Por alusiones

John Darnielle debuts new Mountain Goats song “Skeleton’s Tooth” at Symphony Space
BRYN GELBART
Brooklyn Vegan, 25 October 2018


SILLÓN DE OREJAS
2. Cigarrillos
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 27 de octubre de 2018


3. “Mea culpa”
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
El País, Babelia, 3 de noviembre de 2018

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LA ZONA FANTASMA. 28 de octubre de 2018. ‘Ampliación infinita del pecado original’

Por edad y por país, fui educado en el catolicismo, y uno de mis primeros recelos, siendo aún niño, me lo trajo el disparatado e injusto concepto de “pecado original”, por el que todo recién nacido debía purificarse mediante el bautismo. Si no me equivoco, las consecuencias de no recibirlo no eran baladíes. Al niño “manchado”, si moría, le estaba vedado el cielo, y en el mejor de los casos acabaría en el limbo, lugar que siempre me pareció ameno y que no sé por qué decidió abolir un Papa contemporáneo. Por supuesto los “infieles” y paganos, por su falta de bautismo, tampoco podían acceder al paraíso. Así que ese “pecado original” era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Como ya casi nadie sabe nada, convendrá aclarar en qué consistía: era el de nuestros primeros padres según la Biblia, Adán y Eva, que ­desobedecieron (la serpiente, la manzana, el mordisco, confío en que eso aún se conozca popularmente, aunque la ignorancia crece sin freno en nuestros tiempos). Me parecía una locura digna de miserables decidir que una criatura apenas viva, que no había podido hacer mal a nadie —ni siquiera de pensamiento—, estuviera ya contaminada por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos habían “pecado” a los ojos de un Dios severo.

Hoy la gente sigue bautizando a sus vástagos, pero la mayoría no tiene ni idea de por qué lo hace ni le da la menor importancia: en las crónicas sociales y en las televisiones el bautismo es siempre llamado “bautizo”, es decir, la celebración ha sustituido al sacramento, que de hecho está olvidado por absurdo y anacrónico. Y sin embargo, paradójicamente, el mundo entero —más o menos laico o agnóstico— ha abrazado ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y funestos resultados. Se buscan y señalan sin cesar culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y más democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos. Ha habido bastantes años durante los que a nadie se le ocurría acusar a Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner ejemplos cercanos, de ser, respectivamente, nieto de un notorio carlista e hijo de un falangista conspicuo. Estábamos todos de acuerdo en que los crímenes o lacras de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias.

Escribí un artículo parecido a este hace más de veinte años (“Vengan agravios”), y lo que rebatía entonces no ha hecho más que incrementarse y magnificarse. No es ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón” por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos o por antediluvianos miembros con los que nada tienen que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debe ser discriminado, según las constituciones más progresistas. La noción de “pecado original”, lejos de abandonarse, se ha enseñoreado de las conciencias. Si usted es blanco, ya nace con un buen pecado; si además es varón, lleva dos a la espalda; si europeo, y por tanto de un país que en algún momento de su historia fue colonialista, apúntese tres; si nace en el seno de una familia burguesa, será culpable de explotaciones pretéritas; si encima lo inscriben en una religión monoteísta (todas violentas y opresoras), usted está todavía en la cuna, acostumbrándose al planeta al que lo han arrojado, y la culpa ya se le ha quintuplicado. Claro que, si es chino, cargará con las matanzas de tibetanos hacia 1950, por no remontarse más lejos. Si japonés, habrá de pedir perdón precisamente a los chinos, por las barbaridades de sus soldados en la Segunda Guerra Mundial. Si su ascendencia es criolla, le aguarda más arrepentimiento que a cualquier conquistador de América. Y si es musulmán, no olvidemos que la yihad bélica se inició en el siglo VII, con carnicerías y sojuzgamientos. No creo, en suma, que nadie se libre de las tropelías de sus ancestros, sobre todo si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. (Por otra parte, pedir perdón por lo que otros hicieron resulta tan arrogante y pretencioso como atribuirse sus hazañas y méritos, cuando los hubo.)

De manera que en el soliviantado mundo actual la gente se pasa la vida acusando al individuo más justo, apacible y benéfico de pertenecer a una raza, un sexo, un país, una religión o una clase social determinados y con mala fama. El triunfo del “pecado original” es tan mayúscu­lo, en contra de lo razonable, que hoy no es raro oír o leer: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer a todos la cara de vergüenza”. Cada vez que me encuentro esta fórmula, me dan ganas de espetarle al imbécil virtuoso que nos quiere incluir en su saco: “A mí déjeme en paz y no me culpe de lo que no he hecho ni propiciado. Hable usted por sí mismo, y haga el favor de no mezclarme en sus ridículas vergüenzas hereditarias”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 21 de octubre de 2018. ‘El histerismo y la flema’

Nuestro país se viene rigiendo por el histerismo desde hace tiempo. Casi cualquier cosa que sucede, o declaración u opinión pronunciadas, se convierten en motivo de aspaventoso escándalo. Las redes, los tertulianos y no pocos periodistas “serios” se rasgan las vestiduras por hechos o dichos menores, por nimiedades. Es costumbre que todo se tergiverse, se adultere o se exagere: si alguien califica lo manifestado por otro de tontería, el primero es acusado al instante de insultar y llamar “tonto” al segundo, cuando todos podemos soltar tonterías a veces sin que ello nos condene como tontos cabales y definitivos. También se sabe desde hace siglos que llamar idiota, ignorante o necia a una persona puede no constituir un insulto, sino una mera descripción subjetiva, u objetiva. En meses recientes hemos asistido a alborotos mayúsculos causados por minúsculos problemas con Hacienda, en una nación en la que raro es el individuo al que Hacienda no le haya planteado problemas, con sus cambios de criterio retroactivos, sus constantes subidas de impuestos (con Rajoy como con Sánchez) y sus frecuentes arbitrariedades. Luego se han desatado batallas y sermones por títulos semificticios o regalados y aparentes plagios de tesis, en un lugar en el que, tradicionalmente, quien no ha copiado en un examen ha dejado que le copiaran, y era el que se oponía el que incurría en deshonra, un mal compañero.

Sin duda es deseable que todo el mundo tribute debidamente, que nadie copie ni plagie ni obtenga lo que no se ha ganado. Pero no se puede caer en el ridículo continuo, agigantando a las amebas. Ahora bien, lo más extraño es que, cuando por fin acontece algo en verdad gravísimo, los histéricos habituales reaccionan con inaudita flema, como si no tuviera importancia o jamás hubiera ocurrido. El pasado 1 de octubre se produjo en Barcelona el asalto al Parlament, con intención de ocuparlo y secuestrarlo, por una turba de mastuerzos. Se les permitió entrar en la Ciudadela, alcanzar y arrojar las vallas que mal protegían el edificio, acorralar a los escasos Mossos que lo custodiaban (a los que se prohibió cargar durante largo rato), hasta verse éstos obligados a encerrarse, por los pelos, tras el último portón. Más o menos como hemos visto en cien películas en el asedio a un castillo o fortaleza. La marea embistió el portón y trató de forzarlo por las bravas. Huelga recordar que un parlamento, el que sea, es la sede del pueblo soberano, que ha elegido a sus representantes.

Conviene recapitular. El asalto, diga lo que diga el actual y servil director de los Mossos, Martínez, se debió a los llamados Comités de Defensa de la República, copiados de los Guardianes de la Revolución cubanos y de la Guardia Revolucionaria iraní, que patrullan, espían, delatan y castigan a los “desafectos”. Estos CDR son conocidos por cortar autopistas e impedir el paso de trenes cuando se les antoja, dañando la economía y tomando como rehenes a sus conciudadanos. Se sabe que no son precisamente respetuosos de la convivencia ni de las libertades ajenas, ni sonrientes ni apacibles. Pues bien, horas antes del acoso (se vio en las televisiones), el Presidente de la Generalitat se acercó a un grupo de ellos, los llamó “amigos” y los felicitó por “apretar” con sus acciones. A otro grupo les dijo “No tengáis miedo”. ¿De qué podían tenerlo? Sólo de la policía autonómica, encargada de mantener el orden. Pero como ésta está bajo el mando de Torra, les vino a dar carta blanca. Los dos mensajes eran fácilmente traducibles: “Haced lo que os plazca, que nadie va a castigaros y yo apruebo lo que se os ocurra”. El resultado fue el intento de toma del Parlament, y —como habría previsto cualquier político mínimamente instruido y no lerdo— la masa vuelta contra su protector de horas antes, contra el “amigo”. Ni siquiera hubo detenciones, ni una, ¿cómo iba a haberlas?

Torra no ha dado explicaciones ni ha dimitido, nadie de su Govern las ha dado. Tampoco Pedro Sánchez, insólitamente, después de episodio tan amenazante. Todos se lo han tomado con la flema que les falta ante las fruslerías. Incomprensible en este país de perpetuo histerismo. No está en mi ánimo comparar a nadie con los nazis, pero no he podido evitar acordarme de que en 1933, poco después del incendio del Reichstag o cámara baja berlinesa, y poco antes de las elecciones generales, la policía la comandaba Göring (fundador de la Gestapo y mano derecha de Hitler), quien dio plena libertad e impunidad a los mastuerzos de camisa parda para reventar con violencia los mítines de los demás partidos adversarios. Con esa oposición silenciada, Hitler obtuvo una exigua mayoría que no obstante lo facultó para asumir el poder absoluto. Al año siguiente organizó la matanza de los disidentes de su Partido Nazi en la “noche de los cuchillos largos”, y el resto ya lo conocen, más o menos, espero. Cuando un cómplice de los facinerosos o matones está al mando de la policía que ha de frenarlos, o se destituye a ese jefe o deben sonar todas las alarmas con fuerza. Y sin embargo, cuánta flema, como si aquí nada hubiera pasado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 14 de octubre de 2018. ‘Literatura de penalidades o de naderías’

Otra vez no, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones. Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres… Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”. La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones.

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas. Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario. Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.

Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo. Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales. A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard). Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda. Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”.

Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård. Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. “No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades. Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård. Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas. Si relatan atrocidades, aún mejores. Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras. Puede que en algún caso así sea. Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2018

LA ZONA FANTASMA. 7 de octubre de 2018. ‘Antes de que me mojen’

Una de las películas aclamadas este año, Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh, me ha parecido un reflejo fiel de nuestra época, seguramente sin pretenderlo. No creo destriparle nada importante a nadie si cuento lo siguiente (pero absténganse de leerlo los quisquillosos): la hija del personaje interpretado por Frances McDormand (lo peor de la película: se limita a poner caras desafiantes y encabronadas, y por tanto obtuvo el Óscar) fue violada y asesinada salvajemente hace unos siete meses. La policía no ha encontrado al culpable ni ha hecho detención alguna, lo cual McDormand achaca a desinterés y dejación de sus funciones. La mayoría de los policías, como casi todos los de los pueblos en el cine estadounidense, son brutales y racistas. La reacción de los vecinos contra McDormand por la colocación de los tres carteles denunciatorios es propia de cafres y desmedida, con lo que el espectador toma partido por la madre doblemente herida. Según avanza la historia, sin embargo, es ella la que se comporta de manera cada vez más desproporcionada, y además se intuye que quizá no hubo dejación por parte de la policía local, sino que realmente no había pistas que condujeran a la detención de nadie. Hay casos difíciles de resolver o que no se resuelven nunca. Y eso es lo que la madre no parece entender ni acepta. Quiere detenciones, más o menos fundadas. (Sin ser nada del otro mundo, Tres anuncios se va viendo con agrado, pese a los palos en las ruedas de su protagonista.)

Si digo que la veo como un reflejo de nuestra época es porque esa actitud exigente hasta lo irracional se va extendiendo, desde hace lustros, a velocidad de vértigo. Demasiada gente se empeña en que las cosas sean como ella quiere, aunque eso resulte imposible. Demasiada cree tener derechos ilimitados, cuando sólo tenemos unos cuantos. Hace ya años puse este ejemplo paradigmático de este egoísmo enloquecido: la crónica televisiva desde Roma, cuando Juan Pablo II estaba moribundo, mostró a una señora española que se quejaba airada de que no se asomara el Papa. Alguien le explicaba que el hombre estaba en las últimas, a lo que ella respondía cargándose de razón: “Ya, pero es que yo estoy aquí estos días, y si no sale al balcón ya no podré verlo”. La obligación del agonizante pontífice era arrastrarse hasta allí para darle gusto a la señora cuando a ella le convenía. Lo mismo sucede con esos bañistas que, si ven bandera roja en la playa, se indignan y se meten en el agua poniendo en riesgo sus vidas y tal vez la de un socorrista que deba lanzarse a rescatarlos. “Ah”, suelen argumentar, “es que para tres días de vacaciones que tengo, no me los van a chafar los de la bandera roja”. Como si quienes la izan lo hicieran por fastidiarlos arbitrariamente y no para protegerlos. Demasiada gente no admite la existencia del azar, ni de los accidentes, ni de las contrariedades, ni de los imponderables. Este verano se armó un motín porque no sé qué famoso disc-jockey se vio varado en Rusia al suspenderse allí los vuelos por inclemencias del tiempo, y no pudo desplazarse a Cantabria, donde tenía una actuación programada. El público que lo aguardaba montó en cólera pese a que el dj se disculpó, dio explicaciones y prometió cumplir más adelante con su compromiso, y los organizadores ofrecieron devolver el dinero a quienes lo deseasen. Las personas acostumbraban a entender lo que se llamaba “causas de fuerza mayor”. Ahora no. Si el Papa debía reptar por el suelo gastando en ello su postrer aliento, el dj tenía que haber previsto el mal tiempo y haber emprendido viaje en tren desde Moscú, fechas antes, para complacer a sus cántabros.

El nivel de exigencia demente ha llegado al punto de que, antes de que nada ocurra, muchos ya protestan furiosamente “por si acaso”. Cuando todavía se ignoraba si Arabia Saudita cancelaría o no el encargo de unas corbetas a los astilleros gaditanos (por lo de las bombas y eso), sus trabajadores ya estaban cortando carreteras e incendiando neumáticos “por si acaso”. Ellos, y muchos otros, me recuerdan a Don Quijote cuando decidió “hacer locuras” en unos riscos (cabriolas en paños menores, creo) para que Sancho se las relatara a Dulcinea, que por fuerza no le había sido infiel ni había hecho nada. Y Don Quijote le dice a su escudero, más o menos (cito de memoria y que me perdone Francisco Rico; Cervantes ya sé que sí): “Así entenderá que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?”. Es decir, si me comporto de este modo sin causa ni motivo, cómo reaccionaría si me los proporcionara. Hoy lo llamaríamos “acciones preventivas”, a las que el mundo es cada vez más adicto. “Aún no ha pasado nada, aún no me han perjudicado; pero protesto y destrozo de antemano para que no se les ocurra perjudicarme”. En la película mencionada dudo que el espectador vea a McDormand como un caso de intolerancia a la frustración (comprensible) y exigencia chiflada. “Quiero culpables”. “Ya, y nosotros también, pero es que no los encontramos. ¿Quiere usted que nos los inventemos?” La respuesta (deduzco yo al menos) parece ser: “Sí. No me importa. Ustedes tienen la culpa de no encontrarlos”. Así no podemos seguir ninguno, espero que estén de acuerdo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de octubre de 2018