LA ZONA FANTASMA. 24 de marzo de 2013. Hijo del Papa

Para cuando lean ustedes esto, es seguro que ya habrá nuevo Papa –no sé cómo a mis colegas de la RAE se les ha ocurrido que se debe escribir con minúscula, lo mismo que “papa frita”; ni caso– y estarán hartos de verlo y de oírles sus proezas previas a los infinitos vaticanistas, vaticanólogos, vaticanófilos y vaticanóglotas que de la noche a la mañana han brotado en los medios de comunicación españoles. Yo tecleo estas líneas un par de días antes de que comience el cónclave. La semana pasada me quejaba de la matraca de TVE con este asunto desde que a Ratzinger se le antojó volver a su ser primigenio. Sin tantísima pleitesía, el resto de la prensa ha dado también la suficiente murga –y la que dará con el inminente pontífice, señores– como para justificar la terrible pesadilla que tuve hace poco.

Vayan por delante mis disculpas: no soporto que en las novelas y películas, ni en los artículos, se cuenten sueños. “Si esto no ha pasado”, pienso, “está de sobra, es un pegote, vale todo, a quién le interesa”. Hasta la serie Los Soprano, que me parece a la altura de El Padrino en su género, incluía algunos episodios oníricos que la rebajaban y la hacían cansina mientras duraban. Y una de las novelas más celebradas de los últimos años, 2666, de Bolaño, no se ahorraba el relato pormenorizado, insulso y pesado, de un montón de sueños (ni de una conferencia íntegra) que la lastraban sobremanera. Así que no me perdono incurrir en eso que detesto, aunque sea sólo por segunda vez y brevemente.

Sufrí la pesadilla de que mi padre, muerto hace siete años, era el elegido como nuevo Papa. La cosa es descabellada, pero no tanto como pudiera parecer a primera vista si les recuerdo o comunico que Don Julián, pese a haber vestido el uniforme de la República y haberla defendido no con las armas (no le tocó combatir) pero sí en la radio y en la prensa escrita; pese a haber pasado por la cárcel franquista al final de la Guerra, haber sido represaliado por el régimen y haber sido atacado ferozmente por la Iglesia española en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, era y siempre fue católico y escribió más de un texto sobre el cristianismo. Lo recuerdo entusiasmado en su día con Juan XXIII y su Concilio, y más tarde con Tarancón, y, en sus últimos lustros, fue miembro del Consejo Pontificio de la Cultura, junto con otros intelectuales de diversos países, durante el papado de Wojtyla. A mí, que no compartía sus creencias, todo esto me desasosegaba, pero claro está que lo respetaba. Lo cual no me impedía –como a mis hermanos tampoco– tomarle un poco el pelo de vez en cuando, afectuosamente: “Ya que eres viudo desde hace mucho, ¿por qué no te ordenas?”, le decía. “No estoy muy enterado, pero creo que a los viudos los admiten. Quizá te daría tiempo a llegar a obispo”. Su respuesta era invariablemente: “Hay que ver, no perdéis ocasión de decir majaderías”.

El sueño me produjo un tremendo sobresalto seguido de espanto. Vi a mi padre disfrazado de Papa, de blanco, con el capelo o como se llame (perdonen los vaticanópodos sobrevenidos, ignoro estos detalles), sonriente con su mentón partido o hendido. “¿Y ahora qué hago, cómo llevo esto?”, pensaba yo alarmado. “Ahora resulta que soy hijo del Papa. Como César Borgia, sólo que hoy es mucho más chocante que en su época que los pontífices tengan vástagos conocidos. También soy menos malo, algo es algo”. En la pesadilla, con todo (ya saben cómo la duración se alarga en ellas), me dio tiempo a reponerme del susto y entrar en consideraciones prácticas. “Se le va a llenar la casa de curas y monjas”, me dije, refiriéndome a la de mi padre. “No se va a poder aparecer por allí, santo cielo”. Y a continuación, tras ponderar la difícil vida que me aguardaba, reflexioné: “Bueno, quizá pueda influir algo en él. Un Papa, sea quien sea, no va a cambiar muchas cosas, pero quizá lo convenza de que no condene el uso del condón en todos los casos, por ejemplo (eso vendría bien en África): que diga que si su empleo no tiene como fin impedir la creación de seres nuevos, sino la propagación de enfermedades, es aceptable según la conciencia de cada cual. Él, que ha estado casado, ha de saber que la castidad perpetua es imposible, e incluso contraproducente”. Y aún maquiné otro consejo que procuraría darle: “La Iglesia está en un error, y en el fondo se contradice, al oponerse tan furiosamente a los matrimonios homosexuales. Éstos son, en realidad, un triunfo suyo y de su concepto tradicional de la familia, que, lejos de verse amenazada, se ve fortalecida. Si los homosexuales quieren formarlas, es que también a ellos les parecen buena cosa, algo deseable. A diferencia de lo que ocurrió durante siglos, han comprendido las ventajas del contrato amoroso y ansían procrear, aunque sea con métodos por fuerza ‘heterodoxos’; a la postre muchos se han hecho gente convencional y de orden; y aunque sus matrimonios sean obligadamente civiles, en cierto sentido han acogido las enseñanzas de la Iglesia. Cuantas más personas quieran matrimoniar y fundar familias, más se robustecen las dos instituciones”. Y ya no me dio tiempo a ocuparme de más cuestiones. Desperté, por fortuna, y sentí tanto alivio de no verme más como hijo del Papa que inmediatamente me sobrevino un contento ataque de risa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de marzo de 2013

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