Por alusiones


Un manifiesto por la unidad apoyado por el mundo de la cultura suma 2.000 firmas
Efe/Heraldo, 4 de abril de 2020

Los trinos literarios de Pérez-Reverte
El Cultural, 3 de abril de 2020

La confesión descarnada del escritor Héctor Abad Faciolince
ANTÓN CASTRO
Heraldo de Aragón, 3 de abril de 2020

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘La vieja señora Jones y otros cuentos de fantasmas’ de Charlotte Riddell

LA VIEJA SEÑORA JONES Y OTROS CUENTOS DE FANTASMAS

CHARLOTTE RIDDELL

Edición y traducción de Antonio Iriarte

Prólogo de Pilar Pedraza

Reino de Redonda, marzo de 2020

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE
Prólogo
por Pilar Pedraza
LA VIEJA SEÑORA JONES Y OTROS CUENTOS DE FANTASMAS
Procedencia de los textos
Hombre prevenido vale por dos
La Casa de los Nogales
Sandy el calderero
La puerta abierta
La Granja de los Avellanos
La vieja señora Jones
La última vez que se vio al Señor de Ennismore
Conn Kilrea

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2020)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2020)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2020)

“Al margen de J S Le Fanu, ningún otro autor de la época victoriana sabía manejar mejor la aparición de lo sobrenatural”

Títulos publicados en Reino de Redonda

Por alusiones

Lecturas para la cuarentena
El País, Babelia, 21 de marzo de 2020

Así es un día de Letizia en cuarentena: dormitorios separados, distancia con sus hijas y teletrabajo
CRISTINA CORO
El Español, 15 de marzo de 2020

Javier Sebastián: “Cuanto más mengua el mundo, más amenazas nos acosan y más vulnerables somos”
ANTÓN CASTRO
Heraldo de Aragón, 13 de marzo de 2020

Siempre nos quedará Londres
ALEJANDRO MAÑES
Levante, 27 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 1 de marzo de 2020. ‘La cruzada contra la imaginación’

En este diario, como es natural, la noticia ocupó una estrecha columna de página par, pero en los Estados Unidos (y de cuanto ocurre en país tan puritano e histérico hay que prevenirse mucho) ha tenido gran eco, incluso en los talk shows televisivos. Una novela de éxito, saludada con alabanzas de Stephen King, Don Winslow, los liberales Washington Post y New York Times y hasta de la intocable Oprah Winfrey, que la recomendó para su club de lectura, se ha convertido, en segunda instancia, en objeto de escándalo y de despiadados ataques. Por un lado está la calidad, excelente según los mencionados y pésima según los detractores. Como no la he leído ni pienso, nada puedo opinar al respecto. Lo preocupante es que, por otro lado, las invectivas ponen el acento en lo siguiente: la autora, Jeanine Cummins, es blanca, se crió en Maryland y es vecina de Nueva York, y su American Dirt relata las vicisitudes de una madre y su hijo mexicanos que, perseguidos por narcos, se ven obligados a cruzar la frontera norte para salvar el pellejo, con los padecimientos imaginables. La escritora Myriam Gurba ha dictaminado: “Es un libro Frankenstein, un espectáculo torpe y distorsionado, y mientras algunos críticos blancos lo comparan con Steinbeck, creo que es más apropiado hacerlo con Vanilla Ice”. He leído a Steinbeck, pero no tenía noticia de ese otro escritor llamado Helado de Vainilla, así que de nuevo me abstengo.

La acusación más grave es la de “apropiación cultural”, esa enorme majadería contemporánea que sin embargo (bueno, como todas) se abre camino a empellones. La prueba de ello, y lo más alarmante, es que ya hay novelistas y artistas que “interiorizan” los argumentos de quienes en realidad sólo quieren impedirles la creación libre. La propia Cummins, tras la controversia, ha declarado: “Durante cinco años me resistí a escribir esta historia, porque no soy migrante, no soy mexicana y no sabía si tenía derecho a escribirla” (la cursiva es mía). Estoy tentado de decir que se merece los rapapolvos, por pusilánime. ¿Desde cuándo un escritor se pregunta si tiene “derecho” a ejercer la imaginación por causas como las enumeradas por Cummins, exactamente las mismas que han desatado las iras de autores y periodistas de origen latinoamericano afincados en los Estados Unidos? Algunos han añadido un reparo tan incomprobable como peregrino: “Esa historia la habría contado mejor un latino que conociera la experiencia”. Puede ser, depende, pero quien la escribió fue la blanca de Maryland, y no me atrevo a decir “a quien se le ocurrió”, porque la sinopsis suena idéntica a la de centenares de novelas, películas y series.

¿Desde cuándo se exige que un trabajo de ficción esté hecho sólo por quienes coinciden, en su biografía, con los personajes y la peripecia narrada? Es obvio que desde hace poco, pero la imposición, si se extiende, puede acabar con la literatura imaginativa. Lo cual, por cierto, ya se va intentando continuamente, como si por fin fuera a obedecerse a Platón en su propuesta de expulsar a los poetas. De llevar esta nociva bobada de la “apropiación” al extremo, ni Tolstoy ni Flaubert ni Clarín deberían haber osado escribir Anna Karenina, Madame Bovary y La Regenta, porque ninguno fue mujer. Ni Janet Lewis sus magníficos tres Casos de pruebas circunstanciales, situados en la Europa del pasado por una nativa de Chicago. Shakespeare se entrometió en Verona con Romeo y Julieta, en Dinamarca con Hamlet, y no vivió la época de su Julio César. Emilio Salgari, que sí era de Verona y deleitó a generaciones de adolescentes con sus 85 novelas, sólo hizo en su vida una travesía marítima por el Adriático. ¿Cómo se atrevió con Los piratas de la Malasia, Los tigres de Mompracem, El corsario negro, Los pescadores de ballenas, etc, el muy ladrón e impío? Castigo también para Agatha Christie, que se inventó a Poirot sin ser belga ni varón, como su protagonista. Es todo tan ridículo que da vergüenza tener que hacerle frente.

Pero me temo que el episodio es uno más de la cruzada contra la imaginación puesta en marcha, que lo es sobre todo contra la libertad de los creadores. Desde hace años la crítica elogia sin sonrojo la “autoficción”, las historias “verdaderas”, los textos confesionales dedicados a relatar los abusos y penalidades que por lo visto ha sufrido el 70% de los actuales autores. Todo ello en detrimento de las obras de ficción, que empiezan a considerarse frívolas. “¿Qué me está contando”, parecen reprocharles, “si usted no ha vivido esto, si no es negro ni árabe, si no es mujer o no es varón, si no es transexual ni lesbiana?” Como si sólo cada raza, sexo o nacional estuvieran autorizados a retratarse. Es la condena de la imaginación, de la ficción, es el viejo impulso represor y reaccionario de controlar y limitar a los artistas, o directamente de prohibirlos. Sólo el disfraz es nuevo. Ya puede ir entonando el mea culpa Pérez-Reverte, aquí y ahora, que se sacó de la manga a Alatriste sin haber vivido en el XVII ni haber combatido en Flandes. Y con él cuantos sueltan novelones de vikingos, visigodos, romanos y variadas reinas medievales. ¿Acaso no se están “apropiando” de territorios ajenos, y, lo que es peor, del pasado entero?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de marzo de 2020

LA ZONA FANTASMA. 23 de febrero de 2020. ‘Engreimiento verbal’

Una de las razones —en verdad muchas— por las que declino invitaciones a festivales literarios, coloquios, simposios y mesas redondas, es la incontinencia verbal de la inmensa mayoría de participantes (yo incluido, supongo, cuando iba). Denle a un español un micrófono, un altavoz o un megáfono (también a un latinoamericano, no digamos a un argentino), y se aferrará a ellos como si fueran el anillo de Gollum en El Señor de los Anillos, que en la versión traducida o doblada lo llamaba “mi tesoro”, en inglés “my precious”, lo acariciaba sin descanso y enloquecía si lo soltaba. Es una extraña enfermedad que nos aqueja, relacionada sin duda con la inseguridad, la frustración y sobre todo el engreimiento, que crece sin freno en nuestra época. Fidel Castro acostumbraba a vomitar discursos de siete y ocho horas, y su discípulo Hugo Chávez, que con suerte se conformaba con cinco, obligaba a todas las emisoras venezolanas a sintonizar con su verborrea insaciable. Pocas torturas me parecen comparables: si se me forzara a escuchar una voz interminable, confesaría cualquier crimen, aunque ninguno hubiera cometido, y daría todos los nombres imaginables como cómplices de mis fechorías, incluyendo los de Ratzinger, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino. Lo que hiciera falta.

Esta dolencia es antigua. En una ocasión, hace ya muchos años, acompañé a Guillermo Cabrera Infante a una charla que iba a pronunciar por aquí. Pero antes de que Guillermo abriera la boca, salió el presentador de turno, y aquel hombre, al que no estaba previsto oír más que un saludo, habló y habló infinitamente, y además no dejó de empalmar locuras, un disparate detrás de otro. La situación se hizo tan delirante que a la mujer de Guillermo, Miriam Gómez, y a un par de amigos sentados en primera fila, empezó a darnos un grave ataque de risa, supongo que como defensa y para no cortarnos las venas. Cada nueva parrafada del individuo nos resultaba más cómica que la anterior, éramos incapaces de contener o disimular las carcajadas —la educación nos abandonó—, perfectamente visibles y audibles para el usurpador de la conferencia. Pero éste no se daba por aludido ni se inmutaba, proseguía con sus desvaríos. El pobre Guillermo, en el estrado a su vera, no lograba verle gracia al asunto que nos llevaba a desternillarnos. Al fin y al cabo se había molestado en venir desde Londres, y se le impedía tomar la palabra. Se nublaba por momentos, la tez se le tornó pálida y después gris ceniza, y temimos que estrangulara al abusón cuando por fin éste le cediera el micrófono.

Me han ocurrido cosas similares. Fui a un instituto y los estudiantes disponían de una hora justa para escucharme. El profesor que me presentó no sólo se apropió de treinta minutos, sino que me “pisó” cuanto yo tenía previsto contarles y que podría entretenerlos. Tanto contó el hombre de mí que no me quedó más remedio que interrumpirlo diciendo: “Bueno, casi es mejor que continúe yo, que fui quien lo vivió, y me lo sé más exacto”. De no ser por mi atrevimiento, él habría consumido la hora entera, conmigo de convidado de piedra. Otra vez debía coger un tren de regreso a Madrid, así que el tiempo de charla y firma de libros era más bien escaso. Lo cual no fue óbice para que mi presentador disertara hasta el hastío, dejándome los minutos de la basura para disgusto del público, que en principio había acudido a oírme (no que yo tuviera nada notable que decir, pero bueno).

Hace pocas semanas una plaza cercana a mi casa fue tomada, todo el día, por unos veteranos de los Tercios de Flandes o sus herederos. Desplegaron tiendas de campaña y tocaron marchas, y hacia las cinco de la tarde un tipo empezó a hablar con megáfono, y habló sin pausa no menos de dos horas y media. Yo intentaba trabajar y abstraerme de su vociferación, pero me llegaban el runrún inagotable y fragmentos (“porque un caballero español…”, “somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”, etc). Ponderaba arrojarme por un balcón y dejar una nota acusando de asesinato por delegación al alcalde Almeida, que consentía y alentaba el tormento de medio vecindario, cuando paró el tipo. Pero fue sólo para que una tipa se abalanzara sobre el megáfono liberado y se tirara media hora más perorando a voz en cuello. La siguieron varios sujetos más, verborreicos y vacuos todos; la tortura se prolongó cuatro o más horas. Todo para un centenar de personas. Es decir, para satisfacer el antojo de pocos el alcalde permitió la tortura de miles y que una plaza fuera sitiada la jornada entera. Lo que más me maravilló fue que los asistentes, que debían de tener unos trescientos años si eran veteranos de los Tercios (y sólo así se explicaba el acto en sí, y su sumisión a las arengas), aguantaran a pie firme —como piqueros, arcabuceros y mosqueteros que eran— aquel sádico tostón sin desplomarse, considerando su edad matusalénica. Dada la enfermedad que aqueja a mis compatriotas y a nuestros primos ultramarinos, creo que, lo mismo que se combaten las drogas, deberían limitarse los megáfonos, altavoces y micrófonos. Ríanse de casinos y casas de apuestas. La adicción que éstos fomentan no es nada al lado de la de los amplificadores de voz, con público nutrido o sin él, con oyentes cautivos o sin ellos: al que habla eso le trae sin cuidado, porque lo embriaga su propio verbo hueco.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 16 de febrero de 2020. ‘Un tétrico y peligroso misterio’

Hace un año recordé aquí el librito que mi padre, Julián Marías, escribió en los años ochenta, La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir?, y titulé la columna en cuestión “Lo que nos hacen creer que nos pasa”, un eco de sus palabras. Para él, que en 1936 tenía veintidós años, que fue soldado de la República y fue detenido por las autoridades franquistas en mayo de 1939 y a continuación juzgado, la Guerra no fue inevitable, en contra de lo que muchos afirmaban entonces y otros siguen sosteniendo hoy mismo. Para él, el verdadero origen de esa Guerra no fue la situación objetiva de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás.

Por fortuna, estamos lejísimos del envilecimiento generalizado que se dio en el 36. Sin embargo, me empieza a preocupar la tendencia de muchos (los partidos políticos desde luego, pero también periodistas, articulistas, tertulianos, analistas, y, arrastrados por ellos, un número indefinido de ciudadanos) a “hacernos creer que nos pasa” lo que no nos pasa. Se habla continuamente de un país dividido y fracturado, de que estamos inmersos en una guerra sin sangre, de que la gente cava trincheras metafóricas y se apresta a ocuparlas; de que estamos ya en dos bandos irreconciliables y de que a los “tibios” (famosa y siniestra expresión muy utilizada por los franquistas en la postguerra) no sólo no se les hace caso, sino que se los considera, inmediatamente, como pertenecientes al enemigo de turno. Los falsos progresistas (ni Podemos ni el actual PSOE lo son, basta con ver sus políticas reaccionarias y de postureo) tachan de “fascistas” a cuantos no se alineen fervorosamente con ellos y no respalden monolítica y abnegadamente al Gobierno que han formado. Lo mismo hacen la derecha y la ultraderecha, sólo que ellas llaman “comunistas”, “separatistas” o “frentepopulistas” a los que no las secundan en sus exabruptos histéricos. Los políticos son los principales culpables: cada uno se ha encerrado en su búnker y lanza sus saetas contra los del otro búnker y contra los inocentes transeúntes. Pero periodistas fanáticos o cobistas o pagados, o vasallos, siguen su actitud al pie de la letra. He visto a opinadores que presumen de serenidad, objetividad y aun ecuanimidad, sulfurarse como energúmenos defendiendo cualquier decisión o medida del Gobierno Podemos-PSOE, o justificando y suscribiendo los insultos y las exageraciones de los representantes de Vox y el PP. He leído artículos que se suponían de análisis y en realidad parecían escritos por militantes desaforados de una facción o de otra. Quienes sostienen que el conjunto del país comparte este comportamiento, esta toma inequívoca de posiciones, se basan, sin duda, en los comentarios de las distorsionadoras e irreales redes sociales. Las frecuentan personas de todo tipo, a buen seguro, pero en enorme medida los propagandistas, los proselitistas y los beligerantes. Es sabido que, desde su creación, Podemos contaba con batallones de tuiteros y demás, dedicados a no dejar pasar una crítica al partido o a sus dirigentes. Cuantos los hemos censurado hemos sufrido un aluvión de injurias, ataques y hasta calumnias; un aluvión orquestado, como si ese batallón estuviera de permanente guardia. Ahora ese partido está en el Gobierno, así que imagínense. Otro tanto sucede con Vox, asimismo poseedor de una buena artillería de tuits, memes y demás zarandajas. Los independentistas catalanes someten a sus adversarios o desenmascaradores a idéntico bombardeo en las redes, y de ello puede dar fe aquí Javier Cercas. Y aunque los más dados al “castigo” son los partidos que no son democráticos, los que todavía lo son o lo parecen se están contagiando del agit-prop y del acoso y derribo de disidentes.

Pero nada de esto es cierto. Por mucha influencia que tengan, ni políticos ni periodistas ni tertulianos ni usuarios de redes constituyen el país. La falacia de gente hostil en dos bandos que no se dan ni los buenos días, la comprobamos todos en la vida diaria. La inmensa mayoría no está en ninguna trinchera, se saluda y trata con cortesía, o directamente es ajena a este encarnizamiento inventado. No sólo no participa de él, sino que lo ignora. La política, por suerte, no es lo principal en sus vidas, que discurren por caminos más acuciantes: cómo pagar el alquiler y cuantos etcéteras deseen añadir ustedes. Uno sale a la calle, o a tomar algo al bar de la esquina, y no ve caras agrias ni enconadas, ni hosquedad ideológica, ni nada de lo que se nos dice que está sucediendo. Ni siquiera en Cataluña se encuentra uno con eso, a no ser que se tope con una performance de la ANC, los CDR o Tsunami. Que el país está enfrentado es sencillamente mentira, y lo vemos todos a diario. Por qué tantos con voz se empeñan en lo contrario, para mí es un tétrico y peligroso misterio. Sin comparación posible con el 36, debemos tener en cuenta lo que escribió mi padre y yo repetí hace un año: “Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa”. Porque lo segundo hoy suena muy grave, y lo primero no lo es tanto, sólo un poco, y a ratos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 9 de febrero de 2020. ‘Promesas, juramentos y perjurios’

A raíz de la ridícula toma de posesión de nuestros diputados tras las penúltimas elecciones, escribí una columna titulada “Congreso o guardería”, creo. El pueril espectáculo volvió a darse tras las últimas, quizá aumentado y con la misma pasividad cómplice de la Presidenta del Congreso Batet, de la que solía tener buena idea (me temo que órdenes son órdenes, y eso rige por igual en todos nuestros punitivos partidos). Hace meses señalé que algunos juramentos o promesas rebasaban la idiotez para entrar de lleno en la contradicción, por lo que a mi parecer deberían haber sido invalidados. Una cosa es prometer o jurar “por imperativo legal”, la coletilla que abrió la caja de los caprichos y las cursiladas, y otra “por el 1 de octubre y hasta la creación de la República Catalana”, sucesos que contravienen las leyes y que justamente intentan o han intentado acabar con la Constitución, el Estado de las Autonomías y la monarquía parlamentaria vigentes. No es posible jurar o prometer fidelidad a algo y a su contrario, y encima en la misma frase. En ambas tomas de posesión se dieron por buenas todas las extravagancias e incongruencias: “Bah, pelillos a la mar”, sería la expresión coloquial con la que se despachó el asunto. O bien con esta otra, tan ranciamente española: “Total, qué más da”.

A continuación de la consentida farsa en el Congreso, vino otra “jura”, la de los miembros del nuevo Consejo de Ministros. De éstos, hubo dos que se refirieron al “Consejo de Ministras ”, organismo que no existe, por lo que, según juristas de prestigio, la promesa podría ser nula. Pero, por supuesto, nadie va a impugnarla en un país en el que las palabras se han vaciado de significado o se han retorcido, y en el que da lo mismo cuáles se empleen, cuáles se cumplan y a cuáles se falte. Ahora bien, a los poquísimos días de esta vacua ceremonia ministerial, al flamante titular de Consumo, Alberto Garzón, se le preguntó en una entrevista (cito de memoria): “Prometió lealtad al Rey, o a la Corona, o defenderlos. Usted siempre ha llamado al Rey ‘Ciudadano Felipe de Borbón’. ¿Dejará, pues, de hacerlo?” A lo que el ciudadano Garzón, ya Ministro del Reino, contestó con vanidad y desahogo, en parte para contentar a su parroquia: “No, seguiré refiriéndome a él así, y esforzándome por erradicar la Monarquía, por métodos legales”. Garzón es muy libre de anteponer sus convicciones y el halago a sus fieles a toda otra consideración, pero entonces debería haber rechazado el cargo, haberse negado a prometer nada y haberse quedado en su escaño de diputado. Porque lo que estaba reconociendo con absoluto descaro es que unas fechas antes había cometido perjurio en la solemne ceremonia de la que salió con cartera (que yo sepa, no hay vocablo equivalente a “perjurio” cuando se promete de mentira; la empleo para entendernos). Lo que vino a admitir fue: “Bueno, es que había que atenerse a la fórmula, pero fui falaz, porque para mí el Rey no es tal ni Jefe del Estado, sino un ciudadano a secas, y además me propongo acabar de una vez con la institución que representa. Así que, de lealtad o defensa, nada de nada”.

Hay países, como los Estados Unidos, en los que perjurar es gravísimo y acarrea cárcel. Hasta el punto de que, hace tiempo, a quien llegara allí se le preguntaba algo absurdo: “¿Tiene usted intención de atentar contra la vida del Presidente?” Todo el mundo, obviamente, respondía que no. La razón de la ociosa pregunta era que, a quien tratara de matar a Nixon, Carter o Reagan, se le añadiría a posteriori el delito no baladí de perjurio. Allí, a mucha gente le han caído penas, o total descrédito, por mentir bajo juramento ante un comité senatorial o en un juicio. En España no sólo no pasa nada, sino que a quien pretendiera que eso tuviera consecuencias se lo tildaría de anticuado, tiquismiquis o fascista, término ya carente de sentido a fuerza de abuso. Entiendo que nuestra sociedad no atiende a protocolos ni etiquetas ni ceremonias. Que quienes participan en estas últimas las ven sólo como un incordio, una pantomima, y se las pasan por el forro. Han caducado los tiempos en que la gente se tomaba en serio la promesa hecha, la palabra dada, que todavía los niños de mi infancia llamaban “palabra de honor” (qué anacrónico, ¿no?, si en el honor no cree nadie). Somos una sociedad “desenfadada” y además lo tenemos a gala (bueno, en todo lo demás muy enfadada). Pero de ahí a que un Ministro admita públicamente que le ha mentido a la cara a Felipe de Borbón hace escasos días, y que ha prometido desempeñar su cargo sin suscribir gran parte de lo enunciado en la mera “fórmula”, hay un trecho. El trecho revela que no se puede confiar en él en absoluto; que lo que promete carece de valor; que su supuesta lealtad a la Constitución y al Rey es falsa de arriba abajo. Sí, aquí nada importa. Pero después de semejantes tomas de posesión, de diputados como de ministros, lo coherente es que se supriman todas y sus correspondientes ceremonias, y que nadie jure ni prometa nada. ¿Para qué hacer el paripé, para qué hacer el idiota y ponerse una corbata, si todo está vacío de contenido y no cuenta, y si el lema de nuestra desaprensiva clase política viene a ser: “Sí, dije esto y lo otro, pero lo dije de mentirijillas y en realidad no valía”?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 2 de febrero de 2020. ‘La moda de ser tonto y parecerlo’

El 14 de enero estaba fuera de Madrid con mi mujer, Carme, haciendo juntos recados. A ella le quedaba uno pendiente, así que nos separamos y me volví a casa. A los pocos minutos me entró por mi viejo Nokia un mensaje de mi editora Pilar, en el que me decía: “Hemos detectado una cuenta falsa de Alfaguara en la que anuncian que has fallecido. Estoy segura de que es un idiota italiano que nos ha hecho esto mismo con Vargas. Vamos a lanzar un desmentido. Pero te lo aviso para que estés al tanto y no te alarmes”. Andaba yo corrigiendo un texto, de modo que me limité a responderle: “Vale. No me alarmo”, y seguí a lo mío. Ni siquiera le di las gracias en contra de mi costumbre. Al cabo de un rato llegó mi mujer, a la que por fortuna había llamado otra persona de la editorial, el eficaz Gerardo, violento por verse obligado a contarle esta anécdota cretina. Y aun así le preguntó: “Pero ¿Javier está contigo?” En aquel mismísimo momento no lo estaba, pero me había visto diez minutos antes, menos mal. Pese a la presteza de Alfaguara, una de mis mejores amigas, Mercedes, también la telefoneó, con el alma en vilo. En vista de lo cual me pareció conveniente (hasta aquel instante había hecho caso omiso) advertir con un mensaje a unas cuantas personas próximas, por si el bulo las alcanzaba y se llevaban un disgusto gratuito. (El deficiente italiano me hizo perder bastante tiempo.) Mercedes me dijo más adelante que se había enterado por llamadas de gente inquietada o ya fúnebre (ella trabaja conmigo, así que se la presumía fuente de información fidedigna), y que durante veinte minutos, hasta que habló con Carme, se enfrentó angustiada a la idea de que había muerto de un infarto, como afirmaba la cuenta falsa.

Esto es muy viejo. Ya Mark Twain reaccionó ante la noticia de su defunción tildándola de “exagerada”. Y Borges, si mal no recuerdo, calificó la suya de “prematura”. Los dos tuvieron razón y los dos mostraron humor. Obviamente, dar esa clase de noticia carece de mérito y de imaginación, porque llegará un día en que será cierta para todo el mundo, y a cualquiera le puede dar un infarto hoy o mañana. Hacerla pasar por verdadera, así pues, está tirado: siempre puede ocurrir. Uno se limita a preguntarse qué clase de cretino se dedica a propagar bulos tan tontos, ramplones y dañinos. No para la persona cuyo fallecimiento se inventa, sino para sus allegados. No me quito de la cabeza que para mi amiga Mercedes los veinte minutos de incertidumbre se le hicieron eternos. Y Carme me dijo: “Menos mal que ha pasado estando juntos. De haber estado yo en mi ciudad y tú en la tuya, no quiero ni pensarlo”. No se sabe —a mí me resulta imposible, todavía, ponerme en el lugar de un cretino manifiesto— qué saca en limpio ese italiano. Me cuentan que unos días antes de “matarme”, había “apiolado” a un sociólogo francés y a un famoso ensayista estadounidense , tres en una semana. Quizá hay gente que tiene prisa por que desaparezcamos los vivos, que considera que somos muchos los que escribimos y que hay que causar bajas lo más rápidamente posible.

He dicho “quizá” y es seguro. No todos lanzan bulos ni crean cuentas falsas, pero son legión los usuarios de las descerebradas redes sociales deseándole la muerte a alguien que les cae mal, o cuyas opiniones los contrarían, o que confían en “ocupar el puesto” de quien se muera. Sí, hay demasiados individuos impacientes, a los que sólo cabe contestar: “Aguanten, que llegará antes o después, eso que tanto ansían. Pero han de aguantar, o corren el riesgo de palmarla ustedes antes. Por muy jóvenes que sean, no deben creerse a salvo. El infarto o la carretera señalan a quienes les parece, sin orden de edad ni atendiendo a probabilidades”. El episodio no me va a hacer víctima de supersticiones ni me produjo melancolía. Bueno, esto último sí, pero no por mí, sino por la imbecilidad abrumadora y generalizada de nuestra época. Creo que por primera vez en la historia está de moda ser idiota y comportarse como tal. Infinitas cosas lo han estado, pero casi todas tenían presumir como objetivo: de culto, de rico, de enterado, de inteligente, de astuto, de transgresor, de ingenioso, de elegante, de sabio, todo ello positivo en teoría. Ahora está de moda aparecer como bondadoso (o solidario, o “empático”) y ser malvado. Pero, por encima de todo, ser tonto y parecerlo. Uno echa un vistazo a las noticias o a los programas más frívolos y apenas se diferencian: hay una permanente sucesión de bobos haciendo o diciendo bobadas. Casi nadie se esfuerza por fingirse inteligente, ni por resultar inteligible, que es más fácil. Salen Presidentes (Trump, Johnson, Maduro, Erdogan, Sánchez) y ministras, actrices, tertulianos, escritores, politólogos, supuestos científicos, psicólogos, directores de teatro, incluso médicos, y es raro el que no suelta una sandez incoherente o una obviedad, o balbucea frases incomprensibles y contradictorias; eso sí, con una sonrisa ufana y creyéndose que deslumbra o hace gracia. Claro que hay excepciones (en disminución vertiginosa) que a menudo son mal vistas. Si uno no hace el ganso ni anuncia una burrada, está dando la nota, o acaso ofende a las huestes crecientes de tontos vocacionales. El idiota italiano que me mató antes de tiempo por lo visto es popularísimo. En las imbecilizadas redes sociales, como corresponde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de febrero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 26 de enero de 2020. ‘Lo inaudito cotidiano’

Tal vez recuerden mi estupor de hace unos meses cuando oí a un pedagogo, consultado por TVE como “experto”, afirmar que los niños de familias pudientes utilizaban 3 millones más de palabras que los vástagos de los pobres. La ignorancia de aquel sujeto era tal que desconocía cuántos vocablos tienen las lenguas, unas más que otras; pero dado que el Diccionario español (un idioma rico en vocabulario, no como el noruego o el sueco) alberga unos 93.000… Bueno, ya lo dije entonces: esos niños suyos, además de acaudalados, habían de ser por fuerza tan inventivos como J.R.R. Tolkien y George R.R. Martin.

Pero veo que la loca y tramposa tendencia al abultamiento de las cifras ha triunfado también entre los periodistas, que sueltan cosas inverosímiles, cuando no engañosas, con tal de que todo suene catastrofista y desmesurado y la gente se alarme. Durante la larga huelga francesa contra la reforma de las pensiones, TVE y la Sexta (cada día más parecidas en su ansia apocalíptica) nos dieron la sorprendente noticia de que, debido a la falta de transporte público, “a las puertas de París” había 600 km de atasco. El espectador se quedaba atónito, imaginando un embotellamiento ininterrumpido en la distancia que separa Madrid de Barcelona. Lo que los brillantes reporteros habían hecho era contar 5 km por aquí, 6 por allá, 2,5 por más allá, y entonces, quizá, sumando todo eso, salían los falaces 600 pregonados. Unas semanas después, con motivo de los gigantescos incendios no de Australia entera, como se decía, sino de los Estados de Nueva Gales del Sur y Victoria, se aseveró, con cataclísmico regodeo, que habían causado la muerte de 500 millones de animales. Pero, como eso les debió de parecer una minucia, al día siguiente elevaron la cifra a 1.000 millones. No pude por menos de admirarme de la cantidad de bichos existentes en esos dos Estados. No tengo ni idea, claro, pero en principio 1.000 millones (sólo entre los perecidos) resulta algo exorbitante. A menos, desde luego (y esto se me ocurrió gracias al término “bichos”), que se incluyeran como unidad cada rata, cada mosca, cada mosquito y cada hormiga. Con todo y con eso, me pregunto cómo diablos alguien se ha dedicado a contabilizar y verificar la defunción por fuego de todos ellos. Francamente, no veo a nadie rebuscando, en medio de llamas incontroladas, cadáveres de insectos achicharrados. En fin, no descarto ser yo el equivocado, y que los animales (o lo que solemos entender por tales) se cuenten en Victoria y Nueva Gales del Sur por la fabulosa cifra de billones de billones.

No son sólo números inauditos lo que en la actualidad se oye y lee sin que nadie se inmute ni discuta ni cuestione nada. Lo inaudito es cotidiano. Así, varios días después de que todo el país estuviera enterado (salvo el Rey, probablemente) de quiénes iban a ser los cuatro ministros que a Unidas Podemos les han rentado sus 35 menguados escaños, su jefe salió en una entrevista aduciendo que la discreción, y lo acordado con el PSOE panoli (qué genio de la negociación, Lastra), le impedían revelar esos nombramientos… que sólo él había hecho y sólo él podía conocer en primera instancia. Un prodigio de discreción, el suyo.

También hay que preguntarse qué le ha sucedido a mucha gente para pensar de manera rara, confundirlo todo y creer que tiene “derechos” imposibles. Una chica cargada de razón argumentaba en televisión lo siguiente (cito de memoria): “Es que yo tengo derecho a meterme en una red de contactos, establecer una cita con quien me dé la gana, salir con esa persona y que no me pase nada”. Daban ganas de contestarle: “Mire, no, tiene derecho a hacer lo que le plazca, a quedar con un desconocido y a irse con él a la cama, al Polo Norte o al desierto de Gobi, pero no a que no le pase nada. A nadie puede garantizársele eso”. También vi a otra joven quejarse en tono agraviado: “Nos instan a que seamos emprendedores, pero es que nadie te enseña a emprender…” Como si a los emprendedores de la historia se les hubieran impartido cursos. Alguien en verdad emprendedor lo es espontáneamente, santo cielo. Lo mismo que un escritor, desde Cervantes a Faulkner, ¿o creen que acudieron a talleres para que unos burócratas los adiestraran? Se han arrojado ya al mundo varias generaciones frágiles como la porcelana, a las que hay que guiar de la mano hasta el último peldaño de sus ambiciosas carreras, y a las que hay que proteger del aire. He oído al director de un museo anunciando unas “innovaciones” idiotas “para que la gente no se sienta intimidada por el arte”. Intimidatorio es un matón, un terrorista, un mafioso, pero ¿por qué habría de serlo el arte? ¿O por qué las librerías, algo que se oye asimismo a menudo? Ni en ellas ni en ningún museo se va a asustar al visitante, ni siquiera se lo va a someter a un examen. Una cantante internacional se lamentaba en una entrevista, hace semanas: “Hay una carga que las mujeres seguimos acarreando: la presión de ser comparadas unas con otras”. Ay Señor, ¿qué es lo que se creerá que les ocurre a los hombres? Y desde hace muchos más siglos. O bien cabría responderle: “¿Y qué quiere? No se meta usted a ser diva, que nadie la obliga”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de enero de 2020

LA ZONA FANTASMA. 19 de enero de 2020. ‘El amigo extraviado’

Confío en su benevolencia para que hoy me permitan utilizar esta página como mensaje personal, a ver si así consigo comunicarme con un viejo amigo extraviado, o más bien elusivo. Del todo extraviado no está, ya que viene de su mano la única alegría que cada año me traen las abominables fiestas navideñas, que en este país jaranero duran los cuarenta días que ningún otro sitio puede consentirse, ya que dañan a la economía (apenas se trabaja durante el periodo, y en cambio se gasta lo que no hay) y sobre todo a la salud mental: entre los que se deprimen, los que se pelean en las cenas familiares o de empresa, los que se sienten muy solos y los que intentan ser productivos sin éxito, asediados por estridentes músicas en las calles y masas enloquecidas sin motivo, casi todo el mundo termina exhausto, arruinado, gordo, con el estómago hecho trizas y con amistades echadas a perder. El 8 de enero se cuentan las bajas, el dinero volatilizado y los días desperdiciados por una u otra perturbación.

Pues bien, lo único que me compensa de estas fechas es que me llega puntualmente un sobre del amigo extraviado, Nacho Amado Díaz-Varela, cuyo segundo apellido le adjudiqué al principal personaje masculino de mi novela Los enamoramientos. Me contenta saber que al cabo de los siglos se sigue acordando de mí, aunque tiene la mala y deliberada costumbre de no poner nunca remite, y hace años que no le puedo contestar. También ignoro su teléfono, y las últimas y turbias señas de que dispuse resultaron ya inservibles —mi carta me fue devuelta con un tajante “Desconocido”— hace no menos de un decenio. Era amigo de la primera juventud y lo conocí a través de mi primo el pintor Carlos Franco, cuya obra más vista es hoy casi anónima, los frescos de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor de Madrid. Ni siquiera él sabe cómo contactar con Nacho Amado, de cuya vida sé sólo retazos desde que nuestros caminos se separaron. Hubo un tiempo, hacia nuestros dieciocho años, en que se presentaba a menudo sin avisar en casa de Carlos o en la mía.

Pero era tan simpático y su compañía tan grata que, aunque uno estuviera ocupadísimo, abandonaba con gusto cualquier quehacer y le dedicaba la tarde a su inesperada visita. Poseía algo infrecuente y muy de agradecer: una extraordinaria capacidad para ver la comicidad de las cosas, de las frases, de las situaciones, de las escenas de las películas y de cuanto llegara a sus ojos y oídos. Lo que le hacía gracia se le quedaba grabado (compruebo en sus sobres navideños que aún es así, y que guarda memoria de episodios mínimos que, cuando me los recuerda, todavía me hacen reír). Al principio era atleta, lanzaba la jabalina; después se hizo bombero, creo que forestal; durante una época se dedicó a criar perros en algún lugar cercano a Madrid; más tarde, tengo la vaga idea de que se casó y separó de una estadounidense que curiosamente había sido alumna mía en un curso de los primeros años ochenta, impartido en mi ciudad; con ella o por ella viajó largo tiempo por su país; sé que más adelante viajaba a África a menudo, y sobre todo al Extremo Oriente, donde deduzco que aún pasa temporadas. Nunca tuve ni idea de qué lo reclamaba en esos lugares, y la fantasía es libre: me figuro al atlético Nacho como mercenario, como traficante de algo o como a Christopher Walken abducido por la ruleta rusa en Saigón, en la película El cazador. Todo esto es imposible, claro, pero, como nada sé, cualquier disparate cabe en mi imaginación.

En sus largos mensajes navideños no cuenta, no da noticias, no me pone al día. Se limita a enumerar aquellas frases o situaciones que nos hacían reír en la primera juventud. Luego pasa a lo que llama “hit parade”, y destaca, fuera de contexto, fragmentos de artículos míos que le han parecido chuscos o le han arrancado una carcajada. Así aislados, me cuesta identificarlos, pero veo que conserva intacta su capacidad para captar la comicidad, voluntaria o involuntaria. Ya en los tiempos remotos su ídolo en cine era Polanski, y en literatura Modiano. Supongo que estará satisfecho de que el primero aún haga películas y al segundo le cayera el Nobel. Sin embargo, no los menciona ahora. Sus falsas cartas están llenas de citas, no de escritores, sino de conocidos. Siempre le hicieron especial gracia los adustos comentarios de mi tío Ricardo, padre de Carlos, médico que había estado en la División Azul y que lo reprobaba todo con sorna. En la de este año recupera lo que dijo cuando me vio con las largas melenas que hace poco confesé haber lucido entre 1972 y 1974, algo así. Mirándome de reojo con indescriptible desdén, preguntó a su alrededor: “Y este, ¿por qué se viste de Gerónimo?”, y prosiguió con su cena. También se le cuela esto, en broma seguramente: “Aunque permanecerás en silencio, siempre me digo: Este año tendrás carta de Javier”. Llevo una década intentando romper mi silencio, en vano. Alguien que todavía es capaz de provocarme las sonrisas y risas de antaño, alguien que parece no haber cambiado de carácter ni haberse desengañado a lo largo de tantísimo tiempo, no merece estar extraviado. O, mejor dicho, no me lo merezco yo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de enero de 2020