LA ZONA FANTASMA. 30 de junio de 2019. ‘De los parecidos’

Al menos en tres de mis novelas los parecidos han tenido un papel episódico pero no exento de importancia, así que es un asunto al que le doy vueltas de tanto en tanto. Ahora me toca de nuevo a raíz del nacimiento de una niña, nieta de mi mujer, a la que de momento (sólo cuenta siete meses) veo una considerable semejanza con su abuela, en ciertos rasgos físicos y en lo que se anuncia como un carácter risueño y alerta. Su hija, la madre de esta niña, ya se le parece notablemente, hasta el punto de que la gente las toma por hermanas en ocasiones, cuando las ve juntas. Por lo visto, la madre de mi mujer (a la que ésta no conoció hasta su adolescencia, y entonces sólo durante un breve periodo) era asimismo idéntica a su hija, por tanto a su nieta y quizá a su bisnieta, a las que tampoco conoció, obviamente. De ser todo esto así, sumarían cuatro generaciones de mujeres con facciones muy similares, y alguien tan dado al pensamiento ocioso como yo no puede por menos de preguntarse el porqué de tan exagerada insistencia en determinados genes. Cierto que cada una tuvo, tiene o tendrá su personalidad y su biografía: diferentes personas forjadas cada una a sí misma, complejas; en algún caso opuestas entre sí, la negación de la anterior. Pero con una fortísima semejanza en el “continente”.

No es tan frecuente la reiteración. Los parecidos acaban diluyéndose (intervienen nuevos individuos en la creación de cada criatura), la prolongación indefinida no suele darse. De niño todo el mundo decía que yo era clavado a mi madre. Entonces no lo veía, porque los niños no se ven bien; ni siquiera distinguen demasiado a los otros (recuerdo haber creído durante años que James Stewart y Gary Cooper eran el mismo, y otro tanto me ocurría con Dean Martin y Robert Mitchum; claro que a ellos los encontraba de tarde en tarde en el cine, y además caracterizados). Más adelante sí llegué a verlo, y cuando ella murió, a mis veintiséis, en el trayecto en coche hacia el cementerio me veía parcialmente en el espejo del conductor, y, tras una noche de pena e insomnio, sólo acertaba a pensar en bucle: “Debo de ser lo más parecido a ella que queda”. Ahora que he cumplido casi tres años más de los que ella cumplió, no sé si sigo “representándola”, seguramente no. Uno va cambiando, y le surgen parecidos que no solía tener. A algunos de mis tíos, muy distintos de mi abuelo, los vi de repente idénticos a éste, según se adentraron en la edad de su padre cuando yo lo traté. De mis cinco sobrinas, hay una a la que durante tiempo creí verle más semejanza conmigo que con su propio padre, hermano mío. Ahora no sé: ella y yo vamos variando.

Los parecidos, además de misteriosos o inquietantes, pueden resultar también peligrosos. Sé de amigos y amigas que estaban enamorados de alguien, o por ahí. De pronto les tocó empezar a frecuentar a la familia de ese alguien, y no sólo se les alteró la visión del ser amado, sino que incluso dejaron de quererlo paulatinamente. Conocieron a un padre o a una madre con los que guardaba parecido el ser amado. Y no sólo “preanunciaban” la posible evolución de ese ser (se entiende que para mal, o para desaliento), sino que lo que mis amigos tomaban por peculiaridades de su novio o su novia resultaron ser vulgares “copias” o “contagios” de quienes los precedían, de unos transmisores tal vez desagradables, antipáticos o mal educados. Conocer y tratar a una persona a solas, en sí misma, es muy distinto que conocerla y tratarla en su medio original, en su entorno familiar, que puede provocar un rechazo tan drástico como para impregnar sin remedio a quien hasta entonces se quería con locura e incondicionalmente. Por eso no entiendo la suicida afición española a las familias, a las propias y a las políticas o adquiridas. Cada nuevo miembro suele ser engullido por ellas sin la menor consideración, y los aterrizados cónyuges o parejas se oponen poco, se dejan absorber y fagocitar, tanto si les agrada el terreno que pisan como si no.

Yo he tenido la “suerte” (para mí, no para ellas, claro) de que la mayoría de mis parejas eran huérfanas de padre o madre o de los dos. De que carecieran de verdadera y vampírica estructura familiar. Si hablo de suerte es porque no he corrido el riesgo de sentir ese rechazo “vicario” o “por delegación”. En lo que a mí respecta, consciente de ese peligro, he “impuesto” lo menos posible a mi familia, para no ser yo víctima de ese injusto repudio contra el que no se puede luchar. Si alguien que nos quiere nos ve súbitamente como “reflejo” o prolongación de alguien mayor que le pone de los nervios o le cae como un tiro; si vislumbra nuestro rostro futuro en un rostro envejecido y tal vez amargado o quizá abotargado, en unos rasgos que le repelen o le causan decepción, no es difícil que, a su pesar, se aleje de nuestra compañía. Puede suceder lo contrario, claro está: padres o madres tan encantadores, comprensivos e inteligentes, y de físico tan grato en sus diversas edades, que nos inviten a quedarnos cerca de su hijo o su hija, ante la probable promesa de una admirable evolución. Pero, por si acaso, yo sería partidario de suprimir todo contacto con las familias sobrevenidas, no vaya a ser que, por su culpa, nuestro amado o nuestra amada se nos tornen insoportables, y los perdamos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de junio de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 23 de junio de 2019. ‘Mejor una dentadura descomunal’

Unos domingos atrás, el Defensor Carlos Yárnoz dedicaba su sección a glosar y agradecer los desvelos de un veterano lector de EL PAÍS que lleva años detectando y señalando incorrecciones, disparates y anglicismos innecesarios en estas páginas. El señor Rojo merece reconocimiento, aunque su tenacidad, a la larga, esté condenada al fracaso. Yo dejé de tratar estas cuestiones hace años: contra las inundaciones no se puede luchar, pese a que lo hagan de vez en cuando, con acierto y moderación, Pedro Álvarez de Miranda y Álex Grijelmo. La única vez que me dirigí a una Defensora del Lector fue para quejarme de que los redactores, editorialistas y columnistas ignoraran o hubieran olvidado que el verbo “hacer” también se conjuga en casos como este: “Mañana hará un año de la muerte de…” O bien, “Ayer hizo un año de…” Ahora casi todo el mundo aplica un “hace” invariable incluso en frases así: “Hombre, hace mucho que no te veía”. Si ahora el que habla ya está viendo al otro, tendría que haber dicho: “Hacía mucho…” Aporté numerosos recortes y la Defensora recogió mi lamento, pero de nada sirvió: no sólo en la prensa escrita, también en televisión y radio los locutores aplican “hace” en toda ocasión; aunque estén diciendo un absurdo. Ya no lo saben.

En estos meses de elecciones continuas y negociaciones y pactos, cualquiera que se asomara a la televisión sufrió una sobredosis de informativos, mesas de análisis y tertulias. Hoy hay la consigna de que cualquiera pueda ser cualquier cosa, para no discriminar ni “invisibilizar” (verbo idiota donde los haya). Así, un sordo puede ser director de orquesta y un ciego jurado en un festival de cine o árbitro, los cojos son policías de patrulla y los mancos también dirigen orquestas con el mentón (estoy exagerando, todo hay que avisarlo hoy). Bueno, bien está. Lo que ya se me escapa es que sean locutores personas con pésima dicción o confusa, o que hablan hacia dentro y se las oye a duras penas, o que pronuncian todo nombre extranjero excesivamente mal. Un cargo de una tele es incapaz de decir “homosexualidad”: siempre suelta “homoxesualidad” y “homoxesual”. Sería fácil corregírselo, le bastaría con ensayar. Recuerdo un episodio de una vieja película de Dino Risi y otros, Los complejos. Se titulaba “Il dentone”, y en él Alberto Sordi aparecía con unos dientes gigantescos, en verdad imposibles, del todo desaconsejables para figurar en pantalla, de frente, largo rato. Sin embargo, su dicción era tan clara y perfecta, la construcción de sus frases tan impecable, su conocimiento y pronunciación de otras lenguas tan acabados, su elocuencia tan cautivadora, que iba pasando una prueba tras otra hasta convertirse, contra zancadillas y pronóstico, en el “conductor” del telegiornale. Él, además, no se veía el defecto, se creía en posesión de “un divino perfil romano”. Es decir, en 1965 se sometía a examen a los locutores; no cualquiera podía realizar ese trabajo, se precisaban ciertas habilidades. Salvando las enormes distancias en cuanto a las consecuencias, no se permitiría operar a alguien que no fuera cirujano, ni siquiera a un ciego ni a un manco, a los que sin duda hay que ayudar y facilitar el camino. Pero sólo hasta cierto punto, me parece a mí.

Otro tanto vale para los tertulianos que proliferan. Más allá de que sepan o no de qué hablan, de que sus análisis y opiniones iluminen o sean obviedades o sandeces, de que se copien unos a otros y no aporten nada que haga pensar o por lo menos dudar, debería exigírseles un mínimo de vivacidad en el habla y de capacidad para resumir en sus exposiciones. Los hay que, en cuanto toman la palabra, obran como potentes somníferos en el espectador. A algunos les cuesta tanto arrancar —y luego se arrastran como orugas— que me resulta imposible prestarles atención. El mero sonido de su voz me “desconecta”: a la primera y trabajosa frase ya estoy pensando en mis asuntos. No todo el mundo está dotado para perorar en público, ni para captar la atención y mantenerla, lo cual sería requisito indispensable para contratar a un comentarista. Los que más abundan, con todo, son los gritones y atropellados (se asegura que “dan espectáculo” y hacen subir las audiencias); los que encadenan parrafadas inconexas, taxativas y sin argumentación, siempre vociferantes e interrumpiéndose unos a otros. Como esas charlas ya rara vez son entre cuatro o cinco, sino entre diez o catorce, no se oye ni entiende nada, es un guirigay que en seguida lo lleva a uno a abismarse de nuevo en sus pensamientos y después cambiar de canal o apagar el televisor. No comprendo que a esos individuos (alguno se salva, claro está) no se les hagan pruebas previas: de articulación, de elocuencia, de claridad mental y expositiva, de vivacidad en el uso de la palabra y habilidad para interesar. No me cabe duda de que aquel antiguo “dentone” que interpretó el gran Alberto Sordi se haría hoy el amo en nuestro país, con su supuesto perfil romano divino y su dentadura descomunal.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 16 de junio de 2019. ‘Una súplica’

Lamento mucho ser insistente y repetitivo, y me disculpo por ello. Pero es que la realidad lo es más; de hecho nunca da tregua. Madrid es una capital de la que se abusa todos los días del año, todos los años. Padecemos unas 3.000 manifestaciones anuales, lo que arroja una media de casi 10 diarias. Todas se empeñan en recorrer “el centro”, para “ser vistas”. Sufrimos las de los madrileños y también las de los forasteros, que se desplazan aquí para protestarle al Gobierno. Las obsesivas procesiones de Semana Santa y otras fiestas religiosas; los desfiles del 2 de mayo, los de San Isidro, los de la Paloma; las maratones, triatlones, carreras de mujeres y de no mujeres, de dueños de perros (“perrotones”, santo cielo); el paso de las ovejas, jornada de la bici, del patinete, paradas de colectivos varios, batucadas insoportables e incesantes. Moverse, trabajar, descansar, meramente vivir, son empeños imposibles. Por si todo esto fuera poco, esta temporada no se les ocurrió otra cosa a las autoridades que albergar una Final entre dos equipos de Buenos Aires —en el otro extremo del mundo— que se odian a muerte y cuyos hinchas tal vez sean los más salvajes del globo. Y como eso no fue suficiente, el día que escribo esto se disputa la Final de la Champions que enfrenta a Liverpool y Tottenham. Como se esperaba la invasión de unos 90.000 aficionados difíciles y cerveceros, las autoridades pensaron: “¿Cómo podemos agravarles la situación a los madrileños, hacerles la existencia en verdad insoportable? Sobre todo a los que le dan la espalda al fútbol”.

Desde el miércoles (el partido en sábado) se dedicaron “espacios” a lo que durará 90 minutos, 120 si hay prórroga. La siempre maltratada Puerta del Sol fue inundada de armatostes espantosos y estridentes conciertos. ¿Les bastó? No, la emblemática Plaza Mayor fue convertida en un absurdo campo de fútbol, con su falso césped y graderíos. ¿Les bastó? No, también la Plaza de Oriente, donde instalaron una gigantesca y horterísima réplica de la Copa, delante del mismísimo Palacio Real, para fastidiar la perspectiva. ¿Les bastó? No, fueron asaltadas Callao, Colón, Felipe II, hasta la respetada y pequeña Plaza de la Villa. El mismo “centro” que la alcaldesa hoy en funciones ha vetado a la mayoría de coches, perjudicando a quienes vivimos en tan amplia zona y no conducimos. Yo vivo muy cerca de una de esas plazas arrebatadas. El miércoles, ya digo (¡el miércoles!), la llenaron de enormes camiones, grúas, estructuras, pantallas, descomunales casetas. Improvisaron dos ridículos campitos de fútbol en los que, durante las cuatro jornadas que ha durado la barraca, de vez en cuando había tres o cinco muchachos peloteando… a 32 grados. Un imbécil fingía retransmitir sus evoluciones con un megáfono (“El oponente se va al ataque” y sandeces por el estilo). El resto del tiempo, música ratonera a gran volumen. Me acerqué a parlamentar. Hablé con una mujer que dijo pertenecer a la organización de la cretinada profunda. Educadamente, le expliqué que en la zona vivíamos y trabajábamos personas. Le pedí que nos ahorraran al menos lo innecesario, como la grotesca “retransmisión” de unos ridículos peloteos. En cuanto a la música, adujo que era “para atraer a la gente”. O sea que, ante la falta de interés espontáneo, había que llamarla como en las ferias. Para tranquilizarme añadió: “No se preocupe, vamos a estar solamente de 12 del mediodía a 12 de la noche”. No sé qué entendía por “solamente”; ¡12 horas, las fundamentales, durante cuatro interminables días! Por supuesto no me hicieron ningún caso. Lo más visible era el nombre de un Banco, que se leía unas 80 veces. No diré ese nombre, voceado también por el megáfono, pues creo que el Banco es accionista de EL PAÍS y no quiero crearle a éste problemas. Lo cierto es que se ha autorizado a una empresa apropiarse de un espacio común cuatro días, para emitir propaganda. Inaudito. Las otras plazas tomadas habrán sido un similar infierno.

Señoras Carmena y Villacís, señor Martínez-Almeida: hoy no sé cuál de ustedes será el nuevo alcalde o alcaldesa. A quien finalmente lo sea, le elevo una súplica: dejen de ser desconsiderados y dañinos para los habitantes de esta ciudad desdichada. No les impidan trabajar, moverse, descansar, vivir en las inmensas áreas que según ustedes constituyen “el centro”. Recuerden que no es un escenario, ni un decorado, ni un zoco, ni un estadio, como han decretado desde hace lustros los alcaldes y alcaldesas, de derechas o de izquierdas. Hay habitantes, residentes (más les vale que no huyamos todos), a los que el Ayuntamiento, con su permisividad absoluta para cualquier chorrada minoritaria, mortifica a diario. No las alienten al menos, las chorradas y los caprichos. No los inventen ni los fomenten. No les corresponde ofrecer distracción y espectáculos sin fin a la ciudadanía más ociosa y jaranera. No todo es recaudar dinero. Hay mil asuntos más importantes en la gobernación de una capital. El principal es que los madrileños puedan hacer frente a sus quehaceres y problemas, que son muchos, sin agregarles obstáculos, impedimentos, trabas, martirio y ruido ensordecedor permanente. Todo ello gratuito las más de las veces; todo superfluo.

PD. Encima, el partido fue malísimo. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 9 de junio de 2019. ‘Congreso o guardería’

Hable hace ya años de la fragilidad actual —de la pusilanimidad, de hecho— de muchos estudiantes universitarios estadounidenses. Algunos lectores quizá recuerden que exigen que sus centros sean “espacios seguros”, es decir, en los que las opiniones contrarias a sus creencias y convicciones no los “perturben” ni “desasosieguen” y sean acalladas. Han cercenado la libertad de expresión —no digamos de debate— hasta límites dictatoriales. A veces se impide que un invitado dé una conferencia si su persona les es ingrata o prevén que sus ideas los van a “alterar”. Hay jóvenes que se salen de un seminario, lloriqueando, si un compañero manifiesta una postura que los “ofende” y “trastorna”. A menudo deciden qué libros y qué temas se pueden abordar en un curso y cuáles no, y, dado que los alumnos se comportan como “clientes” por los altísimos precios que sus familias pagan, a los profesores no les queda otra que tragar y plegarse. Lo que solía llamarse “libertad de cátedra” está muy seriamente amenazado. Los claustros ceden cada vez más a los caprichos y a la intolerancia de estos estudiantes mimados, débiles, que se descomponen y quiebran por cualquier cosa. Están hechos de porcelana y no deberían ir a la Universidad, por tanto, que siempre ha sido lugar para la confrontación de ideas: en los regímenes autoritarios, incluso, con un grado de libertad del que el resto de la sociedad carecía, la prensa no digamos. Si los claustros complacen a los jóvenes déspotas es en parte por amilanamiento y cobardía y en parte porque también están formados por profesores y burócratas que son igual de hipersensibles e histéricos.

Todo esto indica una infantilización impropia. Estos universitarios —¡universitarios!— no han salido ni están dispuestos a salir de su niñez sobreprotegida. Y se sabe que los niños, si se les da pie y se les permite, tienen una tendencia natural a ser tiránicos; a que se haga su voluntad sin excepciones. Lo último que he leído al respecto es que algunos colleges han creado, a petición de estos clientes de guarderías, “cry rooms” y “pet rooms”, esto es, cuartos a los que retirarse a llorar y cuartos con mascotas, para que los alumnos se acerquen a acariciar conejos, perros, gatos y no sé si cerdos y se calmen en su compañía. Ignoro si son alquilados o si son los de los estudiantes, que se los llevan a clase o a los aledaños. Es seguro, en todo caso, que de ellos no saldrán opiniones indeseadas. Curioso que estos universitarios busquen conversación con seres irracionales. Creerán que pensar es abyecto, una contrariedad y una anomalía.

Dada la aceptación creciente y mundial de puerilidades, me parece que esta iniciativa debería ser adoptada por nuestros Congreso y Senado, y que sus señorías gocen de la oportunidad de irse a echar unas lágrimas o a abrazar a unos hámsteres, y de paso a unos peluches. La sesión de acatamiento de la Constitución resultó tan ridícula que sin duda sus señorías toman el Parlamento por un kindergarten. Lejos de los dramatismos de Casado y Rivera, que en las variopintas fórmulas de juramento o promesa vieron “ultrajes” y “humillaciones” sin cuento, lo que se contempló fue un espectáculo digno de impúberes. Me sorprendió que los nuevos Presidentes, Batet y Cruz, no puntualizaran a la primera: “No se les pregunta por sus fobias, filias y aspiraciones. Sólo si prometen o juran acatar y defender la Constitución. Por favor, limítense a eso. Por qué o por quién lo hacen, es superfluo”. Hubo fórmulas contradictorias, como “Con lealtad al mandato del 1 de octubre”, fecha de un referéndum-farsa ilegal que se utilizó para atentar contra la Constitución. ¿Cuál de esas dos cosas iban a defender, si son incompatibles? Otro individuo improvisó: “Por los nuevos tiempos republicanos, prometo”. Es dueño de sus deseos, pero, según la Constitución, que yo sepa, España es de momento una monarquía parlamentaria, que a la vez prometió defender e intentar minar o derrocar. Es lo de menos. La sarta de infantilismos y bravatas fue de opereta. “Por España”, como si hubiera cabido jurar por Francia o Alemania. “Por la democracia”, como si sus señorías no estuvieran en sus escaños gracias a ella y a un sufragio transparente y limpio, no impugnado por nadie, y no fuera el enésimo desde hace más de cuarenta años. Hubo diputados franquistas que se dedicaron a golpear violentamente sus pupitres (sí, pupitres) como si fueran reventadores en un estreno teatral decimonónico. Otros vestían camisetas con lemas, por fuerza simplezas (“Por la salvación del planeta”). Todo muy ameno y pintoresco, no me quejo. A un hermano mío lo decepcionó tan sólo que los políticos presos no se presentaran a la sesión disfrazados con trajes y gorritos a rayas blancas y negras y con un pie encadenado a una bola, como los presidiarios de los antiguos tebeos y de las películas sureñas. En fin, no se puede tener todo. Pero insisto en serio: vista la mentalidad infantiloide de bastantes señorías, solicito urgentemente que el Congreso habilite una habitación para soltar lágrimas y otra bien provista de animalillos, para que los diputados se desahoguen a gusto, refieran sus anhelos y cuitas a los conejos y a los cochinillos, y cumplan después con sus obligaciones. Sobriamente y al grano, si es posible.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de junio de 2019

LA ZONA FANTASMA. 2 de junio de 2019. ‘Los enemigos que no lo son’

Hace algo de tiempo, Puigdemont, Torra o uno de los suyos, tanto da, expresó con claridad este sentimiento, con estas o parecidas palabras: “El Estado español es el enemigo”. (Y puede que dijera “España” en esta ocasión.) Se armó un poco de escándalo, efímero como son hoy los escándalos, y me suena que el autor de la frase, o alguien cercano, trató de matizar con la boca pequeña: “Queremos mucho a los españoles, hablamos también castellano, etc”. La primera manifestación es desde luego la que ha prevalecido, y no es raro oírla de nuevo en labios de otros dirigentes secesionistas o de sus paniaguados de radio y televisión. Pese al momentáneo escándalo, tengo la impresión de que casi nadie se tomó en serio la declaración, o —mejor— no se la tomó al pie de la letra. A estas alturas, sin embargo, no cabe duda de que se quiso decir lo que se dijo. Los independentistas tratan no sólo a España, sino a la parte mayor de Cataluña que no comulga con ellos, como a enemigos. Cuando hay una guerra, para los combatientes todo vale. Se dejan de lado las reglas, las leyes, la verdad, los miramientos; la palabra que se da a ese enemigo carece de valor y el que la da no se siente vinculado a ella; es más, considera su deber patriótico engañar por cualquier medio, tender trampas, utilizar argucias, falsear los hechos, negar lo evidente con desfachatez, incumplir los pactos acordados, ser sibilino y taimado, asegurar que ofrece diálogo e ir a parlamentar con un puñal oculto, aprovecharse de la ingenuidad ajena para sacar ventaja y herir mejor. Todo está permitido: la mentira constante, el infundio, la amenaza, el chantaje, la calumnia, la fabricación de pruebas falsas, la absoluta manipulación.

Cuanto he enumerado lleva dándose ya mucho tiempo en el “bando” secesionista. Orquestadas campañas de desprestigio, demonización del “Estado español”, vetos y zancadillas a políticos que no son de su cuerda, presentación del país como falsa democracia cuando no como régimen franquista, negación de la independencia de su justicia, acusaciones de “opresor”, de “castigar las ideas” y abolir la libertad de expresión, comparaciones con la Turquía totalitaria de Erdogan a la que tanto se asemeja, curiosamente, el proyecto de República Catalana concebido y parcialmente ejecutado por ese “bando”. Lo único que por fortuna falta es la guerra propiamente dicha, y espero que nunca se le ocurra a nadie iniciarla. Pero, en todo lo demás, España y más de la mitad de los catalanes son tratados como enemigos. Contra ellos todo es aceptable.

Cuando alguien te declara enemigo suyo y te tiene por tal, lo más frecuente es que ese alguien pase a serlo tuyo también. Pero ¿qué sucede si uno no quiere abrir hostilidades contra quien se las ha abierto? Es raro, y aun así se da, y creo que se da en este caso. Con las muchas excepciones que se quieran, ni España ni los españoles consideran a Cataluña “enemiga”, ni siquiera a la porción que les ha puesto la proa. Tal vez por eso hay todavía políticos o Gobiernos que se acercan con buenas intenciones y ánimo conciliador a quienes no tienen la menor voluntad de conciliación. Si yo no siento animadversión hacia quien me la profesa, me cuesta mucho jugar sucio contra él, hacerlo objeto de mis difamaciones, dañarlo a ultranza, con métodos lícitos o no. No es sólo que no desee asimilarme a él; es que “no me sale” mostrarle la misma inquina que me muestra él a mí. Es infrecuente, ya digo, pero no pocos de ustedes habrán vivido situaciones así en el ámbito personal (en los divorcios surgen súbitos y desenfrenados odios). Yo sí, a buen seguro. He tenido casos de malevolencia mutua, en los cuales mi enemigo me torpedeaba y yo hacía otro tanto con él. No obstante, en otros, el enemigo me ha hostigado con encono y tesón y yo no he respondido de igual forma. Porque había habido una vieja amistad; porque veía a la otra parte más débil; porque la aversión era sorprendente e inmotivada e incomprensible; por lo que fuera. El aborrecimiento era unilateral. Y si se trataba de un antiguo amigo tornado enemigo, dejé de favorecerlo, claro; pero no me afané en perjudicarlo.

Lo habitual es que la beligerancia de uno engendre la del otro, antes o después. Que el segundo estalle por hartazgo, por orgullo o por encabronamiento bien provocado. Pero si no es así y se aguanta el chaparrón, y no se responde con las mismas armas, ¿qué hacer? Yo me aparté, me alejé, me puse a tiro lo menos posible. Eso no es factible en lo que se refiere a la Cataluña hostil: no lo es alejarse de los propios conciudadanos, hacer oídos sordos a sus belicosos representantes oficiales y tirar adelante sin aquéllos. Tampoco es deseable. Sólo cabe asumir con tristeza que, aunque alguien no sea tu enemigo, tú sí lo eres de él, y que por tanto él carecerá de escrúpulos hacia ti. Sabiéndolo, hay que dialogar o simular el diálogo, sin hacer concesiones para contentar o aplacar, y exigiendo contrapartidas inmediatas y concretas. Y esperar con paciencia a que amainen sus tormentas de acero, hasta que un día por fin escampe, por la fuerza de las urnas o por agotamiento.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de junio de 2019