Artículo sobre la obra de Javier Marías en la revista ‘Turia’

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Javier Marías o la novela no necesariamente castiza
JOSÉ MIGUEL VILA
Turia, nº 115, julio de 2015

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LA ZONA FANTASMA. 26 de julio de 2015. ‘¿Todo se repite tan pronto?’

Siempre se ha procurado decir que cumplir años traía algunas ventajas, y como éstas eran poco tangibles (sabiduría, serenidad y cosas así), parecía ser, más que nada, un vano intento de consolar al envejeciente. Yo, de momento, no veo grandes inconvenientes en la edad que he alcanzado, pero últimamente sí hay algo que me empieza a ­preocupar, o a fastidiar, o a decepcionar. Mis años ya son bastantes, pero están lejos de los noventa, los ochenta y aun los setenta que acumula tanta gente alrededor. Quiero decir que no ha pasado tantísimo tiempo desde que llegué al mundo, menos aún desde que me incorporé a él plenamente –eso se producía, en mi época, cuando uno entraba en la Universidad–. De eso hará unos cuarenta y seis años, lo cual, en términos globales, es apenas un soplo, un periodo bien breve que no justificaría mi sensación, cada vez más frecuente, de asistir a supuestas novedades que no son sino repeticiones de cosas ya vistas. Ojo, no vistas ni oídas de segunda mano, o estudiadas en los libros de Historia, sino vividas directamente por mí.

Me ocurre a menudo con la literatura, el cine y la música, las tres artes que más me acompañan. Leo novelas o poesía o ensayos que se me presentan como innovadores o vanguardistas o “postcontemporáneos” o “transmodernícolas”, elijan el término que prefieran; y, con alguna excepción, me encuentro con piezas que para mí son antiguallas, cosas ya probadas en los años cincuenta, sesenta o setenta del siglo XX (y luego arrumbadas en su mayoría, por tontainas, plomizas o huecas). Hoy vuelve a jalearse la novela “social” o “comprometida”, por ejemplo, de la cual en España tuvimos hasta morirnos de aburrimiento. Y no es que la actual coincida en sus intenciones con la del “realismo social” pero sea enormemente distinta: no, es casi idéntica a la más apesadumbrada y pedestre de los cincuenta y sesenta, cuando no una ínfima parodia de Galdós. Otro tanto sucede con los “experimentalismos”, que parecen imitaciones de los de los setenta, y con el mismo grado de pedantería. Como si no hubiera transcurrido el tiempo, hay ensayos que a su vez son remedos levemente aggiornati de Deleuze, Barthes, Foucault y hasta Sartre (sin quitarles a ninguno su mérito, nada tiene eso que ver). Hoy causa furor mundial el “filósofo” Zizek, al que no he leído ni oído más que trivialidades vehementes salidas de la máquina del tiempo, todas me recuerdan a mi más estúpida y pomposa juventud. Lo mismo en cine: la celebrada Ida, con su saco de premios, es la mera regresión a las producciones setenteras del Este que veíamos en cine-clubs. Hasta han vuelto la solemnidad y la unción con que solían contemplarse estas antigüedades.

Pero lo más curioso es que esa sensación de déjà vu se experimente también con las personas. Uno ve a la mayoría de los políticos del PP y piensa: “A este individuo, más joven que yo, lo conozco perfectamente, sé cómo es, lo he visto antes, probablemente en el franquismo que hube de soportar hasta los veinticuatro años. ¿Cómo puede ser, si el sujeto en cuestión sería un niño o una niña, o acaso no había nacido, al final de la dictadura?”, se pregunta uno con perplejidad. Ve uno a Pablo Iglesias y a no pocos correligionarios suyos y lo asalta la misma sensación: “Yo he conocido a estos tipos en el pasado lejano; es más, milité junto a ellos, breve tiempo y a desgana –más que nada, por oponerme al franquismo–, en mi primerísima juventud. Dicen las mismas cosas y tienen las mismas actitudes que los prochinos de mi primer curso de Facultad, con algún tic de los trostkos y algún otro de los miembros del PCE más cerriles y stalinistas, ya anticuados entonces. ¿Cómo es eso, si ellos no vivieron aquellos tiempos?”

La desazón va más allá. También con los particulares, gente nueva o joven a la que uno conoce, me es cada vez más frecuente pensar pronto: “Ya sé cómo son este hombre o esta mujer. Los he visto y padecido antes (o disfrutado, no crean); sé sus ambiciones, sus métodos, de qué van, qué es pose en ellos y qué no; si son o no de fiar, si son soberbios o angelicales; si son sinceros o falsos, aduladores y trepas o nobles y que van de frente; incluso si tienen buena o mala índole, si son unos farsantes y cantamañanas o gente que se esfuerza en pensar por sí misma; si son listos, tontos, listos-idiotas o aparentes bobos con arrebatos de brillantez”. Claro que uno no es infalible y puede equivocarse, pero eso no quita la sensación de saber, de “reconocer”. A eso se le debe de llamar “ser perro viejo”. A que resulta más difícil engañarlo a uno: ha visto y oído ya mucho, ha prestado atención, y quizá la variedad humana (o española), pese a su fama de infinita, en realidad no da mucho de sí. No hay duda de que hay arquetipos que permanecen y se reiteran a lo largo de siglos, son preexistentes a la fecha de nuestro nacimiento. Y uno tarda en aprendérselos, estamos todos condenados a una larga fase de ingenuidad, de ser pardillos. Pero, una vez dejada atrás, resulta descorazonador y decepcionante ver cómo vuelve todo lo antiguo una y otra vez, como si la capacidad de inventiva se agotara pronto. En menos de lo que dura una vida, que ya es decir, porque la vida siempre es corta.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 26 de julio de 2015

[Javier Marías se toma un descanso vacacional, a partir de hoy, y regresará a su cita semanal con los lectores el primer domingo de septiembre.]

‘Mientras ellas duermen’, la película

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El japonés Takeshi Kitano encarnará a un personaje de Javier Marías
El País, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagoniza una película basada en un relato de Javier Marías
Europa Press, 21 de julio de 2015

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Wayne Wang, Takeshi Kitano wrap ‘While The Women Are Sleeping’
JEAN NOH
Screen International,  july 13, 2015

Takeshi Kitano Stars as Pervert in Wayne Wang’s ‘While The Women Are Sleeping’
MARK SCHILLING
Variety, July 12, 2015

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Wayne Wang adapta a Javier Marías
Hoyesarte.com, 21 de julio de 2015

Takeshi Kitano protagonizará un relato de Javier Marías
Fotogramas, 22 de julio de 2015

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LA ZONA FANTASMA. 19 de julio de 2015. ‘Si todo, todo’

En su libro El científico rebelde, en el capítulo “Generales”, el anciano físico y matemático inglés Freeman Dyson señala que el antiguo “carácter limitado del armamento” hacía que los objetivos militares fueran a su vez limitados, lo cual posibilitó que “el ejercicio del poder marítimo británico en el siglo XIX fuera peculiarmente benigno”. Cita a Robert Louis Stevenson, quien expresó en pocas palabras la filosofía que había permitido a Inglaterra adquirir un imperio sin perder el sentido de la proporción: “Casi todos los ciudadanos de nuestro país, salvo los humanitaristas y unas pocas personas que en su juventud han estado presionadas por un entorno excepcionalmente estético, pueden comprender a un almirante o a un boxeador profesional y simpatizar con él”. Y añade Dyson: “Este es el límite que la búsqueda de la gloria militar nunca debería sobrepasar. Un general o un almirante no han de recibir por sus éxitos ni más ni menos honores que un púgil triunfador”.

Todo eso, la limitación, la proporción, la falta de deseo y la imposibilidad de aniquilar a un país entero, ni siquiera a su ejército; la conformidad con las victorias parciales y suficientes, la creencia de que no se debe ni puede borrar del mapa a las poblaciones, de que no es conveniente dejar a una nación ni a una facción postradas indefinidamente, ni humillarlas hasta lo insoportable, se fue al traste con la Segunda Guerra Mundial, cuando el británico Sir Hugh Trenchard impuso su criterio de bombardeos aéreos indiscriminados, secundados al instante por los estadounidenses. “Una estrategia de bombardeos estratégicos garantiza que la guerra será total”, dice Dyson. Los generales se vieron poseídos por el culto a la destrucción que podían lograr con ellos, “y desde entonces, como resultado de sus actividades, nosotros mismos no hemos dejado de vivir bajo la amenaza de esa destrucción”.

Lo cierto es que esta ya no nueva mentalidad ha invadido casi todas las esferas. El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta, sin disidencias ni discrepancias ni fisuras ni reparos ni objeciones. Pero ese es también el sueño ideal de los partidos democráticos, que en el fondo aspiran a ganar por la mayor diferencia imaginable en las urnas, a ser posible por unanimidad. Si un sistema nos permite alcanzar en la teoría el 100% de los votos, ¿por qué no procurar obtenerlos para así gobernar sin trabas? Y lo mismo que ocurrió con los generales está sucediendo hoy con la tecnología y los servicios secretos. La capacidad de controlar y vigilar se ha hecho ya monstruosa; no digo “total” ni “omnipotente” porque todavía nos falta ver qué más se inventa en ese campo. Hace unas semanas apareció la noticia –una columnita lateral de este diario– de que tras la aprobación de la nueva ley francesa de servicios secretos, éstos podrán rastrear masivamente datos telefónicos y cibernéticos sin control judicial.

Las operadoras de telecomunicaciones, los buscadores y las redes sociales deberán instalar una especie de cajas negras para detectar cualquier conducta sospechosa. Los agentes franceses, a los que la ley no amparaba en muchas de sus prácticas, podrán ahora, a través de los sistemas Imsi Catcher, captar y registrar los datos de teléfonos y ordenadores de sospechosos y de cuantos estén a su alrededor. También utilizar micrófonos ocultos en lugares privados o balizas para seguir automóviles. Y entrar en domicilios particulares si lo consideran necesario, es decir, a su arbitrio. En sitios como Abu Dabi, Dubai, Qatar y similares, es ya perfectamente factible saber los movimientos de alguien desde que sale de su casa por la mañana hasta que regresa al atardecer, mediante las cámaras instaladas en las calles y establecimientos. También resulta que algunos de los aparatos llamados “inteligentes”, desde televisores hasta tabletas y smartphones, pueden llevar microcámaras incorporadas, por lo que ya nadie nos asegura que no estemos siendo espiados incluso en nuestros salones y alcobas, probablemente sin tener ni idea, sin duda sin nuestro consentimiento.

En Dinamarca y otros países se estudia abolir el dinero en efectivo y, so pretexto de luchar contra el fraude y el “negro”, obligar a todo el mundo a pagar cualquier servicio o chuchería con tarjeta o móvil, de manera que el Estado tenga conocimiento de en qué empleamos nuestros míseros céntimos. La humanidad está cayendo, una vez más, en la tentación de carecer de límites, y de no ponérselos. Si las nuevas tecnologías nos lo permiten todo, hagamos uso de todo hasta las últimas consecuencias, parece ser la consigna. Sepamos hasta el último detalle de los pasos de cualquiera, sus compras, sus gustos, sus amistades, sus amoríos, sus prácticas sexuales, si se masturba o no en casa, qué escribe, qué conversaciones tiene, qué ve, qué escucha, qué lee, a qué juega, su historial médico, cómo vive y cómo muere. Pocos protestan por esta invasión y apropiación absolutas de la intimidad. Hace sólo un par de generaciones, el 1984 de Orwell nos parecía a todos una pesadilla, un infierno. La versión real de eso, sólo que multiplicada por diez, a las generaciones actuales les parece de perlas. No sólo no se rebelan, sino que colaboran. Veremos cuánto les dura ese parecer. Claro que, si un día lo cambian, será ya demasiado tarde.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 19 de julio de 2015

 

LA ZONA FANTASMA. 12 de julio de 2015. ‘Pasatiempo 601’

escanear0001Desde que empecé esta columna de El País Semanal, hace más de doce años, pongo en el margen izquierdo de la primera página (sigo utilizando papel) ZF y el número correspondiente. Las iniciales son las del arbitrario nombre de la sección, que por pereza no he cambiado en todo este tiempo, y que era un homenaje al título mexicano de la serie de los años sesenta The Twilight Zone, de Rod Serling, y que en España creo que se llamó La dimensión desconocida: entonces no había televisión en mi casa y me conformaba con “leer” algunos episodios en los tebeos que publicaba la mítica Editorial Novaro, de México, que también sacaba Superman, Batman, La pequeña Lulú y centenares más. La semana pasada lo que escribí en ese margen fue ZF 600, y desde entonces esa cifra me ronda la cabeza, con una mezcla de estupor y preocupación. La cercanía de agosto, además, el mes en que me tomo un respiro de estas colaboraciones, supone otro motivo no tanto para hacer balance cuanto para preguntarme qué diablos estoy haciendo y por qué, todos los domingos desde 2003. De mis compañeros, creo que soy el único, desde la marcha de Maruja Torres, cuya columna no es quincenal, o así ha sido al menos hasta hace muy poco. Y, aunque ustedes no tienen por qué saberlo o recordarlo, antes de que EPS me brindara generosamente esta página, me había pasado ocho años más con artículos dominicales en otro lugar, del que me fui cuando se me censuró uno.

Cuatro lustros opinando son sin duda demasiados. Y doce años también, para los lectores de este suplemento y probablemente para mí. La respuesta de aquéllos –es decir, de ustedes– no ha podido ser más amable ni más paciente. No tengo sino agradecimiento para cuantos se dirigen a la sección de Cartas, y eso incluye a quienes lo hacen para expresar su desacuerdo o criticar lo que he dicho: su mera reacción significa que se han tomado la molestia de leer el artículo y que no los ha dejado indiferentes, lo peor que le puede ocurrir a cualquiera que escriba, tanto da el género. Siento particular lástima por los autores –hay no pocos en España– que van de provocadores o transgresores … y pasan inadvertidos, me parece uno de los destinos más tristes imaginables. Así que me considero afortunado y doy las gracias a cuantos no se saltan sin más esta última página, sino que se detienen en ella, aunque luego sea para indignarse. También la indignación merece gratitud.

Ahora bien, al ver ese número 600 no he podido por menos de preguntarme, como deben de hacer también de vez en cuando los demás columnistas, qué es lo que uno pretende, aparte –claro está– de ganarse un sueldo. ¿Influir? Habría que ser muy ingenuo para creer que dos folios y medio, aunque se reiteren cada domingo, estén facultados para cambiar nada ni a nadie. Bueno, uno piensa, en días optimistas, que a algunos lectores sueltos se les puede ofrecer una perspectiva o una argumentación que no se les había ocurrido antes, y que acaso las adopten momentáneamente y duden de sus posturas previas sobre determinada cuestión. En quienes tienen verdadero poder para cambiar las cosas –los políticos–, uno está seguro de que en modo alguno va a influir, porque los actuales, sean de los partidos “nuevos” o “antiguos”, tienen precisamente a gala no escuchar las críticas, no atender a consejos ni a razonamientos, o sólo de los aduladores que los van a reafirmar en sus actitudes y decisiones. Una de las frases favoritas de todos ellos es: “Nadie tiene que darme lecciones de …”, y complétenla con lo que les parezca, honradez, democracia, transparencia, lealtad, veracidad, dignidad, esto es, todas aquellas virtudes de las que la mayoría carece. La otra frase preferida y brutal –esta compartida por el grueso de la sociedad– es: “No tengo nada de lo que arrepentirme”, cuando lo normal para mí –y creo que para el conjunto de las personas– es arrepentirse de algo cada semana, o incluso a diario.

¿Entonces? ¿Consolar un poco, reconfortar? Algo, tal vez. Hay lectores que celebran ver en letra impresa una opinión que “nadie se atreve a expresar” o que ellos compartían en silencio. Más de uno me ha confesado que al descubrir la afinidad ha concluido, con alivio, que no estaba loco, en vez de incorporarme a mí a su club de bichos raros o sin sesera. Sea como sea, al cabo de 600 piezas en el mismo espacio, uno tiene la sensación de haber opinado sobre lo habido y por haber, y de haberse repetido mucho. Para lo último valga como disculpa que la realidad se repite todavía más, y las sandeces no digamos, poseen la perseverancia como característica principal. A veces hay que salir al paso de lo que ya creyó uno atajar con argumentos, años atrás. Mi padre, que también escribió mucho en prensa, solía asegurar que en España hay que decir las cosas por lo menos tres veces: la primera para avisar, la segunda para discutir y la tercera para convencer. A unos pocos, añadiría yo (él era un optimista irredento), por lo general sin ningún poder decisorio. ¿Qué nos queda, así pues? ¿Entretener? Seamos modestos y aceptémoslo: a fin de cuentas es una muy digna tarea que no daña a nadie. Y aunque hay algunos a los que uno quisiera hacer rabiar de vez en cuando, conformémonos y pongamos 601 a este pasatiempo dominical.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 12 de julio de 2015

LA ZONA FANTASMA. 5 de julio de 2015. ‘Un prestigio infundado y dañino’

Gran parte de los ciudadanos aplaudió a los “indignados” de 2011, que acamparon en Sol en Madrid y en plazas de otros lugares. Muchos sinceramente, muchos por oportunismo y por “no quedarse atrás”. Entre estos últimos causó rubor ver a bregados políticos y a veteranos intelectuales arrimarse para salir en las fotos, el viejo truco de intentar ponerse delante de una avalancha que ya está en marcha. Claro que había motivos –y los hay– para indignarse; claro que no les faltaba razón a los manifestantes, asambleísmos y arcaísmos y puerilidades aparte. Pero lo que se aplaudió más todavía fue el término, “indignados”, hasta el punto de haber alcanzado un extraño prestigio en nuestra sociedad y de haberse convertido en un estado de ánimo en el que hay que vivir instalado. Hoy parece que el que no se indigna continuamente por algo –lleve o no razón, tenga o no importancia– sea un acomodaticio, un domesticado, un dócil, un sumiso y un tonto.

La reacción inmediata de demasiados españoles es poner el grito en el cielo por cualquier zarandaja. Da la impresión de que se asomen a las pantallas y a los diarios para encontrar motivos de cabreo descomunal, de furia. Y quien está predispuesto a eso los hallará siempre, o se los inventará en caso contrario. Poco hay que inventarse en política, con el Gobierno que padecemos. Poco ante los innumerables casos de corrupción descubiertos, y los que nos faltan. Poco ante la situación económica de las clases medias y bajas, a las que la “recuperación lograda” que proclaman Rajoy y sus huestes les debe sonar a tomadura de pelo y a recochineo. Poco hay que inventarse, asimismo, ante la galopante decepción de los “nuevos partidos”, que tal vez sean más honrados que los “viejos” –a la fuerza ahorcan–, pero cuyos dirigentes se muestran por el estilo de vainas, aunque en otra gama. De momento abrazan cuantas peregrinas ideas flotan por el globo, siempre que sean “ecológicas” o tópica y vulgarmente “correctas”, es decir, demagógicas y prohibidoras. Por no mencionar la vileza tuitera de cuatro ediles –cuatro– de Carmena en Madrid. Si esa es la “gente decente”, según una juez, este país está encanallado.

Hace poco hablé de los linchamientos masivos de las redes sociales, extrañado de que el comentario o la foto imbéciles de un cualquiera provocaran aludes de improperios, con consecuencias desproporcionadas para los metepatas. Quizá no es tan extraño, a la luz de ese absurdo y nocivo “prestigio” de la indignación. Hay que vivir airado, parece ser la consigna. Hay que saltar a la mínima y descargar nuestra cólera, no pasarle una a nadie. Y lo grave es que, poco a poco, ese estado de ánimo permanentemente erizado y adusto, agresivo, se adueña de todos los ámbitos. Algunos medios de comunicación azuzan sin cesar las llamas. La fábrica de manipulación que hoy es TVE anunció como cosa tremenda lo que había dicho el futbolista Piqué durante las celebraciones del Barça por sus triunfos. Sus locutores hubieron de explicarlo con minucia, porque para el común de los espectadores la frase de Piqué era incomprensible, se había limitado a dar las gracias a un cantante desconocido. Por lo visto encerraba una muy velada burla –más bien críptica– al Real Madrid, lo cual motivó que en el siguiente partido que jugó, con la selección, Piqué fuera pitado por los propios hinchas cada vez que intervenía. De lo cual se hicieron eco, falsamente escandalizados, los mismos locutores de TVE que habían prendido la cerilla para provocar el incendio. Así sucede con todo. Sin salirnos del terreno venial del fútbol, el “prestigio” de indignarse con Casillas, hecho dogma por los forofos del ­Madrid más cerriles, sandios, pendencieros y desagradecidos (es decir, más mourinhistas), ha dado como resultado la casi segura, anticipada y fea marcha del jugador más admirable que ha tenido ese club en muchos años. La cuestión es enfurecerse. Con quién, da lo mismo.

Me parece peligroso el estado de irritabilidad continua. Lleva a no distinguir qué merece nuestra indignación de veras y qué sólo nuestra desaprobación, o nuestro desprecio. Una población irascible y con malas pulgas está condenada al descontento, con el mundo entero y consigo misma. También lo está a confundirse y a no discernir, a dar importancia a lo que no la tiene y a restársela a lo que sí, ocasionalmente, aunque hoy se conceda a todo trascendencia desmesurada. Está condenada a ser injusta, a cargarse lo valioso y a defenestrar a sus conciudadanos mejores. Basta con que uno de éstos haga o diga algo que esa población no quiere ver u oír, basta con que ponga en tela de juicio sus convicciones (casi siempre pasajeras, casi siempre impuestas por “los tiempos que corren”), para que la persona notable o perspicaz “indigne” a los encolerizables y también caiga en desgracia. La gente indignada o predispuesta a estarlo es la que menos escucha y razona, y la más manipulable, y acaba por ser sólo intolerante. Sin duda va siendo hora de que se rebaje el “prestigio” de esa actitud más bien pétrea. Un prestigio infundado y dañino donde los haya. Además de idiota, dicho sea de paso.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 5 de julio de 2015