LA ZONA FANTASMA. 29 de septiembre de 2019. ‘Que no se libre nadie’

Desde que empecé a escribir en esta página, en febrero de 2003, tuve la costumbre de numerar los artículos, y, si no me he despistado, el de hoy es el 800. No es un número redondísimo (lo sería 1000), pero como ahora se conmemora todo cada año, para así no salir nunca de un bucle que simplemente se agranda hasta el infinito, estaré a tono con esta época si me detengo y miro atrás. Lo que más me asusta, tras dieciséis años y medio soltando parrafadas, es que habrá jóvenes de veinte, veinticinco o treinta que no habrán conocido otra firma en esta última página de EPS, por lo que podrán creer que llevo aquí siempre. Y no: tuve mucha vida antes de aterrizar aquí merced a la amable invitación del director Jesús Ceberio, y hasta había pasado ocho años con columnas dominicales en otro sitio. Cuando me incorporé a este suplemento lo hice con timidez, según mi recuerdo, pese a que mis colaboraciones en el periódico se habían iniciado en el remoto 1978. Aquella pieza inaugural se tituló “Delitos para todos”, y si la memoria no me falla (del primero a los de enero de 2019 están recopilados en volúmenes, pero me da pereza ponerme a buscarlo), hablaba de cómo se iba ampliando la lista de actividades ilegales para que todos pudiéramos ir a prisión por algún motivo. Me doy cuenta de que esa tendencia no ha hecho sino ir a más: cada vez hay más cosas prohibidas y no entiendo cómo no estamos la mayoría en las cárceles. A falta de espacio en ellas, se ha inventado la “pena de redes sociales”, gracias a la cual mucha gente no está entre rejas pero ha perdido su empleo, su carrera, su reputación, se ha convertido en apestada y ha sido objeto de insultos multitudinarios. Así que, en efecto, hoy no se libra de culpa casi nadie, sea famoso o desconocido.

Cuando ocupé este rincón todavía gobernaba Aznar, y hube de dedicar muchas columnas a la infame Guerra de Irak en la que nos involucró ese Presidente megalómano. Nadie sabía aún de la existencia de Zapatero, y los atentados del 11-M eran poco imaginables. Y ETA mataba gratuitamente, como lo había hecho durante los siete lustros anteriores. Vivía yo entonces donde sigo, en el centro de Madrid, que ha cambiado y se ha degradado espantosamente. Había tiendas útiles para los habitantes. Los comerciantes fueron expulsados por el brutal encarecimiento de los alquileres y los vecinos lo están siendo por la proliferación de los pisos turísticos. Se podía caminar con desahogo, sin verse arrollado o atascado por demenciales grupos de extranjeros con maleta y móvil pegado al ojo. La gente ya vestía canallescamente en verano, pero no era lo de ahora: cada vez que me cruzo con un varón con pantalones largos y sin espantosas deportivas (afean todos los andares), me dan ganas de abrazarlo; si veo a una mujer con gratas y finas sandalias, mi impulso es besarle no los pies (tendría que tirarme al suelo), pero sí la mano. Descuiden, jamás lo haría, no tanto porque se me considerara un cursi y porque nunca haya besado manos (que también), sino porque es muy probable que se me denunciara por asalto. Me he hecho mayor en esta esquina. Alguna ventaja ofrece: cuanto más lo soy, menos me importa agradar, caer bien, contentar a los lectores de este diario, que, si bien muy variados, comparten ciertos rasgos predominantes. No pretendo lo contrario, claro está: ni desagradar ni caer mal ni provocar el descontento. Pero sí decir lo que pienso, y si lo que pienso y digo no gusta a muchos, qué se le va a hacer, son gajes del oficio de los que no cabe quejarse: nadie me obliga a permanecer aquí ni yo me empeño. El día que la directora me comunique que ya está bien, desapareceré. De hecho me pregunto si 800 columnas no son ya un abuso por mi parte y por la de la revista que me acoge. Me resulta inevitable pensar cuántas sandeces habré escrito, en cuántas destemplanzas habré incurrido. Lo cual no obstará para que continúe soltando unas e incurriendo en otras, mientras no me apee o me apeen. A veces se le calientan a uno los dedos sobre el teclado, es irremediable.

En 2003 todavía se emitía Los Soprano, esa cumbre. Fue la principal causante de la adicción a las series y de su hiperinflación actual, con cientos de bodrios (salvo excepciones) que los “seriólogos” elogian sesudamente con papanatismo. Las películas aún no duraban dos horas y cuarto como mínimo, ni se copiaban entre sí con desfachatez absoluta. La literatura no estaba invadida por detectives e inspectoras “raros” (el que no padece Alzhéimer padece Asperger, o es enano, o se le han muerto los hijos, y casi todos son bordes) ni por relatos más o menos autobiográficos de sufrimiento y abuso: hoy no parece haber nadie con una vida y una infancia más o menos aceptables. El que mejor lo ha pasado se queja de su extremada pobreza, pero, según lee uno, descubre que se considera pobreza extrema haber tenido empleo, piso, coche y haber sacado adelante a una familia. Quienes más presumen de pobres desconocen lo que es la verdadera pobreza. Y es que el mundo se ha llenado de víctimas. Casi todos se afanan por serlo para alimentar su resentimiento, y por que de paso se condene a quienes consideran sus verdugos indirectos. Me temo que ya lo dije hace 800 artículos: vengan más delitos y agravios, y que no se libre nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de septiembre de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 22 de septiembre de 2019. ‘La mirada sucia’

Hace decenios, cuando mi amigo Rafael Ruiz de la Cuesta trabajaba de traductor en Nueva York, en las Naciones Unidas, me contaba que, si se cruzaba en un pasillo con alguien, debía tener extremo cuidado para ni siquiera rozarlo, porque de lo contrario podía verse en un aprieto, según la susceptibilidad de la persona rozada. No recuerdo si había reglas al respecto o si todavía era sólo un riesgo que se corría. Ahora sí que hay Universidades y empresas estadounidenses en las que todo contacto físico está prohibido, incluido el de estrecharse la mano. En los últimos tiempos hemos sabido de denuncias contra personas que, al hacerse una foto de grupo, han apoyado levemente la mano en la cintura o el hombro de quien estaba a su lado, y esos gestos de cordialidad o amabilidad han sido calificados de “tocamientos inapropiados”, cuando no de “manoseo”. No sé, para mí ese gesto de “acompañar” al cruzar una calle, o de empujar suavemente el codo de alguien al atravesar una puerta, instándolo así a pasar primero, son parte de la normalidad más absoluta, y de la cortesía. Exactamente lo mismo que removerle el pelo a un chaval en muestra de pasajero afecto, o que acariciarle la cabeza a un bebé. A nadie que visite los Estados Unidos se le ocurra hoy hacer eso, porque lo más probable es que se encuentre, en el mejor de los casos, con un padre o una madre furibundos que le espeten: “¿Qué le está haciendo a mi hijo, o a mi hija? Ni se le ocurra ponerles un dedo encima”, y, en el peor, con una denuncia en regla por “abuso de menores”. Tampoco es aconsejable dirigirles la palabra a los críos, porque esos padres histéricos se alarmarán igualmente, pensarán que los está persuadiendo para cometer iniquidades y pervirtiéndolos.

Este comportamiento enloquecido es producto de algo muy sencillo: mirarlo todo siempre con malos ojos; pensar siempre lo peor; ver intenciones turbias, cuando no podridas, en cualquier acercamiento; contemplar el mundo siempre con ojos sucios y con suspicacia; inferir que nuestros semejantes son depravados y que siempre los guía el mal. Claro que hay gente ante la que conviene estar en guardia, pero extender la sospecha al conjunto de la humanidad es una triste y medrosa manera de existir. Es la que, al menos en los Estados Unidos, se ha elegido.

Y claro, acaba sucediendo lo grotesco. Como tocar, y aun rozarse, se ha convertido en algo pecaminoso y en una agresión, la gente debe organizarse y pagar para que el tacto no desaparezca enteramente de sus patéticas vidas. El pasado agosto EL PAÍS publicó un reportaje sobre la conversión de la “epidemia de soledad en un negocio”. Se ofrece “comprar abrazos, paseos en compañía o ‘actividades familiares’ a adultos solitarios”. Se celebran “encuentros para charlar” y —atención— “fiestas de abrazos”: por 20 dólares se pueden tocar unos a otros, eso sí, “sin intenciones sexuales”. Hay una plataforma, Rent a Friend, que, como su nombre indica, proporciona “amigos de alquiler” en varios países y cuenta con 600.000 abonados, que pagan entre 10 y 50 dólares por hora. Cómo no, han de observar un “protocolo”: reunirse en un lugar público, tener el móvil a mano, decirle a un conocido dónde van a estar y a qué hora planean regresar. (Todo como adolescentes de permiso.) Aquí el contacto físico está vedado, no como en las “fiestas de abrazos”, y hay “vigilantes” encargados de que las normas no se infrinjan. Pero no crean: en las mencionadas “fiestas”, frecuentadas sobre todo por individuos de entre 35 y 70 años, es preceptivo el pijama “para no potenciar el deseo sexual”, de lo cual deduzco —lo ignoraba— que esa prenda nocturna está considerada anafrodisiaca, o provoca repelús y anula toda lujuria, no tengo ni idea. Lo cierto es que, en una foto ridícula que ilustraba el reportaje, se veía a un grupito de mujeres y hombres, más bien jóvenes, sentados uno detrás de otro en el suelo y apoyando cada cual, castísimamente, las manos en los hombros de quien lo predecía. (Si eso son abrazos, que venga John Ford y lo vea.) Y, en efecto, todos vestían camisetas holgadas, pijamas e incluso skijamas de presidiarios con rayas horizontales, e iban descalzos (¿los pies también anafrodisiacos?). Al fondo se distinguía a un robusto varón boca arriba y a una mujer, roque, medio apoyada en su pecho. La autora del reportaje no parecía tomarse nada de esto con ironía. Si vive en los Estados Unidos, quizá lo encuentre normal. A mí, qué quieren, el texto y las fotos me provocaron una mezcla de hilaridad y vergüenza ajena.

Si hablo de ello es porque, como sabemos, todas las memeces de los Estados Unidos acaban por instalarse aquí: a mi modesto y arbitrario juicio, España es el tercer país más idiota de Occidente, y el más americanizado. Todavía, por suerte, nos parece natural darnos palmadas, tocarnos el codo, besarnos en la mejilla, ponernos la mano en la cintura o el hombro, pasarle el brazo por encima a alguien como espontáneo gesto de afecto. Les recomiendo encarecidamente que conserven estas costumbres, o pronto tendremos que organizar dichos gestos, pagar euros por ellos, y, lo que es más humillante y molesto, desplazarnos en pijama por la ciudad.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de septiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 15 de septiembre de 2019. ‘Denuncias anónimas’

Me gustaría saber desde cuándo y por qué las denuncias anónimas tienen valor y merecen crédito, o la prensa “seria” se hace eco de ellas y las aumenta y acaba por elevarlas a la categoría de “verdad”. Una denuncia anónima ha sido siempre algo ruin y cobarde, a lo que se solía hacer caso omiso. Sin dar la cara ni el nombre, cualquiera puede atribuirle a otro una vileza, impunemente: no se arriesga a ser desmentido, a que se le afee el infundio, a que el calumniado lo demande por difamación. Hoy, lejos de condenarse, esas denuncias se fomentan, y los Estados, la prensa, la policía, alientan una sociedad de delatores, con todas las garantías para el delator. Se invita a la gente a que denuncie a sus parientes, vecinos y conocidos, y a la vez nos horrorizamos de esa misma práctica cuando la llevaba a cabo la Stasi. Lo que se mostraba en la película La vida de los otros es lo que hoy propician nuestras democracias. Hay quienes sostienen que esto está bien según el delito: abuso de menores, narcotráfico, terrorismo, fechorías eclesiásticas, medioambientales o de corrupción. Puede ser, pero es muy fácil que la justificación de unos casos lleve rápidamente a la de todos. La línea es tan delgada que más vale no intentar convertir a los ciudadanos en soplones anónimos y arbitrarios, porque, si todos lo son, entonces ninguno estamos a salvo. Cualquiera que nos tenga ojeriza o envidia, o se sienta ofendido por nuestra existencia, nos la puede arruinar con unas declaraciones a la prensa o unos tuits anónimos.

Hace poco este periódico dio una cobertura exagerada (dos páginas enteras el primer día) a los supuestos acosos de Plácido Domingo. Uno iba leyendo la prolija información y se encontraba con que: 1) de las nueve denunciantes sólo una daba su nombre; 2) ninguna había acudido a la policía ni a un juez; 3) los hechos hoy aireados se remontaban a veinte o treinta años atrás; 4) no se presentaban pruebas ni testimonios imparciales, sólo las afirmaciones anónimas y las de la cantante Patricia Wulf. La fuente era Associated Press. Que ésta sea una agencia fiable significa poco si no aporta pruebas. También el New York Times ha incurrido en pifias en más de una ocasión. Cualquier periódico debería saber que lo mal hecho, mal hecho está, venga de donde venga.

Miraba uno en qué consistían las acusaciones. No he visto a Domingo más que en televisión y no tengo ni idea de cómo es. Dando por buenas esas acusaciones (y ya es dar), sería lo que comúnmente se llama “un ligón”. “Que alguien te esté cogiendo la mano durante un almuerzo de negocios es raro, o que te ponga la suya en la rodilla”, dice una voz anónima. Bueno, yo no lo veo raro: indica que quien lo hace pretende ligar o es “tocón”, como Mercedes Milá, que no paraba de tocar a sus entrevistados sin aparente intención. Otra voz asegura que Domingo le pidió insistentemente salir con ella. Eso significa que le gustaba, pero no veo delito ni cerdada ahí. Siete de las mujeres aseveran que sus carreras se vieron afectadas “por los avances no consentidos de Domingo”. Me temo que eso no hay forma de saberlo a ciencia cierta, y ningún avance puede ser consentido hasta que la persona “avanzada” da o deniega su consentimiento. La gente “prueba”, tanto hombres como mujeres —muchas mujeres, sí—, y hasta anteayer era la forma natural y aceptada de ligar. Dos de las denunciantes “sucumbieron” a las proposiciones del tenor. “¿Cómo le dices no a Dios?”, se pregunta una de ellas. Dan ganas de contestarle: “Pues diciéndole que no. Y además, nadie ha visto nunca a Dios”. La otra alega: “Me quedé sin excusas”, lo cual es una alegación extraña, porque siempre se puede dejar una de excusas y decir: “Es que no quiero y ya está”. ¿Acaso Domingo las forzó o amenazó? No, al parecer sus felonías van de proponer tomar una copa a besar a una mujer en la cara y “apoyar una mano en un lado de su pecho” (luego no “en su pecho”); de coger a otra por la cintura cuando se cruzaban y besarla “muy cerca de la boca” (luego no “en la boca”) a preguntar reiteradamente: “¿Te tienes que ir a casa?” Wulf, víctima de esta ofensiva pregunta, reconoce que Domingo no llegó a tocarla, “pero no había duda de sus intenciones”. Uno se asombra de que ahora se juzguen las intenciones y además estén penadas. Domingo puede que fuera un pelmazo, pero no un depredador sexual.

¿Merecía todo esto dos páginas enteras y el linchamiento subsiguiente? Ya he leído aquí mismo un par de artículos en los que, oportunistamente, se juntaba a Domingo con el nunca condenado Woody Allen, Michael Jackson y el millonario Epstein, involucrado en una red de menores. ¿Es todo lo mismo? Para los inquisidores actuales, sí. EL PAÍS no podía silenciar la “noticia” de Associated Press, pero sí haberle dedicado una modesta columna, hasta ver si las acusaciones eran menos insustanciales. El daño ya está hecho, sin embargo, y Domingo no se quitará jamás el sambenito de “acosador sexual”. Por ocho denuncias despreciablemente anónimas y la de Wulf, a la que el cantante no llegó a tocar. Basta de juicios populares precipitados y condenatorios, por favor.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de sepiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 8 de septiembre de 2019. ‘La viuda del fantasma’

Siempre me llevé bien con los ancianos, y con las ancianas en particular, a las que he dedicado algún artículo. Amigas de mi madre que la sobrevivieron, como María Rosa Alonso y Mariana Dorta, las dos canarias, o Pilar Osés; mi antigua profesora del colegio Carmen García del Diestro, conocida como “la señorita Cuqui”; Rosa Chacel y más tarde su hermana Blanca. Con alguna de ellas sólo mantuve relación epistolar, apenas las vi en persona. Entre los varones, visité durante años a Vicente Aleixandre y también cruzamos unas pocas cartas, lo mismo que con otro poeta, John Ashbery, que vivía en Nueva York. Con el profesor de Oxford Sir Peter Russell tuve más relación, ya que he incluido a un personaje que se le parece sobremanera en dos o tres de mis novelas. Con mi propio padre, Julián Marías, que murió a los 91, he ampliado el trato después, al convertirlo en ficción bajo el nombre de “Juan Deza”. A todos estos ancianos y ancianas los echo mucho de menos, a cada uno en sí mismo y al “conjunto”: la gente de edad no suele decir tonterías, o no tiene tiempo para ellas. Cuenta cosas interesantes sin caer en “batallitas”, al menos los inteligentes, y cuantos he mencionado lo eran. Al igual que Ferlosio, no acostumbraban a darse pisto, por utilizar una expresión antigua, y además sabían escuchar las cuitas y perplejidades. Están Marisol Benet, hermana mayor de Juan, activa y despierta a sus 94 o 95 años, y mi divertidísima tía Tina o Gloria, que ya ha cumplido 93. Pocas son, en comparación con la abundancia de tiempos pasados.

Por eso me alegra enormemente haber hecho nueva amistad (aún tenue y solamente epistolar) con una anciana inglesa de 91, que resulta ser la viuda de uno de mis actores predilectos, Rex Harrison. Murió en 1990, así que, dada la desmemoria del mundo, no lo conocerán las generaciones jóvenes. O quizá sí, gracias a su papel más famoso, el del Profesor Henry Higgins de My Fair Lady. Puede que algunos lo recuerden como el Julio César de Cleopatra o como el Papa guerrero Julio II de El tormento y el éxtasis, con Charlton Heston enfrente interpretando a Miguel Ángel. Los cinéfilos no habrán olvidado su mirada sagaz en la extraordinaria Mujeres en Venecia, de Mankiewicz. Pero para mí es sobre todo el Capitán Daniel Gregg de otra pe­lícula de Mankiewicz, de 1947, que su director miraba con condescendencia y que a mí me parece una obra maestra, El fantasma y la señora Muir. Le dediqué un largo artículo hace mucho, es quizá la película por la que siento más debilidad, y cada vez que me piden listas de mis favoritas la incluyo, aunque reconozca que hay decenas de ellas objetivamente mejores.

Así que descubrir hace poco, por la amable mediación de Joana Maria Vives, que su viuda, Lady Mercia Harrison, no sólo me leía y preguntaba por alguno de mis personajes, sino que le hacía ilusión tener dedicado un libro mío, me supuso un regalo, si no del cielo, sí del viejo fantasma que me conmueve cada vez que lo veo, el Capitán Gregg. No pude por menos de enviarle a Ginebra, donde Lady Mercia vive, un ejemplar en inglés del volumen que contiene aquel antiquísimo artículo sobre El fantasma y la señora Muir, junto con unas letras. La viuda, que fue la sexta mujer de Rex Harrison y es grandísima lectora y apasionada de la ópera, me contestó con gracia y con un instantáneo cariño que no he hecho nada para merecer. Me correspondió con un librito de citas varias escogidas por Rex Harrison, me quiso hacer llegar una tarta de nueces y miel, y en una de sus notas manuscritas me contó lo siguiente: una tarde, estando ella y Rex Harrison de gira teatral, Lady Mercia (que aún no era Lady, puesto que su marido no fue nombrado Sir hasta un año antes de su muerte) entró en la habitación y se encontró a “RH” —así se refiere a él— con lágrimas en los ojos ante la televisión, que emitía en aquellos momentos El fantasma y la señora Muir. Rex Harrison le dijo: “Esta no estaba mal. De hecho, estaba muy bien”. Y añadía Lady Mercia: “RH era una persona extremadamente tímida y dolorosamente autocrítica, así que para mí fue inaudito que saliera este comentario de él. Pero, como era ambivalente respecto a los elogios, no sé cómo habría aceptado la generosa opinión que usted tiene de su talento”.

Rex Harrison, que había estado casado con la actriz Kay Kendall (elegante y graciosa, muerta joven de leucemia) y con la también actriz Lilli Palmer (protagonista de otra película por la que siento debilidad, Espía por mandato, con William Holden), se desposó con Mercia Tinker a los 70 años, luego hubo de ver la obra maestra de Mankiewicz en televisión con más edad. Quiero creer que lo que hizo que se le saltaran las lágrimas no fue verse en blanco y negro con treinta y tantos años menos y en una interpretación perfecta, sino que percibió, desde la distancia, cuán emotiva es en verdad esa película considerada “menor”. Yo soy incapaz de verla sin una permanente sonrisa en los labios y un permanente nudo en la garganta, y a medida que me hago mayor más me cuesta soportar el nudo. No saben cuán contento me pone tener entre mis amistades recientes a una nueva anciana, lectora, generosa, lista, afectuosa, y que además es la viuda de mi queridísimo fantasma el Capitán Daniel Gregg.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de septiembre de 2019

LA ZONA FANTASMA. 1 de septiembre de 2019. ‘Credulidad’

Una de las mayores pruebas de la infantilización del mundo es sin duda el aumento de la credulidad, que paradójicamente se produce cuando más prevenidos deberíamos estar. Todos coincidimos en que no ha habido época más propicia para los infundios, los bulos y las falsedades, que se propalan a velocidad de vértigo. Deberíamos poner en cuarentena casi cualquier noticia o información que nos llegan, desconfiar de ellas por principio hasta comprobar su veracidad a través de algún medio “serio”, si es que este adjetivo tiene aún algún sentido. Hace un par de décadas, en mi percepción (es decir, todavía en el siglo XX, cuando no estábamos tan indefensos ante la mentira y las fabricaciones), la gente era más escéptica o menos ingenua, o sencillamente poseía más memoria. Los niños, como sabemos, carecen de ella o la tienen muy corta. De adultos, y salvo excepciones, no solemos recordar nada anterior a los tres o cuatro años. Es normal que a las tempranas edades nada deje huella y casi nada se retenga, que el hoy quede borrado por el mañana, no digamos el ayer.

Lo que no es normal en absoluto es que se dé ese “borrado” permanente en personas hechas y derechas, que un gran número de ellas olvide —y por tanto no tenga en consideración— lo sucedido, lo dicho y hecho hace apenas unos meses, o incluso unos días. Hay un afán desmedido por creer lo que a cada uno le conviene, o lo tranquiliza. Hay una fortísima tendencia a negar lo desagradable, lo turbador, lo peligroso, y a hacer caso omiso de los avisos. Muchos políticos han detectado rápidamente esta propensión, y están dedicados a fomentarla y a aprovecharse de ella. Prometen cosas imposibles o absurdas sin anunciar nunca cómo las van a realizar: “Todos los ciudadanos percibirán un salario universal, trabajen o no”. “Construiremos un muro y México lo pagará”. “Saldremos de la Unión Europea por las bravas y el Reino Unido florecerá”. “Impediremos toda inmigración, no habrá italianos sin empleo y el país rejuvenecerá”. Si la gente no se ha vuelto completamente idiota, la gente ve que sin inmigrantes la población envejece y las pensiones resultan insostenibles; que el abandono de la Unión Europea, incluso antes de haberse producido, ya está causando brutales daños económicos y políticos al Reino Unido, con un probable empobrecimiento general y una segura y progresiva irrelevancia de la nación que fue un imperio; que México no va a sufragar la gigantesca e inútil obra de su vecino del norte; que no hay dinero para garantizar un salario universal, ni siquiera mediante una salvaje subida de impuestos. Si la gente no se ha vuelto idiota, hay que estar muy cerca de ello para creerse semejantes patrañas. Parece que esa gente pensara: “Bueno, no sabemos cómo, pero lo prometido tendrá lugar de alguna forma milagrosa que nosotros no concebimos”. Quienes votan a Salvini, a Boris Johnson, a Trump o a Pablo Iglesias están instalados en el “pensamiento mágico”, esto es, en la fe ciega y en la superstición medieval. “Quiero que me confirmen lo que me gustaría creer, que me ayuden a creer los embustes”, de la misma manera que los hombres y las mujeres han anhelado creer en la vida eterna y en la resurrección de los cuerpos.

Hace poco he asistido a un caso extremo de credulidad y “borrado”, en nuestro país y en la persona del político Iglesias. Durante la última campaña electoral se disfrazó de monje franciscano. El hábito no se lo puso, pero parecía un franciscano en todo lo demás: tono mesurado, llamadas a la concordia, apelaciones al respeto. Como si fuera un catecismo, no se separó de un ejemplar de la Constitución: con arrobo leía artículos de un texto que hace no mucho, según él, era una estafa y la prolongación del franquismo, algo con lo que había que romper. Inverosímilmente, muchos ciudadanos —y lo que es más grave, periodistas y columnistas, cuyo deber es discernir y no dejarse engañar— se tragaron la pantomima. Por ensalmo se olvidaron del Iglesias furibundo, amenazante, iracundo, del que hacía y justificaba escraches y alentaba a sitiar el Congreso, del que llamaba a Otegi “hombre de paz” y gritaba “Visca Catalunya lliure!”, como si Cataluña no fuera libre desde el mismo día en que empezó a serlo el resto de España. Creerse a Iglesias como Fray Beatífico es tan inexplicable como creerse mañana a Torra y a Puigdemont vestidos de luces y dando vivas a Sevilla; o a Trump entonando rancheras de cariño a los mexicanos y censura a la Asociación del Rifle; o a Salvini desplazándose por el Mediterráneo para rescatar a náufragos en el yate de Berlusconi; o a Maduro y a Putin dándose golpes de pecho por haber perseguido, encarcelado y asesinado a oponentes. Esos ciudadanos y esos periodistas ni siquiera han sido capaces de hacerse el razonamiento básico: “¿Cuándo dice un hombre la verdad? ¿Cuando no tiene nada que perder ni todavía que ganar, o cuando debe ocultar sus intenciones? ¿Cuando se siente libre para atacar o cuando le toca defenderse y persuadir? ¿Cuando aún no ha conseguido nada o cuando cuenta con familia y un patrimonio que preservar?” Dar por buena la sinceridad del segundo es cosa propia de pánfilos. O lo que es lo mismo, de niños crédulos y sin memoria. O lo que es peor, de supersticiosos voluntarios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de septiembre de 2019