LA ZONA FANTASMA. 27 de marzo de 2016. ‘La mezquindad que no falte’

Una de las características más dañinas de nuestro tiempo y de nuestro país es la resistencia a aplaudir y a admirar nada. Sobre todo entre las nuevas generaciones, está tan extendida la idea de que todo debe ser puesto a caldo, que no hay logro ni acción noble que no despierten furibundas diatribas. Si alguien es generoso o se comporta ejemplarmente, en seguida se dice que es “postureo”. Si un magnate como Bill Gates (u otros filántropos) entrega una inmensa porción de su fortuna para combatir enfermedades o paliar el hambre, casi nadie se lo agradece, y las reacciones oscilan entre frases del tipo “Con el dinero que tiene, eso carece de mérito” (olvidando que podría no haberse desprendido de un céntimo y nadie se lo habría reprochado), y del tipo “Eso lo hace para mejorar su imagen, así que de altruismo nada, es una inversión como otra cualquiera”.

Y, desde luego, lo que jamás existe es la unanimidad ante una buena reacción. Casi la consiguió Alejandro Sanz hace poco, cuando interrumpió un concierto suyo en México al observar que un hombre maltrataba a una mujer entre el público. Se fue hacia él, lo riñó, lo increpó, y el equipo de seguridad lo expulsó del recinto. Al parecer, el cantante fue ovacionado y las redes sociales se llenaron, con justicia, de parabienes. Pero leo que, inevitablemente, también ha habido comentarios censurando su conducta, incluido un artículo-editorial de este periódico, que le reprochaba lo que esos comentarios tuiteros, a saber: a) que “sus formas podrían haber sido igual de aleccionadoras pero menos musculosas: Sanz se fue hacia el tipejo en cuestión como quien se decide a cortar una injusticia por las bravas … El músico podría haber ordenado la expulsión del agresor desde el escenario …” (es probable que, de haber hecho eso, se lo acusara ahora de cobardía); y b) que, a lo dicho por Sanz una vez zanjado el incidente, “le sobraron las cinco últimas palabras, que arrastran un deje de la tradicional concepción de la mujer como sexo débil”.

¿Y cuáles fueron esas palabras que, según los tuiteros y el comentarista de este diario, le sobraron? Lo que dijo el cantante al regresar a su sitio fue: “Yo no concibo que nadie toque a nadie, y menos a una mujer”. Así que lo que se debería haber ahorrado, por machista o sexista, es “y menos a una mujer”. Llama la atención, porque ¿en qué quedamos? La actual legislación española estipula una agravante, dentro de la mal llamada “violencia de género”, cuando la agresión o el maltrato son de un varón a una mujer, y poco antes de las últimas elecciones una torpe representante de Ciudadanos estuvo a punto de hundir la campaña de su partido por defender, antipáticamente, la supresión de esta agravante. Si ésta existe, y la mayor parte de la sociedad está de acuerdo en que exista, es justamente porque, por lo general, en la paliza que le da un hombre a una mujer (o a un niño, o a un anciano) hay un abuso añadido. Con la salvedad de algunas mujeres entrenadas en artes marciales y de las señoras enormes que solía dibujar Mingote junto a maridos escuchimizados (existen esas parejas), a la hora de un enfrentamiento físico el varón acostumbra ser más fuerte y lleva las de ganar.

La expresión “sexo débil”, que por lo visto ahora ofende a quienes ansían ofenderse, no supone menosprecio hacia el femenino, ni alude a otra cosa que a la mencionada ventaja física. Cualquier mujer no susceptible o no soliviantada sabe, para su desgracia, que si tiene un mal encuentro en la calle o en su casa, lleva las de perder (con las excepciones ya apuntadas). Que si un varón se pone bestia, lo más probable es que ella sufra mucho más daño del que ella a él pueda infligirle. Por la misma razón, el 99% de las violaciones que se dan en el mundo (y aún me quedo corto en el porcentaje) son de hombres a mujeres, y seguramente el 1% restante se corresponda más con las de hombres a otros hombres que con las de mujeres a varones. Lejos de parecerme criticable, “y menos a una mujer” es una apostilla necesaria, más en un país como México, en cuya Ciudad Juárez se han producido incontables asesinatos de muchachas a lo largo de décadas, la mayoría premiados con la impunidad más absoluta.

Claro que la mujer es “el sexo débil”, en ese exclusivo sentido, y precisamente por ello las leyes son como son y la sobreprotegen. No sé ahora, pero durante siglos se aprendía desde la niñez que en las peleas no podía abusarse. A eso responde la frase tantas veces oída en las películas, “Búscate a uno de tu tamaño”, cuando el que pegaba era palmariamente más alto, grande y fornido que el pegado. Por eso resulta repugnante el adulto que se ensaña con un niño, que no puede defenderse. Por eso resulta también repugnante el hombre que pega a una mujer, la cual, aunque se defienda, sabe que las más de las veces llevará la peor parte. Nadie puede negar que las mujeres aún viven con un suplemento de miedo, y a menudo tienen que ir por el mundo con la vista y el oído alerta. Porque saben que es más fácil atacarlas a ellas con posibilidades de éxito. Los peros a la actuación de Sanz sólo demuestran lo que dije al principio: la mezquindad de nuestro tiempo y de nuestro país, incapaz de aplaudir, agradecer y admirar sin reservas … nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 20 de marzo de 2016. ‘El azaroso talento’

Los Óscars hace ya mucho que me parecen una de las mayores injusticias del año. Se suelen conceder a películas espantosas (a menudo pretenciosas); los de interpretación van a parar a alardes circenses que nada tienen que ver con el oficio de actuar: al actor histriónico y pasado de rosca; a la actriz que se afea o adelgaza o engorda hasta no parecer ella; al actor que hace de transexual o de disminuido físico o psíquico; a la actriz que logra una aceptable imitación de alguien real, un personaje histórico no muy antiguo para que el público pueda reconocerlo. Cosas así. Como he dicho alguna vez, hoy sería imposible que ganaran el Jack Lemmon de El apartamento, el James Stewart de La ventana indiscreta o el Henry Fonda de Falso culpable, que interpretaban a hombres corrientes.

Tampoco es que ganaran en su día, por cierto; Cary Grant no fue premiado nunca y John Wayne sólo al final de su carrera, a modo de consolación, por un papel poco memorable. En fin, Hitchcock no se llevó ninguno como director, y con eso ya está dicho todo sobre el ojo de lince de los tradicionales votantes de estos galardones. Pero todo ha ido a peor: al menos John Ford consiguió cuatro en el pasado. La estupidez no ha hecho sino ir en aumento en este siglo XXI. Pero qué se le va a hacer, son los premios cinematográficos más famosos y a los que más atención se presta, y sólo por eso me ocupo del Asunto que ha dominado la edición de este año.

Como sabrán, la ceremonia ha sido boicoteada por numerosos representantes negros porque, por segunda vez consecutiva, no hubiera ningún nominado de su raza en las cuatro categorías de intérpretes, ergo: racismo. A continuación se han unido a la queja los latinos o hispanos, por el mismo motivo. Y supongo que no tardarán en levantar la voz los asiáticos, los árabes, los indios y los esquimales (ah no, que estos dos últimos términos están prohibidos). Y que llegará el momento en que se mire si un candidato “negro” lo es de veras o sólo a medias, como Halle Berry u Obama, uno de cuyos progenitores era sospechosamente blanco. Los hispanos protestarán si entre sus candidatos hay mayoría de origen mexicano o puertorriqueño (protestarán los que desciendan de cubanos o uruguayos, por ejemplo).

Los asiáticos, a su vez, denunciarán discriminación si entre los nominados hay sólo chinos y japoneses, y no coreanos ni vietnamitas, y así hasta el infinito. En la furia anti-Óscars de este año se han hecho cálculos ridículos, que, según los calculadores, demuestran la injusticia y el racismo atávicos de la industria cinematográfica: mientras los actores blancos han ganado 309 estatuillas, los negros sólo 15, los latinos sólo 5, 2 los indios y 2 los asiáticos.

Es como decir que la música clásica es racista y machista porque en el elenco de compositores que han pasado a la historia y de los que se programan y graban obras, la inmensa mayoría son varones blancos. La pregunta obvia es esta: ¿acaso hubo negros, o gente de otras razas, que en la Europa de los siglos XVII, XVIII y XIX –el lugar y la época por excelencia de esa clase de música– se dedicaran a competir con Monteverdi, Vivaldi, Bach, Haendel, Mozart, Beethoven y Schubert? ¿Acaso a lo largo de la historia del cine hubo muchos cineastas negros? Sucede lo mismo con las mujeres. Es lamentable que a lo largo de centurias éstas fueran educadas para el matrimonio, los hijos y poco más, pero así ocurrió, luego es normal que el número de pintoras, escultoras, arquitectas, compositoras e incluso escritoras (en la literatura se aventuraron mucho antes que en otras artes) haya sido insignificante en el conjunto de la historia.

¿Que el mundo ha sido injusto con su sexo? Sin duda alguna. ¿Que se les impidió dedicarse a lo que quizá muchas habrían querido? Desde luego. Es una pena y una desgracia, pero nunca sabremos cuántas grandes artistas se ha perdido la humanidad, porque lo cierto es que no las hubo, con unas pocas excepciones. ¿Clara Schumann, Artemisia Gentileschi, Vigée Lebrun? Claro que sí, pero son muy escasas las de calidad indiscutible. Muchas más en literatura: las Brontë, Jane Austen, Dickinson, George Eliot, Madame de Staël, Pardo Bazán, Mary Shelley, e innumerables en el siglo XX, cuando ya se incorporaron con normalidad absoluta. Pues lo mismo ha sucedido con los negros de las películas: durante décadas tuvieron papeles anecdóticos y apenas hubo directores de esa raza. Si hoy constituyen el 13% de la población estadounidense, que se hayan llevado el 4,5% de todos los Óscars otorgados no es tan infame teniendo en cuenta que el primero a actor principal (Sidney Poitier) no llegó hasta 1963. Pero dejo para el final la pregunta que hoy nadie se hace: en algo que supuestamente mide el talento, ¿por qué éste ha de ser proporcional? Jamás lo ha sido, ni por sexo ni por raza ni por países ni por lenguas.

¿Cabría la posibilidad de que los nominados al Óscar de un año fueran todos no-blancos? Sin duda. No veo por qué no la habría de que otro año todos fueran de raza blanca, si son los que han destacado. La única vez que un libro mío ha sido finalista de un importante premio estadounidense, compitió con cuatro novelas de mujeres, de las cuales dos eran blancas, una medio japonesa y otra africana. Ganó esta última, y, que yo sepa, nadie acusó de sexismo ni de racismo a los miembros del jurado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de marzo de 2016

Diálogo Savater-Marías

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Organizado por El País y Penguin Random House, dentro del ciclo Palabra en el tiempo, el martes 15 de marzo, a las 19,30 horas, en el Espacio Bertelsmann (Calle de O’Donnell n. 10, Madrid), tendrá lugar la conversación titulada “Leer, pensar, narrar” a cargo de Fernando Savater y Javier Marías, moderados por Jacinto Antón.

LA ZONA FANTASMA. 13 de marzo de 2016. ‘¿Qué respuesta es más deprimente?’

Uno se pregunta cómo es tan difícil de entender, o de aceptar y obrar en consecuencia. A lo largo de decenios hemos ido sabiendo que un gran número de políticos españoles con poder y autoridad colocaba en puestos de las diferentes administraciones (estatales, autonómicas, municipales) a parientes variados, amigos de pupitre, parejas o ex-parejas, o bien favorecía a las empresas y proyectos de éstos con sustanciosos contratos que no siempre salían a concurso, o lo hacían de manera amañada. Desde los lejanos tiempos de Juan Guerra (hermano del entonces vicepresidente Alfonso) hasta los más recientes: los que no somos valencianos acabamos de enterarnos de que, hasta hace nada, la jefa de gabinete de la alcaldesa Rita Barberá era… su propia hermana. Por muy funcionaria que fuera y sea esta señora, por “idónea” que resultara para el puesto, cualquiera con dos dedos de frente y cierto sentido de las apariencias se habría hecho este razonamiento: “No, mi hermana no puede ser, por mucho que valga y se merezca el cargo. Esto lo sé yo y lo sabe ella, pero, precisamente por serme tan próxima, hay que buscar a otra persona, porque el resto de la gente lo interpretará de otro modo y pensará que hay enchufismo, o nepotismo”. Sobre todo porque así es: siempre hay otra persona; nunca nadie es tan imprescindible que no pueda ser sustituido por alguien de características similares; nunca hay un candidato único para desempeñar una función; nunca nadie es tan “idóneo” que excluya las demás opciones.

Pero no seamos en exceso puritanos. Cuando hemos de trabajar en equipo, todos tendemos a rodearnos de personas que ya conozcamos y de las que podamos fiarnos. Si yo dirijo una editorial, busco la colaboración de individuos que me garanticen competencia y eficacia, y lealtad en segundo término. Si esa editorial es un negocio privado, creado con mi capital, estoy en mi derecho. Yo me lo invento y me lo financio, no hay dinero del contribuyente, no he de rendir cuentas a nadie, cada cual hace con su peculio lo que le parece y contrata a quien le viene en gana. La cosa, sin embargo, cambia radicalmente si lo que ocupo es un cargo a mí preexistente, y pagado con los impuestos de todos: da lo mismo si soy Presidente del Gobierno o concejal de un Ayuntamiento. El puesto no lo he creado yo, ni el organismo, a diferencia de mi editorial. En él no he desembolsado un penique, sino que, por el contrario, recibo un sueldo de mis conciudadanos y dispongo de un presupuesto para llevar a cabo mi labor y cubrir los gastos de representación. He de ser por tanto escrupuloso al máximo a la hora de beneficiar a mis allegados con prebendas, de contratarlos o nombrarlos, y también en lo relativo a “cargar” gastos. He de medir exactamente qué está justificado y qué no, qué es estrictamente necesario para el desempeño de mis funciones, a qué me obligan éstas y qué son meros adornos o agasajos superfluos. Seguramente será de recibo que invite a almorzar o a cenar a unos visitantes, pero difícilmente lo será que además los lleve a una discoteca o los convide a excesos. Y en todo caso no puedo rodearme en mi trabajo de esposas, maridos, hermanos, cuñados, sobrinos, compañeros de infancia, parejas o ex-parejas con las que me siento en deuda o me llevo de maravilla.

Con razón han acusado los representantes de Podemos durante los últimos años; sobre todo ellos, los que más han denunciado la corrupción general y la implícita en estas prácticas; los que se han cargado de razón hablando de regeneración y limpieza. Sin embargo, leo en una reciente columna de Javier Ayuso que el concejal madrileño Zapata, célebre por su vileza tuitera cuando aún era un desconocido, acaba de contratar como asesora a su ex-pareja con un sueldo de 50.000 euros al año. Y que también Ada Colau y su lugarteniente Pisarello, en Barcelona, se han hecho con los servicios de sus respectivas parejas. Y que Iglesias y Errejón tienen novias o ex-novias bien colocadas “en los centros de poder ganados”. Al parecer estos políticos no niegan los vínculos, pero aducen: “Sí, es verdad que es mi pareja o ex-pareja, pero no la hemos contratado por eso, sino por sus cualidades profesionales” (siempre según Ayuso). ¿Se puede ser tan torpe, o acaso tan jeta? ¿Cuál creen que ha sido el argumento de todos los responsables del PP, el PSOE o CiU que se han pasado décadas haciendo lo mismo? ¿Alguno ha reconocido que nombraba a su cuñado o su padre por ser eso, el cuñado o el padre? No, siempre se han amparado en los méritos de éstos (normalmente incomprobables por parte de la ciudadanía). ¿Tan difícil es entender que si alguien es un genio en algo, pero tiene la mala suerte de ser familia, ex-pareja o pareja de un representante público, no puede ocupar un cargo que dependa de este último, y cuyos emolumentos provengan del erario? ¿Ni tampoco obtener una concesión ni una contrata, por adecuada que sea su empresa? Resulta en verdad vergonzoso y desalentador que los sermoneadores se comporten con la misma desfachatez que aquellos a los que hasta ayer sermoneaban. Y de nuevo nos encontramos con la terrible pregunta de si es primero la gallina o el huevo: ¿se dedican a la política quienes buscan un medio para corromperse, o en cuanto los limpios entran en ella y manejan dinero ajeno, se corrompen en alto número? Las dos respuestas, me temo, son igual de deprimentes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de marzo de 2016

Homenaje a Shakespeare

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El estilo a salvo

Desde hace unos años, todos parecemos habernos puesto de acuerdo en la llamativa pervivencia de Shakespeare… fuera de Shakespeare en gran medida. Se detectan ecos de sus obras en multitud de novelas, películas y series de televisión (y se lo continúa adaptando, normalmente abaratado o adulterado). Ecos de sus argumentos, historias, personajes más memorables; de su ocasional violencia, de sus aún más ocasionales aspectos bufo y grosero, de sus escenas más crudas, de su universo de conspiración, maquinación y lucha por el poder. Pero todos estos elementos son circunstanciales, por no decir secundarios. Lo raro es que la mayoría de quienes hoy se inspiran en él lo hagan en factores —por así expresarlo— preexistentes a Shakespeare y por tanto no enteramente shakespeareanos. Las traiciones y las venganzas, las ambiciones y los asesinatos, las artimañas y las persuasiones, todo ello es anterior a Shakespeare y en modo alguno privativo de él. Es sabido que el autor, lo que se dice inventar, inventó poco. Que sus relatos a menudo distaban de ser originales, que para sus historias se basó muchas veces en otras escritas por otros o en lo que ya habían contado los historiadores (romanos o británicos o incluso de alguna nación menos conspicua). En suma, lo que se conoce como “su mundo” era suyo en bastante escasa medida.
Da la impresión de que sin embargo es eso lo que tienta a los creadores actuales y les señala un camino. Lo que quizá es menos de Shakespeare es lo que más perdura e inspira. Y lo curioso es que todo eso, que ya está en Homero, en las tragedias y comedias griegas, en Tácito, Tito Livio y Amiano Marcelino, y por supuesto en numerosas obras posteriores, se transmite hasta nuestros días principalmente a través de Shakespeare, como si él le hubiera dado la forma definitiva, o la más sugestiva y la que no envejece, la que permite reconocer esas pasiones —algo arcaicas en realidad— como vigentes y contemporáneas.

La paradoja estriba en que pocos de sus actuales “discípulos” parecen preguntarse por qué ocurre tal cosa, por qué en Shakespeare permanecen incólumes al paso del tiempo esas turbulencias que en otros nos resultarían anticuadas. Por qué a él se lo ve “trasladable” no sólo a fantasías medievales como Juego de tronos o El Señor de los Anillos, sino también a las más modernas esferas mafiosa y política, desde El Padrino o House of Cards, por mencionar una obra maestra y una vulgaridad inverosímil, respectivamente. Lo extraño es que casi nadie intente imitar ni seguir lo que justamente hace que Shakespeare lo resista todo, desde el transcurso de los siglos hasta las adaptaciones ofensivas, las traducciones pedestres o las interpretaciones ramplonas. Lo que le permite sobrevivir a todo no es lo que antes he llamado “su mundo”, ni sus argumentos ni su ocasional truculencia (hay quien lo reivindica diciendo que es un “pre-Tarantino”, santo cielo). Todo eso es superficial y se encuentra en infinidad de textos, y hasta en culebrones. Lo que convierte en perdurables sus pasiones más chillonas es precisamente lo que casi nadie tiene en cuenta y lo que, desde luego, casi nadie trata de resucitar, porque no sabe o no se atreve: el estilo, palabra que, de hecho, lleva décadas desterrada de nuestro vocabulario por considerarse “etérea” y “acientífica” y poco menos que inmanejable. Es el enorme brío de los textos, la increíble fuerza de las imágenes y las metáforas, la cadencia inconfundible, lo enigmático que nos parece claro, la elevación y nobleza de la expresión, lo que dota a todo el conjunto de un carácter vital y —hasta la fecha— imperecedero. Lo que hace que sus obras continúen vivas y emanando influencia. Lo que nos conduce a regresar a ellas, a recrearlas y prolongarlas, es casualmente lo que casi ningún creador actual tiene el menor interés en recuperar y emular. (O es problema de capacidad acaso).

Suele ocurrir que lo que inmortaliza un texto es lo que escapa al análisis, y por lo tanto a la imitación y a la copia. Tal vez se deba a eso que, pese al manoseo constante y abusivo, Shakespeare se mantenga todavía a salvo.

JAVIER MARÍAS

Mercurio, n. 179, marzo de 2016

Javier Marías en Londres

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El martes, día 8 de marzo a las 18.30 horas, y organizado por The Cañada Blanch Centre for Contemporary Spanish Studies, en el Old Theatre del European Institute at the London School of Economics and Political Science,  se celebrará un diálogo entre Javier Marías y Paul Preston, con motivo de la presentación de la edición inglesa de Así empieza lo malo (Thus Bad Begins).
Accesibilidad

El miércoles, día 9 a las 22.00 horas, participará en el programa, de la BBC Radio 3, Free Thinkig.
Javier Marias, Cervantes’s Influence, Spanish Culture and Politics

El domingo, día 13 a las 16.00 horas, será entrevistado por Mariella Frostrup en el programa, de la BBC Radio 4,
Open Book

LA ZONA FANTASMA. 6 de marzo de 2016. ‘No hay que imitarlos en nada’

Al final unos y otros se han echado las culpas, como sucede siempre que alguien mete la pata en este país. Y, por supuesto, nadie dimite jamás de su cargo, un rasgo más, entre muchos, que el autoproclamado “nuevo” partido Podemos comparte sobre todo con el PP. Pero lo cierto es que el Ayuntamiento de Carmena hizo el encargo: contrató y pagó a la Cátedra de la Memoria Histórica (?) de la Universidad Complutense, formada por cinco historiadores muy raros y dirigida por Mirta Núñez, la elaboración de un primer listado de “calles franquistas”, para cambiarlas. Si he subrayado “primer” es porque eso indica que por lo menos tendría que venir un segundo, y eso que el inicial computa nada menos que 256, número que en principio parece excesivo teniendo en cuenta que, ya hacia 1980, algunos de los más conspicuos nombres franquistas desaparecieron, por fortuna, de nuestro callejero: la Gran Vía dejó de llamarse José Antonio; la Castellana, Generalísimo; Príncipe de Vergara, General Mola; la glorieta de San Vicente, Ramiro Ledesma, etc. Aun así, es obvio que algunos quedan, y, en efecto, es pertinente que en cualquier sitio de España se deje de rendir homenaje a militares y políticos que participaron en la sublevación de Franco y en la criminal represión desa­tada a partir de entonces. Como tampoco sería admisible la celebración de individuos “republicanos” que se mancharon las manos de sangre en las zonas que controlaron durante la Guerra. Si he entrecomillado “republicanos” es porque entre los presuntos defensores de la República hubo muchos que pretendieron cargársela con el mismo ahínco que los sublevados, sólo que desde el otro extremo.

Pero ese “primer” listado no se ha limitado a señalar a los Generales Varela, Yagüe, Aranda, Dávila o Fanjul, todos merecedores de castigo y no de premio, sino a numerosos escritores, artistas y personalidades que en algún momento de la larguísima dictadura le mostraron su apoyo o no fueron combativos con ella. Gente a la que no era imputable ningún delito (o sólo de opinión) y que probablemente recibió una calle o una plaza por sus méritos artísticos o literarios y no por su adhesión al régimen o su tolerancia con él. Sus obras nos pueden gustar más o menos, y sus figuras caernos simpáticas o antipáticas, pero a estas alturas nadie que no sea cerril discute la valía de Pla, Dalí, D’Ors, Mihura, Jardiel Poncela, Cunqueiro, Manuel Machado o Gerardo Diego. Tampoco los logros, en sus respectivos campos, de Manolete, Bernabéu, Lázaro Galdiano, Turina, Juan de la Cierva o Marquina. La mentalidad y el tono con que se ha configurado esa lista son policiales e inquisitoriales: mentalidad de delator, o, si se prefiere, de “comisario del pueblo”. Y en Madrid hay todo tipo de gente, no se olvide.

El 27 de mayo de 1937, en plena Guerra, mi padre publicó un artículo en el Abc madrileño (esto es, republicano), “La revolución de los nombres”. Entonces era un joven de casi veintitrés años, soldado de la República. En esa pieza señalaba cómo “desde que estalló la rebelión ya no hay medio de saber cómo se llama nada. Cuando se lee algún periódico faccioso” (es decir, franquista) “de cualquier ciudad, se puede ver que cualquier desfile, procesión o manifestación sale de la plaza de Calvo Sotelo, pasa por las calles de Franco y Falange Española, luego por la Avenida de Queipo de Llano para seguir por la calle de Alemania y terminar en la alameda de José Antonio Primo de Rivera. El orden cambia según se trate de Salamanca, Zaragoza o Sevilla; pero los nombres permanecen”. Y añadía: “Y es de todo punto lamentable que imitemos en esto a los rebeldes, porque no hay que imitarlos en nada”. Y así, cuenta cómo en Madrid la calle Mayor ha perdido su nombre en favor de Mateo Morral, anarquista que atentó contra Alfonso XIII … y mató a veinticinco personas, pero no al Rey; cómo el Prado, Recoletos y Castellana han pasado a llamarse Avenida de la Unión Proletaria; cómo Príncipe de Vergara (título de Espartero, general anticarlista y liberal) también ha caído por ignorancia. “Y lo más grave, lo intolerable”, seguía mi padre, “es el nombre elegido para sustituirlo: Avenida del 18 de julio. ¿Es que nosotros podemos celebrar esa fecha, en que empezó una de las más grandes tristezas de la historia española? ¿Podemos conmemorar el día en que el pueblo español, que se disponía a mejorar sus destinos en la paz de un Gobierno suyo como el del Frente Popular, se vio obligado a llenarse de sangre en una guerra tremenda?” También cuenta cómo en Valencia la calle de Caballeros ha pasado a ser Metalurgia (!), o cómo el pueblo de San Juan, en Alicante, se llama ahora Floreal … Todo esto suena de otro mundo, y sin embargo … Hace casi ochenta años que el joven que fue mi padre escribió este artículo. Lo hizo en un país en guerra, partido y lleno de odio, en el que un bando imitaba al otro, cuando “a los rebeldes no hay que imitarlos en nada”. ¿Tiene algún sentido que volvamos a hablar del callejero al cabo de tanto tiempo, cuando además no hay guerra, ni hay dos bandos? Hay una parte de España, parece, nostálgica de nuestros peores tiempos y nuestras peores costumbres, desde luego de las más idiotas. Eso es siempre inevitable. Lo malo es que esos nostálgicos del encono y la animadversión tengan capacidad decisoria y mando en plaza, sean del lado que sean. Todavía está en nuestra mano no dárselos, ni la capacidad ni el mando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de marzo de 2016

LA ZONA FANTASMA. 28 de febrero de 2016. ‘Entusiasmo por la censura’

Franco estaría encantado, y todos los dictadores que en el mundo han sido, como lo estarán los actuales. Si algo caracteriza a nuestra época, es la pasión censora que domina a las sociedades: el afán de prohibir, de regularlo todo, de eliminar el pasado enojoso de la misma manera que Stalin hacía borrar de las antiguas fotografías a sus colaboradores caídos en desgracia, que fueron centenares. En esas fotos, una vez amañadas, se percibían inexplicables huecos, pero eso era preferible a que se viera al jefe soviético en compañías súbitamente indeseadas. Hay que recordar que, al menos en España, la censura es inconstitucional desde 1978, pero eso le trae sin cuidado a demasiada gente. Carmena ya ha arremetido alguna vez contra la prensa, culpándola de impedirle llevar a cabo sus torpes y estrafalarios planes municipales. Podemos ya ha avisado que convendría ponerle freno y controlarla, como viene haciéndolo desde hace lustros el régimen chavista en Venezuela. El PP se ha quejado de la propaganda existente contra él en unos pocos periódicos y televisiones, mientras que nunca protesta de los muchísimos más medios que tiene a su favor, si no a sus pies y quién sabe si a sueldo. En Rusia, los periodistas críticos con el Gobierno caen a menudo abatidos por balas o acaban en una prisión más o menos siberiana, a la vieja usanza. En la Argentina kirchnerista, hasta hace tres días, la prensa insumisa se veía hostigada y amenazada. Y no hablemos de Arabia Saudí y otros países árabes, en los que a un bloguero le pueden caer mil latigazos. Ni de México, donde los reporteros que no son el complaciente y fatuo Sean Penn pierden la vida.

Pero todos estos son formaciones, Gobiernos o mafias con clara vocación represora y totalitaria. El problema mayor son las sociedades, el ánimo censor que se va adueñando del planeta. Ya escribí aquí hace tiempo sobre la pretensión de muchos estudiantes estadounidenses de suprimir en sus universidades toda opinión o discurso que a cada cual desazone u ofenda. Quieren que unos lugares que siempre fueron de cuestionamiento y debate, de confrontación de ideas, se conviertan en lo que llaman “safety spaces” o algo así, “espacios seguros” en los que nadie altere sus convicciones con inquietantes pareceres, y la única forma de conseguir eso es que nadie diga nada que pueda molestar a alguien, es decir, nada de nada. Hace unas semanas hablé del destierro al que el Rijksmuseum ha condenado a veintitrés vocablos, desaparecidos de los rótulos de sus cuadros. En la Real Academia Española recibimos sin cesar peticiones airadas para que se borre del Diccionario tal o cual acepción o término que al remitente le parecen reprobables. Lejos de abstenerse de usarlos o recomendar la abstención a sus conciudadanos, exige su ostracismo y que no quede rastro. Recientemente un alto cargo de la Compañía de Jesús ha solicitado la supresión de “jesuita” como “hipócrita, taimado”, y un representante del Gobierno del Japón lo mismo respecto a “kamikaze” como “terrorista suicida”. Ni estos señores ni tantos otros entienden que la gente es libre de utilizar las palabras como le venga en gana y que, si un uso se extiende, la Academia está obligada a consignarlo. Demasiadas personas no entienden ya la libertad, o no la desean para los demás.

Ahora la Organización Mundial de la Salud propone que todas las pelícu­las pasadas o presentes en que aparezcan personajes fumando sean “no recomendadas para menores” (eso incluiría Siete novias para siete hermanos), igual que Franco y su Iglesia calificaban “para mayores” todas aquellas en las que se vieran un escote semigeneroso o besos apasionados. La OMS, en cambio, no toma medidas contra los millones de imágenes que muestran muertes violentas. Según ella, el consumo de tabaco en la pantalla incita a la emulación, pero no los cuchillos, las pistolas, los fusiles de asalto ni los drones. Que lo pregunten en los Estados Unidos, donde no es difícil adquirir estas armas. ¿Y el alcohol, las drogas, el maltrato, las torturas y las violaciones? A este paso todas las películas y series deberían ser para adultos maduros, porque ya ven lo pusilánimes que son los universitarios.

Hoy hay demasiados individuos a los que no les basta con no hacer esto o aquello: aspiran a que nadie lo haga. Los términos que nos hieren, sean prohibidos; los hábitos que desaprobamos, tórnense ilegales; las ideas que nos perturban, no sean emitidas; las escenas que juzgamos perjudiciales, no existan, no las vea nadie. (Quizá se hayan fijado en que ya no se ven caer caballos en las batallas cinematográficas: no basta con que se jure que ningún animal ha sido dañado en ningún rodaje, está vetada hasta la simulación de ese daño.) La libertad está hoy rodeada de enemigos, y no son los únicos los miembros del Daesh y los talibanes. Poco a poco, y con subterfugios, se compite con ellos en nuestras sociedades. Las libertades arduamente conseguidas en ellas van cayendo, en abominable connivencia entre la derecha y la izquierda o lo que así se llamaba (claro que las actuales “izquierdas” suelen ser falsas, impostoras). Hasta Playboy ha renunciado a sacar desnudos en sus páginas, para acoplarse a la omnipresente censura, con frecuencia disfrazada: los desnudos están prohibidos para menores de trece años en Instagram y otras redes. Si los suprime, Playboy podrá colgar sus fotos en estos sitios y hacer más caja. Castigar con la pérdida de ingresos es una de las formas más viejas y eficaces de imponer las prohibiciones. Franco y los demás dictadores estarían extasiados, al ver cómo sus enseñanzas han prosperado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de febrero de 2016

Reseñas inglesas

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Javier Marias’s game of mirrors in Madrid
MIRANDA FRANCE
Prospect, 16 February 2016
Javier Marías, Thus Bad Begins: ‘In the grip of a secret vice’, book review
ENMA TOWNSHEND
The Independent, 21 February 2016
Thus Bad Begins by Javier Marías review – ‘a demonstration of what fiction can achieve’
HARI KUNZRU
The Guardian, 26 February 2016
Javier Marías’s Thus Bad Begins: A touch of Vertigo in post-Franco Madrid
LEE LANGLEY
The Spectator, 27 February 2016
Javier Marías – Thus Bad Begins
PADDY KEHOE
RTÉ, 27 February 2016
SECRETS AND LIES: JAVIER MARÍAS
ROSEMARY GORING
Herald Scotland, 27 February 2016

Edición inglesa de ‘Así empieza lo malo’

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THUS BAD BEGINS
JAVIER MARÍAS
Translator Margaret Jull Costa
Penguin, 25 February 2016

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The full English
Entrevista completa
ROBERT COLLINS
The Sunday Times, 14 February 2016
Thus Bad Begins by Javier MarÍas; Trans. by Margaret Jull Costa, book review
AYESHA MANAZIR SIDDIQI
The Independent,18 February 2016
‘Thus Bad Begins’, by Javier Marías, translated by Margaret Jull Costa
LUKE BROWN
The Financial Times, 19 February 2016
16 Things to Expect from the New Javier Marías Novel
DAMIAN TARNOPOLSKY
Partisan, 16 September 2015

LA ZONA FANTASMA. 21 de febrero de 2016. ‘Sin exigencias’

La medida ha causado considerable y merecido revuelo en casi todo el mundo, tanto por el hecho en sí como por lo que significa. Como ya sabrán, durante una reciente visita a Roma del Presidente de Irán, Hasan Rohaní, las autoridades italianas decidieron cubrir –más bien ocultar– las estatuas antiguas de los Museos Capitolinos, para que sus desnudos no ofendieran al alto dignatario, o tal vez no lo incitaran a pecar de pensamiento, algo que también juzgaba frecuentísimo (y tan grave como el pecado de obra o de palabra) el Catecismo católico que muchos hubimos de memorizar de niños. En vista de la reacción justamente indignada de numerosos ciudadanos, el Gobierno de Matteo Renzi (católico practicante, me temo que más que socialista) se ha desentendido y ha echado balones fuera: la idea no fue nuestra, no se sabe de quién partió, quizá lo exigió la propia delegación iraní. Pero ésta, por boca del propio Rohaní en rueda de prensa, desmintió la imposición, aunque se mostró complacida con la deferencia, más bien servidumbre: “No pedí nada”, dijo el Presidente, “pero sé que los italianos son muy hospitalarios e intentan hacer de todo para que uno se encuentre a gusto. Les doy las gracias por ello”.

Poco después este hombre se desplazó a París, y allí lo que se procuró fue que no viera una gota de vino, que su fe también prohíbe. ¿Qué hacemos?, se preguntaron los franceses; porque aquí son inconcebibles una cena o almuerzo en los que no se ofrezca vino a los comensales. Démosle una merienda, en la que nos podemos arreglar con té, café y refrescos sin que nadie ponga el grito en el cielo. Y así se hizo. No hace falta recordar que el objetivo primordial de ambas visitas eran negocios, tras el levantamiento de las sanciones al régimen ayatólico. El anciano politólogo Giovanni Sartori, de 92 años, ha sido uno de los que han hablado más claro (la gente vieja tiene la ventaja de decir lo que piensa sin miedo): “Cubrir las estatuas es ridículo, absurdo. Es el reflejo de un mundo imbécil que hace sólo lo que encuentra útil y conveniente en cada momento. Uno tiene derecho a que se respeten sus principios y tradiciones. Si Irán lo tiene, también nosotros. Se podía haber hallado otra solución, con un recorrido distinto o un sitio diverso a un museo con desnudos, pero jamás se debió llegar a esta payasada inadmisible”. Y sugirió, con gracia, que se hubiera recibido a Rohaní entre Ferraris, dada la índole comercial de su embajada, con un séquito de seis ministros y un centenar de empresarios.

El episodio es chusco, en efecto, como lo es el de la merienda parisina, que ha provocado menos alboroto pero resulta igual de abyecto. Y los dos son sintomáticos de la cobardía y la indignidad que hoy recorren Europa. Es éste un continente con un ilimitado complejo de culpa y una fuerte tendencia a flagelarse, sin demasiado motivo. Siempre me ha parecido irritante y engreído “pedir perdón” por lo que hicieron nuestros antepasados. Ni somos ellos ni podemos arrogarnos la capacidad de hablar en su nombre. No podemos atribuirnos sus virtudes ni sus defectos, sus heroicidades ni sus crímenes. Pensar que todo eso se hereda de generación en generación, indefinidamente y hasta el fin de los tiempos, es tan arrogante como injusto y se asemeja peligrosamente al concepto de “pecado original”. Parece haberse olvidado la máxima “Responda cada cual de sus actos”, y no de los del abuelo, el padre o el hermano. Está bien, sin embargo, que no queramos ser como otros más intolerantes. Sería abominable que, con tanto ciudadano musulmán, nos opusiéramos a que se erigieran mezquitas en nuestro suelo, aunque en los países de esa religión no suela haber contrapartida, porque en ellos raramente se consiente la libertad de culto o el ateísmo. Es de cajón que la gente islámica que vive aquí observe sus preceptos, costumbres y prohibiciones, siempre que no infrinjan las leyes de todos ni atenten contra los derechos de nadie. Nada más lógico que no tomar por desaire que Rohaní desdeñe el vino, pero de ahí a que nadie lo tome en su presencia, a que desaparezca de las mesas porque él lo desaprueba, va un inmenso trecho. Y lo mismo para las estatuas romanas. Si un musulmán estricto viene a nuestros países, debe saber que aquí se representa el cuerpo desnudo –bien que intermitentemente– desde hace unos 2.500 años. Puede por tanto renunciar a su visita o cerrar los ojos, pero no esperar ni exigir que vayamos cubriendo esculturas a su paso con pleitesía. Recordaba Savater hace semanas que el imán de la mezquita de Colonia se mostró comprensivo con quienes en Nochevieja manosearon y en algún caso violaron a mujeres locales: “Iban perfumadas …, casi desnudas”, dijo, ¿y qué iban a hacer los pobres varones recién llegados? Con el habitual complejo de culpa, ya hay quien recomienda a nuestras mujeres que se recaten en el vestir, en otro gesto de sometimiento. Los países ­europeos deben ser firmes y razonables. La cuestión es tan sencilla como la siguiente: ahora que fumar tanto espanta, yo he declinado invitaciones a casas en las que se me advertía que allí no podría hacerlo. Respeto a mis anfitriones, no acepto una invitación condicionada, no voy y punto. Lo que sería inadmisible es que yo obligara a fumar a quienes vinieran a la mía o que ellos me impusieran a mí abstenerme en ella, por su presencia. La solución sensata es tan fácil que causa rubor que aún se discuta: el que venga con exigencias, que no venga.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de febrero de 2016

‘While the Women Are Sleeping’, la película

Ecriture

‘While the Women Are Sleeping’ (‘Onna ga Nemurutoki’): Berlin Review
DEBORAH YOUNG
The Hollywood Reporter, February 15, 2016
‘While the Women Are Sleeping’: Berlin Review
KOHEI USUDA
Screen Daily, February 14, 2016
Eines Tages werde ich sie töten
JAN SCHULZ-OJALA
Der Tagesspiegel, 15 februar 2016
Berlinale 2016 – While the Women Are Sleeping, di Wayne Wang
SIMONE EMILIANI
Sentieri Selvaggi, 16 febbraio 2016
WHILE THE WOMEN ARE SLEEPING: IL LATO MORBOSO DI TAKESHI KITANO
ANTONIO CUOMO
Movieplayer, 15 febbraio 2016
Berlinale 2016: While the Women Are Sleeping
Critique Film, 15 février 2016
Berlin Film Review: ‘While the Women Are Sleeping’
MAGGIE LEE
Variety, February 16, 2016

MED Italia

‘Mientras ellas duermen’ en Berlín

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La Berlinale es una gran novela
GREGORIO BELINCHÓN
El País, 14 de febrero de 2016
El hiperrealismo iluminado según Terence Davies
LUIS MARTÍNEZ
El Mundo, 14 de febrero de 2016
Cuando el brutal Takeshi Kitano encontró a Javier Marías
JOSÉ LUIS LOSA
La Voz de Galicia, 15 de febrero de 201
Wang llevó a la Berlinale su fascinación por la mujer durmiente de Javier Marías
EFE, 14 de febrero de 2016
Wang y la mujer durmiente de Marías
Diario Vasco, 14 de febrero de 2016

While the womwn UK

LA ZONA FANTASMA. 14 de febrero de 2016. ‘Esto no estuvo aquí siempre’

Si ha habido en tiempos recientes una engañifa injusta, despreciable y en el fondo muy burda, ha sido la autopropaganda de algunos partidos saltados hace poco a la palestra. La base de su publicidad ha sido presentarse como “nuevos” frente a las formaciones “viejas”, proclamarse “más representativos” pese a no haber pasado apenas por las urnas, vociferar que “la gente” (concepto vago y delicuescente) está con ellos, mientras que los demás son “una casta” (término no original, sino copiado del tonto italiano Grillo) al servicio de “los de arriba” (otro concepto tan demagógico y facilón como difuso), y brincar por el tablero con la misma facilidad que los caballos de ajedrez: ahora somos de extrema izquierda, ahora socialdemócratas, ahora de centro, ahora estamos con “los de abajo” como Perón, ahora creemos en la democracia, ahora en el asambleísmo, ahora queremos arrumbar la Constitución, ahora preservarla y reformarla, ahora defendemos el “derecho a decidir”, ahora a medias, ahora tenemos por modelo a Venezuela, o no, mejor a Dinamarca … Si algo parece claro, y sin embargo dista de estarlo para un gran número de votantes, es que ni Podemos ni la CUP, por mencionar a los más conspicuos, son de fiar en absoluto y nada tienen de “nuevos”. Al contrario, su oportunismo y su desfachatez se asemejan enormemente a los del PP, sobre todo cuando éste se siente acorralado; con la diferencia sustancial de que, hasta ahora, ninguno de esos dos partidos se ha sentido acorralado, lo cual equivale a decir que su oportunismo y su desfachatez son vocacionales. Están en su naturaleza, que en modo alguno desdeña engañar a la gente, ni tratarla como a idiota, si eso vale para sus propósitos.

Lo único en lo que no han variado su discurso es en la condena general de lo que han dado en llamar “el régimen del 78” (a la capciosa definición también se han apuntado ERC, IU y otros). La palabra “régimen” está muy connotada: así se calificaba a sí mismo el franquismo. Al aplicar el término al largo periodo democrático que hemos vivido, se intenta asimilarlo a la dictadura, lo cual, como he dicho antes, es injusto, burdo y despreciable, y supone ponerse en contra no sólo de los actuales políticos a menudo corruptos y sin escrúpulos, sino también de los que llevaron a cabo la Transición, todo lo imperfecta que se quiera, e instauraron la democracia sin apenas derramamiento de sangre. Es decir, se ponen del lado de quienes la combatieron en su día. ¿Y quiénes eran esos? Los residuos más recalcitrantes del franquismo, que detestaban al Rey, a Suárez, a su necesario colaborador Carrillo, al General Gutiérrez Mellado y a Felipe González; la extrema derecha terrorista, autora de la matanza de Atocha; una parte considerable del Ejército, muchos de cuyos mandos aún eran leales a Franco, y de ahí que en aquellos años se rumoreara cada poco que había “ruido de sables”, los cuales se convirtieron en estruendo con el golpe fallido de Tejero; la policía, que costó Dios y ayuda que se amoldara a los nuevos tiempos (aquellos sí que eran nuevos de verdad, y no de pacotilla) y comprendiera que su función era proteger a los ciudadanos y no controlarlos y amenazarlos; y ETA, claro, que incrementó su actividad y llegó a asesinar a ochenta personas en un solo año.

Se ha perdido de vista con qué se hubieron de enfrentar los políticos de la época, alegremente denostados ahora por muchos jóvenes y no jóvenes que reclaman para sí un heroísmo que, para su bendición, no está a su alcance. Se han encontrado un país plagado de defectos y carencias e injusticias, pero no intrínsecamente anómalo, como aún lo era el de 1976. Se han encontrado con un Ejército profesional y sometido al poder civil, del que nadie teme que se pueda levantar en armas contra sus políticos y su propia gente; con una policía que, como todas, comete excesos, pero que no representa un peligro para la población ni detiene a capricho; con un país sin censura, con libertad de expresión, en el que se admite cualquier postura (incluida la disgregación) siempre que no la acompañe violencia; con divorcio (no lo hubo hasta 1981), sin sumisión legal de la mujer, con libertad religiosa, con matrimonio homosexual, sin juicios de farsa, con sindicatos (¿o es que ignoran que estaban prohibidos en el franquismo, lo mismo que los partidos y las elecciones?). Quienes han nacido ya con esto no saben o no quieren saber que esto no estuvo aquí siempre; que costó mucho esfuerzo, mucha mano izquierda, mucha habilidad conseguirlo sin casi sangre, así como buenas dosis de renuncia y contemporización necesarias. La prueba del éxito de la operación en su conjunto es la propia existencia de esos partidos “nuevos” pero nada novedosos, dedicados a echar pestes de quienes la llevaron a cabo. Aquellos políticos y aquella sociedad civil sí que tuvieron dificultades, sí que inauguraron una era e hicieron una revolución en sordina, sí que se la jugaron de veras. Hasta la vida, algunos. Lo hicieron regular o mal en algunos aspectos, qué menos. Podría haberse hecho mejor, como toda empresa humana. Pero lo que desde luego no merecen es el vituperio a que se los lleva sometiendo algún tiempo, a ellos y a sus logros. Por parte, además, de ventajistas y megalómanos, de los que la política ha estado llena desde su prehistoria. Nada tan viejo como los caudillos “carismáticos” y con labia. Lo que hoy presume de “nuevo” es en realidad de una ancianidad, qué digo: de una decrepitud pavorosa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de febrero de 2016

LA ZONA FANTASMA. 7 de febrero de 2016. ¿Peccata minuta?

Justo antes de Navidad, una editorial extranjera que próximamente me publicará una novela me envió 1.055 portadillas del libro para que las firmara, con vistas a satisfacer a los clientes de su país que gustan de ejemplares autografiados por los autores. Y ante la inminencia de las vacaciones, además me metieron prisa. Lo interrumpí todo y dediqué un montón de horas a la tarea (una, dos, tres, y así hasta 1.055, aquello no se acababa nunca). Las tuve listas a tiempo y fueron enviadas, pero la persona que me había hecho la petición ni se dignó poner una línea diciendo “Recibidas, gracias”, con eso habría bastado. Ante la grosería, me dieron ganas de cancelar el viaje promocional previsto para dentro de poco. Pero claro, me abstuve de tomar tal medida, porque se habría considerado “desproporcionada”, o tal vez “divismo” o algo por el estilo. Hoy mismo veo que una actriz americana se permitió sugerirle a un periodista, en medio de la rueda de prensa que ella estaba ofreciendo, que dejara de teclear en su móvil y tuviera la delicadeza de atender a sus respuestas. El comentario de esa actriz ha sido calificado en seguida de “salida de tono” y de otras cosas peores. Bien, todo leve.

En otro sitio, y hace más de veinte años, escribí una columna defendiendo al futbolista Cantona, que había sido suspendido por su club, por la federación inglesa y no sé si por el Papa de Roma (amén de anatematizado por la prensa internacional en pleno), tras propinarle un puntapié a un hincha del equipo rival que se había pasado el partido soltándole barbaridades sin cuento. Sin duda la reacción de Cantona fue excesiva, pero moralmente –que era como más se le condenaba– yo argüía que la razón estaba de su parte. En contra de lo que se piensa, un jugador no tiene por qué soportar estoica o cristianamente los brutales insultos de la masa, o lo hace tan sólo porque los insultadores son eso, masa: es difícil individualizarlos e imposible enfrentarse a todos ellos. Ahora bien, si uno descuella, si uno se singulariza, ¿qué ley le impide a cualquiera plantarle cara y defenderse?

Esta pretensión de impunidad se ha implantado en todos los órdenes de la vida. Parece normal y aceptable –la “libertad de expresión”, señor mío– que la gente injurie, provoque, zahiera y suelte atrocidades sin que pase nada. Y en cambio, si el injuriado, provocado o zaherido responde, o retira el saludo, o se niega a recibir a quien lo ha puesto o pone verde, caen sobre él todos los reproches. “Tampoco es para reaccionar así, hay que ver”, se dice. “Qué borde y qué resentido”, se añade. “Qué intolerancia la suya”, se continúa; “al fin y al cabo los otros ejercían su derecho a opinar y ahora le estaban tendiendo la mano”. Se ha extendido la extrañísima idea no ya de que se puede decir –e incluso hacer– lo que se quiera, sino de que eso no debe tener consecuencias. Y si el ofendido obra en consecuencia, entonces es un intransigente y un exagerado.

Si hay políticos catalanes que llevan años clamando contra la “opresión borbónica” o la “ladrona España”, y asegurando que nada tienen ni quieren tener que ver con este país (al que nunca llamarán por su nombre), esos mismos políticos se sorprenden y enfadan si un Borbón, o un español corriente, rehúsan estrecharles la mano. Fernando Savater y otros perseguidos de ETA lo han experimentado largos años. Savater ha vivido lustros amenazado y ultrajado, sin poder dar un paso sin escolta, insultado y vejado por los aliados políticos y simpatizantes de los terroristas. Y si ahora no le sale “perdonar” a sus aspirantes a verdugos y jaleadores, hay que ver, es él el rencoroso, el vengativo, el crispador y el desalmado. Se puede ser violento, se puede agraviar y ser grosero, se puede impedir hablar a alguien en una Universidad, se puede poner a caldo a cualquiera. Bueno. Lo que ya es inexplicable es que además se pretenda que todo eso se olvide cuando el ofensor cesa, o cuando a éste le interesa, y que carezca de toda repercusión y consecuencia. En una palabra, se exige impunidad para los propios dichos y hechos. Peccata minuta.

Yo he hablado aquí acerbamente de figuras como Aznar, Rajoy o Esperanza Aguirre. Bien, estoy en mi derecho. Pero lo que nunca se me ocurriría sería pedirles audiencia; si, llegado el caso (improbable), ellos me negaran el saludo o me respondieran con un bufido o desaire, me parecería lógico: desde su punto de vista, me los tendría bien ganados. Y si un día me arrepintiera de cuanto he vertido sobre ellos (aún más improbable), y quisiera “hacer las paces”, no me sorprendería que me contestaran de malos modos o con una impertinencia. Lo manifestado y lo sucedido no dejan de existir porque cesen a partir de un momento determinado; lo que ya no se prolonga no queda borrado por su mera interrupción. El sufrimiento padecido no se olvida porque “ahora esté en el pasado”. Los años de pena, de dolor, de miedo, de afrenta y hostilidad no desaparecen porque así lo decreten o les convenga a los que los causaron. Sin embargo, nuestras absurdas sociedades pretenden no sólo eso, sino que además el aguante sea ilimitado y el “perdón” simultáneo al agravio. A Cantona o a cualquiera se les puede provocar y maldecir sin medida; se puede ser grosero o agresivo, o humillar hasta el infinito. Pero ay del que se lo tenga en cuenta a los agresores y a los humilladores. Será un intransigente, y su conducta la más censurable de todas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de febrero de 2016