Reseña

recorte asi-empieza-malo

Javier Marías: Así empieza lo malo

La semilla de Así empieza lo malo estaba ya claramente perfilada en la anterior novela de Javier Marías, Los enamoramientos, donde se narraban las bajezas y villanías justificadas por una idea tan sacralizada y noble como es el amor, constatando de paso que el número de crímenes desconocidos es infinitamente superior a los sabidos, y que la cantidad de delitos impunes resulta abrumadora frente a los efectivamente castigados. En Así empieza lo malo se entra a fondo en ese territorio del delito, la impunidad, la culpa, la corrupción y el castigo o la venganza que en el anterior relato quedaba solo en un apunte episódico. Un área narrativa que entronca con nitidez con el drama de Hamlet, del que Marías extrae no solo el título de su novela, sino también meditaciones y esquemas de actuación de los personajes. Averiguar la veracidad o falsedad de un comportamiento criminal bajo la dictadura franquista y explorar una traición menor, pero de desproporcionadas consecuencias en la vida conyugal de un matrimonio en los años de la Transición política, alimentan de material genuinamente novelesco un libro que demanda ser leído con apetito, de un tirón, con la avidez de seguir las inesperadas peripecias íntimas de varias vidas cruzadas, donde el tono reflexivo no aminora el ritmo sostenido de los descubrimientos permanentes en existencias repletas de secretos.

La genealogía shakespereana del texto -algo ya clásico en la narrativa de Marías- está indicada al lector, de forma irónica, con el nombre del protagonista: Juan de Vere, a quien le proporciona el apellido el conde de Oxford, Edward de Vere, cortesano y dramaturgo de la época isabelina al que algunos estudiosos han atribuido la verdadera autoría de los dramas firmados por Shakespeare. Juan de Vere, pues, además de incorporar algunos rasgos del propio Javier Marías cuando comenzó a publicar sus primeras obras, porta un apellido vinculado más o menos imaginariamente a William Shakespeate, de modo que personas y personajes quedan entrelazados con este.

El autor de Corazón tan blanco ha dado a sus lectores, en recientes entrevistas, alguna pista más, señalando el Acto II, Escena I, de Hamlet, donde dialoga el cortesano Polonio con su criado Reinaldo. W. H. Auden consideró a Polonio como “una suerte de mirón en lo que atañe a la vida sexual de sus hijos.” Y, en efecto, en esa escena solicita a su sirviente que sonsaque los episodios más salaces y los detalles más escabrosos de la sexualidad de su hijo Laertes: “Esos deslices locos y lascivos que son famosos compañeros de la juventud y la libertad.” Idéntico encargo recibe el joven Juan de Vere, a quien el director de cine Eduardo Muriel le encomienda averiguar la intimidad sexual de su amigo el doctor Van Vechten, significado franquista, con tal de saber si fue un generoso protector de los vencidos o un desalmado e hipócrita criminal con ellos. Solo que las pesquisas se complican aún más cuando De Vere decide, por cuenta propia, indagar también en la vida íntima de la esposa de Muriel, Beatriz Noguera, atraído por el secreto último que esta esconde y por una sensualidad apenas autoconfesada. Así comienza una concatenación de revelaciones y reflexiones que no dan tregua hasta la página final del libro.

Que Marías sea familiar de un cineasta como Jesús Franco, y que las edades de ambos en el periodo de la Transición coincidan con las de los personajes de Así empieza lo malo, se ha prestado a cierta interpretación autobiográfica. Pero sin negar que el novelista madrileño ha condescendido con cierto juego de “autoficción”, la verdad es que De Vere y Muriel son dos construcciones autónomas, con vida independiente de lo biográfico, siendo el cineasta Muriel uno de los grandes personajes de la literatura en lo que llevamos del siglo XXI. Parece elaborado a partir del parche que tapa su ojo tuerto, ese globo ocular izquierdo muerto que cercena su ángulo de visión. Javier Marías llega a enumerar a todos los cineastas con parche -una lista insospechadamente larga, cierto-, pero lo sustancial es que esos límites en la visión constituyen una potente metáfora central en la novela. Nuestra percepción de las cosas es siempre parcial, limitada, con unos datos inequívocamente vistos y otros muchísimos más deducidos o bien obtenidos de segunda mano en versiones interesadas. Un cuadro, nos dice Marías, “plagado de trazos involuntarios y precipitados y tuertos.”

Esto justifica lo que se ha bautizado a veces como el manierismo de Marías. Juan de Vere pocas veces puede ser categórico. Ve algo, pero se le oculta el resto. Debe conjeturar, presuponer, deducir. De ahí las oraciones disyuntivas, las anáforas de frases que comienzan reiteradamente con “quizá”, o aquellas repletas de “nos” o de “nuncas”. Junto a ello, Marías ha alcanzado una destreza incomparable en el diálogo y el habla coloquial, cuyo vocabulario y modismos sitúan a sus personajes en una época, una clase social, una adscripción política, un estado emocional. Algo que combina con soberbias etopeyas, retratos maestros -por algo ha ejercitado con penetración el género de la “semblanza”-, pero al mismo tiempo, los personajes no se muestran íntegros, la inteligente observación de Juan de Vere detecta en ellos amplias zonas oscuras, resortes inaccesibles, recovecos imposibles de descifrar, exactamente lo mismo que en la vida real. Al dejar que ese lado borroso o ininteligible cobre existencia propia, Marías proporciona a su historia una enérgica veracidad. ¿Se debe quitar la careta a todo? ¿Es lícito cerrar la boca ante graves faltas propias o ajenas? ¿Qué hacer entonces con los secretos revelados que evidencian villanías y crímenes repugnantes?

Así empieza lo malo plantea de este modo trascendentales dilemas morales y políticos, de encarnizada controversia en la sociedad española de hoy. El autor denuncia la doble moral de los vencedores en la Guerra Civil, las biografías trucadas de colaboradores con la dictadura que simularon ser víctimas de ella, que cambiaron de chaqueta o disimularon su maldad bajo la apariencia de un comportamiento comprensivo. Ante ellos, planea el mismo mandato que recibe Hamlet: la exigencia de venganza, la reclamación de una justicia ejemplar. Con la particularidad de que Javier Marías se prohíbe a sí mismo dejarse llevar por la moralina o por las recetas simplistas. Recurre para ello a un diálogo de Hamlet con su culpable madre. El lector que tenga curiosidad podrá encontrarlo al final de la Escena IV, del Acto III. Hamlet acaba de matar por error al entrometido Polonio, explicando: “Me lo llevaré, y responderé de la muerte que le he dado. He de ser cruel solo para ser bueno: así empieza lo malo y lo peor queda atrás.”

Un diálogo clave, pues da título a la novela: “Así empieza lo malo…” en una frase que Marías glosa con sutileza en su relato. A veces, es necesario aceptar algo malo o cruel, para evitar algo aún peor o más trágico. En una escala política -y en el contexto de la Transición-, lo malo es transigir con la maldad, como es hacer caso omiso a ofensas, crímenes y desmanes bajo la dictadura, renunciando a lo peor: la venganza e incluso la justicia, con tal de abrir un horizonte de esperanza que soslaye un retorno al conflicto cainita: “Así empieza lo malo y lo peor queda atrás”. Abrir puertas al bien, a costa de una cruel renuncia a la justicia es la difícil lección de ese episodio de Hamlet para esquivar situaciones trágicas que casi siempre los seres humanos se buscan por obstinación.

Javier Marías es muy categórico en este punto. El pasado nunca fue como debería haber sido, y el autor de Mala índole se resiste a falsificarlo con manipulaciones o justicias poéticas. Muriel replica a De Vere: “¿La justicia? -repitió como un rayo-. La justicia no existe. O solo como excepción: unos pocos escarmientos para guardar las apariencias. En los colectivos, no, ahí no existe nunca, ni se pretende. Es iluso apelar a ella después de una dictadura, o de una guerra. ¿Qué sentido tendría no ya procesar, que no es posible ni conveniente tampoco, y en eso estamos casi todos de acuerdo, sino retirarle el saludo a la mayoría de la población?” Seríamos estúpidos justicieros, concluye.

A una criminalidad masiva, ya lejana en el tiempo, le alcanza una amarga especie de prescripción del delito, lo que no exime de culpabilidad pero sí de ejecutar el castigo. Retrospectivamente, Juan de Vere explica así aquella exoneración: “Había aún cierto estoicismo, cierto pudor, no habían llegado los tiempos -todavía perduran- en que todo el mundo vio las ventajas de figurar como víctima y se dedicó a quejarse y sacar provecho de sus sufrimientos o de los de sus antepasados de clase o sexo, ideología o religión, fueran reales o imaginarios. Había un sentido de la elegancia que desaconsejaba alardear de los padecimientos y las persecuciones.” Duro alegato de este pariente espiritual de Shakespeare en la nueva época de la Memoria Histórica. La novela no invita al olvido, sino al uso inteligente y estoico de las verdades que huelen a estiércol y horror.

Se impone el principio de responsabilidad, donde resuena la sabiduría más tradicional: “Nada en exceso”. “Domina el placer”. “Conócete a ti mismo y conoce el momento oportuno.” “La medida y el conocer los límites son el mejor antídoto contra la hybris, el orgullo sin límites que desemboca en lo trágico.” Es decir, asimilar lo malo para sortear lo peor. El recetario, pues, de la gran moral clásica. Bajo ella subyace la convicción de que la política opera con abstracciones simplificadoras y que frente a ella, la gran literatura tiene la obligación de ofrecer la observación de los casos particulares, la variedad real de los seres y las circunstancias. Como sostuviese Alain Finkielkraut, lejos de los redentores políticos, los novelistas deben dar cuenta de lo singular, lo irrepetible, lo complejo, la pluralidad humana, rompiendo el mundo esquematizado de la política. “La pluralidad -recordaba Hannah Arendt- es la ley de la tierra.”

Javier Marías refuerza esa multiplicidad de lo existente desvelando las contradicciones y autotraiciones de sus criaturas. Muriel, que tiene la gigantesca generosidad de renunciar a la venganza de crímenes políticos, no es capaz de perdonar una falta en apariencia de menor trascendencia de su esposa. No acepta lo malo, con el resultado de desencadenar lo peor y más trágico. Algo de lo que Juan de Vere extraerá un aprendizaje vital. Quien pareciese una variante del lacayo mirón sacada de la órbita shakespereana de Polonio, encarna finalmente a un héroe en la más clásica tradición del aprendizaje sentimental e intelectual del bildungsroman. Así empieza lo malo nos procura, de este modo, el placer de la belleza del lenguaje, la ávida intriga de los sucesos, la construcción impecable de un universo, la honda incitación a la reflexión tanto moral como política, pulverizando estereotipos. Javier Marías ha escrito otra obra maestra. Y lo ha hecho contraviniendo sus propias previsiones tras finalizar Tu rostro mañana, cuando anunció que no volvería a escribir novelas, al menos de tanto empeño. Hemos de agradecer esa creativa contradicción. Marías se ha puesto en situación de merecer todos los premios -los acepte o no-, sin descartar el propio Nobel.

RAFAEL FUENTES

El Imparcial, 12 de octubre de 2014