LA ZONA FANTASMA. 22 de abril de 2012. ¿Quién demonios sacará un euro?

Como me considero muy normal o muy común –quizá sin razón-, tiendo a pensar que lo que me ocurre a mí le pasa a mucha otra gente, y que las reacciones antes las cosas son las de la mayoría. En 2011 y lo que va de 2012 la crisis económica me ha afectado como a todo el mundo, pero no en exceso, por pura casualidad. Cuantos escribimos o nos dedicamos a actividades «artísticas» -por llamarlas de alguna forma- vivimos sujetos a enormes variaciones en lo que respec­ta a nuestros ingresos. Durante los dos años, por ejemplo -hay quien tarda más y quien menos-, que nos lleva escribir una no­vela, apenas ganamos dinero. Sabemos que eso nos llegará tan sólo cuando el libro esté terminado y lo alquilemos a una edito­rial, la cual nos dará un anticipo sobre las ventas previstas, esto es, por lo general sobre el 10% de su precio, que es el porcentaje que suele corresponder a los autores. Si el volumen le cuesta al lector 20 euros, nosotros nos quedamos con 2, y los otros 18 se reparten entre el editor, el distribuidor y el librero. Así que para ganar una suma apreciable hacen falta una de dos: o que se nos pague un elevado anti­cipo porque se prevén grandes ventas para nuestra novela (anticipo que no habremos de devolver en ningún caso), o que a ésta le sonría la suerte y los compradores sean en efecto muchos. El cálculo es sencillo: para embolsarnos 100.000 euros habrán de venderse 50.000 ejemplares de dicha novela nuestra, lo cual es muy difícil que suceda, se lo aseguro. Con que un título venda 15.000 ó 20.000 ejemplares ni siquiera cuentan la mayor parte de los autores, ni por supuesto de los editores. Así que un novelista, si es muy afortunado, puede ingresar 100.000 euros brutos en un periodo de tres años, los dos que le ocupan la concepción y la escritura de su obra y el  tercero en que la lanza al mercado, lugar totalmente azaroso e imprevisible. La nueva no­vela del autor más célebre puede pinchar. Por el motivo que sea, al público no le agrada o no le interesa y no le da la gana de com­prarla, como también puede pasar con un CD o una película, la historia está llena de inesperados éxitos e inesperados fracasos.

Pues bien, el año pasado tuve la suerte de sacar una novela y de que se vendiera bastante. De ahí que la crisis, como dije al principio, por pura casualidad, no me haya afectado en exceso. Como no soy persona de grandes gastos (ni siquiera tengo coche, ni me gusta viajar lejos, pues detesto coger aviones), no suelo frenarme en adquirir aquello a lo que soy más aficionado y que además es necesario para mi trabajo, a saber: libros, DVDs y CDs de música. Cuando se trata de esos artículos, no reparo mucho en la cantidad ni en el precio. Hace unos días, sin embargo, me sentí remiso a llevarme de una tienda los cinco DVDs recientes que me interesaban, y al final salí de ella con sólo dos de esos cinco. Me pregunté a qué se había debido la renuncia, y compro­bé que no había sido por prudencia ni por la voluntad de ahorro que ya asalta a todo consumidor de vez en cuando (también a mí ante ciertos dispendios, lo confieso), dada la psicosis de pobreza real o inminente que nos han creado a diario en los últimos años. No, descubrí que había sido una especie de pudor o de mala con­ciencia lo que me había impelido a devolver tres DVDs a sus es­tantes antes de pasar por caja. «¿Cómo voy a comprarme cinco», algo así debí de pensar, «cuando tanta gente no se puede com­prar cosas más básicas?» Y a continuación me vino la idea: «Si yo me retraigo por este motivo, habrá otros muchos que se estarán retrayendo exactamente por lo mismo».

¿A qué está jugando este Gobierno, no sólo con sus depresi­vas medidas de merma, sino con su pesimismo calibrado? Si nadie sale ni compra, serán cada vez más los comercios que se verán obligados a cerrar y a despedir a su personal, que incrementará las cifras del paro y los parados no consumirán nada. Entre quienes no estarán en condiciones de comprar, quienes se refrenarán por pru­dencia y temor al futuro, y quienes -como yo el otro día- sientan pudor o vergüenza por gastar cuando tantos otros no pueden, ¿quién diablos va a mantener la rueda en marcha? El Gobierno no se da cuenta -o sí, pero se me escapa el propósito- de que sus machacones mensajes de austeridad indis­criminada, sin ninguna esperanza ni estí­mulo, van calando en todas las capas de la sociedad, incluso en las que aún no sufren la crisis directamente. La situación es mala sin duda, pero a ve­ces da la impresión de que Rajoy y los suyos exageran su dificultad y los aciagos pronósticos para acentuar su mérito si logran sacarnos de aquélla; o bien que se cubren las espaldas ante el desastre hacia el que nos encaminan: «¿Lo ven? La cosa estaba tan negra que no ha habido manera». Y sin embargo uno intuye -por profano que sea en economía- que sí debe de haber manera y que acaso se ha optado por la peor. Se atreve a intuirlo aún más cuando ve que el Premio Nobel Paul Krugman lleva años advir­tiendo de la vía errada que ha elegido la derecha europea. Ni en la teoría ni en la historia, dice, se ha salido nunca de una depre­sión con mera restricción del gasto, falta de crecimiento y de es­tímulo y catastrofismo insistente. No me cabe duda, desde luego, de que lo último no ayuda. ¿Cómo es posible que un Gobierno nuevo haya cercenado cualquier ilusión de raíz? Con el pesimis­mo a ultranza se logra que nos encojamos todos, hasta los que aún no nos hemos visto afectados en exceso. Si quienes todavía tenemos dinero en el bolsillo nos damos media vuelta y nos va­mos de las tiendas y de los restaurantes sin sacar un solo euro, ¿quién demonios lo sacará, santo cielo?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de abril de 2012