El abismo entre novedad literaria y calidad

marias_apa726

¿De verdad no hay nada nuevo en el universo literario?

[…]

J. A. Masoliver Ródenas, escritor y crítico del suplemento Culturas, de La Vanguardia, es de la opinión de que “para ser buen escritor no hace falta ser un renovador radical. Lo que importa es la dinámica cultural. Y yo con escritores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas y otros estoy más que contento. Y con los escritores de la generación de Robert Coover en Estados Unidos, o con la floreciente narrativa francesa. Bloom es un gran sabio pero, como el españolito de Machado, ‘desprecia cuanto ignora”.

[…]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL/CARLES GELI

El País, 10 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 7 de diciembre de 2014. ‘El Terror de los Austrias’

Hará once meses, en una columna titulada Noches armadas de Reyes, conté que Arturo Pérez-Reverte había adoptado la costumbre de regalarme cada Navidad un arma. Ya expliqué entonces, para que los numerosos pazguatos no se escandalizaran, que se trata de perfectas réplicas y que las pistolas no disparan. (Los cuchillos ya son otra historia y he preferido no someterlos a prueba, no vaya a sajarme un dedo jugando.) Y enumeré la colección atesorada: el bonito casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Isandlwana, en el paso de Jaybar y en otros lugares exóticos, y con el cual en la cabeza me había pillado una periodista extranjera que no pudo evitar preguntarme con sorna: “¿Qué tal se le ha dado hoy la caza del tigre?” Tener en casa tan favorecedores tocados lo invita a uno a encasquetárselos de vez en cuando; luego se pone a sus asuntos –por ejemplo, escribir un artículo– y se olvida de lo que lleva encima, un desastre. La bayoneta de Kalashnikov, el puñal Fairbairn-Sykes, el de marine americano. Y las armas de fuego: un Colt de 1873, una Webley & Scott de 1915 y, en la Navidad pasada, una Luger de 1908 que Arturo me entregó en la Real Academia Española y con la que aterrorizamos a los miembros más rígidos (recuerdo que uno, espantado –ve conspiraciones por doquier, por las muchas malévolas en que participa–, corrió a esconderse bajo su propio sillón de la Sala de Plenos; no sé si pensó que íbamos derechos por él o si nos confundió con anarquistas de principios de siglo, como salidos de una novela de Conrad).

Sin duda para evitarles más alarmas a nuestros colegas, la mayoría gente recia y duradera pero en edad a la que sientan regular los sustos, me llamó el Capitán una tarde, mientras yo estudiaba a Sherlock Holmes, como relaté hace un par de domingos. “¿Vas a estar en casa?”, me preguntó. “Es que tengo algo voluminoso que darte, y no es cuestión de cargar hasta la Academia con ello. Si estás ahí te lo acerco. Ando por tu zona, por los Austrias”. No pensaba moverme, ya que estaba resolviendo un caso, concretamente el del asesinato del propio Holmes a manos de su creador, Conan Doyle. Así que al cabo de diez minutos le abrí la puerta. Le brillaban los ojos como si trajera un tesoro o acabara de hacer un descubrimiento científico, y al hombro cargaba, en efecto, algo alargado y no ligero. Como yo estaba imbuido de Holmes, especulé antes de que abriera la zarrapastrosa bolsa de plástico que envolvía el objeto (probablemente de contrabando). Para entonces ya había comprendido que, pese a mi columna de hacía un año, y a que le había rogado que pusiera término a su escalada armamentística (la colección me estaba haciendo quedar como un belicista sanguinario ante quienes visitan mi piso), no se resistía a seguir armándome, justamente en las fechas en que todo el mundo (aunque de boquilla) se desea paz y buena voluntad y estrellas y bienaventuranza. Temí que se tratara de una bazuca o un mortero. Pero no, con un ademán experto lo que extrajo de la bolsa fue una metralleta Sten que montó en un periquete y que me alargó muy ufano: “Qué, qué te parece. Una Sten, ya sabes, la que utilizaban los comandos aliados en la Segunda Guerra Mundial, la que lanzaban desde el aire a los resistentes y partisanos para combatir a los nazis, la que se encasquilló en el atentado a Heydrich”. “Estás loco”, le dije, pero la verdad es que en seguida le pedí que me enseñara su funcionamiento. Y al poco me regañaba: “La coges mal. Como eres zurdo …” A mí me pareció, por el contrario, que era un arma ideada para zurdos, pues el abultado cargador queda a la izquierda y para un diestro ha de resultar un estorbo. Luego se largó, tan satisfecho como había venido: “Cuéntaselo a Tano, se morirá de envidia y sabrá manejarla. Préstasela”.

En los siguientes días, al bailotear con la Sten en los brazos, vi sobresalto en los ojos de Aurora, que viene a trabajar a casa tres mañanas por semana. No le debe de hacer gracia la escalada. No sé si por temor o por guasa, se despidió llamándome “mi comandante”. Cuando subió Mercedes, que trabaja conmigo otras tres mañanas y que, por una serie de azares, sabe muchísimo ahora de armas, me espetó al ver la pieza: “¿Qué haces con un subfusil desmontable? O no, es más bien pistola ametralladora”, precisó con pedantería. Y a continuación me miró con preocupación profunda: “¿Qué va a ser lo próximo? ¿Un cañón? Te veo por muy mal camino”. Poco después vino a visitarme Carme, que ya me había tildado de Pancho Villa un año antes. “¿Qué, qué vas a tomar al asalto?”, me dijo aguantándose la risa. “¿Los cielos, como esos, o simplemente La Moncloa? ¿O vas a entrenarte primero con El Riojano?” (Pastelería en la que, por cierto, son muy amables conmigo.) Al día siguiente vino un periodista alemán muy competente y simpático, Paul Ingendaay, y nada más ver la Sten alzó los brazos y exclamó: “Me rindo, y me acojo inmediatamente a la Convención de Ginebra”.

Así que ya ven: Arturo sigue empeñado en propiciar mi descrédito ante los que me rodean. No sé si me estoy convirtiendo en su terror o en su hazmerreír. Lo único que me consuela es imaginar cómo deben de ver al Capitán Alatriste sus allegados; porque si yo, sin querer, poseo ya el arsenal mencionado, no quiero ni imaginar cómo tendrá él su casa. Seguro que de los techos cuelgan aviones Messerschmitt y Lancaster, como en el Imperial War Museum de Londres, y que la piscina se la ocupan U-Boote, es decir, submarinos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de diciembre de 2014

El español Javier Marías encanta con su nueva novela

AEM Anuncio cortoLo malo de esta novela no es que empiece, sino que se termine; uno no quisiera salir de ella nunca, es verdaderamente hipnótica. Después de Los enamoramientos (con la que nos enamoró aún más de su narrativa), en Así empieza lo malo, esta nueva, extensa y exquisita novela, volvemos a encontrar a un Marías descomunal y en su cúspide.

Su prosa es impecable, no se lee, sino que se paladea; su humor, agudo, negro y fino, acecha en cada página; la mordacidad con que acomete la psicología y la sexualidad de sus personajes es arrolladora. Hasta pesar inspira Muriel, uno de esos fachos aristocráticos que, muertos Franco y el franquismo, supieron acomodarse y pasar agachados para que nadie les ajustara cuentas. Le encomienda a su joven amigo, de Vere, la misión de espiar a su amiguete de toda la vida, el solapado Doctor Van Vechten, sin sospechar siquiera que este tiene trato más que íntimo con la misma señora de Muriel.

La forma como Marías narra esos encuentros flaubertianos y el efecto sicológico que tienen en el narrador espía pagan la lectura de la novela:

“Me entró pudor, pese a sentirme bastante a cubierto detrás del árbol, me asomaba lo justo, media pupila de nuevo. Ya no era que me diera apuro ser visto, sino que me creaban mala conciencia tanto espionaje y estar viendo lo que veía ahora (…). Sí, sentí vergüenza pero miré y miré el rostro a través de la ventana, casi aplastado contra ella en algún momento –algo de vaho–, a veces es difícil distinguir a qué responde la expresión de una mujer…”.

Marías, más filosófico que nunca, retoma sus temáticas favoritas, esas en las que en su tratamiento ningún novelista de habla hispana lo supera: el engaño (“Vivir en el engaño es fácil y es nuestra condición natural”), el matrimonio (fracasado), la hipocresía religiosa, la gazmoñería burguesa, los sentimientos contradictorios (en realidad es un profundo conocedor o explorador de las emociones y de las pasiones, sobre todo las bajas); las referencias a Shakespeare, que no faltan, y menos cuando el protagonista lleva el apellido del noble al que los ingleses le quieren endilgar la autoría de las obras del Cisne del Avon; el cine, sobre todo el de antes, y, por los laditos, las secuelas del franquismo, pues recuerda el pacto social al que se acogieron víctimas y victimarios con tal de vivir en paz: si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez. El precio es asumible, porque al fin y al cabo tendremos a cambio, si no el país que quisimos tener, uno que se le parecerá.

Cualquiera pensaría que Marías estaría dando un consejo a propósito del actual proceso de paz en Colombia, pero no. Se trata simplemente de la voz de un personaje de una novela que lo que tiene de malo es que al cabo de más de 500 páginas se termina.

JORGE IVÁN PARRA

Tiempo (Colombia), 5 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 30 de noviembre de 2014. ‘Mira lo que hago’

El País

El País

No por sabida la situación, impresionaba menos la fotografía que ilustraba el reportaje de Guillermo Altares del 10 de octubre en este diario: una patulea de sujetos ante La Gioconda, en el Museo del Louvre. El batiburrillo es tal que cuesta individualizarlos y contarlos, pero creo que son unos treinta (más no captaba el objetivo, pero seguro que más había), de los cuales sólo tres se puede asegurar que estén mirando –intentando mirar, mejor dicho– el pequeño cuadro. Mirándolo de veras. El resto está dedicado a hacerle estúpidas fotos con sus estúpidos móviles. Aún habría sido posible una imagen más escalofriante o deprimente, por lo que relataba el reportaje: la de una patulea equivalente dándole la espalda al famoso retrato (no muy atractivo, según mi criterio) para hacerse un selfie en el que se viera a cada visitante con la pintura al fondo, como adorno.Las últimas veces que estuve en esa sala, hace ya años, el panorama era desolador, pero no tanto. La gente se agolpaba ante La Gioconda –no recuerdo si se permitía fotografiarla entonces–, mientras desdeñaba uno o dos cuadros más de Leonardo da Vinci que se hallaban allí mismo, no digamos las maravillas de otros maestros repartidas por el museo. Pero al menos la marabunta no daba la espalda al objeto de veneración superficial, es decir, la “obra maestra” no había pasado a ser un mero escenario, un mero decorado de lo verdaderamente importante: uno mismo.

Es innegable que una de las causas de la imbecilización del mundo es la publicidad; que la humanidad lleve décadas sometida a ella –a un perpetuo bombardeo de ella– ha traído sus consecuencias. Mucha gente quiere ser cada vez más como la gente de ficción (y cretina) de la mayoría de los anuncios televisivos, y éstos han popularizado dos slogans particularmente nefastos: “Yo estuve allí” y “Este es un acontecimiento histórico e irrepetible”. Se considera “acontecimiento histórico” cualquier chorrada; desde la entrada de una tonadillera en la cárcel hasta la primera vez que Messi sale al campo disfrazado de senyera. Y sí, claro, todo es “histórico e irrepetible”, también este trivial momento en que yo escribo este artículo, pero a quién diablos le importa tamaña insignificancia. A cada individuo que presuma de “haber estado allí”, sea “allí” el Camp Nou con Messi vestido de bandera o la caída del Muro de Berlín en su día, habría que contestarle con crueldad merecida: “¿Y? ¿Tuvo usted alguna influencia? ¿Habría dejado de suceder la cosa si se hubiera ausentado? ¿Es usted mejor por haber formado parte de una masa? ¿No sabe que por televisión millones han visto lo mismo y podrían afirmar haber estado también allí, aunque no fuera cierto, y contarlo probablemente con más detalle?” Supongo que para combatir esta última pregunta están los selfies: “He aquí la prueba, véanme con La Gioconda como ornamento, o con el Adán de Miguel Ángel y su dedo”. Pero claro, resulta que la Capilla Sixtina recibe actualmente 22.000 turistas diarios, y nunca hay menos de 2.000 personas allí congregadas, una permanente muchedumbre. ¿Qué más da que esté usted ahí, sin mirar los frescos, si su supuesta “unicidad” la comparten millares a diario?

Todo es raro y contradictorio hoy en día. Demasiada gente ingenua se ha convencido de que cosa que cuelga en las redes (Facebook, Twitter o lo que sea), la va a contemplar el universo mundo, cuando lo más seguro es que pase tan inadvertida como las sesiones de diapositivas a que antaño se sometía a cuatro amistades cuando nuestros padres volvían de un viaje, o como los comentarios que se hacían en el café ante los compinches habituales. La gente está demasiado ocupada colgando sus fotos y lanzando sus tuits para molestarse en ver o leer los de los demás. El lema de nuestro tiempo debería ser: “Cada loco con su tema”, y el único tema –y de todos– es uno mismo. “Mira lo que me voy a comer”, y envían foto de un plato. “Mira dónde estoy”, y envían la de un vertedero o una puerta o la espantosa estatua gigante de una rana en el Paseo de Recoletos (ya hablé de esa afrenta). “Mira con quién estoy”, y arrojan la de un locutor o caricato con los que se han topado en la calle. “Mira lo que estoy viendo”, y ahí van sus selfies ante La Gioconda, proclamando que pueden estar viéndola, pero desde luego no mirándola.

Todo esto recuerda a los niños pequeños que precisan la constante atención de la madre o el padre: “Mamá, mira lo que hago”; “Mira, papá, ahora sin manos”. El niño necesita testigos para asegurarse de que efectivamente está en el mundo y existe (todavía se está acostumbrando a la novedad, y requiere confirmación incesante: ¿verdad que no soy una figuración, pues hago cosas y las veis?). Esa inseguridad inicial solía pasarse, y bastante pronto. Ahora da la impresión de que no se pasa nunca, de que las personas exigen contar con espectadores y espejos de todas sus actividades, hasta de las más vulgares. Un síntoma más de la creciente e inacabable puerilización del mundo. Uno se pregunta a veces si quedan muchos individuos capaces de disfrutar de algo sin ser contemplados en su disfrute. De un paseo, de un paisaje, de una obra maestra pictórica que no sea banalmente célebre, de un edificio o rincón en el que uno fije la vista por su cuenta, sin que se los hayan señalado una página web o una guía. Si queda algo autónomo y que se aprecie en sí mismo, y no como decorado de nuestro insaciable narcisismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de noviembre de 2014

‘Lo malo es bueno porque lo peor ya pasó’

20141119095220152Asi-empieza-lo-malo---caratula

“La verdad es una categoría que se suspende mientras se vive,
es ilusorio ir tras ella, una pérdida de tiempo y una fuente de conflictos, una estupidez.
Y sin embargo no podemos evitar preguntarnos por ella,
al tener la seguridad de que existe”.
J. M.

El último y reciente libro de Javier Marías, Así empieza lo malo, es un compendio de contundentes crudezas en donde el escritor en extensos parlamentos y con una aguda trama consecuente, presenta la veracidad de los hechos y valores de la vida como relativos a la conveniencia, sujetos al vaivén del tiempo y a las circunstancias del momento. Un gran pragmatismo envuelve el mensaje que podría colegirse de este escrito. Lúcido, alarmante, incorrecto políticamente, discutible, pero realista.

La novela parte del supuesto shakesperiano en el que Hamlet aduce “Así empieza lo malo y lo peor quedó atrás”. Esta audaz conjetura implica, en el caso del libro, ignorar el pasado, no hurgarlo ni investigarlo; esa peligrosa caja de Pandora es mejor no abrirla porque se sabe qué se va a encontrar. En aras de una cómoda avenencia y de un avanzar dando vuelta a la página no se indaga, se hace “la sourde oreille”. ¿Para qué indagar sobre algo cuya respuesta se conoce de antemano? ¿Para qué conseguir confirmaciones cuando la incertidumbre y el olvido parecen mejores soluciones que la aclaración? “…al fin y al cabo éstos [los engaños] forman parte del natural fluir de la vida, inconcebible sin sus dosis de falsedad, sin sus equilibrios de verdad y engaño”. Un claudicar en la búsqueda de la verdad en pro de un seguir viviendo sin estorbosas arandelas pretéritas.

La lectura del libro pasa por varias fases, la primera de desconcierto, en donde fácilmente se cree advertir que la narración no va a ningún lugar; el deseo de abandonar la lectura se hace fuerte, pero con creces superable al constatar que se trata de una convocatoria a discurrir sobre temas álgidos. La segunda mitad del libro mostrará al escritor, en poco más de 500 páginas, desarrollando aún más estos temas por boca de sus protagonistas, al tiempo que ata y concentra al lector en una sofisticada trama.

La acción se sitúa en el Madrid de 1980; el periodo de despertar democrático y libertario español, el denominado de Transición que comenzó en 1975 con la muerte de Franco. Y lo hace el escritor a través del cineasta Eduardo Muriel y Beatriz Noguera su esposa, una pareja sumida en la incomprensión y el conflicto conyugal permanente, sin posibilidades de separación puesto que el divorcio en España aún no estaba instituido. Comparten el protagonismo con Juan De Vere de 23 años, y con un reconocido pediatra, el Doctor Van Vechten, ambos muy cercanos de Muriel, el primero por ser su ayudante y el segundo por amigo de larga data.

Utiliza la novela a De Vere como narrador quien desde su edad adulta recuerda los años pasados y en particular la misión que Muriel le encomienda: hacer seguimiento a Van Vechten, ese amigo de oscuro pasado y gran preponderancia durante el régimen franquista. El curso de la investigación llevó a De Vere a conocer detalles nada favorecedores del investigado y que causaron honda huella en el joven. El corazón de la trama se sitúa en esta investigación así como en el involucramiento de De Vere en la conflictiva relación de Eduardo y Beatriz.

Plantea el escritor a través del proceder de los personajes, y en particular del cineasta, dilemas de vida y ética sobre la (in) viabilidad de la fidelidad conyugal y por ende de la monogamia; de la justicia; de la amistad; del olvido de las afrentas; de la adaptabilidad camaleónica de los seres humanos aun ante situaciones que contrarían sus principios; del abuso del poder para extorsionar y obtener inicuos favores; del mantenimiento de la amistad por encima de los propios principios.

Al lector de discernir sobre el pragmatismo que el cineasta predica y aplica y que le permite sobrevivir en un mundo –el de todos los días– que tergiversa verdades e historias reales, que atropella principios, sacrificándolos  y enfilándolos por cauces diferentes al de las “arraigadas” convicciones.

Con el paso del tiempo y la aparición de nuevas circunstancias, de la verdad y los acontecimientos reales solo “restan tanteos y aproximaciones”, “la gente se cuenta los hechos como le conviene y llega a creerse su propia versión, su distorsión”, “ni siquiera el autor de un hecho es capaz de sacarnos de duda, en ocasiones; simplemente ya no está facultado para contar la verdad”, de esto nos advierte Marías.

La praxis nos aterra con su triste verdad: para sobrevivir el ser humano ha de adaptarse a todo, vender sus principios, cambiar de bando, migrar sus convicciones políticas y hasta filosóficas. Y esto no le gusta confesarlo, lo oculta; además de que le da “vergüenza admitir las humillaciones sufridas y los acatamientos impuestos”, oculta el admitir que ha sido víctima, que ha sido sometido a actos de crueldad y que para subsistir ha tenido que rendirse y hacer méritos, congraciarse con el enemigo, con el torturador, que se pliega, pese al daño infligido por el régimen del vencedor. Si bien el ejemplo es dado en el libro con el vencedor franquista, la idea es válida para muchos otros casos, el discurso se vuelve universal. “Al cabo de poco tiempo el grueso de la población fue entusiásticamente franquista, o lo fue mansamente, por temor” y así fue desde el final de la guerra civil (1939) hasta la muerte del dictador (1975).

En este paradigmático libro muchos temas desfilan, entre ellos: la guerra, el poder, el sexo, el (des) amor, el suicidio, pero dos tienen particular cabida: la justicia y la libertad. Sobre la primera, el escritor declara que no existe y menos después de una guerra o un gran conflicto, es de imposible aplicación porque la desborda y asusta la cantidad, la superabundancia de motivos y reos. Un pacto social tácito se establece entre víctimas y opresores para dejar las “cosas así”, sin pedir cuentas. “Si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez”. Triste premisa de horrendo pragmatismo, portadora de resquemores y venganzas privadas, y que concierne a Colombia por estos tiempos.

Más inquietante aún es el tema de la libertad sobre el que escribe: “De lo primero que los ciudadanos con miedo están dispuestos a prescindir es de la libertad. Tanto que a menudo exigen perderla, que se la quiten, no volver a verla ni en pintura, nunca más, y así aclaman a quien va a arrebatársela y después votan por él”. Qué triste constatación y qué enorme advertencia.

Y a título de colofón, percatarnos que el paso del tiempo acaba por desdibujar las acciones haciendo indistinguible, como bien lo indica el escritor: lo bueno y lo malo, el crimen y la heroicidad, la rectitud y el engaño. No sin razón Javier Marías ha sido desde hace ya algún tiempo presentido como el candidato español para la distinción del Nobel.

FERNANDO FERNÁNDEZ

Diario del Huila (Colombia), 19 de noviembre de 20141

LA ZONA FANTASMA. 23 de noviembre de 2014. ‘Tampoco hay que ser Sherlock Holmes’

escanear0001

Por culpa, o más bien gracias a Manuel Rodríguez Rivero, que me involucró en un ciclo de novela, he vuelto a zambullirme en el inagotable mundo de Sherlock Holmes. Hace ya mucho que, cada vez que en una entrevista ligera se me preguntaba qué personaje de ficción habría deseado ser, respondía invariablemente con el nombre del consulting detective de Baker Street, y no creo que mi respuesta fuera hoy distinta. No tiene nada de original; es más, yo creo que casi cualquiera que haya frecuentado sus aventuras, narradas por Watson y escritas por Conan Doyle, preferiría ser él antes que otro héroe o villano: pese a sus muchas manías, a su excentricidad, a su acechante melancolía, a su llevadera afición a la cocaína, a su impertinencia, a su relativa soledad, a su falta de historias amorosas (sin lamento ni añoranza, seguramente), a su frialdad. Pero Holmes, con todo, no es inhumano, ni una mera máquina de cálculo, como alguna vez afirmó de él su creador. Lo vemos vulnerable y eso nos lleva a quererlo; lo vemos risueño a menudo, con sentido del humor y capacidad para burlarse de sí mismo; y al menos en una oportunidad lo vemos “afectado” por una mujer, la mujer, como siempre fue para él Irene Adler, personaje maravillosamente fabulado no en ningún texto sino en el cine, en La vida privada de Sherlock Holmes de Billy Wilder, bajo los rasgos de la olvidada actriz Genevieve Page.

Lo que uno envidia de Holmes es sobre todo su inteligencia y su perspicacia para ver bien y saber, que es a lo que aspiramos muchos en la vida, sobre todo en lo que se refiere a nuestras relaciones con los demás. Como es sabido, el “modelo” de Holmes en la realidad fue –si alguien– el cirujano edimburgués Joseph Bell, profesor de Conan Doyle cuando éste estudió Medicina. A la muerte de Bell, en 1911, el New York Times le dedicó una necrológica titulada “Sherlock Holmes, el original, muerto”. No sé si triste o dichoso destino, ser recordado así. En esa semblanza se recuperaba una anécdota contada por el propio Bell, en la que uno reconoce efectivamente a Holmes: “Mientras ilustraba a mis alumnos, vino una vez un hombre cuyo caso parecía muy sencillo. ‘Sin duda, caballeros’, dije, ‘ha sido soldado de un Regimiento de las Tierras Altas y probablemente miembro de la banda de música’. Señalé su contoneo al andar, característico de los gaiteros; y su corta estatura sugería que, si había estado en el ejército, habría sido en calidad de músico, a los que no se exigía tanta talla como a los combatientes. Pero resultó que era un simple zapatero y que jamás había vestido uniforme. Fue un chasco, pero yo estaba absolutamente seguro de tener razón, así que ordené a dos de mis ayudantes más fuertes que lo llevaran a una habitación contigua y lo hicieran desnudarse. En seguida detecté, bajo su tetilla izquierda, una pequeña D azul marcada a fuego, con la que se estigmatizaba a los desertores en la Guerra de Crimea y después, aunque ahora ya no esté permitido. Por eso el hombre ocultaba su paso por el ejército”.

Sí, quién pudiera averiguar tanto, y al primer golpe de vista. No es fácil saber qué nos deparará nadie, ni el mejor de los amigos. Pero, caramba, en ocasiones no es tan difícil, y uno va aprendiendo con el tiempo. Por poner ejemplos actuales, yo diría que no hace falta ser Sherlock Holmes para llevarse inmediatamente la mano a la cartera al ser presentado a los imputados de la trama Gürtel Correa y El Bigotes. Por si acaso, nada más. Tampoco hay que ser un lince, creo yo, para suponer, nada más verles la expresión y la actitud, que entre las virtudes de Blesa y Bárcenas no se hallaban la modestia ni la solidaridad ni la piedad: salta a la vista que son individuos jactanciosos, despectivos, engreídos, por no decir más. Entre todos nuestros políticos ciegos o torpes, o pardillos a más no poder, la verdad es que Esperanza Aguirre destaca como la anti-Sherlock Holmes, pese a haber estudiado de niña en el Instituto Británico. Nombró para cargos importantes a una legión de aparentes malhechores variados, se rodeó de ellos, les otorgó su confianza.

Tantos han sido (presuntamente) que más bien parecería que hubiera tenido un ojo infalible para reconocerlos y darles poder, como si cada vez se hubiera dicho: “Ah, qué magnífico espécimen de truhán, voy a ficharlo sin dilación”. Pero no; tuvo a Granados a su vera durante años, éste fue su mano derecha o izquierda, hasta le permitía abrocharle la pulsera; y ahora, de pronto, para ella se ha convertido en “este señor”, como si fuera un conocido remoto. Lo mismo con los presuntos López Viejo, Martín Vasco, Sepúlveda, Romero de Tejada o los susodichos Correa y Bigotes, que le organizaban sus kermesses, y tantos más. A su sucesor Ignacio yo no lo veo mucho más prometedor. En fin, uno intenta intuir, fijarse, adivinar. Ella no. Uno se equivoca, no es Holmes ni Bell. Pero qué quieren, por algo ha de guiarse. No logro evitar tener la impresión de que Floriano no es clarividente, de que Montoro sufrió a manos de sus compañeros durante la niñez, de que Rajoy es tan esfinge como aparenta, de que Pablo Iglesias es autoritario y taimado y nada de fiar, de que Carme Forcadell bordea la posesión (no sé si por el espectro de Wifredo el Velloso o por quién), de que Cospedal se asemeja cada día más al retrato de Dorian Gray. Insisto, son sólo impresiones, y ojalá me equivoque con todos. Ya he admitido que, por desgracia, nunca he logrado ser Sherlock Holmes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de noviembre de 2014

‘Armando a Javier Marías’, por Arturo Pérez-Reverte

Tengo una vieja relación de amistad con Javier Marías. Data de hace diecisiete años, siendo vecinos de página en XLSemanal, cuando empezamos a hacernos mutuas alusiones humorísticas que eran seguidas con regocijo por los lectores, y que se convirtieron en habituales después de un texto mío titulado Odio a Javier Marías, motivado por mi indignación cuando uno de mis artículos apareció junto a una página de publicidad que mostraba a un apuesto moro con turbante, mientras que el suyo salía junto a uno de sujetadores de señora, encarnado en un abundante y atractivo escote. Él respondió con otro artículo titulado No aguanto a Pérez-Reverte, y a partir de entonces aquella guasa nos fue acercando cada vez más, y los que antes eran simples lectores uno del otro se convirtieron en amigos.

Después, Javier pasó a escribir sus artículos semanales en el dominical de El País, y allí sigue. Pero la amistad, cuajada en largas charlas sobre películas y libros que amamos, desde John Ford a Joseph Conrad -con incursiones laterales en Senta Berger, Grace Kelly y Ava Gardner-, fue en aumento. Coincidimos después en la Real Academia Española, donde nos sentamos juntos los jueves; y de vez en cuando, al salir, nos vamos a cenar a casa Lucio, en la mesa de siempre. Casi nunca hablamos de literatura; y, desde luego, nunca de literatura actual. A veces dejamos asomarse al otro a la novela que escribe cada cual, aunque para eso él es mucho más hermético que yo. Lo que a menudo sale a relucir son esos libros que ambos leemos y releemos desde que éramos niños, que son realmente el territorio donde, tan distintos como somos, Javier y yo nos reconocemos. Quizá por eso dije alguna vez que nuestra diferencia y afinidad provienen de lo mismo: vimos de pequeños las mismas películas, leímos los mismos tebeos y los mismos libros, pero él quiso escribirlos, y yo vivirlos. Y es ahora cuando nos encontramos de nuevo, cada uno con la mochila bien llena, de vuelta de la isla de sus propios piratas.

El jueves pasado hablamos de la Italia que nos gusta, de Christopher Lee y Billy Wilder, del amor y el trabajo en la madurez, de lo sereno y feliz que lo veo en los últimos tiempos, de la indigencia cultural del presidente Rajoy, de Un escándalo en Bohemia e Irene Adler -la mujer que derrotó a Sherlock Holmes- y de las encarnaduras cinematográficas del detective de Baker Street, del que somos antiguos y cálidos seguidores. «Holmes es el personaje literario que me habría gustado ser», concluyó Javier, brillantes sus ojos al decirlo. Y le conozco ese brillo.

También hablamos sobre la pistola ametralladora británica Sten. Esto último requiere explicaciones complejas, basadas en películas vistas de jovencitos, en libros de guerra y aventuras, en la familiaridad de Javier con lo británico y en su asombroso desconocimiento de las armas y su uso, pues él es un tipo cortés y civilizado, que un día tendrá el Nobel de literatura, y cuya agenda está llena de ex novias y profesores de Oxford -ésa es mi tomadura de pelo habitual-, a diferencia de la mía, donde entre traficantes, mercenarios, proxenetas y criminales figura lo mejor de cada casa. Pero al niño y lector de aventuras que fue Javier se le ve el plumero, entre otras cosas en la magnífica colección de soldaditos de plomo que tiene en su estudio. Así que hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa. Así que pasé a mayores, regalándole el Colt Pacemaker que usaba John Wayne, luego el revólver Webley de las tropas coloniales británicas, y al cabo la pistola alemana Luger, que motivó una memorable escena en los pasillos de la Real Academia, con Javier montándola y desmontándola, clic, clac, y varios respetables académicos alrededor, mirando acojonados.

Lo último ha sido la Sten inglesa: el arma de los comandos, los paracaidistas y los maquis, con la que me presenté en su casa, llevándola bajo la gabardina. «Estás loco», me dijo riendo. Pero ayer, mientras despachaba su filete empanado, comentó: «He comprobado que para un zurdo la Sten no es difícil de manejar». Lo imaginé en su despacho, después de irme yo, rodeado de primeras ediciones de Sterne y Conrad, corriendo el cerrojo de la metralleta que de pequeño había visto en el cine. Recordando al niño que fue y que en el fondo, por suerte para él y sus lectores, y sobre todo para sus amigos, nunca dejó de ser del todo. Y entonces fui yo quien sonrió, enternecido.

ARTURO PÉREZ-REVERTE

XL Semanal-Finanzas.com, 23 de noviembre de 2014

‘El peso de la verdad’

AELM libro

El narrador de Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías, es uno de esos observadores –mirones, voyeurs– indiscretos que tanto le gustan al escritor español. Puede tratarse de alguien que trabaja para el servicio secreto inglés y se dedica a estudiar los rostros de las personas (Jacques o Jacobo o Jaime Deza, en Tu rostro mañana) o una mujer muy observadora de los demás (la narradora de Los enamoramientos); lo cierto es que el núcleo disparador del relato suele ser el de alguien que ha visto algo que no debía haber visto y por lo tanto ha aprendido algo que no debía haber aprendido. La prosa se desplegará inquieta a partir de ese saber, con su sintaxis de bifurcaciones particulares, su ritmo encantatorio, sus ritornellos hipnóticos, tratando de indagar en algún negro misterio de los personajes. En este escritor, de manera paradigmática, la forma es el fondo: los asedios digresivos a una verdad por parte del narrador son la novela.

Juan Vere o Juan de Vere –“nada tiene de original mi figura”– recuerda el tiempo en que, a principios de los ochenta, en su temprana juventud, fue ayudante de Eduardo Muriel, un conocido director de cine, y supo de su relación extraña con su esposa Beatriz, y de la turbia presencia en sus vidas del doctor Van Vechten. Estamos en la época de la Transición, España se encuentra apurada en dejar atrás el largo periodo del franquismo, los delatores y traidores de antes van maquillando sus biografías y convirtiendo su pasado deleznable en uno de heroica resistencia al régimen. Muriel le pide un favor al narrador, y así este se entera de que hay algo en el pasado de su empleador y su esposa que afecta a las relaciones del presente; son tiempos en los que no hay divorcio, por lo cual Muriel y Beatriz siguen viviendo juntos a pesar de que todo indica que no deberían hacerlo. Así empieza lo malo, entonces, se maneja en varios niveles: por un lado, se trata de enterarse de qué cosa grave ha hecho o dicho Beatriz que ha llevado a Muriel a rechazarla; por otro, la historia individual sirve para una reflexión más amplia sobre la necesidad o no que tienen las sociedades de enfrentarse al pasado, un tema de importancia en países que deben lidiar con el trauma de guerras y dictaduras.

El narrador de Así empieza lo malo es menos ambiguo que otros narradores de Marías: yendo a contrapelo del lugar común de que la verdad es buena aunque duela –el lugar común en el que ha insistido la novelística española y latinoamericana de las últimas décadas–, Juan (de) Vere aprende más bien otra cosa: “Guárdatelo, cállatelo. Me ha costado decidir que ya no quiero saber, sin embargo la decisión es firme desde anteanoche. Tampoco lo cuentes por ahí. Aquí se cometieron muchas vilezas durante muchos años, pero se ha convivido con quienes las cometieron, y algunos hicieron favores también. Se ha de convivir con ellos hasta que nos muramos tantos, y entonces todo empezará a nivelarse y nadie se dedicará a rastrearlas…” Ese es el corazón moral de la novela, aquel que muestra al mejor Marías, el que defiende de manera convicente su intuición de que la literatura tiene una forma de conocimiento propia y particular de aprehender la realidad. Enfrentémonos al pasado, sugiere el narrador –de eso va la novela–, pero no sacralicemos la búsqueda de la verdad a toda costa, porque luego quizás no sepamos qué hacer con ella o lo que aprendamos también termine por hundirnos a todos.

Se ha insistido en lo cerebrales que suelen ser las novelas de Marías, en la predominancia de la aventura intelectual en que se embarcan sus narradores, y Así empieza lo malo no se aparta de esa línea; de hecho, las reflexiones aplastan la historia a grandes tramos –se convierten ellas mismas en la historia–, y personajes clave como el doctor Van Vetchen no terminan de despegar. En todo caso, pierde su tiempo quien quiera encontrar en Marías a un escritor realista al uso. Todas las escenas, tanto las memorables –el narrador observando a los esposos en la alta noche, el narrador observando a Beatriz en una escena comprometedora– como las que no, están contadas con algo de artificio teatral. Hay un director de escena que está moviendo los hilos y que de manera conveniente coloca a Juan (de) Vere en situaciones en que este ve cosas necesarias para el desarrollo argumental.

Así empieza lo malo tiene personajes secundarios caracterizados con maestría, como el cómico profesor Rico, y un lenguaje amplio en registros, desde los acostumbrados cultismos de Marías hasta un nuevo talento para las palabras vulgares, a las que se saca provecho y brillo. Tiene también descripciones certeras de sus protagonistas: “Tenía una nariz muy recta, sin asomo de curvatura pese a su tamaño, y en el cabello tupido, peinado a raya con agua como seguramente se lo había peinado desde niño su madre –y él no había visto razón para contravenir aquel remoto dictamen–, le brillaban algunas canas dispersas por el dominante castaño oscuro.” No se suele mencionar este aspecto de la prosa de Marías, su capacidad para captar los colores, olores y sabores de ese su mundo tan singular, en el que casi siempre se narra cómo es que “empieza lo malo y lo peor queda atrás” (pero eso nunca es consuelo). A estas alturas, ya se sabe cómo es que empieza lo malo, pero uno quiere que Marías lo vuelva a contar.

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

Letras Libres, noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de noviembre de 2014. El artículo inútil

The West Wing

The West Wing

Hay columnas que no sabe uno para qué las escribe. No es que tenga confianza en que ninguna influya lo más mínimo, ni haga recapacitar a nadie, ni ayude a ver a los lectores algo desde un punto de vista que no habían adoptado. Pero a veces hay un hilo de esperanza: “Quizá haya alguien que esté de acuerdo, o que descubra que lo está”. Hay unas cuantas, en cambio, cuya absoluta inutilidad le consta a uno desde la primera línea, y esta es de esas. Si me molesto en hablar del asunto una vez más, es sobre todo porque no consigo entender la extraña convicción que se ha apoderado de nuestras sociedades, con la española en segundo lugar mundial (tras China, creo) en la práctica de la piratería cultural.

No sé. Desde niño, desde que empecé a ir al cine y a leer libros, el placer que me provocaban esas dos actividades (lo mismo que oír música) fue tan incomparable que mi primera e instintiva reacción fue la de agradecimiento a quienes me las proporcionaban. A quienes ideaban y hacían las películas y escribían las novelas y componían o interpretaban o cantaban, de Bach a Elvis Presley sin distinción. Ese sentimiento no me ha abandonado nunca, se me ha mantenido intacto hacia cada nuevo autor, actor, director o músico que me entusiasmara, y hoy lo he hecho extensivo a los responsables de las series de televisión que, mientras han durado o aún duran, me permiten pasar momentos extraordinarios de contento, emoción, diversión y saber: Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, Inspector Morse, Frasier o Juego de tronos, por no alargar la lista. Se puede decir que por toda esa gente haría cualquier cosa, me pondría a su disposición para lo que necesitara, procuraría facilitarle su tarea y animarla a proseguirla. Lo último que se me ocurriría sería perjudicarla, no digamos privarla de sus ganancias. Precisamente porque quiero más de lo que esas personas hacen o han hecho, deseo que tengan éxito y reconocimiento para que así puedan continuar deleitándome sin trabas ni cortapisas. Si me fuera posible retroceder en el tiempo, haría cuanto estuviese en mi mano para ayudar a Shakespeare y Cervantes y Montaigne, a Conrad y Henry James y Flaubert y Stevenson, a Dickens y Baudelaire y Lampedusa y Eliot y Rilke, a Nabokov y Faulkner y Bernhard, también a Dumas y Dinesen y Rebecca West y Diderot y Sterne. De decenas de ellos compraría y regalaría sus obras una y otra vez, dentro de mis posibilidades; contribuiría a que pudieran vivir de su arte, para que siguieran cultivándolo y yo disfrutara de él. Iría a ver un montón de veces (bueno, eso hice mientras coincidí en el mundo con ellos) las películas de Ford y Hitchcock y Wilder, las de Ophuls y Rossellini y Peckinpah y Anthony Mann. Compré y sigo comprando cada disco de Dylan y Cohen y de muchos más. Mi gratitud hacia todos es infinita, como lo es hacia Rampal y Glenn Gould y Sviatoslav Richter y Leonhardt y Rostropovich y Casals y Janet Baker y Michelangeli y tantos otros genios musicales. Les deseé o les deseo todo el bien del mundo, también por mi propio interés.

De ese sentimiento parece quedar poco rastro en el mundo actual. A menudo nos encontramos justamente con lo contrario, el rencor. Rencor hacia quien “hace lo que le gusta y encima pretende cobrar por ello”. Rencor hacia “quienes se forran” con su talento, como si poseer talento debiera condenar a un individuo a malvivir. Como si algún artista obligara a nadie a consumir sus “productos”. La gente siempre ve, escucha, lee lo que le da la gana, con entera libertad. Y si hay muchas personas deseosas de ver, escuchar o leer a tal intérprete o autor, ¿qué sentido tiene que no se beneficien de ello quienes nos brindan el conocimiento y el placer? Y sin embargo está instalada –arraigada ya– la creencia de que todo eso ha de ser gratis. De que la cultura es como el aire, por el que a nadie se cobra (ya llegará); de que es una especie de “don natural” o “divino” que flota y al que todo el mundo tiene derecho … sin pagar. Leo en el suplemento New York Times de este diario que una tal Hana Beshara fundó un sitio web popularísimo para descargar películas y series de forma ilegal. En su mejor momento llegó a recibir 2,6 millones de visitas ¡diarias! Al cabo del tiempo fue detenida, y tras dieciséis meses en prisión, declara: “Nunca me arrepentiré”. La mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes estadounidenses juzga la descarga ilegal una “minucia”, y su conciencia está tranquilísima. No les importa que Kim Dotcom, el jefe de Megaupload, se hiciera multimillonario con el trabajo de otros; al contrario, adoran al presunto delincuente y explotador, el agradecimiento lo reservan para él. Eso en los Estados Unidos, que, a diferencia de España, no es (todavía) un país de ladrones redomados y vocacionales que consideran que todo les es debido, más o menos como Blesa, Rato, Barcoj y demás usuarios de las tarjetas sin fondo de Caja Madrid y Bankia. Esos mismos jóvenes se indignan cuando sus compañeros utilizan sus trabajos sin permiso, pero no son capaces de advertir la contradicción. Es como si tuvieran interiorizada la siguiente, egoísta y pueril idea: “No hay nada malo en coger lo ajeno, salvo si me lo cogen a mí. A mí no, ¿eh?” Qué se puede hacer ante semejante mentalidad, extendida y ufana, cuando no cargada de razón con “argumentos” tan demagógicos como peregrinos y reaccionarios. Nada. Ya lo dije al comenzar: no sé a santo de qué escribo este artículo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de noviembre de 2014

La exitosa cosecha literaria de los ochenta inunda las librerías

El idilio de los lectores con los escritores españoles de los años ochenta no solo continúa sino que se aviva en otras lenguas. Una decena de esos autores, consolidados en aquella década o que empezaron entonces, se dan cita en las librerías con novedades absolutas u obras del semestre pasado. Es “una generación de francotiradores”, como la bautiza Juan José Millás, llamados Mendoza, Muñoz Molina, Marías, Díez, Puértolas, Grandes, Cercas, Merino, Landero, Llamazares, Chirbes, Trapiello, Riera, Pombo, Pérez-Reverte, Rivas, Montero, Vila-Matas…

Mundos de una galaxia inédita en el panorama literario español que nace en la Transición, tras la muerte de Francisco Franco, como respuesta al experimentalismo, a una especie de destrucción del lenguaje, un tanto hermético, y al realismo social, en palabras de José María Merino y Luis Landero, que llegan con La trama oculta (Páginas de Espuma) y El balcón en invierno (Tusquets).

Fue la vuelta del contar, del narrar. “Donde cada uno hace de su propia identidad un arma con la máxima de libertad”, explica Jordi Gracia, crítico literario y autor de Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010: Historia de literatura española 7 (Crítica), junto a Domingo Ródenas. Es el hallazgo de los narradores sobre sí mismos sin coacciones externas ni ideológicas. La paradoja más bonita, agrega, “es que la libertad les lleva a explorar formas muy diversas de compromiso literario y ético e ideológico, para, a la vez, dar cuerpo a algo formal y estético. Nacieron en el posmodernismo y han crecido fuera de él”.

Llegaron hasta ahí como resultado de muchas lecturas de escritores traducidos (ingleses, franceses, italianos, estadounidenses…) y, sobre todo, de los latinoamericanos del  que ensancharon la tradición literaria del español, dice Javier Cercas, que acaba de publicar El impostor (Literatura Random House). A la aclimatación de esas lecturas entre los lectores se suman los españoles, dando origen, según Gracia, “a una madurez que es señal de modernidad plena, ¡por fin! De aquello que no tuvo la cultura española durante cuarenta años y que llegó después de la posmodernidad”.

Pero los ochenta nacen en 1976. Así es para algunos expertos y escritores que consideran  La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, como la apertura de una nueva narrativa y forma de abordar la literatura y, especialmente, de mirar y reencontrarse con la propia España. Una generación o grupo, según Mendoza, “marcada básicamente por la liberación que supone no ser una única voz crítica en un régimen de censura”. En la libertad individual está la clave: “Nos dio el poder de ser cada uno. La recuperación de la democracia y la libertad permite no solo criticar la dictadura sino ponerse a escribir de todo”. El escritor barcelonés reconoce la vigencia de este grupo al decir: “Es posible que en un futuro otras generaciones nos vean como un bloque, como nosotros vemos a los Románticos”.

TLA NUEVA PORTADAY en ese big bang destellan  La fuente de la edad, de Luis Mateo Díez; El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina;  La lluvia amarilla, de Llamazares;  El héroe de las mansardas de Mansard, de Pombo; Todas las almas, de Marías;  Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte; Todos mienten,  de Soledad Puértolas;  Mimoun, de Rafael Chirbes; Amado amo, de Rosa Montero; El caldero de oro, de José María Merino;  Juegos de la edad tardía, de Landero;  Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas…

De dar un nombre a este grupo, Millás, autor de La mujer loca (Seix Barral) arriesga el de “una generación de francotiradores, en el sentido de que cada uno desde su posición distinta crea. Hay pocos factores en común entre todos, al contrario de lo que sucedía con la generación anterior que era experimental y con rasgos fácilmente definibles, y, además, eran amigos casi todos”. En los ochenta, añade, de repente empieza a haber autores cuyas novelas vuelven a conectar con los lectores. “Antes la premisa era que no se entendieran, ahora es todo lo contrario. Nos empezaron a leer primero los españoles, luego nos publicaron en otros países por solidaridad, al vernos como un país salido de una dictadura, y luego por méritos propios”.

Es el arte de contar. La gracia de hacer leer.

Eso es lo que más aprecia Luis Landero de su generación: “La fidelidad con la buena literatura, la fidelidad de esos autores con el oficio y la literatura misma. Miro a personas como Marías, Muñoz Molina o Puértolas y veo que han tenido una trayectoria coherente y honesta en el sentido de que han sido fieles a su vocación y su mundo”. Buscaron, según Merino, un lenguaje más coherente y abrir el campo a la imaginación, a lo fantástico, también, y al cuento.

Casi cuatro décadas después, dice Landero, “se ve que es una generación sólida que empieza a mostrar su perfil histórico”. Tras el feliz descubrimiento y largo romance con los autores del recuerda Landero, los lectores españoles empiezan un idilio, que se prolonga hasta hoy.

AELMEs el final del trayecto, no el principio”, explica Eduardo Mendoza, inaugurador de estos mundos que no hacen más que ensanchar fronteras con obras recientes entre las que figuran El balcón en invierno,  de Landero; Así empieza lo malo, de Marías; La soledad de los perdidos, de Mateo Díez; El final de Sancho Panza y otras suertes, de Andrés Trapiello;  El impostor, de Cercas… y de los que están por llegar:  Como la sombra que se va, de Muñoz Molina;  Miguel de Cervantes. Don Quijote de La Mancha. Edición de la Real Academia. Adaptada por Arturo Pérez-Reverte;  Distintas formas de mirar el agua, de Llamazares…

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 14 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 9 de noviembre de 2014. ‘Una asfixia más’

Quizá haga mal en hablar de esto, y lo hago a título particular, por mi cuenta, aunque desde hace unos años sea miembro de la Real Academia Española. Es ésta una institución muy discreta y digna, como corresponde a su antigüedad de tres siglos recién cumplidos; y así, es reacia a la queja y posee virtudes que hoy no están vigentes, como el pudor y la elegancia. Me da la impresión, por tanto, de que, a diferencia de lo habitual en nuestro tiempo, en que todo el mundo se lamenta públicamente y pide ayudas de todo tipo, siente aversión a airear sus miserias y aún más a aparecer como “limosnera”. En su momento los responsables del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dieron la voz de alarma en la prensa y anunciaron que, con los recortes del actual Gobierno, esa institución fundamental no podría seguir funcionando y se vería obligada poco menos que a cerrar sus puertas. Se montó un pequeño escándalo y el Gobierno rectificó, no sé cuánto, pero “algo”. La RAE se ha abstenido de manifestar que su situación económica es ya muy parecida, por vergüenza torera, supongo. Pero yo no veo desdoro en exponer –a título individual, insisto, sin “encargo” ni “mandato” alguno, y acaso contraviniendo el deseo de muchos de mis colegas– que esa situación es ya crítica y amenaza los puestos de las 78 personas (no académicos) que hacen posibles las tareas de la casa. Sobre ellas se ciernen despidos o reducciones de salarios, y, sobre la Academia misma, su conversión en algo simbólico y vegetativo. Los Presupuestos del Estado para 2015 mantienen la paupérrima cantidad asignada el año anterior, tras varios de mermas, mientras que otras entidades importantes, como el Prado o el Cervantes, las han visto por fin incrementadas.

La Real Academia Española tiene defectos y limitaciones, pero fue digna e independiente incluso cuando más costaba serlo. Por remontarnos sólo a lo reciente, fue casi la única institución que mantuvo a raya al franquismo (y a sus ansias de invadirlo y dominarlo todo) durante su larga dictadura. Se negó a desposeer de sus sillones a los académicos exiliados y considerados “enemigos del régimen”; continuó eligiendo a quienes le parecía, sin permitir que los ministros de Franco le vetaran o impusieran a nadie. Ha aguantado trescientos años, y hoy es difícil negar que presta un gran servicio a la sociedad, a la española y a la de los demás países que hablan la lengua. Prueba de ello son los 50 millones de entradas mensuales que recibe su página web, la mayoría consultas del Diccionario, pero también de la Gramática, la desdichada Ortografía y demás. Esas consultas son gratuitas y, como ha dicho hace poco Pedro Álvarez de Miranda, encargado del nuevo Diccionario que acaba de aparecer: “Es difícil cobrar por algo que ha sido gratuito … Se están barajando posibilidades como incluir publicidad en la página web. No sé si eso nos sacaría de pobres. El mejor diccionario del mundo, el Oxford, cobra por consulta y todo el mundo lo ve como muy natural. Eso estamos estudiando, porque la situación económica es muy preocupante”. Quizá bastaría, sugiero yo, con que los usuarios frecuentes pagaran una mínima cuota anual …

Pero en España, ya lo sabemos, la gente exige que todo lo cultural sea gratis. No se tiene en cuenta, en este caso, que la existencia y el funcionamiento de esa página web (pero también la del propio Diccionario) dependen no ya de la cuarentena de académicos, que poco cobramos, cuando asistimos a las sesiones y comisiones, sino de esos 78 trabajadores cuya suerte hoy peligra. La RAE atiende, además, multitud de consultas específicas (dudas jurídicas y notariales, redacción de leyes, certificaciones y peritajes, corrección de documentos, asesoramiento lingüístico, servicios de formación, infinitas preguntas de enseñantes y traductores y editoriales y medios de comunicación, etc), y recibe efusivas muestras de agradecimiento por ellas. Pero sólo de gratitud no subsiste nadie, y la RAE no es una excepción. Muchos de ustedes deben de dar por descontado que, aparte de los patrocinios de entidades y particulares, alguna subvención o ayuda percibirá del Estado. Y sí, alguna le llega, ya lo he dicho, pero su mengua con el actual Gobierno ha sido tal que la casa está amenazada. Habrá quienes opinen que eso no es grave, al lado de tantas personas en paro, o desahuciadas, o que han debido cerrar sus comercios o empresas. No se lo discutiría. Cabe que una institución como la RAE se juzgue superflua o secundaria; cabe incluso sacrificarla o mantenerla sólo como ornamento inoperante. Lo grave es que este Gobierno no protege a los parados ni a los desahuciados (todo lo contrario), ni tampoco a las instituciones culturales que rinden servicios a nuestra sociedad. No es que esté sacrificando unas cosas en favor de otras, es que las sacrifica todas. Cuando por fin salgamos de nuestras cotidianas cuitas y levantemos la cabeza, nos encontraremos con un país despojado, desolado, con un erial en todos los ámbitos, incluido el de nuestra lengua con la que tanto se llenan la boca esos mismos políticos en las ocasiones de relumbrón. No se trata de pedir limosna, pero les aseguro que cualquier presión a ese Gobierno, como cualquier aportación financiera, serán pequeños balones de oxígeno para esa institución tricentenaria que ya lleva tiempo asfixiándose.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de noviembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 2 de noviembre de 2014. ¿Sólo antaño?

De entre la multitud de corrupciones, saqueos y aprovechamientos que ya han salido a la luz en los últimos tiempos en España, quizá ninguno resulte tan repugnante como el más reciente, el de las tarjetas VISA que Caja Madrid y Bankia pusieron a disposición de sus consejeros y directivos a lo largo de dos decenios. A casi ninguno nos cabe duda, por lo demás, de que lo salido a la luz debe de ser una pequeña parte del total, por lo que no es descartable que el futuro nos revele hechos aún más repugnantes. La circunstancia de que entre esos consejeros y directivos hubiera políticos de tres partidos principales (sobre todo del PP –veintiocho–, pero también del PSOE –quince– y de IU –cuatro–, amén de diez sindicalistas y varios empresarios) agudiza la tentación de pensar y decir que todos son iguales, cuando en su conjunto no lo son. Es fácil extender la mancha a todos, lo cual no sólo es injusto, sino sumamente demagógico y peligroso. Son numerosos los políticos a los que no se ha pillado “trincando” del erario público ni de nadie, pero de esos no llevamos la cuenta ni salen en las noticias, porque al fin y al cabo su proceder nada tiene de excepcional: lo que se espera de ellos es eso, que no “trinquen”, y así pasan inadvertidos. Pero la tentación de generalizar es comprensible, dada la ya enorme cantidad de individuos con responsabilidades sobre los que existen pruebas de delito o malversación o abuso, o cuando menos indicios y sospechas fuertes. La acumulación es tan desmoralizadora que habría que empezar a hacer la lista de los “limpios”, para contrarrestar el desaliento y creer que hay esperanza de encontrar “hombres y mujeres justos” entre los políticos, los banqueros y los grandes empresarios de nuestro país, de Madrid a Galicia, de Andalucía a Cataluña, de Valencia a Baleares.

Lo que hace especialmente repugnante el caso de esas tarjetas “opacas” de Caja Madrid y Bankia es la gratuidad y la superfluidad del asunto. Hablaba yo el otro día del caso con una persona tan inteligente como querida, y me decía que lo de menos era en qué habían gastado esos consejeros las fabulosas sumas (436.700 euros Miguel Blesa, 448.300 Ricardo Morado, 255.400 Estanislao Rodríguez-Ponga, ¡ex-Secretario de Estado de Hacienda!, 99.000 Rodrigo Rato, 575.000 Sánchez Barcoj, por mencionar a unos pocos), sino el hecho en sí. Y no le faltaba razón. Pero, no sé cómo decir, para mí hay una diferencia, aunque sea sólo estética, entre emplear un dinero ajeno en los plazos de la hipoteca o el colegio de los niños o gastarlo en lujos y chorradas para deslumbrar al “pueblo llano” –expresión de Barcoj–, tales como safaris, tiendas de vinos, ropas de marcas caras, joyas, maletas, restaurantes y hoteles prohibitivos, ¡armas!, masajes, lencería fina, viajes horteras y efectivo a discreción. El último sueldo conocido del señorito Blesa era de 3.500.000 euros anuales; el del señorito Morado, de 1.550.000; el del señorito Rato, de 2.760.000; el del señorito Moral Santín, de 526.000; y el del señorito De la Torre, de 830.000, de nuevo por mencionar sólo a unos cuantos. Se puede decir que el dinero les salía por las orejas, sobre todo si comparamos esos salarios con los que en plena crisis percibe la mayoría de la gente… que percibe alguno. Y, no obstante, a todos esos señoritos no les alcanzaban para sus caprichos y sisaban de la VISA que, para “gastos de representación”, les había regalado una entidad financiera que los tenía contratados poco menos que como adorno y cuyo rescate costó a las arcas públicas 22.400 millones de euros, es decir, inconcebibles millones de ustedes todos. Había una antigua máxima que decía: “Los vicios se los tiene que costear uno mismo”, y aquí “vicios” equivale a “lujos” y “antojos”. Esa máxima, como tantas otras, está, más que olvidada, deliberadamente arrumbada al desván de los trastos inútiles.

Algunos de esos consejeros y directivos (entre ellos Díaz Ferrán, ex-presidente de la CEOE, Arturo Fernández, jefe de la patronal madrileña, y Romero de Tejada, alto cargo del PP en su día) han aducido ahora que creían “enteramente legal” el uso indiscriminado de dichas tarjetas. Está por ver si lo era, pero ampararse en la “legalidad” de las prácticas no solía significar mucho en el pasado. Legal o no, las personas solían saber lo que estaba bien o mal hecho, lo que era “recto” o “torcido” (por utilizar términos adecuadamente anticuados), y a nadie se le escapaba que permitir que alguien difuso o abstracto pague nuestros gastos particulares y nuestros excesos, jamás es algo bien hecho. De algún sitio sale el dinero, lo cual significa por fuerza “de otras personas”. En el caso de una entidad financiera está claro que lo que los bolsillos de estos sujetos se ahorran viene de los clientes, de los depositantes, a quienes se esquilma. Si además esa entidad había estafado con preferentes a modestos ahorradores, y había debido salvarse con los impuestos de los ciudadanos, sin arte ni parte en el desaguisado, el uso frívolo e innecesario de esas tarjetas se convierte en algo obsceno, indecente. Tan obsceno como la fortuna amasada por la familia Pujol-Ferrusola mientras carezca de explicación y no case con los sueldos de sus miembros. A todos esos señoritos la sociedad debería negarles el saludo como mínimo, por codiciosos y avaros, lo peor que se podía ser si se poseían caudales. Claro que eso también era antaño.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de noviembre de 2014

Por alusiones

Foto. Miguel Rajmil

Foto. Miguel Rajmil

John Ashbery. “No tengo ni idea de qué habla mi poesía”

-¿Conoce la poesía española?
-Salvo por García Lorca, y una breve aventura con Góngora, la poesía española es, desgraciadamente, desconocida para mí, en parte al menos porque no hablo español. Lo estudié en tiempos, después de haber estudiado francés e italiano, pero me parecía que cometía errores todo el tiempo.

-¿Y algo de prosa?
-Una de las más importantes experiencias literarias de mi vida han sido las novelas de Javier Marías, en las hermosas traducciones al inglés de Margaret Jull Costa. Leí una hace algunos años e inmediatamente devoré todas las demás. Es uno de los más fascinantes escritores contemporáneos.

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

MÍNIMA MOLESTIA. Poco interés

[…] En una columna reciente (“Hasta cuándo esperan los libros”, se titulaba), Javier Marías cargaba la mano contra el suplemento de libros Babelia, al que reprochaba, entre otras cosas, la “desproporcionada atención” que viene concediendo de un tiempo a esta parte a la literatura latinoamericana. Con indisimulada irritación, apreciaba Marías “un voluntarismo rayano en la adulación” en la insistencia empleada a sus ojos en propagar “que hay cien ‘genios’ en México, en la Argentina, en Colombia, en el Perú, en Chile, en cada país de habla española”. Y es cierto que, por razones estratégicas, relativas a los planes del diario al que pertenece, empeñado en conseguir una mayor implantación en Latinoamérica, Babelia ha hecho gala de ese voluntarismo que Marías denuncia y que parece contradecir cuanto vengo observando. Pero ese ocasional voluntarismo, transido a partes iguales de condescendencia y, sí, de adulación, no es la mejor vía para consolidar un interés efectivo, que sólo atraerán las prospecciones de una curiosidad genuina (como la que existe, desde hace mucho, en Francia) y un diálogo mucho más fluido entre los países concernidos.

IGNACIO ECHEVARRÍA

El Cultural, 24 de octubre de 2014

AELM
Libros más vendidos

LA ZONA FANTASMA. 26 de octubre de 2014. ‘Las vanidades heridas’

No suelo hablar aquí apenas de libros, así que hoy va a ser casi una excepción. No se trata de ninguna novedad: The Honoured Society se publicó hace cincuenta años, en 1964, y la edición española (La Honorable Sociedad, Alba) salió en 2009, si no hubo una anterior que desconozco. Es por tanto una obra anticuada en su información, inútil para quien quiera estar al día y enterarse del estado actual de la Mafia siciliana (The Sicilian Mafia Observed es su subtítulo). Su autor, Norman Lewis, es y no es uno más de los incontables escritores británicos de viajes. Si no lo es, es debido a la agudeza de su pupila, y su Naples ’44 está sin duda a la altura de las mayores joyas del género. Pero, anticuado y todo, The Honoured Society está lleno de relatos y anécdotas, de explicaciones y consideraciones que le permiten a uno formarse una idea de cómo fue, en gran parte del siglo XX, un país ensimismado e impermeable a todo lo exterior, sin ningún interés por el Estado y deseoso de permanecer aislado con sus propios códigos y su falta de leyes, o más bien con el incumplimiento sistemático de éstas; quiero decir de las que regían para el resto de Italia.

La época en que más padeció la Mafia, en que estuvo más perseguida y acorralada, fue la de Mussolini, que la combatió ferozmente a través de su prefecto Cesare Mori, y si esa organización volvió a levantar cabeza y hacerse fuerte fue gracias a la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Que quien más hiciese sufrir a una sociedad tan coriácea fuese un dictador no tiene, bien mirado, nada de particular: todas las dictaduras se construyen como mafias o acaban siéndolo, luego en el fondo se trataba de la lucha de una contra otra. Y una dictadura, además, no respeta derechos y se salta hasta su propia “legalidad”, y actúa sin trabas si decide eliminar a una parte de su población. Mussolini y Mori hicieron detener por las bravas a millares de sospechosos, los mantuvieron encarcelados sin juicio, practicaron la tortura heredada de la Inquisición: se latigaban los torsos previamente rociados con salmuera, se arrancaban uñas y tiras de piel, se inundaban los estómagos con litros de agua salada, se retorcían y aplastaban genitales.

Lo más curioso y significativo es saber qué desató esa furia fascista, y, según Lewis, todo fue cuestión de orgullo herido y de vanidad. Mussolini visitó Palermo en 1924, y en medio de su recorrido triunfal por Via Maqueda, se le antojó acercarse a una localidad vecina, Piana dei Greci, famosa por la música exótica y los bailes absurdos que ofrecían allí sus pobladores, la mayoría descendientes de albaneses huidos de los turcos. Unos años antes habían llevado a contemplar el folklore al Rey Vittorio Emanuele. A éste lo habían aburrido las danzas y lo había irritado la estridencia de la salvaje música, así que fue trasladado confusamente hasta la iglesia ortodoxa del pueblo. Con habilidad se lo separó de su séquito y se lo acercó, casi a empujones, a la pila bautismal, y, sin poder reaccionar, de pronto se encontró en los brazos con una criatura de la que, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en inesperado padrino. La criatura era un hijo del alcalde mafioso, Don Ciccio Cuccia, al parecer un megalómano de cuidado y aspecto entre malévolo y batrácico. En la excursión del Duce al mismo lugar, éste accedió a montarse en el coche de Don Ciccio y a recorrer el trayecto en su compañía, pero rodeado de su escolta motorizada. El alcalde le espetó: “Perdone, Jefe, pero ¿a santo de qué tanto poli? No hay de qué preocuparse mientras esté usted conmigo. ¡Por aquí soy yo el que da las órdenes!” Mussolini, prudente, se negó a prescindir de su escolta y Don Ciccio se lo tomó como una falta de respeto. No se sabe ni cómo, dio instrucciones de que, cuando el Duce llegara a la plaza y se dispusiera a soltar su habitual soflama en cuantos sitios pisara (siempre con multitudes organizadamente entusiastas), ningún lugareño de Piana dei Greci acudiera a oírlo, con la excepción de una veintena de escogidos: los idiotas del pueblo, los mendigos tullidos o cojos, unos limpiabotas y unos vendedores de lotería. Y, en efecto, ese fue el público con que contó Mussolini para su arenga, mientras Don Ciccio Cuccia, a su lado en el balcón, le tocaba la manga de la chaqueta y le sonreía con sus fauces ennegrecidas. El individuo estaba tan satisfecho de su venganza que posiblemente ni prestó oídos al discurso de Mussolini ni se fijó en cómo a éste se le afilaba su mandíbula célebre, signo inequívoco de su furor. Las palabras que casi nadie escuchó en aquella localidad pintoresca se parecieron mucho a las que el Duce pronunció semanas después en el Parlamento Fascista: una declaración de guerra contra la Mafia. Para entonces Don Ciccio ya estaba entre rejas, y no a su lado en ningún balcón. No en balde al prefecto Mori, durante la accidentada visita a su feudo, lo había apartado de un empellón y lo había llamado “esbirro”.

El comportamiento insolente de un alcalde de tercera hizo comprender a Mussolini hasta qué punto los mafiosos se sentían los amos de su tierra. Pero, sobre todo, se sintió herido en su orgullo, lo mismo que Don Ciccio Cuccia por su negativa a prescindir de su escolta. En la guerra que se desencadenó, los dos bandos subestimaron al oponente, lo peor que se puede hacer. Pero esa ya es otra historia, y está también en el admirable libro de Norman Lewis.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de octubre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 19 de octubre de 2014. ‘Por qué no están en el manicomio’

Hace ya años que vengo observando una extraña costumbre de la prensa española que no me explico y que da que pensar. Que los periodistas mienten y manipulan es sabido desde hace siglos; que a veces inventan noticias inexistentes, y que ocultan o callan otras, según su conveniencia o sus órdenes y consignas. A estas alturas, nadie debería ser tan ingenuo para creer sin más lo que se nos cuenta en un diario, la radio o la televisión, no digamos en Internet. Obviamente, hay medios más tendentes a tergiversar que otros, o a falsear, y algunos resultan transparentes hasta la puerilidad. Uno diría que los lectores, oyentes o espectadores de éstos se han tenido que dar cuenta y los habrán abandonado, o por lo menos habrán aprendido a poner entre paréntesis o en cuarentena cuanto procede de ellos. Sin embargo no es frecuente que sea así. También sabemos que muchos individuos desean enterarse sólo de lo que previamente les gusta o aprueban, pretenden ser reafirmados en sus ideas o en su visión de la realidad nada más, y se irritan si su periódico o su canal favoritos se las ponen en cuestión. Sólo aspiran a ser halagados, a cerciorarse de lo que creen saber, a que nadie les siembre dudas ni los obligue a pensar lo que ya tienen pensado (es un decir). Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, si nos complacen o dan la razón. El autoengaño carece de límites.

Pero cuanto más maduro se hace el mundo cronológicamente, más parecen crecer el infantilismo y la credulidad. Alguien suelta un bulo en Internet y de inmediato se le da carta de naturaleza y corre como la pólvora, pocos se cuestionan su veracidad. No son raras las ocasiones en que dichos bulos alcanzan hasta a la prensa “seria y responsable”, la cual se molesta a veces en rectificar y a veces no. En todo caso el rumor ya queda ahí, “flotando”, y es difícil que no prospere, demasiadas personas se quedan sólo con la primera versión, que pasa a formar parte de lo “acontecido”. Los únicos que acaban por ser desmentidos son los relativos a la muerte de alguien que continúa vivo. Al ver imágenes posteriores del personaje, en movimiento y hablando, la gente acepta que su fallecimiento no tuvo lugar. Es una de las ventajas de las imágenes, que desmienten una falacia o demuestran una verdad.

De ahí que lo que vengo observando en nuestra prensa me resulte tan inexplicable como alarmante, una tentativa de ahogar la fuerza de esas pruebas, de negarlas, de presentarlas con unas palabras previas que “anulen” lo que el espectador va a ver a continuación, o con un titular que no se corresponde con la información. Pondré ejemplos inocuos, no de política (ámbito en el que la cosa clama al cielo), sino de fútbol. Uno está viendo un partido más bien malo y aun soporífero, pero los comentaristas –seguramente porque es su cadena la que lo está ofreciendo– no paran de insistir en el “impresionante duelo” al que estamos asistiendo; repiten que la actuación de tal o cual jugador es “de escándalo” mientras uno no le ve más que vulgaridades, o que ha metido “un golazo para quitarse el sombrero” cuando se ha limitado a empujar el balón tras un rebote. Uno se pregunta si no entienden nada de ese juego en el que presumen de “expertos” o si se han vuelto locos. Pero, si incurren en semejantes despropósitos, debe de ser porque han comprobado que su palabra demente logra convencer a no pocos de que ven efectivamente lo que ellos les aseguran que ven. Aún más llamativo este ejemplo reciente: el locutor del telediario de TVE (cadena hoy falaz donde las haya) anuncia que Mou¬rinho ha “arremetido contra Cristiano” y además ha manifestado su deseo de regresar al Real Madrid. Acto seguido aparece el vídeo de Mourinho, y uno descubre que nada de lo anunciado es cierto. Lo que ese técnico dice es que ahora no tiene relación con Cristiano, puesto que éste es jugador del Madrid y él entrenador del Chelsea. Lo cual es normal (cada uno vive en un país), y la “arremetida” no se ve ni oye por ningún lado. Tampoco expresa ganas de volver al Madrid, sino que dice que no se arrepiente de su experiencia en este club y que, de retroceder en el tiempo, volvería a aceptar el puesto, como hizo en su día. Su deseo de “regresar” no se manifiesta en absoluto. Al día siguiente, no obstante, numerosos medios repiten no lo que han tenido oportunidad de ver y oír, sino lo que el torticero locutor de TVE (ya sé que esto es redundancia) anunció que había pasado. ¿Cómo es que se miente con tamaño descaro, y además justo antes o después de mostrar lo que desenmascara el embuste? No me cabe duda de que la operación está estudiada. Al mundo se lo toma por tan tonto (quizá haya llegado a serlo) que los responsables de los medios saben que una imagen, lejos de valer más que mil palabras, es fácilmente descalificada y anulada por unas cuantas frases, deslizadas antes o después de la contemplación de aquélla. Y si esto se da en el deporte y el entretenimiento, ¿qué no sucederá en la política y en la economía, esferas más opacas y las que de verdad importan? Es grave que hayamos alcanzado un grado de idiotez en el que pueda prevalecer lo que nos aseguran que ocurre sobre lo que vemos que ocurre. Es indudable que hay multitud de personas expuestas a esto, o si no los desfachatados tergiversadores no se arriesgarían tanto a hacer el ridículo, quedar en evidencia, perder todo crédito y ser conducidos al manicomio.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de octubre de 2014