Qué se le va a hacer: Séptima colección de artículos de opinión de Javier Marías

Javier Marías lleva catorce años largos escribiendo todas las semanas, salvo en agosto, una columna de opinión en la prensa dominical española, los seis últimos en El País Semanal. A diferencia de otros escritores más reticentes con sus colaboraciones periodísticas, Marías acostumbra a recoger en sucesivos volúmenes la totalidad de sus columnas, para conveniencia de sus lectores, que así pueden revisitar unos textos de gran agudeza, con frecuencia entrañables, y siempre deslumbrantes desde el punto de vista formal. La colección que ahora nos ocupa es la séptima que publica desde la inaugural de 1997, Mano de sombra, y reúne los noventa y cinco artículos dominicales aparecidos entre febrero de 2007 y febrero de 2009. Por contraposición al ensayo literario puro, los artículos de prensa de un autor de ficción, y más si es de la talla de Marías, pueden correr el riesgo de verse despachados de forma apresurada como “obra menor”, lo que en este caso no dejaría de ser un error de bulto. La ya larga dedicación del autor a los artículos de opinión en prensa y, en particular, a la realización de una columna semanal, y su voluntad de brindarles a estas piezas vida más allá de las páginas de los suplementos dominicales demuestran que para él no son parte desdeñable de su obra, sencillamente una faceta distinta de su expresión. Por otra parte, en contra de lo que pudiera pensarse dada su naturaleza, con muy contadas excepciones, estas piezas de Marías no participan del carácter esencialmente efímero de tantas crónicas de prensa en la medida en que no suelen ser tributarias de la actualidad más inmediata y perecedera, ni están pensadas ni escritas con las miras puestas exclusivamente en el momento. En la mayoría de los casos, y aun cuando les haya dado pie algún suceso puntual de por sí fácilmente olvidable, las opiniones o comentarios vertidos por Marías en estos artículos no tienen fecha de caducidad, y sí designio de crear poso y alentar una reflexión continuada. Por último, aunque su factura sea necesariamente más sencilla que la de sus obras de ficción, en estas piezas también se manifiestan, y de forma más directa, muchas de las virtudes de la justamente alabada prosa del autor. La lectura seguida de los textos que ahora permite el libro, con independencia de la actualidad que los pudo inspirar, se traduce en un mejor y más pausado aprovechamiento de las muchas riquezas que ofrecen.

Al igual que en las recopilaciones anteriores, el autor se expresa aquí fundamentalmente (como a él le gusta recordar) como ciudadano preocupado por el mundo en que vive, atento a lo que sucede a su alrededor. Marías es un observador certero y lúcido que reacciona con admiración, sorpresa o escándalo ante lo que ve, y expresa con elegancia y rara felicidad estilística una opinión siempre razonada, y eminentemente razonable. No siempre coincidirán ésta ni sus preocupaciones con las del lector, pero Marías nunca intenta avasallar, y sí explicarse con claridad y convencer, si acaso, por la solidez y equidad de sus argumentos. Para muchos lectores, la sosegada voz de Marías ha llegado así a convertirse en la más patente manifestación del recto pensar y, muy a menudo, del simple sentido común, hoy con frecuencia desterrado de tantas y tantas discusiones.

Muchos de los asuntos aquí tratados resultarán familiares a quienes sigan al Marías columnista, quien acostumbra volver varias veces sobre lo mismo, en la misma medida en que la propia realidad tiende a repetirse, sobre todo en lo malo. Que haya preocupaciones recurrentes (la dictadura de lo políticamente correcto; el empobrecimiento del lenguaje a menudo resultante de ella; la hipocresía y cinismo de los políticos; la prepotencia de la Iglesia en España; la confusión existente acerca de qué son derechos y qué constituye discriminación; el abuso de ciertas prácticas públicas o manifestaciones sociales) no significa que el autor resulte reiterativo ni pesado; antes al contrario, siempre procura aportar nuevas perspectivas, nuevas iluminaciones a lo tratado. Marías disecciona la realidad desde una perspectiva individualista, aunque no insolidaria, porque a lo que aspira es a denunciar, argumentándolo, todo lo que pueda suponer trabas a la convivencia. Aunque con frecuencia se le tache de soberbio, sus opiniones las expresa sin intentar sentar cátedra, y afortunadamente sin la reverencia impostada por el pensamiento dominante tan al uso hoy día. Así, algunas de estas piezas podrán acaso parecer irreverentes, más por los temas tratados que por la forma de abordarlos, pero siempre están razonadas y nunca buscan la provocación gratuita, por lo que en última instancia sólo pueden ofender a los mojigatos, o a quienes gustan de tomarse todo demasiado en serio. Marías, es bien sabido, tiene un gran sentido del humor y domina el recurso a la ironía, por lo que algunos de los artículos más logrados están tratados en clave de humor, que no equivale a burla ni a hacer de menos las cosas. Es el caso, por ejemplo, de sus habituales y siempre polémicas notas sobre la Semana Santa y las procesiones (véase “Presiosa” y “Guapa y más que guapa” en este volumen), pero sobre todo de los muchos textos que ponen en solfa determinados vicios, tonterías o mezquindades de nuestra sociedad y de nuestro tiempo. Aunque surjan al socaire de asuntos puntuales o muy locales (los frecuentes despropósitos de algunos ayuntamientos, por ejemplo), estas piezas invitan a la reflexión y resultan siempre de provechosa relectura.

Con todo, acaso los artículos más memorables de esta colección sean los más literarios o, por falta de mejor término, los más filosóficos, en particular los que manifiestan la familiar preocupación del autor por cuestiones como el tiempo (cómo lo percibimos, cómo pasa), el significado y valor de la memoria, la gente (y las cosas) que hacen más llevadera la vida, la permanencia de los muertos, esos grandes ausentes. “El temor de vivir a destiempo”, “El después y el mientras”, “Los valiosos ocultos”, “Las personas ligeras”, “Una generación bien entera”, “Los muertos activos” son, entre otros, ejemplos destacados de esta vena, en la que el autor suele dar lo mejor de sí mismo.

“Lo que no vengo a decir”, la pieza que da título al volumen y una de las más enjundiosas del mismo, constituye una nueva y atinada reflexión de Marías sobre el sino del autor de artículos de opinión en nuestros días vocingleros, condenado, como señala en la “Nota previa”, a nunca ser entendido rectamente “en una época y una sociedad poco proclives a atender a las matizaciones y a las argumentaciones”. Cuántas veces no ha de sentir el articulista no ya que clama en el desierto, sino que quienes le prestan atención lo hacen sólo para luego poner falsedades en su boca. Marías reconoce cierto desaliento ante esta situación pero no, por fortuna, sensación de derrota. Que no ceje y que persista en sus esfuerzos, que siga dando la tabarra, como gráficamente lo describe él mismo, es lo único que pueden desear sus lectores.

ANTONIO J. IRIARTE

Cuadernos Hispanoamericanos, núm.709-710, julio-agosto de 2009

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