Javier Marías y la Eurocopa

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ALFREDO DI STÉFANO
JAVIER MARÍAS
Junio de 2016
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Con motivo de la Eurocopa 2016 el Ayuntamiento de París organizó una exposición, en la plaza principal de la Ciudad Luz, de imágenes de grandes futbolistas europeos pintadas por grafiteros.

Además de esta exposición, el Ayuntamiento parisino colgó en la valla metálica que rodea su edificio histórico, sede de la presidencia municipal, otra exposición de leyendas del balompié europeo, con textos de reconocidos escritores.

Artículos de Javier Marías traducidos al ruso

Revista rusa
El n.º 12 del año 2015 de la revista literaria rusa ИНОϹТРАННАЯ ΛИТЕРАТУРА (Inostrannaya Literatura) publica tres artículos de Javier Marías: “Isabel monta a Fernando”, “Mi anciano ídolo” y “Más idiotas de lo que parecen”,  escritos para El País Semanal (La zona fantasma), y reunidos en España en el volumen Tiempos ridículos.

Homenaje a Shakespeare

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El estilo a salvo

Desde hace unos años, todos parecemos habernos puesto de acuerdo en la llamativa pervivencia de Shakespeare… fuera de Shakespeare en gran medida. Se detectan ecos de sus obras en multitud de novelas, películas y series de televisión (y se lo continúa adaptando, normalmente abaratado o adulterado). Ecos de sus argumentos, historias, personajes más memorables; de su ocasional violencia, de sus aún más ocasionales aspectos bufo y grosero, de sus escenas más crudas, de su universo de conspiración, maquinación y lucha por el poder. Pero todos estos elementos son circunstanciales, por no decir secundarios. Lo raro es que la mayoría de quienes hoy se inspiran en él lo hagan en factores —por así expresarlo— preexistentes a Shakespeare y por tanto no enteramente shakespeareanos. Las traiciones y las venganzas, las ambiciones y los asesinatos, las artimañas y las persuasiones, todo ello es anterior a Shakespeare y en modo alguno privativo de él. Es sabido que el autor, lo que se dice inventar, inventó poco. Que sus relatos a menudo distaban de ser originales, que para sus historias se basó muchas veces en otras escritas por otros o en lo que ya habían contado los historiadores (romanos o británicos o incluso de alguna nación menos conspicua). En suma, lo que se conoce como “su mundo” era suyo en bastante escasa medida.
Da la impresión de que sin embargo es eso lo que tienta a los creadores actuales y les señala un camino. Lo que quizá es menos de Shakespeare es lo que más perdura e inspira. Y lo curioso es que todo eso, que ya está en Homero, en las tragedias y comedias griegas, en Tácito, Tito Livio y Amiano Marcelino, y por supuesto en numerosas obras posteriores, se transmite hasta nuestros días principalmente a través de Shakespeare, como si él le hubiera dado la forma definitiva, o la más sugestiva y la que no envejece, la que permite reconocer esas pasiones —algo arcaicas en realidad— como vigentes y contemporáneas.

La paradoja estriba en que pocos de sus actuales “discípulos” parecen preguntarse por qué ocurre tal cosa, por qué en Shakespeare permanecen incólumes al paso del tiempo esas turbulencias que en otros nos resultarían anticuadas. Por qué a él se lo ve “trasladable” no sólo a fantasías medievales como Juego de tronos o El Señor de los Anillos, sino también a las más modernas esferas mafiosa y política, desde El Padrino o House of Cards, por mencionar una obra maestra y una vulgaridad inverosímil, respectivamente. Lo extraño es que casi nadie intente imitar ni seguir lo que justamente hace que Shakespeare lo resista todo, desde el transcurso de los siglos hasta las adaptaciones ofensivas, las traducciones pedestres o las interpretaciones ramplonas. Lo que le permite sobrevivir a todo no es lo que antes he llamado “su mundo”, ni sus argumentos ni su ocasional truculencia (hay quien lo reivindica diciendo que es un “pre-Tarantino”, santo cielo). Todo eso es superficial y se encuentra en infinidad de textos, y hasta en culebrones. Lo que convierte en perdurables sus pasiones más chillonas es precisamente lo que casi nadie tiene en cuenta y lo que, desde luego, casi nadie trata de resucitar, porque no sabe o no se atreve: el estilo, palabra que, de hecho, lleva décadas desterrada de nuestro vocabulario por considerarse “etérea” y “acientífica” y poco menos que inmanejable. Es el enorme brío de los textos, la increíble fuerza de las imágenes y las metáforas, la cadencia inconfundible, lo enigmático que nos parece claro, la elevación y nobleza de la expresión, lo que dota a todo el conjunto de un carácter vital y —hasta la fecha— imperecedero. Lo que hace que sus obras continúen vivas y emanando influencia. Lo que nos conduce a regresar a ellas, a recrearlas y prolongarlas, es casualmente lo que casi ningún creador actual tiene el menor interés en recuperar y emular. (O es problema de capacidad acaso).

Suele ocurrir que lo que inmortaliza un texto es lo que escapa al análisis, y por lo tanto a la imitación y a la copia. Tal vez se deba a eso que, pese al manoseo constante y abusivo, Shakespeare se mantenga todavía a salvo.

JAVIER MARÍAS

Mercurio, n. 179, marzo de 2016

Javier Marías comenta el ‘Quijote’

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Lectura del Cap. XXXII de la Primera Parte del Quijote,
JAVIER MARÍAS

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
MIGUEL DE CERVANTES
Edición dirigida por FRANCISCO RICO
Biblioteca Clásica
RAE-Círculo de Lectores, 2015

Este texto inédito, a cargo de Javier Marías, forma parte del volumen complementario “Lecturas del Quijote” en la nueva edición de Don Quijote de la Mancha publicada por la Real Academia Española (Círculo de Lectores), y dirigida por Francisco Rico, con motivo del cuarto centenario de la aparición de la Segunda Parte del Quijote en 1615.

Marías escribe sobre Mendoza

JM EM Blanquerna

El triunfo del prófugo

No se hace fácil recordar, incluso resulta difícil pensar en aquellos tiempos, como si ahora se aparecieran envueltos en brumas, las de los antiguos flash-backs cinematográficos. En 1967 Juan Benet publicó Volverás a Región, una novela extraordinaria, densa y difícil, que sin embargo para muchos escritores jóvenes se convirtió en una bandera. Los años duraban mucho más de lo que lo hacen ahora, y sólo cuatro después (pero parecían diez o doce) yo saqué mi primera novela con diecinueve, Los dominios del lobo, llena de personajes americanos y sumamente alejada tanto de Benet como de sus predecesores, que a él le reventaban en su mayoría. En 1973, con veintiuno, saqué la segunda, Travesía del horizonte, esta vez repleta de personajes ingleses y con ecos de James, Conrad y Conan Doyle. Algunos críticos (Gimferrer al frente) dieron la bienvenida a esas dos parodias juveniles, pero el gran resto alzó las cejas y en el mejor de los casos tuvo una actitud perdonavidas, en atención a mi tierna edad más que nada. ¿Qué hace este jovenzuelo, que no habla de su país, ni de su época, que no es realista ni experimentalista (esta última era la moda efímera que a duras penas se abría paso)? En conjunto se me despachó como a un frívolo extranjerizante.

Y fue entonces, en 1975, cuando apareció La verdad sobre el caso Savolta, de un autor nuevo y todavía joven (31 años), Eduardo Mendoza. Tampoco esa novela era realista ni experimentalista, y ni siquiera era “benetiana”, como en realidad no ha podido serlo ninguna porque Benet era tan personal que cualquier seguimiento se convertía al instante en mala copia. Savolta podía haber sido despachada por los críticos en términos semejantes a los que empleó el primero que tuvo, el censor de turno, cuyo brevísimo informe puede leerse en la entrevista de Juan Cruz adjunta: “Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza …”, así empezaba; y terminaba todavía peor: “… y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir”. No, no se crean que demasiados reseñistas de entonces eran más perspicaces que aquel mal señor. Y sin embargo no fue así. Al contrario, Savolta pasó a ser un hito, una revelación, un gran éxito, supuso una novedad sobresaliente, y por eso se dice que fue lo que en literatura marcó el inicio de la democracia y la defunción del franquismo. Un no-crítico inteligente y agudo, Juan García Hortelano, que había cultivado el realismo social transgrediéndolo, fue uno de los que dieron el aviso, en este diario, ya en 1976: “Prepárense ustedes porque pueden volver a la ficción”.

Savolta era sólo a medias ficción. Incluso se reproducían en ella extractos de informes tomados de documentos antiguos reales, a los que el autor había tenido acceso. Pero esas son historias de bastidores. Savolta se leía como ficción y además como ficción no anticuada, sino todo lo contrario, innovadora. Pese a que Mendoza se hubiera empapado de novelas de aventuras y policiacas, de Balzac y Stendhal y de autores ingleses con los que desde el primer momento compartió el humor, aquella obra suya inaugural aprovechó todas las técnicas aprendidas pero en modo alguno se pudo leer como algo arcaizante ni rancio ni “típico”, como decía el audaz censor. Aquello sonaba a nuevo, y sobre todo sonaba a libre. ¿Libre? Sí, eso fue lo principal. En la mencionada entrevista él mismo lo reconoce: “Puedo hacer lo que yo quiera porque no tengo que complacer a nadie”, ese era el pensamiento que lo dominaba durante la escritura. Hoy resulta imposible imaginar lo coaccionado y amenazado que se sentía un novelista debutante: el que no escribía novela social ni (un poco más adelante, y durante un corto periodo) experimentalista, estaba condenado a ser invisible, a no existir. La literatura española —como el resto de la vida española— siempre ha sido muy dada a poner grilletes, y a hacer caso omiso de los díscolos y prófugos cuando no podía apresarlos o se le escapaban de verdad. Mendoza fraguó lo que se le antojó: sostuvo una historia apasionante, creó personajes magníficos y una estructura original, se trasladó a la Barcelona de 1917, se saltó cuantas veces quiso la linealidad narrativa, escribió una novela a la vez política, de gangsters y de gran humor. No se dice lo bastante, pero fue él quien enseñó a la mayoría de los novelistas que vinieron después qué era escribir con libertad, sin verse obligado a complacer ni a los colegas ni a los críticos ni tan siquiera al público lector. A partir de ahí fue posible que cada uno se creara sus propios lectores. Eso que hoy es tan frecuente y que hace cuarenta años —tan sólo cuarenta— parecía un sueño irrealizable.

Dice Mendoza al final de su conversación con Cruz que “tener una novela que sigue siendo todavía la más importante de cuantas he escrito, a veces me da una rabia tremenda …” Puede que La verdad sobre el caso Savolta sea la más importante en términos históricos, porque se publicó el mismo año de la muerte física de Franco, porque fue un deslumbramiento, porque fue una liberación. Pero Mendoza puede estar tranquilo: lo histórico no forma nunca parte de la cotidianidad, sólo reaparece en los aniversarios señalados y luego se vuelve a olvidar. Sus novelas posteriores, su presencia beneficiosa en nuestro “paisaje”, la excelencia literaria de La ciudad de los prodigios y otras, eso sí que nos reconforta, día a día, y que sea por innumerables más.

JAVIER MARÍAS

El País, Babelia, 10 de enero de 2015

‘Juan II de Redonda’, por Javier Marías

JWT en RJon Wynne-Tyson y yo nos hemos visto una sola vez en persona, y fue adecuadamente un 23 de abril, que en España es el Día del Libro y la fecha en que murió Miguel de Cervantes. En la misma fecha del mismo año murió también William Shakespeare, aunque al parecer los calendarios español e inglés fueran levemente distintos en 1616. Era 1997 cuando Jon y yo nos vimos.

Me citó para almorzar en el Basil Street Hotel de Londres, después de habernos cruzado unas cuantas cartas tímidas, sigilosas y casi sinuosas en las que a mí me costó saber que lo que él me estaba proponiendo era “abdicar” de su título de Rey de Redonda en favor mío. Jon estaba cansado de aquella “tarea indeseada”, o más bien de los ataques y acosos de otros “aspirantes al trono” con los que quizá había cometido la imprudencia de enzarzarse en discusiones, de responder a sus reclamaciones e intentar razonar con ellos. Él conocía mis novelas y quería que su “heredero” fuera un escritor de verdad, que además se hubiera interesado y ocupado de la muy literaria leyenda redondina en sus escritos, como había hecho yo en Todas las almas y volví a hacer en 1998 en Negra espalda del tiempo.

Pero, claro está, antes de tomar una decisión definitiva deseaba verme y conocerme personalmente, aunque fuera una vez. Ya no recuerdo con nitidez nuestra conversación durante el almuerzo, pero sí que después me llevó a su casa, creo que para que también me viera y conociera su mujer, Jennifer, y una hermana de ella que estaba allí. Tuve la impresión de que Jon necesitaba el visto bueno o la aprobación de Jennifer, como si se fiara más de su criterio que del propio. Conservo el recuerdo de una mujer dulce, sonriente y afectuosa, a la que no debí de parecer mal del todo. Yo tenía entonces cuarenta y cinco años y probablemente parecía más joven. Quizá eso ayudó a que Jennifer me considerara con benevolencia.

Una vez hecho el “traspaso de poderes”; una vez que me convertí en albacea literario y en propietario de los derechos de autor de los anteriores “Reyes”, M P Shiel y John Gawsworth o Felipe I y Juan I; una vez nombrado nuevo “monarca” de Redonda, Jon y yo hemos hablado varias veces por teléfono y nos hemos escrito numerosas cartas. Las suyas, incluso ahora, cuando se acerca a los noventa años, son siempre inteligentes, estimulantes, llenas de humor y con un inglés tan perfeccionado que en ocasiones me cuesta un poco entenderlo (a mí, que en su día traduje Tristram Shandy de Sterne, y a Sir Thomas Browne, y a Joseph Conrad y a Yeats y a Hardy y a Wallace Stevens). Cada vez que recibo un sobre suyo es un gran motivo de alegría.

He intentado llevar su legado de la mejor manera posible: con dignidad, sin incurrir en baraturas, sin hacer el ridículo y procurando que eso afectara poco a mi nombre como novelista, que ya había empezado a establecerse cuando, a los diecinueve años, publiqué mi primera novela en España. Una de las cosas que más me satisfacen es notar que Jon Wynne.Tyson no se ha arrepentido de su elección, que juzga no haberse equivocado. O quizá fue Jennifer la que no se equivocó.

En cuanto a la parte más ardua de la “tarea”, yo no la he padecido. Como ya le anuncié a Jon durante aquel almuerzo del Basil Street Hotel, no he entrado en “disputas dinásticas”, no he litigado con ningún usurpador ni pretendiente a la corona redondina. Creo que le dije algo así como: “That would be the only kingly thing to do”. Que él, durante su “reinado”, se comportara de manera distinta no lo convierte en absoluto en un “Rey” menor, y habla sólo de su buena fe y su delicadeza hacia los demás, incluso hacia los farsantes y aprovechados. Aún más larga vida a Juan II.

JAVIER MARÍAS


‘Juan II of Redonda’

El agradecimiento que jamás se salda

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En el fútbol hay poco objetivo, por más que los goles, los puntos, los triunfos, las derrotas, las eliminaciones y los títulos den a entender lo contrario. Se equivocan quienes afirman que nadie se acuerda de los finalistas ni de los segundos. Los que vimos a la Holanda de 1974 la conservamos en la retina mucho más que a la Alemania que la venció en el último y crucial partido. Se nos desdibuja hasta Beckenbauer, mientras que Cruyff, Neeskens y Rep aún bailan en nuestra memoria. Así, a quienes alcanzamos a admirar a Di Stéfano (y más aún si éramos niños y adolescentes), es difícil convencernos de que haya habido mejor futbolista a lo largo de la historia. En cuantos han venido después, algo echamos siempre en falta, por comparación o por nostalgia. No es fácil saber qué exactamente. A Pelé nunca tuvimos mucha ocasión de contemplarlo, pero digamos que al lado de Don Alfredo nos parecía frívolo. El que más se le aproximó fue tal vez Cruyff, porque lo igualaba en inteligencia; probablemente no, sin embargo, en capacidad organizativa ni tampoco en amor propio (o fastidio ante la derrota, si se prefiere). Maradona fue sin duda más rápido y habilidoso, pero siempre dio la impresión de ser corto de luces, pendenciero y poco noble. Es seguro que Messi es más malabarista y más mortífero, pero le falta humanidad o acaso es entendimiento: se lo ve demasiado ajeno a todo, como un autómata portentoso algo desentendido del conjunto del juego y de sus compañeros.

Todo esto es muy subjetivo, ya digo. A los ídolos de la niñez es casi imposible desplazarlos, y en cierto sentido Di Stéfano compartía honores con el Capitán Trueno, y D’Artagnan, y Miguel Strogoff, y Sandokan. El físico no lo acompañaba: su prematura calva lo hacía parecer demasiado mayor a los ojos infantiles, no era sencilla la identificación inmediata. Eso quedaba paliado, compensado, por la generosidad y la nobleza que transmitía. Las masas lo adoraban, pero jamás tuvo aires de divo. Su genialidad era incuestionable, y él, no obstante, insistía en la importancia de los compañeros sin falsa modestia, consciente de que él solo no bastaba. De tanto en tanto se le veían malas pulgas (una bronca a un defensa del equipo; una advertencia a un contrario, con ojo airado o irónico); qué menos que un héroe capaz de imponer su autoridad o su saber, o de pararle los pies a un rival irrespetuoso o sucio. También uno esperaba de D’Artagnan y del Capitán Trueno que supieran defenderse y escarmentar al que se lo mereciera.

En alguna ocasión he escrito que a los futbolistas se los reconoce en seguida por los andares y por cómo corren, como a los actores de cine inolvidables. ¿Quién no es capaz de representarse al instante los pasos de John Wayne, Henry Fonda, Cary Grant, Gary Cooper o James Stewart? La estampa de Di Stéfano sobre la hierba pertenece a esa estirpe. Quien lo vio lo sigue viendo: lo ve avanzar con el balón o sin él, dar un taconazo o colarse por sorpresa entre los defensas contrarios; impartir órdenes a sus compañeros o parar el balón y retenerlo bajo el pie —imponiendo una inverosímil pausa— en un momento de desconcierto o desarbolamiento; lo ve regatear sin florituras o rematar de cabeza, o celebrar un gol con los dos brazos en alto y un saltito, su forma tan característica, el gesto breve y sin excesos. Yo lo veo, sobre todo, llegar solo con la pelota a la portería desguarnecida, tras superar a todos los adversarios. Detener un segundo el balón ante la línea de meta, el mínimo tiempo justo para que cien mil almas contuvieran el aliento y pudieran preguntarse: “Pero ¿a qué espera?”. El tiempo justo para que el gol inminente no fuera gol todavía. Y entonces, con la suela de la bota, hacer traspasar el balón suavemente esa línea, sin impulsarlo al fondo de la red, en modo alguno: sólo hacerlo cruzar la raya blanca y dejarlo allí depositado. Él ha cruzado ahora esa raya y está dentro de la meta, para siempre, con nuestra mayor gentileza y afecto, el imborrable recuerdo y el agradecimiento que jamás se salda.

JAVIER MARÍAS

El País, 7 de julio de 2014

Texto de JM sobre el poema de Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY

Unas líneas sobre “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

QUEVEDO Y MARÍAS

Shakespeare , el mayor inspirador

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Sciammarella

Sé de numerosos escritores que leyeron a los más grandes en su temprana juventud —quizá cuando sólo eran lectores— y luego jamás vuelven a ellos. En parte lo entiendo: resulta desalentador, disuasorio, incluso deprimente, asomarse a las páginas más sublimes de la historia de la literatura. “Existiendo esto”, se dice uno (yo el primero), “¿qué sentido tiene que llene folios con mis tonterías? No sólo nunca alcanzaré estas alturas o esta profundidad, sino que en realidad es superfluo añadir ni una letra. Casi todo se ha dicho ya, y además de la mejor manera posible”. Hay escritores, por tanto, que para sobrevivir como tales y encontrar el ánimo para pasar meses o años ante el ordenador o la máquina, necesitan fingir que no han existido ni Cervantes ni Dante ni Proust, ni Faulkner ni Montaigne ni Conrad ni Hölderlin ni Flaubert ni James, ni Dickens ni Baudelaire ni Eliot ni Melville ni Rilke, ni muchos más seguramente. Lo último que se les ocurre es regresar a sus textos, al menos mientras trabajan, porque el pensamiento consecuente suele ser: “Mejor me quedo callado y no doy a las exhaustas imprentas otra obra más: ya hay demasiadas, y la mayoría están de sobra. Por cálculo de probabilidades, sin duda las mías también”. Para quienes estamos en activo la frecuentación de los clásicos puede ser más paralizante y esterilizadora que nuestros mayores pánicos e inseguridades, y créanme que, excepto los muy soberbios (los hay, los hay), no hay novelista ni poeta que no se vea asaltado por ellos, antes, durante y después de la escritura.

Quizá por esa extendida evitación sorprende un poco —quizá por eso se me haya solicitado esta pieza— que alguien como yo, todavía en activo y más o menos contemporáneo, esté en permanente contacto (sería presuntuosa la palabra “diálogo”) con el más intimidatorio de cuantos escritores han sido, Shakespeare, hasta el punto de incorporarlo a menudo a mis propios textos, en los que lo cito, lo comento, lo parafraseo; está presente en muchos de ellos. De hecho le debo tanto que seis títulos de libros míos son citas o “adaptaciones” de Shakespeare, y aún pueden ser siete si la novela que acabo de terminar conserva finalmente el provisional que la ronda. No es que desconozca esa admiración desalentadora, ese estupor disuasorio que producen los más grandes autores, al lado de los cuales uno siempre se siente un iluso o un fatuo. Vivimos en una época en la que el deslumbramiento por los vivos está casi descartado, porque está más vigente que nunca aquel viejo lema, creo que medieval: “Nadie es más que nadie”. Cada vez está más generalizada la negativa a reconocer la “superioridad” de nadie en ningún campo (salvo en el deportivo), y hoy sería poco imaginable la reacción del narrador de El malogrado, de Thomas Bernhard, quien abandona su carrera pianística al coincidir con Glenn Gould y darse cuenta de que, por competente que llegara a ser, jamás se aproximaría al talento y al virtuosismo del intérprete canadiense. Cualquier artista actual está obligado a suprimir —o a silenciar, al menos— la admiración por sus colegas vivos, más aun si son compatriotas suyos o escriben en la misma lengua. Incluso hemos llegado a un punto en el que, para sobrevivir, también hace falta desacreditar a los muertos —qué molestia son, qué incordio, cómo nos hacen sombra, cómo subrayan nuestras deficiencias y nuestra mediocridad—; o, si no tanto, hacer caso omiso de ellos y desde luego rehuirlos. No son escasos los literatos que hoy afirman no haber leído apenas —ya les trae cuenta— y tener como referencias únicas el cine, la televisión, los cómics o los videojuegos. El propio, posible talento con las palabras no se ve amenazado si uno ignora lo que otros lograron con ellas.

Supongo que, en este mundo temeroso y mezquino, mi actitud es anacrónica. Frecuento a Shakespeare porque para mí es una fuente de fertilidad, un autor estimulante. Lejos de desanimarme, su grandeza y su misterio me invitan a escribir, me espolean, incluso me dan ideas: las que él sólo esbozó y dejó de lado, las que se limitó a sugerir o a enunciar de pasada y decidió no desarrollar ni adentrarse en ellas. Las que no están expresas y uno debe “adivinar”. Por eso he hablado de misterio: Shakespeare, entre tantísimas otras, posee una característica extraña; al leérselo o escuchárselo, se lo comprende sin demasiadas dificultades, o el encantamiento en que nos envuelve nos obliga a seguir adelante. Pero si uno se detiene a mirar mejor, o a analizar frases que ha comprendido en primera instancia, se percata a menudo de que no siempre las entiende, de que resultan enigmáticas, de que contienen más de lo que dicen, o de que, además de decir lo que dicen, dejan flotando en el aire una niebla de sentidos y posibilidades, de resonancias y ecos, de ambigüedades y contradicciones; de que no se agotan ni se acaban en su propia formulación, ni por lo tanto en lo escrito.

En mis novelas he puesto ejemplos: “It is the cause, it is the cause, my soul” (“Es la causa, es la causa, alma mía”), así inicia Otelo su famoso monólogo antes de matar a Desdémona. El lector o el espectador leen o escuchan eso tranquilamente por enésima vez, lo comprenden. Y sin embargo, ¿qué demonios quiere decir? Porque Otelo no dice “She is the cause” ni “This is the cause” (“Ella es la causa” o “Esta es la causa”), que resultarían más claros y más fáciles de entender. O cuando a Macbeth le comunican la muerte de Lady Macbeth, murmura: “She should have died hereafter” (“Debería haber muerto más adelante”, más o menos). ¿Y eso qué significa —esa célebre frase—, cuando la situación es ya desesperada y el propio Macbeth morirá en seguida? También Lady Macbeth, tras empaparse las manos con la sangre del Rey Duncan que su marido ha asesinado, vuelve a éste y le dice: “My hands are of your colour; but I shame to wear a heart so white” (“Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”). No se sabe bien qué significa ahí “blanco”, si inocente y sin mácula, si pálido, asustado o cobarde. Por mucho que ella quiera compartir el sino de Macbeth, ensangrentándose las manos, lo cierto es que la asesina no ha sido ella, o sólo por inducción, instigación o persuasión. Su marido es el único que se ha manchado el corazón de veras.

Son ejemplos de los que me he valido en el pasado. Pero hay centenares más. (“¡Ojalá fuera tan grande como mi pesar, o más pequeño que mi nombre! ¡Ojalá pudiera olvidar lo que he sido, o no recordar lo que ahora debo ser!”, dice Ricardo II en su hora peor). Las historias de Shakespeare rara vez son originales, rara vez de su invención. Es una prueba más de lo secundario de los argumentos y de la importancia del tratamiento. Es su verbo, es su estilo, el que abre brechas por las que otros nos podemos atrever a asomarnos. Señala sendas recónditas que él no exploró a fondo y por las que nos tienta a aventurarnos. Quizá por eso sigue siendo el clásico más vivo, al que se adapta y representa sin cesar; el que sobrevuela películas y series de televisión oceánicas como El señor de los anillos, Los Soprano, El padrino o Juego de tronos, o más superficialmente House of Cards. A él sí osamos volver. No sólo yo, desde luego, aunque en mi caso no haya la menor ocultación. Lo reconozcan o no otros autores, a los cuatrocientos cincuenta años de su nacimiento y a los trescientos noventa y ocho de su muerte, Shakespeare sigue siendo el que corre más por nuestras venas y el mayor inspirador de nuestros balbuceos.

JAVIER MARÍAS

El País, 16 de abril de 2014

Marías elige a Quevedo

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POEMS THAT MAKE GROWN MEN CRY
EDITED BY ANTHONY AND BEN HOLDEN
Simon &Schuster UK, April 2014

Índice y primeras páginas

En este libro cien intelectuales eligen y comentan el poema que más les emociona. Javier Marías ha elegido el soneto de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”.

QUEVEDO Y MARÍAS

Texto en catellano:

A medida que uno va cumpliendo años, quizá lo que más entristece ante la perspectiva de la muerte, lo que extrañamente resulta más melancólico e insoportable, no es dejar de vivir y que ya no haya más futuro –es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas-, sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado; de que ya no “flotará” en el mundo –por utilizar un verbo impreciso- cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido.

Por eso conmueven, tal vez, las tentativas de rebelarse ante esa desaparición venidera. No de uno mismo insisto, sino de lo que uno guarda; de lo que depende de la propia conciencia para conservarse.

Este soneto de Quevedo es una de las más logradas rebeliones. Poco importa que, como señaló Borges, su extraordinario último verso sea “una recreación, o una exaltación”, de uno de Propercio (Elegías, I, 19). Los últimos dos versos de Quevedo son infinitamente superiores, y los que ponen un nudo en la garganta. También los dos primeros, que anuncian ya el desafío: aunque la muerte cierre mis ojos el “blanco día” que me lleve –es decir, “el día en blanco”, una maravillosa manera de llamar al día en que nada se escribirá ni habrá más nada-, aun así mis venas y mis médulas y mi cuerpo entero “serán ceniza”, pero con sentido; y aunque sean polvo, aunque sean nada, será una nada enamorada. Sí es una de lasa más sublimes rebeliones de la historia de la literatura. Y los vivos lo seguimos leyendo: algo es algo.

Javier Marías

Einaudi cumple 80 años

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“En el octogésimo aniversario de Einaudi”

Que un hombre o una mujer cumplan hoy ochenta años no parece cosa de gran mérito ni excepcional, a diferencia de lo que ocurrió durante la mayor parte de nuestros siglos. Que los cumpla, en cambio, una empresa o una tienda empieza a resultar no sólo milagroso, sino incluso levemente anacrónico.

A lo largo de centenares de años se daba por descontado que las obras de los humanos duraban más que ellos mismos, y en cierto sentido se erigían y llevaban a cabo con ese propósito: con el de perdurar y ser memoria de los pasajeros seres que las acometían. Un escritor,  sin ir más lejos, solía tener la esperanza de que sus escritos le sobreviviesen, de que otros siguieran leyéndolos después de su muerte y de que así se perpetuase lo que Quevedo llamó conversar en silencio con los difuntos. Hoy parece que la mera idea de posteridad pertenezca al pasado y no sea ya concebible: nuestros libros tienen suerte si duran un año, no digamos diez o doce. La aceleración insensata de nuestra época hace que todo nazca ya envejecido, o casi; que cualquier cosa, por existir y ser ya presente, pase a ser en el acto pasado. En contra de lo sucedido a lo largo de nuestra historia, la sensación de fragilidad y fugacidad de las obras supera a la que tenemos de nosotros mismos. Un escritor actual, si no es muy ingenuo u optimista en exceso, cuenta con asistir en vida al declive del interés por él de sus lectores, cuenta con ver cómo su novela de mayor éxito se convierte en una antigualla que pocos recuerdan y aún menos continúan leyendo.

Así, que una editorial, dedicada precisamente a publicar y cuidar esas obras efímeras, alcance los ochenta años nos da un leve consuelo de continuidad y permanencia, y nos hace concebir que quizá, en nuestro mundo, no todo sea tan transitorio como siempre lo fuimos los hombres y las mujeres.

Javier Marías

Gli auguri di Javier Marías

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Las obras de Javier Marías publicadas por Einaudi

‘Las huellas dispersas’ en el Ciclo de Oxford

Las huellas dispersas

LAS HUELLAS DISPERSAS
JAVIER MARÍAS
Introducción y edición de Inés Blanca
CICLO DE OXFORD
Debols!llo, octubre de 2013

Las huellas dispersas es una colección de textos de Javier Marías relacionados con su Ciclo de Oxford. Visitan estas páginas los personajes -también sus reversos históricos- de las novelas que, hasta la fecha, lo componen. También se recorren aquí sus lugares ingleses, hasta colarse en el gabinete del autor, alguien que trabaja realidad y ficción y las convierte en literatura. Como una nueva perspectiva de sí mismo, este volumen ensancha la obra de Marías y completa la lectura de Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana.

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CICLO DE OXFORD:
TODAS LAS ALMAS
NEGRA ESPALDA DEL TIEMPO
TU ROSTRO MAÑANA

Las huellas dispersas
JAVIER MARÍAS
Edición de Inés Blanca
Debols!llo, octubre de 2013

El discernidor máximo

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La muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado: la del crítico casi universalmente respetado en su ámbito de influencia, la del discernidor máximo, o, como la llamé hace muchos años, la del “árbitro” literario. Este último término es adecuado porque había algo de arbitrario, por fuerza, en los juicios de estos individuos. Sólo que, a diferencia de tantos otros que hoy ejercen su profesión (y nadie les hace caso), argumentaban sólidamente los porqués de sus entusiasmos o de sus denuestos. Podía estarse o no de acuerdo con tales argumentaciones, pero nunca faltaban, las había siempre: el crítico no se limitaba a exclamar: “Esto no me llega”, o “Esto no me lo creo”, o “Siento un nudo en la garganta y me emociono”, fórmulas con las que hoy se despachan a veces libros, películas, obras de teatro y conciertos.

Reich-Ranicki era sin duda un hombre apasionado. Cuando, hacia 1996, me pasaron un vídeo de su programa El cuarteto literario, en el que había hablado generosísima y exageradamente de mi novela Corazón tan blanco, me alegré sobremanera de estar ya enterado de la calidez de su dictamen, porque viéndolo hablar y gesticular —y no entendiendo yo el alemán—, su vehemencia podría haberse debido perfectamente a la cólera, y no a la satisfacción que le había producido mi libro. También leyendo sus textos críticos o biográficos sobre Thomas Mann o Shnitzler, Döblin, Böll o Kafka, se percibe ese apasionamiento, lo que jamás encuentra uno en ellos es desgana o rutina. Y su autobiografía, Mi vida,muestra que también era un narrador excelente, capaz de mantener la atención del lector sin recurrir a la invención, a lo ficticio, que dispone de muchos más recursos que lo acaecido.

Reich-Ranicki es una de las personas a las que estoy completamente seguro de deberles mucho. Tuve la suerte de que le cayeran en gracia mi novela mencionada y Mañana en la batalla piensa en mí. De la primera dijo, en televisión —es increíble que un programa literario gozase de tanta popularidad—, que debía ocupar el número uno en las listas de libros más vendidos alemanas, y sus compatriotas le obedecieron, al menos durante una o dos semanas. Me llegó, por terceros, que eso le había causado gran contento… y también que había halagado enormemente su vanidad, que no disimulaba. Se ufanaba no tanto de su “poder” cuanto de su capacidad para “educar” a los lectores. Los escritores lo temían, pero, como me dijeron en mi editorial de entonces, que él se ocupara de una obra era ya algo que celebrar, aunque después la destrozara.

Al poco de aquella generosidad suya conmigo, mostró interés en conocerme, y lo fui a visitar una tarde en su casa de Fráncfort. Nos podíamos entender en inglés, pero quiso la presencia de un traductor porque, dijo, “lo primero que le voy a transmitir deseo transmitírselo con toda exactitud, y mi inglés no da para eso”. Aquellas palabras no fueron vehementes ni jactanciosas, todo lo contrario. Nunca he oído hablar a ningún crítico con tanta modestia de su tarea, ni con tanto agradecimiento hacia los escasos momentos de exultación que su paciente oficio le había reportado. Recuerdo que tuvo curiosidad por saber cuál era mi músico favorito, mi poeta favorito (me confesó que, del siglo XX, su preferido era Brecht, el Brecht poeta). Pero todo eso fue ya en inglés. Lo que me dijo en alemán lentamente y me fue traducido a mi lengua frase a frase, siguiendo sus pausas, se cuenta entre las palabras más conmovedoras que jamás le he oído sobre la literatura a un hombre dedicado a ella, a un hombre de letras. Eso es exactamente lo que era Reich-Ranicki: un verdadero hombre de letras, de los que ya casi no quedan.

JAVIER MARÍAS

El País, 19 de septiembre de 2013