LA ZONA FANTASMA. 10 de enero de 2016. ‘Mandato y arrepentimiento’

Escribo esto cuando aún no ha transcurrido una semana desde las elecciones, por lo que no sé si cuando se lea el panorama se habrá aclarado; si los partidos habrán acordado algo para la gobernación o estaremos vislumbrando otra convocatoria a las urnas para dentro de unos meses. No obstante, en estos pocos días –bien pocos– he percibido un fenómeno no sorprendente pero sí inquietante: son numerosas las personas medio o totalmente arrepentidas del voto por el que se inclinaron. Si me parece esperable es por lo siguiente: según las encuestas, había un 40% de indecisos en vísperas del 20 de diciembre, y mucha gente oscilaba cada semana de una opción a otra y volvía atrás. Nada tiene de particular que, después de haber elegido, el día que no quedaba más remedio, se siga vacilando, se siga cambiando de opinión y se lamente el circunstancial impulso que nos llevó a coger una papeleta. Yo mismo me cuento entre los semiarrepentidos, sin por ello saber tampoco qué haría si pudiera retroceder. (Abstenerme o votar en blanco me ha parecido siempre la peor solución: que decidan otros por uno.)

Pero aparte de ese factor natural y esperable (la indecisión permanece tras decidir), creo que se ha producido una enorme decepción general. Se suponía que estas elecciones iban a ser distintas; que, por primera vez en décadas, habría más de dos partidos con posibilidad de triunfo, o al menos en condiciones de influir en la gobernación; que habría “maneras” frescas y jamás vistas. Sin embargo, la reacción de todos los partidos ha sido la consabida, sólo que agravada, y en eso no se han distinguido los tradicionales de los recién estrenados. Lo clásico era que casi nadie admitiera haber perdido, ni siquiera haber hecho un mal papel; que todos buscaran el ángulo más favorable, que les permitiera consolarse y salvar la cara, por ficticiamente que fuera. En esta ocasión los partidos han ido más allá: la mayoría se han conducido como si hubieran sido los vencedores incontestables y sus respectivas cabezas de lista pudieran ponerse a exigir. La paternidad de esta actitud hay que reconocérsela a la CUP catalana, que así lleva comportándose desde las autonómicas de septiembre (claro que con el servil beneplácito de Mas y Junqueras, Romeva y Forcadell). Con diez diputados, actúan como si tuvieran la sartén por el mango (en parte porque los susodichos se lo han entregado con abyección). Toda postura antidemocrática y chantajista prospera y encuentra imitadores, y en eso ha destacado Podemos, cuyo ensoberbecido Pablo Iglesias se ha apresurado a imponer condiciones a los demás cuando todavía nadie le había pedido su colaboración. Pero también Sánchez del PSOE, y en menor medida Rivera de Ciudadanos, y no digamos el más votado Rajoy. Quizá ver esa actitud engreída e irrealista es lo que ya lleva a muchos votantes al arrepentimiento. ¿No hay nadie capaz de saber cuál es su verdadera dimensión? Quizá el origen esté asimismo en esas autonómicas “plebiscitarias” de hace escasos meses: si quienes han obtenido un 47% proclaman con desfachatez su victoria, ¿por qué no proclamar lo mismo con un 20%? Si cuela, cuela, y lo asombroso es que aquí cuelan y convencen las mayores inverosimilitudes, las mayores negaciones de la aritmética y de la realidad.

También los políticos catalanes han sido pioneros en el uso y abuso de una palabra que solía estar ausente de la política de nuestro país y que delata como peligroso y autoritario a quien se vale de ella, del mismo modo que la fórmula “compañeros y compañeras”, “españoles y españolas”, etc, delata sin excepción a un farsante. La palabra es “mandato”. “Hemos recibido el mandato claro y democrático”, se han hartado de repetir Mas, Junqueras y compañía … para referirse a ese 47% que era todo menos claro y democrático. Pues bien, el detestable vocablo está ya en boca de todos, con notable predilección por parte de Iglesias y Sánchez. ¿Y quién emite ese “mandato”? El pueblo, claro está, que todo lo santifica. Precisamente en las elecciones democráticas no hay “mandatos” homogéneos, término dictador y temible donde los haya. La gente suele votar lo que le parece menos malo, nada más; con mediano o nulo entusiasmo, con el ánimo dividido y con fisuras, aprobando algunas medidas y desaprobando otras, dispuesta a vigilar a los gobernantes elegidos. La utilización de esa palabra es una burda forma de dotarse de manos libres y decir: “Lo que queremos hacer, el pueblo nos lo ha mandado; sólo somos el instrumento de una voluntad superior que, eso sí, nos toca a nosotros interpretar; luego haremos lo que nos venga en gana, porque en realidad nos limitamos a cumplir órdenes de la mayoría o de nuestra minoría particular (que es la que cuenta), tanto da”. En el caso de la CUP y de Podemos la cosa va aún más lejos: son asambleístas o proponen hacer referéndums continuos (bien teledirigidos, claro está), para reafirmar y reclamar ese “mandato” cada dos por tres. Uno se pregunta para qué quieren entonces gobernar, ya que esto siempre ha consistido en tomar decisiones, a veces impopulares si hace falta, y en tener mayor visión que el común de los ciudadanos, a los que no se puede “consultar” sin cesar. No les quepa duda: la apelación al “mandato” no es sino el anuncio de que quien emplea el término va a mandar “sin complejos”, como gustaba de decir Aznar por “sin escrúpulos”, con imposición y arbitrariedad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de enero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 3 de enero de 2016. ‘El éxito de la antipatía’

De vez en cuando ocurre. La mayoría de las personas con una dimensión pública, sobre todo políticos en campaña (pero no sólo), tratan de ser simpáticos y agradables por encima de todo. Sonríen forzadamente, procuran tener buenas palabras para todo el mundo, incluidos sus contrincantes y aquellos a quienes detestan; estrechan manos, acarician a los desheredados y a los niños, se prestan a hacer el imbécil en televisión y no osan rechazar un solo gorro o sombrero ridículos que les tienda alguien para vejarlos; intentan parecer “normales” y “buena gente”, uno como los demás, y su idea de eso es jugar al futbolín, berrear en público con una guitarra, tomarse unas cervezas o bailotear. Supongo que están en lo cierto, y que a las masas les caen bien esos gestos, o si no no serían una constante desde hace décadas, en casi todos los países conocidos. Y no veríamos a la pobre Michelle Obama cada dos por tres, canturreando un rap, haciendo flexiones o participando en una carrera de dueños de perros por los jardines de la Casa Blanca. Pero hay algo que no se compadece con estas manifestaciones de campechanía y “naturalidad”, que las más de las veces resultan todo menos naturales. (De hecho la simpatía verdadera no se suele percibir más que en alguna ocasión extraordinaria; en casi todos los personajes públicos se ve impostada, mero fingimiento, artificial.) Y la contradicción es esta: un número gigantesco de los tuits y mensajes que se lanzan a diario en las redes son todo lo contrario de esto. Comentarios bordes o insolentes, críticas despiadadas a lo que se tercie, denuestos e insultos sin cuento, maldiciones, deseos de que se muera este o aquel, linchamientos verbales de cualquiera –famoso o no– que haya dicho o hecho algo susceptible de irritar a los vigilantes del ciberespacio o como se llame el peligroso limbo.

Eso indica que hay millones de individuos que no profesan la menor simpatía a la simpatía, ni a los buenos sentimientos, ni a la tolerancia ni a la comprensión. Millones con mala uva, iracundos, frustrados, resentidos, en perpetua guerra con el universo. Millones de indignados con causa o sin ella, de sujetos belicosos a los que todo parece abominable y fatal por sistema: lo mismo execrarán a una cantante que a un torero (a éstos sin cesar), a un futbolista que a un escritor, a una estudiante desconocida objeto de su furia que al Presidente de la nación, tanto da. Cierto que la inmensa mayoría de estos airados vocacionales sueltan sus venenos o burradas sin dar la cara, anónima o pseudónimanente, lo cual es de una gran comodidad. Su indudable existencia explica tal vez, sin embargo, el “incomprensible” éxito que de vez en cuando tiene la antipatía, cuando alguien se decide a encarnarla.

Puede que al final el fenómeno quede en anécdota, pero ya han transcurrido muchos meses desde que el multimillonario Donald Trump inició su carrera para ser elegido candidato republicano a la Presidencia de los Estados Unidos, precisamente el país más devoto de la simpatía pública, posiblemente el que la inventó y exigió. Si se mira a Trump con un mínimo de desapasionamiento, no hay por dónde cogerlo. Su aspecto es grotesco, con su pelo inverosímil y unos ojos que denotan todo menos inteligencia, ni siquiera capacidad de entender. Su sonrisa es inexistente, y si la ensaya le sale una mueca de mala leche caballar (ay, esos incisivos inferiores). Sus maneras son displicentes sin más motivo que el de su dinero, pues no resulta ni distinguido ni culto ni “aristocrático”, sino hortera y tosco hasta asustar. En el pasado hizo el oso en un programa televisivo en el que su papel principal consistía en escupirles a los concursantes, con desprecio y malos modos: “¡Estás despedido!”, para regocijo de la canalla que lo contemplaba. El resto ya lo saben: como precandidato, ha denigrado a los hispanos sin distinción; a los musulmanes les quiere prohibir la entrada en su país, hasta como turistas; se ha mofado de un veterano de Vietnam por haber caído prisionero del enemigo; ha llamado fea a una rival, ha ofendido a la policía británica y ha lanzado groserías a una entrevistadora en televisión, y no cabe duda de que seguirá. Lejos de desinflarse y perder popularidad, ésta le va en aumento. Las nominaciones no están tan lejos, y hoy nadie puede jurar que el candidato republicano no será Trump. Si así ocurriera, y aunque después fuera barrido por Hillary Clinton o quien sea, la advertencia y el síntoma son para tomárselos en serio. Hay épocas en las que se venera lo desagradable, lo antipático, lo faltón y lo farruco, la zafiedad y la brutalidad, el desdén, el desabrimiento, el trazo grueso y la arbitrariedad. En las que el razonamiento está mal visto, no digamos la complejidad, la sutileza y el matiz. Hemos tenido ya prueba de ello en los duraderos éxitos de Berlusconi y Chávez, y aun del imitamonas Maduro en menor grado. También en el de Putin, aunque éste sea más disimulado. La penúltima vez que alguien no disimuló en el mundo occidental, que se permitió no ser hipócrita y esparcir ponzoña y anatemas contra quienes quería exterminar, bueno, casi los exterminó. El exceso de empalago trae a veces estas reacciones ásperas, y entonces los furibundos –son millones y ahí están, no haciéndose ver pero sí oír, y a diario– aplauden con fervor y votan al que se atreve a prestarles su rostro y a representarlos. Al energúmeno que por fin da la estulta cara por ellos.

JAVIER MARÍAS

EL País Semanal, 3 de enero de 2016

Félix de Azúa y ‘Mansura’

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Azúa reedita Mansura, la obra que dedica a la séptima cruzada
EFE
Diario de Cádiz, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
ANA MENDOZA
EFE, 18 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
EFE
El Diario.es, 18 de diciembre de 2015
El escritor Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
Huelva Información, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
ANA MENDOZA/EFE
Granada Hoy, 22 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 27 de diciembre de 2015. ‘Soldados sin riesgo’

Desde las matanzas de noviembre en París, en España ha habido una abundante ración de reacciones y declaraciones pintorescas por parte de políticos, tertulianos ramplones (si es que esto no es una redundancia) y particulares que envían sus mensajes a la prensa o a las redes sociales. Lo raro es que aquí alguien guarde silencio, por falta de opinión formada, por perplejidad, por prudencia, por dudas, por no tener nada que aportar. Lo habitual es que a todo el mundo se le llene la boca en seguida y, con gran contundencia, empiece así: “Lo que hay que hacer es …”, o bien: “Lo que en ningún caso hay que hacer es …” La ufanía con que los españoles dictaminan es aún más llamativa si uno escucha a los dirigentes extranjeros mejor informados o lee a los analistas (también casi siempre extranjeros) que parecen tener alguna idea fundamentada sobre el problema: no se ponen de acuerdo, no ven con claridad qué es conveniente y qué contraproducente, un día recomiendan una alianza y al siguiente se retractan, o proponen una estrategia que dos semanas después han ­de­sechado. Me imagino que los jefes del Daesh o Estado Islámico se deben de estar frotando las manos al contemplar el desconcierto.

No seré yo, por tanto, quien lance otra opinión. No tengo ni idea de qué es lo más adecuado para combatir y derrotar a esa organización terrorista que, a diferencia de las anteriormente conocidas, ha ocupado territorios, gobierna en ellos con puño de hierro, somete a millares de personas que no han podido huir de sus garras y les cobra impuestos, posee instalaciones petroleras con las que comercia, un ejército en regla y un aparato propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales y que sería la envidia de Goebbels si éste levantara cabeza para admirarlo. Si los nazis lograron lo que lograron en los años treinta, cuando no había ni televisión, da escalofríos pensar lo que pueden conseguir hoy las campañas de captación y persuasión eficaces y bien organizadas. Y si éstas, hace ochenta años, convirtieron en asesinos o en cómplices de asesinato a la gran mayoría de los pueblos alemán y austriaco, y a buenas porciones del húngaro, el croata, el italiano, el español, el polaco y demás, no cabe descartar que el Daesh siga reclutando militantes y simpatizantes: hay que aceptar que las atrocidades atraen y tientan a numerosos individuos y que así ha sido siempre, al menos durante los periodos de fanatismo, enloquecimiento e irracionalidad colectivos, muy difíciles de frenar. Las intenciones del Daesh están anunciadas desde el principio y son meridianas: si por sus miembros fuera, llevarían a cabo el mayor genocidio de la historia, y acabarían no sólo con los “cruzados” (es decir, todos los occidentales), sino con los judíos, los yazidíes, los kurdos, los chiíes, los ateos, los laicos, los variados cristianos, los demócratas, los que fuman, oyen música, juegan al fútbol … En fin, sobre la tierra sólo quedarían ellos, con los pocos que sobrevivieran a su carnicería como esclavos, las mujeres no digamos. Punto. Así que ignoro qué hay que hacer, y aún más cómo. Pero de lo que no me cabe duda es de que han de ser combatidos y derrotados, antes o después.

Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo, antigua enfermedad que misteriosamente, y desde hace ya lustros, se ha hecho epidémica entre la falsa izquierda que nos rodea. Hay quienes exigen a los occidentales que no entren en guerra, lo cual resulta imposible de cumplir cuando alguien nos la ha declarado y empezado ya. Otros proponen “diálogo y empatía” con los terroristas, como si éstos estuvieran dispuestos no ya a hablar de nada, sino ni tan siquiera a escuchar, o pudieran aceptar pactos de ningún tipo. El genocida declarado, se debería saber a estas alturas, sólo admite aniquilar. Finalmente Pablo Iglesias, ante la posibilidad de que España enviara más tropas a Malí para ayudar allí a Francia, lo ha desaconsejado con la siguiente y preclara advertencia: “Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera”. ¿Ah sí? Es como si el susodicho recomendara no llevar a los bomberos a sofocar un incendio porque pueden volver quemados; ni a los policías a impedir un atraco o un secuestro porque pueden ser tiroteados; ni a los pilotos a volar en helicópteros y aviones porque se pueden estrellar. Nadie desea que les ocurra nada a soldados, bomberos, policías y pilotos (y además merecerían mejor remuneración), pero la ­única manera de asegurarse de ello es que no existan, que no los haya. Lo que carece de sentido es tener un Ejército para que nunca intervenga ni corra riesgos, como disponer de una policía y unos bomberos que permanezcan acuartelados en las emergencias. En España ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Si así fuera, nada impediría que el Daesh desembarcara en la península como si estuviéramos en el siglo VIII. Me pregunto qué haría entonces Iglesias si fuera Presidente. Es probable que ordenara a los soldados no hacer frente a los invasores, no fuera a ser que regresaran de sus misiones en ataúdes. Claro que, en este caso, lo más seguro es que la población entera quedara decapitada y sin sepultura en los amenos campos de España. Porque desde antiguo es sabido que los ­sarracenos (nada peyorativo en este término: consúltese el diccionario) se han cuidado poco o nada de los cadáveres de sus enemigos infieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 20 de diciembre de 2015. ‘Pésimos madridistas’

Solía escribir un artículo futbolístico cada seis meses o así (más no, para no abusar), pero creo haber dejado pasar varios años desde el último. No estoy seguro, pero incluso puede que no haya reincidido desde febrero de 2012, con un título que era exagerado y que luego se ha convertido en exacto: “De cómo M y F me han quitado del fútbol”. No está de más recordar –han pasado casi cuatro años– que M era Mourinho y F Florentino Pérez. Sobre el primero aún me acaban de preguntar en una entrevista portuguesa: “Creo que no le gustó el paso de Mourinho por el Madrid. ¿Qué opina de lo que le está sucediendo ahora en el Chelsea?” Contesté más o menos: “Naturalmente no tengo pruebas, pero me da la impresión de que los jugadores del equipo londinense, que la temporada pasada ganaron la Premier League, están perdiendo a propósito para zafarse de su entrenador. Ningún futbolista puede soportar mucho tiempo a un jefe que se apropia de las victorias y en cambio culpa de las derrotas a sus jugadores, a los árbitros, a la prensa, al calendario, a la afición o al influjo de la luna”.

No sería tan extraño. Estoy convencido de que eso se ha dado en numerosas ocasiones. La única manera que tiene una plantilla para deshacerse de quien le amarga la vida o la aburre hasta la náusea es perder y perder y perder. Sabido es que los presidentes de los clubs, antes de que las protestas se vuelvan contra ellos, sacrifican al entrenador, no pueden echar de golpe a veintitantos jugadores, sobre todo a mitad de campeonato. Y no otra cosa explica el viejo dicho “A nuevo míster, victoria segura”.

A ese nuevo míster a menudo no le ha dado tiempo ni de decidir una alineación, luego lo más lógico es pensar que los futbolistas, una vez librados de su torturador, procuran de nuevo esmerarse y ganar. A nadie le cabría duda (a nadie menos a F) de que lo más beneficioso para un equipo es que los pueriles jugadores (la mayoría lo son) estén contentos con quien los dirige en el campo; es más, se afanen por complacerlo y recibir su felicitación. Esto, como nadie ignora, es muy difícil en el Real Madrid: casi todos sus integrantes son millonarios, muchos son caprichosos y están envanecidos, bastantes creen que no tienen nada que aprender ni mejorar, unos cuantos miran siempre por encima del hombro al desgraciado que la directiva les pone al frente. O bien lo detestan con motivo, como fue el caso de Mourinho.

Ancelotti, que vino justo después, obró un milagro: pacificó los encrespados ánimos del vestuario, hizo equilibrios para no despertar la cólera de F, intentó ser justo con sus pupilos y educado con los periodistas, resultó simpático y con sentido del humor. Los jugadores lo adoraban y deseaban su continuidad. Resultado: consiguieron la décima Copa de Europa en 2013, título que al club se le resistía desde 2002. Me costó, pero empezaba a congraciarme un poco con mi equipo de toda la vida. De nuevo quería que ganara, porque, al igual que los actuales jugadores del Chelsea según mi sospecha, recuerdo haber preferido que una Final de Copa se la llevara el Atleti (como así fue) antes que ver a Mourinho chulearse de haber logrado él un trofeo. Nunca llegué a cuestionarme si me había convertido en un “mal madridista”: tenía claro que no, que los pésimos madridistas eran F y M, dos traidores a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Velázquez, a Raúl, a Zidane, a Casillas y al espíritu tradicional.

Mourinho por fin se fue, pero Florentino sigue y seguirá: promovió unos cambios en los estatutos legales que, por injustos y abusivos que parezcan, acaban de ser ratificados por una avispada fiscal: sólo puede optar a la presidencia quien tenga veinte o más años de antigüedad como socio y aporte como aval personal el 15% del presupuesto, unos 86 millones de euros. ¿Y a quién le sobra ese dinero, aparte de a F? Salvando las distancias (el Madrid es una entidad privada), es como si sólo pudieran aspirar a La Moncloa registradores de la propiedad muy desabridos y que pronuncien la s como si fuera el sonido inglés sh, por ejemplo en “shit”. F expulsó a Ancelotti. Como recordaba hace poco Óscar Sanz, al preguntársele por qué, balbuceó inconexo: “Pues mire usted, realmente no lo sé”. Si no lo sabía él, ¿por qué diablos se empeña en presidir?

No se le ocurrió otra genialidad (a él o a su consejero Sánchez, una especie de Yago destructor) que sustituir al obrador del milagro por Benítez, entrenador espeso, soporífero y tosco. “No creo que dure la temporada entera”, le dije a mi amigo Alexis, escocés del Liverpool que le está agradecido por la vieja proeza de remontarle un 0-3 al Milán en una Final de Copa de Europa, tras lo cual sólo ha vulgarizado y amazacotado a los muchos equipos por los que ha pasado sin gloria. Los jugadores del Madrid se aburren con él, como era de prever, y no le quieren agradar. Ante el Barça (0-4) jugaron tan ridículamente que uno se malicia si no les pareció el día adecuado para hacer saltar por los aires a su entrenador. Quizá debieron dejarse meter dos o tres goles más, y a fe mía que el Barça los mereció. Acaso fue el Barça el que no quiso meterlos, justamente para que Benítez y Florentino no peligraran en exceso y permanecieran convenientemente en sus puestos (convenientemente para el Barça, claro está). Ese partido lo vi casi con indiferencia. Si M y F me quitaron del fútbol, desde luego F y B no me van a hacer volver.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 13 de diciembre de 2015. ‘Casi cualquier prueba’

Escribo esto cuando aún faltan varias semanas para las elecciones generales, pero ustedes lo leerán cuando ya sólo nos separe una del 20 de diciembre. Esa fecha ya delata la desesperación y la trapacería del Gobierno de Rajoy: cuando la gente está pensando más en la Navidad que en ninguna otra cosa, y algunos han iniciado viajes familiares o de vacaciones; cuando los que la cobren habrán percibido su paga extra y muchos estarán soñando con el gordo. Ignoro lo que habrá ocurrido en estas semanas que faltan, pero hoy no parece que estemos cerca de ocasión tan transcendental y señalada. Entre los atentados de París y la jaula de grillos catalana, la atención está desviada. Si uno lee los periódicos o ve los telediarios, las noticias relativas a esta votación no aparecen hasta la mitad, si no más tarde, y son bien escuetas. De momento no da la impresión de que nos estemos jugando lo que nos estamos jugando: nada menos que nuestra vida durante los próximos cuatro años, quién sabe si durante ocho. Todas estas amenazas (la descerebrada brutalidad yihadista, la tediosa y peligrosa tontuna catalana) me temo que puedan beneficiar al PP, más que perjudicarlo.

En épocas de fragilidad las personas tienden a quedarse quietas, a no cambiar de gobernantes, a no hacer probaturas. Si esto no sucedió en 2004, justo después de la mayor matanza terrorista de nuestro país y europea, fue por la aparatosa torpeza del gabinete de Aznar y por sus inauditas mentiras sobre una tragedia de la que quiso sacar provecho. Si hubiera contado la verdad desde el primer instante, tengo para mí que Zapatero jamás habría sido Presidente.

La mentira compulsiva es lo que pierde a ese partido, el PP, aunque no tantas veces como sería esperable. ¿Qué valor tiene hoy la palabra de Rajoy, tras haber incumplido todas sus promesas de 2011? El país fue rescatado a través de sus bancos, a los que no se puso ninguna condición ni control, y así éstos se permitieron denegar créditos vitales a la ciudadanía que los había salvado. La crisis económica sigue tan dañina como hace cuatro años. Si hay seis o siete parados menos no es porque se hayan creado numerosos empleos, sino porque muchos de aquéllos han emigrado o se han dado de baja en el INEM, han arrojado la toalla, y ya no computan como desempleados en busca de trabajo. El salario medio (unos 18.000 euros anuales) permanece a niveles de 2007, e incontables comercios y empresas han cerrado. Ha habido un incremento de los impuestos como jamás se había visto, lo cual no es por fuerza malo, pero Rajoy juró que lo último que haría sería subirlos. Los casos de corrupción en sus filas (también en las de otras formaciones, pero sin comparación posible) no han hecho sino crecer, hasta el punto de preguntarse si no es el entero organismo el que está putrefacto (el organismo pepero). La sanidad, la educación, la justicia, todo ha ido a peor o se nos ha obligado a pagar más por menos.

La cultura ha sido perseguida, con total desdén no ya por sus creadores, sino por los millares de trabajadores de un sector beneficioso en todos los sentidos. Hacienda ha cambiado las reglas y las ha hecho retroactivas, algo insólito y de feroz injusticia, y además ha utilizado su información confidencial para amedrentar a individuos y colectivos críticos con el Gobierno. Se ha impuesto una Ley de Seguridad que ha privado de derechos a los españoles, la llamada “Ley Mordaza”, que sólo proporciona seguridad y blinda contra las protestas a las autoridades y a las fuerzas a sus órdenes. Ha habido una “reforma laboral” que sobre todo ha consistido en facilitar el despido libre y dejar aún más a la intemperie a quienes pierden sus empleos. Se ha dejado infectar la herida catalana. Y en todo lo demás se ha titubeado, y se ha optado luego por la inoperancia: no sabemos qué postura tiene este Gobierno acerca de los refugiados ni qué propone para combatir –ni siquiera para contrarrestar– al Daesh o Estado Islámico. TVE se ha convertido en un bochorno sectario plagado de ineptos (¿a quién se le ocurre colocar al frente de los informativos del fin de semana a un incompetente, ignorante y rancio llamado Carreño?). Y la desigualdad siempre en aumento.

Han sido cuatro años de desastre absoluto en todos los frentes. Quienes pueden sustituir a este Gobierno no son muy de fiar, cierto, o resultan una incógnita. El PSOE no es seguro que haya abandonado la idiotez generalizada que lo dominó durante la época de Zapatero, y también lleva sus corrupciones a cuestas. Esa idiotez, pero agravada, la ha heredado IU (o como hoy se llame) bajo el liderazgo de Alberto Garzón; y en cuanto a Podemos, una necedad similar compite con resabios de autoritarismo temible. Los de Ciudadanos parecen algo más listos y mejor organizados, pero tan neoliberales en lo económico que podrían acabar apoyando un nuevo Gobierno del PP (deberían aclararlo, y así ganarían o perderían muchos votos). De la antigua Convergència no hablemos, convertida en ruina por sus propios jefes, y aún menos de ERC, un partido congénitamente taimado. Pues bien, yo no sé ustedes, pero para mí, con todo y con eso, casi cualquier prueba, casi cualquier riesgo, me parecen preferibles a continuar en la ciénaga de los últimos cuatro años. No se puede chapotear en ella indefinidamente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 6 de diciembre de 2015. ‘Regreso a Brigadoon’

Llevado por la actualidad, la otra noche me pareció oportuno volver a ver Brigadoon. Como hoy las generaciones jóvenes sienten poca curiosidad por lo que no es estrictamente coetáneo de ellas, y lo último que hacen es asomarse a películas clásicas (quizá con la excepción de Psicosis y alguna otra), no estará de más que explique qué es Brigadoon. Es un musical de Vincente Minnelli de 1954, año en el que transcurre la acción. Dos improbables cazadores neoyorquinos (Gene Kelly y Van ­Johnson) se pierden por los montes y bosques de Escocia. De pronto ven surgir entre las brumas un pueblo que no figura en los mapas, y hacia él se dirigen. Es un sitio extraño, en el que la gente viste anticuadamente (bueno, más bien como escoceses de opereta, que es lo que la película es).

Son recibidos con sorpresa pero no mal, y entre las jóvenes del lugar está Fiona (la elegante bailarina Cyd Charisse). La población es idílica, apacible y feliz. Todo el mundo se lleva bien, no hay conflictos, la plaza del mercado es simpática y animada y los habitantes tienen fuerte propensión a cantar y bailar (danzas escocesas estilizadas, claro está). Las mujeres llevan favorecedores vestidos pseudocampesinos y los hombres kilts, pantalones estrechos a cuadros e indefectibles plumas en sus gorros. Todo es armónico, pero los cazadores descubren una Biblia familiar según la cual están en 1754, dos siglos atrás. Escamados, preguntan. El único autorizado a contarles la verdad es Mr Lundie, una especie de beatífico prócer del lugar.

BrigadoonMr Lundie vive apartado, como es de rigor, y mientras narra su “increíble historia” suenan de fondo unos cánticos cuasi celestiales. En 1754, relata, un gran peligro se cernió sobre Brigadoon, y el párroco imploró a Dios que obrara el milagro de hacer desaparecer el pueblo de la vista de todos para que las amenazantes “brujas” pasaran de largo y no lo pudieran invadir. Dios (o no sé si uno de sus múltiples intercesores) aceptó, y dictaminó que, para que no se evaporara del todo y para siempre, Brigadoon podría emerger y hacerse visible un día cada cien años. Eso sí, la condición para preservarlo sería que ninguno de sus habitantes lo abandonara nunca. Así, si alguien cruzaba el puente, por ejemplo, se desvanecería definitivamente sin dejar rastro.

Según el relato, para los brigadoonenses sólo han transcurrido dos días desde el milagro (ellos se acuestan y levantan con normalidad), pero para el resto del globo han pasado doscientos años. Eso no casa bien con el hartazgo que manifiesta algún lugareño, para el que en efecto parece que llevaran dos siglos en ese plan. Pero la mayoría está feliz: invisibles, indetectables, aislados de todo lo exterior, sin aparecer en los mapas, una sociedad encerrada en sí misma, armoniosa, amable, bondadosa y autosuficiente, conservada en almíbar, inmune al espacio y al tiempo del mundo que sigue su atormentado curso.

No es el único lugar de estas o parecidas características en la ficción, sobre todo en la cinematográfica. Están el valle de Siete novias para siete hermanos de Donen, la mítica Shangri-La de Horizontes perdidos de Capra, donde nadie envejecía aunque hubiera cumplido trescientos años (eso sí, de nuevo, si no salía de la ciudad), o la Comarca de Tolkien. No muy distinto, aunque menos pacífico, era Kafiristán, donde el sargento Daniel Dravot fue convertido en rey en el cuento de Kipling (y en la película de Huston basada en él) El hombre que pudo reinar. Son estupendas y encantadoras historias, y todos hacemos bien en disfrutarlas y en añorar mundos así… mientras duran la lectura o la proyección. Y aunque los jóvenes no las conozcan directamente, estas ensoñaciones se transmiten –se transmite su idea– de generación en generación. En todas partes hay gente lista y tonta, buena y mala, razonable e irracional, escéptica e ingenua, pero hace unos años habría apostado a que en Cataluña había menos tontos y pueriles y cerriles que en muchos otros sitios. No ha sido la catalana la sociedad más elemental, ni la menos formada, ni la menos próspera, ni la más inculta, ni la menos viajada, ni la más oprimida (en contra de lo que opina a través de su impenetrable flequillo la diputada de la CUP Anna Gabriel, según la cual “bajo la opresión española vivimos una vida que no vale la pena ser vivida”; habría que preguntar cuál es su idea de la opresión a quienes sufren la tiranía del Daesh, por ejemplo).

Por eso es tanto más sorprendente que una parte considerable haya creído en la fábula de Brigadoon: una Cataluña independiente y enajenada (lo estaría del mundo, no sólo de España) sería un paraíso de riqueza y bienestar, de sentimientos puros y solidarios, de personas en armonía dedicadas al baile y a los castellers, sin corrupción ni delitos, con justicia social y protección de los débiles, entregada al estudio y a las artes, y en perpetua comunión de intereses. ¿Cómo puede haberse persuadido al 47% de una sociedad evolucionada del siglo XXI de creer en los cuentos de hadas? Y además se olvida que, en la realidad, esos ideales y fantasías benéficos de pueblos aislados e impermeables al exterior suelen adoptar la forma de pesadillas infernales, como la Albania de hace treinta años o algunos países asiáticos que, dicho sea de paso, también gustan mucho de las coreografías a la Forcadell. No a la Minnelli, ay, ni a la Gene Kelly con Cyd Charisse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,6 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 29 de noviembre de 2015. ‘Laberintos y trampas y arcanos’

La vida de hotel ya no es lo que era, con alguna excepción rara. Hablé de ello hace unos años, coincidiendo con una racha de viajes que había tenido. Antiguamente, si uno iba a un hotel bueno, esperaba estar mejor que en su casa y gozar de ventajas y comodidades de las que normalmente carecemos. Pero ya casi nunca es así. Para los fumadores se han convertido en lugares peligrosos y restrictivos. La mayoría, en muchos países, han decidido ser espacios “libres de humo”, y ni siquiera ofrecen unos pocos cuartos –los peores– para que una considerable parte de la población mundial consuma su tabaco sin trabas. (Nadie impide que se pinche uno heroína o que viole a un niño, pero sí que se eche un pitillo.) En una reciente estancia en Colonia, se me dijo que en el hotel asignado podría fumar “en el balcón”. Menos mal que, como suelo, contesté que ni hablar y pedí que me trasladaran a otro, porque cuando llegué a la ciudad hacía un frío invernal y diluviaba, y en el balcón permisivo habría pillado una pulmonía. En el segundo establecimiento pude fumar, pero me encontré –como también empieza a ser costumbre– con que no había bañera, sino tan sólo una extraña ducha, compuesta de una baldosa a ras de suelo y limitada por unas rendijas por las que supuse que se iría el agua según fuera cayendo. Es decir, ni siquiera cabía la posibilidad de “llenar” un poco aquello y darme un simulacro de baño, lo único que me hace revivir por las mañanas. Busqué en todo caso los grifos, pero no había, ni ninguna palanca que pudiera hacer sus funciones. Largo rato, como un imbécil, miré aquella “alcachofa” colgada que no había manera de poner en marcha. Hasta que por fin, muy oculto y enigmático, vi un panel metálico con unas chapas también metálicas y unos dibujitos incomprensibles. Tal vez el uso generalizado de “emoticonos” ha convencido a los hoteleros de que nadie necesita letras ni iniciales: antes, en los honrados grifos, solía haber una C para caliente y una F para frío, o lo que tocara en cada lengua; claro que cada vez es más infrecuente la existencia de dos grifos. Bien, apreté un botón y salió agua hirviente. Apreté otro y salió helada. Apreté un tercero y no era templada. Había dos o tres más, pero preferí no averiguar, porque tal vez la baldosa se habría hundido bajo mis pies, quién sabe, como si fuera una trampilla. Ducha escocesa, a eso me obligó la brutal alternancia, aunque estuviera en Alemania.

Fechas antes, en Berlín, también el baño me jugó malas pasadas. Había un pitorro (llamémoslo así) que parecía poder regular la modalidad de ducha o de baño, pero no funcionaba, y estaba fijo en la primera. Llamé a intendencia por si era torpeza mía (nunca descartable), pero cuando vino el técnico comprobó con perplejidad que tampoco él sabía activar aquel pitorro. Acumular un poco de agua con la “alcachofa”, descolgada para no empapar, no es tarea fácil, pero no me quedó sino recurrir a ello. Una semana después estaba en Turín, y en Italia no han sucumbido enteramente a las “modernidades” incómodas o arcanas, todo parecía comprensible y en su sitio. Pero allí, como en España, hay otra plaga: cuando aún aturdido me dispuse a llenar la bañera, descubrí que no había tapón. Busqué por doquier, no fuera a salir como un resorte al apretar un azulejo, algo “contemporáneo” o “egipcio”, pero nada. Llamé pues a intendencia y el mecánico apareció con un cajón lleno de tapones de diferentes tamaños, en la esperanza de que alguno encajara. Pero el desaparecido era metálico y con pitorro (ya ven qué palabra más socorrida), y los que él traía eran de goma. Unos demasiado grandes y otros pequeños, y sólo uno valía a medias. “Va a perder agua”, dictaminó, “pero mejor perder algo que perderla toda. Luego, con más tiempo, buscaré uno adecuado”. Y al mostrar yo mi extrañeza por la desaparición de esa pieza, el hombre añadió: “La gente lo roba todo”. “¿Un tapón metálico con pitorro?”, dije yo. “Es casi imposible que encaje en ninguna casa”. “Da lo mismo”, respondió. “No es tanto la utilidad como el gusto de hurtar algo. Hasta roban el papel higiénico, y las perchas, no digamos los calzadores y las bolsas de lona para la ropa sucia; albornoces y toallas no queda ni uno”. La verdad es que era un hotel agradabilísimo y nada barato, y eso me hizo acordarme de lo que me contaba una amiga que trabajó varios años en el Ritz de Madrid, donde los huéspedes se gastaban fortunas pero luego arramblaban hasta con las bombillas y las alfombras. Uno se pregunta por qué roba gente a la que los billetes le salen por las orejas, y sólo llega a la vieja conclusión archisabida de que algunos muy ricos lo son por eso: porque rapiñan todo lo que pueden a la vez que hacen sus gastos. Y el que venga detrás, que arree. (¿Por qué Rato necesitaba más dinero del que ya tenía, según parece? ¿Por qué meterse en problemas? Y quien dice Rato dice Pujol u otros mil nombres.) En suma, cuando hoy va uno a un hotel, no importa lo bueno que sea, ya no sabe qué carencias y expolios y jeroglíficos lo esperan, a diferencia de lo que sucedía en el pasado. Entre los diseñadores “originales” y los ladrones masivos o globales, los han convertido en laberintos y trampas abominables. Conviene llevar de todo en la maleta, hasta un surtido de tapones variados.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de noviembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 22 de noviembre de 2015. ‘En favor del pasado’

He comentado otras veces cómo no es infrecuente, desde hace años, encontrar en traducciones españolas del inglés nombres propios que pasan invariados a nuestra lengua. Si se mantienen, tal cual, “Noah”, “Sodom”, “Calvin”, “Aesop”, “Cicero” o “Nero”, no es ya que los traductores ignoren que la versión española tradicional y consagrada de estas figuras y lugar sea “Noé”, “Sodoma”, “Calvino”, “Esopo”, “Cicerón” y “Nerón”, sino que tampoco tienen idea de quiénes fueron estos individuos ni de qué ocurrió en la antigua ciudad siempre asociada a Gomorra (la cual, probablemente, creen que es una organización mafiosa napolitana actual). Aún más frívolamente: hace poco, durante una sesión de firmas en Alemania, al decirme una joven su nombre, Romy, y preguntarle yo si “como Romy Schneider”, se quedó estupefacta: “Qué raro”, exclamó, “aquí ya nadie sabe quién es”. Romy Schneider murió en 1982, cierto, pero fue una de las más famosas actrices europeas (por sus películas de Sissi y por otras muchas de su excelente madurez), sobre todo en el ámbito germánico. Que ya nadie sepa quién fue da que pensar.

Me temo que estas leves anécdotas revelan algo muy grave y que obedece a un propósito: la abolición del pasado, por decirlo con brevedad y exageración. Da la impresión de que éste –su pervivencia– moleste a los contemporáneos como nunca había sucedido antes. En las artes, por ejemplo, el pasado parece ser un engorro y un fastidio, porque a menudo subraya la inanidad, la simpleza, incluso la falta de originalidad de mucho de lo que se hace hoy, sea en literatura, cine, pintura, arquitectura o música. Numerosos creadores actuales quisieran ver desaparecer a Proust y a Shakespeare, a Flaubert y a Eliot, a John Ford y a Hitchcock, porque la lectura o la visión de sus obras no hace sino disminuir las de ellos, que no suelen soportar la comparación. No me cabe duda de que esa es una de las razones por las que, cada vez que se adapta a los clásicos, se los adultera y “moderniza” con absoluta desfachatez, y se traslada su acción a nuestro presente o –ya un lugar común– a tiempos vagamente nazis. Lo que en el fondo se intenta es hacerlos peores de lo que son, trivializarlos y abaratarlos, “acercarlos” a nuestras pobres capacidades, asimilarlos a nuestra –comparativamente– mediocre producción dominante.

Pero la cosa va más lejos. El pasado, incluso el reciente, se trata con una mezcla de desdén, hostilidad y utilitarismo ocasional, hasta por parte de quienes tienen por tarea ocuparse de él. Hoy hay demasiados “historiadores” indignos del nombre, que no dudan en tergiversar los hechos para adecuarlos a su conveniencia o a la de los políticos que les pagan: hemos visto casos conspicuos aquí y ahora, en la confección de una “historia catalana”, por ejemplo, según la cual ese pueblo estuvo siempre sojuzgado y no dio un solo franquista, cuando buena parte de su burguesía abrazó la dictadura y prosperó bajo su manto durante decenios. Y hace ya tiempo que la Historia, la Literatura, ahora la Filosofía, se van considerando prescindibles en la educación de los jóvenes, y su enseñanza se adelgaza o se borra. Parece que el objetivo sea que las nuevas generaciones sólo tengan información (más que conocimientos) sobre su presente y su mundo; que desconozcan lo que ha llevado a cabo, pensado y escrito la humanidad con anterioridad, lo que ha descubierto e inventado. “Conocer todo eso es inútil”, se afirma; “no ayuda a encontrar trabajo, no sirve para ganarse la vida ni aporta nada práctico a la sociedad. Lo pasado es inerte, una rémora, un lastre. Acabemos pues con ello y dejemos de perder el tiempo”.

¿De veras se cree así? No sé, para mí el pasado siempre ha sido tranquilizador. Entre otras cosas, porque ya es pasado y no nos puede causar zozobra, o sólo al modo de las ficciones; porque, pese a las dificultades y catástrofes, no nos ha impedido llegar hasta aquí, lo cual nos ayuda a pensar que de todo se sale y que casi todo se supera, antes o después. Con incontables bajas y estropicios, desde luego, pero también con supervivientes que permiten la continuidad. En aquello a lo que dedico mis horas, saber que antes de mí estuvo una pléyade de autores mejores, que perfeccionaron las lenguas, que se afanaron por contar lo mismo que se ha contado siempre, pero de maneras innovadoras y adecuadas a sus respectivas épocas, me sirve para tener un asidero y cierta justificación, para ver cierto sentido a lo que hago; para pensar, vana y optimistamente, que alguien puede entender mejor el funcionamiento del mundo y la condición humana, complejos y contradictorios, como los he entendido yo en Cervantes y Montaigne, en Conrad y Rilke, en Darwin y Freud, en Nietzsche y en Runciman y en Tácito y Tucídides y Platón. Imaginar que mis educadores me hubieran privado de ello, que me hubieran transmitido la idea de que “eso no importa ni nos va a valer de nada en nuestras vidas”, me crea una sensación de desamparo y angustia y radical empobrecimiento, de falta de suelo bajo mis pies, que a nadie le desearía. Y aún menos a los niños y jóvenes, cuyos pasos son siempre frágiles y titubeantes. Y sin embargo es a eso, a ese brutal desamparo, a lo que los están condenando los crueles zopencos que hoy diseñan y dictan nuestra educación.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de noviembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 15 de noviembre de 2015. ‘Cuentas que no salen y ojos que no ven’

Cuántas veces no hemos dicho todos, en medio de una discusión: “Ojalá tuviera grabada aquella conversación para demostrarte que esas fueron tus palabras, o que dije lo que te digo que dije”. A veces ni siquiera se trata de conversaciones lejanas en el tiempo, sino que tuvieron lugar ayer, y aun hoy mismo. “No he dicho eso”, protestamos. “Sí que lo has dicho”, nos desmienten, y desearíamos tener una cinta que probara nuestra veracidad o la capacidad de tergiversación de nuestro interlocutor. Bien, hasta cierto punto ese anhelo se cumple hoy en día. No en los diálogos privados, por lo general, pero sí en lo que es público: nunca ha habido tantos registros y archivos –no ya auditivos, sino a menudo visuales– de lo dicho y de lo sucedido, de lo afirmado y negado, de lo defendido y atacado, de las promesas y de los “nunca” anunciados. Nunca las matemáticas han sido más irrefutables, nunca ha habido semejante acopio de datos, cómputos, cifras y porcentajes. En suma, nunca las cosas han sido más demostrables que ahora y a los embusteros les ha resultado más difícil sostener sus mentiras y falsedades.

Por eso es tan curioso y llamativo que, al mismo tiempo, vivamos la época de mayor y más estupefaciente negación de la realidad. Es como si casi todo el mundo hubiera abrazado el comportamiento que se recomendaba a los adúlteros pillados in fraganti: “Da lo mismo que tu mujer te encuentre en el dormitorio en plena faena con una amante; a ésta le dices que se vista y se vaya a toda velocidad, y, una vez que haya desaparecido de la escena, podrás siempre negar que jamás haya estado ahí; podrás argüir que todo ha sido una alucinación de tu mujer”. Como saben los más osados, es algo que, inverosímilmente, en ocasiones ha funcionado, por lo menos en novelas y películas. ¿Qué se puede hacer ante eso, cuando la tendencia actual es que nadie reconozca nada y las evidencias se nieguen con desparpajo? Lo hemos visto tras las elecciones catalanas, que sus organizadores presentaron como “plebiscitarias” sobre la independencia de su país. Fue patente que, si bien en escaños (método injusto y dudoso donde los haya), los partidos secesionistas ganaban por mayoría absoluta, en votos perdían con un 47% aproximado contra un 52% aproximado. Sin embargo los señores Mas, Junqueras, Romeva, Forcadell y luego Baños proclamaron su victoria, y se han hartado de repetir la siguiente falacia: “Hemos recibido un mandato claro y democrático” para la “desconexión” de España. Si algo no era ese mandato es “claro”. Si algo no era ese mandato es “democrático”.

En concreto, el cazurro señor Baños, que había anunciado que si no había una sólida mayoría en votos no se podría iniciar la separación, demostró ser un mentiroso del calibre de Rajoy nada más verse como árbitro de la situación y con injustificado y desmesurado poder: han sido él y sus correligionarios de la CUP quienes han metido al resto de parlamentarios toda la prisa del mundo para hacer efectiva una declaración de independencia ilegítima y antidemocrática. Para una cuestión tan trascendente y grave como la escisión de un territorio que lleva quinientos años unido al resto de España, se han falseado las matemáticas, se las ha negado. Es como si la Liga la ganara el Barcelona con 90 puntos, el Madrid tuviera 88, y este segundo club proclamara que es “claro” que el vencedor ha sido él, pues ha decidido, por ejemplo, contar los tiros a los palos como goles y de ese modo ha ganado más partidos y más puntos. Es obvio que nadie haría caso al Madrid.

Cataluña, en cambio, está siendo secuestrada por un grupo de dirigentes cínicos, dispuestos a saltarse todas las reglas y a imponer su voluntad al conjunto de sus ciudadanos. Lo que es una actitud autoritaria y tramposa, si es que no totalitaria, tienen además la cara dura de presentarla como “impecablemente democrática”. Pero no son sólo ellos, en modo alguno: se ha visto a una Esperanza Aguirre fuera de sí gritar y repetir: “No estuvimos, no estuvimos, no estuvimos” … en la Guerra de Irak. Después de la jactanciosa foto de Aznar en las Azores, de la bochornosa ovación de los diputados del PP en el Congreso cuando aprobaron participar en esa guerra, de que hubiera allí soldados españoles y españoles muertos allí. Convergència actúa como si Pujol y su familia fueran meros “conocimientos del taller”, y no tuviera nada que ver con el caso Palau ni con el 3%. El PP, como si Bárcenas, y los de la trama Gürtel, y los de la Púnica, y los incontables políticos corruptos de las Comunidades de Valencia y Madrid, y Fabra de Castellón, y Matas de Mallorca, y tantos otros, fueran “infiltrados” que se hubieran nombrado o contratado a sí mismos sin que nadie interviniera. Hasta el motorista Valentino Rossi niega que diera una patadita en plena carrera a un rival y lo derribara con riesgo para su vida. Lo niega mientras las televisiones pasan una y otra vez imágenes del episodio, de lo más elocuentes. ¿Se puede hacer algo en un mundo en el que contamos con grabaciones, con sonido e imágenes, con máquinas calculadoras más fiables que nunca, y todo ello se refuta con desfachatez? ¿Estamos adormilados, hipnotizados o simplemente idiotizados para creer más a los distorsionadores que a nuestros ojos y oídos, y aun que a la aritmética? Si es así, rindámonos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de noviembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 8 de noviembre de 2015. ‘¿Pueden no fotografiar algo?’

Estaba unos días en Fráncfort y me acerqué a ver la Casa-Museo de Goethe. Ya saben ustedes lo que pasa a menudo en esos recorridos por los museos, exposiciones y demás: uno empieza más o menos a la vez que otro u otros visitantes y ya no hay forma de quitárselos de encima, o de que ellos se lo quiten a uno, que a lo mejor es el que molesta y estorba. Aquí me tocó coincidir con un individuo menudo, con bigotito y aspecto vagamente árabe. La casa familiar de Goethe no está nada mal (un abuelo burgomaestre ayuda, supongo): cuatro pisos de planta generosa, con pequeño salón de baile incluido y un agradabilísimo jardincito en el que hay un par de bancos y –oh milagro de tolerancia– un par de ceniceros. No sé hasta qué punto se corresponde con la original (casi todos los carteles figuran sólo en alemán), pero en todo caso está muy cuidada y se siente uno a gusto en ella. O yo podría haberme sentido así, porque, nada más iniciar el paso, el sujeto mencionado me pidió que le hiciera una foto con su móvil delante de unos cacharros, es decir, en la cocina de Goethe. Accedí, claro; el hombre comprobó que había salido bien y a continuación me pidió que le hiciera otra delante del fogón. Bueno, foto bigotito con fogón. Salí de allí y pasé a otra habitación, no recuerdo cuál, sólo que en ella había muebles anodinos, una alacena, qué sé yo. Al poco el hombre apareció y me pidió foto ante la alacena. Bueno, en fin.

01-goethe-haus-frontal“Santo cielo”, pensé, “cuando lleguemos a las zonas más nobles –el estudio, la biblioteca, el salón–, no me lo quiero ni imaginar”. Así que, en vez de seguir en la planta baja, me salté varias estancias y subí a la primera, para despistarlo. Pero el hombre se las ingenió para acoplarse a mi ritmo, no había forma de darle esquinazo, y quería tener un retrato de sí mismo no ya en todas las habitaciones, sino delante de cada mueble, cuadro u objeto. Me había tomado por su fotógrafo particular. Mi recorrido enloqueció, se hizo zigzagueante, lleno de subidas y bajadas absurdas: visitaba un cuarto del segundo piso, luego uno del tercero, luego me iba otra vez al segundo y entonces ascendía al último, desde donde regresaba a la cocina, el individuo ya había sido inmortalizado allí hasta la saciedad. Daba lo mismo: apenas me creía liberado de él, reaparecía con su móvil y su insistencia. Aunque quizá no lo crean, soy enormemente paciente en el trato personal, sobre todo cuando se me piden cosas por favor. El árabe (o lo que fuera, hablaba un rudimentario inglés con fuerte acento) se acercaba cada vez con la misma sonrisa amable e ilusionada de la primera, de hecho como si fuera la primerísima que me hacía su petición, aunque fuera la enésima y todo resultara abusivo. Sólo me libré gracias al cigarrillo que salí a fumarme al jardincito: quizá espantado por mi vicio, hasta allí no me siguió. Me aguardaban quehaceres, no pude repetir la visita en su orden, me quedó una idea de casa caótica, en la que la cocina albergaba la pinacoteca y el dormitorio la biblioteca, y el escritorio estaba en el salón de baile.

Nada se ha hecho más sagrado que las fotos obsesivas que todo el mundo hace todo el rato de todo. Si uno va por la calle y alguien está en trance de sacar una de algo, ese alguien lo fulmina con la mirada o le chilla si uno sigue adelante y no se detiene hasta que el fotógrafo decida darle al botón (lo cual puede llevar medio minuto). Si entre él y su presa hay cinco metros, pretende que ese espacio se mantenga libre y despejado hasta que haya dado con el encuadre justo, que la circulación se paralice y nadie le estropee su “creación”. El problema es que hoy todo transeúnte anda con móvil-cámara en mano, y que fotografía cuanto se le ofrece, tenga o no interés, y como además no hay límite, todos tiran diez instantáneas de cada capricho, luego ya las borrarán. He visto a gentes retratando no ya a un músico callejero o a una estatua humana, no ya un edificio o un cartel, no ya a sus niños o amistades, sino una pared vacía o una baldosa como las demás. Uno se pregunta qué diablos les habrá llamado la atención de un suelo repugnante como los del centro de Madrid. Quizá los churretones de meadas (o vaya usted a saber de qué) que los jalonan, lo mismo en época de Manzano que de Gallardón que de Botella que de Carmena, alcaldes y alcaldesas sucísimos por igual. Caminar por mi ciudad siempre ha sido imposible: las aceras tomadas por bicis y motos, dueños de perros con largas correas, contenedores, pivotes, escombros, andamios, manteros, procesionarios, manifestantes, puestos de feria municipales, escenarios con altavoces, maratones, “perrotones”, ovejas, chiringuitos y terrazas invasoras, bloques de granito que figuran ser bancos, grupos de cuarenta turistas o más. Sólo faltaba añadir esta moda, por lo demás universal. ¿Para qué fotografían ustedes tanto, lo que ni siquiera ven con sus ojos, sólo a través de sus pantallas? ¿Miran alguna vez las fotos que han hecho? ¿Se las envían a sus conocidos sin más? ¿Para qué, para molestarlos? Detesto en particular las de platos, costumbre espantosamente extendida. “Mira lo que me voy a comer”, dicen. Al parecer nadie responde lo debido: “¿Y a mí qué?” La comida, eso además, en foto se ve siempre asquerosa. ¿Pueden no fotografiar algo? Por favor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de noviembre de 2015

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘Mansura’ de Félix de Azúa

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MANSURA

FÉLIX DE AZÚA

Prólogo de Jacinto Antón

Reino de Redonda, noviembre de 2015

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

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ÍNDICE

“Cuéntales, cuéntales, lo que son los años de juventud y de guerra” (Prólogo)
por Jacinto Antón

MANSURA

APÉNDICES

Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2015)

Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson
(updated/puesta al día 2015)

Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías
(updated/puesta al día 2015)

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“El relato que vas a leer a continuación es una versión sumamente libre de una célebre, aunque poco leída, crónica medieval francesa, el Livre des Saintes Paroles et des Bons Faits de Notre Saint Roi Louis, obra de Jean de Joinville (1225-1377), caballero de la Champaña que acompañó al rey Luis en una de las últimas cruzadas de la cristiandad.”

Félix de Azúa

LA ZONA FANTASMA. 1 de noviembre de 2015. ‘Cuando pesa lo ligero’

Muchos de los que leemos el periódico en papel estamos acostumbrados a empezar por lo malo: política nacional e internacional, opinión pesimista o peregrina o (qué alivio) a veces balsámica; economía, sucesos, salud (casi siempre mala y desalentadora, cuando no alarmante). Luego aparecen las secciones más amables o sosegadas, o menos indignantes, aquellas que no nos suelen dar sobresaltos ni disgustos: sociedad, cultura, espectáculos, deportes, algún cotilleo o curiosidad. Uno agradecía asomarse a esas esferas de relativa armonía, o por lo menos de inocuidad, tras pasar por las atrocidades cotidianas, las sandeces, corrupciones e irresponsabilidades de demasiados políticos, los amenazantes vaivenes laborales y financieros y la ristra de asesinatos individuales, cometidos cada uno en un lugar. Por eso, a mí, me dice más sobre el estado del mundo lo que traen y reflejan esos ámbitos “ligeros” que las noticias “de peso”, que siempre han sido preocupantes o directamente horribles y lo seguirán siendo siempre.

Lo que me hace ver nuestra época como particularmente tenebrosa no son las salvajadas del Daesh (que también), ni la crisis de los refugiados, ni que Donald Trump y Putin cosechen más entusiastas cuanto más rebuznan, ni la furia sádica de los cárteles mexicanos, ni la dictadura chavista ni el auge de Le Pen, ni la tabula rasa que Rajoy parece tener por cerebro, ni la posesión de Artur Mas (que cada vez se cree más Napoleón, como si fuera un loco de chiste anticuado; sólo que éstos acostumbraban a estar encerrados), ni la tontuna parvularia de sus cerrajeros de la CUP (de ellos depende que pueda utilizar su llave). Con todo esto uno ya cuenta. Con que los países a menudo los rigen deficientes, sanguinarios o no, y aspiran a regirlos otros deficientes, elegidos en las urnas o no. Lo que me indica la gravedad de la situación es comprobar que las irritaciones y estupefacciones no terminan donde deberían sino que se extienden hasta esas secciones inofensivas y las invaden, normalmente de estupidez, con ocasionales gotas de envilecimiento.

Llega uno a Cultura y con frecuencia se encuentra a palmarios farsantes a los que se dedican páginas injustificables. Llega a Deportes y lo que allí lo aguarda son los amaños del nefasto Blatter y sus acólitos, o la enésima pitada a Piqué por parte de cenutrios que ni siquiera saben por qué le pitan, como antes se abucheaba a Casillas por ser sobresaliente y haber rendido incomparables servicios a su club y a su selección. Llega a Espectáculos y se topa con noticias como esta: en pocas horas se han recogido 95.000 firmas en “la Red” protestando porque en una nueva película relacionada con Peter Pan se ha encomendado la encarnación de la Princesa Tigrilla a una actriz blanca y no a una “nativo-americana” –india piel roja, para entendernos–, puesto que ese personaje de fantasía pertenece a dicha raza. No es el primer caso de “ofensa”, cuenta Irene Crespo: la pecosa actriz Emma Stone pidió disculpas (!) por haber interpretado a una piloto mitad asiática y mitad hawaiana. Ridley Scott se la cargó por no contar con actores árabes para Éxodo, que transcurría en Egipto… en los tiempos de Moisés. ¿Y cómo se atrevió Johnny Depp con el papel del amigo indio del Llanero Solitario, siendo él caucásico a más no poder? Según esto, Mac­beth sólo lo podrían hacer actores escoceses y Hamlet, daneses. Y Don Quijote, manchegos. Y Don Juan, sevillanos. Y Quasimodo, jorobados de verdad. No quiero ni pensar la que le habría caído hoy a Marlon Brando, que en 1956 hizo de japonés en La casa de té de la luna de agosto. (Cierto que estaba para darle de bofetadas durante todo el metraje, como alguna vez más, pero esa es otra cuestión.)

Uno se pregunta qué ha pasado para que parte de la humanidad ya no distinga entre realidad y ficción, algo que la especie sabía hacer desde siglos antes de Cristo. O cuándo optó por el “realismo” a pie juntillas y decidió inmiscuirse en los criterios de los artistas y protestar por lo que éstos inventen. También cuándo dejó de entender que las instituciones y clubs privados tienen sus reglas y que nadie está obligado a pertenecer a ellos. Si para la Iglesia Católica abortar lleva o llevaba aparejada la excomunión, la opción es clara: si se forma parte de esa fe religiosa, o no se aborta o se expone uno a las consecuencias; lo que no tiene sentido es ingresar en ella, conociendo sus castigos, y pretender que éstos se modifiquen a conveniencia de cada interesado. Y sin embargo eso es hoy lo habitual. En la Real Academia Española es preceptivo llevar corbata, y yo lo sabía antes de entrar en ella. Si un día aparezco sin esa prenda, supongo que no me permitirán pasar y no armaré un escándalo por ello. Sabía a qué me atenía al aceptar.

Uno se pregunta por qué grandes porciones del mundo han dejado de entender lo que era fácilmente comprensible hasta hace cuatro días. Por qué ha habido un retroceso generalizado del entendimiento y del sentido común. Por qué no hay mayor placer que el de quejarse y protestar por todo, más cuanto más inexistente el motivo. Cuando la estupidez se apodera de las secciones amables del periódico; cuando éstas prolongan la irritación, en vez de apaciguar, es síntoma de que todo es ominoso y anda fatal. No es de extrañar que luego la gente vote o ensalce a idiotas, pirados o malvados, y que las secciones “de peso” nos hundan cada mañana el ánimo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de noviembre de 2015

Entrevista y reseñas a propósito de ‘Cosí ha inizio il male’

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Cosi
Far del male è la cosa più facile del mondo. Parola di Javier Marías
SIMONETTA FIORI
La Repubblica.it, 30 agosto 2015
Maríase gli spettri del franchismo. La narrazione diventa affresco
GIORGIO MONTEFOSCHI
Corriere della Sera, 21 settembre 2015
Cosí ha inizio il male
DOMENICO FINA
Corriere della Sera, 5 ottobre 2015
È cosí che ha inizio il male, vita e destino per Javier Marías
GIUSEPPE MUSSI
La Nuova Sardegna, 19 ottobre 2015
Javier Marías, ‘Cosí ha inizio il male’ – La recensione
MICHELE LAURO
Panorama.it, 13 ottobre 2015
Cosí ha inizio il male
Qlibri, 30 settembre 2015