De Rafael Sánchez Ferlosio

Todo por el tabaco

Mira que me hizo reir mi amigo Javier Marías, fumador (por tópico suele añadirse ‘empedernido’, pero no sé si en su caso sería injusto) y feroz enemigo de la ley antitabaco, con su rechifla de las convenciones, asambleas, congresos, sobre cualquier tema cultural, científico, humanista y hasta “solidario”; como hoy gustan de llamar a lo que antaño eran cócteles de la alta sociedad a beneficio de tuberculosos, en los inmensos salones y hoteles de Eurovegas, rechifla sobre la que se explayó en su página del suplemento ilustrado de EL PAÍS de los domingos de hará un año o cosa así.

Me gustaría que las dudas de Rajoy sobre el proyecto del magnate norteamericano tuviesen, en el fondo, más que ver con los propósitos y promesas del Gobierno de luchar contra la corrupción nacional que con cualquier relajamiento de la ley antitabaco. A mí, que hará unos 10 años dejé de fumar —y aun antes fumaba muy poco— no me importa nada que se fume o no se fume; don Javier Marías en mi casa fumó lo que quería, y hasta me dio un poco vergüenza pedirle que me permitiese abrir la ventana, por el temor de parecerle uno de esos puritanos que hacen de ello cuestión moral. Lo que me importa es la tremenda fuente de corrupción que trae consigo el juego, no empezando siquiera por la prostitución —con su enorme incremento del tráfico internacional— sino por la propia corrupción económica (que el Gobierno, con todo el Parlamento, jura y perjura querer erradicar), que 700 hectáreas de circulación monetaria, con profesionales cambistas llegarían a desencadenar; me importa no sé si tanto como la permisividad con la prostitución de lujo que de todas las razas y de todos los países volará a ocupar su lugar detrás de las ruletas en los aviones particulares que los proxenetas profesionales al servicio de Mr. Adelson pongan gratuitamente a su disposición, tanto como esto, digo, me importa que el Gobierno no tenga la servidumbre (dicen que el propio Rajoy llegó a recibirlo casi como a un jefe de Estado —pero será una calumnia, ya verás—) de rebajarle al magnate, según se proyecta, del 45% —tipo máximo para el juego— al 10% de impuesto, o “dotando a los modelos de negocio como Eurovegas con una bonificación del 95% en el impuesto de transmisiones patrimoniales” [lo entrecomillado va copiado literalmente de EL PAÍS, porque no sé qué quiere decir, salvo que consiste en otro beneficio].

Queda la arquitectura, con ese monstruo de los rascacielos no sé si resucitado con la estúpida euforia del 2000, salvo que añadiéndole una virtud olímpica: “Altius”, “a ver quién lo hace más alto”. Hasta los países islámicos han entrado en esta carrera. Pues bien, nuestro magnate quiere hacer el rascacielos más alto de España. Los partidarios hablan de Las Vegas americanas, pero allí no eran ni son partidarios de plantar centros de juego cerca de los barrios donde vive la gente decente (por eso Las Vegas está en un desierto). Los rascacielos de nuestro magnate se verían desde todo Madrid, encima de todo Madrid, y es posible que una gran parte de Eurovegas resplandeciese como el infierno durante toda la noche.

Bendito sería Mariano Rajoy si, fuese por el tabaco o no tan tabaco, mandase a hacer gárgaras el nauseabundo proyecto americano, y lograse que el magnate cogiese su avioneta para no volver más.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

El País, 29 de septiembre de 2013