LA ZONA FANTASMA. 27 de septiembre de 2015. ‘Las palizas y las frases’

Con la excepción de los kale borrokos y similares, que nunca dejaron de amenazar y dar palizas cubriéndose los unos a los otros en grupo contra una sola víctima, hemos tenido pocas agresiones cobardes en nuestro país en los últimos decenios. Parecía que por fin los españoles habían renunciado al ataque físico de quienes les cayeran mal, o pensaran o dijeran cosas con las que estaban en desacuerdo, o tuvieran una sexualidad que los “ofendía”, o fueran de otra raza o de otra religión o sin ella, o hinchas de otro club de fútbol. Claro que siempre ha habido alguna que otra tunda y algún que otro asesinato, pero han sido escasos en comparación con el número de individuos y de días, un goteo casi inevitable. Desde hace unos años, sin embargo, se empezó a hacer uso de la coacción y de la fuerza. Se dio poca importancia al hecho de que en Universidades catalanas y madrileñas destacamentos de “independentistas” o “izquierdistas” (alumnos y profesores mezclados, no todos imberbes) impidieran hablar o pronunciar conferencias a personalidades que les resultaban ingratas. Y no se ha dado suficiente importancia al hecho grave de que entre esos reventadores se encontraran destacados miembros de Podemos, si no me equivoco. Con esa lenidad empezó a “normalizarse” algo que nunca puede ser normal, a saber: vetar, censurar, arrebatar la palabra, prohibírsela por las bravas a quienes sostienen posturas contrarias.

Este verano… Bueno, ojalá haya sido sólo producto del infernal calor continuado, que, como sabe todo el mundo menos nuestros gobernantes (que nos lo incrementan con el demencial cambio horario que hace eternas las tardes, sin apenas ahorro), desquicia y exalta los ánimos. Lo cierto es que ha habido días en que uno abría el periódico y se enteraba de una agresión tras otra, no individuales –que también–, sino de la modalidad “pandilla”. Se ha pegado a homosexuales, absolutamente aceptados por el conjunto de la sociedad; se ha apaleado a indigentes, aunque eso sea repulsivo entretenimiento de señoritos en todas las estaciones; se ha zumbado a inmigrantes; se ha grabado la esvástica a navaja en el brazo de un chico; y, como lamentable novedad que debería hacer saltar todas las alarmas, se ha enviado al hospital a una joven con la mayoría de edad recién cumplida, representante del partido Vox en Cuenca. Cuando escribo esto, los agresores aún no han sido detenidos, y ya han pasado bastantes fechas. Se sabe que fueron tres, una mujer y dos varones; que atacaron a la muchacha por la espalda y se ensañaron con ella hasta dejarla inconsciente en el suelo; que la llamaron “fascista” y que la tenían en el punto de mira: “Es ella, a ver si ahora es tan valiente”, les oyó decir la víctima justo antes de los valientes puñetazos y patadas colectivos. En algún momento se especuló con que el motivo de la paliza pudiera haber sido que esa joven había osado defender las corridas la víspera en las redes sociales. La mera especulación es para echarse a temblar: defensores de los animales prestos a tundir a los de su propia especie con aficiones que les desagraden. Pero no parece que sea el caso: más bien se ha tratado de violencia –esta sí– fascista, semejante a la que practicaban los falangistas antes de la Guerra Civil (y también sus equivalentes de izquierdas). Es un suceso gravísimo que pueda actuarse así por diferencias políticas.

Desde que esas redes sociales se han masificado, demasiada gente se ha acostumbrado a escribir salvajadas de todo tipo, amparándose en el anonimato. Si subrayo el verbo es porque, como sabemos los plumillas, no es lo mismo decir que escribir. La lengua es rápida, casi tanto como el pensamiento, pero lo que sale de ella se esfuma y no perdura un instante, y siempre se puede negar haberlo soltado, o retractarse de inmediato. La escritura requiere “composición”, por irreflexiva y veloz que sea. La frase más tosca y peor redactada ha debido pensarse mínimamente antes de darle a la tecla. Ha debido construirse. Por seguir con la rabia antitaurina, si un torero es cogido gravemente, el comentario en el bar sería más o menos: “Ojalá el toro lo hubiera matado”. Un tuit, se quiera o no, es siempre un poco más elaborado: “Lo único que lamento es que no te reventara la femoral y te desangraras como un cerdo, hijo de puta asesino”, por ejemplo. Esto queda, se retuitea y se propaga, a diferencia del comentario oral. Guste o no, hay ahora un lugar plagado de frases deseándoles la muerte a otros, o amenazándolos con ella. Frases que flotan indefinidamente, que permanecen, que no se las lleva el viento, como se decía tradicionalmente que ocurría con las palabras. Pasar a la realización de los deseos es tanto más tentador y fácil cuanto menos efímera es la expresión de esos deseos, o cuanto es más persistente. En lo escrito no se suele matizar con el tono, sea de exageración, de guasa, de ganas de provocar y escandalizar… sin ir del todo en serio. Cabe la literalidad en mucha mayor medida que en lo dicho. A todo esto tampoco se le concede importancia, o apenas. El paso siguiente a la literalidad, sin embargo, el que jamás debería darse, es cumplir las amenazas y los deseos… eso, al pie de la letra, como si aún fueran sólo frases.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de septiembre de 2015