LA ZONA FANTASMA. 31 de julio de 2016. ‘Fui alegre al morir’

Hace dos sábados el suplemento Babelia dedicaba un reportaje a un sueño que a mí me parece del pasado remoto: la lectura pausada y por placer durante el verano. Incluso se preguntaba a un montón de editores (gente que el resto del año lee por obligación) en qué se iban a sumergir durante el mes de asueto, a lo cual más de uno respondía lo que otras veces he respondido yo mismo: “A ver si me pongo por fin con todo Proust”. Proust –En busca del tiempo perdido– ocupa cuatro gruesos tomos de letra apretada y papel biblia en la edición de La Pléïade, unas cuatro mil páginas sin contar notas, variantes y esbozos. En español, en la única traducción digna del nombre pese a su antigüedad y sus defectos, la de Pedro Salinas y Consuelo Berges, de Alianza, los volúmenes eran siete, uno por título. ¿Alguien cree que eso se puede leer en el transcurso de un mes escaso, de lo que hoy disponen los más afortunados para “veranear”? (El propio verbo ha caído ya en desuso, si se piensa bien.) Es cierto que los lectores empedernidos somos irracionalmente optimistas, y cada vez que emprendemos un viaje –incluso si es de trabajo– echamos a la maleta más libros de los que seríamos capaces de abarcar. Me imagino que quienes tengan e-book se llevarán un cargamento aún mayor. Mi experiencia me ha enseñado que en esas salidas breves suelo regresar, a lo sumo, con dos o tres capítulos leídos en la incomodidad de un aeropuerto. En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas, y eso que no me veo distraído por Internet (no uso ordenador), ni por teléfonos inteligentes (no tengo), ni por videojuegos (jamás me he asomado a uno), ni por ninguno de los mil artilugios que atarean hoy a las personas para que no se sientan “solas”, pese a estar rodeadas la mayoría, velis nolis, por familias numerosas y vecinos cargantes.

Si a esto añadimos que en las vacaciones hay un montón de deberes (pasarse horas en la playa, comer como energúmenos, dormir la siesta, salir de farra, entretener a los niños, visitar ciudades a la carrera), no sé cuándo vamos a leer a Proust, a Conrad, a Cervantes o a Montaigne. Menos aún este mes, con nuestros políticos dando la tabarra haya por fin Gobierno o no, con los posibles atentados del Daesh y las inundaciones o terremotos en algún punto del globo, los refugiados, las guerras en curso y la siniestra sombra de Trump, que nos obligarán a atender a las pantallas durante más horas de las saludables. Comprendo a José María Guelbenzu (autor de ese reportaje de Babelia) y a otros como él y como yo: nos resistimos a aceptar que los veranos de lectura plácida y prolongada han sido aniquilados, que la sociedad y el estruendo conspiran contra ellos y casi los han barrido de la faz de la tierra. Para mantenerlos hay que forcejear, tener una enorme fuerza de voluntad. En vez de dejarnos invadir pasivamente por los libros, que se imponían de forma natural, hemos de ser activos, y obstinados, y luchar por hacerles sitio contra todos los elementos.

En vista de las perspectivas, hoy, último día de julio, me permito ofrecerles el sencillo y sereno poema de un clásico, que traduje hace décadas, para que por lo menos lean una pieza entera (bien que breve y con estribillo) en las inaguantables esperas de los aeropuertos o en los trayectos de ferrocarril. Ya incluí uno del siglo VIII hace unos meses, y al parecer no cayó mal. El de hoy es de Stevenson, y sin duda fue un esbozo para su famoso y escueto “Réquiem”, inscrito en su tumba en lo alto del Monte Vaea, en Samoa, a cuatro mil metros. Murió con sólo cuarenta y cuatro años, y esta variante dice así:

“Ahora que la cuenta de mis años
ya se ha cumplido, y yo
la vida sedentaria
dejo para morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.

DVDMClara fue mi alma, libres mis actos,
honor era mi nombre,
no huí nunca ante el miedo
ni perseguí la fama.
Cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.

Cavad bien hondo en algún valle verde
donde la brisa suave
sople fresca en el río
y en los árboles cante …
Cavad bien hondo y dejadme yacer
bajo el inmenso y estrellado cielo.
Alegre en vida, fui alegre al morir,
cavad bien hondo y dejadme yacer.”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de julio de 2016

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 24 de julio de 2016. ‘Ya no los quiero ni ver’

Ha durado poco la novedad, ¿verdad? Bueno, esa sensación tengo, y como me considero una persona corriente tiendo a pensar que lo que a mí me pasa le pasa a mucha gente más. ¿Recuerdan cuando, en tiempos de Aznar, cada vez que éste salía en pantalla muchos cambiábamos automáticamente de canal porque su mera visión nos resultaba insoportable, más que nada (aunque no sólo) por hartazgo y saturación? Daba lo mismo lo que dijera, si su intervención era debida a su cuota diaria de televisión o a un anuncio crucial para el país: si se trataba de lo segundo, ya nos enteraríamos por el periódico, sin necesidad de sufrir su rostro desdeñoso, su cadencia pseudopija, sus acentos de importación, su gesticulación ni por supuesto sus permanentes cinismo y vacuidad. Lo padecimos ocho años, en gran medida por culpa de Anguita, uno de los mayores ídolos de Podemos junto con Perón, aquel dictador que se refugió en la España de Franco, como tantos otros antes que él.

Pues bien, aquella saturación superior a nuestras fuerzas, ¿no la sienten ya ustedes respecto a casi todos los políticos nuevos, los que llevan tan sólo dos años ejerciendo como tales? De los más veteranos no hablemos, eso se da por descontado: ver aparecer a Rajoy, a Cospedal, a Aguirre, a Soraya Sáenz, a Montoro, a Fernández Díaz, a Báñez, equivale a bostezar y a buscar cualquier otro espectáculo, por caridad. Lo mismo sucede con los tertulianos “políticos”, que no por ponerse estolas de fantasía y chaquetas rojas o añiles (o rizos de peluquería) dejan de tener el aspecto de señores y señoras de su casa que sueltan obviedades y lo llevan a uno a preguntarse por qué diablos están ahí, contratados para opinar con engolamiento. (Dan ganas de acordarse de lo que dijo Stendhal sobre su zapatero, pero la cita sería considerada elitista y clasista; y lo era, aunque no le faltase algo de razón.)

Pero los nuevos no han tenido medida. Como si fueran concursantes de Gran Hermano, y aupados por uno de esos periodistas enloquecidos (hay decenas) que pretenden ser a la vez moderadores, directores de informativos, tertulianos, entrevistadores y entrevistados, no han desaprovechado ocasión y han salido hasta en la sopa, provocando la náusea del espectador. Cada vez que veo en pantalla a Iglesias, Errejón, Monedero, Bescansa, Echenique, Montero y correligionarios, me asalta un gran sopor. Parece que tengan teléfono rojo con ese periodista monomaniaco, García Ferreras, y que estén en todo momento disponibles para él (y para otros), noche y día, hasta el punto de que no se sabe cuándo les queda tiempo para estudiar, debatir o simplemente pensar. Se han prodigado menos Pedro Sánchez y Albert Rivera, pero lo suficiente para suscitar asimismo un bostezo pavloviano difícil de reprimir. Si uno va a menudo a Cataluña, lo mismo le ocurre con el nuevo político inoportunamente llamado Rufián (inoportunamente para él), con la avinagrada Anna Gabriel, la ufanísima Colau y la estricta Forcadell; no digamos con Mas y Homs, el lloriqueante Junqueras y el atropellador Tardà. Todo es como un círculo viciosísimo del que resulta imposible escapar. Uno oye las mismas sandeces repetidas hasta la saciedad, los mismos disparates y provocaciones, asiste atónito a la fatuidad de varios (Iglesias habla con desparpajo y sin sonrojo de su propio “carisma” o de su “lucidez”: no tiene abuela), a la sosería infinita de muchos, a las salidas de pata de banco de la mayoría, al pésimo castellano de casi todos.

Tengo para mí que, si producen tanto y tan rápido hartazgo, es porque pocos de nuestros políticos son demócratas, y fuera del sistema democrático sólo hay propaganda y consignas, que aburren pronto. No lo son los del PP, como se comprobó con Aznar y se ha vuelto a comprobar con Rajoy. No basta con ganar elecciones para serlo. Esto es una condición necesaria pero insuficiente. Si no se gobierna democráticamente a diario … Esto significa sin despreciar a la oposición, sin imponer leyes injustas o parciales gracias a una mayoría absoluta, sin utilizar Hacienda e Interior para los propios fines y para represaliar a críticos y adversarios. No son demócratas los del actual Unidos Podemos, se ve a la legua, o lo son a la manera de Putin, Berlusconi, Maduro, Orbán; ni los de la CUP, ERC y CDC, como se vio cuando negaron hasta la aritmética para proclamar su “triunfo” independentista. Sí lo son por ahora el PSOE, Ciudadanos y el PNV (con sus mil defectos), justamente partidos mal parados en las últimas elecciones. Supongo que todo es en efecto como Gran Hermano: se premia a los corruptos y a los que arman bulla, a los que sueltan necedades mayores o muestran desfachatez más llamativa. A los que dan espectáculo superficial. Pero nadie cuenta con que eso, lo superficial, lo que carece de verdadero interés y no hace pensar nunca, se agota pronto, y harta y satura hasta decir: “Basta, no puedo oírlos más, ya no los quiero ni ver”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de julio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 17 de julio de 2016. ‘Ataques de frivolidad’

Los españoles nacidos en el franquismo, los que pertenecíamos a familias perdedoras de la Guerra Civil, tuvimos siempre presente que podíamos vernos obligados a abandonar nuestro país. Mi padre solía recomendar tener el pasaporte en regla y algo de dinero fuera, si era posible, para aguantar los primeros días de un posible exilio. (Tras cuarenta años de democracia, me temo que ese peligro sigue existiendo: de España nunca se sabe quién te va a echar, suele haber demasiados candidatos a “hacer limpieza” y a perseguir.) Por razones personales, no me imaginaba huyendo a Latinoamérica, ni a la vecina Francia, ni a los Estados Unidos en los que había pasado algún año muy temprano de mi vida, sino al Reino Unido, al que entonces se llamaba Inglaterra sin más. De niño poseía ya rudimentos de inglés, pero leía en traducción. En gran medida me formé con las andanzas de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, y las series “Aventura” y “Misterio” de Enid Blyton, anteriores y mejores que las que le dieron mayor fama; con Stevenson y Conan Doyle y Defoe, con Dickens y Agatha Christie, con Walter Scott, John Meade Falkner y Anthony Hope, con Kipling y Chesterton y Wilde algo después. El cine británico llegaba con regularidad, y muchos de mis héroes de infancia tenían el rostro de John Mills, Trevor Howard, Jack Hawkins, Stewart Granger o David Niven, más tarde de Sean Connery. Mi primer amor platónico fue Hayley Mills, la protagonista niña de Tú a Boston y yo a California y Cuando el viento silba. Tampoco me fueron indiferentes las ya crecidas Kay Kendall, Jean Simmons y Vivien Leigh, más adelante la incomparable Julie Christie. Inglaterra era para mí un lugar tan europeo y casi tan familiar como mi natal Madrid. Allí tendría cabida y se me acogería, como fueron acogidos los escritores Blanco White (en el siglo XVIII), Cernuda, Barea y Chaves Nogales, o mi amigo Cabrera Infante, expulsado de la Cuba castrista en la que tantas esperanzas había puesto, y al que visité infinidad de veces en su casa de Gloucester Road.

Inglaterra ofrecía, además, innegables ventajas respecto a España. Sus gentes parecían educadas y razonables, con un patriotismo algo irónico y no histérico y chillón como el de aquí; era un país indudablemente democrático, garante de las libertades individuales, entre ellas la menos conocida aquí, la de expresión. Su famosa o tópica flema evitaba la exageración, el desgarro, el dramatismo demagógico y la propensión a la tragedia. Había resistido al nazismo a solas durante años, con entereza y templanza, sin perder los papeles que tantos motivos había para perder. Así pues, el reciente referéndum para el Brexit me supone un cataclismo. Por razones biográficas, desde luego, pero éstas son lo de menos. Lo alarmante y sintomático es ver a esa nación, básicamente pragmática y más decente que muchas, envilecida e idiotizada, subyugada y arrastrada por personajes grotescos como Boris Johnson y Nigel Farage y por sibilinos como Michael Gove, quizá el más dañino de todos. Dejándose engañar como bananeros por las mentiras flagrantes en las que los defensores de la salida de la UE en seguida reconocieron haber incurrido (nada más conseguir su criminal propósito). Un país tradicionalmente escéptico y sereno se ha comportado con un patriotismo histérico digno de españoles (o de alemanes de antaño). En un referéndum ridículo, para el que no había necesidad ni urgencia, un gran número de votantes se ha permitido una rabieta contra “Bruselas” y el Continente, sin apenas pararse a pensar y confiando en que “otros” serían más sensatos que ellos y les impedirían consumar lo que en el fondo no deseaban. Es lo mismo que uno oye en todas partes, aquí por ejemplo: “Voy a votar a Podemos o a Falange para darles en las narices a los demás, y a sabiendas de que no van a gobernar. Si tuvieran alguna posibilidad, ni loco los votaría”. Lo malo de estas “travesuras” es que a veces no quedan suficientes “otros” para sacarnos del atolladero en que nos metemos con absoluta irresponsabilidad, como ha sucedido en Inglaterra para alegría de Trump, Putin, Marine Le Pen y Alberto Garzón. Semanas después del Brexit no se ven sus beneficios, o han resultado falaces, y sí se ven sus perjuicios: para Europa sin duda, pero aún más para el Reino Unido. Muchos jóvenes partidarios de quedarse no se molestaron en ir a votar, confiando asimismo en la “sensatez” de los que fueran. Nunca se puede confiar más que en uno mismo, ni se debe delegar, ni se puede votar “en caliente” o en broma por aquello que nos horrorizaría ver cumplido. Quizá sirva para algo este malhadado Brexit: para que el resto nos demos cuenta de cuán fácilmente puede uno arruinarse la vida, no por delicadeza como en el verso de Rimbaud, sino por prolongado embrutecimiento y un ataque de frivolidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de julio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 10 dejulio de 2016. ‘Demagogia directa’

No puedo evitar ver cierta vinculación. Desde hace años (sobre todo desde que existen las redes sociales), los programas de televisión y radio, los diarios, la publicidad, se han volcado en la continua adulación de sus espectadores, oyentes, lectores y clientes. Se los insta a “sentirse importantes” con apelaciones del tipo: “Participa”, “Tu voz cuenta”, “Tú decides”, “Da tu opinión”, “Todo está en tus manos”. Mucha gente, incauta y narcisista por naturaleza, se lanza a gastar dinero (cada llamada o tuit cuesta algo) para hacer notar su peso en cualquier imbecilidad: quién ha sido el mejor jugador de un partido o quién debe representarnos en Eurovisión; quién debe ser expulsado de Gran Hermano o ganar tal o cual concurso de cocina; si Blatter y Platini deben dimitir de sus puestos en la FIFA, y así. Los periódicos online ofrecen gran espacio para los comentarios espontáneos sobre un artículo o una información, las pantallas se llenan de mensajes improvisados e irreflexivos sobre cualquier asunto. Es decir, mucha gente se ha acostumbrado a ser “consultada” incesantemente acerca de cualquier majadería, cuestiones intrascendentes las más de las veces, meros juegos sin consecuencias. Al fin y al cabo, ¿qué importa quién venza en un concurso o quién cante en un festival? Pero nuestra vanidad es ilimitada, y cada cual cree que, con su voto o su opinión, ha intervenido y ha gozado de protagonismo.

Parece algo inofensivo y baladí, pero sospecho que en estas ruines lisonjas está el origen del progresivo abaratamiento del sistema democrático, y lo peor, lo más engañoso e irresponsable, es que no son pocos los partidos políticos que recurren a estas técnicas; que se inspiran en esta frivolización y se pretenden “más democráticos que nadie” mediante los referéndums, los plebiscitos, los asambleísmos, las votaciones “directas” sobre lo habido y por haber. Se pregunta a “las bases” con quiénes se ha de pactar o gobernar, y de ese modo los dirigentes se eximen de responsabilidades. Se pregunta a la ciudadanía (como ha hecho Carmena en Madrid) si cree que hay que remodelar la Plaza de España, de lo cual se enteran cuatro gatos y votan la mitad sin tener mucha idea de lo que realmente opinan o de si tienen opinión (de lo que se trata es de participar en lo que sea); Carmena da por válida la respuesta de los dos gatos y acomete la enésima obra destructiva de nuestra ciudad. Podemos y la CUP no cesan de consultar a sus militantes, eso sí, bien teledirigidos para que voten lo que defienden sus líderes. Italia inquirió a sus electores sobre prospecciones petroleras (!), y, claro, no hubo quórum. Hungría a los suyos sobre las cuotas de refugiados, Grecia a los suyos si aceptaban el tercer rescate de la UE. Holanda sobre no sé qué. Y Suiza, bueno, es la pionera, allí se consulta a la población acerca de cualquier minucia. Hay cuestiones –poquísimas– para las que sí conviene un referéndum, como la independencia de Escocia o la del Quebec, dada la trascendencia de la decisión. Pero ni siquiera el celebrado para el Brexit cumplía esos requisitos: no había un clamor exigiéndolo, ni siquiera urgencia, y todo fue un estúpido e irresponsable farol de Cameron, que podía haberse ahorrado anunciando en su programa que mientras él gobernase el Reino Unido permanecería en la UE.

Al día siguiente del triunfo del Brexit, el 7% de los votantes favorables a él ya estaban arrepentidos, asustados y solicitando una segunda vuelta. ¿Cómo se explica? Tengo para mí que alguna gente se ha contagiado de las continuas votaciones “populares” de la televisión y las redes. Para ella todo se ha convertido en un juego, y ya no distingue entre echar a un concursante de la casa de Gran Hermano y decidir algo, en serio, que puede arruinarle la vida o cambiarla para mucho peor. Votan con la misma despreocupación, hasta que al día siguiente se dan cuenta y exclaman: “¡Dios mío, qué he hecho! Esto sí traía consecuencias”. Los dirigentes que apelan a la “democracia directa”, a los plebiscitos, a los referéndums en serie, deberían ser rechazados, por comodones, incompetentes y cobardes. Si siempre se cubren las espaldas preguntando al “pueblo”, ¿para qué diablos son elegidos? Son pura contradicción o caradura: “Quiero un sillón, pero cada vez que deba tomar una medida peliaguda o impopular, cargaré a la gente (manipulada) con la responsabilidad” (a los cuatro o dos gatos que, halagadísimos, se molesten en responder). Tenemos democracias representativas, y elegimos a alguien presuponiendo que sabe más que el común. En contra de las apariencias, los que recurren a las consultas sin parar suelen ser los menos democráticos. Para mí hay otro viejo adjetivo que los define: demagógicos, eso es más bien lo que son.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de julio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 3 de julio de 2016. ‘El retrato del organista’

Vicente López. 'Félix Máximo López'. Museo del Prado

Vicente López. ‘Félix Máximo López’. Museo del Prado

Siempre que voy a una exposición del Museo del Prado aprovecho la visita para asomarme a dos o tres de mis cuadros favoritos, entre los que están los imaginables y otros que no lo son tanto. Y a menudo me acabo acercando a un retrato de un pintor español cuyo nombre corriente dice poco a la mayoría: Vicente López (1772-1850). Su obra más conocida es el que le hizo a Goya en 1826, con pincel y paleta en las manos y bien trajeado por una vez. Sin duda es un excelente y algo academicista retrato, pero no es ese el que a mí me gusta contemplar largo rato, incansablemente. Éste es Félix Máximo López, de 1820, padre del artista –infiero, pero no me consta– a tenor de la inscripción bien legible sobre el teclado de un clavecín en el que el anciano apoya su brazo izquierdo: “A D. Félix Máximo López, primer Organista de la Real Capilla de Su Majestad Católica y en loor de su elevado mérito y noble profesión, el amor filial”. Me imagino que el cuadro podrá verse en Internet.

Ese viejo organista parece en verdad muy viejo, aunque váyase a saber qué edad tenía cuando fue pintado. Y sin embargo su atuendo y su actitud son aún presumido y desafiante, respectivamente. Una chaqueta de bonito azul marino con botonadura dorada queda empalidecida al lado de su chaleco rojo vibrante, con su ondulación, y de los puños de la chaqueta a juego con él. En la mano derecha sujeta una partitura cuyo título puede leerse del revés: “Obra de los Locos, Primera parte”. Inclinado junto a la manga, un bastoncillo de empuñadura dorada, recta y breve. La mano y el brazo izquierdos, sobre el mencionado clavecín. El pelo blanco y escaso lo lleva peinado un poco hacia adelante, a la manera de los romanos pudorosos de su calvicie, y las cejas pobladas también se ven encanecidas. Las orejas son grandes, pero bien pegadas a la cabeza; la nariz ancha pero proporcionada con el resto; el labio superior más bien exiguo, casi retraído, y sobre él se advierte una cicatriz vertical; entre la mejilla y la nariz se adivina una verruga nada aparatosa, como si se le hubiera posado una mosca ahí. Todo el retrato rebosa fuerza y a mí me produce, como pocos otros, la sensación de tener enfrente a ese hombre vivo, a él y no su representación; y esa fuerza está sobre todo en la mirada, como suele ocurrir. El viejo mira fijamente al espectador como sin duda miró muchas veces a sus discípulos y a sus seres cercanos. Y cada vez que contemplo esos ojos me parece oír voces distintas y acaso contradictorias. Un día los imagino encarándose con alguien que le ha pedido ser su aprendiz, o una recomendación: “¿Así que quiere usted ser organista, joven, como yo? Pocos están dotados, y si no lo está ya se puede esforzar, que de nada le va a servir”. Otro día los oigo murmurar: “Sí, ya soy viejo, hijo, y quieres retratarme antes de que me muera. Podía habérsete ocurrido antes, cuando no tenía este aspecto. Pero si se me ha de ver así en el futuro, te aseguro que no me mostraré decrépito, sino aún lleno de vigor. Empieza y acaba ya, cuando todavía estamos a tiempo”. Un tercer día los oigo asustados, pero disimulando su temor y esa incomprensión de las cosas que muchos ancianos llevan puesta permanentemente en la mirada, como si ya todo les resultara ajeno y baladí: “No sé quiénes sois ni qué buscáis, no entiendo vuestros afanes y empeños, todavía dais importancia a insignificancias, aún lucháis y ambicionáis y envidiáis, todavía sufrís; cuánto os falta para cesar, como ya he cesado yo”. Siempre, en todo caso, oigo hablar a esos ojos, en tono brioso, y de escepticismo, y de reto. Alguna vez me he figurado que se dirigían al Rey, Fernando VII, y que en ese caso estarían pensando: “¿Qué sabrás tú de música ni de nada, especie de mentecato pomposo y cruel?”

No quedan muchos viejos así en la vida real. Se los ha domesticado haciéndoles creer que aún son jóvenes, tanto que se los trata como a niños. Tiempo atrás escribí de la lástima que me daba un grupo de ellos, completando tablas de gimnasia en pantalones cortos, en una plaza. Con esos pantalones los vemos a manadas ahora, en verano. Sus hijas y nueras los han engañado: “¿Por qué no vas a ponértelos, si así vas más cómodo y fresco?” Apenas quedan viejos no ya dignos, sino que continúen siendo los hombres que fueron, sólo que con más edad. Hubo un tiempo –largo tiempo– en el que los ancianos no abdicaban de su masculinidad y jamás eran peleles infantilizados. En el que seguían siendo fuertes, incluso temibles, en el que se revestían de autoridad. Claro que era un tiempo en el que la sociedad no tenía prisa por deshacerse de ellos, por arrumbarlos, por entontecerlos, por desarmarlos y jubilarlos con gran soberbia, como si no tuvieran nada que enseñar. Si miran el retrato del primer Organista Félix Máximo López, seguro que reconocerán al instante de qué les hablo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de julio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 26 de junio de 2016. ‘Lo contraproducente’

Aparte de resultarme estomagantes, siempre he desconfiado de los cursis, lo mismo que de los melodramáticos, los histéricos, los quejumbrosos. Por frívolo que suene en esta época plagada de injusticias, el estilo cuenta e influye. Desde que hace mucho volvieron a proliferar los mendigos, uno se ve abordado por tantos en cualquier trayecto que no le queda sino “elegir” a cuáles ayuda, ya que a todos sería imposible. Me doy cuenta de que no me acabo de creer a los más chillones y exagerados, a los que están de rodillas o tirados, entonando una letanía de desdichas de forma machacona. Lejos de mí suponer que mienten, pero sus aparatosas escenificaciones me son contraproducentes, y me siento más inclinado a rascarme el bolsillo ante aquellos más pudorosos y sobrios, los que conservan un ápice de entereza o de picardía en medio de su infortunio. De hecho me conmueven más los que no se esfuerzan por lograrlo que los aspaventeros que proclaman su desesperación. Otro tanto sucede con las imágenes de los refugiados por toda Europa: los hay muy dignos y pacientes, que piden con tono y gesto serenos, y sus miradas ensimismadas y tristes apelan a nuestra compasión con mayor eficacia (sigo hablando por mí) que los desgarrados aullidos de otros, que los arrebatados y exhibicionistas. No digo que éstos no padezcan, claro, pero, al no tener reparo en explotar su padecimiento, consiguen que, aun siendo verdadero, parezca falso, una suerte de representación. En suma, cuanto más grita alguien “Ay ay ay qué dolor”, más tiende uno a pensar, quizá injustamente: “Ya será para menos”.

Tengo observado que los cursis no sólo resultan empalagosos, sino que con frecuencia esconden a individuos aviesos, sin apenas escrúpulos. En el articulismo es muy detectable. Los prosistas capaces de las más lacrimosas ñoñerías suelen ser también los que se muestran más soeces, mezquinos y zafios, según les pille el día. A veces alcanzan una inverosímil mezcla de las dos cosas, grosería y edulcoramiento. Son los que escriben necrológicas dirigiéndose al muerto, más ocupados en que se vea lo destrozados que están ellos que en hacer el elogio del fallecido. O bien en relatar cuánto los apreciaba el difunto de turno (“Me dio un premio”, “Me felicitó por mi obra”, cosas así).

Hoy hay elecciones, y una posible manera de orientarse a la hora de votar, más allá de las ideologías, es fijarse en los estilos, en esa cursilería y ese dramatismo de los que vengo hablando, en la falta de sobriedad. Creo que Rajoy y su partido aprendieron hace ya años la lección de lo contraproducente, cuando el aún Presidente imaginó a una tierna niña a la que deseaba toda suerte de males (los que él trajo en cuanto tuvo el poder), y eso se le volvió en contra con gran virulencia. Todavía no han aprendido esa lección, en cambio, los representantes de Unidos Podemos, a los que no se les ha ocurrido otra ñoñez que poner en su logo un corazonzuelo con colorines, hablar de “sonrisas” y decir que “nosotros nos tocamos mucho, nos queremos” (¡aargg!, como se leía en los antiguos tebeos). Claro que todo esto poco tiene de sorprendente si se recuerda el texto de su gran mentor Monedero ante la agonía de Hugo Chávez: “He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos”. Luego venía una ristra de demagogias lacrimógenas, del tipo: “Chávez en la señora que limpia. Chávez de la abuela que ahora ve y de la que ahora tiene vivienda. Chávez de la poesía rescatada, de los negros rescatados, de los indios rescatados”, etc. Y aún insistía con su metáfora: “He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos y no se me quita” (después de tanto paseo fluvial no sé cómo no acabó anegado Monedero entero).

No quiero sacar conclusiones, y siempre hay excepción a la regla, pero la experiencia me ha enseñado que las personas capaces de expresarse tan impúdicamente (“Mírenme qué sensible y poético soy, mírenme cómo lloro y me estremezco y vibro”) a menudo también lo son de la más absoluta falta de piedad. La niña de Rajoy y los Orinocos de Monedero son dos caras de la misma moneda, a mi parecer. Y, siento decirlo, pero al oír o leer estas sensiblerías, no puedo nunca dejar de acordarme del monólogo del futuro Ricardo III en Enrique VI de Shakespeare, sobre todo de los siguientes fragmentos: “Vaya si sé sonreír, y asesinar mientras sonrío; y lanzar ¡bravos! a lo que aflige mi corazón; y humedecer mis mejillas con lágrimas artificiales. Ahogaré a más marinos que la Sirena; mataré a más mirones que el basilisco; engañaré con más astucia que Ulises. A mi lado le faltan colores al camaleón, y el criminal Maquiavelo es un aprendiz. Y si sé hacer todo esto, ¡quia!, ¿cómo no voy a arrancar una corona?”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de junio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 19 de junio de 2016. ‘Perrolatría’

Cuando Obama ocupó la Casa Blanca hace casi ocho años, se encontró con un problema inesperado, mucho más grave que su raza o su poco definida religión: no tenía perro. Hubo de comprarse uno a toda prisa, porque en los Estados Unidos hace mucho que se llegó a la peregrina conclusión de que quien carece de perro es mala persona. España presume de ser un país muy antiamericano, pero copia con servilismo todas las imbecilidades que desde allí se exportan, y casi ninguna de las cosas buenas o inteligentes. En la beatería por los chuchos (y por extensión por todos los animales, dañinos o no), estamos alcanzando cotas demenciales, y, sobre todo, los dueños de canes quieren imponer sus mascotas a los demás, nos gusten o no. Leo que sólo en Madrid hay más de 270.000 censados, cifra altísima, pero que no deja de representar a una minoría de madrileños. Ésta, sin embargo, en consonancia con la lerda idea estadounidense de que los perrólatras gozan de superioridad moral y de un salvoconducto de “bondad” (Hitler se contaba entre ellos), abusa sin cesar y exige variados “derechos” para sus perros. Lo de los “derechos” de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos. Quienes se erigen en sus “depositarios” son humanos muy vivos, con frecuencia sus propietarios, que en realidad los quieren para sí, una especie de privilegio añadido. Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos, algo distinto. Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente, desde luego (pero si nos atacan o son nocivos también tenemos el derecho e incluso la obligación de defendernos de ellos).

Los dueños de perros claman ahora por que se deje entrar a éstos en casi todas partes: en bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte, museos, librerías, y aun se les creen sus propios parques … Una apasionada declara: “No apoyo sitios en los que no me dejen entrar con mi familia” (sic). “Vaya con o sin mis perros”. (Supongo que regiría igual para quien decidiera adoptar jabalíes, serpientes o cachorros de tigre.) Ella y otros entusiastas celebran que ahora La Casa Encendida abra sus puertas a los perros, y no sé si también la Calcografía Nacional (donde se ha hecho una exposición de la Tauromaquia de Goya tan manipulada y falseada que se convirtió al pintor en un “animalista avant la lettre” (!). En lo que a mí respecta, ya sé qué sitios no voy a volver a pisar, por si las moscas. Nada tengo contra los perros, que a menudo son simpáticos y además no son responsables de sus dueños. Pero no me apetece estar en un restaurante rodeado de ellos. No todos están educados, no todos están limpios ni libres de enfermedades, no todos se abstienen de hacer sus necesidades donde les urjan, muchos ladran en cualquier momento por cualquier motivo.

Con frecuencia sus amos no se conforman con uno, sino que llevan tres o cuatro, cada uno con su larga correa que ocupa la calle entera e impide transitar a los peatones. Un perro es, además, un lujo. Su mantenimiento es carísimo y una esclavitud, desde la comida especial hasta las espulgaciones, las continuas visitas al veterinario, los lavados y peinados y “esquilados” a cargo de expertos, incluso el tratamiento “psiquiátrico” que necesitan muchos porque se “estresan”, se asustan al oír el timbre, se desquician en pisos de escasos metros y en ciudades no preparadas para su sobreabundancia. De las cacas que van sembrando no hablemos; por mucho que se obligue a sus amos a recogerlas en una operación de relativa asquerosidad, siempre los habrá que se negarán a la humillación. Nada tengo contra los perros, ya digo, pero hay mucha gente que sí, que les tiene miedo y no los soporta. Y se los intenta imponer a esa gente en todas partes, hasta mientras come.

Entre ella estaba Robert Louis Stevenson, que escribió en 1879: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación … El agudo y cruel ladrido de un perro es en sí mismo un intenso tormento … En este atractivo animal hay algo del clérigo o del jurista … Cuando viajo a pie, o duermo al raso, los detesto tanto como los temo”. Todo esto se olvida, en efecto: según su tamaño y su raza, el que va con perro porta un arma. Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca. Una vez un vecino misantrópico me insultó gravemente, sin motivo, en el portal. Mi reacción normal habría sido encararme con él. Pero el hombre sujetaba a un perro de aspecto fanático, que a su orden habría defendido a su dueño aunque éste no llevara razón. Como es natural, porque a los canes no les corresponde averiguar tales matices, sino someterse ciegamente a quien los alimenta y cuida. Si eso no es un peligro en potencia … En Madrid hay los perros que dije, así que no quiero imaginarme cuántos enemigos me he creado en España con estas líneas. Ninguno tendrá cuatro patas, eso es seguro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de junio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 12 de junio de 2016. ‘Veamos a quién admiras’

Poco antes de las elecciones del pasado diciembre escribí aquí una columna titulada “Casi cualquier prueba”, en la que repasaba la catastrófica legislatura bajo el Gobierno de Rajoy y expresaba mis dudas y reparos ante los demás partidos. Y terminaba diciendo: “… con todo y con eso, casi cualquier prueba, casi cualquier riesgo, me parecen preferibles a continuar en la ciénaga de los últimos cuatro años”. Tuve la precaución del “casi”, porque siempre es preciso tenerla. Son ya demasiadas las ocasiones en las que uno cree que no puede existir un gobernante peor del que se sufre, y la experiencia le demuestra lo contrario, que siempre es posible empeorar. Sin alejarnos mucho, ¿parecía imaginable alguien más dañino y falaz que Bush Jr y Cheney al frente de los Estados Unidos? Ahora corremos el riesgo de que esté a su mando Donald Trump.

En aquella columna escribía del PSOE: “… no es seguro que haya abandonado la idiotez generalizada que lo dominó durante la época de Zapatero”, y añadía: “Esa idiotez, pero agravada, la ha heredado IU bajo el liderazgo de Alberto Garzón; y en cuanto a Podemos, una necedad similar compite con resabios de autoritarismo temible”. Han transcurrido seis meses y algo más sabemos acerca de esta última formación. Pero no mucho, en realidad (aparte de que haya engullido a la penúltima). Si uno quiere saber qué pretenden y cómo gobernarían sus dirigentes, se encuentra con un batiburrillo oportunista. Han cambiado de postura y “lugar” tantas veces (somos “anticasta”; no, de extrema izquierda; no, socialdemócratas; no, de centro; no, de los de abajo; no, “transversales” en general) que lo único que se saca en limpio es que es gente dispuesta a lo que sea con tal de conseguir poder. Su objetivo más visible es el siguiente: sobrepasar al PSOE para después desmenuzarlo; erigirse en principal partido de la oposición y aguardar a que el PP siga hundiéndose y hundiendo al país hasta que la población, desesperada, quite mi cauteloso “casi” y prefiera cualquier prueba, cualquier riesgo, antes que seguir padeciendo las injusticias y la inoperancia de Rajoy o su sucesor.

jdtAnte un partido como Podemos, dado al travestismo, el embarullamiento y la adulación del elector, dominado por una figura tan demagógica y taimada como Pablo Iglesias, sólo ayuda fijarse en quiénes son sus amigos y benefactores, y a quiénes admira, para intuir a qué atenerse y qué se puede esperar de él. Por supuesto, están el golpista militar Chávez y su caricatura Maduro, a quienes varios de sus líderes aconsejaron y sirvieron con apasionamiento y remuneración: es decir, un par de autócratas desastrosos para su país, que desprecian la democracia. Están Tsipras y Varufakis, de Grecia, a los que en estos momentos no conviene poner de ejemplo, aunque parecieran mucho más honestos y bienintencionados que los dirigentes de Podemos. Está a ratos Putin, y Bildu en el País Vasco, con el que han establecido alianzas. Ahora está Arnaldo Otegi, al que abrazan y juzgan “un hombre de paz”, como si nada hubiera tenido que ver con ETA en sus años más virulentos. Y desde luego está Julio Anguita –al que también abrazan–, uno de los políticos más injustificadamente presuntuosos y perdonavidas de nuestra democracia, y cuyo mayor logro (la famosa “pinza” de los noventa) fue aupar a Aznar al poder; y a Aznar, su compañero de conspiración, lo sufrimos ocho años. Iglesias se proclama “discípulo” de él (de Anguita, aunque en su megalomanía y su autoritarismo recuerde muchísimo a Aznar). No está de más recordar que, declarándose Podemos un partido feminista, sus dirigentes no tuvieron el menor reparo en trabajar para –y cobrar de– un canal de televisión financiado por Irán, donde las mujeres están sojuzgadas en todos los ámbitos. La impresión se confirma: lo que sea para conseguir poder. Por último, no olvidemos entre las admiraciones la excelente serie Juego de tronos, pobre, que el susodicho Iglesias no cesa de manosear y tergiversar: si le gusta tanto es porque, según él, ilustra el pensamiento político de Maquiavelo, Gramsci y Carl Schmitt (que inspiró mucho al nazismo), y enseña que lo que importa es el poder crudo, el de la fuerza. Es difícil saber si George R. R. Martin se moriría de risa o se pegaría un tiro en el paladar al oírle, al ver su imaginativa creación reducida a semejante ramplonería de pedantuelo profesor incapacitado para entender la ficción.

Pero hay un elemento o guía más: la actitud de los entusiastas de Podemos, sin parangón con la de los de ningún otro partido, incluido el PP. Cuando en política aparece un fervor religioso; cuando la pertenencia a una formación se asemeja a la pertenencia a una secta, y hay un caudillo; cuando sobre sus críticos cae inmediatamente una lluvia de insultos mezclada con alguna lección adoctrinadora para que esos críticos “abran los ojos y abracen la fe”; cuando desde ese partido se habla de “regular” y “controlar” la prensa, y de pedir “adhesión” (palabra franquista donde las haya) a los jueces y a los cargos públicos; entonces, cuando todo eso se junta, sólo toca alejarse corriendo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de junio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 5 de junio de 2016. ‘Narcisismo hasta la enfermedad’

El narcisismo de nuestra época está alcanzando cotas inimaginables. Hay un creciente número de individuos tan enamorados de sí mismos que dan por sentado que lo que ellos hagan, opinen, tengan o incluso padezcan es bueno o está dignificado. He contado que la Real Academia Española recibe protestas y presiones para que suprima la siguiente acepción de “autista” (como adjetivo y como sustantivo): “Dicho de una persona: Encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”. Los quejosos no tienen en cuenta que, como he explicado mil veces –y no he sido el único–, la RAE carece de potestad para enmendarles la plana a los hablantes. Si a ellos se les antoja emplear “autista” en sentido figurado, para referirse a alguien ensimismado, impermeable al exterior y a sus semejantes, a la Academia no le queda sino recoger ese uso. Pertenece a la lengua porque así lo han decidido los hablantes. También se soliviantan muchos por esta acepción de “cáncer”: “Proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”. Y se añade el ejemplo: “La droga es el cáncer de nuestra sociedad”. Este sentido metafórico de la palabra está extendidísimo, y a la RAE no le cabe sino registrarlo. Esta institución, en contra de lo que muchos quisieran, no prohíbe ni impone nada; tampoco juzga; a lo sumo advierte, mediante las marcas “Vulgar” o “Negativo”, que tal o cual vocablo pueden resultar malsonantes o denigratorios.

Pero el narcisismo de muchos individuos roza el absurdo o cae de lleno en él. Hay enfermos de cáncer que consideran falta de respeto la inclusión de la acepción mencionada. Parecen decirse: “¿Cómo va a ser destructivo algo que yo tengo? Eso es una ofensa”. Siempre se ha hablado de tumores “malignos”, y todos sabemos lo destructivo que es el cáncer. Algunos de los que lo padecen, sin embargo, han decidido que, si ellos lo albergan, no puede ser maligno ni destructivo, o que al menos no debe emplearse el nombre como sinónimo de algo negativo. Otro tanto ocurre con “autista”, como si serlo fuera algo neutro y no una desgracia. Su uso figurado agravia a los afectados. Pero lo cierto es que ambas cosas son negativas, se miren como se miren, y nada tiene de particular que los hablantes lo entiendan así y se valgan de los términos en sentido no literal (y negativo). Pero en fin, ya saben que hoy está mal visto hasta decir que alguien es sordo, o ciego, no digamos tullido o lisiado. Quien sufre una carencia o un defecto a veces no está dispuesto a admitir que no ver o no oír lo sean. Pretenden que lo consideremos una especie de “opción”, algo “elegido”, cuando no lo es. Claro que hubo el caso de dos lesbianas estadounidenses sordomudas que, hace años, y a la hora de fecundarse una de ellas artificialmente, exigieron que su nasciturus heredara su sordomudez: querían para él la misma “forma de vida” que a ellas les había tocado en suerte, de la que habían logrado sentirse orgullosas…

Hace pocas semanas hablé aquí de la extrema susceptibilidad de mucha gente, que intenta imponernos a los demás. La Defensora del Lector de este diario se hizo eco recientemente –y además les dio en buena medida la razón– de las susceptibilidades desaforadas de varios lectores que habían tomado por “burla” del cáncer del novelista gráfico Frank Miller los comentarios que sobre su demacrado aspecto había hecho en una entrevista Jacinto Antón, probablemente el mejor periodista cultural que haya en España. Dado que Miller es un celebérrimo autor de cómics violentos y desmesurados, Antón decía cosas tan terribles como que “se parecía extraordinariamente a Freddy Krueger” (lo cual era cierto, a la vista de las fotos), como podía haber dicho que se daba un aire a Nosferatu. También lo afrentaba al compararlo con un Ecce Homo, es decir, con el Cristo una vez hecho un Cristo, como tanto se dice en el lenguaje coloquial. Esto equivalía, según los quisquillosos lectores, a “burlarse con saña” (!) del enfermo, o a “reírse en la cara de una persona … aquejada por una enfermedad” (!). Y la Defensora, para mi sorpresa (EL PAÍS suele estar a favor de la libertad de expresión, y no debería temer tanto a los tiquismiquis, intolerantes por naturaleza), acababa amonestando al periodista: “Sus comparaciones no dejan de ser una aproximación humorística a una realidad nada cómica: los estragos causados por una enfermedad muy seria” ¿Humorística? ¿Reírse en la cara? ¿Burlarse con saña? No se sabe en qué quedamos. Quizá haya que pasar por alto el aspecto de alguien por llamativo que sea; quizá haya que silenciar las enfermedades sin más, porque cada uno es muy libre de ofrecer el aspecto que quiera o se le haya puesto, por la razón que sea. Y al fin y al cabo el cáncer no es maligno, puesto que muchos lo tienen. A este paso, llegará el momento en que ni siquiera se admita que es una enfermedad. Y llegará también el momento en que no se podrá hablar de nada, por si acaso. Hacia él nos encaminamos a grandes zancadas, para acabar con la libertad de expresión.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de junio de 2016

LA ZONA FANTASMA. 29 de mayo de 2016. ‘Las amistades desaparecidas’

La otra noche me forcé a llamar a una vieja amiga (lo es desde hace cuarenta y tantos años), para por lo menos hablar con ella, ya que en los últimos tiempos nos vemos poco. Poco, pero todavía nos vamos viendo, lo cual ya es mucho, pensé, en comparación con lo que me sucede con decenas de amistades, o les sucede a ellas conmigo. Me temo que nos ocurre a todos, y en algunos momentos produce vértigo acordarse de las personas dejadas por el camino, o –insisto– que nos han dejado a nosotros orillados, colgados o en la cuneta. A veces uno sabe por qué. Las peleas, las decepciones, las ingratitudes, son algo de lo que nadie se libra a lo largo de una vida de cierta duración, pongamos de cuatro décadas o más. Casi nada hiere tanto como sentirse traicionado por un amigo, y entonces la amistad suele verse sustituida por abierta enemistad. Uno puede no ir contra él, no atacarlo, no buscar perjudicarlo en atención al antiguo afecto, por una especie de lealtad hacia el pasado común, hacia lo que hubo y ya no hay. Lo que es casi imposible es que no lo borre de su existencia. Uno cancela todo contacto, pasa a hacer caso omiso de él, lo evita, y cabe que, si se lo cruza por la calle, mire hacia otro lado, finja no verlo y ni siquiera lo salude con el saludo más perezoso, un gesto de la cabeza.

Uno sabe a veces por qué. Curiosamente, las cuestiones políticas son, en España, frecuente motivo de ruptura o alejamiento. Si dos amigos divergen en exceso en sus posturas, es fácil que acaben reñidos sin que se haya dado entre ellos nada personal. Cabe la posibilidad de no sacar esos temas, pero es una alternativa siempre forzada: en el intercambio de impresiones se crea un hueco incómodo y que tiende a ocupar cada vez más espacio, hasta que lo ocupa todo y no hay forma de rodearlo, ni de disimular. Se charla un poco de fútbol, de la familia, del trabajo, pero la conversación se hace embarazosa, ortopédica, sobre ella planea el independentismo vehemente que uno de los dos ha abrazado, o su entrega a la secta llamada Podemos, o su conversión al PP, por ejemplo. Cosas que el otro no puede entender ni soportar. Hay ocasiones más sorprendentes en las que uno también sabe por qué: porque presenció una mala época del amigo, que éste ya dejó atrás; porque le prestó o dio dinero, o lo vio en momentos de extrema debilidad. Hay quienes, lejos de tenerle agradecimiento, no perdonan a otro el haberse portado bien, o el haberles sacado las castañas del fuego. Cuando echamos una mano, del tipo que sea, en realidad nunca sabemos si estamos creándonos un amigo o un enemigo para el resto de la vida, y eso es particularmente arriesgado hoy en día, cuando hay tanta gente necesitada de manos para sobrevivir. Por propia experiencia, cada vez que echo una, me pregunto si recibiré gratitud por ella o una inquina invencible e irracional, un desmedido rencor. Supongo que el mero hecho de pedir ayuda –más aún de recibirla– representa para algunos individuos una humillación intolerable que harán pagar precisamente al que se la presta. Al que estuvo en condición de ofrecérsela y por lo tanto en una posición de superioridad. Aunque éste no la subraye en modo alguno, aunque dé todas las facilidades y reste importancia a su generosidad, hay personas que nunca perdonarán al testigo de su penuria, de su desmoronamiento o de su decadencia temporal. De su fragilidad.

Otras veces alguien se aparta porque al otro le va demasiado bien y es un recordatorio de lo que no tenemos. O porque le va demasiado mal y es un recordatorio de lo que a cualquiera nos puede aguardar. En España hay que andarse con pies de plomo a la hora de mostrar los logros y los fracasos, la alegría y la desdicha. Un exceso de lo uno o lo otro es siempre un peligro, se corre el riesgo de quedarse solo y abandonado. Creo que era Mihura quien decía que un escritor afortunado debía hacer correr el bulo de que estaba gravemente enfermo, para permitir que se lo mirase con piedad y rebajar el resentimiento por sus éxitos: “Ya, pero se va a morir”, es un consuelo que atempera la envidia.

Pero demasiadas veces no sabemos por qué se desvanece una amistad. Por qué las cenas semanales, o incluso la llamada diaria, se han quedado en nada, quiero decir en ninguna cena ni una sola llamada. Sí, aparecen nuevos amigos que desplazan a los antiguos; sí, nos cansamos o nos desinteresamos por alguien o ese alguien por nosotros; sí, un ser querido se torna iracundo, o lánguido y perpetuamente quejoso, o exige invariablemente sin aportar nunca nada, o sólo habla de sus obsesiones sin el menor interés por el otro. De pronto nos da pereza verlo, nada más. No ha habido riña ni roce, ofensa ni decepción. Poco a poco desaparece de nuestra cotidianidad, o él nos hace desaparecer de la suya. Y falta de tiempo, claro está, el aplazamiento infinito. Esos son los casos más misteriosos de todos. Quizá los que menos duelen, pero también los que de repente, una noche nostálgica, nos causan mayor incomprensión y mayor perplejidad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 22 de mayo de 2016. ‘Distintos y discriminados’

Dentro de unos días se iniciará la Feria del Libro de Madrid, última oportunidad del curso para que los escritores, editores y libreros hagan un poco de caja tras una temporada –una más– mala para el sector. A los autores nos tocará, como siempre, hacer de reclamo con nuestra presencia: una obra pirateada, al fin y al cabo, no puede contar con la dedicatoria autógrafa de quien la escribió; ni siquiera una descargada legalmente. Pero, por ejemplares que uno firme, la ganancia nunca es mucha. No se olvide que, si un libro cuesta veinte euros, a quien lo creó le corresponde percibir sólo dos, el 10%, o incluso menos si la edición es de bolsillo.

Fuera de estos “acontecimientos” contagiosos, fuera de Sant Jordi y de las fechas navideñas, parece que la gente entra cada vez menos en las librerías. Se abren algunas nuevas, pero desde hace un decenio el número de las que han cerrado es muy superior. Se han clausurado unas cuantas históricas, de gran solera, en todas las ciudades habidas y por haber. La crisis que nunca termina ni amaina (el PP sólo ha conseguido alargarla, como salta a la vista de cualquier transeúnte, por mucho que su Gobierno se empeñe en sostener lo contrario) es sin duda la principal razón. La sigue la piratería, que desde finales de 2011 también puso sus ojos en la literatura, tras haber fulminado la música, el cine y las series de televisión. Como se sabe, aquí ningún Gobierno se atreve a combatirla, con una permisividad y una cobardía sin parangón en lo que suele llamarse “los países de nuestro entorno”. España es una vergüenza, también en esto. Pero hay algo más: por desgracia, los políticos tienen mucha más influencia de la que debieran, y hace ya tiempo que la mayoría de ellos –sobre todo los que nos gobiernan aún, en funciones– no sólo se han desentendido de la cultura en general, sino que la han despreciado, gravado, obstaculizado, hostigado, y eso acaba trasladándose a la población. A diferencia de lo que ocurría en los años ochenta y noventa, ya no ven como ornamento o “mejora de imagen” dejarse caer por un teatro, un concierto o un cine, no digamos presumir de leer. Les trae sin cuidado quedar como unos zotes, creen que eso no les restará ningún voto. El Gobierno de Rajoy ha reducido al mínimo los presupuestos para las bibliotecas públicas, ha subido a lo bestia los impuestos a los espectáculos artísticos, ha perseguido fiscalmente a escritores y cineastas, con el reciente colofón de castigar con la pérdida o merma de sus pensiones a los autores que siguen escribiendo –y cobrando algo, sólo faltaría que sólo ganaran el editor y el librero– después de su jubilación. Ojo, después de jubilarse de empleos que nada tenían que ver con la literatura. Las pensiones se las habían ganado no como escritores, sino en su calidad de funcionarios municipales, profesores de instituto o lo que quisiera que fuesen, y por tanto dichas pensiones eran suyas legítimamente a todos los efectos, para eso habían cotizado durante décadas.

Hay quienes les reprochan que quieran seguir “trabajando” tras retirarse, que aspiren a ser distintos de los demás. Pero siempre se olvida que precisamente los escritores y artistas están discriminados negativamente respecto a los demás, ya son distintos. Sus obras son tan valiosas –se supone– que a los setenta años de su muerte física pasan a ser del dominio público y forman parte del “patrimonio” del país. Es decir, así como los demás –desde un terrateniente hasta un panadero– dejan sus posesiones en herencia ilimitada a sus descendientes, generación tras generación, los escritores y músicos deben renunciar a legarlas más allá de esos setenta años. Quien publique, represente, interprete o grabe sus obras después, no habrá de pegar un céntimo. Todo el mundo traspasa indefinidamente su dinero, sus tierras, sus pisos, sus negocios, sus fábricas, sus tiendas o lo que posea. Los escritores y músicos, que no sólo poseen, sino que han creado sus textos y sus partituras, ven limitados sus derechos respecto al resto de los ciudadanos. Y siendo esto así, lo lógico sería que obtuvieran en vida alguna compensación, por ejemplo una reducción drástica de impuestos, porque al fin y al cabo van a donar al Estado –o éste se lo va a requisar hasta la eternidad– el producto de su talento. En vez de eso, se los maltrata y persigue, se les discuten los derechos de autor (como si quisiera volverse al cuasi esclavismo que padecían hasta bien entrado el siglo XX), se les roba impunemente y se siembran sospechas sobre ellos. Incluso hay quienes se preguntan para qué sirven. Si no se sabe para qué sirven, ¿por qué son tan valiosas sus obras como para convertirlas en propiedad común, de todos, al cabo de setenta años de su desaparición? Que me lo explique algún político, por favor, a ser posible del patanesco Gobierno de Rajoy.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 15 de mayo de 2016. ‘A mí no’

En 2014 salió en inglés una antología de empalagoso título en la que se me había invitado a colaborar. Como la causa era buena (conseguir fondos para una ONG muy antigua y estimular la lectura de poesía), me presté de buen grado pese al dichoso título –Poems That Make Grown Men Cry, o Poemas que hacen llorar a hombres adultos–, elegí el mío y expliqué brevemente por qué me conmovía al cabo de unos siglos. Entre los participantes, numerosos escritores (Ashbery, Harold Bloom, Richard Ford, Franzen, Follett, Heaney, Le Carré, McEwan, Rushdie y Tóibín entre ellos), pero también cineastas (J.J. Abrams, Bonneville –el padre de Downton Abbey–, Branagh, Colin Firth, Jeremy Irons, Loach o el admirable Stanley Tucci). Ahora me llega el volumen complementario –Poemas que hacen llorar a mujeres adultas–, con la misma mezcla y buen número de cantantes y actrices (Joan Baez, Claire Bloom, Julie Christie, Judi Dench, Annie Lennox, Emily Mortimer, Vanessa Redgrave, Joss Stone y la inevitable Yoko Ono, que, oh sorpresa, escoge unos versos de John Lennon, en fin). La antología se abre con la elección de la actriz Natasha McElhone, un poema escrito en el siglo VIII en Irlanda y que había oído, incompleto, en una de mis películas favoritas, The Dead o Dublineses, de Huston, pero había olvidado. Allí lo recita el personaje Mr Grace, interpretado por Seán McClory, un habitual de John Ford, y lo titula ‘Promesas rotas’, que no sé si se corresponde con el irlandés ‘Donal Og’, como se lo llama en el libro. Tanto en él como en la película está en la versión inglesa que de la pieza hizo Lady Gregory (1852-1932), amiga de Yeats, y en español vendría a decir así:

Dublineses

Dublineses

“Es anoche tarde cuando el perro hablaba de ti;
de ti hablaba la agachadiza en su marisma profunda.
Eres tú el pájaro solitario que recorre los bosques;
y ojalá carezcas de compañera hasta que me encuentres.

Me prometiste, y me dijiste una mentira,
que te me aparecerías donde las ovejas se juntan;
te lancé un silbido y trescientas voces,
y no encontré allí nada más que un cordero balando.

Me prometiste algo que para ti era difícil,
un barco de oro bajo un mástil de plata;
doce villas cada una con su mercado,
y un magnífico patio blanco a la orilla del mar.

Me prometiste algo que no es posible,
que me regalarías guantes de piel de pez;
que me regalarías zapatos de piel de pájaro;
y un vestido de la seda más cara de Irlanda.

Cuando voy a solas al Pozo de la Soledad,
allí me siento y sufro mi pesar;
cuando veo el mundo y no veo a mi mozo,
el que tiene un tono ambarino en el pelo.

Fue aquel domingo cuando te di mi amor;
el domingo anterior al Domingo de Pascua
y yo de rodillas leyendo la Pasión;
y mis dos ojos te daban amor para siempre.

Mi madre me ha dicho que no te hable hoy,
ni mañana, ni el domingo tampoco;
escogió mal momento para decirme eso;
fue cerrar la puerta tras el robo en la casa.

Mi corazón está tan negro como el negror del endrino,
o como el negro carbón del herrero en la fragua;
o como la suela de un zapato que holló salas blancas;
fuiste tú quien cubrió mi vida de esa oscuridad.

Me has arrebatado el este, me has arrebatado el oeste;
me has quitado lo que está ante mí y lo que está tras de mí;
me has quitado la luna, me has quitado el sol;
y mi temor es grande a que me hayas quitado a Dios”.

No sé. Pensé que valía la pena darlo a conocer en mi lengua, si es que no se ha traducido ya en alguna ocasión y yo lo ignoro, este poema, ‘Donald Og’. Aunque sólo sea porque es del siglo VIII, del que nuestra imaginación poco sabe, como del VII o del IX, esos siglos oscuros en los que parece que casi nada hubo ni se escribió casi nada. Al menos alguien escribió estos versos sencillos y misteriosos, que no sé si “hacen llorar”, pero que no dejan indiferente. A mí no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 8 de mayo de 2016. ‘La tremenda’

Una de las cosas más agotadoras de nuestro país –aunque no sólo de él– es que, de un largo tiempo a esta parte, todo se tome a la tremenda y con enormes dosis de exageración. Hechos, declaraciones, bromas, opiniones que hace unos años habrían pasado casi inadvertidos son hoy pretexto para que los periodistas, tertulianos, tuiteros y demás, se mesen los cabellos y se rasguen las vestiduras. Bueno, ojalá fuera eso. En realidad sus camisas y sus cabelleras permanecen intactas, y los que quedan andrajosos y despeinados son los objetos de su ira, y cualquiera lo podemos ser. Basta con que alguien meta la pata (poco o mucho), con que se muestre guasón respecto a un colectivo o individuo “blindados” por la corrección política actual, con que diga que está harto de los dueños de perros y de la ridícula adoración que les profesan, o de los ciclistas imbuidos de superioridad moral respecto a los peatones; con que no condene abiertamente los toros, con que tenga dinero fuera del municipio en el que vive, con que critique a una mujer (insisto, a una, no al conjunto de ellas), con que desdramatice la derrota de su equipo de fútbol, para que sobre ese alguien caiga un alud de reproches, censuras, anatemas e insultos, cuando no amenazas de muerte y mutilación. Los españoles vivimos, de nuevo, en constante indignación. Pero, dado que no nos faltan motivos para ella, lo que resulta difícil de explicar es por qué los seguimos buscando donde no los hay. Es como una adicción: cada día tiene que haber algo nuevo que nos soliviante y escandalice, que suscite nuestra condena y haga salir de nuestra boca las reconfortantes palabras “Es intolerable”, o bien “Hay que castigar a esta persona, o a esta empresa, o a esta institución”. Hace poco, el autor de un libro crítico con muchos de los que escribimos en prensa sin ser “expertos”, declaraba que con su denuncia no pretendía que se pusieran límites a la libertad de expresión, pero a la vez pedía que se “despidiera”, “expulsara” o “eliminara” (sus verbos) a los opinadores que le desagradan tanto. Me temo que esa es la hipócrita actitud de buena parte de nuestra sociedad: que cada cual diga lo que quiera, pero ay del que diga lo que a mí me parezca mal, porque entonces procuraremos su linchamiento virtual, su despido, su expulsión y su eliminación.

Lo peor es que la mayoría de los “linchados” se achanta. Hay algo muy semejante al terror a ser señalado por la jauría de tertulianos, tuiteros y locutores justicieros que aguardan con avidez la aparición de un nuevo reo. La gente tiene pánico a ser tachada de sexista, machista, racista, antianimalista, imperialista, colonialista, eurocéntrica (no sé qué se espera de un europeo: ¿que adopte una mirada china, argentina o pakistaní? Lo veo un tanto forzado, la verdad). Poco a poco ese temor conduce a la autocensura y a andarse con pies de plomo, porque esos pecados no sólo se atribuyen a quienes en efecto los hayan cometido, sino a cualquiera que no se una, siempre y en toda ocasión, a la vociferación condenatoria. A mí me parece muy preocupante una sociedad que cada vez se parece más a esas personas que merodean a las puertas de los juzgados para insultar y lanzar maldiciones al detenido de turno, normalmente esposado y por lo tanto indefenso en esos momentos, por grave que sea el delito del que se lo acusa. Se trata de una sociedad ávida de sangre (hasta ahora sólo metafórica, por suerte), que cada mañana da la impresión de levantarse con la siguiente ilusión: “A ver quién cae hoy”. Tan grande es la ilusión que si no cae nadie con motivo, se inventa o se magnifica alguno para no quedarnos sin nuestra ración.

Claro está que no toda la sociedad es así. Entre nosotros sigue habiendo gente ecuánime, razonante, proporcionada, que sabe restar importancia a lo que no la tiene. Pero lo propio de esta gente es permanecer callada, o al menos no alzar la voz, de tal manera que lo que predomina y se oye es el griterío incesante de los airados, de los furibundos, de los que desean despedir, expulsar y eliminar. Estamos en una peligrosa época en la que se consienten y admiten hasta la más peregrina susceptibilidad y la más arbitraria subjetividad. “Si yo me siento ofendido, hay que escarmentar al ofensor”, es el lema universalmente aceptado, sin que casi nunca se pongan en cuestión las excesivas suspicacia o sensibilidad o intolerancia de los supuestamente ofendidos. La prueba es que muchos de los anatematizados se disculpan mediante la siguiente fórmula: “Si he ofendido a alguien con mis palabras o mi comportamiento, le pido perdón”. Siempre habrá “alguien” en el mundo a quien agravie nuestra mera existencia. Ya va siendo hora de que algunos contestemos de vez en cuando: “Si he ofendido a alguien, me temo que es problema suyo y de su delicada piel. Quizá convendría que acudiera al dermatólogo”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 1 de mayo de 2016. ‘Un par de plagas’

En la Real Academia Española se consideran continuamente nuevos vocablos para su posible inclusión en el Diccionario. Algunas son propuestas de la propia institución, otras de particulares que se dirigen a ella. Todas son vistas y ponderadas y, cada vez que yo pongo el grito en el cielo ante un neologismo que me parece innecesario, desafortunado o directamente horrendo –pero sobre todo cuando me parece esto último–, mi sabio compañero Pedro Álvarez de Miranda, con el que comparto comisión de trabajo, se solivianta ante mi reacción digamos “estética”. Para la mayoría de filólogos, lingüistas y lexicógrafos, no existen palabras ni expresiones “feas” ni lo contrario, o al menos ese criterio lo juzgan irrelevante y acientífico. En parte hay que darles la razón, supongo: si los hablantes optan por decir de alguien bien plantado que “está como un queso” o que es un “yogurín”, ya puedo opinar yo que el símil está mal traído (hay miles de quesos, y algunos de aspecto y olor nauseabundos) o que el segundo término es pueril y ñoño y quizá efímero, que no me queda sino aguantarme y aceptarlos. Estamos todos de acuerdo en que es la gente la que manda en la lengua y que nosotros nos debemos limitar a recoger y registrar lo que aquélla dice y escribe (siempre que no sea una tontada completa y que su uso esté asentado). Hay incluso colegas para los que tiene el mismo valor una página de Cervantes que el prospecto de una medicina (exagero un poco, pero sólo un poco).

Los literatos, en cambio, nos permitimos juzgar cosas como la eufonía y la cacofonía, nos provocan sarpullidos adverbios como “poblacionalmente” o disparates como “echar sangre en la herida” (que carece de sentido), en vez de “sal en la herida”, que es lo que se ha dicho siempre; y verbos como “implementar”, “posicionarse”, “visionar” o “museizar” nos sacan de quicio. Soy de la creencia de que la manera de hablar de un país o de un pueblo indica en buena medida cómo son y piensan, y lo mismo respecto a los individuos. Como he dicho otras veces, si un político emplea la ya gastada fórmula “los ciudadanos y las ciudadanas”, sé que es un farsante, un demagogo y un ignorante de la gramática. Si escribe “amig@s” o “camarad@s”, lo tengo además por idiota. Todo apreciaciones personales mías, desde luego. Pues bien, el habla actual de mis compatriotas me lleva a albergar poca o nula esperanza. No se trata ya sólo de la falta de dominio de la lengua, del insólito “neoespañol” invasor del que hablé hace meses a raíz del libro de Ana Durante Guía práctica de neoespañol, de los sinsentidos y demencias que se escriben y dicen sin cesar y que han llevado al ex-director de la RAE García de la Concha a calificar hace poco de “zarrapastroso” el estado de nuestro idioma (y aún creo que fue benévolo). Eso es un proceso imparable, una batalla perdida. Lo que vengo observando, aparte, son dos tendencias deprimentes: la pedantería inculta o llana horterada, y la cursilería espontánea.

Los pedantes solían serlo por exceso de saber, pero ahora hay un gran número que además no tienen ni idea. Son los que abrazan con papanatismo cualquier término inglés como si fuera una novedad absoluta, y como si antes de que ellos descubrieran el vocablo en esa lengua, lo denominado por él jamás hubiera existido en ningún sitio. Así, hace años que nos machacan con “bullying” para lo que aquí siempre fue “matonismo” o “matoneo” (y un “school bully” es exactamente lo mismo que lo que se llamó toda la vida un “matón de colegio”). Cada vez que oigo o leo “backstage” me dan ganas de abofetear a quien lo usa, porque eso se corresponde con “bastidores” o “entre bastidores”. Me subo por las paredes con los “haters”, que no significa otra cosa que “odiadores”. Y dejo de leer cualquier texto en el que aparezcan “mainstream”, “flagship” (el antiquísimo “buque insignia”), “break”, “deadline”, “trending topic”, “prime time”, “spoiler”, “background”, “target”, “share” o “vintage”. Amén de que la mitad de las veces estos inglesajos estén mal utilizados (o pronunciados), su uso delata indefectiblemente a un hortera. Y lo lamentable es que España está hoy plagada de horteras.

La otra tendencia que vengo observando hace ya mucho es el insoportable abuso de los diminutivos, sobre todo cuando a la gente se le pone una cámara delante y se le pregunta por las vacaciones que se dispone a emprender. Raro será el español que no conteste: “Nada, unos diítas a la playita, en plan bañito por la mañana, luego una cervecita y unos aperitivitos, después una paellita con su cigalita y sus mejilloncitos, una buena siestecita, y a la noche nada, picar unos boqueroncitos y unas aceitunitas, regados con un buen vinito; y para rematar un whiskecito”. Lo reconozco: cada vez que los oigo (no fallan), me dan arcadas. Que todo lo “bueno” deba ser diminutivizado y convertido en cursilería extrema me hace ser pesimista respecto al nivel intelectual y al espíritu de mis compatriotas. Pero, como me reprocharía mi sabio compañero Álvarez de Miranda, quién soy yo para criticar nada. Aún menos para oponerme al mainstream y ejercer de hater; mejor que me mantenga en el backstage, le dé a todo el mundo un break, no me ponga en plan bully lingüístico y acepte que, en el mejor de los casos, soy un producto muy vintage destinado a pronto desaparecer con mis anticuados targets.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de mayo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 24 de abril de 2016. ‘Menos mal que hay fantasmas’

La muerte de Sara Torres hace trece meses, la mujer de Fernando Savater, ha tenido mi cabeza ocupada intermitentemente bastante más de lo que en principio habría imaginado. Porque lo cierto es que a él lo veo rara vez desde hace un lustro o quizá dos, pero hay afectos antiguos que permanecen vigentes, invariables en la distancia, y que ni siquiera precisan de la renovación periódica de la risa y la charla. Están ahí fijados, justamente como los que guardamos hacia los muertos queridos: no disminuyen porque ya no los veamos y sepamos que no vamos a volver a verlos. No dejamos de contar con ellos por la circunstancia accidental de que ya no habiten en nuestros mismos tiempo y espacio; lo hicieron durante un largo periodo, y no deja de parecernos un azar que no coincidamos últimamente con ellos. Aunque ese “últimamente” se prolongue y ya no pueda ser calificado así, estábamos tan acostumbrados a su presencia que ninguna ausencia –ni la definitiva– puede predominar sobre aquélla. No es descabellado decir que nos acompañan como el aire, o que “flotan” en el que respiramos. No es que los llevemos en la memoria: los llevamos en nuestro ser. Algunos de los que desaparecen van palideciendo a medida que los sobrevivimos, pero hay otros que jamás pierden la viveza ni el color.

No cometo indiscreción si digo que Savater, en esta primera fase, debe de sentirse impaciente por reunirse con Sara, por ir donde ella esté. Pero, dado que él no es religioso, el único lugar que pueden compartir es el pasado, esto es, ser ambos pasado y pertenecer ambos a él, ser ambos alguien que ha sido y ya no es. Él mismo lo ha hecho saber, directamente o a través de otros. En una de las gratas columnas de Luis Alegre en este diario, éste contaba que Savater andaba atascado con el último libro que quería escribir, precisamente sobre Sara y su vida con ella, y que, lograra terminarlo o no, después no pensaba hacer más. “Para qué, si ya no los va a leer”, era la conclusión. Todo esto me ha llevado a acordarme de cuando mi padre perdió a mi madre, en el lejano 1977. Tenía él entonces un año menos de los que tengo yo ahora, y no hace falta decir que, desde mis veintiséis, yo lo veía como un hombre más entrado en edad de lo que probablemente lo estaba y de como me veo a mí mismo hoy. Mis padres habían estado casados treinta y seis años, pero habían sido amigos o habían “salido” desde hacía muchos más. Al morir ella, Lolita, él, Julián, quedó tan desconsolado como pueda estarlo ahora Savater. Durante bastante tiempo mi padre expresó ese deseo de seguir a mi madre diciendo: “Estoy seguro de que no voy a durar, noto que mi tiempo también toca a su fin”. Yo solía irritarlo con mis réplicas, que no buscaban otra cosa que hacerlo reaccionar y sacarlo de su abatimiento: “¿En qué lo notas?”, le preguntaba. “¿Te sientes enfermo, te sientes mal?” “No”, respondía, “no es eso, pero lo sé”. “¿Entonces estás pensando en suicidarte?”, insistía yo. “Claro que no”, contestaba casi ofendido, pues él era religioso –católico reflexionante–, a diferencia de Savater. “Pues no ­augures cosas que no puedes saber”, acababa yo, hasta la siguiente vez. Él vivió veintiocho años más que mi madre, es decir, tardó largo tiempo en reunirse con ella, sólo fuera como “pasado”. Él creía que el reencuentro consistiría en mucho más; de hecho acostumbraba a decir que estaba convencido de que sería ella quien le abriera la puerta. A mí me daban ganas de preguntarle qué puerta, pero irritarlo en exceso no habría estado bien, y, por absurdo que me sonase aquello, sabía a qué puerta se refería. No hay por qué socavar las creencias de las personas, si las ayudan a sobreponerse a la tristeza o a la desolación.

Y acaso fueron esas creencias las que, al cabo de unos meses de la muerte de mi madre, lo indujeron a tener la actitud contraria a la de Savater. Se puso a escribir, un libro, dos, tres, yo qué sé cuántos más. Me imagino que sentarse ante la máquina era una de las pocas cosas que lo movían a levantarse tras noches de malos sueños o insomnio y atravesar la jornada, a pensar que no todo había acabado, que aún podía ser útil y productivo. Pero lo que más lo empujaba a escribir, decía, era la idea de que le “debía” a mi madre unos cuantos libros, de que a ella le habría gustado que los escribiese. Tal vez se figuraba que desde algún sitio ella lo sabría, se enteraría; es más, que “todavía” los podría leer. No me cabe duda de que Julián escribía en buena medida para Lolita. No sólo, desde luego, pero para ella en primer lugar. Cada vez que terminaba un artículo, desde la infancia lo veía perseguir por la casa a mi madre –ocupada en mil quehaceres, de un lado a otro– para leérselo con impaciencia; y hasta que ella no le aseguraba que le parecía bien, no lo enviaba. Necesitaba su aprobación pese a ser hombre muy confiado, incorregiblemente optimista y muy seguro de lo que hacía. Con esa ilusión, con la de su aprobación “póstuma” o fantasmal, tuvo veintiocho años de casi incesante actividad. Savater no es religioso pero le encantan las historias de fantasmas. Y como es persona tan optimista y confiada como mi padre, y probablemente más jovial, confío en que un día consiga convertir a Sara en fantasma literario, en acompañante de ficción –no merece menos–, y en que así se incumpla su presentimiento de no volver a escribir más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de abril de 2016

LA ZONA FANTASMA. 17 de abril de 2016. ‘Nos dan miedo y no lo damos’

Es curioso lo que sucede con las matanzas del Daesh o Estado Islámico en Europa. Cuando escribo, la última ha sido la de Bruselas, con un saldo provisional de treinta y dos muertos y centenares de heridos. Nunca sabremos cómo quedan éstos, tal vez muchos lisiados de por vida. Lo que me llama la atención es que, como sucedió tras las de París, la estupidizada sociedad occidental reacciona –con excepciones– de tres principales maneras: la primera consiste en ponerse medallas compasivas, pues no otra cosa son las exhibicionistas muestras de dolor y los falaces slogansJe suis Paris, Je suis Bruxelles, etc– que sin duda les parecen “muy bonitos” a quienes los lanzan a las redes o los enarbolan en carteles. Estos individuos hacen llamamientos a la paz, sin darse cuenta de que lo último que interesa a los miembros del Daesh es eso, paz, y de que se deben de reír a mandíbula batiente de los bienintencionados, sus velas, flores y pegatinas. Y deben de pensar: “Si esta es toda la reacción, podemos seguir masacrándolos indefinidamente. Son tiernos como corderos. Lloran para ser vistos, enseñan sus fotomontajes, ponen a Tintín lleno de lágrimas, se sienten abstractamente solidarios con las víctimas, agachan la cabeza, tienen miedo y ni siquiera se indignan”. Si algo me irrita, entre las cursilerías de nuestro tiempo, es el grito automático de “Todos somos …” en cuanto una persona o un colectivo sufren una injusticia o desgracia. “Todos somos Malala”, “Todos somos belgas” o lo que se tercie. No falla y siempre es mentira. Si fuéramos Malala, nos habrían pegado un tiro en la cabeza, de niños, tan sólo por ir a la escuela. Si todos fuéramos belgas, podríamos estar despedazados en un metro o un aeropuerto, y por suerte no lo estamos. Pero hay que ver qué sensible queda decir eso.

La segunda reacción extraña es una variante del síndrome de Estocolmo. Parte de la población europea –con la falsa izquierda tontificada que padecemos al frente–, en vez de enfurecerse con quienes cometen los atentados, se da golpes de pecho, culpa a nuestros inicuos países y poco menos que “comprende” los asesinatos. “Claro, si no les hubiéramos hecho lo que les hemos hecho. Es que hemos sembrado el odio en sus corazones. Es que los hemos humillado”. La identidad de “nosotros” y “ellos” es vaga. Se sobreentiende que “nosotros” somos los europeos u occidentales en general, y que “ellos” son ¿los musulmanes? ¿los árabes? ¿los suníes? ¿los salafistas? ¿los wahabíes? ¿los iraquíes? No se dice, pero se parte siempre de la base de que nos hemos buscado las atrocidades y somos su causa última. ¿Se imaginan a los judíos sosteniendo algo parecido? ¿O a las víctimas de ETA? “Claro, si nos hubiéramos autoexpulsado de Alemania, Polonia, etc. Si no nos hubiéramos opuesto a una Euskadi independiente en la que mandaran ellos e impusieran su dictadura. La culpa de que nos maten es nuestra”. Difícil, ¿no? Pues es lo que ocurre a menudo con el terrorismo yihadista, y quienes así opinan no se dan cuenta de que las masacres nada tienen que ver con ofensas pasadas. No recuerdan que el Daesh ha declarado una “guerra santa” a casi todo el mundo: a los chiíes, a los yazidíes, a los judíos, a los cristianos en bloque, a los agnósticos, a los meramente demócratas y a los ateos. Sus miembros no se paran a mirar si un occidental es creyente o no, menos aún si es de derechas o izquierdas: para ellos todos somos “cruzados”, y ven idénticos a Rajoy y a Pablo Iglesias (bueno, este último guarda con Aznar grandes semejanzas), a Valls y a Tsipras, a Trump y a Corbyn, a Bachelet, Maduro y Lula. Si los tuvieran a mano, los decapitarían a todos sin hacer distingos y con la misma alegría. No estarán tan mal, ni serán tan criminales nuestras sociedades, si millones de perseguidos y desheredados anhelan incorporarse a ellas.

La tercera reacción es la que, en efecto, quiere convertirlas en criminales, la histérica e indiscriminada: la que culpa a los musulmanes en conjunto, sobre todo a los europeos. La que exige su expulsión masiva, la que prende fuego a albergues de refugiados y mezquitas, la de los presidentes húngaro y polaco, la de Le Pen y Wilders, la Liga Norte, los Auténticos Finlandeses, la Alternativa por Alemania y Aurora Dorada. Volviendo a los infinitos años en que ETA mataba, ninguno de estos líderes y partidos habría tolerado el lema de tantas manifestaciones –“¡Vascos sí, ETA no!”–, sino que habrían propuesto detener o desterrar a los vascos todos.

Si uno descarga la ira contra un colectivo, está errando el tiro y dando pseudoargumentos a posteriori a los asesinos. Si uno se culpa de las matanzas que sufre, está invitando a esos asesinos a que sigan. Si uno se limita a lamentarse, a pedir paz en el mundo y a encender velas para pensar “Qué bueno soy”, se está comportando como los cristianos ante los gladiadores y leones del circo romano. La ira es obligada, es lo mínimo, pero no contra los pacíficos que comparten –si es que es así– religión con los verdugos. A la gente despiadada se la combate sólo con frialdad e infundiéndole miedo. Entre unas actitudes y otras, eso es lo que hace tiempo que no damos, y los miembros del Daesh lo saben: entre mensajitos y llanto blando, golpes de mea culpa y furia contra los indefensos, a los armados hasta los dientes, a los dispuestos a pasar a medio mundo a cuchillo, a esos precisamente nunca los asustamos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de abril de 2016

LA ZONA FANTASMA. 10 de abril de 2016. ‘A ver si muere Cervantes’

Ya se han consumido tres meses del año y dentro de dos semanas será la fecha oficial del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, y más o menos lo mismo respecto a Shakespeare. Se ha hablado mucho del contraste, del abismo existente entre la actitud de los dos países que vieron nacer a estos autores. Del entusiasmo inglés y la indiferencia española; de la implicación de Cameron y la dejadez de Rajoy el Plasmado; del enorme programa de fastos impulsado por las instituciones británicas y de las poco imaginativas y parvas celebraciones preparadas por nuestro Ministerio de Cultura. Si me guío por mí mismo, hace ya un par de años que la editorial Hogarth me tentó a “novelar” una obra de Shakespeare dentro de un amplísimo proyecto que incluía a una veintena de escritores, cuyas “adaptaciones” serían traducidas y publicadas en numerosas lenguas. También, desde el British Council, se me ha propuesto mantener un coloquio en Berlín con un ­autor inglés, sobre Shakespeare y Cervantes, en el marco de una exposición dedicada a los dos genios. Sobre el uno o el otro se me han solicitado textos desde diferentes países, y casi todas estas peticiones las he declinado (uno podría pasarse 2016 dedicado en exclusiva a estos menesteres, y soy de los que creen que las obras perfectas no hay que manosearlas ni menos aún “reescribirlas”). Alguna aportación he hecho en España, pero para el sector privado. La única propuesta que me ha venido del público, creo, era una majadería para Televisión Española, participar en la cual habría sido menos motivo de satisfacción que de sonrojo.

Al Gobierno le han llovido los reproches, con razón. Pero ¿qué se esperaba de una administración que, durante cuatro años, no ha hecho más que empobrecer y hostigar a los representantes de la cultura? Y Cervantes, aunque muerto y bien muerto, no deja de ser uno de ellos. Eso sí, el próximo 23 de abril veremos las consabidas colas de políticos, escritores y figurones para leer en voz alta un fragmento del Quijote (pésimamente y sin entonación, las más de las veces), esa chorrada ya institucionalizada. La mayoría se hará una foto, volverá a casa muy ufana y no abrirá de nuevo ese libro en su vida. En realidad no sé por qué nos escandalizamos. ¿Por qué habría de importarle Cervantes a una sociedad ahistórica y tirando a iletrada? En España pocos conocen nuestro pasado y además a casi todos nos trae al fresco. Ni siquiera hay curiosidad. Este año será el tricentenario del nacimiento de Carlos III, el mejor Rey que hemos tenido junto con Don Juan Carlos, pero la mayor parte de los españoles es incapaz de decir una palabra sobre su figura. El conjunto de la población, ¿sabe algo de las Guerras Carlistas, que fueron tres nada menos y no están tan lejanas? ¿Sabe que en 1898 estuvimos en guerra contra los Estados Unidos? Son sólo un par de ejemplos de la ignorancia brutal y deliberada que nos domina desde hace décadas. Hace poco, el grupo socialista del Ayuntamiento quiso quitar de la Plaza de la Villa madrileña la estatua de Don Álvaro de Bazán para colocar en su lugar una –la enésima en la capital– del alcalde Tierno Galván –muy llorado, eso sí, como todos los aduladores de jóvenes–. Eso denota visión histórica y sentido de las prioridades. Los cretinos municipales del PSOE probablemente ignoran que Don Álvaro intervino decisivamente en Lepanto y en otras hazañas militares; o quizá sea eso, que sus hazañas son hoy “condenables” por haber sido militares.

Hace no mucho dije en otra columna que la actitud general de los españoles respecto al pasado viene a ser esta: “Los muertos no nos conciernen”. La gente que no está aquí, que carece de poder e influencia, que no hace el memo para distraernos, que no suelta idioteces en las redes para que reaccionemos con furia; la gente a la que ya no podemos zaherir ni poner zancadillas ni hacer daño, la que no forma parte de la bufonada perpetua que nos alimenta, del jolgorio zafio y la chanza malintencionada, la gente que no puede indignarnos porque lleva mucho o poco criando malvas, ¿qué nos importa? A los políticos, desde luego, sólo les interesan aquellos que pueden ser utilizados, o arrojados a la cara del contrario: Lorca y Machado por razones obvias, un poco Hernández y Cernuda, y pare usted de contar o casi. Pero ¿Cervantes? Ni siquiera sabemos si sería de derechas o de izquierdas, para qué nos sirve. Al Gobierno le han caído regañinas justas por su desidia, y sin embargo, ¿han oído decir una palabra sobre el autor del Quijote, en estos meses transcurridos de su año, a los dirigentes del PSOE, Podemos o Ciudadanos, no digamos a los de Unidad Popular, PNV, ERC (y eso que hay dementes muy serios que insisten en que Cervantes era un catalán más, escamoteado)? En realidad, en España se procura matar a los muertos, ya es bastante molestia que haya vivos ocupando sitio (“nuestro sitio”) como para encima hacérselo a los difuntos. Shakespeare está vivo y omnipresente no sólo en la cultura y en la sociedad inglesas, sino en el mundo entero. Cervantes no tanto, por mucho que unos cuantos todavía adoremos su simpática figura y su obra. ¿Cómo podría estarlo al mismo nivel que su contemporáneo, si en su país lo que se pretende es que se hunda de una vez en el hoyo y en el mayor olvido posible? Aquí ese es el sino de cuantos “dan su espíritu” y ya no alientan, sea desde ayer o desde hace cuatro enteros siglos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de abril de 2016

LA ZONA FANTASMA. 3 de abril de 2016. “El ‘jockey’ vienés y el sargento prusiano”

WEBmarias-1-440x330De vez en cuando hay que darse una tregua y dársela a los lectores, y a mí suelen proporcionármelas los viajes. Puede que la última fuera mi relato de una frustrada visita a la casa natal de Goethe en Fráncfort, o acaso mis desventuras con los sistemas de grifos en los hoteles modernos. Ahora me ha tocado volver a Londres, y a diferencia de la anterior ocasión, hace ya casi tres años, en Heathrow no me sustrajeron nada. Debo decir que la columna que escribí entonces (”Ladrones de Heathrow”) tuvo una rápida respuesta de las autoridades del aeropuerto. Se justificaron con “las reglas” (ese cómodo comodín para todo), se disculparon y, al cabo de un tiempo, me devolvieron algunos de los objetos requisados por un celoso miembro de la seguridad: mi pequeño despertador Dalvey y una calculadora que no era la mía y que además estaba hecha un asco. Del cargador del móvil, ni rastro, y menos aún del botecito de agua oxigenada que el funcionario olisqueó insistentemente sin éxito (“No huele”, dijo, y eso le pareció aún más sospechoso). Pero algo fue algo y agradecí el tesón y el esfuerzo. No me imagino a Barajas rastreando semejantes menudencias entre todo lo confiscado a los pasajeros, facinerosos por definición y principio.

Esta vez mi estancia no tuvo tregua, así que no me quedó tiempo libre. Tan sólo veinte minutos un día: tenía que ir a una librería a firmar ejemplares, y me di tanta prisa en despacharlos que me encontré con ese regalo hasta la siguiente tarea. Quiso el azar que la librería estuviese en Cecil Court, callejón peatonal del que he hablado en varias oportunidades (”Cuento de Cecil Court”, ”La bailarina reacia”, ”Cuento de Carolina y Mendonça”, para quienes tengan curiosidad o memoria). Como quizá recuerden los lectores más pacientes con mis tonterías, en una diminuta tienda de allí, Sullivan, he ido adquiriendo algunas antiguas figuras de pequeño tamaño: primero un señorín con bastón y bigotillo, luego la bailarina que lo acompañaba y que me dio ridícula mala conciencia haber dejado atrás en el establecimiento; por último, hace cuatro años, en marfil, el personaje de Dickens Mr Jingle (”El conveniente regreso de Mr Jingle”). Preveía yo entonces que, siendo éste un bribón y un seductor simpático, con numerosas conquistas en España según cuenta él mismo en Los papeles de Pickwick, traería alguna tensión a la pareja formada por Carolina y Mendonça, lo cual no me parecía mal para dar algo de aliciente a su silenciosa y estática existencia en mi casa. Pero la verdad es que Jingle, nacido de la pluma de su autor hace ya ciento ochenta años, se ha comportado de manera harto pasiva, en consonancia con su edad provecta. Así que aproveché aquellos veinte minutos para asomarme a Sullivan y echar un vistazo veloz. Y hubo dos figuras que me hicieron la suficiente gracia. Una de bronce policromado, vienesa de principios del XX, representa a un jockey extraño, porque, aunque su atuendo no deja lugar a dudas (chaleco a rayas rojas y amarillas, mangas negras, gorra negra y roja, como las botas altas, y ajustados pantalones de color canela), no está montado, sino graciosa e indolentemente apoyado en una valla que es parte de la pieza. Sostiene en las manos un látigo, más que una fusta, y la verdad es que su postura y su cara (boca de piñón, ojos soñadores, nariz fina y estrecha) lo hacen abiertamente afeminado, como se decía antes y supongo que ahora está prohibido, como casi todo. Sin que esto signifique otra cosa que una interpretación subjetiva, creo que ese jockey es un gay amanerado (lo cual sólo quiere decir que hay muchos gays que no lo son en absoluto). La otra figura que me llamó la atención no podía ofrecer mayor contraste: asimismo de bronce, pero sin colores, fabricada a mediados del XIX según el dependiente, yo diría que es un sargento prusiano, por el uniforme y el gorro; pero podría ser francés, por las largas patillas que casi se le unen con el bigotón poblado, por la nariz aguileña y la expresión muy severa, casi de permanente enfado. Lo curioso es que tiene una mano apoyada en el brazo contrario –como si lo tuviera herido– y no lleva ningún arma. La nuca se la cubre un pelo bastante largo recogido al final como coleta. Un tipo fiero en conjunto.

Los de Sullivan, que supieron de mis anteriores columnas, tuvieron la gentileza de ofrecerme un buen descuento, así que me llevé las dos sin pensármelo mucho. Y aquí están ahora, sin que haya decidido aún junto a quién colocarlas ni qué nombres darles. Esta apacible convivencia necesita un poco de conflicto, y ya que Mr Jingle está anciano, espero que el sargento arme bulla con sus patillas pendencieras: que se burle del señorín con su bastoncillo y su aire de petimetre; que azuce al veterano seductor dickensiano; que husmee el atractivo escote de la bailarina y provoque la reacción de los otros en su defensa; y en cuanto al compañero que ha venido con él, el jinete amanerado, confío en que su postura y sus delicados rasgos lo irriten sobremanera. Claro que las apariencias engañan, y quién sabe si el sargento de aspecto recio y aguerrido no acabará por fijarse en el jockey más que en Carolina, y si no habré aportado a mi grupo una pareja de hecho que se querrán con locura el uno al otro. De ser así, no habrá bronca ni conflicto. A menos que el anticuado Mr Jingle, con sus ciento ochenta años, los observe con censura y desagrado, poco acostumbrado en su época a las efusiones entre miembros del mismo sexo. Pero siempre fue un hombre tan jovial y desenfadado que no lo creo capaz de homofobia. Para eso hay que ser antipático, y él era la simpatía perpetua. Vuelvan a Pickwick, si no me creen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de abril de 2016

LA ZONA FANTASMA. 27 de marzo de 2016. ‘La mezquindad que no falte’

Una de las características más dañinas de nuestro tiempo y de nuestro país es la resistencia a aplaudir y a admirar nada. Sobre todo entre las nuevas generaciones, está tan extendida la idea de que todo debe ser puesto a caldo, que no hay logro ni acción noble que no despierten furibundas diatribas. Si alguien es generoso o se comporta ejemplarmente, en seguida se dice que es “postureo”. Si un magnate como Bill Gates (u otros filántropos) entrega una inmensa porción de su fortuna para combatir enfermedades o paliar el hambre, casi nadie se lo agradece, y las reacciones oscilan entre frases del tipo “Con el dinero que tiene, eso carece de mérito” (olvidando que podría no haberse desprendido de un céntimo y nadie se lo habría reprochado), y del tipo “Eso lo hace para mejorar su imagen, así que de altruismo nada, es una inversión como otra cualquiera”.

Y, desde luego, lo que jamás existe es la unanimidad ante una buena reacción. Casi la consiguió Alejandro Sanz hace poco, cuando interrumpió un concierto suyo en México al observar que un hombre maltrataba a una mujer entre el público. Se fue hacia él, lo riñó, lo increpó, y el equipo de seguridad lo expulsó del recinto. Al parecer, el cantante fue ovacionado y las redes sociales se llenaron, con justicia, de parabienes. Pero leo que, inevitablemente, también ha habido comentarios censurando su conducta, incluido un artículo-editorial de este periódico, que le reprochaba lo que esos comentarios tuiteros, a saber: a) que “sus formas podrían haber sido igual de aleccionadoras pero menos musculosas: Sanz se fue hacia el tipejo en cuestión como quien se decide a cortar una injusticia por las bravas … El músico podría haber ordenado la expulsión del agresor desde el escenario …” (es probable que, de haber hecho eso, se lo acusara ahora de cobardía); y b) que, a lo dicho por Sanz una vez zanjado el incidente, “le sobraron las cinco últimas palabras, que arrastran un deje de la tradicional concepción de la mujer como sexo débil”.

¿Y cuáles fueron esas palabras que, según los tuiteros y el comentarista de este diario, le sobraron? Lo que dijo el cantante al regresar a su sitio fue: “Yo no concibo que nadie toque a nadie, y menos a una mujer”. Así que lo que se debería haber ahorrado, por machista o sexista, es “y menos a una mujer”. Llama la atención, porque ¿en qué quedamos? La actual legislación española estipula una agravante, dentro de la mal llamada “violencia de género”, cuando la agresión o el maltrato son de un varón a una mujer, y poco antes de las últimas elecciones una torpe representante de Ciudadanos estuvo a punto de hundir la campaña de su partido por defender, antipáticamente, la supresión de esta agravante. Si ésta existe, y la mayor parte de la sociedad está de acuerdo en que exista, es justamente porque, por lo general, en la paliza que le da un hombre a una mujer (o a un niño, o a un anciano) hay un abuso añadido. Con la salvedad de algunas mujeres entrenadas en artes marciales y de las señoras enormes que solía dibujar Mingote junto a maridos escuchimizados (existen esas parejas), a la hora de un enfrentamiento físico el varón acostumbra ser más fuerte y lleva las de ganar.

La expresión “sexo débil”, que por lo visto ahora ofende a quienes ansían ofenderse, no supone menosprecio hacia el femenino, ni alude a otra cosa que a la mencionada ventaja física. Cualquier mujer no susceptible o no soliviantada sabe, para su desgracia, que si tiene un mal encuentro en la calle o en su casa, lleva las de perder (con las excepciones ya apuntadas). Que si un varón se pone bestia, lo más probable es que ella sufra mucho más daño del que ella a él pueda infligirle. Por la misma razón, el 99% de las violaciones que se dan en el mundo (y aún me quedo corto en el porcentaje) son de hombres a mujeres, y seguramente el 1% restante se corresponda más con las de hombres a otros hombres que con las de mujeres a varones. Lejos de parecerme criticable, “y menos a una mujer” es una apostilla necesaria, más en un país como México, en cuya Ciudad Juárez se han producido incontables asesinatos de muchachas a lo largo de décadas, la mayoría premiados con la impunidad más absoluta.

Claro que la mujer es “el sexo débil”, en ese exclusivo sentido, y precisamente por ello las leyes son como son y la sobreprotegen. No sé ahora, pero durante siglos se aprendía desde la niñez que en las peleas no podía abusarse. A eso responde la frase tantas veces oída en las películas, “Búscate a uno de tu tamaño”, cuando el que pegaba era palmariamente más alto, grande y fornido que el pegado. Por eso resulta repugnante el adulto que se ensaña con un niño, que no puede defenderse. Por eso resulta también repugnante el hombre que pega a una mujer, la cual, aunque se defienda, sabe que las más de las veces llevará la peor parte. Nadie puede negar que las mujeres aún viven con un suplemento de miedo, y a menudo tienen que ir por el mundo con la vista y el oído alerta. Porque saben que es más fácil atacarlas a ellas con posibilidades de éxito. Los peros a la actuación de Sanz sólo demuestran lo que dije al principio: la mezquindad de nuestro tiempo y de nuestro país, incapaz de aplaudir, agradecer y admirar sin reservas … nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 20 de marzo de 2016. ‘El azaroso talento’

Los Óscars hace ya mucho que me parecen una de las mayores injusticias del año. Se suelen conceder a películas espantosas (a menudo pretenciosas); los de interpretación van a parar a alardes circenses que nada tienen que ver con el oficio de actuar: al actor histriónico y pasado de rosca; a la actriz que se afea o adelgaza o engorda hasta no parecer ella; al actor que hace de transexual o de disminuido físico o psíquico; a la actriz que logra una aceptable imitación de alguien real, un personaje histórico no muy antiguo para que el público pueda reconocerlo. Cosas así. Como he dicho alguna vez, hoy sería imposible que ganaran el Jack Lemmon de El apartamento, el James Stewart de La ventana indiscreta o el Henry Fonda de Falso culpable, que interpretaban a hombres corrientes.

Tampoco es que ganaran en su día, por cierto; Cary Grant no fue premiado nunca y John Wayne sólo al final de su carrera, a modo de consolación, por un papel poco memorable. En fin, Hitchcock no se llevó ninguno como director, y con eso ya está dicho todo sobre el ojo de lince de los tradicionales votantes de estos galardones. Pero todo ha ido a peor: al menos John Ford consiguió cuatro en el pasado. La estupidez no ha hecho sino ir en aumento en este siglo XXI. Pero qué se le va a hacer, son los premios cinematográficos más famosos y a los que más atención se presta, y sólo por eso me ocupo del Asunto que ha dominado la edición de este año.

Como sabrán, la ceremonia ha sido boicoteada por numerosos representantes negros porque, por segunda vez consecutiva, no hubiera ningún nominado de su raza en las cuatro categorías de intérpretes, ergo: racismo. A continuación se han unido a la queja los latinos o hispanos, por el mismo motivo. Y supongo que no tardarán en levantar la voz los asiáticos, los árabes, los indios y los esquimales (ah no, que estos dos últimos términos están prohibidos). Y que llegará el momento en que se mire si un candidato “negro” lo es de veras o sólo a medias, como Halle Berry u Obama, uno de cuyos progenitores era sospechosamente blanco. Los hispanos protestarán si entre sus candidatos hay mayoría de origen mexicano o puertorriqueño (protestarán los que desciendan de cubanos o uruguayos, por ejemplo).

Los asiáticos, a su vez, denunciarán discriminación si entre los nominados hay sólo chinos y japoneses, y no coreanos ni vietnamitas, y así hasta el infinito. En la furia anti-Óscars de este año se han hecho cálculos ridículos, que, según los calculadores, demuestran la injusticia y el racismo atávicos de la industria cinematográfica: mientras los actores blancos han ganado 309 estatuillas, los negros sólo 15, los latinos sólo 5, 2 los indios y 2 los asiáticos.

Es como decir que la música clásica es racista y machista porque en el elenco de compositores que han pasado a la historia y de los que se programan y graban obras, la inmensa mayoría son varones blancos. La pregunta obvia es esta: ¿acaso hubo negros, o gente de otras razas, que en la Europa de los siglos XVII, XVIII y XIX –el lugar y la época por excelencia de esa clase de música– se dedicaran a competir con Monteverdi, Vivaldi, Bach, Haendel, Mozart, Beethoven y Schubert? ¿Acaso a lo largo de la historia del cine hubo muchos cineastas negros? Sucede lo mismo con las mujeres. Es lamentable que a lo largo de centurias éstas fueran educadas para el matrimonio, los hijos y poco más, pero así ocurrió, luego es normal que el número de pintoras, escultoras, arquitectas, compositoras e incluso escritoras (en la literatura se aventuraron mucho antes que en otras artes) haya sido insignificante en el conjunto de la historia.

¿Que el mundo ha sido injusto con su sexo? Sin duda alguna. ¿Que se les impidió dedicarse a lo que quizá muchas habrían querido? Desde luego. Es una pena y una desgracia, pero nunca sabremos cuántas grandes artistas se ha perdido la humanidad, porque lo cierto es que no las hubo, con unas pocas excepciones. ¿Clara Schumann, Artemisia Gentileschi, Vigée Lebrun? Claro que sí, pero son muy escasas las de calidad indiscutible. Muchas más en literatura: las Brontë, Jane Austen, Dickinson, George Eliot, Madame de Staël, Pardo Bazán, Mary Shelley, e innumerables en el siglo XX, cuando ya se incorporaron con normalidad absoluta. Pues lo mismo ha sucedido con los negros de las películas: durante décadas tuvieron papeles anecdóticos y apenas hubo directores de esa raza. Si hoy constituyen el 13% de la población estadounidense, que se hayan llevado el 4,5% de todos los Óscars otorgados no es tan infame teniendo en cuenta que el primero a actor principal (Sidney Poitier) no llegó hasta 1963. Pero dejo para el final la pregunta que hoy nadie se hace: en algo que supuestamente mide el talento, ¿por qué éste ha de ser proporcional? Jamás lo ha sido, ni por sexo ni por raza ni por países ni por lenguas.

¿Cabría la posibilidad de que los nominados al Óscar de un año fueran todos no-blancos? Sin duda. No veo por qué no la habría de que otro año todos fueran de raza blanca, si son los que han destacado. La única vez que un libro mío ha sido finalista de un importante premio estadounidense, compitió con cuatro novelas de mujeres, de las cuales dos eran blancas, una medio japonesa y otra africana. Ganó esta última, y, que yo sepa, nadie acusó de sexismo ni de racismo a los miembros del jurado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 13 de marzo de 2016. ‘¿Qué respuesta es más deprimente?’

Uno se pregunta cómo es tan difícil de entender, o de aceptar y obrar en consecuencia. A lo largo de decenios hemos ido sabiendo que un gran número de políticos españoles con poder y autoridad colocaba en puestos de las diferentes administraciones (estatales, autonómicas, municipales) a parientes variados, amigos de pupitre, parejas o ex-parejas, o bien favorecía a las empresas y proyectos de éstos con sustanciosos contratos que no siempre salían a concurso, o lo hacían de manera amañada. Desde los lejanos tiempos de Juan Guerra (hermano del entonces vicepresidente Alfonso) hasta los más recientes: los que no somos valencianos acabamos de enterarnos de que, hasta hace nada, la jefa de gabinete de la alcaldesa Rita Barberá era… su propia hermana. Por muy funcionaria que fuera y sea esta señora, por “idónea” que resultara para el puesto, cualquiera con dos dedos de frente y cierto sentido de las apariencias se habría hecho este razonamiento: “No, mi hermana no puede ser, por mucho que valga y se merezca el cargo. Esto lo sé yo y lo sabe ella, pero, precisamente por serme tan próxima, hay que buscar a otra persona, porque el resto de la gente lo interpretará de otro modo y pensará que hay enchufismo, o nepotismo”. Sobre todo porque así es: siempre hay otra persona; nunca nadie es tan imprescindible que no pueda ser sustituido por alguien de características similares; nunca hay un candidato único para desempeñar una función; nunca nadie es tan “idóneo” que excluya las demás opciones.

Pero no seamos en exceso puritanos. Cuando hemos de trabajar en equipo, todos tendemos a rodearnos de personas que ya conozcamos y de las que podamos fiarnos. Si yo dirijo una editorial, busco la colaboración de individuos que me garanticen competencia y eficacia, y lealtad en segundo término. Si esa editorial es un negocio privado, creado con mi capital, estoy en mi derecho. Yo me lo invento y me lo financio, no hay dinero del contribuyente, no he de rendir cuentas a nadie, cada cual hace con su peculio lo que le parece y contrata a quien le viene en gana. La cosa, sin embargo, cambia radicalmente si lo que ocupo es un cargo a mí preexistente, y pagado con los impuestos de todos: da lo mismo si soy Presidente del Gobierno o concejal de un Ayuntamiento. El puesto no lo he creado yo, ni el organismo, a diferencia de mi editorial. En él no he desembolsado un penique, sino que, por el contrario, recibo un sueldo de mis conciudadanos y dispongo de un presupuesto para llevar a cabo mi labor y cubrir los gastos de representación. He de ser por tanto escrupuloso al máximo a la hora de beneficiar a mis allegados con prebendas, de contratarlos o nombrarlos, y también en lo relativo a “cargar” gastos. He de medir exactamente qué está justificado y qué no, qué es estrictamente necesario para el desempeño de mis funciones, a qué me obligan éstas y qué son meros adornos o agasajos superfluos. Seguramente será de recibo que invite a almorzar o a cenar a unos visitantes, pero difícilmente lo será que además los lleve a una discoteca o los convide a excesos. Y en todo caso no puedo rodearme en mi trabajo de esposas, maridos, hermanos, cuñados, sobrinos, compañeros de infancia, parejas o ex-parejas con las que me siento en deuda o me llevo de maravilla.

Con razón han acusado los representantes de Podemos durante los últimos años; sobre todo ellos, los que más han denunciado la corrupción general y la implícita en estas prácticas; los que se han cargado de razón hablando de regeneración y limpieza. Sin embargo, leo en una reciente columna de Javier Ayuso que el concejal madrileño Zapata, célebre por su vileza tuitera cuando aún era un desconocido, acaba de contratar como asesora a su ex-pareja con un sueldo de 50.000 euros al año. Y que también Ada Colau y su lugarteniente Pisarello, en Barcelona, se han hecho con los servicios de sus respectivas parejas. Y que Iglesias y Errejón tienen novias o ex-novias bien colocadas “en los centros de poder ganados”. Al parecer estos políticos no niegan los vínculos, pero aducen: “Sí, es verdad que es mi pareja o ex-pareja, pero no la hemos contratado por eso, sino por sus cualidades profesionales” (siempre según Ayuso). ¿Se puede ser tan torpe, o acaso tan jeta? ¿Cuál creen que ha sido el argumento de todos los responsables del PP, el PSOE o CiU que se han pasado décadas haciendo lo mismo? ¿Alguno ha reconocido que nombraba a su cuñado o su padre por ser eso, el cuñado o el padre? No, siempre se han amparado en los méritos de éstos (normalmente incomprobables por parte de la ciudadanía). ¿Tan difícil es entender que si alguien es un genio en algo, pero tiene la mala suerte de ser familia, ex-pareja o pareja de un representante público, no puede ocupar un cargo que dependa de este último, y cuyos emolumentos provengan del erario? ¿Ni tampoco obtener una concesión ni una contrata, por adecuada que sea su empresa? Resulta en verdad vergonzoso y desalentador que los sermoneadores se comporten con la misma desfachatez que aquellos a los que hasta ayer sermoneaban. Y de nuevo nos encontramos con la terrible pregunta de si es primero la gallina o el huevo: ¿se dedican a la política quienes buscan un medio para corromperse, o en cuanto los limpios entran en ella y manejan dinero ajeno, se corrompen en alto número? Las dos respuestas, me temo, son igual de deprimentes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 6 de marzo de 2016. ‘No hay que imitarlos en nada’

Al final unos y otros se han echado las culpas, como sucede siempre que alguien mete la pata en este país. Y, por supuesto, nadie dimite jamás de su cargo, un rasgo más, entre muchos, que el autoproclamado “nuevo” partido Podemos comparte sobre todo con el PP. Pero lo cierto es que el Ayuntamiento de Carmena hizo el encargo: contrató y pagó a la Cátedra de la Memoria Histórica (?) de la Universidad Complutense, formada por cinco historiadores muy raros y dirigida por Mirta Núñez, la elaboración de un primer listado de “calles franquistas”, para cambiarlas. Si he subrayado “primer” es porque eso indica que por lo menos tendría que venir un segundo, y eso que el inicial computa nada menos que 256, número que en principio parece excesivo teniendo en cuenta que, ya hacia 1980, algunos de los más conspicuos nombres franquistas desaparecieron, por fortuna, de nuestro callejero: la Gran Vía dejó de llamarse José Antonio; la Castellana, Generalísimo; Príncipe de Vergara, General Mola; la glorieta de San Vicente, Ramiro Ledesma, etc. Aun así, es obvio que algunos quedan, y, en efecto, es pertinente que en cualquier sitio de España se deje de rendir homenaje a militares y políticos que participaron en la sublevación de Franco y en la criminal represión desa­tada a partir de entonces. Como tampoco sería admisible la celebración de individuos “republicanos” que se mancharon las manos de sangre en las zonas que controlaron durante la Guerra. Si he entrecomillado “republicanos” es porque entre los presuntos defensores de la República hubo muchos que pretendieron cargársela con el mismo ahínco que los sublevados, sólo que desde el otro extremo.

Pero ese “primer” listado no se ha limitado a señalar a los Generales Varela, Yagüe, Aranda, Dávila o Fanjul, todos merecedores de castigo y no de premio, sino a numerosos escritores, artistas y personalidades que en algún momento de la larguísima dictadura le mostraron su apoyo o no fueron combativos con ella. Gente a la que no era imputable ningún delito (o sólo de opinión) y que probablemente recibió una calle o una plaza por sus méritos artísticos o literarios y no por su adhesión al régimen o su tolerancia con él. Sus obras nos pueden gustar más o menos, y sus figuras caernos simpáticas o antipáticas, pero a estas alturas nadie que no sea cerril discute la valía de Pla, Dalí, D’Ors, Mihura, Jardiel Poncela, Cunqueiro, Manuel Machado o Gerardo Diego. Tampoco los logros, en sus respectivos campos, de Manolete, Bernabéu, Lázaro Galdiano, Turina, Juan de la Cierva o Marquina. La mentalidad y el tono con que se ha configurado esa lista son policiales e inquisitoriales: mentalidad de delator, o, si se prefiere, de “comisario del pueblo”. Y en Madrid hay todo tipo de gente, no se olvide.

El 27 de mayo de 1937, en plena Guerra, mi padre publicó un artículo en el Abc madrileño (esto es, republicano), “La revolución de los nombres”. Entonces era un joven de casi veintitrés años, soldado de la República. En esa pieza señalaba cómo “desde que estalló la rebelión ya no hay medio de saber cómo se llama nada. Cuando se lee algún periódico faccioso” (es decir, franquista) “de cualquier ciudad, se puede ver que cualquier desfile, procesión o manifestación sale de la plaza de Calvo Sotelo, pasa por las calles de Franco y Falange Española, luego por la Avenida de Queipo de Llano para seguir por la calle de Alemania y terminar en la alameda de José Antonio Primo de Rivera. El orden cambia según se trate de Salamanca, Zaragoza o Sevilla; pero los nombres permanecen”. Y añadía: “Y es de todo punto lamentable que imitemos en esto a los rebeldes, porque no hay que imitarlos en nada”. Y así, cuenta cómo en Madrid la calle Mayor ha perdido su nombre en favor de Mateo Morral, anarquista que atentó contra Alfonso XIII … y mató a veinticinco personas, pero no al Rey; cómo el Prado, Recoletos y Castellana han pasado a llamarse Avenida de la Unión Proletaria; cómo Príncipe de Vergara (título de Espartero, general anticarlista y liberal) también ha caído por ignorancia. “Y lo más grave, lo intolerable”, seguía mi padre, “es el nombre elegido para sustituirlo: Avenida del 18 de julio. ¿Es que nosotros podemos celebrar esa fecha, en que empezó una de las más grandes tristezas de la historia española? ¿Podemos conmemorar el día en que el pueblo español, que se disponía a mejorar sus destinos en la paz de un Gobierno suyo como el del Frente Popular, se vio obligado a llenarse de sangre en una guerra tremenda?” También cuenta cómo en Valencia la calle de Caballeros ha pasado a ser Metalurgia (!), o cómo el pueblo de San Juan, en Alicante, se llama ahora Floreal … Todo esto suena de otro mundo, y sin embargo … Hace casi ochenta años que el joven que fue mi padre escribió este artículo. Lo hizo en un país en guerra, partido y lleno de odio, en el que un bando imitaba al otro, cuando “a los rebeldes no hay que imitarlos en nada”. ¿Tiene algún sentido que volvamos a hablar del callejero al cabo de tanto tiempo, cuando además no hay guerra, ni hay dos bandos? Hay una parte de España, parece, nostálgica de nuestros peores tiempos y nuestras peores costumbres, desde luego de las más idiotas. Eso es siempre inevitable. Lo malo es que esos nostálgicos del encono y la animadversión tengan capacidad decisoria y mando en plaza, sean del lado que sean. Todavía está en nuestra mano no dárselos, ni la capacidad ni el mando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 28 de febrero de 2016. ‘Entusiasmo por la censura’

Franco estaría encantado, y todos los dictadores que en el mundo han sido, como lo estarán los actuales. Si algo caracteriza a nuestra época, es la pasión censora que domina a las sociedades: el afán de prohibir, de regularlo todo, de eliminar el pasado enojoso de la misma manera que Stalin hacía borrar de las antiguas fotografías a sus colaboradores caídos en desgracia, que fueron centenares. En esas fotos, una vez amañadas, se percibían inexplicables huecos, pero eso era preferible a que se viera al jefe soviético en compañías súbitamente indeseadas. Hay que recordar que, al menos en España, la censura es inconstitucional desde 1978, pero eso le trae sin cuidado a demasiada gente. Carmena ya ha arremetido alguna vez contra la prensa, culpándola de impedirle llevar a cabo sus torpes y estrafalarios planes municipales. Podemos ya ha avisado que convendría ponerle freno y controlarla, como viene haciéndolo desde hace lustros el régimen chavista en Venezuela. El PP se ha quejado de la propaganda existente contra él en unos pocos periódicos y televisiones, mientras que nunca protesta de los muchísimos más medios que tiene a su favor, si no a sus pies y quién sabe si a sueldo. En Rusia, los periodistas críticos con el Gobierno caen a menudo abatidos por balas o acaban en una prisión más o menos siberiana, a la vieja usanza. En la Argentina kirchnerista, hasta hace tres días, la prensa insumisa se veía hostigada y amenazada. Y no hablemos de Arabia Saudí y otros países árabes, en los que a un bloguero le pueden caer mil latigazos. Ni de México, donde los reporteros que no son el complaciente y fatuo Sean Penn pierden la vida.

Pero todos estos son formaciones, Gobiernos o mafias con clara vocación represora y totalitaria. El problema mayor son las sociedades, el ánimo censor que se va adueñando del planeta. Ya escribí aquí hace tiempo sobre la pretensión de muchos estudiantes estadounidenses de suprimir en sus universidades toda opinión o discurso que a cada cual desazone u ofenda. Quieren que unos lugares que siempre fueron de cuestionamiento y debate, de confrontación de ideas, se conviertan en lo que llaman “safety spaces” o algo así, “espacios seguros” en los que nadie altere sus convicciones con inquietantes pareceres, y la única forma de conseguir eso es que nadie diga nada que pueda molestar a alguien, es decir, nada de nada. Hace unas semanas hablé del destierro al que el Rijksmuseum ha condenado a veintitrés vocablos, desaparecidos de los rótulos de sus cuadros. En la Real Academia Española recibimos sin cesar peticiones airadas para que se borre del Diccionario tal o cual acepción o término que al remitente le parecen reprobables. Lejos de abstenerse de usarlos o recomendar la abstención a sus conciudadanos, exige su ostracismo y que no quede rastro. Recientemente un alto cargo de la Compañía de Jesús ha solicitado la supresión de “jesuita” como “hipócrita, taimado”, y un representante del Gobierno del Japón lo mismo respecto a “kamikaze” como “terrorista suicida”. Ni estos señores ni tantos otros entienden que la gente es libre de utilizar las palabras como le venga en gana y que, si un uso se extiende, la Academia está obligada a consignarlo. Demasiadas personas no entienden ya la libertad, o no la desean para los demás.

Ahora la Organización Mundial de la Salud propone que todas las pelícu­las pasadas o presentes en que aparezcan personajes fumando sean “no recomendadas para menores” (eso incluiría Siete novias para siete hermanos), igual que Franco y su Iglesia calificaban “para mayores” todas aquellas en las que se vieran un escote semigeneroso o besos apasionados. La OMS, en cambio, no toma medidas contra los millones de imágenes que muestran muertes violentas. Según ella, el consumo de tabaco en la pantalla incita a la emulación, pero no los cuchillos, las pistolas, los fusiles de asalto ni los drones. Que lo pregunten en los Estados Unidos, donde no es difícil adquirir estas armas. ¿Y el alcohol, las drogas, el maltrato, las torturas y las violaciones? A este paso todas las películas y series deberían ser para adultos maduros, porque ya ven lo pusilánimes que son los universitarios.

Hoy hay demasiados individuos a los que no les basta con no hacer esto o aquello: aspiran a que nadie lo haga. Los términos que nos hieren, sean prohibidos; los hábitos que desaprobamos, tórnense ilegales; las ideas que nos perturban, no sean emitidas; las escenas que juzgamos perjudiciales, no existan, no las vea nadie. (Quizá se hayan fijado en que ya no se ven caer caballos en las batallas cinematográficas: no basta con que se jure que ningún animal ha sido dañado en ningún rodaje, está vetada hasta la simulación de ese daño.) La libertad está hoy rodeada de enemigos, y no son los únicos los miembros del Daesh y los talibanes. Poco a poco, y con subterfugios, se compite con ellos en nuestras sociedades. Las libertades arduamente conseguidas en ellas van cayendo, en abominable connivencia entre la derecha y la izquierda o lo que así se llamaba (claro que las actuales “izquierdas” suelen ser falsas, impostoras). Hasta Playboy ha renunciado a sacar desnudos en sus páginas, para acoplarse a la omnipresente censura, con frecuencia disfrazada: los desnudos están prohibidos para menores de trece años en Instagram y otras redes. Si los suprime, Playboy podrá colgar sus fotos en estos sitios y hacer más caja. Castigar con la pérdida de ingresos es una de las formas más viejas y eficaces de imponer las prohibiciones. Franco y los demás dictadores estarían extasiados, al ver cómo sus enseñanzas han prosperado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 21 de febrero de 2016. ‘Sin exigencias’

La medida ha causado considerable y merecido revuelo en casi todo el mundo, tanto por el hecho en sí como por lo que significa. Como ya sabrán, durante una reciente visita a Roma del Presidente de Irán, Hasan Rohaní, las autoridades italianas decidieron cubrir –más bien ocultar– las estatuas antiguas de los Museos Capitolinos, para que sus desnudos no ofendieran al alto dignatario, o tal vez no lo incitaran a pecar de pensamiento, algo que también juzgaba frecuentísimo (y tan grave como el pecado de obra o de palabra) el Catecismo católico que muchos hubimos de memorizar de niños. En vista de la reacción justamente indignada de numerosos ciudadanos, el Gobierno de Matteo Renzi (católico practicante, me temo que más que socialista) se ha desentendido y ha echado balones fuera: la idea no fue nuestra, no se sabe de quién partió, quizá lo exigió la propia delegación iraní. Pero ésta, por boca del propio Rohaní en rueda de prensa, desmintió la imposición, aunque se mostró complacida con la deferencia, más bien servidumbre: “No pedí nada”, dijo el Presidente, “pero sé que los italianos son muy hospitalarios e intentan hacer de todo para que uno se encuentre a gusto. Les doy las gracias por ello”.

Poco después este hombre se desplazó a París, y allí lo que se procuró fue que no viera una gota de vino, que su fe también prohíbe. ¿Qué hacemos?, se preguntaron los franceses; porque aquí son inconcebibles una cena o almuerzo en los que no se ofrezca vino a los comensales. Démosle una merienda, en la que nos podemos arreglar con té, café y refrescos sin que nadie ponga el grito en el cielo. Y así se hizo. No hace falta recordar que el objetivo primordial de ambas visitas eran negocios, tras el levantamiento de las sanciones al régimen ayatólico. El anciano politólogo Giovanni Sartori, de 92 años, ha sido uno de los que han hablado más claro (la gente vieja tiene la ventaja de decir lo que piensa sin miedo): “Cubrir las estatuas es ridículo, absurdo. Es el reflejo de un mundo imbécil que hace sólo lo que encuentra útil y conveniente en cada momento. Uno tiene derecho a que se respeten sus principios y tradiciones. Si Irán lo tiene, también nosotros. Se podía haber hallado otra solución, con un recorrido distinto o un sitio diverso a un museo con desnudos, pero jamás se debió llegar a esta payasada inadmisible”. Y sugirió, con gracia, que se hubiera recibido a Rohaní entre Ferraris, dada la índole comercial de su embajada, con un séquito de seis ministros y un centenar de empresarios.

El episodio es chusco, en efecto, como lo es el de la merienda parisina, que ha provocado menos alboroto pero resulta igual de abyecto. Y los dos son sintomáticos de la cobardía y la indignidad que hoy recorren Europa. Es éste un continente con un ilimitado complejo de culpa y una fuerte tendencia a flagelarse, sin demasiado motivo. Siempre me ha parecido irritante y engreído “pedir perdón” por lo que hicieron nuestros antepasados. Ni somos ellos ni podemos arrogarnos la capacidad de hablar en su nombre. No podemos atribuirnos sus virtudes ni sus defectos, sus heroicidades ni sus crímenes. Pensar que todo eso se hereda de generación en generación, indefinidamente y hasta el fin de los tiempos, es tan arrogante como injusto y se asemeja peligrosamente al concepto de “pecado original”. Parece haberse olvidado la máxima “Responda cada cual de sus actos”, y no de los del abuelo, el padre o el hermano. Está bien, sin embargo, que no queramos ser como otros más intolerantes. Sería abominable que, con tanto ciudadano musulmán, nos opusiéramos a que se erigieran mezquitas en nuestro suelo, aunque en los países de esa religión no suela haber contrapartida, porque en ellos raramente se consiente la libertad de culto o el ateísmo. Es de cajón que la gente islámica que vive aquí observe sus preceptos, costumbres y prohibiciones, siempre que no infrinjan las leyes de todos ni atenten contra los derechos de nadie. Nada más lógico que no tomar por desaire que Rohaní desdeñe el vino, pero de ahí a que nadie lo tome en su presencia, a que desaparezca de las mesas porque él lo desaprueba, va un inmenso trecho. Y lo mismo para las estatuas romanas. Si un musulmán estricto viene a nuestros países, debe saber que aquí se representa el cuerpo desnudo –bien que intermitentemente– desde hace unos 2.500 años. Puede por tanto renunciar a su visita o cerrar los ojos, pero no esperar ni exigir que vayamos cubriendo esculturas a su paso con pleitesía. Recordaba Savater hace semanas que el imán de la mezquita de Colonia se mostró comprensivo con quienes en Nochevieja manosearon y en algún caso violaron a mujeres locales: “Iban perfumadas …, casi desnudas”, dijo, ¿y qué iban a hacer los pobres varones recién llegados? Con el habitual complejo de culpa, ya hay quien recomienda a nuestras mujeres que se recaten en el vestir, en otro gesto de sometimiento. Los países ­europeos deben ser firmes y razonables. La cuestión es tan sencilla como la siguiente: ahora que fumar tanto espanta, yo he declinado invitaciones a casas en las que se me advertía que allí no podría hacerlo. Respeto a mis anfitriones, no acepto una invitación condicionada, no voy y punto. Lo que sería inadmisible es que yo obligara a fumar a quienes vinieran a la mía o que ellos me impusieran a mí abstenerme en ella, por su presencia. La solución sensata es tan fácil que causa rubor que aún se discuta: el que venga con exigencias, que no venga.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 14 de febrero de 2016. ‘Esto no estuvo aquí siempre’

Si ha habido en tiempos recientes una engañifa injusta, despreciable y en el fondo muy burda, ha sido la autopropaganda de algunos partidos saltados hace poco a la palestra. La base de su publicidad ha sido presentarse como “nuevos” frente a las formaciones “viejas”, proclamarse “más representativos” pese a no haber pasado apenas por las urnas, vociferar que “la gente” (concepto vago y delicuescente) está con ellos, mientras que los demás son “una casta” (término no original, sino copiado del tonto italiano Grillo) al servicio de “los de arriba” (otro concepto tan demagógico y facilón como difuso), y brincar por el tablero con la misma facilidad que los caballos de ajedrez: ahora somos de extrema izquierda, ahora socialdemócratas, ahora de centro, ahora estamos con “los de abajo” como Perón, ahora creemos en la democracia, ahora en el asambleísmo, ahora queremos arrumbar la Constitución, ahora preservarla y reformarla, ahora defendemos el “derecho a decidir”, ahora a medias, ahora tenemos por modelo a Venezuela, o no, mejor a Dinamarca … Si algo parece claro, y sin embargo dista de estarlo para un gran número de votantes, es que ni Podemos ni la CUP, por mencionar a los más conspicuos, son de fiar en absoluto y nada tienen de “nuevos”. Al contrario, su oportunismo y su desfachatez se asemejan enormemente a los del PP, sobre todo cuando éste se siente acorralado; con la diferencia sustancial de que, hasta ahora, ninguno de esos dos partidos se ha sentido acorralado, lo cual equivale a decir que su oportunismo y su desfachatez son vocacionales. Están en su naturaleza, que en modo alguno desdeña engañar a la gente, ni tratarla como a idiota, si eso vale para sus propósitos.

Lo único en lo que no han variado su discurso es en la condena general de lo que han dado en llamar “el régimen del 78” (a la capciosa definición también se han apuntado ERC, IU y otros). La palabra “régimen” está muy connotada: así se calificaba a sí mismo el franquismo. Al aplicar el término al largo periodo democrático que hemos vivido, se intenta asimilarlo a la dictadura, lo cual, como he dicho antes, es injusto, burdo y despreciable, y supone ponerse en contra no sólo de los actuales políticos a menudo corruptos y sin escrúpulos, sino también de los que llevaron a cabo la Transición, todo lo imperfecta que se quiera, e instauraron la democracia sin apenas derramamiento de sangre. Es decir, se ponen del lado de quienes la combatieron en su día. ¿Y quiénes eran esos? Los residuos más recalcitrantes del franquismo, que detestaban al Rey, a Suárez, a su necesario colaborador Carrillo, al General Gutiérrez Mellado y a Felipe González; la extrema derecha terrorista, autora de la matanza de Atocha; una parte considerable del Ejército, muchos de cuyos mandos aún eran leales a Franco, y de ahí que en aquellos años se rumoreara cada poco que había “ruido de sables”, los cuales se convirtieron en estruendo con el golpe fallido de Tejero; la policía, que costó Dios y ayuda que se amoldara a los nuevos tiempos (aquellos sí que eran nuevos de verdad, y no de pacotilla) y comprendiera que su función era proteger a los ciudadanos y no controlarlos y amenazarlos; y ETA, claro, que incrementó su actividad y llegó a asesinar a ochenta personas en un solo año.

Se ha perdido de vista con qué se hubieron de enfrentar los políticos de la época, alegremente denostados ahora por muchos jóvenes y no jóvenes que reclaman para sí un heroísmo que, para su bendición, no está a su alcance. Se han encontrado un país plagado de defectos y carencias e injusticias, pero no intrínsecamente anómalo, como aún lo era el de 1976. Se han encontrado con un Ejército profesional y sometido al poder civil, del que nadie teme que se pueda levantar en armas contra sus políticos y su propia gente; con una policía que, como todas, comete excesos, pero que no representa un peligro para la población ni detiene a capricho; con un país sin censura, con libertad de expresión, en el que se admite cualquier postura (incluida la disgregación) siempre que no la acompañe violencia; con divorcio (no lo hubo hasta 1981), sin sumisión legal de la mujer, con libertad religiosa, con matrimonio homosexual, sin juicios de farsa, con sindicatos (¿o es que ignoran que estaban prohibidos en el franquismo, lo mismo que los partidos y las elecciones?). Quienes han nacido ya con esto no saben o no quieren saber que esto no estuvo aquí siempre; que costó mucho esfuerzo, mucha mano izquierda, mucha habilidad conseguirlo sin casi sangre, así como buenas dosis de renuncia y contemporización necesarias. La prueba del éxito de la operación en su conjunto es la propia existencia de esos partidos “nuevos” pero nada novedosos, dedicados a echar pestes de quienes la llevaron a cabo. Aquellos políticos y aquella sociedad civil sí que tuvieron dificultades, sí que inauguraron una era e hicieron una revolución en sordina, sí que se la jugaron de veras. Hasta la vida, algunos. Lo hicieron regular o mal en algunos aspectos, qué menos. Podría haberse hecho mejor, como toda empresa humana. Pero lo que desde luego no merecen es el vituperio a que se los lleva sometiendo algún tiempo, a ellos y a sus logros. Por parte, además, de ventajistas y megalómanos, de los que la política ha estado llena desde su prehistoria. Nada tan viejo como los caudillos “carismáticos” y con labia. Lo que hoy presume de “nuevo” es en realidad de una ancianidad, qué digo: de una decrepitud pavorosa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 7 de febrero de 2016. ¿Peccata minuta?

Justo antes de Navidad, una editorial extranjera que próximamente me publicará una novela me envió 1.055 portadillas del libro para que las firmara, con vistas a satisfacer a los clientes de su país que gustan de ejemplares autografiados por los autores. Y ante la inminencia de las vacaciones, además me metieron prisa. Lo interrumpí todo y dediqué un montón de horas a la tarea (una, dos, tres, y así hasta 1.055, aquello no se acababa nunca). Las tuve listas a tiempo y fueron enviadas, pero la persona que me había hecho la petición ni se dignó poner una línea diciendo “Recibidas, gracias”, con eso habría bastado. Ante la grosería, me dieron ganas de cancelar el viaje promocional previsto para dentro de poco. Pero claro, me abstuve de tomar tal medida, porque se habría considerado “desproporcionada”, o tal vez “divismo” o algo por el estilo. Hoy mismo veo que una actriz americana se permitió sugerirle a un periodista, en medio de la rueda de prensa que ella estaba ofreciendo, que dejara de teclear en su móvil y tuviera la delicadeza de atender a sus respuestas. El comentario de esa actriz ha sido calificado en seguida de “salida de tono” y de otras cosas peores. Bien, todo leve.

En otro sitio, y hace más de veinte años, escribí una columna defendiendo al futbolista Cantona, que había sido suspendido por su club, por la federación inglesa y no sé si por el Papa de Roma (amén de anatematizado por la prensa internacional en pleno), tras propinarle un puntapié a un hincha del equipo rival que se había pasado el partido soltándole barbaridades sin cuento. Sin duda la reacción de Cantona fue excesiva, pero moralmente –que era como más se le condenaba– yo argüía que la razón estaba de su parte. En contra de lo que se piensa, un jugador no tiene por qué soportar estoica o cristianamente los brutales insultos de la masa, o lo hace tan sólo porque los insultadores son eso, masa: es difícil individualizarlos e imposible enfrentarse a todos ellos. Ahora bien, si uno descuella, si uno se singulariza, ¿qué ley le impide a cualquiera plantarle cara y defenderse?

Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida. Parece normal y aceptable –la “libertad de expresión”, señor mío– que la gente injurie, provoque, zahiera y suelte atrocidades sin que pase nada. Y en cambio, si el injuriado, provocado o zaherido responde, o retira el saludo, o se niega a recibir a quien lo ha puesto o pone verde, caen sobre él todos los reproches. “Tampoco es para reaccionar así, hay que ver”, se dice. “Qué borde y qué resentido”, se añade. “Qué intolerancia la suya”, se continúa; “al fin y al cabo los otros ejercían su derecho a opinar y ahora le estaban tendiendo la mano”. Se ha extendido la extrañísima idea no ya de que se puede decir –e incluso hacer– lo que se quiera, sino de que eso no debe tener consecuencias. Y si el ofendido obra en consecuencia, entonces es un intransigente y un exagerado.

Si hay políticos catalanes que llevan años clamando contra la “opresión borbónica” o la “ladrona España”, y asegurando que nada tienen ni quieren tener que ver con este país (al que nunca llamarán por su nombre), esos mismos políticos se sorprenden y enfadan si un Borbón, o un español corriente, rehúsan estrecharles la mano. Fernando Savater y otros perseguidos de ETA lo han experimentado largos años. Savater ha vivido lustros amenazado y ultrajado, sin poder dar un paso sin escolta, insultado y vejado por los aliados políticos y simpatizantes de los terroristas. Y si ahora no le sale “perdonar” a sus aspirantes a verdugos y jaleadores, hay que ver, es él el rencoroso, el vengativo, el crispador y el desalmado. Se puede ser violento, se puede agraviar y ser grosero, se puede impedir hablar a alguien en una Universidad, se puede poner a caldo a cualquiera. Bueno. Lo que ya es inexplicable es que además se pretenda que todo eso se olvide cuando el ofensor cesa, o cuando a éste le interesa, y que carezca de toda repercusión y consecuencia. En una palabra, se exige impunidad para los propios dichos y hechos. Peccata minuta.

Yo he hablado aquí acerbamente de figuras como Aznar, Rajoy o Esperanza Aguirre. Bien, estoy en mi derecho. Pero lo que nunca se me ocurriría sería pedirles audiencia; si, llegado el caso (improbable), ellos me negaran el saludo o me respondieran con un bufido o desaire, me parecería lógico: desde su punto de vista, me los tendría bien ganados. Y si un día me arrepintiera de cuanto he vertido sobre ellos (aún más improbable), y quisiera “hacer las paces”, no me sorprendería que me contestaran de malos modos o con una impertinencia. Lo manifestado y lo sucedido no dejan de existir porque cesen a partir de un momento determinado; lo que ya no se prolonga no queda borrado por su mera interrupción. El sufrimiento padecido no se olvida porque “ahora esté en el pasado”. Los años de pena, de dolor, de miedo, de afrenta y hostilidad no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron. Sin embargo, nuestras absurdas sociedades pretenden no sólo eso, sino que además el aguante sea ilimitado y el “perdón” simultáneo al agravio. A Cantona o a cualquiera se les puede provocar y maldecir sin medida; se puede ser grosero o agresivo, o humillar hasta el infinito. Pero ay del que se lo tenga en cuenta a los agresores y a los humilladores. Será un intransigente, y su conducta la más censurable de todas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 31 de enero de 2016. ‘Sofistas de museo’

La noticia mereció portada en este diario: “La corrección política asalta el museo”, rezaba el titular, y el reportaje de Isabel Ferrer se iniciaba con una cita falseadora y sofista de la responsable del Departamento de Historia del célebre Rijksmuseum de Ámsterdam. “Imagínese un cuadro titulado Franchute vestido de gala. O, si no, Gabacho montado a caballo. Sonaría ofensivo, ¿no?”, decía Martine Gosselink, y añadía: “Pues lo que intentamos es evitar términos de este tipo, que ya no encajan en nuestra sociedad”. Gosselink y su equipo han decidido, por tanto, desterrar de los rótulos de los cuadros nada menos que veintitrés vocablos, entre ellos “negro”, “cafre”, “indio”, “enano”, “esquimal”, “moro” o “mahometano”, “considerados despectivos”. (¿Cuáles serán los otros dieciséis?)

La pregunta no se me hace esperar: ¿considerados por quiénes? Si he tachado de sofistas las declaraciones de esta señora es porque empieza por equiparar términos que sí tienen voluntad ofensiva por parte de quien los emplea con otros que son meramente descriptivos y que, si acaso, sirven a la economía del lenguaje y a la comprensión entre las personas. En todos los idiomas, supongo, existen acuñaciones hechas con ánimo denigratorio, como –en español– las mencionadas “franchute” y “gabacho”, o en francés “boche” para menospreciar a un alemán.

En el inglés de los Estados Unidos lo son “Polack” para referirse a un polaco (en vez de la neutra “Pole”) o “Spic” para denominar a un hispano, “Wop” y “Dago” para un italiano o “Limey” para un británico. “Nigger” para un negro tenía la misma intención, no así “Negro” en su origen, que no era sino la trasposición del vocablo español, por tanto un extranjerismo con función más bien eufemística. Quien utiliza esas expresiones lo suele hacer a mala idea, para provocar o humillar. Pero este no es el caso de las que Gosselink se dispone a suprimir. Se han usado siempre, como digo, para entenderse, porque no se puede pretender que el conjunto de la población sepa distinguir con precisión entre las distintas tribus nativas de América o entre los miembros de los diferentes países árabes, entre las etnias del África o entre los nacionales de lo que solía conocerse por “Lejano Oriente”.

Por eso, durante mucho tiempo, a estos últimos se los llamó “orientales” en Occidente y todo el mundo se entendía, hasta que en los Estados Unidos (pioneros de todas las quisquillosidades y bobadas) se dictaminó que eso era “ofensivo” y se sustituyó por “asiáticos”. Nunca he comprendido por qué esta denominación les parece mejor y aceptable, cuando tan asiáticos son, además, los indios de la India y los pakistaníes como los japoneses y los chinos, y me temo que los dos primeros grupos quedan excluidos del término, al menos en el habla normal y común a todos.

Uno de los ejemplos que aparecen en el reportaje da idea de la ­ridiculez del asunto. “Esquimal”, señala Isabel Ferrer, “es el nombre ­genérico para los distintos pueblos indígenas de zonas árticas y de Siberia. En cuanto se identifique el grupo étnico al que pertenecen” (los esquimales pintados en cuadros, deduzco), “se puede cambiar por inuit, yupik, kalaallit, inuvialuit, inupiat, aluutiq, chaplinos, naucanos o sireniki, sus diversas comunidades”. Y explica Gosselink muy ufana: “Primero hay que encontrar la rama concreta del poblador. No nos podemos equivocar …” Si mi entendimiento no me engaña, me imagino la surrealista y conmovedora escena: un grupo de expertos y fisonomistas escrutando el cuadro en el que aparece un esquimal y tratando de discernirlo (eso en el supuesto de que el pintor fuera bueno, y realista, y fidedigno, y no inventara ni adornada nada). “Yo me inclino por un aluutiq”, diría uno. “No sé yo”, respondería otro, “le veo rasgos de inuvialuit, aunque la zamarra es más propia de chaplino”. Jamás he oído como negativo el término “esquimal”, ni “moro” tiene nada malo en sí (otra cosa sería “moraco”), ni “enano”.

¿Quiénes han pasado a considerarlos despectivos? Tal vez los propios interesados, no sé. Es sabido que desde hace decenios hay gordos que exigen ser llamados cosas tan antieconómicas e incomprensibles como “personas de tamaño distinto”, entre las que cabrían también los gigantes, los niños, por supuesto los enanos y acaso los anoréxicos. Hay sordos que detestan ser conocidos por ese nombre y ciegos que por el suyo, y hace siglos que fueron condenados vocablos como “tullido”, “lisiado”, “paralítico” o “minusválido”. Supongo que “discapacitado” correrá la misma suerte, y que pronto serán desterrados “cojo”, “manco”, “miope” y “bizco”. Creo que quienes demonizan estas palabras son los verdaderos racistas, xenófobos y discriminadores, porque lo que en verdad demonizan es lo que significan (el significado y no el significante, dicho con pedantería). Si yo digo “ese negro” para referirme a alguien no tiene peor intención que si digo “ese rubio” o “ese con pecas”, es una manera de identificar, nada más. Y si se me habla del cuadro Cabeza de hombre, me será más difícil reconocer la pintura en cuestión que si se siguiera titulando

Cabeza de negro, como hasta hace poco. Si nos atenemos y plegamos a la subjetividad y el capricho de cada uno, y a la extrema susceptibilidad de nuestros días, pronto no habrá nombre que no esté estigmatizado y prohibido, y entonces no nos entenderemos. “Te veo con tamaño distinto”, me esforzaré en decirle al próximo amigo al que vea muy engordado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 24 de enero de 2016. ‘La imparable mengua de mi reputación’

Quienes siguen estas columnas ya saben que suele haber una anual sobre la imparable escalada armamentística a que me somete con sus regalos de Reyes mi colega Pérez-Reverte. Ya conté que en los anteriores había ascendido un peldaño, y, tras varios de cuchillos, revólveres y pistolas, se había inclinado por un arma larga, un fusil desmontable o pistola ametralladora Sten, según los pedantes términos de mi amiga y colaboradora Mercedes, que por un azar se convirtió en experta y no perdona un vocablo inexacto. Tanto ella como Aurora como Carme, las personas que más me ven en mi casa, se mofaron de lo lindo y me anunciaron un bazuca o un cañón para los siguientes Reyes. Este año Pérez-Reverte, muy generoso, me amenazó con un incremento de potencia y tamaño, en efecto. (Como siempre, y para que los puritanos no pongan el grito en el cielo, conviene advertir que son réplicas perfectas, y que no disparan.) Le rogué que se abstuviera: los subfusiles y rifles ocupan un sitio del que carezco en mi casa, y además apelé a su ejemplo: hace unos meses AP-R me invitó por fin a su domicilio, junto con nuestro amigo Tano y el excelente periodista y poeta Antonio Lucas. Y, en contra de lo que yo suponía, descubrí que no le cuelgan de los techos aviones Messerschmidt ni vi la piscina invadida por submarinos. Es más, ni siquiera vi armas de fuego, tan sólo blancas. Eso sí, imponentes. Aparte de una vitrina con dagas y puñales varios, el Capitán Alatriste posee una fantástica colección de unos sesenta sables de caballería auténticos, en perfectos estado y orden. Como los tres convidados apreciamos los objetos que no callan enteramente su pasado, AP-R tuvo a bien mostrarnos unos cuantos. No sé por qué, insistía en que fuera yo quien desenvainara las piezas (quizá porque soy zurdo), y cada vez que sacaba una espada veía cómo Tano y Lucas retrocedían un par de pasos, temerosos de que mi brazo calculara mal las distancias y cometiera un estropicio. Una colección fantástica, ya digo.

Así que se avino a limitarse a las pistolas. Quedamos temprano en un restaurante que él frecuenta, para que no hubiera comensales que pudieran atragantarse cuando me entregara su joya, una pistola automática Colt M1911. Yo le correspondí, como siempre, con algo más civil, el libro The British Spy Manual, un facsímil de la guía que destinó el Ministerio de la Guerra a los comandos secretos de la Segunda Guerra Mundial, con fotos e ilustraciones de los ingeniosos utensilios de que se valían aquéllos en sus arriesgadas misiones, incluidas las herramientas mortales. Pero a la pistola de Reyes: fue un modelo inventado por el famoso diseñador mormón John Moses Browning, con un fin en verdad mortífero: tras la toma de las Filipinas a España en 1898, no pasaron demasiados años antes de que los líderes religiosos musulmanes del archipiélago declararan la guerra santa (la yihad, vamos) a sus “libertadores”, con la consiguiente y consabida promesa del paraíso inmediato para cuantos cayesen en combate. Y así surgieron los llamados “Moros de Filipinas” o “Juramentados”, guerreros tan feroces y suicidas que, armados sólo con machetes, se abalanzaban a la carrera contra los soldados estadounidenses. No sólo los animaba su fe, me explicó Arturo, sino sustancias alucinógenas que los hacían creerse invulnerables. Y en parte lo eran momentáneamente, en efecto. El revólver reglamentario que utilizaban las tropas americanas era del calibre .38 long colt, cuyo “poder de parada” era escaso. Por “poder de parada” se entiende capacidad para frenar en el acto y dejar seco al atacante. Aquellos “Juramentados” lograban llegar con sus machetazos hasta los soldados aunque éstos les hubieran descargado las seis balas de su revólver, tal era su ímpetu. El ejército observó que algunos afortunados que aún poseían el viejo Colt M1873 (el clásico del Oeste, también regalo de AP-R hace unos años), de calibre .45, conseguían parar al fanático al primer tiro. Así que el nuevo Colt M1911 adoptó dicho calibre. El arma resultó tan eficaz que no fue jubilada hasta 1985, y fue empleada en las dos Guerras Mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam, nada menos. Y, claro, también la usaron numerosos gangsters.

Llegó el momento de que Arturo me enseñara su funcionamiento, y el restaurante estaba a rebosar, no era cuestión de provocar una estampida. Nos acercamos hasta el portal de mi casa, y allí estábamos amartillando y apretando el gatillo como dos críos de antaño o quizá dos idiotas, cuando salió del ascensor una joven que nos miró aterrorizada (ya digo que las réplicas son perfectas: de haber sido ella un policía de Ferguson o Chicago nos habría acribillado allí mismo sin preguntar, a buen seguro). Nos apresuramos a apuntar hacia el suelo y decirle: “No se asuste, es de mentira, no dispara”. “Menos mal”, contestó ella con nerviosismo y apretando el paso hacia la salvadora calle, casi espantada. En fin, no hay año en que, gracias a la generosidad de mi colega AP-R, mi reputación no mengüe. Es fácil que la joven haya alertado a todo el vecindario de que vive un majadero belicista en la escalera. No sé si son imaginaciones mías, pero empiezo a notar que alguna gente del barrio, que antes me saludaba con amistosidad, murmura un apresurado “Buenos días, caballero” y pasa a toda velocidad a mi lado. (Lo de “caballero” debe de ser irónico.) Me preocuparé muy en serio cuando alguno me ofrezca su cartera y levante los brazos rindiéndose, antes de mediar palabra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 17 de enero de 2016. ‘Que no sigan hablándonos’

La cosa no es nueva en absoluto, pero nunca había adquirido las proporciones actuales en España, quizá el país que tiene más a gala la indiferencia por sus mejores hombres y mujeres, cuando no el desdén y la ingratitud hacia ellos. Pero el fenómeno va a más, y alcanza también a los regulares y malos: en realidad alcanza a cuantos no están vivos, y éstos son legión y siempre más numerosos que los que aún pisan la tierra. Los que nos dedicamos a actividades públicas deberíamos notarlo, y, lejos de sentirnos halagados por vernos solicitados o porque se nos otorguen ocasionales premios, nos tocaría preocuparnos por el hecho de que nuestra presencia –física las más de las veces, en todo caso incesante– se haya convertido en requisito indispensable para la visibilidad de nuestras obras. Como si éstas no se bastaran, ni tuvieran carta de existencia, a menos que las arrope con su rostro, sus declaraciones triviales, sus sesiones de firmas y sus apariciones en insoportables “festivales” literarios el desgraciado autor convertido en vendedor puerta a puerta, o por lo menos en viajante de comercio. Si uno no da entrevistas acerca de lo que ha escrito (o de lo que ha rodado: los cineastas emplean un año entero en promocionar su nueva película hasta en el último rincón en que se estrene), si no se desplaza a cada país al que se le traduce, no ocupa páginas de prensa ni se habla de él en las redes sociales, es casi como si no hubiera hecho nada. Hay excepciones meritorias, como Elena Ferrante, pseudónimo de alguien italiano cuyos rostro e identidad se desconocen, pero que no por ello renuncia a expresarse por email en público. Aún tiene la suerte de estar viva o vivo.

Los muertos no pueden resumir y banalizar sus escritos, no están en disposición de defenderlos ni de “venderlos”, y a fe mía que lo pagan caro en esta España a la que sólo interesa el presente. Dejemos la calidad de lado; centrémonos en la fama tan sólo. Pocos autores han vivido más dedicados a su autobombo y a la preparación de su posteridad que Cela; este año se volverá a hablar de él por cumplirse el centenario de su nacimiento, pero desde que murió, ¿cuán vigente está en la sociedad española, y cuánto es leído? Uno tiene la impresión de que poco, al no poder seguir dando espectáculo. Lo mismo sucede con Umbral, que cultivó su figura con enorme denuedo, o con Vázquez Montalbán, mucho más tímido y menos presumido, pero cuya presencia en los medios era continua, o con Terenci Moix, que además poseía el talento de un showman y caía en gracia. No soy quién para decir si las novelas de estos autores (popularísimos hace escasos años) merecen perdurar, pero lo que asombra es que los españoles parecen haber decidido: “El que no está vivo no nos concierne”. Estremece esta despiadada capacidad para sentirse ajenos a cuanto es pasado. Para mí es propia de desalmados, de gente que va tachando con despreocupación (con breves lágrimas de cocodrilo al principio, después probablemente con alivio, si es que no con alegría) a quienes dejan de “ocupar un sitio”, a quienes ya no pueden conseguir ni otorgar nada, a quienes ya carecen de poder e influencia. No en balde uno de nuestros dichos más característicos es “El muerto al hoyo …”

Lo grave y lo embrutecedor no es, sin embargo, lo que sucede con los muertos recientes, de los que se decía que atravesaban un purgatorio de olvido de unos diez años, y que hoy, me temo, se alarga indefinidamente. Si miramos a los muertos antiguos (y por seguir con los escritores, que son los más frecuentables), no creo que más de tres permanezcan “presentes” en nuestra imaginación colectiva: Lorca, pero tal vez en gran medida por su trágico asesinato y por la tabarra que sus devotos dan con el paradero de sus huesos; Cervantes, que quizá lo estaría menos de no haberse cumplido en estos años varios centenarios a él relativos y no haberse inventado una búsqueda de sus restos desmenuzados en la Iglesia de las Trinitarias; y Machado, que asoma a veces, me temo que en parte por su triste fin y el lugar extranjero en que reposa. Estudiosos aparte, ¿cree hoy algún español que debería leer a Lope de Vega, al magnífico Bernal Díaz del Castillo, a Quevedo más allá de un par de célebres sonetos, a Manrique, a Ausiàs March, a Garcilaso, a Aldana? ¿O a Baroja y Valle-Inclán y Clarín, a Aleixandre y Cernuda, a Blanco White y Jovellanos, ni siquiera a Galdós y Zorrilla, tan populares? Para qué, si hace mucho que no andan por aquí haciendo ni diciendo gracias. A mí me cuesta imaginar un Reino Unido que no mantuviera vivísimos a Shakespeare y Dickens, Austen y Stevenson y Lewis Carroll, Conan Doyle y Conrad. Una Francia que no conviviera permanentemente –y dialogara– con Montaigne y Flaubert y Baudelaire y Proust, con Balzac y Chateaubriand. Una Alemania en la que Hölderlin y Goethe, Rilke y Thomas Mann, fueran meros nombres. Una Austria que hubiera olvidado a Bernhard, y eso que éste se despidió de ella echando pestes. Unos Estados Unidos que no juzgaran contemporáneos a Melville y Dickinson y Twain, a James y Whitman y Faulkner. Aquí, en cambio, no hay plan de estudios que no procure borrar, suprimir, aniquilar el pasado, cercenarnos. En las elecciones recién celebradas, ¿algún político ha lamentado esta amputación, este empobrecimiento, esta ignorancia deliberada, este desprecio, la espalda vuelta hacia lo que, pese a morir, nunca muere y sigue hablándonos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de enero de 2016