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Alberto Di Lolli

CUATRO LETRAS. Un año detox

Mirar con palabras

Hay algo en su militancia fumadora, ese gesto de salir en las fotos fumando, que enternece al igual que su escritura impone. Fue el escritor más british. Personalísimo, culto, singular hasta el extremo de seguir acarreando una máquina de escribir y de entronizarse como rey de la isla de Redonda, Javier Marías vuelve a coronarse como el autor del libro del año con Así empieza lo malo, una novela sobre verdades y secretos, sus reglas y sus trampas. De fondo, una afilada mirada a un periodo que, bajado de los altares, por fin puede criticarse: la transición democrática. Prosa deslumbrante pero suculenta, que desvela y engancha, para luego suspenderse y dejarnos absortos. El joven Marías, boca de fresa y abrigo de paño.

JOANA BONET

La Vanguardia, 27 de diciembre de 2014

‘Así empieza lo malo’, mejor libro del año

Vídeo

Así empieza lo malo en la voz de Marías
Vídeo de Paula Casado

20141220babeliaBig“Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida”

“Mi cardiólogo me va a reñir por salir fumando en las fotos”, dice Javier Marías en su casa de Madrid, la ciudad en la que nació en septiembre de 1951. Su cardiólogo es el doctor José Manuel Vidal, convertido en personaje de Así empieza lo malo (Alfaguara), la novela elegida por los críticos de Babelia como mejor libro de 2014. La elección, cuenta, le ha sorprendido. “Por dos razones. Una, porque este año ha sido excepcional en cuanto a libros importantes de escritores importantes: Marsé, Muñoz Molina, Landero, Cercas, Luis Mateo Díez, Gimferrer en poesía, Ferrer Lerín, Guelbenzu… No los he leído todos pero alguno mejor tiene que haber. La segunda, porque cada nueva novela la escribo más a tientas y con menos fe. Además, me sorprende que al cabo de 43 años de publicar mi primera novela todavía pueda seguir vigente lo que hago, cuando todo cansa tan rápidamente. De mí debe de estar la gente aburrida”. Cuando se le pide que señale su particular libro del año se decanta por la poesía de Mark Strand, el escritor estadounidense fallecido el mes pasado al que conoció cuando este se trasladó a Madrid. “La poesía”, dice el novelista, “me sigue pareciendo la más alta expresión literaria posible”.

PREGUNTA. ¿Qué ha sido lo más extravagante que ha oído sobre la novela desde que se publicó en septiembre?

RESPUESTA. En una firma de ejemplares una señora me dijo que estaba indignada con el comportamiento de un personaje. Otra le respondió: “Es que el marido…”. Supongo que es bueno que el lector se meta en una novela lo suficiente como para que las vicisitudes de los personajes le sean motivo de aprobación o de indignación. Me sorprende por el tipo de novela que yo hago, que no es de técnica realista, pero me agrada, claro. El mayor elogio que se le puede hacer a una novela es hablar de sus personajes como si fueran personas reales.

P. ¿Por qué sucede?

R. No sé. Yo he intentado poner en esta lo que a mí me interesa de las novelas: ambigüedad moral, pros y contras en los actos de los personajes… Sin juicios por parte del narrador y menos aún del autor. Supongo que ninguno de los personajes sale limpio del todo. Quiero que en mis novelas haya la misma ambigüedad que en el mundo. Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida. No sé si esa identificación del lector es extravagante, pero me sorprende.

P. Sobre todo teniendo en cuenta que en la novela hay personajes reales como Francisco Rico. ¿Dan más trabajo ellos o los de ficción?

R. Tanto el profesor Rico como el doctor Vidal son personajes reales ficcionalizados, evidentemente. No se puede pretender que el profesor de la novela sea el mismo que el verdadero, que está en su casa no sé haciendo qué, según él estudiando y creando cosas incomparables, y probablemente es así porque efectivamente tiene cosas incomparables [ríe]. Todos los personajes tienen algo de realidad, y siempre hay algo de uno mismo en todos ellos. Yo tiendo a poner cosas mías en los más desagradables. A veces son meros detalles. Otra persona que vino a esa firma me habló del pastillero con brújula que lleva un personaje y le dije: “Es este [lo saca del bolsillo], fue de un escritor”.

Fotos. Bernardo Pérez

Fotos. Bernardo Pérez

P. ¿De quién?

R. De Norman Douglas. Un inglés que vivía en Capri, gay, muy bon vivant y refinado. Lo compré porque me hizo gracia que fuera suyo y porque yo siempre digo que lo que hago al escribir es errar con brújula.

P. Los enamoramientos partía de un hecho real que le contó una amiga. ¿De dónde parte Así empieza lo malo?

R. No lo tengo claro. No fue una frase, ni una imagen. Tenía interés en hablar de algunos temas. En la novela hay una dimensión colectiva, política, que procuré que estuviera en segundo plano y entreverada con las historias personales porque si no las dimensiones políticas de las novelas no funcionan. En esta hay temas que son frecuentes en mis libros: la imposibilidad de saber del todo nada a ciencia cierta; la conveniencia de contar las cosas o no, la conveniencia de saberlas o no, las consecuencias de contar algo en un momento de arrebato…

P. La novela remite a la posguerra, sucede en 1980 y se cuenta desde la actualidad. ¿Tuvo presente el debate sobre la memoria histórica y la Transición?

R. Sí, al principio hay un capítulo breve, explicativo, sobre la situación en 1980. No quería ser didáctico, pero pensé que no molestaba. Hay mucha gente que ya no sabe cómo eran las cosas entonces.

P. ¿Y cómo eran?

R. Mucha gente echa pestes de la Transición y dice que es la culpable de todo lo que pasa ahora. Demuestra una ignorancia absoluta. En la Transición se hicieron muchas concesiones, pero no había más remedio. La gente ha olvidado que el Ejército, como se vio en 1981, seguía siendo más bien franquista. Pedir responsabilidades habría sido imposible. Con todo y con eso y con las renuncias que eso implica —da rabia porque hay gente que salió impune de cosas horrendas en la guerra y la posguerra—, de la Transición salió, si no el país ideal, uno que se parecía a los demás. Los causantes de los males actuales son los políticos actuales y la sociedad actual en buena medida, no la Transición. La Transición no fue perfecta ni muchísimo menos, pero fue buena, lo único que se podía hacer sin llegar a un enfrentamiento que nadie quería.

P. ¿Tendría sentido hacer ahora lo que no se hizo en la Transición?

R. Lo vería particularmente absurdo porque la mayoría de los responsables del franquismo han muerto. Distinto es que no se puedan contar las cosas. Tal vez se dijo en exceso: no pidamos cuentas. Y tampoco se contó nada. Me parece bien que no se llevara a nadie al banquillo, pero no que no se sepa lo que hizo cada uno.

P. ¿Cómo era usted en 1980?

R. Tenía más años de los que tiene el narrador de mi novela. Él tiene 23, yo tenía 29. Había publicado ya tres libros. El tercero, El monarca del tiempo , es de 1978. Hoy lo encuentro bastante absurdo. Hay alguna parte del libro que me gusta, pero en conjunto, no. ¿1980? Estaba muy desconcertado. Había empezado a publicar tan joven, a los 19 años, y lo normal es que un novelista tenga poco que contar a los 19 años. Tenía poco vivido y poca visión de nada.

P. En 1979 le dieron el Premio Nacional de Traducción pero hace dos años rechazó el de Narrativa por Los enamoramientos. ¿En 1979 no se planteó rechazarlo?

R. En aquel momento no dudé. Traducir el Tristram Shandy había supuesto mucho trabajo, algo un poco suicida. Son esas cosas que se hacen con la inconsciencia de la juventud. Cuando miro atrás, veo las dificultades del libro y que lo hice con 25 o 26 años, pienso: qué atrevimiento. Ahora no lo haría. En su día me alegró ese premio, pero eran otros tiempos. No había ningún motivo para rechazarlo. Estábamos con la democracia recién inaugurada y mi postura hacia no recibir nada del Estado —ni premios, ni invitaciones, ni viajes— no era la que tengo desde hace 20 años.

P. Por entonces se decía de usted que no parecía un escritor español.

R. Fue un sambenito que duró años. Bastantes colegas o críticos decían: “Sus novelas parecen traducidas del inglés” o “mal traducidas del inglés”, directamente. Hasta Umbral, que me llamó…

P. Angloaburrido.

R. Anglosajonijodido. Neologismo feo y poco logrado [ríe]. Lo decía gente de la generación anterior a la mía que me acusaba de ser un escritor inglés camuflado.

P. ¿Qué pensaba cuando lo oía?

R. Me sorprendía: siempre he escrito en español y además soy de Chamberí. Más de Madrid no puedo ser. Tal vez se basaban en que yo y otros de mi generación habíamos tenido una actitud beligerante hacia la tradición heredada. Los escritores trataron de apartarse de la literatura social, que había sido la imperante. La reacción de los que se daban por aludidos también fue beligerante. Es normal que cada generación se rebele contra la anterior. Supongo que ahora habrá gente de treinta y pocos años que echará pestes de nosotros. Me parece normal.

P. ¿Que echen pestes?

R. Sí, cuando en el año 1989 le dieron a Cela el Premio Nobel me pidieron unas declaraciones y dije que me parecía la peor noticia posible para la literatura española que se premiara a esas alturas un tipo de literatura que veíamos como un tanto caduca e impostada. Reconociendo que Cela había hecho por lo menos dos buenas novelas al principio, nos parecía que llevaba mucho tiempo sin hacer nada que valiera la pena. Había entonces mucho defensor de Cela y me gané muchas enemistades. Era un sacrilegio. Si ahora alguien dijera algo similar de cualquiera de mi generación no podríamos quejarnos porque también nosotros lo hicimos, con mayor o menor justicia. En el caso de Cela no me desdigo, pero puede que en el caso de otros autores fuéramos injustos.

P. ¿Por ejemplo?

R. Juan Marsé. No creo que contra él hubiera nunca beligerancia, pero digamos que en aquellos años setenta no lo teníamos en mucho. Luego nos hemos dado cuenta de que es un grandísimo escritor y que fuimos injustos en aquel momento.

P. ¿Y de la tradición? El Muriel de su novela critica a Galdós, igual que Benet.

R. Hay un guiño, sí. A Galdós le reconozco que tiene talento para muchas cosas, pero en conjunto… Tiene una novela muy buena que no es de las más leídas, El amigo manso. Pero en su obra hay cosas que me ponen de los nervios.

P. ¿Qué le pone nervioso de Galdós?

R. Algunos diálogos casi dan vergüenza ajena. Tenía mucho talento novelesco y sabía cómo armar una novela, pero tiene unos desfallecimientos estilísticos brutales.

P. ¿Qué autores le interesan?

R. Valle-Inclán me parece un escritor enorme. También Clarín. Y a Baroja lo leo con gusto siempre. Le tengo admiración.

P. ¿Y de la tradición latinoamericana? Suele decirse que fue un revulsivo, pero no sé si usted lo vivió así de joven.

R. Leí y leo con admiración a Rulfo y a García Márquez y a Vargas Llosa. A Cortázar no, excepto los cuentos. Rayuela nunca me gustó. Soy un gran entusiasta de [Horacio] Quiroga, por ejemplo. Onetti también me gusta. Leyéndolos comprobabas lo que se ha dicho tanto: que el español podía ser menos rígido, más libre y más rico de lo que la tradición reciente de la literatura española parecía consentir.

P. En sus artículos es muy crítico con lo español. ¿Qué le gusta de España?

R. Que la gente es desprendida y tiene cierta alegría de vivir, cierta despreocupación, cierta confianza en que las cosas no se estropean del todo aunque pinten mal. Ahora llevamos unos años en que eso es más difícil de mantener. La gente tenía poco dinero y era capaz de gastárselo en pagar una ronda a los amigos. En otros países no lo he visto. A veces todo lo contrario, he visto mezquindad en lo monetario.

P. Por escrito parece estar siempre a la que salta, enfadado.

R. El mero hecho de que uno se moleste en escribir criticando algo indica cierta ingenuidad y optimismo, porque uno lo hace con el afán iluso de que algo mejore.

P. También es crítico con la crítica literaria. En un artículo fue muy duro, sin ir más lejos, con la que se publica en Babelia.

R. La crítica ha ido perdiendo influencia. En parte debido a nuevas costumbres. Probablemente la existencia de Internet tenga mucho que ver, pero en parte también es culpa de los críticos, si es que se puede generalizar. Siempre hay excepciones. Claro que hay críticos muy buenos y muy ilustrativos. Lo contaba en ese artículo: tenía babelias atrasados y pensaba que encontraría libros de los que no me había enterado y que me iban a atraer. Aunque hubiera muchos elogios, rara vez me incitaba ninguna crítica. En fin, quizá exageré. Pensé: es raro, qué pasa. Quizás ha habido por parte de la crítica cierta dejación de sus funciones, quizás hay muchas que no suenan del todo sinceras, quizás otras son rutinarias. Otras están llenas de elogios pero los elogios, a mí, que soy perro viejo, me suenan huecos. Esa sensación tuve. Mi intención no era ofender a nadie. A lo mejor lo hice al escribir ese artículo y, bueno, me disculpo porque uno siempre es injusto cuando generaliza, y hay excepciones, sin duda.

P. ¿Qué le ha pasado a la crítica?

R. Que ha perdido la fe en sí misma, la fe en —la palabra no es muy simpática— educar al lector; en orientarlo, que suena menos desagradable. Esa falta de confianza en sus propias capacidades se ha convertido en un bumerán. La prueba más fehaciente es que, así como en los años setenta podía influir muy favorablemente en el destino de un libro, sobre todo de un autor que no fuese conocido, hoy eso pasa muy rara vez. Hay una especie de desconfianza o de desdén hacia la crítica. Soy el primero en lamentarlo. No es un género que me parezca baladí. Es un género como cualquier otro y ha tenido exponentes de primera fila.

P. ¿Y no hay cierta tendencia a tomar las críticas como ofensas personales?

R. Eso es una desgracia, pero en parte sucede porque a veces ha sido así. Tengo 63 años y quizás no otra cosa, pero creo que tengo cierta capacidad para detectar cosas en un texto. A veces leo una frase en una novela y digo: esto no va a ningún lado. Tal vez sea injusto, pero es el defecto de hacerse mayor, que uno se hace resabiado. Eso se nota en las críticas. A veces notas que al crítico le ha gustado más de lo que está diciendo. Y a la inversa. A veces los elogios son impostados. Muchos críticos han utilizado su podercito para no ser del todo sinceros.

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País, Babelia, 20 de diciembre de 2014

Ilustraciones. Fernando Vicente

Ilustraciones. Fernando Vicente

1. Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara

2. El impostor. Javier Cercas. Literatura Random House

3. José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus

4. Un hombre enamorado (Mi lucha II).Karl Ove Knausgård. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Anagrama

5. Días de mi vida (Vida I). Juan Ramón Jiménez. Pre-Textos

6. Hasta aquí. Wislawa Szymborska. Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby

7. La hierba de las noches. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama

8. El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets

9. Diccionario de la lengua española. RAE. Espasa

10.Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral

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Las votaciones de los críticos

‘Así empieza lo malo’: Yo perdono, tú perdonas, nosotros NO perdonamos…

francesco-giuseppe-casanova-a-man-on-horseback-in-elegant-costume,-others-beyondReconoce Javier Marías que tiene un estilo muy definido y una serie de temas que aparecen con frecuencia en sus novelas. Es cierto. Pero eso no quiere decir que sea un escritor que se repita, ni mucho menos. ¿Diría alguien que Scorsese se repite, por ejemplo, en su cine? Y, sin embargo, ahí están algunas de sus obras maestras, con temas recurrentes que aborda de muchas y variadas formas.

Así empieza lo malo de Javier Marías. El símil no es casual: a veces, quien esto escribe se ha regocijado en su asiento con las películas del neoyorquino, sabiendo que tenía ante sus ojos cine en estado puro y a la vez una trama apasionante y absorbente. Lo mismo, aplicado a la literatura, encontrará el lector en esta nueva novela de Javier Marías, la número 12 de su ya dilatada carrera. La historia, que se desarrolla en el Madrid de 1980, comienza cuando el cineasta Muriel encarga al joven De Vere –imposible no ver en él a veces al otrora joven Marías- que investigue a un amigo suyo, el Doctor Jorge Van Vechten, de cuyo indecente comportamiento en el pasado le han llegado rumores. Esta trama se mezclará con la historia, íntima y secreta, de un matrimonio infeliz, el formado por Muriel y su esposa, Beatriz. Todo ello dará pie al autor a reflexionar sobre cosas como el perdón y su arbitrariedad, sobre el rencor, sobre la conveniencia de saber la verdad o de decirla… y también sobre el deseo, pues estamos ante una de sus obras con mayor carga erótica –si no la que más-. También ante una de las más redondas: tiene Marías una técnica que domina a la perfección; tanto, que puede saltársela cuando le da la gana y como le da la gana.

En el libro también se abordan temas como el olvido que se dio en la Transición, y el autor se atreve a contar historias sin nombres ni apellidos pero tristemente reales, como la del infame médico que ya apareció en uno de sus cuentos desde otro ángulo bien distinto. Y todo ello lo hace con una carga de profundidad, o de conocimiento, que provoca el deseo de perderse entre sus páginas un poco más, unas horas más, para saber más de los demás y de nosotros. Y que nadie espere prosa solemne o envarada. Al contrario: el humor, aún más que otras veces, está presente en muchas de sus páginas. Cuando aparece el profesor Rico, por ejemplo, otro ‘viejo’ personaje de Marías, es imposible no reírse. Y mucho. Pero predominan más los otros momentos con toques shakesperianos, y no sólo por el título (Así empieza lo malo). De todos ellos, me quedo con el personaje del cuadro y con el origen de la desdicha del matrimonio, que tanto me ha despertado el deseo de releer a Edith Wharton. Un origen que se presta a intensas discusiones y que es perfectamente coherente con la postura del personaje masculino, pero que en cambio hace más extraña su falta de culpa después, siendo éste el único pero que yo le encuentro a esta novela inteligente y perturbadora.

LOLA CE

Público, 18 de diciembre de 2014

Javier Marías: donde empieza lo malo

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Como en la mayoría de sus novelas, en Así empieza lo malo Javier Marías parte de una frase de Shakespeare, la cual ilumina toda una zona de la experiencia y la condición humana que uno como lector ha tenido siempre en su órbita, pero en la oscuridad; que ha intuido y por eso la reconoce y siente cercana, pero que jamás ha verbalizado.

Quizás entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás”. Estas palabras del acto tercero de Hamlet resuenan al ser subrayadas por Marías, y nos producen una familiar sensación de reconocimiento, de profunda comprensión (“Thus bad begins and worse remains behind”). Esa misteriosa calidez de lo que antes era borroso y de pronto se vuelve diáfano. Como una volátil intuición atrapada por un alfiler.

Esa frase es el postulado inicial de esta intrigante obra en la que el lector, a cada página, desciende un escalón más hacia el fondo o meollo de una oscura historia del pasado que regresa, una vieja culpa que se arrastra en la memoria y que, como la de Lord Jim, alcanza al presente del culpable y de quienes lo saben y asisten o están cerca de él, viviendo sus consecuencias, sumergidos en ellas, algo que tal vez habrían preferido no saber (me disculpe el lector, pero es imposible no caer en el fino lenguaje de Marías para explicarlo), pues el solo eco de esa lejana culpa irrumpe y modifica, echa raíces en otros, contamina con su brazo removedor de aguas que parecían tranquilas y ahora son turbias.

Todo esto en un Madrid de los años ochenta, el de la antigua “movida” y esa inusitada libertad sexual que irrumpió después de la muerte de Franco, tan envidiada por los mayores que crecieron en la España conventual de los años de posguerra. El director de cine Eduardo Muriel, su esposa Beatriz Noguera, el joven De Vere y el médico Van Vechten son los cuatro protagonistas de esta aventura que, al tiempo que indaga y merodea por los subterráneos de la vida, es un homenaje al cine de los años cuarenta y cincuenta.

El erotismo y un cierto aspecto cruel del deseo también pululan en la atmósfera del libro: el rechazo, el sexo vengativo o fanfarrón o grosero, y sobre todo el vértigo de asomarse a las vidas ajenas (por lo general en secreto, como hace el joven De Vere, o por encomienda) para espiarlas y dar cuenta de ellas. Para apropiárselas a través de palabras que las justifican o acusan. Y todo bajo el ojo vigilante de la luna, “centinela y fría”, como dice Marías, con su prosa única, su fraseo genial y su poderosa voz.

Recién publicada en España, un crítico de El País opinó que la novela “decaía por momentos”, algo que, tras haberla leído, me intriga. ¿Cuáles fueron esos momentos? Yo me los perdí. Ese decaimiento nunca llegó a mi lectura. Muy al contrario: pocos textos hay donde las palabras estén tan tensas y aferradas las unas a las otras, donde la lectura sea tan frondosa, donde la coincidencia de la trama, siempre corriendo por delante, nos obligue tanto a seguirla. Habiendo leído toda su obra, creo que Así empieza lo malo es una de las más compactas. Un mecanismo de relojería en donde el lenguaje llega a un nivel de precisión y contundencia del que no tengo ni he tenido noticia en décadas de lector, puede que desde Thomas Bernhard.

SANTIAGO GAMBOA

Prodavinci, 3 de noviembre de 2014

El español Javier Marías encanta con su nueva novela

AEM Anuncio cortoLo malo de esta novela no es que empiece, sino que se termine; uno no quisiera salir de ella nunca, es verdaderamente hipnótica. Después de Los enamoramientos (con la que nos enamoró aún más de su narrativa), en Así empieza lo malo, esta nueva, extensa y exquisita novela, volvemos a encontrar a un Marías descomunal y en su cúspide.

Su prosa es impecable, no se lee, sino que se paladea; su humor, agudo, negro y fino, acecha en cada página; la mordacidad con que acomete la psicología y la sexualidad de sus personajes es arrolladora. Hasta pesar inspira Muriel, uno de esos fachos aristocráticos que, muertos Franco y el franquismo, supieron acomodarse y pasar agachados para que nadie les ajustara cuentas. Le encomienda a su joven amigo, de Vere, la misión de espiar a su amiguete de toda la vida, el solapado Doctor Van Vechten, sin sospechar siquiera que este tiene trato más que íntimo con la misma señora de Muriel.

La forma como Marías narra esos encuentros flaubertianos y el efecto sicológico que tienen en el narrador espía pagan la lectura de la novela:

“Me entró pudor, pese a sentirme bastante a cubierto detrás del árbol, me asomaba lo justo, media pupila de nuevo. Ya no era que me diera apuro ser visto, sino que me creaban mala conciencia tanto espionaje y estar viendo lo que veía ahora (…). Sí, sentí vergüenza pero miré y miré el rostro a través de la ventana, casi aplastado contra ella en algún momento –algo de vaho–, a veces es difícil distinguir a qué responde la expresión de una mujer…”.

Marías, más filosófico que nunca, retoma sus temáticas favoritas, esas en las que en su tratamiento ningún novelista de habla hispana lo supera: el engaño (“Vivir en el engaño es fácil y es nuestra condición natural”), el matrimonio (fracasado), la hipocresía religiosa, la gazmoñería burguesa, los sentimientos contradictorios (en realidad es un profundo conocedor o explorador de las emociones y de las pasiones, sobre todo las bajas); las referencias a Shakespeare, que no faltan, y menos cuando el protagonista lleva el apellido del noble al que los ingleses le quieren endilgar la autoría de las obras del Cisne del Avon; el cine, sobre todo el de antes, y, por los laditos, las secuelas del franquismo, pues recuerda el pacto social al que se acogieron víctimas y victimarios con tal de vivir en paz: si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez. El precio es asumible, porque al fin y al cabo tendremos a cambio, si no el país que quisimos tener, uno que se le parecerá.

Cualquiera pensaría que Marías estaría dando un consejo a propósito del actual proceso de paz en Colombia, pero no. Se trata simplemente de la voz de un personaje de una novela que lo que tiene de malo es que al cabo de más de 500 páginas se termina.

JORGE IVÁN PARRA

Tiempo (Colombia), 5 de diciembre de 2014

‘Lo malo es bueno porque lo peor ya pasó’

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“La verdad es una categoría que se suspende mientras se vive,
es ilusorio ir tras ella, una pérdida de tiempo y una fuente de conflictos, una estupidez.
Y sin embargo no podemos evitar preguntarnos por ella,
al tener la seguridad de que existe”.
J. M.

El último y reciente libro de Javier Marías, Así empieza lo malo, es un compendio de contundentes crudezas en donde el escritor en extensos parlamentos y con una aguda trama consecuente, presenta la veracidad de los hechos y valores de la vida como relativos a la conveniencia, sujetos al vaivén del tiempo y a las circunstancias del momento. Un gran pragmatismo envuelve el mensaje que podría colegirse de este escrito. Lúcido, alarmante, incorrecto políticamente, discutible, pero realista.

La novela parte del supuesto shakesperiano en el que Hamlet aduce “Así empieza lo malo y lo peor quedó atrás”. Esta audaz conjetura implica, en el caso del libro, ignorar el pasado, no hurgarlo ni investigarlo; esa peligrosa caja de Pandora es mejor no abrirla porque se sabe qué se va a encontrar. En aras de una cómoda avenencia y de un avanzar dando vuelta a la página no se indaga, se hace “la sourde oreille”. ¿Para qué indagar sobre algo cuya respuesta se conoce de antemano? ¿Para qué conseguir confirmaciones cuando la incertidumbre y el olvido parecen mejores soluciones que la aclaración? “…al fin y al cabo éstos [los engaños] forman parte del natural fluir de la vida, inconcebible sin sus dosis de falsedad, sin sus equilibrios de verdad y engaño”. Un claudicar en la búsqueda de la verdad en pro de un seguir viviendo sin estorbosas arandelas pretéritas.

La lectura del libro pasa por varias fases, la primera de desconcierto, en donde fácilmente se cree advertir que la narración no va a ningún lugar; el deseo de abandonar la lectura se hace fuerte, pero con creces superable al constatar que se trata de una convocatoria a discurrir sobre temas álgidos. La segunda mitad del libro mostrará al escritor, en poco más de 500 páginas, desarrollando aún más estos temas por boca de sus protagonistas, al tiempo que ata y concentra al lector en una sofisticada trama.

La acción se sitúa en el Madrid de 1980; el periodo de despertar democrático y libertario español, el denominado de Transición que comenzó en 1975 con la muerte de Franco. Y lo hace el escritor a través del cineasta Eduardo Muriel y Beatriz Noguera su esposa, una pareja sumida en la incomprensión y el conflicto conyugal permanente, sin posibilidades de separación puesto que el divorcio en España aún no estaba instituido. Comparten el protagonismo con Juan De Vere de 23 años, y con un reconocido pediatra, el Doctor Van Vechten, ambos muy cercanos de Muriel, el primero por ser su ayudante y el segundo por amigo de larga data.

Utiliza la novela a De Vere como narrador quien desde su edad adulta recuerda los años pasados y en particular la misión que Muriel le encomienda: hacer seguimiento a Van Vechten, ese amigo de oscuro pasado y gran preponderancia durante el régimen franquista. El curso de la investigación llevó a De Vere a conocer detalles nada favorecedores del investigado y que causaron honda huella en el joven. El corazón de la trama se sitúa en esta investigación así como en el involucramiento de De Vere en la conflictiva relación de Eduardo y Beatriz.

Plantea el escritor a través del proceder de los personajes, y en particular del cineasta, dilemas de vida y ética sobre la (in) viabilidad de la fidelidad conyugal y por ende de la monogamia; de la justicia; de la amistad; del olvido de las afrentas; de la adaptabilidad camaleónica de los seres humanos aun ante situaciones que contrarían sus principios; del abuso del poder para extorsionar y obtener inicuos favores; del mantenimiento de la amistad por encima de los propios principios.

Al lector de discernir sobre el pragmatismo que el cineasta predica y aplica y que le permite sobrevivir en un mundo –el de todos los días– que tergiversa verdades e historias reales, que atropella principios, sacrificándolos  y enfilándolos por cauces diferentes al de las “arraigadas” convicciones.

Con el paso del tiempo y la aparición de nuevas circunstancias, de la verdad y los acontecimientos reales solo “restan tanteos y aproximaciones”, “la gente se cuenta los hechos como le conviene y llega a creerse su propia versión, su distorsión”, “ni siquiera el autor de un hecho es capaz de sacarnos de duda, en ocasiones; simplemente ya no está facultado para contar la verdad”, de esto nos advierte Marías.

La praxis nos aterra con su triste verdad: para sobrevivir el ser humano ha de adaptarse a todo, vender sus principios, cambiar de bando, migrar sus convicciones políticas y hasta filosóficas. Y esto no le gusta confesarlo, lo oculta; además de que le da “vergüenza admitir las humillaciones sufridas y los acatamientos impuestos”, oculta el admitir que ha sido víctima, que ha sido sometido a actos de crueldad y que para subsistir ha tenido que rendirse y hacer méritos, congraciarse con el enemigo, con el torturador, que se pliega, pese al daño infligido por el régimen del vencedor. Si bien el ejemplo es dado en el libro con el vencedor franquista, la idea es válida para muchos otros casos, el discurso se vuelve universal. “Al cabo de poco tiempo el grueso de la población fue entusiásticamente franquista, o lo fue mansamente, por temor” y así fue desde el final de la guerra civil (1939) hasta la muerte del dictador (1975).

En este paradigmático libro muchos temas desfilan, entre ellos: la guerra, el poder, el sexo, el (des) amor, el suicidio, pero dos tienen particular cabida: la justicia y la libertad. Sobre la primera, el escritor declara que no existe y menos después de una guerra o un gran conflicto, es de imposible aplicación porque la desborda y asusta la cantidad, la superabundancia de motivos y reos. Un pacto social tácito se establece entre víctimas y opresores para dejar las “cosas así”, sin pedir cuentas. “Si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez”. Triste premisa de horrendo pragmatismo, portadora de resquemores y venganzas privadas, y que concierne a Colombia por estos tiempos.

Más inquietante aún es el tema de la libertad sobre el que escribe: “De lo primero que los ciudadanos con miedo están dispuestos a prescindir es de la libertad. Tanto que a menudo exigen perderla, que se la quiten, no volver a verla ni en pintura, nunca más, y así aclaman a quien va a arrebatársela y después votan por él”. Qué triste constatación y qué enorme advertencia.

Y a título de colofón, percatarnos que el paso del tiempo acaba por desdibujar las acciones haciendo indistinguible, como bien lo indica el escritor: lo bueno y lo malo, el crimen y la heroicidad, la rectitud y el engaño. No sin razón Javier Marías ha sido desde hace ya algún tiempo presentido como el candidato español para la distinción del Nobel.

FERNANDO FERNÁNDEZ

Diario del Huila (Colombia), 19 de noviembre de 20141

‘El peso de la verdad’

AELM libro

El narrador de Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, es uno de esos observadores –mirones, voyeurs– indiscretos que tanto le gustan al escritor español. Puede tratarse de alguien que trabaja para el servicio secreto inglés y se dedica a estudiar los rostros de las personas (Jacques o Jacobo o Jaime Deza, en Tu rostro mañana) o una mujer muy observadora de los demás (la narradora de Los enamoramientos); lo cierto es que el núcleo disparador del relato suele ser el de alguien que ha visto algo que no debía haber visto y por lo tanto ha aprendido algo que no debía haber aprendido. La prosa se desplegará inquieta a partir de ese saber, con su sintaxis de bifurcaciones particulares, su ritmo encantatorio, sus ritornellos hipnóticos, tratando de indagar en algún negro misterio de los personajes. En este escritor, de manera paradigmática, la forma es el fondo: los asedios digresivos a una verdad por parte del narrador son la novela.

Juan Vere o Juan de Vere –“nada tiene de original mi figura”– recuerda el tiempo en que, a principios de los ochenta, en su temprana juventud, fue ayudante de Eduardo Muriel, un conocido director de cine, y supo de su relación extraña con su esposa Beatriz, y de la turbia presencia en sus vidas del doctor Van Vechten. Estamos en la época de la Transición, España se encuentra apurada en dejar atrás el largo periodo del franquismo, los delatores y traidores de antes van maquillando sus biografías y convirtiendo su pasado deleznable en uno de heroica resistencia al régimen. Muriel le pide un favor al narrador, y así este se entera de que hay algo en el pasado de su empleador y su esposa que afecta a las relaciones del presente; son tiempos en los que no hay divorcio, por lo cual Muriel y Beatriz siguen viviendo juntos a pesar de que todo indica que no deberían hacerlo. Así empieza lo malo, entonces, se maneja en varios niveles: por un lado, se trata de enterarse de qué cosa grave ha hecho o dicho Beatriz que ha llevado a Muriel a rechazarla; por otro, la historia individual sirve para una reflexión más amplia sobre la necesidad o no que tienen las sociedades de enfrentarse al pasado, un tema de importancia en países que deben lidiar con el trauma de guerras y dictaduras.

El narrador de Así empieza lo malo es menos ambiguo que otros narradores de Marías: yendo a contrapelo del lugar común de que la verdad es buena aunque duela –el lugar común en el que ha insistido la novelística española y latinoamericana de las últimas décadas–, Juan (de) Vere aprende más bien otra cosa: “Guárdatelo, cállatelo. Me ha costado decidir que ya no quiero saber, sin embargo la decisión es firme desde anteanoche. Tampoco lo cuentes por ahí. Aquí se cometieron muchas vilezas durante muchos años, pero se ha convivido con quienes las cometieron, y algunos hicieron favores también. Se ha de convivir con ellos hasta que nos muramos tantos, y entonces todo empezará a nivelarse y nadie se dedicará a rastrearlas…” Ese es el corazón moral de la novela, aquel que muestra al mejor Marías, el que defiende de manera convicente su intuición de que la literatura tiene una forma de conocimiento propia y particular de aprehender la realidad. Enfrentémonos al pasado, sugiere el narrador –de eso va la novela–, pero no sacralicemos la búsqueda de la verdad a toda costa, porque luego quizás no sepamos qué hacer con ella o lo que aprendamos también termine por hundirnos a todos.

Se ha insistido en lo cerebrales que suelen ser las novelas de Marías, en la predominancia de la aventura intelectual en que se embarcan sus narradores, y Así empieza lo malo no se aparta de esa línea; de hecho, las reflexiones aplastan la historia a grandes tramos –se convierten ellas mismas en la historia–, y personajes clave como el doctor Van Vetchen no terminan de despegar. En todo caso, pierde su tiempo quien quiera encontrar en Marías a un escritor realista al uso. Todas las escenas, tanto las memorables –el narrador observando a los esposos en la alta noche, el narrador observando a Beatriz en una escena comprometedora– como las que no, están contadas con algo de artificio teatral. Hay un director de escena que está moviendo los hilos y que de manera conveniente coloca a Juan (de) Vere en situaciones en que este ve cosas necesarias para el desarrollo argumental.

Así empieza lo malo tiene personajes secundarios caracterizados con maestría, como el cómico profesor Rico, y un lenguaje amplio en registros, desde los acostumbrados cultismos de Marías hasta un nuevo talento para las palabras vulgares, a las que se saca provecho y brillo. Tiene también descripciones certeras de sus protagonistas: “Tenía una nariz muy recta, sin asomo de curvatura pese a su tamaño, y en el cabello tupido, peinado a raya con agua como seguramente se lo había peinado desde niño su madre –y él no había visto razón para contravenir aquel remoto dictamen–, le brillaban algunas canas dispersas por el dominante castaño oscuro.” No se suele mencionar este aspecto de la prosa de Marías, su capacidad para captar los colores, olores y sabores de ese su mundo tan singular, en el que casi siempre se narra cómo es que “empieza lo malo y lo peor queda atrás” (pero eso nunca es consuelo). A estas alturas, ya se sabe cómo es que empieza lo malo, pero uno quiere que Marías lo vuelva a contar.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

Letras Libres, noviembre de 2014

Reseña

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Javier Marías: Así empieza lo malo

La semilla de Así empieza lo malo estaba ya claramente perfilada en la anterior novela de Javier Marías, Los enamoramientos, donde se narraban las bajezas y villanías justificadas por una idea tan sacralizada y noble como es el amor, constatando de paso que el número de crímenes desconocidos es infinitamente superior a los sabidos, y que la cantidad de delitos impunes resulta abrumadora frente a los efectivamente castigados. En Así empieza lo malo se entra a fondo en ese territorio del delito, la impunidad, la culpa, la corrupción y el castigo o la venganza que en el anterior relato quedaba solo en un apunte episódico. Un área narrativa que entronca con nitidez con el drama de Hamlet, del que Marías extrae no solo el título de su novela, sino también meditaciones y esquemas de actuación de los personajes. Averiguar la veracidad o falsedad de un comportamiento criminal bajo la dictadura franquista y explorar una traición menor, pero de desproporcionadas consecuencias en la vida conyugal de un matrimonio en los años de la Transición política, alimentan de material genuinamente novelesco un libro que demanda ser leído con apetito, de un tirón, con la avidez de seguir las inesperadas peripecias íntimas de varias vidas cruzadas, donde el tono reflexivo no aminora el ritmo sostenido de los descubrimientos permanentes en existencias repletas de secretos.

La genealogía shakespereana del texto -algo ya clásico en la narrativa de Marías- está indicada al lector, de forma irónica, con el nombre del protagonista: Juan de Vere, a quien le proporciona el apellido el conde de Oxford, Edward de Vere, cortesano y dramaturgo de la época isabelina al que algunos estudiosos han atribuido la verdadera autoría de los dramas firmados por Shakespeare. Juan de Vere, pues, además de incorporar algunos rasgos del propio Javier Marías cuando comenzó a publicar sus primeras obras, porta un apellido vinculado más o menos imaginariamente a William Shakespeate, de modo que personas y personajes quedan entrelazados con este.

El autor de Corazón tan blanco ha dado a sus lectores, en recientes entrevistas, alguna pista más, señalando el Acto II, Escena I, de Hamlet, donde dialoga el cortesano Polonio con su criado Reinaldo. W. H. Auden consideró a Polonio como “una suerte de mirón en lo que atañe a la vida sexual de sus hijos.” Y, en efecto, en esa escena solicita a su sirviente que sonsaque los episodios más salaces y los detalles más escabrosos de la sexualidad de su hijo Laertes: “Esos deslices locos y lascivos que son famosos compañeros de la juventud y la libertad.” Idéntico encargo recibe el joven Juan de Vere, a quien el director de cine Eduardo Muriel le encomienda averiguar la intimidad sexual de su amigo el doctor Van Vechten, significado franquista, con tal de saber si fue un generoso protector de los vencidos o un desalmado e hipócrita criminal con ellos. Solo que las pesquisas se complican aún más cuando De Vere decide, por cuenta propia, indagar también en la vida íntima de la esposa de Muriel, Beatriz Noguera, atraído por el secreto último que esta esconde y por una sensualidad apenas autoconfesada. Así comienza una concatenación de revelaciones y reflexiones que no dan tregua hasta la página final del libro.

Que Marías sea familiar de un cineasta como Jesús Franco, y que las edades de ambos en el periodo de la Transición coincidan con las de los personajes de Así empieza lo malo, se ha prestado a cierta interpretación autobiográfica. Pero sin negar que el novelista madrileño ha condescendido con cierto juego de “autoficción”, la verdad es que De Vere y Muriel son dos construcciones autónomas, con vida independiente de lo biográfico, siendo el cineasta Muriel uno de los grandes personajes de la literatura en lo que llevamos del siglo XXI. Parece elaborado a partir del parche que tapa su ojo tuerto, ese globo ocular izquierdo muerto que cercena su ángulo de visión. Javier Marías llega a enumerar a todos los cineastas con parche -una lista insospechadamente larga, cierto-, pero lo sustancial es que esos límites en la visión constituyen una potente metáfora central en la novela. Nuestra percepción de las cosas es siempre parcial, limitada, con unos datos inequívocamente vistos y otros muchísimos más deducidos o bien obtenidos de segunda mano en versiones interesadas. Un cuadro, nos dice Marías, “plagado de trazos involuntarios y precipitados y tuertos.”

Esto justifica lo que se ha bautizado a veces como el manierismo de Marías. Juan de Vere pocas veces puede ser categórico. Ve algo, pero se le oculta el resto. Debe conjeturar, presuponer, deducir. De ahí las oraciones disyuntivas, las anáforas de frases que comienzan reiteradamente con “quizá”, o aquellas repletas de “nos” o de “nuncas”. Junto a ello, Marías ha alcanzado una destreza incomparable en el diálogo y el habla coloquial, cuyo vocabulario y modismos sitúan a sus personajes en una época, una clase social, una adscripción política, un estado emocional. Algo que combina con soberbias etopeyas, retratos maestros -por algo ha ejercitado con penetración el género de la “semblanza”-, pero al mismo tiempo, los personajes no se muestran íntegros, la inteligente observación de Juan de Vere detecta en ellos amplias zonas oscuras, resortes inaccesibles, recovecos imposibles de descifrar, exactamente lo mismo que en la vida real. Al dejar que ese lado borroso o ininteligible cobre existencia propia, Marías proporciona a su historia una enérgica veracidad. ¿Se debe quitar la careta a todo? ¿Es lícito cerrar la boca ante graves faltas propias o ajenas? ¿Qué hacer entonces con los secretos revelados que evidencian villanías y crímenes repugnantes?

Así empieza lo malo plantea de este modo trascendentales dilemas morales y políticos, de encarnizada controversia en la sociedad española de hoy. El autor denuncia la doble moral de los vencedores en la Guerra Civil, las biografías trucadas de colaboradores con la dictadura que simularon ser víctimas de ella, que cambiaron de chaqueta o disimularon su maldad bajo la apariencia de un comportamiento comprensivo. Ante ellos, planea el mismo mandato que recibe Hamlet: la exigencia de venganza, la reclamación de una justicia ejemplar. Con la particularidad de que Javier Marías se prohíbe a sí mismo dejarse llevar por la moralina o por las recetas simplistas. Recurre para ello a un diálogo de Hamlet con su culpable madre. El lector que tenga curiosidad podrá encontrarlo al final de la Escena IV, del Acto III. Hamlet acaba de matar por error al entrometido Polonio, explicando: “Me lo llevaré, y responderé de la muerte que le he dado. He de ser cruel solo para ser bueno: así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”

Un diálogo clave, pues da título a la novela: “Así empieza lo malo…” en una frase que Marías glosa con sutileza en su relato. A veces, es necesario aceptar algo malo o cruel, para evitar algo aún peor o más trágico. En una escala política -y en el contexto de la Transición-, lo malo es transigir con la maldad, como es hacer caso omiso a ofensas, crímenes y desmanes bajo la dictadura, renunciando a lo peor: la venganza e incluso la justicia, con tal de abrir un horizonte de esperanza que soslaye un retorno al conflicto cainita: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Abrir puertas al bien, a costa de una cruel renuncia a la justicia es la difícil lección de ese episodio de Hamlet para esquivar situaciones trágicas que casi siempre los seres humanos se buscan por obstinación.

Javier Marías es muy categórico en este punto. El pasado nunca fue como debería haber sido, y el autor de Mala índole se resiste a falsificarlo con manipulaciones o justicias poéticas. Muriel replica a De Vere: “¿La justicia? -repitió como un rayo-. La justicia no existe. O solo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias. En los colectivos, no, ahí no existe nunca, ni se pretende. Es iluso apelar a ella después de una dictadura, o de una guerra. ¿Qué sentido tendría no ya procesar, que no es posible ni conveniente tampoco, y en eso estamos casi todos de acuerdo, sino retirarle el saludo a la mayoría de la población?” Seríamos estúpidos justicieros, concluye.

A una criminalidad masiva, ya lejana en el tiempo, le alcanza una amarga especie de prescripción del delito, lo que no exime de culpabilidad pero sí de ejecutar el castigo. Retrospectivamente, Juan de Vere explica así aquella exoneración: “Había aún cierto estoicismo, cierto pudor, no habían llegado los tiempos -todavía perduran- en que todo el mundo vio las ventajas de figurar como víctima y se dedicó a quejarse y sacar provecho de sus sufrimientos o de los de sus antepasados de clase o sexo, ideología o religión, fueran reales o imaginarios. Había un sentido de la elegancia que desaconsejaba alardear de los padecimientos y las persecuciones.” Duro alegato de este pariente espiritual de Shakespeare en la nueva época de la Memoria Histórica. La novela no invita al olvido, sino al uso inteligente y estoico de las verdades que huelen a estiércol y horror.

Se impone el principio de responsabilidad, donde resuena la sabiduría más tradicional: “Nada en exceso”. “Domina el placer”. “Conócete a ti mismo y conoce el momento oportuno.” “La medida y el conocer los límites son el mejor antídoto contra la hybris, el orgullo sin límites que desemboca en lo trágico.” Es decir, asimilar lo malo para sortear lo peor. El recetario, pues, de la gran moral clásica. Bajo ella subyace la convicción de que la política opera con abstracciones simplificadoras y que frente a ella, la gran literatura tiene la obligación de ofrecer la observación de los casos particulares, la variedad real de los seres y las circunstancias. Como sostuviese Alain Finkielkraut, lejos de los redentores políticos, los novelistas deben dar cuenta de lo singular, lo irrepetible, lo complejo, la pluralidad humana, rompiendo el mundo esquematizado de la política. “La pluralidad -recordaba Hannah Arendt- es la ley de la tierra.”

Javier Marías refuerza esa multiplicidad de lo existente desvelando las contradicciones y autotraiciones de sus criaturas. Muriel, que tiene la gigantesca generosidad de renunciar a la venganza de crímenes políticos, no es capaz de perdonar una falta en apariencia de menor trascendencia de su esposa. No acepta lo malo, con el resultado de desencadenar lo peor y más trágico. Algo de lo que Juan de Vere extraerá un aprendizaje vital. Quien pareciese una variante del lacayo mirón sacada de la órbita shakespereana de Polonio, encarna finalmente a un héroe en la más clásica tradición del aprendizaje sentimental e intelectual del bildungsroman. Así empieza lo malo nos procura, de este modo, el placer de la belleza del lenguaje, la ávida intriga de los sucesos, la construcción impecable de un universo, la honda incitación a la reflexión tanto moral como política, pulverizando estereotipos. Javier Marías ha escrito otra obra maestra. Y lo ha hecho contraviniendo sus propias previsiones tras finalizar Tu rostro mañana, cuando anunció que no volvería a escribir novelas, al menos de tanto empeño. Hemos de agradecer esa creativa contradicción. Marías se ha puesto en situación de merecer todos los premios -los acepte o no-, sin descartar el propio Nobel.

RAFAEL FUENTES

El Imparcial, 12 de octubre de 2014

Presentación a los lectores de ‘Así empieza lo malo’

Samuel Sánchez

Samuel Sánchez

Javier Marías se detiene en el inicio de lo malo

“¿Hubieses aceptado el Premio Nobel?”, pregunta la periodista Montserrat Domínguez a Javier Marías (Madrid, 1951). “Es como si me preguntas si me hubiera ido con el Mago de Oz de paseo”, contesta el escritor. Las risas llenaron entonces la Casa de América, en Madrid, donde ambos conversaron la tarde del pasado martes sobre la última novela de Marías, Así empieza lo malo (Alfaguara), editada el pasado 23 de septiembre y que ya va por la primera reimpresión. “No veo ningún motivo para que sucediera, pero sí, por qué no, es decir, no lo da el Estado español”, reconoce el autor.

Esa historia de susurros cotidianos y retratos de la cruda rutina que es Así empieza lo malo revela no sólo los secretos que cualquier pareja guarda bajo el colchón, sino también los que se ven a través de la ventana en una España que estrena los años ochenta. Un país que aún estaba desenvolviendo el regalo de la Transición, “que no fue perfecta y tuvo muchos peajes, pero la compensación era suficiente”, apuntó Marías, aludiendo a uno de los asuntos de fondo de la novela. Solo uno de ellos. El amor, el deseo, el rencor, el pasado, las relaciones humanas, la política, el olvido, la verdad… Cada uno es parte y todo de un volumen repleto de historias que se van engarzando con la realidad de un país sin terminar, pero que camina a remolque.

Y la juventud, esa de la que en libro se dice que tiene “el alma y la conciencia aplazadas”. Juan de Vere, recuerda y cuenta su historia cuando tenía 23 años a lo largo de las páginas de la nueva novela. “¿Cómo era Javier Marías con esa edad?”, le pregunta la directora de El Huffington Post. “Una de las cosas que uno descubre es que cuando era joven era demasiado imbécil, a menudo un poco desaprensivo e incluso, en algunos momentos, desalmado. Algo que hoy en día no me hubiese permitido”, sentencia el autor de Corazón tan blanco.

Marías cree que, cuando uno es joven, la construcción de la propia vida ocupa demasiado el tiempo como para pensar en otra cosa. Ni siquiera la muerte se vive con la misma intensidad.

Cuando él tenía 26 años, falleció su madre. Su padre lo hizo en 2005, cuando Marías pasaba los 50: “Uno pensaría que al joven, la muerte de un progenitor lo debería dejar arrasado, porque es más impresionable. En mi caso, estoy convencido de que fue todo lo contrario, aunque recuerde a mi madre a menudo, si no cada día”. Se reconoce como alguien que se estaba incorporando a la vida, con sus propias cuitas, cuando tenía 26. Y un hombre a quien la muerte de un progenitor causó mucha más desolación cuando ya había entrado en la cincuentena.

Al Marías de hoy, con cicatrices incluidas, le preocupan los asuntos de siempre, los que rellenan la vida y a los que lleva dando alas durante todos sus años frente a una hoja en blanco. Y le añade uno más: “Me parece que hay una necesidad de fanatismo, que demasiada gente anda buscando causas y enemigos y motivos de indignación, como si no hubiera reales”.

ISABEL VALDÉS ARAGONÉS

El País, 14 de octubre de 2014