Charla de Javier Marías en Sant Cugat

Xerrada de Javier Marías. «Per què escrivim i llegim ficcions»

Dimecres 28 de febrer, a les 18 hores, al Xalet Negre (Pl. Coll, 4, Sant Cugat del Vallès)

El Xalet Negre ofereix dimecres una xerrada de l’escriptor Javier Marías sobre les novel•les de ficció
Cugat.cat, 27 de febrero, 2018

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LA ZONA FANTASMA. 25 de febrero de 2018. ‘Una dictadura, necios’

Contaba Juan Cruz en un artículo que, en un intercambio tuitero con desconocidos (a qué prácticas arriesgadas se presta), alguien lo había conminado a callarse con esta admonición, o semejante: “Estás desautorizado, perteneces a una generación que permitió a Franco morir en la cama”. Que algún imbécil intervenga en estas discusiones ha de ser por fuerza la norma, pero Cruz añadía que se trataba de un argumento “frecuente” o con el que se había topado numerosas veces, y esto ya trasciende la anécdota, porque supone una criminal ignorancia de lo que es una dictadura. En parte puede entenderse: cuando yo era niño y joven, y oía relatar a mis padres las atrocidades de la Guerra, me sonaban, si no a ciencia-ficción, sí a lección de Historia, a cosa del pasado, a algo que ya no ocurría, por mucho que aún viviéramos bajo el látigo de quien había ganado esa Guerra y había cometido gran parte de las atrocidades. Pero sí lograba imaginarme la vida en aquellos tiempos, y los peligros que se corrían (por cualquier tontería, como ser lector de tal periódico o porque un vecino le tuviera a uno ojeriza y lo denunciara), y el pavor provocado por los bombardeos sobre Madrid, y el miedo a ser detenido y ejecutado arbitrariamente por llevar corbata o por ser maestro de escuela, según la zona en que uno estuviese. Me hacía, en suma, una idea cabal de lo que no era posible en ese periodo.

Tal vez los que pertenecemos a la generación de Cruz no hayamos sabido transmitir adecuadamente lo que era vivir bajo una dictadura. Hay ya varias que sólo han conocido la democracia y que sólo conciben la existencia bajo este sistema. Creen que en cualquier época las cosas eran parecidas a como son ahora. Que se podía protestar, que las manifestaciones y las huelgas eran un derecho, que se podía criticar a los políticos; creen, de hecho, que había políticos y partidos, cuando éstos estaban prohibidos; que había libertad de expresión y de opinión, cuando existía una censura férrea y previa, que no sólo impedía ver la luz a cualquier escrito mínimamente crítico con el franquismo (qué digo crítico, tibio), sino que al autor le acarreaba prisión y al medio que pretendiera publicarlo el cierre; ignoran que en la primera postguerra, años cuarenta y en parte cincuenta, se fusiló a mansalva, con juicios de farsa y hasta sin juicio, y que eso instaló en la población un terror que, en diferentes grados, duró hasta la muerte de Franco (el cual terminó su mandato con unos cuantos fusilamientos, para que no se olvidara que eso estaba siempre en su mano); que había que llevar cuidado con lo que se hablaba en un café, porque al lado podía haber un “social” escuchando o un empedernido franquista que avisara a comisaría. También ignoran que, pese a ese terror arraigado, Franco sufrió varios atentados, ocultados, claro está, por la prensa. Que mucha gente resistió y padeció largas condenas de cárcel o destierro por sus actividades ilegales, y que “ilegal” y “subversivo” era cuanto no supusiera sumisión y loas al Caudillo. O ser homosexual, por ejemplo.Tampoco saben que, una vez hechas las purgas de “rojos” y de disidentes (entre los que se contaban hasta democristianos), la mayoría de los españoles se hicieron enfervorizadamente franquistas. Se creen el cuento de hadas de la actual izquierda ilusa o falsaria de que la instauración de la democracia fue obra del “pueblo”, cuando el “pueblo”, con excepciones, estaba entregado a la dictadura y la vitoreaba, lo mismo en Madrid que en Cataluña o Euskadi. De no haber sido por el Rey Juan Carlos y por Suárez y Carrillo, es posible que esa dictadura hubiera pervivido alguna década más, con el beneplácito de muchísimos compatriotas. Estas generaciones que se permiten mandar callar a Juan Cruz no saben lo temerario y arriesgado que era levantar no ya un dedo, sino la voz, entre 1939 y 1975. Que, si alguien caía en desgracia y tenía la suerte de no acabar entre rejas, se veía privado de ganarse el sustento. A médicos, arquitectos, abogados, profesores, ingenieros, se les prohibió ejercer sus profesiones, entrar en la Universidad, escribir en la prensa, tener una consulta. Hubo muchos obligados a trabajar bajo pseudónimo o clandestinamente, gente proscrita y condenada a la miseria o a la prostitución, qué remedio.

También hay frívolos “valerosos” que reprochan a los españoles no haberse echado a la calle para parar el golpe de Tejero el 23-F, olvidando que los golpistas utilizaron las armas y que había tanques en algunas calles. Cuando hay tanques nadie se mueve, y lo sensato es no hacerlo, porque aplastan. Hoy las protestas tienen a menudo un componente festivo (la prueba es que no las hay sin su insoportable “batucada”), y quienes participan en ellas se creen que nunca ha habido más que lo que ellos conocen. Reprocharles a una o dos generaciones que Franco muriera en la cama es como reprocharles a los alemanes que Hitler cayera a manos de extranjeros o a los rusos que Stalin tuviera un fin apacible. Hay que ser tolerante con la ignorancia, salvo cuando ésta es deliberada. Entonces se llama “necedad”, según la brillante y antigua (retirada) definición de María Moliner de “necio”: “Ignorante de lo que podía o debía saber”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de febrero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 18 de febrero de 2018. ‘Contra el arte’

Si ven hoy los episodios de la pionera serie de televisión Alfred Hitchcock Presents, de los años cincuenta (y se lo recomiendo: los hay en DVD y cuanto está avalado por Hitchcock merece la pena), comprobarán que en aquellas historietas en las que el mal triunfaba o un asesino engañaba a la policía, el irónico presentador salía a la conclusión del capítulo para advertir en tono burlesco: “No crean que Fulano o Mengana se salieron con la suya: cometieron tal o cual error y fueron descubiertos”. Este colofón, tan humorístico que nadie le daba crédito, venía impuesto por la cadena, los patrocinadores, tal vez el productor y sin duda las estrictas reglas del Código Hays, que controlaron los contenidos del cine americano desde los años treinta hasta 1966. Este Código, establecido por uno de los mayores reaccionarios y puritanos de la historia de su país, Will Hays, fue el responsable de que los matrimonios de las películas durmieran en camas separadas, así que imagínense el resto de sus prescripciones. En España, los censores eclesiásticos franquistas ejercieron, aumentada, la misma misión “edificante”. Prohibían a su gusto, tapaban escotes, cortaban escenas enteras y los besos, cambiaban los diálogos en el doblaje (recuérdese el archicélebre caso de Mogambo: para que no hubiera adulterio, convirtieron en hermanos a una pareja de casados, logrando así que el hermano tuviera un comportamiento raro respecto a su hermana, y haciendo sospechar al incauto espectador español que allí había incesto); condenaban las conductas de los personajes y los finales sin moraleja. Es decir, según su criterio, el arte debía servir a la moral, su moral: los descarriados tenían que acabar mal, los divorciados en la ruina o deshechos o arrepentidos, los adúlteros castigados, lo mismo que los criminales. Las historias habían de mostrar los peligros del pecado y sus nulos réditos, nadie debía quedar impune. Y, si así no sucedía, se prohibía, cortaba o alteraba el relato.

Casi nadie está enterado de que en nuestro país la censura es anticonstitucional desde hace cuarenta años, y lo mismo ocurre en otros países europeos (no en todos, ni desde luego en los mojigatos Estados Unidos). Así, es especialmente alarmante lo sucedido con esa representación de la Carmen de Bizet (y de Mérimée por tanto) en Florencia. Como todos sabemos, las obras clásicas están desamparadas, y cualquier idiota puede convertir Macbeth, el Quijote o Edipo en una patochada para su lucimiento, bajo el pretexto de las “relecturas” o las adaptaciones “creativas”. Pero la alteración de esa Carmen tiene otro sesgo y va más allá de las ocurrencias de directores de escena o “versionadores”. Recordarán que los de Florencia decidieron cambiar el final de la obra, que termina con el asesinato de Carmen a manos del despechado Don José. Esos memos italianos adujeron que el público no debía “aplaudir un feminicidio”. (Hay que ser primitivo para creer que lo que aplauden los espectadores de una ópera es la historia, y no a los cantantes y a la orquesta.) Como eso les parecía intolerable, hicieron que fuera Carmen la que le pegara a Don José unos tiros (se los tenía merecidos por celoso y posesivo), para que así el público, con la conciencia tranquila, aplaudiera un “varonicidio”, supongo que en legítima defensa.

Cualquier espectador o lector semiinteligente sabe que eso ya no es la Carmen de Bizet ni la de Mérimée, como no sería el Quijote una versión en la que éste no se retirara y muriese, ni Madame Bovary una en la que ella no tomara veneno, ni Hamlet una representación en la que Ofelia no se suicidase y acabara reinando, por ejemplo. Serán variaciones caprichosas y sandias, pero mantener los nombres de Cervantes, Flaubert y Shakespeare en tales tergiversaciones es sencillamente una estafa. Hace ya muchos años que se empezó a alterar los cuentos infantiles clásicos para que los niños no pasaran miedo y además recibieran relatos “ejemplares”. Era sólo cuestión de tiempo que se intervinieran las obras para adultos y a éstos se los tratara como a menores. Ya hay quienes “dictan” qué clase de historias y de personajes deben crear los guionistas y escritores. Cuantos toman esas iniciativas “aleccionadoras” son idénticos a Will Hays y a los censores franquistas; como Clare Gannaway, responsable de la Manchester Art Gallery, se asemejó a los vándalos del Daesh que destrozaron arte en Palmira, cuando decidió retirar un empalagoso cuadro prerrafaelita con ninfas; por mucho que luego alegara que la retirada era en sí “un acto artístico” (también las hogueras de libros, según eso). (Y tenemos que ver cómo se quiere prohibir de nuevo, como cuando se publicó en 1958, la Lolita de Nabokov.) Da lo mismo cuáles sean ahora los motivos (siempre son “los buenos” para quienes ejercen la censura). Se trata, en todos los casos, de manipular el arte, de condenar su complejidad y sus ambigüedades, de coartar la libertad de expresión y de creación, de imponer historias simplonas, “edificantes” y con moraleja. Lo que también hicieron los nazis y los soviéticos: quemar o prohibir lo que no les gustaba, y convertir las manifestaciones artísticas en mera y burda propaganda de sus consignas y sus dogmas.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de febrero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 11 de febrero de 2018. ‘Ojo con la barra libre’

Mujeres violadas, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha. Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas cosas buenas que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados. El estallido se produjo con el caso Weinstein, cuyas prácticas son viejas como el mundo. Ya hacia 1910 se acuñó la expresión “couch casting” (“casting del sofá”), para referirse a las pruebas a que los productores de Hollywood y Broadway sometían a menudo a las aspirantes a actrices (o a los aspirantes, según los gustos). En el despacho solía haber un sofá bien a mano, para propósitos evidentes. La costumbre me parece repugnante por parte de esos productores (como me lo parece la de cualquier individuo poderoso), pero en ella no había violencia. Se producía una forma de transacción, a la que las muchachas podían negarse; y una forma de prostitución menor y pasajera, si aceptaban. “A cambio de que este cerdo se acueste conmigo, consigo un papel, iniciar mi carrera”. Pensar que la única razón por la que se nos dan oportunidades es nuestro manifiesto talento, es pensar con ingenuidad excesiva (ocurre a veces, pero no siempre). Con frecuencia hay transacciones, compensaciones, pactos, beneficios mutuos que entran en juego. La índole de algunos es repulsiva, sin duda, pero cabe responder “No” a tales proposiciones. Y tampoco hay que olvidar que no han sido pocas las mujeres que han buscado y halagado al varón viejo, rico y feo, famoso y desagradable, poderoso y seboso, exclusivamente por interés y provecho. No hay que recurrir a nombres para recordar la considerable cantidad de mujeres jóvenes y atractivas que se han casado con hombres decrépitos no por amor precisamente, ni por deseo sexual tampoco.

Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia, la que llevaron a cabo la Inquisición y los totalitarismos, el franquismo y el nazismo y el stalinismo y el maoísmo y tantos otros. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. (Si a mí me acusan de haber acuchillado a una anciana en el Retiro, y la mera acusación se da por cierta, yo no puedo demostrar que no lo hice, salvo que cuente con coartada clara.) De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) se han erigido en jurados populares, son la misma muchedumbre que exigió la ejecución de Jesús y la liberación de Barrabás en su día. Tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.

La justificación de estas condenas express es que las víctimas no pueden aportar pruebas de lo que sostienen, porque casi siempre estaban solas con el criminal cuando tuvieron lugar la violación o el abuso y no hay testigos. Es verdad, pero eso (los delincuentes ya procuran que no los haya) les ha sucedido a todas las víctimas, a las de todos los crímenes, y por eso muchos han quedado impunes. Mala suerte. ¿Cuántas veces no hemos visto películas en las que alguien se desvive por conseguir pruebas o una confesión con añagazas, porque sin ellas es palabra contra palabra y perderían el juicio? Así está montada la justicia en los Estados de Derecho, con garantías; no así en las dictaduras. Por eso me ha sorprendido leer editoriales y “acentos” en este diario en los que se afirmaba que las injusticias derivadas de todo este movimiento eran “asumibles” y cosas por el estilo. Es algo que contraviene todos los argumentos que, desde Beccaria en el siglo XVIII, si no antes, han abogado por la abolición de la pena de muerte. La idea de los defensores de la libertad, la razón y los derechos humanos ha sido justamente la contraria: “Antes queden sin castigo algunos criminales que sufra un solo inocente la injusticia de la prisión o la muerte”. Ahora se propugna lo opuesto. Si la falta de pruebas contra los acusados se extendiera a otros delitos, y aquéllos dependieran de las volubles masas, se acabaría la justicia.

Dar crédito a las víctimas por el hecho de presentarse como tales es abrir la puerta a las venganzas, las revanchas, las calumnias, las difamaciones y los ajustes de cuentas. Las mujeres mienten tanto como los hombres, es decir, unas sí y otras no. Si se les da crédito a todas por principio, se está entregando un arma mortífera a las envidiosas, a las despechadas, a las malvadas, a las misándricas y a las que simplemente se la guardan a alguien. Podrían inventar, retorcer, distorsionar, tergiversar impunemente y con éxito. El resultado de esta “barra libre” es que las acusaciones fundadas y verdaderas —y a fe mía que las hay a millares— serán objeto de sospecha y a lo peor caerán en saco roto, haya o no pruebas. Eso sería lo más grave y pernicioso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 11 de febrero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 4 de febrero de 2018. ‘El monopolio del insulto’

Supongo que el personaje se da en muchos ámbitos, pero desde luego ha abundado y abunda en el mundo literario. Hay en él lo que podríamos llamar “el escritor matón”, o de colmillo retorcido, o venenoso, que disfruta soltando maldades, principalmente contra sus colegas. A este escritor, en España, se lo suele venerar y se lo jalea, no es raro que se le erija un pedestal. Da una idea de nuestra proverbial mala baba, del gozo que nos provoca asistir al despellejamiento de alguien en primera fila. La figura se ha multiplicado con las redes sociales y la consagración del anonimato como algo perfectamente aceptable. Ya no hace falta ser escritor, ni conocido, para depositar a diario en el ordenador o en el móvil una buena ración de ponzoña. Los literatos que lo practicaban y practican, al menos, pretenden resultar ingeniosos en sus diatribas o mezquindades. A menudo no lo son, por mucho que sus acólitos les rían las gracias sin sal, pero, claro está, hay excepciones y las ha habido. Y hay que admitir que es tentador, lanzar pullas y echar por tierra falsos prestigios. No diré que yo no haya incurrido en ello, más como respuesta a un ataque previo —eso creo— que por propia iniciativa. Casi nadie está libre de ese pecado (se me ocurren Eduardo Mendoza y pocos más, entre los vivos). Pero una cosa es enzarzarse en una ocasional ­polémica o duelo y otra dedicarse a arrojar venablos, vengan o no a cuento.

Hay géneros que los propician, como las memorias, las autobiografías, las semblanzas de contemporáneos y los diarios. Los que más, estos últimos, y por eso nunca los he escrito y rarísima vez los leo. Nadie puede negar que una malicia oportuna y certera a veces tiene su encanto, sobre todo si es oral y después se la lleva el viento. Por escrito, en cambio —impresa—, a mí me produce casi siempre un pésimo efecto, del que sin duda no se percatan quienes las publican alegre y vanidosamente. Siendo admirador de Bioy Casares, me negué a leer su grueso volumen sobre sus charlas vespertinas con Borges al enterarme de que allí aparecían consignadas todas las malignidades que de viva voz esparcía el maestro más viejo. Habría sido divertido y provechoso, a buen seguro, asistir a esas reuniones privadas, pero intuí que asomarme a ellas luego, “encuadernadas” y en frío, me traería más malestar que placer, y que conocer los chismorreos y dardos de dos hombres inteligentes me los rebajaría. El espectáculo de la mala uva, del desdén, de la soberbia o del resentimiento nunca es grato, excepto para aquellos —españoles a millares, como he dicho— que viven gran parte del tiempo instalados a gusto en ellos.

Lo curioso es con cuánta frecuencia uno se encuentra con que los escritores más fustigadores y maledicentes son los de piel más fina. Sueltan sin cesar sus venenillos, pero si alguien les paga con la misma moneda, no es ya que se enfurezcan, sino que se sorprenden enormemente y se quedan desconcertados. El escritor matón (como los matones de cualquier índole) aspira además a la impunidad. Se permite toda clase de desprecios o exabruptos y no cuenta con que, yendo así por el mundo, lo más probable es que le toque fajarse y recibir unos cuantos golpes. Por el contrario, cuando le devuelven el mandoble, se duele, se escandaliza, no se lo logra explicar y se asombra. Sé de uno que reacciona así siempre: “Fíjate lo que ha dicho Fulano de mí, el muy agresivo”. “Ya”, le contesta su interlocutor, “pero es que tú habías dicho antes cien atrocidades de él”. La respuesta del matón puede ser: “Eso no tiene que ver”, o “Lo mío era bien poca cosa”. Sí, lo del matón siempre es para él poca cosa.

Me he acordado de este tradicional personaje, tan hispánico, al ver el solivianto de los separatistas catalanes ante un par de guasas recientes. Se han ofendido y puesto severos por unas chirigotas gaditanas. Que éstas son de mal gusto e hirientes las más de las veces, a nadie se le escapa, es su esencia. También les ha sentado como un tiro la broma de Tabàrnia, son los únicos que se la han tomado en serio, aterrados. Por definición, los fanáticos carecen de sentido del humor cuando se les toma el pelo a ellos. Porque esos mismos separatistas han aplaudido durante años el programa satírico Polònia, que se choteaba un poquito de los catalanes ineptos y mucho de los ineptos del resto de España. Su creador y alma se preguntó hace poco en un tuit si era delito de odio desear que un camión arrollara a los jueces del Supremo (no sé si lo acompañó de risas enlatadas). Durante cinco años, esos separatistas no han tenido reparo en vilipendiar —ni siquiera en tono de chanza— a los andaluces, extremeños, castellanos, madrileños y españoles en general, tachándolos de ladrones, vagos, parásitos, fascistas, franquistas, magrebíes, atrasados, analfabetos y ordinarios, sin rehuir ellos mismos las expresiones ordinarias y analfabetas. Han bastado un par de burlas, las chirigotas y Tabàrnia, para que los pertinaces deslenguados se hayan hecho mil cruces y rasgado las vestiduras. Pretenden tener el monopolio del insulto, y ojito si les responde alguien, ni en broma. Lo propio de los matones.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de febrero de 2018