Por alusiones

Fernando Iwasaki: ¿Por qué hay que leer a Javier Marías?
Universidad Loyola Andalucía, julio de 2018

Rosa Montero: “Hoy no hay espacio mental para las entrevistas largas”
FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO
El Cultural, 29 de marzo de 2019

Javier Marías: “Es extraordinaria”
El Mundo, 31 de marzo de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 31 de marzo de 2019. ‘El muy antiguo crimen de un escritor’

Este es un episodio de hace doscientos cincuenta años, relativo a un hombre que nació hace justo trescientos (el 24 de abril de 1719) y que por tanto ya había cumplido cincuenta cuando los hechos tuvieron lugar. Era escritor turinés, Giuseppe Baretti, pero vivió más en Inglaterra, redactó algunos textos en la lengua de este país y a veces los firmó como Joseph Baretti. Poseía grandes dotes lingüísticas, fue autor de un Diccionario Anglo-Italiano y, lo que tiene más mérito, de otro Español-Inglés, ya que ninguno de estos dos idiomas era el suyo original. De esta rara obra de 1778 le conseguí un ejemplar a la Real Academia Española, que no contaba con él en su biblioteca. En 2005, en Reino de Redonda, publiqué su mejor libro, Viaje de Londres a Génova, que pese al título es sobre todo un largo periplo por España y quizá la mejor descripción de nuestro país en un periodo esperanzador, el del reinado de Carlos III. Apareció en inglés en 1770, y en él se percibe a un hombre lleno de curiosidad e interés, atento a todo (incluso al vascuence), excelente narrador de anécdotas y muy perspicaz observador. Parece alguien gentil y desde luego muy culto. La obra, aparte de interesantísima, resulta simpática a todas luces, benévola y con humor.

Sin embargo un año antes, en octubre de 1769, Baretti mató a un individuo en Londres e hirió a uno o dos más. Volvía de noche por Haymarket cuando una furcia le reclamó un vaso de vino con tan malos modos que acompañó la petición de un golpe que le causó gran dolor. Apenas había luz y Baretti era muy cegato, como se aprecia en el retrato que le pintó su amigo Reynolds y en otro: en ambos lee con una lente o a muy corta distancia de la página. Se revolvió, no se percató de que era una mujer y le soltó un bofetón. Ella y una colega empezaron a gritar y a insultarlo (“cabrón francés”, lo llamaron, tomándolo por tal), y al instante surgieron varios chulos o matones que iniciaron su persecución, lanzándole golpes que lo derribaron al suelo y le ocasionaron, según se comprobó, contusiones y magulladuras. Baretti se aterrorizó. No era joven y veía fatal. No portaba estoque ni bastón, tan sólo una navaja para fruta y dulces con hoja de plata, que nunca había usado más que para pelar y cortar. En su huida fue tirándoles tajos a sus atacantes. Hirió a uno llamado Patman, y a otro más pertinaz, Morgan, lo alcanzó cuando éste iba a asestarle un buen golpe, acuchillándolo en la axila y un par de veces más. De resultas de estas aventuradas o azarosas puñaladas, Morgan murió.

Baretti fue detenido y llevado a juicio. Al ser italiano, tenía derecho a que seis de los doce jurados que pronunciarían el veredicto fueran compatriotas suyos, pero renunció a él “por su honor” y permitió que todos fueran ingleses. Los testigos de la reyerta —“unos rufianes”— cargaron las tintas contra él. Pero Baretti era muy querido por las luminarias de la época. Entre sus amistades se contaban el famosísimo Doctor Samuel Johnson, el legendario actor Garrick, el mencionado pintor Reynolds, el popular novelista Goldsmith, el ensayista Edmund Burke y algunos Miembros del Parlamento. Todos testificaron a su favor, no porque hubieran presenciado la trifulca, claro está, sino porque lo conocían de antiguo y lo consideraban persona “humanitaria, pacífica, benigna, preocupada por las condiciones de los pobres, de carácter tan amable como estudioso”; incapaz de buscar camorra, nada dado al alcohol ni a frecuentar prostitutas. Si Baretti salía absuelto, todo habría terminado. Si culpable, sería ahorcado dos días después. En vista del aspecto inofensivo del hombre de letras, y de las declaraciones favorables de tantos talentos y eminencias, se dictaminó que había actuado en defensa propia y se lo absolvió. Pudo continuar con su vida veinte años más, hasta 1789, cuando murió a los setenta, en el Londres que lo acogió.

Obviamente, vayan ustedes a saber. El relato del incidente nos ha llegado sobre todo a través del interesado, que se lo contó por carta a sus hermanos de Turín, además de narrarlo durante la vista. Las versiones de los asaltantes andan más perdidas. No cabe duda de que el escritor gozaba de amistades influyentes, gente de peso en la sociedad londinense. También es cierto que cuesta imaginarlo metiéndose en broncas, con su talante afable del Viaje de Londres a Génova, su medio siglo de vida, su paupérrima vista y sus aficiones eruditas. Como él adujo, el “arma” con la que mató a aquel Morgan no estaba concebida como tal arma, ni ofensiva ni defensiva, simplemente era algo que mucha gente llevaba encima en Europa continental, pues en algunos países no estaba bien visto colocar cuchillos sobre la mesa. Eso sí, Baretti era al parecer pendenciero con la pluma. Se vio envuelto en polémicas, tanto en Inglaterra como en Italia. Y hasta acabó peleado con su gran amigo el Doctor Johnson, poco antes de la muerte de éste, porque el chinchoso Doctor se burló por haber perdido Baretti una partida de ajedrez contra un tahitiano que había traído a Londres, tras una de sus expediciones, el también celebérrimo Capitán Cook. Picajoso tenía que ser el turinés.

La conexión de todo esto con la actualidad, quizá un domingo próximo, si a ustedes les parece bien.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 31 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 24 de marzo de 2019. ‘La invasión de los Caballeros Negros’

Tras leer en este diario el interesante reportaje de Javier Salas sobre los llamados “terraplanistas”, convencidos de que la Tierra es plana contra toda argumentación y demostración, y que creen que la afirmación de que es esférica responde sólo a una gigantesca conspiración (aunque no sepan con qué fin conspira desde hace siglos la mayoría de la humanidad), he llegado a la conclusión de que nada tiene de extraña la proliferación de individuos con fe inconmovible en fantasías. Entre ellos se cuentan quienes aseguran que las vacunas son dañinas, que los atentados de las Torres Gemelas fueron “otra cosa”, que Hollywood escenificó el alunizaje de Armstrong, que Bin Laden sigue vivo o que ya estaba muerto cuando el comando estadounidense lo alcanzó. Al parecer, la idea de que existe una conspiración planetaria para engañar a la buena gente reconforta a mucha de esa gente: si todo está estudiado, planeado, preparado y falsificado, el universo tiene cierto orden; si casi todo lo que nos cuentan es mentira, eso significa que la verdad yace sepultada y oculta, pero que hay verdad. Esas buenas gentes, por voluntarismo o por intuición, por ciencia infusa o por mero wishful thinking o “pensamiento desiderativo” (pienso que sucede o va a suceder lo que deseo que suceda, en el presente o en el futuro), se aferran a sus creencias y nadie las puede disuadir de ellas. De hecho, es contraproducente intentarlo: cuantas más pruebas se les presenten de que están en el error, más se reafirmarán en él y mayor les parecerá la magnitud de la conspiración.

Si digo que esto nada tiene de extraño es porque hace mucho que los políticos se instalaron en la permanente negación pública de la realidad, y, como he dicho en otras ocasiones, su influencia sobre la población es incomprensiblemente desmesurada. También lo es la de las “celebridades”, se dediquen a lo que se dediquen o si no se dedican a nada. Pero fueron los políticos los pioneros de la actitud. Cada vez que ha habido elecciones, todos los partidos y sus líderes han proclamado su victoria o su avance, así hubieran sufrido un batacazo o un retroceso. Unos, porque fueron los más votados (aunque les fuera imposible gobernar); otros, porque mediante pactos podrían formar una mayoría (aunque hubieran perdido la mitad de sus escaños respecto a la consulta anterior); otros, porque pasaron de tres diputados a cinco, cosas así. Igualmente, yo he conocido a artistas que han ido de fracaso en fracaso y que luego hablan de ellos como si hubieran sido éxitos rotundos. A menudo me he percatado de que no es que pretendan engañar a nadie (es público y notorio que la obra de teatro fue pateada y cosechó críticas crueles, que la novela vendió pocos ejemplares y pasó sin pena ni gloria, que la película no la fue a ver casi nadie y duró tres días en cartel), sino que ellos necesitan tanto creer que su vida es una ristra de triunfos que logran persuadirse de la única versión de la realidad que les resulta soportable. No es raro que abunden personajes así, tras varias generaciones educadas en la intolerancia a la frustración. Cada vez hay más personas que no están dispuestas a ver lo que les desagrada o las hiere, y se crean mundos paralelos con sus poderosas imaginaciones. “¿Cómo que Trump es un embustero que beneficia a los ricos y desprecia a las mujeres? Si sólo dice verdades, se desvive por los pobres y es exquisito y caballeroso con ellas”. “¿Cómo que Putin es manipulador y persigue a los periodistas? Si jamás ha movido un hilo y es el mayor defensor de la libertad de expresión”. “¿Cómo que Montero e Iglesias son narcisistas y están locos por la televisión? Si son las almas más humildes y la televisión los ha perjudicado, sobre todo la Sexta que los trata tan mal”. Y así hasta el delirio.

El mundo se ha llenado de personas tozudas, impermeables, graníticas, que dan la espalda a las evidencias y me recuerdan al Caballero Negro, un personaje de una vieja película de los Monty Python del que ya hablé una vez. Se encontraba con el Rey Arturo en un camino y se negaba a cederle el paso. Luchaban. Arturo le cortaba un brazo y lo instaba a rendirse. “Bah, es un arañazo”, respondía el Caballero, y porfiaba. El Rey le cortaba el otro brazo: “Daos por vencido, estáis sin brazos”. “Qué va, es una herida superficial”. Le cortaba una pierna. “Bien, dejémoslo en tablas”, concedía el Caballero, y volvía a arremeter malamente. Caía la otra pierna, y todavía el tronco sin miembros gritaba: “¿Así que huís, gusano cobarde? Venid, os destrozaré a mordiscos”. La escena era mitad cómica y mitad grimosa. Exactamente como la que ofrecen hoy tantos: los partidarios del Brexit que aún vislumbran un imperio (ruinoso); los de Chávez y Maduro que aún ven su régimen como un logro para los desfavorecidos; los independentistas catalanes que exigen la “implementación” inmediata de su República; y por supuesto los “terraplanistas” que encuentran sólo terreno llano a su paso: “¿Qué dicen esos malvados de la tierra esférica? Las cosas son como yo las percibo y no hay vuelta de hoja”. Lo mismo que el Caballero Negro, que se consideraba invencible. “¿No veis que sois sólo un tronco?” “Imposible, qué tontería. Yo nunca pierdo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 17 de marzo de 2019. ‘No tienen suerte’

Está visto que las mujeres no tienen suerte. Durante siglos han estado sojuzgadas (si hablo en pasado es porque me refiero sólo a las occidentales), no se les ha permitido estudiar ni trabajar (con la inmensa excepción de las clases pobres, que se han deslomado desde la niñez), se les han puesto trabas para desarrollar actividades artísticas y científicas o no se las ha tomado en serio; han sufrido condescendencia y paternalismo, y lo que hacía una mujer se equiparaba con lo que hacía un crío avispado: mira qué gracioso, no está exento de mérito. En España fueron menores de edad, literalmente, hasta que Franco se fue a la tumba y los franquistas a sus casas. Necesitaban autorización del marido o del padre para las cosas más inverosímiles, abrir una cuenta corriente, sacarse un pasaporte, tener un empleo remunerado. Yo conocí a algunas que, una vez alcanzada la mayoría, prefirieron no casarse para gozar de libertad y autonomía. No estaban dispuestas a verse bajo la tutela de un individuo, por más que la mayoría de los maridos —justo es reconocerlo— no la ejercieran de facto. Entre personas civilizadas no existían esas prohibiciones conyugales. Pero el mero hecho de que existieran por ley bastaba para que algunas no quisieran correr riesgos y renunciaran conscientemente a hijos y familia propia. Elegían ser lo que entonces se llamaba “una solterona”. No había “sexismo” en el término, ya que también se utilizaba en masculino para los varones, a menudo acompañado del vocablo “empedernido”, lo cual transmitía la idea errónea de que los “solterones” lo eran por su voluntad y por aversión al compromiso, mientras que las “solteronas” se conformaban con su falta de éxito o su mala fortuna. Sin duda había casos así (como había hombres que sólo habían recibido calabazas a lo largo de sus vidas); pero ya digo que conocí, de niño, a no pocas jóvenes inteligentes, atractivas y solicitadas que lo último que deseaban era tener a su lado a alguien con autoridad sobre ellas, así fuese respetuoso y civilizado.

Todo esto fue cambiando desde el inicio de la democracia, y durante cuarenta años, con constancia, las cosas se fueron normalizando. Quedan todavía vestigios inadmisibles, como la menor paga de una mujer por el mismo trabajo que hace un hombre. Eso, según nuestras leyes, no puede darse, pero lo cierto es que se da en muchos lugares. La normalización consistía —y esa era la justa aspiración feminista— en que el sexo resultara indiferente. En que no se juzgara nada en función de él. Ni la capacidad, ni la competencia, ni el talento, ni el mérito o el demérito. Entre mis colegas escritoras, por ejemplo, lo que más las irritaba era que se las llamara a conversar con otras autoras sobre “literatura femenina” o “de mujeres”. Señalaban con razón que a los novelistas nadie nos reunía para que habláramos de “literatura de varones”. Eso indicaba que todavía, pese a todo —pese a Emily Brontë y Jane Austen, Madame de Sévigné, George Eliot y Pardo Bazán, unas pocas clásicas—, el que las mujeres escribieran se veía como algo cercano a una curiosidad, por no decir a una anomalía. Era como si se las confinara a un ghetto. Recuerdo que a Rosa Chacel, a la que traté desde la infancia, la sacaban de quicio estas distinciones. Ella no se sentía en la estela de esas autoras y de Charlotte Brontë, Virginia Woolf, Colette e Isak Dinesen —las supuestamente mejores—, o no sólo. Se sentía también en la de Conrad, Flaubert, Proust, Valle-Inclán, Dickens y Tolstoy.

Esa tendencia se ha ido al traste, y esta vez por imposición del último feminismo. Parece que hubiera una legión de “sexadores” mirándole el sexo a todo: a la literatura, al cine y a la televisión, a la música y al teatro, a los consejos de administración y a los ministerios, a la justicia y a la ciencia y a la enseñanza. Continuamente se señala el número de mujeres que intervienen en algo, y, casi por sistema, se subrayan y ensalzan sus contribuciones. Si antes había ninguneo —hasta cierto punto—, ahora se va a marchas forzadas hacia el enaltecimiento indiscriminado, lo cual constituye otra forma de ghetto. Si yo fuera una mujer a lo Rosa Chacel, por seguir con su ejemplo, creo que estaría cabreada con una parte de mis congéneres. Han hecho tanto hincapié en el sexo de las personas, destacando las bondades del suyo, que cuando uno lee el enésimo elogio, ya no sabe si es sincero o si responde sólo a una “política de elevación”, a una incesante campaña de veneración o llámenlo como quieran. En los últimos años se han saludado tantísimas obras maestras de escritoras —sobre todo estadounidenses y argentinas—, que, de creer a los críticos y a los colegas, no sabría por dónde empezar y tendría lectura obligada para varias décadas. Como mi tiempo es limitado y debo emplearlo con tiento, el resultado es que pongo entre paréntesis o en cuarentena todas esas enérgicas loas y aguardo a ver qué queda y se consolida. No es que yo sea índice de nada, pero me temo que no soy el único —ni la única— que contempla con justificable escepticismo la avalancha de maravillas por sexo. Y una vez más, me parece, son las mujeres las que salen perdiendo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de marzo de 2019

LA ZONA FANTASMA. 10 de marzo de 2019. ‘Copiones todos’

España se ha convertido en uno de los países más ridículos del planeta. Quizá esto no sea una novedad para muchos, entre los que desde luego me cuento. Pero la ridiculez ha alcanzado su máximo (bueno, nunca se sabe) en los últimos años. Por un lado, todo el mundo anda proclamando a voces su “diferencia” respecto a los vecinos con los que llevan siglos mezclándose y de los que apenas se distinguen. Los vascos y los catalanes pretenden ser directamente “insondables” para cualquiera no nacido en sus territorios y sin una raigambre pura. Aspiran a ser “incomprensibles”, un arcano para el resto, cuando resultan muy simples. Por su parte, bastantes de los demás españoles vitorean a un par de partidos (el PP y Vox) que sueltan sandeces del tipo “España es lo más grande que hay” o “Ser español es cosa seria”. Estos individuos están tan trastornados que últimamente reivindican como el colmo de la españolidad… la caza, como si esa actividad no se hubiera practicado desde la noche de los tiempos en todos los puntos del globo. La absoluta ridiculez radica en que todas esas pretensiones son falsas, las de los catalanes, los vascos, los andaluces y los madrileños. Hace demasiados años que España es una mera colonia voluntaria y servil de los Estados Unidos, y que el anhelo de mis compatriotas es, ya que no serlo (de momento es imposible), sentirse americanos y vivir como ellos.

Viniendo esta aspiración ya de antiguo, nada debería haberme sorprendido, y sin embargo me quedé atónito hace unas semanas, al ver que TVE estaba retransmitiendo, íntegramente y en directo, el debate del Estado de la Unión. Bien es verdad que era por la noche tarde, pero eso se debía más al desfase horario con los Estados Unidos que a la necesidad de rellenar con “algo” la programación de madrugada. Si lo del Estado de la Unión hubiera coincidido con nuestro mediodía, se habría interrumpido lo habitual a esa hora para ofrecérnoslo. Esto bajo una TVE socialista. ¿Nos importa lo más mínimo ese soporífero debate de un país extranjero y lejano, cuyo protagonismo recae hoy en día en un perturbado profundo, Trump, que jamás ha dicho nada ni veraz ni interesante? ¿Nos habrían televisado el equivalente a esa sesión en Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia? ¿En nuestro propio Congreso o en el Parlament de Cataluña? Ah, no, que éste lleva toda la legislatura cerrado por decisión de los independentistas, que así demuestran lo democráticos que son y lo mucho que escuchan a todo su pueblo.

El papanatismo español hacia lo estadounidense es penoso, y, en vez de quererse independizar algunas regiones, deberíamos todos solicitar convertirnos —por favor, por favor— en el 51º Estado americano. Aquí la gente celebra miméticamente Halloween, y el Black Friday, y el Cyber Monday, y ya ha habido amagos de reunirse a comer pavo en Thanksgiving (todo se andará, y se obligará al Rey a indultar a un par de aves). Ya hay fanáticos del fútbol con casco, deporte poco menos complicado que el baseball, y no son pocos los que trasnochan para no perderse la Superbowl y hablar de ella como si llevaran décadas siguiéndola. Lo mismo ocurre con los Óscars, claro, que cada año que pasa premian más horrores: entre los actores y actrices, a alguien que ha engordado o enfeecido para su papel, o al que han echado toneladas de maquillaje y prótesis para que se parezca a un personaje real al que en nada se parece; si antes fue Oldman mal disfrazado de Churchill, ahora son Bale y Amy Adams con caretas de Cheney y su señora, y un tal Malek con bigote y pómulos de Freddie Mercury. Pero también vivimos pendientes de los Globos de Oro, los Grammy, los Tony, los MTV, los Flocky, los Flicky y hasta los Razzie al peor cine. Las embarazadas organizan las llamadas “baby showers”, estúpidas fiestas en las que se hacen regalos a los nonatos (y de la veneración por las mascotas, otra importación, mejor no hablemos). En las bodas y “rebodas” se pronuncian sonrojantes discursos como los vistos en las comedias cursis o zafias (todas sin gracia) que de ultramar nos llegan. En la televisión, todo el mundo finge emocionarse y lloriquea, también a la usanza estadounidense: salen una señora o un joven, dicen “Es que yo quiero mucho a mi nieto o a mi abuela”, y les caen lagrimones por eso. Del uso ignorante y continuo del inglés, qué decir. Recibo invitaciones tan catetas que ponen “Save the Date” y “Dress Code”, así, tal cual, en vez de los más sensatos y naturales “Reserve la fecha” y “Etiqueta”. Los horteras pretenciosos espolvorean sus diálogos o columnas de “targets”, “deadlines”, “mainstream”, “backstages” y “speechwriters”, creyendo —es lo más grave— que en castellano o catalán no hay forma de decir eso. Hace poco oí a una estulta hablar del “agregado” para referirse al marcador total o global de una eliminatoria futbolística. Una lastimosa traslación de “aggregate score”, que es como se dice en inglés lo que acabo de escribir en mi lengua. ¿Los catalanes, los vascos, los españoles en general son únicos y tan originales que la emoción de su singularidad los abruma? Por favor, todos copiones patéticos del país más bobo de nuestra era.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de marzo de 2019

Kaia Gerber lee ‘Mientras ellas duermen’


Este es el libro de Javier Marías que está leyendo Kaia Gerber
SANDRA CAÑEDO
Telva, 5 de marzo de 2019

La inesperada conexión entre la ‘it girl’ Kaia Gerber y el escritor Javier Marías
Hola, 8 de marzo de 2019

X17

GALERÍA DE FOTOS

Kaia Gerber Transforms For Givenchy & Valentino at Paris Fashion Week
Just Jared, 3 March 2019

Kaia Gerber rocks a chunky cable knit before taking to the runway in a jumper with HUGE shoulder pads alongside Gigi Hadid at Isabel Marant PFW show
CHARLOTTE DEAN
Daily Mail, 28 February 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de marzo de 2019. ‘Dejar de meter la pata sin cesar’

En los últimos cuarenta y dos años, desde las elecciones de 1977, he votado muy variadamente. Desde —en aquellas primeras— a un partido de larga izquierda y corta vida y cuyo nombre ni recuerdo —vivía yo entonces en Barcelona—, hasta al CDS de Adolfo Suárez, que tampoco duró nada, y del cual me atrajo en su día su propuesta pionera de suprimir la mili que tanto amargó a los jóvenes españoles. Es decir, hace ya mucho que no me he sentido encorsetado por mis convicciones “de izquierdas”. Hay quienes se tatúan la frente y al día siguiente de votar son incapaces de mirarse al espejo si la papeleta que depositaron no coincide con el tatuaje o se le aproxima mucho. No es mi caso: llevo demasiadas legislaturas en las que voto contra quien me parece peor o más dañino; o a favor de quien veo menos repugnante o nocivo; o, como escribí años atrás, a quien me da “sólo” noventa y ocho patadas, en vez de las cien de nuestra locución verbal. Ojo, noventa y ocho son un montón, pero siempre hay otras formaciones que nos dan esas cien de rigor, o incluso ciento diez. Es lo que me pasa con el Partido Popular, que jamás ha entrado en mis fluctuaciones ni entrará, menos aún tras haber colocado a su frente a Pablo Casado, un vetusto joven que tiene como ídolo… a Aznar. Ni a éste ni a su partido les perdonaré nuestra involucración en la embustera, ilegal y contraproducente Guerra de Irak ni sus desfachatadas mentiras tras los atentados del 11-M de 2004, con el Ministro del Interior Acebes jurando que habían sido obra de ETA. La primera vez que voté al PSOE fue de hecho aquel año. No porque me gustara Zapatero, sino porque lo urgente me parecía que nos quitásemos de encima la losa de Aznar. Era una de esas ocasiones en las que “cualquiera menos él”. (Y dicho sea de paso, la única y aterradora hipótesis en la que me vería escogiendo la papeleta del PP sería si un día la cosa se dirimiera entre ese partido y Vox; o tal vez Podemos, que tanto se asemeja a Vox, más o menos como en Francia suelen ir de la mano el “izquierdista” Mélenchon y la ultraderechista Le Pen, o en Italia el M5Stelle y La Lega, que gobiernan juntos. Todos admiradores de Putin, por cierto.)

De aquí a dos meses volveremos a tener elecciones, y una vez más habrá que buscar el partido que nos dé “sólo” noventa y ocho patadas, o incluso noventa y nueve. El PSOE lleva largo tiempo entontecido y en buena medida “podemizado”. De Podemos y sus confluencias ya está comprobado que sólo se pueden esperar megalomanía, caudillismo, antieuropeísmo, connivencia con los independentistas totalitarios y espíritu falangista-peronista. De los partidos nacionalistas, mezquindad sistemática y deslealtad hacia el conjunto. Pablo Casado no desaprovecha ocasión de soltar imbecilidades. Pero no imbecilidades inofensivas, sino dictadas por la mala fe. Un camorrista autosatisfecho, no se entiende satisfecho de qué. Y luego está Ciudadanos. Creo que nunca he hablado de ellos, quizá porque me parecía prudente no hacerlo hasta verlos más. Han tenido la suerte de no gobernar en casi ningún sitio hasta hoy. Y cuentan con quien es, en mi opinión, la política o político más inteligente y convincente de cuantos hay en España, Inés Arrimadas. Excelente parlamentaria, siempre con el tono adecuado (firme pero no prepotente), en absoluto engreída (algo insólito en su ámbito), casi nunca da la impresión de decir lo que no piensa (tal vez hasta hace poco, tal vez por “órdenes”). Ha sido lo bastante lista, además, para “perder un avión” de Barcelona a Madrid y no estar presente en la deprimente concentración de banderas de hace tres domingos en Colón. (Cuando veo muchas banderas, tanto me da cuáles sean, no puedo evitar acordarme de Núremberg en 1934.)

Rara vez la gente vota unánimemente, en contra de lo que cada partido desearía para sí. Hay que aceptarlo y tenerlo en cuenta, y en ese sentido no estaba mal que hubiera una formación de centroderecha, aunque demasiado liberal en lo económico. Hay electores a los que eso va bien: un partido moderado, laico, conservador, no intrusista, equiparable a los que tradicionalmente ha habido en los demás países europeos. Ciudadanos podía ser eso. Así que resulta decepcionante y penoso verlo meter la pata en los últimos tiempos y enajenarse a posibles votantes. Se ha asimilado a este “nuevo” PP chulesco, beligerante y rancio, exagerado hasta la histeria. C’s se mantuvo más a distancia del de Rajoy para no verse salpicado por la corrupción, pero esa corrupción no ha desaparecido por arte de magia, y en cambio han reaparecido el encono y la bravuconería de Aznar. Tampoco le ha dado la espalda a Vox, que es como no dársela en Francia a Le Pen o en Hungría a Jobbik (partido más racista que Orbán, que ya es decir). Buena parte de los españoles piensa que lo menos malo en el actual panorama sería un pacto entre el PSOE de Rubalcaba o Guerra, para entendernos, y el Ciudadanos de Arrimadas. Dos partidos constitucionalistas, europeístas y no furibundos; en estos tiempos difíciles poco más se puede pedir. Pero Rubalcaba y Guerra están arrumbados y Arrimadas no es cabeza de lista. Quizá estén todos a tiempo —aún faltan casi dos meses— de dejar de meter la pata sin cesar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de marzo de 2019