LA ZONA FANTASMA. 28 de febrero de 2016. ‘Entusiasmo por la censura’

Franco estaría encantado, y todos los dictadores que en el mundo han sido, como lo estarán los actuales. Si algo caracteriza a nuestra época, es la pasión censora que domina a las sociedades: el afán de prohibir, de regularlo todo, de eliminar el pasado enojoso de la misma manera que Stalin hacía borrar de las antiguas fotografías a sus colaboradores caídos en desgracia, que fueron centenares. En esas fotos, una vez amañadas, se percibían inexplicables huecos, pero eso era preferible a que se viera al jefe soviético en compañías súbitamente indeseadas. Hay que recordar que, al menos en España, la censura es inconstitucional desde 1978, pero eso le trae sin cuidado a demasiada gente. Carmena ya ha arremetido alguna vez contra la prensa, culpándola de impedirle llevar a cabo sus torpes y estrafalarios planes municipales. Podemos ya ha avisado que convendría ponerle freno y controlarla, como viene haciéndolo desde hace lustros el régimen chavista en Venezuela. El PP se ha quejado de la propaganda existente contra él en unos pocos periódicos y televisiones, mientras que nunca protesta de los muchísimos más medios que tiene a su favor, si no a sus pies y quién sabe si a sueldo. En Rusia, los periodistas críticos con el Gobierno caen a menudo abatidos por balas o acaban en una prisión más o menos siberiana, a la vieja usanza. En la Argentina kirchnerista, hasta hace tres días, la prensa insumisa se veía hostigada y amenazada. Y no hablemos de Arabia Saudí y otros países árabes, en los que a un bloguero le pueden caer mil latigazos. Ni de México, donde los reporteros que no son el complaciente y fatuo Sean Penn pierden la vida.

Pero todos estos son formaciones, Gobiernos o mafias con clara vocación represora y totalitaria. El problema mayor son las sociedades, el ánimo censor que se va adueñando del planeta. Ya escribí aquí hace tiempo sobre la pretensión de muchos estudiantes estadounidenses de suprimir en sus universidades toda opinión o discurso que a cada cual desazone u ofenda. Quieren que unos lugares que siempre fueron de cuestionamiento y debate, de confrontación de ideas, se conviertan en lo que llaman “safety spaces” o algo así, “espacios seguros” en los que nadie altere sus convicciones con inquietantes pareceres, y la única forma de conseguir eso es que nadie diga nada que pueda molestar a alguien, es decir, nada de nada. Hace unas semanas hablé del destierro al que el Rijksmuseum ha condenado a veintitrés vocablos, desaparecidos de los rótulos de sus cuadros. En la Real Academia Española recibimos sin cesar peticiones airadas para que se borre del Diccionario tal o cual acepción o término que al remitente le parecen reprobables. Lejos de abstenerse de usarlos o recomendar la abstención a sus conciudadanos, exige su ostracismo y que no quede rastro. Recientemente un alto cargo de la Compañía de Jesús ha solicitado la supresión de “jesuita” como “hipócrita, taimado”, y un representante del Gobierno del Japón lo mismo respecto a “kamikaze” como “terrorista suicida”. Ni estos señores ni tantos otros entienden que la gente es libre de utilizar las palabras como le venga en gana y que, si un uso se extiende, la Academia está obligada a consignarlo. Demasiadas personas no entienden ya la libertad, o no la desean para los demás.

Ahora la Organización Mundial de la Salud propone que todas las pelícu­las pasadas o presentes en que aparezcan personajes fumando sean “no recomendadas para menores” (eso incluiría Siete novias para siete hermanos), igual que Franco y su Iglesia calificaban “para mayores” todas aquellas en las que se vieran un escote semigeneroso o besos apasionados. La OMS, en cambio, no toma medidas contra los millones de imágenes que muestran muertes violentas. Según ella, el consumo de tabaco en la pantalla incita a la emulación, pero no los cuchillos, las pistolas, los fusiles de asalto ni los drones. Que lo pregunten en los Estados Unidos, donde no es difícil adquirir estas armas. ¿Y el alcohol, las drogas, el maltrato, las torturas y las violaciones? A este paso todas las películas y series deberían ser para adultos maduros, porque ya ven lo pusilánimes que son los universitarios.

Hoy hay demasiados individuos a los que no les basta con no hacer esto o aquello: aspiran a que nadie lo haga. Los términos que nos hieren, sean prohibidos; los hábitos que desaprobamos, tórnense ilegales; las ideas que nos perturban, no sean emitidas; las escenas que juzgamos perjudiciales, no existan, no las vea nadie. (Quizá se hayan fijado en que ya no se ven caer caballos en las batallas cinematográficas: no basta con que se jure que ningún animal ha sido dañado en ningún rodaje, está vetada hasta la simulación de ese daño.) La libertad está hoy rodeada de enemigos, y no son los únicos los miembros del Daesh y los talibanes. Poco a poco, y con subterfugios, se compite con ellos en nuestras sociedades. Las libertades arduamente conseguidas en ellas van cayendo, en abominable connivencia entre la derecha y la izquierda o lo que así se llamaba (claro que las actuales “izquierdas” suelen ser falsas, impostoras). Hasta Playboy ha renunciado a sacar desnudos en sus páginas, para acoplarse a la omnipresente censura, con frecuencia disfrazada: los desnudos están prohibidos para menores de trece años en Instagram y otras redes. Si los suprime, Playboy podrá colgar sus fotos en estos sitios y hacer más caja. Castigar con la pérdida de ingresos es una de las formas más viejas y eficaces de imponer las prohibiciones. Franco y los demás dictadores estarían extasiados, al ver cómo sus enseñanzas han prosperado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de febrero de 2016

Reseñas inglesas

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Javier Marias’s game of mirrors in Madrid
MIRANDA FRANCE
Prospect, 16 February 2016
Javier Marías, Thus Bad Begins: ‘In the grip of a secret vice’, book review
ENMA TOWNSHEND
The Independent, 21 February 2016
Thus Bad Begins by Javier Marías review – ‘a demonstration of what fiction can achieve’
HARI KUNZRU
The Guardian, 26 February 2016
Javier Marías’s Thus Bad Begins: A touch of Vertigo in post-Franco Madrid
LEE LANGLEY
The Spectator, 27 February 2016
Javier Marías – Thus Bad Begins
PADDY KEHOE
RTÉ, 27 February 2016
SECRETS AND LIES: JAVIER MARÍAS
ROSEMARY GORING
Herald Scotland, 27 February 2016

Edición inglesa de ‘Así empieza lo malo’

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THUS BAD BEGINS
JAVIER MARÍAS
Translator Margaret Jull Costa
Penguin, 25 February 2016

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The full English
Entrevista completa
ROBERT COLLINS
The Sunday Times, 14 February 2016
Thus Bad Begins by Javier MarÍas; Trans. by Margaret Jull Costa, book review
AYESHA MANAZIR SIDDIQI
The Independent,18 February 2016
‘Thus Bad Begins’, by Javier Marías, translated by Margaret Jull Costa
LUKE BROWN
The Financial Times, 19 February 2016
16 Things to Expect from the New Javier Marías Novel
DAMIAN TARNOPOLSKY
Partisan, 16 September 2015

LA ZONA FANTASMA. 21 de febrero de 2016. ‘Sin exigencias’

La medida ha causado considerable y merecido revuelo en casi todo el mundo, tanto por el hecho en sí como por lo que significa. Como ya sabrán, durante una reciente visita a Roma del Presidente de Irán, Hasan Rohaní, las autoridades italianas decidieron cubrir –más bien ocultar– las estatuas antiguas de los Museos Capitolinos, para que sus desnudos no ofendieran al alto dignatario, o tal vez no lo incitaran a pecar de pensamiento, algo que también juzgaba frecuentísimo (y tan grave como el pecado de obra o de palabra) el Catecismo católico que muchos hubimos de memorizar de niños. En vista de la reacción justamente indignada de numerosos ciudadanos, el Gobierno de Matteo Renzi (católico practicante, me temo que más que socialista) se ha desentendido y ha echado balones fuera: la idea no fue nuestra, no se sabe de quién partió, quizá lo exigió la propia delegación iraní. Pero ésta, por boca del propio Rohaní en rueda de prensa, desmintió la imposición, aunque se mostró complacida con la deferencia, más bien servidumbre: “No pedí nada”, dijo el Presidente, “pero sé que los italianos son muy hospitalarios e intentan hacer de todo para que uno se encuentre a gusto. Les doy las gracias por ello”.

Poco después este hombre se desplazó a París, y allí lo que se procuró fue que no viera una gota de vino, que su fe también prohíbe. ¿Qué hacemos?, se preguntaron los franceses; porque aquí son inconcebibles una cena o almuerzo en los que no se ofrezca vino a los comensales. Démosle una merienda, en la que nos podemos arreglar con té, café y refrescos sin que nadie ponga el grito en el cielo. Y así se hizo. No hace falta recordar que el objetivo primordial de ambas visitas eran negocios, tras el levantamiento de las sanciones al régimen ayatólico. El anciano politólogo Giovanni Sartori, de 92 años, ha sido uno de los que han hablado más claro (la gente vieja tiene la ventaja de decir lo que piensa sin miedo): “Cubrir las estatuas es ridículo, absurdo. Es el reflejo de un mundo imbécil que hace sólo lo que encuentra útil y conveniente en cada momento. Uno tiene derecho a que se respeten sus principios y tradiciones. Si Irán lo tiene, también nosotros. Se podía haber hallado otra solución, con un recorrido distinto o un sitio diverso a un museo con desnudos, pero jamás se debió llegar a esta payasada inadmisible”. Y sugirió, con gracia, que se hubiera recibido a Rohaní entre Ferraris, dada la índole comercial de su embajada, con un séquito de seis ministros y un centenar de empresarios.

El episodio es chusco, en efecto, como lo es el de la merienda parisina, que ha provocado menos alboroto pero resulta igual de abyecto. Y los dos son sintomáticos de la cobardía y la indignidad que hoy recorren Europa. Es éste un continente con un ilimitado complejo de culpa y una fuerte tendencia a flagelarse, sin demasiado motivo. Siempre me ha parecido irritante y engreído “pedir perdón” por lo que hicieron nuestros antepasados. Ni somos ellos ni podemos arrogarnos la capacidad de hablar en su nombre. No podemos atribuirnos sus virtudes ni sus defectos, sus heroicidades ni sus crímenes. Pensar que todo eso se hereda de generación en generación, indefinidamente y hasta el fin de los tiempos, es tan arrogante como injusto y se asemeja peligrosamente al concepto de “pecado original”. Parece haberse olvidado la máxima “Responda cada cual de sus actos”, y no de los del abuelo, el padre o el hermano. Está bien, sin embargo, que no queramos ser como otros más intolerantes. Sería abominable que, con tanto ciudadano musulmán, nos opusiéramos a que se erigieran mezquitas en nuestro suelo, aunque en los países de esa religión no suela haber contrapartida, porque en ellos raramente se consiente la libertad de culto o el ateísmo. Es de cajón que la gente islámica que vive aquí observe sus preceptos, costumbres y prohibiciones, siempre que no infrinjan las leyes de todos ni atenten contra los derechos de nadie. Nada más lógico que no tomar por desaire que Rohaní desdeñe el vino, pero de ahí a que nadie lo tome en su presencia, a que desaparezca de las mesas porque él lo desaprueba, va un inmenso trecho. Y lo mismo para las estatuas romanas. Si un musulmán estricto viene a nuestros países, debe saber que aquí se representa el cuerpo desnudo –bien que intermitentemente– desde hace unos 2.500 años. Puede por tanto renunciar a su visita o cerrar los ojos, pero no esperar ni exigir que vayamos cubriendo esculturas a su paso con pleitesía. Recordaba Savater hace semanas que el imán de la mezquita de Colonia se mostró comprensivo con quienes en Nochevieja manosearon y en algún caso violaron a mujeres locales: “Iban perfumadas …, casi desnudas”, dijo, ¿y qué iban a hacer los pobres varones recién llegados? Con el habitual complejo de culpa, ya hay quien recomienda a nuestras mujeres que se recaten en el vestir, en otro gesto de sometimiento. Los países ­europeos deben ser firmes y razonables. La cuestión es tan sencilla como la siguiente: ahora que fumar tanto espanta, yo he declinado invitaciones a casas en las que se me advertía que allí no podría hacerlo. Respeto a mis anfitriones, no acepto una invitación condicionada, no voy y punto. Lo que sería inadmisible es que yo obligara a fumar a quienes vinieran a la mía o que ellos me impusieran a mí abstenerme en ella, por su presencia. La solución sensata es tan fácil que causa rubor que aún se discuta: el que venga con exigencias, que no venga.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de febrero de 2016

‘While the Women Are Sleeping’, la película

Ecriture

‘While the Women Are Sleeping’ (‘Onna ga Nemurutoki’): Berlin Review
DEBORAH YOUNG
The Hollywood Reporter, February 15, 2016
‘While the Women Are Sleeping’: Berlin Review
KOHEI USUDA
Screen Daily, February 14, 2016
Eines Tages werde ich sie töten
JAN SCHULZ-OJALA
Der Tagesspiegel, 15 februar 2016
Berlinale 2016 – While the Women Are Sleeping, di Wayne Wang
SIMONE EMILIANI
Sentieri Selvaggi, 16 febbraio 2016
WHILE THE WOMEN ARE SLEEPING: IL LATO MORBOSO DI TAKESHI KITANO
ANTONIO CUOMO
Movieplayer, 15 febbraio 2016
Berlinale 2016: While the Women Are Sleeping
Critique Film, 15 février 2016
Berlin Film Review: ‘While the Women Are Sleeping’
MAGGIE LEE
Variety, February 16, 2016

MED Italia

‘Mientras ellas duermen’ en Berlín

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La Berlinale es una gran novela
GREGORIO BELINCHÓN
El País, 14 de febrero de 2016
El hiperrealismo iluminado según Terence Davies
LUIS MARTÍNEZ
El Mundo, 14 de febrero de 2016
Cuando el brutal Takeshi Kitano encontró a Javier Marías
JOSÉ LUIS LOSA
La Voz de Galicia, 15 de febrero de 201
Wang llevó a la Berlinale su fascinación por la mujer durmiente de Javier Marías
EFE, 14 de febrero de 2016
Wang y la mujer durmiente de Marías
Diario Vasco, 14 de febrero de 2016

While the womwn UK

LA ZONA FANTASMA. 14 de febrero de 2016. ‘Esto no estuvo aquí siempre’

Si ha habido en tiempos recientes una engañifa injusta, despreciable y en el fondo muy burda, ha sido la autopropaganda de algunos partidos saltados hace poco a la palestra. La base de su publicidad ha sido presentarse como “nuevos” frente a las formaciones “viejas”, proclamarse “más representativos” pese a no haber pasado apenas por las urnas, vociferar que “la gente” (concepto vago y delicuescente) está con ellos, mientras que los demás son “una casta” (término no original, sino copiado del tonto italiano Grillo) al servicio de “los de arriba” (otro concepto tan demagógico y facilón como difuso), y brincar por el tablero con la misma facilidad que los caballos de ajedrez: ahora somos de extrema izquierda, ahora socialdemócratas, ahora de centro, ahora estamos con “los de abajo” como Perón, ahora creemos en la democracia, ahora en el asambleísmo, ahora queremos arrumbar la Constitución, ahora preservarla y reformarla, ahora defendemos el “derecho a decidir”, ahora a medias, ahora tenemos por modelo a Venezuela, o no, mejor a Dinamarca … Si algo parece claro, y sin embargo dista de estarlo para un gran número de votantes, es que ni Podemos ni la CUP, por mencionar a los más conspicuos, son de fiar en absoluto y nada tienen de “nuevos”. Al contrario, su oportunismo y su desfachatez se asemejan enormemente a los del PP, sobre todo cuando éste se siente acorralado; con la diferencia sustancial de que, hasta ahora, ninguno de esos dos partidos se ha sentido acorralado, lo cual equivale a decir que su oportunismo y su desfachatez son vocacionales. Están en su naturaleza, que en modo alguno desdeña engañar a la gente, ni tratarla como a idiota, si eso vale para sus propósitos.

Lo único en lo que no han variado su discurso es en la condena general de lo que han dado en llamar “el régimen del 78” (a la capciosa definición también se han apuntado ERC, IU y otros). La palabra “régimen” está muy connotada: así se calificaba a sí mismo el franquismo. Al aplicar el término al largo periodo democrático que hemos vivido, se intenta asimilarlo a la dictadura, lo cual, como he dicho antes, es injusto, burdo y despreciable, y supone ponerse en contra no sólo de los actuales políticos a menudo corruptos y sin escrúpulos, sino también de los que llevaron a cabo la Transición, todo lo imperfecta que se quiera, e instauraron la democracia sin apenas derramamiento de sangre. Es decir, se ponen del lado de quienes la combatieron en su día. ¿Y quiénes eran esos? Los residuos más recalcitrantes del franquismo, que detestaban al Rey, a Suárez, a su necesario colaborador Carrillo, al General Gutiérrez Mellado y a Felipe González; la extrema derecha terrorista, autora de la matanza de Atocha; una parte considerable del Ejército, muchos de cuyos mandos aún eran leales a Franco, y de ahí que en aquellos años se rumoreara cada poco que había “ruido de sables”, los cuales se convirtieron en estruendo con el golpe fallido de Tejero; la policía, que costó Dios y ayuda que se amoldara a los nuevos tiempos (aquellos sí que eran nuevos de verdad, y no de pacotilla) y comprendiera que su función era proteger a los ciudadanos y no controlarlos y amenazarlos; y ETA, claro, que incrementó su actividad y llegó a asesinar a ochenta personas en un solo año.

Se ha perdido de vista con qué se hubieron de enfrentar los políticos de la época, alegremente denostados ahora por muchos jóvenes y no jóvenes que reclaman para sí un heroísmo que, para su bendición, no está a su alcance. Se han encontrado un país plagado de defectos y carencias e injusticias, pero no intrínsecamente anómalo, como aún lo era el de 1976. Se han encontrado con un Ejército profesional y sometido al poder civil, del que nadie teme que se pueda levantar en armas contra sus políticos y su propia gente; con una policía que, como todas, comete excesos, pero que no representa un peligro para la población ni detiene a capricho; con un país sin censura, con libertad de expresión, en el que se admite cualquier postura (incluida la disgregación) siempre que no la acompañe violencia; con divorcio (no lo hubo hasta 1981), sin sumisión legal de la mujer, con libertad religiosa, con matrimonio homosexual, sin juicios de farsa, con sindicatos (¿o es que ignoran que estaban prohibidos en el franquismo, lo mismo que los partidos y las elecciones?). Quienes han nacido ya con esto no saben o no quieren saber que esto no estuvo aquí siempre; que costó mucho esfuerzo, mucha mano izquierda, mucha habilidad conseguirlo sin casi sangre, así como buenas dosis de renuncia y contemporización necesarias. La prueba del éxito de la operación en su conjunto es la propia existencia de esos partidos “nuevos” pero nada novedosos, dedicados a echar pestes de quienes la llevaron a cabo. Aquellos políticos y aquella sociedad civil sí que tuvieron dificultades, sí que inauguraron una era e hicieron una revolución en sordina, sí que se la jugaron de veras. Hasta la vida, algunos. Lo hicieron regular o mal en algunos aspectos, qué menos. Podría haberse hecho mejor, como toda empresa humana. Pero lo que desde luego no merecen es el vituperio a que se los lleva sometiendo algún tiempo, a ellos y a sus logros. Por parte, además, de ventajistas y megalómanos, de los que la política ha estado llena desde su prehistoria. Nada tan viejo como los caudillos “carismáticos” y con labia. Lo que hoy presume de “nuevo” es en realidad de una ancianidad, qué digo: de una decrepitud pavorosa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 7 de febrero de 2016. ¿Peccata minuta?

Justo antes de Navidad, una editorial extranjera que próximamente me publicará una novela me envió 1.055 portadillas del libro para que las firmara, con vistas a satisfacer a los clientes de su país que gustan de ejemplares autografiados por los autores. Y ante la inminencia de las vacaciones, además me metieron prisa. Lo interrumpí todo y dediqué un montón de horas a la tarea (una, dos, tres, y así hasta 1.055, aquello no se acababa nunca). Las tuve listas a tiempo y fueron enviadas, pero la persona que me había hecho la petición ni se dignó poner una línea diciendo “Recibidas, gracias”, con eso habría bastado. Ante la grosería, me dieron ganas de cancelar el viaje promocional previsto para dentro de poco. Pero claro, me abstuve de tomar tal medida, porque se habría considerado “desproporcionada”, o tal vez “divismo” o algo por el estilo. Hoy mismo veo que una actriz americana se permitió sugerirle a un periodista, en medio de la rueda de prensa que ella estaba ofreciendo, que dejara de teclear en su móvil y tuviera la delicadeza de atender a sus respuestas. El comentario de esa actriz ha sido calificado en seguida de “salida de tono” y de otras cosas peores. Bien, todo leve.

En otro sitio, y hace más de veinte años, escribí una columna defendiendo al futbolista Cantona, que había sido suspendido por su club, por la federación inglesa y no sé si por el Papa de Roma (amén de anatematizado por la prensa internacional en pleno), tras propinarle un puntapié a un hincha del equipo rival que se había pasado el partido soltándole barbaridades sin cuento. Sin duda la reacción de Cantona fue excesiva, pero moralmente –que era como más se le condenaba– yo argüía que la razón estaba de su parte. En contra de lo que se piensa, un jugador no tiene por qué soportar estoica o cristianamente los brutales insultos de la masa, o lo hace tan sólo porque los insultadores son eso, masa: es difícil individualizarlos e imposible enfrentarse a todos ellos. Ahora bien, si uno descuella, si uno se singulariza, ¿qué ley le impide a cualquiera plantarle cara y defenderse?

Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida. Parece normal y aceptable –la “libertad de expresión”, señor mío– que la gente injurie, provoque, zahiera y suelte atrocidades sin que pase nada. Y en cambio, si el injuriado, provocado o zaherido responde, o retira el saludo, o se niega a recibir a quien lo ha puesto o pone verde, caen sobre él todos los reproches. “Tampoco es para reaccionar así, hay que ver”, se dice. “Qué borde y qué resentido”, se añade. “Qué intolerancia la suya”, se continúa; “al fin y al cabo los otros ejercían su derecho a opinar y ahora le estaban tendiendo la mano”. Se ha extendido la extrañísima idea no ya de que se puede decir –e incluso hacer– lo que se quiera, sino de que eso no debe tener consecuencias. Y si el ofendido obra en consecuencia, entonces es un intransigente y un exagerado.

Si hay políticos catalanes que llevan años clamando contra la “opresión borbónica” o la “ladrona España”, y asegurando que nada tienen ni quieren tener que ver con este país (al que nunca llamarán por su nombre), esos mismos políticos se sorprenden y enfadan si un Borbón, o un español corriente, rehúsan estrecharles la mano. Fernando Savater y otros perseguidos de ETA lo han experimentado largos años. Savater ha vivido lustros amenazado y ultrajado, sin poder dar un paso sin escolta, insultado y vejado por los aliados políticos y simpatizantes de los terroristas. Y si ahora no le sale “perdonar” a sus aspirantes a verdugos y jaleadores, hay que ver, es él el rencoroso, el vengativo, el crispador y el desalmado. Se puede ser violento, se puede agraviar y ser grosero, se puede impedir hablar a alguien en una Universidad, se puede poner a caldo a cualquiera. Bueno. Lo que ya es inexplicable es que además se pretenda que todo eso se olvide cuando el ofensor cesa, o cuando a éste le interesa, y que carezca de toda repercusión y consecuencia. En una palabra, se exige impunidad para los propios dichos y hechos. Peccata minuta.

Yo he hablado aquí acerbamente de figuras como Aznar, Rajoy o Esperanza Aguirre. Bien, estoy en mi derecho. Pero lo que nunca se me ocurriría sería pedirles audiencia; si, llegado el caso (improbable), ellos me negaran el saludo o me respondieran con un bufido o desaire, me parecería lógico: desde su punto de vista, me los tendría bien ganados. Y si un día me arrepintiera de cuanto he vertido sobre ellos (aún más improbable), y quisiera “hacer las paces”, no me sorprendería que me contestaran de malos modos o con una impertinencia. Lo manifestado y lo sucedido no dejan de existir porque cesen a partir de un momento determinado; lo que ya no se prolonga no queda borrado por su mera interrupción. El sufrimiento padecido no se olvida porque “ahora esté en el pasado”. Los años de pena, de dolor, de miedo, de afrenta y hostilidad no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron. Sin embargo, nuestras absurdas sociedades pretenden no sólo eso, sino que además el aguante sea ilimitado y el “perdón” simultáneo al agravio. A Cantona o a cualquiera se les puede provocar y maldecir sin medida; se puede ser grosero o agresivo, o humillar hasta el infinito. Pero ay del que se lo tenga en cuenta a los agresores y a los humilladores. Será un intransigente, y su conducta la más censurable de todas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2016

La isla de Redonda

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MAPAMUNDI DE LUGARES INSÓLITOS, MÍTICOS Y VERÍDICOS
LUIS PANCORBO
Fondo de Cultura Económica, enero de 2016

Se propone con este libro dar cuenta de la nostalgia por los viejos mapamundis, y colmar el deseo de explorar viejas lagunas con una nueva experiencia. Luis Pancorbo traza este concienzudo y medular mapamundi desde la realidad geográfica más impensada y aporta numerosas pesquisas antropológicas y claves del imaginario mitológico del planeta. Mediante cientos de entradas se perfila una cierta idea del mundo conocido o por reconocer, tanto en sus parajes próximos como extremos, y se rastrean incitantes sitios del mito y del ahora.

LA ZONA FANTASMA. 31 de enero de 2016. ‘Sofistas de museo’

La noticia mereció portada en este diario: “La corrección política asalta el museo”, rezaba el titular, y el reportaje de Isabel Ferrer se iniciaba con una cita falseadora y sofista de la responsable del Departamento de Historia del célebre Rijksmuseum de Ámsterdam. “Imagínese un cuadro titulado Franchute vestido de gala. O, si no, Gabacho montado a caballo. Sonaría ofensivo, ¿no?”, decía Martine Gosselink, y añadía: “Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo, que ya no encajan en nuestra sociedad”. Gosselink y su equipo han decidido, por tanto, desterrar de los rótulos de los cuadros nada menos que veintitrés vocablos, entre ellos “negro”, “cafre”, “indio”, “enano”, “esquimal”, “moro” o “mahometano”, “considerados despectivos”. (¿Cuáles serán los otros dieciséis?)

La pregunta no se me hace esperar: ¿considerados por quiénes? Si he tachado de sofistas las declaraciones de esta señora es porque empieza por equiparar términos que sí tienen voluntad ofensiva por parte de quien los emplea con otros que son meramente descriptivos y que, si acaso, sirven a la economía del lenguaje y a la comprensión entre las personas. En todos los idiomas, supongo, existen acuñaciones hechas con ánimo denigratorio, como –en español– las mencionadas “franchute” y “gabacho”, o en francés “boche” para menospreciar a un alemán.

En el inglés de los Estados Unidos lo son “Polack” para referirse a un polaco (en vez de la neutra “Pole”) o “Spic” para denominar a un hispano, “Wop” y “Dago” para un italiano o “Limey” para un británico. “Nigger” para un negro tenía la misma intención, no así “Negro” en su origen, que no era sino la trasposición del vocablo español, por tanto un extranjerismo con función más bien eufemística. Quien utiliza esas expresiones lo suele hacer a mala idea, para provocar o humillar. Pero este no es el caso de las que Gosselink se dispone a suprimir. Se han usado siempre, como digo, para entenderse, porque no se puede pretender que el conjunto de la población sepa distinguir con precisión entre las distintas tribus nativas de América o entre los miembros de los diferentes países árabes, entre las etnias del África o entre los nacionales de lo que solía conocerse por “Lejano Oriente”.

Por eso, durante mucho tiempo, a estos últimos se los llamó “orientales” en Occidente y todo el mundo se entendía, hasta que en los Estados Unidos (pioneros de todas las quisquillosidades y bobadas) se dictaminó que eso era “ofensivo” y se sustituyó por “asiáticos”. Nunca he comprendido por qué esta denominación les parece mejor y aceptable, cuando tan asiáticos son, además, los indios de la India y los pakistaníes como los japoneses y los chinos, y me temo que los dos primeros grupos quedan excluidos del término, al menos en el habla normal y común a todos.

Uno de los ejemplos que aparecen en el reportaje da idea de la ­ridiculez del asunto. “Esquimal”, señala Isabel Ferrer, “es el nombre ­genérico para los distintos pueblos indígenas de zonas árticas y de Siberia. En cuanto se identifique el grupo étnico al que pertenecen” (los esquimales pintados en cuadros, deduzco), “se puede cambiar por inuit, yupik, kalaallit, inuvialuit, inupiat, aluutiq, chaplinos, naucanos o sireniki, sus diversas comunidades”. Y explica Gosselink muy ufana: “Primero hay que encontrar la rama concreta del poblador. No nos podemos equivocar …” Si mi entendimiento no me engaña, me imagino la surrealista y conmovedora escena: un grupo de expertos y fisonomistas escrutando el cuadro en el que aparece un esquimal y tratando de discernirlo (eso en el supuesto de que el pintor fuera bueno, y realista, y fidedigno, y no inventara ni adornada nada). “Yo me inclino por un aluutiq”, diría uno. “No sé yo”, respondería otro, “le veo rasgos de inuvialuit, aunque la zamarra es más propia de chaplino”. Jamás he oído como negativo el término “esquimal”, ni “moro” tiene nada malo en sí (otra cosa sería “moraco”), ni “enano”.

¿Quiénes han pasado a considerarlos despectivos? Tal vez los propios interesados, no sé. Es sabido que desde hace decenios hay gordos que exigen ser llamados cosas tan antieconómicas e incomprensibles como “personas de tamaño distinto”, entre las que cabrían también los gigantes, los niños, por supuesto los enanos y acaso los anoréxicos. Hay sordos que detestan ser conocidos por ese nombre y ciegos que por el suyo, y hace siglos que fueron condenados vocablos como “tullido”, “lisiado”, “paralítico” o “minusválido”. Supongo que “discapacitado” correrá la misma suerte, y que pronto serán desterrados “cojo”, “manco”, “miope” y “bizco”. Creo que quienes demonizan estas palabras son los verdaderos racistas, xenófobos y discriminadores, porque lo que en verdad demonizan es lo que significan (el significado y no el significante, dicho con pedantería). Si yo digo “ese negro” para referirme a alguien no tiene peor intención que si digo “ese rubio” o “ese con pecas”, es una manera de identificar, nada más. Y si se me habla del cuadro Cabeza de hombre, me será más difícil reconocer la pintura en cuestión que si se siguiera titulando

Cabeza de negro, como hasta hace poco. Si nos atenemos y plegamos a la subjetividad y el capricho de cada uno, y a la extrema susceptibilidad de nuestros días, pronto no habrá nombre que no esté estigmatizado y prohibido, y entonces no nos entenderemos. “Te veo con tamaño distinto”, me esforzaré en decirle al próximo amigo al que vea muy engordado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2016

Kristin Scott Thomas y Javier Marías

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¿Se arrepiente de alguna de sus películas?
Por supuesto. He hecho demasiadas, unas 70. Pero si Almodóvar me llamara mañana le diría que sí al instante. Hay gente con mucho talento en el cine español. También me gusta mucho un escritor español, Javier Marías. No es que ya no ame el cine, pero ya no quiero que mi trabajo sea hacer cine.

ISABEL NAVARRO

Mujer Hoy, 5 de diciembre de 2015

Cervantes y Marías

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“Que los ingleses se queden a Cervantes; lo tratarán mejor”

Javier Marías, escritor y miembro de la RAE:

“Hace algunas semanas escribí un artículo titulado En favor del pasado. En él denunciaba el olvido e ingratitud con el que en España hemos tratado a nuestras mejores figuras y particularmente a los que han muerto. No me extraña. En los últimos tiempos, a ninguno de los partidos políticos que han concurrido a las elecciones se les ha escuchado hablar de cultura. Este olvido respecto a Cervantes puede deberse a que en los últimos años se han celebrado sucesivas conmemoraciones, aunque hayan pasado sin pena ni gloria. Durante los años ochenta y los noventa pareció que íbamos a prestar más atención a estas cosas, pero compruebo que hemos vuelto al desdén, al olvido, a la injuria y en estos últimos cuatro años a una hostilidad equiparable a la que existió hacia el mundo de la cultura en la época del franquismo. No me lo acabo de explicar”.

JESÚS RUIZ MANTILLA

El País, 28 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 24 de enero de 2016. ‘La imparable mengua de mi reputación’

Quienes siguen estas columnas ya saben que suele haber una anual sobre la imparable escalada armamentística a que me somete con sus regalos de Reyes mi colega Pérez-Reverte. Ya conté que en los anteriores había ascendido un peldaño, y, tras varios de cuchillos, revólveres y pistolas, se había inclinado por un arma larga, un fusil desmontable o pistola ametralladora Sten, según los pedantes términos de mi amiga y colaboradora Mercedes, que por un azar se convirtió en experta y no perdona un vocablo inexacto. Tanto ella como Aurora como Carme, las personas que más me ven en mi casa, se mofaron de lo lindo y me anunciaron un bazuca o un cañón para los siguientes Reyes. Este año Pérez-Reverte, muy generoso, me amenazó con un incremento de potencia y tamaño, en efecto. (Como siempre, y para que los puritanos no pongan el grito en el cielo, conviene advertir que son réplicas perfectas, y que no disparan.) Le rogué que se abstuviera: los subfusiles y rifles ocupan un sitio del que carezco en mi casa, y además apelé a su ejemplo: hace unos meses AP-R me invitó por fin a su domicilio, junto con nuestro amigo Tano y el excelente periodista y poeta Antonio Lucas. Y, en contra de lo que yo suponía, descubrí que no le cuelgan de los techos aviones Messerschmidt ni vi la piscina invadida por submarinos. Es más, ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas. Eso sí, imponentes. Aparte de una vitrina con dagas y puñales varios, el Capitán Alatriste posee una fantástica colección de unos sesenta sables de caballería auténticos, en perfectos estado y orden. Como los tres convidados apreciamos los objetos que no callan enteramente su pasado, AP-R tuvo a bien mostrarnos unos cuantos. No sé por qué, insistía en que fuera yo quien desenvainara las piezas (quizá porque soy zurdo), y cada vez que sacaba una espada veía cómo Tano y Lucas retrocedían un par de pasos, temerosos de que mi brazo calculara mal las distancias y cometiera un estropicio. Una colección fantástica, ya digo.

Así que se avino a limitarse a las pistolas. Quedamos temprano en un restaurante que él frecuenta, para que no hubiera comensales que pudieran atragantarse cuando me entregara su joya, una pistola automática Colt M1911. Yo le correspondí, como siempre, con algo más civil, el libro The British Spy Manual, un facsímil de la guía que destinó el Ministerio de la Guerra a los comandos secretos de la Segunda Guerra Mundial, con fotos e ilustraciones de los ingeniosos utensilios de que se valían aquéllos en sus arriesgadas misiones, incluidas las herramientas mortales. Pero a la pistola de Reyes: fue un modelo inventado por el famoso diseñador mormón John Moses Browning, con un fin en verdad mortífero: tras la toma de las Filipinas a España en 1898, no pasaron demasiados años antes de que los líderes religiosos musulmanes del archipiélago declararan la guerra santa (la yihad, vamos) a sus “libertadores”, con la consiguiente y consabida promesa del paraíso inmediato para cuantos cayesen en combate. Y así surgieron los llamados “Moros de Filipinas” o “Juramentados”, guerreros tan feroces y suicidas que, armados sólo con machetes, se abalanzaban a la carrera contra los soldados estadounidenses. No sólo los animaba su fe, me explicó Arturo, sino sustancias alucinógenas que los hacían creerse invulnerables. Y en parte lo eran momentáneamente, en efecto. El revólver reglamentario que utilizaban las tropas americanas era del calibre .38 long colt, cuyo “poder de parada” era escaso. Por “poder de parada” se entiende capacidad para frenar en el acto y dejar seco al atacante. Aquellos “Juramentados” lograban llegar con sus machetazos hasta los soldados aunque éstos les hubieran descargado las seis balas de su revólver, tal era su ímpetu. El ejército observó que algunos afortunados que aún poseían el viejo Colt M1873 (el clásico del Oeste, también regalo de AP-R hace unos años), de calibre .45, conseguían parar al fanático al primer tiro. Así que el nuevo Colt M1911 adoptó dicho calibre. El arma resultó tan eficaz que no fue jubilada hasta 1985, y fue empleada en las dos Guerras Mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam, nada menos. Y, claro, también la usaron numerosos gangsters.

Llegó el momento de que Arturo me enseñara su funcionamiento, y el restaurante estaba a rebosar, no era cuestión de provocar una estampida. Nos acercamos hasta el portal de mi casa, y allí estábamos amartillando y apretando el gatillo como dos críos de antaño o quizá dos idiotas, cuando salió del ascensor una joven que nos miró aterrorizada (ya digo que las réplicas son perfectas: de haber sido ella un policía de Ferguson o Chicago nos habría acribillado allí mismo sin preguntar, a buen seguro). Nos apresuramos a apuntar hacia el suelo y decirle: “No se asuste, es de mentira, no dispara”. “Menos mal”, contestó ella con nerviosismo y apretando el paso hacia la salvadora calle, casi espantada. En fin, no hay año en que, gracias a la generosidad de mi colega AP-R, mi reputación no mengüe. Es fácil que la joven haya alertado a todo el vecindario de que vive un majadero belicista en la escalera. No sé si son imaginaciones mías, pero empiezo a notar que alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un apresurado “Buenos días, caballero” y pasa a toda velocidad a mi lado. (Lo de “caballero” debe de ser irónico.) Me preocuparé muy en serio cuando alguno me ofrezca su cartera y levante los brazos rindiéndose, antes de mediar palabra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 17 de enero de 2016. ‘Que no sigan hablándonos’

La cosa no es nueva en absoluto, pero nunca había adquirido las proporciones actuales en España, quizá el país que tiene más a gala la indiferencia por sus mejores hombres y mujeres, cuando no el desdén y la ingratitud hacia ellos. Pero el fenómeno va a más, y alcanza también a los regulares y malos: en realidad alcanza a cuantos no están vivos, y éstos son legión y siempre más numerosos que los que aún pisan la tierra. Los que nos dedicamos a actividades públicas deberíamos notarlo, y, lejos de sentirnos halagados por vernos solicitados o porque se nos otorguen ocasionales premios, nos tocaría preocuparnos por el hecho de que nuestra presencia –física las más de las veces, en todo caso incesante– se haya convertido en requisito indispensable para la visibilidad de nuestras obras. Como si éstas no se bastaran, ni tuvieran carta de existencia, a menos que las arrope con su rostro, sus declaraciones triviales, sus sesiones de firmas y sus apariciones en insoportables “festivales” literarios el desgraciado autor convertido en vendedor puerta a puerta, o por lo menos en viajante de comercio. Si uno no da entrevistas acerca de lo que ha escrito (o de lo que ha rodado: los cineastas emplean un año entero en promocionar su nueva película hasta en el último rincón en que se estrene), si no se desplaza a cada país al que se le traduce, no ocupa páginas de prensa ni se habla de él en las redes sociales, es casi como si no hubiera hecho nada. Hay excepciones meritorias, como Elena Ferrante, pseudónimo de alguien italiano cuyos rostro e identidad se desconocen, pero que no por ello renuncia a expresarse por email en público. Aún tiene la suerte de estar viva o vivo.

Los muertos no pueden resumir y banalizar sus escritos, no están en disposición de defenderlos ni de “venderlos”, y a fe mía que lo pagan caro en esta España a la que sólo interesa el presente. Dejemos la calidad de lado; centrémonos en la fama tan sólo. Pocos autores han vivido más dedicados a su autobombo y a la preparación de su posteridad que Cela; este año se volverá a hablar de él por cumplirse el centenario de su nacimiento, pero desde que murió, ¿cuán vigente está en la sociedad española, y cuánto es leído? Uno tiene la impresión de que poco, al no poder seguir dando espectáculo. Lo mismo sucede con Umbral, que cultivó su figura con enorme denuedo, o con Vázquez Montalbán, mucho más tímido y menos presumido, pero cuya presencia en los medios era continua, o con Terenci Moix, que además poseía el talento de un showman y caía en gracia. No soy quién para decir si las novelas de estos autores (popularísimos hace escasos años) merecen perdurar, pero lo que asombra es que los españoles parecen haber decidido: “El que no está vivo no nos concierne”. Estremece esta despiadada capacidad para sentirse ajenos a cuanto es pasado. Para mí es propia de desalmados, de gente que va tachando con despreocupación (con breves lágrimas de cocodrilo al principio, después probablemente con alivio, si es que no con alegría) a quienes dejan de “ocupar un sitio”, a quienes ya no pueden conseguir ni otorgar nada, a quienes ya carecen de poder e influencia. No en balde uno de nuestros dichos más característicos es “El muerto al hoyo …”

Lo grave y lo embrutecedor no es, sin embargo, lo que sucede con los muertos recientes, de los que se decía que atravesaban un purgatorio de olvido de unos diez años, y que hoy, me temo, se alarga indefinidamente. Si miramos a los muertos antiguos (y por seguir con los escritores, que son los más frecuentables), no creo que más de tres permanezcan “presentes” en nuestra imaginación colectiva: Lorca, pero tal vez en gran medida por su trágico asesinato y por la tabarra que sus devotos dan con el paradero de sus huesos; Cervantes, que quizá lo estaría menos de no haberse cumplido en estos años varios centenarios a él relativos y no haberse inventado una búsqueda de sus restos desmenuzados en la Iglesia de las Trinitarias; y Machado, que asoma a veces, me temo que en parte por su triste fin y el lugar extranjero en que reposa. Estudiosos aparte, ¿cree hoy algún español que debería leer a Lope de Vega, al magnífico Bernal Díaz del Castillo, a Quevedo más allá de un par de célebres sonetos, a Manrique, a Ausiàs March, a Garcilaso, a Aldana? ¿O a Baroja y Valle-Inclán y Clarín, a Aleixandre y Cernuda, a Blanco White y Jovellanos, ni siquiera a Galdós y Zorrilla, tan populares? Para qué, si hace mucho que no andan por aquí haciendo ni diciendo gracias. A mí me cuesta imaginar un Reino Unido que no mantuviera vivísimos a Shakespeare y Dickens, Austen y Stevenson y Lewis Carroll, Conan Doyle y Conrad. Una Francia que no conviviera permanentemente –y dialogara– con Montaigne y Flaubert y Baudelaire y Proust, con Balzac y Chateaubriand. Una Alemania en la que Hölderlin y Goethe, Rilke y Thomas Mann, fueran meros nombres. Una Austria que hubiera olvidado a Bernhard, y eso que éste se despidió de ella echando pestes. Unos Estados Unidos que no juzgaran contemporáneos a Melville y Dickinson y Twain, a James y Whitman y Faulkner. Aquí, en cambio, no hay plan de estudios que no procure borrar, suprimir, aniquilar el pasado, cercenarnos. En las elecciones recién celebradas, ¿algún político ha lamentado esta amputación, este empobrecimiento, esta ignorancia deliberada, este desprecio, la espalda vuelta hacia lo que, pese a morir, nunca muere y sigue hablándonos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 10 de enero de 2016. ‘Mandato y arrepentimiento’

Escribo esto cuando aún no ha transcurrido una semana desde las elecciones, por lo que no sé si cuando se lea el panorama se habrá aclarado; si los partidos habrán acordado algo para la gobernación o estaremos vislumbrando otra convocatoria a las urnas para dentro de unos meses. No obstante, en estos pocos días –bien pocos– he percibido un fenómeno no sorprendente pero sí inquietante: son numerosas las personas medio o totalmente arrepentidas del voto por el que se inclinaron. Si me parece esperable es por lo siguiente: según las encuestas, había un 40% de indecisos en vísperas del 20 de diciembre, y mucha gente oscilaba cada semana de una opción a otra y volvía atrás. Nada tiene de particular que, después de haber elegido, el día que no quedaba más remedio, se siga vacilando, se siga cambiando de opinión y se lamente el circunstancial impulso que nos llevó a coger una papeleta. Yo mismo me cuento entre los semiarrepentidos, sin por ello saber tampoco qué haría si pudiera retroceder. (Abstenerme o votar en blanco me ha parecido siempre la peor solución: que decidan otros por uno.)

Pero aparte de ese factor natural y esperable (la indecisión permanece tras decidir), creo que se ha producido una enorme decepción general. Se suponía que estas elecciones iban a ser distintas; que, por primera vez en décadas, habría más de dos partidos con posibilidad de triunfo, o al menos en condiciones de influir en la gobernación; que habría “maneras” frescas y jamás vistas. Sin embargo, la reacción de todos los partidos ha sido la consabida, sólo que agravada, y en eso no se han distinguido los tradicionales de los recién estrenados. Lo clásico era que casi nadie admitiera haber perdido, ni siquiera haber hecho un mal papel; que todos buscaran el ángulo más favorable, que les permitiera consolarse y salvar la cara, por ficticiamente que fuera. En esta ocasión los partidos han ido más allá: la mayoría se han conducido como si hubieran sido los vencedores incontestables y sus respectivas cabezas de lista pudieran ponerse a exigir. La paternidad de esta actitud hay que reconocérsela a la CUP catalana, que así lleva comportándose desde las autonómicas de septiembre (claro que con el servil beneplácito de Mas y Junqueras, Romeva y Forcadell). Con diez diputados, actúan como si tuvieran la sartén por el mango (en parte porque los susodichos se lo han entregado con abyección). Toda postura antidemocrática y chantajista prospera y encuentra imitadores, y en eso ha destacado Podemos, cuyo ensoberbecido Pablo Iglesias se ha apresurado a imponer condiciones a los demás cuando todavía nadie le había pedido su colaboración. Pero también Sánchez del PSOE, y en menor medida Rivera de Ciudadanos, y no digamos el más votado Rajoy. Quizá ver esa actitud engreída e irrealista es lo que ya lleva a muchos votantes al arrepentimiento. ¿No hay nadie capaz de saber cuál es su verdadera dimensión? Quizá el origen esté asimismo en esas autonómicas “plebiscitarias” de hace escasos meses: si quienes han obtenido un 47% proclaman con desfachatez su victoria, ¿por qué no proclamar lo mismo con un 20%? Si cuela, cuela, y lo asombroso es que aquí cuelan y convencen las mayores inverosimilitudes, las mayores negaciones de la aritmética y de la realidad.

También los políticos catalanes han sido pioneros en el uso y abuso de una palabra que solía estar ausente de la política de nuestro país y que delata como peligroso y autoritario a quien se vale de ella, del mismo modo que la fórmula “compañeros y compañeras”, “españoles y españolas”, etc, delata sin excepción a un farsante. La palabra es “mandato”. “Hemos recibido el mandato claro y democrático”, se han hartado de repetir Mas, Junqueras y compañía … para referirse a ese 47% que era todo menos claro y democrático. Pues bien, el detestable vocablo está ya en boca de todos, con notable predilección por parte de Iglesias y Sánchez. ¿Y quién emite ese “mandato”? El pueblo, claro está, que todo lo santifica. Precisamente en las elecciones democráticas no hay “mandatos” homogéneos, término dictador y temible donde los haya. La gente suele votar lo que le parece menos malo, nada más; con mediano o nulo entusiasmo, con el ánimo dividido y con fisuras, aprobando algunas medidas y desaprobando otras, dispuesta a vigilar a los gobernantes elegidos. La utilización de esa palabra es una burda forma de dotarse de manos libres y decir: “Lo que queremos hacer, el pueblo nos lo ha mandado; sólo somos el instrumento de una voluntad superior que, eso sí, nos toca a nosotros interpretar; luego haremos lo que nos venga en gana, porque en realidad nos limitamos a cumplir órdenes de la mayoría o de nuestra minoría particular (que es la que cuenta), tanto da”. En el caso de la CUP y de Podemos la cosa va aún más lejos: son asambleístas o proponen hacer referéndums continuos (bien teledirigidos, claro está), para reafirmar y reclamar ese “mandato” cada dos por tres. Uno se pregunta para qué quieren entonces gobernar, ya que esto siempre ha consistido en tomar decisiones, a veces impopulares si hace falta, y en tener mayor visión que el común de los ciudadanos, a los que no se puede “consultar” sin cesar. No les quepa duda: la apelación al “mandato” no es sino el anuncio de que quien emplea el término va a mandar “sin complejos”, como gustaba de decir Aznar por “sin escrúpulos”, con imposición y arbitrariedad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de enero de 2016