‘En compañía de Rebecca West’

URDP
El pasado año pudimos ver un vídeo donde la madre del pintor Miquel Barceló bordaba un mantel con figuras del bestiario artístico de su hijo. El resultado era maravilloso y al pensarlo recordé, no sé por qué, algo que leí años atrás, donde se comparaba la inteligente prosa de Chacel con la compleja artesanía del bordado. Digo inteligente y complejo porque un bordado puede ser plano o tener profundidad y tanto las novelas de Rosa Chacel como aquel mantel bordado por Francisca Artigues convertían la superficie plástica en ese lugar profundo de donde surge el arte.

Algo de esto -pero al revés: del arte a la realidad- hay también en los libros de Janet Malcolm, libros-pesquisa en los que los mundos de Chejov, Freud, o Gertrude Stein en la Francia ocupada, son desmenuzados y reconstruidos ante nuestros ojos en un meticuloso bordado que convierte distintos fragmentos de vida artística en una forma de arte de vida, con sus secretos al aire. Pero algunos de los que hace años nos gustó Janet Malcolm, desconocíamos a Rebecca West, nom de guerre, de Cicely Isabel Fairfield, del mismo modo que Isak Dinesen lo es de la escritora Karen Blixen.

La ignorancia es a veces una fuente de alegrías. Curarla, quiero decir. Pero también poseerla para poder hacerlo. Cuando escuchamos que alguien dice a los sesenta años “estoy leyendo a Borges por primera vez en mi vida”, lo primero que experimentamos es cierta y bien fundada incomprensión: ¿dónde estaba antes? ¿Cómo ha podido esperar tanto? Pero después nos asalta otro sentimiento: nos gustaría tener en ese momento la misma sensación -disfrutada en un pasado muy lejano- del descubrimiento borgiano que tiene ahora ese lector tan tardío. Yo siempre creí que Rebecca West era una autora de best sellers romanticones y nunca había sentido curiosidad alguna por sus libros. Digamos que mi ignorancia era una forma de estupidez -ni siquiera sabía que había sido amante de Orwell- de la que me sacó el escritor Javier Marías enviándome el magnífico ensayo de West, El significado de la traición, publicado en Reino de Redonda, editorial propiedad del rey de ese reino marino, Xavier I, o lo que es lo mismo, el citado Marías. Sí, hayPortada ESDLT escritores que son monárquicos -es decir, shakespearianos en su visión de la jefatura de Estado- y un escritor, en España, que es monarca y no sólo del tiempo de sus novelas. Desde que leí El significado de la traición -un libro demoledor con la tradición del espía británico en el siglo XX- ya no puedo, ni podré, pensar en Anthony Blunt o en los miembros del círculo de Cambridge de la misma forma que lo hacía antes. Y siempre he de recordar las contundentes palabras de Rebecca West al cerrar su prólogo: “El espionaje es un juego de patanes”. Y yo, que empecé a colaborar habitualmente en prensa con una laudatoria necrológica de Anthony Blunt… En fin: también la ignorancia –curarla- proporciona disgustos desde que existe el fruto del árbol del bien y del mal.

Hace poco, la editorial Reino de Redonda ha publicado otro libro de Rebecca West titulado Un reguero de pólvora. Aquellos que han gustado de Janet Malcolm -y perdón por la insistencia-, corren el peligro, si lo leen, de encontrarla un juego adolescente al lado de la prosa -profunda y minuciosa- de Dame West cuando escribe sobre el juicio de Núremberg y la ocupación aliada de Alemania. La entomóloga pasada por el psicoanálisis –Malcolm- frente a una mujer sabia -a lo Montaigne- y su dominio de la naturaleza humana –West- con sentencias de gran altura. “Cuando la sociedad tiene que lastimar a una persona ha de hacerle el menor daño posible, so pena de que se extiendan por esa sociedad sentimientos de los que impulsan a la gente a cometer actos por los que acaban en la horca”, escribe West. Y aquí nos está hablando de algo íntimamente relacionado con la ley y el estado de derecho: la defensa de la civilización y la constatación de su superioridad moral sobre la institucionalización de la violencia, la traición o, simplemente, el delito común. Porque esa es la impresión que se tiene leyendo el libro: la de estar en el interior de alguien que defiende y nos recuerda cuál debería ser nuestro lugar ya no sólo frente a la barbarie, sino frente a la adulteración, falsedad y torcimiento de la realidad y su complejidad moral. En estos tiempos, una compañía necesaria.

Rebecca West era una mujer muy inteligente y Un reguero de pólvora posee la complejidad arquitectónica de una novela en la que los personajes secundarios son reales y no tienen precio, más la apasionante destreza de un reportaje del llamado Nuevo Periodismo, no inventado aún en su época. Y debería ser de lectura obligatoria en las facultades de Derecho y más que aconsejable entre los profesionales del mismo. El libro trata de Núremberg y sus consecuencias, en los extraordinarios capítulos titulados Invernadero con ciclámenes, escritos en 1946 (el juicio en sí y su entorno), 1949 (las mujeres alemanas en la inmediata postguerra) y 1954 (una lectura crítica del revisionismo alemán). Para ello enlaza con la inquietante mutación que puede sufrir cualquier sociedad y cómo esa mutación se convierte en nobleza y en más miseria en la derrota y más adelante resurge como justificación del pasado y su maquillaje. Sólo por esos capítulos -y el sólo se queda corto y mezquino- Un reguero de pólvora adquiere la altura de la gran literatura (con toda una concepción filosófica de fe democrática, una profunda y vasta cultura detrás que sostienen la fortaleza -porque es fortaleza- de West, y detalles de un humor impagable). Pero también está el seguimiento de tres procesos judiciales y el relato de sus causas, donde Rebecca West vuelve a brillar con un talento superior al de la mejor Agatha Christie en el tratamiento de los detalles, una meticulosidad proustiana hija del más lúcido psicologismo y el encantamiento descriptivo de un buen libro de viajes. Uno de ellos, La mejor ratonera, enlaza en cierto modo con los textos de El significado de la traición, con lo que el placer cómplice es doble. Sólo añadiré que ahora me gustaría continuar flotando en mi ignorancia acerca de Rebecca West, para disfrutar una vez más de la misma manera que lo he hecho con ella en el Reino de Redonda.

JOSÉ CARLOS LLOP

Diario de Mallorca, 3 de agosto de 2014