LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2019. ‘Destructores de las libertades ajenas’

Uno de los elementos para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 13 de enero de 2019. ‘Ayudar al enemigo’

Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar —acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno se hable mal, si se habla mucho. Esto se vio con Berlusconi y se ve ahora con Trump. Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura para alabarlos y sobre todo para denostarlos. Ambos montaron espectáculo y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de pata de banco y de sus bufonadas. Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente importantes. La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe), pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini: a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención, aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica. La era de Trump no ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda hasta el infinito.

Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo poder en sus respectivos países), ahora ya es ­inevitable: demasiado tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y aconsejable al principio. Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de decirlas, se añade la de llevarlas a cabo. Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que lo cumpla. Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas mediante la condena solemne. En el mundo literario es bien sabido: si un suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde (aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus logros, a fingir que no existe.

Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las campañas. Veamos: ese partido existe hace años y carecía de trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños. Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos minutos y echó a rodar la bola de nieve. En seguida se le unieron otras cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”. Y así continúan desde entonces. Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un escaño y le cayeron doce. Inmediatamente Podemos (en apariencia la formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan. Lo imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. Los independentistas catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último lustro, a saber: “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado. No sé otros, pero yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. ¿Hace falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo, nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta gente se da por supuesto. Si Vox estuviera en el poder, como lo están sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega, Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso. Pero no es el caso, todavía. Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual, preocupante pero desdeñable. Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más probabilidades de que un día acabe siéndolo. Y como es imposible —repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar, mientras fingen horrorizarse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de enero de 2019. ‘Rodeados de Yagos’

En las vidas de las personas y de las sociedades siempre hay problemas, discrepancias, angustias, dificultades. Surgen por sí solos y son parte ineludible de esas vidas, en las que casi nadie está plenamente satisfecho. Por eso son tanto más intolerables y condenables los individuos y los políticos que, lejos de ponerse manos a la obra e intentar remediarlos, se dedican a añadir, crear o inventar más problemas, discrepancias, angustias y dificultades. Vivimos una época en la que proliferan tales políticos. Son los que, sin apenas motivo ni base, “vierten su pestilencia en los oídos”, por parafrasear las palabras de Yago. Estamos rodeados de Yagos.

Quizá no tengan muy presente el Otelo de Shakespeare. Puede que muchos jóvenes ni siquiera lo hayan leído ni visto representado. Recordémoslo un poco, por si acaso. Otelo, moro y general de Venecia, se ha casado a escondidas con Desdémona, hija de un senador al que poca gracia hace esa unión, por cuestiones de origen y raza. Pero no le queda más remedio que aceptar los hechos consumados, y al fin y al cabo Otelo goza de reputación por sus victorias. El conflicto “natural” es por tanto menor, y pronto se ve neutralizado. Claro está que si no hubiera más no habría tragedia, las cuales son emotivas en la ficción, pero en la realidad una desdicha. Yago está resentido porque su superior Otelo ha nombrado lugarteniente a Cassio y no a él, al que ha relegado al cargo de abanderado. Poca cosa en el fondo (hablé hace semanas de que cualquiera puede estar resentido, hasta los más poderosos y afortunados: véase Trump, sin ir más lejos), pero suficiente si el despecho se convierte en el motor de nuestras acciones. Yago ha pasado a la historia como la encarnación de la astucia, de la intriga, de la frialdad, de la calumnia y, sobre todo, de la insidia. Para él, toda pasión es controlable, para caer en ellas se precisa “un consentimiento de la voluntad”. Si la voluntad no consiente, no hay amor ni lascivia ni ambición que valgan, todo eso es reprimible, desviable, encauzable, descartable. Pero sabe que pocos humanos niegan su “consentimiento”, y cuán fácil le resulta al individuo taimado, como él, inducirlos, engañarlos, instigarlos y manipularlos. Sabe que basta con deslizar una duda o una creencia en la mente de alguien para que aquéllas la invadan entera, sobre todo si son bien alimentadas. El veneno va penetrando. Nada hay reprobable en el comportamiento de Desdémona, que de hecho ama cabalmente a su marido; y sin embargo entre los dos cónyuges se abre un abismo sin el menor fundamento, excavado en la nada. Se pueden inventar sospechas y desconfianzas, se puede persuadir a cualquiera de que lo que no es, es; y de que lo que es, no es. Dice Yago al hablar de Desdémona: “Yo convertiré su virtud en brea”, es decir, “la haré aparecer como una sustancia negra y viscosa”.

Hoy la pestilencia no se vierte con susurros al oído, sino que se proclama a los cuatro vientos en las pantallas y en las redes sociales. Los Yagos no actúan furtivamente, sino bajo los focos, como Putin. Pero no por eso son menos Yagos: gente que crea y fomenta disensiones y odios donde no los hay, o sólo en escaso grado hasta que los magnifican ellos. Si uno bien mira, no había ninguna razón objetiva y de peso para que un analfabeto tiránico como Trump triunfara. ¿Acaso estaban las cosas fatal con Obama? Hasta la economía era boyante. ¿Estaba mal Gran Bretaña en la Unión Europea? Es obvio que va a estar peor y a ser más pobre fuera de ella. ¿Estaba Cataluña oprimida hace seis años, cuando se inició el procés, o lo está ahora? Es un país tan libre como el que más en Europa. ¿No se le permitía votar, como claman los Yagos independentistas? No ha cesado de votar todo lo votable durante los últimos cuarenta años. ¿Son los inmigrantes una verdadera amenaza para Europa o los Estados Unidos, como braman Salvini y Casado? No de momento, más bien son necesarios. La nación más agresiva con ellos, Hungría, alberga tan sólo un 4% o 5% de extranjeros, pero allí hay un Yago notable llamado Orbán, dedicado a la insidia. ¿Nuestra democracia parlamentaria es abyecta y franquista, como sostienen Pablo Iglesias y sus acólitos, esa cofradía de Yagos? ¿Hay que acabar con ella, que ha permitido a España las mejores décadas de su larga historia? ¿A santo de qué? ¿Por resentimientos particulares? Siempre hay defectos, injusticias, desigualdades. Cierto que la brutal recesión económica los gobernantes la han cargado sobre las espaldas de las clases medias y bajas, empobreciéndolas. Pero ¿es eso suficiente para derribar el edificio entero, sobre todo cuando no está listo —qué digo, ni concebido— el que habría de sustituirlo? Cuando Otelo asume que va a matar a Desdémona, se despide de su vida anterior con amargura: “Desde ahora, y para siempre, adiós a la mente tranquila, adiós al contento… La ocupación de Otelo ha terminado”. ¿Desea la gente entonar esta despedida, aquí, en Italia, en América o en Gran Bretaña, en Polonia, en Brasil o Hungría, en Francia? ¿“A partir de ahora, y para siempre…”? Yago lo confiesa al principio: “Yo no soy lo que soy”. Ninguno de estos políticos son lo que son o dicen ser, aunque se exhiban y vociferen. También en la exhibición y en la vociferación se esconde uno, y engaña, difama y emponzoña.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 30 de diciembre de 2018. ‘¿Evitar a las mujeres a toda costa?’

Tomamos iniciativas con gran alegría y con prisas, olvidando que nadie es capaz de prever lo que provocarán a la larga o a la media. No pocas veces medidas “menores” y frívolas, o autocomplacientes, han desembocado en guerras al cabo de no mucho tiempo. Los impulsores de las medidas nunca se lo habrían imaginado, y desde luego se declararán inocentes de la catástrofe, negarán haber tenido parte en ella. Y sin embargo habrán sido sus principales artífices.

Sin llegar, espero, a estas tragedias, el alabado movimiento MeToo y sus imitaciones planetarias están cosechando algunos efectos contraproducentes, al cabo de tan sólo un año de prisas y gran alegría. Había una base justa en la denuncia de prácticas aprovechadas, chantajistas y abusivas por parte de numerosos varones, no sólo en Hollywood sino en todos los ámbitos. Ponerles freno era obligado. Las cosas, sin embargo, se han exagerado tanto que empiezan a producirse, por su culpa, situaciones nefastas para las propias mujeres a las que se pretendía defender y proteger. El feminismo clásico (el de las llamadas “tres primeras olas”) buscaba sobre todo la equiparación de la mujer con el hombre en todos los aspectos de la vida. Que aquélla gozara de las mismas oportunidades, que percibiera igual salario, que no fuera mirada por encima del hombro ni con paternalismo, que no se considerara un agravio estar a sus órdenes. Que el sexo de las personas, en suma, fuera algo indiferente, y que no supusieran “noticia” los logros o los cargos alcanzados por una mujer; que se vieran tan naturales como los de los varones.

Leo que según informes de Bloomberg, de la Fawcett Society y del PEW Research Center, dedicado a estudiar problemas, actitudes y tendencias en los Estados Unidos y en el mundo, se ha establecido en Wall Street una regla tácita que consiste en “evitar a las mujeres a toda costa”. Lo cual se traduce en posturas tan disparatadas como no ir a almorzar (a cenar aún menos) con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y, lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante. El motivo es el temor a poder ser denunciados por ellas; a ser considerados culpables tan sólo por eso, o como mínimo “manchados”, bajo sospecha permanente, o despedidos por las buenas. La idea de que las mujeres no mienten, y han de ser creídas en todo caso (como hace poco sostuvo entre nosotros la autoritaria y simplona Vicepresidenta Calvo), se ha extendido lo bastante como para que muchos varones prefieran no correr el más mínimo riesgo. La absurda solución: no tratar con mujeres en absoluto, por si acaso. Ni contratarlas. Ni convertirse en “mentores” suyos cuando son principiantes en un territorio tan difícil y competitivo como Wall Street. En las Universidades ocurre otro tanto: si hace ya treinta años un profesor reunido con una alumna dejaba siempre abierta la puerta del despacho, ahora hace lo mismo si quien lo visita es una colega. Los hay que rechazan dirigirles tesis a estudiantes femeninas, por si las moscas. En los Estados Unidos ya hay colleges que imitan al islamismo: está prohibido todo contacto físico, incluido estrecharse la mano. Como en Arabia Saudita y en el Daesh siniestro, sólo que allí, que yo sepa, ese contacto está sólo vedado entre personas de distinto sexo, no entre todo bicho viviente.

Parece una reacción exagerada, pero hasta cierto punto comprensible si, como señaló la americana Roiphe en un artículo de hace meses, se denuncia como agresión o acoso pedirle el teléfono a una mujer, sentarse un poco cerca de ella durante un trayecto en taxi, invitarla a almorzar, o apoyar un dedo o dos en su cintura mientras se les hace una foto a ambos. No es del todo raro que, ante tales naderías elevadas a la condición de “hostigamiento sexual” o “conducta impropia” o “machista”, haya individuos decididos a abstenerse de todo trato con el sexo opuesto, ya que uno nunca sabe si está en compañía de alguien razonable, o quisquilloso y con susceptibilidad extrema. El resultado de esta tendencia varonil, como señalaban los mencionados informes, es probablemente el más indeseado por las verdaderas feministas, y llevaría aparejado un nuevo tipo de discriminación sexual. Se dejaría de trabajar con mujeres, de asesorarlas y aun de contratarlas no por juzgarlas inferiores ni menos capacitadas, sino potencialmente problemáticas y dañinas para las propias carrera y empleo. Si continuara y se extendiera esta percepción, acabaríamos teniendo dos esferas paralelas que nunca se cruzarían, y, como he dicho antes, el islamismo nos habría contagiado y habría triunfado sin necesidad de más atentados: tan sólo imbuyéndonos la malsana creencia de que los hombres y las mujeres deben estar separados y, sobre todo, jamás rozarse. Ni siquiera codo con codo al atravesar una calle ni al ir sentados en un tren durante largas horas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de diciembre de 2018. ‘El año que nos robaron el fútbol’

Lo vengo advirtiendo desde hace años, pero la actual es la temporada en que los viejos aficionados nos hemos quitado definitivamente del fútbol o más bien nos lo han quitado. Ese deporte nunca ha estado en buenas ni sensatas manos, a nivel nacional ni internacional. Sin embargo, ahora han clavado sobre él las garras tres individuos especialmente avariciosos, incompetentes y presumidos, con un cuarto en el horizonte del que luego diré algo. Del italiano Infantino ya me ocupé meses atrás, cuando tomó la ridícula decisión de prohibir a las televisiones insertar planos de público femenino atractivo, a fin de torpedear su ruin objetivo de “tentar a los espectadores masculinos”; los cuales no verían partidos, según él, de no ser por ese sucio señuelo. De paso ofendió a la mayoría de la población mundial, pues no vio inconveniente en los planos de mujeres feas ni en los de varones feos o guapos. Y en España contamos con dos individuos, Rubiales y Tebas, que por lo visto se llevan a matar, pero que no obstante reman en la misma dirección de desvirtuar y destruir el fútbol.

El segundo, por ejemplo, está empeñado —a qué se deberá tanta tabarra— en que se juegue un encuentro de Liga en Miami, lo cual no sólo es una mentecatez, sino que adulteraría la competición al privar al equipo local del factor campo y del aliento de su hinchada. También perjudicaría a los demás clubs visitantes, que disputarían sus choques como eso, visitantes, a diferencia del Barça, que sería el beneficiado en este caso. Si Tebas se saliese con la suya, no crean que ahí pararía: supondría el acicate para que en próximas temporadas se celebrasen partidos de Liga en lugares absurdos como Tokio, Taskent, Qatar o Tegucigalpa. En este sentido, malo es el precedente que se establecerá mañana (escribo el 8 de diciembre): me pregunto qué necesidad tenía Madrid —una ciudad asediada por las manifestaciones, las maratones, los triatlones, los días de la bici, las procesiones, las ovejas y la armagedónica Carmena— de añadirse una invasión de feroces forofos porteños al albergar la vuelta de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors. Confío en que no haya incidentes graves y en que la capital no sea destruida —aunque de eso ya se encargan los atilas del Ayuntamiento—, pero en todo caso se ha sometido a Madrid a un sobreesfuerzo en seguridad y se ha fastidiado a base de bien, durante días, a los ciudadanos. A ello han contribuido no poco los medios, que han dado mucha más importancia a esta Final foránea que a la jornada de Liga del fin de semana.

Digo mal: la Liga hace tiempo que no se disputa en fin de semana. Hay partidos los viernes y los lunes. Las televisiones han impuesto horarios estrafalarios, como la una del mediodía. Pero lo que más delata el propósito de acabar con el Campeonato es que entre Rubiales, Tebas e Infantino han logrado que no haya forma de seguirlo. La continuidad de la Liga es un factor primordial de su interés, y ahora es un torneo deshilachado y discontinuo, al que parece que se le reservaran las sobras, las fechas de la basura. Las interrupciones debidas a los “ensayos” o amistosos de la selección nacional siempre han constituido un engorro, algo que a los aficionados verdaderos nos sentaba como un tiro. En vista de lo cual se han multiplicado, con la invención de un trofeo engañabobos llamado Liga de las Naciones, creo. Nadie ha sabido quiénes ni por qué compiten, y a casi nadie le ha importado un comino. Nos han “tocado” Inglaterra y Croacia como podían haber sido Portugal e Islandia. Por suerte no hemos ido lejos, de lo contrario nos aguardarían más parones latosos, y ahora viene el de Navidad como remate. Lo cierto es que, cada vez que reaparece la Liga, en plan Guadiana, ya no nos acordamos de ella, de quién la encabeza ni de quiénes están en descenso. Han conseguido que no interese, que sea un galimatías, que nos dé igual quién la gane o la lleve encarrilada. Se la ha devaluado a conciencia.

Al parecer hay una razón semioculta, y aquí entra el cuarto personaje, el defensa Piqué, al que inexplicablemente se hace caso. No contento con haber certificado la defunción de la Copa Davis de tenis —sí, de tenis—, pretende también, tengo entendido, arrumbar las Ligas nacionales —que son el alma y la columna vertebral del fútbol— en favor de una Superliga europea reservada a los clubs pijos y neopijos, que amparan dicho proyecto clasista. Como si no viéramos ya demasiados Madrid-Bayern, Barça-Juventus y Manchester City-PSG en la Copa de Europa, ahora se procurará que los partidos entre esos equipos nos produzcan hastío. Porque además serían eternamente los mismos, ya que no habría descensos ni ascensos. El resultado de estrujar la gallina y querer un “acontecimiento” semanal es que nada es ya un acontecimiento, sino todo reiteración y rutina. Si hay varios Brasil-Argentina o Alemania-Italia cada temporada, se pierden la gracia y la expectativa. Añadan a todo esto que los futbolistas se agotan y se saturan. La mayoría no deben de saber qué están disputando cuando saltan al césped. ¿Es la Copa del Rey o la Liga, la Copa de Europa o la Eurocopa, las Naciones, el Mundial o un apestoso amistoso? Desde luego los espectadores empezamos a no tener ni idea. Y lo que es peor, nos empieza a traer sin cuidado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2018. ‘Palabras que me impiden seguir leyendo’

Todo escritor, que se pasa la vida eligiendo y descartando vocabulario, acaba teniendo sus manías, sus filias y fobias, sus preferencias y aversiones. En realidad eso le ocurre a cualquiera, pues todos hacemos uso de la lengua con mayor o menor grado de conciencia, y todos tendemos a aceptar o rechazar palabras, intuitiva o deliberadamente. Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es que éstas son abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de personas, que las repiten machaconamente como papagayos, hasta la náusea. Esos individuos creen a menudo estar diciendo algo original, cuando lo que dicen es un tópico. O creen ser “modernos”, o estarles haciendo un guiño a sus correligionarios, por el mero uso de ciertos términos. Recuerdo que hace unos años todo era “coral” y “mestizo”; hoy es todo “transversal”, convertido en uno de esos vocablos que, cuando me los encuentro en un texto —o los oigo en una televisión o una radio—, me instan a abandonar de inmediato la lectura —o a cambiar de cadena—, sabedor de que quien escribe o habla está abonado a los lugares comunes y no piensa por sí mismo.

Antes de que empiecen a indignarse quienes los emplean, conviene aclarar que yo sí hablo solamente por mí mismo. Que me irriten términos o expresiones no supone nada, ninguna condena. Es sólo que a mí me sacan de quicio y que no los soporto, lo mismo que a una pazguata de antaño la hería leer “coño” o “cojones”, o que a un recio varón le producían arcadas los “nenúfares” y “azahares” de un poema. Debo decir con lástima que el actual feminismo feroce ha plagiado o acuñado unos cuantos palabros que me atraviesan los ojos y oídos. En cuanto me aparecen el espantoso “empoderar” y sus derivados (“empoderamiento”, “empoderador”), interrumpo al instante el artículo o el libro, por mucho que la Real Academia Española los haya admitido en el Diccionario (nada me puede traer más sin cuidado, en este periodo asustadizo de esa institución a la que pertenezco…, creo). Lo mismo me ocurre con “heteropatriarcal” y no digamos con “heteropatriarcalizar”, que, aparte de larguísimos y sobados, me parecen injustos e inexactos, como si los hombres homosexuales no hubieran estado a menudo casados y no hubieran participado del “patriarcado”. En cuanto a “sororidad”, tentado estoy de hacerme cruces (o el harakiri) cada vez que cae ante mi vista, porque me resulta inevitablemente monjil y con olor a naftalina. Tampoco se les da bien la recreación castiza a estos feministas feroci: me provocan urticaria “cipotudo”, “machirulo” y la más reciente “machuno”, con reminiscencias de “chotuno”. El desdichado sufijo en “-uno” no es demasiado frecuente en nuestra lengua, seguramente por feo y zafio, lo que invita a recurrir a él en este siglo XXI. Cada vez que leo “viejuno” (en vez de “vetusto”, por ejemplo), ya sé que quien me lo suelta es mimético y habla por boca de ganso.

Otro tanto me sucede con quienes empalman sin cesar verbos cursis calcados del inglés más estúpido, como “empatizar”, “socializar”, “interactuar” y similares. Estoy seguro de que un escritor no vale la pena —y de que además es un pardillo deslumbrado— si recurre a la expresión inglesa “ponerse en sus zapatos”, que es como se dice en esa lengua lo que aquí siempre se ha dicho “en su lugar”, “en su piel” y aun “en su pellejo”. Sé que el escritor en cuestión se ha nutrido de traducciones malas o que ha leído directamente en inglés sin conocer su propio idioma. Una de las razones por las que la mayoría de los novelistas estadounidenses de las últimas generaciones me parecen pomposos y bobos —una, hay varias— es por su irrefrenable tendencia a hacer algo que ya he percibido en los copiones españoles, a saber: juntar un adverbio “original” con un adjetivo. Hace ya años que los autores baratos adoptaron, por ejemplo, “asquerosamente rico” y “ridícu­lamente feliz”, hoy en día insoportables vulgaridades. Pero ahora empiezan a abundar los “extravagantemente enérgico”, “impetuosamente simpático”, “hirientemente eficaz”, “inquietantemente bueno” o “minuciosamente inútil”. Se nota tanto (en los españoles como en los americanos) que el escritor en cuestión se ha pasado largo rato pensándose la combinación, y creyendo hacer literatura con ella, que se me hace aconsejable arrojar en el acto el volumen por la ventana. Sé que se trata de un farsante.

La fórmula “esto no va de mujeres, va de libertades” y parecidas me producen un sarpullido más grave que la idiotizada expresión “sí o sí”, omnipresente. Últimamente hay periodistas que han descubierto el verbo “ameritar”, normal en Latinoamérica, y están desterrando nuestro “merecer” a marchas forzadas. En cuanto al horroroso y mal formado “ojiplático”, que ya ha pedido su ingreso en el Diccionario, qué quieren. Pretender que a partir de “se me quedaron los ojos como platos” se cree ese engendro, es como aspirar a que también se incluyan “carnigallináceo”, “pelipúntico” y “peliescárpico” para designar cómo nos quedamos cuando nos emocionamos o nos llevamos un susto. Hay más, pero por hoy ya es bastante.

JAVIER MARIAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de diciembre de 2018. ‘Fomento del resentimiento’

Me impresionó, y luego me dejó pensativo, un artículo de Eliane Brum publicado en este diario hace unas semanas. Se titulaba “Brasil, la venganza de los resentidos”, y en él la autora relataba episodios de la vida cotidiana de su país tras el triunfo del tenebroso Bolsonaro. Algunas de las cosas que contaba (y eso que en el Brasil aún no ha empezado la violencia institucionalizada desatada) me recordaron inevitablemente a historias y anécdotas, oídas de primera mano, de nuestra Guerra Civil. Muy de primera, porque uno de mis abuelos y uno de mis tíos se pasaron la contienda escondidos, en embajadas o no se sabe dónde. A otro tío lo mataron, como he evocado aquí alguna vez, tras llevarlo a la cheka de Fomento con una compañera, los dos tenían dieciocho años. A mi padre, también es sabido, lo detuvo la policía franquista nada más consumarse la derrota de la República, pasó meses en la cárcel y luego fue represaliado hasta mediados de los años cincuenta para unas cosas, para otras hasta el final. La casa de su progenitor, mi otro abuelo, quedó medio destrozada por un obús. La de mi madre, llena de niños, tenía que ser evacuada cada poco, por los bombardeos “nacionales”. Mis padres tenían unos veintidós años en 1936, así que vieron y oyeron mucho, ya adultos y enterándose bien. Les oí contar atrocidades cometidas por ambos bandos, aunque, al vivir en Madrid, fueron más testigos de las de los milicianos republicanos.

Aparte de las cuestiones políticas, lo que resulta evidente es que la Guerra, por así decir, “dio permiso” a la gente para liberar sus resentimientos y dar rienda suelta a sus odios. No sólo a los de clase, también a los personales. Si bien se mira —o si uno no se engaña—, todo el mundo puede estar resentido por algo, incluso los más privilegiados. Éstos basta con que consideren que se les ha faltado al respeto o no se les ha hecho suficiente justicia en algún aspecto. Las razones de los desfavorecidos pueden ser infinitas, claro está. “Aquel amigo de la infancia de quien se guardaba un buen recuerdo”, explicaba Brum, “escribe en Facebook que ha llegado el momento de confesar cuánto te odiaba en secreto y que te exterminará junto a tu familia de ‘comunistas’. Aquel conocido que siempre has creído que se merecía más éxito y reconocimiento de los que tiene, ahora desparrama la barriga en el sofá y vocifera su odio contra casi todos. Otro, que siempre se ha sentido ofendido por la inteligencia ajena, se siente autorizado a exhibir su ignorancia como si fuera una cualidad”. Y, en efecto, por lo general ignoramos qué se oculta en el corazón de cada conocido o vecino, amigo o familiar. Alguien se puede pasar media vida sonriéndote y mostrándose cordial, y detestarte sin disimulo en cuanto se le brinda la oportunidad o, como he dicho, se le da “licencia”. Al parecer es lo que ha conseguido, en primera instancia, la victoria de Bolsonaro. Vuelvo al texto de Brum: “A las mujeres que visten de rojo, color asociado al partido de Lula, las insultan los conductores al pasar, a los gays los amenazan con darles una paliza, a los negros les avisan de que tienen que volver al barracón, a las madres que dan el pecho las inducen a esconderlo en nombre de la ‘decencia”. Eso en un país que todos creíamos abierto y liberal, casi hedonista, poco o nada racista, tolerante y permisivo.

La lucha por el poder es legítima, tanto como la aspiración a mejorar y progresar, a acabar con las desigualdades feroces y no digamos con la pobreza extrema. Pero se están abriendo paso, en demasiados lugares, políticos que más bien buscan fomentar el resentimiento de cualquier capa de la población. Trump, un oligarca al servicio de sus pares, ha convencido a un amplio sector de personas bastante afortunadas de que los desfavorecidos se están aprovechando de ellas, y les ha inoculado la fobia a los desheredados. Lo mismo hacen Le Pen en Francia y Salvini en Italia (el desprecio por los meridionales es el germen de su partido, Lega Nord). Torra y los suyos abominan de los “españoles” y catalanes impuros, según consta en sus escritos. Otro tanto la CUP. Podemos ha basado su éxito inicial en sus diatribas contra algo tan vago y etéreo como la “casta”, en la cual es susceptible de caer cualquiera que le caiga mal: por clase social, por edad, y desde luego por ser crítico o desenmascarar a ese partido como no de izquierda, sino próximo al de su venerado Perón (dictador cobijado por Franco) y a los de Le Pen y Salvini, elogiado este último por el gran mentor Anguita. El mundo está recorrido por políticos que quieren fomentar y dar rienda suelta al resentimiento subjetivo y personal, el cual anida en todo individuo con motivo o sin él, hasta en los multimillonarios y en las huestes aznaritas de Casado, dedicado a la misma labor pirómana. Las personas civilizadas aprenden a mantenerlo a raya, a relativizarlo, a no cederle el protagonismo, a guardarlo en un rincón. A lo que esos políticos aspiran —y a Bolsonaro le ha servido— es a que el resentimiento se adueñe del escenario y lo invada todo, a darle vía libre y a que cada cual le ajuste cuentas a su vecino. Son políticos incendiarios y fratricidas. A menos que sean también como ellos, no se dejen embaucar ni arrastrar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de diciembre de 2018. ‘Nos complace esta ficción’

Dada la progresiva infantilización del mundo, que va durando por lo menos tres décadas, quizá no sea tan extraño lo que está pasando con la verdad, la ficción y la mentira. Nos llama la atención que la primera cuente cada vez menos para gran número de personas, y que éstas abracen la segunda o la tercera acríticamente, si es que no con gran entusiasmo. Se empezó por mentir en cosas menores, como los rótulos de los cuadros expuestos en los museos: se censuraron, se adulteraron para que nadie se sintiera ofendido (y es imposible que hoy no haya alguien que se sienta ofendido por cualquier cosa), o incluso para negar lo que las imágenes mostraban, por ejemplo “Sátiros retozando con ninfas”, que ya no recuerdo si se cambió por “Encuentro campestre” o por “Acoso a menores”. Después se pasó a tergiversar el pasado, o, lo que es peor, a juzgarlo con ojos contemporáneos imbuidos de rectitud y de supuesta superioridad, es decir, se llegó a la rápida conclusión de que todos nuestros antepasados habían sido gente errada, injusta, salvaje, colonialista, racista y machista. Se decidió que la historia entera del mundo había sido sólo una sucesión de horrores, de la que nada más se salvaban —contradictoriamente— las incontables víctimas. Se produjo entonces una loca carrera para adquirir la condición de víctima, por raza, nacionalidad, religión, sexo o clase. Hoy no hay nadie que no ansíe serlo, la palabra se ha revestido de un insólito prestigio. La carrera y el afán son tan locos que hasta Trump y sus partidarios se presentan así, como víctimas perseguidas, lo mismo que Le Pen, Salvini, Orbán, Bolsonaro, Torra y demás ultraderechistas planetarios. La conclusión que parece haberse alcanzado es que nadie puede ganar elecciones y tener éxito si no presume de haber sido agraviado y maltratado. Ellos o sus ancestros, tanto da, hablé hace poco del triunfo de la idea del pecado original, sólo que ahora no nos sacudimos nunca sus sucedáneos, cargamos con ellos desde la cuna hasta la tumba.

Si yo fuera historiador viviría desesperado, porque la labor de éstos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo que averigua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los deshonestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a conciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades. Hace poco un deportista estadounidense se plegó a disculparse por haber citado en las redes una frase inocua de Churchill: “En la victoria, magnanimidad”. El problema no era la cita, sino su procedencia: ¿cómo se le ocurre suscribir nada de ese racista imperialista? Más o menos como si hubiera citado a Hitler, del cual estamos libres sobre todo gracias a Churchill. También se ha salido con la suya un concejal o similar de Los Ángeles, de apellido inequívocamente irlandés (luego europeo), O’Farrell. El tal O’Farrell, sin embargo, aduce tener sangre iroquesa o wyandot y ha retirado una estatua de Colón entre aplausos, tras decretar que el Almirante fue un genocida, que debió quedarse en casa sin surcar el océano, porque con su estúpido viaje inició un monstruoso daño a las tribus y culturas indígenas de lo que luego se llamó América. No cabe duda de que para los indígenas del siglo XV la aparición de los europeos fue un desastre y el término de su modo de vida, que tampoco era ejemplar ni compasivo. Pero no tiene sentido que hoy se identifiquen con ellos individuos que se llaman O’Farrell, Jensen, Schulz, Smith, Grabowski, Esterhazy, Qualen, Occhipinti, Beauregard, Tamiroff o Morales, y que están en su país gracias a Colón precisamente. Pocos quedan que se apelliden Hawkeye (Ojo de Halcón) o cosas por el estilo.

Demasiada gente ha decidido abrazar el cuento que le gusta, como los niños, independientemente de que sea o no verdadero. El historiador actual se desgañita: “Pero ­oigan, que esto no fue así, que esta versión es falsa, que nada hay que la sostenga”. Y la respuesta es cada vez más: “Eso nos trae sin cuidado. Nos conviene este relato, nos complace esta ficción, y es la que mejor se adecúa a nuestros propósitos. Es el espejo en que nos vemos más favorecidos, a saber, como víctimas y ofendidos, como sojuzgados y humillados, como mártires y esclavos. Sin esos agravios a los nuestros, no vamos a ninguna parte ni podemos vengarnos. Y de eso se trata, de vengarnos”. Otro día hablaré tal vez del fomento del resentimiento. Pero lo cierto es que, como he dicho, hasta Trump y sus votantes aspiran hoy a eso, a resarcirse y vengarse, a recuperar el país que según ellos se les ha arrebatado. Cuando los opresores palmarios se reclaman también oprimidos, y con ellos el planeta entero, algo está funcionando muy mal en las cabezas pensantes. Quizá es que grandes porciones de la humanidad ya no alcanzan el uso de razón, como se llamaba antes, que nos sobrevenía más o menos a los siete años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 25 de noviembre de 2018. ‘Silbar y tararear’

El pasado 8 de mayo, en víspera de un viaje a Italia, las luces empezaron a parpadear; al poco estallaron bombillas en habitaciones diversas, en serie y con estrépito, estuvieran o no encendidas; vi que de un aparato salía humo, y me apresuré a desenchufarlo todo, televisión, DVD, equipo de música, el viejo vídeo, y a bajar los diferenciales. Por fortuna no me había ido ya a Italia y además estaba en casa. Al parecer se había producido una subida de tensión que afectó a todo mi edificio y a otro cercano, culpa de la compañía eléctrica y no de los usuarios. Luego, cada cual fue descubriendo sus desperfectos y sus ruinas. A una agencia de viajes se le habían fundido todos los ordenadores. Yo comprobé que se me había quedado muerta la máquina de escribir, y mis lectores saben lo que hoy me cuesta encontrarlas (por suerte conservaba una de repuesto). También el fax-contestador, que aún me era útil y resulta insustituible. El calentador del agua, el cargador del móvil, unos teléfonos, el mencionado vídeo, el equipo de música entero. A mi regreso, la compañía me anunció que se encargaría de reparar lo reparable y me abonaría lo estropeado sin remedio. Me visitó un técnico muy amable, que se llevó al taller cuanto preveía que podría arreglarse. De lo que no, compré sustitutos, los que me fue posible. El hombre fue viniendo y volviendo. Algunas cosas las creía reparadas, pero seguían sin funcionar. Lo que más tardé en recuperar fue el equipo de música, unos cuatro meses.

Y durante ese tiempo me di cuenta de que, así como puedo estar sin escribir, y sin leer, y sin ver televisión (más me cuesta no ver películas), me es imposible no oír música. Bueno, posible me es, claro, pero lo paso mal y la echo de menos más que ninguna otra cosa. Nada más levantarme, y mientras me despejo, pongo un CD que me ayude a retornar a la vigilia. Y siempre suena música mientras hago tareas compatibles con ella: no escribir ni leer libros, pero sí leer prensa, contestar y mirar correspondencia, ordenar y limpiar. Me ayuda a apaciguarme cuando me indigno, me alegra cuando me decae el ánimo, y a veces me ofrece modelos rítmicos que anhelaría reproducir cuando escribo. Durante esos cuatro meses en que no pude oírla, y precisamente por no poder, me venían unas ganas locas de oírlo todo, desde Bach, Beethoven y Schubert hasta Presley, Burnette y Checker. Desde Monteverdi y Bartók y Pergolesi hasta Waits y Lila Downs y Nina Simome y Knopfler y mi ídolo Dylan, cuyo Premio Nobel celebré merced a un amigo londinense, poeta y librero, que me escribió en su día con alivio: “Es un poco raro, pero al menos no lo ha ganado Atwood. De haber sido así, un colega mío y yo teníamos previsto arrojarnos al Támesis desde el puente de Hammer­smith, considerando que no valía la pena seguir viviendo en un mundo en el que esa autora fuera Nobel”. Así que Dylan salvó de la muerte a alguien a quien mucho aprecio, algo más en favor suyo. Pero, por no poder poner música, se me antojaban en aluvión las mayores rarezas, que pocas veces escucho: un CD con veintisiete versiones de “High Noon”, la canción de Solo ante el peligro, incluidas una pomposa en alemán y dos ratoneras en danés. Uno con otras tantas de “La Paloma”; los calipsos que cantó con mucha gracia el actor Robert Mitchum; la narración, en la extraordinaria voz de su director Charles Laughton, de La noche del cazador, junto con fragmentos de su banda sonora. Canciones sicilianas nostálgico-siniestras, música irlandesa en la admirable voz de Tommy Makem. El breve “Carillon des morts” de Corrette. El CD de Telemann que de hecho oía cuando tuvo lugar la avería, interpretado por mi sobrino Alejandro Marías (violonchelo) y mi hermano Álvaro (flauta), entre otros…

No han sido los únicos músicos de mi familia. Mi tío Odón Alonso fue director de orquesta. Mi tío Enrique Franco fue crítico en la radio y en EL PAÍS hasta su muerte. La música, supongo, ha estado presente en mi vida desde siempre, quizá por eso la echo tanto en falta. Al cabo de unas semanas de abstinencia, me di cuenta de que silbaba y tarareaba mucho más de lo que suelo: si está uno privado de melodías, las reproduce como puede. Y entonces caí en que esas dos actividades, silbar y tararear, eran frecuentísimas en mi infancia y adolescencia, mientras que ahora están casi desaparecidas. Uno oía silbar a los hombres por la calle (todos se conocían la propia “Solo ante el peligro”, por ejemplo, y “El puente sobre el río Kwai”, entre otras muchas), y canturrear a las mujeres mientras se arreglaban o atendían sus quehaceres. Tal vez por eso los españoles sabían entonar y no desafinaban en exceso, a diferencia de lo que hoy ocurre. No había música por doquier (a menudo indeseada y atronadora, como la que invade las calles desde las tiendas), y no se creía, como creen los famosos concursantes, que cantar bien consiste en vocear a pleno pulmón y con espantosas “rúbricas”. No solemos acordarnos de que a lo largo de la historia la humanidad sólo oía música cuando alguien —rara vez— se la tocaba, o cuando ella la reproducía con sus voces y sus silbidos. Hasta que uno la pierde, no repara en nuestra inmensa suerte de haber nacido en esta época, en la que uno elige qué y cuándo, y milagrosamente lo oye.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 18 de noviembre de 2018. ‘Cuándo conviene marcharse’

Entre sus muchos viajes y mis largas ausencias, hace tiempo que no veo a Pérez-Reverte, así que a finales de octubre hablamos por teléfono un poco con nuestros respectivos “pre-móviles”, dos antiguallas que no hacen fotos ni graban ni tienen Internet ni nada. El suyo es muy turbio, nos oíamos fatal y no nos dio tiempo más que a cruzar unas frases. Eran las fechas en que se iba a consumar la entronización de un tercer Trump en el mundo, un cabestro brasileño llamado Bolsonaro (el segundo ha sido Salvini en Italia, aunque hay que reconocer que de allí salió en realidad el ídolo y modelo de Trump, Berlusconi, que hoy, por comparación con sus émulos, parece un tipo sutil y respetuoso). En fin, en vista de la deriva actual, Arturo me dijo: “Esto no hay quien lo aguante. Es hora de irse”, a lo que yo le contesté: “¿Adónde? Ya no hay a donde ir. Los que padecimos el franquismo teníamos muchas opciones, si las cosas se ponían muy crudas y debíamos imitar un día a los de generaciones anteriores: Francia, Inglaterra, Italia, México… Mira cómo están ahora esos países”. Y él me corrigió: “No, me refería a morirse. A gente como nosotros nos va tocando salir, sin ver más deterioro”. Mi reacción fue espontánea y algo cómica, supongo: “No, no lo veo conveniente ahora. Nos despediríamos con la sensación de dejarlo todo manga por hombro, hecho un desastre. No que nuestra presencia pueda mejorar nada, pero es triste dejar un mundo más desagradable e idiota del que nos encontramos, y eso que nacimos bajo una dictadura odiosa. Pero la gente normal era menos estúpida y más cordial y educada”.

No sé si se cortó la comunicación o si aplazamos el pequeño debate sobre cuándo nos convenía largarnos. Yo, después, le di vueltas por mi cuenta, y, claro está, hablo sólo por mí (lo mismo, cuando se publique esto, Pérez-Reverte se ha perdido en el mar con su barco, y siempre me quedaría la duda de si lo habría hecho a propósito; no lo creo, pero toco madera por si acaso). Mi argumento esbozado era este: es molesto abandonar el mundo cuando lo vemos convulso, irracional e idiotizado; hay que esperar a que se enderece un poco (siempre según nuestro subjetivo criterio), a que vuelvan el sentido del humor, la racionalidad y la tolerancia, a que la gente no esté tan enajenada como para votar a brutos ineptos que irán en contra de sus propios votantes suicidas. Hay que esperar a que las masas no sean tan manipulables ni se dejen engañar por autoritarios sin escrúpulos como Orbán, Erdogan, Putin, Maduro, Ortega, Le Pen, Duterte, Al Sisi, Salvini, Puigdemont, Torra. Ahora bien, pongamos que de aquí a un tiempo los ánimos se serenan y la perspicacia aumenta, la verdad vuelve a contar y la gente se hace menos fanática, fantasiosa y tribal de lo que lo es hoy en día. Que el mundo recobra cierta compostura, por decirlo anticuadamente. Al fin y al cabo, la historia se ha regido siempre por ciclos. ¿Convendría entonces marcharse? ¿Lo haríamos con más tranquilidad, con la sensación de que la casa está en orden? Quizá nos parecería también mal momento: ahora que estamos mejor, qué lástima no aprovechar este tiempo, no disfrutarlo.

Los vivos nos decimos a veces, al pensar en seres queridos que ya murieron: “Menos mal que se ahorraron esto, que no lo vieron. Es un consuelo que a este hecho luctuoso no asistieran, o a esta situación tan grave, o a los errores y tropelías de sus próximos”. Pero también nos decimos: “Qué pena que no vieran nacer o crecer a este niño, les habría alegrado la vida; o que no presenciaran el éxito de su mujer o su marido o sus hijos, y tuvieran la incertidumbre eterna de qué iba a ser de ellos”. Y en todo caso los consideramos ingenuos, porque no alcanzaron a saber lo que sí hemos sabido los supervivientes. Esto es, porque inevitablemente creyeron que el mundo se quedaría fijo en el que abandonaron, y eso nunca sucede. Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada. La novela de la vida prosigue siempre, por lo que estamos condenados a ignorar cómo termina. Hay quienes piensan que termina con nuestro término, distinto para cada individuo. Nos consta que no es así, sin embargo. Que todo sigue, sólo que sin nosotros, y que nuestro final no significa el de nada ni el de nadie más. Me pregunto si la única manera de ver “conveniente” la propia despedida, o de estar conforme, es llegar al máximo desinterés, o al máximo desagrado, o hastío, por el mundo en que vivimos. Acaso es lo que expresó Pérez-Reverte en nuestra entrecortada charla: “Esto está inaguantable. Mejor llevarse un buen recuerdo; o, si no bueno, aceptable. Puesto que hemos visto mejores tiempos, no da tanta pena desertar de uno imbecilizado y despreciable”. Y no obstante, como he contado otras veces, a mí me aqueja la dolencia de los fantasmas (de los literarios, esa gran y fecunda estirpe): son seres que se resisten a perderlo todo de vista; que no sólo se preocupan por quienes dejaron atrás y su suerte, sino que tratan de influir desde su bruma, de favorecer a sus amigos y perjudicar a sus enemigos; o a los que, según su opinión que ya no cuenta, hacen más llevadero el mundo o lo envilecen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 1 de noviembre de 2018. ‘De quién cobramos’

El asesinato del periodista Jamal ­Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Estambul ha desencadenado cuestiones de interés, a saber: para quién se trabaja, quién le paga a uno su salario, qué uso hace ese empleador de nuestro esfuerzo. La mayoría de las personas no se preguntan por lo general nada de eso. Bastante tienen con no saberse en el paro y cobrar a fin de mes (o excepcionalmente, si por ejemplo se trata de premios o de encargos ocasionales). Su sentido de la “ética” —por llamarlo de alguna forma— no va más allá de cumplir sus tareas o de esmerarse en su desempeño. Su exigencia no va más allá de recibir lo pactado con justicia y puntualidad, y de no ser engañados ni explotados. De ahí que los trabajadores de Navantia, ante los amagos del Gobierno de suspender la venta de armas a la propia Arabia Saudita hace unos meses, por su bombardeo de un autobús con escolares en Yemen, montaran en cólera incendiaria con sólo oír de esa posibilidad: lo esperable era que el país “castigado” tomara sus represalias y cancelara el encargo de cinco corbetas —buques de guerra, dicho sea de paso— a esos astilleros gaditanos, con la consiguiente pérdida de ingresos y empleos. Llamó la atención entonces la reacción (no fue la única) del podemita alcalde de Cádiz, quien dejó claro que lo que a él le importaba era el sustento de sus conciudadanos, y que le traía sin cuidado lo que hubiera hecho el régimen de Riad a millares de kilómetros. Ahora, tras el asesinato de Khashoggi, la actitud de nuestro Gobierno ha dado un giro y se ha alineado con el alcalde llamado Kichi (creo, es difícil recordar los apelativos pijos), y se ha visto secundado por el PP y algún partido más. El de Kichi, en cambio, para completar las contradicciones, aboga por suspender los tratos comerciales con Riad, o al menos la venta de armas. En esta línea está también Alemania, mientras que Francia considera tales medidas “demagógicas”. Los Estados Unidos del sacaperras Trump ni se plantean el dilema.

No seré yo quien critique a unos ni a otros. Ya se ha dicho muchas veces que la dignidad, los principios, la moral y la integridad son virtudes que los modestos y los pobres apenas se pueden permitir. Cuando está en juego ponerles un plato a los churumbeles, la mayoría se traga todo eso y aguanta lo que le echen. Ahora bien, lo interesante es esto: si lo prioritario son los puestos de trabajo y el bienestar de la población (o por lo menos que no muera de inanición), no veo por qué no se admite que el negocio del narcotráfico también da a mucha gente de comer. Hace poco vimos cómo individuos “normales” se enfrentaban a la policía y protegían a narcos en Algeciras o en La Línea de la Concepción, porque la aprehensión de un alijo de droga les suponía un considerable revés económico (lo mismo sucedió en Galicia, en Colombia y en otros lugares). Y quien habla de narcotráfico lo hace asimismo de prostitución, que da dinero a raudales, y no sólo a los dueños de los prostíbulos, sino a ciudadanos “normales”. En Madrid y en Barcelona, los manteros son mimados por las respectivas alcaldesas, las cuales no pueden ser tan pardillas como para no saber que detrás de los inmigrantes que ofrecen en plena vía sus mercancías falsificadas, y con ello se sacan unos euros para subsistir, están unas mafias que se dedican a muchos otros negocios, más crueles y dañinos que la venta callejera (armas y trata incluidas). Es decir, Carmena y Colau, a sabiendas (insisto: no lo pueden ignorar), están facilitándoles a esas mafias sus actividades, y encima con la conciencia satisfecha. En la idea de ayudar a los pobres inmigrantes, las enriquecen, y por tanto contribuyen a financiar sus crímenes y a propiciar su expansión.

Son sólo unos ejemplos. Yo suelo mirar, en la medida de lo posible, de dónde procede el dinero que se me paga. Quizá se recuerde que ni siquiera acepto emolumentos del Estado español, en forma de premios, invitaciones o lo que se tercie. Pero yo no tengo churumbeles (no directos) que alimentar, así que me permito eso, mal que bien. Comprendo que la gente no esté mirando cómo se ha conseguido el dinero que se le paga, de dónde viene, por qué manos ha pasado antes, si nuestro pagador es intachable o no. En España hay periodistas y columnistas que al parecer cobran directamente del Kremlin, y los fundadores del ahora purista Podemos recibieron remuneraciones de Venezuela y de Irán, todos países poco menos dictatoriales que Arabia Saudita, y que de hecho tienen también por costumbre deshacerse de periodistas o rivales molestos para sus regímenes, a veces con tanta alevosía y violencia como la empleada contra Khashoggi en el consulado de Estambul. El propio Erdogan, Presidente de Turquía hoy indignado, tiene a más de cien reporteros encarcelados o exiliados a la fuerza. Nadie se plantea en serio dejar de hacer negocios con él, ni con Putin y otros de su jaez. Los países aún democráticos tienen que decidir si lo importante es cobrar, venga de donde venga el sueldo. Y si es así, quizá no deban perseguir con tanto ahínco a los narcos, a las mafias y a las redes de prostitución. Claro que lo propio de nuestra época es contradecirse sin parar, y ni siquiera percatarse de sus flagrantes contradicciones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 4 de noviembre de 2018. ‘¿Quieran o no?’

En un país tan tradicionalmente propenso al autoritarismo, cuando no a lo dictatorial, hay que estar con cuatro ojos y cuatro oídos ante cualquier veleidad de este tipo, aunque sea sólo verbal. Al contrario de lo que sostiene Carmen Calvo, las palabras encierran a menudo peligro, y dan avisos, sobre todo cuando “se le escapan” al que habla, cuando no se da cuenta de lo que delatan. Si Torra anima a atacar al Estado, no se puede tomar a la ligera, porque de hecho es lo que él y sus correligionarios llevan años haciendo, y continúan, y continuarán, con más ahínco cuanto más explícito se haga el objetivo. Tanto los independentistas como el PP como Podemos tienen el tic autoritario en la punta de la lengua, sin cesar. Esta última formación lo tiene además tan arraigado que casi no hay manifestación de sus dirigentes en la que no aparezca, quizá involuntariamente. Un ejemplo reciente es la frase de su fundador Monedero durante una charla pública titulada La Corona, ¿pa’ cuándo? Llaves para abrir el candado democrático (sic). “Compañeros, hay algo muy claro”, dijo con arrogancia. “A la Monarquía en España no le queda mucho si nosotros estamos aquí”. No resulta claro dónde es “aquí” (¿en La Moncloa, ahora que ya han metido el pie?), pero sí meridiana la idea de Monedero de la democracia, al creer que algo tan fundamental como la forma de Estado dependerá de la decisión de un partido, o de un hipotético Gobierno, que ni siquiera se dignaría consultar a los ciudadanos.

Con toda nuestra larga historia de autoritarismos diversos, lo último que me esperaba es que esa tentación se expresara de manera diáfana en el periódico en el que escribo desde hace cuarenta años, y que leo desde hace algo más. Si digo “en el periódico” es por esto: los editoriales de EL PAÍS, como los de todos los diarios, no van firmados, lo cual significa que la publicación los suscribe y los hace suyos sin reservas ni matices. De haber llevado firma el editorial “Un corte necesario”, del 17-10-18, quizá no me vería impelido a escribir esta columna. El texto parecía inspirado por un concejal del Ayuntamiento de Madrid o por un entusiasta de Manuela Carmena y su (para mí) nefasto y cínico equipo, el peor de la democracia, y cuidado que hay candidaturas a ese título en nuestra ciudad. El editorial era una defensa y un aplauso incondicionales a la disparatada medida (entrará en vigor el 23 de noviembre) de prohibir el tráfico privado, salvo escasas excepciones, por un “centro” de Madrid de amplitud colosal. Nunca he tenido coche ni sé conducir, así que poco me afecta en lo personal, pero espero que, tras semejante restricción, y en coherencia, el Ayuntamiento deje de cobrar a los automovilistas el impuesto de circulación, ya que apenas podrán circular.

El escrito alababa las bondades del plan, sobre todo para la salud y en la lucha contra el cambio climático. Pero callaba ladinamente que: a) el tráfico que no pueda acceder a esa enorme “almendra” (más bien un “melón”) abarrotará el resto de calles, que estarán en permanente colapso; b) eso hará que los desplazamientos lentísimos, con los motores encendidos, contaminen el aire todavía más; c) si a eso se añade la reciente prohibición de sobrepasar los 30 km por hora en el 85% de la ciudad (aunque las avenidas estén despejadas), el atasco perpetuo, y la consiguiente emisión de gases, están asegurados; d) mientras se aplica este delirio, los voluminosos y pausados buses turísticos (ah, que le dan dinero a la alcaldía) bloquean calles estrechas, a veces de cinco en cinco; e) la situación infernal se verá agravada por la inhabilitación de la Gran Vía, ya ejecutada, y por la que se planea de la Castellana, al parecer; f) los caprichosos carriles-bici, apenas usados, ya han herido mortalmente a la capital.

El editorial reconocía que “una parte de los empresarios y comerciantes” están desesperados. Por lo que sé, lo están la gran mayoría, y también los hoteles, restaurantes, bares, los taxistas y una altísima porción de la población. No conozco a nadie que no sea un podemita o un carmenita furibundo que no se tire de los pelos ante el despropósito que convertirá Madrid en un insalubre caos (aún más). Pero bien, cada uno tiene su opinión. Lo que no es aceptable es que EL PAÍS terminara así: “El camino de Madrid es el único posible si se quiere […] proteger la salud de los ciudadanos, quieran o no”. He ahí el tic dictatorial español. ¿Cómo que “quieran o no”? Esa frase supone una violentación de las libertades individuales, y tratar a los madrileños, a semejanza de lo que hacía el franquismo, como a menores de edad. Se empieza por proteger la salud y a continuación también cabe proteger su “salud moral”, “quieran o no”. Se dictamina qué pueden ver, leer, escuchar y decir. “Por su bien” se les puede imponer o prohibir cualquier cosa, porque los gobernantes o los periódicos saben mejor que ellos cuál es “su bien”. Que a EL PAÍS, defensor de las libertades y la democracia, se le deslice semejante expresión, la suscriba y haga suya, me parece un grave síntoma, y la prueba, una vez más, de que los vientos del autoritarismo son demasiado contagiosos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 28 de octubre de 2018. ‘Ampliación infinita del pecado original’

Por edad y por país, fui educado en el catolicismo, y uno de mis primeros recelos, siendo aún niño, me lo trajo el disparatado e injusto concepto de “pecado original”, por el que todo recién nacido debía purificarse mediante el bautismo. Si no me equivoco, las consecuencias de no recibirlo no eran baladíes. Al niño “manchado”, si moría, le estaba vedado el cielo, y en el mejor de los casos acabaría en el limbo, lugar que siempre me pareció ameno y que no sé por qué decidió abolir un Papa contemporáneo. Por supuesto los “infieles” y paganos, por su falta de bautismo, tampoco podían acceder al paraíso. Así que ese “pecado original” era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Como ya casi nadie sabe nada, convendrá aclarar en qué consistía: era el de nuestros primeros padres según la Biblia, Adán y Eva, que ­desobedecieron (la serpiente, la manzana, el mordisco, confío en que eso aún se conozca popularmente, aunque la ignorancia crece sin freno en nuestros tiempos). Me parecía una locura digna de miserables decidir que una criatura apenas viva, que no había podido hacer mal a nadie —ni siquiera de pensamiento—, estuviera ya contaminada por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos habían “pecado” a los ojos de un Dios severo.

Hoy la gente sigue bautizando a sus vástagos, pero la mayoría no tiene ni idea de por qué lo hace ni le da la menor importancia: en las crónicas sociales y en las televisiones el bautismo es siempre llamado “bautizo”, es decir, la celebración ha sustituido al sacramento, que de hecho está olvidado por absurdo y anacrónico. Y sin embargo, paradójicamente, el mundo entero —más o menos laico o agnóstico— ha abrazado ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y funestos resultados. Se buscan y señalan sin cesar culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y más democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos. Ha habido bastantes años durante los que a nadie se le ocurría acusar a Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner ejemplos cercanos, de ser, respectivamente, nieto de un notorio carlista e hijo de un falangista conspicuo. Estábamos todos de acuerdo en que los crímenes o lacras de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias.

Escribí un artículo parecido a este hace más de veinte años (“Vengan agravios”), y lo que rebatía entonces no ha hecho más que incrementarse y magnificarse. No es ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón” por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos o por antediluvianos miembros con los que nada tienen que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debe ser discriminado, según las constituciones más progresistas. La noción de “pecado original”, lejos de abandonarse, se ha enseñoreado de las conciencias. Si usted es blanco, ya nace con un buen pecado; si además es varón, lleva dos a la espalda; si europeo, y por tanto de un país que en algún momento de su historia fue colonialista, apúntese tres; si nace en el seno de una familia burguesa, será culpable de explotaciones pretéritas; si encima lo inscriben en una religión monoteísta (todas violentas y opresoras), usted está todavía en la cuna, acostumbrándose al planeta al que lo han arrojado, y la culpa ya se le ha quintuplicado. Claro que, si es chino, cargará con las matanzas de tibetanos hacia 1950, por no remontarse más lejos. Si japonés, habrá de pedir perdón precisamente a los chinos, por las barbaridades de sus soldados en la Segunda Guerra Mundial. Si su ascendencia es criolla, le aguarda más arrepentimiento que a cualquier conquistador de América. Y si es musulmán, no olvidemos que la yihad bélica se inició en el siglo VII, con carnicerías y sojuzgamientos. No creo, en suma, que nadie se libre de las tropelías de sus ancestros, sobre todo si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. (Por otra parte, pedir perdón por lo que otros hicieron resulta tan arrogante y pretencioso como atribuirse sus hazañas y méritos, cuando los hubo.)

De manera que en el soliviantado mundo actual la gente se pasa la vida acusando al individuo más justo, apacible y benéfico de pertenecer a una raza, un sexo, un país, una religión o una clase social determinados y con mala fama. El triunfo del “pecado original” es tan mayúscu­lo, en contra de lo razonable, que hoy no es raro oír o leer: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer a todos la cara de vergüenza”. Cada vez que me encuentro esta fórmula, me dan ganas de espetarle al imbécil virtuoso que nos quiere incluir en su saco: “A mí déjeme en paz y no me culpe de lo que no he hecho ni propiciado. Hable usted por sí mismo, y haga el favor de no mezclarme en sus ridículas vergüenzas hereditarias”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 21 de octubre de 2018. ‘El histerismo y la flema’

Nuestro país se viene rigiendo por el histerismo desde hace tiempo. Casi cualquier cosa que sucede, o declaración u opinión pronunciadas, se convierten en motivo de aspaventoso escándalo. Las redes, los tertulianos y no pocos periodistas “serios” se rasgan las vestiduras por hechos o dichos menores, por nimiedades. Es costumbre que todo se tergiverse, se adultere o se exagere: si alguien califica lo manifestado por otro de tontería, el primero es acusado al instante de insultar y llamar “tonto” al segundo, cuando todos podemos soltar tonterías a veces sin que ello nos condene como tontos cabales y definitivos. También se sabe desde hace siglos que llamar idiota, ignorante o necia a una persona puede no constituir un insulto, sino una mera descripción subjetiva, u objetiva. En meses recientes hemos asistido a alborotos mayúsculos causados por minúsculos problemas con Hacienda, en una nación en la que raro es el individuo al que Hacienda no le haya planteado problemas, con sus cambios de criterio retroactivos, sus constantes subidas de impuestos (con Rajoy como con Sánchez) y sus frecuentes arbitrariedades. Luego se han desatado batallas y sermones por títulos semificticios o regalados y aparentes plagios de tesis, en un lugar en el que, tradicionalmente, quien no ha copiado en un examen ha dejado que le copiaran, y era el que se oponía el que incurría en deshonra, un mal compañero.

Sin duda es deseable que todo el mundo tribute debidamente, que nadie copie ni plagie ni obtenga lo que no se ha ganado. Pero no se puede caer en el ridículo continuo, agigantando a las amebas. Ahora bien, lo más extraño es que, cuando por fin acontece algo en verdad gravísimo, los histéricos habituales reaccionan con inaudita flema, como si no tuviera importancia o jamás hubiera ocurrido. El pasado 1 de octubre se produjo en Barcelona el asalto al Parlament, con intención de ocuparlo y secuestrarlo, por una turba de mastuerzos. Se les permitió entrar en la Ciudadela, alcanzar y arrojar las vallas que mal protegían el edificio, acorralar a los escasos Mossos que lo custodiaban (a los que se prohibió cargar durante largo rato), hasta verse éstos obligados a encerrarse, por los pelos, tras el último portón. Más o menos como hemos visto en cien películas en el asedio a un castillo o fortaleza. La marea embistió el portón y trató de forzarlo por las bravas. Huelga recordar que un parlamento, el que sea, es la sede del pueblo soberano, que ha elegido a sus representantes.

Conviene recapitular. El asalto, diga lo que diga el actual y servil director de los Mossos, Martínez, se debió a los llamados Comités de Defensa de la República, copiados de los Guardianes de la Revolución cubanos y de la Guardia Revolucionaria iraní, que patrullan, espían, delatan y castigan a los “desafectos”. Estos CDR son conocidos por cortar autopistas e impedir el paso de trenes cuando se les antoja, dañando la economía y tomando como rehenes a sus conciudadanos. Se sabe que no son precisamente respetuosos de la convivencia ni de las libertades ajenas, ni sonrientes ni apacibles. Pues bien, horas antes del acoso (se vio en las televisiones), el Presidente de la Generalitat se acercó a un grupo de ellos, los llamó “amigos” y los felicitó por “apretar” con sus acciones. A otro grupo les dijo “No tengáis miedo”. ¿De qué podían tenerlo? Sólo de la policía autonómica, encargada de mantener el orden. Pero como ésta está bajo el mando de Torra, les vino a dar carta blanca. Los dos mensajes eran fácilmente traducibles: “Haced lo que os plazca, que nadie va a castigaros y yo apruebo lo que se os ocurra”. El resultado fue el intento de toma del Parlament, y —como habría previsto cualquier político mínimamente instruido y no lerdo— la masa vuelta contra su protector de horas antes, contra el “amigo”. Ni siquiera hubo detenciones, ni una, ¿cómo iba a haberlas?

Torra no ha dado explicaciones ni ha dimitido, nadie de su Govern las ha dado. Tampoco Pedro Sánchez, insólitamente, después de episodio tan amenazante. Todos se lo han tomado con la flema que les falta ante las fruslerías. Incomprensible en este país de perpetuo histerismo. No está en mi ánimo comparar a nadie con los nazis, pero no he podido evitar acordarme de que en 1933, poco después del incendio del Reichstag o cámara baja berlinesa, y poco antes de las elecciones generales, la policía la comandaba Göring (fundador de la Gestapo y mano derecha de Hitler), quien dio plena libertad e impunidad a los mastuerzos de camisa parda para reventar con violencia los mítines de los demás partidos adversarios. Con esa oposición silenciada, Hitler obtuvo una exigua mayoría que no obstante lo facultó para asumir el poder absoluto. Al año siguiente organizó la matanza de los disidentes de su Partido Nazi en la “noche de los cuchillos largos”, y el resto ya lo conocen, más o menos, espero. Cuando un cómplice de los facinerosos o matones está al mando de la policía que ha de frenarlos, o se destituye a ese jefe o deben sonar todas las alarmas con fuerza. Y sin embargo, cuánta flema, como si aquí nada hubiera pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 14 de octubre de 2018. ‘Literatura de penalidades o de naderías’

Otra vez no, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones. Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres… Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”. La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones.

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas. Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario. Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.

Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo. Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales. A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard). Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda. Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”.

Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård. Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. “No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades. Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård. Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas. Si relatan atrocidades, aún mejores. Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras. Puede que en algún caso así sea. Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 7 de octubre de 2018. ‘Antes de que me mojen’

Una de las películas aclamadas este año, Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh, me ha parecido un reflejo fiel de nuestra época, seguramente sin pretenderlo. No creo destriparle nada importante a nadie si cuento lo siguiente (pero absténganse de leerlo los quisquillosos): la hija del personaje interpretado por Frances McDormand (lo peor de la película: se limita a poner caras desafiantes y encabronadas, y por tanto obtuvo el Óscar) fue violada y asesinada salvajemente hace unos siete meses. La policía no ha encontrado al culpable ni ha hecho detención alguna, lo cual McDormand achaca a desinterés y dejación de sus funciones. La mayoría de los policías, como casi todos los de los pueblos en el cine estadounidense, son brutales y racistas. La reacción de los vecinos contra McDormand por la colocación de los tres carteles denunciatorios es propia de cafres y desmedida, con lo que el espectador toma partido por la madre doblemente herida. Según avanza la historia, sin embargo, es ella la que se comporta de manera cada vez más desproporcionada, y además se intuye que quizá no hubo dejación por parte de la policía local, sino que realmente no había pistas que condujeran a la detención de nadie. Hay casos difíciles de resolver o que no se resuelven nunca. Y eso es lo que la madre no parece entender ni acepta. Quiere detenciones, más o menos fundadas. (Sin ser nada del otro mundo, Tres anuncios se va viendo con agrado, pese a los palos en las ruedas de su protagonista.)

Si digo que la veo como un reflejo de nuestra época es porque esa actitud exigente hasta lo irracional se va extendiendo, desde hace lustros, a velocidad de vértigo. Demasiada gente se empeña en que las cosas sean como ella quiere, aunque eso resulte imposible. Demasiada cree tener derechos ilimitados, cuando sólo tenemos unos cuantos. Hace ya años puse este ejemplo paradigmático de este egoísmo enloquecido: la crónica televisiva desde Roma, cuando Juan Pablo II estaba moribundo, mostró a una señora española que se quejaba airada de que no se asomara el Papa. Alguien le explicaba que el hombre estaba en las últimas, a lo que ella respondía cargándose de razón: “Ya, pero es que yo estoy aquí estos días, y si no sale al balcón ya no podré verlo”. La obligación del agonizante pontífice era arrastrarse hasta allí para darle gusto a la señora cuando a ella le convenía. Lo mismo sucede con esos bañistas que, si ven bandera roja en la playa, se indignan y se meten en el agua poniendo en riesgo sus vidas y tal vez la de un socorrista que deba lanzarse a rescatarlos. “Ah”, suelen argumentar, “es que para tres días de vacaciones que tengo, no me los van a chafar los de la bandera roja”. Como si quienes la izan lo hicieran por fastidiarlos arbitrariamente y no para protegerlos. Demasiada gente no admite la existencia del azar, ni de los accidentes, ni de las contrariedades, ni de los imponderables. Este verano se armó un motín porque no sé qué famoso disc-jockey se vio varado en Rusia al suspenderse allí los vuelos por inclemencias del tiempo, y no pudo desplazarse a Cantabria, donde tenía una actuación programada. El público que lo aguardaba montó en cólera pese a que el dj se disculpó, dio explicaciones y prometió cumplir más adelante con su compromiso, y los organizadores ofrecieron devolver el dinero a quienes lo deseasen. Las personas acostumbraban a entender lo que se llamaba “causas de fuerza mayor”. Ahora no. Si el Papa debía reptar por el suelo gastando en ello su postrer aliento, el dj tenía que haber previsto el mal tiempo y haber emprendido viaje en tren desde Moscú, fechas antes, para complacer a sus cántabros.

El nivel de exigencia demente ha llegado al punto de que, antes de que nada ocurra, muchos ya protestan furiosamente “por si acaso”. Cuando todavía se ignoraba si Arabia Saudita cancelaría o no el encargo de unas corbetas a los astilleros gaditanos (por lo de las bombas y eso), sus trabajadores ya estaban cortando carreteras e incendiando neumáticos “por si acaso”. Ellos, y muchos otros, me recuerdan a Don Quijote cuando decidió “hacer locuras” en unos riscos (cabriolas en paños menores, creo) para que Sancho se las relatara a Dulcinea, que por fuerza no le había sido infiel ni había hecho nada. Y Don Quijote le dice a su escudero, más o menos (cito de memoria y que me perdone Francisco Rico; Cervantes ya sé que sí): “Así entenderá que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?”. Es decir, si me comporto de este modo sin causa ni motivo, cómo reaccionaría si me los proporcionara. Hoy lo llamaríamos “acciones preventivas”, a las que el mundo es cada vez más adicto. “Aún no ha pasado nada, aún no me han perjudicado; pero protesto y destrozo de antemano para que no se les ocurra perjudicarme”. En la película mencionada dudo que el espectador vea a McDormand como un caso de intolerancia a la frustración (comprensible) y exigencia chiflada. “Quiero culpables”. “Ya, y nosotros también, pero es que no los encontramos. ¿Quiere usted que nos los inventemos?” La respuesta (deduzco yo al menos) parece ser: “Sí. No me importa. Ustedes tienen la culpa de no encontrarlos”. Así no podemos seguir ninguno, espero que estén de acuerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 30 de septiembre de 2018. ‘De Salvini y de Saviano’

Oportunamente, la revista Claves nos ha recordado algunas citas de uno de los mejores ensayistas del XIX, el inglés William Hazlitt: “El principio de la idolatría es siempre idéntico: necesidad de encontrar algo venerable, sin saber qué es o por qué se lo admira… Cuanto más innoble sea el objeto de culto, más esplendorosos serán sus atributos. Cuanto mayor sea la mentira, mayor entusiasmo habrá al creer en ella y mayor codicia al tragársela”. O he aquí esta otra: “Hay países que adoran a las bestias más destructivas… Tal parece que las cosas más repulsivas a la razón y al sentido común son las más veneradas por la pasión y la fantasía”.

Da la impresión de que Hazlitt esté hablando de los éxitos electorales de Trump, Putin, Erdogan, Orbán, Kaczynski, Maduro, Duterte, Puigdemont y el brutal e inminente Bolsonaro (si en el Brasil no lo remedian). También del Vicepresidente y Ministro del Interior italiano Matteo Salvini, entronizado por el “izquierdista” Movimiento 5 Estrellas. Este individuo es abiertamente racista, zafio, chulesco, matón, despreciativo, ignorante hasta el paroxismo, con muchos visos de ser también deshonesto. La justicia de su país ha hallado a su partido, La Lega separatista, culpable de un fraude de 49 millones de euros que, procedentes de subvenciones electorales, el maestro y mentor de Salvini, Bossi, utilizó para reformar una casa, adquirir coches de lujo e incluso comprar una licenciatura en Albania (?) para su torpe hijo. Salvini procura abandonar a la muerte a los inmigrantes “esclavos” o ilegales, en la medida de sus notables posibilidades. Ha propuesto un censo de gitanos con vistas a expulsarlos (incluidos, quizá, los que son tan italianos como él o más); es decir, por fortuna aún está bastantes pasos por detrás de Hitler, que los gaseó junto con judíos y homosexuales. Como además es asnal, quiere prohibir las vacunas obligatorias, ya que, según él, nada menos que “diez de las catorce preceptivas son inútiles y en muchos casos peligrosas, si no dañinas”. Pues bien, este sujeto amigo de Bannon enfervoriza a buena parte de sus compatriotas (ya avisaron con Berlusconi), haciendo deprimentemente actual la segunda cita de Hazlitt, nacido en 1778 y muerto en 1830.

Sorprendentemente (porque los “intelectuales” nos apuntamos a cualquier causa que dé lustre), en torno a él se ha hecho el silencio internacional. Incluso tras amenazar, grave y mezquinamente, al escritor Roberto Saviano, uno de los pocos (que yo sepa, junto con Massimo Cacciari) que ha alertado sobre su peligrosidad e idiotez profundas. Saviano lleva doce años en el punto de mira de la Camorra por haberla ofendido y expuesto en su célebre libro Gomorra. Desde entonces vive escondido y protegido por cinco carabinieri. Como a Salvini no le gustan sus críticas, ya ha anunciado que “las instituciones competentes valorarán si Saviano corre algún peligro, porque me parece que pasa mucho tiempo en el extranjero. Valoraremos cómo se gasta el dinero de los italianos. Le mando un beso”. Un beso de Judas de manual, porque el Ministro del Interior de un país de la UE, que debería combatir a las mafias y proteger a sus ciudadanos, tiene que revisar si un escritor condenado a muerte por una de ellas “corre algún peligro”; e ignora, en su incompetencia, que los sicarios viajan a todas partes, incluido “el extranjero”. Amenaza a Saviano con retirarle la protección porque “se gasta el dinero de los italianos”: la propia Lega podría sufragar los escoltas con sus 49 millones defraudados. Es decir, este Vicepresidente y Ministro está dispuesto a facilitarles a unos criminales su tarea vengativa, y nadie lo ha destituido tras semejantes declaraciones. Es como si un homólogo español suyo, cuando Savater era blanco de ETA y se movía con guardaespaldas, le hubiera advertido que se lo quitaría si se le ocurría criticar sus políticas. No habría durado diez minutos más en el puesto, y eso que nuestro país no se distingue por su decencia.

Es llamativo que el “colectivo” de intelectuales y escritores (es el otro al que me referí el domingo pasado) apenas haya dicho palabra. Quizá recuerden cómo mis colegas se movilizan ante cualquier abuso o injusticia: que si los saharauis, y los palestinos, y el Subcomandante Marcos (hubo procesiones a visitarlo, con cámaras), y la fetua contra ­Rushdie, y los ataques a Pamuk, y Saramago privado de su nacionalidad, y “Je suis Charlie”, y Assange y Snowden y cuanto esté en su memoria. Pocos han elevado la voz ante esta intimidación-mordaza a Saviano, y desde luego no he visto protestas ni manifiestos firmados en tropel por sus colegas y míos. Tal vez es que Salvini, como los autoritarios acomplejados que no aguantan ni una crítica, individualiza a los discrepantes y toma represalias. La mínima o nula reacción de este “colectivo” me tienta a concluir con otra cita de Hazlitt, que aún no suscribo del todo: “La vanidad del hombre de letras es descomunal, mientras que su apego a la verdad es francamente remoto… Sólo admitiría que algo está bien o mal en el mundo si ha sido él quien lo detectó. Incluso…, por hacerse el interesante (sobre todo si recibe un buen pago), está dispuesto a probar que las mejores cosas del planeta son las peores, y las más detestables ideales”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de septiembre de 2018. ¿No tan mujer?

Este verano han sucedido dos cosas que me han llevado a desconfiar de la sinceridad de otros tantos “colectivos”. Y uno de ellos, lo lamento, es el feminismo actual, o, como gustan de llamarlo algunas de sus militantes, “la cuarta ola” de ese movimiento, que en las tres anteriores anduvo sobrado de razón, fue digno, estimulante, argumentativo, a menudo inteligente y rara vez contradictorio. Por ello mereció el apoyo de gran parte de la sociedad, que celebró sus éxitos como conquistas de todos.

Los hechos no están muy claros, pero sí alguno. Como recordarán, cerca de la Ciutadella de Barcelona, una mujer española de origen ruso, casada con un militante de Ciudadanos (que la acompañaba en aquel momento junto a los hijos pequeños de ambos), quitó lazos amarillos anudados a la verja del parque, ya saben que Cataluña está inundada, los activistas muy activos. Un hombre la increpó, se produjo la discusión consiguiente y a continuación el individuo le propinó un puñetazo en la cara que la tumbó al suelo. No le bastó con eso, sino que, al tratar de incorporarse la mujer, se abalanzó sobre ella y le dio más puñetazos en la cara y en otras partes del cuerpo. El marido intentó quitarle al agresor de encima, con escaso éxito, y el atacante se dio a la fuga tras el forcejeo. Esta es la versión de la mujer, que añadió un dato: al dirigirse a sus críos en ruso, el independentista le espetó: “Extranjera de mierda, vete a tu país y no vengas aquí a joder la marrana”.

La versión del varón, identificado y detenido al cabo de unos días, naturalmente difiere. Según él, la recriminó “sólo por su incivismo”. “No que quitara los lazos sino que ensuciase la ciudad porque los tiraba de malos modos al suelo”. Entonces ella le dio una patada en los testículos “y después ambos cayeron al suelo peleándose, hasta que fueron separados”. Como en todo caso de palabra contra palabra, las dos narraciones pueden ser ciertas, o, mejor dicho, lo será una tan sólo, pero no podremos saber cuál hasta que los testigos corroboren una (y siempre que sean veraces). En principio, sin embargo, la segunda suena bastante inverosímil. Si cada vez que alguien enguarra las calles tirando cosas al suelo en vez de a una papelera (bolsas de patatas, botes de refrescos) reaccionáramos como ese sujeto, tendríamos un permanente paisaje de peleas y riñas a puñetazos y patadas, o aun con armas. Cuesta creer que el motivo de la increpación fuera el incivismo, ya que en todas las ciudades españolas —en Madrid en la que más—, esa clase de incivismo es incesante. Me juego la paga de este artículo a que si la señora de origen ruso hubiera arrojado una docena de kleenex usados al suelo, ese guardián de la limpieza no se habría irritado hasta semejante punto. El agresor, por cierto, al salir más bien libre del juzgado, se tapó la cara con una toalla —oh casualidad— amarilla.

Lo que sí es seguro es que la mujer recibió atención sanitaria por una “desviación del tabique nasal, con dolor intenso a la palpación” y “presencia de contusión maxilar”, como consta en el parte médico. De los testículos del varón no hay noticia, pero puedo atestiguar desde niño que si uno encaja un golpe en ellos, queda inmovilizado de dolor durante un par de minutos por lo menos, e incapacitado para abalanzarse sobre nadie mientras ese dolor no remita. Así pues, de lo que no cabe duda es de que un hombre pegó a una mujer en plena calle y en presencia de sus hijos. Para las feministas de la “cuarta ola”, tan dadas a la susceptibilidad y a la condena sin pruebas, eso debería haber bastado para poner el grito en el cielo, independientemente de que la mujer hubiera respondido o no a los golpes. Y sin embargo no he visto manifestaciones de apoyo a la hispano-rusa, ni he leído artículos indignados de escritoras, ni sé de campañas de linchamiento en las redes como las que han sufrido muchos otros sin haber llegado nunca a las manos.

A partir de ahora no podré creerme una palabra de lo que digan, reclamen, protesten o acusen muchas hipócritas feministas actuales, sobre todo catalanas. Me pregunto qué se ha hecho de la plataforma anónima Dones i Cultura, que ha logrado la dimisión del director Lluís Pasqual “por malos tratos verbales” a una actriz hace años. Verbales, insisto: no puñetazos. Me pregunto por el silencio o la “prudencia” de las políticas Colau, Artadi, Rovira, Gabriel, Boya, Borràs y otras, de las periodistas Terribas y Chaparro y otras, de la neófita y gurú Dolera, todas ellas catalanas y muy o superfeministas. Algunas saltan por nada, y en cambio no han dado un brinquito por este caso. Si este feminismo tan jaleado resulta ser selectivo, su sinceridad está en tela de juicio. Si una mujer es antiindependentista y de origen ruso, ya no es tan mujer, por lo visto. Si el varón que le pega es secesionista y xenófobo (una pelea así es casi siempre desigual por sexo, todavía), entonces es menos agresor y quizá no condenable. No hay que “precipitarse” a juzgarlo, pobrecillo: no merece la misma vía rápida e irreflexiva que Woody Allen, Dustin Hoffman y tantos otros con los que no ha habido contemplaciones. Está blindado, si es de los nuestros. Del otro “colectivo” decepcionante, deberé ocuparme un domingo futuro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de septiembre de 2018. ‘Qué raro virus’

Descuiden, destesto que me cuenten sueños, sobre todo en las películas y en las novelas. En cuanto me aparece uno en imágenes, o me lo cuela un escritor, me dan ganas de salirme del cine o de abandonar la lectura, y lo hago si se ­reitera el latoso recurso. Así que el mío será brevísimo: soñé, hace un par de meses, que me metían en la cárcel; tenía que compartir celda con una señora de mediana edad, y mi mayor preocupación era si me permitirían fumar a mis anchas o no. Eso es todo.

Ahora bien, me quedé preguntándome por qué había soñado tal cosa, y en seguida llegué a la conclusión de que no tenía nada de particular, dada la grandísima cantidad de personas, en principio “respetables”, repartidas por las prisiones o con visos de acabar en ellas, es decir, inmersas en procesos que pintan mal, o ya condenadas y en libertad provisional a la espera de sentencia en firme, o bajo elevada fianza hasta que se inicie su juicio. Nos hemos ido acostumbrando y ya no nos sorprende. Pero constituye una gigantesca anomalía una sociedad con las cárceles llenas de ministros (pongan ustedes los “ex-”), presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

La mayoría de esta gente recibía excelentes sueldos, a diferencia de sus conciudadanos, muchos de los cuales no pasan de mil euros al mes desde hace años. Además, ejercían cargos vistosos e influyentes, que les daban popularidad (a cada uno en su ámbito) y proyección social. Ninguno era un “don nadie” frustrado o resentido con el mundo en general. Eran más bien privilegiados, individuos con suerte (los méritos ya son discutibles) y en todo caso bien relacionados, porque a nadie se le otorga nada si no resulta de utilidad. Lo natural sería que se hubieran estado quietos en sus magníficos despachos; que hubieran ejercido sus respectivas tareas impecablemente, y aun agradecidos; que se hubieran dado con un canto en los dientes cada mañana al levantarse y comprobar lo bien que les iba en su mundo. ¿Cómo es posible que tantos de ellos se hayan jugado sus carreras, su prestigio, su respetabilidad, su familia, su dinero y su libertad por un exceso de ambición, de codicia, de nacionalismo locoide o de salacidad? Uno entiende el delito de quien ante sí ve un negro futuro sin posibilidad de mejorar, de quien poco posee y nada tiene que perder. No, en cambio, el de quienes tienen tantísimo que perder. El extraño fenómeno se ha achacado a la sensación de impunidad dominante entre “los importantes”. Esa explicación tal vez valga para los primeros casos, pero no para el resto, para cuantos ya habían visto las barbas del vecino puestas a remojar. ¿Qué raro virus atraviesa nuestra sociedad, que ni siquiera tiene la excusa de estar visiblemente amenazada por mafias, como la italiana?

Sea cual sea, ese virus no ha remitido pese a los escarmientos acumulados. Pedro Sánchez ha alardeado demasiado pronto de “Gobierno ejemplar”. Está por ver. Lo cierto es que, sin cometer delito por ello, en sus primeros 54 días de Presidencia el BOE publicó 484 decretos de ceses y nombramientos. Según contó aquí Carlos Yárnoz, los relevos afectaron a casi todas las empresas y entes públicos: Hunosa, Sepi, Tragsa, RTVE, Renfe, Adif, Correos, Instituto Cervantes, Cetarsa, Navantia, Sociedad de Caución Agraria, Red Eléctrica, Paradores, Agencia del Medicamento… ¿Tantos funcionaban mal? Algunos de los agraciados con los nuevos cargos son amigos de Sánchez o gente que le ha servido bien. Algunos están remunerados con 200.000 euros anuales o más. La medida será sin duda legal, y es la misma que antes tomaron Rajoy, Zapatero y Aznar, nada más ocupar el poder. Pero es muy fea y huele fatal, a todo menos a “ejemplar”. En cuanto al remedo de “República Catalana pura y sin mácula” en que ya está convertida la semidictatorial Generalitat, 240 cargos del Govern (240, no 24) cobran más que el propio Sánchez. Frente a los 81.000 euros anuales de éste, Torra el Tenebrós percibe 147.000, y encima tiene a su servicio 413 “personas de confianza” —413— con sus abultados salarios. Los consellers reciben 110.760 euros, un 55% más —un 55%— que los ministros del Gobierno estatal. Los directores de TV3 y de Catalunya Ràdio, Vicent Sanchis y Saül Gordillo, no les van a la zaga, con 109.080 cada uno. No es extraño que actúen como felpudos. También son cuantiosos los sueldos para los famosos fugados: 82.210 euros para Meritxell Serret, 85.000 para Lluís Puig, etc, etc. El virus demuestra que Cataluña es tan brutalmente española como Andalucía o Madrid. Si la “República” iba a ser “incorruptible y sin tacha”, es obvio que la infección ha prendido en ella con aún más virulencia que en ningún otro lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de septiembre de 2018. ‘Siglo medievalizante’

En este 2018 han alcanzado o alcanzarán la mayoría de edad los nacidos en el esperado y celebrado 2000. Los que en esa fecha tenían diez años son ya adultos o deberían serlo (ya se sabe que el infantilismo abarca hoy la vida entera). Pero gran parte de los vivos tuvimos conciencia de que cambiaba el siglo, y aun el milenio (con doce meses de antelación, pues la gente, fascinada por la redondez del número, decidió que el giro se producía el 31 de diciembre de 1999, sin aguardar a que transcurriera el 2000 completo, como correspondía). Cada cual, dentro de sus posibilidades, procuró que fuera especial aquella Nochevieja. Yo, aprovechando el dinero llovido de un premio literario o de un golpe de suerte, invité a seis amistades a un precioso hotel de Bath, en el sur de Inglaterra, a las que se unieron, para la cena, otros dos amigos ingleses que se acercaron desde Oxford. (Me doy cuenta ahora de que si incurrí en el dispendio —vuelo y estancia de varias noches—, fue también porque entonces se gastaba con más alegría y porque nadie se metía con uno ni lo criticaba por cómo se fundiera su dinero honradamente ganado; se fiscalizaba menos a las personas, se las espiaba menos, se las delataba y denunciaba menos.)

Ha transcurrido suficiente tiempo del siglo XXI, en fin, como para rememorar y echar un vistazo. Uno se da cuenta de que es mucho tiempo si lo compara con el periodo 1900-1918. A los que lo vivieron les tocó una época convulsa o más bien espantosa, en la que todo quedó patas arriba. Hace exactamente cien años todavía no había acabado la Primera Guerra Mundial, iniciada más de cuatro antes, en julio de 1914, de manera harto estúpida. Como saben, esa Guerra ensangrentó Europa como nunca (que ya es decir), y se calcula que murieron en ella unos 18 millones de individuos. También en 1918, como colofón, se produjo la epidemia de la llamada “gripe española”, que añadió más de 50 millones de cadáveres repartidos por el planeta. Antes, en 1912, se había hundido el Titanic, por mencionar algo que ha perdurado en la memoria colectiva. Y si retrocedemos cien años más, el periodo 1800-1818 es el de las guerras napoleónicas, con sus millones de muertos y nuestro país invadido. En realidad, para 1818 la larga dominación de Bonaparte había concluido, y el Emperador se hallaba preso en la isla de Santa Helena, donde moriría en 1821.

Así que si comparamos 2000-2018 con sus equivalentes del XX y el XIX, podemos darnos con un canto en los dientes. Al menos no ha habido matanzas masivas ni guerras en nuestro continente, ni una plaga demencial como la de la célebre gripe. Pero también es cierto que aquella Nochevieja en Bath mis amigos y yo no podíamos imaginar que el siglo XXI se desarrollara como lo viene haciendo. Aún estaban bastante recientes la caída del Muro de Berlín (en 1989), el desmantelamiento de la Unión Soviética, la improbable democratización de Rusia y la liberación de los países del Este. No se habían producido los atentados contra las Torres Gemelas, que lo trastocaron todo, ni por tanto las Guerras de Afganistán y de Irak, la primera aceptada por la comunidad internacional y la segunda no, gratuita, nefasta e impuesta por Bush Jr. Nadie podía prever la virulencia fanática del Daesh, ni que en 2008 habría un elegante negro en la Presidencia de los Estados Unidos, ni un fantoche blanco —o naranja— en 2016. Ni que esos países del Este, admitidos en la Unión Europea, se iban a revolver contra ella convirtiéndose en autoritarios de extrema derecha coincidentes con la falsa izquierda. Tampoco se vislumbraba una recesión económica como la que afecta al mundo desde hace un decenio. Ni que políticos catalanes iban a aspirar a un Estado propio intransigente, malversador y totalitario, y a torpedear también la Unión Europea, lo mismo que el zafio fascista Salvini en Italia —otro separatista en su raíz, lo cual muestra cuán fácilmente éstos se tornan fascistas de manual en casi todas partes—. Con todo, ya digo, podemos congratularnos.

Pero lo que no esperábamos aquella Nochevieja era que tanta gente fuera a entontecer (aún más) masivamente. Que fuera a ser tan contradictoria, y a pedir a la vez libertades absurdas (eliminar la gramática y la ortografía, por poner un ejemplo inocuo pero especialmente idiota) y exigir regularlo todo y prohibir mucho y censurar a mansalva. Que gran parte de la población viviría abducida por sus pantallas y se vería impelida a opinar de todo, con o sin conocimiento, casi siempre para echar pestes. Que esa gente sería pusilánime y se sentiría “amenazada” hasta por una opinión disidente (y aspiraría a suprimirla), y quemaría virtualmente —o no tanto— a cuantos contrariasen sus convicciones. Que una porción de las mujeres decidiría ver a los varones, en conjunto, como verdugos y enemigos, desatando la desconfianza entre los sexos y el desinterés de uno por otro hasta niveles desconocidos. Que demasiadas personas renunciarían a razonar y a argumentar, y relegarían la verdad a un segundo o tercer planos, en favor de sus creencias, supersticiones e irreales deseos. Ninguno preveíamos, en suma, que en tantos aspectos el siglo XXI sería tan reaccionario y medievalizante. Ojalá tome otra senda, para que el periodo 2039-2045 no se asemeje en nada al de cien años antes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de septiembre de 2018. ‘Motivos ocultos y caballerosidad maldita’

Hace ya mes y medio que concluyó el Mundial de fútbol, pero nos dejó, en su despedida, un par de imágenes hacia las que vale la pena volver la vista, o eso creo. Justo antes de los dos partidos finales, la FIFA emitió una prohibición, con amenaza de multa si no me equivoco. Desde hace no mucho está a su frente un italiano, Infantino, que sustituyó al corrupto y al parecer bebedor Blatter, el cual se había eternizado en el cargo como todos sus predecesores. Así que, si la tradición se mantiene, el mundo del fútbol sufrirá a este Infantino varias décadas. Si digo “sufrirá” es por la prohibición a que me he referido: las cámaras de televisión planetarias debían abstenerse de sacar planos de mujeres vistosas o agraciadas en los estadios, “porque” —y el motivo aducido es lo más idiota de todo— “tienen como propósito atraer a los espectadores masculinos”, y por lo tanto son machistas o sexistas o las dos cosas. O sea que, de no ser por estos fugaces vislumbres de chicas, los hombres no se pondrían ante el televisor ni locos. Resulta que los varones nunca han estado interesados en admirar las evoluciones sobre el césped de veintidós mozos esmerándose en dominar la pelota y meter goles, sino que se han tirado hora y media ante el aparato —eso si no hay prórroga— a ver si captaban brevísimamente la imagen de una chica guapa: su motivo oculto. Bueno es saberlo, al cabo de tanto tiempo. Lo que no ha especificado la lumbrera Infantino es: a) si las cámaras pueden sacar a aficionadas feas o entradas en años (lo cual sería probablemente discriminatorio); b) si se deben permitir planos de niños, no vaya a ser que eso atraiga a los espectadores pedófilos; c) si las muchachas atractivas no estarían tentando también al público lesbiánico; d) si las imágenes de hombres jóvenes (muchos a torso descubierto) no serán un señuelo para las mujeres salaces y los homosexuales varones; y e) si se debe prohibir enfocar a los futbolistas mismos, en el caso de ser apuestos y atléticos, por si acaso. Mejor que no se televise nada. Lo más sorprendente de esta sandez censora es que ha sido aplaudida por algunos columnistas masculinos, que implícitamente han reconocido ser unos “salidos” enfermizos y haberse pasado la vida viendo partidos para atisbar mujeres. Eso, o son de ese género bajo que prolifera hoy tanto, los hombres que les hacen la pelota a las mujeres. Lo cierto es que en la Final la imagen fue su ausencia: apenas si hubo, en efecto, planos de las gradas. De nadie.

La otra fue la entrega de la copa y las medallas. Sobre una tarima, las autoridades: Putin, Macron, la Presidenta de Croacia Kolinda Grabar-Kitarović, el talentoso Infantino y otros que no sé quiénes eran. Empezó a llover a lo bestia, una de esas cortinas que, si nos pillan en la calle, nos obligan a guarecernos a casi todos. Los jugadores están acostumbrados, pero no los paisanos. Al cabo de un par de minutos, apareció un esbirro con un paraguas, con el que cubrió… a Putin, que en Moscú era el anfitrión, para mayor grosería. Éste no le indicó en ningún momento a aquél que mejor protegiera a alguno de sus invitados, por hospitalidad al menos. Durante un par de minutos el único a salvo de la ducha fue el ex-agente de la KGB, famosa por su falta de escrúpulos. Por fin aparecieron dos o tres esbirros más con sendos paraguas, que sostuvieron sobre las cabezas de Macron, Infantino y otros. Así que durante un rato todos estuvieron a resguardo menos Kolinda G-K, mujer afectuosa: con su camiseta de la selección croata enfundada, abrazaba con calidez —quizá por astucia— a todos los futbolistas, a los suyos y a los rivales franceses.

Ante lo insólito de la situación —para mí, que soy anticuado—, dudé entre atribuirla a que la vieja caballerosidad ya ha sido erradicada del mundo, y a varios calvos o semicalvos les traía sin cuidado que se empapase la única persona con larga melena rubia (Kolinda G-K estaba hecha una sopa), o a las consignas actuales que tildan de machista cualquier deferencia hacia una mujer. Cubrir en primer, segundo o tercer lugar a la Presidenta habría sido de un sexismo intolerable, así que se la abandonó hasta el final deliberadamente (para cuando le llegó su paraguas, daba lástima). Más allá del indiferente sexo de las personas, hay una cosa que se llamaba educación, urbanidad o cortesía, que a la mayoría solía impelernos a ceder el paso a cualquiera (mujer u hombre), a ceder el asiento en el metro o el autobús a quien menos le conviniera permanecer de pie (mujer u hombre), a no empezar a comer hasta que todos los comensales estuvieran servidos (mujeres y hombres), a proteger con paraguas a quien más lo necesitara, por llevar ropa ligera, por tener una edad a la que los resfriados se pagan caros o por lucir larga melena frente a un grupo de calvos conspicuos sin riesgo de que sus cabellos parezcan estopa tras un buen rato de jarreo. Si todo esto se ha abolido, no vaya a ser uno acusado de machista, fascista, paternalista, elitista, discriminatorio o civilizado, más vale que lo comuniquen con claridad las autoridades, aunque sean las de la estupidísima FIFA.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 29 de julio de 2018. ‘Suyo es el reino’

Desde que hace años se desató, entre muchos hombres, una desaforada carrera por adular a las mujeres (y entre muchas mujeres por adularse a sí mismas), son frecuentes las versiones periodísticas, críticas, literarias y cinematográficas según las cuales el mérito de las obras de los varones notables correspondía en realidad a sus mujeres, amantes, amigas o secretarias. A veces fue así, sin duda: en España es conocido que María Lejárraga hacía de “negra” de su marido, el dramaturgo Martínez Sierra, si bien éste nunca fue notable, la verdad. Pero toda fabulación es admisible, sobre todo en la ficción, y así, nada hay que oponer a que se presente a Zenobia Camprubí como la fautora de los versos de Juan Ramón Jiménez, a Alma Reville como el genio tras las películas de Hitchcock, a una joven como fuente de las imágenes de Shakespeare, a Gala como poseedora del talento de Dalí (yo a éste no le veo ninguno, pero en fin), a la copista de Beethoven como alma de su Novena, y así hasta el infinito. Que por ilusión no quede, todo puede ser.

Pero en los últimos tiempos se ha dado un paso más. La operación consiste no ya en atribuirles o restituirles los méritos a las mujeres que quedaron en sombra, sino en presentar a todo varón notable como a un redomado imbécil. Es en el cine donde esto se percibe mejor. Hará un lustro le tocó el turno a Hitchcock, creo que algo escribí ya en su día, discúlpenme. Hubo al menos dos películas sobre él. En una lo encarnaba el gnómico actor Toby Jones (que ya había hecho de Truman Capote) y en la otra Anthony Hopkins en una de las peores interpretaciones de su muy decadente carrera. Por supuesto su mujer, Alma Reville, aparecía como la lista y sabia de la pareja, pero eso es lo de menos. Sin duda trabajaron juntos. Lo llamativo es que en esos retratos Hitchcock no sólo era un sádico, un histérico, un déspota, un engreído y un acosador, sino un completo idiota. Tal vez fuera todo lo anterior, pero idiota es seguro que no. Basta con leer su célebre libro de conversaciones con Truffaut para comprobar que sabía lo que se hacía, y por qué, en mayor medida que casi ningún otro artista. Hopkins lo representaba, en cambio, como si hubiera sido deficiente, y ni siquiera imitaba bien su forma de hablar.

Ahora le ha tocado a Churchill, al que en poco tiempo he visto deformado en tres ocasiones. En la serie The Crown, le daba caricatura John Lithgow, que no se parece nada al Premier británico y lo hacía fatal, en vista de lo cual fue elogiado y premiado. En la película Churchill, el actor era Brian Cox, que tampoco se parece nada y ofrecía escenas grotescas sin parar. (La abandoné tras ver a Churchill arrodillado a los pies de su cama y rogándole histriónicamente a Dios unos cuantos disparates.) En El instante más oscuro, la tarea se había encomendado a Gary Oldman, que merece ser ahorcado —metafóricamente, todo hay que advertirlo— y en cambio se llevó el Óscar de este año. Como aún se parece menos a Churchill, le colocaron prótesis y maquillaje a raudales, y el resultado es una fofa figura de cera que recuerda más a Umbral (esos labios finos y cuasi paralíticos, esas gafas) que al pobre Sir Winston. Pero, más allá de eso, en las tres versiones Churchill resulta ser un memo integral. Su mujer, Lady Clementine, es más inteligente, pero eso nada tiene de particular y acaso fuera verdad. Por supuesto es un borracho constante, un grosero, un iracundo, un balbuciente, un confuso, un dementoide, alguien que se equivoca en casi todo, otro histérico feroz. Yo no conocí a Churchill, claro está, pero he oído sus discursos, lo he visto en imágenes, lo he leído e incluso seleccioné y traduje un excelente relato suyo de miedo en mi antología Cuentos únicos. De la bonhomía irónica de su expresión no queda rastro. Tampoco de su contrastado ingenio (y puede que fuera la persona más ingeniosa de su tiempo). De su magnífica oratoria, poco, o la estropean. De su visión política y bélica, más bien nada. Ya he dicho: un bobo insoportable y zafio.

Mi impresión es que, una de dos: o hay una campaña antiChurchill en su país (váyase a saber por qué), o todo esto responde a la necesidad de nuestro siglo de no admirar nunca a nadie. No se trata ya de las vetustas “desmitificaciones” de moda en los años setenta, sino de convertir en mamarrachos a cuantos llevaron a cabo algo sobresaliente. Es como si nuestra época se hubiera contagiado del mal humor y el resentimiento, presentes y retrospectivos, que dominan las redes sociales. Nadie ha sido nunca digno de respeto, y aún menos de admiración. Todo el mundo ha sido un farsante y el genio no existe ni ha existido jamás. Así que ya no basta con “descubrir” que tal individuo insigne fue un racista, el otro un imperialista, el otro un adúltero sexista, tiránico el de más allá. No, es que todos eran unos cretinos sin excepción. Es como si la sociedad actual no soportara su propia atonía o inanidad general y, para consolarse, tuviera que negarles el talento, la perspicacia, el valor, a todo bicho viviente y a todo predecesor bien muerto. Siempre he estado convencido de que la incapacidad de admirar (o sólo aquello que se sabe que es malo y que por lo tanto “no amenaza” de verdad) es lo que más delata a los acomplejados y a los mediocres. Suyo es, por desgracia, el reino en el que vivimos hoy.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de julio de 2018

[Javier Marías se toma un descanso pero regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

LA ZONA FANTASMA. 22 de julio de 2018. ‘El verdadero mausoleo’

Habría preferido no añadir una miga más al empacho de fútbol, tras un mes entero de Mundial. Pero lo sucedido con la selección española ha sido tan prototípico, tan revelador del carácter aún dominante en nuestro país, que quizá vale la pena echarle un vistazo a esta luz. Más de una vez he mencionado el asombro y el escándalo que me produce con frecuencia el ejercicio del poder en España. Cómo es que, por ejemplo, los alcaldes y alcaldesas tienen capacidad ilimitada para transformar las ciudades que temporalmente gobiernan de manera irreversible, y con total impunidad. Cómo es que no hay —o si lo hay, no se hace notar— algún organismo complementario o superior que ponga freno a sus arbitrariedades, sobre todo cuando afectan irremediablemente al paisaje, a la estructura y al carácter del lugar. Por mucho que estemos en una democracia desde hace cuarenta años, la manera de mandar de muchos sigue siendo la propia de los largos años dictatoriales. No pocos individuos que acceden a un cargo se sienten no sólo omnipotentes, sino facultados para realizar sus caprichos y ocurrencias sin atender al daño que causan, a veces definitivo. No se sabe por qué, tanto Ana Botella como Manuela Carmena se han dedicado a complacer al colectivo ciclista en un espacio más bien contraindicado para la bici, por las largas distancias y las pronunciadas cuestas. La prueba del disparate la tengo cerca: Botella acometió una obra de meses para crear un inútil carril-bici en la calle Mayor, transitado, a lo sumo, por una docena diaria de pedaleantes. Lo mismo ha hecho Carmena con Santa Engracia, hoy destruida e intransitable, Alcalá y otras vías. El cierre de la Gran Vía al tráfico es ya y va a ser un descalabro monumental para comerciantes, hoteleros y la ciudadanía en general. En este caso, además, como en el de la Plaza de España, la alcaldesa y su cínico equipo organizaron referéndums-farsa para “quedar bien”, cuando ya estaba todo decidido antes de que votaran los cuatro partidistas que se prestaron a la pantomima. Y no olvidemos que Gallardón quiso pulverizar uno de los más armónicos espacios urbanísticos de Europa, Recoletos y el Paseo del Prado. Baronesa Thyssen aparte, sólo lo impidió la crisis, la falta de dinero para consumar la tropelía. Y ahora a Carmena no se le ocurre otra majadería que crear una “playa” —sí, con arena a raudales— en plena Plaza de Colón. Aún no sé si nos hemos salvado de tal porquería, porque la señora y sus palmeros están… eso, batiendo palmas ante el estropicio que preparan junto con unos desaprensivos.

Así que también resulta incomprensible y escandaloso que un solo individuo, recién llegado al poder, tenga la potestad de cargarse en un solo día de fatuidad el trabajo de cuatro años y la ilusión de muchos millones de españoles. Sí, claro, aquí hay que contar con el egoísmo, y nunca con el interés de los demás: Florentino Pérez es un constructor, y me imagino que suele ir a lo suyo. Era natural que, al fichar a Lopetegui como entrenador del Real Madrid, le trajera sin cuidado el perjuicio que nos podía ocasionar a todos. Lopetegui ha ido asimismo a lo suyo sin importarle su compromiso previo, aunque no le arriendo la ganancia: ojalá me equivoque, pero no lo veo terminando la temporada en el puesto en que la iniciará. Inoportuno, feo y desconsiderado lo hecho por el Madrid y el exseleccionador. Pero mucho peor todavía la reacción autoritaria, chulesca, engreída del novísimo Presidente de la Federación, Rubiales. Dos fechas antes del comienzo del Mundial, lo sensato y generoso habría sido encajar con flema el desmán ajeno y esperar al término del campeonato, poniendo por delante los mencionados trabajo e ilusión. No podía ser tan ingenuo como para creer que semejante rabieta no iba a desconcertar, desestabilizar y desalentar a los jugadores, como sucedió. Tuvimos que soportar partidos narcotizantes, en los que el balón iba de un lado a otro sin propósito, como si se hubieran olvidado de que el fútbol consiste en meter goles para ganar. Infinitos pases horizontales y hacia atrás, un equipo deprimido y sin la menor incisividad, con un portero estático que contagiaba al resto. Era fácil prever que ocurriría algo así. El cabreo del ofendido Rubiales se impuso sin cortafuegos, sin consultar ni escuchar. Como a menudo acontece en España, en cuanto a alguien se lo elige o nombra algo, se inviste de autoritarismo; es como si se dijera en el acto: “Se van a enterar de que ahora mando yo. A mí nadie se me sube a las barbas, y decapito a quien ose hacerlo, aunque con ello destroce el trabajo de cuatro años y la ilusión de millones”. Así funciona todo aquí, por fortuna con bastantes excepciones. Ese es el máximo legado silencioso franquista, la verdadera pervivencia del dictador. El egoísmo de cada parte, que se ha de dar por descontado, y la destemplanza y engreimiento de muchos al alcanzar el poder, cualquier poder. Más alarmante que la permanencia de los restos de Franco en su tenebroso mausoleo es el estilo de mando que de él han heredado numerosos cargos democráticos de derechas e izquierdas, llámense Gallardón, Botella, Carmena, Torra/Puigdemont, Villar, Rubiales o Colau. Por no hacer la lista más larga.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 15 de julio de 2018. ‘Tiempo sin transcurso’

En una vieja novela hay un personaje llamado Mateu, guardián del Museo del Prado, al que el padre del narrador, Ranz, con un cargo en dicha pinacoteca, sorprende una noche chamuscando con un mechero el marco del único Rembrandt de la colección, que no se sabe —o no estaba claro cuando se escribió la novela— si representa a Artemisa o a Sofonisba. Mateu va acercando su llama peligrosamente al lienzo. Ranz descuelga un extintor de la pared y lo sujeta oculto a su espalda, considerable peso. Como cualquier movimiento en falso puede dar al traste rápidamente con la obra maestra de 1634, se aproxima con cautela e intenta distraer a Mateu, que lleva veinticinco años en el museo. “¿Qué hay, Mateu? ¿Viendo mejor el cuadro?”, le pregunta con calma. “No, estoy pensando en quemarlo”, responde éste desapasionadamente. “Pero, hombre, ¿tan poco le gusta?” Contesta el guardián: “No me gusta esa gorda con perlas, estoy harto. Parece más guapa la criadita que le sirve la copa, pero no hay manera de verle bien la cara”. El cuadro muestra a tres mujeres, a Sofonisba iluminada y de frente (que en efecto es gruesa y luce perlas), a la criadita joven de espaldas, que le ofrece una copa quizá con veneno (según sea Artemisa o Sofonisba), y a una vieja en sombras. “Ya”, dice Ranz, “fue pintado así, claro, la gorda de frente y la sirvienta de espaldas”, a lo que Mateu responde, cargándose de razón: “Eso es lo malo, que fue pintado así para siempre, y ahora nos quedamos sin saber lo que pasa; no hay forma de verle la cara a la chica ni de saber qué pinta la vieja del fondo, lo único que se ve es a la gorda con sus dos collares que no acaba nunca de coger la copa. A ver si se la bebe de una puta vez y puedo ver a la chica si se da la vuelta”. Ranz le razona: “Pero comprenda que eso no es posible, Mateu, las tres están pintadas, ¿no lo ve usted?, pintadas. Usted ha visto mucho cine, esto no es una película. Comprenda que no hay manera de verlas de otro modo, esto es un cuadro. Un cuadro”. “Por eso me lo cargo”, reitera Mateu con gran fastidio.

No contaré el desenlace, no vayan a acusarme de destripar, pese a los veintiséis años transcurridos desde que se publicó este episodio. Lo cierto es que no he podido por menos de acordarme de él al ver la reciente película Loving Vincent, de Dorota Kubiela y Hugh Welchman. En ella sucede justamente lo que anhelaba el guardián Mateu: los muy famosos cuadros de Van Gogh, sus paisajes, sus retratos, cobran vida, se independizan y continúan. Las personas que pintó, el jefe de correos Roulin, su hijo Armand, el Père Tanguy, el célebre Doctor Gachet, su hermano Theo, Marguerite Roulin a la que inmortalizó tocando el piano, el gendarme, el zuavo, el barquero, todos hablan y se mueven y se los ve desde diferentes ángulos. Los cuervos sobrevuelan los campos de paja, el tren avanza por el puente que atraviesa el río, las farolas y las estrellas titilan, la tormenta se abre paso y se arremolina. Si mal no he entendido, cada escena se rodó con actores (destaca el excelente Jerome Flynn, de Juego de tronos) y después cada fotograma (más de 65.000) fue pintado a mano “a la Van Gogh”. El efecto es sorprendente y sin duda grato de contemplar. Los movimientos de los personajes son pastosos y espasmódicos como sus pinceladas, las perspectivas distorsionadas como las de sus cuadros, pero bien reconocibles; los colores son fieles, sobre todo los amarillos (los de los campos, el de la chaqueta de Armand Roulin). El parecido de los actores con sus modelos pictóricos resulta extraordinario (salvo Van Gogh), aunque eso tal vez no sea lo más difícil, la pincelada posterior puede cambiarlos a gusto.

El problema es que lo que la película cuenta (una mínima indagación sobre el suicidio del pintor, con insinuaciones muy débiles de que pudiera haber sido asesinado) carece de interés. Quizá eso es lo que nos ocurriría las más de las veces si los instantes de los cuadros tuvieran un antes y un después; si fuera posible complacer al Mateu que todos albergamos. Hasta hace no muchos años, bastantes espectadores de pintura sabían ese antes y ese después, cuando se trataba de escenas bíblicas o mitológicas griegas. Reconocían el momento que el artista había decidido aislar y detener en el tiempo, estaban familiarizados con el relato del que estaba sacado. Ahora demasiados no tienen ni idea de nada, y no es raro que un estudiante de Historia del Arte identifique a un Cristo simplemente como “hombre crucificado”. Y cuando las escenas son inventadas, o costumbristas, o retratos, quizá lo que nos fascina y debe fascinarnos es su falta de referentes y de antecedentes, de antes y después, de historia. “Esto es un cuadro”, le decía Ranz a Mateu en aquel viejo episodio. Hay pinturas ante las que quisiéramos ver más de lo que se nos enseña: el rostro de alguien que estará de espaldas hasta la eternidad, para entendernos. Pero esa extraña y a ratos hipnótica película, Loving Vincent, nos muestra por qué un pintor debe ser sólo un pintor, jamás un novelista ni un cineasta. La pintura no es narrativa, sino acaso lo contrario: tiempo sin transcurso, elegido y congelado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 8 de julio de 2018. ‘Hacia Bizancio’

Foto. Hattie Miles

El pasado 1 de junio, a los ochenta y ocho años, murió John Julius Norwich, con quien había tenido leve contacto a raíz de la publicación de su libro Los Papas. Una historia en mi diminuta editorial Reino de Redonda. Como era uno de los poquísimos autores vivos de la colección, y mi admiración por él venía de antiguo, en seguida le ofrecí la posibilidad de convertirse en Duke del Reino fantasmal. Aunque ya poseía un verdadero título, el de Vizconde Norwich, heredado de su muy singular padre Duff Cooper, mi propuesta le hizo aparente ilusión, sobre todo porque le sugerí ser Duke of Bizancio, a cuyo imperio había dedicado tres gruesos volúmenes entre 1988 y 1995. También es enorme su Historia de Venecia en dos tomos, y son varias sus obras sobre un asunto que, cuando él lo abordó por primera vez en 1967, se había estudiado poco o nada, a saber, la larga dominación de Sicilia por los normandos, que ha dejado en esa isla varias maravillas arquitectónicas y un extraño bagaje cultural que se mezcla con el de tantos otros dominadores, incluidos los españoles. Pero, además de sus numerosos libros (el más reciente, sobre Francia, apareció poco antes de su muerte), durante años dirigió y condujo programas de radio y televisión en la BBC, sobre cuestiones tan variadas como la caída de Constantinopla, Napoleón, Cortés y Moctezuma, Maximiliano de México, los Caballeros de Malta, la Guerra Zulú, Turquía y Toussaint l’Ouverture. Fue un hombre modesto, que reconoció no haber “descubierto” un solo hecho histórico en su vida, y haberse limitado a contarlos de forma clara, ordenada, amena y también ingeniosa —pero en todo caso rigurosa—. Tituló sus memorias Trying to Please, o Intentando agradar, haciendo suya la frase que le dedicó su niñera: “Este bebé trata de agradar”. Según me cuentan ahora su hija y su yerno, los distinguidos escritores Artemis Cooper y Antony Beevor, se ha despedido procurando no molestar: “Ha sido lo bastante listo”, decían, “para cesar justo antes de entrar en el mundo de las sillas de ruedas y los cuidadores permanentes”.

Siempre que se muere alguien con inmensos saberes, me pregunto por la extraña cesación de esos saberes, que, por mucho que hayan quedado plasmados en tinta, desaparecen con la persona que los fue acumulando a lo largo de toda una vida. La idea me causa tanta desazón como la de la desaparición de los recuerdos de cada individuo, que, sean anodinos o llamativos, espectaculares o vulgares, son los suyos, y como tales únicos y queridos. Haberlos contado en memorias o en diarios o en una autobiografía no sirve de mucho desde mi punto de vista, porque los recuerdos ajenos, por sobresalientes que sean, suelen dejar indiferentes a los demás. Nadie es capaz de apreciar nuestros recuerdos como nosotros mismos: lo que para nosotros tiene un sentido o es relevante, o nos conmueve de manera poco explicable, suele dejar frío al resto de la humanidad, que, en el mejor de los casos, lo escucha o lo lee con una combinación de impaciencia e intermitente curiosidad.

Esa desaparición final de los saberes —la difusa conciencia de que eso sucederá tarde o temprano— creo que es lo que lleva a muchos miembros de la sociedad actual a no intentar ni siquiera adquirirlos. Para qué tanto esfuerzo, debe de pensar hoy la mayoría de la gente, cuando los “datos” están ahí, al alcance de unos pocos clics, en caso de necesidad. Para qué asumir o asimilar, como hicieron Norwich y tantos otros, la complicadísima y entera historia de Bizancio, o de Venecia, o del Papado. Ya se ve que las personas pueden atravesar tranquilamente la tierra ignorándolo todo, desde lo ocurrido en el mundo antes de su llegada hasta lo pensado por los filósofos y los escritores; desde quién fue Newton hasta qué fue Lo que el viento se llevó; qué enseñó Platón y cómo cantó Elvis Presley, hoy se borra todo con suma facilidad. A los gobernantes no parece importarles un planeta lleno de analfa­betos virtuales y de ignorantes profundos. Al contrario, lo propician por todos los medios, con unos planes de educación cada vez más “lúdicos” y más lelos, en los que se prima lo estrictamente contemporáneo, es decir, lo efímero y fugaz, lo obligatoriamente sin peso ni poso, lo forzosamente necio y superficial. Hace ya décadas que se crean sujetos para los que el mundo empieza con su nacimiento, a los que les trae sin cuidado saber por qué somos como somos y qué nos ha traído hasta aquí; qué hicieron nuestros antepasados y qué pensaron las mejores mentes que nos precedieron. Para colmo, se ha convencido a estos cerebros de conejo de que son “la generación mejor preparada de la historia”, cuando probablemente constituyan la peor, con frecuencia primitivos atiborrados de información superflua y sólo práctica. Pero ochenta y ocho años son muchos, y no todos pueden pasarse en la inopia, la autocomplacencia y el desconocimiento, si queremos abrirnos paso y enterarnos de algo. Pensar que total para qué, si un día todo desaparecerá, es tan absurdo como no afanarse en ganar dinero (y bien que se afana la gente en eso), dado que tampoco nos lo podremos llevar a la tumba, o que tan sólo necesitaremos una moneda para remunerar al barquero, cuando tal vez zarpemos hacia Bizancio en la travesía final.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 1 de julio de 2018. ‘Líbranos de los puros, Señor’

Me fui dos días de viaje. Al partir había un Presidente del Gobierno con sus ministros y al volver había otro, todavía sin gabinete. Unas fechas más tarde, cambió el director de este diario (suerte al saliente y suerte a la entrante, y a sus respectivos equipos). Al poco había nuevos ministros, saludados con cierto respeto (con alguna excepción), cosa rara en España. El siguiente miércoles ya se había hecho dimitir a uno de ellos, y también se había destituido al seleccionador de fútbol, la víspera de comenzar el Mundial. (Había un Presidente de la Federación reciente, así que dio un martillazo en la mesa para que se le notara personalidad.) El cesante llevaba dos años en su cargo y no había recibido más que parabienes, pero inoportunamente se había anunciado que al término del campeonato pasaría a dirigir al Real Madrid, del cual, unas semanas antes, se había despedido Zidane tras ganar tres Copas de Europa consecutivas y gozar de la devoción de sus jugadores. Por cambiar, ha cambiado de pronto hasta el jefe de El Corte Inglés, que en su campo es una institución.

Sin duda cada relevo es distinto y obedece a distintas circunstancias. Pero, sea como sea, en estas semanas se ha comprobado que este es un país de vaivenes y extremos, y de éstos no se sabe nunca cuál es peor. Uno de los más perniciosos efectos de la insoportable y prolongadísima corrupción de políticos, constructores y empresarios es que —en apariencia— se ha pasado a lo opuesto. De boquilla, claro está; sin entrenamiento previo; sin tradición de honradez; con los aspavientos y la ira inquisitorial de los conversos, es decir, de los hipócritas. Es como si se hubiera iniciado una competición por demostrar quién está más limpio, quién es más puro e incontaminado, quién más intransigente con los podridos, quién defenestra mejor a los sospechosos. Y claro, no nos engañemos: este, como Italia, es un país secularmente indulgente con los hurtos, las picardías, la transgresión leve, los pecados veniales, las pillerías. Es más, ha admirado todo eso, tácita o abiertamente. Ha envidiado a quienes osaban cometerlos y se salían con la suya y rehuían el castigo. No es esta una actitud de siglos remotos. Hace pocos años causaba incredulidad que, sabiéndose cuanto se sabía de la corrupción del PP de Valencia, este partido siguiera ganando allí elecciones generales, autonómicas, municipales, una y otra vez. Por no hablar del consentimiento catalán de décadas a los Pujol y al 3%. En casi todas las comunidades encontraríamos el mismo panorama, de Galicia a Baleares a Andalucía a Madrid.

Esto era lamentable (¿era?), pero era nuestra historia y la verdad. Ahora, de repente, el país se ha llenado de virtuosos que miran con lupa hasta el más insignificante curriculum de cualquiera, para ver si ha mentido o lo ha inflado, algo que probablemente hace o ha hecho el 80% de la población con curriculum. Se escudriñan las declaraciones de la renta, como si hubiera algún español (¿el 5% quizá?) que jamás hubiera intentado mejorar su tributación con algún recurso legal o semilegal. En esto, además, es difícil que nadie esté limpio, porque Hacienda se encargó de que todos metiéramos la pata: lo que un año admitía, al año siguiente o dos ya no, y a veces la falta era retroactiva. Uno ve clamar al cielo a políticos de lo más dudoso (ver a Monedero o Hernando con el manto de la Inmaculada produce irrisión), acusando con el dedo al individuo caído en desgracia o víctima de una cacería. Lo mismo a periodistas y tertulianos, muchos de los cuales habrán incurrido exactamente en lo mismo que el linchado de turno: lejos de mostrarle comprensión o solidaridad, se ensañan con él, sin caer en la cuenta de que ellos pueden ser los próximos. El resultado de esta falsa furia purificadora es el habitual en casos así: todo se agiganta y no hay matices; cualquier pequeña omisión es presentada como un grave crimen; alguien con una multa por haber aparcado mal corre el riesgo de acabar inhabilitado para cualquier cargo público, o docente, o empresarial; se confunde una infracción con un delito; se considera corrupto a quien meramente fue mal aconsejado o cometió un error; la buena fe está descartada y se presupone siempre la mala.

Pero, como nuestra tradición es la que es (y éstas no cambian en un lustro ni dos), todo este espíritu flamígero es impostado, farisaico, artificial, suena a fanfarria y a farsa. Después de hacer la infinita vista gorda ante la corrupción más descarada, ahora toca no pasar una, con razón o sin ella. Darse golpes de pecho y exigir a los demás (eso es invariable: a los demás) una trayectoria sin tacha en todos los aspectos. Y aquí ya no apuntaré porcentajes: niños aparte, no hay en España un solo ciudadano con una trayectoria impoluta en todos los ámbitos de la vida. Lo peor es que quienes mejor lo saben son los políticos, los periodistas y los tertulianos que (con la honrosa excepción, que yo sepa, de Nativel Preciado y Carmelo Encinas, justo es reconocérselo) se han puesto últimamente el disfraz de la Purísima, sin pecado concebida. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de julio de 2018