LA ZONA FANTASMA. 24 de febrero de 2019. ‘Tamaño y tiempo’

Yo, que no he tenido hijos, me encuentro ahora con dos nietos. No de sangre, obviamente, pero tanto da: si a uno le tocan cerca unos niños, y le caen muy bien (no siempre sucede, los hay antipáticos o sosos), es fácil cobrarles afecto y hacerlos “suyos” en algún sentido, aunque sólo sea porque ellos cuentan con uno y así son quienes deciden el vínculo, al que no es posible sustraerse. Si un crío confía en nosotros, lo último es defraudar su confianza. Quizá por no haberlos tenido propios, por falta de acostumbramiento, los observo con gran interés. Es muy probable que los lectores padres y madres y abuelos, al leer estas líneas, piensen de mí: “Vaya, ha descubierto la pólvora”. Me disculpo con ellos, naturalmente. Pero también es posible que, por la misma falta de hábito, me fije en detalles extravagantes en los que acaso no reparen quienes se han pasado la vida entre criaturas.

La niña, Berta, es aún muy chica, tres meses recién cumplidos. Ya sonríe cuando se le dicen cosas afectuosas, y se agita de contento como un animalillo, a buen seguro sin saber por qué, ni lo que hace. Lo que me llama la atención es que, tan minúscula, responda ya a los estímulos del bien querer y del halago, que a su manera “comprenda” el habla cariñosa, ya que aún no las palabras. Pero, como me sucedía asimismo con una sobrina-nieta que ahora tiene cinco años, lo que más me intriga es la intensidad de su mirada cuando escruta a su alrededor, o a quien tiene delante, incluso a su propia madre. Mira con profundidad, como si quisiera desentrañar un enigma con el solo poder de su vista, supongo que es el principal medio con que cuenta para deducir, entender y reconocer. Cuando los niños son tan pequeños, no puedo evitar preguntarme qué diablos “piensan”. Ya sé que es un verbo excesivo, pero algo semejante al pensamiento debe rondarlos desde el primer instante. Y asocio su llegada al mundo con la de uno de nosotros a un planeta desconocido, sólo que ellos carecen de términos de comparación, encima. En verdad resultan misteriosos, quién sabe cómo interpretan.

El niño, su hermano, que se llama Unai y se llama Ernest, tiene dos años y tres meses. Como casi todos los de su edad, corre ya como loco y en todo se fija. Como también es frecuente, imagino, le encantan los trenes, las ambulancias, los furgones de policía, las grúas. Hace poco su juvenil abuela lo llevó a la Estación de Francia y unos amables ferroviarios le permitieron subirse a un tren que iba a partir, y fingir que lo conducía. Se quedó atónito primero, y después embelesado: un acontecimiento, en su vida todavía conformada por cosas mínimas. Algo que me extraña en los niños es que parecen encontrar normal su tamaño, y no poder alcanzar cuanto desean, y depender de los mayores para tantísimas actividades, para vestirse incluso. No parece molestarles que casi todo el mundo sea mucho más alto que ellos, y no sé cómo encajan esa particularidad. No creo que sean conscientes (no al menos a la edad de Unai o Ernest) de que los aguarda un crecimiento continuo, menos aún de que llegarán a la altura de sus padres y la sobrepasarán probablemente. Poco a poco aprenden lo que es el tiempo, pero les cuesta (también a los adultos, dicho sea de paso). “Mañana” no significa nada para ellos. “Dentro de unos días” les es inconcebible. Infiero que el tiempo presente es lo único que hay para ellos, y que se les aparece como infinito e inmutable. “Si mi madre o mi padre no están, eso significa que no estarán nunca; y si están, es que van a estar siempre”, deben de “pensar”, o intuir acaso. De ser así, el suyo me parece un mundo de extremos y de contrastes difícil de soportar, del cual seguramente los salva su capacidad para el fácil y rápido olvido. El olvido, supongo, es una bendición defensiva desde el principio.

Unai o Ernest es curioso hasta la aventura y a la vez cauteloso. Ante un bazar chino, repleto de objetos como todos, se iba acercando a la puerta con pasos cortos y paradas, como si esperara a que le dieran permiso para adentrarse, o simplemente a ver qué ocurría si persistía en su aproximación, como un explorador avezado y prudente. Nadie le dio indicación alguna, pero su curiosidad fue más fuerte. Por fin atravesó el umbral y, siempre con respeto o sigilo, empezó a mirar cosa por cosa; todo lo atrae, lo mismo que cuando va por la calle: ir con él es ir parándose y explicándole, porque quiere explicaciones; aunque no las entienda cabalmente, quiere palabras. El nacimiento de Berta lo ha desconcertado un poco, claro está. Alternaba besos y regalos (o por lo menos le enseñaba sus cuentos y juguetes) con momentos de recelo. Pero un mínimo episodio reciente da fe de que ya la ha “adoptado”. Unos niños de unos siete años se acercaron corriendo al cochecito para ver al bebé, con buenas intenciones. Pero como Unai o Ernest las desconocía, por si acaso se interpuso entre ellos y la hermana, para protegerla de cualquier peligro, como un pequeño soldado. Qué iba a poder un niño de dos años contra varios de siete. Quizá él no era consciente de que poco podría, y sin embargo le brotó el gesto, la voluntad, el afán. Era como si les dijera: “A ver qué queréis, que a esta nena yo la guardo”. 

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 24 de febrero de 2019

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LA ZONA FANTASMA. 17 de febrero de 2019. ‘Contra sus amigos más fieles’

Cuando esto escribo, los taxistas madrileños llevan en huelga dos semanas y además bloquean zonas de la ciudad a su antojo. Ya hicieron otra hace seis o siete meses, y uno se pregunta cómo es que un gremio que depende —­así lo cuentan sus miembros— de lo que trabajan y recaudan diariamente, con jornadas de más de doce horas para alcanzar lo presupuestado, se pueden permitir no ingresar nada durante tantísimos días. Hay “cajas de resistencia”, dicen; deben de estar repletas, para cubrir a quince mil conductores. No voy a entrar en el fondo de la cuestión porque ignoro demasiadas cosas sobre el litigio que los enfrenta con los VTC. Puede que los taxistas tengan toda la razón o ninguna, o —lo más probable— que la tengan en parte y en parte no.

Hace tiempo que muchas huelgas de nuestro país parecen haber perdido de vista dos factores primordiales: 1) a quién se presiona, contra quién se protesta; 2) a quién se perjudica con la suspensión de actividades. Los obreros de una fábrica lo tienen claro. Se presiona a los dueños o empresarios para que mejoren las condiciones de los trabajadores o humanicen los turnos, y asimismo se los perjudica a ellos, que no producen ni venden. Estas huelgas son nítidas e irreprochables. Hay otras en las que la relación directa está menos clara: una compañía extranjera decide sacar de España —o de tal o cual autonomía— sus fábricas, que son privadas; al instante se inicia una protesta contra el Gobierno, que las más de las veces no puede hacer nada al respecto; la compañía extranjera es libre de trasladar su negocio, por mucho que casi siempre lo haga sin tener en cuenta el daño que inflige a sus empleados de decenios y la pésima situación en que los deja. Y luego están las huelgas en las que se hace presión a las autoridades y se perjudica sólo a los ciudadanos, que no suelen tener culpa en el conflicto ni capacidad para remediarlo. Son las huelgas de trenes y aviones, metro y autobuses, basureros y barrenderos, enfermeros y médicos. Dado que todos dependemos de esos servicios, a todos nos afectan y fastidian, o nos ponen en peligro. La idea es que la sociedad, al verse privada de cosas fundamentales, presione a su vez a las autoridades para que cedan a las reclamaciones —justas, a menudo— de los huelguistas. Pero la sociedad no es homogénea, está dispersa, y sólo converge en su cabreo y su hartazgo, no está muy claro si contra esas autoridades inflexibles o contra los huelguistas también inflexibles. Lo cierto es que a quienes se toma como rehenes es a los ciudadanos sin arte ni parte.

Esta huelga es distinta, porque no va dirigida a fastidiar a la población entera, sino a los amigos de los taxistas. No castiga a quienes sólo cogen el autobús y el metro, ni a quienes tienen coche, ni a quienes ya les han dado la espalda hace tiempo y prefieren los VTC. Perjudica tan sólo a quienes, fielmente, nos subimos a los taxis con frecuencia. A los que carecemos de smartphones y por lo tanto de apps con las que contratar Cabify o Uber. A quienes seguimos siendo sus clientes y —no me gusta la frase, pero la aventuro— les procuramos el sustento, con nuestra lealtad a ese viejo medio de transporte. Esta huelga va exclusivamente contra nosotros, algo que los taxistas no se han parado a pensar o que les trae al fresco. En estos días ya he leído cuatro artículos de columnistas que, como yo, se confesaban usuarios del taxi, y se prometían no volver a cogerlos. Se comprarán un smart­phone y prescindirán de ellos. Este puede ser el resultado de su huelga desproporcionada, salvaje y desconsiderada hacia sus fieles. En estas dos semanas me he dado caminatas de ocho kilómetros, un poco excesivo. No he podido ir a ver a hermanos que viven en Majadahonda o en Torrelodones. Me he visto muy limitado en mis movimientos. Un buen amigo, que desde hace meses va con muletas y no puede ni llegarse a una boca de metro, lleva confinado en su casa todo este tiempo, con grave perjuicio para sus quehaceres. Miles de personas han debido arrastrar maletas o cochecitos de niño desde las estaciones o el aeropuerto, algunas ancianas o en mal estado físico. El segundo factor que he mencionado —a quién se perjudica— no se ha tenido en cuenta, de manera contraproducente: los únicos a los que se daña y se indigna son precisamente aquellos que no han “traicionado” al taxi. (Ojo, no eximo de culpa al incompetente y holgazán Ministro Ábalos ni al vengativo y haragán Presidente madrileño Garrido, pero esa es otra historia.)

Yo he recurrido al taxi incluso para viajes cortos a otras poblaciones, es decir, soy un gran entusiasta. No sé si, como esos colegas míos, me compraré un teléfono que me permita olvidarme de ellos. Puede que no, pese a todo. Lo que sí sé es que mi trato con los conductores ya no será nunca el mismo. Se acabaron las propinas o redondeos. Se acabó la charla que a veces es bienvenida y a veces en absoluto. Se acabó oír con paciencia la emisora que, a todo volumen, lo obligan a uno a padecer con frecuencia. Lo único que me saldrá decirles será “Buenas tardes”, la dirección y “Adiós, gracias”. No hay por qué ser cordial con quienes tratan a patadas, precisamente, a sus aliados más fieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 17 de febrero de 2019

Congreso en Oxford sobre la obra de Javier Marías

Javier Marías
10–11 June 2019
Sub-Faculty of Spanish
Faculty of Medieval and Modern Languages
University of Oxford

CALL FOR PAPERS

The aim of this conference is to undertake an interdisciplinary evaluation and, possibly, a re-assessment, of the oeuvre of Spanish author Javier Marías.
Javier Marías scholarship has grown considerably since the publication of the first critical studies in the 1990s, reflecting the prolific scope and the increasingly international reputation of one of Europe’s foremost contemporary authors. Groundbreaking initial assessments have focused on questions of style, postmodernity, and the presence of the past, among other considerations of his work. More recently, a wide range of critical interests has emerged, from ethics and philosophy, to translation and cinema. At the same time, Marías has established himself as a leading intellectual figure both in Spain and around the world.
This bilingual conference aims to take a fresh look at all aspects of Marías’s oeuvre and its reception, including his newspaper columns and his translations, as well as his novels and stories, and to assess, as much as possible, his trajectory and contributions within the world republic of letters.

Confirmed speakers:

Elide Pittarello (Università Ca’ Foscari, Emeritus Professor)
José María Pozuelo Yvancos (Universidad de Murcia)
Margaret Jull-Costa (English translator of Javier Marías)
Maarten Steenmeijer (Radboud University Nijmegen)
Alexis Grohmann (University of Edinburgh)

Proposals for papers: Please email a 200-word abstract in English or Spanish to Santiago Bertrán santiago.bertran@exeter.ox.ac.uk by Friday 1st of March 2019. Note that the spaces for this conference are limited, although we will try to accommodate as many participants as possible.

LA ZONA FANTASMA. 10 de febrero de 2019. ‘Parte de nosotros’

Es feo reconocerlo, pero la mayoría de la gente no hace distingos y rechaza las matizaciones. Aún más feo y triste es admitir la excesiva influencia de los gobernantes en la percepción que tenemos de sus países y pueblos. No sirve de mucho que cuando Trump fue elegido Presidente hace un par de años, perdiera el voto popular por una diferencia de dos millones, si mal no recuerdo, y que sólo el injusto sistema electoral americano le permitiera ser investido. Desde entonces, nuestra idea de los Estados Unidos ha cambiado para mal, y esa pésima idea afecta a la totalidad de sus ciudadanos. Aunque sepamos que una gran parte de la nación detesta a Trump y lo padece en mayor medida que ningún extranjero, la mancha se extiende también sobre sus víctimas. Hace poco decliné una invitación de Harvard porque —le expliqué a quien me escribía— “no pisaré su país mientras Trump siga en el cargo”. El profesor en cuestión era tan contrario a su Presidente como yo o más, pero mi decisión —personal, insignificante— es irreversible, como lo fue la de no ir por allí durante los mandatos de Bush Jr, y la cumplí a rajatabla. Así que si yo, que procuro atender a los matices, reacciono de esta manera drástica, cómo no reaccionarán tantos que ni siquiera lo procuran. Por su parte, Gran Bretaña ha sido siempre uno de mis países favoritos, y mi declarada anglofilia me ha traído no pocos desprecios en España. Desde la votación del Brexit, sin embargo, mis simpatías han ido menguando. Sé que los partidarios de abandonar la Unión Europea fueron pocos más que los deseosos de quedarse, y que además muchos de éstos, confiados en que no se impondrían el despropósito y las mentiras flagrantes, se abstuvieron despreocupadamente. Tengo bastantes amigos ingleses y escoceses y están todos horrorizados o desesperados. No he tomado la misma decisión —personal, insignificante— que respecto a los Estados Unidos (me cuesta más, y el Brexit aún no se ha producido), pero tengo escasas ganas de visitar un lugar que siempre me alegró y me atrajo. Los gobernantes, en efecto, tienen más peso del deseable, y cuando son oprobiosos tiñen a todos con su oprobio.

Por eso es tan irresponsable y dañino lo que los dirigentes independentistas catalanes llevan haciendo seis años. Otras consideraciones aparte, han logrado que en el resto de España nazca y crezca una animadversión indiscriminada hacia “los catalanes”, cuando, de los seis o siete millones que son, sólo dos (según los cálculos más interesados) apoyan ese procés de tintes racistas, ultrarreaccionarios y antidemocráticos, por mucho que sus promotores lleven cínicamente en los labios la palabra “democracia” y que el idiótico PEN los jalee a cambio de dádivas. Durante estos seis años han acumulado insultos, desdenes, calumnias y agravios sin fin hacia “los españoles”, con especial inquina hacia madrileños, andaluces y extremeños. Por fortuna, la reacción ha sido exigua, lenta y nada exaltada. Pero es obvio que la paciencia se erosiona y que el hartazgo va en aumento. A los Mas, Puigdemont, Junqueras, Torra, Rovira, Artadi, Rufián y compañía eso les trae sin cuidado; de hecho ansían más hartazgo. Lo cierto es que, incluso si un día su anhelada República fuera un hecho y Cataluña independiente, la geografía, tozuda, no variaría, y seguiríamos siendo vecinos. ¿Es aconsejable irritar deliberada y sistemáticamente al vecino, cuando además es nuestro mayor cliente? ¿Cuando es al que solicitaríamos ayuda en caso de catástrofe natural o de atentado terrorista masivo? ¿Cuando llevamos siglos de convivencia y solidaridad ininterrumpidas, pese a las fricciones innegables? ¿Cuánto tiempo va a costar restablecer la confianza perdida y la estima deteriorada?

Dado que nos consideramos compatriotas y que estamos muy mezclados, en este caso es más necesario no perder de vista los matices y hacer un continuo esfuerzo por recordar que los usurpadores mencionados no son en absoluto “los catalanes”, sino más bien —gracias a otro sistema electoral injusto— individuos que, merced a una mayoría artificial parlamentaria, han tomado como rehenes a todos sus conciudadanos. Hay cuatro o cinco millones que no hacen sino padecerlos, y a éstos no podemos darles la espalda ni abandonarlos a su suerte, son la mayoría. Conozco a muchos, catalanoparlantes. Paso parte del año en su tierra y, madrileño como soy, y habiéndome pronunciado públicamente en contra no del independentismo (defienda cada cual lo que quiera), sino de este independentismo totalitario y por las bravas, nunca me he sentido rechazado ni me he visto desairado, ni en privado ni por la calle. Más bien al contrario. Ahora que empieza el juicio a los políticos acusados de delitos, el ruido subirá aún más de tono. La difamación de la democracia española no conocerá límites ni escrúpulos. Las ofensas se multiplicarán. Se nos dirá que no pasó lo que hemos visto. Quienes fomentan el odio se aplicarán con ahínco. Justamente ahora es preciso no perder de vista que “los catalanes” no son los que vociferan, increpan y calumnian, en modo alguno. Siguen siendo parte de nosotros, como lo han sido siempre, aunque para los usurpadores y sus acólitos nosotros ya no seamos parte de ellos. Eso no debe importarnos. Son muchos, pero los menos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 10 de febrero de 2019

LA ZONA FANTASMA. 3 de febrero de 2019. ‘Insaciabilidad’

No se preocupen los no aficionados al fútbol, que la referencia a este deporte será sólo un preámbulo. Es sabido que en él no hay paciencia ni, lo que es peor, mérito que se acumule. Lo estamos viendo una vez más esta temporada: el Real Madrid ganó la Copa de Europa del año pasado, y la del anterior, y la del anterior, tres seguidas. Aún es más, ganó cuatro de las últimas cinco disputadas, hazaña que ni de lejos ha conseguido ningún otro equipo del continente. Hoy, sin embargo, juega pobremente, está casi descartado en la Liga y no promete llegar lejos en esa Copa de Europa (aunque, como se le ha dado tan bien siempre, nunca se sabe). La hinchada y la prensa están furiosas, desprecian al entrenador y a los jugadores. A mi modo de ver no pasa nada si un equipo padece una mala racha después de tantos triunfos. ¿Qué más se puede pedir? Es natural que el nivel no sea siempre el mismo, más aún tras la marcha del excelente entrenador Zidane y del máximo goleador del club en toda su historia, Cristiano. Lo angustioso del fútbol es que nada de lo logrado importa, que el pasado no existe aunque sea muy reciente, que las mayores gestas no bastan si no tienen continuidad inmediata ni se repiten indefinidamente. Si yo fuera futbolista, viviría desesperado y atemorizado: “El domingo metí tres goles, pero si hoy no meto ninguno, esos tres no servirán de nada y seré abucheado”. El difunto Luis Aragonés lo expresó sin ambages hace mucho tiempo: “Aquí sólo vale ganar y ganar y ganar y ganar. Y ganar y ganar y ganar y ganar…” Así hasta el infinito, una espantosa tarea de Sísifo, cuyo mito ya no sé si conoce mucha gente.

Lo que no era de esperar, sin embargo, es lo que podría llamarse la “futbolización” del mundo, en todos los ámbitos. Las personas tienen cada vez más la sensación de que cuanto hacen es inútil… a no ser que lo hagan una y otra vez, que lo sigan haciendo. Si uno presta un favor, por ejemplo, rara vez sucede lo de antes: ese favor no se olvidaba y uno atesoraba una dosis de agradecimiento por parte del favorecido. Ahora es más bien una trampa en la que uno cae o se mete. Si ha hecho un favor, debe hacer también el próximo, y el otro, y el siguiente. Los precedentes cuentan poco o no cuentan: están en el pasado, y del pasado quién se acuerda. Y si alguien se acuerda, es para exigir que uno esté a la altura, que vuelva a cumplir como si eso se hubiera convertido en una obligación adquirida. Alguna vez he relatado lo que a menudo me ocurre cuando se me pide una colaboración que no me interesa ni me apetece y a la que accedo por simpatía o por cortesía. Es frecuente que, al cabo de un tiempo, el solicitante al que complací vuelva a la carga. Y si mi respuesta es No a la segunda, no es raro que el insistente, lejos de mostrarse agradecido por la ocasión anterior y comprender que ha abusado, monte en cólera por mi negativa. “Si me escribió usted un texto, ¿cómo osa negarme otro? Si se plegó a la primera, le toca plegarse siempre”. Exagero, claro, pero esa es la actitud en el fondo.

Algo semejante ocurre en todas las actividades. El escritor George R. R. Martin acaba de publicar una gruesa novela, al parecer una “precuela” de su famosa serie. Desconozco la calidad de su prosa, pues no le he leído una línea; pero admiro sobremanera su capacidad imaginativa, tras ver por segunda vez, seguidas, las temporadas de la serie Juego de tronos, en previsión de la última. Ese hombre ha completado ya una obra ingente que, en sus versiones literaria o televisiva, nos ha proporcionado placer a millones. En una entrevista reciente, el pobre Martin se lamentaba de que, nada más sacar esta voluminosa novela que le había costado esfuerzo, no pararan de preguntarle: “¿Para cuándo la próxima entrega de Cantar de hielo y fuego?” (Que es como debería haberse traducido su ciclo, más conocido ya como Juego de tronos.) Muchos de sus lectores no le aprecian lo ya hecho, ni se lo agradecen. Lo consideran poco menos que un esclavo a sus órdenes, que no debería descansar. Sus Copas de Europa alzadas no sirven. Hasta tienen el mal gusto, esos lectores despóticos, de regañarlo por su gordura. No es que les preocupe su salud por afecto; simplemente temen quedarse sin la resolución de la historia si Martin palma antes de concluirla. Es puro egoísmo, sin un ápice de gratitud ni de estima. Esto es algo generalizado, el caso de este autor es tan sólo el más extremo, dada la repercusión planetaria de su obra. A nadie le computa haber ya cumplido con creces. Nadie puede pararse y decirse: “Es suficiente; y además, me he cansado”. Si tiene esa flaqueza, sus logros anteriores serán borrados al instante. Y lo vemos en todos los niveles: cuando alguien dimite o es destituido de un cargo, sea el de ministra o el de cajera del supermercado, se le agradecen someramente “los servicios prestados” y a lo sumo recibe una palmadita en la espalda poco sentida. Cuanto hizo no cuenta… desde el momento en que ya no lo sigue haciendo. He dicho que el fútbol y su insatisfacción permanente han teñido el mundo, pero quizá sea más bien el capitalismo más salvaje y demente, el que pide más y más y más, y más beneficios un año tras otro hasta que nos muramos… Es como para pararse y no hacer nada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 3 de febrero de 2019