Javier Marías comenta el ‘Quijote’

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Lectura del Cap. XXXII de la Primera Parte del Quijote,
JAVIER MARÍAS

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
MIGUEL DE CERVANTES
Edición dirigida por FRANCISCO RICO
Biblioteca Clásica
RAE-Círculo de Lectores, 2015

Este texto inédito, a cargo de Javier Marías, forma parte del volumen complementario “Lecturas del Quijote” en la nueva edición de Don Quijote de la Mancha publicada por la Real Academia Española (Círculo de Lectores), y dirigida por Francisco Rico, con motivo del cuarto centenario de la aparición de la Segunda Parte del Quijote en 1615.

Marías escribe sobre Mendoza

JM EM Blanquerna

El triunfo del prófugo

No se hace fácil recordar, incluso resulta difícil pensar en aquellos tiempos, como si ahora se aparecieran envueltos en brumas, las de los antiguos flash-backs cinematográficos. En 1967 Juan Benet publicó Volverás a Región, una novela extraordinaria, densa y difícil, que sin embargo para muchos escritores jóvenes se convirtió en una bandera. Los años duraban mucho más de lo que lo hacen ahora, y sólo cuatro después (pero parecían diez o doce) yo saqué mi primera novela con diecinueve, Los dominios del lobo, llena de personajes americanos y sumamente alejada tanto de Benet como de sus predecesores, que a él le reventaban en su mayoría. En 1973, con veintiuno, saqué la segunda, Travesía del horizonte, esta vez repleta de personajes ingleses y con ecos de James, Conrad y Conan Doyle. Algunos críticos (Gimferrer al frente) dieron la bienvenida a esas dos parodias juveniles, pero el gran resto alzó las cejas y en el mejor de los casos tuvo una actitud perdonavidas, en atención a mi tierna edad más que nada. ¿Qué hace este jovenzuelo, que no habla de su país, ni de su época, que no es realista ni experimentalista (esta última era la moda efímera que a duras penas se abría paso)? En conjunto se me despachó como a un frívolo extranjerizante.

Y fue entonces, en 1975, cuando apareció La verdad sobre el caso Savolta, de un autor nuevo y todavía joven (31 años), Eduardo Mendoza. Tampoco esa novela era realista ni experimentalista, y ni siquiera era “benetiana”, como en realidad no ha podido serlo ninguna porque Benet era tan personal que cualquier seguimiento se convertía al instante en mala copia. Savolta podía haber sido despachada por los críticos en términos semejantes a los que empleó el primero que tuvo, el censor de turno, cuyo brevísimo informe puede leerse en la entrevista de Juan Cruz adjunta: “Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza …”, así empezaba; y terminaba todavía peor: “… y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir”. No, no se crean que demasiados reseñistas de entonces eran más perspicaces que aquel mal señor. Y sin embargo no fue así. Al contrario, Savolta pasó a ser un hito, una revelación, un gran éxito, supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo. Un no-crítico inteligente y agudo, Juan García Hortelano, que había cultivado el realismo social transgrediéndolo, fue uno de los que dieron el aviso, en este diario, ya en 1976: “Prepárense ustedes porque pueden volver a la ficción”.

Savolta era sólo a medias ficción. Incluso se reproducían en ella extractos de informes tomados de documentos antiguos reales, a los que el autor había tenido acceso. Pero esas son historias de bastidores. Savolta se leía como ficción y además como ficción no anticuada, sino todo lo contrario, innovadora. Pese a que Mendoza se hubiera empapado de novelas de aventuras y policiacas, de Balzac y Stendhal y de autores ingleses con los que desde el primer momento compartió el humor, aquella obra suya inaugural aprovechó todas las técnicas aprendidas pero en modo alguno se pudo leer como algo arcaizante ni rancio ni “típico”, como decía el audaz censor. Aquello sonaba a nuevo, y sobre todo sonaba a libre. ¿Libre? Sí, eso fue lo principal. En la mencionada entrevista él mismo lo reconoce: “Puedo hacer lo que yo quiera porque no tengo que complacer a nadie”, ese era el pensamiento que lo dominaba durante la escritura. Hoy resulta imposible imaginar lo coaccionado y amenazado que se sentía un novelista debutante: el que no escribía novela social ni (un poco más adelante, y durante un corto periodo) experimentalista, estaba condenado a ser invisible, a no existir. La literatura española —como el resto de la vida española— siempre ha sido muy dada a poner grilletes, y a hacer caso omiso de los díscolos y prófugos cuando no podía apresarlos o se le escapaban de verdad. Mendoza fraguó lo que se le antojó: sostuvo una historia apasionante, creó personajes magníficos y una estructura original, se trasladó a la Barcelona de 1917, se saltó cuantas veces quiso la linealidad narrativa, escribió una novela a la vez política, de gangsters y de gran humor. No se dice lo bastante, pero fue él quien enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público lector. A partir de ahí fue posible que cada uno se creara sus propios lectores. Eso que hoy es tan frecuente y que hace cuarenta años —tan sólo cuarenta— parecía un sueño irrealizable.

Dice Mendoza al final de su conversación con Cruz que “tener una novela que sigue siendo todavía la más importante de cuantas he escrito, a veces me da una rabia tremenda …” Puede que La verdad sobre el caso Savolta sea la más importante en términos históricos, porque se publicó el mismo año de la muerte física de Franco, porque fue un deslumbramiento, porque fue una liberación. Pero Mendoza puede estar tranquilo: lo histórico no forma nunca parte de la cotidianidad, sólo reaparece en los aniversarios señalados y luego se vuelve a olvidar. Sus novelas posteriores, su presencia beneficiosa en nuestro “paisaje”, la excelencia literaria de La ciudad de los prodigios y otras, eso sí que nos reconforta, día a día, y que sea por innumerables más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 10 de enero de 2015

‘Juan II de Redonda’, por Javier Marías

JWT en RJon Wynne-Tyson y yo nos hemos visto una sola vez en persona, y fue adecuadamente un 23 de abril, que en España es el Día del Libro y la fecha en que murió Miguel de Cervantes. En la misma fecha del mismo año murió también William Shakespeare, aunque al parecer los calendarios español e inglés fueran levemente distintos en 1616. Era 1997 cuando Jon y yo nos vimos.

Me citó para almorzar en el Basil Street Hotel de Londres, después de habernos cruzado unas cuantas cartas tímidas, sigilosas y casi sinuosas en las que a mí me costó saber que lo que él me estaba proponiendo era “abdicar” de su título de Rey de Redonda en favor mío. Jon estaba cansado de aquella “tarea indeseada”, o más bien de los ataques y acosos de otros “aspirantes al trono” con los que quizá había cometido la imprudencia de enzarzarse en discusiones, de responder a sus reclamaciones e intentar razonar con ellos. Él conocía mis novelas y quería que su “heredero” fuera un escritor de verdad, que además se hubiera interesado y ocupado de la muy literaria leyenda redondina en sus escritos, como había hecho yo en Todas las almas y volví a hacer en 1998 en Negra espalda del tiempo.

Pero, claro está, antes de tomar una decisión definitiva deseaba verme y conocerme personalmente, aunque fuera una vez. Ya no recuerdo con nitidez nuestra conversación durante el almuerzo, pero sí que después me llevó a su casa, creo que para que también me viera y conociera su mujer, Jennifer, y una hermana de ella que estaba allí. Tuve la impresión de que Jon necesitaba el visto bueno o la aprobación de Jennifer, como si se fiara más de su criterio que del propio. Conservo el recuerdo de una mujer dulce, sonriente y afectuosa, a la que no debí de parecer mal del todo. Yo tenía entonces cuarenta y cinco años y probablemente parecía más joven. Quizá eso ayudó a que Jennifer me considerara con benevolencia.

Una vez hecho el “traspaso de poderes”; una vez que me convertí en albacea literario y en propietario de los derechos de autor de los anteriores “Reyes”, M P Shiel y John Gawsworth o Felipe I y Juan I; una vez nombrado nuevo “monarca” de Redonda, Jon y yo hemos hablado varias veces por teléfono y nos hemos escrito numerosas cartas. Las suyas, incluso ahora, cuando se acerca a los noventa años, son siempre inteligentes, estimulantes, llenas de humor y con un inglés tan perfeccionado que en ocasiones me cuesta un poco entenderlo (a mí, que en su día traduje Tristram Shandy de Sterne, y a Sir Thomas Browne, y a Joseph Conrad y a Yeats y a Hardy y a Wallace Stevens). Cada vez que recibo un sobre suyo es un gran motivo de alegría.

He intentado llevar su legado de la mejor manera posible: con dignidad, sin incurrir en baraturas, sin hacer el ridículo y procurando que eso afectara poco a mi nombre como novelista, que ya había empezado a establecerse cuando, a los diecinueve años, publiqué mi primera novela en España. Una de las cosas que más me satisfacen es notar que Jon Wynne.Tyson no se ha arrepentido de su elección, que juzga no haberse equivocado. O quizá fue Jennifer la que no se equivocó.

En cuanto a la parte más ardua de la “tarea”, yo no la he padecido. Como ya le anuncié a Jon durante aquel almuerzo del Basil Street Hotel, no he entrado en “disputas dinásticas”, no he litigado con ningún usurpador ni pretendiente a la corona redondina. Creo que le dije algo así como: “That would be the only kingly thing to do”. Que él, durante su “reinado”, se comportara de manera distinta no lo convierte en absoluto en un “Rey” menor, y habla sólo de su buena fe y su delicadeza hacia los demás, incluso hacia los farsantes y aprovechados. Aún más larga vida a Juan II.

JAVIER MARÍAS


‘Juan II of Redonda’

El agradecimiento que jamás se salda

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En el fútbol hay poco objetivo, por más que los goles, los puntos, los triunfos, las derrotas, las eliminaciones y los títulos den a entender lo contrario. Se equivocan quienes afirman que nadie se acuerda de los finalistas ni de los segundos. Los que vimos a la Holanda de 1974 la conservamos en la retina mucho más que a la Alemania que la venció en el último y crucial partido. Se nos desdibuja hasta Beckenbauer, mientras que Cruyff, Neeskens y Rep aún bailan en nuestra memoria. Así, a quienes alcanzamos a admirar a Di Stéfano (y más aún si éramos niños y adolescentes), es difícil convencernos de que haya habido mejor futbolista a lo largo de la historia. En cuantos han venido después, algo echamos siempre en falta, por comparación o por nostalgia. No es fácil saber qué exactamente. A Pelé nunca tuvimos mucha ocasión de contemplarlo, pero digamos que al lado de Don Alfredo nos parecía frívolo. El que más se le aproximó fue tal vez Cruyff, porque lo igualaba en inteligencia; probablemente no, sin embargo, en capacidad organizativa ni tampoco en amor propio (o fastidio ante la derrota, si se prefiere). Maradona fue sin duda más rápido y habilidoso, pero siempre dio la impresión de ser corto de luces, pendenciero y poco noble. Es seguro que Messi es más malabarista y más mortífero, pero le falta humanidad o acaso es entendimiento: se lo ve demasiado ajeno a todo, como un autómata portentoso algo desentendido del conjunto del juego y de sus compañeros.

Todo esto es muy subjetivo, ya digo. A los ídolos de la niñez es casi imposible desplazarlos, y en cierto sentido Di Stéfano compartía honores con el Capitán Trueno, y D’Artagnan, y Miguel Strogoff, y Sandokan. El físico no lo acompañaba: su prematura calva lo hacía parecer demasiado mayor a los ojos infantiles, no era sencilla la identificación inmediata. Eso quedaba paliado, compensado, por la generosidad y la nobleza que transmitía. Las masas lo adoraban, pero jamás tuvo aires de divo. Su genialidad era incuestionable, y él, no obstante, insistía en la importancia de los compañeros sin falsa modestia, consciente de que él solo no bastaba. De tanto en tanto se le veían malas pulgas (una bronca a un defensa del equipo; una advertencia a un contrario, con ojo airado o irónico); qué menos que un héroe capaz de imponer su autoridad o su saber, o de pararle los pies a un rival irrespetuoso o sucio. También uno esperaba de D’Artagnan y del Capitán Trueno que supieran defenderse y escarmentar al que se lo mereciera.

En alguna ocasión he escrito que a los futbolistas se los reconoce en seguida por los andares y por cómo corren, como a los actores de cine inolvidables. ¿Quién no es capaz de representarse al instante los pasos de John Wayne, Henry Fonda, Cary Grant, Gary Cooper o James Stewart? La estampa de Di Stéfano sobre la hierba pertenece a esa estirpe. Quien lo vio lo sigue viendo: lo ve avanzar con el balón o sin él, dar un taconazo o colarse por sorpresa entre los defensas contrarios; impartir órdenes a sus compañeros o parar el balón y retenerlo bajo el pie —imponiendo una inverosímil pausa— en un momento de desconcierto o desarbolamiento; lo ve regatear sin florituras o rematar de cabeza, o celebrar un gol con los dos brazos en alto y un saltito, su forma tan característica, el gesto breve y sin excesos. Yo lo veo, sobre todo, llegar solo con la pelota a la portería desguarnecida, tras superar a todos los adversarios. Detener un segundo el balón ante la línea de meta, el mínimo tiempo justo para que cien mil almas contuvieran el aliento y pudieran preguntarse: “Pero ¿a qué espera?”. El tiempo justo para que el gol inminente no fuera gol todavía. Y entonces, con la suela de la bota, hacer traspasar el balón suavemente esa línea, sin impulsarlo al fondo de la red, en modo alguno: sólo hacerlo cruzar la raya blanca y dejarlo allí depositado. Él ha cruzado ahora esa raya y está dentro de la meta, para siempre, con nuestra mayor gentileza y afecto, el imborrable recuerdo y el agradecimiento que jamás se salda.

JAVIER MARÍAS

El País, 7 de julio de 2014

Texto de JM sobre el poema de Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY

Unas líneas sobre “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

QUEVEDO Y MARÍAS

Shakespeare , el mayor inspirador

Sciammarella

Sciammarella

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a éste y le dice: “My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño que mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de abril de 2014

Marías elige a Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY
EDITED BY ANTHONY AND BEN HOLDEN
Simon &Schuster UK, April 2014

Índice y primeras páginas

En este libro cien intelectuales eligen y comentan el poema que más les emociona. Javier Marías ha elegido el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

QUEVEDO Y MARÍAS

Texto en catellano:

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

Einaudi cumple 80 años

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“En el octogésimo aniversario de Einaudi”

Que un hombre o una mujer cumplan hoy ochenta años no parece cosa de gran mérito ni excepcional, a diferencia de lo que ocurrió durante la mayor parte de nuestros siglos. Que los cumpla, en cambio, una empresa o una tienda empieza a resultar no sólo milagroso, sino incluso levemente anacrónico.

A lo largo de centenares de años se daba por descontado que las obras de los humanos duraban más que ellos mismos, y en cierto sentido se erigían y llevaban a cabo con ese propósito: con el de perdurar y ser memoria de los pasajeros seres que las acometían. Un escritor,  sin ir más lejos, solía tener la esperanza de que sus escritos le sobreviviesen, de que otros siguieran leyéndolos después de su muerte y de que así se perpetuase lo que Quevedo llamó conversar en silencio con los difuntos. Hoy parece que la mera idea de posteridad pertenezca al pasado y no sea ya concebible: nuestros libros tienen suerte si duran un año, no digamos diez o doce. La aceleración insensata de nuestra época hace que todo nazca ya envejecido, o casi; que cualquier cosa, por existir y ser ya presente, pase a ser en el acto pasado. En contra de lo sucedido a lo largo de nuestra historia, la sensación de fragilidad y fugacidad de las obras supera a la que tenemos de nosotros mismos. Un escritor actual, si no es muy ingenuo u optimista en exceso, cuenta con asistir en vida al declive del interés por él de sus lectores, cuenta con ver cómo su novela de mayor éxito se convierte en una antigualla que pocos recuerdan y aún menos continúan leyendo.

Así, que una editorial, dedicada precisamente a publicar y cuidar esas obras efímeras, alcance los ochenta años nos da un leve consuelo de continuidad y permanencia, y nos hace concebir que quizá, en nuestro mundo, no todo sea tan transitorio como siempre lo fuimos los hombres y las mujeres.

Javier Marías

Gli auguri di Javier Marías

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Las obras de Javier Marías publicadas por Einaudi

‘Las huellas dispersas’ en el Ciclo de Oxford

Las huellas dispersas

LAS HUELLAS DISPERSAS
JAVIER MARÍAS
Introducción y edición de Inés Blanca
CICLO DE OXFORD
Debols!llo, octubre de 2013

Las huellas dispersas es una colección de textos de Javier Marías relacionados con su Ciclo de Oxford. Visitan estas páginas los personajes -también sus reversos históricos- de las novelas que, hasta la fecha, lo componen. También se recorren aquí sus lugares ingleses, hasta colarse en el gabinete del autor, alguien que trabaja realidad y ficción y las convierte en literatura. Como una nueva perspectiva de sí mismo, este volumen ensancha la obra de Marías y completa la lectura de Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana.

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CICLO DE OXFORD:
TODAS LAS ALMAS
NEGRA ESPALDA DEL TIEMPO
TU ROSTRO MAÑANA

Las huellas dispersas
JAVIER MARÍAS
Edición de Inés Blanca
Debols!llo, octubre de 2013

El discernidor máximo

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La muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado: la del crítico casi universalmente respetado en su ámbito de influencia, la del discernidor máximo, o, como la llamé hace muchos años, la del “árbitro” literario. Este último término es adecuado porque había algo de arbitrario, por fuerza, en los juicios de estos individuos. Sólo que, a diferencia de tantos otros que hoy ejercen su profesión (y nadie les hace caso), argumentaban sólidamente los porqués de sus entusiasmos o de sus denuestos. Podía estarse o no de acuerdo con tales argumentaciones, pero nunca faltaban, las había siempre: el crítico no se limitaba a exclamar: “Esto no me llega”, o “Esto no me lo creo”, o “Siento un nudo en la garganta y me emociono”, fórmulas con las que hoy se despachan a veces libros, películas, obras de teatro y conciertos.

Reich-Ranicki era sin duda un hombre apasionado. Cuando, hacia 1996, me pasaron un vídeo de su programa El cuarteto literario, en el que había hablado generosísima y exageradamente de mi novela Corazón tan blanco, me alegré sobremanera de estar ya enterado de la calidez de su dictamen, porque viéndolo hablar y gesticular —y no entendiendo yo el alemán—, su vehemencia podría haberse debido perfectamente a la cólera, y no a la satisfacción que le había producido mi libro. También leyendo sus textos críticos o biográficos sobre Thomas Mann o Shnitzler, Döblin, Böll o Kafka, se percibe ese apasionamiento, lo que jamás encuentra uno en ellos es desgana o rutina. Y su autobiografía, Mi vida,muestra que también era un narrador excelente, capaz de mantener la atención del lector sin recurrir a la invención, a lo ficticio, que dispone de muchos más recursos que lo acaecido.

Reich-Ranicki es una de las personas a las que estoy completamente seguro de deberles mucho. Tuve la suerte de que le cayeran en gracia mi novela mencionada y Mañana en la batalla piensa en mí. De la primera dijo, en televisión —es increíble que un programa literario gozase de tanta popularidad—, que debía ocupar el número uno en las listas de libros más vendidos alemanas, y sus compatriotas le obedecieron, al menos durante una o dos semanas. Me llegó, por terceros, que eso le había causado gran contento… y también que había halagado enormemente su vanidad, que no disimulaba. Se ufanaba no tanto de su “poder” cuanto de su capacidad para “educar” a los lectores. Los escritores lo temían, pero, como me dijeron en mi editorial de entonces, que él se ocupara de una obra era ya algo que celebrar, aunque después la destrozara.

Al poco de aquella generosidad suya conmigo, mostró interés en conocerme, y lo fui a visitar una tarde en su casa de Fráncfort. Nos podíamos entender en inglés, pero quiso la presencia de un traductor porque, dijo, “lo primero que le voy a transmitir deseo transmitírselo con toda exactitud, y mi inglés no da para eso”. Aquellas palabras no fueron vehementes ni jactanciosas, todo lo contrario. Nunca he oído hablar a ningún crítico con tanta modestia de su tarea, ni con tanto agradecimiento hacia los escasos momentos de exultación que su paciente oficio le había reportado. Recuerdo que tuvo curiosidad por saber cuál era mi músico favorito, mi poeta favorito (me confesó que, del siglo XX, su preferido era Brecht, el Brecht poeta). Pero todo eso fue ya en inglés. Lo que me dijo en alemán lentamente y me fue traducido a mi lengua frase a frase, siguiendo sus pausas, se cuenta entre las palabras más conmovedoras que jamás le he oído sobre la literatura a un hombre dedicado a ella, a un hombre de letras. Eso es exactamente lo que era Reich-Ranicki: un verdadero hombre de letras, de los que ya casi no quedan.

JAVIER MARÍAS

El País, 19 de septiembre de 2013

Marías habla de Cervantes

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La revista Ínsula dedica un número doble (n. 799-800), de los meses de julio-agosto de 2013,  a un monográfico sobre las Novelas ejemplares de Cervantes. Javier Marías publica el artículo inédito “Aquí me paro”.

Thank you and goodbye, Roger Dobson

Roger D

It happened nearly thirty years ago, during my first few months in Oxford, where I held a post as lector and lecturer at the University. It must be said that, while there, I was not exactly required to work my fingers to the bone and spent a lot of my free time rummaging around in Oxford’s many second-hand bookshops, most of which have since closed down. I was on the hunt for various little-known authors whose books did not exist in any modern editions, authors such as Aickman, Lord Berners, Thomas Burke, John Meade Falkner, Collier, Vernon Lee, Lord Dunsany, Shiel, Stenbock and Arthur Machen. I was particularly keen on Machen, the most recent editions of whose lesser-known works dated from the 1920s and 30s. At the time – long before the Internet – you could still pick up the occasional bargain in those sometimes refined and expensive and sometimes vast and chaotic bookshops, as well as in the jumble sales held in church halls, fire stations or the reception rooms of London hotels. I began to feel slightly uneasy when I kept spotting the same man frequenting the same places as me. Whenever you identify someone as sharing your peculiarities or obsessions, you inevitably see in him a faint reflection of yourself, and that troubled me, just as, at the dawn of the video age, again in England, I had the odd discomfiting encounter, in video shops, with a fellow who did not seem entirely right in the head; he would mutter and murmur to himself and was rather eccentric-looking; and I used to wonder if, without realising it, I was rather like him. One day, when he noticed me looking at a copy of the Vivien Leigh and Robert Taylor film, Waterloo Bridge, he sidled up to me and said, eyes glinting: ‘That’s the best film ever made, wouldn’t you agree?’ In order not to antagonise him, I said ‘Yes, possibly’, because the truth is I found him vaguely repellent. However, given his choice of film, I realised that he was probably just an innocent, sentimental and doubtless solitary soul, and thereafter I never again eyed him with aversion or misgivings.

I did not feel in the least repelled by the man who haunted the bookshops, but he did look slightly strange, with his rather long nose, which seemed permanently on the verge of catching a cold, his small, quick eyes, and his decent but rather shabby clothes; I seem to remember that he wore one of those raincoats my mother would have described as a ‘dole-queue raincoat’, and although the dole queue may seem an old-fashioned concept now, it’s one that could well be making a comeback. One Sunday morning, he appeared at my house and rang the doorbell. He explained that the owners of a bookshop called Titles had given him my address because, they said, I was a collector of Machen’s books, and he was an expert on Machen (he was unaware, however, that Machen was also one of Borges’ favourite writers). In my now oldish novel All Souls, I described a similar conversation between the narrator and the character Alan Marriott, who turned up accompanied by a three-legged dog. Roger Dobson – for that was his name – had no dog, but he was the first person to tell me about the legend of the Kingdom of Redonda and about its drunken beggar king, John Gawsworth, and both kingdom and king have had a certain importance in my life. We did not become friends, nor did we arrange to meet again, but after that first meeting we would always greet each other whenever we met in bookshops and would exchange information and discoveries. Later, however, over the years, we did write to each other from time to time, and when the former ‘King of Redonda’, Jon Wynne-Tyson, decided to ‘abdicate’ in my favour, Dobson, perhaps the greatest ‘redondologist’ in the world, was happy to accept me. I ‘bestowed’ on him the title Duke of Bridaespuela – the Duke of Bridlespur – as a homage to Machen and his work Bridles and Spurs.

He spoke little about his private life. He contributed to various strange and sometimes downright weird magazines, writing learned articles about forgotten authors, especially those who wrote about the supernatural. I don’t know how he earned his living. With some difficulty, I imagine. He moved away from the centre of town (he used to live in a house Tolkien had once lived in); he mentioned once that he worked as an extra on films made on location in Oxford; and on learning that he was in financial straits, I was able to pay him for the editorial work he did on a biography of Machen written by Gawsworth – a belated discovery – a task he had initially carried out gratis et amore. A couple of months ago, I received a letter from Ray Russell, one of the founders of the society known as the Friends of Arthur Machen, asking if I knew what had happened to Dobson. He had vanished without trace, no longer replied to e-mails, and Russell was concerned that he might be ill. I feared the worst. Dobson had no phone. I wrote to him, in vain. A week later, Russell confirmed my pessimistic suspicions. Dobson had died in April, but Russell did not know when or how or why, nor if there had been a funeral or if there was going to be one. Sometimes we can find out more about the dead than about the living, for the former are no longer around to guard their secrets. So far, however, this has not proved to be the case. The only new information I have gleaned is that Dobson was brought up in Manchester. Otherwise, I still know nothing, only that the person whom, years ago, I once saw as my own rather troubling reflection is no longer in the world. One does occasionally meet people like him, recondite, bookish, silent enthusiasts for the things they choose to study or do, or to which they decide to devote themselves, often someone or something that no one else much cares about. People who put all their energies into rescuing from oblivion someone who has been unjustly forgotten, even at the risk that they themselves may become even more forgotten, in life as in death. I will not forget that remarkable man, Roger Dobson, for unwittingly and almost unknowingly, he, in some measure, played a part in my own literary fortunes. Thank you, Alan Marriott, Thank you and goodbye, Roger Dobson.

JAVIER MARÍAS

Translated from the Spanish by Margaret Jull Costa

[En castellano]

IN MEMORIAM – ROGER DOBSON

The funeral service for Roger Alan Dobson (1954-2013), author, actor, bookman and good friend, will be held on Thursday 4 July 2013, at 11.30am, at Oxford crematorium. There will then be a buffet lunch at 12.30 at The Talk House, Wheatley Road, Stanton St John, OX33 1EX.  All Roger’s friends will be welcome at the service, and afterwards. Those who cannot join us may wish to hold Roger’s memory in their thoughts during this day.

Marías traduce para ‘McSweeney’s’

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Javier Marías traduce “A Making of a Man” [“Cómo se hace un hombre”]
de Richard Middleton

McSweeney’s Issue 42

[With the help of guest editor Adam Thirlwell (author of Kapow!, Visual Editions), Issue 42 is a monumental experiment in translated literature—twelve stories taken through six translators apiece, weaving into English and then back out again, gaining new twists and textures each time, just as you’d expect a Kierkegaard story brought into English by Clancy Martin and then sent into Dutch by Cees Nooteboom before being made into English again by J.M. Coetzee to do. With original texts by Kafka and Kharms and Kenji Miyazawa, and translations by Lydia Davis and David Mitchell and Zadie Smith (along with others by John Banville and Tom McCarthy and Javier Marías, and even more by Shteyngart and Eugenides and A.S. Byatt), this will be an issue unlike anything you’ve seen before—altered, echoing narratives in the hands of the finest writers of our time, brought to you in a book that looks like nothing else we’ve ever done.]

El tío Jess y la luz encendida

jesus_franco_jess_muere_n-672xXx80Hacía muchísimos años que no veía al tío Jesús, pero lo he mencionado y tenido algo presente en los últimos tiempos, en la novela que intento escribir ahora. Era él quien se mantenía apartado de la familia. No por enfado ni nada parecido, sino porque, como decía mi madre, su hermana mayor que lo había cuidado de niño (le llevaba diecisiete años), “Jesús es muy descastado, no lo puede remediar”. No es que a nadie le importara gran cosa, era su manera de ser, eso es todo.

Su figura me hacía enorme gracia, en cualquier caso, y nunca olvidaré sus favores, siempre le estaré agradecido. Fue él quien me permitió ganar mi primer dinero, encargándonos a mi primo Carlos Franco y a mí la traducción de varios guiones de Drácula y Fu-Manchú, de las películas que en los años setenta rodó con esos personajes para el productor inglés Harry Alan Towers. En una de ellas, del maléfico chino creado por Sax Rohmer, mi primo Ricardo Franco y yo incluso hicimos de extras: nos obligó a bajar, descalzos y a la carrera, una ladera pedregosa, hasta el borde de un lago o pantano, y quizá a alguna otra nadería peligrosa. No se nos puede reconocer, ya que llevábamos capuchas negras, íbamos disfrazados de esbirros chinos, con los pantalones preceptivos. Pude ver brevemente a Christopher Lee y con eso me di por satisfecho. En otros rodajes logré echarles el ojo a Jack Palance, a Herbert Lom y a George Sanders, míticos para mí entonces y ahora.

En otros sitios he contado cómo gracias a él escribí mi primera novela, Los dominios del lobo, en su casa de París que me cedió con generosidad, a mis diecisiete años. También cómo me colaba de niño en su cuarto, cuando iba a casa de mis abuelos —sus padres, con los que aún medio vivía—, los cuales, muy religiosos, no debían de tener ni idea de que Jesús guardaba allí un arsenal de revistas eróticas, algo escaso en tiempos de la dictadura y que a mí me abrieron los ojos como platos. Era muy bromista, muy simpático, muy exagerado y muy fantasma. Como algún otro hermano suyo, sumamente mentiroso. No hace demasiado le leí en una entrevista un embuste que me hizo gracia: “Fíjate si hay gente malvada”, le decía al periodista, “que dicen que he nacido ¡en 1930!”, que era exactamente el año en el que había nacido (él andaba quitándose así como una docena). No le faltaba algo de razón: a veces hay que ser muy malvado para contar la verdad de alguien que intenta ocultarla.

Sus películas primeras son muy apreciables, Gritos en la noche, Rififí en la ciudad, la comedia Tenemos 18 años o el disparate musical Vampiresas 1930. Entre las incontables más que rodó hay de todo, pero no se puede negar que tenía imaginación y desfachatez y osadía. Incluso componía la música en ocasiones, bajos sus queridos pseudónimos. Según mi madre, era muy miedoso y aprensivo, como el personaje que interpretó como actor en la legendaria El extraño viaje, de Fernán Gómez. Cada noche despertaba a media casa con alguna alarma, la más llamativa de las cuales fue cuando una madrugada anunció angustiado a padres y hermanos que le había ocurrido algo mortal de necesidad: “Me he tragado la nuez, me estoy ahogando sin remedio”. Era incapaz de dormir sin una luz encendida y, según me confirmó mi primo Ricardo (que fue ayudante de dirección de bastantes películas suyas en los años setenta) seguía conservando esa manía todavía de adulto. Quizá por eso hizo tantas películas de terror. Confío en que en su última hora la habitación no estuviese a oscuras.

JAVIER MARÍAS

El País, 3 de abril de 2013

Juan Benet, 20 años de su muerte

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Javier Marías habla de Juan Benet
”El técnico y el sentimental”

Los artículos de Juan Benet siguen vigentes a los 20 años de su muerte

Hace veinte años que murió Juan Benet, autor de obras que han pasado a la historia de la Literatura española como Volverás a Región o Herrumbrosas lanzas, y su obra y su pensamiento, que el madrileño no escatimó compartir en sus artículos de prensa, siguen hoy “igual de vigentes” que entonces. “Siempre dijo que escribía para sí mismo, que no pensaba ni en el lector ni en el editor ni en nada; de hecho, creía que tenía mucha suerte cuando alguien le llamaba para editarle algún libro suyo”, recuerda su hija Juana en una entrevista con Efe.

Juan Benet está considerado como uno de los novelistas más originales de la narrativa castellana contemporánea y un gran estilista, aunque para algunos su obra resulta oscura y difícil. Sobre todo, se le conoce por su escritura, pero también fue Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y su profesión “le encantaba”. Juana cuenta que nunca le gustó el concepto de “intelectual comprometido”, pero recuerda que “como individuo español, opinaba mucho: de política, sociedad, de todo lo que pensaba que merecía una opinión”. Y sus artículos tienen hoy mucha vigencia. Recuerda Juana algunos escritos sobre la crisis de 1984, “cuando estaban los socialistas en el poder, que te valen para hoy”, u otro sobre una presunta prohibición de fumar en sitios públicos, que se hubiera podido “publicar hoy mismo”.

Con esa mente visionaria de la que habla su hija, Benet ya apostó en la conferencia inaugural de la XVIII Semana de la Carretera, en la Sevilla de la Expo 1992, por un concepto de la gran metrópoli del siglo XXI como una “necesidad indeseada y creada por una voluntad superior a la del individuo”. El escritor se mostraba convencido de que los ciudadanos del siglo XXI (a los que no llegaría a conocer) “serán capaces de hacer todo lo que esté en su mano para no habitar en la metrópoli o para huir de ella en cuanto hayan cumplido con las necesidades que le retienen allí”. Nada de visionario tuvo el título de su primer libro que vio la luz, una colección de relatos titulada Nunca llegarás a nada, en 1961. Porque Benet se reveló como un gran narrador con su primera novela, Volverás a Región, publicada en diciembre de 1967 tras años de elaboración, muchos rechazos y varias reescrituras, hoy de obligada lectura en el bachillerato. Su producción abarcó novelas, ensayos, colecciones de artículos, obras de teatro y relatos por los que recibió varios premios. Fue propuesto varias veces como candidato a la Real Academia Española de la Lengua, pero en ninguna ocasión obtuvo suficientes votos.

Javier Marías, un escritor que se reconoce discípulo de Benet, afirma en una entrevista publicada en la prestigiosa revista de cultura Jot Down que Benet fue para él “un maestro vital: alguien que me enseñó a mirar, a razonar, que tenía un oído finísimo para la música y un ojo extraordinario para la pintura. Sabía enseñarte a ver y oír”. Y refuerza el dato que comparte Juana de que era “muy divertido”, a pesar de la fama de huraño que le ha quedado.

“Era muy teatrero, con un humor muy especial: en casa -recuerda su hija-, nos teníamos que vestir casi de etiqueta para hacerle de público y escuchar las cosas que iba escribiendo, porque él compartía sus cosas con nosotros, nos pedía opinión y nos hacía leer, aunque a veces no entendíamos nada”. En ese sentido, Juana advierte que “no es un escritor fácil”. “Soy su hija y tengo que reconocer que tengo pendientes un par de cosas porque desde el vocabulario al estilo, todo es difícil, lo complica todo mucho y hay que dedicarle mucha atención. No son libros para leer en el metro, para nada”, resume. Su literatura se quedó para una élite, explica, “por su complejidad, no de los argumentos, sino del estilo, de su forma de escribir”.

Han pasado veinte años desde que un fulminante tumor cerebral detectado tres meses antes de su fallecimiento acabase con su vida un cinco de enero. En su casa, dice su hija, “aún todo recuerda a él”. En los hogares donde se aprecia la buena literatura, también.

ALICIA G. ARRIBAS

Efe, 5 de enero de 2013

Javier Marías escribe sobre Eduardo Mendoza

ENTRARÁ EN LOS ANALES

La figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales no solo de la literatura espa­ñola, sino de la entera sociedad española. Nunca se ha visto nada igual en ella: a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva treinta y ocho como autor publi­cado y querido; tras haber debutado con una no­vela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco; tras haber visto su larga trayec­toria acompañada de ventas masivas que se han mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser elogiado de mane­ra constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y también por los estudios universitarios de varios paí­ses, y contar sus novelas con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio), resulta ser un escritor al que sus colegas, le­jos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás, lo admiramos profunda y confesamente. Y no solo eso: también los periodistas, columnistas y tertulianos —gente proclive a encontrar defec­tos y a poner a caldo al transeúnte— hablan bien de él y de su obra con la mayor simpatía. Y no solo eso: en un país en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique a algo que ellos nunca han tenido intención de pro­bar —recuerdo que mi padre decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible, sino la del ama de casa a la que pone negra que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de saltar a un ruedo—, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y celebran sus hazañas. Conozco a centenares de ellas que darían gustosas el bolso por hacerse una foto a su lado.

No se trata, desde luego, de que Mendoza sea un hombre discreto y que no busque pelea, que sea modesto y no se pavonee de sus logros, porque ha habido otros que han sido así y les ha lucido el pelo: hoy, y en otro ámbito, el educado y respetuoso Pep Guardiola, cuyas educación y respeto sus enemigos han llegado a convertirlas en venablos que arrojarle al hoyuelo. Tampoco es que sea simpático y amable (que lo es): más alegre y simpático que Lorca parece que no había nadie, y ya sabemos cómo acabó, el po­bre; y nos parece, al leerlo, que no pudo existir hombre más grato, noble y risueño que Cervantes, y sin embargo se la cargó en vida, cuando Lope de Vega, sus partidarios y muchos otros no soportaron que un anciano intruso se sacara de la manga, cuando ya nadie esperaba de él nada, la mayor obra maes­tra de nuestra literatura, que además fue un éxito instantáneo e internacional entre los lectores de la época. No, aquí nadie se ha librado de los ataques y fobias, del vudú y el mal de ojo, por muy caballeroso que haya sido, o comedido en su comportamiento.

Y tampoco es que Mendoza haya sido esto últi­mo. En entrevistas, o en las columnas de prensa que escribió una temporada, suelta sus impertinencias, o proclama que la novela ha muerto para efímera indignación no tanto de quienes las escriben cuan­to de quienes desearían escribirlas y no se atreven o no les salen. Mendoza es cualquier cosa menos un pacato o un soso. No solo es gracioso en su litera­tura (a menudo), sino en persona. Si interviene en un acto, la sala está abarrotada. Si se presta a una sesión de firmas, la cola es interminable. Si pasea por la calle, los viandantes lo van parando, y nin­guno para increparlo, al contrario. ¿Puede alguien resultar más irritante? Difícil. Entonces, ¿por qué no irrita Mendoza, sobre todo en un país dispuesto a encolerizarse hasta con sus ídolos, a las primeras de cambio?

Si yo fuera él, no sabría, la verdad, si congratu­larme y bendecir mi suerte o preocuparme. En el se­gundo supuesto, la pregunta sería: “Con tanto como tengo a favor, ¿cómo es que no caigo mal y no mo­lesto, por qué no me ponen verde?” Pero no creo que se preocupe Mendoza por eso, porque salir indemne de este país-trituradora es algo que sospecho que ha buscado. No consigo olvidar que hace mucho, qui­zá tras la aparición de La ciudad de los prodigios, me dijo un día: “Estoy harto de ser, o de que se me considere, el primero de la clase”. No puedo evitar pensar que a eso, a dejar de serlo, se ha aplicado desde entonces, sin demasiado afán por otra parte. Lo que ya roza el milagro es que ha logrado no parecerlo, mientras sin embargo continuaba siéndolo. Los únicos que en realidad no se han dado cuenta de que seguía siéndolo son quienes otorgan premios oficiales o institucionales: ni el Cervantes, que merecería desde hace lustros, ni el Príncipe de Asturias, ni el llamado Premio de las Letras o sub-Cervantes, ni siquiera el Nacional de Narrativa que se concede año tras año a la supuesta mejor novela del anterior. Nunca se ha juzgado que ninguna de las suyas fuera digna de ese galardón, que ha recibido hasta el último mono. Bueno, miento: no lo obtuvieron jamás Juan Benet, ni Jaime Gil de Biedma en poesía, ni Juan García Hortelano… Prueba de que Mendoza pertenece a esa estirpe, la de los mejores. Razón de más para que se lo deteste, por tanto. No es así, sino al revés. Un insondable misterio. Un endemoniado enredo. Pasará a los anales.

JAVIER MARÍAS

Mercurio, noviembre de 2012