LA ZONA FANTASMA. 30 de marzo de 2014. Proliferación de cabestros y mastuerzas

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 30 de marzo de 2014

Reseñas de ‘Comme les amours’

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COMME LES AMOURS DE JAVIER MARÍAS: UNE DÉAMBULATION TROUBLANTE DANS LE JARDIN DU BIEN ET DU MAL ….

«Vous me croyiez mort, n’est-ce pas, comme je vous croyais morte? Notre position est vraiment étrange ; nous n’avons vécu jusqu’à présent l’un et l’autre que parce que nous nous croyions morts, et qu’un souvenir gêne moins qu’une créature, quoique ce soit chose dévorante parfois qu’un souvenir.» Alexandre Dumas, extrait Les trois mousquetaires.

Editrice madrilène à l’existence discrète, lasse des atermoiements des auteurs dont elle a la charge, María prend chaque matin à proximité de son lieu de travail un petit-déjeuner qu’elle accompagne d’une contemplation: celle d’un couple dont la perfection enchante ses journées et en rend tolérable l’ennui.

Un émerveillement de courte durée quand elle apprend l’assassinat sauvage de l’homme, Miguel Desvern, producteur de renom et époux de Luisa avec laquelle il composait cette partition de conte de fées. Privée de tout optimisme, la vie de María reprend un cours sans saveur et lorsqu’elle croise à nouveau la femme elle ose enfin décliner son identité et lui révéler la joie que lui procurait leur couple. Dévastée par l’absence de l’être aimé, Luisa évoque la ténacité du chagrin et c’est par la petite porte des confidences qu’elle autorise María à entrer dans son intimité, lui présentant quelques proches dont le très séduisant Javier Díaz-Varela, qui fut l’ami de son compagnon. Très vite, le hasard mettra Díaz-Varela sur le chemin de María. De cette rencontre imprévue naîtra une mélodie bien plus sombre, une variation empreinte de duplicité où s’invitera un tout autre deuil: celui de la perte des illusions…

Unaniment salué de par le monde littéraire, le savoir-faire de Javier Marías prend dans ce roman une dimension de conte philosophique à faire pâlir d’envie Monsieur Perrault en personne. S’aidant d’une langue altière et impeccable dont il demeure l’un des indiscutables garants, Javier Marías livre une réflexion exigeante sur les insuffisances de nos jeux de l’amour et du hasard et c’est avec une cruauté délectable qu’il nous invite à méditer sur les roueries et petits arrangements dont peuvent s’entourer les plus nobles sentiments. En choisissant de se glisser dans la psyché et les palpitations d’une narratrice, il témoigne de sa vaste connaissance de l’intériorité féminine et de de sa disposition séculaire à tomber en amour pour ce qui lui échappe, laissant ainsi à l’homme un autre emploi bien connu: celui du prédateur à l’effleurement sensuel animé par la convoitise.

En filigrane de cette incursion dans la fable, Javier Marías se réapproprie avec agilité une autre thématique: celle de la mort et plus largement celle de notre faculté d’oubli. Car une fois la perte du proche acceptée, souhaitons-nous vraiment la réapparition des défunts dans nos vies? Ne préférons-nous pas l’espace cotonneux du souvenir? Une savante digression qu’il met en abyme en nous offrant une relecture admirable de modernité du Colonel Chabert auquel Honoré de Balzac fit dire cette phrase tristement célèbre «J’ai été enterré sous des morts, mais maintenant je suis enterré sous des vivants, sous des actes, sous des faits, sous la société tout entière, qui veut me faire rentrer sous terre.»

Un très grand roman, une écriture délectable parce que rare. Saisissant et venimeux . Beau et imparfait «comme nos amours»…

ASTRID MANFREDI

Laisse parler les filles (Blog), 18 Janvier 2014

COMME LES AMOURS

Si Laura Kasischke joue avec le lecteur et l’inconscient, Javier Marías place la manipulation au cœur même de son sujet avec une brillante déambulation dans les méandres de la conscience. Une performance à déconseiller aux amateurs de péripéties musclées, mais qu’apprécieront les passionnés de grande littérature.

À force de prendre son petit déjeuner chaque matin dans la cafétéria à côté de son bureau, María Dolz remarque l’heureuse complicité qui anime un couple d’habitués. Petit à petit, leur présence agit comme un rituel réjouissant avant de commencer une ennuyeuse journée de travail. Elle ne s’inquiète guère de ne plus les voir à son retour de vacances jusqu’à ce qu’elle apprenne que l’homme, Miguel Deverne a été assassiné de seize coups de couteau par un sdf déséquilibré qui l’accusait de vouloir spolier ses deux filles de leur héritage.

Bouleversée, elle rend visite à Luisa, sa veuve qui la reconnaît, l’accueille et lui confie vivre un chagrin insurmontable. Lors de cette entrevue, elle fait la connaissance du meilleur ami de la victime, Javier Díaz-Varela, un séduisant parleur dont elle pressent qu’il est amoureux de Luisa et avec qui elle entame néanmoins une liaison. Involontairement, María va se retrouver au cœur d’une conspiration diabolique en relation avec la mort de Miguel qui l’obligera à sonder ses propres gouffres, tester son courage, sa loyauté ou sa lâcheté, sa capacité à se convaincre d’une version ou d’une autre, suivant qu’elle apaise ses états d’âme ou non.

Que savons-nous de ceux qui nous entourent? De leurs pensées intimes, de leurs réelles intentions ou de ce qu’ils ont fait par le passé? Quelle vérité nous parvient d’eux au bout du compte? Et quelles mains invisibles pétrissent parfois notre propre destin? D’introspection en fausses pistes, de correspondances littéraires en rebondissements, Javier Marías élabore une réflexion machiavélique sur l’amour, la mort, le deuil et le travail falsificateur du temps.

Par une multitude de circonvolutions, toujours pertinentes, qui passent par une relecture étonnante du Colonel Chabert, ainsi que des références à Shakespeare ou Dumas, il diffuse, à dose homéopathique, un suspense dont les digressions étudient la moindre palpitation du cheminement de María. Mensonges, trahisons, autosuggestion alimentent cette construction philosophique complexe, qui explore chaque recoin de nos douteux arrangements avec la vérité et la morale.

BÉATRICE ARVET

La Semaine, 3 Novembre 2013

LA ZONA FANTASMA. 23 de marzo de 2014. Así protegen los vándalos

Un amigo excelente, de cuyo criterio me fío y al que además admiro, me sugiere que quizá deba hablar menos de política –y por tanto del actual Gobierno y sus medidas, reformas y leyes– en estas piezas dominicales. “No te toca meterte en el fango en el que viven esos a gusto, o sólo de tarde en tarde”. Me temo que no es el único que opina así. Y como suelo tomar en consideración las recomendaciones de quienes respeto, recapacito, como se decía antes. A nadie le agrada dar una imagen de gruñón, cascarrabias o aguafiestas, ni siquiera de ciudadano airado, por más motivos de enfado que vayamos acumulando. También hago recapitulación, y resulta que, de las trece últimas columnas aquí publicadas (pocas más que las de 2014), he dedicado una a la mirada de John Wayne en El hombre tranquilo, otra a la película Almanya, otra al catolicismo de mi padre y a la apropiación de su figura por parte de ciertos políticos y curas, otra a un matrimonio de Texas que me envía insólitos regalos, otra a las armas con que me nutre Pérez-Reverte cada noche de Reyes, otra a la posible inutilidad de los intelectuales, otra a la piratería internética y una más a la discriminación que sufrimos escritores y músicos al no poder legar indefinidamente las obras que nos inventamos. Es decir, ocho artículos que no trataban de política o lo hacían sólo tangencialmente y de pasada; algunos, si no me equivoco, bastante bienhumorados. No sé si es que esos, que a veces llamo “de tregua”, causan menos efecto y se olvidan más rápido (se olvidan todos casi nada más ser leídos, en eso no nos engañemos); en todo caso, parece como si no contaran para dos tipos de personas: aquellas a las que revientan los más críticos (tertulianos de la Cope y del TDT Party, por ejemplo) y las que se preocupan por verme enfangado, como ese querido amigo.

A éste le contesté que tendría en cuenta su comentario (y eso hago), y también que desde mi punto de vista nos encontramos en una situación de emergencia que obliga a mancharse con la suciedad que esparcen nuestros gobernantes de todo signo. Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar –qué digo: a señalar– los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido. Y no es que el actual Gobierno sea el causante de todos los males que aquejan a este país de tradición malévola: más de una vez he recordado cómo Richard Ford, el viajero del XIX, observó en sus agudos escritos que España se caracterizaba, desde época prerromana, por dar gente buena y fiable tomada individualmente, bastante peor colectivamente, y siempre, sin falta, caudillos y dirigentes nefastos que arrastraban al conjunto y lo embrutecían. No puedo estar más de acuerdo, y, con excepciones, la cosa no ha cambiado un ápice. Qué más quisiera yo que mirar desde el tendido con aprobación y complacencia, y no soliviantarme con las noticias de cada mañana.

Pero no hay forma. Aparte de lo más grave y evidente, no hay día en que el actual Gobierno no nos cuele medidas vandálicas o autoritarias, y muchas pasan casi inadvertidas, al no darse abasto, como he dicho. La nueva Ley de Costas que prepara es un canto a la destrucción y el pillaje. Ya saben que el Ministro Arias Cañete (santo cielo, el menos mal valorado en las encuestas) permite que se edifique a sólo 20 metros del agua, en vez de a los 100 anteriores; también que ha amnistiado las construcciones ilegales –incluso las metidas en las playas– y les ha dado 75 años (!) de prórroga y autorización para ser vendidas y hacer negocio con ellas. Que no se va a derribar ni un adefesio ni un monstruo condenados por los tribunales. Pues bien, no se queda ahí el vandalismo: el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, lo ha dicho con toda desfachatez: “El impacto que ya está hecho, aprovechémoslo”. No entiendo cómo este sujeto –o sí, por desgracia lo entiendo– no ha sido destituido en el acto. Salvando las insalvables distancias, es como aquellos nazis que reflexionaron: “Ya que nos estamos cargando a tantos judíos, aprovechemos para hacer jabón con ellos”. O, para no ser exagerado, algo más neutro y abstracto: “Ya que hay tantos destrozos, cometamos unos cuantos más y así les sacamos beneficio”. Lo cierto es que esta nueva Ley va a multiplicar los chiringuitos playeros. Duplicará el tamaño que pueden ocupar, hasta los 300 metros; en vez de los 200 hasta hoy exigidos entre uno y otro negocio, ahora serán 150, o, si las actividades son “no similares”, tan sólo 75; ya no se restringirán, sino que se fomentarán en las playas “eventos con repercusión turística” de todo tipo (repugnantes tomatinas, por ejemplo), citas deportivas y “culturales” y fiestas; se recortará la zona de dominio público, esto es, se nos expropiará lo que es de todos para entregarse a los explotadores (ayuntamientos, comunidades autónomas, dueños de garitos y organizadores de chorradas). Bien, cuando no haya donde bañarse, o se levanten olas de 15 metros y arrasen los chiringuitos, las aberraciones arquitectónicas y los chalets invasores, vayan a pedirles cuentas a Cañete y a Ramos. Mientras tanto, las costas serán una verbena permanente y abigarrada, se verán atronadas por música hortera y plagadas de mirones escupiendo desperdicios. Lo mejor es el nombre de esta Ley, que me confirma en el título (“Juro no decir nunca la verdad”) de un artículo reciente que sí me enfangó hasta las cejas: Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. Sublime. Así protegen los vándalos.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 23 de marzo de 2014

LA ZONA FANTASMA. 16 de marzo de 2014. El reino de la posibilidad

imagen68484gYa saben, una de las definiciones de “clásico” viene a decir que son obras que, cada vez que uno vuelve a ellas, encuentra algo importante que en anteriores ocasiones le pasó inadvertido; o bien obras que, aunque ya las conozcamos, indefectiblemente captan nuestra atención y nos invitan a quedarnos en su compañía: si se trata de música, a escucharla entera por enésima vez; si es un cuadro, a escrutarlo con fascinación. Más mérito tienen, a mi modo de ver, las novelas y las películas, que hasta cierto punto confían en la historia que cuentan para interesar, y si esa historia ya nos la sabemos –si acaba bien o mal, quién muere y quién no–, por fuerza han perdido uno de sus principales atractivos en una segunda lectura o en una décima contemplación. Que los “argumentos” actúan como meros señuelos y en el fondo son secundarios lo demuestra que mucha gente relee el Quijote, El corazón de las tinieblas o Madame Bovary estando al cabo de la calle y recordando lo que les acaece a los personajes, lo que hicieron y cómo acabaron. Uno abre una de sus páginas al azar y suele verse arrastrado a leer unas más, y luego otras más, hasta continuar a veces hasta el final. Lo mismo sucede con ciertas películas: uno zapea y en algún canal están emitiendo Con la muerte en los talones, Centauros del desierto o ¡Qué bello es vivir!, y pese a sabérselas de memoria, es muy raro que no se sienta tentado a permanecer allí, con los ojos y el entendimiento cautivos. Algo hay siempre que lo sorprende, o que había olvidado, o sencillamente desea asistir una vez más a la más perfecta representación.

Pero es que además, a medida que pasa el tiempo y esas obras se alejan de nuestra contemporaneidad, descubrimos en ellas cosas que en su día nos parecían “normales” y que hoy ya no lo son. Y por tanto las vemos como si fueran extrañas y hubiera que “descifrarlas” desde la tan distinta mirada de nuestros días. Hace poco me sucedió con El hombre tranquilo, de John Ford y de 1952. Es una de mis películas favoritas (como de tantísimos aficionados al cine), e incluso recuerdo haberla elegido para hablar de ella en no sé qué festival de Burdeos, hará no menos de dos decenios. La he visto incontables veces desde la infancia, pero tanto da. La pasaban en una televisión y no pude evitar quedarme hasta el término del episodio o escena en que el azar me situó: John Wayne y Maureen O’Hara han obtenido por fin permiso para iniciar su cortejo con carabina –el inolvidable Barry Fitzgerald, casamentero oficial de Innisfree–. Montan en un calesín guiado por éste, obligados a darse la espalda; Fitzgerald los autoriza a bajarse y caminar el uno al lado del otro, sin tocarse; al ver un tándem estacionado, lo cogen y escapan en él, para estar a solas; llegan a un cementerio, y cuando van a besarse se desata una tormenta que asusta a la mujer; se resguardan como pueden, el hombre se quita la chaqueta para cubrirla, se le empapa la camisa blanca, y entonces se besan de veras por primera vez. Lo llamativo es la expresión, la mirada que a continuación se le queda a Wayne. Estoy convencido de que es el actor que mejor ha sabido mirar en el cine, sobre todo a las órdenes de Ford: en un solo plano, uno entiende lo que le pasa, y lo que le pasa no son cosas ni sentimientos simples, sino complejos y matizados. Su pena no suele ser pena sin mezcla; su odio no es odio sin mezcla; su indignación no es primaria, su espanto es profundo. Es alguien capaz de saber –y de transmitir– que hay un antes y un después, que a partir de un momento, o una experiencia, o unas palabras, nada será ya lo mismo, empezando por su personaje.

Lo normal, lo convencional en una escena amorosa, tras un primer beso, es que quienes la protagonizan estén exultantes de felicidad o bien sigan besándose con entusiasmo o lascivia crecientes, según. Eso no ocurre en El hombre tranquilo. Wayne abraza a O’Hara y vuelve el rostro, no hacia la cámara pero sí hacia el frente. Y su mirada parece en primera instancia de tristeza, de lástima incluso. Claro está que no lo es. En seguida uno comprende el matiz: es seriedad, gravedad, acaso responsabilidad, como si se estuviera diciendo: “Ay, ahora estoy vinculado. Es lo que deseo, pero ha llegado y ya no hay vuelta atrás. Me quedaré junto a esta mujer, no le fallaré, la querré y la cuidaré. Le daré la mejor vida que pueda y a eso dedicaré mi existencia. No sólo a eso, pero eso estará por encima de todo lo demás. Y le seré incondicional”. Ya en 1952 debía de ser infrecuente ver una reacción así en la pantalla o en la realidad. Los enamorados recientes tienden a ser ligeros y se ven llevados en volandas por el entusiasmo o la pasión, y “no hacen más que ocultarse mutuamente su destino”, como escribió Rilke con penetración. En la realidad no es más raro que hace sesenta años, yo creo, pero sí en la novela o el cine, sí en el mundo representado, como si en él sólo se admitiera estar de vuelta de todo. Raro es contemplar hoy en él a quien se siente vinculado o atrapado –en el mejor sentido de esta palabra– por su propia convicción, por su disposición a no fallar, por la responsabilidad que no puede exigírsele pero que uno adquiere hacia otro por su cuenta y riesgo y su voluntad. Raro es quien se hace el propósito de ser incondicional y piensa, quizá como Wayne bajo esa tormenta: “Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 16 de marzo de 2014

No pudo ser

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Los premios de la Crítica de Nueva York distinguen a África

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie es la vencedora de los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah (que en marzo publica Random House), una historia sobre la raza y la identidad que ha sido elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español Javier Marías estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre aspirante en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the time being, y Donna Tartt por El jilguero (que en marzo publica Lumen).

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por The New York Times. Los enamoramientos (Alfaguara) a su vez ha sido ensalzada en las críticas de algunos de los periódicos más importantes de Estados Unidos y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five days at memorial: life and death in a storm-ravaged hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos. A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en Estados Unidos como el dominicano Junot Díaz, por La maravillosa vida breve de Oscar Wao.

Solo una novela en español ha obtenido ese premio en sus 40 años: Roberto Bolaño por 2666. Entre los ganadores figuran escritores como Alice Munro, Philip Roth, Cormac McCarthy, Louise Erdrich, Ian McEwan y John Cheever.

AGENCIAS

El País, 14 de marzo de 2014

Chamamanda N Adichie se impone a Javier Marías en los premios de la Crítica de New York

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha impuesto hoy a Javier Marías en los National Book Critics Circle Awards con su novela Americanah, elegida la mejor del año por esta asociación de críticos de Nueva York.

El escritor español estaba nominado por Los enamoramientos a este premio literario, uno de los de más repercusión en Estados Unidos, y era el único hombre nominado en una categoría en la que también competían Alice McDermott, por Someone; Ruth Ozeki, por A Tale for the Time Being, y Donna Tartt por The Goldfinch.

Americanah, una historia de amor, feminismo y racismo situada en el país de Adichie, había sido elegida como una de las mejores novelas de 2013 por el New York Times.

Javier Marías no acudió a la ceremonia y Los enamoramientos ha sido ensalzada en Estados Unidos en las críticas de algunos de los periódicos más importantes del país y llegó a ser portada del suplemento The New York Times Book Review.

En la categoría de no ficción, el libro ganador fue de la ganadora del Pulitzer Sheri Fink, por Five Days at Memorial: Life and Death in a Storm-Ravaged Hospital.

Los premios del National Book Critics Circle fueron creados en 1974 y reconocen trabajos en las categorías de ficción, no ficción, biografía, autobiografía, poesía y crítica publicados en Estados Unidos.

A lo largo de sus cuarenta años de historia ha destacado a otros autores de prosa en español, como el chileno Roberto Bolaño por su libro 2666, o a literatos de origen latino radicados en EE.UU. como el dominicano Junot Díaz, por The Brief Wondrous Life of Oscar Wao.

Otros premiados han sido Philip Roth, Alice Munro, Louise Erdrich, Ian McEwan y Cormac McCarthy.

Efe, 14 de marzo de 2014

Awards

Cuento de fútbol

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La revista de cultura y ciencias sociales Ábaco ha dedicado su último número, el 76/77 de la segunda época de la publicación, al fútbol, bajo el epígrafe: «Pasión, juego y negocio». El ejemplar incluye el relato «El equipo más dramático», del conocido escritor y madridista Javier Marías.

LA ZONA FANTASMA. 9 de marzo de 2014. Voracidad y lloriqueo

Muchos jóvenes lo ignoran y muchos que no lo son lo recuerdan difusamente: durante el franquismo no había declaración de la renta, y así bastantes creían que no pagaban impuestos. Claro está que los había: los indirectos eran legión, numerosas empresas eran estatales (Telefónica, Tabacalera, Renfe, etc), y lo normal era la apropiación directa e indebida. El sistema era corrupto desde su nacimiento, y por él se regían desde la Jefatura del Estado (ya saben cuántas cosas se “regalaban” a Franco y a su mujer, incluidos pazos gallegos y multitud de collares) hasta la última alcaldía (con excepciones). Por eso, una vez en democracia, costó gran esfuerzo que la población asumiera que debía pagar una cantidad proporcional de sus ganancias para el mantenimiento de la nación. Hubo que hacer campañas publicitarias (“Hacienda somos todos”, la más famosa) para inculcarle a la gente una idea que la mayoría de los países europeos tenía asimilada e interiorizada desde hacía décadas. No fue fácil, y el convencimiento de que era necesario y conveniente contribuir jamás fue completo. Ha habido capas de la sociedad a las que eso ha reventado siempre: individuos insolidarios y predispuestos a la trampa. Pero a medida que se vieron resultados (una sanidad pública ejemplar, una educación universal y digna), el grueso de los ciudadanos se avino, aunque nunca pueda haber entusiasmo a la hora de rascarse el bolsillo. Fue frecuente consolarse pensando: “Si me toca apoquinar tanto, también es porque me ha ido bien este año”. Que los españoles se acostumbraran y lo aceptaran (en la medida en que se logró eso), resultó en todo caso tarea ímproba.

Desde que gobierna el actual Gobierno, si no antes, toda esa paciente labor se ha tirado por la borda. Por un lado, se ha dejado de percibir a la Agencia Tributaria como a un organismo justo, equitativo y honrado. En ella se han producido destituciones turbias y escándalos. Ha aplicado una cómoda amnistía fiscal a los grandes defraudadores, y ha flotado la sensación de que se los premiaba por faltar a sus obligaciones. Ha llevado a cabo arbitrariedades inadmisibles: por poner un solo ejemplo, muchos artistas y toreros cobraban a través de sociedades, lo cual les traía beneficios fiscales; es posible que esto fuera injusto, pero era legal hasta hace cuatro días. De pronto, Hacienda decide que ya no y convierte su decisión en retroactiva, e impone monstruosas multas por algo que en su momento estaba enteramente permitido. Por recurrir a los símiles futbolísticos que tantos entienden, es como si mañana se decidiera que los tiros a los postes son gol, y en función de ese cambio se alteraran los resultados y títulos de las tres últimas temporadas: como el Madrid estrelló cuatro balones en el travesaño en tal y cual encuentro, sumó tres puntos aquí y allá en vez de ninguno, luego fue campeón de Liga en 2013 y no lo fue el Barcelona. Para cualquiera salta a la vista que eso no puede hacerse. Y sin embargo es lo que la Hacienda de Montoro viene haciendo con la chulería y el autoritarismo consustanciales a este sujeto.

Cuando las leyes son abusivas, los ciudadanos empiezan a no sentirse obligados por ellas. Cuando el 62% de la factura de la luz son impuestos; cuando ésta y el agua y el gas están gravados con un IVA del 21%, amén de otras tasas; cuando el Estado cobra si usted coge el metro o un autobús o un taxi; si regala unas flores; si va a hacer la compra; si se toma una cerveza o cena en un restaurante; en suma, cobra de cada transacción que efectuamos, por pequeña que sea. Si además le estamos adelantando dinero –prestándoselo– continuamente mediante el IRPF y los pagos fraccionados; si en junio podemos llegar a entregarle el 53% de nuestros ingresos (si nos ha ido muy bien, claro); si cuando alguien muere, el dinero y las propiedades que deja –y por los que el difunto tributó ya en vida– se los embolsa en alta proporción el Estado (por qué eso es así es algo que jamás entenderé, por mucho que esté establecido); si Hacienda recauda sin respiro y por doquier y por todo concepto, hay un momento en que al ciudadano común no le salen las cuentas. ¿Cómo es que ese mismo Estado devorador lloriquea y se queja de su indigencia? ¿Cómo es que se permite despedir o jubilar a médicos, empobrecer y encarecer la sanidad, subir las tasas universitarias y las judiciales, reducir las becas o su cuantía, abandonar las carreteras al deterioro, reducir las pensiones, fomentar el desempleo, inyectar miles de millones a los bancos que no conceden créditos y ahogan a los comercios, albergar a incontables corruptos y hacer la vista gorda con ellos cuando no protegerlos, gastar sumas demenciales en autopistas que nadie utiliza y aeropuertos sin aviones, en montar “embajadas” superfluas y dejar “palacios” inacabados, de la Justicia o de las Artes, sin que ningún político responda por semejantes despilfarros?

Siempre vi con malos ojos a los defraudadores, incluso a quienes hacían chapuzas sin IVA. Ya no: cada vez los entiendo más, y lo lamento. Cada vez entiendo más que, ante unas leyes abusivas e injustas, ante un organismo saqueador y arbitrario, los individuos se defiendan y, a poco que puedan, no cumplan. Entre las mil cosas graves que ha traído este Gobierno, no será la menor haber conseguido que la gente se sienta justificada al consumar un engaño. Con lo que costó convencerla de que había que contribuir, y en particular a las arcas de Hacienda.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 9 de marzo de 2014

JM candidato al Independent Foreign Fiction Prize 2014

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, 'The Infatuations'

Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, has been longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for his crime novel, ‘The Infatuations’

Karl Ove Knausgaard, Javier Marías, Andreï Makine longlisted for the Independent Foreign Fiction Prize

Karl Ove Knausgaard, the author about whom Zadie Smith wrote, “I need the next volume like crack”, is on the longlist for the Independent Foreign Fiction Prize 2014 for A Man in Love, the second volume of his blockbuster My Struggle. This is his second time on the longlist, and he goes head to head with contemporary greats such as Spanish writer Javier Marías, frequently tipped for the Nobel Prize, for his crime novel, The Infatuations, and Prix Goncourt winner Andreï Makine, author of Brief Lives that Live Forever.

This year’s 15-strong longlist was chosen by a panel of five judges from a record number of entries and languages – 126 titles from 30 source languages.

Boyd Tonkin, senior writer and columnist at The Independent and one of this year’s judges commented: “Every year this unique prize delivers to our doorsteps an outstandingly rich harvest of the world’s finest fiction. This year, a record number of submissions has resulted in a longlist as diverse and powerful as any in its history. From Iceland to China, Israel to Iraq, Spain to Japan, the contenders – served by a selection of the most gifted translators at work today – represent a huge variety of nations and cultures, all bound together in the border-free republic of talent and imagination.”

The list features a number of pairs: two female Japanese writers; two German writers, both tackling the shadow of East Germany; and two Iraqi authors, Hassan Blasim and Sinan Antoon, offering very different pictures of post-Saddam Iraq. There’s also an Icelandic duo: Auður Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson, an astonishing achievement for a nation of 320,000 people.

Four newcomers are translated into English for the first time: Andrej Longo whose short story collection Ten uncovers the darker side of southern Italy, and Man Asian prize shortlistee Hiromi Kawakami for her unconventional romance, Strange Weather in Tokyo. English-language readers can also discover Hubert Mingarelli for the first time (A Meal In Winter) and Birgit Vanderbeke, whose debut novel The Mussel Feast was first published in 1990 and is viewed a modern German classic.

Readers of Sayed Kashua, a Palestinian Israeli writing in Hebrew, whose title Exposure is on the longlist, might be intrigued to know that he is also the author of Israel’s best-known sitcom, Arab Labour.

The Independent Foreign Fiction Prize celebrates the work of authors and translators equally. Translator Anthea Bell, who won in 2002 for her translation of Austerlitz by W G Sebald, is longlisted for her translation of Julia Franck’s Back To Back. Franck herself made the shortlist in 2010. Margaret Jull Costa, Javier Marías’ translator, has also been shortlisted before. Sometimes, of course, authors translate their own work, and in 2008 Paul Verhaeghen won with his self-translated Omega Minor: this year, Sinan Antoon, who was shortlisted for the International Prize of Arabic Fiction 2013, (the “Arabic Booker”) has translated his own work into English. Ma Jian’s work is translated by his wife, Flora Drew, representing an unusually special bond between author and translator – this is the second time they appear on the shortlist.

This year’s books tackle some challenging themes including war, corruption and totalitarian regimes. Some of the writers have faced oppression in their own lives: Ma Jian’s work has been banned in his own country and he also cannot now return; Andreï Makine, a Siberian Afghan War veteran fled to France from Soviet Russia; while for years anyone who wished to read Hassan Blasim in Arabic could only do so online. Their lives and work are a stark reminder of the power of fiction, still seen by many of the world’s governments as dangerously subversive.

Penguin Random House is the publisher most represented on the list with seven books, with four from Harvill Secker, two from Chatto & Windus and one from Hamish Hamilton. Five independent publishers have made the list including Comma Press, MacLehose Press, Portobello Books, Pushkin Press and Peirene Press. The final publisher securing a place is Yale University Press.

British writer, broadcaster and former stand-up comedian Natalie Haynes, one of the judges, said: “This is a very strong list, reflecting both the enormous diversity of nationalities, themes and subjects which we received. It shows that there has never been more of an appetite for translated fiction in the UK, and from every corner of every populated continent. It ranges from the intellectual to the emotional via the political, and no-one could come away from reading these books without having a greater understanding of a complex world. In the face of so much bland globalisation, it’s both a relief and a delight to see world fiction remains as quirky and individual as ever.”

The £10,000 Independent Foreign Fiction Prize is awarded annually to the best work of contemporary fiction in translation. The 2014 Prize celebrates an exceptional work of fiction by a living author which has been translated into English from any other language and published in the United Kingdom in 2013. Uniquely, the Independent Foreign Fiction Prize acknowledges both the writer and the translator equally – each receives £5,000 – recognising the importance of the translator in their ability to bridge the gap between languages and cultures. The Prize is funded by Arts Council England, supported by The Independent and Champagne Taittinger, and managed by Booktrust.

Previous winners of the Prize include Milan Kundera in 1991 for Immortality translated by Peter Kussi; WG Sebald and translator, Anthea Bell, in 2002 for Austerlitz; and Per Petterson and translator, Anne Born, in 2006 for Out Stealing Horses. The 2013 winner was The Detour by Gerbrand Bakker translated from the Dutch by David Colmer (Harvill Secker).

The shortlist will be announced on April 8th and the winning author and translator will be announced and awarded their £10,000 prize at a ceremony in central London at the Royal Institute of British Architects on May 22nd.

iffp_2014_logoThe full longlist of 15 titles is:

A Man in Love by Karl Ove Knausgaard and translated from the Norwegian by Don Bartlett (Harvill Secker)

A Meal in Winter by Hubert Mingarelli and translated from the French by Sam Taylor (Portobello Books)

Back to Back by Julia Franck and translated from the German by Anthea Bell (Harvill Secker)

Brief Loves that Live Forever by Andreï Makine and translated from the French by Geoffrey Strachan (MacLehose Press)

Butterflies in November by Auður Ava Ólafsdóttir and translated from the Icelandic by Brian FitzGibbon (Pushkin Press)

The Corpse Washer by Sinan Antoon and translated from the Arabic by the author (Yale University Press)

The Dark Road by Ma Jian and translated from the Chinese by Flora Drew (Chatto & Windus)

Exposure by Sayed Kashua and translated from the Hebrew by Mitch Ginsberg (Chatto & Windus)

The Infatuations by Javier Marías and translated from the Spanish by Margaret Jull Costa (Hamish Hamilton)

The Iraqi Christ by Hassan Blasim and translated from the Arabic by Jonathan Wright (Comma Press)

The Mussel Feast by Birgit Vanderbeke and translated from the German by Jamie Bulloch (Peirene Press)

Revenge by Yoko Ogawa and translated from the Japanese by Stephen Snyder (Harvill Secker)

The Sorrow of Angels by Jón Kalman Stefánsson and translated from the Icelandic by Philip Roughton (MacLehose Press)

Strange Weather in Tokyo by Hiromi Kawakami and translated from the Japanese by Allison Markin Powell (Portobello Books)

Ten by Andrej Longo and translated from the Italian by Howard Curtis (Harvill Secker)

The Irish Times, March 7, 2014

The Inf Penguin Bolsillo

Judge Shaun Whiteside on The Infatuations:

‘A woman is enthralled by a couple she sees in the street every day, and invents a life for them. When the man is murdered, she is drawn into their world and forced to re-examine everything she thinks she knew. A richly allusive murder mystery about love, death and literature.’

Booktrust

Independent Foreign Fiction Prize 2014: Our long-list reveals a fictional eco-system of staggering diversity

In a week when the Norsemen stormed the British Museum, how fitting – if purely coincidental – that two books long-listed for this year’s Independent Foreign Fiction Prize should hail from the most authentically Viking land of all.

Between them, the novels by Icelanders Audur Ava Ólafsdóttir and Jón Kalman Stefánsson – one a quirkily comic road-movie of a tale, the other a snow-blasted highland odyssey – show that fine fiction can adopt a dizzying array of shapes even in a country of just 320,000 people.

This year, the judges for the £10,000 award – divided equally between author and translator, and supported once more by Arts Council England, Booktrust and Champagne Taittinger – had a higher-than-ever mountain to climb: 126 books, a record entry, translated from 30 different languages. Joining me on the ascent are author, broadcaster and Independent columnist Natalie Haynes, ‘Best of Young British’ novelist Nadifa Mohamed, award-winning translator Shaun Whiteside, and artist, writer and academic Alev Adil.

Our long-list of 15 reveals a fictional eco-system of staggering diversity. Three accomplished sets of linked short stories make the cut, by Hassan Blasim (Iraq), Andrej Longo (Italy) and Yoko Ogawa (Italy). Hunting for a thinking person’s murder mystery? Try Javier Marias (Spain). The latest instalment of a volcanic semi-autobiography? Go to Karl Ove Knausgaard (Norway).

A Dickensian blockbuster that follows one fugitive family? Ma Jian (China). A thriller about imposture and paranoia rooted in the unease of minority culture? Sayed Kashua (Israel). From Germany, Birgit Vanderbeke and Julia Franck explore the burden of history; from Japan, Hiromi Kawakami crafts an eerie inter-generational romance; from Iraq, Sinan Antoon looks into the abyss left by tyranny and invasion. French writers Hubert Mingarelli and Andrei Makine find new ways – oblique, lyrical, humane – to address the Nazi and Soviet past.

I warmly recommend each of our chosen books, both for their own singular virtues and the skill and flair of their translators. Odin knows how we will rise to the next peak: the shortlist of six, due to be announced at the London Book Fair on 8 April.

BOYD TONKIN

The Independent, March 7, 2014

LA ZONA FANTASMA. La piadosa malevolencia

A raíz de mi columna de hace tres semanas, en la que recordaba el propósito que se hizo mi padre en la infancia de no mentir, y luego hablaba de la irrefrenable tendencia del Partido Popular a faltar a la verdad, un cargo gubernamental me envía una amable carta junto con el librito de un sacerdote que recoge las opiniones del científico Lejeune y de Julián Marías acerca del aborto. En esa columna yo me hacía eco de declaraciones de dirigentes del PP (glosadas por Carlos E. Cué) según las cuales podría haber una estrategia electoral en el Proyecto de Ley que ha preparado Rajoy (dejémonos de historias: ningún ministro hace nada sin su mandato o apoyo) para endurecer la hasta hoy vigente relativa a esa cuestión.

No era el caso ni el tono de la misiva de ese cargo, vaya por delante; sin embargo, involuntariamente, participaba de una de las actitudes que más me irritan y más ruines me parecen y que a menudo he padecido como “argumento” contra mis escritos. En ella han incurrido tanto amistades de mi familia como lectores desconocidos (curas, frecuentemente) como algún que otro articu­­lista. En esencia consiste en “echarme en cara” lo que opinaba mi padre sobre tal o cual asunto, intentando lo que hoy llaman muchos “chantaje emocional”. A veces los que tiran de semejante recurso no se andan por las ramas: “¿Qué habría pensado tu padre de lo que has escrito? Vaya disgusto le habrías dado”. Otros son poco más sutiles: “Al hablar así de la jerarquía eclesiástica, denigras la fe de tus padres”. En fin, gajes de haber tenido un progenitor-figura pública. Pero dicho “argumento” no sólo lo encuentro de gran bajeza moral, muy grave en los sacerdotes, sino extremadamente pueril.

Como es sabido, me llevaba bien con mi padre en conjunto. Lo quería mucho y lo admiraba en bastantes aspectos. Pero también estábamos en desacuerdo en numerosas cuestiones, y yo no se lo ocultaba. Discutimos respetuosa y civilizadamente infinidad de veces. Solía leer mis artículos y yo los suyos, sabíamos lo que cada uno opinaba. De ahí la puerilidad y la mala fe de ese “argumento”. Quienes lo emplean implican que yo me habría callado muchas cosas hasta después de su muerte en 2005; que habría sido deshonesto con él para no disgustarlo o decepcionarlo, o aún peor, para “protegerme” de su desaprobación. Ahí están las hemerotecas para desmentir tal asunción. Quienes recurren a eso me merecen el mayor desprecio, por mezquinos, mendaces y sin escrúpulos. Insisto en que no era ese el tono de la carta del cargo gubernamental.

Estoy al cabo de la calle de lo que pensaba mi padre sobre el aborto. Él era católico practicante, y además había nacido en 1914 (este año habría cumplido un siglo de edad). En sus últimos tiempos su catolicismo fue a más, y también su “conservadurismo”. Son esos tiempos los que interesan a los curas y a los políticos que se están “apropiando” de su figura; como si el resto de su larga trayectoria no contara o hubiera sido borrada. Durante décadas padeció la hostilidad de esa Iglesia a la que, pese a todo, pertenecía; no digamos la de los políticos franquistas (a los que tanto se parecen e imitan los que lo “reivindican” ahora), que le hicieron la vida imposible. Bien, para él el aborto era una monstruosidad y un horror. Para mí era y es, asimismo, un horror, y me alegro infinito de no haberme visto involucrado nunca en ello. La única vez que me vinieron con una falsa alarma, la mujer, una estadounidense, habló de tener el hipotético niño y darlo en adopción. Le anuncié en seguida que me lo quedaría yo, aunque me llegara con una gorra de baseball ya encasquetada desde su nacimiento, y un chicle en el paladar.

Para las mujeres que optan por esa medida ­–salvo descerebradas–, me consta que es igualmente un horror, algo que jamás toman a la ligera, que les deja indeleble huella y a veces no escasos problemas de conciencia. Pero es su conciencia la que debe bregar con su decisión, no el Estado mediante leyes crueles, inspiradas en la doctrina de la Iglesia. Para ésta todo aborto es un asesinato, en cualquier fase y circunstancia y supuesto. También hubo curas, en el pasado, que se empeñaban en inyectarles el bautismo a los fetos para cristianizarlos desde su concepción… Para el resto de la sociedad la cuestión no está nada clara, y sí lo está, en cambio, que constituye sadismo obligar a dar a luz a una criatura que no va a sobrevivir o que estará condenada a una existencia de padecimientos, operaciones sin fin, graves malformaciones que la harán maldecir cada hora de su precaria vida. Con la agravante de que el actual Gobierno dice “proteger” al no nacido, pero se desentenderá de ese ser en cuanto haya nacido: ya no hay ayudas a la “dependencia”, ni sanidad cabalmente pública.

“Proteger” a lo que es sólo un embrión, y desamparar al niño y al adulto resultantes, es algo sólo comprensible desde la malevolencia, el dogmatismo de una confesión, el ansia de castigar lo que esa confesión reprueba. Para mí, en todo caso, no es lo mismo interrumpir algo iniciado que evitar su inicio. Y sin embargo esa Iglesia condena igualmente las precauciones y los anticonceptivos, no lo olvidemos. Ningún Gobierno puede legislar al mero dictado de una religión hierática, desoyendo las dudas y la conciencia de los ciudadanos. A no ser que se trate de un Gobierno islamista, claro está, que no entiende ni acepta la separación entre Iglesia y Estado. Sin la que no hay democracia que valga, desde hace ya más de dos siglos. Eso es lo que retrocedemos, se dice pronto.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 2 de marzo de 2014

SILLÓN DE OREJAS. Paralelos problemáticos

Javier Marias-rae_12Dejando a un lado lo realmente importante, es decir, los méritos literarios de cada uno, lo cierto es que en la involuntaria carrera por el Nobel español que algunos medios, las casas de apuestas y sus respectivos y no siempre compatibles fans se empeñan en obligar a correr a Javier Marías (Madrid, 1951) y Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), el primero lleva cierta ventaja. Ambos ostentan no solo un lectorado fiel y en expansión, sino también un amplio reconocimiento internacional que valora con entusiasmo sendas obras diversificadas y prolijas; los dos están traducidos a las lenguas más influyentes (incluido el sueco, estratégico en lo que nos ocupa); uno y otro comparten algunos de los más prestigiosos premios literarios del mundo; ambos colaboran habitualmente en la prensa escrita (e, incluso en el mismo periódico, vaya por Dios); uno y otro han practicado la autoficción y las falsas novelas de raigambre posmoderna, y los dos, y sin ponerse de acuerdo (odian ser comparados), han ido abriendo su literatura a públicos cada vez más amplios, aunque manteniendo esa “pluralidad de niveles de lectura” que tanto alaban los críticos; ambos han formado parte (y allí obtuvieron el premio que les consagró) de la “escudería” Herralde (que uno y otro abandonaron con cajas más o menos destempladas); y entrambos se encuentran en edad de merecer (el premio, me refiero). Así que, ya ven: JM y EVM se hallan tan mediáticamente colocados en una hipotética (e, insisto, involuntaria) línea de salida de nobelizables que podrían formar pareja en unas “vidas (literarias) paralelas” de cualquier Plutarco de tres al cuarto. Salvo en un pequeño detalle (también estratégico): Vila-Matas no es (aún) miembro de la RAE, y el apoyo de las Academias (allí donde existen) constituye un peso que tienen en cuenta algunos de los (no siempre fríos) jueces de Estocolmo. Por lo demás, este año ambos publican nueva novela. De la de Marías no puedo decirles más que todavía la está acabando (y no suelta prenda). De la de Vila-Matas (Kassel no invita a la lógica,Seix Barral), que he leído calentita, lo primero que debo aclararles es que no estoy seguro de que lo sea (una novela). Como si eso importara: aquí está el mejor Vila-Matas (a la vez autor, narrador, personaje, juez y parte) sujetándome a mi sillón de orejas con su habitual torrente de imaginación paradójica y gusto (de raigambre surrealista) por los encuentros insólitos (ya saben: el paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de disección), invitándome a mirar a través de las grietas de la realidad para constatar su carácter escasamente “realista”, y vislumbrar —a través de un humor a la vez socarrón y contenido— uno de sus rostros menos predecibles (en este caso, el del arte contemporáneo). Literatura en estado de gracia por alguien que controla perfectamente todos los resortes de un estilo fiel a sí mismo y que continúa indagando, libro a libro, acerca de la literatura y sus siempre franqueables fronteras. En cuanto a lo del Nobel, si yo tuviera que apostar en esa absurda lotería no las tendría todas conmigo: siempre puede surgir un “tapado” discreto (pero con premios, traducciones, Academia, etcétera) como tercero en discordia en plan “adivina quién viene esta noche”. De modo que continúa el suspense. Y todo por el increíble precio que aparece en pantalla.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 1 de marzo de 2014

Mainer-Marías

Mainer reivindica la literatura española del medievo y del XVIII

En este «presente incierto y vivaz» encajan dentro del hilo argumental narradores como Javier Marías, poetas como José Manuel Caballero, ensayistas como Fernando Savater y dramaturgos como Juan Mayorga

Millones de palabras en 50.000 palabras. Infinitas páginas en 201 páginas. Centenares de nombres de escritores, temas, corrientes y tendencias en nueve capítulos. 800 años de creación literaria para leer en unas… cuatro horas. Millares de libros asomados en un libro: Historia mínima de la literatura española (Turner), de José-Carlos Mainer. Un ensayo que se lee como un relato de la creación literaria en España y de la vida del país en el cual destacan las luces reivindicadoras que lanza sobre periodos más o menos eclipsados por la Historia oficial y el imaginario colectivo, como son la Edad Media y el siglo XVIII, mientras arriesga con el presente.

[…]

Siempre es más difícil valorar la creación contemporánea porque no se sabe qué dirá el tiempo, asegura Mainer. Pero aceptó el reto. No como un diccionario ni una lista de nombres ni de obras, sino dentro del hilo argumental del relato que empezó en la Edad Media. Entre los autores contemporáneos presentes en dicha línea argumental de Historia mínima de la literatura española figuran Fernando Savater, Javier Marías, José Manuel Caballero Bonald, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Muñoz Molina, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, Juan Eduardo Zúñiga, Enrique Vila-Matas, Álvaro Pombo, Luis Mateo Díez, Eduardo Mendoza, Juan y Luis Goytisolo, Francisco Brines, Félix de Azúa, Rafael Chirbes, Pere Gimferrer, José María Merino, Antonio Colinas, Juan José Millás, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Ignacio Martínez de Pisón, Luis Landero, Jon Juaristi y Fernando Aramburu. De las últimas generaciones figuran autores como Juan Antonio González Iglesias, Ray Loriga, Isaac Rosa, y José Ángel Mañas, el más joven de todos.

[…]

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 26 de febrero de 2014