LA ZONA FANTASMA. 26 de mayo de 2019. ‘Presenciar el pasado’

Como tantos otros cambios para mal, creo que este se produjo con la llegada del obtuso siglo XXI, o quizá poco antes. Las televisiones tenían la grata costumbre de emitir películas clásicas o simplemente antiguas, muchas de ellas en blanco y negro. El odio a esta combinación llevó, durante una temporada, a la bárbara práctica de “colorear” Casablanca, Con faldas y a lo loco y puede que hasta Psicosis. La cosa no prosperó, por fortuna, pero muchos de los que apreciamos la maravillosa fotografía en blanco y negro nos vimos obligados a veces a quitar por completo el color de nuestros televisores, a fin de ver esas películas como habían sido concebidas y rodadas, y no convertidas en grotescos cromos. Hubo DVDs que hubieron de anunciar, en sus carátulas, “en glorioso blanco y negro”, para que los cinéfilos estuviéramos tranquilos cuando los comprábamos. Lo cierto es que ese cine desapareció de golpe de las programaciones, y así se perdió un importante factor de la educación de la gente. El resultado es que, como en otros ámbitos (el literario, el musical, el artístico), contamos ya con varias generaciones de analfabetos. Mis amigos cineastas Tano Díaz Yanes y Jaime Chávarri, o mi hermano el crítico Miguel Marías, me han contado cómo, en los cursos que daban a estudiantes, se encontraban con que para muchos de éstos el cine empezaba con El Padrino. Esa creencia fue de corta vida, porque poco después también ese clásico pasó a ser una “antigualla” y los jóvenes creían que se iniciaba todo con Tarantino. Me imagino que hoy Pulp Fiction les parecerá antediluviana y no sé dónde situarán el nacimiento de ese arte. Los hay cultos, claro, pero muchos no han oído hablar de Ciudadano Kane ni de La regla del juego ni de La noche del cazador, de Amanecer ni de Metrópolis (que encima son mudas), de Perdición ni de El hombre que mató a Liberty Valance ni de Sed de mal, por no salirnos del desterrado blanco y negro.

Pero este desdén hacia el pasado, que está a la orden del día en todos los campos con el fin de crear ciudadanos no ya ignorantes, sino mentalmente lisiados e intelectualmente indigentes, no trae consigo tan sólo una pobre cultura general y cinematográfica en particular. Si algo me asombra es lo siguiente: somos la primera gente en la historia con la capacidad y el privilegio de ver y oír el pasado, un pasado que ya es lejano si pensamos que este año cumplen ochenta, por ejemplo, Lo que el viento se llevó y La diligencia. Hasta ahora la humanidad disponía de cuadros estáticos, crónicas, luego fotografías, y por supuesto novelas para hacerse una idea aproximada de cómo habían sido las personas de otros siglos y de cómo se vivía en ellos. Pero no podíamos verlas en movimiento, ni desde luego oír sus voces y saber cómo hablaban. Es decir, no podíamos asistir a los tiempos pasados, no podíamos presenciarlos. Ahora tenemos la inmensa suerte de ver la vida de hace décadas, de asomarnos a mundos no lejanísimos, pero que están ya caducados. No es que el material documental abunde (aunque más de lo que parece), pero cada vez que me surgen en una pantalla imágenes “reales”, siento una absoluta fascinación y una curiosidad ilimitada. Hoy mismo, en el telediario, he visto un fugaz plano de una calle de Barcelona hacia 1920. El motivo de que lo insertaran era la inauguración del Automobile en esa ciudad. Se veían coches de caballos, burros y mulas, unos cuantos automóviles en coexistencia con ellos, bicis que giraban veloz y ágilmente y, en medio de la calzada, transeúntes que esquivaban con naturalidad y pericia a la cámara: ésta, probablemente, viajaba a bordo de un tranvía, que era de lo que se apartaban. Las ganas de ver más, de que ese plano se prolongara, de seguir contemplando el espectáculo callejero de un día cualquiera de hace un siglo, se me han hecho irresistibles. Como no me considero raro, sino común y corriente, me pregunto cómo es que tantísima gente no siente esa curiosidad, esa fascinación, y da la espalda a “lo antiguo”.

Claro que las películas son ficciones, pero en ellas, hasta en las no “realistas” y endulzadas, se observa cómo era la vida en los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta. Cómo se vestían y se comportaban las personas, cómo se trataban y hablaban (aunque los diálogos sean siempre una estilización del habla, incluidos los “naturalistas”), qué aspecto tenían las ciudades y los pueblos; cuáles eran sus tribulaciones, cómo se organizaban, qué dificultades e ilusiones tenían, cuáles eran sus reglas y sus modales, cuál era la pasta de la que estaba hecha la mayoría. Los autollamados “millennials” (no recuerdo una generación tan ridículamente orgullosa de haber nacido en unas fechas tan azarosas como el resto de fechas) juzgan que cuanto los antecedió es “atrasado”, despreciable y erróneo, y carecen de interés por ello. Un síntoma más de ignorancia: la historia nunca progresa linealmente, y hay épocas remotas mucho más avanzadas, inteligentes, modernas y libres que la actual, cada día más puritana, autoritaria, boba y amedrentada. Otros mundos existieron, y contamos con el privilegio de visitarlos. Es más, cada vez que vemos una película clásica, ahí están y existen de nuevo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de mayo de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 19 de mayo de 2019. ‘Tachar y tachar’

Hace tiempo que las autoridades (con los alcaldes a la cabeza) decidieron que las ciudades ya no eran para sus habitantes, y la cosa va a más y más, a toda velocidad. Las han convertido en negocio, en decorado, en discoteca, en parque temático, en estadio para actividades “lúdicas” de una exigua e insaciable parte de la población, en terreno alquilable al codicioso sector hostelero, que invade las aceras sin freno y priva de espacio a los ciudadanos. Echan también de sus casas a los inquilinos, permitiendo la plaga de los pisos turísticos. Demasiados caseros poco previsores prefieren una barahúnda de cambiantes grupos etílicos y sin sentido de la conservación, antes que residentes fijos y cumplidores que cuidan los pisos como si fueran propios porque es en ellos donde viven. Digo “poco previsores” porque no creo que esta eclosión de hordas vaya a durar eternamente. Eso sí, si me equivoco, nuestras ciudades serán arrasadas y destruidas.

No me explico el fenómeno, por lo demás. Madrid (que no es Venecia ni Florencia, Roma ni Praga ni París, Barcelona ni hoy Lisboa) está lleno de masas en todas las épocas del año. Veo por el centro incontables grupos de veinte, cuarenta u ochenta turistas en enero, febrero, octubre o noviembre, no digamos en los meses de vacaciones tradicionales. Son alemanes, italianos, franceses, japoneses, chinos, rusos, americanos de toda edad (no sólo jubilados ni sólo estudiantes). Me pregunto si no trabajan, cómo es que tantos disponen de tantos días libres en cualquier estación. Porque hay que suponer, además, que si el desfile es constante por Madrid, más lo será por las capitales mencionadas. Y si uno va a otras menos famosas, se encuentra el mismo panorama, no hay rincón libre y a salvo. También se pregunta uno cómo es que, si las clases medias están empobrecidas (según todos los informes económicos), se desplazan éstas sin parar. Los vuelos no cuestan nada, ya sé, pero hay que sumarles las comidas y cenas y cervezas y tapas (las terrazas y los bares están a reventar), el alojamiento, el transporte y la compra de horrorosos souvenirs, cuyas tiendas proliferan en detrimento de los comercios útiles, esenciales para los habitantes. ¿De dónde salen el tiempo y el dinero? Y, sobre todo, ¿de dónde proviene este enloquecido afán por moverse de aquí para allá?

Sería estupendo que obedeciera al deseo de la gente de ver, conocer y “adquirir cultura”, por mal que suene esta expresión. Pero llevo mucho observando a estas termitas y no parece que sea el caso. Casi ninguna mira nada directamente y con sus limpios ojos, sino que lo observan todo unos segundos (exagerado, el verbo “observar”) a través de sus móviles, lo fotografían y ya está. En su momento comenté las penosas imágenes de huestes ciegas ante La Gioconda, haciéndole fotos y sin dignarse admirar el cuadro. Otro tanto sucede con Las Meninas y cualquier pintura medio célebre. Uno diría que lo único que desean estas marabuntas es tachar. Tachar de unas extrañas listas que se las ha persuadido de confeccionar: “Madrid, ya he estado; París, visto; Bali, me he bañado; Praga, fotografiado el puente y colgado en mi cuenta de Instagram; Venecia, pateada un rato y ensuciada por mis desperdicios…” Todas estas tachadas, ¿qué nos queda por hollar? La manía de presumir ante los conocidos colgando fotos en las cretinoides redes, “Mirad dónde estoy”, es una de las más absurdas que ha conocido el mundo, porque ahí donde está cada cual, ha estado o va a estar mañana media humanidad. Nada tiene ningún mérito, nada puede ya dar envidia, nada es raro ni insólito, todo es trillado. Viajar ha perdido su aura, es lo más vulgar que hoy se puede hacer. Y nada se libra. Los diarios, en sus versiones digitales, están plagados de imbecilidades del tipo: “Los diez pueblos de España que no se debe usted perder”. Los diez restaurantes o tascas, los diez libros, las diez iglesias, las diez cervezas, las diez playas, los diez puentes, las diez cascadas, y así hasta el infinito. Hay unas greyes (bovinas) que apuntan religiosamente todas estas arbitrariedades, y que luego las van tachando como posesos. “Bueno, ya hemos pisado Buñuelos de la Churrería, vamos al siguiente pueblo, que es Homilía de las Tortillas y está sólo a 200 km; nos faltarán nada más Batracios, Gorrinera y Retortijones, que al parecer son de fábula”. Buñuelos se ha convertido en un lugar imposible, como Batracios y Lupanar, lo mismo que la Playa de los Eunucos y la de Gozmendialarrainzar y la de L’Esgarrifat. La gente se agolpa al borde de precipicios “que no se puede usted perder”, se hace selfies a codazo limpio y algún turista se despeña en el intento. Debo de ser muy mala persona, porque cuando esto ocurre me cuesta que me dé lástima. Qué quieren, lo último que deseo es la destrucción de las ciudades y los pueblos y los paisajes, de las playas y los monumentos y los parques y los cuadros. Si por lo menos fuera para contemplarlos y disfrutar de ellos… Pero no, eso es lo que pocos hacen, fíjense bien. La mayoría tan sólo tacha mentalmente: una cosa menos en mi interminable lista de “obligaciones”. Y otra y otra y otra; y otra más.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de mayo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 12 de mayo de 2019. ‘Defenderse del asedio’

Escribo esto el 28 de abril. No he tenido suerte con la “ardua tarea” de la que hablé aquí hace tres domingos. Es decir, cuando he llegado al colegio electoral, aún no había decidido mi voto. Pero he votado, como anuncié. Con preocupación, asco y arrepentimiento anticipado. Lo último irá en aumento, supongo, según vayan pasando las fechas y descubra a qué horror he contribuido. Me parece por el estilo de tenebroso que entren en el Gobierno Vox o Podemos, de lo que se nos avisó anteayer (anteayer para mí). Sólo me cabe el indecente consuelo de saber que, si hubiera optado por la otra posibilidad (en mi caso sólo disponía de dos), sentiría la misma preocupación, el mismo asco y el mismo arrepentimiento.

Pero ustedes ya están hoy en otra cosa, a catorce días de votar de nuevo, ahora municipales, autonómicas y europeas. Las primeras carecen de importancia, al menos donde estoy empadronado, Madrid. Soy lo bastante veterano para haber comprendido que todos los alcaldes y alcaldesas sufren de megalomanía y de fobia a los madrileños, pertenezcan a partidos de derecha o de supuesta izquierda. Todos albergan ideas peregrinas y se las copian entre sí, por mucho que los unos clamen estar en las antípodas de los otros. La delirante peatonalización de la Gran Vía ya fue un proyecto de Gallardón. La fiebre por los carriles-bici, que han convertido tantas vías en intransitables, la padeció Ana Botella con la misma intensidad que Carmena. Ésta es quizá más autoritaria (aquélla no se atrevió a prohibir la circulación de viandantes en ciertas calles en Navidad), pero se parecen enormemente en su gusto por la suciedad del centro. Nunca entenderé por qué un puñado de ciclistas impone sus exigencias al conjunto de la capital. Tampoco por qué diez mil corredores (los inscritos para la maratón de ayer, ayer para mí) tienen derecho a fastidiar al resto cortándolo todo durante horas cada vez que se les antoja. ¿Es que votan doce veces, a diferencia de los demás? Los domingos Madrid es secuestrado por las minorías “lúdicas” y recreativas en perjuicio de las mayorías mansas, y esto sucede con Manzano, Gallardón, Botella y Carmena, tanto da. Esta última es por añadidura la candidata del PSOE, además de la de su formación que ya no sé cómo nombrar. El PSOE le propuso que compitiera bajo sus siglas, y, como no pudo ser, le ha puesto de contrincante a un ex-seleccionador de baloncesto al que no veo por qué nadie iba a votar. Es indiferente quién salga elegido: el que sea enloquecerá y seguirá siendo rehén de las minorías despóticas. Así que quizá me incline por quien (por ahora) veo menos demente, Begoña Villacís. Sin apenas esperanza: en Madrid como en Barcelona (véase la inenarrable Colau) todos caen víctimas de los delirios de grandeza y de destrucción.

Las autonómicas importan aún menos en Madrid. Desde que dos absentistas ignominiosos le regalaron (¿vendieron?) la Presidencia a Esperanza Aguirre, el cargo no sólo está desprestigiado, sino maldito. Aquí el más sensato parece Gabilondo, que por lo menos no vocea mamarrachadas.

Así que las más transcendentales son las europeas, esas a las que en España no se hace ni caso. La Unión Europea está asediada por incontables enemigos. Quieren destrozarla los personajes más siniestros y sin escrúpulos del globo: desde Putin a Trump, que la detestan, hasta una pléyade de europeos que, desde dentro, pretenden acabar con ella: los brexiteros a la cabeza, pero también Orbán en Hungría, Le Pen y Mélenchon en Francia, Salvini y Di Maio en Italia, ­Kaczynski en Polonia, Wilders en Holanda, Alternativa por Alemania en este país, los Auténticos Finlandeses, Aurora Dorada en Grecia, Podemos y Vox y Bildu y Torra y compañía en España, checos, eslovacos, eslovenos, austriacos, todos orquestados por Steve Bannon, que aupó a Trump al poder. Los votantes de esta gente irán en masa a las urnas, razón suficiente para que los imitemos quienes consideramos la Unión Europea, pese a sus muchos defectos, el mejor invento de nuestra historia común. El que, por no decir más, ha logrado que en este continente no nos matemos desde 1945, tras siglos y siglos de guerras y escabechinas. A ellas parecen querer volver todas esas formaciones nacionalistas y antieuropeas. Anhelan que cada país se aísle con sus banderas y se crea superior a los demás; que el continente se debilite y no se pueda defender de los ataques brutales de Putin y Trump. El primero maniobra sin cesar a favor de esos antieuropeístas, lo mismo que Bannon. Después de la mayor matanza de la historia, la Segunda Guerra Mundial, todos estos sujetos ansían propiciar un clima de recelo y enfrentamiento entre nuestros países; y sabemos cómo suelen acabar esos climas en nuestro suelo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que ya son centurias de asesinarse unos a otros. Se prevé que el 60% de la población europea desdeñe estas elecciones y les dé la espalda. En el 40% restante figurarán los partidarios de esos políticos y partidos enumerados, suicidas o más bien criminales, si pensamos en lo que nos pueden traer. No las desdeñen ustedes, por favor. Absténganse en las municipales y autonómicas si quieren. En las europeas no. En ellas sí que nos va la vida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de mayo de 2019

Nuevo libro de Javier Marías. ‘Cuando la sociedad es el tirano’


CUANDO LA SOCIEDAD ES EL TIRANO
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, mayo de 2019

Marías se esfuerza incansablemente por reflexionar acerca de toda clase de asuntos y por que los lectores, a su vez, también lo hagan, como se comprueba en cada artículo de Cuando la sociedad es el tirano. Sin duda, es muy consciente de los males que nos acechan: la demagogia, los extremismos, el peligro siempre latente de los sistemas totalitarios y los tics dictatoriales; al revelarlos, nos previene de los «vientos de autoritarismo», por decirlo con sus palabras, y de su contagio.

[Nota del editor]

LA ZONA FANTASMA. 5 de mayo de 2019. ‘Señoritismo subido’

He conocido a gente así. Siempre ha habido gente así. Lo que es más nuevo es que haya tanta gente así. Que el mundo esté plagado de individuos insatisfechos a los que nunca nada les parece bien, y, sobre todo, nunca les parece bastante. Como nada les parece bastante, tampoco tienen nunca nada que agradecer. Lo que se les da, regala o concede, los favores que se les hacen y el buen trato que reciben, todo lo consideran minucias porque, según ellos, todo les es debido. Hace poco hemos visto una acabada encarnación de estos sujetos que hoy proliferan en uno de nuestros dirigentes, Pablo Iglesias. Durante la reciente campaña le dio por denunciar y atacar a los medios de comunicación, a los que acusó de estar sometidos a accionistas, empresarios, políticos y banqueros. Los medios privados suelen tener accionistas y dueños, como es natural: por eso son privados y no estatales. Cada uno es libre de contratar a los colaboradores que desee, por su calidad, por su afinidad ideológica o intelectual, también por su rentabilidad: si alguien es muy visto o leído y crea controversia, seguramente compensa contar con su presencia o su firma, independientemente de la afinidad. Durante todos los años de existencia de Podemos, esta formación ha tenido a su servicio, como caja de resonancia, como altavoz, a una cadena televisiva, la Sexta. Todavía es así. Da la impresión de que los responsables de sus informativos dispongan de teléfono rojo o línea permanente con Iglesias, su pareja y demás acólitos. Uno cae en esa cadena y es raro el momento en que no estén en pantalla uno o varios de ellos, con preferencia por el caudillo. Cada acto o declaración suyos son cubiertos generosamente. Se suceden larguísimas entrevistas con él o ella o los subalternos. Nunca TVE ha favorecido de manera tan descarada a ningún Presidente del Gobierno, ni del PSOE ni del PP. Que yo sepa, sólo se le aproxima TV3 con sus loas y monográficos sobre la Generalitat y su procés, sobre los presos y los “exiliados”, más bien emigrantes privilegiados, mantenidos por las asociaciones independentistas y quizá la propia Generalitat. ¿De qué, si no, viven en Suiza —país caro donde los haya— Marta Rovira y Anna Gabriel? ¿Quién paga mensualmente el palacete de Waterloo, más comidas, viajes, personal, luz, calefacción, teléfono, agua, wifi y demás?

Iglesias no se limitó a arremeter contra los medios, sino que señaló, entre otros, a Atresmedia, a la que pertenece precisamente la Sexta. Algunos profesionales de esta cadena se le revolvieron, con razón, y, con palabras más suaves, lo tildaron de ingrato. A lo que Iglesias respondió muy desaho­gado y crecido que él no tenía nada que agradecerles, que algún provecho habrían sacado ellos de su presencia —escandalosamente continua— en sus pantallas. Sí, he conocido a gente así. Si alguien se porta bien conmigo o me ayuda, es porque eso le beneficia, porque yo hago subir las audiencias. Hay estudios que demuestran que, al menos hoy, es al contrario: cuando aparece Iglesias en la Sexta, muchos espectadores se van a otro canal. Pero a la gente así no se la convence con la realidad. Una vez traté a un editor —quizá el personaje más egocéntrico y envanecido del mundo literario, y miren que los autores no solemos distinguirnos por nuestra humildad— que creía que, si un escritor triunfaba y gozaba de éxito crítico y comercial —y de paso le reportaba prestigio y dinero—, no era por su talento sino gracias a él: por haber recibido el honor de ser publicado en su sello mágico. Que esos mismos escritores siguieran cosechando éxitos en otras editoriales —o los aumentaran— nunca lo disuadió de su engreimiento y su folie des grandeurs.

Pocos días más tarde, Iglesias reiteró su falta de agradecimiento, esta vez al Gobierno, el cual había satisfecho con presteza su petición de que le pusieran vigilancia a las puertas de su famoso chalet, porque grupos de detractores merodeaban y armaban bulla. “Si el Gobierno cree que debo agradecerle que cumpla con su obligación y con la ley, no tiene ni idea de su función”, vino a decir. Ignoro lo que estipula la ley al respecto, pero en todo caso la solicitud de protección partió de él. Qué más da: él es tan importante que ni las gracias ha de dar, aún menos a los sufridos guardias que velan por la seguridad de su familia. Hoy es frecuente esta actitud, la comparte un porcentaje alto de la sociedad, aquejado de un señoritismo subido. Recientemente un colega y amigo se disculpó en público por haber declinado educadamente la petición de hacerse una foto en un momento en que le venía mal. Los peticionarios se lo habían reprochado por carta como si él debiera estar a su permanente disposición. Hace nada rechacé una invitación a dar charlas en dos ciudades francesas, explicando por qué no me era posible. Me respondieron con quejas y riñas veladas (“tenía la corazonada de que era usted un tipo de persona que…”), sin pararse a pensar que no tengo por qué aceptar nada, aún menos si embarcarme en compromisos y viajes me impide escribir lo que trato de escribir. Demasiada gente se cree única o que lo suyo merece prioridad. Y que jamás hay que dar las gracias por nada, claro está.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de mayo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 28 de abril de 2019. ‘Señores antiguos’

Miércoles 10 de abril. Debo coger un AVE a las 4. Salgo con mis maletas, llenas de libros y demás, a las 3. Desde mi punto de partida hasta la estación suelo tardar un máximo de quince minutos en taxi, el cual me cuesta entre seis y siete euros. Si voy con tanta antelación es porque, en el Madrid de Carmena, ese trayecto se ha convertido en un suplicio. Uno no sabe cuánto le costará atravesar Sol y la Carrera de San Jerónimo, una calle estrecha que lleva ya dos años más angostada —un embudo— por culpa de las interminables obras de Canalejas. En vista de que esa calle es un atolladero, el Ayuntamiento la empeora permitiendo un incesante desfile de buses turísticos de dos pisos que taponan el único carril hábil, en vez de desviarlos por otra ruta mientras duran las obras (échenles un año más como mínimo). Como el tráfico es aquí un purgatorio, démosle la categoría de infierno, debe de haber pensado Carmena. Llego a Atocha tras treinta y tantos minutos de taxi, que me sale por trece euros. Como hay que pasar el equipaje y la gabardina por el escáner, bajo la rampa sin dilación. Delante de mí va una joven con un inmenso maletón sin ruedas, casi un baúl. Lo va arrastrando con penalidad y por supuesto no la puedo adelantar. Al llegar a la cola, veo que hay masas poco explicables. No es fin de semana y faltan días para la Semana Santa. Como hay un gentío con bultos grandes, Renfe ha inhabilitado uno de los tres escáneres, luego se avanza a paso de tortuga. La joven sigue tirando a duras penas de su maletón, se le desvía, se le tuerce, se golpea y me golpea con él, me mira con apuro, le digo que nada, sigo detrás.

Por fin alcanza el escáner, y entonces descubre que, si bien puede tirar de su baúl con esfuerzo, lo que no puede es levantarlo del suelo a pulso. Le pregunta a la escaneadora si le echa una mano. Ésta, con sequedad, le contesta que no puede abandonar su puesto. “Abandonarlo”, en este caso, significa levantarse, dar tres pasos, ayudarla y volver a su asiento. Ninguna otra maleta pasaría por la cinta mientras tanto, eso es obvio. “¿Y qué hago?”, dice la joven. “Que la ayude alguien”. La joven me mira implorante. Desde hace más de dos meses padezco un tirón o una tendinitis o una ciática (dejémoslo indeciso: contar dolencias me parece una falta de consideración) causados por las excesivas caminatas que me di durante los dieciséis días de huelga de los taxistas. Me duelen la pierna y la cadera, no estoy en condiciones de añadirme el esfuerzo de levantar un maletón. Pero claro, ya soy un señor antiguo, y estoy educado como lo estoy. Entre las masas de la cola (hombres y mujeres de toda edad) nadie mueve un dedo. Allí la famosa “sororidad” brilla por su ausencia, y en cuanto a los varones, quién sabe, lo mismo temen ser tachados de machistas si ayudan a la joven. Como yo no temo eso sino que lo doy por descontado —diga lo que diga y haga lo que haga—, echo mano al bulto, lo alzo a pulso (en efecto pesa un quintal) y se lo deposito en el escáner a la joven que calculó mal. Me da las gracias con expresión de alivio, luego subo mi equipaje y la cola tira adelante.

Esta minúscula anécdota sería sexista y no deberían leerla niños ni niñas según los responsables de la escuela Tàber (titularidad de la Generalitat) y de las también barcelonesas Montseny y Fort Pienc, que han considerado eso, sexista, una frase de Caperucita Roja en la cual se dice que “un cazador que pasaba por allí” —¡un hombre!— salvó del Lobo a Caperucita y a su abuela. Así que han retirado ese pecaminoso volumen de la biblioteca, lo mismo que La bella durmiente (porque el Príncipe la salva, y con un beso no consentido), y La leyenda de Sant Jordi, sustituido por La revolta de Santa Jordina, donde la chica es la heroína y el dragón no tiene por qué morir. Cómo va a matarse a un bicho, con lo buenos que son, incluidas las boas constrictor, las tarántulas y las hienas.

Que un hombre ayude o salve a una mujer es “tóxico”, luego los cuentos en que eso suceda, o en los que no haya “paridad” entre los personajes, se deben secuestrar, suprimir y prohibir. Los profesores y padres de la Tàber y demás han de ser por fuerza conscientes de su similitud con los censores franquistas y con los cabestros nazis que purgaban libros y los quemaban, pero les dará igual: todos ellos se creen sabedores de lo “pernicioso” y lo destierran sin contemplaciones. Esta gente estricta ha encontrado nada menos que 200 títulos “tóxicos, que reproducen patrones sexistas”, el 30% del fondo. Y todos son objetables en cierto grado a excepción del 10%, los que sí están escritos “desde una perspectiva de género”. La sociedad catalana se ha acostumbrado tanto a los modos totalitarios de la Generalitat que nada tiene de extraño que una escuela dependiente de ella se comporte como la Inquisición. Estas “virtuosas”, con sus sociólogas y pedagogas que las aplauden, sólo admiten que un varón ayude a otro y una mujer a otra mujer. Pero, como dije antes, en la vida real hay veces en que la tan cacareada “sororidad” no aparece y un señor antiguo con la pierna mala resulta ser el único dispuesto a echar una mano a quien tiene menos fuerza física. Por ejemplo, para levantar un peso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 21 de abril de 2019. ‘Ardua tarea’

Es paradójico que a muchos votantes les haya ocurrido lo contrario de lo esperable, al disponer de más opciones. Lo normal habría sido que la aparición de nuevos partidos en los últimos años nos hubiera hecho sentir más desahogados: ya no nos vemos abocados a un Gobierno del PSOE o del PP en cuasi solitario, o con el hoy añejo apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos para cualquiera de los dos, que nunca tuvieron empacho en hacer concesiones de las que ahora abominarían (si las hiciera el rival, claro está). Yo he sido siempre un defensor del voto: con guantes, con la nariz tapada o como lo quieran llamar. Abstenerse o depositar una papeleta en blanco me han parecido pobres alternativas: nadie computa eso (o, si se molesta alguien, nada importa), y al final otros deciden por uno. Inhibirse en política es a mi juicio la peor solución, o al menos la más pusilánime, y todavía lo creo así. Y sin embargo, ante las elecciones del próximo domingo mi temor al arrepentimiento es mayor que nunca, y uno sobrelleva mal arrepentirse gravemente. Lo llamativo del caso es que son los posibles socios de Gobierno de unos u otros los que me causan más aprensión o repelús.

La actual camada de políticos es espantosa en mi opinión. Mediocres, engreídos, miopes, falaces, locoides, insustanciales y cínicos, con alguna rarísima excepción. Quién nos iba a decir que en el PP echaríamos de menos a Rajoy (¡Rajoy!) y a Soraya Sáenz, que al lado de Casado y Teodoro Egea se antojan personas modestas, respetuosas y de mediana inteligencia. Quién que en el PSOE veríamos a Rubalcaba como a un Tocqueville o a un Adam Smith en comparación con sus dirigentes de hoy (y el peor no es ni siquiera Pedro Sánchez: miren hacia abajo, por favor). Quién que el inepto y destructivo Artur Mas (culpable primordial del desastre catalán) iba a resultarnos articulado y hábil si escuchamos a Puigdemont, Torra o la taimada Laura Borràs; o que Carod Rovira nos parecería más honesto que el melifluo Junqueras o el falsario vocacional Rufián… Lo más asombroso de la situación es que, si uno se pone en la piel de los líderes (no es fácil, pero para eso sirve la imaginación), no da crédito a que todos sean tan torpes, no cesen de equivocarse y de meter la pata, y lancen reiteradas lluvias de piedras contra sus propios tejados. No es sólo que anuncien alianzas con quienes más los perjudican ante buena parte del electorado: el PSOE abraza a Podemos (un partido cuyo fin transparente es laminar las instituciones, desde la Constitución hasta la democracia representativa, la única medio digna del nombre) y no se zafa de los secesionistas totalitarios ni de los herederos políticos de ETA. El PP se deja contagiar por los neo o paleofranquistas de Vox y cuenta sin disimulo con ellos, lo cual espeluzna y ahuyenta a muchísimos votantes tradicionales suyos, gente conservadora y moderada. Ciudadanos, que podría haber crecido si se hubiera mantenido en una posición liberal, se funde anticipadamente con este PP polvoriento, chulesco y contaminado, perdiendo incontables votos de centro o incluso de centroizquierda. Podemos se desmembra y muestra un rostro cada vez más desencajado, fiándolo todo a la figura autoritaria que más lo daña, la cual aumenta día a día sus dosis de majadería y malas artes: no por nada Abascal y esa figura —ésta desde hace años— son los dirigentes peor valorados en las encuestas de opinión. En cuanto a Vox, que se beneficia de su novedad y de la corriente suicida que ha llevado al poder a Trump, Bolsonaro, Duterte, Maduro, Orbán, Salvini y a los veteranísimos Netanyahu y Erdogan, se saca de la manga pistolas para todo el mundo, obviando que España es uno de los países con más bajos índices de criminalidad, y poniéndonos los pelos de punta a la mayoría: imagínense a los cabestros que abundan con armas de fuego. Por caridad.

Es notorio, asimismo, el ojo infalible de los partidos para colocar en los puestos señeros de sus listas a gente contraproducente, de antipatía antológica como Carmen Calvo, Cayetana Álvarez de Toledo, Ortega Smith, Rufián, Ione Belarra, Borràs o Iglesias. O bien a personajes a los que más les valdría no abrir la boca, como el pobre Suárez Illana, De Quinto, Adriana Lastra, Noelia Vera, Egea y tantos otros: cada vez que sueltan unas frases en público, privan de millares de votos a sus respectivos partidos. Bueno, eso creo yo, y me puedo equivocar. Pero si esos partidos ni siquiera saben velar por sus propios intereses y beneficio, uno se pregunta cómo podrían hacerlo por los del conjunto del país. Todos, por sus socios o por sus idearios (y esta palabra ya es mucho atribuirles), encierran un peligro ilimitado. Hace decenios que muchos votamos lo que juzgamos el mal menor entre un abanico de males muy malos. Esta vez cuesta especial trabajo identificar ese mal menor. En lo que a mí respecta, he de conseguirlo de aquí a una semana, porque no voy a votar en blanco ni a abstenerme, eso lo sé. Les deseo suerte en la ardua tarea. Un gran número de electores la vamos a necesitar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 14 de abril de 2019. ‘Disimulados actos de soberbia’

Ya no sé las veces que he escrito sobre la estúpida moda de los perdones vicarios y en diferido, pero creo que la primera fue en 1995, y por extenso. Es decir, como mínimo llevamos veinticuatro años de variadas tabarras, que, lejos de remitir, van en aumento. Como la realidad es repetitiva, machacona y pesadísima, en ocasiones no nos queda más remedio, a quienes publicamos en prensa, que imitarla y resultar reiterativos, aunque no nos guste. El asunto se ha puesto de actualidad de nuevo a raíz de la solicitud del Presidente de México, Obrador, de una petición de perdón formal a su país por parte del Rey Felipe VI y —se sobreentiende— de los españoles en general. Hace mucho contó Fernando Savater que, durante sus frecuentes estancias en México, cuando alguien le echaba en cara los “crímenes de sus antepasados”, él solía responder al acusador: “Serán de los antepasados de usted, porque los míos no se movieron de España ni pisaron este continente, así que difícilmente pudieron dañar a ningún indígena. Es en cambio probable que los suyos sí abusaran de ellos. Haga sus pesquisas y pídales cuentas en la tumba, si procede”. O algo por el estilo.

Obrador ha demostrado ser muy tonto o un demagogo o ambas cosas. No menos tontas y demagógicas han sido muchas de las histéricas reacciones habidas entre los políticos españoles, la mayoría individuos tan lacios y faltos de personalidad que han de recurrir a los chillidos para compensar (sin éxito) su grisura. “Una afrenta”, exclamó Casado el Torpe. “Un insulto”, agregó Abascal el Jinete Desequilibrado. “Gran Obrador, nosotros repararíamos a las incontables víctimas de España”, aplaudió Unidas Podemas o como se llame ahora ese partido. Todo muy melodramático, casi operístico, para lo que no deja de ser una bobada que quizá debería haberse dejado caer en el vacío.

A nadie se le ocurriría exigirle a un lejano descendiente de Jack el Destripador (si supiéramos quién fue) que pidiera perdón por los desventramientos de su tatarabuelo. Ni siquiera se les ha exigido tal cosa a los nietos de Franco, que andan por aquí a mano y no se han cambiado el apellido, y eso que su abuelo mató a mansalva. Todos estamos de acuerdo, cuando se trata de personas, en que los descendientes de un criminal no son ni pueden ser culpables de nada. (Tampoco los padres de un violador o un asesino, y dan mucha pena esos progenitores que de tanto en tanto aparecen en televisión abochornados por el delito cometido por un vástago suyo.) Todos aceptamos, por suerte, que uno sólo es responsable de sus propios actos y que, por recordar la cita bíblica, no es nunca “el guardián de su hermano”. Se entiende mal, así pues, que en cambio se siga considerando culpables a los países o a las razas de las atrocidades llevadas a cabo, hace siglos o decenios —tanto da—, por compatriotas remotos o gente antediluviana de color parecido, que nada tienen que ver con nosotros.

Pensar que las instituciones y las naciones no varían, que son eternas e idénticas a lo largo del tiempo, es tan elemental, tan rudimentario, que da miedo ver a buena parte de la población mundial creyendo esas supersticiones. Ni “España” ni “Francia” ni “México” ni “Rusia” son abstracciones inmutables. Tampoco “la Iglesia” ni “la Corona” ni “la República”. Lo que entendemos por “Francia” tiene mil caras: la del Rey Sol y la de Luis XVI (guillotinado), la de la Revolución y la del Reinado del Terror, la de Napoleón y la de la Comuna, la colaboracionista con los nazis y la de la Resistencia, la de Argelia y la actual. “Rusia” ha sido la de los zares durante siglos, la del bolchevismo, la de Stalin con sus matanzas, la soviética tiránica, la de Gorbachov y la del camarada Putin. ¿Habría de pedir perdón este último por los desmanes de los zares? ¿Macron por el despotismo de los Reyes o por las enloquecidas decapitaciones? No es ya que no deban, es que tampoco pueden.

Pedir perdón en nombre de otros es un disimulado acto de soberbia, por mucho que seamos sus “herederos”. Lo que alguien hizo, bueno o malo, sólo a él pertenece. Los vivos no somos quiénes para atribuírnoslo (lo bueno) ni para enmendarlo y penar por ello (lo malo). Aún menos para “repararlo”. Para los asesinados no hay reparación posible, ni para los esclavizados. Sus supuestos descendientes no han padecido lo mismo, o sólo muy indirectamente. A quienes se dañó ya no hay modo de compensarlos, ni a quienes sufrieron injusticia. Ocurrió (lleva ocurriendo la historia entera), y los únicos culpables también están muertos, ya no es posible castigarlos. Extender las culpas indefinidamente en el tiempo, a los individuos “similares”, a los países o a las instituciones, es una vacuidad oportunista y peligrosa. Y quienes se avienen a pedir perdón (sean la Iglesia, Alemania, Francia o España) demuestran ser unos arrogantes. Tan arrogantes como si el Estado español actual se atribuyera la grandeza de Cervantes y Velázquez o el italiano la de Leonardo y Dante. Cada cual hace lo que hace, y nadie más debe reclamar para sí el mérito o el demérito, la proeza o la tropelía. No son nuestros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 7 de abril de 2019. ‘¿Será buena persona el cocinero?’

La obra de Baretti, de cuyo crimen hablé la semana pasada, no es la de un grande de la literatura, y su nombre sólo aparece en los diccionarios italianos e ingleses. Pero el hecho de que matara a un hombre no ha impedido a nadie acercarse a su Viaje de Londres a Génova y disfrutarlo, desde 1770. Otro tanto sucede con los cuadros de Caravaggio o las esculturas de Cellini, quienes también se llevaron por delante a algún individuo. Se lee Vida de este capitán, de Alonso de Contreras, y eso que ahí él mismo relata su historia desaforada, con unos cuantos homicidios, el primero cometido a los once años, si mal no recuerdo. Claro que él no era un literato, sino un soldado que dio cuenta de sus andanzas por escrito. Christopher Marlowe, el coetáneo de Shakespeare y de casi igual talento, fue violento y delictivo hasta que lo acuchillaron a los veintinueve de edad. Sería penoso que, en función de su turbia biografía, sus extraordinarios dramas fueran proscritos, incluidos Tamerlán el Grande y Doctor Fausto. De todos estos fantasmas hace ya mucho tiempo.

A menudo se dice —una vieja superstición— que los artistas tienen un lado oscuro, y se los pinta como a seres más bien desagradables o pesadísimos: atormentados, iracundos, histéricos, engreídos, despóticos, abusivos. Se les suele achacar una vanidad excesiva que a veces los lleva a creerse por encima de las leyes y de las demás personas, y a permitirse actitudes y acciones que a cualquier otro se le reprobarían. Yo creo que los artistas no se diferencian apenas del resto, de los funcionarios, los zapateros y los relojeros, los profesores, los jueces y los médicos. El problema es que sobre ellos hay un foco y una lupa: hoy se estudian sus trayectorias de manera exhaustiva, por lo general en busca de aspectos y episodios escandalosos, condenables y feos. Y cuando se rasca se descubre, desde luego, porque no ha habido mujer ni hombre que hayan pasado por el mundo sin tacha, sin incurrir en alguna indignidad o bajeza a lo largo de sus días. Lo mismo el escritor que el zapatero, el pintor que el relojero, el juez que el músico. La cuestión es que nadie se dedica a indagar en la vida de un juez o un relojero. Durante siglos los artistas eran en realidad artesanos, cuando no menestrales, y hasta sus nombres eran desconocidos, no digamos sus actos. Plantearse, como pasa ahora, si debemos seguir admirando su arte cuando sabemos que algunos fueron todo menos ejemplares, es tan ridículo como preguntarnos si podemos visitar catedrales o palacios ignorando si fueron buenas personas quienes los planearon y construyeron. O si nos es lícito contemplar un fresco sin tener ni idea de si quien lo ejecutó fue un rufián o un ciudadano probo. Tampoco averiguamos las virtudes o vicios del artífice de nuestras ropas o nuestro calzado, ni del chef que ha preparado los platos del restaurante. Nos los comemos sin más, sin que nos importe nada si el cocinero trata bien a su mujer o es buen padre.

En cambio, con los artistas… Cada cual es muy dueño de reaccionar como le parezca ante lo que sabe. Hoy hay quienes han decidido no volver a ver películas de Woody Allen, por las sospechas que pesan sobre él —jamás probadas—. Hay emisoras que han desterrado de su programación cualquier canción de Michael Jackson, y admiradores que han destruido sus discos. Kevin Spacey aún no ha sido declarado culpable por ningún jurado, pero hace tiempo que se lo ha expulsado y vetado en las pantallas. Uno es libre de ver y oír lo que quiera, por los motivos que sean. Ya he contado otras veces que mi abuela Lola, muy católica, se negaba a ver nada de Chaplin porque se había divorciado muchas veces. Respeto esas decisiones, naturalmente, pero las entiendo mal. Una cosa es la persona y otra su obra, que no por fuerza está teñida por las peores pasiones de aquélla. Tengo una lista mental de individuos a los que nunca estrecharía la mano, por lo que sé de ellos, por lo que han dicho o hecho. Si viviera, no saludaría a Michael ­J­ackson, quizá, pero no me privo de escuchar sus magníficas canciones. No me abstengo de ver El pianista o La semilla del diablo, de Polanski, y eso que a él se lo condenó en un juicio. Rehuiría al antisemita Céline en un hipotético más allá en el que nos juntáramos todos, pero eso no me obliga a mantener cerrado su Viaje al fin de la noche. Que Heidegger tuviera tentaciones nazis me resultaría engorroso si hubiera de tratarlo, pero no por eso voy a perderme lo que expuso en El ser y el tiempo. Pero en fin, allá cada cual con sus manías y sus elecciones. Lo que no es admisible es que se intente borrar de la faz de la tierra —que se trate de impedir que otros elijan— la obra de quienes son o fueron “malos ciudadanos”. Llegará un día en que Amazon se avergonzará de haber secuestrado A Rainy Day in New York, la última película de Allen, de haberle impuesto la brutal censura de la inexistencia. No por su contenido, sino por su autoría. Y habrá quienes se avergüencen de haber prohibido a Spacey y a Jackson sin veredicto. Quizá haya que esperar a que haga tanto tiempo de ellos como de Baretti, Caravaggio, Contreras y Marlowe. Esta época tan “virtuosa” se verá entonces, me temo, como un baldón de intransigencia y precipitada injusticia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 31 de marzo de 2019. ‘El muy antiguo crimen de un escritor’

Este es un episodio de hace doscientos cincuenta años, relativo a un hombre que nació hace justo trescientos (el 24 de abril de 1719) y que por tanto ya había cumplido cincuenta cuando los hechos tuvieron lugar. Era escritor turinés, Giuseppe Baretti, pero vivió más en Inglaterra, redactó algunos textos en la lengua de este país y a veces los firmó como Joseph Baretti. Poseía grandes dotes lingüísticas, fue autor de un Diccionario Anglo-Italiano y, lo que tiene más mérito, de otro Español-Inglés, ya que ninguno de estos dos idiomas era el suyo original. De esta rara obra de 1778 le conseguí un ejemplar a la Real Academia Española, que no contaba con él en su biblioteca. En 2005, en Reino de Redonda, publiqué su mejor libro, Viaje de Londres a Génova, que pese al título es sobre todo un largo periplo por España y quizá la mejor descripción de nuestro país en un periodo esperanzador, el del reinado de Carlos III. Apareció en inglés en 1770, y en él se percibe a un hombre lleno de curiosidad e interés, atento a todo (incluso al vascuence), excelente narrador de anécdotas y muy perspicaz observador. Parece alguien gentil y desde luego muy culto. La obra, aparte de interesantísima, resulta simpática a todas luces, benévola y con humor.

Sin embargo un año antes, en octubre de 1769, Baretti mató a un individuo en Londres e hirió a uno o dos más. Volvía de noche por Haymarket cuando una furcia le reclamó un vaso de vino con tan malos modos que acompañó la petición de un golpe que le causó gran dolor. Apenas había luz y Baretti era muy cegato, como se aprecia en el retrato que le pintó su amigo Reynolds y en otro: en ambos lee con una lente o a muy corta distancia de la página. Se revolvió, no se percató de que era una mujer y le soltó un bofetón. Ella y una colega empezaron a gritar y a insultarlo (“cabrón francés”, lo llamaron, tomándolo por tal), y al instante surgieron varios chulos o matones que iniciaron su persecución, lanzándole golpes que lo derribaron al suelo y le ocasionaron, según se comprobó, contusiones y magulladuras. Baretti se aterrorizó. No era joven y veía fatal. No portaba estoque ni bastón, tan sólo una navaja para fruta y dulces con hoja de plata, que nunca había usado más que para pelar y cortar. En su huida fue tirándoles tajos a sus atacantes. Hirió a uno llamado Patman, y a otro más pertinaz, Morgan, lo alcanzó cuando éste iba a asestarle un buen golpe, acuchillándolo en la axila y un par de veces más. De resultas de estas aventuradas o azarosas puñaladas, Morgan murió.

Baretti fue detenido y llevado a juicio. Al ser italiano, tenía derecho a que seis de los doce jurados que pronunciarían el veredicto fueran compatriotas suyos, pero renunció a él “por su honor” y permitió que todos fueran ingleses. Los testigos de la reyerta —“unos rufianes”— cargaron las tintas contra él. Pero Baretti era muy querido por las luminarias de la época. Entre sus amistades se contaban el famosísimo Doctor Samuel Johnson, el legendario actor Garrick, el mencionado pintor Reynolds, el popular novelista Goldsmith, el ensayista Edmund Burke y algunos Miembros del Parlamento. Todos testificaron a su favor, no porque hubieran presenciado la trifulca, claro está, sino porque lo conocían de antiguo y lo consideraban persona “humanitaria, pacífica, benigna, preocupada por las condiciones de los pobres, de carácter tan amable como estudioso”; incapaz de buscar camorra, nada dado al alcohol ni a frecuentar prostitutas. Si Baretti salía absuelto, todo habría terminado. Si culpable, sería ahorcado dos días después. En vista del aspecto inofensivo del hombre de letras, y de las declaraciones favorables de tantos talentos y eminencias, se dictaminó que había actuado en defensa propia y se lo absolvió. Pudo continuar con su vida veinte años más, hasta 1789, cuando murió a los setenta, en el Londres que lo acogió.

Obviamente, vayan ustedes a saber. El relato del incidente nos ha llegado sobre todo a través del interesado, que se lo contó por carta a sus hermanos de Turín, además de narrarlo durante la vista. Las versiones de los asaltantes andan más perdidas. No cabe duda de que el escritor gozaba de amistades influyentes, gente de peso en la sociedad londinense. También es cierto que cuesta imaginarlo metiéndose en broncas, con su talante afable del Viaje de Londres a Génova, su medio siglo de vida, su paupérrima vista y sus aficiones eruditas. Como él adujo, el “arma” con la que mató a aquel Morgan no estaba concebida como tal arma, ni ofensiva ni defensiva, simplemente era algo que mucha gente llevaba encima en Europa continental, pues en algunos países no estaba bien visto colocar cuchillos sobre la mesa. Eso sí, Baretti era al parecer pendenciero con la pluma. Se vio envuelto en polémicas, tanto en Inglaterra como en Italia. Y hasta acabó peleado con su gran amigo el Doctor Johnson, poco antes de la muerte de éste, porque el chinchoso Doctor se burló por haber perdido Baretti una partida de ajedrez contra un tahitiano que había traído a Londres, tras una de sus expediciones, el también celebérrimo Capitán Cook. Picajoso tenía que ser el turinés.

La conexión de todo esto con la actualidad, quizá un domingo próximo, si a ustedes les parece bien.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de marzo de 2019. ‘La invasión de los Caballeros Negros’

Tras leer en este diario el interesante reportaje de Javier Salas sobre los llamados “terraplanistas”, convencidos de que la Tierra es plana contra toda argumentación y demostración, y que creen que la afirmación de que es esférica responde sólo a una gigantesca conspiración (aunque no sepan con qué fin conspira desde hace siglos la mayoría de la humanidad), he llegado a la conclusión de que nada tiene de extraña la proliferación de individuos con fe inconmovible en fantasías. Entre ellos se cuentan quienes aseguran que las vacunas son dañinas, que los atentados de las Torres Gemelas fueron “otra cosa”, que Hollywood escenificó el alunizaje de Armstrong, que Bin Laden sigue vivo o que ya estaba muerto cuando el comando estadounidense lo alcanzó. Al parecer, la idea de que existe una conspiración planetaria para engañar a la buena gente reconforta a mucha de esa gente: si todo está estudiado, planeado, preparado y falsificado, el universo tiene cierto orden; si casi todo lo que nos cuentan es mentira, eso significa que la verdad yace sepultada y oculta, pero que hay verdad. Esas buenas gentes, por voluntarismo o por intuición, por ciencia infusa o por mero wishful thinking o “pensamiento desiderativo” (pienso que sucede o va a suceder lo que deseo que suceda, en el presente o en el futuro), se aferran a sus creencias y nadie las puede disuadir de ellas. De hecho, es contraproducente intentarlo: cuantas más pruebas se les presenten de que están en el error, más se reafirmarán en él y mayor les parecerá la magnitud de la conspiración.

Si digo que esto nada tiene de extraño es porque hace mucho que los políticos se instalaron en la permanente negación pública de la realidad, y, como he dicho en otras ocasiones, su influencia sobre la población es incomprensiblemente desmesurada. También lo es la de las “celebridades”, se dediquen a lo que se dediquen o si no se dedican a nada. Pero fueron los políticos los pioneros de la actitud. Cada vez que ha habido elecciones, todos los partidos y sus líderes han proclamado su victoria o su avance, así hubieran sufrido un batacazo o un retroceso. Unos, porque fueron los más votados (aunque les fuera imposible gobernar); otros, porque mediante pactos podrían formar una mayoría (aunque hubieran perdido la mitad de sus escaños respecto a la consulta anterior); otros, porque pasaron de tres diputados a cinco, cosas así. Igualmente, yo he conocido a artistas que han ido de fracaso en fracaso y que luego hablan de ellos como si hubieran sido éxitos rotundos. A menudo me he percatado de que no es que pretendan engañar a nadie (es público y notorio que la obra de teatro fue pateada y cosechó críticas crueles, que la novela vendió pocos ejemplares y pasó sin pena ni gloria, que la película no la fue a ver casi nadie y duró tres días en cartel), sino que ellos necesitan tanto creer que su vida es una ristra de triunfos que logran persuadirse de la única versión de la realidad que les resulta soportable. No es raro que abunden personajes así, tras varias generaciones educadas en la intolerancia a la frustración. Cada vez hay más personas que no están dispuestas a ver lo que les desagrada o las hiere, y se crean mundos paralelos con sus poderosas imaginaciones. “¿Cómo que Trump es un embustero que beneficia a los ricos y desprecia a las mujeres? Si sólo dice verdades, se desvive por los pobres y es exquisito y caballeroso con ellas”. “¿Cómo que Putin es manipulador y persigue a los periodistas? Si jamás ha movido un hilo y es el mayor defensor de la libertad de expresión”. “¿Cómo que Montero e Iglesias son narcisistas y están locos por la televisión? Si son las almas más humildes y la televisión los ha perjudicado, sobre todo la Sexta que los trata tan mal”. Y así hasta el delirio.

El mundo se ha llenado de personas tozudas, impermeables, graníticas, que dan la espalda a las evidencias y me recuerdan al Caballero Negro, un personaje de una vieja película de los Monty Python del que ya hablé una vez. Se encontraba con el Rey Arturo en un camino y se negaba a cederle el paso. Luchaban. Arturo le cortaba un brazo y lo instaba a rendirse. “Bah, es un arañazo”, respondía el Caballero, y porfiaba. El Rey le cortaba el otro brazo: “Daos por vencido, estáis sin brazos”. “Qué va, es una herida superficial”. Le cortaba una pierna. “Bien, dejémoslo en tablas”, concedía el Caballero, y volvía a arremeter malamente. Caía la otra pierna, y todavía el tronco sin miembros gritaba: “¿Así que huís, gusano cobarde? Venid, os destrozaré a mordiscos”. La escena era mitad cómica y mitad grimosa. Exactamente como la que ofrecen hoy tantos: los partidarios del Brexit que aún vislumbran un imperio (ruinoso); los de Chávez y Maduro que aún ven su régimen como un logro para los desfavorecidos; los independentistas catalanes que exigen la “implementación” inmediata de su República; y por supuesto los “terraplanistas” que encuentran sólo terreno llano a su paso: “¿Qué dicen esos malvados de la tierra esférica? Las cosas son como yo las percibo y no hay vuelta de hoja”. Lo mismo que el Caballero Negro, que se consideraba invencible. “¿No veis que sois sólo un tronco?” “Imposible, qué tontería. Yo nunca pierdo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 17 de marzo de 2019. ‘No tienen suerte’

Está visto que las mujeres no tienen suerte. Durante siglos han estado sojuzgadas (si hablo en pasado es porque me refiero sólo a las occidentales), no se les ha permitido estudiar ni trabajar (con la inmensa excepción de las clases pobres, que se han deslomado desde la niñez), se les han puesto trabas para desarrollar actividades artísticas y científicas o no se las ha tomado en serio; han sufrido condescendencia y paternalismo, y lo que hacía una mujer se equiparaba con lo que hacía un crío avispado: mira qué gracioso, no está exento de mérito. En España fueron menores de edad, literalmente, hasta que Franco se fue a la tumba y los franquistas a sus casas. Necesitaban autorización del marido o del padre para las cosas más inverosímiles, abrir una cuenta corriente, sacarse un pasaporte, tener un empleo remunerado. Yo conocí a algunas que, una vez alcanzada la mayoría, prefirieron no casarse para gozar de libertad y autonomía. No estaban dispuestas a verse bajo la tutela de un individuo, por más que la mayoría de los maridos —justo es reconocerlo— no la ejercieran de facto. Entre personas civilizadas no existían esas prohibiciones conyugales. Pero el mero hecho de que existieran por ley bastaba para que algunas no quisieran correr riesgos y renunciaran conscientemente a hijos y familia propia. Elegían ser lo que entonces se llamaba “una solterona”. No había “sexismo” en el término, ya que también se utilizaba en masculino para los varones, a menudo acompañado del vocablo “empedernido”, lo cual transmitía la idea errónea de que los “solterones” lo eran por su voluntad y por aversión al compromiso, mientras que las “solteronas” se conformaban con su falta de éxito o su mala fortuna. Sin duda había casos así (como había hombres que sólo habían recibido calabazas a lo largo de sus vidas); pero ya digo que conocí, de niño, a no pocas jóvenes inteligentes, atractivas y solicitadas que lo último que deseaban era tener a su lado a alguien con autoridad sobre ellas, así fuese respetuoso y civilizado.

Todo esto fue cambiando desde el inicio de la democracia, y durante cuarenta años, con constancia, las cosas se fueron normalizando. Quedan todavía vestigios inadmisibles, como la menor paga de una mujer por el mismo trabajo que hace un hombre. Eso, según nuestras leyes, no puede darse, pero lo cierto es que se da en muchos lugares. La normalización consistía —y esa era la justa aspiración feminista— en que el sexo resultara indiferente. En que no se juzgara nada en función de él. Ni la capacidad, ni la competencia, ni el talento, ni el mérito o el demérito. Entre mis colegas escritoras, por ejemplo, lo que más las irritaba era que se las llamara a conversar con otras autoras sobre “literatura femenina” o “de mujeres”. Señalaban con razón que a los novelistas nadie nos reunía para que habláramos de “literatura de varones”. Eso indicaba que todavía, pese a todo —pese a Emily Brontë y Jane Austen, Madame de Sévigné, George Eliot y Pardo Bazán, unas pocas clásicas—, el que las mujeres escribieran se veía como algo cercano a una curiosidad, por no decir a una anomalía. Era como si se las confinara a un ghetto. Recuerdo que a Rosa Chacel, a la que traté desde la infancia, la sacaban de quicio estas distinciones. Ella no se sentía en la estela de esas autoras y de Charlotte Brontë, Virginia Woolf, Colette e Isak Dinesen —las supuestamente mejores—, o no sólo. Se sentía también en la de Conrad, Flaubert, Proust, Valle-Inclán, Dickens y Tolstoy.

Esa tendencia se ha ido al traste, y esta vez por imposición del último feminismo. Parece que hubiera una legión de “sexadores” mirándole el sexo a todo: a la literatura, al cine y a la televisión, a la música y al teatro, a los consejos de administración y a los ministerios, a la justicia y a la ciencia y a la enseñanza. Continuamente se señala el número de mujeres que intervienen en algo, y, casi por sistema, se subrayan y ensalzan sus contribuciones. Si antes había ninguneo —hasta cierto punto—, ahora se va a marchas forzadas hacia el enaltecimiento indiscriminado, lo cual constituye otra forma de ghetto. Si yo fuera una mujer a lo Rosa Chacel, por seguir con su ejemplo, creo que estaría cabreada con una parte de mis congéneres. Han hecho tanto hincapié en el sexo de las personas, destacando las bondades del suyo, que cuando uno lee el enésimo elogio, ya no sabe si es sincero o si responde sólo a una “política de elevación”, a una incesante campaña de veneración o llámenlo como quieran. En los últimos años se han saludado tantísimas obras maestras de escritoras —sobre todo estadounidenses y argentinas—, que, de creer a los críticos y a los colegas, no sabría por dónde empezar y tendría lectura obligada para varias décadas. Como mi tiempo es limitado y debo emplearlo con tiento, el resultado es que pongo entre paréntesis o en cuarentena todas esas enérgicas loas y aguardo a ver qué queda y se consolida. No es que yo sea índice de nada, pero me temo que no soy el único —ni la única— que contempla con justificable escepticismo la avalancha de maravillas por sexo. Y una vez más, me parece, son las mujeres las que salen perdiendo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de marzo de 2019. ‘Copiones todos’

España se ha convertido en uno de los países más ridículos del planeta. Quizá esto no sea una novedad para muchos, entre los que desde luego me cuento. Pero la ridiculez ha alcanzado su máximo (bueno, nunca se sabe) en los últimos años. Por un lado, todo el mundo anda proclamando a voces su “diferencia” respecto a los vecinos con los que llevan siglos mezclándose y de los que apenas se distinguen. Los vascos y los catalanes pretenden ser directamente “insondables” para cualquiera no nacido en sus territorios y sin una raigambre pura. Aspiran a ser “incomprensibles”, un arcano para el resto, cuando resultan muy simples. Por su parte, bastantes de los demás españoles vitorean a un par de partidos (el PP y Vox) que sueltan sandeces del tipo “España es lo más grande que hay” o “Ser español es cosa seria”. Estos individuos están tan trastornados que últimamente reivindican como el colmo de la españolidad… la caza, como si esa actividad no se hubiera practicado desde la noche de los tiempos en todos los puntos del globo. La absoluta ridiculez radica en que todas esas pretensiones son falsas, las de los catalanes, los vascos, los andaluces y los madrileños. Hace demasiados años que España es una mera colonia voluntaria y servil de los Estados Unidos, y que el anhelo de mis compatriotas es, ya que no serlo (de momento es imposible), sentirse americanos y vivir como ellos.

Viniendo esta aspiración ya de antiguo, nada debería haberme sorprendido, y sin embargo me quedé atónito hace unas semanas, al ver que TVE estaba retransmitiendo, íntegramente y en directo, el debate del Estado de la Unión. Bien es verdad que era por la noche tarde, pero eso se debía más al desfase horario con los Estados Unidos que a la necesidad de rellenar con “algo” la programación de madrugada. Si lo del Estado de la Unión hubiera coincidido con nuestro mediodía, se habría interrumpido lo habitual a esa hora para ofrecérnoslo. Esto bajo una TVE socialista. ¿Nos importa lo más mínimo ese soporífero debate de un país extranjero y lejano, cuyo protagonismo recae hoy en día en un perturbado profundo, Trump, que jamás ha dicho nada ni veraz ni interesante? ¿Nos habrían televisado el equivalente a esa sesión en Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia? ¿En nuestro propio Congreso o en el Parlament de Cataluña? Ah, no, que éste lleva toda la legislatura cerrado por decisión de los independentistas, que así demuestran lo democráticos que son y lo mucho que escuchan a todo su pueblo.

El papanatismo español hacia lo estadounidense es penoso, y, en vez de quererse independizar algunas regiones, deberíamos todos solicitar convertirnos —por favor, por favor— en el 51º Estado americano. Aquí la gente celebra miméticamente Halloween, y el Black Friday, y el Cyber Monday, y ya ha habido amagos de reunirse a comer pavo en Thanksgiving (todo se andará, y se obligará al Rey a indultar a un par de aves). Ya hay fanáticos del fútbol con casco, deporte poco menos complicado que el baseball, y no son pocos los que trasnochan para no perderse la Superbowl y hablar de ella como si llevaran décadas siguiéndola. Lo mismo ocurre con los Óscars, claro, que cada año que pasa premian más horrores: entre los actores y actrices, a alguien que ha engordado o enfeecido para su papel, o al que han echado toneladas de maquillaje y prótesis para que se parezca a un personaje real al que en nada se parece; si antes fue Oldman mal disfrazado de Churchill, ahora son Bale y Amy Adams con caretas de Cheney y su señora, y un tal Malek con bigote y pómulos de Freddie Mercury. Pero también vivimos pendientes de los Globos de Oro, los Grammy, los Tony, los MTV, los Flocky, los Flicky y hasta los Razzie al peor cine. Las embarazadas organizan las llamadas “baby showers”, estúpidas fiestas en las que se hacen regalos a los nonatos (y de la veneración por las mascotas, otra importación, mejor no hablemos). En las bodas y “rebodas” se pronuncian sonrojantes discursos como los vistos en las comedias cursis o zafias (todas sin gracia) que de ultramar nos llegan. En la televisión, todo el mundo finge emocionarse y lloriquea, también a la usanza estadounidense: salen una señora o un joven, dicen “Es que yo quiero mucho a mi nieto o a mi abuela”, y les caen lagrimones por eso. Del uso ignorante y continuo del inglés, qué decir. Recibo invitaciones tan catetas que ponen “Save the Date” y “Dress Code”, así, tal cual, en vez de los más sensatos y naturales “Reserve la fecha” y “Etiqueta”. Los horteras pretenciosos espolvorean sus diálogos o columnas de “targets”, “deadlines”, “mainstream”, “backstages” y “speechwriters”, creyendo —es lo más grave— que en castellano o catalán no hay forma de decir eso. Hace poco oí a una estulta hablar del “agregado” para referirse al marcador total o global de una eliminatoria futbolística. Una lastimosa traslación de “aggregate score”, que es como se dice en inglés lo que acabo de escribir en mi lengua. ¿Los catalanes, los vascos, los españoles en general son únicos y tan originales que la emoción de su singularidad los abruma? Por favor, todos copiones patéticos del país más bobo de nuestra era.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de marzo de 2019. ‘Dejar de meter la pata sin cesar’

En los últimos cuarenta y dos años, desde las elecciones de 1977, he votado muy variadamente. Desde —en aquellas primeras— a un partido de larga izquierda y corta vida y cuyo nombre ni recuerdo —vivía yo entonces en Barcelona—, hasta al CDS de Adolfo Suárez, que tampoco duró nada, y del cual me atrajo en su día su propuesta pionera de suprimir la mili que tanto amargó a los jóvenes españoles. Es decir, hace ya mucho que no me he sentido encorsetado por mis convicciones “de izquierdas”. Hay quienes se tatúan la frente y al día siguiente de votar son incapaces de mirarse al espejo si la papeleta que depositaron no coincide con el tatuaje o se le aproxima mucho. No es mi caso: llevo demasiadas legislaturas en las que voto contra quien me parece peor o más dañino; o a favor de quien veo menos repugnante o nocivo; o, como escribí años atrás, a quien me da “sólo” noventa y ocho patadas, en vez de las cien de nuestra locución verbal. Ojo, noventa y ocho son un montón, pero siempre hay otras formaciones que nos dan esas cien de rigor, o incluso ciento diez. Es lo que me pasa con el Partido Popular, que jamás ha entrado en mis fluctuaciones ni entrará, menos aún tras haber colocado a su frente a Pablo Casado, un vetusto joven que tiene como ídolo… a Aznar. Ni a éste ni a su partido les perdonaré nuestra involucración en la embustera, ilegal y contraproducente Guerra de Irak ni sus desfachatadas mentiras tras los atentados del 11-M de 2004, con el Ministro del Interior Acebes jurando que habían sido obra de ETA. La primera vez que voté al PSOE fue de hecho aquel año. No porque me gustara Zapatero, sino porque lo urgente me parecía que nos quitásemos de encima la losa de Aznar. Era una de esas ocasiones en las que “cualquiera menos él”. (Y dicho sea de paso, la única y aterradora hipótesis en la que me vería escogiendo la papeleta del PP sería si un día la cosa se dirimiera entre ese partido y Vox; o tal vez Podemos, que tanto se asemeja a Vox, más o menos como en Francia suelen ir de la mano el “izquierdista” Mélenchon y la ultraderechista Le Pen, o en Italia el M5Stelle y La Lega, que gobiernan juntos. Todos admiradores de Putin, por cierto.)

De aquí a dos meses volveremos a tener elecciones, y una vez más habrá que buscar el partido que nos dé “sólo” noventa y ocho patadas, o incluso noventa y nueve. El PSOE lleva largo tiempo entontecido y en buena medida “podemizado”. De Podemos y sus confluencias ya está comprobado que sólo se pueden esperar megalomanía, caudillismo, antieuropeísmo, connivencia con los independentistas totalitarios y espíritu falangista-peronista. De los partidos nacionalistas, mezquindad sistemática y deslealtad hacia el conjunto. Pablo Casado no desaprovecha ocasión de soltar imbecilidades. Pero no imbecilidades inofensivas, sino dictadas por la mala fe. Un camorrista autosatisfecho, no se entiende satisfecho de qué. Y luego está Ciudadanos. Creo que nunca he hablado de ellos, quizá porque me parecía prudente no hacerlo hasta verlos más. Han tenido la suerte de no gobernar en casi ningún sitio hasta hoy. Y cuentan con quien es, en mi opinión, la política o político más inteligente y convincente de cuantos hay en España, Inés Arrimadas. Excelente parlamentaria, siempre con el tono adecuado (firme pero no prepotente), en absoluto engreída (algo insólito en su ámbito), casi nunca da la impresión de decir lo que no piensa (tal vez hasta hace poco, tal vez por “órdenes”). Ha sido lo bastante lista, además, para “perder un avión” de Barcelona a Madrid y no estar presente en la deprimente concentración de banderas de hace tres domingos en Colón. (Cuando veo muchas banderas, tanto me da cuáles sean, no puedo evitar acordarme de Núremberg en 1934.)

Rara vez la gente vota unánimemente, en contra de lo que cada partido desearía para sí. Hay que aceptarlo y tenerlo en cuenta, y en ese sentido no estaba mal que hubiera una formación de centroderecha, aunque demasiado liberal en lo económico. Hay electores a los que eso va bien: un partido moderado, laico, conservador, no intrusista, equiparable a los que tradicionalmente ha habido en los demás países europeos. Ciudadanos podía ser eso. Así que resulta decepcionante y penoso verlo meter la pata en los últimos tiempos y enajenarse a posibles votantes. Se ha asimilado a este “nuevo” PP chulesco, beligerante y rancio, exagerado hasta la histeria. C’s se mantuvo más a distancia del de Rajoy para no verse salpicado por la corrupción, pero esa corrupción no ha desaparecido por arte de magia, y en cambio han reaparecido el encono y la bravuconería de Aznar. Tampoco le ha dado la espalda a Vox, que es como no dársela en Francia a Le Pen o en Hungría a Jobbik (partido más racista que Orbán, que ya es decir). Buena parte de los españoles piensa que lo menos malo en el actual panorama sería un pacto entre el PSOE de Rubalcaba o Guerra, para entendernos, y el Ciudadanos de Arrimadas. Dos partidos constitucionalistas, europeístas y no furibundos; en estos tiempos difíciles poco más se puede pedir. Pero Rubalcaba y Guerra están arrumbados y Arrimadas no es cabeza de lista. Quizá estén todos a tiempo —aún faltan casi dos meses— de dejar de meter la pata sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2019. ‘Tamaño y tiempo’

Yo, que no he tenido hijos, me encuentro ahora con dos nietos. No de sangre, obviamente, pero tanto da: si a uno le tocan cerca unos niños, y le caen muy bien (no siempre sucede, los hay antipáticos o sosos), es fácil cobrarles afecto y hacerlos “suyos” en algún sentido, aunque sólo sea porque ellos cuentan con uno y así son quienes deciden el vínculo, al que no es posible sustraerse. Si un crío confía en nosotros, lo último es defraudar su confianza. Quizá por no haberlos tenido propios, por falta de acostumbramiento, los observo con gran interés. Es muy probable que los lectores padres y madres y abuelos, al leer estas líneas, piensen de mí: “Vaya, ha descubierto la pólvora”. Me disculpo con ellos, naturalmente. Pero también es posible que, por la misma falta de hábito, me fije en detalles extravagantes en los que acaso no reparen quienes se han pasado la vida entre criaturas.

La niña, Berta, es aún muy chica, tres meses recién cumplidos. Ya sonríe cuando se le dicen cosas afectuosas, y se agita de contento como un animalillo, a buen seguro sin saber por qué, ni lo que hace. Lo que me llama la atención es que, tan minúscula, responda ya a los estímulos del bien querer y del halago, que a su manera “comprenda” el habla cariñosa, ya que aún no las palabras. Pero, como me sucedía asimismo con una sobrina-nieta que ahora tiene cinco años, lo que más me intriga es la intensidad de su mirada cuando escruta a su alrededor, o a quien tiene delante, incluso a su propia madre. Mira con profundidad, como si quisiera desentrañar un enigma con el solo poder de su vista, supongo que es el principal medio con que cuenta para deducir, entender y reconocer. Cuando los niños son tan pequeños, no puedo evitar preguntarme qué diablos “piensan”. Ya sé que es un verbo excesivo, pero algo semejante al pensamiento debe rondarlos desde el primer instante. Y asocio su llegada al mundo con la de uno de nosotros a un planeta desconocido, sólo que ellos carecen de términos de comparación, encima. En verdad resultan misteriosos, quién sabe cómo interpretan.

El niño, su hermano, que se llama Unai y se llama Ernest, tiene dos años y tres meses. Como casi todos los de su edad, corre ya como loco y en todo se fija. Como también es frecuente, imagino, le encantan los trenes, las ambulancias, los furgones de policía, las grúas. Hace poco su juvenil abuela lo llevó a la Estación de Francia y unos amables ferroviarios le permitieron subirse a un tren que iba a partir, y fingir que lo conducía. Se quedó atónito primero, y después embelesado: un acontecimiento, en su vida todavía conformada por cosas mínimas. Algo que me extraña en los niños es que parecen encontrar normal su tamaño, y no poder alcanzar cuanto desean, y depender de los mayores para tantísimas actividades, para vestirse incluso. No parece molestarles que casi todo el mundo sea mucho más alto que ellos, y no sé cómo encajan esa particularidad. No creo que sean conscientes (no al menos a la edad de Unai o Ernest) de que los aguarda un crecimiento continuo, menos aún de que llegarán a la altura de sus padres y la sobrepasarán probablemente. Poco a poco aprenden lo que es el tiempo, pero les cuesta (también a los adultos, dicho sea de paso). “Mañana” no significa nada para ellos. “Dentro de unos días” les es inconcebible. Infiero que el tiempo presente es lo único que hay para ellos, y que se les aparece como infinito e inmutable. “Si mi madre o mi padre no están, eso significa que no estarán nunca; y si están, es que van a estar siempre”, deben de “pensar”, o intuir acaso. De ser así, el suyo me parece un mundo de extremos y de contrastes difícil de soportar, del cual seguramente los salva su capacidad para el fácil y rápido olvido. El olvido, supongo, es una bendición defensiva desde el principio.

Unai o Ernest es curioso hasta la aventura y a la vez cauteloso. Ante un bazar chino, repleto de objetos como todos, se iba acercando a la puerta con pasos cortos y paradas, como si esperara a que le dieran permiso para adentrarse, o simplemente a ver qué ocurría si persistía en su aproximación, como un explorador avezado y prudente. Nadie le dio indicación alguna, pero su curiosidad fue más fuerte. Por fin atravesó el umbral y, siempre con respeto o sigilo, empezó a mirar cosa por cosa; todo lo atrae, lo mismo que cuando va por la calle: ir con él es ir parándose y explicándole, porque quiere explicaciones; aunque no las entienda cabalmente, quiere palabras. El nacimiento de Berta lo ha desconcertado un poco, claro está. Alternaba besos y regalos (o por lo menos le enseñaba sus cuentos y juguetes) con momentos de recelo. Pero un mínimo episodio reciente da fe de que ya la ha “adoptado”. Unos niños de unos siete años se acercaron corriendo al cochecito para ver al bebé, con buenas intenciones. Pero como Unai o Ernest las desconocía, por si acaso se interpuso entre ellos y la hermana, para protegerla de cualquier peligro, como un pequeño soldado. Qué iba a poder un niño de dos años contra varios de siete. Quizá él no era consciente de que poco podría, y sin embargo le brotó el gesto, la voluntad, el afán. Era como si les dijera: “A ver qué queréis, que a esta nena yo la guardo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 17 de febrero de 2019. ‘Contra sus amigos más fieles’

Cuando esto escribo, los taxistas madrileños llevan en huelga dos semanas y además bloquean zonas de la ciudad a su antojo. Ya hicieron otra hace seis o siete meses, y uno se pregunta cómo es que un gremio que depende —­así lo cuentan sus miembros— de lo que trabajan y recaudan diariamente, con jornadas de más de doce horas para alcanzar lo presupuestado, se pueden permitir no ingresar nada durante tantísimos días. Hay “cajas de resistencia”, dicen; deben de estar repletas, para cubrir a quince mil conductores. No voy a entrar en el fondo de la cuestión porque ignoro demasiadas cosas sobre el litigio que los enfrenta con los VTC. Puede que los taxistas tengan toda la razón o ninguna, o —lo más probable— que la tengan en parte y en parte no.

Hace tiempo que muchas huelgas de nuestro país parecen haber perdido de vista dos factores primordiales: 1) a quién se presiona, contra quién se protesta; 2) a quién se perjudica con la suspensión de actividades. Los obreros de una fábrica lo tienen claro. Se presiona a los dueños o empresarios para que mejoren las condiciones de los trabajadores o humanicen los turnos, y asimismo se los perjudica a ellos, que no producen ni venden. Estas huelgas son nítidas e irreprochables. Hay otras en las que la relación directa está menos clara: una compañía extranjera decide sacar de España —o de tal o cual autonomía— sus fábricas, que son privadas; al instante se inicia una protesta contra el Gobierno, que las más de las veces no puede hacer nada al respecto; la compañía extranjera es libre de trasladar su negocio, por mucho que casi siempre lo haga sin tener en cuenta el daño que inflige a sus empleados de decenios y la pésima situación en que los deja. Y luego están las huelgas en las que se hace presión a las autoridades y se perjudica sólo a los ciudadanos, que no suelen tener culpa en el conflicto ni capacidad para remediarlo. Son las huelgas de trenes y aviones, metro y autobuses, basureros y barrenderos, enfermeros y médicos. Dado que todos dependemos de esos servicios, a todos nos afectan y fastidian, o nos ponen en peligro. La idea es que la sociedad, al verse privada de cosas fundamentales, presione a su vez a las autoridades para que cedan a las reclamaciones —justas, a menudo— de los huelguistas. Pero la sociedad no es homogénea, está dispersa, y sólo converge en su cabreo y su hartazgo, no está muy claro si contra esas autoridades inflexibles o contra los huelguistas también inflexibles. Lo cierto es que a quienes se toma como rehenes es a los ciudadanos sin arte ni parte.

Esta huelga es distinta, porque no va dirigida a fastidiar a la población entera, sino a los amigos de los taxistas. No castiga a quienes sólo cogen el autobús y el metro, ni a quienes tienen coche, ni a quienes ya les han dado la espalda hace tiempo y prefieren los VTC. Perjudica tan sólo a quienes, fielmente, nos subimos a los taxis con frecuencia. A los que carecemos de smartphones y por lo tanto de apps con las que contratar Cabify o Uber. A quienes seguimos siendo sus clientes y —no me gusta la frase, pero la aventuro— les procuramos el sustento, con nuestra lealtad a ese viejo medio de transporte. Esta huelga va exclusivamente contra nosotros, algo que los taxistas no se han parado a pensar o que les trae al fresco. En estos días ya he leído cuatro artículos de columnistas que, como yo, se confesaban usuarios del taxi, y se prometían no volver a cogerlos. Se comprarán un smart­phone y prescindirán de ellos. Este puede ser el resultado de su huelga desproporcionada, salvaje y desconsiderada hacia sus fieles. En estas dos semanas me he dado caminatas de ocho kilómetros, un poco excesivo. No he podido ir a ver a hermanos que viven en Majadahonda o en Torrelodones. Me he visto muy limitado en mis movimientos. Un buen amigo, que desde hace meses va con muletas y no puede ni llegarse a una boca de metro, lleva confinado en su casa todo este tiempo, con grave perjuicio para sus quehaceres. Miles de personas han debido arrastrar maletas o cochecitos de niño desde las estaciones o el aeropuerto, algunas ancianas o en mal estado físico. El segundo factor que he mencionado —a quién se perjudica— no se ha tenido en cuenta, de manera contraproducente: los únicos a los que se daña y se indigna son precisamente aquellos que no han “traicionado” al taxi. (Ojo, no eximo de culpa al incompetente y holgazán Ministro Ábalos ni al vengativo y haragán Presidente madrileño Garrido, pero esa es otra historia.)

Yo he recurrido al taxi incluso para viajes cortos a otras poblaciones, es decir, soy un gran entusiasta. No sé si, como esos colegas míos, me compraré un teléfono que me permita olvidarme de ellos. Puede que no, pese a todo. Lo que sí sé es que mi trato con los conductores ya no será nunca el mismo. Se acabaron las propinas o redondeos. Se acabó la charla que a veces es bienvenida y a veces en absoluto. Se acabó oír con paciencia la emisora que, a todo volumen, lo obligan a uno a padecer con frecuencia. Lo único que me saldrá decirles será “Buenas tardes”, la dirección y “Adiós, gracias”. No hay por qué ser cordial con quienes tratan a patadas, precisamente, a sus aliados más fieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2019. ‘Parte de nosotros’

Es feo reconocerlo, pero la mayoría de la gente no hace distingos y rechaza las matizaciones. Aún más feo y triste es admitir la excesiva influencia de los gobernantes en la percepción que tenemos de sus países y pueblos. No sirve de mucho que cuando Trump fue elegido Presidente hace un par de años, perdiera el voto popular por una diferencia de dos millones, si mal no recuerdo, y que sólo el injusto sistema electoral americano le permitiera ser investido. Desde entonces, nuestra idea de los Estados Unidos ha cambiado para mal, y esa pésima idea afecta a la totalidad de sus ciudadanos. Aunque sepamos que una gran parte de la nación detesta a Trump y lo padece en mayor medida que ningún extranjero, la mancha se extiende también sobre sus víctimas. Hace poco decliné una invitación de Harvard porque —le expliqué a quien me escribía— “no pisaré su país mientras Trump siga en el cargo”. El profesor en cuestión era tan contrario a su Presidente como yo o más, pero mi decisión —personal, insignificante— es irreversible, como lo fue la de no ir por allí durante los mandatos de Bush Jr, y la cumplí a rajatabla. Así que si yo, que procuro atender a los matices, reacciono de esta manera drástica, cómo no reaccionarán tantos que ni siquiera lo procuran. Por su parte, Gran Bretaña ha sido siempre uno de mis países favoritos, y mi declarada anglofilia me ha traído no pocos desprecios en España. Desde la votación del Brexit, sin embargo, mis simpatías han ido menguando. Sé que los partidarios de abandonar la Unión Europea fueron pocos más que los deseosos de quedarse, y que además muchos de éstos, confiados en que no se impondrían el despropósito y las mentiras flagrantes, se abstuvieron despreocupadamente. Tengo bastantes amigos ingleses y escoceses y están todos horrorizados o desesperados. No he tomado la misma decisión —personal, insignificante— que respecto a los Estados Unidos (me cuesta más, y el Brexit aún no se ha producido), pero tengo escasas ganas de visitar un lugar que siempre me alegró y me atrajo. Los gobernantes, en efecto, tienen más peso del deseable, y cuando son oprobiosos tiñen a todos con su oprobio.

Por eso es tan irresponsable y dañino lo que los dirigentes independentistas catalanes llevan haciendo seis años. Otras consideraciones aparte, han logrado que en el resto de España nazca y crezca una animadversión indiscriminada hacia “los catalanes”, cuando, de los seis o siete millones que son, sólo dos (según los cálculos más interesados) apoyan ese procés de tintes racistas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos, por mucho que sus promotores lleven cínicamente en los labios la palabra “democracia” y que el idiótico PEN los jalee a cambio de dádivas. Durante estos seis años han acumulado insultos, desdenes, calumnias y agravios sin fin hacia “los españoles”, con especial inquina hacia madrileños, andaluces y extremeños. Por fortuna, la reacción ha sido exigua, lenta y nada exaltada. Pero es obvio que la paciencia se erosiona y que el hartazgo va en aumento. A los Mas, Puigdemont, Junqueras, Torra, Rovira, Artadi, Rufián y compañía eso les trae sin cuidado; de hecho ansían más hartazgo. Lo cierto es que, incluso si un día su anhelada República fuera un hecho y Cataluña independiente, la geografía, tozuda, no variaría, y seguiríamos siendo vecinos. ¿Es aconsejable irritar deliberada y sistemáticamente al vecino, cuando además es nuestro mayor cliente? ¿Cuando es al que solicitaríamos ayuda en caso de catástrofe natural o de atentado terrorista masivo? ¿Cuando llevamos siglos de convivencia y solidaridad ininterrumpidas, pese a las fricciones innegables? ¿Cuánto tiempo va a costar restablecer la confianza perdida y la estima deteriorada?

Dado que nos consideramos compatriotas y que estamos muy mezclados, en este caso es más necesario no perder de vista los matices y hacer un continuo esfuerzo por recordar que los usurpadores mencionados no son en absoluto “los catalanes”, sino más bien —gracias a otro sistema electoral injusto— individuos que, merced a una mayoría artificial parlamentaria, han tomado como rehenes a todos sus conciudadanos. Hay cuatro o cinco millones que no hacen sino padecerlos, y a éstos no podemos darles la espalda ni abandonarlos a su suerte, son la mayoría. Conozco a muchos, catalanoparlantes. Paso parte del año en su tierra y, madrileño como soy, y habiéndome pronunciado públicamente en contra no del independentismo (defienda cada cual lo que quiera), sino de este independentismo totalitario y por las bravas, nunca me he sentido rechazado ni me he visto desairado, ni en privado ni por la calle. Más bien al contrario. Ahora que empieza el juicio a los políticos acusados de delitos, el ruido subirá aún más de tono. La difamación de la democracia española no conocerá límites ni escrúpulos. Las ofensas se multiplicarán. Se nos dirá que no pasó lo que hemos visto. Quienes fomentan el odio se aplicarán con ahínco. Justamente ahora es preciso no perder de vista que “los catalanes” no son los que vociferan, increpan y calumnian, en modo alguno. Siguen siendo parte de nosotros, como lo han sido siempre, aunque para los usurpadores y sus acólitos nosotros ya no seamos parte de ellos. Eso no debe importarnos. Son muchos, pero los menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2019. ‘Insaciabilidad’

No se preocupen los no aficionados al fútbol, que la referencia a este deporte será sólo un preámbulo. Es sabido que en él no hay paciencia ni, lo que es peor, mérito que se acumule. Lo estamos viendo una vez más esta temporada: el Real Madrid ganó la Copa de Europa del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, tres seguidas. Aún es más, ganó cuatro de las últimas cinco disputadas, hazaña que ni de lejos ha conseguido ningún otro equipo del continente. Hoy, sin embargo, juega pobremente, está casi descartado en la Liga y no promete llegar lejos en esa Copa de Europa (aunque, como se le ha dado tan bien siempre, nunca se sabe). La hinchada y la prensa están furiosas, desprecian al entrenador y a los jugadores. A mi modo de ver no pasa nada si un equipo padece una mala racha después de tantos triunfos. ¿Qué más se puede pedir? Es natural que el nivel no sea siempre el mismo, más aún tras la marcha del excelente entrenador Zidane y del máximo goleador del club en toda su historia, Cristiano. Lo angustioso del fútbol es que nada de lo logrado importa, que el pasado no existe aunque sea muy reciente, que las mayores gestas no bastan si no tienen continuidad inmediata ni se repiten indefinidamente. Si yo fuera futbolista, viviría desesperado y atemorizado: “El domingo metí tres goles, pero si hoy no meto ninguno, esos tres no servirán de nada y seré abucheado”. El difunto Luis Aragonés lo expresó sin ambages hace mucho tiempo: “Aquí sólo vale ganar y ganar y ganar y ganar. Y ganar y ganar y ganar y ganar…” Así hasta el infinito, una espantosa tarea de Sísifo, cuyo mito ya no sé si conoce mucha gente.

Lo que no era de esperar, sin embargo, es lo que podría llamarse la “futbolización” del mundo, en todos los ámbitos. Las personas tienen cada vez más la sensación de que cuanto hacen es inútil… a no ser que lo hagan una y otra vez, que lo sigan haciendo. Si uno presta un favor, por ejemplo, rara vez sucede lo de antes: ese favor no se olvidaba y uno atesoraba una dosis de agradecimiento por parte del favorecido. Ahora es más bien una trampa en la que uno cae o se mete. Si ha hecho un favor, debe hacer también el próximo, y el otro, y el siguiente. Los precedentes cuentan poco o no cuentan: están en el pasado, y del pasado quién se acuerda. Y si alguien se acuerda, es para exigir que uno esté a la altura, que vuelva a cumplir como si eso se hubiera convertido en una obligación adquirida. Alguna vez he relatado lo que a menudo me ocurre cuando se me pide una colaboración que no me interesa ni me apetece y a la que accedo por simpatía o por cortesía. Es frecuente que, al cabo de un tiempo, el solicitante al que complací vuelva a la carga. Y si mi respuesta es No a la segunda, no es raro que el insistente, lejos de mostrarse agradecido por la ocasión anterior y comprender que ha abusado, monte en cólera por mi negativa. “Si me escribió usted un texto, ¿cómo osa negarme otro? Si se plegó a la primera, le toca plegarse siempre”. Exagero, claro, pero esa es la actitud en el fondo.

Algo semejante ocurre en todas las actividades. El escritor George R. R. Martin acaba de publicar una gruesa novela, al parecer una “precuela” de su famosa serie. Desconozco la calidad de su prosa, pues no le he leído una línea; pero admiro sobremanera su capacidad imaginativa, tras ver por segunda vez, seguidas, las temporadas de la serie Juego de tronos, en previsión de la última. Ese hombre ha completado ya una obra ingente que, en sus versiones literaria o televisiva, nos ha proporcionado placer a millones. En una entrevista reciente, el pobre Martin se lamentaba de que, nada más sacar esta voluminosa novela que le había costado esfuerzo, no pararan de preguntarle: “¿Para cuándo la próxima entrega de Cantar de hielo y fuego?” (Que es como debería haberse traducido su ciclo, más conocido ya como Juego de tronos.) Muchos de sus lectores no le aprecian lo ya hecho, ni se lo agradecen. Lo consideran poco menos que un esclavo a sus órdenes, que no debería descansar. Sus Copas de Europa alzadas no sirven. Hasta tienen el mal gusto, esos lectores despóticos, de regañarlo por su gordura. No es que les preocupe su salud por afecto; simplemente temen quedarse sin la resolución de la historia si Martin palma antes de concluirla. Es puro egoísmo, sin un ápice de gratitud ni de estima. Esto es algo generalizado, el caso de este autor es tan sólo el más extremo, dada la repercusión planetaria de su obra. A nadie le computa haber ya cumplido con creces. Nadie puede pararse y decirse: “Es suficiente; y además, me he cansado”. Si tiene esa flaqueza, sus logros anteriores serán borrados al instante. Y lo vemos en todos los niveles: cuando alguien dimite o es destituido de un cargo, sea el de ministra o el de cajera del supermercado, se le agradecen someramente “los servicios prestados” y a lo sumo recibe una palmadita en la espalda poco sentida. Cuanto hizo no cuenta… desde el momento en que ya no lo sigue haciendo. He dicho que el fútbol y su insatisfacción permanente han teñido el mundo, pero quizá sea más bien el capitalismo más salvaje y demente, el que pide más y más y más, y más beneficios un año tras otro hasta que nos muramos… Es como para pararse y no hacer nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de enero de 2019. ‘Lo que nos hacen creer que nos pasa’

Trece años después de su muerte el 15 de diciembre de 2005, he releído un breve texto de mi padre, que fue Julián Marías. A diferencia de lo que hace mucha gente, que homenajea a un escritor recién desa­parecido leyendo o releyendo en el acto algunos de sus párrafos, yo me quedo tan triste —sobre todo si el escritor me era cercano— que tardo siglos en asomarme de nuevo a su obra, como si hasta cierto punto me pareciera una ofensa que ésta sobreviva a la persona. (Al autor esa posibilidad, en cambio, lo reconforta un poco en vida.) Son sólo cincuenta páginas, fechadas en 1980, cuando nuestra democracia era muy joven. En 2012 las reeditó en forma de librito la editorial Fórcola, bajo el título La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir? En su día me había gustado mucho —no todo lo de mi padre me gustaba cabalmente, como supongo que a él tampoco lo mío—, y si ahora he vuelto a él no ha sido porque vea el menor peligro de una situación parecida a la que desembocó en aquella Guerra, ni de lejos. Pese a que el panorama político y económico de nuestro país sea declinante desde hace un decenio o más, no hay que ser nunca agorero ni exagerado.

Precisamente con esta última palabra se inicia este texto. Mi padre tenía veintidós años cuando estalló la Guerra, y recuerda que su primer comentario cuando comprendió que se trataba de eso y no de un golpe de Estado o insurrección triunfantes o fallidos —es decir, de escasa duración en cualquiera de los casos— fue: “¡Señor, qué exageración!” A lo largo de las cincuenta concisas páginas va señalando cómo aquello no le pareció inevitable, en contra de lo que tantos han pensado, sino absolutamente evitable y desproporcionado; por mucho que la convivencia estuviera deteriorada y maltrecha, que los problemas fueran enormes y que casi todos los políticos se comportaran con frivolidad teñida de mala fe. Sostiene que la mayoría de los españoles no querían esa Guerra, sino si acaso su resultado, esto es, la derrota de una porción de sus compatriotas a los que unos y otros no podían ver. Pero sin pasar por una matanza desaforada como la que se produjo durante tres años. Mucho menor en los frentes que en las respectivas retaguardias. Menos sufrida por los combatientes reales que por la población civil. Si he releído este librito no es, como he dicho, por temor, sino por la extraña persistencia española (andaluza, madrileña, catalana o vasca, tanto da) en caer en las peores tentaciones cada cierto tiempo. Mi padre relata demasiadas actitudes reconocibles. Al hablar de la discordia, dice: “Entiendo por tal no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del ‘otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable”. Habla de la terrible consigna, tantas veces oída, “Cuanto peor, mejor”, y acuña una expresión para explicar el progresivo envilecimiento: “el temor y respeto a lo despreciable, clave de tantas conductas sucias en la historia”. Y en efecto, cuando los dichos y hechos despreciables empiezan a “pasarse”, a no condenarse con energía y a no ponérseles inmediato freno, uno puede estar seguro de que no van sino a crecer, a ir a más, hasta que llegue un punto en que se admita “todo (incluida la infamia), con tal de que sea ‘de un lado”. Y agrega: “Nadie quería quedarse corto, ser menos que los demás en la adulación de los que mandaban o en la execración de los adversarios”.

Advierte de “la necesidad de un pensamiento alerta, capaz de descubrir las manipulaciones, los sofismas, especialmente los que no consisten en un raciocinio falaz, sino en viciar todo raciocinio de antemano”. (Ay, hoy se ensalzan las “emociones”.) Hubo intelectuales que lo intentaron, pero “se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación…, y llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición”. Para él, el verdadero origen de la Guerra no fue la situación objetiva  de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás. Esto fue posible por algo que hoy, con las redes sociales, padecemos de manera más extrema: “una forma de sofisma consistente en la reiteración de algo que se da por supuesto”. Cuando se proporciona una interpretación de las cosas que ni se justifica ni se discute, y se parte de ella una vez y otra como de algo obvio que no requiere prueba, la pereza se adueña del escenario y se inocula fácilmente a “las personas sin influencia en la vida colectiva, con un mínimo de responsabilidad, sujetos pasivos de todas las manipulaciones”. A la mayoría, por tanto, que asume con holgazanería las conclusiones simplistas con que se la aturde. Todo esto, por desdicha, resulta hoy reconocible. Al menos nos zafamos de la peste de las tres o cuatro décadas siguientes, en las que se perpetuó el espíritu de la Guerra, para vivir literalmente de las rentas los vencedores, moralmente los perdedores supervivientes. Éstos no fueron muchos, porque millares de ellos fueron ejecutados por Franco cuando ya no había guerra, pero se siguió fomentando su interpretación. Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2019. ‘Destructores de las libertades ajenas’

Uno de los elementos para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de enero de 2019. ‘Ayudar al enemigo’

Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar —acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno se hable mal, si se habla mucho. Esto se vio con Berlusconi y se ve ahora con Trump. Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura para alabarlos y sobre todo para denostarlos. Ambos montaron espectáculo y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de pata de banco y de sus bufonadas. Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente importantes. La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe), pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini: a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención, aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica. La era de Trump no ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda hasta el infinito.

Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo poder en sus respectivos países), ahora ya es ­inevitable: demasiado tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y aconsejable al principio. Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de decirlas, se añade la de llevarlas a cabo. Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que lo cumpla. Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas mediante la condena solemne. En el mundo literario es bien sabido: si un suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde (aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus logros, a fingir que no existe.

Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las campañas. Veamos: ese partido existe hace años y carecía de trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños. Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos minutos y echó a rodar la bola de nieve. En seguida se le unieron otras cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”. Y así continúan desde entonces. Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un escaño y le cayeron doce. Inmediatamente Podemos (en apariencia la formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan. Lo imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. Los independentistas catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último lustro, a saber: “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado. No sé otros, pero yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. ¿Hace falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo, nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta gente se da por supuesto. Si Vox estuviera en el poder, como lo están sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega, Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso. Pero no es el caso, todavía. Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual, preocupante pero desdeñable. Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más probabilidades de que un día acabe siéndolo. Y como es imposible —repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar, mientras fingen horrorizarse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de enero de 2019. ‘Rodeados de Yagos’

En las vidas de las personas y de las sociedades siempre hay problemas, discrepancias, angustias, dificultades. Surgen por sí solos y son parte ineludible de esas vidas, en las que casi nadie está plenamente satisfecho. Por eso son tanto más intolerables y condenables los individuos y los políticos que, lejos de ponerse manos a la obra e intentar remediarlos, se dedican a añadir, crear o inventar más problemas, discrepancias, angustias y dificultades. Vivimos una época en la que proliferan tales políticos. Son los que, sin apenas motivo ni base, “vierten su pestilencia en los oídos”, por parafrasear las palabras de Yago. Estamos rodeados de Yagos.

Quizá no tengan muy presente el Otelo de Shakespeare. Puede que muchos jóvenes ni siquiera lo hayan leído ni visto representado. Recordémoslo un poco, por si acaso. Otelo, moro y general de Venecia, se ha casado a escondidas con Desdémona, hija de un senador al que poca gracia hace esa unión, por cuestiones de origen y raza. Pero no le queda más remedio que aceptar los hechos consumados, y al fin y al cabo Otelo goza de reputación por sus victorias. El conflicto “natural” es por tanto menor, y pronto se ve neutralizado. Claro está que si no hubiera más no habría tragedia, las cuales son emotivas en la ficción, pero en la realidad una desdicha. Yago está resentido porque su superior Otelo ha nombrado lugarteniente a Cassio y no a él, al que ha relegado al cargo de abanderado. Poca cosa en el fondo (hablé hace semanas de que cualquiera puede estar resentido, hasta los más poderosos y afortunados: véase Trump, sin ir más lejos), pero suficiente si el despecho se convierte en el motor de nuestras acciones. Yago ha pasado a la historia como la encarnación de la astucia, de la intriga, de la frialdad, de la calumnia y, sobre todo, de la insidia. Para él, toda pasión es controlable, para caer en ellas se precisa “un consentimiento de la voluntad”. Si la voluntad no consiente, no hay amor ni lascivia ni ambición que valgan, todo eso es reprimible, desviable, encauzable, descartable. Pero sabe que pocos humanos niegan su “consentimiento”, y cuán fácil le resulta al individuo taimado, como él, inducirlos, engañarlos, instigarlos y manipularlos. Sabe que basta con deslizar una duda o una creencia en la mente de alguien para que aquéllas la invadan entera, sobre todo si son bien alimentadas. El veneno va penetrando. Nada hay reprobable en el comportamiento de Desdémona, que de hecho ama cabalmente a su marido; y sin embargo entre los dos cónyuges se abre un abismo sin el menor fundamento, excavado en la nada. Se pueden inventar sospechas y desconfianzas, se puede persuadir a cualquiera de que lo que no es, es; y de que lo que es, no es. Dice Yago al hablar de Desdémona: “Yo convertiré su virtud en brea”, es decir, “la haré aparecer como una sustancia negra y viscosa”.

Hoy la pestilencia no se vierte con susurros al oído, sino que se proclama a los cuatro vientos en las pantallas y en las redes sociales. Los Yagos no actúan furtivamente, sino bajo los focos, como Putin. Pero no por eso son menos Yagos: gente que crea y fomenta disensiones y odios donde no los hay, o sólo en escaso grado hasta que los magnifican ellos. Si uno bien mira, no había ninguna razón objetiva y de peso para que un analfabeto tiránico como Trump triunfara. ¿Acaso estaban las cosas fatal con Obama? Hasta la economía era boyante. ¿Estaba mal Gran Bretaña en la Unión Europea? Es obvio que va a estar peor y a ser más pobre fuera de ella. ¿Estaba Cataluña oprimida hace seis años, cuando se inició el procés, o lo está ahora? Es un país tan libre como el que más en Europa. ¿No se le permitía votar, como claman los Yagos independentistas? No ha cesado de votar todo lo votable durante los últimos cuarenta años. ¿Son los inmigrantes una verdadera amenaza para Europa o los Estados Unidos, como braman Salvini y Casado? No de momento, más bien son necesarios. La nación más agresiva con ellos, Hungría, alberga tan sólo un 4% o 5% de extranjeros, pero allí hay un Yago notable llamado Orbán, dedicado a la insidia. ¿Nuestra democracia parlamentaria es abyecta y franquista, como sostienen Pablo Iglesias y sus acólitos, esa cofradía de Yagos? ¿Hay que acabar con ella, que ha permitido a España las mejores décadas de su larga historia? ¿A santo de qué? ¿Por resentimientos particulares? Siempre hay defectos, injusticias, desigualdades. Cierto que la brutal recesión económica los gobernantes la han cargado sobre las espaldas de las clases medias y bajas, empobreciéndolas. Pero ¿es eso suficiente para derribar el edificio entero, sobre todo cuando no está listo —qué digo, ni concebido— el que habría de sustituirlo? Cuando Otelo asume que va a matar a Desdémona, se despide de su vida anterior con amargura: “Desde ahora, y para siempre, adiós a la mente tranquila, adiós al contento… La ocupación de Otelo ha terminado”. ¿Desea la gente entonar esta despedida, aquí, en Italia, en América o en Gran Bretaña, en Polonia, en Brasil o Hungría, en Francia? ¿“A partir de ahora, y para siempre…”? Yago lo confiesa al principio: “Yo no soy lo que soy”. Ninguno de estos políticos son lo que son o dicen ser, aunque se exhiban y vociferen. También en la exhibición y en la vociferación se esconde uno, y engaña, difama y emponzoña.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 30 de diciembre de 2018. ‘¿Evitar a las mujeres a toda costa?’

Tomamos iniciativas con gran alegría y con prisas, olvidando que nadie es capaz de prever lo que provocarán a la larga o a la media. No pocas veces medidas “menores” y frívolas, o autocomplacientes, han desembocado en guerras al cabo de no mucho tiempo. Los impulsores de las medidas nunca se lo habrían imaginado, y desde luego se declararán inocentes de la catástrofe, negarán haber tenido parte en ella. Y sin embargo habrán sido sus principales artífices.

Sin llegar, espero, a estas tragedias, el alabado movimiento MeToo y sus imitaciones planetarias están cosechando algunos efectos contraproducentes, al cabo de tan sólo un año de prisas y gran alegría. Había una base justa en la denuncia de prácticas aprovechadas, chantajistas y abusivas por parte de numerosos varones, no sólo en Hollywood sino en todos los ámbitos. Ponerles freno era obligado. Las cosas, sin embargo, se han exagerado tanto que empiezan a producirse, por su culpa, situaciones nefastas para las propias mujeres a las que se pretendía defender y proteger. El feminismo clásico (el de las llamadas “tres primeras olas”) buscaba sobre todo la equiparación de la mujer con el hombre en todos los aspectos de la vida. Que aquélla gozara de las mismas oportunidades, que percibiera igual salario, que no fuera mirada por encima del hombro ni con paternalismo, que no se considerara un agravio estar a sus órdenes. Que el sexo de las personas, en suma, fuera algo indiferente, y que no supusieran “noticia” los logros o los cargos alcanzados por una mujer; que se vieran tan naturales como los de los varones.

Leo que según informes de Bloomberg, de la Fawcett Society y del PEW Research Center, dedicado a estudiar problemas, actitudes y tendencias en los Estados Unidos y en el mundo, se ha establecido en Wall Street una regla tácita que consiste en “evitar a las mujeres a toda costa”. Lo cual se traduce en posturas tan disparatadas como no ir a almorzar (a cenar aún menos) con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y, lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante. El motivo es el temor a poder ser denunciados por ellas; a ser considerados culpables tan sólo por eso, o como mínimo “manchados”, bajo sospecha permanente, o despedidos por las buenas. La idea de que las mujeres no mienten, y han de ser creídas en todo caso (como hace poco sostuvo entre nosotros la autoritaria y simplona Vicepresidenta Calvo), se ha extendido lo bastante como para que muchos varones prefieran no correr el más mínimo riesgo. La absurda solución: no tratar con mujeres en absoluto, por si acaso. Ni contratarlas. Ni convertirse en “mentores” suyos cuando son principiantes en un territorio tan difícil y competitivo como Wall Street. En las Universidades ocurre otro tanto: si hace ya treinta años un profesor reunido con una alumna dejaba siempre abierta la puerta del despacho, ahora hace lo mismo si quien lo visita es una colega. Los hay que rechazan dirigirles tesis a estudiantes femeninas, por si las moscas. En los Estados Unidos ya hay colleges que imitan al islamismo: está prohibido todo contacto físico, incluido estrecharse la mano. Como en Arabia Saudita y en el Daesh siniestro, sólo que allí, que yo sepa, ese contacto está sólo vedado entre personas de distinto sexo, no entre todo bicho viviente.

Parece una reacción exagerada, pero hasta cierto punto comprensible si, como señaló la americana Roiphe en un artículo de hace meses, se denuncia como agresión o acoso pedirle el teléfono a una mujer, sentarse un poco cerca de ella durante un trayecto en taxi, invitarla a almorzar, o apoyar un dedo o dos en su cintura mientras se les hace una foto a ambos. No es del todo raro que, ante tales naderías elevadas a la condición de “hostigamiento sexual” o “conducta impropia” o “machista”, haya individuos decididos a abstenerse de todo trato con el sexo opuesto, ya que uno nunca sabe si está en compañía de alguien razonable, o quisquilloso y con susceptibilidad extrema. El resultado de esta tendencia varonil, como señalaban los mencionados informes, es probablemente el más indeseado por las verdaderas feministas, y llevaría aparejado un nuevo tipo de discriminación sexual. Se dejaría de trabajar con mujeres, de asesorarlas y aun de contratarlas no por juzgarlas inferiores ni menos capacitadas, sino potencialmente problemáticas y dañinas para las propias carrera y empleo. Si continuara y se extendiera esta percepción, acabaríamos teniendo dos esferas paralelas que nunca se cruzarían, y, como he dicho antes, el islamismo nos habría contagiado y habría triunfado sin necesidad de más atentados: tan sólo imbuyéndonos la malsana creencia de que los hombres y las mujeres deben estar separados y, sobre todo, jamás rozarse. Ni siquiera codo con codo al atravesar una calle ni al ir sentados en un tren durante largas horas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de diciembre de 2018. ‘El año que nos robaron el fútbol’

Lo vengo advirtiendo desde hace años, pero la actual es la temporada en que los viejos aficionados nos hemos quitado definitivamente del fútbol o más bien nos lo han quitado. Ese deporte nunca ha estado en buenas ni sensatas manos, a nivel nacional ni internacional. Sin embargo, ahora han clavado sobre él las garras tres individuos especialmente avariciosos, incompetentes y presumidos, con un cuarto en el horizonte del que luego diré algo. Del italiano Infantino ya me ocupé meses atrás, cuando tomó la ridícula decisión de prohibir a las televisiones insertar planos de público femenino atractivo, a fin de torpedear su ruin objetivo de “tentar a los espectadores masculinos”; los cuales no verían partidos, según él, de no ser por ese sucio señuelo. De paso ofendió a la mayoría de la población mundial, pues no vio inconveniente en los planos de mujeres feas ni en los de varones feos o guapos. Y en España contamos con dos individuos, Rubiales y Tebas, que por lo visto se llevan a matar, pero que no obstante reman en la misma dirección de desvirtuar y destruir el fútbol.

El segundo, por ejemplo, está empeñado —a qué se deberá tanta tabarra— en que se juegue un encuentro de Liga en Miami, lo cual no sólo es una mentecatez, sino que adulteraría la competición al privar al equipo local del factor campo y del aliento de su hinchada. También perjudicaría a los demás clubs visitantes, que disputarían sus choques como eso, visitantes, a diferencia del Barça, que sería el beneficiado en este caso. Si Tebas se saliese con la suya, no crean que ahí pararía: supondría el acicate para que en próximas temporadas se celebrasen partidos de Liga en lugares absurdos como Tokio, Taskent, Qatar o Tegucigalpa. En este sentido, malo es el precedente que se establecerá mañana (escribo el 8 de diciembre): me pregunto qué necesidad tenía Madrid —una ciudad asediada por las manifestaciones, las maratones, los triatlones, los días de la bici, las procesiones, las ovejas y la armagedónica Carmena— de añadirse una invasión de feroces forofos porteños al albergar la vuelta de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors. Confío en que no haya incidentes graves y en que la capital no sea destruida —aunque de eso ya se encargan los atilas del Ayuntamiento—, pero en todo caso se ha sometido a Madrid a un sobreesfuerzo en seguridad y se ha fastidiado a base de bien, durante días, a los ciudadanos. A ello han contribuido no poco los medios, que han dado mucha más importancia a esta Final foránea que a la jornada de Liga del fin de semana.

Digo mal: la Liga hace tiempo que no se disputa en fin de semana. Hay partidos los viernes y los lunes. Las televisiones han impuesto horarios estrafalarios, como la una del mediodía. Pero lo que más delata el propósito de acabar con el Campeonato es que entre Rubiales, Tebas e Infantino han logrado que no haya forma de seguirlo. La continuidad de la Liga es un factor primordial de su interés, y ahora es un torneo deshilachado y discontinuo, al que parece que se le reservaran las sobras, las fechas de la basura. Las interrupciones debidas a los “ensayos” o amistosos de la selección nacional siempre han constituido un engorro, algo que a los aficionados verdaderos nos sentaba como un tiro. En vista de lo cual se han multiplicado, con la invención de un trofeo engañabobos llamado Liga de las Naciones, creo. Nadie ha sabido quiénes ni por qué compiten, y a casi nadie le ha importado un comino. Nos han “tocado” Inglaterra y Croacia como podían haber sido Portugal e Islandia. Por suerte no hemos ido lejos, de lo contrario nos aguardarían más parones latosos, y ahora viene el de Navidad como remate. Lo cierto es que, cada vez que reaparece la Liga, en plan Guadiana, ya no nos acordamos de ella, de quién la encabeza ni de quiénes están en descenso. Han conseguido que no interese, que sea un galimatías, que nos dé igual quién la gane o la lleve encarrilada. Se la ha devaluado a conciencia.

Al parecer hay una razón semioculta, y aquí entra el cuarto personaje, el defensa Piqué, al que inexplicablemente se hace caso. No contento con haber certificado la defunción de la Copa Davis de tenis —sí, de tenis—, pretende también, tengo entendido, arrumbar las Ligas nacionales —que son el alma y la columna vertebral del fútbol— en favor de una Superliga europea reservada a los clubs pijos y neopijos, que amparan dicho proyecto clasista. Como si no viéramos ya demasiados Madrid-Bayern, Barça-Juventus y Manchester City-PSG en la Copa de Europa, ahora se procurará que los partidos entre esos equipos nos produzcan hastío. Porque además serían eternamente los mismos, ya que no habría descensos ni ascensos. El resultado de estrujar la gallina y querer un “acontecimiento” semanal es que nada es ya un acontecimiento, sino todo reiteración y rutina. Si hay varios Brasil-Argentina o Alemania-Italia cada temporada, se pierden la gracia y la expectativa. Añadan a todo esto que los futbolistas se agotan y se saturan. La mayoría no deben de saber qué están disputando cuando saltan al césped. ¿Es la Copa del Rey o la Liga, la Copa de Europa o la Eurocopa, las Naciones, el Mundial o un apestoso amistoso? Desde luego los espectadores empezamos a no tener ni idea. Y lo que es peor, nos empieza a traer sin cuidado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2018. ‘Palabras que me impiden seguir leyendo’

Todo escritor, que se pasa la vida eligiendo y descartando vocabulario, acaba teniendo sus manías, sus filias y fobias, sus preferencias y aversiones. En realidad eso le ocurre a cualquiera, pues todos hacemos uso de la lengua con mayor o menor grado de conciencia, y todos tendemos a aceptar o rechazar palabras, intuitiva o deliberadamente. Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es que éstas son abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de personas, que las repiten machaconamente como papagayos, hasta la náusea. Esos individuos creen a menudo estar diciendo algo original, cuando lo que dicen es un tópico. O creen ser “modernos”, o estarles haciendo un guiño a sus correligionarios, por el mero uso de ciertos términos. Recuerdo que hace unos años todo era “coral” y “mestizo”; hoy es todo “transversal”, convertido en uno de esos vocablos que, cuando me los encuentro en un texto —o los oigo en una televisión o una radio—, me instan a abandonar de inmediato la lectura —o a cambiar de cadena—, sabedor de que quien escribe o habla está abonado a los lugares comunes y no piensa por sí mismo.

Antes de que empiecen a indignarse quienes los emplean, conviene aclarar que yo sí hablo solamente por mí mismo. Que me irriten términos o expresiones no supone nada, ninguna condena. Es sólo que a mí me sacan de quicio y que no los soporto, lo mismo que a una pazguata de antaño la hería leer “coño” o “cojones”, o que a un recio varón le producían arcadas los “nenúfares” y “azahares” de un poema. Debo decir con lástima que el actual feminismo feroce ha plagiado o acuñado unos cuantos palabros que me atraviesan los ojos y oídos. En cuanto me aparecen el espantoso “empoderar” y sus derivados (“empoderamiento”, “empoderador”), interrumpo al instante el artículo o el libro, por mucho que la Real Academia Española los haya admitido en el Diccionario (nada me puede traer más sin cuidado, en este periodo asustadizo de esa institución a la que pertenezco…, creo). Lo mismo me ocurre con “heteropatriarcal” y no digamos con “heteropatriarcalizar”, que, aparte de larguísimos y sobados, me parecen injustos e inexactos, como si los hombres homosexuales no hubieran estado a menudo casados y no hubieran participado del “patriarcado”. En cuanto a “sororidad”, tentado estoy de hacerme cruces (o el harakiri) cada vez que cae ante mi vista, porque me resulta inevitablemente monjil y con olor a naftalina. Tampoco se les da bien la recreación castiza a estos feministas feroci: me provocan urticaria “cipotudo”, “machirulo” y la más reciente “machuno”, con reminiscencias de “chotuno”. El desdichado sufijo en “-uno” no es demasiado frecuente en nuestra lengua, seguramente por feo y zafio, lo que invita a recurrir a él en este siglo XXI. Cada vez que leo “viejuno” (en vez de “vetusto”, por ejemplo), ya sé que quien me lo suelta es mimético y habla por boca de ganso.

Otro tanto me sucede con quienes empalman sin cesar verbos cursis calcados del inglés más estúpido, como “empatizar”, “socializar”, “interactuar” y similares. Estoy seguro de que un escritor no vale la pena —y de que además es un pardillo deslumbrado— si recurre a la expresión inglesa “ponerse en sus zapatos”, que es como se dice en esa lengua lo que aquí siempre se ha dicho “en su lugar”, “en su piel” y aun “en su pellejo”. Sé que el escritor en cuestión se ha nutrido de traducciones malas o que ha leído directamente en inglés sin conocer su propio idioma. Una de las razones por las que la mayoría de los novelistas estadounidenses de las últimas generaciones me parecen pomposos y bobos —una, hay varias— es por su irrefrenable tendencia a hacer algo que ya he percibido en los copiones españoles, a saber: juntar un adverbio “original” con un adjetivo. Hace ya años que los autores baratos adoptaron, por ejemplo, “asquerosamente rico” y “ridícu­lamente feliz”, hoy en día insoportables vulgaridades. Pero ahora empiezan a abundar los “extravagantemente enérgico”, “impetuosamente simpático”, “hirientemente eficaz”, “inquietantemente bueno” o “minuciosamente inútil”. Se nota tanto (en los españoles como en los americanos) que el escritor en cuestión se ha pasado largo rato pensándose la combinación, y creyendo hacer literatura con ella, que se me hace aconsejable arrojar en el acto el volumen por la ventana. Sé que se trata de un farsante.

La fórmula “esto no va de mujeres, va de libertades” y parecidas me producen un sarpullido más grave que la idiotizada expresión “sí o sí”, omnipresente. Últimamente hay periodistas que han descubierto el verbo “ameritar”, normal en Latinoamérica, y están desterrando nuestro “merecer” a marchas forzadas. En cuanto al horroroso y mal formado “ojiplático”, que ya ha pedido su ingreso en el Diccionario, qué quieren. Pretender que a partir de “se me quedaron los ojos como platos” se cree ese engendro, es como aspirar a que también se incluyan “carnigallináceo”, “pelipúntico” y “peliescárpico” para designar cómo nos quedamos cuando nos emocionamos o nos llevamos un susto. Hay más, pero por hoy ya es bastante.

JAVIER MARIAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de diciembre de 2018. ‘Fomento del resentimiento’

Me impresionó, y luego me dejó pensativo, un artículo de Eliane Brum publicado en este diario hace unas semanas. Se titulaba “Brasil, la venganza de los resentidos”, y en él la autora relataba episodios de la vida cotidiana de su país tras el triunfo del tenebroso Bolsonaro. Algunas de las cosas que contaba (y eso que en el Brasil aún no ha empezado la violencia institucionalizada desatada) me recordaron inevitablemente a historias y anécdotas, oídas de primera mano, de nuestra Guerra Civil. Muy de primera, porque uno de mis abuelos y uno de mis tíos se pasaron la contienda escondidos, en embajadas o no se sabe dónde. A otro tío lo mataron, como he evocado aquí alguna vez, tras llevarlo a la cheka de Fomento con una compañera, los dos tenían dieciocho años. A mi padre, también es sabido, lo detuvo la policía franquista nada más consumarse la derrota de la República, pasó meses en la cárcel y luego fue represaliado hasta mediados de los años cincuenta para unas cosas, para otras hasta el final. La casa de su progenitor, mi otro abuelo, quedó medio destrozada por un obús. La de mi madre, llena de niños, tenía que ser evacuada cada poco, por los bombardeos “nacionales”. Mis padres tenían unos veintidós años en 1936, así que vieron y oyeron mucho, ya adultos y enterándose bien. Les oí contar atrocidades cometidas por ambos bandos, aunque, al vivir en Madrid, fueron más testigos de las de los milicianos republicanos.

Aparte de las cuestiones políticas, lo que resulta evidente es que la Guerra, por así decir, “dio permiso” a la gente para liberar sus resentimientos y dar rienda suelta a sus odios. No sólo a los de clase, también a los personales. Si bien se mira —o si uno no se engaña—, todo el mundo puede estar resentido por algo, incluso los más privilegiados. Éstos basta con que consideren que se les ha faltado al respeto o no se les ha hecho suficiente justicia en algún aspecto. Las razones de los desfavorecidos pueden ser infinitas, claro está. “Aquel amigo de la infancia de quien se guardaba un buen recuerdo”, explicaba Brum, “escribe en Facebook que ha llegado el momento de confesar cuánto te odiaba en secreto y que te exterminará junto a tu familia de ‘comunistas’. Aquel conocido que siempre has creído que se merecía más éxito y reconocimiento de los que tiene, ahora desparrama la barriga en el sofá y vocifera su odio contra casi todos. Otro, que siempre se ha sentido ofendido por la inteligencia ajena, se siente autorizado a exhibir su ignorancia como si fuera una cualidad”. Y, en efecto, por lo general ignoramos qué se oculta en el corazón de cada conocido o vecino, amigo o familiar. Alguien se puede pasar media vida sonriéndote y mostrándose cordial, y detestarte sin disimulo en cuanto se le brinda la oportunidad o, como he dicho, se le da “licencia”. Al parecer es lo que ha conseguido, en primera instancia, la victoria de Bolsonaro. Vuelvo al texto de Brum: “A las mujeres que visten de rojo, color asociado al partido de Lula, las insultan los conductores al pasar, a los gays los amenazan con darles una paliza, a los negros les avisan de que tienen que volver al barracón, a las madres que dan el pecho las inducen a esconderlo en nombre de la ‘decencia”. Eso en un país que todos creíamos abierto y liberal, casi hedonista, poco o nada racista, tolerante y permisivo.

La lucha por el poder es legítima, tanto como la aspiración a mejorar y progresar, a acabar con las desigualdades feroces y no digamos con la pobreza extrema. Pero se están abriendo paso, en demasiados lugares, políticos que más bien buscan fomentar el resentimiento de cualquier capa de la población. Trump, un oligarca al servicio de sus pares, ha convencido a un amplio sector de personas bastante afortunadas de que los desfavorecidos se están aprovechando de ellas, y les ha inoculado la fobia a los desheredados. Lo mismo hacen Le Pen en Francia y Salvini en Italia (el desprecio por los meridionales es el germen de su partido, Lega Nord). Torra y los suyos abominan de los “españoles” y catalanes impuros, según consta en sus escritos. Otro tanto la CUP. Podemos ha basado su éxito inicial en sus diatribas contra algo tan vago y etéreo como la “casta”, en la cual es susceptible de caer cualquiera que le caiga mal: por clase social, por edad, y desde luego por ser crítico o desenmascarar a ese partido como no de izquierda, sino próximo al de su venerado Perón (dictador cobijado por Franco) y a los de Le Pen y Salvini, elogiado este último por el gran mentor Anguita. El mundo está recorrido por políticos que quieren fomentar y dar rienda suelta al resentimiento subjetivo y personal, el cual anida en todo individuo con motivo o sin él, hasta en los multimillonarios y en las huestes aznaritas de Casado, dedicado a la misma labor pirómana. Las personas civilizadas aprenden a mantenerlo a raya, a relativizarlo, a no cederle el protagonismo, a guardarlo en un rincón. A lo que esos políticos aspiran —y a Bolsonaro le ha servido— es a que el resentimiento se adueñe del escenario y lo invada todo, a darle vía libre y a que cada cual le ajuste cuentas a su vecino. Son políticos incendiarios y fratricidas. A menos que sean también como ellos, no se dejen embaucar ni arrastrar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de diciembre de 2018. ‘Nos complace esta ficción’

Dada la progresiva infantilización del mundo, que va durando por lo menos tres décadas, quizá no sea tan extraño lo que está pasando con la verdad, la ficción y la mentira. Nos llama la atención que la primera cuente cada vez menos para gran número de personas, y que éstas abracen la segunda o la tercera acríticamente, si es que no con gran entusiasmo. Se empezó por mentir en cosas menores, como los rótulos de los cuadros expuestos en los museos: se censuraron, se adulteraron para que nadie se sintiera ofendido (y es imposible que hoy no haya alguien que se sienta ofendido por cualquier cosa), o incluso para negar lo que las imágenes mostraban, por ejemplo “Sátiros retozando con ninfas”, que ya no recuerdo si se cambió por “Encuentro campestre” o por “Acoso a menores”. Después se pasó a tergiversar el pasado, o, lo que es peor, a juzgarlo con ojos contemporáneos imbuidos de rectitud y de supuesta superioridad, es decir, se llegó a la rápida conclusión de que todos nuestros antepasados habían sido gente errada, injusta, salvaje, colonialista, racista y machista. Se decidió que la historia entera del mundo había sido sólo una sucesión de horrores, de la que nada más se salvaban —contradictoriamente— las incontables víctimas. Se produjo entonces una loca carrera para adquirir la condición de víctima, por raza, nacionalidad, religión, sexo o clase. Hoy no hay nadie que no ansíe serlo, la palabra se ha revestido de un insólito prestigio. La carrera y el afán son tan locos que hasta Trump y sus partidarios se presentan así, como víctimas perseguidas, lo mismo que Le Pen, Salvini, Orbán, Bolsonaro, Torra y demás ultraderechistas planetarios. La conclusión que parece haberse alcanzado es que nadie puede ganar elecciones y tener éxito si no presume de haber sido agraviado y maltratado. Ellos o sus ancestros, tanto da, hablé hace poco del triunfo de la idea del pecado original, sólo que ahora no nos sacudimos nunca sus sucedáneos, cargamos con ellos desde la cuna hasta la tumba.

Si yo fuera historiador viviría desesperado, porque la labor de éstos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo que averigua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los deshonestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a conciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades. Hace poco un deportista estadounidense se plegó a disculparse por haber citado en las redes una frase inocua de Churchill: “En la victoria, magnanimidad”. El problema no era la cita, sino su procedencia: ¿cómo se le ocurre suscribir nada de ese racista imperialista? Más o menos como si hubiera citado a Hitler, del cual estamos libres sobre todo gracias a Churchill. También se ha salido con la suya un concejal o similar de Los Ángeles, de apellido inequívocamente irlandés (luego europeo), O’Farrell. El tal O’Farrell, sin embargo, aduce tener sangre iroquesa o wyandot y ha retirado una estatua de Colón entre aplausos, tras decretar que el Almirante fue un genocida, que debió quedarse en casa sin surcar el océano, porque con su estúpido viaje inició un monstruoso daño a las tribus y culturas indígenas de lo que luego se llamó América. No cabe duda de que para los indígenas del siglo XV la aparición de los europeos fue un desastre y el término de su modo de vida, que tampoco era ejemplar ni compasivo. Pero no tiene sentido que hoy se identifiquen con ellos individuos que se llaman O’Farrell, Jensen, Schulz, Smith, Grabowski, Esterhazy, Qualen, Occhipinti, Beauregard, Tamiroff o Morales, y que están en su país gracias a Colón precisamente. Pocos quedan que se apelliden Hawkeye (Ojo de Halcón) o cosas por el estilo.

Demasiada gente ha decidido abrazar el cuento que le gusta, como los niños, independientemente de que sea o no verdadero. El historiador actual se desgañita: “Pero ­oigan, que esto no fue así, que esta versión es falsa, que nada hay que la sostenga”. Y la respuesta es cada vez más: “Eso nos trae sin cuidado. Nos conviene este relato, nos complace esta ficción, y es la que mejor se adecúa a nuestros propósitos. Es el espejo en que nos vemos más favorecidos, a saber, como víctimas y ofendidos, como sojuzgados y humillados, como mártires y esclavos. Sin esos agravios a los nuestros, no vamos a ninguna parte ni podemos vengarnos. Y de eso se trata, de vengarnos”. Otro día hablaré tal vez del fomento del resentimiento. Pero lo cierto es que, como he dicho, hasta Trump y sus votantes aspiran hoy a eso, a resarcirse y vengarse, a recuperar el país que según ellos se les ha arrebatado. Cuando los opresores palmarios se reclaman también oprimidos, y con ellos el planeta entero, algo está funcionando muy mal en las cabezas pensantes. Quizá es que grandes porciones de la humanidad ya no alcanzan el uso de razón, como se llamaba antes, que nos sobrevenía más o menos a los siete años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 25 de noviembre de 2018. ‘Silbar y tararear’

El pasado 8 de mayo, en víspera de un viaje a Italia, las luces empezaron a parpadear; al poco estallaron bombillas en habitaciones diversas, en serie y con estrépito, estuvieran o no encendidas; vi que de un aparato salía humo, y me apresuré a desenchufarlo todo, televisión, DVD, equipo de música, el viejo vídeo, y a bajar los diferenciales. Por fortuna no me había ido ya a Italia y además estaba en casa. Al parecer se había producido una subida de tensión que afectó a todo mi edificio y a otro cercano, culpa de la compañía eléctrica y no de los usuarios. Luego, cada cual fue descubriendo sus desperfectos y sus ruinas. A una agencia de viajes se le habían fundido todos los ordenadores. Yo comprobé que se me había quedado muerta la máquina de escribir, y mis lectores saben lo que hoy me cuesta encontrarlas (por suerte conservaba una de repuesto). También el fax-contestador, que aún me era útil y resulta insustituible. El calentador del agua, el cargador del móvil, unos teléfonos, el mencionado vídeo, el equipo de música entero. A mi regreso, la compañía me anunció que se encargaría de reparar lo reparable y me abonaría lo estropeado sin remedio. Me visitó un técnico muy amable, que se llevó al taller cuanto preveía que podría arreglarse. De lo que no, compré sustitutos, los que me fue posible. El hombre fue viniendo y volviendo. Algunas cosas las creía reparadas, pero seguían sin funcionar. Lo que más tardé en recuperar fue el equipo de música, unos cuatro meses.

Y durante ese tiempo me di cuenta de que, así como puedo estar sin escribir, y sin leer, y sin ver televisión (más me cuesta no ver películas), me es imposible no oír música. Bueno, posible me es, claro, pero lo paso mal y la echo de menos más que ninguna otra cosa. Nada más levantarme, y mientras me despejo, pongo un CD que me ayude a retornar a la vigilia. Y siempre suena música mientras hago tareas compatibles con ella: no escribir ni leer libros, pero sí leer prensa, contestar y mirar correspondencia, ordenar y limpiar. Me ayuda a apaciguarme cuando me indigno, me alegra cuando me decae el ánimo, y a veces me ofrece modelos rítmicos que anhelaría reproducir cuando escribo. Durante esos cuatro meses en que no pude oírla, y precisamente por no poder, me venían unas ganas locas de oírlo todo, desde Bach, Beethoven y Schubert hasta Presley, Burnette y Checker. Desde Monteverdi y Bartók y Pergolesi hasta Waits y Lila Downs y Nina Simome y Knopfler y mi ídolo Dylan, cuyo Premio Nobel celebré merced a un amigo londinense, poeta y librero, que me escribió en su día con alivio: “Es un poco raro, pero al menos no lo ha ganado Atwood. De haber sido así, un colega mío y yo teníamos previsto arrojarnos al Támesis desde el puente de Hammer­smith, considerando que no valía la pena seguir viviendo en un mundo en el que esa autora fuera Nobel”. Así que Dylan salvó de la muerte a alguien a quien mucho aprecio, algo más en favor suyo. Pero, por no poder poner música, se me antojaban en aluvión las mayores rarezas, que pocas veces escucho: un CD con veintisiete versiones de “High Noon”, la canción de Solo ante el peligro, incluidas una pomposa en alemán y dos ratoneras en danés. Uno con otras tantas de “La Paloma”; los calipsos que cantó con mucha gracia el actor Robert Mitchum; la narración, en la extraordinaria voz de su director Charles Laughton, de La noche del cazador, junto con fragmentos de su banda sonora. Canciones sicilianas nostálgico-siniestras, música irlandesa en la admirable voz de Tommy Makem. El breve “Carillon des morts” de Corrette. El CD de Telemann que de hecho oía cuando tuvo lugar la avería, interpretado por mi sobrino Alejandro Marías (violonchelo) y mi hermano Álvaro (flauta), entre otros…

No han sido los únicos músicos de mi familia. Mi tío Odón Alonso fue director de orquesta. Mi tío Enrique Franco fue crítico en la radio y en EL PAÍS hasta su muerte. La música, supongo, ha estado presente en mi vida desde siempre, quizá por eso la echo tanto en falta. Al cabo de unas semanas de abstinencia, me di cuenta de que silbaba y tarareaba mucho más de lo que suelo: si está uno privado de melodías, las reproduce como puede. Y entonces caí en que esas dos actividades, silbar y tararear, eran frecuentísimas en mi infancia y adolescencia, mientras que ahora están casi desaparecidas. Uno oía silbar a los hombres por la calle (todos se conocían la propia “Solo ante el peligro”, por ejemplo, y “El puente sobre el río Kwai”, entre otras muchas), y canturrear a las mujeres mientras se arreglaban o atendían sus quehaceres. Tal vez por eso los españoles sabían entonar y no desafinaban en exceso, a diferencia de lo que hoy ocurre. No había música por doquier (a menudo indeseada y atronadora, como la que invade las calles desde las tiendas), y no se creía, como creen los famosos concursantes, que cantar bien consiste en vocear a pleno pulmón y con espantosas “rúbricas”. No solemos acordarnos de que a lo largo de la historia la humanidad sólo oía música cuando alguien —rara vez— se la tocaba, o cuando ella la reproducía con sus voces y sus silbidos. Hasta que uno la pierde, no repara en nuestra inmensa suerte de haber nacido en esta época, en la que uno elige qué y cuándo, y milagrosamente lo oye.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 18 de noviembre de 2018. ‘Cuándo conviene marcharse’

Entre sus muchos viajes y mis largas ausencias, hace tiempo que no veo a Pérez-Reverte, así que a finales de octubre hablamos por teléfono un poco con nuestros respectivos “pre-móviles”, dos antiguallas que no hacen fotos ni graban ni tienen Internet ni nada. El suyo es muy turbio, nos oíamos fatal y no nos dio tiempo más que a cruzar unas frases. Eran las fechas en que se iba a consumar la entronización de un tercer Trump en el mundo, un cabestro brasileño llamado Bolsonaro (el segundo ha sido Salvini en Italia, aunque hay que reconocer que de allí salió en realidad el ídolo y modelo de Trump, Berlusconi, que hoy, por comparación con sus émulos, parece un tipo sutil y respetuoso). En fin, en vista de la deriva actual, Arturo me dijo: “Esto no hay quien lo aguante. Es hora de irse”, a lo que yo le contesté: “¿Adónde? Ya no hay a donde ir. Los que padecimos el franquismo teníamos muchas opciones, si las cosas se ponían muy crudas y debíamos imitar un día a los de generaciones anteriores: Francia, Inglaterra, Italia, México… Mira cómo están ahora esos países”. Y él me corrigió: “No, me refería a morirse. A gente como nosotros nos va tocando salir, sin ver más deterioro”. Mi reacción fue espontánea y algo cómica, supongo: “No, no lo veo conveniente ahora. Nos despediríamos con la sensación de dejarlo todo manga por hombro, hecho un desastre. No que nuestra presencia pueda mejorar nada, pero es triste dejar un mundo más desagradable e idiota del que nos encontramos, y eso que nacimos bajo una dictadura odiosa. Pero la gente normal era menos estúpida y más cordial y educada”.

No sé si se cortó la comunicación o si aplazamos el pequeño debate sobre cuándo nos convenía largarnos. Yo, después, le di vueltas por mi cuenta, y, claro está, hablo sólo por mí (lo mismo, cuando se publique esto, Pérez-Reverte se ha perdido en el mar con su barco, y siempre me quedaría la duda de si lo habría hecho a propósito; no lo creo, pero toco madera por si acaso). Mi argumento esbozado era este: es molesto abandonar el mundo cuando lo vemos convulso, irracional e idiotizado; hay que esperar a que se enderece un poco (siempre según nuestro subjetivo criterio), a que vuelvan el sentido del humor, la racionalidad y la tolerancia, a que la gente no esté tan enajenada como para votar a brutos ineptos que irán en contra de sus propios votantes suicidas. Hay que esperar a que las masas no sean tan manipulables ni se dejen engañar por autoritarios sin escrúpulos como Orbán, Erdogan, Putin, Maduro, Ortega, Le Pen, Duterte, Al Sisi, Salvini, Puigdemont, Torra. Ahora bien, pongamos que de aquí a un tiempo los ánimos se serenan y la perspicacia aumenta, la verdad vuelve a contar y la gente se hace menos fanática, fantasiosa y tribal de lo que lo es hoy en día. Que el mundo recobra cierta compostura, por decirlo anticuadamente. Al fin y al cabo, la historia se ha regido siempre por ciclos. ¿Convendría entonces marcharse? ¿Lo haríamos con más tranquilidad, con la sensación de que la casa está en orden? Quizá nos parecería también mal momento: ahora que estamos mejor, qué lástima no aprovechar este tiempo, no disfrutarlo.

Los vivos nos decimos a veces, al pensar en seres queridos que ya murieron: “Menos mal que se ahorraron esto, que no lo vieron. Es un consuelo que a este hecho luctuoso no asistieran, o a esta situación tan grave, o a los errores y tropelías de sus próximos”. Pero también nos decimos: “Qué pena que no vieran nacer o crecer a este niño, les habría alegrado la vida; o que no presenciaran el éxito de su mujer o su marido o sus hijos, y tuvieran la incertidumbre eterna de qué iba a ser de ellos”. Y en todo caso los consideramos ingenuos, porque no alcanzaron a saber lo que sí hemos sabido los supervivientes. Esto es, porque inevitablemente creyeron que el mundo se quedaría fijo en el que abandonaron, y eso nunca sucede. Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada. La novela de la vida prosigue siempre, por lo que estamos condenados a ignorar cómo termina. Hay quienes piensan que termina con nuestro término, distinto para cada individuo. Nos consta que no es así, sin embargo. Que todo sigue, sólo que sin nosotros, y que nuestro final no significa el de nada ni el de nadie más. Me pregunto si la única manera de ver “conveniente” la propia despedida, o de estar conforme, es llegar al máximo desinterés, o al máximo desagrado, o hastío, por el mundo en que vivimos. Acaso es lo que expresó Pérez-Reverte en nuestra entrecortada charla: “Esto está inaguantable. Mejor llevarse un buen recuerdo; o, si no bueno, aceptable. Puesto que hemos visto mejores tiempos, no da tanta pena desertar de uno imbecilizado y despreciable”. Y no obstante, como he contado otras veces, a mí me aqueja la dolencia de los fantasmas (de los literarios, esa gran y fecunda estirpe): son seres que se resisten a perderlo todo de vista; que no sólo se preocupan por quienes dejaron atrás y su suerte, sino que tratan de influir desde su bruma, de favorecer a sus amigos y perjudicar a sus enemigos; o a los que, según su opinión que ya no cuenta, hacen más llevadero el mundo o lo envilecen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de noviembre de 2018