‘Un forastero en Lolitalandia’

 UFEL PORTADA

En principio, y como más o menos cabe deducir del título Un forastero en Lolitalandia es un viaje a la América de Nabokov y el más famoso de sus personajes, Dolores Haze, más tarde llamada de casada Dolly Schiller, pero universalmente conocida como Lolita. Y de eso se trata, en efecto, de un viaje sentimental, como lo son este tipo de viajes, en pos de una quimera, o de una metáfora, o si se prefiere, de una realidad, palabra esta que sale mucho en el libro pese a que le pasa como al libro mismo, es decir, que no se parece mucho a lo que generalmente parece prometer.

Gregor von Rezzori era de ascendencia aristocrática siciliana y aunque su familia se instaló en Viena desde el siglo XVIII él nunca perdió el vínculo con sus raíces, hasta el extremo de casarse con una italiana, Beatrice Monti della Corte. Debido a los vaivenes de la política europea a lo largo de su vida (1914-1998) Rezzori nació bajo el Imperio Austrohúngaro para luego pasar a ser súbdito de la monarquía rumana y ciudadano soviético antes de instalarse en Italia, aunque vivió largas temporadas en Viena, Berlín y París. No es de extrañar que reconstruir su infancia le costase tres novelas, conocidas en España como La gran trilogía: Un armiño en Chernopol. Memorias de un antisemita. Flores en la nieve (Anagrama, 2009).

Él se consideraba un desarraigado, y ése fue uno de los rasgos que lo identificaban con Nabokov aunque leyendo el presente libro se advierte que los vínculos eran mucho más profundos y determinantes. En algún momento, mientras vaga por los espacios infinitos americanos, Rezzori reflexiona que tanto Nabokov como él habían perdido algo que iba mucho más allá de un punto concreto en el globo: habían perdido la realidad. E insiste: al igual que en su día le pasó a Nabokov, él iba a tener que inventarse una América que habría de corresponderse de algún modo con la realidad. Sin embargo, al llegar a la página 37, el lector puede hacerse una idea del enorme trabajo que queda por hacer porque Rezzori, explicando los motivos de su viaje, dice: “Me invadió el deseo de cruzar esos interminables espacios habitados, según me imaginaba yo, por búfalos y rascacielos, pieles rojas en mustangs, gángsteres con sus mujerzuelas, negros tocando jazz en sus saxofones y también por Buster Keaton”. Ya te digo.

Para acabarlo de arreglar, Nabokov siempre hizo gala de una coquetería rayana en la soberbia frente a los intrusos que pretendían descubrir la realidad a partir de lo que tanto trabajo le había costado a él crear literariamente. Con respecto a las ciudades y paisajes “reales” que le sirvieron de inspiración para los viajes de Humbert Humbert y Lolita, el taimado expatriado ruso se despachaba a los pesadísimos curiosos enviándolos al Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard. Según él, bastaba con anotar los lugares donde él había cazado sus mariposas para saber por dónde se había movido él y cuáles habían sido sus modelos. Pero claro. Si sus textos están plagados de trampas y guiños, cómo hacerle caso en las entrevistas cuando está claro que sólo pretende borrar pistas, y ahí están sus respuestas cuando los pesados de siempre trataban de sonsacarle el modelo “real” que le inspiró su famosa Lolita: “Utilicé el brazo de una niña pequeña que vino a visitar a mi hijo Dimitri, y la rótula de otra”. Con esas pistas tan falaces no es de extrañar que los fanáticos le hayan encontrado docenas de posibles modelos, hasta el punto de que Nabokov, hablando en serio por una vez, hubo de negar rotundamente que hubiese estado acosando niñas pubescentes por todo América. Es más, decía, ni siquiera le gustaban las nínfulas (palabra inventada por él y que, por cierto, el Diccionario de la RAE todavía no ha incorporado, con lo bonita que es). Aun así, y aunque el propio Rezzori sabía estar cazando mariposas fantasmagóricas, de los 43.000 kilómetros que recorrió Nabokov en pos de sus propias mariposas, él se hizo 21.000 kilómetros, siempre en plena batalla entre lo que supuestamente vieron Humbert Humbert y Lolita y lo que veía él, cuarenta años más tarde. En algún momento insinúa que está persiguiendo el rastro de un amor sin esperanza de la Europa clásica por la joven, seductora y bárbara América. Pero su metáfora más elaborada le surge cuando contrapone a Lolita con esas mariposas que empiezan siendo un gusano repulsivo para salir de la crisálida convertidas en un ser sutilmente delicado, etéreo y adornado con colores maravillosos. Entre la nínfula de las primeras páginas, que arrastra al infierno a quien desea poseerla, y el ama de casa sucia, sudorosa y embarazada del final del libro se desarrolla una de las narraciones más fascinantes de la literatura del siglo XX. Y entre Zadie Smith con su prólogo, Javier Marías con el epílogo y Gregor von Rezzori con el relato de su viaje se las arreglan para que el lector esté deseando terminar el libro para salir corriendo en busca de su viejo y, casi seguro, muy baqueteado ejemplar de Lolita.

JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

El Boomeran(g), 29 de enero de 2013