LA ZONA FANTASMA. 16 de octubre de 2016. ‘Urdiendo imbecilidades’

Hay mucho inquietante en las sociedades actuales, pero algún rasgo es además misterioso, como la continua, siempre incansable, proliferación de imbecilidades. Es seguro que en gran parte se debe a las redes sociales, que actúan como amplificadoras de toda sandez que se le ocurra a cualquier idiota ocioso. Hace tiempo que dije que la estupidez, existente desde que el mundo es mundo, nunca había estado organizada, como ahora. Cada memo lanzaba su memez y ésta se quedaba en el bar o en una conversación telefónica entre particulares. Había poco riesgo de contagio, de imitación, de epidemia. Hoy es lo contrario: cualquier majadería suele tener inmediato éxito, legiones de seguidores, al instante brotan decenas de miles de firmas que la suscriben, hacen presión y a menudo imponen sus criterios o sus censuras o sus prohibiciones. Porque otro de los signos de nuestro tiempo es ese, el afán de prohibir cosas, de regularlo todo, de no dejar un resquicio de libertad intocado. Hablé hace poco de quienes quieren que no se publiquen –así, sin más– las opiniones que no les gustan o que contrarían sus fanatismos variados. Demasiados individuos desearían dictaduras a la carta, con ellos de dictadores. Y, lo mismo que el crimen organizado es mucho más difícil de combatir que el crimen por libre, otro tanto sucede con la necedad organizada

La última que me llega es la bautizada como “apropiación cultural”, sobre la cual, claro está, se están arrojando anatemas. Veamos de qué se trata: hay un montón de colectivos –o partes de esos colectivos, espero– que consideran un insulto que alguien no perteneciente a ellos practique sus costumbres, interprete “su” música, baile “sus” danzas o se vista como sus miembros. Pongamos ejemplos de esta nueva ofensa inventada: si alguien que no es argentino baila tangos, está llevando a cabo una “apropiación cultural” que, según los protestones, siempre implica robo y burla, hurto y befa; si unos señores se disfrazan de mariachis y cantan rancheras, lo mismo si no son mexicanos auténticos; los blancos no pueden tocar jazz, porque es expresión del alma negra y un no-negro estaría parodiándola y faltándole al respeto; por supuesto nadie que no sea gitano de pura cepa puede salir en un restaurante a arañar el violín con atuendo zíngaro, vaya escarnio.

Si la cosa se llevara a rajatabla, nos encontraríamos con que Bach estaría reservado sólo a intérpretes alemanes, Schubert a austriacos y Scarlatti a italianos. Nadie que no hubiera nacido en Sevilla debería bailar sevillanas, ni muñeiras quien no fuese gallego. El sitar sería un instrumento vedado a cuantos no fuesen indios de la India (aunque tampoco estoy seguro de que sea exclusivo de ellos), nadie que no fuera ruso debería acercarse a una balalaika ni lucir casaca cosaca, y un colombiano jamás osaría marcarse una samba. Las grabaciones de Chet Baker y otros jazzistas blancos habrían de ser quemadas, por irrespetuosas, y nadie que no proviniera de ciertas zonas de los Estados Unidos estaría autorizado a entonar una balada country. ¿Y qué es eso de que Madonna aparezca con traje de luces en algunos de sus conciertos? Vaya escándalo, vaya mofa para España y Francia.

Es un escalón más. Hace tiempo escribí sobre algo parecido: centenares de miles de firmas clamaban al cielo porque en una película de Peter Pan (con actores), a la Princesa Tigrillas no la hubiera encarnado una actriz india de verdad (india de América), sino una blanca. Estos agraviados, por lógica, condenarían a cualquier actor que, no siendo danés, hiciera de Hamlet; al que, no siendo “moro de Venecia”, hiciera de Otelo; al que, no siendo manchego, se atreviera con Don Quijote, y así hasta el infinito. Esto de la “apropiación cultural” es de esperar que no prospere y que nadie haga maldito el caso, pero ya de nada puede uno estar seguro. Los bailes de disfraces quedarían automáticamente prohibidos, por irreverentes, y a Jacinto Antón habría que correrlo a gorrazos por vestirse de vez en cuando –según ha contado– de policía montado del Canadá o de explorador británico con salacot y breeches. Un hereje el pobre Jacinto.

Más allá de lo grotesco y las bromas, cabe preguntarse qué ha pasado para que hoy sea todo objeto de protesta. Por qué todo se ve como denigración, y nada como admiración y homenaje, o incluso como sana envidia. Hubo un tiempo no lejano en el que los colectivos se sentían halagados si alguien imitaba sus cantos y sus bailes, si atravesaban fronteras demostrando así su pujanza, su bondad y su capacidad de influencia. ¿Por qué todo ha pasado a verse como negativo, como afrenta, como “apropiación indebida” y latrocinio? Da la impresión de que existan masas de imbéciles desocupados pensando: “¿Qué nueva cretinada podemos inventar? ¿De qué más podemos quejarnos? ¿Contra quiénes podemos ir ahora? ¿A quiénes culpar de algo y prohibírselo?” Ya lo dijo Ortega y Gasset hace mucho: “El malvado descansa de vez en cuando; el tonto nunca”. O algo por el estilo.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de octubre de 2016

Javier Marías y el Nobel

Javier Marías écrivain, traducteur et éditeur espagnol Paris 2010.

Ladbrokes

Don DeLillo sweeps into top 10 tipped for Nobel prize in literature
ALISON FLOOD
The Guardian, 11 October 2016

Nobel Prize in Literature: Who Will It Be This Year?
ANNA RUSSELL
The Wall Street Journal, 11 October 2016

De Lillo, Wa Thiong’o y Marías suben en las apuestas frente a Murakami en vísperas de conocerse el Nobel de Literatura
La Vanguardia/Europa Press, 12 de octubre de 2016

Si DonDelillo gana el premio Nobel de Literatura… investiguen a la Academia Sueca
ENEST ALÓS
El Periódico, 13 de octubre de 2016

Los diez favoritos del Nobel de literatura
MATÍAS NÉSPOLO
El Mundo, 13 deoctubre de 2016

Los 14 favoritos del público para recibir el Nobel de Literatura
Sin Embargo (México), 11 de octubre de 2016

La imprevisibilidad del Nobel de Literatura le da vigencia al premio
El Telégrafo (Ecuador), 12 de octubre de 2016

Sobre las apuestas del Nobel: que son escritores, no caballos
Voz Pópuli, 12 de octubre de 2016

Apuestas para este póker: ¿Roth, Murakami o Thiong’o?
VERÓNICA ABDALA
Clarín (Argentina), 12 de octubre de 2016

Estos son los sospechosos habituales del Nobel de Literatura
MÓNICA ZAS MARCOS
El Diario, 10 de octubre de 2016

Retrasan el Premio Nobel de Literatura
Noroeste (México), 10 de octubre de 2016

Haruki Murakami named 4/1 favourite to win 2016 Nobel prize in literature
ALISON FLOOD
The Guardian, 6 October 2016

Thanks to the Nobel Prizes We Get to Read Writers from Outside the Anglophone West
DEVDAN CHAUDHURI
The Wire (La India), 10 October 2015

La quiniela del Nobel
CÉSAR COCA
El Correo, 1 de octubre de 2016

La trama del Nobel: filtraciones y apuestas ensombrecen el premio
MATÍAS NÉSPOLO
La Nación (Argentina), 2 de octubre de 2016

Estos son los favoritos para llevarse el Premio Nobel de Literatura 2016
Expansión (México), 7 de octubre de 2016

Apuestan por favoritos al Nobel de Literatura
JUDITH AMADOR TELLO
Proceso (México), 5 de octubre de 2016

Los escritores que, según los apostadores, pueden ganar el Nobel de Literatura
GABRIEL FLORES
El Comercio (Ecuador), 4 de octubre de 2016

El Nobel de Literatura se conocerá el 13 de octubre
MDZ, 4 de octubre de 2016

Nobel de Literatura se conocerá el 13 de octubre
Poblanerías (México), 30 de septiembre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 9 de octubre de 2016. ‘Por qué leeré siempre libros’

Sigo viendo muchas películas, pero hace tiempo que no voy a los cines. Hubo épocas juveniles en las que iba hasta tres veces diarias cuando mis ahorros me lo permitían: rastreaba títulos célebres, que por edad me habían estado vedados, en las salas de barrio más remotas, y así conocí zonas de Madrid que jamás había pisado. La primera vez que fui a París, a los diecisiete años, durante una estancia de mes y medio vi más de ochenta pe­­lículas; gracias, desde luego, a la generosidad de Henri Langlois, el mítico director de la Cinémathèque, que me dio un pase gratuito para cuantas sesiones me apetecieran, quizá conmovido por la pasión cinéfila de un estudiante con muy poco dinero.

Hay varias razones por las que he perdido tan arraigada costumbre, entre ellas la falta de tiempo, la desaparición de los cines céntricos de la Gran Vía (se los cargaron el PP y Ruiz-Gallardón, recuerden, otra cosa que no perdonarles), y en gran medida los nuevos hábitos de los espectadores. Hay ya muchas generaciones nacidas con televisión en casa, a las que nadie ha enseñado que las salas no son una extensión de su salón familiar. En él la gente ve películas o series mientras entra y sale, contesta el teléfono, come y bebe ruidosamente, se va al cuarto de baño o hace lo que le parezca. Esa misma actitud, lícita en el propio hogar, la ha trasladado a un espacio compartido y sin luz, o con sólo la que arroja la pantalla. Las últimas veces que fui a uno de ellos era imposible seguir la película. Si era una de estruendo y efectos especiales daba lo mismo, pero si había diálogos interesantes o detalles sutiles, estaba uno perdido en medio del continuo crujido de palomitas masticadas, sorbos a refrescos, móviles sonando, individuos hablando tan alto como si estuvieran en un bar o en la calle. Seré tiquis miquis, pero pertenezco a una generación que reivindicó el cine como arte comparable a cualquier otro, y veíamos con atención y respeto todo, Bergman y Rossellini o John Ford, Blake Edwards, los Hermanos Marx y Billy Wilder. Con estos últimos, claro está, riéndonos.

Así que el DVD me salvó la vida, no me quejo. Sin embargo, me doy cuenta (y no soy el único al que le pasa) de que, seguramente por verlo todo en pequeño, y además en el mismo sitio (la pantalla de la televisión), olvido y confundo infinitamente más lo que he visto. No descarto que también pueda deberse a que hoy escasean las películas memorables y muchas son rutinarias (si vuelvo a ponerme Centauros del desierto la absorbo como antaño). A cada cinta se le añadía el recuerdo de la ocasión, el desplazamiento, la persona con la que la veía uno, la sala … Esos apoyos de la memoria están borrados: siempre en casa, en el sofá, en el mismo marco, etc. Por eso intuyo que nunca leeré en e-book o dispositivo electrónico, por muchas ventajas que ofrezca. He viajado toda la vida con cargamentos de libros que ahora podría ahorrarme. He recorrido librerías de viejo en busca de un título agotadísimo que hoy seguramente me servirían de inmediato. Sin duda, grandes beneficios. Pero estoy convencido de que, si con el cine y las series me ocurre lo que me ocurre, me sucedería lo mismo si leyera todo (o mucho) en el mismo “receptáculo”, en la misma pantalla invariable. Las novelas se me mezclarían, éstas a su vez con los ensayos y las obras de Historia, no distinguiría de quién eran aquellos poemas que tanto me gustaron (¿eran de Mark Strand, de Louise Glück, de Simic o de Zagajewski?). Letra impresa virtual tras letra impresa, un enorme batiburrillo.

A mis lecturas inolvidables tengo indeleblemente asociados el volumen, la cubierta que me acompañó durante días, el tacto y el olor distintos de cada edición (no huele igual un libro inglés que uno americano, uno francés que uno español). Madame Bovary no es para mí sólo el texto, me resulta indisociable del lomo amarillo de la colección Garnier y de la imagen que me llamaba. Pienso en Conrad y, además de sus ricas ambigüedades morales, me vienen los lomos grises de Penguin Modern Classics y sus exquisitas ilustraciones de cubierta, como con Henry James y Faulkner. Machado se me aparece envuelto en Austral, lo mismo que Rilke. Y luego están, naturalmente, la ocasión, la ciudad, la librería en que compré cada volumen, a veces la alegría incrédula de dar por fin con una obra que nos resultaba inencontrable. Todo eso ayuda a recordar con nitidez los textos, a no confundirlos. No quiero exponerme a que con la literatura me empiece a pasar lo que con el cine, pero aún más gravemente: en éste, al fin y al cabo, las imágenes cambian y dejan más clara huella, aunque se difumine rápido a menudo; en los textos siempre hay letra, letra, letra, el “aspecto” de lo que tiene uno ante la vista es casi indistinto, por mucho que luego haya obras maestras, indiferentes e insoportables. Me pregunto, incluso, si en un libro electrónico no acabarían por parecerme similares todas, es decir (vaya desgracia), todas maestras o indiferentes, o todas insoportables.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de octubre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 2 de octubre de 2016. ‘El pasado es un misterio’

De todos es sabido, aunque no siempre recordado, que el tiempo de los niños transcurre muy lentamente. O al menos así era antes: no sé si será igual para los de ahora, con tanta actividad extraescolar y distracción “obligatoria” en compañía de los padres, que van con la lengua fuera los fines de semana y en vacaciones. En los años cincuenta y sesenta del siglo XX los días y las semanas eran interminables, no digamos los meses o un curso entero. El domingo por la tarde era una pesadilla, porque le seguía no ya el lunes con la vuelta al colegio, sino un montón de días eternos hasta que asomara de nuevo un sábado. En aquellas jornadas daba tiempo a todo, a levantarse y bañarse, desayunar, ir en tranvía o autobús a la escuela, pasar allí numerosas horas encerrado, disfrutar de un recreo aventurero en el patio, tontear en la escalera con la chica que le gustaba a uno, almorzar, recibir más lecciones, regresar a casa tal vez andando, jugar allí un partido de chapas con mi hermano Fernando, acaso merendar algo, hacer perezosamente unos deberes, aguardar la hora de la cena asediando un fuerte, cenar con padres y hermanos, retrasar la hora de irse a la cama con mil triquiñuelas, por fin acostarse.

En los veranos de Soria no digamos: acercarse a Pereda a ver si había salido El Capitán Trueno o un Zane Grey nuevo, pasar por los tres cines para enterarse de qué ponían, bajar al Duero, hasta el embarcadero de Augusto, alquilar allí una barca y remar río arriba hasta la mejor zona para nadar largo rato, jugar un partidillo de fútbol en un arenal cercano, subir a pie la empinada cuesta desde el Duero hasta casa, almorzar con los padres, acompañarlos a tomar café con sus amigos, Heliodoro Carpintero infalible, en una terraza de la Dehesa, como se conoce el parque. Quedarse luego en ella lo que parecían horas correteando o peleándose con los chicos locales, subir –buenas caminatas– al Mirón o al Castillo o a las Eras, bajar, leer sin prisa en casa de Heliodoro, con su buena biblioteca y su generosidad infinita, incluso jugar a la canasta con sus hermanas solteras, Mercedes y Carmen, la primera risueña y la segunda seria. Volver a cenar, ir al cine a la sesión ¡de las 11!, a nadie le extrañaba ese horario. Regresar a casa lentamente, oyendo los pasos cada vez más audibles de los transeúntes (cuantos menos hay, más resonantes) y las campanadas del reloj del Ayuntamiento.

Pero no sólo era el tiempo de los niños. En Madrid, durante el curso, mi padre contestaba el correo y trabajaba muchas horas en casa, pero luego se iba a pie a la tertulia de la Revista de Occidente; a la cual volvía en segunda sesión también algunas tardes. Cuando enseñaba a extranjeros, iba a sus clases, regresaba, almorzaba, a menudo aparecían visitas sin anunciarse (se estilaba el “pasaba por aquí”), escribía más en su despacho, merendaba con mi madre (¡merendaban!), leía, aún quedaba rato que aprovechar hasta la cena en familia, eso si no salían con amistades o al cine.

¿Qué se ha hecho de todo ese tiempo? ¿Es sólo la edad, que nos lo acelera, o es nuestra época, que nos lo ha ido robando? No sé a otra gente, pero a mí y a las personas que trato los días y las semanas se nos escapan. ¿Otra vez es sábado?, me pregunto perplejo cada vez que me toca un nuevo artículo para esta página. Tengo la sensación de que el anterior lo escribí hace unas horas. Cierto que en aquellos años evocados había menos solicitudes y distracciones. Ni televisión había (o no en mi casa), no digamos Internet ni videojuegos ni emails ni obsesivos smartphones ni Twitter ni Facebook, que exigen tanta tarea. El tiempo, por así decir, estaba libre y se dejaba llenar, pasivamente. No corría detrás de la gente ni la dominaba, era la gente la que dominaba el tiempo y lo administraba con una libertad hoy desconocida o infrecuente. Nadie se aburría si disponía de una tarde sin quehaceres, se inventaban actividades y no se requería que los Ayuntamientos –convertidos hoy en fábricas de imbecilidades ruidosas– proporcionaran entretenimiento en calles y plazas. La gente era imaginativa, no bovina como en nuestro tiempo.

Claro que nuestro tiempo es mejor en conjunto, o eso creo, es difícil saberlo. El pasado es un misterio. Ni siquiera el que uno ha vivido acaba de explicárselo, ni de representárselo. ¿Cómo era posible la elasticidad del tiempo? Niños aparte, ¿cómo hacían los adultos para que les cundiera tanto y andar desahogados? Probablemente será distinto para los incontables parados y para muchos jubilados, pero yo sólo conozco personas permanentemente estresadas y a menudo medicadas, a las que todas las horas (y son veinticuatro, como antaño) se les hacen insuficientes. Que viven a la carrera y aun así no les alcanzan para sus tareas. No digamos para dar un paseo al atardecer o jugar a la canasta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de octubre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 25 de septiembre de 2016. ‘Engreídas estatuas’

Seguramente han conocido, padecido a alguien así en su vida. No es difícil, ya que en España un buen número de jefes o “superiores” responden a esas características. Se trata de personas que por el motivo que sea adquieren poder o ascendiente sobre otros. No han de ser más inteligentes ni perspicaces, ni poseer más talento, ni desde luego ser más sabios. Ni siquiera más prácticos. A menudo son una nulidad completa en todo, pero ay, la suerte los ha bendecido con desenvoltura o abierta desfachatez. Tanta, que desarma a los demás. Estos se quedan perplejos, no dan crédito, y el desconcierto los lleva a no reaccionar, a la paralización incluso. Si el individuo en cuestión es un jefe, no les queda más remedio que acatar y tragar los desafueros, sin rechistar con frecuencia. Pero, ya digo, no es necesario el poder real: hay gente que, sin tenerlo, se abre paso a codazos y con sus malos modales acaba acoquinando al resto. Ese resto, acomplejado, se hace a un lado para evitar choques frontales. La educación lo pierde.

Llamémoslos “avasalladores”. Son desconsiderados y despectivos, no escuchan a quienes les señalan (pocos se atreven) sus abusos y defectos, no admiten consejos que los contraríen o amenacen con limitar su voluntad. Cualquier objeción los irrita, por razonable que sea, por mucho que vaya encaminada a ahorrarles un futuro disgusto o una catástrofe. De eso no suelen tener visión, de futuro. Creen, como los niños, que cada presente es inmutable. Así, no se privan de ofender, imponer, sojuzgar y humillar: no piensan jamás que quien está debajo de ellos pueda estar un día encima, o a su nivel por lo menos. Que puedan necesitarlo o hayan de solicitarle un favor. Su soberbia se lo impide. Ignoran lo que todo el mundo sabe instintivamente: que la vida da vueltas y que, por alto que se sienta uno en la cumbre, conviene establecer vínculos para el porvenir, o no agraviar demasiado, por si acaso. No se molestan en conservar algunos puentes porque otro de sus rasgos es la ufanía: pretenden que sus vejaciones no se les tengan en cuenta. Ni sus insultos, ni sus cacicadas, ni sus injusticias, ni sus putadas. Es raro, pero es así: hay muchos sujetos en España que se portan reiteradamente mal con uno, que le hacen incontables faenas, que lo tratan con despotismo y grosería. O que lo atacan sin piedad ni disimulo. Y después, inverosímilmente, si cambian un poco las tornas, aspiran a que nada de eso les pase factura: su frase favorita en estos casos es “Pero si aquí no ha pasado nada”. Es más, si quienes los sufrieron durante tiempo les niegan el saludo, o una prebenda, o les responden con justificado despecho, entonces se soliviantan y escandalizan, y acusan a sus antiguas víctimas de “intratables” y “rencorosas”, “frívolas” y “egoístas”. Bien, a todos nos pasa que olvidamos más fácilmente las ofensas en que incurrimos que aquellas de las que somos objeto. Pero no hasta ese punto. Los avasalladores no es que olviden exactamente las por ellos infligidas, es que les restan toda importancia porque en el fondo creen que tenían derecho; y aunque su poder ya no sea el de antes, están convencidos de que se debe a un equívoco y regresará naturalmente. Se siguen sintiendo acreedores a él, y por tanto esperan que los viejos siervos, si bien ahora emancipados o con la sartén por el mango, continúen plegándose a sus deseos. Niegan la realidad, no saben verla, están enfermos. Se cruzan de brazos y aguardan a que los demás les rindan pleitesía por sus inexistentes carisma y gracia. A menudo sólo despiertan cuando se ven echados a patadas, rebajados o destituidos. En 1789 algunos tuvieron despertares peores.

Esta clase de delirio, de imprevisión absoluta, parecería difícil que se diera colectivamente. Y sin embargo asistimos a uno de estos extraños casos clínicos. Rajoy y su Gobierno han sido estos avasalladores durante cuatro años de mayoría absolutísima. Han despreciado a todo el mundo y no han atendido a las razones de nadie. Ni de los otros partidos ni de la ciudadanía. Ni de los médicos y enfermeros ni de profesores y estudiantes. Ni de los jueces y fiscales ni de los parados y pobres. Ni de los comerciantes ni de las clases medias. Han impuesto leyes injustas y recortado derechos y abusado fiscalmente, han desahuciado a mansalva mientras inyectaban dinero a los bancos. Su partido ha practicado la corrupción enfermizamente. No han dado explicaciones de nada y han menospreciado al Congreso. No digo que, contra toda cordura, no les toque seguir gobernando si no hay otro remedio. Lo que no pueden hacer es cruzarse de brazos, no pedir disculpas ni rectificar mil medidas, no hacer concesiones infinitas a cambio de unos votos o abstenciones. Y el PSOE, dicho sea de paso, tampoco puede cruzarse de brazos y no aplicarse con los cinco sentidos a exigírselas: me refiero a las disculpas, las rectificaciones y las concesiones. Así da la impresión de que estemos, los ciudadanos, en manos de engreídas, estúpidas estatuas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de septiembre de 2016

LA ZONA FANTASMA. 18 de septiembre de 2016. ‘Grosería nacional impostada’

Hace poco me escribió un señor de noventa y ocho años, que, entre otras cosas interesantes, llamaba mi atención sobre el hecho, para él desazonante, de que en EL PAÍS aparecieran cada vez más tacos y expresiones soeces. Y me adjuntaba tres recortes en los que se podía leer la más bien inocua fórmula “de puta madre”. Pensé que el señor era quisquilloso debido a su edad avanzada, aunque por el resto de su carta no parecía mojigato en modo alguno y se confesaba antiguo republicano durante la Guerra y la dictadura. No era de derechas ni beato, en suma, de los que se escandalizan al oír “cabrón” o “mierda”. Su comentario, sin embargo, me ha llevado a fijarme más, no sólo en este periódico; y lo cierto es que, si atendemos a su cine, a sus programas de televisión y radio, a su prensa escrita, España es el país peor hablado de cuantos conozco. Tanto, y con tanta diferencia sobre Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia (cuyas lenguas entiendo, y puedo juzgar en consecuencia), que acaba por dar la impresión de ser algo más bien artificial e impostado, casi forzado. Como si quienes están cara al público quisieran dárselas de “duros” mediante el abuso de lo que antes se conocía como palabras “malsonantes”. Y no debe de ser azaroso que éstas se oigan y lean más en boca y letra de mujeres que de hombres. Quizá porque hoy hay bastantes mujeres afanosas por mostrarse así, “duras”, tanto o más que los varones.

El recurso es tan vetusto como Camilo José Cela (de cuyo nacimiento se cumple el centenario), quien ya en los años cincuenta del siglo XX se dedicó, para hacerse el “transgresor” y como gracia de la que carecía, a soltar groserías en toda ocasión y circunstancia, exhibicionismo puro. Recuerdo la risa que eso le daba a mi madre, que lo había conocido de jovencito atildado, cursi y florido, casi siempre con guantes aunque la estación no los pidiera. No cabe duda de que fue un pionero de la zafiedad que hoy impera en España, y en eso (ya que no en su literatura) en verdad creó escuela. Una escuela rara, anómala, y –no hace falta decirlo– de ingenio escaso y pobreza léxica. Se ha sabido que la pareja de un líder político se pasó la última sesión de investidura lanzando tuits a mansalva, según se desarrollaba. Al parecer la señora es persona instruida, médica de profesión, pero obviamente se apuntaba a la competición de “dureza” mencionada: “Se están pasando por los cojones lo que nos pase”; “Peleítas de nabos, básicamente”; “Jódanse ustedes y dejen de jodernos a nosotras”, son algunos de sus breves análisis de lo que ocurría en el Congreso. Y sí, en este periódico he leído cosas parecidas, sobre todo entre columnistas. Yo mismo he recurrido ocasionalmente a ellas, creo que de muy tarde en tarde. Todos soltamos algún taco en privado; y en público, aunque menos. No hay que ser puritano ni cabe escandalizarse a estas alturas, pero la insistencia y la profusión causan hartazgo y suenan voluntaristas, ya digo, todo menos espontáneas. En la vida real las personas no hablan así (bueno, quizá políticos y empresarios chanchulleros sí), no todo el rato. No hablan como en la mayoría de películas y series españolas, con su superabundancia de tacos, ni como en los reality shows, cuyos personajes, sabedores de que tienen público, lo acribillan a bastezas y mal gusto.

Ni siquiera se libran de ello quienes hoy se consideran los individuos más beatíficos del mundo, a saber, los animalistas. Entre ellos, dicho sea de paso, hay pésimas personas que celebran con jolgorio y violencia verbal la muerte de un torero o un cazador, y de paso se la desean a toda su parentela. Ignoran una de las reglas básicas de los “bien nacidos”, por utilizar una expresión anticuada y sin apenas sentido: a los muertos se los deja en paz, sobre todo cuando están recién muertos, por mucho que en vida se los haya odiado o que nos hayan dañado a propósito. Semanas atrás, un cazador se mató al caer por un barranco. Nunca he tenido simpatía a quienes practican la caza superflua, aunque tampoco me olvido de que esa fue una de las primeras actividades “naturales” de los humanos –y de todos los animales carnívoros e insectívoros, y de éstos lo sigue siendo, qué remedio–. Algunos animalistas se han despachado de este modo: “Ojalá todos los cazadores se mueran”, “Un hijo de puta menos”, “Que se joda, así de claro”; en seguida la zafiedad, en seguida el taco para que se vea lo “duros” que somos, a la vez que bondadosos, compasivos, tiernos y virtuosos. Ha dicho Savater que los animalistas se creen que los animales son personas disfrazadas. No me parece, porque por éstas, por las personas, demasiados de aquéllos sólo demuestran inclemencia y odio, si hacen algo que ellos condenan o les llevan la contraria. En algo sí aciertan: los animales, en efecto, son mucho mejores que sus defensores fanáticos. No suelen tener mala sangre ni están capacitados para ser soeces.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de septiembre de 2016

Edición americana de ‘Thus Bad Begins’

aelm-usa
THUS BAD BEGINS
JAVIER MARÍAS
Translator. Margaret Jull Costa
Knopf/Penguin Random House, November 1, 2016

Thus Bad Begins
ÁLVARO ENRIGUE
Publishers Weekly, August 8, 2016
Thus Bad Begins
Kirkus Reviews, September 1, 2016
Most Anticipated: The Great Second-Half 2016 Book Preview. Thus Bad Begins
The Millions, July 6, 2016
P.D. James, Javier Marias, the Gelbs on O’Neill, & Pulitzer Prize Winner Wood | Barbara’s Picks, Nov. 2016, Pt. 2
BARBARA HOFFERT
Library Journal, May 9, 2016

LA ZONA FANTASMA. 11 de septiembre de 2016. ‘Los conocidos olvidados’

El pasado mayo escribí aquí un artículo, “Las amistades desaparecidas”, sobre la perplejidad y la nostalgia que nos produce a veces darnos cuenta de que ya no están en nuestra vida personas que hace tiempo fueron parte de ella, incluso de nuestra cotidianidad, personas de cena semanal o de llamada diaria. Este de hoy es su complemento, me parece. También se cruzan con nosotros muchas que ni siquiera alcanzan el rango de “amistades”. A menudo aparecen no por elección, ni nuestra ni de ellas, sino por azar y por las circunstancias. A menudo hay en ese trato un elemento de conformismo, como si nos dijéramos: “A falta de algo mejor …”, o “A falta de los titulares …” Nunca debemos olvidar que nosotros somos lo mismo para ellas, sucedáneos, sustitutivos, suplentes.

He leído con retraso un par de reportajes sobre la posible identidad de la joven que inspiró a Antonio Vega y a Nacha Pop su famosa canción “La chica de ayer”, que al cabo de tres décadas largas sigue oyéndose y apareciendo en la banda sonora de no pocas películas. Se la tiene por una especie de himno generacional de la llamada “movida”, cada vez más alejada en el tiempo y más susceptible, por tanto, de mitificaciones. Decían esos artículos que la periodista Paloma Concejero, responsable de un programa televisivo sobre los ochenta, había rastreado por fin a esa joven: con toda probabilidad se trataba de una diseñadora bilbaína que vivía en Madrid, con la que Vega mantuvo quizá un breve idilio a los veinte años, cuando ella tenía tres menos. Concejero había concertado un encuentro para hablar con quien ya no era joven, pero la cita no tuvo lugar porque el pasado verano un infarto causó la muerte de esa mujer misteriosa y discreta. Tenía cincuenta y cuatro años y se llamaba Maite Echanojáuregui. O así se llamó para mí, con la tilde que se le suprimía en estas noticias. Así está escrito su nombre en mi vieja libreta telefónica con tapas de hule negro, de la que asimismo hablé aquí hace largo tiempo.

La verdad es que me había olvidado de aquella joven que vivía en Londres cuando yo en Oxford; como ella de mí, seguramente. Cuando uno está en el extranjero entabla relaciones con compatriotas extraños. Quiero decir que son individuos con los que en el propio país, en circunstancias normales, quizá no habría visto las suficientes afinidades. No recuerdo quién me sugirió llamarla y me dio su número. Lo que sí sé es que durante un par de años, de 1983 a 1985, nos veíamos en Inglaterra de vez en cuando, y que Maite pasó algún fin de semana en mi casa de Oxford, sobrada de habitaciones. Sé que en una o dos ocasiones visité con ella a Cabrera Infante y a su mujer Miriam Gómez, que la encontraron “muy linda muchacha”. No era rubia, como apuntan esos reportajes, sino castaña clara y con unos ojos pequeños azules y unos dientes también pequeños. Era muy sonriente y muy agradable, con cara de niña. Por aquel entonces estudiaba Moda en Londres y tendría veintitrés o veinticuatro años, yo nueve más, calculo. Veo con nitidez, curiosamente, sus pantorrillas fuertes (no gruesas), que contrastaban un poco con lo menudo del conjunto. Me la encontré una sola vez fuera de Inglaterra, ya en los noventa. Nos paramos en la calle, nos saludamos con simpatía y afecto, charlamos un rato, quedamos en vernos y no nos vimos.

La recuperación de ese rostro y ese nombre pone en marcha la memoria. Por aquella casa de Oxford pasaron otras personas cuyos nombres figuran en mi vieja libreta y apenas si son más que eso: una bangladesí, Tazeen Murshid, que mi predecesor en el puesto de lector de español me pidió que albergara unas semanas. Una actriz de cuyo nombre prefiero no acordarme, a la que, mientras estudiaba inglés, alojé allí dos o tres meses. Me acude a la memoria Luis Abiega, que trabajaba en el consulado de Boston, creo, durante una estancia mía por allí cerca. Quedábamos a cenar a veces, era un hombre acogedor y simpático, que me introdujo en el fútbol americano y que aún, a mi regreso, se molestaba en escribirme una crónica de la final de finales, la Superbowl hoy célebre universalmente. Estas personas no llegan a ser amistades, son conocidos transitorios. Pero hay periodos de la vida de cada uno en los que depende bastante de su compañía, de su presencia cercana. Sabe que están ahí, a mano, y que en un momento de soledad aguda o de dificultad en un entorno que no domina, puede recurrir a ellas. Mientras dura la relación, uno descubre que se puede sentir a gusto con quienes en la propia ciudad habría pasado por alto (o ellos lo habrían pasado por alto a uno). Raramente se mantiene el trato después de lo circunstancial o azaroso, de esa temporada en el extranjero, por ejemplo. Quedan sus nombres en la libreta y uno se olvida, de la misma forma que nos olvidan ellos. Ahí están el número londinense y el nombre de Maite Echanojáuregui, con cuya presencia distante y vecina conté un par de años. Lamento saber que ya no está en el mundo, que ahora está ausente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de septiembre de 2016

Javier Marías y la Eurocopa

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ALFREDO DI STÉFANO
JAVIER MARÍAS
Junio de 2016
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Con motivo de la Eurocopa 2016 el Ayuntamiento de París organizó una exposición, en la plaza principal de la Ciudad Luz, de imágenes de grandes futbolistas europeos pintadas por grafiteros.

Además de esta exposición, el Ayuntamiento parisino colgó en la valla metálica que rodea su edificio histórico, sede de la presidencia municipal, otra exposición de leyendas del balompié europeo, con textos de reconocidos escritores.

LA ZONA FANTASMA. 4 de septiembre de 2016. ‘Deterioro cognitivo’

Uno se pregunta qué se está deteriorando cuando ve, cada vez más a menudo, que personas en principio instruidas y que se reclaman de izquierdas o “progresistas” (valga el anticuado término) adoptan actitudes intolerantes y “reaccionarias” y además se muestran incapaces de percibir su propia contradicción. O que, al criticar algo virulentamente, no hacen sino dar la razón a lo criticado. Meses atrás publiqué una columna en la que terminaba anunciando que me traería muchos enemigos. Lejos de demostrarme lo equivocado que estaba con silencio o con argumentos, quienes se sintieron en desacuerdo se lanzaron al insulto y a la tergiversación, confirmando así mi vaticinio. Justamente lo que cualquier mediano estratega nunca haría. Uno bueno, de hecho, habría reaccionado de manera opuesta a la por mí pronosticada. Parece que ya no haya tiempo ni pesquis para esta clase de duelos: se lleva la embestida, aunque eso le suponga al embestidor acabar ensartado a las primeras de cambio.

En julio este diario publicó un artículo de la ruso-americana Cathy Young, colaboradora del Washington Post, el New York Times, el Boston Globe y otros medios, titulado “Las feministas tratan mal a los hombres”. Era una pieza moderada y razonable, en modo alguno antifeminista, que en esencia decía que “ridiculizar y criticar a los varones no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos”, o, como rezaba su frase final, “el feminismo debe incluir a los hombres, no sólo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad”. Pues bien, según la Defensora del Lector, “nada comparable a la ola de indignación” que provocó dicha tribuna. Lo más llamativo de las protestas que citaba no era que discreparan de su contenido –de lo cual eran muy dueñas–, sino que condenaban su publicación. La más explícita en este sentido era una escritora: “Nos parece alarmante que cuando miles de mujeres en todo el mundo son asesinadas y violadas por hombres …, EL PAÍS publique un artículo que ataca no a los responsables …, sino a las feministas que lo denuncian. Dar voz a tan pocas mujeres, pero hacerlo con una que defiende tesis antifeministas, es una vieja y burda estrategia patriarcal … en la que un periódico como EL PAÍS, tradicional referente del lectorado progresista y democrático, no debería caer”. Pasemos por alto el palabro “lectorado” (palabro en este contexto). Lo que esta queja argüía y solicitaba es lo siguiente: a) si hay tantas mujeres violadas y asesinadas (y por desdicha las hay), se debe atacar a los responsables sin cesar (como si no se hiciera); b) eso convierte a su vez en inobjetables a las feministas que lo denuncian (como si fueran las únicas), y las blinda contra cualquier crítica (justo lo que Cathy Young veía como un error contraproducente); c) los lectores progresistas y democráticos de EL PAÍS sólo deben leer aquello que los complazca o halague, no las opiniones que los contraríen; luego, d) este periódico debería ejercer la censura y no publicar nada que no aplauda ese “lectorado”, que por suerte no es monolítico ni uniforme, como les gustaría a quienes protestaron. La discrepancia y la crítica a un texto son respetables y por lo general fructíferas. Lo que no es respetable, ni democrático, ni progresista, es exigir que no existan las voces que nos desagradan. O que, si las hay, se queden en el Washington Post y no se den a conocer aquí, y menos en EL PAÍS, del que por lo visto hay lectoras que se sienten custodias y depositarias.

Por las mismas fechas leo la columna de un prestigioso crítico en la que manifiesta su inconmensurable desprecio por las que publicamos en prensa “los escritores”, es decir, novelistas y demás indocumentados, aunque no sé si más indocumentados que el despectivo crítico. Nos tacha de “tertulianos”, “ilustradores de la línea ideológica” de nuestros respectivos diarios, representantes de “una desdichada tradición intelectual”, “llamativos envoltorios” y “comparsas”. No lo discuto, así será en muchos casos, y el prestigioso está en su derecho a despreciarnos ad nauseam. Lo preocupante y contradictorio (se trata de un prestigioso “progresista”) es que al final haga suyas las palabras de otro autor que en un libro reciente lamentaba “la impunidad reinante en el mundo de las letras”, que a los escritores no nos “pase factura” incurrir en “según qué excesos lamentables” (se supone que a su infalible juicio) y “la falta de filtros en la publicación de opiniones”. Ah, se piden castigos y “filtros” para las opiniones, exactamente lo mismo que llevaba a cabo el franquismo a través de sus quisquillosos y celebérrimos censores. En la presentación de ese mismo libro se pidió que los “escritores” fuéramos “expulsados, despedidos, eliminados”. Me imagino que para que ocupen nuestro lugar el autor de dicho libro y otros expertos afines y soporíferos, a los que ya no habría que “filtrar” nada porque serían aún más obedientes y serviles. Así como las feministas escandalizadas por encontrarse en “su” periódico una tribuna que no las adula ni les baila el agua.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de septiembre de 2016

Miguel Marías, VIII Premio a la Cinematografía de la UIMP

Eldiario.es

Eldiario.es

La UIMP reconoce la labor de Miguel Marías, “uno de los profetas del cine español”, con el VIII Premio a la Cinematografía
UIMP, 10 de agosto de 2016

Miguel Marías, al recibir el VIII Premio a la Cinematografía: “La crítica es una actividad inútil pero necesaria”
Europa Press / El Diario.es, 10 de agosto de 2016

Miguel Marías recibe el VIII Premio a la Cinematografía de la UIMP alzándose como “defensor de las causas perdidas”
ANA CABANILLAS
El Mundo, 11 de agosto de 2016