Quiere la leyenda futbolística, con extraño acuerdo universal, que sean cuatro los Genios Supremos, hasta la fecha: Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. Ha habido tentativas de añadir algún nombre más, como Ronaldo o Zidane en años recientes, pero por uno u otro motivo no han cuajado: bien han tenido un declive prolongado, bien han deslumbrado sin la suficiente continuidad, y así se han quedado un escalón por debajo, junto con otros jugadores extraordina­rios como Puskas, Gento, Van Basten, Suárez, Garrincha, Bec­kenbauer, Romário, Charlton, Best, Laudrup, Butragueño, Raúl, Kubala, Xavi, Baresi, Gullit, Bettega y tantos más. Para ser admi­tido en la exclusivísima lista de los Genios Supremos hacen fal­ta muchas cosas: dominio sobrenatural del balón; concepción telescópica y aérea del juego (como si el futbolista, además de sobre la hierba, estuviera suspendido en el aire, a gran altura, y tuviera una visión global del campo, “la visión de Dios”); una carrera larga y sin altibajos notables; una capacidad para ha­cer campeones a sus equipos aunque sus compañeros sean sin más competentes (fue el caso del Nápoles de Maradona y del Santos de Pelé, y aun del Barça de Cruyff); la facultad de lograr goles milagrosos y de gran belleza, de los que dejan a los espectadores estupefactos y preguntándose cómo han sido posibles pese a la dificultad que entrañaban o a la inocuidad inicial de la jugada. ¿Algo más? Sí, quizá algo más.

Por la trayectoria que lleva hasta ahora, parece ya indudable que Messi es el quinto Genio Supremo de la historia del futbol. Los madridistas llevamos unos cuantos años observándolo con atención y padeciéndolo y temiéndolo con motivo, sin posible exageración. Es un futbolista capaz de cumplir todas las amena­zas, de esos que provocan pavor nada más coger el balón, aunque lo hagan a gran distancia de la portería contraria. Uno cree que podrá sortear a siete adversarios y marcar, salir a trompico­nes de cualquier barullo con la pelota limpia en los pies, filtrar un pase mortal a un compañero, dejar atrás por velocidad a cualquier defensa, hacer gol de falta, de vaselina, de potente disparo desde fuera del área y hasta de cabeza a veces, pese a su corta estatura, y también sin ángulo y de tacón, al primer toque o tras conducir el balón por todo el campo, cosido al pie. Es asombroso que la mayoría de los rechaces le vayan a él, y al respecto se ha dicho que posee una extraña intuición para “adivinar” hacia dónde va a salir despejada o rebotada una pelota, lo cual ya es mucho adivinar, dada la velocidad con que se desplaza una bola y su natural imprevisibilidad. Tiene la virtud de paralizar a los rivales; no se entiende bien que pueda correr tantas veces en paralelo a la línea de meta, desde la posición de extremo y al borde del área, hasta quedar centrado y encontrar un hueco para chu­tar sin que nadie logre interrumpir ese prolongado avance. Seguramente sea habilidad suya, o se deba a la imposibilidad de quitarle el cuero si no es en falta, pero la impresión que se saca es de que los defensores dudan, no se atreven, se lo quedan miran­do boquiabiertos y aterrorizados y se rinden ante lo inevitable: la única manera de dejar de temer una desgracia es que la desgra­cia se produzca, y cuanto antes mejor. En el fondo es más llevadero lamentarse por lo ocurrido que sentir pánico a lo que va a ocurrir.

A mí no me cabría duda de que Messi es no sólo el quinto Genio Supremo, sino de que probablemente sea el mejor de los cinco, con la salvedad de que a él lo vemos varias veces a la se­mana y a Pelé no lo vimos apenas en Europa y a Di Stéfano sólo de tarde en tarde y cuando éramos niños, por lo que las comparaciones son difíciles. Si he empleado el condicional es no obs­tante por otras dos razones; aún no sabemos si su carrera será lo bastante larga y sin altibajos, dada su ju­ventud. La segunda es más indefinible y sutil. En las artes más manuales o más ma­temáticas se han dado numerosos casos de superdotados (pintores, escultores, músi­cos) que sin embargo eran un tanto simples como individuos. Ha sucedido también con poetas -a menudo- y hasta con algún novelista sobresaliente: cuando hablan, o se explican, o escriben artículos, resultan decepcionantes, su inteligencia no parece corresponderse con su talento o don. Uno está seguro de que esa sensación, en cambio, no se habría pro­ducido con los más grandes, con Dante, Cervantes, Shakespeare, Proust o Eliot. Ya sé que un futbolista no es un artista. Ni siquiera tiene por qué hablar. Pero, llegados al nivel de genialidad, para que la figura sea completa y suprema hace falta que se perciba en ella una mínima complejidad, una inteligencia no estrictamente futbolística, o al menos una personalidad levemente enigmática, como la de Zidane. No sé Pelé, pero Di Stéfano y Cruyff dejaban traslucir esa complejidad. Maradona no, pero parecía atormen­tado, y por tanto encerraba algo de misterio y desprendía huma­nidad. Es lo que le falta a Messi, en el que no hay rastro de drama y sí algo robótico, tanto en las maravillas que realiza en el campo como en su personalidad. Le sobra planicie, le faltan pliegues y rugosidad. No cabe sino rendirle pleitesía sobre el césped, pero un Genio Supremo nunca lo será enteramente si además no pro­voca lo que los ingleses llaman “awe”, una mezcla de admiración y espanto, asombro y reverencia y fascinación. Messi inspira las cuatro primeras cosas, pero, ay, la quinta no.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de abril de 2012

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