LA ZONA FANTASMA. 18 de marzo de 2018. ‘Nazística’

En los últimos tiempos se ha impuesto una consigna según la cual, en cuanto alguien menciona en una discusión a Hitler y a los nazis, pierde inmediatamente la razón y no ha de hacérsele más caso. Me temo que esa consigna la promueven quienes intentan parecerse a los nazis en algún aspecto. Para que no se les señale su semejanza (y hay muchos, de Trump a Putin a Maduro a Salvini), se blindan con ese argumento y siguen adelante con sus prácticas sin que nadie se atreva a denunciarlas. Evidentemente, si la palabra “nazi” se utiliza sólo como insulto y a las primeras de cambio, se abarata y pierde su fuerza, lo mismo que cuando los independentistas catalanes tildan de “fascista” al que no les da la razón en todo, o las feministas de derechas llaman “machista” a quien simplemente cuestiona algunos de sus postulados o exageraciones reaccionarios, tanto que coinciden con los de las más feroces puritanas y beatas de antaño.

Pero hay que tener en cuenta que Hitler y los nazis no siempre fueron lo que todos sabemos que acabaron siendo. Hubo un tiempo en que engañaron (un poco), en que las naciones democráticas pactaron con ellos y no los vieron con muy malos ojos. También hubo un famoso periodo en que se optó por apaciguarlos, es decir, por hacerles concesiones a ver si con ellas se calmaban y se daban por contentos. En 1998 escribí un largo artículo en El País (“El triunfo de la seriedad”), tras ver el documental El triunfo de la voluntad, que la gran directora Leni Riefenstahl (curioso que las feministas actuales no la reivindiquen como pionera) rodó a instancias del Führer durante las jornadas de 1934 en que se celebró en Núremberg el VI Congreso del Partido Nazi, con más de doscientas mil personas y la entusiasta población ciudadana. Entonces los nazis no eran aún lo que llegaron a ser, aunque sí sumamente temibles, groseros, vacuos, pomposos y fanáticos. Faltaban cinco años justos para que desencadenaran la Segunda Guerra Mundial. Pero ya habían aprobado sus leyes raciales, que databan de 1933 y además fueron cambiando y endureciéndose. Una de sus consecuencias tempranas fue que muchos individuos que hasta entonces habían sido tan alemanes como el que más, de pronto dejaron de serlo para una elevada porción de sus compatriotas, que los declararon enemigos, escoria, una amenaza para el país, y finalmente se dedicaron a exterminarlos. Lo sucedido en los campos de concentración (no sólo con los judíos, también con los izquierdistas, los homosexuales, los gitanos y los disidentes demócratas) se conoció muy tardíamente; en toda su dimensión, de hecho, una vez derrotada Alemania.

Así que comparar a gente actual con los nazis no significa decir ni insinuar que esa gente sea asesina (eso siempre está por ver), sino que llevan a cabo acciones y toman medidas y hacen declaraciones reminiscentes de los nazis anteriores a sus matanzas y a su guerra. Y, lejos de lo que dicta la consigna mencionada al principio, eso conviene señalarlo en cuanto se detecta o percibe. Una característica nazi (bueno, dictatorial y totalitaria) es que, una vez ganadas unas elecciones o un plebiscito, su resultado sea ya inamovible y no pueda revisarse nunca ni someterse a nueva consulta. Es muy indicativo que en todas las votaciones independentistas (Quebec, Escocia), nada impide que, si esa opción es derrotada, se intente de nuevo al cabo de unos años. Mientras que se da por descontado que, si triunfa, eso será ya así para siempre, sin posibilidad de rectificación ni enmienda. A nadie le cabe duda de que el modelo catalán seguiría esa pauta: si en un referéndum fracasamos, exigiremos otro al cabo del tiempo; en cambio, si nos es favorable, eso será definitivo y no daremos oportunidad a un segundo.

El independentismo catalán actual va recordando a El triunfo de la voluntad en detalles y folklore (yo aconsejo ver ese documental cada diez o quince años, porque el mundo cambia): proliferación de banderas, himnos, multitudes, arengas, coreografías variadas, uniformes (hoy son camisetas con lema), patria y más patria. En uno de sus discursos, Hitler imparte sus órdenes: “Cada día, cada hora, pensar sólo en Alemania, en el pueblo, en el Reich, en la nación alemana y en el pueblo alemán”. Sólo eso, cada hora, obsesiva y estérilmente. Se parecen a ensalzamientos del caudillo Jordi Pujol y de sus secuaces respecto a Cataluña. Hace poco Alcoberro, vicepresidente de la ANC, soltó dos cosas reveladoras a las que (siendo él personaje secundario) poca atención se ha prestado. Una fue: “Para muchos, España ya no es un Estado ajeno, sino que es el enemigo”. No dijo el Gobierno central, ni el Tribunal Supremo, dijo España, así, entera. Son los mismos que a veces desfilan gritando “Somos gente de paz” en el tono más belicoso imaginable. La otra cosa nazística que dijo fue: “La independencia es irreversible porque los dos millones que votaron separatista el 21 de diciembre y en el referéndum del 1 de octubre no aceptarán otro proyecto”. En Cataluña votan cinco millones y medio, pero las papeletas de dos abocan al país a una situación “irreversible”. Porque ellos, está claro, no respetan la democracia ni “aceptarán otro proyecto”, aunque las urnas decidan lo contrario.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de marzo de 2018

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Javier Marías firma el manifiesto de apoyo a los pensionistas


Manifiesto

La MERP lanza el manifiesto “Blindemos las Pensiones en la Constitución” firmado por más de 100 personalidades del mundo de la cultura
Bembibre Digital, 17 de marzo de 2018

Los pensionistas salen hoy a la calle en un centenar de ciudades
VIRGINIA MARTÍNEZ
El País, 17 de marzo de 2018

LA ZONA FANTASMA. 11 de marzo de 2018. ‘También uno se harta’

Una joven columnista publica una apasionante pieza enumerando cosas que le gustan y que no, y la primera que no, la que tiene prisa por soltar, es: “Despertar los domingos y que Javier Marías ya sea TT” (supongo que significa trending topic, no sé bien). Coincido plenamente con ella, a mí tampoco me gusta, y al parecer sucede a veces. Yo no escribo para “provocar”, sino para intentar pensar lo no tan pensado. Pero el pensamiento individual está hoy mal visto, se exigen ortodoxia y unanimidad. Hace unas semanas saqué aquí un artículo serio, razonado y sin exabruptos (eso creo, “Ojo con la barra libre”), más sobre la prescindencia de los juicios y su sustitución por las jaurías que otra cosa. Uno acepta todos los ataques y críticas, son gajes del oficio. Lo que resulta desalentador es la falta de comprensión lectora y la tergiversación deliberada. (También uno se harta, y eso sí puede llevarlo a callarse y darle una alegría a la columnista joven.) Al instante, un diario digital cuelga un titular falaz, sin añadir enlace al artículo. Muchos se quedan con eso y se inflaman. No leen, o no entienden lo que leen, o deciden no entenderlo. Uno se pregunta de qué sirve explicar, argumentar, matizar, reflexionar con el mayor esmero posible.

Los ataques no importan, las mentiras sí. Y vivimos una época en que, si las mentiras halagan, se las aplaude. Una escritora que presume de sus erotismos y cuyo nombre omitiré por delicadeza, pidió con ahínco entrevistarme hace unos años. La recibí en mi casa, y se aprovechó de mi hospitalidad —veo ahora— para fisgonear con bajeza y educación pésima, y extraer conclusiones erróneas, o directamente imbéciles y malintencionadas. En otro diario digital me dedica un larguísimo texto lleno de falsedades, una diatriba. Me limitaré a señalar dos mentiras comprobables (imagínense el resto). Afirma que creé, “juguetón él”, el ficticio Reino de Redonda. Mentira: ese Reino lo creó en 1880 el escritor británico M. P. Shiel, nacido en la vecina Montserrat. También asegura que en mi minúscula editorial de igual nombre “las escritoras brillan en general por su ausencia”. Mentira: de quien más títulos he publicado —tres— es de la magnífica Janet Lewis; también dos de la excepcional Rebecca West, dos de Richmal Crompton, uno de Isak Dinesen y uno de Vernon Lee (quizá crea esa autora, en su ignorancia, que las tres últimas son varones, y no, son mujeres). Nueve libros de treinta, casi un tercio, no es “brillar por su ausencia”. Y dicho sea de paso, no me ando fijando en el sexo de las obras buenas y que además están disponibles. Lo que admiro lo admiro, lo haya escrito una mujer, un hombre, un blanco, una negra o una asiática. Por otra parte, y si no recuerdo mal —y si recuerdo mal lo retiro y me disculpo de antemano, a mí no me gusta mentir—, esa gran defensora de sus congéneres, tan doliente por “las violadas, las acosadas, las muertas que dijeron no”, ha alardeado de haber pagado ella y su pareja a una prostituta para hacer un trío. Si así fuera, ya me llevaría ventaja en la utilización y cosificación del cuerpo femenino, porque yo nunca he contratado a una puta.

Hoy lo llaman a uno “machista” muchas mujeres que justamente lo son, al despreciar y denigrar a las de su sexo que no obedecen sus preceptos: las tachan de “alienadas”, “traidoras”, “cómplices”, “vendidas al patriarcado”, negándoles su autonomía de pensamiento y tratándolas como a tontas. Como uno también se harta, ya lo he dicho, permítanme recuperar unas citas pioneras (1995, 1997 y 2002) del “repugnante machista” que esto firma. Del artículo “El suplemento de miedo”: “A veces pienso que para los hombres lo más inconcebible de ser mujer es la sensación de indefensión y desvalimiento, de fragilidad extrema con que deben de ir por el mundo. Supongo que si fuera mujer iría por la vida con un suplemento de miedo difícil de imaginar y que debe de ser insoportable. Por eso creo que una de las mayores vilezas es pegar a una mujer, materializar y confirmar ese intolerable miedo”. O del titulado “No era tuya”: “Esos llamados crímenes pasionales —más bien fríos— deberían ser los más repudiados y penados. Pero no lo serán mientras parte de la sociedad siga pensando que las mujeres han de atenerse a las consecuencias de su insumisión y que los maridos, en cambio, no tienen por qué aguantarse”. Hay muchas más antiguas y recientes, vaya un fragmento de “Las civilizadoras”: “Las mujeres han sido el principal elemento civilizador y apaciguador de la humanidad. Quienes han hecho de los niños personas y han tenido mayor interés en conservar y proteger la especie, en rehuir o evitar las peleas, la violencia, las guerras. Quienes han hecho mayor uso de la piedad y la compasión, del afecto manifiesto, de la consolación, quizá también del perdón. Y de propiedades como la astucia, la transacción, el pacto, la persuasión, la simpatía, la risa, la alegría y la cortesía”. Claro que a la semana siguiente, recuerdo, escribí “Y las incivilizadas”. Son siempre éstas las que vociferan más y las que hoy fingen estar expulsando y suplantando a las civilizadoras.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de marzo de 2018

LA ZONA FANTASMA. 4 de marzo de 2018. ‘¿Bendita sea la incoherencia?’

Hace cinco semanas hablé de la actual Invasión de los ladrones de cuerpos, uno de cuyos indicios me parecía la incomprensible manera de razonar de demasiada gente, de cualquier edad. Desde entonces me he encontrado con ejemplos conspicuos que me llevan a ver a más humanos “suplantados”. En un artículo de este diario contra la prostitución, la autora terminaba con el siguiente argumento: “Si una madre no tiene dinero y su situación es acuciante, ¿nos planteamos que pueda vender, muy consentidamente” (sic), “su riñón? Y entonces, ¿por qué sí puede vender su sexualidad (sic)? Los seres humanos no somos mercancías ni objetos de usar y tirar”. Que alguien diga semejante absurdo en una sobremesa no tiene mucho de particular. Pero que lo escriba y publique una juez y profesora de la Complutense, a la que se supone discernimiento para elegir los conceptos y las palabras, y cuidado extremo con las comparaciones… Una prostituta nunca vende su cuerpo ni su sexo, sino que los alquila. A diferencia de quien vende un riñón, que se queda para siempre sin él, ella conserva su cuerpo y su sexo, y por eso puede volverlos a alquilar. Otra cuestión sería por qué escandaliza tanto que eso se alquile (entendámonos, sólo cuando se haga voluntariamente, o por preferencia sobre otros trabajos), si todos alquilamos algo sin parar: el estibador sus espaldas, el minero sus manos y su salud, yo mismo los dedos con que tecleo y mi cabeza, por supuesto su tiempo cada trabajador por cuenta ajena. Sin duda pueden encontrarse argumentos contra la prostitución, pero el del riñón es puro disparate demagógico y tergiversador.

A raíz de la innovación léxica de la diputada Irene Montero, mi docto compañero de la RAE Álvarez de Miranda dio aquí una impecable lección, y otros muchos han salido al paso de la voz “portavoza”. A la inventora se le ha explicado que “portavoz” es un vocablo formado por un verbo y un sustantivo unidos, exactamente como “portaestandarte”, “chupasangre”, “lameculos” y muchos más, que, aplicados a una mujer, no necesitarían ser convertidos en “chupasangra” ni “lameculas”. Se le ha recordado que la terminación en z no es masculina ni femenina, como demuestran los adjetivos “voraz”, “mordaz”, “feroz”, “tenaz”, “locuaz” o “veraz”, cuyos plurales no son “vorazos” y “vorazas”, “ferozos” y “ferozas”, sino siempre “voraces” y “feroces”. Tampoco la terminación en e indica género, y así “artífice” o “célibe” valen para mujeres y hombres y son invariables. Cabría añadir que ni siquiera la terminación en a es por fuerza femenina, como con simpleza se tiende a creer: lo prueban palabras como “atleta”, “idiota”, “colega”, “auriga”, “estratega”, “poeta”, “pediatra”, “hortera”, “esteta”, “hermeneuta”, y no digamos “víctima” o “persona”, a las que se antepondrá “una” o “la” en todos los casos, así hablemos de Mia Farrow o de Schwarzenegger.

Que Montero y sus correligionarios suelten puerilidades no tiene nada de raro. Aunque la mayoría anden entre los treinta y los cuarenta años, suelen hablar, gesticular y comportarse como si todavía se agitaran por el instituto. Están en su derecho, por lo demás: cada cual puede decir lo que le venga en gana (eso no está multado aún, por fortuna), acuñar cuantos términos desee y utilizarlos a su discreción. Un escritor viajó a un bolo hace poco, y sus anfitrionas le preguntaban: “¿Qué, estás contenta de venir a nuestra ciudad?” Al mostrar el escritor su sorpresa, le contestaron: “Ah, es que nos dirigimos a todo el mundo en femenino, para visibilizarnos más”. Son muy libres, faltaría más, a condición de que a mi colega se le hubiera autorizado a responder: “Y vosotros, ¿estáis contentos de tenerme aquí?” Lo que ya apunta sobremanera a los “ladrones de cuerpos y mentes” es que personas de más edad, como notables dirigentes del PSOE (partido determinado a instalarse en la bobería perpetua) hayan hecho suyo el barbarismo y lo hayan defendido con entusiasmo. Y más preocupante todavía es que una catedrática de Filología que terció a favor del idiotismo lingüístico, a falta de argumentos, concluyera así: “Estamos buscando un nuevo sujeto histórico y no hemos encontrado el modelo perfecto. Bendita sea” (sic) “la inconsistencia y el debate”. Y al parecer remató “con orgullo”: “Ahora queremos una sociedad más justa, y llegaremos siendo incoherentes e inconsistentes”. Una catedrática que, acorralada por sus propias incongruencias y contradicciones, da una patada a la mesa, rompe la baraja y lanza vivas a la incoherencia y a la inconsistencia, es como para temer por sus alumnos y por nuestra Universidad. Decir eso equivale a decir esto otro: “Sostendremos una cosa y su contraria, defenderemos una postura y su opuesta, según nos convenga y a nuestro antojo. No nos pidan que seamos consecuentes, porque aquí se trata de avanzar sin escrúpulos, de lograr como sea nuestro objetivo”. No sé si les recuerda a alguien esta actitud. A mí, lo lamento (y por no traer a la memoria a otros siniestros y arbitrarios personajes del pasado), se me viene a la cabeza en seguida el incoherente e inconsistente Donald Trump.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de marzo de 2018

LA ZONA FANTASMA. 25 de febrero de 2018. ‘Una dictadura, necios’

Contaba Juan Cruz en un artículo que, en un intercambio tuitero con desconocidos (a qué prácticas arriesgadas se presta), alguien lo había conminado a callarse con esta admonición, o semejante: “Estás desautorizado, perteneces a una generación que permitió a Franco morir en la cama”. Que algún imbécil intervenga en estas discusiones ha de ser por fuerza la norma, pero Cruz añadía que se trataba de un argumento “frecuente” o con el que se había topado numerosas veces, y esto ya trasciende la anécdota, porque supone una criminal ignorancia de lo que es una dictadura. En parte puede entenderse: cuando yo era niño y joven, y oía relatar a mis padres las atrocidades de la Guerra, me sonaban, si no a ciencia-ficción, sí a lección de Historia, a cosa del pasado, a algo que ya no ocurría, por mucho que aún viviéramos bajo el látigo de quien había ganado esa Guerra y había cometido gran parte de las atrocidades. Pero sí lograba imaginarme la vida en aquellos tiempos, y los peligros que se corrían (por cualquier tontería, como ser lector de tal periódico o porque un vecino le tuviera a uno ojeriza y lo denunciara), y el pavor provocado por los bombardeos sobre Madrid, y el miedo a ser detenido y ejecutado arbitrariamente por llevar corbata o por ser maestro de escuela, según la zona en que uno estuviese. Me hacía, en suma, una idea cabal de lo que no era posible en ese periodo.

Tal vez los que pertenecemos a la generación de Cruz no hayamos sabido transmitir adecuadamente lo que era vivir bajo una dictadura. Hay ya varias que sólo han conocido la democracia y que sólo conciben la existencia bajo este sistema. Creen que en cualquier época las cosas eran parecidas a como son ahora. Que se podía protestar, que las manifestaciones y las huelgas eran un derecho, que se podía criticar a los políticos; creen, de hecho, que había políticos y partidos, cuando éstos estaban prohibidos; que había libertad de expresión y de opinión, cuando existía una censura férrea y previa, que no sólo impedía ver la luz a cualquier escrito mínimamente crítico con el franquismo (qué digo crítico, tibio), sino que al autor le acarreaba prisión y al medio que pretendiera publicarlo el cierre; ignoran que en la primera postguerra, años cuarenta y en parte cincuenta, se fusiló a mansalva, con juicios de farsa y hasta sin juicio, y que eso instaló en la población un terror que, en diferentes grados, duró hasta la muerte de Franco (el cual terminó su mandato con unos cuantos fusilamientos, para que no se olvidara que eso estaba siempre en su mano); que había que llevar cuidado con lo que se hablaba en un café, porque al lado podía haber un “social” escuchando o un empedernido franquista que avisara a comisaría. También ignoran que, pese a ese terror arraigado, Franco sufrió varios atentados, ocultados, claro está, por la prensa. Que mucha gente resistió y padeció largas condenas de cárcel o destierro por sus actividades ilegales, y que “ilegal” y “subversivo” era cuanto no supusiera sumisión y loas al Caudillo. O ser homosexual, por ejemplo.Tampoco saben que, una vez hechas las purgas de “rojos” y de disidentes (entre los que se contaban hasta democristianos), la mayoría de los españoles se hicieron enfervorizadamente franquistas. Se creen el cuento de hadas de la actual izquierda ilusa o falsaria de que la instauración de la democracia fue obra del “pueblo”, cuando el “pueblo”, con excepciones, estaba entregado a la dictadura y la vitoreaba, lo mismo en Madrid que en Cataluña o Euskadi. De no haber sido por el Rey Juan Carlos y por Suárez y Carrillo, es posible que esa dictadura hubiera pervivido alguna década más, con el beneplácito de muchísimos compatriotas. Estas generaciones que se permiten mandar callar a Juan Cruz no saben lo temerario y arriesgado que era levantar no ya un dedo, sino la voz, entre 1939 y 1975. Que, si alguien caía en desgracia y tenía la suerte de no acabar entre rejas, se veía privado de ganarse el sustento. A médicos, arquitectos, abogados, profesores, ingenieros, se les prohibió ejercer sus profesiones, entrar en la Universidad, escribir en la prensa, tener una consulta. Hubo muchos obligados a trabajar bajo pseudónimo o clandestinamente, gente proscrita y condenada a la miseria o a la prostitución, qué remedio.

También hay frívolos “valerosos” que reprochan a los españoles no haberse echado a la calle para parar el golpe de Tejero el 23-F, olvidando que los golpistas utilizaron las armas y que había tanques en algunas calles. Cuando hay tanques nadie se mueve, y lo sensato es no hacerlo, porque aplastan. Hoy las protestas tienen a menudo un componente festivo (la prueba es que no las hay sin su insoportable “batucada”), y quienes participan en ellas se creen que nunca ha habido más que lo que ellos conocen. Reprocharles a una o dos generaciones que Franco muriera en la cama es como reprocharles a los alemanes que Hitler cayera a manos de extranjeros o a los rusos que Stalin tuviera un fin apacible. Hay que ser tolerante con la ignorancia, salvo cuando ésta es deliberada. Entonces se llama “necedad”, según la brillante y antigua (retirada) definición de María Moliner de “necio”: “Ignorante de lo que podía o debía saber”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de febrero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 18 de febrero de 2018. ‘Contra el arte’

Si ven hoy los episodios de la pionera serie de televisión Alfred Hitchcock Presents, de los años cincuenta (y se lo recomiendo: los hay en DVD y cuanto está avalado por Hitchcock merece la pena), comprobarán que en aquellas historietas en las que el mal triunfaba o un asesino engañaba a la policía, el irónico presentador salía a la conclusión del capítulo para advertir en tono burlesco: “No crean que Fulano o Mengana se salieron con la suya: cometieron tal o cual error y fueron descubiertos”. Este colofón, tan humorístico que nadie le daba crédito, venía impuesto por la cadena, los patrocinadores, tal vez el productor y sin duda las estrictas reglas del Código Hays, que controlaron los contenidos del cine americano desde los años treinta hasta 1966. Este Código, establecido por uno de los mayores reaccionarios y puritanos de la historia de su país, Will Hays, fue el responsable de que los matrimonios de las películas durmieran en camas separadas, así que imagínense el resto de sus prescripciones. En España, los censores eclesiásticos franquistas ejercieron, aumentada, la misma misión “edificante”. Prohibían a su gusto, tapaban escotes, cortaban escenas enteras y los besos, cambiaban los diálogos en el doblaje (recuérdese el archicélebre caso de Mogambo: para que no hubiera adulterio, convirtieron en hermanos a una pareja de casados, logrando así que el hermano tuviera un comportamiento raro respecto a su hermana, y haciendo sospechar al incauto espectador español que allí había incesto); condenaban las conductas de los personajes y los finales sin moraleja. Es decir, según su criterio, el arte debía servir a la moral, su moral: los descarriados tenían que acabar mal, los divorciados en la ruina o deshechos o arrepentidos, los adúlteros castigados, lo mismo que los criminales. Las historias habían de mostrar los peligros del pecado y sus nulos réditos, nadie debía quedar impune. Y, si así no sucedía, se prohibía, cortaba o alteraba el relato.

Casi nadie está enterado de que en nuestro país la censura es anticonstitucional desde hace cuarenta años, y lo mismo ocurre en otros países europeos (no en todos, ni desde luego en los mojigatos Estados Unidos). Así, es especialmente alarmante lo sucedido con esa representación de la Carmen de Bizet (y de Mérimée por tanto) en Florencia. Como todos sabemos, las obras clásicas están desamparadas, y cualquier idiota puede convertir Macbeth, el Quijote o Edipo en una patochada para su lucimiento, bajo el pretexto de las “relecturas” o las adaptaciones “creativas”. Pero la alteración de esa Carmen tiene otro sesgo y va más allá de las ocurrencias de directores de escena o “versionadores”. Recordarán que los de Florencia decidieron cambiar el final de la obra, que termina con el asesinato de Carmen a manos del despechado Don José. Esos memos italianos adujeron que el público no debía “aplaudir un feminicidio”. (Hay que ser primitivo para creer que lo que aplauden los espectadores de una ópera es la historia, y no a los cantantes y a la orquesta.) Como eso les parecía intolerable, hicieron que fuera Carmen la que le pegara a Don José unos tiros (se los tenía merecidos por celoso y posesivo), para que así el público, con la conciencia tranquila, aplaudiera un “varonicidio”, supongo que en legítima defensa.

Cualquier espectador o lector semiinteligente sabe que eso ya no es la Carmen de Bizet ni la de Mérimée, como no sería el Quijote una versión en la que éste no se retirara y muriese, ni Madame Bovary una en la que ella no tomara veneno, ni Hamlet una representación en la que Ofelia no se suicidase y acabara reinando, por ejemplo. Serán variaciones caprichosas y sandias, pero mantener los nombres de Cervantes, Flaubert y Shakespeare en tales tergiversaciones es sencillamente una estafa. Hace ya muchos años que se empezó a alterar los cuentos infantiles clásicos para que los niños no pasaran miedo y además recibieran relatos “ejemplares”. Era sólo cuestión de tiempo que se intervinieran las obras para adultos y a éstos se los tratara como a menores. Ya hay quienes “dictan” qué clase de historias y de personajes deben crear los guionistas y escritores. Cuantos toman esas iniciativas “aleccionadoras” son idénticos a Will Hays y a los censores franquistas; como Clare Gannaway, responsable de la Manchester Art Gallery, se asemejó a los vándalos del Daesh que destrozaron arte en Palmira, cuando decidió retirar un empalagoso cuadro prerrafaelita con ninfas; por mucho que luego alegara que la retirada era en sí “un acto artístico” (también las hogueras de libros, según eso). (Y tenemos que ver cómo se quiere prohibir de nuevo, como cuando se publicó en 1958, la Lolita de Nabokov.) Da lo mismo cuáles sean ahora los motivos (siempre son “los buenos” para quienes ejercen la censura). Se trata, en todos los casos, de manipular el arte, de condenar su complejidad y sus ambigüedades, de coartar la libertad de expresión y de creación, de imponer historias simplonas, “edificantes” y con moraleja. Lo que también hicieron los nazis y los soviéticos: quemar o prohibir lo que no les gustaba, y convertir las manifestaciones artísticas en mera y burda propaganda de sus consignas y sus dogmas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de febrero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 11 de febrero de 2018. ‘Ojo con la barra libre’

Mujeres violadas, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha. Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas cosas buenas que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados. El estallido se produjo con el caso Weinstein, cuyas prácticas son viejas como el mundo. Ya hacia 1910 se acuñó la expresión “couch casting” (“casting del sofá”), para referirse a las pruebas a que los productores de Hollywood y Broadway sometían a menudo a las aspirantes a actrices (o a los aspirantes, según los gustos). En el despacho solía haber un sofá bien a mano, para propósitos evidentes. La costumbre me parece repugnante por parte de esos productores (como me lo parece la de cualquier individuo poderoso), pero en ella no había violencia. Se producía una forma de transacción, a la que las muchachas podían negarse; y una forma de prostitución menor y pasajera, si aceptaban. “A cambio de que este cerdo se acueste conmigo, consigo un papel, iniciar mi carrera”. Pensar que la única razón por la que se nos dan oportunidades es nuestro manifiesto talento, es pensar con ingenuidad excesiva (ocurre a veces, pero no siempre). Con frecuencia hay transacciones, compensaciones, pactos, beneficios mutuos que entran en juego. La índole de algunos es repulsiva, sin duda, pero cabe responder “No” a tales proposiciones. Y tampoco hay que olvidar que no han sido pocas las mujeres que han buscado y halagado al varón viejo, rico y feo, famoso y desagradable, poderoso y seboso, exclusivamente por interés y provecho. No hay que recurrir a nombres para recordar la considerable cantidad de mujeres jóvenes y atractivas que se han casado con hombres decrépitos no por amor precisamente, ni por deseo sexual tampoco.

Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia, la que llevaron a cabo la Inquisición y los totalitarismos, el franquismo y el nazismo y el stalinismo y el maoísmo y tantos otros. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. (Si a mí me acusan de haber acuchillado a una anciana en el Retiro, y la mera acusación se da por cierta, yo no puedo demostrar que no lo hice, salvo que cuente con coartada clara.) De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) se han erigido en jurados populares, son la misma muchedumbre que exigió la ejecución de Jesús y la liberación de Barrabás en su día. Tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.

La justificación de estas condenas express es que las víctimas no pueden aportar pruebas de lo que sostienen, porque casi siempre estaban solas con el criminal cuando tuvieron lugar la violación o el abuso y no hay testigos. Es verdad, pero eso (los delincuentes ya procuran que no los haya) les ha sucedido a todas las víctimas, a las de todos los crímenes, y por eso muchos han quedado impunes. Mala suerte. ¿Cuántas veces no hemos visto películas en las que alguien se desvive por conseguir pruebas o una confesión con añagazas, porque sin ellas es palabra contra palabra y perderían el juicio? Así está montada la justicia en los Estados de Derecho, con garantías; no así en las dictaduras. Por eso me ha sorprendido leer editoriales y “acentos” en este diario en los que se afirmaba que las injusticias derivadas de todo este movimiento eran “asumibles” y cosas por el estilo. Es algo que contraviene todos los argumentos que, desde Beccaria en el siglo XVIII, si no antes, han abogado por la abolición de la pena de muerte. La idea de los defensores de la libertad, la razón y los derechos humanos ha sido justamente la contraria: “Antes queden sin castigo algunos criminales que sufra un solo inocente la injusticia de la prisión o la muerte”. Ahora se propugna lo opuesto. Si la falta de pruebas contra los acusados se extendiera a otros delitos, y aquéllos dependieran de las volubles masas, se acabaría la justicia.

Dar crédito a las víctimas por el hecho de presentarse como tales es abrir la puerta a las venganzas, las revanchas, las calumnias, las difamaciones y los ajustes de cuentas. Las mujeres mienten tanto como los hombres, es decir, unas sí y otras no. Si se les da crédito a todas por principio, se está entregando un arma mortífera a las envidiosas, a las despechadas, a las malvadas, a las misándricas y a las que simplemente se la guardan a alguien. Podrían inventar, retorcer, distorsionar, tergiversar impunemente y con éxito. El resultado de esta “barra libre” es que las acusaciones fundadas y verdaderas —y a fe mía que las hay a millares— serán objeto de sospecha y a lo peor caerán en saco roto, haya o no pruebas. Eso sería lo más grave y pernicioso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de febrero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 4 de febrero de 2018. ‘El monopolio del insulto’

Supongo que el personaje se da en muchos ámbitos, pero desde luego ha abundado y abunda en el mundo literario. Hay en él lo que podríamos llamar “el escritor matón”, o de colmillo retorcido, o venenoso, que disfruta soltando maldades, principalmente contra sus colegas. A este escritor, en España, se lo suele venerar y se lo jalea, no es raro que se le erija un pedestal. Da una idea de nuestra proverbial mala baba, del gozo que nos provoca asistir al despellejamiento de alguien en primera fila. La figura se ha multiplicado con las redes sociales y la consagración del anonimato como algo perfectamente aceptable. Ya no hace falta ser escritor, ni conocido, para depositar a diario en el ordenador o en el móvil una buena ración de ponzoña. Los literatos que lo practicaban y practican, al menos, pretenden resultar ingeniosos en sus diatribas o mezquindades. A menudo no lo son, por mucho que sus acólitos les rían las gracias sin sal, pero, claro está, hay excepciones y las ha habido. Y hay que admitir que es tentador, lanzar pullas y echar por tierra falsos prestigios. No diré que yo no haya incurrido en ello, más como respuesta a un ataque previo —eso creo— que por propia iniciativa. Casi nadie está libre de ese pecado (se me ocurren Eduardo Mendoza y pocos más, entre los vivos). Pero una cosa es enzarzarse en una ocasional ­polémica o duelo y otra dedicarse a arrojar venablos, vengan o no a cuento.

Hay géneros que los propician, como las memorias, las autobiografías, las semblanzas de contemporáneos y los diarios. Los que más, estos últimos, y por eso nunca los he escrito y rarísima vez los leo. Nadie puede negar que una malicia oportuna y certera a veces tiene su encanto, sobre todo si es oral y después se la lleva el viento. Por escrito, en cambio —impresa—, a mí me produce casi siempre un pésimo efecto, del que sin duda no se percatan quienes las publican alegre y vanidosamente. Siendo admirador de Bioy Casares, me negué a leer su grueso volumen sobre sus charlas vespertinas con Borges al enterarme de que allí aparecían consignadas todas las malignidades que de viva voz esparcía el maestro más viejo. Habría sido divertido y provechoso, a buen seguro, asistir a esas reuniones privadas, pero intuí que asomarme a ellas luego, “encuadernadas” y en frío, me traería más malestar que placer, y que conocer los chismorreos y dardos de dos hombres inteligentes me los rebajaría. El espectáculo de la mala uva, del desdén, de la soberbia o del resentimiento nunca es grato, excepto para aquellos —españoles a millares, como he dicho— que viven gran parte del tiempo instalados a gusto en ellos.

Lo curioso es con cuánta frecuencia uno se encuentra con que los escritores más fustigadores y maledicentes son los de piel más fina. Sueltan sin cesar sus venenillos, pero si alguien les paga con la misma moneda, no es ya que se enfurezcan, sino que se sorprenden enormemente y se quedan desconcertados. El escritor matón (como los matones de cualquier índole) aspira además a la impunidad. Se permite toda clase de desprecios o exabruptos y no cuenta con que, yendo así por el mundo, lo más probable es que le toque fajarse y recibir unos cuantos golpes. Por el contrario, cuando le devuelven el mandoble, se duele, se escandaliza, no se lo logra explicar y se asombra. Sé de uno que reacciona así siempre: “Fíjate lo que ha dicho Fulano de mí, el muy agresivo”. “Ya”, le contesta su interlocutor, “pero es que tú habías dicho antes cien atrocidades de él”. La respuesta del matón puede ser: “Eso no tiene que ver”, o “Lo mío era bien poca cosa”. Sí, lo del matón siempre es para él poca cosa.

Me he acordado de este tradicional personaje, tan hispánico, al ver el solivianto de los separatistas catalanes ante un par de guasas recientes. Se han ofendido y puesto severos por unas chirigotas gaditanas. Que éstas son de mal gusto e hirientes las más de las veces, a nadie se le escapa, es su esencia. También les ha sentado como un tiro la broma de Tabàrnia, son los únicos que se la han tomado en serio, aterrados. Por definición, los fanáticos carecen de sentido del humor cuando se les toma el pelo a ellos. Porque esos mismos separatistas han aplaudido durante años el programa satírico Polònia, que se choteaba un poquito de los catalanes ineptos y mucho de los ineptos del resto de España. Su creador y alma se preguntó hace poco en un tuit si era delito de odio desear que un camión arrollara a los jueces del Supremo (no sé si lo acompañó de risas enlatadas). Durante cinco años, esos separatistas no han tenido reparo en vilipendiar —ni siquiera en tono de chanza— a los andaluces, extremeños, castellanos, madrileños y españoles en general, tachándolos de ladrones, vagos, parásitos, fascistas, franquistas, magrebíes, atrasados, analfabetos y ordinarios, sin rehuir ellos mismos las expresiones ordinarias y analfabetas. Han bastado un par de burlas, las chirigotas y Tabàrnia, para que los pertinaces deslenguados se hayan hecho mil cruces y rasgado las vestiduras. Pretenden tener el monopolio del insulto, y ojito si les responde alguien, ni en broma. Lo propio de los matones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de febrero de 2018

Nuevo libro de Javier Marías. ‘Cuando los tontos mandan’

CUANDO LOS TONTOS MANDAN
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, 15 de febrero de 2017

Javier Marías es un outsider más necesario que nunca en estos tiempos. Con su estilo elegante, su exquisita educación y su gran sentido del humor, lleva a cabo en sus artículos algo infrecuente: matizar, razonar, dar mandobles a unos y a otros cuando lo considera conveniente, no ejercer banderías ni lo políticamente correcto. Sus columnas de los domingos, en las que tan a menudo combate con pasión la ideología oficial y el pensamiento trillado, han convertido a Marías en una de las voces más representativas y valoradas de la auténtica disidencia.

[De la Nota del editor]

LA ZONA FANTASMA. 28 de enero de 2018. ‘Invadidos o usurpado’

Cada día me acuerdo más de aquella película de Donald Siegel, La invasión de los ladrones de cuerpos, de 1955, que además ha tenido por lo menos tres remakes (el último malo a rabiar, con Nicole Kidman). La original sigue siendo inigualable, con su modesto presupuesto en blanco y negro. En la localidad californiana de Santa Mira la gente empieza a sufrir una manía o alucinación colectiva: niños que aseguran que su madre no es su madre, sobrinas que niegan a su tío, pese a que la madre y el tío mantengan no sólo su apariencia física de siempre, sino todos sus recuerdos. A quienes denuncian la “suplantación” se los toma por trastornados, hasta que los personajes principales, encarnados por Kevin McCarthy y Dana Wynter, descubren que en efecto se está produciendo una usurpación masiva de los cuerpos: en unas extrañas vainas gigantes se van formando clones o réplicas exactas de todos los individuos, a los que sustituyen durante el sueño. Nadie cambia de aspecto, los clones heredan o se apropian de la memoria de cada ser humano “desplazado”, todo parece continuar como siempre. Lo que alerta a quienes aún no han sido “robados” es la ausencia de emociones, de pasiones, la mirada hosca o neutra de los ya duplicados. Son los de toda la vida y a la vez no lo son. Son inhumanos.

Si me acuerdo tan a menudo de esa película y de la novela de Jack Finney en que se inspiró, es porque desde hace tiempo —y la cosa me va en aumento— tengo la sensación de que se está produciendo en el mundo una invasión de ladrones de cuerpos y mentes. No se trata de que las nuevas generaciones me resulten marcianas (no es así), sino que percibo esos cambios incomprensibles en personas de todas las edades. A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas, negadoras o deformadoras de la realidad. Es inexplicable que millones de americanos hayan elegido a Trump como Presidente, y que los rusos estén encantados con la eternización en el poder de un autócrata megalómano; que los filipinos hayan votado a un asesino confeso, y buena parte de los franceses a Le Pen la racista, y no pocos alemanes a una formación neonazi, como los húngaros y polacos a sus actuales gobernantes. También que decenas de millares (incluidas mujeres) se hayan unido voluntariamente al Daesh sanguinario (y brutalmente machista). A una porción de catalanes los veo también “invadidos”, sólo así se entiende que festejen los desafueros y mentiras constantes de los líderes independentistas. Pero mi extrañeza no se da sólo en política.

Algunas obras artísticas que me parecen muy buenas triunfan, pero cuanto me parece horroroso lo hace indefectiblemente. Si leo una novela o veo una película o una serie espantosas (según mi criterio, claro), no falla que las ensalce la crítica y reciban premios. Los cómicos de hoy los encuentro sin gracia en su mayoría, toscos y con mala leche, y a la vez me da la impresión de que el sentido del humor y la ironía han sido desterrados del universo. La gente que suelta las mayores barbaridades e insultos no tolera luego la más mínima crítica. La discrepancia es anatema: si cien francesas publican un manifiesto razonado y sensato, advirtiendo de una puritana ofensiva contra la sexualidad y las libertades, al instante se las tacha de “traidoras” y “cómplices del patriarcado”, a las que éste encarga “el trabajo sucio”. Sus congéneres frenético-feministas (más bien antifeministas disfrazadas) les niegan su capacidad de iniciativa y su autonomía de pensamiento, y las reducen a peleles, despreciando así a aquellas mujeres que no les dan la razón en todo, lo típico de los totalitarios. Yo escribo que los reiterativos textos y noticias sobre la proporción de mujeres en cualquier actividad no logran interesar a la mitad de la población (y dudo que a la otra mitad tampoco), y una articulista me acusa de pretender que las mujeres como ella se callen, nada menos. También a estas personas las veo “invadidas”, para mi congoja. O no razonarían de manera a la vez tan falaz y ramplona.

Leo que a unas cajeras que robaban en su supermercado dicta la justicia que se les paguen unos miles de euros por no habérseles advertido que serían observadas por las cámaras que han probado sus sustracciones. Son incontables los jueces que parecen asimismo “invadidos”: los que ponen en cuestión, por ejemplo, la conducta o la vestimenta de una mujer violada, o si se mostró o no desolada después de su sufrimiento. No soy tan ingenuo ni tan soberbio como para no preguntarme si no seré yo el “invadido”, si no soy yo a quien los ladrones han robado cuerpo y mente. Lo único que me impide darlo por seguro y concluir que soy el equivocado (que Trump es genial y beneficioso, etc), es que aún veo a muchos ciudadanos tan perplejos como yo, y tan escamados. El día que me quede solo admitiré mi grave anomalía. O el día en que venere a Putin, a Maduro, a Berlusconi y a Al Sisi y a Erdogan, a Orbán y al jefe del Daesh Al Baghdadi, todo me parecerá perfecto en el mundo y sabré que por fin he sido usurpado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de enero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 21 de enero de 2018. ‘Desdén’

La Real Academia Española, que en 2013 cumplió tres siglos, solía financiarse en buena medida con las ventas de sus publicaciones, sobre todo con las del Diccionario, antes abreviado en DRAE y ahora en DLE (Diccionario de la Lengua Española, al ser obra de todas las Academias, no sólo de la de nuestro país). No es una institución estatal, sino mayormente privada. Desde hace años, sin embargo, esas ventas en papel han caído drásticamente, más que nada porque el DLE puede consultarse desde el ordenador, la tableta y el móvil, infinitas veces y gratis. De modo que casi nadie se molesta en adquirir el volumen impreso: para qué, si éste pesa y abulta y es más rápido buscar online las definiciones. De la utilidad del Diccionario da cuenta el número de consultas que recibe mensualmente: unos setenta millones, que a veces llegan a ochenta. Los visitantes no son sólo personas con curiosidad por la lengua ni “profesionales de la palabra” (escritores, traductores, editores, correctores). También sirve a los poderes del Estado a la hora de redactar leyes o enmendar la Constitución, por ejemplo; a los juristas, jueces, fiscales, abogados y notarios (más aún les servirá a todos éstos el reciente Diccionario Jurídico, dirigido por Muñoz Machado, actual Secretario). Cabe suponer que todo el mundo se congratula de que desde el siglo XVIII exista una norma, o más bien una referencia y orientación, para los vocablos. Que ayude a percibir los matices y las precisiones, que aclare los sinónimos y los que no acaban de serlo, que recoja y registre las evoluciones del habla, que señale lo que es anticuado o desusado y lo que es peyorativo. Que nos ayude a entender y a hacernos entender cuando hablamos o escribimos.

Hace una semana traté aquí de la gratitud menguante. Veo pocos casos de mayor ingratitud que la dispensada a la RAE. Lo habitual es que se lancen denuestos y burlas contra ella; que se la considere vetusta y “apolillada”. Cuando tarda en admitir términos nuevos, se la critica por lenta y timorata; cuando se apresura a incorporarlos (y a mi parecer lo hace en exceso, sin aguardar a ver si una palabra arraiga o caduca en poco tiempo), se la acusa de manga ancha y papanatismo. Si rehúsa agregar vocablos mal formados, idiotas o espurios, probables flores de un día, se le achaca cerrazón y si se niega a suprimir acepciones que molestan a tal o cual sector (es decir, a ejercer la censura), se la tacha de machista, racista, sexista o “antianimalista”, sin comprender que las quejas han de ir a los hablantes, los cuales emplean las palabras que se les antojan independientemente de que figuren o no en el DLE. Lo que rarísima vez se expresa es gratitud hacia el trabajo de tantos académicos que han dedicado su mejor saber y su tiempo a precisar el idioma desde hace trescientos años. No digamos hacia los desconocidos lexicógrafos y filólogos sobre los que recae la mayor parte de la tarea. Huelga decir que esas personas perciben un sueldo, como es de justicia. Los académicos percibimos unos emolumentos modestísimos, en función de nuestras asistencias. Y si no asistimos, nada, como es lógico. Este año esos emolumentos se verán reducidos en un 30%, por la escasez de ingresos y ayudas. Desde el inicio de la crisis la plantilla de trabajadores ha sufrido recortes y mermas y aun así no alcanzan los presupuestos.

Si una institución recibe entre setenta y ochenta millones de consultas al mes, su utilidad está fuera de duda. Bastaría con que cada usuario aportara diez céntimos al año para resolver las penurias. Pero es que además salen gratis, esas consultas. La RAE sirve a la sociedad española y a las latinoamericanas, sirve a los ciudadanos y al Estado. Pues bien, el Ministerio de Educación, que contribuía a su mantenimiento con una cantidad anual, la ha ido reduciendo a lo bestia. Si en 2009 aportaba 100 (es un decir, para entendernos), en 2018 aporta 42,34, y en 2014 se quedó en 41,26. Al Gobierno y al PP se les llena la boca de patriotismo y presumen sin cesar de que nuestra lengua es hablada por casi 500 millones de individuos, de que sea la segunda o tercera más utilizada en Internet y otras fanfarrias. Pero vean que es todo pura hipocresía. Su desinterés, su desprecio, su animosidad hacia la cultura son manifiestos. Buscan arruinar a la gente del cine, el teatro, la música, la literatura, el pensamiento y la ciencia. ¿Por qué no a la de la lengua? Quienes no deben hacerlo ignoran lo difícil que es definir una palabra. Hace poco, en mi comisión, nos tocó redefinir “reminiscencia”. Había que diferenciarla de “rememoración”, “remembranza”, “recuerdo”, cada vocablo está lleno de sutilezas. También nos ocupamos de términos coloquiales: ¿cuál es la diferencia entre “pedorra” y “petarda” (o “pedorro” y “petardo”, desde luego)? Nos las vemos con lo más sublime, lo más técnico y lo más zafio, y a todo hemos de hacerle el mismo caso. Rajoy ha mostrado su desdén no pisando jamás la Academia. Muchos no lo echamos de menos. Pero a los trabajadores sí les preocupa su subvención cada vez más tacaña, ya que ven peligrar sus puestos. Y a la institución también, que a este paso bien podría dejar de prestar un día todos sus gratuitos servicios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de enero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 14 de enero de 2018. ‘Gratitud cada vez más tenue’

Llevo tiempo observando que una de las cosas que más han cambiado en este siglo es la noción de agradecimiento. Si alguien se portaba bien con uno, o le hacía un favor, o le prestaba dinero y lo sacaba de un apuro, o lo consolaba en el desánimo, eso solía quedar en nuestra memoria para siempre. Bastaba con una sola ocasión, un solo gesto de generosidad, para que nuestra gratitud fuera imperecedera. Yo, desde luego, he procurado llevar eso al extremo: he tenido en cuenta hasta deferencias mínimas. Durante años un viejo amigo me dio motivos para retraerle la amistad, y sin embargo tardé muchísimo en hacerlo porque un día de 1981 le pedí que, ya que vivía en la misma calle que una novia extranjera que tenía yo por entonces y que estaba enferma (no recuerdo por qué, yo no podía desplazarme), se acercara a verla y a llevarle unos medicamentos. No era un gran sacrificio ni nada extraordinario, pero que se mostrara dispuesto me bastó para guardarle agradecimiento imprescriptible. Si alguien hacía algo por uno una sola vez, eso ya no se borraba. También he contado en alguna entrevista que mi ya larga amistad con Pérez-Reverte no es ajena a lo siguiente: en 1995 abandoné una editorial de prestigio y poderosa. La ruptura no estuvo relacionada con la mejor oferta de otra ni nada por el estilo (de hecho no tuve una nueva novela hasta 1998), sino con mi descontento y mis sospechas. Me encontré con un vacío y una insolidaridad absolutos por parte de mis colegas novelistas. No es que yo les pidiera ni esperara que dijeran nada públicamente, claro (no involucro a los demás en mis litigios), pero es que ni siquiera en privado casi nadie me dio el menor ánimo (se teme enemistarse con el poderoso). Pérez-Reverte, al que entonces no conocía, tuvo el detalle de acercárseme en una presentación y decirme: “Ya sé de tus problemas. Si te puedo echar una mano, o necesitas un abogado, cuenta conmigo”. No tenía por qué, y en aquella época de soledad se lo agradecí muchísimo. Como también la solidaridad que me brindó Manuel Rodríguez Rivero. Son cosas que no se olvidan, o que yo no olvido. No necesitaba reiteración ni acumulación para tener a esas personas un miramiento (casi) eterno y a prueba de bombas.

Eso ya no existe mucho. Parece como si los favores no contaran a menos que se prolonguen indefinidamente. El que se rindió en el pasado es eso, pasado, y hay que renovarlo continuamente para mantener el agradecimiento. Es como si todo lo habido careciera de peso en cuanto los favores se interrumpen, por lo que sea. En lo personal y en lo público. Miren lo que le pasó a Puigdemont el día en que iba a renunciar a la DUI y a convocar elecciones. Quienes llevaban dos años jaleándolo y teniéndole gratitud se revolvieron al instante y lo llamaron traidor porque ya no hacía lo que ellos querían. Cuanto había hecho con anterioridad se había esfumado. Tanto pánico le dio que acabó por incurrir en la mayor sandez (bueno, una más de las suyas), y ahí lo tienen, con la chaveta perdida en Bruselas. En lo que a mí respecta, durante más de veinte años di un trato de amistad y privilegio a un matrimonio, con el que tuve incontables deferencias y al que ayudé a ganar dinero en tiempos difíciles, durante la crisis. Fue suficiente que en una ocasión no pudiera hacerles a marido y mujer el favor acostumbrado (o no quisiera del todo, tras un roce) para encontrarme con una actitud de insolencia y desprecio. Es más, precisamente por lo continuado de los favores, habían perdido de vista que se trataba de eso, de un favor entre amigos, pero favor al cabo, y se permitieron recriminarme que por una vez no se lo hiciera, o no a su gusto. Habían pasado a considerarlo una especie de obligación por mi parte, algo insólito. Y descubrí con amargura que nada de lo habido durante veinte años largos contaba: ni las molestias que me había tomado, ni las muchas horas dedicadas, ni el esfuerzo, ni el distanciamiento que me había ganado de otros por mi “favoritismo” hacia ellos. Se me quedó el alma helada, y no me cupo sino concluir que lo que para mí habían sido dos decenios de cordialidad y afecto, por el otro lado habían sido meros interés e hipocresía. Todo marchaba bien mientras el favor fuera permanente. Un solo “fallo” justificado bastaba para anular cuanto había acumulado.

Sí, el agradecimiento ha cambiado, se ha hecho tan tenue para muchos, que a uno a veces le dan ganas de no prestar más favores. ¿Para qué, si no se van a apreciar a menos que se perpetúen? ¿Y para qué va uno a perpetuarlos, si esa continuidad va a acabar convirtiéndolos en un “deber”, en una “deuda” para quien los hace, y le van a reprochar que los suspenda? No sé, es como si una Navidad no pudiera darles aguinaldo a mis sobrinos (por andar mal de fondos, por ejemplo), y ellos me lo reclamaran y me lo echaran en cara y dejaran de hablarme. No pasaría, mis sobrinos son muy buenos chicos, y considerados. Pero miren a su alrededor y díganme si no han sufrido sorpresas de este tipo. Atrévanse a decirme que la noción de gratitud no ha cambiado. Pero, con todo y con eso, quien conserva la antigua nunca dejará de hacer favores, no sólo porque siempre haya excepciones, sino porque tampoco suele esperar que se los devuelvan. Sólo que le den las gracias.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de enero de 2018

Nuevo libro de artículos de Javier Marías

CUANDO LOS TONTOS MANDAN
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, febrero de 2017

Cuando los tontos mandan recoge los artículos publicados por el autor en El País Semanal entre febrero de 2015 y febrero de 2017, y constituyen una especie de crónica política, cultural y social del período. Abordan la actualidad y plantean temas de reflexión lejos de convencionalismos y lugares comunes, y nos brindan las herramientas necesarias para pensar libremente.