Nuevo libro de Javier Marías. ‘Cuando los tontos mandan’

CUANDO LOS TONTOS MANDAN
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, 15 de febrero de 2017

Javier Marías es un outsider más necesario que nunca en estos tiempos. Con su estilo elegante, su exquisita educación y su gran sentido del humor, lleva a cabo en sus artículos algo infrecuente: matizar, razonar, dar mandobles a unos y a otros cuando lo considera conveniente, no ejercer banderías ni lo políticamente correcto. Sus columnas de los domingos, en las que tan a menudo combate con pasión la ideología oficial y el pensamiento trillado, han convertido a Marías en una de las voces más representativas y valoradas de la auténtica disidencia.

[De la Nota del editor]

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LA ZONA FANTASMA. 28 de enero de 2018. ‘Invadidos o usurpado’

Cada día me acuerdo más de aquella película de Donald Siegel, La invasión de los ladrones de cuerpos, de 1955, que además ha tenido por lo menos tres remakes (el último malo a rabiar, con Nicole Kidman). La original sigue siendo inigualable, con su modesto presupuesto en blanco y negro. En la localidad californiana de Santa Mira la gente empieza a sufrir una manía o alucinación colectiva: niños que aseguran que su madre no es su madre, sobrinas que niegan a su tío, pese a que la madre y el tío mantengan no sólo su apariencia física de siempre, sino todos sus recuerdos. A quienes denuncian la “suplantación” se los toma por trastornados, hasta que los personajes principales, encarnados por Kevin McCarthy y Dana Wynter, descubren que en efecto se está produciendo una usurpación masiva de los cuerpos: en unas extrañas vainas gigantes se van formando clones o réplicas exactas de todos los individuos, a los que sustituyen durante el sueño. Nadie cambia de aspecto, los clones heredan o se apropian de la memoria de cada ser humano “desplazado”, todo parece continuar como siempre. Lo que alerta a quienes aún no han sido “robados” es la ausencia de emociones, de pasiones, la mirada hosca o neutra de los ya duplicados. Son los de toda la vida y a la vez no lo son. Son inhumanos.

Si me acuerdo tan a menudo de esa película y de la novela de Jack Finney en que se inspiró, es porque desde hace tiempo —y la cosa me va en aumento— tengo la sensación de que se está produciendo en el mundo una invasión de ladrones de cuerpos y mentes. No se trata de que las nuevas generaciones me resulten marcianas (no es así), sino que percibo esos cambios incomprensibles en personas de todas las edades. A muchos que juzgaba “normales” y razonables los veo ahora anómalos e irracionales. Demasiadas actitudes me son inexplicables y ajenas, negadoras o deformadoras de la realidad. Es inexplicable que millones de americanos hayan elegido a Trump como Presidente, y que los rusos estén encantados con la eternización en el poder de un autócrata megalómano; que los filipinos hayan votado a un asesino confeso, y buena parte de los franceses a Le Pen la racista, y no pocos alemanes a una formación neonazi, como los húngaros y polacos a sus actuales gobernantes. También que decenas de millares (incluidas mujeres) se hayan unido voluntariamente al Daesh sanguinario (y brutalmente machista). A una porción de catalanes los veo también “invadidos”, sólo así se entiende que festejen los desafueros y mentiras constantes de los líderes independentistas. Pero mi extrañeza no se da sólo en política.

Algunas obras artísticas que me parecen muy buenas triunfan, pero cuanto me parece horroroso lo hace indefectiblemente. Si leo una novela o veo una película o una serie espantosas (según mi criterio, claro), no falla que las ensalce la crítica y reciban premios. Los cómicos de hoy los encuentro sin gracia en su mayoría, toscos y con mala leche, y a la vez me da la impresión de que el sentido del humor y la ironía han sido desterrados del universo. La gente que suelta las mayores barbaridades e insultos no tolera luego la más mínima crítica. La discrepancia es anatema: si cien francesas publican un manifiesto razonado y sensato, advirtiendo de una puritana ofensiva contra la sexualidad y las libertades, al instante se las tacha de “traidoras” y “cómplices del patriarcado”, a las que éste encarga “el trabajo sucio”. Sus congéneres frenético-feministas (más bien antifeministas disfrazadas) les niegan su capacidad de iniciativa y su autonomía de pensamiento, y las reducen a peleles, despreciando así a aquellas mujeres que no les dan la razón en todo, lo típico de los totalitarios. Yo escribo que los reiterativos textos y noticias sobre la proporción de mujeres en cualquier actividad no logran interesar a la mitad de la población (y dudo que a la otra mitad tampoco), y una articulista me acusa de pretender que las mujeres como ella se callen, nada menos. También a estas personas las veo “invadidas”, para mi congoja. O no razonarían de manera a la vez tan falaz y ramplona.

Leo que a unas cajeras que robaban en su supermercado dicta la justicia que se les paguen unos miles de euros por no habérseles advertido que serían observadas por las cámaras que han probado sus sustracciones. Son incontables los jueces que parecen asimismo “invadidos”: los que ponen en cuestión, por ejemplo, la conducta o la vestimenta de una mujer violada, o si se mostró o no desolada después de su sufrimiento. No soy tan ingenuo ni tan soberbio como para no preguntarme si no seré yo el “invadido”, si no soy yo a quien los ladrones han robado cuerpo y mente. Lo único que me impide darlo por seguro y concluir que soy el equivocado (que Trump es genial y beneficioso, etc), es que aún veo a muchos ciudadanos tan perplejos como yo, y tan escamados. El día que me quede solo admitiré mi grave anomalía. O el día en que venere a Putin, a Maduro, a Berlusconi y a Al Sisi y a Erdogan, a Orbán y al jefe del Daesh Al Baghdadi, todo me parecerá perfecto en el mundo y sabré que por fin he sido usurpado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de enero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 21 de enero de 2018. ‘Desdén’

La Real Academia Española, que en 2013 cumplió tres siglos, solía financiarse en buena medida con las ventas de sus publicaciones, sobre todo con las del Diccionario, antes abreviado en DRAE y ahora en DLE (Diccionario de la Lengua Española, al ser obra de todas las Academias, no sólo de la de nuestro país). No es una institución estatal, sino mayormente privada. Desde hace años, sin embargo, esas ventas en papel han caído drásticamente, más que nada porque el DLE puede consultarse desde el ordenador, la tableta y el móvil, infinitas veces y gratis. De modo que casi nadie se molesta en adquirir el volumen impreso: para qué, si éste pesa y abulta y es más rápido buscar online las definiciones. De la utilidad del Diccionario da cuenta el número de consultas que recibe mensualmente: unos setenta millones, que a veces llegan a ochenta. Los visitantes no son sólo personas con curiosidad por la lengua ni “profesionales de la palabra” (escritores, traductores, editores, correctores). También sirve a los poderes del Estado a la hora de redactar leyes o enmendar la Constitución, por ejemplo; a los juristas, jueces, fiscales, abogados y notarios (más aún les servirá a todos éstos el reciente Diccionario Jurídico, dirigido por Muñoz Machado, actual Secretario). Cabe suponer que todo el mundo se congratula de que desde el siglo XVIII exista una norma, o más bien una referencia y orientación, para los vocablos. Que ayude a percibir los matices y las precisiones, que aclare los sinónimos y los que no acaban de serlo, que recoja y registre las evoluciones del habla, que señale lo que es anticuado o desusado y lo que es peyorativo. Que nos ayude a entender y a hacernos entender cuando hablamos o escribimos.

Hace una semana traté aquí de la gratitud menguante. Veo pocos casos de mayor ingratitud que la dispensada a la RAE. Lo habitual es que se lancen denuestos y burlas contra ella; que se la considere vetusta y “apolillada”. Cuando tarda en admitir términos nuevos, se la critica por lenta y timorata; cuando se apresura a incorporarlos (y a mi parecer lo hace en exceso, sin aguardar a ver si una palabra arraiga o caduca en poco tiempo), se la acusa de manga ancha y papanatismo. Si rehúsa agregar vocablos mal formados, idiotas o espurios, probables flores de un día, se le achaca cerrazón y si se niega a suprimir acepciones que molestan a tal o cual sector (es decir, a ejercer la censura), se la tacha de machista, racista, sexista o “antianimalista”, sin comprender que las quejas han de ir a los hablantes, los cuales emplean las palabras que se les antojan independientemente de que figuren o no en el DLE. Lo que rarísima vez se expresa es gratitud hacia el trabajo de tantos académicos que han dedicado su mejor saber y su tiempo a precisar el idioma desde hace trescientos años. No digamos hacia los desconocidos lexicógrafos y filólogos sobre los que recae la mayor parte de la tarea. Huelga decir que esas personas perciben un sueldo, como es de justicia. Los académicos percibimos unos emolumentos modestísimos, en función de nuestras asistencias. Y si no asistimos, nada, como es lógico. Este año esos emolumentos se verán reducidos en un 30%, por la escasez de ingresos y ayudas. Desde el inicio de la crisis la plantilla de trabajadores ha sufrido recortes y mermas y aun así no alcanzan los presupuestos.

Si una institución recibe entre setenta y ochenta millones de consultas al mes, su utilidad está fuera de duda. Bastaría con que cada usuario aportara diez céntimos al año para resolver las penurias. Pero es que además salen gratis, esas consultas. La RAE sirve a la sociedad española y a las latinoamericanas, sirve a los ciudadanos y al Estado. Pues bien, el Ministerio de Educación, que contribuía a su mantenimiento con una cantidad anual, la ha ido reduciendo a lo bestia. Si en 2009 aportaba 100 (es un decir, para entendernos), en 2018 aporta 42,34, y en 2014 se quedó en 41,26. Al Gobierno y al PP se les llena la boca de patriotismo y presumen sin cesar de que nuestra lengua es hablada por casi 500 millones de individuos, de que sea la segunda o tercera más utilizada en Internet y otras fanfarrias. Pero vean que es todo pura hipocresía. Su desinterés, su desprecio, su animosidad hacia la cultura son manifiestos. Buscan arruinar a la gente del cine, el teatro, la música, la literatura, el pensamiento y la ciencia. ¿Por qué no a la de la lengua? Quienes no deben hacerlo ignoran lo difícil que es definir una palabra. Hace poco, en mi comisión, nos tocó redefinir “reminiscencia”. Había que diferenciarla de “rememoración”, “remembranza”, “recuerdo”, cada vocablo está lleno de sutilezas. También nos ocupamos de términos coloquiales: ¿cuál es la diferencia entre “pedorra” y “petarda” (o “pedorro” y “petardo”, desde luego)? Nos las vemos con lo más sublime, lo más técnico y lo más zafio, y a todo hemos de hacerle el mismo caso. Rajoy ha mostrado su desdén no pisando jamás la Academia. Muchos no lo echamos de menos. Pero a los trabajadores sí les preocupa su subvención cada vez más tacaña, ya que ven peligrar sus puestos. Y a la institución también, que a este paso bien podría dejar de prestar un día todos sus gratuitos servicios.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de enero de 2018

LA ZONA FANTASMA. 14 de enero de 2018. ‘Gratitud cada vez más tenue’

Llevo tiempo observando que una de las cosas que más han cambiado en este siglo es la noción de agradecimiento. Si alguien se portaba bien con uno, o le hacía un favor, o le prestaba dinero y lo sacaba de un apuro, o lo consolaba en el desánimo, eso solía quedar en nuestra memoria para siempre. Bastaba con una sola ocasión, un solo gesto de generosidad, para que nuestra gratitud fuera imperecedera. Yo, desde luego, he procurado llevar eso al extremo: he tenido en cuenta hasta deferencias mínimas. Durante años un viejo amigo me dio motivos para retraerle la amistad, y sin embargo tardé muchísimo en hacerlo porque un día de 1981 le pedí que, ya que vivía en la misma calle que una novia extranjera que tenía yo por entonces y que estaba enferma (no recuerdo por qué, yo no podía desplazarme), se acercara a verla y a llevarle unos medicamentos. No era un gran sacrificio ni nada extraordinario, pero que se mostrara dispuesto me bastó para guardarle agradecimiento imprescriptible. Si alguien hacía algo por uno una sola vez, eso ya no se borraba. También he contado en alguna entrevista que mi ya larga amistad con Pérez-Reverte no es ajena a lo siguiente: en 1995 abandoné una editorial de prestigio y poderosa. La ruptura no estuvo relacionada con la mejor oferta de otra ni nada por el estilo (de hecho no tuve una nueva novela hasta 1998), sino con mi descontento y mis sospechas. Me encontré con un vacío y una insolidaridad absolutos por parte de mis colegas novelistas. No es que yo les pidiera ni esperara que dijeran nada públicamente, claro (no involucro a los demás en mis litigios), pero es que ni siquiera en privado casi nadie me dio el menor ánimo (se teme enemistarse con el poderoso). Pérez-Reverte, al que entonces no conocía, tuvo el detalle de acercárseme en una presentación y decirme: “Ya sé de tus problemas. Si te puedo echar una mano, o necesitas un abogado, cuenta conmigo”. No tenía por qué, y en aquella época de soledad se lo agradecí muchísimo. Como también la solidaridad que me brindó Manuel Rodríguez Rivero. Son cosas que no se olvidan, o que yo no olvido. No necesitaba reiteración ni acumulación para tener a esas personas un miramiento (casi) eterno y a prueba de bombas.

Eso ya no existe mucho. Parece como si los favores no contaran a menos que se prolonguen indefinidamente. El que se rindió en el pasado es eso, pasado, y hay que renovarlo continuamente para mantener el agradecimiento. Es como si todo lo habido careciera de peso en cuanto los favores se interrumpen, por lo que sea. En lo personal y en lo público. Miren lo que le pasó a Puigdemont el día en que iba a renunciar a la DUI y a convocar elecciones. Quienes llevaban dos años jaleándolo y teniéndole gratitud se revolvieron al instante y lo llamaron traidor porque ya no hacía lo que ellos querían. Cuanto había hecho con anterioridad se había esfumado. Tanto pánico le dio que acabó por incurrir en la mayor sandez (bueno, una más de las suyas), y ahí lo tienen, con la chaveta perdida en Bruselas. En lo que a mí respecta, durante más de veinte años di un trato de amistad y privilegio a un matrimonio, con el que tuve incontables deferencias y al que ayudé a ganar dinero en tiempos difíciles, durante la crisis. Fue suficiente que en una ocasión no pudiera hacerles a marido y mujer el favor acostumbrado (o no quisiera del todo, tras un roce) para encontrarme con una actitud de insolencia y desprecio. Es más, precisamente por lo continuado de los favores, habían perdido de vista que se trataba de eso, de un favor entre amigos, pero favor al cabo, y se permitieron recriminarme que por una vez no se lo hiciera, o no a su gusto. Habían pasado a considerarlo una especie de obligación por mi parte, algo insólito. Y descubrí con amargura que nada de lo habido durante veinte años largos contaba: ni las molestias que me había tomado, ni las muchas horas dedicadas, ni el esfuerzo, ni el distanciamiento que me había ganado de otros por mi “favoritismo” hacia ellos. Se me quedó el alma helada, y no me cupo sino concluir que lo que para mí habían sido dos decenios de cordialidad y afecto, por el otro lado habían sido meros interés e hipocresía. Todo marchaba bien mientras el favor fuera permanente. Un solo “fallo” justificado bastaba para anular cuanto había acumulado.

Sí, el agradecimiento ha cambiado, se ha hecho tan tenue para muchos, que a uno a veces le dan ganas de no prestar más favores. ¿Para qué, si no se van a apreciar a menos que se perpetúen? ¿Y para qué va uno a perpetuarlos, si esa continuidad va a acabar convirtiéndolos en un “deber”, en una “deuda” para quien los hace, y le van a reprochar que los suspenda? No sé, es como si una Navidad no pudiera darles aguinaldo a mis sobrinos (por andar mal de fondos, por ejemplo), y ellos me lo reclamaran y me lo echaran en cara y dejaran de hablarme. No pasaría, mis sobrinos son muy buenos chicos, y considerados. Pero miren a su alrededor y díganme si no han sufrido sorpresas de este tipo. Atrévanse a decirme que la noción de gratitud no ha cambiado. Pero, con todo y con eso, quien conserva la antigua nunca dejará de hacer favores, no sólo porque siempre haya excepciones, sino porque tampoco suele esperar que se los devuelvan. Sólo que le den las gracias.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de enero de 2018

Nuevo libro de artículos de Javier Marías

CUANDO LOS TONTOS MANDAN
JAVIER MARÍAS
Alfaguara, febrero de 2017

Cuando los tontos mandan recoge los artículos publicados por el autor en El País Semanal entre febrero de 2015 y febrero de 2017, y constituyen una especie de crónica política, cultural y social del período. Abordan la actualidad y plantean temas de reflexión lejos de convencionalismos y lugares comunes, y nos brindan las herramientas necesarias para pensar libremente.

LA ZONA FANTASMA. 7 de enero de 2018. ‘El último bastión’

Ningún hecho ha habido más épico en los últimos cien años que la resistencia de Inglaterra, sola, durante la Segunda Guerra Mundial. Lo sabe cualquiera que haya leído libros sobre el conflicto o haya visto unas cuantas películas: éstas empezaron a hacerse durante la contienda y el filón no se ha agotado, casi ocho decenios más tarde. Uno detrás de otro, los países europeos habían caído derrotados, invadidos (de Polonia a Francia), o se habían proclamado neutrales (Suecia, Suiza), o se habían aliado con Hitler (la Unión Soviética, hasta 1941, cuando los nazis rompieron el pacto de no agresión) o habían sido “convencidos” (Italia, España, Hungría, Croacia, la Noruega de Quisling). Los Estados Unidos sesteaban y se desentendían. E Inglaterra, durante un tiempo que se le debió hacer eterno, aguantó en solitario y con escasa esperanza. Lástima que ahora se haya convertido en uno de los detractores y desertores de la actual Inglaterra, salvando todas las distancias.

La Inglaterra actual es para mí la Unión Europea. Por fortuna, el dramatismo de la situación no es comparable, y no hay guerra abierta. Pero, si las nuevas generaciones están ansiosas de tener su épica, no hay mejor causa que defender el único bastión de las libertades que queda en nuestro mundo, atacado por casi todos los flancos sin que nos demos mucha cuenta de ello. Es más, quienes deberíamos defender ese bastión a ultranza lo criticamos y nos quejamos de él a menudo. No es que no haya motivos. La Unión Europea está llena de defectos, es burocrática, con frecuencia parece arbitraria y en ocasiones será injusta. Siempre se dice que es sólo un proyecto económico y que no resulta “ilusionante”. Pero nuestra visión debería mejorar si nos paramos a pensar que es lo único digno de conservación que tenemos, y que además fue un extraordinario invento del que no son conscientes muchos jóvenes. Han nacido ya con ella, y encuentran natural recorrer Europa con un DNI y sin cambiar de moneda, poderse trasladar a casi cualquier país manteniendo sus derechos y sin verse tratados como inmigrantes ni intrusos. Y más natural aún les parece que en ese territorio no haya guerras ni enemigos, sino lo contrario, solidaridad y colaboración y amigos. Si esos jóvenes (o demasiados viejos desmemoriados e ingratos) se molestaran en repasar un manual de Historia, sabrían que lo propio de nuestro continente, desde el inicio de los tiempos hasta fecha tan reciente como 1945, fue que los países se mataran entre sí y se mostraran beligerantes. La historia europea es una sucesión de escabechinas e invasiones, que sólo cesaron gracias a este proyecto hoy desdeñado, cuando no denostado. Esos jóvenes despreocupados y esos viejos irresponsables dan esa paz por descontada, y así nadie se afana por defender la mejor idea jamás alumbrada por nuestros antepasados.

Algo tendrá de buena y envidiable esa Unión cuando, si se fijan, hoy la ataca o la quiere debilitar casi todo el mundo. Trump la detesta y la boicotea, Putin procura disgregarla y romperla valiéndose de lo que sea, los yihadistas del Daesh y otros grupos intentan destruirla (¿cuántos atentados padecidos ya en nuestras tierras, incluido el de Barcelona que el ensimismamiento soberanista olvidó tras sus breves aspavientos? ¿Cuántos muertos?). La Venezuela de Maduro abomina de ella, y en nuestro propio seno es combatida con virulencia por los retrógrados de cada país: los xenófobos británicos ya han logrado abandonarla, y por consiguiente torpedearla; en Francia, la racista Le Pen propone acabar con ella, como las extremas derechas holandesa, escandinava, alemana, austriaca y flamenca. También los grupos de la falsa y reaccionaria extrema izquierda la odian y desearían que desapareciera, y a toda esta gente se le han unido ahora los independentistas catalanes. Para uno de los más conspicuos, el comisario político Llach, los europeos son “cerdos”, y para Puigdemont “una vergüenza”. Y un par de naciones o tres forman ya una especie de quinta columna dentro de la propia Unión: Polonia, Hungría, Eslovaquia, que pretenden convertirse en semidictaduras sin separación de poderes y con prensa amordazada. Es seguro que si pidieran ahora su ingreso en el club, bajo sus actuales leyes y mandatarios, los demás miembros se lo denegarían. Es más fácil impedir el paso que expulsar a los ya instalados. En la Unión Europea no hay pena de muerte, hay elecciones democráticas y libertad de expresión y de prensa, y asistencia sanitaria aceptable; los diferentes países no pueden hacer cuanto se les antoje sin ser amonestados (por mucho que los “pueblos” aprobaran referéndums para reestablecer la esclavitud, por ejemplo, eso no se consentiría). Con los Estados Unidos y Rusia convertidos en naciones autoritarias, por no hablar de la China, Turquía, las Filipinas, Egipto, Myanmar, Venezuela, Arabia Saudí y otros países musulmanes, y por supuesto Cuba, díganme si queda algún otro baluarte de las libertades a este lado del Atlántico. Cierto que no hay una figura con el carisma y la retórica de Churchill. Pero tanto da: para quienes anhelan su épica, aquí la tienen: la defensa de un puñado de democracias cabales contra el resto del globo, o casi.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de enero de 2018