Por alusiones


Elogio del miedo razonado
CARLOS COLÓN
Diario de Sevilla, 7 de mayo de 2020


20 libros esenciales del siglo XXI
JUANJO ALBACETE
De Verdad Digital, 3 de mayo de 2020


Cees Nooteboom: “Los españoles deben exigir más respeto por parte de sus políticos”
ANTONIO LUCAS
El Mundo, 2 de mayo de 2020

Por alusiones

30 libros para una cuarentena
Abc Cultural, 31 de marzo de 2020

El confinamiento de Julia Navarro
The World News, 1 de abril de 2020


Escritores en aislamiento, un viaje en busca de la creatividad
MARTA AILOUTI
El Cultural, 11 de abril de 2020

Que la ficción guíe tus pasos
USE LAHOZ
El País, El Viajero, 17 de abril de 2020

Juan Antonio Bayona: “Hay que aprovechar esta tragedia para otorgar a la cultura la relevancia que tiene”
GREGORIO BELINCHÓN
El País, 18 de abril de 2020

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas’ de Charlotte Riddell

LA VIEJA SEÑORA JONES Y OTROS CUENTOS DE FANTASMAS

CHARLOTTE RIDDELL

Edición y traducción de Antonio Iriarte

Prólogo de Pilar Pedraza

Reino de Redonda, marzo de 2020

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE
Prólogo
por Pilar Pedraza
LA VIEJA SEÑORA JONES Y OTROS CUENTOS DE FANTASMAS
Procedencia de los textos
Hombre prevenido vale por dos
La Casa de los Nogales
Sandy el calderero
La puerta abierta
La Granja de los Avellanos
La vieja señora Jones
La última vez que se vio al Señor de Ennismore
Conn Kilrea

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2020)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2020)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2020)

“Al margen de J S Le Fanu, ningún otro autor de la época victoriana sabía manejar mejor la aparición de lo sobrenatural”

Títulos publicados en Reino de Redonda

Por alusiones

Lecturas para la cuarentena
El País, Babelia, 21 de marzo de 2020

Así es un día de Letizia en cuarentena: dormitorios separados, distancia con sus hijas y teletrabajo
CRISTINA CORO
El Español, 15 de marzo de 2020

Javier Sebastián: “Cuanto más mengua el mundo, más amenazas nos acosan y más vulnerables somos”
ANTÓN CASTRO
Heraldo de Aragón, 13 de marzo de 2020

Siempre nos quedará Londres
ALEJANDRO MAÑES
Levante, 27 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 1 de marzo de 2020. ‘La cruzada contra la imaginación’

En este diario, como es natural, la noticia ocupó una estrecha columna de página par, pero en los Estados Unidos (y de cuanto ocurre en país tan puritano e histérico hay que prevenirse mucho) ha tenido gran eco, incluso en los talk shows televisivos. Una novela de éxito, saludada con alabanzas de Stephen King, Don Winslow, los liberales Washington Post y New York Times y hasta de la intocable Oprah Winfrey, que la recomendó para su club de lectura, se ha convertido, en segunda instancia, en objeto de escándalo y de despiadados ataques. Por un lado está la calidad, excelente según los mencionados y pésima según los detractores. Como no la he leído ni pienso, nada puedo opinar al respecto. Lo preocupante es que, por otro lado, las invectivas ponen el acento en lo siguiente: la autora, Jeanine Cummins, es blanca, se crió en Maryland y es vecina de Nueva York, y su American Dirt relata las vicisitudes de una madre y su hijo mexicanos que, perseguidos por narcos, se ven obligados a cruzar la frontera norte para salvar el pellejo, con los padecimientos imaginables. La escritora Myriam Gurba ha dictaminado: “Es un libro Frankenstein, un espectáculo torpe y distorsionado, y mientras algunos críticos blancos lo comparan con Steinbeck, creo que es más apropiado hacerlo con Vanilla Ice”. He leído a Steinbeck, pero no tenía noticia de ese otro escritor llamado Helado de Vainilla, así que de nuevo me abstengo.

La acusación más grave es la de “apropiación cultural”, esa enorme majadería contemporánea que sin embargo (bueno, como todas) se abre camino a empellones. La prueba de ello, y lo más alarmante, es que ya hay novelistas y artistas que “interiorizan” los argumentos de quienes en realidad sólo quieren impedirles la creación libre. La propia Cummins, tras la controversia, ha declarado: “Durante cinco años me resistí a escribir esta historia, porque no soy migrante, no soy mexicana y no sabía si tenía derecho a escribirla” (la cursiva es mía). Estoy tentado de decir que se merece los rapapolvos, por pusilánime. ¿Desde cuándo un escritor se pregunta si tiene “derecho” a ejercer la imaginación por causas como las enumeradas por Cummins, exactamente las mismas que han desatado las iras de autores y periodistas de origen latinoamericano afincados en los Estados Unidos? Algunos han añadido un reparo tan incomprobable como peregrino: “Esa historia la habría contado mejor un latino que conociera la experiencia”. Puede ser, depende, pero quien la escribió fue la blanca de Maryland, y no me atrevo a decir “a quien se le ocurrió”, porque la sinopsis suena idéntica a la de centenares de novelas, películas y series.

¿Desde cuándo se exige que un trabajo de ficción esté hecho sólo por quienes coinciden, en su biografía, con los personajes y la peripecia narrada? Es obvio que desde hace poco, pero la imposición, si se extiende, puede acabar con la literatura imaginativa. Lo cual, por cierto, ya se va intentando continuamente, como si por fin fuera a obedecerse a Platón en su propuesta de expulsar a los poetas. De llevar esta nociva bobada de la “apropiación” al extremo, ni Tolstoy ni Flaubert ni Clarín deberían haber osado escribir Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta, porque ninguno fue mujer. Ni Janet Lewis sus magníficos tres Casos de pruebas circunstanciales, situados en la Europa del pasado por una nativa de Chicago. Shakespeare se entrometió en Verona con Romeo y Julieta, en Dinamarca con Hamlet, y no vivió la época de su Julio César. Emilio Salgari, que sí era de Verona y deleitó a generaciones de adolescentes con sus 85 novelas, sólo hizo en su vida una travesía marítima por el Adriático. ¿Cómo se atrevió con Los piratas de la Malasia, Los tigres de Mompracem, El corsario negro, Los pescadores de ballenas, etc, el muy ladrón e impío? Castigo también para Agatha Christie, que se inventó a Poirot sin ser belga ni varón, como su protagonista. Es todo tan ridículo que da vergüenza tener que hacerle frente.

Pero me temo que el episodio es uno más de la cruzada contra la imaginación puesta en marcha, que lo es sobre todo contra la libertad de los creadores. Desde hace años la crítica elogia sin sonrojo la “autoficción”, las historias “verdaderas”, los textos confesionales dedicados a relatar los abusos y penalidades que por lo visto ha sufrido el 70% de los actuales autores. Todo ello en detrimento de las obras de ficción, que empiezan a considerarse frívolas. “¿Qué me está contando”, parecen reprocharles, “si usted no ha vivido esto, si no es negro ni árabe, si no es mujer o no es varón, si no es transexual ni lesbiana?” Como si sólo cada raza, sexo o nacional estuvieran autorizados a retratarse. Es la condena de la imaginación, de la ficción, es el viejo impulso represor y reaccionario de controlar y limitar a los artistas, o directamente de prohibirlos. Sólo el disfraz es nuevo. Ya puede ir entonando el mea culpa Pérez-Reverte, aquí y ahora, que se sacó de la manga a Alatriste sin haber vivido en el XVII ni haber combatido en Flandes. Y con él cuantos sueltan novelones de vikingos, visigodos, romanos y variadas reinas medievales. ¿Acaso no se están “apropiando” de territorios ajenos, y, lo que es peor, del pasado entero?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de marzo de 2020

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2020. ‘Engreimiento verbal’

Una de las razones —en verdad muchas— por las que declino invitaciones a festivales literarios, coloquios, simposios y mesas redondas, es la incontinencia verbal de la inmensa mayoría de participantes (yo incluido, supongo, cuando iba). Denle a un español un micrófono, un altavoz o un megáfono (también a un latinoamericano, no digamos a un argentino), y se aferrará a ellos como si fueran el anillo de Gollum en El Señor de los Anillos, que en la versión traducida o doblada lo llamaba “mi tesoro”, en inglés “my precious”, lo acariciaba sin descanso y enloquecía si lo soltaba. Es una extraña enfermedad que nos aqueja, relacionada sin duda con la inseguridad, la frustración y sobre todo el engreimiento, que crece sin freno en nuestra época. Fidel Castro acostumbraba a vomitar discursos de siete y ocho horas, y su discípulo Hugo Chávez, que con suerte se conformaba con cinco, obligaba a todas las emisoras venezolanas a sintonizar con su verborrea insaciable. Pocas torturas me parecen comparables: si se me forzara a escuchar una voz interminable, confesaría cualquier crimen, aunque ninguno hubiera cometido, y daría todos los nombres imaginables como cómplices de mis fechorías, incluyendo los de Ratzinger, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. Lo que hiciera falta.

Esta dolencia es antigua. En una ocasión, hace ya muchos años, acompañé a Guillermo Cabrera Infante a una charla que iba a pronunciar por aquí. Pero antes de que Guillermo abriera la boca, salió el presentador de turno, y aquel hombre, al que no estaba previsto oír más que un saludo, habló y habló infinitamente, y además no dejó de empalmar locuras, un disparate detrás de otro. La situación se hizo tan delirante que a la mujer de Guillermo, Miriam Gómez, y a un par de amigos sentados en primera fila, empezó a darnos un grave ataque de risa, supongo que como defensa y para no cortarnos las venas. Cada nueva parrafada del individuo nos resultaba más cómica que la anterior, éramos incapaces de contener o disimular las carcajadas —la educación nos abandonó—, perfectamente visibles y audibles para el usurpador de la conferencia. Pero éste no se daba por aludido ni se inmutaba, proseguía con sus desvaríos. El pobre Guillermo, en el estrado a su vera, no lograba verle gracia al asunto que nos llevaba a desternillarnos. Al fin y al cabo se había molestado en venir desde Londres, y se le impedía tomar la palabra. Se nublaba por momentos, la tez se le tornó pálida y después gris ceniza, y temimos que estrangulara al abusón cuando por fin éste le cediera el micrófono.

Me han ocurrido cosas similares. Fui a un instituto y los estudiantes disponían de una hora justa para escucharme. El profesor que me presentó no sólo se apropió de treinta minutos, sino que me “pisó” cuanto yo tenía previsto contarles y que podría entretenerlos. Tanto contó el hombre de mí que no me quedó más remedio que interrumpirlo diciendo: “Bueno, casi es mejor que continúe yo, que fui quien lo vivió, y me lo sé más exacto”. De no ser por mi atrevimiento, él habría consumido la hora entera, conmigo de convidado de piedra. Otra vez debía coger un tren de regreso a Madrid, así que el tiempo de charla y firma de libros era más bien escaso. Lo cual no fue óbice para que mi presentador disertara hasta el hastío, dejándome los minutos de la basura para disgusto del público, que en principio había acudido a oírme (no que yo tuviera nada notable que decir, pero bueno).

Hace pocas semanas una plaza cercana a mi casa fue tomada, todo el día, por unos veteranos de los Tercios de Flandes o sus herederos. Desplegaron tiendas de campaña y tocaron marchas, y hacia las cinco de la tarde un tipo empezó a hablar con megáfono, y habló sin pausa no menos de dos horas y media. Yo intentaba trabajar y abstraerme de su vociferación, pero me llegaban el runrún inagotable y fragmentos (“porque un caballero español…”, “somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”, etc). Ponderaba arrojarme por un balcón y dejar una nota acusando de asesinato por delegación al alcalde Almeida, que consentía y alentaba el tormento de medio vecindario, cuando paró el tipo. Pero fue sólo para que una tipa se abalanzara sobre el megáfono liberado y se tirara media hora más perorando a voz en cuello. La siguieron varios sujetos más, verborreicos y vacuos todos; la tortura se prolongó cuatro o más horas. Todo para un centenar de personas. Es decir, para satisfacer el antojo de pocos el alcalde permitió la tortura de miles y que una plaza fuera sitiada la jornada entera. Lo que más me maravilló fue que los asistentes, que debían de tener unos trescientos años si eran veteranos de los Tercios (y sólo así se explicaba el acto en sí, y su sumisión a las arengas), aguantaran a pie firme —como piqueros, arcabuceros y mosqueteros que eran— aquel sádico tostón sin desplomarse, considerando su edad matusalénica. Dada la enfermedad que aqueja a mis compatriotas y a nuestros primos ultramarinos, creo que, lo mismo que se combaten las drogas, deberían limitarse los megáfonos, altavoces y micrófonos. Ríanse de casinos y casas de apuestas. La adicción que éstos fomentan no es nada al lado de la de los amplificadores de voz, con público nutrido o sin él, con oyentes cautivos o sin ellos: al que habla eso le trae sin cuidado, porque lo embriaga su propio verbo hueco.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2020. ‘Un tétrico y peligroso misterio’

Hace un año recordé aquí el librito que mi padre, Julián Marías, escribió en los años ochenta, La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir?, y titulé la columna en cuestión “Lo que nos hacen creer que nos pasa”, un eco de sus palabras. Para él, que en 1936 tenía veintidós años, que fue soldado de la República y fue detenido por las autoridades franquistas en mayo de 1939 y a continuación juzgado, la Guerra no fue inevitable, en contra de lo que muchos afirmaban entonces y otros siguen sosteniendo hoy mismo. Para él, el verdadero origen de esa Guerra no fue la situación objetiva de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás.

Por fortuna, estamos lejísimos del envilecimiento generalizado que se dio en el 36. Sin embargo, me empieza a preocupar la tendencia de muchos (los partidos políticos desde luego, pero también periodistas, articulistas, tertulianos, analistas, y, arrastrados por ellos, un número indefinido de ciudadanos) a “hacernos creer que nos pasa” lo que no nos pasa. Se habla continuamente de un país dividido y fracturado, de que estamos inmersos en una guerra sin sangre, de que la gente cava trincheras metafóricas y se apresta a ocuparlas; de que estamos ya en dos bandos irreconciliables y de que a los “tibios” (famosa y siniestra expresión muy utilizada por los franquistas en la postguerra) no sólo no se les hace caso, sino que se los considera, inmediatamente, como pertenecientes al enemigo de turno. Los falsos progresistas (ni Podemos ni el actual PSOE lo son, basta con ver sus políticas reaccionarias y de postureo) tachan de “fascistas” a cuantos no se alineen fervorosamente con ellos y no respalden monolítica y abnegadamente al Gobierno que han formado. Lo mismo hacen la derecha y la ultraderecha, sólo que ellas llaman “comunistas”, “separatistas” o “frentepopulistas” a los que no las secundan en sus exabruptos histéricos. Los políticos son los principales culpables: cada uno se ha encerrado en su búnker y lanza sus saetas contra los del otro búnker y contra los inocentes transeúntes. Pero periodistas fanáticos o cobistas o pagados, o vasallos, siguen su actitud al pie de la letra. He visto a opinadores que presumen de serenidad, objetividad y aun ecuanimidad, sulfurarse como energúmenos defendiendo cualquier decisión o medida del Gobierno Podemos-PSOE, o justificando y suscribiendo los insultos y las exageraciones de los representantes de Vox y el PP. He leído artículos que se suponían de análisis y en realidad parecían escritos por militantes desaforados de una facción o de otra. Quienes sostienen que el conjunto del país comparte este comportamiento, esta toma inequívoca de posiciones, se basan, sin duda, en los comentarios de las distorsionadoras e irreales redes sociales. Las frecuentan personas de todo tipo, a buen seguro, pero en enorme medida los propagandistas, los proselitistas y los beligerantes. Es sabido que, desde su creación, Podemos contaba con batallones de tuiteros y demás, dedicados a no dejar pasar una crítica al partido o a sus dirigentes. Cuantos los hemos censurado hemos sufrido un aluvión de injurias, ataques y hasta calumnias; un aluvión orquestado, como si ese batallón estuviera de permanente guardia. Ahora ese partido está en el Gobierno, así que imagínense. Otro tanto sucede con Vox, asimismo poseedor de una buena artillería de tuits, memes y demás zarandajas. Los independentistas catalanes someten a sus adversarios o desenmascaradores a idéntico bombardeo en las redes, y de ello puede dar fe aquí Javier Cercas. Y aunque los más dados al “castigo” son los partidos que no son democráticos, los que todavía lo son o lo parecen se están contagiando del agit-prop y del acoso y derribo de disidentes.

Pero nada de esto es cierto. Por mucha influencia que tengan, ni políticos ni periodistas ni tertulianos ni usuarios de redes constituyen el país. La falacia de gente hostil en dos bandos que no se dan ni los buenos días, la comprobamos todos en la vida diaria. La inmensa mayoría no está en ninguna trinchera, se saluda y trata con cortesía, o directamente es ajena a este encarnizamiento inventado. No sólo no participa de él, sino que lo ignora. La política, por suerte, no es lo principal en sus vidas, que discurren por caminos más acuciantes: cómo pagar el alquiler y cuantos etcéteras deseen añadir ustedes. Uno sale a la calle, o a tomar algo al bar de la esquina, y no ve caras agrias ni enconadas, ni hosquedad ideológica, ni nada de lo que se nos dice que está sucediendo. Ni siquiera en Cataluña se encuentra uno con eso, a no ser que se tope con una performance de la ANC, los CDR o Tsunami. Que el país está enfrentado es sencillamente mentira, y lo vemos todos a diario. Por qué tantos con voz se empeñan en lo contrario, para mí es un tétrico y peligroso misterio. Sin comparación posible con el 36, debemos tener en cuenta lo que escribió mi padre y yo repetí hace un año: “Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa”. Porque lo segundo hoy suena muy grave, y lo primero no lo es tanto, sólo un poco, y a ratos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2020. ‘Promesas, juramentos y perjurios’

A raíz de la ridícula toma de posesión de nuestros diputados tras las penúltimas elecciones, escribí una columna titulada “Congreso o guardería”, creo. El pueril espectáculo volvió a darse tras las últimas, quizá aumentado y con la misma pasividad cómplice de la Presidenta del Congreso Batet, de la que solía tener buena idea (me temo que órdenes son órdenes, y eso rige por igual en todos nuestros punitivos partidos). Hace meses señalé que algunos juramentos o promesas rebasaban la idiotez para entrar de lleno en la contradicción, por lo que a mi parecer deberían haber sido invalidados. Una cosa es prometer o jurar “por imperativo legal”, la coletilla que abrió la caja de los caprichos y las cursiladas, y otra “por el 1 de octubre y hasta la creación de la República Catalana”, sucesos que contravienen las leyes y que justamente intentan o han intentado acabar con la Constitución, el Estado de las Autonomías y la monarquía parlamentaria vigentes. No es posible jurar o prometer fidelidad a algo y a su contrario, y encima en la misma frase. En ambas tomas de posesión se dieron por buenas todas las extravagancias e incongruencias: “Bah, pelillos a la mar”, sería la expresión coloquial con la que se despachó el asunto. O bien con esta otra, tan ranciamente española: “Total, qué más da”.

A continuación de la consentida farsa en el Congreso, vino otra “jura”, la de los miembros del nuevo Consejo de Ministros. De éstos, hubo dos que se refirieron al “Consejo de Ministras ”, organismo que no existe, por lo que, según juristas de prestigio, la promesa podría ser nula. Pero, por supuesto, nadie va a impugnarla en un país en el que las palabras se han vaciado de significado o se han retorcido, y en el que da lo mismo cuáles se empleen, cuáles se cumplan y a cuáles se falte. Ahora bien, a los poquísimos días de esta vacua ceremonia ministerial, al flamante titular de Consumo, Alberto Garzón, se le preguntó en una entrevista (cito de memoria): “Prometió lealtad al Rey, o a la Corona, o defenderlos. Usted siempre ha llamado al Rey ‘Ciudadano Felipe de Borbón’. ¿Dejará, pues, de hacerlo?” A lo que el ciudadano Garzón, ya Ministro del Reino, contestó con vanidad y desahogo, en parte para contentar a su parroquia: “No, seguiré refiriéndome a él así, y esforzándome por erradicar la Monarquía, por métodos legales”. Garzón es muy libre de anteponer sus convicciones y el halago a sus fieles a toda otra consideración, pero entonces debería haber rechazado el cargo, haberse negado a prometer nada y haberse quedado en su escaño de diputado. Porque lo que estaba reconociendo con absoluto descaro es que unas fechas antes había cometido perjurio en la solemne ceremonia de la que salió con cartera (que yo sepa, no hay vocablo equivalente a “perjurio” cuando se promete de mentira; la empleo para entendernos). Lo que vino a admitir fue: “Bueno, es que había que atenerse a la fórmula, pero fui falaz, porque para mí el Rey no es tal ni Jefe del Estado, sino un ciudadano a secas, y además me propongo acabar de una vez con la institución que representa. Así que, de lealtad o defensa, nada de nada”.

Hay países, como los Estados Unidos, en los que perjurar es gravísimo y acarrea cárcel. Hasta el punto de que, hace tiempo, a quien llegara allí se le preguntaba algo absurdo: “¿Tiene usted intención de atentar contra la vida del Presidente?” Todo el mundo, obviamente, respondía que no. La razón de la ociosa pregunta era que, a quien tratara de matar a Nixon, Carter o Reagan, se le añadiría a posteriori el delito no baladí de perjurio. Allí, a mucha gente le han caído penas, o total descrédito, por mentir bajo juramento ante un comité senatorial o en un juicio. En España no sólo no pasa nada, sino que a quien pretendiera que eso tuviera consecuencias se lo tildaría de anticuado, tiquismiquis o fascista, término ya carente de sentido a fuerza de abuso. Entiendo que nuestra sociedad no atiende a protocolos ni etiquetas ni ceremonias. Que quienes participan en estas últimas las ven sólo como un incordio, una pantomima, y se las pasan por el forro. Han caducado los tiempos en que la gente se tomaba en serio la promesa hecha, la palabra dada, que todavía los niños de mi infancia llamaban “palabra de honor” (qué anacrónico, ¿no?, si en el honor no cree nadie). Somos una sociedad “desenfadada” y además lo tenemos a gala (bueno, en todo lo demás muy enfadada). Pero de ahí a que un Ministro admita públicamente que le ha mentido a la cara a Felipe de Borbón hace escasos días, y que ha prometido desempeñar su cargo sin suscribir gran parte de lo enunciado en la mera “fórmula”, hay un trecho. El trecho revela que no se puede confiar en él en absoluto; que lo que promete carece de valor; que su supuesta lealtad a la Constitución y al Rey es falsa de arriba abajo. Sí, aquí nada importa. Pero después de semejantes tomas de posesión, de diputados como de ministros, lo coherente es que se supriman todas y sus correspondientes ceremonias, y que nadie jure ni prometa nada. ¿Para qué hacer el paripé, para qué hacer el idiota y ponerse una corbata, si todo está vacío de contenido y no cuenta, y si el lema de nuestra desaprensiva clase política viene a ser: “Sí, dije esto y lo otro, pero lo dije de mentirijillas y en realidad no valía”?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2020