Firma de Javier Marías en la Feria del Libro de la Edición de Madrid

El sábado 28 de octubre, de 19 a 21 h., Javier Marías firmará en la caseta de la Librería Visor (nº 49) de la  Feria del Libro de la Edición de Madrid, situada en la Plaza Mayor de Madrid.

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LA ZONA FANTASMA. 22 de octubre de 2017. ‘Las palabras ofendidas’

En etapas turbulentas, cuando los acontecimientos cambian en cuestión de horas, es aún mayor fastidio escribir sabiendo que lo escrito llegará a los lectores dos semanas más tarde. Pero en el asunto catalán hay algo que no se habrá alterado ni se alterará jamás, y es el desaforado y ofensivo vaciamiento, o abaratamiento, de las palabras. Los políticos independentistas catalanes, y no sólo ellos (también los dirigentes de Omnium y la ANC, antes Casals y Forcadell, ahora Cuixart y Sànchez, a los que nadie ha elegido y que sin embargo se han proclamado representantes máximos de su país), llevan muchos años ofendiendo a mansalva. Pero no me voy a referir a los incontables agravios a los demás españoles, con predilección por extremeños, andaluces e inicuos madrileños. Dejemos eso de lado, no demos importancia a lo que carece de ella.

No, las ofensas mayores han sido contra el mundo, tanto el del presente como el del pasado, y se han producido a través de la banalización constante de palabras de peso, serias, que no se pueden utilizar a la ligera sin cometer una afrenta. Un país con un autogobierno mayor que el de ningún equivalente europeo o americano (mayor que el de los länder alemanes o los estados de los Estados Unidos), que lleva votando libremente en diferentes elecciones desde hace casi cuatro décadas, a cuya lengua se protege y no se pone la menor cortapisa; que es o era uno de los más prósperos del continente, en el que hay y ha habido plena libertad de expresión y de defensa de cualesquiera ideas, en el que se vive o vivía en paz y con comodidad; elogiado y admirado con justicia por el resto del planeta, con ciudades y pueblos extraordinarios y una tradición cultural deslumbrante…; bueno, sus gobernantes y sus fanáticos llevan un lustro vociferando quejosamente “Visca Catalunya lliure!” y desplegando pancartas con el lema “Freedom for Catalonia”. Sostienen que viven “oprimidos”, “ocupados” y “humillados”, y apelan sin cesar a la “democracia” mientras se la saltan a la torera y desean acabar con ella en su “república” sin disidentes, con jueces nombrados y controlados por los políticos, con la libertad de prensa mermada si es que no suprimida, con el señalamiento y la delación de los “desafectos” y los “tibios” (son los términos que en su día utilizó el franquismo en sus siempre insaciables depuraciones). Se permiten llamar “fascistas” a Joan Manuel Serrat y a Isabel Coixet y a más de media Cataluña, o “traidor” y “renegado” a Juan Marsé. Ninguno debería amargarse ni sentirse abatido por ello: es como si los llamaran “fascistas” las huestes de Mussolini. Imaginen el valor de ese insulto en los labios que hoy lo pronuncian.

La gran ofensa es contra quienes sí están o han estado de verdad oprimidos y privados de libertad, contra quienes no han disfrutado de un átomo de democracia en sus vidas y jamás han votado. Para empezar, contra todos los españoles que vivimos y padecimos el franquismo, bajo el cual no había partidos políticos ni libertad de expresión alguna, y un estudiante se podía pasar dos años en la cárcel por arrojar octavillas; un sindicalista, no digamos. No sólo los catalanes lo sufrieron, ni los que más, y fueron muchos sus conciudadanos que lo abrazaron y fortalecieron. Es una ofensa contra las poblaciones de Irak y Siria que están o han estado bajo el dominio del Daesh, eso sí es opresión y humillación sin cuento. Contra las mujeres saudíes y de otros países musulmanes, en los que carecen de derechos y viven convertidas en menores de edad o en esclavas conyugales. Contra los cubanos, que no han podido votar nada desde hace seis decenios; contra los chilenos y argentinos de sus respectivas dictaduras militares, cuando a la gente “se la desaparecía” y torturaba. Hablar de los “métodos de tortura” de la policía el 1-O, como ha hecho Anna Gabriel desfachatadamente y con mentira confesa, es un inconmensurable agravio a cuantos sufren y han sufrido torturas verdaderas en el universo. En cuanto a la “represión salvaje” de ese día, no sé qué adjetivo podrían encontrar entonces para las cargas de los grises en la dictadura, que muchos todavía hemos conocido. En ellas, y en otras incontables a lo ancho del globo, sí que se hacía y se hace daño, en Venezuela hoy sin ir más lejos. La policía y la Guardia Civil se deberían haber abstenido de emplear una sola porra, pero calificar su actuación de “brutal” y “salvaje” es desconocer la brutalidad y el salvajismo. Por fortuna. Y ojalá que las generaciones actuales los sigan desconociendo.

La de las palabras manoseadas y profanadas es la mayor ofensa y la mayor falta de respeto. Más incluso que la tergiversación de los números, practicada cuando en las últimas elecciones catalanas un 47% o 48% quedó convertido por los caciques y los cazabrujas (no por todos los independentistas, claro) en “una mayoría nítida” y “un claro mandato” del pueblo entero. Ese fue ya el aviso de que nos encontramos, en efecto, ante émulos de Mussolini que extrañamente se dicen oprimidos, sin libertad y humillados, y que cometen la infamia de llamar “fascistas” a sus venideras víctimas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de octubre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 15 de octubre de 2017. ‘Lo fácil que es engañar’

30 de septiembre, víspera de la kermés independentista de Cataluña. Salgo a dar una vuelta por mi barrio madrileño, el de los Austrias, poco proclive a votar al PP (decir que vota más “izquierdas” sería grotesco en tiempos en que se tiene por tal a un partido como Podemos, tan parecido al peronismo benefactor y beneficiado de Franco). Algo había leído en columnas ajenas, pero ahora lo veo con mis ojos: a lo largo de mi breve paseo, distingo un centenar de banderas españolas en balcones, algo insólito en la capital a menos que la selección dispute una final de fútbol, lo cual puede ocurrir, como máximo, un día cada dos años. “Vaya”, me digo. “Gracias, Puigdemont y Junqueras, Forcadell y Anna Gabriel, Romeva y Turull y Mas, Rufián y Tardà”. (Ya dijo Juan Marsé, con su excelente oído, que estos dos últimos sonaban a dúo de caricatos.) “Estáis despertando un nacionalismo peligroso que llevaba décadas adormecido”. Me consuelo levemente al comprobar que las banderas colgadas son constitucionales o sin escudo, no veo ningún águila ni el insoportable toro silueteado.

Pero me revienta la proliferación de banderas, no importa cuáles. La veo una pésima señal. Hace años, a raíz de una exhibición de esteladas en el Camp Nou, y al preguntárseme al respecto en una radio, contesté que siempre que veía gran número de banderas me acordaba de Núremberg, fueran catalanas, españolas o estadounidenses. Un historiador experto en falsear la Historia me acusó de haber comparado a los independentistas con los nazis, ocultando arteramente que me había referido a cualquier bandera, y que había hecho mención expresa de la española. Bueno, quien acostumbra a falsear la Historia cómo no va a falsear lo demás.

Lo cierto es que los susodichos políticos catalanes llevan años haciéndole inmensos favores al PP. Y si hasta ahora no se los han hecho al extremismo totalitario (al español; al catalán de la CUP ya lo creo que sí), es porque está medio oculto y desarbolado, o bien integrado en el PP. No es sólo que reaviven un patriotismo felizmente aletargado, ojalá eso quede en anécdota. Es que gracias a ellos ya no existe ningún grave asunto más: ni corrupción, ni Gürtel, ni Púnica, ni Bárcenas, ni ley mordaza ni recortes laborales, sanitarios, educativos. Hace no mucho la Ministra de Trabajo se fue de rositas tras ensalzar la “gran recuperación” de la economía tras la crisis, y encima se vanaglorió, con el mayor cinismo, de que “nadie ha sido dejado atrás”. A Báñez le fallan las neuronas (es la única alternativa al cinismo), y además no se baja nunca de su coche oficial. Le bastaría pisar la Plaza Mayor de Madrid para ver que todos sus soportales están tomados por masas de mendigos que duermen y velan dentro de sus cartones, despidiendo un hedor que nada tiene que envidiar al de Calcuta en sus peores tiempos. Esa plaza, como otros puntos de la ciudad, son favelas, cada día más. Y si Gallardón y Botella no tomaron medida alguna, imagínense Carmena, a quien el escenario tal vez parezca de perlas y “aleccionador” para los turistas. Báñez se ha olvidado ya de los incontables negocios que debieron echar el cierre desde 2008, a los que de repente los bancos negaban hasta el crédito más modesto; de los infinitos parados súbitos del sector de la construcción y de las empresas afines: gente que llevaba una vida fabricando grifos, pomos o cañerías se quedó en la ruina y a menudo en la calle; tampoco va la Ministra a oficinas ni tiendas, en las que verá cómo se ha reducido el personal brutalmente y cómo quienes conservan el empleo se ven obligados a hacer jornadas interminables, a multiplicar su tarea por dos o tres, para paliar esa falta de compañeros de la que los dueños sacan ganancia. Haga interminable cola en un supermercado y pregúntese por qué hay una sola caja abierta, en vez de tres o seis; pregunte qué sueldo perciben esos trabajadores que mantienen su puesto, se enterará de que no están lejos de ser siervos; pregunte qué tipo de contratos se ofrecen, y verá el abuso del patrono institucionalizado, y protegido por su Gobierno y por ella. ¿A nadie se ha dejado atrás? Son millones los que han perdido el empleo, el negocio o aun la vida, los que han engrosado las filas de la pobreza. Ya no se habla de nada de esto.

Claro que dense un paseo por Cataluña y verán lo mismo, si no peor. Sus gobernantes autonómicos, hoy aclamados por los independentistas, han llevado a cabo las mismas políticas de austeridad y recortes que el PP, con antelación y con el resultado de millares de niños malnutridos. Así que con la kermés también se están haciendo un inmenso favor a sí mismos. Han conseguido que no se hable más del 3%, del saqueo de los Pujol, de la monstruosa corrupción. “Dadnos un país nuevo y puro”, le dicen a la gente. Y callan la segunda parte, la verdadera: “Así nadie nos podrá pedir cuentas de lo que hemos hecho, ni de lo que seguiremos haciendo con las manos libres y jueces nuestros”. Uno se estremece al comprobar lo fácil que resulta hoy engañar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de octubre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 8 de octubre de 2017. ‘Jueces de los difuntos’

Parece que los políticos no tengan otra cosa que hacer que cambiar los nombres de las calles y retirar estatuas, placas y monumentos. Mientras algunas ciudades se degradan día a día (el centro de Madrid está aún más asqueroso que bajo Gallardón y Botella, que ya es decir), los munícipes y sus asesores las desatienden y se entretienen con ociosidades diversivas, es decir, maniobras llamativas con las que disimulan sus gestiones pésimas y sus frecuentes cacicadas. En España hay larga tradición con este juego. Durante la República se cambiaron nombres, más aún durante la Guerra, el franquismo fue una apoteosis (hasta se cargó los cines y cafeterías “extranjerizantes”, el Royalty pasó a ser el Colón, etc), y durante la Transición, más discretamente, se recuperaron algunas antiguas denominaciones (por fortuna, Príncipe de Vergara volvió a ser esa calle y no la del nefasto General Mola, conspicuo compinche de Franco).

Pero ahora, sin que haya variado el régimen democrático, a ciertos políticos y a ciertas gentes les ha dado un ataque de pureza con el asunto, y no sólo aquí, sino en los Estados Unidos y en Francia, y no digamos en Sabadell, donde un pseudohistoriador considera a todo español impuro y ha propuesto suprimir del callejero a Machado, Quevedo, Calderón, Lope, Larra y no sé cuántos impostores más, a unos por “franquistas”, a otros por “anticatalanes” y a otros simplemente por “castellanos”. Huelga decir que entre los primeros, con anacrónico rigor, contaba a Góngora, Lope y Quevedo. Pero, más allá de este lerdo y xenófobo individuo y de su lerdo y xenófobo Ayuntamiento que le encargó el proyecto, hemos entrado en una dinámica tan absurda como imparable. Las actuales sociedades pretenden ser impolutas (cuando no lo son en modo alguno) y que lo sea su callejero, lo cual es imposible mientras se sigan utilizando nombres de personas. Una cosa es que haya calles y plazas dedicadas a asesinos como Franco y sus generales, Hitler y sus secuaces o Stalin y los suyos. Se trata de individuos que lo único notable que hicieron fue sus crímenes. Pero hay otra mucha gente compleja o ambigua, imperfecta, a la que se rinde homenaje por lo bueno que hizo y a pesar de lo malo. Se tiende estúpidamente, además, a juzgar todas las épocas por los criterios de hoy, como si los muertos de pasados siglos hubieran debido tener la clarividencia de saber qué sería lo justo y correcto en el XXI. Alguien que en el XVII o en el XVIII poseía esclavos no era por fuerza un desalmado absoluto, como sí lo es quien hoy los posee o los que pregonan la esclavitud, el Daesh. ¿Que en el XVIII había ya algunos abolicionistas (Laurence Sterne uno de ellos)? Sí, pero se los contaba con los dedos de las manos. En Francia se habla de retirarle todo honor a Colbert, que cometió pecados, pero también fue un Ministro extraordinario y un valedor de las artes y las ciencias. Si nos pusiéramos a analizar con minucia las vidas de cada cual (no ya de políticos y militares, sino de escritores y artistas, en principio más sosegados), nunca encontraríamos a nadie sin tacha. Téngase en cuenta, además, que desde hace décadas el hobby de los biógrafos es “descubrir” lacras, escándalos y turbiedades en sus biografiados. Este era machista, aquel abandonó a su mujer, el otro maltrató o acomplejó a sus hijos; Neruda y Alberti escribieron loas a Stalin, D’Annunzio fue mussoliniano una época, Lampedusa era aristócrata, Heidegger simpatizó con el nazismo, Ridruejo fue falangista, Cortázar y Vargas Llosa apoyaron la dictadura de Castro un tiempo, García Márquez hasta su último día, Sartre no se inmutó ante los asesinatos en masa de Mao, Pla y Cunqueiro estuvieron conformes con Franco. Pero si todos esos escritores tienen calles en algún sitio, no es por esos lamparones, sino pese a ellos y porque además lograron buenos versos o prosas o filosofías. Y algunos rectificaron a tiempo y abjuraron de sus errores.

Si se hurga en lo personal, estamos perdidos. Quizá el mejor poeta del siglo XX, T. S. Eliot, se portó dudosamente con su primera mujer, Vivien. No digamos el detestado Ted Hughes con las dos suyas. Si alguien los homenajea no elogia esos comportamientos, sino sus respectivas grandes obras y el bien que con ellas han hecho. En mi viejo libro Vidas escritas recorría brevemente las de veintitantos autores, entre ellos Faulkner, Conan Doyle, Conrad y Stevenson, Emily Brontë, Mann, Joyce, Rimbaud, Henry James, Lowry y Nabokov. La mayoría fueron calamitosos, algunos desaprensivos, muchos egoístas y unos cuantos fatuos hasta decir basta. ¿Y qué? No se los honra por eso. Si uno observa al microscopio a los benefactores de la humanidad, como Fleming, probablemente encontrará alguna mancha. Como la tienen, a buen seguro, cuantos hoy, erigidos en arrogantes jueces de los difuntos, se empeñan en “limpiar” sus callejeros y sus estatuas. Desde que tengo memoria, no recuerdo una sociedad tan hipócrita y puritana como la actual, ni tan sesgada. Más vale que recurra a los números para distinguir las calles, o a la antigua usanza inofensiva: Cedaceros, Curtidores, Milaneses, ya saben. Éstas, en Madrid, aún existen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de octubre de 2017

Un movimiento de izquierda arremete contra la “imposición antidemocrática” de la DUI y exige elecciones
Efe/Heraldo, 8 de octubre de 2017

Premio Nobel de Literatura 2017

Foto. J Martínez

Foto. Javi Martínez

Murakami solo gana en las apuestas
El País, 5 de octubre de 2017

Los favoritos para el Premio Nobel de Literatura 2017
ALEJANDRO MENDOZA
El País, 5 de octubre de 2017

¿Quién ganará el Nobel de Literatura 2017?
M. VIÑAS
La Voz de Galicia, 5 de octubre de 2017

El Nobel de Literatura se conocerá el jueves 5 de octubre
El Periódico, 2 de octubre de 2017

How will the Nobel Literature Prize pickers solve their Bob Dylan dilemma?
The Local Sweden, 3 oktober 2017

Así están las apuestas para el premio Nobel de Literatura que se falla mañana
Abc, 4 de octubre de 2017

Las apuestas por el Nobel de Literatura, esa lotería incierta pero que da pistas
La Nación (Argentina), 3 de octubre de 2017

El dilema post-Dylan del Premio Nobel de Literatura
El Espectador (Colombia), 3 de octubre de 2017

Ladbrokes

Nicer Odds

LA ZONA FANTASMA. 1 de octubre de 2017. ‘Sí cuentan los que no cuentan’

Cuando escribo esto (dos semanas antes de que pueda leerse), no se sabe qué pasará el 1 de octubre en Cataluña, y menos aún en los días siguientes. Es dudoso que nadie tenga previsto nada, porque demasiada gente lleva años instalada no sólo en la negación de la realidad, sino en la del futuro como si el tiempo fuera a detenerse en el “momento culminante, inaugural y apoteósico”. Y el tiempo jamás se detiene. Abducidos por la CUP, a Puigdemont y a Junqueras ya no les importa que, declarada la independencia de Cataluña (tal como hoy está planteada), su país se quedara aislado, súbitamente empobrecido, casi apestado. Que saliera de la Unión Europea y careciera de reconocimiento internacional (con alguna exótica excepción perteneciente a la categoría de “amores que matan”), que su economía cayera por debajo del bono basura en que ya se encuentra, que se largaran numerosas empresas. Que se ganara la animadversión de Francia, la cual lo vería como una amenaza territorial, ya que esa Cataluña “independiente” es o sería expansionista e imperialista y querría apropiarse del Rosellón al cabo del tiempo, Valencia y Baleares aparte. Y la de Italia, que vería un peligroso precedente para las aspiraciones de la Lega Nord, ese partido fascista tan semejante al llamado “bloque soberanista”, y que pretende separar la Lombardía, el Piamonte y el Véneto (las zonas más ricas) del resto de la nación. Y la de Alemania, Holanda, Bélgica, probablemente la del Reino Unido y sin duda la de los Estados Unidos, que se mostrarían contundentes si, por ejemplo, Texas o California decidieran desgajarse.

Poco les importa nada a quienes han sometido a los catalanes a algo parecido a las preguntas-trampa, del tipo “¿Ya no pega usted a su mujer?” Si uno contesta que sí, malo. Si contesta que no, también malo, porque está admitiendo que “antes” sí le pegaba. Ante esas añagazas sólo cabe negar la pregunta y, por supuesto, no contestarla. Darle la espalda. Hoy, en Cataluña, en el instante en que alguien se presta a votar “Sí” o “No”, está dando carta de naturaleza a una pantomima y a una farsa. Más allá de que el Gobierno central impida efectivamente el referéndum, estar dispuesto a participar en él (insisto: tal como se ha planteado) es estarlo a participar en un golpe de hechos consumados y en una nueva sociedad autoritaria. Hace ya mucho que la elección democrática de un Gobierno no garantiza que éste lo sea. No lo es el que no respeta a la oposición (es decir, a los ciudadanos que no lo han votado), ni a las minorías; ni el que inventa e impone nuevas leyes a su conveniencia, ni el que atropella la división de poderes; no lo es el que hostiga y arruina a la prensa poco complaciente con él y al final la suprime, ni el que acaba con la independencia de los jueces y los nombra a dedo (como sucede en Venezuela); ni el que impide debatir asuntos muy graves en el Parlamento y ni siquiera permite leer sus informes a sus propios letrados o intervenir a su Comisión de Garantías, como hizo Forcadell hace menos de un mes, despóticamente.

Pero sobre todo no lo es el que, con desprecio absoluto, excluye a una gran parte de la población, la mitad o más seguramente, y decide que los que no se pliegan a sus designios simplemente no cuentan, y por ende se puede actuar y se actúa como si no existieran. O como si fueran “anticatalanes”, “traidores”, “botiflers”, “fascistas”, “unionistas”, “españolistas”, “escoria”, se ha dicho hasta la saciedad todo esto. Si ustedes se fijan, nadie en Cataluña, y muy pocos en el resto de España, insultan a los independentistas. Se trata de una opción legítima y desde luego legal, siempre que no se intente imponerla a los demás mediante la intimidación, la exclusión, el chantaje, la represalia o la amenaza directa: la que han sufrido ya muchos alcaldes reacios a ceder sus ayuntamientos para la pantomima. Porque es pantomima, si es que no pucherazo, un referéndum con ocultaciones, con un censo fantasma, una transparencia inexistente, un control llevado a cabo por los partidarios del “Sí”, sin cabinas, sin plazo cuerdo, sin una participación mínima para considerarlo válido y sin más requisito para dar por cierto su resultado que un solo voto más para la opción ganadora, que además ya está decidida y cantada: si sólo acuden a votar los que votan “Sí”, me dirán ustedes dónde está el misterio. Este referéndum es tan sólo un mal adorno. La Generalitat lleva tiempo obrando como si se hubiera celebrado ya, con el resultado propugnado por ella, casi impuesto (su “neutralidad” es un chiste). La prueba es que ha aprobado “leyes de transitoriedad” o “desconexión” tranquilamente. Nos encontramos ante un caso claro de absolutismo: esto va a ser así porque así lo queremos nosotros; los que no estén de acuerdo son anticatalanes y ya no cuentan. Franco hizo algo muy parecido al final de la Guerra Civil: los que no me acaten y aclamen son la “antiEspaña”. La única manera de oponerse hoy a eso es negar la pregunta, y que la cantidad de votantes —ingenuos o no— sea ridícula. Es decir: de participantes en la farsa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de octubre de 2017

LA ZONA FANTASMA. 24 de septiembre de 2017. ‘Un problema de incredulidad’

Una vez más, el problema es mío sin duda. Sería idiota y presuntuoso pensar que son los demás quienes andan equivocados. Claro que a veces hay masas erradas a buen seguro (las que han hecho a Trump Presidente, sin ir más lejos), y su número no me puede convencer de lo contrario, ni aun cuadruplicado. Serían masas de zotes enajenados, y de ahí no me movería. Pero en lo que voy a comentar hay un elemento intuitivo, poco racional, que no avala mis impresiones. De hecho son sólo eso, impresiones y sensaciones.

Hace ya tiempo que no logro creerme casi nada de lo que veo, escucho, leo. Y la cosa me ha preocupado enormemente en el último mes, tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Viví tres años de mi juventud en Barcelona y voy por allí cada cinco o seis semanas. Conozco a su gente civilizada y amable, ahora acogotada y semisecuestrada por los caciques de la independencia, individuos pueblerinos, autoritarios y racistas. Me creo a quienes empezaron a llenar la Rambla de flores, velas y mensajes: personas que necesitan hacer “algo” incluso cuando ya no se puede hacer nada, una forma de desesperado autoconsuelo. Pero pronto eso se convirtió en algo tan desproporcionado e invasivo que no pude evitar la impresión —insisto— de que muchos de los que depositaban sus ofrendas lo hacían ya sólo por mimetismo y para “no ser menos”, tal vez para sacar una foto turística de lo que habían colgado y luego “compartirla”, como se dice ahora con el verbo más tontaina de cuantos nos han invadido desde el inglés más tontaina. Para ofrecerse a sí mismos una imagen ejemplar de sí mismos. ¿Por qué me cuesta creer en la autenticidad de ese gesto a partir de un momento dado? ¿Por qué dudo que a muchos visitantes —los barceloneses son otra historia— les importen gran cosa los muertos allí habidos? No lo sé, seré un incrédulo y un desconfiado. O quizá es porque tampoco he logrado creerme ninguno de los discursos huecos de los políticos ni de gran parte de los periodistas y tertulianos. A los primeros los he oído soltar banalidades de manual, tan manidas que suenan vacuas (“Nadie destruirá nuestra forma de vida” y demás), o bien insidias en provecho propio, con las que resultaba diáfano que lamentaban el atentado, cómo no, pero que, una vez producido, era de tontos no sacarle partido, cada uno en beneficio de sus intereses. A los segundos y terceros (con honrosas excepciones) los he visto lucirse con sentidos recuerdos de su Rambla o bien arrimar el ascua a su sardina española o independentista, islamofóbica o islamofílica, según el caso. Pocos me ha parecido que deploraban de veras esos muertos abstractamente venerados. Las víctimas como oportunidad y pretexto.

Sí, gran problema el mío, porque ni siquiera he conseguido creerme el voluntarioso lema “No tinc por”, entre otras razones porque cuando uno se empeña en repetir en exceso la misma frase, suele ser signo de que a uno le pasa lo contrario de lo que proclama. Y sería lo natural, tener miedo. No hasta el punto de alterar las costumbres (en Madrid no lo hicimos tras el 11-M, con casi doscientos muertos), pero sí hasta el de andar ojo avizor, tomar precauciones y sentirse más amenazado que antes. ¿Y qué hay de la manifestación del sábado 26 de agosto? Costaba creérsela pese a la indudable sinceridad de la mayoría, si una parte no desdeñable de los manifestantes era obvio que estaban a otra cosa. No estaban desde luego a llorar a los asesinados ni a condenar a los terroristas ni al Daesh que los inspira, sino a abuchear a quienes les caían gordos, a exhibir sus enseñas en el día más inadecuado, a culpar de la matanza al Rey y al Gobierno central por sus tratos con determinados países (se les olvidó culpar al Barça, que ha lucido durante años “Qatar” en las camisetas), a pedir que no se vendan armas a nadie (cuando estos atentados se habían llevado a cabo con furgonetas alquiladas en casa y cuchillos de cocina, gran tráfico internacional hay de eso), a protestar por una islamofobia por suerte escasa en España, como ya se comprobó tras el mencionado 11-M. Fui viendo esa manifestación en diferentes cadenas. En una estaban siempre Pablo Iglesias o un acólito hablando, como si todas las víctimas hubieran sido de Podemos; en otra, oficial catalana, enfocaban insistentemente la zona en que había más esteladas y más pitos a los “españoles” presentes, falseando con descaro el conjunto; en otra, estatal, procuraban escamotear en lo posible eso mismo. De la multitud, muchas personas parecían en verdad afectadas; otras, estar allí porque era lo que tocaba y no iban a perderse el acontecimiento. No vi diferencia con otras ocasiones, incluso con algunas festivas. Eché de menos más silencio, duelo, sobrecogimiento (mucho pedir a esta época chillona, supongo). Quien me mereció mayor crédito en esos días (sólo en esos) fue el responsable de los Mossos d’Esquadra, Trapero, porque al hombre se lo veía afanándose, agotado, prestando servicio, sin tiempo ni ganas de posar ni de sacar provecho. Vaya problema tengo si, de toda la sociedad, a quien más me creí fue a un policía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal
, 24 de septiembre de 2017

Javier Marías en el Hay Festival


El próximo sábado 23 de septiembre de 2017, a las 19.15 horas, en el Aula Magna de la IE University (Convento de Santa Cruz la Real, Segovia) Javier Marías conversará sobre  Berta Isla, su nueva novela, con Alexis Grohmann, catedrático de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Edimburgo.
Habrá traducción simultánea del español al inglés y del inglés al español.

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LA ZONA FANTASMA. 17 de septiembre de 2017. ‘Mientras las cosas suceden’

Mientras las cosas suceden es difícil, imposible a veces, imaginar cómo serán vistas y consideradas una vez que hayan cesado, y en todo caso ha de tenerse presente que serán juzgadas de muy distinta manera según cuál sea su desenlace, o, dicho más a las claras, según quién resulte triunfante. Con razón se repite que el relato o la historia los cuentan siempre los vencedores, al menos en primera instancia. Mientras sucedía el régimen nazi, acerca de cuya maldad está de acuerdo casi todo el mundo desde hace muchas décadas, eran millones, y no sólo alemanas, las personas que lo vitoreaban y que luchaban por su aplastante victoria o la deseaban con todas sus fuerzas. Más millones todavía la veían inevitable, unas espantadas, otras resignadas. Hubo gente que detestaba ese régimen pero que decidió poner a salvo sus ahorros convirtiéndolos en marcos, convencida de que esa iba a ser la moneda segura del futuro próximo.

Ahora, cuando hace unos cinco años que ETA no asesina ni secuestra ni extorsiona, algunos de los que la apoyaron o justificaron empiezan a extrañarse de su actitud benévola o jaleadora hacia esa organización terrorista. Tras el extrañamiento —es muy probable— vendrán la negación y el autoengaño, y habrá abertzales feroces y Arzallus que dirán con aplomo: “¿Yo? Yo siempre le quité el oxígeno a ETA”, del mismo modo que en Alemania y Austria resultó que nadie había sido nazi, ni en Italia nadie fascista, ni en España —muchos años más tarde— nadie franquista. Ahora hay individuos vascos que, a la luz de la novela Patria o de libros muy anteriores como Contra el olvido, escrito por Cristina Cuesta cuando ETA estaba activísima, se percatan de la vileza de buena parte de su sociedad, de su cobardía, de la crueldad con que se actuó contra las víctimas y sus familiares; de que parte de esa sociedad no se contentaba con matar a las primeras, sino que necesitaba matarlas varias veces, es decir, rematarlas, vilipendiarlas, difamarlas y profanar sus tumbas. El proceso, con todo, está siendo lento y desde luego parcial: hay muchos que todavía adoran a ETA, más que la exculpan con esa frase taimada: “Eran otros tiempos” (hay que ver cómo corren los tiempos cuando a uno le interesa); y hay partidos políticos como la CUP o Podemos que, sin ni siquiera ser vascos, no ocultan su simpatía o su comprensión hacia los etarras y se alían con sus herederos políticos para gobernar en tal o cual pueblo, ciudad y hasta autonomía.

Quizá es que ETA aún está sucediendo. Para empezar, no se ha disuelto. O quizá es que nada de lo sucedido termina nunca de suceder enteramente. En España hay numerosos franquistas confesos o que mal disimulan; en Europa se envalentonan formaciones neonazis; hasta el Ku Klux Klan asoma la capucha, confiado en la connivencia del Presidente de los Estados Unidos, Trump el deficiente y a un paso de ser el delincuente. A menudo nos figuramos que las “ideas” y las creencias desaparecen, pero la mayoría de ellas dormita a la espera de un despertar propicio. He visto hace poco un vídeo de 1958 en el que el entonces Presidente egipcio Nasser se burlaba de las pretensiones de los Hermanos Musulmanes de que el hiyab fuera obligatorio para las mujeres. Se oyen las abiertas carcajadas de los asistentes, parecidas a las que oiríamos hoy en Europa si alguien propusiera retornar a usos del feudalismo. Había “ideas” y creencias que en el Egipto de 1958 parecían enterradas, lo mismo que en otros países árabes. Así que uno se pregunta cómo será visto y considerado el Daesh o Estado Islámico con su terrorismo, cuando haya cesado, si es que cesa. Son centenares de millares las personas que están de acuerdo con él y desean su triunfo aplastante. Que aplauden cuando unos descerebrados (ay, los jóvenes manipulados; qué poco pagan sus crímenes quienes los manipulan, los despreciables proselitistas religiosos o políticos) arrasan la maravillosa Rambla de Barcelona o el paseo marítimo de Niza; cuando niños y niñas son enviados a inmolarse con explosivos tan grandes como sus cuerpecillos. Hay mujeres que convencen a muchachas para que se unan a los combatientes del Daesh, y aquéllas saben perfectamente que lo que espera a éstas es la esclavitud sexual, ser un despojo. A diferencia de los nazis, que ocultaron los campos de exterminio cuanto pudieron, el Daesh ha proclamado su propósito genocida: se trata de aniquilar a los “infieles”, es decir, a la mayor parte del mundo, incluidos los musulmanes chiíes y cuantos no se les sometan. El propósito es por suerte incumplible, pero centenares de millares de individuos celebrándolo es una anomalía colectiva equiparable a la del nazismo. Y éste sólo dejó de estar bien visto cuando cesó, y cuando fue derrotado. Con serlo mucho, lo más importante no es que sean neutralizados los jóvenes que atentan. Lo fundamental es que lo sean los adultos que los dirigen, engañan y sacrifican, mientras ven cómodamente el espectáculo. Ese imán de Ripoll y sus iguales y sus jefes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de septiembre de 2017

Casi un millar de personalidades de izquierdas tachan el referéndum del 1-O de “estafa antidemocrática”
El Periódico, 17 de septiembre de 2017