LA ZONA FANTASMA. 29 de diciembre de 2019. ‘Mis vecinos de otro tiempo’

Se cumplen veinticinco años de vivir donde vivo la mayor parte del tiempo, en el Madrid de los Austrias, así que llevo ya largo rato paseando por sus calles. Esta capital y sus nefastos Ayuntamientos (pronto tocará un repaso al actual, a la bajura de los anteriores) se han caracterizado por destruir y demoler cuanto había, luego poco queda con antigüedad. Uno de sus escasos aciertos fue la colocación de placas conmemorativas en los muros, a la manera londinense. La mayoría (no todos, ay) son romboidales y de color crema, y se distinguen bien. Pero, como poco no fue arrasado, lo más frecuente es que recen: “Aquí estuvo la casa en la que se alojó Alexandre Dumas en 1846” (poco después de sus Tres mosqueteros), o “Junto a este lugar se erigió la Casa del Tesoro, donde vivió Velázquez de 1652 a 1660 y tenía el obrador en el que pintó Las Meninas”, o “… el Palacio del Conde de Lemos, editor de la Segunda Parte del Quijote”. Bien está que se recuerden los edificios fantasmas, que habitaron mis vecinos de otro tiempo, admirables y dignos de remembranza. Así sabemos algo de ellos, y nos cabe imaginar que vieron cielos parecidos a los que vemos y respiraron los mismos aires (más puros pero más hediondos). La gente que pasa por estas zonas apenas se fija y les trae sin cuidado: no sólo las hordas turísticas, que no saben quién fue nadie, sino los propios españoles, cada día más voluntariamente ignorantes. Y sin embargo aquí, en estas calles y plazas, anduvieron algunos de los mejores individuos que han pasado por nuestra historia.

En la Plaza de Oriente no sólo vivió Velázquez, sino también Verdi en 1863, cuando vino a presentar La forza del destino, y Giovanni Battista Sacchetti, principal arquitecto del Palacio Real, muerto en 1764, y Herrera Barnuevo, arquitecto y pintor de Felipe IV, muerto un siglo antes, en 1671. Mucho más tarde, en 1918, el notable poeta uruguayo Vicente Huidobro, y también el mítico tenor Gayarre, sobre cuya vida vi de niño una película interpretada por Alfredo Kraus, y siempre que pienso en uno u otro me acuerdo de una deliberada metedura de pata de mi abuelo Emilio, médico tan simpático como impertinente, que tras una actuación del segundo fue a felicitarlo con este comentario demente: “Qué bárbaro, Kraus, cómo canta; de lejos parece una gallina”. Muy cerca, en la calle de Santa Clara, vivió y se mató el joven Larra en 1837, y algo más acá, en la del Espejo, tuvo Goya su casa en 1777, que también la tuvo en el 6 de la calle Santiago, al lado, aunque ahí no hay placa. Sí la hay, en cambio, de George Borrow, “Don Jorgito el inglés” en el barrio entre 1836 y 1840, al que hoy casi nadie lee, pero que escribió un divertidísimo libro viajero, La Biblia en España. En la prolongación, en Milaneses, tuvo sus juegos callejeros de infancia Lope de Vega, junto a otra iglesia desaparecida, San Miguel de los Octoes. Y casi enfrente, ya en Mayor, vivió y murió Calderón de la Barca, y paseó Boccherini. En Mayor esquina a Coloreros fue asesinado en 1622 Juan de Tassis, Conde de Villamediana, de vida audaz y pendenciera y poesía que merece ser leída, y en la esquina con Almudena emboscaron y despacharon a Juan Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, el hermano bastardo de Felipe II, el Lunes de Pascua de 1578. Muy cerca estuvieron las mansiones de la Princesa de Éboli, conocida tal vez por las masas como “la del parche en el ojo”, y en ellas fue arrestada por orden del mismo Rey en 1579.

En la recóndita Plaza del Biombo, en la iglesia de San Nicolás, fue bautizado Ercilla en 1533. Tampoco él es hoy muy leído, pero fue autor del célebre poema épico La Araucana, quizá menos olvidado en Chile; y si uno cruza Mayor hasta Pretil de los Consejos, verá el lugar que albergó el Estudio de Humanidades que dirigió López de Hoyos y del que fue discípulo el joven Cervantes. En Arenal se encuentra la iglesia de San Ginés, que considera hijos suyos a Quevedo, Lope de Vega y al gran músico Tomás Luis de Victoria, al primero por haber sido bautizado, al segundo por haber casado allí, y al tercero porque en 1611 falleció “cabe su muro”. Al subir una bocacalle, Fuentes, uno se entera de que en una pensión se hospedó, en 1862 y 1863, un Pérez Galdós veinteañero. Me parece bien que, pese a los tiempos que corren, se recuerde al torero “Frascuelo”, muerto en 1898, y en otro lugar el sitio donde estuvo el Gran Oriente, sede de los masones mucho antes de que los persiguiera Franco. También me gusta la placa de alguien cuyo nombre desconocía, en memoria del maestro José Cubiles, cuyo piano sonó en la Plaza de Oriente entre 1928 y 1971: cuarenta y tres años de melodías bien merecen un homenaje. En la Costanilla de San Andrés se erigieron las casas de Ruy González de Clavijo, justamente recordado por haber sido embajador del Rey Enrique el Doliente en la Corte de Tamerlán el Grande, en la remota Transoxiana, entre 1403 y 1405. Y también anduvo por aquí mi madre: vivió en Mayor 11 y 13 cuando era muy jovencita.

Ya que los edificios no perviven apenas, que al menos se sepa que aún rondan por estas plazas y calles las sombras de mis vecinos más distinguidos de los últimos cinco o seis siglos. Extrañamente, hacen compañía.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 22 de diciembre de 2019. ‘Destructores del fútbol’

Los responsables de la Federación Española de Fútbol y de La Liga, Rubiales y Tebas, se detestan sin disimulo y se combaten en todos los frentes menos en uno: actúan mancomunadamente para destruir el fútbol. Eso sí, con la criminal colaboración de presidentes de clubs, insaciables marcas deportivas, millonarios árabes, rusos o asiáticos convertidos en groseros propietarios de equipos antaño nobles, televisiones enloquecidas, codiciosas casas de apuestas y parte de las hinchadas, dedicadas a arrasar las ciudades que visitan. Sin olvidar a modistas de gusto pésimo ni a Mourinho.

Hace un mes le confesé a mi amigo y editor Juan Díaz, culé fanático (y por tanto antimadridista a ultranza), que ya no seguía el campeonato de Primera División. No me dio crédito y le expliqué: “Lo han convertido en una competición sin interés y, sobre todo, indescifrable. Cada poco se interrumpe para que se juegue un apasionante España-Malta, o, en otras áreas, un Chipre-Alemania, un Inglaterra-Islas Feroe y un Liechtenstein-Italia. Eso cuando el enfrentamiento no es entre Moldavia y Estonia. O amistosos ociosos. A la siguiente jornada de Liga, uno ha perdido comba, no recuerda quién la encabezaba ni quiénes estaban en descenso. Para compensar, a veces se juegan partidos en martes, miércoles y jueves, de los que pocos se enteran y que contribuyen al desconcierto.

Cuando por fin hay encuentros en fin de semana, los horarios son descabellados: a las 12, a las 13, en viernes, sábado, en domingo a las 21, cuando los lunes suelen ser laborables. Quieren robarnos partidos para entregárselos a Arabia Saudí o a Miami, dos lugares sin tradición y un Estado delictivo el primero. Añádele a todo eso que es casi imposible adivinar qué equipo es cuál. Saltan al césped vestidos de fucsia irisado o de rosa palo, de verde limón o de orina, la mayoría de las veces sin necesidad (el cambio de uniforme se justificaba sólo por la posible confusión de colores). Esta temporada tu equipo, el Barça, va como el Sabadell, a cuadros ‘arlequinados’, o más frecuentemente de amarillo nada neutral”. No es el caso de Juan Díaz, que será culé inquebrantable por lo menos hasta que se retire Messi, pero conozco a bastantes barcelonistas que este año se han declarado en huelga contra el club de sus amores por considerarlo colaboracionista —ay, ese amarillo no es casual en Cataluña— del Régimen de Vichy que pretenden imponer Puigdemont, Mas, Junqueras, Torra y compañía. Como lo juzgan totalitario y una calamidad para su país, ya no pueden ir con el Barça como toda la vida. (Los jóvenes que ignoren Vichy lo encontrarán fácilmente en sus móviles.)

Juan me reconoció que algo de razón llevaba: “Pero no me creo que ya no veas fútbol”. Contesté: “Sí lo veo. Como el juego aún me gusta, sigo Segunda División, A y B, competiciones mucho más dignas. No se interrumpen por un ridícu­lo Macedonia del Norte-España y no se pierde el hilo, y en cada grupo tengo mis favoritos y también mis ‘enemigos’, como en Primera antes de que la mataran. Y los árbitros son menos medrosos y necios. Los de Primera no han caído en la cuenta de que, si un delantero apunta adrede a la mano de un defensa, con la precisión que tienen el balón dará en efecto en la mano, y eso nunca puede ser penalty. Tampoco entienden que a veces los jugadores no son derribados ni fingen haberlo sido, sino que se caen (es fácil a toda carrera) o resbalan. Los de Segunda no se paran tanto a mirar el VAR, que compensa sus ventajas con enormes incordios: la gente debe aguardar minutos para cantar un gol hoy en día”. Juan seguía sin creerme: “¿Me vas a decir que te traen sin cuidado el Barça, el Madrid, el Atleti, la Real, y que sólo te importa el Numancia?” “Al Numancia lo sigo desde la infancia por mis veraneos en Soria, mucho antes que Handke; y también voy con el Cádiz, porque la ciudad y el equipo me encantan. De Segunda B, mis preferidos son el Castilla (filial del Madrid) y el Rayo Majadahonda (por vivir allí un hermano mío) en el grupo I; en el II, la Cultural Leonesa, porque siempre admiré su nombre y la ciudad a la que pertenece, y el Arenas de Guecho, porque es un club histórico que ganó algo importante hace mil años; en el III, el Cornellá; y en el IV el San Fernando, por mi debilidad gaditana. Lástima que no los televisen, no me perdería un partido de la Cultural, como no me lo pierdo del Numancia. Admito que los futbolistas son menos diestros que los de Primera, pero los hay muy buenos. El público es más entusiasta y se alegra más cuando gana su equipo. Las pasiones son las mismas, y aun acentuadas: ya se sabe que la momentánea felicidad del modesto es incomparable con la rutinaria del acaudalado”. No, no logré convencer a Juan Díaz. Se quedó mirándome como a un loco o maliciándose que le hablaba en broma. Lo segundo no lo hacía. Lo primero no lo descarto, pero la culpa no sería mía, sino de Rubiales y Tebas y el resto de enumerados al principio. Él, mientras Messi siga en activo, seguirá besando la camiseta amarilla o arlequinada. Yo sigo todavía al Madrid, en la medida de lo posible, de lejos, y mientras esté Zidane a su frente. Mi Vichy particular, no lo oculto, sería el regreso de Mourinho.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 15 de diciembre de 2019. ‘Un olvido recordado’

En el suplemento Ideas de hace unos domingos, un artículo de Sara Mesa conmemoraba los cuarenta años de la defunción de la pionera revista Vindicación feminista, que duró de 1976 a 1979, sacó 29 números y llegó a tener unas ventas de 25.000 ejemplares. Como se consignaba, la fundaron Lidia Falcón y Carmen Alcalde y en ella sólo escribían mujeres, entre las cuales estuvieron Ana María Moix, Nativel Preciado, Maruja Torres, ­Marta ­Pessarrodona, Cristina Alberdi, Anna Estany y Rosa Montero, además de otras de nombre más olvidado. Una de ellas se llamaba Luisa Viella y en realidad nunca existió, porque ese fue el pseudónimo que las directoras me eligieron para una crónica o reportaje, ignorando que yo lo había escrito. Así que debo de ser el único varón que, clandestinamente, colaboró en aquella revista, al parecer hoy venerada por las feministas nuevas.

Yo mismo lo había olvidado, hasta leer el mencionado artículo. No hubo por mi parte ánimo de engaño, todo lo contrario: deseo de ayudar a una conocida que sufría el permanente acoso de su marido, con alguna agresión incluida (estaba separada de él, pero no hubo divorcio en España hasta 1981). Vivía yo entonces en Barcelona, donde nació Vindicación. La mujer en cuestión era amiga de la mujer con la que yo convivía. La acosada se llamaba Nati Lorenzo, y supe tiempo más tarde que había muerto en un accidente (eso me dijeron) al resbalar desde un tejado. Estaba tan desesperada, y tan desprotegida por la ley, que decidió contar su historia a la revista, con la esperanza de que la airearan las responsables. Éstas dieron su visto bueno y le encomendaron un texto con el relato de su caso en tercera persona. Pero Nati no sabía hacer eso, darle orden ni expresión ni escribirlo “desde fuera”. Así que su amiga me pidió a mí que le echara una mano (había ya publicado mis dos primeras y juveniles novelas). Nati me contó, tomé notas, y le entregué una pieza que se publicó en número y fecha que desconozco, pues en el recorte que guardo en mis viejas carpetas no figuran ni lo uno ni lo otro. Pero sí conservo el texto, debió de formar parte de una sección fija, “El hecho flagrante”. Se tituló “Una mujer al desamparo de la ley” y comienza así: “El hecho flagrante nos viene relatado hoy por Natividad Lorenzo, de 36 años. Nati es madre de tres hijos y lleva año y medio separada provisionalmente de su marido Antonio, tras doce años de matrimonio, más que de vida en común, con él”. La crónica es bastante extensa, ocupa dos páginas impresas en letra apretada y lleva dos ilustraciones: una foto en la que se ve (poco) a Nati y a sus tres hijos, dos niños y una niña, y un fragmento de una “Providencia” del juez Castro y Ancós, por la cual, entre otras cosas, se prohíbe la entrada al domicilio conyugal de cualquier persona “extraña al mismo”.

Recuerdo que cuando Nati presentó el escrito a las directoras de Vindicación feminista, éstas le preguntaron quién se lo había hecho. Dado que mi abuelo se apellidó Marías de Sistac, le sugerí que dijera: “Una amiga, Maria Sistac”, que sonaba suficientemente catalán. Así lo hizo, y la respuesta fue: “Bueno, deja que el nombre lo elijamos nosotras”. El texto de Luisa Viella, pues, termina con estos párrafos, según veo: “Y, sin embargo, el padre y el hermano de Nati se han presentado en su casa: tuvieron ese atrevimiento, y la osadía le ha costado a Nati que se siga contra ella proceso criminal por desacato a la autoridad. Esto quiere decir que Nati puede acabar con sus huesos en la cárcel durante una temporada (pues a lo mejor para cuando tenga lugar el juicio Antonio se ha retrasado varios meses en el pago de las mensualidades y Nati no tiene con qué abonar una fianza) por haber sido visitada por su padre y su hermano en el domicilio en el que habita. ¿Y por qué se prohibió la entrada de cualquier persona ajena al domicilio conyugal? El juez, por el mero hecho de ser Nati mujer, da esa orden. ¿Dónde están las pruebas que demuestren que Nati lleva una vida desordenada? No las hay, pero no importa: Nati es mujer y, por lo tanto, siempre será culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Pero nada de esto es desacostumbrado…, porque estas leyes son así para todas las mujeres, la ley es moral y la moral es costumbre… Nati vive encerrada, sin poder pasar una noche fuera o recibir a su propio padre; vive en una especie de libertad provisional, casi en un régimen de prisión atenuada, merced a las resoluciones judiciales de un juez y unas leyes que, una vez más, atentan descaradamente contra la mujer”.

Sería 1976 y tendría yo 24 o 25 años, calculo. En mucho he cambiado, pero podría suscribir las viejas palabras de Luisa Viella, a quien había olvidado. Entonces sí que eran aún atroces la desprotección y el sometimiento de las españolas. Sería de agradecer que no se fingiera que nada ha variado desde aquellos días. Y que no llamen machista, “machirulo” y otros idiotas vocablos a quien fue colaborador oculto de la mítica Vindicación feminista, en tiempos mucho más difíciles que estos para las mujeres.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de diciembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de diciembre de 2019. ‘Dos décadas de antipatía’

Dejemos a los gobernantes de hace cuatro domingos y volvamos, pues, al costumbrismo. Miremos un poco más, con los ojos de mañana, las dos primeras décadas del siglo XXI, aquel tiempo en el que la gente solía estar muy satisfecha de sí misma, se consideraba “supersolidaria”, “empática” a más no poder, y se afanaba en buscar “causas” (eso tan propio de las personas tristes), y, si no las hallaba, se las inventaba. Se decidió que había que poner fin a toda injusticia, discriminación e “invisibilidad”, que al pasado había que castigarlo y la historia modificarla, es decir, falsearla. Lo que ocurrió y no nos gusta, o nos parece condenable, neguemos que ocurrió o cambiémoslo, los hechos no importan y la verdad aún menos. El resultado de todo esto fueron nuevas o viejas injusticias, discriminaciones e “invisibilidades”, una absoluta falta de entendimiento de lo que había sido avanzado y beneficioso en cada época (según aquellos soberbios, todo el pasado había sido un error repugnante), y, en consecuencia, un desmedido aumento de la intolerancia. Nadie estaba a salvo: a los individuos se los censuraba por utilizar plástico, por viajar en avión, por ir en coche, por comer carne, por beber, por fumar, por follar y sobre todo por intentarlo, por ser madrileño o parisino o extremeño, por oponerse y por no oponerse a algo, por defenderlo y por no defenderlo. No había manera de acertar, uno siempre se la cargaba. Todo era criticable y casi nadie estaba nunca contento con nada.

A toda actitud se le veían defectos espantosos y no había sujeto que no cometiera pecado: si uno se disfrazaba de mariachi se estaba burlando de los mexicanos; si de torero, de los españoles; si se ponía un kilt, de los escoceses. Si un actor blanco interpretaba un papel que no fuera de blanco, incurría en indignante “apropiación cultural”. Nadie se quejaba, en cambio, de que legiones de asiáticos tocaran piezas de Haydn, Mozart o Beethoven, ni de que un negro hiciera de Duque de Gloucester en una obra de Shakespeare. Las prohibiciones solían ser unidireccionales. El humor se perdió totalmente: la mayoría se tomaba todo al pie de la letra y como ofensa, ya no se reconocían las bromas y los hermanos Marx habrían resultado repulsivos. Las personas andaban cabreadas permanentemente. Muchas se levantaban planeando a quién podrían destruir durante su jornada, como si ese fuera su único aliciente. Se les entregó una herramienta de la que se hicieron esclavas: las redes sociales. Se les hizo creer que con ellas tenían poder, que sus denuestos ya no se quedarían en la esfera de lo privado, sino que el mundo entero sabría de sus malignidades. Ignoraban que la mayoría de las “campañas” estaban orquestadas y eran ficticias; que incontables “usuarios” en realidad no existían, eran bots de Rusia, China o de multinacionales, o bien un grupo de machacas encerrados en una granja o un garaje, que multiplicaban sus consignas y así engañaban a los pardillos: “las redes arden” y demás sandeces, cuando lo único que echaba humo eran los dedos de los machacas atrincherados. Fuera como fuese, esa herramienta dio a los individuos dos sensaciones: de potencia y de impunidad, ya que nadie utilizaba su nombre. El anonimato y la masa son infalibles pruebas para medir la calaña de cada uno: si alguien sabe que no habrá represalias y que ni siquiera deberá encararse con quien está calumniando o insultando, nada le impide ser cruel —si su índole es cruel—. Así que una porción de la población se sintió libre de soltar veneno a raudales contra sus semejantes. Con frecuencia los más ponzoñosos eran quienes se consideraban más rectos, benefactores y “empáticos”. Si un torero era herido, los animalistas se apresuraban a desearle la muerte con terrible agonía, y si se moría un niño que había manifestado su afición a los ruedos, los empáticos aplaudían. Si un policía estaba gravísimo en el hospital, había independentistas muy rectos cruzando los dedos por que la palmara. Si alguien ganaba un premio o tenía éxito, ya podía prepararse para una lluvia de improperios. Y si no ganaba nada y fracasaba, los mismos millares de amargados lo celebraban y le deseaban que jamás se recuperara. La sociedad (no toda, claro) desarrolló una vocación de turba perseguidora, apenas distinta de la que inspiraba los linchamientos, ya saben: si el crimen es colectivo y se ampara en la multitud que lo comete, no hacen falta pruebas ni juicio, es un crimen “del pueblo”, esto es, de nadie. Lo peor fue que en la cabeza de muchos se aposentó la idea de que todo el mundo era culpable “de algo” (aunque fuera retroactivamente) y merecía ser castigado. Con la excepción, claro está, de cada turba perseguidora. Pero como no se recordaba nada de lo acontecido, o se lo había falseado, se ignoraba que las turbas furiosas necesitan alimentar su persecución, y que los siguientes en la lista de perseguibles siempre son los perseguidores primeros. No por otro motivo (basta un solo ejemplo reciente) el perseguidor Gabriel Rufián fue tachado de “traidor” por sus propios correligionarios hace unas semanas. Pero descuiden, porque quienes se lo llamaron acabarán también perseguidos.

Lo más suave que puede decirse de aquellas décadas iniciales del XXI es que fueron tan idiotas como ceñudas, y tan retrógradas como antipáticas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de diciembre de 2019

Reseñas francesas

“L’écart” et “Berta Isla” : les coups de cœur littéraires de la semaine
Europe 1, 6 octobre 2019

« Berta Isla » : un mariage de lumière et d’ombres
FREDERIQUE HUMBLOT
Les Echos, 27 octobre 2019

“Berta Isla” : le magnifique portrait de femme de Javier Marias
JEAN PIERRE TIROUFLET
Atlantico, 1 novembre 2019

« Berta Isla » de Javier Marías aux éditions Gallimard : une performance de haute volée
BÉATRICE ARVET
La Semaine, 4 décembre 2019

Javier Marías, agent secret
DIDIER JACOB
Bibli Obs, 5 décembre 2019

LA ZONA FANTASMA. 1 de diciembre de 2019. ‘El factor aversión’

Cuando esto se publique, es posible que esté cerca la formación de nuevo Gobierno o que el preacuerdo entre el PSOE y Podemos se haya ido al traste por falta de apoyos. Sea como sea, el paso dado por el primero de estos partidos ya es irreversible y quizá lo condene, a medio plazo, a seguir la triste senda que recorrió Ciudadanos el 10 de noviembre, cuando pasó de 57 a 10 diputados.

Confieso que no entiendo a los políticos actuales. No ya por sus ideas o ideologías o propósitos (que a menudo tampoco), sino por su incapacidad de visión larga y sus estrategias. Todos parecen haber prescindido de un factor hoy determinante, en mi opinión profana. Hace ya tanto tiempo que, salvo a los militantes e incondicionales de cada formación, nos resulta imposible sentir estima o simpatía por quienes se ofrecen para gobernarnos; hace tantos años que la mayoría votamos lo que nos resulta menos insoportable entre una galería de males; que la tentación de abstenernos nos va en aumento a cada convocatoria; que a los electores oscilantes (que son los más, los que en su momento otorgaron mayorías claras al PP o al PSOE) se dedican no a elegir, sino a descartar escrupulosamente a quienes en modo alguno desearían ver en La Moncloa, que ya no cabe duda de que la aversión se ha convertido en el factor predominante. Mucha gente no sabe lo que prefiere, pero sí lo que detesta por encima de todo. Hasta el punto de que las propias bases de los partidos, nada representativas del total de los votantes, han tomado por costumbre congregarse ante sus respectivas sedes para gritar negaciones: “¡Con Fulano no!”, es decir, con cualquiera menos con ese o esos, manifestando no lo que quieren, sino solamente lo que no consienten. Si eso no es un síntoma de la importancia del factor aversión, no sé qué puede serlo.

Pues bien, siendo esto tan evidente, nuestros partidos han resuelto ignorarlo y así, uno tras otro, se van granjeando la antipatía invencible de quienes a la postre determinan los resultados: los votantes no fanáticos ni inmutables, los que se lo piensan mucho cada vez y se guían por sus descartes, los vacilantes, los poco fieles, los cambiantes, los que sólo optan por lo menos nefasto y nunca por lo más beneficioso (ya no ven beneficios en ningún lado). El descalabro de Ciudadanos se debe a varios motivos, pero a buen seguro uno de ellos es este: por mucho que intentara disimularlo, entre abril y noviembre sus votantes más convencidos percibieron la transigencia con Vox y la cogobernación con Vox en muchos sitios. A los inamovibles del PP eso no les provocaba demasiado rechazo, porque el partido de extrema derecha los representaba en parte. Pero la animadversión que suscita Abascal queda patente en las encuestas, y era natural que los electores más centristas y moderados de Ciudadanos vieran a éste irremisiblemente invalidado y contaminado por su connivencia hipócrita con los nostálgicos de una dictadura.

Me temo que lo mismo le va a suceder antes o después al PSOE con la contaminación que para él supone Podemos. En esas encuestas Pablo Iglesias (al menos hasta que apareció Abascal) es invariablemente el líder peor valorado por el conjunto de los opinantes. Es obvio que, tras esa alianza, nadie de derechas votará de nuevo a los socialistas; ni nadie de centro, sea eso lo que sea, y todo partido necesita papeletas “ajenas” para ganar con claridad suficiente. Pero es que tampoco lo votarán en el futuro numerosos socialistas, véase ya el ejemplo del antiguo Presidente de Extremadura. Tampoco arañará votos entre los podemitas, que seguirán leales a su favorito; ni entre los independentistas, que continuarán con sus sectas; ni entre los peneuvistas y proetarras monolíticos. Sánchez, político soso y adusto, ha desestimado el factor aversión y no compensará las pérdidas que éste trae. Con su coalición súbita y cínica se ha enajenado para largo tiempo a millones de españoles, sin conquistar a ninguno nuevo.

He dicho “cínica” y me quedo corto, pero es que no hay palabra de mayor envergadura. No quisiera repetir lo ya escrito, pero no está de más subrayar lo siguiente: antes de las elecciones de abril Podemos contaba con 71 diputados. Ahora, cuando ha perdido más de la mitad y tan sólo le restan 35 —cuando es un partido en retroceso, a la baja—, se recurre a él y se lo premia frívolamente con una vicepresidencia y tres ministerios, a cambio de formar un Gobierno (si se forma) impopular, precario, lleno de tiranteces y de adversarios acérrimos. Y a cambio de recibir el PSOE el rencor profundo, y quizá definitivo, de la mayoría de los ciudadanos. Lo que Sánchez ha olvidado es que siempre hay “otra vez”, y que todos vuelven a votar en la próxima, incluidos los que buscarán siglas distintas y colocarán al PSOE en lugar destacado de su lista de descartes. Sólo puedo añadir que lo lamento personalmente. Nunca es grato ver cómo alguien con historia se perjudica, o se suicida.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de diciembre de 2019