económico, el de la convivencia, el de la libertad democrática y el del decoro. Para convertirse en un país indecoroso no hay excusa. Que se lo pregunten a Austria cuando, recorriendo el camino inverso, perdió su nombre y pasó a llamarse Ostmark durante siete años. Fue por voluntad de su pueblo o de sus ciudadanos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de diciembre de 2017

‘Berta Isla’, libro del año

Berta Isla, libro del año
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
El País, Babelia, 16 de diciembre de 2017

Estilo
FERNANDO SAVATER
El País, 8 de diciembre de 2017

Los 20 mejores libros de 2017
El jurado de los libros del año 2017 de Babelia
El País, Babelia, 16 de diciembre de 2017

Lo mejor de 2017. Narrativa en español
2. Berta Isla, la trama del azar de Javier Marías
FERNANDO R. LAFUENTE
Abc Cultural, 16 de diciembre de 2017

Los 15 libros de 2017
ARIEL GONZÁLEZ JIMÉNEZ
Milenio, 16 de diciembre de 2017

Los libros más destacados de 2017
El Independiente, 15 de diciembre de 2017

Diez libros imprescindibles de 2017
Heraldo de Aragón, 11 de diciembre de 2017

Diez libros destacados de 2017
Efe / El Diario, 9 de diciembre de 2017

‘La Vanguardia’ escoge los mejores libros del 2017
La Vanguardia, 16 de diciembre de 2017

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Los Papas. Una historia’ de John Julius Norwich

LOS PAPAS
UNA HISTORIA

JOHN JULIUS NORWICH

Prólogo de Antony Beevor

Traducción de Christian Martí-Menzel

Revisado por Panteleimón Zarín

Reino de Redonda, diciembre de 2017

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE

Los Papas (Una introducción)
por Antony Beevor

LOS PAPAS
Introducción
Capítulos
Bibliografía
Listado de Papas y Antipapas

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2017)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2017)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2017)


Los Papas. Una historia tiene todas las cualidades de una gran saga…
La elegante prosa de John Julius Norwich y su ironía ayudan a comprender tanto la magnificencia como los absurdos de una institución que ha dominado la historia de Europa y mucho más.

ANTONY BEEVOR

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 10 de diciembre de 2017. ‘Lo terrible de estos crímenes’

Cada vez hay más desesperación respecto a la llamada violencia machista (nunca emplearé la insensata expresión “de género”). Se suceden las protestas y las campañas en su contra, y se exigen “medidas” para atajarla y erradicarla. Todo ello con razón, pero, lamentablemente, con escaso sentido de la realidad. Lo terrible de estos crímenes, y la dificultad para combatirlos, estriba en que son individuales. No hay una conspiración de varones que prediquen el castigo a las mujeres que los abandonan. No hay proselitismo, a diferencia de lo que ocurre con el terrorismo, fuera el de ETA ayer o el del Daesh hoy. Tampoco, como con el actual independentismo, hay “evangelización”. No se intenta convencer a los hombres de que maten a mujeres, no se trata de una “causa” que busque “adeptos”. Por desgracia (bueno, no sé qué sería más trágico), cada bruto o sádico va por su cuenta y toma su decisión a solas. Lo más que puede concederse es que haya el factor mimético que suele acompañar a cualquier atrocidad, al instante imitadas todas. En ese aspecto, siempre cabe preguntarse hasta qué punto la sobreexposición en los medios de cada maltrato o asesinato de una mujer no trae consigo unos cuantos más, del mismo modo que los eternos minutos y enormes planas dedicados a cada atentado yihadista tal vez propicien su multiplicación. Pero poco puede hacerse al respecto: si ustedes recuerdan, durante los años más sangrientos de ETA, cuando ésta llegó a matar a unas ochenta personas cada doce meses, había ocasiones en que los asesinatos ocupaban tan sólo un “breve” del periódico, y eso no logró que disminuyeran. Por mucho que las noticias den malas ideas o estimulen la más nefasta emulación, es imposible dejar de informar de los hechos graves e indignantes.

Lo cierto es que cada crimen machista va por su cuenta, con su historia particular detrás. Cada asesino asesina sin confabularse con otros (salvo en casos tan irresueltos como los de Ciudad Juárez, donde sí pareció haber conjura), ninguno necesita el aliento, el beneplácito ni la propaganda de sus congéneres. Contra eso es muy difícil luchar. ¿Endurecer las penas? Desde luego, pero no es algo que importe a los asesinos de sus parejas o exparejas, los cuales se suicidan con frecuencia —o más bien lo intentan— después de cometido su crimen (uno se pregunta por qué diablos no lo hacen antes). ¿Educar desde la infancia? Sin duda, pero no parece que eso dé mucho resultado: un alto porcentaje de adolescentes españoles ve hoy “normal” el control de sus “chicas” y hasta cierta dosis de violencia hacia ellas. Es deprimente, y da la impresión de que, lejos de mejorar las mentalidades, las vamos empeorando. No sé, cuando yo era niño, nos pegábamos de vez en cuando en el patio o a la salida del colegio. Las niñas, rarísimamente, y no pasaban de tirarse del pelo, poco más. Conocíamos, sin embargo, una serie de normas inviolables: era inadmisible pegarse con un compañero de menor tamaño o edad; también ir dos contra uno (“mierda para cada uno”, era la frase infantil); y, sobre todo, a una chica no se le pegaba jamás, en ninguna circunstancia. Eso se consideraba una absoluta cobardía, algo ruin, algo vil. El que lo hacía quedaba manchado para siempre, por mucho perdón que pidiese luego. Pasaba a ser un apestado, un individuo despreciable, un desterrado de la comunidad. Y esas enseñanzas se prolongaban hasta la edad adulta. A una mujer no se le pone la mano encima, a no ser, supongo, que sea muy bestia y se nos abalance con un cuchillo en la mano, por ejemplo. Pero éramos conscientes de nuestra mayor fuerza física y de que era intolerable emplearla contra alguien en principio más débil (insisto, sólo en lo físico).

Obviamente, no todo el mundo cumplía esas reglas, porque, de haber sido así, no habría habido en el pasado palizas de maridos a sus mujeres, y ya lo creo que las ha habido, probablemente más que hoy. Al fin y al cabo, durante siglos se consideró que no había que entrometerse en la (mala) vida de los matrimonios, y que esas palizas y aun asesinatos pertenecían a la “esfera íntima o familiar”, una verdadera aberración.Lo que sí es relativamente nuevo, algo cada vez más extendido, es que los varones maltratadores maten también a los hijos de la mujer, para causarle el mayor dolor imaginable. Ha dejado de ser una rarísima excepción. Los niños de mi época nos creíamos bastante a salvo, precisamente por ser niños incapaces de infligirle el menor daño a un adulto. ¿Cómo iban éstos a hacerle nada a una criatura no ya indefensa, sino inofensiva? Dudo que los críos de hoy se puedan sentir seguros, a poco que se les permita ver o leer las noticias. Las mujeres llevan siglos viviendo con un suplemento de miedo, al ir por la calle y aun en sus casas. Los niños, no, y quizá ahora sí. Lo peor es que, como sociedad, poco podemos lograr contra todo esto, más allá de exigir jueces más severos y repudiar a los maltratadores hasta el infinito. Pero es ingenuo creer que eso les va a hacer efecto. Es lo que tienen los crímenes personales, que nada disuade a cada asesino individual.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de diciembre de 2017