Félix de Azúa y ‘Mansura’

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Azúa reedita Mansura, la obra que dedica a la séptima cruzada
EFE
Diario de Cádiz, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
ANA MENDOZA
EFE, 18 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: El independentismo se basa en el resentimiento y el odio
EFE
El Diario.es, 18 de diciembre de 2015
El escritor Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
Huelva Información, 19 de diciembre de 2015
Félix de Azúa: “El independentismo se basa en el resentimiento y el odio”
ANA MENDOZA/EFE
Granada Hoy, 22 de diciembre de 2015

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LA ZONA FANTASMA. 27 de diciembre de 2015. ‘Soldados sin riesgo’

Desde las matanzas de noviembre en París, en España ha habido una abundante ración de reacciones y declaraciones pintorescas por parte de políticos, tertulianos ramplones (si es que esto no es una redundancia) y particulares que envían sus mensajes a la prensa o a las redes sociales. Lo raro es que aquí alguien guarde silencio, por falta de opinión formada, por perplejidad, por prudencia, por dudas, por no tener nada que aportar. Lo habitual es que a todo el mundo se le llene la boca en seguida y, con gran contundencia, empiece así: “Lo que hay que hacer es …”, o bien: “Lo que en ningún caso hay que hacer es …” La ufanía con que los españoles dictaminan es aún más llamativa si uno escucha a los dirigentes extranjeros mejor informados o lee a los analistas (también casi siempre extranjeros) que parecen tener alguna idea fundamentada sobre el problema: no se ponen de acuerdo, no ven con claridad qué es conveniente y qué contraproducente, un día recomiendan una alianza y al siguiente se retractan, o proponen una estrategia que dos semanas después han ­de­sechado. Me imagino que los jefes del Daesh o Estado Islámico se deben de estar frotando las manos al contemplar el desconcierto.

No seré yo, por tanto, quien lance otra opinión. No tengo ni idea de qué es lo más adecuado para combatir y derrotar a esa organización terrorista que, a diferencia de las anteriormente conocidas, ha ocupado territorios, gobierna en ellos con puño de hierro, somete a millares de personas que no han podido huir de sus garras y les cobra impuestos, posee instalaciones petroleras con las que comercia, un ejército en regla y un aparato propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales y que sería la envidia de Goebbels si éste levantara cabeza para admirarlo. Si los nazis lograron lo que lograron en los años treinta, cuando no había ni televisión, da escalofríos pensar lo que pueden conseguir hoy las campañas de captación y persuasión eficaces y bien organizadas. Y si éstas, hace ochenta años, convirtieron en asesinos o en cómplices de asesinato a la gran mayoría de los pueblos alemán y austriaco, y a buenas porciones del húngaro, el croata, el italiano, el español, el polaco y demás, no cabe descartar que el Daesh siga reclutando militantes y simpatizantes: hay que aceptar que las atrocidades atraen y tientan a numerosos individuos y que así ha sido siempre, al menos durante los periodos de fanatismo, enloquecimiento e irracionalidad colectivos, muy difíciles de frenar. Las intenciones del Daesh están anunciadas desde el principio y son meridianas: si por sus miembros fuera, llevarían a cabo el mayor genocidio de la historia, y acabarían no sólo con los “cruzados” (es decir, todos los occidentales), sino con los judíos, los yazidíes, los kurdos, los chiíes, los ateos, los laicos, los variados cristianos, los demócratas, los que fuman, oyen música, juegan al fútbol … En fin, sobre la tierra sólo quedarían ellos, con los pocos que sobrevivieran a su carnicería como esclavos, las mujeres no digamos. Punto. Así que ignoro qué hay que hacer, y aún más cómo. Pero de lo que no me cabe duda es de que han de ser combatidos y derrotados, antes o después.

Entre las declaraciones pintorescas de nuestros compatriotas algunas destacan por su cretinismo, antigua enfermedad que misteriosamente, y desde hace ya lustros, se ha hecho epidémica entre la falsa izquierda que nos rodea. Hay quienes exigen a los occidentales que no entren en guerra, lo cual resulta imposible de cumplir cuando alguien nos la ha declarado y empezado ya. Otros proponen “diálogo y empatía” con los terroristas, como si éstos estuvieran dispuestos no ya a hablar de nada, sino ni tan siquiera a escuchar, o pudieran aceptar pactos de ningún tipo. El genocida declarado, se debería saber a estas alturas, sólo admite aniquilar. Finalmente Pablo Iglesias, ante la posibilidad de que España enviara más tropas a Malí para ayudar allí a Francia, lo ha desaconsejado con la siguiente y preclara advertencia: “Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera”. ¿Ah sí? Es como si el susodicho recomendara no llevar a los bomberos a sofocar un incendio porque pueden volver quemados; ni a los policías a impedir un atraco o un secuestro porque pueden ser tiroteados; ni a los pilotos a volar en helicópteros y aviones porque se pueden estrellar. Nadie desea que les ocurra nada a soldados, bomberos, policías y pilotos (y además merecerían mejor remuneración), pero la ­única manera de asegurarse de ello es que no existan, que no los haya. Lo que carece de sentido es tener un Ejército para que nunca intervenga ni corra riesgos, como disponer de una policía y unos bomberos que permanezcan acuartelados en las emergencias. En España ha llegado a creerse que las tropas están para labores humanitarias y nada más. Si así fuera, nada impediría que el Daesh desembarcara en la península como si estuviéramos en el siglo VIII. Me pregunto qué haría entonces Iglesias si fuera Presidente. Es probable que ordenara a los soldados no hacer frente a los invasores, no fuera a ser que regresaran de sus misiones en ataúdes. Claro que, en este caso, lo más seguro es que la población entera quedara decapitada y sin sepultura en los amenos campos de España. Porque desde antiguo es sabido que los ­sarracenos (nada peyorativo en este término: consúltese el diccionario) se han cuidado poco o nada de los cadáveres de sus enemigos infieles.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 20 de diciembre de 2015. ‘Pésimos madridistas’

Solía escribir un artículo futbolístico cada seis meses o así (más no, para no abusar), pero creo haber dejado pasar varios años desde el último. No estoy seguro, pero incluso puede que no haya reincidido desde febrero de 2012, con un título que era exagerado y que luego se ha convertido en exacto: “De cómo M y F me han quitado del fútbol”. No está de más recordar –han pasado casi cuatro años– que M era Mourinho y F Florentino Pérez. Sobre el primero aún me acaban de preguntar en una entrevista portuguesa: “Creo que no le gustó el paso de Mourinho por el Madrid. ¿Qué opina de lo que le está sucediendo ahora en el Chelsea?” Contesté más o menos: “Naturalmente no tengo pruebas, pero me da la impresión de que los jugadores del equipo londinense, que la temporada pasada ganaron la Premier League, están perdiendo a propósito para zafarse de su entrenador. Ningún futbolista puede soportar mucho tiempo a un jefe que se apropia de las victorias y en cambio culpa de las derrotas a sus jugadores, a los árbitros, a la prensa, al calendario, a la afición o al influjo de la luna”.

No sería tan extraño. Estoy convencido de que eso se ha dado en numerosas ocasiones. La única manera que tiene una plantilla para deshacerse de quien le amarga la vida o la aburre hasta la náusea es perder y perder y perder. Sabido es que los presidentes de los clubs, antes de que las protestas se vuelvan contra ellos, sacrifican al entrenador, no pueden echar de golpe a veintitantos jugadores, sobre todo a mitad de campeonato. Y no otra cosa explica el viejo dicho “A nuevo míster, victoria segura”.

A ese nuevo míster a menudo no le ha dado tiempo ni de decidir una alineación, luego lo más lógico es pensar que los futbolistas, una vez librados de su torturador, procuran de nuevo esmerarse y ganar. A nadie le cabría duda (a nadie menos a F) de que lo más beneficioso para un equipo es que los pueriles jugadores (la mayoría lo son) estén contentos con quien los dirige en el campo; es más, se afanen por complacerlo y recibir su felicitación. Esto, como nadie ignora, es muy difícil en el Real Madrid: casi todos sus integrantes son millonarios, muchos son caprichosos y están envanecidos, bastantes creen que no tienen nada que aprender ni mejorar, unos cuantos miran siempre por encima del hombro al desgraciado que la directiva les pone al frente. O bien lo detestan con motivo, como fue el caso de Mourinho.

Ancelotti, que vino justo después, obró un milagro: pacificó los encrespados ánimos del vestuario, hizo equilibrios para no despertar la cólera de F, intentó ser justo con sus pupilos y educado con los periodistas, resultó simpático y con sentido del humor. Los jugadores lo adoraban y deseaban su continuidad. Resultado: consiguieron la décima Copa de Europa en 2013, título que al club se le resistía desde 2002. Me costó, pero empezaba a congraciarme un poco con mi equipo de toda la vida. De nuevo quería que ganara, porque, al igual que los actuales jugadores del Chelsea según mi sospecha, recuerdo haber preferido que una Final de Copa se la llevara el Atleti (como así fue) antes que ver a Mourinho chulearse de haber logrado él un trofeo. Nunca llegué a cuestionarme si me había convertido en un “mal madridista”: tenía claro que no, que los pésimos madridistas eran F y M, dos traidores a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Velázquez, a Raúl, a Zidane, a Casillas y al espíritu tradicional.

Mourinho por fin se fue, pero Florentino sigue y seguirá: promovió unos cambios en los estatutos legales que, por injustos y abusivos que parezcan, acaban de ser ratificados por una avispada fiscal: sólo puede optar a la presidencia quien tenga veinte o más años de antigüedad como socio y aporte como aval personal el 15% del presupuesto, unos 86 millones de euros. ¿Y a quién le sobra ese dinero, aparte de a F? Salvando las distancias (el Madrid es una entidad privada), es como si sólo pudieran aspirar a La Moncloa registradores de la propiedad muy desabridos y que pronuncien la s como si fuera el sonido inglés sh, por ejemplo en “shit”. F expulsó a Ancelotti. Como recordaba hace poco Óscar Sanz, al preguntársele por qué, balbuceó inconexo: “Pues mire usted, realmente no lo sé”. Si no lo sabía él, ¿por qué diablos se empeña en presidir?

No se le ocurrió otra genialidad (a él o a su consejero Sánchez, una especie de Yago destructor) que sustituir al obrador del milagro por Benítez, entrenador espeso, soporífero y tosco. “No creo que dure la temporada entera”, le dije a mi amigo Alexis, escocés del Liverpool que le está agradecido por la vieja proeza de remontarle un 0-3 al Milán en una Final de Copa de Europa, tras lo cual sólo ha vulgarizado y amazacotado a los muchos equipos por los que ha pasado sin gloria. Los jugadores del Madrid se aburren con él, como era de prever, y no le quieren agradar. Ante el Barça (0-4) jugaron tan ridículamente que uno se malicia si no les pareció el día adecuado para hacer saltar por los aires a su entrenador. Quizá debieron dejarse meter dos o tres goles más, y a fe mía que el Barça los mereció. Acaso fue el Barça el que no quiso meterlos, justamente para que Benítez y Florentino no peligraran en exceso y permanecieran convenientemente en sus puestos (convenientemente para el Barça, claro está). Ese partido lo vi casi con indiferencia. Si M y F me quitaron del fútbol, desde luego F y B no me van a hacer volver.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 13 de diciembre de 2015. ‘Casi cualquier prueba’

Escribo esto cuando aún faltan varias semanas para las elecciones generales, pero ustedes lo leerán cuando ya sólo nos separe una del 20 de diciembre. Esa fecha ya delata la desesperación y la trapacería del Gobierno de Rajoy: cuando la gente está pensando más en la Navidad que en ninguna otra cosa, y algunos han iniciado viajes familiares o de vacaciones; cuando los que la cobren habrán percibido su paga extra y muchos estarán soñando con el gordo. Ignoro lo que habrá ocurrido en estas semanas que faltan, pero hoy no parece que estemos cerca de ocasión tan transcendental y señalada. Entre los atentados de París y la jaula de grillos catalana, la atención está desviada. Si uno lee los periódicos o ve los telediarios, las noticias relativas a esta votación no aparecen hasta la mitad, si no más tarde, y son bien escuetas. De momento no da la impresión de que nos estemos jugando lo que nos estamos jugando: nada menos que nuestra vida durante los próximos cuatro años, quién sabe si durante ocho. Todas estas amenazas (la descerebrada brutalidad yihadista, la tediosa y peligrosa tontuna catalana) me temo que puedan beneficiar al PP, más que perjudicarlo.

En épocas de fragilidad las personas tienden a quedarse quietas, a no cambiar de gobernantes, a no hacer probaturas. Si esto no sucedió en 2004, justo después de la mayor matanza terrorista de nuestro país y europea, fue por la aparatosa torpeza del gabinete de Aznar y por sus inauditas mentiras sobre una tragedia de la que quiso sacar provecho. Si hubiera contado la verdad desde el primer instante, tengo para mí que Zapatero jamás habría sido Presidente.

La mentira compulsiva es lo que pierde a ese partido, el PP, aunque no tantas veces como sería esperable. ¿Qué valor tiene hoy la palabra de Rajoy, tras haber incumplido todas sus promesas de 2011? El país fue rescatado a través de sus bancos, a los que no se puso ninguna condición ni control, y así éstos se permitieron denegar créditos vitales a la ciudadanía que los había salvado. La crisis económica sigue tan dañina como hace cuatro años. Si hay seis o siete parados menos no es porque se hayan creado numerosos empleos, sino porque muchos de aquéllos han emigrado o se han dado de baja en el INEM, han arrojado la toalla, y ya no computan como desempleados en busca de trabajo. El salario medio (unos 18.000 euros anuales) permanece a niveles de 2007, e incontables comercios y empresas han cerrado. Ha habido un incremento de los impuestos como jamás se había visto, lo cual no es por fuerza malo, pero Rajoy juró que lo último que haría sería subirlos. Los casos de corrupción en sus filas (también en las de otras formaciones, pero sin comparación posible) no han hecho sino crecer, hasta el punto de preguntarse si no es el entero organismo el que está putrefacto (el organismo pepero). La sanidad, la educación, la justicia, todo ha ido a peor o se nos ha obligado a pagar más por menos.

La cultura ha sido perseguida, con total desdén no ya por sus creadores, sino por los millares de trabajadores de un sector beneficioso en todos los sentidos. Hacienda ha cambiado las reglas y las ha hecho retroactivas, algo insólito y de feroz injusticia, y además ha utilizado su información confidencial para amedrentar a individuos y colectivos críticos con el Gobierno. Se ha impuesto una Ley de Seguridad que ha privado de derechos a los españoles, la llamada “Ley Mordaza”, que sólo proporciona seguridad y blinda contra las protestas a las autoridades y a las fuerzas a sus órdenes. Ha habido una “reforma laboral” que sobre todo ha consistido en facilitar el despido libre y dejar aún más a la intemperie a quienes pierden sus empleos. Se ha dejado infectar la herida catalana. Y en todo lo demás se ha titubeado, y se ha optado luego por la inoperancia: no sabemos qué postura tiene este Gobierno acerca de los refugiados ni qué propone para combatir –ni siquiera para contrarrestar– al Daesh o Estado Islámico. TVE se ha convertido en un bochorno sectario plagado de ineptos (¿a quién se le ocurre colocar al frente de los informativos del fin de semana a un incompetente, ignorante y rancio llamado Carreño?). Y la desigualdad siempre en aumento.

Han sido cuatro años de desastre absoluto en todos los frentes. Quienes pueden sustituir a este Gobierno no son muy de fiar, cierto, o resultan una incógnita. El PSOE no es seguro que haya abandonado la idiotez generalizada que lo dominó durante la época de Zapatero, y también lleva sus corrupciones a cuestas. Esa idiotez, pero agravada, la ha heredado IU (o como hoy se llame) bajo el liderazgo de Alberto Garzón; y en cuanto a Podemos, una necedad similar compite con resabios de autoritarismo temible. Los de Ciudadanos parecen algo más listos y mejor organizados, pero tan neoliberales en lo económico que podrían acabar apoyando un nuevo Gobierno del PP (deberían aclararlo, y así ganarían o perderían muchos votos). De la antigua Convergència no hablemos, convertida en ruina por sus propios jefes, y aún menos de ERC, un partido congénitamente taimado. Pues bien, yo no sé ustedes, pero para mí, con todo y con eso, casi cualquier prueba, casi cualquier riesgo, me parecen preferibles a continuar en la ciénaga de los últimos cuatro años. No se puede chapotear en ella indefinidamente.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de diciembre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 6 de diciembre de 2015. ‘Regreso a Brigadoon’

Llevado por la actualidad, la otra noche me pareció oportuno volver a ver Brigadoon. Como hoy las generaciones jóvenes sienten poca curiosidad por lo que no es estrictamente coetáneo de ellas, y lo último que hacen es asomarse a películas clásicas (quizá con la excepción de Psicosis y alguna otra), no estará de más que explique qué es Brigadoon. Es un musical de Vincente Minnelli de 1954, año en el que transcurre la acción. Dos improbables cazadores neoyorquinos (Gene Kelly y Van ­Johnson) se pierden por los montes y bosques de Escocia. De pronto ven surgir entre las brumas un pueblo que no figura en los mapas, y hacia él se dirigen. Es un sitio extraño, en el que la gente viste anticuadamente (bueno, más bien como escoceses de opereta, que es lo que la película es).

Son recibidos con sorpresa pero no mal, y entre las jóvenes del lugar está Fiona (la elegante bailarina Cyd Charisse). La población es idílica, apacible y feliz. Todo el mundo se lleva bien, no hay conflictos, la plaza del mercado es simpática y animada y los habitantes tienen fuerte propensión a cantar y bailar (danzas escocesas estilizadas, claro está). Las mujeres llevan favorecedores vestidos pseudocampesinos y los hombres kilts, pantalones estrechos a cuadros e indefectibles plumas en sus gorros. Todo es armónico, pero los cazadores descubren una Biblia familiar según la cual están en 1754, dos siglos atrás. Escamados, preguntan. El único autorizado a contarles la verdad es Mr Lundie, una especie de beatífico prócer del lugar.

BrigadoonMr Lundie vive apartado, como es de rigor, y mientras narra su “increíble historia” suenan de fondo unos cánticos cuasi celestiales. En 1754, relata, un gran peligro se cernió sobre Brigadoon, y el párroco imploró a Dios que obrara el milagro de hacer desaparecer el pueblo de la vista de todos para que las amenazantes “brujas” pasaran de largo y no lo pudieran invadir. Dios (o no sé si uno de sus múltiples intercesores) aceptó, y dictaminó que, para que no se evaporara del todo y para siempre, Brigadoon podría emerger y hacerse visible un día cada cien años. Eso sí, la condición para preservarlo sería que ninguno de sus habitantes lo abandonara nunca. Así, si alguien cruzaba el puente, por ejemplo, se desvanecería definitivamente sin dejar rastro.

Según el relato, para los brigadoonenses sólo han transcurrido dos días desde el milagro (ellos se acuestan y levantan con normalidad), pero para el resto del globo han pasado doscientos años. Eso no casa bien con el hartazgo que manifiesta algún lugareño, para el que en efecto parece que llevaran dos siglos en ese plan. Pero la mayoría está feliz: invisibles, indetectables, aislados de todo lo exterior, sin aparecer en los mapas, una sociedad encerrada en sí misma, armoniosa, amable, bondadosa y autosuficiente, conservada en almíbar, inmune al espacio y al tiempo del mundo que sigue su atormentado curso.

No es el único lugar de estas o parecidas características en la ficción, sobre todo en la cinematográfica. Están el valle de Siete novias para siete hermanos de Donen, la mítica Shangri-La de Horizontes perdidos de Capra, donde nadie envejecía aunque hubiera cumplido trescientos años (eso sí, de nuevo, si no salía de la ciudad), o la Comarca de Tolkien. No muy distinto, aunque menos pacífico, era Kafiristán, donde el sargento Daniel Dravot fue convertido en rey en el cuento de Kipling (y en la película de Huston basada en él) El hombre que pudo reinar. Son estupendas y encantadoras historias, y todos hacemos bien en disfrutarlas y en añorar mundos así… mientras duran la lectura o la proyección. Y aunque los jóvenes no las conozcan directamente, estas ensoñaciones se transmiten –se transmite su idea– de generación en generación. En todas partes hay gente lista y tonta, buena y mala, razonable e irracional, escéptica e ingenua, pero hace unos años habría apostado a que en Cataluña había menos tontos y pueriles y cerriles que en muchos otros sitios. No ha sido la catalana la sociedad más elemental, ni la menos formada, ni la menos próspera, ni la más inculta, ni la menos viajada, ni la más oprimida (en contra de lo que opina a través de su impenetrable flequillo la diputada de la CUP Anna Gabriel, según la cual “bajo la opresión española vivimos una vida que no vale la pena ser vivida”; habría que preguntar cuál es su idea de la opresión a quienes sufren la tiranía del Daesh, por ejemplo).

Por eso es tanto más sorprendente que una parte considerable haya creído en la fábula de Brigadoon: una Cataluña independiente y enajenada (lo estaría del mundo, no sólo de España) sería un paraíso de riqueza y bienestar, de sentimientos puros y solidarios, de personas en armonía dedicadas al baile y a los castellers, sin corrupción ni delitos, con justicia social y protección de los débiles, entregada al estudio y a las artes, y en perpetua comunión de intereses. ¿Cómo puede haberse persuadido al 47% de una sociedad evolucionada del siglo XXI de creer en los cuentos de hadas? Y además se olvida que, en la realidad, esos ideales y fantasías benéficos de pueblos aislados e impermeables al exterior suelen adoptar la forma de pesadillas infernales, como la Albania de hace treinta años o algunos países asiáticos que, dicho sea de paso, también gustan mucho de las coreografías a la Forcadell. No a la Minnelli, ay, ni a la Gene Kelly con Cyd Charisse.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,6 de diciembre de 2015