Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

AELMEstará:

El sábado, 30 de mayo, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (n. 114).

El domingo, 31 de mayo, por la mañana (12-14 horas), en la de la Librería Visor (n. 365).

El sábado, 6 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Méndez (n. 91).

El domingo, 7 de junio, por la mañana (12-14 horas), repetirá en la Librería Méndez (n. 91).

El sábado, 13 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la FNAC (n. 201).

Firmará ejemplares de su última novela Así empieza lo malo y del resto de su obra, y de los libros de su editorial Reino de Redonda.

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El domingo 14 de junio, a las 18,30 horas, en el Pabellón de actividades de la FLM, participará en el ciclo “Las edades de la lectura”, organizado por Babelia, el suplemento cultural de El País.

La edades de la lectura con Elvira Lindo, Landero y Marías

LA ZONA FANTASMA. 24 de mayo de 2015. ‘Con el parche de tuerto’

Hoy es día de elecciones autonómicas y municipales en la mayor parte de España, y, por primera vez en muchos años, las encuestas nos anuncian que no tendremos que optar por uno de dos partidos con verdaderas posibilidades de triunfo. Llevábamos demasiado tiempo con la sensación de que los votos a terceros, cuartos o quintos eran casi desperdiciados y poco iban a influir en el resultado final. Por fortuna, esto ha cambiado. Quienes depositen la papeleta de Ciudadanos o Podemos –éste con sus diversas caras en cada lugar–, además de las clásicas de PNV, CiU y demás partidos locales, podrán creer con motivo que no malgastan su oportunidad; que los escaños que obtengan estas formaciones tal vez sean determinantes para que gobierne o no gobierne una comunidad autónoma o una alcaldía una de las dos con mayor tradición; o bien, en algún caso, para que sean los representantes de estos recién llegados quienes rijan tal pueblo o tal ciudad, en vez de los habituales. Esto ya es algo para acudir a las urnas con más curiosidad, e incluso ilusión.

Sin embargo, como siempre, votamos a tientas, si es que no a ciegas. No solemos saber por qué tal o cual individuo ha sido designado para aspirar a presidir una Comunidad o un Ayuntamiento. Cuáles son sus capacidades o méritos para la labor. En la política se da, como lo más normal, una circunstancia inimaginable en cualquier otra tarea. Si no me equivoco, hasta para ser bedel de Universidad o barrendero hay que presentarse a unas oposiciones o que superar unos exámenes específicos para el puesto; no digamos para ser gerente de un banco o director de una empresa: hay que haber hecho carrera, demostrado facultades y eficacia, en la teoría al menos. En política, en cambio, se pretende manejar cantidades ingentes de dinero público y tomar decisiones que afectan a millares o millones de personas sin que los electores hayan visto siquiera un mísero curriculum vitae.

Quizá lo más sorprendente –la fuerza de la costumbre, supongo, como si estuviéramos resignados a tan extraño proceder– es que a los electores nos trae bastante sin cuidado esta imperdonable falta de información y de justificación respecto a los motivos para la designación de un candidato. Si me atengo al lugar en que voto –Madrid y su Comunidad–, no entiendo por qué la ex-delegada del Gobierno Cifuentes podría ser una Presidenta adecuada; aún menos por qué Aguirre, que cuando desempeñó ese cargo contravino toda sensatez y justicia y arrasó la región, no estaría abocada a ser una alcaldesa caprichosa y autoritaria, en modo alguno liberal; desconozco los méritos de Gabilondo para el cargo al que aspira, lo mismo que los de García Montero: del primero puedo saber que es hombre civilizado e imagino que buen profesor; del segundo, que es poeta competente, aunque eso, me temo, lo haya llevado durante su campaña a incurrir en alguna inaudita cursilería. No tengo ni idea de por qué la emérita juez Carmena, con su larga y prestigiosa trayectoria en su ámbito, podría tener un ápice de sensatez o acierto a la hora de dirigir la capital; aún sé menos de las dotes de su rival Carmona, de quien ni había oído hablar antes de su designación (ahora veo que tiende a hacerse el gracioso sin que Dios lo haya llamado por ese camino; y poco más). De los candidatos de Ciudadanos, bueno, Begoña Villacís creo que es abogada y parece agradable, pero dudo que eso baste para recomendarla como alcaldesa; y, francamente, confieso ignorar quién la acompaña con vistas a presidir la Comunidad.

Así que hay sitios en los que lo conocido es pésimo, y lo desconocido demasiado desconocido. ¿Por qué otorgamos el voto, al final? Hace ya mucho que lo más frecuente es votar contra un candidato o un partido y no a favor de aquellos cuya papeleta escogemos. No hay nada malo en ello, a mi parecer. Pero como esta vez el resultado previsible no es A o B, sino por lo menos A, B, C o D, nos es aún más difícil saber qué diablos estamos haciendo. ¿Acabará pactando C con A y propiciaremos, sin quererlo, que Aguirre remate Madrid tras las gravísimas heridas de sus correligionarios Manzano, Gallardón y Botella? ¿Pactarán B y D y, sin tampoco quererlo, veremos a una juez emérita y testaruda (algunos artículos sí le he leído) decidiendo arbitrariedades para nuestra maltrecha ciudad? En vista de la ignorancia a que nos condenan (y si yo padezco tanta, que presto atención a la actualidad, ¿cuánta no aquejará a la mayoría de mis conciudadanos?), acaso en Madrid –no así en otras poblaciones– muchos acabemos votando no a las personas, no a los enigmáticos candidatos, sino en contra o a favor de los partidos que nos los proponen. Pero ya hemos desembocado de nuevo en lo anterior: ¿quién nos asegura a quién no beneficiará o perjudicará, a quién permitirá o impedirá gobernar? En fin, pónganse el parche de tuerto o cojan el bastón de ciego, encamínense a los colegios electorales y déjense guiar por el instinto, la simpatía o la antipatía, el encogimiento de hombros o el pavor. Porque lo que es los partidos, ellos no nos han explicado por qué debemos votar a nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de mayo de 2015

Ensayo sobre la obra de Marías y otros autores

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LETTERATURA LENTA NEL TEMPO DELLA FRETTA

ANNA LISA BUZZOLA

Scripta, 2014

Nelle sue Lezioni americane (1985) Italo Calvino raccomandava la rapidità in letteratura. Letteratura lenta nel tempo della fretta si chiede se non sia ragionevole invece, almeno in letteratura, rallentare un poco, vista l’esasperata accelerazione di tutti gli altri aspetti della nostra vita quotidiana. Rintracciati alcuni esempi significativi pubblicati dopo il 1985 che si possono definire lenti o che sostengono le ragioni della lentezza – da Marías a McEwan, da Kundera a Rumiz –, questo saggio invita anche il lettore ad avvicinarsi ai testi in un modo “lento” che lo aiuti ad approfondire la comprensione e il piacere della lettura.

 

LA ZONA FANTASMA. 17 de mayo de 2015. ‘Ni bilingüe ni enseñanza’

Una de las mayores locuras del sistema educativo español –también una de las más paletas– ha sido la implantación, no sé en cuántas comunidades autónomas, de lo que sus responsables bautizaron pomposa e ilusamente como “enseñanza bilingüe”, consistente en que los alumnos estudien algunas asignaturas en español y otras en inglés. Pongamos que Ciencias Naturales –o como se llame su equivalente en la actualidad– se imparte exclusivamente en la lengua de Elton John. Bien. Los encargados de las clases no son, sin embargo, salvo excepción, nativos británicos ni estadounidenses ni australianos ni irlandeses, sino individuos de Langreo, Orihuela, Requena, Conil o Mejorada del Campo que se supone que dominan dicha lengua. Pero, por cuanto me cuentan personas que trabajan en colegios e institutos –y absolutamente todas coinciden–, esos profesores poseen un conocimiento precario del idioma, de nuevo salvo excepción; lo chapurrean, por lo general tienen pésimo acento o ignoran la pronunciación correcta de numerosas palabras, su sintaxis y su gramática tienden a ser mera copia de las del castellano, y además, en cuanto se encuentran con una dificultad insalvable, recurren un rato a esta última lengua, sabedores de que es la que los estudiantes sí entienden. El resultado es un desastre total (ni enseñanza ni bilingüe): los chicos salen sin saber nada de inglés y aún menos de Ciencias o de las asignaturas que hayan caído bajo el dominio del presunto o falso inglés. Al parecer no se enteran, dormitan o juegan a los barcos (si es que aún se juega a eso) mientras los individuos de Orihuela o Conil sueltan absurdos macarrónicos en una especie de no-idioma. Algo ininteligible hasta para un nativo, un farfulleo, una ristra de vocablos quizá aprendidos el día antes en Internet, un mejunje, un chapoteo verbal.

Una de las cosas más incomprensibles es una lengua extranjera mal hablada por alguien que, para mayor fatuidad, está convencido de hablarla bien. Incluso alguien que conozca la gramática, la sintaxis y el vocabulario, capacitado para leerla y hasta traducirla, sólo emitirá un galimatías si tiene fortísimo acento, pronuncia erróneamente o no adopta la adecuada entonación. He oído contar que ese era el caso del renombrado traductor Fernando Vela, que vertió al español muchos libros, pero que si oía decir como es debido “You are my girl”, frase sencilla, no la reconocía: para él “You” se pronunciaba como lo veía escrito, y no “Yu”; “are” no era “ar”; “my” no era “mai”, sino “mi”; y la última palabra era “jirl”, con una i bien castellana. Si oía “gue:l” (pronunciación correcta aproximada), simplemente no estaba facultado para asociarla con “girl”, que había traducido centenares de veces. También he oído contar que Jesús Aguirre se atrevió a dar una conferencia en inglés en una Universidad norteamericana. Los nativos lo escucharon pacientemente, pero luego admitieron, todos, no haber comprendido una palabra de aquel imaginario inglés de esparto. En una ocasión oí a un colega novelista leer fragmentos de sus textos en una sesión londinense. Pese a que el escritor había residido largo tiempo en Inglaterra y debía de conocer su lengua, no estaba capacitado para hablarla de manera inteligible, tampoco allí entendió nadie nada.

Lo curioso es que, a pesar de estas dificultades frecuentes, los españoles de hoy están empeñados en trufar sus diálogos de términos en inglés, pero por lo general tan mal dichos o pronunciados que resultan irreconocibles. Hace poco oí hablar en una tertulia del “Ritalix”. Así visualicé yo la palabra al oírsela a unos y otros, y tan sólo saqué en limpio que lo de “Rita” iba por la alcaldesa de Valencia, Barberá. Al poco apareció el engendro por fin escrito en pantalla: “Ritaleaks”. Lo mismo me pasó con un anuncio de algo: “Yástit”, repetían las voces, hasta que lo vi escrito: “Just Eat”. En castellano contamos con sólo cinco vocales, así que si uno no distingue que “it” no suena igual que “eat”, ni “pick” como “peak”, ni “sleep” como “slip”, ni “ship” como “sheep”, con facilidad llamará ovejas a los barcos y demás. Si además ignora que se usa la misma vocal para “bird”, “Burt”, “herd”, “hurt” y “heard”, pero no para “beard” ni “heart”, o que “break” se dice “breik” pero “bleak” se dice “blik”, son fáciles de imaginar las penalidades para entender y para hacerse entender. La gente española llena hoy sus peroratas de “brainstorming”, “crowdfunding”, “mainstream”, “target”, “share”, “spoiler”, “feedback” y “briefing”, pero la mayoría suelta estos vocablos a la española, a la pata la llana, y así no habrá británico ni americano que los reconozca en tan espesos labios. Vistas nuestras limitaciones para la Lengua Deseada, a uno se le ponen los pelos de punta al figurarse esas clases de colegios e institutos impartidas en inglés estropajoso. ¿No sería más sensato –y mucho menos paleto– que los chicos aprendieran Ciencias por un lado e inglés por otro, y que de las dos se enteraran bien? Sólo cabe colegir que a demasiadas comunidades autónomas lo que les interesa es producir iletrados cabales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 10 de mayo de 2015. ‘Pasemos ya a otra cosa’

Una reciente participación en el Festival Gutun Zuria, de Bilbao, dedicado al erotismo en la literatura y en la ficción en general, me ha llevado a pensar en el asunto y a llegar a la extraña conclusión –estrictamente personal, desde luego– de que lo uno suele casar mal con lo otro. Si uno repasa la historia de la literatura, y aun la del cine, verá que no hay apenas obras maestras en el terreno erótico ni en el pornográfico. Inscribir Lolita en esos territorios es un mero error de apreciación superficial, sólo posible en los tiempos aún pacatos en que se publicó. Esa novela es, por el contrario, una de las mayores historias de constancia amorosa, a mi parecer.

Debo reconocer que además, en cuanto en una novela “convencional” aparecen escenas de sexo, sobre todo si se demoran e incluyen el coito o lo que se le asemeja, empiezo a bostezar y me dan ganas enormes de saltármelas, como de niños nos saltábamos las prolijas descripciones de escenarios y paisajes en las obras de Walter Scott y otros autores de su siglo. El sexo descrito es sota, caballo y rey, y uno sabe más o menos cómo acaba, por muchas variantes que se quieran introducir, o número de participantes, o prácticas supuestamente originales. Sí, hay sota de espadas, caballo de bastos y rey de copas, pero siempre sota, caballo y rey. “Pasemos ya a otra cosa”, suelo pensar, y de hecho pocos libros recuerdo más tediosos que Las 120 jornadas de Sodoma, de Sade, que acumula un catálogo bastante exhaustivo de posturas y combinaciones y sevicias y crueldades: ahora tres, luego siete o veintidós, ahora con frailes, luego con monjas, y así hasta que a uno lo rinde un acceso de narcolepsia. Y está el problema del estilo o lenguaje. Los textos eróticos suelen oscilar entre la cursilería más sonrojante, el tono casi obstétrico, y la zafiedad sórdida y disuasoria. En los primeros uno navega por metáforas exageradas y tirando a grotescas; los miembros viriles son convertidos en “pináculos”, “flechas”, “serpientes”, “espadas”, “turbantes” y cosas así, con las que cuesta creer que a nadie le apeteciera tener mucho trato carnal. En los segundos se tiene la impresión de estar viendo un episodio de la serie Masters of Sex, cuyas mejores partes –francamente buenas– son las que precisamente no se ocupan del sexo ni de su estudio. En cuanto a los terceros, intentan ser muy crudos y hasta “transgresores”, pero sólo provocan rechazo y hastío.

¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

En el cine es aún peor. Si la escena sexual es ortodoxa, noto que uno de mis pies empieza a golpear el suelo con impaciencia, y en seguida me parece que ya dura demasiado, que ya me la sé. Muchos directores, conscientes de eso, han optado en las últimas décadas por presentar polvos supuestamente ardorosos y urgentes: consiste en que los personajes tiren y rompan objetos y muebles y espejos, se “embistan” mucho y nunca jamás copulen en un lecho ni tan siquiera en el suelo; no, ha de ser en lugares incómodos, sobre una mesa, encima de un aparador, contra un lavabo. En la excelente Una historia de violencia, de Cronenberg, la urgencia era tal que Viggo Mortensen y su pareja fornicaban en una escalera, y yo no podía dejar de imaginarme el dolor de quien quedaba debajo, ni de pensar que tampoco los habría enfriado tanto subir hasta el rellano para yacer sobre superficie plana y no clavándose peldaños. Un director me trajo una vez un guión para que opinara sobre ciertos aspectos en los que se me suponía “experto”. Me atreví a recomendarle –aunque acerca de eso no se requería mi parecer– que suprimiera una escena de sexo, o por lo menos el elemento “original” que contenía: por no recuerdo qué motivo, cerca de la cama había una fuente de macarrones o de spaghetti, que inevitablemente los amorosos acababan echándose encima mientras se satisfacían mutuamente. “Esto está muy visto y además es un asco”, le dije. “Si a uno le molestan hasta unas migas entre las sábanas cuando está con gripe, no creo que nadie aguantara un coito pringado en salsa de tomate y pasta; lo veo contraproducente, si se trata de provocar excitación”. Huelga decir que el director no me hizo caso, y por supuesto no me invitó al estreno ni nada, pese al tiempo dedicado a leer su guión. Probablemente lo ofendí con mis comentarios.

No voy a negar que en mis novelas he incurrido en alguna escena de ese carácter. Por cuanto llevo dicho, es un reto con la derrota casi asegurada. A menudo son ridículas las de autores de renombre, como Mailer o Philip Roth, y éste abusa de ellas. Pero de vez en cuando no hay más remedio, si no quiere uno recurrir a las viejas elipsis –con frecuencia más eróticas que la exhibición– y quedar como un mojigato. Quizá por edad y educación, acostumbro a percibir más erotismo (y más eficaz) en escenas en que los personajes permanecen vestidos y sólo se rozan o ni siquiera, pero cargadas de tensión. Una de las más logradas que he visto en el cine está –oh extravagancia– en ¡Qué bello es vivir!, con dos intérpretes tan escasamente turbadores como James Stewart y Donna Reed. Pero no se moleste nadie en volver a verla, seguramente no reconocerá tal escena. Debe de ser una depravación mía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 3 de mayo de 2015. ‘Siniestro total’

Hacía ya dos o tres años que había interrumpido mi vieja costumbre de dedicar un artículo a la Semana Santa, como hay columnistas que cada San Isidro maldicen los toros o defienden a las cabras que los mozos valientes tiran o tiraban desde un campanario (siempre con la anuencia de la iglesia, imagino). En este último caso me suena que la tenacidad ha sido premiada y que las pobres cabras ya están a salvo en ese sitio cuyo nombre no recuerdo, o quizá esos lugareños amantes del riesgo se limitan a arrojarlas con una cuerda atada a una pezuña, como si hicieran puenting, evitando así que se estampen y provocándoles sólo un infarto. En cuanto a los antitaurinos, de la mano de un argentino (?!) se apuntaron un notable éxito en Cataluña, y además se han vuelto intimidatorios: no son raras las ocasiones en que zarandean a matadores y espectadores, e incluso a los participantes en simposios sobre el arte del toreo. Siempre me han hecho gracia los defensores de los animales dispuestos a maltratar a personas cuyas aficiones u opiniones reprueban.

Lo mío carece de futuro. No porque yo pretenda que se suprima nada –no es el caso–, sino porque veo que el enfermizo gusto por las procesiones va más bien en aumento. Mi leve esperanza era que, soporíferas, deprimentes y molestas como son, cada vez asistiera menos gente a ellas y eso las llevara a moderarse. No es normal que durante ocho días los centros de todas las ciudades (menos Barcelona) queden intransitables y de ellos se apropie, en sesión continua, una religión. En el siglo XXI y en un país europeo, y aconfesional en teoría. No es normal que el obsesivo espectáculo ofrecido, además de lentísimo y monótono, sea siniestro, con los émulos del Ku-Klux-Klan enseñoreándose del espacio público, con ominosos tambores que parecen anunciar ejecuciones, con militares portando efigies espantosas y tétricas, con individuos descalzos y medio en paños menores que a veces –todavía ahora– se fustigan hasta hacerse brotar sangre o avanzan con cadenas atadas a sus pies mugrientos. No es normal que la mayor celebración de una Iglesia –la que dura más días y a todos se impone, velis nolis– sea tan lóbrega y amenazante, tan carente de alegría y truculenta. Aún menos normal es que la 2 de TVE retransmita sin cesar, en directo, desde el via crucis del Papa en Roma hasta no sé qué ceremonia en una basílica castrense –castrense para mayor inri–. La televisión estatal, de creyentes y no creyentes. Pero resulta que hasta personas que presumen de izquierdistas y razonantes (desde el ex-ministro Bono hasta el actor Banderas) se suman con regocijo al funeral ininterrumpido y aun se mueren por ser cofrades del Cristo de las Chinchetas. De su izquierdismo o de su fervor no me creo una palabra.

Este año, en Madrid, me tocó el obligado incidente. Había quedado yo a cenar el jueves con mis amigos Tano y Gasset (éste vive en Berlín, así que no había más fechas). Abrí el portal de mi casa y me vi sin poder salir, bloqueado por el gentío. No podía tirar hacia la derecha, pues ahí hay una calle principal por la que la procesión transcurriría. Del callejón de la izquierda me separan trece pasos contados, así que intenté llegar allí para luego dar mil rodeos. Con educación fui pidiendo: “¿Me permite? He de alcanzar esa esquina”. Al instante se me soliviantaron un par de fieles: “Pues no pase por aquí, vaya por otro lado. ¿A quién se le ocurre?” “Si vivo aquí”, contesté, y señalé el portal, “¿por dónde quiere que salga?”, y en mi pensamiento añadí: “Imbécil”, pero me lo callé, hoy en día los religiosos andan muy iracundos. “¿Es que no puedo salir de mi casa?” Ante eso se quedó un poco cortado, el feligrés más airado, pero aún insistió: “¿Y qué quiere, echarnos a todos?” Yo no quería echar a nadie, sólo hacerme lo más estrecho posible y brujulear entre la multitud para dar mis trece pasos. Pero nadie se movía un milímetro, y como la gente es cada vez más gorda y abulta el doble o el triple de lo que solía, y además gordos y flacos enarbolan móviles y se paran a cada paso a fotografiar lo que no miran, tardé casi diez minutos, jugándome varias bofetadas, en llegar a la esquina semisalvadora. Si digo “semi” es porque después, durante el trayecto, me fui encontrando innumerables calles cortadas por la misma procesión invasora y serpenteante o por otras simultáneas. Todas, claro está, por el centro más céntrico. La masa no se contenta con ir en masa, sino que además, vanidosa, exige ser contemplada. Le debe de parecer indigno desfilar por Ciudad Lineal o Aluche o Moratalaz, allí quizá no molesten suficientemente a sus conciudadanos. Los alcaldes de casi todas las ciudades se ponen de felpudos de los procesionarios. La televisión pagada por todos, ya digo, emite monográficos de las tinieblas católicas, como en tiempos de Franco. Incluso las películas que exhibe son de asunto milagroso, como lo eran entonces obligatoriamente. Sólo aspiro –en vano– a que durante ocho días enteros no quedemos todos secuestrados por los ritos tenebrosos –al paso de los encapuchados los niños lloran de miedo y los adultos creemos vuelta la Inquisición– de esta Iglesia siempre abusiva.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de mayo de 2015

Javier Marías en Barcelona

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La fiesta de Sant Jordi de La Vanguardia abre un día del libro optimista
IGNACIO OROVIO
La Vanguardia, 23 de abril de 2015

Un Sant Jordi hora a hora
El País, 23 de abril de 2015

Sant Jordi muestra templanza
JACINTO ANTÓN
El País, 23 de abril de 2015

El vino de Ken Follett y los calzoncillos de James Ellroy
CRISTIAN SEGURA
El País, 23 de abril de 2015

La fiel infantería de la pluma
CARLES GELI
El País, 23 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 26 de abril de 2015. ‘Intolerancia a la tristeza’

Casi siempre que se produce una catástrofe natural o un accidente, sobre todo cuando las víctimas son numerosas, los deudos forman en seguida una asociación que se dedica, más que nada, a buscar y señalar culpables por acción o por omisión, por negligencia o falta de previsión, por no haber sabido adivinar el futuro e impedir el desastre. A eso siguen las denuncias, las demandas y la petición de indemnizaciones, y raro es hoy el caso en que alguien sin mala intención, desolado, no acaba en la cárcel. Si hay un tsunami, ¿cómo es que no se lo detectó con antelación y se previno a la población? Lo mismo si es un terremoto, un huracán, un tornado, si se derrumba un edificio por un atentado. Si una gran nevada deja intransitable una carretera y centenares de coches se quedan varados, la responsabilidad nunca será de sus imprudentes conductores (avisados del riesgo las más de las veces), sino de los meteorólogos, o de las autoridades que a punta de pistola no les prohibieron ponerse al volante. Cuando Ingrid Betancourt fue por fin liberada tras su secuestro de años a manos de la guerrilla colombiana, decidió demandar al Estado porque sus representantes no le impidieron adentrarse, en su día, en una zona peligrosa. Se lo habían desaconsejado con vehemencia, pero entonces ella reclamó su derecho a moverse con libertad y a hacer lo que le viniera en gana. Al cabo de su largo cautiverio, se quejó de que no se la hubiera tratado como a una menor de edad: de que las autoridades no hubieran sido lo bastante contundentes como para torcer su voluntad y cerrarle el paso. Es un ejemplo cabal de la actitud interesada de mucha gente en nuestros tiempos. A Betancourt no le sirvió retractarse al poco y retirar la demanda contra el Estado que la había rescatado. Quedó como ventajista y perdió todas las simpatías que su prolongado sufrimiento le había granjeado.

Tras la tragedia del avión de Germanwings estrellado por el copiloto contra los Alpes, la reacción dominante ha sido de indignación. En primer lugar contra el presunto suicida-asesino, como es lógico y razonable. Pero como éste pereció y no puede castigársele, se vuelve la vista hacia la compañía, hacia los psicólogos, hacia las deficiencias de los tests para tripulaciones, hacia las normas vigentes para abrir o cerrar la cabina. Se pone el grito en el cielo porque un individuo que había padecido depresión años antes pudiera volar y hubiera conseguido su empleo. Si a toda persona con un antecedente de depresión o desequilibrio leve (crisis de ansiedad, por ejemplo) se la vetara para ejercer sus tareas, apenas quedaría nadie apto para ningún trabajo. También es imposible controlar lo que cada sujeto piensa o maquina, o sus consultas internéticas: ¿cómo saber que ese copiloto había estudiado maneras de suicidarse en las fechas previas?

No puedo imaginarme el horror de perder a seres queridos en una de esas calamidades, pero tengo la impresión de que las reacciones furiosas y la búsqueda febril de culpables tienen algo que ver con la intolerancia actual a estar sólo tristes. Parece como si esto fuera lo más insoportable de todo, y que resultaran más llevaderos el enfado, la rabia, la indignación. Quizá eso consuele: pensar que el desastre pudo evitarse, que no se debió a la mala suerte; que si todo el mundo hubiera cumplido debidamente con su cometido, no habría pasado. Sí, uno ha de creer que eso consuela, pero no acabo de verlo, al contrario. Para mí el dolor sería mucho mayor si pensara eso. A la pena se me añadiría el furor, y ya lo primero me parece bastante. De entre todas las declaraciones de familiares de víctimas me llamó la atención, precisamente por infrecuente, la de un hombre que había perdido a su hijo, si mal no recuerdo. “Me da lo mismo lo que haya pasado”, venía a decir; “si ha sido un mero accidente, un atentado, un fallo humano u otra cosa” (entonces aún se ignoraba que la catástrofe había sido deliberada). “Nada cambia el hecho de que se me ha muerto mi hijo, y eso es lo único que cuenta ahora mismo. Ante eso, lo demás es secundario”. Fue la persona con la que me sentí más identificado, aquella a la que comprendí mejor, y también la que me inspiró más compasión (inspirándomela todas). Era un hombre que aceptaba estar triste y desconsolado, nada más (y nada menos). Cuyo dolor por la muerte era tan grande y abarcador que todo lo demás, al menos en el primer momento, le resultaba insignificante, prescindible, hasta superfluo. Al lado del hecho irreversible de la pérdida, el porqué y el cómo y el antes no le interesaban. Si me fijé tanto en él y me conmovió su postura fue porque se ha convertido en casi excepcional que la gente se abandone a la tristeza cuando tiene motivos, sólo a ella. Como si ésta fuera lo más intolerable de todo y se requiriera una especial entereza para encajarla. Como si ya no se supiera convivir con ella si no lleva mezcla, y no va acompañada de resentimiento o rencor hacia algún vivo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de abril de 2015

Javier Marías en el nacimiento de ‘Librújula’

Foto. Asís Ayerbe/Librújula

Foto. Asís Ayerbe/Librújula

Vídeo

El día 22 de abril, con motivo de la presentación de Librújula, proyecto cultural online y en papel, y el recuerdo de los 20 años de la revista Qué Leer, los escritores Rosa Montero y Javier Marías mantuvieron un encuentro en Barcelona moderado por Antonio Iturbe, director de este nuevo espacio literario.

Librújula reúne a Montero y Marías en el arranque de Sant Jordi
Librújula, 22 de abril de 2015

Rosa Montero y Javier Marías arropan Librújula
JACINTO ANTÓN
El País, 23 de abril de 2015

Javier Marías en Sant Jordi

AELM

El día 23 de abril, Sant Jordi, Día del libro, Javier Marías estará en Barcelona.

Firmará ejemplares de su última novela Así empieza lo malo y del resto de su obra.

De 12.00 horas a 13.00 horas, firmará en la caseta de La Central (Rambla de Catalunya / Mallorca).

De 13.00 horas a 14.00 horas, en la de la Casa del Libro (Rambla de Catalunya, 37).

De 17.00 horas a 18.00 horas, en la de Abacus (Plaça Catalunya / Banc d’Espanya).

De 18.00 horas a 19.00 horas, en la de la FNAC Triangle (Pl. Catalunya, 4).

De 19.00 horas a 20.00 horas, en la de Laie (Passeig de Gràcia / Casp).

 

LA ZONA FANTASMA. 19 de abril de 2015. ‘Cuán fresca figura’

Faltan cinco semanas para que se celebren elecciones municipales. Son las primeras de envergadura desde las generales de 2011. No sé si se acuerdan: aquellas en las que el PP juró en su programa que bajaría los impuestos; que no haría el menor recorte en sanidad, educación, pensiones, salarios ni ayudas a los dependientes; en que habló de regeneración democrática y de lucha contra la corrupción, y también de libertades. De estas últimas no estoy ya seguro de lo que dijo, pero a día de hoy, con la aprobación en solitario –sin el apoyo de un solo partido– de la reforma del Código Penal o “Ley Mordaza”, lo único que ha hecho ha sido restringirlas, “madurizarlas” o “putinizarlas”, venezuelizarlas o rusificarlas. Para lo que le conviene, el Gobierno no tiene empacho en imitar a sus “enemigos”. Hay medidas que, si las adoptan otros, conducen hacia una dictadura. En cambio, si las toma él parecidas, son una “garantía de democracia”.

Pero volvamos a las municipales. Como renovación, como propósito de limpieza y enmienda y borrón y cuenta a cero, como relevo generacional y aires frescos, el PP nos ofrece en Madrid la candidatura de Esperanza Aguirre. Está bien elegida: una figura emergente y no gastada, sin apenas pasado, sin ningún lastre de corrupción en su entorno; juvenil y descarada, llena de majeza, espontánea: nada más ser dedificada para regir la capital, y para demostrar que nada tenía que agradecer ni deuda alguna con nadie, empezó a soltar dardos contra sus correligionarios: contra la candidata a la Presidencia madrileña Cifuentes, contra la alcaldesa de rebote Botella, contra el anterior corregidor Gallardón, incluso contra Rajoy más veladamente. Ha debido de excitarla mucho la idea de poder dar órdenes a los guardias que osaron recriminarla por estacionar el coche en el carril bus de Gran Vía y luego la persiguieron hasta su domicilio, al darse ella a la fuga, espíritu rebelde. Se la nota exultante y exaltada.

Su trayectoria está libre de manchas y nubes: nada tuvo que ver con el proyecto de Eurovegas ni con el tenebroso multimillonario Adelson, cuyos casinos de Macao y otros sitios están bajo la lupa del FBI. Es más, se opuso a la construcción de un paraíso de garitos y a la proliferación de gangsters (de poca o mucha monta) que éstos traen siempre consigo. Ha sido invariablemente respetuosa y educada con sus subordinados, a los que no ha reprochado haber autorizado “esa puta mierda” ni les ha pedido sostenerle el espejo mientras ella se retocaba; y a nadie le ha puesto el mote de “el Hijoputa”. Ha sido de una coherencia absoluta y ha cumplido sus promesas: cuando, sin apenas explicaciones (bueno, quería disfrutar de sus nietos, creo), abandonó la Presidencia de la Comunidad, se abstuvo de anunciar que su retirada de la primera línea política era definitiva, así que no sé por qué nadie se extraña de que ahora aspire a la alcaldía. Aquella Presidencia la consiguió en su día de manera diáfana: no se le ocurrió aprovechar la sospechosísima ausencia de dos diputados socialistas (se me han quedado ya como Tamayo y Baus, lo siento) para ver abortada la investidura de su rival y repetidas las elecciones adversas a sus pretensiones. Lejos de una ventajista, la candidata inédita.

Tampoco fue demagógica ni se prestó a la farsa: no inauguró quirófanos inexistentes de cartón piedra (de hecho, que yo recuerde, nunca se exhibió inaugurando nada, real ni ficticio). Ni se le ocurrió perseguir a médicos honrados, ni desmantelar la sanidad madrileña para privatizarla. No consintió que sus colaboradores se montaran en las “puertas giratorias” para, una vez perdidos sus cargos, beneficiarse en el sector privado. Y sobre todo, sobre todo, ha contado con un ojo infalible para nombrar y rodearse de políticos intachables. No se entiende cómo tantos de ellos están en la cárcel (su mano izquierda Granados) o pendientes de acusaciones graves (López Viejo, Sepúlveda, alcaldes y concejales varios de la región).

Además ella ha sido solidaria con todos y los ha defendido hasta el último suspiro: no se le ha ocurrido llamarlos de pronto “ese señor” o “esa persona” como si no los conociera de nada; es patológicamente leal, se puede uno fiar siempre de ella, a nadie va a dejar en la estacada. Que todos esos individuos sin mácula estén a punto de sufrir procesos o amenazados con condenas es tan sólo una injusticia o un equívoco, de los que la vida está llena. No sé, por poner un ejemplo extremo, y salvando las insalvables distancias: es como si alguien hubiera contratado o nombrado en su día a Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Bugsy Siegel, John Dillinger, Bugs Moran y Baby Face Nelson, y a la gente se le pasara por la cabeza que ese alguien tuviera la menor culpa de ello. Menuda suspicacia, menuda tontería. Ya lo creo que está bien elegida: Esperanza Aguirre para alcaldesa de Madrid, un rostro nuevo, una regeneración en toda regla, un azote contra la corrupción, una persona modesta. Y además una señora nada despótica ni malhablada: leal, dulce, sexagenaria y jamás vengativa. Una mujer sin colmillos, ni rectos ni retorcidos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de abril de 2015

Javier Marías en Gutun Zuria

Gutun Zuria

Vídeo de la conversación con Mª Luisa Blanco

Foto. F Domingo Aldama

Foto. F Domingo Aldama

Javier Marías defiende que el erotismo “no da para mucho” en literatura
El País, 16 de abril de 2015

Foto. Patxi Corral

Foto. Patxi Corral

‘Hoy en día no puede haber queja de falta de novelas eróticas’
BEATRIZ RUCABADO
El Mundo, 16 de abril de 2015

Marías cree que el erotismo es “uno de los mayores retos” que se le plantea a un escritor
LEYRE EGUSKIZA
Deia, 17 de abril de 2015

Javier Marías: El erotismo “no da para mucho” en la literatura
La Vanguardia, 17 de abril de 2015

Javier Marías en Bilbao

8 al día
Mañana día 16, a las 20 h., Javier Marías conversará con la periodista Mª Luisa Blanco sobre el erotismo en la literatura, dentro del ciclo”Evocando a Eros”, en el ámbito del VIII Festival Internacional de las Letras de Bilbao.     El acto se desarrollará en el Auditorio de la Alhóndiga (Plaza Arriquibar n.4. Bilbao).

Ver el evento en diferido

El erotismo de las letras
BEATRIZ RUCABADO
El Mundo, 12 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 12 de abril de 2015. “A mí no me la dan con queso”

Decía Juan Benet que la actitud predominante entre los críticos –sobre todo españoles, pero no sólo– era semejante a la de los guardias urbanos o de la porra, como antaño se los llamaba. Aquellos individuos, con sus largos abrigos azul marino y sus cascos coloniales blancos, se encaramaban a un pedestal en medio de una plaza o de una encrucijada y, desde su elevación, estaban ojo avizor a ver quién cometía una infracción; luego andaban buscando infracciones y, por tanto, si no las había, se las sacaban de la manga a menudo, porque de otro modo, ¿cómo se justificaban su función y aun su existencia? Esa disposición de los críticos se podía resumir, según Benet, en esta frase: “A mí no me la dan con queso”. Es decir: “¿Que quiere usted circular con un libro, una película, una música que ha hecho? Le voy a demostrar yo que no puede, que su obra está llena de infracciones y que a mí no se me pasa una”. Esto significaba que los críticos poseían un rígido código, cada cual el suyo, y que con él iban a medir cuanto se ofreciera a sus ojos u oídos, por innovador que fuese. Este tipo de crítico no sólo no se ha extinguido, sino que ha proliferado con las nuevas generaciones: hay muchos que incluso nos cuentan su vida, sus reacciones viscerales, lo que experimentan ellos mientras leen una novela o ven una película, como si su personalidad y sus hábitos le interesaran al lector lo más mínimo. Sus reseñas pueden empezar así: “Cuando leo un libro de Fulano, me suele ocurrir que …”, o “El problema de esta película es que no me emociona …”, sin caer en la cuenta de que eso puede ser problema subjetivo suyo y no de la obra, y, sobre todo, de que a nadie le importan sus sentimientos (“Haga el favor de no relatarme lo que le pasa a su estómago, que ya tengo yo el mío”, dan ganas de espetarle).

Lo peor es que estas actitudes se han contagiado a buen número de lectores y espectadores y oyentes, los cuales, por principio, se asoman a cualquier manifestación artística con espíritu perdonavidas: “A ver qué nos quiere endilgar este”, se dicen con pésima predisposición y recelo, sea “este” un autor novel o consagrado. La cuestión es partir de la convicción de que quien se ha atrevido a hacer algo pretende estafarnos y “dárnosla con queso”, y ahí estamos nosotros con nuestro silbato para hacerlo sonar al instante y señalar las ilegalidades. No son muchos los lectores y espectadores que hoy se sientan en sus butacas de buena fe, o con ecuanimidad por lo menos. Me recuerdan a los alumnos señoritiles que hace ya 30 años me encontré en la Universidad de Oxford: repantingados, me miraban con condescendencia y escepticismo, como si estuvieran de vuelta de todo. Les podía leer el pensamiento: “A ver qué nos va a contar este español que no sepamos; o que nos interese; o que nos distraiga. Nada, probablemente”. Y entonces se dejaba uno el alma por conseguir que, sin percatarse, se quedaran absortos en lo que escuchaban.

Pero esta, extrañamente (no somos un país muy culto), es una actitud más española que extranjera. Es como si aquí nadie se tuviera en mucho si no se muestra exigente y difícil de seducir, y la cosa se ha propagado tanto que participan de ella hasta los “entregados” aficionados al fútbol, es el colmo. O al menos los de ciertos equipos, con el Real Madrid a la cabeza, que cada vez quieren parecerse más al taurino sobrevenido, es decir, al que no sabe nada de toros. Para disimular su ignorancia, no hace sino sacar defectos, abroncar, murmurar “Aquí no hay quien dé un pase”, manifestarse insatisfecho. Como si mostrarse complacido fuera un signo de debilidad, ingenuidad y desconocimiento. Al hincha le trae sin cuidado que el Madrid sea el vigente campeón de Europa, que Cristiano haya marcado más goles por partido que nadie, que Casillas lleve 17 años obrando milagros y salvando al equipo. A éste lo escruta cada jornada como si fuera un debutante sospechoso, y demasiados espectadores sostienen el silbato en los labios para soplarlo al primer fallo, deseándolo de hecho, inventándoselo si no se produce. No hay afecto ni gratitud hacia los jugadores, es como si éstos tuvieran la obligación de servirle y nada más, jamás hay reciprocidad, ni comprensión ni ánimos (de compasión ya ni hablemos). Y parece como si ese talante señoritil y severo haya contaminado a gran parte de la población, no se sabe por qué, pues no es que los españoles en su conjunto sean entendidísimos en nada. Si uno echa un vistazo a los mensajes que se dejan en las redes, hay una abrumadora mayoría de denuestos, con frecuencia anticipados: “Habrá que ver qué mierda ha hecho esta vez Fulano”, podría ser el resumen. En todo, no crean: “Menganita iba fatal vestida, y con más arrugas que un pergamino”. A veces da la impresión de que lo último a lo que el español medio está dispuesto es a admirar. Qué digo, ni siquiera a aprobar. Qué digo, ni siquiera a otorgarle a nadie el beneficio de la duda. Como si la mayor desgracia que pudiera ocurrirle es que alguien se la diera con queso y destacara. Pero para eso está él con su resabio, para evitarlo; para tocar el pito y agitar la porra, denunciando las infracciones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de abril de 2015. ‘Una muela’

Durante siglos la Iglesia Católica hizo un gran negocio de las reliquias. Allí donde se tenía una, la gente supersticiosa acudía a verla, daba generosas limosnas al templo que aseguraba albergarla y beneficiaba a la ciudad en cuestión con un incremento de visitantes, que hoy llamaríamos turistas. Así que llegó a ser asombrosa la cantidad de reliquias existentes en todas partes, algunas de ellas milagrosamente repetidas. Qué sé yo, cuatro o cinco lugares poseían el peroné de San Vicente, las tibias de Santa Justa se multiplicaron; había mantos que se habían echado a los hombros seis o siete apóstoles. Cada iglesia juraba guardar el vaso del que bebió Santiago, el anillo romano de San Eustaquio, la gorra de San Lorenzo o el mechero con que el Bautista encendió su último pitillo, antes de que lo decapitaran. Cualquier cosa valía para engañar a una población fervorosa, ingenua y atemorizada. Allí donde se ha permitido analizar los huesecillos, se ha demostrado a menudo que ni siquiera eran humanos, sino de liebres, perros o cabras; lo mismo con la mayoría de objetos, pertenecientes a épocas modernas, es decir, del siglo XVIII en adelante.

Hoy sólo los muy locos siguen creyéndose estas patrañas, y con todo son bastantes, o bien a la gente le divierte contemplar las antiguas estafas. Yo he visto largas colas en Turín para arrodillarse ante la Santa Sábana o como se llamen esos trazos tan feos y chuscos. Pero claro, la religiosidad ha ido en declive y ya no atrae a las masas como antaño, el número de fanáticos y crédulos ha descendido vertiginosamente. Pero la vieja lección de la Iglesia la han aprendido bien los políticos: hoy se puede sacar dinero de las sobras de un escritor admirado, o de un pintor, o hasta de un músico. No por otra razón se ha tratado de sacar de Collioure el esqueleto del pobre Machado, o se ha levantado media Granada (y lo que aún nos queda) en busca del de García Lorca. Suponen las autoridades que los cursis del mundo peregrinarían hasta sus sepulturas para dejarles mensajes, flores y versos. Y probablemente estén en lo cierto: casi todos tenemos una edad cursi, yo recuerdo haber depositado una rosa, a los veintidós años, sobre la tumba de Schubert en Viena. Al menos el compositor llevaba allí enterrado (creo) desde su temprano adiós al aire, y nadie había tenido la desvergüenza de exhumarlo, trasladarlo, marear y manosear sus huesos. Perturbar los restos de alguien me parece –además de una chorrada, como dijo bien Francisco Rico– una falta de respeto, aunque a la persona que fueron le dé evidentemente lo mismo.

Ahora un Ayuntamiento endeudado hasta las cejas ha gastado buen dinero en rebuscar los de Cervantes, con el único fin de hacer caja. Los responsables de la excavación han hallado una mandíbula y unas esquirlas que podrían haber sido del autor del Quijote, muerto hace 399 años: fragmentos mezclados con los de otros individuos que no interesan lo más mínimo porque no darían un céntimo. Cuando esto se publique no sé si los políticos habrán apremiado a los investigadores a certificar que por lo menos una muela es cervantina. Ignoro si a esa muela se le estará erigiendo un mausoleo para que lo inauguren la alcaldesa Botella, el Presidente de Madrid casi cesante, quién sabe si el del Gobierno con unos ministros, corregidores de Alcalá, Argamasilla y otros sitios que pelean por haber sido la verdadera cuna de Cervantes o el “lugar de La Mancha” de cuyo nombre nadie puede acordarse. Si todo eso sucede, no será sino dos cosas: un embaucamiento comparable a los de la antigua Iglesia y una desfachatada operación de maquillaje.

España presumirá de honrar a sus mejores artistas, cuando lo cierto es que los ha maltratado siempre y –lo que es peor– continúa haciéndolo. Los mismos individuos que saldrían en televisión con la muela colgada al cuello, o se harían fotos mordiéndola como los deportistas sus medallas, son los que envidian y detestan a los escritores actuales; los que han presupuestado cero euros para las bibliotecas públicas en 2012 (y no sé si en los años siguientes); los que han subido el IVA al 21% (el más alto de Europa) para el cine y el teatro; los que remolonean para atajar la piratería cultural que arruina a muchos artistas, por si pierden votos entre los incontables piratas; los que desde Hacienda amenazan y persiguen a cineastas y periodistas; los que rara vez leen un libro o asisten a una función de nada; los que suprimen la Filosofía de los estudios secundarios y restituyen la catequesis más rancia, contraria al saber y a la ciencia; los que reducen a lo bestia la ayuda a la Real Academia Española y jamás ponen pie en ella (casi preferible esto último, para que así no la mancillen); los que no mueven un dedo para que los ciudadanos sean más ilustrados y civilizados, o lo mueven sólo para que cada día lo sean menos y se vuelvan tan brutos como ellos. Estos son los que ahora celebran haber encontrado, quizá, unas cuantas astillas de una cadera de Cervantes. Alguien les habrá chivado que es un nombre venerado y que escribió unas obras maestras aún leídas por suficientes excéntrico.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de abril de 2015

Javier Marías en el Festival Internacional de las Letras de Bilbao

JM Meulenhoff

Javier Marías participará en el ciclo “Evocando a Eros”, en el ámbito del VIII Festival Internacional de las Letras de Bilbao, ‘Gutun Zuria’, que tendrá lugar entre los días 16 y 25 de abril de este año en la ciudad.
El día 16 de este mes, a las 20 h., Marías conversará con la periodista Mª Luisa Blanco sobre el erotismo en la literatura. El acto se desarrollará en el Auditorio de la Alhóndiga (Plaza Arriquibar n.4).

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LA ZONA FANTASMA. 29 de marzo de 2015. ‘Percebes o lechugas o taburetes’

El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.

Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.

A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.

Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 22 de marzo de 2015. ‘Transformismo’

Cada vez que se entregan los Óscars, me pregunto cuándo y por qué la mayoría de los críticos, buena parte de los espectadores y los propios profesionales del arte dejaron de entender de cine o lo confundieron con otra cosa. Sí, ya sé que sobre gustos hay mucho escrito, pero que no cuenta, y desde luego no pretendo tener razón en los míos: siempre estoy dispuesto a considerar que el idiota y el lerdo soy yo, cuando todo el mundo elogia y premia una película que a mí me parece una ridiculez grandilocuente, como El árbol de la vida de Malick hace unas temporadas, o cualquiera de los engolados folletines truculentos de Von Trier o de Haneke, o las solemnidades semirreligiosas de Iñárritu.

Admito que seré yo el que se equivoque, el que carezca de sensibilidad, el que sólo vea “ademanes de genialidad” donde en realidad sólo hay genio sublime (qué digo ademanes: aspavientos). Sí, debo de haberme convertido en un zoquete: este año me pongo a ver ­Boyhood, que ha fascinado y estremecido a las mentes más preclaras, y me aburro del primer al último fotograma, encuentro el conjunto de una inanidad desesperante, y al final sólo me explico tanta boca abierta por una cuestión extracinematográfica, a saber: que la cinta se rodara pacientemente a lo largo de doce años con los mismos actores, y que veamos al joven protagonista ir cambiando desde la infancia hasta la adolescencia tardía. No le veo mérito ni necesidad a la cosa: la película habría sido casi idéntica de haberse rodado en cinco meses con dos o tres actores de físico parecido para representar al muchacho y con un poco de maquillaje y rellenos, como se ha hecho toda la vida, para los personajes adultos. No creo que se me hubiera acentuado por ello la indiferencia rayana en el tedio con que contemplé la maravilla. Insisto en que seré yo el merluzo, pero no me cabe duda de que si esta obra del montón –similar a otras muchas– ha provocado babeos se debe únicamente a la virguería de su eterno rodaje, de hecho lo más comentado.

De lo que estoy igualmente seguro es de que, con mínimas excepciones, se ha olvidado lo que es la interpretación, relegada por el espectáculo circense, la imitación y el transformismo. Si se repasa la lista de actores y actrices nominados al Óscar en lo que va de siglo, se verá que la mayoría lo fueron por hacer de idiotas o de enfermos, de travestis o transexuales, por haber engordado o adelgazado treinta kilos para representar su papel, por haber encarnado a alguien real y lograr la semejanza adecuada, por disfrazarse una actriz guapa de fea, por ponerse una nariz postiza y además fingirse Virginia Woolf, por hablar con acento extranjero. A Meryl Streep se la alaba por parecer Margaret Thatcher, a Helen Mirren por convertirse en la Reina Isabel, a Russell Crowe por interpretar a un Premio Nobel aquejado de no recuerdo qué trastorno, a Daniel Day Lewis, en su día, por simular un pie izquierdo paralítico o torcido, a Matthew McConaughey por haberse quedado chupado como un sídico, a Hilary Swank por haberse metido en la piel de una chica-chico o algo por el estilo, lo mismo que a ese tenebroso Jared Leto. Es decir, por virguerías. Este año no podía fallar: la excelente Julianne Moore sólo se ha visto galardonada cuando ha hecho de enferma de alzheimer, y en cuanto al joven Redmayne, llevaba todas las papeletas en este concurso de fenómenos en que se ha convertido la interpretación cinematográfica: no sólo daba vida a un enfermo de ELA, sino que además se trataba de una celebridad mundial, Stephen Hawking: dos numeritos en uno.

La confusión viene de antiguo, no se crean: recuerdo que en 1968 un soso actor ­olvidado, Cliff Robertson, recibió el Óscar por Charly, en la que, si no me equivoco, interpretaba a un retrasado. Creo que a Dustin ­Hoffman lo premiaron por un papel de ­autista, y a Robert de Niro sólo le dieron la estatuilla de mejor actor principal cuando se avino a metamorfosearse para representar al boxeador Jake La Motta. Con todo, hace unos decenios no era imprescindible transformarse en otro (reconocible), o deteriorarse a lo bestia, o afearse indeciblemente, para alzarse con el premio. Los numeritos se alternaban con las actuaciones memorables. Tengo para mí que aquéllos son mucho más fáciles: basta con cogerle el truco, o el tonillo, o la expresión, o el acento, o lo que sea en cada ocasión, y aplicarlo durante todo el metraje. Los personajes desmedidos son los más sencillos. Hoy sería imposible ver nominado a Jack Lemmon por El apartamento, o a James Stewart por La ventana indiscreta, o a Gregory Peck como abogado o a Maggie Smith como profesora, a Henry Fonda como jornalero o a Walter Matthau como cuñado astuto; a Burt Lancaster como Gatopardo o a Cary Grant en cualquier papel: todos demasiado sanos y normales y con matices, sin el requerido histrionismo, simplemente en interpretaciones ­extraordinarias. Ni siquiera Vivien Leigh por Lo que el viento se llevó habría triunfado: tendría que haberse convertido en un monstruo de gordura o de ancianidad o de fealdad o de enfermedad para que sus compañeros de la Academia de Hollywood se hubieran dignado considerarla.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,22 de marzo de 2015