Elide Pittarello y Fernando Valls analizan ‘Así empieza lo malo’

ORILLAS
Hoy, 1 de junio de 2016, a las 10.30 horas, en el Aula I del Dipartimento di Studi Linguistici e Letterari de la Università degli Studi di Padova (Piazzetta G. Folena, 1. Padova), y dentro del Seminario D’Ispanistica ‘Incontri di Orillas’, tendrá lugar la “Conversación sobre Así empieza lo malo de Javier Marías” entre los profesores Elide Pittarello (Università di Venezia) y Fernando Valls (Universitat Autònoma de Barcelona).

LA ZONA FANTASMA. 29 de mayo de 2016. ‘Las amistades desaparecidas’

La otra noche me forcé a llamar a una vieja amiga (lo es desde hace cuarenta y tantos años), para por lo menos hablar con ella, ya que en los últimos tiempos nos vemos poco. Poco, pero todavía nos vamos viendo, lo cual ya es mucho, pensé, en comparación con lo que me sucede con decenas de amistades, o les sucede a ellas conmigo. Me temo que nos ocurre a todos, y en algunos momentos produce vértigo acordarse de las personas dejadas por el camino, o –insisto– que nos han dejado a nosotros orillados, colgados o en la cuneta. A veces uno sabe por qué. Las peleas, las decepciones, las ingratitudes, son algo de lo que nadie se libra a lo largo de una vida de cierta duración, pongamos de cuatro décadas o más. Casi nada hiere tanto como sentirse traicionado por un amigo, y entonces la amistad suele verse sustituida por abierta enemistad. Uno puede no ir contra él, no atacarlo, no buscar perjudicarlo en atención al antiguo afecto, por una especie de lealtad hacia el pasado común, hacia lo que hubo y ya no hay. Lo que es casi imposible es que no lo borre de su existencia. Uno cancela todo contacto, pasa a hacer caso omiso de él, lo evita, y cabe que, si se lo cruza por la calle, mire hacia otro lado, finja no verlo y ni siquiera lo salude con el saludo más perezoso, un gesto de la cabeza.

Uno sabe a veces por qué. Curiosamente, las cuestiones políticas son, en España, frecuente motivo de ruptura o alejamiento. Si dos amigos divergen en exceso en sus posturas, es fácil que acaben reñidos sin que se haya dado entre ellos nada personal. Cabe la posibilidad de no sacar esos temas, pero es una alternativa siempre forzada: en el intercambio de impresiones se crea un hueco incómodo y que tiende a ocupar cada vez más espacio, hasta que lo ocupa todo y no hay forma de rodearlo, ni de disimular. Se charla un poco de fútbol, de la familia, del trabajo, pero la conversación se hace embarazosa, ortopédica, sobre ella planea el independentismo vehemente que uno de los dos ha abrazado, o su entrega a la secta llamada Podemos, o su conversión al PP, por ejemplo. Cosas que el otro no puede entender ni soportar. Hay ocasiones más sorprendentes en las que uno también sabe por qué: porque presenció una mala época del amigo, que éste ya dejó atrás; porque le prestó o dio dinero, o lo vio en momentos de extrema debilidad. Hay quienes, lejos de tenerle agradecimiento, no perdonan a otro el haberse portado bien, o el haberles sacado las castañas del fuego. Cuando echamos una mano, del tipo que sea, en realidad nunca sabemos si estamos creándonos un amigo o un enemigo para el resto de la vida, y eso es particularmente arriesgado hoy en día, cuando hay tanta gente necesitada de manos para sobrevivir. Por propia experiencia, cada vez que echo una, me pregunto si recibiré gratitud por ella o una inquina invencible e irracional, un desmedido rencor. Supongo que el mero hecho de pedir ayuda –más aún de recibirla– representa para algunos individuos una humillación intolerable que harán pagar precisamente al que se la presta. Al que estuvo en condición de ofrecérsela y por lo tanto en una posición de superioridad. Aunque éste no la subraye en modo alguno, aunque dé todas las facilidades y reste importancia a su generosidad, hay personas que nunca perdonarán al testigo de su penuria, de su desmoronamiento o de su decadencia temporal. De su fragilidad.

Otras veces alguien se aparta porque al otro le va demasiado bien y es un recordatorio de lo que no tenemos. O porque le va demasiado mal y es un recordatorio de lo que a cualquiera nos puede aguardar. En España hay que andarse con pies de plomo a la hora de mostrar los logros y los fracasos, la alegría y la desdicha. Un exceso de lo uno o lo otro es siempre un peligro, se corre el riesgo de quedarse solo y abandonado. Creo que era Mihura quien decía que un escritor afortunado debía hacer correr el bulo de que estaba gravemente enfermo, para permitir que se lo mirase con piedad y rebajar el resentimiento por sus éxitos: “Ya, pero se va a morir”, es un consuelo que atempera la envidia.

Pero demasiadas veces no sabemos por qué se desvanece una amistad. Por qué las cenas semanales, o incluso la llamada diaria, se han quedado en nada, quiero decir en ninguna cena ni una sola llamada. Sí, aparecen nuevos amigos que desplazan a los antiguos; sí, nos cansamos o nos desinteresamos por alguien o ese alguien por nosotros; sí, un ser querido se torna iracundo, o lánguido y perpetuamente quejoso, o exige invariablemente sin aportar nunca nada, o sólo habla de sus obsesiones sin el menor interés por el otro. De pronto nos da pereza verlo, nada más. No ha habido riña ni roce, ofensa ni decepción. Poco a poco desaparece de nuestra cotidianidad, o él nos hace desaparecer de la suya. Y falta de tiempo, claro está, el aplazamiento infinito. Esos son los casos más misteriosos de todos. Quizá los que menos duelen, pero también los que de repente, una noche nostálgica, nos causan mayor incomprensión y mayor perplejidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 22 de mayo de 2016. ‘Distintos y discriminados’

Dentro de unos días se iniciará la Feria del Libro de Madrid, última oportunidad del curso para que los escritores, editores y libreros hagan un poco de caja tras una temporada –una más– mala para el sector. A los autores nos tocará, como siempre, hacer de reclamo con nuestra presencia: una obra pirateada, al fin y al cabo, no puede contar con la dedicatoria autógrafa de quien la escribió; ni siquiera una descargada legalmente. Pero, por ejemplares que uno firme, la ganancia nunca es mucha. No se olvide que, si un libro cuesta veinte euros, a quien lo creó le corresponde percibir sólo dos, el 10%, o incluso menos si la edición es de bolsillo.

Fuera de estos “acontecimientos” contagiosos, fuera de Sant Jordi y de las fechas navideñas, parece que la gente entra cada vez menos en las librerías. Se abren algunas nuevas, pero desde hace un decenio el número de las que han cerrado es muy superior. Se han clausurado unas cuantas históricas, de gran solera, en todas las ciudades habidas y por haber. La crisis que nunca termina ni amaina (el PP sólo ha conseguido alargarla, como salta a la vista de cualquier transeúnte, por mucho que su Gobierno se empeñe en sostener lo contrario) es sin duda la principal razón. La sigue la piratería, que desde finales de 2011 también puso sus ojos en la literatura, tras haber fulminado la música, el cine y las series de televisión. Como se sabe, aquí ningún Gobierno se atreve a combatirla, con una permisividad y una cobardía sin parangón en lo que suele llamarse “los países de nuestro entorno”. España es una vergüenza, también en esto. Pero hay algo más: por desgracia, los políticos tienen mucha más influencia de la que debieran, y hace ya tiempo que la mayoría de ellos –sobre todo los que nos gobiernan aún, en funciones– no sólo se han desentendido de la cultura en general, sino que la han despreciado, gravado, obstaculizado, hostigado, y eso acaba trasladándose a la población. A diferencia de lo que ocurría en los años ochenta y noventa, ya no ven como ornamento o “mejora de imagen” dejarse caer por un teatro, un concierto o un cine, no digamos presumir de leer. Les trae sin cuidado quedar como unos zotes, creen que eso no les restará ningún voto. El Gobierno de Rajoy ha reducido al mínimo los presupuestos para las bibliotecas públicas, ha subido a lo bestia los impuestos a los espectáculos artísticos, ha perseguido fiscalmente a escritores y cineastas, con el reciente colofón de castigar con la pérdida o merma de sus pensiones a los autores que siguen escribiendo –y cobrando algo, sólo faltaría que sólo ganaran el editor y el librero– después de su jubilación. Ojo, después de jubilarse de empleos que nada tenían que ver con la literatura. Las pensiones se las habían ganado no como escritores, sino en su calidad de funcionarios municipales, profesores de instituto o lo que quisiera que fuesen, y por tanto dichas pensiones eran suyas legítimamente a todos los efectos, para eso habían cotizado durante décadas.

Hay quienes les reprochan que quieran seguir “trabajando” tras retirarse, que aspiren a ser distintos de los demás. Pero siempre se olvida que precisamente los escritores y artistas están discriminados negativamente respecto a los demás, ya son distintos. Sus obras son tan valiosas –se supone– que a los setenta años de su muerte física pasan a ser del dominio público y forman parte del “patrimonio” del país. Es decir, así como los demás –desde un terrateniente hasta un panadero– dejan sus posesiones en herencia ilimitada a sus descendientes, generación tras generación, los escritores y músicos deben renunciar a legarlas más allá de esos setenta años. Quien publique, represente, interprete o grabe sus obras después, no habrá de pegar un céntimo. Todo el mundo traspasa indefinidamente su dinero, sus tierras, sus pisos, sus negocios, sus fábricas, sus tiendas o lo que posea. Los escritores y músicos, que no sólo poseen, sino que han creado sus textos y sus partituras, ven limitados sus derechos respecto al resto de los ciudadanos. Y siendo esto así, lo lógico sería que obtuvieran en vida alguna compensación, por ejemplo una reducción drástica de impuestos, porque al fin y al cabo van a donar al Estado –o éste se lo va a requisar hasta la eternidad– el producto de su talento. En vez de eso, se los maltrata y persigue, se les discuten los derechos de autor (como si quisiera volverse al cuasi esclavismo que padecían hasta bien entrado el siglo XX), se les roba impunemente y se siembran sospechas sobre ellos. Incluso hay quienes se preguntan para qué sirven. Si no se sabe para qué sirven, ¿por qué son tan valiosas sus obras como para convertirlas en propiedad común, de todos, al cabo de setenta años de su desaparición? Que me lo explique algún político, por favor, a ser posible del patanesco Gobierno de Rajoy.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de mayo de 2016

Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid

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En esta edición Javier Marías no acudirá a la Feria el primer fin de semana pero si estará:
El sábado, 4 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Méndez
(nº. 82).
El domingo, 5 de junio, por la mañana (12-14 horas), en la caseta de la Librería Rafael Alberti (nº. 321).
El sábado, 11 de junio, por la tarde (19-21 horas), en la caseta de la Librería Visor
(nº. 327).
El domingo, 12 de junio, por la mañana (12-14 horas), en las casetas de la FNAC
(nº. 83-84).

LA ZONA FANTASMA. 15 de mayo de 2016. ‘A mí no’

En 2014 salió en inglés una antología de empalagoso título en la que se me había invitado a colaborar. Como la causa era buena (conseguir fondos para una ONG muy antigua y estimular la lectura de poesía), me presté de buen grado pese al dichoso título –Poems That Make Grown Men Cry, o Poemas que hacen llorar a hombres adultos–, elegí el mío y expliqué brevemente por qué me conmovía al cabo de unos siglos. Entre los participantes, numerosos escritores (Ashbery, Harold Bloom, Richard Ford, Franzen, Follett, Heaney, Le Carré, McEwan, Rushdie y Tóibín entre ellos), pero también cineastas (J.J. Abrams, Bonneville –el padre de Downton Abbey–, Branagh, Colin Firth, Jeremy Irons, Loach o el admirable Stanley Tucci). Ahora me llega el volumen complementario –Poemas que hacen llorar a mujeres adultas–, con la misma mezcla y buen número de cantantes y actrices (Joan Baez, Claire Bloom, Julie Christie, Judi Dench, Annie Lennox, Emily Mortimer, Vanessa Redgrave, Joss Stone y la inevitable Yoko Ono, que, oh sorpresa, escoge unos versos de John Lennon, en fin). La antología se abre con la elección de la actriz Natasha McElhone, un poema escrito en el siglo VIII en Irlanda y que había oído, incompleto, en una de mis películas favoritas, The Dead o Dublineses, de Huston, pero había olvidado. Allí lo recita el personaje Mr Grace, interpretado por Seán McClory, un habitual de John Ford, y lo titula ‘Promesas rotas’, que no sé si se corresponde con el irlandés ‘Donal Og’, como se lo llama en el libro. Tanto en él como en la película está en la versión inglesa que de la pieza hizo Lady Gregory (1852-1932), amiga de Yeats, y en español vendría a decir así:

Dublineses

Dublineses

“Es anoche tarde cuando el perro hablaba de ti;
de ti hablaba la agachadiza en su marisma profunda.
Eres tú el pájaro solitario que recorre los bosques;
y ojalá carezcas de compañera hasta que me encuentres.

Me prometiste, y me dijiste una mentira,
que te me aparecerías donde las ovejas se juntan;
te lancé un silbido y trescientas voces,
y no encontré allí nada más que un cordero balando.

Me prometiste algo que para ti era difícil,
un barco de oro bajo un mástil de plata;
doce villas cada una con su mercado,
y un magnífico patio blanco a la orilla del mar.

Me prometiste algo que no es posible,
que me regalarías guantes de piel de pez;
que me regalarías zapatos de piel de pájaro;
y un vestido de la seda más cara de Irlanda.

Cuando voy a solas al Pozo de la Soledad,
allí me siento y sufro mi pesar;
cuando veo el mundo y no veo a mi mozo,
el que tiene un tono ambarino en el pelo.

Fue aquel domingo cuando te di mi amor;
el domingo anterior al Domingo de Pascua
y yo de rodillas leyendo la Pasión;
y mis dos ojos te daban amor para siempre.

Mi madre me ha dicho que no te hable hoy,
ni mañana, ni el domingo tampoco;
escogió mal momento para decirme eso;
fue cerrar la puerta tras el robo en la casa.

Mi corazón está tan negro como el negror del endrino,
o como el negro carbón del herrero en la fragua;
o como la suela de un zapato que holló salas blancas;
fuiste tú quien cubrió mi vida de esa oscuridad.

Me has arrebatado el este, me has arrebatado el oeste;
me has quitado lo que está ante mí y lo que está tras de mí;
me has quitado la luna, me has quitado el sol;
y mi temor es grande a que me hayas quitado a Dios”.

No sé. Pensé que valía la pena darlo a conocer en mi lengua, si es que no se ha traducido ya en alguna ocasión y yo lo ignoro, este poema, ‘Donald Og’. Aunque sólo sea porque es del siglo VIII, del que nuestra imaginación poco sabe, como del VII o del IX, esos siglos oscuros en los que parece que casi nada hubo ni se escribió casi nada. Al menos alguien escribió estos versos sencillos y misteriosos, que no sé si “hacen llorar”, pero que no dejan indiferente. A mí no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de mayo de 2016

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘La mujer de Martin Guerre’ de Janet Lewis

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LA MUJER DE MARTIN GUERRE

JANET LEWIS

Prólogo de Manuel Rodríguez Rivero

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, mayo de 2016

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

Este vigésimo noveno volumen del Reino de Redonda está dedicado a Laura Marías y Jorge Fernández, que hubieron de pasar años separados, deseando estar juntos, y que por fin lo están
EL EDITOR

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ÍNDICE

Prólogo (para leer como epílogo)
por Manuel Rodríguez Rivero

LA MUJER DE MARTIN GUERRE
Prólogo de 1947
I. Artigue
II. Rieux
III. Toulouse

APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2015) (updated/puesta al día 2016)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2016)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías
(updated/puesta al día 2016)

pL 2
La mujer de Martin Guerre es la penúltima -y quizás la más perfecta-destilación literaria de una historia legal contada muchas veces a lo largo de los siglos, hasta convertirse en una fábula repleta de resonancias, que conecta con ansiedades de los hombres y mujeres de todos los tiempos: los abismos de la identidad y la culpa, del deseo enfrentado a la verdad, del anhelo de pertenencia.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

LA ZONA FANTASMA. 8 de mayo de 2016. ‘La tremenda’

Una de las cosas más agotadoras de nuestro país –aunque no sólo de él– es que, de un largo tiempo a esta parte, todo se tome a la tremenda y con enormes dosis de exageración. Hechos, declaraciones, bromas, opiniones que hace unos años habrían pasado casi inadvertidos son hoy pretexto para que los periodistas, tertulianos, tuiteros y demás, se mesen los cabellos y se rasguen las vestiduras. Bueno, ojalá fuera eso. En realidad sus camisas y sus cabelleras permanecen intactas, y los que quedan andrajosos y despeinados son los objetos de su ira, y cualquiera lo podemos ser. Basta con que alguien meta la pata (poco o mucho), con que se muestre guasón respecto a un colectivo o individuo “blindados” por la corrección política actual, con que diga que está harto de los dueños de perros y de la ridícula adoración que les profesan, o de los ciclistas imbuidos de superioridad moral respecto a los peatones; con que no condene abiertamente los toros, con que tenga dinero fuera del municipio en el que vive, con que critique a una mujer (insisto, a una, no al conjunto de ellas), con que desdramatice la derrota de su equipo de fútbol, para que sobre ese alguien caiga un alud de reproches, censuras, anatemas e insultos, cuando no amenazas de muerte y mutilación. Los españoles vivimos, de nuevo, en constante indignación. Pero, dado que no nos faltan motivos para ella, lo que resulta difícil de explicar es por qué los seguimos buscando donde no los hay. Es como una adicción: cada día tiene que haber algo nuevo que nos soliviante y escandalice, que suscite nuestra condena y haga salir de nuestra boca las reconfortantes palabras “Es intolerable”, o bien “Hay que castigar a esta persona, o a esta empresa, o a esta institución”. Hace poco, el autor de un libro crítico con muchos de los que escribimos en prensa sin ser “expertos”, declaraba que con su denuncia no pretendía que se pusieran límites a la libertad de expresión, pero a la vez pedía que se “despidiera”, “expulsara” o “eliminara” (sus verbos) a los opinadores que le desagradan tanto. Me temo que esa es la hipócrita actitud de buena parte de nuestra sociedad: que cada cual diga lo que quiera, pero ay del que diga lo que a mí me parezca mal, porque entonces procuraremos su linchamiento virtual, su despido, su expulsión y su eliminación.

Lo peor es que la mayoría de los “linchados” se achanta. Hay algo muy semejante al terror a ser señalado por la jauría de tertulianos, tuiteros y locutores justicieros que aguardan con avidez la aparición de un nuevo reo. La gente tiene pánico a ser tachada de sexista, machista, racista, antianimalista, imperialista, colonialista, eurocéntrica (no sé qué se espera de un europeo: ¿que adopte una mirada china, argentina o pakistaní? Lo veo un tanto forzado, la verdad). Poco a poco ese temor conduce a la autocensura y a andarse con pies de plomo, porque esos pecados no sólo se atribuyen a quienes en efecto los hayan cometido, sino a cualquiera que no se una, siempre y en toda ocasión, a la vociferación condenatoria. A mí me parece muy preocupante una sociedad que cada vez se parece más a esas personas que merodean a las puertas de los juzgados para insultar y lanzar maldiciones al detenido de turno, normalmente esposado y por lo tanto indefenso en esos momentos, por grave que sea el delito del que se lo acusa. Se trata de una sociedad ávida de sangre (hasta ahora sólo metafórica, por suerte), que cada mañana da la impresión de levantarse con la siguiente ilusión: “A ver quién cae hoy”. Tan grande es la ilusión que si no cae nadie con motivo, se inventa o se magnifica alguno para no quedarnos sin nuestra ración.

Claro está que no toda la sociedad es así. Entre nosotros sigue habiendo gente ecuánime, razonante, proporcionada, que sabe restar importancia a lo que no la tiene. Pero lo propio de esta gente es permanecer callada, o al menos no alzar la voz, de tal manera que lo que predomina y se oye es el griterío incesante de los airados, de los furibundos, de los que desean despedir, expulsar y eliminar. Estamos en una peligrosa época en la que se consienten y admiten hasta la más peregrina susceptibilidad y la más arbitraria subjetividad. “Si yo me siento ofendido, hay que escarmentar al ofensor”, es el lema universalmente aceptado, sin que casi nunca se pongan en cuestión las excesivas suspicacia o sensibilidad o intolerancia de los supuestamente ofendidos. La prueba es que muchos de los anatematizados se disculpan mediante la siguiente fórmula: “Si he ofendido a alguien con mis palabras o mi comportamiento, le pido perdón”. Siempre habrá “alguien” en el mundo a quien agravie nuestra mera existencia. Ya va siendo hora de que algunos contestemos de vez en cuando: “Si he ofendido a alguien, me temo que es problema suyo y de su delicada piel. Quizá convendría que acudiera al dermatólogo”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 1 de mayo de 2016. ‘Un par de plagas’

En la Real Academia Española se consideran continuamente nuevos vocablos para su posible inclusión en el Diccionario. Algunas son propuestas de la propia institución, otras de particulares que se dirigen a ella. Todas son vistas y ponderadas y, cada vez que yo pongo el grito en el cielo ante un neologismo que me parece innecesario, desafortunado o directamente horrendo –pero sobre todo cuando me parece esto último–, mi sabio compañero Pedro Álvarez de Miranda, con el que comparto comisión de trabajo, se solivianta ante mi reacción digamos “estética”. Para la mayoría de filólogos, lingüistas y lexicógrafos, no existen palabras ni expresiones “feas” ni lo contrario, o al menos ese criterio lo juzgan irrelevante y acientífico. En parte hay que darles la razón, supongo: si los hablantes optan por decir de alguien bien plantado que “está como un queso” o que es un “yogurín”, ya puedo opinar yo que el símil está mal traído (hay miles de quesos, y algunos de aspecto y olor nauseabundos) o que el segundo término es pueril y ñoño y quizá efímero, que no me queda sino aguantarme y aceptarlos. Estamos todos de acuerdo en que es la gente la que manda en la lengua y que nosotros nos debemos limitar a recoger y registrar lo que aquélla dice y escribe (siempre que no sea una tontada completa y que su uso esté asentado). Hay incluso colegas para los que tiene el mismo valor una página de Cervantes que el prospecto de una medicina (exagero un poco, pero sólo un poco).

Los literatos, en cambio, nos permitimos juzgar cosas como la eufonía y la cacofonía, nos provocan sarpullidos adverbios como “poblacionalmente” o disparates como “echar sangre en la herida” (que carece de sentido), en vez de “sal en la herida”, que es lo que se ha dicho siempre; y verbos como “implementar”, “posicionarse”, “visionar” o “museizar” nos sacan de quicio. Soy de la creencia de que la manera de hablar de un país o de un pueblo indica en buena medida cómo son y piensan, y lo mismo respecto a los individuos. Como he dicho otras veces, si un político emplea la ya gastada fórmula “los ciudadanos y las ciudadanas”, sé que es un farsante, un demagogo y un ignorante de la gramática. Si escribe “amig@s” o “camarad@s”, lo tengo además por idiota. Todo apreciaciones personales mías, desde luego. Pues bien, el habla actual de mis compatriotas me lleva a albergar poca o nula esperanza. No se trata ya sólo de la falta de dominio de la lengua, del insólito “neoespañol” invasor del que hablé hace meses a raíz del libro de Ana Durante Guía práctica de neoespañol, de los sinsentidos y demencias que se escriben y dicen sin cesar y que han llevado al ex-director de la RAE García de la Concha a calificar hace poco de “zarrapastroso” el estado de nuestro idioma (y aún creo que fue benévolo). Eso es un proceso imparable, una batalla perdida. Lo que vengo observando, aparte, son dos tendencias deprimentes: la pedantería inculta o llana horterada, y la cursilería espontánea.

Los pedantes solían serlo por exceso de saber, pero ahora hay un gran número que además no tienen ni idea. Son los que abrazan con papanatismo cualquier término inglés como si fuera una novedad absoluta, y como si antes de que ellos descubrieran el vocablo en esa lengua, lo denominado por él jamás hubiera existido en ningún sitio. Así, hace años que nos machacan con “bullying” para lo que aquí siempre fue “matonismo” o “matoneo” (y un “school bully” es exactamente lo mismo que lo que se llamó toda la vida un “matón de colegio”). Cada vez que oigo o leo “backstage” me dan ganas de abofetear a quien lo usa, porque eso se corresponde con “bastidores” o “entre bastidores”. Me subo por las paredes con los “haters”, que no significa otra cosa que “odiadores”. Y dejo de leer cualquier texto en el que aparezcan “mainstream”, “flagship” (el antiquísimo “buque insignia”), “break”, “deadline”, “trending topic”, “prime time”, “spoiler”, “background”, “target”, “share” o “vintage”. Amén de que la mitad de las veces estos inglesajos estén mal utilizados (o pronunciados), su uso delata indefectiblemente a un hortera. Y lo lamentable es que España está hoy plagada de horteras.

La otra tendencia que vengo observando hace ya mucho es el insoportable abuso de los diminutivos, sobre todo cuando a la gente se le pone una cámara delante y se le pregunta por las vacaciones que se dispone a emprender. Raro será el español que no conteste: “Nada, unos diítas a la playita, en plan bañito por la mañana, luego una cervecita y unos aperitivitos, después una paellita con su cigalita y sus mejilloncitos, una buena siestecita, y a la noche nada, picar unos boqueroncitos y unas aceitunitas, regados con un buen vinito; y para rematar un whiskecito”. Lo reconozco: cada vez que los oigo (no fallan), me dan arcadas. Que todo lo “bueno” deba ser diminutivizado y convertido en cursilería extrema me hace ser pesimista respecto al nivel intelectual y al espíritu de mis compatriotas. Pero, como me reprocharía mi sabio compañero Álvarez de Miranda, quién soy yo para criticar nada. Aún menos para oponerme al mainstream y ejercer de hater; mejor que me mantenga en el backstage, le dé a todo el mundo un break, no me ponga en plan bully lingüístico y acepte que, en el mejor de los casos, soy un producto muy vintage destinado a pronto desaparecer con mis anticuados targets.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de mayo de 2016

Fernando del Paso y Garth Risk Hallberg recomiendan la obra de Javier Marías

Lee el discurso íntegro de Fernando del Paso en la ceremonia del Cervantes

“También desde luego a excelentes escritores españoles como Rafael Sánchez Ferlosio, Juan José Armas Marcelo, Juan Marsé, los hermanos Goytisolo, Fernando Savater, Camilo José Cela, Javier Marías, Arturo Pérez- Reverte y a quién detonó toda mi vocación literaria: el poeta Miguel Hernández, autor de El rayo que no cesa.”

El País, 23 de abril de 2016

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Garth Risk Hallberg: “No creo que esto pueda reproducirse en otro lugar”

¿Qué libro regalaría en un día como este?

Creo que regalaría un libro de Javier Marías que he leído recientemente en inglés, Así empieza lo malo. Me gusta mucho la literatura española e hispanoamericana, es algo que suelo leer. Y también he empezado a leer traducciones de autores catalanes gracias al Institut Ramon Llull. He leído mi primera Mercè Rodoreda, La mort i la primavera. Ha sido un reto, pero lo he disfrutado mucho.

RAFAEL TAPOUNET

El Periodico, 23 de abril de 2016

LA ZONA FANTASMA. 24 de abril de 2016. ‘Menos mal que hay fantasmas’

La muerte de Sara Torres hace trece meses, la mujer de Fernando Savater, ha tenido mi cabeza ocupada intermitentemente bastante más de lo que en principio habría imaginado. Porque lo cierto es que a él lo veo rara vez desde hace un lustro o quizá dos, pero hay afectos antiguos que permanecen vigentes, invariables en la distancia, y que ni siquiera precisan de la renovación periódica de la risa y la charla. Están ahí fijados, justamente como los que guardamos hacia los muertos queridos: no disminuyen porque ya no los veamos y sepamos que no vamos a volver a verlos. No dejamos de contar con ellos por la circunstancia accidental de que ya no habiten en nuestros mismos tiempo y espacio; lo hicieron durante un largo periodo, y no deja de parecernos un azar que no coincidamos últimamente con ellos. Aunque ese “últimamente” se prolongue y ya no pueda ser calificado así, estábamos tan acostumbrados a su presencia que ninguna ausencia –ni la definitiva– puede predominar sobre aquélla. No es descabellado decir que nos acompañan como el aire, o que “flotan” en el que respiramos. No es que los llevemos en la memoria: los llevamos en nuestro ser. Algunos de los que desaparecen van palideciendo a medida que los sobrevivimos, pero hay otros que jamás pierden la viveza ni el color.

No cometo indiscreción si digo que Savater, en esta primera fase, debe de sentirse impaciente por reunirse con Sara, por ir donde ella esté. Pero, dado que él no es religioso, el único lugar que pueden compartir es el pasado, esto es, ser ambos pasado y pertenecer ambos a él, ser ambos alguien que ha sido y ya no es. Él mismo lo ha hecho saber, directamente o a través de otros. En una de las gratas columnas de Luis Alegre en este diario, éste contaba que Savater andaba atascado con el último libro que quería escribir, precisamente sobre Sara y su vida con ella, y que, lograra terminarlo o no, después no pensaba hacer más. “Para qué, si ya no los va a leer”, era la conclusión. Todo esto me ha llevado a acordarme de cuando mi padre perdió a mi madre, en el lejano 1977. Tenía él entonces un año menos de los que tengo yo ahora, y no hace falta decir que, desde mis veintiséis, yo lo veía como un hombre más entrado en edad de lo que probablemente lo estaba y de como me veo a mí mismo hoy. Mis padres habían estado casados treinta y seis años, pero habían sido amigos o habían “salido” desde hacía muchos más. Al morir ella, Lolita, él, Julián, quedó tan desconsolado como pueda estarlo ahora Savater. Durante bastante tiempo mi padre expresó ese deseo de seguir a mi madre diciendo: “Estoy seguro de que no voy a durar, noto que mi tiempo también toca a su fin”. Yo solía irritarlo con mis réplicas, que no buscaban otra cosa que hacerlo reaccionar y sacarlo de su abatimiento: “¿En qué lo notas?”, le preguntaba. “¿Te sientes enfermo, te sientes mal?” “No”, respondía, “no es eso, pero lo sé”. “¿Entonces estás pensando en suicidarte?”, insistía yo. “Claro que no”, contestaba casi ofendido, pues él era religioso –católico reflexionante–, a diferencia de Savater. “Pues no ­augures cosas que no puedes saber”, acababa yo, hasta la siguiente vez. Él vivió veintiocho años más que mi madre, es decir, tardó largo tiempo en reunirse con ella, sólo fuera como “pasado”. Él creía que el reencuentro consistiría en mucho más; de hecho acostumbraba a decir que estaba convencido de que sería ella quien le abriera la puerta. A mí me daban ganas de preguntarle qué puerta, pero irritarlo en exceso no habría estado bien, y, por absurdo que me sonase aquello, sabía a qué puerta se refería. No hay por qué socavar las creencias de las personas, si las ayudan a sobreponerse a la tristeza o a la desolación.

Y acaso fueron esas creencias las que, al cabo de unos meses de la muerte de mi madre, lo indujeron a tener la actitud contraria a la de Savater. Se puso a escribir, un libro, dos, tres, yo qué sé cuántos más. Me imagino que sentarse ante la máquina era una de las pocas cosas que lo movían a levantarse tras noches de malos sueños o insomnio y atravesar la jornada, a pensar que no todo había acabado, que aún podía ser útil y productivo. Pero lo que más lo empujaba a escribir, decía, era la idea de que le “debía” a mi madre unos cuantos libros, de que a ella le habría gustado que los escribiese. Tal vez se figuraba que desde algún sitio ella lo sabría, se enteraría; es más, que “todavía” los podría leer. No me cabe duda de que Julián escribía en buena medida para Lolita. No sólo, desde luego, pero para ella en primer lugar. Cada vez que terminaba un artículo, desde la infancia lo veía perseguir por la casa a mi madre –ocupada en mil quehaceres, de un lado a otro– para leérselo con impaciencia; y hasta que ella no le aseguraba que le parecía bien, no lo enviaba. Necesitaba su aprobación pese a ser hombre muy confiado, incorregiblemente optimista y muy seguro de lo que hacía. Con esa ilusión, con la de su aprobación “póstuma” o fantasmal, tuvo veintiocho años de casi incesante actividad. Savater no es religioso pero le encantan las historias de fantasmas. Y como es persona tan optimista y confiada como mi padre, y probablemente más jovial, confío en que un día consiga convertir a Sara en fantasma literario, en acompañante de ficción –no merece menos–, y en que así se incumpla su presentimiento de no volver a escribir más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de abril de 2016

Artículos de Javier Marías traducidos al ruso

Revista rusa
El n.º 12 del año 2015 de la revista literaria rusa ИНОϹТРАННАЯ ΛИТЕРАТУРА (Inostrannaya Literatura) publica tres artículos de Javier Marías: “Isabel monta a Fernando”, “Mi anciano ídolo” y “Más idiotas de lo que parecen”,  escritos para El País Semanal (La zona fantasma), y reunidos en España en el volumen Tiempos ridículos.