LA ZONA FANTASMA. 14 de septiembre de 2014. ‘Completos bobos’

La operación empezó ya con brío antes de agosto, y prepárense para lo que ha de venir, es interesante: el Gobierno de Rajoy intentando convencer a la población de que las cosas son exactamente lo contrario de lo que ésta vive, percibe y padece a diario. Si el Gobierno lo consigue, habrá que aceptar que la realidad ya no cuenta y que somos peleles idiotizados, incapaces de pensar ni ver por nosotros mismos, meros rehenes de la propaganda institucional (y de los medios de comunicación afines, o más bien serviles, o temerosos en algunos casos); que las palabras falsas poseen más fuerza que las evidencias y que nos hemos convertido en seres domesticados y en completos bobos. Todo puede ser.

Algunos recordarán cómo, en la última época de Zapatero, el PP deseaba con fervor que la economía y el país fueran mal y hacía todo lo posible para que así sucediera. No tenía que esforzarse mucho (el país y su economía iban fatal), pero aun así puso todo el ahínco imaginable en que marcharan aún peor, para así ganar las elecciones de 2011 como las ganó, por mayoría arrasadora. Ahora, cuando faltan pocos meses para las municipales y autonómicas, y catorce para las generales del 2015, le toca afirmar que España está en plena recuperación (!), que es casi la nueva Alemania, e incluso que es “la tierra de las oportunidades” (!), mientras no cesa el éxodo de jóvenes titulados, y no tan jóvenes, hacia otros países porque aquí sólo les espera la cola del paro o un trabajo precario o una explotación descarada por parte de los empresarios, con las manos libres gracias a la reforma laboral de Báñez y Rajoy. El Gobierno recurre a datos vacuos y manipulados. Los desahucios están disminuyendo, dice, pero calla que eso es lo natural, por la sencilla razón de que ha habido ya tantos durante sus tres años de gobernación que, lógicamente, apenas queda ya gente por desahuciar. Es como si se asegura que un país en guerra está finalmente pacificado cuando uno de los dos bandos ha sido exterminado: ya no hay nadie vivo beligerante. Otro tanto ocurre con las cifras del paro. El Gobierno presume de que el número de desempleados “ya” no aumenta e incluso ha descendido un poco en primavera y verano, cuando mucha gente es breve y parcialmente contratada en los sectores de hostelería y turismo. Lo que calla es que los parados computables son menos porque: a) muchos han abandonado la búsqueda de trabajo, han desistido tras años de frustración; b) otros muchos han ido cumpliendo una edad en la que ya es seguro que nadie los contratará jamás; c) centenares de millares han emigrado al extranjero y por tanto ya no llaman a la puerta del INEM ni de nada español; d) no pocos parados de larga duración han muerto (bastantes suicidados), por lo que, obviamente, tampoco cuentan; e) otra gran porción de la población ha optado por las chapuzas en negro, ha convertido en su modus vivendi la actividad clandestina o sumergida, y por tanto no tiene el menor interés en figurar en ningún sitio oficial; f) cerca de un millón de inmigrantes de los años noventa y dos mil han regresado a sus lugares de origen o se han dispersado por Europa, también han dejado de contar. Si el Gobierno va eliminando a gente desesperada, a la larga, por fuerza, le queda menos gente desesperada. Lo increíblemente cínico es exhibir esto como un triunfo y decir que es producto de las sabias medidas dictadas por Rosell y los suyos y ejecutadas obedientemente por Báñez y Rajoy.

Cuando la recuperación llegue de verdad –si es que llega–, habrá que mirar las bajas, aunque casi nadie lo hará: una o dos generaciones echadas a perder, a las que sus años más productivos se les habrán escapado; un montón de jóvenes cualificados que no aportarán nada al país que los formó, sino al Reino Unido, Francia, Alemania, Suiza u Holanda; millares de pequeñas y medianas empresas que habrán echado el cierre por falta de créditos bancarios y por el empobrecimiento general de su clientela; incontables científicos, investigadores, arquitectos, artistas, que habrán debido suspender sus tareas y actividades: España será de nuevo un desierto intelectual, artístico y científico, como durante el franquismo. Pero lo mejor es esto: Rajoy y Montoro (que ahora anuncian ridículas “bajadas” de impuestos tras haberlos subido a lo bestia, y que –no lo duden– los volverán a subir en cuanto hayan pasado las elecciones, si las ganan) reconocen que esa “recuperación plena” aún no la notan las familias, esto es, las personas. ¿Y quién se supone que la ha de notar si no son las personas, los ciudadanos? España consiste sólo en eso, en sus ciudadanos, como cualquier otro lugar. Ningún país es un ente abstracto, o lo es tan sólo para los grandes financieros y los bancos. Nosotros, las personas de aquí, hemos perdido 12.000 millones de euros con el rescate público de un solo banco, Catalunya Banc. Esa monstruosidad de dinero equivale a lo que Rajoy ha recortado en sanidad y educación, dos esferas que el Gobierno habrá dejado devastadas cuando llegue la “recuperación”. Con este panorama, que durará largo tiempo si no siempre, ¿cómo puede nadie atreverse a pronunciar esa palabra, y añadirle el adjetivo “plena”? Pues ahí la tienen, llenando la boca del Presidente y sus acólitos, y más que se la llenará de aquí al 2015. Ya lo he dicho: si acaban convenciendo a alguien, será que nos hemos convertido en completos e irremediables bobos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de septiembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 7 de septiembre de 2014. ‘La conjunción de mil azares’

La mayoría de ustedes podría descubrir cosas parecidas, supongo, a cada uno suelen llegarle las noticias que lo atañen. En un breve espacio de tiempo he recibido dos que me demuestran cuán fácil habría sido que yo no hubiera existido. La primera es relativa a un bisabuelo (el padre de mi abuelo materno) de cuyo paso por la tierra lo había ignorado todo hasta ahora, incluso su nombre. (Nunca me ha interesado saber de dónde ni de quiénes procedo, más allá de las personas cercanas, aquellas a las que he conocido; y si estoy enterado de las andanzas, la personalidad o las maldiciones padecidas por algún antepasado, ha sido sólo porque esas maldiciones y andanzas constituían un buen relato en sí mismo, que alguien se dignó contarme y luego yo he utilizado.) Ahora mi tía Tina, o Gloria, me narra lo siguiente, a sus ochenta y ochos años: la familia del padre de su padre (es decir, de mi abuelo Emilio, médico militar) venía de algún sitio de Aragón. En no sé qué año del siglo XIX, hubo una grave epidemia de cólera en la zona en la que vivían, y la enfermedad se cebó de tal modo que cayeron familias enteras, entre ellas la de mi bisabuelo, incluido él mismo aparentemente, que a la sazón era un casi recién nacido. Cuando llevaban sus cadáveres a ser quemados (lo habitual en las enfermedades contagiosas), amontonados tal vez en una carreta, un vecino se percató, en el último instante, de que el bebé gemía muy débilmente. “Este niño no está muerto”, dijo, y así lo salvaron de la pira. Alguien se ocupó de él, o lo prohijó, o lo adoptó; y por fuerza le dio estudios, puesto que, con el tiempo, aquel niñito se convirtió en el Doctor Ricardo Franco Roy (profesión que seguiría su hijo, mi abuelo), al parecer un hombre bondadosísimo. Gracias a un vecino aragonés de fino oído, yo estoy aquí, como mi tía Gloria o Tina y como también estuvo mi madre.

TRM AlfaguaraLa otra noticia no lo es propiamente. En realidad no hay nada en ella que ignorara, y es más, me he servido de esa historia –con permiso de mi padre– en mi novela Tu rostro mañana. Y también él contó los pormenores en sus memorias, Una vida presente. La historia es la de la delación, encarcelamiento y juicio que sufrió recién terminada la Guerra Civil. Lo delataron dos personas: un antiguo compañero y “amigo del alma” y un catedrático al que ni siquiera conocía. Ahora mis sobrinos Laura y Daniel me remiten una copia de la denuncia que el segundo delator firmó el 12 de abril de 1939, tan sólo once días después de la entrada de Franco en Madrid. Se dio prisa el catedrático, que encabeza así su escrito: “Julio Martínez Santa-Olalla, camisa vieja de Falange Española, militante de FET y de las JONS, catedrático de Universidad y Comisario General de Excavaciones Arqueológicas, con domicilio en Serrano 8, tercero derecha, DENUNCIA.”  A continuación hay diez apartados, cada uno dedicado a una o más personas. Alguno llama la atención por lo vagarosas y “de oídas” que son las acusaciones: la “… que fue cocinera en mi casa … parece blasonaba ante las criadas del segundo izquierda … de que ‘del señorito pequeño no tendrían noticias porque era muy fascista y le hemos denunciado mi marido y yo’. En esta forma según referencia de dichas criadas aludía a mi hermano Antonio asesinado el 8 de noviembre de 1936”.

En el apartado 7º se lee: “Julián Marías Aguilera, domiciliado en Espartinas 7, es uno de los organizadores de la propaganda rojo-separatista en las primeras semanas, y continuador de ella en la forma más canallesca. Él fue el gran acompañante voluntario del gran bandido Deán de Canterbury que tan maravillosamente utilizaron Inglaterra y Francia para sus designios. El tal Marías presumía de colaborar en Pravda y desde luego lo hacía en Abc y Mundo Obrero. Este sujeto debe poseer documentación abundante y nombres de todos los que intervenían en aquella criminal propaganda. Sobre este sujeto y sus actividades se le podría pedir información a Héctor Maravall con domicilio en Larra nº 12”. Lo único no falaz de todo esto es que mi padre había escrito en Abc: unos artículos muy moderados, que hoy pueden leerse como representación de la llamada “tercera España”. Aunque sabía la historia (y en mi novela me preocupé de averiguar y contar quién era ese “gran bandido Deán de Canterbury” al que mi progenitor jamás había visto), me dejó mal cuerpo la lectura de la delación e imaginar lo que supuso para un joven de veinticuatro años; ver el siniestro documento del catedrático, que –él sí– acompañó a su amigo Himmler durante la visita del preboste nazi a Montserrat y otros sitios. No sé si hoy se percibe que unos cargos como esos, en abril del 39, significaban para el reo su casi seguro fusilamiento, además de una incitación a torturarlo antes. Mi padre tuvo suerte. Lo contó en sus memorias, y alegra saber que se encontró con un juez y con testigos decentes en unas fechas en que era dificilísimo serlo. Cuán fácil habría sido que no saliera con vida de su detención, un mes más tarde, el 15 de mayo. Todos estamos aquí, todos existimos tal como somos por la conjunción de mil azares, por el fino oído de un vecino o por la decencia de un testigo que se prestó a decir la verdad. Nuestras existencias son tan frágiles y tan improbables –una verdadera lotería- que sólo eso debería bastarnos para jamás sacar pecho por nuestro nacimiento y quitarnos toda importancia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de septiembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 27 de julio de 2014. ‘Si sólo vivieran los vivos’

La cosa empezó hace veinte o más años, y no ha hecho sino ir en aumento. Mi hermano Fernando, catedrático de Historia del Arte, me contaba ya entonces que no era raro que estudiantes suyos –universitarios especializados, ojo– describieran una Pietà como “mujer llorando la muerte de un hombre”, o una pintura del juicio de Salomón como “dos mujeres disputándose un crío en presencia de un rey” (lo de “rey” lo deducían por el trono) o, según el momento de la escena representado, como “tirano amenazando a un niño con una espada ante la desesperación de su madre y otra”. El colmo se produjo cuando un Cristo crucificado le fue descrito como “hombre casi desnudo sobre una cruz”. Sí, hace ya tiempo que demasiada gente ha dejado de conocer las referencias bíblicas, y está incapacitada por tanto para interpretar los temas de buena parte de la historia de la pintura y la escultura. Pero claro, no es sólo cuestión religiosa: también han desaparecido del saber común o elemental (de lo que se llamaba “cultura general” hace no mucho) la mitología griega, y la historia de Roma, y la medieval, y hasta la napoleónica. Probablemente habrá ya numerosos individuos que, ante un retrato ecuestre de Bonaparte, digan que se trata de “imagen de jinete antiguo con sombrero raro”.

Que se tenga cierta noción sobre algunos hechos del pasado, o episodios del Antiguo Testamento, depende cada vez más de que surjan una película, una novela o un cómic populares que se ocupen de ellos o los “rescaten”. Puede que este año, tras la película Noé, con Russell Crowe, haya jóvenes que, ante un lienzo sobre el asunto, ya no digan “parejas de animales entrando en un barco, en época remota”, sino “el Arca de Noé”. Si bien, merced a los incontables traductores que ignoran que los nombres clásicos poseen su forma y su tradición en cada lengua, haya quien crea que “Noah” es alguien distinto de Noé, “Tiberius” otro que Tiberio, o “John Calvin” un americano que en nada se corresponde con el reformista francés del XVI Calvino, que dio nombre al calvinismo. Claro que tampoco son tantos los que han oído hablar de esto último.

Pero no nos limitemos a la religión y la historia. Hace asimismo décadas, Chávarri y Díaz Yanes, que han dado cursos de cine, me contaban que para sus alumnos ese arte se iniciaba con El Padrino (1972). Dichosos aquellos tiempos. Lo último que me dijeron es que los de hoy ya desconocen Pulp Fiction (1994), o en el mejor de los casos les parece una antigualla. De una película en blanco y negro, por supuesto, consideran que nada pueden aprender, es la prehistoria, así se trate de Ciudadano Kane, Extraños en un tren, La fiera de mi niña o Anatomía de un asesinato. Pero ni siquiera el cine o el cómic recientes ayudan mucho al resto de saberes: he leído que numerosos turistas que se caen por las Termópilas en algún viaje por Grecia, se asombran al “descubrir” que era más o menos verdad lo que se relataba en 300, la exitosa película adaptada de la novela gráfica de Frank Miller. “Anda, si resulta que existió el tal Leónidas de Esparta”, exclaman, y se dan codazos; “y Jerjes, el vicioso persa”, al que los traductores cenutrios han convertido en “Xerxes”, siguiendo el inglés e ignorando los siglos. A la inversa, no son escasos los lectores de El código Da Vinci y demás charlatanadas que creen a pie juntillas los disparates ficticios que hay en ellas y los toman por incontrovertibles lecciones de historia.

Lo último de que me entero es de que hasta la cultura popular (la que más se ha transmitido siempre) empieza a desconocerse. Hay parques de atracciones cuyos túneles del terror han caído en picado porque pocos saben quiénes son demasiadas de sus figuras, y por tanto no dan ningún miedo. Aparece Drácula y la gente no tiene ni idea de quién se trata, o algunos lo confunden con Batman, por la capa, y se preguntan qué hace el héroe de Gotham en el túnel de los sustos. La niña de El exorcista deja fríos a los visitantes porque jamás han oído hablar de ella; y hasta Freddy Krueger con sus dedos que rajan, nacido en 1984 y de largas secuelas. Los responsables de las atracciones van a jubilar a unos cuantos y a actualizar el elenco. Y eso que de Drácula hubo una versión de Coppola en 1992, que volvió a ponerlo de moda. El problema no es que el mundo cambie a cada vez mayor velocidad, sino que todo lo habido sea inmediatamente relegado al absoluto olvido. Hay una fecha de caducidad cada vez más corta para cuanto sabemos y hacemos. Lo que hoy es “tendencia” será probablemente ignorado dentro de cinco, diez años con suerte. La acumulación se ha barrido, y la conservación no digamos. Eso me lleva a recordar una frase de Gabriel Marcel que le oí o leí a mi padre: “S’il n’y avait que les vivants, la terre serait inhabitable”, o “Si no hubiera más que los vivos, la tierra sería inhabitable”. No sé el contexto, pero no me hace falta para entenderla. Y sin embargo es a eso a lo que vamos y se procura ir: a que no quede rastro de lo que una vez sucedió o se supo, ni de los muertos, del confortable pasado que nos alivia a veces y nos ayuda a sostenernos, y nos enseña que hubo tiempos, si no mejores por fuerza, sí distintos de los nuestros, y que podrían volver por tanto. Acaso tiempos más inteligentes o más libres, más cuerdos o menos mediocres. Hoy parece que la intención sea borrar cuanto nos precede, a velocidad de vértigo. Que en la tierra no vivan más que los vivos, y sólo si son muy recientes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de julio de 2014

[LA ZONA FANTASMA se va de vacaciones hasta septiembre, el Blog no]

LA ZONA FANTASMA. 20 de julio de 2014. ‘Cazuelas en los quirófanos’

La única razón que veo para echar de vez en cuando una ojeada a los programas de las televisiones españolas (o a las de cualquier país) es hacerse una leve idea de lo que interesa y atrae a la población. Y desde hace unos años da la impresión de que España es un lugar en el que la gente come a dos carrillos, a todas horas y sin cesar, más o menos como si fuéramos perros: ya se sabe que éstos engullen cuanto se les pone delante, porque nunca están seguros de cuándo van a conseguir más alimento. Según me cuenta mi sobrina Teresa, veterinaria, morirían si no se los frenara, comerían hasta reventar. Pues parece que los españoles lo mismo: da igual que uno encienda la televisión a media mañana o media tarde, cuando en principio no toca ninguna ingesta; allí están individuos guisando, preparando repugnantes platos, amonestados e insultados por chefs bordes, perdonavidas y con pinta “artística”. Si digo “repugnantes” es por dos motivos: nada revuelve tanto como ver comida a deshoras, cuando uno está saciado o carece de todo apetito; el otro es subjetivo: a mí me resulta asqueroso contemplar el proceso, además de tedioso. Sólo me interesa el plato cuando está acabado y listo para su consumición, y no las numerosas manipulaciones a que ha sido sometida la materia prima. Me aburriría infinitamente que me mostraran paso a paso cómo se ha compuesto un libro, una película o una canción. ¿Se imaginan programas enteros dedicados a que escritores aficionados expliquen por qué quitaron tal adjetivo y pusieron tal otro, o cómo lograron que las frases tuvieran ritmo? Qué sopor. Pues sería el equivalente a esos concursos y lecciones en los que se desmenuzan los ingredientes de una salsa o se explica cómo hay que despedazar un colibrí. Un país de comilones (no me extraña la creciente cantidad de obesos), una nación animalesca, canina.

De lo siguiente no sé si hay programas monográficos, pero lo cierto es que invade un buen tramo de todos los noticiarios, en especial los de TVE, que a diario ofrecen “sección médica”, venga o no a cuento. Uno entiende que se hable de un hallazgo importante cuando lo hay, pero no que cada sobremesa se introduzcan tres o cuatro “noticias” (es un decir) relativas a enfermedades terribles o a operaciones, éstas con profusión de imágenes de interioridades diversas, reminiscentes de las de la cocina que acabo de comentar. Así como no me es grato contemplar cómo se despelleja un conejo o se desvientra un pescado, tampoco me parece oportuno que nos enseñen cómo se saja un pecho femenino o se le mete el bisturí a un estómago o se le recortan los párpados a una señora ansiosa de lucir ojos más grandes. Estampas gore, todas ellas, para mí.

Pero quizá lo peor no sea esto. Sé de bastantes personas lo suficientemente aprensivas como para haber abandonado la nunca tranquila contemplación de los telediarios, sobre todo –ya digo– los de TVE, cuyas audiencias no me extraña que hayan caído en picado. Y para negarse a abrir revistas y suplementos, porque también ellos están plagados de “noticias” médicas. Se nos aterra tanto con la salud, desde hace décadas, que la proliferación de hipocondriacos nada tiene de raro. No haga usted esto ni lo otro, ni coma lo de más allá, ingiera estas insipideces, apártese del sol, esto es malo y esto es nefasto, se pone usted en peligro a cada paso que da; por doquier hay emanaciones, mosquitos furiosos que nos traen terribles dolencias, las gripes mutan y lo resisten todo, ojo con tal o cual fármaco, más peligroso que lo que combate, todo tiene efectos secundarios gravísimos, la gente vive en permanente pavor. Como saben, lo propio de los aprensivos es que, en cuanto oyen hablar de los síntomas de algo, empiezan a reconocerlos en ellos mismos. “Ay, pues yo he sentido eso y no he hecho caso: a ver si va a ser el aviso de que padezco esclerosis múltiple, o cólera, o ébola, o cualquier calamidad”. Para esas personas (multitud, dada la alarma constante que se nos impone), los telediarios se han convertido en una fuente de amargores y sobresaltos. A diario los terminan de ver convencidos de estar en las últimas. Luego colapsan las urgencias y las consultas, en vista de lo cual el Gobierno de Rajoy no hace más que reducir las plantillas de la Sanidad pública y empeorar su calidad. Aún hay algo más en esta histeria colectiva relativa a la salud. En la pasada Feria del Libro dos señoras, en distintos días, me afearon que sostuviera un cigarrillo al aire libre. La una me acusó de “falta de respeto a los lectores”, la otra de “dar mal ejemplo”. Uno se pregunta por qué diablos un escritor –o para el caso un deportista– ha de dar ejemplo de nada. Unos y otros procuramos hacer nuestro trabajo bien, y fuera de eso nada se nos puede exigir ni reclamar, menos aún respecto a nuestras costumbres e inclinaciones. Yo no soy el Ministro de Sanidad, ni un padre de la patria, ni tengo cargo alguno, ni me represento más que a mí mismo. Esas señoras no eran sino muestras del espíritu dictatorial que progresa sin pausa: si fumar es malo, nadie debe hacerlo en presencia de otros. Lo mismo podría aplicarse a beber, a comer hamburguesas, a ir en coche (los automóviles causan estragos, para quienes van en ellos y para los demás) y a tantas cosas más. En realidad es gente que aspira a que se le prohíba todo cuanto le molesta a ella, a todo el mundo de una maldita vez.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de julio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 13 de julio de 2014. En favor de la ocultación natural

Hace dieciocho años me adaptaron al cine una novela, Todas las almas, y la cosa acabó en un pleito que gané. Quedé escaldado durante bastante tiempo, y rechacé otras propuestas (ya nunca españolas: inglesas, italianas de un director que más tarde ha ganado un Oscar, francesas), sobre todo para Mañana en la batalla piensa en mí. Pasados los años, mi desconfianza menguó, o bien empezó a no importarme lo que se pudiera hacer en película a partir de algo escrito por mí: al fin y al cabo, yo sólo soy responsable de lo que he puesto sobre papel, no de su azarosa plasmación en un arte distinto. Pero todo lo cinematográfico es muy lento y etéreo, por lo que veo. En estos momentos un productor europeo va renovando la opción de mi novela Corazón tan blanco desde hace más de un lustro y todavía no existe un guión; una gente muy conocida de Hollywood lleva tres años ampliando la de la larguísima Tu rostro mañana y también sigue sin haber guión. El único que me ha llegado es el de la adaptación de un cuento, “Mientras ellas duermen”, que quiere trasladar a la pantalla un realizador chino-estadounidense. El relato en cuestión tiene ya veinticuatro años, ocupa una treintena de páginas y la verdad es que me da igual lo que hagan con él. Aun así, cuando me enviaron el guión inicial, me tomé la molestia de leérmelo, pese a lo aburrido que resulta ese género. Como es natural, habían alargado la historia; habían llevado la acción de la Menorca del cuento a San Sebastián, bien estaba; los personajes españoles eran ahora americanos e ingleses, tanto daba. La última noticia es que, por cuestión de financiación (más fácil encontrar dinero en Asia, al parecer), la acción tendrá lugar en el Extremo Oriente y una de las dos parejas protagonistas será china probablemente. Hagan lo que se les antoje, he respondido sin pestañear.

Sólo le pedí una cosa al director, cuando leí aquel primer guión: en él había un diálogo entre el matrimonio principal (americanos cultivados) en el que ella le decía a él algo así como: “Mira, te he visto cagar las suficientes veces para que nada me sorprenda de ti”. Pensé: “Qué grosería”, pero di por descontado que se trataba de una expresión figurada. Sin embargo, bastantes páginas después, había una escena en la que no recuerdo si él o ella hacían efectivamente sus menesteres con la puerta del cuarto de baño abierta, mientras hablaban. Me quedé estupefacto. Pero en seguida recordé haber visto escenas similares en varias películas recientes estadounidenses, y no sólo en comedias “gamberras” o descerebradas, que tanto abundan y que son todo menos comedias, sino incluso en las llamadas “románticas”, con Jennifer Aniston y así, y hasta en la Casa Blanca. De modo que cuando escribí al director le acepté sus cambios e invenciones, los de nacionalidad, escenario y argumento, pero: “Mire”, le dije, “no sé cuáles son las actuales costumbres de las parejas norteamericanas, y si me guío por otras películas que he visto a fragmentos, empiezo a temerme que semejante falta de pudor y atentado contra la libido se esté dando en la realidad. Pero en Europa, francamente, sería inimaginable que unos cónyuges educados se prestaran a defecar el uno en presencia del otro, y luego hicieran mención de ello. En todo caso le ruego que suprima esa escena y ese diálogo de algo basado en un texto mío. Imagínese que los espectadores, que no tendrían por qué conocer mi relato, creyeran que esas zafiedades provenían de él. Me moriría de vergüenza, no lo soportaría. Se lo ruego, hágase cargo”.

El director, al que aprecio, es muy parco en sus mensajes, y a eso no contestó nada. Ignoro cómo se las gastan los matrimonios asiáticos (ahora que por lo visto mis personajes van a ser de ese vasto y variadísimo continente), o si en la nueva versión se mantendrán las defecaciones “públicas”, espero que no. Pero la reincidencia de escenas así me lleva a pensar, como le expuse, si esa inaudita costumbre reflejará algo ya no infrecuente en la vida real. Y, si es así, a qué se puede deber. A lo largo de mi vida mis diferentes parejas y yo –y doy por sentado que casi todo el mundo que conozco– hemos sido extremadamente cuidadosos en ocultarnos todo lo desagradable o poco airoso, por decoro y porque nada puede aniquilar tanto el deseo sexual como la visión de la persona apetecida en tareas embarazosas, incluido orinar (bueno, salvo que se sea coprófilo, supongo, o aficionado a las golden showers). No es raro abrir un grifo o encender la maquinilla de afeitar para amortiguar cualquier ruido delator, o así solía ser. Me temo que si ha cambiado esta actitud pudorosa, de ocultación natural de lo que nadie ha de ver, es por una sandez más de nuestros tiempos imbéciles. Hay parejas que presumen no sólo de no tenerse secretos, sino de aceptar todo lo del otro como prueba de sus absolutos amor o incondicionalidad. “Quiero todo lo tuyo, abrazo cuanto de ti procede”, viene a ser la formulación implícita o explícita. “Nada tuyo me repugna, ni me avergüenza, ni disminuye mi amor”. Y eso incluye, posiblemente, asistir a las deposiciones del ser amado con expresión de arrobo y no de asco o desazón. Confío en que tales escenas sean caprichos de guionistas soeces, pero sospecho lo peor. Sea como sea, si alguna vez aparece una en película que se diga basada en texto mío, sépase, por favor, que eso no figuraba nunca en la obra original. No quiero ver por los suelos mi muy modesta reputación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de julio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 6 de julio de 2014. ‘El mundo hiere’

En 1984 daba yo unos cursos de Traducción en el Wellesley College de Massachusetts. Les pasaba a las alumnas (era una Universidad femenina) breves textos en español e inglés para que los vertieran a la otra lengua, como ejercicio. Uno fue un pasaje de Juan Rulfo en el que, si mal no recuerdo, lo más osado que había era un comentario sobre lo caliente que estaba la tierra sobre la que dormían tres personajes de viaje, una mujer y dos hombres, y cómo ese calor emanado por el suelo se trasladaba a los cuerpos, que despedían a su vez su calor de unos a otros (pero a distancia, no se crean). Una alumna se me acercó y me dijo que su moral le impedía traducir aquel fragmento, y me pidió uno alternativo. No entendí nada, en verdad no sabía a qué se refería ni qué “moral” podía entrar en conflicto con algo tan inocente y neutro. No sé, si les hubiera dado el arranque de Santuario de Faulkner, en el que una mujer es violada con una mazorca de maíz (de nuevo si no me equivoco) … La joven insistió en que aquello era demasiado sexual. Yo no veía sexualidad por ningún lado y no me hacía mucha gracia crear un precedente de traducciones “a la carta”, digamos. Cualquier mojigata podía ver obscenidad en Platero y yo, por ejemplo, y así hasta el infinito. Pero consulté con las colegas del departamento y las órdenes fueron tajantes: “Dale otra pieza. Las alumnas son susceptibles y podrían meternos en líos. Total, no vale la pena arriesgarse”. Obedecí (al fin y al cabo yo estaba allí de paso) y la estudiante tranquilizó su conciencia y su ánimo turbado por el pobre Rulfo.

Me he acordado de esta anécdota remota (que me disculpen los memoriosos si ya la he contado; son muchos años) al leer que cada vez hay más alumnos estadounidenses que ponen reparos a las lecturas que sus profesores les recomiendan o programan. Y exigen que, como mínimo, se les advierta de lo que van a encontrar en ellas. De que El gran Gatsby “contiene pasajes violentos y misóginos”, o de que en Huckleberry Finn “hay vocablos y actitudes racistas”. Consideran que lo que hagan o digan los personajes ficticios de una novela o de un drama “puede herir su sensibilidad”, o algunas escenas causar “síntomas de estrés postraumático” a quienes hayan sido víctimas de violaciones o ex-combatientes de guerra, o tengan pánico incontrolable a esas amenazas. En la Universidad de California (Estado pionero de casi todas las pusilanimidades), el consejo de estudiantes ha solicitado formalmente que se incluyan estos avisos. Y claro, las obras que menos se libran son las que ocupan lugar fijo en los planes de estudios: El mercader de Venecia, “por contener ideas antisemitas”, o La señora Dalloway, de Virginia Woolf, “porque supuestamente incita al suicidio”. La cosa se parece a los carteles que en el ámbito anglosajón aparecen al principio de las películas y series televisivas (destinados a padres y niños), en los que se advierte que lo que va a proyectarse incluye “violencia, tacos, escenas de sexo, desnudez” y últimamente, en el colmo de la histeria pacata, “escenas en que se fuma”. Esto habrán de agregarlo a todas las cintas de la historia anteriores al 2000 por lo menos, de La diligencia a Casablanca, de Cantando bajo la lluvia a Sonrisas y lágrimas, a menos que prosperen las demenciales propuestas de borrar digitalmente todos los cigarrillos, habanos y pipas del celuloide (Groucho Marx quedaría idiota en todos sus planos, con una mano vacía en la boca; pero de todo es capaz la grotesca censura contemporánea).

A lo que más recuerdan estas prácticas, sin embargo, a los que las conocimos, es a las fichas que colgaban a las puertas de las iglesias durante el eterno franquismo, en las que se advertía a los feligreses de los peligros acechantes en tal o cual película, por mucho que el “permisivo” Gobierno hubiera autorizado su exhibición en las salas. Tras un resumen del argumento, al final se señalaba: “Defectos de forma” (eso significaba que se veía un escote o una mujer en combinación, por ejemplo). “Defectos de fondo” (eso, que había adulterio o conductas “inmorales” entre los personajes). “Ambiente malsano, falta de arrepentimiento, comportamientos licenciosos” y gravedades por el estilo. No hace falta decir que cuantas más líneas para rehuir el pecado, más gente corría a ver la película. Algunos profesores americanos se llevan las manos a la cabeza ante estas iniciativas tan semejantes a las de la Iglesia cómplice y beneficiaria de una interminable dictadura: “Cualquier alumno que se sintiese aludido por alguna materia que se impartiese en clase podría presentar una queja y desencadenar un proceso legal muy tortuoso para la comunidad educativa”, alega uno. Pero llevan las de perder, me temo, puesto que hay otros que se alinean con los estudiantes más puritanos y remilgados: “Tenemos alumnos con problemas graves y hay que tratarlos con respeto y consideración”, opina una vicedecana. Lo cual supone alertarlos o evitarles desde la Ilíada y la Biblia (en las que hay adulterios y matanzas sin cuento) hasta Hamlet (en la que hay fratricidio, más adulterio, crueldades psicológicas y atisbos de incesto). Aquí ya tenemos una legión de cursis que suprimen de los cuentos infantiles cuanto les parece violento, triste, sexista o desagradable. En realidad estos jóvenes y quienes los “protegen” quisieran evitarse y evitarles la vida. Yo no sé por qué sus padres los pusieron en el mundo y sus profesores algodonosos consienten que en él sigan; porque es un lugar que antes o después hiere la sensibilidad de cualquiera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de julio de 2014

 

LA ZONA FANTASMA. 29 de junio de 2014. ‘Esa tendencia abominable’

No es la primera vez que escribo de esto y me temo que no será la última, dado que la abominable tendencia, lejos de remitir, no hace sino ir en aumento e invadir todos los campos. Empezó siendo algo propio del deporte. En cuanto un compatriota gana algo, lo primero que hacen prensa y buen número de aficionados no es felicitarlo y congratularse, sino preguntarle por la próxima hazaña, como si la que acaba de lograr, por ya lograda, no valiera de nada. Una vez más lo vimos hace poco, cuando Nadal obtuvo su noveno título de Roland Garros, algo que ningún tenista había conseguido nunca.

Sí, claro, hubo unos parabienes someros y una hinchazón de elogios huecos, pero en seguida se pasó a pedirle un décimo campeonato dentro de un año; a hacer cálculos sobre si podría, con la edad que tiene, alcanzar las suficientes victorias en torneos de Grand Slam como para batir el récord de Federer, que ha acumulado diecisiete (mientras que Nadal “sólo” lleva catorce). Otro tanto sucedió con el Real Madrid cuando se alzó con su décima Copa de Europa, doce años después de la novena. Los periodistas e hinchas imbéciles, los que jamás hacen nada de mérito, tardaron unos diez minutos en agobiar a los jugadores inquiriéndoles por la undécima. Así ocurre casi siempre. Estoy harto de ver a ciclistas que llegan muertos a la meta tras vencer en un Tour o en un Giro, a los que, sin dejarles ni recobrar el aliento, una pandilla de cretinos con micrófono azuzan: “Qué, y ahora a por el siguiente, ¿no?” Me maravillan la educación y la paciencia de la mayoría de deportistas, que en lugar de mandarlos a la mierda (lo que se merecen), dan un sorbo a una botella y contestan a duras penas lo obvio: “Bueno, vamos a disfrutar un poco de este triunfo”. Si yo fuera uno de ellos estaría seguramente en la cárcel, tras haber estrangulado a algún reportero con el manillar de la bici.

Vicente_BosqueCuando ustedes lean esto habrá terminado la fase de grupos del Mundial de Brasil, y se sabrá qué ha sido de la selección. Yo lo escribo poco después de su derrota por 1-5 ante Holanda, la cual ha llevado a medio país a escarnecer a Del Bosque y a sus futbolistas, a jubilarlos a todos, a hablar de humillación, ridículo mundial y demás exageraciones. Lo que no veo es que nadie se haya parado a pensar lo que yo pensé en cuanto acabó ese partido y empezaron a correr los comentarios del tipo: “Holanda y Robben se vengan con saña”. Porque veamos, ¿ustedes creen que Robben y cualquier holandés no habrían firmado gustosos ganarle a España la Final de 2010 en Sudáfrica, por 1-0 y en la prórroga, y a cambio perder por 1-5 el primer encuentro del Mundial siguiente, el actual de Brasil? A mí no me cabe duda de que sí. Aquel partido de cuatro años atrás suponía un título, el mayor entre selecciones, mientras que el de ahora son sólo tres puntos, con posibilidad de enmienda. Vencer en aquella Final significaba que España pasase a engrosar la exigua lista de naciones que alguna vez han sido Campeonas del Mundo, algo que aún le falta a Holanda, con sus tres finales perdidas a lo largo de la historia. ¿Creen que Holanda y Robben estaban en condiciones de “vengarse”? Por seguir con el término, la única “venganza” posible por la pérdida de un título es un enfrentamiento en el que ese mismo título esté otra vez en juego. Y no ha sido el caso.

A Del Bosque y a esos jugadores ahora execrados se les debería tener un agradecimiento inamovible. Aunque hayan sido eliminados a las primeras de cambio –espero que no, lo ignoro– y con tres goleadas. Da lo mismo. Hay cosas tan difíciles y admirables que bastan para justificar una existencia, y nada puede anularlas. La última novela que publicó García Márquez en vida, Memoria de mis putas tristes, era bastante irrisoria y cursi, aunque los críticos no se atrevieron a decirlo y la pusieron por las nubes. Pero ese borrón ni salpicó al autor: diez novelas igual de malas no habrían menoscabado El amor en los tiempos del cólera ni Crónica de una muerte anunciada. Quien las escribió merece gratitud y admiración infinitas. Flaubert publicó muy pocas novelas, pero bastan dos de ellas para que conserve hasta el final de los libros un lugar de honor en la historia de la literatura. Ahora hay la abominable tendencia a considerar que sólo cuenta el presente. O ni siquiera: lo venidero. Así, de un escritor que ha hecho obras maestras se exclama con alborozo “Está acabado” si las más recientes no llegan a tanto. Como si Shakespeare o Conrad, Cervantes o Faulkner hubieran estado siempre a la misma altura (todos tienen algún patinazo, pero eso, al lado de sus cimas, no importa nada; son éstas las que continúan iluminando a una generación tras otra, y van unas cuantas).

Los futbolistas de la selección han ganado dos Eurocopas y un Mundial seguidos. ¿No basta? No, en este país estúpido, deshonesto, perezoso y desagradecido no basta. Aquí nunca nada es suficiente, ni siquiera lo que acaba de acontecer, que se ve ya como “pasado”. La maldita pregunta “¿Para cuándo la próxima?” delata a una sociedad insaciable, es decir, descontenta consigo misma y mezquina con casi todos. Si cada uno hiciera lo suyo con honradez y competencia –lo suyo modesto y anónimo–, probablemente no habría tanto desprecio ni tanta ansia de revancha contra los que destacan. Parece que aquí nada brindara más placer que ver a los mejores “darse el batacazo”, desprestigiados y caídos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 22 de junio de 2014. ‘Ecuanimidad o histerismo’

Dado que nos gobierna desde hace tiempo con mayoría absoluta y arbitrariedad permanente, de la derecha española, más bien desalmada, he hablado aquí muchas veces. Lo preocupante es que, si uno echa un vistazo a la llamada izquierda, se encuentra con una muy rara y que hace escaso honor a su nombre. Me quedé de piedra cuando, en un debate previo a las elecciones europeas, oí al candidato de Izquierda Unida hacer una apasionada loa de Putin, es decir, de un individuo que también es el ídolo de la extrema derecha europea (empezando por Marine Le Pen); que ha llenado su país de oligarcas; que ha cercenado la libertad de prensa y no está claro que no haya tenido algo que ver en el asesinato de periodistas críticos; que va de la mano con la Iglesia ortodoxa más retrógrada; que encarcela a disidentes; que persigue a los gays y considera “propaganda homosexual” cualquier intento de respirar de este colectivo; que exhibe sus ansias expansionistas e “imperialistas”; que, aunque haya sido elegido, en modo alguno gobierna democráticamente (siempre hay que recordar que también los nazis fueron votados, y que con eso no basta para legitimar indefinidamente a un Gobierno: la legitimidad se tiene que refrendar día a día). Se entiende que la extrema derecha adore a Putin. No que lo admire una formación que se dice democrática y de izquierdas.

Aparece otra, Podemos. Al ver que militaba en ella el antiguo Fiscal Anticorrupción, Jiménez Villarejo, figura sensata y respetable, uno concibe cierta esperanza. Pero resulta que también es muy rara: varios de sus dirigentes son admiradores confesos de Hugo Chávez, un militar golpista; luego elegido, sí (aunque nunca arrepentido de su golpe fallido; al contrario), pero hay que aplicarle lo dicho antes entre paréntesis. Y Chávez, como su grotesco sucesor Maduro, convirtió rápidamente una democracia formal en una cuasi dictadura. Para mí, admirarlo es algo menos grave que admirar a Pinochet o a Franco, y algo más que admirar a Berlusconi, tan afín a él. Que cualquier “izquierda” lo considere un referente hace dudar de que la denominación sea verdadera.

Estas “izquierdas” han salido en tromba, tras la abdicación del Rey, a reclamar un referéndum sobre monarquía o república. (También podrían pedirlo sobre las listas cerradas, las autonomías, la ley ­D’Hondt y cien cuestiones.) Bien está, y en la teoría también yo prefiero las repúblicas. Sin embargo la teoría es teoría, y uno procura contar con la realidad. No creo que esos partidos sean tan ingenuos como para pensar que podría salir como Presidente de la República elegido alguien que a ellos les gustara. ¿Julio Anguita? (Santo cielo, la de sermones y regañinas que nos caerían.) Es imposible. Lo más “de izquierdas” que podría darse es, me temo, José Bono, que siempre me pareció un submarino del PP inserto en el PSOE. Lo más probable es que nos cayera como Presidente un Aznar, una Esperanza Aguirre, acaso un Rouco Varela. ¿Felipe González? Dudo que se prestara, y en todo caso no sería del agrado de quienes más claman por la República. Debe uno colegir, por tanto, que éstos preferirían un estandarte como los mencionados antes que el Príncipe, o Felipe VI cuando se publique esto. Y uno se pregunta, de nuevo, qué clase de izquierda es esa que en la realidad quiere a Aznar, a Bono o a Aguirre como Jefe del Estado. Si pudiera ser Vicente Del Bosque … Pero juiciosamente no está en política.

Con Don Juan Carlos ha habido en los últimos años un histerismo contradictorio. Mientras numerosos políticos corruptos (del PP, y del PSOE, y de IU, y de CiU, etc) recibían la más absoluta tolerancia de los ciudadanos, que volvían a votarlos pese a los abrumadores indicios, al Rey se lo ha salpicado –empapado– porque un yerno, y quizá una hija, hayan podido incurrir en prácticas turbias. Nadie es responsable de las acciones de sus padres, y nadie de las de sus vástagos. La gente se rasgó también las vestiduras porque el Rey cazó un elefante. No me parece simpático –no me gusta la caza–, pero vaya novedad. Se sabía de siempre que Don Juan Carlos se cobraba piezas, y no veo peor cargarse a un paquidermo moribundo que abatir a una saltarina liebre. En poco tiempo parece haberse olvidado no ya su actuación durante el 23-F, sino que fue el Rey quien traicionó al franquismo (por suerte) y se empeñó en instaurar la democracia. Quien consiguió que el Ejército dejara de ser una amenaza para los españoles y se abstuviera de intervenir en política. Quien se ha mostrado imparcial y respetuoso. Quien ha trabajado a destajo en sus misiones representativas y en la consecución de importantes contratos para las empresas nacionales. Quien ha mediado discretamente en unas cuantas crisis, por ejemplo con el Canadá o Marruecos. Quien ha sido eficaz, ecuánime y utilísimo. Su hijo Felipe da buena impresión: no parece menos imparcial, ecuánime, democrático y respetuoso. En un país tan propenso a eso, el histerismo, y tan sectario, no tengo inconveniente alguno en dejar de lado la teoría. Me parece mucho más deseable que la Jefatura del Estado recaiga en alguien en verdad apolítico (que no pertenezca a “la casta”, como dicen ahora copiando el viejísimo apodo italiano), que en cualquier individuo severo, poseído de su verdad y proclive al sermoneo y la riña, se llame Anguita o Rouco Varela.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 15 de junio de 2014. ‘Anteayer mismo’

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Especial sobre Don Julián Marías

Uno estaba acostumbrado a que los centenarios de las personas estuvieran bastante alejados de las fechas de sus muertes. Me refiero, claro, a los de los individuos públicos o notables. Lo normal era que hubieran transcurrido veinte, treinta, cuarenta años desde que los homenajeados desaparecieron del mundo, o mucho más en los casos de muertos jóvenes. Teniendo lugar el mismo 1998, no podían verse de igual forma el de Lorca, asesinado en 1936, y el de su amigo y colega Aleixandre, que se apagó apaciblemente en 1984. Ahora hay gente tan longeva que su centenario la pilla con vida, como sucedió hace no mucho con Ernst Jünger y Francisco Ayala. Imagino que debieron de sentirse perplejos, por decirlo suavemente. Pasado mañana, día 17, se cumple el del nacimiento de mi padre, Julián Marías, y me parece una incongruencia. Por eso, en parte, no he querido participar en ningún homenaje, simposio, número monográfico de revista, descubrimiento de una placa en la casa en la que vivió, y en la que también viví yo largo tiempo. Murió el 15 de diciembre de 2005, hace ocho años y medio, pero para mí es como si lo hubiera visto anteayer mismo. Tampoco habría tenido sentido que me pusiera a hacer el elogio de su personalidad o de su obra. No me corresponde, al no poder ser objetivo. Él detestaba el empalago, y siempre resulta empalagoso que los hijos hablen bien de los padres o los padres de los hijos, los maridos de las mujeres y éstas de los maridos, y a fe mía que en España, país descarado e impúdico, casi nadie se priva de ensalzar a sus parientes y hacerles la propaganda, tanto da que hayan fallecido o que estén danzando y en pleno medro.

Pero en fin, también sería raro y feo que en estos días no dijera ni una palabra, así que ustedes me perdonarán la leve evocación: es más porque no se diga que por otro motivo. Una vez concluidas las vidas, las mira uno en perspectiva, dentro de lo que cabe (siempre le faltarán muchos datos). Y en el conjunto de la de mi padre veo a un hombre enormemente trabajador, optimista e ingenuo. Escribió montones de libros y artículos, tradujo, viajó por medio mundo dando cursos y conferencias, y en todo solía poner confianza y entusiasmo, y esto último bien se lo envidio, lo mismo que sus saberes monumentales, que nos llevaron a mis hermanos y a mí, cuando éramos niños o muy jóvenes, a preguntarle sobre cualquier asunto. Él se impacientaba a veces y respondía: “Pero ¿qué os creéis, que soy un diccionario andante?” La verdad es que lo era bastante, y una enciclopedia, y una gramática, y una historia universal, y un diccionario de cinco lenguas, además del castellano. Su capacidad personal aparte, es obvio que la enseñanza de 1914 y décadas posteriores era muy superior a la de estas últimas. Su optimismo le permitió sin duda sobreponerse a varias calamidades y desgracias, a la Guerra en la que fue soldado de la República, a las represalias franquistas que le impidieron enseñar en la Universidad, a la temprana muerte de un hijo, a la de su mujer, a la frialdad y el desdén –también hostilidad– con que fue tratado en su país a menudo, primero por la derecha y después por la izquierda. En ocasiones lo vi dolido por eso, pero nunca desalentado ni resentido: lo salvaba el incorregible optimismo, creía que todo era susceptible de mejora y que él podía contribuir a ella. En cuanto a su ingenuidad, lo hacía algo vulnerable y relativamente fácil de engañar, por quienes lo adulaban con insinceridad y fines espúreos (también él escribía “espúreo”) o trataban de utilizarlo. Esto último perdura, y veo con desagrado cómo se lo “apropian” personajes casi calcados de los que lo persiguieron desde 1939 en adelante. Qué se le va a hacer, tampoco él es mío ni de mis hermanos.

Hace poco estuve en su casa, que permanece casi intacta. No había nadie más ese día, y me senté unos minutos en el sillón en que solía leer, e intenté mirar con sus ojos la gran y bonita biblioteca construida a lo largo de su vida. “Aquí pasó muchísimas horas”, pensé, “y esto es lo que veía cuando levantaba la vista de sus relecturas predilectas, Simenon y Conan Doyle y Dumas y Cervantes”. Al primero volvía cada pocos años, y en los últimos de su vida anoté los títulos que tenía y cada vez que iba a Francia le buscaba los que le faltaban. Al traérselos se le iluminaba la cara como a un niño. Como era muy aficionado a las policiacas, le regalaba a autores “nuevos”, para que probara. Le entusiasmaba Colin Dexter (inadvertido en España), cuyo Inspector Morse otros han copiado sin sonrojo y con peores resultados. Le divertían Patricia Cornwell y Donna Leon y Jean-Françoise Parot, cuyo Comisario Le Floch indaga en el París del XVIII, que mi padre tan bien conocía. Y nunca perdió el gusto por el cine. Físicamente me parecí siempre a mi madre, pero desde que él murió me sucede algo extraño: me sorprendo haciendo gestos que son suyos, como pasarse el nudillo del pulgar por la barbilla, mientras pienso, o apretarme levemente la frente con algún pequeño objeto (un encendedor en mi caso), como si con esa presión tratara de estrujarse mejor el cerebro. Al fin y al cabo se pasó la vida pensando, y pensando más, no quedándose en el primer pensamiento, eso me consta. Creo que esos gestos no eran míos cuando él vivía, quién sabe. Quizá no haga falta decir que otra de las razones por las que no participaré en las conmemoraciones es que toda esta incongruencia me pone muy triste.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 8 de junio de 2014. ‘Lo crucial y urgente’

Procuro no hablar mucho aquí de aquellos asuntos en los que “todos” estamos de acuerdo. Agregar mi apoyo o mi condena a una situación o a una causa evidentes suele parecerme superfluo, y podría dar la impresión de que sólo aspiro a colgarme la decorativa medalla, o de que me guardo las espaldas para que nadie me acuse de no haberme pronunciado sobre cuestiones que claman al cielo. Sin embargo hay alguna excepción de tarde en tarde, y se hace difícil callarse cuando por fin, y “gracias” al secuestro de casi trescientas niñas y adolescentes nigerianas por parte del grupo sanguinario-deficiente llamado Boko Haram, hay cierta reacción planetaria ante el sojuzgamiento de que son objeto las mujeres en grandes porciones del globo. Hay demasiados sitios en los que se las trata no ya como a ciudadanas de segunda, sino como a menores de edad permanentes, a prisioneras, a propiedades, a siervas, a animales de crianza o de carga, a prostitutas particulares, a esclavas. A individuos sin voz ni derechos ni autonomía, a criaturas forzosamente parasitarias a las que no se permite trabajar, ni ir a un hospital por su cuenta si están enfermas o heridas, ni conducir, ni mostrar el rostro ni el cabello, ni salir a la calle más que acompañadas de varones, es decir, de “tutores” o más bien dueños. También los hay, como se sabe, en los que se tirotea o envenena a las niñas por ir a la escuela, por intentar aprender algo, por negarse a languidecer en la oscuridad y la ignorancia como todas las generaciones que las precedieron. Hay niñas y profesores (y sobre todo profesoras) que se juegan la vida a diario por acudir a un aula, lo que en la esfera occidental constituye la cotidianidad más rutinaria de millones de críos. En algunos lugares esas aulas han de estar custodiadas por gente armada, para evitar atentados o raptos como el mencionado (antes hubo muchos otros).

Más acá, en Europa o América, son millares las mujeres que inmigran con la promesa de un empleo o de una boda “conveniente” y que, una vez llegadas a su destino, descubren que todo fue un engaño para dedicarlas a labores sexuales en régimen de esclavismo, con las consiguientes palizas, drogadicciones forzosas, amenazas continuas a sus familias (no digamos a sus hijos si los tienen); amenazas con frecuencia cumplidas. Todo esto se sabe, por lo que no entiendo a mis congéneres europeos. No soy puritano de derechas ni de izquierdas (tan coincidentes), y creo que quien elija dedicarse a alquilar su cuerpo –o sus órganos sexuales– es libre de hacerlo, lo mismo que otros alquilan sus manos, su espalda o su cerebro (casi todos algo alquilamos, y no por gusto). Jamás he estado con una puta, pero si un día –espero que no– me viera tentado o “necesitado”, lo último que se me ocurriría sería recurrir a una extranjera en mi país, africana, del Este, latinoamericana: nadie podría garantizarme que no era alguna de esas muchachas obligadas, embaucadas, cautivas. La mera sospecha me lo impediría.

Tampoco entiendo a muchas mujeres de nuestro ámbito, que pierden sus energías en denuncias absurdas, en vez de ir a lo crucial y urgente. Hace poco, la cineasta Jane Campion logró titulares al señalar que, de las sesenta y tantas ediciones del Festival de Cannes, sólo una directora –ella, creo– se había alzado con el mayor premio. Sí, suena fatal en principio. Pero ¿cómo no iba a ser así si durante décadas apenas había mujeres que dirigieran? Hasta hace una veintena de años –digamos–, se contaban con los dedos de las manos: Mabel Normand, Dorothy Arzner e Ida Lupino en Hollywood, Agnès Varda en Francia, Leni Riefenstahl, Margarethe Von Trotta y Danièle Huillet en Alemania, Ana Mariscal en España … En mucho menor grado, algo semejante ha sucedido con compositores, pintores y hasta escritores. Claro que si esto ha sido así, se ha debido a la tradicional relegación de la mujer a las tareas domésticas y a los impedimentos con que se ha encontrado para dedicarse a lo que le interesara. Pero así ha ido el mundo durante demasiados siglos. Quejarse de lo que se quejaba Campion viene a ser tan inútil, salvando algunas distancias, como protestar por que apenas haya habido generalas y almirantas.

Hay cosas, en cambio, que sí claman de verdad al cielo en nuestra parte de la tierra, y la más palmaria e incomprensible es que en nuestros países las mujeres perciben remuneraciones inferiores a los varones, exactamente por el mismo trabajo, por ocupar idénticos puestos y tener las mismas responsabilidades. Que semejantes afrenta y discriminación se perpetúen día tras día, y los Gobiernos no obliguen a los empresarios a igualar los salarios, es para mí uno de los mayores enigmas, además de la mayor injusticia. Pero los Gobiernos no prestan atención a cuestiones que afectan a la mitad de la humanidad, y por eso no tratan como a parias a países como Irán o Arabia Saudí, y tantos otros, en los que las mujeres malviven, sometidas y sin libertades. Hay quienes hablan de “diferentes” costumbres y “culturas” que se han de respetar y en las que no cabe inmiscuirse. Es como si se dijera que no había que inmiscuirse en la costumbre sudista de tener esclavos en las plantaciones, o en la “cultura” de los nazis de gasear judíos, homosexuales y gitanos. Salvando algunas distancias de nuevo, que en este caso –y bien mirado– no resultan tan insalvables.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 1 de junio de 2014. ‘¿Tarugos todos?’

Nunca he sido muy lector de biografías, y las películas llamadas biopics, que ilustran la vida de los grandes artistas, descubridores, cantantes e incluso políticos y militares, me parecieron desde la infancia aburridas. Tengo la impresión de que antaño todas estas obras eran proclives a la mitificación, cuando no directamente hagiográficas. Sigo sin prestar mucha atención a esos géneros, pero, por lo que leo en prensa o cae ante mis ojos a veces, no me cabe duda de que desde hace decenios la intención se ha invertido. Probablemente no se venda un ejemplar biográfico si no se pone a caldo al protagonista, o, en su defecto, se le descubren variados vicios y taras o se “demuestra” que sí, que tendría enorme talento en lo suyo, pero como ser humano era despreciable, odioso y despótico, cuando no un maltratador, un abusador de niños, un superdrogadicto, un pronazi, un esclavista o un borracho violento. Sin escándalo y vituperio no hay negocio, esa es la consigna. Y si el biografiado llevó una existencia normal y decente, entonces una de dos: o se queda sin libro y sin película o se tergiversan, manipulan y tuercen los hechos hasta convertirlo en un malvado, para lo cual basta con dar crédito a los testimonios de personas que le tenían inquina o a las que desdeñó, o que quieren sacarse dinero o fama fáciles presumiendo de lo mucho que conocían al ilustre (“Yo lo vi, lo viví; pocos lo saben, pero a mí se me confiaba”), haciendo revelaciones insólitas … por lo general incomprobables. Pero no vayan a pedirle a un biógrafo de hoy que compruebe en exceso, o que ponga en entredicho los datos más “jugosos”.

Si las vidas de las personas, contadas de arriba abajo, tienden a resultar tediosas (a menos que sea la de un aventurero, pero apenas si quedan de éstos), de la actual proliferación de biografías, “autorizadas” o no, se puede extraer alguna conclusión o por lo menos síntomas. Uno intuye que hoy existe una especie de resentimiento global, alentado por la supuesta repercusión de las redes sociales, que no sólo alcanza a todo bicho viviente sino muriente, es decir, también a los bien muertos y enterrados. A los que se recuerda, claro, que son por fuerza los que destacaron. Es como si esos numerosos resentidos universales encontraran consuelo si se les cuenta: “Sí, Fulano fue un genio, pero infeliz, un despojo; Mengana maravillosa, pero estaba como una cabra y se acostaba hasta con animales; Zutano una celebridad, pero violaba a su mujer y tal vez a sus hijos”. Últimamente hay otra modalidad: “Perengano hizo obras maestras, pero se las debía a su mujer (o Perengana a su marido), a la que frustró y relegó a la sombra”. De hecho hay una escuela cerril-feminista que ha decidido que Bach compuso lo que le oía tararear al ama de llaves; que a Velázquez le pintaba los cuadros su señora; que Tolstoy sólo contaba lo que le había oído a su madre.

Parodio y exagero, pero con base. He visto la película Hitchcock y parte de The Girl, ésta sobre el acoso del director a Tippi Hedren. En ambas se presenta a Hitchcock como a un acomplejado, un enfermo, un salido, un impotente, un envidioso, un megalómano, un cerdo vengativo, un semimaniaco, un asesino en potencia que contuvo sus instintos sublimándolos en sus obras. Puede ser, todo ello. Estoy seguro de que algunos seres admirables y algunos genios dejaron mucho que desear como individuos, y fueron los miserables que hoy se dice que fueron. Pero ¿todos? ¿Y ninguno realizó lo que se le atribuye, sino que se lo copiaron o encargaron todos a su mujer o marido o a un discípulo o al vecino? En el caso de Hitchcock, de un tal Gervasi y con pésimo guión de un tal McLaughlin, el mensaje es claro y burdo: a la que se le ocurría lo brillante y audaz, la que de verdad valía y poco menos que “creaba”, era Alma Reville, la señora Hitchcock. Él casi carecía de ideas o no sabía plasmarlas sin la guía de ella. Sin duda esa mujer colaboró con él, fue a veces guionista, le sirvió de grandísima ayuda, él le consultaría, como hace todo el mundo con su pareja de una vida. Pero de ahí a otorgarle a ella el mérito de un montón de obras maestras va algo de trecho. Lo peor y más inverosímil de estas dos películas es que Hitchcock aparezca como un memo, un tarugo y un pelele. Puede que fuera cuanto antes he enumerado, pero desde luego no un idiota ni un frívolo. Pocos autores han explicado lo que habían hecho con tanta profundidad y conciencia (basta leer las conversaciones con Truffaut en El cine según Hitchcock). No era precisamente un intuitivo, ni un “buen salvaje” con un don, como ciertos pintores, músicos, poetas y hasta novelistas. Sabía perfectamente lo que hacía y por qué, hasta la saciedad incluso. En estas películas recientes es difícil decidir cuál de los actores que lo interpretan lo hace peor y está más chafarrinoso, si Anthony Hopkins o Toby Jones. El primero se limita a mirar al elevado vacío y deformar la boca cada vez que habla o no habla; el segundo es un fantoche grotesco (bueno, también Hopkins). En fin, pase que todos los mayores talentos que ha dado la tierra fueran unos depravados, desgraciados, psicópatas, tiranos, fatuos o aprovechados. Si eso reconforta a nuestro rencoroso mundo, y le permite dormir más tranquilo, bien está. Pero, por favor, que no pretendan convencernos de que además eran imbéciles, de Homero a Newton, de Shakespeare a Einstein, de Cervantes a John Ford, del primero al último.

JAVIER MARÍAS

EL País Semanal, 1 de junio de 2014

LA ZONA FANTASMA. 25 de mayo de 2014. El gesto más suicida

Usted, y usted, y usted, están hastiados, cabreados y escépticos. Ya no saben qué hacer para manifestar su descontento, transmitir su decepción y expresar su absoluto rechazo a nuestros políticos y partidos. A todos ellos, aunque probablemente a unos más que a otros, tan sólo un poquito más. Desean castigarlos y aspiran a que se retiren, a que den el relevo a otros más jóvenes o nuevos, que quizá no estén tan corrompidos y maleados, o tan faltos de ideas, o no sean tan acomodaticios al sistema que tenemos y que, para empezar, protege y premia desmedidamente a cuantos consiguen un escaño. Un diputado o un senador inútiles que cumplan un par de legislaturas o quizá tan sólo una, se aseguran una pensión vitalicia muy superior a la máxima a la que pueda aspirar cualquier individuo que haya trabajado cuarenta o cincuenta años. Como es comprensible (pero no menos inmoral por ello), los beneficiados, sean de la ideología que sean, no van a privarse de eso por iniciativa propia, y son los únicos que podrían cambiarlo. Tampoco van a renunciar a nombrar jueces para los más altos tribunales, a los que así conminan y manipulan y tienen en deuda, ni al director de TVE, que así será un pelele sumiso, ni dejarán de colocar a amigos en las cajas de ahorros y en algunos bancos, que así les concederán créditos y financiación en cuanto los necesiten, ni se abstendrán de poner a compañeros de pupitre al frente de las empresas públicas, una vez privatizadas, asegurándose así de que éstos harán hueco en sus consejos a los ministros cesantes de sus partidos.

En fin, están ustedes tan furiosos que hoy, día de elecciones europeas, han decidido abstenerse o tal vez votar en blanco. Yo lo entiendo bien, y no sólo: comparto su indignación y su impulso de no pisar el colegio electoral que me corresponde. “Así se enterarán”, piensan ustedes. “Así verán que no confiamos en ninguno, que no los queremos, que no nos sirven. Si la abstención es elevadísima, las elecciones deberían darse por no celebradas, deberían invalidarse. Significará que los repudiamos a todos, que no nos gusta su democracia, la farsa en que la han convertido”. Ay sí, cómo lo entiendo. Tampoco yo tengo la menor gana de escoger la papeleta de un partido que me repugna, o que me cae como un tiro, o que me parece imbécil, o directamente criminal, y otorgarle un voto que no se merece. Y sin embargo, cuando llegue la hora, lo último que haré será abstenerme, porque, tal como están y son las cosas, sería la mayor estupidez en la que podría incurrir, además del gesto más suicida. Lamentándolo mucho, toca recordar que la abstención no computa, no cuenta, ni jamás será interpretada en el sentido que muchos de ustedes quieren darle. En estas elecciones concretas, será muy fácil achacarla al desinterés de la gente por quiénes vayan a gobernar en Bruselas, que equivocadamente creemos que nos afecta en poco. A la pereza, al buen tiempo, a que muchos estaban de resaca tras las celebraciones merengues o colchoneras de anoche; a la ignorancia (hace unos días leí que sólo el 17% de los españoles estaba enterado de la fecha de esta votación), a la mera indiferencia, al encogimiento de hombros, al apoliticismo, a la creencia de que “da lo mismo, porque son todos iguales”. Será imposible que incluso una abstención del 70% o más sea vista como un castigo a la clase política y a los partidos que se presentan. No, desengáñense: las abstenciones y los votos en blanco y nulos son aire (como el árbitro en quien rebota el balón en los partidos de fútbol), no son nada, no existen. Sólo cuenta lo expresado, y aunque la formación ganadora obtenga un 10% de todos los votos posibles, se proclamará vencedora, se llevará al Parlamento Europeo los escaños que le toquen y seguirá imponiendo en Bruselas las medidas que se le antojen, junto con sus correligionarios de los demás países.

Ya sé que además hay una creciente desafección hacia la Unión Europea. Y no es que no esté justificada. Hace lustros que está dominada por mediocres, por individuos sin imaginación ni carisma, por burócratas cuando no por cretinos y desalmados. Y a pesar de eso … Demasiadas personas ignoran hoy la historia de nuestro continente. Que durante todos los siglos vivimos enzarzados en permanentes guerras de unos contra otros, ingleses, franceses, alemanes, austriacos, españoles, rusos, serbios, croatas, polacos, italianos, una escabechina detrás de otra, la última (si no contamos la de los Balcanes) terminada hace setenta años tras la muerte de millones y millones. En la historia del mundo setenta años es un soplo. Son los que llevamos sin matarnos entre nosotros, muchos en cambio en la vida de una sola persona. Nos hemos malacostumbrado rápido. Esta situación insólita, milagrosa teniendo en cuenta los antecedentes abrumadores, ha sido posible gracias a la hoy denostada Unión Europea. Así que no sólo es fundamental conservarla, impulsarla, consolidarla y tratarla con mimo, sino también quiénes tomen las decisiones en ella, quiénes nos gobiernen en buena medida. Todavía ignoro, cuando escribo esto, qué papeleta depositaré en la urna. Pero, al igual que la mayoría de ustedes (sean sinceros), sí sé cuáles no escogería en ningún caso. Ninguna me hará ilusión. Es más, es probable que la elegida me dé casi asco. Pero sé que alguna tomaré con mis enguantados dedos, porque aún mucho más asco me daría dejarles el campo libre a los fanáticos y convencidos, y permitir que sean ellos los que por mí decidan.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 18 de mayo de 2014. Como antes de la Revolución Francesa

Según la OCDE, quienes constituyen el 1% más rico en España acumulan el 8% de la totalidad de las rentas. Si aquí hay unos 45 millones de habitantes, eso significa que unos 450.000 individuos se reparten el 8% de los beneficios globales. Pero no se apuren: la cosa es mucho más llamativa en otros lugares, sobre todo en los Estados Unidos, donde ese 1% acapara hasta el 20% del total. En 1981 “sólo” poseía en torno al 8% de la riqueza, así que ya ven lo bien que le han ido los negocios en los últimos treinta años (o las especulaciones, o quién sabe si la progresiva explotación de sus empleados). Por su parte, en el Reino Unido el famoso 1% ha pasado de atesorar el 6,7% a casi el 13% en el mismo periodo, y algo parecido sucede en el Canadá y en Alemania. Respecto al crecimiento, la OCDE alerta: desde 1975, el 47% del total fue para ese 1% en los Estados Unidos; el 37% en el Canadá; en Australia y el Reino Unido el 20%. En España, “sólo” el 10% del crecimiento fue para el dichoso 1%, mientras que, si ampliamos al 10% más acaudalado, éste se llevó el 20%. Con la crisis, avisa la OCDE, el nuestro es uno de los países en que la desigualdad más ha aumentado.

Ante semejante situación, uno diría que lo que les tocaría a los más ricos del mundo sería: a) no llamar mucho la atención, y menos aún alardear de su exuberancia; b) hacerse “perdonar” sus fortunas, sobre todo los que no las hayan obtenido limpiamente y sin perjudicar a nadie (también los hay así, desde luego: basten como ejemplo los deportistas, que no son culpables de que millones de personas estén dispuestas a verlos evolucionar en una cancha o en un estadio; es más, su virtuosismo trae beneficios a muchos otros individuos); c) no quejarse de los impuestos que han de pagar (muy pocos, proporcionalmente, en la mayoría de los países); d) no mostrarse nunca despreciativos hacia los menos favorecidos, sino, por el contrario, respetuosos al máximo; e) no pedir “más” de nada, en concreto aplausos.

Quienes lean las columnas del Premio Nobel de Economía Paul Krugman estarán al tanto de que los millonarios estadounidenses (con excepciones) suelen hacer exactamente lo puesto. No sólo quieren ganar más, y pagar menos impuestos; no sólo se quejan de los enormes gastos que conlleva el tren de vida al que se han obligado a sí mismos, sino que además exigen admiración, gratitud y afecto del resto de la población, y no toleran una crítica. Se consideran “benefactores”, “creadores de empleo”, “impulsores de la economía”, y por tanto dignos de toda alabanza. (Puede ser, pero callan que se benefician e impulsan principalmente a sí mismos.) Y da la impresión de que no les basta con incrementar las ganancias, sino que necesitan que otros no las obtengan, para así poder lucir más ellos. Esto último es novedoso, al menos desde que yo tengo memoria. Debió de ser así antes de la Revolución Francesa, tras la cual empezó a procurarse no subrayar las diferencias y que el grueso de los habitantes fueran mejorando sus condiciones. Los ricos siempre quisieron serlo más, pero no precisaron que el resto fuera muy pobre, ni desde luego aspiraron a ser venerados por éste.

Hace pocos años, unas declaraciones como las recientes de la Presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, habrían sido inimaginables. Ojo, lo inimaginable no es que sujetos como ella pensaran así, o incluso lo dijeran en sus cenas, en privado y entre pares; lo inconcebible habría sido que alguien privilegiado hablara en público de cualesquiera otros en tono tan despectivo e insultante, y protestara por tener que abonar el salario mínimo (bajísimo en España) a quienes “no valen pa nada”. Oriol, recuerdan, puso a caldo a los jóvenes que abandonaron sus estudios para trabajar en la construcción durante la burbuja inmobiliaria, porque al ganar “1.000, 1.500 euros al mes” (para tales matados, según ella, una fortuna), los viernes y sábados se creían “los reyes del mambo” y ligaban mucho. Oriol omitió que sus colegas y representados, los empresarios, eran quienes tentaban y convencían a esos jóvenes, quienes los inducían a dejar los estudios. Y olvidó, asimismo, que algunos de éstos se verían forzados a traer un sueldo a su hogar si todos los miembros de su familia estaban en paro, por ejemplo. Pero aunque todos esos “inútiles” hubieran interrumpido su educación para bailotear en las pistas con sus dinerales (¡1.000, 1.500 euros!) … Cierto que nadie les puso una pistola en la sien para que aceptaran, como tampoco al resto de la población para que solicitara créditos a los bancos para cualquier chorrada (una comunión o un viaje al Caribe). Pero todos sabemos que tanto los empresarios de la construcción como los banqueros instigaron y persuadieron (a menudo mintiendo) a los chicos a convertirse en paletas y a la gente a entramparse. Ahora la culpa es sólo de los ignorantes incautos; de los tentados y nunca de los tentadores; de los corrompidos y no de los corruptores; de los pardillos y no de los pícaros. Ya digo: hace pocos años unas declaraciones así no habrían sido posibles, por la sencilla razón de que Mónica de Oriol y sus equivalentes habrían temido por sus puestos y por su imagen. Y, que yo sepa, esa señora no ha sido destituida ni ninguno de sus iguales le ha retirado el saludo. Eso es lo más preocupante: que la chulería y el desdén de los ricos no les pase factura. (Ojo, es lo más preocupante para ellos mismos, y no se dan cuenta.) Más o menos como antes de la Revolución Francesa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 11 de mayo de 2014. Empobrecimiento, embrutecimiento

Me escribe un sacerdote que se dice “de izquierdas, si es que esta palabra aún tiene sentido”, y asume que para la mayoría es “un perro verde”. Pero se lamenta –habla incluso de “desesperación”– porque ve que desde hace diez años, “después de los nefastos días del 11-M al 14-M”, no le queda más remedio que leer este periódico a escondidas en los ámbitos que por su profesión más frecuenta, a callar sus opiniones sobre muchos asuntos, y por supuesto a ocultar que no vota al PP, lo cual todo el mundo que conoce su condición de cura da por descontado. Pero no es sólo ante la gente de ideología “conservadora” ante la que debe disimular. Si trata con individuos de la “contraria”, se encuentra con rechazo y suspicacia en cuanto confiesa ser creyente. Sin saber que además era sacerdote, un chaval de los acampados en la Puerta del Sol hace tres años le torció el gesto cuando mi corresponsal, tras haberle firmado media docena de papeles en contra de los desahucios y otras cosas condenables, rehusó firmarle un séptimo “contra la visita del Papa”. No hubo manera de razonar con él, me cuenta, el joven se cerró en banda y lo despachó con desprecio a partir de aquel instante. El hombre se escandaliza al oír decir a personas cultas e instruidas que El País es “el periódico enemigo de la Iglesia” o que “Zapatero quiso destruir la familia”, pero también de que se llame “fascistas” a todos los antiabortistas y “asesinas” a todas las mujeres que deseen interrumpir sus embarazos. Juzga que la cuestión es lo bastante delicada, y que hay suficientes ciudadanos a favor y en contra, como para que cualquier debate quede secuestrado por los gritones simplistas que cada vez más abundan. Ya lo dije hace pocas semanas recordando los versos de Yeats: “… mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.

No le auguro a este sacerdote un futuro inmediato más tranquilo, aunque él no pierda la esperanza por una sencilla razón: conoció otros tiempos –antes de 2004– en que sí podía leer abiertamente este diario, o confesarse sacerdote, o reconocer que había votado a un partido no de derechas, sin padecer por ello miradas de censura u odio, retiradas de la palabra y hostilidad instantánea. A lo sumo unos y otros le gastaban bromas, eso era todo. Así que, si hubo esos tiempos no tan lejanos, no ve por qué no podrían regresar para que se normalizara todo un poco. Yo, personalmente, no acabo de entender lo que le ocurre a nuestra sociedad, y que este cura sufre en carne propia. Como ustedes saben, tengo una pésima idea de la actual jerarquía de la Iglesia española; pero eso no me lleva a condenar a todos los religiosos, menos aún a profesar antipatía a todos los católicos, ni a desconfiar de ellos. Lo es uno de mis mejores amigos (también lo eran mis padres), un amigo tan leal, bueno y recto que, si un día me diera la espalda, sólo me cabría pensar que era yo el que había fallado, el que no había estado a la altura. (Bien es verdad que es un católico inglés, en cuyo país su religión no es dominante ni por lo tanto abusiva.) También tengo amigos que son o se han hecho muy de derechas; saben que yo jamás votaría al PP (no tras la Guerra de Irak, no tras las mentiras del 11-M, no tras la presente legislatura neofranquista sin disimulos), ni justificaría a Le Pen o Putin o Berlusconi; pero no por eso me han tachado de su lista de apreciados ni desde luego yo a ellos. La dimensión religiosa de las personas, como la política, es sólo una entre muchas. Nadie se agota en ellas, por suerte, ni faltan temas de conversación en los que no se produzca el desacuerdo inmediato. La mayoría de los individuos –los que no son estereotipos, ni fanáticos, ni meros mastuerzos– son lo bastante complejos, variados y aun contradictorios para que merezca la pena ahondar en ellos y escucharlos.

No otra cosa hacemos, desde luego, con los personajes de ficción que se nos presentan en películas y novelas: casi ninguno nos gusta del todo, de la mayoría no seríamos amigos (peligroso serlo, por ejemplo, de Ricardo III o de Tony Soprano). Y sin embargo nos interesan, seguimos con enorme atención sus razones y vicisitudes, incluso con apasionamiento. A menudo nos atraen los que son muy distintos de nosotros, los paradójicos, los volubles, los difíciles de comprender, los ambiguos (no digamos los sutiles malvados). En cambio no soportamos a los esquemáticos, a los monolíticos, a los que son de una pieza, a los acartonados. Mientras que en la vida real, curiosamente, sólo estamos dispuestos a aceptar a éstos, como el chaval del 15-M que, en lugar de sentir curiosidad por la negativa de su interlocutor a firmar contra la visita del Papa, decidió ponerle la proa o poco menos. Los jóvenes ignoran que uno de los motivos por los que en la Guerra Civil se fusilaba a la gente (de ambos bandos) era porque se la conocía como lectora de tal o cual periódico, grave crimen. Que estemos en un punto en el que alguien –no importa quién– deba esconderse para leer o comprar determinado diario –no importa cuál–, es cualquier cosa menos tranquilizador. Pero es que además el rechazo de plano de quien no coincida con nosotros en todo supone el mayor empobrecimiento imaginable –también el embrutecimiento– en el trato con nuestros iguales.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 4 de mayo de 2014. Gobernación

El ‘caso Gürtel’, por el que al cabo de cinco años todavía no se ha condenado a nadie. El caso Bárcenas, individuo que trabajó para el PP durante un par de decenios y al que nadie de ese partido parece haber conocido nunca; sigue sin saberse de dónde sacó los cuarenta y tantos millones que guardaba en Suiza, de los cuales nada ha devuelto. Donaciones en negro, contabilidad B. Los dirigentes madrileños Ignacio y Botella, jamás votados por nadie. Sus predecesores, Aguirre y Gallardón, se comprometieron para cuatro años, pero de lo dicho no me acuerdo. Millones gastados en las tres candidaturas olímpicas de Madrid; tres veces, tres ridículos, tres fracasos. Concesiones y coba sin fin al turbio magnate Adelson para que instalara sus casinos en la región; aún quiso más facilidades y más adulación y se marchó: otro fracaso (para los políticos, no para la población). Las autopistas de peaje de la zona no las utiliza nadie, sus pérdidas las sufragaremos ahora los contribuyentes, un fracaso más. La faraónica Ciudad de la Justicia, abandonada a medio hacer, más millones para nada. El aeropuerto de Castellón, y el de Ciudad Real, sin un solo avión; el primero ofrece, en cambio, una monumental cabeza de su creador, Carlos Fabra. Este ex-Presidente de Diputación (largo tiempo) tiene juicios pendientes y en alguno ya ha sido condenado; levemente, faltaría más. Más millones a la basura de la TV Valenciana, suprimida ahora; más de TeleMadrid, tan mala y sumisa que ya no le quedan espectadores. TVE cada día más parcial e incompetente, sus telediarios un permanente y tendencioso desastre. Palacios de las Artes que se caen a pedazos o que carecen de función: apenas si se utilizan y costaron un dineral. Millares de urbanizaciones vacías, interrumpidas a medio construir; sólo entran los cacos para llevarse grifos, picaportes, lo que quede por allí. Campos de golf inútiles por los que se talaron bosques o se recalificaron terrenos, hasta en parajes de permanente frío invernal. El Algarrobico sigue en pie. Prórroga de setenta y cinco años a las edificaciones playeras declaradas ilegales por los tribunales, ninguna se demolerá. Todo el suelo es edificable, sin excepción, desde 1996. Podrán erigirse casas y hoteles a sólo veinte metros de la orilla del mar. Al responsable de esta medida se lo premia poniéndolo de cabeza de lista para las próximas elecciones europeas. Se planea una Ley de Seguridad Ciudadana que hasta los jueces ven inconstitucional. Se suben las tasas judiciales, de tal manera que sólo los adinerados podrán presentar recursos. Se suben las tasas universitarias, los más pobres tendrán difícil acceder a una educación superior. Se recortan las becas. Más del 50% de los jóvenes no ha tenido empleo ni lo va a tener (ya no serán jóvenes para cuando la situación mejore). Decenas de miles de ellos se ven obligados a emigrar. También se van los científicos e investigadores, tras habérseles recortado brutalmente los presupuestos. El CSIC está al borde de la ruina, a punto de echar el cierre. El teatro y el cine se mueren, en vista de lo cual se les aumenta el IVA hasta el 21%. Se suben los impuestos, después de prometer que se los iba a bajar. En cambio se amnistía a los grandes defraudadores. A los bancos se los salva con una riada de millones procedentes de los bolsillos de los españoles, a los que esos bancos, sin embargo, no conceden un crédito así los aspen; se les entrega el dinero de todos sin ponerles ni una condición. La gente estafada por las preferentes de esos mismos bancos jamás va a recuperar sus ahorros. Esos bancos se dedican a desahuciar, por incumplimiento, a centenares de miles de familias. Más o menos las mismas que tienen en el paro a todos sus miembros. España es el segundo país europeo con mayor porcentaje de desempleados, un 26%. También es el segundo en pobreza infantil. Las cinco regiones europeas con mayor tasa de paro son españolas; todas (luego vienen dos macedonias). Se han averiado cinco veces los aviones que transportan a la familia real. Siguen cerrando comercios. Siguen arruinándose librerías, apenas si se combate la piratería. La sanidad pública se deteriora; listas de espera más largas, menos camas, menos médicos, los medicamentos se han de “copagar”, es decir, pagar dos veces o tres. Ana Botella se baja el sueldo, mil y pico euros al año, se le queda en unos 100.000 pelados, deberíamos aprender. Aguirre estaciona en el carril bus, se asusta porque van a multarla los guardias, escapa en su coche derribando la moto de uno de ellos; tampoco a ella le alcanzaba su sueldo. Aumentan los accidentes de tráfico, ya no se reparan las carreteras ni nadie gasta en el taller. Se proyecta una Ley del Aborto que lo impedirá hasta en los casos de malformaciones graves del feto. Sin embargo, se recortan las ayudas a los “dependientes” y se renuncia a la justicia universal, así que se deja sueltos a narcotraficantes apresados en el mar: total, no se dirigían a España. Las pensiones de los jubilados pierden poder adquisitivo. Se pretende reinstaurar la cadena perpetua, y eso que, con menos delitos que en la mayoría de países europeos, nuestras cárceles están mucho más llenas. La Iglesia continúa sin pagar el IBI, y todavía se le permite registrar a su nombre la propiedad de lo que nunca fue de nadie; consecuentemente, no cesa de apropiarse de inmuebles, algo vedado a cualquier otra institución o particular. Descubrimos que en España hay diez mil políticos aforados –diez mil–, mientras que en Alemania no hay ni uno. Aunque los jueces hayan dictado condena, aquí el Gobierno otorga centenares de indultos al año, sin argumentar por qué. El Presidente del Gobierno y su prensa pregonan nuestra plena recuperación, económica y moral.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de mayo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 27 de abril de 2014. Las lecciones de la imaginación

Ya pasó Sant Jordi, el Día del Libro, y de aquí a un mes empezará la Feria madrileña del mismo objeto, con las perspectivas más lúgubres en muchísimos años. No es sólo que las librerías estén ahogadas por la crisis y por la piratería en aumento. No es sólo que los editores busquen desesperadamente algún título que arrastre a las masas a comprarlo, y que a la mayoría ya les dé igual que se trate de una obra digna o de la enésima porquería más o menos sadomasoquista, cateta y machista con origen en Internet, donde habrá cosechado legiones de “seguidores” rudimentarios y descerebrados, de los que se limitan a pedir “más”: más “sexo fuerte”, más violencia, más torturas gratuitas, poco a poco –oh qué moderno– se vuelve a uno de los textos más soporíferos de la historia de la literatura: Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade, escrito en 1785, reiterativo catálogo de atrocidades que acaba por arrancar bostezos hasta a los más voluntariosos depravados. No es sólo que los autores anden preocupados y deprimidos, al ver cómo sus nuevas novelas se venden infinitamente menos que las anteriores (eso los que alguna vez han tenido un número apreciable de lectores) o nacen ya muertas, destinadas a ser devueltas a la distribuidora a las pocas semanas de aterrizar en los escaparates. La última vez que me pasé por una librería y eché un vistazo a las novedades, vi no pocas que superaban las seiscientas páginas y a las que, por su aspecto, o por la descripción leída en las reseñas que las ensalzaban, o por la mera conjunción de nombre, título, grosor y precio, uno no podía augurar más que una rápida caída en el vacío. “Ojalá me equivoque”, pensé con escasa fe. “Ojalá cada una de ellas sea un gran éxito; y sean leídas y discutidas por muchos y recomendadas por los únicos que hoy gozan de verdadera influencia, los lectores desconocidos”.

El íntimo convencimiento de que no será así en casi todos los casos me produjo melancolía. Precisamente porque también me dedico a escribirlos, sé cuánta tarea y esfuerzo hay detrás de cada libro, los largos meses o años empleados en sacarlo adelante; aunque sea malo, o esté hecho de cualquier manera, sólo llenar esa cantidad de páginas requiere un monumental trabajo. No soy de los que creen que fue mejor toda época pasada. Al contrario: estoy seguro de que nunca se han leído (ni comprado) tantos libros como en nuestros tiempos; de que siempre ha habido obras que han caído en el vacío; de que los grandes éxitos jamás habían alcanzado ventas tan superlativas como ahora. Sin embargo sí creo que la magnitud de la indiferencia nunca había sido tan mayúscula como la que aguarda a los libros condenados a ella desde el principio. Y la mayoría de éstos son –ay– los que se ha dado en llamar absurdamente “libros literarios”, es decir, los que tienen ambición y voluntad de estilo, los que no se ciñen a contar una historia más o menos interesante y santas pascuas. Los que tal vez –tal vez– hacen que la gente piense o se fije en el funcionamiento del mundo, los que en el espacio de unas cuantas horas –las que tardamos en leerlos– nos brindan entendimiento y conocimientos que quizá no adquiriríamos por nuestra cuenta ni en el transcurso de una vida completa.

Tengo la sensación de que nos vamos adentrando en una de esas épocas en las que se tiende a juzgar superfluo cuanto no trae provecho inmediato y tangible. Una época de elementalidad, en la que toda complejidad, toda indagación y toda agudeza del espíritu les parecen, a los políticos, de sobra o aun que estorban. Y como los políticos, incomprensiblemente, poseen mucho más peso del que debieran, detrás suele seguirlos la sociedad casi entera. Son tiempos en los que todo lo artístico y especulativo se considera prescindible, y no son raras las frases del tipo: “Miren, no estamos para refinamientos”, o “Hay cosas más importantes que el teatro, el cine y la música, que acostumbran a necesitar subvenciones”, o “Déjense de los recovecos del alma, que los cuerpos pasan hambre”. Quienes dicen estas cosas olvidan que la literatura y las artes ofrecen también, entre otras riquezas, lecciones para sobrellevar las adversidades, para no perder de vista a los semejantes, para saber cómo relacionarse con ellos en periodos de dificultades, a veces para vencer éstas. Que, cuanto más refinado y complejo el espíritu, cuanto más experimentado (y nada nos surte de experiencias, concentradas y bien explicadas, como las ficciones), de más recursos dispone para afrontar las desgracias y también las penurias. Que no es desdeñable verse reflejado y acompañado –verse “interpretado”– por quienes nos precedieron, aunque sean seres imaginarios, nacidos de las mentes más preclaras y expresivas que por el mundo han pasado. Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas; casi todos los sentimientos en las poesías; casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes, y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite “reconocer” a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos. Aunque sea no tener qué llevar a casa para alimentar a los hijos. También esa desesperación se entiende mejor si unos versos o un relato nos la han dado ya a conocer, y nos han preparado para ella. Sí, no se desprecie: sólo imaginativamente. O nada menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 20 de abril de2014. Lo mejores y los peores

Leí hace poco dos viejos versos de Yeats que me parecieron verdaderos, en la medida relativa en que cualquier afirmación lo puede ser: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”. Si me parecieron tan “verdaderos” es porque, hasta cierto punto, y con excepciones, definen la historia de la humanidad, y desde luego la de nuestro país. De lo que no cabe duda, en todo caso, es de que los indiscutibles “peores” del pasado siglo triunfaron más que nada por su vehemencia, por su exageración y dogmatismo, por su griterío ensordecedor, por su extremismo simplificador y chillón. Los nazis, los stalinistas, los fascistas italianos, los maoístas chinos o exportados al Perú, todos estuvieron poseídos de indudable ardor. No hablemos de las fuerzas que acabaron imponiéndose en España durante la Guerra Civil y relegando a los “mejores” a la condición de meros espectadores horrorizados, o de exiliados prematuros, o de leales al bando de la República –por ser el único legal– parcialmente a su pesar, es decir, por decencia pero sin convicción. Ésta, en cambio, les sobró a los franquistas, que encima contaron con la bendición de la Iglesia Católica, o aún es más, con su exaltación justificadora de las matanzas. Y si interviene el elemento religioso, entonces el fanatismo, el entusiasmo aniquilador, se agudizan y pierden todo posible freno. Mucho me temo que esa ha sido una de las principales funciones de las religiones: encender mechas, ofrecer coartadas, prometer dichas ultraterrenas a los asesinos por vocación.

Nada tiene por qué cambiar, y en este siglo XXI los peores siguen rebosando intensidad y amparándose en la religión. Puede ser la religión distorsionada, como en el caso de talibanes y yihadistas, que, lejos de menguar, se extienden como la pólvora; o bien sucedáneos de aquélla, en forma de nacionalismos las más de las veces. Proliferan en Europa, y van ganando adeptos, los movimientos y partidos xenófobos y racistas, los que demonizan a los inmigrantes –legales o no, tanto les da–, los que claman “Grecia para los griegos”, “Francia para los franceses”, “España para los españoles” o “Cataluña para los catalanes de verdad”. En este último lugar hay una señora mandona y ensoberbecida, que preside la llamada Asamblea Nacional Catalana, que sin duda está poseída por la vehemencia más apasionada. En virtud de ella, y no de otra cosa, se permite dictar “hojas de ruta” a los representantes políticos surgidos de elecciones democráticas, mientras que a ella nadie la ha votado jamás. Los peores se hacen fuertes cuando los mejores carecen de convencimiento. Cuando éstos se amedrentan y desisten. Cuando temen verse “sobrepasados” o repudiados. Cuando deciden que razonar, argumentar y pactar ya no sirve de nada. Ese “ya” es lo más peligroso que existe. Señala el momento en que los inteligentes arrojan la toalla, en que se resignan a no ser escuchados, en que se persuaden de que sólo el vocerío vale para hacerse oír, y de que, por tanto, una de dos: o hacen literalmente mutis por el foro o se suben a la grupa del simplismo y el estruendo, del blanco o negro, del conmigo o contra mí, de los patriotas y los antipatriotas, o, como sufrimos aquí a lo largo de cuarenta años, de los españoles y los antiespañoles.

EL CREPÚSCULO¿Por qué los mejores carecen a menudo de convicción, si los asiste la razón, tienen un desarrollado sentido de la justicia y son tolerantes con lo tolerable, procuran entender al contrario y atienden a los argumentos de sus adversarios? Precisamente por todo eso, he ahí la contradicción. Los mejores siempre dudan algo, siempre se paran a pensar, no se sienten en posesión de la verdad, no son simplistas ni radicales, no tienen una sola meta entre ceja y ceja, les repugna el oxímoron “guerra santa”, por no mencionar “sagrada misión” y otras sandeces por el estilo. Desde mi punto de vista uno nunca debería prestar atención a los llenos de apasionada vehemencia. Es más, ésta es para mí motivo de desconfianza y sospecha, y, abundando en los versos de Yeats, suele enmascarar a los peores, a los más dañinos y autoritarios, a los que hacen abstracción de las personas y se muestran siempre dispuestos a sacrificarlas en nombre de la Causa, o del Progreso, o del Proyecto, o de la Nación, tanto da. Son los que olvidan que todos tenemos solamente una vida, y que ninguna puede arruinarse por un abstracto Bien Futuro. A estas alturas deberíamos saber todos que el futuro es una entelequia, que no se puede configurar ni tan siquiera imaginar. Sólo importan los que están aquí, y también algo los que estuvieron, sólo sea porque sus huellas sí se pueden reconocer. A menudo las de los mejores están escondidas, como dice esta otra cita de la novelista del XIX George Eliot: “Que el bien aumente en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que ni a vosotros ni a mí nos haya ido tan mal en el mundo como podría habernos ido, se debe, en buena medida, a todas las personas que vivieron con lealtad una vida anónima y descansan en tumbas que nadie visita”. Es cierto, muchos de los mejores pasan calladamente o hablando en susurros, jamás gritan ni vociferan, porque no están llenos de apasionada intensidad. Pero ay de nosotros si no existieran, si no hubieran existido siempre; si sus tumbas que nadie visita no alfombraran la tierra discreta, la única que de verdad nos sostiene.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 13 de abril de 2014. En el inofensivo pasado

 

Marisa Flórez/EL PAÍS

Marisa Flórez/EL PAÍS


La reciente muerte de Adolfo Suárez produce sobre todo melancolía, al menos entre quienes éramos jóvenes cuando apareció, cuando gobernó y cuando fue defenestrado, por los suyos y por casi todo el mundo. Pero la melancolía no viene sólo por lo más evidente, esto es, por la desaparición definitiva de una figura que trajo esperanza, considerable optimismo y suscitó mucha simpatía. Si en algo se distinguió Suárez fue en que, por primera vez en muchísimos años, un gobernante español no inspiraba miedo. Siempre pareció razonable y alejado de todo autoritarismo; es más, como venía del franquismo –pero en nada se asemejaba a éste–, procuró ser todo lo contrario de lo que lo había precedido: respetuoso, conciliador, dialogante, sonriente y cordial, atento y persuasivo. Tal vez, como a la mayoría de los políticos, los consejos le entraban por un oído y le salían por otro, pero se aprestaba a escucharlos e incluso los solicitaba. He contado ya antes cómo, al filtrarse el borrador de la Constitución, mi padre, Julián Marías, escribió un artículo tildándolo de absurdo, erróneo y hasta mal escrito. Ese mismo día Suárez lo llamó, le pidió encontrarse con él para que le explicara más y lo orientara al respecto. Si Suárez no era humilde, lo parecía. Si no le importaba la opinión de los demás, lo disimulaba tan bien que la indiferencia debe ser descartada: todo fingimiento tiene un límite, rebasado el cual deja de serlo. Si desdeñaba a alguien, lo ocultaba. Es difícil recordarle un mal gesto, un desplante, una actitud humillante o despreciativa, ni hacia sus oponentes ni hacia sus correligionarios. Era chulo, sí, pero sólo en el mejor sentido de la palabra: alguien que no se arredraba, que no estaba dispuesto a que lo avasallaran ni pisotearan; sí, en cambio, a que lo convencieran.

No es de extrañar que en estos tiempos desabridos la gente lo eche de menos, con la excepción de los ensimismados cenizos de Esquerra Republicana, el BNG y Amaiur y Bildu, quienes jamás apreciarán a nadie que no les dé la razón en todo: sus integrantes son individuos que sólo admiran a sus obedientes ovejas, si no es esto una contradicción en los términos. Pero la melancolía es también otra: la noche de su velatorio, cenaba yo frente al Congreso con mis amigos Díaz Yanes y ­Gasset, y salíamos a fumar de vez en cuando. Veíamos cada vez (incluso pasada la una de la noche) la larguísima cola de quienes iban a visitar el cadáver. Más allá de que nos pareciera extravagante la costumbre (un poco sevillana), supongo que muchos de los que soportaban el frío y la espera querían expresar así su agradecimiento. El inoportuno anuncio de su “muerte inminente” multiplicó los elogios y los monográficos televisivos. Y eso es lo que produce tristeza, incluso leve amargura. Suárez llevaba muchos años ausente por enfermedad, y aún más fuera de la política. No sólo era ya alguien “inofensivo”, sino que estaba desactivado y no contaba. Es lo propio de España: se vierte una catarata exagerada de alabanzas sólo cuando ha muerto una persona notable, o, si acaso, como aquí, cuando ya no hace sombra a nadie, ni adquiere protagonismo, ni puede soltar declaraciones que pongan en cuestión a ningún vivo. Parafraseando la máxima escuchada en tantos westerns sobre los indios, el único español bueno es siempre el español muerto, o, en su defecto, el que está fuera de juego, el callado, el inhabilitado, el que ha dejado el campo libre a los insaciables ambiciosos que quisieran a su alrededor nada más que un inmenso vacío.

A Suárez, mientras estuvo activo, lo detestaron casi todos: parte del Ejército, la extrema derecha, los del Partido Popular que al principio se llamaba Alianza, los socialistas, la extrema izquierda, los nacionalistas, sus compañeros de la UCD que le hicieron la vida imposible y lo obligaron a marcharse. Cuando fundó su nuevo partido, el CDS, los votantes que hoy sienten nostalgia le dieron la espalda, hasta que hubo de disolverlo y retirarse. Entonces, poco a poco, se empezaron a reconocer sus méritos y su carácter abierto, la dificilísima tarea que había llevado a cabo con mucho más éxito del esperable. Cuando ya no podía quitarle el sitio a nadie. Cuando su figura ya no podía empequeñecer las de los demás. Cuando se lo vio como pasado. El título de esta columna tendría que ser otro, pero ya lo utilicé en una pieza de 1997 y en el volumen recopilatorio que la contuvo: Seré amado cuando falte. Una vez más, es una cita de Shakespeare, que lo expresó casi todo: “I shall be lov’d when I am lack’d”, en Coriolano. Lamentablemente, es el sino de todo español de valía, en cualquier campo: ser reconocido plenamente, ensalzado, añorado y querido sólo tras su desaparición o derrota. A menudo ni siquiera el sentimiento es puro, sino que se utiliza al muerto que en vida fue denostado para denostar a los que quedan, a los que incurren en el imperdonable delito de seguir vivos y no vencidos. “Este que ya no está sí que era bueno”, se aprovecha para decir, “y no como estos mediocres de ahora”. Somos un país condenado a chapotear en el descontento presente, y a sentirnos orgullosos y reconciliados solamente con los que –por fin– ya no respiran y pertenecen al inofensivo pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 6 de abril de 2014. La muerte de la discreción

Siempre procuré sopesar lo que contaba y preguntaba. En lo segundo he llegado a ser tan cauto que luego, a veces, se me ha reprochado desinterés o indiferencia; con esas cosas se ha confundido mi enorme aversión al sonsacamiento. Detesto a quienes lo preguntan todo o mucho y quieren estar “enterados” hasta de lo que les trae sin cuidado. Normalmente es gente que trafica con lo que averigua, que sólo ansía saberlo para relatarlo a su vez, para presumir de estar en el ajo y ofrecer primicias. Su discreción está excluida, es un concepto reñido con su naturaleza. Esas personas no sienten curiosidad pura, no se dan por satisfechas con estar al tanto, no son meramente fisgonas, sino chismosas: recaban información para aprovecharse de ella y transmitirla lo antes posible. Algunas se ganan así el aprecio o la tolerancia de otros: hay individuos insoportables que se hacen un hueco en la sociedad, y tienen amistades, tan sólo porque proporcionan cotilleos y entretienen con ellos. De otro modo serían solitarios, si es que no cuasi apestados. No les queda más remedio que tirar a los demás de la lengua –eso para mí tan odioso–: es su manera de medrar y de ser aceptados.

Todo esto es viejo como el mundo. Lo que ya no lo es tanto es la proliferación mundial de estos sujetos, la conversión voluntaria de ingentes porciones de la población en eso, en irredentos cotillas. Para empezar, hay una exposición desaforada de lo propio, mezcla de impudor y narcisismo. En Facebook y Twitter la mayoría de sus usuarios relatan y muestran demasiado de sí mismos, a menudo para su arrepentimiento y con consecuencias desastrosas. Hay gente que ha perdido empleos por haber sido exhibicionista o bocazas en estas redes. Hay delincuentes cretinos que han acabado en la cárcel por haberse jactado de sus hazañas en el ciberespacio, la vanidad los ha condenado. Ya hay legiones de jóvenes reclamando el derecho al borrado y al olvido de lo que “colgaron” un día, y lo tienen difícil, ahí todo deja imperecedero rastro. No hay mayor prudencia –al contrario– con lo que se cuenta de los otros. El planeta está lleno de imbéciles que fotografían con sus móviles cuanto se pone a su alcance, y nada les gusta más que captar una imagen inconveniente o prohibida de alguien más o menos famoso. De ellas sacan a veces beneficios crematísticos, y si no, “visitas”. Lo peor es que la falta de escrúpulos se ha extendido a los medios en teoría serios y responsables. Puesto que han de competir con millones de intrusos, no pueden perder todas las batallas andándose con miramientos.

Uno de los frenos o límites tradicionales a la hora de hacer público algo era la consideración del daño que podía hacerse con ello. También se tenía conciencia de que era fácil dar al traste con una operación militar o policial o de espionaje si se informaba de ella antes de tiempo. Ahora es la propia policía –la española, al menos– la que en ocasiones divulga sus métodos y procedimientos para provecho de los criminales, que así sabrán qué errores deben evitar en el futuro. Y, por supuesto, a casi nadie le importa un pimiento poner en peligro la vida de quienes se han arriesgado llevando a cabo una misión –se supone– vital para su país y sus conciudadanos. Leo que, del equipo de veintitrés hombres que se encargó de Bin Laden, sólo dos siguen vivos. El resto ha muerto en combate, lo cual parece mucha casualidad, dado que aún no se han cumplido tres años de aquella operación. Uno de los dos supervivientes, el que se cree que disparó contra el Enemigo Público Nº 1 –de ahí que su sobrenombre sea “El Tirador”–, volvió a la vida civil con mal pie. Renunció a lo habitual entre los ex-Navy Seals –entrar como mercenarios en empresas de seguridad privada–, y al parecer “no tiene pensión ni seguro médico, sufre artritis, tendinitis, problemas oculares y dolores de espalda, todo producto de sus dieciséis años de servicio al límite. Su situación es tan mala que, pese a estar separado, vive con su ex-mujer en la misma casa por una cuestión meramente económica”. ¿Se ignora su identidad al menos, dadas las masas que querrían vengarse de él? Me temo que la sabrá quien lo desee. En el mismo artículo se dice que, pese al secretismo inicial de la misión, en seguida se reveló que se había encargado el Team Six, la élite de los elitistas Seals, y que los integrantes del comando sabían que eso ocurriría. “Les doy una semana para soltar que han participado los Seals”, le dijo el otro superviviente –más avezado, autor de un libro– a un compañero mientras Obama daba la noticia. “Y una mierda”, le contestó su interlocutor. “Yo no les doy ni un día”. Y así fue. “ABC News”, explica el reportaje, “incluso ofreció las pautas para reconocer a uno de estos supersoldados”. Se trata de contar y contar, lo que sea, caiga quien caiga, se le arruine la vida a alguien o se lo conduzca al matadero. “El Tirador”, por lo visto, vive aterrado, además de con penurias. Ni siquiera existe un programa de protección para individuos como él, esos que permiten cambiar de identidad, trasladarse a un confín remoto del mundo y tener algún guardaespaldas a mano. El hombre ha enseñado a tirar a su ex-mujer, a sus hijos a esconderse en la bañera, y guarda un cuchillo en su tocador “como último recurso”. Mal le pinta el futuro. Así que sigan sonsacando, fotografiando, contando y “colgando”, pero no crean que no hacen daño a nadie. Empezando por ustedes mismos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de abril de 2014

LA ZONA FANTASMA. 30 de marzo de 2014. Proliferación de cabestros y mastuerzas

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de marzo de 2014. El reino de la posibilidad

imagen68484gYa saben, una de las definiciones de “clásico” viene a decir que son obras que, cada vez que uno vuelve a ellas, encuentra algo importante que en anteriores ocasiones le pasó inadvertido; o bien obras que, aunque ya las conozcamos, indefectiblemente captan nuestra atención y nos invitan a quedarnos en su compañía: si se trata de música, a escucharla entera por enésima vez; si es un cuadro, a escrutarlo con fascinación. Más mérito tienen, a mi modo de ver, las novelas y las películas, que hasta cierto punto confían en la historia que cuentan para interesar, y si esa historia ya nos la sabemos –si acaba bien o mal, quién muere y quién no–, por fuerza han perdido uno de sus principales atractivos en una segunda lectura o en una décima contemplación. Que los “argumentos” actúan como meros señuelos y en el fondo son secundarios lo demuestra que mucha gente relee el Quijote, El corazón de las tinieblas o Madame Bovary estando al cabo de la calle y recordando lo que les acaece a los personajes, lo que hicieron y cómo acabaron. Uno abre una de sus páginas al azar y suele verse arrastrado a leer unas más, y luego otras más, hasta continuar a veces hasta el final. Lo mismo sucede con ciertas películas: uno zapea y en algún canal están emitiendo Con la muerte en los talones, Centauros del desierto o ¡Qué bello es vivir!, y pese a sabérselas de memoria, es muy raro que no se sienta tentado a permanecer allí, con los ojos y el entendimiento cautivos. Algo hay siempre que lo sorprende, o que había olvidado, o sencillamente desea asistir una vez más a la más perfecta representación.

Pero es que además, a medida que pasa el tiempo y esas obras se alejan de nuestra contemporaneidad, descubrimos en ellas cosas que en su día nos parecían “normales” y que hoy ya no lo son. Y por tanto las vemos como si fueran extrañas y hubiera que “descifrarlas” desde la tan distinta mirada de nuestros días. Hace poco me sucedió con El hombre tranquilo, de John Ford y de 1952. Es una de mis películas favoritas (como de tantísimos aficionados al cine), e incluso recuerdo haberla elegido para hablar de ella en no sé qué festival de Burdeos, hará no menos de dos decenios. La he visto incontables veces desde la infancia, pero tanto da. La pasaban en una televisión y no pude evitar quedarme hasta el término del episodio o escena en que el azar me situó: John Wayne y Maureen O’Hara han obtenido por fin permiso para iniciar su cortejo con carabina –el inolvidable Barry Fitzgerald, casamentero oficial de Innisfree–. Montan en un calesín guiado por éste, obligados a darse la espalda; Fitzgerald los autoriza a bajarse y caminar el uno al lado del otro, sin tocarse; al ver un tándem estacionado, lo cogen y escapan en él, para estar a solas; llegan a un cementerio, y cuando van a besarse se desata una tormenta que asusta a la mujer; se resguardan como pueden, el hombre se quita la chaqueta para cubrirla, se le empapa la camisa blanca, y entonces se besan de veras por primera vez. Lo llamativo es la expresión, la mirada que a continuación se le queda a Wayne. Estoy convencido de que es el actor que mejor ha sabido mirar en el cine, sobre todo a las órdenes de Ford: en un solo plano, uno entiende lo que le pasa, y lo que le pasa no son cosas ni sentimientos simples, sino complejos y matizados. Su pena no suele ser pena sin mezcla; su odio no es odio sin mezcla; su indignación no es primaria, su espanto es profundo. Es alguien capaz de saber –y de transmitir– que hay un antes y un después, que a partir de un momento, o una experiencia, o unas palabras, nada será ya lo mismo, empezando por su personaje.

Lo normal, lo convencional en una escena amorosa, tras un primer beso, es que quienes la protagonizan estén exultantes de felicidad o bien sigan besándose con entusiasmo o lascivia crecientes, según. Eso no ocurre en El hombre tranquilo. Wayne abraza a O’Hara y vuelve el rostro, no hacia la cámara pero sí hacia el frente. Y su mirada parece en primera instancia de tristeza, de lástima incluso. Claro está que no lo es. En seguida uno comprende el matiz: es seriedad, gravedad, acaso responsabilidad, como si se estuviera diciendo: “Ay, ahora estoy vinculado. Es lo que deseo, pero ha llegado y ya no hay vuelta atrás. Me quedaré junto a esta mujer, no le fallaré, la querré y la cuidaré. Le daré la mejor vida que pueda y a eso dedicaré mi existencia. No sólo a eso, pero eso estará por encima de todo lo demás. Y le seré incondicional”. Ya en 1952 debía de ser infrecuente ver una reacción así en la pantalla o en la realidad. Los enamorados recientes tienden a ser ligeros y se ven llevados en volandas por el entusiasmo o la pasión, y “no hacen más que ocultarse mutuamente su destino”, como escribió Rilke con penetración. En la realidad no es más raro que hace sesenta años, yo creo, pero sí en la novela o el cine, sí en el mundo representado, como si en él sólo se admitiera estar de vuelta de todo. Raro es contemplar hoy en él a quien se siente vinculado o atrapado –en el mejor sentido de esta palabra– por su propia convicción, por su disposición a no fallar, por la responsabilidad que no puede exigírsele pero que uno adquiere hacia otro por su cuenta y riesgo y su voluntad. Raro es quien se hace el propósito de ser incondicional y piensa, quizá como Wayne bajo esa tormenta: “Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de marzo de 2014. Voracidad y lloriqueo

Muchos jóvenes lo ignoran y muchos que no lo son lo recuerdan difusamente: durante el franquismo no había declaración de la renta, y así bastantes creían que no pagaban impuestos. Claro está que los había: los indirectos eran legión, numerosas empresas eran estatales (Telefónica, Tabacalera, Renfe, etc), y lo normal era la apropiación directa e indebida. El sistema era corrupto desde su nacimiento, y por él se regían desde la Jefatura del Estado (ya saben cuántas cosas se “regalaban” a Franco y a su mujer, incluidos pazos gallegos y multitud de collares) hasta la última alcaldía (con excepciones). Por eso, una vez en democracia, costó gran esfuerzo que la población asumiera que debía pagar una cantidad proporcional de sus ganancias para el mantenimiento de la nación. Hubo que hacer campañas publicitarias (“Hacienda somos todos”, la más famosa) para inculcarle a la gente una idea que la mayoría de los países europeos tenía asimilada e interiorizada desde hacía décadas. No fue fácil, y el convencimiento de que era necesario y conveniente contribuir jamás fue completo. Ha habido capas de la sociedad a las que eso ha reventado siempre: individuos insolidarios y predispuestos a la trampa. Pero a medida que se vieron resultados (una sanidad pública ejemplar, una educación universal y digna), el grueso de los ciudadanos se avino, aunque nunca pueda haber entusiasmo a la hora de rascarse el bolsillo. Fue frecuente consolarse pensando: “Si me toca apoquinar tanto, también es porque me ha ido bien este año”. Que los españoles se acostumbraran y lo aceptaran (en la medida en que se logró eso), resultó en todo caso tarea ímproba.

Desde que gobierna el actual Gobierno, si no antes, toda esa paciente labor se ha tirado por la borda. Por un lado, se ha dejado de percibir a la Agencia Tributaria como a un organismo justo, equitativo y honrado. En ella se han producido destituciones turbias y escándalos. Ha aplicado una cómoda amnistía fiscal a los grandes defraudadores, y ha flotado la sensación de que se los premiaba por faltar a sus obligaciones. Ha llevado a cabo arbitrariedades inadmisibles: por poner un solo ejemplo, muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido. Por recurrir a los símiles futbolísticos que tantos entienden, es como si mañana se decidiera que los tiros a los postes son gol, y en función de ese cambio se alteraran los resultados y títulos de las tres últimas temporadas: como el Madrid estrelló cuatro balones en el travesaño en tal y cual encuentro, sumó tres puntos aquí y allá en vez de ninguno, luego fue campeón de Liga en 2013 y no lo fue el Barcelona. Para cualquiera salta a la vista que eso no puede hacerse. Y sin embargo es lo que la Hacienda de Montoro viene haciendo con la chulería y el autoritarismo consustanciales a este sujeto.

Cuando las leyes son abusivas, los ciudadanos empiezan a no sentirse obligados por ellas. Cuando el 62% de la factura de la luz son impuestos; cuando ésta y el agua y el gas están gravados con un IVA del 21%, amén de otras tasas; cuando el Estado cobra si usted coge el metro o un autobús o un taxi; si regala unas flores; si va a hacer la compra; si se toma una cerveza o cena en un restaurante; en suma, cobra de cada transacción que efectuamos, por pequeña que sea. Si además le estamos adelantando dinero –prestándoselo– continuamente mediante el IRPF y los pagos fraccionados; si en junio podemos llegar a entregarle el 53% de nuestros ingresos (si nos ha ido muy bien, claro); si cuando alguien muere, el dinero y las propiedades que deja –y por los que el difunto tributó ya en vida– se los embolsa en alta proporción el Estado (por qué eso es así es algo que jamás entenderé, por mucho que esté establecido); si Hacienda recauda sin respiro y por doquier y por todo concepto, hay un momento en que al ciudadano común no le salen las cuentas. ¿Cómo es que ese mismo Estado devorador lloriquea y se queja de su indigencia? ¿Cómo es que se permite despedir o jubilar a médicos, empobrecer y encarecer la sanidad, subir las tasas universitarias y las judiciales, reducir las becas o su cuantía, abandonar las carreteras al deterioro, reducir las pensiones, fomentar el desempleo, inyectar miles de millones a los bancos que no conceden créditos y ahogan a los comercios, albergar a incontables corruptos y hacer la vista gorda con ellos cuando no protegerlos, gastar sumas demenciales en autopistas que nadie utiliza y aeropuertos sin aviones, en montar “embajadas” superfluas y dejar “palacios” inacabados, de la Justicia o de las Artes, sin que ningún político responda por semejantes despilfarros?

Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan. Entre las mil cosas graves que ha traído este Gobierno, no será la menor haber conseguido que la gente se sienta justificada al consumar un engaño. Con lo que costó convencerla de que había que contribuir, y en particular a las arcas de Hacienda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. La piadosa malevolencia

A raíz de mi columna de hace tres semanas, en la que recordaba el propósito que se hizo mi padre en la infancia de no mentir, y luego hablaba de la irrefrenable tendencia del Partido Popular a faltar a la verdad, un cargo gubernamental me envía una amable carta junto con el librito de un sacerdote que recoge las opiniones del científico Lejeune y de Julián Marías acerca del aborto. En esa columna yo me hacía eco de declaraciones de dirigentes del PP (glosadas por Carlos E. Cué) según las cuales podría haber una estrategia electoral en el Proyecto de Ley que ha preparado Rajoy (dejémonos de historias: ningún ministro hace nada sin su mandato o apoyo) para endurecer la hasta hoy vigente relativa a esa cuestión.

No era el caso ni el tono de la misiva de ese cargo, vaya por delante; sin embargo, involuntariamente, participaba de una de las actitudes que más me irritan y más ruines me parecen y que a menudo he padecido como “argumento” contra mis escritos. En ella han incurrido tanto amistades de mi familia como lectores desconocidos (curas, frecuentemente) como algún que otro articu­­lista. En esencia consiste en “echarme en cara” lo que opinaba mi padre sobre tal o cual asunto, intentando lo que hoy llaman muchos “chantaje emocional”. A veces los que tiran de semejante recurso no se andan por las ramas: “¿Qué habría pensado tu padre de lo que has escrito? Vaya disgusto le habrías dado”. Otros son poco más sutiles: “Al hablar así de la jerarquía eclesiástica, denigras la fe de tus padres”. En fin, gajes de haber tenido un progenitor-figura pública. Pero dicho “argumento” no sólo lo encuentro de gran bajeza moral, muy grave en los sacerdotes, sino extremadamente pueril.

Como es sabido, me llevaba bien con mi padre en conjunto. Lo quería mucho y lo admiraba en bastantes aspectos. Pero también estábamos en desacuerdo en numerosas cuestiones, y yo no se lo ocultaba. Discutimos respetuosa y civilizadamente infinidad de veces. Solía leer mis artículos y yo los suyos, sabíamos lo que cada uno opinaba. De ahí la puerilidad y la mala fe de ese “argumento”. Quienes lo emplean implican que yo me habría callado muchas cosas hasta después de su muerte en 2005; que habría sido deshonesto con él para no disgustarlo o decepcionarlo, o aún peor, para “protegerme” de su desaprobación. Ahí están las hemerotecas para desmentir tal asunción. Quienes recurren a eso me merecen el mayor desprecio, por mezquinos, mendaces y sin escrúpulos. Insisto en que no era ese el tono de la carta del cargo gubernamental.

Estoy al cabo de la calle de lo que pensaba mi padre sobre el aborto. Él era católico practicante, y además había nacido en 1914 (este año habría cumplido un siglo de edad). En sus últimos tiempos su catolicismo fue a más, y también su “conservadurismo”. Son esos tiempos los que interesan a los curas y a los políticos que se están “apropiando” de su figura; como si el resto de su larga trayectoria no contara o hubiera sido borrada. Durante décadas padeció la hostilidad de esa Iglesia a la que, pese a todo, pertenecía; no digamos la de los políticos franquistas (a los que tanto se parecen e imitan los que lo “reivindican” ahora), que le hicieron la vida imposible. Bien, para él el aborto era una monstruosidad y un horror. Para mí era y es, asimismo, un horror, y me alegro infinito de no haberme visto involucrado nunca en ello. La única vez que me vinieron con una falsa alarma, la mujer, una estadounidense, habló de tener el hipotético niño y darlo en adopción. Le anuncié en seguida que me lo quedaría yo, aunque me llegara con una gorra de baseball ya encasquetada desde su nacimiento, y un chicle en el paladar.

Para las mujeres que optan por esa medida ­–salvo descerebradas–, me consta que es igualmente un horror, algo que jamás toman a la ligera, que les deja indeleble huella y a veces no escasos problemas de conciencia. Pero es su conciencia la que debe bregar con su decisión, no el Estado mediante leyes crueles, inspiradas en la doctrina de la Iglesia. Para ésta todo aborto es un asesinato, en cualquier fase y circunstancia y supuesto. También hubo curas, en el pasado, que se empeñaban en inyectarles el bautismo a los fetos para cristianizarlos desde su concepción… Para el resto de la sociedad la cuestión no está nada clara, y sí lo está, en cambio, que constituye sadismo obligar a dar a luz a una criatura que no va a sobrevivir o que estará condenada a una existencia de padecimientos, operaciones sin fin, graves malformaciones que la harán maldecir cada hora de su precaria vida. Con la agravante de que el actual Gobierno dice “proteger” al no nacido, pero se desentenderá de ese ser en cuanto haya nacido: ya no hay ayudas a la “dependencia”, ni sanidad cabalmente pública.

“Proteger” a lo que es sólo un embrión, y desamparar al niño y al adulto resultantes, es algo sólo comprensible desde la malevolencia, el dogmatismo de una confesión, el ansia de castigar lo que esa confesión reprueba. Para mí, en todo caso, no es lo mismo interrumpir algo iniciado que evitar su inicio. Y sin embargo esa Iglesia condena igualmente las precauciones y los anticonceptivos, no lo olvidemos. Ningún Gobierno puede legislar al mero dictado de una religión hierática, desoyendo las dudas y la conciencia de los ciudadanos. A no ser que se trate de un Gobierno islamista, claro está, que no entiende ni acepta la separación entre Iglesia y Estado. Sin la que no hay democracia que valga, desde hace ya más de dos siglos. Eso es lo que retrocedemos, se dice pronto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2014. Un mundo más triste y más lerdo

Algunas cosas son “así” desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones. Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (“La cultura ha de ser gratis; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero”), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara. Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno? Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones…, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem.

He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone. ¿Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria? Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son “propiedades” en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda “adquirirse” sino creado por quienes las conciben y realizan. Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación. Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni –ojo– por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales “versiones” o “adaptaciones” de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas. Tan sólo se ven emparejadas –si acaso– con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie: las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así. Hasta cierto punto es comprensible. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita. Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.

Si lo que inventan los artistas es tan descomunal y valioso que a sus herederos se les enajena por fuerza, a fin de que alcance a todos sin excepción, resulta contradictorio que a esos artistas se los trate en vida tan mal como se los trata hoy, y más aún por parte de un Gobierno iletrado y bárbaro como el actual de España. Si lo que hacen es, o puede llegar a ser, tan extraordinario y enriquecedor que se impide que quede en manos privadas indefinidamente –repito, a diferencia de lo demás–, ¿cómo es que no son una especie protegida a la que se cuida? La mayoría sentimos una gratitud profunda hacia Cervantes y Shakespeare, Beethoven y Mozart, y pensamos que si estuvieran aquí los abrazaríamos, les rogaríamos que escribieran o compusieran más e intentaríamos facilitárselo al máximo. “Por favor, no paguen impuestos”, les diríamos, por ejemplo, “que ya nos pagarán con creces con sus creaciones. Déjennos alguna más”. Claro que es imposible saber, en el presente, cuáles de nuestros contemporáneos seguirán siendo leídos al cabo de cuatro o dos siglos, cuáles beneficiarán de veras a la humanidad futura. Sin embargo, y por si las moscas, resulta que todas las obras, hasta las pésimas, están sujetas a la misma “condena”: no poder ser heredadas más que durante un tiempo determinado. En vista de lo cual, y lejos de otorgárseles a sus creadores algunas compensaciones y facilidades, la tendencia actual es a expoliarlos ya en vida, a privarlos de sus derechos o reducírselos, a tenerlos por unos caraduras y por individuos privilegiados (!). Shakespeare y Cervantes, Beethoven y Mozart, Velázquez y Caravaggio también tenían que pagar sus facturas, y la lista de genios que pasaron penurias es interminable. Hoy nos entristece que Van Gogh no vendiera un cuadro, que Cervantes y Dickens visitaran la cárcel y se llenaran de deudas, habiendo hecho tanto por nosotros. De haber vivido en una época como la actual, en la que además es fácil esquilmarles sus escasas ganancias con impunidad, es probable que hubieran abandonado pinceles y pluma, acuciados por la necesidad. Y que, como me decía ese lector airado, hubieran debido dedicarse a otros menesteres para procurarse el sustento. No me cabe duda de que, a cambio de haber satisfecho esa demanda de “cultura gratis”, el mundo sería hoy mucho más ignorante, más pobre, más triste y más lerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2014. Almanya

Una persona muy querida y de cuyo juicio me fío me regaló unos DVDs que supuso que no tendría. Esta vez no hube de pagar aduanas, aunque sin duda estamos cerca de que Rajoy y Montoro graven los presentes que nos hacemos unos a otros. De hecho –imagino que lo saben–, si ustedes les dan a sus sobrinos o hijos un dinerillo sin informar a la rabiosa Hacienda y sin que los chicos tributen por él, ya están incumpliendo las abusivas leyes que no se entiende cómo toleramos. De una de esas películas no había oído ni hablar y lo más probable es que jamás la hubiera visto. Hoy la crítica está más deslumbrada que nunca por los “ademanes de genialidad”, por quienes entregan espantos pretenciosos y solemnes, “transgresores” en apariencia, imbecilidades grandilocuentes. Y así se premia y ensalza hasta el infinito a gente malasombra y vacua como Haneke, Von Trier, el último Malick o Sorrentino, responsable de esa cataplasma enfática, La grande bellezza, ante la que babean tantos. Así que no es de extrañar que Almanya. Bienvenido a Alemania, de la turco-alemana Yasemin Samdereli, haya pasado inadvertida, o lo suficiente para que no me hubiera enterado de su existencia.

Es una película demasiado “menor” en sus pretensiones. Carece de alardes de originalidad y de posturas sublimes. Gran parte de su metraje se ve con agrado y simpatía y una sonrisa leve (ni siquiera busca la carcajada). Todo en exceso modesto para verle sus virtudes. Cuenta la historia de una familia de inmigrantes turcos a Alemania, en los años sesenta, con la llegada de los padres y los hijos aún pequeños, y en la actualidad, con los progenitores ya ancianos y los vástagos adultos, más o menos integrados. Tampoco “denuncia” nada: ni el racismo de la sociedad de acogida ni terribles condiciones laborales. Más bien presenta una situación de relativa armonía y agradecimiento mutuo entre las dos comunidades. Eso sí, sin adulación ni empalago: a los inmigrantes nadie les ha regalado nada. Tiene toda la pinta de ser un relato autobiográfico. El guión es de la directora y su hermana, cuentan la historia de sus padres o abuelos, originarios de Anatolia. Una historia como millares de otras, sencilla y sin truculencias ni aspavientos. Hay un niño de ojos muy expresivos, ya alemán de nacimiento y nieto de los inmigrantes, a través de cuya curiosidad se contemplan las dos épocas, la actual y los años sesenta. Es al niño al que se le va contando el pasado, poco a poco, para que entienda.

En la parte final (no creo reventársela a nadie, no hay misterios ni suspense, ni “giros sorprendentes”, otra de las tonterías a que los directores y guionistas de hoy están abonados) se produce una muerte natural y apacible. Eso es todo. Pero a partir de entonces Almanya adquiere un tono de emoción elegante y tenue, en absoluto subrayada ni “explotada” con trucos de mala ley, que pocas películas del siglo XXI me han transmitido. El muerto, como era de esperar, es el abuelo, el inmigrante originario, que vuelve de vacaciones al pueblo en que nació con toda la familia, poco después de haber adoptado la nacionalidad alemana. Y en su entierro hay una brevísima escena especialmente conmovedora. La cámara va pasando por todos los personajes, “desdoblados”: se ve a la viuda ya anciana sosteniendo la mano de la joven que fue, “secuestrada” para poderse casar con quien ya no existe; se ve a los hijos y a la hija adultos con las manos sobre los hombros de los niños que fueron, y que hemos conocido en los flashbacks, a su llegada al nuevo país, con su estupor ante las costumbres de sus empleadores o anfitriones. Todos lloran o rezan silenciosamente, con contención, sin excesos.

Es una panorámica tan sólo, la escena no dura nada. La idea no será ni original, no me atrevo a decir que no se haya hecho eso antes. Da lo mismo: muestra con sobriedad lo que nos ocurre a todos cuando perdemos a alguien de nuestra vida: los recuerdos se agolpan, el tiempo se comprime, de pronto no hay distancia entre el presente y el pasado. Y el adulto de ahora compadece y “protege” al antiguo joven o niño, al que no habría soportado la idea de ver morir a los padres; y, a su vez, el niño al que eso no le pasó compadece y “protege” al adulto que es ahora, al fin y al cabo el que está sufriendo la pérdida. Cuando ya puede encajarla, si es que eso puede encajarse. Bueno, sabemos que sí, en apariencia al menos. Pero en el fondo resulta incomprensible que sea posible seguir sin quienes constituían desde siempre el mundo, el de cada uno. Que no se paren todos los relojes, como dice el poema de Auden popularizado por otra película, Cuatro bodas y un funeral, hace años. La voz de otra nieta, joven, termina recitando la respuesta de “un sabio” a la pregunta “Quiénes o qué somos”. (He buscado si la cita es auténtica: sólo he encontrado algo vagamente reminiscente en Teilhard de Chardin, el filósofo y teólogo.) He aquí la respuesta, según los subtítulos: “Somos la suma de todos los que nos precedieron, de todo lo que fue antes que nosotros, de todo lo que hemos visto. Somos toda persona o cosa cuya existencia nos ha influido y a la que hemos influido. Somos todo lo que ocurre cuando ya no existimos, y todo lo que no habría sido si no hubiéramos existido”. Verdadera o inventada, no está mal para terminar una película tan serena, delicada, emotiva y modesta como para que casi nadie le haya hecho mucho caso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2014. Juro no decir nunca la verdad

Recuerdo haberle oído decir a mi padre –y además lo contó en sus memorias, Una vida presente– que, siendo aún bastante niño, se hizo el firme propósito de no mentir jamás. Le parecía algo tan indigno y tan sucio que se lo prohibió, pese a que los niños suelen estar muy necesitados de mentir. Presumía de haber cumplido la palabra que a sí mismo se había dado, lo cual veo improbable a lo largo de los noventa y un años que vivió, pero no soy quién para llevarle la contraria, ni lo sería nadie, claro está. De lo que no dudo es de la seriedad de su objetivo infantil, y por tanto estoy seguro de que, si mintió en ocasiones, debió hacerlo à contrecœur, violentándose y a sabiendas de que eso era impropio de él. Debió evitarlo lo más que pudo, en todo caso. Si uno se convence de antemano de que quiere o no quiere hacer algo, le costará más contravenirse, y hasta puede que el arraigo de su intención acabe impidiéndole apartarse de ella en cualesquiera tiempo y lugar.

¿Qué sucede en el supuesto contrario? Es decir, ¿en el de alguien que se traza como modelo de conducta mentir y engañar? En principio no parece fácil hacerse semejante propósito, y sin embargo da la impresión de que hay individuos tan acostumbrados al embuste que les resulta imposible incurrir en la verdad, ni siquiera como excepción. Todavía más llamativo es que existan colectivos entregados al engaño sistemático y perpetuo, como si no imaginaran otro modo de relación. Tales colectivos los encontramos sobre todo en el mundo de la política, en el que un empeño como el de mi padre sería impensable, inhabilitaría al que lo tuviera para entrar en él. De hecho se da por descontado que todos los políticos mienten y engañan, y que no les queda más remedio. En consecuencia, se les presupone y acepta un alto grado de falsedad: va en el oficio. Pero en España tenemos desde hace años un caso malévolo, precisamente el del partido que nos gobierna en la actualidad.

Hay un redactor de El País cuyas crónicas no suelo perderme, Carlos E. Cué. Es el encargado, infiero, de indagar e informar sobre las interioridades de dicha formación. A menudo se ve obligado a callar los nombres de quienes se confían a él: “Dice un dirigente…”, “Opina un veterano diputado…”, son las fórmulas habituales. Su crónica del pasado 6 de enero no tenía desperdicio. Si damos su contenido por cierto, el PP, con su proyecto de ley del aborto, que muchos consideran inoportuno, contraproducente y erróneo, está tratando de halagar al núcleo de sus votantes de extremísima derecha radical (dado que Rajoy y sus ministros ya son de extrema derecha cuasirradical), a fin de que se movilice y acuda a las urnas en las elecciones europeas de mayo, comicios en los que se produce siempre una elevadísima abstención.

Pero lo más probable es que, una vez conseguidos esos votos de los ultracatólicos y nostálgicos de Franco, la mencionada ley sufra modificaciones, se suavice y renuncie a prohibir la interrupción del embarazo cuando hay grave malformación del feto. Es decir, se estaría engañando a esos votantes extremistas para que estén contentos hasta la fecha de las europeas, y después no importaría enojarlos. Daría lo mismo que se sintieran defraudados, porque su voto útil ya estaría depositado en las urnas y no tendría vuelta atrás. Según Cué, “un miembro de la cúpula” le ha reconocido: “Está claro que esta ley se ha hecho para gustar a una parte poco relevante de nuestro electorado. El resultado de las europeas nos mostrará si esa estrategia acertó”.

El PP se inició en el engaño y la mentira –al menos de manera flagrante– en 2003, con sus probadas falacias sobre Sadam Husein y la Guerra de Irak. A partir de ahí ya vivió en eso, con la apoteosis de las falsedades sobre los atentados del 11-M, que le costaron el gobierno en 2004. Lejos de aprender la lección y enmendarse, parece un partido que se hubiera hecho el propósito contrario al de mi padre: “Vamos a mentir siempre, incluso a los más nuestros”. Algo enfermizo.

Uno entiende que el último programa electoral de Rajoy consistiera en un cúmulo de embustes. “Crearemos empleo; no tocaremos las pensiones; no subiremos los impuestos; habrá sanidad y educación públicas al alcance de todos; mi niña cursi gozará de libertades y derechos, vivirá en un país siempre mejor, etc”. Bien, con todo eso se pretendía convencer –y se convenció: mayoría absoluta– a los indecisos, a los crédulos, a los ingenuos y al electorado “de centro”; al que vota según las circunstancias, al que no es muy militante, a la gente normal.

Uno no aprueba, pero entiende que a esos se los procure engañar. Lo que ya no le entra en la cabeza es que se intente lo mismo con los adeptos, con los fieles y fervorosos, con los incondicionales. “Vamos a camelar a estos con leyes franquistas y represivas para que cierren filas en mayo y nos voten en las europeas, y luego les vendremos con las rebajas y la decepción; si se enfadan, ya se nos ocurrirá más adelante otra trampa, andamos sobrados de ellas”. Sólo se concibe tal actitud en quienes están tan instalados en la mentira que en verdad no saben relacionarse de otra forma con nadie, ni siquiera con ellos mismos. Como si, al revés que mi padre de niño, hubieran desarrollado tal aversión a la verdad que se hubieran hecho el juramento demente de no decir ni una jamás, así los aspen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de febrero de 2014. Un matrimonio invisible y encantador

No los conozco ni los he visto ni en foto, a Hubert y a Merry, pero cada Navidad se me hacen presentes con el envío de un gran paquete lleno de variados y estrafalarios regalos, a los que correspondo como puedo, con algún libro mío traducido al inglés. Me adjuntan siempre una cariñosa tarjeta que encabezan de la misma manera: “Dear King Xavier”, es decir, “Querido Rey Xavier”, y son una herencia del anterior Rey de Redonda, Jon Wynne-Tyson o Juan II, que abdicó en mi favor allá por 1997, si no recuerdo mal. (No las pongo para no recargar este texto, pero todas esas palabras, “Rey”, “abdicar” y demás, deben imaginarse entre comillas.) Algunos lectores conocerán la leyenda de ese Reino medio real y medio fantasmagórico, a la vez geográfico y literario (la isla existe), que no se hereda por la sangre sino por las Letras. Los que no, y tengan curiosidad, encontrarán abundante y contradictoria información al respecto en Internet, incluida no poca que me tildará de impostor. Hubert y Merry pertenecían a la corte de Wynne-Tyson, y, al saber de la sucesión (no olviden las comillas, por favor), empezaron a felicitarme las Pascuas con generosidad e impecable sentido de la lealtad dinástica.

isla (1)No sé apenas nada de este matrimonio norteamericano. Sólo que antes vivían en California y ahora en Texas. Quizá por la edad del propio Wynne-Tyson, que este año cumplirá noventa, me los imagino mayores, apacibles y jubilados, con tiempo para escoger los regalitos que me envían puntualmente, envolverlos con esmero uno a uno, llenar la caja y llevar ésta a Correos en diciembre. Les agradezco sobremanera el detalle y la gentileza, pero cada vez me quedo más perplejo con los contenidos de su paquete. Me pregunto si me echarán una edad muy distinta de la que tengo o me creerán rodeado de niños, porque nunca faltan algunos juguetes originales. La mayoría de los objetos, sin embargo, son cosas “útiles”, sobre todo para un montañista, un espeleólogo o un explorador: imaginativas linternas y lamparillas, una diminuta dinamo para recargar el móvil manualmente, a falta de enchufes, alguna prenda (llamémoslas así) que me provoca estupor: una toalla, una manta, un mantel, una camisola que me quedaría inmensa. Estas Navidades apareció una sudadera de forro polar, con su capucha y de color rojo rabioso, tal vez indicada para viajar a Alaska o hacer alpinismo, no lo sé. Antes de buscarle un destinatario (mi sobrino Gabriel es escalador, y le han sido adjudicados varios obsequios de Hubert y Merry), no crean que no me la probé a ver si podía sacarle partido o lucirla por las calles de Madrid. Con la capucha calada como si fuera Bruce Willis –alguien lo ha convencido de lo mucho que lo favorece este aditamento, por la frecuencia con que en sus películas aparece con él–, me miré al espejo: vi un cruce entre Caperucita Roja y el Yeti que me desaconsejó honrar la prenda personalmente, no sin dolor de mi corazón.

Recuerdo que en el primer envío, hace ya más de un decenio, venían varios objetos de una “Fundación Richard Nixon”, que debía de tener su sede en la misma población en que Hubert y Merry vivían entonces. No fue Nixon un Presidente agradable: hubo de dimitir por mentiroso empedernido, extravagante como suena eso en nuestro país. Pero bueno. Había una gorra azul marino con larga visera que ponía “Commander in Chief”, y también resultaba visible el oprobioso nombre. A diferencia de la sudadera escarlata, la gorra sentaba muy bien, así que se la pasé a Carme, más atrevida que yo, quien se la encasquetó ufana en más de una ocasión, convencida además –con razón– de que le quedaba “de fábula”. Luego, por desgracia, se la robaron o la perdió.

Este diciembre también han llegado una “lámpara de fibra óptica” que al parecer derrama colores; un par de paquetes de pilas para encenderla, imagino; un boli de un equipo de baloncesto texano; otra linterna de incomprensible diseño; un punto de libro en el que se ve caminar a una osa y a sus dos crías cuando se lo mueve; una bola de nieve cuyo cristal se había roto en el viaje, con una sillita de director de cine y un cartel que reza “Hollywood”, donde no ha debido de nevar jamás; un “mango con punta de dos lados” que no tengo idea de para qué sirve ni qué es. Siempre hay algo cuya utilidad ignoro, aunque todo tiene pinta de ser muy ingenioso. Esta vez, sin embargo, Correos me amargó el paquete. No se sabe por qué (cuando llegó yo estaba fuera y fue Juliana, la portera, quien lo recogió), el cartero exigió el pago de 25 euros por él. ¿Aduana? No sé: la lista de los contenidos, en una hoja rellenada por Hubert y Merry, señalaba que su valor total ascendía a la módica cantidad de 41 dólares. Y además eran regalos, no una compra que yo hubiera hecho.

Bueno, ya se sabe que Rajoy y Montoro nos sacan el dinero a espuertas con enfermiza avidez (en la televisión ya les veo este signo en los ojos: $, no falla). Así que les he dicho a Hubert y a Merry que el año próximo me conformo con su afectuosa tarjeta navideña. No vale la pena que unos jubilados lejanos y amables me dediquen tiempo y dinero para que su gentileza me cueste a mí dinero también, y se lo embolse Rajoy. Ya lo ven, este Gobierno está decidido a que renunciemos a todo, incluso a los estrafalarios y bondadosos regalos de ese matrimonio encantador.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de febrero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 26 de enero de 2014. Entre el ridículo y la mansedumbre

Algunos lectores saben que cada dos por tres me pregunto qué diablos llevo haciendo tanto tiempo en esta última página de El País Semanal. Pero hay dos fechas al año en que de veras me planteo dejarla: una es cuando acaba el “curso” en julio y me tomo mi asueto de agosto; la otra es enero, por aquello de los buenos propósitos. Entre los míos siempre se cuenta, durante unos días y en forma de duda, el de callarme de una vez. Y a cada enero la tentación es más fuerte, aunque sólo sea por la acumulación del cansancio (a los once años aquí hay que sumar los ocho anteriores en que también escribí cada domingo en otro lugar; luego diecinueve en total). Además, ya lo decía hace poco la carta publicada de un lector tan amable que incluso me llamaba “Don Javier”: “… es como si predicase en el desierto; parece que nadie le hace el menor caso…” Bueno, sería pretencioso aspirar a lo contrario, supongo, pero la constatación lo lleva a uno a preguntarse –y a extender la pregunta a todos los demás escritores y columnistas–: “¿Qué pretendemos, entonces? ¿Distraer, acompañar en la indignación, consolar, halagar, desahogarnos, amargar el desayuno a algunos políticos, financieros, empresarios, jueces?”

Tampoco ayudan a proseguir las declaraciones que leo de un novelista que aprecio, el cual, interrogado por el papel de los intelectuales ante las actuales crisis, responde: “No tienen ningún papel. Es ridículo pensar que sí, que pueden influir en nada. Seamos sinceros: el poder es poder porque no cuenta con nadie. Por tanto, todo el que desde un lateral intente influir es ridículo. El escritor libre, el que no está relacionado con una opción política, no influye”. Y remata así: “Lo que digo es que, si el alcalde dice que hay que hacer el puente, el puente se hace. Digan lo que digan los intelectuales”. En esto último no me cabe duda de que lo asiste la razón, y aún habría que añadir: “Digan lo que digan los ciudadanos”. Esa es la manera en que se ejerce normalmente el poder en España en la actualidad –puro caciquismo–, y más si se posee mayoría absoluta. ¿O no salta a la vista que es la forma de gobernar del PP, de CiU, del PNV, del PSOE, con distintos grados? ¿No es evidente que Rajoy se dijo, al ganar las elecciones: “Dispongo de cuatro años para hacer lo que me dé la gana. No me importa incumplir mis promesas y engañar, me trae sin cuidado a quién dañe y a cuántos, el perjuicio irreversible que cause a mi país. Voy a poner España a mi gusto y al de los míos, en contra de la opinión de los médicos, los profesores, estudiantes y rectores, los jueces y fiscales, los pensionistas, los trabajadores, las clases medias, los pequeños empresarios, los artistas, los científicos, los investigadores, los parados, los dependientes, las mujeres y no digamos los intelectuales. Ya se me ocurrirá un nuevo fraude, cuando toque volver a votar”?

Respecto a las otras afirmaciones de ese novelista, uno no quiere pensarlo, pero no puede evitar pensarlo un poco, de refilón: ¿acaso no suenan a autojustificación? Puesto que es ridículo creer que desempeñamos algún papel, lo es también pronunciarse, acusar a los corruptos y a los sin escrúpulos y a los dañinos, denunciar los abusos y las injusticias y las canalladas, tratar de abrir los ojos a quienes los tienen cerrados, procurar que la gente repare en lo que se le ha pasado por alto, argumentar contra las arbitrariedades, señalar las prácticas dictatoriales ejercidas en democracia (las hay, y de ellas vengo hablando hace meses), protestar contra las nuevas leyes que privan de derechos y libertades, advertir del deslizamiento hacia formas despóticas de gobernar. Lo aconsejable –y también lo más cómodo– es no caer en ese ridículo, o bien dejar de ser “escritor libre” y ponerse al servicio de “una opción política” determinada. Es decir, convertirse en peón, alfil o torre de un partido, única vía para “influir”. No por intelectual, se entiende, sino por infiltrado: por formar parte del aparato y del engranaje.

¿Servimos de algo o somos efectivamente ridículos? ¿Deberíamos continuar o guardar silencio? Son dudas reales, no retóricas, ojo: no descarto que ese reputado novelista esté en lo cierto. Claro que luego hay otros a los que, para realzarse, les conviene faltar a la verdad y asegurar que ninguno de sus colegas ha estado a la altura. Si hablamos caemos en el ridículo, y si no, nos portamos como cobardes e incurrimos en mansedumbre. Yo carezco de respuesta a este dilema, y además sería parte interesada. Admito que tal vez no influimos y que nuestros pataleos son estériles. Pero de una cosa estoy seguro: ay si ni siquiera existiésemos, si nadie dijera nunca nada, si no incomodáramos e hiciéramos rabiar un poco a los políticos que nos acogotan y que además quieren aplausos. La única prueba que veo de nuestra no absoluta inutilidad es que esos políticos, que desde luego no nos hacen caso y se encogen de hombros ante nuestros griteríos, preferirían a buen seguro que desapareciésemos. Que no llamáramos la atención de quienes se molestan en leernos, ni los hiciéramos pensar, o mirar lo que pasa desde otro punto de vista del impuesto por los gobernantes, todos los días, con las televisiones a sus pies. Que no señaláramos sus abusos y sus imbecilidades, su cinismo y su desfachatez, sus razonamientos grotescos que ya no tratan ni de adecentar. Ay si además de ocurrir cuanto ocurre, uno abriera los periódicos y no se encontrara en ellos más que asentimiento e indiferencia y silencio, solamente por temor al ridículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de enero de 2014

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2014. Pequeño comentario de texto

Hay énfasis que delatan, rotundidades que llevan a no creer a quien incurre en ellas. Cuando alguien subraya demasiado, tengo tendencia a pensar que está mintiendo. Cuando repite la misma frase tres veces, como suelen hacer tantos políticos, aumenta mi convencimiento de que la triple afirmación o negación es una falsedad palmaria. Claro que no es una regla, uno puede equivocarse. Es sólo una impresión, y rara vez se puede comprobar lo acertado o equivocado de ella. Ciertos énfasis, sin embargo, son tan retorcidos e inauditos que merecen un pequeño comentario de texto. Esperanza Aguirre respondió el mes pasado –bueno, es un decir–, por escrito y en calidad de testigo, a 300 preguntas relacionadas con la trama Gürtel, que durante su presidencia logró la concesión de casi todos los actos de la Comunidad de Madrid y ganó muchísimo dinero. Tanto que al parecer le pagaba un 10% de mordida a Alberto López Viejo, viceconsejero de Presidencia y luego consejero de Deportes durante años. El hombre no perdonaba un “evento”. Cito de este diario: “Cobraba por todo. Daba igual el importe o de qué fuera el acto. Así, llegó a cobrar por la organización en 2005 del primer aniversario de los atentados del 11-M (2.848,27 euros) o por la del décimo del asesinato de Gregorio Ordóñez (127,10)… Y no había cantidad pequeña ni grande (10,51 por aquí, 27.995,16 por allí)”. Se calcula que se embolsó más de 282.000 por 257 (!) mordidas madrileñas. Claro que esto es nada al lado de los 5,6 millones de euros que acumuló en cinco años, así repartidos: 2,3 millones en 2002; 399.000 en 2003; 79.000 en 2006; 115.000 en 2007; 2,77 millones en 2008. Como diputado y cargo público, dependiendo de los ejercicios, declaraba unos ingresos de entre 61.000 y 103.000 euros anuales.

El individuo está imputado por su implicación en el presunto cobro de comisiones ilegales (la verdad, no extraña), y a Esperanza Aguirre se le preguntó por él (tampoco extraña). Y he aquí la respuesta de la ex-Presidenta, digna de análisis: “No era en absoluto hombre de mi total confianza”. Les ruego que la relean y se fijen en el absurdo que entraña. Lo normal habría sido decir una de tres: a) “No era de mi confianza” (pero entonces no se entendería que lo recuperara para su Gobierno, tras haberse caído del de Gallardón en el Ayuntamiento); b) “No era en absoluto de mi confianza” (pero aún sería más incongruente su debilidad por él); c) “No era de mi total confianza” (lo cual indicaría que se la tenía tan sólo parcial o relativa). Lo que Aguirre dijo es un contrasentido, una idiotez. Para evitar las inferencias que acabo de mencionar, recurre a una doble exageración o doble énfasis: “No era en absoluto de mi total confianza”. Contradicción en los términos: si López viejo no era de su total confianza, se deduce que alguna le merecía, por fuerza; ese en absoluto, por tanto, niega lo que ella afirma. No es posible tener una confianza parcial en alguien y a la vez no tenerla en absoluto. “En absoluto era total”, es lo que viene a decir la señora. ¿Y qué diablos era, entonces?

Pero veamos qué más declaró sobre su ex-viceconsejero y ex-consejero. Que ella no lo nombró, sino “el Consejo de Gobierno” (presidido por ella). Y añadió: “Yo no lo puse en la lista. Yo no lo incorporé”. Tampoco despachó “nunca” con él la organización de ningún acto. Una vez estallado el escándalo, le pidió que le aclarase si el Grupo Correa se estaba llevando todos los contratos de “eventos” de la Comunidad. “Yo no prohibí nada”, reconoció. “Llamé a López Viejo a mi despacho y le pregunté: ‘¿Es esto cierto?’ y él: ‘No, Presidenta. Muy al principio de llegar aquí se les encargó algo, pero ya nada. Ahora se les encargan los actos a…’, y me da una serie de nombres”. Y ella –subrayó– le creyó. (No olviden que “algo” fueron por lo menos 257 mordidas.) ¿Esperanza Aguirre una crédula, una prima, una pardilla? No sé yo. Y eso pese a que el sujeto no era en absoluto de su confianza. Ah, no, perdón: … de su total confianza. Lo raro es que, según El Mundo en 2009 (un diario casi incondicional de ella; los subrayados son míos), López Viejo “fue rescatado por Aguirre, que, tras investigarlo, decidió meterlo en sus listas a las elecciones. Desde entonces se convirtió en uno de sus hombres fuertes… Las acusaciones de irregularidades dejaron finalmente a López Viejo sin una consejería propia, como tenía pensado para él Aguirre, que lo nombró viceconsejero de Presidencia. Llevaba la agenda de Aguirre y hacía las veces de su guardaespaldas –algún que otro periodista se llevó algún empellón suyo–… En 2007 lo nombró consejero de Deportes, una cartera de nuevo cuño sin competencias, pero que le dio notoriedad al salir fotografiado con deportistas de élite”. Ustedes dirán quién ha mentido, si los diarios o Aguirre ante el juez Ruz, y por escrito (“Yo no lo nombré, no lo incorporé, no lo puse en la lista”).

Creo que hace muchos años crucé un par de cartas con López Viejo, cuando era Concejal de Limpieza Urbana y Desarrollo en la alcaldía de su mentor Álvarez del Manzano, a la que llegó en 1999. Tendría que buscar las suyas (¿quizá otro día?), pero recuerdo que las chorradas con que contestó a una protesta mía fueron tales que lo “fiché” ya como caradura y cantamañanas, indigno de la menor confianza. Curioso que, tras investigarlo y todo, Esperanza Aguirre llevara a sujeto tan transparente a su equipo y le creyera, pese a no ser en absoluto de su total confianza. Claro que sí lo era parcialmente,… y vuelta a empezar con el sinsentido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2014