LA ZONA FANTASMA. 23 de junio de 2019. ‘Mejor una dentadura descomunal’

Unos domingos atrás, el Defensor Carlos Yárnoz dedicaba su sección a glosar y agradecer los desvelos de un veterano lector de EL PAÍS que lleva años detectando y señalando incorrecciones, disparates y anglicismos innecesarios en estas páginas. El señor Rojo merece reconocimiento, aunque su tenacidad, a la larga, esté condenada al fracaso. Yo dejé de tratar estas cuestiones hace años: contra las inundaciones no se puede luchar, pese a que lo hagan de vez en cuando, con acierto y moderación, Pedro Álvarez de Miranda y Álex Grijelmo. La única vez que me dirigí a una Defensora del Lector fue para quejarme de que los redactores, editorialistas y columnistas ignoraran o hubieran olvidado que el verbo “hacer” también se conjuga en casos como este: “Mañana hará un año de la muerte de…” O bien, “Ayer hizo un año de…” Ahora casi todo el mundo aplica un “hace” invariable incluso en frases así: “Hombre, hace mucho que no te veía”. Si ahora el que habla ya está viendo al otro, tendría que haber dicho: “Hacía mucho…” Aporté numerosos recortes y la Defensora recogió mi lamento, pero de nada sirvió: no sólo en la prensa escrita, también en televisión y radio los locutores aplican “hace” en toda ocasión; aunque estén diciendo un absurdo. Ya no lo saben.

En estos meses de elecciones continuas y negociaciones y pactos, cualquiera que se asomara a la televisión sufrió una sobredosis de informativos, mesas de análisis y tertulias. Hoy hay la consigna de que cualquiera pueda ser cualquier cosa, para no discriminar ni “invisibilizar” (verbo idiota donde los haya). Así, un sordo puede ser director de orquesta y un ciego jurado en un festival de cine o árbitro, los cojos son policías de patrulla y los mancos también dirigen orquestas con el mentón (estoy exagerando, todo hay que avisarlo hoy). Bueno, bien está. Lo que ya se me escapa es que sean locutores personas con pésima dicción o confusa, o que hablan hacia dentro y se las oye a duras penas, o que pronuncian todo nombre extranjero excesivamente mal. Un cargo de una tele es incapaz de decir “homosexualidad”: siempre suelta “homoxesualidad” y “homoxesual”. Sería fácil corregírselo, le bastaría con ensayar. Recuerdo un episodio de una vieja película de Dino Risi y otros, Los complejos. Se titulaba “Il dentone”, y en él Alberto Sordi aparecía con unos dientes gigantescos, en verdad imposibles, del todo desaconsejables para figurar en pantalla, de frente, largo rato. Sin embargo, su dicción era tan clara y perfecta, la construcción de sus frases tan impecable, su conocimiento y pronunciación de otras lenguas tan acabados, su elocuencia tan cautivadora, que iba pasando una prueba tras otra hasta convertirse, contra zancadillas y pronóstico, en el “conductor” del telegiornale. Él, además, no se veía el defecto, se creía en posesión de “un divino perfil romano”. Es decir, en 1965 se sometía a examen a los locutores; no cualquiera podía realizar ese trabajo, se precisaban ciertas habilidades. Salvando las enormes distancias en cuanto a las consecuencias, no se permitiría operar a alguien que no fuera cirujano, ni siquiera a un ciego ni a un manco, a los que sin duda hay que ayudar y facilitar el camino. Pero sólo hasta cierto punto, me parece a mí.

Otro tanto vale para los tertulianos que proliferan. Más allá de que sepan o no de qué hablan, de que sus análisis y opiniones iluminen o sean obviedades o sandeces, de que se copien unos a otros y no aporten nada que haga pensar o por lo menos dudar, debería exigírseles un mínimo de vivacidad en el habla y de capacidad para resumir en sus exposiciones. Los hay que, en cuanto toman la palabra, obran como potentes somníferos en el espectador. A algunos les cuesta tanto arrancar —y luego se arrastran como orugas— que me resulta imposible prestarles atención. El mero sonido de su voz me “desconecta”: a la primera y trabajosa frase ya estoy pensando en mis asuntos. No todo el mundo está dotado para perorar en público, ni para captar la atención y mantenerla, lo cual sería requisito indispensable para contratar a un comentarista. Los que más abundan, con todo, son los gritones y atropellados (se asegura que “dan espectáculo” y hacen subir las audiencias); los que encadenan parrafadas inconexas, taxativas y sin argumentación, siempre vociferantes e interrumpiéndose unos a otros. Como esas charlas ya rara vez son entre cuatro o cinco, sino entre diez o catorce, no se oye ni entiende nada, es un guirigay que en seguida lo lleva a uno a abismarse de nuevo en sus pensamientos y después cambiar de canal o apagar el televisor. No comprendo que a esos individuos (alguno se salva, claro está) no se les hagan pruebas previas: de articulación, de elocuencia, de claridad mental y expositiva, de vivacidad en el uso de la palabra y habilidad para interesar. No me cabe duda de que aquel antiguo “dentone” que interpretó el gran Alberto Sordi se haría hoy el amo en nuestro país, con su supuesto perfil romano divino y su dentadura descomunal.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 16 de junio de 2019. ‘Una súplica’

Lamento mucho ser insistente y repetitivo, y me disculpo por ello. Pero es que la realidad lo es más; de hecho nunca da tregua. Madrid es una capital de la que se abusa todos los días del año, todos los años. Padecemos unas 3.000 manifestaciones anuales, lo que arroja una media de casi 10 diarias. Todas se empeñan en recorrer “el centro”, para “ser vistas”. Sufrimos las de los madrileños y también las de los forasteros, que se desplazan aquí para protestarle al Gobierno. Las obsesivas procesiones de Semana Santa y otras fiestas religiosas; los desfiles del 2 de mayo, los de San Isidro, los de la Paloma; las maratones, triatlones, carreras de mujeres y de no mujeres, de dueños de perros (“perrotones”, santo cielo); el paso de las ovejas, jornada de la bici, del patinete, paradas de colectivos varios, batucadas insoportables e incesantes. Moverse, trabajar, descansar, meramente vivir, son empeños imposibles. Por si todo esto fuera poco, esta temporada no se les ocurrió otra cosa a las autoridades que albergar una Final entre dos equipos de Buenos Aires —en el otro extremo del mundo— que se odian a muerte y cuyos hinchas tal vez sean los más salvajes del globo. Y como eso no fue suficiente, el día que escribo esto se disputa la Final de la Champions que enfrenta a Liverpool y Tottenham. Como se esperaba la invasión de unos 90.000 aficionados difíciles y cerveceros, las autoridades pensaron: “¿Cómo podemos agravarles la situación a los madrileños, hacerles la existencia en verdad insoportable? Sobre todo a los que le dan la espalda al fútbol”.

Desde el miércoles (el partido en sábado) se dedicaron “espacios” a lo que durará 90 minutos, 120 si hay prórroga. La siempre maltratada Puerta del Sol fue inundada de armatostes espantosos y estridentes conciertos. ¿Les bastó? No, la emblemática Plaza Mayor fue convertida en un absurdo campo de fútbol, con su falso césped y graderíos. ¿Les bastó? No, también la Plaza de Oriente, donde instalaron una gigantesca y horterísima réplica de la Copa, delante del mismísimo Palacio Real, para fastidiar la perspectiva. ¿Les bastó? No, fueron asaltadas Callao, Colón, Felipe II, hasta la respetada y pequeña Plaza de la Villa. El mismo “centro” que la alcaldesa hoy en funciones ha vetado a la mayoría de coches, perjudicando a quienes vivimos en tan amplia zona y no conducimos. Yo vivo muy cerca de una de esas plazas arrebatadas. El miércoles, ya digo (¡el miércoles!), la llenaron de enormes camiones, grúas, estructuras, pantallas, descomunales casetas. Improvisaron dos ridículos campitos de fútbol en los que, durante las cuatro jornadas que ha durado la barraca, de vez en cuando había tres o cinco muchachos peloteando… a 32 grados. Un imbécil fingía retransmitir sus evoluciones con un megáfono (“El oponente se va al ataque” y sandeces por el estilo). El resto del tiempo, música ratonera a gran volumen. Me acerqué a parlamentar. Hablé con una mujer que dijo pertenecer a la organización de la cretinada profunda. Educadamente, le expliqué que en la zona vivíamos y trabajábamos personas. Le pedí que nos ahorraran al menos lo innecesario, como la grotesca “retransmisión” de unos ridículos peloteos. En cuanto a la música, adujo que era “para atraer a la gente”. O sea que, ante la falta de interés espontáneo, había que llamarla como en las ferias. Para tranquilizarme añadió: “No se preocupe, vamos a estar solamente de 12 del mediodía a 12 de la noche”. No sé qué entendía por “solamente”; ¡12 horas, las fundamentales, durante cuatro interminables días! Por supuesto no me hicieron ningún caso. Lo más visible era el nombre de un Banco, que se leía unas 80 veces. No diré ese nombre, voceado también por el megáfono, pues creo que el Banco es accionista de EL PAÍS y no quiero crearle a éste problemas. Lo cierto es que se ha autorizado a una empresa apropiarse de un espacio común cuatro días, para emitir propaganda. Inaudito. Las otras plazas tomadas habrán sido un similar infierno.

Señoras Carmena y Villacís, señor Martínez-Almeida: hoy no sé cuál de ustedes será el nuevo alcalde o alcaldesa. A quien finalmente lo sea, le elevo una súplica: dejen de ser desconsiderados y dañinos para los habitantes de esta ciudad desdichada. No les impidan trabajar, moverse, descansar, vivir en las inmensas áreas que según ustedes constituyen “el centro”. Recuerden que no es un escenario, ni un decorado, ni un zoco, ni un estadio, como han decretado desde hace lustros los alcaldes y alcaldesas, de derechas o de izquierdas. Hay habitantes, residentes (más les vale que no huyamos todos), a los que el Ayuntamiento, con su permisividad absoluta para cualquier chorrada minoritaria, mortifica a diario. No las alienten al menos, las chorradas y los caprichos. No los inventen ni los fomenten. No les corresponde ofrecer distracción y espectáculos sin fin a la ciudadanía más ociosa y jaranera. No todo es recaudar dinero. Hay mil asuntos más importantes en la gobernación de una capital. El principal es que los madrileños puedan hacer frente a sus quehaceres y problemas, que son muchos, sin agregarles obstáculos, impedimentos, trabas, martirio y ruido ensordecedor permanente. Todo ello gratuito las más de las veces; todo superfluo.

PD. Encima, el partido fue malísimo. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 9 de junio de 2019. ‘Congreso o guardería’

Hable hace ya años de la fragilidad actual —de la pusilanimidad, de hecho— de muchos estudiantes universitarios estadounidenses. Algunos lectores quizá recuerden que exigen que sus centros sean “espacios seguros”, es decir, en los que las opiniones contrarias a sus creencias y convicciones no los “perturben” ni “desasosieguen” y sean acalladas. Han cercenado la libertad de expresión —no digamos de debate— hasta límites dictatoriales. A veces se impide que un invitado dé una conferencia si su persona les es ingrata o prevén que sus ideas los van a “alterar”. Hay jóvenes que se salen de un seminario, lloriqueando, si un compañero manifiesta una postura que los “ofende” y “trastorna”. A menudo deciden qué libros y qué temas se pueden abordar en un curso y cuáles no, y, dado que los alumnos se comportan como “clientes” por los altísimos precios que sus familias pagan, a los profesores no les queda otra que tragar y plegarse. Lo que solía llamarse “libertad de cátedra” está muy seriamente amenazado. Los claustros ceden cada vez más a los caprichos y a la intolerancia de estos estudiantes mimados, débiles, que se descomponen y quiebran por cualquier cosa. Están hechos de porcelana y no deberían ir a la Universidad, por tanto, que siempre ha sido lugar para la confrontación de ideas: en los regímenes autoritarios, incluso, con un grado de libertad del que el resto de la sociedad carecía, la prensa no digamos. Si los claustros complacen a los jóvenes déspotas es en parte por amilanamiento y cobardía y en parte porque también están formados por profesores y burócratas que son igual de hipersensibles e histéricos.

Todo esto indica una infantilización impropia. Estos universitarios —¡universitarios!— no han salido ni están dispuestos a salir de su niñez sobreprotegida. Y se sabe que los niños, si se les da pie y se les permite, tienen una tendencia natural a ser tiránicos; a que se haga su voluntad sin excepciones. Lo último que he leído al respecto es que algunos colleges han creado, a petición de estos clientes de guarderías, “cry rooms” y “pet rooms”, esto es, cuartos a los que retirarse a llorar y cuartos con mascotas, para que los alumnos se acerquen a acariciar conejos, perros, gatos y no sé si cerdos y se calmen en su compañía. Ignoro si son alquilados o si son los de los estudiantes, que se los llevan a clase o a los aledaños. Es seguro, en todo caso, que de ellos no saldrán opiniones indeseadas. Curioso que estos universitarios busquen conversación con seres irracionales. Creerán que pensar es abyecto, una contrariedad y una anomalía.

Dada la aceptación creciente y mundial de puerilidades, me parece que esta iniciativa debería ser adoptada por nuestros Congreso y Senado, y que sus señorías gocen de la oportunidad de irse a echar unas lágrimas o a abrazar a unos hámsteres, y de paso a unos peluches. La sesión de acatamiento de la Constitución resultó tan ridícula que sin duda sus señorías toman el Parlamento por un kindergarten. Lejos de los dramatismos de Casado y Rivera, que en las variopintas fórmulas de juramento o promesa vieron “ultrajes” y “humillaciones” sin cuento, lo que se contempló fue un espectáculo digno de impúberes. Me sorprendió que los nuevos Presidentes, Batet y Cruz, no puntualizaran a la primera: “No se les pregunta por sus fobias, filias y aspiraciones. Sólo si prometen o juran acatar y defender la Constitución. Por favor, limítense a eso. Por qué o por quién lo hacen, es superfluo”. Hubo fórmulas contradictorias, como “Con lealtad al mandato del 1 de octubre”, fecha de un referéndum-farsa ilegal que se utilizó para atentar contra la Constitución. ¿Cuál de esas dos cosas iban a defender, si son incompatibles? Otro individuo improvisó: “Por los nuevos tiempos republicanos, prometo”. Es dueño de sus deseos, pero, según la Constitución, que yo sepa, España es de momento una monarquía parlamentaria, que a la vez prometió defender e intentar minar o derrocar. Es lo de menos. La sarta de infantilismos y bravatas fue de opereta. “Por España”, como si hubiera cabido jurar por Francia o Alemania. “Por la democracia”, como si sus señorías no estuvieran en sus escaños gracias a ella y a un sufragio transparente y limpio, no impugnado por nadie, y no fuera el enésimo desde hace más de cuarenta años. Hubo diputados franquistas que se dedicaron a golpear violentamente sus pupitres (sí, pupitres) como si fueran reventadores en un estreno teatral decimonónico. Otros vestían camisetas con lemas, por fuerza simplezas (“Por la salvación del planeta”). Todo muy ameno y pintoresco, no me quejo. A un hermano mío lo decepcionó tan sólo que los políticos presos no se presentaran a la sesión disfrazados con trajes y gorritos a rayas blancas y negras y con un pie encadenado a una bola, como los presidiarios de los antiguos tebeos y de las películas sureñas. En fin, no se puede tener todo. Pero insisto en serio: vista la mentalidad infantiloide de bastantes señorías, solicito urgentemente que el Congreso habilite una habitación para soltar lágrimas y otra bien provista de animalillos, para que los diputados se desahoguen a gusto, refieran sus anhelos y cuitas a los conejos y a los cochinillos, y cumplan después con sus obligaciones. Sobriamente y al grano, si es posible.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 2 de junio de 2019. ‘Los enemigos que no lo son’

Hace algo de tiempo, Puigdemont, Torra o uno de los suyos, tanto da, expresó con claridad este sentimiento, con estas o parecidas palabras: “El Estado español es el enemigo”. (Y puede que dijera “España” en esta ocasión.) Se armó un poco de escándalo, efímero como son hoy los escándalos, y me suena que el autor de la frase, o alguien cercano, trató de matizar con la boca pequeña: “Queremos mucho a los españoles, hablamos también castellano, etc”. La primera manifestación es desde luego la que ha prevalecido, y no es raro oírla de nuevo en labios de otros dirigentes secesionistas o de sus paniaguados de radio y televisión. Pese al momentáneo escándalo, tengo la impresión de que casi nadie se tomó en serio la declaración, o —mejor— no se la tomó al pie de la letra. A estas alturas, sin embargo, no cabe duda de que se quiso decir lo que se dijo. Los independentistas tratan no sólo a España, sino a la parte mayor de Cataluña que no comulga con ellos, como a enemigos. Cuando hay una guerra, para los combatientes todo vale. Se dejan de lado las reglas, las leyes, la verdad, los miramientos; la palabra que se da a ese enemigo carece de valor y el que la da no se siente vinculado a ella; es más, considera su deber patriótico engañar por cualquier medio, tender trampas, utilizar argucias, falsear los hechos, negar lo evidente con desfachatez, incumplir los pactos acordados, ser sibilino y taimado, asegurar que ofrece diálogo e ir a parlamentar con un puñal oculto, aprovecharse de la ingenuidad ajena para sacar ventaja y herir mejor. Todo está permitido: la mentira constante, el infundio, la amenaza, el chantaje, la calumnia, la fabricación de pruebas falsas, la absoluta manipulación.

Cuanto he enumerado lleva dándose ya mucho tiempo en el “bando” secesionista. Orquestadas campañas de desprestigio, demonización del “Estado español”, vetos y zancadillas a políticos que no son de su cuerda, presentación del país como falsa democracia cuando no como régimen franquista, negación de la independencia de su justicia, acusaciones de “opresor”, de “castigar las ideas” y abolir la libertad de expresión, comparaciones con la Turquía totalitaria de Erdogan a la que tanto se asemeja, curiosamente, el proyecto de República Catalana concebido y parcialmente ejecutado por ese “bando”. Lo único que por fortuna falta es la guerra propiamente dicha, y espero que nunca se le ocurra a nadie iniciarla. Pero, en todo lo demás, España y más de la mitad de los catalanes son tratados como enemigos. Contra ellos todo es aceptable.

Cuando alguien te declara enemigo suyo y te tiene por tal, lo más frecuente es que ese alguien pase a serlo tuyo también. Pero ¿qué sucede si uno no quiere abrir hostilidades contra quien se las ha abierto? Es raro, y aun así se da, y creo que se da en este caso. Con las muchas excepciones que se quieran, ni España ni los españoles consideran a Cataluña “enemiga”, ni siquiera a la porción que les ha puesto la proa. Tal vez por eso hay todavía políticos o Gobiernos que se acercan con buenas intenciones y ánimo conciliador a quienes no tienen la menor voluntad de conciliación. Si yo no siento animadversión hacia quien me la profesa, me cuesta mucho jugar sucio contra él, hacerlo objeto de mis difamaciones, dañarlo a ultranza, con métodos lícitos o no. No es sólo que no desee asimilarme a él; es que “no me sale” mostrarle la misma inquina que me muestra él a mí. Es infrecuente, ya digo, pero no pocos de ustedes habrán vivido situaciones así en el ámbito personal (en los divorcios surgen súbitos y desenfrenados odios). Yo sí, a buen seguro. He tenido casos de malevolencia mutua, en los cuales mi enemigo me torpedeaba y yo hacía otro tanto con él. No obstante, en otros, el enemigo me ha hostigado con encono y tesón y yo no he respondido de igual forma. Porque había habido una vieja amistad; porque veía a la otra parte más débil; porque la aversión era sorprendente e inmotivada e incomprensible; por lo que fuera. El aborrecimiento era unilateral. Y si se trataba de un antiguo amigo tornado enemigo, dejé de favorecerlo, claro; pero no me afané en perjudicarlo.

Lo habitual es que la beligerancia de uno engendre la del otro, antes o después. Que el segundo estalle por hartazgo, por orgullo o por encabronamiento bien provocado. Pero si no es así y se aguanta el chaparrón, y no se responde con las mismas armas, ¿qué hacer? Yo me aparté, me alejé, me puse a tiro lo menos posible. Eso no es factible en lo que se refiere a la Cataluña hostil: no lo es alejarse de los propios conciudadanos, hacer oídos sordos a sus belicosos representantes oficiales y tirar adelante sin aquéllos. Tampoco es deseable. Sólo cabe asumir con tristeza que, aunque alguien no sea tu enemigo, tú sí lo eres de él, y que por tanto él carecerá de escrúpulos hacia ti. Sabiéndolo, hay que dialogar o simular el diálogo, sin hacer concesiones para contentar o aplacar, y exigiendo contrapartidas inmediatas y concretas. Y esperar con paciencia a que amainen sus tormentas de acero, hasta que un día por fin escampe, por la fuerza de las urnas o por agotamiento.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 26 de mayo de 2019. ‘Presenciar el pasado’

Como tantos otros cambios para mal, creo que este se produjo con la llegada del obtuso siglo XXI, o quizá poco antes. Las televisiones tenían la grata costumbre de emitir películas clásicas o simplemente antiguas, muchas de ellas en blanco y negro. El odio a esta combinación llevó, durante una temporada, a la bárbara práctica de “colorear” Casablanca, Con faldas y a lo loco y puede que hasta Psicosis. La cosa no prosperó, por fortuna, pero muchos de los que apreciamos la maravillosa fotografía en blanco y negro nos vimos obligados a veces a quitar por completo el color de nuestros televisores, a fin de ver esas películas como habían sido concebidas y rodadas, y no convertidas en grotescos cromos. Hubo DVDs que hubieron de anunciar, en sus carátulas, “en glorioso blanco y negro”, para que los cinéfilos estuviéramos tranquilos cuando los comprábamos. Lo cierto es que ese cine desapareció de golpe de las programaciones, y así se perdió un importante factor de la educación de la gente. El resultado es que, como en otros ámbitos (el literario, el musical, el artístico), contamos ya con varias generaciones de analfabetos. Mis amigos cineastas Tano Díaz Yanes y Jaime Chávarri, o mi hermano el crítico Miguel Marías, me han contado cómo, en los cursos que daban a estudiantes, se encontraban con que para muchos de éstos el cine empezaba con El Padrino. Esa creencia fue de corta vida, porque poco después también ese clásico pasó a ser una “antigualla” y los jóvenes creían que se iniciaba todo con Tarantino. Me imagino que hoy Pulp Fiction les parecerá antediluviana y no sé dónde situarán el nacimiento de ese arte. Los hay cultos, claro, pero muchos no han oído hablar de Ciudadano Kane ni de La regla del juego ni de La noche del cazador, de Amanecer ni de Metrópolis (que encima son mudas), de Perdición ni de El hombre que mató a Liberty Valance ni de Sed de mal, por no salirnos del desterrado blanco y negro.

Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular. Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado que ya es lejano si pensamos que este año cumplen ochenta, por ejemplo, Lo que el viento se llevó y La diligencia. Hasta ahora la humanidad disponía de cuadros estáticos, crónicas, luego fotografías, y por supuesto novelas para hacerse una idea aproximada de cómo habían sido las personas de otros siglos y de cómo se vivía en ellos. Pero no podíamos verlas en movimiento, ni desde luego oír sus voces y saber cómo hablaban. Es decir, no podíamos asistir a los tiempos pasados, no podíamos presenciarlos. Ahora tenemos la inmensa suerte de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos no lejanísimos, pero que están ya caducados. No es que el material documental abunde (aunque más de lo que parece), pero cada vez que me surgen en una pantalla imágenes “reales”, siento una absoluta fascinación y una curiosidad ilimitada. Hoy mismo, en el telediario, he visto un fugaz plano de una calle de Barcelona hacia 1920. El motivo de que lo insertaran era la inauguración del Automobile en esa ciudad. Se veían coches de caballos, burros y mulas, unos cuantos automóviles en coexistencia con ellos, bicis que giraban veloz y ágilmente y, en medio de la calzada, transeúntes que esquivaban con naturalidad y pericia a la cámara: ésta, probablemente, viajaba a bordo de un tranvía, que era de lo que se apartaban. Las ganas de ver más, de que ese plano se prolongara, de seguir contemplando el espectáculo callejero de un día cualquiera de hace un siglo, se me han hecho irresistibles. Como no me considero raro, sino común y corriente, me pregunto cómo es que tantísima gente no siente esa curiosidad, esa fascinación, y da la espalda a “lo antiguo”.

Claro que las películas son ficciones, pero en ellas, hasta en las no “realistas” y endulzadas, se observa cómo era la vida en los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Cómo se vestían y se comportaban las personas, cómo se trataban y hablaban (aunque los diálogos sean siempre una estilización del habla, incluidos los “naturalistas”), qué aspecto tenían las ciudades y los pueblos; cuáles eran sus tribulaciones, cómo se organizaban, qué dificultades e ilusiones tenían, cuáles eran sus reglas y sus modales, cuál era la pasta de la que estaba hecha la mayoría. Los autollamados “millennials” (no recuerdo una generación tan ridículamente orgullosa de haber nacido en unas fechas tan azarosas como el resto de fechas) juzgan que cuanto los antecedió es “atrasado”, despreciable y erróneo, y carecen de interés por ello. Un síntoma más de ignorancia: la historia nunca progresa linealmente, y hay épocas remotas mucho más avanzadas, inteligentes, modernas y libres que la actual, cada día más puritana, autoritaria, boba y amedrentada. Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de nuevo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de mayo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 19 de mayo de 2019. ‘Tachar y tachar’

Hace tiempo que las autoridades (con los alcaldes a la cabeza) decidieron que las ciudades ya no eran para sus habitantes, y la cosa va a más y más, a toda velocidad. Las han convertido en negocio, en decorado, en discoteca, en parque temático, en estadio para actividades “lúdicas” de una exigua e insaciable parte de la población, en terreno alquilable al codicioso sector hostelero, que invade las aceras sin freno y priva de espacio a los ciudadanos. Echan también de sus casas a los inquilinos, permitiendo la plaga de los pisos turísticos. Demasiados caseros poco previsores prefieren una barahúnda de cambiantes grupos etílicos y sin sentido de la conservación, antes que residentes fijos y cumplidores que cuidan los pisos como si fueran propios porque es en ellos donde viven. Digo “poco previsores” porque no creo que esta eclosión de hordas vaya a durar eternamente. Eso sí, si me equivoco, nuestras ciudades serán arrasadas y destruidas.

No me explico el fenómeno, por lo demás. Madrid (que no es Venecia ni Florencia, Roma ni Praga ni París, Barcelona ni hoy Lisboa) está lleno de masas en todas las épocas del año. Veo por el centro incontables grupos de veinte, cuarenta u ochenta turistas en enero, febrero, octubre o noviembre, no digamos en los meses de vacaciones tradicionales. Son alemanes, italianos, franceses, japoneses, chinos, rusos, americanos de toda edad (no sólo jubilados ni sólo estudiantes). Me pregunto si no trabajan, cómo es que tantos disponen de tantos días libres en cualquier estación. Porque hay que suponer, además, que si el desfile es constante por Madrid, más lo será por las capitales mencionadas. Y si uno va a otras menos famosas, se encuentra el mismo panorama, no hay rincón libre y a salvo. También se pregunta uno cómo es que, si las clases medias están empobrecidas (según todos los informes económicos), se desplazan éstas sin parar. Los vuelos no cuestan nada, ya sé, pero hay que sumarles las comidas y cenas y cervezas y tapas (las terrazas y los bares están a reventar), el alojamiento, el transporte y la compra de horrorosos souvenirs, cuyas tiendas proliferan en detrimento de los comercios útiles, esenciales para los habitantes. ¿De dónde salen el tiempo y el dinero? Y, sobre todo, ¿de dónde proviene este enloquecido afán por moverse de aquí para allá?

Sería estupendo que obedeciera al deseo de la gente de ver, conocer y “adquirir cultura”, por mal que suene esta expresión. Pero llevo mucho observando a estas termitas y no parece que sea el caso. Casi ninguna mira nada directamente y con sus limpios ojos, sino que lo observan todo unos segundos (exagerado, el verbo “observar”) a través de sus móviles, lo fotografían y ya está. En su momento comenté las penosas imágenes de huestes ciegas ante La Gioconda, haciéndole fotos y sin dignarse admirar el cuadro. Otro tanto sucede con Las Meninas y cualquier pintura medio célebre. Uno diría que lo único que desean estas marabuntas es tachar. Tachar de unas extrañas listas que se las ha persuadido de confeccionar: “Madrid, ya he estado; París, visto; Bali, me he bañado; Praga, fotografiado el puente y colgado en mi cuenta de Instagram; Venecia, pateada un rato y ensuciada por mis desperdicios…” Todas estas tachadas, ¿qué nos queda por hollar? La manía de presumir ante los conocidos colgando fotos en las cretinoides redes, “Mirad dónde estoy”, es una de las más absurdas que ha conocido el mundo, porque ahí donde está cada cual, ha estado o va a estar mañana media humanidad. Nada tiene ningún mérito, nada puede ya dar envidia, nada es raro ni insólito, todo es trillado. Viajar ha perdido su aura, es lo más vulgar que hoy se puede hacer. Y nada se libra. Los diarios, en sus versiones digitales, están plagados de imbecilidades del tipo: “Los diez pueblos de España que no se debe usted perder”. Los diez restaurantes o tascas, los diez libros, las diez iglesias, las diez cervezas, las diez playas, los diez puentes, las diez cascadas, y así hasta el infinito. Hay unas greyes (bovinas) que apuntan religiosamente todas estas arbitrariedades, y que luego las van tachando como posesos. “Bueno, ya hemos pisado Buñuelos de la Churrería, vamos al siguiente pueblo, que es Homilía de las Tortillas y está sólo a 200 km; nos faltarán nada más Batracios, Gorrinera y Retortijones, que al parecer son de fábula”. Buñuelos se ha convertido en un lugar imposible, como Batracios y Lupanar, lo mismo que la Playa de los Eunucos y la de Gozmendialarrainzar y la de L’Esgarrifat. La gente se agolpa al borde de precipicios “que no se puede usted perder”, se hace selfies a codazo limpio y algún turista se despeña en el intento. Debo de ser muy mala persona, porque cuando esto ocurre me cuesta que me dé lástima. Qué quieren, lo último que deseo es la destrucción de las ciudades y los pueblos y los paisajes, de las playas y los monumentos y los parques y los cuadros. Si por lo menos fuera para contemplarlos y disfrutar de ellos… Pero no, eso es lo que pocos hacen, fíjense bien. La mayoría tan sólo tacha mentalmente: una cosa menos en mi interminable lista de “obligaciones”. Y otra y otra y otra; y otra más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de mayo de 2019

Congreso en Oxford sobre la obra de Javier Marías

Erik Fisher. The Guardian

CONFERENCE ON JAVIER MARÍAS

Los días 10 y 11 de junio se celebrará, en el Keble College de Oxford y organizado por la Facultad de Lenguas Medievales y Modernas de esta Universidad, un congreso sobre la obra de Javier Marías.
Participarán entre otros especialistas: Santiago Bertrán, Alexis Grohmann, Elide Pittarello, José María Pozuelo Yvancos, Maarten Steenmeijer…
La entrada es abierta a todos los interesados en la obra del autor.


Programa

LA ZONA FANTASMA. 12 de mayo de 2019. ‘Defenderse del asedio’

Escribo esto el 28 de abril. No he tenido suerte con la “ardua tarea” de la que hablé aquí hace tres domingos. Es decir, cuando he llegado al colegio electoral, aún no había decidido mi voto. Pero he votado, como anuncié. Con preocupación, asco y arrepentimiento anticipado. Lo último irá en aumento, supongo, según vayan pasando las fechas y descubra a qué horror he contribuido. Me parece por el estilo de tenebroso que entren en el Gobierno Vox o Podemos, de lo que se nos avisó anteayer (anteayer para mí). Sólo me cabe el indecente consuelo de saber que, si hubiera optado por la otra posibilidad (en mi caso sólo disponía de dos), sentiría la misma preocupación, el mismo asco y el mismo arrepentimiento.

Pero ustedes ya están hoy en otra cosa, a catorce días de votar de nuevo, ahora municipales, autonómicas y europeas. Las primeras carecen de importancia, al menos donde estoy empadronado, Madrid. Soy lo bastante veterano para haber comprendido que todos los alcaldes y alcaldesas sufren de megalomanía y de fobia a los madrileños, pertenezcan a partidos de derecha o de supuesta izquierda. Todos albergan ideas peregrinas y se las copian entre sí, por mucho que los unos clamen estar en las antípodas de los otros. La delirante peatonalización de la Gran Vía ya fue un proyecto de Gallardón. La fiebre por los carriles-bici, que han convertido tantas vías en intransitables, la padeció Ana Botella con la misma intensidad que Carmena. Ésta es quizá más autoritaria (aquélla no se atrevió a prohibir la circulación de viandantes en ciertas calles en Navidad), pero se parecen enormemente en su gusto por la suciedad del centro. Nunca entenderé por qué un puñado de ciclistas impone sus exigencias al conjunto de la capital. Tampoco por qué diez mil corredores (los inscritos para la maratón de ayer, ayer para mí) tienen derecho a fastidiar al resto cortándolo todo durante horas cada vez que se les antoja. ¿Es que votan doce veces, a diferencia de los demás? Los domingos Madrid es secuestrado por las minorías “lúdicas” y recreativas en perjuicio de las mayorías mansas, y esto sucede con Manzano, Gallardón, Botella y Carmena, tanto da. Esta última es por añadidura la candidata del PSOE, además de la de su formación que ya no sé cómo nombrar. El PSOE le propuso que compitiera bajo sus siglas, y, como no pudo ser, le ha puesto de contrincante a un ex-seleccionador de baloncesto al que no veo por qué nadie iba a votar. Es indiferente quién salga elegido: el que sea enloquecerá y seguirá siendo rehén de las minorías despóticas. Así que quizá me incline por quien (por ahora) veo menos demente, Begoña Villacís. Sin apenas esperanza: en Madrid como en Barcelona (véase la inenarrable Colau) todos caen víctimas de los delirios de grandeza y de destrucción.

Las autonómicas importan aún menos en Madrid. Desde que dos absentistas ignominiosos le regalaron (¿vendieron?) la Presidencia a Esperanza Aguirre, el cargo no sólo está desprestigiado, sino maldito. Aquí el más sensato parece Gabilondo, que por lo menos no vocea mamarrachadas.

Así que las más transcendentales son las europeas, esas a las que en España no se hace ni caso. La Unión Europea está asediada por incontables enemigos. Quieren destrozarla los personajes más siniestros y sin escrúpulos del globo: desde Putin a Trump, que la detestan, hasta una pléyade de europeos que, desde dentro, pretenden acabar con ella: los brexiteros a la cabeza, pero también Orbán en Hungría, Le Pen y Mélenchon en Francia, Salvini y Di Maio en Italia, ­Kaczynski en Polonia, Wilders en Holanda, Alternativa por Alemania en este país, los Auténticos Finlandeses, Aurora Dorada en Grecia, Podemos y Vox y Bildu y Torra y compañía en España, checos, eslovacos, eslovenos, austriacos, todos orquestados por Steve Bannon, que aupó a Trump al poder. Los votantes de esta gente irán en masa a las urnas, razón suficiente para que los imitemos quienes consideramos la Unión Europea, pese a sus muchos defectos, el mejor invento de nuestra historia común. El que, por no decir más, ha logrado que en este continente no nos matemos desde 1945, tras siglos y siglos de guerras y escabechinas. A ellas parecen querer volver todas esas formaciones nacionalistas y antieuropeas. Anhelan que cada país se aísle con sus banderas y se crea superior a los demás; que el continente se debilite y no se pueda defender de los ataques brutales de Putin y Trump. El primero maniobra sin cesar a favor de esos antieuropeístas, lo mismo que Bannon. Después de la mayor matanza de la historia, la Segunda Guerra Mundial, todos estos sujetos ansían propiciar un clima de recelo y enfrentamiento entre nuestros países; y sabemos cómo suelen acabar esos climas en nuestro suelo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que ya son centurias de asesinarse unos a otros. Se prevé que el 60% de la población europea desdeñe estas elecciones y les dé la espalda. En el 40% restante figurarán los partidarios de esos políticos y partidos enumerados, suicidas o más bien criminales, si pensamos en lo que nos pueden traer. No las desdeñen ustedes, por favor. Absténganse en las municipales y autonómicas si quieren. En las europeas no. En ellas sí que nos va la vida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de mayo de 2019

Nuevo libro de Javier Marías. ‘Cuando la sociedad es el tirano’


CUANDO LA SOCIEDAD ES EL TIRANO
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, mayo de 2019

Marías se esfuerza incansablemente por reflexionar acerca de toda clase de asuntos y por que los lectores, a su vez, también lo hagan, como se comprueba en cada artículo de Cuando la sociedad es el tirano. Sin duda, es muy consciente de los males que nos acechan: la demagogia, los extremismos, el peligro siempre latente de los sistemas totalitarios y los tics dictatoriales; al revelarlos, nos previene de los «vientos de autoritarismo», por decirlo con sus palabras, y de su contagio.

[Nota del editor]

LA ZONA FANTASMA. 5 de mayo de 2019. ‘Señoritismo subido’

He conocido a gente así. Siempre ha habido gente así. Lo que es más nuevo es que haya tanta gente así. Que el mundo esté plagado de individuos insatisfechos a los que nunca nada les parece bien, y, sobre todo, nunca les parece bastante. Como nada les parece bastante, tampoco tienen nunca nada que agradecer. Lo que se les da, regala o concede, los favores que se les hacen y el buen trato que reciben, todo lo consideran minucias porque, según ellos, todo les es debido. Hace poco hemos visto una acabada encarnación de estos sujetos que hoy proliferan en uno de nuestros dirigentes, Pablo Iglesias. Durante la reciente campaña le dio por denunciar y atacar a los medios de comunicación, a los que acusó de estar sometidos a accionistas, empresarios, políticos y banqueros. Los medios privados suelen tener accionistas y dueños, como es natural: por eso son privados y no estatales. Cada uno es libre de contratar a los colaboradores que desee, por su calidad, por su afinidad ideológica o intelectual, también por su rentabilidad: si alguien es muy visto o leído y crea controversia, seguramente compensa contar con su presencia o su firma, independientemente de la afinidad. Durante todos los años de existencia de Podemos, esta formación ha tenido a su servicio, como caja de resonancia, como altavoz, a una cadena televisiva, la Sexta. Todavía es así. Da la impresión de que los responsables de sus informativos dispongan de teléfono rojo o línea permanente con Iglesias, su pareja y demás acólitos. Uno cae en esa cadena y es raro el momento en que no estén en pantalla uno o varios de ellos, con preferencia por el caudillo. Cada acto o declaración suyos son cubiertos generosamente. Se suceden larguísimas entrevistas con él o ella o los subalternos. Nunca TVE ha favorecido de manera tan descarada a ningún Presidente del Gobierno, ni del PSOE ni del PP. Que yo sepa, sólo se le aproxima TV3 con sus loas y monográficos sobre la Generalitat y su procés, sobre los presos y los “exiliados”, más bien emigrantes privilegiados, mantenidos por las asociaciones independentistas y quizá la propia Generalitat. ¿De qué, si no, viven en Suiza —país caro donde los haya— Marta Rovira y Anna Gabriel? ¿Quién paga mensualmente el palacete de Waterloo, más comidas, viajes, personal, luz, calefacción, teléfono, agua, wifi y demás?

Iglesias no se limitó a arremeter contra los medios, sino que señaló, entre otros, a Atresmedia, a la que pertenece precisamente la Sexta. Algunos profesionales de esta cadena se le revolvieron, con razón, y, con palabras más suaves, lo tildaron de ingrato. A lo que Iglesias respondió muy desaho­gado y crecido que él no tenía nada que agradecerles, que algún provecho habrían sacado ellos de su presencia —escandalosamente continua— en sus pantallas. Sí, he conocido a gente así. Si alguien se porta bien conmigo o me ayuda, es porque eso le beneficia, porque yo hago subir las audiencias. Hay estudios que demuestran que, al menos hoy, es al contrario: cuando aparece Iglesias en la Sexta, muchos espectadores se van a otro canal. Pero a la gente así no se la convence con la realidad. Una vez traté a un editor —quizá el personaje más egocéntrico y envanecido del mundo literario, y miren que los autores no solemos distinguirnos por nuestra humildad— que creía que, si un escritor triunfaba y gozaba de éxito crítico y comercial —y de paso le reportaba prestigio y dinero—, no era por su talento sino gracias a él: por haber recibido el honor de ser publicado en su sello mágico. Que esos mismos escritores siguieran cosechando éxitos en otras editoriales —o los aumentaran— nunca lo disuadió de su engreimiento y su folie des grandeurs.

Pocos días más tarde, Iglesias reiteró su falta de agradecimiento, esta vez al Gobierno, el cual había satisfecho con presteza su petición de que le pusieran vigilancia a las puertas de su famoso chalet, porque grupos de detractores merodeaban y armaban bulla. “Si el Gobierno cree que debo agradecerle que cumpla con su obligación y con la ley, no tiene ni idea de su función”, vino a decir. Ignoro lo que estipula la ley al respecto, pero en todo caso la solicitud de protección partió de él. Qué más da: él es tan importante que ni las gracias ha de dar, aún menos a los sufridos guardias que velan por la seguridad de su familia. Hoy es frecuente esta actitud, la comparte un porcentaje alto de la sociedad, aquejado de un señoritismo subido. Recientemente un colega y amigo se disculpó en público por haber declinado educadamente la petición de hacerse una foto en un momento en que le venía mal. Los peticionarios se lo habían reprochado por carta como si él debiera estar a su permanente disposición. Hace nada rechacé una invitación a dar charlas en dos ciudades francesas, explicando por qué no me era posible. Me respondieron con quejas y riñas veladas (“tenía la corazonada de que era usted un tipo de persona que…”), sin pararse a pensar que no tengo por qué aceptar nada, aún menos si embarcarme en compromisos y viajes me impide escribir lo que trato de escribir. Demasiada gente se cree única o que lo suyo merece prioridad. Y que jamás hay que dar las gracias por nada, claro está.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de mayo de 2019

Por alusiones

Javier Cercas, héroe de TBO
CARLOS ROBLES LUCENA
Crónica Global, 1 de mayo de 2019

Juan Villoro: “El mundo editorial latinoamericano aún depende de España”
ESTHER BALLESTEROS
Letra Global, 29 de abril de 2019

Óscar López (‘Página 2’): “Leo ciento y pico libros al año; está bien, pero tampoco tiene mérito”
JAVIER BLÁNQUEZ
El Mundo, 3 de mayo de 2019

Manuel Chaves Nogales (1): Un acto de justicia
MIGUEL OLID
La Razón, 2 de mayo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 28 de abril de 2019. ‘Señores antiguos’

Miércoles 10 de abril. Debo coger un AVE a las 4. Salgo con mis maletas, llenas de libros y demás, a las 3. Desde mi punto de partida hasta la estación suelo tardar un máximo de quince minutos en taxi, el cual me cuesta entre seis y siete euros. Si voy con tanta antelación es porque, en el Madrid de Carmena, ese trayecto se ha convertido en un suplicio. Uno no sabe cuánto le costará atravesar Sol y la Carrera de San Jerónimo, una calle estrecha que lleva ya dos años más angostada —un embudo— por culpa de las interminables obras de Canalejas. En vista de que esa calle es un atolladero, el Ayuntamiento la empeora permitiendo un incesante desfile de buses turísticos de dos pisos que taponan el único carril hábil, en vez de desviarlos por otra ruta mientras duran las obras (échenles un año más como mínimo). Como el tráfico es aquí un purgatorio, démosle la categoría de infierno, debe de haber pensado Carmena. Llego a Atocha tras treinta y tantos minutos de taxi, que me sale por trece euros. Como hay que pasar el equipaje y la gabardina por el escáner, bajo la rampa sin dilación. Delante de mí va una joven con un inmenso maletón sin ruedas, casi un baúl. Lo va arrastrando con penalidad y por supuesto no la puedo adelantar. Al llegar a la cola, veo que hay masas poco explicables. No es fin de semana y faltan días para la Semana Santa. Como hay un gentío con bultos grandes, Renfe ha inhabilitado uno de los tres escáneres, luego se avanza a paso de tortuga. La joven sigue tirando a duras penas de su maletón, se le desvía, se le tuerce, se golpea y me golpea con él, me mira con apuro, le digo que nada, sigo detrás.

Por fin alcanza el escáner, y entonces descubre que, si bien puede tirar de su baúl con esfuerzo, lo que no puede es levantarlo del suelo a pulso. Le pregunta a la escaneadora si le echa una mano. Ésta, con sequedad, le contesta que no puede abandonar su puesto. “Abandonarlo”, en este caso, significa levantarse, dar tres pasos, ayudarla y volver a su asiento. Ninguna otra maleta pasaría por la cinta mientras tanto, eso es obvio. “¿Y qué hago?”, dice la joven. “Que la ayude alguien”. La joven me mira implorante. Desde hace más de dos meses padezco un tirón o una tendinitis o una ciática (dejémoslo indeciso: contar dolencias me parece una falta de consideración) causados por las excesivas caminatas que me di durante los dieciséis días de huelga de los taxistas. Me duelen la pierna y la cadera, no estoy en condiciones de añadirme el esfuerzo de levantar un maletón. Pero claro, ya soy un señor antiguo, y estoy educado como lo estoy. Entre las masas de la cola (hombres y mujeres de toda edad) nadie mueve un dedo. Allí la famosa “sororidad” brilla por su ausencia, y en cuanto a los varones, quién sabe, lo mismo temen ser tachados de machistas si ayudan a la joven. Como yo no temo eso sino que lo doy por descontado —diga lo que diga y haga lo que haga—, echo mano al bulto, lo alzo a pulso (en efecto pesa un quintal) y se lo deposito en el escáner a la joven que calculó mal. Me da las gracias con expresión de alivio, luego subo mi equipaje y la cola tira adelante.

Esta minúscula anécdota sería sexista y no deberían leerla niños ni niñas según los responsables de la escuela Tàber (titularidad de la Generalitat) y de las también barcelonesas Montseny y Fort Pienc, que han considerado eso, sexista, una frase de Caperucita Roja en la cual se dice que “un cazador que pasaba por allí” —¡un hombre!— salvó del Lobo a Caperucita y a su abuela. Así que han retirado ese pecaminoso volumen de la biblioteca, lo mismo que La bella durmiente (porque el Príncipe la salva, y con un beso no consentido), y La leyenda de Sant Jordi, sustituido por La revolta de Santa Jordina, donde la chica es la heroína y el dragón no tiene por qué morir. Cómo va a matarse a un bicho, con lo buenos que son, incluidas las boas constrictor, las tarántulas y las hienas.

Que un hombre ayude o salve a una mujer es “tóxico”, luego los cuentos en que eso suceda, o en los que no haya “paridad” entre los personajes, se deben secuestrar, suprimir y prohibir. Los profesores y padres de la Tàber y demás han de ser por fuerza conscientes de su similitud con los censores franquistas y con los cabestros nazis que purgaban libros y los quemaban, pero les dará igual: todos ellos se creen sabedores de lo “pernicioso” y lo destierran sin contemplaciones. Esta gente estricta ha encontrado nada menos que 200 títulos “tóxicos, que reproducen patrones sexistas”, el 30% del fondo. Y todos son objetables en cierto grado a excepción del 10%, los que sí están escritos “desde una perspectiva de género”. La sociedad catalana se ha acostumbrado tanto a los modos totalitarios de la Generalitat que nada tiene de extraño que una escuela dependiente de ella se comporte como la Inquisición. Estas “virtuosas”, con sus sociólogas y pedagogas que las aplauden, sólo admiten que un varón ayude a otro y una mujer a otra mujer. Pero, como dije antes, en la vida real hay veces en que la tan cacareada “sororidad” no aparece y un señor antiguo con la pierna mala resulta ser el único dispuesto a echar una mano a quien tiene menos fuerza física. Por ejemplo, para levantar un peso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de abril de 2019

Por alusiones

Milena Busquets
El Cultural, 12 de abril de 2019

Novelistas de estreno
El Cultural, 23 de abril de 2019

Conrad, la grandeza de lo sencillo
TOMÁS SEGURA MARTÍN
Diario Sanitario, 23 de abril de 2019

Brindis a propósito de Juan Bonilla
A.CALA
Diario de Jerez, 21 de abril de 2019

La costumbre del poder: ¿Congreso o Fiscalía?
GREGORIO ORTEGA MOLINA
Almomento (México), 22 de abril de 2019

Fernando Iwasaki: “El mestizaje es el mejor antídoto contra los radicalismos”
JESÚS CENTENO
La Vanguardia, 22 de abril de 2019

“Tenemos más de Gades que de Gadir”
PILAR VERA
Diario de Cádiz, 23 de abril de 2019

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘El hombre que nunca existió’ de Ewen Montagu. ‘Operación Desengaño’ de Duff Cooper

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ

EWEN MONTAGU

OPERACIÓN DESENGAÑO

DUFF COOPER

Prólogo de John Julius Norwich

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, abril de 2019

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE
Prólogo, por John Julius Norwich

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ
Prólogo
por el muy honorable general lord Ismay, GCB,CH,DSO
Nota del autor
I. El nacimiento de una idea
II. Investigaciones preliminares
III. “Operación Carne Picada”
IV. El documento vital
V. El comandante Martin, de la Real Infantería de Marina
VI. La creación de una persona
VII. El comandante Martin se prepara para ir a la guerra
VIII. El viaje al norte
IX. El lanzamiento del cuerpo
X. El comandante Martin llega a España
XI. Atamos cabos sueltos en Inglaterra
XII. El Servicio de Inteligencia alemán desempeña su papel
XIII. El Alto Mando alemán se pone en marcha
Posdata
Apéndice I
Apéndice II

OPERACIÓN DESENGAÑO. UN RELATO DE DUFF COOPER
Prólogo
Operación desengaño
Epílogo

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2019)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2019)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2019)

La historia real y la historia novelada de una de las operaciones más audaces del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial

Títulos publicados en Reino de Redonda