LA ZONA FANTASMA. 23 de noviembre de 2014. ‘Tampoco hay que ser Sherlock Holmes’

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Por culpa, o más bien gracias a Manuel Rodríguez Rivero, que me involucró en un ciclo de novela, he vuelto a zambullirme en el inagotable mundo de Sherlock Holmes. Hace ya mucho que, cada vez que en una entrevista ligera se me preguntaba qué personaje de ficción habría deseado ser, respondía invariablemente con el nombre del consulting detective de Baker Street, y no creo que mi respuesta fuera hoy distinta. No tiene nada de original; es más, yo creo que casi cualquiera que haya frecuentado sus aventuras, narradas por Watson y escritas por Conan Doyle, preferiría ser él antes que otro héroe o villano: pese a sus muchas manías, a su excentricidad, a su acechante melancolía, a su llevadera afición a la cocaína, a su impertinencia, a su relativa soledad, a su falta de historias amorosas (sin lamento ni añoranza, seguramente), a su frialdad. Pero Holmes, con todo, no es inhumano, ni una mera máquina de cálculo, como alguna vez afirmó de él su creador. Lo vemos vulnerable y eso nos lleva a quererlo; lo vemos risueño a menudo, con sentido del humor y capacidad para burlarse de sí mismo; y al menos en una oportunidad lo vemos “afectado” por una mujer, la mujer, como siempre fue para él Irene Adler, personaje maravillosamente fabulado no en ningún texto sino en el cine, en La vida privada de Sherlock Holmes de Billy Wilder, bajo los rasgos de la olvidada actriz Genevieve Page.

Lo que uno envidia de Holmes es sobre todo su inteligencia y su perspicacia para ver bien y saber, que es a lo que aspiramos muchos en la vida, sobre todo en lo que se refiere a nuestras relaciones con los demás. Como es sabido, el “modelo” de Holmes en la realidad fue –si alguien– el cirujano edimburgués Joseph Bell, profesor de Conan Doyle cuando éste estudió Medicina. A la muerte de Bell, en 1911, el New York Times le dedicó una necrológica titulada “Sherlock Holmes, el original, muerto”. No sé si triste o dichoso destino, ser recordado así. En esa semblanza se recuperaba una anécdota contada por el propio Bell, en la que uno reconoce efectivamente a Holmes: “Mientras ilustraba a mis alumnos, vino una vez un hombre cuyo caso parecía muy sencillo. ‘Sin duda, caballeros’, dije, ‘ha sido soldado de un Regimiento de las Tierras Altas y probablemente miembro de la banda de música’. Señalé su contoneo al andar, característico de los gaiteros; y su corta estatura sugería que, si había estado en el ejército, habría sido en calidad de músico, a los que no se exigía tanta talla como a los combatientes. Pero resultó que era un simple zapatero y que jamás había vestido uniforme. Fue un chasco, pero yo estaba absolutamente seguro de tener razón, así que ordené a dos de mis ayudantes más fuertes que lo llevaran a una habitación contigua y lo hicieran desnudarse. En seguida detecté, bajo su tetilla izquierda, una pequeña D azul marcada a fuego, con la que se estigmatizaba a los desertores en la Guerra de Crimea y después, aunque ahora ya no esté permitido. Por eso el hombre ocultaba su paso por el ejército”.

Sí, quién pudiera averiguar tanto, y al primer golpe de vista. No es fácil saber qué nos deparará nadie, ni el mejor de los amigos. Pero, caramba, en ocasiones no es tan difícil, y uno va aprendiendo con el tiempo. Por poner ejemplos actuales, yo diría que no hace falta ser Sherlock Holmes para llevarse inmediatamente la mano a la cartera al ser presentado a los imputados de la trama Gürtel Correa y El Bigotes. Por si acaso, nada más. Tampoco hay que ser un lince, creo yo, para suponer, nada más verles la expresión y la actitud, que entre las virtudes de Blesa y Bárcenas no se hallaban la modestia ni la solidaridad ni la piedad: salta a la vista que son individuos jactanciosos, despectivos, engreídos, por no decir más. Entre todos nuestros políticos ciegos o torpes, o pardillos a más no poder, la verdad es que Esperanza Aguirre destaca como la anti-Sherlock Holmes, pese a haber estudiado de niña en el Instituto Británico. Nombró para cargos importantes a una legión de aparentes malhechores variados, se rodeó de ellos, les otorgó su confianza.

Tantos han sido (presuntamente) que más bien parecería que hubiera tenido un ojo infalible para reconocerlos y darles poder, como si cada vez se hubiera dicho: “Ah, qué magnífico espécimen de truhán, voy a ficharlo sin dilación”. Pero no; tuvo a Granados a su vera durante años, éste fue su mano derecha o izquierda, hasta le permitía abrocharle la pulsera; y ahora, de pronto, para ella se ha convertido en “este señor”, como si fuera un conocido remoto. Lo mismo con los presuntos López Viejo, Martín Vasco, Sepúlveda, Romero de Tejada o los susodichos Correa y Bigotes, que le organizaban sus kermesses, y tantos más. A su sucesor Ignacio yo no lo veo mucho más prometedor. En fin, uno intenta intuir, fijarse, adivinar. Ella no. Uno se equivoca, no es Holmes ni Bell. Pero qué quieren, por algo ha de guiarse. No logro evitar tener la impresión de que Floriano no es clarividente, de que Montoro sufrió a manos de sus compañeros durante la niñez, de que Rajoy es tan esfinge como aparenta, de que Pablo Iglesias es autoritario y taimado y nada de fiar, de que Carme Forcadell bordea la posesión (no sé si por el espectro de Wifredo el Velloso o por quién), de que Cospedal se asemeja cada día más al retrato de Dorian Gray. Insisto, son sólo impresiones, y ojalá me equivoque con todos. Ya he admitido que, por desgracia, nunca he logrado ser Sherlock Holmes.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de noviembre de 2014