SILLÓN DE OREJAS: Apellidos

Me llamo Rodríguez, un apellido que comparto con otros 926.100 españoles (ostentamos el tercer nombre de familia más común en nuestro país). De manera que cuando me hago la célebre pregunta de qué hay en un nombre paso de largo por el mío. De pequeño pensaba que un apellido tan corriente supondría una desventaja para una carrera luminosa en el mundo de las letras. Mi padre me animaba diciéndome que eso no era un impedimento, y me ponía como ejemplo a Federico García, o a Benito Pérez (todavía no era conocido Gabriel García). Los que tenemos primer apellido copioso solemos utilizar también el segundo: nos individualiza (moderadamente). De manera que siempre me han fascinado los nombres poco frecuentes. En el sector editorial abundan: los de Tiziana Bello o Isabel Passion están entre mis preferidos. Adoro también el mestizaje onomástico, como el de la dirigente indígena peruana Daisy Zapata o el del rejoneador benidormino Andy Cartagena (¡lo que yo hubiera dado por llamarme así!), del que recientemente he descubierto su verdadero nombre (Andrés Céspedes, que tampoco está mal). También me llaman la atención los nombres de los personajes de las novelas (excepto los de las del realismo social, demasiado “colectivos”, como el mío). Javier Marías impone a sus personajes estupendos apellidos -Deza, Baringo, Custardoy, Ruibérriz de Torres-, a menudo inspirados en, o tomados de, los secundarios de su propia familia. Acerca de Tu rostro mañana, por cierto, acaba de publicarse en Holanda (por Rodopi) Allí donde uno diría que ya no puede haber nada, un reader o libro colectivo (editado por Alexis Grohman y Maarten Steenmeijer) que reúne algunos de los más interesantes textos críticos (en español) en torno a la trilogía mariesca. El único problema es que los interesados (y hay que estarlo mucho) tendrán que pagar por él 74 eurillos (rústica, 370 páginas): cosas de la edición académica. Marías, que también es editor, publicará en septiembre dentro de su sello Reino de Redonda, y con nota previa de Francisco Rico (uno de los personajes de la mencionada trilogía), Las Vísperas Sicilianas, de [Sir] Steven Runciman, un estupendo relato de la rebelión (1282) contra el dominio angevino que abriría paso a la posterior influencia en la isla de la Corona de Aragón. El libro, publicado originalmente por Alianza, era inencontrable. Al contrario que mi apellido.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 29 de agosto de 2009

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Nuevo libro de Reino de Redonda: Las Vísperas Sicilianas de Sir Steven Runciman

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LAS VÍSPERAS SICILIANAS
UNA HISTORIA DEL MUNDO MEDITERRÁNEO A FINALES DEL SIGLO XIII

SIR STEVEN RUNCIMAN

Nota previa de Francisco Rico
Traducción de Alicia Bleiberg
Revisión de Panteleimón Zarín

Láminas y mapas

Reino de Redonda, 2009

Distribuye ÍTACA

Este decimoctavo volumen del Reino de Redonda está dedicado a Dom Hilari Raguer, Bernardo Boil del Reino e historiador, que sabe mucho de mediterráneos y vísperas, sobre todo catalanas.

EL EDITOR

ÍNDICE

Una historia sin chismes (Nota previa),
por Francisco Rico

LAS VÍSPERAS SICILIANAS

Prefacio

Sícilia (Prólogo)

I. La muerte del Anticristo
II. La herencia de los Hohenstaufen
III. Al otro lado del Adriático
IV. En busca de un rey: Edmundo de Inglaterra
V. En busca de un rey: Carlos de Anjou
VI. La invasión angevina
VII. Conradino
VIII. El rey Carlos de Sicilia
IX. Un imperio mediterráneo
X. El papa Gregorio X
XI. El resurgimiento angevino
XII. La gran conspiración
XIII. Las Vísperas
XIV. El duelo entre los reyes
XV. El fin del rey Carlos
XVI. Las Vísperas y el destino de Sicilia
XVII. Las Vísperas y el destino de Europa

Apéndice: Juan de Prócida y las Vísperas

Bibliografía

Árboles genealógicos [sin paginar]


APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2009)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2009)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2009)

Una historia sin chismes. (Fragmento de la nota previa)

“Entre sus obras más afortunadas, es ejemplar al respecto The Sicilian Vespers. A History of the Mediterranean World in the Later Thirteenth Century (Cambridge, 1958). El libro cuenta también la caída de un imperio y una caída de Constantinopla, pero ambas imaginadas, no cumplidas: es el sueño de Carlos de Anjou, a impulsos del Papado, de construir un imperio en el Mediterráneo frente al Sacro Romano de los Hohenstaufen. El logro del autor consiste en haber sabido mostrar meridianamente cómo en la jornada del título convergen todas las líneas de fuerza del subtítulo, en una coyuntura que pocas veces podría decirse más europea y con más peso para los leyes de España, llamáranse Jaime I, Jaime II, Alfonso el Sabio o, sobre todo, Pedro el Ceremonioso, que con tan buena suerte pudo jugar sus cartas.

Todo el panorama lo dibuja Runciman con trazos que son un modelo de precisión y finura, y con soberano desdén por la pincelada efectista y la artimaña retórica.”

FRANCISCO RICO, FBA

Este libro se pondrá a la venta en los primeros días del mes de septiembre

Javier Marías nos restituye a los poetas Faulkner y Nabokov

Faulkner y Nabokov: dos maestros (Debols!llo: Madrid 2009), es un libro en el que Javier Marías recoge sus propias traducciones de los poemas de juventud de ambos narradores, así como todas las otras piezas dedicadas por el autor de Todas las almas a dos de sus escritores admirados en sendos homenajes que publicó en el centenario de sus respectivos nacimientos: 1997 y 1999. Recibirlo fue una fiesta. Me explico: hace dos años se detuvo en mis manos por un rato Desde que te vi morir. Apenas tuve tiempo entonces para fotocopiar un texto de Nabokov: El poema. Y de otro también suyo titulado Los poetas, anoté en un cuaderno de viaje al menos los dos versos finales: “mi silencioso país (el amor que no tiene esperanza); / la silenciosa hoja relampagueante, la silenciosa semilla”. Fue un gesto innecesario: son versos que no se olvidan una vez escuchados y que pude fácilmente no haber conocido nunca, si no fuera por quien se dio a sentirlos y recrearlos en nuestro idioma. Escritos en París, tal vez con aguacero, antes de yo nacer (pero el mismo año) y en lengua extraña, es una dicha que me lleguen ahora y enriquecidos por los poemas faulknerianos de Si yo amaneciera otra vez.

DEBOLS!LLO

DEBOLS!LLO

Hay que decir que la entrega a la literatura de Javier Marías no se limita a la creación de su propia obra, ya situada en la cima de la narrativa contemporánea en cualquier lengua. El contrapunto preciso a sus novelas, relatos y artículos es su labor como editor de Reino de Redonda y como traductor de obras que considera indispensables: El espejo del mar, de Joseph Conrad, y el Tristam Shandy de Laurence Sterne, por ejemplo. Tampoco es la primera vez que traduce poesía: ha dado voz en nuestra lengua a poemas de Stevenson y de Ashbery. Cómo podría no alzar al aire de su idioma estos versos de Faulkner que son como un conjuro: “Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte/ mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto/ tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,/ esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento”. Y así es porque la poesía es ese lugar de encuentro entre vida y muerte donde, como quería Faulker, “Si hay dolor, que sea sólo lluvia”. Lo supo Nabokov evocando a su padre: “Si a las almas de los muertos hace tiempo / les es a veces dado regresar”.

Y qué dicha también leer ahora en español Faulkner a caballo y Nabokov en éxtasis, dos de las estupendas minibiografías o semblanzas que integran Vidas escritas. El libro de Javier Marías así titulado lo había visto sólo de pasada y en inglés. Piezas admirables como Lolita recontada ya las tenía en otra obra suya, Literatura y fantasma; pero los poemas de ambos (38 en total) son un descubrimiento. Comprendo ahora perfectamente que luego de instalarse, vía traducción, dentro del poeta que fue Nabokov en su juventud, recontar Lolita haya sido casi una necesidad o tentación irresistible, o más bien una debida restitución de su voz lírica al célebre hacedor de ficciones: voz que daba fe de ser, hasta el vuelco anunciado en estos versos de 1939: “es hora de que partamos ya ─y además preferimos no ver/ lo que a otros ojos está oculto;/ no ver todo el encantamiento y el tormento de este mundo”. Felizmente intuida y bordada obra de destape, o de compasión, hecha a un altivo guardián de sus recuerdos, como corresponde a quien adoptó “el blasón del exilio” en Berlín (1925): “sobre campo de sable una espada estrellada”. Verso que el poeta ruso que abrazó luego el inglés no hubiera podido escribir más que trámite la estilizada pluma fantasmal de otro maestro que lo llevó a expresarse en una lengua romance.

El libro es de aquellos maestros sólo en parte y aún entonces, por virtud de traducción feliz, pertenece al que les rinde tributo tanto como cualquiera de sus propias obras. Sobre ciertos versos de algunos de sus más admirados poetas dijo Borges: “Las palabras de otros me dirán para siempre”. Misterio mayor de esa real zona fantasma que es la literatura. Y es así también gracias a las buenas traducciones. Baste mencionar La Odisea. La lengua en que se escribe no es lo determinante, insiste Javier Marías: “su importancia, con ser enorme, no deja de ser secundaria”.

JUANA ROSA PITA

El Nuevo Herald, 23 de agosto de 2009

Javier Marías y Jacques Derrida

Concha Torralba conjunta estupendamente el pensamiento de Jacques Derrida con el talento de Javier Marías en torno a uno de los más grandes escritores que ha dado la literatura universal: William Shakespeare.

Su ensayo “Contratiempo de una amistad” se encuentra en el texto Conjunciones: Derrida y compañía, publicado por el grupo Decontra en Dyckinson, SL, Madrid, 2005.

Marías nos introduce, en su excelente novela Mañana en la batalla piensa en mí, en un mundo de encantamientos y espectros. Una mujer muere en circunstancias ridículas; se tejen entonces una serie de situaciones que no hubieran tenido lugar sin esa muerte, porque nadie sino un espectro podría dictar un mandato obsesivo de tal manera: piensa en mí, desde un lugar incierto como un sueño o ese lugar (no) desconocido en el otro lado del tiempo, en su negra espalda, ese personaje, un fantasma nos habla desde la marginalidad. ¿Quién dicta o maldice y por qué?

Torralba escribe: “Alguien desconocido dice, mañana en la batalla piensa en mí. Mañana, tiempo por venir, en el que se dará supuestamente un acontecimiento, una batalla, y en ese instante alguien vendrá a la memoria del otro. Alguien ruega, pide u ordena que no se le olvide, que estará sin ser visto en ese acontecimiento futuro y esperado del que participará de alguna manera. Una frase tan corta y a la vez con tantas historias, la que dice Marías, la visita de un fantasma, la elección de un lugar de memoria.”

La batalla ocurre, por tanto, en la negra espalda del tiempo, en el presente de aquel que ruega, que clama por ser pensado, por habitar en un instante la memoria y la escena del que piensa, “que espera el acontecimiento con su doble posibilidad de catástrofe y de promesa a la vez: es inútil cualquier expectativa, puede sobrevenir lo bueno o lo malo, la derrota o la victoria, lo porvenir del acontecimiento que desajusta el orden del tiempo.”

Llegando a este punto cabe, y de hecho resulta imperioso, preguntarnos quién es el emisor de dicha sentencia y quién el destinatario. Entonces aparecen la inquietud y el desasosiego que produce la visita de un espectro, la voz sin voz del fantasma que nos reclama pensar en él.

Torralba dice en este punto: “El hecho de que la voz espectral nos obligue a pensar nos recuerda también nuestra herencia; la forma personal del pronombre en primera persona es, en esta frase desgajada, contradictoria e intempestiva, porque no hay nadie a quien designe ni a quien sustituya su nombre, puede ser a uno o varios, pertenecer al pasado o dar el paso al porvenir, en cualquier caso, pensar en invita también a tomar cosas prestadas del fantasma que habla y a repetir algo de eso otro como si fuera una reviviscencia del pasado que se hereda.”

Derrida, en su libro Espectros de Marx, escribió: “Una herencia nunca se reúne, no es nunca consigo misma. Su presunta unidad, si existe, sólo puede constituirse en la inyunción de reafirmar eligiendo. Es preciso filtrar; cribar, criticar, hay que escoger entre varios posibles que habitan la misma inyunción. Y habitan contradictoriamente un secreto. Si la legibilidad de un legado fuera dada, natura, transparente, unívoca, si no apelara y al mismo tiempo desafiara a la interpretación, aquel nunca podría ser heredado. Se hereda siempre de un secreto que dice: ‘Léeme’. ¿Serás capaz de ello?”

En nuestra batalla personal y con nuestros propios espectros, ¿quién nos dirá, nos dijo o nos dice piensa en mí?

JOSÉ CUELI

La Jornada (México), 21 de agosto de 2009

Vargas Llosa, Marías y la utopía arcaica

Hay pocos escritores vivos que admiro más que Mario Vargas Llosa y Javier Marías. He leído toda su obra, he escrito sobre ellos, los he enseñado. Cuando me piden que mencione mis libros de cabecera, siempre incluyo títulos como Conversación en La Catedral o Mañana en la batalla piensa en mí. Creo entender las pulsiones principales que subyacen en sus novelas, incluso en muchas de las ideas que no comparto de sus ensayos.

La parte en la que ambos me pierden es su incapacidad para entender los cambios tecnológicos de la época, la forma que tienen de concluir que gracias a esos cambios la literatura se empobrece. Hace algunos meses Marías atacó los blogs, a los que llamó esa “región ocultamente furibunda” debido a la cantidad de insultos y veneno que uno encuentra en la sección de comentarios. El escritor español declaró que no entendía que hubiera tantos escritores que llevaran blogs, y mucho menos el lado interactivo de los blogs: “¿Cuál es la gracia de estas tertulias escritas? ¿Ver que uno provoca reacciones? ¿Tener la comprobación inmediata de que lo que expone no cae en el vacío?”.

En cuanto a Vargas Llosa, el hispanoperuano se declaró hace poco ferviente defensor del papel, que “infunde un respeto casi religioso al escritor”, y dijo, contundente: “Si la literatura se hace sólo para las pantallas se empobrecerá, porque la pantalla hace que pierda profundidad y riesgo”. Vargas Llosa terminó creando una falsa dicotomía entre el libro y la máquina: “La gran amenaza son las máquinas que puedan acabar con el libro. No sabemos qué va a pasar con ese desafío para la literatura que es la pantalla”.

Es curioso ver cómo la introducción de una nueva tecnología produce tanta ansiedad en la cultura libresca y hace que aparezca un tono apocalíptico en sus defensores. Para citar un ejemplo emblemático: cuando en 1895 los hermanos Lumière inventan el cinematógrafo, el escritor mexicano Amado Nervo señala que el cine, junto al fonógrafo, producirá como resultado “no más libros; el fonógrafo guardará en su urna oscura las viejas voces extinguidas; el cinematógrafo reproducirá las vidas prestigiosas”.

Un nuevo medio produce siempre desplazamientos en la ecología de medios preexistente. Para la literatura hay un antes y un después del cine, de la televisión, de Internet. Eso no significa que las cosas tengan que ir para peor. ¿Qué hubiera pasado durante el siglo veinte si los escritores se hubieran cerrado a las posibilidades creativas de los nuevos medios? Por hablar sólo del cine, es extensa la lista de escritores que registran en su obra el impacto, tanto en la forma como en el contenido: Joyce, Dos Passos, Cabrera Infante, Puig, etcétera. La misma relación de Marías y Vargas Llosa con el cine es fundamental.

Marías tiene razón: los bloggers deben lidiar con el veneno de los comentarios. Pero eso no es nuevo en la literatura: lo que hacen los blogs es explicitar esa mala leche que siempre está ahí, en algunos lectores y colegas. Eso no significa que haya que eliminar de cuajo al blog; se trata de un nuevo género literario, y más temprano que tarde hablaremos de grandes bloggers, así como lo hacemos de grandes ensayistas o cuentistas. Vargas Llosa tiene razón: no sabemos qué pasará con la literatura ante los nuevos desafíos tecnológicos. Lo que sí es seguro es que hay niños y adolescentes que algún día serán escritores y que hoy tienen “un respeto casi religioso” por la pantalla. Concluir que no habrá “profundidad y riesgo” en la literatura escrita por ellos es, cuando menos, apresurado. Y cuando más, arcaico.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

El País, Babelia, 22 de junio de 2009

La lección del género abandonado

Ser o no ser

Ser o no ser

Pese a ser libros graciosos algunas de las obras maestras indiscutidas de la literatura universal –El Quijote, Tristram Shandy, El sueño de una noche de verano, Alicia en el País de las Maravillas y hasta Los viajes de Gulliver-, el humor y la comedia no gozan de mucha reputación entre los críticos y estudiosos actuales. Es como si cualquier asunto, por importante que sea, resulte “rebajado” si es acometido con ligereza y con ironía y sin aspavientos, y en cambio el tono grave y campanudo venga inmediatamente premiado, aunque los asuntos que con él se traten sean baladíes o trillados o impostados. Lo peor -lo que hace pensar que estamos ante una tendencia general de nuestro tiempo, que no se limita a lo literario- es que con el cine ocurre lo mismo. Es sorprendente comprobar cómo en una época que se presume menos ingenua que cualquier otra anterior -bueno, el presente siempre cree eso-, los críticos y los espectadores son más fáciles de engañar que nunca, y cómo el “gesto” de los autores -sean literarios o cineastas- acaba predominando sobre lo que en verdad dicen sus obras. Alguien presenta su nueva película como “muy profunda” o “muy desgarrada”, como “coral y mestiza”, como una “denuncia” de esto o lo otro, como “una reflexión sobre las miserias del ser humano contemporáneo”, y acto seguido parece como si casi nadie fuera capaz de distinguir lo anunciado por ese autor de lo que contempla luego en la pantalla. Se supone que la misión de los críticos es justamente esa, distinguir sin dejarse persuadir por la grandilocuencia, pero ya casi nunca lo logran. Si una película tiene el ademán ampuloso, o se ocupa con enorme solemnidad de un tema “serio” -el paro, el maltrato a las mujeres, la explotación de los países pobres, el Holocausto, la eutanasia, algo social a poder ser-, al instante se califica tal película con dos de los adjetivos más falaces y tontos de cuantos se tienen a mano, a saber: “necesaria” e “imprescindible”. Falaces y tontos porque no hay ninguna obra de arte -ni siquiera del pasado- que sea una cosa ni la otra. Es cierto que el mundo no sería el mismo si no hubiera habido literatura ni cine, pero sí lo sería si no hubiera existido la obra de cualquier autor determinado, con las posibles excepciones -sólo posibles- de Shakespeare y de John Ford, los cuales, dicho sea de paso, cultivaron la comedia, y no sólo como género, sino que la hicieron aparecer también, aquí y allí, en sus mayores tragedias. O, expresado de otro modo, nunca se permitieron presentar éstas con el gesto ampuloso. El que es bueno de verdad nunca lo necesita. Sólo lo necesita el farsante.

El apartamento

El apartamento

Se aplauden incondicionalmente películas solemnes y huecas como las de Lars von Trier o González Iñárritu o hace ya más años la horrenda El piano de Jane Campion, por no hablar de españolas como Mar adentro, Los lunes al sol o alguna de Medem, y las loas son tan unánimes y conminatorias que quien no se suma a ellas es visto como un hereje. Les llueven los premios y el reconocimiento, por lo que no es nada extraño que los cineastas con ambiciones artísticas no se atrevan a rodar jamás una comedia. Las que se hacen son estrictamente comerciales, facilonas y chuscas, es decir, sin ambiciones, cosa que sí tenían las comedias clásicas auténticas, las de Billy Wilder y Lubitsch y Capra, las de Donen y Cukor y Minnelli y Edwards, las de Hawks y Leisen y Chaplin, las de Dino Risi y Comencini en Italia, las de Mackendrick y Crichton en Inglaterra, las de Berlanga y Ferreri en España. Las suyas son comedias profundas, si la combinación es aceptable -y no veo por qué no-, que maravillan por su ingenio y su ritmo y su gracia, pero que además no se olvidan nada más salir de la sala. El apartamento y Primera plana y El bazar de las sorpresas, Ser o no ser y La fiera de mi niña y Luna nueva, Desayuno con diamantes y Mi desconfiada esposa y Página en blanco, La escapada y Todos a casa, El verdugo y Bienvenido, Mr. Marshall, todas ellas dejan huella y emocionan, a la vez que divierten sin cesar y arrancan de vez en cuando la carcajada. Uno las ve con una sonrisa en el rostro, pero es una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede? Extrañamente, sólo hay retazos de aquello en películas con cierto humor de mala sombra, como algunas de Tarantino o de los hermanos Coen.

Desayuno con diamantes

Desayuno con diamantes

Ahora pasan por comedias obras que carecen enteramente de varios de los elementos característicos del género: la elegancia, la ausencia de subrayados, la sutileza, la complicidad de buena ley con el espectador, y por supuesto la alegría, aunque fuera una alegría melancólica a veces. Pasan hoy por comedias memeces rudimentarias como Sexo en Nueva York o Guerra de novias, por mencionar dos que me he tragado hace poco, cosas amorfas y ñoñas, sin guión y sin encanto. También pasan por tales las películas que protagonizan una serie de “cómicos” detestables y sin atisbo de gracia que no comprendo cómo tienen éxito: Ben Stiller, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider, los ya veteranos y sosísimos Steve Martin y Jim Carrey, y el más reciente y abominable, un tal Seth Rogen que al parecer hace reír a los jóvenes “modernos” (?). Hasta Woody Allen ha recurrido a algunos de ellos en un par de ocasiones, y no sé qué es más deprimente, si tal rebajamiento o su caída en el más absoluto ridículo en cuanto ha puesto una cámara en España. Y, dicho sea de paso, es significativo que a Allen le lleguen los mayores elogios cuando se pone trascendente, como en la tramposa y autoplagiaria Match point -una pobre variación de Delitos y faltas-, y abandona la comedia. Otro tanto puede decirse respecto a Clint Eastwood: cuanto más tremendista y afectada es la historia que cuenta, como en Mystic river o en Million dollar baby, más parabienes recibe, mientras otras películas suyas menos pretenciosas y severas y “griegas”, como Deuda de sangre o Gran Torino, son despachadas como “menores” rápida y despectivamente. Parece que vivamos en un mundo pomposo y dramático y grave, en el que no tienen cabida la gracia ni la ligereza.

Gran Torino

Gran Torino

Nada, pues, incita a hacer comedia, menos aún alta comedia. En cuanto un actor o una actriz interpretan un papel de loco, o de idiota, o de ciego, o de fea -si la actriz es guapa-; si hacen el histérico en la pantalla, o aparecen en ella desgarrados o histriónicos, o imitando a un borracho o a un drogadicto o a alguien real con una nariz postiza, o poniendo acentos raros, se los premia en el acto con un Oscar: es algo sabido que, cuanto peor y más exagerado y risible esté un buen actor en un film, más posibilidades tiene de llevarse la ignominiosa estatuilla. En cambio, lo que es casi seguro es que no la conseguirá jamás nadie por su actuación en una comedia, y sólo así se explica que nunca la obtuviera uno de los mejores intérpretes de la historia, Cary Grant, y que Jack Lemmon sólo la alcanzará como principal por un pesadísimo y mediocre papel dramático: el pecado de ambos fue participar en demasiadas películas de ese género hoy casi abandonado y que sin embargo, a los que aún crecimos con él, nos enseñó algunas de las mejores lecciones. Una de ellas, por cierto, fue no ir por la vida como van tantos críticos y espectadores de este siglo nuevo -con la solemnidad pintada en la frente-, y saber que en todas las situaciones, hasta en las más tristes y dramáticas, siempre hay algo que nos hace gracia, y que así nos alivia o nos salva.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 15 de agosto de 2009

[Por error este artículo salió en Babelia con el título El género abandonado]

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Pamuk nuevo Duke del Reino de Redonda

Orhan Pamuk. Duke of Colores (2009)

Javier Marías y Orhan Pamuk se conocieron personalmente a finales del pasado mes de mayo en Venecia, al haber coincidido en el encuentro internacional de literatura “Incroci di civiltà”. Ambos escritores se admiran mutuamente y Pamuk ha llegado a pedir el Premio Nobel para Marías. El Rey de Redonda le propuso al escritor turco entrar a formar parte del Reino como Duke y Pamuk aceptó eligiendo como título provisional Duke of Colores, en alusión a su ensayo Otros colores. Su nombramiento aparecerá oficialmente en el próximo libro que la editorial Reino de Redonda publicará en el mes de septiembre: Las vísperas sicilianas de Sir Steven Runciman, autor de La caída de Constantinopla 1453.

Ferit Orhan Pamuk es uno de los más destacados autores de la literatura actual en lengua turca. Su obra ha sido traducida a 34 idiomas y publicada en un centenar de países.

Nació en Estambul el 7 de junio de 1952 en el seno de una familia acomodada (su padre era ingeniero). Inició sus estudios de arquitectura que abandonó tres años después y en 1977 se graduó en el Instituto de Periodismo de la Universidad de Estambul, aunque nunca ha ejercido la profesión. Entre 1985 y 1988 residió en Nueva York y trabajó como profesor visitante en la Universidad de Columbia. Posteriormente regresó a Estambul.

Fue procesado en diciembre de 2004 por haber declarado, en una entrevista a un periódico suizo, sobre la matanza de armenios y kurdos llevada a cabo por los turcos en 1915. La causa contra él fue archivada en enero de 2006. Debido a las amenazas contra su vida, tras el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink, en febrero del 2007 Pamuk se fue a Estados Unidos, pero regresó a su ciudad natal en abril de ese mismo año.

Aunque su carrera como escritor se inició en 1974 su primera novela Cevdet Bey ve Oğulları no se publicó hasta 1982. Su obra comenzó a tener repercusión internacional con la novela El astrólogo y el sultán, alabada por el escritor estadounidense John Updike, y alcanzó su consagración definitiva con Me llamo rojo. Su última novela es El museo de la inocencia. Además de novelas ha escrito un libro de memorias: Estambul. Ciudad y recuerdos y dos ensayos: Otros colores y La maleta de mi padre.

Ha recibido numerosos galardones internacionales, entre ellos el Grinzane Cavour, el IMPAC, el Premio de la Paz de los libreros alemanes, el Medicis… El 12 de octubre de 2006, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura en reconocimiento a toda una trayectoria literaria, así como a su compromiso por los derechos humanos, siendo así el primer turco en ganar un Premio Nobel. Es doctor honoris causa por la Universidad Libre de Berlín, la Universidad de Georgetown, la Universidad de Washington y la Universidad Complutense de Madrid.

El contratiempo de una amistad

Conjunciones: Derrida y compañía

Conjunciones: Derrida y compañía

Conjunciones: Derrida y compañía es el título del cuarto libro que publica el Grupo Decontra como resultado, una vez más, de las sesiones de investigación que permanentemente celebra en la UNED sobre el pensamiento de Jacques Derrida. En ese volumen se incluye un texto de Concha Torralba, titulado “El contratiempo de una amistad: Javier Marías y Jacques Derrida”, que comienza destacando que otras acepciones de la voz amistad son frecuentar, emparentar, repetir, transitar. Así las cosas, la autora se atreve a incluir a Javier Marías entre los amigos de Derrida.

Torralba dice encontrarse en una zona de sombra respecto de ambos personajes y manifiesta que ellos son sus amigos sin saberlo. Esta zona de sombra la describe Javier Marías como el lugar de los episodios inexplicados o inexplicables de nuestras vidas o, más aún, de aquellos elementos que ignoramos porque atañen a los otros y de lo que aún es más arduo saberlo todo o incluso saber un poco.

Torralba escribe: La primera vez que leí una novela de Javier Marías me llevé la sorpresa al encontrar bastantes rasgos deconstructivos e incluso, en algunos lugares, tenía la sensación de que aquello era la repetición de algo leído en otra parte, pero elaborado de otra manera, como si Marías hubiera tirado de un hilo de la filosofía para tejer la trama de muchos de sus relatos, en los que podía oírse la voz de Derrida transitando por sus renglones.

La autora asume que su relación con Derrida y Marías es absolutamente espectral y que es una amistad frecuentada en la zona de sombra, donde ningún espectro respondería en esos términos. Para Derrida frecuentar es lo que hace el espectro de alguien que no está en nuestro tiempo y no es, puesto que no tiene origen, cuando nos visita más de una vez el espectro de un vivo pasado o de un vivo futuro, que no está ni vivo ni muerto y cuyo lugar es el no-lugar entre lo real y lo irreal. Por tanto, pudiera inferirse que ambos personajes coinciden desajustando el concepto de tiempo y presentando su otra cara, su negra espalda.

[Después del] último capítulo de la novela Mañana en la batalla piensa en mí (“Nota para aficionados a la literatura”), Javier Marías aclara que es una cita de Shakespeare más o menos literal, pues también ha injertado en ella el adjetivo herrumbrosa que procede de Juan Benet y Miguel Hernández, que obliga a cierto distanciamiento, a que algo se repita sin ser ya lo mismo. Habrá que leer la novela para saber que el fantasma de una mujer, la esposa muerta de Ricardo III, visita al protagonista durante un sueño, lleno de zozobra y temor, la noche anterior de una batalla y le habla maldiciéndole y deseándole la muerte. Con esta historia nos vamos a adentrar en una trama de espectros y encantamientos que sugieren al autor otra historia: la de una mujer muerta de manera ridícula que abre un relato en el que transcurren una serie de circunstancias que no se hubieran dado, de ninguna manera, sin esa muerte, porque nadie sino un espectro hubiera impuesto, desde el principio, un mandato obsesivo, piensa en mí, desde un lugar incierto como puede ser un sueño o ese lugar (no) desconocido en el otro lado del tiempo, en su negra espalda, ese personaje que es ya un fantasma y sin el cual no tendría sentido la historia de la novela.

Esa frase incompleta y marginal, a decir de Torralba, que figura como título, es misteriosa, hay algo en ella que invita a detenerse, aunque todavía no se conozca aún su historia ni la historia a la que da lugar, y preguntarse ¿Quién dicta o maldice y por qué? Esto proviene de un lugar en la memoria, el juego de la différence, la estrategia del injerto… y aún más tiene el tono de sentencia y de contratiempo. Un cruce, dos estados, dos tiempos en uno solo, un tiempo dislocado, desajustado, un tiempo out of joint. La batalla futura irrumpe en un presente a la vez no-presente, porque ocurre en la negra espalda del tiempo. Lo porvenir del acontecimiento que desajusta el orden del tiempo.

JOSÉ CUELI

La Jornada (México), 7 de agosto de 2009

Lo que no vengo a decir

Algunos de los colaboradores del colorín de este diario suelen recordar a sus lectores que escriben el artículo dominical 15 días antes de que lo podamos leer, por si acaso. Marías nos lo recuerda, por ejemplo, en un artículo de febrero de 2007, que, en cambio, estamos leyendo ahora, dos años después. Y es curioso que si el “por si acaso” tenía sentido en esas dos semanas de diferencia, deja de tenerlo al encontrárnoslo, ahora, con casi un centenar más en este libro, que acoge lo escrito entre febrero de 2007 y febrero de 2009. Quiero decir que acaso la fragilidad del tiempo lo da el papel prensa y no el libro. En libro pueden leerse estos artículos -ya intemporales- de un tirón, o caprichosamente, y hallar matices. Ahora, por ejemplo, uno lee que un antiguo vocero de Aznar era conocido como Cerebrillo Licuado y tal vez ha olvidado -o no- quién pudiera ser dicho cerebrillo y en cambio disfrutar, ahora, de la feliz expresión, sin más. O toparse con un palabro que en aquel día dominical no reparé y ahora me parece especialmente afortunado (refiriéndose a su amigo Manuel Rodríguez Rivero dice que lo “rodríguezvenero”).

Conocemos de antiguo sus desencuentros municipales, sus pulsos políticos (ese juicio rápido al que le somete a Aznar sobre lo que vino a decir respecto a lo que sabía o suponía saber sobre las armas de destrucción masiva), su reivindicación del ser individual frente a la colectividad, su independencia de juicio (subjetivo, claro: véase la película Babel), su madridismo ponderado (hasta los que no lo somos le seguimos sus comentarios, como el artículo antitaurino de Vicent, cuando toca, por la pluma)… En fin, todo esto estaba en el papel festivo y ahora en libro, lo que te permite leerle con otra mirada, de otra forma, apreciando acaso matices que pudieran haberse escapado de una apresurada lectura dominical. Solamente por eso ya tendría sentido la recogida.

JAVIER GOÑI

El País, Babelia, 1 de agosto de 2009