De Rafael Sánchez Ferlosio

Todo por el tabaco

Mira que me hizo reir mi amigo Javier Marías, fumador (por tópico suele añadirse ‘empedernido’, pero no sé si en su caso sería injusto) y feroz enemigo de la ley antitabaco, con su rechifla de las convenciones, asambleas, congresos, sobre cualquier tema cultural, científico, humanista y hasta “solidario”; como hoy gustan de llamar a lo que antaño eran cócteles de la alta sociedad a beneficio de tuberculosos, en los inmensos salones y hoteles de Eurovegas, rechifla sobre la que se explayó en su página del suplemento ilustrado de EL PAÍS de los domingos de hará un año o cosa así.

Me gustaría que las dudas de Rajoy sobre el proyecto del magnate norteamericano tuviesen, en el fondo, más que ver con los propósitos y promesas del Gobierno de luchar contra la corrupción nacional que con cualquier relajamiento de la ley antitabaco. A mí, que hará unos 10 años dejé de fumar —y aun antes fumaba muy poco— no me importa nada que se fume o no se fume; don Javier Marías en mi casa fumó lo que quería, y hasta me dio un poco vergüenza pedirle que me permitiese abrir la ventana, por el temor de parecerle uno de esos puritanos que hacen de ello cuestión moral. Lo que me importa es la tremenda fuente de corrupción que trae consigo el juego, no empezando siquiera por la prostitución —con su enorme incremento del tráfico internacional— sino por la propia corrupción económica (que el Gobierno, con todo el Parlamento, jura y perjura querer erradicar), que 700 hectáreas de circulación monetaria, con profesionales cambistas llegarían a desencadenar; me importa no sé si tanto como la permisividad con la prostitución de lujo que de todas las razas y de todos los países volará a ocupar su lugar detrás de las ruletas en los aviones particulares que los proxenetas profesionales al servicio de Mr. Adelson pongan gratuitamente a su disposición, tanto como esto, digo, me importa que el Gobierno no tenga la servidumbre (dicen que el propio Rajoy llegó a recibirlo casi como a un jefe de Estado —pero será una calumnia, ya verás—) de rebajarle al magnate, según se proyecta, del 45% —tipo máximo para el juego— al 10% de impuesto, o “dotando a los modelos de negocio como Eurovegas con una bonificación del 95% en el impuesto de transmisiones patrimoniales” [lo entrecomillado va copiado literalmente de EL PAÍS, porque no sé qué quiere decir, salvo que consiste en otro beneficio].

Queda la arquitectura, con ese monstruo de los rascacielos no sé si resucitado con la estúpida euforia del 2000, salvo que añadiéndole una virtud olímpica: “Altius”, “a ver quién lo hace más alto”. Hasta los países islámicos han entrado en esta carrera. Pues bien, nuestro magnate quiere hacer el rascacielos más alto de España. Los partidarios hablan de Las Vegas americanas, pero allí no eran ni son partidarios de plantar centros de juego cerca de los barrios donde vive la gente decente (por eso Las Vegas está en un desierto). Los rascacielos de nuestro magnate se verían desde todo Madrid, encima de todo Madrid, y es posible que una gran parte de Eurovegas resplandeciese como el infierno durante toda la noche.

Bendito sería Mariano Rajoy si, fuese por el tabaco o no tan tabaco, mandase a hacer gárgaras el nauseabundo proyecto americano, y lograse que el magnate cogiese su avioneta para no volver más.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

El País, 29 de septiembre de 2013

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LA ZONA FANTASMA. 29 de septiembre de 2013. Hoteles ahuyentadores

El primer aviso fue hace un par de años. Hacía una gira de promoción de un libro por Alemania, y en Fráncfort (si no me confundo, los escritores somos a veces como viajantes de comercio) me metieron en un hotel “original y supermoderno”. Mi sorpresa fue tan grande como desagradable al descubrir que la habitación, cómoda y amplia, carecía de cuarto de baño propiamente dicho. Sólo había un minúsculo gabinete para los menesteres más prosaicos, a los que un caballero no debe referirse ni tampoco una dama; bien es verdad que ya no quedan apenas caballeros ni damas, ni siquiera en las columnas de opinión de los periódicos. Como desde la infancia tengo por costumbre bañarme por las mañanas, y no ducharme (un baño rápido, no crean, necesito sumergirme entero para darme cuenta de que estoy vivo y despejarme), busqué con aprensión, como loco, una bañera, pero no la había. Sí, al menos, un lavabo en una esquina de la habitación misma, como si hubiéramos vuelto a los cuartos de pensión antigua, sólo que aquel hotel era más bien lujoso y “a la última”. Y luego, en medio de la estancia, muy cerca de la cama, se erigía una especie de cabina telefónica que era una ducha. No sólo quedaba fatal allí plantada, sino que le hacía a uno temer que, de hacer uso de ella, acabaría mojándolo todo: suelo, muebles, sábanas, un desastre. Supuse que habría algún medio de cerrarla herméticamente, pero la mera idea me causaba claustrofobia. ¿Y si conseguía que no se saliese el agua pero luego era incapaz de salir yo mismo de la cabina? Llamé en seguida a recepción y solicité que me cambiaran a otra habitación, con cuarto de baño separado y bañera. Debí haber imaginado la respuesta: “No tenemos ninguna así. Lo moderno es prescindir de esas cosas”. Si no recuerdo mal, a la mañana siguiente “fingí” que me daba mi imprescindible baño en la espantosa cabina telefónica que rozaba la cama, y desde luego, al salir de ella, y pese al cuidado que puse, empapé parte del suelo estupendo.

Cada vez me encuentro con más dificultades para encontrar habitaciones –en hoteles buenos e incluso en alguno buenísimo– que reúnan las condiciones que antes ofrecían casi todos, hasta los regulares. Por un lado está lo del fumar, ya me conocen. Este verano, en España, he debido descartar no pocos por ese motivo, y algún empleado ha tenido la osadía de decirme: “Es que por ley no podemos”. Falso. La ley permite que los hoteles, si así lo deciden, dispongan de cuartos para fumadores. Pero como muchos son serviles con sus talibánicos turistas americanos, alemanes y nórdicos, han resuelto prescindir de ellos. Y claro, es ridículo que un autodenominado hotel de lujo prohíba el lujo de fumar a quien tal vez va a pagar más de 300 euros por noche. Lo de la ausencia de bañera empieza a extenderse. Algunos brindan un jacuzzi circular en medio de la habitación (no en el cuarto de baño, reducido siempre a la mínima expresión), que le roba espacio e indefectiblemente la afea, y con el que uno se tropieza en cuanto se mueve. Ya puestos a suprimir comodidades, también se sacrifica el bidet a menudo. Como ustedes saben, esa pieza es desconocida para los bárbaros del norte: no la hallarán en Alemania, en Gran Bretaña, en Holanda ni en los Estados Unidos. Es más, todos hemos visto películas de este último país en las que los personajes, al encontrarse con uno de esos refinados artilugios en Francia, Italia o España, se llevan las manos a la cabeza, se preguntan como paletos para qué diablos sirve e incluso se escandalizan suponiendo que su único uso posible es obsceno. “Some French perversion”, deducen esos personajes. Cierto que el bidet fue un invento francés, y que, si se quiere, es un lujo, por lo que no tiene sentido que los hoteles de lujo de nuestra área geográfica, más civilizada en lo relativo a la higiene, opten por no ofrecer a sus clientes dicho lujo. Tal vez piensan que los turistas septentrionales podrían abominar de su mera visión y largarse.

Es lo que hice yo este verano al llegar a un hotel “original” y costoso en el que no había nada de lo habitual y proponían, en cambio, una de esas grandes camas comunes, al aire libre, para disfrutarla en plan “chill out” en compañía de otros huéspedes. La verdad, no sé a quién le apetece echarse en un lecho ya ocupado por otros, con un vaso en la mano, y –como puede ocurrir– bajo un aguacero. Cuando me largué de ese hotel y llamé a otro, me disculpé con quien me atendió por hacerle preguntas absurdas (pero ya necesarias en el futuro): a) ¿Hay habitaciones de fumador? b) ¿Hay cuarto de baño fuera de la habitación, o está mezclado con ella? c) En ese cuarto de baño, ¿hay bañera? d) ¿Hay bidet en él? e) ¿Hay espacio para el neceser o ha de dejarlo uno en el suelo? f) En la habitación, ¿hay un jacuzzi que le impida moverse? g) ¿Hay cama privada en ella o es de compartir? h) De hecho, ¿hay cama?

Los hoteleros se quejan de la crisis. Quizá lo primero que tendrían que hacer es volver a ofrecerlo todo, lo normal, lo habitual, además de lo superfluo y las “originalidades”. Lo que solían brindar hasta los de medio pelo. De otra manera, habrá muchos más clientes que seguirán mi ejemplo y se largarán al ver una cabina de ducha encima de la cama.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 29 de septiembre de 2013
T I camisa

Los Angeles Times

Segunda votación para el Premio Médicis

Foto. Juan M. Prats

Foto. Juan M. Prats

Jaume Cabré y Javier Marías, finalistas del premio Médicis

Jo confesso, de Jaume Cabré, y Los enamoramientos, de Javier Marías, están entre las ocho novelas finalistas del Premio Médicis, uno de los dos grandes galardones a las mejores novelas en lengua extranjera traducidas al francés. El galardón se concederá el próximo 12 de noviembre.

La novela del escritor catalán, traducida al francés como Confiteor (el título original que tenía en mente el autor para su publicación en catalán, pero que no convenció a la editorial Proa), ha recibido grandes críticas desde su publicación el pasado mes de febrero, en medios como Le Monde, Le Figaro, Libération, Télérama, Mediapart, al igual que Comme les amours, el título francés de la novela de Javier Marías.

Ambos compiten con En mer, del holandés Toine Heijmans, L’enfant de l’étranger, del británico Allan Hollingshurst, Esprit d’hiver, de la estadounidense Laura Kasischke, Compartiment nº 6, de la finlandesa Rosa Liksom,  Les derniers cent jours, del británico Patrick McGuinness, y Fille de la campagne, de la irlandesa Edna O’Brien.

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ERNEST ALÓS

El Periódico, 27 de septiembre de 2013

A13873

Le Nouvel Observateur

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‘Los enamoramientos’ de Javier Marías candidata al Premio Médicis

A13873Los enamoramientos de Javier Marías y Mujer de barro de Joyce Carol Oates candidatas al Premio Médicis

Dos novelas publicadas en Alfaguara, Los enamoramientos de Javier Marías y Mujer de barro de Joyce Carol Oates, han sido incluidas en la primera selección de finalistas del Premio Médicis 2013 que se fallará en París el próximo 12 de noviembre.

La noticia se suma al éxito que Los enamoramientos de Javier Marías, está teniendo en Estados Unidos donde ha estado en las listas de los libros más vendidos. Además, este agosto fue portada de The New York Times Book Review y la crítica ha acogido la novela con gran entusiasmo:

«Sea lo que sea que creamos que vaya a suceder mientras leemos, estamos eligiendo pasar tiempo en compañía de un autor. En el caso de Javier Marías, se trata de una buena decisión; su mente es profunda, aguda, a veces chocante, a veces hilarante, y siempre inteligente […]. Tiene una empatía penetrante… Para sus seguidores habituales, Los enamoramientos será otro feliz desembarco de Marías; para el nuevo lector es tan buen punto de partida como cualquier otro de sus libros.»

The New York Times Book Review

«La primera parte de Los enamoramientos comprende la meditación sobre la muerte más madura de toda la obra de Marías. El autor encuentra la voz ideal —distanciada, inquisitiva y vigilante— para una de sus mejores novelas.»

L. A. Review of Books

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Alfaguara, 24 de septiembre de 2013

Reseña canadiense

Javier Marías’s The Infatuations is a cerebral mystery

LE USMaría Dolz, the first-person narrator of Javier Marías’s razor-sharp new novel, The Infatuations, warns, “It’s very risky imagining yourself into someone else’s mind, it’s sometimes hard to leave, I suppose that’s why so few people do it and why almost everyone avoids it.” Despite her warning, María (like Marías) spends most of her time contemplating “borrowed thoughts,” effectively imaging her way into the minds of those, both living and dead, who make up her world.

Every day, María breakfasts at the same Madrid café, where she sits happily and watches the Perfect Couple from a distance, who also breakfasts daily at the same café, before she goes to the publishing house where she works as an editor to contend with inept and entitled authors alike: “They were the brief, modest spectacle that lifted my mood before I went to work at the publishing house to wrestle with my megalomaniac boss and his horrible authors.”

The ridiculous authors provide some comic relief in this thrilling and, at times, dark novel. A lonely novelist named Cortezo calls María for sartorial advice, asking, for example, “Do you think a pair of argyle socks would go with these fine-pinstripe trousers and a pair of brown tasselled moccasins?”

Another author, the absurdly pompous Garay Fontina, calls her demanding, “I need you to get me a couple of grams of cocaine for a scene in my new book. Have someone come over to my house as soon as possible, or, at any rate, before it gets dark. I want to see what colour cocaine is in daylight, so that I don’t get it wrong.” María tells Fontina that she does not need to procure the drugs to tell him the colour of cocaine: “I can assure you that cocaine is white, both in daylight and under artificial lighting, almost everyone knows that.” Despite his over-the-top request, María must treat Fontina diplomatically, for his novels sell and he is rumoured to be in the running for the Nobel Prize, a rumour he starts, propagates and attempts, with some success, to imbue with reality himself (he even prepares an acceptance speech “in Swedish!” so as to impress King Carl XVI Gustaf). María’s boss is a fan: “He took his most conceited author far too seriously; it never ceases to amaze me how these vain people manage to persuade so many others of their worth; it’s one of the world’s great enigmas.”

The Infatuations is only peripherally concerned with narcissistic authors, however. At the heart of the novel is the bloody murder of Miguel Desvern (or “Deverne,” María is never quite sure of the spelling), one half of the Perfect Couple. In June, the Perfect Couple stop coming to the café, but María assumes that they are on vacation, though she is nevertheless disheartened by their absence and generally affected: “It made me less tolerant of weaknesses, vanities and stupidities.”

It is María’s colleague Beatriz, with whom she had discussed “that extraordinary pair,” who first mentions the murder of Miguel to her, wrongly assuming that she knew all about the gruesome incident. She informs María that Miguel had been murdered by a “madman,” a homeless man who makes money guiding cars to parking spots, “agorilla,” and who, in a fit of rage and insanity, “had stabbed and stabbed and stabbed him with one of those apparently illegal butterfly knives.” But it was a case of mistaken identity, María learns; the madman wrongly believed that Miguel had lured his daughters into prostitution.

María quickly realizes that she was one of the last people to see Miguel alive and, like his wife, she is left grappling with the senselessness of his murder: “The incident occurred on the last day that I saw him there, which is how I know that his wife and I had said goodbye to him at the same time, she with her lips and I with my eyes only. In a further cruelly ironic touch, it was his birthday; he had thus died a year older than he had been the day before, at fifty.”

María sees Miguel’s wife again, the remaining half of the Perfect Couple, at the café “towards the tail-end of summer, late into September” – “She looked fragile, like a hesitant novice ghost, who is not yet fully convinced that she is one” – and she finally decides to befriend her.

María learns that her name is Luisa Alday and that she and her husband noticed María at the café every day, too; they even had a pet name for her: The Prudent Young Woman. After learning of the murder and meeting Luisa, María’s infatuation is spurred on. She is concerned with Luisa’s consciousness: “‘How many small eternities will she experience in which she will struggle to make time move on,’ I thought, ‘if such a thing is possible, which I doubt.’” She also finds herself imaging Miguel’s last thoughts incessantly and incisively, even though he had had little time for thought while under attack, losing consciousness immediately after being stabbed. Nevertheless, María, like Luisa, performs a sort of psychic postmortem.

Consciousness is very much centre stage in The Infatuations, namely, the ways in which one’s consciousness plays on the corporeal world – and the ways the consciousnesses of others play on one another – and vice versa.

After María starts an affair with Miguel’s best friend, Javier Díaz-Varela, first meeting him one night at Luisa’s home and then later running into him at Madrid’s Museum of Natural History, María and Díaz-Varela cogitate constantly over Miguel’s final thoughts as well as Luisa’s future thoughts. Although Luisa appears inconsolable, both María and Díaz-Varela believe she will recover sooner than she expects, for she is young and beautiful and full of life. “The world belongs so much to the living and so little to the dead,” María thinks, “that the former tend to think that the death of a loved one is something that has happened more to them than to the deceased, who is, after all, the person who has died.”

Like in Marías’s other novels (A Heart So White, for example, and the Your Face Tomorrow trilogy, his magnum opus) there is a sort of system of quotations that repeat, echoing and resonating like musical themes. Even the thoughts of characters recur in the thoughts and speech of other characters; there is a porousness to the consciousnesses Marías represents: sentences and souls intermingle and become entangled.Macbeth and The Three Musketeers are quoted from repeatedly in The Infatuations, and Balzac’s great novella Colonel Chabert reverberates some of the novel’s most haunting themes.

In addition to being psychologically penetrating, The Infatuations is a wonderful mystery, in which catastrophes are contingent and everything is mutable and, therefore, unpredictable. Marías keeps the reader guessing till the last page of this mesmerizing and vertiginous and, often, bone-chilling and hair-raising novel.

JOHN GOLDBACH

The Globe and Mail, September 20, 2013

Los Angeles Times

LA ZONA FANTASMA. 22 de septiembre de 2013. Rendición incondicional

Desde que el Profesor Alexis Grohmann reunió mis artículos sobre cuestiones de la lengua en el volumen Lección pasada de moda,abandoné la vieja costumbre de anotar disparates y sandeces que oía en televisión o leía en la prensa o –más grave– en libros, tanto escritos en castellano como vertidos de otros idiomas. Pensé que era tarea infinita y que además no servía de nada. Me rendí ante la inevitable disgregación del español, su deterioro imparable, su cada vez más veloz conversión en un mejunje del que cada cual saca lo que se le antoja y allá se las compongan los oyentes o lectores: éstos, mientras puedan, habrán de hacer sus traducciones del pseudoespañol reinante: “Ah”, piensa uno, “habrá querido decir esto otro”, al oír o leer una frase o expresión que en sí mismas carecen de sentido. Llegará un día en el que los que aún utilizamos una lengua no del todo emborronada y falsa, por fin no entenderemos lo que quieren decir los numerosísimos hablantes de la “pseudo”, y entonces la comunicación desaparecerá, o se hará conjetural y muy tenue; los equívocos se multiplicarán y an­daremos todos a tientas, como intérpretes con conocimientos ru­dimentarios de la jerga que escuchamos. No es ajena a esta situación –lamento decirlo– la Real Academia Española a la que pertenezco. Ella no puede ni debe impedir que la gente se exprese como le venga en gana ni que efectúe, con el uso, cuantas modificaciones decida en lo que respecta al léxico, e incluso a la gramática y la sintaxis. Pero si, acobardada y temerosa de parecer “elitista” o “autoritaria”, admite incontables barbaridades “porque los hablantes las emplean”, los está invitando a seguir con ellas y a “inventar” diez mil más al año. Quienes consultan el Diccionario no se fijan en si hay una marca tras cada vocablo, menos aún en si indica “vulgar” o “desaconsejable”. Sólo reparan en que el vocablo o la expresión en cuestión “están en el DRAE”, y por lo tanto sancionados por él como correctos.

Aunque he abandonado esa costumbre, no me resisto a consignar unas pocas locuras apuntadas antes de mi rendición. Como todos sabemos, los informativos de TVE son una verdadera escuela de trituración de la lengua, no creo que haya otra institución que haya hecho tanto para destruirla. Y es en ese medio en el que he oído cosas que provocarían gran risa si no fueran reflejo de ese machacamiento insaciable. “Hay quien lo verá todo obtuso”, aventuró un locutor, que quizá pasó de “negro” a “oscuro”, y de ahí, tranquilamente, a ponernos ante un panorama en verdad de lo más obtuso. Otra locutora sentenció: “Hace tiempo que ese matrimonio rompe aguas”, con lo cual nos comunicó –aunque ella no se enterara– que a los dos cónyuges hacía mucho que se les había roto a la vez la bolsa que envuelve a un feto, y se les derramaba por la vagina el líquido amniótico. Y una reportera de este diario (que también ha contribuido lo suyo) escribió: “En el ecuador de sus 85 años, Elmore Leonard …” Ahora que este novelista ha fallecido, me pregunto en qué “ecuador” estará, para la avezada reportera. En fin, otros se tomarán la molestia de seguir anotando, yo he izado bandera blanca.

Pero hay otra cuestión. Cada vez es más frecuente que personas supuestamente cultas, con carrera y con cargos de responsabilidad –representantes nuestros–, suelten burradas dignas de gañanes, o de los gañanes más patanes. Tengo anotada esta perla de Inés Alberdi (10 de marzo de 2012), que entre otras cosas fue –atención– Directora del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer, esto es, tuvo un cargo internacional:“Los libros antiguos decían: ‘Dios creó al hombre en siete días’, pero se puede decir ‘la especie humana’. En la lengua hay posibilidades de hacer un uso menos sexista”. Analicemos tan breve cita: 1) Lo que para ella son “los libros antiguos”, así, a voleo, me temo que es exactamente la Biblia, o el Génesis si se prefiere. 2) Según las lecturas de Alberdi, a Dios le costó un huevo de tiempo crear al hombre o a la ‘especie humana’, tanto da: lo mismo que asegura la Biblia que le llevó crear el mundo entero (“y al séptimo descansó”, ya saben). Si creemos a Alberdi, no se entiende cómo es que salimos tan defectuosos, con lo que hubo de sudar ese Dios torpe. 3) A “los libros antiguos” hay que echarles la bronca, por no haber hecho “un uso menos sexista” de la lengua, así que –se sobreentiende– conviene que los alteremos.

Que yo sepa, para ser barrendero, guarda forestal, bombero o policía, hay que superar unas oposiciones en las que se demuestre un mínimo de cultura elemental, además de conocimientos relacionados con esos oficios. No se puede ser analfabeto para ejercerlos, y eso que en principio ningún miembro de esos cuerpos va a tener que hablar nunca en público, y menos en las Naciones Unidas. Tampoco va a tomar decisiones (estará siempre a las órdenes de superiores) ni va a manejar o a repartir dinero de los contribuyentes. Para ocupar cargos representativos, en cambio, a nadie se le hace un examen de mera cultura general, sólo sea para que no nos saque los colores. La disgregación de la lengua no tiene remedio, y al fin y al cabo los hablantes hacen con ella lo que quieren. La ignorancia sí lo tiene, o al menos no conviene premiar, por sistema, con prebendas, consejerías, actas de diputado, corresponsalías, alcaldías, ministerios y hasta Presidencias de Gobierno a los ignorantes supinos; como es la norma en España.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 22 de septiembre de 2013

Nueva reseña francesa

biscomme.les_.amours.galliamrd.002Comme les amours

Une inconnue s’immisce dans la vie d’une veuve dont le couple parfait a été violemment brisé. Une réflexion poétique sur l’amour, le deuil et l’oubli.

Le réel n’est pas que tangible, événements, faits, lieux, mots prononcés – il est cela, bien sûr, mais à quoi s’ajoute la somme sans fin des pensées et de leurs revirements, des intentions, des intuitions, des éclats de désir ou de mémoire, des hypothèses, des possibles demeurés inaccomplis. C’est de ce réel vertigineux, inaccessible parce que sans contour, sans limite, que se saisit l’écrivain Javier Marías dans Comme les amours, exercice romanesque éblouissant fonctionnant tout ensemble comme un roman à suspense et une fable métaphysique déployant une méditation captivante sur les thèmes forcément mêlés de l’amour, de la mort.

Tout commence donc comme une narration classique, plutôt attrayante : tous les matins, à la terrasse du café où elle prend son petit déjeuner, une jeune femme prénommée María, la narratrice du roman, observe discrètement un couple qu’elle a surnommé le Couple parfait – parce que le spectacle non ostentatoire mais éclatant de leur amour, de l’harmonie qui règne entre eux deux, lui « donne plaisir et quiétude », confère à sa journée à venir une aura d’optimisme. Cela dure des mois, jusqu’au jour où María apprend que l’homme est mort brutalement, poignardé par un sans-domicile-fixe déséquilibré. Le Couple parfait disparaît donc de son paysage, mais un beau jour, à la terrasse du café, réapparaît la femme, seule donc désormais, et dont María décide de s’approcher, mue par un sentiment mélangé de sympathie et de curiosité.

Le défunt s’appelait Miguel Deverne ou Desvern – sur cette question, le flou persiste… –, apprend María, son épouse se nomme Luisa Alday, ­accablée par le deuil et l’absence de l’homme qu’elle aimait. Instantanément, voilà María comme aspirée par ce chagrin, obsédée et mentalement envahie par cette femme navrée et par ceux qui l’entourent, notamment le ­dénommé Javier Diaz-Varela, qui fut le meilleur ami de Miguel et veille désormais sur Luisa.

La piste de lecture de Comme les amours ouverte par les toutes premières pages du livre, celle qui relève presque du roman policier, tourne rapidement court, tandis que l’on pénètre toujours plus avant dans le patient, précis et enveloppant dispositif narratif que met en place Javier Marías. Si enquête il y a, son objet n’est pas tant de savoir qui a guidé la main de l’assassin de Miguel Deverne/Desvern – on le saura, de fait, mais peu importe ou presque – que de réfléchir à la place qu’occupent les morts auprès des vivants. De quelle façon pèsent sur ces derniers la mémoire de ceux qui ne sont plus là, les promesses qui leur ont été faites ? Quelle sorte de crime est l’oubli ? Que devient l’amour lorsque celui ou celle qui le suscitait n’est plus là ? Quelle ambivalente curiosité, ou secrète perversité, nous incite parfois à imaginer la mort d’un être proche, aimé ? De quel meurtre, quel sacrilège nous rendons-nous alors coupable ? Ce ne sont là que quelques-unes des interrogations que soulève, examine, évalue moralement et poétiquement le roman hautement spéculatif de Javier Marías. Lequel convoque, en outre, en guise d’interlocuteurs privilégiés, Balzac (Le Colonel Chabert), Dumas (Les Trois Mousquetaires) et Shakespeare (Macbeth), pour avec eux, non pas en marge de la narration mais à travers elle, converser sur l’amour, la mort, la folie, le meurtre.

NATHALIE CROM

Télérama , 21 septembre 2013

El discernidor máximo

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La muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado: la del crítico casi universalmente respetado en su ámbito de influencia, la del discernidor máximo, o, como la llamé hace muchos años, la del “árbitro” literario. Este último término es adecuado porque había algo de arbitrario, por fuerza, en los juicios de estos individuos. Sólo que, a diferencia de tantos otros que hoy ejercen su profesión (y nadie les hace caso), argumentaban sólidamente los porqués de sus entusiasmos o de sus denuestos. Podía estarse o no de acuerdo con tales argumentaciones, pero nunca faltaban, las había siempre: el crítico no se limitaba a exclamar: “Esto no me llega”, o “Esto no me lo creo”, o “Siento un nudo en la garganta y me emociono”, fórmulas con las que hoy se despachan a veces libros, películas, obras de teatro y conciertos.

Reich-Ranicki era sin duda un hombre apasionado. Cuando, hacia 1996, me pasaron un vídeo de su programa El cuarteto literario, en el que había hablado generosísima y exageradamente de mi novela Corazón tan blanco, me alegré sobremanera de estar ya enterado de la calidez de su dictamen, porque viéndolo hablar y gesticular —y no entendiendo yo el alemán—, su vehemencia podría haberse debido perfectamente a la cólera, y no a la satisfacción que le había producido mi libro. También leyendo sus textos críticos o biográficos sobre Thomas Mann o Shnitzler, Döblin, Böll o Kafka, se percibe ese apasionamiento, lo que jamás encuentra uno en ellos es desgana o rutina. Y su autobiografía, Mi vida,muestra que también era un narrador excelente, capaz de mantener la atención del lector sin recurrir a la invención, a lo ficticio, que dispone de muchos más recursos que lo acaecido.

Reich-Ranicki es una de las personas a las que estoy completamente seguro de deberles mucho. Tuve la suerte de que le cayeran en gracia mi novela mencionada y Mañana en la batalla piensa en mí. De la primera dijo, en televisión —es increíble que un programa literario gozase de tanta popularidad—, que debía ocupar el número uno en las listas de libros más vendidos alemanas, y sus compatriotas le obedecieron, al menos durante una o dos semanas. Me llegó, por terceros, que eso le había causado gran contento… y también que había halagado enormemente su vanidad, que no disimulaba. Se ufanaba no tanto de su “poder” cuanto de su capacidad para “educar” a los lectores. Los escritores lo temían, pero, como me dijeron en mi editorial de entonces, que él se ocupara de una obra era ya algo que celebrar, aunque después la destrozara.

Al poco de aquella generosidad suya conmigo, mostró interés en conocerme, y lo fui a visitar una tarde en su casa de Fráncfort. Nos podíamos entender en inglés, pero quiso la presencia de un traductor porque, dijo, “lo primero que le voy a transmitir deseo transmitírselo con toda exactitud, y mi inglés no da para eso”. Aquellas palabras no fueron vehementes ni jactanciosas, todo lo contrario. Nunca he oído hablar a ningún crítico con tanta modestia de su tarea, ni con tanto agradecimiento hacia los escasos momentos de exultación que su paciente oficio le había reportado. Recuerdo que tuvo curiosidad por saber cuál era mi músico favorito, mi poeta favorito (me confesó que, del siglo XX, su preferido era Brecht, el Brecht poeta). Pero todo eso fue ya en inglés. Lo que me dijo en alemán lentamente y me fue traducido a mi lengua frase a frase, siguiendo sus pausas, se cuenta entre las palabras más conmovedoras que jamás le he oído sobre la literatura a un hombre dedicado a ella, a un hombre de letras. Eso es exactamente lo que era Reich-Ranicki: un verdadero hombre de letras, de los que ya casi no quedan.

JAVIER MARÍAS

El País, 19 de septiembre de 2013

LA ZONA FANTASMA. 15 de septiembre de 2013. Que esto no se cuente

En contra de lo que se asevera a menudo, tengo la sensación de que vivimos una época de peligroso aletargamiento de las sociedades. Se supone que gracias a Internet y Twitter y los infinitos foros, ocurre justamente lo opuesto, y los usuarios de las redes sociales se vanaglorian de no dejar pasar ni una, de poner a caldo a quien lo merezca, de protestar por todo lo injusto, de boicotear marcas y empresas; en suma, de denunciar y hacer presión y castigar. Pero yo no veo que nada de eso traiga nunca verdaderas consecuencias en lo importante, ni haga rectificar ninguna ley, ni obligue a dimitir a casi ningún cargo, a excepción de los políticos americanos infieles a su pareja y los alemanes que han plagiado sus tesis doctorales. Muy poca cosa en conjunto. Es más, tengo la impresión de que tantas voces chillando por esto o lo otro, todas a la vez, se anulan indefectiblemente entre sí o en el mejor de los casos son víctimas de su sobreabundancia y de la dispersión. Quienes gobiernan se han acostumbrado ya a ese griterío de fondo y han aprendido a hacer caso omiso de él. Una jaula de grillos en la que caben todos los grillos del universo, en realidad es conveniente que estén agrupados ahí: amortiguan recíprocamente sus indignaciones, hacen indistinguibles las justificadas y graves de las arbitrarias y leves, los clamores necesarios de las pataletas superfluas, los abusos intolerables de las cien mil sandeces que se sueltan a diario en el mundo. “Las redes están que arden”, oye o lee uno a veces, por tal o cual cuestión. ¿Y? ¿Han visto ustedes que esos incendios varíen algo en alguna ocasión? Algo significativo y de peso, quiero decir.

En cambio, me parece observar que la capacidad de influencia y contagio de los políticos y de “los que mandan” (financieros, grandes multinacionales, banqueros) no hace sino crecer, y con ella, asimismo, su capacidad para desorientar a las poblaciones. Cada vez logran más que pasen por buenas prácticas que solíamos saber que estaban mal. Desde que se desahucie y lance al arroyo a una familia por un impago al que se ha visto forzada –no por ánimo de engaño ni por mala voluntad– hasta que las condiciones laborales de la gente vayan pareciéndose insólitamente a las de los tiempos de Dickens, a dos pasos de la esclavitud. Una de las más malsanas ideas que nos están “colando” es la muy antigua de culpar a quien denuncia las injusticias y abusos cometidos por los Gobiernos, algo típico de las dictaduras, que no admiten ninguna crítica. Pero esto sucede en democracias aparentes, viejas o nuevas. Las autoridades estadounidenses, en vez de enfurecerse con los pilotos que en Irak o Afganistán ametrallaron a civiles sin la menor necesidad, vierten su ira contra el soldado Manning, que con sus famosas filtraciones permitió que se supiera de esos asesinatos a sangre fría. En vez de llamar a capítulo a la NSA por su indiscriminado espionaje en Internet, organizan una persecución contra Snowden, que reveló su existencia, si es que eso fue una revelación. La cantinela habitual en estos casos es que esas denuncias y exposiciones “dañan la imagen del país”, cuando a nadie nos habría cabido duda, hace muy poco, de que lo dañino eran los asesinatos gratuitos y “semifestivos” y el espionaje masivo, la desaforada intromisión en las vidas privadas de los ciudadanos.

En España ocurre lo mismo: “perjudican a la Marca España” (esa enorme catetada e imbecilidad) quienes publican fotos de los españoles rebuscando en los contenedores de basura, o de grandilocuentes edificios oficiales dejados a medio construir o bien vacíos e inútiles, o de aeropuertos en los que jamás se ha posado ningún avión. Los políticos no reaccionan coléricamente –como debería ser– contra quienes han llevado a que muchos no tengan qué comer, ni contra quienes han despilfarrado el dinero público en sus megalomanías personales, malgastándolo en mamotretos inservibles, o contra Fabra y Camps, que se atrevieron a inaugurar con boato “su” aeropuerto de Castellón. Son sólo tres ejemplos, entre centenares de ellos. Quienes perjudican la imagen de España son los banqueros que nos han conducido a la ruina, los gobernantes que nos saquean y expolian fiscalmente sin que además valga de nada (la situación económica general nunca mejora), la CEOE que cada vez exige más siglo XIX y más paro, los promotores inmobiliarios y alcaldes que han destruido nuestras ciudades y costas y seguirán en ello hasta que no quede un palmo de suelo sin sus adefesios. Son todos esos los que arrastran por el fango la imagen de nuestro país, junto con los incontables corruptos de los que da puntual noticia la prensa internacional. No cae sobre ellos la furia, sino que el actual Gobierno la descarga sobre quienes lamentan y denuncian sus atropellos. La consigna no es “Que esto no se haga más”, sino “Que esto no se cuente”, y lo peor es que la perversa idea se contagia a los ciudadanos. Párense un segundo a pensar: salvando las distancias, es como si, ante las atrocidades nazis, el enfado no hubiera ido dirigido hacia ellos, sino contra quienes divulgaron sus matanzas con el fin de que se castigaran y no volvieran a tener lugar. Quien se enfada con los divulgadores y cubre a los criminales y estafadores, a los derrochadores y ladrones, es que en realidad los aprueba y pretende que las injus­ticias y abusos continúen teniendo lugar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 15 de septiembre de 2013

‘Comme les amours’, candidata al Premio Médicis

PRIX MÉDICIS 2013 : LA SÉLECTION

Cette année les jurés du prix Medicis ont sélectionné 12 romans français et 13 romans étrangers. 

Sélection du Prix Médicis :

Cloé Korman : « Les Saisons de Louveplaine » (Seuil)
Charif Majdalani : « Le Dernier Seigneur de Marsad » (Seuil)
Frédéric Verger : « Arden » (Gallimard)
Laura Alcoba : « Le Bleu des abeilles » (Gallimard)
Thomas Clerc : « Intérieur » (Gallimard)
Tristan Garcia : « Faber. Le destructeur » (Gallimard)
Metin Arditi : « La Confrérie des moines volants » (Grasset)
Delphine Coulin : « Voir du pays » (Grasset)
Yann Moix : « Naissance » (Grasset)
Roland Buti : « Le Milieu de l’horizon » (Zoé)
Marie Darrieussecq : « Il faut beaucoup aimer les hommes » (POL)
Céline Minard : « Faillir être flinguée » (Rivages)
Philippe Vasset : « La Conjuration » (Fayard)

A13873Sélection du Médicis étranger :

– Jaume Cabré : « Confiteor » (Actes Sud, trad. Edmond Raillard)
– Toine Heijmans : « En mer » (Christian Bourgois, trad. Danielle Losman)
– Laura Kasischke : « Esprit d’hiver » (Christian Bourgois, trad. Aurélie Tronchet)
– Allan Hollingshurst : « L’Enfant de l’étranger » (Albin Michel, trad. Bernard Turle)
– Marco Lodoli : « Les Promesses » (POL, trad. Louise Boudonnat)
– Rosa Liksom : « Compartiment nº 6 » (Gallimard, trad. Anne Colin du Terrail)
– Javier Marías : « Comme les amours » (Gallimard, trad. par Anne-Marie Geninet)
– Patrick McGuinness : « Les Derniers Cent Jours » (Grasset, trad. Karine Lalechère)
– Joan Didion : « Le Bleu de la nuit » (Grasset, trad. Pierre Demarty)
– Joyce Carol Oates : « Mudwoman » (Philippe Rey, trad. Claude Seban)
– Edna O’Brien : « Fille de la campagne » (Sabine Wespieser, trad. Pierre-Emmanuel Dauzat)
– Lance Weller : « Wilderness » (Gallmeister, trad. François Happe)

SILLÓN DE OREJAS. El ‘noventayochito’

Gotham

9780804169417La metáfora del inicio del otoño editorial neoyorquino podría ser un árbol virtual de cuyas ramas cayeran pausadamente, en vez de hojas muertas, centenares de luminosas tabletas lectoras. La imagen podría ser una cubierta de The New Yorker, pero es que los libros “desmaterializados” ya suponen el 23% de los beneficios de los editores estadounidenses, frente al, por ejemplo, 0,7% de los de los franceses y el vaya-usted-a-saber de los españoles (para los que, en todo caso, el libro electrónico constituye el 3,6% de la facturación total). Algo que se refleja en la creciente inquietud de los libreros independientes, que no pueden competir con los descuentos que ofrece Amazon o la cadena Barnes & Noble (a la que, por otra parte, la empresa de Jeff Bezos muerde diariamente su cuota de mercado). Los editores más conscientes intentan, aún con poco éxito, defender la infraestructura librera que ha sostenido su negocio durante casi dos siglos, y es que los libreros indies tienen cada vez más cruda su supervivencia. La última moda salvadora es el crowdfunding, es decir, conseguir financiación de una multitud de pequeños patrocinadores, una forma de apoyo que aquí también pretende introducir el señor Lassalle en la Ley de Mecenazgo, quizás porque nadie le ha explicado que esto no es precisamente la Florencia de los Médicis. De repente, numerosas librerías en trance de desaparecer a causa de la competencia implacable de los poderosos (y de la subida de los alquileres) se han puesto a recabar ayuda financiera de los clientes y amigos. Su gancho no puede ser los precios (necesariamente muy superiores a los de Amazon o las grandes cadenas), sino su papel como elementos tradicionales del paisaje social de cada comunidad. El librero independiente ofrece información, atmósfera, espacio de encuentro comunitario y señas de identidad cultural. Muchas están recurriendo a empresas especializadas en crowdfunding como Indiegogo o Kickstarter (visiten sus páginas web) que les diseñan campañas dirigidas a sus clientes a cambio de un discreto porcentaje. Otras recurren a la multiplicación de actividades dirigidas al nicho de grandes lectores o de letraheridos y curiosos, consiguiendo que autores más o menos prestigiosos acudan gratuitamente a compartir sus reflexiones con los lectores. Hace unos días, por ejemplo, pude ver a Walter Mosley (un autor de estupendos thrillers publicados por Anagrama y Roca) defendiendo, ante una audiencia que había “donado” 35 dólares por cabeza para escucharlo, la supervivencia en Manhattan de una librería que precisa 35.000 machacantes para renovar su leasing. Otras librerías parecen haber tirado la toalla, a pesar de seguir reclamando a sus lectores una fidelidad difícil de mantener cuando los mismos títulos se venden en Amazon o en Barnes & Noble mucho más baratos, como le pasa a St. Marks Bookshop (fundada en 1977 en el East Village y abierta cada noche hasta las once), que se ha visto obligada a reducir casi un 50% sus antes ecuménicos fondos. En todo caso, ese panorama no muy alentador no es lo único que ofrecen las librerías de Manhattan. Dos novelas hispánicas publicadas, por cierto, por Alfaguara han obtenido el raro honor de ser consideradas international best sellers en todas las grandes librerías de un país en el que el porcentaje de novelas traducidas no llega al 3% del total: The Infatuations (Los enamoramientos), de Javier Marías (Knopf) y The Sound of Things Falling (El ruido de las cosas al caer), de Juan Gabriel Vásquez (Penguin). Ya ven, no todo son derrotas.

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

El País, Babelia, 14 de septiembre de 2013

Los Angeles Times

Más información sobre la entrega del Premio Formentor

Foto. Nuria Ricón

Foto. Nuria Rincón

«El poder español quiere gente lo más iletrada posible»
Por M. ELENA VALLÉS
Diario de Mallorca, 31 de agosto de 2013

Premio a un artesano de «épocas pretéritas»
Por M.ELENA VALLÉS
Diario de Mallorca, 1 de septiembre de 2013

«La indignació actual és només una reacció epidèrmica»
Por PERE ANTONI PONS
Ara, 1 de setembre de 2013

Record del Formentor d’un temps

Por PERE A. PONS
Ara Balears, 1 de setembre de 2013

Críticas sobre ‘The Infatuations’

The Infatuations Independent
Los Angeles Times

Javier Marias’ new novel brilliantly creates a taut metaphysical thriller

 “Yes, a murder, nothing more.”

Nothing more than another misfortune that makes the headlines, then vanishes into thin air.

Nothing more than the timeless malady of humanity, as old as Cain, as ubiquitous as the wind.

Nothing more than a man stabbed 16 times on the streets of Madrid by a homeless psychopath. Nothing more than his wife left husbandless, his children left fatherless.

Nothing more than an apparently senseless killing. An indignity. An outrage. An accident.

Or is it?

The man could have died at any other time, we are told; indeed, he would have died at some other time. In the drip, drip, drip of passing days, death looms as the all-encompassing future: elemental, inexorable, irresistible.

But today, Miguel Desvern – or is it Deverne? – lies dead. And, “fortunately or unfortunately, the dead are as fixed as paintings, they don’t move, they don’t add anything, they don’t speak and never respond,” the narrator of Javier Marias’ brilliant new novel tells us.

What’s more, the dead foolishly dare to come back. They are quite wrong to try. Yet they cling to the living, asserting rights they no longer have.

They do not realize that death is nothing more than fate, than the workings of chance, than the misery of being mortal. They crave a secure hereafter, not a temporary “could have been.” Not a barren “nothing more.”

Yet something more always looms for the living: “What does ‘hereafter’ or ‘at some point from now on’ mean, when ‘now’ is, by its very nature, always changing.”

Every morning like clockwork, Maria Dolz eats breakfast in the same cafe in Madrid, admiring the lively, laughing Perfect Couple of Miguel Desvern and his wife, Luisa. They notice her, too, of course, but not as obsessively, dubbing her the Prudent Young Woman.

After Miguel is stabbed to death not far from the cafe, Maria gingerly approaches Luisa to offer her condolences, then comes to her house for an eventful evening, during which she meets Javier. Her infatuation with him soon follows, which in Spanish connotes more than our English equivalent: “the state of falling or being in love.”

But Javier dissembles as much as he resembles the ideal lover. This Maria learns much later in the novel, and in her smitten state – needing to be needed – she chooses not to act on what she knows.

For Javier claims to be Miguel’s best friend, but a friend who saved Miguel’s life by taking it. No, by having it taken. No, yet again: by having someone else have it taken.

The possibilities spin endlessly in Maria’s mind, reflecting and refracting around the themes of love, death and time, repeating themselves, then circling back in a self-correcting loop. As she recounts her infatuations first with the Perfect Couple, then with Javier – who loves only Luisa, and who may have killed in an effort to win her elusive affections – we see how “the truth is never clear, it’s always a tangled mess. Even when you get to the bottom of it.”

Thus, the truth of the novel: We are caught not so much in a stream of consciousness as in a double helix of fiction, its DNA. Hypnotic in its strange but familiar movements, fostering infatuations of our own. Infatuations with Marias’ (yes, his characters’ names intentionally mimic his own) rich, musical prose. Infatuations with his narrative drive, pushing ever onward.

But “once you’ve finished a novel, what happened in it is of little importance and soon forgotten,” Maria says. Instead, what matters “are the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us and infuses us with.”

And the controlling idea of “The Infatuations” has to do with only one thing: the dead.

“The worst thing that can happen to anyone, worse than death itself, and the worst thing one can make others do, is to return from the place from which no one returns, to come back to life at the wrong time, when you are no longer expected, when it’s too late and inappropriate.”

Javier Marias ranks as Spain’s pre-eminent novelist of ideas, often mentioned as a candidate for the Nobel Prize in Literature. Here, he hangs a taut metaphysical thriller on the frame of a straightforward murder mystery. He has created a splendid tour de force of narrative voice – all of it Maria’s – calm, assured and disciplined yet alive and ever-changing, self-consciously questioning its own reports.

Marias peppers his novel’s economy of action with sleek, clean intricacies of coincidence, hewing to the rhythms of thought, and never making a false step. His sustained focus, the inevitability of his forward motion, reflects the obsessive side of Maria’s infatuation, its fantasy, its re-creation of reality, its sacrifice of the old moral codes for the immediate rawness of love. The result? A luminous performance full of literary allusions – to Balzac, Dumas and Shakespeare – and wry portrayals of undesirable characters.

The book also teems with patterns of repetition: phrases, descriptions, emotions, situations. For Marias, repetition is the aesthetic counterpart of infinity, shot through with uncertainty and ambiguity.

What makes his novel succeed on such a grand scale is how Maria’s repartee holds all things at arm’s length: fate, character, morality, love.

In this way, everything becomes fictitious, even if it’s true, even if it’s time itself.

“Each morning (time) turns up with its soothing, invariable face and tells us exactly the opposite of what is actually happening: that everything is fine and nothing has changed, that everything is just as it was yesterday.”

But the dead resist all fictions; they insist on joining all factions of the living. They desperately want to return.

Still, “people do, in the end, allow the dead to depart, however fond of them they were, when they realize that their own survival is at risk and that the dead are a great burden.”

Fortunately, “The Infatuations” is anything but dead, living on in its invigorating welter of ideas, creating its own stellar hereafter.

“Yes, Marias has written a novel. And something much more.”

ARLICE DAVENPORT

The Wichita Eagle, September 8, 2013

While Maria Was Sleeping

Murder and love are the pivots that curdle Marias’s novel and give it the air of an unreliable truth procedure

Maria Dolz sits in the same Madrid cafe every morning and watches an attractive couple, clearly in love, have breakfast there every day. The routine gives her pleasure and some kind of small daily mooring. One day the couple, Luisa and Miguel Deverne, are no longer there and Maria discovers that the gruesome newspaper photo of the fatally stabbed businessman on the pavement, lying in a pool of blood, is none other than Miguel. She learns that he has been killed by a mentally ill, homeless man, Vazquez Can­­ella, who had got it into his head, as one story went, that Deverne was resp­onsible for Canella’s daughters’ involvement in an international prostitution ring. Several months later, Maria sees Luisa come in to the cafe with her children and goes up to her to offer her condolences. And in Luisa’s home that same day she meets the ‘virile and handsome’ Juan Diaz-Varela, the dead man’s best friend, now dedicated to helping his widow come to terms with her loss and assist her in the process of recovery.

It is at this point that any sensible reviewer has to stop talking about elements of the plot, leaving readers to discover the fiendish corkscrew turns of the narrative. Javier Marias’s latest novel, The Infatuations, returns us to the territory of his second and third works of fiction, A Heart So White and Tomorrow in the Battle Think on Me: heterosexual desire; deception and betrayal; the provisional nature of appearances, indeed, of truth; the morality, or otherwise, of love.

As Maria finds out more about the killing, and as she gets romantically involved with Diaz-Varela, albeit in a rather one-sided way, nothing rem­ains stable or con­­tained in the initial state that she, and we, the readers, perceived it to be; not the apparently motiveless murder, not Diaz-Varela’s self-abnegating friendship with Luisa, not even Maria’s own feelings. The skin of appearances is peeled back, time after time, to show us what lies beneath; yet, this layer too turns out to be another kind of skin, a mask, not the real tangle of nerves and muscles and arteries that you expected to be exposed.

So it proceeds like a thriller but the nodal points of revelations are interspe­rsed with the rigorous and exhaustive par­sing of these uncoverings. Take, for example, the long meditation on the und­esirability of the dead returning to the land of the living, for the purposes of which Diaz-Varela brings in Balzac’s nov­ella, Le Colonel Chabert. He argues, “We see quite clearly [in Balzac’s story] that, with the passing of time, what has been should continue to have been, to exist only in the past, as is always or alm­ost always the case, that is how life is int­ended to be, so that there is no undoing what is done…the dead must stay where they are and nothing can be corrected.” The Balzac story is used not only as an illustration but also a justification: we will discover the explosive ramificati­ons of this foray into literary criticism for the story in which Maria finds herself.

Because all of Marias’s narrators, incl­uding Maria Dolz, are endowed with hypercogitative (and hypereloquent) int­e­riorities, all these discursive and radically verbose digressions may seem irrelevant, but don’t be fooled: the most lethal of stealth currents are hidden away in the great wash of words. Here is the great brilliance of Marias’s prose. The long runs of his glorious sentences, reproducing with great fidelity the fluid movements of thought, are mesmerising in their rhythm—I’m often reminded of the music of Steve Reich and John Adams—but suddenly in the middle of the entra­ncement Marias will have a knife flick open, transforming the hypnotism to something entirely different.

But this is not all that the prose achieves. At one point, Maria observes, “…it’s extr­aordinary how, after so many centuries of ceaseless talking, we still don’t know when people are telling us the truth”. Like all other novels by Marias, this book, then, enacts its own premise, both the ‘ceaseless talking’ and the uncertainty about truth-telling, in the way truths have proved elusive, illusive and shape-shifting for Maria and readers. The novel as epistemological enquiry—how do we know what we know?—is not new but Marias gives his version of the theory of knowledge a characteristic twist: can we ever know? The metaphysical thriller has never been so exciting as in Marias’s hands; no living writer does it with grea­ter bravura skill.

And while we are on the prose, the lau­rel given to translator Gregory Rabassa by Marquez—‘The greatest living Latin American wri­ter in the English langu­age’—should sur­ely now crown Mar­garet Jull Costa, whose translations from the Spanish and Portuguese form some of the most brilliant reading of our times?

NEEL MUKHERJEE

Outlook (India), September 16, 2013

The Infatuations. A perfect couple, separated by murder
LAURA MILLER
Salon, September 5, 2013

Book recomendations from Green Apple Books

LA ZONA FANTASMA. 8 de septiembre de 2013. Lerdos, y gracias

Aunque los desapruebe, uno a veces comprende los procederes canallescos de políticos y empresarios. Entiende que quieran hacer lo que les venga en gana, que barran siempre para casa, que los unos aspiren a disfrutar de un poder cada vez más absoluto y amedrentador y los otros a mejorar hasta el infinito sus márgenes de beneficio a costa de la explotación de sus trabajadores y de encarecer sus productos. Uno se explica, hasta cierto punto, que todos añoren los tiempos de los señores feudales y ansíen retroceder lo más posible hasta ellos; al fin y al cabo, les resulta lo más cómodo y ventajoso. Todo partido político mira con envidia las épocas totalitarias (o los regímenes, que perduran en demasiados lugares), y su sueño sería, en el fondo, obtener en las elecciones lo que una vez se llamó “mayorías a la búlgara”, es decir, un porcentaje de votos del 98% o así. Y todo empresario desalmado siente nostalgia de los días en que los empleados carecían de derechos y de protección, cuando podían contratar y despedir sin aviso ni indemnización alguna, cuando nada era “improcedente” en su ámbito y decidían a diario, caprichosamente, qué jornaleros trabajaban y cuáles no, tanto en las faenas del campo como en numerosas fábricas. Echan de menos ser temidos y también ser vistos como “dispensadores de favores”, como individuos magnánimos que podían espetarle a un desesperado: “Mira, te voy a hacer el inmenso favor de permitirte trabajar hoy para mí. Como el favor es inmenso, habrás de agradecerme que te pague una miseria y que disponga de todo tu tiempo a mi voluntad. No te quejarás de nada, faltaría más, ni pretenderás conseguir más de mí, ni por tu eficacia ni por tu antigüedad. Ten en cuenta que si te retiro el favor, tú y los tuyos no tendríais ni qué comer”. Expresado así, este discursillo suena a siglo XIX si no a medieval, pero si suavizan un poco los términos y se paran a pensar, verán que de hecho es a lo que se intenta volver, en gran parte del globo y desde luego en nuestro país.

Y ya digo, uno lo entiende, que estas condiciones las quieran recuperar los políticos y empresarios sin escrúpulos. Lo que ya le cuesta más concebir es que, tras un larguísimo periodo en el que las relaciones laborales no han sido así, en el que la gente ha aprendido a luchar por sus derechos y a trabajar con dignidad, esos individuos sean tan tarados (lo utilizo como se hace en el lenguaje coloquial) que ni siquiera sepan disimular y llevar a cabo su retroceso con discreción. Creo que todos nos condenamos y perdemos mucho más por lo que decimos que por lo que hacemos, y que se tolera mejor el doblegamiento y la explotación que la chulería y el recochineo. Son estos últimos los que a veces llevan a la gente a saltar, a agarrar una tea e incendiar unas oficinas o un banco, o a agredir al cretino de turno que ofende además de pisotear. La CEOE –los empresarios españoles– parece estar en manos de completos idiotas desde hace mucho, ellos sabrán por qué los eligen, o quizá es que en sus filas no hay más. Fue Presidente suyo Díaz-Ferrán, que no se abstuvo de soltar vilezas antes de parar en la cárcel acusado de delitos de gravedad. Ahora la preside Juan Rosell, que recientemente ha hablado de los “privilegios” de los contratos indefinidos (se refería a derechos, pero para él es “privilegio” cuanto no sea sometimiento e indefensión del trabajador) y ha propuesto retirárselos para incrementárselos a los contratos temporales, como si eso fuera a ser verdad. Es tan falso como que la reducción de salarios redunde en mayor empleo: redunda tan sólo en el dinero que los empresarios se ahorran y guardan, y eso lo saben hasta las cabras, aunque no el FMI ni el comisario europeo Olli Rehn.

Rosell ha destacado que los temporales son el 90% de los contratos que se hacen, y ha añadido como un ceporro: “y gracias”. Esa chulería y ese recochineo encorajinan a la gente infinitamente más que las propias condiciones abusivas de la “reforma laboral” de este Gobierno. Como, más que ver emigrar a los vástagos porque no encuentran empleo aquí, a los padres los enfurece que Esperanza Aguirre afirmara: “Los jóvenes se van por espíritu aventurero”, o que Fátima Báñez, precisamente Ministra de Empleo, redujera el forzoso éxodo a mera “movilidad exterior”. O que el de Educación, Wert, sostuviera que si los chicos no estudian, no es por las caras tasas que ha impuesto, sino porque muchas familias “no quieren dedicar dinero a la educación de sus hijos”; cuando es sabido que es lo primero que los padres procuran desde tiempo inmemorial. Aún más que ver a sus niños malnutridos, a la gente le indigna que los tertulianos afines al PP critiquen que en Andalucía se les diera una modesta merienda a esos críos y la califiquen de abuso al contribuyente y clamen: “Ya, y qué más. Que les regalen también una bici, si te parece”.

He hablado otras veces de la conveniencia de la hipocresía. Cuando los empresarios y políticos son tan zotes que prescinden de ella y se dedican a chulearse, están tensando demasiado la cuerda, y ninguno queremos ver agresiones ni teas. Lo sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Ya se ve que estos sujetos ni siquiera han leído uno en su vida. ¿Qué hacen ahí, tamaños lerdos?

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 8 de septiembre de 2013

Reseña americana

001Against the grain

Great art often emerges from breaking…or at least tweaking…rules. A work that transcends its conventions can produce special results.

Here’s such a book.

Described by some as “metaphysical inquiry” but disguised as a murder mystery, The Infatuations takes you where very few novels do…to dark thoughts and long passages of suggested theories or, at times, even to entirely imagined conversations between characters. Plot advancement takes a back seat. Instead, a narrator’s thoughts offer various perspectives on life, death and love…and, appropriately, infatuation.

Javier Marías takes a unique approach. His priorities as a writer differ from others; his narrator channels him in saying:

“It’s a novel, and once you’ve finished a novel, what happened in it is of little importance and soon forgotten. What matter are the possibilities and ideas that the novel’s imaginary plot communicates to us and infuses us with, a plot that we recall far more vividly than real events and to which we pay far more attention.”

That passage, along with various others sprinkled throughout, presumably refers to the book itself. Interspersed with bits that apply to the author’s own work, The Infatuations sometimes overlooks the actual story to instead highlight how Marías presents his story.

He makes his intentions quite clear early on, lulling the reader with hypnotic prose after providing some context for his musings. Details spill out, eliminating many of the main questions so that the writer can set the stage for his narrator, María Dolz, to uncover mysteries that surround her from the opening sentence:

“The last time I saw Miguel Desvern or Deverne was also the last time that his wife, Luisa, saw him, which seemed strange, perhaps unfair, given that she was his wife, while I, on the other hand, was a person he had never met, a woman with whom he had never exchanged so much as a single word.”

We have here an immediate idea of Marías’s writing style…or at least Margaret Jull Costa’s translated English version of his style. Count the commas—nine. Marías obviously and absolutely revels in taking a single idea or thought, then riffing, building on it, sometimes for paragraphs, even pages, at a time. One sentence runs a page and a half. At times, multiple pages pass with no action or event, instead centering on the narrator’s inner reflections.

Is it ludicrous for a 300-plus page murder mystery to rely so heavily on introspection?

Not really, when Marías has also created with The Infatuations (originally Los enamoramientos in Spanish) a novel replete with references to the writing world, publishing and classic literature that brilliantly support his storytelling and themes. We find reference to Shakespeare’s Macbeth, Balzac’s Colonel Chabert and Dumas’ Three Musketeers in these pages, all in service to the basic whodunit.

Marías, who has taught at universities in Europe and the United States, got his first writing job as an English-Spanish translator for Dracula scripts. He has since translated countless other literary classics and also written plenty of short stories to go along with this 12th novel. He first published a novel in 1971, at a precocious age 20.

Known in part for his approach to writing—Marías begins with minor planning, writing as he goes, and does not redraft—his style has won many admirers. The author lives in Madrid, his native city, where this novel also takes place.

So…after the literary gymnastics…what is The Infatuations really about?

We have María Dolz. (Whether Marías named his main character María to represent himself, or to confuse people reading about his book is unclear.) María sees the same couple at a cafe every morning. Even though María hasn’t actually met the pair, she admires them from afar…and she gradually feels as though she gets to know them.

One day, the pair remains notably absent. We learn that a homeless man has stabbed the male member of the couple violently to death in broad daylight. Please note: These are not spoilers—the author makes this all quite clear in the first few pages.

Miguel’s death, seeming a little too random, motivates María to introduce herself to the widow. The widow, in turn, introduces Maria to two friends at her house. To speak of any further plot at this point will risk tearing away a tangled web of mystery.

The author uses breaks in plot to infuse his narrator with his views, plenty of them, particularly on death. The musings cover not only the passing of a loved one, but also perceptions of the deaths of non-relatives or complete strangers.

“We mourn a great writer or a great artist when he or she dies, but there is a certain joy to be had from knowing that the world has become a little more vulgar and a little poorer, and that our own vulgarity and poverty will thus be better hidden or disguised; that he or she is no longer there to underline our own relative mediocrity; that talent in general has taken another step towards disappearing from the face of the earth or slipping further back into the past…”

On the surface, this appears to have nothing to do with Miguel’s death, draws no direct comparisons to it. The discussion and analysis of death’s after-effects remain more vital to the novel than the events surrounding Miguel’s death. Marías addresses this on both a small and large scale.

In today’s world, fatality rates from natural disasters, bombings and diseases wipe out such large numbers that people develop a high level of insensitivity to it all. The news surrounds us with a constant atmosphere of death. If hundreds die here and thousands there, what is one mere ambulance rushing to one scene?

“We almost never ask ourselves what very real misfortune they’re rushing to, it’s just another familiar city sound, a sound with no specific content, a mere nuisance, empty of meaning.”

Perhaps cold, it holds truth. Sure, we may sometimes wonder where that ambulance goes, but certainly not every time. How often do people put a conversation on hold or stop in traffic for a siren, then eagerly wait to resume their interrupted task? How long should someone contemplate the wailing before getting back to their lives normally?

“We live quite happily with a thousand unresolved mysteries that occupy our minds for ten minutes in the morning and are then forgotten without leaving so much as a tremor of grief, not a trace.”

Even if we do stop to contemplate, what does it accomplish? What can we do for the person? What could they have done for themselves?

“…the reality is that anyone can destroy us, just as anyone can conquer us, and that is our essential fragility. If someone sets out to destroy us, then it’s very difficult to avoid destruction, unless we drop everything and focus entirely on that struggle.”

How, then, do people go on day-to-day, knowing the inevitable end could await us around the next corner?

The questions actually matter less to Marías than the fact that people raise such questions in the first place. How often do people think of these things in their daily lives? How often does this come up in other books? Remember, it’s about the possibilities of the plot…not the plot itself.

The style cannot entirely escape criticism. For some, even an appreciation for introspective searching cannot mask a burning desire to know what happens next in a snail-paced plot. Additionally, some sentences do feel like run-ons, and this reader often looked over lengthy thoughts about death before realizing: I don’t even remember if Maria’s talking about herself or imagining someone else’s thoughts. Backtracking to reveal the source of the thoughts becomes a regular…and sometimes tiresome…act.

Still, Marías forces us at every turn to question the source of words, to remember and separate facts from suspicions. He toys with a reader, mixing clouded memories and theories with actual monologues (or discussions) with characters. A reader must always remember the difference between what our somewhat intentionally unreliable narrator has proven and what she has assumed. Again, author Marías’ words say it best:

“People start out seeing one thing and end up seeing quite the opposite. They start out loving and end up hating, of shifting from indifference to adoration. We can never be sure of what is going to be vital to us and who we will consider to be important. Our convictions are transient and fragile, even the ones we believe to be the strongest. It’s the same with our feelings. We shouldn’t trust ourselves.”

Marías didn’t write this book to make readers remember a heroic protagonist. He didn’t write it to make hearts race in suspense, or to make us tell friends about one specific jaw-dropping moment.

This book sets out to leave a lasting impression on how we look at some of life’s most difficult, complex and terrifying aspects. In that aspect—arguably the most relevant aspect—he succeeds tremendously.

CARLO SOBRAL

Paste Magazine, September 3, 2013

Reseña francesa

María et ses  mirages

C’est une femme dans une cafétéria. Un matin de printemps, à Madrid, de nos jours. Une (encore) jeune femme, plutôt belle, discrète. Elle s’appelle María Dolz. Elle est éditrice. Chaque jour, elle retarde le moment de rejoindre son bureau, elle regarde passer les gens et s’arrêter un couple d’un certain âge et d’une distinction non moins certaine, respirant l’aisance et la sérénité accomplie de l’amour. L’homme et la femme fascinent María. Ils sont pour elle comme un voyage en douce, quelque chose de clandestin et de rassurant à la fois.

Aussi est-elle étonnée, à la fin de l’été, de ne pas les retrouver à la terrasse du café, avant d’apprendre que l’homme, un producteur de cinéma nommé Miguel Desvern, a été sauvagement assassiné par un déséquilibré. Se rapprochant de Luisa, la désormais veuve, María va faire la connaissance du meilleur ami du défunt, Javier, dont elle devient la maîtresse. Et elle qui ne savait rien de ces gens, n’avait fait que les envisager ou les dévisager, les aimer peut-être aussi à sa rêveuse manière, va se trouver plongée dans un mystère plus opaque encore, où la mort, le désir, le mensonge mènent la danse, un étrange bal des fantômes. Le décès de Miguel Desvern est-il aussi fortuit qu’il semble l’être ? Quel rôle a pu, peut-être, y jouer Javier? Et pourquoi María serait-elle bien inspirée de lire Le Colonel Chabert, de Balzac?

Énigme littéraire

Ces questions sont au cœur de Comme les amours, le nouveau roman de Javier Marías. Marías, qui à lui seul a déplacé le centre de gravité du monde littéraire espagnol de Barcelone à Madrid et annexé «l’understatement» britannique au rayon des beaux-arts ibériques, est à peu près unanimement considéré comme le plus grand écrivain de son pays. Perclus d’honneurs, il n’attend plus désormais que l’onction suprême du Nobel.

Foto. C. Hellie/Gallimard

Foto. C. Hellie/Gallimard

Ce roman, qui succède à Ton visage demain, une trilogie romanesque qui avait quelque peu désarçonné jusqu’à ses plus fidèles lecteurs, a rencontré dans son pays un immense succès, et sa traduction en Angleterre et aux États-Unis, portée par les échos critiques flatteurs de gens aussi recommandables qu’Edward St Aubyn ou Alberto Manguel, promet de connaître le même sort.

Qu’en est-il de cette version française? Le lecteur d’ici ne risque-t-il pas d’être intimidé par l’ampleur et la hauteur du propos, voire ennuyé par l’architecture toute en ratiocinations et ressassements du livre? Marías reprend ici en effet ce qui faisait toute la beauté désolée de ses grands romans qu’étaient « Demain dans la bataille pense à moi » ou Un cœur si blanc: une mise en doute systématique du réel. Jusqu’au malaise. Jusqu’au vertige.

María a-t-elle bien entendu ce qu’elle croit avoir entendu cachée dans la chambre de son amant? Les morts le sont-ils tout à fait? Les sentiments sont-ils autre chose qu’une entreprise délibérée de corruption du sens moral? Ces questions, passionnantes, qui relèvent de la philosophie, de l’esthétique et de la dialectique, sont au cœur de l’œuvre ; de toute l’œuvre. On regrettera seulement qu’elles soient ici posées avec une certaine forme de didactisme, une insistance qui peut engendrer dans la narration quelque lourdeur et à la lecture quelque ennui. Tel quel, Comme les amours demeure tout de même une assez fascinante énigme littéraire.

«Une mise en doute du réel. Jusqu’au malaise. Jusqu’au vertige»

OLIVIER MONY

Sud Ouest, 1 septembre 2013

Más sobre la entrega del Premio Formentor

C. Forteza‘Pertenezco a otro tiempo y a otra estirpe’

Pasa por momentos que Javier Marías (Madrid, 1951) habla como escribe. Si uno le escucha con atención, puede ver entre sus palabras los puntos y las comas, las reiteraciones, las eternas subordinadas por las que divaga su mente y que envuelven al lector-oyente. Un «escritor de otro tiempo», como gusta descubrirse a sí mismo, que ayer recibió el Premio Formentor de las Letras 2013 y que a veces hasta bromea diciendo que al escribir se siente «peor persona».

«Es muy difícil contar nunca nada, incluso cosas ciertas y accesibles», sostiene Marías en voz alta y en sus palabras se oye el eco de las primeras líneas de Tu rostro mañana. «Leemos ficción porque tenemos una cierta necesidad de que algo alguna vez se pueda contar del todo; necesitamos que algo sea contado del todo de manera irreversible, cabalmente sin refutación…». Lo ven. Lean una vez más esas palabras habladas de Marías y escúchenlas como si las hubiera escrito con su fiel Olympia Carrera Deluxe.

Este «ladrón de cuerpos» que es Javier Marías, como tituló él mismo el discurso que ofreció ayer tarde en el Hotel Barceló Formentor tras recibir el galardón, contempla estupefacto el mundo acelerado en el que vivimos y defiende la literatura como «tarea artesanal, casi de miniatura», las narraciones comprendidas de manera «lenta, meditativa, paciente».

«Escribo porque pienso más y mejor», dice Marías para explicar el sentido de seguir escribiendo en estos días con los que tan poco o nada se identifica él, tan educado, pausado y cortés; un señor que no se descuelga del usted y cuyas buenas y elegantes maneras son hoy, en estos «tiempos ridículos», como un ejército de perros verdes cruzando la Gran Vía.

«Cada vez hay menos interés en formar personas», indica el autor de Corazón tan blanco mientras confiesa que no lee las novelas de moda, esas narraciones «industriales o fabricadas en serie», porque hace tiempo que decidió no perder más el tiempo en ello cuando hay tantas otras que le gustaría leer.

Marías, que se define a sí mismo como un «artesano de épocas pretéritas», ve la novela como el género en el que «todo cabe, donde el escritor es mucho más salvaje y más pesimista, donde uno a veces es más sincero, más verdadero». Lo dice él, que siempre escribe las suyas en primera persona.

«No me leería a mí mismo», asegura con guasa el autor de Cuando fui mortal en su primera visita a Mallorca. Han tenido que premiarle con el Formentor de las Letras para que el escritor madrileño recale en la isla, un premio, dice, «que tiene dos vidas» y del que ha destacado su «elemento heroico», el hito de que el Formentor en su día luchara por defender su galardón y sus conversaciones literarias a pesar de la persecución de la dictadura franquista.

«En esencia seguimos trabajando como un escritor del siglo XVII. Tenemos ordenadores en vez de plumas de ave, cierto, pero ahí se acaban las diferencias, o casi», dijo en su discurso Marías en una simplificación que se antojó evidente en alguien que consigue pasar por este mundo aún sin móvil ni mail ni ordenador. Es la reducción a lo sencillo, el apego a la paciencia y el equilibrio lo que hilvana toda la dialéctica de este escritor que se negó a aceptar el Premio Nacional en 2012. La coherencia.

También habló de la inconsciencia de la mayoría de los lectores de hoy que, incapaces de apreciar «la manera lenta, meditativa» en que son hechos los libros, los despojan de su condición primigenia, la de ser «obras artísticas artesanales» y los convierten en productos de consumo rápido. Una vez más este mundo acelerado que tanto sorprende a Marías.

«Lo único que uno sabe es que ha perdido media vida, o más de media, intentando emular, intentado copiar en su cuaderno como un colegial, a aquellos que lo precedieron hace cincuenta años de calendario pero en realidad hace dos siglos», confesó Marías al recibir el mismo premio que en su día entregaran a Borges, Gadda, Gombrowicz y Beckett, de quienes se siente «separado por un abismo» que no le lleva a confusión alguna: «Pertenezco a otro tiempo y a otra estirpe, me limito a ser un ladrón de cuerpos en un mundo de humanos, o tal vez un humano en el mundo uniforme de ladrones de cuerpos; tanto da, da lo mismo».

Son las palabras habladas de Marías, que para decirlas no necesita esas máquinas de escribir que ya empiezan a agotarse irremediablemente en este mundo. Lo escribió él mismo tras acabar su último libro, Los enamoramientos, que se había quedado sin la suya y que sin ella no habría más novelas ni más nada en palabra escrita por él. Bastó con esa amenaza en forma de artículo para que saltara la alarma entre varios de sus lectores, que le enviaron sus añejas Olympias. Al menos una de ellas ha cumplido su misión, pues Marías ya prepara su siguiente novela. Lo cuenta María Lynch, la joven y cautivadora agente literaria de este escritor que contempla con «estupefacción y cansancio» este acelerado mundo mientras los demás nos perdemos en él sin pararnos a pensar en cómo serán nuestros rostros mañana.

LOLA SAMPEDRO

El Mundo, 1 de septiembre de 2013

1377980287_extras_portadilla_0De literatura, intimidad y brisa marina

Javier Marías no se toca el pelo. Ni aunque la brisa marina se lo alborote de una forma, esa forma, tan chocante en la cabeza de un escritor con la compostura y la flema del madrileño. El autor de Mañana en la batalla piensa en mí recibió ayer tarde el Premio Formentor de las Letras 2013 a escasos metros del Mediterráneo y su pelo se agitaba ingravitacional con el viento, de una forma estática y pasmosa. Pero él no se lo tocó ni por un instante, ni durante su discurso ni en la sesión fotográfica. Marías debe saber y sabe y que es de mala educación que un señor vaya por la vida atusándose el pelo como una quinceañera y aguantó con paciencia viril que la brisa protagonizara la anécdota.

Al acto de entrega del galardón que se celebró ayer tarde a las 19.30 horas en los jardines del Hotel Barceló Formentor, acudieron unos 200 invitados. El encargado de abrir la ceremonia fue el editor y presidente del jurado, Basilio Baltasar, que con su discurso se encargó de recordar a los presentes la importancia de la literatura de Marías, de cómo su obra «no ha perdido desde su primer libro el aliento».

El escritor recibió el premio de manos de Marta Buadas y Simón Pedro Barceló, representantes de las familias que hacen posible este premio. Una emocionada Buadas abrazó a Marías con el calor de las lectoras entregadas, sabiendo que estaba premiando a uno de sus escritores favoritos y hacía de la entrega un acto cercano.

Entre el público estaba Silvia Lemus, viuda de Carlos Fuentes.Nekane Aranburu, directora de Es Baluard; el escritor Agustín Fernández Mayo; la artista Susy Gómez; el escritor Fernando Schwartz; y el galerista Joan Guaita, representando, entre otros, al mundo de la cultura. También asistieron a la entrega y al cóctel políticos como Bel Cerdà, directora general de FP; la exconsellera Bárbara Galmés; el exconseller Francesc Fiol; y el exalcalde Ramón Aguiló. Otros invitados fueron Margarita Pérez Villegas, directora de CaixaFórum; la diseñadora Rosa Esteve; Cristina Macaya; Fernando y Ramón Rotger, de la Clínica Rotger, Román Piña Homs, Gaspar Sabater; y el empresario Alfonso Cortina.

LOLA SAMPEDRO

El Mundo, 1 de septiembre de 2013

[Fotos. C. Forteza]

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‘Javier Marías en España’

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Si en los 70, los Novísimos supusieron un vuelco en la poesía española contemporánea, no podemos decir lo mismo respecto a la novela, por mucho que se empeñaran los editores de entonces. Los distintos intentos editoriales de crear algo parecido a lo que supuso la antología de Castellet, acababan siempre en nada. ´Nueva narrativa española´ fue un cuño habitual y socorrido que no pudo, ni supo sustituir, y menos aún renovar, la novela ya consolidada que había escrito o estaba escribiendo la generación anterior. Me refiero a autores tan distintos como Benet, García–Hortelano, Marsé o Juan Goytisolo, que supieron ser más renovadores que cualquier novísimo metido a novelista. Pensemos en Volverás a Región, en El gran momento de Mary Tribune, en Si te dicen que caí o en la trilogía que arranca con Señas de identidad.
En la mayoría de ellos –además de algunas influencias extranjeras contemporáneas– estaba la tradición y estaba también la voluntad de modernidad, inaugurada con Tiempo de silencio. Estaba Baroja y estaba Cervantes, quiero decir, pero también estaba la innovación narrativa: en esos años pudimos leer unas formas de contar que nunca se habían utilizado en nuestro país. Después de eso no hubo recambio generacional, más allá de algunos experimentos cuyo mero carácter experimental los empujaba peligrosamente hacia el autismo o el viraje brusco, como así fue. En esa época, Javier Marías era muy joven y escribía –si pueden llamarse así– parodias literarias, en el camino de hallar su propia voz. Su maestro más cercano en España, Juan Benet, había incorporado al castellano tres cosas importantes para la evolución de nuestra novela: cierto espíritu faulkneriano –que ya venía del Boom–, una respiración de estirpe proustiana y una capacidad meditativa de raíz más anglosajona que hispana (y por eso más necesaria).

Después de Benet, la novela española no podía ser la misma y Marías fue su Stanley y su Livingstone al mismo tiempo. Si a partir de El siglo y El hombre sentimental, ya se perfila y distingue la casa que Marías había empezado a construir, Todas las almas y Corazón tan blanco nos la muestran en todo su esplendor. En esos momentos –hablo sólo de novela– nada hay comparable a la narrativa de Marías en nuestro país y con él se incorpora una distinta apertura cervantina, vía Laurence Sterne, más la inquietante meticulosidad de Henry James. Los partidarios de la prosa sonajero –feliz ocurrencia de Marsé– y los fieles del realismo carpetovetónico –más aburridos que nadie– lo tildarán a él de angloaburrido y llegarán a decir que Marías escribe en inglés porque no sabe hacerlo en castellano. Aparte de la sandez: algo parecido ocurre con el último Cernuda y ahí están algunos de los mejores poemas del siglo XX español. Para otros, entre los que me cuento, a partir de la deriva de los años 80 –que Marías definió acertadamente como ´la edad del recreo´ y así nos ha ido después– uno de los motivos por los que vivir en España valía la pena –y entiéndase que ‘vivir’, aquí, no se refiere sólo a vivir– era la literatura de Javier Marías. Había otros, claro, y dicho así puede sonar grandilocuente o exagerado, pero no lo es y menos aún cuando los adeptos a esa literatura fueron creciendo con el convencimiento de hallarse frente a un territorio nuevo, de estilo espléndido y de voluntad clásica (algo también muy necesario). Comprenderán que cuando no se está acostumbrado a que el sentir general y el particular –es decir, el propio– coincidan, algo así no es exageración. En el magma inhabitable donde vivimos hoy, la literatura de Marías –y la presencia de Marías– siguen siendo uno de esos motivos generacionales que nos refuerzan y hacen creer que algunas cosas fueron buenas y valieron la pena.

Nunca he de olvidar el tiempo que habité en Todas las almas y después en ese otro tiempo inventado, prolongado, por los libros que amamos, que fue Negra espalda del tiempo. Tampoco los deslumbrantes comienzos de Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, ni la compañía familiar de sus Vidas escritas, ni sus textos fantasmagóricos, ni tantas epifanías y malhumores dominicales, ni una de las grandes novelas europeas de lo que va de siglo –me refiero a la trilogía Tu rostro mañana–, con personajes que nos han de acompañar el resto de nuestras vidas y el grand style detrás de su estructura, lenguaje y relato. Es innegable que la novela en castellano ya no ha sido la misma a partir de Marías y aquel lugar donde no hubo Novísimos, ni renovación, es un lugar que él ha creado y sostiene para nuestra literatura con una potencia narrativa y una capacidad para la digresión y el matiz inacabable, precisa, culta e inteligente. Con la memoria como telar de fondo. Esto lo reconocemos aquí sus lectores –entre los que hay bastantes escritores– y lo reconocen también los lectores y escritores hispanoamericanos actuales –se me ocurren ahora dos de los que prefiero: Juan Gabriel Vásquez y Patricio Pron–, en un viaje de retorno desde el Atlántico, inexistente hasta la consolidación de Marías y su sentido de la ficción, ´imprescindible para la vida´.

Hablo, naturalmente, de lengua compartida, porque el listado de premios internacionales a su obra también es innumerable –del IMPAC al Fémina, del Nelly Sachs al Grinzane Cavour…–, tanto por extenso como porque no ha de acabar aquí. Ahora que se le añade el Formentor, surge la certeza de que si el año pasado, este premio –concedido a Juan Goytisolo– entroncó con su origen, en el caso de Javier Marías, el Premio Formentor 2013 entronca con su esencia. Doble enhorabuena.

JOSÉ CARLOS LLOP

Diario de Mallorca, 1 de septiembre de 2013

Javier Marías recibe el Premio Formentor de las Letras 2013

EFE

EFE

Entregan el Premio Formentor de las Letras 2013 a Javier Marías

Al recibir hoy el Premio Formentor de las Letras 2013, Javier Marías (1951) manifestó que su nombre no queda grabado al lado de otros que recibieron este galardón, como Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Carlos Emilio Gadda o Witold Gombrowicz, sino “separado de un abismo de calidad y logros”.

El autor, quien se definió como un “artesano de épocas pretéritas” de la literatura -en la que generaciones actuales emulan a quienes les precedieron y consiguieron efectos deseados entre sus públicos-, recibió el galardón de manos de Marta Buadas y Simón Pedro Barceló, en una ceremonia en el Hotel Formentor Barceló, en Mallorca.

En su mensaje de agradecimiento, titulado “El ladrón de cuerpos”, expuso que desde que inició su carrera, hace 42 años, el mundo literario ha cambiado mucho y hasta se puede decir que “ha sido borrado de la faz de la tierra”, aunque no todos los escritores han sido expulsados de él.

Subrayó que a diferencia de generaciones pasadas, ahora muchos escritores ya no hablan de la aspiración de perdurabilidad de una obra, y hasta evitan parecer “nostálgicos de un tiempo desaparecido”, como si fueran “clandestinos o farsantes” de una raza con la que no tienen que ver.

“Así, jugamos a no ser artísticos, a carecer de ansia alguna de durabilidad para nuestras obras, a pasar inadvertidos dentro de lo que cabe y a confundirnos con una riada de profesionales que escriben un libro tras otro intentando asemejarse a una máquina productiva”, expresó.

Cuestionó, además, que ahora ya no se trabaja como lo hizo la generación de hace 50 años, aún cuando se pula cada una de las páginas y se busque la mejor palabra o adjetivo.

“Siempre, absolutamente siempre, me siento como un artesano de épocas pretéritas, por no ser presuntuoso”, manifestó.

Sostuvo que todo eso se presenta en un momento en que la mayoría de los lectores no percibe el trabajo detrás de una obra, y demanda más obras como la ya leída.

“Mis novelas se han espaciado entre sí, una media de tres años, algo totalmente inaceptable para los actuales y atropellados tiempos”, apuntó.

Lo anterior, dijo, contrasta con un público que percibía las obras de Beckett, Borges, Faulkner, Camus y Nabokov como resultado del talento, la tarea artesanal del escritor, aunque ciertamente el público de hoy no es inmune al encantamiento de la literatura.

Comentó que aún hay lectores que en medio de una novela se detienen y cuestionan lo que les narra el autor o se quedan con una frase, y como en tiempos pasados se copian y se vuelven a escribir “para hacerlo suyo con la mera lectura”.

“Si uno repite esos movimientos, si uno reescribe con su propia letra, está ocupando momentáneamente el lugar del poeta, está convirtiéndose en él, está calcando su experiencia, aunque obviamente no sea la misma ni pueda serlo”, aseveró.

“Esas reacciones sólo se producen, o eso creo, ante las obras que aún son artísticas. Y lo curioso del caso es que una gran mayoría, independientemente de su saber o cultura, las distingue o las reconoce como sucedía antiguamente”, anotó.

Precisó que en muchos casos se ha imitado a otras generaciones de escritores pero sin conseguir el encantamiento, debido a fallas en aspectos diversos como “la cadencia, el ritmo, el cálculo, la profundidad, lo inquietante, la lentitud en el componer, la meditación y la paciencia”.

“Sería pretencioso hacerse la ilusión, imaginar siquiera que, en lo suyo, uno ha logrado jamás nada de esto. Lo único que uno sabe es que ha perdido media vida, o más de media, intentando emular y copiar a aquellos que lo precedieron hace 50 años de calendario, aunque en realidad sean se hace dos siglos”, mencionó.

Puntualizó que estar en la lista de premiados del Formentor, no lo hace confundirse en que tiene el nivel Beckett o Borges, y ni siquiera en esta ceremonia llamarse al engaño.

“Pertenezco a otro tiempo y a otra estirpe, me limito a ser un ladrón de cuerpos en un mundo de humanos, o tal vez un humano en el mundo de ladrones de cuerpos”, manifestó.

El autor de obras como “Los dominios del lobo” (1971) y “Todas las almas” (1989) recibió el Premio Formentor de las Letras 2013, en reconocimiento a su carrera y obra, al considerarse uno de los literatos españoles más apreciados dentro y fuera de España.

Al leer el acta del jurado, Basilio Baltasar, quien presidió al jurado, explicó que Marías tiene una obra “que desde su primera publicación no ha perdido aliento, y que su creatividad lo ha convertido en uno de los escritores más interesantes de la literatura en español”.

El Premio Formentor de las Letras reconoce el conjunto de la obra narrativa de aquellos escritores cuya trayectoria prolonga la tradición literaria europea.

En su primera etapa, de 1961 a 1967, fue impulsado por Carlos Barral y otros editores, y en 2011, al cumplirse 50 años de su creación, se retomó para iniciar una nueva fase.

El premio, dotado de 50 mil euros (unos 65 mil dólares), cuenta con el patrocinio de las familias Barceló y Baudas, propietarios del Hotel Formentor, donde desde los años 60 se entrega.

Unomásuno (México), 31 de agosto de 2013

2013_8_31_itC9SRfPeOXovQRaDu3XF4 (1)Nostalgia literaria. Marías evoca la lectura lenta y meditativa al recoger el Premio Formentor

Como un artesano, un escritor del siglo XVII o, sino, como un artista de épocas pretéritas que reescribe y pule sus textos. Así se siente Javier Marías y así lo ha reconocido al agradecer el Premio Formentor 2013, en cuyo acto de entrega ha mostrado su nostalgia por un mundo literario perdido hoy.

Un mundo de hace más de cincuenta años y al que pertenecieron algunos de los escritores que fueron galardonados con el Premio Formentor en los años 60, como Borges, Beckett, Gadda y Gombrowicz, pero también un mundo de hace mucho más tiempo, como ha recordado Marías, y en donde estarían Goethe, Byron y Holderlin.

Una manera de estar, de crear, diferente «a la riada de ‘profesionales’ que escriben un libro tras otro intentado asemejarse lo más posible a una máquina productiva y jamás dubitativa. Una ambición artística y un anticuado, anacrónico deseo de perduración», ha señalado el autor.

Pero «entiéndaseme -ha precisado- de perduración más allá de los preceptivos tres o seis meses- lo sumo de lo que se llamaba antaño ‘la temporada’ que se le conceden a cualquier producto o mercancía desde hace ya un par de décadas por los menos», ha dicho el escritor, que ha hecho un elogio de los autores que escribían para un público «que comprendía la manera lenta, meditativa, paciente».

Notas a pie de página

«Intentar que alguien se yerga como un animal sobresaltado, a que preste una atención no rutinaria, a que se detenga y se diga: ‘Este hombre, ¿qué está diciendo? Voy a anotarlo’. Es a esta tarea a la que a Javier Marías le da la sensación de que vale la pena dedicarle el tiempo que le ha concedido. Así lo ha explicado el autor de Tu rostro mañana, durante la entrega del Premio Formentor de las Letras 2013, en el cabo mallorquín de Formentor, en reconocimiento al conjunto literario de su obra.

«Pertenezco a otro tiempo y a otra estirpe, me limito a ser un ladrón de cuerpos en un mundo de humanos, o tal vez un humano en el mundo uniforme de ladrones de cuerpos; tanto da, da lo mismo», ha concluido el escritor y académico.

El premio, dotado con 50.000 euros, está organizado e impulsado por los propietarios el hotel Formentor y las familias Barceló y Buadas, que volvieron a resucitar el galardón hace tres años, ya que se creó en 1963 pero se suspendió en 1968.

El primer galardonado de la nueva etapa del premio fue Carlos Fuentes, en 2011, y Juan Goytisolo, en la pasada edición. El acto de entrega de este prestigioso premio se ha convertido en una cita anual veraniega a la que acuden escritores y creadores de la isla, además de representantes de diferentes ámbitos.

Y así, además de todos los miembros del jurado, presidido por Basilio Baltasar y formado por Félix de Azúa, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Manuel Rodríguez Rivero y Berta Vías Mahou, han asistido también la viuda del escritor Carlos Fuentes, Silvia Lemos, y escritores como Fernando Schwartz, Agustín Fernández Mallo o Juan Carlos Llop, entre otros.

El Mundo/Efe, 31 de agosto de 2014

Foto. Tolo Ramón

Foto. Tolo Ramón

Luz sobre el Marías desconocido

El escritor recibe el Premio Formentor por su trayectoria y por contribuir a definir la gran literatura europea

“No he querido saber, pero he sabido que…”, no es solo el comienzo de Corazón tan blanco, de Javier Marías, una de las mejores novelas en español de las últimas décadas, sino una frase que sirve al escritor y académico para contar a sus lectores varias noticias suyas. Lo hizo ayer en Formentor (Mallorca) bajo la sombra de una enredadera, muy cerca del Mediterráneo espolvoreado del brillante sol de la tarde:

—Recibió anoche el Premio Formentor de las Letras 2013 por contribuir a definir la gran literatura europea, con un discurso en el que expresó su asombro porque la gente siga interesada en la buena literatura y en su interés por seguir escribiendo, “con una modesta ambición artística y un anticuado, anacrónico, deseo de perduración”.

—Dio nuevas claves de por qué los lectores se sienten atraídos por la ficción: “La necesidad de escuchar algo que no admite desmentidos. Quizá colman la necesidad de que alguien cuente algo hasta el final de manera completa, irreversible. Mientras que los hechos reales siempre son incompletos y alguien los puede desmentir o corregir”.

—La nueva novela, la número 12, tendrá de nuevo a un hombre como narrador y su escenario son los años ochenta, pero evocados desde el presente.

—Dos obras suyas serán llevadas al cine: el cuento Mientras ellas duermen, del que ya está hecho el guion y que dirigirá Wayne Wang (Smoke, Mil años de oración); y Tu rostro mañana, proyecto del que no puede decir mucho, salvo que es una gente muy conocida de la industria estadounidense.

Por un lado y por otro no cesan de escucharse elogios sobre las novelas Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana, incluso de la primera, Los dominios del lobo, y últimamente Los enamoramientos, que este verano ha tenido elogiosas críticas en Estados Unidos (donde entró también en la lista de los más vendidos) y en Francia. Son las novelas que acompañan a Javier Marías como en un corro.

Pero ¿qué pasa con aquellas novelas suyas que no gozan de ese gran reconocimiento y popularidad? Sentado a la sombra y rodeado de todos los verdes del jardín del hotel, Javier Marías (Madrid, 1951) habla de ellas como para que sus lectores digan: “No he querido saber, pero he sabido…”.

Travesía del horizonte (1972). “Es el libro donde empecé a labrar el estilo literario, porque Los dominios del lobo, mi primer libro con 19 años, es una novela espontánea, loca. En cambio en Travesía del horizonte empecé con el influjo fuerte de autores como Conrad o James, y anuncia un poquito el escritor que seré”.

El monarca del tiempo (1978). “No sé si es una novela. Es un libro experimental, una miscelánea. Es del que menos contento estoy, tanto que durante mucho tiempo no permití su reedición hasta que hace unos años lo hice en la editorial Reino de Redonda”.

El siglo (1983). “Le puse mucho empeño. Estaba convencido de que era el más ambicioso de mis libros hasta entonces, pero no tuvo mucha acogida y pasó inadvertido. Ha quedado un poco en la sombra”.

El hombre sentimental (1986). “Es una especie de transición y anuncia una nueva etapa. Me hace pensar que probablemente hay una generación de escritores que si hubiéramos empezado a escribir más tardíamente, en los ochenta o noventa, no hubiéramos publicado mucho porque no nos tendrían paciencia. A nosotros nos permitieron evolucionar. Y es en esta novela, El hombre sentimental, la quinta, donde senté las bases de mis libros posteriores”.

¿Formará parte de ese círculo privilegiado la novela que está escribiendo? Nadie lo sabe. Él menos aún porque, asegura, nunca ve nada claro. Se pasa la vida tanteando sin descuidar los elementos intuitivos que “nunca se deben abandonar”.

Esa es la ruta creativa de Javier Marías, el tercer galardonado en la segunda etapa del Premio Formentor de las Letras. Marías se une a Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y otros como Beckett, Borges o Gombrowicz, que lo recibieron en los sesenta.

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

El País, 31 de agosto de 2013

formentor2Javier Marías recibe hoy el Premio Formentor de la Letras

El escritor español Javier Marías afirmó hoy aquí que pese a los cambios constantes en el mundo actual, tiene sentido seguir escribiendo, y que es la ficción la que permite contar de forma completa las historias.

En rueda de prensa, antes de recibir en esta isla del Mediterráneo español el Premio Formentor de las Letras 2013, expuso que no renuncia a vivir esos cambios y que es mediante la literatura como lo quiere hacer, porque es un ejercicio que le permite reflexionar mejor.

«Una de las razones por las que escribo, es porque pienso mejor escribiendo que de ninguna otra manera. Me temo que pensaría peor haciendo otras cosas», manifestó el autor de Los enamoramientos (2011).

En mi caso, agregó, ha sido un privilegiado, porque he logrado reconocimiento, lo que me permite seguir escribiendo, que es lo que mejor sé hacer.

«Escribo sobre los asuntos que me dan qué pensar en la vida real, en mi vida, cuestiones sobre las que me paro a pensar o en mi relación con los demás, como el engaño, la confianza, la traición, los muertos y la relación con ellos, también de la índole política, a veces pienso mejor, sobre todo eso, escribiendo una ficción», comentó.

Aseguró que a diferencia de los hechos reales, que están sujetos a nuevos descubrimientos e interpretaciones, la ficción es la que permite «tener la sensación de que se puede contar todo, y la literatura tiene esa posibilidad de captarlo».

«El hecho de que algo sea contado todo y sin refutación, es también lo que nos da la sensación de orden y consuelo», aseveró.

Sobre cómo vive su proceso creativo, Marías comentó que no se siente ni peor ni mejor persona, pero sí es cierto que al cavar todo tipo de historias y personajes en una novela, el autor se pone en la piel de lo que sucede.

«Uno no habla de uno mismo, aunque sea como narrador de novelas en primera persona, es siempre una voz de ficción. Uno allí puede decir las cosas más abominables y salvajes, más que cuando se escribe para la prensa», señaló.

«Uno va con una o más máscaras al escribir novelas, porque cada personaje pasa por el autor, quien se pone en el lugar de cada uno de los personajes» , expresó.

Respecto al Premio Formentor, destacó su importancia por tratarse de un galardón que «tiene dos vidas: unos premios empiezan y terminan, y unos duran y duran, y este ya dos vidas, una primera noble, breve y antigua, y una segunda que apenas inicia, que empieza ahora».

Marías se refirió así a la historia de este premio que comenzó en 1961, cuando se premió al escritor Juan García Hortelano (1928-1992) y como editores a Samuel Beckett (1906-1989) y Jorge Luis Borges (1899-1986); se interrumpió en 1967.

«Aquella primera vida fue heroica, porque fue durante la dictadura franquista, y tiene ese elemento mítico, la generación anterior a la mía hablaba de pasión y añoranza del premio Formentor», subrayó.

Refirió que la nueva etapa al retomarse en 2011 con el premio al mexicano Carlos Fuentes (1928-2012) , en 2012 al español Juan Goytisolo (1931), y ahora a él, es una segunda de vida que se vincula.

«No he tomado el testigo de ellos, han pasado 50 años. Pensar que tomar el testigo de ellos (Borges o Beckett) sería pretencioso y ridículo decir algo semejante; sólo hay vínculo nominal y geográfico», aclaró.

El autor de Los dominios del lobo (1971) recibirá el Premio Formentor de las Letras 2013, en reconocimiento a su carrera y obra, al considerarse uno de los literatos españoles más apreciados dentro y fuera de España.

El pasado 22 de abril, el jurado -presidido por Basilio Baltasar e integrado por Félix de Azúa, Manuel Rodríguez Rivero, Juan Antonio Masoliver Ródenas y Berta Vías Mahou- anunció a Marías como ganador del premio.

El jurado explicó que Marías tiene una obra «que desde su primera publicación no ha perdido aliento, y que su creatividad lo ha convertido en uno de los escritores más interesantes de la literatura en español».

El Premio Formentor de las Letras, dotado de 50 mil euros (unos 65 mil dólares), reconocer el conjunto de la obra narrativa de aquellos escritores cuya trayectoria prolonga la tradición literaria europea.

En su primera etapa, de 1961 a 1967, fue impulsado por Carlos Barral y otros editores. En 2011, al cumplirse 50 años de su creación, se retomó para iniciar una nueva fase.

El premio cuenta con el patrocinio de las familias Barceló y Baudas, propietarios del Hotel Formentor, donde desde los años 60 se entrega, en el norte de Mallorca.

El Universal (México),  31 de agosto de 2013

LA ZONA FANTASMA. 1 de septiembre de 2013. Los despertares

Ya estamos de vuelta los que nos hayamos ido, y los que no, nos ven regresar más bien con desagrado, quizá pensando: “¿Por qué no permanecen donde estaban? Sin ellos la ciudad parecía más tolerable y llevadera, sin tanto tráfico ni aglomeraciones, sin tanto mal humor y tanto ánimo bajo, al menos andábamos más repartidos”. Y sin duda también habrá esta reacción generalizada, tanto entre los ausentados como entre los inmóviles: “¿Por qué hemos de soportar de nuevo la presencia continua, obsesiva, de nuestros gobernantes nefastos, que jamás traen alegría alguna y sí amarguras constantes? Todo ha funcionado algo mejor sin sus decisiones de los viernes o de cualquier otro día; sin sus declaraciones canallescas o estúpidas, sin que viéramos sin cesar sus caras y escucháramos sus argumentaciones burdas y cínicas. Hemos comprobado, durante agosto, que se vive un poco menos mal sin su agobio. ¿Por qué no continuar así, por qué no se van a sus casas y se retiran? No se trata de que no gobiernen (eso sería pedir demasiado), pero podrían ser más modestos y desaparecer de nuestra vista”.

Al término de las vacaciones se habla siempre de lo arduo que resulta volver al trabajo, abandonar la burbuja de relativos descanso y ocio en que nos hemos instalado. Ese tiempo parece irreal en seguida, un espejismo que se desvanece pronto ante la aplastante realidad de la rutina, once meses ocupados. No creo que ya sea así. El que conserva el trabajo celebra retornar a él, comprobar que en su ausencia no se lo han quitado o no han suprimido su tarea, o que no se ha producido en su empresa un despido masivo. El que ya lo había perdido desearía encontrar por fin uno, sentirse útil, no depender de la familia, traer dinero a casa. Lo que hoy nos deprime a la vuelta es más bien el reencuentro con los facinerosos a los que en mala hora votamos. Gente que engañó, y presentó un programa para incumplirlo a rajatabla, que habló de transparencia y cada vez es más opaca, que anunció limpieza y aparece enfangada. Se aduce que los casos de corrupción y de prácticas indecentes que se descubren (pueden ser indecentes cosas legales) pertenecen al pasado y no al presente, como si ignoráramos que se tarda tiempo en destapar lo que se procura ocultar por todos los medios. A nadie le cabe duda de que lo sucio que esté ahora pasando se sabrá sólo, con suerte, dentro de unos cuantos años. Vistos los precedentes, lo que nadie cree es que ahora ya no haya corrupción ni prácticas indecentes; al revés, damos ya por sentado que sigue habiéndolas y que quienes incurren en ellas se estarán esmerando todavía más en borrar las huellas. Sabemos que el saqueo de la ciudadanía a base de impuestos, de arbitrarias inspecciones de Hacienda que cambian la legalidad y las reglas a traición y a su conveniencia, de imparables subidas de la electricidad y otros servicios básicos, de reducciones de sueldos, de condiciones laborales al dictado de los empresarios; sabemos que es todo eso lo que nos aguarda otra vez, aumentado.

A la vuelta del verano a muchas personas les cuesta conciliar o conservar el sueño. Uno se mete en la cama, y en ese traicionero intervalo entre la actividad y el adormecimiento de la conciencia, se ve asaltado por las consideraciones pesimistas y los mayores temores. “¿Qué va a ser de mí y de los míos?” A mí me ocurrió eso durante bastantes años, conozco bien esos momentos de acentuación de la incertidumbre, de debilidad y “vacío”. Desde hace tiempo, sin embargo, la sensación de abismo se me ha trasladado a los despertares. A la hora de retirarme he aprendido a pensar: “Bueno, el día ha acabado y aún estamos aquí, y lo que parecía fatal no lo ha sido; hay una tregua en principio, por mucho que uno esté expuesto siempre”. Es en cambio por la mañana cuando todo me parece espantoso y sin esperanza. No hablo de esperanza personal, sino colectiva. Sé que la tregua nocturna ha terminado, lo mismo que ahora ha concluido la parcial de agosto. Miro el periódico con aprensión, encogido, y el pensamiento predominante, en medio de la confusión (tardo en volver a mi ser plenamente), es: “¿Qué habrán hecho hoy, qué prepararán estos desalmados? ¿Qué nueva medida contra la gente habrán ideado? ¿Qué ley insensata o injusta habrán aprobado, qué derechos y libertades nos habrán mermado, qué falta de piedad querrán aplicar, qué mentiras habrán inventado?”

No soy el único en verse invadido por esta sensación predominante, en absoluto. Algo muy grave sucede cuando gran parte de la ciudadanía percibe a sus gobernantes como un peligro y una amenaza, como gente de la que no cabe esperar salvación ni ayuda ni mejoras ni soluciones, sino condena y obstáculos y empeoramiento y problemas. Hay quienes lamentan que estas columnas mías a las que regreso sean reiterativas en los últimos tiempos; que critique al Gobierno (y a otros políticos, no se olvide) y a esa idiosincrasia española (incluye la catalana y la vasca, lo siento) que nos ha llevado, entre otros males, a tener casi siempre dirigentes funestos, algo invariable a lo largo de nuestra historia. Pero es que han de sonar las alarmas cuando, al volver del verano, lo que nos acongoja y abruma no es reanudar el trabajo, sino enfrentarnos otra vez, inermes, a nuestros gobernantes. Mientras esto sea así, habrá que insistir, ya lo deploro.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 1 de septiembre de 2013