LA ZONA FANTASMA. 26 de julio de 2015. ‘¿Todo se repite tan pronto?’

Siempre se ha procurado decir que cumplir años traía algunas ventajas, y como éstas eran poco tangibles (sabiduría, serenidad y cosas así), parecía ser, más que nada, un vano intento de consolar al envejeciente. Yo, de momento, no veo grandes inconvenientes en la edad que he alcanzado, pero últimamente sí hay algo que me empieza a ­preocupar, o a fastidiar, o a decepcionar. Mis años ya son bastantes, pero están lejos de los noventa, los ochenta y aun los setenta que acumula tanta gente alrededor. Quiero decir que no ha pasado tantísimo tiempo desde que llegué al mundo, menos aún desde que me incorporé a él plenamente –eso se producía, en mi época, cuando uno entraba en la Universidad–. De eso hará unos cuarenta y seis años, lo cual, en términos globales, es apenas un soplo, un periodo bien breve que no justificaría mi sensación, cada vez más frecuente, de asistir a supuestas novedades que no son sino repeticiones de cosas ya vistas. Ojo, no vistas ni oídas de segunda mano, o estudiadas en los libros de Historia, sino vividas directamente por mí.

Me ocurre a menudo con la literatura, el cine y la música, las tres artes que más me acompañan. Leo novelas o poesía o ensayos que se me presentan como innovadores o vanguardistas o “postcontemporáneos” o “transmodernícolas”, elijan el término que prefieran; y, con alguna excepción, me encuentro con piezas que para mí son antiguallas, cosas ya probadas en los años cincuenta, sesenta o setenta del siglo XX (y luego arrumbadas en su mayoría, por tontainas, plomizas o huecas). Hoy vuelve a jalearse la novela “social” o “comprometida”, por ejemplo, de la cual en España tuvimos hasta morirnos de aburrimiento. Y no es que la actual coincida en sus intenciones con la del “realismo social” pero sea enormemente distinta: no, es casi idéntica a la más apesadumbrada y pedestre de los cincuenta y sesenta, cuando no una ínfima parodia de Galdós. Otro tanto sucede con los “experimentalismos”, que parecen imitaciones de los de los setenta, y con el mismo grado de pedantería. Como si no hubiera transcurrido el tiempo, hay ensayos que a su vez son remedos levemente aggiornati de Deleuze, Barthes, Foucault y hasta Sartre (sin quitarles a ninguno su mérito, nada tiene eso que ver). Hoy causa furor mundial el “filósofo” Zizek, al que no he leído ni oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo, todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud. Lo mismo en cine: la celebrada Ida, con su saco de premios, es la mera regresión a las producciones setenteras del Este que veíamos en cine-clubs. Hasta han vuelto la solemnidad y la unción con que solían contemplarse estas antigüedades.

Pero lo más curioso es que esa sensación de déjà vu se experimente también con las personas. Uno ve a la mayoría de los políticos del PP y piensa: “A este individuo, más joven que yo, lo conozco perfectamente, sé cómo es, lo he visto antes, probablemente en el franquismo que hube de soportar hasta los veinticuatro años. ¿Cómo puede ser, si el sujeto en cuestión sería un niño o una niña, o acaso no había nacido, al final de la dictadura?”, se pregunta uno con perplejidad. Ve uno a Pablo Iglesias y a no pocos correligionarios suyos y lo asalta la misma sensación: “Yo he conocido a estos tipos en el pasado lejano; es más, milité junto a ellos, breve tiempo y a desgana –más que nada, por oponerme al franquismo–, en mi primerísima juventud. Dicen las mismas cosas y tienen las mismas actitudes que los prochinos de mi primer curso de Facultad, con algún tic de los trostkos y algún otro de los miembros del PCE más cerriles y stalinistas, ya anticuados entonces. ¿Cómo es eso, si ellos no vivieron aquellos tiempos?”

La desazón va más allá. También con los particulares, gente nueva o joven a la que uno conoce, me es cada vez más frecuente pensar pronto: “Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto y padecido antes (o disfrutado, no crean); sé sus ambiciones, sus métodos, de qué van, qué es pose en ellos y qué no; si son o no de fiar, si son soberbios o angelicales; si son sinceros o falsos, aduladores y trepas o nobles y que van de frente; incluso si tienen buena o mala índole, si son unos farsantes y cantamañanas o gente que se esfuerza en pensar por sí misma; si son listos, tontos, listos-idiotas o aparentes bobos con arrebatos de brillantez”. Claro que uno no es infalible y puede equivocarse, pero eso no quita la sensación de saber, de “reconocer”. A eso se le debe de llamar “ser perro viejo”. A que resulta más difícil engañarlo a uno: ha visto y oído ya mucho, ha prestado atención, y quizá la variedad humana (o española), pese a su fama de infinita, en realidad no da mucho de sí. No hay duda de que hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos, son preexistentes a la fecha de nuestro nacimiento. Y uno tarda en aprendérselos, estamos todos condenados a una larga fase de ingenuidad, de ser pardillos. Pero, una vez dejada atrás, resulta descorazonador y decepcionante ver cómo vuelve todo lo antiguo una y otra vez, como si la capacidad de inventiva se agotara pronto. En menos de lo que dura una vida, que ya es decir, porque la vida siempre es corta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de julio de 2015

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 19 de julio de 2015. ‘Si todo, todo’

En su libro El científico rebelde, en el capítulo “Generales”, el anciano físico y matemático inglés Freeman Dyson señala que el antiguo “carácter limitado del armamento” hacía que los objetivos militares fueran a su vez limitados, lo cual posibilitó que “el ejercicio del poder marítimo británico en el siglo XIX fuera peculiarmente benigno”. Cita a Robert Louis Stevenson, quien expresó en pocas palabras la filosofía que había permitido a Inglaterra adquirir un imperio sin perder el sentido de la proporción: “Casi todos los ciudadanos de nuestro país, salvo los humanitaristas y unas pocas personas que en su juventud han estado presionadas por un entorno excepcionalmente estético, pueden comprender a un almirante o a un boxeador profesional y simpatizar con él”. Y añade Dyson: “Este es el límite que la búsqueda de la gloria militar nunca debería sobrepasar. Un general o un almirante no han de recibir por sus éxitos ni más ni menos honores que un púgil triunfador”.

Todo eso, la limitación, la proporción, la falta de deseo y la imposibilidad de aniquilar a un país entero, ni siquiera a su ejército; la conformidad con las victorias parciales y suficientes, la creencia de que no se debe ni puede borrar del mapa a las poblaciones, de que no es conveniente dejar a una nación ni a una facción postradas indefinidamente, ni humillarlas hasta lo insoportable, se fue al traste con la Segunda Guerra Mundial, cuando el británico Sir Hugh Trenchard impuso su criterio de bombardeos aéreos indiscriminados, secundados al instante por los estadounidenses. “Una estrategia de bombardeos estratégicos garantiza que la guerra será total”, dice Dyson. Los generales se vieron poseídos por el culto a la destrucción que podían lograr con ellos, “y desde entonces, como resultado de sus actividades, nosotros mismos no hemos dejado de vivir bajo la amenaza de esa destrucción”.

Lo cierto es que esta ya no nueva mentalidad ha invadido casi todas las esferas. El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias ni fisuras ni reparos ni objeciones. Pero ese es también el sueño ideal de los partidos democráticos, que en el fondo aspiran a ganar por la mayor diferencia imaginable en las urnas, a ser posible por unanimidad. Si un sistema nos permite alcanzar en la teoría el 100% de los votos, ¿por qué no procurar obtenerlos para así gobernar sin trabas? Y lo mismo que ocurrió con los generales está sucediendo hoy con la tecnología y los servicios secretos. La capacidad de controlar y vigilar se ha hecho ya monstruosa; no digo “total” ni “omnipotente” porque todavía nos falta ver qué más se inventa en ese campo. Hace unas semanas apareció la noticia –una columnita lateral de este diario– de que tras la aprobación de la nueva ley francesa de servicios secretos, éstos podrán rastrear masivamente datos telefónicos y cibernéticos sin control judicial.

Las operadoras de telecomunicaciones, los buscadores y las redes sociales deberán instalar una especie de cajas negras para detectar cualquier conducta sospechosa. Los agentes franceses, a los que la ley no amparaba en muchas de sus prácticas, podrán ahora, a través de los sistemas Imsi Catcher, captar y registrar los datos de teléfonos y ordenadores de sospechosos y de cuantos estén a su alrededor. También utilizar micrófonos ocultos en lugares privados o balizas para seguir automóviles. Y entrar en domicilios particulares si lo consideran necesario, es decir, a su arbitrio. En sitios como Abu Dabi, Dubai, Qatar y similares, es ya perfectamente factible saber los movimientos de alguien desde que sale de su casa por la mañana hasta que regresa al atardecer, mediante las cámaras instaladas en las calles y establecimientos. También resulta que algunos de los aparatos llamados “inteligentes”, desde televisores hasta tabletas y smartphones, pueden llevar microcámaras incorporadas, por lo que ya nadie nos asegura que no estemos siendo espiados incluso en nuestros salones y alcobas, probablemente sin tener ni idea, sin duda sin nuestro consentimiento.

En Dinamarca y otros países se estudia abolir el dinero en efectivo y, so pretexto de luchar contra el fraude y el “negro”, obligar a todo el mundo a pagar cualquier servicio o chuchería con tarjeta o móvil, de manera que el Estado tenga conocimiento de en qué empleamos nuestros míseros céntimos. La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos. Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna. Sepamos hasta el último detalle de los pasos de cualquiera, sus compras, sus gustos, sus amistades, sus amoríos, sus prácticas sexuales, si se masturba o no en casa, qué escribe, qué conversaciones tiene, qué ve, qué escucha, qué lee, a qué juega, su historial médico, cómo vive y cómo muere. Pocos protestan por esta invasión y apropiación absolutas de la intimidad. Hace sólo un par de generaciones, el 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno. La versión real de eso, sólo que multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas. No sólo no se rebelan, sino que colaboran. Veremos cuánto les dura ese parecer. Claro que, si un día lo cambian, será ya demasiado tarde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de julio de 2015

 

LA ZONA FANTASMA. 12 de julio de 2015. ‘Pasatiempo 601′

escanear0001Desde que empecé esta columna de El País Semanal, hace más de doce años, pongo en el margen izquierdo de la primera página (sigo utilizando papel) ZF y el número correspondiente. Las iniciales son las del arbitrario nombre de la sección, que por pereza no he cambiado en todo este tiempo, y que era un homenaje al título mexicano de la serie de los años sesenta The Twilight Zone, de Rod Serling, y que en España creo que se llamó La dimensión desconocida: entonces no había televisión en mi casa y me conformaba con “leer” algunos episodios en los tebeos que publicaba la mítica Editorial Novaro, de México, que también sacaba Superman, Batman, La pequeña Lulú y centenares más. La semana pasada lo que escribí en ese margen fue ZF 600, y desde entonces esa cifra me ronda la cabeza, con una mezcla de estupor y preocupación. La cercanía de agosto, además, el mes en que me tomo un respiro de estas colaboraciones, supone otro motivo no tanto para hacer balance cuanto para preguntarme qué diablos estoy haciendo y por qué, todos los domingos desde 2003. De mis compañeros, creo que soy el único, desde la marcha de Maruja Torres, cuya columna no es quincenal, o así ha sido al menos hasta hace muy poco. Y, aunque ustedes no tienen por qué saberlo o recordarlo, antes de que EPS me brindara generosamente esta página, me había pasado ocho años más con artículos dominicales en otro lugar, del que me fui cuando se me censuró uno.

Cuatro lustros opinando son sin duda demasiados. Y doce años también, para los lectores de este suplemento y probablemente para mí. La respuesta de aquéllos –es decir, de ustedes– no ha podido ser más amable ni más paciente. No tengo sino agradecimiento para cuantos se dirigen a la sección de Cartas, y eso incluye a quienes lo hacen para expresar su desacuerdo o criticar lo que he dicho: su mera reacción significa que se han tomado la molestia de leer el artículo y que no los ha dejado indiferentes, lo peor que le puede ocurrir a cualquiera que escriba, tanto da el género. Siento particular lástima por los autores –hay no pocos en España– que van de provocadores o transgresores … y pasan inadvertidos, me parece uno de los destinos más tristes imaginables. Así que me considero afortunado y doy las gracias a cuantos no se saltan sin más esta última página, sino que se detienen en ella, aunque luego sea para indignarse. También la indignación merece gratitud.

Ahora bien, al ver ese número 600 no he podido por menos de preguntarme, como deben de hacer también de vez en cuando los demás columnistas, qué es lo que uno pretende, aparte –claro está– de ganarse un sueldo. ¿Influir? Habría que ser muy ingenuo para creer que dos folios y medio, aunque se reiteren cada domingo, estén facultados para cambiar nada ni a nadie. Bueno, uno piensa, en días optimistas, que a algunos lectores sueltos se les puede ofrecer una perspectiva o una argumentación que no se les había ocurrido antes, y que acaso las adopten momentáneamente y duden de sus posturas previas sobre determinada cuestión. En quienes tienen verdadero poder para cambiar las cosas –los políticos–, uno está seguro de que en modo alguno va a influir, porque los actuales, sean de los partidos “nuevos” o “antiguos”, tienen precisamente a gala no escuchar las críticas, no atender a consejos ni a razonamientos, o sólo de los aduladores que los van a reafirmar en sus actitudes y decisiones. Una de las frases favoritas de todos ellos es: “Nadie tiene que darme lecciones de …”, y complétenla con lo que les parezca, honradez, democracia, transparencia, lealtad, veracidad, dignidad, esto es, todas aquellas virtudes de las que la mayoría carece. La otra frase preferida y brutal –esta compartida por el grueso de la sociedad– es: “No tengo nada de lo que arrepentirme”, cuando lo normal para mí –y creo que para el conjunto de las personas– es arrepentirse de algo cada semana, o incluso a diario.

¿Entonces? ¿Consolar un poco, reconfortar? Algo, tal vez. Hay lectores que celebran ver en letra impresa una opinión que “nadie se atreve a expresar” o que ellos compartían en silencio. Más de uno me ha confesado que al descubrir la afinidad ha concluido, con alivio, que no estaba loco, en vez de incorporarme a mí a su club de bichos raros o sin sesera. Sea como sea, al cabo de 600 piezas en el mismo espacio, uno tiene la sensación de haber opinado sobre lo habido y por haber, y de haberse repetido mucho. Para lo último valga como disculpa que la realidad se repite todavía más, y las sandeces no digamos, poseen la perseverancia como característica principal. A veces hay que salir al paso de lo que ya creyó uno atajar con argumentos, años atrás. Mi padre, que también escribió mucho en prensa, solía asegurar que en España hay que decir las cosas por lo menos tres veces: la primera para avisar, la segunda para discutir y la tercera para convencer. A unos pocos, añadiría yo (él era un optimista irredento), por lo general sin ningún poder decisorio. ¿Qué nos queda, así pues? ¿Entretener? Seamos modestos y aceptémoslo: a fin de cuentas es una muy digna tarea que no daña a nadie. Y aunque hay algunos a los que uno quisiera hacer rabiar de vez en cuando, conformémonos y pongamos 601 a este pasatiempo dominical.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de julio de 2015. ‘Un prestigio infundado y dañino’

Gran parte de los ciudadanos aplaudió a los “indignados” de 2011, que acamparon en Sol en Madrid y en plazas de otros lugares. Muchos sinceramente, muchos por oportunismo y por “no quedarse atrás”. Entre estos últimos causó rubor ver a bregados políticos y a veteranos intelectuales arrimarse para salir en las fotos, el viejo truco de intentar ponerse delante de una avalancha que ya está en marcha. Claro que había motivos –y los hay– para indignarse; claro que no les faltaba razón a los manifestantes, asambleísmos y arcaísmos y puerilidades aparte. Pero lo que se aplaudió más todavía fue el término, “indignados”, hasta el punto de haber alcanzado un extraño prestigio en nuestra sociedad y de haberse convertido en un estado de ánimo en el que hay que vivir instalado. Hoy parece que el que no se indigna continuamente por algo –lleve o no razón, tenga o no importancia– sea un acomodaticio, un domesticado, un dócil, un sumiso y un tonto.

La reacción inmediata de demasiados españoles es poner el grito en el cielo por cualquier zarandaja. Da la impresión de que se asomen a las pantallas y a los diarios para encontrar motivos de cabreo descomunal, de furia. Y quien está predispuesto a eso los hallará siempre, o se los inventará en caso contrario. Poco hay que inventarse en política, con el Gobierno que padecemos. Poco ante los innumerables casos de corrupción descubiertos, y los que nos faltan. Poco ante la situación económica de las clases medias y bajas, a las que la “recuperación lograda” que proclaman Rajoy y sus huestes les debe sonar a tomadura de pelo y a recochineo. Poco hay que inventarse, asimismo, ante la galopante decepción de los “nuevos partidos”, que tal vez sean más honrados que los “viejos” –a la fuerza ahorcan–, pero cuyos dirigentes se muestran por el estilo de vainas, aunque en otra gama. De momento abrazan cuantas peregrinas ideas flotan por el globo, siempre que sean “ecológicas” o tópica y vulgarmente “correctas”, es decir, demagógicas y prohibidoras. Por no mencionar la vileza tuitera de cuatro ediles –cuatro– de Carmena en Madrid. Si esa es la “gente decente”, según una juez, este país está encanallado.

Hace poco hablé de los linchamientos masivos de las redes sociales, extrañado de que el comentario o la foto imbéciles de un cualquiera provocaran aludes de improperios, con consecuencias desproporcionadas para los metepatas. Quizá no es tan extraño, a la luz de ese absurdo y nocivo “prestigio” de la indignación. Hay que vivir airado, parece ser la consigna. Hay que saltar a la mínima y descargar nuestra cólera, no pasarle una a nadie. Y lo grave es que, poco a poco, ese estado de ánimo permanentemente erizado y adusto, agresivo, se adueña de todos los ámbitos. Algunos medios de comunicación azuzan sin cesar las llamas. La fábrica de manipulación que hoy es TVE anunció como cosa tremenda lo que había dicho el futbolista Piqué durante las celebraciones del Barça por sus triunfos. Sus locutores hubieron de explicarlo con minucia, porque para el común de los espectadores la frase de Piqué era incomprensible, se había limitado a dar las gracias a un cantante desconocido. Por lo visto encerraba una muy velada burla –más bien críptica– al Real Madrid, lo cual motivó que en el siguiente partido que jugó, con la selección, Piqué fuera pitado por los propios hinchas cada vez que intervenía. De lo cual se hicieron eco, falsamente escandalizados, los mismos locutores de TVE que habían prendido la cerilla para provocar el incendio. Así sucede con todo. Sin salirnos del terreno venial del fútbol, el “prestigio” de indignarse con Casillas, hecho dogma por los forofos del ­Madrid más cerriles, sandios, pendencieros y desagradecidos (es decir, más mourinhistas), ha dado como resultado la casi segura, anticipada y fea marcha del jugador más admirable que ha tenido ese club en muchos años. La cuestión es enfurecerse. Con quién, da lo mismo.

Me parece peligroso el estado de irritabilidad continua. Lleva a no distinguir qué merece nuestra indignación de veras y qué sólo nuestra desaprobación, o nuestro desprecio. Una población irascible y con malas pulgas está condenada al descontento, con el mundo entero y consigo misma. También lo está a confundirse y a no discernir, a dar importancia a lo que no la tiene y a restársela a lo que sí, ocasionalmente, aunque hoy se conceda a todo trascendencia desmesurada. Está condenada a ser injusta, a cargarse lo valioso y a defenestrar a sus conciudadanos mejores. Basta con que uno de éstos haga o diga algo que esa población no quiere ver u oír, basta con que ponga en tela de juicio sus convicciones (casi siempre pasajeras, casi siempre impuestas por “los tiempos que corren”), para que la persona notable o perspicaz “indigne” a los encolerizables y también caiga en desgracia. La gente indignada o predispuesta a estarlo es la que menos escucha y razona, y la más manipulable, y acaba por ser sólo intolerante. Sin duda va siendo hora de que se rebaje el “prestigio” de esa actitud más bien pétrea. Un prestigio infundado y dañino donde los haya. Además de idiota, dicho sea de paso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 28 de junio de 2015. ‘Tiranía de los pusilánimes’

Hace unas semanas, al hablar de los “linchamientos masivos” en las redes sociales, mencioné de pasada la pusilanimidad como uno de los mayores peligros de nuestro tiempo. La cosa viene ya de lejos, pero al parecer va en aumento, hasta el punto de que nos vamos deslizando insensiblemente, al menos en ciertos ámbitos, a lo que podría llamarse “tiranía de los pusilánimes”. El fenómeno original es conocido: en contra de la tendencia de la humanidad a lo largo de siglos y siglos, que consistía en educar a los niños con la seguridad de que un día serían adultos y tendrían que incorporarse a la sociedad plenamente, en las últimas décadas no sólo se ha abandonado ese objetivo y esa visión de futuro, sino que se ha procurado infantilizar a todo el mundo, incluidos ancianos; o, si se prefiere, prolongar la niñez de los individuos indefinidamente y convertirlos así en menores de edad permanentes.

El giro ha contado con escasa oposición porque resulta muy cómodo creer que se carece enteramente de responsabilidad y de culpa: que son la sociedad, o el Estado, o la familia, o los traumas y frustraciones padecidos en los primeros años, o el sadismo de los compañeros de colegio, o las condiciones económicas, o la raza, o el sexo, o la religión, los causantes de que seamos como somos y de nuestras acciones. Y no digamos los genes: “No lo puedo remediar, está en mis genes”, empieza a ser una excusa para cualquier tropelía. Debería bastar con echar un vistazo a los hermanos de un criminal, por ejemplo, y ver que ellos, pese a compartir con él raza, condición social, abusivos padres o incluso genes, no han optado por robar, violar o asesinar a otros. Pero no es así. Nuestra época no hace sino incrementar la infinita lista de motivos exculpatorios. La infancia es cómoda y nos exime de obligaciones. Bienvenida sea, hasta el último día.

Pero no es sólo esto. En el artículo “La nueva cruzada universitaria”, de David Brooks (El País, 3-6-15), se nos cuenta hasta dónde ha llegado la situación en muchos campus estadounidenses. Brooks se muestra comprensivo y moderado, y al hablar de las nuevas generaciones admite: “Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y el apoyo tácito al fanatismo. En cierto sentido, por supuesto, tienen razón”.

El problema estriba en que, continúa, “la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender. Emana de los sentimientos personales de cada individuo. En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente ‘insegura’, se ha cometido una infracción”. (Las cursivas son mías.) Y cita el caso de una estudiante de Brown que abandonó un debate en la Universidad y se resguardó en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.

Estamos criando personas, salvando las distancias, no muy distintas de los fanáticos de Daesh o de los talibanes. Si se erige la subjetividad de cada cual en baremo de lo que está bien o mal, de lo que es tolerable o intolerable, no les quepa duda de que dentro de poco todo estará mal y nada será tolerable, empezando por el mero intercambio de opiniones, porque siempre alguien “delicado” se dará por ofendido. Si se pone la “percepción” de cada cual como límite, estamos entregando la vara de mando a los pusilánimes (y el mundo está plagado de ellos, o de los que se lo fingen): a los que se escandalizan por cualquier motivo, a los que quieren suprimir las tentaciones, a los que encuentran “hiriente” toda discrepancia, a los que ven “agresión” en una mirada o en una ironía, a los que les “duele” que no se esté de acuerdo con ellos o se sienten “inseguros” ante la menor objeción o reparo.

Parece estarse olvidando que vivimos en colectividad; que las ideas de unos chocan con las de otros o las refutan; que existe la posibilidad de escuchar, de persuadir y ser persuadido, de atender a otra postura y acaso ser convencido. Del artículo de Brooks se deduce que, justamente en las Universidades –el lugar del debate y el contraste de pareceres, en la edad en que aún está todo indeciso– se considera que cada alumno es alguien cuyas convicciones, por lo general pueriles y heredadas, son ya inamovibles, intocables y sagradas. Hasta la variedad está mal vista. Añade Brooks de esos universitarios: “A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia”. Que muchos jóvenes sobreprotegidos estén incapacitados para razonar y piensen semejante ramplonería no anuncia nada bueno para el futuro (y no hay mayor contagio que el que viene de América). Es más, lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta; la persecución del pensamiento que contraviene nuestras creencias; la prohibición de lo que nos inquieta o fastidia; la imposición del silencio. De manera un tanto simple, sin duda, eso se viene resumiendo en una o dos o tres palabras: fanatismo, totalitarismo, fascismo. Elijan o busquen otra, da lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 21 de junio de 2015. “Cara de pasajeros del ‘Titanic'”

Es bien sabido que a las personas les cuesta indeciblemente prever y adelantarse a los acontecimientos, incluso a los inminentes. Baste recordar como ejemplo popular, tantas veces recreado por el cine, la incredulidad de los pasajeros más acomodados del Titanic, que, cuando el barco se iba ya a pique, se negaban a admitir que eso estuviera pasando, tan interiorizada tenían la idea de que una catástrofe así era “imposible”, y aún más que les ocurriera a ellos. Es comprensible que la mayoría de la gente, de hecho, no quiera ponerse nunca en lo peor, y que, mientras le va bien, no le apetezca amargarse con medidas precautorias; que crea o ansíe creer que los estados favorables durarán siempre y se entregue a la euforia, como si el mañana no existiera o no tuviera posibilidades de volverse en su contra. Sí, es comprensible y todos incurrimos a veces en el optimismo sin freno, o en el carpe diem (pero en este último caso al menos sabemos que se trata de coger el día, ni siquiera en plural, y que con el nuevo amanecer todo puede haberse acabado: hay conciencia de la fugacidad de la suerte).

Lo que ya no resulta comprensible es que habiten en semejante inconsciencia quienes se pasan la vida con el ojo puesto en el futuro, los políticos. Ellos o sus consejeros no cesan de hacer estimaciones y cálculos, y, en la teoría, cuando los demás mortales chapoteamos en 2011, ellos ya están instalados en 2015, y así sucesivamente. No resulta ser así en la práctica, sin embargo, no desde luego en este país nuestro. La estupefacción dibujada en los rostros de muchos dirigentes del PP tras las elecciones municipales y autonómicas ha sido en verdad antológica. El Gobierno de su partido se ha pasado tres años y medio, desde las generales de 2011, actuando como si la mayoría absoluta obtenida entonces estuviera destinada a ser eterna. Como ya se le advirtió desde muchas páginas –también desde esta–, si algo no puede hacerse en un Estado democrático es gobernar contra los ciudadanos sin pausa. El descontento entre éstos ha sido masivo, explícito y ruidoso: los médicos y enfermeros, los profesores y alumnos, los rectores de Universidad, los jueces y abogados, los funcionarios, las clases medias y bajas, las pequeñas y medianas empresas, los comerciantes, los desempleados, los “dependientes”, los jóvenes que han debido emigrar, los científicos e investigadores, las bibliotecas sin presupuesto, los músicos, cineastas, actores y escritores, todos ellos se han visto tratados con desprecio y daño, sus protestas desatendidas y hasta “criminalizadas” por esos dirigentes. Ninguno de esos colectivos es “de izquierdas”, ni menos aún “antisistema”. Son tan sólo la sociedad, de la cual se ha hecho caso omiso y a la que se ha desdeñado. Llegan unas elecciones –ni siquiera generales– y el PP se queda perplejo ante la pérdida de dos millones y medio de votos y del poder en ciudades y regiones que creía adeptas para siempre. No cabe imaginar políticos peores, aquellos que no cuentan con el futuro y no perciben el hartazgo de la gente, o que sí lo perciben pero le restan toda importancia. Hasta que truena, claro.

La fuerza de persuasión del presente es descomunal, sin duda. El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar la celebridad o el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo. Por el mismo mecanismo, también se convence de que nunca dejará de serlo; de que, una vez llegada la culminación, ésta es irreversible. Nadie en una situación privilegiada está dispuesto a recordar los millares de ejemplos que nos brinda la historia: de personajes que, tras conocer la gloria, cayeron en la miseria y en el olvido o la abominación, y tuvieron tiempo de asistir a ello, a su caída en desgracia. El PP ya lo vivió hace no mucho, en 2004. Tanto da: de nuevo creyó que lo de 2011 era imperecedero, y se permitió comportarse despóticamente. Lo peor es que esta falta de previsión y esta megalomanía no son exclusivas de ese partido. Quienes ahora se ven aupados y favorecidos (sin verdadera base, sino en una suerte de carambola o espejismo), como el PSOE o Podemos (un Podemos híbrido y enmascarado), adoptan ya modos arrogantes e inflados. Es llamativo el engreimiento con que Ada Colau anuncia propósitos y desafíos, cuando hoy (el día en que escribo) aún no es seguro que vaya a ser alcaldesa de Barcelona. Bordea lo patético que Pedro Sánchez saque pecho, cuando su partido, hundido en 2011, ha perdido aún más votos. Es alarmante que Pablo Iglesias recuerde cada vez más, en soberbia, en tono autoritario, al Aznar más crecido; también en el infinito desprecio por sus rivales. Como el PP en 2011, parecen todos convencidos de que no hay vuelta de hoja; de que la ola que los eleva (moderadísimamente, por ahora) no va a descender ni a quebrarse; de que de aquí a seis meses serán ellos quienes manden, deroguen leyes e implanten otras, hagan reformas, suban impuestos, dicten arbitrariedades y “sepan” lo que conviene a la sociedad preconcebida por ellos. En verdad es un misterio, por qué a casi todos los políticos, del signo que sean, se les pone en seguida –en cuanto sopla a su favor una leve brisa– cara de pasajeros del Titanic al embarcar: faltaría más, de primera clase.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 14 de junio de 2015. ‘Invasión, conquista, expansión y aniquilación’

Empezamos a enterarnos hace un año de la existencia del mal llamado “Estado Islámico”, cuando éste proclamó su “califato”. A los musulmanes que lo detestan –la gran mayoría– les revienta que en la prensa se lo nombre de este modo: por mucho que se anteponga “el autoproclamado”, a la gente se le queda la idea de que esa organización es en efecto un Estado. El término recomendable es DAESH, acrónimo de “al-Dawla al-Islamiya fi Iraq wa al-Sham”, que, aunque en árabe signifique “Estado Islámico de Irak y Sham”, ofrece la ventaja de que los componentes de esa organización odian ser así conocidos, porque, leo, “Daesh” suena parecido al verbo “Daes” (apropiadamente, “aplastar, pisotear”), y a “Dahes” (“quien siembra la discordia” o algo semejante, mis conocimientos de esa lengua son nulos).

Resulta incomprensible la relativa pasividad con que se han tomado el auge y expansión de este movimiento tanto los países árabes, directamente amenazados por él, como los occidentales, indirectamente pero también. Se habla de los Daesh como de terroristas, y es cierto que no descartan los habituales métodos de éstos y que infunden terror allí donde se instalan. Pero los grupos terroristas de las últimas –muchas– décadas no contaban con un ejército en toda regla ni se dedicaban a conquistar territorio sin importarles lo más mínimo las fronteras establecidas. Aspiraban, a lo sumo, a hacerse con el poder en un territorio determinado y preexistente, que acaso podría ampliarse en el futuro (caso de ETA y el País Vasco-Francés), pero no a sangre y fuego, no al asalto. En consonancia con los propósitos declarados de Daesh, se trata de un fenómeno más parecido a las invasiones musulmanas del siglo VIII que a las prácticas de cualquier grupo terrorista convencional, incluido Al Qaeda. De hecho, Daesh quiere regresar a un siglo antes, el VII, el del profeta Mahoma, para que la gente vuelva a vivir como entonces y las leyes sean también las de entonces o peores. Los miembros de Daesh, por supuesto, son los primeros en contravenir la doctrina: según eso, no deberían utilizar vídeos, ni tecnología punta, ni siquiera armas de fuego, sino combatir a caballo con espadas, lanzas y flechas. Sus adeptos más brutos no reparan en la contradicción.

A lo que más recuerda esta política de expansión y conquista, en tiempos modernos, es al avance nazi por Europa a partir de 1939, que provocó la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Hitler había disimulado mucho más que los Daesh. Su partido se había presentado a elecciones y se había encaramado al poder a través de ellas, mediante pactos. No anunció desde el principio que pensaba exterminar a gran parte de la población mundial, incluidos los judíos todos, sino que fue tomando paulatinas medidas discriminatorias contra ellos, y de hecho ocultó, durante los seis años de guerra, la existencia de los campos de aniquilación. Hubo un periodo, es bien sabido, en que a la Alemania nazi se le aplicó la “política de apaciguamiento”, que se demostró un gran error: las democracias occidentales se avenían a concesiones a ver si así se calmaban y moderaban los nazis. Hay que saber distinguir qué individuos y colectivos toman eso siempre por debilidad: cuanto más se les concede, más se envalentonan y exigen.

Con los Daesh está claro que no se puede hablar; está claro que no son “apaciguables”, que no hay componendas ni razonamientos que valgan, están descartadas las palabras pacto o persuasión. No sé cómo estarán las cosas cuando se publique esta columna, pero cuando la escribo acaban de hacerse con el control de Ramadi, en Irak, y de Palmira, en Siria, cuyas extraordinarias ruinas romanas probablemente destruirán por “preislámicas”. Tienen ya bajo su bota la mitad de Siria y parte de Irak, y enclaves libios. Una coalición internacional los bombardea desde el aire hace meses, con escaso éxito. Los países cercanos hacen poco o no hacen nada. He leído a articulistas informados que los Daesh estarían encantados de recibir un ataque terrestre occidental; que es uno de sus objetivos, porque dispararía una reacción en cadena a su favor; y que por tanto no conviene caer en esa trampa. Puede ser. Pero la falta de una acción decidida contra ellos no está evitando su avance ni su crecimiento, y no se frenarán por sí solos. A diferencia también de los nazis, los Daesh tienen confeso un vasto programa de sojuzgamiento y aniquilación. Su plan es el exterminio de casi todo bicho viviente, y ya lo llevan a cabo en sus territorios y ciudades: de los chiíes y no sé si de otros “herejes” de su religión; de los yazidíes, kurdos, judíos, cristianos, agnósticos, de los que fuman u oyen música, de los demócratas (por no haberse atenido a las inmutables leyes del siglo VII). Si pudieran, nos eliminarían a todos. No es una mera fantasía enloquecida de improbable cumplimiento: se está ejecutando ya donde mandan, con especial crueldad hacia las mujeres, esclavizadas sin más. Que yo sepa, nunca se había pregonado un genocidio generalizado en un sitio, nunca se había empezado a llevar a efecto, y los países vecinos –y los lejanos, pero nada está ya lejano– se habían casi cruzado de brazos y se habían puesto a mirar el espantoso espectáculo por Internet.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 7 de junio de 2015. ‘Morse, Lewis y Hathaway’

Si hay dos cosas que llevan años de moda, son las novelas de crímenes y las series de televisión, por lo que me extraña doblemente que entre nosotros hayan pasado casi inadvertidas las obras de Colin Dexter, tanto las literarias como sus adaptaciones a la pantalla. De las primeras se tradujeron algunas hace tiempo, en una colección poco visible y casi sin eco, y en la actualidad son inencontrables. No las he leído (no soy aficionado a ese género), pero mi padre, de cuyo gusto solía fiarme (y en cambio era muy aficionado), así como otra persona muy cercana, las tenían o tienen en un altar, las ponen a la altura o por encima de Simenon y me aseguran que muchos de los detectives y policías que han venido después con multitudinaria admiración –incluido el famoso Wallander– son copias bastante descaradas del Inspector Morse, que opera en Oxford y alrededores. A partir de las novelas y relatos de Dexter se hizo una serie británica llamada Inspector Morse (1987-2000), que tal vez se emitió parcialmente en algún canal cuando empezó. El actor que lo interpretaba, John Thaw, murió al poco de su conclusión. Este inspector tenía un sargento llamado Lewis, y en años más recientes se ha hecho otra serie con su nombre, Lewis a secas (2005-2012), que ahora estoy viendo con gran placer.

Como no son estadounidenses nadie las ve, ni habla de ellas, ni las emite, ni existen los DVDs en nuestro mercado
Como no son estadounidenses (y en España sólo parece haber ojos para lo que viene de más allá del Atlántico, país papanatas y americanizado), nadie las ve, ni habla de ellas, ni las emite, ni existen los DVDs en nuestro mercado. Yo he comprado los ingleses, que, ay, sólo llevan subtítulos en esa lengua. Un doblaje sería criminal. Así, nadie hace caso de estas dos series, mientras los críticos y aficionados se extasían ante la inverosímil y monótona House of Cards, la amanerada y pretenciosa True Detective o Breaking Bad, la mayoría de cuyos personajes son tan pesados, inconsecuentes e idiotas que uno sólo está deseando que los maten de una vez. Supongo que este párrafo me valdrá otro furor del principal e iracundo opinador cinematográfico de este diario, que ya me conminó a pedir perdón por encontrar tostonífera y plana The Wire. Ahora me ha llamado también “repelente” en una columna. Lástima, porque en cambio yo le leo con enorme provecho su prosa-engrudo y sus topicazos (nunca faltan, hable de Welles, Coppola o Fitzgerald): corro a ver las películas y series que le repatean y evito escrupulosamente las que le “emocionan” y “llegan”. Infalible servicio el que me presta, por el que gracias mil.

Inspector-Morse-Sergeant-Lewis-and-the-Jag-inspector-morse-24400804-1024-768El inspector Morse ronda la sesentena, nunca se ha casado pese a ser enamoradizo, vive solo, es mandón e impaciente pero no despótico, bebe demasiadas cervezas; no pudo completar sus estudios en Oxford pero es un policía culto, y se ve que lo es de veras. En su casa oye música sin cesar, con debilidad por Wagner, pero también por Beethoven, Schubert y Haendel, y a veces son piezas de éstos las que completan con gran acierto la banda sonora de los episodios. A fuerza de tímido, resulta hosco a menudo, y con las mujeres tiene mala suerte: cuando se interesa por una (y parece que ella por él), la mujer acaba pringada en los crímenes o está vinculada en secreto a alguien poco recomendable. También es Morse gran lector (jamás confiesa su nombre de pila por lo espantoso que es), y en el último capítulo de la serie, “El día del remordimiento”, recita inmejorablemente el poema del mismo título de Housman, en una escena de contenidas melancolía y emoción. Es un hombre comprensivo, parecido en eso a Maigret, que persigue a quienes asesinan pero no juzga mucho. Trata de entender, evita la severidad. Se lo ve vulnerable e ingenuo pese a su veteranía, con esa ingenuidad que nunca pierden del todo las personas esencialmente buenas y que procuran no ser injustas. Su sargento, Lewis, es más sencillo y más feliz, pero perceptivo, tanto en lo referente a los casos con que lidian como para comprender a su jefe, al que llega a profesar profundo afecto. En la nueva serie, Lewis, han pasado unos años, éste ha ascendido a inspector y tiene su propio ayudante, Hathaway, estupendo personaje que ya no inventó Colin Dexter: ex-seminarista, antiguo estudiante de Teología, es un joven muy culto como Morse, al que se adivinan zonas complejas que todavía no me ha tocado descubrir. Muy alto, rubio, huesudo, mantiene con su superior Lewis una relación tan curiosa como la de éste con Morse.

Los casos son lo de menos, unos mejores, otros peores. Lo importante es contemplar a estos personajes de carne y hueso, creíbles, nunca pueriles ni demenciados, deambulando por las calles de Oxford, investigando, dialogando con estudiantes y dons y con otros, y asistir a sus comedidas penas. A diferencia de los de House of Cards, True Detective o Breaking Bad, jamás son histriónicos ni incurren en estupideces (así es muy fácil que “ocurran” desgracias), uno está a gusto en su compañía. Quizá su falta de pretensiones, su honradez y su sobriedad los condenan hoy al ostracismo en nuestro país deslumbrado por la pedantería y los ademanes de genialidad. A ver si alguien se anima a publicar los libros de Dexter y las series inspiradas por sus personajes inolvidables.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 31 de mayo de 2015. ‘Apestando la tierra’

Parece del todo olvidado aquel dicho que se sabían todos los niños de cuando yo era niño: “Dos contra uno, mierda para cada uno”. Es decir, estaba muy mal visto, se consideraba una cobardía impasable, que dos chicos se pelearan contra uno solo, o se metieran con él. No digamos si eran veinte. Quizá por eso, siempre me han desagradado sobremanera esas sesiones en que varios comensales o contertulios se dedican a poner a caldo a alguien y en que, azuzándose unos a otros, compiten por superarse en veneno. Hasta cuando la persona objeto del linchamiento verbal me resultara detestable y merecedora de todas las críticas, me he sentido incómodo y he preferido abstenerme de participar, precisamente por la diferencia de número. Siempre he creído que cada uno debe librar sus batallas de frente y en solitario, otro anacronismo más que achacarme.

La tendencia actual es la contraria, y por eso he leído con preocupación y estupor las informaciones que aparecen sobre el nuevo “deporte de masas”, como lo calificaba Javier Salas en la suya de hace unas semanas en este dominical, consistente en humillar pública y multitudinariamente a alguien, conocido o desconocido, en las redes sociales. Lo que más estupor causa es que quienes toman parte en esas campañas sean centenares de miles, incluso a veces millones, escudados muchas veces en el conveniente anonimato de los sobrenombres o apodos. Uno se pregunta cómo es que hay en nuestras sociedades tantos individuos por un lado ociosos, y por otro con tan mala saña. Hay que tener una vida bien vacía, y aburrida hasta la desesperación, para andarse fijando en lo que ha dicho en un tuit cualquier idiota del que nada se sabe, o en la foto desafortunada que ha colgado en Facebook una joven que pretendía ser graciosa. Antes, el chiste malo racista u homófobo o misógino se soltaba en el bar, ante cuatro amigos de índole semejante, que reían de buen grado la chanza. Nadie más se enteraba y nadie podía darle importancia. Se desvanecía en el aire, como si no se hubiera dicho. Pero el narcisismo de nuestros tiempos no puede conformarse con eso: los idiotas y chistosos necesitan exhibirse y ansían universales aplausos abstractos. “Se va a enterar el mundo de lo que opino de esto, o de Fulano”, piensan, y corren a su ordenador para proclamarlo a los cuatro vientos. Con lo que al parecer no contaban es con que el mundo está lleno de gente con espíritu policial o inquisidor o justiciero, que se debe de pasar media vida al acecho de las “infracciones” para hundir en la miseria al metepatas que incurra en ellas.

Cuentan las informaciones sobre el fenómeno que ante una avalancha de insultos no hay actitud recomendable: si se da la callada por respuesta, malo, porque arreciarán los vituperios; si hay retractación e imploración de perdón (lo cual es la tendencia pusilánime de nuestra época), también malo, porque eso no colará ni se obtendrá el perdón suplicado: téngase en cuenta que los injuriadores pueden ser centenares de miles, y de todo el globo; si se pone uno farruco, en plan “sostenella y no enmendalla”, por lo visto es también malo: el griterío irá in crescendo y además nunca se calla, el nombre de la persona “linchada” quedará para siempre asociado a lo que la jauría tildó de baldón imperdonable en su día. La cosa es tan desproporcionada que algún “incorrecto” se ha visto forzado a “cambiar de móvil, de facultad, de carrera y hasta de nombre”.

Otros han perdido su empleo porque su también pusilánime empresa se ha plegado a las exigencias del coro anónimo de imprecadores y no ha querido arriesgarse a mantener en su plantilla a alguien censurado por millones. El miedo hoy en día hace estragos. Recuerdo haber criticado a este diario por haber retirado inocentes anuncios que una parte quisquillosa de la población juzgaba “sexistas”, por ejemplo. En cuanto alguien susceptible sube el diapasón, todo el mundo se echa a temblar y se apoquina. Casi nadie tiene la reacción templada de decir: “Esto es una tontería; ni caso”. Y por supuesto casi ningún famoso pillado en algo que esté mal visto –y hoy lo están demasiadas opiniones, prácticas y hábitos– se atreve a responder como Madonna al salir a la luz viejas fotos suyas desnuda: “¿Y qué?” Al contrario, todos se dan golpes de pecho, se arrepienten, anuncian contritos que se van a tratar de lo que sea –alcohol, drogas, posturas políticas o religiosas, infidelidades (“adicción al sexo” el nuevo nombre)–; en suma, aceptan la bronca como niños y ejercen tan abyecta autocrítica que las de los disidentes soviéticos obligados por Stalin a su lado eran altanería. Lo que no se tiene en cuenta es que achantarse ante cada estallido de indignación y castigo masivo supone fortalecer a la gente “virtuosa”, tan parecida a la que describió Machado en su célebre poema: “En todas partes he visto caravanas de tristeza, soberbios y melancólicos borrachos de sombra negra … Mala gente que camina y va apestando la tierra …” Los idiotas son millares, pero son peores quienes los juzgan y se ensañan con ellos, sin límite y en manada. Son éstos, sobre todo, quienes van apestando la tierra hasta hacerla irrespirable.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 24 de mayo de 2015. ‘Con el parche de tuerto’

Hoy es día de elecciones autonómicas y municipales en la mayor parte de España, y, por primera vez en muchos años, las encuestas nos anuncian que no tendremos que optar por uno de dos partidos con verdaderas posibilidades de triunfo. Llevábamos demasiado tiempo con la sensación de que los votos a terceros, cuartos o quintos eran casi desperdiciados y poco iban a influir en el resultado final. Por fortuna, esto ha cambiado. Quienes depositen la papeleta de Ciudadanos o Podemos –éste con sus diversas caras en cada lugar–, además de las clásicas de PNV, CiU y demás partidos locales, podrán creer con motivo que no malgastan su oportunidad; que los escaños que obtengan estas formaciones tal vez sean determinantes para que gobierne o no gobierne una comunidad autónoma o una alcaldía una de las dos con mayor tradición; o bien, en algún caso, para que sean los representantes de estos recién llegados quienes rijan tal pueblo o tal ciudad, en vez de los habituales. Esto ya es algo para acudir a las urnas con más curiosidad, e incluso ilusión.

Sin embargo, como siempre, votamos a tientas, si es que no a ciegas. No solemos saber por qué tal o cual individuo ha sido designado para aspirar a presidir una Comunidad o un Ayuntamiento. Cuáles son sus capacidades o méritos para la labor. En la política se da, como lo más normal, una circunstancia inimaginable en cualquier otra tarea. Si no me equivoco, hasta para ser bedel de Universidad o barrendero hay que presentarse a unas oposiciones o que superar unos exámenes específicos para el puesto; no digamos para ser gerente de un banco o director de una empresa: hay que haber hecho carrera, demostrado facultades y eficacia, en la teoría al menos. En política, en cambio, se pretende manejar cantidades ingentes de dinero público y tomar decisiones que afectan a millares o millones de personas sin que los electores hayan visto siquiera un mísero curriculum vitae.

Quizá lo más sorprendente –la fuerza de la costumbre, supongo, como si estuviéramos resignados a tan extraño proceder– es que a los electores nos trae bastante sin cuidado esta imperdonable falta de información y de justificación respecto a los motivos para la designación de un candidato. Si me atengo al lugar en que voto –Madrid y su Comunidad–, no entiendo por qué la ex-delegada del Gobierno Cifuentes podría ser una Presidenta adecuada; aún menos por qué Aguirre, que cuando desempeñó ese cargo contravino toda sensatez y justicia y arrasó la región, no estaría abocada a ser una alcaldesa caprichosa y autoritaria, en modo alguno liberal; desconozco los méritos de Gabilondo para el cargo al que aspira, lo mismo que los de García Montero: del primero puedo saber que es hombre civilizado e imagino que buen profesor; del segundo, que es poeta competente, aunque eso, me temo, lo haya llevado durante su campaña a incurrir en alguna inaudita cursilería. No tengo ni idea de por qué la emérita juez Carmena, con su larga y prestigiosa trayectoria en su ámbito, podría tener un ápice de sensatez o acierto a la hora de dirigir la capital; aún sé menos de las dotes de su rival Carmona, de quien ni había oído hablar antes de su designación (ahora veo que tiende a hacerse el gracioso sin que Dios lo haya llamado por ese camino; y poco más). De los candidatos de Ciudadanos, bueno, Begoña Villacís creo que es abogada y parece agradable, pero dudo que eso baste para recomendarla como alcaldesa; y, francamente, confieso ignorar quién la acompaña con vistas a presidir la Comunidad.

Así que hay sitios en los que lo conocido es pésimo, y lo desconocido demasiado desconocido. ¿Por qué otorgamos el voto, al final? Hace ya mucho que lo más frecuente es votar contra un candidato o un partido y no a favor de aquellos cuya papeleta escogemos. No hay nada malo en ello, a mi parecer. Pero como esta vez el resultado previsible no es A o B, sino por lo menos A, B, C o D, nos es aún más difícil saber qué diablos estamos haciendo. ¿Acabará pactando C con A y propiciaremos, sin quererlo, que Aguirre remate Madrid tras las gravísimas heridas de sus correligionarios Manzano, Gallardón y Botella? ¿Pactarán B y D y, sin tampoco quererlo, veremos a una juez emérita y testaruda (algunos artículos sí le he leído) decidiendo arbitrariedades para nuestra maltrecha ciudad? En vista de la ignorancia a que nos condenan (y si yo padezco tanta, que presto atención a la actualidad, ¿cuánta no aquejará a la mayoría de mis conciudadanos?), acaso en Madrid –no así en otras poblaciones– muchos acabemos votando no a las personas, no a los enigmáticos candidatos, sino en contra o a favor de los partidos que nos los proponen. Pero ya hemos desembocado de nuevo en lo anterior: ¿quién nos asegura a quién no beneficiará o perjudicará, a quién permitirá o impedirá gobernar? En fin, pónganse el parche de tuerto o cojan el bastón de ciego, encamínense a los colegios electorales y déjense guiar por el instinto, la simpatía o la antipatía, el encogimiento de hombros o el pavor. Porque lo que es los partidos, ellos no nos han explicado por qué debemos votar a nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 17 de mayo de 2015. ‘Ni bilingüe ni enseñanza’

Una de las mayores locuras del sistema educativo español –también una de las más paletas– ha sido la implantación, no sé en cuántas comunidades autónomas, de lo que sus responsables bautizaron pomposa e ilusamente como “enseñanza bilingüe”, consistente en que los alumnos estudien algunas asignaturas en español y otras en inglés. Pongamos que Ciencias Naturales –o como se llame su equivalente en la actualidad– se imparte exclusivamente en la lengua de Elton John. Bien. Los encargados de las clases no son, sin embargo, salvo excepción, nativos británicos ni estadounidenses ni australianos ni irlandeses, sino individuos de Langreo, Orihuela, Requena, Conil o Mejorada del Campo que se supone que dominan dicha lengua. Pero, por cuanto me cuentan personas que trabajan en colegios e institutos –y absolutamente todas coinciden–, esos profesores poseen un conocimiento precario del idioma, de nuevo salvo excepción; lo chapurrean, por lo general tienen pésimo acento o ignoran la pronunciación correcta de numerosas palabras, su sintaxis y su gramática tienden a ser mera copia de las del castellano, y además, en cuanto se encuentran con una dificultad insalvable, recurren un rato a esta última lengua, sabedores de que es la que los estudiantes sí entienden. El resultado es un desastre total (ni enseñanza ni bilingüe): los chicos salen sin saber nada de inglés y aún menos de Ciencias o de las asignaturas que hayan caído bajo el dominio del presunto o falso inglés. Al parecer no se enteran, dormitan o juegan a los barcos (si es que aún se juega a eso) mientras los individuos de Orihuela o Conil sueltan absurdos macarrónicos en una especie de no-idioma. Algo ininteligible hasta para un nativo, un farfulleo, una ristra de vocablos quizá aprendidos el día antes en Internet, un mejunje, un chapoteo verbal.

Una de las cosas más incomprensibles es una lengua extranjera mal hablada por alguien que, para mayor fatuidad, está convencido de hablarla bien. Incluso alguien que conozca la gramática, la sintaxis y el vocabulario, capacitado para leerla y hasta traducirla, sólo emitirá un galimatías si tiene fortísimo acento, pronuncia erróneamente o no adopta la adecuada entonación. He oído contar que ese era el caso del renombrado traductor Fernando Vela, que vertió al español muchos libros, pero que si oía decir como es debido “You are my girl”, frase sencilla, no la reconocía: para él “You” se pronunciaba como lo veía escrito, y no “Yu”; “are” no era “ar”; “my” no era “mai”, sino “mi”; y la última palabra era “jirl”, con una i bien castellana. Si oía “gue:l” (pronunciación correcta aproximada), simplemente no estaba facultado para asociarla con “girl”, que había traducido centenares de veces. También he oído contar que Jesús Aguirre se atrevió a dar una conferencia en inglés en una Universidad norteamericana. Los nativos lo escucharon pacientemente, pero luego admitieron, todos, no haber comprendido una palabra de aquel imaginario inglés de esparto. En una ocasión oí a un colega novelista leer fragmentos de sus textos en una sesión londinense. Pese a que el escritor había residido largo tiempo en Inglaterra y debía de conocer su lengua, no estaba capacitado para hablarla de manera inteligible, tampoco allí entendió nadie nada.

Lo curioso es que, a pesar de estas dificultades frecuentes, los españoles de hoy están empeñados en trufar sus diálogos de términos en inglés, pero por lo general tan mal dichos o pronunciados que resultan irreconocibles. Hace poco oí hablar en una tertulia del “Ritalix”. Así visualicé yo la palabra al oírsela a unos y otros, y tan sólo saqué en limpio que lo de “Rita” iba por la alcaldesa de Valencia, Barberá. Al poco apareció el engendro por fin escrito en pantalla: “Ritaleaks”. Lo mismo me pasó con un anuncio de algo: “Yástit”, repetían las voces, hasta que lo vi escrito: “Just Eat”. En castellano contamos con sólo cinco vocales, así que si uno no distingue que “it” no suena igual que “eat”, ni “pick” como “peak”, ni “sleep” como “slip”, ni “ship” como “sheep”, con facilidad llamará ovejas a los barcos y demás. Si además ignora que se usa la misma vocal para “bird”, “Burt”, “herd”, “hurt” y “heard”, pero no para “beard” ni “heart”, o que “break” se dice “breik” pero “bleak” se dice “blik”, son fáciles de imaginar las penalidades para entender y para hacerse entender. La gente española llena hoy sus peroratas de “brainstorming”, “crowdfunding”, “mainstream”, “target”, “share”, “spoiler”, “feedback” y “briefing”, pero la mayoría suelta estos vocablos a la española, a la pata la llana, y así no habrá británico ni americano que los reconozca en tan espesos labios. Vistas nuestras limitaciones para la Lengua Deseada, a uno se le ponen los pelos de punta al figurarse esas clases de colegios e institutos impartidas en inglés estropajoso. ¿No sería más sensato –y mucho menos paleto– que los chicos aprendieran Ciencias por un lado e inglés por otro, y que de las dos se enteraran bien? Sólo cabe colegir que a demasiadas comunidades autónomas lo que les interesa es producir iletrados cabales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 10 de mayo de 2015. ‘Pasemos ya a otra cosa’

Una reciente participación en el Festival Gutun Zuria, de Bilbao, dedicado al erotismo en la literatura y en la ficción en general, me ha llevado a pensar en el asunto y a llegar a la extraña conclusión –estrictamente personal, desde luego– de que lo uno suele casar mal con lo otro. Si uno repasa la historia de la literatura, y aun la del cine, verá que no hay apenas obras maestras en el terreno erótico ni en el pornográfico. Inscribir Lolita en esos territorios es un mero error de apreciación superficial, sólo posible en los tiempos aún pacatos en que se publicó. Esa novela es, por el contrario, una de las mayores historias de constancia amorosa, a mi parecer.

Debo reconocer que además, en cuanto en una novela “convencional” aparecen escenas de sexo, sobre todo si se demoran e incluyen el coito o lo que se le asemeja, empiezo a bostezar y me dan ganas enormes de saltármelas, como de niños nos saltábamos las prolijas descripciones de escenarios y paisajes en las obras de Walter Scott y otros autores de su siglo. El sexo descrito es sota, caballo y rey, y uno sabe más o menos cómo acaba, por muchas variantes que se quieran introducir, o número de participantes, o prácticas supuestamente originales. Sí, hay sota de espadas, caballo de bastos y rey de copas, pero siempre sota, caballo y rey. “Pasemos ya a otra cosa”, suelo pensar, y de hecho pocos libros recuerdo más tediosos que Las 120 jornadas de Sodoma, de Sade, que acumula un catálogo bastante exhaustivo de posturas y combinaciones y sevicias y crueldades: ahora tres, luego siete o veintidós, ahora con frailes, luego con monjas, y así hasta que a uno lo rinde un acceso de narcolepsia. Y está el problema del estilo o lenguaje. Los textos eróticos suelen oscilar entre la cursilería más sonrojante, el tono casi obstétrico, y la zafiedad sórdida y disuasoria. En los primeros uno navega por metáforas exageradas y tirando a grotescas; los miembros viriles son convertidos en “pináculos”, “flechas”, “serpientes”, “espadas”, “turbantes” y cosas así, con las que cuesta creer que a nadie le apeteciera tener mucho trato carnal. En los segundos se tiene la impresión de estar viendo un episodio de la serie Masters of Sex, cuyas mejores partes –francamente buenas– son las que precisamente no se ocupan del sexo ni de su estudio. En cuanto a los terceros, intentan ser muy crudos y hasta “transgresores”, pero sólo provocan rechazo y hastío.

¡Qué bello es vivir!

¡Qué bello es vivir!

En el cine es aún peor. Si la escena sexual es ortodoxa, noto que uno de mis pies empieza a golpear el suelo con impaciencia, y en seguida me parece que ya dura demasiado, que ya me la sé. Muchos directores, conscientes de eso, han optado en las últimas décadas por presentar polvos supuestamente ardorosos y urgentes: consiste en que los personajes tiren y rompan objetos y muebles y espejos, se “embistan” mucho y nunca jamás copulen en un lecho ni tan siquiera en el suelo; no, ha de ser en lugares incómodos, sobre una mesa, encima de un aparador, contra un lavabo. En la excelente Una historia de violencia, de Cronenberg, la urgencia era tal que Viggo Mortensen y su pareja fornicaban en una escalera, y yo no podía dejar de imaginarme el dolor de quien quedaba debajo, ni de pensar que tampoco los habría enfriado tanto subir hasta el rellano para yacer sobre superficie plana y no clavándose peldaños. Un director me trajo una vez un guión para que opinara sobre ciertos aspectos en los que se me suponía “experto”. Me atreví a recomendarle –aunque acerca de eso no se requería mi parecer– que suprimiera una escena de sexo, o por lo menos el elemento “original” que contenía: por no recuerdo qué motivo, cerca de la cama había una fuente de macarrones o de spaghetti, que inevitablemente los amorosos acababan echándose encima mientras se satisfacían mutuamente. “Esto está muy visto y además es un asco”, le dije. “Si a uno le molestan hasta unas migas entre las sábanas cuando está con gripe, no creo que nadie aguantara un coito pringado en salsa de tomate y pasta; lo veo contraproducente, si se trata de provocar excitación”. Huelga decir que el director no me hizo caso, y por supuesto no me invitó al estreno ni nada, pese al tiempo dedicado a leer su guión. Probablemente lo ofendí con mis comentarios.

No voy a negar que en mis novelas he incurrido en alguna escena de ese carácter. Por cuanto llevo dicho, es un reto con la derrota casi asegurada. A menudo son ridículas las de autores de renombre, como Mailer o Philip Roth, y éste abusa de ellas. Pero de vez en cuando no hay más remedio, si no quiere uno recurrir a las viejas elipsis –con frecuencia más eróticas que la exhibición– y quedar como un mojigato. Quizá por edad y educación, acostumbro a percibir más erotismo (y más eficaz) en escenas en que los personajes permanecen vestidos y sólo se rozan o ni siquiera, pero cargadas de tensión. Una de las más logradas que he visto en el cine está –oh extravagancia– en ¡Qué bello es vivir!, con dos intérpretes tan escasamente turbadores como James Stewart y Donna Reed. Pero no se moleste nadie en volver a verla, seguramente no reconocerá tal escena. Debe de ser una depravación mía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 3 de mayo de 2015. ‘Siniestro total’

Hacía ya dos o tres años que había interrumpido mi vieja costumbre de dedicar un artículo a la Semana Santa, como hay columnistas que cada San Isidro maldicen los toros o defienden a las cabras que los mozos valientes tiran o tiraban desde un campanario (siempre con la anuencia de la iglesia, imagino). En este último caso me suena que la tenacidad ha sido premiada y que las pobres cabras ya están a salvo en ese sitio cuyo nombre no recuerdo, o quizá esos lugareños amantes del riesgo se limitan a arrojarlas con una cuerda atada a una pezuña, como si hicieran puenting, evitando así que se estampen y provocándoles sólo un infarto. En cuanto a los antitaurinos, de la mano de un argentino (?!) se apuntaron un notable éxito en Cataluña, y además se han vuelto intimidatorios: no son raras las ocasiones en que zarandean a matadores y espectadores, e incluso a los participantes en simposios sobre el arte del toreo. Siempre me han hecho gracia los defensores de los animales dispuestos a maltratar a personas cuyas aficiones u opiniones reprueban.

Lo mío carece de futuro. No porque yo pretenda que se suprima nada –no es el caso–, sino porque veo que el enfermizo gusto por las procesiones va más bien en aumento. Mi leve esperanza era que, soporíferas, deprimentes y molestas como son, cada vez asistiera menos gente a ellas y eso las llevara a moderarse. No es normal que durante ocho días los centros de todas las ciudades (menos Barcelona) queden intransitables y de ellos se apropie, en sesión continua, una religión. En el siglo XXI y en un país europeo, y aconfesional en teoría. No es normal que el obsesivo espectáculo ofrecido, además de lentísimo y monótono, sea siniestro, con los émulos del Ku-Klux-Klan enseñoreándose del espacio público, con ominosos tambores que parecen anunciar ejecuciones, con militares portando efigies espantosas y tétricas, con individuos descalzos y medio en paños menores que a veces –todavía ahora– se fustigan hasta hacerse brotar sangre o avanzan con cadenas atadas a sus pies mugrientos. No es normal que la mayor celebración de una Iglesia –la que dura más días y a todos se impone, velis nolis– sea tan lóbrega y amenazante, tan carente de alegría y truculenta. Aún menos normal es que la 2 de TVE retransmita sin cesar, en directo, desde el via crucis del Papa en Roma hasta no sé qué ceremonia en una basílica castrense –castrense para mayor inri–. La televisión estatal, de creyentes y no creyentes. Pero resulta que hasta personas que presumen de izquierdistas y razonantes (desde el ex-ministro Bono hasta el actor Banderas) se suman con regocijo al funeral ininterrumpido y aun se mueren por ser cofrades del Cristo de las Chinchetas. De su izquierdismo o de su fervor no me creo una palabra.

Este año, en Madrid, me tocó el obligado incidente. Había quedado yo a cenar el jueves con mis amigos Tano y Gasset (éste vive en Berlín, así que no había más fechas). Abrí el portal de mi casa y me vi sin poder salir, bloqueado por el gentío. No podía tirar hacia la derecha, pues ahí hay una calle principal por la que la procesión transcurriría. Del callejón de la izquierda me separan trece pasos contados, así que intenté llegar allí para luego dar mil rodeos. Con educación fui pidiendo: “¿Me permite? He de alcanzar esa esquina”. Al instante se me soliviantaron un par de fieles: “Pues no pase por aquí, vaya por otro lado. ¿A quién se le ocurre?” “Si vivo aquí”, contesté, y señalé el portal, “¿por dónde quiere que salga?”, y en mi pensamiento añadí: “Imbécil”, pero me lo callé, hoy en día los religiosos andan muy iracundos. “¿Es que no puedo salir de mi casa?” Ante eso se quedó un poco cortado, el feligrés más airado, pero aún insistió: “¿Y qué quiere, echarnos a todos?” Yo no quería echar a nadie, sólo hacerme lo más estrecho posible y brujulear entre la multitud para dar mis trece pasos. Pero nadie se movía un milímetro, y como la gente es cada vez más gorda y abulta el doble o el triple de lo que solía, y además gordos y flacos enarbolan móviles y se paran a cada paso a fotografiar lo que no miran, tardé casi diez minutos, jugándome varias bofetadas, en llegar a la esquina semisalvadora. Si digo “semi” es porque después, durante el trayecto, me fui encontrando innumerables calles cortadas por la misma procesión invasora y serpenteante o por otras simultáneas. Todas, claro está, por el centro más céntrico. La masa no se contenta con ir en masa, sino que además, vanidosa, exige ser contemplada. Le debe de parecer indigno desfilar por Ciudad Lineal o Aluche o Moratalaz, allí quizá no molesten suficientemente a sus conciudadanos. Los alcaldes de casi todas las ciudades se ponen de felpudos de los procesionarios. La televisión pagada por todos, ya digo, emite monográficos de las tinieblas católicas, como en tiempos de Franco. Incluso las películas que exhibe son de asunto milagroso, como lo eran entonces obligatoriamente. Sólo aspiro –en vano– a que durante ocho días enteros no quedemos todos secuestrados por los ritos tenebrosos –al paso de los encapuchados los niños lloran de miedo y los adultos creemos vuelta la Inquisición– de esta Iglesia siempre abusiva.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de mayo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 26 de abril de 2015. ‘Intolerancia a la tristeza’

Casi siempre que se produce una catástrofe natural o un accidente, sobre todo cuando las víctimas son numerosas, los deudos forman en seguida una asociación que se dedica, más que nada, a buscar y señalar culpables por acción o por omisión, por negligencia o falta de previsión, por no haber sabido adivinar el futuro e impedir el desastre. A eso siguen las denuncias, las demandas y la petición de indemnizaciones, y raro es hoy el caso en que alguien sin mala intención, desolado, no acaba en la cárcel. Si hay un tsunami, ¿cómo es que no se lo detectó con antelación y se previno a la población? Lo mismo si es un terremoto, un huracán, un tornado, si se derrumba un edificio por un atentado. Si una gran nevada deja intransitable una carretera y centenares de coches se quedan varados, la responsabilidad nunca será de sus imprudentes conductores (avisados del riesgo las más de las veces), sino de los meteorólogos, o de las autoridades que a punta de pistola no les prohibieron ponerse al volante. Cuando Ingrid Betancourt fue por fin liberada tras su secuestro de años a manos de la guerrilla colombiana, decidió demandar al Estado porque sus representantes no le impidieron adentrarse, en su día, en una zona peligrosa. Se lo habían desaconsejado con vehemencia, pero entonces ella reclamó su derecho a moverse con libertad y a hacer lo que le viniera en gana. Al cabo de su largo cautiverio, se quejó de que no se la hubiera tratado como a una menor de edad: de que las autoridades no hubieran sido lo bastante contundentes como para torcer su voluntad y cerrarle el paso. Es un ejemplo cabal de la actitud interesada de mucha gente en nuestros tiempos. A Betancourt no le sirvió retractarse al poco y retirar la demanda contra el Estado que la había rescatado. Quedó como ventajista y perdió todas las simpatías que su prolongado sufrimiento le había granjeado.

Tras la tragedia del avión de Germanwings estrellado por el copiloto contra los Alpes, la reacción dominante ha sido de indignación. En primer lugar contra el presunto suicida-asesino, como es lógico y razonable. Pero como éste pereció y no puede castigársele, se vuelve la vista hacia la compañía, hacia los psicólogos, hacia las deficiencias de los tests para tripulaciones, hacia las normas vigentes para abrir o cerrar la cabina. Se pone el grito en el cielo porque un individuo que había padecido depresión años antes pudiera volar y hubiera conseguido su empleo. Si a toda persona con un antecedente de depresión o desequilibrio leve (crisis de ansiedad, por ejemplo) se la vetara para ejercer sus tareas, apenas quedaría nadie apto para ningún trabajo. También es imposible controlar lo que cada sujeto piensa o maquina, o sus consultas internéticas: ¿cómo saber que ese copiloto había estudiado maneras de suicidarse en las fechas previas?

No puedo imaginarme el horror de perder a seres queridos en una de esas calamidades, pero tengo la impresión de que las reacciones furiosas y la búsqueda febril de culpables tienen algo que ver con la intolerancia actual a estar sólo tristes. Parece como si esto fuera lo más insoportable de todo, y que resultaran más llevaderos el enfado, la rabia, la indignación. Quizá eso consuele: pensar que el desastre pudo evitarse, que no se debió a la mala suerte; que si todo el mundo hubiera cumplido debidamente con su cometido, no habría pasado. Sí, uno ha de creer que eso consuela, pero no acabo de verlo, al contrario. Para mí el dolor sería mucho mayor si pensara eso. A la pena se me añadiría el furor, y ya lo primero me parece bastante. De entre todas las declaraciones de familiares de víctimas me llamó la atención, precisamente por infrecuente, la de un hombre que había perdido a su hijo, si mal no recuerdo. “Me da lo mismo lo que haya pasado”, venía a decir; “si ha sido un mero accidente, un atentado, un fallo humano u otra cosa” (entonces aún se ignoraba que la catástrofe había sido deliberada). “Nada cambia el hecho de que se me ha muerto mi hijo, y eso es lo único que cuenta ahora mismo. Ante eso, lo demás es secundario”. Fue la persona con la que me sentí más identificado, aquella a la que comprendí mejor, y también la que me inspiró más compasión (inspirándomela todas). Era un hombre que aceptaba estar triste y desconsolado, nada más (y nada menos). Cuyo dolor por la muerte era tan grande y abarcador que todo lo demás, al menos en el primer momento, le resultaba insignificante, prescindible, hasta superfluo. Al lado del hecho irreversible de la pérdida, el porqué y el cómo y el antes no le interesaban. Si me fijé tanto en él y me conmovió su postura fue porque se ha convertido en casi excepcional que la gente se abandone a la tristeza cuando tiene motivos, sólo a ella. Como si ésta fuera lo más intolerable de todo y se requiriera una especial entereza para encajarla. Como si ya no se supiera convivir con ella si no lleva mezcla, y no va acompañada de resentimiento o rencor hacia algún vivo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 19 de abril de 2015. ‘Cuán fresca figura’

Faltan cinco semanas para que se celebren elecciones municipales. Son las primeras de envergadura desde las generales de 2011. No sé si se acuerdan: aquellas en las que el PP juró en su programa que bajaría los impuestos; que no haría el menor recorte en sanidad, educación, pensiones, salarios ni ayudas a los dependientes; en que habló de regeneración democrática y de lucha contra la corrupción, y también de libertades. De estas últimas no estoy ya seguro de lo que dijo, pero a día de hoy, con la aprobación en solitario –sin el apoyo de un solo partido– de la reforma del Código Penal o “Ley Mordaza”, lo único que ha hecho ha sido restringirlas, “madurizarlas” o “putinizarlas”, venezuelizarlas o rusificarlas. Para lo que le conviene, el Gobierno no tiene empacho en imitar a sus “enemigos”. Hay medidas que, si las adoptan otros, conducen hacia una dictadura. En cambio, si las toma él parecidas, son una “garantía de democracia”.

Pero volvamos a las municipales. Como renovación, como propósito de limpieza y enmienda y borrón y cuenta a cero, como relevo generacional y aires frescos, el PP nos ofrece en Madrid la candidatura de Esperanza Aguirre. Está bien elegida: una figura emergente y no gastada, sin apenas pasado, sin ningún lastre de corrupción en su entorno; juvenil y descarada, llena de majeza, espontánea: nada más ser dedificada para regir la capital, y para demostrar que nada tenía que agradecer ni deuda alguna con nadie, empezó a soltar dardos contra sus correligionarios: contra la candidata a la Presidencia madrileña Cifuentes, contra la alcaldesa de rebote Botella, contra el anterior corregidor Gallardón, incluso contra Rajoy más veladamente. Ha debido de excitarla mucho la idea de poder dar órdenes a los guardias que osaron recriminarla por estacionar el coche en el carril bus de Gran Vía y luego la persiguieron hasta su domicilio, al darse ella a la fuga, espíritu rebelde. Se la nota exultante y exaltada.

Su trayectoria está libre de manchas y nubes: nada tuvo que ver con el proyecto de Eurovegas ni con el tenebroso multimillonario Adelson, cuyos casinos de Macao y otros sitios están bajo la lupa del FBI. Es más, se opuso a la construcción de un paraíso de garitos y a la proliferación de gangsters (de poca o mucha monta) que éstos traen siempre consigo. Ha sido invariablemente respetuosa y educada con sus subordinados, a los que no ha reprochado haber autorizado “esa puta mierda” ni les ha pedido sostenerle el espejo mientras ella se retocaba; y a nadie le ha puesto el mote de “el Hijoputa”. Ha sido de una coherencia absoluta y ha cumplido sus promesas: cuando, sin apenas explicaciones (bueno, quería disfrutar de sus nietos, creo), abandonó la Presidencia de la Comunidad, se abstuvo de anunciar que su retirada de la primera línea política era definitiva, así que no sé por qué nadie se extraña de que ahora aspire a la alcaldía. Aquella Presidencia la consiguió en su día de manera diáfana: no se le ocurrió aprovechar la sospechosísima ausencia de dos diputados socialistas (se me han quedado ya como Tamayo y Baus, lo siento) para ver abortada la investidura de su rival y repetidas las elecciones adversas a sus pretensiones. Lejos de una ventajista, la candidata inédita.

Tampoco fue demagógica ni se prestó a la farsa: no inauguró quirófanos inexistentes de cartón piedra (de hecho, que yo recuerde, nunca se exhibió inaugurando nada, real ni ficticio). Ni se le ocurrió perseguir a médicos honrados, ni desmantelar la sanidad madrileña para privatizarla. No consintió que sus colaboradores se montaran en las “puertas giratorias” para, una vez perdidos sus cargos, beneficiarse en el sector privado. Y sobre todo, sobre todo, ha contado con un ojo infalible para nombrar y rodearse de políticos intachables. No se entiende cómo tantos de ellos están en la cárcel (su mano izquierda Granados) o pendientes de acusaciones graves (López Viejo, Sepúlveda, alcaldes y concejales varios de la región).

Además ella ha sido solidaria con todos y los ha defendido hasta el último suspiro: no se le ha ocurrido llamarlos de pronto “ese señor” o “esa persona” como si no los conociera de nada; es patológicamente leal, se puede uno fiar siempre de ella, a nadie va a dejar en la estacada. Que todos esos individuos sin mácula estén a punto de sufrir procesos o amenazados con condenas es tan sólo una injusticia o un equívoco, de los que la vida está llena. No sé, por poner un ejemplo extremo, y salvando las insalvables distancias: es como si alguien hubiera contratado o nombrado en su día a Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Bugsy Siegel, John Dillinger, Bugs Moran y Baby Face Nelson, y a la gente se le pasara por la cabeza que ese alguien tuviera la menor culpa de ello. Menuda suspicacia, menuda tontería. Ya lo creo que está bien elegida: Esperanza Aguirre para alcaldesa de Madrid, un rostro nuevo, una regeneración en toda regla, un azote contra la corrupción, una persona modesta. Y además una señora nada despótica ni malhablada: leal, dulce, sexagenaria y jamás vengativa. Una mujer sin colmillos, ni rectos ni retorcidos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 12 de abril de 2015. “A mí no me la dan con queso”

Decía Juan Benet que la actitud predominante entre los críticos –sobre todo españoles, pero no sólo– era semejante a la de los guardias urbanos o de la porra, como antaño se los llamaba. Aquellos individuos, con sus largos abrigos azul marino y sus cascos coloniales blancos, se encaramaban a un pedestal en medio de una plaza o de una encrucijada y, desde su elevación, estaban ojo avizor a ver quién cometía una infracción; luego andaban buscando infracciones y, por tanto, si no las había, se las sacaban de la manga a menudo, porque de otro modo, ¿cómo se justificaban su función y aun su existencia? Esa disposición de los críticos se podía resumir, según Benet, en esta frase: “A mí no me la dan con queso”. Es decir: “¿Que quiere usted circular con un libro, una película, una música que ha hecho? Le voy a demostrar yo que no puede, que su obra está llena de infracciones y que a mí no se me pasa una”. Esto significaba que los críticos poseían un rígido código, cada cual el suyo, y que con él iban a medir cuanto se ofreciera a sus ojos u oídos, por innovador que fuese. Este tipo de crítico no sólo no se ha extinguido, sino que ha proliferado con las nuevas generaciones: hay muchos que incluso nos cuentan su vida, sus reacciones viscerales, lo que experimentan ellos mientras leen una novela o ven una película, como si su personalidad y sus hábitos le interesaran al lector lo más mínimo. Sus reseñas pueden empezar así: “Cuando leo un libro de Fulano, me suele ocurrir que …”, o “El problema de esta película es que no me emociona …”, sin caer en la cuenta de que eso puede ser problema subjetivo suyo y no de la obra, y, sobre todo, de que a nadie le importan sus sentimientos (“Haga el favor de no relatarme lo que le pasa a su estómago, que ya tengo yo el mío”, dan ganas de espetarle).

Lo peor es que estas actitudes se han contagiado a buen número de lectores y espectadores y oyentes, los cuales, por principio, se asoman a cualquier manifestación artística con espíritu perdonavidas: “A ver qué nos quiere endilgar este”, se dicen con pésima predisposición y recelo, sea “este” un autor novel o consagrado. La cuestión es partir de la convicción de que quien se ha atrevido a hacer algo pretende estafarnos y “dárnosla con queso”, y ahí estamos nosotros con nuestro silbato para hacerlo sonar al instante y señalar las ilegalidades. No son muchos los lectores y espectadores que hoy se sientan en sus butacas de buena fe, o con ecuanimidad por lo menos. Me recuerdan a los alumnos señoritiles que hace ya 30 años me encontré en la Universidad de Oxford: repantingados, me miraban con condescendencia y escepticismo, como si estuvieran de vuelta de todo. Les podía leer el pensamiento: “A ver qué nos va a contar este español que no sepamos; o que nos interese; o que nos distraiga. Nada, probablemente”. Y entonces se dejaba uno el alma por conseguir que, sin percatarse, se quedaran absortos en lo que escuchaban.

Pero esta, extrañamente (no somos un país muy culto), es una actitud más española que extranjera. Es como si aquí nadie se tuviera en mucho si no se muestra exigente y difícil de seducir, y la cosa se ha propagado tanto que participan de ella hasta los “entregados” aficionados al fútbol, es el colmo. O al menos los de ciertos equipos, con el Real Madrid a la cabeza, que cada vez quieren parecerse más al taurino sobrevenido, es decir, al que no sabe nada de toros. Para disimular su ignorancia, no hace sino sacar defectos, abroncar, murmurar “Aquí no hay quien dé un pase”, manifestarse insatisfecho. Como si mostrarse complacido fuera un signo de debilidad, ingenuidad y desconocimiento. Al hincha le trae sin cuidado que el Madrid sea el vigente campeón de Europa, que Cristiano haya marcado más goles por partido que nadie, que Casillas lleve 17 años obrando milagros y salvando al equipo. A éste lo escruta cada jornada como si fuera un debutante sospechoso, y demasiados espectadores sostienen el silbato en los labios para soplarlo al primer fallo, deseándolo de hecho, inventándoselo si no se produce. No hay afecto ni gratitud hacia los jugadores, es como si éstos tuvieran la obligación de servirle y nada más, jamás hay reciprocidad, ni comprensión ni ánimos (de compasión ya ni hablemos). Y parece como si ese talante señoritil y severo haya contaminado a gran parte de la población, no se sabe por qué, pues no es que los españoles en su conjunto sean entendidísimos en nada. Si uno echa un vistazo a los mensajes que se dejan en las redes, hay una abrumadora mayoría de denuestos, con frecuencia anticipados: “Habrá que ver qué mierda ha hecho esta vez Fulano”, podría ser el resumen. En todo, no crean: “Menganita iba fatal vestida, y con más arrugas que un pergamino”. A veces da la impresión de que lo último a lo que el español medio está dispuesto es a admirar. Qué digo, ni siquiera a aprobar. Qué digo, ni siquiera a otorgarle a nadie el beneficio de la duda. Como si la mayor desgracia que pudiera ocurrirle es que alguien se la diera con queso y destacara. Pero para eso está él con su resabio, para evitarlo; para tocar el pito y agitar la porra, denunciando las infracciones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de abril de 2015. ‘Una muela’

Durante siglos la Iglesia Católica hizo un gran negocio de las reliquias. Allí donde se tenía una, la gente supersticiosa acudía a verla, daba generosas limosnas al templo que aseguraba albergarla y beneficiaba a la ciudad en cuestión con un incremento de visitantes, que hoy llamaríamos turistas. Así que llegó a ser asombrosa la cantidad de reliquias existentes en todas partes, algunas de ellas milagrosamente repetidas. Qué sé yo, cuatro o cinco lugares poseían el peroné de San Vicente, las tibias de Santa Justa se multiplicaron; había mantos que se habían echado a los hombros seis o siete apóstoles. Cada iglesia juraba guardar el vaso del que bebió Santiago, el anillo romano de San Eustaquio, la gorra de San Lorenzo o el mechero con que el Bautista encendió su último pitillo, antes de que lo decapitaran. Cualquier cosa valía para engañar a una población fervorosa, ingenua y atemorizada. Allí donde se ha permitido analizar los huesecillos, se ha demostrado a menudo que ni siquiera eran humanos, sino de liebres, perros o cabras; lo mismo con la mayoría de objetos, pertenecientes a épocas modernas, es decir, del siglo XVIII en adelante.

Hoy sólo los muy locos siguen creyéndose estas patrañas, y con todo son bastantes, o bien a la gente le divierte contemplar las antiguas estafas. Yo he visto largas colas en Turín para arrodillarse ante la Santa Sábana o como se llamen esos trazos tan feos y chuscos. Pero claro, la religiosidad ha ido en declive y ya no atrae a las masas como antaño, el número de fanáticos y crédulos ha descendido vertiginosamente. Pero la vieja lección de la Iglesia la han aprendido bien los políticos: hoy se puede sacar dinero de las sobras de un escritor admirado, o de un pintor, o hasta de un músico. No por otra razón se ha tratado de sacar de Collioure el esqueleto del pobre Machado, o se ha levantado media Granada (y lo que aún nos queda) en busca del de García Lorca. Suponen las autoridades que los cursis del mundo peregrinarían hasta sus sepulturas para dejarles mensajes, flores y versos. Y probablemente estén en lo cierto: casi todos tenemos una edad cursi, yo recuerdo haber depositado una rosa, a los veintidós años, sobre la tumba de Schubert en Viena. Al menos el compositor llevaba allí enterrado (creo) desde su temprano adiós al aire, y nadie había tenido la desvergüenza de exhumarlo, trasladarlo, marear y manosear sus huesos. Perturbar los restos de alguien me parece –además de una chorrada, como dijo bien Francisco Rico– una falta de respeto, aunque a la persona que fueron le dé evidentemente lo mismo.

Ahora un Ayuntamiento endeudado hasta las cejas ha gastado buen dinero en rebuscar los de Cervantes, con el único fin de hacer caja. Los responsables de la excavación han hallado una mandíbula y unas esquirlas que podrían haber sido del autor del Quijote, muerto hace 399 años: fragmentos mezclados con los de otros individuos que no interesan lo más mínimo porque no darían un céntimo. Cuando esto se publique no sé si los políticos habrán apremiado a los investigadores a certificar que por lo menos una muela es cervantina. Ignoro si a esa muela se le estará erigiendo un mausoleo para que lo inauguren la alcaldesa Botella, el Presidente de Madrid casi cesante, quién sabe si el del Gobierno con unos ministros, corregidores de Alcalá, Argamasilla y otros sitios que pelean por haber sido la verdadera cuna de Cervantes o el “lugar de La Mancha” de cuyo nombre nadie puede acordarse. Si todo eso sucede, no será sino dos cosas: un embaucamiento comparable a los de la antigua Iglesia y una desfachatada operación de maquillaje.

España presumirá de honrar a sus mejores artistas, cuando lo cierto es que los ha maltratado siempre y –lo que es peor– continúa haciéndolo. Los mismos individuos que saldrían en televisión con la muela colgada al cuello, o se harían fotos mordiéndola como los deportistas sus medallas, son los que envidian y detestan a los escritores actuales; los que han presupuestado cero euros para las bibliotecas públicas en 2012 (y no sé si en los años siguientes); los que han subido el IVA al 21% (el más alto de Europa) para el cine y el teatro; los que remolonean para atajar la piratería cultural que arruina a muchos artistas, por si pierden votos entre los incontables piratas; los que desde Hacienda amenazan y persiguen a cineastas y periodistas; los que rara vez leen un libro o asisten a una función de nada; los que suprimen la Filosofía de los estudios secundarios y restituyen la catequesis más rancia, contraria al saber y a la ciencia; los que reducen a lo bestia la ayuda a la Real Academia Española y jamás ponen pie en ella (casi preferible esto último, para que así no la mancillen); los que no mueven un dedo para que los ciudadanos sean más ilustrados y civilizados, o lo mueven sólo para que cada día lo sean menos y se vuelvan tan brutos como ellos. Estos son los que ahora celebran haber encontrado, quizá, unas cuantas astillas de una cadera de Cervantes. Alguien les habrá chivado que es un nombre venerado y que escribió unas obras maestras aún leídas por suficientes excéntrico.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de abril de 2015

LA ZONA FANTASMA. 29 de marzo de 2015. ‘Percebes o lechugas o taburetes’

El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.

Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.

A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.

Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 22 de marzo de 2015. ‘Transformismo’

Cada vez que se entregan los Óscars, me pregunto cuándo y por qué la mayoría de los críticos, buena parte de los espectadores y los propios profesionales del arte dejaron de entender de cine o lo confundieron con otra cosa. Sí, ya sé que sobre gustos hay mucho escrito, pero que no cuenta, y desde luego no pretendo tener razón en los míos: siempre estoy dispuesto a considerar que el idiota y el lerdo soy yo, cuando todo el mundo elogia y premia una película que a mí me parece una ridiculez grandilocuente, como El árbol de la vida de Malick hace unas temporadas, o cualquiera de los engolados folletines truculentos de Von Trier o de Haneke, o las solemnidades semirreligiosas de Iñárritu.

Admito que seré yo el que se equivoque, el que carezca de sensibilidad, el que sólo vea “ademanes de genialidad” donde en realidad sólo hay genio sublime (qué digo ademanes: aspavientos). Sí, debo de haberme convertido en un zoquete: este año me pongo a ver ­Boyhood, que ha fascinado y estremecido a las mentes más preclaras, y me aburro del primer al último fotograma, encuentro el conjunto de una inanidad desesperante, y al final sólo me explico tanta boca abierta por una cuestión extracinematográfica, a saber: que la cinta se rodara pacientemente a lo largo de doce años con los mismos actores, y que veamos al joven protagonista ir cambiando desde la infancia hasta la adolescencia tardía. No le veo mérito ni necesidad a la cosa: la película habría sido casi idéntica de haberse rodado en cinco meses con dos o tres actores de físico parecido para representar al muchacho y con un poco de maquillaje y rellenos, como se ha hecho toda la vida, para los personajes adultos. No creo que se me hubiera acentuado por ello la indiferencia rayana en el tedio con que contemplé la maravilla. Insisto en que seré yo el merluzo, pero no me cabe duda de que si esta obra del montón –similar a otras muchas– ha provocado babeos se debe únicamente a la virguería de su eterno rodaje, de hecho lo más comentado.

De lo que estoy igualmente seguro es de que, con mínimas excepciones, se ha olvidado lo que es la interpretación, relegada por el espectáculo circense, la imitación y el transformismo. Si se repasa la lista de actores y actrices nominados al Óscar en lo que va de siglo, se verá que la mayoría lo fueron por hacer de idiotas o de enfermos, de travestis o transexuales, por haber engordado o adelgazado treinta kilos para representar su papel, por haber encarnado a alguien real y lograr la semejanza adecuada, por disfrazarse una actriz guapa de fea, por ponerse una nariz postiza y además fingirse Virginia Woolf, por hablar con acento extranjero. A Meryl Streep se la alaba por parecer Margaret Thatcher, a Helen Mirren por convertirse en la Reina Isabel, a Russell Crowe por interpretar a un Premio Nobel aquejado de no recuerdo qué trastorno, a Daniel Day Lewis, en su día, por simular un pie izquierdo paralítico o torcido, a Matthew McConaughey por haberse quedado chupado como un sídico, a Hilary Swank por haberse metido en la piel de una chica-chico o algo por el estilo, lo mismo que a ese tenebroso Jared Leto. Es decir, por virguerías. Este año no podía fallar: la excelente Julianne Moore sólo se ha visto galardonada cuando ha hecho de enferma de alzheimer, y en cuanto al joven Redmayne, llevaba todas las papeletas en este concurso de fenómenos en que se ha convertido la interpretación cinematográfica: no sólo daba vida a un enfermo de ELA, sino que además se trataba de una celebridad mundial, Stephen Hawking: dos numeritos en uno.

La confusión viene de antiguo, no se crean: recuerdo que en 1968 un soso actor ­olvidado, Cliff Robertson, recibió el Óscar por Charly, en la que, si no me equivoco, interpretaba a un retrasado. Creo que a Dustin ­Hoffman lo premiaron por un papel de ­autista, y a Robert de Niro sólo le dieron la estatuilla de mejor actor principal cuando se avino a metamorfosearse para representar al boxeador Jake La Motta. Con todo, hace unos decenios no era imprescindible transformarse en otro (reconocible), o deteriorarse a lo bestia, o afearse indeciblemente, para alzarse con el premio. Los numeritos se alternaban con las actuaciones memorables. Tengo para mí que aquéllos son mucho más fáciles: basta con cogerle el truco, o el tonillo, o la expresión, o el acento, o lo que sea en cada ocasión, y aplicarlo durante todo el metraje. Los personajes desmedidos son los más sencillos. Hoy sería imposible ver nominado a Jack Lemmon por El apartamento, o a James Stewart por La ventana indiscreta, o a Gregory Peck como abogado o a Maggie Smith como profesora, a Henry Fonda como jornalero o a Walter Matthau como cuñado astuto; a Burt Lancaster como Gatopardo o a Cary Grant en cualquier papel: todos demasiado sanos y normales y con matices, sin el requerido histrionismo, simplemente en interpretaciones ­extraordinarias. Ni siquiera Vivien Leigh por Lo que el viento se llevó habría triunfado: tendría que haberse convertido en un monstruo de gordura o de ancianidad o de fealdad o de enfermedad para que sus compañeros de la Academia de Hollywood se hubieran dignado considerarla.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,22 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 15 de marzo de 2015. ‘Contra la superación’

Nos sirvieron las imágenes hasta en la sopa, una y otra vez, en todos los canales de televisión, y, con su habitual manía retrospectiva, las acompañaron de otras escenas similares del pasado, de archivo. Todo ello con grandes elogios hacia los pobres desgraciados que las protagonizaban. Una cosa es que haya individuos tercos y masoquistas, que atentan indefectiblemente contra su salud (son muy libres), que buscan procurarse un infarto o una ataxia, jaleados además por una multitud sádica que goza con su sufrimiento, que gusta de ver reventar a un semejante sobre una pista, en un estadio. Otra cosa es que todos los locutores y periodistas habidos y por haber ensalcen la “gesta” y fomenten que los espectadores se sometan a destrozos semejantes; que los inciten a imitar a los desdichados (tirando a descerebrados) y a echar en público los higadillos, eso en el más benigno de los casos.

Lo que provocaba la admiración de estos comentaristas daba verdaderas lástima y angustia, resultaba patético a más no poder. Una atleta groggy, que no podía con su alma ni con sus piernas ni con sus pulmones, se arrastraba desorientada, a cuatro patas y con lentitud de tortuga, para recorrer los últimos metros de una maratón o “media maratón” y alcanzar la meta por su propio pie (es un decir). Se la veía extenuada, deshecha, enajenada, con la mirada turbia e ida, los músculos sin respuesta alguna, parecía una paralítica que se hubiera caído de su silla de ruedas. Y, claro, no sólo nadie le aconsejaba lo lógico (“Déjalo ya, muchacha, que te va a dar algo serio, que estás fatal; túmbate, toma un poco de agua y al hospital”), sino que sus compañeras, los jueces, la masa –y a posteriori los locutores– miraban cómo manoteaba y gateaba penosamente y la animaban a prolongar su agonía, con gritos de “¡Vamos, machácate, tú puedes! ¡Déjate la vida ahí si hace falta, continúa reptando y temblando hasta el síncope, supérate!” Y ya digo, a continuación rescataban “proezas” equivalentes: corredores mareados, que no sabían ni dónde estaban, vomitando o con espumarajos, las rodillas castañeteándoles, el cuerpo entero hecho papilla, víctimas de insolación, sin sentido del equilibrio ni entendimiento ni control de su musculatura, desmadejados y lastimosos, todos haciendo un esfuerzo inhumano ¿para qué? Para avanzar un poco más y luego poder decir y decirse: “Llegué al final, crucé la meta, pude terminar la carrera”.

Y no, ni siquiera eso es verdad. Alguien que va a rastras no ha terminado una carrera, es obvio que no ha podido llegar, que no aguanta los kilómetros de que se trate en cada ocasión. Su “hazaña” es sólo producto del empecinamiento y la testarudez, como si completar la distancia a cuatro patas o dando tumbos tuviera algo de admirable o heroico. Y no, es sólo lastimoso y consecuencia de la estupidez que aqueja a estos tiempos. Como tantas otras necedades, la mística de la “superación” me temo que nos viene de los Estados Unidos, y ha incitado a demostrarse, cada uno a sí mismo –y si es posible, a los demás–, que se es capaz de majaderías sin cuento: que con noventa años se puede uno descolgar por un barranco aunque con ello se rompa unos cuantos huesos; que se puede batir el récord más peregrino, qué sé yo, de comerse ochocientas hamburguesas seguidas, o de permanecer seis minutos sin respirar (y palmar casi seguro), o de esquiar sin freno en zona de aludes, o de levantar monstruosos pesos que descuajeringarían a un campeón de halterofilia. Yo entiendo que alguien intente esos disparates en caso de extrema necesidad. Si uno es perseguido por asesinos y está a pocos metros de una frontera salvadora, me parece normal que, al límite de sus fuerzas, se arrastre para alcanzar una alambrada; o se sumerja en el agua seis minutos –o los que resista– para despistar a sus captores, ese tipo de situaciones que en el cine hemos visto mil veces. Pero ¿así porque sí? ¿Para “superarse”? ¿Para demostrarse algo a uno mismo? Francamente, no le veo el sentido, aún menos la utilidad. Ni siquiera la satisfacción.

Lo peor es que, mientras los médicos ordenan nuestra salud, los medios de comunicación mundiales se dediquen a alentar que la gente se ponga gratuitamente en peligro, se fuerce a hacer barbaridades, se someta a torturas innecesarias y desmedidas, sea deportista profesional o no. Y la gente se presta a toda suerte de riesgos con docilidad. “Vale, con noventa y cinco años ha atravesado a nado el Amazonas en su desembocadura y ha quedado hecho una piltrafa, está listo para estirar la pata. ¿Y? ¿Es usted mejor por eso? ¿Más machote o más hembrota?” Es más bien eso lo que habría que decirle a la muy mimética población. O bien: “De acuerdo, ha entrado en el Libro Guinness de los Récords por haberse bebido cien litros de cerveza en menos tiempo que nadie. ¿Y? ¿No se percató de que lo pasó fatal –si es que salió vivo de la prueba– y de que es una enorme gilipollez?” O bien: “Bueno, alcanzó usted la meta, pero como un reptil y con la primera papilla esparcida en la pista. ¿No le parece que sería mejor que no lo hubiéramos visto?”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 8 de marzo de 2015. ‘Tiene dinero, es intolerable’

Hará unos meses escribí una columna (“Siempre tarde y con olvido”) en la que señalaba cómo en poco tiempo los españoles habían pasado de ser enormemente comprensivos con la corrupción, y aun defensores de ella (“El que no trinque es tonto”, sería el resumen de lo que opinaba una considerable parte de la población), a no tolerar el menor aprovechamiento o desvío de dinero público o privado. Ese artículo tuvo escaso eco, que yo sepa, así que una de dos: o era soso e inane –culpa mía–, o a los españoles no les gusta que se les refresque la memoria, se les hagan notar sus múltiples contradicciones y su permanente chaqueteo, se les exponga su cinismo. En una época en la que por culpa de Internet nada se borra y ya no hay que ir a las hemerotecas para saber lo que cada cual dijo en cada momento, España sigue obrando el milagro de que el pasado no exista, ni el más reciente. Han transcurrido unas semanas y observo que ese puritanismo de boquilla y sobrevenido va a más. Por poner un ejemplo, el cobro de 425.000 euros por parte de Monedero, dirigente de Podemos, y su posterior puesta al día con Hacienda, han hecho correr ríos de tinta y saliva escandalizadas, sin que apenas nadie reparara en lo más turbio de ese asunto, a saber: que al parecer dicho político dispusiera de despacho en el Palacio de Hugo Chávez, un militar golpista (es decir, como Franco, Videla y Pinochet), y que percibiera una porción de esos emolumentos sirviendo a un régimen cuasi dictatorial. No de todo el mundo se pueden aceptar encargos y retribuciones si se quiere luego presumir de ser “gente decente”. La cantidad es lo de menos.

Pero el paso de un extremo a otro se ha visto con aún más claridad al empezar a conocerse nombres de la llamada lista Falciani. De pronto parece que los españoles ya no entiendan nada ni sepan distinguir. He visto a reporteros preguntarles a individuos, en tono acusatorio: “¿Tiene o ha tenido dinero en el extranjero?”, como si eso fuera un grave delito y hubiéramos vuelto –también en eso– al patrioterismo franquista. Resulta inverosímil que a estas alturas haya que explicar que es perfectamente legal y lícito tener dinero fuera de España, siempre y cuando las cuentas no sean ocultas, estén declaradas y se tribute al fisco lo que corresponda. Sobre todo si dichas cuentas se encuentran en países de la Unión Europea. Muchos compatriotas parecen no haberse enterado de que la UE (antes Comunidad Económica Europea) no es ya “el extranjero”, ni de que para lo primero que cayeron las fronteras de nuestras naciones fue para la libre circulación de capitales. Ustedes pueden guardar sus ahorros en Alemania, Francia o Gran Bretaña si se les antoja (y quizá hagan bien, dado que de España lo pueden a uno “exiliar” en cualquier instante, según se ha comprobado históricamente), con tanta legitimidad como si los conservaran en Madrid, Barcelona o Bilbao.

Siempre que sea dinero ganado limpiamente, declarado y tributario a la Hacienda española, repito. Incluso tenerlo en Suiza (que no pertenece a la UE) es legítimo también, si se dan esas condiciones. No digamos en Irlanda, pese a que allí existan ventajas fiscales. Enfurecerse porque alguien no mantenga todo su capital en España es como indignarse porque un madrileño lo deposite en Gerona, un catalán en San Sebastián o un andaluz en Santander. A este paso acabaría estando mal visto que un señor de Tarazona ponga sus ahorros fuera de Tarazona, o una señora de Covarrubias fuera de Covarrubias. Una actitud semejante a la de muchos comerciantes de lugares que conozco, que lamentaban que el equipo de fútbol de la ciudad ascendiera a Primera, porque eso hacía que los hinchas se desplazaran a animar al equipo en sus visitas a clubs famosos y no gastaran en su propia localidad durante los fines de semana, sin apreciar que los aficionados de otros sitios también venían a su pequeña población cuando jugaban en ella esos clubs y sin duda gastaban más que los parroquianos habituales.

Y así, estamos a dos centímetros de que lo que empiece a escandalizar y soliviantar no sea ya dónde se guarde el dinero, sino que se lo posea. “Hay que ver”, he leído u oído hace poco, “¡Fulano tiene en sus cuentas 300.000 euros!”, como si eso fuera un pecado, o como si el mero hecho de haberlos reunido lo hiciera sospechoso de haberlos malganado, o de haber estafado o robado. ¿No habíamos quedado, hace cuatro días, en que enriquecerse era lo mejor que podía hacerse, y además sin escrúpulos, “pegando pelotazos”, cobrando comisiones, echando mano a la caja, tirando de tarjeta de empresa o valiéndose de un cargo para sacar tajada? Todo esto se ha aplaudido, y bien está que ya no sea así. Pero no que de pronto se alce un clamor contra cualquiera más o menos adinerado, aunque haya hecho su fortuna sin explotar ni engañar ni sisar ni defraudar a nadie, honradamente y gracias a su talento o a su suerte o a su mucho esfuerzo, tanto da. Seguimos siendo un país analfabeto e histérico, si todavía hay que explicar semejantes obviedades. Pero más vale insistir en ellas, pese a todo, antes de que se empiece a señalar con el dedo a ciudadanos íntegros y con fiereza se grite: “¡Está forrado, tiene dinero, es intolerable!”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 1 de marzo de 2015. ‘Un país adanista e idiota’

A veces tengo la sensación de que este es un país definitivamente idiota, en la escasa medida en que puede generalizarse, claro. Entre las idioteces mayores de los españoles está el narcisismo, que los lleva a querer darse importancia personal, aunque sea como parte de un colectivo. Rara es la generación que no tiene la imperiosa ambición de sentirse protagonista de “algo”, de un cambio, de una lucha, de una resistencia, de una innovación decisiva, de lo que sea. Y eso da pie a lo que se llama adanismo, es decir, según el DRAE, “hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente”, o, según el DEA, “tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente o de lo hecho antes por otros”. El resultado de esa actitud suele ser que los “originales” descubran sin cesar mediterráneos y por tanto caigan, sin saberlo, en lo más antiguo y aun decrépito. Presentan como “hallazgos” ideas, propuestas, políticas, formas artísticas mil veces probadas o experimentadas y a menudo arrumbadas por inservibles o nocivas o arcaicas. Pero como el adanista ha hecho todo lo posible por no enterarse, por desconocer cuanto ha habido antes de su trascendental “advenimiento” –por ser un ignorante, en suma, y a mucha honra–, se pasa la vida creyendo que “inaugura” todo: aburriendo a los de más edad y deslumbrando a los más idiotas e ignaros de la suya.

Los adanistas menos puros, los que encajan mejor en la segunda definición que en la primera, se ven en la obligación de echar un vistazo atrás para desmerecer el pasado reciente, para desprestigiarlo en su conjunto, para considerarlo enteramente inútil y equivocado. Han de demolerlo y declararlo nulo y dañino para así subrayar que “lo bueno” empieza ahora, con ellos y sólo con ellos. Es una de las modalidades de vanidad más radicales: antes de que llegáramos nosotros al mundo, todos vivieron en el error, sobre todo los más cercanos, los inmediatamente anteriores. “Mañana nos pertenece”, como cantaba aquel himno nazi que popularizó en su día la película Cabaret, y todo ayer es injusto, desdichado, erróneo, perjudicial y nefasto. Si eso fuera cierto e incontrovertible, tal vez no haría falta aplicarse a su destrucción. Tenemos aquí un precedente ilustrativo: tras casi cuarenta años de dictadura franquista, pocos fueron los que no estuvieron de acuerdo en la maldad, vulgaridad y esterilidad de ese periodo, y los que no lo estuvieron se convencieron pronto, sinceramente o por conveniencia (evolucionaron o se cambiaron de chaqueta aprisa y corriendo). El adanismo no careció ahí de sentido, aunque no fue tal propiamente, dado que, como tantas veces se ha dicho con razón, la sociedad española había “matado” a Franco en todos los ámbitos bastante antes de que éste muriera en su cama, aplastado no sé si por el manto del Pilar o por el brazo incorrupto de Santa Teresa.

Lo sorprendente y llamativo –lo idiota– es que ahora se pretenda ­llevar a cabo una operación semejante con la llamada Transición y cuanto ha venido a raíz de ella. Los idiotas de Podemos –con esto no quiero decir que sean idiotas todos los de ese partido, sino que en él abundan idiotas que sostienen lo que a continuación expongo– han dado en denominarlo “régimen” malintencionadamente, puesto que ese término se asoció siempre al franquismo. Es decir, intentan equiparar a éste con el periodo democrático, el de mayores libertades (y prosperidad, todo sumado) de la larguísima y entera historia de España. La gente más crítica y enemiga de la Transición nació acabado el franquismo y no tiene ni idea de lo que es vivir bajo una dictadura. Ha gozado de derechos y libertades desde el primer día, de lo que con anterioridad a este “régimen” estaba prohibido y no existía: de expresión y opinión sin trabas, de partidos políticos y elecciones, de Europa, de un Ejército despolitizado y jueces no títeres, de divorcio y matrimonio gay, de mayoría de edad a los dieciocho y no a los veintiuno (o aún más tarde para las mujeres), de pleno uso de las lenguas catalana, gallega y vasca, de amplia autonomía para cada territorio en vez de un brutal centralismo… Nada de eso es incontrovertiblemente malo, como se empeñan en sostener los idiotas.

Yo diría que, por el contrario, es bueno innegablemente. Que ahora, treinta y muchos años después de la Constitución que dio origen al periodo, haya desastres sin cuento, corrupción exagerada y multitud de injusticias sociales, políticos mediocres cuando no funestos, todo eso no puede ponerse en el debe de la Transición, sino de sus herederos ya lejanos, entre los cuales está esa misma gente que carga contra ella sin pausa. “Es que yo no voté la Constitución”, dicen estos individuos en el colmo del narcisismo, como si algún estadounidense vivo hubiera aprobado la de su país, o algún británico su Parlamento. Es como si los españoles actuales protestaran porque no se les consultó la expulsión de los judíos en 1492, o la de los jesuitas en 1767, o la expedición de Colón a las Indias. Tengo para mí que no hay nada más peligroso que el afán de protagonismo, y el de los españoles de hoy es desmesurado. Ni más idiota, no hace falta insistir en ello.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de marzo de 2015

LA ZONA FANTASMA. 22 de febrero de 2015. ‘Crueldades admitidas’

Tuve una pesadilla, y aunque no soporto la aparición de sueños en las novelas ni en las películas, como esto no es ni lo uno ni lo otro, ahí va resumido: era de noche y estaba en la fría ciudad de Soria, en la que pasé muchos veranos de mi infancia y en la que luego, durante doce años, tuve alquilado un piso muy querido, que dejé hace tres por causa de un Ayuntamiento desaprensivo. Me iba a ese piso para dormir allí, pero me daba cuenta de que ya no tenía llave y de que ya no existía, convertido ahora en una pizzería o algo por el estilo. Pensaba en irme entonces al de mi niñez, pero aún hacía más tiempo que no disponía de él. Un hotel, en ese caso, pero estaban todos llenos, y además yo vestía inadecuadamente (me abstendré de dar detalles).

La respuesta a la pregunta “¿Dónde iré?” fue la inmediata salida de esa ciudad y la tentativa de entrar en otras casas en las que he vivido. Una de Barcelona en la que me recibió una mujer, una de Venecia en la que me acogió otra, una de Oxford en la que pasé dos años, otra de Wellesley, un par de pisos que tuve alquilados en Madrid hace siglos. Ninguno existía ya, pasaron a ser pasado. Los lugares a los que uno se encaminó centenares de veces después de una jornada, que uno ocupaba con relativa tranquilidad, de los que poseía llaves, “de pronto” ya no estaban a mi disposición, habían ­desaparecido. Si entrecomillo “de pronto” es con motivo: en el sueño no había lento transcurso del tiempo, como lo hay en la vida; estaba todo comprimido, superpuesto, todos mis “hogares” eran uno y el mismo, y en ninguno tenía cabida. Me obligué a despertar, me daba cuenta de que soñaba pero no lograba salirme de la sensación de pérdida y caducidad, de ver clausurados los sitios que en otras épocas eran accesibles y hasta cierto punto eran “míos” (en realidad ninguno lo era, de ninguno había sido yo propietario, sólo inquilino o invitado).

Cuando, ya levantado, conseguí sacudirme el malestar y el desamparo, no pude por menos de pensar en los millares de personas para las que ese mal sueño es una verdad permanente. De todas las injusticias y desafueros, de todas las crueldades cometidas en este largo periodo, bajo los Gobiernos de Rajoy y de Zapatero, quizá la mayor sean los desahucios. Hay cosas en las que la legalidad debería ser secundaria, o en las que su estricta y ciega aplicación no compensa, porque las ­consecuencias son desproporcionadas. Hace ya mucho escribí aquí que los españoles estaban muy confundidos al considerar poco menos que un “derecho” tener una vivienda en propiedad. Me escandalicé de que gente con empleos precarios suscribiera hipotecas a treinta, cuarenta y aun cincuenta años. Expuse mi perplejidad ante la aversión de mis compatriotas a alquilar, con el argumento falaz y absurdo de que así tira uno el dinero. ¿Cómo va uno a tirarlo por hacer uso de algo? Sería como decir que lo tira por comprarse un coche que no va a durar toda la vida (y gastar en gasolina), o por comer, o por pagar la ropa que indefectiblemente se desgastará y habrá que desechar algún día. Pero lo cierto es que los bancos, durante decenios, no sólo permitieron el demencial endeudamiento de los ciudadanos, sino que lo alentaron y fomentaron. Y, cuando demasiados individuos no pudieron hacer frente a las abusivas hipotecas, se iniciaron los desahucios, que aún prosiguen. Las circunstancias de las personas no han importado: a los bancos y a los Gobiernos les ha dado lo mismo echar de su hogar a una anciana que sólo aspirara a morir en él que a una familia con niños pequeños. “Están en su derecho”, y lo ejercen. Pero ¿para qué?

La mayoría de los pisos de los que sus medio-dueños han sido expulsados no sirven de nada. Los bancos y las inmobiliarias han sido incapaces de revenderlos ni de hacer negocio, y si han podido los han malvendido. Centenares de millares de ellos están desocupados, empantanados, se deterioran, entran ladrones a llevarse hasta los grifos o se convierten en botín de okupas, a menudo devastadores. El daño infligido a las personas desalojadas –que tenían voluntad de cumplir, que llevaban tiempo habitándolos, que los cuidaban, que simplemente no podían satisfacer los plazos por haber perdido su empleo, y que habrían continuado con ellos a cambio de un alquiler modesto– es desmesurado respecto al beneficio obtenido –si lo hay– por los acreedores. Es, por lo tanto, un daño gratuito e innecesario, un daño sin resarcimiento, y a ese tipo de daño se le ha dado siempre el nombre de crueldad, no tiene otro. No es comparable con el del casero que echa a un vecino por no abonarle el alquiler: gracias a su medida puede encontrar otro inquilino que sí le pague, y no lo condene a perder dinero. Pero la gran mayoría de los pisos de desahuciados se subastan a precios irrisorios, o se pudren abandonados, y los bancos los ven como un lastre y apenas sacan ganancia. No hay nada que justifique –ni siquiera explique– el inmenso perjuicio causado a los expulsados. Ellos sí que se ven de repente sin llaves, ellos sí que pierden su hogar, y se quedan a la intemperie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de febrero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 15 de febrero de 2015. ‘Un Papa’

Este Papa actual cae muy bien a laicos y a católicos disidentes, y bastante mal, al parecer, a no pocos obispos españoles y a sus esbirros periodísticos, que ven con horror las simpatías de los agnósticos (utilicemos este término para simplificar). Las recientes declaraciones de Francisco I respecto a los atentados de París (qué es esa coquetería historicista de no llevar número: Juan Pablo I lo llevó desde el primer día) no parecen haber alertado a esos simpatizantes y en cambio me imagino que sus correligionarios detractores habrán respirado con alivio. Un Papa es siempre un Papa, no debe olvidarse, y está al servicio de quienes está. Puede ser más limpio o más oscuro, más cercano a Cristo o a Torquemada, sentirse más afín a Juan XXIII o a Rouco Varela. Pero es el Papa.

Francisco I es o se hace el campechano y procura vivir con sencillez dentro de sus posibilidades, pero esas declaraciones me hacen dudar de su perspicacia. Repasémoslas: “En cuanto a la libertad de expresión”, respondió a la pregunta de un reportero, “cada persona no sólo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común … Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia, pero si el Doctor Gasbarri, que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñezato. ¡Es normal! No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás … Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá. Hay un límite, cada religión tiene dignidad, cada religión que respete la vida humana, la persona humana … Yo no puedo burlarme de ella. Y este es el límite … En la libertad de expresión hay límites como en el ejemplo de mi mamá”.

El primer grave error –o falacia, o sofisma– es equiparar y poner en el mismo plano a una persona real, que seguramente no le ha hecho mal a nadie ni le ha impuesto ni dictado nada, ni jamás ha castigado ni condenado fuera del ámbito estrictamente familiar (la madre del Papa), con algo abstracto, impersonal, simbólico y aun imaginario, como lo es cualquier religión, cualquier fe. Con la agravante de que, en nombre de las religiones y las fes, a la gente se la ha obligado a menudo a creer, se la ha sometido a leyes y a preceptos de forzoso y arbitrario cumplimiento, se la ha torturado y sentenciado a muerte. En su nombre se han desencadenado guerras y matanzas sin cuento (bueno, no sé por qué hablo en pasado), y durante siglos se ha tiranizado a muchas poblaciones. Las religiones se han permitido establecer lo que estaba bien y mal, lo lícito y lo ilícito, y no según la razón y un consenso general, sino según dogmas y doctrinas decididos por hombres que decían interpretar las palabras y la voluntad de Dios. Pero a Dios –a ningún dios– se lo ve ni se lo oye, solamente a sus sacerdotes y exégetas, tan humanos como nosotros.

La madre de Francisco I fue probablemente una buena señora que jamás hizo daño, que no intervino más que en la educación de sus vástagos, y contra la cual toda grosería estaría injustificada y tal vez, sí, merecería un puñetazo. Pero la comparación no puede ser más desacertada, o más sibilina y taimada. A diferencia de esta buena señora, o de cualquier otra, las religiones se han arrogado o se arrogan (según los sitios) el derecho a interferir en las creencias y en la vida privada y pública de los ciudadanos; a permitirles o prohibirles, a decirles qué pueden y no pueden hacer, ver, leer, oír y expresar. Hay países en los que todavía las leyes las dicta la religión y no se diferencia entre pecado y delito: en los que lo que es pecado para los sacerdotes, es por fuerza delito para las autoridades políticas. Hasta hace unas décadas así ocurrió también en España, bajo dominación católica desde siempre. Y hoy subsisten fes según las cuales las niñas merecen la muerte si van a la escuela, o las mujeres no pueden salir solas, o un bloguero ha de sufrir mil latigazos, o una adúltera la lapidación, o un homosexual la horca, o un “hereje” ser pasado por las armas. No digamos un “infiel”.

Así que, según este Papa, “la fe de los demás” hay que soportarla y respetarla, aunque a veces se inmiscuya en las libertades de quienes no la comparten ni siguen. Y en cambio “no se puede uno burlar de ella”, porque entonces “estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri…”. Sin irse a los países que se rigen por la sharía más severa, nosotros tenemos que aguantar las procesiones que ocupan las ciudades españolas durante ocho días seguidos, y ni siquiera podemos tomárnoslas a guasa; y debemos escuchar las ofensas y engaños de numerosos prelados en nombre de su fe, y ver cómo la Iglesia se apropia de inmuebles y terrenos porque sí, sin ni siquiera mofarnos de la una ni de la otra, no vayamos a “provocar” como ese pobre Doctor que se ha llevado los hipotéticos guantazos de Francisco I. Con semejantes “razonamientos”, no se hace fácil la simpatía a este Papa. Al fin y al cabo es el jefe de una religión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de febrero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 8 de febrero de 2015. ‘Jueces no humanos’

No es que los jueces hayan sido nunca demasiado de fiar. A lo largo de la historia los ha habido venales, cobardes, fanáticos, por supuesto prevaricadores, por supuesto desmesurados. Pero la mayoría de los injustos mantenía hasta hace no mucho una apariencia de cordura. Recurrían a claros sofismas o retorcían las leyes o bien se aferraban a la letra de éstas, pero al menos se molestaban en urdir artimañas, en dotar a sus resoluciones de simulacros de racionalidad y ecuanimidad. Recuerdo haber hablado, hace ya más de diez años, de un caso en que el juez no apreció “ensañamiento” del acusado, que había asestado setenta puñaladas a su víctima, algo así. El disparate, con todo, buscó una justificación: dado que la primera herida había sido mortal, no podía haber “ensañamiento” con quien ya era cadáver y no sufría; como si el asesino hubiera tenido conocimientos médicos y anatómicos tan precisos y veloces para saber en el acto que las sesenta y nueve veces restantes acuchillaba a un fiambre.

Pero ahora hay no pocos jueces que no disimulan nada, y a los que no preocupa lo más mínimo manifestar síntomas de locura o de supina estupidez. Uno se pregunta cómo es que aprueban los exámenes pertinentes, cómo es que se pone en sus manos los destinos de la gente, su libertad o su encarcelamiento, su vida o su muerte en los países en que aún existe la pena capital. Si uno ve series de televisión de abogados (por ejemplo, The Good Wife), a menudo reza por que lo mostrado en ellas sea sólo producto de la imaginación de los guionistas y no se corresponda con la realidad judicial americana, sobre todo porque cuanto es práctica en los Estados Unidos acaba siendo servilmente copiado en Europa, con la papanatas España a la cabeza.

Hace unas semanas hubo un reportaje de Natalia Junquera sobre los tests a que se somete a los extranjeros que solicitan nuestra nacionalidad, para calibrar su grado de “españolidad”. Por lo visto no hay una prueba standard (“¡Todo el mundo se aprendería las respuestas!”, exclama el Director General de los Registros y del Notariado), así que cada juez pregunta al interesado lo que le da la gana, cuando éste se presenta ante el Registro Civil. Al parecer, hay algún juez que, para “pulsar” el grado de integridad del solicitante en nuestra sociedad, inquiere “qué personaje televisivo mantuvo una relación con un conocido torero” o “qué torero es conocido por su muerte trágica” (me imagino que aquí se admitirían como respuestas válidas los nombres y apodos de todos los diestros fallecidos a lo largo de la historia, incluidos suicidas). El mismo juez preguntó quién era el Presidente de Navarra, y el marroquí interrogado lo supo, inverosímilmente. Pero tal hazaña no le bastó (falló en la cuestión taurina), y hubo de recurrir, con éxito. Otros jueces quieren saber qué pasó en 1934, o cómo fue la Constitución de 1812, o nombres de escritores españoles del siglo XVI. A un tal juez Celemín, famoso aunque yo no lo conozca, le pareció insuficiente que un peruano mencionara el de Lope de Vega, y se lo cargó. Todo esto suena demencial, y encima, en los exámenes sobre “personajes del corazón”, resulta muy difícil seguirles la pista o incluso reconocerlos, tanto cambian de aspecto a fuerza de perrerías (hace poco creí estar viendo en la tele a la actriz de la película Carmina o revienta y después descubrí que era, precisamente, quien “mantuvo una relación con un conocido torero”).

Pero la epidemia de jueces lunáticos se extiende por todo el globo. Se ha sabido que los magistrados venezolanos del Tribunal Supremo (o como se llame el equivalente caraqueño) han fallado 45.000 veces a favor de los Gobiernos de Chávez y Maduro… y ninguna en contra, en los litigios presentados contra sus directrices y leyes. Empiecen a contar, una, dos, tres, y así hasta 45.000, no creo que nadie lo pueda resistir, y sin embargo existe tal contabilidad. Pero quizá es más alarmante (el caso venezolano sólo prueba que esos jueces reciben órdenes y son peleles gubernamentales, lo habitual en toda dictadura) el reciente fallo de unos togados argentinos que dictaminaron que una orangutana del zoo era “persona no humana”, con derecho al habeas corpus (como si hubiera sido arrestada) y a circular libremente. Que haya articulistas y espontáneos que abracen en seguida la imbecilidad y reivindiquen la “definición” también para las ballenas, los perros y los delfines, no tiene nada de particular. Al fin y al cabo ya hubo aquel llamado Proyecto Gran Simio que suscribió con entusiasmo el PSOE de Zapatero. Pero que unos jueces (individuos en teoría formados, prudentes y cultos) incurran en semejante contradicción en los términos, francamente, me lleva a sospechar que son ellos quienes forman parte del peculiar grupo de las “personas no humanas”. Y a ellos sí, pese a su desvarío, habría que reconocerles el derecho al habeas corpus, faltaría más. Confío en que la orangutana (ya puestos) sea proclive a concedérselo. No vería gran diferencia si fuera ella quien vistiera la toga y enarbolara el mazo con el que dictar sentencias. La capacidad de raciocinio de la una y los otros debe de ser bastante aproximada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de febrero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 1 de febrero de 2015. ‘Cautivos’

Yo creo que nunca se ha hablado tanto como ahora y que nunca se ha tenido tan poca conciencia de hablar tanto. Es como una enfermedad. A veces, en un tren o en la sala de espera de un aeropuerto, oigo a alguien charlar por teléfono y me pregunto si su interlocutor se habrá dormido, o habrá dejado su móvil y se habrá puesto a sus cosas. Lo que es seguro es que no habrá sido capaz de meter baza, de soltar una parrafada, a lo sumo estará intercalando de tarde en tarde un “Ya” o un “Ajá”, no habrá encontrado resquicio para más. Ya que estoy obligado a escuchar la riada, intento enterarme al menos de lo que cuenta el verborreico, de comprender el problema que plantea o seguir su narración. Casi nunca hay manera. La catarata es desordenada, digresiva hasta el infinito, ni siquiera se produce eso que a todos nos ocurre a veces, pararnos un instante y preguntarnos: “¿Por qué estoy hablando de esto? ¿Qué me ha llevado hasta aquí? ¿Cuándo y por qué me desvié de lo que quería decir? De hecho, ¿qué quería decir, por qué llamé?” No, a menudo lo que oímos es un torrente sin ton ni son y sin fin, concluye sólo cuando el hablador llega a destino o ve que su vuelo va a despegar, y en alguna ocasión cuando la otra persona, cautiva, anuncia que tiene que colgar, que no puede retrasar más sus quehaceres. No es raro, sin embargo, que entonces el charlatán intente retenerla un poco más: “Bueno, pues adiós. Ah, una última cosita”, que se convierte en un montón de minutos más.

No es muy distinta la situación sin teléfono por medio, por ejemplo en las tiendas, en las que los dependientes –gremio digno de compasión– suelen ser capturados por los clientes sin prisa, esos que preguntan ochocientas cosas o explican por qué quieren comprar lo que quizá acaben comprando, es un regalo para su sobrino, a quien el año anterior obsequió algo que no le gustó, y es que los jóvenes son difíciles de satisfacer, y de ahí resulta fácil hilvanar todo un discurso sobre la incomunicación entre las generaciones, o bien precisar que la hermana, la sobrina, sí es en cambio contentadiza, resulta asombrosa la tendencia de mucha gente a radiar sus divagaciones mentales y a relatar su cotidianidad a quien se le ponga delante, venga o no a cuento y sin que medie una sola pregunta que desencadene el borbotón. Si la voz de la máquina parlante es además desagradable o estridente (muchas hay así; nos fijamos poco en las voces, pero pueden ser instrumentos de tortura), no entiendo cómo no se dan más suicidios entre los dependientes, o cómo no cometen asesinatos impremeditados. No me explico cómo las tiendas no están sembradas de cadáveres.

Yo me he sentido cautivo cuando me ha tocado dar una charla. Y no cautivo de mí mismo, aunque uno sea proclive a enrollarse por temor al vacío y a decepcionar a los oyentes; sino de quien me presentaba en el lugar de turno. Me he acostumbrado a temer como a la peste dos frases iniciales frecuentes en los anfitriones: una es “Voy a ser muy breve”, porque, extrañamente, quien anuncia eso siempre miente; la otra es “El autor que hoy nos visita no necesita presentación”, porque acto seguido empieza una retahíla de cuanto he hecho en la vida, e incluso el presentador llega a “pisarme” anécdotas o reflexiones que ha leído en otra parte pero que el público de ese día no tenía por qué conocer. He estado tentado de comenzar mi intervención –cuando por fin se me ha cedido la palabra– diciendo: “La verdad es que después de tan cabal exposición no me queda nada que añadir”. Recuerdo una oportunidad, en una ciudad, en la que contaba con el tiempo justo para la charla y luego debía correr a coger un tren. El presentador hablaba y hablaba y yo miraba el reloj y veía cómo se consumía el plazo sin poder decir ni mu. Se suponía que la gente había acudido para oír mis sandeces, no las del presentador. Pero a éste le daba igual, o no se daba cuenta, no tenía conciencia de que pasaba el tiempo, de que yo me habría de ir sin remedio sin apenas pronunciar palabra ni por supuesto firmar un solo ejemplar. Lo mismo me sucedió otra vez en un instituto. Mi charla ocupaba una hora de clase, luego disponía de sólo esa hora y a los chicos los aguardaba otra clase inmediatamente después. No obstante, el profesor que decidió presentarme (al cual sus alumnos ya oían a diario) habló durante unos cuarenta minutos, y como no tenía visos de ir a parar, hubo un momento en que me atreví a sugerir: “Esto casi que lo voy a contar yo mismo, que me lo sé mejor”, y así dispuse de un cuarto de hora, más que nada para que los estudiantes no se sintieran totalmente estafados y estupefactos. Me pregunté para qué diablos se me había invitado a escuchar una conferencia sobre un sujeto para mí tan sobado.

La cosa es general, no crean, y sucede en los ámbitos más elevados. En los plenos de la Real Academia Española, a los que asisten unos treinta individuos no precisamente ignorantes, todo el mundo se lleva las manos a la cabeza (más bien mentalmente, pero a veces resulta imposible que no se nos escape el gesto) cuando dos miembros toman la palabra, porque es seguro que nos impartirán una entera lección a los demás, de no menos de veinte minutos y remontándose a la prehistoria. No hace falta que les diga que también los académicos estamos tan cautivos entonces como el más paciente tendero, ese gremio tan sufrido y tan digno en verdad de compasión. Ténganle piedad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de febrero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 25 de enero de 2015. ‘Mundo antipaquísimo’

Hace unas semanas Ángeles Carmona, Presidenta del Observatorio de Violencia Doméstica y de Género (pomposo título, vive Dios), declaró con seriedad talibánica que habría que “erradicar el piropo” porque “nadie tiene derecho a hacer en público un comentario sobre el aspecto físico de la mujer, aunque sea bonito y agradable”. Supongo que para cuando se publique este artículo ya habrán leído decenas de ellos sobre la cuestión, pues es vistosa y socorrida para los columnistas. Pero quizá se haya pasado por alto lo que a mí más me choca del razonamiento de Carmona: esa afirmación tajante de que “nadie tiene derecho a …” La jefa de ese Observatorio parece desconocer la existencia de algo llamado libertad de expresión. Es posible que nadie tenga derecho a insultar porque sí, ni a soltarle obscenidades a nadie, sea mujer o varón, por mucho que el tono sea admirativo. Pero ella lo ha dejado claro: “… aunque sea bonito y agradable”. Es decir, para ella nadie tiene derecho a hacerle a nadie un comentario sobre su apariencia, del tipo que sea, eso siempre equivale a “machismo”, “hostigamiento o acoso verbal”.

Yo me pregunto si, según su criterio, alguien tendría “derecho” a censurar el trabajo de nadie, o sus modales, o su actitud. Tal vez cualquier observación sobre el comportamiento o la falta de aseo de una persona (no sólo sobre su físico) resulte para ella una falta de respeto, una impertinencia, una intromisión, un menoscabo de esa persona, un atentado a su integridad. Puede que los escritores, cineastas, artistas en general, nos sintamos “intimidados”, “vejados” o “violentados” cuando recibimos una opinión negativa sobre lo que hemos hecho, que para algunos es tan “íntimo” como lo que más. Pero sucede que estamos en el mundo y que hemos hecho pública nuestra obra; que no la hemos guardado en un cajón; que cualquiera se permite juzgarla y nos tenemos que aguantar. Algo parecido nos ocurre con nuestra pinta cuando decidimos salir a la calle. Las calles están llenas de gentes a las que nos mostramos. Es frecuente que para transitar por ellas nos arreglemos, nos afeitemos o maquillemos, que no aparezcamos de la misma guisa que cuando estamos solos en casa. Si no lo hiciéramos así, y saliéramos en pijama y zapatillas, o sin peinarnos, o con ropa sucia de una semana, es probable que algunos transeúntes nos soltaran al pasar: “Se te ha olvidado traerte la cama”, o “Te voy a regalar una navaja de barbero”. Según Carmona, tampoco esos individuos tendrían “derecho” a hacernos llegar semejantes ofensas, porque cada uno es como es y va como le da la gana sin que nadie haya de opinar “en público” ni llamarnos la atención.

Y otro tanto se daría en el trabajo: ¿a santo de qué el jefe se va a permitir felicitarnos por la tarea bien hecha o criticar la mal hecha? También nos hiere que se valoren nuestras aptitudes, no digamos que nos indiquen con qué clase de atuendo nos debemos presentar en una oficina, o –más allá– en una recepción, una boda o un funeral. ¿Quién es nadie para comentarnos nada? A este paso desembocaremos en eso, tan delicada y fina se ha hecho la piel de la actual humanidad.

La imitación y copia de las represiones estadounidenses está acabando con toda espontaneidad y está llevando a que todo esté regulado, cuando no directamente prohibido, como en el Estado Islámico. A lo largo de los siglos la gente se ha manejado en la vida sin necesidad de recurrir para todo a la autoridad y a la justicia. Ante un requiebro simpático o inofensivo las mujeres han sabido fingir que no lo oían, o dar las gracias, o sonreír sin más, o incluso dar un corte, a su elección.

Conozco todavía a muchas a las que un piropo amable les alegra la jornada y les sube la autoestima, y lo mismo en lo que se refiere a varones, que también apreciamos un elogio o nos sentimos halagados por él. Hace ya treinta años, estando en Estados Unidos, observé que los piropos, no siempre bien vistos, resultaban admisibles si lo alabado era la ropa que alguien llevaba. Se juzgaba mal encomiar las piernas, pero no la falda. “Bonita blusa” venía a ser una forma de decirle a una mujer que le favorecía el busto o que estaba guapa con ella. Una vez, en un ascensor, una colega de la Universidad me preguntó qué colonia llevaba, porque olía muy bien. Me imagino que para Carmona eso fue vejatorio, y yo debería haberme sentido intimidado y violentado. Y no, me quedé más contento que unas pascuas, pensando que había acertado con la fragancia desconocida (Jordache, me acuerdo) que había escogido al azar. La gente anda escandalizada por un vídeo en el que, se dice, a una joven le sueltan barbaridades mientras camina por Nueva York. Lo he visto, y la interpretación es falsa: con la excepción de un par de sujetos que acompasan su paso al suyo y se ponen algo pesados (“¿No quieres hablar conmigo? ¿Demasiado feo para ti?”, es lo más “agresivo” que sale de sus bocas), casi todos los comentarios que la chica recibe son inocuos o incluso amables: “Que tengas un buen día, guapa”, o “Caray”. Es un ejemplo más (hablé de ello hace unos meses) de cómo se convence a la gente de que ve algo distinto de lo que ve.

En fin, no sé. Todavía recuerdo cómo se rió mi madre cuando un tipo, yendo ella con sus cuatro niños, le dijo al pasar: “Es usted lo más bonito que he visto, en pequeño”. Lo que tiene gracia y es amable, lo grato, lo que arranca una sonrisa o risa abierta, lo que a veces alegra el día, también eso hay que “erradicarlo”. Qué mundo antipático y hosco se nos quiere colocar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de enero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 18 de enero de 2015. ‘Se buscan razones para asesinar’

guillermo_cabrera_infanteMe lo dijo Guillermo Cabrera Infante en su casa de Londres, hace ya muchos años. Él había conocido a los sicarios del dictador cubano Batista y luego a los del dictador cubano Fidel Castro. A éste lo había apoyado cuando derrocó al primero y aún se esperaba de él algo muy distinto de lo que resultó ser. También había conocido a sus compatriotas que se repartieron por Latinoamérica como “guerrilleros”, muchos de ellos santificados por la intelectualidad de sus países y por la europea. En realidad estábamos hablando de ETA, si mal no recuerdo, en los impávidos años ochenta en que esa banda terrorista mataba un día sí y dos o tres no, más o menos, y además a todo tipo de gente, desde policías y militares y políticos y jueces hasta periodistas y “camellos” y transeúntes. Fue entonces cuando Cabrera me dijo algo parecido a esto: “No te equivoques, Javier: todo el que asesina una y otra vez; todo el que lo hace de manera sistemática, o el que nunca descarta recurrir a ello si lo juzga ‘necesario’, es un asesino en primer lugar. Quiero decir que lo es antes que nada, que le gusta matar –lo sepa o no con claridad– y entonces se procura una causa, una justificación en la que eso no sólo quepa sin provocar rechazo universal, sino que de hecho sea admirado por una parte de la sociedad. Todos esos son asesinos en primera instancia, no obligados ni circunstanciales, y además son muy cobardes: no se atreven a matar por su cuenta y riesgo, a dar rienda suelta a su instinto exponiéndose a la persecución y la condena general.

No, buscan una coartada, un movimiento, una lucha abstracta, un ideal que enaltezca sus crímenes. Y no sólo eso, también buscan el amparo de una organización, da lo mismo que sea estatal (como las de Hitler o Stalin o Franco o Mao o Pinochet) o clandestina (como ETA o el IRA o las Brigadas Rojas). Son cobardes porque necesitan sentirse arropados, jaleados por otros iguales que ellos. Se enclavan allí donde matar no sólo está permitido, sino que se les induce a creer que cumplen una misión, que hacen algo ‘bueno’, que luchan por la patria o el pueblo o la raza o los oprimidos, tanto da. Por sus asesinatos, en suma, esperan recibir una condecoración. Es muy cómodo. Borran toda amenaza de mala conciencia individual; jamás se han de plantear lo justo de sus crímenes, lo dan por previamente sentado; las víctimas laterales de sus acciones son accidentes inevitables, qué se le va a hacer, mala suerte para ellas. Tratan de convencerse de que son soldados y de que libran una guerra, aunque no haya tal guerra más que en su imaginación. A veces la ‘guerra’ es contra indefensos judíos, o contra disidentes y tibios, a veces es contra quienes profesan una religión distinta de la suya, otras es contra el capitalismo y el imperialismo, que llegan a ver encarnados hasta en una señora que va de compras a unos grandes almacenes, tan vastos son ambos conceptos. Para ellos la gente es culpable de haber nacido en tal o cual lugar, de hablar tal lengua, de adorar a un dios muy parecido al propio pero no exactamente igual, de pertenecer a tal clase social o a tal raza o etnia, de poseer dinero o de carecer de él, de ser un empresario o un descamisado, de hacer uso de su libertad de expresión y criticar a un régimen, de ser un intelectual o un campesino, da lo mismo. A poco que lo pienses, quien está dispuesto a matar por cualquiera de estos motivos, tan nimios en sí y tan variados entre sí, es antes que nada un asesino. Puro y simple. Lo que quiere es eso, asesinar. Y el resto ya vendrá después”.

A menudo me vienen estas palabras ahora –o las que dijera, sin duda fue mucho más breve, porque ahondar en estas cuestiones lo nublaba y le hacía perder al instante su magnífico sentido del humor–, cuando el mundo rebosa de “individuos con causa” dedicados a cometer toda clase de actos sanguinarios y gratuitos. Son millares los que se incorporan al autodenominado Estado Islámico o Daesh, y a uno le cuesta más creer en semejante número de fanáticos convencidos que en semejante número de asesinos vocacionales, que nunca han escaseado. Lo mismo puede decirse de los miembros de Boko Haram o de los talibanes que hace poco acribillaron a ciento y pico niños en una escuela de Peshawar. Todos estos sujetos no sólo tienen licencia para asesinar una vez que forman parte de estas organizaciones, sino que también están autorizados a secuestrar, torturar, violar y esclavizar a mujeres y niñas, prohibir cuanto les desagrade o moleste. Se incrustan, por así decir, en lugares en los que hay barra libre y además se les promete, si mueren, la gloria eterna en el más allá. Pero un anticipo de esa gloria se les ofrece ya en el más acá. ¿Qué otra cosa es hacer lo que a uno le plazca sin consecuencias, con el beneplácito de sus jefes y de su comunidad? ¿Qué hay mejor que sentirse “salvadores” y “héroes”, “mártires” en el peor de los casos, y recibir agradecimiento y veneración por parte de su cofradía? Los analistas más sesudos tratan de explicarse el fenómeno, y por qué tantos europeos engrosan las filas de estas bandas terroristas. Sentido de pertenencia a algo, frustración, inadaptación, búsqueda de sentido a la propia existencia, sentimientos de humillación y venganza, creencia en una misión sagrada … Las palabras de Cabrera Infante, en aquella tarde lejana, a muchos sonarán simplistas al evocarlas yo hoy, seguro. Pero no son descartables sin más: “La mayoría son meros asesinos, sólo eso, que luego buscan sus razones para asesinar”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de enero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 11 de enero de 2015. ‘Fiera herida’

Bueno, pues ya estamos en año de elecciones. Los tres transcurridos desde las últimas generales pesan como siete u ocho, tan penosos han sido para gran parte de la población y tanto se ha hecho notar el Gobierno (para fatal), con su mayoría absolutísima, su falta de escrúpulos y de visión de la realidad. Zapatero da la impresión de pertenecer a un difuso pasado remoto, y no hace tanto que regía –es un decir– los destinos de la nación. También resultan lejanos los mil años en que ETA mataba, y paró cuando aún se alojaba ese Presidente en La Moncloa. Eran legión los que necesitaban escolta, y ahora hay dificultades para asignarles misiones o cometidos a esos guardaespaldas que impidieron muchas muertes. La época en que los políticos más catalanistas no habían sido presa de un virus contagioso y desaforado, se ve perdida en la noche de los tiempos: tres años de fervor patriótico, sordo a todo razonamiento y proclive a fantasías oníricas inspiradas en los valles de Siete novias para siete hermanos, Brigadoon y Horizontes perdidos (es decir, Shangri-La), se hacen eternos hasta para la más entusiasta portadora del virus, la señora Forcadell, que debe de estar necesitando a gritos una cura de reposo. Lo anterior a estos tres años está desdibujado, entre brumas, parece antediluviano e irreal.

De pronto, sin embargo, ante la perspectiva de volver a elegir representantes, empieza a despertarse de la extraña ensoñación. “Podemos cambiar”, nos decimos con cierta sorpresa. “¿Os acordáis de que no siempre vivimos bajo la vara de Rajoy, de que no siempre estuvimos así?” Si eso nos pasa a los ciudadanos, uno aseguraría que con mayores motivo y previsión debería sucederles a los partidos, que, si no un modelo de sociedad, se jugarán el sueldo de sus diputados, senadores, ministros, presidentes autonómicos, consejeros, alcaldes y concejales. Podrían encontrarse con muchos de ellos en el paro, con la obligación de buscarles “salidas”, sea en Europa o en la empresa privada ex-pública, mediante las llamadas “puertas giratorias”, perfectamente engrasadas en este país. El trastorno psicológico tiene aún peor arreglo. Es sabido que quienes pierden un cargo se sienten estupefactos y deprimidos durante largo tiempo. No acaban de entender que ya no les suenen los teléfonos pidiéndoles favores, que no haya un coche esperándolos, que no los inviten a casi nada, que nadie les vaya a comprar lo que necesiten, que sus órdenes las oigan sólo su marido o su mujer. En el mejor de los casos se quedan en un estado beatífico y ensimismado; en el peor, respiran resentimiento y maldicen la incomprensión y la ingratitud de la gente. Siguen sin percatarse de que en sus días gloriosos nadie los requería por su irresistible personalidad, sino por el puesto que ocupaban (salvo allegados y familia, claro está, cuando no se hubieran hartado de ellos).

Así que uno mira en primer lugar hacia quienes todavía tienen más poder, el Gobierno y su partido. Nada bueno puedo decir, lo saben ustedes de sobra, pero como ciudadano me asalta enorme preocupación al observar cómo encaran este 2015 de forzosos cambios. Si no otra cosa, lo que es seguro es que el PP no obtendrá mayoría absoluta, y lo lógico sería que intentara perder lo menos posible, amortiguar el batacazo comparativo que sin duda se pegará. Y lo que uno advierte son, por el contrario, pulsiones suicidas entre sus dirigentes. El PP parece ahora mismo un animal acorralado, una fiera herida, y ya se sabe cuán peligrosas se tornan éstas. Lejos de tender algún puente, rectificar dañinas medidas económicas y políticas, procurar no inspirar miedo (más miedo) al electorado moderado para frenar las deserciones, se encastilla en sus posiciones más autoritarias y más de extrema derecha. No se asume la corrupción infecciosa; se ponen trabas sin cuento para acceder a los datos sobre los políticos; se nombra un nuevo portavoz todavía más cínico que el anterior, un individuo asentidor (siempre se lo ve asentir servilmente a cada estornudo de Rajoy en el hemiciclo) y faltón (no pierde oportunidad de soltar algo ofensivo para todo el que no asienta con tantos cabezazos como él).

Como los anteriores jefes de TVE no le parecían lo bastante abyectos al Gobierno, coloca a otros procedentes de TeleMadrid en recompensa por haber hundido y abochornado a esta cadena. El resultado son unos informativos grotescos que produce sonrojo mirar, sectarios, censores, reminiscentes del No-Do, llenos de sucesos y de reportajes “pintorescos” que nada tienen de noticias. Luego fuerza a marcharse al Fiscal General Torres-Dulce, hombre –eso al menos– con la dignidad aprendida de los westerns de Ford, Hawks, Mann y Walsh, y acaba con todo vestigio de la división de poderes. Aprueba en el Parlamento la llamada “Ley Mordaza”, de la que me ocupé por extenso cuando se conoció su anteproyecto, en una columna titulada ”Neofranquismo”, creo, reproducida en diarios extranjeros para oprobio del Ministro del Interior y de Rajoy. Pero les da igual enajenarse aún más a la gente, exacerbar su enfado y su desesperación; les trae sin cuidado perder más votos de los que ya han perdido in pectore, y muchos son. Parece que no disciernan el futuro cercano y corran hacia el acantilado. Tal vez esté en su sangre, no lo puedan evitar. O tal vez sea que pretenden morir matando. De ser esto último, protéjanse y pónganse bien a cubierto, porque un año todavía da mucho de sí, para cobrarse víctimas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de enero de 2015

LA ZONA FANTASMA. 4 de enero de 2015. ‘Las mujeres son más jóvenes’

Es tanta la gente que hoy va por la calle con los oídos tapados, por auriculares o por la voz que les chilla desde su móvil, que se pierden una de las cosas que a mí siempre me han gustado: frases sueltas o retazos mínimos de conversaciones que uno escucha involuntariamente a su paso. Si uno no pega el oído a propósito ni acompasa su andar al de los transeúntes locuaces –y eso no me parece bien hacerlo: es cotilleo–, le llega en verdad muy poco: en un diálogo escrito daría tan sólo para dos o tres líneas. Para alguien dado a imaginar tonterías, resulta sin embargo suficiente para hacerse una composición de lugar de la relación entre los hablantes, o figurarse un esbozo de cuento o historia. Hace unos días, al subir por Postigo de San Martín, oí una de esas ráfagas voladoras que me hizo sonreír y se me quedó en la cabeza. Pasé junto a tres mujeres que quizá estaban ya despidiéndose, paradas junto a una chocolatería, si mal no recuerdo. Eran de mediana edad, sin duda habían dejado atrás los cincuenta, aunque no me dio tiempo a reparar en su aspecto. Reían con ganas, se las notaba de excelente humor y contentas. Una de ellas dijo: “Qué bien estamos las mujeres”. Otra contestó rápida: “Ay, y que lo digas”. Y la tercera apostilló: “Y nos lo pasamos genial”. Yo continué mi marcha, eso fue todo. Pero capté bien el tono, y no era voluntarioso, sino ufano; no era que trataran de convencerse de lo que decían, sino que estaban plenamente convencidas y lo celebraban, como si pusieran una rúbrica verbal a lo bien que se lo habían pasado el rato que habían permanecido juntas. No sé muy bien por qué, me animaron y me hicieron gracia

Sería difícil escuchar estos tres mismos comentarios en boca de hombres, y aún más en varones de edad parecida. Sería raro que se ensalzaran en tanto que sexo (“Qué bien estamos los hombres”), incluso que se rieran tan abiertamente y tan de buena gana como aquellas tres señoras simpáticas y tan conscientes de su enorme suerte. La suerte de disfrutar con las amigas, de compartir diversión y charla, con una especie de juvenilismo natural, no forzado ni impostado, irreductible. Llevo toda la vida observando que no hay demasiadas mujeres amargadas ni excesivamente melancólicas. Claro que las hay odiosas, y en la política abundan. Las hay que se esfuerzan por perder todo vestigio de humor y mostrarse duras; las hay de colmillo retorcido, venenosas y malvadas (legión las televisivas); tiránicas o brutas, zafias o de una antipatía que hiela la sangre; también las hay insoportablemente lánguidas, que han optado por andar por la vida como sufrientes heroínas románticas. Lejos de mi intención hacer una loa indiscriminada y aduladora, las hay de una crueldad extrema y las hay tan idiotas como el varón más imbécil. Pero, con todo, y pese a que hoy tiende a proliferar el tipo serio y severo, la mayoría posee un buen carácter, cuando no uno risueño. Cada vez que veo a matrimonios de cierta edad, pienso que más valdrá que muera antes el marido, porque conozco a bastantes viudos desolados y que no levantan cabeza nunca, que se apean del mundo y se descuidan y abotargan, que pierden la curiosidad y las ganas de seguir aprendiendo, que se convierten sólo en eso, en “pobres viudos” desganados y desconcertados. Y en cambio casi nunca he visto a sus equivalentes en mujeres. Apenas si hay “pobres viudas”, es decir, señoras o incluso ancianas que decidan recluirse, que no superen la pena, que pasen a un estado cuasi vegetativo, de pasividad e indiferencia. Por mucho que les duela la pérdida, suelen disponer de mayores recursos vitales, mayor resistencia, mayor capacidad para sobreponerse y encontrarle alicientes nuevos a la existencia.

De todos es sabido que las mujeres leen más, desde hace muchos años; pero también van más al cine, al teatro, a los conciertos y exposiciones, y las conferencias están llenas de ellas. Salen a pasear, a curiosear, quedan con sus amigas y viajan con ellas. He conocido a varias mujeres que ya habían cumplido los noventa (recuerdo sobre todo a María Rosa Alonso, estudiosa canaria amiga de mis padres, que aún me escribía con letra firme y mente clara e inquieta a los cien años) y se quejaban de que les faltaba tiempo para todo lo que querían hacer, o estudiar, o averiguar. Hablaban con la misma impaciencia por aumentar sus conocimientos que se percibe en los jóvenes despiertos, mantenían intactos su entusiasmo, su sentido del humor, su capacidad de indignación ante lo que encontraban injusto, su calidez, su risa pronta, su afectuosidad sin cursilería. Las mujeres han sido siempre en gran medida el elemento civilizatorio, las que han hecho la vida más alegre y más amable, y también más cariñosa, y también más compasiva. No hace falta recordar que son las que educan a todo el mundo en primera instancia y las que atienden y ayudan más a las personas cuando su final está cerca. En esas mujeres generosas (las hay que no lo son en absoluto), la generosidad no tiene límites. Pero, por encima de todo, mantienen en gran medida la juventud a la que muchos varones renunciamos en cuanto la edad nos lo reclama. Somos pocos los que no tenemos plena conciencia de los años que vamos cumpliendo, para atenernos a ellos. A numerosas mujeres les trae eso sin cuidado, para su suerte: están tan poseídas por sus energías de antaño que no hay manera de que las abandonen. “Y nos lo pasamos genial”. Cuán duradera es ya la sonrisa que me provocó esa frase celebratoria que cacé al vuelo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de enero de 2015