Entrevista y reseñas a propósito de ‘Cosí ha inizio il male’

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Cosi
Far del male è la cosa più facile del mondo. Parola di Javier Marías
SIMONETTA FIORI
La Repubblica.it, 30 agosto 2015
Maríase gli spettri del franchismo. La narrazione diventa affresco
GIORGIO MONTEFOSCHI
Corriere della Sera, 21 settembre 2015
Cosí ha inizio il male
DOMENICO FINA
Corriere della Sera, 5 ottobre 2015
È cosí che ha inizio il male, vita e destino per Javier Marías
GIUSEPPE MUSSI
La Nuova Sardegna, 19 ottobre 2015
Javier Marías, ‘Cosí ha inizio il male’ – La recensione
MICHELE LAURO
Panorama.it, 13 ottobre 2015
Cosí ha inizio il male
Qlibri, 30 settembre 2015

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Entrega del Premio Bottari Lattes Grinzane

Fondazione Bottari Latess

Vídeo
La Stampa, 24 ottobre 2015



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Lectio Magistralis di Javier Marias

Contro la dittatura della realtà
JAVIER MARÍAS
La Stampa, 18 ottobre 2015

Javier Marías: “Scrivo con la bussola, non con la mappa”
DAVIDE MAZZOCCO
BLOGO, 23 ottobre 2015

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Il 23 luci, ombre e fantasia secondo Javier Marías
MARCO BOBBIO
La Stampa, 23 ottobre 2015

Torino. Scrittori: Javier Marias, più fantasia nei romanzi
La Voce, 24 ottobre 2015

Más fotos
[Fotos. Fondazione Bottari Lattes]

LA ZONA FANTASMA. 25 de octubre de 2015. ‘No me atrevo’

Pasé un par de días con cuatro periodistas holandeses. A lo largo de las conversaciones fueron apareciendo nombres de colegas novelistas españoles que ellos habían leído, y en alguna ocasión me preguntaron mi opinión al respecto. No tuve reparo –al contrario– en elogiar a los que me gustan o me parecen buenos, a los que admiro, y que no siempre coinciden con los tenidos por mejores en nuestro país hoy en día. Me di cuenta, en cambio, de que me costaba, o directamente no me atrevía a expresar mi sincero parecer sobre los que encuentro muy malos o flojos, falsos valores alabados por casi todo el mundo, a menudo de manera sistemática y rutinaria. (Ojo, no descarto ser yo uno de ellos, sólo que mi juicio sobre mis obras no cuenta, o es sencillamente imposible.) Ahí me mostré cauteloso, desvié la cuestión o guardé silencio. En un caso concreto, al verme apremiado, contesté: “Mejor será que no indague usted”. ¿Mejor para quién? No tuve más remedio que responderme que mejor para mí, no para el autor o autora sobre los que se me había interrogado.

Y así, me percato de que desde hace bastantes años está “mal visto” que un escritor opine negativamente sobre otro. El que lo hace es tachado en seguida de envidioso, o de inelegante, o de resentido, o cuando menos de competitivo. No es que el ataque no se dé en absoluto. Hay excepciones, pero son sobre todo jóvenes a los que, por así decir, “toca” rebelarse contra la generación anterior o fingir que ésta no ha existido, o “matar al padre”, o intentar hacerse sitio expulsando a quienes ellos creen que lo acaparan. O bien son escritores con vocación “transgresora”, y la mayoría sufren la maldición terrible de que sus denuestos y provocaciones pasen inadvertidos. Lo que parece “prohibido” es que uno opine sincera y críticamente sobre sus iguales. Yo mismo noto esa presión, que en cambio no siento cuando hablo de un arte que no practico. Quizá algunos lectores recuerden con qué libertad y contundencia he echado pestes de “genios oficiales” del cine como Haneke, Von Trier, Iñárritu o Sorrentino, o de series televisivas ensalzadas por público y críticos, como The Wire, Breaking Bad o True Detective. Puesto que yo no me dedico a eso, expreso mi parecer sin la menor cortapisa. En cambio, ay, me muerdo la lengua cuando se trata de literatura, aún más de novela. Y observo que lo mismo hacen mis colegas contemporáneos. Y lo mismo, me temo, los cineastas respecto a los suyos. Es como si todos hubiéramos interiorizado aquel viejo consejo, “Si uno no tiene nada agradable que decir, mejor callarse”.

No siempre fue así, en modo alguno. Si uno se asoma a la historia de la literatura, verá que está llena de impertinencias y desdenes de unos autores hacia otros, sin que por ello se tildara a los primeros de resentidos y envidiosos. Conrad detestaba a Dostoyevski, Nabokov despreciaba a Faulkner y a bastantes más, Faulkner no estimaba mucho a sus pares con la excepción de Thomas Wolfe, Capote lanzaba dardos contra casi todo el mundo. Eso por no remontarnos a otros siglos. ¿Qué ha sucedido para que nos hayamos vuelto todos remilgados, cuando no insinceros y versallescos? A uno de esos holandeses le manifesté mi extrañeza al respecto, y sugirió una posible explicación: la literatura está tan amenazada que cuantos participamos de ella tendemos a crear la ilusión de que en la producción actual hay mucho buenísimo, o incluso de que todo lo es; censurar a un colega casi supone tirar piedras contra el propio tejado. No sé si llevaba razón, pero, si así fuera, me pregunto hasta qué punto esta balsa de aceite no perjudica más bien a la literatura. Si la falta de disensión, de discusión; si los modales corteses o prudentes que nos gastamos todos no acaban por dar la impresión de que la literatura es algo plano y mortecino, más languideciente de lo que está. Si yo fuera sincero sobre algún celebrado novelista, no sería menos contundente y negativo que cuando hablo de cineastas. Pero ya digo, no me atrevo. También porque en España todo se toma como un agravio personal, aunque lo que se critique sean obras. Juan Benet, no mucho antes de su muerte, me dijo un día (tal vez porque intuía que le quedaba poco tiempo): “Estoy harto y voy a decir públicamente lo que pienso”. (Y eso que él se había distinguido siempre por sus “impertinencias”.) Su último artícu­lo se tituló “Wojtysolo”, mezclando con gracia los apellidos de Juan Pablo II y del Premio Cervantes; se ha excluido cuidadosamente de sus recopilaciones periodísticas. No debo despedirme hoy sin aportar yo algo (claro que sobre un autor extranjero es menos arriesgado). El universo literario ha lanzado las campanas al vuelo ante los seis tomos de Mi lucha, autobiografía o semificción del noruego Karl Ove Knausgård. Tras leer 300 páginas (pocas, de un conjunto de 3.000 o más), me he quedado desconcertado. No me resultan odiosas ni mucho menos, pero hacía tiempo que no leía páginas tan simplonas y bobas. Será defecto mío, o impaciencia (relativa), pero no comprendo el entusiasmo global despertado en críticos y escritores. Pero he aquí que de nuevo soy cobarde: no es verdad que hiciera tiempo. Alguna novela he leído reciente, de colega español contemporáneo, que me ha parecido igual de simplona y de boba. Y aquí, lógicamente, me siento impelido a callarme.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 25 de octubre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 18 de octubre de 2015. ‘La invasión del neoespañol’

En pocos días he oído o leído, en prensa o en libros, las siguientes expresiones inexistentes y por tanto difícilmente comprensibles: “Le echaron el pato encima”; “Se desvivía en elogios de ella”; “Le dio a la sin lengua”; “Es una mujer-bandera”. Uno trata de “traducir”, y supone que en la primera hay una mezcla de “pagar el pato” y “cargarle el muerto”; en la segunda, de “desvivirse por ella” y “deshacerse en elogios”; en la tercera, una metamorfosis (a la lengua se la llama castizamente “la sin hueso”); en la cuarta, lo que siempre se dijo “una mujer de bandera” ha quedado comprimido en una extraña figura: mujeres que se llevan en un asta, para dolor de ellas. Escribí bastantes artículos comentando estas corrupciones y absurdos, hasta que di la batalla por clamorosamente perdida. Alertar de los imparables maltrato y deterioro del castellano, en España como en Latinoamérica (hay la fama de que allí se habla mejor que aquí, pero es falsa: cada lado del Atlántico, simplemente, destruye a su manera), carecía de sentido cuando los embates son constantes y sañudos y además contradictorios entre sí, no obedecen a un plan ni a un esquema. Los anglicismos superfluos, por supuesto, campan a sus anchas (hoy muchos dicen “campean”). Las concordancias han saltado por los aires: “Quiero decirle a los españoles”, se oye en boca del Presidente del Gobierno y también del último mono, ya que a nadie le importa que el plural “españoles” exija “les” en esa frase. Los modismos son “creativos” y no hay dos personas que coincidan en ellos: el antiguo e invariable “poner la carne de gallina” admite todas las variantes, desde “la piel” hasta “los vellos” hasta “la carne de punta”.

Hice bien en abandonar la lucha, porque la magnitud del desastre es aún mayor de lo que creía, según compruebo en un libro que me llega, Guía práctica de neoespañol, de Ana Durante, veterana profesional de la edición que se ha pasado años observando anomalías, analizándolas y recopilándolas, para llegar a la conclusión de que, sin que nos percatemos mucho, hay una “neolengua” o “Idioma Aproximado” (de ambas formas lo llama) que está suplantando al español tradicional que todavía muchos hablamos y escribimos. Esto no sería demasiado grave si no fuera porque este “neoespañol” no está organizado ni hay acuerdo alguno entre sus usuarios: cada cual dice o escribe lo que le parece; todo vale con tal de que sea incorrecto o inexistente o inventado; cada uno se expresa –en solitario– como le viene en gana. Y aunque la autora se abstiene de identificar sus ejemplos con títulos, nombres y apellidos, para no perjudicar a nadie, tiene razón cuando señala que “bajo ninguna circunstancia tendría imaginación suficiente como para inventar algo ni remotamente parecido” a dichos ejemplos. (Nadie la tendría, en efecto.) Al recorrerlos uno, además, a menudo los reconoce: los ha visto u oído antes, o cosas muy similares. Pero probablemente los ha visto u oído sueltos, sin calibrar la dimensión del destrozo. Al encontrárselos agrupados en los diferentes capítulos de esta Guía de neoespañol, la carcajada es casi continua (para los que aún empleamos el idioma “no aproximado”) y también la desolación (de nuevo para los que preferimos que la lengua sea algo sólido y firme y comprensible para todos, y no una especie de papilla que salpica de diversas maneras a cuantos meten la cuchara en ella).

Sus delirantes, tronchantes y a la vez tristísimos ejemplos están sacados de prensa escrita y hablada, pero también de obras literarias, tanto originales como traducidas. Uno va leyendo, y casi a cada página le da la risa y se lleva las manos a la cabeza, desesperado: “Esa camisa le profería un aire chulesco”, o “Dijo el rey propiciándole un beso en la frente”, o “El religioso ahorcó los hábitos”, o “Habían fletado todo el hotel” son muestras de cómo los verbos se permutan alegremente y de que cualquiera les sirve hoy a muchos hablantes y escritores. Claro que esto no es nada al lado de las “creaciones” enigmáticas: “Su trato a veces puede aminorarse difícil”, o “Lo miró atusando las pestañas”, o “La oyó desertar hondos suspiros”, o “Pifió ella, mirándolo a los ojos”. Hay que ser muy sagaz para traducir todo eso. La autora no pretende serlo. Trata de descifrar lo indescifrable, y reconoce a veces su fracaso, es incapaz de “traducir” de una neolengua cuyos códigos desconocemos, seguramente porque se caracteriza por no tenerlos. Tampoco se rasga las vestiduras, no dice que esta extraña suplantación del español sea en sí buena ni mala, tan sólo da cuenta de ella. Lo hace con resignación y humor: ante la frase “Tan pronto le quitó el ojo, la joven salió corriendo”, se limita a apostillar: “Lo que no es de extrañar, cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo”. Apenas se inmuta al leer: “El viento cambió de dirección sin cita previa” o “Intentó besarle los labios de él con los suyos”. Yo maldije, en cambio. Para mí el conjunto es aterrador, pese a lo mucho que me he divertido. Es demasiada la gente (incluidos renombrados autores y traductores) que ya no domina la lengua, sino que la zarandea y avanza por ella a tientas y es zarandeada por ella. Hubo un tiempo en el que podía uno fiarse de lo que alcanzaba la imprenta. Ya no: es tan inseguro y deleznable como lo que se oye en la calle. El problema de esta Guía de neoespañol es que sólo puede ser descriptiva, porque ¿cómo puede aprenderse a manejar lo que en modo alguno es manejable?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 18 de octubre de 2015

LA ZONA FANTASMA. 11 de octubre de 2015. ‘Retrato-fantasía’

Lo conté alguna vez, me disculpo con los memoriosos. Hace ya muchos años vi como anomalía personal lo que ahora me parece, por desgracia, normalidad colectiva. Una joven me pidió que le leyera un manuscrito. Como siempre hago en estas ocasiones, le dije que no leía ­inéditos, entre otras razones porque no deseo que nadie dé a mi opinión más importancia de la que tiene, y que es exactamente la misma que la de cualquier otra persona; y tampoco me gusta cargar con la responsabilidad –de ser mi juicio negativo– de desanimar a quien busca ser publicado por vez primera. La joven no se dio por contenta, e insistió más allá de lo razonable y educado. Le aduje más motivos, y ninguno le hacía mella. Seguía insistiendo, y aun pasó a hacerlo en persona, en la Feria. Su argumento último –y para ella inapelable– era este: “Pero es que a me hace mucha ilusión que usted lo lea”. Intenté hacerle ver que, para que se produzca algo entre dos, no basta con la desmesurada ilusión de uno, sino que hace falta el acuerdo del otro. Nunca acabó de entenderlo, de estar convencida: su voluntad estaba por encima de todo, hasta el punto de que la mía contaba poco o nada. Las cosas habían de ser como ella quería, o como se las había figurado ideal y puerilmente. ¿Cómo no iba a cumplirse lo que había soñado?

Achaqué tal actitud a la edad, a las dificultades de muchos jóvenes para ir aceptando los contratiempos de la vida cuando empiezan a aparecérseles, por lo general tras una infancia mimada y en la que los padres les han evitado todas las “frustraciones”. Pero creo que me equivocaba, y que aquello no era más que un síntoma de la evolución de nuestras sociedades, que además afecta a gente de cualquier edad. Muchos ciudadanos de nuestro país (pero no sólo del nuestro) se han dibujado un retrato-fantasía de sí mismos. Cuando se miran al espejo sólo admiten ver esa composición idealizada, y con frecuencia necesitan o exigen que sus gobernantes y compatriotas se amolden también a ese retrato y sean armónicos con él, para que “el cuento acabe bien” y su ideal salga triunfante; y de ahí que a menudo no consientan la discrepancia, ni la objeción ni la pega. Un prototipo de retrato-fantasía (bastante predominante, o por lo menos extendido) es el que obliga a ser amante de los animales por encima de todo (y a tener perro o gato); defensor a ultranza de la naturaleza (como si ésta, no contenida, no fuera causante de catástrofes sin cuento); fanático de la bici (aun en perjuicio de los peatones, que son quienes menos contaminan); enemigo de la tauromaquia (esto por fuerza), y del tabaco y del alcohol y de la carne (aunque no tanto de las drogas); vagamente “antisistema” y vagamente republicano; respetuoso del “derecho a decidir” (lo que sea, excepto para los que deciden fumar, usar el coche en el centro o ir a los toros, claro); y, sobre todo, mostrarse compasivo, solidario y humanitario. Si el espejo no devuelve esa imagen –la conciencia bien limpia–, el que se mira en él no lo soporta. En los últimos meses se ha añadido otro requisito: dar la bienvenida indiscriminada a los refugiados, no importa el número ni su carácter ni su procedencia. Y claro que hay que ayudarlos en lo posible, y dar asilo a quienes en verdad lo precisen, y claro que hay que compadecerse de las víctimas de guerras y persecuciones.

Leí, sin embargo, una carta en este diario que me llevó a acordarme de aquella joven literata de hace unos veinte años. Se quejaba de unas palabras del Ministro del Interior, que por una vez me habían parecido sensatas (quién iba a decírmelo): “Se tomarán las medidas adecuadas para evitar la posible infiltración de yihadistas” (entre las masas de asilados, se entendía). A los pocos días, el líder del PSOE –que ganaría votos si se abstuviera de simplezas y tergiversaciones– venía a decir que, según el Ministro, los refugiados eran terroristas, algo que éste jamás dijo. Cualquier analista está al tanto: no es que se sospeche, es que se sabe que entre las estrategias del Daesh o Estado Islámico está la de introducir yihadistas en Europa aprovechando estos éxodos a la vez organizados (por mafias) y caóticos. Serán pocos, sin duda, y la mayoría de los refugiados serán gente desesperada e inofensiva, que sólo aspira a sobrevivir, quizá al propio Daesh tiránico que toma sus territorios. Pero, sabiéndose lo que se sabe a ciencia cierta, no veo nada reprobable, sino más bien la obligación de un Ministro, en “evitar la posible infiltración de yihadistas”. Creer que cuantos llegan a Europa han de ser buenas personas es tan ingenuo como creer que “las víctimas siempre tienen razón”, uno de nuestros estúpidos mantras contemporáneos. Los refugiados y las víctimas son dignos de lástima y de apoyo, pero entre los primeros habrá pésimas personas –como en todo colectivo– y entre las segundas individuos malvados o errados o idiotas, que en modo alguno tendrán razón. La remitente de esa carta no soportaba que el Ministro aguafiestas, con su advertencia, le empañara el retrato-fantasía de su espejo: “No pongamos trabas, por favor, y hagamos lo que toca, ayudar”, le recriminaba. “No seamos otra patada a este drama humanitario”, y lo asimilaba a la periodista húngara histérica, la de las zancadillas. Es decir, ni consideremos que pueda haber terroristas camuflados en la riada. Y si los hubiera, que tampoco a ellos se les impida la entrada.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal,11 de octubrede 2015

LA ZONA FANTASMA. 4 de octubre de 2015. ‘Contra el acoquinamiento’

Estamos en época de matones. No sólo físicos, de los que hablé la semana pasada y que van propinando palizas por ahí. No sólo lo son los del Daesh o Estado Islámico, los de Boko Haram y demás, que matan, violan y esclavizan a quienes no comparten su puntillosa fe o hacen algo que les cae mal (jugar al fútbol, oír música, afeitarse, fumar), y destruyen ruinas romanas por considerarlas “preislámicas” (claro) y sobre todo para escandalizar un poco más al mundo occidental. No, hay también un matonismo incruento –en principio–, que no cesa de propagarse y que ejercen grandes porciones de la sociedad desde los teclados de sus ordenadores. Son individuos que ponen el grito en el cielo por cualquier cosa, que se contagian y azuzan entre sí, que linchan verbalmente al que hace, opina o dice algo que no les gusta; que no “se cargan de razón” porque la razón suele estar ausente de sus cabezas, y que simplemente exigen y condenan. Al taurino, al fumador, al que se queja de las bicicletas y de esos artilugios con dos ruedas gordas que invaden las aceras y arrollan a los peatones, al que juzgan machista o sexista, al que usa un vocabulario extenso, al que no aguanta a Mourinho, al que les lleva la contraria, al que no aplaude a Mas y Junqueras, al que se atreve a hacer algo o a destacar mínimamente. Hace poco Julio Llamazares mostraba su perplejidad ante la cantidad de insultos recibidos en las redes a raíz de su serie sobre la ruta de Don Quijote publicada este agosto, asunto “poco conflictivo” a priori, como decía él. Da lo mismo: cualquier escrito y cualquier acción irritarán a los airados profesionales, a los que consideran necesaria la permanente indignación.

Para que triunfe y se imponga el matonismo es requisito indispensable el acoquinamiento de los demás, es decir, que los acusados e increpados se asusten y se amilanen. Nada peor que rectificar y disculparse cuando no habría motivo para ello. Pero estamos en una época en que la cólera o la estupidez o la locura o la maldad de los majaderos alarman excesivamente. Muchas veces he lamentado aquí que casi nadie se plante ante las imbecilidades inquisitoriales, ante las exageradas susceptibilidades, ante las moralinas de púlpito que se nos inyectan a diario. Los famosos piden perdón por chorradas, o por los cuernos que han puesto y que sólo deberían incumbir a su pareja, o por la broma que han gastado y que ha sido tomada al pie de la letra por los matones de turno, o hasta por beber alcohol. Todo el mundo se achanta ante ellos, nadie responde “No me sean cretinos, déjenme en paz”. Se entra (iba a escribir “en la lógica”, pero esa palabra no tiene cabida aquí) en el juego de los histéricos y resentidos, se responde a lo que no merece respuesta, o si acaso un despectivo “Bah”.

Este verano la alcaldesa de Madrid, Carmena, no escapó a la regla y se acoquinó de mala manera. Un periódico de extrema derecha la “acusó” de gastarse 4.000 euros en veranear en la provincia de Cádiz. ¿Era dinero público? No, era suyo, luego la acusación era mero disparate y maldad. Hace meses publiqué aquí una columna titulada, creo, “Tiene dinero, es intolerable”, en la que señalaba cómo iba arraigando en mucha gente la indistinción entre el dinero estafado o robado y el ganado honradamente, o la absurda idea de que este último no existe … “con la excepción del mío, claro está”. Carmena ha sido juez un montón de años, habrá recibido un buen sueldo, tendrá sus ahorros o habrá heredado, tanto da. Puede hacer lo que le dé la gana con su dinero, gastarse 12.000 euros si quiere, en el casino o en veranear. Lo último que debía hacer fue lo que hizo: avenirse a “defenderse”, entrar a dar explicaciones, no habiendo motivo para lo uno ni para lo otro. Que si se repartían el alquiler de la casa entre cuatro matrimonios amigos y en realidad su marido y ella apoquinaban sólo 800 euros, cosas así. También ella cedió ante los matones, uno de los cuales (un miembro del PP) acentuó su descerebramiento teñido de malevolencia al clamar que la alcaldesa, en realidad, no podía irse de vacaciones ni un día mientras hubiera un niño madrileño hambriento. Según esa sandez (imposible llamarlo “razonamiento”), nadie podría irse de vacaciones nunca: ni Rajoy mientras hubiera un niño español, etc; ni ningún presidente autonómico, ni alcalde, ni consejero, ni concejal, ni diputado, ni senador, ni militar, ni juez, ni profesor, ni funcionario, nadie que perciba su salario del Estado. Ni, por supuesto, el memo miembro del PP que soltó la frase en cuestión.

Sí, no hay nada peor que el acoquinamiento, porque da alas a los malvados, a los locos y a los idiotas (en España va todo junto a menudo). Nada peor que ser medroso, timorato, pusilánime o como lo quieran llamar. Nada más peligroso que agachar la cabeza ante las injurias gratuitas y las acusaciones arbitrarias, que pedir perdón por lo que no lo requiere más que en la imaginación intolerante de los fanáticos y los matones. Todavía estoy esperando a que la gente alce la cabeza y conteste alguna vez (hay excepciones, pero son poquísimas): “No tengo por qué defenderme de semejante estupidez. Son ustedes los que se lo tienen que hacer mirar”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 4 de octubre de 2015