LA ZONA FANTASMA. 3 de marzo de 2019. ‘Dejar de meter la pata sin cesar’

En los últimos cuarenta y dos años, desde las elecciones de 1977, he votado muy variadamente. Desde —en aquellas primeras— a un partido de larga izquierda y corta vida y cuyo nombre ni recuerdo —vivía yo entonces en Barcelona—, hasta al CDS de Adolfo Suárez, que tampoco duró nada, y del cual me atrajo en su día su propuesta pionera de suprimir la mili que tanto amargó a los jóvenes españoles. Es decir, hace ya mucho que no me he sentido encorsetado por mis convicciones “de izquierdas”. Hay quienes se tatúan la frente y al día siguiente de votar son incapaces de mirarse al espejo si la papeleta que depositaron no coincide con el tatuaje o se le aproxima mucho. No es mi caso: llevo demasiadas legislaturas en las que voto contra quien me parece peor o más dañino; o a favor de quien veo menos repugnante o nocivo; o, como escribí años atrás, a quien me da “sólo” noventa y ocho patadas, en vez de las cien de nuestra locución verbal. Ojo, noventa y ocho son un montón, pero siempre hay otras formaciones que nos dan esas cien de rigor, o incluso ciento diez. Es lo que me pasa con el Partido Popular, que jamás ha entrado en mis fluctuaciones ni entrará, menos aún tras haber colocado a su frente a Pablo Casado, un vetusto joven que tiene como ídolo… a Aznar. Ni a éste ni a su partido les perdonaré nuestra involucración en la embustera, ilegal y contraproducente Guerra de Irak ni sus desfachatadas mentiras tras los atentados del 11-M de 2004, con el Ministro del Interior Acebes jurando que habían sido obra de ETA. La primera vez que voté al PSOE fue de hecho aquel año. No porque me gustara Zapatero, sino porque lo urgente me parecía que nos quitásemos de encima la losa de Aznar. Era una de esas ocasiones en las que “cualquiera menos él”. (Y dicho sea de paso, la única y aterradora hipótesis en la que me vería escogiendo la papeleta del PP sería si un día la cosa se dirimiera entre ese partido y Vox; o tal vez Podemos, que tanto se asemeja a Vox, más o menos como en Francia suelen ir de la mano el “izquierdista” Mélenchon y la ultraderechista Le Pen, o en Italia el M5Stelle y La Lega, que gobiernan juntos. Todos admiradores de Putin, por cierto.)

De aquí a dos meses volveremos a tener elecciones, y una vez más habrá que buscar el partido que nos dé “sólo” noventa y ocho patadas, o incluso noventa y nueve. El PSOE lleva largo tiempo entontecido y en buena medida “podemizado”. De Podemos y sus confluencias ya está comprobado que sólo se pueden esperar megalomanía, caudillismo, antieuropeísmo, connivencia con los independentistas totalitarios y espíritu falangista-peronista. De los partidos nacionalistas, mezquindad sistemática y deslealtad hacia el conjunto. Pablo Casado no desaprovecha ocasión de soltar imbecilidades. Pero no imbecilidades inofensivas, sino dictadas por la mala fe. Un camorrista autosatisfecho, no se entiende satisfecho de qué. Y luego está Ciudadanos. Creo que nunca he hablado de ellos, quizá porque me parecía prudente no hacerlo hasta verlos más. Han tenido la suerte de no gobernar en casi ningún sitio hasta hoy. Y cuentan con quien es, en mi opinión, la política o político más inteligente y convincente de cuantos hay en España, Inés Arrimadas. Excelente parlamentaria, siempre con el tono adecuado (firme pero no prepotente), en absoluto engreída (algo insólito en su ámbito), casi nunca da la impresión de decir lo que no piensa (tal vez hasta hace poco, tal vez por “órdenes”). Ha sido lo bastante lista, además, para “perder un avión” de Barcelona a Madrid y no estar presente en la deprimente concentración de banderas de hace tres domingos en Colón. (Cuando veo muchas banderas, tanto me da cuáles sean, no puedo evitar acordarme de Núremberg en 1934.)

Rara vez la gente vota unánimemente, en contra de lo que cada partido desearía para sí. Hay que aceptarlo y tenerlo en cuenta, y en ese sentido no estaba mal que hubiera una formación de centroderecha, aunque demasiado liberal en lo económico. Hay electores a los que eso va bien: un partido moderado, laico, conservador, no intrusista, equiparable a los que tradicionalmente ha habido en los demás países europeos. Ciudadanos podía ser eso. Así que resulta decepcionante y penoso verlo meter la pata en los últimos tiempos y enajenarse a posibles votantes. Se ha asimilado a este “nuevo” PP chulesco, beligerante y rancio, exagerado hasta la histeria. C’s se mantuvo más a distancia del de Rajoy para no verse salpicado por la corrupción, pero esa corrupción no ha desaparecido por arte de magia, y en cambio han reaparecido el encono y la bravuconería de Aznar. Tampoco le ha dado la espalda a Vox, que es como no dársela en Francia a Le Pen o en Hungría a Jobbik (partido más racista que Orbán, que ya es decir). Buena parte de los españoles piensa que lo menos malo en el actual panorama sería un pacto entre el PSOE de Rubalcaba o Guerra, para entendernos, y el Ciudadanos de Arrimadas. Dos partidos constitucionalistas, europeístas y no furibundos; en estos tiempos difíciles poco más se puede pedir. Pero Rubalcaba y Guerra están arrumbados y Arrimadas no es cabeza de lista. Quizá estén todos a tiempo —aún faltan casi dos meses— de dejar de meter la pata sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de marzo de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2019. ‘Tamaño y tiempo’

Yo, que no he tenido hijos, me encuentro ahora con dos nietos. No de sangre, obviamente, pero tanto da: si a uno le tocan cerca unos niños, y le caen muy bien (no siempre sucede, los hay antipáticos o sosos), es fácil cobrarles afecto y hacerlos “suyos” en algún sentido, aunque sólo sea porque ellos cuentan con uno y así son quienes deciden el vínculo, al que no es posible sustraerse. Si un crío confía en nosotros, lo último es defraudar su confianza. Quizá por no haberlos tenido propios, por falta de acostumbramiento, los observo con gran interés. Es muy probable que los lectores padres y madres y abuelos, al leer estas líneas, piensen de mí: “Vaya, ha descubierto la pólvora”. Me disculpo con ellos, naturalmente. Pero también es posible que, por la misma falta de hábito, me fije en detalles extravagantes en los que acaso no reparen quienes se han pasado la vida entre criaturas.

La niña, Berta, es aún muy chica, tres meses recién cumplidos. Ya sonríe cuando se le dicen cosas afectuosas, y se agita de contento como un animalillo, a buen seguro sin saber por qué, ni lo que hace. Lo que me llama la atención es que, tan minúscula, responda ya a los estímulos del bien querer y del halago, que a su manera “comprenda” el habla cariñosa, ya que aún no las palabras. Pero, como me sucedía asimismo con una sobrina-nieta que ahora tiene cinco años, lo que más me intriga es la intensidad de su mirada cuando escruta a su alrededor, o a quien tiene delante, incluso a su propia madre. Mira con profundidad, como si quisiera desentrañar un enigma con el solo poder de su vista, supongo que es el principal medio con que cuenta para deducir, entender y reconocer. Cuando los niños son tan pequeños, no puedo evitar preguntarme qué diablos “piensan”. Ya sé que es un verbo excesivo, pero algo semejante al pensamiento debe rondarlos desde el primer instante. Y asocio su llegada al mundo con la de uno de nosotros a un planeta desconocido, sólo que ellos carecen de términos de comparación, encima. En verdad resultan misteriosos, quién sabe cómo interpretan.

El niño, su hermano, que se llama Unai y se llama Ernest, tiene dos años y tres meses. Como casi todos los de su edad, corre ya como loco y en todo se fija. Como también es frecuente, imagino, le encantan los trenes, las ambulancias, los furgones de policía, las grúas. Hace poco su juvenil abuela lo llevó a la Estación de Francia y unos amables ferroviarios le permitieron subirse a un tren que iba a partir, y fingir que lo conducía. Se quedó atónito primero, y después embelesado: un acontecimiento, en su vida todavía conformada por cosas mínimas. Algo que me extraña en los niños es que parecen encontrar normal su tamaño, y no poder alcanzar cuanto desean, y depender de los mayores para tantísimas actividades, para vestirse incluso. No parece molestarles que casi todo el mundo sea mucho más alto que ellos, y no sé cómo encajan esa particularidad. No creo que sean conscientes (no al menos a la edad de Unai o Ernest) de que los aguarda un crecimiento continuo, menos aún de que llegarán a la altura de sus padres y la sobrepasarán probablemente. Poco a poco aprenden lo que es el tiempo, pero les cuesta (también a los adultos, dicho sea de paso). “Mañana” no significa nada para ellos. “Dentro de unos días” les es inconcebible. Infiero que el tiempo presente es lo único que hay para ellos, y que se les aparece como infinito e inmutable. “Si mi madre o mi padre no están, eso significa que no estarán nunca; y si están, es que van a estar siempre”, deben de “pensar”, o intuir acaso. De ser así, el suyo me parece un mundo de extremos y de contrastes difícil de soportar, del cual seguramente los salva su capacidad para el fácil y rápido olvido. El olvido, supongo, es una bendición defensiva desde el principio.

Unai o Ernest es curioso hasta la aventura y a la vez cauteloso. Ante un bazar chino, repleto de objetos como todos, se iba acercando a la puerta con pasos cortos y paradas, como si esperara a que le dieran permiso para adentrarse, o simplemente a ver qué ocurría si persistía en su aproximación, como un explorador avezado y prudente. Nadie le dio indicación alguna, pero su curiosidad fue más fuerte. Por fin atravesó el umbral y, siempre con respeto o sigilo, empezó a mirar cosa por cosa; todo lo atrae, lo mismo que cuando va por la calle: ir con él es ir parándose y explicándole, porque quiere explicaciones; aunque no las entienda cabalmente, quiere palabras. El nacimiento de Berta lo ha desconcertado un poco, claro está. Alternaba besos y regalos (o por lo menos le enseñaba sus cuentos y juguetes) con momentos de recelo. Pero un mínimo episodio reciente da fe de que ya la ha “adoptado”. Unos niños de unos siete años se acercaron corriendo al cochecito para ver al bebé, con buenas intenciones. Pero como Unai o Ernest las desconocía, por si acaso se interpuso entre ellos y la hermana, para protegerla de cualquier peligro, como un pequeño soldado. Qué iba a poder un niño de dos años contra varios de siete. Quizá él no era consciente de que poco podría, y sin embargo le brotó el gesto, la voluntad, el afán. Era como si les dijera: “A ver qué queréis, que a esta nena yo la guardo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 17 de febrero de 2019. ‘Contra sus amigos más fieles’

Cuando esto escribo, los taxistas madrileños llevan en huelga dos semanas y además bloquean zonas de la ciudad a su antojo. Ya hicieron otra hace seis o siete meses, y uno se pregunta cómo es que un gremio que depende —­así lo cuentan sus miembros— de lo que trabajan y recaudan diariamente, con jornadas de más de doce horas para alcanzar lo presupuestado, se pueden permitir no ingresar nada durante tantísimos días. Hay “cajas de resistencia”, dicen; deben de estar repletas, para cubrir a quince mil conductores. No voy a entrar en el fondo de la cuestión porque ignoro demasiadas cosas sobre el litigio que los enfrenta con los VTC. Puede que los taxistas tengan toda la razón o ninguna, o —lo más probable— que la tengan en parte y en parte no.

Hace tiempo que muchas huelgas de nuestro país parecen haber perdido de vista dos factores primordiales: 1) a quién se presiona, contra quién se protesta; 2) a quién se perjudica con la suspensión de actividades. Los obreros de una fábrica lo tienen claro. Se presiona a los dueños o empresarios para que mejoren las condiciones de los trabajadores o humanicen los turnos, y asimismo se los perjudica a ellos, que no producen ni venden. Estas huelgas son nítidas e irreprochables. Hay otras en las que la relación directa está menos clara: una compañía extranjera decide sacar de España —o de tal o cual autonomía— sus fábricas, que son privadas; al instante se inicia una protesta contra el Gobierno, que las más de las veces no puede hacer nada al respecto; la compañía extranjera es libre de trasladar su negocio, por mucho que casi siempre lo haga sin tener en cuenta el daño que inflige a sus empleados de decenios y la pésima situación en que los deja. Y luego están las huelgas en las que se hace presión a las autoridades y se perjudica sólo a los ciudadanos, que no suelen tener culpa en el conflicto ni capacidad para remediarlo. Son las huelgas de trenes y aviones, metro y autobuses, basureros y barrenderos, enfermeros y médicos. Dado que todos dependemos de esos servicios, a todos nos afectan y fastidian, o nos ponen en peligro. La idea es que la sociedad, al verse privada de cosas fundamentales, presione a su vez a las autoridades para que cedan a las reclamaciones —justas, a menudo— de los huelguistas. Pero la sociedad no es homogénea, está dispersa, y sólo converge en su cabreo y su hartazgo, no está muy claro si contra esas autoridades inflexibles o contra los huelguistas también inflexibles. Lo cierto es que a quienes se toma como rehenes es a los ciudadanos sin arte ni parte.

Esta huelga es distinta, porque no va dirigida a fastidiar a la población entera, sino a los amigos de los taxistas. No castiga a quienes sólo cogen el autobús y el metro, ni a quienes tienen coche, ni a quienes ya les han dado la espalda hace tiempo y prefieren los VTC. Perjudica tan sólo a quienes, fielmente, nos subimos a los taxis con frecuencia. A los que carecemos de smartphones y por lo tanto de apps con las que contratar Cabify o Uber. A quienes seguimos siendo sus clientes y —no me gusta la frase, pero la aventuro— les procuramos el sustento, con nuestra lealtad a ese viejo medio de transporte. Esta huelga va exclusivamente contra nosotros, algo que los taxistas no se han parado a pensar o que les trae al fresco. En estos días ya he leído cuatro artículos de columnistas que, como yo, se confesaban usuarios del taxi, y se prometían no volver a cogerlos. Se comprarán un smart­phone y prescindirán de ellos. Este puede ser el resultado de su huelga desproporcionada, salvaje y desconsiderada hacia sus fieles. En estas dos semanas me he dado caminatas de ocho kilómetros, un poco excesivo. No he podido ir a ver a hermanos que viven en Majadahonda o en Torrelodones. Me he visto muy limitado en mis movimientos. Un buen amigo, que desde hace meses va con muletas y no puede ni llegarse a una boca de metro, lleva confinado en su casa todo este tiempo, con grave perjuicio para sus quehaceres. Miles de personas han debido arrastrar maletas o cochecitos de niño desde las estaciones o el aeropuerto, algunas ancianas o en mal estado físico. El segundo factor que he mencionado —a quién se perjudica— no se ha tenido en cuenta, de manera contraproducente: los únicos a los que se daña y se indigna son precisamente aquellos que no han “traicionado” al taxi. (Ojo, no eximo de culpa al incompetente y holgazán Ministro Ábalos ni al vengativo y haragán Presidente madrileño Garrido, pero esa es otra historia.)

Yo he recurrido al taxi incluso para viajes cortos a otras poblaciones, es decir, soy un gran entusiasta. No sé si, como esos colegas míos, me compraré un teléfono que me permita olvidarme de ellos. Puede que no, pese a todo. Lo que sí sé es que mi trato con los conductores ya no será nunca el mismo. Se acabaron las propinas o redondeos. Se acabó la charla que a veces es bienvenida y a veces en absoluto. Se acabó oír con paciencia la emisora que, a todo volumen, lo obligan a uno a padecer con frecuencia. Lo único que me saldrá decirles será “Buenas tardes”, la dirección y “Adiós, gracias”. No hay por qué ser cordial con quienes tratan a patadas, precisamente, a sus aliados más fieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2019. ‘Parte de nosotros’

Es feo reconocerlo, pero la mayoría de la gente no hace distingos y rechaza las matizaciones. Aún más feo y triste es admitir la excesiva influencia de los gobernantes en la percepción que tenemos de sus países y pueblos. No sirve de mucho que cuando Trump fue elegido Presidente hace un par de años, perdiera el voto popular por una diferencia de dos millones, si mal no recuerdo, y que sólo el injusto sistema electoral americano le permitiera ser investido. Desde entonces, nuestra idea de los Estados Unidos ha cambiado para mal, y esa pésima idea afecta a la totalidad de sus ciudadanos. Aunque sepamos que una gran parte de la nación detesta a Trump y lo padece en mayor medida que ningún extranjero, la mancha se extiende también sobre sus víctimas. Hace poco decliné una invitación de Harvard porque —le expliqué a quien me escribía— “no pisaré su país mientras Trump siga en el cargo”. El profesor en cuestión era tan contrario a su Presidente como yo o más, pero mi decisión —personal, insignificante— es irreversible, como lo fue la de no ir por allí durante los mandatos de Bush Jr, y la cumplí a rajatabla. Así que si yo, que procuro atender a los matices, reacciono de esta manera drástica, cómo no reaccionarán tantos que ni siquiera lo procuran. Por su parte, Gran Bretaña ha sido siempre uno de mis países favoritos, y mi declarada anglofilia me ha traído no pocos desprecios en España. Desde la votación del Brexit, sin embargo, mis simpatías han ido menguando. Sé que los partidarios de abandonar la Unión Europea fueron pocos más que los deseosos de quedarse, y que además muchos de éstos, confiados en que no se impondrían el despropósito y las mentiras flagrantes, se abstuvieron despreocupadamente. Tengo bastantes amigos ingleses y escoceses y están todos horrorizados o desesperados. No he tomado la misma decisión —personal, insignificante— que respecto a los Estados Unidos (me cuesta más, y el Brexit aún no se ha producido), pero tengo escasas ganas de visitar un lugar que siempre me alegró y me atrajo. Los gobernantes, en efecto, tienen más peso del deseable, y cuando son oprobiosos tiñen a todos con su oprobio.

Por eso es tan irresponsable y dañino lo que los dirigentes independentistas catalanes llevan haciendo seis años. Otras consideraciones aparte, han logrado que en el resto de España nazca y crezca una animadversión indiscriminada hacia “los catalanes”, cuando, de los seis o siete millones que son, sólo dos (según los cálculos más interesados) apoyan ese procés de tintes racistas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos, por mucho que sus promotores lleven cínicamente en los labios la palabra “democracia” y que el idiótico PEN los jalee a cambio de dádivas. Durante estos seis años han acumulado insultos, desdenes, calumnias y agravios sin fin hacia “los españoles”, con especial inquina hacia madrileños, andaluces y extremeños. Por fortuna, la reacción ha sido exigua, lenta y nada exaltada. Pero es obvio que la paciencia se erosiona y que el hartazgo va en aumento. A los Mas, Puigdemont, Junqueras, Torra, Rovira, Artadi, Rufián y compañía eso les trae sin cuidado; de hecho ansían más hartazgo. Lo cierto es que, incluso si un día su anhelada República fuera un hecho y Cataluña independiente, la geografía, tozuda, no variaría, y seguiríamos siendo vecinos. ¿Es aconsejable irritar deliberada y sistemáticamente al vecino, cuando además es nuestro mayor cliente? ¿Cuando es al que solicitaríamos ayuda en caso de catástrofe natural o de atentado terrorista masivo? ¿Cuando llevamos siglos de convivencia y solidaridad ininterrumpidas, pese a las fricciones innegables? ¿Cuánto tiempo va a costar restablecer la confianza perdida y la estima deteriorada?

Dado que nos consideramos compatriotas y que estamos muy mezclados, en este caso es más necesario no perder de vista los matices y hacer un continuo esfuerzo por recordar que los usurpadores mencionados no son en absoluto “los catalanes”, sino más bien —gracias a otro sistema electoral injusto— individuos que, merced a una mayoría artificial parlamentaria, han tomado como rehenes a todos sus conciudadanos. Hay cuatro o cinco millones que no hacen sino padecerlos, y a éstos no podemos darles la espalda ni abandonarlos a su suerte, son la mayoría. Conozco a muchos, catalanoparlantes. Paso parte del año en su tierra y, madrileño como soy, y habiéndome pronunciado públicamente en contra no del independentismo (defienda cada cual lo que quiera), sino de este independentismo totalitario y por las bravas, nunca me he sentido rechazado ni me he visto desairado, ni en privado ni por la calle. Más bien al contrario. Ahora que empieza el juicio a los políticos acusados de delitos, el ruido subirá aún más de tono. La difamación de la democracia española no conocerá límites ni escrúpulos. Las ofensas se multiplicarán. Se nos dirá que no pasó lo que hemos visto. Quienes fomentan el odio se aplicarán con ahínco. Justamente ahora es preciso no perder de vista que “los catalanes” no son los que vociferan, increpan y calumnian, en modo alguno. Siguen siendo parte de nosotros, como lo han sido siempre, aunque para los usurpadores y sus acólitos nosotros ya no seamos parte de ellos. Eso no debe importarnos. Son muchos, pero los menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2019. ‘Insaciabilidad’

No se preocupen los no aficionados al fútbol, que la referencia a este deporte será sólo un preámbulo. Es sabido que en él no hay paciencia ni, lo que es peor, mérito que se acumule. Lo estamos viendo una vez más esta temporada: el Real Madrid ganó la Copa de Europa del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, tres seguidas. Aún es más, ganó cuatro de las últimas cinco disputadas, hazaña que ni de lejos ha conseguido ningún otro equipo del continente. Hoy, sin embargo, juega pobremente, está casi descartado en la Liga y no promete llegar lejos en esa Copa de Europa (aunque, como se le ha dado tan bien siempre, nunca se sabe). La hinchada y la prensa están furiosas, desprecian al entrenador y a los jugadores. A mi modo de ver no pasa nada si un equipo padece una mala racha después de tantos triunfos. ¿Qué más se puede pedir? Es natural que el nivel no sea siempre el mismo, más aún tras la marcha del excelente entrenador Zidane y del máximo goleador del club en toda su historia, Cristiano. Lo angustioso del fútbol es que nada de lo logrado importa, que el pasado no existe aunque sea muy reciente, que las mayores gestas no bastan si no tienen continuidad inmediata ni se repiten indefinidamente. Si yo fuera futbolista, viviría desesperado y atemorizado: “El domingo metí tres goles, pero si hoy no meto ninguno, esos tres no servirán de nada y seré abucheado”. El difunto Luis Aragonés lo expresó sin ambages hace mucho tiempo: “Aquí sólo vale ganar y ganar y ganar y ganar. Y ganar y ganar y ganar y ganar…” Así hasta el infinito, una espantosa tarea de Sísifo, cuyo mito ya no sé si conoce mucha gente.

Lo que no era de esperar, sin embargo, es lo que podría llamarse la “futbolización” del mundo, en todos los ámbitos. Las personas tienen cada vez más la sensación de que cuanto hacen es inútil… a no ser que lo hagan una y otra vez, que lo sigan haciendo. Si uno presta un favor, por ejemplo, rara vez sucede lo de antes: ese favor no se olvidaba y uno atesoraba una dosis de agradecimiento por parte del favorecido. Ahora es más bien una trampa en la que uno cae o se mete. Si ha hecho un favor, debe hacer también el próximo, y el otro, y el siguiente. Los precedentes cuentan poco o no cuentan: están en el pasado, y del pasado quién se acuerda. Y si alguien se acuerda, es para exigir que uno esté a la altura, que vuelva a cumplir como si eso se hubiera convertido en una obligación adquirida. Alguna vez he relatado lo que a menudo me ocurre cuando se me pide una colaboración que no me interesa ni me apetece y a la que accedo por simpatía o por cortesía. Es frecuente que, al cabo de un tiempo, el solicitante al que complací vuelva a la carga. Y si mi respuesta es No a la segunda, no es raro que el insistente, lejos de mostrarse agradecido por la ocasión anterior y comprender que ha abusado, monte en cólera por mi negativa. “Si me escribió usted un texto, ¿cómo osa negarme otro? Si se plegó a la primera, le toca plegarse siempre”. Exagero, claro, pero esa es la actitud en el fondo.

Algo semejante ocurre en todas las actividades. El escritor George R. R. Martin acaba de publicar una gruesa novela, al parecer una “precuela” de su famosa serie. Desconozco la calidad de su prosa, pues no le he leído una línea; pero admiro sobremanera su capacidad imaginativa, tras ver por segunda vez, seguidas, las temporadas de la serie Juego de tronos, en previsión de la última. Ese hombre ha completado ya una obra ingente que, en sus versiones literaria o televisiva, nos ha proporcionado placer a millones. En una entrevista reciente, el pobre Martin se lamentaba de que, nada más sacar esta voluminosa novela que le había costado esfuerzo, no pararan de preguntarle: “¿Para cuándo la próxima entrega de Cantar de hielo y fuego?” (Que es como debería haberse traducido su ciclo, más conocido ya como Juego de tronos.) Muchos de sus lectores no le aprecian lo ya hecho, ni se lo agradecen. Lo consideran poco menos que un esclavo a sus órdenes, que no debería descansar. Sus Copas de Europa alzadas no sirven. Hasta tienen el mal gusto, esos lectores despóticos, de regañarlo por su gordura. No es que les preocupe su salud por afecto; simplemente temen quedarse sin la resolución de la historia si Martin palma antes de concluirla. Es puro egoísmo, sin un ápice de gratitud ni de estima. Esto es algo generalizado, el caso de este autor es tan sólo el más extremo, dada la repercusión planetaria de su obra. A nadie le computa haber ya cumplido con creces. Nadie puede pararse y decirse: “Es suficiente; y además, me he cansado”. Si tiene esa flaqueza, sus logros anteriores serán borrados al instante. Y lo vemos en todos los niveles: cuando alguien dimite o es destituido de un cargo, sea el de ministra o el de cajera del supermercado, se le agradecen someramente “los servicios prestados” y a lo sumo recibe una palmadita en la espalda poco sentida. Cuanto hizo no cuenta… desde el momento en que ya no lo sigue haciendo. He dicho que el fútbol y su insatisfacción permanente han teñido el mundo, pero quizá sea más bien el capitalismo más salvaje y demente, el que pide más y más y más, y más beneficios un año tras otro hasta que nos muramos… Es como para pararse y no hacer nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de enero de 2019. ‘Lo que nos hacen creer que nos pasa’

Trece años después de su muerte el 15 de diciembre de 2005, he releído un breve texto de mi padre, que fue Julián Marías. A diferencia de lo que hace mucha gente, que homenajea a un escritor recién desa­parecido leyendo o releyendo en el acto algunos de sus párrafos, yo me quedo tan triste —sobre todo si el escritor me era cercano— que tardo siglos en asomarme de nuevo a su obra, como si hasta cierto punto me pareciera una ofensa que ésta sobreviva a la persona. (Al autor esa posibilidad, en cambio, lo reconforta un poco en vida.) Son sólo cincuenta páginas, fechadas en 1980, cuando nuestra democracia era muy joven. En 2012 las reeditó en forma de librito la editorial Fórcola, bajo el título La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir? En su día me había gustado mucho —no todo lo de mi padre me gustaba cabalmente, como supongo que a él tampoco lo mío—, y si ahora he vuelto a él no ha sido porque vea el menor peligro de una situación parecida a la que desembocó en aquella Guerra, ni de lejos. Pese a que el panorama político y económico de nuestro país sea declinante desde hace un decenio o más, no hay que ser nunca agorero ni exagerado.

Precisamente con esta última palabra se inicia este texto. Mi padre tenía veintidós años cuando estalló la Guerra, y recuerda que su primer comentario cuando comprendió que se trataba de eso y no de un golpe de Estado o insurrección triunfantes o fallidos —es decir, de escasa duración en cualquiera de los casos— fue: “¡Señor, qué exageración!” A lo largo de las cincuenta concisas páginas va señalando cómo aquello no le pareció inevitable, en contra de lo que tantos han pensado, sino absolutamente evitable y desproporcionado; por mucho que la convivencia estuviera deteriorada y maltrecha, que los problemas fueran enormes y que casi todos los políticos se comportaran con frivolidad teñida de mala fe. Sostiene que la mayoría de los españoles no querían esa Guerra, sino si acaso su resultado, esto es, la derrota de una porción de sus compatriotas a los que unos y otros no podían ver. Pero sin pasar por una matanza desaforada como la que se produjo durante tres años. Mucho menor en los frentes que en las respectivas retaguardias. Menos sufrida por los combatientes reales que por la población civil. Si he releído este librito no es, como he dicho, por temor, sino por la extraña persistencia española (andaluza, madrileña, catalana o vasca, tanto da) en caer en las peores tentaciones cada cierto tiempo. Mi padre relata demasiadas actitudes reconocibles. Al hablar de la discordia, dice: “Entiendo por tal no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del ‘otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable”. Habla de la terrible consigna, tantas veces oída, “Cuanto peor, mejor”, y acuña una expresión para explicar el progresivo envilecimiento: “el temor y respeto a lo despreciable, clave de tantas conductas sucias en la historia”. Y en efecto, cuando los dichos y hechos despreciables empiezan a “pasarse”, a no condenarse con energía y a no ponérseles inmediato freno, uno puede estar seguro de que no van sino a crecer, a ir a más, hasta que llegue un punto en que se admita “todo (incluida la infamia), con tal de que sea ‘de un lado”. Y agrega: “Nadie quería quedarse corto, ser menos que los demás en la adulación de los que mandaban o en la execración de los adversarios”.

Advierte de “la necesidad de un pensamiento alerta, capaz de descubrir las manipulaciones, los sofismas, especialmente los que no consisten en un raciocinio falaz, sino en viciar todo raciocinio de antemano”. (Ay, hoy se ensalzan las “emociones”.) Hubo intelectuales que lo intentaron, pero “se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación…, y llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición”. Para él, el verdadero origen de la Guerra no fue la situación objetiva  de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás. Esto fue posible por algo que hoy, con las redes sociales, padecemos de manera más extrema: “una forma de sofisma consistente en la reiteración de algo que se da por supuesto”. Cuando se proporciona una interpretación de las cosas que ni se justifica ni se discute, y se parte de ella una vez y otra como de algo obvio que no requiere prueba, la pereza se adueña del escenario y se inocula fácilmente a “las personas sin influencia en la vida colectiva, con un mínimo de responsabilidad, sujetos pasivos de todas las manipulaciones”. A la mayoría, por tanto, que asume con holgazanería las conclusiones simplistas con que se la aturde. Todo esto, por desdicha, resulta hoy reconocible. Al menos nos zafamos de la peste de las tres o cuatro décadas siguientes, en las que se perpetuó el espíritu de la Guerra, para vivir literalmente de las rentas los vencedores, moralmente los perdedores supervivientes. Éstos no fueron muchos, porque millares de ellos fueron ejecutados por Franco cuando ya no había guerra, pero se siguió fomentando su interpretación. Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2019. ‘Destructores de las libertades ajenas’

Uno de los elementos para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de enero de 2019. ‘Ayudar al enemigo’

Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar —acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno se hable mal, si se habla mucho. Esto se vio con Berlusconi y se ve ahora con Trump. Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura para alabarlos y sobre todo para denostarlos. Ambos montaron espectáculo y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de pata de banco y de sus bufonadas. Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente importantes. La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe), pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini: a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención, aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica. La era de Trump no ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda hasta el infinito.

Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo poder en sus respectivos países), ahora ya es ­inevitable: demasiado tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y aconsejable al principio. Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de decirlas, se añade la de llevarlas a cabo. Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que lo cumpla. Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas mediante la condena solemne. En el mundo literario es bien sabido: si un suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde (aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus logros, a fingir que no existe.

Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las campañas. Veamos: ese partido existe hace años y carecía de trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños. Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos minutos y echó a rodar la bola de nieve. En seguida se le unieron otras cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”. Y así continúan desde entonces. Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un escaño y le cayeron doce. Inmediatamente Podemos (en apariencia la formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan. Lo imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. Los independentistas catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último lustro, a saber: “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado. No sé otros, pero yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. ¿Hace falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo, nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta gente se da por supuesto. Si Vox estuviera en el poder, como lo están sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega, Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso. Pero no es el caso, todavía. Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual, preocupante pero desdeñable. Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más probabilidades de que un día acabe siéndolo. Y como es imposible —repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar, mientras fingen horrorizarse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de enero de 2019. ‘Rodeados de Yagos’

En las vidas de las personas y de las sociedades siempre hay problemas, discrepancias, angustias, dificultades. Surgen por sí solos y son parte ineludible de esas vidas, en las que casi nadie está plenamente satisfecho. Por eso son tanto más intolerables y condenables los individuos y los políticos que, lejos de ponerse manos a la obra e intentar remediarlos, se dedican a añadir, crear o inventar más problemas, discrepancias, angustias y dificultades. Vivimos una época en la que proliferan tales políticos. Son los que, sin apenas motivo ni base, “vierten su pestilencia en los oídos”, por parafrasear las palabras de Yago. Estamos rodeados de Yagos.

Quizá no tengan muy presente el Otelo de Shakespeare. Puede que muchos jóvenes ni siquiera lo hayan leído ni visto representado. Recordémoslo un poco, por si acaso. Otelo, moro y general de Venecia, se ha casado a escondidas con Desdémona, hija de un senador al que poca gracia hace esa unión, por cuestiones de origen y raza. Pero no le queda más remedio que aceptar los hechos consumados, y al fin y al cabo Otelo goza de reputación por sus victorias. El conflicto “natural” es por tanto menor, y pronto se ve neutralizado. Claro está que si no hubiera más no habría tragedia, las cuales son emotivas en la ficción, pero en la realidad una desdicha. Yago está resentido porque su superior Otelo ha nombrado lugarteniente a Cassio y no a él, al que ha relegado al cargo de abanderado. Poca cosa en el fondo (hablé hace semanas de que cualquiera puede estar resentido, hasta los más poderosos y afortunados: véase Trump, sin ir más lejos), pero suficiente si el despecho se convierte en el motor de nuestras acciones. Yago ha pasado a la historia como la encarnación de la astucia, de la intriga, de la frialdad, de la calumnia y, sobre todo, de la insidia. Para él, toda pasión es controlable, para caer en ellas se precisa “un consentimiento de la voluntad”. Si la voluntad no consiente, no hay amor ni lascivia ni ambición que valgan, todo eso es reprimible, desviable, encauzable, descartable. Pero sabe que pocos humanos niegan su “consentimiento”, y cuán fácil le resulta al individuo taimado, como él, inducirlos, engañarlos, instigarlos y manipularlos. Sabe que basta con deslizar una duda o una creencia en la mente de alguien para que aquéllas la invadan entera, sobre todo si son bien alimentadas. El veneno va penetrando. Nada hay reprobable en el comportamiento de Desdémona, que de hecho ama cabalmente a su marido; y sin embargo entre los dos cónyuges se abre un abismo sin el menor fundamento, excavado en la nada. Se pueden inventar sospechas y desconfianzas, se puede persuadir a cualquiera de que lo que no es, es; y de que lo que es, no es. Dice Yago al hablar de Desdémona: “Yo convertiré su virtud en brea”, es decir, “la haré aparecer como una sustancia negra y viscosa”.

Hoy la pestilencia no se vierte con susurros al oído, sino que se proclama a los cuatro vientos en las pantallas y en las redes sociales. Los Yagos no actúan furtivamente, sino bajo los focos, como Putin. Pero no por eso son menos Yagos: gente que crea y fomenta disensiones y odios donde no los hay, o sólo en escaso grado hasta que los magnifican ellos. Si uno bien mira, no había ninguna razón objetiva y de peso para que un analfabeto tiránico como Trump triunfara. ¿Acaso estaban las cosas fatal con Obama? Hasta la economía era boyante. ¿Estaba mal Gran Bretaña en la Unión Europea? Es obvio que va a estar peor y a ser más pobre fuera de ella. ¿Estaba Cataluña oprimida hace seis años, cuando se inició el procés, o lo está ahora? Es un país tan libre como el que más en Europa. ¿No se le permitía votar, como claman los Yagos independentistas? No ha cesado de votar todo lo votable durante los últimos cuarenta años. ¿Son los inmigrantes una verdadera amenaza para Europa o los Estados Unidos, como braman Salvini y Casado? No de momento, más bien son necesarios. La nación más agresiva con ellos, Hungría, alberga tan sólo un 4% o 5% de extranjeros, pero allí hay un Yago notable llamado Orbán, dedicado a la insidia. ¿Nuestra democracia parlamentaria es abyecta y franquista, como sostienen Pablo Iglesias y sus acólitos, esa cofradía de Yagos? ¿Hay que acabar con ella, que ha permitido a España las mejores décadas de su larga historia? ¿A santo de qué? ¿Por resentimientos particulares? Siempre hay defectos, injusticias, desigualdades. Cierto que la brutal recesión económica los gobernantes la han cargado sobre las espaldas de las clases medias y bajas, empobreciéndolas. Pero ¿es eso suficiente para derribar el edificio entero, sobre todo cuando no está listo —qué digo, ni concebido— el que habría de sustituirlo? Cuando Otelo asume que va a matar a Desdémona, se despide de su vida anterior con amargura: “Desde ahora, y para siempre, adiós a la mente tranquila, adiós al contento… La ocupación de Otelo ha terminado”. ¿Desea la gente entonar esta despedida, aquí, en Italia, en América o en Gran Bretaña, en Polonia, en Brasil o Hungría, en Francia? ¿“A partir de ahora, y para siempre…”? Yago lo confiesa al principio: “Yo no soy lo que soy”. Ninguno de estos políticos son lo que son o dicen ser, aunque se exhiban y vociferen. También en la exhibición y en la vociferación se esconde uno, y engaña, difama y emponzoña.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 30 de diciembre de 2018. ‘¿Evitar a las mujeres a toda costa?’

Tomamos iniciativas con gran alegría y con prisas, olvidando que nadie es capaz de prever lo que provocarán a la larga o a la media. No pocas veces medidas “menores” y frívolas, o autocomplacientes, han desembocado en guerras al cabo de no mucho tiempo. Los impulsores de las medidas nunca se lo habrían imaginado, y desde luego se declararán inocentes de la catástrofe, negarán haber tenido parte en ella. Y sin embargo habrán sido sus principales artífices.

Sin llegar, espero, a estas tragedias, el alabado movimiento MeToo y sus imitaciones planetarias están cosechando algunos efectos contraproducentes, al cabo de tan sólo un año de prisas y gran alegría. Había una base justa en la denuncia de prácticas aprovechadas, chantajistas y abusivas por parte de numerosos varones, no sólo en Hollywood sino en todos los ámbitos. Ponerles freno era obligado. Las cosas, sin embargo, se han exagerado tanto que empiezan a producirse, por su culpa, situaciones nefastas para las propias mujeres a las que se pretendía defender y proteger. El feminismo clásico (el de las llamadas “tres primeras olas”) buscaba sobre todo la equiparación de la mujer con el hombre en todos los aspectos de la vida. Que aquélla gozara de las mismas oportunidades, que percibiera igual salario, que no fuera mirada por encima del hombro ni con paternalismo, que no se considerara un agravio estar a sus órdenes. Que el sexo de las personas, en suma, fuera algo indiferente, y que no supusieran “noticia” los logros o los cargos alcanzados por una mujer; que se vieran tan naturales como los de los varones.

Leo que según informes de Bloomberg, de la Fawcett Society y del PEW Research Center, dedicado a estudiar problemas, actitudes y tendencias en los Estados Unidos y en el mundo, se ha establecido en Wall Street una regla tácita que consiste en “evitar a las mujeres a toda costa”. Lo cual se traduce en posturas tan disparatadas como no ir a almorzar (a cenar aún menos) con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y, lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante. El motivo es el temor a poder ser denunciados por ellas; a ser considerados culpables tan sólo por eso, o como mínimo “manchados”, bajo sospecha permanente, o despedidos por las buenas. La idea de que las mujeres no mienten, y han de ser creídas en todo caso (como hace poco sostuvo entre nosotros la autoritaria y simplona Vicepresidenta Calvo), se ha extendido lo bastante como para que muchos varones prefieran no correr el más mínimo riesgo. La absurda solución: no tratar con mujeres en absoluto, por si acaso. Ni contratarlas. Ni convertirse en “mentores” suyos cuando son principiantes en un territorio tan difícil y competitivo como Wall Street. En las Universidades ocurre otro tanto: si hace ya treinta años un profesor reunido con una alumna dejaba siempre abierta la puerta del despacho, ahora hace lo mismo si quien lo visita es una colega. Los hay que rechazan dirigirles tesis a estudiantes femeninas, por si las moscas. En los Estados Unidos ya hay colleges que imitan al islamismo: está prohibido todo contacto físico, incluido estrecharse la mano. Como en Arabia Saudita y en el Daesh siniestro, sólo que allí, que yo sepa, ese contacto está sólo vedado entre personas de distinto sexo, no entre todo bicho viviente.

Parece una reacción exagerada, pero hasta cierto punto comprensible si, como señaló la americana Roiphe en un artículo de hace meses, se denuncia como agresión o acoso pedirle el teléfono a una mujer, sentarse un poco cerca de ella durante un trayecto en taxi, invitarla a almorzar, o apoyar un dedo o dos en su cintura mientras se les hace una foto a ambos. No es del todo raro que, ante tales naderías elevadas a la condición de “hostigamiento sexual” o “conducta impropia” o “machista”, haya individuos decididos a abstenerse de todo trato con el sexo opuesto, ya que uno nunca sabe si está en compañía de alguien razonable, o quisquilloso y con susceptibilidad extrema. El resultado de esta tendencia varonil, como señalaban los mencionados informes, es probablemente el más indeseado por las verdaderas feministas, y llevaría aparejado un nuevo tipo de discriminación sexual. Se dejaría de trabajar con mujeres, de asesorarlas y aun de contratarlas no por juzgarlas inferiores ni menos capacitadas, sino potencialmente problemáticas y dañinas para las propias carrera y empleo. Si continuara y se extendiera esta percepción, acabaríamos teniendo dos esferas paralelas que nunca se cruzarían, y, como he dicho antes, el islamismo nos habría contagiado y habría triunfado sin necesidad de más atentados: tan sólo imbuyéndonos la malsana creencia de que los hombres y las mujeres deben estar separados y, sobre todo, jamás rozarse. Ni siquiera codo con codo al atravesar una calle ni al ir sentados en un tren durante largas horas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de diciembre de 2018. ‘El año que nos robaron el fútbol’

Lo vengo advirtiendo desde hace años, pero la actual es la temporada en que los viejos aficionados nos hemos quitado definitivamente del fútbol o más bien nos lo han quitado. Ese deporte nunca ha estado en buenas ni sensatas manos, a nivel nacional ni internacional. Sin embargo, ahora han clavado sobre él las garras tres individuos especialmente avariciosos, incompetentes y presumidos, con un cuarto en el horizonte del que luego diré algo. Del italiano Infantino ya me ocupé meses atrás, cuando tomó la ridícula decisión de prohibir a las televisiones insertar planos de público femenino atractivo, a fin de torpedear su ruin objetivo de “tentar a los espectadores masculinos”; los cuales no verían partidos, según él, de no ser por ese sucio señuelo. De paso ofendió a la mayoría de la población mundial, pues no vio inconveniente en los planos de mujeres feas ni en los de varones feos o guapos. Y en España contamos con dos individuos, Rubiales y Tebas, que por lo visto se llevan a matar, pero que no obstante reman en la misma dirección de desvirtuar y destruir el fútbol.

El segundo, por ejemplo, está empeñado —a qué se deberá tanta tabarra— en que se juegue un encuentro de Liga en Miami, lo cual no sólo es una mentecatez, sino que adulteraría la competición al privar al equipo local del factor campo y del aliento de su hinchada. También perjudicaría a los demás clubs visitantes, que disputarían sus choques como eso, visitantes, a diferencia del Barça, que sería el beneficiado en este caso. Si Tebas se saliese con la suya, no crean que ahí pararía: supondría el acicate para que en próximas temporadas se celebrasen partidos de Liga en lugares absurdos como Tokio, Taskent, Qatar o Tegucigalpa. En este sentido, malo es el precedente que se establecerá mañana (escribo el 8 de diciembre): me pregunto qué necesidad tenía Madrid —una ciudad asediada por las manifestaciones, las maratones, los triatlones, los días de la bici, las procesiones, las ovejas y la armagedónica Carmena— de añadirse una invasión de feroces forofos porteños al albergar la vuelta de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors. Confío en que no haya incidentes graves y en que la capital no sea destruida —aunque de eso ya se encargan los atilas del Ayuntamiento—, pero en todo caso se ha sometido a Madrid a un sobreesfuerzo en seguridad y se ha fastidiado a base de bien, durante días, a los ciudadanos. A ello han contribuido no poco los medios, que han dado mucha más importancia a esta Final foránea que a la jornada de Liga del fin de semana.

Digo mal: la Liga hace tiempo que no se disputa en fin de semana. Hay partidos los viernes y los lunes. Las televisiones han impuesto horarios estrafalarios, como la una del mediodía. Pero lo que más delata el propósito de acabar con el Campeonato es que entre Rubiales, Tebas e Infantino han logrado que no haya forma de seguirlo. La continuidad de la Liga es un factor primordial de su interés, y ahora es un torneo deshilachado y discontinuo, al que parece que se le reservaran las sobras, las fechas de la basura. Las interrupciones debidas a los “ensayos” o amistosos de la selección nacional siempre han constituido un engorro, algo que a los aficionados verdaderos nos sentaba como un tiro. En vista de lo cual se han multiplicado, con la invención de un trofeo engañabobos llamado Liga de las Naciones, creo. Nadie ha sabido quiénes ni por qué compiten, y a casi nadie le ha importado un comino. Nos han “tocado” Inglaterra y Croacia como podían haber sido Portugal e Islandia. Por suerte no hemos ido lejos, de lo contrario nos aguardarían más parones latosos, y ahora viene el de Navidad como remate. Lo cierto es que, cada vez que reaparece la Liga, en plan Guadiana, ya no nos acordamos de ella, de quién la encabeza ni de quiénes están en descenso. Han conseguido que no interese, que sea un galimatías, que nos dé igual quién la gane o la lleve encarrilada. Se la ha devaluado a conciencia.

Al parecer hay una razón semioculta, y aquí entra el cuarto personaje, el defensa Piqué, al que inexplicablemente se hace caso. No contento con haber certificado la defunción de la Copa Davis de tenis —sí, de tenis—, pretende también, tengo entendido, arrumbar las Ligas nacionales —que son el alma y la columna vertebral del fútbol— en favor de una Superliga europea reservada a los clubs pijos y neopijos, que amparan dicho proyecto clasista. Como si no viéramos ya demasiados Madrid-Bayern, Barça-Juventus y Manchester City-PSG en la Copa de Europa, ahora se procurará que los partidos entre esos equipos nos produzcan hastío. Porque además serían eternamente los mismos, ya que no habría descensos ni ascensos. El resultado de estrujar la gallina y querer un “acontecimiento” semanal es que nada es ya un acontecimiento, sino todo reiteración y rutina. Si hay varios Brasil-Argentina o Alemania-Italia cada temporada, se pierden la gracia y la expectativa. Añadan a todo esto que los futbolistas se agotan y se saturan. La mayoría no deben de saber qué están disputando cuando saltan al césped. ¿Es la Copa del Rey o la Liga, la Copa de Europa o la Eurocopa, las Naciones, el Mundial o un apestoso amistoso? Desde luego los espectadores empezamos a no tener ni idea. Y lo que es peor, nos empieza a traer sin cuidado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2018. ‘Palabras que me impiden seguir leyendo’

Todo escritor, que se pasa la vida eligiendo y descartando vocabulario, acaba teniendo sus manías, sus filias y fobias, sus preferencias y aversiones. En realidad eso le ocurre a cualquiera, pues todos hacemos uso de la lengua con mayor o menor grado de conciencia, y todos tendemos a aceptar o rechazar palabras, intuitiva o deliberadamente. Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es que éstas son abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de personas, que las repiten machaconamente como papagayos, hasta la náusea. Esos individuos creen a menudo estar diciendo algo original, cuando lo que dicen es un tópico. O creen ser “modernos”, o estarles haciendo un guiño a sus correligionarios, por el mero uso de ciertos términos. Recuerdo que hace unos años todo era “coral” y “mestizo”; hoy es todo “transversal”, convertido en uno de esos vocablos que, cuando me los encuentro en un texto —o los oigo en una televisión o una radio—, me instan a abandonar de inmediato la lectura —o a cambiar de cadena—, sabedor de que quien escribe o habla está abonado a los lugares comunes y no piensa por sí mismo.

Antes de que empiecen a indignarse quienes los emplean, conviene aclarar que yo sí hablo solamente por mí mismo. Que me irriten términos o expresiones no supone nada, ninguna condena. Es sólo que a mí me sacan de quicio y que no los soporto, lo mismo que a una pazguata de antaño la hería leer “coño” o “cojones”, o que a un recio varón le producían arcadas los “nenúfares” y “azahares” de un poema. Debo decir con lástima que el actual feminismo feroce ha plagiado o acuñado unos cuantos palabros que me atraviesan los ojos y oídos. En cuanto me aparecen el espantoso “empoderar” y sus derivados (“empoderamiento”, “empoderador”), interrumpo al instante el artículo o el libro, por mucho que la Real Academia Española los haya admitido en el Diccionario (nada me puede traer más sin cuidado, en este periodo asustadizo de esa institución a la que pertenezco…, creo). Lo mismo me ocurre con “heteropatriarcal” y no digamos con “heteropatriarcalizar”, que, aparte de larguísimos y sobados, me parecen injustos e inexactos, como si los hombres homosexuales no hubieran estado a menudo casados y no hubieran participado del “patriarcado”. En cuanto a “sororidad”, tentado estoy de hacerme cruces (o el harakiri) cada vez que cae ante mi vista, porque me resulta inevitablemente monjil y con olor a naftalina. Tampoco se les da bien la recreación castiza a estos feministas feroci: me provocan urticaria “cipotudo”, “machirulo” y la más reciente “machuno”, con reminiscencias de “chotuno”. El desdichado sufijo en “-uno” no es demasiado frecuente en nuestra lengua, seguramente por feo y zafio, lo que invita a recurrir a él en este siglo XXI. Cada vez que leo “viejuno” (en vez de “vetusto”, por ejemplo), ya sé que quien me lo suelta es mimético y habla por boca de ganso.

Otro tanto me sucede con quienes empalman sin cesar verbos cursis calcados del inglés más estúpido, como “empatizar”, “socializar”, “interactuar” y similares. Estoy seguro de que un escritor no vale la pena —y de que además es un pardillo deslumbrado— si recurre a la expresión inglesa “ponerse en sus zapatos”, que es como se dice en esa lengua lo que aquí siempre se ha dicho “en su lugar”, “en su piel” y aun “en su pellejo”. Sé que el escritor en cuestión se ha nutrido de traducciones malas o que ha leído directamente en inglés sin conocer su propio idioma. Una de las razones por las que la mayoría de los novelistas estadounidenses de las últimas generaciones me parecen pomposos y bobos —una, hay varias— es por su irrefrenable tendencia a hacer algo que ya he percibido en los copiones españoles, a saber: juntar un adverbio “original” con un adjetivo. Hace ya años que los autores baratos adoptaron, por ejemplo, “asquerosamente rico” y “ridícu­lamente feliz”, hoy en día insoportables vulgaridades. Pero ahora empiezan a abundar los “extravagantemente enérgico”, “impetuosamente simpático”, “hirientemente eficaz”, “inquietantemente bueno” o “minuciosamente inútil”. Se nota tanto (en los españoles como en los americanos) que el escritor en cuestión se ha pasado largo rato pensándose la combinación, y creyendo hacer literatura con ella, que se me hace aconsejable arrojar en el acto el volumen por la ventana. Sé que se trata de un farsante.

La fórmula “esto no va de mujeres, va de libertades” y parecidas me producen un sarpullido más grave que la idiotizada expresión “sí o sí”, omnipresente. Últimamente hay periodistas que han descubierto el verbo “ameritar”, normal en Latinoamérica, y están desterrando nuestro “merecer” a marchas forzadas. En cuanto al horroroso y mal formado “ojiplático”, que ya ha pedido su ingreso en el Diccionario, qué quieren. Pretender que a partir de “se me quedaron los ojos como platos” se cree ese engendro, es como aspirar a que también se incluyan “carnigallináceo”, “pelipúntico” y “peliescárpico” para designar cómo nos quedamos cuando nos emocionamos o nos llevamos un susto. Hay más, pero por hoy ya es bastante.

JAVIER MARIAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de diciembre de 2018. ‘Fomento del resentimiento’

Me impresionó, y luego me dejó pensativo, un artículo de Eliane Brum publicado en este diario hace unas semanas. Se titulaba “Brasil, la venganza de los resentidos”, y en él la autora relataba episodios de la vida cotidiana de su país tras el triunfo del tenebroso Bolsonaro. Algunas de las cosas que contaba (y eso que en el Brasil aún no ha empezado la violencia institucionalizada desatada) me recordaron inevitablemente a historias y anécdotas, oídas de primera mano, de nuestra Guerra Civil. Muy de primera, porque uno de mis abuelos y uno de mis tíos se pasaron la contienda escondidos, en embajadas o no se sabe dónde. A otro tío lo mataron, como he evocado aquí alguna vez, tras llevarlo a la cheka de Fomento con una compañera, los dos tenían dieciocho años. A mi padre, también es sabido, lo detuvo la policía franquista nada más consumarse la derrota de la República, pasó meses en la cárcel y luego fue represaliado hasta mediados de los años cincuenta para unas cosas, para otras hasta el final. La casa de su progenitor, mi otro abuelo, quedó medio destrozada por un obús. La de mi madre, llena de niños, tenía que ser evacuada cada poco, por los bombardeos “nacionales”. Mis padres tenían unos veintidós años en 1936, así que vieron y oyeron mucho, ya adultos y enterándose bien. Les oí contar atrocidades cometidas por ambos bandos, aunque, al vivir en Madrid, fueron más testigos de las de los milicianos republicanos.

Aparte de las cuestiones políticas, lo que resulta evidente es que la Guerra, por así decir, “dio permiso” a la gente para liberar sus resentimientos y dar rienda suelta a sus odios. No sólo a los de clase, también a los personales. Si bien se mira —o si uno no se engaña—, todo el mundo puede estar resentido por algo, incluso los más privilegiados. Éstos basta con que consideren que se les ha faltado al respeto o no se les ha hecho suficiente justicia en algún aspecto. Las razones de los desfavorecidos pueden ser infinitas, claro está. “Aquel amigo de la infancia de quien se guardaba un buen recuerdo”, explicaba Brum, “escribe en Facebook que ha llegado el momento de confesar cuánto te odiaba en secreto y que te exterminará junto a tu familia de ‘comunistas’. Aquel conocido que siempre has creído que se merecía más éxito y reconocimiento de los que tiene, ahora desparrama la barriga en el sofá y vocifera su odio contra casi todos. Otro, que siempre se ha sentido ofendido por la inteligencia ajena, se siente autorizado a exhibir su ignorancia como si fuera una cualidad”. Y, en efecto, por lo general ignoramos qué se oculta en el corazón de cada conocido o vecino, amigo o familiar. Alguien se puede pasar media vida sonriéndote y mostrándose cordial, y detestarte sin disimulo en cuanto se le brinda la oportunidad o, como he dicho, se le da “licencia”. Al parecer es lo que ha conseguido, en primera instancia, la victoria de Bolsonaro. Vuelvo al texto de Brum: “A las mujeres que visten de rojo, color asociado al partido de Lula, las insultan los conductores al pasar, a los gays los amenazan con darles una paliza, a los negros les avisan de que tienen que volver al barracón, a las madres que dan el pecho las inducen a esconderlo en nombre de la ‘decencia”. Eso en un país que todos creíamos abierto y liberal, casi hedonista, poco o nada racista, tolerante y permisivo.

La lucha por el poder es legítima, tanto como la aspiración a mejorar y progresar, a acabar con las desigualdades feroces y no digamos con la pobreza extrema. Pero se están abriendo paso, en demasiados lugares, políticos que más bien buscan fomentar el resentimiento de cualquier capa de la población. Trump, un oligarca al servicio de sus pares, ha convencido a un amplio sector de personas bastante afortunadas de que los desfavorecidos se están aprovechando de ellas, y les ha inoculado la fobia a los desheredados. Lo mismo hacen Le Pen en Francia y Salvini en Italia (el desprecio por los meridionales es el germen de su partido, Lega Nord). Torra y los suyos abominan de los “españoles” y catalanes impuros, según consta en sus escritos. Otro tanto la CUP. Podemos ha basado su éxito inicial en sus diatribas contra algo tan vago y etéreo como la “casta”, en la cual es susceptible de caer cualquiera que le caiga mal: por clase social, por edad, y desde luego por ser crítico o desenmascarar a ese partido como no de izquierda, sino próximo al de su venerado Perón (dictador cobijado por Franco) y a los de Le Pen y Salvini, elogiado este último por el gran mentor Anguita. El mundo está recorrido por políticos que quieren fomentar y dar rienda suelta al resentimiento subjetivo y personal, el cual anida en todo individuo con motivo o sin él, hasta en los multimillonarios y en las huestes aznaritas de Casado, dedicado a la misma labor pirómana. Las personas civilizadas aprenden a mantenerlo a raya, a relativizarlo, a no cederle el protagonismo, a guardarlo en un rincón. A lo que esos políticos aspiran —y a Bolsonaro le ha servido— es a que el resentimiento se adueñe del escenario y lo invada todo, a darle vía libre y a que cada cual le ajuste cuentas a su vecino. Son políticos incendiarios y fratricidas. A menos que sean también como ellos, no se dejen embaucar ni arrastrar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de diciembre de 2018. ‘Nos complace esta ficción’

Dada la progresiva infantilización del mundo, que va durando por lo menos tres décadas, quizá no sea tan extraño lo que está pasando con la verdad, la ficción y la mentira. Nos llama la atención que la primera cuente cada vez menos para gran número de personas, y que éstas abracen la segunda o la tercera acríticamente, si es que no con gran entusiasmo. Se empezó por mentir en cosas menores, como los rótulos de los cuadros expuestos en los museos: se censuraron, se adulteraron para que nadie se sintiera ofendido (y es imposible que hoy no haya alguien que se sienta ofendido por cualquier cosa), o incluso para negar lo que las imágenes mostraban, por ejemplo “Sátiros retozando con ninfas”, que ya no recuerdo si se cambió por “Encuentro campestre” o por “Acoso a menores”. Después se pasó a tergiversar el pasado, o, lo que es peor, a juzgarlo con ojos contemporáneos imbuidos de rectitud y de supuesta superioridad, es decir, se llegó a la rápida conclusión de que todos nuestros antepasados habían sido gente errada, injusta, salvaje, colonialista, racista y machista. Se decidió que la historia entera del mundo había sido sólo una sucesión de horrores, de la que nada más se salvaban —contradictoriamente— las incontables víctimas. Se produjo entonces una loca carrera para adquirir la condición de víctima, por raza, nacionalidad, religión, sexo o clase. Hoy no hay nadie que no ansíe serlo, la palabra se ha revestido de un insólito prestigio. La carrera y el afán son tan locos que hasta Trump y sus partidarios se presentan así, como víctimas perseguidas, lo mismo que Le Pen, Salvini, Orbán, Bolsonaro, Torra y demás ultraderechistas planetarios. La conclusión que parece haberse alcanzado es que nadie puede ganar elecciones y tener éxito si no presume de haber sido agraviado y maltratado. Ellos o sus ancestros, tanto da, hablé hace poco del triunfo de la idea del pecado original, sólo que ahora no nos sacudimos nunca sus sucedáneos, cargamos con ellos desde la cuna hasta la tumba.

Si yo fuera historiador viviría desesperado, porque la labor de éstos jamás había caído tanto en saco roto. El historiador investiga y se documenta, dedica años al estudio, cuenta honradamente lo que averigua (bueno, los que son honrados, porque también proliferan los deshonestos a sueldo de políticos sin escrúpulos, los que mienten a conciencia), matiza y sitúa los hechos en su contexto. Nada de esto sirve para la mayoría. Tienen mucha más difusión y eficacia unos cuantos tuits falaces y simplistas, y lo más grave es que casi todo el mundo se achanta ante los aluviones de falsedades. Hace poco un deportista estadounidense se plegó a disculparse por haber citado en las redes una frase inocua de Churchill: “En la victoria, magnanimidad”. El problema no era la cita, sino su procedencia: ¿cómo se le ocurre suscribir nada de ese racista imperialista? Más o menos como si hubiera citado a Hitler, del cual estamos libres sobre todo gracias a Churchill. También se ha salido con la suya un concejal o similar de Los Ángeles, de apellido inequívocamente irlandés (luego europeo), O’Farrell. El tal O’Farrell, sin embargo, aduce tener sangre iroquesa o wyandot y ha retirado una estatua de Colón entre aplausos, tras decretar que el Almirante fue un genocida, que debió quedarse en casa sin surcar el océano, porque con su estúpido viaje inició un monstruoso daño a las tribus y culturas indígenas de lo que luego se llamó América. No cabe duda de que para los indígenas del siglo XV la aparición de los europeos fue un desastre y el término de su modo de vida, que tampoco era ejemplar ni compasivo. Pero no tiene sentido que hoy se identifiquen con ellos individuos que se llaman O’Farrell, Jensen, Schulz, Smith, Grabowski, Esterhazy, Qualen, Occhipinti, Beauregard, Tamiroff o Morales, y que están en su país gracias a Colón precisamente. Pocos quedan que se apelliden Hawkeye (Ojo de Halcón) o cosas por el estilo.

Demasiada gente ha decidido abrazar el cuento que le gusta, como los niños, independientemente de que sea o no verdadero. El historiador actual se desgañita: “Pero ­oigan, que esto no fue así, que esta versión es falsa, que nada hay que la sostenga”. Y la respuesta es cada vez más: “Eso nos trae sin cuidado. Nos conviene este relato, nos complace esta ficción, y es la que mejor se adecúa a nuestros propósitos. Es el espejo en que nos vemos más favorecidos, a saber, como víctimas y ofendidos, como sojuzgados y humillados, como mártires y esclavos. Sin esos agravios a los nuestros, no vamos a ninguna parte ni podemos vengarnos. Y de eso se trata, de vengarnos”. Otro día hablaré tal vez del fomento del resentimiento. Pero lo cierto es que, como he dicho, hasta Trump y sus votantes aspiran hoy a eso, a resarcirse y vengarse, a recuperar el país que según ellos se les ha arrebatado. Cuando los opresores palmarios se reclaman también oprimidos, y con ellos el planeta entero, algo está funcionando muy mal en las cabezas pensantes. Quizá es que grandes porciones de la humanidad ya no alcanzan el uso de razón, como se llamaba antes, que nos sobrevenía más o menos a los siete años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 25 de noviembre de 2018. ‘Silbar y tararear’

El pasado 8 de mayo, en víspera de un viaje a Italia, las luces empezaron a parpadear; al poco estallaron bombillas en habitaciones diversas, en serie y con estrépito, estuvieran o no encendidas; vi que de un aparato salía humo, y me apresuré a desenchufarlo todo, televisión, DVD, equipo de música, el viejo vídeo, y a bajar los diferenciales. Por fortuna no me había ido ya a Italia y además estaba en casa. Al parecer se había producido una subida de tensión que afectó a todo mi edificio y a otro cercano, culpa de la compañía eléctrica y no de los usuarios. Luego, cada cual fue descubriendo sus desperfectos y sus ruinas. A una agencia de viajes se le habían fundido todos los ordenadores. Yo comprobé que se me había quedado muerta la máquina de escribir, y mis lectores saben lo que hoy me cuesta encontrarlas (por suerte conservaba una de repuesto). También el fax-contestador, que aún me era útil y resulta insustituible. El calentador del agua, el cargador del móvil, unos teléfonos, el mencionado vídeo, el equipo de música entero. A mi regreso, la compañía me anunció que se encargaría de reparar lo reparable y me abonaría lo estropeado sin remedio. Me visitó un técnico muy amable, que se llevó al taller cuanto preveía que podría arreglarse. De lo que no, compré sustitutos, los que me fue posible. El hombre fue viniendo y volviendo. Algunas cosas las creía reparadas, pero seguían sin funcionar. Lo que más tardé en recuperar fue el equipo de música, unos cuatro meses.

Y durante ese tiempo me di cuenta de que, así como puedo estar sin escribir, y sin leer, y sin ver televisión (más me cuesta no ver películas), me es imposible no oír música. Bueno, posible me es, claro, pero lo paso mal y la echo de menos más que ninguna otra cosa. Nada más levantarme, y mientras me despejo, pongo un CD que me ayude a retornar a la vigilia. Y siempre suena música mientras hago tareas compatibles con ella: no escribir ni leer libros, pero sí leer prensa, contestar y mirar correspondencia, ordenar y limpiar. Me ayuda a apaciguarme cuando me indigno, me alegra cuando me decae el ánimo, y a veces me ofrece modelos rítmicos que anhelaría reproducir cuando escribo. Durante esos cuatro meses en que no pude oírla, y precisamente por no poder, me venían unas ganas locas de oírlo todo, desde Bach, Beethoven y Schubert hasta Presley, Burnette y Checker. Desde Monteverdi y Bartók y Pergolesi hasta Waits y Lila Downs y Nina Simome y Knopfler y mi ídolo Dylan, cuyo Premio Nobel celebré merced a un amigo londinense, poeta y librero, que me escribió en su día con alivio: “Es un poco raro, pero al menos no lo ha ganado Atwood. De haber sido así, un colega mío y yo teníamos previsto arrojarnos al Támesis desde el puente de Hammer­smith, considerando que no valía la pena seguir viviendo en un mundo en el que esa autora fuera Nobel”. Así que Dylan salvó de la muerte a alguien a quien mucho aprecio, algo más en favor suyo. Pero, por no poder poner música, se me antojaban en aluvión las mayores rarezas, que pocas veces escucho: un CD con veintisiete versiones de “High Noon”, la canción de Solo ante el peligro, incluidas una pomposa en alemán y dos ratoneras en danés. Uno con otras tantas de “La Paloma”; los calipsos que cantó con mucha gracia el actor Robert Mitchum; la narración, en la extraordinaria voz de su director Charles Laughton, de La noche del cazador, junto con fragmentos de su banda sonora. Canciones sicilianas nostálgico-siniestras, música irlandesa en la admirable voz de Tommy Makem. El breve “Carillon des morts” de Corrette. El CD de Telemann que de hecho oía cuando tuvo lugar la avería, interpretado por mi sobrino Alejandro Marías (violonchelo) y mi hermano Álvaro (flauta), entre otros…

No han sido los únicos músicos de mi familia. Mi tío Odón Alonso fue director de orquesta. Mi tío Enrique Franco fue crítico en la radio y en EL PAÍS hasta su muerte. La música, supongo, ha estado presente en mi vida desde siempre, quizá por eso la echo tanto en falta. Al cabo de unas semanas de abstinencia, me di cuenta de que silbaba y tarareaba mucho más de lo que suelo: si está uno privado de melodías, las reproduce como puede. Y entonces caí en que esas dos actividades, silbar y tararear, eran frecuentísimas en mi infancia y adolescencia, mientras que ahora están casi desaparecidas. Uno oía silbar a los hombres por la calle (todos se conocían la propia “Solo ante el peligro”, por ejemplo, y “El puente sobre el río Kwai”, entre otras muchas), y canturrear a las mujeres mientras se arreglaban o atendían sus quehaceres. Tal vez por eso los españoles sabían entonar y no desafinaban en exceso, a diferencia de lo que hoy ocurre. No había música por doquier (a menudo indeseada y atronadora, como la que invade las calles desde las tiendas), y no se creía, como creen los famosos concursantes, que cantar bien consiste en vocear a pleno pulmón y con espantosas “rúbricas”. No solemos acordarnos de que a lo largo de la historia la humanidad sólo oía música cuando alguien —rara vez— se la tocaba, o cuando ella la reproducía con sus voces y sus silbidos. Hasta que uno la pierde, no repara en nuestra inmensa suerte de haber nacido en esta época, en la que uno elige qué y cuándo, y milagrosamente lo oye.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 18 de noviembre de 2018. ‘Cuándo conviene marcharse’

Entre sus muchos viajes y mis largas ausencias, hace tiempo que no veo a Pérez-Reverte, así que a finales de octubre hablamos por teléfono un poco con nuestros respectivos “pre-móviles”, dos antiguallas que no hacen fotos ni graban ni tienen Internet ni nada. El suyo es muy turbio, nos oíamos fatal y no nos dio tiempo más que a cruzar unas frases. Eran las fechas en que se iba a consumar la entronización de un tercer Trump en el mundo, un cabestro brasileño llamado Bolsonaro (el segundo ha sido Salvini en Italia, aunque hay que reconocer que de allí salió en realidad el ídolo y modelo de Trump, Berlusconi, que hoy, por comparación con sus émulos, parece un tipo sutil y respetuoso). En fin, en vista de la deriva actual, Arturo me dijo: “Esto no hay quien lo aguante. Es hora de irse”, a lo que yo le contesté: “¿Adónde? Ya no hay a donde ir. Los que padecimos el franquismo teníamos muchas opciones, si las cosas se ponían muy crudas y debíamos imitar un día a los de generaciones anteriores: Francia, Inglaterra, Italia, México… Mira cómo están ahora esos países”. Y él me corrigió: “No, me refería a morirse. A gente como nosotros nos va tocando salir, sin ver más deterioro”. Mi reacción fue espontánea y algo cómica, supongo: “No, no lo veo conveniente ahora. Nos despediríamos con la sensación de dejarlo todo manga por hombro, hecho un desastre. No que nuestra presencia pueda mejorar nada, pero es triste dejar un mundo más desagradable e idiota del que nos encontramos, y eso que nacimos bajo una dictadura odiosa. Pero la gente normal era menos estúpida y más cordial y educada”.

No sé si se cortó la comunicación o si aplazamos el pequeño debate sobre cuándo nos convenía largarnos. Yo, después, le di vueltas por mi cuenta, y, claro está, hablo sólo por mí (lo mismo, cuando se publique esto, Pérez-Reverte se ha perdido en el mar con su barco, y siempre me quedaría la duda de si lo habría hecho a propósito; no lo creo, pero toco madera por si acaso). Mi argumento esbozado era este: es molesto abandonar el mundo cuando lo vemos convulso, irracional e idiotizado; hay que esperar a que se enderece un poco (siempre según nuestro subjetivo criterio), a que vuelvan el sentido del humor, la racionalidad y la tolerancia, a que la gente no esté tan enajenada como para votar a brutos ineptos que irán en contra de sus propios votantes suicidas. Hay que esperar a que las masas no sean tan manipulables ni se dejen engañar por autoritarios sin escrúpulos como Orbán, Erdogan, Putin, Maduro, Ortega, Le Pen, Duterte, Al Sisi, Salvini, Puigdemont, Torra. Ahora bien, pongamos que de aquí a un tiempo los ánimos se serenan y la perspicacia aumenta, la verdad vuelve a contar y la gente se hace menos fanática, fantasiosa y tribal de lo que lo es hoy en día. Que el mundo recobra cierta compostura, por decirlo anticuadamente. Al fin y al cabo, la historia se ha regido siempre por ciclos. ¿Convendría entonces marcharse? ¿Lo haríamos con más tranquilidad, con la sensación de que la casa está en orden? Quizá nos parecería también mal momento: ahora que estamos mejor, qué lástima no aprovechar este tiempo, no disfrutarlo.

Los vivos nos decimos a veces, al pensar en seres queridos que ya murieron: “Menos mal que se ahorraron esto, que no lo vieron. Es un consuelo que a este hecho luctuoso no asistieran, o a esta situación tan grave, o a los errores y tropelías de sus próximos”. Pero también nos decimos: “Qué pena que no vieran nacer o crecer a este niño, les habría alegrado la vida; o que no presenciaran el éxito de su mujer o su marido o sus hijos, y tuvieran la incertidumbre eterna de qué iba a ser de ellos”. Y en todo caso los consideramos ingenuos, porque no alcanzaron a saber lo que sí hemos sabido los supervivientes. Esto es, porque inevitablemente creyeron que el mundo se quedaría fijo en el que abandonaron, y eso nunca sucede. Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada. La novela de la vida prosigue siempre, por lo que estamos condenados a ignorar cómo termina. Hay quienes piensan que termina con nuestro término, distinto para cada individuo. Nos consta que no es así, sin embargo. Que todo sigue, sólo que sin nosotros, y que nuestro final no significa el de nada ni el de nadie más. Me pregunto si la única manera de ver “conveniente” la propia despedida, o de estar conforme, es llegar al máximo desinterés, o al máximo desagrado, o hastío, por el mundo en que vivimos. Acaso es lo que expresó Pérez-Reverte en nuestra entrecortada charla: “Esto está inaguantable. Mejor llevarse un buen recuerdo; o, si no bueno, aceptable. Puesto que hemos visto mejores tiempos, no da tanta pena desertar de uno imbecilizado y despreciable”. Y no obstante, como he contado otras veces, a mí me aqueja la dolencia de los fantasmas (de los literarios, esa gran y fecunda estirpe): son seres que se resisten a perderlo todo de vista; que no sólo se preocupan por quienes dejaron atrás y su suerte, sino que tratan de influir desde su bruma, de favorecer a sus amigos y perjudicar a sus enemigos; o a los que, según su opinión que ya no cuenta, hacen más llevadero el mundo o lo envilecen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 1 de noviembre de 2018. ‘De quién cobramos’

El asesinato del periodista Jamal ­Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Estambul ha desencadenado cuestiones de interés, a saber: para quién se trabaja, quién le paga a uno su salario, qué uso hace ese empleador de nuestro esfuerzo. La mayoría de las personas no se preguntan por lo general nada de eso. Bastante tienen con no saberse en el paro y cobrar a fin de mes (o excepcionalmente, si por ejemplo se trata de premios o de encargos ocasionales). Su sentido de la “ética” —por llamarlo de alguna forma— no va más allá de cumplir sus tareas o de esmerarse en su desempeño. Su exigencia no va más allá de recibir lo pactado con justicia y puntualidad, y de no ser engañados ni explotados. De ahí que los trabajadores de Navantia, ante los amagos del Gobierno de suspender la venta de armas a la propia Arabia Saudita hace unos meses, por su bombardeo de un autobús con escolares en Yemen, montaran en cólera incendiaria con sólo oír de esa posibilidad: lo esperable era que el país “castigado” tomara sus represalias y cancelara el encargo de cinco corbetas —buques de guerra, dicho sea de paso— a esos astilleros gaditanos, con la consiguiente pérdida de ingresos y empleos. Llamó la atención entonces la reacción (no fue la única) del podemita alcalde de Cádiz, quien dejó claro que lo que a él le importaba era el sustento de sus conciudadanos, y que le traía sin cuidado lo que hubiera hecho el régimen de Riad a millares de kilómetros. Ahora, tras el asesinato de Khashoggi, la actitud de nuestro Gobierno ha dado un giro y se ha alineado con el alcalde llamado Kichi (creo, es difícil recordar los apelativos pijos), y se ha visto secundado por el PP y algún partido más. El de Kichi, en cambio, para completar las contradicciones, aboga por suspender los tratos comerciales con Riad, o al menos la venta de armas. En esta línea está también Alemania, mientras que Francia considera tales medidas “demagógicas”. Los Estados Unidos del sacaperras Trump ni se plantean el dilema.

No seré yo quien critique a unos ni a otros. Ya se ha dicho muchas veces que la dignidad, los principios, la moral y la integridad son virtudes que los modestos y los pobres apenas se pueden permitir. Cuando está en juego ponerles un plato a los churumbeles, la mayoría se traga todo eso y aguanta lo que le echen. Ahora bien, lo interesante es esto: si lo prioritario son los puestos de trabajo y el bienestar de la población (o por lo menos que no muera de inanición), no veo por qué no se admite que el negocio del narcotráfico también da a mucha gente de comer. Hace poco vimos cómo individuos “normales” se enfrentaban a la policía y protegían a narcos en Algeciras o en La Línea de la Concepción, porque la aprehensión de un alijo de droga les suponía un considerable revés económico (lo mismo sucedió en Galicia, en Colombia y en otros lugares). Y quien habla de narcotráfico lo hace asimismo de prostitución, que da dinero a raudales, y no sólo a los dueños de los prostíbulos, sino a ciudadanos “normales”. En Madrid y en Barcelona, los manteros son mimados por las respectivas alcaldesas, las cuales no pueden ser tan pardillas como para no saber que detrás de los inmigrantes que ofrecen en plena vía sus mercancías falsificadas, y con ello se sacan unos euros para subsistir, están unas mafias que se dedican a muchos otros negocios, más crueles y dañinos que la venta callejera (armas y trata incluidas). Es decir, Carmena y Colau, a sabiendas (insisto: no lo pueden ignorar), están facilitándoles a esas mafias sus actividades, y encima con la conciencia satisfecha. En la idea de ayudar a los pobres inmigrantes, las enriquecen, y por tanto contribuyen a financiar sus crímenes y a propiciar su expansión.

Son sólo unos ejemplos. Yo suelo mirar, en la medida de lo posible, de dónde procede el dinero que se me paga. Quizá se recuerde que ni siquiera acepto emolumentos del Estado español, en forma de premios, invitaciones o lo que se tercie. Pero yo no tengo churumbeles (no directos) que alimentar, así que me permito eso, mal que bien. Comprendo que la gente no esté mirando cómo se ha conseguido el dinero que se le paga, de dónde viene, por qué manos ha pasado antes, si nuestro pagador es intachable o no. En España hay periodistas y columnistas que al parecer cobran directamente del Kremlin, y los fundadores del ahora purista Podemos recibieron remuneraciones de Venezuela y de Irán, todos países poco menos dictatoriales que Arabia Saudita, y que de hecho tienen también por costumbre deshacerse de periodistas o rivales molestos para sus regímenes, a veces con tanta alevosía y violencia como la empleada contra Khashoggi en el consulado de Estambul. El propio Erdogan, Presidente de Turquía hoy indignado, tiene a más de cien reporteros encarcelados o exiliados a la fuerza. Nadie se plantea en serio dejar de hacer negocios con él, ni con Putin y otros de su jaez. Los países aún democráticos tienen que decidir si lo importante es cobrar, venga de donde venga el sueldo. Y si es así, quizá no deban perseguir con tanto ahínco a los narcos, a las mafias y a las redes de prostitución. Claro que lo propio de nuestra época es contradecirse sin parar, y ni siquiera percatarse de sus flagrantes contradicciones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 4 de noviembre de 2018. ‘¿Quieran o no?’

En un país tan tradicionalmente propenso al autoritarismo, cuando no a lo dictatorial, hay que estar con cuatro ojos y cuatro oídos ante cualquier veleidad de este tipo, aunque sea sólo verbal. Al contrario de lo que sostiene Carmen Calvo, las palabras encierran a menudo peligro, y dan avisos, sobre todo cuando “se le escapan” al que habla, cuando no se da cuenta de lo que delatan. Si Torra anima a atacar al Estado, no se puede tomar a la ligera, porque de hecho es lo que él y sus correligionarios llevan años haciendo, y continúan, y continuarán, con más ahínco cuanto más explícito se haga el objetivo. Tanto los independentistas como el PP como Podemos tienen el tic autoritario en la punta de la lengua, sin cesar. Esta última formación lo tiene además tan arraigado que casi no hay manifestación de sus dirigentes en la que no aparezca, quizá involuntariamente. Un ejemplo reciente es la frase de su fundador Monedero durante una charla pública titulada La Corona, ¿pa’ cuándo? Llaves para abrir el candado democrático (sic). “Compañeros, hay algo muy claro”, dijo con arrogancia. “A la Monarquía en España no le queda mucho si nosotros estamos aquí”. No resulta claro dónde es “aquí” (¿en La Moncloa, ahora que ya han metido el pie?), pero sí meridiana la idea de Monedero de la democracia, al creer que algo tan fundamental como la forma de Estado dependerá de la decisión de un partido, o de un hipotético Gobierno, que ni siquiera se dignaría consultar a los ciudadanos.

Con toda nuestra larga historia de autoritarismos diversos, lo último que me esperaba es que esa tentación se expresara de manera diáfana en el periódico en el que escribo desde hace cuarenta años, y que leo desde hace algo más. Si digo “en el periódico” es por esto: los editoriales de EL PAÍS, como los de todos los diarios, no van firmados, lo cual significa que la publicación los suscribe y los hace suyos sin reservas ni matices. De haber llevado firma el editorial “Un corte necesario”, del 17-10-18, quizá no me vería impelido a escribir esta columna. El texto parecía inspirado por un concejal del Ayuntamiento de Madrid o por un entusiasta de Manuela Carmena y su (para mí) nefasto y cínico equipo, el peor de la democracia, y cuidado que hay candidaturas a ese título en nuestra ciudad. El editorial era una defensa y un aplauso incondicionales a la disparatada medida (entrará en vigor el 23 de noviembre) de prohibir el tráfico privado, salvo escasas excepciones, por un “centro” de Madrid de amplitud colosal. Nunca he tenido coche ni sé conducir, así que poco me afecta en lo personal, pero espero que, tras semejante restricción, y en coherencia, el Ayuntamiento deje de cobrar a los automovilistas el impuesto de circulación, ya que apenas podrán circular.

El escrito alababa las bondades del plan, sobre todo para la salud y en la lucha contra el cambio climático. Pero callaba ladinamente que: a) el tráfico que no pueda acceder a esa enorme “almendra” (más bien un “melón”) abarrotará el resto de calles, que estarán en permanente colapso; b) eso hará que los desplazamientos lentísimos, con los motores encendidos, contaminen el aire todavía más; c) si a eso se añade la reciente prohibición de sobrepasar los 30 km por hora en el 85% de la ciudad (aunque las avenidas estén despejadas), el atasco perpetuo, y la consiguiente emisión de gases, están asegurados; d) mientras se aplica este delirio, los voluminosos y pausados buses turísticos (ah, que le dan dinero a la alcaldía) bloquean calles estrechas, a veces de cinco en cinco; e) la situación infernal se verá agravada por la inhabilitación de la Gran Vía, ya ejecutada, y por la que se planea de la Castellana, al parecer; f) los caprichosos carriles-bici, apenas usados, ya han herido mortalmente a la capital.

El editorial reconocía que “una parte de los empresarios y comerciantes” están desesperados. Por lo que sé, lo están la gran mayoría, y también los hoteles, restaurantes, bares, los taxistas y una altísima porción de la población. No conozco a nadie que no sea un podemita o un carmenita furibundo que no se tire de los pelos ante el despropósito que convertirá Madrid en un insalubre caos (aún más). Pero bien, cada uno tiene su opinión. Lo que no es aceptable es que EL PAÍS terminara así: “El camino de Madrid es el único posible si se quiere […] proteger la salud de los ciudadanos, quieran o no”. He ahí el tic dictatorial español. ¿Cómo que “quieran o no”? Esa frase supone una violentación de las libertades individuales, y tratar a los madrileños, a semejanza de lo que hacía el franquismo, como a menores de edad. Se empieza por proteger la salud y a continuación también cabe proteger su “salud moral”, “quieran o no”. Se dictamina qué pueden ver, leer, escuchar y decir. “Por su bien” se les puede imponer o prohibir cualquier cosa, porque los gobernantes o los periódicos saben mejor que ellos cuál es “su bien”. Que a EL PAÍS, defensor de las libertades y la democracia, se le deslice semejante expresión, la suscriba y haga suya, me parece un grave síntoma, y la prueba, una vez más, de que los vientos del autoritarismo son demasiado contagiosos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de noviembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 28 de octubre de 2018. ‘Ampliación infinita del pecado original’

Por edad y por país, fui educado en el catolicismo, y uno de mis primeros recelos, siendo aún niño, me lo trajo el disparatado e injusto concepto de “pecado original”, por el que todo recién nacido debía purificarse mediante el bautismo. Si no me equivoco, las consecuencias de no recibirlo no eran baladíes. Al niño “manchado”, si moría, le estaba vedado el cielo, y en el mejor de los casos acabaría en el limbo, lugar que siempre me pareció ameno y que no sé por qué decidió abolir un Papa contemporáneo. Por supuesto los “infieles” y paganos, por su falta de bautismo, tampoco podían acceder al paraíso. Así que ese “pecado original” era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Como ya casi nadie sabe nada, convendrá aclarar en qué consistía: era el de nuestros primeros padres según la Biblia, Adán y Eva, que ­desobedecieron (la serpiente, la manzana, el mordisco, confío en que eso aún se conozca popularmente, aunque la ignorancia crece sin freno en nuestros tiempos). Me parecía una locura digna de miserables decidir que una criatura apenas viva, que no había podido hacer mal a nadie —ni siquiera de pensamiento—, estuviera ya contaminada por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos habían “pecado” a los ojos de un Dios severo.

Hoy la gente sigue bautizando a sus vástagos, pero la mayoría no tiene ni idea de por qué lo hace ni le da la menor importancia: en las crónicas sociales y en las televisiones el bautismo es siempre llamado “bautizo”, es decir, la celebración ha sustituido al sacramento, que de hecho está olvidado por absurdo y anacrónico. Y sin embargo, paradójicamente, el mundo entero —más o menos laico o agnóstico— ha abrazado ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y funestos resultados. Se buscan y señalan sin cesar culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y más democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos. Ha habido bastantes años durante los que a nadie se le ocurría acusar a Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner ejemplos cercanos, de ser, respectivamente, nieto de un notorio carlista e hijo de un falangista conspicuo. Estábamos todos de acuerdo en que los crímenes o lacras de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias.

Escribí un artículo parecido a este hace más de veinte años (“Vengan agravios”), y lo que rebatía entonces no ha hecho más que incrementarse y magnificarse. No es ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón” por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos o por antediluvianos miembros con los que nada tienen que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debe ser discriminado, según las constituciones más progresistas. La noción de “pecado original”, lejos de abandonarse, se ha enseñoreado de las conciencias. Si usted es blanco, ya nace con un buen pecado; si además es varón, lleva dos a la espalda; si europeo, y por tanto de un país que en algún momento de su historia fue colonialista, apúntese tres; si nace en el seno de una familia burguesa, será culpable de explotaciones pretéritas; si encima lo inscriben en una religión monoteísta (todas violentas y opresoras), usted está todavía en la cuna, acostumbrándose al planeta al que lo han arrojado, y la culpa ya se le ha quintuplicado. Claro que, si es chino, cargará con las matanzas de tibetanos hacia 1950, por no remontarse más lejos. Si japonés, habrá de pedir perdón precisamente a los chinos, por las barbaridades de sus soldados en la Segunda Guerra Mundial. Si su ascendencia es criolla, le aguarda más arrepentimiento que a cualquier conquistador de América. Y si es musulmán, no olvidemos que la yihad bélica se inició en el siglo VII, con carnicerías y sojuzgamientos. No creo, en suma, que nadie se libre de las tropelías de sus ancestros, sobre todo si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. (Por otra parte, pedir perdón por lo que otros hicieron resulta tan arrogante y pretencioso como atribuirse sus hazañas y méritos, cuando los hubo.)

De manera que en el soliviantado mundo actual la gente se pasa la vida acusando al individuo más justo, apacible y benéfico de pertenecer a una raza, un sexo, un país, una religión o una clase social determinados y con mala fama. El triunfo del “pecado original” es tan mayúscu­lo, en contra de lo razonable, que hoy no es raro oír o leer: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer a todos la cara de vergüenza”. Cada vez que me encuentro esta fórmula, me dan ganas de espetarle al imbécil virtuoso que nos quiere incluir en su saco: “A mí déjeme en paz y no me culpe de lo que no he hecho ni propiciado. Hable usted por sí mismo, y haga el favor de no mezclarme en sus ridículas vergüenzas hereditarias”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 21 de octubre de 2018. ‘El histerismo y la flema’

Nuestro país se viene rigiendo por el histerismo desde hace tiempo. Casi cualquier cosa que sucede, o declaración u opinión pronunciadas, se convierten en motivo de aspaventoso escándalo. Las redes, los tertulianos y no pocos periodistas “serios” se rasgan las vestiduras por hechos o dichos menores, por nimiedades. Es costumbre que todo se tergiverse, se adultere o se exagere: si alguien califica lo manifestado por otro de tontería, el primero es acusado al instante de insultar y llamar “tonto” al segundo, cuando todos podemos soltar tonterías a veces sin que ello nos condene como tontos cabales y definitivos. También se sabe desde hace siglos que llamar idiota, ignorante o necia a una persona puede no constituir un insulto, sino una mera descripción subjetiva, u objetiva. En meses recientes hemos asistido a alborotos mayúsculos causados por minúsculos problemas con Hacienda, en una nación en la que raro es el individuo al que Hacienda no le haya planteado problemas, con sus cambios de criterio retroactivos, sus constantes subidas de impuestos (con Rajoy como con Sánchez) y sus frecuentes arbitrariedades. Luego se han desatado batallas y sermones por títulos semificticios o regalados y aparentes plagios de tesis, en un lugar en el que, tradicionalmente, quien no ha copiado en un examen ha dejado que le copiaran, y era el que se oponía el que incurría en deshonra, un mal compañero.

Sin duda es deseable que todo el mundo tribute debidamente, que nadie copie ni plagie ni obtenga lo que no se ha ganado. Pero no se puede caer en el ridículo continuo, agigantando a las amebas. Ahora bien, lo más extraño es que, cuando por fin acontece algo en verdad gravísimo, los histéricos habituales reaccionan con inaudita flema, como si no tuviera importancia o jamás hubiera ocurrido. El pasado 1 de octubre se produjo en Barcelona el asalto al Parlament, con intención de ocuparlo y secuestrarlo, por una turba de mastuerzos. Se les permitió entrar en la Ciudadela, alcanzar y arrojar las vallas que mal protegían el edificio, acorralar a los escasos Mossos que lo custodiaban (a los que se prohibió cargar durante largo rato), hasta verse éstos obligados a encerrarse, por los pelos, tras el último portón. Más o menos como hemos visto en cien películas en el asedio a un castillo o fortaleza. La marea embistió el portón y trató de forzarlo por las bravas. Huelga recordar que un parlamento, el que sea, es la sede del pueblo soberano, que ha elegido a sus representantes.

Conviene recapitular. El asalto, diga lo que diga el actual y servil director de los Mossos, Martínez, se debió a los llamados Comités de Defensa de la República, copiados de los Guardianes de la Revolución cubanos y de la Guardia Revolucionaria iraní, que patrullan, espían, delatan y castigan a los “desafectos”. Estos CDR son conocidos por cortar autopistas e impedir el paso de trenes cuando se les antoja, dañando la economía y tomando como rehenes a sus conciudadanos. Se sabe que no son precisamente respetuosos de la convivencia ni de las libertades ajenas, ni sonrientes ni apacibles. Pues bien, horas antes del acoso (se vio en las televisiones), el Presidente de la Generalitat se acercó a un grupo de ellos, los llamó “amigos” y los felicitó por “apretar” con sus acciones. A otro grupo les dijo “No tengáis miedo”. ¿De qué podían tenerlo? Sólo de la policía autonómica, encargada de mantener el orden. Pero como ésta está bajo el mando de Torra, les vino a dar carta blanca. Los dos mensajes eran fácilmente traducibles: “Haced lo que os plazca, que nadie va a castigaros y yo apruebo lo que se os ocurra”. El resultado fue el intento de toma del Parlament, y —como habría previsto cualquier político mínimamente instruido y no lerdo— la masa vuelta contra su protector de horas antes, contra el “amigo”. Ni siquiera hubo detenciones, ni una, ¿cómo iba a haberlas?

Torra no ha dado explicaciones ni ha dimitido, nadie de su Govern las ha dado. Tampoco Pedro Sánchez, insólitamente, después de episodio tan amenazante. Todos se lo han tomado con la flema que les falta ante las fruslerías. Incomprensible en este país de perpetuo histerismo. No está en mi ánimo comparar a nadie con los nazis, pero no he podido evitar acordarme de que en 1933, poco después del incendio del Reichstag o cámara baja berlinesa, y poco antes de las elecciones generales, la policía la comandaba Göring (fundador de la Gestapo y mano derecha de Hitler), quien dio plena libertad e impunidad a los mastuerzos de camisa parda para reventar con violencia los mítines de los demás partidos adversarios. Con esa oposición silenciada, Hitler obtuvo una exigua mayoría que no obstante lo facultó para asumir el poder absoluto. Al año siguiente organizó la matanza de los disidentes de su Partido Nazi en la “noche de los cuchillos largos”, y el resto ya lo conocen, más o menos, espero. Cuando un cómplice de los facinerosos o matones está al mando de la policía que ha de frenarlos, o se destituye a ese jefe o deben sonar todas las alarmas con fuerza. Y sin embargo, cuánta flema, como si aquí nada hubiera pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 14 de octubre de 2018. ‘Literatura de penalidades o de naderías’

Otra vez no, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones. Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres… Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”. La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones.

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas. Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario. Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.

Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo. Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales. A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard). Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda. Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”.

Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård. Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. “No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades. Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård. Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas. Si relatan atrocidades, aún mejores. Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras. Puede que en algún caso así sea. Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 7 de octubre de 2018. ‘Antes de que me mojen’

Una de las películas aclamadas este año, Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh, me ha parecido un reflejo fiel de nuestra época, seguramente sin pretenderlo. No creo destriparle nada importante a nadie si cuento lo siguiente (pero absténganse de leerlo los quisquillosos): la hija del personaje interpretado por Frances McDormand (lo peor de la película: se limita a poner caras desafiantes y encabronadas, y por tanto obtuvo el Óscar) fue violada y asesinada salvajemente hace unos siete meses. La policía no ha encontrado al culpable ni ha hecho detención alguna, lo cual McDormand achaca a desinterés y dejación de sus funciones. La mayoría de los policías, como casi todos los de los pueblos en el cine estadounidense, son brutales y racistas. La reacción de los vecinos contra McDormand por la colocación de los tres carteles denunciatorios es propia de cafres y desmedida, con lo que el espectador toma partido por la madre doblemente herida. Según avanza la historia, sin embargo, es ella la que se comporta de manera cada vez más desproporcionada, y además se intuye que quizá no hubo dejación por parte de la policía local, sino que realmente no había pistas que condujeran a la detención de nadie. Hay casos difíciles de resolver o que no se resuelven nunca. Y eso es lo que la madre no parece entender ni acepta. Quiere detenciones, más o menos fundadas. (Sin ser nada del otro mundo, Tres anuncios se va viendo con agrado, pese a los palos en las ruedas de su protagonista.)

Si digo que la veo como un reflejo de nuestra época es porque esa actitud exigente hasta lo irracional se va extendiendo, desde hace lustros, a velocidad de vértigo. Demasiada gente se empeña en que las cosas sean como ella quiere, aunque eso resulte imposible. Demasiada cree tener derechos ilimitados, cuando sólo tenemos unos cuantos. Hace ya años puse este ejemplo paradigmático de este egoísmo enloquecido: la crónica televisiva desde Roma, cuando Juan Pablo II estaba moribundo, mostró a una señora española que se quejaba airada de que no se asomara el Papa. Alguien le explicaba que el hombre estaba en las últimas, a lo que ella respondía cargándose de razón: “Ya, pero es que yo estoy aquí estos días, y si no sale al balcón ya no podré verlo”. La obligación del agonizante pontífice era arrastrarse hasta allí para darle gusto a la señora cuando a ella le convenía. Lo mismo sucede con esos bañistas que, si ven bandera roja en la playa, se indignan y se meten en el agua poniendo en riesgo sus vidas y tal vez la de un socorrista que deba lanzarse a rescatarlos. “Ah”, suelen argumentar, “es que para tres días de vacaciones que tengo, no me los van a chafar los de la bandera roja”. Como si quienes la izan lo hicieran por fastidiarlos arbitrariamente y no para protegerlos. Demasiada gente no admite la existencia del azar, ni de los accidentes, ni de las contrariedades, ni de los imponderables. Este verano se armó un motín porque no sé qué famoso disc-jockey se vio varado en Rusia al suspenderse allí los vuelos por inclemencias del tiempo, y no pudo desplazarse a Cantabria, donde tenía una actuación programada. El público que lo aguardaba montó en cólera pese a que el dj se disculpó, dio explicaciones y prometió cumplir más adelante con su compromiso, y los organizadores ofrecieron devolver el dinero a quienes lo deseasen. Las personas acostumbraban a entender lo que se llamaba “causas de fuerza mayor”. Ahora no. Si el Papa debía reptar por el suelo gastando en ello su postrer aliento, el dj tenía que haber previsto el mal tiempo y haber emprendido viaje en tren desde Moscú, fechas antes, para complacer a sus cántabros.

El nivel de exigencia demente ha llegado al punto de que, antes de que nada ocurra, muchos ya protestan furiosamente “por si acaso”. Cuando todavía se ignoraba si Arabia Saudita cancelaría o no el encargo de unas corbetas a los astilleros gaditanos (por lo de las bombas y eso), sus trabajadores ya estaban cortando carreteras e incendiando neumáticos “por si acaso”. Ellos, y muchos otros, me recuerdan a Don Quijote cuando decidió “hacer locuras” en unos riscos (cabriolas en paños menores, creo) para que Sancho se las relatara a Dulcinea, que por fuerza no le había sido infiel ni había hecho nada. Y Don Quijote le dice a su escudero, más o menos (cito de memoria y que me perdone Francisco Rico; Cervantes ya sé que sí): “Así entenderá que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?”. Es decir, si me comporto de este modo sin causa ni motivo, cómo reaccionaría si me los proporcionara. Hoy lo llamaríamos “acciones preventivas”, a las que el mundo es cada vez más adicto. “Aún no ha pasado nada, aún no me han perjudicado; pero protesto y destrozo de antemano para que no se les ocurra perjudicarme”. En la película mencionada dudo que el espectador vea a McDormand como un caso de intolerancia a la frustración (comprensible) y exigencia chiflada. “Quiero culpables”. “Ya, y nosotros también, pero es que no los encontramos. ¿Quiere usted que nos los inventemos?” La respuesta (deduzco yo al menos) parece ser: “Sí. No me importa. Ustedes tienen la culpa de no encontrarlos”. Así no podemos seguir ninguno, espero que estén de acuerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 30 de septiembre de 2018. ‘De Salvini y de Saviano’

Oportunamente, la revista Claves nos ha recordado algunas citas de uno de los mejores ensayistas del XIX, el inglés William Hazlitt: “El principio de la idolatría es siempre idéntico: necesidad de encontrar algo venerable, sin saber qué es o por qué se lo admira… Cuanto más innoble sea el objeto de culto, más esplendorosos serán sus atributos. Cuanto mayor sea la mentira, mayor entusiasmo habrá al creer en ella y mayor codicia al tragársela”. O he aquí esta otra: “Hay países que adoran a las bestias más destructivas… Tal parece que las cosas más repulsivas a la razón y al sentido común son las más veneradas por la pasión y la fantasía”.

Da la impresión de que Hazlitt esté hablando de los éxitos electorales de Trump, Putin, Erdogan, Orbán, Kaczynski, Maduro, Duterte, Puigdemont y el brutal e inminente Bolsonaro (si en el Brasil no lo remedian). También del Vicepresidente y Ministro del Interior italiano Matteo Salvini, entronizado por el “izquierdista” Movimiento 5 Estrellas. Este individuo es abiertamente racista, zafio, chulesco, matón, despreciativo, ignorante hasta el paroxismo, con muchos visos de ser también deshonesto. La justicia de su país ha hallado a su partido, La Lega separatista, culpable de un fraude de 49 millones de euros que, procedentes de subvenciones electorales, el maestro y mentor de Salvini, Bossi, utilizó para reformar una casa, adquirir coches de lujo e incluso comprar una licenciatura en Albania (?) para su torpe hijo. Salvini procura abandonar a la muerte a los inmigrantes “esclavos” o ilegales, en la medida de sus notables posibilidades. Ha propuesto un censo de gitanos con vistas a expulsarlos (incluidos, quizá, los que son tan italianos como él o más); es decir, por fortuna aún está bastantes pasos por detrás de Hitler, que los gaseó junto con judíos y homosexuales. Como además es asnal, quiere prohibir las vacunas obligatorias, ya que, según él, nada menos que “diez de las catorce preceptivas son inútiles y en muchos casos peligrosas, si no dañinas”. Pues bien, este sujeto amigo de Bannon enfervoriza a buena parte de sus compatriotas (ya avisaron con Berlusconi), haciendo deprimentemente actual la segunda cita de Hazlitt, nacido en 1778 y muerto en 1830.

Sorprendentemente (porque los “intelectuales” nos apuntamos a cualquier causa que dé lustre), en torno a él se ha hecho el silencio internacional. Incluso tras amenazar, grave y mezquinamente, al escritor Roberto Saviano, uno de los pocos (que yo sepa, junto con Massimo Cacciari) que ha alertado sobre su peligrosidad e idiotez profundas. Saviano lleva doce años en el punto de mira de la Camorra por haberla ofendido y expuesto en su célebre libro Gomorra. Desde entonces vive escondido y protegido por cinco carabinieri. Como a Salvini no le gustan sus críticas, ya ha anunciado que “las instituciones competentes valorarán si Saviano corre algún peligro, porque me parece que pasa mucho tiempo en el extranjero. Valoraremos cómo se gasta el dinero de los italianos. Le mando un beso”. Un beso de Judas de manual, porque el Ministro del Interior de un país de la UE, que debería combatir a las mafias y proteger a sus ciudadanos, tiene que revisar si un escritor condenado a muerte por una de ellas “corre algún peligro”; e ignora, en su incompetencia, que los sicarios viajan a todas partes, incluido “el extranjero”. Amenaza a Saviano con retirarle la protección porque “se gasta el dinero de los italianos”: la propia Lega podría sufragar los escoltas con sus 49 millones defraudados. Es decir, este Vicepresidente y Ministro está dispuesto a facilitarles a unos criminales su tarea vengativa, y nadie lo ha destituido tras semejantes declaraciones. Es como si un homólogo español suyo, cuando Savater era blanco de ETA y se movía con guardaespaldas, le hubiera advertido que se lo quitaría si se le ocurría criticar sus políticas. No habría durado diez minutos más en el puesto, y eso que nuestro país no se distingue por su decencia.

Es llamativo que el “colectivo” de intelectuales y escritores (es el otro al que me referí el domingo pasado) apenas haya dicho palabra. Quizá recuerden cómo mis colegas se movilizan ante cualquier abuso o injusticia: que si los saharauis, y los palestinos, y el Subcomandante Marcos (hubo procesiones a visitarlo, con cámaras), y la fetua contra ­Rushdie, y los ataques a Pamuk, y Saramago privado de su nacionalidad, y “Je suis Charlie”, y Assange y Snowden y cuanto esté en su memoria. Pocos han elevado la voz ante esta intimidación-mordaza a Saviano, y desde luego no he visto protestas ni manifiestos firmados en tropel por sus colegas y míos. Tal vez es que Salvini, como los autoritarios acomplejados que no aguantan ni una crítica, individualiza a los discrepantes y toma represalias. La mínima o nula reacción de este “colectivo” me tienta a concluir con otra cita de Hazlitt, que aún no suscribo del todo: “La vanidad del hombre de letras es descomunal, mientras que su apego a la verdad es francamente remoto… Sólo admitiría que algo está bien o mal en el mundo si ha sido él quien lo detectó. Incluso…, por hacerse el interesante (sobre todo si recibe un buen pago), está dispuesto a probar que las mejores cosas del planeta son las peores, y las más detestables ideales”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de septiembre de 2018. ¿No tan mujer?

Este verano han sucedido dos cosas que me han llevado a desconfiar de la sinceridad de otros tantos “colectivos”. Y uno de ellos, lo lamento, es el feminismo actual, o, como gustan de llamarlo algunas de sus militantes, “la cuarta ola” de ese movimiento, que en las tres anteriores anduvo sobrado de razón, fue digno, estimulante, argumentativo, a menudo inteligente y rara vez contradictorio. Por ello mereció el apoyo de gran parte de la sociedad, que celebró sus éxitos como conquistas de todos.

Los hechos no están muy claros, pero sí alguno. Como recordarán, cerca de la Ciutadella de Barcelona, una mujer española de origen ruso, casada con un militante de Ciudadanos (que la acompañaba en aquel momento junto a los hijos pequeños de ambos), quitó lazos amarillos anudados a la verja del parque, ya saben que Cataluña está inundada, los activistas muy activos. Un hombre la increpó, se produjo la discusión consiguiente y a continuación el individuo le propinó un puñetazo en la cara que la tumbó al suelo. No le bastó con eso, sino que, al tratar de incorporarse la mujer, se abalanzó sobre ella y le dio más puñetazos en la cara y en otras partes del cuerpo. El marido intentó quitarle al agresor de encima, con escaso éxito, y el atacante se dio a la fuga tras el forcejeo. Esta es la versión de la mujer, que añadió un dato: al dirigirse a sus críos en ruso, el independentista le espetó: “Extranjera de mierda, vete a tu país y no vengas aquí a joder la marrana”.

La versión del varón, identificado y detenido al cabo de unos días, naturalmente difiere. Según él, la recriminó “sólo por su incivismo”. “No que quitara los lazos sino que ensuciase la ciudad porque los tiraba de malos modos al suelo”. Entonces ella le dio una patada en los testículos “y después ambos cayeron al suelo peleándose, hasta que fueron separados”. Como en todo caso de palabra contra palabra, las dos narraciones pueden ser ciertas, o, mejor dicho, lo será una tan sólo, pero no podremos saber cuál hasta que los testigos corroboren una (y siempre que sean veraces). En principio, sin embargo, la segunda suena bastante inverosímil. Si cada vez que alguien enguarra las calles tirando cosas al suelo en vez de a una papelera (bolsas de patatas, botes de refrescos) reaccionáramos como ese sujeto, tendríamos un permanente paisaje de peleas y riñas a puñetazos y patadas, o aun con armas. Cuesta creer que el motivo de la increpación fuera el incivismo, ya que en todas las ciudades españolas —en Madrid en la que más—, esa clase de incivismo es incesante. Me juego la paga de este artículo a que si la señora de origen ruso hubiera arrojado una docena de kleenex usados al suelo, ese guardián de la limpieza no se habría irritado hasta semejante punto. El agresor, por cierto, al salir más bien libre del juzgado, se tapó la cara con una toalla —oh casualidad— amarilla.

Lo que sí es seguro es que la mujer recibió atención sanitaria por una “desviación del tabique nasal, con dolor intenso a la palpación” y “presencia de contusión maxilar”, como consta en el parte médico. De los testículos del varón no hay noticia, pero puedo atestiguar desde niño que si uno encaja un golpe en ellos, queda inmovilizado de dolor durante un par de minutos por lo menos, e incapacitado para abalanzarse sobre nadie mientras ese dolor no remita. Así pues, de lo que no cabe duda es de que un hombre pegó a una mujer en plena calle y en presencia de sus hijos. Para las feministas de la “cuarta ola”, tan dadas a la susceptibilidad y a la condena sin pruebas, eso debería haber bastado para poner el grito en el cielo, independientemente de que la mujer hubiera respondido o no a los golpes. Y sin embargo no he visto manifestaciones de apoyo a la hispano-rusa, ni he leído artículos indignados de escritoras, ni sé de campañas de linchamiento en las redes como las que han sufrido muchos otros sin haber llegado nunca a las manos.

A partir de ahora no podré creerme una palabra de lo que digan, reclamen, protesten o acusen muchas hipócritas feministas actuales, sobre todo catalanas. Me pregunto qué se ha hecho de la plataforma anónima Dones i Cultura, que ha logrado la dimisión del director Lluís Pasqual “por malos tratos verbales” a una actriz hace años. Verbales, insisto: no puñetazos. Me pregunto por el silencio o la “prudencia” de las políticas Colau, Artadi, Rovira, Gabriel, Boya, Borràs y otras, de las periodistas Terribas y Chaparro y otras, de la neófita y gurú Dolera, todas ellas catalanas y muy o superfeministas. Algunas saltan por nada, y en cambio no han dado un brinquito por este caso. Si este feminismo tan jaleado resulta ser selectivo, su sinceridad está en tela de juicio. Si una mujer es antiindependentista y de origen ruso, ya no es tan mujer, por lo visto. Si el varón que le pega es secesionista y xenófobo (una pelea así es casi siempre desigual por sexo, todavía), entonces es menos agresor y quizá no condenable. No hay que “precipitarse” a juzgarlo, pobrecillo: no merece la misma vía rápida e irreflexiva que Woody Allen, Dustin Hoffman y tantos otros con los que no ha habido contemplaciones. Está blindado, si es de los nuestros. Del otro “colectivo” decepcionante, deberé ocuparme un domingo futuro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de septiembre de 2018. ‘Qué raro virus’

Descuiden, destesto que me cuenten sueños, sobre todo en las películas y en las novelas. En cuanto me aparece uno en imágenes, o me lo cuela un escritor, me dan ganas de salirme del cine o de abandonar la lectura, y lo hago si se ­reitera el latoso recurso. Así que el mío será brevísimo: soñé, hace un par de meses, que me metían en la cárcel; tenía que compartir celda con una señora de mediana edad, y mi mayor preocupación era si me permitirían fumar a mis anchas o no. Eso es todo.

Ahora bien, me quedé preguntándome por qué había soñado tal cosa, y en seguida llegué a la conclusión de que no tenía nada de particular, dada la grandísima cantidad de personas, en principio “respetables”, repartidas por las prisiones o con visos de acabar en ellas, es decir, inmersas en procesos que pintan mal, o ya condenadas y en libertad provisional a la espera de sentencia en firme, o bajo elevada fianza hasta que se inicie su juicio. Nos hemos ido acostumbrando y ya no nos sorprende. Pero constituye una gigantesca anomalía una sociedad con las cárceles llenas de ministros (pongan ustedes los “ex-”), presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

La mayoría de esta gente recibía excelentes sueldos, a diferencia de sus conciudadanos, muchos de los cuales no pasan de mil euros al mes desde hace años. Además, ejercían cargos vistosos e influyentes, que les daban popularidad (a cada uno en su ámbito) y proyección social. Ninguno era un “don nadie” frustrado o resentido con el mundo en general. Eran más bien privilegiados, individuos con suerte (los méritos ya son discutibles) y en todo caso bien relacionados, porque a nadie se le otorga nada si no resulta de utilidad. Lo natural sería que se hubieran estado quietos en sus magníficos despachos; que hubieran ejercido sus respectivas tareas impecablemente, y aun agradecidos; que se hubieran dado con un canto en los dientes cada mañana al levantarse y comprobar lo bien que les iba en su mundo. ¿Cómo es posible que tantos de ellos se hayan jugado sus carreras, su prestigio, su respetabilidad, su familia, su dinero y su libertad por un exceso de ambición, de codicia, de nacionalismo locoide o de salacidad? Uno entiende el delito de quien ante sí ve un negro futuro sin posibilidad de mejorar, de quien poco posee y nada tiene que perder. No, en cambio, el de quienes tienen tantísimo que perder. El extraño fenómeno se ha achacado a la sensación de impunidad dominante entre “los importantes”. Esa explicación tal vez valga para los primeros casos, pero no para el resto, para cuantos ya habían visto las barbas del vecino puestas a remojar. ¿Qué raro virus atraviesa nuestra sociedad, que ni siquiera tiene la excusa de estar visiblemente amenazada por mafias, como la italiana?

Sea cual sea, ese virus no ha remitido pese a los escarmientos acumulados. Pedro Sánchez ha alardeado demasiado pronto de “Gobierno ejemplar”. Está por ver. Lo cierto es que, sin cometer delito por ello, en sus primeros 54 días de Presidencia el BOE publicó 484 decretos de ceses y nombramientos. Según contó aquí Carlos Yárnoz, los relevos afectaron a casi todas las empresas y entes públicos: Hunosa, Sepi, Tragsa, RTVE, Renfe, Adif, Correos, Instituto Cervantes, Cetarsa, Navantia, Sociedad de Caución Agraria, Red Eléctrica, Paradores, Agencia del Medicamento… ¿Tantos funcionaban mal? Algunos de los agraciados con los nuevos cargos son amigos de Sánchez o gente que le ha servido bien. Algunos están remunerados con 200.000 euros anuales o más. La medida será sin duda legal, y es la misma que antes tomaron Rajoy, Zapatero y Aznar, nada más ocupar el poder. Pero es muy fea y huele fatal, a todo menos a “ejemplar”. En cuanto al remedo de “República Catalana pura y sin mácula” en que ya está convertida la semidictatorial Generalitat, 240 cargos del Govern (240, no 24) cobran más que el propio Sánchez. Frente a los 81.000 euros anuales de éste, Torra el Tenebrós percibe 147.000, y encima tiene a su servicio 413 “personas de confianza” —413— con sus abultados salarios. Los consellers reciben 110.760 euros, un 55% más —un 55%— que los ministros del Gobierno estatal. Los directores de TV3 y de Catalunya Ràdio, Vicent Sanchis y Saül Gordillo, no les van a la zaga, con 109.080 cada uno. No es extraño que actúen como felpudos. También son cuantiosos los sueldos para los famosos fugados: 82.210 euros para Meritxell Serret, 85.000 para Lluís Puig, etc, etc. El virus demuestra que Cataluña es tan brutalmente española como Andalucía o Madrid. Si la “República” iba a ser “incorruptible y sin tacha”, es obvio que la infección ha prendido en ella con aún más virulencia que en ningún otro lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de septiembre de 2018. ‘Siglo medievalizante’

En este 2018 han alcanzado o alcanzarán la mayoría de edad los nacidos en el esperado y celebrado 2000. Los que en esa fecha tenían diez años son ya adultos o deberían serlo (ya se sabe que el infantilismo abarca hoy la vida entera). Pero gran parte de los vivos tuvimos conciencia de que cambiaba el siglo, y aun el milenio (con doce meses de antelación, pues la gente, fascinada por la redondez del número, decidió que el giro se producía el 31 de diciembre de 1999, sin aguardar a que transcurriera el 2000 completo, como correspondía). Cada cual, dentro de sus posibilidades, procuró que fuera especial aquella Nochevieja. Yo, aprovechando el dinero llovido de un premio literario o de un golpe de suerte, invité a seis amistades a un precioso hotel de Bath, en el sur de Inglaterra, a las que se unieron, para la cena, otros dos amigos ingleses que se acercaron desde Oxford. (Me doy cuenta ahora de que si incurrí en el dispendio —vuelo y estancia de varias noches—, fue también porque entonces se gastaba con más alegría y porque nadie se metía con uno ni lo criticaba por cómo se fundiera su dinero honradamente ganado; se fiscalizaba menos a las personas, se las espiaba menos, se las delataba y denunciaba menos.)

Ha transcurrido suficiente tiempo del siglo XXI, en fin, como para rememorar y echar un vistazo. Uno se da cuenta de que es mucho tiempo si lo compara con el periodo 1900-1918. A los que lo vivieron les tocó una época convulsa o más bien espantosa, en la que todo quedó patas arriba. Hace exactamente cien años todavía no había acabado la Primera Guerra Mundial, iniciada más de cuatro antes, en julio de 1914, de manera harto estúpida. Como saben, esa Guerra ensangrentó Europa como nunca (que ya es decir), y se calcula que murieron en ella unos 18 millones de individuos. También en 1918, como colofón, se produjo la epidemia de la llamada “gripe española”, que añadió más de 50 millones de cadáveres repartidos por el planeta. Antes, en 1912, se había hundido el Titanic, por mencionar algo que ha perdurado en la memoria colectiva. Y si retrocedemos cien años más, el periodo 1800-1818 es el de las guerras napoleónicas, con sus millones de muertos y nuestro país invadido. En realidad, para 1818 la larga dominación de Bonaparte había concluido, y el Emperador se hallaba preso en la isla de Santa Helena, donde moriría en 1821.

Así que si comparamos 2000-2018 con sus equivalentes del XX y el XIX, podemos darnos con un canto en los dientes. Al menos no ha habido matanzas masivas ni guerras en nuestro continente, ni una plaga demencial como la de la célebre gripe. Pero también es cierto que aquella Nochevieja en Bath mis amigos y yo no podíamos imaginar que el siglo XXI se desarrollara como lo viene haciendo. Aún estaban bastante recientes la caída del Muro de Berlín (en 1989), el desmantelamiento de la Unión Soviética, la improbable democratización de Rusia y la liberación de los países del Este. No se habían producido los atentados contra las Torres Gemelas, que lo trastocaron todo, ni por tanto las Guerras de Afganistán y de Irak, la primera aceptada por la comunidad internacional y la segunda no, gratuita, nefasta e impuesta por Bush Jr. Nadie podía prever la virulencia fanática del Daesh, ni que en 2008 habría un elegante negro en la Presidencia de los Estados Unidos, ni un fantoche blanco —o naranja— en 2016. Ni que esos países del Este, admitidos en la Unión Europea, se iban a revolver contra ella convirtiéndose en autoritarios de extrema derecha coincidentes con la falsa izquierda. Tampoco se vislumbraba una recesión económica como la que afecta al mundo desde hace un decenio. Ni que políticos catalanes iban a aspirar a un Estado propio intransigente, malversador y totalitario, y a torpedear también la Unión Europea, lo mismo que el zafio fascista Salvini en Italia —otro separatista en su raíz, lo cual muestra cuán fácilmente éstos se tornan fascistas de manual en casi todas partes—. Con todo, ya digo, podemos congratularnos.

Pero lo que no esperábamos aquella Nochevieja era que tanta gente fuera a entontecer (aún más) masivamente. Que fuera a ser tan contradictoria, y a pedir a la vez libertades absurdas (eliminar la gramática y la ortografía, por poner un ejemplo inocuo pero especialmente idiota) y exigir regularlo todo y prohibir mucho y censurar a mansalva. Que gran parte de la población viviría abducida por sus pantallas y se vería impelida a opinar de todo, con o sin conocimiento, casi siempre para echar pestes. Que esa gente sería pusilánime y se sentiría “amenazada” hasta por una opinión disidente (y aspiraría a suprimirla), y quemaría virtualmente —o no tanto— a cuantos contrariasen sus convicciones. Que una porción de las mujeres decidiría ver a los varones, en conjunto, como verdugos y enemigos, desatando la desconfianza entre los sexos y el desinterés de uno por otro hasta niveles desconocidos. Que demasiadas personas renunciarían a razonar y a argumentar, y relegarían la verdad a un segundo o tercer planos, en favor de sus creencias, supersticiones e irreales deseos. Ninguno preveíamos, en suma, que en tantos aspectos el siglo XXI sería tan reaccionario y medievalizante. Ojalá tome otra senda, para que el periodo 2039-2045 no se asemeje en nada al de cien años antes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de septiembre de 2018. ‘Motivos ocultos y caballerosidad maldita’

Hace ya mes y medio que concluyó el Mundial de fútbol, pero nos dejó, en su despedida, un par de imágenes hacia las que vale la pena volver la vista, o eso creo. Justo antes de los dos partidos finales, la FIFA emitió una prohibición, con amenaza de multa si no me equivoco. Desde hace no mucho está a su frente un italiano, Infantino, que sustituyó al corrupto y al parecer bebedor Blatter, el cual se había eternizado en el cargo como todos sus predecesores. Así que, si la tradición se mantiene, el mundo del fútbol sufrirá a este Infantino varias décadas. Si digo “sufrirá” es por la prohibición a que me he referido: las cámaras de televisión planetarias debían abstenerse de sacar planos de mujeres vistosas o agraciadas en los estadios, “porque” —y el motivo aducido es lo más idiota de todo— “tienen como propósito atraer a los espectadores masculinos”, y por lo tanto son machistas o sexistas o las dos cosas. O sea que, de no ser por estos fugaces vislumbres de chicas, los hombres no se pondrían ante el televisor ni locos. Resulta que los varones nunca han estado interesados en admirar las evoluciones sobre el césped de veintidós mozos esmerándose en dominar la pelota y meter goles, sino que se han tirado hora y media ante el aparato —eso si no hay prórroga— a ver si captaban brevísimamente la imagen de una chica guapa: su motivo oculto. Bueno es saberlo, al cabo de tanto tiempo. Lo que no ha especificado la lumbrera Infantino es: a) si las cámaras pueden sacar a aficionadas feas o entradas en años (lo cual sería probablemente discriminatorio); b) si se deben permitir planos de niños, no vaya a ser que eso atraiga a los espectadores pedófilos; c) si las muchachas atractivas no estarían tentando también al público lesbiánico; d) si las imágenes de hombres jóvenes (muchos a torso descubierto) no serán un señuelo para las mujeres salaces y los homosexuales varones; y e) si se debe prohibir enfocar a los futbolistas mismos, en el caso de ser apuestos y atléticos, por si acaso. Mejor que no se televise nada. Lo más sorprendente de esta sandez censora es que ha sido aplaudida por algunos columnistas masculinos, que implícitamente han reconocido ser unos “salidos” enfermizos y haberse pasado la vida viendo partidos para atisbar mujeres. Eso, o son de ese género bajo que prolifera hoy tanto, los hombres que les hacen la pelota a las mujeres. Lo cierto es que en la Final la imagen fue su ausencia: apenas si hubo, en efecto, planos de las gradas. De nadie.

La otra fue la entrega de la copa y las medallas. Sobre una tarima, las autoridades: Putin, Macron, la Presidenta de Croacia Kolinda Grabar-Kitarović, el talentoso Infantino y otros que no sé quiénes eran. Empezó a llover a lo bestia, una de esas cortinas que, si nos pillan en la calle, nos obligan a guarecernos a casi todos. Los jugadores están acostumbrados, pero no los paisanos. Al cabo de un par de minutos, apareció un esbirro con un paraguas, con el que cubrió… a Putin, que en Moscú era el anfitrión, para mayor grosería. Éste no le indicó en ningún momento a aquél que mejor protegiera a alguno de sus invitados, por hospitalidad al menos. Durante un par de minutos el único a salvo de la ducha fue el ex-agente de la KGB, famosa por su falta de escrúpulos. Por fin aparecieron dos o tres esbirros más con sendos paraguas, que sostuvieron sobre las cabezas de Macron, Infantino y otros. Así que durante un rato todos estuvieron a resguardo menos Kolinda G-K, mujer afectuosa: con su camiseta de la selección croata enfundada, abrazaba con calidez —quizá por astucia— a todos los futbolistas, a los suyos y a los rivales franceses.

Ante lo insólito de la situación —para mí, que soy anticuado—, dudé entre atribuirla a que la vieja caballerosidad ya ha sido erradicada del mundo, y a varios calvos o semicalvos les traía sin cuidado que se empapase la única persona con larga melena rubia (Kolinda G-K estaba hecha una sopa), o a las consignas actuales que tildan de machista cualquier deferencia hacia una mujer. Cubrir en primer, segundo o tercer lugar a la Presidenta habría sido de un sexismo intolerable, así que se la abandonó hasta el final deliberadamente (para cuando le llegó su paraguas, daba lástima). Más allá del indiferente sexo de las personas, hay una cosa que se llamaba educación, urbanidad o cortesía, que a la mayoría solía impelernos a ceder el paso a cualquiera (mujer u hombre), a ceder el asiento en el metro o el autobús a quien menos le conviniera permanecer de pie (mujer u hombre), a no empezar a comer hasta que todos los comensales estuvieran servidos (mujeres y hombres), a proteger con paraguas a quien más lo necesitara, por llevar ropa ligera, por tener una edad a la que los resfriados se pagan caros o por lucir larga melena frente a un grupo de calvos conspicuos sin riesgo de que sus cabellos parezcan estopa tras un buen rato de jarreo. Si todo esto se ha abolido, no vaya a ser uno acusado de machista, fascista, paternalista, elitista, discriminatorio o civilizado, más vale que lo comuniquen con claridad las autoridades, aunque sean las de la estupidísima FIFA.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de septiembre de 2018