LA ZONA FANTASMA. 21 de diciembre de 2014. ‘Diccionario Penal’

A raíz de la nueva edición del Diccionario de la RAE (la 23ª), han arreciado las protestas por parte de colectivos e individuos. Unas, porque no se ha suprimido o modificado tal o cual acepción de una palabra; otras, porque se ha añadido alguna, atendiendo a su vigencia entre los hablantes; las de más allá, porque se han incorporado vocablos aquí inauditos, olvidando que son frecuentes en países que comparten con nosotros la lengua: por ejemplo, “amigovio”, el cual, por desafortunado que en mi opinión resulte, se emplea en la Argentina, México, el Uruguay y el Paraguay. Muchas quejas son ya antiguas y simplemente se redoblan, cada vez con mayor intolerancia, como corresponde a nuestros tiempos. Los judíos se enfurecen por el mantenimiento de “judiada”, que está en los clásicos; los gitanos se manifiestan ante la sede de la Academia exigiendo que desaparezca la acepción “trapacero”, sin tener en cuenta que también se recoge la elogiosa “que tiene arte y gracia para ganarse las voluntades de otros”; los enfermos de cáncer juzgan denigrante el siguiente sentido: “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”, como en la frase “la corrupción es el cáncer de la democracia”; las asociaciones de autismo se indignan ante esto: “dicho de una persona: encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”, como en “Rajoy gobierna en plan autista”. Como los aquejados de cretinismo son ya menos que antaño, no me consta que se hayan encolerizado por el significado “estupidez, idiotez, falta de talento”, ya longevo. Pero, puestos a ser susceptibles, el número de ofendidos podría ser incontable.

Los frailes podrían soliviantarse porque “frailuno” sea “propio de fraile”, aunque se señale que es término despectivo; los jesuitas porque “jesuítico” quiera decir: “dicho del comportamiento: hipócrita, disimulado”; los lagartos –si pudieran– de que la forma masculina pueda ser “ladrón del campo” y la femenina “prostituta”; las ratas de que figure su nombre para “persona despreciable”, al igual que los perros, a los que se añade el agravio de que “perra” sea también “puta”, lo mismo que las vacas inglesas por uno de los sentidos de “cow”. Aunque los animales no puedan, todo se andará: oiremos clamar al cielo a sus exaltados “defensores”, que pedirán la eliminación de estas ofensas. No entro en las reivindicaciones supuestamente feministas (en realidad pacatas, la mayoría), por demasiado abundantes y ya vetustas.

Uno se pregunta qué es lo que estos colectivos e individuos furiosos no entienden de lo que es tan fácil de entender. El DRAE no “sanciona”, no “legaliza”, no “da carta de naturaleza”, no “autoriza” a utilizar un vocablo, no señala lo que es admisible o inadmisible, entre otras razones porque no tiene poder para ello. La gente habla y escribe como le da la gana, y al hacerlo le trae sin cuidado lo que incluya o diga el Diccionario. Éste no “faculta” ni “impide”, tampoco castiga ni multa, ni siquiera reprende a nadie, todo eso está fuera de sus atribuciones. El DRAE es neutro, es un mero recipiente, un registro de lo que los hablantes deciden emplear libre y espontáneamente (eso sí, de forma mayoritaria y duradera). Cuando un uso arraiga, o figura en textos importantes, al Diccionario no le queda sino recogerlo. Da lo mismo que un término sea obsceno, desagradable, peyorativo, despreciativo, ofensivo, incluso racista. De sus existencia y vigencia no hay que culpar a las Academias, sino a los hablantes, y lo que todos esos colectivos olvidan es que los hablantes son libres para bien y para mal, y que lo último que le corresponde a un diccionario es ejercer la censura.

¿Por qué habría que hacer más caso a los autistas o a los judíos que a los jesuitas o a los puritanos? Estos últimos se sienten ofendidos por la presencia de “follar”, “polla” o “coño”, que antiguamente estaban ausentes. ¿Sería hoy esto aceptable? No, a todas luces: el Diccionario sería tildado, con motivo, de censor y mojigato. Y es justamente ese espíritu, el censor, el que anima a quienes protestan: cada cual quiere que se supriman –es decir, se prohíban– los vocablos que siente agraviosos. Si subrayo este último verbo es porque cada quejoso o indignado habla desde su subjetividad, y como éstas son infinitas, también lo serían las podas. Los que denuestan el Diccionario son enemigos de la libertad y autoritarios, aspiran a la prohibición y sujeción del habla, y además creen, erróneamente, que la censura del DRAE acabaría con el uso de las acepciones que los enojan, como si esa obra fuera una especie de Policía o de Código Penal capacitada para llevar a la cárcel a los infractores, a quienes se valieran de términos no consignados en ella. ¿Tan difícil es de entender lo ya expresado? El DRAE no impone nada, no puede; tampoco veta nada, no puede; a lo sumo orienta, guía, recomienda o desaconseja. Está a merced de lo que los hablantes deciden, y éstos son libres, mal que les pese a muchos con vocación dictatorial. Un solo ejemplo inocuo: etimológicamente, deberíamos haber dicho “crocodilo”, y a ello obedecieron el inglés y el francés “crocodile” y el alemán “Krokodil”. A españoles e italianos se nos antojó que el nombre fuera “cocodrilo” y “coccodrillo”, y así fue y seguramente será hasta que nuestras lenguas desaparezcan. Para lo cual no falta mucho, dicho sea de paso, pero esa es otra historia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de diciembre de 2014

‘Así empieza lo malo’, mejor libro del año

Vídeo

Así empieza lo malo en la voz de Marías
Vídeo de Paula Casado

20141220babeliaBig“Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida”

“Mi cardiólogo me va a reñir por salir fumando en las fotos”, dice Javier Marías en su casa de Madrid, la ciudad en la que nació en septiembre de 1951. Su cardiólogo es el doctor José Manuel Vidal, convertido en personaje de Así empieza lo malo (Alfaguara), la novela elegida por los críticos de Babelia como mejor libro de 2014. La elección, cuenta, le ha sorprendido. “Por dos razones. Una, porque este año ha sido excepcional en cuanto a libros importantes de escritores importantes: Marsé, Muñoz Molina, Landero, Cercas, Luis Mateo Díez, Gimferrer en poesía, Ferrer Lerín, Guelbenzu… No los he leído todos pero alguno mejor tiene que haber. La segunda, porque cada nueva novela la escribo más a tientas y con menos fe. Además, me sorprende que al cabo de 43 años de publicar mi primera novela todavía pueda seguir vigente lo que hago, cuando todo cansa tan rápidamente. De mí debe de estar la gente aburrida”. Cuando se le pide que señale su particular libro del año se decanta por la poesía de Mark Strand, el escritor estadounidense fallecido el mes pasado al que conoció cuando este se trasladó a Madrid. “La poesía”, dice el novelista, “me sigue pareciendo la más alta expresión literaria posible”.

PREGUNTA. ¿Qué ha sido lo más extravagante que ha oído sobre la novela desde que se publicó en septiembre?

RESPUESTA. En una firma de ejemplares una señora me dijo que estaba indignada con el comportamiento de un personaje. Otra le respondió: “Es que el marido…”. Supongo que es bueno que el lector se meta en una novela lo suficiente como para que las vicisitudes de los personajes le sean motivo de aprobación o de indignación. Me sorprende por el tipo de novela que yo hago, que no es de técnica realista, pero me agrada, claro. El mayor elogio que se le puede hacer a una novela es hablar de sus personajes como si fueran personas reales.

P. ¿Por qué sucede?

R. No sé. Yo he intentado poner en esta lo que a mí me interesa de las novelas: ambigüedad moral, pros y contras en los actos de los personajes… Sin juicios por parte del narrador y menos aún del autor. Supongo que ninguno de los personajes sale limpio del todo. Quiero que en mis novelas haya la misma ambigüedad que en el mundo. Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida. No sé si esa identificación del lector es extravagante, pero me sorprende.

P. Sobre todo teniendo en cuenta que en la novela hay personajes reales como Francisco Rico. ¿Dan más trabajo ellos o los de ficción?

R. Tanto el profesor Rico como el doctor Vidal son personajes reales ficcionalizados, evidentemente. No se puede pretender que el profesor de la novela sea el mismo que el verdadero, que está en su casa no sé haciendo qué, según él estudiando y creando cosas incomparables, y probablemente es así porque efectivamente tiene cosas incomparables [ríe]. Todos los personajes tienen algo de realidad, y siempre hay algo de uno mismo en todos ellos. Yo tiendo a poner cosas mías en los más desagradables. A veces son meros detalles. Otra persona que vino a esa firma me habló del pastillero con brújula que lleva un personaje y le dije: “Es este [lo saca del bolsillo], fue de un escritor”.

Fotos. Bernardo Pérez

Fotos. Bernardo Pérez

P. ¿De quién?

R. De Norman Douglas. Un inglés que vivía en Capri, gay, muy bon vivant y refinado. Lo compré porque me hizo gracia que fuera suyo y porque yo siempre digo que lo que hago al escribir es errar con brújula.

P. Los enamoramientos partía de un hecho real que le contó una amiga. ¿De dónde parte Así empieza lo malo?

R. No lo tengo claro. No fue una frase, ni una imagen. Tenía interés en hablar de algunos temas. En la novela hay una dimensión colectiva, política, que procuré que estuviera en segundo plano y entreverada con las historias personales porque si no las dimensiones políticas de las novelas no funcionan. En esta hay temas que son frecuentes en mis libros: la imposibilidad de saber del todo nada a ciencia cierta; la conveniencia de contar las cosas o no, la conveniencia de saberlas o no, las consecuencias de contar algo en un momento de arrebato…

P. La novela remite a la posguerra, sucede en 1980 y se cuenta desde la actualidad. ¿Tuvo presente el debate sobre la memoria histórica y la Transición?

R. Sí, al principio hay un capítulo breve, explicativo, sobre la situación en 1980. No quería ser didáctico, pero pensé que no molestaba. Hay mucha gente que ya no sabe cómo eran las cosas entonces.

P. ¿Y cómo eran?

R. Mucha gente echa pestes de la Transición y dice que es la culpable de todo lo que pasa ahora. Demuestra una ignorancia absoluta. En la Transición se hicieron muchas concesiones, pero no había más remedio. La gente ha olvidado que el Ejército, como se vio en 1981, seguía siendo más bien franquista. Pedir responsabilidades habría sido imposible. Con todo y con eso y con las renuncias que eso implica —da rabia porque hay gente que salió impune de cosas horrendas en la guerra y la posguerra—, de la Transición salió, si no el país ideal, uno que se parecía a los demás. Los causantes de los males actuales son los políticos actuales y la sociedad actual en buena medida, no la Transición. La Transición no fue perfecta ni muchísimo menos, pero fue buena, lo único que se podía hacer sin llegar a un enfrentamiento que nadie quería.

P. ¿Tendría sentido hacer ahora lo que no se hizo en la Transición?

R. Lo vería particularmente absurdo porque la mayoría de los responsables del franquismo han muerto. Distinto es que no se puedan contar las cosas. Tal vez se dijo en exceso: no pidamos cuentas. Y tampoco se contó nada. Me parece bien que no se llevara a nadie al banquillo, pero no que no se sepa lo que hizo cada uno.

P. ¿Cómo era usted en 1980?

R. Tenía más años de los que tiene el narrador de mi novela. Él tiene 23, yo tenía 29. Había publicado ya tres libros. El tercero, El monarca del tiempo , es de 1978. Hoy lo encuentro bastante absurdo. Hay alguna parte del libro que me gusta, pero en conjunto, no. ¿1980? Estaba muy desconcertado. Había empezado a publicar tan joven, a los 19 años, y lo normal es que un novelista tenga poco que contar a los 19 años. Tenía poco vivido y poca visión de nada.

P. En 1979 le dieron el Premio Nacional de Traducción pero hace dos años rechazó el de Narrativa por Los enamoramientos. ¿En 1979 no se planteó rechazarlo?

R. En aquel momento no dudé. Traducir el Tristram Shandy había supuesto mucho trabajo, algo un poco suicida. Son esas cosas que se hacen con la inconsciencia de la juventud. Cuando miro atrás, veo las dificultades del libro y que lo hice con 25 o 26 años, pienso: qué atrevimiento. Ahora no lo haría. En su día me alegró ese premio, pero eran otros tiempos. No había ningún motivo para rechazarlo. Estábamos con la democracia recién inaugurada y mi postura hacia no recibir nada del Estado —ni premios, ni invitaciones, ni viajes— no era la que tengo desde hace 20 años.

P. Por entonces se decía de usted que no parecía un escritor español.

R. Fue un sambenito que duró años. Bastantes colegas o críticos decían: “Sus novelas parecen traducidas del inglés” o “mal traducidas del inglés”, directamente. Hasta Umbral, que me llamó…

P. Angloaburrido.

R. Anglosajonijodido. Neologismo feo y poco logrado [ríe]. Lo decía gente de la generación anterior a la mía que me acusaba de ser un escritor inglés camuflado.

P. ¿Qué pensaba cuando lo oía?

R. Me sorprendía: siempre he escrito en español y además soy de Chamberí. Más de Madrid no puedo ser. Tal vez se basaban en que yo y otros de mi generación habíamos tenido una actitud beligerante hacia la tradición heredada. Los escritores trataron de apartarse de la literatura social, que había sido la imperante. La reacción de los que se daban por aludidos también fue beligerante. Es normal que cada generación se rebele contra la anterior. Supongo que ahora habrá gente de treinta y pocos años que echará pestes de nosotros. Me parece normal.

P. ¿Que echen pestes?

R. Sí, cuando en el año 1989 le dieron a Cela el Premio Nobel me pidieron unas declaraciones y dije que me parecía la peor noticia posible para la literatura española que se premiara a esas alturas un tipo de literatura que veíamos como un tanto caduca e impostada. Reconociendo que Cela había hecho por lo menos dos buenas novelas al principio, nos parecía que llevaba mucho tiempo sin hacer nada que valiera la pena. Había entonces mucho defensor de Cela y me gané muchas enemistades. Era un sacrilegio. Si ahora alguien dijera algo similar de cualquiera de mi generación no podríamos quejarnos porque también nosotros lo hicimos, con mayor o menor justicia. En el caso de Cela no me desdigo, pero puede que en el caso de otros autores fuéramos injustos.

P. ¿Por ejemplo?

R. Juan Marsé. No creo que contra él hubiera nunca beligerancia, pero digamos que en aquellos años setenta no lo teníamos en mucho. Luego nos hemos dado cuenta de que es un grandísimo escritor y que fuimos injustos en aquel momento.

P. ¿Y de la tradición? El Muriel de su novela critica a Galdós, igual que Benet.

R. Hay un guiño, sí. A Galdós le reconozco que tiene talento para muchas cosas, pero en conjunto… Tiene una novela muy buena que no es de las más leídas, El amigo manso. Pero en su obra hay cosas que me ponen de los nervios.

P. ¿Qué le pone nervioso de Galdós?

R. Algunos diálogos casi dan vergüenza ajena. Tenía mucho talento novelesco y sabía cómo armar una novela, pero tiene unos desfallecimientos estilísticos brutales.

P. ¿Qué autores le interesan?

R. Valle-Inclán me parece un escritor enorme. También Clarín. Y a Baroja lo leo con gusto siempre. Le tengo admiración.

P. ¿Y de la tradición latinoamericana? Suele decirse que fue un revulsivo, pero no sé si usted lo vivió así de joven.

R. Leí y leo con admiración a Rulfo y a García Márquez y a Vargas Llosa. A Cortázar no, excepto los cuentos. Rayuela nunca me gustó. Soy un gran entusiasta de [Horacio] Quiroga, por ejemplo. Onetti también me gusta. Leyéndolos comprobabas lo que se ha dicho tanto: que el español podía ser menos rígido, más libre y más rico de lo que la tradición reciente de la literatura española parecía consentir.

P. En sus artículos es muy crítico con lo español. ¿Qué le gusta de España?

R. Que la gente es desprendida y tiene cierta alegría de vivir, cierta despreocupación, cierta confianza en que las cosas no se estropean del todo aunque pinten mal. Ahora llevamos unos años en que eso es más difícil de mantener. La gente tenía poco dinero y era capaz de gastárselo en pagar una ronda a los amigos. En otros países no lo he visto. A veces todo lo contrario, he visto mezquindad en lo monetario.

P. Por escrito parece estar siempre a la que salta, enfadado.

R. El mero hecho de que uno se moleste en escribir criticando algo indica cierta ingenuidad y optimismo, porque uno lo hace con el afán iluso de que algo mejore.

P. También es crítico con la crítica literaria. En un artículo fue muy duro, sin ir más lejos, con la que se publica en Babelia.

R. La crítica ha ido perdiendo influencia. En parte debido a nuevas costumbres. Probablemente la existencia de Internet tenga mucho que ver, pero en parte también es culpa de los críticos, si es que se puede generalizar. Siempre hay excepciones. Claro que hay críticos muy buenos y muy ilustrativos. Lo contaba en ese artículo: tenía babelias atrasados y pensaba que encontraría libros de los que no me había enterado y que me iban a atraer. Aunque hubiera muchos elogios, rara vez me incitaba ninguna crítica. En fin, quizá exageré. Pensé: es raro, qué pasa. Quizás ha habido por parte de la crítica cierta dejación de sus funciones, quizás hay muchas que no suenan del todo sinceras, quizás otras son rutinarias. Otras están llenas de elogios pero los elogios, a mí, que soy perro viejo, me suenan huecos. Esa sensación tuve. Mi intención no era ofender a nadie. A lo mejor lo hice al escribir ese artículo y, bueno, me disculpo porque uno siempre es injusto cuando generaliza, y hay excepciones, sin duda.

P. ¿Qué le ha pasado a la crítica?

R. Que ha perdido la fe en sí misma, la fe en —la palabra no es muy simpática— educar al lector; en orientarlo, que suena menos desagradable. Esa falta de confianza en sus propias capacidades se ha convertido en un bumerán. La prueba más fehaciente es que, así como en los años setenta podía influir muy favorablemente en el destino de un libro, sobre todo de un autor que no fuese conocido, hoy eso pasa muy rara vez. Hay una especie de desconfianza o de desdén hacia la crítica. Soy el primero en lamentarlo. No es un género que me parezca baladí. Es un género como cualquier otro y ha tenido exponentes de primera fila.

P. ¿Y no hay cierta tendencia a tomar las críticas como ofensas personales?

R. Eso es una desgracia, pero en parte sucede porque a veces ha sido así. Tengo 63 años y quizás no otra cosa, pero creo que tengo cierta capacidad para detectar cosas en un texto. A veces leo una frase en una novela y digo: esto no va a ningún lado. Tal vez sea injusto, pero es el defecto de hacerse mayor, que uno se hace resabiado. Eso se nota en las críticas. A veces notas que al crítico le ha gustado más de lo que está diciendo. Y a la inversa. A veces los elogios son impostados. Muchos críticos han utilizado su podercito para no ser del todo sinceros.

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País, Babelia, 20 de diciembre de 2014

Ilustraciones. Fernando Vicente

Ilustraciones. Fernando Vicente

1. Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara

2. El impostor. Javier Cercas. Literatura Random House

3. José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus

4. Un hombre enamorado (Mi lucha II).Karl Ove Knausgård. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Anagrama

5. Días de mi vida (Vida I). Juan Ramón Jiménez. Pre-Textos

6. Hasta aquí. Wislawa Szymborska. Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby

7. La hierba de las noches. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama

8. El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets

9. Diccionario de la lengua española. RAE. Espasa

10.Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral

AELM

Las obras destacadas por géneros

Las votaciones de los críticos

‘Así empieza lo malo': Yo perdono, tú perdonas, nosotros NO perdonamos…

francesco-giuseppe-casanova-a-man-on-horseback-in-elegant-costume,-others-beyondReconoce Javier Marías que tiene un estilo muy definido y una serie de temas que aparecen con frecuencia en sus novelas. Es cierto. Pero eso no quiere decir que sea un escritor que se repita, ni mucho menos. ¿Diría alguien que Scorsese se repite, por ejemplo, en su cine? Y, sin embargo, ahí están algunas de sus obras maestras, con temas recurrentes que aborda de muchas y variadas formas.

Así empieza lo malo de Javier Marías. El símil no es casual: a veces, quien esto escribe se ha regocijado en su asiento con las películas del neoyorquino, sabiendo que tenía ante sus ojos cine en estado puro y a la vez una trama apasionante y absorbente. Lo mismo, aplicado a la literatura, encontrará el lector en esta nueva novela de Javier Marías, la número 12 de su ya dilatada carrera. La historia, que se desarrolla en el Madrid de 1980, comienza cuando el cineasta Muriel encarga al joven De Vere –imposible no ver en él a veces al otrora joven Marías- que investigue a un amigo suyo, el Doctor Jorge Van Vechten, de cuyo indecente comportamiento en el pasado le han llegado rumores. Esta trama se mezclará con la historia, íntima y secreta, de un matrimonio infeliz, el formado por Muriel y su esposa, Beatriz. Todo ello dará pie al autor a reflexionar sobre cosas como el perdón y su arbitrariedad, sobre el rencor, sobre la conveniencia de saber la verdad o de decirla… y también sobre el deseo, pues estamos ante una de sus obras con mayor carga erótica –si no la que más-. También ante una de las más redondas: tiene Marías una técnica que domina a la perfección; tanto, que puede saltársela cuando le da la gana y como le da la gana.

En el libro también se abordan temas como el olvido que se dio en la Transición, y el autor se atreve a contar historias sin nombres ni apellidos pero tristemente reales, como la del infame médico que ya apareció en uno de sus cuentos desde otro ángulo bien distinto. Y todo ello lo hace con una carga de profundidad, o de conocimiento, que provoca el deseo de perderse entre sus páginas un poco más, unas horas más, para saber más de los demás y de nosotros. Y que nadie espere prosa solemne o envarada. Al contrario: el humor, aún más que otras veces, está presente en muchas de sus páginas. Cuando aparece el profesor Rico, por ejemplo, otro ‘viejo’ personaje de Marías, es imposible no reírse. Y mucho. Pero predominan más los otros momentos con toques shakesperianos, y no sólo por el título (Así empieza lo malo). De todos ellos, me quedo con el personaje del cuadro y con el origen de la desdicha del matrimonio, que tanto me ha despertado el deseo de releer a Edith Wharton. Un origen que se presta a intensas discusiones y que es perfectamente coherente con la postura del personaje masculino, pero que en cambio hace más extraña su falta de culpa después, siendo éste el único pero que yo le encuentro a esta novela inteligente y perturbadora.

LOLA CE

Público, 18 de diciembre de 2014

Firma en la FNAC

large_firma_de_javier_marias

El próximo miércoles, 17 de diciembre, Javier Marías estará en la Fnac de Callao (Preciados 28, Madrid), desde las 19, 30 h. hasta las 21,00 h., firmando ejemplares de su última novela Así empieza lo malo y del resto de su obra.

LA ZONA FANTASMA. 14 de diciembre de 2014. ‘Siempre tarde y con olvido’

Es sabido que este es un país deliberadamente desmemoriado, por la cuenta que le trae. También que es un país de extremos, y que muchos de sus habitantes pasan de uno a otro sin efectuar el recorrido, sin que los veamos desplazarse. Están en un lugar y de pronto en el contrario, sin explicaciones, sin evolución, sin proceso. Fueron numerosos los falangistas que de golpe pasaron a ser comunistas, y algunos de éstos se tornaron, luego, repentinamente anticomunistas y a veces de extrema derecha. No han sido escasos los castristas acérrimos convertidos por arte de magia en furibundos anticastristas. También ha habido quien ha sido Vicepresidente de un gobernante y después se ha autoerigido en la voz más crítica de ese mismo gobernante (la desmemoria y el cambalache de extremos se los contagiamos a Latinoamérica).

Ha habido casos en los que sí se ha asistido al trayecto, y eso ha dado verosimilitud al cambio: etarras de verdad arrepentidos (pocos, pero algunos), que al menos no se han puesto a la cabeza de manifestaciones anti-ETA ni han negado su pasado: lo han asumido, han reconocido su equivocación, han lamentado el daño causado. Pero estos casos son los menos: no les quepa duda de que aquí a unos años veremos a exacerbados independentistas catalanes de hoy negar que jamás hayan querido un Estado soberano e incluso abominar de las esteladas. Y verán cómo casi nadie se atreverá a recordarles sus exabruptos de ahora. Al fin y al cabo hay costumbre de contar lo que se antoje y de que nada sea desmentido: los independentistas actuales han tenido el cuajo de exhibir los retratos de Casals, Vázquez Montalbán, Candel, Camín o Antoni Gutiérrez junto al lema “Voto por ti” (se sobreentendía: “que estás muerto y puedes ser manipulado”). Ni Casals (que siempre se firmó Pablo y no Pau), ni Montalbán, ni Candel ni los otros se puede asegurar que hubieran estado a favor de la secesión de Cataluña, más bien se intuye que se habrían opuesto. Imposible saberlo. Pero la absoluta falta de escrúpulos de los actuales dirigentes pasa por encima de eso: como no pueden protestar por la utilización tendenciosa de sus rostros y nombres, se los convierte en acólitos póstumos de Mas y Junqueras, con el permiso de sus respectivas, frívolas familias.

Pero no son sólo los individuos quienes dan saltos acrobáticos, también las colectividades. Ahora hay un clamor contra la corrupción, y bien está que así sea. Hace sólo tres años, sin embargo, a la mayoría de los españoles eso les traía sin cuidado (basta comparar las encuestas sobre las “mayores preocupaciones” de entonces y ahora). Y además no era raro que se admirase y envidiase al corrupto, al “listo”, al “pícaro”, y parte de la población aspiraba a verse en una situación o en un puesto que le permitiera corromperse y sacar ella también tajada. El PP mantuvo con gran aplomo que el hecho de que sospechosos y aun acusados formaran parte de sus listas y salieran elegidos, venía a exonerarlos. Si la gente los votaba pese a los terribles indicios, eso significaba que los absolvía de antemano; los jueces debían retirar sus imputaciones a los aclamados en las urnas. Ahora oigo hablar del perjuicio infligido a los marbellíes por ese trío folklórico que está en la cárcel, pero esos mismos marbellíes adoraron masivamente, durante años, al más folklórico predecesor Gil y Gil, que nunca pareció cabal, honrado ni limpio: ya había cumplido tiempo en prisión como responsable de una catástrofe con numerosos muertos. Entonces eso carecía de importancia. Es muy posible que los ciudadanos que hoy gritan “Chorizos” a los condenados los vitorearan hace unos años.

Las contradicciones no se perciben, es otra de nuestras características. Uno puede no robar ni sisar nada, pero recibir dinero de Gobiernos de los que recibir cualquier cosa es ya una forma de mancharse las manos. A mí, al menos, no me parecería aceptable que me pagaran –como les ocurre a algunos que se proclaman “puros” y sermonean– una televisión financiada por el régimen iraní, o el Gobierno chavista, o el actual Israel, o la Cuba de los Castro (o la autoridad palestina, dicho sea de paso). Irán ya se sabe qué trato da a las mujeres y en general a sus sometidos súbditos; la Venezuela de Chávez y hoy de Maduro es una dictadura de facto: aún hay caraduras que sostienen que no es así, que allí se ganan elecciones, como si éstas no estuvieran controladas y como si no fueran posibles las dictaduras de caciques votados (Hitler es el ejemplo clásico, aunque no el único); Israel lleva lustros devastando y asesinando con desproporción absoluta, lo mismo que los palestinos (dentro de sus más modestos medios). Ese tipo de corrupción –quién lo contrata a uno, quién le paga, de quién acepta un premio, para quién trabaja uno (y por tanto a quién beneficia)–, de momento no existe para los españoles. Acaban de descubrir la otra, la más flagrante e hiriente, y me temo que solamente porque padecen una crisis económica que vuelve a la gente susceptible. De no haberla, lo más probable es que la corrupción siguiera ocupando un irrelevante puesto entre las preocupaciones nacionales, y que muchos de los indignados de hoy estuvieran haciendo cola a ver si les caía algún maletín o sobre. Y puede que dentro de bastantes años se escandalicen de los que ponen su talento, propaganda o saber al servicio de regímenes podridos, opresores, teocráticos o totalitarios. España siempre llega a todo tarde y con olvido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de diciembre de 2014

Por alusiones

JM Meulenhoff

MÍNIMA MOLESTIA. Un premio espinoso
IGNACIO ECHEVARRÍA
El Cultural, 28 de noviembre de 2014

AELM

LA PAPELERA

Un año más, el suplemento de libros del New York Times abre el fuego de las listas con su selección de los 10 mejores del año, entre los que figura el libro de relatos de un debutante, Phil Klay; destacan las novelas de Anthony Doerr, Jenny Offill, Lily King, Akhil Sharma, y los ensayos de Roz Chast, Eula Biss, Hermione Lee,Elizabeth Kolbert y Lawrence Wright, mientras que desaparecen algunos clásicos que estaban en la primera selección de 100, como Murakami y Richard Ford. Por cierto, que entre ese centenar no aparecía siquiera un autor español, quizá porque Margaret Jull Costa aún no se ha puesto a traducir la última de Marías.

JUAN PALOMO

El Cultural, 12 de diciembre de 2014

Javier Marías: donde empieza lo malo

large_firma_de_javier_marias

Como en la mayoría de sus novelas, en Así empieza lo malo Javier Marías parte de una frase de Shakespeare, la cual ilumina toda una zona de la experiencia y la condición humana que uno como lector ha tenido siempre en su órbita, pero en la oscuridad; que ha intuido y por eso la reconoce y siente cercana, pero que jamás ha verbalizado.

Quizás entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás”. Estas palabras del acto tercero de Hamlet resuenan al ser subrayadas por Marías, y nos producen una familiar sensación de reconocimiento, de profunda comprensión (“Thus bad begins and worse remains behind”). Esa misteriosa calidez de lo que antes era borroso y de pronto se vuelve diáfano. Como una volátil intuición atrapada por un alfiler.

Esa frase es el postulado inicial de esta intrigante obra en la que el lector, a cada página, desciende un escalón más hacia el fondo o meollo de una oscura historia del pasado que regresa, una vieja culpa que se arrastra en la memoria y que, como la de Lord Jim, alcanza al presente del culpable y de quienes lo saben y asisten o están cerca de él, viviendo sus consecuencias, sumergidos en ellas, algo que tal vez habrían preferido no saber (me disculpe el lector, pero es imposible no caer en el fino lenguaje de Marías para explicarlo), pues el solo eco de esa lejana culpa irrumpe y modifica, echa raíces en otros, contamina con su brazo removedor de aguas que parecían tranquilas y ahora son turbias.

Todo esto en un Madrid de los años ochenta, el de la antigua “movida” y esa inusitada libertad sexual que irrumpió después de la muerte de Franco, tan envidiada por los mayores que crecieron en la España conventual de los años de posguerra. El director de cine Eduardo Muriel, su esposa Beatriz Noguera, el joven De Vere y el médico Van Vechten son los cuatro protagonistas de esta aventura que, al tiempo que indaga y merodea por los subterráneos de la vida, es un homenaje al cine de los años cuarenta y cincuenta.

El erotismo y un cierto aspecto cruel del deseo también pululan en la atmósfera del libro: el rechazo, el sexo vengativo o fanfarrón o grosero, y sobre todo el vértigo de asomarse a las vidas ajenas (por lo general en secreto, como hace el joven De Vere, o por encomienda) para espiarlas y dar cuenta de ellas. Para apropiárselas a través de palabras que las justifican o acusan. Y todo bajo el ojo vigilante de la luna, “centinela y fría”, como dice Marías, con su prosa única, su fraseo genial y su poderosa voz.

Recién publicada en España, un crítico de El País opinó que la novela “decaía por momentos”, algo que, tras haberla leído, me intriga. ¿Cuáles fueron esos momentos? Yo me los perdí. Ese decaimiento nunca llegó a mi lectura. Muy al contrario: pocos textos hay donde las palabras estén tan tensas y aferradas las unas a las otras, donde la lectura sea tan frondosa, donde la coincidencia de la trama, siempre corriendo por delante, nos obligue tanto a seguirla. Habiendo leído toda su obra, creo que Así empieza lo malo es una de las más compactas. Un mecanismo de relojería en donde el lenguaje llega a un nivel de precisión y contundencia del que no tengo ni he tenido noticia en décadas de lector, puede que desde Thomas Bernhard.

SANTIAGO GAMBOA

Prodavinci, 3 de noviembre de 2014

El abismo entre novedad literaria y calidad

marias_apa726

¿De verdad no hay nada nuevo en el universo literario?

[…]

J. A. Masoliver Ródenas, escritor y crítico del suplemento Culturas, de La Vanguardia, es de la opinión de que “para ser buen escritor no hace falta ser un renovador radical. Lo que importa es la dinámica cultural. Y yo con escritores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas y otros estoy más que contento. Y con los escritores de la generación de Robert Coover en Estados Unidos, o con la floreciente narrativa francesa. Bloom es un gran sabio pero, como el españolito de Machado, ‘desprecia cuanto ignora”.

[…]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL/CARLES GELI

El País, 10 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 7 de diciembre de 2014. ‘El Terror de los Austrias’

Hará once meses, en una columna titulada Noches armadas de Reyes, conté que Arturo Pérez-Reverte había adoptado la costumbre de regalarme cada Navidad un arma. Ya expliqué entonces, para que los numerosos pazguatos no se escandalizaran, que se trata de perfectas réplicas y que las pistolas no disparan. (Los cuchillos ya son otra historia y he preferido no someterlos a prueba, no vaya a sajarme un dedo jugando.) Y enumeré la colección atesorada: el bonito casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Isandlwana, en el paso de Jaybar y en otros lugares exóticos, y con el cual en la cabeza me había pillado una periodista extranjera que no pudo evitar preguntarme con sorna: “¿Qué tal se le ha dado hoy la caza del tigre?” Tener en casa tan favorecedores tocados lo invita a uno a encasquetárselos de vez en cuando; luego se pone a sus asuntos –por ejemplo, escribir un artículo– y se olvida de lo que lleva encima, un desastre. La bayoneta de Kalashnikov, el puñal Fairbairn-Sykes, el de marine americano. Y las armas de fuego: un Colt de 1873, una Webley & Scott de 1915 y, en la Navidad pasada, una Luger de 1908 que Arturo me entregó en la Real Academia Española y con la que aterrorizamos a los miembros más rígidos (recuerdo que uno, espantado –ve conspiraciones por doquier, por las muchas malévolas en que participa–, corrió a esconderse bajo su propio sillón de la Sala de Plenos; no sé si pensó que íbamos derechos por él o si nos confundió con anarquistas de principios de siglo, como salidos de una novela de Conrad).

Sin duda para evitarles más alarmas a nuestros colegas, la mayoría gente recia y duradera pero en edad a la que sientan regular los sustos, me llamó el Capitán una tarde, mientras yo estudiaba a Sherlock Holmes, como relaté hace un par de domingos. “¿Vas a estar en casa?”, me preguntó. “Es que tengo algo voluminoso que darte, y no es cuestión de cargar hasta la Academia con ello. Si estás ahí te lo acerco. Ando por tu zona, por los Austrias”. No pensaba moverme, ya que estaba resolviendo un caso, concretamente el del asesinato del propio Holmes a manos de su creador, Conan Doyle. Así que al cabo de diez minutos le abrí la puerta. Le brillaban los ojos como si trajera un tesoro o acabara de hacer un descubrimiento científico, y al hombro cargaba, en efecto, algo alargado y no ligero. Como yo estaba imbuido de Holmes, especulé antes de que abriera la zarrapastrosa bolsa de plástico que envolvía el objeto (probablemente de contrabando). Para entonces ya había comprendido que, pese a mi columna de hacía un año, y a que le había rogado que pusiera término a su escalada armamentística (la colección me estaba haciendo quedar como un belicista sanguinario ante quienes visitan mi piso), no se resistía a seguir armándome, justamente en las fechas en que todo el mundo (aunque de boquilla) se desea paz y buena voluntad y estrellas y bienaventuranza. Temí que se tratara de una bazuca o un mortero. Pero no, con un ademán experto lo que extrajo de la bolsa fue una metralleta Sten que montó en un periquete y que me alargó muy ufano: “Qué, qué te parece. Una Sten, ya sabes, la que utilizaban los comandos aliados en la Segunda Guerra Mundial, la que lanzaban desde el aire a los resistentes y partisanos para combatir a los nazis, la que se encasquilló en el atentado a Heydrich”. “Estás loco”, le dije, pero la verdad es que en seguida le pedí que me enseñara su funcionamiento. Y al poco me regañaba: “La coges mal. Como eres zurdo …” A mí me pareció, por el contrario, que era un arma ideada para zurdos, pues el abultado cargador queda a la izquierda y para un diestro ha de resultar un estorbo. Luego se largó, tan satisfecho como había venido: “Cuéntaselo a Tano, se morirá de envidia y sabrá manejarla. Préstasela”.

En los siguientes días, al bailotear con la Sten en los brazos, vi sobresalto en los ojos de Aurora, que viene a trabajar a casa tres mañanas por semana. No le debe de hacer gracia la escalada. No sé si por temor o por guasa, se despidió llamándome “mi comandante”. Cuando subió Mercedes, que trabaja conmigo otras tres mañanas y que, por una serie de azares, sabe muchísimo ahora de armas, me espetó al ver la pieza: “¿Qué haces con un subfusil desmontable? O no, es más bien pistola ametralladora”, precisó con pedantería. Y a continuación me miró con preocupación profunda: “¿Qué va a ser lo próximo? ¿Un cañón? Te veo por muy mal camino”. Poco después vino a visitarme Carme, que ya me había tildado de Pancho Villa un año antes. “¿Qué, qué vas a tomar al asalto?”, me dijo aguantándose la risa. “¿Los cielos, como esos, o simplemente La Moncloa? ¿O vas a entrenarte primero con El Riojano?” (Pastelería en la que, por cierto, son muy amables conmigo.) Al día siguiente vino un periodista alemán muy competente y simpático, Paul Ingendaay, y nada más ver la Sten alzó los brazos y exclamó: “Me rindo, y me acojo inmediatamente a la Convención de Ginebra”.

Así que ya ven: Arturo sigue empeñado en propiciar mi descrédito ante los que me rodean. No sé si me estoy convirtiendo en su terror o en su hazmerreír. Lo único que me consuela es imaginar cómo deben de ver al Capitán Alatriste sus allegados; porque si yo, sin querer, poseo ya el arsenal mencionado, no quiero ni imaginar cómo tendrá él su casa. Seguro que de los techos cuelgan aviones Messerschmitt y Lancaster, como en el Imperial War Museum de Londres, y que la piscina se la ocupan U-Boote, es decir, submarinos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de diciembre de 2014

El español Javier Marías encanta con su nueva novela

AEM Anuncio cortoLo malo de esta novela no es que empiece, sino que se termine; uno no quisiera salir de ella nunca, es verdaderamente hipnótica. Después de Los enamoramientos (con la que nos enamoró aún más de su narrativa), en Así empieza lo malo, esta nueva, extensa y exquisita novela, volvemos a encontrar a un Marías descomunal y en su cúspide.

Su prosa es impecable, no se lee, sino que se paladea; su humor, agudo, negro y fino, acecha en cada página; la mordacidad con que acomete la psicología y la sexualidad de sus personajes es arrolladora. Hasta pesar inspira Muriel, uno de esos fachos aristocráticos que, muertos Franco y el franquismo, supieron acomodarse y pasar agachados para que nadie les ajustara cuentas. Le encomienda a su joven amigo, de Vere, la misión de espiar a su amiguete de toda la vida, el solapado Doctor Van Vechten, sin sospechar siquiera que este tiene trato más que íntimo con la misma señora de Muriel.

La forma como Marías narra esos encuentros flaubertianos y el efecto sicológico que tienen en el narrador espía pagan la lectura de la novela:

“Me entró pudor, pese a sentirme bastante a cubierto detrás del árbol, me asomaba lo justo, media pupila de nuevo. Ya no era que me diera apuro ser visto, sino que me creaban mala conciencia tanto espionaje y estar viendo lo que veía ahora (…). Sí, sentí vergüenza pero miré y miré el rostro a través de la ventana, casi aplastado contra ella en algún momento –algo de vaho–, a veces es difícil distinguir a qué responde la expresión de una mujer…”.

Marías, más filosófico que nunca, retoma sus temáticas favoritas, esas en las que en su tratamiento ningún novelista de habla hispana lo supera: el engaño (“Vivir en el engaño es fácil y es nuestra condición natural”), el matrimonio (fracasado), la hipocresía religiosa, la gazmoñería burguesa, los sentimientos contradictorios (en realidad es un profundo conocedor o explorador de las emociones y de las pasiones, sobre todo las bajas); las referencias a Shakespeare, que no faltan, y menos cuando el protagonista lleva el apellido del noble al que los ingleses le quieren endilgar la autoría de las obras del Cisne del Avon; el cine, sobre todo el de antes, y, por los laditos, las secuelas del franquismo, pues recuerda el pacto social al que se acogieron víctimas y victimarios con tal de vivir en paz: si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez. El precio es asumible, porque al fin y al cabo tendremos a cambio, si no el país que quisimos tener, uno que se le parecerá.

Cualquiera pensaría que Marías estaría dando un consejo a propósito del actual proceso de paz en Colombia, pero no. Se trata simplemente de la voz de un personaje de una novela que lo que tiene de malo es que al cabo de más de 500 páginas se termina.

JORGE IVÁN PARRA

Tiempo (Colombia), 5 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 30 de noviembre de 2014. ‘Mira lo que hago’

El País

El País

No por sabida la situación, impresionaba menos la fotografía que ilustraba el reportaje de Guillermo Altares del 10 de octubre en este diario: una patulea de sujetos ante La Gioconda, en el Museo del Louvre. El batiburrillo es tal que cuesta individualizarlos y contarlos, pero creo que son unos treinta (más no captaba el objetivo, pero seguro que más había), de los cuales sólo tres se puede asegurar que estén mirando –intentando mirar, mejor dicho– el pequeño cuadro. Mirándolo de veras. El resto está dedicado a hacerle estúpidas fotos con sus estúpidos móviles. Aún habría sido posible una imagen más escalofriante o deprimente, por lo que relataba el reportaje: la de una patulea equivalente dándole la espalda al famoso retrato (no muy atractivo, según mi criterio) para hacerse un selfie en el que se viera a cada visitante con la pintura al fondo, como adorno.Las últimas veces que estuve en esa sala, hace ya años, el panorama era desolador, pero no tanto. La gente se agolpaba ante La Gioconda –no recuerdo si se permitía fotografiarla entonces–, mientras desdeñaba uno o dos cuadros más de Leonardo da Vinci que se hallaban allí mismo, no digamos las maravillas de otros maestros repartidas por el museo. Pero al menos la marabunta no daba la espalda al objeto de veneración superficial, es decir, la “obra maestra” no había pasado a ser un mero escenario, un mero decorado de lo verdaderamente importante: uno mismo.

Es innegable que una de las causas de la imbecilización del mundo es la publicidad; que la humanidad lleve décadas sometida a ella –a un perpetuo bombardeo de ella– ha traído sus consecuencias. Mucha gente quiere ser cada vez más como la gente de ficción (y cretina) de la mayoría de los anuncios televisivos, y éstos han popularizado dos slogans particularmente nefastos: “Yo estuve allí” y “Este es un acontecimiento histórico e irrepetible”. Se considera “acontecimiento histórico” cualquier chorrada; desde la entrada de una tonadillera en la cárcel hasta la primera vez que Messi sale al campo disfrazado de senyera. Y sí, claro, todo es “histórico e irrepetible”, también este trivial momento en que yo escribo este artículo, pero a quién diablos le importa tamaña insignificancia. A cada individuo que presuma de “haber estado allí”, sea “allí” el Camp Nou con Messi vestido de bandera o la caída del Muro de Berlín en su día, habría que contestarle con crueldad merecida: “¿Y? ¿Tuvo usted alguna influencia? ¿Habría dejado de suceder la cosa si se hubiera ausentado? ¿Es usted mejor por haber formado parte de una masa? ¿No sabe que por televisión millones han visto lo mismo y podrían afirmar haber estado también allí, aunque no fuera cierto, y contarlo probablemente con más detalle?” Supongo que para combatir esta última pregunta están los selfies: “He aquí la prueba, véanme con La Gioconda como ornamento, o con el Adán de Miguel Ángel y su dedo”. Pero claro, resulta que la Capilla Sixtina recibe actualmente 22.000 turistas diarios, y nunca hay menos de 2.000 personas allí congregadas, una permanente muchedumbre. ¿Qué más da que esté usted ahí, sin mirar los frescos, si su supuesta “unicidad” la comparten millares a diario?

Todo es raro y contradictorio hoy en día. Demasiada gente ingenua se ha convencido de que cosa que cuelga en las redes (Facebook, Twitter o lo que sea), la va a contemplar el universo mundo, cuando lo más seguro es que pase tan inadvertida como las sesiones de diapositivas a que antaño se sometía a cuatro amistades cuando nuestros padres volvían de un viaje, o como los comentarios que se hacían en el café ante los compinches habituales. La gente está demasiado ocupada colgando sus fotos y lanzando sus tuits para molestarse en ver o leer los de los demás. El lema de nuestro tiempo debería ser: “Cada loco con su tema”, y el único tema –y de todos– es uno mismo. “Mira lo que me voy a comer”, y envían foto de un plato. “Mira dónde estoy”, y envían la de un vertedero o una puerta o la espantosa estatua gigante de una rana en el Paseo de Recoletos (ya hablé de esa afrenta). “Mira con quién estoy”, y arrojan la de un locutor o caricato con los que se han topado en la calle. “Mira lo que estoy viendo”, y ahí van sus selfies ante La Gioconda, proclamando que pueden estar viéndola, pero desde luego no mirándola.

Todo esto recuerda a los niños pequeños que precisan la constante atención de la madre o el padre: “Mamá, mira lo que hago”; “Mira, papá, ahora sin manos”. El niño necesita testigos para asegurarse de que efectivamente está en el mundo y existe (todavía se está acostumbrando a la novedad, y requiere confirmación incesante: ¿verdad que no soy una figuración, pues hago cosas y las veis?). Esa inseguridad inicial solía pasarse, y bastante pronto. Ahora da la impresión de que no se pasa nunca, de que las personas exigen contar con espectadores y espejos de todas sus actividades, hasta de las más vulgares. Un síntoma más de la creciente e inacabable puerilización del mundo. Uno se pregunta a veces si quedan muchos individuos capaces de disfrutar de algo sin ser contemplados en su disfrute. De un paseo, de un paisaje, de una obra maestra pictórica que no sea banalmente célebre, de un edificio o rincón en el que uno fije la vista por su cuenta, sin que se los hayan señalado una página web o una guía. Si queda algo autónomo y que se aprecie en sí mismo, y no como decorado de nuestro insaciable narcisismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de noviembre de 2014

‘Lo malo es bueno porque lo peor ya pasó’

20141119095220152Asi-empieza-lo-malo---caratula

“La verdad es una categoría que se suspende mientras se vive,
es ilusorio ir tras ella, una pérdida de tiempo y una fuente de conflictos, una estupidez.
Y sin embargo no podemos evitar preguntarnos por ella,
al tener la seguridad de que existe”.
J. M.

El último y reciente libro de Javier Marías, Así empieza lo malo, es un compendio de contundentes crudezas en donde el escritor en extensos parlamentos y con una aguda trama consecuente, presenta la veracidad de los hechos y valores de la vida como relativos a la conveniencia, sujetos al vaivén del tiempo y a las circunstancias del momento. Un gran pragmatismo envuelve el mensaje que podría colegirse de este escrito. Lúcido, alarmante, incorrecto políticamente, discutible, pero realista.

La novela parte del supuesto shakesperiano en el que Hamlet aduce “Así empieza lo malo y lo peor quedó atrás”. Esta audaz conjetura implica, en el caso del libro, ignorar el pasado, no hurgarlo ni investigarlo; esa peligrosa caja de Pandora es mejor no abrirla porque se sabe qué se va a encontrar. En aras de una cómoda avenencia y de un avanzar dando vuelta a la página no se indaga, se hace “la sourde oreille”. ¿Para qué indagar sobre algo cuya respuesta se conoce de antemano? ¿Para qué conseguir confirmaciones cuando la incertidumbre y el olvido parecen mejores soluciones que la aclaración? “…al fin y al cabo éstos [los engaños] forman parte del natural fluir de la vida, inconcebible sin sus dosis de falsedad, sin sus equilibrios de verdad y engaño”. Un claudicar en la búsqueda de la verdad en pro de un seguir viviendo sin estorbosas arandelas pretéritas.

La lectura del libro pasa por varias fases, la primera de desconcierto, en donde fácilmente se cree advertir que la narración no va a ningún lugar; el deseo de abandonar la lectura se hace fuerte, pero con creces superable al constatar que se trata de una convocatoria a discurrir sobre temas álgidos. La segunda mitad del libro mostrará al escritor, en poco más de 500 páginas, desarrollando aún más estos temas por boca de sus protagonistas, al tiempo que ata y concentra al lector en una sofisticada trama.

La acción se sitúa en el Madrid de 1980; el periodo de despertar democrático y libertario español, el denominado de Transición que comenzó en 1975 con la muerte de Franco. Y lo hace el escritor a través del cineasta Eduardo Muriel y Beatriz Noguera su esposa, una pareja sumida en la incomprensión y el conflicto conyugal permanente, sin posibilidades de separación puesto que el divorcio en España aún no estaba instituido. Comparten el protagonismo con Juan De Vere de 23 años, y con un reconocido pediatra, el Doctor Van Vechten, ambos muy cercanos de Muriel, el primero por ser su ayudante y el segundo por amigo de larga data.

Utiliza la novela a De Vere como narrador quien desde su edad adulta recuerda los años pasados y en particular la misión que Muriel le encomienda: hacer seguimiento a Van Vechten, ese amigo de oscuro pasado y gran preponderancia durante el régimen franquista. El curso de la investigación llevó a De Vere a conocer detalles nada favorecedores del investigado y que causaron honda huella en el joven. El corazón de la trama se sitúa en esta investigación así como en el involucramiento de De Vere en la conflictiva relación de Eduardo y Beatriz.

Plantea el escritor a través del proceder de los personajes, y en particular del cineasta, dilemas de vida y ética sobre la (in) viabilidad de la fidelidad conyugal y por ende de la monogamia; de la justicia; de la amistad; del olvido de las afrentas; de la adaptabilidad camaleónica de los seres humanos aun ante situaciones que contrarían sus principios; del abuso del poder para extorsionar y obtener inicuos favores; del mantenimiento de la amistad por encima de los propios principios.

Al lector de discernir sobre el pragmatismo que el cineasta predica y aplica y que le permite sobrevivir en un mundo –el de todos los días– que tergiversa verdades e historias reales, que atropella principios, sacrificándolos  y enfilándolos por cauces diferentes al de las “arraigadas” convicciones.

Con el paso del tiempo y la aparición de nuevas circunstancias, de la verdad y los acontecimientos reales solo “restan tanteos y aproximaciones”, “la gente se cuenta los hechos como le conviene y llega a creerse su propia versión, su distorsión”, “ni siquiera el autor de un hecho es capaz de sacarnos de duda, en ocasiones; simplemente ya no está facultado para contar la verdad”, de esto nos advierte Marías.

La praxis nos aterra con su triste verdad: para sobrevivir el ser humano ha de adaptarse a todo, vender sus principios, cambiar de bando, migrar sus convicciones políticas y hasta filosóficas. Y esto no le gusta confesarlo, lo oculta; además de que le da “vergüenza admitir las humillaciones sufridas y los acatamientos impuestos”, oculta el admitir que ha sido víctima, que ha sido sometido a actos de crueldad y que para subsistir ha tenido que rendirse y hacer méritos, congraciarse con el enemigo, con el torturador, que se pliega, pese al daño infligido por el régimen del vencedor. Si bien el ejemplo es dado en el libro con el vencedor franquista, la idea es válida para muchos otros casos, el discurso se vuelve universal. “Al cabo de poco tiempo el grueso de la población fue entusiásticamente franquista, o lo fue mansamente, por temor” y así fue desde el final de la guerra civil (1939) hasta la muerte del dictador (1975).

En este paradigmático libro muchos temas desfilan, entre ellos: la guerra, el poder, el sexo, el (des) amor, el suicidio, pero dos tienen particular cabida: la justicia y la libertad. Sobre la primera, el escritor declara que no existe y menos después de una guerra o un gran conflicto, es de imposible aplicación porque la desborda y asusta la cantidad, la superabundancia de motivos y reos. Un pacto social tácito se establece entre víctimas y opresores para dejar las “cosas así”, sin pedir cuentas. “Si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez”. Triste premisa de horrendo pragmatismo, portadora de resquemores y venganzas privadas, y que concierne a Colombia por estos tiempos.

Más inquietante aún es el tema de la libertad sobre el que escribe: “De lo primero que los ciudadanos con miedo están dispuestos a prescindir es de la libertad. Tanto que a menudo exigen perderla, que se la quiten, no volver a verla ni en pintura, nunca más, y así aclaman a quien va a arrebatársela y después votan por él”. Qué triste constatación y qué enorme advertencia.

Y a título de colofón, percatarnos que el paso del tiempo acaba por desdibujar las acciones haciendo indistinguible, como bien lo indica el escritor: lo bueno y lo malo, el crimen y la heroicidad, la rectitud y el engaño. No sin razón Javier Marías ha sido desde hace ya algún tiempo presentido como el candidato español para la distinción del Nobel.

FERNANDO FERNÁNDEZ

Diario del Huila (Colombia), 19 de noviembre de 20141

LA ZONA FANTASMA. 23 de noviembre de 2014. ‘Tampoco hay que ser Sherlock Holmes’

escanear0001

Por culpa, o más bien gracias a Manuel Rodríguez Rivero, que me involucró en un ciclo de novela, he vuelto a zambullirme en el inagotable mundo de Sherlock Holmes. Hace ya mucho que, cada vez que en una entrevista ligera se me preguntaba qué personaje de ficción habría deseado ser, respondía invariablemente con el nombre del consulting detective de Baker Street, y no creo que mi respuesta fuera hoy distinta. No tiene nada de original; es más, yo creo que casi cualquiera que haya frecuentado sus aventuras, narradas por Watson y escritas por Conan Doyle, preferiría ser él antes que otro héroe o villano: pese a sus muchas manías, a su excentricidad, a su acechante melancolía, a su llevadera afición a la cocaína, a su impertinencia, a su relativa soledad, a su falta de historias amorosas (sin lamento ni añoranza, seguramente), a su frialdad. Pero Holmes, con todo, no es inhumano, ni una mera máquina de cálculo, como alguna vez afirmó de él su creador. Lo vemos vulnerable y eso nos lleva a quererlo; lo vemos risueño a menudo, con sentido del humor y capacidad para burlarse de sí mismo; y al menos en una oportunidad lo vemos “afectado” por una mujer, la mujer, como siempre fue para él Irene Adler, personaje maravillosamente fabulado no en ningún texto sino en el cine, en La vida privada de Sherlock Holmes de Billy Wilder, bajo los rasgos de la olvidada actriz Genevieve Page.

Lo que uno envidia de Holmes es sobre todo su inteligencia y su perspicacia para ver bien y saber, que es a lo que aspiramos muchos en la vida, sobre todo en lo que se refiere a nuestras relaciones con los demás. Como es sabido, el “modelo” de Holmes en la realidad fue –si alguien– el cirujano edimburgués Joseph Bell, profesor de Conan Doyle cuando éste estudió Medicina. A la muerte de Bell, en 1911, el New York Times le dedicó una necrológica titulada “Sherlock Holmes, el original, muerto”. No sé si triste o dichoso destino, ser recordado así. En esa semblanza se recuperaba una anécdota contada por el propio Bell, en la que uno reconoce efectivamente a Holmes: “Mientras ilustraba a mis alumnos, vino una vez un hombre cuyo caso parecía muy sencillo. ‘Sin duda, caballeros’, dije, ‘ha sido soldado de un Regimiento de las Tierras Altas y probablemente miembro de la banda de música’. Señalé su contoneo al andar, característico de los gaiteros; y su corta estatura sugería que, si había estado en el ejército, habría sido en calidad de músico, a los que no se exigía tanta talla como a los combatientes. Pero resultó que era un simple zapatero y que jamás había vestido uniforme. Fue un chasco, pero yo estaba absolutamente seguro de tener razón, así que ordené a dos de mis ayudantes más fuertes que lo llevaran a una habitación contigua y lo hicieran desnudarse. En seguida detecté, bajo su tetilla izquierda, una pequeña D azul marcada a fuego, con la que se estigmatizaba a los desertores en la Guerra de Crimea y después, aunque ahora ya no esté permitido. Por eso el hombre ocultaba su paso por el ejército”.

Sí, quién pudiera averiguar tanto, y al primer golpe de vista. No es fácil saber qué nos deparará nadie, ni el mejor de los amigos. Pero, caramba, en ocasiones no es tan difícil, y uno va aprendiendo con el tiempo. Por poner ejemplos actuales, yo diría que no hace falta ser Sherlock Holmes para llevarse inmediatamente la mano a la cartera al ser presentado a los imputados de la trama Gürtel Correa y El Bigotes. Por si acaso, nada más. Tampoco hay que ser un lince, creo yo, para suponer, nada más verles la expresión y la actitud, que entre las virtudes de Blesa y Bárcenas no se hallaban la modestia ni la solidaridad ni la piedad: salta a la vista que son individuos jactanciosos, despectivos, engreídos, por no decir más. Entre todos nuestros políticos ciegos o torpes, o pardillos a más no poder, la verdad es que Esperanza Aguirre destaca como la anti-Sherlock Holmes, pese a haber estudiado de niña en el Instituto Británico. Nombró para cargos importantes a una legión de aparentes malhechores variados, se rodeó de ellos, les otorgó su confianza.

Tantos han sido (presuntamente) que más bien parecería que hubiera tenido un ojo infalible para reconocerlos y darles poder, como si cada vez se hubiera dicho: “Ah, qué magnífico espécimen de truhán, voy a ficharlo sin dilación”. Pero no; tuvo a Granados a su vera durante años, éste fue su mano derecha o izquierda, hasta le permitía abrocharle la pulsera; y ahora, de pronto, para ella se ha convertido en “este señor”, como si fuera un conocido remoto. Lo mismo con los presuntos López Viejo, Martín Vasco, Sepúlveda, Romero de Tejada o los susodichos Correa y Bigotes, que le organizaban sus kermesses, y tantos más. A su sucesor Ignacio yo no lo veo mucho más prometedor. En fin, uno intenta intuir, fijarse, adivinar. Ella no. Uno se equivoca, no es Holmes ni Bell. Pero qué quieren, por algo ha de guiarse. No logro evitar tener la impresión de que Floriano no es clarividente, de que Montoro sufrió a manos de sus compañeros durante la niñez, de que Rajoy es tan esfinge como aparenta, de que Pablo Iglesias es autoritario y taimado y nada de fiar, de que Carme Forcadell bordea la posesión (no sé si por el espectro de Wifredo el Velloso o por quién), de que Cospedal se asemeja cada día más al retrato de Dorian Gray. Insisto, son sólo impresiones, y ojalá me equivoque con todos. Ya he admitido que, por desgracia, nunca he logrado ser Sherlock Holmes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de noviembre de 2014

‘Armando a Javier Marías’, por Arturo Pérez-Reverte

Tengo una vieja relación de amistad con Javier Marías. Data de hace diecisiete años, siendo vecinos de página en XLSemanal, cuando empezamos a hacernos mutuas alusiones humorísticas que eran seguidas con regocijo por los lectores, y que se convirtieron en habituales después de un texto mío titulado Odio a Javier Marías, motivado por mi indignación cuando uno de mis artículos apareció junto a una página de publicidad que mostraba a un apuesto moro con turbante, mientras que el suyo salía junto a uno de sujetadores de señora, encarnado en un abundante y atractivo escote. Él respondió con otro artículo titulado No aguanto a Pérez-Reverte, y a partir de entonces aquella guasa nos fue acercando cada vez más, y los que antes eran simples lectores uno del otro se convirtieron en amigos.

Después, Javier pasó a escribir sus artículos semanales en el dominical de El País, y allí sigue. Pero la amistad, cuajada en largas charlas sobre películas y libros que amamos, desde John Ford a Joseph Conrad -con incursiones laterales en Senta Berger, Grace Kelly y Ava Gardner-, fue en aumento. Coincidimos después en la Real Academia Española, donde nos sentamos juntos los jueves; y de vez en cuando, al salir, nos vamos a cenar a casa Lucio, en la mesa de siempre. Casi nunca hablamos de literatura; y, desde luego, nunca de literatura actual. A veces dejamos asomarse al otro a la novela que escribe cada cual, aunque para eso él es mucho más hermético que yo. Lo que a menudo sale a relucir son esos libros que ambos leemos y releemos desde que éramos niños, que son realmente el territorio donde, tan distintos como somos, Javier y yo nos reconocemos. Quizá por eso dije alguna vez que nuestra diferencia y afinidad provienen de lo mismo: vimos de pequeños las mismas películas, leímos los mismos tebeos y los mismos libros, pero él quiso escribirlos, y yo vivirlos. Y es ahora cuando nos encontramos de nuevo, cada uno con la mochila bien llena, de vuelta de la isla de sus propios piratas.

El jueves pasado hablamos de la Italia que nos gusta, de Christopher Lee y Billy Wilder, del amor y el trabajo en la madurez, de lo sereno y feliz que lo veo en los últimos tiempos, de la indigencia cultural del presidente Rajoy, de Un escándalo en Bohemia e Irene Adler -la mujer que derrotó a Sherlock Holmes- y de las encarnaduras cinematográficas del detective de Baker Street, del que somos antiguos y cálidos seguidores. «Holmes es el personaje literario que me habría gustado ser», concluyó Javier, brillantes sus ojos al decirlo. Y le conozco ese brillo.

También hablamos sobre la pistola ametralladora británica Sten. Esto último requiere explicaciones complejas, basadas en películas vistas de jovencitos, en libros de guerra y aventuras, en la familiaridad de Javier con lo británico y en su asombroso desconocimiento de las armas y su uso, pues él es un tipo cortés y civilizado, que un día tendrá el Nobel de literatura, y cuya agenda está llena de ex novias y profesores de Oxford -ésa es mi tomadura de pelo habitual-, a diferencia de la mía, donde entre traficantes, mercenarios, proxenetas y criminales figura lo mejor de cada casa. Pero al niño y lector de aventuras que fue Javier se le ve el plumero, entre otras cosas en la magnífica colección de soldaditos de plomo que tiene en su estudio. Así que hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa. Así que pasé a mayores, regalándole el Colt Pacemaker que usaba John Wayne, luego el revólver Webley de las tropas coloniales británicas, y al cabo la pistola alemana Luger, que motivó una memorable escena en los pasillos de la Real Academia, con Javier montándola y desmontándola, clic, clac, y varios respetables académicos alrededor, mirando acojonados.

Lo último ha sido la Sten inglesa: el arma de los comandos, los paracaidistas y los maquis, con la que me presenté en su casa, llevándola bajo la gabardina. «Estás loco», me dijo riendo. Pero ayer, mientras despachaba su filete empanado, comentó: «He comprobado que para un zurdo la Sten no es difícil de manejar». Lo imaginé en su despacho, después de irme yo, rodeado de primeras ediciones de Sterne y Conrad, corriendo el cerrojo de la metralleta que de pequeño había visto en el cine. Recordando al niño que fue y que en el fondo, por suerte para él y sus lectores, y sobre todo para sus amigos, nunca dejó de ser del todo. Y entonces fui yo quien sonrió, enternecido.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal-Finanzas.com, 23 de noviembre de 2014

‘El peso de la verdad’

AELM libro

El narrador de Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, es uno de esos observadores –mirones, voyeurs– indiscretos que tanto le gustan al escritor español. Puede tratarse de alguien que trabaja para el servicio secreto inglés y se dedica a estudiar los rostros de las personas (Jacques o Jacobo o Jaime Deza, en Tu rostro mañana) o una mujer muy observadora de los demás (la narradora de Los enamoramientos); lo cierto es que el núcleo disparador del relato suele ser el de alguien que ha visto algo que no debía haber visto y por lo tanto ha aprendido algo que no debía haber aprendido. La prosa se desplegará inquieta a partir de ese saber, con su sintaxis de bifurcaciones particulares, su ritmo encantatorio, sus ritornellos hipnóticos, tratando de indagar en algún negro misterio de los personajes. En este escritor, de manera paradigmática, la forma es el fondo: los asedios digresivos a una verdad por parte del narrador son la novela.

Juan Vere o Juan de Vere –“nada tiene de original mi figura”– recuerda el tiempo en que, a principios de los ochenta, en su temprana juventud, fue ayudante de Eduardo Muriel, un conocido director de cine, y supo de su relación extraña con su esposa Beatriz, y de la turbia presencia en sus vidas del doctor Van Vechten. Estamos en la época de la Transición, España se encuentra apurada en dejar atrás el largo periodo del franquismo, los delatores y traidores de antes van maquillando sus biografías y convirtiendo su pasado deleznable en uno de heroica resistencia al régimen. Muriel le pide un favor al narrador, y así este se entera de que hay algo en el pasado de su empleador y su esposa que afecta a las relaciones del presente; son tiempos en los que no hay divorcio, por lo cual Muriel y Beatriz siguen viviendo juntos a pesar de que todo indica que no deberían hacerlo. Así empieza lo malo, entonces, se maneja en varios niveles: por un lado, se trata de enterarse de qué cosa grave ha hecho o dicho Beatriz que ha llevado a Muriel a rechazarla; por otro, la historia individual sirve para una reflexión más amplia sobre la necesidad o no que tienen las sociedades de enfrentarse al pasado, un tema de importancia en países que deben lidiar con el trauma de guerras y dictaduras.

El narrador de Así empieza lo malo es menos ambiguo que otros narradores de Marías: yendo a contrapelo del lugar común de que la verdad es buena aunque duela –el lugar común en el que ha insistido la novelística española y latinoamericana de las últimas décadas–, Juan (de) Vere aprende más bien otra cosa: “Guárdatelo, cállatelo. Me ha costado decidir que ya no quiero saber, sin embargo la decisión es firme desde anteanoche. Tampoco lo cuentes por ahí. Aquí se cometieron muchas vilezas durante muchos años, pero se ha convivido con quienes las cometieron, y algunos hicieron favores también. Se ha de convivir con ellos hasta que nos muramos tantos, y entonces todo empezará a nivelarse y nadie se dedicará a rastrearlas…” Ese es el corazón moral de la novela, aquel que muestra al mejor Marías, el que defiende de manera convicente su intuición de que la literatura tiene una forma de conocimiento propia y particular de aprehender la realidad. Enfrentémonos al pasado, sugiere el narrador –de eso va la novela–, pero no sacralicemos la búsqueda de la verdad a toda costa, porque luego quizás no sepamos qué hacer con ella o lo que aprendamos también termine por hundirnos a todos.

Se ha insistido en lo cerebrales que suelen ser las novelas de Marías, en la predominancia de la aventura intelectual en que se embarcan sus narradores, y Así empieza lo malo no se aparta de esa línea; de hecho, las reflexiones aplastan la historia a grandes tramos –se convierten ellas mismas en la historia–, y personajes clave como el doctor Van Vetchen no terminan de despegar. En todo caso, pierde su tiempo quien quiera encontrar en Marías a un escritor realista al uso. Todas las escenas, tanto las memorables –el narrador observando a los esposos en la alta noche, el narrador observando a Beatriz en una escena comprometedora– como las que no, están contadas con algo de artificio teatral. Hay un director de escena que está moviendo los hilos y que de manera conveniente coloca a Juan (de) Vere en situaciones en que este ve cosas necesarias para el desarrollo argumental.

Así empieza lo malo tiene personajes secundarios caracterizados con maestría, como el cómico profesor Rico, y un lenguaje amplio en registros, desde los acostumbrados cultismos de Marías hasta un nuevo talento para las palabras vulgares, a las que se saca provecho y brillo. Tiene también descripciones certeras de sus protagonistas: “Tenía una nariz muy recta, sin asomo de curvatura pese a su tamaño, y en el cabello tupido, peinado a raya con agua como seguramente se lo había peinado desde niño su madre –y él no había visto razón para contravenir aquel remoto dictamen–, le brillaban algunas canas dispersas por el dominante castaño oscuro.” No se suele mencionar este aspecto de la prosa de Marías, su capacidad para captar los colores, olores y sabores de ese su mundo tan singular, en el que casi siempre se narra cómo es que “empieza lo malo y lo peor queda atrás” (pero eso nunca es consuelo). A estas alturas, ya se sabe cómo es que empieza lo malo, pero uno quiere que Marías lo vuelva a contar.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

Letras Libres, noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de noviembre de 2014. El artículo inútil

The West Wing

The West Wing

Hay columnas que no sabe uno para qué las escribe. No es que tenga confianza en que ninguna influya lo más mínimo, ni haga recapacitar a nadie, ni ayude a ver a los lectores algo desde un punto de vista que no habían adoptado. Pero a veces hay un hilo de esperanza: “Quizá haya alguien que esté de acuerdo, o que descubra que lo está”. Hay unas cuantas, en cambio, cuya absoluta inutilidad le consta a uno desde la primera línea, y esta es de esas. Si me molesto en hablar del asunto una vez más, es sobre todo porque no consigo entender la extraña convicción que se ha apoderado de nuestras sociedades, con la española en segundo lugar mundial (tras China, creo) en la práctica de la piratería cultural.

No sé. Desde niño, desde que empecé a ir al cine y a leer libros, el placer que me provocaban esas dos actividades (lo mismo que oír música) fue tan incomparable que mi primera e instintiva reacción fue la de agradecimiento a quienes me las proporcionaban. A quienes ideaban y hacían las películas y escribían las novelas y componían o interpretaban o cantaban, de Bach a Elvis Presley sin distinción. Ese sentimiento no me ha abandonado nunca, se me ha mantenido intacto hacia cada nuevo autor, actor, director o músico que me entusiasmara, y hoy lo he hecho extensivo a los responsables de las series de televisión que, mientras han durado o aún duran, me permiten pasar momentos extraordinarios de contento, emoción, diversión y saber: Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, Inspector Morse, Frasier o Juego de tronos, por no alargar la lista. Se puede decir que por toda esa gente haría cualquier cosa, me pondría a su disposición para lo que necesitara, procuraría facilitarle su tarea y animarla a proseguirla. Lo último que se me ocurriría sería perjudicarla, no digamos privarla de sus ganancias. Precisamente porque quiero más de lo que esas personas hacen o han hecho, deseo que tengan éxito y reconocimiento para que así puedan continuar deleitándome sin trabas ni cortapisas. Si me fuera posible retroceder en el tiempo, haría cuanto estuviese en mi mano para ayudar a Shakespeare y Cervantes y Montaigne, a Conrad y Henry James y Flaubert y Stevenson, a Dickens y Baudelaire y Lampedusa y Eliot y Rilke, a Nabokov y Faulkner y Bernhard, también a Dumas y Dinesen y Rebecca West y Diderot y Sterne. De decenas de ellos compraría y regalaría sus obras una y otra vez, dentro de mis posibilidades; contribuiría a que pudieran vivir de su arte, para que siguieran cultivándolo y yo disfrutara de él. Iría a ver un montón de veces (bueno, eso hice mientras coincidí en el mundo con ellos) las películas de Ford y Hitchcock y Wilder, las de Ophuls y Rossellini y Peckinpah y Anthony Mann. Compré y sigo comprando cada disco de Dylan y Cohen y de muchos más. Mi gratitud hacia todos es infinita, como lo es hacia Rampal y Glenn Gould y Sviatoslav Richter y Leonhardt y Rostropovich y Casals y Janet Baker y Michelangeli y tantos otros genios musicales. Les deseé o les deseo todo el bien del mundo, también por mi propio interés.

De ese sentimiento parece quedar poco rastro en el mundo actual. A menudo nos encontramos justamente con lo contrario, el rencor. Rencor hacia quien “hace lo que le gusta y encima pretende cobrar por ello”. Rencor hacia “quienes se forran” con su talento, como si poseer talento debiera condenar a un individuo a malvivir. Como si algún artista obligara a nadie a consumir sus “productos”. La gente siempre ve, escucha, lee lo que le da la gana, con entera libertad. Y si hay muchas personas deseosas de ver, escuchar o leer a tal intérprete o autor, ¿qué sentido tiene que no se beneficien de ello quienes nos brindan el conocimiento y el placer? Y sin embargo está instalada –arraigada ya– la creencia de que todo eso ha de ser gratis. De que la cultura es como el aire, por el que a nadie se cobra (ya llegará); de que es una especie de “don natural” o “divino” que flota y al que todo el mundo tiene derecho … sin pagar. Leo en el suplemento New York Times de este diario que una tal Hana Beshara fundó un sitio web popularísimo para descargar películas y series de forma ilegal. En su mejor momento llegó a recibir 2,6 millones de visitas ¡diarias! Al cabo del tiempo fue detenida, y tras dieciséis meses en prisión, declara: “Nunca me arrepentiré”. La mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes estadounidenses juzga la descarga ilegal una “minucia”, y su conciencia está tranquilísima. No les importa que Kim Dotcom, el jefe de Megaupload, se hiciera multimillonario con el trabajo de otros; al contrario, adoran al presunto delincuente y explotador, el agradecimiento lo reservan para él. Eso en los Estados Unidos, que, a diferencia de España, no es (todavía) un país de ladrones redomados y vocacionales que consideran que todo les es debido, más o menos como Blesa, Rato, Barcoj y demás usuarios de las tarjetas sin fondo de Caja Madrid y Bankia. Esos mismos jóvenes se indignan cuando sus compañeros utilizan sus trabajos sin permiso, pero no son capaces de advertir la contradicción. Es como si tuvieran interiorizada la siguiente, egoísta y pueril idea: “No hay nada malo en coger lo ajeno, salvo si me lo cogen a mí. A mí no, ¿eh?” Qué se puede hacer ante semejante mentalidad, extendida y ufana, cuando no cargada de razón con “argumentos” tan demagógicos como peregrinos y reaccionarios. Nada. Ya lo dije al comenzar: no sé a santo de qué escribo este artículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de noviembre de 2014

La exitosa cosecha literaria de los ochenta inunda las librerías

El idilio de los lectores con los escritores españoles de los años ochenta no solo continúa sino que se aviva en otras lenguas. Una decena de esos autores, consolidados en aquella década o que empezaron entonces, se dan cita en las librerías con novedades absolutas u obras del semestre pasado. Es “una generación de francotiradores”, como la bautiza Juan José Millás, llamados Mendoza, Muñoz Molina, Marías, Díez, Puértolas, Grandes, Cercas, Merino, Landero, Llamazares, Chirbes, Trapiello, Riera, Pombo, Pérez-Reverte, Rivas, Montero, Vila-Matas…

Mundos de una galaxia inédita en el panorama literario español que nace en la Transición, tras la muerte de Francisco Franco, como respuesta al experimentalismo, a una especie de destrucción del lenguaje, un tanto hermético, y al realismo social, en palabras de José María Merino y Luis Landero, que llegan con La trama oculta (Páginas de Espuma) y El balcón en invierno (Tusquets).

Fue la vuelta del contar, del narrar. “Donde cada uno hace de su propia identidad un arma con la máxima de libertad”, explica Jordi Gracia, crítico literario y autor de Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010: Historia de literatura española 7 (Crítica), junto a Domingo Ródenas. Es el hallazgo de los narradores sobre sí mismos sin coacciones externas ni ideológicas. La paradoja más bonita, agrega, “es que la libertad les lleva a explorar formas muy diversas de compromiso literario y ético e ideológico, para, a la vez, dar cuerpo a algo formal y estético. Nacieron en el posmodernismo y han crecido fuera de él”.

Llegaron hasta ahí como resultado de muchas lecturas de escritores traducidos (ingleses, franceses, italianos, estadounidenses…) y, sobre todo, de los latinoamericanos del  que ensancharon la tradición literaria del español, dice Javier Cercas, que acaba de publicar El impostor (Literatura Random House). A la aclimatación de esas lecturas entre los lectores se suman los españoles, dando origen, según Gracia, “a una madurez que es señal de modernidad plena, ¡por fin! De aquello que no tuvo la cultura española durante cuarenta años y que llegó después de la posmodernidad”.

Pero los ochenta nacen en 1976. Así es para algunos expertos y escritores que consideran  La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, como la apertura de una nueva narrativa y forma de abordar la literatura y, especialmente, de mirar y reencontrarse con la propia España. Una generación o grupo, según Mendoza, “marcada básicamente por la liberación que supone no ser una única voz crítica en un régimen de censura”. En la libertad individual está la clave: “Nos dio el poder de ser cada uno. La recuperación de la democracia y la libertad permite no solo criticar la dictadura sino ponerse a escribir de todo”. El escritor barcelonés reconoce la vigencia de este grupo al decir: “Es posible que en un futuro otras generaciones nos vean como un bloque, como nosotros vemos a los Románticos”.

TLA NUEVA PORTADAY en ese big bang destellan  La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez; El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina;  La lluvia amarilla, de Llamazares;  El héroe de las mansardas de Mansard, de Pombo; Todas las almas, de Marías;  Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte; Todos mienten,  de Soledad Puértolas;  Mimoun, de Rafael Chirbes; Amado amo, de Rosa Montero; El caldero de oro, de José María Merino;  Juegos de la edad tardía, de Landero;  Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas…

De dar un nombre a este grupo, Millás, autor de La mujer loca (Seix Barral) arriesga el de “una generación de francotiradores, en el sentido de que cada uno desde su posición distinta crea. Hay pocos factores en común entre todos, al contrario de lo que sucedía con la generación anterior que era experimental y con rasgos fácilmente definibles, y, además, eran amigos casi todos”. En los ochenta, añade, de repente empieza a haber autores cuyas novelas vuelven a conectar con los lectores. “Antes la premisa era que no se entendieran, ahora es todo lo contrario. Nos empezaron a leer primero los españoles, luego nos publicaron en otros países por solidaridad, al vernos como un país salido de una dictadura, y luego por méritos propios”.

Es el arte de contar. La gracia de hacer leer.

Eso es lo que más aprecia Luis Landero de su generación: “La fidelidad con la buena literatura, la fidelidad de esos autores con el oficio y la literatura misma. Miro a personas como Marías, Muñoz Molina o Puértolas y veo que han tenido una trayectoria coherente y honesta en el sentido de que han sido fieles a su vocación y su mundo”. Buscaron, según Merino, un lenguaje más coherente y abrir el campo a la imaginación, a lo fantástico, también, y al cuento.

Casi cuatro décadas después, dice Landero, “se ve que es una generación sólida que empieza a mostrar su perfil histórico”. Tras el feliz descubrimiento y largo romance con los autores del recuerda Landero, los lectores españoles empiezan un idilio, que se prolonga hasta hoy.

AELMEs el final del trayecto, no el principio”, explica Eduardo Mendoza, inaugurador de estos mundos que no hacen más que ensanchar fronteras con obras recientes entre las que figuran El balcón en invierno,  de Landero; Así empieza lo malo, de Marías; La soledad de los perdidos, de Mateo Díez; El final de Sancho Panza y otras suertes, de Andrés Trapiello;  El impostor, de Cercas… y de los que están por llegar:  Como la sombra que se va, de Muñoz Molina;  Miguel de Cervantes. Don Quijote de La Mancha. Edición de la Real Academia. Adaptada por Arturo Pérez-Reverte;  Distintas formas de mirar el agua, de Llamazares…

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de noviembre de 2014. ‘Una asfixia más’

Quizá haga mal en hablar de esto, y lo hago a título particular, por mi cuenta, aunque desde hace unos años sea miembro de la Real Academia Española. Es ésta una institución muy discreta y digna, como corresponde a su antigüedad de tres siglos recién cumplidos; y así, es reacia a la queja y posee virtudes que hoy no están vigentes, como el pudor y la elegancia. Me da la impresión, por tanto, de que, a diferencia de lo habitual en nuestro tiempo, en que todo el mundo se lamenta públicamente y pide ayudas de todo tipo, siente aversión a airear sus miserias y aún más a aparecer como “limosnera”. En su momento los responsables del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dieron la voz de alarma en la prensa y anunciaron que, con los recortes del actual Gobierno, esa institución fundamental no podría seguir funcionando y se vería obligada poco menos que a cerrar sus puertas. Se montó un pequeño escándalo y el Gobierno rectificó, no sé cuánto, pero “algo”. La RAE se ha abstenido de manifestar que su situación económica es ya muy parecida, por vergüenza torera, supongo. Pero yo no veo desdoro en exponer –a título individual, insisto, sin “encargo” ni “mandato” alguno, y acaso contraviniendo el deseo de muchos de mis colegas– que esa situación es ya crítica y amenaza los puestos de las 78 personas (no académicos) que hacen posibles las tareas de la casa. Sobre ellas se ciernen despidos o reducciones de salarios, y, sobre la Academia misma, su conversión en algo simbólico y vegetativo. Los Presupuestos del Estado para 2015 mantienen la paupérrima cantidad asignada el año anterior, tras varios de mermas, mientras que otras entidades importantes, como el Prado o el Cervantes, las han visto por fin incrementadas.

La Real Academia Española tiene defectos y limitaciones, pero fue digna e independiente incluso cuando más costaba serlo. Por remontarnos sólo a lo reciente, fue casi la única institución que mantuvo a raya al franquismo (y a sus ansias de invadirlo y dominarlo todo) durante su larga dictadura. Se negó a desposeer de sus sillones a los académicos exiliados y considerados “enemigos del régimen”; continuó eligiendo a quienes le parecía, sin permitir que los ministros de Franco le vetaran o impusieran a nadie. Ha aguantado trescientos años, y hoy es difícil negar que presta un gran servicio a la sociedad, a la española y a la de los demás países que hablan la lengua. Prueba de ello son los 50 millones de entradas mensuales que recibe su página web, la mayoría consultas del Diccionario, pero también de la Gramática, la desdichada Ortografía y demás. Esas consultas son gratuitas y, como ha dicho hace poco Pedro Álvarez de Miranda, encargado del nuevo Diccionario que acaba de aparecer: “Es difícil cobrar por algo que ha sido gratuito … Se están barajando posibilidades como incluir publicidad en la página web. No sé si eso nos sacaría de pobres. El mejor diccionario del mundo, el Oxford, cobra por consulta y todo el mundo lo ve como muy natural. Eso estamos estudiando, porque la situación económica es muy preocupante”. Quizá bastaría, sugiero yo, con que los usuarios frecuentes pagaran una mínima cuota anual …

Pero en España, ya lo sabemos, la gente exige que todo lo cultural sea gratis. No se tiene en cuenta, en este caso, que la existencia y el funcionamiento de esa página web (pero también la del propio Diccionario) dependen no ya de la cuarentena de académicos, que poco cobramos, cuando asistimos a las sesiones y comisiones, sino de esos 78 trabajadores cuya suerte hoy peligra. La RAE atiende, además, multitud de consultas específicas (dudas jurídicas y notariales, redacción de leyes, certificaciones y peritajes, corrección de documentos, asesoramiento lingüístico, servicios de formación, infinitas preguntas de enseñantes y traductores y editoriales y medios de comunicación, etc), y recibe efusivas muestras de agradecimiento por ellas. Pero sólo de gratitud no subsiste nadie, y la RAE no es una excepción. Muchos de ustedes deben de dar por descontado que, aparte de los patrocinios de entidades y particulares, alguna subvención o ayuda percibirá del Estado. Y sí, alguna le llega, ya lo he dicho, pero su mengua con el actual Gobierno ha sido tal que la casa está amenazada. Habrá quienes opinen que eso no es grave, al lado de tantas personas en paro, o desahuciadas, o que han debido cerrar sus comercios o empresas. No se lo discutiría. Cabe que una institución como la RAE se juzgue superflua o secundaria; cabe incluso sacrificarla o mantenerla sólo como ornamento inoperante. Lo grave es que este Gobierno no protege a los parados ni a los desahuciados (todo lo contrario), ni tampoco a las instituciones culturales que rinden servicios a nuestra sociedad. No es que esté sacrificando unas cosas en favor de otras, es que las sacrifica todas. Cuando por fin salgamos de nuestras cotidianas cuitas y levantemos la cabeza, nos encontraremos con un país despojado, desolado, con un erial en todos los ámbitos, incluido el de nuestra lengua con la que tanto se llenan la boca esos mismos políticos en las ocasiones de relumbrón. No se trata de pedir limosna, pero les aseguro que cualquier presión a ese Gobierno, como cualquier aportación financiera, serán pequeños balones de oxígeno para esa institución tricentenaria que ya lleva tiempo asfixiándose.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de noviembre de 2014. ¿Sólo antaño?

De entre la multitud de corrupciones, saqueos y aprovechamientos que ya han salido a la luz en los últimos tiempos en España, quizá ninguno resulte tan repugnante como el más reciente, el de las tarjetas VISA que Caja Madrid y Bankia pusieron a disposición de sus consejeros y directivos a lo largo de dos decenios. A casi ninguno nos cabe duda, por lo demás, de que lo salido a la luz debe de ser una pequeña parte del total, por lo que no es descartable que el futuro nos revele hechos aún más repugnantes. La circunstancia de que entre esos consejeros y directivos hubiera políticos de tres partidos principales (sobre todo del PP –veintiocho–, pero también del PSOE –quince– y de IU –cuatro–, amén de diez sindicalistas y varios empresarios) agudiza la tentación de pensar y decir que todos son iguales, cuando en su conjunto no lo son. Es fácil extender la mancha a todos, lo cual no sólo es injusto, sino sumamente demagógico y peligroso. Son numerosos los políticos a los que no se ha pillado “trincando” del erario público ni de nadie, pero de esos no llevamos la cuenta ni salen en las noticias, porque al fin y al cabo su proceder nada tiene de excepcional: lo que se espera de ellos es eso, que no “trinquen”, y así pasan inadvertidos. Pero la tentación de generalizar es comprensible, dada la ya enorme cantidad de individuos con responsabilidades sobre los que existen pruebas de delito o malversación o abuso, o cuando menos indicios y sospechas fuertes. La acumulación es tan desmoralizadora que habría que empezar a hacer la lista de los “limpios”, para contrarrestar el desaliento y creer que hay esperanza de encontrar “hombres y mujeres justos” entre los políticos, los banqueros y los grandes empresarios de nuestro país, de Madrid a Galicia, de Andalucía a Cataluña, de Valencia a Baleares.

Lo que hace especialmente repugnante el caso de esas tarjetas “opacas” de Caja Madrid y Bankia es la gratuidad y la superfluidad del asunto. Hablaba yo el otro día del caso con una persona tan inteligente como querida, y me decía que lo de menos era en qué habían gastado esos consejeros las fabulosas sumas (436.700 euros Miguel Blesa, 448.300 Ricardo Morado, 255.400 Estanislao Rodríguez-Ponga, ¡ex-Secretario de Estado de Hacienda!, 99.000 Rodrigo Rato, 575.000 Sánchez Barcoj, por mencionar a unos pocos), sino el hecho en sí. Y no le faltaba razón. Pero, no sé cómo decir, para mí hay una diferencia, aunque sea sólo estética, entre emplear un dinero ajeno en los plazos de la hipoteca o el colegio de los niños o gastarlo en lujos y chorradas para deslumbrar al “pueblo llano” –expresión de Barcoj–, tales como safaris, tiendas de vinos, ropas de marcas caras, joyas, maletas, restaurantes y hoteles prohibitivos, ¡armas!, masajes, lencería fina, viajes horteras y efectivo a discreción. El último sueldo conocido del señorito Blesa era de 3.500.000 euros anuales; el del señorito Morado, de 1.550.000; el del señorito Rato, de 2.760.000; el del señorito Moral Santín, de 526.000; y el del señorito De la Torre, de 830.000, de nuevo por mencionar sólo a unos cuantos. Se puede decir que el dinero les salía por las orejas, sobre todo si comparamos esos salarios con los que en plena crisis percibe la mayoría de la gente… que percibe alguno. Y, no obstante, a todos esos señoritos no les alcanzaban para sus caprichos y sisaban de la VISA que, para “gastos de representación”, les había regalado una entidad financiera que los tenía contratados poco menos que como adorno y cuyo rescate costó a las arcas públicas 22.400 millones de euros, es decir, inconcebibles millones de ustedes todos. Había una antigua máxima que decía: “Los vicios se los tiene que costear uno mismo”, y aquí “vicios” equivale a “lujos” y “antojos”. Esa máxima, como tantas otras, está, más que olvidada, deliberadamente arrumbada al desván de los trastos inútiles.

Algunos de esos consejeros y directivos (entre ellos Díaz Ferrán, ex-presidente de la CEOE, Arturo Fernández, jefe de la patronal madrileña, y Romero de Tejada, alto cargo del PP en su día) han aducido ahora que creían “enteramente legal” el uso indiscriminado de dichas tarjetas. Está por ver si lo era, pero ampararse en la “legalidad” de las prácticas no solía significar mucho en el pasado. Legal o no, las personas solían saber lo que estaba bien o mal hecho, lo que era “recto” o “torcido” (por utilizar términos adecuadamente anticuados), y a nadie se le escapaba que permitir que alguien difuso o abstracto pague nuestros gastos particulares y nuestros excesos, jamás es algo bien hecho. De algún sitio sale el dinero, lo cual significa por fuerza “de otras personas”. En el caso de una entidad financiera está claro que lo que los bolsillos de estos sujetos se ahorran viene de los clientes, de los depositantes, a quienes se esquilma. Si además esa entidad había estafado con preferentes a modestos ahorradores, y había debido salvarse con los impuestos de los ciudadanos, sin arte ni parte en el desaguisado, el uso frívolo e innecesario de esas tarjetas se convierte en algo obsceno, indecente. Tan obsceno como la fortuna amasada por la familia Pujol-Ferrusola mientras carezca de explicación y no case con los sueldos de sus miembros. A todos esos señoritos la sociedad debería negarles el saludo como mínimo, por codiciosos y avaros, lo peor que se podía ser si se poseían caudales. Claro que eso también era antaño.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de noviembre de 2014