LA ZONA FANTASMA. 28 de julio de 2019. ‘A punto de clavarme una bayoneta’

Una vez más me disculpo por haber hablado de esto con anterioridad, no sé si aquí o en un sitio lejano. Vaya en mi descargo que esta es la última columna de la temporada, que todos llegamos sin gasolina a estas fechas y que los dejaré en paz todo el agosto y quién sabe si más. Lo cierto es que durante el periodo “límbico” del que hablé hace dos domingos (no han sido diez días, sino bastantes más), aún más mermado de facultades y defensas mentales de lo que suelo estarlo, me he visto expuesto a un fenómeno viejo como el mundo pero que cada año adquiere dimensiones mayores: la gente habla. Habla de manera incontenible y sin cesar. No toda la gente, claro, pero un elevado número de personas están poseídas por una verborrea irrefrenable y superior a su voluntad, con frecuencia sin propósito ni dirección. Si uno tiene un problema (y mi demorada estancia en un limbo indica que lo he tenido o lo tengo), sea la pérdida de alguien querido, el disgusto consiguiente a una decepción o traición, una cuestión de salud o una crisis laboral, tanto da…; tras la primera pregunta de rigor (“¿Qué te pasa?”), apenas empieza uno a responder tres palabras cuando toda esa gente bienintencionada decide no enterarse ni escuchar más y pasa, de inmediato, a contarle a uno lo que le sucedió años atrás (puede guardar cierta semejanza con lo que uno padece o en absoluto), o bien a una prima, o a una tía, o a un vecino. En modo alguno hay interés por conocer lo que a uno lo aqueja, en saber la índole de su desen­gaño o tristeza. Tras las tres palabras —en realidad preliminares—, esa gente “caza” la oportunidad al vuelo y se lanza a relatar vicisitudes remotas, es decir, su experiencia o la de algún conocido, y por supuesto a hacer recomendaciones de todo tipo: “Pues a mí lo que me funcionó fenomenal fue…”, o “A mi hermana la sacó del pozo pescar, o pintar…”, o “¿Y un psicólogo? ¿Y un nigromante muy bueno que conozco yo? ¿Y un gurú que te hace abstraerte de todo, de ti mismo y del mundo y del tiempo, qué tal eso? Te deja en un estado semivegetativo muy dulce, te vacía la mente, te hace sobrevolar la situación hasta que se pierde de vista y ya está”.

De nada sirve que uno, con su escasa voluntad, balbucee que no soporta a los psicólogos (en principio, y salvo a mi cuñada Marga), que no se fía un pelo de los nigromantes y detesta a los gurúes (a los que daría de tortas, siempre en principio y metafóricamente). Que ya tiene la mente medio vaciada por su actual malestar y no desea vaciarla más; ni abstraerse del mundo, ni quedar en estado semivegetativo ni semicanino siquiera; que odia volar y todavía más sobrevolar. Las personas insisten, y “No, gracias” es como si no se oyera. A uno lo van a convencer cueste lo que cueste. Me desconciertan los que sueltan: “No quiero ser pesado ni insistente, pero…” Pero “lo soy, porque sé lo mejor para ti”. Esto es sólo la primera parte. Una vez librada la agotadora escaramuza (lo que uno menos necesita), una vez derrotado en realidad, me encuentro a menudo con retahílas de historias, episodios, anécdotas, pormenores, a veces la vida completa, y mientras intercalo breves comentarios de cortesía (“Ya… Ya… Pues vaya… Qué raro… Pues no sé… Ya veo… Hay que ver… Qué cosa…”), me descubro pensando: “Pero ¿qué me están contando?” Y sobre todo: “¿Y por qué motivo?” Suelen ser historietas —ni siquiera desahogos de problemas— que ni me van ni me vienen, que no me atañen y sobre las que tampoco se me pide opinión ni consejo ni guía ni ayuda ni orientación. Uno procura esclarecer lo que se somete a su juicio, aconseja y desaconseja si es eso lo que se le solicita, emite una opinión sólo si se le pregunta. Pero nada de esto acostumbra a darse en la verborrea actual. Son discursos divagatorios o plagados de detalles irrelevantes y superfluos, o ametralladoras modelo Colau-Iglesias-Montero. Pocos van al grano. Muchos olvidan lo que empezaron a contar y se extravían por las bocacalles en las que se adentran, que a su vez los conducen a otras menores y menores hasta el infinito. En esas ocasiones hago educadas tentativas de “reconducir” el relato: “Ya, pero me estabas contando lo de tu mujer, no lo de la cuñada de ese vecino tan desagradable que sólo saluda a su caniche y que no sé por qué se ha colado en el cuento hace diez minutos…” Raramente tengo éxito, o es efímero. He estado a punto de clavarme en un brazo alguno de los puñales o bayonetas que puntualmente me regala Pérez-Reverte en Reyes o Navidad. Menos mal que sus armas de fuego son réplicas inofensivas, porque siempre es más fácil un tiro rápido que una hoja de acero, así que me he librado de la tentación. Ignoro a qué se debe el incremento de soliloquios y monólogos. Quizá mucha gente esté muy sola pese a sus pléyades de primos, cuñados, vecinos y colegas. Quizá sea una prueba más del narcisismo desatado por las redes sociales en nuestra época, del egocentrismo exacerbado que nos afecta a todos en mayor o menor grado, y a nuestros políticos memos en el máximo. Cuidado, porque en verano vemos a más personas y disponemos de más tiempo “libre”, que en seguida nos ocupan los incontinentes sin compasión. Inerme ahora, sólo sé que no veo el momento de recuperar mis paupérrimas facultades y defensas mentales, a ver si así logro que mis oídos y mi cabeza descansen.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de julio de 2019

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Por alusiones


SILLÓN DE OREJAS
Un verano de cine y sin mosquitos: 3. En EE. UU.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 27 de julio de 2019

Javier Serena: «Los premios de ayuntamientos son la gran escuela oculta de casi todos»
INÉS MARTÍN RODRIGO
Abc Cultural, 27 de julio de 2019

El certamen Segado del Olmo ensalza el talento para el cuento de Marcelo Luján
MANUEL MADRID
La Verdad de Murcia, 23 de julio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 21 de julio de 2019. ‘Vamos a oprimir nosotros’

Nos hartamos de repetirlo todos sus miembros, del más veterano al más reciente: la Real Academia Española o RAE no manda ni impone nada; no obliga, prohíbe, castiga ni multa. No está facultada para hacerlo y además no quiere. Es probablemente la institución más liberal de cuantas hay en este país profundamente antiliberal. A lo sumo recomienda, orienta, aconseja, avisa de que tal o cual término son peyorativos o vulgares o despectivos. Indica simplemente lo que es correcto gramatical, sintáctica y ortográficamente, pero nadie se ve forzado a hablar ni a escribir según esa corrección, que ni siquiera dicta la propia RAE, sino el uso centenario de la lengua. Si no hay un mínimo acuerdo básico, no nos entenderíamos y el idioma se tornaría inservible. Aun así, cada cual es libre de decir y escribir lo que quiera y como quiera, de emplear el vocabulario que le plazca, desde el exquisito hasta el malsonante y soez. Eso no está penado todavía, por fortuna. Sin embargo, demasiada gente pretende lo contrario, que la RAE ejerza de policía, que censure el diccionario, que elimine palabras o acepciones, que añada otras a capricho de cada colectivo o individuo con ínfulas, que se dedique a una labor represiva. Como si tuviera capacidad o voluntad para ello; no las tiene en absoluto.

En vista, así pues, de que la RAE no se pliega a ninguna presión autoritaria, son numerosas las instituciones que intentan legislar y censurar y reprimir por su cuenta. Son conocidas, por ejemplo, las directrices que con frecuencia lanzan la Junta de Andalucía o Comisiones Obreras, y aun el Congreso, que decidió que los castellanohablantes teníamos que decir Girona, Lleida y A Coruña, aunque viniéramos llamando secularmente a esas ciudades Gerona, Lérida y La Coruña. Ninguna institución posee la menor autoridad para dictaminar nada —aún menos para imponer— en materia de lengua. Pero todas se la arrogan con intolerables intrusión y soberbia.

Ahora se ha ido aún más lejos, por parte de Ada Colau y su Ayuntamiento de Barcelona, que han impreso 62.000 ejemplares de una Guía de Comunicación Inclusiva para construir un mundo más igualitario (menudas pretensiones). Está destinada sobre todo a las empresas que aspiren a contratar o a concursar, a trabajar con dicho Ayuntamiento. El paso más lejos consiste en que aquí se obliga a tales empresas a utilizar los vocablos estúpidos y ridículos que se les han ocurrido a Colau y a su equipo. Y, si no se someten, se las castiga privándolas de oportunidades y beneficios. Eso sólo lo hacen las dictaduras más intransigentes: en el III Reich, si alguien saludaba con “Buenos días” o “Alabado sea Dios” (un religioso) en vez de con el preceptivo “Heil Hitler!”, se lo multaba o detenía por “desafecto”. Y una vez detenido en aquel régimen, uno podía acabar rápidamente en una fosa… Una de las órdenes más pintorescas de esta Guía de Colau es que se eviten términos como “demente”, “loco” o “trastornado”, así que no sé cómo decir que el panfleto en cuestión me parece obra de dementes, locos y trastornados. Según él, “no hay nadie normal, sino que todo el mundo es diferente”. No se debe decir “estoy depre” porque eso trivializa la depresión, sino “tengo el día triste”. Según él, “las razas no existen, el racismo sí”, que viene a ser tan estulto y —sí— trastornado como afirmar que “no existen los machos, el machismo sí”, o que “los sexos no, el sexismo sí”. Según él, el desdoblamiento hoy tan pelmazo (“los trabajadores y las trabajadoras”) también es “excluyente”, porque “excluimos a las personas que no se identifican como hombre o mujer”. No hay que hablar de “madres solteras”, pues puede resultar discriminatorio mencionar el estado civil “cuando la persona no tiene pareja”. “Abuelo, abuela” son inadmisibles como apelativos irónicos o cariñosos, ya que muchas “personas mayores” carecen de progenie. Y nada de “cambio de sexo”, eso se llama “operaciones de afirmación de género” (cuando en español “género” y “sexo” no son, o no solían ser, sinónimos). Olvídense de la milenaria pero “irrespetuosa” “hermafrodita”, de “minusválido”, “inválido”, “cojo”, “sordo”, “ciego” y hasta “invidente”. Todos esos son “personas con discapacidad física” o “con movilidad reducida” o “con ceguera”. Francamente, entre “ciego” y “con ceguera” veo la misma diferencia que entre “inteligente” y “con inteligencia”; claro que este último concepto le es desconocido a Colau, no la ha tocado jamás. Para ella y su equipo es insultante decir que uno “compra en un chino” o “en el paki”, y proponen algo tan inespecífico como “comprar en la tienda” (se han roto el cerebro). Ignoran que “moro” y “mauritano” (condenan la primera palabra y predican la segunda) significan exactamente lo mismo. Absténganse ustedes de espetarle a nadie “Que te den” e inclínense por el vetusto “A freír espárragos”; y nada de “mariconadas”, sino “tonterías” (otra vez rotos los sesos). Inaceptables “inmigrantes” y “emigrantes”, son todos “migrantes”, como las aves. La Guía es un inagotable y fascinante compendio de imbecilidades. Búsquenla y díganme si es obra de gente cuerda, tolerante, democrática, “igualitaria” y respetuosa de las libertades. El lema parece ser: “Si la RAE no oprime, que le den. Vamos a oprimir nosotros”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de julio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 14 de julio de 2019. ‘Desde un limbo’

Por razones que no vienen a cuento, he estado en una especie de limbo durante diez días o así. Mi cabeza no daba para mucho, ni siquiera para leer como es debido y con continuidad, no digamos para escribir. Como quizá sepan algunos de ustedes, lo que cuesta menos esfuerzo en circunstancias raras es oír música y ver la televisión. Al no disponer de la primera durante varios de esos días, me vi abocado a seguir la segunda, que suele tener una programación infumable en general, entre pueril y aberrante, degradante en demasiados casos. Así que me concentré en los noticiarios, que son pésimos, gratuitamente alarmistas, reiterativos hasta la náusea y —con excepciones escasas— hechos por absolutos incompetentes. Hasta han perdido la noción fundamental del asunto, a saber: qué es noticia y qué no. Que haga un calor terrible no lo es, desde luego: lo sabemos cuantos vivimos en este país meridional y hemos atravesado muchos preveranos, veranos y postveranos (la estación calurosa dura aquí cinco meses). Qué sentido tiene dedicar media hora cada jornada a los efectos —exagerados para asustar— de nuestra torridez. Conexiones con cada provincia, en las que preguntan a los transeúntes cómo lo llevan, y cada uno nos informa de remedios extraordinarios de los que nunca habíamos oído hablar: buscar la sombra, no salir ni hacer ejercicio cuando el sol cae más a plomo, beber mucho, vestir ropa ligera, mojarse el que pueda, en fin. Cosas insospechadas y sabias que nos iluminan y nos descubren mediterráneos. Lo mismo los consejos de andar por casa de médicos, “expertos” y profesionales de la siembra de pánicos que se regodean comunicándonos que cada año, por culpa del calor, mueren decenas de miles de personas en Europa (digo yo que la mayoría serán por algo más).

Pero bueno: pasados los treinta minutos de monotema apasionante sobre lo que todos sabemos desde el inicio de los tiempos y es recurrente como que el sol salga y se ponga, aparecen nuestros políticos. En mis días “límbicos” andaban pactando —es decir, dándose codazos y metiéndose el dedo en el ojo unos a otros, amenazándose, insultándose, propinándose pellizcos y viniéndose con exigencias desmesuradas y megalomaniacas— para la formación de ayuntamientos y comunidades, y para la aún lejana investidura del próximo Presidente del Gobierno. Desde el limbo todo se ve con distancia, ajenidad y especial extrañeza, y uno se desliza fácilmente hacia el paso siguiente, que es el desprecio.

Y siento decirlo, pero lo que me provocan nuestros actuales políticos es sobre todo eso, infinito desprecio. Los he visto, casi sin salvedad, como a personajillos grotescos, de ambición personal indisimulada, pedigüeños y a la vez engreídos. La nación y sus ciudadanos les traen completamente sin cuidado, y ya ni siquiera hablan —con voz ahuecada y falsa, desde luego— de lo que creen mejor para nosotros. No se molestan ni en fingir. Sólo ansían cargos, puestos, sueldos, sentirse ridículamente importantes, que otros les deban pedir favores. No les importa el futuro, la venidera y salvaje pérdida de votos por el espectáculo que ofrecen. “Yo quiero un ministerio o varios, o la vicepresidencia; para mí la alcaldía y para ti la vicealcaldía; te quedas con la Comunidad de Navarra y yo con la de Castilla y León; no me conformo con ser menos que consejero o concejal; que al menos me den Correos, o Paradores, o la Lotería…” Gente mezquina, pequeñoburguesa, mediocre. En medio del panorama desolador, destacan la deriva, el desprestigio y el deterioro de Ciudadanos y de sus líderes Rivera y Arrimadas. El primero ha sido un personaje gris y poco simpático, pero su propia indefinición daba alguna esperanza, al menos no se había manchado ni había soltado demasiadas sandeces ni vilezas. A la segunda la elogié aquí abiertamente hace pocos meses. Da verdadera congoja verla, de pronto, convertida en un peón del “aparato”, con su independencia y su fuerte personalidad diluidas, dócil ante los disparates en que incurre su partido. Un partido que en breve tiempo ha dilapidado su potencialidad, ha adquirido los vicios que combatía y que sin duda (no me suelo equivocar mucho en mis pronósticos) perderá votos y apoyos a mansalva. ¿Quién puede querer un PP bis? ¿Quién puede confiar en quienes pactan con los franquistas de Vox y los ven con mejores ojos que al único político que se está mostrando coherente, con ideas claras y sentido de Estado (esto Francia lo enseña bien), Manuel Valls? El mero hecho de que los mayores totalitarios lo odien a muerte debería conferirle una pátina de cabalidad, algo hoy inestimable. En otros tiempos y lugares el corolario saldría por sí solo: “Si los nazis y los stalinistas me detestan, algo haré que no estará mal”. Los prenazis y prestalinistas de hoy (es decir, antes de sus respectivas matanzas) son los independentistas catalanes, Bildu, Podemos y algunos más. Uno se pregunta qué diablos hacen los socialistas acordando gobiernos con ellos, lo mismo que se pregunta qué hace Ciudadanos abrazando al PP más oscuro y al siniestrísimo Vox. Tan grave lo uno como lo otro. Desde un limbo todo se ve con pesimismo y desprecio, lo admito; pero quizá se vean las cosas tal como son, sin paciencia para disculpar ni relativizar. Antes o después saldré de ese limbo, descuiden, o así lo espero.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de julio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 7 de julio de 2019. ‘La verdad y el respeto’

Sé que he hablado de esto, pero llevo más de dieciséis años aquí, un domingo tras otro: de casi todo hace mucho tiempo y los lectores memoriosos no abundan. En los años noventa o quizá ochenta, llegó a mis manos el detallado programa de unos cursos de Gay Studies en una Universidad americana. Según sus responsables, el 90% de los personajes destacados de la historia habían sido homosexuales o bisexuales. No caben dudas sobre muchos, desde Miguel Ángel hasta Oscar Wilde, pasando por Proust y Gide y García Lorca. Pero las razones para incluir a todo cristo en la nómina (por supuesto a Cervantes, Dante, Rilke) eran tan peregrinas que movían a la risa. Recuerdo que el poeta Salinas tenía que haberlo sido por haber traducido a Proust, cosas así. La carcajada abierta me vino cuando vi que también los canallas (destacados al fin y al cabo) engrosaban la lista. Y así, Franco habría sido claramente gay “porque viajaba a Marruecos siempre sin su mujer”, y su “amante de media vida había sido Carrero Blanco”. Sólo imaginarme a aquellos dos individuos siniestros y más bien asexuados besándose a escondidas me produjo tanta hilaridad como estupefacción. Obviamente, nadie hizo caso a estas propuestas, “teorías” y deducciones.

Desde hace años hay un grupo de conspiranoicos —bien subvencionados— dispuestos a desenmascarar la maquinación mundial para ocultar los méritos de los catalanes. Y así, habrían sido catalanes de pura cepa Leonardo da Vinci, Colón, Santa Teresa, Cervantes (los malvados se habrían encargado de hacer desaparecer el original del Quijote en su verdadera lengua), y no sé si Galileo, Hernán Cortés, Velázquez y demás ilustres. Sólo los independentistas más aventados les prestan atención y se lo creen a pie juntillas, y —eso es lo inaudito— entre ellos hay altos cargos políticos.

En cambio, no produce irrisión todavía otro grupo de conspiranoicos, y de hecho este diario les ha brindado una autopista, como varias televisiones. No contentos —o contentas— con el reconocimiento universal de que a lo largo de siglos se ha sometido y perjudicado a las mujeres impidiéndoles estudiar, ser científicas, compositoras, pintoras, arquitectas y en menor grado escritoras —motivo más que suficiente para que haya menos mujeres sobresalientes en todos los campos—, han decidido que sí las hubo, sólo que fueron víctimas de una conspiración masculina para silenciar sus logros. Claro que ha habido algunos casos, pero son los menos. Ahora el hallazgo de cualquier pieza debida a una mujer adquiere el rango de “gran descubrimiento”, y el mundo está lleno de “genias” deliberadamente sepultadas. Uno se asoma de vez en cuando a la enésima maravilla desenterrada, y no, sólo de tarde en tarde existe tal maravilla. Pero bueno, bien está rebuscar y desempolvar.

Lo que ya es más paranoico es que, según estas estudiosas sesgadas, rara es la obra de un varón notable que en realidad no se debiera a su esposa, a su amante o a su secretaria. Hasta los más consagrados científicos habrían sido unos robaperas. Cualquier matrimonio habla, se consulta, se enriquece, colabora, da su parecer si se lo solicita el otro. (Los primeros lectores de mis novelas son siempre seis mujeres inteligentes, de cuyo criterio me fío.) Pero eso no convierte al cónyuge o a la cónyuge en verdaderos autores o fautores de lo que uno de ellos escribe, compone, descubre, teoriza o piensa. De acuerdo con esta lógica, las obras de Virginia Woolf, George Eliot, Iris Murdoch y Emilia Pardo Bazán podrían atribuirse, respectivamente, a Leonard Woolf, al interesante George Henry Lewes (amante de Eliot durante veinticuatro años), a John Bayley y acaso a Galdós (con quien Pardo Bazán tuvo una no breve aventura). A nadie —desde luego a ningún hombre— se le ocurre la mezquindad de “desposeer” a esas ensayistas o novelistas magníficas, gratuita y desconsideradamente. En cambio hay una legión de desaprensivas dispuestas a negarles el talento —o a relativizarlo— a la mayoría de los varones célebres, en provecho de sus compañeras nunca reconocidas. Hace unas semanas caí en un programa televisivo de “humor” feminista a ultranza. Si entrecomillo la palabra es porque todas parecían malhumoradas, bordes y aquejadas de rancia chulería masculina (más bien trumpiana). Una actriz entrevistó a otra; le mostró la imagen de un actor extranjero y le preguntó: “¿Está realmente bueno o es un codroño?” (Creo que ese fue el término, para mí desconocido; o quizá fue “cotruño”; en todo caso despectivo, feo y deducible.) Exactamente como si dos hombres se hubieran preguntado de una actriz: “¿Está realmente buena o es un callo?”, lo cual habría resultado inadmisible y en esta época selectivamente severa motivo de despido, o de suspensión del programa. Si el objetivo de la “cuarta ola” feminista —la actual— consiste solamente en invertir los (peores) papeles y en decir: “Ahora es mi turno de ser injusta y de burlarme del otro sexo, de cosificarlo, denigrarlo y despreciarlo en bloque y rebajarle sus logros”, no le acabo de ver la gracia ni las buenas intenciones ni el afán de justicia. Y me extraña que se los vean tantas y tantos oportunistas que hasta hace un par de años se reclamaban partidarios de la verdad y del respeto entre todos, mujeres y hombres.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de julio de 2019