Cuestionario ‘Gentleman’


Entre la realidad y el deseo: ¿cuál es el verdadero valor de la elegancia?
MIGUEL POLO
Gentleman/El Confidencial, 18 de octubre de 2018

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LA ZONA FANTASMA. 14 de octubre de 2018. ‘Literatura de penalidades o de naderías’

Otra vez no, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones. Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres… Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”. La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones.

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas. Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario. Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.

Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo. Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales. A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard). Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda. Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”.

Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård. Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. “No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades. Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård. Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas. Si relatan atrocidades, aún mejores. Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras. Puede que en algún caso así sea. Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 7 de octubre de 2018. ‘Antes de que me mojen’

Una de las películas aclamadas este año, Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh, me ha parecido un reflejo fiel de nuestra época, seguramente sin pretenderlo. No creo destriparle nada importante a nadie si cuento lo siguiente (pero absténganse de leerlo los quisquillosos): la hija del personaje interpretado por Frances McDormand (lo peor de la película: se limita a poner caras desafiantes y encabronadas, y por tanto obtuvo el Óscar) fue violada y asesinada salvajemente hace unos siete meses. La policía no ha encontrado al culpable ni ha hecho detención alguna, lo cual McDormand achaca a desinterés y dejación de sus funciones. La mayoría de los policías, como casi todos los de los pueblos en el cine estadounidense, son brutales y racistas. La reacción de los vecinos contra McDormand por la colocación de los tres carteles denunciatorios es propia de cafres y desmedida, con lo que el espectador toma partido por la madre doblemente herida. Según avanza la historia, sin embargo, es ella la que se comporta de manera cada vez más desproporcionada, y además se intuye que quizá no hubo dejación por parte de la policía local, sino que realmente no había pistas que condujeran a la detención de nadie. Hay casos difíciles de resolver o que no se resuelven nunca. Y eso es lo que la madre no parece entender ni acepta. Quiere detenciones, más o menos fundadas. (Sin ser nada del otro mundo, Tres anuncios se va viendo con agrado, pese a los palos en las ruedas de su protagonista.)

Si digo que la veo como un reflejo de nuestra época es porque esa actitud exigente hasta lo irracional se va extendiendo, desde hace lustros, a velocidad de vértigo. Demasiada gente se empeña en que las cosas sean como ella quiere, aunque eso resulte imposible. Demasiada cree tener derechos ilimitados, cuando sólo tenemos unos cuantos. Hace ya años puse este ejemplo paradigmático de este egoísmo enloquecido: la crónica televisiva desde Roma, cuando Juan Pablo II estaba moribundo, mostró a una señora española que se quejaba airada de que no se asomara el Papa. Alguien le explicaba que el hombre estaba en las últimas, a lo que ella respondía cargándose de razón: “Ya, pero es que yo estoy aquí estos días, y si no sale al balcón ya no podré verlo”. La obligación del agonizante pontífice era arrastrarse hasta allí para darle gusto a la señora cuando a ella le convenía. Lo mismo sucede con esos bañistas que, si ven bandera roja en la playa, se indignan y se meten en el agua poniendo en riesgo sus vidas y tal vez la de un socorrista que deba lanzarse a rescatarlos. “Ah”, suelen argumentar, “es que para tres días de vacaciones que tengo, no me los van a chafar los de la bandera roja”. Como si quienes la izan lo hicieran por fastidiarlos arbitrariamente y no para protegerlos. Demasiada gente no admite la existencia del azar, ni de los accidentes, ni de las contrariedades, ni de los imponderables. Este verano se armó un motín porque no sé qué famoso disc-jockey se vio varado en Rusia al suspenderse allí los vuelos por inclemencias del tiempo, y no pudo desplazarse a Cantabria, donde tenía una actuación programada. El público que lo aguardaba montó en cólera pese a que el dj se disculpó, dio explicaciones y prometió cumplir más adelante con su compromiso, y los organizadores ofrecieron devolver el dinero a quienes lo deseasen. Las personas acostumbraban a entender lo que se llamaba “causas de fuerza mayor”. Ahora no. Si el Papa debía reptar por el suelo gastando en ello su postrer aliento, el dj tenía que haber previsto el mal tiempo y haber emprendido viaje en tren desde Moscú, fechas antes, para complacer a sus cántabros.

El nivel de exigencia demente ha llegado al punto de que, antes de que nada ocurra, muchos ya protestan furiosamente “por si acaso”. Cuando todavía se ignoraba si Arabia Saudita cancelaría o no el encargo de unas corbetas a los astilleros gaditanos (por lo de las bombas y eso), sus trabajadores ya estaban cortando carreteras e incendiando neumáticos “por si acaso”. Ellos, y muchos otros, me recuerdan a Don Quijote cuando decidió “hacer locuras” en unos riscos (cabriolas en paños menores, creo) para que Sancho se las relatara a Dulcinea, que por fuerza no le había sido infiel ni había hecho nada. Y Don Quijote le dice a su escudero, más o menos (cito de memoria y que me perdone Francisco Rico; Cervantes ya sé que sí): “Así entenderá que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?”. Es decir, si me comporto de este modo sin causa ni motivo, cómo reaccionaría si me los proporcionara. Hoy lo llamaríamos “acciones preventivas”, a las que el mundo es cada vez más adicto. “Aún no ha pasado nada, aún no me han perjudicado; pero protesto y destrozo de antemano para que no se les ocurra perjudicarme”. En la película mencionada dudo que el espectador vea a McDormand como un caso de intolerancia a la frustración (comprensible) y exigencia chiflada. “Quiero culpables”. “Ya, y nosotros también, pero es que no los encontramos. ¿Quiere usted que nos los inventemos?” La respuesta (deduzco yo al menos) parece ser: “Sí. No me importa. Ustedes tienen la culpa de no encontrarlos”. Así no podemos seguir ninguno, espero que estén de acuerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 30 de septiembre de 2018. ‘De Salvini y de Saviano’

Oportunamente, la revista Claves nos ha recordado algunas citas de uno de los mejores ensayistas del XIX, el inglés William Hazlitt: “El principio de la idolatría es siempre idéntico: necesidad de encontrar algo venerable, sin saber qué es o por qué se lo admira… Cuanto más innoble sea el objeto de culto, más esplendorosos serán sus atributos. Cuanto mayor sea la mentira, mayor entusiasmo habrá al creer en ella y mayor codicia al tragársela”. O he aquí esta otra: “Hay países que adoran a las bestias más destructivas… Tal parece que las cosas más repulsivas a la razón y al sentido común son las más veneradas por la pasión y la fantasía”.

Da la impresión de que Hazlitt esté hablando de los éxitos electorales de Trump, Putin, Erdogan, Orbán, Kaczynski, Maduro, Duterte, Puigdemont y el brutal e inminente Bolsonaro (si en el Brasil no lo remedian). También del Vicepresidente y Ministro del Interior italiano Matteo Salvini, entronizado por el “izquierdista” Movimiento 5 Estrellas. Este individuo es abiertamente racista, zafio, chulesco, matón, despreciativo, ignorante hasta el paroxismo, con muchos visos de ser también deshonesto. La justicia de su país ha hallado a su partido, La Lega separatista, culpable de un fraude de 49 millones de euros que, procedentes de subvenciones electorales, el maestro y mentor de Salvini, Bossi, utilizó para reformar una casa, adquirir coches de lujo e incluso comprar una licenciatura en Albania (?) para su torpe hijo. Salvini procura abandonar a la muerte a los inmigrantes “esclavos” o ilegales, en la medida de sus notables posibilidades. Ha propuesto un censo de gitanos con vistas a expulsarlos (incluidos, quizá, los que son tan italianos como él o más); es decir, por fortuna aún está bastantes pasos por detrás de Hitler, que los gaseó junto con judíos y homosexuales. Como además es asnal, quiere prohibir las vacunas obligatorias, ya que, según él, nada menos que “diez de las catorce preceptivas son inútiles y en muchos casos peligrosas, si no dañinas”. Pues bien, este sujeto amigo de Bannon enfervoriza a buena parte de sus compatriotas (ya avisaron con Berlusconi), haciendo deprimentemente actual la segunda cita de Hazlitt, nacido en 1778 y muerto en 1830.

Sorprendentemente (porque los “intelectuales” nos apuntamos a cualquier causa que dé lustre), en torno a él se ha hecho el silencio internacional. Incluso tras amenazar, grave y mezquinamente, al escritor Roberto Saviano, uno de los pocos (que yo sepa, junto con Massimo Cacciari) que ha alertado sobre su peligrosidad e idiotez profundas. Saviano lleva doce años en el punto de mira de la Camorra por haberla ofendido y expuesto en su célebre libro Gomorra. Desde entonces vive escondido y protegido por cinco carabinieri. Como a Salvini no le gustan sus críticas, ya ha anunciado que “las instituciones competentes valorarán si Saviano corre algún peligro, porque me parece que pasa mucho tiempo en el extranjero. Valoraremos cómo se gasta el dinero de los italianos. Le mando un beso”. Un beso de Judas de manual, porque el Ministro del Interior de un país de la UE, que debería combatir a las mafias y proteger a sus ciudadanos, tiene que revisar si un escritor condenado a muerte por una de ellas “corre algún peligro”; e ignora, en su incompetencia, que los sicarios viajan a todas partes, incluido “el extranjero”. Amenaza a Saviano con retirarle la protección porque “se gasta el dinero de los italianos”: la propia Lega podría sufragar los escoltas con sus 49 millones defraudados. Es decir, este Vicepresidente y Ministro está dispuesto a facilitarles a unos criminales su tarea vengativa, y nadie lo ha destituido tras semejantes declaraciones. Es como si un homólogo español suyo, cuando Savater era blanco de ETA y se movía con guardaespaldas, le hubiera advertido que se lo quitaría si se le ocurría criticar sus políticas. No habría durado diez minutos más en el puesto, y eso que nuestro país no se distingue por su decencia.

Es llamativo que el “colectivo” de intelectuales y escritores (es el otro al que me referí el domingo pasado) apenas haya dicho palabra. Quizá recuerden cómo mis colegas se movilizan ante cualquier abuso o injusticia: que si los saharauis, y los palestinos, y el Subcomandante Marcos (hubo procesiones a visitarlo, con cámaras), y la fetua contra ­Rushdie, y los ataques a Pamuk, y Saramago privado de su nacionalidad, y “Je suis Charlie”, y Assange y Snowden y cuanto esté en su memoria. Pocos han elevado la voz ante esta intimidación-mordaza a Saviano, y desde luego no he visto protestas ni manifiestos firmados en tropel por sus colegas y míos. Tal vez es que Salvini, como los autoritarios acomplejados que no aguantan ni una crítica, individualiza a los discrepantes y toma represalias. La mínima o nula reacción de este “colectivo” me tienta a concluir con otra cita de Hazlitt, que aún no suscribo del todo: “La vanidad del hombre de letras es descomunal, mientras que su apego a la verdad es francamente remoto… Sólo admitiría que algo está bien o mal en el mundo si ha sido él quien lo detectó. Incluso…, por hacerse el interesante (sobre todo si recibe un buen pago), está dispuesto a probar que las mejores cosas del planeta son las peores, y las más detestables ideales”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de septiembre de 2018. ¿No tan mujer?

Este verano han sucedido dos cosas que me han llevado a desconfiar de la sinceridad de otros tantos “colectivos”. Y uno de ellos, lo lamento, es el feminismo actual, o, como gustan de llamarlo algunas de sus militantes, “la cuarta ola” de ese movimiento, que en las tres anteriores anduvo sobrado de razón, fue digno, estimulante, argumentativo, a menudo inteligente y rara vez contradictorio. Por ello mereció el apoyo de gran parte de la sociedad, que celebró sus éxitos como conquistas de todos.

Los hechos no están muy claros, pero sí alguno. Como recordarán, cerca de la Ciutadella de Barcelona, una mujer española de origen ruso, casada con un militante de Ciudadanos (que la acompañaba en aquel momento junto a los hijos pequeños de ambos), quitó lazos amarillos anudados a la verja del parque, ya saben que Cataluña está inundada, los activistas muy activos. Un hombre la increpó, se produjo la discusión consiguiente y a continuación el individuo le propinó un puñetazo en la cara que la tumbó al suelo. No le bastó con eso, sino que, al tratar de incorporarse la mujer, se abalanzó sobre ella y le dio más puñetazos en la cara y en otras partes del cuerpo. El marido intentó quitarle al agresor de encima, con escaso éxito, y el atacante se dio a la fuga tras el forcejeo. Esta es la versión de la mujer, que añadió un dato: al dirigirse a sus críos en ruso, el independentista le espetó: “Extranjera de mierda, vete a tu país y no vengas aquí a joder la marrana”.

La versión del varón, identificado y detenido al cabo de unos días, naturalmente difiere. Según él, la recriminó “sólo por su incivismo”. “No que quitara los lazos sino que ensuciase la ciudad porque los tiraba de malos modos al suelo”. Entonces ella le dio una patada en los testículos “y después ambos cayeron al suelo peleándose, hasta que fueron separados”. Como en todo caso de palabra contra palabra, las dos narraciones pueden ser ciertas, o, mejor dicho, lo será una tan sólo, pero no podremos saber cuál hasta que los testigos corroboren una (y siempre que sean veraces). En principio, sin embargo, la segunda suena bastante inverosímil. Si cada vez que alguien enguarra las calles tirando cosas al suelo en vez de a una papelera (bolsas de patatas, botes de refrescos) reaccionáramos como ese sujeto, tendríamos un permanente paisaje de peleas y riñas a puñetazos y patadas, o aun con armas. Cuesta creer que el motivo de la increpación fuera el incivismo, ya que en todas las ciudades españolas —en Madrid en la que más—, esa clase de incivismo es incesante. Me juego la paga de este artículo a que si la señora de origen ruso hubiera arrojado una docena de kleenex usados al suelo, ese guardián de la limpieza no se habría irritado hasta semejante punto. El agresor, por cierto, al salir más bien libre del juzgado, se tapó la cara con una toalla —oh casualidad— amarilla.

Lo que sí es seguro es que la mujer recibió atención sanitaria por una “desviación del tabique nasal, con dolor intenso a la palpación” y “presencia de contusión maxilar”, como consta en el parte médico. De los testículos del varón no hay noticia, pero puedo atestiguar desde niño que si uno encaja un golpe en ellos, queda inmovilizado de dolor durante un par de minutos por lo menos, e incapacitado para abalanzarse sobre nadie mientras ese dolor no remita. Así pues, de lo que no cabe duda es de que un hombre pegó a una mujer en plena calle y en presencia de sus hijos. Para las feministas de la “cuarta ola”, tan dadas a la susceptibilidad y a la condena sin pruebas, eso debería haber bastado para poner el grito en el cielo, independientemente de que la mujer hubiera respondido o no a los golpes. Y sin embargo no he visto manifestaciones de apoyo a la hispano-rusa, ni he leído artículos indignados de escritoras, ni sé de campañas de linchamiento en las redes como las que han sufrido muchos otros sin haber llegado nunca a las manos.

A partir de ahora no podré creerme una palabra de lo que digan, reclamen, protesten o acusen muchas hipócritas feministas actuales, sobre todo catalanas. Me pregunto qué se ha hecho de la plataforma anónima Dones i Cultura, que ha logrado la dimisión del director Lluís Pasqual “por malos tratos verbales” a una actriz hace años. Verbales, insisto: no puñetazos. Me pregunto por el silencio o la “prudencia” de las políticas Colau, Artadi, Rovira, Gabriel, Boya, Borràs y otras, de las periodistas Terribas y Chaparro y otras, de la neófita y gurú Dolera, todas ellas catalanas y muy o superfeministas. Algunas saltan por nada, y en cambio no han dado un brinquito por este caso. Si este feminismo tan jaleado resulta ser selectivo, su sinceridad está en tela de juicio. Si una mujer es antiindependentista y de origen ruso, ya no es tan mujer, por lo visto. Si el varón que le pega es secesionista y xenófobo (una pelea así es casi siempre desigual por sexo, todavía), entonces es menos agresor y quizá no condenable. No hay que “precipitarse” a juzgarlo, pobrecillo: no merece la misma vía rápida e irreflexiva que Woody Allen, Dustin Hoffman y tantos otros con los que no ha habido contemplaciones. Está blindado, si es de los nuestros. Del otro “colectivo” decepcionante, deberé ocuparme un domingo futuro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de septiembre de 2018. ‘Qué raro virus’

Descuiden, destesto que me cuenten sueños, sobre todo en las películas y en las novelas. En cuanto me aparece uno en imágenes, o me lo cuela un escritor, me dan ganas de salirme del cine o de abandonar la lectura, y lo hago si se ­reitera el latoso recurso. Así que el mío será brevísimo: soñé, hace un par de meses, que me metían en la cárcel; tenía que compartir celda con una señora de mediana edad, y mi mayor preocupación era si me permitirían fumar a mis anchas o no. Eso es todo.

Ahora bien, me quedé preguntándome por qué había soñado tal cosa, y en seguida llegué a la conclusión de que no tenía nada de particular, dada la grandísima cantidad de personas, en principio “respetables”, repartidas por las prisiones o con visos de acabar en ellas, es decir, inmersas en procesos que pintan mal, o ya condenadas y en libertad provisional a la espera de sentencia en firme, o bajo elevada fianza hasta que se inicie su juicio. Nos hemos ido acostumbrando y ya no nos sorprende. Pero constituye una gigantesca anomalía una sociedad con las cárceles llenas de ministros (pongan ustedes los “ex-”), presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

La mayoría de esta gente recibía excelentes sueldos, a diferencia de sus conciudadanos, muchos de los cuales no pasan de mil euros al mes desde hace años. Además, ejercían cargos vistosos e influyentes, que les daban popularidad (a cada uno en su ámbito) y proyección social. Ninguno era un “don nadie” frustrado o resentido con el mundo en general. Eran más bien privilegiados, individuos con suerte (los méritos ya son discutibles) y en todo caso bien relacionados, porque a nadie se le otorga nada si no resulta de utilidad. Lo natural sería que se hubieran estado quietos en sus magníficos despachos; que hubieran ejercido sus respectivas tareas impecablemente, y aun agradecidos; que se hubieran dado con un canto en los dientes cada mañana al levantarse y comprobar lo bien que les iba en su mundo. ¿Cómo es posible que tantos de ellos se hayan jugado sus carreras, su prestigio, su respetabilidad, su familia, su dinero y su libertad por un exceso de ambición, de codicia, de nacionalismo locoide o de salacidad? Uno entiende el delito de quien ante sí ve un negro futuro sin posibilidad de mejorar, de quien poco posee y nada tiene que perder. No, en cambio, el de quienes tienen tantísimo que perder. El extraño fenómeno se ha achacado a la sensación de impunidad dominante entre “los importantes”. Esa explicación tal vez valga para los primeros casos, pero no para el resto, para cuantos ya habían visto las barbas del vecino puestas a remojar. ¿Qué raro virus atraviesa nuestra sociedad, que ni siquiera tiene la excusa de estar visiblemente amenazada por mafias, como la italiana?

Sea cual sea, ese virus no ha remitido pese a los escarmientos acumulados. Pedro Sánchez ha alardeado demasiado pronto de “Gobierno ejemplar”. Está por ver. Lo cierto es que, sin cometer delito por ello, en sus primeros 54 días de Presidencia el BOE publicó 484 decretos de ceses y nombramientos. Según contó aquí Carlos Yárnoz, los relevos afectaron a casi todas las empresas y entes públicos: Hunosa, Sepi, Tragsa, RTVE, Renfe, Adif, Correos, Instituto Cervantes, Cetarsa, Navantia, Sociedad de Caución Agraria, Red Eléctrica, Paradores, Agencia del Medicamento… ¿Tantos funcionaban mal? Algunos de los agraciados con los nuevos cargos son amigos de Sánchez o gente que le ha servido bien. Algunos están remunerados con 200.000 euros anuales o más. La medida será sin duda legal, y es la misma que antes tomaron Rajoy, Zapatero y Aznar, nada más ocupar el poder. Pero es muy fea y huele fatal, a todo menos a “ejemplar”. En cuanto al remedo de “República Catalana pura y sin mácula” en que ya está convertida la semidictatorial Generalitat, 240 cargos del Govern (240, no 24) cobran más que el propio Sánchez. Frente a los 81.000 euros anuales de éste, Torra el Tenebrós percibe 147.000, y encima tiene a su servicio 413 “personas de confianza” —413— con sus abultados salarios. Los consellers reciben 110.760 euros, un 55% más —un 55%— que los ministros del Gobierno estatal. Los directores de TV3 y de Catalunya Ràdio, Vicent Sanchis y Saül Gordillo, no les van a la zaga, con 109.080 cada uno. No es extraño que actúen como felpudos. También son cuantiosos los sueldos para los famosos fugados: 82.210 euros para Meritxell Serret, 85.000 para Lluís Puig, etc, etc. El virus demuestra que Cataluña es tan brutalmente española como Andalucía o Madrid. Si la “República” iba a ser “incorruptible y sin tacha”, es obvio que la infección ha prendido en ella con aún más virulencia que en ningún otro lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 9 de septiembre de 2018. ‘Siglo medievalizante’

En este 2018 han alcanzado o alcanzarán la mayoría de edad los nacidos en el esperado y celebrado 2000. Los que en esa fecha tenían diez años son ya adultos o deberían serlo (ya se sabe que el infantilismo abarca hoy la vida entera). Pero gran parte de los vivos tuvimos conciencia de que cambiaba el siglo, y aun el milenio (con doce meses de antelación, pues la gente, fascinada por la redondez del número, decidió que el giro se producía el 31 de diciembre de 1999, sin aguardar a que transcurriera el 2000 completo, como correspondía). Cada cual, dentro de sus posibilidades, procuró que fuera especial aquella Nochevieja. Yo, aprovechando el dinero llovido de un premio literario o de un golpe de suerte, invité a seis amistades a un precioso hotel de Bath, en el sur de Inglaterra, a las que se unieron, para la cena, otros dos amigos ingleses que se acercaron desde Oxford. (Me doy cuenta ahora de que si incurrí en el dispendio —vuelo y estancia de varias noches—, fue también porque entonces se gastaba con más alegría y porque nadie se metía con uno ni lo criticaba por cómo se fundiera su dinero honradamente ganado; se fiscalizaba menos a las personas, se las espiaba menos, se las delataba y denunciaba menos.)

Ha transcurrido suficiente tiempo del siglo XXI, en fin, como para rememorar y echar un vistazo. Uno se da cuenta de que es mucho tiempo si lo compara con el periodo 1900-1918. A los que lo vivieron les tocó una época convulsa o más bien espantosa, en la que todo quedó patas arriba. Hace exactamente cien años todavía no había acabado la Primera Guerra Mundial, iniciada más de cuatro antes, en julio de 1914, de manera harto estúpida. Como saben, esa Guerra ensangrentó Europa como nunca (que ya es decir), y se calcula que murieron en ella unos 18 millones de individuos. También en 1918, como colofón, se produjo la epidemia de la llamada “gripe española”, que añadió más de 50 millones de cadáveres repartidos por el planeta. Antes, en 1912, se había hundido el Titanic, por mencionar algo que ha perdurado en la memoria colectiva. Y si retrocedemos cien años más, el periodo 1800-1818 es el de las guerras napoleónicas, con sus millones de muertos y nuestro país invadido. En realidad, para 1818 la larga dominación de Bonaparte había concluido, y el Emperador se hallaba preso en la isla de Santa Helena, donde moriría en 1821.

Así que si comparamos 2000-2018 con sus equivalentes del XX y el XIX, podemos darnos con un canto en los dientes. Al menos no ha habido matanzas masivas ni guerras en nuestro continente, ni una plaga demencial como la de la célebre gripe. Pero también es cierto que aquella Nochevieja en Bath mis amigos y yo no podíamos imaginar que el siglo XXI se desarrollara como lo viene haciendo. Aún estaban bastante recientes la caída del Muro de Berlín (en 1989), el desmantelamiento de la Unión Soviética, la improbable democratización de Rusia y la liberación de los países del Este. No se habían producido los atentados contra las Torres Gemelas, que lo trastocaron todo, ni por tanto las Guerras de Afganistán y de Irak, la primera aceptada por la comunidad internacional y la segunda no, gratuita, nefasta e impuesta por Bush Jr. Nadie podía prever la virulencia fanática del Daesh, ni que en 2008 habría un elegante negro en la Presidencia de los Estados Unidos, ni un fantoche blanco —o naranja— en 2016. Ni que esos países del Este, admitidos en la Unión Europea, se iban a revolver contra ella convirtiéndose en autoritarios de extrema derecha coincidentes con la falsa izquierda. Tampoco se vislumbraba una recesión económica como la que afecta al mundo desde hace un decenio. Ni que políticos catalanes iban a aspirar a un Estado propio intransigente, malversador y totalitario, y a torpedear también la Unión Europea, lo mismo que el zafio fascista Salvini en Italia —otro separatista en su raíz, lo cual muestra cuán fácilmente éstos se tornan fascistas de manual en casi todas partes—. Con todo, ya digo, podemos congratularnos.

Pero lo que no esperábamos aquella Nochevieja era que tanta gente fuera a entontecer (aún más) masivamente. Que fuera a ser tan contradictoria, y a pedir a la vez libertades absurdas (eliminar la gramática y la ortografía, por poner un ejemplo inocuo pero especialmente idiota) y exigir regularlo todo y prohibir mucho y censurar a mansalva. Que gran parte de la población viviría abducida por sus pantallas y se vería impelida a opinar de todo, con o sin conocimiento, casi siempre para echar pestes. Que esa gente sería pusilánime y se sentiría “amenazada” hasta por una opinión disidente (y aspiraría a suprimirla), y quemaría virtualmente —o no tanto— a cuantos contrariasen sus convicciones. Que una porción de las mujeres decidiría ver a los varones, en conjunto, como verdugos y enemigos, desatando la desconfianza entre los sexos y el desinterés de uno por otro hasta niveles desconocidos. Que demasiadas personas renunciarían a razonar y a argumentar, y relegarían la verdad a un segundo o tercer planos, en favor de sus creencias, supersticiones e irreales deseos. Ninguno preveíamos, en suma, que en tantos aspectos el siglo XXI sería tan reaccionario y medievalizante. Ojalá tome otra senda, para que el periodo 2039-2045 no se asemeje en nada al de cien años antes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de septiembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 2 de septiembre de 2018. ‘Motivos ocultos y caballerosidad maldita’

Hace ya mes y medio que concluyó el Mundial de fútbol, pero nos dejó, en su despedida, un par de imágenes hacia las que vale la pena volver la vista, o eso creo. Justo antes de los dos partidos finales, la FIFA emitió una prohibición, con amenaza de multa si no me equivoco. Desde hace no mucho está a su frente un italiano, Infantino, que sustituyó al corrupto y al parecer bebedor Blatter, el cual se había eternizado en el cargo como todos sus predecesores. Así que, si la tradición se mantiene, el mundo del fútbol sufrirá a este Infantino varias décadas. Si digo “sufrirá” es por la prohibición a que me he referido: las cámaras de televisión planetarias debían abstenerse de sacar planos de mujeres vistosas o agraciadas en los estadios, “porque” —y el motivo aducido es lo más idiota de todo— “tienen como propósito atraer a los espectadores masculinos”, y por lo tanto son machistas o sexistas o las dos cosas. O sea que, de no ser por estos fugaces vislumbres de chicas, los hombres no se pondrían ante el televisor ni locos. Resulta que los varones nunca han estado interesados en admirar las evoluciones sobre el césped de veintidós mozos esmerándose en dominar la pelota y meter goles, sino que se han tirado hora y media ante el aparato —eso si no hay prórroga— a ver si captaban brevísimamente la imagen de una chica guapa: su motivo oculto. Bueno es saberlo, al cabo de tanto tiempo. Lo que no ha especificado la lumbrera Infantino es: a) si las cámaras pueden sacar a aficionadas feas o entradas en años (lo cual sería probablemente discriminatorio); b) si se deben permitir planos de niños, no vaya a ser que eso atraiga a los espectadores pedófilos; c) si las muchachas atractivas no estarían tentando también al público lesbiánico; d) si las imágenes de hombres jóvenes (muchos a torso descubierto) no serán un señuelo para las mujeres salaces y los homosexuales varones; y e) si se debe prohibir enfocar a los futbolistas mismos, en el caso de ser apuestos y atléticos, por si acaso. Mejor que no se televise nada. Lo más sorprendente de esta sandez censora es que ha sido aplaudida por algunos columnistas masculinos, que implícitamente han reconocido ser unos “salidos” enfermizos y haberse pasado la vida viendo partidos para atisbar mujeres. Eso, o son de ese género bajo que prolifera hoy tanto, los hombres que les hacen la pelota a las mujeres. Lo cierto es que en la Final la imagen fue su ausencia: apenas si hubo, en efecto, planos de las gradas. De nadie.

La otra fue la entrega de la copa y las medallas. Sobre una tarima, las autoridades: Putin, Macron, la Presidenta de Croacia Kolinda Grabar-Kitarović, el talentoso Infantino y otros que no sé quiénes eran. Empezó a llover a lo bestia, una de esas cortinas que, si nos pillan en la calle, nos obligan a guarecernos a casi todos. Los jugadores están acostumbrados, pero no los paisanos. Al cabo de un par de minutos, apareció un esbirro con un paraguas, con el que cubrió… a Putin, que en Moscú era el anfitrión, para mayor grosería. Éste no le indicó en ningún momento a aquél que mejor protegiera a alguno de sus invitados, por hospitalidad al menos. Durante un par de minutos el único a salvo de la ducha fue el ex-agente de la KGB, famosa por su falta de escrúpulos. Por fin aparecieron dos o tres esbirros más con sendos paraguas, que sostuvieron sobre las cabezas de Macron, Infantino y otros. Así que durante un rato todos estuvieron a resguardo menos Kolinda G-K, mujer afectuosa: con su camiseta de la selección croata enfundada, abrazaba con calidez —quizá por astucia— a todos los futbolistas, a los suyos y a los rivales franceses.

Ante lo insólito de la situación —para mí, que soy anticuado—, dudé entre atribuirla a que la vieja caballerosidad ya ha sido erradicada del mundo, y a varios calvos o semicalvos les traía sin cuidado que se empapase la única persona con larga melena rubia (Kolinda G-K estaba hecha una sopa), o a las consignas actuales que tildan de machista cualquier deferencia hacia una mujer. Cubrir en primer, segundo o tercer lugar a la Presidenta habría sido de un sexismo intolerable, así que se la abandonó hasta el final deliberadamente (para cuando le llegó su paraguas, daba lástima). Más allá del indiferente sexo de las personas, hay una cosa que se llamaba educación, urbanidad o cortesía, que a la mayoría solía impelernos a ceder el paso a cualquiera (mujer u hombre), a ceder el asiento en el metro o el autobús a quien menos le conviniera permanecer de pie (mujer u hombre), a no empezar a comer hasta que todos los comensales estuvieran servidos (mujeres y hombres), a proteger con paraguas a quien más lo necesitara, por llevar ropa ligera, por tener una edad a la que los resfriados se pagan caros o por lucir larga melena frente a un grupo de calvos conspicuos sin riesgo de que sus cabellos parezcan estopa tras un buen rato de jarreo. Si todo esto se ha abolido, no vaya a ser uno acusado de machista, fascista, paternalista, elitista, discriminatorio o civilizado, más vale que lo comuniquen con claridad las autoridades, aunque sean las de la estupidísima FIFA.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de septiembre de 2018

Por alusiones

Effigie/ Leema

Hidalgo, su “Pensar en España” y las bondades del diálogo
MIGUEL ÁNGEL GOZALO
Nueva Revista, 27 de agosto de 2018

Cărtărescu: “La soledad es el motor de toda mi obra”
ESTHER BALLESTEROS
Crónica Global, 27 de agosto de 2018

En los dominios del Gatopardo
IKER SEISDEDOS
El País, 1 de septiembre de 2018

‘Operación Gatopardo’: así manipularon los comunistas la obra maestra de Lampedusa
JORGE DEL PALACIO
El Mundo, 25 de agosto de 2018

Gmffrojpu dnreikklera!!! Soootraaulkj
JORDI PUNTÍ
El Periódico, 25 de agosto de 2018


Francisco Rico: “Gil de Biedma nunca pensó que cogería sida”
EMILIA LANDALUCE
El Mundo, 30 de julio de 2018

LA ZONA FANTASMA. 29 de julio de 2018. ‘Suyo es el reino’

Desde que hace años se desató, entre muchos hombres, una desaforada carrera por adular a las mujeres (y entre muchas mujeres por adularse a sí mismas), son frecuentes las versiones periodísticas, críticas, literarias y cinematográficas según las cuales el mérito de las obras de los varones notables correspondía en realidad a sus mujeres, amantes, amigas o secretarias. A veces fue así, sin duda: en España es conocido que María Lejárraga hacía de “negra” de su marido, el dramaturgo Martínez Sierra, si bien éste nunca fue notable, la verdad. Pero toda fabulación es admisible, sobre todo en la ficción, y así, nada hay que oponer a que se presente a Zenobia Camprubí como la fautora de los versos de Juan Ramón Jiménez, a Alma Reville como el genio tras las películas de Hitchcock, a una joven como fuente de las imágenes de Shakespeare, a Gala como poseedora del talento de Dalí (yo a éste no le veo ninguno, pero en fin), a la copista de Beethoven como alma de su Novena, y así hasta el infinito. Que por ilusión no quede, todo puede ser.

Pero en los últimos tiempos se ha dado un paso más. La operación consiste no ya en atribuirles o restituirles los méritos a las mujeres que quedaron en sombra, sino en presentar a todo varón notable como a un redomado imbécil. Es en el cine donde esto se percibe mejor. Hará un lustro le tocó el turno a Hitchcock, creo que algo escribí ya en su día, discúlpenme. Hubo al menos dos películas sobre él. En una lo encarnaba el gnómico actor Toby Jones (que ya había hecho de Truman Capote) y en la otra Anthony Hopkins en una de las peores interpretaciones de su muy decadente carrera. Por supuesto su mujer, Alma Reville, aparecía como la lista y sabia de la pareja, pero eso es lo de menos. Sin duda trabajaron juntos. Lo llamativo es que en esos retratos Hitchcock no sólo era un sádico, un histérico, un déspota, un engreído y un acosador, sino un completo idiota. Tal vez fuera todo lo anterior, pero idiota es seguro que no. Basta con leer su célebre libro de conversaciones con Truffaut para comprobar que sabía lo que se hacía, y por qué, en mayor medida que casi ningún otro artista. Hopkins lo representaba, en cambio, como si hubiera sido deficiente, y ni siquiera imitaba bien su forma de hablar.

Ahora le ha tocado a Churchill, al que en poco tiempo he visto deformado en tres ocasiones. En la serie The Crown, le daba caricatura John Lithgow, que no se parece nada al Premier británico y lo hacía fatal, en vista de lo cual fue elogiado y premiado. En la película Churchill, el actor era Brian Cox, que tampoco se parece nada y ofrecía escenas grotescas sin parar. (La abandoné tras ver a Churchill arrodillado a los pies de su cama y rogándole histriónicamente a Dios unos cuantos disparates.) En El instante más oscuro, la tarea se había encomendado a Gary Oldman, que merece ser ahorcado —metafóricamente, todo hay que advertirlo— y en cambio se llevó el Óscar de este año. Como aún se parece menos a Churchill, le colocaron prótesis y maquillaje a raudales, y el resultado es una fofa figura de cera que recuerda más a Umbral (esos labios finos y cuasi paralíticos, esas gafas) que al pobre Sir Winston. Pero, más allá de eso, en las tres versiones Churchill resulta ser un memo integral. Su mujer, Lady Clementine, es más inteligente, pero eso nada tiene de particular y acaso fuera verdad. Por supuesto es un borracho constante, un grosero, un iracundo, un balbuciente, un confuso, un dementoide, alguien que se equivoca en casi todo, otro histérico feroz. Yo no conocí a Churchill, claro está, pero he oído sus discursos, lo he visto en imágenes, lo he leído e incluso seleccioné y traduje un excelente relato suyo de miedo en mi antología Cuentos únicos. De la bonhomía irónica de su expresión no queda rastro. Tampoco de su contrastado ingenio (y puede que fuera la persona más ingeniosa de su tiempo). De su magnífica oratoria, poco, o la estropean. De su visión política y bélica, más bien nada. Ya he dicho: un bobo insoportable y zafio.

Mi impresión es que, una de dos: o hay una campaña antiChurchill en su país (váyase a saber por qué), o todo esto responde a la necesidad de nuestro siglo de no admirar nunca a nadie. No se trata ya de las vetustas “desmitificaciones” de moda en los años setenta, sino de convertir en mamarrachos a cuantos llevaron a cabo algo sobresaliente. Es como si nuestra época se hubiera contagiado del mal humor y el resentimiento, presentes y retrospectivos, que dominan las redes sociales. Nadie ha sido nunca digno de respeto, y aún menos de admiración. Todo el mundo ha sido un farsante y el genio no existe ni ha existido jamás. Así que ya no basta con “descubrir” que tal individuo insigne fue un racista, el otro un imperialista, el otro un adúltero sexista, tiránico el de más allá. No, es que todos eran unos cretinos sin excepción. Es como si la sociedad actual no soportara su propia atonía o inanidad general y, para consolarse, tuviera que negarles el talento, la perspicacia, el valor, a todo bicho viviente y a todo predecesor bien muerto. Siempre he estado convencido de que la incapacidad de admirar (o sólo aquello que se sabe que es malo y que por lo tanto “no amenaza” de verdad) es lo que más delata a los acomplejados y a los mediocres. Suyo es, por desgracia, el reino en el que vivimos hoy.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de julio de 2018

[Javier Marías se toma un descanso pero regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]