LA ZONA FANTASMA. 19 de febrero de 2017. ‘Hugo Trump o Donald Chávez’

Cuando escribo esto, Trump lleva dos semanas como Presidente. Cuando ustedes lo lean, llevará cuatro, así que los estropicios se habrán duplicado como mínimo. A mí no me da la impresión de que ese individuo con un dedo de frente quiera cumplir a toda velocidad sus promesas electorales, o hacer como que las cumple, o demostrar que lo intenta (hoy, un sensato juez de Seattle le ha paralizado momentáneamente su veto a la entrada de ciudadanos de siete países musulmanes). La sensación que me invade es de aún mayor peligro, a saber: se trata de un sujeto muy enfermo que debería ser curado de sus adicciones, la mayor de las cuales es sin duda su necesidad de hiperactividad pública, de tener las miradas puestas en él permanentemente, de no dejar pasar una hora sin proporcionar sobresaltos y titulares, provocar acogotamientos y enfados, crisis diplomáticas y tambaleos del mundo. Su incontinencia con Twitter es la prueba palmaria. Quienes tuitean sin cesar, es sabido, son personas megalomaniacas y narcisistas, es decir, gravemente acomplejadas. No soportan el vacío, ni siquiera la quietud o la pausa. Un minuto sin la ilusión de que el universo les presta atención es uno de depresión o de ira. Precisan estar en el candelero a cada instante, y los instantes en que no lo están se les hacen eternos, luego vuelven a la carga. Hay millones de desgraciados que, por mucho que se esfuercen y tuiteen, siguen siendo tan invisibles e inaudibles como si carecieran de cuenta en esa red (si es que esa es la palabra: lo ignoro porque no he puesto un tuit en mi vida).

Pero claro, si uno se ha convertido misteriosamente en el hombre más poderoso de la tierra, tiene asegurada la atención planetaria a las sandeces que suelte cada poco rato. El eco garantizado es una invitación a continuar, a aumentar la frecuencia, a elevar el tono, a largar más improperios, a dar más sustos a la población aterrada. Es el sueño de todo chiflado: que se esté pendiente de él, y no sólo: que se obedezcan sus órdenes. Ya han surgido comparaciones entre Trump y Hitler. Por fortuna, son prematuras. A quien más se parece el Presidente cuyo incomprensible pelo va a la vez hacia atrás y hacia adelante; a quien ha adoptado como modelo; a quien copia descaradamente, es a Hugo Chávez. Éste se procuró a sí mismo un programa de televisión elefantiásico (Aló Presidente), obligatorio para todas las cadenas o casi, en el que peroraba durante horas, sometiendo a martirio a los venezolanos. Era faltón, no se cortaba en sus insultos (“¡Bush, asesino, demonio!”, le gritaba al nefasto Bush II que ahora nos empieza a parecer tolerable, por contraste), le traían sin cuidado las relaciones con los demás países y los incidentes diplomáticos, gobernaba a su antojo y cambiaba leyes a su conveniencia, y sobre todo no paraba, no paraba, no paraba. Recuerden que la desesperación llevó al Rey Juan Carlos, por lo general discreto y afable, a soltarle “Pero ¿por qué no te callas?”, ante un montón de testigos y cámaras. Trump es un imitador de Chávez, sólo que con tuits (de momento). Es su gran admirador y su verdadero heredero, porque Maduro es sólo una servil caricatura fallida.

Pero detrás de Trump hay más gente, aparte de los 62 millones de estadounidenses suicidas que lo votaron, bastantes de los cuales deben de estar ya arrepentidos. Detrás están Le Pen y Theresa May y Boris Johnson y Farage, están Orbán y la títere polaca del gemelo Kaczynski superviviente, está sobre todo Putin. Está el Vicepresidente Pence, un beato fanático, tanto que en Nueva York se me dijo que había que rezar por la salud de Trump, paradójicamente, para que su segundo no lo sustituyera en el cargo. Y está Stephen Bannon, su consejero principal, un talibán de la extrema derecha en cuya web Breitbart News se ha escrito que abolir la esclavitud no fue buena idea, que las mujeres que usan anticonceptivos enloquecen y dejan de ser atractivas, que “padecer” feminismo puede ser peor que padecer cáncer … Este comedido sabio va a estar presente en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional por imposición de Trump, contraviniendo la inveterada costumbre de que a ellas no asistan asesores ideológicos del Presidente, que le puedan persuadir de tirar bombas donde y cuando no conviene.

Ha llegado ya, muy pronto, el momento de hacer algo. Pero ¿qué? Los Gobiernos están semiatados, las sociedades no tanto. Antes o después a alguien se le ocurrirá un boicot a los productos estadounidenses. Según Trump, todos los países se han aprovechado del suyo. Pero a todos el suyo les vende infinidad de cosas (desde cine hasta hamburguesas), y de eso depende en gran medida el éxito o el fracaso de su economía. Si la economía falla, los empresarios y las multinacionales se enfadan mucho. Y se enfadarán con Trump, Pence y Bannon, quizá hasta el punto de querer que se vayan, o de obligarlos a cambiar de estilo y de ideas. El estilo Chávez es ruinoso, eso ya está comprobado.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de febrero de 2017

Presentación de la edición conmemorativa de ‘Corazón tan blanco’

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Javier Marías recupera ‘Corazón tan blanco’ 25 años después: “Pensar en la posteridad para un escritor es ridículo”
EUROPA PRESS, 14 de febrero de 2017

Javier Marías: “El concepto de posteridad pertenece ya al pasado”
EFE/La Vanguardia, 14 de febrero de 2017

Javier Marías: “Internet es la imbecilidad organizada”
El Confidencial, 14 de febrero de 2017

FOTO. JAIME VILLANUEVA

FOTO. JAIME VILLANUEVA

Javier Marías: “Que un libro siga vivo es un milagro”
JUAN CRUZ
El País, 14 de febrero de 2017

Javier Marías: “Creo que antes escribía mejor”
ANTONIO LUCAS
El Mundo, 15 de febrero de 2017

Marías: “Lo peligroso es la estupidez organizada”
ULISES FUENTE
La Razón, 15 de febrero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 12 de febrero de 2017 ‘Obras y alardes’

No sé si fue así, me lo han contado: al parecer, según el programa de la SER de Gemma Nierga, hace unas semanas se me instó a “aclarar las palabras” de mi columna Ese idiota de Shakespeare ­(22-1-17) en presencia de la excelente actriz Blanca Portillo, y “mi equipo” declinó la invitación. Como no se refirieran al Real Madrid, ignoro de qué “equipo” hablaban, pues no tengo de eso. Nadie me llamó en todo caso, ni a nadie a mí cercano. Vaya este preámbulo para que Blanca Portillo no me crea tan descortés con ella como desabrida ha sido ella conmigo. Otras colegas suyas han sido agresivas o groseras, soliviantadas ante dicha columna. No sé si vale la pena explicar algo, dado cómo lee hoy mucha gente, o cómo decide leer, y atribuirle a uno lo que no ha escrito en absoluto. Pero que por mí no quede.

Dije que hacía años que no iba al teatro para no exponerme a sobresaltos. Eso no significa que no haya ido mucho ni que no pueda regresar mañana. Numerosas veces he protestado del IVA punitivo con que lo grava este Gobierno, y en cuanto a los sueldos de las mujeres, véase mi artículo Trabajo equitativo, talento azaroso, de no hace ni tres meses, para saber mi postura ante esa injusticia. De lo que hablé fue de un tipo de teatro, que abunda desde hace ya lustros, en el que el texto es lo secundario. Soy un espectador –y un lector– a la vez ingenuo y resabiado. Resabiado porque he visto y leído no poco, y sobre todo porque me dedico a escribir ficciones y el primer obstáculo con que me encuentro es que en principio me cuesta vencer mi incredulidad ante lo que invento y narro. Así que me exijo (seguramente no lo bastante). Fue el poeta y crítico Coleridge quien en 1817 acuñó la expresión “voluntaria suspensión de la incredulidad”, que desde entonces se ha aplicado a lo que todos necesitamos para adentrarnos en casi cualquier obra ficticia, sea fantástica o realista. Cuando uno va al teatro, sabe que está en el teatro; no ha olvidado que viene de la calle y que ha dejado a los niños con la canguro. Cuando la función empieza –y aquí entra el espectador ingenuo que soy–, uno precisa algo de ayuda por parte de quienes la llevan a cabo, no lo contrario. Si uno se propone contemplar una obra, claro está, y no un “alarde” escénico, interpretativo o circense. Hay quienes van a ver esto último precisamente, y son muy dueños. Pero si a mí se me anuncia un clásico, Shakespeare de nuevo, confío en que el montaje no vaya contra él, o que no lo tome como mero pretexto para lucimientos diversos.

Si Glenda Jackson hace de Rey Lear, dije, me resulta imposible creérmelo: estaré viendo a Jackson todo el rato, por magnífica que sea su interpretación, lo que no pongo en duda. Mencioné un montaje inglés de Julio César en una cárcel de mujeres y con elenco exclusivamente femenino, y añadí: “La verdad, para mí no, gracias”. No sostuve que eso no debiera hacerse ni critiqué a los que van a verlo. Allá cada cual, faltaría más que no pudiéramos elegir espectáculo. Ahora se da esta moda, pero la contraria me impide suspender mi incredulidad igualmente, y por eso me referí a la Celestina del admirable José Luis Gómez. Hace décadas Ismael Merlo interpretó a Bernarda Alba, y lo lamento, no podía dejar de reconocer a Merlo, esforzándose. Si a Laurence Olivier se le hubiera antojado encarnar a la Reina Gertrudis en vez de a Hamlet, por bien que hubiera hecho su trabajo, habría visto a Olivier haciendo un alarde y no me habría creído su personaje. Como si a John Wayne le hubiera dado por hacer de Pocahontas o Clark Gable se hubiera empeñado en ser Escarlata O’Hara, afeitado el bigote y cuanto ustedes quieran.

A quienes escribimos ficciones nos acechan las inverosimilitudes por todas partes. Dejó de interesarme la celebrada House of Cards cuando el Vicepresidente estadounidense (Kevin Spacey) mata con sus propias manos a una periodista en el metro … y nadie lo ve, ni lo capta una cámara. Lo siento, pero un Vicepresidente no está para esos menesteres. Se los encarga a un sicario, a través de intermediarios; como mínimo, a su esbirro de mayor confianza. Uno recobra la incredulidad muy fácilmente, por un detalle o una vuelta forzada del argumento, por falta de ayuda. Hablé de la costumbre de convertir en nazis o gangsters a los personajes shakespeareanos. Aparte de vetusta (el primero en vestirlos como a Goebbels fue Orson Welles hacia 1940), se hace arduo situar en esas épocas a un Macbeth que cree en profecías de brujas. Es lícito “recrear” o “reinterpretar” a los clásicos, pero prefiero que se me advierta que voy a contemplar algo “inspirado” en ellos, y no Fuenteovejuna de Lope o Enrique V de Shakespeare. Hablo por mí –hay que insistir, cielo santo–, como espectador resabiado e ingenuo. Se me ha reprochado, por último, opinar lo que opiné desde EL PAÍS y siendo miembro de la Real Academia, una “irresponsabilidad”. Veamos, ¿por escribir en este diario debo limitar mi libertad de opinión? ¿Por pertenecer a la RAE debo inhibirme y domesticarme? Pues ni lo sueñen. Menuda ganancia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de febrero de 2017

LA ZONA FANTASMA. 5 de febrero de 2017. ‘¡Oigan!’

Como quien oye llover. Dios te oiga. Oye tú, ¿qué te crees? Oiga, ¿me permite una pregunta? Oído (es decir, enterado). Oyó las campanadas del reloj, eran las dos. No quiero oír una queja más. Oí un ruido espantoso. He oído que tienes novia. Oír, ver y callar. Se oyeron disparos. Como lo oyes. No oigo bien con este oído. ¡Oiga usted!

Todas estas expresiones están a punto de desaparecer o van desapareciendo de nuestra lengua. El porqué es un misterio. Resulta difícil determinar cuándo los cursis horteras (no son términos excluyentes, sino que con frecuencia van juntos) decidieron que el verbo “oír” era “malsonante” o por lo menos no “fino”, algo tan absurdo como dictaminar lo mismo respecto al verbo “ver”. A diferencia de cien mil otras aberraciones, esta no procede del inglés mal traducido: en esa lengua aún se distingue perfectamente entre “to hear” y “to listen”, “oír” y “escuchar” respectivamente. Tampoco es un catalanismo contagiado por los muchísimos catalanes con protagonismo en la radio y en la televisión nacionales. Ellos, en su lengua, diferencian y no confunden “sentir” y “escoltar”. ¿Qué ha sucedido para que en el español de hoy todo se “escuche”, hasta las cosas más grotescas y menos escuchables? Si me ocupo de la cuestión es, lo confieso, porque me saca especialmente de quicio. La suplantación se da por doquier: en los telediarios, en las películas y series (teóricamente escritas por guionistas que deberían conocer mínimamente su lengua), en el habla de la gente, hasta en novelas y en este diario, que en tiempos remotos presumía de estar escrito correctamente. (Hace poco leí en un titular que no sé cuántas personas “atenderán a la toma de posesión de Trump”, en vez de “asistirán”, que es lo que significa “to attend” en el inglés que ya pocos traducen; la mayoría se limita a trasponerlo tal cual, aunque incurra en disparates.)

Oigo o leo continuamente incongruencias de este calibre: “Escuché disparos”. “Se escuchó una explosión tremenda”. “El teléfono va mal, no te escucho”. “Me seguían, o al menos escuché pasos a mi espalda”. “Se escucharon las campanas de la iglesia”. “No te he escuchado llegar”. “Sin querer, escuché lo que le decías”. “Se escucha un gran alboroto”. Y quizá mi favorita: “Llego tarde porque no he escuchado el despertador” (oída, lo juro, en una veterana serie de televisión). Da vergüenza explicar cosas obvias, pero es el signo de nuestros tiempos. (Tiempos inútiles, sin interés y sin avance, si hay que repasar el abecedario continuamente y en todos los ámbitos.) “Oír” y “escuchar” se pueden usar indistintamente en algunas –pocas– ocasiones. Se puede oír o escuchar música, la radio, una conferencia, un discurso. Pero ni siquiera en esos casos los dos verbos son absolutos sinónimos. “Escuchar” implica siempre duración y deliberación. Es decir, que lo escuchado no sea efímero y que por parte del oyente haya voluntad de atender, de prestar cierta atención, aunque sea distraída. “Oír” no implica por fuerza ninguna de esas dos cosas, más bien presupone involuntariedad. Las explosiones, los tiros, los ruidos inesperados, los alaridos, el despertador, así pues, no se escuchan, sino que se oyen. Su sonido alcanza los oídos, independientemente de que éstos quieran o no oírlo. La distancia entre los verbos es parecida (no idéntica) a la existente entre “ver” y “mirar”. Nadie diría (aún): “Ayer miré a Jacinto entrar en un bar de putas”, sino “Ayer vi …” La acción de entrar es muy breve, no puede “mirarse”. Tampoco es que estuviéramos apostados a la puerta del bar para controlar quiénes entraban, sino que por casualidad –no intencionadamente– vimos a Jacinto en mal momento. De la misma forma, asegurar que se “escucharon” petardos, o pasos, o voces, es una sandez y una cursilería.

Hace ya unos veinte años escribí un artículo titulado “Breve y arbitraria guía estilística para detectar farsantes”. Mencionaba expresiones o latiguillos que a mí –reconocía que mi subjetividad mandaba– me servían para saber en seguida si quien escribía o hablaba era un impostor, un mentecato, un cantamañanas o incluso un hipócrita. Al cabo de tanto tiempo, quizá debería actualizar esa “guía” algún domingo. Vaya hoy por delante mi desconfianza hacia cuantos utilizan “estar en sus zapatos”, que han copiado literalmente de las novelas y series americanas porque les parece más “cool” –­como se dice hoy en castellano– que sus equivalentes españoles más certeros, “ponerse en la piel del otro” o “no me gustaría estar en su pellejo”. También veo farsantes en cuantos utilizan el adjetivo “emocional”, que ha desterrado “sentimental” o “emotivo”, según los casos y las circunstancias. De lo que no me cabe duda es de que son pretenciosos catetos los que lo “escuchan” todo, hasta el grito de una persona o el ladrido de un perro en mitad de la noche. O viceversa, que todo puede llegar a ser, al paso que vamos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de febrero de 2017