Dónde quedó la ilusión del 82

La Transición pareció un tiempo iluminado, pero fue de plomo: asesinatos, secuestros, incertidumbre. En 1981, un golpe de Estado. Un año más tarde, 1982, en diciembre, asume por primera vez el poder un Gobierno socialista. Treinta años después, otra vez, como cuando aquel resplandor empezó a nublarse, el desencanto. ¿Qué ha pasado?

Treinta años después, algunos de aquellos que entonces tenían más o menos treinta años creen que se amortiguó el entusiasmo.

[…]

1359111592_485415_1359112697_album_normalHace 30 más o menos, Javier Marías, el autor de Tu rostro mañana, tenía 30. Al acabar la década de los ochenta le pidieron un artículo sobre ese tiempo. Lo tituló La edad del recreo y terminaba diciendo: “Los echaremos de menos”. “Fue”, cuenta ahora, rodeado de libros propios y ajenos en su casa de Madrid, “una década que había pasado con poco prestigio porque se nos consideraba un poco tontos y frívolos. Recuerdo que decía que fue una década en la que se había descansado de los intensos años setenta. Era verdad, al menos en España: la gente se había dedicado en gran parte a embellecerse y a cultivarse. Sigo echándolos de menos”.

La situación “era totalmente distinta a la que estamos viviendo desde hace unos años. Para mí, probablemente por la edad que tenía, pero creo que también para todo el país, fue una época de gran ilusión y de gran esperanza. La victoria socialista en el 82 creó ilusión, no tanto por el hecho de que ganara Felipe González (para mucha gente sí), sino porque era la primera vez que ganaba un partido más o menos de izquierdas tras una tentativa de golpe de Estado”.

Pareció que caminábamos levitando. Hubo unos años, dice Marías, “en que la gente quería ser más culta, más educada, más participativa”. Eso duró unos años, “y luego parece como si hubieran dicho: esto cuesta mucho, esto es muy cansado, volvamos a ser brutos. Y en eso estamos”.

La política era una esperanza, ahora parece una rémora. “La política, no; los actuales políticos, más bien. Los que hemos padecido la dictadura y no teníamos partidos políticos porque estaban prohibidos hemos apreciado mucho que pudiera haber partidos y que hubiera políticos, que se hiciera política y que además estuviera en el lugar en el que debía estar, el Parlamento”.

Hace 30 años, ya era Marías un joven altamente considerado en la sociedad literaria. Treinta años más tarde, ¿cómo ve a los que tienen aquella edad ahora? ¿Qué piensa que pueden esperar? “Una cosa es lo que debieran y otra lo que están viendo que se les viene encima. Tengo sobrinos de esas edades y a uno le renuevan un contrato en la Universidad durante tres meses, luego a lo mejor se lo renuevan otros tres, o no… Otra sobrina se ha tenido que marchar a Alemania porque aquí de momento no encuentra nada. En todos los ámbitos está ocurriendo esto”.

Así que los jóvenes ahora “no tienen nada que ver en sus expectativas y en su ilusión con los jóvenes que teníamos 30 años o así en 1983. Quizá teníamos un punto mayor de inconsciencia, pensá­­bamos que ya veríamos y que ya saldríamos adelante… Con 30 años, todavía me sentía optimista en general; influía la efervescencia que había en el país, aún éramos jóvenes y confiábamos en que las cosas pudieran cambiar a mejor. La gente no tiene ahora esa sensación, y los jóvenes ya tienen menos confianza en ese posible giro de la fortuna con el que todos contamos en la vida, con el que claramente nosotros contábamos en los ochenta. Si acaso, ahora el giro es marcharse”.

La suya fue, se aventura a decir, “la generación de la ilusión”. Pero luego vino “la desilusión posterior, y en parte somos responsables también de ella”. Así que somos “la generación de la ilusión y la desilusión”.

[…]

Treinta años atrás, un estallido, la luz. Treinta años después, la sombra y la ira. Mirando hacia atrás, la sombra de la ira parece que se abre paso y empieza a cubrir aquel estallido.

JUAN CRUZ

El País Semanal, 27 de diciembre de 2013

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LA ZONA FANTASMA. 27 de enero de 2013. Contra el contagio universal

Es sabido que en una situación de miedo, susto, angustia, tristeza, odio, abatimiento o cualquier otra cosa desagradable que se les pueda ocurrir, caben dos actitudes principales, grosso modo. Una es someterse al contagio, muy difícil de resistir y que a lo largo de la historia ha llevado a naciones a la locura, el pánico o la agresividad colectivas y por tanto a las mayores atrocidades. No son pocas las guerras y persecuciones, los exterminios que han empezado así, por contagio. A veces la infección se origina en unos cuantos individuos nada más, que inexplicablemente, sin embargo, suelen tener influencia y poder. De éstos se valen para extenderla a una inmensa parte de la población, que no sólo no se opone al esparcimiento de la enfermedad, sino que la abraza con entusiasmo, tentada por el precipicio y por la cómoda simplificación. La otra actitud consiste en sobreponerse al miedo, el susto, la angustia y demás, precisamente por ver al vecino poseído y atenazado por ellos. Sirva un ejemplo inocuo: los que lo pasamos mal en los aviones tememos y deseamos a la vez que en el asiento contiguo nos toque un pasajero aún más aterrorizado, incapaz de disimular su aprensión. Uno de esos hombres o mujeres que se santiguan antes del despegue, más por superstición que por devoción; que clavan las garras en los brazos de la butaca y desde el primer instante nos transmiten su tensión; que pasan nerviosamente las páginas de un diario, un libro o una pantalla sin lograr leer una línea; que se sobresaltan al menor ruido nuevo y escrutan las expresiones de las azafatas en busca de indicios de anomalía o de normalidad. Puede que su palpable pánico nos contagie y aumente nuestra natural inquietud, y que acabemos el vuelo con la ropa tan arrugada y tan despeluchados como nuestro vecino o vecina: las medias con carreras, la corbata torcida y desanudada, la falda en el ombligo, el pelo como si hubiéramos viajado en un descapotable a toda velocidad. Pero también cabe que, al ver a alguien más despavorido que nosotros, nuestro temor amaine por contraste; que su comportamiento nos parezca tan desmesurado que reaccionemos distanciándonos de él, haciendo acopio de serenidad y sobriedad. Ante un semejante más triste que nosotros, podemos dejarnos arrastrar por su pena y sumarnos a ella multiplicándola, o bien sentirnos impelidos a mitigársela y tratar de alegrarlo. Lo mismo con los demás sentimientos o sensaciones que he enumerado al principio.

Nunca he sido muy optimista, creo, pero en los últimos tiempos me sorprendo al verme animando a la mayoría de las personas con las que hablo. El panorama es tan oscuro que el contagio general resulta casi inevitable. La queja y la preocupación continuadas, el pesimismo insistente, la subida abusiva de los precios de todo junto a la bajada de los salarios, la huida de los jóvenes, el paro que aumenta a insoportable ritmo desde que nos gobierna Rajoy, los despropósitos de sus ministros lunáticos, las insidiosas amenazas de Mas (cuya política es tan idéntica a la del PP que no se entiende por qué quiere separarse ahora; será que se siente incómodo como los gemelos univitelinos), todo ello es sumamente contagioso, se hace arduo sustraerse a sus efluvios nocivos y no seré yo quien culpe a nadie de hundirse en la desolación. Pero es tanta la que nos rodea que, aunque sólo sea por cansancio y por preservar un poco el espíritu, de pronto uno se encuentra, quizá en contra de su proclividad, alentando a familiares, amigos, conocidos; al peluquero, a la farmacéutica, al librero, a la pastelera, al jubilado, al colega y a todo dios. Los ve tan mohínos o angustiados que, sin mucha base ni argumentos, se descubre diciéndoles una y otra vez aquello de Cervantes: “Paciencia y barajar”, que ya vendrán cartas mejores. O bien: “Ningún Gobierno es eterno, y el actual tiene ya el tiempo contado, tan mal lo está haciendo y tanto se está enajenando a los ciudadanos a fuerza de ir contra ellos y nunca a su favor. Aunque el PSOE esté para el arrastre, serán los votantes quienes lo obligarán a ponerse en pie; y si no, a otro partido, tanto dará. La gente querrá deshacerse a toda costa de estos caballos de Atila. Si ya está hasta el gorro al cabo de un año, imagínese dentro de tres más de destrozos y humillación”.

Cada vez que oigo a alguien decir que, pese a todo, le va bien en lo que sea, lejos de mirarlo con desconfianza o inquina, como hacen muchos, me dan ganas de estamparle un par de besos de gratitud. (Siempre que no sea banquero, claro.) Qué alivio escuchar eso en medio de la jeremiada nacional. El contagio es tan abrumador que casi se juzga mal –como a un irresponsable o a un desaprensivo– a quien se atreve a confesar que aún se salva de la quema; que no puede evitar no desesperarse; que, a pesar de las perspectivas, piensa que en peores circunstancias nos hemos visto (lo sabemos los que vivimos bajo el franquismo) y que de ellas nos sacaron o conseguimos salir. Para mi estupefacción, me estoy convirtiendo en uno de esos irresponsables o desaprensivos. Hablo de mi vida privada, no de las columnas que escribo aquí, que cada semana salen como salen, y a veces ni siquiera me explico que salgan. Me disculpo ante los agoreros o descorazonados, a los que no faltan motivos para serlo o estarlo. Pero mi agradecimiento, mi admiración y mi afecto se dirigen ahora hacia los valientes simpáticos que no se dejan contagiar.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 27 de enero de 2013

Doblemente aceptables

Mala índoleEn un volumen se reúnen todos los cuentos que escribió Javier Marías a lo largo de su vida, a excepción de los que él mismo consideró inaceptables para volver a ser publicados. Así, en Mala índole pueden hallarse tanto cuentos “aceptados” por los otros como los considerados “aceptables” por el propio autor. Lo que es indudable es que, en las dos categorías, los temas del doble y los fantasmas son predominantes en una producción que resulta descollante en el marco de la narrativa breve española contemporánea.

En uno de los relatos de este libro se menciona una de esas verdades muy sabidas pero, por pudor, muy poco expresadas: la tremenda dificultad de los españoles por aprender idiomas y, sobre todo, por pronunciar el inglés. En la misma línea de sinceridad, hay que decir también que los escritores españoles contemporáneos, salvo honrosas excepciones, tampoco se destacaron demasiado a la hora de escribir cuentos. Desde la Guerra Civil, las mejores expresiones literarias pasaron, claramente, por la poesía y la novela, relegando al cuento a historias bastante pobres, moralizantes, excesivamente sentimentales y de un convencionalismo rayano en el lugar común y el aburrimiento. En ese contexto se destaca la aparición de Mala índole, volumen que reúne casi la totalidad de los cuentos escritos por Javier Marías a lo largo de toda su vida, y que fuera nombrado hace poco mejor libro de cuentos de 2012 por los lectores de El País y también uno de los mejores libros del año pasado según La Vanguardia.

Hijo del filósofo Julián Marías, Javier es uno de los escritores más importantes de España, miembro de la Real Academia Española desde 2006 y un candidato natural a ganarse el Nobel en el futuro, a pesar de las polémicas que viene acumulando con cineastas que versionan mal sus películas, y con el mismo Jorge Herralde, a partir de lo cual decidió borrar ese premio de su biografía oficial. Javier Marías es, definitivamente, un novelista. En los últimos años, de hecho, se embarcó en esa bestia literaria que fue el megaproyecto de Tu rostro mañana, novela monumental en tres volúmenes, y la exitosa Los enamoramientos (donde una pareja enamorada que desayunaba todos los días en el mismo bar, desaparecía misteriosamente hasta obsesionar a María Dolz, la protagonista) vendió más de 150 mil ejemplares sólo en España y está empezando a romper los records de traducción.

Sin embargo, Marías es un novelista fuertemente marcado por el cuento: su llegada a la literatura coincide, en cierta forma, con la temprana muerte de su madre, quien solía leerle en su tierna infancia un cuento que nunca volvió a encontrar de adulto, ni siquiera en el mundo totalizador de Internet: “El castillo de irás y no volverás”. Y lo primero que escribió, cuando tenía sólo quince años, fue precisamente un relato.

Mala índole reúne treinta relatos divididos entre “Cuentos aceptados” y “Cuentos aceptables”. La honesta clasificación responde a que los primeros relatos aún lo enorgullecen y los segundos lo avergüenzan un poco, pero no lo suficiente como para excluirlos, como sí ocurrió con los “Cuentos inaceptables”, que no figuran en este libro, la mayoría escritos hacia 1968, tres años antes de que apareciera Los dominios del lobo, su primera novela.

Muy cerca del género del cuento inglés, y a veces del latinoamericano, pero irreconciliablemente distanciado del relato español, estas historias tratan en general de dobles y fantasmas, en toda la gama imaginable de variantes. Dobles en el sentido clásico y tradicional borgeano, o al estilo Poe, como sucede sobre todo en “Gualta”, en el que el protagonista se encuentra con Xavier de Gualta, un catalán idéntico a él, pero no sólo en lo físico, en lo gestual o la manera de pensar. Una persona idéntica incluso en lo que hace al trasfondo, en el potencial, idéntica en cada uno de los pasos, movimientos y cambios que puede provocar para dejar de parecerse a él, como dos imanes que, hasta el infinito, mientras más intentan separarse, más se juntan.

Pero, sobre todo, el aporte de Marías es que hace una síntesis de ambos temas: dobles que son fantasmas y fantasmas dobles. Eso sucede, por ejemplo, en el extraordinario “La dimisión de Santiesteban”, en el que un mediocre asalariado de un instituto se obsesiona con un misterioso fantasma que se deja oír cada noche a las 21.45 (da siete pasos primero, abre la puerta después y, por último, hace ocho pasos para regresar) y deja al otro día, de manera invariable, una carta de dimisión, de renuncia a un puesto que nunca explica ni deja claro cuál es. Cuanto más le pide su superior que olvide el asunto, Mr Lilburn más se rompe la cabeza para resolver el misterio hasta que su ansia de triunfo y venganza lo impulsa a inventar una solución perfecta.

Otra aparición fantasmagórica tiene lugar en el también extraordinario relato “El viaje de novios”, en el que una pareja pasa una noche de vacaciones en un hotel de Sevilla, atentos a un problema de salud de la mujer, hasta que desde el balcón el hombre divisa a otra mujer hermosa y enigmática que, apenas lo ve, empieza a llamarlo furiosa, a insultarlo por haber subido a su habitación y no ir a buscarla tal como habían quedado. El hecho de que el hombre nunca la haya visto antes, y la manera en que eso se advierte, otorga al relato una potencia abrumadora.

La obsesión –pariente directo de dobles y fantasmas– hace su gran aparición en “Mientras ellas duermen”, otro de los relatos destacados del libro: un hombre mayor está a tal punto prendado de la belleza de su mujer que no deja de filmarla ni un instante, incapaz de poder ver cualquier otra cosa que no sea ella. La obsesión por eternizar la belleza de su mujer también lleva a resoluciones inesperadas.

“Mala índole”, el relato que da título al libro, es casi una nouvelle protagonizada por Ruibérriz de Torres, personaje habitué de varias novelas de Marías, y da cuenta de la locura y el pánico durante el rodaje en Acapulco de una película protagonizada por un frágil Elvis Presley.

Es notable la cantidad de repeticiones, semejanzas y simetrías que hay en cada uno de los relatos del libro, como si el tema del doble también hubiera invadido la propia escritura: eso sucede, por ejemplo, en los respectivos finales de los prólogos de Marías a los dos volúmenes de cuentos publicados, hasta ahora, Mientras ellas duermen y Cuando fui mortal. Con su notable combinación de asesinos que siempre anuncian sus crímenes y narradores que amenazan con no contar lo que saben, Mala índole es una brillante y lúcida oveja negra, una rara excepción dentro del mapa del cuento español contemporáneo.

JUAN PABLO BERTAZZA

Página 12 (Radar Libros), 20 de enero de 2013

Entrevista de fútbol

“En una novela, lo más importante que le podría pasar a un futbolista ocurriría fuera del campo”

untitledLa polivalencia sobre la hoja en blanco de Javier Marías es tal que siempre sabe cuándo ralentizar la acción para controlar el tempo o cuándo dotarlo de un ritmo endiablado. Esta visión periférica, sumada a su técnica magnífica, convierte a este escritor en un as de la literatura contemporánea. Precisamente de sus homólogos balompédicos habla el madridista a lo largo de este cuestionario.

Por JUAN CHECA

                                   Panenka, n. 15, enero de 2013

LA ZONA FANTASMA. 20 de enero de 2013. Más idiotas de lo que parecen

Nuestros políticos y prohombres son más idiotas de lo que se ve a diario y a primera vista, que ya es una permanente exhibición de idiocia, acompañada de sinvergonzonería las más de las veces. No les costaría nada ser un poco más astutos y guardar las apariencias, no sólo resultaría beneficioso para ellos sino para el conjunto de la población. A fin de año Rajoy pidió paciencia y comprensión. ¿Todavía más? Infinitas las ya tenidas con un Presidente que ha incumplido todas sus promesas electorales y ha impuesto una reforma laboral de la que dice sentirse satisfecho pero que ha añadido medio millón de parados desde que él ocupa su asiento; que ha bajado los sueldos de los funcionarios rasos y ha encarecido la educación, ha agravado el desplome del consumo y del comercio, ha convertido a los frágiles en menesterosos (pensionistas, discapacitados, enfermos crónicos) y ha impulsado a emigrar a millares de jóvenes con estudios superiores; que permite el aumento de los precios de todo mientras empuja los salarios hacia el subsuelo; que rescata bancos y cajas desastrosos o fraudulentos con el dinero de los contribuyentes y a éstos los acogota en agradecimiento; que se dedica a privatizar lo erigido entre todos y se niega a gravar más las SICAV para así no mermar un ápice las fortunas de los acaudalados; que amnistía a los grandes defraudadores y persigue a casi todos los demás; que miente sin cesar.

En medio de tanto abuso, lo astuto por parte de los políticos y prohombres sería hacer algún gesto, aunque a efectos reales sirviera de poco y ahorrara menos; renunciar a prebendas, anunciar que también ellos van a sacrificarse. Ha habido cierta polémica por las palabras del nuevo Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Moliner. Este señor se lamentó en televisión de que, siendo él por su cargo la cuarta autoridad del Estado, se lo obligara a viajar en clase turista. Aseguró que personalmente no le importaba, pero que causaba mal efecto que se viera en dicha clase a tan altísimo dignatario. La pregunta es: ¿que lo viera quién? ¿Las personas que lo fueran a recibir a la estación? Porque en los aeropuertos nadie sabe qué asiento ocupaban los pasajeros cuando éstos por fin acceden al vestíbulo en que se los espera. ¿O quizá los compañeros de viaje y las azafatas, que al verlo murmurarían: “Pobre diablo, el Presidente del CGPJ, que va en turista como un ganapán, qué cutrez de país”? Moliner debe de pensar que todo el mundo lo reconoce y sabe no sólo quién es, sino qué funciones ejerce. Lamento decepcionarlo: puede que un día sea así, si sigue saliendo en televisión, pero hoy casi nadie se volverá por la calle al cruzarse con él. Yo mismo, que no me considero muy desinformado, no tengo la menor idea de cuáles son sus facciones.

Algo parecido deben de pensar todos y cada uno de los parlamentarios: que son archifamosos y que todo dios los reconoce y los mira. De otro modo no se entiende que, en esta época de privaciones y recortes brutales, el Congreso haya decidido que todos los diputados participantes en delegaciones internacionales vuelen siempre en clase preferente, y en clase club o similar cuando se desplacen por ferrocarril. ¿En verdad creen estos parlamentarios grises, oscuros, obedientes a las consignas de sus respectivos partidos, uniformes, invisibles, gregarios, que – salvo alguna rara excepción– alguien va a saber quiénes son al coincidir con ellos en un avión o en un tren? Además de idiotas han de ser megalómanos y carecer de sentido de la realidad. Uno de esos portavoces del PP con aspecto de carterista o de maquereau (empleo la palabra francesa porque la española “chulo” es demasiado amplia) se avino a explicar el porqué de esta resolución: “No, es que me han dicho, no sé yo, ¿eh?”, dijo, “que en realidad sale más barato que viajen en business, porque así ocupan plazas que quizá quedarían libres si no, y no otras que sí cogería la gente”. Bueno, ya lo he dicho: un carterista, un timador.

Pero no es sólo esto: mientras los enfermos crónicos han de pagarse sus ambulancias y los jubilados ven menguar su poder adquisitivo, las “fundaciones” de los partidos acaban de recibir subvenciones por valor de dos millones y medio de euros, para sus “estudios”, “seminarios”, “informes” y demás zarandajas vitales. La FAES de Aznar se ha embolsado así como medio millón, y la Pablo Iglesias del PSOE se habrá conformado con poco menos. Pero también han percibido fondos públicos las de las purísimas IU e ICV, lo mismo que las vinculadas a esos partidos que hoy no quieren saber nada de España, CiU y Esquerra, los cuales, como ha señalado Jiménez Villarejo, el antiguo Fiscal Anticorrupción, no han tenido inconveniente en estrechar la mano de su denostado Wert cuando ésta venía con billetes de subvención. (Añádase que a los partidos, el pasado año, se les entregó unos setenta millones para “gastos de funcionamiento y de seguridad”.) ¿Son señores como estos los que piden paciencia y comprensión, mientras no son capaces de tener el gesto –demagógico si se quiere, pero astuto al fin– de ir en turista cuando el viaje se lo pagan los ciudadanos, o de renunciar al dinero que reciben sus estúpidas fundaciones inútiles? Ningún “estudio” ni “seminario” salidos de éstas será más vital que el sueldo que los funcionarios rasos dejarán de percibir por su causa. Sí, por fuerza han de ser idiotas, si ni siquiera saben fingir que predican con el ejemplo.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 20 de enero de 2013

La América de Humbert Humbert

UFEL PORTADA
Un forastero en Lolitalandia

En  1987, cuatro décadas después de publicarse Lolita, Gregor von Rezzori se propuso visitar algunos de los escenarios de la huida hacia adelante que sus protagonistas realizaron en coche por carreteras estadounidenses. Si Humbert Humbert buscaba retener a su nínfula a su lado a toda costa, y si Nabokov tuvo en la caza de una mariposa azul pálido, a la que acabó bautizando, la aspiración más gozosa de su vida, Von Rezzori  pretendía someter la fulgurante América de su imaginación a la cruda prueba de los sentidos. Igual que en la novela, el espacio dedicado a esa fuga demente es escaso pero resuena con estruendo en el recuerdo del lector, las 39 páginas de esta crónica de 21.500 kilómetros “a lo largo y ancho de la abigarrada colcha de América” sintetizan tantas miradas, capas de sentido y juegos metaficcionales que devienen una suerte de coda también magistral. Al atravesar Lolitalandia en el automóvil del autor, uno observa tras los cristales el retrato del genial y pedante Nabokov, agudos comentarios de texto sobre Lolita, análisis comparativos de esta con la obra en marcha –a la que llega a imponer algunos de sus códigos narrativos y formales-, reflexiones acerca de la irrealidad y el simulacro que desprenden el paisaje y la cultura circundantes, que prefiguran el inminente America de Jean Baudrillard, y un intento de respuesta a la trascendente cuestión de qué nos queda tras un viaje . ¿Alguien da más? Sí. Esta misma edición incluye un ensayo de Zadie Smith a la altura de la virguería que prologa.

ANTONIO LOZANO

Qué Leer, enero de 2013

LA ZONA FANTASMA. 13 de enero de 2013. Mi anciano ídolo

Entre los reproches más frecuentes de nuestro tiempo y que encuentro más incomprensibles están el de ser “eurocéntrico” y el de adoptar un punto de vista masculino. Hace ya muchos años leí un fragmento de una novela mía en Múnich, que empezaba diciendo algo así como: “Cuando uno vive solo, y además en el extranjero…”, y luego seguían unas consideraciones que, en efecto, valían lo mismo para un hombre que para una mujer.  En el coloquio posterior una señora me echó en cara que el texto  dijera “uno”, dando por sentado que eso equivalía a “un hombre”, en vez de “una persona”, lo cual habría incluido también a las mujeres. Le respondí que el narrador era un varón –como el autor, aunque esto era secundario- y que habría resultado inverosímil que no pensara en sí mismo y en su experiencia al decir lo que decía, o que en una novela –no en un escrito burocrático o periodístico- se hubiera afanado por utilizar un léxico “neutro” e “incluyente”. La gente habla y piensa desde su subjetividad normalmente y por ello es lógico que un europeo sea “eurocéntrico”, no va a esforzarse a mirar la realidad con ojos chinos o panameños. Eso ya lo hacen el chino y el panameño, como debe ser, y probablemente nadie los regañe por eso.

Pero lo que se exige hoy a todo el mundo es que renuncie a su perspectiva, o que la deforme o la adapte. Que nunca condene lo que le parece bárbaro si pertenece a una religión, etnia o esfera  distintas de las suyas. Que no se burle de lo que le resulte chocante; es más, que ni siquiera manifieste extrañeza ante lo que le es ajeno y absurdo. Que respete cuanto hay y se da en el mundo, así lo encuentre disparatado, estrafalario o de una comicidad irresistible. O incluso atroz, en ocasiones. Tanto se nos ha forzado a todos a poner cara de póker ante cualquier costumbre que nuestra subjetividad juzgue extravagante, tanto se nos presiona para que prescindamos de ésta, que cuando alguien no hace caso de esas imposiciones soltamos la carcajada que llevamos años reprimiendo. Los dignatarios que viajan deben de pasarse media vida aguantándose la risa, sofocando el rubor y aplacando la irritación que han de causarles las numerosas ceremonias ridículas a que los someten sus anfitriones, no se sabe si para honrarlos o más bien para vejarlos. Cada vez que veo que salen unos a bailarle algo a reyes o a políticos o al Papa, por ejemplo, observo sus expresiones serias o atentas y me imagino que están pensando: “¿Cuándo va a terminar esta tabarra?”, o “Esperemos que no me den un puntapié en la cara, estos danzantes disfrazados de jenízaros (o de lo que toque)”. Al parecer tampoco pueden negarse a que les encasqueten gorros y sombreros raros, allí donde vayan, con el innegable propósito de que hagan el memo y salgan en las fotografías feos de cojones, como se dice muy vulgarmente. Mi retina se resiente cada vez que se le reaparece la imagen de Felipe González con un gorro peruano calado (de esos que tapan las orejas), alcanzado sin duda por su peor enemigo. Yo hace años que me juré no aceptar doctorados honoris causa, sobre todo en España, al ver que se humilla a los homenajeados colocándoles un espantoso birrete con cortinilla que hasta a Brad Pitt o a Beckham convertiría en adefesios.

Por todo esto es mi ídolo el marido de la Reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, que a sus noventa y un años lleva sesenta y cinco preservando su subjetividad heroicamente, gastando bromas amables y soltando lo que se le antoja. Hacía tiempo que no me reía yo solo leyendo la prensa hasta que la corresponsal Brenda Otero nos hizo un resumen de sus salidas en este diario. A la actriz Cate Blanchett, al informarle ésta que se dedicaba al cine, le consultó cómo arreglar su DVD; a un jefe aborigen de Australia le preguntó si todavía seguían lanzando flechas, y comparó el atuendo tradicional del Presidente de Nigeria con un camisón. A un hombre que había perdido una pierna lo instó a pasar ginebra de contrabando dentro del pie artificial; a unos estudiantes británicos en China les advirtió que si permanecían demasiado tiempo en ese país se les acabarían rasgando los ojos, y en una gala benéfica se tapó los oídos, atronado, durante la actuación de Alicia Keys. A una nonagenaria en silla de ruedas que se protegía del frio con un material parecido al aluminio no pudo evitar soltarle “¿La van a meter a usted en el horno?”; y al oírle decir a un parlamentario que representaba a la ciudad de Stoke-on-Trent, sólo se le ocurrió responderle. “Qué lugar más espantoso”. La Reina, aunque mucho más comedida, por fuerza ha de compartir su sentido del humor impertinente, y alguna vez lo saca a relucir: en la visita del Papa a Londres, al ver el “papamóvil”, se preocupó por Su santidad y los suyos: “Ese es un coche muy pequeño”, le dijo. “¿está seguro de que caben todos?”

imagesCuando vemos a alguien así en privado o en la ficción (el personaje de Maggie Smith en la popular serie Downton Abbey, por ejemplo), nos reímos y lo celebramos y lo agradecemos. Ya va siendo hora de recuperar un poco la subjetividad, de no ser tan ecuánimes con todo, de no poner cara de interés y respeto ante lo que a nosotros nos resulte excéntrico, chocante o risible. Me imagino la respuesta de mi anciano ídolo cuando lo riñeran por su comentario sobre el Presidente nigeriano: “Bueno, a mí me recordó a un camisón, qué quieren”.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 13 de enero de 2013

Reconocimiento a Javier Marías

getimageLa era Mourinho se ha acabado. Sólo falta firmar el certificado de defunción, que da igual si llega mañana, dentro de dos meses o en junio. El siniestro mourinhismo ya ha recibido la extremaunción y se dispone a vivir una destructiva agonía. Prepárense para asistir a una guerra civil sin precedentes en el club madridista; portugueses contra españoles, entrenador contra periodistas y el presidente contra todos, y por descontado sin dar la cara.

Se acaba una época y nos disponemos a vivir su estrépito final. Este cuento se acabará con una moraleja: por una vez, el malvado perderá y quedará ridiculizado, en un ejercicio de justicia poética que trasciende el fútbol y que se tendría que enseñar en todas las escuelas como un ejemplo de que quien la hace la acaba pagando.

Durante estos años, el bandolero ha perpetrado las fechorías más inimaginables, pero no crean que lo ha hecho solo. Se aseguró la cobertura aérea con un presidente que no sólo le permitió la serie de dedos en el ojo que le ha ido metiendo a todo el mundo, sino que en realidad ha sido el ideólogo de toda la estrategia perpetrada hasta hoy.

El Binomio del Mal ha intentado llegar a la cima por el atajo del juego sucio y ahora sólo les queda despeñarse por el barranco de la vergüenza. Durante años han propagado sus mentiras gracias a la inestimable ayuda de los palmeros de la capital, que iban ovacionando acusaciones de dopaje, supuestas ayudas arbitrales, entradas delictivas de Pepe y compañía, y cualquier argucia que sirviera para justificar que, para ganar, todo vale.

Esa maquinaria, bautizada en su día por Pep Guardiola como la “Central Lechera”, agoniza en paralelo a su equipo, porque en realidad le pasaba exactamente lo mismo que a Mourinho: no tenía ningún proyecto propio. En absoluto. Era sólo un anti. Anti-Barça, anti-Guardiola, anti-Messi, anti-fútbol.

En medio de este océano de porquería y martingalas, ha habido pequeñísimos focos de resistencia, minúsculas islas de decencia y dignidad que se han negado a someterse a la dictadura del Imperio del Mal. Héroes que han sido ridiculizados y no se han dejado amordazar cuando los fanáticos del resultadismo cabalgaban montados en la última victoria de turno. De todos ellos, el más precoz y el más valiente ha sido Javier Marías, que denunció exactamente desde el primer día de su fichaje la degradación moral que representaría la llegada del entrenador portugués para su querido Real Madrid.

Porque Marías, además de ser uno de los grandes escritores vivos del mundo, es ante todo un madridista irreductible y un hombre libre. Intuyó el desastre que se avecinaba al club del Bernabéu y se ha pasado años denunciando esta tragedia del fútbol, en la victoria y en la derrota, en medio de una soledad atroz y sin más arma que su inteligencia y su independencia.

Ya en 2010, Marías escribió: “Mourinho es una figura deprimente y triste, y muy poco inteligente. Es el prototipo del entrenador  antimadridista”.

¿Alguien le acabará pidiendo perdón?

ERNEST FOLCH

El Periódico de Catalunya, 24 de diciembre de 2012

LA ZONA FANTASMA. 6 de enero de 2013. El señor Benet regresa un rato

Uno de los efectos de la muerte de alguien querido, con el que no se cuenta cuando muere, es que a medida que pasa el tiempo (a medida que se lo sobrevive), se comparte con él cada vez menos. Apenas tiene que ver el mundo actual con el de hace treinta y cinco años, el del 24 de diciembre de 1977, en cuya madrugada se despidió mi madre. Se han cumplido siete, el 15 del mismo mes, del adiós de mi padre, y nada es demasiado distinto de lo que él llegó a ver, pese a la rapidez y la enfermiza impaciencia de nuestra época. Uno tiene la sensación de que, si él volviera, aún podría incorporarse sin muchos problemas. No así mi madre, a la que habría que explicar un largo periodo de cambios. Ella seguramente diría: “Este lugar no es el mío, aquí no pinto nada”, y regresaría con cierta conformidad a su hueco en el pasado.

“Si volvieran”, he dicho, como si eso fuera posible. A veces lo es, en los sueños. En ellos se ve de nuevo a las personas hace tiempo borradas de la faz de la tierra. Sus imágenes se aparecen vívidas, con una presencia tan real como la que tuvieron en su vida; se habla con ellas, se las oye reír, se discute. Así que “vuelven”, en efecto, a nuestra conciencia aletargada, y en ese extraño territorio se escuchan sus voces y se ven sus rostros con tanta nitidez como cuando compartíamos el presente con ellas. Tengo amigas que perdieron a sus progenitores varones hace mucho o bastante, por los que sentían debilidad o que fueron lo único que tuvieron. Cuando sueñan con ellos no olvidan enteramente que algo malo les pasó y que murieron;  porque al aparecérseles en esos sueños, con toda su corporeidad y vitalidad recuperadas, les dicen: “Ay, qué bien, que estás aquí y estás sano”.  Las engaña la conciencia dormida, pero mientras ésta domina es la realidad la que se percibe con alucinación o pesadilla, con falsedad y error del entendimiento. Suelen despertarse con lágrimas en los ojos, sin duda con la misma sensación del ciego poeta Milton cuando soñó con su mujer difunta y escribió ese verso que he citado a menudo: “And day brought back my night”. “Y el día hizo regresar mi noche”.

images (1)Aunque sólo sea por eso, por esas incursiones oníricas en la esfera de los muertos –o son ellos los que se adentran brevemente en la nuestra-, es imposible no fantasear con la posibilidad de un encuentro. Ayer se cumplieron veinte años de la muerte de Juan Benet. Mucho lo admiré como escritor, pero lo echo de menos sobre todo como amigo y guía. Me llevaba veinticuatro y se detuvo a los sesenta y cinco, luego todavía sigue siendo mayor, en mi recuerdo, de lo que lo soy yo ahora, aunque ya no estoy lejos de su edad de entonces, la definitiva o congelada. El mundo al que él asistió no es tan remoto como el que abandonó mi madre, pero veinte años son ya demasiados para suponer que, si Benet volviera, sería capaz de subirse al presente sin esfuerzo ni desagrado; sin que hubiera que explicarle demasiadas cosas para ponerlo al tanto de nuestras circunstancias. El 5 de enero de 1993 no había Internet ni móviles ni DVDs ni libro electrónico. Aún gobernaba aquí Felipe González, y en los Estados Unidos acababa de ser elegido por primera vez Bill Clinton; faltaban ocho años para los atentados de las Torres Gemelas. Basten estos tres ejemplos para hacerse una idea del tiempo transcurrido. “Caramba”, diría tal vez Benet en ese hipotético encuentro, o ya soñado. “Sí que me he perdido cosas. O me las he ahorrado”. Pero lo más probable es que se interesara por lo personal, que es lo que en verdad tiene importancia: ¿Qué es de este, qué es del otro?” No siempre habría sabido responderle, a algunas de nuestras amistades comunes les he perdido la pista. Me alejé o se alejaron. “¿Y tú? ¿Qué has hecho? ¿Has seguido escribiendo?” “Sí unos cuantos libros más”. “¿Y qué tal?” “No me quejo”, le habría contestado, “pero lamento no saber qué te habrían parecido. No vive nadie cuya opinión respete tanto”. “¿Y los mío?”, acabaría por preguntarme antes o después, supongo, no hay autor al que no le intrigue algo la duración de lo que ha escrito. “Para lo rápido que olvida esta época, no puedes quejarte. No se te lee mucho, pero eso fue así siempre. Tampoco a Faulkner tu maestro, no te creas. Pero se reeditan tus textos, y se te recuerda más que a la mayoría de tus coetáneos. En parte por lo mucho que te detestaron algunos, eso ayuda. No es la manera más grata de perdurar, pero en España ayuda. Y somos bastantes los que estamos en activo y hablamos de ti cuando hay ocasión: el Profesor Rico, que te añora lo indecible; Félix y Vicente y Eduardo y el Pere, y Daniella y Sarrión y Cruz y Manolo; y Marisol y Mercedes y Peche, que yo sepa, en privado. Te tenemos bien presente. Te admiran unos pocos novelistas jóvenes. Y hasta se han publicado inéditos que tú querías mantener a resguardo y parte de tu correspondencia”. Me imagino su desconcierto ante esta última noticia: “¿Tan antiguo me he hecho como para que eso interese a nadie? No sé si sentirme halagado o deplorarlo. Debo de ser pasto de estudiosos y profesores, qué lata”. “Murieron el tito Jaime, Pradera, Natacha y Chamorro”, le informaría. “Lo sé, por aquí andan, en el pasado. A los que seguís ahí no os deseo mal alguno, pero tampoco os hagáis centenarios. A ver si compensáis a estos cuatro, que sólo me dan la pimporrada”. Esa palabra se la he oído sólo a él y a quienes estuvimos cerca. Es Benet, sin duda, que ha vuelto un rato tras veinte años.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 6 de enero de 2013

Juan Benet, 20 años de su muerte

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Javier Marías habla de Juan Benet
”El técnico y el sentimental”

Los artículos de Juan Benet siguen vigentes a los 20 años de su muerte

Hace veinte años que murió Juan Benet, autor de obras que han pasado a la historia de la Literatura española como Volverás a Región o Herrumbrosas lanzas, y su obra y su pensamiento, que el madrileño no escatimó compartir en sus artículos de prensa, siguen hoy “igual de vigentes” que entonces. “Siempre dijo que escribía para sí mismo, que no pensaba ni en el lector ni en el editor ni en nada; de hecho, creía que tenía mucha suerte cuando alguien le llamaba para editarle algún libro suyo”, recuerda su hija Juana en una entrevista con Efe.

Juan Benet está considerado como uno de los novelistas más originales de la narrativa castellana contemporánea y un gran estilista, aunque para algunos su obra resulta oscura y difícil. Sobre todo, se le conoce por su escritura, pero también fue Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y su profesión “le encantaba”. Juana cuenta que nunca le gustó el concepto de “intelectual comprometido”, pero recuerda que “como individuo español, opinaba mucho: de política, sociedad, de todo lo que pensaba que merecía una opinión”. Y sus artículos tienen hoy mucha vigencia. Recuerda Juana algunos escritos sobre la crisis de 1984, “cuando estaban los socialistas en el poder, que te valen para hoy”, u otro sobre una presunta prohibición de fumar en sitios públicos, que se hubiera podido “publicar hoy mismo”.

Con esa mente visionaria de la que habla su hija, Benet ya apostó en la conferencia inaugural de la XVIII Semana de la Carretera, en la Sevilla de la Expo 1992, por un concepto de la gran metrópoli del siglo XXI como una “necesidad indeseada y creada por una voluntad superior a la del individuo”. El escritor se mostraba convencido de que los ciudadanos del siglo XXI (a los que no llegaría a conocer) “serán capaces de hacer todo lo que esté en su mano para no habitar en la metrópoli o para huir de ella en cuanto hayan cumplido con las necesidades que le retienen allí”. Nada de visionario tuvo el título de su primer libro que vio la luz, una colección de relatos titulada Nunca llegarás a nada, en 1961. Porque Benet se reveló como un gran narrador con su primera novela, Volverás a Región, publicada en diciembre de 1967 tras años de elaboración, muchos rechazos y varias reescrituras, hoy de obligada lectura en el bachillerato. Su producción abarcó novelas, ensayos, colecciones de artículos, obras de teatro y relatos por los que recibió varios premios. Fue propuesto varias veces como candidato a la Real Academia Española de la Lengua, pero en ninguna ocasión obtuvo suficientes votos.

Javier Marías, un escritor que se reconoce discípulo de Benet, afirma en una entrevista publicada en la prestigiosa revista de cultura Jot Down que Benet fue para él “un maestro vital: alguien que me enseñó a mirar, a razonar, que tenía un oído finísimo para la música y un ojo extraordinario para la pintura. Sabía enseñarte a ver y oír”. Y refuerza el dato que comparte Juana de que era “muy divertido”, a pesar de la fama de huraño que le ha quedado.

“Era muy teatrero, con un humor muy especial: en casa -recuerda su hija-, nos teníamos que vestir casi de etiqueta para hacerle de público y escuchar las cosas que iba escribiendo, porque él compartía sus cosas con nosotros, nos pedía opinión y nos hacía leer, aunque a veces no entendíamos nada”. En ese sentido, Juana advierte que “no es un escritor fácil”. “Soy su hija y tengo que reconocer que tengo pendientes un par de cosas porque desde el vocabulario al estilo, todo es difícil, lo complica todo mucho y hay que dedicarle mucha atención. No son libros para leer en el metro, para nada”, resume. Su literatura se quedó para una élite, explica, “por su complejidad, no de los argumentos, sino del estilo, de su forma de escribir”.

Han pasado veinte años desde que un fulminante tumor cerebral detectado tres meses antes de su fallecimiento acabase con su vida un cinco de enero. En su casa, dice su hija, “aún todo recuerda a él”. En los hogares donde se aprecia la buena literatura, también.

ALICIA G. ARRIBAS

Efe, 5 de enero de 2013

Carta al ABC

Señor director:
Enam
En su reportaje ”La crisis rompe el suelo bajo unos pocos best-sellers”, del 23-12-12, sus redactores incurren en un error de bulto al decir que la novela de Javier Marías Los enamoramientos “ha vendido 32.371 ejemplares desde que se publicara allá por abril de 2011”. Esos son los ejemplares que ha vendido sólo en su segundo año de existencia, 2012, y la cifra total “desde que se publicara en 2011” es, según Nielsen, de 151.039. A eso pueden añadirse los 70.000 ya vendidos en Alemania, 17.000 en Holanda, 21.000 en Italia en tan sólo un mes, etc. Muy lejos de ser “un desastre editorial”, francamente: todo lo contrario.

Le agradecería que publicara esta rectificación en sus páginas.

Atentamente,

María Lynch,

de Casanovas & Lynch, agentes  literarios de Javier Marías