LA ZONA FANTASMA. 1 de septiembre de 2013. Los despertares

Ya estamos de vuelta los que nos hayamos ido, y los que no, nos ven regresar más bien con desagrado, quizá pensando: “¿Por qué no permanecen donde estaban? Sin ellos la ciudad parecía más tolerable y llevadera, sin tanto tráfico ni aglomeraciones, sin tanto mal humor y tanto ánimo bajo, al menos andábamos más repartidos”. Y sin duda también habrá esta reacción generalizada, tanto entre los ausentados como entre los inmóviles: “¿Por qué hemos de soportar de nuevo la presencia continua, obsesiva, de nuestros gobernantes nefastos, que jamás traen alegría alguna y sí amarguras constantes? Todo ha funcionado algo mejor sin sus decisiones de los viernes o de cualquier otro día; sin sus declaraciones canallescas o estúpidas, sin que viéramos sin cesar sus caras y escucháramos sus argumentaciones burdas y cínicas. Hemos comprobado, durante agosto, que se vive un poco menos mal sin su agobio. ¿Por qué no continuar así, por qué no se van a sus casas y se retiran? No se trata de que no gobiernen (eso sería pedir demasiado), pero podrían ser más modestos y desaparecer de nuestra vista”.

Al término de las vacaciones se habla siempre de lo arduo que resulta volver al trabajo, abandonar la burbuja de relativos descanso y ocio en que nos hemos instalado. Ese tiempo parece irreal en seguida, un espejismo que se desvanece pronto ante la aplastante realidad de la rutina, once meses ocupados. No creo que ya sea así. El que conserva el trabajo celebra retornar a él, comprobar que en su ausencia no se lo han quitado o no han suprimido su tarea, o que no se ha producido en su empresa un despido masivo. El que ya lo había perdido desearía encontrar por fin uno, sentirse útil, no depender de la familia, traer dinero a casa. Lo que hoy nos deprime a la vuelta es más bien el reencuentro con los facinerosos a los que en mala hora votamos. Gente que engañó, y presentó un programa para incumplirlo a rajatabla, que habló de transparencia y cada vez es más opaca, que anunció limpieza y aparece enfangada. Se aduce que los casos de corrupción y de prácticas indecentes que se descubren (pueden ser indecentes cosas legales) pertenecen al pasado y no al presente, como si ignoráramos que se tarda tiempo en destapar lo que se procura ocultar por todos los medios. A nadie le cabe duda de que lo sucio que esté ahora pasando se sabrá sólo, con suerte, dentro de unos cuantos años. Vistos los precedentes, lo que nadie cree es que ahora ya no haya corrupción ni prácticas indecentes; al revés, damos ya por sentado que sigue habiéndolas y que quienes incurren en ellas se estarán esmerando todavía más en borrar las huellas. Sabemos que el saqueo de la ciudadanía a base de impuestos, de arbitrarias inspecciones de Hacienda que cambian la legalidad y las reglas a traición y a su conveniencia, de imparables subidas de la electricidad y otros servicios básicos, de reducciones de sueldos, de condiciones laborales al dictado de los empresarios; sabemos que es todo eso lo que nos aguarda otra vez, aumentado.

A la vuelta del verano a muchas personas les cuesta conciliar o conservar el sueño. Uno se mete en la cama, y en ese traicionero intervalo entre la actividad y el adormecimiento de la conciencia, se ve asaltado por las consideraciones pesimistas y los mayores temores. “¿Qué va a ser de mí y de los míos?” A mí me ocurrió eso durante bastantes años, conozco bien esos momentos de acentuación de la incertidumbre, de debilidad y “vacío”. Desde hace tiempo, sin embargo, la sensación de abismo se me ha trasladado a los despertares. A la hora de retirarme he aprendido a pensar: “Bueno, el día ha acabado y aún estamos aquí, y lo que parecía fatal no lo ha sido; hay una tregua en principio, por mucho que uno esté expuesto siempre”. Es en cambio por la mañana cuando todo me parece espantoso y sin esperanza. No hablo de esperanza personal, sino colectiva. Sé que la tregua nocturna ha terminado, lo mismo que ahora ha concluido la parcial de agosto. Miro el periódico con aprensión, encogido, y el pensamiento predominante, en medio de la confusión (tardo en volver a mi ser plenamente), es: “¿Qué habrán hecho hoy, qué prepararán estos desalmados? ¿Qué nueva medida contra la gente habrán ideado? ¿Qué ley insensata o injusta habrán aprobado, qué derechos y libertades nos habrán mermado, qué falta de piedad querrán aplicar, qué mentiras habrán inventado?”

No soy el único en verse invadido por esta sensación predominante, en absoluto. Algo muy grave sucede cuando gran parte de la ciudadanía percibe a sus gobernantes como un peligro y una amenaza, como gente de la que no cabe esperar salvación ni ayuda ni mejoras ni soluciones, sino condena y obstáculos y empeoramiento y problemas. Hay quienes lamentan que estas columnas mías a las que regreso sean reiterativas en los últimos tiempos; que critique al Gobierno (y a otros políticos, no se olvide) y a esa idiosincrasia española (incluye la catalana y la vasca, lo siento) que nos ha llevado, entre otros males, a tener casi siempre dirigentes funestos, algo invariable a lo largo de nuestra historia. Pero es que han de sonar las alarmas cuando, al volver del verano, lo que nos acongoja y abruma no es reanudar el trabajo, sino enfrentarnos otra vez, inermes, a nuestros gobernantes. Mientras esto sea así, habrá que insistir, ya lo deploro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de septiembre de 2013