LA ZONA FANTASMA. 28 de diciembre de 2014. ‘En la estela del FBI’

En una reseña americana sobre el libro de Betty Medsger The Burglary: The Discovery of J. Edgar Hoover’s Secret FBI, se cuenta cómo en marzo de 1971 un grupo de jóvenes activistas contrarios a la Guerra de Vietnam se coló en una pequeña oficina del FBI sita en Media (Pennsylvania), y robó los archivos allí existentes. Al parecer no eran exhaustivos (Media es una población de menos de diez mil habitantes, eso sí, cercana a Filadelfia), pero bastaron para que se descubrieran prácticas del FBI que los ciudadanos de entonces no sospechaban, no digamos los de las décadas anteriores, cuando esa policía fue objeto de veneración general y de eficaz propaganda en numerosas películas de Hollywood. Hoy ya no sorprende apenas, pero esa organización poseía una red de vigilancia que en algunos casos no tenía demasiado que envidiar a la Stasi comunista alemana (por ejemplo, en una Universidad, se contaban entre los “informantes” un oficial de seguridad del campus, el jefe local de la policía, el administrador de Correos, el secretario general del college y una encargada de la centralita telefónica); desde 1956 nada menos, existía un programa llamado COINTELPRO destinado a denunciar, desbaratar y neutralizar a un gran número de organizaciones, desde la antigua y la nueva izquierda hasta los activistas negros, los antibelicistas, los indios americanos y muchas otras, a base de calumniar a sus miembros y crearles conflictos, levantar sospechas sobre sus heterodoxias sexuales y sus irregularidades financieras. El FBI enviaba venenosas cartas anónimas con el fin de destrozar matrimonios; incitaba enfrentamientos entre bandas, otorgó el estatuto de “confidentes de la policía” a quienes eran tan sólo grupos violentos. En vísperas de su viaje a Oslo para recibir el Nobel de la Paz, el Federal Bureau of Investigation intentó convencer a Martin Luther King de que se suicidara (?). Los robos de material en casas de individuos espiados y en sedes de organizaciones pro derechos civiles eran parte de la cotidianidad del FBI. Procuró y logró que periodistas críticos fueran despedidos de sus periódicos, o profesores de sus Universidades. Hoover, el famoso y eterno director, utilizaba sus gigantescos recursos para difamar y chantajear a quienes criticaban sus actividades. No vacilaba en hacerlos acusar de alcoholismo, homosexualidad (algo a lo que al parecer él andaba entregado), drogadicción, adulterio o proxenetismo, sin fundamento alguno en la mayoría de los casos.

Pero ya se conoce la eficacia de la calumnia, tanto mayor si está orquestada y proviene de los poderes públicos, los cuales, en todas partes, cuentan con periodistas y voceros a su servicio, gente capaz de llevar a cabo insistentes campañas contra las que casi nada puede hacerse. Hoover consiguió, por ejemplo, que algún congresista estimado, que había sido reelegido cuatro veces, perdiera su escaño tras ser acusado de fomentar una red de prostitución. Ya digo que hoy estas revelaciones no nos pillan de sorpresa. Ha habido libros y películas que han señalado la falta de escrúpulos de Hoover (hasta se ha insinuado que habría tenido parte en el asesinato de Kennedy, pero en fin, esto lo comparte con el resto del universo) y sus métodos cuasi mafiosos.

El problema es que, cuando se averiguan y airean estas prácticas, todos tendemos a pensar que son cosa del pasado y nos quedamos medio tranquilos, sin caer en la cuenta de que, una vez acometidas por los servicios de seguridad, es casi imposible que sean abandonadas. Ni de que hoy en día las posibilidades de vigilancia, espionaje y difamación contra cualquier ciudadano son infinitamente mayores que en los años setenta, no digamos en los sesenta y cincuenta. Nuestros ordenadores y móviles pueden ser inspeccionados por cualquiera con los medios adecuados. Por tanto, nuestros movimientos y desplazamientos. Sin percatarnos de ello en exceso, somos filmados por cámaras varias veces al día. Se conocen al detalle nuestros gastos e ingresos, nuestros hábitos, aficiones, gustos y vicios, quiénes son nuestras amistades y lo que hablamos con ellas, o les escribimos. No quiero decir que continuamente se nos espíe, claro está (para qué); sino que, si en un momento determinado el FBI o sus equivalentes necesita o decide rastrearnos, lo harán sin trabas y de manera exhaustiva. Lo cual les permitiría tergiversar, manipular, calumniar, levantar sospechas verosímiles. Con la agravante, además, de que hoy, con las redes sociales echando humo a tiempo completo, no hay quien detenga ningún bulo, ninguna acusación, ningún invento. Todo se expande hasta el infinito, y a velocidad de vértigo. Cualquier sandez, o cualquier infamia que se nos atribuya, permanecerá para siempre en el imaginario colectivo. Poco importará que algo se desmienta fehacientemente o que uno salga absuelto de un juicio: se hará caso omiso del desmentido o del fallo y perdurará el baldón para medio mundo. Si en épocas pasadas ya era difícil luchar contra eso, sobre todo si quien propalaba el infundio era el Gobierno, hoy es imposible, porque nada se borra ni anula del todo. Por eso deberíamos tender a no dar crédito, en principio, a nada malo que se diga de nadie, hasta que haya pruebas manifiestas e indudables. Lo cual es tarea vana, ya me doy cuenta, puesto que a la humanidad nada le entusiasma más que pensar que todo el mundo esconde delitos o suciedades, y disfrutar escandalizándose de ellos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 28 de diciembre de 2014

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Hay algo en su militancia fumadora, ese gesto de salir en las fotos fumando, que enternece al igual que su escritura impone. Fue el escritor más british. Personalísimo, culto, singular hasta el extremo de seguir acarreando una máquina de escribir y de entronizarse como rey de la isla de Redonda, Javier Marías vuelve a coronarse como el autor del libro del año con Así empieza lo malo, una novela sobre verdades y secretos, sus reglas y sus trampas. De fondo, una afilada mirada a un periodo que, bajado de los altares, por fin puede criticarse: la transición democrática. Prosa deslumbrante pero suculenta, que desvela y engancha, para luego suspenderse y dejarnos absortos. El joven Marías, boca de fresa y abrigo de paño.

JOANA BONET

La Vanguardia, 27 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 21 de diciembre de 2014. ‘Diccionario Penal’

A raíz de la nueva edición del Diccionario de la RAE (la 23ª), han arreciado las protestas por parte de colectivos e individuos. Unas, porque no se ha suprimido o modificado tal o cual acepción de una palabra; otras, porque se ha añadido alguna, atendiendo a su vigencia entre los hablantes; las de más allá, porque se han incorporado vocablos aquí inauditos, olvidando que son frecuentes en países que comparten con nosotros la lengua: por ejemplo, “amigovio”, el cual, por desafortunado que en mi opinión resulte, se emplea en la Argentina, México, el Uruguay y el Paraguay. Muchas quejas son ya antiguas y simplemente se redoblan, cada vez con mayor intolerancia, como corresponde a nuestros tiempos. Los judíos se enfurecen por el mantenimiento de “judiada”, que está en los clásicos; los gitanos se manifiestan ante la sede de la Academia exigiendo que desaparezca la acepción “trapacero”, sin tener en cuenta que también se recoge la elogiosa “que tiene arte y gracia para ganarse las voluntades de otros”; los enfermos de cáncer juzgan denigrante el siguiente sentido: “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”, como en la frase “la corrupción es el cáncer de la democracia”; las asociaciones de autismo se indignan ante esto: “dicho de una persona: encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”, como en “Rajoy gobierna en plan autista”. Como los aquejados de cretinismo son ya menos que antaño, no me consta que se hayan encolerizado por el significado “estupidez, idiotez, falta de talento”, ya longevo. Pero, puestos a ser susceptibles, el número de ofendidos podría ser incontable.

Los frailes podrían soliviantarse porque “frailuno” sea “propio de fraile”, aunque se señale que es término despectivo; los jesuitas porque “jesuítico” quiera decir: “dicho del comportamiento: hipócrita, disimulado”; los lagartos –si pudieran– de que la forma masculina pueda ser “ladrón del campo” y la femenina “prostituta”; las ratas de que figure su nombre para “persona despreciable”, al igual que los perros, a los que se añade el agravio de que “perra” sea también “puta”, lo mismo que las vacas inglesas por uno de los sentidos de “cow”. Aunque los animales no puedan, todo se andará: oiremos clamar al cielo a sus exaltados “defensores”, que pedirán la eliminación de estas ofensas. No entro en las reivindicaciones supuestamente feministas (en realidad pacatas, la mayoría), por demasiado abundantes y ya vetustas.

Uno se pregunta qué es lo que estos colectivos e individuos furiosos no entienden de lo que es tan fácil de entender. El DRAE no “sanciona”, no “legaliza”, no “da carta de naturaleza”, no “autoriza” a utilizar un vocablo, no señala lo que es admisible o inadmisible, entre otras razones porque no tiene poder para ello. La gente habla y escribe como le da la gana, y al hacerlo le trae sin cuidado lo que incluya o diga el Diccionario. Éste no “faculta” ni “impide”, tampoco castiga ni multa, ni siquiera reprende a nadie, todo eso está fuera de sus atribuciones. El DRAE es neutro, es un mero recipiente, un registro de lo que los hablantes deciden emplear libre y espontáneamente (eso sí, de forma mayoritaria y duradera). Cuando un uso arraiga, o figura en textos importantes, al Diccionario no le queda sino recogerlo. Da lo mismo que un término sea obsceno, desagradable, peyorativo, despreciativo, ofensivo, incluso racista. De sus existencia y vigencia no hay que culpar a las Academias, sino a los hablantes, y lo que todos esos colectivos olvidan es que los hablantes son libres para bien y para mal, y que lo último que le corresponde a un diccionario es ejercer la censura.

¿Por qué habría que hacer más caso a los autistas o a los judíos que a los jesuitas o a los puritanos? Estos últimos se sienten ofendidos por la presencia de “follar”, “polla” o “coño”, que antiguamente estaban ausentes. ¿Sería hoy esto aceptable? No, a todas luces: el Diccionario sería tildado, con motivo, de censor y mojigato. Y es justamente ese espíritu, el censor, el que anima a quienes protestan: cada cual quiere que se supriman –es decir, se prohíban– los vocablos que siente agraviosos. Si subrayo este último verbo es porque cada quejoso o indignado habla desde su subjetividad, y como éstas son infinitas, también lo serían las podas. Los que denuestan el Diccionario son enemigos de la libertad y autoritarios, aspiran a la prohibición y sujeción del habla, y además creen, erróneamente, que la censura del DRAE acabaría con el uso de las acepciones que los enojan, como si esa obra fuera una especie de Policía o de Código Penal capacitada para llevar a la cárcel a los infractores, a quienes se valieran de términos no consignados en ella. ¿Tan difícil es de entender lo ya expresado? El DRAE no impone nada, no puede; tampoco veta nada, no puede; a lo sumo orienta, guía, recomienda o desaconseja. Está a merced de lo que los hablantes deciden, y éstos son libres, mal que les pese a muchos con vocación dictatorial. Un solo ejemplo inocuo: etimológicamente, deberíamos haber dicho “crocodilo”, y a ello obedecieron el inglés y el francés “crocodile” y el alemán “Krokodil”. A españoles e italianos se nos antojó que el nombre fuera “cocodrilo” y “coccodrillo”, y así fue y seguramente será hasta que nuestras lenguas desaparezcan. Para lo cual no falta mucho, dicho sea de paso, pero esa es otra historia.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 21 de diciembre de 2014

‘Así empieza lo malo’, mejor libro del año

Vídeo

Así empieza lo malo en la voz de Marías
Vídeo de Paula Casado

20141220babeliaBig“Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida”

“Mi cardiólogo me va a reñir por salir fumando en las fotos”, dice Javier Marías en su casa de Madrid, la ciudad en la que nació en septiembre de 1951. Su cardiólogo es el doctor José Manuel Vidal, convertido en personaje de Así empieza lo malo (Alfaguara), la novela elegida por los críticos de Babelia como mejor libro de 2014. La elección, cuenta, le ha sorprendido. “Por dos razones. Una, porque este año ha sido excepcional en cuanto a libros importantes de escritores importantes: Marsé, Muñoz Molina, Landero, Cercas, Luis Mateo Díez, Gimferrer en poesía, Ferrer Lerín, Guelbenzu… No los he leído todos pero alguno mejor tiene que haber. La segunda, porque cada nueva novela la escribo más a tientas y con menos fe. Además, me sorprende que al cabo de 43 años de publicar mi primera novela todavía pueda seguir vigente lo que hago, cuando todo cansa tan rápidamente. De mí debe de estar la gente aburrida”. Cuando se le pide que señale su particular libro del año se decanta por la poesía de Mark Strand, el escritor estadounidense fallecido el mes pasado al que conoció cuando este se trasladó a Madrid. “La poesía”, dice el novelista, “me sigue pareciendo la más alta expresión literaria posible”.

PREGUNTA. ¿Qué ha sido lo más extravagante que ha oído sobre la novela desde que se publicó en septiembre?

RESPUESTA. En una firma de ejemplares una señora me dijo que estaba indignada con el comportamiento de un personaje. Otra le respondió: “Es que el marido…”. Supongo que es bueno que el lector se meta en una novela lo suficiente como para que las vicisitudes de los personajes le sean motivo de aprobación o de indignación. Me sorprende por el tipo de novela que yo hago, que no es de técnica realista, pero me agrada, claro. El mayor elogio que se le puede hacer a una novela es hablar de sus personajes como si fueran personas reales.

P. ¿Por qué sucede?

R. No sé. Yo he intentado poner en esta lo que a mí me interesa de las novelas: ambigüedad moral, pros y contras en los actos de los personajes… Sin juicios por parte del narrador y menos aún del autor. Supongo que ninguno de los personajes sale limpio del todo. Quiero que en mis novelas haya la misma ambigüedad que en el mundo. Las novelas deben ser tan ambiguas como la vida. No sé si esa identificación del lector es extravagante, pero me sorprende.

P. Sobre todo teniendo en cuenta que en la novela hay personajes reales como Francisco Rico. ¿Dan más trabajo ellos o los de ficción?

R. Tanto el profesor Rico como el doctor Vidal son personajes reales ficcionalizados, evidentemente. No se puede pretender que el profesor de la novela sea el mismo que el verdadero, que está en su casa no sé haciendo qué, según él estudiando y creando cosas incomparables, y probablemente es así porque efectivamente tiene cosas incomparables [ríe]. Todos los personajes tienen algo de realidad, y siempre hay algo de uno mismo en todos ellos. Yo tiendo a poner cosas mías en los más desagradables. A veces son meros detalles. Otra persona que vino a esa firma me habló del pastillero con brújula que lleva un personaje y le dije: “Es este [lo saca del bolsillo], fue de un escritor”.

Fotos. Bernardo Pérez

Fotos. Bernardo Pérez

P. ¿De quién?

R. De Norman Douglas. Un inglés que vivía en Capri, gay, muy bon vivant y refinado. Lo compré porque me hizo gracia que fuera suyo y porque yo siempre digo que lo que hago al escribir es errar con brújula.

P. Los enamoramientos partía de un hecho real que le contó una amiga. ¿De dónde parte Así empieza lo malo?

R. No lo tengo claro. No fue una frase, ni una imagen. Tenía interés en hablar de algunos temas. En la novela hay una dimensión colectiva, política, que procuré que estuviera en segundo plano y entreverada con las historias personales porque si no las dimensiones políticas de las novelas no funcionan. En esta hay temas que son frecuentes en mis libros: la imposibilidad de saber del todo nada a ciencia cierta; la conveniencia de contar las cosas o no, la conveniencia de saberlas o no, las consecuencias de contar algo en un momento de arrebato…

P. La novela remite a la posguerra, sucede en 1980 y se cuenta desde la actualidad. ¿Tuvo presente el debate sobre la memoria histórica y la Transición?

R. Sí, al principio hay un capítulo breve, explicativo, sobre la situación en 1980. No quería ser didáctico, pero pensé que no molestaba. Hay mucha gente que ya no sabe cómo eran las cosas entonces.

P. ¿Y cómo eran?

R. Mucha gente echa pestes de la Transición y dice que es la culpable de todo lo que pasa ahora. Demuestra una ignorancia absoluta. En la Transición se hicieron muchas concesiones, pero no había más remedio. La gente ha olvidado que el Ejército, como se vio en 1981, seguía siendo más bien franquista. Pedir responsabilidades habría sido imposible. Con todo y con eso y con las renuncias que eso implica —da rabia porque hay gente que salió impune de cosas horrendas en la guerra y la posguerra—, de la Transición salió, si no el país ideal, uno que se parecía a los demás. Los causantes de los males actuales son los políticos actuales y la sociedad actual en buena medida, no la Transición. La Transición no fue perfecta ni muchísimo menos, pero fue buena, lo único que se podía hacer sin llegar a un enfrentamiento que nadie quería.

P. ¿Tendría sentido hacer ahora lo que no se hizo en la Transición?

R. Lo vería particularmente absurdo porque la mayoría de los responsables del franquismo han muerto. Distinto es que no se puedan contar las cosas. Tal vez se dijo en exceso: no pidamos cuentas. Y tampoco se contó nada. Me parece bien que no se llevara a nadie al banquillo, pero no que no se sepa lo que hizo cada uno.

P. ¿Cómo era usted en 1980?

R. Tenía más años de los que tiene el narrador de mi novela. Él tiene 23, yo tenía 29. Había publicado ya tres libros. El tercero, El monarca del tiempo , es de 1978. Hoy lo encuentro bastante absurdo. Hay alguna parte del libro que me gusta, pero en conjunto, no. ¿1980? Estaba muy desconcertado. Había empezado a publicar tan joven, a los 19 años, y lo normal es que un novelista tenga poco que contar a los 19 años. Tenía poco vivido y poca visión de nada.

P. En 1979 le dieron el Premio Nacional de Traducción pero hace dos años rechazó el de Narrativa por Los enamoramientos. ¿En 1979 no se planteó rechazarlo?

R. En aquel momento no dudé. Traducir el Tristram Shandy había supuesto mucho trabajo, algo un poco suicida. Son esas cosas que se hacen con la inconsciencia de la juventud. Cuando miro atrás, veo las dificultades del libro y que lo hice con 25 o 26 años, pienso: qué atrevimiento. Ahora no lo haría. En su día me alegró ese premio, pero eran otros tiempos. No había ningún motivo para rechazarlo. Estábamos con la democracia recién inaugurada y mi postura hacia no recibir nada del Estado —ni premios, ni invitaciones, ni viajes— no era la que tengo desde hace 20 años.

P. Por entonces se decía de usted que no parecía un escritor español.

R. Fue un sambenito que duró años. Bastantes colegas o críticos decían: “Sus novelas parecen traducidas del inglés” o “mal traducidas del inglés”, directamente. Hasta Umbral, que me llamó…

P. Angloaburrido.

R. Anglosajonijodido. Neologismo feo y poco logrado [ríe]. Lo decía gente de la generación anterior a la mía que me acusaba de ser un escritor inglés camuflado.

P. ¿Qué pensaba cuando lo oía?

R. Me sorprendía: siempre he escrito en español y además soy de Chamberí. Más de Madrid no puedo ser. Tal vez se basaban en que yo y otros de mi generación habíamos tenido una actitud beligerante hacia la tradición heredada. Los escritores trataron de apartarse de la literatura social, que había sido la imperante. La reacción de los que se daban por aludidos también fue beligerante. Es normal que cada generación se rebele contra la anterior. Supongo que ahora habrá gente de treinta y pocos años que echará pestes de nosotros. Me parece normal.

P. ¿Que echen pestes?

R. Sí, cuando en el año 1989 le dieron a Cela el Premio Nobel me pidieron unas declaraciones y dije que me parecía la peor noticia posible para la literatura española que se premiara a esas alturas un tipo de literatura que veíamos como un tanto caduca e impostada. Reconociendo que Cela había hecho por lo menos dos buenas novelas al principio, nos parecía que llevaba mucho tiempo sin hacer nada que valiera la pena. Había entonces mucho defensor de Cela y me gané muchas enemistades. Era un sacrilegio. Si ahora alguien dijera algo similar de cualquiera de mi generación no podríamos quejarnos porque también nosotros lo hicimos, con mayor o menor justicia. En el caso de Cela no me desdigo, pero puede que en el caso de otros autores fuéramos injustos.

P. ¿Por ejemplo?

R. Juan Marsé. No creo que contra él hubiera nunca beligerancia, pero digamos que en aquellos años setenta no lo teníamos en mucho. Luego nos hemos dado cuenta de que es un grandísimo escritor y que fuimos injustos en aquel momento.

P. ¿Y de la tradición? El Muriel de su novela critica a Galdós, igual que Benet.

R. Hay un guiño, sí. A Galdós le reconozco que tiene talento para muchas cosas, pero en conjunto… Tiene una novela muy buena que no es de las más leídas, El amigo manso. Pero en su obra hay cosas que me ponen de los nervios.

P. ¿Qué le pone nervioso de Galdós?

R. Algunos diálogos casi dan vergüenza ajena. Tenía mucho talento novelesco y sabía cómo armar una novela, pero tiene unos desfallecimientos estilísticos brutales.

P. ¿Qué autores le interesan?

R. Valle-Inclán me parece un escritor enorme. También Clarín. Y a Baroja lo leo con gusto siempre. Le tengo admiración.

P. ¿Y de la tradición latinoamericana? Suele decirse que fue un revulsivo, pero no sé si usted lo vivió así de joven.

R. Leí y leo con admiración a Rulfo y a García Márquez y a Vargas Llosa. A Cortázar no, excepto los cuentos. Rayuela nunca me gustó. Soy un gran entusiasta de [Horacio] Quiroga, por ejemplo. Onetti también me gusta. Leyéndolos comprobabas lo que se ha dicho tanto: que el español podía ser menos rígido, más libre y más rico de lo que la tradición reciente de la literatura española parecía consentir.

P. En sus artículos es muy crítico con lo español. ¿Qué le gusta de España?

R. Que la gente es desprendida y tiene cierta alegría de vivir, cierta despreocupación, cierta confianza en que las cosas no se estropean del todo aunque pinten mal. Ahora llevamos unos años en que eso es más difícil de mantener. La gente tenía poco dinero y era capaz de gastárselo en pagar una ronda a los amigos. En otros países no lo he visto. A veces todo lo contrario, he visto mezquindad en lo monetario.

P. Por escrito parece estar siempre a la que salta, enfadado.

R. El mero hecho de que uno se moleste en escribir criticando algo indica cierta ingenuidad y optimismo, porque uno lo hace con el afán iluso de que algo mejore.

P. También es crítico con la crítica literaria. En un artículo fue muy duro, sin ir más lejos, con la que se publica en Babelia.

R. La crítica ha ido perdiendo influencia. En parte debido a nuevas costumbres. Probablemente la existencia de Internet tenga mucho que ver, pero en parte también es culpa de los críticos, si es que se puede generalizar. Siempre hay excepciones. Claro que hay críticos muy buenos y muy ilustrativos. Lo contaba en ese artículo: tenía babelias atrasados y pensaba que encontraría libros de los que no me había enterado y que me iban a atraer. Aunque hubiera muchos elogios, rara vez me incitaba ninguna crítica. En fin, quizá exageré. Pensé: es raro, qué pasa. Quizás ha habido por parte de la crítica cierta dejación de sus funciones, quizás hay muchas que no suenan del todo sinceras, quizás otras son rutinarias. Otras están llenas de elogios pero los elogios, a mí, que soy perro viejo, me suenan huecos. Esa sensación tuve. Mi intención no era ofender a nadie. A lo mejor lo hice al escribir ese artículo y, bueno, me disculpo porque uno siempre es injusto cuando generaliza, y hay excepciones, sin duda.

P. ¿Qué le ha pasado a la crítica?

R. Que ha perdido la fe en sí misma, la fe en —la palabra no es muy simpática— educar al lector; en orientarlo, que suena menos desagradable. Esa falta de confianza en sus propias capacidades se ha convertido en un bumerán. La prueba más fehaciente es que, así como en los años setenta podía influir muy favorablemente en el destino de un libro, sobre todo de un autor que no fuese conocido, hoy eso pasa muy rara vez. Hay una especie de desconfianza o de desdén hacia la crítica. Soy el primero en lamentarlo. No es un género que me parezca baladí. Es un género como cualquier otro y ha tenido exponentes de primera fila.

P. ¿Y no hay cierta tendencia a tomar las críticas como ofensas personales?

R. Eso es una desgracia, pero en parte sucede porque a veces ha sido así. Tengo 63 años y quizás no otra cosa, pero creo que tengo cierta capacidad para detectar cosas en un texto. A veces leo una frase en una novela y digo: esto no va a ningún lado. Tal vez sea injusto, pero es el defecto de hacerse mayor, que uno se hace resabiado. Eso se nota en las críticas. A veces notas que al crítico le ha gustado más de lo que está diciendo. Y a la inversa. A veces los elogios son impostados. Muchos críticos han utilizado su podercito para no ser del todo sinceros.

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

El País, Babelia, 20 de diciembre de 2014

Ilustraciones. Fernando Vicente

Ilustraciones. Fernando Vicente

1. Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara

2. El impostor. Javier Cercas. Literatura Random House

3. José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus

4. Un hombre enamorado (Mi lucha II).Karl Ove Knausgård. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Anagrama

5. Días de mi vida (Vida I). Juan Ramón Jiménez. Pre-Textos

6. Hasta aquí. Wislawa Szymborska. Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby

7. La hierba de las noches. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama

8. El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets

9. Diccionario de la lengua española. RAE. Espasa

10.Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral

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‘Así empieza lo malo’: Yo perdono, tú perdonas, nosotros NO perdonamos…

francesco-giuseppe-casanova-a-man-on-horseback-in-elegant-costume,-others-beyondReconoce Javier Marías que tiene un estilo muy definido y una serie de temas que aparecen con frecuencia en sus novelas. Es cierto. Pero eso no quiere decir que sea un escritor que se repita, ni mucho menos. ¿Diría alguien que Scorsese se repite, por ejemplo, en su cine? Y, sin embargo, ahí están algunas de sus obras maestras, con temas recurrentes que aborda de muchas y variadas formas.

Así empieza lo malo de Javier Marías. El símil no es casual: a veces, quien esto escribe se ha regocijado en su asiento con las películas del neoyorquino, sabiendo que tenía ante sus ojos cine en estado puro y a la vez una trama apasionante y absorbente. Lo mismo, aplicado a la literatura, encontrará el lector en esta nueva novela de Javier Marías, la número 12 de su ya dilatada carrera. La historia, que se desarrolla en el Madrid de 1980, comienza cuando el cineasta Muriel encarga al joven De Vere –imposible no ver en él a veces al otrora joven Marías- que investigue a un amigo suyo, el Doctor Jorge Van Vechten, de cuyo indecente comportamiento en el pasado le han llegado rumores. Esta trama se mezclará con la historia, íntima y secreta, de un matrimonio infeliz, el formado por Muriel y su esposa, Beatriz. Todo ello dará pie al autor a reflexionar sobre cosas como el perdón y su arbitrariedad, sobre el rencor, sobre la conveniencia de saber la verdad o de decirla… y también sobre el deseo, pues estamos ante una de sus obras con mayor carga erótica –si no la que más-. También ante una de las más redondas: tiene Marías una técnica que domina a la perfección; tanto, que puede saltársela cuando le da la gana y como le da la gana.

En el libro también se abordan temas como el olvido que se dio en la Transición, y el autor se atreve a contar historias sin nombres ni apellidos pero tristemente reales, como la del infame médico que ya apareció en uno de sus cuentos desde otro ángulo bien distinto. Y todo ello lo hace con una carga de profundidad, o de conocimiento, que provoca el deseo de perderse entre sus páginas un poco más, unas horas más, para saber más de los demás y de nosotros. Y que nadie espere prosa solemne o envarada. Al contrario: el humor, aún más que otras veces, está presente en muchas de sus páginas. Cuando aparece el profesor Rico, por ejemplo, otro ‘viejo’ personaje de Marías, es imposible no reírse. Y mucho. Pero predominan más los otros momentos con toques shakesperianos, y no sólo por el título (Así empieza lo malo). De todos ellos, me quedo con el personaje del cuadro y con el origen de la desdicha del matrimonio, que tanto me ha despertado el deseo de releer a Edith Wharton. Un origen que se presta a intensas discusiones y que es perfectamente coherente con la postura del personaje masculino, pero que en cambio hace más extraña su falta de culpa después, siendo éste el único pero que yo le encuentro a esta novela inteligente y perturbadora.

LOLA CE

Público, 18 de diciembre de 2014

Firma en la FNAC

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El próximo miércoles, 17 de diciembre, Javier Marías estará en la Fnac de Callao (Preciados 28, Madrid), desde las 19, 30 h. hasta las 21,00 h., firmando ejemplares de su última novela Así empieza lo malo y del resto de su obra.

LA ZONA FANTASMA. 14 de diciembre de 2014. ‘Siempre tarde y con olvido’

Es sabido que este es un país deliberadamente desmemoriado, por la cuenta que le trae. También que es un país de extremos, y que muchos de sus habitantes pasan de uno a otro sin efectuar el recorrido, sin que los veamos desplazarse. Están en un lugar y de pronto en el contrario, sin explicaciones, sin evolución, sin proceso. Fueron numerosos los falangistas que de golpe pasaron a ser comunistas, y algunos de éstos se tornaron, luego, repentinamente anticomunistas y a veces de extrema derecha. No han sido escasos los castristas acérrimos convertidos por arte de magia en furibundos anticastristas. También ha habido quien ha sido Vicepresidente de un gobernante y después se ha autoerigido en la voz más crítica de ese mismo gobernante (la desmemoria y el cambalache de extremos se los contagiamos a Latinoamérica).

Ha habido casos en los que sí se ha asistido al trayecto, y eso ha dado verosimilitud al cambio: etarras de verdad arrepentidos (pocos, pero algunos), que al menos no se han puesto a la cabeza de manifestaciones anti-ETA ni han negado su pasado: lo han asumido, han reconocido su equivocación, han lamentado el daño causado. Pero estos casos son los menos: no les quepa duda de que de aquí a unos años veremos a exacerbados independentistas catalanes de hoy negar que jamás hayan querido un Estado soberano e incluso abominar de las esteladas. Y verán cómo casi nadie se atreverá a recordarles sus exabruptos de ahora. Al fin y al cabo hay costumbre de contar lo que se antoje y de que nada sea desmentido: los independentistas actuales han tenido el cuajo de exhibir los retratos de Casals, Vázquez Montalbán, Candel, Comín o Antoni Gutiérrez junto al lema “Voto por ti” (se sobreentendía: “que estás muerto y puedes ser manipulado”). Ni Casals (que siempre se firmó Pablo y no Pau), ni Montalbán, ni Candel ni los otros se puede asegurar que hubieran estado a favor de la secesión de Cataluña, más bien se intuye que se habrían opuesto. Imposible saberlo. Pero la absoluta falta de escrúpulos de los actuales dirigentes pasa por encima de eso: como no pueden protestar por la utilización tendenciosa de sus rostros y nombres, se los convierte en acólitos póstumos de Mas y Junqueras, con el permiso de sus respectivas, frívolas familias.

Pero no son sólo los individuos quienes dan saltos acrobáticos, también las colectividades. Ahora hay un clamor contra la corrupción, y bien está que así sea. Hace sólo tres años, sin embargo, a la mayoría de los españoles eso les traía sin cuidado (basta comparar las encuestas sobre las “mayores preocupaciones” de entonces y ahora). Y además no era raro que se admirase y envidiase al corrupto, al “listo”, al “pícaro”, y parte de la población aspiraba a verse en una situación o en un puesto que le permitiera corromperse y sacar ella también tajada. El PP mantuvo con gran aplomo que el hecho de que sospechosos y aun acusados formaran parte de sus listas y salieran elegidos, venía a exonerarlos. Si la gente los votaba pese a los terribles indicios, eso significaba que los absolvía de antemano; los jueces debían retirar sus imputaciones a los aclamados en las urnas. Ahora oigo hablar del perjuicio infligido a los marbellíes por ese trío folklórico que está en la cárcel, pero esos mismos marbellíes adoraron masivamente, durante años, al más folklórico predecesor Gil y Gil, que nunca pareció cabal, honrado ni limpio: ya había cumplido tiempo en prisión como responsable de una catástrofe con numerosos muertos. Entonces eso carecía de importancia. Es muy posible que los ciudadanos que hoy gritan “Chorizos” a los condenados los vitorearan hace unos años.

Las contradicciones no se perciben, es otra de nuestras características. Uno puede no robar ni sisar nada, pero recibir dinero de Gobiernos de los que recibir cualquier cosa es ya una forma de mancharse las manos. A mí, al menos, no me parecería aceptable que me pagaran –como les ocurre a algunos que se proclaman “puros” y sermonean– una televisión financiada por el régimen iraní, o el Gobierno chavista, o el actual Israel, o la Cuba de los Castro (o la autoridad palestina, dicho sea de paso). Irán ya se sabe qué trato da a las mujeres y en general a sus sometidos súbditos; la Venezuela de Chávez y hoy de Maduro es una dictadura de facto: aún hay caraduras que sostienen que no es así, que allí se ganan elecciones, como si éstas no estuvieran controladas y como si no fueran posibles las dictaduras de caciques votados (Hitler es el ejemplo clásico, aunque no el único); Israel lleva lustros devastando y asesinando con desproporción absoluta, lo mismo que los palestinos (dentro de sus más modestos medios). Ese tipo de corrupción –quién lo contrata a uno, quién le paga, de quién acepta un premio, para quién trabaja uno (y por tanto a quién beneficia)–, de momento no existe para los españoles. Acaban de descubrir la otra, la más flagrante e hiriente, y me temo que solamente porque padecen una crisis económica que vuelve a la gente susceptible. De no haberla, lo más probable es que la corrupción siguiera ocupando un irrelevante puesto entre las preocupaciones nacionales, y que muchos de los indignados de hoy estuvieran haciendo cola a ver si les caía algún maletín o sobre. Y puede que dentro de bastantes años se escandalicen de los que ponen su talento, propaganda o saber al servicio de regímenes podridos, opresores, teocráticos o totalitarios. España siempre llega a todo tarde y con olvido.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de diciembre de 2014

Por alusiones

JM Meulenhoff

MÍNIMA MOLESTIA. Un premio espinoso
IGNACIO ECHEVARRÍA
El Cultural, 28 de noviembre de 2014

AELM

LA PAPELERA

Un año más, el suplemento de libros del New York Times abre el fuego de las listas con su selección de los 10 mejores del año, entre los que figura el libro de relatos de un debutante, Phil Klay; destacan las novelas de Anthony Doerr, Jenny Offill, Lily King, Akhil Sharma, y los ensayos de Roz Chast, Eula Biss, Hermione Lee,Elizabeth Kolbert y Lawrence Wright, mientras que desaparecen algunos clásicos que estaban en la primera selección de 100, como Murakami y Richard Ford. Por cierto, que entre ese centenar no aparecía siquiera un autor español, quizá porque Margaret Jull Costa aún no se ha puesto a traducir la última de Marías.

JUAN PALOMO

El Cultural, 12 de diciembre de 2014

Javier Marías: donde empieza lo malo

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Como en la mayoría de sus novelas, en Así empieza lo malo Javier Marías parte de una frase de Shakespeare, la cual ilumina toda una zona de la experiencia y la condición humana que uno como lector ha tenido siempre en su órbita, pero en la oscuridad; que ha intuido y por eso la reconoce y siente cercana, pero que jamás ha verbalizado.

Quizás entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás”. Estas palabras del acto tercero de Hamlet resuenan al ser subrayadas por Marías, y nos producen una familiar sensación de reconocimiento, de profunda comprensión (“Thus bad begins and worse remains behind”). Esa misteriosa calidez de lo que antes era borroso y de pronto se vuelve diáfano. Como una volátil intuición atrapada por un alfiler.

Esa frase es el postulado inicial de esta intrigante obra en la que el lector, a cada página, desciende un escalón más hacia el fondo o meollo de una oscura historia del pasado que regresa, una vieja culpa que se arrastra en la memoria y que, como la de Lord Jim, alcanza al presente del culpable y de quienes lo saben y asisten o están cerca de él, viviendo sus consecuencias, sumergidos en ellas, algo que tal vez habrían preferido no saber (me disculpe el lector, pero es imposible no caer en el fino lenguaje de Marías para explicarlo), pues el solo eco de esa lejana culpa irrumpe y modifica, echa raíces en otros, contamina con su brazo removedor de aguas que parecían tranquilas y ahora son turbias.

Todo esto en un Madrid de los años ochenta, el de la antigua “movida” y esa inusitada libertad sexual que irrumpió después de la muerte de Franco, tan envidiada por los mayores que crecieron en la España conventual de los años de posguerra. El director de cine Eduardo Muriel, su esposa Beatriz Noguera, el joven De Vere y el médico Van Vechten son los cuatro protagonistas de esta aventura que, al tiempo que indaga y merodea por los subterráneos de la vida, es un homenaje al cine de los años cuarenta y cincuenta.

El erotismo y un cierto aspecto cruel del deseo también pululan en la atmósfera del libro: el rechazo, el sexo vengativo o fanfarrón o grosero, y sobre todo el vértigo de asomarse a las vidas ajenas (por lo general en secreto, como hace el joven De Vere, o por encomienda) para espiarlas y dar cuenta de ellas. Para apropiárselas a través de palabras que las justifican o acusan. Y todo bajo el ojo vigilante de la luna, “centinela y fría”, como dice Marías, con su prosa única, su fraseo genial y su poderosa voz.

Recién publicada en España, un crítico de El País opinó que la novela “decaía por momentos”, algo que, tras haberla leído, me intriga. ¿Cuáles fueron esos momentos? Yo me los perdí. Ese decaimiento nunca llegó a mi lectura. Muy al contrario: pocos textos hay donde las palabras estén tan tensas y aferradas las unas a las otras, donde la lectura sea tan frondosa, donde la coincidencia de la trama, siempre corriendo por delante, nos obligue tanto a seguirla. Habiendo leído toda su obra, creo que Así empieza lo malo es una de las más compactas. Un mecanismo de relojería en donde el lenguaje llega a un nivel de precisión y contundencia del que no tengo ni he tenido noticia en décadas de lector, puede que desde Thomas Bernhard.

SANTIAGO GAMBOA

Prodavinci, 3 de noviembre de 2014

El abismo entre novedad literaria y calidad

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¿De verdad no hay nada nuevo en el universo literario?

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J. A. Masoliver Ródenas, escritor y crítico del suplemento Culturas, de La Vanguardia, es de la opinión de que “para ser buen escritor no hace falta ser un renovador radical. Lo que importa es la dinámica cultural. Y yo con escritores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas y otros estoy más que contento. Y con los escritores de la generación de Robert Coover en Estados Unidos, o con la floreciente narrativa francesa. Bloom es un gran sabio pero, como el españolito de Machado, ‘desprecia cuanto ignora”.

[…]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL/CARLES GELI

El País, 10 de diciembre de 2014

LA ZONA FANTASMA. 7 de diciembre de 2014. ‘El Terror de los Austrias’

Hará once meses, en una columna titulada Noches armadas de Reyes, conté que Arturo Pérez-Reverte había adoptado la costumbre de regalarme cada Navidad un arma. Ya expliqué entonces, para que los numerosos pazguatos no se escandalizaran, que se trata de perfectas réplicas y que las pistolas no disparan. (Los cuchillos ya son otra historia y he preferido no someterlos a prueba, no vaya a sajarme un dedo jugando.) Y enumeré la colección atesorada: el bonito casco de los que llevaban los ingleses en la India, en Isandlwana, en el paso de Jaybar y en otros lugares exóticos, y con el cual en la cabeza me había pillado una periodista extranjera que no pudo evitar preguntarme con sorna: “¿Qué tal se le ha dado hoy la caza del tigre?” Tener en casa tan favorecedores tocados lo invita a uno a encasquetárselos de vez en cuando; luego se pone a sus asuntos –por ejemplo, escribir un artículo– y se olvida de lo que lleva encima, un desastre. La bayoneta de Kalashnikov, el puñal Fairbairn-Sykes, el de marine americano. Y las armas de fuego: un Colt de 1873, una Webley & Scott de 1915 y, en la Navidad pasada, una Luger de 1908 que Arturo me entregó en la Real Academia Española y con la que aterrorizamos a los miembros más rígidos (recuerdo que uno, espantado –ve conspiraciones por doquier, por las muchas malévolas en que participa–, corrió a esconderse bajo su propio sillón de la Sala de Plenos; no sé si pensó que íbamos derechos por él o si nos confundió con anarquistas de principios de siglo, como salidos de una novela de Conrad).

Sin duda para evitarles más alarmas a nuestros colegas, la mayoría gente recia y duradera pero en edad a la que sientan regular los sustos, me llamó el Capitán una tarde, mientras yo estudiaba a Sherlock Holmes, como relaté hace un par de domingos. “¿Vas a estar en casa?”, me preguntó. “Es que tengo algo voluminoso que darte, y no es cuestión de cargar hasta la Academia con ello. Si estás ahí te lo acerco. Ando por tu zona, por los Austrias”. No pensaba moverme, ya que estaba resolviendo un caso, concretamente el del asesinato del propio Holmes a manos de su creador, Conan Doyle. Así que al cabo de diez minutos le abrí la puerta. Le brillaban los ojos como si trajera un tesoro o acabara de hacer un descubrimiento científico, y al hombro cargaba, en efecto, algo alargado y no ligero. Como yo estaba imbuido de Holmes, especulé antes de que abriera la zarrapastrosa bolsa de plástico que envolvía el objeto (probablemente de contrabando). Para entonces ya había comprendido que, pese a mi columna de hacía un año, y a que le había rogado que pusiera término a su escalada armamentística (la colección me estaba haciendo quedar como un belicista sanguinario ante quienes visitan mi piso), no se resistía a seguir armándome, justamente en las fechas en que todo el mundo (aunque de boquilla) se desea paz y buena voluntad y estrellas y bienaventuranza. Temí que se tratara de una bazuca o un mortero. Pero no, con un ademán experto lo que extrajo de la bolsa fue una metralleta Sten que montó en un periquete y que me alargó muy ufano: “Qué, qué te parece. Una Sten, ya sabes, la que utilizaban los comandos aliados en la Segunda Guerra Mundial, la que lanzaban desde el aire a los resistentes y partisanos para combatir a los nazis, la que se encasquilló en el atentado a Heydrich”. “Estás loco”, le dije, pero la verdad es que en seguida le pedí que me enseñara su funcionamiento. Y al poco me regañaba: “La coges mal. Como eres zurdo …” A mí me pareció, por el contrario, que era un arma ideada para zurdos, pues el abultado cargador queda a la izquierda y para un diestro ha de resultar un estorbo. Luego se largó, tan satisfecho como había venido: “Cuéntaselo a Tano, se morirá de envidia y sabrá manejarla. Préstasela”.

En los siguientes días, al bailotear con la Sten en los brazos, vi sobresalto en los ojos de Aurora, que viene a trabajar a casa tres mañanas por semana. No le debe de hacer gracia la escalada. No sé si por temor o por guasa, se despidió llamándome “mi comandante”. Cuando subió Mercedes, que trabaja conmigo otras tres mañanas y que, por una serie de azares, sabe muchísimo ahora de armas, me espetó al ver la pieza: “¿Qué haces con un subfusil desmontable? O no, es más bien pistola ametralladora”, precisó con pedantería. Y a continuación me miró con preocupación profunda: “¿Qué va a ser lo próximo? ¿Un cañón? Te veo por muy mal camino”. Poco después vino a visitarme Carme, que ya me había tildado de Pancho Villa un año antes. “¿Qué, qué vas a tomar al asalto?”, me dijo aguantándose la risa. “¿Los cielos, como esos, o simplemente La Moncloa? ¿O vas a entrenarte primero con El Riojano?” (Pastelería en la que, por cierto, son muy amables conmigo.) Al día siguiente vino un periodista alemán muy competente y simpático, Paul Ingendaay, y nada más ver la Sten alzó los brazos y exclamó: “Me rindo, y me acojo inmediatamente a la Convención de Ginebra”.

Así que ya ven: Arturo sigue empeñado en propiciar mi descrédito ante los que me rodean. No sé si me estoy convirtiendo en su terror o en su hazmerreír. Lo único que me consuela es imaginar cómo deben de ver al Capitán Alatriste sus allegados; porque si yo, sin querer, poseo ya el arsenal mencionado, no quiero ni imaginar cómo tendrá él su casa. Seguro que de los techos cuelgan aviones Messerschmitt y Lancaster, como en el Imperial War Museum de Londres, y que la piscina se la ocupan U-Boote, es decir, submarinos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de diciembre de 2014

El español Javier Marías encanta con su nueva novela

AEM Anuncio cortoLo malo de esta novela no es que empiece, sino que se termine; uno no quisiera salir de ella nunca, es verdaderamente hipnótica. Después de Los enamoramientos (con la que nos enamoró aún más de su narrativa), en Así empieza lo malo, esta nueva, extensa y exquisita novela, volvemos a encontrar a un Marías descomunal y en su cúspide.

Su prosa es impecable, no se lee, sino que se paladea; su humor, agudo, negro y fino, acecha en cada página; la mordacidad con que acomete la psicología y la sexualidad de sus personajes es arrolladora. Hasta pesar inspira Muriel, uno de esos fachos aristocráticos que, muertos Franco y el franquismo, supieron acomodarse y pasar agachados para que nadie les ajustara cuentas. Le encomienda a su joven amigo, de Vere, la misión de espiar a su amiguete de toda la vida, el solapado Doctor Van Vechten, sin sospechar siquiera que este tiene trato más que íntimo con la misma señora de Muriel.

La forma como Marías narra esos encuentros flaubertianos y el efecto sicológico que tienen en el narrador espía pagan la lectura de la novela:

“Me entró pudor, pese a sentirme bastante a cubierto detrás del árbol, me asomaba lo justo, media pupila de nuevo. Ya no era que me diera apuro ser visto, sino que me creaban mala conciencia tanto espionaje y estar viendo lo que veía ahora (…). Sí, sentí vergüenza pero miré y miré el rostro a través de la ventana, casi aplastado contra ella en algún momento –algo de vaho–, a veces es difícil distinguir a qué responde la expresión de una mujer…”.

Marías, más filosófico que nunca, retoma sus temáticas favoritas, esas en las que en su tratamiento ningún novelista de habla hispana lo supera: el engaño (“Vivir en el engaño es fácil y es nuestra condición natural”), el matrimonio (fracasado), la hipocresía religiosa, la gazmoñería burguesa, los sentimientos contradictorios (en realidad es un profundo conocedor o explorador de las emociones y de las pasiones, sobre todo las bajas); las referencias a Shakespeare, que no faltan, y menos cuando el protagonista lleva el apellido del noble al que los ingleses le quieren endilgar la autoría de las obras del Cisne del Avon; el cine, sobre todo el de antes, y, por los laditos, las secuelas del franquismo, pues recuerda el pacto social al que se acogieron víctimas y victimarios con tal de vivir en paz: si para que el país sea normal y no volvamos a matarnos es necesario que nadie pague, hagamos trizas las facturas y comencemos otra vez. El precio es asumible, porque al fin y al cabo tendremos a cambio, si no el país que quisimos tener, uno que se le parecerá.

Cualquiera pensaría que Marías estaría dando un consejo a propósito del actual proceso de paz en Colombia, pero no. Se trata simplemente de la voz de un personaje de una novela que lo que tiene de malo es que al cabo de más de 500 páginas se termina.

JORGE IVÁN PARRA

Tiempo (Colombia), 5 de diciembre de 2014