‘Los enamoramientos’ entre los libros más vendidos

LE Debolsillo G

La edición de DEBOLS!LLO de la novela de Javier Marías, Los enamoramientosha entrado en las listas de los libros de bolsillo más vendidos.
Ocupa el 1º puesto según
El Cultural.


‘The Infatuations’

getty leThis cerebral, coolly compelling crime novel appears in the first instance to have one of those observant but passive narrators recognisable from works such as The Great Gatsby, Brideshead Revisited and The Secret deal to alter its course. As it turns out Maria, our guiding voice here, gets a little closer to the flame than the reader is initially given to expect – and responds in a rather more complex way. But the lines between passive and active participation, individual and shared responsibility, indirect influence and direct instruction, also turn out to be central to the novel as a whole. When is a murder not a murder? What influences might play in, above, beyond and perhaps behind the hand that grips the weapon? Can a great love justify a destructive act – and could killing somebody ever be the right thing to do?

Maria is a solitary young Madrid woman employed by a publishing house – largely, it seems, to babysit obnoxious writers, who are given to calling her to ask which socks they should team with their outfits. She sources secondhand glamour not from these fêted figures, but from a couple she sees every day in the café where she breakfasts. Well-dressed, confident, a little older than she, this pair – whose names she gleans to be Miguel and Luisa – make ­Maria happy with their obvious happiness. When tragedy befalls them, their watcher has a choice: let go of the fantasy of their relationship, or wade in and involve herself in the aftermath of its abrupt curtailment? She picks the latter path; and duly makes discoveries that both round out and challenge her simplistic characterisation of Miguel and Luisa­ as ‘The ­Perfect Couple’. One revelation is that she has been a character for them as well: they call her, ‘The Prudent Young Woman’, and that soubriquet too turns out to have both insight and dark ­inaccuracy to it.

Having instilled herself in what remains of the couple’s life, Maria meets their friend Javier, and is drawn into a relationship that appeals both in its own right, and as a way to find out more about her favourite couple. (It also creates a pairing – Javier and Maria – which forms a playful echo of the author’s name.) As its title suggests, much of what occurs in Marías’ novel is powered by the supposed passion stirred by one character for another, and this primacy of emotion does not languish unanalysed: over screeds of conversation and conjecture, these characters assess love and what it might drive them to do.

The infautatiosYet Marías, perversely, takes a distinctly non-carnal approach to this romantically charged subject matter. We must take his word that these characters are hot for one another, since the prose keeps a fastidious distance from the meat of their affairs. (Although Marías does fall into a strangely common trap of the male writer occupying a female perspective: that of supposing women spend a lot of time thinking about their breasts.)

This is a mature, thoughtful take on potboilerish content: a crime thriller seen through a philosophical and literary ­filter, which, while it dwells ­little on the gory details of its central misdeeds, can find ­copious pages on which to ­synopsise and muse on slightly relevant texts by Balzac and Dumas.

This constant backgrounding of drama in favour of ­theory can get a bit much, as can Marías’ style, which favours tremendously long sentences, hooked together by multiple commas, which pile clause upon clause, sometimes 20 or 30 of them without a full stop – though sometimes dashes crop up – to break their tumble down the page, a habit that can be rather hypnotic, but can also tell on the patience of the reader, confuse her, send her scanning back, looking for the start of the point, or simply yearning for a semi-colon, to provide a little extra space, to permit her mind to catch its breath… But neither the defiantly cerebral cast of Marías’ prose, nor this demanding prose style, prevent The Infatuations from gripping the attention. Its protagonist intrigues from the start, when we don’t know whether she’s an innocent chronicler of other’s deeds, or a malign influence thereon; and its discussions on literature, love and responsibility offer a degree of exercise for the brain not commonly found in tales of lust and murder.

Smart, thoughtful, morally challenging and consistently surprising in its tense twists, this is a sleek atmospheric work – one that gives the lie to its persistent contention that fiction and “the idiotic world of publishing” have nothing much to tell us about our lives. But then, Marías may have specific axes to grind: he runs his own small press, which is named Reino de Redonda in tribute to his further surprising sideline: being king of the Caribbean micro-nation of Redonda. And there’s something you don’t get to say about many novelists. Marías, it seems, is no more predictable a figure than the characters he creates.


The Scotsman, 24 February 2013

Vidas escritas


Vidas escritas: Edición ampliada

Ivan Turgueniev se enamoró de una cantante llamada “La García” y vivió con ella y con su marido durante un largo (y aparentemente pacífico) periodo; Thomas Mann tomó nota de sus vicisitudes gastrointestinales regularmente a lo largo de su vida; Vladimir Nabokov aborrecía los insecticidas y el bidé. Aunque podemos afirmar con certeza que ninguno pasó a la historia de la literatura por ello (sino por haber escrito respectivamente Primer amor, La montaña mágica y Lolita), no podemos decir con igual rotundidad si el experimento amoroso, el estreñimiento y el rechazo al bidé no contribuyeron de algún modo a la confección de esas obras maestras, y esto debido a que no existe forma de determinar de manera objetiva qué cosas hacen que un escritor escriba un libro importante y cuáles lo convierten sencillamente en un idiota. Muy posiblemente, el placer que nos provoca la lectura de anecdotarios de escritores se derive precisamente de ello; es decir, de nuestra incapacidad (y nuestro interés y curiosidad) para determinar en qué eventos de las vidas narradas puede hallarse el origen de una obra mayúscula.

Existen otras razones para leer este tipo de libros, sin embargo; en el caso de este Vidas escritas de Javier Marías, esas razones son principalmente estilísticas: como se suele decir a menudo, Marías es un prosista extraordinario, y los artículos reunidos aquí son ratificación de esto: según el autor, a la mujer de Robert Louis Stevenson le gustaba ir “siempre vestida con una especie de saco y tenía un rostro tirando a antipático, autoritario, huraño y aun avinagrado”; Rainer Maria Rilke “se pasó la existencia ‘esperando’ a la lírica y compartiendo esa espera con diferentes mujeres, la mayoría aristocráticas […] y bien dispuestas a darle albergue en sus diversos castillos y propiedades para que esperara en ellos más cómodamente”; la belleza de Lady Hester Stanhope era “discutible”.

Vidas escritas reúne veintiséis artículos adecuadamente ilustrados y divididos en dos secciones: “Vidas escritas” y “Mujeres fugitivas”; la incorporación de esta última fue la única novedad de la edición de 1999, que ampliaba y corregía la publicada en 1992, conformada por artículos publicados en la revista Claves de razón práctica, de ahí que el lector se pregunte por qué esta nueva edición no incluye los (numerosos) artículos de tema y estilo similares que el autor español publicó desde 1999 hasta el presente. En el que dedica a Giuseppe Tomasi di Lampedusa dice sobre las Notas sobre literatura inglesa del italiano que son “páginas en modo alguno científicas pero llenas de sabiduría, humor, seriedad y finura”, y se puede decir algo muy semejante de sus Vidas escritas, que funcionan en un doble sentido: son, por una parte, las de los autores reseñados, pero, por otra, también la del propio Javier Marías. De esta última se nos informa aquí que el autor de Tu rostro mañana no aprecia mucho a Thomas Mann, James Joyce y Yukio Mishima (singularmente, sus mejores retratos), que los autores que le interesan son principalmente canónicos (tan solo se apartan del camino más transitado sus retratos femeninos, como los de Madame du Deffand, Vernon Lee, Adah Isaacs Menken, Violet Hunt y Julie de Lespinasse) y que en su inmensa mayoría murieron antes de 1950; las excepciones a esto son las de Mann, Nabokov, Mishima, Isak Dinesen y Malcolm Lowry. No deja de ser llamativo que este recorte deje de lado la práctica totalidad de la literatura producida en el último medio siglo, pero los lectores de la obra de ficción de Javier Marías saben ya que esa obra se nutre principalmente (con la excepción del cine) de intereses lejanos en el tiempo. Por supuesto, esto es singular, pero aquí carece de importancia. Estas Vidas escritas son sencillamente magníficas, un ejercicio de erudición e ironía que una sociedad como la española (mayoritariamente renuente a ambas) quizás no sepa apreciar, pero que es de lo mejor que su literatura ha producido recientemente.


Letras Libres, febrero de 2013

LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2013. Villanía léxica

Un atento lector, en carta publicada aquí hace dos semanas, confesaba haberse llevado “una sorpresa desagradable” por mi utilización en un artículo del término “discapacitados”, y me sugería que lo “retire” de mi vocabulario. Le agradezco el consejo, y que me proponga en su lugar “personas con discapacidad” o “funcionalmente diversas”. Pues no, lo lamento. Ni este amable lector ni otros parecidos, con espíritu de policías del lenguaje, parecen caer en la cuenta de dos cosas: a) a un escritor (no a un funcionario ni a un notario) no se le puede pedir que renuncie a la riqueza y a la precisión de su lengua, y menos aún que adopte vocablos artificiales, nada económicos, a menudo feos y siempre hipócritas, que tan sólo constituyen aberrantes eufemismos, como si no sufriéramos ya bastantes en boca de los políticos; b) lo que molesta en general no son las palabras, sino lo denominado por ellas. Hay significados que antes o después acaban por “contaminar” o “manchar” el significante. Se juzgaron humillantes “lisiado” o “tullido”, cuando lo cierto es que existen y siempre han existido lisiados y tullidos, como también mutilados (en el metro de mi infancia no eran raros los carteles que rezaban “Asiento reservado a los caballeros mutilados”). Se forjó entonces “minusválidos”, pero al cabo del tiempo eso pareció asimismo ofensivo, y se pasó a “discapacitados”, que ahora, compruebo, es condenable. Cualquier cosa que se invente acabará por resultarle denigrante a alguien, no les quepa duda. Y, lo siento mucho, pero en español quien no ve nada es un ciego, y quien no oye nada es un sordo. Lo triste o malo no son los vocablos, sino el hecho de que alguien carezca de visión o de oído.

Lo mismo ocurre con las palabras que denominan actividades o lugares digamos “embarazosos”. “Váter”, “retrete” o “excusado”, que hoy nos suenan horteras si no groseros (nadie anuncia “Me voy al retrete”), fueron en su día eufemismos, tan neutros y carentes de connotaciones sucias que “váter” era de hecho un extranjerismo, adaptación y abreviatura de “water closet”, es decir, de “gabinete del agua” en inglés, literalmente. El significado ha ido invalidando, uno tras otro, todos los significantes elegidos. Otro tanto sucedió con “Negro”, en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por “coloured people”, “gente de color”, hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a “blacks”, lo mismo que “negro”, sólo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de “African Americans”, que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además añadieron esa otra ridiculez de “subsaharianos” para referirse a los negros que nada tienen que ver con América. Estén seguros de que alguien protestará en el futuro: “¿Por qué hemos de especificar nuestro remoto origen y llamarnos ‘afroamericanos’, cuando los blancos no especifican el suyo y no se llaman ‘euroamericanos’? Volvemos a estar discriminados”. Y así podríamos seguir poniendo incontables ejemplos. Lo único que se consigue con esta quisquillosidad insaciable es desnaturalizar y desvirtuar las lenguas, convertirlas en algo plano, inexacto e inservible. Lo he dicho otras veces, pero se ve que toca repetirlo.

Lo curioso de España es que ,mientras se ejerce esta estricta vigilancia de lo “incorrecto”, a nadie le preocupa –qué contraste– que seamos un país inverosímilmente zafio y grosero. Cada vez que se le queda un micrófono abierto a un político; cada vez que aparecen grabaciones o emails entre ellos o entre personas en principio educadas y con responsabilidades, nos encontramos con tacos o con alusiones sexuales de dudoso gusto: entre las más recientes, la firma “Duque de em…Palma…do” a cargo del Duque de Palma, y “Ahí has estado muy torero”, como le escribía un fulano a otro que se había jactado de tirarle los tejos a esa amiga del Rey llamada Corinna. ¿Sonamos todos así, cuando estamos en privado? Tengo amigos que así suenan a veces, y algún taco suelto yo de tarde en tarde, no voy a negarlo; pero la mayoría no, en absoluto. En realidad no hace falta rebuscar en las charlas privadas. Encendí la televisión ayer, y de buenas a primeras, en horario estelar, me saludó esta frase en una serie nacional de gran éxito: “Como me sigas haciendo chorrear, me van a salir escamas en el potorro”. No estoy muy seguro de haberla entendido, pero creo que sí, y no es de recibo, ni en un diálogo humorístico. Luego, en una tertulia, dos bestiajas muy queridas y populares me soltaron, respectivamente: “Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa”, y “Lo digo porque me sale del chichi”. Todo esto se considera normal, o incluso gracioso. Para mí es una degradación, no ya del lenguaje que todo lo admite, sino de la cortesía mínima entre personas. Esta “normalidad” sería inimaginable en Gran Bretaña, en los Estados Unidos, en Francia y Alemania, y también en Italia, que se nos parece más, pero no en esta villanía léxica deliberada y celebrada. Aquí se cree que la forma de hablar no influye en los comportamientos. A mi parecer lo hace, y mucho, y así no es de extrañar que nos hayamos convertido en un país rastrero y corrupto, que no se tiene el menor respeto a sí mismo.


El País Semanal, 24 de febreo de 2013


The infautatios

Translation: Margaret Jull Costa
Hamish Hamilton
Hardback: 07 Mar 2013

The Infatuations by Javier Marías: Javier Marías’s new book, translated by Marguerite Jull Costa, is his 14th novel to be published in English. It was awarded Spain’s National Novel Prize last October, but Marías turned it down out of an aversion to receiving public money. It’s the story of a woman’s obsession with an apparently happy couple who inexplicably disappear. It’s his first novel to be narrated from a woman’s perspective, so it will be interesting to see how Marias manages to accommodate his penchant “for detailed descriptions of ladies crossing and uncrossing their legs”. (Mark)

The Millions, January 7, 2013


Javier Marías: a life in writing

When Javier Marías was a student of English Philology in Madrid in the 1970s he says it was with a sense of “awe and reverence” that he would buy copies of “the then grey-spined Modern Classics Penguin. The authors ranged from Conrad to James, Faulkner to Joyce, Thomas Mann to Ford Madox Ford, Woolf to Camus. Not even Nabokov was allowed to be there.” Last year Marías himself became one of just a handful of living writers to join that same list. “I must assume, therefore, that these are much less demanding times than the 1970s,” he explains modestly. “But, still, I feel very honoured, even if I can’t help thinking I must be a fraud.”

Far from being a fraud, it is difficult to think of many other living writers who are such an obvious fit for the list. In brute commercial terms, as was noted at the time, you could say his inclusion is not a bad hedge bet from his new publisher Penguin in the event of his winning the Nobel prize, something he is regularly tipped to do. In purely literary terms there is an even more compelling case. Few writers have sustained such an engagement with the classic (Anglophone) canon. As a translator he has rendered into Spanish work by Hardy, Yeats, Conrad, Nabokov, Faulkner, Updike, Salinger and many others. As a novelist, he has threaded his work with traces of these writers, and is explicitly underpinned by an empathy with Shakespeare and Sterne, as well as Cervantes and Proust.

“I’ve never had a literary project and feel I have been improvising all my career,” he recently claimed. “But I do recognise certain recurring themes: treason, secrecy, the impossibility of knowing things, or people, or yourself, for sure. There is also persuasion, marriage and love. But these things are the matter of literature, not just of my books. The history of literature is probably the same drop of water falling on the same stone only with different language, different manners, different forms adequate to our own time. But it remains the same thing, the same stories, the same drop on the same stone, since Homer or before.”

This flair for improvisation has seen him selling millions of books that have been translated into more than 40 languages. His 12th novel, The Infatuations, is published in English next month, and work such as All Souls, A Heart So White, and, more recently, his monumental Your Face Tomorrow trilogy, have received almost universal critical acclaim. And he has not only been garlanded with prizes. Among his other titles he is King of Redonda, a real, if uninhabited, lump of Caribbean rock, the monarchy of which has been passed down through a line of writers.

“I’ve taken my responsibilities lightly,” he smiles, “but I do follow the tradition of an intellectual nobility.” He funds a literary prize and awards dukedoms to the winners, which so far have included among others Alice Munro, AS Byatt, William Boyd and Umberto Eco. “JM Coetzee was the first winner, and I was delighted that he accepted and joined in with the playfulness of it. Maybe it is time that I should start thinking about an heir. I inherited through an abdication, so I shall have to find another writer, as it is not passed on by blood but by letters.”

Marías has never visited Redonda and lives in a book-packed apartment overlooking one of Madrid’s oldest squares where he works on an electric typewriter, doesn’t have internet and is equally old-fashioned in his prodigious cigarette consumption. He has a long-term partner, but she lives in Barcelona. “And that is usually my lot. Either my girlfriends have been married at a time when there was no divorce in Spain, or they lived somewhere else or there was something else in the way.”

The Infatuations, featuring a rare Marías female narrator, is, among other things, a cool-eyed examination of love; in fact “Los enamoramientos”, the Spanish title, could also be translated as “The Crushes”. Maria has breakfast in the same café every morning, where she observes a married couple with the same routine. Some time after the couple stop coming to the café Maria learns that the husband has been brutally murdered, and she becomes embroiled in the life of the widow and the emotional ramifications of the husband’s death.

“Loving and falling in love have a very good reputation,” he says. “That may be justified sometimes, but sometimes it is the opposite. I have seen very generous, kind and noble people behave very badly because they are in love. Equally there is this idea of destiny. People remember how they met and wondered what would have happened if they hadn’t gone to that bar or that dinner. But we are in fact very limited in our choices of partner by location, class, history and who is willing to accept our advances. How many times are we not the first choice? Or even the second, or the third?”

The book has sold more than 160,000 copies in Spain and was awarded the national narrative award, which Marías declined because the €20,000 prize was funded by the state. He has been criticised as a novelist for not engaging directly in Spain’s turbulent political life – although in fact the civil war and Franco’s rule have been dark presences in his books – but he has shown no reticence about engaging in the day-to-day as a newspaper columnist for the last 18 years.

“As a columnist I write as citizen and maybe have too many opinions” – he has published a whole book of just his football articles – “but writing as a novelist is different. I don’t like the journalistic kind of novel which is now rather fashionable. If a book or film takes a good subject from the everyday press – say domestic murders in Spain, which are a historic disgrace – everyone will applaud, but it is easy applause. Who will say it is bad? People say the novel is a way of imparting knowledge. Well, maybe. But for me it is more a way of imparting recognition of things that you didn’t know you knew. You say ‘yes’. It feels true even though it might be uncomfortable. You find this in Proust, who is one of the cruellest authors in the history of literature. He says terrible things, but in such a way that you know that you have experienced those thoughts too.”

Marías was born in Madrid in 1951, the fourth of five sons. Three of his brothers – the eldest died before he was born – went on to have careers in the arts. Their father was Julián Marías, a leading philosopher whose republican activities had seen him briefly imprisoned following the Spanish civil war, an episode Javier drew on in Your Face Tomorrow. Their mother, Dolores Franco, was a translator and an editor of an anthology of Spanish literature before starting a family. As a child Marías was taken for several trips to America where his father was teaching, having been blacklisted at home. Back in Madrid, his early writing came directly out of his reading; he created his own musketeer and Just William stories when he had finished all the books. “Richmal Crompton had been very popular in Spain since my parents’ time.”

The family home was full of books, art and elevating conversation. But Marías’s introduction to professional writing was facilitated by an uncle who was a maker of soft porn and horror films. During the six weeks the 17-year-old Marías stayed at his uncle’s Parisian apartment he not only watched 85 films but also broke the back of a debut novel, Los dominios del lobo (“The Dominions of the Wolf”) that was published in 1971 when he was only 20.

“It was a sort of a tribute and parody of American films of the 1940s and 50s. A youthful work, but not the usual autobiographical story of most young writers. And also not deadly serious in the way young people often are. As such, I’m actually not ashamed of it.”

He says the dominant trend in Spain at the time was social realism. “Franco was still alive. The idea was that writers, as far as censorship would allow, must try to raise the consciousness of the people about the terrible situation. I thought it was well meant, but had nothing to do with literature. My generation knew that a novel couldn’t end the dictatorship, and so as writers we did as we wanted.”

In fact over the next decade he published only another two novels as his career as a translator came to the fore, most notably with his 1979 version of Tristram Shandy, which won the (not state-funded) national translation prize. He categorises a translator as both a “privileged reader and a privileged writer. If you’re capable of rewriting in a different language something by Conrad or Sterne then you learn a lot. I’ve not got involved with the creative writing industry, but if I ever had my own creative writing school I would only admit people who could translate, and I would make them do it over and over again.”

During his years translating he found that some writers helped the translator by being stylistically contagious. “There is a pace and a rhythm of prose that, if the translator catches it, you can surf the wave of cadence. I certainly felt it with Conrad and in a way with Sir Thomas Browne. But it is not essential to good writing. It was not there with Yeats’s prose, or Isak Dinesen’s or Thomas Hardy’s. I like to think that my prose has some cadence that can contaminate, in the good sense, and help a translator. And I  always want to help as much as I can because I remember being so annoyed that I couldn’t ask Conrad what the hell he meant.”

He says that what is now regarded as his own distinctive style – the long, digressive, almost musical sentences that loop around observation, reflection and supposition – took many years to achieve and wasn’t really in place until his 1986 novel about an opera singer, A Man of Feeling.  “I had written four novels before then. The impatience of the publishing world today might mean that I wouldn’t have been given a chance to get that far. So many worthwhile writers must have been lost because of this impatience. The change has been brutal.”

His next novel, All Souls (1989), based closely on his experiences teaching at Oxford in the 1980s, was a success, but it wasn’t until A Heart So White in 1992 that he first became a fixture on the bestseller lists. After selling well in Spain it became a global hit after “the Pope of German critics”, Marcel Reich-Ranicki, recommended it on television. “He was known as a tough critic who had once, literally, ripped up a Günter Grass book. But he said some exaggerated things about my book and that it should be number one. Obediently, as sometimes Germans in their history have been, they went out and bought it.”

The book sold 1.3m copies in Germany and later won the Impac prize. Marías’s novel-writing technique – “which I know could be suicidal” – is to set out with only minimal planning (all his notes for the 1,200-page Your Face Tomorrow trilogy were scribbled on just four sheets of A5 paper; not all of them were used) and then not to redraft the book, “although I do go back to change a Tuesday to a Thursday and things like that”. It is a high-wire act that is sustained by what must be a remarkable memory as he shapes his story round complicated digressions and repetitions. “What Sterne said always struck me as true: ‘I progress as I digress.’ And you realise that what seemed anecdotal is actually part of the story. I like to use a system of echoes and resonances and characters that reappear not only within the same book, but from one book to another.”

He describes the current situation in Spain as “scary”, and lambasts the government for using the economic crisis to impose labour reforms, toughen abortion laws, cut education and culture spending, and privatise the health system. “Those opinions I stand by. It is not quite the same as a novelist. A novel is a more savage and wild thing in the sense that you can say anything, and your narrators or characters can say anything. Yet it still arrives at a kind of truth. It is like the theatre where you know the name of the playwright, but when the curtain rises the accepted convention is that the audience doesn’t take all the actions or opinions on the stage as the author’s. It is the same with a book. You turn from the cover to the biographical note, then maybe a dedication until you reach page one and the curtain rises. From that moment on the name on the cover doesn’t matter any more.”


The Guardian, 22 February 2013

Lincoln, Argo, Capote and the intricacies of weaving fact into fiction

The GuardianSurely a forthcoming prizewinner, The Infatuations by Javier Marías (Penguin) is ostensibly a murder mystery. The “facts” of the case are astoundingly simple: they could be found in a down-page crime report in any metropolitan newspaper. A “perfect” couple. The violent death of the husband. The slow revelation of the true killer, and his obsession.

Out of this fragment, Marías weaves an enthralling, many-layered story whose themes are not just murder, but love, memory, desire and the nature of obsession.

But The Infatuations is a story, narrated by a young woman who works in publishing. If there’s sleight-of-hand here, it’s the brilliant way in which Marías transforms a homicide into a literary and metaphysical meditation on existential questions.


The Guardian, 19 February 2013

javiermarias video
Javier Marías reads an extract from A Heart So White and talks about his books, writing and contemporary literature

LA ZONA FANTASMA. 17 de febrero de 2013. Qué tonto fui

Escribo esto el día en que Mariano Rajoy se ha pronunciado por primera vez sobre las “cuentas de Bárcenas” a las que ha tenido acceso este periódico. Les ha negado todo crédito y veracidad, pese a que los grafólogos han dictaminado que la letra de esos estadillos se corresponde sin duda con la del ex-gerente y ex-tesorero del PP durante dos decenios. Bien, sería posible entonces que Bárcenas, a lo largo de los tres años –creo– transcurridos desde que se vio involucrado en el caso Gürtel y empezó a ser molestado por la justicia, se hubiera dedicado a confeccionar esas partidas de ingresos y gastos, pacientemente, en su casa, con el fin de protegerse o de arrastrar en su caída –un acto de despecho– al partido que primero lo defendió, lo mantuvo en su puesto pese a los indicios, le sufragó los gastos de abogados, y bastante más tarde lo defenestró y lo abandonó a su suerte. Cualquiera podría anotar que nos ha entregado a ustedes o a mí tales o cuales sumas en dinero negro, y esas anotaciones no constituirían ninguna prueba de que eso hubiera ocurrido en efecto. Algo tan detallado como las cuentas que hemos visto requiere dosis de imaginación considerables, es cierto, pero tiempo no le habría faltado a Bárcenas para desarrollar la suya. Contabilidad creativa, más que nunca. Todo puede darse. Nadie del PP, sin embargo, ha apuntado esta explicación hasta ahora: “Reconocemos que la letra es de nuestro ex-tesorero, pero lo consignado por él es una invención, una falsificación, una fábula, algo ficticio”. Tal vez la ha impedido la admisión, por parte de unos pocos miembros del partido, de que algunas cantidades reseñadas se ajustaban a préstamos o donaciones recibidos por ellos, con muy nobles y comprensibles fines.

Al cabo de catorce meses desde las últimas elecciones generales, en las que el PP obtuvo casi once millones de votos, más del 44% de los sufragios y en consecuencia una mayoría absolutísima que le ha permitido hacer cuanto se le ha antojado sin que lo alterara ninguna voz discrepante (una situación de “despotismo legalizado”), uno se pregunta cómo se sentirán esos ciudadanos que le dieron carta libre. No me es fácil ponerme en su lugar, ya que jamás he votado a ese partido ni –dicho sea de paso– voté nunca al PSOE hasta 2004, cuando hasta Belcebú me parecía preferible a los Gobiernos de Aznar tras su Guerra de Irak y sus mentiras sobre el 11-M. Pero me da que estas sospechas de corrupción generalizada serán lo de menos para la mayoría. Habrá quienes digan: “Vaya novedad, ¿y qué esperaban? La sociedad entera no le hace ascos a un dinero extra, con excepciones. En todos los partidos habrá prácticas parecidas, como en tantas empresas, fábricas, comercios. Y aquí le parece ético a todo el mundo robar música, películas, libros, desde sus ordenadores”. Habrá otros, más cínicos o fanáticos, que encontrarán “necesarios” los sobresueldos porque los habrían cobrado los suyos, mientras que los juzgarían vil codicia si los hubieran percibido otros. Y también los habrá escandalizados y asqueados, como lo estuvieron numerosos votantes socialistas ante la corrupción del PSOE en los años noventa. Sea como sea, quién sabe cuántos de aquellos once millones deben de estar pensando: “Qué tonto fui”, cada mañana. Pero no por Bárcenas y sus aparentes revelaciones.

Son las personas que en catorce meses han visto cómo el Gobierno del PP ha incumplido todas y cada una de sus promesas electorales: cómo ha hecho una reforma laboral que deja los puestos de trabajo en precario, se pueden perder cualquier día sin apenas coste para el empresario; cómo eso ha añadido, sólo en 2012, más de medio millón de parados nuevos; cómo han bajado los salarios y la capacidad adquisitiva de la población en pleno; cómo se han subido a lo bestia el IVA y el IRPF que se había jurado dejar intactos; cómo las pensiones se han visto mermadas, los “dependientes” abandonados, la sanidad privatizada y encarecida, las medicinas bipagadas; la cultura despreciada y hostigada, la educación empeorada y con las tasas por las nubes; cómo, en cambio, a la Iglesia no se le ha rebañado un euro mientras sus jerarcas callan ante la penuria de tantas familias; cómo, tras el abusivo incremento del IVA, cada vez hay más gente desesperada que no lo aplica, y así se extienden la economía sumergida y el dinero negro; cómo el Gobierno se ha ganado la enemistad de médicos, sanitarios, jueces, profesores, comerciantes, gente de orden en principio. De esos once millones, muchos votaron sin duda al PP con la encomienda de que nos aliviara la crisis, y se la encuentran ahora agravada y afectándolos a ellos directamente, en sus carnes; descubren que están aún peor que con Zapatero. Ven que se desmantela a toda prisa el llamado Estado de bienestar, con el pretexto de la coyuntura económica. Que los ciudadanos quedan desprotegidos y que sus impuestos se emplean en rescatar a la banca que aun así se niega a conceder créditos a particulares, empresas y tiendas, asfixiándolos. Ven que el consumo baja y baja, y que al Gobierno, extrañamente, le trae sin cuidado. Ven que sus altos cargos y asesores no se aplican las rebajas, mientras los jóvenes emigran. Me pregunto cuántos de esos once millones están totalmente arrepentidos de haber pres­­tado su voto a quienes se lo prestaron, tras creer en sus promesas falsas. Cuántos no se levantan ya cada mañana diciéndose amargamente: “Qué tonto fui, pero qué tonto”.


El País Semanal, 17 de febrero de 2013

Confidencias ocasionales

MI LibroCada uno de los cuentos de Mala índole cifra un enigma, en más de uno lo inquietante proviene de una confidencia ocasional a partir de un encuentro con un desconocido. El crimen es en algunos el desenlace; en otros, es la intención de un asesinato lo que le es confesado en forma circunstancial al narrador. La muerte no deja de ser central para el armado narrativo de los cuentos de este libro y también de las novelas de Javier Marías.

La observación de alguna escena de la vida de una pareja con sus singulares actitudes condicionadas por obsesiones o cálculos extraños y la presencia de fantasmas con la identidad que se balancea entre la vida y la muerte encuentran una buena resolución literaria en sus cuentos.

Puede resultar curioso para un lector atento encontrarse con un relato titulado “En el viaje de novios” que antecede a la excelente novela Corazón tan blanco, en el cual existe una situación que se repite en forma casi textual, en el cuento y en la novela, en un caso en Sevilla, en otro en Cuba. El cuento tiene un final abierto y en sí mismo es sugerente, no deja de todos modos de ser sorprendente que el autor lo incluya entre los cuentos elegidos siendo que luego utiliza esa situación para su novela.

Marías escribe en “Nota previa a esta edición”: he distribuido mis cuentos bajo dos epígrafes: “Cuentos aceptados”, que incluyen todos aquellos de los que aún no me avergüenzo, y “Cuentos aceptables”, con aquellos de los que sí me avergüenzo un poco pero no demasiado. Y entonces llama más la atención encontrar el mismo cuento con algunas variaciones bajo los dos epígrafes. Se trata de “No más amores” de la primera sección y “Serán nostalgias” de la segunda.

Hay que destacar algunos relatos –entre los que figuran “Mala índole” y “Sangre de lanza”– ya que son imperdibles. La mayoría de los incluidos en el libro logra captar el rasgo más sórdido de lo humano y de lo imprevisible con una gran habilidad narrativa.

El personaje del cuento que da título al libro corre el peligro de que lo maten por las palabras que ha traducido. Su función de traductor de Elvis Presley en México lo hace responsable ante los ojos de sus perseguidores de aquellos insultos ofensivos que ha dicho otra persona: “Yo había sido el mensajero, el intermediario, el verdadero emisor, el intérprete”. En el relato titulado “Lo que dijo el mayordomo”, el narrador escribe las confesiones que le hiciera su empleado cuando ambos quedaron encerrados en el ascensor. Y reflexiona acerca de la remota posibilidad de que la víctima potencial del mayordomo lea su texto y éste le sirva como advertencia. En tanto considera poco probable que así sea, escribe: “Los libros que no leemos están llenos de advertencias; nunca las conoceremos, o llegarán demasiado tarde”. Las palabras podrían no llegar ahí donde funcionasen como una advertencia, podría responsabilizarse erróneamente a un sujeto mensajero y alguien morir. Ocurre así en el devenir azaroso, entre la palabra y la acción, de los relatos de Javier Marías. No importa de cuál cuento se trate, siempre existe una tensión, algo está por suceder que sorprende al sujeto al efectuar el acto: “Los pasos que uno ve posibles a menudo acaba dándolos sin querer solamente porque son posibles y se nos han ocurrido, y así se cometen tantos actos y tantos asesinatos, a veces la idea conduce al hecho como si no pudiera sostenerse en tanto que idea tan solo”. Otro tema que apasiona al autor es el de la memoria. Están los muertos que lo recuerdan todo y los vivos cuyo presente ya es nostálgico porque está perdido. Difícil equilibrio el del vivir.


Clarín, revista Ñ, 11 de febrero de 2013

LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2013. Indultos a manos llenas

Les ruego que reconozcan sinceramente que, como me pasaba a mí, hasta hace muy poco no le habían dedicado un pensamiento a la Ley del Indulto ni a su aplicación en España. En lo que a mí respecta, suponía que era algo excepcional y que siempre se explicaba o argumentaba, al menos si alguien solicitaba al Gobierno argumentos o explicaciones de por qué se perdonaba la pena –es decir, se eximía de cumplirla– a un reo condenado, a alguien cuya culpa había sido demostrada en juicio. Me imaginaba que habría tres, cinco, diez indultos al año, algo así –no había prestado atención, ya lo confieso–, y que vendrían dictados por fundadas razones: la pésima salud o la avanzada edad de un preso, su terrible situación familiar, su claro arrepentimiento o su rehabilitación indudable, su falta de peligrosidad, la certeza de que no reincidiría. O bien su trayectoria anterior a la comisión del delito: hay personas tan útiles a la sociedad que su caída en una tentación, o su metedura de pata, o su momentánea flaqueza, no deberían pesar más que un largo historial de probidad y buen servicio. Por así expresarlo, el encarcelamiento de un individuo en conjunto honrado y benéfico, por un error o mala decisión no muy graves, puede no compensar, si se pierde más con su exclusión de lo que se gana con su castigo.

Si hemos empezado a preguntarnos por esta práctica es por la llamativa arbitrariedad de ciertos indultos recientes: cuatro mossos d’esquadra condenados por torturas, algún empresario o político o banquero, dos militares responsables del famoso accidente del Yak-42, un conductor kamikaze que mató a un hombre en su demencial carrera. En este último caso la única sospecha del posible motivo para la condonación es tan vergonzosa que más vale descartarla: al kamikaze lo habría defendido en su día un bufete en el que al parecer trabajan un hermano del conocido miembro del PP Ignacio Astarloa y un hijo de Gallardón. Por contraste ha clamado al cielo que no se haya concedido el indulto, profusamente solicitado, a un ex-toxicómano que lleva a cabo tareas sociales desde hace tiempo, llamado Reboredo, mientras Esperanza Aguirre ha anunciado que va a pedirlo para su temerario cachorro Carromero, tras ir corriendo a visitarlo, como una madrina, a la prisión en la que permaneció pocos días tras su celérico rescate de Cuba por el Gobierno.

¿Excepcionales los indultos, como uno se figuraba? En modo alguno. Resulta que todos nuestros Gobiernos, del signo que fueran, los repartieron con manga ancha. Suárez, 410 en menos de dos años; Calvo-Sotelo, 878 también en menos de dos años; Felipe González, 5.944 en trece y pico; Aznar, 5.948 en ocho; Zapatero, 3.378 en siete y pico; Rajoy lleva 501 en tan sólo uno. La suma total es de 17.059. Párense un momento: 17.059 personas convictas, una a una perdonadas. Se dice pronto, pero si se ponen a contar, antes de llegar a 50 ya se habrán aburrido, y todavía les faltarían 17.009. La media de indultados es de unos 500 anuales, más de uno diario, todos los días a lo largo de treinta y cuatro años. Y, claro está, eso significa que la labor de fiscales, abogados, policías, testigos, jurados, jueces, ha sido poco menos que inútil 500 veces al año. No es raro que la justicia vaya tan lenta, si se dedican horas y horas a probar delitos cuyas penas no se cumplen por capricho del Gobierno de turno. Porque, si uno echa un vistazo a la Ley de Indultos, descubre: a) que la que está vigente y se aplica, con mínimas modificaciones, data de 1870; b) que tal medida de gracia no es recurrible nunca: es una decisión gubernamental contra la que no caben alegaciones ni protestas; c) que dicha decisión es “discrecional”, es decir, el Gobierno no está obligado a explicar por qué otorga un indulto; lo concede con absoluta opacidad o hermetismo, o con tenebrosidad, mejor dicho; d) que son susceptibles de esa indulgencia los reos de toda clase de delitos; luego, si mal no entiendo, lo son también los violadores y asesinos.

Sin duda se percatan ustedes del significado de todo esto: lo que establece la justicia, uno de los poderes supuestamente independientes, fundamental en todo Estado de Derecho, puede quedar sin efecto y puede saltárselo a la torera el Ejecutivo (a través del Ministerio de Justicia, tiene guasa) si así lo decide, sin justificarse ante nadie y sin que quepa recurso alguno contra su arbitrariedad. Si un día se condena a los responsables de la trama Gürtel, éstos podrán ser indultados. Si un día se captura a Anglès, acusado de los crímenes de Alcàsser, y se lo condena en firme, podría ser indultado. Los etarras con delitos de sangre, los causantes de la matanza del 11-M, podrían ser indultados. Seguirían siendo culpables, su delito no sería “borrado” (esa posibilidad también existe, pero se llama amnistía, no indulto), pero se los eximiría de cumplir sus condenas porque así se le antojaría a un Gobierno. La cosa es tan flagrantemente injusta y tan loca que no se entiende que semejante ley, literalmente decimonónica, perviva y no esté derogada en 2013. Y aún menos que todos nuestros Presidentes se dediquen a hacer uso de ella, con ligereza y a manos llenas. Por ceñirnos al año pasado, 501 delincuentes (no presuntos, sino así declarados tras juicio) han sido puestos en libertad y perdonados. ¿Quiénes son? ¿Por qué motivo? La respuesta de nuestros gobernantes es esta siempre: “No tenemos que rendir cuentas a nadie, ni siquiera a quienes nos han elegido”. Eso es todo.


El País Semanal, 10 de febrero de 2013

Reino de Redonda en Debols!llo




Edición y traducción de Javier Marías
Prólogo de Arturo Pérez Reverte


Edición y traducción de Javier Marías

[También editados en ebook]

‘Un forastero en Lolitalandia’


En principio, y como más o menos cabe deducir del título Un forastero en Lolitalandia es un viaje a la América de Nabokov y el más famoso de sus personajes, Dolores Haze, más tarde llamada de casada Dolly Schiller, pero universalmente conocida como Lolita. Y de eso se trata, en efecto, de un viaje sentimental, como lo son este tipo de viajes, en pos de una quimera, o de una metáfora, o si se prefiere, de una realidad, palabra esta que sale mucho en el libro pese a que le pasa como al libro mismo, es decir, que no se parece mucho a lo que generalmente parece prometer.

Gregor von Rezzori era de ascendencia aristocrática siciliana y aunque su familia se instaló en Viena desde el siglo XVIII él nunca perdió el vínculo con sus raíces, hasta el extremo de casarse con una italiana, Beatrice Monti della Corte. Debido a los vaivenes de la política europea a lo largo de su vida (1914-1998) Rezzori nació bajo el Imperio Austrohúngaro para luego pasar a ser súbdito de la monarquía rumana y ciudadano soviético antes de instalarse en Italia, aunque vivió largas temporadas en Viena, Berlín y París. No es de extrañar que reconstruir su infancia le costase tres novelas, conocidas en España como La gran trilogía: Un armiño en Chernopol. Memorias de un antisemita. Flores en la nieve (Anagrama, 2009).

Él se consideraba un desarraigado, y ése fue uno de los rasgos que lo identificaban con Nabokov aunque leyendo el presente libro se advierte que los vínculos eran mucho más profundos y determinantes. En algún momento, mientras vaga por los espacios infinitos americanos, Rezzori reflexiona que tanto Nabokov como él habían perdido algo que iba mucho más allá de un punto concreto en el globo: habían perdido la realidad. E insiste: al igual que en su día le pasó a Nabokov, él iba a tener que inventarse una América que habría de corresponderse de algún modo con la realidad. Sin embargo, al llegar a la página 37, el lector puede hacerse una idea del enorme trabajo que queda por hacer porque Rezzori, explicando los motivos de su viaje, dice: “Me invadió el deseo de cruzar esos interminables espacios habitados, según me imaginaba yo, por búfalos y rascacielos, pieles rojas en mustangs, gángsteres con sus mujerzuelas, negros tocando jazz en sus saxofones y también por Buster Keaton”. Ya te digo.

Para acabarlo de arreglar, Nabokov siempre hizo gala de una coquetería rayana en la soberbia frente a los intrusos que pretendían descubrir la realidad a partir de lo que tanto trabajo le había costado a él crear literariamente. Con respecto a las ciudades y paisajes “reales” que le sirvieron de inspiración para los viajes de Humbert Humbert y Lolita, el taimado expatriado ruso se despachaba a los pesadísimos curiosos enviándolos al Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard. Según él, bastaba con anotar los lugares donde él había cazado sus mariposas para saber por dónde se había movido él y cuáles habían sido sus modelos. Pero claro. Si sus textos están plagados de trampas y guiños, cómo hacerle caso en las entrevistas cuando está claro que sólo pretende borrar pistas, y ahí están sus respuestas cuando los pesados de siempre trataban de sonsacarle el modelo “real” que le inspiró su famosa Lolita: “Utilicé el brazo de una niña pequeña que vino a visitar a mi hijo Dimitri, y la rótula de otra”. Con esas pistas tan falaces no es de extrañar que los fanáticos le hayan encontrado docenas de posibles modelos, hasta el punto de que Nabokov, hablando en serio por una vez, hubo de negar rotundamente que hubiese estado acosando niñas pubescentes por todo América. Es más, decía, ni siquiera le gustaban las nínfulas (palabra inventada por él y que, por cierto, el Diccionario de la RAE todavía no ha incorporado, con lo bonita que es). Aun así, y aunque el propio Rezzori sabía estar cazando mariposas fantasmagóricas, de los 43.000 kilómetros que recorrió Nabokov en pos de sus propias mariposas, él se hizo 21.000 kilómetros, siempre en plena batalla entre lo que supuestamente vieron Humbert Humbert y Lolita y lo que veía él, cuarenta años más tarde. En algún momento insinúa que está persiguiendo el rastro de un amor sin esperanza de la Europa clásica por la joven, seductora y bárbara América. Pero su metáfora más elaborada le surge cuando contrapone a Lolita con esas mariposas que empiezan siendo un gusano repulsivo para salir de la crisálida convertidas en un ser sutilmente delicado, etéreo y adornado con colores maravillosos. Entre la nínfula de las primeras páginas, que arrastra al infierno a quien desea poseerla, y el ama de casa sucia, sudorosa y embarazada del final del libro se desarrolla una de las narraciones más fascinantes de la literatura del siglo XX. Y entre Zadie Smith con su prólogo, Javier Marías con el epílogo y Gregor von Rezzori con el relato de su viaje se las arreglan para que el lector esté deseando terminar el libro para salir corriendo en busca de su viejo y, casi seguro, muy baqueteado ejemplar de Lolita.


El Boomeran(g), 29 de enero de 2013

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2013. Piel de rinoceronte o desdén

Semana arriba o abajo, este febrero se cumplen diez años desde que inicié aquí mis colaboraciones dominicales. Llevaba ocho más haciendo algo muy parecido en otro suplemento, así que desde mi punto de vista son dieciocho de buscar tema, convencerme de que tenía algo que decir al respecto (algo levemente original o que no hubieran dicho ya otros, seguramente con más acierto), escribir mi pieza y sometérsela a los lectores en la mañana del domingo. Para ustedes es un decenio de frecuentarme, en todo caso; y, como siempre que se alcanza una cifra redonda, a uno lo asaltan las dudas. ¿No es suficiente tiempo? ¿No debería callarme, al menos una temporada? ¿Acaso es posible no repetirse, a lo largo de casi quinientas columnas? ¿No sería natural que la gente sintiera hartazgo? Ante esta pregunta siempre cabe consolarse pensando que nadie está obligado a leer la última página de El País Semanal, como a nadie se fuerza a completar el crucigrama que –si no me equivoco– aparece en el periódico a diario. Pero, aún más decisivo: ¿no sería natural, y aun saludable, que yo sintiera ese hartazgo? Si no recuerdo mal, mi ya lejano predecesor en este espacio, Antonio Muñoz Molina, lo ocupó tan sólo dos años. ¿No es excesivo, para ustedes y para mí, que lleve aquí remoloneando cinco veces más tiempo?

Todas estas cuestiones bien pueden deberse a lo rotundo del aniversario, nada más. Algo semejante a lo que nos ocurre cuando cambiamos de década en la cuenta de nuestra edad. Solemos pararnos unos días a pensar que ya tenemos treinta, cuarenta, cincuenta… Echamos un vistazo atrás, miramos lo que hemos hecho o no hecho desde el anterior número redondo, medimos nuestro grado de satisfacción o de desagrado con nosotros mismos, nos planteamos efectuar mudanza (en la medida de lo posible) o seguir adelante sin variaciones. Al poco, tendemos a continuar como estábamos, las más de las veces porque los grandes virajes no dependen de nuestra voluntad y el tiempo apremia siempre: a él le trae sin cuidado la edad que alcancemos. Hay que pagar el alquiler y el colegio de los niños, etc., etc. Pero eso no es óbice para que reparemos en el nuevo guarismo, y nos quedemos perplejos, y nos interroguemos.

Pese a lo gentiles que son muchos lectores; pese a que no pocos me alienten a proseguir con estas columnas (y agradezco sobremanera esas palabras de ánimo), al cabo de diez años he de confesar que la sensación predominante es de inutilidad, para quien las escribe. Grosso modo, uno intenta llamar la atención sobre lo que le parece mal, injusto, indecente, de nuestra sociedad, y argumentarlo. Si se molesta en ello, es porque guarda un fondo de ingenuidad y vago optimismo, es decir, porque aspira a que las cosas mejoren un poco (desde su particular punto de vista, claro, tan discutible como el que más). Pero pasan los años y en conjunto ve que más bien todo empeora, y que quienes podrían enmendar algo (los políticos, sobre todo) parecen aplicarse a hacer lo contrario de cuanto uno solicita o propone, y a reincidir en lo que critica o condena. Lo más probable es que esos responsables ni se dignen leer lo que uno escribe, y están en su perfecto derecho, faltaría más, como cualquier otro individuo. Uno lo sabe y no se llama a engaño, pero hace unos días, coincidiendo con el aniversario, se me hizo en verdad patente la “inutilidad” de esta tarea.

Estaba yo cenando con dos amigos en un restaurante, y vimos que un par de mesas más allá se encontraba un notorio ex-ministro de Aznar con otro hombre y dos mujeres. No repite en el actual Gobierno, pero ejerce un importante cargo en el extranjero. Con ese prócer recuerdo haberme metido yo aquí más de una vez. Sin duda lo incluí, con su apellido, en un viejo artícu­­lo de 2004 titulado “Pero quiénes son estos patanes”. De tal lo califiqué, y de zafio, por actuaciones suyas de entonces. A la sobremesa, con el local ya casi vacío, y aprovechando que conocía levemente –o que reconoció de la televisión– a uno de mis amigos, el alto cargo se ofreció a invitarnos a una copita. Yo la decliné, pues bebo poco y además no me apetecía ese “agasajo”. Pronto se dirigieron a mí, él y el otro hombre: “Que sepas que se te lee y admira”, dijo este último. “Gracias, muy amable”, respondí cortés. Luego el ex-ministro me preguntó si no iba por el país en el que ahora reside. “Sí, dentro de un par de meses me toca viajar allí, por trabajo”, me limité a contestar. Se despidió anunciándome, con gran aplomo: “Te llamaré antes de tu venida”. El tuteo. Jamás lo había visto con anterioridad y, ya digo, lo había tildado de “patán” como mínimo, en el pasado. ¿No se enteran los políticos de lo que se dice de ellos? ¿Lo encajan con fair play? ¿Les trae sin cuidado y lo desdeñan? ¿Tienen piel de rinoceronte? O, si coinciden con alguien que los ha censurado, ¿hacen caso omiso y se muestran cordiales para que la próxima vez nos cueste más criticarlos? Tal vez sea eso: de momento –el encuentro está reciente, él fue campechano– me he abstenido de escribir su nombre, quizá también por tratarse de una ocasión casual y privada y no parecerme del todo decente divulgarlo. Pero qué quieren: si ni siquiera los “damnificados” me tienen en cuenta la “damnificación”, ¿ustedes creen que vale la pena que siga con estas columnas, después de diez años? La pregunta es retórica, no hace falta que me la contesten.


El País Semanal, 3 de febrero de 2013

‘Gli innamoramenti’

LE it grande

Javier Marías. Gli innamoramenti

Nelle nostre mani non è mai la conclusione di nulla, e benché non possiamo ammetterlo siamo destinati a soggiacere alla “orribile forza del presente”. Cinismo e pietà, pessimismo e passioni si mescolano nella metafisica noir di uno dei più grandi scrittori viventi

“Sono entrambi convinti/che un sentimento improvviso li unì./ È bella una tale certezza/ ma l’incertezza è più bella.” L’incipit di Amore a prima vista di Wislawa Szymborska riassume dolcemente la mitopoiesi del “male d’amore”, feroce deus ex machina de Gli innamoramenti, il nuovo romanzo in cui Javier Marías riversa impetuosamente il suo sopraffino mestiere di scrittore. Romanzo atipico nello stile come lo fu la folgorante Trilogia sentimentale e poi via via tutti gli altri. Qui ancora di più perché narrato con voce di donna (dal nome forse non casuale: María).

Romanzo di pensieri che come tessere del domino s’incastrano a (ri)proporre una storia o una visione o un intreccio complesso, nelle sue infinite varianti. Gli innamoramenti sono il contagio della nostra specie. Si nutrono di desiderio, si potenziano nell’attesa. Non ancora amore, non sempre amore, quasi mai amore. Quasi sempre ossessione. Questioni di vita e di morte. Come frutto di un’unica voce chiara e suadente, ripetitiva e insistente, colta, distaccata e perfino melliflua, Gli innamoramenti cattura nella rete del suo stream of consciousness. Afferra, scuote e confonde i pensieri nel flusso e poi te li ripresenta rovesciati come spuma dopo una mareggiata.

Di se stessi i pensieri conservano il ritmo, a volte un umore, ma la risacca li ha mutati in qualcos’altro. E da lì la voce ricomincia, il pensiero sale sull’ottovolante, curva a gomito verso una digressione poi piomba nel sottosuolo come una talpa furiosa a scavare nelle oscure stanze del rimosso, a scandagliare il regno degli affetti ben oltre l’orlo di ciò che saremmo disposti a sopportare. Avvolgente, freddo, traslucido. Finché con violenza cozza col suo oggetto: la passione.

Suggerire l’indicibile con purezza stilistica e formale. Rendere l’incertezza e il dubbio letterariamente sublimi, anche se umanamente contigui all’abiezione. Javier Marías usa il diabolico trucco di far sembrare il suo romanzo frammento di vita vera, malgrado gli eventi siano niente più che sagome nebulose. Gli innamoramenti è una seduta psicanalitica osservata dietro uno specchio, in cui sembra di sentire l’ascesa dei pensieri allo strato della coscienza. Ben presto non importa più se le premesse di ciò che è accaduto appaiano vere o nemmeno verosimili.

Marías risveglia “l’umanità eterna che dorme nel profondo del nostro seno spirituale” (Miguel De Unamuno). La percezione di leggere un romanzo pian piano svanisce, finisci per chiederti se potresti pensare anche tu quei pensieri, a illuderti di averli forse pensati. Ci sono caduto mentre riempivo pagine di appunti che ora non mi serviranno a niente. Perché appunto era un romanzo. E perché niente è come sembra nella bolla vischiosa di ogni innamoramento, padrone che non si piega e tantomeno si spiega.

L’innamoramento, dice non dicendolo Marías, continuerà a manifestarsi imprevedibilmente come motore di tutto, flatus vitae da cui la vita stessa nella sua pienezza dipende. Non l’amore assoluto dei giovani, non l’amor materno o filiale o quello quotidiano dei vecchi, non l’amicizia fra due uomini che dura dall’infanzia. Quell’innamoramento dio oscuro che non conosce giustizia e ingiustizia, che approfitta di una falsa e momentanea invulnerabilità per piegare ogni morale alle proprie fantasie incorporative. Delittuoso incestuoso cinico e usurpatore.

E poi? Una volta raggiunto il suo scopo? Il prolungarsi altera tutto. Le implicazioni legate al passare del tempo sono vivisezionate nel romanzo come in un’autopsia il cui responso è il più tetro dai tempi di Leopardi: ciò che dura si sciupa e finisce per marcire, e “le uniche persone che non ci vengono meno sono quelle che ci sono strappate”. Gli interrogativi si moltiplicano con il procedere delle rivelazioni. La verità si fa sfuggente, e allora perché cercarla, che non sarà bella da guardare in faccia. Intanto il tempo continua il suo lavoro sporco e surrettizio, ci assicura che tutto va avanti come ieri, ci stordisce d’abitudini finché arriva un giorno strano, impensabile. E “niente è com’era sempre stato”.

Pericoloso come un suono che ti rapisce dalle ore normali, questo libro è un lungo sospiro a immaginarci capaci di ogni nefandezza. In nome dell’amore, o più probabilmente del suo servo momentaneo e folle, l’innamoramento. “Sì traviato è ‘l folle mi’ desio/ a seguitar costei che ‘n fuga è volta”: Francesco Petrarca fu l’arte di dire tutto in un verso, Javier Marías è il coraggio di dire anche i pensieri non detti. I pensieri impuri.


Panorama, 28 gennaio 2013

L’umano assoluto di Don Chisciotte


Davvero moltissimi sono gli spunti suggeriti da questa edizione e dal lavoro di Rico. Ma c’è una bizzarra possibilità di incontrare Rico, in questi giorni, in un altro libro, da poco uscito presso Einaudi, il bellissimo romanzo di Javier Marias, Gli innamoramenti: qui è Marías dà voce in prima persona ad un personaggio femminile, che si imbatte in Francisco Rico (proprio lui, col suo nome e cognome, con la sua sapienza, i suoi modi, il suo linguaggio di accademico atipico, poco formale), incontrandolo nel salotto di Luisa, vedova del personaggio intorno alla cui morte ruota la vicenda. E l’autore, tra l’inquieto interrogare su cui si sviluppa il romanzo, si diverte maliziosamente a dare una caricatura del grande studioso, della sua esclusiva passione per la letteratura del siglo de oro, della sua scarsa attenzione a tutto ciò che fuoriesce dal proprio universo.

Conosco di persona Rico, ben noto nel mondo universitario italiano, e non mi so decidere se la caricatura di Marías sia malevola o benevola: sono certo però che Gli innamoramenti sia un formidabile romanzo, uno di quelli che ancora stanno, così «da dopo» sulla scia di quel grande inizio che è Don Chisciotte, che sanno interrogare la contraddittorietà dell’esperienza nei termini del nostro presente; e forse proprio per questo non lo troviamo nelle classifiche, in mezzo a tanta narrativa vuota, trascritta da modelli di vita già fissati dall’apparenza mediatica.

Rispetto a questo orizzonte attuale, ci sarebbe qualche vantaggio ad avvicinarsi ancora e di più al Don Chisciotte: e davvero quella di Rico, a tutt’oggi la sola edizione italiana veramente completa, meriterebbe di sostare in permanenza su tanti tavoli, anche solo per occasioni casuali di lettura o rilettura di qualche capitolo (e non farà male, anche per il lettore poco esperto di spagnolo, qualche sguardo all’originale).


L’Unità, 29 gennaio 2013