LA ZONA FANTASMA. 20 de septiembre de 2015. ‘Escenas veraniegas’

El pasado agosto viajé por España, un país en el que cada ciudad, cada aldea y hasta cada barrio montan festejos más o menos brutos, más o menos despilfarradores, todos con el denominador común de lo que aquí más priva: el ruido, el estruendo, el estrépito, sea en forma de petardos y tracas o de la omnipresente música atronadora. Bien, ya se sabe, es el mes de la Virgen de los Jolgorios. Pero a la vez se ven con frecuencia escenas como la siguiente. Un pequeño y agradable pueblo marino, asolado –como todos– por masas interesadas sólo en comer a dos carrillos (los insoportables programas de cocina de las televisiones no hacen sino reflejar la realidad de numerosos compatriotas: gente que ha dejado de lado casi cualquier inquietud para dedicarse a engullir animalescamente).

La terraza de un local, en una plaza muy grata, está de bote en bote, pero no hay muchas personas esperando de pie a que se quede libre alguna mesa. Carme y yo decidimos aguardar un poco, a ver si hay suerte. Delante sólo tenemos a un grupo, eso sí, de ocho o nueve, como son ahora todas las familias, que no se separan ni a tiros, la española pasión por el gregarismo. Por fin se liberan las suficientes mesas (cercanas, un milagro) para juntarlas y dar cabida a la patulea. Las camareras las están preparando, y de vez en cuando se aproxima a ellas “el padre”: un tipo de cuarenta y tantos años, con aspecto innoble: pantalones de esa longitud criminal que aniquila al más apuesto, por encima o por debajo de las rodillas, y que por tanto lleva hoy todo el mundo; una camisola por fuera, a la vez holgada y prieta (quiero decir que no le contenía las grasas y sin embargo le realzaba los vergonzosos pechos que estaba desarrollando); un sombrerito ridículo; chanclas; una barriga infame que le impediría verse los pies desde hace tiempo.

Este sujeto había decidido supervisar el trabajo de las camareras, les daba órdenes impertinentes y sobre todo les ponía pegas. No era hora ni lugar para poner ninguna, conseguir mesa para tantos era para darse con un canto en los dientes. Regresaba a la “cola” y alardeaba de sus intervenciones ante su mujer y una cuñada (supongo), con no mejor aspecto ni tampoco más educadas. “¿Qué les has dicho a esas tías, qué pasa?”, le preguntaban ellas. “Qué coño les voy a decir, que no nos gusta esa mesa, que queda fuera de los toldos; que la corran para allá, no nos va a dar esta puta solanera”. Aquello era imposible, no había hueco para correr nada. “Y ni siquiera nos ponen mantel”, agregaba, “les he mandado ir por uno”.

Aquel no era sitio de manteles, si acaso de mantelitos de papel, el típico lugar de tapas y raciones. “¿Qué se creerán las tías?”, exclamaba una de las mujeres, como si estuvieran en el Ritz y les hubieran faltado al respeto, a ellos, que tenían dinero. Porque iban hechos unos pingos, como se decía antes, faltando al respeto a cuantos tuviéramos la mala pata de verlos, pero era indudable que les sobraba el dinero. Y a demasiada gente que aún lo conserva, en esta España depauperada, no hay manera de enseñarle modales. Al contrario, cuanto más empobrecidos a su alrededor, más se crece y más exige y más molesta y desprecia. No hace falta añadir que la familiola formó tal tapón con sus demandas que dimos por imposible que nos llegara alguna vez el turno.

7018704451_b75b16d46f_zOtra escena contradictoria y curiosa. Como saben, hoy los niños nacionales son una especie de idolillos a los que todo se debe y por los que se desviven incontables padres estúpidos. Están sobreprotegidos y no hay que llevarles la contraria, ni permitir que corran el menor peligro. Son muchos los casos de padres-vándalos que le arman una bronca o pegan directamente al profesor que con razón ha suspendido o castigado a sus vástagos. Pues bien, visité un lugar con muralla larga y enormemente elevada. El adarve es bastante ancho, pero en algunos tramos no hay antepecho por uno de los lados, y los huecos entre las almenas son lo bastante grandes para que por ellos quepa sin dificultad un niño de cinco años, no digamos de menos. El suelo es irregular, con escalones a ratos. Es fácil tropezar y salir disparado. Al comienzo del recorrido, un cartel advierte que ese adarve no cumple las medidas de seguridad, y que pasear por él queda al criterio y a la responsabilidad de quienes se atrevan. Si yo tuviera niños no los llevaría allí ni loco, pero con ellos soy muy aprensivo, y los sitios altos y sin parapeto me imponen respeto, si es que no vértigo propio y ajeno.

Aquella muralla, sin embargo, era una romería de criaturas correteantes de todas las edades, y de cochecitos y sillitas con bebés o casi, no siempre sujetos con cinturón o correa. Algunos cañones jalonan el trayecto, luego los padres alentaban a los niños a encaramarse a ellos (y quedar por tanto por encima de las almenas) para hacerles las imbéciles fotos de turno. Miren que me gusta caminar por adarves, recorrer murallas. Pero cada paseo se me convertía en un sufrimiento por las decenas de críos que triscaban por allí sueltos como cabras, sobre todo en los tramos sin parapeto a un lado. A veces pienso que estos padres lo que no toleran es que a sus hijos les pase nada a manos de otros; pero cuando dependen de ellos, que se partan la crisma. Ya echarán la culpa a alguien, que eso es lo que más importa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de septiembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 13 de septiembre de 2015. ‘Marrullería y timo’

Sintiendo el aprecio que siento por algunas constantes de la sociedad española, expuestas el domingo pasado, no me extraña ni me escandaliza que mucha gente se quiera separar de este país, infame en demasiados aspectos. Creo estar libre de sospecha de patrioterismo, e incluso de patriotismo. Lo que me parece muy raro es que deseen separarse unos representantes políticos que, en sus métodos, en su talante, en su falta de sentido de la democracia, en su cerrilismo, en su intransigencia, en su capacidad para mentir y para tergiversar la realidad, en sus aspiraciones caciquiles, en su espíritu inquisitorial, en su irracional soberbia, en su “contra mí o conmigo”, apenas se diferencian de la secular tradición española, sobre todo de la más beata y sectaria, representada inmejorablemente por el franquismo (beata de la propia patria).

La imitación de Franco tuvo su punto culminante hace unos meses, cuando Artur Mas sugirió que votar contra él equivalía a votar contra Cataluña. Bueno, en esto no imitó sólo a Franco, inventor de “la AntiEspaña”, sino a casi todos los absolutistas que en el mundo han sido, desde Luis XIV hasta Hugo Chávez, caídos en la tentación de considerarse encarnaciones milagrosas de sus respectivas naciones.

El disparate catalán ha alcanzado cotas grotescas, y de una zafiedad intelectual sin límites. En el llamado “proceso” todo es confuso, puro chafarrinón y marrullería, puro timo. Unas elecciones autonómicas en las que ya no se vota del todo lo siempre votado en éstas, sino también –de rebote– la independencia, que, según los resultados, se declarará unilateralmente, fuera de la legalidad y de todo acuerdo: no ya con el resto de España y su Gobierno, sino con cualquier organismo europeo. Es como si Córcega o la Bretaña se proclamaran desgajadas de Francia, o la Lombardía de Italia, o Baviera de Alemania. Semejantes declaraciones caerían en el vacío, ningún país de la zona las tendría en consideración ni les haría caso.

A efectos reales y prácticos, a efectos de convivencia con los vecinos, serían como jugar al palé o monopoly, algo hueco y sin consecuencias efectivas. Tampoco se sabe bien cuáles han de ser esos resultados, los que llevarían a la independencia. Al parecer, a los promotores les bastaría con conseguir una mayoría de escaños para su esperpéntica coalición, desdeñarían que la mayoría de votos fuera contraria a sus propósitos. ¿Dónde se ha visto semejante fraude? “Usted vota una cosa”, se le está diciendo al elector, “pero en realidad está votando otra; y, según lo que convenga, computaremos de un modo u otro”. El chiste no es ya propio de la peor España, sino de las repúblicas bananeras de las películas (ni siquiera de las de la realidad, me temo); de la Venezuela chavista y la Rusia putinesca, a las que sólo tienen por democracias modélicas los dirigentes de Podemos y Alberto Garzón, esa lumbrera.

He hablado de coalición esperpéntica, y es que no hay adjetivo más adecuado (superespañol, por cierto) para describir una lista electoral encabezada por un ex-eco-comunista y por dos señoras engreídas a las que nadie ha elegido nunca (pues nunca se han presentado a cargos políticos), sino que se han erigido ellas mismas en encarnaciones de la “sociedad civil”, es decir, de la sociedad a secas; el cuarto lugar de la estrafalaria lista lo ocupa el actual President de la Generalitat, un político parecidísimo a Rajoy en lo ideológico y lo económico, y que, no se sabe por qué arte de trilero, pasaría al primer puesto en caso de salir triunfante, y sería por tanto el inaugural Presidente de la fantasmagórica República Catalana; y en quinto lugar aparece el “jefe de la oposición” al propio Mas, Junqueras, líder de un partido que lleva ochenta años aventado y dando tumbos. Es digno del españolísimo Torrente que el jefe del Gobierno y el de la oposición se ofrezcan juntos en la misma lista el 27 de septiembre. Es difícil incurrir en mayor número de contradicciones y embrollos.

Añádase la negación constante de la realidad por parte de los promotores: “Seguiríamos en la Unión Europea y en el euro”, afirman, “o nos readmitirían en seguida”. Nadie europeo ha avalado ese optimismo, todo lo contrario. Para que un país nuevo ingrese en la UE se necesita la aprobación unánime de todos sus miembros. España no la daría, sólo fuera por despecho. Francia tampoco, no fuera Cataluña a solicitar el Rosellón acto seguido. Ni Italia, por no aceptar un precedente para la inventada “Padania” de los fascistas de la Liga Norte. No la daría nadie. “Seríamos más ricos”, cuando la probable pérdida del mercado español sería un revés catastrófico para la economía catalana. A mí no me extraña ni escandaliza, ya digo, que alguien ansíe separarse de mi país.

Pero una Cataluña independiente, ahora, en manos de quienes la propugnan desde arriba, sería lo más parecido a un cortijo para ellos, en el que además nadie podría intervenir, y la que menos la UE. Yo no entiendo cómo los catalanes –incluso los independentistas– no perciben la jugada de Romeva, Forcadell, Casals, Mas y Junqueras: “Dennos todo el poder y aislémonos del mundo, que nadie se meta en nuestras cosas”. No sé cómo no se percatan de que ese “nuestras” significa exactamente de Romeva, Forcadell, Casals, Mas y Junqueras. Bueno, y de quienes hagan suficientes méritos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de septiembre de 2015

Presentación en Berlín de la edición alemana de ‘Así empieza lo malo’

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Información y venta de entradas

El 10 de septiembre, a las 19.30 horas, en el Instituto Cervantes de Berlín (Haus der Berliner Festspiele, Schaperstr. 24. Berlin), tendrá lugar la presentación de la última novela de Javier Marías cuya traducción al alemán, So fängt das Schlimme an, saldrá a finales de septiembre. Con el autor estarán: Paul Ingendaay, como moderador, y Christian Brückner.

LA ZONA FANTASMA. 6 de septiembre de 2015. ‘Esas constantes’

Este artículo dice de veras lo que dice y además es una preparación o coartada para el de la semana próxima, por lo que se ruega que entonces se tenga presente lo dicho en este.

Cuando uno ve películas o recordatorios televisivos de hace décadas, sorprende comprobar cómo todo ello era –quizá involuntariamente– mucho más realista de lo que parecía en su día. Supongo que la época en la que fue concebida cualquier fantasía tiñe o contamina esa fantasía, mal que les pese a sus creadores, que descubren a posteriori cuán poco lograron escapar a su tiempo. Este “sello de época” resulta más palmario en lo visual que en lo literario, aunque lo segundo tampoco se libre de él enteramente. Pero si uno ve, por ejemplo, un extraterrestre imaginado en los años setenta, lo más probable es que el actor que lo interpretase luciese patillas de ese periodo y llevase un peinado particularmente hortera o inverosímil. La imagen “delata” mucho más que la descripción y la palabra.

Durante unas semanas o meses recientes –no sé–, he pillado de vez en cuando un programa de TVE titulado Viaje al pozo de la tele o algo así, en el que se recuperaban fragmentos breves de espectáculos, canciones, entrevistas, concursos y demás desde que existe la televisión en España. El comentarista era, muy adecuadamente, el inventor de la serie Torrente, máximo adalid actual (junto con De la Iglesia y una legión de nombres menos conocidos) de nuestra tradición más supuestamente graciosa y más grosera. Lo que uno observa al ver ese programa es lo mismo que al contemplar escenas de las películas de Cine de barrio: en nuestro país hay unas constantes, da lo mismo quién gobierne. Por mucho que creamos que cambia, o creyéramos que cambiaba en los años ochenta y primeros noventa, existe algo invariable que se aprecia nítidamente al asomarse a esas producciones cinematográficas o televisivas.

No importa que las muestras sean de los sesenta, setenta, ochenta, noventa o aún más cerca: lo predominante, lo que nunca falla ni falta, lo que aparece por doquier es la mezcla criminal de zafiedad y cursilería, con ventaja para lo primero. Cómicos soeces sin ninguna gracia (pero que cuando mueren son ensalzados como “genios” o poco menos), actores en su mayoría atroces y repetitivos, cantantes desafinantes vestidos por sus enemigos, presentadores “campechanos” (lo cual les permitía dar rienda suelta a su frecuente chabacanería), continuas bromas gruesas, con obligada afición a lo sexual y a lo escatológico, hasta el punto de que pareciera que en España no se concibe otro humor que el pueril de “pedo, culo, pito y caca”. En uno de esos “pozos de la tele”, el propio Segura, más bien sarcástico con lo que nos enseñaba, se adornaba con un inciso sobre la importancia de los diferentes ruidos de pedos en sus famosas películas, y nos ofrecía eruditos ejemplos. En esos fragmentos salían escritores de tarde en tarde: dos, mejor dicho, Umbral y Cela, y los dos soltando groserías con presunción de “ingeniosas” y “picantes”; lo cual lleva a concluir que los únicos escritores que de verdad son aquí populares y se abren paso en las pantallas son los que parecen caricatos bastos y se prestan al chafarrinón y al esperpento. Cuánto daño ha hecho, ay, el esperpento. La apelación a él parece justificar cualquier imbecilidad exagerada y de sal gorda, la facilona ocurrencia del mayor idiota, rápidamente reverenciado si se cuelga en la solapa esa etiqueta: “Esperpento”, sea en literatura, en cine o en lo que se tercie.

Lo curioso es que cada nueva generación idéntica a la anterior se jacta de haber “superado” esos baldones del pasado. “No, lo mío es humor inteligente”, dice el actual Paco Martínez Soria de turno. “No, yo estoy lejos del landismo, yo hago comedias gamberras”, exclama el cineasta que sigue al pie de la letra –modernizadas sólo en lo accesorio– las chuscas películas de Alfredo Landa. “No, yo huyo del realismo cutre y también del preciosismo”, declara el novelista tosco que imita ambos estilos, según tenga el día. Esas constantes no son baladíes ni pueden ser azarosas (trasládenlas también a la política y a la prensa). Dicen mucho sobre nuestra sociedad y lo que le hace reír y le entusiasma, sobre los territorios en los que se siente a sus anchas. Hay que añadir los tacos gratuitos y la mala leche, que asimismo se hacen hueco en esos fragmentos televisivos, en teoría ligeros y amables. Es posible que a ustedes (nadie se ofenda: en tanto que miembros de esa sociedad y degustadores de reality shows y sálvames, si las estadísticas no mienten) la visión de esos “pozos de la tele” les cause regocijo y nostalgia. A mí me deprime, me provoca vergüenza retrospectiva y presente, y hace que me pese el ánimo, al comprobar con mis ojos que nuestro país ha preferido siempre –aún más hoy, si cabe– lo chocarrero y lo cursi, el trazo grueso, la coz, lo tabernario, la astracanada y el chascarrillo penoso (tan “transgeneracional” todo ello que hasta lo practican nuestros más nuevos políticos). Como tantas veces se me ha dicho, debo de ser un español traidor, porque rara vez he sonreído con el chiste nacional, desde Berlanga. Y con él no siempre, ni mucho menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de septiembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 26 de julio de 2015. ‘¿Todo se repite tan pronto?’

Siempre se ha procurado decir que cumplir años traía algunas ventajas, y como éstas eran poco tangibles (sabiduría, serenidad y cosas así), parecía ser, más que nada, un vano intento de consolar al envejeciente. Yo, de momento, no veo grandes inconvenientes en la edad que he alcanzado, pero últimamente sí hay algo que me empieza a ­preocupar, o a fastidiar, o a decepcionar. Mis años ya son bastantes, pero están lejos de los noventa, los ochenta y aun los setenta que acumula tanta gente alrededor. Quiero decir que no ha pasado tantísimo tiempo desde que llegué al mundo, menos aún desde que me incorporé a él plenamente –eso se producía, en mi época, cuando uno entraba en la Universidad–. De eso hará unos cuarenta y seis años, lo cual, en términos globales, es apenas un soplo, un periodo bien breve que no justificaría mi sensación, cada vez más frecuente, de asistir a supuestas novedades que no son sino repeticiones de cosas ya vistas. Ojo, no vistas ni oídas de segunda mano, o estudiadas en los libros de Historia, sino vividas directamente por mí.

Me ocurre a menudo con la literatura, el cine y la música, las tres artes que más me acompañan. Leo novelas o poesía o ensayos que se me presentan como innovadores o vanguardistas o “postcontemporáneos” o “transmodernícolas”, elijan el término que prefieran; y, con alguna excepción, me encuentro con piezas que para mí son antiguallas, cosas ya probadas en los años cincuenta, sesenta o setenta del siglo XX (y luego arrumbadas en su mayoría, por tontainas, plomizas o huecas). Hoy vuelve a jalearse la novela “social” o “comprometida”, por ejemplo, de la cual en España tuvimos hasta morirnos de aburrimiento. Y no es que la actual coincida en sus intenciones con la del “realismo social” pero sea enormemente distinta: no, es casi idéntica a la más apesadumbrada y pedestre de los cincuenta y sesenta, cuando no una ínfima parodia de Galdós. Otro tanto sucede con los “experimentalismos”, que parecen imitaciones de los de los setenta, y con el mismo grado de pedantería. Como si no hubiera transcurrido el tiempo, hay ensayos que a su vez son remedos levemente aggiornati de Deleuze, Barthes, Foucault y hasta Sartre (sin quitarles a ninguno su mérito, nada tiene eso que ver). Hoy causa furor mundial el “filósofo” Zizek, al que no he leído ni oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo, todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud. Lo mismo en cine: la celebrada Ida, con su saco de premios, es la mera regresión a las producciones setenteras del Este que veíamos en cine-clubs. Hasta han vuelto la solemnidad y la unción con que solían contemplarse estas antigüedades.

Pero lo más curioso es que esa sensación de déjà vu se experimente también con las personas. Uno ve a la mayoría de los políticos del PP y piensa: “A este individuo, más joven que yo, lo conozco perfectamente, sé cómo es, lo he visto antes, probablemente en el franquismo que hube de soportar hasta los veinticuatro años. ¿Cómo puede ser, si el sujeto en cuestión sería un niño o una niña, o acaso no había nacido, al final de la dictadura?”, se pregunta uno con perplejidad. Ve uno a Pablo Iglesias y a no pocos correligionarios suyos y lo asalta la misma sensación: “Yo he conocido a estos tipos en el pasado lejano; es más, milité junto a ellos, breve tiempo y a desgana –más que nada, por oponerme al franquismo–, en mi primerísima juventud. Dicen las mismas cosas y tienen las mismas actitudes que los prochinos de mi primer curso de Facultad, con algún tic de los trostkos y algún otro de los miembros del PCE más cerriles y stalinistas, ya anticuados entonces. ¿Cómo es eso, si ellos no vivieron aquellos tiempos?”

La desazón va más allá. También con los particulares, gente nueva o joven a la que uno conoce, me es cada vez más frecuente pensar pronto: “Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto y padecido antes (o disfrutado, no crean); sé sus ambiciones, sus métodos, de qué van, qué es pose en ellos y qué no; si son o no de fiar, si son soberbios o angelicales; si son sinceros o falsos, aduladores y trepas o nobles y que van de frente; incluso si tienen buena o mala índole, si son unos farsantes y cantamañanas o gente que se esfuerza en pensar por sí misma; si son listos, tontos, listos-idiotas o aparentes bobos con arrebatos de brillantez”. Claro que uno no es infalible y puede equivocarse, pero eso no quita la sensación de saber, de “reconocer”. A eso se le debe de llamar “ser perro viejo”. A que resulta más difícil engañarlo a uno: ha visto y oído ya mucho, ha prestado atención, y quizá la variedad humana (o española), pese a su fama de infinita, en realidad no da mucho de sí. No hay duda de que hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos, son preexistentes a la fecha de nuestro nacimiento. Y uno tarda en aprendérselos, estamos todos condenados a una larga fase de ingenuidad, de ser pardillos. Pero, una vez dejada atrás, resulta descorazonador y decepcionante ver cómo vuelve todo lo antiguo una y otra vez, como si la capacidad de inventiva se agotara pronto. En menos de lo que dura una vida, que ya es decir, porque la vida siempre es corta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de julio de 2015

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

‘Mientras ellas duermen’, la película

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El japonés Takeshi Kitano encarnará a un personaje de Javier Marías
El País, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagoniza una película basada en un relato de Javier Marías
Europa Press, 21 de julio de 2015

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Wayne Wang, Takeshi Kitano wrap ‘While The Women Are Sleeping’
JEAN NOH
Screen International,  july 13, 2015

Takeshi Kitano Stars as Pervert in Wayne Wang’s ‘While The Women Are Sleeping’
MARK SCHILLING
Variety, July 12, 2015

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Wayne Wang adapta a Javier Marías
Hoyesarte.com, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagonizará un relato de Javier Marías
Fotogramas, 22 de julio de 2015

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LA ZONA FANTASMA. 19 de julio de 2015. ‘Si todo, todo’

En su libro El científico rebelde, en el capítulo “Generales”, el anciano físico y matemático inglés Freeman Dyson señala que el antiguo “carácter limitado del armamento” hacía que los objetivos militares fueran a su vez limitados, lo cual posibilitó que “el ejercicio del poder marítimo británico en el siglo XIX fuera peculiarmente benigno”. Cita a Robert Louis Stevenson, quien expresó en pocas palabras la filosofía que había permitido a Inglaterra adquirir un imperio sin perder el sentido de la proporción: “Casi todos los ciudadanos de nuestro país, salvo los humanitaristas y unas pocas personas que en su juventud han estado presionadas por un entorno excepcionalmente estético, pueden comprender a un almirante o a un boxeador profesional y simpatizar con él”. Y añade Dyson: “Este es el límite que la búsqueda de la gloria militar nunca debería sobrepasar. Un general o un almirante no han de recibir por sus éxitos ni más ni menos honores que un púgil triunfador”.

Todo eso, la limitación, la proporción, la falta de deseo y la imposibilidad de aniquilar a un país entero, ni siquiera a su ejército; la conformidad con las victorias parciales y suficientes, la creencia de que no se debe ni puede borrar del mapa a las poblaciones, de que no es conveniente dejar a una nación ni a una facción postradas indefinidamente, ni humillarlas hasta lo insoportable, se fue al traste con la Segunda Guerra Mundial, cuando el británico Sir Hugh Trenchard impuso su criterio de bombardeos aéreos indiscriminados, secundados al instante por los estadounidenses. “Una estrategia de bombardeos estratégicos garantiza que la guerra será total”, dice Dyson. Los generales se vieron poseídos por el culto a la destrucción que podían lograr con ellos, “y desde entonces, como resultado de sus actividades, nosotros mismos no hemos dejado de vivir bajo la amenaza de esa destrucción”.

Lo cierto es que esta ya no nueva mentalidad ha invadido casi todas las esferas. El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias ni fisuras ni reparos ni objeciones. Pero ese es también el sueño ideal de los partidos democráticos, que en el fondo aspiran a ganar por la mayor diferencia imaginable en las urnas, a ser posible por unanimidad. Si un sistema nos permite alcanzar en la teoría el 100% de los votos, ¿por qué no procurar obtenerlos para así gobernar sin trabas? Y lo mismo que ocurrió con los generales está sucediendo hoy con la tecnología y los servicios secretos. La capacidad de controlar y vigilar se ha hecho ya monstruosa; no digo “total” ni “omnipotente” porque todavía nos falta ver qué más se inventa en ese campo. Hace unas semanas apareció la noticia –una columnita lateral de este diario– de que tras la aprobación de la nueva ley francesa de servicios secretos, éstos podrán rastrear masivamente datos telefónicos y cibernéticos sin control judicial.

Las operadoras de telecomunicaciones, los buscadores y las redes sociales deberán instalar una especie de cajas negras para detectar cualquier conducta sospechosa. Los agentes franceses, a los que la ley no amparaba en muchas de sus prácticas, podrán ahora, a través de los sistemas Imsi Catcher, captar y registrar los datos de teléfonos y ordenadores de sospechosos y de cuantos estén a su alrededor. También utilizar micrófonos ocultos en lugares privados o balizas para seguir automóviles. Y entrar en domicilios particulares si lo consideran necesario, es decir, a su arbitrio. En sitios como Abu Dabi, Dubai, Qatar y similares, es ya perfectamente factible saber los movimientos de alguien desde que sale de su casa por la mañana hasta que regresa al atardecer, mediante las cámaras instaladas en las calles y establecimientos. También resulta que algunos de los aparatos llamados “inteligentes”, desde televisores hasta tabletas y smartphones, pueden llevar microcámaras incorporadas, por lo que ya nadie nos asegura que no estemos siendo espiados incluso en nuestros salones y alcobas, probablemente sin tener ni idea, sin duda sin nuestro consentimiento.

En Dinamarca y otros países se estudia abolir el dinero en efectivo y, so pretexto de luchar contra el fraude y el “negro”, obligar a todo el mundo a pagar cualquier servicio o chuchería con tarjeta o móvil, de manera que el Estado tenga conocimiento de en qué empleamos nuestros míseros céntimos. La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos. Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna. Sepamos hasta el último detalle de los pasos de cualquiera, sus compras, sus gustos, sus amistades, sus amoríos, sus prácticas sexuales, si se masturba o no en casa, qué escribe, qué conversaciones tiene, qué ve, qué escucha, qué lee, a qué juega, su historial médico, cómo vive y cómo muere. Pocos protestan por esta invasión y apropiación absolutas de la intimidad. Hace sólo un par de generaciones, el 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno. La versión real de eso, sólo que multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas. No sólo no se rebelan, sino que colaboran. Veremos cuánto les dura ese parecer. Claro que, si un día lo cambian, será ya demasiado tarde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de julio de 2015

 

LA ZONA FANTASMA. 12 de julio de 2015. ‘Pasatiempo 601’

escanear0001Desde que empecé esta columna de El País Semanal, hace más de doce años, pongo en el margen izquierdo de la primera página (sigo utilizando papel) ZF y el número correspondiente. Las iniciales son las del arbitrario nombre de la sección, que por pereza no he cambiado en todo este tiempo, y que era un homenaje al título mexicano de la serie de los años sesenta The Twilight Zone, de Rod Serling, y que en España creo que se llamó La dimensión desconocida: entonces no había televisión en mi casa y me conformaba con “leer” algunos episodios en los tebeos que publicaba la mítica Editorial Novaro, de México, que también sacaba Superman, Batman, La pequeña Lulú y centenares más. La semana pasada lo que escribí en ese margen fue ZF 600, y desde entonces esa cifra me ronda la cabeza, con una mezcla de estupor y preocupación. La cercanía de agosto, además, el mes en que me tomo un respiro de estas colaboraciones, supone otro motivo no tanto para hacer balance cuanto para preguntarme qué diablos estoy haciendo y por qué, todos los domingos desde 2003. De mis compañeros, creo que soy el único, desde la marcha de Maruja Torres, cuya columna no es quincenal, o así ha sido al menos hasta hace muy poco. Y, aunque ustedes no tienen por qué saberlo o recordarlo, antes de que EPS me brindara generosamente esta página, me había pasado ocho años más con artículos dominicales en otro lugar, del que me fui cuando se me censuró uno.

Cuatro lustros opinando son sin duda demasiados. Y doce años también, para los lectores de este suplemento y probablemente para mí. La respuesta de aquéllos –es decir, de ustedes– no ha podido ser más amable ni más paciente. No tengo sino agradecimiento para cuantos se dirigen a la sección de Cartas, y eso incluye a quienes lo hacen para expresar su desacuerdo o criticar lo que he dicho: su mera reacción significa que se han tomado la molestia de leer el artículo y que no los ha dejado indiferentes, lo peor que le puede ocurrir a cualquiera que escriba, tanto da el género. Siento particular lástima por los autores –hay no pocos en España– que van de provocadores o transgresores … y pasan inadvertidos, me parece uno de los destinos más tristes imaginables. Así que me considero afortunado y doy las gracias a cuantos no se saltan sin más esta última página, sino que se detienen en ella, aunque luego sea para indignarse. También la indignación merece gratitud.

Ahora bien, al ver ese número 600 no he podido por menos de preguntarme, como deben de hacer también de vez en cuando los demás columnistas, qué es lo que uno pretende, aparte –claro está– de ganarse un sueldo. ¿Influir? Habría que ser muy ingenuo para creer que dos folios y medio, aunque se reiteren cada domingo, estén facultados para cambiar nada ni a nadie. Bueno, uno piensa, en días optimistas, que a algunos lectores sueltos se les puede ofrecer una perspectiva o una argumentación que no se les había ocurrido antes, y que acaso las adopten momentáneamente y duden de sus posturas previas sobre determinada cuestión. En quienes tienen verdadero poder para cambiar las cosas –los políticos–, uno está seguro de que en modo alguno va a influir, porque los actuales, sean de los partidos “nuevos” o “antiguos”, tienen precisamente a gala no escuchar las críticas, no atender a consejos ni a razonamientos, o sólo de los aduladores que los van a reafirmar en sus actitudes y decisiones. Una de las frases favoritas de todos ellos es: “Nadie tiene que darme lecciones de …”, y complétenla con lo que les parezca, honradez, democracia, transparencia, lealtad, veracidad, dignidad, esto es, todas aquellas virtudes de las que la mayoría carece. La otra frase preferida y brutal –esta compartida por el grueso de la sociedad– es: “No tengo nada de lo que arrepentirme”, cuando lo normal para mí –y creo que para el conjunto de las personas– es arrepentirse de algo cada semana, o incluso a diario.

¿Entonces? ¿Consolar un poco, reconfortar? Algo, tal vez. Hay lectores que celebran ver en letra impresa una opinión que “nadie se atreve a expresar” o que ellos compartían en silencio. Más de uno me ha confesado que al descubrir la afinidad ha concluido, con alivio, que no estaba loco, en vez de incorporarme a mí a su club de bichos raros o sin sesera. Sea como sea, al cabo de 600 piezas en el mismo espacio, uno tiene la sensación de haber opinado sobre lo habido y por haber, y de haberse repetido mucho. Para lo último valga como disculpa que la realidad se repite todavía más, y las sandeces no digamos, poseen la perseverancia como característica principal. A veces hay que salir al paso de lo que ya creyó uno atajar con argumentos, años atrás. Mi padre, que también escribió mucho en prensa, solía asegurar que en España hay que decir las cosas por lo menos tres veces: la primera para avisar, la segunda para discutir y la tercera para convencer. A unos pocos, añadiría yo (él era un optimista irredento), por lo general sin ningún poder decisorio. ¿Qué nos queda, así pues? ¿Entretener? Seamos modestos y aceptémoslo: a fin de cuentas es una muy digna tarea que no daña a nadie. Y aunque hay algunos a los que uno quisiera hacer rabiar de vez en cuando, conformémonos y pongamos 601 a este pasatiempo dominical.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de julio de 2015. ‘Un prestigio infundado y dañino’

Gran parte de los ciudadanos aplaudió a los “indignados” de 2011, que acamparon en Sol en Madrid y en plazas de otros lugares. Muchos sinceramente, muchos por oportunismo y por “no quedarse atrás”. Entre estos últimos causó rubor ver a bregados políticos y a veteranos intelectuales arrimarse para salir en las fotos, el viejo truco de intentar ponerse delante de una avalancha que ya está en marcha. Claro que había motivos –y los hay– para indignarse; claro que no les faltaba razón a los manifestantes, asambleísmos y arcaísmos y puerilidades aparte. Pero lo que se aplaudió más todavía fue el término, “indignados”, hasta el punto de haber alcanzado un extraño prestigio en nuestra sociedad y de haberse convertido en un estado de ánimo en el que hay que vivir instalado. Hoy parece que el que no se indigna continuamente por algo –lleve o no razón, tenga o no importancia– sea un acomodaticio, un domesticado, un dócil, un sumiso y un tonto.

La reacción inmediata de demasiados españoles es poner el grito en el cielo por cualquier zarandaja. Da la impresión de que se asomen a las pantallas y a los diarios para encontrar motivos de cabreo descomunal, de furia. Y quien está predispuesto a eso los hallará siempre, o se los inventará en caso contrario. Poco hay que inventarse en política, con el Gobierno que padecemos. Poco ante los innumerables casos de corrupción descubiertos, y los que nos faltan. Poco ante la situación económica de las clases medias y bajas, a las que la “recuperación lograda” que proclaman Rajoy y sus huestes les debe sonar a tomadura de pelo y a recochineo. Poco hay que inventarse, asimismo, ante la galopante decepción de los “nuevos partidos”, que tal vez sean más honrados que los “viejos” –a la fuerza ahorcan–, pero cuyos dirigentes se muestran por el estilo de vainas, aunque en otra gama. De momento abrazan cuantas peregrinas ideas flotan por el globo, siempre que sean “ecológicas” o tópica y vulgarmente “correctas”, es decir, demagógicas y prohibidoras. Por no mencionar la vileza tuitera de cuatro ediles –cuatro– de Carmena en Madrid. Si esa es la “gente decente”, según una juez, este país está encanallado.

Hace poco hablé de los linchamientos masivos de las redes sociales, extrañado de que el comentario o la foto imbéciles de un cualquiera provocaran aludes de improperios, con consecuencias desproporcionadas para los metepatas. Quizá no es tan extraño, a la luz de ese absurdo y nocivo “prestigio” de la indignación. Hay que vivir airado, parece ser la consigna. Hay que saltar a la mínima y descargar nuestra cólera, no pasarle una a nadie. Y lo grave es que, poco a poco, ese estado de ánimo permanentemente erizado y adusto, agresivo, se adueña de todos los ámbitos. Algunos medios de comunicación azuzan sin cesar las llamas. La fábrica de manipulación que hoy es TVE anunció como cosa tremenda lo que había dicho el futbolista Piqué durante las celebraciones del Barça por sus triunfos. Sus locutores hubieron de explicarlo con minucia, porque para el común de los espectadores la frase de Piqué era incomprensible, se había limitado a dar las gracias a un cantante desconocido. Por lo visto encerraba una muy velada burla –más bien críptica– al Real Madrid, lo cual motivó que en el siguiente partido que jugó, con la selección, Piqué fuera pitado por los propios hinchas cada vez que intervenía. De lo cual se hicieron eco, falsamente escandalizados, los mismos locutores de TVE que habían prendido la cerilla para provocar el incendio. Así sucede con todo. Sin salirnos del terreno venial del fútbol, el “prestigio” de indignarse con Casillas, hecho dogma por los forofos del ­Madrid más cerriles, sandios, pendencieros y desagradecidos (es decir, más mourinhistas), ha dado como resultado la casi segura, anticipada y fea marcha del jugador más admirable que ha tenido ese club en muchos años. La cuestión es enfurecerse. Con quién, da lo mismo.

Me parece peligroso el estado de irritabilidad continua. Lleva a no distinguir qué merece nuestra indignación de veras y qué sólo nuestra desaprobación, o nuestro desprecio. Una población irascible y con malas pulgas está condenada al descontento, con el mundo entero y consigo misma. También lo está a confundirse y a no discernir, a dar importancia a lo que no la tiene y a restársela a lo que sí, ocasionalmente, aunque hoy se conceda a todo trascendencia desmesurada. Está condenada a ser injusta, a cargarse lo valioso y a defenestrar a sus conciudadanos mejores. Basta con que uno de éstos haga o diga algo que esa población no quiere ver u oír, basta con que ponga en tela de juicio sus convicciones (casi siempre pasajeras, casi siempre impuestas por “los tiempos que corren”), para que la persona notable o perspicaz “indigne” a los encolerizables y también caiga en desgracia. La gente indignada o predispuesta a estarlo es la que menos escucha y razona, y la más manipulable, y acaba por ser sólo intolerante. Sin duda va siendo hora de que se rebaje el “prestigio” de esa actitud más bien pétrea. Un prestigio infundado y dañino donde los haya. Además de idiota, dicho sea de paso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 28 de junio de 2015. ‘Tiranía de los pusilánimes’

Hace unas semanas, al hablar de los “linchamientos masivos” en las redes sociales, mencioné de pasada la pusilanimidad como uno de los mayores peligros de nuestro tiempo. La cosa viene ya de lejos, pero al parecer va en aumento, hasta el punto de que nos vamos deslizando insensiblemente, al menos en ciertos ámbitos, a lo que podría llamarse “tiranía de los pusilánimes”. El fenómeno original es conocido: en contra de la tendencia de la humanidad a lo largo de siglos y siglos, que consistía en educar a los niños con la seguridad de que un día serían adultos y tendrían que incorporarse a la sociedad plenamente, en las últimas décadas no sólo se ha abandonado ese objetivo y esa visión de futuro, sino que se ha procurado infantilizar a todo el mundo, incluidos ancianos; o, si se prefiere, prolongar la niñez de los individuos indefinidamente y convertirlos así en menores de edad permanentes.

El giro ha contado con escasa oposición porque resulta muy cómodo creer que se carece enteramente de responsabilidad y de culpa: que son la sociedad, o el Estado, o la familia, o los traumas y frustraciones padecidos en los primeros años, o el sadismo de los compañeros de colegio, o las condiciones económicas, o la raza, o el sexo, o la religión, los causantes de que seamos como somos y de nuestras acciones. Y no digamos los genes: “No lo puedo remediar, está en mis genes”, empieza a ser una excusa para cualquier tropelía. Debería bastar con echar un vistazo a los hermanos de un criminal, por ejemplo, y ver que ellos, pese a compartir con él raza, condición social, abusivos padres o incluso genes, no han optado por robar, violar o asesinar a otros. Pero no es así. Nuestra época no hace sino incrementar la infinita lista de motivos exculpatorios. La infancia es cómoda y nos exime de obligaciones. Bienvenida sea, hasta el último día.

Pero no es sólo esto. En el artículo “La nueva cruzada universitaria”, de David Brooks (El País, 3-6-15), se nos cuenta hasta dónde ha llegado la situación en muchos campus estadounidenses. Brooks se muestra comprensivo y moderado, y al hablar de las nuevas generaciones admite: “Pretenden controlar las normas sociales para que deje de haber permisividad ante los comentarios hirientes y el apoyo tácito al fanatismo. En cierto sentido, por supuesto, tienen razón”.

El problema estriba en que, continúa, “la autoridad suprema no emana de ninguna verdad difícil de entender. Emana de los sentimientos personales de cada individuo. En cuanto una persona percibe que algo le ha causado dolor, o que no están de acuerdo con ella, o se siente ‘insegura’, se ha cometido una infracción”. (Las cursivas son mías.) Y cita el caso de una estudiante de Brown que abandonó un debate en la Universidad y se resguardó en una habitación aislada porque “se sentía bombardeada por una avalancha de puntos de vista que iban verdaderamente en contra” de sus firmes y adoradas convicciones.

Estamos criando personas, salvando las distancias, no muy distintas de los fanáticos de Daesh o de los talibanes. Si se erige la subjetividad de cada cual en baremo de lo que está bien o mal, de lo que es tolerable o intolerable, no les quepa duda de que dentro de poco todo estará mal y nada será tolerable, empezando por el mero intercambio de opiniones, porque siempre alguien “delicado” se dará por ofendido. Si se pone la “percepción” de cada cual como límite, estamos entregando la vara de mando a los pusilánimes (y el mundo está plagado de ellos, o de los que se lo fingen): a los que se escandalizan por cualquier motivo, a los que quieren suprimir las tentaciones, a los que encuentran “hiriente” toda discrepancia, a los que ven “agresión” en una mirada o en una ironía, a los que les “duele” que no se esté de acuerdo con ellos o se sienten “inseguros” ante la menor objeción o reparo.

Parece estarse olvidando que vivimos en colectividad; que las ideas de unos chocan con las de otros o las refutan; que existe la posibilidad de escuchar, de persuadir y ser persuadido, de atender a otra postura y acaso ser convencido. Del artículo de Brooks se deduce que, justamente en las Universidades –el lugar del debate y el contraste de pareceres, en la edad en que aún está todo indeciso– se considera que cada alumno es alguien cuyas convicciones, por lo general pueriles y heredadas, son ya inamovibles, intocables y sagradas. Hasta la variedad está mal vista. Añade Brooks de esos universitarios: “A veces mezclan las ideas con los actos, y consideran que las ideas controvertidas son formas de violencia”. Que muchos jóvenes sobreprotegidos estén incapacitados para razonar y piensen semejante ramplonería no anuncia nada bueno para el futuro (y no hay mayor contagio que el que viene de América). Es más, lo que anuncia es algo que conocemos bien en el pasado: la piel demasiado fina como pretexto para eliminar lo que no nos gusta; la persecución del pensamiento que contraviene nuestras creencias; la prohibición de lo que nos inquieta o fastidia; la imposición del silencio. De manera un tanto simple, sin duda, eso se viene resumiendo en una o dos o tres palabras: fanatismo, totalitarismo, fascismo. Elijan o busquen otra, da lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de junio de 2015

Reseñas blogueras de ‘Así empieza lo malo’

AELM libro

Blisstopic.com
Reseña de MARC GARCÍA
2014

De verdad TV.es
Reseña de JUANJO ALBACETE
19 de agosto de 2014

Cajón de historias.com
Reseña de ISMAEL CRUCETA
16 de marzo de 2015

El placer de la lectura.com
Reseña de RAFAEL MARTÍN
Octubre de 2014

Entre montones de libros.blogspot.com
2 de octubre de 2014

Encuentros de lecturas.blogspot.com
Reseña de SANTOS DOMÍNGUEZ
Octubre de 2014

AELM C de L
Retrato robot del lector español
WINSTON MANRIQUE SABOGAL
El País, 26 de junio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 21 de junio de 2015. “Cara de pasajeros del ‘Titanic'”

Es bien sabido que a las personas les cuesta indeciblemente prever y adelantarse a los acontecimientos, incluso a los inminentes. Baste recordar como ejemplo popular, tantas veces recreado por el cine, la incredulidad de los pasajeros más acomodados del Titanic, que, cuando el barco se iba ya a pique, se negaban a admitir que eso estuviera pasando, tan interiorizada tenían la idea de que una catástrofe así era “imposible”, y aún más que les ocurriera a ellos. Es comprensible que la mayoría de la gente, de hecho, no quiera ponerse nunca en lo peor, y que, mientras le va bien, no le apetezca amargarse con medidas precautorias; que crea o ansíe creer que los estados favorables durarán siempre y se entregue a la euforia, como si el mañana no existiera o no tuviera posibilidades de volverse en su contra. Sí, es comprensible y todos incurrimos a veces en el optimismo sin freno, o en el carpe diem (pero en este último caso al menos sabemos que se trata de coger el día, ni siquiera en plural, y que con el nuevo amanecer todo puede haberse acabado: hay conciencia de la fugacidad de la suerte).

Lo que ya no resulta comprensible es que habiten en semejante inconsciencia quienes se pasan la vida con el ojo puesto en el futuro, los políticos. Ellos o sus consejeros no cesan de hacer estimaciones y cálculos, y, en la teoría, cuando los demás mortales chapoteamos en 2011, ellos ya están instalados en 2015, y así sucesivamente. No resulta ser así en la práctica, sin embargo, no desde luego en este país nuestro. La estupefacción dibujada en los rostros de muchos dirigentes del PP tras las elecciones municipales y autonómicas ha sido en verdad antológica. El Gobierno de su partido se ha pasado tres años y medio, desde las generales de 2011, actuando como si la mayoría absoluta obtenida entonces estuviera destinada a ser eterna. Como ya se le advirtió desde muchas páginas –también desde esta–, si algo no puede hacerse en un Estado democrático es gobernar contra los ciudadanos sin pausa. El descontento entre éstos ha sido masivo, explícito y ruidoso: los médicos y enfermeros, los profesores y alumnos, los rectores de Universidad, los jueces y abogados, los funcionarios, las clases medias y bajas, las pequeñas y medianas empresas, los comerciantes, los desempleados, los “dependientes”, los jóvenes que han debido emigrar, los científicos e investigadores, las bibliotecas sin presupuesto, los músicos, cineastas, actores y escritores, todos ellos se han visto tratados con desprecio y daño, sus protestas desatendidas y hasta “criminalizadas” por esos dirigentes. Ninguno de esos colectivos es “de izquierdas”, ni menos aún “antisistema”. Son tan sólo la sociedad, de la cual se ha hecho caso omiso y a la que se ha desdeñado. Llegan unas elecciones –ni siquiera generales– y el PP se queda perplejo ante la pérdida de dos millones y medio de votos y del poder en ciudades y regiones que creía adeptas para siempre. No cabe imaginar políticos peores, aquellos que no cuentan con el futuro y no perciben el hartazgo de la gente, o que sí lo perciben pero le restan toda importancia. Hasta que truena, claro.

La fuerza de persuasión del presente es descomunal, sin duda. El que triunfa se olvida pronto de las penurias pasadas antes de alcanzar la celebridad o el éxito, y tiende a creer que siempre fue un ídolo. Por el mismo mecanismo, también se convence de que nunca dejará de serlo; de que, una vez llegada la culminación, ésta es irreversible. Nadie en una situación privilegiada está dispuesto a recordar los millares de ejemplos que nos brinda la historia: de personajes que, tras conocer la gloria, cayeron en la miseria y en el olvido o la abominación, y tuvieron tiempo de asistir a ello, a su caída en desgracia. El PP ya lo vivió hace no mucho, en 2004. Tanto da: de nuevo creyó que lo de 2011 era imperecedero, y se permitió comportarse despóticamente. Lo peor es que esta falta de previsión y esta megalomanía no son exclusivas de ese partido. Quienes ahora se ven aupados y favorecidos (sin verdadera base, sino en una suerte de carambola o espejismo), como el PSOE o Podemos (un Podemos híbrido y enmascarado), adoptan ya modos arrogantes e inflados. Es llamativo el engreimiento con que Ada Colau anuncia propósitos y desafíos, cuando hoy (el día en que escribo) aún no es seguro que vaya a ser alcaldesa de Barcelona. Bordea lo patético que Pedro Sánchez saque pecho, cuando su partido, hundido en 2011, ha perdido aún más votos. Es alarmante que Pablo Iglesias recuerde cada vez más, en soberbia, en tono autoritario, al Aznar más crecido; también en el infinito desprecio por sus rivales. Como el PP en 2011, parecen todos convencidos de que no hay vuelta de hoja; de que la ola que los eleva (moderadísimamente, por ahora) no va a descender ni a quebrarse; de que de aquí a seis meses serán ellos quienes manden, deroguen leyes e implanten otras, hagan reformas, suban impuestos, dicten arbitrariedades y “sepan” lo que conviene a la sociedad preconcebida por ellos. En verdad es un misterio, por qué a casi todos los políticos, del signo que sean, se les pone en seguida –en cuanto sopla a su favor una leve brisa– cara de pasajeros del Titanic al embarcar: faltaría más, de primera clase.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de junio de 2015