Nuevo duque del Reino de Redonda: Jonathan Coe

Xavier I, Rey de Redonda, ha nombrado al escritor británico Jonathan Coe: «Duke of Ciruelas».

Coe nació en Birmingham, en 1961, y estudió en las universidades de Cambridge y Warwick.

Gran aficionado a la música -escribe con ella de fondo-, en los años ochenta tuvo un banda de pop, The Peer Group.

Entre sus obras destacan: ¡Menudo reparto! (Premio The Mail on Sunday/John Lewellyn Rhys y Prix Meilleur Livre Étranger), La casa del sueño (Writer’s Guild Best Fiction y Prix Médicis Étranger), El Club de los Canallas (Premio Arzobispo San Clemente) y El Círculo Cerrado.

Ha sido colaborador de London Review of Books y The Times Literary Supplement.

Ha elegido como título «Duke of Ciruelas» por la canción de su admirado Frank Zappa The Duke Of Prunes.

Conferencias sobre la obra de Javier Marías

Del 2 al 4 de abril se celebrará en la Universidad de Stirling (Escocia), la conferencia anual de la Asociación de hispanistas de Gran Bretaña e Irlanda, en la que habrá dos ponencias sobre la obra de Javier Marías:

«The effects of lannguage choice and intralingual translation in Todas las almas, Corazón tan blanco and Mañana en la batalla piensa en mí, by Javier Marías», por Marta Pérez Carbonell (Universidad de Londres).

«Madrid in Javier Marías’s Veneno y sombra y adiós: A sort of homecoming», por Seána Ryan (U.C.C. Cork).

Conference Programme

LA ZONA FANTASMA. 25 de marzo de 2012. Quizá no tan pasada de moda

Sí, he insistido ya tanto que hasta acaba de «sobrevenirme» un libro de casi doscientas páginas, Lección pasada de moda, con mis artículos relativos a cuestiones de lengua. El título peca de pesimista, a juzgar por las vehemencias que ha suscitado el magnífico informe de Ignacio Bosque «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», que suscribieron mis colegas de la RAE en el pleno del 1 de marzo y que yo habría también suscrito de haber asistido a él. Unos días después, el incansable Winston Manrique me llamó de este diario para preguntarme por qué creía que estos asuntos levantaban tantas pasiones, y le respondí lo mejor que supe. Intentaré ampliar y precisar aquí un poco mis improvisadas palabras de entonces.

La lengua es lo único que poseemos todos, incluso en las peo­res circunstancias. La tienen por igual los pobres y los ricos, los sabios y los ignorantes, los sanos y los enfermos, los de izquierdas y los de derechas. Cada uno de una manera distinta, claro está, y con un grado de dominio diferente. Pero todos hablamos, y ade­más hablamos sin parar, y aun escribimos sin parar de nuevo, pues no otra cosa hace­mos con los SMS y en las redes sociales. A quien nada le queda, le quedan la lengua y el habla, que le sirven para mendigar o para maldecir, para lamentarse y, sobre todo, para contar sus males a quien quiera escu­chárselos. Contar es el mayor alivio, aunque raramente solucione nada. Pero no es poco poder desahogarse, en medio de las calami­dades. Utilizamos la lengua para mostrar nuestro afecto y para insultar, para defendernos y atacar, para persuadir y disuadir, aconsejar, inducir, ad­vertir, convencer, argumentar, quejarnos, amenazar, rebelarnos y protestar, para amar y odiar. Para expresarnos y comunicarnos con los demás, también para explicarnos lo que nos pasa. Y, siendo la lengua común, y perteneciendo a todos y a nadie, no hay dos hablas idénticas. La manera de hablar de cada persona es tan úni­ca como nuestras huellas dactilares. Quien más quien menos tie­ne preferencia por ciertas construcciones y vocablos, o bien les profesa aversión y los evita. Tenemos tics, o afición a determina­das locuciones y términos, algunos son inconscientes y «hereda­dos», otros elegidos y deliberados. Incluso podemos cambiar de registro según con quién estemos hablando: un adolescente no se dirige de la misma forma a sus compañeros que a sus padres o abuelos, por poner un solo ejemplo. Es lo que se ha llamado «tra­ducción intralingüistica», es decir, a veces nos traducimos a nosotros mismos (nuestra manera habitual de expresarnos) dentro de la misma lengua (para que nuestro interlocutor nos entienda me­jor o no desconfíe o no nos rechace). La lengua la sentimos como algo tan personal y propio -en verdad tan íntimo, aunque la compartamos con todos- que vemos como una injerencia intolerable, una intromisión y una agresión, cualquier tentativa de dirigirla, manipularla, uniformarla o «guiarla», no digamos de imponernos fórmulas artificiales «desde arriba». Son atentados a nuestra liber­tad: no se olvide, hablar -con prudencia- es lo único que les ha quedado a los pueblos sometidos a dictaduras y tiranías. Hablar como a cada cual le parezca es irrenunciable.

La Academia no impone nada. No está en su mano, como tam­poco multar ni enviar a nadie a la cárcel por hablar como un perro (las prisiones estarían abarrotadas de políticos y tertulianos). Su­giere, orienta, aconseja, despeja dudas, dice qué juzga correcto o incorrecto desde un punto de vista gramatical u ortográfico o léxi­co. Alguna gente la escucha y la mayoría no le hace ni caso. Todo el mundo seguirá siempre diciendo lo que le venga en gana, sin consecuencias. Y si algo en principio incorrecto cuaja y prospera a lo largo de suficientes años, la RAE se plegará a la tácita decisión del conjunto y lo aceptará como correcto. Su misión principal es registrar, tomar nota, ponderar los cambios espontáneos y masivos, y a la larga adoptar­los. Lo que la RAE no hace, a diferencia de otros colectivos e instituciones, es forzar, manipular, dictar leyes, incurrir en el dirigis­mo. Todo forzamiento y dirigismo son perci­bidos por los hablantes como intrusiones inadmisibles. Hoy hay quienes «exigen» que el Diccionario suprima acepciones que no les gustan, desde «jesuítico» hasta «judiada». La RAE no puede hacer eso, porque se limita a recoger lo que los castellanohablantes han dicho y escrito a lo largo de los siglos, y no está facultada para cen­surar. Tras la eliminación de esos vocablos podría venir la de todos los tacos o palabras «malsonantes», como sucedía en tiempos de Franco, si a los puritanos les diera por «exigir» eso.

No me resisto a acabar con algo que ya recordé hace mucho: hay quienes se niegan a decir «el hombre» y optan por «género humano» o «ser humano». Son muy libres. Pero: a) ¿Por qué aceptan el adjetivo «humano», que se deriva del sustantivo «hombre»? Es tan contradictorio como rechazar «león» y aprobar «leonino». b) ¿Por qué no entienden que nuestra especie es lla­mada «el hombre» como otras son llamadas «la jirafa», «la cebra» o «la foca», sin que cada vez que nos referimos a ellas hayamos de aclarar que también incluimos a los «jirafos», «cebros» y «fo­cos»? c) Ya que a menudo se invocan remotas etimologías para «condenar» un vocablo por «sexista», ¿por qué no se tiene en cuenta que «hombre» proviene indirectamente de «humus», en latín «tierra», lo más neutro que imaginarse cabe, y que los roma­nos empleaban sobre todo «vir» («varón») para el individuo mas­culino de la especie?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de marzo de 2012

Javier Marías en Suiza y Alemania

Javier Marías presentará en Suiza y Alemania su novela Die sterblich Verliebten (Los enamoramientos) que desde su publicación, hace un mes, va ya por la cuarta edición (53.000 ejemplares).

Hoy, 18 de marzo, a las 20 horas, en el hotel Kaufleuten (Pelikanstrasse 18) de Zürich.

Mañana, 19 de marzo, a las 20 horas, en el hotel WDR (Klaus-von-Bismarck-Saal Wallrafplatz) de Köln. Moderará Paul Ingendaay.

Martes, 20 de marzo, a las 20 horas, en Babylon Mitte (Rosa-Luxemburg-Straße 30) de Berlin. Moderará Paul Ingendaay.

Miércoles, 21 de marzo, a las 19,30 horas, en Literaturhaus (Schöne Aussicht 2) de Frankfurt.

Termine

LA ZONA FANTASMA. 18 de marzo de 2012. Pobre perdona a rico

Uno de los momentos más temibles en la historia de cualquier país se produce cuando a la gente empiezan a parecerle aceptables o incluso normales medidas o leyes que son completamente anómalas y de todo pun­to inaceptables. Suelen aparecer poco a poco, luego se van acelerando. Las primeras nunca resultan muy graves -aunque sean injustas, arbitrarias y sin sentido-, y por eso casi nadie se rebela. Pero cuesta creer que a estas alturas no sepamos que después de esas primeras vendrán otras peores, y que por eso hay que denunciar aquéllas, por inocuas que parezcan, y no consentir­las. Una de las pioneras normas «raciales» nazis fue prohibir a los judíos que se sentaran en los bancos de los parques. Si no recuerdo mal, no se les impidió entrar y pasear por ellos, sino sólo eso, tomar asiento en sus bancos. Poca cosa, debieron de pensar sus conciudadanos arios, por mucho que la regulación fuera absurda e injustificable. Pero, como contó Stefan Zweig en El mundo de ayer, la interdicción supuso muy pronto que su madre, ya anciana, dejara de visitar los parques porque se can­saba de caminar sin descanso posible. No es que pretenda esta­blecer, por fortuna, comparación alguna entre las iniciales leyes de Núremberg y nada de lo que ocurre en nuestro país actualmente. Es tan sólo que aquellas leyes son un ejemplo muy gráfico de cuán sibilino puede ser lo paulatino y de cómo, sin que apenas nos demos cuenta, se va produciendo un crescendo de injusti­cias y atropellos que se van aceptando con facilidad, uno tras otro; al cabo del tiempo nos percatamos de que la situación se ha hecho intolerable, pero para entonces ya es tarde. Hay asuntos en los que consentir lo mínimo equivale a dar carta blanca a las autoridades para que -siempre gradual, taimadamente- alcancen lo máximo. El máximo abuso.

Hace no mucho, el Gobierno del PP ha hecho uno de esos anuncios anómalos e inaceptables ante el que escasas voces se han alzado. Como es sabido, las diferentes Administraciones (Go­bierno central, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos) acu­mulan una deuda comercial de unos 40.000 millones de euros con sus proveedores, entre los cuales destacan los farmacéuticos por el ruido que han armado. 40.000 millones, uno se pregunta cómo se ha podido llegar impunemente a semejante cifra. Por «impune­mente» quiero decir que a cualquier particular que debiera el 0,0001 % de esa suma se lo multaría o embargaría, o, como mínimo, dejaría de abastecérselo. No hablemos ya si la deuda fuera con Hacienda: ésta se abalanzaría sobre el moroso sin tardanza, si echara en falta el pago de 40.000 euros, y además le cargaría inte­reses. Pues bien, el Gobierno de Rajoy ha anunciado, como si fue­ra normal o aceptable, que cobrarán antes -parte de lo que se les adeuda- aquellos proveedores que renuncien a cobrar parte de lo que se les debe, es decir, quienes «perdonen deuda». Veamos cómo es el proceso: usted les adelanta a las Administraciones unos servicios, un material, unas prestaciones, un trabajo, unos medicamentos o lo que sea, gracias a los cuales los responsables de esas instituciones presumen de su beneficencia y de su eficacia ante los ciudadanos y se ganan sus votos. Usted, de hecho, está financiando o sufragando a esas instituciones, sólo que nadie lo sabe porque éstas lo ocultan y se cuelgan todas las medallas. Llega un momento en que usted, su negocio, su empresa, están ahoga­dos y al borde de la quiebra, o ya en ella. No pueden seguir adelan­tando trabajo o provisiones indefinidamente. No pueden subven­cionar, a título particular, a quienes además no se lo agradecen ni lo hacen saber a la sociedad. La sociedad sólo se entera cuando la magnitud de la deuda resulta inasumible para esas Administra­ciones morosas. Y lo único que a éstas se les ocurre es que usted, para cobrar «al menos» parte de lo que se le debe, renuncie para siempre a cobrar otra parte… de lo que ya ha dado o proporciona­do. Sí, es cierto que se perdona deuda a los países pobres, por ver si así recomponen un poco sus maltrechas economías y salen de su marasmo. Pero se las perdonan países muy ricos u organismos financieros interna­cionales como el Banco Mundial o el FMI (como quien dice, grandes magnates que no necesitan cobrar esas deudas para su supervivencia). Lo insólito de la medida propues­ta por el Gobierno del PP es que se aspira a que el pequeño le perdone la deuda al gran­de, el pobre al rico, el particular al Estado, el farmacéutico al Ministerio o a la Consejería de Sanidad. ¿A ustedes les parece esto normal y aceptable? A mí, que siempre he pensado que todo trabajo hay que pagarlo, me parece de una desfachatez inconmensurable.

Más o menos en consonancia con esto, el Ministro Montoro ha declarado con su vocezuela que «las autonomías somos todos» y que por tanto no hay que culparlas de sus deudas y déficits descomunales. Como la gran mayoría de ellas llevan tiempo regidas por el PP, le conviene que nadie las culpe. Pero ni usted ni yo hemos celebrado fastos innecesarios sin cuento: ni visitas del Papa ni carreras de Fórmula – 1 ni veinte días seguidos de mascletàs, ni hemos construido aeropuertos sin aviones, o televisiones ruino­sas, ni le hemos soltado dinero a raudales a una red de corrupción llamada Gürtel. Al señor Montoro hay que contestarle que, si las Comunidades Autónomas somos todos, no todos somos los que malgastamos sus fondos ni contraemos sus deudas
injustifica­bles. Eso lo hacen individuos con nombre propio que al parecer no responden de sus ineptas o fraudulentas acciones y omisiones. Va siendo hora de que sí respondan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de marzo de 2012

Conferencia sobre Javier Marías

En la Universidad de Edimburgo, el pasado 15 de este mes, Elide Pittarello, catedrática de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, dio una conferencia titulada: «Contar con el miedo: una pasión de Javier Marías».

Esta conferencia aparecerá en el monográfico de la revista Ínsula que, sobre la obra de Javier Marías, están preparando los profesores Alexis Grohmann y Domingo Ródenas, y que se publicará en el mes de mayo.

Entrevista. «Der Verliebtheit gegenüber bin ich skeptisch»

«Der Verliebtheit gegenüber bin ich skeptisch»
Por Annika Müller
Neue Zürcher Zeitung, 15 de marzo de 2012

La entrevista completa en castellano

Ha explicado que después de haber terminado la trilogía Tu rostro mañana tuvo serias dudas de si volvería a escribir más novelas. ¿Qué es lo que ha hecho desaparecer estas dudas?

En realidad no han desaparecido, pese a que la existencia de Los enamoramientos parezca asegurar lo contrario. Nunca sé si va a haber otra novela, cuando termino una. Nunca lo he sabido, no tengo un “proyecto literario”, sino que me pongo ante la máquina sólo cuando tengo ganas, cuando algo me inquieta o perturba lo suficiente. Así sucedió con Los enamoramientos, y “resulta” que eso ha dado lugar a otra novela, cuando, en efecto, después de Tu rostro mañana estaba tan exhausto que dudé que tuviera algo más que añadir en el campo de la novela. Yo sigo creyendo que esta última es mi mejor novela, aunque lo que yo crea importa poco, claro está, y que todo lo que venga después estará a menor altura. Pero, dada la buena acogida de crítica y lectores a Los enamoramientos, es muy posible que esté equivocado.

En Los enamoramientos se expresan unas ideas muy pesimistas y casi cínicas del amor. (Algunas de las conclusiones de la lectura son que en el fondo todos somos sustitutos de alguien, que muchos nos emparejamos por comodidad, y que el amor en última instancia incluso nos puede convertir en asesinos.) ¿Tiene usted una visión algo oscura de este aspecto de la vida, o sólo la tienen sus personajes?

Comparto algunas de las visiones de los personajes, no todas. Pero sí, el enamoramiento suele verse como algo muy deseable y positivo. Lo es a menudo, pero también puede ser lo que active algunas de las peores actitudes del ser humano. Como los personajes, yo he visto a personas nobles y generosas comportarse de manera innoble y mezquina porque estaban enamoradas, algo que, además, parece justificar muchas conductas injustificables. Y también hay una tendencia, por parte de los enamorados, a pensar que el destino los ha unido, cuando quién nos toca en suerte (de quién nos enamoramos) depende a menudo de quién está libre, de quién se fija en nosotros, de dónde vivimos y de qué edad tenemos. Por eso se dice en la novela que eso –el emparejamiento amoroso– se parece mucho a una rifa o sorteo de feria al final del verano.

En una entrevista del año 2007 dijo que para usted sería difícil narrar con la voz de una persona de otro sexo y que sería casi un ejercicio acrobático. Sin embargo ha decidido contar la historia de Los enamoramientos desde el punto de vista de una mujer. ¿Por qué? ¿Ha sido un desafío tan grande como el que había imaginado?

Estoy acostumbrado a la primera persona desde 1986, y esta historia sólo podía contarla una mujer (si usted cambia de sexo a los personajes, comprobará que la historia sería del todo inverosímil). Así que me arriesgué. A la postre no resultó tan difícil como había imaginado. Los hombres y las mujeres nos diferenciamos en muchas cosas, pero no tanto a la hora de narrar. Y, al menos en mis novelas, narrar significa: contar, observar y reflexionar. Toda mi vida la he pasado cerca de mujeres que sabían hacer muy bien esas tres cosas. En el fondo sólo tuve que recordarlas. Y también, en algunos momentos, ponerme en su lugar e imaginar cómo me vieron a mí cuando tuve relación con ellas. Probablemente para algunas resulté mucho más enigmático e imprevisible de lo que, obviamente, nunca fui para mí mismo.

Uno de los temas de Los enamoramientos es la impunidad. Un tema muy polémico actualmente en su país. ¿Qué le parece la manera actual de juzgar el pasado?

La novela es pesimista y sombría en este aspecto, y refleja lo que creo que está pasando actualmente, no sólo en mi país. La mayor parte de la gente va aceptando que muchos delitos queden impunes, va considerando que los crímenes no le atañen, sobre todo los cometidos por los individuos poderosos, sean políticos o banqueros. En España hay una enorme tolerancia con la corrupción de los políticos, por ejemplo, sobre todo por parte de los votantes del Partido Popular, que eligen una y otra vez a individuos con toda la apariencia de ser corruptos. Ahora ha sido condenado el juez Garzón, de manera rara y sospechosa, y lo llamativo es cómo lo ha celebrado la derecha que hace unos años lo adoraba. ¿Por qué? Quizá porque Garzón estaba investigando la trama Gürtel, un caso masivo de corrupción de políticos de la derecha. Es muy desalentador sospechar que la justicia es cada vez menos independiente.

El año pasado se cumplieron cuarenta años de su primera novela, Los dominios del lobo. ¿Cómo ha evolucionado el proceso creativo desde la primera hasta la decimotercera novela?

La pregunta es demasiado amplia. Es como si me pregunta cómo ha evolucionado el muchacho de diecinueve años que publicó aquella primera novela hasta ser el maduro hombre de sesenta que soy ahora. No podría explicarle mi vida en una entrevista, ¿verdad? Tampoco querría.

En Los enamoramientos, al igual que en otras novelas suyas, encontramos citas de Macbeth. Algunas de sus novelas tienen títulos que ha tomado prestados de Shakespeare. ¿Qué significa Shakespeare para usted?

Para mí es una inspiración y un “fertilizador”. Muchos escritores rehúyen la relectura de los más grandes autores porque en cierto modo disuaden de escribir nada nuevo (“¿Qué hago yo llenando hojas, si ya existe esto?”). Shakespeare, a mí, por el contrario, me invita a escribir. Es tan misterioso a menudo, dejó tantas cosas sugeridas e inexploradas, abrió tantas bocacalles por las que no llegó a adentrarse, que por eso me resulta “fértil” y un acicate. Lejos de disuadirme, me incita a escribir.

¿Qué importancia tiene el trabajo como traductor para usted? ¿Se refleja esta faceta en su obra literaria?

Mucha importancia. Aprendí mucho traduciendo, cuando lo hacía. Y en cierto sentido me ha dejado en herencia una forma de trabajar. Yo corrijo mucho cada página –no, en cambio, la obra una vez acabada–, y el primer borrador de cada una me funciona un poco como me funcionaba el texto original en la traducción. Sólo que, claro está, al escribir tengo toda la libertad del mundo para añadir, suprimir o cambiar. Pero necesito tener un referente a partir del cual elaborar, como me sucedía con el original cuando traducía (ahora hace muchos años que no lo hago apenas).

¿Por qué ha decidido fundar su propia editorial, Reino de Redonda? ¿Qué criterios utiliza para elegir los libros que publica?

No sé por qué. Es un negocio más bien ruinoso. No hago números, es la única forma de que la pequeña editorial siga adelante (mientras el Reino no entre en bancarrota). Sólo publico dos o tres títulos al año, y el criterio es caprichoso. Recupero obras que me gustan y ya no se encuentran, o publico textos que nunca habían existido en español y que desde mi punto de vista merecen conocerse.

¿Cómo se convierte uno en el Rey de Redonda, la pequeña isla deshabitada que dio nombre a su editorial?

En mi caso, el anterior “rey”, Jon Wynne-Tyson, cansado de su cargo, quiso “abdicar” y me eligió a mí, porque en mi novela Todas las almas había hablado de esa bonita leyenda y porque era escritor (es un reino que no se hereda por la sangre, sino por la letra). Dudé un poco, pero la cosa me pareció tan novelesca que pensé: “¿Qué clase de novelista sería si no acepto que lo que parece ficticio entre en mi vida?”. Algún día tendré que nombrar a un “heredero”. Tendrá que ser escritor, eso seguro.

Usted utiliza máquina de escribir. ¿Qué tiene la máquina de escribir que no tiene el ordenador? ¿Cuántas cajas de manuscritos corregidos tiene en casa?

Estoy acostumbrado a escribir sobre papel. Cada versión de una página luego la corrijo a mano, hago mis tachaduras, mis cambios, pongo flechas, etc., y la vuelvo a teclear entera con las correcciones incorporadas. Así cuantas veces haga falta. En un ordenador el proceso sería distinto, a menos que imprimiera cada vez, y eso me parece absurdo. Me gusta escribir sobre papel, eso es todo. Antes tiraba cada hoja descartada, hasta que una amiga me dijo que eso podía ser valioso. Yo no lo creo, pero le regalé varios borradores de mis novelas. Ahora los guardo no sé muy bien para qué. Los borradores de Tu rostro mañana son millares de páginas, claro.

En Alemania se han vendido más de un millón y medio de ejemplares de Corazón tan blanco? ¿Cómo se explica el enorme éxito que tiene sus obras en el extranjero?

No tengo explicación para lo de Alemania, aparte de que Corazón tan blanco tuvo la suerte de merecer los elogios de Marcel Reich-Ranicki en su entonces muy popular programa de televisión. Pero en España no tengo queja tampoco. Los enamoramientos ha vendido ya 140.000 ejemplares, en un año muy malo económicamente, y en particular para el mercado del libro. Para mí ha sido una gran sorpresa. No tenía mucha fe en esta novela. Incluso dudé si publicarla, una vez terminada. En todo caso, en el extranjero no suelen intervenir factores “extraliterarios”, como sí los hay en el propio país, para cualquier escritor, yo creo (antipatías o simpatías, enemistades, rivalidades, envidias, manías). Por eso aprecio más cuando un libro mío gusta fuera: pienso que el gusto es más sincero y que no está condicionado por “turbiedades”.

En sus últimos libros, la narración siempre se desarrolla en primera persona. Eso hace que el lector tienda a confundir el autor con el narrador. Además, en todos sus libros el lector puede encontrar algunos paralelismos entre la vida real de Javier Marías y la vida de sus protagonistas. ¿Mezclar realidad y ficción es sólo un pequeño juego que se permite de vez en cuando o hay más de “no ficción” en su obra de lo que se puede pensar?

Uno a veces echa mano, para caracterizar a un personaje, por ejemplo, de lo que tiene más cerca, y lo que tengo más cercar soy yo mismo. Es así de sencillo. Debo decir que presto rasgos míos a los personajes más negativos u odiosos, casi nunca a los más positivos. No hay mucha “no ficción” en mis novelas. La mayor parte es ficción. Quizá todos los novelistas de todos los tiempos han recurrido a elementos de su vida o de su persona de vez en cuando, no es nada nuevo. La diferencia está en que antes se solía saber poco de los autores y de sus vidas, y ahora se sabe demasiado. Pero no creo que en mis novelas haya más del autor de lo que hay de Cervantes en el Quijote o de Dickens en sus obras.

En una conferencia pública en el Instituto Cervantes ha hablado sobre las diferencias entre escribir artículos y escribir novelas. Ha mencionado que a veces hay más realidad en la ficción que en sus artículos. ¿Cómo es eso posible?

No recuerdo eso. Hace muchos años (unos diecisiete) que no acepto invitaciones de los Institutos Cervantes, ni del Ministerio de Cultura, ni de nada oficial o estatal de mi país. Lo que sí he dicho hace poco es que uno es más verdadero y más sincero en la ficción que en los artículos de prensa. En estos últimos uno intenta “ayudar”, no ser demasiado pesimista, no desalentar en exceso al lector de prensa, es decir, uno es en ellos un ciudadano que se dirige a sus conciudadanos, con cierta responsabilidad. En las novelas el ciudadano no entra ni sale, no es uno quien habla con su propio nombre, y en ellas se puede permitir mostrar las cosas tal como verdaderamente cree que son, o decirlas a través de las reflexiones del narrador o de los personajes. Si lee usted a Proust, verá lo cruel y desolador que es a veces, y también lo verdadero que resulta: uno lo reconoce, uno lo ve al leerlo. Por fortuna, para la vida diaria uno procura olvidarse de lo que en la ficción ha visto y ha sabido. Lo contrario sería bastante insoportable en ocasiones.

¿Está actualmente trabajando en una nueva novela?

Estoy dándole vueltas a una idea, a una posible historia. He escrito algunas líneas, sólo líneas. Veremos si lo que me ronda la cabeza se condensa lo bastante para convertirse en nueva novela. Posiblemente, pero yo soy muy lento en mis comienzos. Y siempre muy inseguro, en mis inicios, en mis desarrollos y en mis finales. Una maldición, esa inseguridad que, en lugar de disminuir, sólo aumenta con la experiencia y los años.

ANNIKA MÜLLER

Crítica

Die hellsichtig Verblendeten

Traducir es celebrar

“Traducir es celebrar, iluminar una obra literaria, renovar su condición de clásica». «La traducción es un proceso sin fin». «Es como si la traducción no tuviera un autor, sino autores, una comunidad que crece según las distintas etapas o estadios de la lengua, según la época», escribe Justo Navarro, autor, crítico y traductor, en las páginas dedicadas a la traducción de clásicos de todas las épocas, el tema que ocupa mañana la portada de Babelia

Desde aquí enlazamos otros artículos escritos en Babelia y en El País sobre el mismo tema por Justo Navarro (La traducción sin fin) y por Miguel Sáenz (Traducciones, ‘pachinkos’ y karaokes). También el texto publicado en Babelia (Mientras tú te rizas ese mechón) a finales del año pasado por Javier Marías, con motivo de la publicación de su traducción revisada de Tristram Shandy, de Laurence Sterne (Alfaguara), y una entrevista con Juan Gabriel Vásquez publicada en la revista Letras Libres,en la que habla largamente del tema de la traducción. Marías, que ha entrado en el catálogo de la colección Modern Classics, de Penguin, publica ahora su traducción, junto a Alejandro García Reyes y Miguel Temprano García, de Mitologías, de W. B. Yeats (Acantilado)…

Mª INÉS AMADO

El País, Papeles perdidos, 16 de marzo de 2012

La risa de Shandy, una lección de Sterne

Como una flor que tiene belleza y gracia
Y mientras con su frescura  perfuma el campo
Llega el arado y cruelmente arranca las raíces.
Ariosto 

La seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos del alma. La ironía, la risa, la burla son sus manifestaciones como objeto precioso, y sólo les es entregada a algunos, pues en manos de todos perdería su sentido. El carácter irónico que encubre todo lo desacralizado, es un abrevadero de la inteligencia que le impide perderse en la nostalgia o en la melancólica soberbia. Desde tiempos lejanos se sabía que los hombres inteligentes solían ser demasiado melancólicos, poseían el mal del alma, eran dolorosos. El rostro de los hombres serios semeja más al dolor de la pedantería. Lo grave del semblante se asocia más al temor por vivir que a la sabiduría, la voz sabia no es grave, prefiere la burla, alguna vez, el poeta John Donne dijo que a los sabios se les reconoce porque ríen mucho, aunque debió agregar, y porque sufren su mundo.Por Joseph Nollekens

Existen caracteres que definen a los pueblos, y dicen que a los ingleses, los distingue la gravedad, a los franceses, la gracia. Ello más que una verdad es una apreciación injusta que sólo demuestra que no conocen ni a unos ni a otros. O más bien que se sienten pensadores con la gracia de los antropólogos o en el peor de los casos, con la sutileza de los dianéticos.

La risa es un tanto engañosa cuando se le asocia con la felicidad. El mundo se divierte o ríe sin suponer en ese momento la vida feliz. La felicidad y la inteligencia son paralelas: no se tocan. La risa y la inteligencia habitan un mundo claro pero doloroso: la ironía.

La risa en Bergson provocó una explicación de sus fuentes, asimismo Freud buscó sus relaciones en el inconsciente y dicen que esa tradición proviene del genio de Estagira, con un supuesto tratado sobre la comedia como complemento a su Poética. Desde la edad media la asociaron a lo diabólico, aunque para los escritores con genio se convirtió en un instrumento útil para su desarrollo narrativo. Desde los pilares de las letras occidentales, Rabelais, Cervantes, Swift o Sterne, la estruendosa carcajada como medio correctivo e irónico del mundo se escucha hasta nuestros días. La sentencia “de lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso” vive y explota los últimos rincones de la pedantería universal con don Quijote, concluye y empieza la mirada sobre las novelas de Caballerías. El portento de caballero con fiel escudero aventuran algunas de las más espectaculares escenas de la ironía, al grado que pocos se percatan que se encuentran más que frente a un escritor, frente a un verdadero héroe de la modernidad. No está loco es simplemente un espejo de la locura intelectual.

Resulta generalizado, resaltar el momento de la concepción del ser humano como uno de los momentos más sublimes de la existencia. En Laurence Sterne, no es sino causa de burla, es un dato que revela lo absurdo de la situación que sus padres viven, aunque captura la sórdida acción de dar cuerda al reloj o más aún la convención normal y universal que detenta la vida humana: ¿Qué hora es?. Francois Lyotard afirma que en ese sentido Sterne o Proust no son menos que Heisenberg o Einstein.


En La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy Laurence Sterne propone el paradigma que dará trabajo a los críticos de literatura y durante la segunda mitad del siglo XX, hará creer a algunos escritores que descubren aquello que el irlandés tomó a burla hace varios siglos: la novela y la crítica sobre los elementos constitutivos de la misma. Los grandes novelistas consagran sus obras aunque olviden acciones detalles y momentos del propio discurrir de la acción en ella. Las novelas más hermosas se realizaron en los siglos XVI y XVII, se detallaron en el XIX y se volvieron melancólicas en el XX y, algo más,  siempre estuvo un irlandés. Desde Sterne y Swift hasta Joyce o Beckett, o más aún hasta Flann O’Brian, el arte narrativo colaboró y se divirtió con las posibilidades y derroteros de la narrativa, a diferencia de los españoles que con Cervantes inicia y termina la tradición; a los franceses que siempre -y hasta olvidando a François Rabelais con Gargantúa y Pantagruel– siguen pensando en hacer un Nouveu Roman, excepto A la recherche du temps perdu, que logra lo que muchos ni  imaginan. 

Algunos novelistas estudiosos de la novela y capaces de encontrar la errata a la obra maestra son incapaces de realizar algo como sus regañados maestros (Cfr. Fuentes, Eco o Kundera), Cervantes pierde al Rucio, Sterne va más lejos pierde un capítulo completo y demuestra que ello es cierto. Según el autor de Viaje a Italia, la conversación al interior de la novela, estructurado como crítica, comentario o incluso discusión son elementales y parte de la convivencia natural entre autor y lector, que como se evidencia en la historia de la novela Milorad Pavić es uno de los pocos que entendió la lección. Sin embargo, la lucidez del divertimento planteado por Sterne junto a la convivencia, es algo que hasta la fecha no se ha alcanzado sino por fragmentos.

Tristam, nuestro héroe, lejos de pretender lo que, de por sí le corresponde, comparte con su padre y con su tío Toby, la reflexión que entre broma y broma es capaz de volver sospechosa su técnica. Su obra impactó al impresionante Ben Jonhson quien predijo que lo extravagante no sobreviviría y lo extravagante en Sterne es imprescindible, su obra se acerca en la literatura lo que Bach representó a su época con su música. La combinación que logra entre la literatura y  el sistema filosófico de su adorado Locke, no sólo es un triunfo de las letras sino de su época.  

Sin embargo, aparece como lugar común la conexión entre el sistema filosófico que propone John Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano, y las ideas y estructura de la novela del Sterne, pues si bien es cierto que parte de esa concepción, no lo es menos que es en un plano irónico, el que le da vida a Tristam Shandy, no podemos obviar que el filósofo no estaba de acuerdo con algo que para Sterne era elemental como la asociación de ideas y de ellas Locke, siempre previno contra ella como una exacerbación negativa, y la consideraba incluso como enfermedad irracional. Ello no es ningún descubrimiento, pues Javier Marías, su traductor, lo desvela con claridad en su ensayo sobre el autor de su novela preferida. 

Sterne no era un filósofo tenía el atributo de la gracia y la sagacidad que faltaba a los que practicaban esa profesión. No era un escritor tradicional a la manera de Pope o Thackeray, éste último, autor de una de las novelas más socorridas hasta principios del siglo XX, La feria de las vanidades,  incluso lo censuró. La verdad es que casi todos sus contemporáneos (Goldsmith, Richardson, Walpole, Dr. Johnson, Grey e incluso el actor Garrick) criticaron con severidad la obra de Sterne.  Mientras que Sterne caminaba por las encrucijadas de Burton, el crítico, y traductor de una de las más bellas obras de la literatura universal,  Las mil y una noches (Arabian nights); el máximo exponente de la literatura burlesca Rabelais y su alma gemela de la ironía Johnatan Swift.

Sterne desde que concibe a su personaje lo asocia etimológicamente a lo triste aunque no descarta la polisemia que le ofrece y ello lo reposa en la alegría, lo chiflado o lo voluble de sus personajes, este rasgo sorprende pues el autor nace en 1713, más en la era victoriana que en la de “nosotros, los otros victorianos” como diría Foucault en su Historia de la sexualidad. La mediocridad de su vida como párroco, la transfiere a sus personajes. Con ellos no sólo reformula planteamientos lockianos sino que los pretexta, los interrumpe y se interrumpe, juega con las palabras y con los lectores, como político o, mejor dicho, como sacerdote, promete explicaciones y salvamentos. Escucha, observa, piensa y de pronto descubre que está ahí. 

Vuelvo al principio. La seriedad es un misterioso continente que en Laurence Sterne parecía inevitable, su nacimiento es una Irlanda que pocas veces ha tenido la oportunidad de ser un pueblo feliz con la pretensión inmediata de la pérfida Albión. Su formación en humanidades y filosofía, y como sacerdote desde el Jesus College, Cambridge, fue un tanto parca y sin mayores dividendos que algunos sermones que le otorgan cierta distinción local, al igual que algunas intrigas políticas y religiosas. Después de un matrimonio fallido del que tiene una hija. Cercano al medio siglo de vida decide publicar un Romance político que es una sátira contra un religioso y un año más tarde publica el primer libro de Tristam Shandy (1760), obra que siete años después concluirá.

Su breve vida como escritor le permitió, además crear su inmortal obra Viaje sentimental a Francia e Italia  (A sentimental Journey througth France and Italy). En 1762 enferma de tuberculosis, por lo que viajará  hacia aquellos lugares donde pueda remediar su enfermedad que, como acontece en toda su vida, también de ella extrajo frutos. Morirá en de 1768. Su risa permanece inmaculada.

ALDO BAEZ

Sexenio (México), 13 de marzo de 2012

LA ZONA FANTASMA. 11 de marzo de 2012. En el lodazal

Hace ya muchos años que los fallos y sentencias de bas­tantes jueces españoles -no digamos de los jurados, ese invento demagógico y nefasto- producen estupor entre la población, cuando no indignación. Recuerdo un par de casos, ya antiguos, en los que el ensañamiento fue descarta­do porque, si bien el asesino había asestado cincuenta o sesenta puñaladas a su víctima, lo más probable era que ésta hubiera ya muerto a la primera o segunda, y, siendo cadáver, no se habría enterado de las cuarenta y ocho o cincuenta y ocho restantes. Como si el apuñalador hubiera tenido precisos conocimientos forenses y hubiera sabido al instante qué cuchillada había sido mortal. Por otra parte, en el supuesto de que lo hubiera sabi­do, ¿por qué le siguió clavando la navaja una y otra vez? Sí, son muchos los fallos que parecen sin pies ni cabeza, o ir contra el sentido común. A menudo los magistrados, tendentes al corpo­rativismo hasta el punto de ser calificados de «casta», se escudan en la famosa y estricta aplicación de la ley y de sus sutilezas, que el vulgo, según ellos, ignora palmariamente. A veces se escuchan de sus labios compa­raciones tan impropias como ridículas: lo mismo que la gente no está capacitada para opinar sobre el quehacer de un cirujano, tampoco lo está para criticar la tarea de un juez. Gran falacia, ya que, si bien un ciuda­dano común carece de parecer sobre cómo y dónde se debe aplicar el escalpelo, sí está facultado para dirimir y juzgar, al menos en principio, puesto que la justicia que imparten los jueces emana del conjunto del pueblo, del que ellos son tan representantes como lo puedan ser los gobernantes. Y la prueba de que sí se con­sidera al ciudadano corriente capaz de discriminar y juzgar es que de tanto en tanto se lo obliga a hacerlo, cuando se lo convoca como jurado, no sé si con buen criterio, por lo demás: en el re­ciente proceso al ex-Presidente valenciano Camps y a su acólito Costa, por ejemplo, los jurados han dado la impresión de pifiarla, bien por desconocimiento, bien porque fueran simpatizantes o votantes previos del PP al que pertenecían y aún pertenecen los acusados. Lo cual no sería extraño, dadas las reiteradas y abru­madoras mayorías que ese partido alcanza en su Comunidad.

Lo cierto es que, se pregunte a quien se pregunte, la percep­ción que la ciudadanía española tiene de su justicia y de sus jueces no es mejor de la que tienen los italianos sobre los suyos. Si éstos llevan decenios viendo a Berlusconi eludir con triquiñuelas sus procesos e imputaciones, nosotros no llevamos menos con la im­presión de que nuestros tribunales son selectivos, exasperante­mente lentos, a menudo parciales, incompetentes o corruptos; de que muchos jueces son despóticos y arbitrarios, de que otros están grillados, de que entre ellos hay no pocos venados e individuos groseros; y, por supuesto, de que bastantes están al servicio de los partidos o se dejan influir por sus creencias particulares a la hora de emitir sus veredictos; y también, últimamente, a raíz de los tres procesos simultáneos a Garzón, de que no son ajenos a las renci­llas, las banderías, la inquina y la conspiración. No estoy afirman­do nada, claro está -me faltan elementos para ello-, hablo sólo de una impresión generalizada, y esa impresión, sea o no acertada, es una de las más graves que los ciudadanos de un país pueden te­ner: si éstos desconfían de sus jueces y su justicia, si se sienten desamparados ante ellos, si perciben que se castiga o se exonera por conveniencia, o por presiones, o por la relevancia o irrelevan­cia del reo; si ven salir impunes a quienes tienen todas las trazas de ser culpables -ya sé que las trazas no lo son todo, pero son algo a lo que no se puede evitar atender-, y que en cambio se aplica la máxima severidad a quien durante lustros ha parecido un juez tenaz y trabajador que sacaba los colores a la mayoría de sus cole­gas; si ocurre todo esto, digo, la justicia está por los suelos y por lo tanto también lo está el entero sistema democrático. Es más, está a dos pasos de que se lo considere una farsa.

Ante semejante situación, al presun­tuoso Presidente del Poder Judicial, Carlos Dívar, no se le ha ocurrido otra cosa que reconvenir a quienes tienen la impresión que acabo de describir. «Esa constante des­legitimación de una institución clave como el Poder Judicial produce unos efectos sobre su credibilidad que son de costosa y difícil reparación», dijo en el Congreso, así como que percibía «constantes críticas a las resoluciones y actuacio­nes judiciales», incluso de medios extranjeros (los cuales le «pre­ocupaban» más). Curioso que el actual Presidente de Valencia, Alberto Fabra, se haya quejado también de que las críticas a su policía y a su Gobierno «desprestigian a su Comunidad». ¿De verdad cree el señor Fabra que hay algo exterior, a estas alturas, que la pueda desprestigiar aún más, tras los inacabables escán­dalos de corrupción, ruina y derroche en Castellón, Alicante y Valencia? De esa Comunidad cabría decir que se basta y se sobra para hundir su propia imagen, y que son precisamente las críti­cas a sus desafueros las que intentan que éstos cesen o mengüen. De la misma forma, habría que decirle al señor Dívar que si la credibilidad y la reputación de la justicia y los jueces están en el fango, es porque los segundos han metido allí a la primera. Quie­nes critican a una y a otros tratan justamente de sacarlos del lodazal. Nada puede ser «deslegitimado» desde fuera si antes no lo han hecho quienes lo controlan y se apropian de ello, y, desde dentro lo pervierten y mancillan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de marzo de 2012

Acerca de Die sterblich Verliebten

DIE STERBLICH VERLIEBTEN

Susanne Lange über ihre Arbeit als Übersetzerin

Entrevista con Paul Ingendaay en Frankfurter Allgemeine Zeitung

Marías: Gar nicht schön, verliebt zu sein
Für Javier Marías ist die Liebe sterblich
Javier Marias als Alltagsphilosoph
Die Wahrheit ist nie klar
Die sterblich Verliebten
Hauptsache weiterwursteln
Die Liebe wird gewesen sein
Für andere Ohren
Javier Marías: Mit einem Paukenschlag zurück
Gehobener Psychothriller: «Die sterblich Verliebten»
Javier Marías: Gibt es Liebe auch nach dem Tod?

LA ZONA FANTASMA. 4 de marzo de 2012. Anónimos y pseudónimos

Mis padres, como la mayoría, procuraban no alarmar a sus hijos, y hablaban de los problemas cuando no estábamos presentes.  En una ocasión, sin embargo, teniendo yo unos once o doce años, me enteré, no sé cómo, de que a mi padre le había llegado una carta anónima insultante y amenazante, de falangistas o de franquistas (a menudo eran los mismos, pero no siempre, al menos en los años sesenta), y, como es natural, el hecho me inquietó y asustó. Así que mi pa­dre cogió el toro por los cuernos y me habló del asunto. Estaba acostumbrado, me dijo, llevaba soportando ese tipo de misivas desde el final de la Guerra, de vez en cuando, más cuanto más conocida se hacía su figura, siempre de la misma gente -la que tenía el poder absoluto, no se olvide-, o bien de católicos fanáti­cos que no le perdonaban -a él, que era católico- que defendiera a Ortega y Gasset y otros graves pecados por el estilo. «A veces le dan a uno ganas de contestar, pero a eso no se arriesgan, claro», me dijo. «Así que las tiro a la basura y no hago caso». Debí de pre­guntarle algo así como: «Pero ¿y no te da miedo que cumplan sus amenazas y te hagan algo?» «No», contestó, «nunca hay que tener miedo a un anónimo o a un pseudónimo; eso es lo que intentan, que se amedrente uno y deje de decir lo que piensa. No hay que darles el gusto de que se salgan con la suya, y además es improbable que se decidan a hacer nada, al menos indi­vidualmente. Son cobardes, como lo prueba que se oculten y ni siquiera se atrevan a dar su nombre. Al revés, hay que seguir adelan­te». Huelga recordar que era poco lo que mi padre u otros podían decir públicamente en aquella época, dada la censura omnímoda que ejercía la dictadura de Franco. Pero hasta ese poco –entre líneas o de manera críptica- quería acallarse.

Desde entonces me quedó la idea de que obrar anónima­mente era una de las cosas más despreciables del mundo, sobre todo cuando se hacía desde una posición de fuerza o en una de­mocracia con libertad de expresión (otra cosa es cuando se actúa en obligada clandestinidad contra una dictadura o una tiranía). Con el tiempo he sido yo quien ha recibido bastantes anónimos o pseudónimos insultantes o amenazantes, la mayoría -también, nunca cambian, ni ganan en valentía- de gentes de extrema de­recha o ultracatólicas. E incluso de gentes «literarias»: desde hace dieciocho años me llegan insistentemente cobardes bole­tines y cartas con remites falsos que invariablemente detecto, de unos sujetos que se dedican a poner a parir a casi cuantos publicamos, con la excepción de Juan Goytisolo, quien al parecer ayudó a financiarlos durante algún tiempo. Desde hace más de diecisiete no abro sus sobres: todo lo que venga de encapuchados me parece despreciable. Tampoco abro ninguna carta que no lleve su remite claro y completo, porque ya sé lo que con­tiene. No merece ni atención, quien se enmascara.

Pero algo ha cambiado con Internet y las redes sociales, don­de pocos utilizan su propio nombre. Los llamados «nicks» (es de­cir, alias o pseudónimos o sobrenombres) les resultan a los usua­rios de lo más normal; no los ven como lo que son y han sido siempre, algo traicionero y menguado, equivalente a ampararse en la masa para insultar o linchar a alguien. «Si somos muchos», piensa cada cobarde, «pasaré inadvertido, no podrán individua­lizarme. Si somos muchos, el futbolista, o el reo que entra en el juzgado, no podrán encararse conmigo, luego estoy a salvo y pue­do tirar adelante con mis injurias o fechorías». Van encapucha­dos los etarras y otros terroristas; fueron encapuchados los miem­bros del Ku-Klux-Klan, sobre todo cuando hacían una batida para darle una paliza a un negro o incendiar su casa o colgarlo de un árbol. Iban embozados los salteadores de caminos, los atraca­dores se calaban medias distorsionadoras en la cabeza. Llevan máscaras los integrantes del colectivo Anonymous, bien llamado para que no quepa duda de su carácter. Lo llamativo es que estos últimos individuos -que aseguran abogar por las libertades-, y con los precedentes mencionados, se sien­tan orgullosos de su cobardía, de ocultarse y de escurrir el bulto. No les da ninguna ver­güenza tirar la piedra y esconder la mano, comportarse como masa impune, actuar a resguardo. Y, mientras se protegen ellos, re­cientemente se han permitido filtrar los mó­viles, correos y domicilios de políticos, ci­neastas y músicos partidarios de la ley «antidescargas». Hasta han exhibido fotos de la «puta casa» de alguno de ellos. Y han amenazado a quienes no se han pronunciado, por si acaso: «Si en un futuro esas personas hacen algo que creamos merecedor de castigo, toda nuestra ira les caerá encima». «Si hacen algo» significa aquí «Si opinan lo que no nos gusta», lo cual equivale a establecer una censura previa como la de Franco y a coartar la libertad de expresión de los que no se plieguen a su mandato. Pero aún han ido más lejos: no sólo han filtrado los datos de quienes les llevan la contraria (con razón o sin ella, esa es otra historia), sino de familiares suyos. Cuando se amenaza a su familia para atemorizar a alguien, se ha dado un salto cualitativo muy grave. Los Anonymous, al cruzar esa línea -y por suerte sólo en ese aspecto, por ahora-, ya no se asemejan a los bandoleros ni a los atracadores, sino a los etarras, a los mafiosos, a los Klansmen, a los narcos y a los franquistas o falangistas que solían amenazar a mi padre –y a su familia, acabé viendo la car­ta-, sin dar la cara. Los miembros de ese colectivo, que tanto cla­man por sus libertades, verán si quieren seguir pareciéndose a tamaña clase de individuos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de marzo de 2012

Vida y traducciones del caballero Javier Marías

Con ocasión de la reedición revisada del Tristram Shandy de Laurence Sterne -una de las obras más complejas de la literatura europea del siglo XVIII-, el prestigioso escritor y traductor al castellano reflexiona para Gentleman sobre las dificultades y los premios de su hazaña.

Su actualidad viene dictada porque Los enamoramien­tos ha sido elegido uno de los mejores libros de 2011, porque le ha sido otorgado un nuevo recono­cimiento internacional (el Premio Austriaco de Lite­ratura Europea) y porque el presidente y el entrena­dor del club de sus amores, el Real Madrid, le han «quitado del fútbol». Pero el motivo por el que hablamos con Javier Marías es la reedición de su alabada traducción (le valió el Premio Nacional en 1979) de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy en la nueva tirada que pone en el mercado Alfaguara, obra cumbre de Laurence Sterne y de la literatura universal. Javier Marías, que posee uno de los únicos nueve volúmenes de la primera edición (aparecidos entre 1759 y 1767) firmado por el propio autor, tradujo la complicadísima obra, que permanecía inédita en español, durante un par de años en que vivió en Barcelona, en los años setenta.

En un esfuerzo por situarnos en la época de la publicación de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, ¿qué cree usted que fue lo que provocó que tuviera el éxito que tuvo?

Su enorme originalidad y la risa que provoca. Tristram Shandy apareció por entregas, entre 1760 y 1767, creo recordar, y la gente esperaba cada una con impaciencia e intriga, y eso que no era una novela con «argumento», como los folletines posteriores del siglo XIX. Su éxito fue muy grande, hasta el punto de que cuando Sterne visitó París fue recibido con admiración por los más afamados intelectuales. Es sabido que Diderot le copió párrafos en su Jaques el fatalista. Sterne fue un innovador, en una época receptiva a las novedades como fue el siglo XVIII.

¿Cuál es, para usted, la singularidad del libro, lo que ha hecho que su reputación llegue hasta hoy?

Sin duda se adelantó a su tiempo, aunque en su tiempo, como acabo de decir, fuera comprendido y apreciado también. Es una obra que en muchos aspectos parece más del siglo XX que del XVIII. Influyó mucho en el Ulises de Joyce, considerada por tantos la novela más arriesgada de la historia. Tristram Shandy lo es más aún, a mi parecer, entre otras razones porque vino mucho antes. Luego, autores contemporáneos como Kundera, Cabrera Infante, Flann O’Brien y tantos otros han sido grandes entusiastas. Todos lo sentimos como un libro intemporal, o contemporáneo. Y eso es lo que suele sucederles a los verdaderos clásicos.

Laurence Sterne nació en Irlanda en 1713 y murió en Londres en 1768: todo un programa. ¿Hasta qué punto es importante en Tristram Shandy la singular vida y personalidad de su autor?

Su vida no era conocida en su tiempo, su personalidad sí, porque se trasluce en la novela y en su Viaje sentimental. Se percibe que era un espíritu risueño, lleno de ingenio y de humor, con una malicia benévola, si vale la aparente contradicción. Al leer Tristram Shandy se tiene la impresión de que quien concibió y escribió sus páginas había de ser por fuerza simpatiquísimo y encantador, alguien en cuya compañía a uno le gustaría estar. Algo semejante a lo que ocurre con Cervantes. A casi todo lector del Quijote le habría gustado conocerlo personalmente. Sus voces son persuasivas, amistosas, inteligentes y alegres, y eso es impagable.

¿A qué atribuye que esta novela no estuviera traducida en España hasta los años setenta del pasado siglo?

A su extremada dificultad, en parte. Y en parte a que durante largo tiempo España desconoció mucho de la mejor tradición literaria en lengua inglesa, más volcada en la francesa casi siempre. Pero yo creo que se tuvo por una novela casi intraducible, por sus numerosos juegos de palabras y originalidades sin fin. Pese a que sí se hubiera traducido a otras lenguas (al italiano por el famoso escritor Ugo Foscolo, por ejemplo). Aún no sé ni cómo me atreví: empecé mi traducción a los veintitrés años. Sería osadía de juventud.

¿En qué cambió la traducción la percepción que tenía del libro como lector?

En todo. Cuando uno traduce un libro, aunque lo haya leído antes con atención, se da cuenta de mil detalles más. Al traducirlo me pareció una obra mucho más compleja y ambiciosa. Y percibí en mayor medida el extraordinario ritmo de la prosa, así como la caracterización de los personajes principales, bastante más profunda de lo que parece a primera vista. El tío Toby y el cabo Trim, salvando las distancias, son casi tan entrañables como Don Quijote y Sancho.

¿Qué fue lo que más aprendió, como escritor, de la traducción de este libro?

Es difícil señalar algo concreto de sobresaliente. Si uno ha sido capaz de reescribir aceptablemente una obra monumental como esa, es indudable que su instrumento -la lengua, su dominio- se verá enormemente afinado. Es como si uno hubiera escrito varias novelas, sólo que además ha de comprobar que su versión no desmerece mucho de la original. Supongo que, como escritor, gané en flexibilidad, en seguridad, en léxico, en atrevimiento. En todo, en suma.

Un lema de Sterne es I progress as I digress, «Progreso con las digresiones». La sensación que uno tiene, como lector de sus novelas, es que terminó por adoptar ese lema, pero quizá a raíz de Todas las almas y, sobre todo, en Tu rostro mañana, donde la digresión alcanza el mayor nivel en su obra (pienso en la suspensión del tiempo en la escena de Tupra y la espada en el lavabo de la discoteca). ¿Es la mayor herencia que recibió de Sterne? Y si está de acuerdo con mi afirmación previa, ¿fue algo que caló en usted con el tiempo, no de manera inmediata?

Sí, no fue de manera inmediata, seguramente. En Tristram Shandy aprendí que el tiempo de la novela es justamente el tiempo que en la vida real no puede existir. Que en la novela se puede jugar con la duración, que se puede detener la acción e incluso el tiempo mismo, sin por ello perder el interés del lector. Que una digresión aparente es a veces parte del argumento o historia, o eso se descubre más tarde. Yo he aplicado ese aprendizaje en mis novelas, sí, de manera distinta, claro está. No olvide, por otra parte, que Cervantes ya había hecho algo similar en ocasiones, y que, por supuesto, Proust también lo hizo, mucho más tarde. Es algo arriesgado, sin duda, porque hay lectores muy impacientes que sólo quieren saber qué va a pasar al leer una novela. La magia de Cervantes, Sterne o Proust es que consiguen interesar al lector en las «interrupciones» tanto como en las llamadas «peripecias». Los tres eran enormemente elegantes, además, tanto en su espíritu como en sus respectivos estilos.

¿Está de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que se trata de la novela más libre de todos los tiempos? ¿Por qué?

Bueno, cuando Nietzsche lo dijo seguramente era así. Sterne hace lo que le da la gana, no se atiene a las convenciones ni a las reglas de la novela, no ya de su tiempo, sino incluso de la posterior. Se para a hablar con el lector, le anuncia que deberá esperar para saber tal o cual cosa, lo interpela, lo lleva de la nariz, le pide que colabore (incluso que rellene un capítulo que aparece en blanco), y consigue que ese lector lo acompañe dócil y encantado de la vida. Tantas de las cosas que luego se han presentado como «novedades» están ya en Tristram Shandy. Todo escritor debería leerlo, aunque sólo fuera para saber que existe y no repetir lo que él ya hizo hace dos siglos y medio.

JOSU LAPRESA

Gentleman, marzo de 2012