Presentación de la novela en Madrid

Julián Rojas

Javier Marías, escritor: “La ficción me organiza la vida y me salva los días”
ALBERTO G. PALOMO
La Tercera, 15 de septiembre de 2017

Paul Auster y Javier Marías echan el cierre novelístico y abren la temporada literaria
JOSÉ MARÍA PLAZA
El Mundo, 12 de septiembre de 2017

¿Y si el espía fuera Javier Marías?
JUAN CRUZ
El País,11 de septiembre de 2017

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LA ZONA FANTASMA. 10 de septiembre de 2017. ‘Feminismo antifeminista’

Aparecieron el mismo día en este diario dos noticias “deportivas” que me dieron que pensar. Una era nacional, y anunciaba que en la Vuelta a España “las azafatas ya no darán el beso en el podio al ciclista que reciba premios”. “Habíamos recibido muchas quejas”, decía el director de la competición, “y no queremos que esa foto pueda repetirse”. Y añadía ridículamente: “Mantenemos las cuatro azafatas de podio, pero establecemos nuevo protocolo. Más que floreros, como se critica, que sólo están para salir en la foto, pura presencia, tendrán una función de asistentes, dándole el trofeo y el ramo de flores a la autoridad correspondiente, que será quien se los entregue al ciclista”. La verdad, no veo diferencia: sólo que las azafatas le pasarán los premios a un señor encorbatado en vez de a uno sudoroso y con pantalón semicorto. En realidad, lo único que se suprime es el beso en la mejilla, que hace décadas consideraban pecaminoso los curas y monjas (bueno, y hoy en día los islamistas, que ni siquiera se dignan estrechar la mano a una mujer) y hoy consideran machista y sexista los nuevos curas y monjas disfrazados. Me llamó la atención que el redactor se refiriera al ciclismo como a “un deporte antiguo atrapado por fin por la modernidad”. ¿Por la modernidad? Más bien por la regresión, el reaccionarismo y la ranciedad.

Porque veamos, ¿no es el beso en la mejilla, o en las dos, el saludo habitual entre hombre y mujer en España, incluso entre completos desconocidos, desde hace mucho? Yo tiendo a ofrecer la mano, pero veo que bastantes mujeres no se toman ese gesto a bien, como si me reprocharan estar poniendo distancia. Sólo a los puritanos extremos y a los partidarios de la sharía les puede parecer eso mal. Por pecaminoso o por sexista, el resultado es el mismo: la condena del tacto y el roce entre varón y mujer.

La otra noticia la encontré más grave, y venía de los Estados Unidos, de donde importamos todas las imbecilidades y ningún acierto. La LPGA, el circuito americano femenino de golf, ha enviado una circular a todas las golfistas profesionales prohibiéndoles minifaldas, escotes y mallas, bajo multa de mil dólares a la primera infracción y del doble si son reincidentes. Fueron algunas jugadoras las que protestaron por la vestimenta de otras compañeras, en particular de Paige Spiranac, “más famosa y rica por la proyección de su imagen en las redes sociales que por sus éxitos en el campo de golf”. En la foto que se ofrecía de ella se la veía sin ningún escote y con falda más larga que las de las tenistas. Consultada al respecto la navarra Beatriz Recari, contestó: “Eso hace que paguen justas por pecadoras. Se puede dar un toque a tres o cuatro golfistas, pero tampoco se puede volver a una mentalidad de hace 30 años, con faldas por la rodilla”. Lástima que ignore que hace 30 años había mucha más libertad que hoy y todo el mundo vestía como le venía en gana, en casi cualquier ocasión. Y no digamos hace 40 y aun 50: la mayoría de las jóvenes llevaban minifaldas con más de medio muslo al descubierto. ¿Y por qué “pecadoras”? Ay, le salió la palabra clave.

Una de las cosas por las que lucharon siempre las feministas, desde sus albores, fue por la libertad indumentaria de la mujer. Primero se deshicieron de refajos y corsés insoportables, luego mostraron el tobillo, la pantorrilla, la rodilla, finalmente el muslo entero y se enfundaron en pantalones. Reivindicaron su derecho a ir cómodas o sexy, según el caso, y, en el segundo, a que no por ello se las acusara de “ir provocando”, y se justificaran, por ejemplo, abusos y violaciones en virtud de su atuendo. En los años 70 y 80 muchas feministas prescindieron del sostén pese a que causara escándalo que así se les notaran más los pezones. Quienes se oponían a eso, quienes denunciaban y multaban a las que llevaban bikini o practicaban topless, eran los estamentos más pacatos y ultras del régimen franquista, las señoras pudibundas de cada localidad, los señores meapilas y retrógrados. Que hoy se pueda multar de nuevo a las mujeres por enseñar las piernas o el escote es de una gravedad absoluta. Más aún cuando la medida se hace pasar por “moderna”, “digna”, “antimachista” y demás. Lo que nunca consiguieron los mojigatos, los represores, los que cortaban los besos en las proyecciones de las películas y plantaban grotescos y espúreos títulos de crédito sobre un escote de Sophia Loren “libidinoso”, lo están logrando las actuales pseudofeministas traidoras a su causa, entre las cuales da la impresión de haberse infiltrado una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño. De nada me sirve que aduzcan que ahora “el motivo es bueno” para reprimir y prohibir y multar, si el resultado es el mismo de las épocas más oscuras y cavernosas, es decir, reprimir y prohibir y multar. Salvando las insalvables distancias, es como si me viniera una gente proponiendo el exterminio de los judíos, pero ahora “por un buen motivo”. Pues miren, no. Los motivos, por mucho barniz falsamente progresista que se les dé, son siempre malos cuando conducen a resultados pésimos, al atraso y a la regresión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de septiembre de 2017

Javier Marías presenta ‘Berta Isla’

Javier Marías: “Todo el mundo cree que puede escribir una novela”
TEREIXA CONSTELA
El País, 5 de septiembre de 2017

Javier Marías: “La sociedad es cada vez más puritana e hipócrita”
ANDRÉS SEOANE
El Cultural, 5 de septiembre de 2017

Javier Marías: “Parece que, con saber leer y escribir, uno ya puede hacer una novela”
EFE/La Vanguardia, 5 de octubre de 2017

Javier Marías: “Todo el mundo considera que puede escribir un libro”
OLGA PEREDA
El Periódico, 5 de septiembre de 2017

Javier Marías: «Qué habría sido del mundo si Goebbels hubiera tenido internet…»
INÉS MARTÍN RODRÍGO
Abc, 5 de septiembre de 2017

Javier Marías: «La sociedad es hoy más puritana e hipócrita»
ULISES FUENTE
La Razón, 5 de septiembre de 2017

José Belló Aliaga

Presentación del libro Berta Isla, de Javier Marías
JOSÉ BELLÓ ALIAGA
Todo Literatura, 6 de septiembre de 2017

TELEMADRID

TVE. Telediario
[Minuto 41:49]

La Sexta Noticias
[Minuto 16:30]

LA ZONA FANTASMA. 3 de septiembre de 2017. ‘Niños listos y adultos pueriles’

Cuando el año pasado se estrenó con nulo éxito una nueva versión de Ben-Hur, me prometí no ver ni un solo plano ni un tráiler, no me fuera a contaminar la clásica de William Wyler de 1959, con Charlton Heston de protagonista y Stephen Boyd interpretando a su amado enemigo Messala. Esta versión era ya un remake de la de Fred Niblo de 1925, pero en fin, la que ha quedado para varias generaciones —y lo prueba que se exhiba en las televisiones sin cesar— es la de Wyler y Heston, que además fue premiada con el récord de Óscars hasta la fecha. Pero qué quieren, una noche ofrecían la de 2016 en el cada vez más defectuoso e idiotizado Movistar +, así que no la vi, pero la tuve puesta mientras leía prensa y contestaba correspondencia. De tarde en tarde levantaba la vista, y baste con decir que a Messala lo encarnaba una especie de Enrique Iglesias en garrulo, y a Ben-Hur un buen actor de la familia Huston, pero tan mal dirigido que parecía no haber salido todavía de su papel en la serie Boardwalk Empire, en el que llevaba media máscara reproduciendo su rostro, destrozado en la Primera Guerra Mundial; es decir, estaba forzado a la inexpresividad.

Sí, alzaba los ojos y nada me invitaba a mantenerlos en la pantalla más de dos minutos seguidos. Hasta llegar a la conclusión. La carrera de cuadrigas —exagerada, empeorada e inverosímil— y lo que sucede después. Habrá quien me acuse de destripar las películas, pero también hay gente que ignora que Romeo y Julieta, Macbeth, Hamlet, Don Quijote y Madame Bovary mueren al final, y no por eso dejamos de hablar de esos desenlaces. Como la mayoría recordará, en la clásica el cruel Messala acaba la carrera muy maltrecho por culpa de sus felonías. Han de cortarle las piernas para que sobreviva. Él exige que esperen, para que su rival amado no lo vea demediado cuando se presente a saborear su triunfo. Llegan a cruzarse unas frases acerbas y Messala expira amargado. Pues bien, mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que en la nueva —dirigida por un individuo de nombre irreproducible, parece uzbeko o kazajo— esas palabras no son acerbas, sino que Messala, ya con una pierna amputada, se incorpora y los dos se abrazan mientras se sueltan cursilerías como “Perdóname todo lo que te he hecho, hermano Ben-Hur” y “No, eres tú el que debe perdonarme, Messala querido”. Y no sólo eso, sino que como colofón se los ve cabalgando felices como en sus años mozos, cuando eran uña y carne. Es de suponer que Messala con una pierna ortopédica como la del atleta Pistorius, que dejó de correr cuando le metió a su novia cuatro tiros. Pero esa es otra historia.

No he leído la novela (1880) del Coronel Lew Wallace de la que procede Ben-Hur. Quién sabe si ahí el protagonista y Messala se “ajuntan” de nuevo tras haberse destrozado. Da lo mismo. Como la de Lo que el viento se llevó, son novelas eclipsadas por sus mucho más célebres versiones cinematográficas. La historia es la que éstas han contado. Así que sólo me explico el brutal cambio final a la luz de la misma sobreprotección que se puso ya en marcha hace décadas para los niños. Si usted busca hoy un cuento infantil como Caperucita Roja, los Tres Cerditos, Hansel y Gretel o Blancanieves, le será muy difícil encontrarlos sin adulterar y sin censurar. El Lobo Feroz no se come a nadie, sino que es amigo de los caminantes y les regala pasteles; a los Cerditos los quiere para jugar; a Hansel y Gretel nadie los enjaula ni ceba; y la manzana de la madrastra es una manzana caramelizada, para que Blancanieves engorde y no sea tan guapa, cómo vamos a decirles a los críos que la quiere envenenar. He hablado de ello otras veces: los niños no son idiotas (a diferencia de demasiados padres), y en seguida saben distinguir los miedos, los peligros y las asechanzas ficticias de las reales. Sabiéndose seguros, en esas ficciones aprenden de la existencia de los enemigos y del mal, algo con lo que inevitablemente se van a encontrar cuando crezcan, si no antes, pobrecillos. Los ayudan a ser precavidos y a protegerse, sin correr verdadero riesgo. Conciben el peligro sin padecerlo, se fortalecen, se emocionan, vibran y se ponen en guardia sin exponerse. Con tanta memez y tanto engaño (se les presenta como idílico un mundo que nunca lo es), en realidad se los debilita, se los convierte en pusilánimes y se los deja indefensos. Y como la infancia hoy se prolonga indefinidamente, alumbramos universitarios que exigen “espacios seguros” en los que nadie emita una opinión que los “perturbe” y les pinche la burbuja o cuento de hadas en que se los ha criado. A raíz de esta nueva y empalagosa versión de Ben-Hur, infiero que tampoco los pueriles adultos soportan ya la falta de reconciliación, el afán de venganza, la enemistad hasta la muerte, la muerte misma. No, ahora Ben-Hur y Messala se abrazan lloriqueando y se piden mil perdones por las tropelías. El subtítulo de la novela es A Tale of the Christ. Así que: Cristo bendito, nunca mejor dicho.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de septiembre de 2017

Javier Marías en el Hay Festival de Segovia

Foto. Bernardo Pérez

El sábado 23 de septiembre de 2017, a las 19.15 horas, en el Aula Magna de la IE University (Convento de Santa Cruz la Real, Segovia) Javier Marías conversará sobre  Berta Isla, su nueva novela, con Alexis Grohmann, catedrático de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Edimburgo.
Habrá traducción simultánea del español al inglés y del inglés al español.

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LA ZONA FANTASMA. 30 de julio de 2017. ‘Desalojar es siempre alojar’

Es una suerte para ustedes, pero sobre todo para mí, que no vea las primeras versiones de estos artículos. Cuando algo me parece injusto, o erróneo, o cínico, o abusivo, o engañoso, o puritano, o sencillamente imbécil, vuelco toda mi indignación y mi sarcasmo en esos borradores y en ellos digo lo que pienso sin muchos ambages ni miramientos. Descuiden, sólo de tarde en tarde utilizo palabras gruesas, no es mi estilo natural. Pero soy más punzante y descarado, porque sé que no tendrá consecuencias lo que no va a ver la luz. Una vez escrita esa primera versión, dejo reposar el texto un rato —basta un cuarto de hora— y acometo la segunda, que luego sufre unas cuantas correcciones y enmiendas más, a mano. En la pieza definitiva procuro refrenarme y matizar, a menudo rebajo el tono, cambio o suprimo epítetos en exceso ásperos o hirientes, intento ser más respetuoso o menos irrespetuoso, evito las generalizaciones y exageraciones (bueno, si uno no exagera un poco no se divierte); y, si le doy un zarpazo a alguien concreto, me corto las uñas antes de volver a teclear. Es lo que —me imagino— han hecho a lo largo de la historia cuantos han escrito en la prensa artículos de opinión. Si no digo “cuantos escriben” es precisamente porque, entre las muchas capacidades perdidas en las últimas décadas, está la de distinguir qué se puede decir en privado y qué resulta admisible en público. Solía saberse que lo que uno soltaba en una cena con amigos no podía trasladarse tal cual a unas declaraciones con micrófonos ni a una columna. No sólo para no exponerse a una posible querella por insultos o difamación, sino por un sentido de la responsabilidad: uno acostumbraba a vigilarse a sí mismo: aquí soy injusto o faltón, aquí caigo en la injuria o bordeo la falacia, aquí incurro en histerismo o en melodramatismo, aquí desvarío, aquí no razono lo suficiente o me falta argumentación, aquí soy arbitrario o exagero la exageración.

Esta segunda fase de reconsideración y templanza (un vocablo en desuso) ha dejado de existir para demasiada gente. En prensa y en declaraciones (véanse las de los políticos, con frecuencia), pero sobre todo en los tuits y demás. Pocos piensan ya en lo que mencioné antes: en las consecuencias. Se cede al más primitivo y apremiante impulso, se escribe algo en caliente y se lanza sin dejarlo entibiar, sin pensarlo dos veces, sin posibilidad de arrepentimiento, rectificación ni matización. La necesidad pueril de desahogarse, la competición por decirla “más gorda”, la búsqueda narcisista de retuiteos, el gusto de verse jaleado por los forofos que siempre piden “más sangre”, llevan a demasiados individuos a hablar en público como si lo hicieran entre íntimos ante la barra de un bar. Luego se encuentran con que no se les da un trabajo por el lenguaje que emplearon o por la bochornosa y zafia foto que colgaron; con que se han granjeado la enemistad eterna de sus damnificados; con que alguien a quien ni conocen es despiadado con ellos.

Todo esto, con ser grave y perjudicial para los propios deslenguados, no tiene ni la mitad de importancia que el contagio de la inmediatez y la visceralidad a otras actividades, en particular a la de votar, sea en unas elecciones o en un referéndum. Ahí la imprevisión de las consecuencias puede ser mortal. Bien, estamos de acuerdo en que, desde hace tiempo, la mayoría nos vemos obligados a votar lo que menos nos asquea, porque a menudo todas las opciones dan asco o desagradan sobremanera. Y eso conduce a cada vez más personas a votar cabreadas, para “castigar” a la clase política, para “asustarla” o simplemente para joder. Así, sin duda, fueron depositadas numerosas papeletas a favor de Trump y del Brexit, de Le Pen y de Wilders, de la CUP en Cataluña y no escasas de Podemos en el resto de España. Se vota cada vez más como quien lanza un tuit. El problema estriba en que, así como un tuit detectado y leído puede traer las consecuencias mencionadas a título personal, un voto acarrea consecuencias colectivas e irremediables, a lo largo de cuatro años o más. No sólo hay un “día siguiente” tras unas elecciones o un referéndum, sino que hay decenas de interminables meses siguientes, durante los cuales a los elegidos les da tiempo a propugnar nuevas leyes y liquidar las existentes, a suprimir derechos, a disolver el Parlamento y controlar la prensa y a los jueces, a decidir que ya no habrá separación de poderes; en el peor de los casos que ya no se podrá volver a votar; y que todos los disidentes serán declarados traidores y subversivos. En unas elecciones se otorga poder real, y justamente en ellas es donde menos se puede sucumbir al cabreo, a la impulsividad, al mero afán de “desalojar”. Porque siempre se “aloja” a otro, quizá aún peor. Todos esos días llegan, y de pronto uno ve con desesperación que aquel berrinche de una sola jornada, o arrebato efímero, nos lleva a frotarnos los ojos cada mañana —infinitas mañanas— para dar crédito al hecho de que, por ejemplo, el cargo más poderoso del mundo lo ocupe un oligarca autoritario y deficiente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de julio de 2017

[Javier Marías se toma un descanso pero regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 23 de julio de 2017. ‘Mangas cortadas’

Leo en el Times que la máxima preocupación de los estudiantes de Oxford en los exámenes finales se centra en la toga tradicional de esa Universidad. Lo preceptivo es que la mayoría de los alumnos vistan una sin mangas o con unas cortas que no les cubran los codos (no estoy seguro). Sin embargo, los pocos que se hayan ganado becas o se hayan distinguido en los exámenes del curso anterior tienen derecho a presentarse a los nuevos con togas de mangas largas. Quienes protestan por esta diferenciación arguyen que les resulta “estresante” el “recordatorio visual” de que hubo otros que sacaron mejores notas, y que se ponen “nerviosos” al ver así manifestada su “inferioridad académica”. Consideran la permisión de las mangas largas algo “jerárquico” y “elitista”, que “entra en conflicto con los ideales de igualdad”. Por supuesto, no les sirve de acicate para ganárselas este año, sino que piden que se les prohíban a quienes se hayan hecho acreedores de ellas. A éstos, claro, no les hace gracia perderlas por decreto tras haberlas conseguido con esfuerzo. En octubre el sindicato de estudiantes tomará una decisión. Una antigua alumna se ha atrevido a señalar: “Por si lo han olvidado, Oxford es una institución académica, que reconoce la excelencia académica. Todo el mundo es igual antes de un examen, pero no después”.

Más allá de la pintoresca anécdota, esta cuestión de las togas es sintomática de los actuales y contradictorios tiempos. Recordarán que hace pocos años sufrimos hasta lo indecible aquella máxima estúpida de “Todas las opiniones son respetables”, cuando salta a la vista que no lo es que los judíos deban ser exterminados, por poner un ejemplo extremo. Lo deseable, en principio, es que todas las opiniones puedan expresarse, incluso las abominables. Lo inexplicable es que en poco tiempo hayamos ­pasado de eso a juzgar intolerable cualquier opinión contraria a la nuestra, a la vez que sí resultan tolerables, y hasta dignos de encomio, los insultos más brutales contra quienes emiten esas opiniones que nos desagradan. Bajo pretextos diversos (“discriminación”, “falta de igualdad”, “jerarquización”), muchas personas que someten su trabajo a la consideración pública han decidido “blindarse” contra las críticas y los juicios. Si un estudiante va a la Universidad, sabe de antemano que, si no se aplica, otros sacarán mejores notas, y conviene que se vaya acostumbrando a la competitividad del mundo. Igualmente, si alguien elige ser escritor, o periodista, o actor, o director de teatro o de cine, o pianista, o cantante, o político y desempeñar un cargo, sabe o debería saber que su quehacer será enjuiciado, y le tocaría asumir que, ante las críticas o los denuestos, no le cabe sino encajarlos y callar. Cualquiera puede opinar lo que se le antoje sobre nuestras novelas, poemas, películ­as, canciones, programas de televisión, montajes teatrales, gestiones políticas y demás. Ante la reprobación no nos corresponde quejarnos ni replicar. (Otra cosa es cuando los críticos no se limitan a nuestras obras, sino que entran en lo personal o falsean lo que hemos dicho, o nos difaman: ahí sí es lícita la intervención.)

Pues bien, de la misma forma que hay estudiantes universitarios —ojo, no párvulos— que consideran una “microagresión” que el profesor les devuelva sus deberes o exámenes corregidos —sobre todo si es en rojo—, cada vez abundan más los artistas y políticos a los que parece inadmisible que se juzguen sus obras y sus desempeños. ¿Quién es nadie para opinar?, aducen. ¿Quién es nadie para asegurar que esto es mejor que aquello, que tal novela es buena y tal otra mediocre? Es más, ¿quién es nadie para decir que algo le gusta o le desagrada (justo en una época en que demasiados individuos son incapaces de articular más opinión que un like)? Hace unas semanas escribí educadamente (tanto que mi frase empezaba con “Quizá yo sea el equivocado …”) que me resultaba imposible suscribir la grandeza de una escritora. Según me cuentan (nunca me asomo a un ordenador ni a las redes), algo tan subjetivo y leve desató furias. Me he enterado poco, ya digo. Pero un señor cuya carta se publicó en EPS me basta como muestra (un señor que se definía como “nosotros, el pueblo”, nada menos). Decía que “no podía estar de acuerdo” conmigo. Uno se pregunta: ¿en qué? ¿En que me resulte imposible suscribir lo mencionado? Si yo hubiera soltado un juicio de valor, como “Es mala”, pase el desacuerdo. Pero no fue así. Meses atrás dije también que cierto tipo de teatro, “para mí no, gracias”, y media profesión teatral montó en cólera, incluidos los monologuistas palmeros. Aquí algo no cuadra. Se ha sabido siempre que quien aspira al aplauso se expone al abucheo, y el que se examina a ser suspendido. Parece que ahora se exige el aplauso incondicional o, si no lo hay, el silencio; y las mangas largas o cortas para todo el mundo. Demasiada gente quiere blindarse y no asumir ningún riesgo. Para eso lo mejor es no salir a escena ni pisar un aula. Vaya (ustedes perdonen), creo yo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de julio de 2017