LA ZONA FANTASMA. 1 de marzo de 2020. ‘La cruzada contra la imaginación’

En este diario, como es natural, la noticia ocupó una estrecha columna de página par, pero en los Estados Unidos (y de cuanto ocurre en país tan puritano e histérico hay que prevenirse mucho) ha tenido gran eco, incluso en los talk shows televisivos. Una novela de éxito, saludada con alabanzas de Stephen King, Don Winslow, los liberales Washington Post y New York Times y hasta de la intocable Oprah Winfrey, que la recomendó para su club de lectura, se ha convertido, en segunda instancia, en objeto de escándalo y de despiadados ataques. Por un lado está la calidad, excelente según los mencionados y pésima según los detractores. Como no la he leído ni pienso, nada puedo opinar al respecto. Lo preocupante es que, por otro lado, las invectivas ponen el acento en lo siguiente: la autora, Jeanine Cummins, es blanca, se crió en Maryland y es vecina de Nueva York, y su American Dirt relata las vicisitudes de una madre y su hijo mexicanos que, perseguidos por narcos, se ven obligados a cruzar la frontera norte para salvar el pellejo, con los padecimientos imaginables. La escritora Myriam Gurba ha dictaminado: “Es un libro Frankenstein, un espectáculo torpe y distorsionado, y mientras algunos críticos blancos lo comparan con Steinbeck, creo que es más apropiado hacerlo con Vanilla Ice”. He leído a Steinbeck, pero no tenía noticia de ese otro escritor llamado Helado de Vainilla, así que de nuevo me abstengo.

La acusación más grave es la de “apropiación cultural”, esa enorme majadería contemporánea que sin embargo (bueno, como todas) se abre camino a empellones. La prueba de ello, y lo más alarmante, es que ya hay novelistas y artistas que “interiorizan” los argumentos de quienes en realidad sólo quieren impedirles la creación libre. La propia Cummins, tras la controversia, ha declarado: “Durante cinco años me resistí a escribir esta historia, porque no soy migrante, no soy mexicana y no sabía si tenía derecho a escribirla” (la cursiva es mía). Estoy tentado de decir que se merece los rapapolvos, por pusilánime. ¿Desde cuándo un escritor se pregunta si tiene “derecho” a ejercer la imaginación por causas como las enumeradas por Cummins, exactamente las mismas que han desatado las iras de autores y periodistas de origen latinoamericano afincados en los Estados Unidos? Algunos han añadido un reparo tan incomprobable como peregrino: “Esa historia la habría contado mejor un latino que conociera la experiencia”. Puede ser, depende, pero quien la escribió fue la blanca de Maryland, y no me atrevo a decir “a quien se le ocurrió”, porque la sinopsis suena idéntica a la de centenares de novelas, películas y series.

¿Desde cuándo se exige que un trabajo de ficción esté hecho sólo por quienes coinciden, en su biografía, con los personajes y la peripecia narrada? Es obvio que desde hace poco, pero la imposición, si se extiende, puede acabar con la literatura imaginativa. Lo cual, por cierto, ya se va intentando continuamente, como si por fin fuera a obedecerse a Platón en su propuesta de expulsar a los poetas. De llevar esta nociva bobada de la “apropiación” al extremo, ni Tolstoy ni Flaubert ni Clarín deberían haber osado escribir Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta, porque ninguno fue mujer. Ni Janet Lewis sus magníficos tres Casos de pruebas circunstanciales, situados en la Europa del pasado por una nativa de Chicago. Shakespeare se entrometió en Verona con Romeo y Julieta, en Dinamarca con Hamlet, y no vivió la época de su Julio César. Emilio Salgari, que sí era de Verona y deleitó a generaciones de adolescentes con sus 85 novelas, sólo hizo en su vida una travesía marítima por el Adriático. ¿Cómo se atrevió con Los piratas de la Malasia, Los tigres de Mompracem, El corsario negro, Los pescadores de ballenas, etc, el muy ladrón e impío? Castigo también para Agatha Christie, que se inventó a Poirot sin ser belga ni varón, como su protagonista. Es todo tan ridículo que da vergüenza tener que hacerle frente.

Pero me temo que el episodio es uno más de la cruzada contra la imaginación puesta en marcha, que lo es sobre todo contra la libertad de los creadores. Desde hace años la crítica elogia sin sonrojo la “autoficción”, las historias “verdaderas”, los textos confesionales dedicados a relatar los abusos y penalidades que por lo visto ha sufrido el 70% de los actuales autores. Todo ello en detrimento de las obras de ficción, que empiezan a considerarse frívolas. “¿Qué me está contando”, parecen reprocharles, “si usted no ha vivido esto, si no es negro ni árabe, si no es mujer o no es varón, si no es transexual ni lesbiana?” Como si sólo cada raza, sexo o nacional estuvieran autorizados a retratarse. Es la condena de la imaginación, de la ficción, es el viejo impulso represor y reaccionario de controlar y limitar a los artistas, o directamente de prohibirlos. Sólo el disfraz es nuevo. Ya puede ir entonando el mea culpa Pérez-Reverte, aquí y ahora, que se sacó de la manga a Alatriste sin haber vivido en el XVII ni haber combatido en Flandes. Y con él cuantos sueltan novelones de vikingos, visigodos, romanos y variadas reinas medievales. ¿Acaso no se están “apropiando” de territorios ajenos, y, lo que es peor, del pasado entero?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de marzo de 2020

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2020. ‘Engreimiento verbal’

Una de las razones —en verdad muchas— por las que declino invitaciones a festivales literarios, coloquios, simposios y mesas redondas, es la incontinencia verbal de la inmensa mayoría de participantes (yo incluido, supongo, cuando iba). Denle a un español un micrófono, un altavoz o un megáfono (también a un latinoamericano, no digamos a un argentino), y se aferrará a ellos como si fueran el anillo de Gollum en El Señor de los Anillos, que en la versión traducida o doblada lo llamaba “mi tesoro”, en inglés “my precious”, lo acariciaba sin descanso y enloquecía si lo soltaba. Es una extraña enfermedad que nos aqueja, relacionada sin duda con la inseguridad, la frustración y sobre todo el engreimiento, que crece sin freno en nuestra época. Fidel Castro acostumbraba a vomitar discursos de siete y ocho horas, y su discípulo Hugo Chávez, que con suerte se conformaba con cinco, obligaba a todas las emisoras venezolanas a sintonizar con su verborrea insaciable. Pocas torturas me parecen comparables: si se me forzara a escuchar una voz interminable, confesaría cualquier crimen, aunque ninguno hubiera cometido, y daría todos los nombres imaginables como cómplices de mis fechorías, incluyendo los de Ratzinger, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. Lo que hiciera falta.

Esta dolencia es antigua. En una ocasión, hace ya muchos años, acompañé a Guillermo Cabrera Infante a una charla que iba a pronunciar por aquí. Pero antes de que Guillermo abriera la boca, salió el presentador de turno, y aquel hombre, al que no estaba previsto oír más que un saludo, habló y habló infinitamente, y además no dejó de empalmar locuras, un disparate detrás de otro. La situación se hizo tan delirante que a la mujer de Guillermo, Miriam Gómez, y a un par de amigos sentados en primera fila, empezó a darnos un grave ataque de risa, supongo que como defensa y para no cortarnos las venas. Cada nueva parrafada del individuo nos resultaba más cómica que la anterior, éramos incapaces de contener o disimular las carcajadas —la educación nos abandonó—, perfectamente visibles y audibles para el usurpador de la conferencia. Pero éste no se daba por aludido ni se inmutaba, proseguía con sus desvaríos. El pobre Guillermo, en el estrado a su vera, no lograba verle gracia al asunto que nos llevaba a desternillarnos. Al fin y al cabo se había molestado en venir desde Londres, y se le impedía tomar la palabra. Se nublaba por momentos, la tez se le tornó pálida y después gris ceniza, y temimos que estrangulara al abusón cuando por fin éste le cediera el micrófono.

Me han ocurrido cosas similares. Fui a un instituto y los estudiantes disponían de una hora justa para escucharme. El profesor que me presentó no sólo se apropió de treinta minutos, sino que me “pisó” cuanto yo tenía previsto contarles y que podría entretenerlos. Tanto contó el hombre de mí que no me quedó más remedio que interrumpirlo diciendo: “Bueno, casi es mejor que continúe yo, que fui quien lo vivió, y me lo sé más exacto”. De no ser por mi atrevimiento, él habría consumido la hora entera, conmigo de convidado de piedra. Otra vez debía coger un tren de regreso a Madrid, así que el tiempo de charla y firma de libros era más bien escaso. Lo cual no fue óbice para que mi presentador disertara hasta el hastío, dejándome los minutos de la basura para disgusto del público, que en principio había acudido a oírme (no que yo tuviera nada notable que decir, pero bueno).

Hace pocas semanas una plaza cercana a mi casa fue tomada, todo el día, por unos veteranos de los Tercios de Flandes o sus herederos. Desplegaron tiendas de campaña y tocaron marchas, y hacia las cinco de la tarde un tipo empezó a hablar con megáfono, y habló sin pausa no menos de dos horas y media. Yo intentaba trabajar y abstraerme de su vociferación, pero me llegaban el runrún inagotable y fragmentos (“porque un caballero español…”, “somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”, etc). Ponderaba arrojarme por un balcón y dejar una nota acusando de asesinato por delegación al alcalde Almeida, que consentía y alentaba el tormento de medio vecindario, cuando paró el tipo. Pero fue sólo para que una tipa se abalanzara sobre el megáfono liberado y se tirara media hora más perorando a voz en cuello. La siguieron varios sujetos más, verborreicos y vacuos todos; la tortura se prolongó cuatro o más horas. Todo para un centenar de personas. Es decir, para satisfacer el antojo de pocos el alcalde permitió la tortura de miles y que una plaza fuera sitiada la jornada entera. Lo que más me maravilló fue que los asistentes, que debían de tener unos trescientos años si eran veteranos de los Tercios (y sólo así se explicaba el acto en sí, y su sumisión a las arengas), aguantaran a pie firme —como piqueros, arcabuceros y mosqueteros que eran— aquel sádico tostón sin desplomarse, considerando su edad matusalénica. Dada la enfermedad que aqueja a mis compatriotas y a nuestros primos ultramarinos, creo que, lo mismo que se combaten las drogas, deberían limitarse los megáfonos, altavoces y micrófonos. Ríanse de casinos y casas de apuestas. La adicción que éstos fomentan no es nada al lado de la de los amplificadores de voz, con público nutrido o sin él, con oyentes cautivos o sin ellos: al que habla eso le trae sin cuidado, porque lo embriaga su propio verbo hueco.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2020. ‘Un tétrico y peligroso misterio’

Hace un año recordé aquí el librito que mi padre, Julián Marías, escribió en los años ochenta, La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir?, y titulé la columna en cuestión “Lo que nos hacen creer que nos pasa”, un eco de sus palabras. Para él, que en 1936 tenía veintidós años, que fue soldado de la República y fue detenido por las autoridades franquistas en mayo de 1939 y a continuación juzgado, la Guerra no fue inevitable, en contra de lo que muchos afirmaban entonces y otros siguen sosteniendo hoy mismo. Para él, el verdadero origen de esa Guerra no fue la situación objetiva de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás.

Por fortuna, estamos lejísimos del envilecimiento generalizado que se dio en el 36. Sin embargo, me empieza a preocupar la tendencia de muchos (los partidos políticos desde luego, pero también periodistas, articulistas, tertulianos, analistas, y, arrastrados por ellos, un número indefinido de ciudadanos) a “hacernos creer que nos pasa” lo que no nos pasa. Se habla continuamente de un país dividido y fracturado, de que estamos inmersos en una guerra sin sangre, de que la gente cava trincheras metafóricas y se apresta a ocuparlas; de que estamos ya en dos bandos irreconciliables y de que a los “tibios” (famosa y siniestra expresión muy utilizada por los franquistas en la postguerra) no sólo no se les hace caso, sino que se los considera, inmediatamente, como pertenecientes al enemigo de turno. Los falsos progresistas (ni Podemos ni el actual PSOE lo son, basta con ver sus políticas reaccionarias y de postureo) tachan de “fascistas” a cuantos no se alineen fervorosamente con ellos y no respalden monolítica y abnegadamente al Gobierno que han formado. Lo mismo hacen la derecha y la ultraderecha, sólo que ellas llaman “comunistas”, “separatistas” o “frentepopulistas” a los que no las secundan en sus exabruptos histéricos. Los políticos son los principales culpables: cada uno se ha encerrado en su búnker y lanza sus saetas contra los del otro búnker y contra los inocentes transeúntes. Pero periodistas fanáticos o cobistas o pagados, o vasallos, siguen su actitud al pie de la letra. He visto a opinadores que presumen de serenidad, objetividad y aun ecuanimidad, sulfurarse como energúmenos defendiendo cualquier decisión o medida del Gobierno Podemos-PSOE, o justificando y suscribiendo los insultos y las exageraciones de los representantes de Vox y el PP. He leído artículos que se suponían de análisis y en realidad parecían escritos por militantes desaforados de una facción o de otra. Quienes sostienen que el conjunto del país comparte este comportamiento, esta toma inequívoca de posiciones, se basan, sin duda, en los comentarios de las distorsionadoras e irreales redes sociales. Las frecuentan personas de todo tipo, a buen seguro, pero en enorme medida los propagandistas, los proselitistas y los beligerantes. Es sabido que, desde su creación, Podemos contaba con batallones de tuiteros y demás, dedicados a no dejar pasar una crítica al partido o a sus dirigentes. Cuantos los hemos censurado hemos sufrido un aluvión de injurias, ataques y hasta calumnias; un aluvión orquestado, como si ese batallón estuviera de permanente guardia. Ahora ese partido está en el Gobierno, así que imagínense. Otro tanto sucede con Vox, asimismo poseedor de una buena artillería de tuits, memes y demás zarandajas. Los independentistas catalanes someten a sus adversarios o desenmascaradores a idéntico bombardeo en las redes, y de ello puede dar fe aquí Javier Cercas. Y aunque los más dados al “castigo” son los partidos que no son democráticos, los que todavía lo son o lo parecen se están contagiando del agit-prop y del acoso y derribo de disidentes.

Pero nada de esto es cierto. Por mucha influencia que tengan, ni políticos ni periodistas ni tertulianos ni usuarios de redes constituyen el país. La falacia de gente hostil en dos bandos que no se dan ni los buenos días, la comprobamos todos en la vida diaria. La inmensa mayoría no está en ninguna trinchera, se saluda y trata con cortesía, o directamente es ajena a este encarnizamiento inventado. No sólo no participa de él, sino que lo ignora. La política, por suerte, no es lo principal en sus vidas, que discurren por caminos más acuciantes: cómo pagar el alquiler y cuantos etcéteras deseen añadir ustedes. Uno sale a la calle, o a tomar algo al bar de la esquina, y no ve caras agrias ni enconadas, ni hosquedad ideológica, ni nada de lo que se nos dice que está sucediendo. Ni siquiera en Cataluña se encuentra uno con eso, a no ser que se tope con una performance de la ANC, los CDR o Tsunami. Que el país está enfrentado es sencillamente mentira, y lo vemos todos a diario. Por qué tantos con voz se empeñan en lo contrario, para mí es un tétrico y peligroso misterio. Sin comparación posible con el 36, debemos tener en cuenta lo que escribió mi padre y yo repetí hace un año: “Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa”. Porque lo segundo hoy suena muy grave, y lo primero no lo es tanto, sólo un poco, y a ratos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2020. ‘Promesas, juramentos y perjurios’

A raíz de la ridícula toma de posesión de nuestros diputados tras las penúltimas elecciones, escribí una columna titulada “Congreso o guardería”, creo. El pueril espectáculo volvió a darse tras las últimas, quizá aumentado y con la misma pasividad cómplice de la Presidenta del Congreso Batet, de la que solía tener buena idea (me temo que órdenes son órdenes, y eso rige por igual en todos nuestros punitivos partidos). Hace meses señalé que algunos juramentos o promesas rebasaban la idiotez para entrar de lleno en la contradicción, por lo que a mi parecer deberían haber sido invalidados. Una cosa es prometer o jurar “por imperativo legal”, la coletilla que abrió la caja de los caprichos y las cursiladas, y otra “por el 1 de octubre y hasta la creación de la República Catalana”, sucesos que contravienen las leyes y que justamente intentan o han intentado acabar con la Constitución, el Estado de las Autonomías y la monarquía parlamentaria vigentes. No es posible jurar o prometer fidelidad a algo y a su contrario, y encima en la misma frase. En ambas tomas de posesión se dieron por buenas todas las extravagancias e incongruencias: “Bah, pelillos a la mar”, sería la expresión coloquial con la que se despachó el asunto. O bien con esta otra, tan ranciamente española: “Total, qué más da”.

A continuación de la consentida farsa en el Congreso, vino otra “jura”, la de los miembros del nuevo Consejo de Ministros. De éstos, hubo dos que se refirieron al “Consejo de Ministras ”, organismo que no existe, por lo que, según juristas de prestigio, la promesa podría ser nula. Pero, por supuesto, nadie va a impugnarla en un país en el que las palabras se han vaciado de significado o se han retorcido, y en el que da lo mismo cuáles se empleen, cuáles se cumplan y a cuáles se falte. Ahora bien, a los poquísimos días de esta vacua ceremonia ministerial, al flamante titular de Consumo, Alberto Garzón, se le preguntó en una entrevista (cito de memoria): “Prometió lealtad al Rey, o a la Corona, o defenderlos. Usted siempre ha llamado al Rey ‘Ciudadano Felipe de Borbón’. ¿Dejará, pues, de hacerlo?” A lo que el ciudadano Garzón, ya Ministro del Reino, contestó con vanidad y desahogo, en parte para contentar a su parroquia: “No, seguiré refiriéndome a él así, y esforzándome por erradicar la Monarquía, por métodos legales”. Garzón es muy libre de anteponer sus convicciones y el halago a sus fieles a toda otra consideración, pero entonces debería haber rechazado el cargo, haberse negado a prometer nada y haberse quedado en su escaño de diputado. Porque lo que estaba reconociendo con absoluto descaro es que unas fechas antes había cometido perjurio en la solemne ceremonia de la que salió con cartera (que yo sepa, no hay vocablo equivalente a “perjurio” cuando se promete de mentira; la empleo para entendernos). Lo que vino a admitir fue: “Bueno, es que había que atenerse a la fórmula, pero fui falaz, porque para mí el Rey no es tal ni Jefe del Estado, sino un ciudadano a secas, y además me propongo acabar de una vez con la institución que representa. Así que, de lealtad o defensa, nada de nada”.

Hay países, como los Estados Unidos, en los que perjurar es gravísimo y acarrea cárcel. Hasta el punto de que, hace tiempo, a quien llegara allí se le preguntaba algo absurdo: “¿Tiene usted intención de atentar contra la vida del Presidente?” Todo el mundo, obviamente, respondía que no. La razón de la ociosa pregunta era que, a quien tratara de matar a Nixon, Carter o Reagan, se le añadiría a posteriori el delito no baladí de perjurio. Allí, a mucha gente le han caído penas, o total descrédito, por mentir bajo juramento ante un comité senatorial o en un juicio. En España no sólo no pasa nada, sino que a quien pretendiera que eso tuviera consecuencias se lo tildaría de anticuado, tiquismiquis o fascista, término ya carente de sentido a fuerza de abuso. Entiendo que nuestra sociedad no atiende a protocolos ni etiquetas ni ceremonias. Que quienes participan en estas últimas las ven sólo como un incordio, una pantomima, y se las pasan por el forro. Han caducado los tiempos en que la gente se tomaba en serio la promesa hecha, la palabra dada, que todavía los niños de mi infancia llamaban “palabra de honor” (qué anacrónico, ¿no?, si en el honor no cree nadie). Somos una sociedad “desenfadada” y además lo tenemos a gala (bueno, en todo lo demás muy enfadada). Pero de ahí a que un Ministro admita públicamente que le ha mentido a la cara a Felipe de Borbón hace escasos días, y que ha prometido desempeñar su cargo sin suscribir gran parte de lo enunciado en la mera “fórmula”, hay un trecho. El trecho revela que no se puede confiar en él en absoluto; que lo que promete carece de valor; que su supuesta lealtad a la Constitución y al Rey es falsa de arriba abajo. Sí, aquí nada importa. Pero después de semejantes tomas de posesión, de diputados como de ministros, lo coherente es que se supriman todas y sus correspondientes ceremonias, y que nadie jure ni prometa nada. ¿Para qué hacer el paripé, para qué hacer el idiota y ponerse una corbata, si todo está vacío de contenido y no cuenta, y si el lema de nuestra desaprensiva clase política viene a ser: “Sí, dije esto y lo otro, pero lo dije de mentirijillas y en realidad no valía”?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 2 de febrero de 2020. ‘La moda de ser tonto y parecerlo’

El 14 de enero estaba fuera de Madrid con mi mujer, Carme, haciendo juntos recados. A ella le quedaba uno pendiente, así que nos separamos y me volví a casa. A los pocos minutos me entró por mi viejo Nokia un mensaje de mi editora Pilar, en el que me decía: “Hemos detectado una cuenta falsa de Alfaguara en la que anuncian que has fallecido. Estoy segura de que es un idiota italiano que nos ha hecho esto mismo con Vargas. Vamos a lanzar un desmentido. Pero te lo aviso para que estés al tanto y no te alarmes”. Andaba yo corrigiendo un texto, de modo que me limité a responderle: “Vale. No me alarmo”, y seguí a lo mío. Ni siquiera le di las gracias en contra de mi costumbre. Al cabo de un rato llegó mi mujer, a la que por fortuna había llamado otra persona de la editorial, el eficaz Gerardo, violento por verse obligado a contarle esta anécdota cretina. Y aun así le preguntó: “Pero ¿Javier está contigo?” En aquel mismísimo momento no lo estaba, pero me había visto diez minutos antes, menos mal. Pese a la presteza de Alfaguara, una de mis mejores amigas, Mercedes, también la telefoneó, con el alma en vilo. En vista de lo cual me pareció conveniente (hasta aquel instante había hecho caso omiso) advertir con un mensaje a unas cuantas personas próximas, por si el bulo las alcanzaba y se llevaban un disgusto gratuito. (El deficiente italiano me hizo perder bastante tiempo.) Mercedes me dijo más adelante que se había enterado por llamadas de gente inquietada o ya fúnebre (ella trabaja conmigo, así que se la presumía fuente de información fidedigna), y que durante veinte minutos, hasta que habló con Carme, se enfrentó angustiada a la idea de que había muerto de un infarto, como afirmaba la cuenta falsa.

Esto es muy viejo. Ya Mark Twain reaccionó ante la noticia de su defunción tildándola de “exagerada”. Y Borges, si mal no recuerdo, calificó la suya de “prematura”. Los dos tuvieron razón y los dos mostraron humor. Obviamente, dar esa clase de noticia carece de mérito y de imaginación, porque llegará un día en que será cierta para todo el mundo, y a cualquiera le puede dar un infarto hoy o mañana. Hacerla pasar por verdadera, así pues, está tirado: siempre puede ocurrir. Uno se limita a preguntarse qué clase de cretino se dedica a propagar bulos tan tontos, ramplones y dañinos. No para la persona cuyo fallecimiento se inventa, sino para sus allegados. No me quito de la cabeza que para mi amiga Mercedes los veinte minutos de incertidumbre se le hicieron eternos. Y Carme me dijo: “Menos mal que ha pasado estando juntos. De haber estado yo en mi ciudad y tú en la tuya, no quiero ni pensarlo”. No se sabe —a mí me resulta imposible, todavía, ponerme en el lugar de un cretino manifiesto— qué saca en limpio ese italiano. Me cuentan que unos días antes de “matarme”, había “apiolado” a un sociólogo francés y a un famoso ensayista estadounidense , tres en una semana. Quizá hay gente que tiene prisa por que desaparezcamos los vivos, que considera que somos muchos los que escribimos y que hay que causar bajas lo más rápidamente posible.

He dicho “quizá” y es seguro. No todos lanzan bulos ni crean cuentas falsas, pero son legión los usuarios de las descerebradas redes sociales deseándole la muerte a alguien que les cae mal, o cuyas opiniones los contrarían, o que confían en “ocupar el puesto” de quien se muera. Sí, hay demasiados individuos impacientes, a los que sólo cabe contestar: “Aguanten, que llegará antes o después, eso que tanto ansían. Pero han de aguantar, o corren el riesgo de palmarla ustedes antes. Por muy jóvenes que sean, no deben creerse a salvo. El infarto o la carretera señalan a quienes les parece, sin orden de edad ni atendiendo a probabilidades”. El episodio no me va a hacer víctima de supersticiones ni me produjo melancolía. Bueno, esto último sí, pero no por mí, sino por la imbecilidad abrumadora y generalizada de nuestra época. Creo que por primera vez en la historia está de moda ser idiota y comportarse como tal. Infinitas cosas lo han estado, pero casi todas tenían presumir como objetivo: de culto, de rico, de enterado, de inteligente, de astuto, de transgresor, de ingenioso, de elegante, de sabio, todo ello positivo en teoría. Ahora está de moda aparecer como bondadoso (o solidario, o “empático”) y ser malvado. Pero, por encima de todo, ser tonto y parecerlo. Uno echa un vistazo a las noticias o a los programas más frívolos y apenas se diferencian: hay una permanente sucesión de bobos haciendo o diciendo bobadas. Casi nadie se esfuerza por fingirse inteligente, ni por resultar inteligible, que es más fácil. Salen Presidentes (Trump, Johnson, Maduro, Erdogan, Sánchez) y ministras, actrices, tertulianos, escritores, politólogos, supuestos científicos, psicólogos, directores de teatro, incluso médicos, y es raro el que no suelta una sandez incoherente o una obviedad, o balbucea frases incomprensibles y contradictorias; eso sí, con una sonrisa ufana y creyéndose que deslumbra o hace gracia. Claro que hay excepciones (en disminución vertiginosa) que a menudo son mal vistas. Si uno no hace el ganso ni anuncia una burrada, está dando la nota, o acaso ofende a las huestes crecientes de tontos vocacionales. El idiota italiano que me mató antes de tiempo por lo visto es popularísimo. En las imbecilizadas redes sociales, como corresponde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 26 de enero de 2020. ‘Lo inaudito cotidiano’

Tal vez recuerden mi estupor de hace unos meses cuando oí a un pedagogo, consultado por TVE como “experto”, afirmar que los niños de familias pudientes utilizaban 3 millones más de palabras que los vástagos de los pobres. La ignorancia de aquel sujeto era tal que desconocía cuántos vocablos tienen las lenguas, unas más que otras; pero dado que el Diccionario español (un idioma rico en vocabulario, no como el noruego o el sueco) alberga unos 93.000… Bueno, ya lo dije entonces: esos niños suyos, además de acaudalados, habían de ser por fuerza tan inventivos como J.R.R. Tolkien y George R.R. Martin.

Pero veo que la loca y tramposa tendencia al abultamiento de las cifras ha triunfado también entre los periodistas, que sueltan cosas inverosímiles, cuando no engañosas, con tal de que todo suene catastrofista y desmesurado y la gente se alarme. Durante la larga huelga francesa contra la reforma de las pensiones, TVE y la Sexta (cada día más parecidas en su ansia apocalíptica) nos dieron la sorprendente noticia de que, debido a la falta de transporte público, “a las puertas de París” había 600 km de atasco. El espectador se quedaba atónito, imaginando un embotellamiento ininterrumpido en la distancia que separa Madrid de Barcelona. Lo que los brillantes reporteros habían hecho era contar 5 km por aquí, 6 por allá, 2,5 por más allá, y entonces, quizá, sumando todo eso, salían los falaces 600 pregonados. Unas semanas después, con motivo de los gigantescos incendios no de Australia entera, como se decía, sino de los Estados de Nueva Gales del Sur y Victoria, se aseveró, con cataclísmico regodeo, que habían causado la muerte de 500 millones de animales. Pero, como eso les debió de parecer una minucia, al día siguiente elevaron la cifra a 1.000 millones. No pude por menos de admirarme de la cantidad de bichos existentes en esos dos Estados. No tengo ni idea, claro, pero en principio 1.000 millones (sólo entre los perecidos) resulta algo exorbitante. A menos, desde luego (y esto se me ocurrió gracias al término “bichos”), que se incluyeran como unidad cada rata, cada mosca, cada mosquito y cada hormiga. Con todo y con eso, me pregunto cómo diablos alguien se ha dedicado a contabilizar y verificar la defunción por fuego de todos ellos. Francamente, no veo a nadie rebuscando, en medio de llamas incontroladas, cadáveres de insectos achicharrados. En fin, no descarto ser yo el equivocado, y que los animales (o lo que solemos entender por tales) se cuenten en Victoria y Nueva Gales del Sur por la fabulosa cifra de billones de billones.

No son sólo números inauditos lo que en la actualidad se oye y lee sin que nadie se inmute ni discuta ni cuestione nada. Lo inaudito es cotidiano. Así, varios días después de que todo el país estuviera enterado (salvo el Rey, probablemente) de quiénes iban a ser los cuatro ministros que a Unidas Podemos les han rentado sus 35 menguados escaños, su jefe salió en una entrevista aduciendo que la discreción, y lo acordado con el PSOE panoli (qué genio de la negociación, Lastra), le impedían revelar esos nombramientos… que sólo él había hecho y sólo él podía conocer en primera instancia. Un prodigio de discreción, el suyo.

También hay que preguntarse qué le ha sucedido a mucha gente para pensar de manera rara, confundirlo todo y creer que tiene “derechos” imposibles. Una chica cargada de razón argumentaba en televisión lo siguiente (cito de memoria): “Es que yo tengo derecho a meterme en una red de contactos, establecer una cita con quien me dé la gana, salir con esa persona y que no me pase nada”. Daban ganas de contestarle: “Mire, no, tiene derecho a hacer lo que le plazca, a quedar con un desconocido y a irse con él a la cama, al Polo Norte o al desierto de Gobi, pero no a que no le pase nada. A nadie puede garantizársele eso”. También vi a otra joven quejarse en tono agraviado: “Nos instan a que seamos emprendedores, pero es que nadie te enseña a emprender…” Como si a los emprendedores de la historia se les hubieran impartido cursos. Alguien en verdad emprendedor lo es espontáneamente, santo cielo. Lo mismo que un escritor, desde Cervantes a Faulkner, ¿o creen que acudieron a talleres para que unos burócratas los adiestraran? Se han arrojado ya al mundo varias generaciones frágiles como la porcelana, a las que hay que guiar de la mano hasta el último peldaño de sus ambiciosas carreras, y a las que hay que proteger del aire. He oído al director de un museo anunciando unas “innovaciones” idiotas “para que la gente no se sienta intimidada por el arte”. Intimidatorio es un matón, un terrorista, un mafioso, pero ¿por qué habría de serlo el arte? ¿O por qué las librerías, algo que se oye asimismo a menudo? Ni en ellas ni en ningún museo se va a asustar al visitante, ni siquiera se lo va a someter a un examen. Una cantante internacional se lamentaba en una entrevista, hace semanas: “Hay una carga que las mujeres seguimos acarreando: la presión de ser comparadas unas con otras”. Ay Señor, ¿qué es lo que se creerá que les ocurre a los hombres? Y desde hace muchos más siglos. O bien cabría responderle: “¿Y qué quiere? No se meta usted a ser diva, que nadie la obliga”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2020. ‘El amigo extraviado’

Confío en su benevolencia para que hoy me permitan utilizar esta página como mensaje personal, a ver si así consigo comunicarme con un viejo amigo extraviado, o más bien elusivo. Del todo extraviado no está, ya que viene de su mano la única alegría que cada año me traen las abominables fiestas navideñas, que en este país jaranero duran los cuarenta días que ningún otro sitio puede consentirse, ya que dañan a la economía (apenas se trabaja durante el periodo, y en cambio se gasta lo que no hay) y sobre todo a la salud mental: entre los que se deprimen, los que se pelean en las cenas familiares o de empresa, los que se sienten muy solos y los que intentan ser productivos sin éxito, asediados por estridentes músicas en las calles y masas enloquecidas sin motivo, casi todo el mundo termina exhausto, arruinado, gordo, con el estómago hecho trizas y con amistades echadas a perder. El 8 de enero se cuentan las bajas, el dinero volatilizado y los días desperdiciados por una u otra perturbación.

Pues bien, lo único que me compensa de estas fechas es que me llega puntualmente un sobre del amigo extraviado, Nacho Amado Díaz-Varela, cuyo segundo apellido le adjudiqué al principal personaje masculino de mi novela Los enamoramientos. Me contenta saber que al cabo de los siglos se sigue acordando de mí, aunque tiene la mala y deliberada costumbre de no poner nunca remite, y hace años que no le puedo contestar. También ignoro su teléfono, y las últimas y turbias señas de que dispuse resultaron ya inservibles —mi carta me fue devuelta con un tajante “Desconocido”— hace no menos de un decenio. Era amigo de la primera juventud y lo conocí a través de mi primo el pintor Carlos Franco, cuya obra más vista es hoy casi anónima, los frescos de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. Ni siquiera él sabe cómo contactar con Nacho Amado, de cuya vida sé sólo retazos desde que nuestros caminos se separaron. Hubo un tiempo, hacia nuestros dieciocho años, en que se presentaba a menudo sin avisar en casa de Carlos o en la mía.

Pero era tan simpático y su compañía tan grata que, aunque uno estuviera ocupadísimo, abandonaba con gusto cualquier quehacer y le dedicaba la tarde a su inesperada visita. Poseía algo infrecuente y muy de agradecer: una extraordinaria capacidad para ver la comicidad de las cosas, de las frases, de las situaciones, de las escenas de las películas y de cuanto llegara a sus ojos y oídos. Lo que le hacía gracia se le quedaba grabado (compruebo en sus sobres navideños que aún es así, y que guarda memoria de episodios mínimos que, cuando me los recuerda, todavía me hacen reír). Al principio era atleta, lanzaba la jabalina; después se hizo bombero, creo que forestal; durante una época se dedicó a criar perros en algún lugar cercano a Madrid; más tarde, tengo la vaga idea de que se casó y separó de una estadounidense que curiosamente había sido alumna mía en un curso de los primeros años ochenta, impartido en mi ciudad; con ella o por ella viajó largo tiempo por su país; sé que más adelante viajaba a África a menudo, y sobre todo al Extremo Oriente, donde deduzco que aún pasa temporadas. Nunca tuve ni idea de qué lo reclamaba en esos lugares, y la fantasía es libre: me figuro al atlético Nacho como mercenario, como traficante de algo o como a Christopher Walken abducido por la ruleta rusa en Saigón, en la película El cazador. Todo esto es imposible, claro, pero, como nada sé, cualquier disparate cabe en mi imaginación.

En sus largos mensajes navideños no cuenta, no da noticias, no me pone al día. Se limita a enumerar aquellas frases o situaciones que nos hacían reír en la primera juventud. Luego pasa a lo que llama “hit parade”, y destaca, fuera de contexto, fragmentos de artículos míos que le han parecido chuscos o le han arrancado una carcajada. Así aislados, me cuesta identificarlos, pero veo que conserva intacta su capacidad para captar la comicidad, voluntaria o involuntaria. Ya en los tiempos remotos su ídolo en cine era Polanski, y en literatura Modiano. Supongo que estará satisfecho de que el primero aún haga películas y al segundo le cayera el Nobel. Sin embargo, no los menciona ahora. Sus falsas cartas están llenas de citas, no de escritores, sino de conocidos. Siempre le hicieron especial gracia los adustos comentarios de mi tío Ricardo, padre de Carlos, médico que había estado en la División Azul y que lo reprobaba todo con sorna. En la de este año recupera lo que dijo cuando me vio con las largas melenas que hace poco confesé haber lucido entre 1972 y 1974, algo así. Mirándome de reojo con indescriptible desdén, preguntó a su alrededor: “Y este, ¿por qué se viste de Gerónimo?”, y prosiguió con su cena. También se le cuela esto, en broma seguramente: “Aunque permanecerás en silencio, siempre me digo: Este año tendrás carta de Javier”. Llevo una década intentando romper mi silencio, en vano. Alguien que todavía es capaz de provocarme las sonrisas y risas de antaño, alguien que parece no haber cambiado de carácter ni haberse desengañado a lo largo de tantísimo tiempo, no merece estar extraviado. O, mejor dicho, no me lo merezco yo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2020

Por alusiones


Rebecca West retrata a «La familia Aubrey»
MERCEDES MONMANY
Abc Cultural, 10 de enero de 2020


‘Letra Global’ presenta su segundo número con un debate sobre Barcelona como capital editorial
ANNA MARÍA IGLESIA
Crónica Global, 15 enero 2020

Peter Kaldheim: «Glorificar el síndrome de abstinencia es como el porno de la adicción»
MARTA AILOUTI
El Cultural, 15 de enero de 2020

“Todas las lenguas discriminan a la mujer”
MARIOLA RIERA
El Día (Tenerife), 22 de diciembre de 2019

El autor de entrevistas inventadas que se ha atribuido tres bulos de fallecimientos en una semana
PABLO CANTÓ
El País, Verne, 15 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 12 de enero de 2020. ‘Sobre los límites del engaño’

Por lo menos llevo veinticinco años reflexionando sobre el engaño, y eso me ha hecho desarrollar hacia él cierta tolerancia. Ya en una novela de 1994 hice decir al narrador lo siguiente: “Vivir en el engaño es fácil y nuestra condición natural, y en realidad eso no debería dolernos tanto”.

Y sí, suscribo esa frase: los engaños que padecemos o descubrimos no tendrían por qué sorprendernos. La vida consiste en gran medida en una sucesión de ellos, deberíamos estar acostumbrados y no sentirlos como decepción o disgusto insuperables. Años más tarde titulé una recopilación de artículos A veces un caballero, que en realidad era una especie de lema mío incompleto: “A veces un caballero debe dejarse engañar”, inspirado, supongo, por unos versos de Stevenson: “Corazón Grande fue engañado. ‘Muy bien’, dijo Corazón Grande”. Y aunque ya no esté en tiempo de lemas, aún me vale el mencionado, se sea o no un caballero (de hecho han dejado de existir definitivamente). Hay ocasiones en que uno se percata de que se lo intenta engañar, y le toca permitirlo. Por poner un ejemplo sencillo que todos hemos probado: si alguien nos pide dinero por la calle y nos cuenta una fábula evidente (un día tras otro, sin recordar nuestro rostro, nos dice que le han robado la cartera y que ha de tomar el autobús interurbano porque tiene a los niños solos), puede que la actitud más noble no sea desenmascararlo, sino fingir que le creemos y darle algo, para que lo gaste en lo que quiera. Y así a menudo con la gente necesitada o desesperada, que, por así decir, tiene cierto derecho a mentir y a engañarnos. Eso es lo que yo opino, al menos.

Con los políticos damos también por descontado que nos tocará sufrir buenas dosis de engaño, porque en eso consiste su profesión. Prometen e incumplen, anuncian y postergan, ocultan sus intenciones y juran en falso. Pero, claro, todo tiene su límite, del mismo modo que a la quinta vez que el pedigüeño nos suelta la misma trola, es probable que le neguemos la ayuda y le pidamos que haga por inventarse otra historia. El límite también depende de la magnitud del engaño, de la reiteración, de cuán innecesario sea y de que se ofrezcan o no explicaciones, aunque éstas no sean convincentes. El Partido Popular rebasó el límite con creces tras los atentados del 11 de marzo de 2004. Ya había engañado a lo bestia un año antes, con la Guerra de Irak; sin embargo, el cinismo del Ministro del Interior, Acebes, al afirmar con rotundidad que la salvajada había sido obra de ETA, sabiendo ya que se había tratado de un ataque yihadista, resultó intolerable. Mucha gente, como yo, nos juramos no votar nunca a ese partido (no que tuviera la menor tentación; pero nos entendemos).

Ahora el PSOE ha rebasado la línea, y en virtud de eso se convierte en otro partido al que no me será posible votar en el futuro, como no se lo será a muchos otros. La dimensión del engaño no es comparable, obviamente, a la del PP en 2004, entonces estábamos llorando a doscientos cadáveres. Pero es inaceptable que el pasado julio Pedro Sánchez declarara (por no insistir en lo del insomnio): “Necesito un Vicepresidente que defienda la democracia española, que diga que este país tiene un Estado social y democrático de derecho, que el poder judicial es independiente del ejecutivo y que aquí no se persigue a nadie por sus ideas”, y que el 12 de noviembre se abrazara en público a Pablo Iglesias y anunciara su propósito de nombrarlo Vicepresidente. Que sepamos los ciudadanos, Iglesias no se ha retractado de sus antiguas afirmaciones; es más, después del poco sentido abrazo, aseguró que la monarquía constitucional que refrendamos es responsable de la corrupción, de que los jueces no sean independientes y de elecciones amañadas, si mal no recuerdo.

Tampoco es admisible ni coherente que al PSOE le horrorizara tanto la condena por corrupción del PP como para impulsar y ganar una moción de censura —bien—, y que en cambio le parezca baladí la condena del líder de Esquerra Republicana de Catalunya por el más grave delito de sedición. Este partido en pleno, junto con otros, suprimió ilegalmente el Estatut el 6 y el 7 de septiembre de 2017, y puso en marcha una espeluznante Ley de Transitoriedad que privaba a los catalanes de algunos derechos y discriminaba a una parte. Por ese motivo sus dirigentes fueron juzgados, no por el referéndum-farsa del 1 de octubre del mismo año. Cierto que en política mucho puede cambiar, pero el cambio ha de verse y explicarse, mal que bien o mal que mal. Cuando escribo esto, han transcurrido seis largas semanas desde las elecciones del 10 de noviembre, y Sánchez, con un desprecio comparable al de Acebes en su momento, no se ha dignado balbucear unas palabras para justificar que quiera como Vicepresidente a quien en julio le parecía totalmente inadecuado, o que la condena en firme a Junqueras y compañía la juzgue una nimiedad que en modo alguno le impide negociar con su contumaz partido y mendigarle una abstención retribuida que le permita continuar en La Moncloa. A veces un caballero, una dama y quienes nunca han querido serlo deben dejarse engañar; y a veces no pueden pasarlo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 5 de enero de 2020. ‘Sobriedad y carnavalada’

Con muy raras excepciones, casi todas las obras de arte que me han conmovido tenían un elemento común: la sobriedad. O cierta contención, o que no fueran muy explícitas ni desde luego desgarradas, histéricas ni altisonantes. Una pieza de Bach o de Schubert me emociona mucho más que el celebérrimo concierto romántico de Rachmaninov o que el Brahms más desatado. Un cuadro de Velázquez o Rem­brandt más que una sobrecargada escena de Rubens o El Bosco o Delacroix. Una película de Ford o Hitchcock o Renoir más que el mayor melodrama (y los hay maravillosos, eso aparte). ‘Los muertos’, de Joyce, infinitamente más que su narcisista Ulises; Conrad siempre más que Dostoyevsky. En numerosas películas mediterráneas, cuando veo a la gente llorar y gritar desconsoladamente ante la muerte de un ser amado, me cuesta creerme su dolor, por muy auténtico que sea. Lo mismo al ver las noticias: las personas que lloriquean con motivo o sin él, por cualquier cosa; las que se indignan aspaventosamente ante las cámaras, las que repiten sin cesar cuánta pena les da tal situación o cuánto quieren a los suyos o a las focas, las que braman contra las injusticias sobreactuando…; seguramente sean sinceras, pero suenan a mentira y farsa, y en seguida me entran dudas de si lo que más les importa es que se admire su rabia o su desesperación, y no tanto que se condene el origen. Con su exhibicionismo anulan los problemas, que pasan a segundo término. Parecen estarnos diciendo: “Miradme cómo padezco, cómo me emociono, cómo me sublevo, cómo me apiado”.

Por desgracia, la sobriedad ha sido expulsada del mundo, incluso en los países más sobrios y flemáticos: un mal augurio fue la muerte de Lady Di, que llevó de pronto a los ingleses a comportarse como rocieros ante su Virgen o como napolitanos en un entierro. Si Inglaterra se pone a gimotear y pierde las formas en el duelo, poca esperanza nos queda, pensé. Esta es la razón por la que hoy en día sospecho hasta de las mejores causas, las más nobles. Todos estamos de acuerdo (salvo Trump y otros desalmados) en la gravedad del calentamiento global. Pero cuando a la cumbre celebrada en Madrid la invaden las carnavaladas; cuando hay jóvenes que actúan ante la adolescente sueca como las novicias más ñoñas de antaño al avistar al Papa de turno; cuando se escenifican performances con musculosos indígenas y demás patochadas, a uno le es casi imposible seguir tomándose la cuestión en serio. No se calibra el daño que hacen a las buenas causas la falta de sobriedad y el auge del folklorismo. Ya no hay manifestación sin batucadas, disfraces y bailoteos. Da la impresión de que mucha gente está pasándoselo en grande con su protesta, de que ésta es en el fondo un pretexto para apiñarse en las calles y sentirse rebaño. Las quejas se confunden con los festejos populares típicos del verano. Y así no hay forma de captar la trascendencia de las reivindicaciones. Todos se han vuelto cursis: los políticos clausuran sus mítines cogidos de la mano y meciéndose al son de una cancioncilla; también bailan la suya, insultante para la mitad de la población, ciertas mujeres airadas. Los animalistas puede que lleven razón en algún punto, pero cada vez que se desnudan en una plaza, se untan de simulada sangre y se tiran por el suelo teatreramente, el escepticismo se instala en el ánimo del espectador y le dan ganas de mandarlos a paseo con sus mamarrachadas.

Los llamados “sin techo” están en situación angustiosa, y la vemos a diario en nuestros barrios. Pero cuando unos frívolos “solidarios” deciden pasar una noche al raso para “visibilizar” el problema, me provocan repugnancia. Calman sus conciencias y “juegan”, durante unas horas, a ser individuos sin hogar, y el rechazo que suscitan consigue insolidaridad: habrá otros que piensen: “No quiero tener nada que ver con estos irrespetuosos y falsos”. Durante años los independentistas catalanes se han dedicado a montar coreografías y a venderles camisetas varias a las familias y a los jubilados, que en cada ocasión han acudido y comprado con espíritu de merienda o de picnic, llenando su tedio y sintiéndose “útiles” en su obediencia, o en la estafa prolongada de la que son víctimas. Inconcebible tomarse en serio sus aspiraciones, como también el pavoneo de los señoritos encapuchados, pendencieros y violentos, que luego exigían que se les aprobara el curso, por patriotismo. (Inconcebible, salvo por las reminiscencias alemanas de todo ello.)

Mientras todo esté distorsionado por las carnavaladas, difícil será que nadie preste atención a las reclamaciones. Lo mismo que esas carreras “por el cáncer de mama, por las enfermedades raras” o por cualquier pretexto incongruente para salir a sudar en masa. Hoy abundan los libros en los que se afirma que esto o aquello “es hermoso”, que “sólo el amor nos salva” o que “me sentí devastado” (con el anglicismo inevitable). Cuando se escriben ufanamente tales bobadas sonrojantes, uno arroja el volumen bien lejos. Idéntico riesgo corren las luchas más justificadas y acuciantes, mientras todo sea histriónico y exhibicionista, y la sobriedad no regrese

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 29 de diciembre de 2019. ‘Mis vecinos de otro tiempo’

Se cumplen veinticinco años de vivir donde vivo la mayor parte del tiempo, en el Madrid de los Austrias, así que llevo ya largo rato paseando por sus calles. Esta capital y sus nefastos Ayuntamientos (pronto tocará un repaso al actual, a la bajura de los anteriores) se han caracterizado por destruir y demoler cuanto había, luego poco queda con antigüedad. Uno de sus escasos aciertos fue la colocación de placas conmemorativas en los muros, a la manera londinense. La mayoría (no todos, ay) son romboidales y de color crema, y se distinguen bien. Pero, como poco no fue arrasado, lo más frecuente es que recen: “Aquí estuvo la casa en la que se alojó Alexandre Dumas en 1846” (poco después de sus Tres mosqueteros), o “Junto a este lugar se erigió la Casa del Tesoro, donde vivió Velázquez de 1652 a 1660 y tenía el obrador en el que pintó Las Meninas”, o “… el Palacio del Conde de Lemos, editor de la Segunda Parte del Quijote”. Bien está que se recuerden los edificios fantasmas, que habitaron mis vecinos de otro tiempo, admirables y dignos de remembranza. Así sabemos algo de ellos, y nos cabe imaginar que vieron cielos parecidos a los que vemos y respiraron los mismos aires (más puros pero más hediondos). La gente que pasa por estas zonas apenas se fija y les trae sin cuidado: no sólo las hordas turísticas, que no saben quién fue nadie, sino los propios españoles, cada día más voluntariamente ignorantes. Y sin embargo aquí, en estas calles y plazas, anduvieron algunos de los mejores individuos que han pasado por nuestra historia.

En la Plaza de Oriente no sólo vivió Velázquez, sino también Verdi en 1863, cuando vino a presentar La forza del destino, y Giovanni Battista Sacchetti, principal arquitecto del Palacio Real, muerto en 1764, y Herrera Barnuevo, arquitecto y pintor de Felipe IV, muerto un siglo antes, en 1671. Mucho más tarde, en 1918, el notable poeta uruguayo Vicente Huidobro, y también el mítico tenor Gayarre, sobre cuya vida vi de niño una película interpretada por Alfredo Kraus, y siempre que pienso en uno u otro me acuerdo de una deliberada metedura de pata de mi abuelo Emilio, médico tan simpático como impertinente, que tras una actuación del segundo fue a felicitarlo con este comentario demente: “Qué bárbaro, Kraus, cómo canta; de lejos parece una gallina”. Muy cerca, en la calle de Santa Clara, vivió y se mató el joven Larra en 1837, y algo más acá, en la del Espejo, tuvo Goya su casa en 1777, que también la tuvo en el 6 de la calle Santiago, al lado, aunque ahí no hay placa. Sí la hay, en cambio, de George Borrow, “Don Jorgito el inglés” en el barrio entre 1836 y 1840, al que hoy casi nadie lee, pero que escribió un divertidísimo libro viajero, La Biblia en España. En la prolongación, en Milaneses, tuvo sus juegos callejeros de infancia Lope de Vega, junto a otra iglesia desaparecida, San Miguel de los Octoes. Y casi enfrente, ya en Mayor, vivió y murió Calderón de la Barca, y paseó Boccherini. En Mayor esquina a Coloreros fue asesinado en 1622 Juan de Tassis, Conde de Villamediana, de vida audaz y pendenciera y poesía que merece ser leída, y en la esquina con Almudena emboscaron y despacharon a Juan Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, el hermano bastardo de Felipe II, el Lunes de Pascua de 1578. Muy cerca estuvieron las mansiones de la Princesa de Éboli, conocida tal vez por las masas como “la del parche en el ojo”, y en ellas fue arrestada por orden del mismo Rey en 1579.

En la recóndita Plaza del Biombo, en la iglesia de San Nicolás, fue bautizado Ercilla en 1533. Tampoco él es hoy muy leído, pero fue autor del célebre poema épico La Araucana, quizá menos olvidado en Chile; y si uno cruza Mayor hasta Pretil de los Consejos, verá el lugar que albergó el Estudio de Humanidades que dirigió López de Hoyos y del que fue discípulo el joven Cervantes. En Arenal se encuentra la iglesia de San Ginés, que considera hijos suyos a Quevedo, Lope de Vega y al gran músico Tomás Luis de Victoria, al primero por haber sido bautizado, al segundo por haber casado allí, y al tercero porque en 1611 falleció “cabe su muro”. Al subir una bocacalle, Fuentes, uno se entera de que en una pensión se hospedó, en 1862 y 1863, un Pérez Galdós veinteañero. Me parece bien que, pese a los tiempos que corren, se recuerde al torero “Frascuelo”, muerto en 1898, y en otro lugar el sitio donde estuvo el Gran Oriente, sede de los masones mucho antes de que los persiguiera Franco. También me gusta la placa de alguien cuyo nombre desconocía, en memoria del maestro José Cubiles, cuyo piano sonó en la Plaza de Oriente entre 1928 y 1971: cuarenta y tres años de melodías bien merecen un homenaje. En la Costanilla de San Andrés se erigieron las casas de Ruy González de Clavijo, justamente recordado por haber sido embajador del Rey Enrique el Doliente en la Corte de Tamerlán el Grande, en la remota Transoxiana, entre 1403 y 1405. Y también anduvo por aquí mi madre: vivió en Mayor 11 y 13 cuando era muy jovencita.

Ya que los edificios no perviven apenas, que al menos se sepa que aún rondan por estas plazas y calles las sombras de mis vecinos más distinguidos de los últimos cinco o seis siglos. Extrañamente, hacen compañía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 22 de diciembre de 2019. ‘Destructores del fútbol’

Los responsables de la Federación Española de Fútbol y de La Liga, Rubiales y Tebas, se detestan sin disimulo y se combaten en todos los frentes menos en uno: actúan mancomunadamente para destruir el fútbol. Eso sí, con la criminal colaboración de presidentes de clubs, insaciables marcas deportivas, millonarios árabes, rusos o asiáticos convertidos en groseros propietarios de equipos antaño nobles, televisiones enloquecidas, codiciosas casas de apuestas y parte de las hinchadas, dedicadas a arrasar las ciudades que visitan. Sin olvidar a modistas de gusto pésimo ni a Mourinho.

Hace un mes le confesé a mi amigo y editor Juan Díaz, culé fanático (y por tanto antimadridista a ultranza), que ya no seguía el campeonato de Primera División. No me dio crédito y le expliqué: “Lo han convertido en una competición sin interés y, sobre todo, indescifrable. Cada poco se interrumpe para que se juegue un apasionante España-Malta, o, en otras áreas, un Chipre-Alemania, un Inglaterra-Islas Feroe y un Liechtenstein-Italia. Eso cuando el enfrentamiento no es entre Moldavia y Estonia. O amistosos ociosos. A la siguiente jornada de Liga, uno ha perdido comba, no recuerda quién la encabezaba ni quiénes estaban en descenso. Para compensar, a veces se juegan partidos en martes, miércoles y jueves, de los que pocos se enteran y que contribuyen al desconcierto.

Cuando por fin hay encuentros en fin de semana, los horarios son descabellados: a las 12, a las 13, en viernes, sábado, en domingo a las 21, cuando los lunes suelen ser laborables. Quieren robarnos partidos para entregárselos a Arabia Saudí o a Miami, dos lugares sin tradición y un Estado delictivo el primero. Añádele a todo eso que es casi imposible adivinar qué equipo es cuál. Saltan al césped vestidos de fucsia irisado o de rosa palo, de verde limón o de orina, la mayoría de las veces sin necesidad (el cambio de uniforme se justificaba sólo por la posible confusión de colores). Esta temporada tu equipo, el Barça, va como el Sabadell, a cuadros ‘arlequinados’, o más frecuentemente de amarillo nada neutral”. No es el caso de Juan Díaz, que será culé inquebrantable por lo menos hasta que se retire Messi, pero conozco a bastantes barcelonistas que este año se han declarado en huelga contra el club de sus amores por considerarlo colaboracionista —ay, ese amarillo no es casual en Cataluña— del Régimen de Vichy que pretenden imponer Puigdemont, Mas, Junqueras, Torra y compañía. Como lo juzgan totalitario y una calamidad para su país, ya no pueden ir con el Barça como toda la vida. (Los jóvenes que ignoren Vichy lo encontrarán fácilmente en sus móviles.)

Juan me reconoció que algo de razón llevaba: “Pero no me creo que ya no veas fútbol”. Contesté: “Sí lo veo. Como el juego aún me gusta, sigo Segunda División, A y B, competiciones mucho más dignas. No se interrumpen por un ridícu­lo Macedonia del Norte-España y no se pierde el hilo, y en cada grupo tengo mis favoritos y también mis ‘enemigos’, como en Primera antes de que la mataran. Y los árbitros son menos medrosos y necios. Los de Primera no han caído en la cuenta de que, si un delantero apunta adrede a la mano de un defensa, con la precisión que tienen el balón dará en efecto en la mano, y eso nunca puede ser penalty. Tampoco entienden que a veces los jugadores no son derribados ni fingen haberlo sido, sino que se caen (es fácil a toda carrera) o resbalan. Los de Segunda no se paran tanto a mirar el VAR, que compensa sus ventajas con enormes incordios: la gente debe aguardar minutos para cantar un gol hoy en día”. Juan seguía sin creerme: “¿Me vas a decir que te traen sin cuidado el Barça, el Madrid, el Atleti, la Real, y que sólo te importa el Numancia?” “Al Numancia lo sigo desde la infancia por mis veraneos en Soria, mucho antes que Handke; y también voy con el Cádiz, porque la ciudad y el equipo me encantan. De Segunda B, mis preferidos son el Castilla (filial del Madrid) y el Rayo Majadahonda (por vivir allí un hermano mío) en el grupo I; en el II, la Cultural Leonesa, porque siempre admiré su nombre y la ciudad a la que pertenece, y el Arenas de Guecho, porque es un club histórico que ganó algo importante hace mil años; en el III, el Cornellá; y en el IV el San Fernando, por mi debilidad gaditana. Lástima que no los televisen, no me perdería un partido de la Cultural, como no me lo pierdo del Numancia. Admito que los futbolistas son menos diestros que los de Primera, pero los hay muy buenos. El público es más entusiasta y se alegra más cuando gana su equipo. Las pasiones son las mismas, y aun acentuadas: ya se sabe que la momentánea felicidad del modesto es incomparable con la rutinaria del acaudalado”. No, no logré convencer a Juan Díaz. Se quedó mirándome como a un loco o maliciándose que le hablaba en broma. Lo segundo no lo hacía. Lo primero no lo descarto, pero la culpa no sería mía, sino de Rubiales y Tebas y el resto de enumerados al principio. Él, mientras Messi siga en activo, seguirá besando la camiseta amarilla o arlequinada. Yo sigo todavía al Madrid, en la medida de lo posible, de lejos, y mientras esté Zidane a su frente. Mi Vichy particular, no lo oculto, sería el regreso de Mourinho.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 15 de diciembre de 2019. ‘Un olvido recordado’

En el suplemento Ideas de hace unos domingos, un artículo de Sara Mesa conmemoraba los cuarenta años de la defunción de la pionera revista Vindicación feminista, que duró de 1976 a 1979, sacó 29 números y llegó a tener unas ventas de 25.000 ejemplares. Como se consignaba, la fundaron Lidia Falcón y Carmen Alcalde y en ella sólo escribían mujeres, entre las cuales estuvieron Ana María Moix, Nativel Preciado, Maruja Torres, ­Marta ­Pessarrodona, Cristina Alberdi, Anna Estany y Rosa Montero, además de otras de nombre más olvidado. Una de ellas se llamaba Luisa Viella y en realidad nunca existió, porque ese fue el pseudónimo que las directoras me eligieron para una crónica o reportaje, ignorando que yo lo había escrito. Así que debo de ser el único varón que, clandestinamente, colaboró en aquella revista, al parecer hoy venerada por las feministas nuevas.

Yo mismo lo había olvidado, hasta leer el mencionado artículo. No hubo por mi parte ánimo de engaño, todo lo contrario: deseo de ayudar a una conocida que sufría el permanente acoso de su marido, con alguna agresión incluida (estaba separada de él, pero no hubo divorcio en España hasta 1981). Vivía yo entonces en Barcelona, donde nació Vindicación. La mujer en cuestión era amiga de la mujer con la que yo convivía. La acosada se llamaba Nati Lorenzo, y supe tiempo más tarde que había muerto en un accidente (eso me dijeron) al resbalar desde un tejado. Estaba tan desesperada, y tan desprotegida por la ley, que decidió contar su historia a la revista, con la esperanza de que la airearan las responsables. Éstas dieron su visto bueno y le encomendaron un texto con el relato de su caso en tercera persona. Pero Nati no sabía hacer eso, darle orden ni expresión ni escribirlo “desde fuera”. Así que su amiga me pidió a mí que le echara una mano (había ya publicado mis dos primeras y juveniles novelas). Nati me contó, tomé notas, y le entregué una pieza que se publicó en número y fecha que desconozco, pues en el recorte que guardo en mis viejas carpetas no figuran ni lo uno ni lo otro. Pero sí conservo el texto, debió de formar parte de una sección fija, “El hecho flagrante”. Se tituló “Una mujer al desamparo de la ley” y comienza así: “El hecho flagrante nos viene relatado hoy por Natividad Lorenzo, de 36 años. Nati es madre de tres hijos y lleva año y medio separada provisionalmente de su marido Antonio, tras doce años de matrimonio, más que de vida en común, con él”. La crónica es bastante extensa, ocupa dos páginas impresas en letra apretada y lleva dos ilustraciones: una foto en la que se ve (poco) a Nati y a sus tres hijos, dos niños y una niña, y un fragmento de una “Providencia” del juez Castro y Ancós, por la cual, entre otras cosas, se prohíbe la entrada al domicilio conyugal de cualquier persona “extraña al mismo”.

Recuerdo que cuando Nati presentó el escrito a las directoras de Vindicación feminista, éstas le preguntaron quién se lo había hecho. Dado que mi abuelo se apellidó Marías de Sistac, le sugerí que dijera: “Una amiga, Maria Sistac”, que sonaba suficientemente catalán. Así lo hizo, y la respuesta fue: “Bueno, deja que el nombre lo elijamos nosotras”. El texto de Luisa Viella, pues, termina con estos párrafos, según veo: “Y, sin embargo, el padre y el hermano de Nati se han presentado en su casa: tuvieron ese atrevimiento, y la osadía le ha costado a Nati que se siga contra ella proceso criminal por desacato a la autoridad. Esto quiere decir que Nati puede acabar con sus huesos en la cárcel durante una temporada (pues a lo mejor para cuando tenga lugar el juicio Antonio se ha retrasado varios meses en el pago de las mensualidades y Nati no tiene con qué abonar una fianza) por haber sido visitada por su padre y su hermano en el domicilio en el que habita. ¿Y por qué se prohibió la entrada de cualquier persona ajena al domicilio conyugal? El juez, por el mero hecho de ser Nati mujer, da esa orden. ¿Dónde están las pruebas que demuestren que Nati lleva una vida desordenada? No las hay, pero no importa: Nati es mujer y, por lo tanto, siempre será culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Pero nada de esto es desacostumbrado…, porque estas leyes son así para todas las mujeres, la ley es moral y la moral es costumbre… Nati vive encerrada, sin poder pasar una noche fuera o recibir a su propio padre; vive en una especie de libertad provisional, casi en un régimen de prisión atenuada, merced a las resoluciones judiciales de un juez y unas leyes que, una vez más, atentan descaradamente contra la mujer”.

Sería 1976 y tendría yo 24 o 25 años, calculo. En mucho he cambiado, pero podría suscribir las viejas palabras de Luisa Viella, a quien había olvidado. Entonces sí que eran aún atroces la desprotección y el sometimiento de las españolas. Sería de agradecer que no se fingiera que nada ha variado desde aquellos días. Y que no llamen machista, “machirulo” y otros idiotas vocablos a quien fue colaborador oculto de la mítica Vindicación feminista, en tiempos mucho más difíciles que estos para las mujeres.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2019. ‘Dos décadas de antipatía’

Dejemos a los gobernantes de hace cuatro domingos y volvamos, pues, al costumbrismo. Miremos un poco más, con los ojos de mañana, las dos primeras décadas del siglo XXI, aquel tiempo en el que la gente solía estar muy satisfecha de sí misma, se consideraba “supersolidaria”, “empática” a más no poder, y se afanaba en buscar “causas” (eso tan propio de las personas tristes), y, si no las hallaba, se las inventaba. Se decidió que había que poner fin a toda injusticia, discriminación e “invisibilidad”, que al pasado había que castigarlo y la historia modificarla, es decir, falsearla. Lo que ocurrió y no nos gusta, o nos parece condenable, neguemos que ocurrió o cambiémoslo, los hechos no importan y la verdad aún menos. El resultado de todo esto fueron nuevas o viejas injusticias, discriminaciones e “invisibilidades”, una absoluta falta de entendimiento de lo que había sido avanzado y beneficioso en cada época (según aquellos soberbios, todo el pasado había sido un error repugnante), y, en consecuencia, un desmedido aumento de la intolerancia. Nadie estaba a salvo: a los individuos se los censuraba por utilizar plástico, por viajar en avión, por ir en coche, por comer carne, por beber, por fumar, por follar y sobre todo por intentarlo, por ser madrileño o parisino o extremeño, por oponerse y por no oponerse a algo, por defenderlo y por no defenderlo. No había manera de acertar, uno siempre se la cargaba. Todo era criticable y casi nadie estaba nunca contento con nada.

A toda actitud se le veían defectos espantosos y no había sujeto que no cometiera pecado: si uno se disfrazaba de mariachi se estaba burlando de los mexicanos; si de torero, de los españoles; si se ponía un kilt, de los escoceses. Si un actor blanco interpretaba un papel que no fuera de blanco, incurría en indignante “apropiación cultural”. Nadie se quejaba, en cambio, de que legiones de asiáticos tocaran piezas de Haydn, Mozart o Beethoven, ni de que un negro hiciera de Duque de Gloucester en una obra de Shakespeare. Las prohibiciones solían ser unidireccionales. El humor se perdió totalmente: la mayoría se tomaba todo al pie de la letra y como ofensa, ya no se reconocían las bromas y los hermanos Marx habrían resultado repulsivos. Las personas andaban cabreadas permanentemente. Muchas se levantaban planeando a quién podrían destruir durante su jornada, como si ese fuera su único aliciente. Se les entregó una herramienta de la que se hicieron esclavas: las redes sociales. Se les hizo creer que con ellas tenían poder, que sus denuestos ya no se quedarían en la esfera de lo privado, sino que el mundo entero sabría de sus malignidades. Ignoraban que la mayoría de las “campañas” estaban orquestadas y eran ficticias; que incontables “usuarios” en realidad no existían, eran bots de Rusia, China o de multinacionales, o bien un grupo de machacas encerrados en una granja o un garaje, que multiplicaban sus consignas y así engañaban a los pardillos: “las redes arden” y demás sandeces, cuando lo único que echaba humo eran los dedos de los machacas atrincherados. Fuera como fuese, esa herramienta dio a los individuos dos sensaciones: de potencia y de impunidad, ya que nadie utilizaba su nombre. El anonimato y la masa son infalibles pruebas para medir la calaña de cada uno: si alguien sabe que no habrá represalias y que ni siquiera deberá encararse con quien está calumniando o insultando, nada le impide ser cruel —si su índole es cruel—. Así que una porción de la población se sintió libre de soltar veneno a raudales contra sus semejantes. Con frecuencia los más ponzoñosos eran quienes se consideraban más rectos, benefactores y “empáticos”. Si un torero era herido, los animalistas se apresuraban a desearle la muerte con terrible agonía, y si se moría un niño que había manifestado su afición a los ruedos, los empáticos aplaudían. Si un policía estaba gravísimo en el hospital, había independentistas muy rectos cruzando los dedos por que la palmara. Si alguien ganaba un premio o tenía éxito, ya podía prepararse para una lluvia de improperios. Y si no ganaba nada y fracasaba, los mismos millares de amargados lo celebraban y le deseaban que jamás se recuperara. La sociedad (no toda, claro) desarrolló una vocación de turba perseguidora, apenas distinta de la que inspiraba los linchamientos, ya saben: si el crimen es colectivo y se ampara en la multitud que lo comete, no hacen falta pruebas ni juicio, es un crimen “del pueblo”, esto es, de nadie. Lo peor fue que en la cabeza de muchos se aposentó la idea de que todo el mundo era culpable “de algo” (aunque fuera retroactivamente) y merecía ser castigado. Con la excepción, claro está, de cada turba perseguidora. Pero como no se recordaba nada de lo acontecido, o se lo había falseado, se ignoraba que las turbas furiosas necesitan alimentar su persecución, y que los siguientes en la lista de perseguibles siempre son los perseguidores primeros. No por otro motivo (basta un solo ejemplo reciente) el perseguidor Gabriel Rufián fue tachado de “traidor” por sus propios correligionarios hace unas semanas. Pero descuiden, porque quienes se lo llamaron acabarán también perseguidos.

Lo más suave que puede decirse de aquellas décadas iniciales del XXI es que fueron tan idiotas como ceñudas, y tan retrógradas como antipáticas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2019