Entrega del premio de ‘La Lettura’

Stefano De Grandis. La Presse

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Javier Marías, libertà di parola. Il premio de La Lettura
IDA BOZZI
Corrieres della Sera, 11 febbraio 2019

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LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2019. ‘Parte de nosotros’

Es feo reconocerlo, pero la mayoría de la gente no hace distingos y rechaza las matizaciones. Aún más feo y triste es admitir la excesiva influencia de los gobernantes en la percepción que tenemos de sus países y pueblos. No sirve de mucho que cuando Trump fue elegido Presidente hace un par de años, perdiera el voto popular por una diferencia de dos millones, si mal no recuerdo, y que sólo el injusto sistema electoral americano le permitiera ser investido. Desde entonces, nuestra idea de los Estados Unidos ha cambiado para mal, y esa pésima idea afecta a la totalidad de sus ciudadanos. Aunque sepamos que una gran parte de la nación detesta a Trump y lo padece en mayor medida que ningún extranjero, la mancha se extiende también sobre sus víctimas. Hace poco decliné una invitación de Harvard porque —le expliqué a quien me escribía— “no pisaré su país mientras Trump siga en el cargo”. El profesor en cuestión era tan contrario a su Presidente como yo o más, pero mi decisión —personal, insignificante— es irreversible, como lo fue la de no ir por allí durante los mandatos de Bush Jr, y la cumplí a rajatabla. Así que si yo, que procuro atender a los matices, reacciono de esta manera drástica, cómo no reaccionarán tantos que ni siquiera lo procuran. Por su parte, Gran Bretaña ha sido siempre uno de mis países favoritos, y mi declarada anglofilia me ha traído no pocos desprecios en España. Desde la votación del Brexit, sin embargo, mis simpatías han ido menguando. Sé que los partidarios de abandonar la Unión Europea fueron pocos más que los deseosos de quedarse, y que además muchos de éstos, confiados en que no se impondrían el despropósito y las mentiras flagrantes, se abstuvieron despreocupadamente. Tengo bastantes amigos ingleses y escoceses y están todos horrorizados o desesperados. No he tomado la misma decisión —personal, insignificante— que respecto a los Estados Unidos (me cuesta más, y el Brexit aún no se ha producido), pero tengo escasas ganas de visitar un lugar que siempre me alegró y me atrajo. Los gobernantes, en efecto, tienen más peso del deseable, y cuando son oprobiosos tiñen a todos con su oprobio.

Por eso es tan irresponsable y dañino lo que los dirigentes independentistas catalanes llevan haciendo seis años. Otras consideraciones aparte, han logrado que en el resto de España nazca y crezca una animadversión indiscriminada hacia “los catalanes”, cuando, de los seis o siete millones que son, sólo dos (según los cálculos más interesados) apoyan ese procés de tintes racistas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos, por mucho que sus promotores lleven cínicamente en los labios la palabra “democracia” y que el idiótico PEN los jalee a cambio de dádivas. Durante estos seis años han acumulado insultos, desdenes, calumnias y agravios sin fin hacia “los españoles”, con especial inquina hacia madrileños, andaluces y extremeños. Por fortuna, la reacción ha sido exigua, lenta y nada exaltada. Pero es obvio que la paciencia se erosiona y que el hartazgo va en aumento. A los Mas, Puigdemont, Junqueras, Torra, Rovira, Artadi, Rufián y compañía eso les trae sin cuidado; de hecho ansían más hartazgo. Lo cierto es que, incluso si un día su anhelada República fuera un hecho y Cataluña independiente, la geografía, tozuda, no variaría, y seguiríamos siendo vecinos. ¿Es aconsejable irritar deliberada y sistemáticamente al vecino, cuando además es nuestro mayor cliente? ¿Cuando es al que solicitaríamos ayuda en caso de catástrofe natural o de atentado terrorista masivo? ¿Cuando llevamos siglos de convivencia y solidaridad ininterrumpidas, pese a las fricciones innegables? ¿Cuánto tiempo va a costar restablecer la confianza perdida y la estima deteriorada?

Dado que nos consideramos compatriotas y que estamos muy mezclados, en este caso es más necesario no perder de vista los matices y hacer un continuo esfuerzo por recordar que los usurpadores mencionados no son en absoluto “los catalanes”, sino más bien —gracias a otro sistema electoral injusto— individuos que, merced a una mayoría artificial parlamentaria, han tomado como rehenes a todos sus conciudadanos. Hay cuatro o cinco millones que no hacen sino padecerlos, y a éstos no podemos darles la espalda ni abandonarlos a su suerte, son la mayoría. Conozco a muchos, catalanoparlantes. Paso parte del año en su tierra y, madrileño como soy, y habiéndome pronunciado públicamente en contra no del independentismo (defienda cada cual lo que quiera), sino de este independentismo totalitario y por las bravas, nunca me he sentido rechazado ni me he visto desairado, ni en privado ni por la calle. Más bien al contrario. Ahora que empieza el juicio a los políticos acusados de delitos, el ruido subirá aún más de tono. La difamación de la democracia española no conocerá límites ni escrúpulos. Las ofensas se multiplicarán. Se nos dirá que no pasó lo que hemos visto. Quienes fomentan el odio se aplicarán con ahínco. Justamente ahora es preciso no perder de vista que “los catalanes” no son los que vociferan, increpan y calumnian, en modo alguno. Siguen siendo parte de nosotros, como lo han sido siempre, aunque para los usurpadores y sus acólitos nosotros ya no seamos parte de ellos. Eso no debe importarnos. Son muchos, pero los menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2019. ‘Insaciabilidad’

No se preocupen los no aficionados al fútbol, que la referencia a este deporte será sólo un preámbulo. Es sabido que en él no hay paciencia ni, lo que es peor, mérito que se acumule. Lo estamos viendo una vez más esta temporada: el Real Madrid ganó la Copa de Europa del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, tres seguidas. Aún es más, ganó cuatro de las últimas cinco disputadas, hazaña que ni de lejos ha conseguido ningún otro equipo del continente. Hoy, sin embargo, juega pobremente, está casi descartado en la Liga y no promete llegar lejos en esa Copa de Europa (aunque, como se le ha dado tan bien siempre, nunca se sabe). La hinchada y la prensa están furiosas, desprecian al entrenador y a los jugadores. A mi modo de ver no pasa nada si un equipo padece una mala racha después de tantos triunfos. ¿Qué más se puede pedir? Es natural que el nivel no sea siempre el mismo, más aún tras la marcha del excelente entrenador Zidane y del máximo goleador del club en toda su historia, Cristiano. Lo angustioso del fútbol es que nada de lo logrado importa, que el pasado no existe aunque sea muy reciente, que las mayores gestas no bastan si no tienen continuidad inmediata ni se repiten indefinidamente. Si yo fuera futbolista, viviría desesperado y atemorizado: “El domingo metí tres goles, pero si hoy no meto ninguno, esos tres no servirán de nada y seré abucheado”. El difunto Luis Aragonés lo expresó sin ambages hace mucho tiempo: “Aquí sólo vale ganar y ganar y ganar y ganar. Y ganar y ganar y ganar y ganar…” Así hasta el infinito, una espantosa tarea de Sísifo, cuyo mito ya no sé si conoce mucha gente.

Lo que no era de esperar, sin embargo, es lo que podría llamarse la “futbolización” del mundo, en todos los ámbitos. Las personas tienen cada vez más la sensación de que cuanto hacen es inútil… a no ser que lo hagan una y otra vez, que lo sigan haciendo. Si uno presta un favor, por ejemplo, rara vez sucede lo de antes: ese favor no se olvidaba y uno atesoraba una dosis de agradecimiento por parte del favorecido. Ahora es más bien una trampa en la que uno cae o se mete. Si ha hecho un favor, debe hacer también el próximo, y el otro, y el siguiente. Los precedentes cuentan poco o no cuentan: están en el pasado, y del pasado quién se acuerda. Y si alguien se acuerda, es para exigir que uno esté a la altura, que vuelva a cumplir como si eso se hubiera convertido en una obligación adquirida. Alguna vez he relatado lo que a menudo me ocurre cuando se me pide una colaboración que no me interesa ni me apetece y a la que accedo por simpatía o por cortesía. Es frecuente que, al cabo de un tiempo, el solicitante al que complací vuelva a la carga. Y si mi respuesta es No a la segunda, no es raro que el insistente, lejos de mostrarse agradecido por la ocasión anterior y comprender que ha abusado, monte en cólera por mi negativa. “Si me escribió usted un texto, ¿cómo osa negarme otro? Si se plegó a la primera, le toca plegarse siempre”. Exagero, claro, pero esa es la actitud en el fondo.

Algo semejante ocurre en todas las actividades. El escritor George R. R. Martin acaba de publicar una gruesa novela, al parecer una “precuela” de su famosa serie. Desconozco la calidad de su prosa, pues no le he leído una línea; pero admiro sobremanera su capacidad imaginativa, tras ver por segunda vez, seguidas, las temporadas de la serie Juego de tronos, en previsión de la última. Ese hombre ha completado ya una obra ingente que, en sus versiones literaria o televisiva, nos ha proporcionado placer a millones. En una entrevista reciente, el pobre Martin se lamentaba de que, nada más sacar esta voluminosa novela que le había costado esfuerzo, no pararan de preguntarle: “¿Para cuándo la próxima entrega de Cantar de hielo y fuego?” (Que es como debería haberse traducido su ciclo, más conocido ya como Juego de tronos.) Muchos de sus lectores no le aprecian lo ya hecho, ni se lo agradecen. Lo consideran poco menos que un esclavo a sus órdenes, que no debería descansar. Sus Copas de Europa alzadas no sirven. Hasta tienen el mal gusto, esos lectores despóticos, de regañarlo por su gordura. No es que les preocupe su salud por afecto; simplemente temen quedarse sin la resolución de la historia si Martin palma antes de concluirla. Es puro egoísmo, sin un ápice de gratitud ni de estima. Esto es algo generalizado, el caso de este autor es tan sólo el más extremo, dada la repercusión planetaria de su obra. A nadie le computa haber ya cumplido con creces. Nadie puede pararse y decirse: “Es suficiente; y además, me he cansado”. Si tiene esa flaqueza, sus logros anteriores serán borrados al instante. Y lo vemos en todos los niveles: cuando alguien dimite o es destituido de un cargo, sea el de ministra o el de cajera del supermercado, se le agradecen someramente “los servicios prestados” y a lo sumo recibe una palmadita en la espalda poco sentida. Cuanto hizo no cuenta… desde el momento en que ya no lo sigue haciendo. He dicho que el fútbol y su insatisfacción permanente han teñido el mundo, pero quizá sea más bien el capitalismo más salvaje y demente, el que pide más y más y más, y más beneficios un año tras otro hasta que nos muramos… Es como para pararse y no hacer nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de enero de 2019. ‘Lo que nos hacen creer que nos pasa’

Trece años después de su muerte el 15 de diciembre de 2005, he releído un breve texto de mi padre, que fue Julián Marías. A diferencia de lo que hace mucha gente, que homenajea a un escritor recién desa­parecido leyendo o releyendo en el acto algunos de sus párrafos, yo me quedo tan triste —sobre todo si el escritor me era cercano— que tardo siglos en asomarme de nuevo a su obra, como si hasta cierto punto me pareciera una ofensa que ésta sobreviva a la persona. (Al autor esa posibilidad, en cambio, lo reconforta un poco en vida.) Son sólo cincuenta páginas, fechadas en 1980, cuando nuestra democracia era muy joven. En 2012 las reeditó en forma de librito la editorial Fórcola, bajo el título La Guerra Civil ¿cómo pudo ocurrir? En su día me había gustado mucho —no todo lo de mi padre me gustaba cabalmente, como supongo que a él tampoco lo mío—, y si ahora he vuelto a él no ha sido porque vea el menor peligro de una situación parecida a la que desembocó en aquella Guerra, ni de lejos. Pese a que el panorama político y económico de nuestro país sea declinante desde hace un decenio o más, no hay que ser nunca agorero ni exagerado.

Precisamente con esta última palabra se inicia este texto. Mi padre tenía veintidós años cuando estalló la Guerra, y recuerda que su primer comentario cuando comprendió que se trataba de eso y no de un golpe de Estado o insurrección triunfantes o fallidos —es decir, de escasa duración en cualquiera de los casos— fue: “¡Señor, qué exageración!” A lo largo de las cincuenta concisas páginas va señalando cómo aquello no le pareció inevitable, en contra de lo que tantos han pensado, sino absolutamente evitable y desproporcionado; por mucho que la convivencia estuviera deteriorada y maltrecha, que los problemas fueran enormes y que casi todos los políticos se comportaran con frivolidad teñida de mala fe. Sostiene que la mayoría de los españoles no querían esa Guerra, sino si acaso su resultado, esto es, la derrota de una porción de sus compatriotas a los que unos y otros no podían ver. Pero sin pasar por una matanza desaforada como la que se produjo durante tres años. Mucho menor en los frentes que en las respectivas retaguardias. Menos sufrida por los combatientes reales que por la población civil. Si he releído este librito no es, como he dicho, por temor, sino por la extraña persistencia española (andaluza, madrileña, catalana o vasca, tanto da) en caer en las peores tentaciones cada cierto tiempo. Mi padre relata demasiadas actitudes reconocibles. Al hablar de la discordia, dice: “Entiendo por tal no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del ‘otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable”. Habla de la terrible consigna, tantas veces oída, “Cuanto peor, mejor”, y acuña una expresión para explicar el progresivo envilecimiento: “el temor y respeto a lo despreciable, clave de tantas conductas sucias en la historia”. Y en efecto, cuando los dichos y hechos despreciables empiezan a “pasarse”, a no condenarse con energía y a no ponérseles inmediato freno, uno puede estar seguro de que no van sino a crecer, a ir a más, hasta que llegue un punto en que se admita “todo (incluida la infamia), con tal de que sea ‘de un lado”. Y agrega: “Nadie quería quedarse corto, ser menos que los demás en la adulación de los que mandaban o en la execración de los adversarios”.

Advierte de “la necesidad de un pensamiento alerta, capaz de descubrir las manipulaciones, los sofismas, especialmente los que no consisten en un raciocinio falaz, sino en viciar todo raciocinio de antemano”. (Ay, hoy se ensalzan las “emociones”.) Hubo intelectuales que lo intentaron, pero “se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación…, y llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición”. Para él, el verdadero origen de la Guerra no fue la situación objetiva  de España, sino su interpretación, o el desajuste de dos interpretaciones que llegaron a excluir a las demás. Esto fue posible por algo que hoy, con las redes sociales, padecemos de manera más extrema: “una forma de sofisma consistente en la reiteración de algo que se da por supuesto”. Cuando se proporciona una interpretación de las cosas que ni se justifica ni se discute, y se parte de ella una vez y otra como de algo obvio que no requiere prueba, la pereza se adueña del escenario y se inocula fácilmente a “las personas sin influencia en la vida colectiva, con un mínimo de responsabilidad, sujetos pasivos de todas las manipulaciones”. A la mayoría, por tanto, que asume con holgazanería las conclusiones simplistas con que se la aturde. Todo esto, por desdicha, resulta hoy reconocible. Al menos nos zafamos de la peste de las tres o cuatro décadas siguientes, en las que se perpetuó el espíritu de la Guerra, para vivir literalmente de las rentas los vencedores, moralmente los perdedores supervivientes. Éstos no fueron muchos, porque millares de ellos fueron ejecutados por Franco cuando ya no había guerra, pero se siguió fomentando su interpretación. Tal vez lo malo no sea nunca tanto lo que nos pasa, cuanto lo que nos hacen creer que nos pasa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2019. ‘Destructores de las libertades ajenas’

Uno de los elementos para medir la hipocresía de una sociedad es su sobreabundancia de eufemismos, así que no cabe duda de que la nuestra es la más hipócrita de los tiempos conocidos. Los hechos son invariables, pero las palabras que los describen “ofenden”, y se cree que cambiándolas los hechos desaparecen. No es así, aunque se lo parezca a los ingenuos: a un manco o a un cojo les siguen faltando el brazo o la pierna, por mucho que se decida desterrar esos términos y llamarlos de otra forma más “respetuosa”. El retrete sigue siendo el lugar de ciertas actividades fisiológicas, por mucho que se lo llame “aseo”, “lavabo”, “servicio” o el ridículo “rest room” (“habitación de descanso”) de los estadounidenses. Y bueno, el propio vocablo “retrete” era ya un eufemismo, el sitio retirado. Los eufemismos se utilizan también para blanquear lo oscuro y siniestro, desde aquella “movilidad exterior” de la ex-Ministra Báñez para referirse a los jóvenes que se marchaban de España desesperados por no encontrar aquí empleo, hasta el más reciente: son ya muchas las veces que he leído u oído la expresión “democracia iliberal” para asear y justificar regímenes o Gobiernos autoritarios, dictatoriales o totalitarios.

Se trata, para empezar, de una contradicción en los términos, porque “iliberal” anula el propio concepto de “democracia”, si entendemos “liberal” en las acepciones cuarta y quinta del DLE, las que la “i” niega: “Que se comporta o actúa de una manera alejada de modelos estrictos o rigurosos”; y “Comprensivo, respetuoso y tolerante con las ideas y modos de vida distintos de los propios, y con sus partidarios”. Lo conocido como “economía liberal” es otro asunto, que aquí no entra.

Muchas sociedades actuales creen que, para que un Gobierno sea democrático, basta con que haya sido elegido. Digamos que eso es más bien una condición necesaria, pero no suficiente. Para merecer el nombre, ha de serlo a diario, no sólo el día de su victoria en las urnas. Ha de respetar y tener en cuenta a toda la población, y en especial a las minorías. Y ha de ser liberal por fuerza, en el sentido de conservar y proteger las libertades individuales y colectivas. Y lo cierto es que cada vez hay más políticos y votantes cuyo primordial afán es prohibir, censurar y reprimir. Las nuevas generaciones ignoran lo odioso que resultaba ese afán, predominante durante el franquismo. La censura era omnipotente, casi todo estaba prohibido, y quienes se rebelaban eran reprimidos al instante: multados, detenidos, encarcelados y represaliados. Lo propio de los “iliberales” —esto es, de los autoritarios, dictatoriales o totalitarios— es no limitarse a observar las costumbres y seguir las opciones que a ellos les gustan, sino procurar que nadie observe ni siga las que rechazan. Si yo no soy gay, no permitiré que los gays se casen ni exhiban. Si yo nunca abortaría, ha de castigarse a quienes lo hagan. Si no soy comunista, hay que perseguir a quienes lo sean. Si no soy independentista, hay que ilegalizar a los partidos de ese signo. Si no fumo ni bebo, el tabaco y el alcohol deben prohibirse. Si soy animalista, han de suprimirse las corridas y las carreras de caballos. Si soy vegano, hay que atacar y cerrar las carnicerías, las pescaderías y los restaurantes. Esa es hoy la tendencia de demasiada gente “islamizada” y fanática: lo que yo condeno tiene que ser condenado por la sociedad, y a los que se opongan sólo cabe callarlos o eliminarlos.

La cosa va más lejos. Como he dicho otras veces, en poco tiempo hemos pasado de aquella bobada de “Toda opinión es respetable” a algo peor: “Que nadie exprese opiniones contrarias a las mías”. Se lleva a juicio a raperos y cómicos por sus sandeces, se multa a un poetilla aficionado por unas cuartetas inanes sobre la diputada Montero… O un ejemplo reciente y que tengo a mano: un artículo mío suscitó indignación no por lo que decía, sino por lo que algunos tergiversadores profesionales afirmaron que decía. Curioso que ciertos independentistas catalanes lo falsearan zafiamente a conciencia, cuando no trataba de su tema. La petición más frecuente fue que la directora de EL PAÍS me echara. Que me silenciara y me impidiera opinar, por lo menos en su periódico. Ella es muy libre de prescindir de mi pluma mañana mismo, si le parece, como lo soy yo de irme si me aburro o me harto de los “lectores de oídas” malintencionados. Pero lo primero que se pedía era censura. Eso no es propio de demócratas, ni siquiera “iliberales”, sino de gente con espíritu dictatorial y franquista. Gente que no se diferencia de Trump cuando llama a la prensa seria y veraz “enemigos del pueblo” e incita a éste a agredir a los reporteros; ni de Maduro cuando asfixia y cierra, uno tras otro, todos los medios que no le rinden pleitesía abyecta; ni de Putin cuando son asesinados periodistas desafectos bajo su mirada benévola; ni de Bolsonaro cuando hace que una Ministra suya decrete exaltada: “¡Los niños visten de azul y las niñas de rosa!” Lo peor no son estos políticos, pues siempre los hubo malvados o brutales. Lo peor es que tantos votantes de tantos países quieran imponer sus decretos y se estén haciendo “iliberales”, que no es sino destructores de las libertades ajenas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de enero de 2019. ‘Ayudar al enemigo’

Es imposible que los medios de comunicación, sus tertulianos y articulistas desconozcan el viejo adagio de Wilde según el cual “sólo hay una cosa peor que dar que hablar, y es no dar que hablar”. De esta máxima se han hecho variantes sin fin, y una de ellas llega a afirmar —acertadamente en nuestro tiempo— que resulta más beneficioso que de uno se hable mal, si se habla mucho. Esto se vio con Berlusconi y se ve ahora con Trump. Su éxito consistió, en gran medida, en que lograron que la prensa girara en torno a ellos, que les diera permanente cobertura para alabarlos y sobre todo para denostarlos. Ambos montaron espectáculo y armaron escándalos, y los periódicos, las televisiones, las radios y las redes sociales, incluidos los serios (bueno, si es que una red social puede ser seria), se ocuparon hasta la saciedad de sus salidas de pata de banco y de sus bufonadas. Esto es, les concedieron más importancia de la que tenían, y al dársela no sólo los hicieron populares y facilitaron que los conocieran quienes apenas los conocían, sino que los convirtieron en efectivamente importantes. La época de Berlusconi parece que ya pasó (nunca se sabe), pero ahora la operación se repite con su empeorado émulo Salvini: a cada majadería, chulería o vileza suya se le presta enorme atención, aunque sea para execrarlas, y así se las magnifica. La era de Trump no ha pasado, por desgracia, y se siguen registrando con puntualidad cada grosería, cada despropósito, cada sandez que suelta, y así se lo agranda hasta el infinito.

Llegados a donde han llegado tanto Trump como Salvini (el máximo poder en sus respectivos países), ahora ya es ­inevitable: demasiado tarde para hacerles el vacío, que habría sido lo inteligente y aconsejable al principio. Cuando quien manda dice atrocidades, éstas no se pueden dejar pasar, porque a la capacidad que tenemos todos de decirlas, se añade la de llevarlas a cabo. Si mañana afirma Trump que a los musulmanes estadounidenses hay que meterlos en campos de concentración, o que hay que privar del voto a las mujeres, no hay más remedio que salirle al paso y tratar de impedir que lo cumpla. Pero a esas mismas propuestas, expresadas hace dos años y medio, convenía no hacerles caso, no airearlas, no amplificarlas mediante la condena solemne. En el mundo literario es bien sabido: si un suplemento cultural lo detesta a uno, no se dedicará a ponerlo verde (aunque también, ocasionalmente), sino a silenciar sus obras y sus logros, a fingir que no existe.

Como es imposible que esta regla básica se ignore, hay que preguntarse por qué motivo los medios y los partidos en teoría más contrarios a Vox llevan meses dándole publicidad y haciéndole gratis las campañas. Veamos: ese partido existe hace años y carecía de trascendencia. Un día “llenó” con diez mil personas (bien pocas) una plaza o un recinto madrileños. Eso seguía sin tener importancia, pero la Sexta —más conocida como TelePodemos, raro es el momento en que no hay algún dirigente suyo en pantalla— abrió sus informativos con la noticia, le regaló largos minutos y echó a rodar la bola de nieve. En seguida se le unieron otras cadenas y diarios, de manera que, aunque fuera “negativamente” y para criticarlo, obsequiaron a Vox con una propaganda inmensa, informaron de su existencia a un montón de gente que la desconocía, otorgaron a un partido marginal el atractivo de lo “pernicioso”. Y así continúan desde entonces. Se esperaba que en las elecciones andaluzas Vox consiguiera un escaño y le cayeron doce. Inmediatamente Podemos (en apariencia la formación más opuesta) agigantó el aún pequeño fenómeno, llamando a las barricadas contra el fascismo y el franquismo que nos amenazan. Lo imitaron otros, entre ellos el atontadísimo PSOE. Los independentistas catalanes se frotaron las manos y lanzaron vivas a Vox, porque eso les permitía hacer un pelín más verdadera su descomunal mentira del último lustro, a saber: “Vean, vean, España entera sigue siendo franquista”. Los columnistas más simples se lanzaron en tromba a atacar a Vox, y a pedirnos cuentas a los que ni lo habíamos mencionado. No sé otros, pero yo me había abstenido adrede, para no aumentar la bola de nieve creada por la Sexta, que ya no sé si es sólo idiota o malintencionada. ¿Hace falta manifestar el rechazo a un partido nostálgico del franquismo, nacionalista, xenófobo, misógino, centralista y poco leal a la Constitución, amén de histérico? Ça va sans dire, en cierta gente se da por supuesto. Si Vox estuviera en el poder, como lo están sus equivalentes Trump, Salvini, Maduro, Orbán, Bolsonaro, Ortega, Duterte y Torra, habría que denunciarlo sin descanso. Pero no es el caso, todavía. Un 10% de apoyos en Andalucía sigue siendo algo residual, preocupante pero desdeñable. Ahora bien, cuanto más suenen las alarmas exageradas, cuanto más se vea ese 10% como un cataclismo, más probabilidades de que un día acabe siéndolo. Y como es imposible —repito— que se desconozcan el adagio de Wilde y sus variantes, no cabe sino preguntarse por qué la Sexta, Podemos, Esquerra, PDeCat y otros medios y partidos desean fervientemente que Vox crezca sin parar, mientras fingen horrorizarse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de enero de 2019. ‘Rodeados de Yagos’

En las vidas de las personas y de las sociedades siempre hay problemas, discrepancias, angustias, dificultades. Surgen por sí solos y son parte ineludible de esas vidas, en las que casi nadie está plenamente satisfecho. Por eso son tanto más intolerables y condenables los individuos y los políticos que, lejos de ponerse manos a la obra e intentar remediarlos, se dedican a añadir, crear o inventar más problemas, discrepancias, angustias y dificultades. Vivimos una época en la que proliferan tales políticos. Son los que, sin apenas motivo ni base, “vierten su pestilencia en los oídos”, por parafrasear las palabras de Yago. Estamos rodeados de Yagos.

Quizá no tengan muy presente el Otelo de Shakespeare. Puede que muchos jóvenes ni siquiera lo hayan leído ni visto representado. Recordémoslo un poco, por si acaso. Otelo, moro y general de Venecia, se ha casado a escondidas con Desdémona, hija de un senador al que poca gracia hace esa unión, por cuestiones de origen y raza. Pero no le queda más remedio que aceptar los hechos consumados, y al fin y al cabo Otelo goza de reputación por sus victorias. El conflicto “natural” es por tanto menor, y pronto se ve neutralizado. Claro está que si no hubiera más no habría tragedia, las cuales son emotivas en la ficción, pero en la realidad una desdicha. Yago está resentido porque su superior Otelo ha nombrado lugarteniente a Cassio y no a él, al que ha relegado al cargo de abanderado. Poca cosa en el fondo (hablé hace semanas de que cualquiera puede estar resentido, hasta los más poderosos y afortunados: véase Trump, sin ir más lejos), pero suficiente si el despecho se convierte en el motor de nuestras acciones. Yago ha pasado a la historia como la encarnación de la astucia, de la intriga, de la frialdad, de la calumnia y, sobre todo, de la insidia. Para él, toda pasión es controlable, para caer en ellas se precisa “un consentimiento de la voluntad”. Si la voluntad no consiente, no hay amor ni lascivia ni ambición que valgan, todo eso es reprimible, desviable, encauzable, descartable. Pero sabe que pocos humanos niegan su “consentimiento”, y cuán fácil le resulta al individuo taimado, como él, inducirlos, engañarlos, instigarlos y manipularlos. Sabe que basta con deslizar una duda o una creencia en la mente de alguien para que aquéllas la invadan entera, sobre todo si son bien alimentadas. El veneno va penetrando. Nada hay reprobable en el comportamiento de Desdémona, que de hecho ama cabalmente a su marido; y sin embargo entre los dos cónyuges se abre un abismo sin el menor fundamento, excavado en la nada. Se pueden inventar sospechas y desconfianzas, se puede persuadir a cualquiera de que lo que no es, es; y de que lo que es, no es. Dice Yago al hablar de Desdémona: “Yo convertiré su virtud en brea”, es decir, “la haré aparecer como una sustancia negra y viscosa”.

Hoy la pestilencia no se vierte con susurros al oído, sino que se proclama a los cuatro vientos en las pantallas y en las redes sociales. Los Yagos no actúan furtivamente, sino bajo los focos, como Putin. Pero no por eso son menos Yagos: gente que crea y fomenta disensiones y odios donde no los hay, o sólo en escaso grado hasta que los magnifican ellos. Si uno bien mira, no había ninguna razón objetiva y de peso para que un analfabeto tiránico como Trump triunfara. ¿Acaso estaban las cosas fatal con Obama? Hasta la economía era boyante. ¿Estaba mal Gran Bretaña en la Unión Europea? Es obvio que va a estar peor y a ser más pobre fuera de ella. ¿Estaba Cataluña oprimida hace seis años, cuando se inició el procés, o lo está ahora? Es un país tan libre como el que más en Europa. ¿No se le permitía votar, como claman los Yagos independentistas? No ha cesado de votar todo lo votable durante los últimos cuarenta años. ¿Son los inmigrantes una verdadera amenaza para Europa o los Estados Unidos, como braman Salvini y Casado? No de momento, más bien son necesarios. La nación más agresiva con ellos, Hungría, alberga tan sólo un 4% o 5% de extranjeros, pero allí hay un Yago notable llamado Orbán, dedicado a la insidia. ¿Nuestra democracia parlamentaria es abyecta y franquista, como sostienen Pablo Iglesias y sus acólitos, esa cofradía de Yagos? ¿Hay que acabar con ella, que ha permitido a España las mejores décadas de su larga historia? ¿A santo de qué? ¿Por resentimientos particulares? Siempre hay defectos, injusticias, desigualdades. Cierto que la brutal recesión económica los gobernantes la han cargado sobre las espaldas de las clases medias y bajas, empobreciéndolas. Pero ¿es eso suficiente para derribar el edificio entero, sobre todo cuando no está listo —qué digo, ni concebido— el que habría de sustituirlo? Cuando Otelo asume que va a matar a Desdémona, se despide de su vida anterior con amargura: “Desde ahora, y para siempre, adiós a la mente tranquila, adiós al contento… La ocupación de Otelo ha terminado”. ¿Desea la gente entonar esta despedida, aquí, en Italia, en América o en Gran Bretaña, en Polonia, en Brasil o Hungría, en Francia? ¿“A partir de ahora, y para siempre…”? Yago lo confiesa al principio: “Yo no soy lo que soy”. Ninguno de estos políticos son lo que son o dicen ser, aunque se exhiban y vociferen. También en la exhibición y en la vociferación se esconde uno, y engaña, difama y emponzoña.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de enero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 30 de diciembre de 2018. ‘¿Evitar a las mujeres a toda costa?’

Tomamos iniciativas con gran alegría y con prisas, olvidando que nadie es capaz de prever lo que provocarán a la larga o a la media. No pocas veces medidas “menores” y frívolas, o autocomplacientes, han desembocado en guerras al cabo de no mucho tiempo. Los impulsores de las medidas nunca se lo habrían imaginado, y desde luego se declararán inocentes de la catástrofe, negarán haber tenido parte en ella. Y sin embargo habrán sido sus principales artífices.

Sin llegar, espero, a estas tragedias, el alabado movimiento MeToo y sus imitaciones planetarias están cosechando algunos efectos contraproducentes, al cabo de tan sólo un año de prisas y gran alegría. Había una base justa en la denuncia de prácticas aprovechadas, chantajistas y abusivas por parte de numerosos varones, no sólo en Hollywood sino en todos los ámbitos. Ponerles freno era obligado. Las cosas, sin embargo, se han exagerado tanto que empiezan a producirse, por su culpa, situaciones nefastas para las propias mujeres a las que se pretendía defender y proteger. El feminismo clásico (el de las llamadas “tres primeras olas”) buscaba sobre todo la equiparación de la mujer con el hombre en todos los aspectos de la vida. Que aquélla gozara de las mismas oportunidades, que percibiera igual salario, que no fuera mirada por encima del hombro ni con paternalismo, que no se considerara un agravio estar a sus órdenes. Que el sexo de las personas, en suma, fuera algo indiferente, y que no supusieran “noticia” los logros o los cargos alcanzados por una mujer; que se vieran tan naturales como los de los varones.

Leo que según informes de Bloomberg, de la Fawcett Society y del PEW Research Center, dedicado a estudiar problemas, actitudes y tendencias en los Estados Unidos y en el mundo, se ha establecido en Wall Street una regla tácita que consiste en “evitar a las mujeres a toda costa”. Lo cual se traduce en posturas tan disparatadas como no ir a almorzar (a cenar aún menos) con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y, lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante. El motivo es el temor a poder ser denunciados por ellas; a ser considerados culpables tan sólo por eso, o como mínimo “manchados”, bajo sospecha permanente, o despedidos por las buenas. La idea de que las mujeres no mienten, y han de ser creídas en todo caso (como hace poco sostuvo entre nosotros la autoritaria y simplona Vicepresidenta Calvo), se ha extendido lo bastante como para que muchos varones prefieran no correr el más mínimo riesgo. La absurda solución: no tratar con mujeres en absoluto, por si acaso. Ni contratarlas. Ni convertirse en “mentores” suyos cuando son principiantes en un territorio tan difícil y competitivo como Wall Street. En las Universidades ocurre otro tanto: si hace ya treinta años un profesor reunido con una alumna dejaba siempre abierta la puerta del despacho, ahora hace lo mismo si quien lo visita es una colega. Los hay que rechazan dirigirles tesis a estudiantes femeninas, por si las moscas. En los Estados Unidos ya hay colleges que imitan al islamismo: está prohibido todo contacto físico, incluido estrecharse la mano. Como en Arabia Saudita y en el Daesh siniestro, sólo que allí, que yo sepa, ese contacto está sólo vedado entre personas de distinto sexo, no entre todo bicho viviente.

Parece una reacción exagerada, pero hasta cierto punto comprensible si, como señaló la americana Roiphe en un artículo de hace meses, se denuncia como agresión o acoso pedirle el teléfono a una mujer, sentarse un poco cerca de ella durante un trayecto en taxi, invitarla a almorzar, o apoyar un dedo o dos en su cintura mientras se les hace una foto a ambos. No es del todo raro que, ante tales naderías elevadas a la condición de “hostigamiento sexual” o “conducta impropia” o “machista”, haya individuos decididos a abstenerse de todo trato con el sexo opuesto, ya que uno nunca sabe si está en compañía de alguien razonable, o quisquilloso y con susceptibilidad extrema. El resultado de esta tendencia varonil, como señalaban los mencionados informes, es probablemente el más indeseado por las verdaderas feministas, y llevaría aparejado un nuevo tipo de discriminación sexual. Se dejaría de trabajar con mujeres, de asesorarlas y aun de contratarlas no por juzgarlas inferiores ni menos capacitadas, sino potencialmente problemáticas y dañinas para las propias carrera y empleo. Si continuara y se extendiera esta percepción, acabaríamos teniendo dos esferas paralelas que nunca se cruzarían, y, como he dicho antes, el islamismo nos habría contagiado y habría triunfado sin necesidad de más atentados: tan sólo imbuyéndonos la malsana creencia de que los hombres y las mujeres deben estar separados y, sobre todo, jamás rozarse. Ni siquiera codo con codo al atravesar una calle ni al ir sentados en un tren durante largas horas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de diciembre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 23 de diciembre de 2018. ‘El año que nos robaron el fútbol’

Lo vengo advirtiendo desde hace años, pero la actual es la temporada en que los viejos aficionados nos hemos quitado definitivamente del fútbol o más bien nos lo han quitado. Ese deporte nunca ha estado en buenas ni sensatas manos, a nivel nacional ni internacional. Sin embargo, ahora han clavado sobre él las garras tres individuos especialmente avariciosos, incompetentes y presumidos, con un cuarto en el horizonte del que luego diré algo. Del italiano Infantino ya me ocupé meses atrás, cuando tomó la ridícula decisión de prohibir a las televisiones insertar planos de público femenino atractivo, a fin de torpedear su ruin objetivo de “tentar a los espectadores masculinos”; los cuales no verían partidos, según él, de no ser por ese sucio señuelo. De paso ofendió a la mayoría de la población mundial, pues no vio inconveniente en los planos de mujeres feas ni en los de varones feos o guapos. Y en España contamos con dos individuos, Rubiales y Tebas, que por lo visto se llevan a matar, pero que no obstante reman en la misma dirección de desvirtuar y destruir el fútbol.

El segundo, por ejemplo, está empeñado —a qué se deberá tanta tabarra— en que se juegue un encuentro de Liga en Miami, lo cual no sólo es una mentecatez, sino que adulteraría la competición al privar al equipo local del factor campo y del aliento de su hinchada. También perjudicaría a los demás clubs visitantes, que disputarían sus choques como eso, visitantes, a diferencia del Barça, que sería el beneficiado en este caso. Si Tebas se saliese con la suya, no crean que ahí pararía: supondría el acicate para que en próximas temporadas se celebrasen partidos de Liga en lugares absurdos como Tokio, Taskent, Qatar o Tegucigalpa. En este sentido, malo es el precedente que se establecerá mañana (escribo el 8 de diciembre): me pregunto qué necesidad tenía Madrid —una ciudad asediada por las manifestaciones, las maratones, los triatlones, los días de la bici, las procesiones, las ovejas y la armagedónica Carmena— de añadirse una invasión de feroces forofos porteños al albergar la vuelta de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors. Confío en que no haya incidentes graves y en que la capital no sea destruida —aunque de eso ya se encargan los atilas del Ayuntamiento—, pero en todo caso se ha sometido a Madrid a un sobreesfuerzo en seguridad y se ha fastidiado a base de bien, durante días, a los ciudadanos. A ello han contribuido no poco los medios, que han dado mucha más importancia a esta Final foránea que a la jornada de Liga del fin de semana.

Digo mal: la Liga hace tiempo que no se disputa en fin de semana. Hay partidos los viernes y los lunes. Las televisiones han impuesto horarios estrafalarios, como la una del mediodía. Pero lo que más delata el propósito de acabar con el Campeonato es que entre Rubiales, Tebas e Infantino han logrado que no haya forma de seguirlo. La continuidad de la Liga es un factor primordial de su interés, y ahora es un torneo deshilachado y discontinuo, al que parece que se le reservaran las sobras, las fechas de la basura. Las interrupciones debidas a los “ensayos” o amistosos de la selección nacional siempre han constituido un engorro, algo que a los aficionados verdaderos nos sentaba como un tiro. En vista de lo cual se han multiplicado, con la invención de un trofeo engañabobos llamado Liga de las Naciones, creo. Nadie ha sabido quiénes ni por qué compiten, y a casi nadie le ha importado un comino. Nos han “tocado” Inglaterra y Croacia como podían haber sido Portugal e Islandia. Por suerte no hemos ido lejos, de lo contrario nos aguardarían más parones latosos, y ahora viene el de Navidad como remate. Lo cierto es que, cada vez que reaparece la Liga, en plan Guadiana, ya no nos acordamos de ella, de quién la encabeza ni de quiénes están en descenso. Han conseguido que no interese, que sea un galimatías, que nos dé igual quién la gane o la lleve encarrilada. Se la ha devaluado a conciencia.

Al parecer hay una razón semioculta, y aquí entra el cuarto personaje, el defensa Piqué, al que inexplicablemente se hace caso. No contento con haber certificado la defunción de la Copa Davis de tenis —sí, de tenis—, pretende también, tengo entendido, arrumbar las Ligas nacionales —que son el alma y la columna vertebral del fútbol— en favor de una Superliga europea reservada a los clubs pijos y neopijos, que amparan dicho proyecto clasista. Como si no viéramos ya demasiados Madrid-Bayern, Barça-Juventus y Manchester City-PSG en la Copa de Europa, ahora se procurará que los partidos entre esos equipos nos produzcan hastío. Porque además serían eternamente los mismos, ya que no habría descensos ni ascensos. El resultado de estrujar la gallina y querer un “acontecimiento” semanal es que nada es ya un acontecimiento, sino todo reiteración y rutina. Si hay varios Brasil-Argentina o Alemania-Italia cada temporada, se pierden la gracia y la expectativa. Añadan a todo esto que los futbolistas se agotan y se saturan. La mayoría no deben de saber qué están disputando cuando saltan al césped. ¿Es la Copa del Rey o la Liga, la Copa de Europa o la Eurocopa, las Naciones, el Mundial o un apestoso amistoso? Desde luego los espectadores empezamos a no tener ni idea. Y lo que es peor, nos empieza a traer sin cuidado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de diciembre de 2018

‘Berta Isla’, libro del 2018 en Italia


La Lettura premia Javier Marías

La Lettura ha scelto Javier Marías. È lui l’autore del 2018
IDA BOZZI
Corriere della Sera, La Lettura, 14 dicembre 2018

Miglior libro 2018. Berta Isla di Marías
Ansa, 12 dicembre 2018

E. Parra/Getty Images

Javier Marías più gli altri 474 titoli
JESSICA CHIA
Marías autore del 2018 per la Lettura. Lo scrittore e i segreti di un primato
PAOLO LEPRI
Il Corriere della Sera, La Lettura, 16 dicembre 2018

Spie e avventure in un appartamento
CRISTINA TAGLIETTI
Il Corriere della Sera, La Lettura, 16 dicembre 2018

LA ZONA FANTASMA. 16 de diciembre de 2018. ‘Palabras que me impiden seguir leyendo’

Todo escritor, que se pasa la vida eligiendo y descartando vocabulario, acaba teniendo sus manías, sus filias y fobias, sus preferencias y aversiones. En realidad eso le ocurre a cualquiera, pues todos hacemos uso de la lengua con mayor o menor grado de conciencia, y todos tendemos a aceptar o rechazar palabras, intuitiva o deliberadamente. Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es que éstas son abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de personas, que las repiten machaconamente como papagayos, hasta la náusea. Esos individuos creen a menudo estar diciendo algo original, cuando lo que dicen es un tópico. O creen ser “modernos”, o estarles haciendo un guiño a sus correligionarios, por el mero uso de ciertos términos. Recuerdo que hace unos años todo era “coral” y “mestizo”; hoy es todo “transversal”, convertido en uno de esos vocablos que, cuando me los encuentro en un texto —o los oigo en una televisión o una radio—, me instan a abandonar de inmediato la lectura —o a cambiar de cadena—, sabedor de que quien escribe o habla está abonado a los lugares comunes y no piensa por sí mismo.

Antes de que empiecen a indignarse quienes los emplean, conviene aclarar que yo sí hablo solamente por mí mismo. Que me irriten términos o expresiones no supone nada, ninguna condena. Es sólo que a mí me sacan de quicio y que no los soporto, lo mismo que a una pazguata de antaño la hería leer “coño” o “cojones”, o que a un recio varón le producían arcadas los “nenúfares” y “azahares” de un poema. Debo decir con lástima que el actual feminismo feroce ha plagiado o acuñado unos cuantos palabros que me atraviesan los ojos y oídos. En cuanto me aparecen el espantoso “empoderar” y sus derivados (“empoderamiento”, “empoderador”), interrumpo al instante el artículo o el libro, por mucho que la Real Academia Española los haya admitido en el Diccionario (nada me puede traer más sin cuidado, en este periodo asustadizo de esa institución a la que pertenezco…, creo). Lo mismo me ocurre con “heteropatriarcal” y no digamos con “heteropatriarcalizar”, que, aparte de larguísimos y sobados, me parecen injustos e inexactos, como si los hombres homosexuales no hubieran estado a menudo casados y no hubieran participado del “patriarcado”. En cuanto a “sororidad”, tentado estoy de hacerme cruces (o el harakiri) cada vez que cae ante mi vista, porque me resulta inevitablemente monjil y con olor a naftalina. Tampoco se les da bien la recreación castiza a estos feministas feroci: me provocan urticaria “cipotudo”, “machirulo” y la más reciente “machuno”, con reminiscencias de “chotuno”. El desdichado sufijo en “-uno” no es demasiado frecuente en nuestra lengua, seguramente por feo y zafio, lo que invita a recurrir a él en este siglo XXI. Cada vez que leo “viejuno” (en vez de “vetusto”, por ejemplo), ya sé que quien me lo suelta es mimético y habla por boca de ganso.

Otro tanto me sucede con quienes empalman sin cesar verbos cursis calcados del inglés más estúpido, como “empatizar”, “socializar”, “interactuar” y similares. Estoy seguro de que un escritor no vale la pena —y de que además es un pardillo deslumbrado— si recurre a la expresión inglesa “ponerse en sus zapatos”, que es como se dice en esa lengua lo que aquí siempre se ha dicho “en su lugar”, “en su piel” y aun “en su pellejo”. Sé que el escritor en cuestión se ha nutrido de traducciones malas o que ha leído directamente en inglés sin conocer su propio idioma. Una de las razones por las que la mayoría de los novelistas estadounidenses de las últimas generaciones me parecen pomposos y bobos —una, hay varias— es por su irrefrenable tendencia a hacer algo que ya he percibido en los copiones españoles, a saber: juntar un adverbio “original” con un adjetivo. Hace ya años que los autores baratos adoptaron, por ejemplo, “asquerosamente rico” y “ridícu­lamente feliz”, hoy en día insoportables vulgaridades. Pero ahora empiezan a abundar los “extravagantemente enérgico”, “impetuosamente simpático”, “hirientemente eficaz”, “inquietantemente bueno” o “minuciosamente inútil”. Se nota tanto (en los españoles como en los americanos) que el escritor en cuestión se ha pasado largo rato pensándose la combinación, y creyendo hacer literatura con ella, que se me hace aconsejable arrojar en el acto el volumen por la ventana. Sé que se trata de un farsante.

La fórmula “esto no va de mujeres, va de libertades” y parecidas me producen un sarpullido más grave que la idiotizada expresión “sí o sí”, omnipresente. Últimamente hay periodistas que han descubierto el verbo “ameritar”, normal en Latinoamérica, y están desterrando nuestro “merecer” a marchas forzadas. En cuanto al horroroso y mal formado “ojiplático”, que ya ha pedido su ingreso en el Diccionario, qué quieren. Pretender que a partir de “se me quedaron los ojos como platos” se cree ese engendro, es como aspirar a que también se incluyan “carnigallináceo”, “pelipúntico” y “peliescárpico” para designar cómo nos quedamos cuando nos emocionamos o nos llevamos un susto. Hay más, pero por hoy ya es bastante.

JAVIER MARIAS

El País Semanal, 16 de diciembre de 2018

Javier Marías recoge el Premio de Narrativa Dulce Chacón


Javier Marías recoge el XIII Premio Dulce Chacón de Narrativa Española en Zafra
IRINA CORTÉS
Hoy, 15 de diciembre de 2018


Javier Marías recoge el premio Dulce Chacón recordando sus vínculos con la escritora extremeña
El Periódico de Extremadura, 15 de diciembre de 2018


Javier Marías recoge el Premio Dulce Chacón emocionado por el vínculo a la autora
Infoprovincia, 15 de diciembre de 2018


Javier Marías recoge el XIII Premio de Narrativa Española Dulce Chacón por su obra ‘Berta Isla’
Europa Press/20 minutos, 15 de diciembre de 2018