Reseña de ‘Berta Isla’



Berta Isla

DANIEL GONZÁLEZ IRALA
El Correo de Andalucía, 28 de abril de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 28 de abril de 2019. ‘Señores antiguos’

Miércoles 10 de abril. Debo coger un AVE a las 4. Salgo con mis maletas, llenas de libros y demás, a las 3. Desde mi punto de partida hasta la estación suelo tardar un máximo de quince minutos en taxi, el cual me cuesta entre seis y siete euros. Si voy con tanta antelación es porque, en el Madrid de Carmena, ese trayecto se ha convertido en un suplicio. Uno no sabe cuánto le costará atravesar Sol y la Carrera de San Jerónimo, una calle estrecha que lleva ya dos años más angostada —un embudo— por culpa de las interminables obras de Canalejas. En vista de que esa calle es un atolladero, el Ayuntamiento la empeora permitiendo un incesante desfile de buses turísticos de dos pisos que taponan el único carril hábil, en vez de desviarlos por otra ruta mientras duran las obras (échenles un año más como mínimo). Como el tráfico es aquí un purgatorio, démosle la categoría de infierno, debe de haber pensado Carmena. Llego a Atocha tras treinta y tantos minutos de taxi, que me sale por trece euros. Como hay que pasar el equipaje y la gabardina por el escáner, bajo la rampa sin dilación. Delante de mí va una joven con un inmenso maletón sin ruedas, casi un baúl. Lo va arrastrando con penalidad y por supuesto no la puedo adelantar. Al llegar a la cola, veo que hay masas poco explicables. No es fin de semana y faltan días para la Semana Santa. Como hay un gentío con bultos grandes, Renfe ha inhabilitado uno de los tres escáneres, luego se avanza a paso de tortuga. La joven sigue tirando a duras penas de su maletón, se le desvía, se le tuerce, se golpea y me golpea con él, me mira con apuro, le digo que nada, sigo detrás.

Por fin alcanza el escáner, y entonces descubre que, si bien puede tirar de su baúl con esfuerzo, lo que no puede es levantarlo del suelo a pulso. Le pregunta a la escaneadora si le echa una mano. Ésta, con sequedad, le contesta que no puede abandonar su puesto. “Abandonarlo”, en este caso, significa levantarse, dar tres pasos, ayudarla y volver a su asiento. Ninguna otra maleta pasaría por la cinta mientras tanto, eso es obvio. “¿Y qué hago?”, dice la joven. “Que la ayude alguien”. La joven me mira implorante. Desde hace más de dos meses padezco un tirón o una tendinitis o una ciática (dejémoslo indeciso: contar dolencias me parece una falta de consideración) causados por las excesivas caminatas que me di durante los dieciséis días de huelga de los taxistas. Me duelen la pierna y la cadera, no estoy en condiciones de añadirme el esfuerzo de levantar un maletón. Pero claro, ya soy un señor antiguo, y estoy educado como lo estoy. Entre las masas de la cola (hombres y mujeres de toda edad) nadie mueve un dedo. Allí la famosa “sororidad” brilla por su ausencia, y en cuanto a los varones, quién sabe, lo mismo temen ser tachados de machistas si ayudan a la joven. Como yo no temo eso sino que lo doy por descontado —diga lo que diga y haga lo que haga—, echo mano al bulto, lo alzo a pulso (en efecto pesa un quintal) y se lo deposito en el escáner a la joven que calculó mal. Me da las gracias con expresión de alivio, luego subo mi equipaje y la cola tira adelante.

Esta minúscula anécdota sería sexista y no deberían leerla niños ni niñas según los responsables de la escuela Tàber (titularidad de la Generalitat) y de las también barcelonesas Montseny y Fort Pienc, que han considerado eso, sexista, una frase de Caperucita Roja en la cual se dice que “un cazador que pasaba por allí” —¡un hombre!— salvó del Lobo a Caperucita y a su abuela. Así que han retirado ese pecaminoso volumen de la biblioteca, lo mismo que La bella durmiente (porque el Príncipe la salva, y con un beso no consentido), y La leyenda de Sant Jordi, sustituido por La revolta de Santa Jordina, donde la chica es la heroína y el dragón no tiene por qué morir. Cómo va a matarse a un bicho, con lo buenos que son, incluidas las boas constrictor, las tarántulas y las hienas.

Que un hombre ayude o salve a una mujer es “tóxico”, luego los cuentos en que eso suceda, o en los que no haya “paridad” entre los personajes, se deben secuestrar, suprimir y prohibir. Los profesores y padres de la Tàber y demás han de ser por fuerza conscientes de su similitud con los censores franquistas y con los cabestros nazis que purgaban libros y los quemaban, pero les dará igual: todos ellos se creen sabedores de lo “pernicioso” y lo destierran sin contemplaciones. Esta gente estricta ha encontrado nada menos que 200 títulos “tóxicos, que reproducen patrones sexistas”, el 30% del fondo. Y todos son objetables en cierto grado a excepción del 10%, los que sí están escritos “desde una perspectiva de género”. La sociedad catalana se ha acostumbrado tanto a los modos totalitarios de la Generalitat que nada tiene de extraño que una escuela dependiente de ella se comporte como la Inquisición. Estas “virtuosas”, con sus sociólogas y pedagogas que las aplauden, sólo admiten que un varón ayude a otro y una mujer a otra mujer. Pero, como dije antes, en la vida real hay veces en que la tan cacareada “sororidad” no aparece y un señor antiguo con la pierna mala resulta ser el único dispuesto a echar una mano a quien tiene menos fuerza física. Por ejemplo, para levantar un peso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de abril de 2019

Por alusiones

Milena Busquets
El Cultural, 12 de abril de 2019

Novelistas de estreno
El Cultural, 23 de abril de 2019

Conrad, la grandeza de lo sencillo
TOMÁS SEGURA MARTÍN
Diario Sanitario, 23 de abril de 2019

Brindis a propósito de Juan Bonilla
A.CALA
Diario de Jerez, 21 de abril de 2019

La costumbre del poder: ¿Congreso o Fiscalía?
GREGORIO ORTEGA MOLINA
Almomento (México), 22 de abril de 2019

Fernando Iwasaki: “El mestizaje es el mejor antídoto contra los radicalismos”
JESÚS CENTENO
La Vanguardia, 22 de abril de 2019

“Tenemos más de Gades que de Gadir”
PILAR VERA
Diario de Cádiz, 23 de abril de 2019

Nuevo libro de Reino de Redonda. ‘El hombre que nunca existió’ de Ewen Montagu. ‘Operación Desengaño’ de Duff Cooper

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ

EWEN MONTAGU

OPERACIÓN DESENGAÑO

DUFF COOPER

Prólogo de John Julius Norwich

Traducción de Antonio Iriarte

Reino de Redonda, abril de 2019

Distribuye Penguin Random House S.A.U.

ÍNDICE
Prólogo, por John Julius Norwich

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ
Prólogo
por el muy honorable general lord Ismay, GCB,CH,DSO
Nota del autor
I. El nacimiento de una idea
II. Investigaciones preliminares
III. “Operación Carne Picada”
IV. El documento vital
V. El comandante Martin, de la Real Infantería de Marina
VI. La creación de una persona
VII. El comandante Martin se prepara para ir a la guerra
VIII. El viaje al norte
IX. El lanzamiento del cuerpo
X. El comandante Martin llega a España
XI. Atamos cabos sueltos en Inglaterra
XII. El Servicio de Inteligencia alemán desempeña su papel
XIII. El Alto Mando alemán se pone en marcha
Posdata
Apéndice I
Apéndice II

OPERACIÓN DESENGAÑO. UN RELATO DE DUFF COOPER
Prólogo
Operación desengaño
Epílogo

APÉNDICES
Appendix I/Apéndice I: M P Shiel’s and John Gawsworth’s Redonda/La Redonda de M P Shiel y John Gawsworth (updated/puesta al día 2019)
Appendix II/ Apéndice II: Jon Wynne-Tyson’s Redonda/La Redonda de Jon Wynne-Tyson (updated/puesta al día 2019)
Appendix III/Apéndice III: Javier Marías’s Redonda/ La Redonda de Xavier Marías (updated/puesta al día 2019)

La historia real y la historia novelada de una de las operaciones más audaces del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial

Títulos publicados en Reino de Redonda

LA ZONA FANTASMA. 21 de abril de 2019. ‘Ardua tarea’

Es paradójico que a muchos votantes les haya ocurrido lo contrario de lo esperable, al disponer de más opciones. Lo normal habría sido que la aparición de nuevos partidos en los últimos años nos hubiera hecho sentir más desahogados: ya no nos vemos abocados a un Gobierno del PSOE o del PP en cuasi solitario, o con el hoy añejo apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos para cualquiera de los dos, que nunca tuvieron empacho en hacer concesiones de las que ahora abominarían (si las hiciera el rival, claro está). Yo he sido siempre un defensor del voto: con guantes, con la nariz tapada o como lo quieran llamar. Abstenerse o depositar una papeleta en blanco me han parecido pobres alternativas: nadie computa eso (o, si se molesta alguien, nada importa), y al final otros deciden por uno. Inhibirse en política es a mi juicio la peor solución, o al menos la más pusilánime, y todavía lo creo así. Y sin embargo, ante las elecciones del próximo domingo mi temor al arrepentimiento es mayor que nunca, y uno sobrelleva mal arrepentirse gravemente. Lo llamativo del caso es que son los posibles socios de Gobierno de unos u otros los que me causan más aprensión o repelús.

La actual camada de políticos es espantosa en mi opinión. Mediocres, engreídos, miopes, falaces, locoides, insustanciales y cínicos, con alguna rarísima excepción. Quién nos iba a decir que en el PP echaríamos de menos a Rajoy (¡Rajoy!) y a Soraya Sáenz, que al lado de Casado y Teodoro Egea se antojan personas modestas, respetuosas y de mediana inteligencia. Quién que en el PSOE veríamos a Rubalcaba como a un Tocqueville o a un Adam Smith en comparación con sus dirigentes de hoy (y el peor no es ni siquiera Pedro Sánchez: miren hacia abajo, por favor). Quién que el inepto y destructivo Artur Mas (culpable primordial del desastre catalán) iba a resultarnos articulado y hábil si escuchamos a Puigdemont, Torra o la taimada Laura Borràs; o que Carod Rovira nos parecería más honesto que el melifluo Junqueras o el falsario vocacional Rufián… Lo más asombroso de la situación es que, si uno se pone en la piel de los líderes (no es fácil, pero para eso sirve la imaginación), no da crédito a que todos sean tan torpes, no cesen de equivocarse y de meter la pata, y lancen reiteradas lluvias de piedras contra sus propios tejados. No es sólo que anuncien alianzas con quienes más los perjudican ante buena parte del electorado: el PSOE abraza a Podemos (un partido cuyo fin transparente es laminar las instituciones, desde la Constitución hasta la democracia representativa, la única medio digna del nombre) y no se zafa de los secesionistas totalitarios ni de los herederos políticos de ETA. El PP se deja contagiar por los neo o paleofranquistas de Vox y cuenta sin disimulo con ellos, lo cual espeluzna y ahuyenta a muchísimos votantes tradicionales suyos, gente conservadora y moderada. Ciudadanos, que podría haber crecido si se hubiera mantenido en una posición liberal, se funde anticipadamente con este PP polvoriento, chulesco y contaminado, perdiendo incontables votos de centro o incluso de centroizquierda. Podemos se desmembra y muestra un rostro cada vez más desencajado, fiándolo todo a la figura autoritaria que más lo daña, la cual aumenta día a día sus dosis de majadería y malas artes: no por nada Abascal y esa figura —ésta desde hace años— son los dirigentes peor valorados en las encuestas de opinión. En cuanto a Vox, que se beneficia de su novedad y de la corriente suicida que ha llevado al poder a Trump, Bolsonaro, Duterte, Maduro, Orbán, Salvini y a los veteranísimos Netanyahu y Erdogan, se saca de la manga pistolas para todo el mundo, obviando que España es uno de los países con más bajos índices de criminalidad, y poniéndonos los pelos de punta a la mayoría: imagínense a los cabestros que abundan con armas de fuego. Por caridad.

Es notorio, asimismo, el ojo infalible de los partidos para colocar en los puestos señeros de sus listas a gente contraproducente, de antipatía antológica como Carmen Calvo, Cayetana Álvarez de Toledo, Ortega Smith, Rufián, Ione Belarra, Borràs o Iglesias. O bien a personajes a los que más les valdría no abrir la boca, como el pobre Suárez Illana, De Quinto, Adriana Lastra, Noelia Vera, Egea y tantos otros: cada vez que sueltan unas frases en público, privan de millares de votos a sus respectivos partidos. Bueno, eso creo yo, y me puedo equivocar. Pero si esos partidos ni siquiera saben velar por sus propios intereses y beneficio, uno se pregunta cómo podrían hacerlo por los del conjunto del país. Todos, por sus socios o por sus idearios (y esta palabra ya es mucho atribuirles), encierran un peligro ilimitado. Hace decenios que muchos votamos lo que juzgamos el mal menor entre un abanico de males muy malos. Esta vez cuesta especial trabajo identificar ese mal menor. En lo que a mí respecta, he de conseguirlo de aquí a una semana, porque no voy a votar en blanco ni a abstenerme, eso lo sé. Les deseo suerte en la ardua tarea. Un gran número de electores la vamos a necesitar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 14 de abril de 2019. ‘Disimulados actos de soberbia’

Ya no sé las veces que he escrito sobre la estúpida moda de los perdones vicarios y en diferido, pero creo que la primera fue en 1995, y por extenso. Es decir, como mínimo llevamos veinticuatro años de variadas tabarras, que, lejos de remitir, van en aumento. Como la realidad es repetitiva, machacona y pesadísima, en ocasiones no nos queda más remedio, a quienes publicamos en prensa, que imitarla y resultar reiterativos, aunque no nos guste. El asunto se ha puesto de actualidad de nuevo a raíz de la solicitud del Presidente de México, Obrador, de una petición de perdón formal a su país por parte del Rey Felipe VI y —se sobreentiende— de los españoles en general. Hace mucho contó Fernando Savater que, durante sus frecuentes estancias en México, cuando alguien le echaba en cara los “crímenes de sus antepasados”, él solía responder al acusador: “Serán de los antepasados de usted, porque los míos no se movieron de España ni pisaron este continente, así que difícilmente pudieron dañar a ningún indígena. Es en cambio probable que los suyos sí abusaran de ellos. Haga sus pesquisas y pídales cuentas en la tumba, si procede”. O algo por el estilo.

Obrador ha demostrado ser muy tonto o un demagogo o ambas cosas. No menos tontas y demagógicas han sido muchas de las histéricas reacciones habidas entre los políticos españoles, la mayoría individuos tan lacios y faltos de personalidad que han de recurrir a los chillidos para compensar (sin éxito) su grisura. “Una afrenta”, exclamó Casado el Torpe. “Un insulto”, agregó Abascal el Jinete Desequilibrado. “Gran Obrador, nosotros repararíamos a las incontables víctimas de España”, aplaudió Unidas Podemas o como se llame ahora ese partido. Todo muy melodramático, casi operístico, para lo que no deja de ser una bobada que quizá debería haberse dejado caer en el vacío.

A nadie se le ocurriría exigirle a un lejano descendiente de Jack el Destripador (si supiéramos quién fue) que pidiera perdón por los desventramientos de su tatarabuelo. Ni siquiera se les ha exigido tal cosa a los nietos de Franco, que andan por aquí a mano y no se han cambiado el apellido, y eso que su abuelo mató a mansalva. Todos estamos de acuerdo, cuando se trata de personas, en que los descendientes de un criminal no son ni pueden ser culpables de nada. (Tampoco los padres de un violador o un asesino, y dan mucha pena esos progenitores que de tanto en tanto aparecen en televisión abochornados por el delito cometido por un vástago suyo.) Todos aceptamos, por suerte, que uno sólo es responsable de sus propios actos y que, por recordar la cita bíblica, no es nunca “el guardián de su hermano”. Se entiende mal, así pues, que en cambio se siga considerando culpables a los países o a las razas de las atrocidades llevadas a cabo, hace siglos o decenios —tanto da—, por compatriotas remotos o gente antediluviana de color parecido, que nada tienen que ver con nosotros.

Pensar que las instituciones y las naciones no varían, que son eternas e idénticas a lo largo del tiempo, es tan elemental, tan rudimentario, que da miedo ver a buena parte de la población mundial creyendo esas supersticiones. Ni “España” ni “Francia” ni “México” ni “Rusia” son abstracciones inmutables. Tampoco “la Iglesia” ni “la Corona” ni “la República”. Lo que entendemos por “Francia” tiene mil caras: la del Rey Sol y la de Luis XVI (guillotinado), la de la Revolución y la del Reinado del Terror, la de Napoleón y la de la Comuna, la colaboracionista con los nazis y la de la Resistencia, la de Argelia y la actual. “Rusia” ha sido la de los zares durante siglos, la del bolchevismo, la de Stalin con sus matanzas, la soviética tiránica, la de Gorbachov y la del camarada Putin. ¿Habría de pedir perdón este último por los desmanes de los zares? ¿Macron por el despotismo de los Reyes o por las enloquecidas decapitaciones? No es ya que no deban, es que tampoco pueden.

Pedir perdón en nombre de otros es un disimulado acto de soberbia, por mucho que seamos sus “herederos”. Lo que alguien hizo, bueno o malo, sólo a él pertenece. Los vivos no somos quiénes para atribuírnoslo (lo bueno) ni para enmendarlo y penar por ello (lo malo). Aún menos para “repararlo”. Para los asesinados no hay reparación posible, ni para los esclavizados. Sus supuestos descendientes no han padecido lo mismo, o sólo muy indirectamente. A quienes se dañó ya no hay modo de compensarlos, ni a quienes sufrieron injusticia. Ocurrió (lleva ocurriendo la historia entera), y los únicos culpables también están muertos, ya no es posible castigarlos. Extender las culpas indefinidamente en el tiempo, a los individuos “similares”, a los países o a las instituciones, es una vacuidad oportunista y peligrosa. Y quienes se avienen a pedir perdón (sean la Iglesia, Alemania, Francia o España) demuestran ser unos arrogantes. Tan arrogantes como si el Estado español actual se atribuyera la grandeza de Cervantes y Velázquez o el italiano la de Leonardo y Dante. Cada cual hace lo que hace, y nadie más debe reclamar para sí el mérito o el demérito, la proeza o la tropelía. No son nuestros.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de abril de 2019

Por alusiones

Antonio Soler gana el Premio Nacional de la Crítica por su libro Sur
JACINTO ANTÓN
El País, 6 de abril de 2019

La escritora Anny Peterson nos habla sobre el erotismo en la narrativa actual
Mundo diario, 21 de marzo de 2019

Muere el académico y poeta Gonzalo Sobejano a los 91 años
ANA CABALLÉ
El País, 12 de abril de 2019

Mercurio se despide del mundo literario tras veinte años de vida
PEPA LÓPEZ
La Opinión de Málaga, 7 de abril de 2019

“Zidane ha sido el gotelé de Florentino Pérez, le ha salvado”
MARCO RUIZ
As, 13 de abril de 2019

LA ZONA FANTASMA. 7 de abril de 2019. ‘¿Será buena persona el cocinero?’

La obra de Baretti, de cuyo crimen hablé la semana pasada, no es la de un grande de la literatura, y su nombre sólo aparece en los diccionarios italianos e ingleses. Pero el hecho de que matara a un hombre no ha impedido a nadie acercarse a su Viaje de Londres a Génova y disfrutarlo, desde 1770. Otro tanto sucede con los cuadros de Caravaggio o las esculturas de Cellini, quienes también se llevaron por delante a algún individuo. Se lee Vida de este capitán, de Alonso de Contreras, y eso que ahí él mismo relata su historia desaforada, con unos cuantos homicidios, el primero cometido a los once años, si mal no recuerdo. Claro que él no era un literato, sino un soldado que dio cuenta de sus andanzas por escrito. Christopher Marlowe, el coetáneo de Shakespeare y de casi igual talento, fue violento y delictivo hasta que lo acuchillaron a los veintinueve de edad. Sería penoso que, en función de su turbia biografía, sus extraordinarios dramas fueran proscritos, incluidos Tamerlán el Grande y Doctor Fausto. De todos estos fantasmas hace ya mucho tiempo.

A menudo se dice —una vieja superstición— que los artistas tienen un lado oscuro, y se los pinta como a seres más bien desagradables o pesadísimos: atormentados, iracundos, histéricos, engreídos, despóticos, abusivos. Se les suele achacar una vanidad excesiva que a veces los lleva a creerse por encima de las leyes y de las demás personas, y a permitirse actitudes y acciones que a cualquier otro se le reprobarían. Yo creo que los artistas no se diferencian apenas del resto, de los funcionarios, los zapateros y los relojeros, los profesores, los jueces y los médicos. El problema es que sobre ellos hay un foco y una lupa: hoy se estudian sus trayectorias de manera exhaustiva, por lo general en busca de aspectos y episodios escandalosos, condenables y feos. Y cuando se rasca se descubre, desde luego, porque no ha habido mujer ni hombre que hayan pasado por el mundo sin tacha, sin incurrir en alguna indignidad o bajeza a lo largo de sus días. Lo mismo el escritor que el zapatero, el pintor que el relojero, el juez que el músico. La cuestión es que nadie se dedica a indagar en la vida de un juez o un relojero. Durante siglos los artistas eran en realidad artesanos, cuando no menestrales, y hasta sus nombres eran desconocidos, no digamos sus actos. Plantearse, como pasa ahora, si debemos seguir admirando su arte cuando sabemos que algunos fueron todo menos ejemplares, es tan ridículo como preguntarnos si podemos visitar catedrales o palacios ignorando si fueron buenas personas quienes los planearon y construyeron. O si nos es lícito contemplar un fresco sin tener ni idea de si quien lo ejecutó fue un rufián o un ciudadano probo. Tampoco averiguamos las virtudes o vicios del artífice de nuestras ropas o nuestro calzado, ni del chef que ha preparado los platos del restaurante. Nos los comemos sin más, sin que nos importe nada si el cocinero trata bien a su mujer o es buen padre.

En cambio, con los artistas… Cada cual es muy dueño de reaccionar como le parezca ante lo que sabe. Hoy hay quienes han decidido no volver a ver películas de Woody Allen, por las sospechas que pesan sobre él —jamás probadas—. Hay emisoras que han desterrado de su programación cualquier canción de Michael Jackson, y admiradores que han destruido sus discos. Kevin Spacey aún no ha sido declarado culpable por ningún jurado, pero hace tiempo que se lo ha expulsado y vetado en las pantallas. Uno es libre de ver y oír lo que quiera, por los motivos que sean. Ya he contado otras veces que mi abuela Lola, muy católica, se negaba a ver nada de Chaplin porque se había divorciado muchas veces. Respeto esas decisiones, naturalmente, pero las entiendo mal. Una cosa es la persona y otra su obra, que no por fuerza está teñida por las peores pasiones de aquélla. Tengo una lista mental de individuos a los que nunca estrecharía la mano, por lo que sé de ellos, por lo que han dicho o hecho. Si viviera, no saludaría a Michael ­J­ackson, quizá, pero no me privo de escuchar sus magníficas canciones. No me abstengo de ver El pianista o La semilla del diablo, de Polanski, y eso que a él se lo condenó en un juicio. Rehuiría al antisemita Céline en un hipotético más allá en el que nos juntáramos todos, pero eso no me obliga a mantener cerrado su Viaje al fin de la noche. Que Heidegger tuviera tentaciones nazis me resultaría engorroso si hubiera de tratarlo, pero no por eso voy a perderme lo que expuso en El ser y el tiempo. Pero en fin, allá cada cual con sus manías y sus elecciones. Lo que no es admisible es que se intente borrar de la faz de la tierra —que se trate de impedir que otros elijan— la obra de quienes son o fueron “malos ciudadanos”. Llegará un día en que Amazon se avergonzará de haber secuestrado A Rainy Day in New York, la última película de Allen, de haberle impuesto la brutal censura de la inexistencia. No por su contenido, sino por su autoría. Y habrá quienes se avergüencen de haber prohibido a Spacey y a Jackson sin veredicto. Quizá haya que esperar a que haga tanto tiempo de ellos como de Baretti, Caravaggio, Contreras y Marlowe. Esta época tan “virtuosa” se verá entonces, me temo, como un baldón de intransigencia y precipitada injusticia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de abril de 2019

Próximo libro de Reino de Redonda. ‘El hombre que nunca existió’ de Ewen Montagu. ‘Operación Desengaño’ de Duff Cooper

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ
EWEN MONTAGU

OPERACIÓN DESENGAÑO
DUFF COOPER

Prólogo de John Julius Norwich
Traducción de Antonio Iriarte
Reino de Redonda, abril de 2019
Distribuye Penguin Random House S.A.U.

La historia real y la historia novelada de una de las operaciones más audaces del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial.

[A la venta el 23 de abril]