LA ZONA FANTASMA. 29 de abril de 2018. ‘La vuelta de mi abuela Lola’

Que me disculpen los memoriosos, porque sé que esto lo he contado, aunque no seguramente en esta página: mi abuela Lola era una mujer muy buena, dulce y risueña, lo cual no le impedía ser también extremadamente católica. Y recuerdo haberle oído de niño la siguiente afirmación, dirigida a mis hermanos y a mí: “A ustedes les hace mucha gracia” (era habanera), “y quizá la tenga, pero yo no voy a ver películas de Charlot porque se ha divorciado muchas veces”. Hasta hace cuatro días, este tipo de reservas pertenecían al pasado remoto. Mi abuela había nacido hacia 1890, y desde luego era muy libre de no ir a ver el cine de Chaplin por los motivos que se le antojaran, como cualquier otra persona. Lo insólito es que esta clase de argumentos extraartísticos y pacatos hayan regresado, y que los aduzcan individuos que se tienen por “modernos”, inverosímilmente de izquierdas, educados, aparentemente racionales y hasta críticos profesionales.

Leo en un artículo de Fernanda Solórzano un resumen de otro reciente de un conocido crítico cinematográfico británico, Mark Cousins, titulado “La edad del consentimiento”. Cuenta Solórzano que en él Cousins anuncia que a partir de ahora “dejará de habitar la imaginación de directores como Woody Allen y Polanski”, a los que “negará su consentimiento”. Compara ver películas de estos autores con visitar países con regímenes dictatoriales, o aún peor, con contemplar vídeos del Daesh con decapitaciones reales. “Aunque sus ficciones no muestren violencia, son imaginadas por sujetos perversos”, explica. Se deduce de esta frase que las películas que sí muestren violencia —ficticia, pero el hombre no distingue— serán aún más equiparables a los susodichos vídeos del Daesh, por lo que, me imagino, Cousins tampoco podrá ver la mayor parte del cine mundial de todos los tiempos, de Tarantino a Peckinpah a Coppola a Siegel a Ford a todos los thrillers, westerns y cintas bélicas. Lo absurdo es que no haya anunciado de inmediato, en el mismo texto, que renuncia a las salas oscuras y por lo tanto a su labor de crítico, para la que es evidente que queda incapacitado. Al contrario, entiendo que asegura, con descomunal cinismo, que su adhesión a “lo correcto” no afectará su juicio estético. Un disparate en quien se propone juzgar desde una perspectiva moralista, “edificante” y puritana. Ojo, no ya sólo las obras, sino la vida privada de sus responsables. Siempre según Solórzano, “en adelante Cousins sólo visitará la imaginación de artistas de comportamiento íntegro”.

Este Cousins es tan libre como mi abuela, y lo que haga me trae sin cuidado. Pero, claro, no es un caso aislado, ni el único primitivo que abraza esta visión retrógrada del arte. Constituye toda una corriente que amenaza no sólo el oficio de crítico, sino la libertad creadora. ¿Qué es un “comportamiento íntegro”, por otra parte? Dependerá del criterio subjetivo de cada cual. Para los cuatro ministros de nuestro Gobierno que hace poco cantaron “Soy el novio de la muerte” en una alegre concentración de encapuchados, el concepto de “integridad” será por fuerza muy distinto del mío. Y luego, ¿cómo se averigua eso? Antes de ir a ver una película —de “visitar la imaginación” de un director, como dice Cousins con imperdonable cursilería—, habrá que contratar a un detective que examine la vida entera de ese cineasta, a ver si podemos dignarnos contemplar su trabajo. En algunos casos ya sabemos algo, que nos reducirá drásticamente nuestra gama de lecturas, de sesiones de cine y de museos. Nada de “visitar” a Hitchcock ni a Picasso, de los que se cuentan abusos, ni a Kazan, que se portó mal durante la caza de brujas de McCarthy, ni a Caravaggio ni a Marlowe ni a Baretti, con homicidios a sus espaldas, ni a Welles ni a Ford, que eran despóticos en los rodajes, ni a Truffaut, que cambió mucho de mujeres y algunas sufrieron. Nada de leer a Faulkner ni a Fitzgerald ni a Lowry, que se emborrachaban, y el tercero estuvo a punto de matar a su mujer en un delirio; ni a Neruda ni a Alberti, que escribieron loas a Stalin, ni a García Márquez, que alabó hasta lo indecible a un tirano; no digamos a Céline, Drieu la Rochelle, Hamsun y Heidegger, pronazis; tampoco a Stevenson, que de joven anduvo con maleantes, ni a Genet, que pagaba a chaperos, ni a nadie que fuera de putas. Ojo con Flaubert, que fue juzgado, y con Cervantes y Wilde, que pasaron por la cárcel; Mann se portó mal con su mujer y espiaba a jovencitos, y no hablemos de los cantantes de rock, probablemente ninguno cumpliría con el “comportamiento íntegro” que exigen el pseudocrítico Cousins y las legiones de policías de la virtud que hoy lo azuzan y lo amparan.

Ya es hora de que toda esta corriente reconozca su verdadero rostro: se trata de gente que detesta el arte y a los artistas, que quisiera suprimirlos o dictarles obras dóciles y mansas, y además conductas personales sin tacha, según su moral particular y severa. Es exactamente lo que les exigieron el nazismo y el stalinismo, bajo los cuales toda la gente de valía acabó exiliada, en un gulag o asesinada, lo mismo que Machado y Lorca en España. No a otra cosa que a la represión y la persecución está dando su consentimiento esta corriente de inquisidores vocacionales. Al menos mi abuela Lola no ejercía el proselitismo, ni intentaba imponer nada a nadie.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de abril de 2018

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Javier Marías en Sant Jordi


El día 23 de abril, Sant Jordi, Día del libro, Javier Marías estará en Barcelona y firmará ejemplares de su última novela Berta Isla y del resto de su obra:
De 11.00 horas a 13.00 horas, en la caseta de la librería Laie (Passeig de Gràcia / Casp).
De 13.00 horas a 14.00 horas, en la de la librería Documenta (Pau Claris 11,entre Aragó y València).
De 17.00 horas a 19.00 horas, firmará en la caseta de La Central (Rambla de Catalunya / Mallorca).
De 19.00 horas a 20.00 horas, en la de Abacus Tram (Pl. Francesc Macià – Trambaix)

LA ZONA FANTASMA. 22 de abril de 2018. ‘Cosas que no se disuelven’

Tuvimos noticias de ETA hace poco. La banda terrorista anunció que, antes del Mundial de Rusia para que éste no le robara protagonismo “internacional”, se disolvería o “desmovilizaría”, término que al parecer prefiere para dignificarse y asimilarse a un ejército o a una guerrilla. Siempre fue su empeño: presentarse como gudaris, como bravos soldados contra un invasor, haciendo caso omiso de que el País Vasco jamás fue invadido por España, a la que se unió voluntariamente hace siglos (primero a Castilla), con enorme provecho económico prolongado hasta nuestros días. El único periodo en que estuvo oprimido —el franquismo—, lo estuvo como el resto de la nación, empezando por Madrid, donde teníamos instalada la dictadura y donde por tanto era más difícil sustraerse a sus tropelías, incluidas las urbanísticas, a su represión y a su vigilancia, más cercanas que en cualquier otro sitio.

Pero ETA, que empezó en el tardofranquismo, fue más activa que nunca después, durante la democracia, cuando el País Vasco estuvo tan oprimido como el resto, es decir: nada. Desde hace unos siete años, cuando ETA proclamó el cese de su “lucha” en la que los bravos soldados apenas corrían riesgo, la gente de ese territorio ha vivido con libertad plena, esto es, exactamente igual que desde 1978 —por poner una fecha—, aunque ETA y parte del PNV (que ganaba elecciones y mandaba) se empeñaran en asegurar lo contrario. Los derechos de los vascos son ahora los mismos que entonces, y ahora a pocos se les ocurre que haya que “liberarlos”. La riqueza, que no fue escasa ni en los llamados “años de plomo”, es más abundante que nunca, porque muchos españoles y extranjeros, que antes preferían evitar esas tierras, se aventuran allí sin sentir ya rechazo ni peligro. Florecen, así, el turismo y las inversiones, y no hay empresas que huyen despavoridas.

Así pues, hay que preguntarse ahora qué es lo que ha conseguido ETA y, sobre todo, por qué se dedicó a aterrorizar durante cuatro décadas a las poblaciones vasca y española. Hoy hay jóvenes que ya lo ignoran todo acerca de ese terrorismo, incluso en Euskadi. Bastan siete años para que todo lo anterior parezca antediluviano, así va el mundo. Pero algunos estamos acostumbrados a otro transcurrir del tiempo, y a recordar con nitidez. En Madrid ETA atentó muchísimo, y los madrileños sobrellevamos su terror, cotidianamente, a lo largo de cuarenta. Y qué decir de cómo lo sobrellevaban los vascos. Bueno, unos lo celebraban, y contribuían a extenderlo. Otros lo aplaudían desde sus casas y otros desde las calles, en las que actuaban como matones y chivatos. “Nos hemos quedado con tu cara”, “Sabemos dónde vives”, eran frases habituales dirigidas a los pocos que se oponían a los mafiosos abiertamente. Una forma de intimidación descarada, sobre todo cuando era notorio que no se trataba solamente de palabras. Una parte de los vascos se dedicó a acusar, a delatar, a pintar dianas, a señalarle a la banda cuáles debían ser sus objetivos. Y la banda no se sabe si obedecía o mandaba, pero lo frecuente era que quien se veía apuntado acabara recibiendo un tiro, o una carta exigiéndole dinero con el que “compensar sus delitos”, o que asistiera a la voladura de su negocio o al repugnante boicot de sus vecinos. Y otra parte de la población volvía la vista y callaba, por miedo o por ambigüedad. Las víctimas y sus familiares eran execrados después de muertos o enlutados, no bastaba con eliminar a alguien, además había que ensuciarlo.

Una porción de la sociedad vasca ha estado durante décadas envilecida (en el peor de los casos) o acobardada (en el mejor, y no es bueno). No estoy seguro de que el tiempo verbal que he empleado sea adecuado, porque todavía se homenajea a lo grande a los etarras excarcelados y se vitupera a los deudos de quienes fueron asesinados por ellos. Y todavía Podemos y los independentistas catalanes hacen excelentes migas con los políticos bendecidos por la banda (o a la inversa), a los que consideran “gente de paz”. ETA mató a 829 personas. Si se ponen a contar (una, dos, tres, cuatro…), el cómputo se les hará interminable, hasta llegar a 829. Además de los muertos, están los incontables heridos y mutilados, y los expulsados, y los amenazados, y los amedrentados, los que han vivido con el pavor permanente; los que han temido abrir el buzón y abrir la puerta, no digamos hablar en voz alta, hasta en el bar o en la taberna, imagínense en el periódico o en el púlpito o en el aula. Ha habido una telaraña de terror en todos los ámbitos, no muy distinta de la que tejieron el nazismo, el stalinismo, la Stasi de la RDA o el franquismo de los primeros quince años. ETA no tenía el poder oficial, pero actuó como si lo tuviera, ante la lenidad o connivencia de personajes como Arzalluz. Desde que se retiró, pocos se acuerdan de él y muchos ni siquiera saben quién es. Y sin embargo son su rostro y su voz iracunda y achulada lo que se me aparece cuando pienso en el País Vasco de todos esos años, la figura dominante del periodo. ETA se disolverá de aquí a un mes, dicen. Pero para quienes la padecimos no se disolverán sus injustificables crímenes; pertenecen a una clase que jamás puede disolverse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de abril de 2018

Javier Marías, Premio de la Crítica


Javier Marías, premio de la Crítica por la novela ‘Berta Isla
Efe/El País, 21 de abril de 2018

Javier Marías: “A lo mejor tengo más oficio del que yo mismo me creo”
JUAN CRUZ
El País, 21 de abril de 2018

Javier Marías gana con ‘Berta Isla’ su segundo premio de la Crítica
MIGUEL LORENCI
Diario Sur, 21 de abril de 2018

Javier Marías: “Un segundo Premio de la Crítica me dice que no he declinado”
Efe/El Diario.es, 21 de abril de 2018


Javier Marías y Luis Bagué Quílez, galardonados con los premios de la Crítica
Abc, 21 de abril de 2018

Javier Marías y Luis Bagué, Premios de la Crítica
La Vanguardia, 21 de abril de 2018

Críticas polacas

WIDMA MARÍASA
Szkice krytyczne

VARIOS AUTORES
Wydawnictwo Naukowe UAM, 2018

Recoge artículos y estudios sobre la obra de Javier Marías, así como entrevistas al escritor y a sus traductores polacos

LAZONA FANTASMA. 15 de abril de 2018. ‘Quitarse de la educación’

Desde niño me enseñaron a ser educado, y en este siglo eso se ha convertido en un desastre y una desgracia, hasta el punto de que llevo años intentando “quitarme”, con escaso éxito, como quien se quita del tabaco, el alcohol o la cocaína. Apenas avanzo en mi propósito. A cada escritor desconocido que me envía un libro le correspondo con uno mío dedicado, o con alguno de los que traduje o de los que publico en mi diminuta editorial Reino de Redonda; aunque el volumen que me haya mandado no me interese en absoluto y sólo vaya a ser un engorro en mis abarrotadas estanterías. Lo mismo hago con cada amable lector que por Navidad o por mi cumpleaños me hace llegar un pequeño obsequio. A menos que sea algo zafio o malintencionado: días atrás abrí un paquete que contenía unas bragas —santo cielo, a mi edad ya respetable—. No quise averiguar si por estrenar o usadas, las alcé con un largo abrecartas curvo de marfil y fueron directas a la basura. Supongo que de haber sido yo escritora y haberme llegado unos calzoncillos, habría denunciado al remitente por acoso sexual y lo habría empapelado. Cuando saco un libro nuevo, procuro regalar ejemplares no sólo a los amigos, sino a cuantos a lo largo del año son gentiles conmigo: a los de la papelería, la pastelería, la panadería, al fotocopista, al cartero. Si me dejan obras mías en portería para que las dedique (a veces bastantes), cumplo pacientemente y me molesto en empaquetarlas para devolverlas, aunque lo propio sería que esos lectores fueran pacientes y aprovecharan las sesiones de firmas estipuladas, en la Feria del Retiro o en Sant Jordi o en librerías. No dejo de contestar nunca a las cartas de personas de larga edad o de muy corta, pienso que para ellas es más importante obtener una respuesta. De hecho contesto a la mayoría, en la medida de mis posibilidades. Entre unas cosas y otras, se me va muchísimo tiempo en procurar ser cortés.

Cada vez me siento más anacrónico, también en esto. Tal vez sea influencia de los malos modos y la generalizada agresividad de las redes sociales, en las que cada cual suelta sin prolegómenos sus denuestos y exabruptos, quizá eso se esté trasladando al trato personal y a otras formas de comunicarse. Lo cierto es que ahora recibo a menudo, más que peticiones, exigencias. Desde el señor que no sólo me conmina a que lea su libro, sino a que además le envíe una frase elogiosa para ponerla en una fajilla o en la contracubierta, hasta quien pretende hacerle a un amigo o a un marido “un regalo especial” consistente en un encuentro conmigo, dando por descontado que me sobra el tiempo y sin pararse a considerar si a mí me compensa dedicar una hora a charlar con un desconocido. Hasta a esas solicitudes contesto algo, disculpándome. He descubierto que eso a veces no basta: si no se le concede a cada cual lo que quiere, no hay ni una palabra de agradecimiento por la respuesta rápida, ni un acuse de recibo. Hace no mucho se le antojó a alguien que acudiera a la boda de una amistad suya y que en la iglesia dijera una bendición o unas palabras. A través de Mercedes L-B (que es la que usa el email) aduje que me faltaban horas en la vida, que nunca asistía a bodas (ni siquiera de familiares) y que le deseaba lo mejor a mi lector en su matrimonio. Silencio administrativo hasta ahora. A la gente se le ocurren toda clase de caprichos que en el mejor de los casos representan una interrupción y emplear un buen rato. Por no mencionar más que un par recientes, una biblioteca turca ha decidido enviarme diez ejemplares de novelas mías en esa lengua para que se los dedique, uno tras otro. Mi educación me impele a complacerla, pese al incordio de remitírselos una vez firmados. Un festival alemán desea que escriba a mano la primera página de una de esas novelas y que la fotografíe con el móvil y se la pase, sin preguntarse si tengo cámara en mi “premóvil” ni si me aburre repetir una página antigua con pluma para darle gusto. Suerte que carezco de smartphone, porque si no, me temo, habría acabado obedeciendo como un idiota.

Hay personas que escriben y que, tras un somero y vago elogio, pasan a señalarle a uno, por extenso, lo que consideran “fallos” o “errores” de una novela. A veces me molesto en explicarles —qué sé yo— la diferencia entre el acusativo y el dativo, o en recordarles que el narrador en primera persona es un personaje como los demás, susceptible de desconocer datos y tener lagunas. Es más, conviene que así sea, porque si hablara como un ensayista o un historiador o una enciclopedia resultaría inverosímil. No es raro que el corresponsal replique airado y se empeñe en tener razón en sus objeciones, hasta el punto de incurrir en ofensa y grosería. Sé que estas cosas les ocurren a la mayoría de mis colegas y a los directores de cine, no me creo un caso especial de mala fortuna. Pero estoy convencido de que casi todos ellos, más listos y expeditivos, han sabido “quitarse” de la buena educación hace tiempo, en esta época que la va desterrando y en la que lo habitual es recibir a cambio bufidos, cabreos, solicitudes abusivas, desplantes e impertinencias, como mínimo recriminaciones y frases del tipo “Jo, cómo eres”. Definitivamente, hay que “quitarse”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de abril de 2018

LA ZONA FANTASMA. 8 de abril de 2018. ‘Vals’

He vuelto a escuchar el Vals Kupel­wieser, de Schubert, al cabo de unos cuantos años. En la Academia hay tres grandes melómanos: el sabio Ignacio Bosque, el Doctor García Barreno y Félix de Azúa. De vez en cuando nos intercambiamos información acerca de obras raras que puedan desconocer los otros. Mi saber musical es limitado, pero alguna pequeña noticia puedo aportarles de tarde en tarde, y hace unas semanas, hablando con Bosque de piezas breves y sencillas y extraordinarias, le mencioné ese Vals. A mí me lo descubrió Juan Benet en otra vida, hacia 1971 o 1972, no mucho después de conocerlo. Cuando aún no existía el CD y no era posible repetir un tema en el tocadiscos sin poner la aguja cada vez en el surco, se las ingenió (al fin y al cabo era ingeniero) para oír Kupelwieser sin cesar durante todo un verano, mientras escribía parte de su novela Un viaje de invierno, de título schubertiano y en la que —no recuerdo si explícitamente, no la releo desde su publicación en 1972— esa música ­desempeñaba algún papel. De hecho, en la guarda posterior de la primera edición, Benet hizo reproducir el inicio de la partitura. Es un vals para piano, brevísimo (no dura ni minuto y medio), aparentemente modesto, según quién lo interprete el piano suena casi como una pianola. A lo largo de tanto tiempo transcurrido, sólo he encontrado dos versiones en CD, una de Michel Dalberto y otra de Hans Kann, lo cual indica que se graba poco y es más bien pasado por alto. Y, que yo sepa, en este soporte no existe la versión que, en vinilo, escuchó Benet incansablemente, y también los que nos quedamos deslumbrados por su hallazgo. Se trataba de un disco barato, a cargo de la pianista venezolana Rosario Marciano. Esa será siempre para mí la versión original, por mucho que las otras no difieran en demasía, dadas la brevedad y sencillez de la maravillosa pieza.

Esa música, a la vez melancólica y confiada, la tengo por tanto asociada a la figura de Juan Benet, y ahora me doy cuenta de que el pasado 5 de enero se cumplieron veinticinco años de su muerte, a los sesenta y cinco, y de que el aniversario ha pasado bastante inadvertido, y de que ni siquiera reparé yo en él en su día. Su memoria, con todo, está más viva que la de la mayoría de sus coetáneos desaparecidos (con la excepción de Gil de Biedma), así que tampoco es cuestión de quejarse en este siglo olvidadizo, o es más, deliberadamente arrasador de todo recuerdo. Es como si los vivos reclamaran cada vez más espacio, lo necesitaran todo para que nada ni nadie les haga sombra ni los obligue a comparaciones engorrosas o desfavorables. La obra de Benet está en las librerías gracias a la colección Debolsillo, y han salido varios volúmenes de correspondencia y de escritos dispersos merced a la labor recopilatoria y crítica de Ignacio Echevarría. Algunos autores jóvenes todavía se asoman a lo que escribió, y lo “salvan” del desdén habitual con que todas las generaciones españolas de novelistas hemos tratado a nuestros predecesores. Así que algo es algo, y a fin de cuentas tampoco Benet contó en vida con muchos lectores, ni lo pretendió: al no vivir de su pluma, se permitió lo que quiso, ajeno a las modas y a los “gustos”; sólo al final intentó “complacer” levemente, cansado de que sus esfuerzos no obtuvieran más que la recompensa del prestigio. Quizá llega un momento en el que eso no basta.

En estos días de escuchar su Vals me acude con persistencia un recuerdo concreto. Poco después de los primerísimos síntomas de su enfermedad, cuando aún se ignoraba su gravedad, llegué a su casa de la calle Pisuerga. Se levantó de su otomana, en la que solía leer y escuchar música, y, desde su gran altura (medía 1,90 o así), en un gesto en él infrecuente (era reacio a la cursilería), me abrazó tímida y torpemente y me dijo, todavía en tono de guasa, o fingiéndolo: “Esto es el fin, joven Marías, esto es el fin”. “Pero qué dices”, le contesté, sin darle el menor crédito; “qué va, qué tontería”. No podía tomar la frase en serio, no me parecía posible. Si alguien vivía como si fuera eterno, ese era él: siempre con proyectos, siempre activo y despierto, disfrutando de lo que se trajera entre manos, siempre dispuesto a reír y a divertirse. No insistió, claro.

Cuando alguien muere, quienes le son cercanos tienden a consolarse y a reunirse, aunque no se conozcan previamente. Ese fue el caso de la hermana de Benet, Marisol, que ahora cumple noventa y cuatro años, creo. Durante los muchos que traté a Don Juan, nunca la vi. Un día, tras su muerte, una señora me saludó en la calle Juan Bravo y se presentó. Tenía un aire de familia, pero desprendía una dulzura que Benet, pese a ser un sentimental, no mostraba. Desde entonces, de una manera para mí conmovedora, Marisol aparecía en cuantas charlas o presentaciones tuviéramos en Madrid los amigos mucho más jóvenes de su hermano pequeño: Molina Foix, Azúa, Mendoza, yo mismo. Con una fidelidad infalible, pese a ir cumpliendo sus años; y aún lo hace. Como si con su presencia protectora y benévola, de apoyo a esos amigos, le estuviera rindiendo a él homenaje, y recordándolo por discípulos interpuestos. Si es que a estas alturas merecemos todavía ese título, y nos cuadra.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de abril de 2018

`Lo que nunca se contará’


LO QUE NUNCA SE CONTARÁ
y dos relatos sobre el regreso y la espera

JAVIER MARÍAS · NATHANIEL HAWTHORNE
Alfaguara-El Corte Inglés, abril de 2018

“Este librito incluye dos cuentos, uno mío, “La canción de Lord Rendall”, de 1989, y otro de Nathaniel Hawthorne, el muy célebre “Wakefield”, de 1837 aproximadamente. De éste, sin mencionar su título, le habla el personaje Peter Wheeler a Tomás Nevinson al comienzo de Berta Isla, y de ahí procede la recurrente expresión “desterrado del universo”.

JAVIER MARÍAS


Edición no venal que se distribuye en El Corte Inglés junto con la última novela de Javier Marías, Berta Isla.

LA ZONA FANTASMA. 1 de abril de 2018. ‘Aspavientos de rectitud’

Un gravísimo ataque de rectitud recorre el mundo, y España en particular. Esto sería bueno en principio, dados los delirantes niveles de corrupción de nuestros políticos y de la sociedad, que hace cuatro días los reelegía a sabiendas, una y otra vez. Pero cuando la rectitud no es resultado de un convencimiento estrictamente personal, sino algo sobrevenido, impostado y narcisista, y además se da en forma de arrebatos o ataques, constituye uno de los mayores peligros que acechan a la humanidad. He dicho “narcisista” y es así, o así lo veo yo. Otros prefieren utilizar el neologismo “postureo”, viene a ser lo mismo. El exceso de rectitud afecta a todas las capas sociales y a todas las ideologías, derecha, centro, izquierda, populismo o demagogia; a los tertulianos, a muchos columnistas y actores y actrices, escritores, cantantes e historiadores, y sobre todo a individuos desconocidos que creen haber dejado de serlo gracias a las redes y a sus plataformas.

En la discusión de hace unas semanas sobre la “prisión permanente revisable” o más bien “cadena perpetua hasta nueva orden”, los partidos enfrentados en el Congreso escenificaron sus histriónicos alardes de rectitud. Los que defendían su mantenimiento se mostraban como dechados de compasión hacia las víctimas y sus familiares, a los que no tenían reparo en utilizar con obscenidad. Los que abogaban por derogarla representaban, con más exageración que convicción, la rectitud de quien cree en la redención de los pecadores por encima de cualquier cosa, de quien sostiene que nadie hay intrínsecamente malvado y que a todos se nos puede rehabilitar. Ambas posturas merecen tomarse en consideración, no digo que no. Lo que casi las invalidaba en ese debate era la forma aspaventosa y espúrea de presentarlas, la carrera por ver quién se alzaba con el trofeo a la rectitud.

No muy distinto es lo sucedido con la muerte del niño almeriense Gabriel Cruz. En las televisiones —repugnantes la mayoría— se libraba una competición para dilucidar qué presentador u opinador estaba más indignado, desolado y dolido. Y qué decir de las reacciones tuiteras de la gente: sus comentarios no iban a llegarle a la presunta asesina, así que el único verdadero sentido de los insultos, exabruptos y maldiciones era la recompensa y autocomplacencia de quienes los proferían. También similar ha sido la reacción de muchos ante la muerte de un mantero en Lavapiés, en Madrid. Incluso después de deshacerse el malentendido (no: malintencionada tergiversación) de que la policía le había provocado un infarto al perseguirlo, la “virtud” mimética se apoderó de políticos y tertulianos, que decidieron que lo que quedaba bien, lo más recto, era continuar atribuyendo su muerte a la xenofobia y al capitalismo, en abstracto. Sí, claro, cualquier persona pobre, excluida, desempleada, es, en sentido amplio, víctima del sistema. Pero no se organizan incendios y disturbios por cada una que fallece, y a fe mía que son millares.

¿Cuándo el noble afán de rectitud se convierte en exceso siniestro? En mi opinión es muy fácil detectar la frontera, y lo habitual de estos tiempos es que grandes porciones de la población la traspasen inmediatamente, casi por sistema. La rectitud —el concepto que cada cual tenga de ella— debería atañer tan sólo a nuestro comportamiento individual, es decir, a nuestro propósito de no hacer esto o lo otro, de regirnos por unos principios o normas más bien intransferibles y ceñirnos a ellos en la medida de lo posible. El exceso se da en cuanto alguien no aspira tan sólo a eso, sino a que los demás adopten su código particular y comulguen con él, por las buenas o por las malas. Entonces el recto se convierte en censor, en prohibicionista, en inquisidor y en dictador. Ese recto en exceso no se conforma con no fumar ni beber ni drogarse, no ir de putas ni a los toros, no ver porno y proteger a los animales, sino que pretende que nadie fume ni beba ni se drogue, etc, y que cada represión suya sea aplaudida y ensalzada. Lo mismo que quienes antaño pretendían que todo el mundo fuera a la iglesia y nadie pudiera fornicar ni ver porno, etc. Es probable que López, Marqués de Comillas, no mereciera la estatua que desde hace siglo y pico tenía en una plaza de Barcelona, pero la alcaldesa Colau fue incapaz de enviar a unos operarios para retirarla sobriamente, sin más: su exhibicionismo la llevó a organizar una kermés con juglares, bailarines, títeres y batucadas, lo cual delata que no le importaba tanto la injusticia a la que ponía fin cuanto cosechar una ovación, escenificar su rectitud chirriante, y con jactancia decirse: “Pero hay que ver qué bien quedo, mecachis en la mar”.

Hoy, no cabe duda, se encuentra un desmedido placer en escandalizarse y en indignarse, y cuando anda por medio el placer —en lo que sólo debería provocar consternación—, es preciso desconfiar. Lamento decirlo, pero, con las excepciones que quieran, veo una sociedad farisaica, encantada de sí misma y más preocupada por la figura que compone ante su propio espejo que por las infamias y calamidades del mundo ante las que se subleva supuestamente. Es como si, más que ocuparse y dolerse de ellas, en cada ocasión se preguntara: “¿Qué postura nos conviene ahora, para mejor presumir?”

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de abril de 2018