LA ZONA FANTASMA. 7 de abril de 2013. Ladrones de Heathrow

Es 23 de marzo. En la televisión de mi hotel londinense, veo que cae una fuerte nevada, impropia de la época, en Escocia, parte de Gales y el norte de Inglaterra. Pero no en Londres. Desde el taxi que me lleva a Heathrow le mando a una persona un SMS en el que, con precisión léxica, le comunico: “Nevisca”. No “Nieva”, sino “Nevisca”, porque eso es lo que pasa, que cae una aguanieve, no más. Algo de viento también, pero vaya, nada del otro mundo, sobre todo para esas latitudes septentrionales en las que están más que acostumbrados. Pero no: hoy en día cualquier mínimo contratiempo se convierte en catástrofe, así que cuando llego al aeropuerto, con tiempo de sobra, veo que mi vuelo de Bri­tish Airways ha sido cancelado, lo mismo que otra veintena o más. Indago, y finalmente me envían a una cola de no demasiados pasajeros (es la de clase business), en la que sin embargo me tiro tres horas de reloj, tres, hasta alcanzar uno de los dos mostradores, dos, en que nos atienden. Tres horas de pie (no quiero ni imaginar cuánto les tocaría esperar a los de clase turista), junto con gente que va a París, Roma, Ginebra… Cuando por fin llega mi turno, me ponen en lista de espera para un avión más tardío y me dicen que me acerque a una “zona” (vaga definición donde las haya), en la que, si tengo suerte, me llamarán por mi nombre. No falta mucho para que despegue ese segundo vuelo, así que lo habitual en estos casos: nervios, incertidumbre, el oído aguzado para reconocer mi apellido cuando alguien decida vocearlo, sin micrófono ni nada, con pronunciación sui generis. Al cabo de un rato se produce lo ansiado. Una joven semiafónica grita algo así como “Mr Yáviah Márias”. Suelto mi maleta en una cinta, me dan una carta de embarque, me apresuro por los pasillos con mi bulto de mano (una maletica mínima y medio vacía), en busca de la puerta correspondiente. Voy con el tiempo justísimo, casi a la carrera.

Pero ah, hay que pasar el control, desde luego. En una bandeja deposito abrigo, chaqueta, cinturón, monedas. En otra, la maletica. Ambas son consideradas sospechosas y, en vez de seguir su curso recto, las desvían. Como si no hubiera el caos que hay en Heathrow tras tantas cancelaciones; como si la gente no llevara horas aguardando y haciendo colas; como si los pasajeros contáramos con todo el tiempo libre del mundo, los encargados de seguridad se lo toman con calma. Nadie hace caso de mis dos bandejas apartadas, durante varios minutos. Por fin un tipo calvo y de aspecto raquítico se me acerca con ellas. Ignoro por qué levantaron sospechas mi abrigo y demás, sobre eso no se me interroga. “Hay que abrir la maletica”, dice. “Adelante”, y se la abro. De mala manera, empieza a inspeccionar los pocos objetos que hay en ella, uno por uno. Coge un cenicerito con tapa que llevo siempre, por si acaso. “Esto qué es”. “Un cenicero”. “Es metálico”, observa con tono levemente acusatorio. “Sí, es metálico, ya lo ve”. “¿Y esto?” “Para medir la tensión” (mi médico, el Doctor Vidal, me obliga a controlármela). “¿Y esto?” “Ya lo ve, un reloj despertador de viaje”. Lo abre, lo mira, le pasa una especie de cepillito por encima, como a un par de libros, que además olisquea. “¿Y esto?” “Un adaptador”, es decir, lo que yo siempre he llamado un ladrón, que, cuando viajo al Reino Unido, me permite utilizar los enchufes continentales de dos clavijas (allí tienen tres). Ahora rebusca en el neceser. El de los líquidos, tijeritas, cuchillas y otras armas de destrucción va en la maleta facturada. En este otro, sólo cosas inocuas. Pero una botellita mínima de plástico, de nueve centímetros de alto (luego permitida) y medio vacía, lo alarma. Se la acerca a una compañera, para que la huela. Y allí veo a los dos, a distancia, tratando de oler el contenido, una escena ri­dícula. Se me aproxima de nuevo. “¿Qué es este líquido?” Se me ha olvidado el término inglés (no es raro, compruebo luego en casa que es difícil de recordar: “hydrogen peroxide”). “¿Cómo es en su lengua?”, pregunta. “Agua oxigenada”, respondo. Lo repite varias veces como si le gustara el conocimiento adquirido. “¿No es alcohol?” “No. Olería si lo fuera”. “¿Para qué es?” “Para detener hemorragias. A veces me corto al afeitarme”. Estaba ya desesperado, iba a perder el segundo vuelo. “Quédeselo. ¿Puedo seguir ya?” “Agua oxigenada confiscated”, dictamina muy ufano. De mala manera arroja mis cosas a la maletica. La cierro y salgo corriendo, aún he de encontrar mi puerta de embarque.

En Madrid descubro que me faltan cuatro objetos: el cargador del móvil de viaje; el adaptador o ladrón. ¿Qué podía hacer en el avión con tan infernales instrumentos? En todo caso, el tipo calvo no los declaró “confiscados”. No los devolvió, sin más. Pero tampoco están la calculadora y mi bonito despertador Dalvey. Encima de desconsiderados, ladrones. Llevaba tanta prisa que nada comprobé. Uno solía confiar en las autoridades británicas, no era país de chorizos. Uno se pregunta cuántas cosas apetecibles no habrán requisado por las buenas algunos de estos individuos en todos los aeropuertos del mundo, abusando de su poder. ¿Un despertador es un peligro? ¿Desde cuándo? Al tipo le gustó el mío, eso es todo. Aunque sea una minucia, causa indignación. Cuánta más no han de causarnos las decenas de políticos y funcionarios corruptos con cuyas hazañas nos desayunamos a diario desde hace meses y meses. El abuso de autoridad es imperdonable, pero en él vivimos instalados.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 7 de abril de 2013

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