Por alusiones

Hisham Matar: ‘Writing is both the easiest and the most difficult thing’
LISA O’KELLY
The Guardian, 19 October 2019

Sorprendente premio de narrativa
PITY ALARCÓN
La Opinión de Murcia, 29 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 27 de octubre de 2019. ‘Con ojos futuros’

Esta idea se la debo a Bill Maher, que la esbozó en uno de sus programas. Si hay algo antipático del presente —de cualquier presente—, es que mira el pasado cercano con desdén y con aires de superioridad. Desde que tengo memoria, el actual se lleva la palma. La revolución tecnológica de las últimas décadas ha imbuido a la mayoría de los individuos de una soberbia injustificada, como si hubieran sido ellos, los usuarios, quienes inventaron Internet, Twitter, Instagram, los smartphones, Netflix y YouTube. En el mejor de los casos, se compadecen de sus padres y abuelos; en el peor (y más frecuente), se burlan de ellos despiadadamente: pobres sujetos ignorantes y atrasados. Los llamados millennials se consideran cuasi perfectos y dignos de admiración, y, como corresponde, se tronchan al ver imágenes de los años setenta y ochenta del siglo XX. Los pantalones acampanados, los cardados, los pelos fritos, las chaquetas de pana, las hombreras, los pijamas tipo ABBA, todo es objeto de justa mofa, que compartimos con buen humor quienes en su día sucumbimos a las modas de turno. (Durante un periodo de mi juventud llevé una larga melena estilo apache, y lo peor es que existe una fotografía en la edición original de mi segunda novela, de 1973.)

Pero no está de más imaginar qué se dirá de nuestra época “extraordinaria” dentro de veinte o treinta años, cuando le toque ser pasado. Me temo que la hilaridad de nuestros hijos y nietos será inmisericorde. Cuando vean vídeos de ahora se troncharán y exclamarán: Fíjate, la gente andaba aferrada al móvil y no cesaba de mirarlo o teclearlo compulsivamente, sin atender a lo que sucedía a su alrededor. Se tropezaba, algunos eran atropellados por coches que no veían ni oían venir, y otros sufrieron accidentes mortales por hacerse un selfie idiota. Con el aparato lo fotografiaban todo, aunque no fuera bonito ni tuviera el menor interés. Martirizaban a sus conocidos enviándoles la incomprensible foto (platos de comida, baldosas, un mimo callejero), que jamás volvían a mirar. Muchos hombres se colocaban en la coronilla unos moñitos a lo samurái, o peinaban complicadas rastas difíciles de lavar. Había futbolistas que se ponían una mopa en la cabeza y así salían ufanos al campo. No escaseaban las mujeres que se pelaban al uno como hospicianas de Dickens o represaliadas tras las guerras. Tanto ellas como los varones lucían tatuajes con ahínco, hasta el punto de ir en camiseta por la calle para exhibirlos. Abundaban los gordos fenomenales, que decidieron estar orgullosos de serlo, pese a que los médicos recomendaban eliminar grasas para mejorar la salud. Se generalizó el uso de pantalones justo por debajo de la rodilla, lo cual “cortaba” las piernas en dos. Se vestían horrorosas camisetas flojas y holgadas (y con lemas) que acentuaban las barrigas, al fin y al cabo eran motivo de inexplicable orgullo. Las deportivas eran ubicuas, y se conjuntaban estrafalariamente con smokings y fracs en las galas, o las mujeres con vestidos largos de fiesta. Había un gusto pésimo, en suma, pero las gentes creían ir de maravilla.

Se sometían gustosamente a las sevicias y humillaciones de las compañías aéreas y de los aeropuertos, se pasaban allí horas y horas, con el inútil propósito no de viajar, sino de desplazarse como locos de un sitio a otro. En realidad, a la mayoría, no les interesaba ningún lugar. Los recorrían rutinariamente según las instrucciones de alguna guía o web y se hacían retratos allí donde se les indicaba que había algo “importante”. Ni siquiera lo miraban, ese algo, o sólo con la cámara del móvil. Se agolpaban en rebaño delante del feo retrato de La Gioconda, dándose codazos para lograr tenerlo de fondo y taparlo luego con sus caras. Andaban por las calles en destructivos grupos de ochenta o más personas, comportándose como ganado al mando de un vaquero o pastor que los guiaban con una sombrilla de colores o una banderita. Se desplazaban por las aceras en patinetes que solían dejar tirados tras usarlos, para que alguien se desnucase luego. También en bicis y en unos aparatos de ruedas gordas y horrendas llamados segways, para perezosos. Las ciudades eran un caos y un peligro para las personas de edad, ya sin apenas reflejos para esquivar los vehículos pueriles. Los domingos se disfrazaban de atletas y corrían en masa por cualquier motivo “solidario”, eso decían. No lo hacían en espacios verdes, como habría sido normal, sino que se empeñaban en hollar el duro asfalto de los centros más céntricos, para imposibilitarles la vida y el tránsito a cuantos no participaban de sus maratones y “perrotones”, que consistían en correr igualmente, pero con perro. Enloquecieron por estos animales, hasta el punto de que en 2019 había en España unos ocho millones de ellos. Se creían que eran niños y los mimaban como a tales, pero a menudo se cansaban y los abandonaban de mala manera, tras haberlos adorado durante un año o dos. Eran inclementes, aunque solían creerse, todos, buenísimas personas.

Da un poco de miedo mirarnos con ojos futuros. Pero más miedo dará un domingo próximo, cuando esos ojos se fijen en algunos asuntos más serios, y no sólo en aspectos costumbristas, que tampoco han de faltar, porque son tan inagotables como agotadores.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 20 de octubre de 2019. ‘Sin interpelar’

Me ocupé hace  no mucho del deterioro de nuestros informativos de televisión, medio por el cual, pese a todos los móviles habidos, muchísima gente sigue la actualidad. Por conveniencia de horarios alterno sobre todo los de TVE y la Sexta. Y es en esta última cadena donde asisto a un fenómeno que hace unos años habría resultado insólito e inadmisible, a saber: la mayoría de los locutores y (principalmente) locutoras no se limitan a dar las noticias con desapasionamiento y neutralidad, dejando al espectador que extraiga sus conclusiones, como solía suceder y es obligado en el buen periodismo, sino que con su tono y sus gestos nos dicen lo que opinan ellos y por tanto lo que debemos opinar. Es como si hubieran incorporado a sus rostros y voces los emoticonos, emojis o como se llamen. Así, informan de que tal político ha hecho una declaración determinada, y al hacerlo ponen cara de estupor, o de reprobación, o de asco, o utilizan el sarcasmo tonal. Es como si añadieran: “Puaff”. Hay ocasiones en las que sólo les falta apuntar con el pulgar hacia abajo. Es decir, lejos de contar lo que sucede, lo comentan, lo descalifican, lo condenan, rara vez lo aplauden, con muecas y entonaciones de censura o de condescendencia. Algo en verdad llamativo y contrario a la más elemental profesionalidad. Los presentadores de esta cadena no son los únicos en “dirigir” la reacción del espectador, desde luego. Hasta en TVE he visto atisbos de emoticonos faciales.

En este canal, que debería cuidar al máximo el lenguaje, casi no hay cartel que no esté mal escrito o contenga erratas. ¿Tan difícil es escribir dos líneas como es debido? El uso de nuestra maltratada lengua es un puro disparate. Hace poco oí esto: “… durante el minuto de silencio para condenar la última víctima de la violencia de género”. A esa pobre víctima, así pues, no sólo la habían matado, sino que además se la condenaba en todas partes con un mudo minuto de desaprobación. Una presentadora de la Sexta afirmó que un político había dedicado “palabras gruesas” a otro, como “arrogancia y desprecio”. Ignoraba yo que, en la exageración tremendista de nuestros medios, dichos vocablos hubieran pasado a ser palabrotas o tacos, porque no otra cosa significa “palabras gruesas”.

Tampoco las televisiones escogen bien a sus “expertos” y entrevistados. Un cineasta al que preguntaban por su nueva película soltó la siguiente “explicación”: “Hay muchas cosas que las puedes sentir de alguna forma, ¿no?” Pues sí, nadie le contradiría: hay en efecto “muchas cosas”, y si uno las siente, será “de alguna forma”, una gran verdad. Un comentarista deportivo me dejó boquiabierto: “Con este cabezazo de cabeza se adelantó el Madrid”. Menos mal que precisó que el cabezazo era de cabeza, porque, si no, cualquiera podría haber entendido que era “de empeine” o “de tacón”. Otro retransmisor se descolgó con esta maravilla en Movistar: “No ha ganado el Barça todavía fuera de casa… Pero cada partido es un mundo, y cada partido está rodeado de unas circunstancias determinadas en el contexto del juego y también en el contexto de la competición. Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto…” (¿todo el qué, santo cielo?). Pero lo mejor que he oído en los últimos meses lo aseveró una “autoridad pedagógica” especializada en el aprendizaje de los críos según su proveniencia económica y social: “Está probado” (cito de memoria, pues su deslumbrante intervención fue en junio o julio) “que los niños de familias con más poder adquisitivo conocen y manejan tres millones más de palabras que los de clases desfavorecidas”. Considerando que la lengua española consta de unos 90.000 vocablos (y les puedo jurar que nadie se los sabe todos), los niños ricos de ese pedagogo han de ser por fuerza extraterrestres de una civilización muy inventiva y muy superior, para haber “descubierto” tres millones más que los humildes y 2.910.000 más que el mayor memorizador del Diccionario. Si ya es inaudito que llevaran a semejante sabio al telediario, más asombroso es que tenga un empleo de responsabilidad.

No crean que la prensa escrita está mucho mejor. Leo en un artículo de alguien muy elogiado que “la democracia española adolece de madurez”. Es decir que a la autora eso le parece un defecto, ya que “adolecer” significa eso, estar aquejado de un vicio, una enfermedad o un defecto. Después están las expresiones misteriosas de moda. He oído y leído varias veces el neoadjetivo “aspiracional”, en contextos como este: “Esa película ni siquiera es aspiracional”. Confieso mi ignorancia, no tengo ni idea de lo que eso quiere decir, si es que algo dice. Hoy no me cabe más, pero terminaré con un ruego estrictamente personal: procuren, cuantos escriben, dejar de decir a todas horas que un libro, una película, una pintura, “interpelan” al lector o espectador. Si miran en el Diccionario la primera y principal acepción de ese verbo, comprenderán por qué esa expresión me parece una de las más pretenciosas, huecas y cursis jamás oídas o leídas. Al menos por quien esto firma, a quien nunca ha “interpelado” ninguna cosa inanimada, la verdad. Por artística que fuera.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 13 de octubre de 2019. ‘Contra la susceptibilidad’

Leo una reseña y una columna de Andrés Ibáñez sobre una novela recientemente publicada aquí, El amigo, de Sigrid Nunez. Al parecer la autora es, como su protagonista, profesora de “escritura creativa” en una Universidad, y es probable que la primera le haya prestado a la segunda sus experiencias reales. Pero tanto da: al fin y al cabo Fahrenheit 451 de Bradbury era ciencia-ficción en su día y hoy casi resulta una obra costumbrista. Cuenta Ibáñez que cuenta Nunez que sus aspirantes a escritor son antojadizos, maniáticos, mimados… y tremendamente puritanos.

Consideran que los temas sexuales no deben abordarse en absoluto “porque son ofensivos”. Con este criterio, la mayor parte de la literatura universal estaría desaparecida. Se niegan a leer a Kafka y a Melville por ser “autores fracasados” (se entiende que en vida, ya que son clásicos indiscutibles desde hace muchas décadas), y a ellos sólo les interesan los de éxito. Rilke les da cien patadas y a Nabokov no lo quieren ver ni en retrato, porque “era un hombre perverso” y sólo pueden leer a escritores que sean “modelos de conducta moral” (mejor que se hubieran matriculado en una escuela de misioneros y no de literatura; pero ahí no hay dinero, claro). Han decidido que los problemas de los varones blancos “no interesan”, lo cual, como apunta Ibáñez, proscribe a Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare… Y a Proust, Flaubert, Pushkin, Conrad, Henry James, Dickens, Hölderlin, Eliot, Faulkner y Sterne, por añadir unos cuantos más.

No sé hasta qué punto la novela de Nunez refleja lo que está pasando, pero suena verosímil, y esta frase que cita Ibáñez es creíble en su pesimismo: “Ni los estudiantes de las mejores Universidades distinguen una frase buena de una mala, a nadie en el sector editorial parece ya importarle cómo hay que escribir, la literatura está muriendo…” Para mí es exagerada la última afirmación, ya que nunca he creído que alguien pasado por un taller de escritura pudiera hacer nada de inmenso valor, y no me he equivocado hasta la fecha —hablo de mi gusto personal, claro está—. La gran literatura no suele salir de ahí.

Pero la cuestión trasciende las letras. Llevamos años prestando atención y “obedeciendo” a cuantos aseguran “sentirse ofendidos” por algo, como esos alumnos por el sexo, hasta el punto de querer desterrarlo como asunto o descripción (ya hubo un pasado con gente que se ofendía por un tobillo femenino al descubierto). Es decir, llevamos años haciendo caso a la subjetividad de cada cual, algo que, a la larga, nos impediría hacer ni decir nada. El mundo está plagado de personas quisquillosas y tiquismiquis, de finísima piel. De este otro caso no me he enterado bien, porque nada me podía interesar menos, pero al parecer varias cofradías andaluzas han montado en cólera porque se han publicado o colgado fotos de sus adoradas efigies mientras eran restauradas, y juzgaban tales imágenes “hirientes”, no me pregunten por qué. Y ha sucedido lo que sucede siempre en esta época pusilánime: las fotos se han retirado (lo que a su vez ha “ofendido” a otros) y las disculpas no se han hecho esperar. También, hace poco, un político del PP expresó su natural deseo de que los españoles ganaran a los argentinos en el Mundial de Baloncesto. Con susceptibilidad y megalomanía, la portavoz de ese partido, Cayetana Álvarez de Toledo, dio por sentado que el “xenófobo” comentario iba por ella, como si fuera la única hija de argentina existente en España, y mostrándose a la altura de la estudiante de la que oí hablar semanas atrás a Christina Hoff Sommers, feminista clásica que ahora, por rechazar los despropósitos actuales, debe ir protegida por guardaespaldas a sus charlas en las Universidades de su país. Contó que una alumna decía sufrir varias “miniviolaciones” diarias. Al preguntarle qué le había ocurrido hoy, la respuesta fue: “Un chico me ha dicho que tenía bonitas piernas”, y otros “ataques” por el estilo.

Cualquiera se puede sentir ofendido, herido o ultrajado por cualquiera y por cualquier cosa. Porque respiremos cerca, porque existamos, no digamos por una opinión contraria y por lo tanto “perturbadora”. Si hacemos caso, si nos tomamos en serio la subjetividad de cada individuo ególatra, o mojigato, o hipersensible y frágil, o directamente demente, no sólo morirá la literatura, como vaticina el personaje de Nunez, sino el cine y todas las artes, la filosofía y el pensamiento, la discrepancia y el contraste de pareceres, por supuesto la discusión y la argumentación. Hay políticos y una buena parte de la población que buscan eso, supongo que se han percatado, y no debemos dejarlos salirse con la suya si no queremos una vida uniforme y plana. Entre la ristra de “derechos” infundados y absurdos que muchos se están sacando de la manga, figura “el derecho a no sentirse ofendido”, como si los sentimientos fueran objetivables. No lo son, y en el reino de la susceptibilidad nada es factible. Es hora de que ante tantos “vejámenes” y “heridas”, dejemos de asustarnos y acobardarnos y contestemos alguna vez: “Por favor, absténganse de tonterías y ridiculeces. Así sólo vamos hacia atrás”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de octubre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 6 de octubre de 2019. ‘Prejuzgados’

Si no me equivoco, se espera para estas fechas la sentencia del famoso procés catalán. En contra de lo que debería ser no sólo aconsejable, sino obligado, se trata de un caso que casi todo el mundo ya ha prejuzgado. Es decir, los políticos, y buena parte de sus mayordomos periodistas, llevan meses o años actuando como si el fallo del tribunal se hubiera producido, o al menos estuviera cantado. Las derechas vaticinaron hace mucho que los acusados serían rápidamente indultados por el Gobierno socialista, dando así por descontado que serían condenados. Es obvio que no se puede indultar a quienes han sido absueltos, lo que indica que esas derechas no prevén ni conciben otra sentencia que la de “culpables”. Es más, indica que no aceptarán más que esa (otra cosa es “acatarla”, qué remedio les quedaría; pero imagínense las críticas furiosas contra los jueces si declararan “inocentes” a Junqueras, Romeva, Rull y compañía).

El mismo veredicto esperan, y aun dan por seguro, los líderes secesionistas y sus huestes mosqueadas. Han decidido que, como el Estado es represor y antidemocrático, y la justicia no es independiente y está servilmente a sus órdenes (justo lo que iba a suceder en la “República Catalana” por ellos diseñada), el fallo será contrario a sus “mártires”, que no han hecho nada punible. Con frecuencia se los califica de “gente de paz” que no ha tirado ni una piedra. Aquí se olvida que tampoco Rato y tantos otros, ni siquiera Mario Conde en su día, se habían manchado las manos. Se olvida deliberadamente que se puede delinquir sin violencia física, sin necesidad de puños ni pistolas.

Curiosamente, en este ámbito independentista, se da por cierto el “aberrante” fallo y a la vez se exige que éste sea absolutorio. Alguna energúmena con escasas luces (perdonen la redundancia) ha proclamado que todo lo que no sea absolución será “ignominioso”. Tanto las derechas como los secesionistas ya dan por sentenciado el caso. Los segundos, además, lo hacen contradictoriamente: ven muy claro que los reos son inocentes y con la misma claridad ven que los prevaricadores jueces los declararán culpables. Lo cual no es óbice, sin embargo, para presionarlos, amenazarlos e intentar torcer su veredicto aún no llegado. Todo racional y nítido.

En cuanto al indulto temido, pronosticado y previamente vilipendiado por las derechas, surge otro problema: al parecer, para que se otorgue, los condenados (si lo fueran) deberían solicitarlo, y ya hay unos cuantos que han anunciado que jamás se prestarían a eso: si lo pidieran, equivaldría a reconocer su culpa, y ellos no se considerarán culpables aunque resulten así declarados. Lo cual es otro absurdo: lo más probable es que la mayoría de los presos del mundo se vean a sí mismos inocentes, pero por desgracia poco importa lo que crean: les toca cumplir su pena si lo han determinado un juez o un jurado.

Las leyes son a menudo injustas, estúpidas, abusivas. Pero, mientras no haya otras o se cambien, hay que cumplirlas. No me cabe duda, por ejemplo, de que un altísimo porcentaje de los contribuyentes que han tenido problemas con Hacienda (que ahora gusta de llamarse a sí misma Agencia Tributaria), inspeccionados y multados por ella, consideran que obraron de buena fe y de acuerdo con la legalidad. De todos es conocida la veleidad de la Agencia Tributaria: primero dice (lo dijo el ex-Presidente Zapatero) que es lícito cobrar a través de sociedades, y más tarde dice que no, y que además serán castigados retroactivamente quienes se valieran de ellas cuando estaban permitidas. Como si mañana se decretara la Ley Seca y se multara retroactivamente a cuantos han bebido en el pasado. De la misma manera, lo que Hacienda juzgaba desgravable ahora lo juzga gravable, y los inspectores —si no estoy mal informado— perciben un bonus en función de lo que obtengan del contribuyente a su cargo. Se erigirían, de ser así, en juez y parte. Si todo esto fuera así, insisto, nos encontraríamos ante unas leyes cuando menos turbias. Pero son las existentes, y sé de muy pocos ciudadanos que hayan recurrido su aplicación ante Hacienda. La inmensa mayoría se aguanta, obedece y paga lo que se le exige.

Nuestra Constitución, como casi todas, prohíbe referendos de autodeterminación y defiende las autonomías, que no pueden ser abolidas, ni por Puigdemont y el Parlament (como lo hicieron con la catalana en septiembre de 2017) ni por Vox (que querría hacerlo con todas). Es posible discutir las leyes y modificar la Constitución, pero no contravenirlas por las bravas (que se lo pregunten a tantos contribuyentes damnificados). Personalmente no quisiera ver a Turull, Forcadell, Cuixart y compañía permanecer más tiempo en prisión; no les deseo ese mal, aunque hayan hecho enorme daño a Cataluña. Pero no soy quién para juzgar sus actos, o sólo con la opinión. Lo que no entiendo, y me parece sumamente nocivo, es que demasiados políticos, periodistas y ciudadanos se hayan erigido en jueces desde sus casas, hayan emitido su veredicto alegremente y los hayan prejuzgado. Culpables o inocentes, es lo mismo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de octubre de 2019